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~) JEAN CHARLOT El renacimiento del smuralismo mexicano 1920 - 1925 Charlot, Masacre en el Templo Mayor, En la escalera de Ja an- tigua Escuela Nacional Prepara- toria, en la ciudad de México. Foto E. Méndez. Jean Charlot nacié en Paris en 1898. Su bisabuelo emigrd de Francia a México en el siglo pa- sado y su abuelo, Luis Goupil, nacié en la ciudad de México de madre con ascendencia azteca. Luis se casé aqui y se s compenetrado con la patria de su esposa que la _Intervencién Francesa slo fue para él moles- to interludio; Ja segunda parte de su larga vida vivid en Paris: su departamento estaba atiborrado de recuerdos mexicanos que lue- go renacerian en las pinturas de Charlot. En 1921, Charlot emigré con su madre a México, pais que ya conocia a través de los ojos del abuelo y donde tenia tios y primos, Aqui fue acogido. por Alfredo Ramos Martinez, direc~ tor de la Academia de San Car los, quien le permitié pintar en Ia Escuela al Aire Libre de Co- yoacdn, donde compartié el estu- dio de Fernando Leal. Inicié ast su relacién con los artistas mexi- canos de entonces y pronto pasé a trabajar como ayudante de Diego Rivera. La participacién de Charlot fue muy importante en la prime- ra fase ta. Siquei movimiento muralis- s dijo al respecto * Fue uno de los fundadezes primordiales del muralismo mexicano. Charlot, junto con Xavier Guerrero y los pintores obre- (Pasa a ta solapa posterior) Tiene de la solapa anterior) ros de Ja zona de Cholula, nos llevé al descubrimiento de la técnica del fresco en el periodo inicial de nuestra obra. Por su parte, Orozco dijo de él +. ,.con su ecuanimidad y su cultura, atemperé muchas ve- ces nuestros exabruptos ju- veniles y con su visién clara ilumin6 frecuentemente nues- tros_problemas. Charlot encontré los grabados de José Guadalupe Posada en el taller de Vanegas Arroyo y reva- lord con entusiasmo esa obra que tendria tanta repercusién en las artes plisticas nacionales contem- pordneas. Con Fermin Revueltas y Ra- mén Alva de la Canal formé parte, desde 1922, del movimien- to estridentista, ilustrando en es- tilo expresionista varios libros de poesia de Manuel Maples Arce y German List Araubide. Desde principios de los treinta, Charlot se traslad6, primero los Estados Unidos y después, en 1949, 2 Hawai, prosiguiendo su labor artistica, y también docen- te como profesor de arte en la Universidad de Hawai, Murié en Honolulit en 1979. rica, testimonial Esta obra y critica, constituye una de las memorias més interesantes sobre la gestacion y los primeros mo- mentos del movimiento muralis ta. Los mexicanos debemos un re conocimiento a Charlot y la pu- blicacién de este libro en espaol tiene ee propésito. editorial a domes sa El] renacimiento del muralismo mexicano 1920-1925 Jean Charlot El renacimiento del muralismo mexicano I 9 20-1 9 25 Versién al espafiol de Maria Gristina Torquilho Cavalcanti, revisada por Susana Glusker, Jorge Lobillo y Eugenio Méndez, © Zohmah de Charlot. © Editorial Domés, 8. A. de la versién al espafiol. ! Rio Mixcoac 97, México, 03920, D. F., Tel. 563-75 -53. ! Primera edicién, 1985. ISBN 968-450-038-6 A Zohmah PREFACIO EN ESTE libro se relata el inicio del renacimiento muralista mexicano contempordneo, especialmente los sucesos compren- didos entre 1920 y 1925, cuando Siqueiros, Orozco, Rivera y los demés, ensayaban sus primeras obras murales sin saber ain a dénde iban a llegar, Mi deseo de contar esta historia proviene, en parte, de una preocupacién por el desarrollo de la estética, puesto que es un acontecimiento poco comiin asistir al naci- miento de un estilo nacional; algo tan valioso de narrar como el surgimiento de un volc4n. Pero también me impulsé una necesidad més personal, ya que la historia de la creacién del renacimiento mexicano comprende Ja autobiografia de mi ju- ventud. Todo esto pasé hace cerca de medio siglo. Al escribirlo, me acuerdo de la secuela de Los tres mosqueteros, igualmente dis- tante en el tiempo y en la cual los amigos, antes vigorosos, hacian intentos reuméticos para repetir las cabriolas de la juventud. El pintor envejecido no necesita sentirse tan agotado como aquellos gafianes viejos; cuando los misculos se tornan flacidos, todavia puede esperarse que florezca una segunda li- bertad, como ocurrié con Renoir, aunque su cuerpo se doblara en una silla de ruedas y tuviera que atarsele el pincel a su pufio deformado y paralitico. De los personajes de esta historia real, Rivera, Garcia Cahero, Revueltas, Orozco y De la Cueva ya fallecieron. En cuanto a los vivos, en su mayorfa se han acostumbrado a un ritmo de importantes logros. Pero siempre hay una diferencia entre el presente y lo que fue hace veinticinco afios: ahora cada artista 10 PREFACIO respira y trabaja en el seno de su patente originalidad, tan cémodamente como la chinche de agua que atesora celosamente Ja burbuja de aire. De los primeros murales que describo cuando estaban en proceso de ejecucién, algunos fueron destruidos y muchos otros fueron borrados o repintados; los pocos que permanecen intac- tos, muestran limitaciones, titubeos y errores técnicos, mezclados con no pocas bravatas juveniles, Sin embargo, la vasta pro- duccién de murales pintados desde entonces, frecuentemente por los mismos hombres, muy rara vez supera estas piezas experi- mentales, Se llegé a una cierta culminacién ya en 1923-1924 con Rivera, en sus escenas de Tehuantepec pintadas al fresco en la Seeretaria de Educacién; con Orozco, en la composicién de la vida de San Francisco, y con Siqueiros en El entierro del obrero, ubicados ambos en la Escuela Nacional Preparatoria. Las obras que vinieron después, algunas francamente grandio- sas, no hicieron mucho més por la fama de los pintores que convertir en oro la viva guirnalda de Alamo. La nostalgia por esos viejos tiempos, tal y como los vivi, se justifica por mi robusta fe en el presente y en cl futuro, México nunca pretendié ofrecer al viajero cuadros certificados y en- marcados, como en los paises que se enorgullecen de un bien organizado comercio turistico. Lo tinico que no varia en las escenas mexicanas es su constante cambio. Mientras nuestra ge- neracién maduraba, se desarroll6 una generacién intermedia; ésta también la integraron auténticos muralistas que tuyieron éxito donde nosotros fallamos: en la pintura colectiva. Su tra- bajo no encaja en los limites temporales de este libro y ellos merecen una historia propia. Hoy, trabajan pintores atin més jévenes. Lo que hicimos no les provoca sino un vago interés retrospectivo, porque los recién Iegados son francamente roménticos: su 4nimo requiere téc- nicas ms exquisitas que el fresco genuino y formatos intimos. Asi, al parecer, el renacimiento del muralismo se desenvuelve y se agota durante el ciclo vital de sus pioneros. PREFACIO el Quiero agredecer al profesor Norman Holmes Pearson, de la Universidad de Yale, su valiosa ayuda editorial en la clabo- racién de este libro, y reconocer mi deuda con los administra- dores de la Fundacién Guggenheim por la beca que me conce- dieron para que pudiera escribirlo. TG 1. RAICES INDIGENAS LA TRADIGION mexicana es una chispa que oscila entre dos polos igualmente validos: el indigena y el espafiol. Desde los tiempos de la Conquista, el clemento indigena ha permanecido como simbolo de la integridad nacional, y en opinién de quienes ejercen el poder, de intranquilidad. Ya en 1565, durante el poco entusiasta intento de separarse de Espafia, conocido como la conspiracién Avila-Cortés, se des- pertaron las sospechas de los colonizadores cuando Alonso de Avila entré a la ciudad de México encabezando una fantstica cabalgata de espafioles disfrazados de jefes prehispanicos. Tres siglos después, durante el interludio de Maximiliano, las cari- caturas politicas de la oposicién destacaban a una joven azteca, prédigamente emplumada, que representaba a la nacién libre de sus invasores franceses. La contribucién de lo indigena a Ja cultura mexicana siempre aparece en primer plano en épocas de inquietud politica, no tanto como reclamo racial sino como estandarte simbélico: las sangres mexicanas estén tan intimamente mezcladas, que se da él caso del cura Hidalgo, un criollo blanco que defiende los derechos histéricos de los indigenas, mientras que Porfirio Diaz, un broneineo mixteco, personifica la opresién. Como conviene a un movimiento nacido de una revolucién, el renacimiento del mural se apoy6 apasionadamente en el indigenismo; pero micntras que el término puede cuestionarse por sus implicaciones politicas, su significado resulta impecable cn el nivel estético. El artista indigena tiene en su haber esplén- didos logros. Con el agregado misterio de una antigiiedad in- definida y el aire de muchos imperios reducidos a polvo, los