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NOAH

Sebastian Fitzek

Traducción de Paula Aguiriano

N OAH Sebastian Fitzek Traducción de Paula Aguiriano

Título original: Noah Traducción: Paula Aguiriano 1.ª edición: septiembre 2014

© 2013 by Bastei Lübbe AG, Köln © Ediciones B, S. A., 2014 Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) www.edicionesb.com

DL B 16215-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-839-1

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así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. , la reproducción total o

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Epílogo

Agradecimientos

A Sandra

Cuando Jesucristo nació, en nuestro planeta vivían trescientos millones de personas.

Actualmente son siete mil millones.

Cada minuto son 156 personas más.

Fase 1

Los despiertos viven en un mundo común, pero en el sueño cada uno se vuelve hacia el suyo propio.

HERÁCLITO

1

El silencio despertó a Alicia. Normalmente eran los gritos los que la hacían levantarse asustada a intervalos irregulares, pero esa noche era diferente. Esa noche su

pecho permanecía mudo. —¿Noel? —susurró, y buscó a tientas la cabecita de su hijo. Faltaba poco para la una de la mañana, de modo que probablemente no hubiera corriente eléctrica en

Lupang Pangako, la «estación final», como llamaban sus habitantes al mayor barrio de chabolas de Quezon City, en la zona metropolitana de Manila. Pero aun cuando hubiera podido encender la luz, Alicia habría decidido no hacerlo. Jay dormía, y era una suerte. No quería despertar a su hijo de siete años, ya que entonces recordaría que el día anterior no habían tenido nada que comer. —Enseguida, tesoro —había respondido ya entrada la noche a sus preguntas impacientes, mientras removía el agua hirviendo—. Has tenido un día agotador en Payatas. Descansa, te despertaré en cuanto la sopa esté lista.

Él había asentido con el gesto serio de Christopher, su padre, y los ojos enrojecidos de tanto restregárselos, a pesar de que no servía de nada contra los vapores del

mayor vertedero de Filipinas. Trabajaban allí diez mil «carroñeros», o «buitres», como se llamaban a sí mismos; la mitad eran niños como Jay, que proferían el grito de guerra, «¡cien!», en cuanto otro camión de la basura llegaba desde la metrópoli de doce millones de habitantes. «Cien» quería decir «cien pesos», el precio de un kilo de hilo de cobre. Con el metal se podía ganar mucho más que con el plástico, por lo que Jay se pasaba diez horas al día quemando neumáticos y cables eléctricos para desprender la goma barata del valioso material. Por suerte, era un chico obediente y el día anterior se había tumbado en su rincón sobre el saco de arroz relleno de arena sin echar un vistazo antes a la cazuela en el fuego. De lo contrario Alicia le habría tenido que explicar por qué no había allí nada más que agua y guijarros. «Mi hijo se muere de hambre y yo cuezo piedras.» Alicia se asombró de conservar aún energías para llorar. Era evidente que para dar de mamar ya no tenía. —¿Noel? Intentó introducir su dedo meñique entre los labios del recién nacido, en vano. Había cumplido seis días, y al principio aún chupaba con fervor cuanto rozaba su boca. Ahora ya ni siquiera cerraba los puños. Desde que había pisado por primera vez aquel mundo de sombras, dos años atrás, no lograba evitar sentir que vivía en una colmena desparramada. Miles de almas apiñadas al borde del vertedero, fundidas en un organismo vivo en Lupang Pangako. Una serpiente de chapa ondulada que se retorcía y crecía, alimentada por un suministro ininterrumpido de despojos humanos envueltos en una nube de hedor ácido y corrosivo de basura y excrementos. La serpiente mudaba la piel una y otra vez, los ciclones y las lluvias derribaban hileras enteras de casas y las arrastraban junto con su miserable contenido como si fueran bolsas de plástico. Muchos habían tratado ya de matar a la serpiente. Pirómanos a sueldo iniciaban fuegos, los arrollaban «por descuido» a familias

dormidas. O la serpiente se envenenaba a sí misma bañando a sus hijos en el río marrón verdusco en el que, debido a los vertidos industriales, hacía ya tiempo que no nadaban peces. Sin embargo, Alicia sabía que podría haber corrido peor suerte. Su cabaña en el corazón del barrio de chabolas era grande, cuatro metros cuadrados para solo seis personas, y las paredes eran planchas firmes de cartón, no una lona suelta como la de la vivienda vecina. Hacía medio año, desde que Christopher, su marido, ya no vivía y sus dos hermanos pasaban la noche en una obra en construcción de la ciudad, disponían de espacio suficiente y Jay ya no tenía que dormir sentado, como ella misma hacía. Apoyada en el cubículo de contrachapado en que hacían sus necesidades, con el bebé apretado contra el pecho reseco, había intentado cerrar los ojos y había logrado sumirse en el sueño de una vida mejor que conocía de la televisión. Ella también podría haberse tumbado y haber estirado las piernas, había espacio suficiente, pero tenía miedo de las ratas. La semana anterior habían mordido al bebé de su mejor amiga en el dedo gordo del pie. La pequeña de diez semanas no había sobrevivido a la fiebre. «¿Y Dios también te llevará consigo, Noel? ¿Es ese su plan?» Comprobó aliviada que su bebé todavía no había muerto. Aún oía su respiración, ronca y temblorosa como la de un anciano. Con cada respiración notaba que el vientre de Noel se endurecía y ablandaba contra su mano. Y veía sus grandes ojos a la luz mortecina de la luna que entraba a través del hueco de la chapa ondulada. Brillaban oscuros como el azabache. Silvania, una monja católica que de vez en cuando intentaba echarles una mano, pensaba que era la pobreza la que había transformado el rostro de una muchacha de veintidós años en el de una mujer mayor. Pero se equivocaba. Era la vergüenza. Porque Alicia se avergonzaba de cocer piedras porque los doscientos pesos que Jay había logrado reunir en los dos últimos días justo alcanzaban para pagar al señor Ramos, un comerciante de Makati que había tendido una manguera a través de las chabolas y vendía el agua con un cuantioso recargo; cobraba mucho más dinero

del que pagaban los ricos que se bañaban a pocos kilómetros de allí en las piscinas de sus casas climatizadas, protegidas por vallas de varios metros de altura rematadas en alambre de espino. Se avergonzaba de tener que enviar a su hijo la mañana siguiente de nuevo al vertedero para que hurgara en la basura descalzo y vestido únicamente con un calzoncillo sucio, feliz si encontraba un yogur medio lleno porque podía apurarlo allí mismo.

Y se avergonzaba de no ser una verdadera mujer. De no poder dar leche porque sus pechos estaban marchitos, secos como el terreno yermo de su padre en el

noreste del país.

como el terreno yermo de su padre en el noreste del país. —Necesita un médico. La

—Necesita un médico.

La voz de su hijo la sacó del letargo en que caía cuando cavilaba demasiado.

—Estás despierto, Jay —dijo en voz baja.

Su hijo se incorporó en la oscuridad.

—Te he oído llorar, mamá. —Lo siento. —No te preocupes por mí. Lo que tienes que hacer es sacar a mi hermano de aquí. Jay apenas tenía siete años pero hablaba con el tono decidido de su padre. Había heredado mucho de Christopher: la mirada seria y triste, las manos grandes, la habilidad con los números (Jay adoraba las matemáticas y era un as del cálculo mental) y, por supuesto, el destino de vivir en la pobreza. —No podemos permitirnos un médico —dijo Alicia débilmente. Jay se estiró y se puso de pie. —Conozco a uno que atiende gratis. —En esta vida no hay nada gratis. —Es médico y viene al vertedero para cuidar de ellos. De ellos. Alicia encendió una vela mientras se preguntaba si era pena lo que percibía en la voz de Jay. ¿Acaso anhelaba ser uno de los cerca de trescientos niños que vivían permanentemente en el vertedero, no al borde como ellos? Soñaban con ser deportistas, pilotos o, como Jay, profesores de matemáticas, y se contaban sus planes unos a otros mientras esnifaban Rugby después del trabajo. ¿Necesitaba a esa comunidad adicta al pegamento más que a su madre?

El mayor miedo de Alicia era que un día su hijo no regresase a casa, sino que montara su campamento allí mismo, entre la basura.

—Heinz es un hombre amable. —¿Qué nombre es ese? —Es alemán. Es bueno con nosotros. —Mmm

Alicia había dejado de creer en la bondad de las personas hacía ya mucho tiempo, antes incluso de que dispararan a Christopher en un control policial y de que el policía solo hubiera accedido a entregarle las escasas pertenencias que llevaba encima si se acostaba con él. —¡Alicia! ¡Jay! La vela se apagó cuando alguien apartó bruscamente la cortina de ducha que hacía las veces de puerta de la chabola. Alicia no podía ver la cara del hombre, ya que el haz de luz de la linterna que este sostenía en la mano la cegaba, pero reconoció de inmediato la voz ronca de su primo. —¿Marlon? ¿Qué haces aquí? —Daos prisa —jadeó el joven—. Vamos. Tenemos que salir de aquí. Marlon no trabajaba en las montañas de basura. Era mensajero, el más rápido de los jóvenes que entregaban droga y otras mercancías para Edwin, el señor del barrio. —¿Por qué? ¿Qué pasa? —Alicia apretó instintivamente a su bebé más fuerte contra su pecho. —¿Es que no lo oyes? —Marlon apuntó al techo con la linterna. —Sí, ¿y? Se acercaban helicópteros. Nada especial. Los haces de luz de sus focos registraban todas las noches los tejados de las chabolas. Su zumbido formaba parte del pulso nocturno de la serpiente. —Nos están cercando. —¿Qué? —preguntaron Alicia y Jay al unísono. —Las calles. Ahora mismo. —¿De qué estás hablando? —Están cerrando todos los accesos, bloqueando los puentes. Intentan aislar el vertedero. En media hora nadie más saldrá de aquí —advirtió Marlon. El tono de preocupación de su voz era atípico para un chico que, a sus dieciséis años, llevaba tatuadas tres rayas en el labio inferior: una por cada asesinato por encargo que había cometido. —¿Qué hacemos? —preguntó Jay, que admiraba a Marlon, imitaba su actitud, su manera de caminar y ahora también el tono contenido a duras penas. —Dejadlo todo como está. No podemos perder ni un segundo. —¡Espera! —Alicia sujetó de la muñeca a Jay, que pasaba por su lado para salir de la chabola—. No iremos a ninguna parte hasta que nos digas qué está pasando

aquí.

Marlon respiró hondo y se pasó una mano por la cabeza rapada al cero.

—No lo sé exactamente, pero el ejército está avanzando. Por encargo de las autoridades sanitarias. —¿El ejército? ¿Qué se proponen?

—Dicen que es por la nueva enfermedad

Lo has oído por la radio, ¿no? Tienen miedo de que la epidemia provenga de nosotros.

Alicia asintió. Había escuchado una conversación junto a la fuente. «Si somos capaces de beber esta agua inmunda, también sobreviviremos a la gripe de Manila», había pensado, y no había prestado más atención a los rumores. Drogas, violencia, enfermedades, hambre. Allí había millones de opciones para palmarla, ¿por qué iba a preocuparse por una más? —¿Te refieres a que pretenden ponernos en cuarentena? —preguntó—. ¿A todo el barrio? —No. —Marlon sacudió la cabeza. El zumbido de los helicópteros se hizo más fuerte sobre sus cabezas—. Creo que pretenden matarnos.

2

Al mismo tiempo, a 9.876 kilómetros de distancia en línea recta

«¡Tengo que ayudarla!» Para ser un hombre que ni siquiera recordaba su propio nombre, estaba sorprendentemente seguro de esto: debía impedir que la niña se subiera al coche de aquel tipo; si no lo hacía, algo terrible ocurriría. No entendía muy bien por qué estaba tan seguro de ello y probablemente no lo averiguaría, ya que en ese momento debía hacer un gran esfuerzo por concentrarse, porque el hombre que estaba junto a él en la fila no dejaba de hablarle con insistencia. —Ya sé que no eres ningún charlatán, grandullón, pero te lo repetiré de todas formas: no hables con nadie, ¿me oyes? No digas ni una palabra. Cuando te pregunten, deja que yo responda por ti. Solo en caso de que sea inevitable, cuando no haya otra opción, di que eres Noah de Holanda y que estás aquí de paso. Eso explicará tu extraño acento, ¿de acuerdo? Noah asintió en silencio. Él había dedicado las últimas semanas a reflexionar más que a hablar, pero en cambio Oscar no paraba de parlotear. Sus palabras formaban densas nubes de aliento en el aire frío. Era febrero en Berlín, y el invierno hacía lo que mejor se le daba: había sacado su navaja de viento y atravesaba todo lo que se interponía en su camino: ropa, piel, almas. No establecía diferencias de clase. Le daba igual sacudir el cuello de piel de una viuda de Grunewald, estampar aguanieve en la cara de un cartero de Lichtenberg o, como en aquel momento, lograr que una cola demasiado larga ante el refugio nocturno para los sin techo en la Franklinstraße se apretujara todavía más. —Faltan diez minutos. —Al hablar Oscar gesticulaba vehementemente con unos brazos tan cortos como gruesos, y por fin señaló hacia la entrada del edificio gris de hormigón ante el que se agolpaba el grupo que aguardaba—. No debemos llamar la atención —prosiguió—, por nada del mundo. Cuando te inspeccionen, evita el contacto visual. Procura disimular lo fuerte que eres y déjame pasar primero, ¿de acuerdo? El alcohol, las drogas, los cigarrillos y las armas están prohibidos en el centro de acogida. No llevas ningún arma contigo, ¿verdad? Oscar lo miró con recelo, como si realmente temiera que Noah hubiese encontrado una pistola mientras hurgaba en la basura en busca de botellas. Al hacerlo se puso de puntillas para compensar la diferencia de estatura entre ambos. Incluso así solo le llegaba a Noah a la altura del pecho. —Bien, la verdad es que no tengo ninguna gana de que te descarten. Hoy es catorce de febrero, catorce y dos suman dieciséis, y la suma de sus cifras es siete. ¡Siete! Así que hoy no podemos volver a nuestro escondite, ¿entiendes? «No. En absoluto», pensó Noah, que de hecho no entendía la mayor parte de lo que decía su curioso compañero. En realidad, ya no entendía nada de cuanto le pasaba en la vida, aunque vida era, quizás, un término equivocado para referirse a la existencia que arrastraba desde que unas cuatro semanas atrás había recuperado la consciencia; a gran profundidad, en el asfixiante cubículo junto al acceso cerrado del metro al que Oscar llamaba su «escondite». —Llevan a cabo mediciones de voltaje, ya te he hablado de ello. —Oscar puso los ojos en blanco como si estuviera tratando con un idiota. Con su gorro anaranjado de lana, la barba de mormón en el rostro redondo y su enorme barriga parecía un pitufo, y Noah se sorprendió de saber qué aspecto tenía un pitufo, cuando ni siquiera había reconocido su propia cara en el espejo de los baños de la estación. Quizá cortarse el oscuro cabello y arreglarse la barba diera alas a su memoria, pero lo dudaba. Para él el hombre de ojos tristes, nariz torcida y rostro anguloso era un extraño en cuyo cuerpo cubierto de cicatrices se encontraba atrapado. —Nuestro escondite está justo debajo del ala este de la Iglesia del Recuerdo —susurraba ahora Oscar para que los sin techo de delante y detrás no oyeran sus paranoicas explicaciones—. En términos geográficos se encuentra en el distrito de Wilmersdorf, y este tiene allí el código postal 10789. Tienes tres intentos para adivinar cuál es la suma de sus cifras. Veinticinco. ¿Y la de veinticinco? Correcto, siete. —Parpadeó nervioso—. ¿Pensabas que en 1993 introdujeron los nuevos códigos postales solo para que las cartas llegaran más rápido? Ya, ya, eso es lo que quieren que creamos todos. En realidad, se trata de un código. Un plan de ataque con el que coordinan su programa de vigilancia. En los días en los que la suma de las cifras coincide con la del código postal, debemos desaparecer. ¿Comprendes ahora por qué es tan importante que entremos hoy aquí? «No. No entiendo ni una palabra», pensó Noah. «Todo lo que sé es que probablemente estés tan loco como yo.» Se volvió de nuevo hacia la muchacha que se encontraba dos metros más atrás en la fila. Le había llamado la atención en un primer momento por su cabello; más concretamente por los mechones que le faltaban. Su cráneo mostraba más piel que pelo, como si sufriera los efectos secundarios de algún terrible medicamento. Noah calculó que tendría diecisiete años como mucho, pero

era difícil asegurarlo debido a la piel estropeada y a los incisivos que le faltaban; en especial para un hombre al que ya le resultaba difícil determinar su propia edad, que

lo más probable es que rondara entre los treinta y los cuarenta.

Desde que había descubierto a la muchacha, la había estado observando de forma más o menos disimulada y ahora, una hora y media más tarde, creía conocerla casi mejor que a sí mismo. Mientras que de él no sabía ni de dónde venía, no había ninguna duda de que ella llevaba mucho tiempo viviendo en la calle. Sus ojos tenían la «mirada del opio», como habría dicho Oscar, velados y al mismo tiempo vacíos, al igual que muchos de los que esperaban allí fuera en el frío a que el refugio abriera por fin sus puertas. —¿La conoces? —le preguntó Noah a su compañero, que en ese momento estaba soltando una perorata acerca de patrullas y coordenadas geográficas. —¿A quién? —Oscar parpadeó, visiblemente asombrado de que Noah hubiera recuperado el habla. —Esa chica de ahí. —Señaló por encima de una embarazada que se encontraba justo detrás de ellos con una colilla de cigarrillo entre los labios. A cierta distancia un niño comenzó a llorar, y varios hombres se gritaban unos a otros, probablemente peleándose por el último trago de una botella que habrían mendigado juntos. —¿A quién te refieres? —En diagonal hacia la derecha, la del pelo raro. Abraza una mochila contra su pecho. «Como si llevara su vida dentro.» —¿La que habla con el cuatro ojos? —Sí. Junto a ella había un hombre joven y fibroso con el cabello hasta los hombros y unas gafas estilo John Lennon. Pocos minutos antes Noah lo había observado bajar de un microbús plateado con el rótulo «Friomóvil». Primero había pensado que el bus traería otra remesa para el refugio; un nuevo cargamento de almas perdidas que cada noche varaban ante las puertas del edificio de Cáritas. Pero el conductor se había bajado solo y había mirado alrededor mientras recorría la cola con actitud vacilante, hasta que por fin había encontrado a la muchacha. —Ésa es Pattrix —le explicó Oscar. Noah asintió. Le habría extrañado que Oscar no la reconociera. Era una sin techo desde hacía más de cuatro años. Una temporada larga en la que Oscar había logrado, con un éxito asombroso, resistirse al trueque que habían aceptado la mayoría de sus compañeros de fortuna: un grado de inteligencia por cada grado de alcoholemia. Con unas botas tan grandes que parecían zapatos de payaso, varias capas de pantalones acartonados por la suciedad, un grueso jersey en proceso de desintegración

y una cazadora mugrienta que no habría logrado cerrar por encima de su barriga por mucho que lo hubiese intentado, Oscar vestía de una forma lamentable y similar a la

de todos los que estaban allí, a quienes el tren de la vida había hecho descarrilar. En lo que respectaba a la ropa, Noah había tenido mejor gusto; al menos había sido él

quien había escogido lo que llevaba puesto. Cuando Oscar lo había encontrado medio muerto junto a las vías, vestía ropas caras y abrigadas que ahora le hacían buen servicio: botas forradas con puntera de goma, vaqueros negros con bolsillos cargo a los lados, un abrigo impermeable negro con capucha. En total cargaba con un kilo y medio de peso en ropa, sin contar con los calzoncillos largos y los gruesos calcetines térmicos. —¿Pattrix? —preguntó Noah. —Es su mote. Una mezcla entre Patricia y Pattex. —Oscar juntó las manos cruzando los dedos y simuló que inhalaba pegamento—. ¿Por qué crees que parece tan hecha polvo? Si su foto figurase en los paquetes de cigarrillos, puedes estar seguro de que nadie más fumaría. Noah le dio la razón. Posiblemente la muchacha estuviera colocada en ese momento, lo cual explicaría su mirada turbia y la razón por la que las rachas de viento ártico no parecían afectarla en absoluto. Parecía completamente ausente, como en otro mundo. Noah habría apostado lo que fuera a que ni siquiera se había dado cuenta de que su vejiga se había vaciado hacía un cuarto de hora, como lo demostraba la mancha oscura entre sus piernas. Igualmente poco probable era que estuviese asimilando una sola palabra de lo que decía el hombre de gafas, que en ese momento le hablaba con insistencia. Noah no entendía qué le decía, pero era evidente que quería conseguir que la adolescente drogada entrase en el vehículo con él. Al «Friomóvil». Y debía evitarlo a toda costa, incluso a pesar de que en ese momento Noah no fuera capaz de explicar a nadie por qué. —Eh, ¿te has vuelto loco? —Oscar tiró de la manga de su abrigo para evitar que saliera de la fila—. Si renuncias a tu sitio, mañana tendrán que despegarte de la calle con una espátula. Oscar señaló a la inmensa multitud delante y detrás de ellos. De los once mil sin techo que había en la capital según estimaciones maquilladas, la mayoría parecía haber encaminado esa noche sus pasos hacia Franklinstraße. No era de extrañar, ya que se esperaba que fuese la noche más fría del año. —Tengo que ayudarla —dijo Noah. —¿Ayudar? —siseó Oscar, alterado, y miró nervioso por encima del hombro—. ¿Qué parte de «no digas una sola palabra» y «no llames la atención» no has entendido? —Se dio golpecitos en la frente con el dedo—. Déjalo estar, grandullón. Además, ya hay alguien ocupándose de ella. «Sí. Pero es la persona equivocada.» En realidad, Noah debería haberse sentido aliviado. Los días en que la temperatura descendía varios grados por debajo de cero, las setenta y tres camas del albergue nocturno desaparecían con mayor rapidez que la nieve sobre una cocina caliente. La muchacha debía entrar con urgencia en algún lugar cálido antes de que el pantalón del chándal se le congelara sobre los muslos, y el trabajador social había llegado justo a tiempo. Y, sin embargo, había algo que no encajaba. Un empujón recorrió la fila. —Vale, esto se pone en marcha —dijo Oscar—. No dejes que te aparten, Noah. «Noah.» Aún no se había acostumbrado a ese nombre, pero al fin y al cabo de alguna manera tenía que llamarse, y Noah estaba a mano, en el sentido más literal de la expresión. Las cuatro letras de aquel nombre estaban tatuadas en la palma de su mano derecha, torpe y toscamente. «A saber por quién.» El nombre le resultaba ajeno, así como el resto del infierno en que había despertado: sin papeles, sin dinero, la memoria ahogada en un mar de dolor. Al volver en sí por primera vez, con el bondadoso rostro de Oscar flotando sobre el suyo, había sentido un trozo de tela frío sobre la cabeza ardiente y un escozor insoportable en el hombro, como si alguien hubiera tratado de traspasárselo con un clavo. —Podría haber sido peor —había opinado su salvador tres semanas después durante el último cambio de vendaje. La bala le había atravesado limpiamente el hombro izquierdo. Era un milagro que no hubiese dañado tendones ni nervios importantes, y aún más milagroso que la herida no se hubiera infectado. —Te ha sucedido algo horrible —le había dicho Oscar—. Pero no te ha quitado la vida. Solo la memoria. «Solo.» Era probable que debiera estarle eternamente agradecido a Oscar por haber cuidado de él hasta que se hubo curado, allí abajo en aquel cubículo apenas separado por un muro de las vías del metro, pero en vista de las circunstancias en que se encontraba, no le resultaba fácil. ¿De qué valía una vida al fin y al cabo cuando uno no sabía de dónde venía, cuáles eran sus raíces y por qué el hacha del destino las había cortado con un golpe seco? Una vida sin recuerdos, dirigida ya únicamente por el instinto, que le decía a Noah que no pertenecía a aquella ciudad ni a aquel país. Que no conversaba con Oscar en su lengua materna. Y que el hombre que empujaba ahora a Pattrix hacia su vehículo no era un trabajador social. —Ahora mismo vengo —murmuró Noah, y se zafó del brazo de Oscar, que protestó furioso pero no se atrevió a salir también de la fila que avanzaba. —¡Vuelve enseguida! —gritó a sus espaldas. Él, sin embargo, no pensaba obedecer a la petición de Oscar.

3

—Eh, eh, usted.

A los pocos metros ya estaba agotado, y a cada paso sentía la herida del hombro. Noah tuvo que gritar varias veces hasta que el hombre que guiaba a Pattrix hasta

el vehículo como a una ciega de la mano se volvió hacia él. —¿Te refieres a mí? —Sí. ¡Alto!

—¿Perdón?

El tipo delgado con el cabello hasta los hombros enarcó las cejas, asombrado.

La muchacha que estaba a su lado miraba indiferente el vacío igual que un maniquí, con las manos tensas protegiendo la mochila que apretaba contra el pecho. —¿Qué se propone hacer con ella? —inquirió Noah.

El hombre esbozó una sonrisa arrogante.

—La verdad es que no sé a ti qué te importa, pero la llevo a un refugio para jóvenes, donde estará en mucho mejores manos que en un albergue de adultos. —

Acarició suavemente la cabeza de la chica, a lo que ella reaccionó apretando los labios. Noah oyó tras él que Oscar intentaba de nuevo convencerlo de que regresara, pero también ignoró esta llamada. —¿Trabaja para la oficina de protección de menores? —preguntó en cambio. —Así es. —¿Tiene alguna credencial que lo demuestre? —Escucha, Jesucristo, lo que no tengo es tiempo. De modo que déjame hacer mi trabajo, por favor. Ya ves que a esta chica hay que protegerla del frío lo antes posible. —¿Con un coche de alquiler?

El hombre había comenzado a volverse hacia la carretera, pero la pregunta de Noah lo detuvo en seco.

—¿Cómo has dicho? «Maldita sea, ¿por qué he abierto la boca?» Noah pronunciaba las palabras antes de tomar consciencia de ello. Tenía la extraña sensación de estar escuchándose a sí mismo hablar.

—Su minibús está recién lavado. Tiene matrícula de Colonia, lo que ya es peculiar de por sí para un vehículo de las autoridades berlinesas. La combinación de letras TX está reservada a taxis o vehículos de alquiler. Además lleva una pegatina de una gran D en la parte trasera, como es habitual, por ejemplo, en Europcar. Individualmente estos datos quizá podrían explicarse, pero en conjunto me demuestran que usted no es quien dice ser.

El hombre abrió la boca, pero permaneció en silencio. Noah no estaba menos sorprendido.

«¿Por qué sé todo esto?» Su cabeza estaba llena de datos, eso ya lo había averiguado: conocía la capital de Guinea, sabía que el cuerpo expulsaba la mayor parte del calor por la cabeza (lo

cual le hacía estar muy agradecido por la capucha de su abrigo) y que el ser humano podía perder hasta dos litros de sangre, como había demostrado él mismo con éxito. Pero mientras que era evidente que estaba familiarizado con las matrículas ajenas, ni siquiera sabía cómo empezaba su número de teléfono, si es que tenía uno. Si se hubiese presentado en uno de esos concursos que Oscar veía una y otra vez en el pequeño televisor en blanco y negro cuando la señal del escondite colaboraba, habría tenido muchas posibilidades de ganar, siempre que no le hiciesen preguntas sobre su propia identidad. «Llegamos a la pregunta del millón: ¿quién le disparó?» «Ni idea. ¿Puedo preguntar al público?» —¿Cuánto le pagan por la muchacha? —inquirió Noah, y de nuevo habría sido incapaz de explicar cómo había llegado a esa suposición. Su cerebro trabajaba como el piloto automático de los aviones. Él estaba sentado en la cabina, pero la palanca de mando se movía por sí sola. —¿Cómo dices? —Su cliente. Hombres de negocios, supongo. Gerentes, ricachones que esperan obtener placer recogiendo escoria de la calle para torturarla todavía más. ¿Le pagan por víctima o por noche? —Estás completamente chiflado —protestó el supuesto empleado de la oficina de protección de menores, pero soltó la mano de la muchacha como si de pronto hubiera comenzado a arder—. No tengo por qué escuchar semejantes chorradas. —Dio un paso hacia atrás sin perder de vista a Noah—. Y menos de un vagabundo como tú. —Trató de imprimir un tono arrogante a sus palabras, pero el temblor en su voz lo desenmascaró. Cuando el hombre se llevó la mano al pecho, Noah se preguntó si ocultaría un arma debajo de la chaqueta, pero de inmediato presintió que no se produciría un altercado violento. Falso. No solo lo presintió, sino que lo supo. En los últimos treinta segundos Noah había averiguado más sobre sí mismo que en las anteriores semanas, y sus descubrimientos le dieron miedo. «Soy una persona que ha oteado muy a menudo los abismos más profundos del alma.» Tan a menudo, de hecho, que reconocía la maldad en cuanto la veía. Y lo que era peor: la maldad lo reconocía a él. Y esta a veces reculaba cuando sus caminos se cruzaban. Como en ese momento.

El hombre había sacado la llave de contacto del interior de la chaqueta y se alejaba rápidamente sin volverse ni una sola vez.

—¿Patricia? —preguntó Noah. No hubo reacción. La muchacha no se había enterado de nada de lo que había sucedido a su alrededor—. ¿Me oyes? —Chasqueó los dedos ante sus ojos entornados. Ni siquiera parpadeó. —¡Eh, Noah, nos toca! —gritó Oscar desde cierta distancia. Noah se volvió y descubrió a su compañero en la entrada del albergue. Ya estaba en la puerta y movía los brazos. —¡Ven de una vez! Noah tomó con cuidado la mano de la muchacha, que se dejó guiar sin oponer resistencia. Se movía con pasos pequeños como en un trance, y por eso le llevó un buen rato conducirla hasta el edificio de Cáritas. —¿Qué mosca te ha picado? —lo saludó Oscar, que tuvo que contenerse para no echarse a gritar después de que Noah lograra colarse entre intensas protestas hasta el principio de la cola con Pattrix a cuestas.

Una trabajadora del centro, una mujer joven con vaqueros y cazadora de cuero, con el cabello recogido en una coleta y jersey de cuello vuelto, cerró la puerta de madera detrás del trío sin pronunciar palabra, para gran indignación de quienes esperaban fuera.

A

continuación se encontraron en un gran vestíbulo, en el que había una escalera que conducía hacia arriba.

El

calor repentino que los rodeó llenó de lágrimas los ojos de Noah, a quien la herida de bala en el hombro empezó a picarle desagradablemente bajo el vendaje.

—Por un pelo no lo has estropeado todo —siseó Oscar—. Solo les quedan tres camas. «Perfecto», pensó Noah mientras la trabajadora los acompañaba por la escalera hacia una especie de mostrador sobre el que colgaba un letrero iluminado por tubos

de neón con el rótulo «Recepción». Detrás los esperaba una mujer corpulenta. Llevaba una bata blanca de médico, una mascarilla y en las manos unos guantes de látex, como si en cualquier momento se fuera a poner a operar. —Hola, Oscar —dijo la señora; sonaba agotada, pero en absoluto antipática. Su cabello era gris y lo llevaba más corto que una barba de tres días, lo que a primera vista le confería un aspecto algo brutal, pero sus ojos sonrientes corregían enseguida esta impresión—. Hacía mucho que no nos veíamos. ¿A quién nos has traído?

—Pattrix

Quiero decir, Patricia. Ya la conoce, señora Simone. Y a Noah lo conocí en la zona del Avus. Ha llegado hasta aquí haciendo autoestop desde Holanda.

—Oscar dio una palmada a Noah en el hombro sano, para lo que tuvo que estirarse un poco—. Es de pocas palabras, apenas habla nuestro idioma.

—Entiendo. —La mujer, que al parecer se llamaba Simone de nombre, o quizá de apellido, señaló con el pulgar hacia un pasillo que discurría detrás de ella y conducía, a lo largo del mostrador, hacia la otra parte del edificio. Desde allí les llegaba ruido de actividad. Puertas que se cerraban, platos que golpeteaban, personas gritándose, alguien martilleaba la pared con un ruido sordo. »Bueno, ya sabes cómo funcionan las cosas aquí, Oscar. Primero, el examen médico. Debido a la gripe de Manila será algo más exhaustivo. En mi opinión, otra vez están exagerando con el peligro de contagio, y al final resultará que el Gobierno ha despilfarrado millones en dosis de vacunas inútiles. Pero hasta entonces estoy obligada a llevar este bozal, espero que no os lo toméis a mal. Oscar se encogió de hombros y Noah asintió, más para sí que para Simone, ya que recordaba las noticias del día anterior. Se estaba extendiendo una pandemia. La enfermedad comenzaba con síntomas similares a los de la gripe y, si no se trataba, podía causar la muerte. Expertos del instituto Robert Koch calculaban que habría miles de víctimas en las próximas semanas y aconsejaban a la gente acudir al médico de inmediato si tenían fiebre. —Después de estas medidas precautorias podréis ducharos y elegir ropa limpia; hoy hemos recibido nuevas donaciones, entre otras cosas zapatos abrigados, y hay espaguetis. Pero me temo que solo para vosotros los hombres. Patricia no entrará. —¿Qué? —exclamó Noah. Estaba tan horrorizado que había olvidado por completo la advertencia de Oscar de no abrir la boca—. ¿Quiere echar a la pequeña otra vez al frío? Si Simone se había sorprendido por el verdadero nivel de alemán de Noah, no dio muestras de ello. —Para que conste —declaró—: yo no echo a nadie si todavía me quedan camas. Pero ella no querrá quedarse. —Para que conste —dijo Noah, y sintió que se ponía tenso de ira al señalar a Patricia—, ¿ha mirado bien a la chica? Es incapaz de tomar sus propias decisiones. —¿Ah, sí? Simone salió de detrás del mostrador. Noah se dio cuenta entonces de que, al igual que Oscar, llevaba unos kilos de más en las caderas, lo que no le impidió acercarse a Patricia con pasos asombrosamente veloces y agarrar su mochila. La apatía de la muchacha desapareció bruscamente. —¿Lo ve? —dijo Simone con dificultad para hacerse oír por encima de los chillidos y gimoteos que había comenzado a emitir Patricia en cuanto había intentado abrir la cremallera de la bolsa. «Dios mío, ¿qué guardará ahí?» Noah obtuvo la respuesta antes de formular la pregunta. —Los animales no están permitidos. —Simone señaló con la cabeza el reglamento interno colgado, dentro de una funda transparente, de una columna de hormigón en la recepción, justo debajo de una advertencia acerca de la higiene al lavarse las manos para evitar la propagación de enfermedades. Entretanto, había logrado apartar los dedos de Patricia de la mochila lo suficiente para abrirla. Las drogas habían acabado con toda la resistencia de la muchacha. Noah observó incrédulo la pequeña bola de pelo beige en la mochila. La cabeza del cachorro de perro no era mucho mayor que un melocotón. —Os lo presento: este es . Ayer ya quiso colarlo aquí, aunque, desde luego, no estaba tan colocada como hoy. —Menos mal que no queríamos llamar la atención —murmuró Oscar, cuyas palabras se perdieron entre los gimoteos constantes de Patricia, que de todas formas

habían bajado un poco de volumen desde que Simone había cerrado de nuevo la mochila dejando solamente una rendija de aire para —De acuerdo, entiendo lo de los animales. No quieren que propaguen enfermedades —Exacto —lo interrumpió Simone mientras regresaba a su puesto detrás del mostrador. Entretanto, varios trabajadores de Cáritas, dos hombres y una joven en prácticas, se habían acercado al pasillo atraídos por el tumulto que les llegaba desde la recepción. —Pero ¿no puede hacer una excepción? —Por desgracia, no. Especialmente en días como hoy, en que a causa de la pandemia el Ministerio de Sanidad nos controla el doble o el triple. —Sí, es una tragedia, pero no podemos hacer nada —dijo Oscar, e hizo amago, con ademán exagerado, de pasar por delante del mostrador en dirección a la consulta del médico, supuso Noah. Esta vez fue él quien lo sujetó del abrigo. —Oh, sí, sí que podemos hacer algo. —Se volvió hacia Patricia, a quien le temblaba el labio inferior, a todas luces le costaba respirar y había cruzado de nuevo los brazos sobre la mochila. Sin embargo, su mirada estaba menos vacía que antes. El miedo a perder lo único que aún le importaba en la vida la había aclarado incluso. —¿Qué te propones? —preguntó Oscar, con tono de preocupación, cuando Noah se inclinó hacia la chica y trató de mirarla fijamente a los ojos. Tres minutos más tarde Patricia se hallaba tumbada en la camilla de la enfermería del albergue, envuelta en gruesas mantas, mientras una enfermera le colocaba cuidadosamente un catéter para administrarle una solución electrolítica. Y Noah estaba con Oscar a la intemperie de nuevo.

un catéter para administrarle una solución electrolítica. Y Noah estaba con Oscar a la intemperie de
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4

—No me lo creo. Esto no puede ser verdad. —Oscar caminaba sobre la nieve y a Noah, a pesar de tener las piernas mucho más largas, le costaba seguir el ritmo de

su furioso y parlanchín compañero—. ¡No te he salvado la vida ni he compartido contigo todas mis provisiones, mi dinero y mi escondite, para que ahora la palmemos juntos en una tormenta de nieve! Efectivamente, desde que habían salido del albergue algunos copos se habían mezclado con el viento helado que le azotaba la cara. —No deberías haberme acompañado —repuso Noah desde su postura agazapada, con la cabeza gacha para ofrecer al viento la menor resistencia posible.

—¿No acompañarte? —Oscar se echó a reír histéricamente y se volvió hacia él—. En mi mundo no durarías ni diez minutos sin mí, joder

—Levantó las manos

hacia el cielo como los creyentes que preguntan a su creador por qué les impone semejante carga—. Hace uno de tripas corazón, gasta todos sus ahorros en un desconocido, en medicamentos, esparadrapo y vendajes, a pesar de que el sentido común ya le avisa de que no puede significar nada bueno que alguien con un tiro en el cuerpo aparezca a sus pies. Que casi se pueden oler los problemas. Pero no quise escuchar a mi voz interior. «Oscar», me dije, «Oscar, tú mismo fuiste un fugitivo una vez. Quizás este tipo tenga los mismos problemas que tú. Quizá sea por fin el compañero que tan bien te vendría, al fin y al cabo ya no eres ningún crío, y la vida solitaria en la calle es cada vez más dura, ¿verdad?» —Se dio una palmada en la frente—. El día que te encontré en realidad no quería salir de mi escondrijo. Pero no conseguía pegar ojo, quería estirar un poco las piernas. Fue pura casualidad: normalmente el túnel cerrado no forma parte de mi paseo, de modo que pensé que el destino nos había reunido a propósito y que Dios recompensaría mi amor al prójimo. Y vaya si lo está haciendo. Y de qué manera, mierda. —Se detuvo, echó la cabeza hacia atrás y clamó al cielo—: Señor, estoy tan feliz de poder dormir al raso hoy. Por favor, haz que haga mucho frío y no calor como en el albergue, es mejor para la circulación, y dicen que las duchas calientes no son sanas para la piel. Un hombre de negocios que se cruzó con ellos en la acera dirigió a los sin techo una mirada despectiva y siguió su camino sacudiendo la cabeza. —No deberías haber venido —insistió Noah, y avanzó hacia Oscar, que se había puesto de nuevo en marcha. Dentro de la mochila, que al igual que Patricia también se había colocado sobre el pecho, sintió un ligero movimiento cuando cambió de postura. Oscar apretó los labios furioso y después señaló la mochila sobre el vientre de Noah. —Llevarte al perro ha sido realmente el mayor disparate que podías cometer. —¿Pero? —preguntó Noah a continuación, ya que Oscar había acabado en tono ascendente, como si quisiera añadir algo. —Pero también me ha demostrado que no me equivoqué contigo. —¿Quieres decir que soy una buena persona por ocuparme del animal? —Tonterías. La mitad de los vagabundos lleva siempre a cuestas a su chucho. Y es precisamente eso. —Se puso de nuevo en marcha y a Noah le costó entenderlo, porque Oscar hablaba ahora contra el viento y de espaldas a él. —¿A qué te refieres? —preguntó insistente, haciendo esfuerzos por alcanzarlo. —Me refiero a que no conozco a un solo vagabundo que haya confiado jamás su animal a un extraño. —Lanzó a Noah una mirada interrogativa con el rabillo del ojo—. ¿Cómo has conseguido que Pattrix te diera su mochila? Noah se encogió de hombros. —No lo sé. Solo le prometí que cuidaría bien de . Se acercaron a un puente y cruzaron un río congelado que según las señales se llamaba Spree. Como tantas veces, Noah no tenía ni idea de adónde lo llevaba Oscar, pero se había acostumbrado a la situación. Los últimos días había trotado tras él igual que un perro. Al principio apático, como en trance, y con el tiempo cada vez más desesperado. La realidad en la que había abierto los ojos le había parecido tan irreal como un mal sueño del que esperaba despertar en cualquier momento. Sin embargo, a medida que comprendía que ni su herida de bala ni Oscar ni el escondite subterráneo en el túnel que apestaba a polvo y a aceite lubricante resultarían ser alucinaciones, se vio paralizado por una fase de desconcierto. ¿Adónde debía ir? ¿Con quién debía hablar? ¿Era un fugitivo? ¿En realidad lo perseguían fuerzas oscuras, tal y como Oscar trataba de explicarle una y otra vez? ¿De verdad correría peligro si se dirigía a las autoridades o acudía a un hospital? ¿O el peligro que supuestamente lo amenazaba no era más que otra de las innumerables teorías conspiratorias que poblaban la excéntrica mente de aquella extraña persona de la que Noah apenas sabía más que de sí mismo? Únicamente sabía que en su día había sido médico, tal y como había admitido al preguntarle con insistencia por qué sabía tanto de heridas de bala, vendajes compresivos, antibióticos y dosis de analgésicos. —Deberías pensarte bien tus próximos pasos —le había informado Oscar cuando la fiebre hubo remitido lo suficiente para que Noah se sentara por primera vez erguido en la tumbona de cámping que durante dos semanas había hecho las veces de lecho de enfermo. Había querido ir a la Policía para averiguar si alguien estaba preocupado por él y había denunciado su desaparición, pero Oscar había abierto los ojos de par en par horrorizado. —Yo lo dejaría estar. —¿Y eso por qué? —Alguien ha querido matarte, grandullón. A mí puedes descartarme tranquilamente como asesino, si no no habría cuidado de ti hasta curarte. De manera que tienes que partir del hecho de que el asesino, sea quien sea, sigue tras de ti en este instante. Y probablemente eso solo sea la punta del iceberg. No tienes heridas en la cabeza, así que es probable que tu pérdida de memoria se deba a un trauma psicológico. Tu cerebro quiere reprimir algo horrible, algo espantoso. Y te está esperando ahí fuera. Mientras sigas aquí escondido estarás a salvo. Noah había mirado alrededor desconcertado, observando el escondite del que hasta entonces no había salido ni una sola vez. Ni siquiera para hacer sus necesidades, de las que se había ocupado Oscar con una cuña y una botella con un embudo. —¿Quiere eso decir que debo vivir aquí abajo contigo para siempre? «¿En un trastero sin ventanas?» Entonces Noah aún no sospechaba que no se encontraba en un sótano, sino en un cuartucho al final de un túnel ciego de metro, a diez metros bajo el suelo de Berlín. No había identificado los ruidos que se repetían con regularidad como el traqueteo de un tren de metro sobre su vía, sencillamente porque estaba demasiado ocupado resolviendo los demás acertijos. Además el escondite, en efecto, le proporcionaba una sensación de seguridad que no había querido cuestionar. Oscar había hecho un gran esfuerzo por convertirlo en un lugar agradable. En tres de las cuatro paredes de hormigón había estanterías, colocadas por él mismo, cuyas tablas se combaban bajo el peso de incontables libros. Había también corriente eléctrica y un lavabo que funcionaba, junto a una maleta de cuero que descansaba sobre dos pilas de ladrillos y hacía las veces de escritorio. Oscar sacaba el agua directamente de una tubería en la pared; la electricidad, de los cables de abastecimiento de los raíles, que recorrían el techo formando gruesos haces. En conjunto el cubículo recordaba a un garaje transformado en sala de ocio, cubierto con restos de alfombras de diferentes colores, con un televisor portátil atornillado a la pared (que funcionaba desde hacía dos años, desde que la red de cobertura móvil se había reforzado en el metro de Berlín, tal y como le había explicado Oscar), y una cama de canapé pequeña pero limpia, como la que uno esperaría ver más bien en una habitación infantil, junto a la cocina provisional, que consistía en un mechero Bunsen. Era evidente que todos los muebles y objetos se habían sacado de la basura, reparado y limpiado, solamente parecía nueva la neverita que había debajo del lavabo, cuyo ventilador emitía un runrún ininterrumpido. —Por supuesto que no tendrás que quedarte aquí para siempre —había dicho Oscar, deslizando la mirada por el escondrijo humilde aunque incluso agradable a su manera. Lo único que le había molestado realmente a Noah del habitáculo era el calor constante. Un enorme conducto de aire caliente recorría el suelo y hacía así las veces de sistema de calefacción, que funcionaba bien pero que no podía regularse. Noah había tenido la esperanza de acostumbrarse cuando su propia temperatura corporal bajara de los cuarenta grados, pero no lo había conseguido. —Solo te quedarás hasta que hayas recuperado la memoria —había propuesto Oscar—. Hasta que no sepas cuál es el infierno que te espera, no deberías volver a

la memoria —había propuesto Oscar—. Hasta que no sepas cuál es el infierno que te espera,
la memoria —había propuesto Oscar—. Hasta que no sepas cuál es el infierno que te espera,

él, ¿no crees? Y ¿qué puedes perder, aparte de tiempo? Si tu estado no mejora, siempre te queda la opción de correr el riesgo de acudir a la Policía. Entonces Noah se había mostrado de acuerdo, si bien solo en apariencia. Estaba demasiado resignado y agotado para elaborar su propio plan. Su consentimiento para quedarse por el momento con Oscar y aceptar sus consejos solamente debía mantenerse hasta que hubiera reunido fuerzas suficientes para emprender de nuevo su propio camino, le llevara este a donde le llevara. Hoy, dos semanas después de aquella conversación, sentía que el momento de la despedida no estaba lejos. En aquel instante decidió que sus caminos se separarían, al día siguiente a más tardar. —¿Te ha dejado a así sin más? —preguntó Oscar de nuevo. Ya habían cruzado el puente y la acera no estaba tan helada como el paso elevado, en el que apenas habían esparcido anticongelante. —Sí. —¿Ves? Precisamente por eso he cuidado de ti. No sé quién eres, pero sí sé qué eres. —¿Y bien? «¿Qué soy?» Oscar se detuvo de nuevo, esta vez para atarse el cordón de un zapato. Al tener que quitarse los guantes para hacerlo, el aire helado hizo que se contrajeran sus dedos hinchados. —Eres algo especial, Noah. Sí, sí. Ahórrate los comentarios, esto no es una declaración entre maricas. Es la verdad. —Levantó la mirada hacia él sin soltar el cordón —. Estás tan entrenado como un nadador poco antes de unos Juegos Olímpicos, tus manos nunca han trabajado duro, pero en el cuerpo tienes varias cicatrices. Cuando te haces el catre en el escondite, lo haces con tanta puntillosidad como un soldado acostumbrado a recibir órdenes, y al mismo tiempo hay en tus ojos una triste melancolía que prácticamente le grita a uno: «Confía en mí. No te haré nada.» Bueno, y por lo que parece, Pattrix ha oído el grito de tus ojos y no ha podido resistirse a él. —Se incorporó y se puso los guantes de nuevo—. Y es evidente que yo tampoco puedo. Un todoterreno aceleró por la carretera a velocidad excesiva e hizo sonar la bocina. Teniendo en cuenta que la hora punta del final de jornada aún no había pasado, era sorprendente el poco movimiento que había, lo que probablemente no solo se debía al mal tiempo, sino también a esa ola de gripe de la que todo el mundo hablaba. Quien no tenía por qué salir de casa, se quedaba entre sus propias cuatro paredes. —¿Falta mucho? —preguntó Noah, que comenzaba a preguntarse cómo era posible que el habitáculo de Oscar le hubiera parecido nunca demasiado caliente. Le estaban creciendo carámbanos diminutos en la barba, y añoraba las altísimas temperaturas del escondite que resecaban las mucosas. «Pero esta noche no podemos ir allí, porque la suma de las cifras no es la correcta», pensó, y no supo si reír o llorar. «Un amnésico y un paranoico de excursión.» —¿Adónde estamos yendo? —Al Kempinski —respondió Oscar. Como Noah no reaccionó, lo miró enarcando las cejas—. No has pillado el chiste, ¿verdad? —¿Es un hotel? Oscar suspiró. —Madre mía, poco a poco voy entendiendo por qué te dispararon. Sí, es un hotel. Pero las camas me resultan demasiado blandas, ya sabes; tengo problemas de espalda, así que mejor vayamos allí. —Señaló un letrero luminoso que, a lo lejos, anunciaba la existencia de una boca de metro. Diez minutos más tarde estaban montando su campamento en la estación de Hansaplatz, una de las tres que la empresa de transportes de Berlín abría para los sin techo cuando la temperatura descendía de los tres grados bajo cero.

empresa de transportes de Berlín abría para los sin techo cuando la temperatura descendía de los

5

—Tres estaciones para todo Berlín —había dicho Oscar en tono de crítica al entrar en la estación, señalando a la gran cantidad de personas que se habían instalado

junto a la pared de azulejos blancos para pasar la noche. Los lugares más codiciados, es decir aquellos que ofrecían la menor superficie de ataque a jóvenes borrachos y demás matones, hacía tiempo que estaban ocupados. Muchos de aquellos que ni siquiera habían acudido al refugio, o que habían sido rechazados por tenencia de alcohol

o drogas, falta de espacio o algún otro motivo, estaban tumbados sobre cajas de cartón aplastadas, bolsas de plástico o sobre el suelo desnudo, hacían circular una botella o un tetrabrik o intentaban dormir un poco.

Después de buscar un rato, Noah y Oscar se habían hecho con un sitio en el pasillo lateral de un paso peatonal, algo apartado de la entrada; un pequeño nicho entre

el quiosco de prensa y un chiringuito móvil, ambos ya cerrados. —Si hubiera sabido desde el principio que esta noche te apetecería pasarla en un refugio de animales, habríamos venido aquí directamente y nos habríamos

asegurado un sitio mejor —seguía gruñendo Oscar diez minutos después. En ese momento estaban cubriendo el suelo con los periódicos que el quiosquero no había vendido durante el día y que había colocado junto a su puesto para la recogida de papel reciclable. —¿Qué tiene de malo este lugar? —preguntó Noah al ver que su compañero no dejaba de protestar. Estaban tumbados lado a lado, Oscar junto a la pared. Al fin y

al cabo. allí hacía un calor agradable, en el nicho podían protegerse de la omnipresente corriente, y además los ruidos de las escaleras mecánicas y el vocerío de los

borrachos llegaban muy amortiguados. Solo el neón deslumbrante sobre su cabeza le dificultaría considerablemente conciliar el sueño. —Aquí no hay cámaras —repuso Oscar. Noah lo miró con expresión interrogativa. —¿Y?

—Y por eso nadie verá si alguien alborota por aquí. —Para demostrarlo señaló, junto a la papelera, un teléfono público medio destrozado cuyo auricular colgaba del cable—. Y nadie te ayudará si alguien quiere quitarte algo. —Hizo una pausa—. O prenderte fuego. —¿Prenderme fuego? Oscar chasqueó la lengua.

—No me preguntes por qué —dijo, lacónico—, pero por alguna razón ahora está de moda rociar con gasolina a vagabundos dormidos y

—Movió el pulgar como

si estuviera encendiendo un mechero. A continuación se quitó el gorro de lana y lo dobló, al parecer para emplearlo como almohada—. Por eso hay tan poca gente en

esta zona. La mayoría tiene miedo, y es que a medianoche aquí se apagan las luces y entonces eres presa fácil. Pero de todas formas esto sigue siendo mejor que tener que dormir abajo, en el andén. —¿Por qué? —preguntó Noah, que se disponía a abrir su mochila para comprobar cómo se encontraba .

—Hoy es sábado. El fin de semana los críos siempre se vuelven locos. Especialmente los de buena familia. Solo en este mes ya han arrojado a dos de los nuestros a

las vías, como prueba de valor. Lo triste es que han sobrevivido, no sé si sabes a qué me refiero. —Oscar se señaló las piernas e hizo con una mano ademán de serrar.

con suavidad; el perro tenía los ojos cerrados con fuerza y temblaba. En contraste con el

sitio en que dormirían, que apestaba a orines, olía como si estuviera recién bañado. Por suerte parecía que aún no se lo había hecho en la mochila—. Eh, pequeñajo.

—Sostuvo al cachorro entre las manos. El pelo, bajo el que las costillas se marcaban igual que palillos, era cálido y agradable al tacto. Cuando hizo amago de tocarle la

nariz,

—Tiene sed —comentó Oscar. Noah rebuscó en la mochila de Patricia y, debajo de un rollo de papel higiénico y un trapo que al cachorro le había servido de nido, encontró un cenicero de cristal y un botellín de plástico con la inscripción «leche de cachorro». Siguió hurgando y dio con una bolsa transparente que contenía lo que al parecer era pienso. «Aunque te hubieses dado por vencida en lo que a ti misma se refiere, Pattrix, siempre habrías querido cuidar del perro.» Noah vertió con cuidado un poco de leche en el cenicero después de frotar el interior de este con algo de saliva y papel de periódico, pero cuando colocó a delante, el perro no dio señal alguna de querer beber. No obstante cuando Noah humedeció su dedo meñique y dejó caer algunas gotas sobre su hocico, el cachorro no solo sacó la lengua, sino que abrió un ojo. —Lo separaron de su madre demasiado pronto —afirmó Oscar mientras desplegaba sobre sí la edición del viernes de un periódico de gran formato—. Seguro que en el mercadillo polaco o así. Sin vacunas, así que con parásitos y a saber qué más. —Suspiró como alguien que sabe perfectamente que, de todos modos, por mucho que quisiera no podría cambiar el curso de las cosas—. Será mejor que durmamos por turnos —añadió cambiando de tema, y volviéndose hacia la pared no dejó lugar a dudas de quién sería el primero—. Y no me despiertes —gruñó—. Acabo de dar cuerda a mi reloj interno. Despertaré yo solo dentro de dos horas.

a mi reloj interno. Despertaré yo solo dentro de dos horas. —Muy tranquilizador —murmuró Noah, abriendo

—Muy tranquilizador —murmuró Noah, abriendo la mochila. Sacó a

—murmuró Noah, abriendo la mochila. Sacó a trató de lamerle el dedo. Noah quiso protestar, pero

trató de lamerle el dedo.

abriendo la mochila. Sacó a trató de lamerle el dedo. Noah quiso protestar, pero requería toda
abriendo la mochila. Sacó a trató de lamerle el dedo. Noah quiso protestar, pero requería toda
abriendo la mochila. Sacó a trató de lamerle el dedo. Noah quiso protestar, pero requería toda

Noah quiso protestar, pero

a trató de lamerle el dedo. Noah quiso protestar, pero requería toda su atención y chupaba

requería toda su atención y chupaba con vehemencia su dedo pidiendo más leche.

—Sí, sí. Está bien. Lo intentó de nuevo con el cenicero, y esta vez el cachorro sacó fuerzas para beber un poco de él. Observar al animal colocarse ante el recipiente con cierta torpeza pero con decisión y sorber el líquido, primero lentamente y después con creciente avidez, tenía algo de tranquilizador. Por primera vez en mucho tiempo Noah sentía que su permanente tensión interna quería ceder, precisamente allí, en el suelo de una estación de metro. Recordó las temperaturas gélidas y la cantidad de personas haciendo cola en la Franklinstraße. La mera posibilidad de que algunas de ellas aún estuviesen allí fuera le provocó escalofríos. Oscar no le había hablado mucho de sí mismo ni de su pasado, solo que había elegido voluntariamente vivir en la calle. En vista de su situación inhumana, era incapaz de entenderlo. —¿Por qué vives así? —le preguntó Noah, como ya había hecho varias veces desde que los reuniera el destino. —Es una larga historia —respondió Oscar—. Y ahora déjame dormir, ¿vale? —¿Tiene algo que ver con la mujer? —¿Con qué mujer? —graznó Oscar, que ahora se vio obligado a volverse hacia Noah entre fuertes crujidos de papel de periódico. Tenía las orejas rojas, como si lo hubieran sorprendido mintiendo. —La de la foto que llevas siempre contigo. Noah señaló el cuello de su compañero. En aquel momento la cadena plateada estaba tapada por el cuello del jersey, y el medallón que colgaba de ella tampoco se

veía.

A Oscar se le encendieron las mejillas.

—¿Has estado fisgando, miserable

?

—Todas las noches, antes de dormir, abres el amuleto y le das un beso —lo interrumpió Noah—. No hace falta ser ningún Sherlock para figurarse qué significa ese ritual. En cuanto pronunció esas palabras, se preguntó por qué almacenaba en la mente tantos nombres ficticios de personajes de novelas y en cambio el suyo no. Pero quizás Oscar no solo era médico sino también psiquiatra y pudiera explicarle algún día ese fenómeno de la medicina. Para ello, sin embargo, ese animal testarudo tendría que revelar de una vez por todas algo más sobre sí mismo.

» levantó en ese momento la cabeza del cuenco y se sacudió como si acabara de darse un baño en el lago. —¿Qué, no tienes más hambre? —Eso es. Mejor ocúpate del chucho y a mí déjame en paz —bufó Oscar, y se volvió de nuevo hacia la pared, obviamente contento de dejar la conversación en aquel punto.

«Hablando de animales

y se volvió de nuevo hacia la pared, obviamente contento de dejar la conversación en aquel

Noah quiso replicar, pero entonces hizo amagos de querer alejarse del campamento, así que lo levantó de nuevo, lo acarició bajo la diminuta barbilla y lo colocó sobre su vientre. El violento latido del corazón del cachorro se sentía incluso a través de su gruesa chaqueta. parecía estar percibiendo conscientemente por primera vez a su nuevo dueño y lo miraba fijamente con los ojos abiertos de par en par. Parecía sorprendido pero satisfecho, al contrario que Noah, a quien pronto le gruñó el estómago. «No me extraña.» Lo último que habían comido era el que habían comprado con parte del dinero obtenido recogiendo botellas y que habían compartido. Noah pensó un

instante si debía pedirle un euro más a Oscar, que administraba su dinero, para sacar algo de una máquina. Pero dudaba de que Oscar reaccionara si le hablaba de nuevo. Además no quería espantar al cálido ovillo que tenía sobre su vientre. Finalmente se sorprendió a sí mismo sosteniendo la mano ante la boca por un bostezo. Maldita sea. «El gordo apenas se ha dormido y yo ya estoy cayendo.»

como si este supiera cuál era la mejor manera de mantenerse despierto. Cogió el periódico que había preparado para taparse

más tarde—. ¿Te leo algo? respiró sonoramente y apoyó la cabeza sobre ambas patas. —Lo tomaré como un sí. —Abrió la primera página—. ¿Te interesa la política? Oscar gruñó malhumorado junto a él y Noah comenzó a leer el primer titular en susurros:

a él y Noah comenzó a leer el primer titular en susurros: —¿Y ahora qué? —le
a él y Noah comenzó a leer el primer titular en susurros: —¿Y ahora qué? —le
a él y Noah comenzó a leer el primer titular en susurros: —¿Y ahora qué? —le

—¿Y ahora qué? —le preguntó a

titular en susurros: —¿Y ahora qué? —le preguntó a Los ministros de Sanidad europeos deliberan sobre
titular en susurros: —¿Y ahora qué? —le preguntó a Los ministros de Sanidad europeos deliberan sobre

Los ministros de Sanidad europeos deliberan sobre la gripe de Manila. Los ministros de Sanidad de siete países europeos se reunirán en Bruselas la próxima semana para discutir la mejor manera de enfrentarse a la pandemia

bostezó y al mismo tiempo se desperezó como un gato sobre la tripa de Noah. —Vale, vale. Aburrido. Lo he entendido. Así que nada de política. ¿Mejor deportes? Siguió hojeando, pero ninguna de las noticias le llamó la atención. Casi toda la información giraba en torno al fútbol, una disciplina a la que probablemente no había sido aficionado en su vida anterior. —Ja, pero esto sí que suena interesante, pequeñín. —Entretanto había llegado a la sección «Alemania y el mundo».para discutir la mejor manera de enfrentarse a la pandemia C OMO UN PREMIO DE LOTERÍA

COMO UN PREMIO DE LOTERÍA QUE NADIE RECLAMA

Noah apretó la barbilla contra el pecho y miró al cachorro directamente a sus grandes ojos oscuros, antes de carraspear y continuar leyendo:

ojos oscuros, antes de carraspear y continuar leyendo: «El millón está preparado, pero ¡nadie lo quiere!»

«El millón está preparado, pero ¡nadie lo quiere!» Esto es lo que explicó el redactor jefe del a los desconcertados periodistas en una rueda de prensa convocada el domingo. Su periódico, y con él medio Internet, busca intensamente desde hace semanas al autor de una pintura abstracta que se envió al . La pregunta se plantea en anuncios a toda página e incluso en carteles por la ciudad: «Se busca artista. ¿Quién ha pintado esto?»

la ciudad: «Se busca artista. ¿Quién ha pintado esto?» A principios de año llegó a la
la ciudad: «Se busca artista. ¿Quién ha pintado esto?» A principios de año llegó a la

A principios de año llegó a la oficina de cartas al director un paquete en un tubo sin remitente. Contenía algo que a primera vista parecía un inocente dibujo

infantil, titulado

vestíbulo, donde pasó un tiempo inadvertida. Hasta que Matthew Springfields, un conocido e influyente crítico de arte, descubrió la obra por casualidad mientras esperaba a una entrevista. «Los colores superpuestos, la distribución de los campos opuestos dan lugar a una luz tan radiante y al mismo tiempo difusa, que por un momento creí estar ante una obra temprana de un joven Mark Rothko.» Springfields entregó el cuadro a algunos expertos en arte independientes para que lo valoraran, de los cuales dos también llegaron a la conclusión de que el autor de aquella «obra maestra del color » debía de ser un artista de gran talento desconocido hasta entonces. Un galerista de Miami tasó incluso el valor del cuadro en más de un millón de dólares, lo que provocó que

. Como al redactor jefe le pareció «una pena tirar» la imagen laminada, asombrosamente valiosa, la hizo enmarcar y la colgó en su

asombrosamente valiosa, la hizo enmarcar y la colgó en su Noah levantó brevemente la cabeza para
asombrosamente valiosa, la hizo enmarcar y la colgó en su Noah levantó brevemente la cabeza para

Noah levantó brevemente la cabeza para observar a terminó de leer el artículo en silencio.

para observar a terminó de leer el artículo en silencio. . Sonriendo, comprobó que el cachorro

. Sonriendo, comprobó que el cachorro se había quedado plácidamente dormido sobre su pecho, por lo que

importantes galeristas y agentes comenzaran a pujar con anticipos cada vez más elevados en caso de que el artista diera señales de vida. Pero todos los llamamientos se perdieron sin respuesta. Parece que el autor desea permanecer en el anonimato. Y entretanto no es solo Estados Unidos, sino que el mundo occidental al completo busca en Internet al artista al que le espera un contrato de un millón de euros, y todos se preguntan: «¿QUIÉN HA PINTADO ESTO

Con curiosidad por saber de qué imagen se trataría, Noah pasó a la siguiente página, en la que se mostraba la obra en un recuadro a media página. En cuanto le dio el primer vistazo se le secó la boca. Oyó un chasquido en los oídos y de pronto lo vio todo negro. En su interior oyó un grito. Agudo y vibrante como si la persona que lo emitía estuviera sentada en el vagón de un tren fantasma que se precipitara inesperadamente al vacío.

Oyó el traqueteo de las ruedas sobre las vías, sintió el viento en contra en su rostro y las imágenes lo asaltaron como personajes de los recovecos de una casa del terror. Una habitación. Voces. Voces infantiles. «¿Puedo quedármelo?», preguntaba un chico. «¿Para qué?» «Me gusta.» Noah vio la espalda de un chico, de no más de doce o trece años, que metía algo en una maleta. De pronto la imagen cambió. El chico desapareció. Y con él la habitación. Ahora veía a un hombre sobre una alfombra clara. Justo delante de una chimenea. Inmóvil. Y entonces la mancha. Tan roja. Justo debajo de su cabeza.

Alguien extendía una mano hacia él. Para tocarlo, para

darle la vuelta.

El grito agudo en sus oídos cambió, se oscureció. Se hizo más fuerte. Tan fuerte que Noah tuvo problemas para concentrarse en los recuerdos que de nuevo amenazaban con desvanecerse. Buscó la fuente del ruido y volvió la cabeza en la dirección de la que suponía que procedía el chillido. Sin embargo, cuando abrió los ojos, oyó los ladridos de y vio a Oscar arrodillado ante él gesticulando violentamente, Noah se fue dando cuenta poco a poco de que había sido él mismo quien había gritado con todas sus fuerzas pidiendo ayuda mientras viajaba en el tren fantasma a toda velocidad hacia el sótano de sus recuerdos.

todas sus fuerzas pidiendo ayuda mientras viajaba en el tren fantasma a toda velocidad hacia el

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Nueva York, EE.UU.

Aquel día Celine tuvo que aprender que en la vida a veces no hace falta más que un «humm» prácticamente inaudible para exprimir toda la felicidad de un alma humana. —¿Qué sucede? —preguntó temerosa. Se incorporó apoyándose sobre el codo y trató de ver mejor la pantalla. Al parecer el doctor Malcom solo tenía en su consulta las últimas novedades técnicas. «Se parece a mi padre obeso, siempre está mal afeitado, y me pregunto cómo puede ver nada ahí abajo con esas gafas de culo de vaso», había descrito su amiga Janet al doctor Malcom. «Pero tiene manos pequeñas, lo que es más bien una ventaja para un ginecólogo. Y tiene un ultrasonido de alta tecnología genial en el que se ve hasta el último detalle, de verdad te lo recomiendo.» En lo que respectaba al aspecto descuidado del doctor, Janet tenía razón. Pero había descrito el ultrasonido de forma demasiado prometedora. Por mucho que Celine se esforzara, no era capaz de ver en la pantalla más que turbios paisajes lunares. En las ecografías anteriores siempre había asentido con amabilidad cuando el doctor Malcom le señalaba algo. —¿Ve usted los pies? —Sí, claro. —Y aquí está la cabeza. —¿Ah, sí? Solamente una cosa había sido inequívoca: el corazón. No necesitaba ver más. Aquel pequeño granito parpadeante le parecía más vivo que todo lo que hubiera visto jamás. Cuando había visto por primera vez aquella cosa palpitante se había sentido feliz. A pesar de que hacía un mes que su novio y ella no cruzaban una sola palabra. A pesar de que su contrato en el se acababa en dos semanas y de que el redactor jefe hubiera cancelado hasta entonces todas las citas en las que se hubiera podido discutir una posible renovación, por lo que podía dar por sentado que pronto no solo estaría embarazada, sino también en el paro. Celine Henderson era feliz, incluso aunque pronto tuviera que dejar su maravillosa y barata habitación de dos mil dólares en Greenwich Village y mudarse de nuevo con sus padres a Nueva Jersey. Eso sería lo mejor para el Puntito, como había bautizado a la vida que comenzaba en su vientre. Se apartó un mechón de su desafortunado corte escalonado de la frente y miró fijamente la pantalla del ultrasonido. En la peluquería el «corte de entretiempo de cuidado fácil» aún había presentado un aspecto muy decente. Pero era cierto que el peluquero había tardado una eternidad en peinar su pelo rubio oscuro de manera que enmarcara su rostro ovalado como una cofia. Desde el primer lavado ya no parecía una «audaz estrella de Hollywood» (palabras textuales del «estilista»), sino aquello que era: una embarazada abandonada que había querido dar un empujón a su autoestima con un nuevo corte de pelo. Había sido un fracaso rotundo pero irrelevante; la mayor parte de su vida no tenía ya importancia alguna ahora que el doctor Malcom había dicho «humm» y no quería mirarla a los ojos. «¿Qué sucede, doctor?», era lo que Celine no se atrevía a preguntar. Ya llevaba 11 más 5, así que estaba en la duodécima semana. «Ya puedo estar tranquila, ¿no?» Eso le habían dicho todos. A partir de la duodécima semana el riesgo de un aborto natural disminuía. No es que hubiera tenido miedo. Con veintinueve años no era una madre tardía, y venía de una familia de muchos niños. Al parecer su madre se había quedado embarazada de ella a pesar de que estaba tomando la píldora y de que su padre había utilizado un condón. «Ni siquiera estoy seguro de que tuviéramos sexo», bromeaba su padre Ed en referencia al nombre de su esposa Maria. Y sus dos hermanas mayores tampoco habían perdido el tiempo con la descendencia. Lucile tenía un niño de dos años y Emily había dado a luz a gemelos. «Y yo seré la siguiente que haga crecer el árbol genealógico familiar.» Durante dos minutos había estado segura de ello, pero entonces el doctor Malcom había gruñido elocuentemente y desde entonces miraba fijamente la pantalla con el ceño fruncido mientras movía el cabezal sobre su vientre en todas las direcciones. No era posible determinar sin equivocarse el sexo tan pronto, y aunque así fuera no habría querido saberlo. Fuera niño o niña, su mundo cambiaría para mejor una vez que el bebé hubiera nacido. No es que su futuro fuera de color de rosa. Estaba claro que todo sería difícil siendo madre soltera. Aún estaba enfadada con Steven, que al ver el resultado positivo de la prueba de embarazo se había echado a llorar muy en serio, y no de alegría precisamente. De todas formas estaba todavía más enfadada consigo misma por haberse engañado a sí misma con Steven. Eran demasiado diferentes para que de su relación superficial hubiera surgido algo estable. Lo cierto es que era alto, musculoso, encantador y más comprensivo que la mayoría de los que habían intentado ligar con ella en un bar. Pero entre ellos nunca había habido nada parecido a la química o la magia, quizá porque Steven no tenía secretos en su interior que hubiera que descubrir. Su currículum estaba programado: primero socio júnior en un bufete de Wall Street, después fiscal del Estado, cargo para el que sería reelegido año tras año gracias a su marcado aspecto de Yale. Esto estaba tan decidido como el hecho de que viviría en una casa de campo con valla blanca, garaje doble y césped de campo de golf ante la entrada flanqueada por columnas, fuera de la ciudad, con los 1,4 hijos previstos por las estadísticas que seguro que en algún momento querría tener, pero aún no. El hecho de que ahora su mala conciencia pareciera torturarle no cambiaba nada. Desde hacía apenas tres semanas un remitente anónimo le enviaba en intervalos irregulares hermosas flores a la oficina que solo podían venir de él. Sin embargo, ni las rosas ni las orquídeas harían que se pusiera de nuevo en contacto con él para discutir otra vez sobre el «momento» adecuado, como si el nacimiento de un niño fuera una cita en el calendario de Outlook. Solo le había sorprendido que los envíos de flores no hubieran cesado el día en que se había cumplido el plazo para abortar de forma legal. Celine sabía que un hijo la haría feliz, sin importar cuándo. Y en efecto ya había descubierto su vida desde una perspectiva completamente nueva. Y con eso no solo se refería a su baño, en el que se había arrodillado frente a la taza del váter durante las primeras semanas. —Tendrían que sacarte sangre y venderla —había comentado su compañero de piso Adrian tras haber tenido que esperar de nuevo media hora delante del baño compartido, para después ver cómo ella abría con una sonrisa en la cara la puerta tras la que acababa de estar vomitando con fuerza—. Vomitas hasta las entrañas y a pesar de todo estás de buen humor. Conozco a chicos en la universidad que pagarían una fortuna a su camello por la sustancia que lo provocara. «En fin, no sé qué hormonas de la felicidad contenía hasta ahora mi sangre, pero en este momento han desaparecido.» Celine carraspeó. —¿Hay algún problema? La pregunta para la que no quería oír respuesta alguna ya estaba en el aire. El doctor Malcom alzó la mirada. Las arrugas de preocupación no desaparecían de su frente. Se quitó las gafas. —Acabo de examinar el pliegue nucal. «¿Pliegue nucal?» Maldita sea, recordaba vagamente haber leído sobre ello en alguna de las innumerables guías que su familia había descargado en su casa con la mejor intención. Con las ediciones de , o podría llenar las estanterías de toda una tienda de Ikea. Pero con los libros sobre bebés pasaba lo mismo que con los amigos de Facebook. Cuantos más tenía, menos atención prestaba a cada uno de ellos. A veces se preguntaba si era una mala madre por no leer cada día lo que estaba sucediendo con exactitud en su cuerpo. Sin embargo, los datos de altura y peso más bien la atemorizaban, ya que, además de acudir regularmente a las revisiones, ¿qué demonios podría hacer si su Puntito era demasiado pequeño o no estaba en la

acudir regularmente a las revisiones, ¿qué demonios podría hacer si su Puntito era demasiado pequeño o
acudir regularmente a las revisiones, ¿qué demonios podría hacer si su Puntito era demasiado pequeño o

posición correcta? Si ni siquiera los consejos para las náuseas matutinas habían funcionado, ¿qué le aportaría saber qué cantidad de líquido amniótico estaba dentro de lo normal? Bien, en la puerta del frigorífico había ahora una nota con todo lo que era preferible que evitara. Pero ¿qué embarazada en su sano juicio se encendería un cigarrillo,

se prepararía un

Celine intentaba alimentarse de modo equilibrado, renunciaba al café, al embutido crudo y al sushi, lo que no le suponía demasiado esfuerzo teniendo en cuenta que

de todas formas apenas lograba retener nada en el estómago y solo tenía apetito muy de vez en cuando. Y un vistazo a las concurridas calles de Nueva York era la mejor prueba de que desde hacía millones de años la humanidad había logrado contribuir a la superpoblación del planeta sin instrucciones por escrito. Celine confiaba sencillamente en que las madres sabían por intuición qué era lo mejor para sus hijos.

sabían por intuición qué era lo mejor para sus hijos. para desayunar y combatiría los dolores

para desayunar y combatiría los dolores con un envase familiar de paracetamol?

Sin embargo, hoy renegaba de sí misma por haber leído solo por encima el capítulo sobre

misma por haber leído solo por encima el capítulo sobre de su libro de consulta. —Mediante

de su libro de consulta.

—Mediante la acumulación de líquido en la zona de la nuca podemos estimar el riesgo de alteraciones en el desarrollo —le explicó el doctor Malcom con voz tranquila. Para Celine no habría habido ninguna diferencia si le hubiera gritado. En su cabeza resonaban unas únicas palabras: «alteraciones en el desarrollo». —¿Y? —graznó con voz ahogada. —He medido una translucencia de 3,9. —¿Y eso es malo? —No tiene por qué. Hasta una TN 2,5 es inapreciable. Siempre que el resultado esté por encima debemos aclarar la sospecha de anomalías cromosómicas. —¿Doctor? —¿Sí? —¿Puede dejarse de numeritos y palabrería técnica? —Sí, disculpe. —Carraspeó—. Con un resultado como el que veo aquí existe la posibilidad de una trisomía. Perdone, pero es que no puedo explicarlo sin algún tecnicismo. Seguro que ha oído hablar alguna vez del síndrome de Down. «Se refiere a los niños de caras redondas a los que tanto les gusta sonreír y hablar como si fueran sordomudos, y a los que la gente sana a menudo llama despectivamente mongólicos.» Celine asintió con lágrimas en los ojos. Tópicos como «discapacitado psíquico», «retrasado» y «mongolo» resonaban en su cabeza sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo. Había visto reportajes sobre personas con esta enfermedad; su propio periódico había iniciado una vez una campaña de donación para financiar la operación de corazón de un niño con síndrome de Down cuyos padres no podían permitírsela. —No me mire tan horrorizada, Celine. El diagnóstico no es ni mucho menos definitivo. Debemos hacer más pruebas. —¿Qué pruebas? —Una amniocentesis, por ejemplo, pero no la recomiendo hasta la semana catorce del embarazo; antes de eso el riesgo de aborto es demasiado alto, así que tendremos que esperar un poco. —¿No hay nada que pueda hacer ahora mismo? —Sí que lo hay. Le sacaré sangre —respondió el médico y le enumeró toda una serie de pruebas, mencionó números, explicó anomalías y finalmente le dio la tarjeta de un colega de diagnóstico prenatal al que quería enviarla. Celine escuchaba sin retener mucho de lo que se decía. Se sentía como una bolita de . Un poder invisible jugaba con su destino y la llevaba de una esquina a otra. En pocas semanas su vida había dado dos vuelcos completos. El primero, cuando se enteró del milagro que crecía en su interior. Y ahora, cuando poco a poco se filtraba en su mente la idea de que era probable que su hijo se convirtiera en un enfermo dependiente para toda su vida. Había entrado en la consulta del doctor Malcom alegre e ilusionada. Ahora se despedía del ginecólogo preocupada y envuelta en una nube de pensamientos oscuros. «Mi bebé está enfermo.» Cuando la corriente cálida de la salida del climatizador la empujó al frío de la Séptima Avenida, estaba segura de que el día no podía empeorar. En ese momento le sonó el teléfono.

al frío de la Séptima Avenida, estaba segura de que el día no podía empeorar. En

7

—De modo que ya se te ha fundido el último plomo. —La voz de Oscar retumbaba en las baldosas de la pared y se amplificaba en el paso subterráneo. Miraba a

Noah como si este se acabara de desnudar y se hubiera frotado con el pienso de la razón? «No. Al contrario. Creo que he recuperado parte de ella.»

Noah apretó con más fuerza contra su oreja el auricular del teléfono público que, a pesar de su aspecto estropeado, aún funcionaba a la perfección. Oscar trataba de alcanzar el aparato, probablemente para apretar el interruptor y cortar la conexión, pero Noah protegía el teléfono con su cuerpo como un jugador de baloncesto defendiendo la posesión del balón. —¡Cuelga! Noah, que aún estaba asombrado de que su compañero le hubiera entregado sus ahorros (posiblemente porque aún estaba demasiado asustado por su súbito estallido de gritos histéricos para no hacerlo), sacudió la cabeza y trató de concentrarse en la conversación. —¿Hola? ¿Sigue ahí? —oyó preguntar a la mujer al otro lado de la línea, que había tardado media eternidad en contestar y se había presentado como Celine

Henderson, del

, al tiempo que se llevaba un dedo a la sien y lo hacía girar—. ¿Es que has perdido

un dedo a la sien y lo hacía girar—. ¿Es que has perdido . —Llamo por
un dedo a la sien y lo hacía girar—. ¿Es que has perdido . —Llamo por

. —Llamo por el cuadro —dijo Noah en voz baja. —¿Cómo dice? Disculpe, he desviado las llamadas de mi teléfono de la redacción a mi móvil. Me temo que la conexión no es muy buena.

De fondo los coches pitaban, el ruido de la actividad en la calle interfería en la línea; los sonidos eran diferentes a los que estaba acostumbrado en Berlín y le resultaron extrañamente familiares. —¿Podría repetirlo, por favor? —preguntó la joven periodista. Si no se equivocaba, sonaba preocupada y ligeramente ausente, como alguien que en ese momento estuviera ocupado con otro problema y en realidad no tuviera tiempo de hablar por teléfono.

—Noah miró fijamente la página de periódico arrugada en su mano, que había leído antes de que su memoria abriera una válvula y un aluvión de

recuerdos inundaran su cabeza. «¿Quién ha pintado esto?» —Se trata del artista al que buscan. Había que llamar a su redacción si se sabía de quién era el cuadro.

Su mirada recayó sobre el largo número impreso al final del artículo con el aviso «Llame si tiene información al respecto», como si en lugar de a un pintor buscaran a un ladrón de bancos o a un terrorista. —¿Conoce al autor? La preocupación había desaparecido de la voz de Celine. Ahora ya solo sonaba agotada. —Sí —asintió Noah y cerró los ojos—. Soy yo. Silencio. Nada más que ruidos en la línea. Oscar abrió los ojos como platos junto a él. —Así que quiere el millón —respondió Celine un rato después con un fuerte suspiro. —No, yo

« solo acabo de ver los colores, ese azul que se transforma en un rojo pálido, y he tenido algo parecido a un brote de memoria, y por eso estoy bastante seguro de que tengo algo que ver con el artista al que buscan.» —Lo siento, la campaña ha terminado. «¿La campaña?»

—prosiguió Noah y cometió el error de hacer una pausa, que la redactora aprovechó para

abreviar la conversación. —Está bien, señor Treintayunmildoscientosdoce, entonces hágame un favor y dígame lo que hay en el reverso del cuadro. «¿Reverso?» Noah tragó saliva y de pronto se sintió completamente desfallecido. —No sé de qué habla. —¿Y por qué no me sorprende? Pero arriba ese ánimo, los treinta y un mil doscientos once que llamaron antes que usted tampoco lo sabían. —¿Desde dónde se envió el paquete? —trató Noah de evitar que Celine colgara con una última pregunta. —Como en realidad debería saber usted, el envío no estaba franqueado, alguien tuvo que dejarlo personalmente delante de nuestra puerta, señor

ha dicho que se llamaba? Noah miró por primera vez desde hacía un buen rato a Oscar, que le había arrancado el artículo de la mano y lo estudiaba sacudiendo la cabeza. —No lo sé —dijo Noah en voz baja. —¿Perdone? —No sé cómo me llamo. Celine Henderson se echó a reír, sin malicia ni desprecio, sino sinceramente divertida. Ahora casi parecía agradecida de que la llamada hubiera interrumpido su día. —Esto mejora por momentos. ¿No sabe cómo se llama, pero está seguro de haber pintado este cuadro? —Creo que sí, así es. —Bien, en otra vida tendría más paciencia con usted, pero hoy Se oyó un pitido en la línea y resultaba difícil entender a Celine. Una voz de ordenador femenina pidió a Noah que introdujera más monedas, algo que él no podía hacer. —Me llaman Noah —exclamó precipitadamente siguiendo un impulso que ni siquiera él mismo podía explicarse, después solamente oyó un tono penetrante.

—Yo, eh

—No sé nada de ninguna campaña. Solo sé que he pintado ese cuadro

, humm, ¿cómo

—¡No lo dirás en serio! —vociferó Oscar desde su lado sacudiendo el artículo de periódico en la mano.

Noah se encogió de hombros y miró a

—Sé que suena extraño. Pero esos colores de ahí —cogió de nuevo el artículo— son como una llave. Encajan con la cerradura de mi cabeza. En cuanto los he visto

con la cerradura de mi cabeza. En cuanto los he visto , que se había acurrucado

, que se había acurrucado sobre la mochila y dormitaba plácidamente.

— se ha abierto una puerta dentro de ti y has chillado como si te persiguiera el diablo, sí, sí, de eso ya me he enterado; todavía me están vibrando los tímpanos. Dime, ¿te das cuenta de que acabas de ventilarte todos nuestros ingresos del día?

Oscar golpeó el teléfono público con la mano abierta, y despertó a

el teléfono público con la mano abierta, y despertó a de un susto. —Lo sien —Siete

de un susto.

—Lo sien —Siete euros con noventa. Perdidos. Han volado. Se han esfumado, desvanecido en el aire. Finito, cero. Y todo por un estúpido truco de relaciones públicas de un periódico todavía más estúpido. Su compañero temblaba de ira. —No es ningún truco de relaciones públicas. —No, claro que no. Déjame adivinar, solo tenemos que esperar aquí diez minutos y entonces aparecerá alguien con un maletín y te dará el millón. ¿Cómo lo has pedido? ¿En billetes grandes o pequeños? —Oscar hizo un ademán de desprecio con la mano y se volvió—. Siete euros con noventa —murmuró mientras se agachaba y

recogía de nuevo el periódico para taparse con él—. Por un dibujo sobre el que parece que un niño haya volcado su caja de pinturas. Arte moderno, vaya tontería. Esas cosas las pintan chiflados en terapia. Bueno, por lo menos ahora sabemos de dónde vienes. —¿A qué te refieres? Oscar levantó la mirada hacia Noah, que aún estaba junto al teléfono. —¿No te has dado cuenta? —¿De qué debería darme cuenta? —Tu alemán es aceptable, pero hablas inglés como una ametralladora. —¿Inglés? —Noah parpadeó como si se le hubiera metido algo en los ojos. —Sí. Con acento americano. Me apuesto lo que sea a que eres estadounidense. Noah se quedó de piedra, únicamente sus ojos siguieron moviéndose. Miró de reojo hacia arriba, al techo, hacia abajo, al suelo, a Oscar, a y de nuevo al teléfono, como si quisiera escanear una imagen en tres dimensiones de todo lo que le rodeaba. «Efectivamente.» Ahora que Oscar lo había dicho, se dio cuenta de que con la redactora había hablado en un idioma diferente que con él. Y no solo hablado. «¡He pensado en ese idioma!» —No te quedes ahí como un pasmarote. Tú no has pintado esta chorrada. El reportaje solo ha despertado recuerdos de tu lugar de origen. Nada más y nada menos. Pero de eso podemos hablar mañana tranquilamente. La noche es corta, a las cinco vienen los de la limpieza, y entonces Oscar no llegó a terminar la frase. Un penetrante timbrazo lo sobresaltó, al igual que a Noah y a , cuyos ladridos agudos se mezclaron con el sonido del teléfono. Noah se volvió y miró el teléfono en la pared como hipnotizado. Después del cuarto timbrazo descolgó. La mujer ya no sonaba divertida, y parecía todo menos ausente. —¿Cómo acaba de decir que lo llaman? —Noah. Apenas pronunció la palabra, sintió como si su garganta se cerrara. A Celine Henderson pareció sucederle lo mismo cuando formuló la siguiente pregunta:

A Celine Henderson pareció sucederle lo mismo cuando formuló la siguiente pregunta: —¿Dónde podemos recogerlo?
A Celine Henderson pareció sucederle lo mismo cuando formuló la siguiente pregunta: —¿Dónde podemos recogerlo?

—¿Dónde podemos recogerlo?

8

Celine bajó las escaleras del metro en la entrada de la calle Cincuenta y siete esquina con la SéptimaAvenida en dirección al centro, y mientras hablaba por teléfono hurgó en su bolso buscando el billete. Los ojos le pesaban como si estuvieran llenos de las lágrimas que habría derramado ante la consulta del doctor Malcom si la llamada no se lo hubiera impedido. —¿Berlín? —preguntó—. Supongo que no se refiere al pueblucho de siete mil quinientas almas en Nueva Jersey. Había más de doce poblaciones en Estados Unidos cuyos fundadores habían sido lo bastante ocurrentes como para bautizarlas con el nombre del lugar del que cada

uno de ellos procedía. Solo en el estado de Nueva York había dos de ellos. Sin embargo, seguro que no tenían el mismo prefijo que el número desde el que le llamaba el misterioso participante. —Me refiero a Berlín, Alemania. «Claro, ningún problema. Solo nos separa el Atlántico.» Celine atravesó la puerta giratoria y se desabrochó el abrigo. Como cada invierno en Nueva York, al viajar en el metro se experimentaba un cambio de temperatura tras otro. Apenas escapaba uno de la heladora temperatura exterior, se encontraba en el ambiente seco y sobrecalentado del andén, para montarse poco después en un vagón climatizado a diecisiete grados. —¿Y no sabe cómo se llama? Se apresuró hacia las escaleras mecánicas. A juzgar por los ruidos, el tren N estaba llegando en ese mismo momento. —He perdido la memoria. Celine sintió un hormigueo eléctrico en los antebrazos, como siempre que su subconsciente le indicaba que posiblemente tuviera una buena historia entre manos.

—¿En este momento se encuentra en un hospital o

Decidió no pronunciar las alternativas obvias: psiquiátrico, cárcel. —Es una historia demasiado larga para una llamada internacional. «Sí. Pero una buena historia.» Eso ya lo tenía claro. Durante dos semanas la campaña de búsqueda del artista anónimo había copado todos los medios de comunicación. En el

?

había copado todos los medios de comunicación. En el ? los responsables estaban de acuerdo en

los responsables estaban de acuerdo en que la historia en el fondo no era más que un truco de relaciones públicas, en el que ni siquiera importaba si alguien se presentaba

o no. Precisamente el hecho de que al final no se descubriera quién era el verdadero autor había convertido el asunto en algo espectacular, y había logrado también una

ingente cantidad de publicidad gratuita. Pero entonces se había producido un accidente de avión en el Atlántico, ataques terroristas en Asia y por último el peligro de pandemia, y los titulares nuevos y «más importantes» desviaron la atención del tema. Cuando en la reunión de la dirección se decidió suspender la búsqueda, nadie pareció triste por tener que pagar el millón a un chiflado cualquiera del que se podría decir con una probabilidad cercana a la certeza que no se trataba del próximo Mark Rothko. De todas maneras Celine se había preguntado qué era lo que veían en aquel cuadro. Cuando veía un cuadro que iba más allá de líneas y escalas de colores, solía saber apreciarlo. Al fin y al cabo Vincent van Gogh, Salvador Dalí, Leonardo da Vinci e incluso Picasso habían hecho algo más que lanzar una bolsa de pintura sobre un lienzo. Pero ¿qué sabía ella de arte moderno? Si de algo sabía era de sentimientos y emociones. De historias que hacían que el lector contuviera el aliento. Y a juzgar por el hormigueo eléctrico, que ya se extendía por todo el brazo, en ese momento se le presentaba una historia así envuelta en papel de regalo y con un lazo plateado: el pintor que habían buscado durante semanas resultaba ser un amnésico que se encontraba en Europa. —¿Todavía me oye? —preguntó Celine. Oficialmente la cobertura bajo aquella parte de Manhattan estaba garantizada, pero nunca se sabía. Mientras Noah confirmaba que la conexión aún era correcta, Celine se apretujó junto a una de las barras de sujeción entre un negro con enormes auriculares y un hombre de negocios mayor con un traje de mil rayas. El hombre del traje hablaba con toda seriedad por teléfono con su iPad, lo que confería un significado completamente nuevo a la comparación de un móvil con un ladrillo. Para ello necesitaba ambas manos, lo que no solo le daba un aspecto ridículo, sino que también provocó que el hombre perdiera el equilibrio al arrancar el metro y chocara contra Celine. —¿Por qué me ha llamado de nuevo? —quiso saber su interlocutor. —¿Por qué le llaman Noah? —replicó Celine, apartando al hombre de su lado. Solo un puñado de personas conocían el nombre escrito a mano en el reverso del cuadro. El redactor jefe, el editor y ella misma. «Y por supuesto el autor.» Los responsables del habían hecho todo lo posible por mantener el círculo de iniciados lo más reducido posible. Naturalmente era posible que alguien hubiera pasado la información a algún amigo o conocido, pero era poco probable. Al fin y al cabo no bastaba con conocer el nombre, también había que demostrar ser capaz de haber pintado realmente aquel cuadro. —Supongo que no tiene pasaporte ni dinero para viajar a Nueva York, ¿verdad? —Correcto. «Humm.» Celine repasó mentalmente sus opciones. La campaña de relaciones públicas se había suspendido oficialmente, la línea directa de la campaña solo seguía activada gracias a la lentitud del departamento técnico; probablemente porque todo lo que tenía que ver con su puesto de trabajo no tenía ya ninguna prioridad desde que figuraba en la lista de trabajadores a los que se despediría. Hacía solo dos semanas habría tenido presupuesto, e incluso la habrían dispensado, para volar personalmente a Europa. Ahora la historia se había enfriado y dudaba de que su jefe permitiera retomarla. Y si así fuera, seguro que no sería ella quien lo hiciera. «Por otra parte, siento que este hombre esconde más que todos los demás chiflados que me han llamado hasta ahora.» Sonaba sincero, pero naturalmente no podía fiarse de eso. Así lo había aprendido sobre todo de su ex, a quien Celine había creído cada palabra acerca de la fidelidad

y la confianza, hasta que había tenido que demostrarlo. El tren frenó en la estación de la calle Cuarenta y nueve. —¿Puedo localizarlo siempre en este número, Noah? —Solo hasta las cinco de la mañana, es cuando llegan los de la limpieza. —¿Quiénes? —Los que limpian la estación de metro. —¿Duerme en una estación de metro? «En fin, todo cuadra.» Celine abrió paso a una madre con su bebé y se le hizo un nudo en la garganta. Por un momento, al ver al bebé dormitar plácidamente en el canguro, estuvo tentada de colgar y retomar lo que había dejado delante de la consulta del doctor Malcom: llorar. Pero ¿qué cambiaría eso? Debía esperar a los análisis de sangre, contar los días hasta que pudiera realizarse la amniocentesis. Horas interminables que podía dedicar a cavilar, inquietarse y esperar llena de melancolía, o a distraerse. —Espere un momento. Tras asegurarse repetidas veces de que Noah no colgaría, marcó el número de su redactor jefe. La conversación que tuvo con él fue breve, como era habitual, pero por una vez también fue constructiva. Por regla general Kevin Rood nunca tomaba decisiones espontáneas, especialmente aquellas relacionadas con gastos. Sin embargo, cuando se enteró del desarrollo de los acontecimientos, en absoluto reaccionó negativamente,

con gastos. Sin embargo, cuando se enteró del desarrollo de los acontecimientos, en absoluto reaccionó negativamente,

como ella había esperado, sino que dio instrucciones inequívocas inmediatas que ella transmitió en el acto al vagabundo:

—¿En qué barrio de Berlín se encuentra en este momento, Noah?

Tuvo que repetir la pregunta porque el tren se detenía de nuevo y el aviso a gran volumen de las conexiones en Times Square hacía imposible cualquier tipo de comunicación. Celine luchó en el andén contra la corriente de los que querían entrar y se dirigió a la salida de la calle Cuarenta y dos. —Oscar dice que se llama Moabit. —¿Quién es Oscar?

—Mi, eh

—Pregúntele cuánto hay desde su paradero actual hasta la Puerta de Brandenburgo. Se oyó un breve susurro y Noah volvió al teléfono con la información. —Media hora a pie. Quizá cuarenta minutos. —Bien, entonces póngase enseguida en camino. —¿Adónde? —Al hotel Adlon. En este instante se está reservando una habitación para usted allí.

Es mi amigo —se escuchó decir Noah. Sonaba como si no estuviera al cien por cien seguro de ello.

9

Los Ángeles. EE.UU.

—Despreciados señores y señoras, sobrevalorados invitados, les doy la bienvenida a este duodécimo desayuno solidario para los niños necesitados de África; un lema tan falso como el público al que debo dirigirme hoy. Jonathan Zaphire miró por encima de la montura de sus gafas de concha negras más allá de la tribuna hacia las treinta y dos mesas completas en el salón de baile del Ritz-Carlton. La luz de los focos lo deslumbraba un poco, por lo que el hombre de setenta y un años que había sido en su día el más rico del mundo probablemente parecía aún más amargado que de costumbre, pero por lo que veía con sus cansados ojos, la mayoría de los asistentes sonreía. Solo había allí miembros de la supuesta alta sociedad y famosos conocidos en todo el mundo; políticos, mánagers, artistas y aristócratas de más de diez países. Delante a la derecha, en primera fila, estaba sentado el ministro de Economía alemán con su mujer, justo al lado de un magnate de la comunicación ruso, que la semana anterior había comprado al equipo líder de la liga profesional de fútbol española. Zaphire descubrió a un multimillonario de Internet holandés a quien habían sentado junto a una estrella del rock estadounidense. Ninguno de los distinguidos invitados se sorprendió o quejó por que se hubiera dirigido a ellos de forma tan ofensiva. Ni la propietaria de la mayor emisora de radio de Francia ni el armador japonés. Ninguna interrupción indignada, nadie abandonó la sala. No esperaban menos. Zaphire decía lo que pensaba y la gente lo adoraba por ello. —En el siglo XIV existía una maravillosa práctica en la Iglesia católica —prosiguió su discurso, que como siempre hablaba libremente, sin mirar una sola vez sus notas—. El comercio con bulas. Si se había pecado, se echaba algo de dinero en el cepillo y , estaba uno exculpado. Cuando miro hoy a mi alrededor y veo a todos estos hombres obesos que acarician con autocomplacencia las manos de sus ridículamente jóvenes y famélicas esposas, tengo la impresión de que muchos de ustedes creen que esa mala costumbre de la Edad Media aún no ha sido abolida. En lugar de murmullos ofendidos, Zaphire cosechó carcajadas. «Vaya panda de degenerados.» —Están aquí sentados sobre sus amplias posaderas, atacan con su cuchillo de plata la chuleta, y con cada bocado esperan salir poco a poco de su purgatorio personal. Zaphire sacudió la cabeza con desprecio. Su piel arrugada, que caía de sus mejillas y se curvaba sobre su mandíbula como la de un perro, se bamboleó con el movimiento. No era un hombre guapo, nunca lo había sido. Encorvado, achaparrado, orejas de soplillo y dientes torcidos. Cuando su primera mujer se había quedado embarazada de gemelos, él había dicho a sus amigos que regalaría a Dios la mitad de su por entonces joven empresa para que los niños no salieran a él. Al final no habían salido a nadie. Para la prensa local la noticia de la muerte de su mujer y de los bebés en el parto solo había merecido media columna. Por aquel entonces Zaphire no era tan importante como hoy. Y entonces jamás habría podido insultar de tal manera al público en sus discursos. —Vosotros, hipócritas mojigatos y mentirosos, queréis comprar vuestra libertad. Pero tengo una mala noticia para todos los que estáis en la sala: habéis pagado los mil quinientos dólares del menú de seis platos en vano. Vuestros pecados no serán perdonados. Todos seguiréis siendo lo que sois: asesinos. Y algún día pagaréis por ello.

La primera vez que Zaphire reventó en una cena de gala siete años atrás, fue más o menos en este punto de su discurso solemne cuando le apagaron el micrófono. Hoy, después de que el vídeo del legendario ataque de rabia hubiera sido reproducido doscientos millones de veces en YouTube, el director de Fairgreen Pharmaceutics disfrutaba del estatus de personaje de culto, y de permiso para hacer verdaderas locuras. Un hombre venerado por sus seguidores como una estrella del pop, sobre todo desde que había rechazado el premio Nobel de la Paz con las siguientes palabras: «Lo merezco tanto como Hitler.» Naturalmente también tenía enemigos. Enemigos poderosos. En especial a los redactores jefe de los medios de comunicación serios les resultaba sospechoso que precisamente el jefe de la que había sido la mayor empresa farmacéutica del mundo interviniera de pronto en favor de los derechos humanos. Entonces nadie había creído que «el Buitre» (un apodo de los días en que «rondaba» a las empresas de la competencia en dificultades hasta que caían en la insolvencia y él podía adueñarse de ellas) realmente transferiría el noventa y cinco por ciento de su patrimonio a una fundación privada que llevaba el humilde nombre de «Worldsaver». Pero en efecto lo había hecho, muy a pesar de su tercera esposa Tiffany, de la que ya se había divorciado, que había contado con la mitad de los doscientos cuarenta y dos mil millones y ahora, con una asignación mensual de cuarenta y siete mil dólares, se veía casi en la cuneta. Sin embargo, no había sido la renuncia a la mayor parte de su dinero lo que le había dado el (rechazado) premio Nobel (ya que con el cinco por ciento restante aún podía vivir lujosamente), ni tampoco la labor demostrable que llevaba a cabo la fundación Worldsaver con sus miles de millones. El reconocimiento, también por parte de los medios, había alcanzado cotas estratosféricas cuando había transformado Fairgreen Pharmaceutics en una sociedad sin ánimo de lucro que a partir de entonces había utilizado todas sus patentes para distribuir medicamentos a precio de coste entre los más pobres de los pobres en todo el mundo. «Porque le debo al planeta compensar mis errores antes de morir», había hecho saber a un buen amigo suyo al que ya no dirigía la palabra por haber filtrado a la prensa dicha cita. —Me gustaría presentarles a un joven —dijo Zaphire con su característica voz gangosa y arrogante, y la sala se oscureció. Un cañón proyectó una imagen azulada sobre la pantalla a sus espaldas—. No sé cuál es su nombre, pero yo le llamo Akin, que en su lengua materna africana significa algo así como luchador, guerrero u hombre valiente. Y desde luego Akin lo es, al contrario que ustedes: un hombre muy valiente. La imagen se hizo más nítida, pero seguía sin haber mucho que ver en ella, solamente un punto negro sobre una superficie azul grisácea en movimiento. —Estas imágenes de satélite cayeron en nuestras manos por casualidad. El público rio, algunos aplaudieron. Era un secreto a voces que la fundación de Zaphire dedicaba parte de sus fondos a construir y mantener una red de vigilancia privada por satélite no autorizada. Worldsaver vigilaba las fronteras de zonas conflictivas de todo el mundo, como las de Sudán con Sudán del Sur, rico en petróleo, e informaba a la opinión pública de cualquier amenaza de violación del derecho internacional o de los derechos humanos, como por ejemplo las movilizaciones militares. —Akin, que calculo que tendrá alrededor de veinte años, no está solo en el bote neumático que espero que ahora distingan mejor. El plano de la cámara era ahora más nítido. —Les pongo en situación: nos encontramos en el mar Mediterráneo, aproximadamente a ciento cincuenta kilómetros de la costa maltesa. La visibilidad es buena, no hay oleaje, no hay viento, y el sol tampoco es un problema en esta época del año para Akin y los demás refugiados del bote. ¿Ven esas rayas de ahí? —Zaphire señaló en la pantalla con un puntero láser—. Son ocho piernas. Están unas sobre otras como palitos de Mikado y no se han movido ni un milímetro en las últimas veinticuatro horas. En otras palabras: los otros cuatro ocupantes del bote neumático, un niño, una mujer, probablemente su madre o su hermana, y otros dos jóvenes, seguro que sus hermanos, están muertos. Y Akin, que parece no haber tenido aún el valor de lanzar a sus compañeros al mar, lo estará pronto también, ya que hace siete días una violenta tormenta tiró por la borda los bidones de agua, los remos y las provisiones. —Zaphire se apoyó con ambas manos sobre el atril y se inclinó amenazador hacia delante—. Akin también morirá. Mentira. Será asesinado. En pocas horas. Por ustedes los aquí presentes en la sala. Silencio. En los pocos rostros que podía ver desde allí arriba titilaba una sonrisa insegura, pero nadie se atrevía a decir nada. Zaphire ya no oía ni siquiera el golpeteo de los cubiertos o el tintineo de las copas. —Probablemente la vida de este muchacho africano les dé igual. Es posible que se asusten mucho más si les digo que la carne de su plato de porcelana no es de cerdo Ibaiona, sino que proviene de la cría convencional de animales a gran escala.

de su plato de porcelana no es de cerdo Ibaiona, sino que proviene de la cría

A pesar de que no se trataba de un chiste, algunos de los asistentes aprovecharon el momento para soltar una carcajada liberadora.

—Les pido que levanten su plato. Un murmullo inquieto se extendió entre el público. El alboroto se desató cuando los invitados encontraron un pedazo de papel que se había colocado debajo de cada plato a petición de Zaphire. Este dijo lacónicamente:

—Lo que sostienen ahora en las manos es un prospecto como los que contienen millones de cajas de medicamentos. Y como el que debería acompañar a todos los filetes comprados en el supermercado: fosfato de tilosina, olaquindox, aminosidina, clorsulón, ácido clavulánico, levamisol, azaperón; la lista es infinita. Nuestro laboratorio encontró incluso aspirina. Y al fin y al cabo es lógico. —Carraspeó y bebió un pequeño sorbo del vaso de agua colocado al efecto—. Si yo les encadenara a todos ustedes y los hacinara en una habitación de dimensiones reducidas a oscuras, si les arrancara los colmillos como a los cerdos en los establos de nuestras fábricas de carne para que no pudieran matar a mordiscos a sus vecinos, y si a continuación los cebara a toda velocidad con pienso barato manipulado genéticamente y hormonas del crecimiento hasta que alcanzaran el tamaño para sacrificarlos, el cual, dicho sea de paso, muchos de los presentes en la sala ya ha superado hace tiempo, entonces se darían cuenta de que un modelo de negocio basado en la matanza de personas a gran escala no sería posible sin el empleo de analgésicos, antibióticos, psicofármacos y antiparasitarios, por no hablar de las toneladas de sedantes que harían falta para que no alborotaran durante el transporte al matadero antes de que los arrojara vivos a una cuba para escaldarlos. Zaphire hizo un gesto con la mano, como si quisiera anticiparse a los pretextos esperados. —No se preocupen. Nadie quiere quitarles su pellejo entreverado de grasa. Solamente quería aclarar que sin montañas de comprimidos, inyecciones y pastillas jamás seríamos capaces de saciar el hambre asesina de nuestros mataderos industriales. En una instalación convencional de Estados Unidos se matan mil cerdos ¡por hora! —Vio que algunas personas del público sacudían la cabeza. En las primeras filas nadie comía ya—. ¿Dudan de esta cifra inmensa? Tienen razón. En la mayoría de instalaciones no son mil, sino mil quinientos, al fin y al cabo también producimos para exportar, lo que nos lleva de nuevo a Akin. Zaphire se apartó del atril hacia el centro del escenario. —Señoras y señores míos, hagan lo que mejor se les da. Sencillamente olviden todo lo que saben. —Sonrió diabólicamente—. Ahora no se trata de los daños medioambientales que causa una única hamburguesa, debido a que para su producción se necesita tanta agua como para diecisiete duchas. Olviden que la producción industrial de carne en Estados Unidos consume un tercio de todo el combustible fósil. E ignoren el hecho de que basta un simple vistazo a los caraculos ingenuos que hacen cola en la caja de un restaurante de comida rápida para comprender que comemos demasiada carne mientras en el mundo un niño muere de hambre cada seis segundos. —Zaphire se volvió hacia la pantalla—. O de sed, como Akin en pocas horas si su bote no zozobra antes. En la grabación de vídeo se veía cómo el joven africano se sujetaba la cabeza con ambas manos. Probablemente por el dolor atroz que provoca una deshidratación. —Si aún me están escuchando y no están consultando a escondidas las cotizaciones de bolsa con el móvil, quizá se pregunten qué tiene que ver el pedazo de residuo tóxico de su plato con el destino de Akin. Muchos asintieron. Un hombre se echó a reír con fuerza, obviamente descubierto. Zaphire miró enfadado en su dirección. —No solo producimos el residuo cárnico incomible y contaminado con fármacos que tienen sobre el plato, al que grandilocuentemente llamamos alimento. Generamos demasiada basura. Solo los animales que sacrificamos en Estados Unidos producen treinta y nueve toneladas de excrementos ¡por segundo! Ciento treinta veces la caca que expulsa por el culo toda la población mundial. Nuestros ganaderos estimulan esta sobreproducción de mierda, en el sentido más literal de la expresión, porque obtienen dinero por ello. Mucho dinero. Trescientos cincuenta mil millones. Esa es la cantidad que se están jugando. Trescientos cincuenta mil millones de dólares estadounidenses es lo que han recibido los agricultores y campesinos de los estados de la OCDE en subvenciones agrarias y a la exportación durante el último año. ¡Eso son sus impuestos! Son ustedes quienes financian la exportación de carne barata, sobre todo a las regiones en las que no se puede ser muy exigente si no se quiere morir de hambre. Por ejemplo a Accra, un mercado en Ghana, y aquí se cierra el círculo. Hace solo un año el padre de Akin vendía su mercancía en Accra para alimentar a su familia. —En realidad no era más que una suposición, pero lograba que los rostros resultaran más reales, y eso era necesario si Zaphire no quería perder la atención de su público—. El padre de Akin vendía un pollo a dos dólares. Pero gracias a las subvenciones a la exportación, los granjeros de la UE pueden enviar sus residuos cárnicos a África a precio de . Y por eso el pollo extranjero cuesta allí solo cincuenta céntimos. Tienen tres intentos para adivinar a quién compra la

Tienen tres intentos para adivinar a quién compra la población: ¿al padre de Akin o al

población: ¿al padre de Akin o al importador extranjero? Zaphire regresó al atril. —Su hambre de carne, señoras y señores, y su maldita ignorancia devoran personas. Personas como Akin. Mientras millones de niños mueren de hambre, quemamos cereales para producir biocombustible. Cereales que, debido a esto, cada vez son más caros en el mercado mundial, impagables para una familia africana; también porque el banco, al que los presentes en la sala confían su dinero heredado u obtenido con negocios obscuros, apuesta este dinero a la subida de los precios de los alimentos en la bolsa. Al mismo tiempo arruinan la ganadería local de los países en vías de desarrollo con precios irrisorios. Bienvenidos a la economía del libre mercado. Zaphire se limpió el sudor de la frente. Ya había pronunciado innumerables veces este y otros discursos. Se encendía de ira todas y cada una de las veces. —Akin se ha buscado un bote neumático para escapar hacia el continente culpable de su miseria. No llegará muy lejos, ya que al año se invierten otros varios cientos de millones de los impuestos en Frontex, un ejército al que no conoce ni Dios, porque no nos gusta hablar de que nuestros aliados europeos se enfrentan a las cáscaras de nuez llenas de refugiados de la miseria desesperados con barcos interceptores fuertemente armados, helicópteros de guerra y aviones de vigilancia. Zaphire se quitó las gafas y se secó algo del sudor de la frente con un pañuelo. —En este momento, mientras les hablo, un helicóptero de Frontex equipado con cámara de visión nocturna observa el bote de Akin. En los últimos días los soldados han asistido a la muerte de cuatro personas y han dado la orden de no proporcionar ayuda. Zaphire se puso de nuevo las gafas furioso. —Gracias a Frontex solo en el último año setenta mil refugiados han muerto ahogados en el mar Mediterráneo y en el Atlántico. Y mientras los cadáveres se hunden entre las olas o tienen la desfachatez de molestar a los turistas que toman el sol porque el mar los arroja por docenas a la playa de Gran Canaria, ponemos gasolina a nuestros todoterrenos, conducimos hasta un y damos un mordisco a una hamburguesa que nos hará engordar, enfermar y nos atontará. Y como no queremos pagar más de un dólar por ella, a pesar de que si incluimos todos los daños medioambientales debería costar ciento ochenta euros, año tras año se autorizan más establos de gran capacidad y mataderos industriales que no solo son mortales para los animales, sino también para las personas.

mortales para los animales, sino también para las personas. El público prorrumpió en aplausos sobre los

El público prorrumpió en aplausos sobre los que Zaphire trató de hacerse oír a gritos.

—Resulta que Ghana trató de defenderse. Quiso aumentar las tasas de importación sobre la carne de la UE para que los ganaderos locales tuvieran la oportunidad de sobrevivir. En respuesta a esto, la Organización Mundial del Comercio, la OMC, apoyada por muchos de los idiotas aquí presentes, amenazó con sanciones. La

consecuencia: las personas como Akin están tan desesperadas que aceptan la muerte porque morirán de todas maneras, ya sea en su casa o huyendo. Gracias a gordos asquerosos como ustedes, señoras y señores, que creen que comprando una vez a la semana en el supermercado ecológico y soltando una y otra vez pasta en donaciones lo solucionan todo. Zaphire golpeó el atril con la mano abierta. —Pero no es así. No solucionan nada. Si se levantaran aquí y ahora y dijeran: «Haré como tú, Jonathan. Donaré el noventa y cinco por ciento de todos mis ingresos», entonces quizá pudiera mirarles a los ojos en una conversación sin escupirles a la cara. Bebió un último trago de agua y respiró hondo. Había llegado el momento de hacer explotar la bomba. —Sin embargo, como supongo que no quieren cambiar drásticamente su vida, no pondré a su disposición la vacuna contra la gripe de Manila.

El público reaccionó como un niño pequeño que tropieza inesperadamente. Se calló, miró a su alrededor y, tras un instante de reacción, comenzó a lloriquear.

Entretanto el flujo de imágenes del satélite en la pantalla había dejado paso a imágenes de la unidad de cuidados intensivos de un hospital. Eran más perturbadoras aún que las del bote en el mar Mediterráneo, porque no permitían al observador tomar distancia del horror. Un hombre de edad indefinida tosía sangre mientras las convulsiones sacudían su cuerpo. Los médicos lo miraban impotentes a través de un cristal. —Primero sangre por la nariz, después dolor de garganta. Lo que comienza como un resfriado corriente se transforma rápidamente en una pulmonía, seguida por

espasmos en todo el cuerpo que en algún momento llegan al cerebro. A día de hoy doce mil ochocientas personas están infectadas según datos oficiales, de las cuales dos mil ya han muerto a causa de la gripe de Manila. Si han estado siguiendo las noticias, sabrán que se ha tardado meses en desarrollar un medicamento eficaz, en parte porque todos hemos zampado tanta carne contaminada con antibióticos que hemos desarrollado anticuerpos resistentes; pero, eh, las alitas de pollo lo valían, ¿verdad? Zaphire sonrió en vista de la necedad de las personas de la sala. Nadie se había dado cuenta de que en realidad los antibióticos no son eficaces contra una infección viral. Naturalmente habría sido más correcto ilustrar al público acerca de los componentes especiales similares a las bacterias del agente patógeno de Manila, pero ¿por qué habría de esforzarse por estos ignorantes? Mientras la pantalla se oscurecía y la sala se iluminaba de nuevo, pidió silencio para su último mensaje de difícil digestión del día:

—Lo cierto es que no quiero devolverlos a su insignificante vida solo con malas noticias. La producción de ZetFlu marcha a toda máquina. Como probablemente hayan leído en la prensa, este remedio no solo actúa como antiviral. Esto significa que no solo impide la aparición y la propagación del virus de la gripe de Manila, sino que también elimina y desactiva los patógenos ya presentes en el cuerpo. En la pantalla se produjo un salto en el tiempo. El hombre que acababa de estar retorciéndose por las convulsiones estaba ahora sentado en el borde de la cama. Aún estaba marcado por la enfermedad, pero de todas formas había mejorado tanto que era capaz de sonreír a la cámara. —Como es habitual, enviaremos la sustancia activa a precio de coste a más de mil bases de Worldsaver en países en vías de desarrollo. Sin embargo, estos días estoy recibiendo noticias inquietantes de las favelas de Recife y São Paulo, así como de los barrios de chabolas de Bangladesh, Manila, El Cairo y otras macrociudades. Al parecer, con la excusa de la cuarentena, los militares están aislando allí extensas zonas de chabolas para excluir a sus habitantes de la distribución de medicamentos. Los ricos tienen miedo de que hordas de pobres marchen por la ciudad y les arrebaten las eficaces pastillas. Un murmullo intranquilo recorrió la sala. Las mejores condiciones para que la bomba surtiera el mayor efecto. —Por este motivo estoy pensando en desviar los flujos de producción. Desde hace semanas Fairgreen distribuye las entregas de medicamentos en cantidades justas a las farmacias, las clínicas y las consultas de médicos. Gracias a una mejor infraestructura, el suministro de ZetFlu es naturalmente mucho más fiable en Europa y en Estados Unidos. A partir de pasado mañana a las ocho de la mañana, mis controladores calculan una capacidad de distribución de más del cincuenta por ciento en el mundo occidental. Y en vista de los escandalosos acontecimientos en la India, el Sudeste Asiático, Sudamérica y África, opino que esto debería cambiar de inmediato. —¿Y cómo lo hará? —gritó un hombre de voz aguda en la sala. —Se lo diré. Desviando los camiones y los aviones y autorizando el envío de ZetFlu exclusivamente a países en vías de desarrollo y países emergentes a partir de ahora. Los murmullos aumentaron de volumen. Se tornaron malhumorados. Los primeros invitados se levantaron y gritaron algo que Zaphire no llegaba a escuchar sin la amplificación de un micrófono. —Si me es posible, también anularé envíos que ya han salido. Sería una alegría para mí que su situación fuera la misma que la de los habitantes de las chabolas de Lupang Pangako. Que se encontraran fatal, que la nariz les sangrara a borbotones, pero que no pudieran obtener el medicamento. Entonces por fin aprenderían que el dinero no lo compra todo. Mi remedio desde luego no. Pero seguro que pueden comprar más chuletas de las que tienen en el plato, sírvanse tranquilamente. Quizás alguna de las pastillas que el pobre cerdo tuvo que tragar antes de morir surta efecto por casualidad. Espero que les aproveche. Con estas palabras Zaphire quiso recoger sus papeles y bajar de la tribuna, pero un fuerte estallido se lo impidió. Se oyó un grito, superado rápidamente por chillidos de mayor intensidad. Se volcaron sillas, la porcelana cayó al suelo junto con los manteles. Alguien pidió ayuda. Zaphire entrecerró los ojos y trató de comprender el motivo del repentino alboroto, cuando de pronto dos manos robustas lo agarraron y lo tiraron al suelo. «¿Cezet?» —¿Qué sucede? —quiso preguntar a su guardaespaldas, que lo sacaba de la línea de fuego. Pero de la boca de Zaphire ya no lograban salir palabras. Solo sangre espesa, viscosa.

10

Celine puso su bolso junto con su reloj y el móvil en una bandeja de plástico, la colocó sobre la cinta del aparato de rayos X y pasó por los detectores de metal.

siempre habían sido muy estrictos. Pero desde el 11 de Septiembre el procedimiento superaba incluso el

control de pasajeros de los vuelos de larga distancia. Primero había que introducir la identificación de empleado con el chip hacia arriba en una máquina, entonces se abría la compuerta hacia una cámara de plexiglás en la que se rociaba a las personas con aire que después se aspiraba y se analizaba en busca de explosivos y partículas de radiactividad. A continuación venían el control personal y de bolsos. Como siempre, Celine pensó que se había deshecho de todos los metales de su cuerpo, y como siempre, la vigilante Martha se disculpó por tener que pasar el escáner de mano por su cuerpo porque algo había pitado de todas formas. —¿Se ha enterado de todo el caos, señorita Henderson? —le preguntó mientras le levantaba el brazo a Celine. Martha era una negra con gran sobrepeso a la que le gustaba reírse a carcajadas. Hoy el gesto de su cara era desacostumbradamente sombrío. —¿Caos? —Han cerrado el JFK. Todo el aeropuerto está en cuarentena. —¿Y eso por qué? Cuando el aparato en las manos de Martha pasó por la hebilla del cinturón de Celine, hizo ruidos similares a los de R2-D2 en . —Las saltaron con un africano. «¿ ? ¿Aún las utilizan?» Celine había escrito hacía años un artículo sobre las cámaras termográficas sin contacto que se utilizaban de manera encubierta y medían la temperatura corporal de los pasajeros con rayos infrarrojos. Su uso era polémico entre los expertos debido a las frecuentes falsas alarmas. —El hombre venía de Kenia y tenía cuarenta grados de fiebre. Lo han aislado y allí mismo, en la enfermería, han comprobado con un test rápido que se trataba del virus de la gripe de Manila. Martha le pidió que se volviera. —No sabía que ya hubiera un test así. «Y menos aún que se utilizara en las enfermerías de los aeropuertos.» —Al parecer, sí. Las noticias no paran de hablar de ello. Martha señaló con su escáner de mano la pared de pantallas del vestíbulo, que informaban de los titulares más actuales a todos los invitados que entraran en el edificio de la editorial. no solo era un periódico, sino toda una multinacional de la comunicación que difundía sus contenidos a través de todos los medios disponibles. NYN contaba con revistas, portales de vídeos, emisoras de radio digitales y cadenas locales de televisión. Una de ellas, Channel 17, mostraba en ese momento imágenes desde un helicóptero de un atasco kilométrico ante el acceso bloqueado del aeropuerto John F. Kennedy. Mientras Celine colocaba alternativamente el pie derecho y el izquierdo sobre un pequeño taburete, Martha le explicó los motivos de la cuarentena:

—El hombre estaba de paso y había dormido en el área de tránsito. Llegó allí con un montón de gente. El CDC quiere asegurarse de que nadie entra o sale con el virus, así que están haciendo la prueba a todos los que se encuentran en el edificio. —Dios mío, eso puede llevar una eternidad. —Una exageración, si quiere saber mi opinión. Como con la gripe porcina, ¿se acuerda? Pánico total. Todo el mundo tenía que vacunarse pero nadie fue al médico, ¿y qué pasó? No murió más gente que cualquier otro invierno. Así que a día de hoy yo sigo creyendo que la enfermedad no existió. Celine se despidió y se apresuró hacia los ascensores. —Por cierto, han llegado más —gritó Martha tras ella. —¿Cómo dice? —Celine se volvió. —Flores. —Martha sonrió y le guiñó un ojo—. Tiene un admirador realmente cabezota.

Los controles de seguridad del edificio del

sonrió y le guiñó un ojo—. Tiene un admirador realmente cabezota. Los controles de seguridad del
sonrió y le guiñó un ojo—. Tiene un admirador realmente cabezota. Los controles de seguridad del
sonrió y le guiñó un ojo—. Tiene un admirador realmente cabezota. Los controles de seguridad del
sonrió y le guiñó un ojo—. Tiene un admirador realmente cabezota. Los controles de seguridad del

11

Berlín

—¿Señores? El tratamiento era educado, el tono era de puro desprecio. Noah y Oscar habían aprovechado una ocasión oportuna y se habían deslizado por la puerta giratoria mientras el portero abría las puertas del taxi a una familia que llegaba. Pero entonces se habían desorientado y habían deambulado durante un rato por el vestíbulo del gran hotel sin saber qué hacer. El del Adlon estaba lleno de invitados que, al terminar el verdadero motivo de su presencia allí (Noah apostaba por un baile), se habían reunido para mantener conversaciones triviales y darse palmaditas en los hombros. Varias docenas de hombre de frac y sus mujeres, envueltas en largos vestidos, se apiñaban en torno a los asientos disponibles; reían, gesticulaban o brindaban con una de las copas que les tendían los camareros de librea y las azafatas. El suministro de bebidas y aperitivos parecía provenir de la derecha, donde se encontraba el bar. Noah supuso que la recepción estaría justo enfrente, a mano izquierda de la fuente con el obelisco en el centro. —¿Y seguro que esa tal Henderson ha dicho «Adlon»? —se cercioró varias veces Oscar en el camino. El atajo por el parque había sido tan oscuro como frío. De camino Noah había notado una mancha húmeda en la mochila. había hecho sus necesidades y habían tenido que limpiar mínimamente la mochila con nieve antes de proseguir la marcha. —Es una trampa —pronosticó Oscar—. No sé a qué juego están jugando con nosotros, pero el asunto no me da buena espina. Noah comenzaba a estar de acuerdo. Miró hacia arriba, hacia el enmarcado por barandas blancas de mármol, y tuvo la impresión de estar en el atrio de un crucero de lujo.

la impresión de estar en el atrio de un crucero de lujo. Sorprendentemente allí se sentía
la impresión de estar en el atrio de un crucero de lujo. Sorprendentemente allí se sentía
la impresión de estar en el atrio de un crucero de lujo. Sorprendentemente allí se sentía

Sorprendentemente allí se sentía más fuera de lugar que en el escondite de Oscar bajo las vías del metro, y no solo debido a su apariencia. —¿Puedo ayudarles en algo? —preguntó el portero, que los había alcanzado. Era poco probable que el tipo flaco en uniforme gris marengo con aquel ridículo sombrero de copa en la cabeza quisiera ayudarles realmente. A juzgar por su expresión torturada, habría preferido pisar una caca de perro sobre la alfombra china a tener a esos dos vagabundos en el vestíbulo. —Tenemos una reserva —tomó Oscar la palabra y agarró un puñado de canapés de queso de la bandeja de un joven camarero, que había cometido el error de evitar a una señora con un chal de visón y al hacerlo había puesto los aperitivos al alcance del sin techo. —¿Una reserva? —El portero levantó las cejas escéptico. —A nombre de Henderson. —Oscar tenía dificultades para hablar con la boca llena—. Del .

—Estiró el brazo

pero vaciló en tocar a los molestos intrusos, como si estuviera preocupado por sus guantes blancos. Noah, que aún no había dicho ni una sola palabra, rechinó los dientes y se sorprendió pensando que le habría encantado agarrar la mano del petimetre y retorcerla de golpe ciento ochenta grados hasta que el portero se hubiera arrodillado ante él; pero no fue el sentido común sino una voz a su espalda la que lo detuvo. —¿Doctor Morten? Un hombre pequeño de aspecto autoritario se abrió paso a través de un grupo de mujeres que se reían entre dientes. Llevaba un traje que le quedaba perfecto y probablemente estuviera hecho a medida, con un pañuelo de bolsillo rojo. El letrero con su nombre no se distinguió hasta que no estuvo a dos pasos de distancia. Era evidente que el «Señor Vandenberg» era uno de los empleados de mayor rango del establecimiento de lujo; alguien que ya había dejado atrás el uniforme y el sombrero de copa. —Doctor Morten, ¿es usted? Antes de que Noah hubiera podido decir algo, Vandenberg ya había tomado su mano y la estrechaba como si se tratara de un amigo al que hubiera creído muerto. Vandenberg tenía aspecto de haberse hecho varios , su piel se extendía sobre su cráneo como un guante de látex y a través de la superficie se transparentaban

de látex y a través de la superficie se transparentaban —Seguro que aclaramos todo esto si

—Seguro que aclaramos todo esto si los señores esperan fuera —dijo el portero y señaló hacia la salida con la barbilla—. Si son tan amables

hacia la salida con la barbilla—. Si son tan amables venitas azuladas. A pesar de que

venitas azuladas. A pesar de que al sonreír mostraba más dientes que Julia Roberts, apenas se distinguía arruga alguna. —Lo siento de veras, por poco no lo reconozco. Pero lo cierto es que se ha camuflado muy hábilmente. Mientras que a Noah la estupefacción le había dejado sin palabras, el rostro de Vandenberg se ensombreció y se dirigió hacia el portero. —¿Por qué los señores no están ya en el club? —Yo, bueno, lo siento, es que no sabía —El doctor Morten es un apreciado cliente habitual, se registrará en la recepción privada, como siempre —sonrió Vandenberg sin que sus ojos azul intenso parpadearan una sola vez—. ¿Solo lleva equipaje ligero esta vez? Chasqueó los dedos y señaló la mochila de Noah, pero este levantó la mano para protegerla. Le rompería la mano al portero antes que entregarle a .

—Entonces, si son tan amables de acompañarme Vandenberg se abrió paso hábilmente a través de los invitados de la velada y condujo a Noah y a Oscar hacia los ascensores al otro lado del vestíbulo. El portero lanzó a Noah una mirada hostil a modo de despedida y desapareció con pasos rápidos en dirección contraria. —No recuerdo haber visto su nombre en la lista de los huéspedes que llegaban hoy —dijo Vandenberg con voz meliflua, sin inmutarse en absoluto ante el hecho de que los dos hombres que llevaba consigo despidieran un olor intenso y dejaran a su paso el perfil negro de sus huellas sobre la alfombra de color crema. —Hemos reservado a nombre de Henderson —explicó Oscar, que parecía haber comenzado a divertirse con la situación. En cambio Noah aún estaba ocupado procesando la nueva información. «¿Mi apellido real es Morten? ¿Soy médico, o al menos doctor? ¿Ya he estado en este hotel?» No podía recordar nada semejante, aunque debía admitir que el vestíbulo le resultaba familiar. Pero ¿no eran todos los más o menos iguales, incluso los de grandes hoteles como aquel? —¿Henderson? —Vandenberg inclinó la cabeza y pulsó el botón del ascensor—. Cierto, recibimos la llamada apenas hace media hora. ¿Por qué la señorita del no ha dicho que se trataba de usted, doctor Morten?

del no ha dicho que se trataba de usted, doctor Morten? —Porque no podía. Para serle
del no ha dicho que se trataba de usted, doctor Morten? —Porque no podía. Para serle
del no ha dicho que se trataba de usted, doctor Morten? —Porque no podía. Para serle
del no ha dicho que se trataba de usted, doctor Morten? —Porque no podía. Para serle

—Porque no podía. Para serle sincero

— no podemos hablar abiertamente sobre el tema.

—empezó a decir Noah, pero Oscar lo interrumpió.

—¿Otro proyecto de investigación secreto? —conjeturó Vandenberg. Su sonrisa de veinte centímetros de largo se quebró al percibir la mirada hostil de Oscar. —Nos gustaría instalarnos en nuestra habitación de una vez. Hemos tenido un día muy largo. Las relucientes puertas del ascensor, pulidas y lustradas, se abrieron y el trío entró en la cabina. —Claro, por supuesto —se apresuró a confirmar Vandenberg, y pulsó el botón del quinto piso—. Solo me temo que no podremos darle su suite habitual. —¿Mi suite? —preguntó Noah atónito. Sintió que Oscar le daba un golpe en el costado. —Como puede ver, hoy tenemos muchos invitados, doctor Morten, el Baile de la Asociación de Juristas. Las habitaciones están prácticamente al completo, por desgracia sus aposentos ya no están disponibles. —¿Mis aposentos? Otra exclamación. Otro golpe en el costado.

—Sé que supone una molestia. Pero permítame ver qué puedo hacer por usted y el señor, eh —Schwartz. Profesor Schwartz —añadió Oscar—. Con «tz». Habían llegado a la planta del club prácticamente sin ruido alguno, y Vandenberg los condujo a un tresillo junto a una recepción privada que al parecer estaba reservada a los huéspedes más adinerados, que no tenían por qué registrarse abajo entre el gentío de la plebe. —¿Qué está pasando aquí? —murmuró Noah en cuanto Vandenberg los dejó solos para desaparecer en un despacho detrás de la recepción con el móvil en la oreja. —Ya lo decía yo, aquí hay gato encerrado. Pero no podemos dejar que se note que ya lo sabemos. —Oscar levantó la mirada hacia una cámara de seguridad que vigilaba el ascensor. De pronto ya no sonaba divertido, sino más bien nervioso. —¿Que lo sabemos? —siseó Noah y abrió la mochila para asegurarse de que estaba bien. El cachorro dormía apaciblemente—. ¿Qué demonios es lo que sabemos? —Que ellos quieren incluirnos en su programa. —¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? ¿Y de qué programa estás hablando? Oscar se puso el dedo sobre los labios, cogió un teléfono que había en la mesa auxiliar junto a sus butacas y levantó el auricular. Al oír el tono colgó de nuevo. —Bien, grandullón. Ahora es muy importante que mantengas la calma. Ese elfo de la sonrisa cosida volverá en un minuto y nos hará saber que tiene una buena noticia y que al final la suite sí está disponible finalmente. —No entiendo ni una palabra. —Lo sé. No hagas preguntas. Te lo explicaré todo en cuanto estemos en la habitación. —Pero cómo sabes que Noah se estremeció cuando Vandenberg dio una palmada tras él. Su sonrisa artificial crecía a cada paso que daba hacia ellos, y casi parecía desgarrar su cara cuando

dijo:

a cada paso que daba hacia ellos, y casi parecía desgarrar su cara cuando dijo: —Tengo

—Tengo una buena noticia, señores.

12

A juzgar por el ambiente en la redacción del piso cuarenta y cuatro, parecía que alguien hubiese activado la alarma de incendios poco antes. Ninguno de los escritorios estaba ocupado, todos los trabajadores estaban a punto de levantarse. Pasaban a toda prisa junto a Celine armados con iPads, carpetas o blocs de notas en dirección a la gran sala de conferencias, una habitación rectangular entre cristales de plexiglás en el centro de la oficina, en la que ya apenas quedaban sitios libres. Celine podía imaginar cuál era el motivo de esta reunión extraordinaria. Estos , como los llamaba Kevin Rood, se producían tres o cuatro veces al año. Días en los que una noticia caía como un rayo y lo revolucionaba todo, como en este caso el cierre del aeropuerto. Celine pensó brevemente si dejar el bolso y el abrigo en su puesto, pero decidió no perder más tiempo cuando vio a Kevin salir de su despacho. El redactor jefe hacía equilibrios con un vaso desechable de café en cada mano, la dosis estándar de cafeína sin la que jamás salía de su cubículo de cristal. —Ah, qué bien que estés aquí, Celine —exclamó. Cuando llegó hasta ella, dejó uno de los cafés sobre el escritorio más cercano y le tendió la mano izquierda. Celine se esforzó en dedicarle una sonrisa a Kevin. Ya llevaba dos años trabajando para él, y a pesar de que el redactor jefe siempre la había tratado con cortesía, nunca habían sido amigos. No sabía si era por su sonrisa, que parecía haber tomado prestada de otra persona; por su caro deportivo del aparcamiento, más propio de un fanfarrón que de alguien que a primera vista tenía más bien el aspecto de un tímido contable, o por la manera verdaderamente pedante en que Kevin pelaba su manzana en el comedor, mientras que su oficina parecía haber sido arrasada por un torbellino. Kevin Rood era como un salón con muebles que no pegaban unos con otros y en el que, por ese motivo, uno prefería no quedarse mucho tiempo. Siempre se sentía algo incómoda cerca de él. —Seguro que necesitáis a todo el que esté disponible —dijo Celine y soltó su mano de la del redactor jefe, que él había mantenido demasiado tiempo para su gusto. —Y que lo digas. Kevin sacó un mando a distancia del deformado bolsillo de su pantalón, lo dirigió hacia la sala de conferencias, que estaba aproximadamente a diez pasos de distancia, y los cristales se oscurecieron como por arte de magia gracias a una mezcla de gas en la cavidad del cristal doble que cambiaba de color con la tensión. Una

virguería técnica con la que estaban equipados todos los cristales de la editorial, en lugar de las persianas habituales. En un abrir y cerrar de ojos nadie podía mirar hacia dentro o hacia fuera. Celine y Kevin estaban solos ahora en el espacio abierto de la oficina. Únicamente el murmullo que escapaba a través de la puerta abierta de la sala de reuniones destruía la ilusión de que ambos eran las únicas personas en el edificio. —JFK no es más que el principio —le explicó su jefe, y a Celine le sorprendió aquella sesión informativa previa. En pocos segundos Kevin tendría que contar otra vez lo mismo ante el equipo reunido—. Corre el rumor de que LaGuardia y Newark también cerrarán. —¿Me pongo en camino de inmediato o quieres que esté presente en la reunión? —Ni lo uno ni lo otro. —¿Cómo? —Celine comenzó a sudar bajo su grueso abrigo de invierno—. ¿Qué significa eso, Kevin? —Sigues con la historia de Noah. —¿Es una broma? ¿Nueva York está al borde del estado de excepción y yo tengo que ocuparme de una campaña de relaciones públicas? —Órdenes de Larry. «¿Larry Farnham?» —¿Desde cuándo se entromete el director en nuestro día a día? —No tengo tiempo para discutir, Celine. Haz lo que se te dice. Siéntate en tu escritorio y mantén el contacto con el sin techo. Espero noticias cada hora. Aquí

—Le tendió una nota en la que había apuntado un número de teléfono, después cogió el segundo vaso de café—. Llama a este número en media hora, para

tienes

entonces los dos deberían de estar en la habitación. ¿Los dos? Kevin Rood la dejó allí plantada. Celine, confusa y desconcertada, lo siguió con la mirada. Seguro que la de Noah era una buena historia, ella misma lo había notado. Pero no era nada en comparación con el cierre de uno de los mayores nudos de comunicaciones del mundo. Esperó a que Kevin cerrara la puerta de la sala de conferencias tras de sí, permaneció un rato en el extraño silencio de la redacción, normalmente tan bulliciosa, y después se dirigió a su escritorio ante el que se dejó caer cansada sobre el asiento. El ramo del que le había informado Martha le bloqueaba la vista hacia la pantalla de su ordenador. «¿Qué está pasando aquí?», se preguntó mientras quitaba el fino papel a las flores. Olió un instante las rosas blancas, después apartó el jarrón que probablemente se había enviado con ellas. No creía que nadie hubiera hecho el esfuerzo de poner las flores en agua. ¿Qué mosca le había picado a Kevin? ¿No le había dicho en repetidas ocasiones que era su mejor reportera? Celine no tenía ni idea de por qué precisamente en un día como ese la despachaban con una tarea que hubiera podido llevar a cabo un becario. Solo estaba segura de una cosa: ella nunca le había mencionado a Kevin un segundo hombre. Así que, ¿cómo sabía de la existencia de Oscar?

una cosa: ella nunca le había mencionado a Kevin un segundo hombre. Así que, ¿cómo sabía

13

Lo primero que le llamó la atención a Noah al entrar en la suite Pariser-Platz no fue la chimenea encendida en el salón separado del dormitorio. Tampoco la pantalla

plana que había sobre ella, que mostraba imágenes mudas de pasajeros varados en algún aeropuerto internacional, ni la Puerta de Brandenburgo iluminada, cuya cuadriga podía verse a través de la ventana, que llegaba al suelo. Fue el olor. Un olor a almendra y orquídeas que desencadenó una explosión en su cerebro. Desde el primer momento, desde la primera inspiración en la suite, el peso de la mochila sobre sus hombros desapareció, y las palabras que Oscar le susurraba se perdieron sin que las escuchara. Noah tampoco hizo caso ya de Vandenberg cuando este se despidió comentando que el doctor Morten conocía bien el hotel y seguro que podría arreglárselas solo. Noah no sentía nada más que dolor. Un dolor punzante, agudo, ardiente, que se apoderó de todo su abdomen. Al mismo tiempo su mente recibió una avalancha de imágenes, y más que de recuerdos, tuvo la sensación de que se trataba de una experiencia cercana a la muerte. Oía un zumbido sordo y grave. Rayos centelleantes atravesaban la oscuridad, iluminaban a personas cuyos cuerpos se agitaban porque «¿Bailan? Sí, por Dios, están bailando.»

Y a continuación Noah se dio cuenta de que lo hacían hacia atrás, mientras el dolor casi insoportable parecía concentrarse en un punto de su hombro.

«¿Hacia atrás?» Efectivamente. Toda la película que veía en su cabeza transcurría del revés. Alguien sacó a Noah de la pista de baile y un ascensor lo absorbió, las puertas se cerraron, el indicador

de piso saltó del menos dos al quinto, donde Noah, con la cara dirigida hacia la puerta beige arañada de un ascensor de carga, introdujo varios números uno detrás de otro en un teclado. En ese momento la película de recuerdos se ralentizó, de manera que Noah pudo reconocer las teclas que pulsaba:

«4266»

Después un imán invisible pareció llevarlo a toda velocidad hasta un pasillo de hotel. «¡Eso es aquí en el Adlon! ¡Lo reconozco!» Mientras tanto el dolor crecía, y ahora era indudable que provenía del hombro izquierdo. Noah sintió que tropezaba, pero inmediatamente estaba en pie de nuevo y empujaba una puerta de espaldas. Ahora se encontraba en una habitación, de rodillas, con la frente apoyada en una puerta cerrada; un sudor frío se filtraba a través de sus poros de nuevo hacia el interior de su cuerpo. Oyó un pitido agudo en los oídos, como sucede después de un concierto, y de pronto percibió que un cuerpo extraño aparecía en su hombro; sintió que el

proyectil se abría paso a través de la piel para volver a salir. Entonces el eco de un tiro se contrajo sobre sí mismo por así decirlo, terminó en un intenso estallido, y en ese mismo instante el dolor de Noah desapareció. El hombro, en el que justo antes había habido una bala, estaba intacto de nuevo. Noah se volvió y pudo ver la habitación en la que ahora estaba en pie: la suite Pariser-Platz del Adlon. «Efectivamente. Ya he estado aquí antes.» Miró la ventana rota que llegaba hasta el suelo

« a través de la que me dispararon

»

vio los fragmentos de cristal en el marco y la Puerta de Brandenburgo en la lejanía, pero sobre todo vio al hombre inmóvil tumbado en el suelo justo delante de la

chimenea. La alfombra bajo su cabeza se limpiaba como por arte de magia. La sangre que justo antes había empapado el tejido era absorbida de nuevo por la cabeza del hombre.

Y mientras la sangre desaparecía y la herida del muerto se cerraba de nuevo, Noah oyó gritar a una voz desconocida en su cabeza:

«Ya es imposible detenerlo.» «Ya es imposible detenerlo.» «Ya es imposible detenerlo.» Otra vez. Y otra. Y otra. Hasta que Noah no pudo soportarlo más y por fin abrió los ojos.

pesar de que la luz estaba atenuada, Noah tardó un rato en hacerse a la idea de que se encontraba en la misma habitación que acababa de ver en un perturbador . Se acercó aturdido a la chimenea, se apoyó sobre una rodilla y acarició la sedosa alfombra con la mano. Creyó sentir un cambio, un lugar en el que las fibras

estaban más rígidas y, mirándolas en diagonal, algo más claras, como si la camarera hubiera luchado contra una mancha en ese punto con un producto de limpieza agresivo. Sin embargo, no estaba seguro. «Ya no estoy seguro de nada. ¿Me llamo doctor Morten? ¿Vivía en esta suite? ¿Me dispararon aquí? ¿Y mataron a un hombre ante mí?» Lo único que Noah tuvo claro al levantarse y recorrer la habitación con la mirada fue que todo aquello no podía ser casualidad.

A

la mirada fue que todo aquello no podía ser casualidad. A Y de que en aquel

Y de que en aquel momento no solo había perdido gran parte de su memoria.

De pronto Oscar también había desaparecido.

14

AdamAltmann estaba tan absorto en sus pensamientos acerca de su miserable vida que no percibió el peligro que se había subido al vagón en la parada de metro de Gleisdreieck en el último segundo. Había escogido un asiento en el pasillo en el sentido de la marcha (para no marearse), y como siempre iba vestido de manera supercorrecta, como un abogado de camino a su bufete. La raya en el pelo tan meticulosamente trazada como la del pantalón de su traje negro, el abrigo de pelo de camello sin pelusas (las eliminaba todas

las mañanas con una maquinilla de afeitar), la espalda recta, sin apoyarse para no hacer pliegues innecesarios en el abrigo y la chaqueta. Por esta razón tampoco cruzaba nunca las piernas. Un compañero le había dicho alguna vez que su postura sentado era la de un pecador en el banquillo de los acusados: los zapatos uno junto a otro exactamente en paralelo, las manos entrelazadas en el regazo, la mirada hacia abajo. Era la misma postura en la que permanecía en ese momento, en el penúltimo vagón de la línea U2 en dirección a Pankow, así que no vio los problemas venir. Además de él y los que se habían subido, había otros cuatro viajeros en el vagón: un jubilado de barbas con aspecto gruñón detrás de él, más adelante una chica joven que se había situado en uno de los bancos laterales y miraba fijamente su móvil. Un obrero con un pantalón de pana salpicado de pintura apoyado en la puerta, y junto a él un turco de pelo largo que observaba nervioso a los dos gamberros que se paseaban por el tren con pinta de buscar pelea. Adam Altmann no se había fijado en nada de eso. Reflexionaba. Sobre lo que había hecho mal. Y sobre si era su culpa. «Claro que lo es.»

A la gente le gustaba echar la culpa de sus fracasos a otros. Y, además, en opinión de Altmann, la mayor parte de las veces los que más se quejaban eran los que se

habían metido ellos solitos en líos. «Como yo.» Él había tenido el clásico problema: mucho trabajo, poco tiempo para la familia. Muchos viajes de negocios, pocas vacaciones. Suficiente dinero para una casa unifamiliar con jardín. Pero una única tarde jugando en el cajón de arena con su hija. Ahora Leana tenía quince años. «Maldita sea.» En los últimos doce meses había ganado seiscientos mil. ¿Y qué le quedaba después de descontar impuestos, calidad de vida y vida social? Una cama en

una habitación de un hotel de negocios de cuatro estrellas con wifi gratuito y vistas al aparcamiento de una ciudad desconocida. «Un millón de millas pero ni un solo amigo.»

de un aeropuerto cualquiera. Habían pasado casi veintiuna horas del día y ni una sola persona lo

había felicitado. Ningún conocido, ningún compañero, ni su ex ni su hija. Incluso a pesar de haberlo colgado en Facebook.

ni su hija. Incluso a pesar de haberlo colgado en Facebook. Adam miró su reloj de

Adam miró su reloj de pulsera, un modelo sencillo del

Adam miró su reloj de pulsera, un modelo sencillo del . Excepcionalmente con un detrás, a
.
.

Excepcionalmente con un detrás, a pesar de que detestaba aquellos mensajes de dibujos animados. Cuando su hija le enviaba un correo electrónico, la

mayoría de las veces para pedirle dinero, las peonzas saltarinas, los pulgares en movimiento y las bolitas sonrientes que le guiñaban el ojo apenas le permitían reconocer una sola palabra. Una costumbre pésima, al igual que esa manía de las abreviaturas, tkm, lol, rofl y todas esas chorradas. Una mitad de la humanidad había olvidado cómo escribir textos que se explicaran por sí mismos. La otra enviaba mensajes de texto para los que era necesario un manual de instrucciones. Por alguna razón sentía que aquel ya no era su mundo. Altmann rechinó los dientes y se ordenó a sí mismo no regodearse demasiado en la autocompasión.

.
.

Su lamentable autofelicitación había obtenido tres «Me gusta» y un único comentario, y este provenía de un concesionario que le regalaría una espátula para rascar

el hielo si se presentaba hoy con su carné de identidad en una de las «doce fantásticas filiales», algo que en circunstancias normales quizás incluso habría hecho si no se hubiera quedado colgado en Berlín precisamente en su cuarenta y un cumpleaños; a ocho horas de vuelo de Washington. —Eh, tú, coñito.

El vulgar insulto sacó a Altmann de sus melancólicos pensamientos. Levantó la mirada y evaluó la situación de un vistazo.

Los gamberros, ambos pelo rapado de tres días, zapatillas y chaquetas bomber, habían escogido a la muchacha como víctima. A Altmann la pequeña del corte de paje teñido de rojo le recordaba a Leana. A ella también le gustaba llevar botas Ugg, vaqueros remendados y plumífero. La única diferencia era que su hija no llevaba un en el labio inferior. Al menos que él supiera. En cuatro semanas de ausencia podían pasar muchas cosas.

En cuatro semanas de ausencia podían pasar muchas cosas. —Coñito, te estamos hablando a ti. Uno

—Coñito, te estamos hablando a ti.

Uno de los dos rapados hizo flexiones en la barra horizontal frente al asiento de la chica. En ambos dorsos de las manos llevaba un ocho tatuado.

8.8.

La octava posición del alfabeto. Las iniciales de Heil Hitler. «Qué sutil.»

Era evidente que el neonazi era el cabecilla. Su colega, de aspecto paradójicamente mediterráneo, se limitaba a esbozar una sonrisa maliciosa, cosa que aumentaba su papada. —¿De qué vas, zorra? La muchacha actuaba como si no tuviera miedo. Dijo algo que Altmann no pudo oír y de pronto todo sucedió a la velocidad del rayo.

El n.º 88 hizo una flexión más, al hacerlo levantó la rodilla derecha y golpeó con ella la cara de la chica con todas sus fuerzas.

La reacción de los demás viajeros fue la habitual. Miraron para otro lado.

El jubilado, el turco, el obrero. Todos. Adam también bajó de nuevo la mirada hacia sus zapatos cuando vio la sangre que le brotaba a la chica de la nariz rota.

—Uy, creo que está en esos días del mes —rio el líder mientras el tren entraba en la estación de Mendelssohn-Bartholdy-Park. Ninguno de los viajeros se volvió cuando las puertas se abrieron. Ni el jubilado, ni el turco, ni el obrero. Lo único que querían todos era salir. Altmann también. «Nada de líos. No puedo meterme en líos.» Se levantó a pesar de que aún no había llegado a su destino. «No mires. No llames la atención. No te conviertas en objeto de su ataque.» Habría conseguido salir sano y salvo del vagón si no hubiera visto el espanto en los ojos de la pareja de ancianos que estaban a punto de subir, pero que se lo pensaron mejor y volvieron rápidamente al andén al ver a la chica bañada en sangre en el tren. Altmann cometió el error de echar un vistazo por encima del hombro. La pequeña estaba tumbada inconsciente sobre el asiento. El de los tatuajes estaba rompiéndole la chaqueta y levantándole la camiseta. El de la papada le sujetaba las manos por si se despertaba y trataba de resistirse. Altmann oyó la megafonía automática de la estación: «Apártense de las puertas.» Dudó. Demasiado tiempo. Las puertas se cerraron de nuevo. El tren arrancó. «Mierda, maldita sea. Ahora estoy a solas con ellos.» —Está buena, ¿eh? —preguntó el n.º 88. Intentaba soltar el cinturón de la muchacha. Altmann carraspeó, pero el ruido se perdió en el traqueteo del metro. —Eh, hola. Los dos matones levantaron la mirada.

—¿Qué quieres, soplapollas?

Los gamberros mantuvieron el reparto de roles. El de la papada sonreía, el n.º 88 hablaba. Con voz balbuceante, percibió Altmann. Alcohol, hierba, drogas duras. Posiblemente había un poco de todo en su sangre.

—Les pido que paren

—comenzó a decir Altmann con torpeza. Nunca se le habían dado bien los enfrentamientos verbales. Menos aún en una lengua extranjera.

Los hombres se rieron a carcajadas. —¿Y qué pasa si no lo hacemos? —preguntó el de los tatuajes y agarró a la chica por la entrepierna. —Entonces tendrán más problemas de los que ya tienen. —Señaló hacia la cámara de seguridad al final del vagón. Estaba dentro de una rejilla que recordaba a un bozal. El parpadeo de un piloto rojo indicaba que estaba encendida. A ninguno de los dos les interesó en absoluto. El de la papada miraba con lascivia el pecho desnudo de la muchacha inconsciente, mientras que el de los tatuajes la soltaba para sacar una navaja. —¿Alguna vez te ha follado alguien con una cuchilla? —preguntó. Cuando estaba ya a solo dos brazos de distancia, a Altmann le pareció percibir incluso el sabor de su aliento. Vio la mirada inquieta, la ira que encendía sus pupilas, y supo que no había nada más que pudiera decir para calmar la situación. Y tenía razón. El n.º 88 dio un salto y lo apuñaló. Rápido como un rayo. Pero no lo bastante rápido. Altmann se volvió con un movimiento felino y dijo con voz monótona:

—Código 13-10. Apaguen las cámaras. Oyó un chasquido en su oído. El cabeza rapada, que no podía explicarse que hubiera chocado contra un asiento y caído al suelo sin haber rozado apenas a Altmann, miró incrédulo a su compañero. Entonces quiso alcanzar la navaja, que se le había caído de la mano. Altmann la chutó bajo el asiento y extendió la palma de la mano ante el de pelo oscuro, que había soltado a la chica y se acercaba a él, como un portero que no quisiera dejar entrar a un invitado no deseado. Al mismo tiempo oyó la voz femenina a través del minitransmisor invisible que llevaba en la oreja:

—Las cámaras están desactivadas. —¿Con quién hablas? —quiso saber el n.º 88, que se había levantado a duras penas y apretaba los puños para el siguiente asalto. Parpadeaba confuso, posiblemente también porque no sabía inglés y no había entendido lo que Altmann había dicho por el micrófono del tamaño de un alfiler que llevaba en la chaqueta. Altmann miró hacia el rincón superior del vagón. El piloto rojo ya no estaba encendido. Asintió satisfecho y dijo:

—Borrar un cuarto de hora de las cintas a partir del minuto veintiuno. Lo mismo para todas las llamadas de emergencia que se hayan recibido de testigos en Mendelssohn-Bartholdy-Park. —Así se hará. —Eh, tío. ¿Qué está pasando aquí? —habló por primera vez el subalterno. Y por última. De las dos pistolas, Altmann eligió la que llevaba en la pistolera bajo la chaqueta. —Y enviad un médico para la chica. Con estas palabras disparó a los dos hombres en la cabeza. Primero al de los tatuajes y después a su colega. Murieron en el mismo segundo en el que el proyectil penetró en su cerebro y explotó en diminutas partículas. No había pasado ni un minuto desde el comienzo del enfrentamiento hasta la muerte de los atacantes. La muchacha inconsciente no se había enterado de nada de lo sucedido, ni siquiera se había estremecido con el estallido de los disparos. Altmann guardó de nuevo el arma y comprobó la respiración de la chica. Tranquila y regular; su pulso era algo más rápido que el suyo propio. Después de girarle la cabeza a un lado para que no se ahogara con su propia sangre, le cubrió el pecho e informó de la resolución de la situación a la jefatura de operaciones. Entonces activó el freno de emergencia. El tren se detuvo a pocos metros de la entrada de la estación de Potsdamer Platz. Adam rompió el cristal de la ventana de emergencia y salió. «Vaya mierda de cumpleaños.» —¿Era eso realmente necesario? —La voz femenina en su oído comenzaba a ponerle nervioso. —Sí —respondió Altmann y corrió junto a las vías hacia la luz. El andén no estaba nada concurrido, nadie se fijó en él cuando salió del túnel por una estrecha escalera metálica. —Está poniendo en peligro toda la operación. —Lo sé. Dejó de correr pero caminó lo más deprisa posible a través de la estación hacia la salida en dirección Ebertstraße después de sacudirse el polvo del abrigo. Sus zapatos también se habían ensuciado, pero eso tendría que esperar. «Por desgracia.» Altmann odiaba las manchas en sus zapatos de vestir. —¿Logrará llegar sin más contratiempos a su destino? No respondió hasta estar de nuevo al aire libre. Notó el aire claro, frío y sin olor alguno. Luces por todas partes. Un rascacielos de cristal completamente alumbrado, a pesar de que seguramente ya no había nadie trabajando en él. Vallas publicitarias iluminadas tan grandes como las de Times Square para personas que no mostraban interés alguno por ellas. —Me esforzaré. La acera estaba congelada, así que Altmann tuvo que ralentizar un poco el paso. —¿A qué distancia está de la posición? —preguntó la voz. Altmann levantó la vista, protegió sus ojos del viento helador y miró más allá del monumento al Holocausto, hacia el gran hotel con el tejado verde de cobre. El Adlon estaba a unos cuatrocientos metros de él en línea recta. —Enseguida estaré allí. —Bien. —Por primera vez la mujer sonó satisfecha—. Entonces aún estamos dentro del horario. Le enviaremos de nuevo los planos de la suite y una foto de ambos. «¿De ambos?» —Pensaba que estaba solo. Altmann cruzó la calle a la altura del edificio de la delegación de Baja Sajonia. —¿No se le ha informado? —La amabilidad se había desvanecido de nuevo. —No. La directora de operaciones suspiró como si estuviera acostumbrada a ese tipo de contratiempos. —Es posible que el sujeto que ha de ser eliminado haya obtenido refuerzos. Por lo que parece, Noah tiene compañía.

15

Noah apenas había entrado en el dormitorio en busca de Oscar cuando el teléfono sonó. Al mismo tiempo alguien comenzó a gimotear.

«Lo siento,

Al mismo tiempo alguien comenzó a gimotear. «Lo siento, , me he olvidado de ti completamente.»

, me he olvidado de ti completamente.»

Puso la mochila que llevaba al hombro sobre la cama, la abrió y dejó salir al cachorro. se estiró y se desperezó, y salió sigilosamente de la bolsa con ganas de investigar. Mientras olfateaba con curiosidad miró a Noah, que cogió el teléfono inalámbrico de la mesilla de noche. Era Vandenberg informándole de que habían abierto la puerta que conducía a la suite vecina. —Nos hemos permitido la libertad de preparar una segunda habitación. Así el profesor Schwartz no tendrá que dormir con usted y dispondrá de su propio refugio. Noah miró hacia la cabecera de la habitación y descubrió una segunda puerta junto al baño. Vandenberg quiso despedirse, pero Noah lo interrumpió antes de que colgara. —¿Cuándo estuve aquí por última vez? Silencio. La frase pareció desconcertar al conserje (o fuera cual fuese su función en el hotel). —Ehh, tendría que consultarlo en el ordenador. —Hágalo, por favor. Y ya que está en ello, me gustaría recibir información detallada acerca de los datos que tienen registrados sobre mi persona. —¿Cómo dice? —Empresa y número de la tarjeta de crédito con la que suelo pagar, dirección de facturación, la dirección privada que seguro debe indicarse en recepción. —¿Ha cambiado alguno de estos datos, doctor Morten? Si es así, puedo apuntarlo ahora mismo. Ya sabe que como cliente habitual le ahorramos todo el papeleo

del registro. En cualquier caso de esta estancia se hace cargo el

En cualquier caso de esta estancia se hace cargo el . Y la subida de categoría
En cualquier caso de esta estancia se hace cargo el . Y la subida de categoría

. Y la subida de categoría y la habitación adicional corren a cuenta de la casa.

Vandenberg transmitió su mejor sonrisa artificial a través del auricular. —Muchas gracias, pero de todas formas me gustaría tener un listado detallado de mis datos personales, ¿supone algún problema?

Noah entró en el baño, decorado en tonos mármol claros y en el que hacía algo más de calor que en la suite. Aquí tampoco había ni rastro de Oscar. Ni bajo la ducha de lluvia, ni en la zona del váter, discretamente separada del resto del aseo mediante un vidrio opaco, ni tampoco en el jacuzzi. —No, por supuesto no supone ninguna molestia. Haré que le preparen los documentos. ¿Le bastará tenerlos para el desayuno? —Los necesito hoy —dijo Noah, y se quitó por fin la chaqueta. —Como desee, me encargaré de que le hagan llegar la información lo antes posible, doctor Morten. «Morten. Morten. Una y otra vez este nombre, Morten.» Noah se preguntó por qué podía recordar un muerto en la habitación, pero no el nombre con el que al parecer se registraba aquí regularmente.

, que, sin embargo, no parecía tener sed

y prefería averiguar cuál era la mejor manera de bajar de la elevada cama de canapé. Noah dio las gracias y se dispuso a colgar, pero esta vez fue Vandenberg quien se lo impidió en el último momento. —Casi había olvidado mencionarlo, doctor Morten. Qué falta de atención por mi parte, disculpe mi negligencia. Sus cosas están en el armario del dormitorio. —¿Mis cosas? La mirada de Noah recayó sobre el armario de arce de barniz oscuro situado en la caída del tejado. —Las que se dejó con las prisas en su última visita. Le escribimos, pero como su apretada agenda seguramente no le permitió responder, nos permitimos la libertad de guardarle la maleta mientras tanto.

Sirvió un poco de agua en un recipiente de cristal que en realidad estaba pensado para el jabón de manos y se lo llevó a

un poco de agua en un recipiente de cristal que en realidad estaba pensado para el

16

Excepto en lo que respectaba a la electrónica, el mobiliario de la redacción había quedado suspendido en algún momento de los años noventa del siglo anterior. Las

paredes divisorias revestidas con poliéster gris marengo dividían el espacio abierto en una docena de cubículos de trabajo, en cada uno de los cuales tres empleados se aferraban a un escritorio similar a una mesa de caballetes. A Celine le habían asignado el sitio del centro, enfrente de dos compañeros que en aquel momento estaban en la sala de conferencias, como todos los demás. «Y yo haciendo de telefonista.» Celine estaba sentada en su típica postura de trabajo, con las piernas «medio» cruzadas: la pierna izquierda doblada sobre la silla y el muslo derecho encima. Una posición en la que el pie se le dormía a menudo cuando perdía la noción del tiempo trabajando. Mordisqueaba la goma de borrar en el extremo de un lápiz y miraba fijamente su teléfono. Tenía revuelto el estómago, pero no se debía a las náuseas matutinas, que casi habían desaparecido desde la décima semana. «¿Cómo sabe Kevin de la existencia de Oscar?» ¿Acaso había mencionado al acompañante de Noah durante la breve llamada telefónica? Después de la agitación del día, comenzando por la terrible sospecha del diagnóstico del doctor Malcom, esta laguna en la memoria seguramente podía explicarse.

«Pero tendría que estar muy equivocada

»

Miró el reloj y cogió la nota que Kevin le había dado hacía un momento. El redactor jefe había apuntado el número directo del hotel Adlon en Berlín con una

caligrafía nada florida. Pegó la nota al marco de su monitor con un trozo de cinta adhesiva. Entonces levantó el auricular. En la pantallita apareció la invitación «Marque

número». Celine pulsó el número nueve para obtener línea, oyó el tono

y colgó de nuevo, porque había una llamada entrante en espera.

de nuevo, porque había una llamada entrante en espera. — , Celine Henderson, ¿buenos días? —¿Eres

, Celine Henderson, ¿buenos días?

—¿Eres tú, cariño? «No. Solamente tengo el mismo nombre que tu hija y casualmente trabajo también en este puesto.» —Sí, mamá, soy yo. ¿Ha pasado algo? Debía de ser algo importante, eso seguro. Su madre odiaba las conversaciones en las que no podía mirar a los ojos a su interlocutor. Maria Henderson únicamente descolgaba el teléfono de su casa en Nueva Jersey si era inevitable. —Es tu padre —dijo con voz temblorosa.

A Celine se le formó un nudo en la garganta. Sus manos se agarrotaron sobre el ratón del ordenador con el que acababa de estar navegando por las últimas noticias sobre la evacuación del aeropuerto. —¿Le ha pasado algo? Ed siempre conducía demasiado rápido, y encima le gustaba mandar mensajes mientras lo hacía. Además, a pesar del infarto que había sufrido dos años atrás, no seguía la dieta prescrita, por lo que las imágenes de un accidente de coche y de una habitación de cuidados intensivos se sucedieron en su mente. —¿Está bien? —preguntó Celine.

—Sí

Quiero decir, no lo sé. Eso espero.

«¿Qué significa que eso ESPERAS?», le habría gustado gritar por el auricular, pero Maria estaba a punto de llorar, y no quería empeorar la situación increpándola. —Iba a recoger a su hermano. —¿El tío Brad? —Viene de visita el fin de semana desde Annapolis. Probablemente quiera dinero otra vez, así que no entiendo por qué no coge el tren o el autobús, sobre todo sabiendo que al parecer tiene miedo de esos cacharros. Celine cerró los ojos y tamborileó nerviosa con los dedos sobre el escritorio. Siempre que intentaba mantener una conversación con su madre era igual. A Maria siempre le pasaban diez ideas por la cabeza al mismo tiempo, incluso en circunstancias normales, cosa que hacía muy difícil seguir el hilo de sus palabras. —No entiendo nada, mamá. —Brad ha venido en avión, cariño. «Maldita sea.» —¿JFK? —Sí. Celine tenía la sensación de estar girando sobre su propio eje, a pesar de que la silla de oficina sobre la que estaba no se había movido ni un milímetro.

—Ya no puedo localizarlo, tesoro. Solo oigo ese puñetero contestador. Tendrían que haber vuelto hace un buen rato ya. Y ahora el café está frío, y yo

—Se echó

a llorar. Celine se levantó y cogió su abrigo. —De acuerdo, mamá, tranquilízate. Seguro que no es más que una medida de precaución temporal. No ha explotado ninguna bomba ni nada parecido. Verás como papá está pronto en casa. Las palabras no lograron surtir su efecto tranquilizador. —No sé —dijo su madre insegura—. Tengo una sensación rara. Como aquella vez que se desmayó, ¿te acuerdas? —Seguro que está bien. —Sí, puede ser. Pero me encuentro mal, cielo. ¿No podrías venir? —¿Ahora? Celine miró el gran reloj de la columna central de la oficina. «Completamente imposible.» La visita al médico ya le había hecho perder la mañana y no había dado ni golpe. Por otra parte no recordaba la última vez que su madre le había pedido algo así. Maria le había dado mucha importancia a su independencia durante toda su vida. Solo aceptaba ayuda de otras personas, incluso de su hija, en casos de absoluta emergencia, y parecía que este era uno de ellos. «Además, me han dejado al margen de todas formas», pensó Celine y miró hacia la sala de conferencias, en la que en ese momento se estaban discutiendo los asuntos realmente importantes del día. «Con los vagabundos puedo hablar por teléfono de camino.» Tomó una decisión. Era reportera. No importaba lo que Kevin le hubiera encargado, no se quedaría en su escritorio en un día así. —Veré lo que puedo averiguar, ¿de acuerdo? Te volveré a llamar. Un buen amigo de Celine trabajaba en la policía del aeropuerto, una antigua compañera de piso en la torre de control. En cuanto hubiera localizado a alguno de los dos decidiría si podría lograr algo allí o si era mejor que fuera a casa para dar apoyo emocional a su madre. Cogió su bolso y se dirigió a los ascensores.

Allí Celine pasó su identificación por uno de los detectores que había en cada piso del edificio NYN. No se podía entrar ni salir de la editorial sin autorización. Para su asombro pitó tan fuerte como cuando había atravesado el arco del vestíbulo. Al mismo tiempo el piloto se encendió en rojo. —Tarjeta bloqueada —leyó Celine sorprendida en la pantalla—. ¿Qué significa eso? —Que no te puedes marchar, Celine. Se volvió hacia la voz a su espalda. Kevin había aparecido ante ella como de la nada, junto con dos guardias de seguridad uniformados de azul.

—Celine se quedó sin palabras un instante. Miró por encima del hombro de Kevin hacia la oficina, que poco a poco se llenaba de nuevo con sus

—Pero

compañeros—. ¿Te has vuelto loco? No puedes retenerme aquí contra mi voluntad. Kevin sonrió, y como siempre ella tuvo la sensación de que el gesto era artificial y forzado. —Haz el favor de no montar un escándalo y deja que estos dos señores te guíen hasta tu nueva oficina. —Señaló la salida de emergencia junto a los ascensores. —¿Qué tontería es esa? No quiero una oficina nueva, tengo que irme a casa. —Lo sé, tu madre está muy preocupada —dijo Kevin. Esta afirmación la impresionó mucho más que el hecho de que uno de los dos hombres le retorciera el brazo a la velocidad del rayo. Kevin dirigió una mirada severa al guardia de seguridad que Celine no supo interpretar. ¿Se había enfadado porque la hubiera agarrado tan bruscamente, o quería meterle prisa? Su comportamiento en general era tan incomprensible como su siguiente comentario:

»Ahora no puedes irte a casa —dijo—. Lo de tu padre tendrá que esperar. —¿Cómo te has enterado de eso? —preguntó Celine consternada. En lugar de darle una respuesta, la condujeron esposada a través de la puerta cortafuegos hacia la oscura escalera.

17

La maleta marrón oscuro, con arañazos de los múltiples viajes, le pareció incómoda. Demasiado pesada para ser equipaje de mano, demasiado pequeña para un viaje largo. Era de ante caoba, algo más grande que la torre de un ordenador de sobremesa.

Noah la sacudió y no le extrañó no oír ningún golpeteo. La tapa de cuero estaba muy abollada y las costuras de los lados, tensas. Quien fuera que había hecho la maleta había aprovechado hasta el último centímetro cúbico. «Y después la cerró con cuidado de nuevo.» Estaba cerrada con un aparatoso candado de combinación, así que Noah, dos minutos después de haber sacado la maleta del armario, aún no sabía qué contenía. «¿Y se supone que es mía?»

Agarró el asa, dio un par de pasos y la puso sobre la cama junto a

el asa, dio un par de pasos y la puso sobre la cama junto a ,

, que observaba el cuerpo extraño con tanta atención como el propio Noah.

«No siento nada. Nada de nada.» Noah se preguntó cuántas combinaciones tendría que probar antes de abrir el candado por pura casualidad. Entonces se fijó en la cesta de fruta sobre la mesa del tresillo en el salón y en el cuchillo que había junto a las naranjas. Apenas necesitó veinte segundos y un esfuerzo mínimo para abrir el candado haciendo palanca. Abrió cuidadosamente la tapa, y miró primero por una rendija, para después abrirla del todo al no descubrir nada inquietante. «Como por ejemplo cables que condujeran a un detonador.» La tapa había mantenido a raya una enorme montaña de ropa que ahora rebosaba de la maleta. Noah palpó camisas y jerséis correctamente doblados, ropa interior colocada con cuidado, calcetines enrollados en forma de bola, y varios pantalones de traje, una corbata lisa y una americana azul oscuro. Todo olía a recién lavado. Las prendas estaban planchadas y todo era de buena calidad, aunque no era ropa de marca. No era nuevo, pero no estaba usado. Nada de ropa sucia, tampoco en el gran compartimento lateral cerrado con cremallera. Lo primero que descubrió Noah fue un teléfono macizo, que a juzgar por su tamaño parecía ser del siglo anterior, a pesar de que su pantalla y su teclado resultaban modernos. La inscripción «Tel.Sat.» revelaba que se trataba de un teléfono por satélite. Noah pulsó la tecla de encendido, pero al parecer la batería estaba descargada y la pantalla siguió en negro. Continuó rebuscando y, además de un cargador, sacó un neceser transparente. Además de lo previsible, cepillo más pasta de dientes, desodorante y (cuyo aroma, al contrario que el de la habitación, no desencadenó ningún brote de memoria), dentro también había una estilográfica con pluma dorada que le resultó familiar al tacto cuando se la puso en la mano. «Familiar, pero no agradable.»

junto a la cama y volcó todo el contenido sobre la

colcha. De esta manera arrancó a la maleta su asombroso secreto: un portadocumentos de cuero atrapado entre dos camisetas que, además de un fajo de dinero en diferentes divisas, contenía tres pasaportes de aspecto externo idéntico. Noah cogió uno de los cuadernitos azul oscuro, pasó el dedo por el relieve dorado, lo abrió y vio una versión notablemente más cuidada de sí mismo:

Dr. David Morten. US Citizen. Según el documento tenía treinta y nueve años, medía un metro ochenta y nueve, y había nacido en Colonia. El pasaporte estadounidense tenía seis meses de antigüedad y parecía prácticamente sin usar; de hecho solo había un sello en las últimas páginas. Según este, había volado a Mombasa a mediados de enero, es decir, poco antes de que le dispararan. «Bien. Me llamo David, un nombre que no me dice nada, y he estado en Kenia recientemente, un viaje del que tampoco tengo recuerdo alguno.» Noah cogió el segundo documento y casi lo dejó caer al leer el nombre de «John Greene» en la página plastificada de los datos personales. Conteniendo el aliento abrió el tercer pasaporte y la impresión fue aún mayor. David Morten. John Greene. Y Samuel Brinkman. «Tres pasaportes diferentes. Tres nombres diferentes.» Pero siempre la misma foto. «Mi foto.» Colocó los pasaportes unos junto a otros, y casi se podía decir que los clavó a la colcha con su mirada. «¿Qué significa esto?» —¿Quién soy? —susurró Noah y cerró los ojos. Por primera vez se preguntó si la razón de que no recordara su vida anterior era que no quería hacerlo. Buscando su yo había dado con múltiples identidades, y no podía imaginarse ninguna explicación inocente de por qué un único hombre poseía tres pasaportes diferentes con nombres distintos. Cogió de nuevo todos los documentos. En los otros pasaportes también había pocos sellos. Había viajado como John Greene de Kenia a los Países Bajos, para después volar desde allí a Roma como Samuel Brinkman. Noah soltó la goma que ataba el fajo de billetes y contó al menos cuatro mil euros y otros mil dólares. Teléfono. Pasaportes. Dinero. Ropa. De repente estaba completamente equipado, y a pesar de ello no se sentía ni un paso más cerca de su vida anterior. Sacó una camisa blanca de la montaña de ropa y la sostuvo ante el pecho. La talla parecía ser la correcta, y, sin embargo, Noah tuvo la sensación de no caber en ella. Le resultaba incómoda. Como la maleta. Como el portero. Como Vandenberg. Y como la sutil corriente de aire que le llegó a la nuca cuando la puerta exterior de la suite se abrió en silencio a sus espaldas.

exterior de la suite se abrió en silencio a sus espaldas. Buscó un enchufe para cargar

Buscó un enchufe para cargar el teléfono por satélite, después decidió vaciar totalmente la maleta, sentó a

Buscó un enchufe para cargar el teléfono por satélite, después decidió vaciar totalmente la maleta, sentó

18

En los siguientes segundos Noah averiguó algo sobre sí mismo que le hizo dudar aún más de que fuera una buena persona. La velocidad con la que su cerebro cambió al modo de alerta y la rapidez con la que llegó a la entrada de la suite para enfrentarse al intruso cuando aún estaba en la puerta solo permitían llegar a dos conclusiones: ya se había encontrado a menudo en situaciones de peligro mortal; y estaba entrenado para superarlas. Entrenado para acabar con ellas con violencia. Sabía dónde debía golpear para paralizar. Conocía el doloroso punto sensible de los vasos sanguíneos del cuello. Sabía dónde debía presionar con el pulgar para desencadenar el reflejo del seno carotídeo, que dependiendo de la intensidad del ataque podía provocar o un paro cardíaco o una caída súbita de la presión sanguínea y que la víctima se desmayara, como en este caso. El hombre se desplomó sobre el suelo con un grito ahogado y sus ojos se giraron hasta que solo se vio el blanco de los mismos. Oscar tardó tres minutos en volver en sí.

—¿Qué, dónde

?

¿Qué ha pasado?

19

Noah había llevado a Oscar al sofá inconsciente y había envuelto cubitos de hielo del minibar en un trapo, que este, una vez hubo vuelto en sí, apartó de su frente furioso. —¡Has intentado matarme! —constató y trató de incorporarse, pero cayó de nuevo sobre los cojines con el rostro desfigurado por el dolor. —Aguanta un minuto más —le aconsejó Noah—. Así se te pasará el mareo. Le tendió un vaso de agua. —¡Mierda, joder! —maldijo Oscar después de haberlo vaciado hasta la mitad con ansia—. ¿En qué estabas pensando? —Lo siento. Pensaba que eras

«

¿qué?

¿Un asesino? ¿El que me disparó?» Noah giró el hombro suavemente. Al atacar a Oscar no había sentido nada, pero ahora la herida de bala le dolía de nuevo. —Pensaba que estaba en peligro —explicó de forma vaga. Noah no tenía ni idea de cómo describir el impulso que había despertado el luchador cuerpo a cuerpo que había en él. Las sensaciones que experimentaba en aquella habitación no solo parecían desencadenar sus recuerdos, sino también patrones de comportamiento instintivos. Oscar ya estaba inconsciente en el suelo antes de que él reconociera al supuesto atacante. —Peligro, sí. Y tú que lo digas. Oscar amagó un segundo intento de levantarse del sofá. Estaba pálido y sudaba a mares, nada sorprendente teniendo en cuenta las múltiples capas de ropa que aún llevaba. —Estás metido en un buen lío, grandullón. Por eso al final he vuelto. —¿Dónde te habías metido? ¿Y cómo has vuelto a entrar aquí? —Oh, he utilizado un invento genial, la llave-tarjeta. Nos han dado una a cada uno. «Otra cosa más que no recuerdo. Esta vez para variar es algo de mi pasado reciente.» Oscar pareció leer los pensamientos de Noah y preguntó:

—Ni siquiera te habías dado cuenta de que había salido de la habitación, ¿no? «No, estaba demasiado ocupado con el muerto de la chimenea.» —Has recordado algo, ¿verdad? Por eso estabas tan ido poco después de que hubiéramos entrado en la habitación. Ya has estado aquí antes, ¿no es cierto? «Ni idea. Eso parece.» Noah miró la zona aclarada de la alfombra ante la chimenea, la imagen de la cabeza ensangrentada se encendió de pronto en su mente, e ignoró la pregunta:

—Bueno, ¿y por qué me has dejado solo? —Lo siento, he sido un cobarde, lo sé. Pero no aguantaba más aquí. De pronto he tenido miedo, lo único que quería era largarme, volver a mi escondite. Además, son ciento veintidós. —¿Ciento veintidós qué? —Escalones. He explorado las salidas de emergencia y las escaleras, por si tenemos que huir, ¿entiendes? —No. Oscar desoyó la objeción. —Casi estaba de nuevo en la calle, en la salida trasera junto al monumento al Holocausto. Pero entonces he comprendido que no podía hacer eso, que debía volver. Necesitas mi ayuda. Sin mí no te las podrás arreglar con ellos. —¿Con «ellos»? ¿A quiénes te refieres? —Piénsalo tú mismo. ¿Quién aloja a dos sin techo en una suite de dos mil quinientos euros? Sea quien sea a quien has llamado antes, te aseguro que no era un periódico. —¿Y qué si no? —No tengo ni idea. —¿Ah, sí? —Noah se enfureció—. Pues para no tener ni idea es alucinante lo bien que prevés el futuro. ¿Quién es ese tal Vandenberg? ¿Y por qué ha reaccionado exactamente como tú habías predicho? —¿Te refieres a por qué te ha dado tu supuesta habitación habitual? —Sí. Oscar se encogió de hombros. —No lo sabía, he supuesto que lo haría. Ellos siempre trabajan así. Es parte de su programa. —¿Quiénes son «ellos»? ¿Y qué programa es ese? Oscar se terminó el vaso de agua y le dio la vuelta, entonces intentó levantarse por segunda vez. Recorrió la habitación con la mirada tambaleándose ligeramente y pareció hablar consigo mismo. —El programa. Correcto. Por qué no pensé en ello en cuanto te encontré. —Atravesó la habitación arrastrando los pies hasta un aparador y abrió una puerta tras otra—. Claro, es posible. Si se trata de lo que sospecho, han avanzado mucho más de lo que me temía. Entonces lo que me han hecho no ha sido más que un juego de niños. Por fin, aquí estás Abrió la nevera y sacó una botella de whisky en miniatura del minibar. Noah se acercó a él y le sujetó la mano cuando se disponía a beber. —Por última vez: ¿qué está pasando? ¿Quién eres? ¿Qué te han hecho a ti? ¿Y qué tengo yo que ver con eso? Oscar le devolvió la severa mirada, y esperó a que Noah aflojara la mano. —Sé que no me creerás, pero te pido que al menos lo intentes. —Te escucho. —Me has preguntado un par de veces por qué vivo en la calle. Noah asintió. —Bien, en realidad, y se trata de una diferencia extremadamente importante, no vivo en la calle, sino bajo ella. —Me he dado cuenta, sí. —Y lo hago con toda la intención. Porque solo así tengo alguna posibilidad de escapar del lavado de cerebro. —¿Lavado de cerebro? —Control del pensamiento, conciencia dirigida, el programa; llámalo como quieras. —Vació la botellita de un trago—. Normalmente no bebo, pero ahora lo necesitaba. —Por mí puedes beberte medio minibar mientras sigas siendo capaz de contarme la verdad. Oscar torció la comisura de los labios con escepticismo. —¿Quieres saber la verdad? —Para gran sorpresa de Noah, se sentó en la alfombra y comenzó a desatarse las botas—. No has vivido el tiempo suficiente en la

clandestinidad para saber la verdad. «Madre mía.» Noah se volvió y miró hacia la Puerta de Brandenburgo a través de la ventana sacudiendo la cabeza. «Probablemente la única verdad sea que mi compañero está completamente loco.» Oscar ya se había deshecho de sus botas y estaba sentado con las piernas cruzadas sobre su chaqueta de aviador dada la vuelta. Mientras trataba de sacarse el jersey noruego por su ancha cabeza, preguntó:

—¿Cuántas personas se mueren de hambre en el mundo? —¿Perdón? —¿Cuántas no tienen suficiente para comer, Noah? —¿Y ahora qué? ¿Adivinanzas? Oscar por fin tenía la cabeza libre y ya no tenía que respirar a través del tejido:

—¡Calcula! —Ni idea, muchas, supongo. Noah no tenía ganas de estos juegos psicológicos a los que Oscar ya había jugado con él alguna vez. Justo después de que despertara por primera vez en el escondite y fuera capaz de reaccionar, su misterioso salvador le había bombardeado con innumerables preguntas aparentemente irrelevantes a una velocidad demencial:

«¿Estamos en Berlín o en Hamburgo? ¿Nevaba o llovía la noche que te encontré? ¿Llevaba una chaqueta negra o roja?» Como Noah no recordaba nada, había tenido que adivinar, y con una cuota de cuarenta y nueve por ciento de respuestas correctas había aprobado el test de amnesia de Oscar. «Las personas que simulan una pérdida de memoria dan demasiadas respuestas incorrectas a propósito», le había explicado Oscar satisfecho. «Y se revelan como mentirosas al no alcanzar una cuota de casi un cincuenta por ciento de acuerdo con las reglas del azar. Pero tú dices la verdad. Realmente no recuerdas nada.» —Según la BBC son más de mil millones —prosiguió Oscar con su curiosa exposición, y descruzó a duras penas las piernas—. Una de cada siete personas pasa hambre en nuestro planeta, sobre todo niños. Unos nueve millones de ellos mueren de desnutrición cada año. —Vale, es terrible. Pero ¿qué tiene eso que ver con nosotros? —Mucho, como demuestra tu reacción. ¿No crees que es extremadamente raro? Me refiero a que tienes amnesia, apenas recuerdas nada. Pero no te sorprende en absoluto que te explique que en el mundo en el que te has despertado una persona muere de hambre cada tres segundos. —No entiendo adónde quieres ir a parar. —Exactamente de eso estoy hablando. —Oscar se sacó del pantalón la camisa de leñador y la camiseta que llevaba debajo—. Vemos imágenes de niños con la tripa hinchada en la televisión, leemos artículos sobre prostitución infantil y trata de personas, sobre el cambio climático y la crisis energética, conocemos los sueldos millonarios de los gestores de fondos de riesgo de Wall Street tan bien como la pobreza de los mendigos de los vertederos de Asia, y a pesar de todo ello nos vamos de vacaciones con todo incluido a la República Dominicana mientras a pocos kilómetros de allí, en la otra mitad de la isla, llamada Haití, la gente se muere de hambre. ¿No te has preguntado nunca por qué somos tan ignorantes? —Porque no sabemos cómo cambiarlo. —Falso. Porque hemos aprendido a reprimirlo. Mira esto. Oscar, que ya se había abierto los primeros botones de la camisa, se detuvo y señaló la televisión, que mostraba una fábrica en llamas. —«Atentado contra Jonathan Zaphire, presidente de Fairgreen Pharmaceutics» —exclamaba un rótulo enmarcado en rojo en la parte inferior de la pantalla, en el que los informativos publicaban las noticias urgentes. —Niños hambrientos en un canal, guerra y terror en el otro. El mundo se va a la mierda, todos lo sabemos, lo vemos, pero no nos preocupa. Se abrió un botón más. Al hablar la saliva se le acumulaba en las comisuras de los labios. —Nosotros dos somos el mejor ejemplo de ello, Noah. Vagabundos como nosotros se sientan a menos dieciséis grados junto a la puerta del supermercado y la gente que pasa mira para otro lado. ¿Nunca te has preguntado por qué lo hacen tan bien? —¿Para no ayudarnos? —¡Para reprimir nuestra imagen! Noah se dejó caer sobre el sofá y miró por encima de Oscar hacia la habitación, donde se había acomodado a los pies de la cama sobre un par de bóxers que habían caído de la maleta. «¡La maleta! Debería registrarla más a conciencia.» —Quieren hacernos creer que nuestro cerebro cuenta con un mecanismo de protección. Un filtro que criba la miseria para que podamos llevar una vida normal. — Oscar se rio mordaz—. Pero eso son chorradas. Nuestro cerebro está programado desde la Edad de Piedra para reconocer peligros, no para ignorarlos. Cuando los islandeses se dieron cuenta hace seiscientos años de que sus terrenos empeoraban, ¿qué hicieron? ¿Esconder la cabeza como un avestruz? No. Establecieron un número máximo de ovejas que podían pastar en ellos. ¡Hace seiscientos años! Hoy sabemos que el petróleo se agotará en pocos años y a nadie se le ocurre regular el número de coches y vuelos. Preferimos vender billetes de avión por cuarenta y nueve euros a Mallorca. La camisa cayó al suelo; Oscar estaba ahora descalzo en vaqueros y camiseta en la habitación, razón por la cual verlo en aquella suite de lujo era más raro aún. —Bien, el mundo es terrible. Gracias por advertirme de algo tan importante. —No estás escuchando, Noah. El mundo es terrible, pero todos reprimimos esa idea. Noah levantó la mirada. —Eso no lo entiendo. —Exactamente de eso estoy hablando. A eso quiero llegar. No es terrible. Nadie lo considera terrible. Nadie se fija ya. Nadie hace nada para remediarlo. Y eso no lo determina la genética, eso lo determinan otros. —¿Quiénes? —Los pocos que quieren que el mundo sea como es. Las multinacionales, los ejércitos, los megarricos. Nos rocían. —¿Nos rocían? —Ahora llegamos a la parte que no te vas a tragar. Oscar se llevó la mano al punto en el pecho en el que se dibujaba bajo la camiseta el amuleto que admiraba todas las noches antes de dormir. —Es verdad que me llamo Schwartz. No soy profesor, pero escribí mi tesis doctoral acerca de un tema neurológico —dijo, y al mismo tiempo se desabrochó el pantalón—. Poco después de la universidad, mi mujer y yo nos establecimos por nuestra cuenta en una pequeña consulta médica en Fráncfort. Muchos de nuestros pacientes eran empleados del gran aeropuerto, lo que no era tan raro teniendo en cuenta que el aeropuerto es la empresa que más empleos genera de toda la región. Lo sorprendente eran los problemas por los que acudían a nosotros. La mayoría se sentían débiles, agotados, cansados y sin ganas de vivir. A todo esto sus horarios eran humanos, de hecho a muchos se los acababan de mejorar. Así que podía decirse que no corrían peligro de quemarse en el trabajo. Los cónyuges declaraban unánimes que estos cambios habían aparecido prácticamente de un día para otro. Que sus parejas habían comenzado a mostrar desinterés e indiferencia hacia todo lo que les rodeaba de la noche a la mañana. Oscar parpadeaba nervioso. Su voz sonaba tomada, los recuerdos parecían conmoverlo intensamente. —Investigamos y averiguamos que los pacientes más afectados estaban relacionados con el repostaje. Y que pocas semanas antes, justo antes de que aparecieran los síntomas, se había instalado en Fráncfort un nuevo surtidor. —¿Así que eran los vapores del combustible? —No. No era culpa de la gasolina de los aviones. Sino de lo que le añadían.

que eran los vapores del combustible? —No. No era culpa de la gasolina de los aviones.

—¿Y eso era

?

—Noah no era capaz de esconder su escepticismo en el tono de su voz ni en la expresión de su cara.

—La sustancia no tiene nombre oficial. La mayoría lo llaman CLEAR. Tiene un efecto amortiguador sobre el sistema nervioso central. Hace a las personas indiferentes. Les quita el miedo a las amenazas. Noah se recostó resignado sobre los cojines del sofá y miró hacia el techo de la habitación. —Así que hay un poder oculto que utiliza una sustancia contra la población

— a modo de tranquilizante para las masas. CLEAR, así es. De otra manera no se explica que estemos todo el día viendo la televisión y navegando por Internet en

lugar de echarnos a la calle para luchar. Noah se puso de pie. Sabía que no serviría de nada, pero tenía que decirlo de todos modos:

—Estás mal de la cabeza. —Dijo el hombre sin memoria. Que por cierto es uno de los efectos secundarios de CLEAR si la dosis es demasiado alta. —Ya, ya. Claro. Seguro que es por eso. —Noah se dirigió hacia el dormitorio. —No tienes por qué creerme. Puedo demostrarlo —exclamó Oscar tras él—. Solo necesito que haga mejor tiempo. —¿Tiempo? —Noah se echó a reír incrédulo y se volvió. «Esto empeora por momentos.» —Sí, de ser posible un sol radiante. —Oscar señaló las ventanas de la suite—. ¿Sabes esas líneas en el horizonte? Líneas rectas como pintadas con tiza sobre el cielo azul de verano. Quieren hacernos creer que son estelas de condensación de los aviones, pero la mayor parte de las veces no se ve ni rastro de un jet, ¿verdad? Busca en Google , así se llaman esas estelas de contaminación, entonces sabrás de lo que hablo. Se forman a partir de los gases de escape de los aviones invisibles que pulverizan CLEAR. Los muy cerdos mezclan la sustancia con el combustible de la nave. Noah hizo un gesto de rechazo con la mano. «Ya he perdido bastante tiempo.» —Si no me crees, mira en Internet. —Precisamente eso voy a hacer. «Pero no para buscar CLEAR en Google. Sino para buscar “doctor Morten” o como quiera que me llame.» —Hay personas en la red que se han tomado la molestia de cartografiar los . Resulta que estos drones, invisibles al ojo humano, recorren un patrón de vuelo concreto. —¿Para pulverizar la sustancia represiva? Oscar sonrió de oreja a oreja. —Por fin lo has pillado. Ahora entiendes por qué vivo bajo tierra. Así no me alcanzan. Solo salgo a la superficie durante el día en invierno, ya que entre noviembre y marzo pulverizan la sustancia con menos frecuencia, porque la capa de nubes absorbe demasiada cantidad de la misma. ¿Lo entiendes ahora? Solo por eso sigo teniendo la mente tan lúcida. Noah lo miró atónito. Después de quitarse también la camiseta, Oscar estaba ante él con el pecho descubierto. A excepción de una cicatriz blanca de unos cinco centímetros de largo, la barriga de Oscar era como la de un mono, totalmente cubierta de pelo. —¿Y ahora qué? —preguntó Noah—. ¿Me enseñas tu cicatriz como prueba de que fuerzas secretas te torturaron? Oscar se miró asombrado y tocó la protuberancia que tenía bajo las costillas. —Bobadas. Esto es de cuando me caí de un árbol de niño. —Se bajó los pantalones y los calzoncillos y pasó junto a Noah hacia el cuarto de baño caminando como un pato—. Solo quiero volver a meterme por fin en una bañera caliente.

a Noah hacia el cuarto de baño caminando como un pato—. Solo quiero volver a meterme
a Noah hacia el cuarto de baño caminando como un pato—. Solo quiero volver a meterme

20

—¿Tenemos acceso a las cámaras de seguridad? —preguntó Altmann y entró en el ascensor. Antes de que las puertas se cerraran se apresuró a entrar en la cabina una joven pareja que también subía al quinto piso. —No —respondió la mujer a través del transmisor que llevaba en la oreja—. Están fuera de nuestra área de influencia. «Me lo imaginaba.»

. Sin testigos. Sin huellas. Su especialidad. Para llevar a cabo una «Quinso» con éxito, el círculo de

implicados debía reducirse al mínimo posible. Poner al corriente al jefe de seguridad del Adlon habría supuesto una grave negligencia, incluso aunque este estuviera en nómina.

Le habían encargado una operación «Quinso».

.
.
nómina. Le habían encargado una operación «Quinso». . —El está preparado para cuando dé el .»

—El

está preparado para cuando dé el .»

«Quinso». . —El está preparado para cuando dé el .» a la maniobra. « Altmann se

a la maniobra.

« Altmann se preguntaba a veces quién se inventaba en realidad ese ridículo pseudocódigo. Seguro que se trataba de unos chupatintas cualesquiera demasiado mayores para las operaciones de campo. ¿Por qué narices no podían llamar a las cosas por su nombre? «Enviaremos el equipo de limpieza a la habitación en cuanto haya llevado a cabo el trabajo.» Antes hablaban así. «Antes aún recibía regalos por mi cumpleaños.» —¿Me ha entendido? —requirió la voz femenina confirmación por parte de Altmann. Este observó a la pareja estrechamente abrazada que solo interrumpía sus besos para una risita ocasional. —¿Tienen hora? —preguntó para dar a entender a la jefatura de operaciones que no estaba solo en el ascensor. El joven tuvo que hacer esfuerzos para soltarse del abrazo de su enamoradísima novia y echó un vistazo a su reloj de pulsera. —Casi las once. Altmann dio las gracias, pero Romeo ya había pegado su boca a la de su Julieta de nuevo. «Mejor que mejor. Después no serás capaz de describirme.» Altmann sabía que eso era difícil de todos modos. No tenía ningún rasgo distintivo como orejas de soplillo, cicatrices o manchas de nacimiento en el rostro. Ni demasiado gordo, ni demasiado alto, ni demasiado en forma, ni demasiado delgado. Era un tipo corriente. Pelo marrón común, ojos gris común, ropa con combinaciones de colores aburridas. Una pesadilla para cualquier testigo que tuviera que dibujar un retrato robot a partir de su memoria. Un motivo entre muchos otros por los que estaba predestinado precisamente a tareas como esta. Cuando llegaron al quinto piso, dejó pasar a la pareja y esperó a saber por qué dirección del pasillo se decidían para tomar la contraria. No tardó mucho en oír el suave chasquido de una puerta que interrumpió las risitas de los enamorados al cerrarse. Altmann dio media vuelta y recorrió el pasillo vacío hasta su extremo. «Cuarenta y tres pasos hasta el ascensor», anotó mentalmente. Se detuvo ante la puerta con el letrero de latón «Suite Pariser-Platz». —Estoy en posición. —Entendido. Sacó un dispositivo transparente con forma de tarjeta de crédito conectado por cable a un en el bolsillo interior de su chaqueta. Pasó la tarjeta-llave electrónica por la ranura dispuesta al efecto junto a la puerta de la habitación. Entonces introdujo un número de seis cifras que le había enviado la jefatura de la operación junto con los planos y las fotos. Hizo clac, la puerta se entreabrió y una suave luz iluminó el pasillo a través de la diminuta rendija. —Comienza el espectáculo —susurró Altmann, sacó su arma y entró en silencio en la suite.

de la diminuta rendija. —Comienza el espectáculo —susurró Altmann, sacó su arma y entró en silencio

21

El agua caliente actuaba como un somnífero. Cuanto más dejaba Noah que le afectara, con más fuerza deseaba cerrar los ojos.

Para no quedarse dormido bajo la ducha, cerró el grifo y salió de la cabina engastada en mármol. Limpiarse la suciedad de la calle había sido la primera idea sensata que había propuesto Oscar desde su regreso. Para no tener que compartir el baño con él, Noah había pasado a la segunda suite a través de la puerta que las conectaba internamente, una suite casi idéntica pero distribuida de manera invertida. Así, los cuartos de baño quedaban pared con pared. Noah oía el murmullo continuo del jacuzzi de al lado, en el que Oscar parecía estar tomando un largo baño; un sonido de fondo adecuado para el viejo éxito de verano que sonaba en esos momentos en la televisión.

«

de verano que sonaba en esos momentos en la televisión. « . Claro. De esta mierda

. Claro. De esta mierda sí que te acuerdas.»

Los baños de las suites estaban equipados con altavoces inalámbricos, conectados a su vez al sistema multimedia del salón. En ese momento emitían la música de un anuncio de televisión de un combinado preparado, y a Noah le habría gustado bajar el volumen, pero no fue capaz de encontrar el botón para ello en el baño.

Se acercó a uno de los dos lavabos, que en el caso de una parejita probablemente estuviera previsto para el miembro femenino, ya que en la encimera había varios

utensilios de cosmética junto a un recipiente de acero fino para toallitas desmaquillantes. Con una de ellas secó el espejo empañado y miró fijamente el rostro extraño que había dejado al descubierto. Sus ojos eran pequeños, y estaban cansados, rodeados de profundas arrugas. Al pasar la mano por la piel, la sintió áspera. Noah dio un paso atrás y observó su cuerpo entero.

A diferencia de Oscar, no tenía una única cicatriz, sino un gran número de ellas. Solo en su torso contó ya tres, dos pequeñas bajo las costillas en la zona de la

musculatura abdominal, bien entrenada. Una más alargada cerca del corazón.

Noah se puso de lado y despegó el esparadrapo del hombro. La ducha lo había empapado de agua, y le pesaba en la mano cuando se lo quitó del todo.

—Permítanme presentarles

—dijo, y comprobó cuidadosamente los bordes de la herida de bala con la punta de su dedo índice— a la cicatriz número cuatro.

Estaba bien curada. Al tocarla no le dolía, solo sentía un latido sordo, pero ese tipo de dolor se había convertido en un inquilino permanente de su cuerpo. Noah prácticamente se había acostumbrado a él. «Más que al tatuaje.» Despegó la mirada de las letras torpemente punzadas en la palma de su mano y contempló su perfil en el espejo. De repente le picaba toda la cara. De un momento

a otro sintió la necesidad acuciante de afeitarse. Al parecer antes había preferido afeitarse en húmedo, porque no dudó ni un segundo al encontrar una cuchilla desechable y espuma de afeitar con aroma a té verde

entre los múltiples utensilios sobre la encimera del lavabo. La sensación de la cuchilla resbalando sobre la espuma y despejando la piel ligeramente enrojecida que había debajo fue casi más agradable que la ducha. Sin embargo, el rostro anguloso que apareció al terminar seguía resultándole ajeno. Noah estaba secándose la cara cuando las palabras del presentador de las noticias en la televisión lo hicieron detenerse en seco. «Y ahora volvemos con más información acerca de la situación en el aeropuerto de Nueva York. El aeropuerto John F. Kennedy ha sido puesto en cuarentena hoy

a las 14.55 hora local por peligro de epidemia.» Levantó la mirada hacia los altavoces integrados en el techo. La palabra «cuarentena» tenía un efecto electrizante sobre él. «Según fuentes no confirmadas, por el momento varios pasajeros han sido retenidos por las sospechas de que hubieran contraído la gripe de Manila.»

A pesar de que solo unos momentos antes la música le había parecido demasiado alta, ahora recibía las noticias a un volumen demasiado bajo, por lo que Noah salió

del baño y buscó el segundo televisor de la suite, situado en el dormitorio, junto al armario sobre una cómoda de aires chinos. La cámara mostraba a una rubia dolorosamente delgada, que, teniendo en cuenta su ajustado traje y los rasgos de modelo, parecía más adecuada para moderar un magacín matutino que para retransmitir una catástrofe. Pensó en Celine Henderson, que no había vuelto a llamar y a la que se imaginaba completamente diferente de esta

reportera. La delgada figura con el pelo al viento estaba delante de una valla de tela metálica coronada por alambre de espino sobre un puente de la autopista; al fondo se veía la pista del aeropuerto, por la que no se movía ningún avión. —«Miles de viajeros, empleados y familiares están atrapados, el caos ya ha alcanzado las autopistas que entran y salen del aeropuerto, en las que se han formado atascos de hasta treinta kilómetros de largo.»

Se intercalaron las imágenes de helicóptero correspondientes.

—«Los viajeros afectados deben dirigir sus preguntas al número de asistencia que ven en la parte inferior de sus pantallas. Nosotros regresaremos enseguida con

más detalles acerca de la todavía compleja situación

La reportera devolvió la conexión con mirada seria al estudio, donde su compañero le hizo una pregunta a la que Noah ya no prestó atención, porque gruñía en la habitación contigua, y lo hacía con un tono profundo y metálico a un volumen que parecía exagerado para el diminuto cuerpo del perro. Más por curiosidad que por preocupación, Noah se dirigió al dormitorio vecino, donde vio al cachorro ante la puerta cerrada del baño con la cola entre las piernas y la cabeza gacha.

«¿Qué te pasa, pequeñín?», se disponía a preguntar, pero al inclinarse hacia él percibió con el rabillo del ojo un cambio en la luz que atravesaba la rendija entre la puerta del baño y el suelo del dormitorio. Un sombreado apenas perceptible, pero de todos modos una señal inequívoca de que alguien se había movido tras la puerta. «Alguien que no se está bañando. Alguien que lleva zapatos.» Noah sintió que la tensión le secaba la garganta y que los bordes de la herida de su hombro se contraían. Cuando abrió la puerta de golpe sus ojos se transformaron en una cámara réflex mental que tomaba fotos en fracciones de segundo y las enviaba al área de su cerebro encargada de analizar situaciones de peligro mortal. La primera imagen mostraba un jacuzzi que le recordó a una cazuela cuyo contenido se derramaba: el agua hacía burbujas, la espuma blanca se desbordaba. De Oscar solo se veían los dedos arrugados de los pies, que atravesaban la superficie del agua. El resto de su cuerpo estaba completamente sumergido. Voluntariamente al parecer, como reveló el análisis de la imagen número dos: el desconocido con el arma en la mano no lo había empujado hacia abajo, sino que parecía esperar a que Oscar emergiera de nuevo, probablemente para dispararle en la cara. «¿Quién es usted? »¿Cómo ha entrado aquí? »¿Por qué quiere matar?» Todas estas eran preguntas con las que Noah no se entretuvo. Con las que no podía entretenerse. Ya que el asesino no dudó ni un segundo. Sobresaltado por la aparición de Noah, el hombre se revolvió.

»

por la aparición de Noah, el hombre se revolvió. » Y dobló el dedo índice. Apuntó

Y dobló el dedo índice.

Apuntó su arma en la mitad del tiempo que necesita un colibrí para agitar sus alas.

«Imagen número tres: Heckler & Koch USP, acerrojamiento Browning, 9 mm con gatillo de sistema DAO. Silenciador de fabricación polaca.»

El asesino se movía rápido. Más rápido de lo que Noah podía contener el aliento.

Pero no lo bastante rápido.

El área de análisis de peligro del cerebro de Noah había elaborado un plan de acción y lo había transmitido sin rodeos a los músculos y las extremidades ejecutoras.

«Juntar las manos ante el rostro como en el ritual de saludo tailandés. Reducir la distancia hacia el objetivo y al mismo tiempo colocar el codo derecho en un ángulo de noventa grados. Empujar con él el arma hacia arriba. Aprovechar el retroceso del primer disparo desviado para destrozar el centro de gravedad del oído del atacante con la palma de la mano. Al mismo tiempo clavar la rodilla en los testículos y seguir el movimiento ascendente del codo derecho hasta golpear, y si es posible romper, la mandíbula.»

Noah había seguido mecánicamente todos los pasos y al hacerlo se había concentrado en el brazo derecho del atacante, es decir, el que sostenía el arma, y mientras el intruso se encorvaba hacia delante, se lo levantó con el brazo izquierdo hasta sentir la resistencia de la articulación: la señal para aumentar la presión hasta desgarrar los tendones primero y después los músculos. Al mismo tiempo se volvió hacia un lado como bailando con el hombre, que únicamente quería escapar del dolor que Noah le infligía mediante la presión en el hombro dislocado. No hubo gritos, tampoco había tiempo para eso. Fue todo tan rápido que al asesino ni siquiera se le había caído el arma de la mano cuando Noah cerró los dedos sobre su puño, y casi al mismo tiempo le levantó el antebrazo de golpe para colocar la punta de la H&K en la nuca del atacante.

para colocar la punta de la H&K en la nuca del atacante. Dos tiros, que no

Dos tiros, que no hicieron más ruido que un bote de mermelada al vacío al abrirse, y el desconocido acabó ejecutado por su propia arma.

En ese instante Oscar emergió resoplando, eructó con fuerza y se frotó un poco de espuma del rabillo del ojo mientras tarareaba con alegría. Entonces vio a Noah y gritó:

—Maldita sea, qué susto me has dado. ¿Es que no sabes llamar? —Tenemos que irnos —respondió Noah con voz apagada.

—¿Irnos? ¿Por qué? —Oscar se puso de pie en la bañera—. No puedes entrar desnudo en mi baño así sin más

¿Cómo

?

Joder. —Oscar había descubierto al hombre inmóvil delante del jacuzzi—. ¿Está

—Rápido, no tenemos tiempo.

?

Quiero decir, ¿le has

?

Oye, ¿es una pistola eso que llevas en la mano?

Noah salió a zancadas del baño, se puso rápidamente ropa interior, un pantalón de traje oscuro, una camisa y una chaqueta, una selección aleatoria de lo que había en la maleta, sin soltar el arma que le había sustraído al asesino. —Está muerto. —Oscar estaba desnudo en la puerta del baño y señalaba el cadáver—. Creo que está muerto del todo. —Nosotros también lo estaremos si no desaparecemos enseguida.

—Pero ¿quién? Quiero decir, ¿por qué, de dónde «No tengo ni idea. No tengo tiempo.»

Noah comprobó rápidamente el cargador. Aún quedaban doce cartuchos. «Menos es nada.»

El arma tenía marcas del uso, pero estaba cuidada. Junto con la silenciosa entrada y la rapidez, demostraba que el asesino era un profesional.

?

Desenchufó el cargador, metió la cartera, los pasaportes y el teléfono por satélite de nuevo en la maleta junto con las prendas de ropa que pudo coger al vuelo, y volvió corriendo al baño pasando junto a Oscar. —¿Qué haces?

A Oscar le castañeteaban los dientes de miedo. Sus pies estaban a pocos centímetros del borde del charco de sangre que se extendía en torno a la cabeza del

desconocido.

Como era de esperar, el asesino no llevaba ningún objeto personal consigo. Sus bolsillos estaban vacíos. Noah le dio la vuelta con el pie desnudo. Su rostro también resultaba impersonal, sin rasgos característicos. Su aspecto era más de contable que de asesino a sueldo. Noah supuso que le buscaba a él y no a Oscar, probablemente no sabía nada de la segunda habitación, en la que él se encontraba por pura casualidad. —Aquí tienes. —Le lanzó a Oscar un albornoz blanco que había cogido de un gancho en la puerta. —Has matado a una persona —musitó Oscar consternado. Parecía resultarle imposible apartar la mirada del cadáver. De todas formas se puso la bata y salió del cuarto de baño. Entretanto Noah ya se había puesto sus botas, y le ordenó a Oscar que hiciera lo mismo. —Deja el resto de la ropa aquí. No tenemos tiempo para eso. Como pensaba que estaba yendo demasiado despacio, agarró a Oscar del cuello del albornoz y lo llevó a rastras a la suite contigua. Una vez allí, acechó por la mirilla y no abrió la puerta hasta asegurarse de que no había nadie al otro lado. Un vistazo al pasillo le reveló que allí también estaban solos. —¿Estás listo?

Se volvió hacia Oscar, que sacudía la cabeza con fuerza.

—Mierda, no, estoy aquí en bata con los pies ensangrentados y mis botas en la mano. No estoy listo en absoluto. «Por lo menos ha recuperado el habla.» Noah regresó rápidamente a la habitación, cogió la mochila y miró bajo la cama. Como había supuesto, se había escondido allí. Desde los disparos no había

hecho ruido alguno, y le temblaba todo el cuerpo. Con un gesto veloz Noah sacó al cachorro agarrándolo del cuello de debajo de la cama y metió al animal en la mochila, entonces ordenó a Oscar que abandonara la habitación con él. —No hasta que no sepa lo que acaba de suceder. —Bien. Pues no vengas. Noah salió al pasillo con la maleta en la mano y la mochila sobre el hombro sano, y caminó en dirección a los ascensores a la mayor velocidad a la que se lo permitían los cordones sueltos. Dos metros más allá de los ascensores para huéspedes se abría un pasillo lateral. Allí había un montacargas. Noah pulsó el botón de llamada, pero no sucedió nada. —Para este necesitas llave —dijo Oscar, que parecía habérselo pensado mejor. El albornoz blanco realzaba aún más el tono rojo cangrejo de su cabeza. —No, no la necesito —respondió Noah, sin saber por qué estaba tan seguro de ello. Miró el teclado que había bajo el botón de llamada y de pronto se dio cuenta. Noah recordó un retazo del pasado. «Ya me he montado en él alguna vez. Ya sé adónde nos conduce este camino.» Al sótano del hotel. A la discoteca del Adlon. «Donde las personas bailan a la luz de rayos centelleantes.» No hacía ni una hora que se había visto a sí mismo en un marcha atrás. «Ya he huido por aquí alguna vez. Poco después de que me dispararan.» Noah cerró los ojos y visualizó la combinación de cifras que había recordado la vez anterior.

combinación de cifras que había recordado la vez anterior. «4266» —¿Qué haces? —preguntó Oscar lo que
combinación de cifras que había recordado la vez anterior. «4266» —¿Qué haces? —preguntó Oscar lo que

«4266»

—¿Qué haces? —preguntó Oscar lo que era obvio. Noah pulsó las teclas correspondientes en el teclado, pero introdujo el código al revés de lo que lo había hecho en su recuerdo.

«6624»

Oyó un chasquido algunos pisos por debajo de ellos y las correas del ascensor se tensaron. El botón de llamada se iluminó en un rosa pálido. —¿Cómo sabías eso? —preguntó Oscar al ver en el indicador que había sobre la puerta del ascensor que la cabina avanzaba de piso en piso. —Ni idea —dijo Noah, dio un paso atrás y miró por el pasillo hacia la luz que salía por la puerta de su suite, que Oscar no había cerrado. No sabía quién era. Ni quién podía haber sido el asesino con la pistola, ni quién se lo habría encargado.

Y tampoco sabía si el ascensor llegaría a tiempo, antes de que los alcanzara el hombre que salía en ese momento de la suite Pariser-Platz al pasillo del hotel con un

arma en posición de tiro.

22

—¿Situación?

—Compleja.

Altmann entrecerró los ojos. Noah lo había visto y se había retirado a un pasillo en el que según los planos había dos cuartos de lavandería y un montacargas. «Vaya marrón.» —¿Por qué no ha completado el trabajo? —quiso saber la voz femenina en su oreja. —¿Por qué no me habían dicho nada del tercer hombre? Altmann metió de nuevo la pistola en su funda, regresó a la suite de la que Noah y Oscar acababan de escapar delante de sus narices, y cerró la puerta. —¿El tercero? —Cuando he entrado, ya había alguien allí. —¿Quién? —¡Eso mismo le estoy preguntando!

debía darse prisa si

no querían que el olor se extendiera por todo el edificio. Los sistemas de ventilación de los hoteles muchas veces estaban conectados entre sí. Altmann se arrodilló e hizo una foto del hombre con el móvil, que envió a la central. Era joven, por lo menos más joven que él. «No tiene ni treinta años.» Un asesino, no había duda. También estaba claro que se trataba de un profesional. «Pero tiene un estilo desastroso.» Alguien que no se había preparado lo suficiente. «O que contaba con aún menos información que yo.» Ningún especialista experimentado comenzaba un trabajo antes de haber localizado a todos los oponentes. Posiblemente aquel hombre no sabía de la existencia de la segunda habitación ni del acompañante de Noah. «Seguro que pensó que era su día de suerte cuando escuchó cantar a su objetivo en la bañera.» —¿Han encargado el trabajo a alguien más aparte de mí? —No, claro que no. —Entonces este tal Noah goza de menos simpatías de las que pensábamos. Al incorporarse, Altmann sintió un dolor sordo detrás de su rótula. —Y tampoco me dijeron nada del perro. —Maldita sea, ¿de qué perro habla? —maldijo la mujer en su oído. Su voz sonaba estridente. Casi podía ver como la mujer estaba a punto de arrancarse los auriculares de la cabeza. Altmann todavía no había conocido personalmente a la mujer de la línea de operaciones. Para él la fría voz era neutra. No sabía qué aspecto tenía, cómo se llamaba, cómo se vestía o qué le gustaba comer. Ignoraba tanto su orientación política como sus preferencias sexuales. Cuando hablaba con ella, era como si estuviese conversando con un sistema de navegación. Hasta entonces eso siempre le había ayudado en sus operaciones. Necesitaba distanciarse para trabajar tranquilamente. El hecho de que la mujer se hubiera alterado tanto cuando mencionó el perro la hacía más humana y le confería un carácter. Altmann no estaba seguro de que ese cambio le gustara. —Sí, un cachorro. —¿Y es eso lo que le ha distraído? ¿Un cachorro? —A mí no. Al otro. «Como he podido observar desde mi escondite tras las pesadas cortinas de lino.» —¿Ha identificado al hombre? —Les acabo de enviar una foto. —Bien. —¿Y ahora qué? ¿Lo registro o los persigo? —¿Por qué no ha hecho lo último hace un rato ya? ¿Es que no ha tenido ninguna oportunidad de liquidar al objetivo en todo este tiempo? «Sí. Varias. Podría haber disparado a Noah en la cabeza cuando ha salido del baño. O en la nuca cuando ha sacado al perro de debajo de la cama. Incluso podría haberle alcanzado en el ascensor.» —No —mintió Altmann. Tenía sus principios. Cuando una operación se complicaba, detenía cualquier actividad hasta que la situación se hubiera aclarado. No se había desviado de este procedimiento ni una sola vez, y estaba convencido de que ese era el motivo de que aún estuviera en activo con cuarenta y un años. —Vaya mierda, hoy está saliendo todo mal —se permitió la mujer hacer otro comentario poco profesional. —¿Qué más? —preguntó Altmann. —Zaphire. —¿Qué pasa con él? La directora de operaciones suspiró. —Por lo que parece, desgraciadamente sobrevivirá.

Altmann se dirigió al cuarto de baño y contempló la escabechina. Teniendo en cuenta la temperatura de la calefacción del suelo, el

al cuarto de baño y contempló la escabechina. Teniendo en cuenta la temperatura de la calefacción

23

Lupang Pangako, zona metropolitana de Manila, Filipinas

La luz de la mañana se refractaba en el vidrio roto y desplegaba un arco iris sobre la cara de la pequeña que jugaba con los fragmentos de una botella quebrada junto

a un montón de basura. Shala estaba desnuda, sus excrementos habían formado una costra en su trasero. Como muchos otros, la niña de dos años sufría la diarrea que en

ese momento se propagaba por Lupang Pangako. Alicia pensó un instante en si debía detenerse y preguntar a la pequeña por su madre, que normalmente cuando no llovía se sentaba al aire libre con su hija entre las chabolas de tablas y cosía los vaqueros que un comerciante traía a la barriada todas las mañanas. Pantalones de los que se decía que se enviaban en grandes barcos a través del Pacífico hasta América y que allí se vendían por la increíble cantidad de veinticinco dólares. ¡Cada uno! Algunos incluso más caros, pero Alicia no era capaz de creerse el rumor. Sin embargo, en el vestidor climatizado de la villa del banquero en Forbes Park en la que había trabajado como asistenta una vez, había visto un par de zapatos que, según el precio de la caja, habían costado más de dos mil dólares. Un regalo para celebrar el día, le había explicado la señora de la casa, porque su marido había ganado veinte millones apostando al alza de los precios de los cereales. Alicia únicamente había sonreído con amabilidad, sin entender una sola palabra. —Eh, ¿a ti qué te pasa? —la despertó de sus pensamientos la voz de Marlon. Su primo, que se había adelantado con Jay por el camino entre las cabañas, regresó y señaló el ovillo que colgaba del pecho de Alicia. Había cortado una bolsa de plástico en varias tiras y con ellas había formado un cómodo canguro en el que llevaba a Noel junto al corazón. Por un momento se había visto de nuevo en la villa, abriendo la puerta al chófer que había recogido del colegio privado a la niña de la casa. Pero había dejado de soñar despierta y la propiedad de estilo colonial con su entrada de mármol blanco había desaparecido. De nuevo notaba el agujero de sus chancletas, sentía el barro entre los dedos de los pies, olía la basura podrida, oía el zumbido de los helicópteros sobre su cabeza. »¿Qué se te ha perdido con ella? —preguntó su primo y señaló a Shala, agachada delante de la montaña de basura como si quisiera hacer pipí—. ¡Será mejor que te ocupes de tu propio bebé! Marlon tiró de ella, lejos de la pequeña de cabello negro con ojos tristes que la saludaba con el cristal en su sucia manita mientras Alicia corría detrás de Marlon y Jay. El cuenco de arroz que Marlon les había conseguido antes de salir, sobre cuyo origen Alicia prefería no pensar, al menos había saciado en gran parte el hambre de Jay y la suya propia. Sin aquellos pocos bocados no habría podido pedir a su hijo ni a sí misma emprender el camino hacia la «calle Central». El término «calle» eran tan poco apropiado para la arteria principal de la barriada como el término «vida» para la existencia que llevaban las personas en aquel lugar. De las cuarenta y cinco mil almas que vegetaban, según los cálculos, solo en ese sector de Quezon City, se habían puesto en marcha unos pocos centenares. Hombres, mujeres, niños; todos querían hacerse una idea de cuál era la situación y averiguar de qué se trataba: por qué ahora los helicópteros merodeaban sobre sus cabezas incesantemente también después del alba. Sus aspas cortaban el aire húmedo y caliente, arremolinaban la basura, arrancaban los tejados sueltos de los cobertizos, algunos ya de dos pisos, y extendían el intenso hedor a basura por los sinuosos senderos. Desde el aire el vertedero de Payatas tenía la forma de un enorme ocho inclinado hacia la izquierda. El barrio de chabolas de Alicia llenaba de construcciones destartaladas de chapa ondulada y tablones la hondonada que rodeaba la parte izquierda de este ocho. Por lo tanto esta zona limitaba con el vertedero al norte, al este y al sur. Al oeste una calle transitada llamada Bicol separaba la barriada de un sector no menos desolador. Alicia caminaba con Noel, Jay y Marlon en dirección oeste hacia el punto más fino del ocho, donde se encontraba el puente que su hijo debía cruzar todas las mañanas cuando quería ir al basurero. El acceso al vertedero, que al mismo tiempo era la salida principal de la barriada. Normalmente este paso sobre un canal de aguas residuales contaminado podía verse desde lejos, pero aquel día un gran número de personas bloqueaban el polvoriento camino que llevaba hasta allí. Era igual que dos meses atrás, cuando se habían manifestado en contra del cierre del vertedero y su traslado, pero ahora el ambiente era más agitado aún, mucho más tenso. Y no había manera de salir. La muchedumbre era como una pared. —Están cerrándolo todo —gritó un joven que se abría camino de vuelta, por lo visto para informar a las últimas filas. Llevaba una desgastada camiseta de AC/DC

y parecía que hubiera llorado, un efecto secundario habitual de los vapores del plástico. Él también era un buitre que hoy no podía llegar al vertedero. Alicia apenas podía creer lo que contaba. —He estado delante, en el puente. Vallas de alambre de espino. Las han extendido. —El hombre, que ya había llamado alguna vez su atención en la cola de la tienda en la que se podía entregar la basura de plástico que se había recogido, estaba sin aliento y hablaba a ritmo telegráfico—. Una vuelta. Por todas partes. Alambre de espino. Alrededor de todo el vertedero. Y tanques. Alicia buscó asustada la cabeza de su bebé con la mano. Noel había bebido un poco, pero mucho menos de lo necesario. Sentía una hondura en su cabeza, sus fontanelas estaban más hundidas que nunca. —¿Tanques? —Sí. Y soldados. Con ametralladoras. Listos para disparar. En todas las entradas y salidas. —Pero yo tengo que salir de aquí —dijo, y oyó la desesperación en su propia voz. «Mi bebé necesita ayuda. Debo ir al hospital.» Estaba enfadada por no haber hecho caso a Marlon directamente y no haberse puesto en marcha con él de inmediato. Pero de pronto Noel había succionado su pecho de nuevo, aunque solo hubiera sido durante cinco minutos. Entonces se había dormido y otra media hora después lo había intentado de nuevo. Así hasta el amanecer. Alicia había tenido miedo de privar a su bebé incluso de esas escasas comidas si se ponía en marcha con él enseguida. Hasta que Noel no había vuelto a su apatía y solamente gemía en voz baja sin querer tomar pecho, no se había decidido a levantarse. —Encontraremos la manera —dijo Jay, de siete años, con gesto serio. Entretanto se habían unido a ellos tantas personas de los callejones laterales que regresar cada vez era más difícil. La barriada había despertado, y con ella, el miedo. —Intentémoslo en dirección a Bicol —decidió Marlon y señaló en la dirección por la que habían llegado, entonces un rugido sordo se mezcló con el zap-zap-zap de los helicópteros. Alicia miró hacia arriba y descubrió en el cielo despejado sobre ellos un pequeño punto que crecía por momentos. —¿Qué es eso? —preguntó Jay. Cada vez más gente echaba la cabeza atrás y se protegía los ojos de la luz oblicua del sol. Miraban fijamente el monoplano que amenazaba con estrellarse directamente sobre los habitantes de la barriada. Se formó una ola de pánico. La masa de personas comenzó a moverse, empujó hacia atrás, lejos del paso. Alicia oyó gritos. Niños, mujeres. Alguien disparó, lo que empeoró la situación. La gente se dispersaba en todas las direcciones, arrollaba a los que estuvieran delante o detrás. No prestaban atención ya a los débiles, como Alicia, que tuvo que soltar la mano de Jay para resguardarse detrás de un muro de piedra a medias. Se acuclilló en el suelo mientras el zumbido del avión aumentaba de volumen. Protegió a su bebé con las dos manos. Y sintió la lluvia. Una llovizna amarillenta con olor a amoniaco. Cuando el ruido del motor se detuvo, se atrevió a levantarse y a mirar cómo el monoplano se alejaba. —¿Qué ha sido eso? —escuchó chillar a su espalda a Jay, que había logrado no apartarse del lado de su madre. Solo Marlon parecía haber desaparecido. —No tengo ni idea —respondió Alicia y se frotó la piel para quitarse la película pegajosa de la sustancia desconocida que el piloto del avión había descargado de su depósito sobre ellos.

24

Berlín

El taxi estaba helado, y el taxista se disculpó por ello cuando Noah y Oscar se apretujaron en el asiento trasero de su coche. —Hace ya dos horas que estoy aquí parado. Y como la gasolina pronto costará más que el champán en un puticlub, no me puedo permitir dejar el motor encendido. ¿Adónde quieren ir? —El hombre miró por el retrovisor—. ¡Espero que no sea un trayecto corto! —A la estación Zoo —respondió Noah, porque fue lo único que se le ocurrió. El acceso al escondite de Oscar se encontraba en el piso inferior de la estación, en un túnel peatonal entre las líneas U2 y U9. Después de los últimos acontecimientos, Noah confiaba en que ese lugar aún fuera seguro. «Y en que no nos sigan. Sean quienes sean.» Se volvió, pero no distinguió a nadie a través de la luna trasera. El acceso a la entrada posterior del Adlon, del que se estaban alejando en ese momento, estaba desierto. —Zoo no es precisamente Schönefeld —refunfuñó el conductor—. Pero por lo menos es mejor que mi última carrera. Al hombre, que se identificaba como Helmut Koslowski en una tarjeta de visita colocada en la rejilla de ventilación, no parecía importarle la pinta de su clientela. Mientras que Noah ya volvía a tener un aspecto más discreto, duchado, afeitado y vestido con un traje oscuro, Oscar parecía un paciente que hubiera escapado de una clínica psiquiátrica. Durante su huida a través de la discoteca de alto copete en el sótano del Adlon a la que les había conducido el montacargas, apenas había llamado la atención en la oscuridad. —Encima el tío me ha llenado el coche de gérmenes —siguió el conductor hablando de su último cliente. Giró el regulador de la calefacción hasta la zona roja, pero por el momento solo salía aire frío por la ranura. Pasaron junto a la embajada estadounidense. Noah vio la Puerta de Brandenburgo a su derecha y tuvo que agarrar la mochila con para que no se le resbalara del asiento en la curva. »Se ha pasado los tres minutos hasta el Charité tosiendo como un tuberculoso. He hecho el tonto llevándole. Vamos, es que no soy una ambulancia, y ayer precisamente la central nos envió por e-mail una circular sobre las precauciones que tenemos que tomar contra la nueva gripe. La mirada de Koslowski recayó sobre el espejo retrovisor. No parecía habérsele ocurrido que sus nuevos clientes también podían ser un cargamento dudoso. El taxi era un monovolumen de ocho plazas japonés con puertas de corredera, y se habían sentado en la última fila. Ocultos como estaban por los respaldos de los asientos delanteros, el conductor tenía visibilidad limitada sobre ellos, así que Noah pudo abrir la maleta que tenía a los pies sin que lo viera. —Ponte esto —susurró y le tendió a Oscar unos calzoncillos, un par de calcetines, una camisa de traje y un pantalón de franela negro. El taxi aceleró por la calle Diecisiete de Junio. Oscar volvió lentamente la cabeza y lo miró fijamente con ojos inexpresivos. Era evidente que seguía en estado de desde que había visto el cadáver en el baño. —Has cambiado —musitó. Noah sabía que este comentario no hacía solo referencia a su aspecto externo, si es que lo hacía en absoluto. Era como si se hubieran cambiado los papeles. Desde que Noah le había explicado en pocas frases que el muerto del cuarto de baño era un asesino que no lo había matado por un pelo, probablemente debido a una confusión, Oscar parecía apático e indiferente, mientras que Noah había tomado la iniciativa. Noah señaló las prendas de ropa. —Te quedarán grandes, pero no puedo hacer nada. —En una huida unos pantalones remangados sin duda llamaban menos la atención que un albornoz. —¿Hay algún acontecimiento en el zoo? —quiso saber Koslowski. Como ya había hecho antes, el conductor ni siquiera esperó a la respuesta antes de continuar hablando—. Yo creo que hay demasiados actos en Berlín. Fiestas, eventos, exposiciones, conciertos. El mundo entero se va a la mierda y en Berlín la gente se dedica a bailar encima de la barra. Señaló una columna con una figura alada dorada a cierta distancia de ellos, como si el monumento intensamente iluminado en el centro de la rotonda corroborara su tesis de alguna manera. —La cosa se les ha ido de las manos. Algo en el último comentario de Koslowski pareció despertar la atención de Oscar, en cualquier caso asintió lentamente. Al mismo tiempo su mirada cambió. Lo vio todo más claro. —¿Quién era? —preguntó en voz baja. En susurros, pero con exigencia. Poco a poco hacía algo más de calor en el taxi. —¿El hombre del baño? Oscar asintió. —Es lo que intentaré averiguar ahora. Noah sacó el teléfono por satélite del bolsillo interior derecho de su chaqueta. En el izquierdo había guardado la pistola que le había quitado al asesino. Mientras el taxista se quejaba de la adicción a la diversión de los berlineses («¿saben cuánta comida acaba intacta en la basura de los bufés de las fiestas? Con eso se podría alimentar a países enteros»), Noah pulsó el botón de encendido del teléfono y esta vez la pantalla se iluminó. La breve carga en el hotel había bastado para encender el móvil. Un águila animada por ordenador voló de una jaula de plata hacia la libertad. La escena se congeló en una imagen fija que mostraba al águila sobre las olas de un mar oscuro, evidentemente el logotipo de la marca. —¿A quién llamas? —quiso saber Oscar y miró un momento por la ventana lateral. Giraron en la rotonda que rodeaba la columna. Aún sonaba ausente, pero al menos intentaba comunicarse. —Ni idea. El águila desapareció y en la pantalla táctil del teléfono apareció un menú de opciones. Noah tocó un icono con forma de ficha y abrió la lista de los contactos guardados. «Nada.» —Ni un solo contacto —informó a Oscar. La base de datos estaba vacía, y en los demás apartados del menú tampoco había ni la más mínima huella digital de su uso. Ningún mensaje recibido, ningún e-mail. Ningún número marcado, ninguna llamada. —¡A lo mejor es nuevo! —sugirió Oscar. —¿Con estas marcas? —Inclinó el teléfono para que Oscar pudiera ver mejor los surcos de la carcasa arañada. Noah negó con la cabeza—. Alguien ha borrado la memoria. «La del teléfono. Y la mía.» —¿Problemas de cobertura? —quiso saber el taxista. Sonrió como sabiendo a qué se refería—. Yo llevo todo el día así también. Sobrecarga de la red. Pensaba que por la noche mejoraría, pero no sé de qué nos sorprendemos, si los niños se pasan todo el tiempo con el teléfono en lugar de abrir un libro Noah dejó de escuchar. El parloteo incesante de Koslowski se había convertido ya en un ruido de fondo sin importancia. Con las expectativas atenuadas, abrió el registro de llamadas no atendidas y se llevó una sorpresa. «¿Veintitrés llamadas perdidas?» Se habían producido en las últimas cuatro semanas, concentradas en los días después de que Oscar lo hubiera encontrado herido y a punto de morir en el acceso a la

semanas, concentradas en los días después de que Oscar lo hubiera encontrado herido y a punto
semanas, concentradas en los días después de que Oscar lo hubiera encontrado herido y a punto

estación de metro. A medida que había pasado el tiempo la frecuencia había disminuido; el último intento se había llevado a cabo dos días atrás, cosa menos sorprendente que el hecho de que las veintitrés llamadas provinieran de un único número. —¿Siempre el mismo número? —preguntó Oscar, que había mirado un momento por encima del hombro de Noah. —Sí. —Noah no tenía ni idea de a quién podía pertenecer. El taxi se había detenido en un semáforo en rojo en medio de la rotonda, y el conductor tuvo así la oportunidad de coger su propio móvil. —Pues yo tengo la cobertura a tope —dijo y se volvió hacia atrás. Noah aprovechó la ocasión para pedirle un poco de silencio, después pulsó la tecla para devolver la llamada. La conversación comenzó con un grito de entusiasmo. —¿David? David, ¿eres tú? El hombre al otro lado de la línea hablaba inglés americano con un fuerte acento sureño. Tenía una voz sonora, intensa, y sonaba bastante mayor que Noah.

—Yo

—Noah apretó el teléfono más fuerte contra su oreja sin saber qué debía decir—. ¿Con quién estoy hablando, por favor?

Otro grito. —Cielo santo, eres tú, David. Dios mío. Eres tú de verdad. —Noah oyó un chasquido en la línea, entonces su interlocutor pareció apartar el auricular y hablar hacia el espacio a su espalda—. Morten está al teléfono. Sí, en serio. Lo tengo por la línea segura. Otro chasquido, una breve interferencia, entonces el hombre mayor volvió. —David, ¿dónde diablos te habías metido? Casi habíamos dejado de buscarte.

Noah se apartó el teléfono de la cabeza y miró la pantalla. La señal digital le indicaba que la duración de la llamada apenas llegaba a los cuarenta segundos. Decidió que el límite sería un minuto. —Lo siento, pero si quiere que continuemos esta conversación, tengo que pedirle que se identifique.

—El hombre primero sonó nervioso, después se echó a reír brevemente. Cuando siguió hablando lo hizo con un tono de dolor y

profunda preocupación en la voz—. Maldita sea, David. ¿Qué es lo que te han hecho? «Cuarenta y ocho segundos.» Noah miró hacia delante. Koslowski ni siquiera intentaba disimular que trataba de escuchar la conversación. Noah apartó la mirada y miró fijamente a través de la ventana lateral. —No lo voy a repetir —susurró al teléfono—. Si no me dice inmediatamente quién es, colgaré. —Por el amor de Dios, David. ¿No me reconoces? Soy yo, Phil. Tu viejo amigo de Washington. La mención de la capital de Estados Unidos en efecto provocó una cadena de asociaciones. Noah recordó el Pentágono, el monumento a Washington, el cementerio nacional de Arlington, el monumento a Jefferson, incluso el olor a café en un restaurante de la calle Dieciocho. Pero ningún amigo que se llamase Phil. «Cincuenta y cuatro segundos.» El taxi se detuvo en otro semáforo en rojo, esta vez en un cruce con más tráfico. Una camioneta se detuvo junto a ellos. La gente se apresuraba por la calle con los hombros encogidos. —¿Quién es usted? —intentó Noah una última vez, con el dedo flotando sobre la tecla para colgar. Su mirada se encontró con la del conductor en el espejo retrovisor. —Madre de Dios, realmente no tienes ni idea, ¿verdad? —oyó preguntar al hombre al otro lado de la línea. Hubo una breve pausa. Entonces, en el segundo cincuenta y nueve, justo cuando el semáforo se puso en verde, dijo:

—Que me identi

¿Qué

?

—Me llamo Philipp Baywater. Soy el presidente de Estados Unidos.

Ciudad de Nueva York, EE.UU.

25

Celine llevaba ya dos años trabajando en la editorial, había recorrido varias veces a la semana el pasillo del piso 57 hacia la cocina de la empresa, donde los

empleados tenían a su disposición café gratis, un microondas y dos grandes frigoríficos comunitarios, pero nunca le había llamado la atención una puerta que conducía a

la

habitación en la que estaba retenida en ese momento. Probablemente se debía a que no había ninguna puerta; al menos ninguna tras la que se pudiera suponer una sala

de

dieciséis metros cuadrados sin ventanas, a la que había entrado a través de una máquina de bebidas. «¡A través de una máquina de bebidas!»

en aquella celda, y la manera en la que había entrado allí había

hecho que cuestionara su juicio. «¿Realmente me han secuestrado? ¿Por encargo del redactor jefe? ¿Por dos guardias que me han llevado esposada por la escalera de emergencia hasta el piso 57, para después observar cómo Kevin introducía una moneda de brillo extraño en la máquina?» El mamotreto se encontraba en la parte trasera de la cocina, en unos pequeños fogones que se usaban muy de vez en cuando (la mayoría de sus compañeros pedían

algo o comían fuera), que se podía cerrar con una puerta de corredera para evitar que los olores molestaran a los demás; una puerta que Kevin también había cerrado para protegerse de miradas curiosas. Al principio Celine había creído realmente que tendría la desfachatez de sacarse una Coca-Cola delante de sus narices mientras ignoraba todas sus preguntas («¿Por qué sabes lo de Oscar y lo de mi padre? ¿Qué pretendes hacer conmigo? ¿Te has vuelto loco?»). Había introducido una combinación de números y letras en el teclado a

la velocidad del rayo, tras lo cual se produjo un clac, la máquina se deslizó a un lado, como si un gigante invisible la hubiera movido, y abrió un estrecho pasadizo. En ese momento Celine se había quedado muda, así que ni siquiera había protestado cuando los dos guardias la habían empujado bruscamente hacia la sala. Ahora

estaba sentada en aquella celda, sola, a una mesa sencilla de madera con patas cruzadas, el único mueble que había aparte de dos sillas metálicas y una lámpara de techo,

y miraba fijamente la delgada ranura que había frente a ella en la pared: las esquinas de la parte trasera de la máquina, que estaba de nuevo en su posición e imposibilitaba su huida. —¿Estás bien, Puntito? —susurró y se acarició tímidamente la barriga. Había adquirido la costumbre de hablar con el bebé que aún no había nacido. Todas las

noches antes de dormirse le hablaba de su día, de los planes que tenía para cuando («¿él? ¿ella? ¡qué más da!») hubiera llegado, y lo feliz que se sentía por ello. Aún no

se notaba nada, ni una pequeña curva, ni siquiera cuando llevaba una camiseta ajustada, pero cuando se concentraba al cien por cien ella creía sentir una reacción: un

ligero hormigueo en el vientre. A pesar de que todos, incluido el doctor Malcom, decían que era médicamente imposible, estaba segura de que el Puntito se comunicaba con ella, le respondía: «Yo también me alegro, mamá. Déjame disfrutar un ratito más de las vacaciones con todo incluido en tu matriz y después me pondré en camino.» En ese momento naturalmente la agitación le hacía imposible establecer una conexión, aunque precisamente entonces deseara con toda su alma sentir algo: «Todo saldrá bien, mamá. Estoy sano y no debes tener miedo de nada.» Sin embargo, no sentía ningún tirón, ningún hormigueo, ninguna señal de vida cuando aguzaba los sentidos, y quizás era mejor así, ya que ambas afirmaciones habrían sido mentiras; sobre todo la del miedo. El miedo por Puntito, por su padre y ahora también por sí misma le oprimía el pecho, dificultaba su respiración y le hacía sudar a pesar del frescor de la habitación. Todas esas reacciones de defensa de su cuerpo se intensificaron cuando el clac sonó de nuevo, la máquina se deslizó a un lado otra vez, y una persona a la que no había visto en su vida entró en la sala con una sonrisa diabólica.

Celine ya llevaba más de media hora sentada y encerrada en aquella

«¿Habitación? ¿Cárcel?»

26

Noah cortó la conexión. —¿Qué pasa? —quiso saber Oscar, que había aprovechado el minuto anterior para embutirse a toda prisa en la ropa interior y los pantalones. El albornoz estaba a sus pies sobre las botas que se había quitado. En ese instante estaba girando el torso desnudo a un lado, tanto como el asiento se lo permitía, para meter el brazo derecho por la manga de una camisa de traje azul cielo. »¿Con quién has hablado? Noah miró al conductor, que tuvo que moderar la velocidad por un grupo de jóvenes que deambulaban muy lentamente por la carretera armados con botellines de cerveza, como si el alcohol los hiciera invulnerables. —Dice que es el presidente —susurró Noah. —¿El presidente de qué? Koslowski pitó furioso. —De Estados Unidos. —¿Baywater? —Oscar se quedó estupefacto. Noah asintió. El nombre le resultaba familiar, pero no desencadenaba ningún recuerdo, al menos no personal. Tenía en mente la imagen de un tejano de setenta y tres años al que le gustaba que le fotografiaran con atuendo de caza o escalando montañas. Sabía que llevaba zapatos con tacón alto para ocultar su baja estatura.

También conocía su debilidad por los puros cubanos, que casi le habían costado las primarias en Florida. En otras palabras: Noah conocía al presidente como cualquiera que echara un vistazo a los periódicos de vez en cuando. No como alguien que tuteara al hombre más poderoso del mundo y tuviera guardado su número privado en el móvil. «Tu viejo amigo de Washington.» —¿Has hablado con Philipp Baywater? —Oscar abrió los ojos como platos. La excitación pareció ensanchar su rostro más aún. «No tengo ni idea», se disponía a decir Noah cuando el teléfono sonó en su mano. —¿Está demasiado alta la calefacción? —quiso saber el conductor mientras Noah se negaba a aceptar la llamada incluso después del tercer timbrazo, y redujo un punto la ventilación. «El mismo prefijo. El mismo número.» Noah le hizo un gesto a Koslowski indicando que todo estaba en orden, después pulsó la tecla verde del teléfono.

El hombre que se presentaba como el presidente fue directo al grano.

—Dime dónde estás y te pondré a salvo, David. —¿Por qué iba a hacer eso?

—Porque puedo protegerte. Es evidente que has perdido la memoria, compañero. Pero créeme, si supieras el lío en el que te has metido, sabrías que soy el único que puede sacarte de él. —¿Necesito la ayuda del presidente de Estados Unidos? —Necesitas toda la ayuda que puedas conseguir. —¿Por qué? —Te lo explicaré en cuanto te encuentres a salvo. Sencillamente dime dónde estás ahora mismo. —Primero debe demostrarme que realmente es el presidente.

—¿Cómo voy demostrarte por teléfono

?

—El hombre mayor titubeó. Pareció ocurrírsele una idea—. Enciende el televisor, David.

Noah miró hacia delante al conductor, que ojeaba el espejo retrovisor demasiado a menudo. En ese instante estaba menos interesado por la llamada que por los esfuerzos de Oscar para abotonarse la camisa sobre su vientre. —No tengo —explicó Noah en el momento en que se detuvieron de nuevo en un semáforo. Se encontraban en un bulevar dividido por una franja central. A cierta

distancia de ellos una gran torre de iglesia con la punta dañada se levantaba del suelo como un diente hueco. La Iglesia del Recuerdo, como le había explicado Oscar en una de sus primeras excursiones. «Llegaremos enseguida. A Breitscheidplatz.»

A su derecha debía de encontrarse el edificio alto de cristal con la estrella que giraba en el techo.

«Efectivamente.» Ante la entrada del Europacenter había bastante más actividad que en las calles que habían recorrido hasta entonces. Delante de las puertas de cristal de una tienda de electrónica había incluso algo de atasco porque una persona en silla de ruedas quería entrar en la tienda contra la corriente de gente. —¿No tienes televisor? —preguntó el hombre del teléfono y probó a hacer un mal chiste—. Pues sí que estás en apuros. —Un momento. —Noah tapó el micrófono del teléfono, se inclinó hacia delante y preguntó al conductor—: ¿Todavía está abierta la tienda? Koslowski señaló en dirección al Europacenter, se sorbió la nariz con desprecio y escupió la primera palabra de su respuesta como si fuera un trago de leche amarga. —« a medianoche.» Europa se va a la mierda, todo el mundo está endeudado, pero ampliamos los horarios de las tiendas. Y luego dicen que hay crisis.

los horarios de las tiendas. Y luego dicen que hay crisis. El semáforo se puso en

El semáforo se puso en verde, Koslowski se disponía a arrancar, pero Noah le pidió que se detuviera en el arcén.

—Claro, por mí de acuerdo. —¿Qué está pasando? —preguntó el hombre mayor. Noah miró la pantalla, se dio cuenta de que había pasado más de un minuto y colgó sin hacer ningún

comentario. Entonces le dio al conductor un billete de veinte euros. Se metió en el bolsillo interior de la chaqueta el resto del fajo de dinero que había sacado de la maleta, cogió la mochila y la maleta y se bajó. Koslowski dio las gracias por los tres euros de propina y tocó la bocina a modo de despedida, después de que Oscar también se hubiera bajado. —¿Y ahora se puede saber qué te pasa? —preguntó este mientras intentaba alcanzar a Noah, para lo que necesitó hacer un gran esfuerzo, ya que con las prisas no había tenido ocasión de atarse de nuevo las botas. Por lo menos los pantalones remangados varias veces no se le caían, porque había utilizado el cordel del albornoz como cinturón. »¿Podrías explicarme algo, por favor? —gritó detrás de Noah. Ahora era de agradecer que la temperatura en el taxi hubiera sido más bien fresca. Debido a la menor diferencia de temperatura, el frío helador se soportaba mejor que antes, cuando habían tenido que marcharse del albergue para los sin techo. Incluso a pesar de que en este momento llevaban ropa mucho más fina. »Eh, ¿adónde vas, Noah?

El cuello de botella delante de las puertas de cristal se había dispersado. Noah atravesó la entrada con paso rápido.

Esperó a su compañero, le puso la maleta en la mano y señaló un letrero junto a las escaleras mecánicas para responder a su pregunta. —Tercer piso. Donde los televisores. Oscar se echó a reír incrédulo. —Claro, por qué no. Qué hay mejor que una noche de televisión en una tienda de electrónica —siseó enfadado y bajó la voz—. Un maravilloso colofón al tiroteo del hotel. ¿Qué echan hoy? —Ni idea. —Noah se puso de nuevo en marcha—. Enseguida lo sabremos. —Déjame adivinar, ¿saldrá el presidente de Estados Unidos?

Habían llegado a la escalera mecánica. Noah puso el pie en el primer escalón, sintió que se movía dentro de la mochila y se preguntó si la sensación de pérdida de equilibrio que se estaba apoderando de él disminuiría en algún momento. «Oscar tiene razón. Poco a poco me comporto de manera tan trastornada como él.» Tardaron solo dos minutos en llegar a su destino y se encontraron frente a una pared de estanterías con innumerables televisores de diferentes tamaños. La aglomeración tenía un efecto desconcertante sobre Noah. Le provocaba la extraña sensación de no ser un observador, sino de ser el observado. Como todas las pantallas mostraban la misma película de dibujos animados, su cerebro no podía decidir en qué aparato debía concentrarse. Cogió de nuevo el teléfono. Por segunda vez en pocos minutos pulsó la tecla de devolver la llamada. El hombre mayor descolgó antes incluso de que Noah oyera el

tono. —¿Qué ha pasado? —Ahora sí tengo televisor. Un suspiro de alivio. —Bien. Ya pensaba que te habían

—¿El canal de noticias? Noah tuvo en la punta de la lengua el comentario de que quizá la NYN no estuviera programada en los aparatos alemanes, pero se detuvo justo a tiempo para no meter la pata. —Exactamente. ¿Lo ves? —Un momento. Noah se acercó sin criterio a uno de los televisores y abrió una tapita en el marco de un aparato negro de cincuenta pulgadas. Cambió de canal con los botones de flechas. La película de dibujos animados desapareció. Noah zapeó por los canales. —Eh, ¿qué está haciendo? —oyó de pronto una voz tras él. En ese momento se dio cuenta de que Oscar ya no estaba a su lado. «¿Dónde demonios se ha metido otra vez?» Cortó de nuevo la conversación y miró fijamente al joven dependiente que se había plantado frente a él con un chaleco rojo y negro. El hombre no tendría más de veinte años y tenía un triste principio de bigote en el labio superior que no lograban tapar dos granos rojos. Llevaba varios aros en la oreja y anillos en los dedos de la mano, en la que sostenía un mando a distancia que dirigió hacia el pecho de Noah amenazadoramente. —Solo el personal especializado puede manejar los aparatos. Noah se disculpó. Para no perder tiempo, sacó el fajo de billetes del bolsillo de su chaqueta y señaló con el dedo índice el letrero con el precio del televisor, pegado a la balda y protegido por un marco de plástico transparente. 999 €. —Si pone la NYN, compraré el aparato. El dinero funcionó como catalizador. El joven sonrió como si le hubieran activado con un interruptor y no desperdició ni un segundo. —Tenemos satélite. Facilísimo. —Dirigió hacia la estantería su mando a distancia, con el que podía controlar al mismo tiempo todos los televisores, e introdujo un número de tres cifras. El teléfono comenzó a sonar de nuevo. —Pero naturalmente la imagen no será tan nítida como en un canal de alta definición —se disculpó el vendedor cuando la cadena de noticias apareció en todas las pantallas. Noah miró a su alrededor de nuevo buscando a Oscar, después descolgó la llamada. —Tengo la NYN —informó a quien llamaba. —Bien. La imagen de televisión, ligeramente granulada, mostraba a un hombre rechoncho de gran estatura vestido con un traje oscuro hecho a medida. Su corbata clara ajustaba el cuello a su papada. La media calva brillaba por los focos de las cámaras que apuntaban hacia él. Estaba de pie en una tribuna ante un fondo azul, con un gran óvalo con la imagen de la Casa Blanca a su espalda, flanqueado por banderas estadounidenses. —Ese es mi secretario de prensa. Donald McKinley —comentó el hombre mayor del teléfono. Noah vio el rótulo con el nombre. Bajo él se indicaba:

Noah vio el rótulo con el nombre. Bajo él se indicaba: No importa, pon la NYN.

No importa, pon la NYN.

con el nombre. Bajo él se indicaba: No importa, pon la NYN. . —. Enseguida se
.
.

—. Enseguida se tocará la oreja derecha.

El plano cambió a una perspectiva por encima del hombro del secretario de prensa desde detrás. En la imagen se veían ahora hileras de sillas ocupadas por periodistas. En las más de veinte pantallas se vio cómo levantaban la mano para hacer preguntas. —¿Tienes sonido?

Noah transmitió la pregunta del hombre al dependiente, que obviamente estaba sorprendido por el comportamiento de su cliente, pero que, con un negocio rentable en perspectiva, no se atrevía a decir nada. Subió el volumen con el mando a distancia. El murmullo silencioso se convirtió en palabras audibles. —Tengo sonido —confirmó Noah a su interlocutor. —Bien. Presta atención, David. Poco después de que Donald toque el botón de radio de su oreja, repetirá exactamente las palabras que le dictaré ahora. —¿Y cuáles serán? En la pantalla se vio cómo McKinley se atascaba, pero enseguida se dominó. Entonces ocurrió. Se tocó la oreja. El pulso de Noah se aceleró. Por el teléfono oyó la voz del hombre mayor. El volumen era menor porque ya no hablaba directamente al auricular. —¿McKinley? Escuche con atención. Le habla su presidente. Repita inmediata y literalmente lo que diré a continuación: «Señoras y señores, en estos momentos

me informan

»

Noah miró fijamente el televisor que tenía delante. Vio que McKinley parpadeaba nervioso. Le oyó decir:

—Señoras y señores, en estos momentos me informan

El portavoz de prensa hizo una pequeña pausa que llenó el supuesto presidente: «

— de que los últimos acontecimientos en el caso de la pandemia de gripe

de que los últimos acontecimientos en el caso de la pandemia de gripe

»

—repitió McKinley, así como la última parte de la frase que le habían dictado— nos

obligan por desgracia a interrumpir esta rueda de prensa, les ruego comprensión. Se oyó un murmullo de asombro, los reporteros presentes comenzaron a cuchichear. —Bueno, ¿le gusta? —quiso saber el empleado. Se calló de nuevo, algo desconcertado por que Noah se apartara de él bruscamente y diera ahora la espalda a la pared de televisores. «No. Esto no me gusta nada.» —¿Satisfecho? —preguntó también el hombre al teléfono. «No. Ni lo más mínimo.» —Ha sido una presentación convincente —dijo Noah. El empleado, que cada vez parecía preguntarse con más interés por qué su cliente hablaba por teléfono en un idioma extranjero, intentó reanudar la conversación de la compra:

—Puedo ofrecerle un descuento del tres por ciento por pagar en efectivo «Una presentación convincente. Y, sin embargo Algo no encajaba. Noah se volvió de nuevo hacia el vendedor y miró más allá de él hacia la sección de ordenadores. Vio a Oscar aparecer con la maleta en la mano de detrás de las estanterías de los portátiles. Miró de nuevo al dependiente, que tironeaba nervioso de su pendiente. Y se dio cuenta de lo que no cuadraba. Noah levantó de nuevo el

»

teléfono. —¿Por qué sabía cómo reaccionaría? —¿Cómo? El empleado frunció el ceño asombrado. Llevaba la pregunta «¿qué le pasa a este?» escrita en la frente. —¿Por qué sabía que se tocaría la oreja? —preguntó Noah al hombre del teléfono. —Es un reflejo, Donald lo hace siempre. —¿Antes de que le haya dirigido la primera palabra? Pausa. Demasiado larga para una única idea. —Escucha, David —prosiguió el hombre mayor—. Puedo entender que seas precavido, pero —Haga que vuelva. —¿Perdón? —Si realmente es el hombre que dice ser, entonces será un juego de niños para usted, señor presidente. Haga que McKinley aparezca de nuevo ante la cámara y demuéstreme que no se trataba de una grabación. «En la que podía predecir el futuro porque ya sabía lo que sucedería.» El hombre mayor al otro lado del teléfono suspiró, y entonces dio una respuesta inequívoca. Colgó. —¿Quiere que se la enviemos o se la lleva ahora? —intentó el joven empleado llegar por fin a una conclusión, entonces frunció el ceño y señaló la sien de Noah—. Eh, tiene algo ahí Noah levantó la mano, vio que un punto de luz rojo recorría su dedo índice y se agachó, mientras que el vendedor cometió el error de situarse en la trayectoria. Poco después su cráneo explotó.

27

Noah creyó reconocer en el sonido de las balas disparadas desde diferentes ángulos que eran dos, quizás incluso tres. «Una HK Mark 23 con módulo de puntero láser. Y por lo menos una Glock.» No disponía de más información.

Hombre o mujer, grande o pequeño, mayor o joven; desde su posición Noah no podía distinguir al atacante que había disparado al dependiente.

El primer cartucho había impactado directamente en su cogote, había salido por su frente y se había quedado encajado en uno de los televisores. Los tiros dos y

tres habían abierto grandes agujeros en la hilera de estanterías de los DVD vírgenes tras los que Noah se había refugiado de un salto. Después se había desatado el griterío. Por lo menos una docena de hombres y mujeres desperdiciaban una valiosa energía en chillidos inútiles en su descontrolada y aterrorizada huida hacia las salidas. Sin embargo, también había personas a quienes el repentino estallido de violencia había paralizado. Por ejemplo, la mujer que se encontraba en el mismo pasillo que Noah. Estaba sentada y acurrucada junto a una cesta de la compra roja, a cuyas asas de plástico se aferraba temblorosa. Le temblaban los labios, pero su boca no emitía ningún sonido. Sus ojos abiertos como platos por el miraban fijamente al dependiente tendido frente a la pared de televisores.

—Abajo —le siseó Noah. En ese mismo momento otro tiro atravesó la estantería y lanzó varios paquetes de antenas de TDT sobre ella. «Balas expansivas.» Era la única explicación posible para su efecto destructor. Noah tiró del cuello a la mujer hacia el suelo bruscamente y apretó su cabeza contra las baldosas de plástico laminado. Cuando se dio cuenta de que la conmoción le

había arrebatado la voluntad, avanzó pegado al suelo con ella a cuestas hacia el final del pasillo, que acababa en los muros exteriores de la tienda de electrónica, una bendición y una maldición a partes iguales. Por un lado, Noah había caído en una trampa, por otro no tenía que defenderse hacia dos lados al mismo tiempo. Una vez al final del callejón sin salida, colocó la mochila en la estantería a su izquierda y sacó la pistola de la americana. La sostuvo en dirección a la pared de televisores, donde esperaba ver a un asesino saltar de la esquina en cualquier momento.

ver a un asesino saltar de la esquina en cualquier momento. A no ser que apareciera

A no ser que apareciera por el costado.

«Así actuaría yo», pensó Noah y miró hacia arriba. «Me acercaría sigilosamente, volcaría la estantería y así inmovilizaría a mi víctima.» Pensó qué debía hacer. Los disparos habían cesado. Los gritos se habían alejado. La gente huía de la zona de peligro y chillaba en el piso de abajo en dirección a la salida. De pronto toda la planta daba la impresión de estar desierta, de manera que el volumen de los repentinos sollozos de la mujer junto a él se intensificó. Noah rodeó su cabeza con el brazo y le tapó la boca. «El tiempo siempre corre en contra del autor del crimen», oyó que murmuraba una voz familiar en sus oídos, y a pesar de que no sabía a quién estaba recordando, comprendió la verdadera esencia de la afirmación. En ese momento los asesinos tenían una ventaja de tiempo propicia muy limitada: pasillos vacíos, personal de seguridad que huía, situación de evacuación confusa. Pero esta ventaja se perdería en cuanto las fuerzas del Estado llegaran y trataran de restablecer el control.

Tuviera quien tuviera el encargo de matarlo, debía darse prisa antes de que la policía se acercara. El ataque mortal final era inminente. Se lo indicó también el ruido de un cargador encajándose a pocos pasos de él. «En el pasillo contiguo.» Noah repasó sus opciones, se preguntó qué podía hacer para escapar del escenario más probable de todos. «Ofensiva doble. Uno salta sobre la estantería. El segundo aparece por la esquina.» Todo ello combinado, si era posible, con una maniobra de distracción. Las manos de Noah se cerraron firmemente sobre la pistola y sobre la boca de la mujer, que gimoteaba. Su pulso se mantenía tranquilo y constante, pero sus ojos parpadeaban a ritmo doble. Como ya había hecho antes en el cuarto de baño del Adlon, fotografió el entorno:

— el dependiente muerto

— la flecha hacia la sección de Hogar

— el euroconector en el colgador de la estantería

— la cesta de la compra de la mujer

— las cajas de antenas en el suelo

— las noticias de la NYN en las pantallas

— el único televisor al que habían disparado.

Noah recuperó mentalmente la cuarta foto imaginaria. «¿La cesta de la compra?» ¿Por qué era importante?

Miró hacia delante. La cesta de plástico roja se había volcado; los productos que había reunido la mujer se habían caído: un paquete de pilas, una linterna, dos DVD, una memoria USB y un pequeño despertador. En la cesta solo quedaba un único paquete del tamaño de una caja de zapatos. La palabra «Wassermaxx» resaltaba en letras azules sobre el embalaje blanco. «Eso es.»

El plan tomaba forma en la cabeza de Noah mientras él ya se arrastraba de vuelta por el pasillo. Cogió el aparato para producir agua carbonatada, miró hacia la

pantalla negra del televisor destrozado en la pared de televisores, y en el reflejo distorsionado distinguió a las dos figuras que, como suponía, recorrían el pasillo contiguo con sus armas en posición de tiro. Vio que uno de los hombres indicaba una cuenta atrás muda con tres dedos. Cuando llegó al dos, Noah lanzó la caja del Wassermaxx de su pasillo hacia la pared de televisores, después se tumbó en el suelo y se tapó las orejas. Como esperaba, el asesino que estaba más cerca de la esquina del pasillo había reaccionado de inmediato y había abierto fuego por reflejo. Su primer disparo perforó el cartucho de CO 2 del aparato y causó una explosión ensordecedora que arrancó parte de las pantallas de plasma de las paredes.

Noah no se concedió ni un respiro. Ahora fue él quien saltó por encima de la estantería con un penetrante pitido en el oído, y disparó en la cabeza al asesino aturdido antes de que este pudiera apuntar con su arma. Después Noah quiso eliminar al segundo criminal, pero ya no fue necesario. Un fragmento del revestimiento metálico de la botella de gas que había explotado se había hundido en su cuello. Noah se inclinó sobre el asesino. El hombre se estremecía como alguien que duerme acosado por las pesadillas, pero ya estaba muerto. Llevaba ropa de trabajo apropiada para un asesino a sueldo: zapatos negros, pantalones oscuros, chaqueta amplia bajo la que no destacara su herramienta de trabajo. Noah le registró los bolsillos y no se sorprendió al encontrarlos vacíos.

«Un profesional no deja tarjetas de visita», apareció de nuevo la voz patriarcal en su cabeza. Al mismo tiempo las sirenas de los vehículos de intervención que se acercaban atravesaron los cristales dobles de la tienda de electrónica y se mezclaron con el pitido de sus oídos. —¿Quién demonios te ha enviado? —preguntó Noah al muerto sin nombre. Abrió los dedos del hombre para quitarle el arma, y entonces vio el tatuaje. «Room 17.» Sorprendentemente se encontraba más o menos en la zona de la palma de la mano en la que él mismo estaba tatuado, solo que con bastante más filigrana. Noah soltó al asesino, volvió donde su cómplice y le agarró la mano. Efectivamente. «Room 17.»

El mismo tatuaje. La misma señal de identificación. Nada que le proporcionara alguna pista a su memoria.

Las sirenas de la calle eran cada vez más fuertes y activaron de nuevo a Noah.

Regresó corriendo al pasillo con la mujer, que lo miraba llorando y con la boca abierta, le dijo que la ayuda llegaría pronto, cogió la mochila, saltó por encima de los televisores planos arrancados de sus anclajes y del resto de basura electrónica y recorrió el pasillo principal en dirección a la salida de emergencia. Detrás de la puerta cortafuegos lo recibió el ruido típico de una tropa de intervención que subía por la escalera: suelas de goma dura contra escalones de piedra, el tableteo de las ametralladoras en posición de tiro, chaquetas sintéticas que rozaban los chalecos antibalas con cada paso. Noah escogió la dirección opuesta. Un piso más arriba pisó varias colillas de cigarrillos justo delante de una puerta en la que aún se reconocían los restos de un grafiti recién limpiado. Cuando la abrió, confirmó su sospecha: había encontrado la sala de fumadores para los empleados. El olor a humareda fría y estancada se instaló en su nariz. La sala de fumadores era una habitación de hormigón desnuda y sin ventanas, con un cenicero de pie a la altura de las caderas como único mobiliario. Noah no vio ningún interruptor, probablemente estaban situados fuera en el pasillo, pero la señal de aviso fluorescente en el extremo de la habitación le bastaba como fuente de luz. La salida de emergencia le condujo directamente a uno de los pasillos principales del centro comercial Europacenter, en el que estaba integrada la tienda de electrónica. Hasta entonces la noticia sobre el supuesto tiroteo en la tienda aún no parecía haberse extendido. Noah pudo unirse a un grupo de personas que aprovechaban los últimos minutos del día para buscar gangas, y se dejó llevar en dirección a las escaleras mecánicas. Una vez abajo, abandonó el Europacenter por la salida de la Iglesia del Recuerdo, y ante ella las luces azules que giraban en silencio sobre varios vehículos de la policía creaban el efecto de unos fuegos artificiales. La aglomeración de curiosos impedía cualquier tipo de control policial. Noah se abrió paso hacia un lado cerca de una patrulla con perros para salir de la aglomeración, y justo cuando pasaba junto a una fuente que se elevaba en forma de esfera, oyó que alguien gritaba su nombre. Habría sacado su arma de no haber reconocido en el último momento a Oscar, que se encontraba en semioscuridad bajo el letrero de entrada de un baño público junto a la fuente. —Por aquí —ordenó, se volvió y un instante después pareció que se lo había tragado la tierra. Noah se acercó a la fuente («¿Cómo la había llamado Oscar en alguna ocasión? ¿“La albóndiga”?») y cuando llegó a la escalera que conducía a los baños solo alcanzó a ver la espalda de Oscar. A falta de una alternativa mejor, descendió también los empinados escalones metálicos, siguió los gritos de Oscar y de pronto se encontró en un urinario de baldosas blancas que apestaba a orina y a desinfectante. Dos de los tres meaderos estaban fuera de servicio y tapados con una bolsa de plástico, y ante el único que funcionaba había un hombre mayor con una bolsa de plástico en la mano que escupió sobre su propio chorro. —Venga, rápido, vamos. —Oscar se acercó a los baños de cabina jadeando y sosteniendo la maleta con ambas manos, y abrió el que se encontraba a mayor distancia de la entrada. Esperó a que el hombre se hubiera marchado y abrió la puerta. »Ayúdame —le dijo a Noah y señaló una chapa metálica que tapaba medio metro cuadrado del suelo justo delante del váter. —¿Qué es eso? —Nuestra entrada de emergencia. Oscar agarró un tirador y levantó unos centímetros la placa de metal con la cara desfigurada por el dolor, lo suficiente para encajar debajo de ella la bota de obrero de su pie derecho. Noah se colocó al otro lado, se inclinó y tiró de la placa con cierto esfuerzo. El hedor a agua estancada llenó cada centímetro de la cabina. —Gracias. —Oscar se secó el sudor de la frente y señaló el agujero oscuro que habían descubierto—. Normalmente llevo una linterna conmigo cuando entro por la vía del sur. Pero me temo que hoy tendremos que improvisar. Pidió a Noah que cerrara la cabina por dentro. Cogió la maleta y la tiró al pozo. Pasó un rato hasta que se oyó un golpe sordo y húmedo. Entonces se sentó en el borde del agujero, se agarró a uno de los tres asideros metálicos que se veían, deslizó su cuerpo cónico con una agilidad inesperada por la abertura, que expedía olor a estiércol, y desapareció en el pozo. Casi en ese mismo momento Noah oyó las voces. Unos cuantos hombres habían entrado en el baño público. «Vamos allá», se susurró mentalmente y comprobó rápidamente que la mochila siguiera bien cerrada, para que no se abriera por descuido durante el descenso; entonces descubrió que la tela estaba rasgada en un lado. «¿El roce de un disparo?» El volumen de las voces creció, la puerta de una de las cabinas se abrió de golpe. Noah se sentó y agarró el primer asidero. No creía probable que se tratara de policías que estuvieran siguiendo su rastro, pero no tenía tiempo de averiguarlo. Así como tampoco tuvo tiempo de comprobar por qué llevaba mucho tiempo sin moverse en la mochila.

tiempo de averiguarlo. Así como tampoco tuvo tiempo de comprobar por qué llevaba mucho tiempo sin

28

La mujer que había entrado sin decir una sola palabra en la habitación secreta en la que la retenían le recordó a Celine a primera vista a Amber, su mejor amiga del instituto. Tan indudablemente atractiva, que estando cerca de ella se desarrollaba un sentimiento al que Celine había bautizado como «orgullo acomplejado»: la comparación directa (que se establecía constantemente en los recreos y fiestas de clase) provocaba que junto a Amber una se sintiera fea e inferior. Pero al mismo tiempo este complejo se veía compensado por el ridículo orgullo de tener como mejor amiga a la animadora más popular. —¿Quién es usted? —preguntó seguramente ya por tercera vez desde que la máquina se había deslizado de nuevo a su posición casi sin ruido. La mujer de pelo negro había esperado hasta que un pestillo se hubo cerrado de forma audible y entonces se había acercado con el golpeteo de sus tacones altos. Desde que se había sentado con ella a la mesa, observaba fijamente a Celine como a un jersey rebajado en la mesa de las ofertas. Celine no se habría sorprendido si hubiera extendido su delgada mano hacia ella y la hubiera tocado para comprobar si la «mercancía» se correspondía con sus expectativas de calidad. »¿Qué está pasando aquí? Esta pregunta tampoco recibió respuesta. Amber (Celine la llamaba ahora mentalmente así, a pesar de que probablemente estuviera siendo injusta con su amiga) se quitó la gabardina entallada y la echó sobre el respaldo de la silla que acercó. Después comprobó el botón superior de su blusa, posiblemente debido a una costumbre

inconsciente. Llevaba un collar de perlas a media altura con un colgante de plata o platino sobre el que Celine reconoció el número 17 antes de que la mujer lo hiciera desaparecer de nuevo bajo su blusa. Cuando se echó el cabello para atrás, el aroma de un perfume floral oriental se extendió por la habitación. —Exijo una explicación —declaró Celine, y le habría encantado ponerse en pie aunque solo fuera para compensar la diferencia de altura. La desconocida era al menos cinco centímetros más alta que ella, por lo que incluso sentada podía mirarla hacia abajo de forma intimidante. Por fin pronunció su primera frase:

—Haga lo que le digo y no le dolerá. Ni un «hola». Ni una fórmula de cortesía. Ni un «siento que dos bulldogs la hayan arrastrado a esta celda sin que nadie le haya dicho por qué». Celine acarició nerviosa su tripa y repitió su primera pregunta:

—¿Quién es usted? —Eso no importa. —Si es eso lo que piensa, quizá debería acudir a un terapeuta para tratar su falta de autoestima —dijo Celine, intentando aparentar ser más fría de lo que en realidad era—. Desde luego conmigo no encontrará lo que busca. Los labios de la mujer intentaron amagar una sonrisa. —Creo que sí encontraré lo que busco con usted. Porque usted es Celine, hija de Maria y Ed Henderson, que en estos momentos se encuentra atrapado en la sala de llegadas de la terminal 2 del JFK, ¿verdad? —¡Han pinchado mi teléfono! —bufó Celine furiosa. Era imposible explicar de otra manera que tanto Kevin como ella supieran eso. —Cierto —admitió la mujer abiertamente. Buscó el contacto visual directo—. Y abrimos su correo. No solo en la editorial, sino también el que le llega a su apartamento. Celine no pudo evitar perder el control sobre su expresión facial.

—Pero

¿por qué lo hacen?

—Por la misma razón por la que una vez al mes le tomamos una muestra de cabello en secreto y analizamos su orina casi semanalmente. —¿Mi orina? —Celine se echó a reír incrédula. —Queremos saberlo todo sobre nuestros empleados. Los váteres del edificio forman parte de un sistema cerrado. Nuestros laboratorios se encuentran en el sótano. —¿Es una broma? La sonrisa artificial desapareció del rostro de Amber. —De ser así, mi sentido del humor sería bastante estrafalario, ¿o es que a usted esto le hace gracia? Sin perder de vista a Celine, sacó un folio DIN-A4 enrollado del bolsillo interior de su chaqueta y lo extendió sobre la mesa. Tuvo que sujetar las esquinas para que no se recogiera de nuevo. «Control médico C. Henderson», leyó Celine el título alineado a la izquierda. Debajo aparecían su fecha de nacimiento, su dirección, su número de la Seguridad Social y su número de expediente personal. La mujer dirigió la vista de Celine con el dedo índice hasta un segmento subrayado de una frase hacia la mitad de la hoja: «Último periodo registrado: 13 de diciembre.» Celine enrojeció. Levantó la vista y miró a la mujer directamente a los ojos, que eran tan oscuros que el color del iris y de la pupila se fundían. —Desde entonces nuestro equipo de comprobación no ha encontrado ningún tampón más en sus bolsas higiénicas. Enhorabuena por el embarazo. Celine le hizo un corte de mangas. —Si eso fuera cierto no me lo revelaría así sin más —dijo. Inmediatamente después le sobrevino una idea terrible. «A no ser que planee callarme para siempre.» —Quiero irme ya —dijo Celine y se levantó de un salto. —Y yo quiero llenar mi depósito por noventa y nueve centavos. Por desgracia Dios prefiere escuchar las oraciones de la industria del petróleo, así que yo sigo viajando en metro y usted seguirá aquí sentada conmigo un rato más. Le hizo una señal a Celine para que se volviera a sentar. —¿Para qué, qué quieren de mí? Celine miró la parte trasera de la máquina de bebidas y de pronto tuvo la sensación de haberse tragado un cubito de hielo. El frío se extendió por su interior. —¿Qué les he hecho? —Nada, absolutamente nada. Pero enseguida hará algo por mí. —¿Qué? —Siéntese de nuevo. Celine pensó brevemente si debía abalanzarse sobre la desconocida y quitarle la llave («Tendrá alguna, ¿no?»), pero no tenía ninguna experiencia en enfrentamientos físicos. Así que hizo lo que le ordenaban. Amber se llevó la mano de nuevo al bolsillo, sacó otro papel, esta vez mucho más pequeño, y se lo tendió a Celine. —Llame a este número. —¿De quién es? —De su amigo Noah. Celine dejó caer la mano con la nota. «No tiene prefijo de Berlín.» Kevin le había dado antes un número de teléfono completamente diferente. —Este no es el número del hotel. —Es su teléfono por satélite. —¿Tiene un teléfono por satélite? —Los ojos de Celine se abrieron como platos de puro asombro—. ¿Y eso desde cuándo? —Bueno, no conozco la fecha exacta, pero creo que al menos desde hace dos meses, quizá más.

—Un momento

Amber asintió a cada pregunta. —En teoría sí.

—Pero entonces

¿Me está diciendo que sabían dónde se encontraba? ¿Todo este tiempo? ¿Podrían haberse puesto en contacto con él en cualquier momento?

—Celine sacudió la cabeza incrédula—. ¿Todo ha sido una gran farsa? ¿La búsqueda del pintor no ha sido más que un timo desde el principio?

El amago de sonrisa apareció de nuevo. Amber tensó la comisura de los labios. —Sí y no. Conocemos al hombre que pintó el cuadro. Pero por desgracia el dueño del teléfono por satélite no ha descolgado su móvil durante las últimas semanas. La campaña de búsqueda se escenificó para atraer a Noah y sacarlo de su escondite. «Así que era verdad. Lo intuía. No en esta medida, pero sabía que algo no cuadraba en la historia del “anticipo de un millón”.» —¿Por qué sabían que funcionaría? —preguntó perpleja. —No lo sabíamos. Ni siquiera sabíamos dónde debíamos buscar a Noah. Sin embargo, con una campaña de relaciones públicas de tales dimensiones podíamos estar seguros de que la noticia llegaría hasta el último rincón del mundo occidental. El hecho de que haya dado señales de vida a pesar de su amnesia, y además desde Berlín, ha sido una gran suerte. —Dios mío. —Celine se llevó la mano a la boca asustada—. ¿Era una célula durmiente? ¿Es que he contribuido a activar a un terrorista? Amber negó con la cabeza, y Celine pudo oler de nuevo su perfume. —Siempre he estado muy a favor de la verdad, señorita Henderson. Pero si supiera usted todo lo que yo sé, se llevaría semejante impresión que no podría pensar con claridad, y sin esa capacidad no tendría ningún valor para mí. Pero permítame aclarar una cosa: si no sacamos de la circulación a Noah durante las siguientes horas, un ataque terrorista será lo último que deba temer. «¿Sacarlo de la circulación?» —¿Qué debo decirle? —La verdad. Amber no hizo ningún gesto teatral. No dejó ningún arma sobre la mesa ni sacó una jeringuilla. No sonrió, pero su mirada tampoco se volvió intensa y fría. Y a pesar de todo, Celine sintió que la mujer pronunciaba cada palabra completamente en serio. «Mortalmente en serio.» —Dígale que si sigue escondiéndose de nosotros, la mataré.

29

29 Estaba vivo. Pero no estaba bien, aunque el mal estado de no tenía nada que

Estaba vivo. Pero no estaba bien, aunque el mal estado de no tenía nada que ver con el tiroteo en la tienda de electrónica. La bala que había desgarrado el

costado de la mochila ni siquiera había rozado al cachorro. Y a pesar de ello, ahora que ya estaban en el escondite de Oscar, el animal parecía más muerto que vivo. —Esto no es bueno, nada bueno —hablaba Oscar consigo mismo mientras sacaba unos vaqueros y un jersey noruego de una bolsa de plástico.

A Noah le parecía que allí abajo hacía más calor que nunca, y el hedor a gasolina y a goma quemada también le resultaba más penetrante, pero quizá los últimos

acontecimientos le habían despertado los ánimos y con ellos la sensibilidad. «Por desgracia mi memoria no.» —Nada bueno. Nada nada bueno.

El mantra que Oscar repetía como un loro desde que habían bajado juntos al subsuelo berlinés no se refería ni al muerto de la suite del hotel ni al tiroteo de la

sección de televisores (y desde luego tampoco al apático , que respiraba superficialmente), y Noah lo sabía desde que por fin se habían encontrado de nuevo frente

a la puerta metálica de su guarida después de una agotadora caminata por pasillos oscuros, túneles polvorientos y vías cerradas. —Hemos regresado demasiado pronto —había dicho Oscar al entrar—. Las mediciones de tensión aún no han terminado. No es bueno, nada bueno. La suma de las cifras es siete, y por eso hoy deberíamos estar en otro lugar. Un metro que pasaba detrás de los gruesos muros hizo que los cubiertos tintinearan en el pocillo de café sobre el lavabo. Noah se inclinó sobre la cama de canapé de Oscar, sobre la que había colocado a . Sabía que tenían problemas más serios que un cachorro enfermo, pero

tenían problemas más serios que un cachorro enfermo, pero preocuparse por él parecía tener un efecto
tenían problemas más serios que un cachorro enfermo, pero preocuparse por él parecía tener un efecto

preocuparse por él parecía tener un efecto tranquilizante, posiblemente porque el malestar de era un problema con solución, al contrario que aquellos otros que tenía en aquel momento: sin memoria, perseguido por desconocidos, en una ciudad extraña. —Aquí tienes —exclamó Oscar y le lanzó una bolsa de plástico—. Encontrarás cánulas en el cajón bajo el colchón. «NaCl 0.9%», leyó Noah sobre la etiqueta. —Ya lo decía yo, le han separado demasiado pronto de su madre. Quizás el gota a gota ayude. Noah negó con la cabeza. —No sé cómo colocarle la vía a un animal. Oscar, que en ese momento se estaba quitando aquel traje que le quedaba demasiado grande, sonrió burlón. —¿Se puede saber qué clase de científico eres? «No tengo ni idea. Si lo soy, es probable que esté investigando acerca de “Cómo hacer enemigos”.»

Después de vestirse con ropa sorprendentemente pulcra, Oscar le quitó a Noah los utensilios y le puso una vía a

Oscar le quitó a Noah los utensilios y le puso una vía a con mano ágil

con mano ágil y experimentada.

—¿Dónde te habías metido, Oscar? —preguntó Noah mientras acariciaba al cachorro. No había percibido reacción alguna ni siquiera cuando le habían pinchado con la aguja. —¿Cómo? —Antes, en la tienda. De pronto habías desaparecido. «Como en el hotel.» —Ah, te refieres a eso. —Oscar se puso de pie y acercó la única silla del escondite al escritorio improvisado. Sujetó el gota a gota al respaldo, después recogió del suelo los pantalones de traje que se había quitado y rebuscó en los bolsillos. »Toma, mira. —Tendió a Noah un documento impreso arrugado—. En la tienda tienen un ordenador con Internet gratis que utilizo a veces, aunque seguro que lo vigilan con software espía, pero qué más da. Te he buscado en Google. «David Morten. Científico estadounidense.» Debajo del texto en el campo de búsqueda Noah vio varias filas de fotos del tamaño de un sello. La mayoría mostraba el mismo retrato. —Soy yo —comentó incrédulo. Se veía a sí mismo y sin embargo no era capaz de reconocerse. Oscar asintió y leyó en voz alta de otra página:

—Según Wikipedia eres el doctor David Morten, de treinta y nueve años, biofísico estadounidense, además de biólogo molecular y nanobiólogo. Carrera de Físicas en la Universidad de Tufts, doctorado en Princeton con una tesis sobre microchips fluidos y su aplicación para el control de pacientes médicos. Experto reconocido en enfermedades infecciosas, galardonado con el premio Albert Lasker entre otros muchos, en especial por tus investigaciones sobre los patógenos de la peste y el herpes. «Eso no me dice nada. No tengo el mínimo recuerdo de la vida de este hombre.» —¿Qué más has averiguado? —preguntó Noah. —¿Sobre ti? No mucho. No tuve mucho tiempo antes de que los disparos me rozaran las orejas por tu culpa, pero aparte de esta escasa información, a primera vista no encontré nada digno de mención sobre ti en la red. Ningún currículum completo, ninguna noticia de tu desaparición, y pocas fotos tuyas, en todas sales detrás de tu escritorio, nada personal. —¿Pudiste comprobar los demás nombres? «John Greene. Samuel Brinkman.» —No, pero sí esta belleza. —Oscar le tendió sonriente una foto de impresión láser de una joven cerca de los treinta. De cabello rubio oscuro, rostro ovalado y dulce, una sonrisa radiante que casi le llegaba hasta las muelas. A pesar de que la imagen era sin duda un posado de promoción, el fotógrafo no había logrado reprimir por completo el carácter natural y sencillo de la mujer. »Esta es Celine Henderson, la periodista. Al parecer realmente trabaja para el . Y ha dejado miles de huellas en la red: comentarios en Facebook, vídeos en YouTube, entradas de blog, sus artículos. Nada que pueda falsificarse deprisa y corriendo. «Al contrario que mi vida.» Noah apartó la cabeza pensativo. «Recuerdo la habitación de hotel, el olor y al hombre moribundo delante de la chimenea. Recuerdo que me dispararon y que hui por el Adlon. Y a veces oigo en mi cabeza la voz de un hombre mayor que me da consejos, pero por desgracia no me dice cómo me llamo en realidad. Quién soy realmente.» Oscar le hizo una pregunta sorprendente que lo sacó de sus pensamientos:

—¿La otitis media la causan bacterias o virus? Comprendió inmediatamente adónde quería llegar su acompañante. Un experto como él debía responder a esta pregunta incluso dormido. Pero no estaba seguro. —Para curarla se toman antibióticos, ¿no? De modo que se trata de una infección bacteriana. —Biiip. —Oscar imitó el ruido de la bocina de un concurso cuando la respuesta es incorrecta—. Los investigadores han descubierto ambos en la secreción de un oído inflamado. Virus y bacterias. En fin —se frotó la nariz pensativo—, no suenas precisamente como un ganador del premio Albert Lasker. Noah asintió a modo de confirmación. —Tampoco me siento un virólogo. En mi interior todo parece decirme que no soy el doctor Morten. —Pues yo creo que sí lo eres. Noah se pasó la mano por el pelo enfadado e intentó no levantar la voz. —Sé matar con mis propias manos, Oscar, y no me importa nada hacerlo. Nada de nada. No he llorado ni un solo segundo la muerte de las personas que he matado hoy. Llevo a cabo asesinatos con más rapidez que cálculos mentales. Si disparas un arma, soy capaz de reconocer el modelo por el sonido que hace. Si me das un microscopio, ni siquiera sé por dónde cogerlo. ¿Tú crees que eso es propio de un licenciado en universidades de élite? —No. Y, sin embargo, es probable que seas el doctor David Morten. Y al mismo tiempo no lo eres.

universidades de élite? —No. Y, sin embargo, es probable que seas el doctor David Morten. Y

Noah miró a su estrafalario compañero como si este hubiera perdido definitivamente el juicio, pero Oscar se apresuró a explicarse:

—Es tu identidad de incógnito. Los escasos datos sobre ti es cierto que huelen a un currículum simulado. Si hubiera tenido tiempo de comprobar los nombres de los otros pasaportes, seguro que habría encontrado información incompleta similar. Para poner en orden sus ideas, Noah echó la cabeza hacia atrás y miró fijamente el techo. Parecía una locura, pero tenía sentido.

«Y si es cierto que he estado viviendo con una historia falsa, la pregunta más importante que surge ahora es

»

—¿Por qué? —completó Oscar el pensamiento de Noah—. ¿Con qué objetivo te creaste estas identidades falsas? Se miraron durante un rato en silencio, entonces Oscar se volvió y se acercó descalzo sobre el suelo cubierto con retales de alfombras hasta el fregadero, donde abrió el grifo y dejó correr el agua teñida de óxido antes de colocar una taza bajo el chorro. —¿Quiénes eran esos hombres? —preguntó de espaldas a Noah—. ¿Quién quería matarte? —Oscar se volvió y bebió un gran trago del recipiente abombado de gres, que sus pequeños dedos apenas podían sostener. —No tengo ni idea. Noah le habló del extraño tatuaje que había encontrado en las manos de los dos cadáveres. — Room 17?

—Sí. Oscar parecía nervioso, dejó la taza de nuevo junto al fregadero. —¿Todavía tienes el artículo? —¿Cuál? —Aquel en el que buscaban al pintor del cuadro. El que indicaba el número de teléfono americano que has marcado antes.

Noah se abrió la cremallera de su chaqueta y palpó todos los bolsillos hasta que lo encontró. Oscar le arrancó el papel de las manos con precipitación. Su mirada sobrevoló el cuadro que supuestamente valía un millón de euros y que Noah estaba seguro de conocer de una vida anterior. ¿Lo habría pintado él mismo? Entonces Oscar lanzó un grito agudo.

pintado él mismo? Entonces Oscar lanzó un grito agudo. — —¿Cómo? —¡Mira! —Oscar sostuvo la página

—¿Cómo? —¡Mira! —Oscar sostuvo la página de periódico con una mano y con el dedo índice de la otra señaló hacia la mitad del texto—. El nombre de la obra. Aquí está, por escrito. ¿Por qué no lo he reconocido al instante? Caminó pesadamente hacia los tablones de conglomerado de la pared, combados bajo el peso de tantos libros, sacó varios de la estantería, como si lo hiciera al azar, y después de echar un rápido vistazo a la cubierta los tiró al suelo con descuido. —Lo sabía —declaró triunfal un rato después, se volvió y mostró un libro protegido por una sobrecubierta negra. —¿Qué es lo que sabías? Oscar abrió el libro. Levantó polvo al pasar las páginas con manos temblorosas. —Eh, estoy hablando contigo. ¿Qué es lo que sabías? —preguntó Noah, que ahora sí había levantado la voz. Le habría gustado agarrar a su compañero por los hombros y zarandearlo, pero al fin Oscar le respondió por sí mismo. —Ya sé quién te persigue.

30

—Venga, dímelo de una vez. Según tú, ¿quién la ha tomado conmigo? —preguntó Noah, a pesar de que le resultaba difícil creer que el nombre de su adversario apareciera en el libro negro que Oscar había abierto después de sacarlo de la estantería del escondite. —¿Has oído hablar alguna vez del Club Bilderberg, grandullón? —No.

—Oscar señaló al techo del escondite—. Has respirado demasiado CLEAR. No tienes ni idea

de nada. Se sentó en la silla de la que colgaba el gota a gota, cerró el libro de nuevo y se rascó el desgreñado nacimiento del pelo en la nuca. —De acuerdo, escúchame bien —dijo nervioso—. Lo que te contaré ahora es un secreto a voces. Hay libros, películas e incluso algunos artículos de periódicos al respecto, por no hablar de los miles de páginas de Internet que hablan sobre ello. Sin embargo, a nadie le llama la atención. «Por el CLEAR. Sí, ya.» Noah, que acariciaba con movimientos regulares la piel caliente de , contrajo las cejas para indicarle a Oscar que le estaba escuchando, a pesar de que su cupo

de teorías conspiratorias explicadas en tono misterioso comenzaba a estar cubierto. —Imagina que estás de nuevo en Estados Unidos y quieres pasar un agradable fin de semana con tu familia en tu hotel habitual, el Westfields Marriott en Chantilly, Virginia. «¿Familia? ¿La tengo? ¿Estaré casado? ¿Tengo hijos? ¿Me estará esperando alguien?» Noah trató de concentrarse de nuevo en las palabras de Oscar. —Es mayo, así que no te sorprende que el hotel esté completo, ya que la central de reservas lamenta tener que informarte de que se celebrarán cuatro bodas al

mismo tiempo. Por lo tanto os decidís por el hotel vecino, pero como el bar del Marriott te gusta tanto, por la noche haces una visita a tu alojamiento habitual. En la parte de las mejillas de Oscar que no estaba cubierta por la barba aparecieron manchas rojas. —Ahora supongamos que se produce un pequeño milagro y realmente te permiten entrar hasta el bar. ¿Qué dirías si vieras allí sentados juntos al director del Banco Central de Estados Unidos con el ministro de Defensa y el presidente del Deutsche Bank charlando de forma amistosa? —Al día siguiente me compraría el periódico.

, así como

redactores jefe y reporteros escogidos del diario francés hasta el también estuvieran allí, y no precisamente para cubrir una boda. —¿Para qué entonces? —Para la conferencia Bilderberg. —Nunca he oído hablar de ella. —Y eso que se celebra todos los años desde 1954. Oscar se puso de pie y se pasó ambas manos por el pelo. —Al echar un vistazo a la lista de participantes en estas reuniones estrictamente secretas, que suelen durar tres días y siempre tienen lugar en hoteles

herméticamente aislados del mundo exterior, parece que alguien hubiera tomado el ranking de los políticos más importantes, los hombres de negocios más ricos, así como los periodistas más influyentes, y lo hubiera mezclado con los nombres más famosos de entre la nobleza, el ejército y la ciencia: David Rockefeller, Josef

Ackermann, Donald Rumsfeld, Tony Blair, Margaret Thatcher, Helmut Kohl, Bill Gates

Kissinger, o la reina de España y el príncipe Felipe de Bélgica. Normalmente con que uno solo de estos personajes se dejara ver en el vestíbulo de un hotel, hordas de aparecerían de inmediato. En una conferencia Bilderberg se juntan de media ciento treinta celebridades, y, sin embargo, estas reuniones ni siquiera merecen un

comentario en las noticias de la noche. Otro metro sacudió las paredes, esta vez pareció que atravesara un túnel bajo sus pies. —Los periodistas participantes deben comprometerse a no filtrar al exterior ni una sola palabra acerca del contenido de la conferencia. Por suerte algunos valientes han incumplido esta obligación, de lo contrario no tendríamos la menor idea de lo que discuten los ricos y poderosos a puerta cerrada. —¿Y de qué se trata? —preguntó Noah con la esperanza de que Oscar fuera al grano de una vez. —No me crees, grandullón, lo noto. Pero puedes comprobar todo lo que te he contado. No me lo he inventado. Ni siquiera lo de las cuatro bodas en el Marriott.

Ese era efectivamente el pretexto que utilizaron para justificar el cierre del hotel. En realidad se celebró allí la quincuagésima conferencia Bilderberg, que giró como siempre en torno a un tema predominante.

—No me extraña. Cuando se queda uno demasiado tiempo ahí arriba

extraña. Cuando se queda uno demasiado tiempo ahí arriba —En el que no leerías nada acerca

—En el que no leerías nada acerca de la reunión de algunas de las personas más poderosas de nuestra época, a pesar de que el

personas más poderosas de nuestra época, a pesar de que el Todos ellos han participado alguna
personas más poderosas de nuestra época, a pesar de que el Todos ellos han participado alguna
personas más poderosas de nuestra época, a pesar de que el Todos ellos han participado alguna

Todos ellos han participado alguna vez, así como Merkel y Clinton, Ford y

participado alguna vez, así como Merkel y Clinton, Ford y —¿Y ese tema es —Un nuevo

—¿Y ese tema es

—Un nuevo orden mundial. —Oh, Dios mío. Noah apretó los labios para no maldecir. «Suma de cifras,

—Búscalo, página diecisiete —le pidió Oscar y le tendió el libro que había sacado de la estantería: —.

?

tendió el libro que había sacado de la estantería: —. ? , logias secretas », ¿qué

, logias secretas

»,

¿qué sería lo próximo?

—. ? , logias secretas », ¿qué sería lo próximo? Del 30 de mayo al 2

Del 30 de mayo al 2 de junio de 2002 en el Westfields Marriott. Uno de los temas que se trataron fue la situación de Iraq. Poco después de la conferencia Bin Laden fue reemplazado como enemigo número uno del Estado y Sadam Husein fue presentado como el hombre más peligroso del mundo occidental. Mediante pruebas falsas de instalaciones de gases tóxicos que no existían, que solo un año después justificarían incluso una guerra. —¿Y se supone que esto se decidió en la conferencia Bilderberg? —preguntó Noah sin abrir el libro de la cubierta negra. —¿Cómo voy a saberlo si lo único que trascienden siempre son fragmentos? Pero a juzgar por las enormes medidas de seguridad y las normas paranoicas de confidencialidad, seguro que no son proyectos de ayuda a la infancia lo que se decide allí. En 2011 un eurodiputado quiso acceder a la conferencia sin invitación por la entrada principal del Suvretta House, un hotel de lujo en St. Moritz. Los guardias de seguridad le dejaron sangrando por la nariz. ¿Puso el grito en el cielo la prensa, supuestamente libre? Negativo. —Oscar hablaba con furia, gesticulaba con los brazos—. Un parlamento no elegido se reúne año tras año, y en una sesión secreta decide el destino de nuestro mundo. La cuadragésimo octava reunión del Club Bilderberg en Bruselas, por poner un ejemplo: Dominique Strauss-Kahn, el multimillonario George Soros, la reina Beatriz, Jean-Claude Trichet y el ministro de Exteriores griego Papandreou en una misma sala con los gerentes de Thyssen-Krupp, Fiat, Xerox, Goldman Sachs, Shell, Deutsche Bank y Nokia, así como el gigante farmacéutico Novartis; también estaba presente el que entonces era el redactor jefe sustituto de

, Matthias Naß, ¿y le valió eso algún titular? Ni una sola palabra del periodista, ¡al que ya han invitado trece veces! Él sí respeta el acuerdo-mordaza. Noah levantó la mano para luchar por una pausa en la verborrea de Oscar, y señaló la página del periódico que se le había caído a Oscar al suelo de la agitación. —¿Qué tiene todo esto que ver con el artículo y con Room 17? «¿Y conmigo?» —El artículo, cierto. —Oscar se agachó y levantó el papel que había desencadenado la serie de ataques mortales. Huían de asesinos profesionales desde que Noahpresente el que entonces era el redactor jefe sustituto de había llamado a la periodista del

había llamado a la periodista del

. «Pero ¿por qué quieren asesinar al autor de ese cuadro enviado de forma anónima?» Las siguientes explicaciones de Oscar no respondieron a la pregunta de Noah. —Los miembros del llamado Club Bilderberg bautizaron a su organización con el nombre del hotel en el que se celebró su primera reunión secreta en 1954. El príncipe Bernardo de Holanda invitó entonces a los más poderosos entre los poderosos a su propio alojamiento de lujo, el hotel Bilderberg, en Oosterbeek. Y ya está bien de datos. Es el turno de los rumores.

a su propio alojamiento de lujo, el hotel Bilderberg, en Oosterbeek. Y ya está bien de
a su propio alojamiento de lujo, el hotel Bilderberg, en Oosterbeek. Y ya está bien de

—intentó impedir Noah que este enumerara otra lista de supuestas pruebas de conspiraciones mundiales. Sin éxito.

—Al parecer en esa primera reunión ya estaban todos de acuerdo en que solamente un poder independiente y desprendido de la voluntad de la masa podría controlar el mayor problema mundial. —¿Qué problema? —Las personas. Oscar dejó que el peso de su respuesta flotara un rato en el aire. —La teoría es muy sencilla: no importa si hablamos de hambre, guerras, cambio climático, pobreza, residuos o crisis energética, el causante de todas estas catástrofes es el ser humano. Muchos seres humanos. Demasiados seres humanos. Quizá fue una casualidad que el pitido en el oído de Noah volviera con estas palabras, aunque a un volumen muy inferior que justo después de la explosión de la botella de gas en la tienda de electrónica; pero quizá las palabras de Oscar hubieran empujado un recuerdo hacia sus señales auditivas. —Cuando se construyeron las pirámides egipcias aún estábamos en confianza, en el planeta vivían unos amables treinta millones. Hoy en día somos más de siete mil millones. Y cada 2,6 segundos somos uno más, alguien más que necesita carne y cereales, que quiere quemar combustible, que necesita beber agua. A todo esto se añade que nuestros yacimientos de petróleo solo durarán unos pocos años más, y mil millones de personas tienen ya restringido el suministro de agua potable. Si todos viviéramos de forma tan derrochadora como en Estados Unidos, y tanto en Europa como en China vamos camino de ello, ya necesitaríamos dos planetas y medio para

garantizar el abastecimiento. Los mares están esquilmados; las selvas, taladas; los campos, sobrefertilizados, agostados o destrozados por las inundaciones. ¿Qué pasará dentro de quince años, cuando reventemos la barrera de los nueve mil millones? ¿O en sesenta, cuando la humanidad se haya duplicado otra vez? Noah no dijo nada. El pitido tras sus tímpanos había empeorado. —En principio el análisis de los miembros del Bilderberg no está nada desencaminado —prosiguió Oscar con su discurso—. La masa de personas es el mayor problema de nuestro planeta, así que sería absurdo dejar a la masa decidir democráticamente sobre su propio destino. Sería como permitir a los presos del corredor de la muerte decidir sobre la pena capital. A Noah le habría gustado meterse un dedo en el oído para comprobar si el pitido creciente no provenía en realidad del exterior. —¿Y cuál es exactamente el plan de estos del Bilderberg? «¿Y qué tiene esto que ver conmigo?» —No tengo ni idea. Pero al parecer a finales de los setenta se escindió del Club Bilderberg una agrupación extremista a la que el planteamiento para solucionar el problema de la superpoblación no le resultaba lo bastante radical. Completos chiflados que cuentan con tanto dinero como pocos escrúpulos. Hoy en día no tienen nada que ver oficialmente con el Club Bilderberg, aunque tomaron su nombre de la habitación en la que se hospedó su miembro más antiguo en el hotel Bilderberg en 1954. —¿Room 17? —Exacto. Y ahora mira de nuevo el nombre del cuadro a cuyo pintor están buscando. ¿No hay nada que te llame la atención?

—Oscar, por favor

¿No hay nada que te llame la atención? —Oscar, por favor — —A eso quería yo

—A eso quería yo llegar.

Noah tragó saliva, algo crujió en su oído y de repente desapareció. El pitido se acabó. En cambio ahora oía todo por duplicado. Casi al mismo tiempo. Tanto la voz

del hombre mayor en su cabeza: «

mismo tiempo. Tanto la voz del hombre mayor en su cabeza: « Arroyo oriental » Como

Arroyo oriental

»

Como la voz de Oscar, que dijo agitado:

—Arroyo oriental. En holandés: Oosterbeek. El emplazamiento del primer hotel Bilderberg. —¿Qué significa eso? —susurró Noah. Oscar se encogió de hombros. —Que estás jodido si es a ellos a quienes te enfrentas.

31

Intento número cuatro. Celine colgó al oír la voz que le explicó una vez más que el número al que llamaba estaba apagado o fuera de cobertura. —Apagado —dijo, y quiso devolverle a Amber el móvil que le había dado, pero la misteriosa desconocida lo rechazó—. Déjeme ir, por favor. Tenía la garganta seca, Celine necesitaba beber algo urgentemente. Además ese día no había tomado ácido fólico para el bebé, y hacía mucho que no había ido al baño. Su vejiga no aguantaría mucho más tiempo. —Inténtelo de nuevo en dos minutos —dijo Amber despreocupada. Celine se lamentó crispada. —Pero si es que no tiene sentido. —Observar a personas golpear una pelota voladora con un palo de madera tampoco tiene mucho sentido, y a pesar de ello millones de fans del béisbol lo hacen todos los fines de semana. Y usted pulsará el botón de rellamada tantas veces como sea necesario hasta que Noah descuelgue. —¿No pueden localizar su móvil? —Nuestros recursos técnicos nos permitirían localizar un teléfono aunque se encontrara en la fosa de las Marianas. No es la ubicación de Noah lo que me importa, ya sé cuál es. En este momento está escondido en un pasillo lateral de un acceso cerrado del metro, a unos veinte metros bajo el suelo de Berlín. —¿Entonces para qué me necesitan? Celine lanzó furiosa el móvil contra la mesa. Como la parte trasera era ligeramente curvada, comenzó a girar sobre sí mismo en la superficie lisa. Amber esperó a que se detuviera, entonces dijo con suavidad:

—Hace poco hemos intentado embaucar a Noah con un engaño. Nada más y nada menos que el director de su periódico se hizo pasar por un importante amigo íntimo para convencerlo de llevar a cabo una tarea. Sin embargo, Noah ha descubierto el truco con tanta facilidad como ha eliminado después a los hombres que debían arrestarlo. —Amber suspiró—. No quiero desperdiciar más personal y sobre todo más tiempo. Tiene que entregarse. —¿Por qué? —Tiene información de importancia vital para nosotros. —¿Qué tipo de información? Amber contrajo las comisuras de la boca en una sonrisa burlona. —En un solo día han muerto tres hombres a la caza de Noah. ¿Está segura de que realmente quiere saber lo que busco? Celine tragó saliva. —¿Y cómo voy a convencerlo precisamente yo de que se rinda? No me conoce de nada. —Pero yo sí le conozco a él. Y conozco las habilidades que al mismo tiempo son su talón de Aquiles. El instinto de Noah puede distinguir el bien del mal. Si consigue despertar su instinto protector, tendrá la oportunidad de sobrevivir a este asunto. Celine se estremeció atemorizada, y la mujer le cogió la mano inesperadamente. —Shhh, no se preocupe. Entiendo que no me soporta. Usted a mí tampoco me cae muy bien. Sonrió, y Celine la odió por todo lo que representaba. Sus dientes blancos y rectos, la frente alta, el rostro alargado con esos ojos grandes y profundos, y los pómulos arqueados que los hombres seguramente encontrarían atractivos, pero que a ella le recordaban a una hormiga. Odiaba su estilo Gucci y sus uñas limadas, su perfume y sobre todo esa voz cálida y ligeramente quebrada, que hacía presagiar una risa intensa y profunda. Pero por encima de todo la odiaba por su arrogante sinceridad. —La considero una pueblerina, Celine, que quiso hacer carrera en la gran ciudad y que ahora acabará con un bombo en algún punto de la mediocridad. Me desprecia porque me visto como una estudiante rusa a la caza de millonarios, y a primera vista sabe que me acuesto con cualquier hombre que me haga ascender, mientras que usted aún sueña con el gran amor que trinche el pavo de Acción de Gracias bajo la mirada de sus hijos y sus padres. Así que en esta vida ya no nos haremos amigas, cosa que podría serle indiferente si esta habitación tuviera ventilación. —¿Para escapar de su perfume? —Para no ahogarse. Amber, o como quiera que se llamara, miró su reloj de muñeca mientras Celine se llevaba la mano al cuello involuntariamente. —Llame a Noah y convénzalo de que se entregue a nosotros antes de que los otros lo encuentren. —¿Los otros? «¿A quién diablos se refiere con los otros?» —Tiene usted tres horas justas antes de empezar a inhalar su propia respiración, Celine. Yo en su lugar no desperdiciaría ni un minuto con preguntas cuya respuesta de todas formas no quiere oír. Amber parpadeó con sus largas pestañas y señaló con la barbilla el teléfono sobre la mesa. Un gesto afectado por el que Celine la odió todavía más mientras alargaba la mano hacia el móvil.

32

Tres cortos, uno largo. El timbre del teléfono los asustó a ambos.

—¿Lo has dejado encendido? —preguntó Oscar, al que se oía preocupado por que eso hiciera que les encontraran.

—No. —Noah sacó el teléfono por satélite de la chaqueta colocada sobre la cama junto a

por satélite de la chaqueta colocada sobre la cama junto a , que dormía inquieto—. Lo

, que dormía inquieto—. Lo he apagado.

Algo que probablemente fuera una medida de precaución insuficiente. Era obvio que no podía ser una casualidad que ese teléfono hubiera acabado en sus manos. El móvil, la maleta, los pasaportes, el efectivo; alguien le había endosado todo aquello, y si Noah hubiera estado en el lugar de ese conspirador desconocido, habría introducido un troyano en el software del teléfono que hiciera creer al dueño que el aparato estaba apagado, incluso cuando se le quitara la batería. «O habría colocado micrófonos en la maleta, en los pasaportes o incluso en los billetes de euro.» Noah se enfadó consigo mismo. No había tenido oportunidad de pensar tranquilamente en cuál sería su siguiente paso, pero ahora tenía claro que debía deshacerse enseguida de todos aquellos objetos que le habían endilgado en el Adlon. —¿Apagado? —repitió Oscar. —Sí. —¿Y entonces por qué suena? —Porque he recibido un recordatorio. «Por desgracia solo ha sido uno electrónico.» Al parecer la alarma del teléfono funcionaba también cuando estaba desactivado. Un estilizado calendario mensual cubría la mitad superior de la pantalla y un texto breve, la inferior. —A ver, 15.2. Salida EC. ICE código de reserva QRX1 —¿Salida? —lo interrumpió Oscar. —Sí. —¿Desde la Estación Central? —siguió preguntando Oscar—. ¿Con un Intercity Express? —Si es eso lo que significan las abreviaturas, sí. —¿Y a qué hora? ¿Y adónde? —Ni idea. Para leer el resto tengo que encenderlo de nuevo. —¿Estás loco? —protestó Oscar al ver que Noah efectivamente pulsaba el botón de encendido del teléfono hasta que el logotipo del águila apareció de nuevo—. Apágalo inmediatamente si no quieres que nos salte de nuevo todo por los aires. —Eso no pasará. —¿Y por qué estás tan seguro de eso? —Porque si quisieran ya estarían aquí hace un buen rato. Oscar abrió los ojos como platos. Entonces se golpeó la frente con la mano. —Claro, tienes razón. Si son los radicales de Bilderberg los que están detrás de esto, tienen todo tipo de recursos a su disposición. Ninguna otra organización privada en el mundo dispone de tanto dinero, poder y tecnología como ellos. —No sé nada de Bilderberg ni de Room 17, Oscar. Solo sé que los hombres que querían matarme han logrado entrar en nuestra habitación en silencio a través de la puerta cerrada. Trabajan en equipo dirigidos por una central, no rehúyen los ataques en campo abierto y son expertos en la lucha cuerpo a cuerpo. Suma a esto la posesión de armas de precisión ilegales y su habilidad para perseguir un vehículo sin ser vistos, y verás que no nos enfrentamos a un grupito de mercenarios, sino a profesionales experimentados altamente equipados que seguro que disponen de suficiente tecnología militar para localizar este teléfono sin importar si está encendido o apagado. —Room 17 —asintió Oscar a modo de confirmación—. Lo que yo decía. Noah no hizo ningún comentario. Cuanto más tiempo pasaba con ese chalado al que le debía la vida, más fuerte era la sensación de que, entre toda aquella maleza de conspiraciones que Oscar criaba en su invernadero, también crecía algún brote de verdad. Naturalmente, en un primer momento las historias sobre círculos secretos antidemocráticos de personas superpoderosas sonaban absurdas. Pero ¿qué otra explicación había para el tatuaje de «Room 17» en las palmas de las manos de los cadáveres? ¿Y para del artículo de periódico? También se preguntaba por qué había sido esa imagen determinada la que había desencadenado la tormenta de recuerdos en su cabeza, por lo demás completamente en blanco. En cuanto lo supiera, probablemente tendría también una explicación para todo lo demás que le estaba sucediendo. —¿Y bien? ¿Adónde? —oyó preguntar a Oscar, que miraba por encima de su hombro mientras Noah abría la agenda. —Mmm. —¿Mmm qué? —lo imitó Oscar. —Solo tengo el código de reserva de siete números y letras. Y el número de tren: 646. Pero ni hora de salida ni destino —E Internet en ese ladrillo tampoco, supongo. —Desde luego no he visto ningún icono de navegador en el menú. Oscar resopló. —Entonces no nos queda otra que llamar al teléfono de información de la compañía si queremos saber adónde va ese tren. Noah quiso objetar que no permitiría que lo condujeran como un corderito al matadero siguiendo aquellas indicaciones, con las que obviamente alguien quería llevarle a la perdición, pero un fuerte timbre lo detuvo antes de que pudiera pronunciar una sola palabra. —¿Quién es? —preguntó Oscar y miró atemorizado al teléfono por satélite que Noah sostenía en la mano, ya que esta vez no había sido el aviso de la agenda electrónica lo que les había hecho estremecerse, sino una llamada entrante con el número oculto.

el aviso de la agenda electrónica lo que les había hecho estremecerse, sino una llamada entrante

33

Celine se sorprendió tanto de oír un tono que casi colgó de nuevo. Cuando Noah respondió finalmente con voz dura y firme, deseó haberlo hecho. Miró nerviosa a

la mujer que la extorsionaba, que escuchaba al otro lado de la mesa por el manos libres, y estiró el dobladillo de su blusa con los dedos, que comenzaban a humedecerse de sudor, sin saber cómo empezar la conversación. En su mente reinaba un desagradable vacío, había perdido toda confianza en sí misma. «¿Qué debería decirle? ¿Cómo debería comportarme para que no cuelgue de inmediato?» Al fin fue Noah quien inició el diálogo. —¿Quién es? La mirada de Celine se dirigió hacia Amber, que asintió para darle ánimos.

—Nosotros, yo

—Quiero saber quién es realmente.

—Le estoy

ya hemos hablado por teléfono antes hoy.

diciendo la verdad. Me llamo Celine Henderson, trabajo como redactora en el

.
.

—¿Por qué me ha conducido hasta el Adlon? Noah disparaba preguntas sin piedad. —No sabía que le quisieran hacer algo —trató Celine de articular un primer intento de explicación—. En este momento yo misma estoy sentada frente a una mujer que me matará si no le convenzo. «¿Demasiado pronto?» Celine se mordió la lengua. En pocos segundos la conversación había llegado a una situación en la que, si hubiera sido ella la que estaba al otro lado de la línea, ya habría colgado. —¿Convencerme de qué? —preguntó Noah. —De que se entregue. Las palabras le resultaron a Celine inadecuadas e infantiles, como si estuvieran jugando a policías y ladrones en el recreo. —¿Hola? —preguntó temerosa. Silencio. Ni respiración ni interferencias. Nada. —¿Sigue usted ahí? —¿Qué motivo tendría para entregarme a alguien que me quiere matar por deseo de una desconocida? —No hay ningún motivo. Otra pausa silenciosa durante la cual Celine cerró los ojos. Casi sentía cómo el hombre luchaba consigo mismo por decidir si colgaba o pedía más información. No sabía si Amber se había tirado un farol («Pero ¿por qué habría de mentir en esta relación alguien que sabe de la existencia de cámaras frigoríficas secretas?»), no tenía claro si el picor de garganta y la ligera falta de aliento se debían a la agitación o efectivamente eran resultado de la falta de ventilación («Desde luego no hay ninguna ranura visible, la máquina parece encajar perfectamente en el hueco de la pared»), pero en algún momento tuvo la certeza de que los siguientes segundos decidirían su futuro. En un sentido o en otro. Por eso sintió un profundo alivio cuando Noah decidió no colgar. —Está bien, Celine. Quiero que me responda muy rápidamente, sin titubear, ¿lo ha entendido? —No sé Se mordió los labios de nuevo. Sabía que se había equivocado. —¿Debería colgar? —No, por favor. —Bien, entonces empecemos. ¿De qué color tiene el pelo la mujer que está con usted? Lanzó una mirada rápida a Amber, que parecía divertida. —Negro. —¿Lleva el pelo largo o corto? —Más bien largo. —¿Con qué arma la están apuntando? —Con ninguna. —¿Cómo quieren matarla? Celine se quedó paralizada. Entretanto había comprendido adónde conducía la traca de preguntas. Participaba en una prueba verbal de detección de mentiras. Cuanto más tiempo se tomara, más impresión daría de estar preparando una mentira, así que se apresuró a decir:

—Estoy sentada en una cámara hermética secreta. «Ahora colgará.» —¿Cómo ha entrado ahí? —quiso saber Noah. —A través de un frigorífico. «Maldita sea, ¡ahora seguro que colgará!» —¿Cómo ha sido eso? Celine se lo explicó, pero dudó de que el nerviosismo le hubiera permitido sonar siquiera mínimamente plausible. Amber sonreía ahora indudablemente divertida, y jugaba con su collar. De nuevo Celine vio brillar el número 17 de su colgante. Y una vez más no tuvo tiempo de perder un instante pensando en ello. —¿Qué ha comido hoy? —Una tostada. —¿Y qué más? —Nada. —Ahora en Nueva York es la última hora de la tarde, una mentira más y cuelgo. Celine miró fijamente el teléfono sobre la mesa y apretó ambas manos contra su vientre. —Por las mañanas no soy capaz de comer nada. —¿Está enferma? —Al contrario. Estoy embarazada. —¿Qué medicamentos está tomando? —Ácido fólico y Vomex. —¿Primer o segundo trimestre? —Primero. —¿Niño o niña? —Es demasiado pronto para eso. Se produjo una tercera pausa, pero esta vez la sensación era mucho menos amenazadora. Más bien parecía que hubieran alcanzado una meta intermedia. «¿Habré aprobado el examen?» El ritmo al que hablaba Noah, que había cambiado, y la mayor tranquilidad de las preguntas parecían confirmarlo.

—¿Cómo se llama su marido? —No estoy casada. —¿El padre? —Steven Dillon, es abogado.

—¿También le están amenazando?

—No, quiero decir

Noah hizo algunas preguntas más, la mayoría personales, pero Celine no tuvo la sensación de haber pasado la prueba hasta después de la última. —La primera palabra que le viene a la cabeza cuando piensa en la mujer que la está amenazando. —Zorra —respondió Celine, y miró directamente a la cara a Amber, que ya no parecía especialmente contenta. —¡Pásemela! —exigió Noah.

—Vio que Amber negaba con la cabeza y añadió—: Creo que no, no estamos en contacto.

34

A más de seis mil kilómetros de distancia el teléfono sonó por el altavoz.

—Hola, Noah —oyó decir a una voz sensual de sonoridad agradable, quizá con un deje demasiado masculino. Hablaba desde cierta distancia. Posiblemente el teléfono estuviera colocado sobre una mesa entre ambas—. Me alegro de hablar con usted —dijo la mujer que al parecer estaba dispuesta a sacrificar a una reportera no involucrada si no obtenía lo que exigía. A Noah lo preocupaba menos la falta de escrúpulos que el hecho de que la chantajista intentara lograrlo mediante esta guerra

psicológica. Esto último demostraba lo convencida que estaba de que así tendría éxito, lo cual solo podía significar que lo más seguro es que lo conociera mejor que él a sí mismo. Conocía su habilidad para reconocer una mentira. Y era evidente que sabía cuáles eran sus debilidades, ya que efectivamente el miedo a morir que había reconocido en las respuestas sinceras de la embarazada hacían difícil ignorar las exigencias de la extorsionadora. —¿Quién es usted y qué quiere de mí? —preguntó. —Soy el reverso de la tarjeta de preguntas. La respuesta. Puedo explicarle el embrollo en el que se ha metido sin quererlo, Noah. Por eso quiero verlo. «Sí. Es probable.»

Se puso de pie y miró fijamente una tubería gris en el techo, de la que Oscar obtenía el suministro de agua.

—Escúcheme bien. En las últimas horas he aprendido mucho sobre mí mismo. Entre otras cosas, que conozco muy bien la naturaleza humana. —Lo sé. —Reconozco el mal cuando se presenta ante mí. Y sé cuándo alguien me está mintiendo. Por eso sé que Celine está siendo amenazada, mientras que usted en este momento está jugando con las cartas equivocadas. —¿Con respecto a qué? —No nos dejará ni a ella ni a mí con vida, sin importar lo que yo haga. —Bueno, si es así como lo ve —la chantajista suspiró aburrida—, en pocos minutos hemos llegado a una situación para la que mi exmarido y yo necesitamos medio año: no tenemos nada más que decirnos. —Vaya, la señorita Gélida trata de confundirme. —No, la señorita Tengo-la-sartén-por-el-mango no quiere que muera más gente. No es que sea especialmente sensible, pero siempre prefiero la solución limpia a la sucia. Así que usted decide: o sigue jugando al ejército de un solo hombre durante un rato, hasta que por fin se entregue de todas maneras, o abreviamos y se entrega usted ya mismo. Noah se rio entre dientes, lo que le granjeó una mirada aturdida de Oscar. —¿Realmente cree que entraré en la boca del lobo sin tener ni idea de qué va todo esto? —Desearía hablarle con franqueza, Noah, y decirle por ejemplo cómo se llama en realidad, pero por desgracia no puedo hacerlo. —¿Por qué? —Porque entonces haría algo muy, muy estúpido. —¿Y cómo sabe usted eso? Otro tren sacudió los cimientos del escondite. A Noah le pareció sentir las vibraciones recorrer directamente su cuerpo. —Respóndame a esto, Noah. Si le dijera que detrás de su ojo vive un gusano de unos seis centímetros que ha anidado en su conjuntiva, ¿qué sería lo primero que haría? —Mirarme al espejo. —¿Lo ve? Algunas reacciones son previsibles. La diferencia es que su reacción una vez yo hubiera contestado a todas sus preguntas tendría efectos catastróficos sobre todos nosotros. —Deme algo al menos. Si no, me quedaré aquí y tendrá que venir a buscarme. Oyó a la mujer respirar profundamente y creyó reconocer una débil sonrisa en su voz cuando por fin dijo:

—Tiene algo que pertenece a una organización muy poderosa. —¿Al Club Bilderberg? Ella se echó a reír mientras que Oscar se quedó de piedra. —Quería un dato, Noah, y lo ha obtenido. Ahora debe tomar su decisión. Noah asintió y se apartó el teléfono de la oreja. Abrió el calendario sin interrumpir la conversación, después prosiguió la llamada. —¿Tiene acceso a Internet en este momento? —Sí. Noah le dio el número de tren ICE que aparecía en el aviso del calendario. No oyó que la mujer cogiera el móvil por el que estaban hablando, así que o había un ordenador en la sala, o disponía de un segundo teléfono. —¿Qué quiere saber? —El tren saldrá hoy de la Estación Central de Berlín. ¿Adónde se dirige y a qué hora? La mujer del otro lado de la línea tardó un rato en proporcionarle la información solicitada. Cuando mencionó el destino, él no se sorprendió lo más mínimo. —¿Cuánto dura el viaje? —quiso saber por último. —Seis horas y media escasas. —Entonces le recomiendo que se dé prisa. Me veré con usted una vez hayamos llegado, en el lavabo de mujeres del vestíbulo principal. Con el rabillo del ojo vio que Oscar levantaba los brazos en señal de protesta. —Es demasiado peligroso —dijo ella. —Lo ha sido desde el principio. La mujer lanzó una carcajada burlona. —¿Realmente cree que seguiría vivo si hubiera querido que lo mataran? «No.» Noah también había pensado en ello. ¿Por qué el asesino no había disparado simplemente al agua cuando Oscar se había sumergido ante él? ¿Qué clase de profesional advertía a otro con un dispositivo láser, innecesario en esa situación? Además el vendedor era más bajo que él. La bala que trágicamente lo había alcanzado nunca le habría dado a Noah en la cabeza. Querían matarlo, lo sentía. Pero antes querían hablar con él. O más probablemente torturarlo hasta que revelara información que él mismo ya no recordaba. —Se trata de los otros. Seis horas y media en un tren son un periodo de tiempo demasiado largo en el que estaría por su cuenta —dijo la mujer. «¿Los otros?» —¿De quién habla? —preguntó Noah. —La ronda de preguntas se ha acabado, cariño. No recibirá más información hasta que no esté frente a mí. —Está bien, iré —decidió Noah. Y no tanto por proteger a la periodista, sino para averiguar lo lejos que llegaría su adversario para detenerlo, exigió—: Quiero que traiga a Celine. Si aparece en Ámsterdam sin la reportera, será usted quien no sobreviva a la cita.

35

—Mierda, joder —maldijo Adam Altmann mirando fijamente la lata de Coca-Cola que tenía en la mano. «No puede ser verdad.» Era capaz de desmontar una pistola a ciegas con una sola mano, montarla de nuevo y cargar la munición. Cuando jugaba al póquer hacía desaparecer montones de

cartas en la manga sin esfuerzo alguno, pero con los envoltorios estaba constantemente en pie de guerra. En los CD plastificados buscaba en vano la tira para abrirlos, y a las latas de refresco como la que acababa de sacar de la máquina a menudo les arrancaba la anilla antes de abrirlas. «¿Y ahora?» Colocó nervioso la lata llena pero inútil junto a la silla de jardín en la que se había sentado en un rincón del patio interior. Le habría gustado sacar su arma y disparar a la lata, pero había tenido que entregar las pistolas en la entrada. Nadie podía atravesar los controles del número 2 de Pariser-Platz con armas, por lo que Altmann se sentía completamente desnudo en ese momento. «Desnudo y sediento.» —¿Qué está haciendo aquí? Altmann se levantó y miró a su alrededor. Sabía que la mujer cuya voz acababa de escuchar en su oído debía de encontrarse en algún lugar tras los muros de piedra caliza de aquel feo complejo de edificios. —¿Dónde se ha metido? —preguntó mientras intentaba distinguir algún movimiento sospechoso tras las escasas ventanas que daban al patio en las que aún había luz. Negativo. Ninguna persiana cuyas láminas se separaran. Ninguna sombra en la pared. Ni siquiera una mujer de la limpieza que se deslizara por las salas. El único que emitía allí alguna señal de vida era él, en forma de la nube de vapor que formaba su cálido aliento en el aire frío de la noche. »Oiga, ahora mismo esto de aquí abajo es muy acogedor. —Señaló un tótem de doce metros de altura situado a pocos pasos de distancia. La obra de arte debía recordar la relación especial de Estados Unidos con la cultura india. Era una lástima que, a excepción de los escasos empleados, nadie pudiera verla, ya que por norma a los invitados no les estaba permitido acceder a los terrenos de la embajada estadounidense, y el complejo estaba mejor protegido que el área de alta seguridad de una prisión. »¿Por qué no baja aquí conmigo y nos ponemos cómodos? Se llevó la mano a la nuca, el punto de su cuerpo en el que siempre sentía en primer lugar la mordida del frío. —Ambos tenemos nuestros principios, Adam —respondió la voz—. A usted no le gustan los incidentes en el trabajo. Yo evito el contacto personal con mis agentes. —Y a pesar de ello ha accedido a verme. —Porque usted lo ha pedido. —Quería mirarle a los ojos. —Mentira. Estaba enfadado por cómo había transcurrido la operación y quería hablarlo conmigo sin estorbos. Y el patio de la embajada, gracias a las emisoras de interferencias más modernas, es el lugar más próximo al Adlon en el que puede mantenerse una conversación sin riesgo de ser escuchados. Altmann asintió. Tenía sentido. Cuando la mujer le había propuesto verse en la embajada, había supuesto que conocería el cuartel general en Berlín, pero posiblemente ni siquiera estaba cerca de él. La jefatura de operaciones podía estar en cualquier lugar, quizás incluso en otra ciudad. —Bueno, Adam. Ninguno de los dos tenemos mucho tiempo, ¿qué quiere? —Información. —Eso es nuevo. Hasta ahora el motivo de sus operaciones siempre le había sido indiferente. Era cierto. Altmann nunca había cuestionado los motivos. Si su cliente quería a alguien muerto, seguro que había argumentos que lo justificaran. Confiaba en el sistema, a pesar de que la unidad para la que trabajaba no estaba controlada por ninguna autoridad oficial, y sus gastos no aparecían en ningún informe de cuentas. La protección de la seguridad pública era, sencillamente, demasiado importante para ponerla en peligro con jueguecitos democráticos. —¿A qué viene tanta curiosidad, Adam?

«Adam, Adam, Adam

»,

la imitó mentalmente. «¿A qué viene ahora esa confianza?» Empezaba a molestarle que él ni siquiera supiera cómo se llamaba ella,

mientras que ella tenía acceso a todo su expediente personal. —No es curiosidad, es rabia —dijo—. Cuando me contratan como niñera no quiero encontrarme con un perro de pelea en un redil. —¿A qué se refiere?

—Me vendieron a Noah como un científico excéntrico, no como experto en combate cuerpo a cuerpo. Para saber luchar así, nuestro querido doctor ha tenido que matar a unos cuantos estudiantes. —¿Qué quiere? ¿Su currículum? —Dígame al menos cuál es el motivo de la operación. —¿Y por qué es tan importante de repente?

sí, puro arte, no se le

ocurría otra palabra. Le habría podido explicar que tampoco habría disparado a Da Vinci en la Capilla Sixtina, pero es posible que no hubiera comprendido la analogía, así que se tiró un farol:

—Si no me dice por qué tengo que acabar con Noah, tendrá que buscarse a otro para que lo haga. Hasta ese momento de la conversación había vagado sin rumbo por el patio interior de la embajada de Estados Unidos, y ahora se encontraba ante un árbol protegido con un revestimiento; un roble, un arce o algo similar. Altmann no era capaz de diferenciar plantas ni pájaros, a excepción quizá de los gorriones o las palomas, algo que le avergonzaba en secreto. Una vez más se propuso hacer un curso sobre el tema en alguna escuela para adultos en cuanto esta operación terminara. —La escucho —dijo con la mirada dirigida a la corona sin hojas del árbol. La voz suspiró. A Adam le pareció sentir que la mujer sopesaba los pros y contras de una respuesta. Finalmente decidió proporcionarle algo de información. —Noah tiene un vídeo. Las consecuencias de su difusión serían devastadoras. Provocaría el caos no solo en nuestro país, sino en continentes enteros. —¿Qué muestra ese vídeo? —preguntó Altmann, y recibió otra pregunta por respuesta. —¿Qué sabe acerca de la pandemia? Siguió paseando hasta un sillar de piedra suavemente iluminado sobre el que se erigía otra obra de arte. Mientras lo hacía, resumió el memorándum que el CDC, , había enviado la semana anterior por correo electrónico a todos los agentes:

—Se trata de la gripe de Manila, también conocida como gripe de Bertrand por Luke Bertrand, un turista estadounidense que se infectó durante un por

Filipinas. En un barrio de chabolas de la zona metropolitana de Manila llamado Isla Puting Bato, que él visitó, se sacó un cerdo muerto del mar, se preparó sin respetar ningún tipo de medidas higiénicas y se comió. Él mismo declaró no haber comido nada, pero desde aquel día es considerado el paciente número cero. La voz mostró su aprobación chasqueando la lengua. —Está perfectamente informado, Adam. Entonces también sabrá cuál fue la primera vía de contagio. —Por supuesto.

, es decir, la persona que había iniciado la reacción en cadena del contagio. Después

de su excursión a la barriada, había pasado la noche en un hotel de cuatro estrellas de Manila, donde pidió que el médico del hotel lo examinara porque sangraba de modo abundante por la nariz, el primer síntoma que típicamente marcaba el inicio de la fase contagiosa. Solo en el vestíbulo infectó a siete personas: una familia australiana de tres miembros, un hombre de negocios japonés y tres rusos. A pesar de sufrir fiebre y graves problemas en las vías respiratorias, Bertrand emprendió la vuelta a casa a

Altmann podría haberle dicho la verdad. Que nunca antes había visto a nadie matar con semejante precisión. Tan rápida y artísticamente

con semejante precisión. Tan rápida y artísticamente En el memorándum del CDC se decía que Bertrand
con semejante precisión. Tan rápida y artísticamente En el memorándum del CDC se decía que Bertrand

En el memorándum del CDC se decía que Bertrand había sido un

con semejante precisión. Tan rápida y artísticamente En el memorándum del CDC se decía que Bertrand

Los Ángeles vía Fráncfort y Atlanta, así que entró en contacto con miles de personas en los nudos de comunicaciones más grandes del mundo. —En las últimas cuatro semanas la pandemia ha alcanzado el nivel seis de la escala de la OMS —le dijo la mujer al oído—. Más de dos mil muertos confirmados de forma oficial, repartidos por todos los continentes. Y la tendencia aumenta exponencialmente. —¿Esas cifras son ciertas? —preguntó Altmann, que entretanto había identificado el objeto que había sobre el zócalo de piedra. No era una obra de arte, sino un monumento conmemorativo: un fragmento de una viga de acero destrozada del World Trade Center. Altmann volvió la vista hacia el tótem, pensó en los indígenas casi exterminados, y se preguntó si era cosa suya que allá donde mirara todo lo que veía le recordara a la muerte, incluso el patio interior desierto de la embajada norteamericana. —La mayoría de los medios presuponen una cifra negra mucho más alta, que las autoridades no comunican para evitar el pánico entre la población. Los ojos de Altmann se abrieron como platos al escuchar aquello, incluso mientras hablaba:

—¿De eso se trata? —le preguntó a la voz—. ¿Destapa el vídeo de Noah la verdadera dimensión de la pandemia? La mujer titubeó de forma apenas audible, finalmente forzó un gruñido de asentimiento. —Podría decirse así, sí. Altmann sintió de pronto la inexplicable necesidad de quitarse los guantes de cuero negros y tocar con las yemas de los dedos la inscripción sobre la placa conmemorativa por los miles de muertos del 11 de Septiembre. Mientras tanto la directora de operaciones le advirtió de que se diera prisa. —No puede perder más tiempo, Adam. La situación se está descontrolando por momentos. Desde el cierre del aeropuerto de Nueva York, las autoridades se están planteando prohibir todos los vuelos intercontinentales. Doce hospitales en Atlanta, Chicago, Nueva York, Los Ángeles, Denver y Miami ya están en cuarentena. En todos los demás a los que aún se puede acceder, las salas de aislamiento están a reventar. Fuera de Estados Unidos también se ha impuesto parcialmente el estado de excepción. En Polonia, Hungría y España apenas queda ya medicamento contra la gripe, en parte deAsia se ha suspendido la actividad en colegios y universidades. Solo Alemania escapa de la histeria. Por ahora. —Entiendo —dijo Altmann, y se volvió a poner los guantes. Tiritaba de frío. Su nuca estaba rígida como la piedra. Si no volvía a entrar pronto en calor, empezaría a dolerle la cabeza. —Ya se ha enterado de lo del ataque a Zaphire, ha fracasado. Por desgracia. Ese chalado ha declarado en directo ante las cámaras que solo enviaría el medicamento a

países en desarrollo. Ahora la gente se precipita hacia las farmacias y las clínicas por miedo a quedarse sin nada, así que el presidente está sopesando instaurar un toque de queda. Ya hay problemas de abastecimiento. Estamos a un paso de que se produzcan disturbios. No puedo darle más detalles, pero una vez que el vídeo se suba a la red, todo empeorará drásticamente. Lo más seguro es que en todo el mundo se alcancen condiciones similares a las de una guerra civil. Piénselo: los civiles ya están desahogando su miedo con agresiones xenófobas. Las personas de origen asiático reciben palizas por la calle porque se las relaciona con el virus de las Filipinas. Acopio

de provisiones, colas ante los supermercados, peleas en las farmacias Imagine qué pasaría

si el vídeo le mostrara a la gente el verdadero motivo de sus miedos? —completó Altmann, y dejó vagar su mirada una vez más por las ventanas del patio

interior. Por algún motivo estaba convencido de que la voz lo vigilaba, a pesar de que no hubiera ningún indicio visible de ello. —Las organizaciones estatales se desmoronarían —comenzó a enumerar la mujer—. Ya no sería posible proporcionar atención médica coordinada a la población, por lo que la pandemia se extendería de forma aún más desmedida que hasta ahora. —¿De cuántos muertos estamos hablando? —quiso saber Altmann, y se dirigió hacia la salida. —¿Sin la infraestructura para extinguir el virus de raíz? —Sí. —Tres y medio. —¿Millones? —Miles de millones. Altmann jadeó y se detuvo justo antes de las puertas de cristal, a través de las cuales llegaría al atrio y así a la salida de la embajada. —¿La mitad de la población mundial? Volvió la mirada hacia el árbol, que no consiguió distinguir. Hacia el tótem, que se clavaba en el cielo como un enorme dedo gigante en señal de advertencia, y hacia el monumento en memoria de los miles de inocentes asesinados el 11 de Septiembre. —¿Entiende ahora por qué es tan importante eliminar a Noah? —le preguntó al oído la voz—. Y rápido. Antes de que sea demasiado tarde y recuerde dónde ha escondido el vídeo.

Todo esto está pasando sin que la población conozca la verdadera dimensión del problema.

—¿

A través de las puertas de cristal oscilantes del atrio observó cómo Altmann abandonaba el edificio en dirección a la Puerta de Brandenburgo y hacía señas a un

taxi. Entonces se despegó de su sitio y se dirigió hacia los ascensores. Dos pisos más abajo, en el sótano de la embajada, la recibió un zumbido. La puerta del final de pasillo lo amortiguaba, pero a medida que se acercaba al depósito, el zumbido se iba transformando en un chirrido penetrante. Esperó un poco y, cuando el sonido hubo disminuido, llamó a la puerta y entró. —¿Cómo ha ido? —la saludó un hombre mayor de pelo canoso y ojos cansados.

Llevaba un traje oscuro con una camisa azul sin corbata y zapatillas de deporte. Estaba de pie entre dos estanterías metálicas altas detrás de una mesa de cámping, que se combaba bajo el peso de varias carpetas de expedientes. —No quiero interrumpirlo —respondió ella, señalando la clasificadora que sostenía en la mano.

El hombre asintió, después la dejó sobre un escritorio y arrancó las primeras veinte páginas.

—¿Se lo ha tragado? —quiso saber. —De momento. Pero no durará mucho. Altmann es demasiado listo para estos jueguecitos —dijo mientras observaba al hombre meter las hojas en una trituradora de papel. Suspiró por dentro. «A esta velocidad tardará años en destruir las pruebas.» Era lo mismo en el Pentágono, la Casa Blanca o aquí en la embajada: en esos momentos los empleados hacían horas extra en todas partes para alimentar las

trituradoras con documentos acerca de Noah. No solo en territorio estadounidense, sino en cualquier país en el que hubiera autoridades estatales que conocieran el proyecto. —¿Deberíamos sustituirlo? —preguntó el hombre por encima del ruido de la máquina. —Aún no. Aún tiene alguna oportunidad. Al despedirse, le había transmitido a Altmann la información que había obtenido el departamento de escuchas acerca del siguiente paradero de Noah.

El hombre mayor hizo una pausa.

—¿Y si Altmann suma dos más dos? Ella se encogió de hombros. —¿Cuál sería la diferencia? —Cierto —asintió el hombre, y metió otro taco de papeles en la trituradora con gesto amargado—. De todas formas ya es demasiado tarde.

36

El suelo se desplomó algunos centímetros y produjo una sensación de caída, lo que despertó de un susto a Zaphire después de haber dormido sin soñar. «Maldita sea.» Cinco personas rodeaban su cama, tres médicos y dos enfermeras, todos con la vista clavada en él, y no tenía nada mejor que hacer que dar cabezadas cada par de minutos. —¿Qué narices me ha metido en las venas? —increpó Zaphire al anestesista, cuyo nombre era incapaz de recordar, a pesar de que había solicitado personalmente sus servicios. «Slomko, Zlapko, algo eslavo»—. Con esto podría conseguir que un gorila rabioso adoptara la postura del loto haciendo yoga. No obtuvo reacción alguna. «Vaya humor.» Puede que salvaran vidas, pero reír no era lo suyo. «Qué más da.» Lo importante era que él aún podía reírse. En realidad debería haber muerto. La bala del autor del atentado había entrado en el lado izquierdo de su pecho por debajo de su axila. La trayectoria en línea recta habría atravesado su corazón, pero por suerte la séptima costilla se había interpuesto en el camino del proyectil, lo había deformado y lo había desviado hacia el pulmón. Zaphire sabía que había recibido un disparo sin orificio de salida. Lo había percibido en el mismo instante en que le había tosido una nube de sangre a Cezet en la cara, al tiempo que había sentido un dolor punzante en las profundidades de su lóbulo pulmonar derecho. «Hay que ver de lo que sirve a veces un primer ciclo de Medicina en Harvard», había pensado mientras lo metían en una ambulancia de luces intermitentes en el patio interior del hotel, con los párpados aleteando. Entonces el dolor había desgarrado todos sus pensamientos como una bolsa de papel. «¡La aguja!» Ahora se acordaba. Zaphire levantó amenazadoramente el brazo y gesticuló en dirección a los médicos y las enfermeras. —¿Cuál de estos carniceros me ha clavado una aguja en el pecho sin anestesia? —He sido yo, señor. Disculpe, pero es que «Stealth. Por supuesto.» Quién iba a ser si no su médico personal, al que Cezet siempre mantenía alerta durante sus apariciones públicas. —Cierra el pico, Stealth. No hay nada de lo que disculparse. Al contrario. Si no le pagara ya tan exageradamente bien, se habría ganado un aumento de sueldo. Supongo que el motor de mi pulmón izquierdo se había parado, ¿verdad? —Efectivamente, entró aire en la cavidad entre —Sí, sí. Lo sé, neumotórax, no soy idiota. ¿Cuánta sangre he perdido? ¿Dos litros? —Más o menos. Zaphire gruñó pensativo. Tenía sentido. Por eso Stealth le había tratado con un trocar, la aguja con punta triangular que su delgado médico sin humor alguno le había clavado sin ningún tipo de anestesia entre las costillas, justo debajo de la herida de bala. Un dolor infernal, pero así había liberado la presión sobre el pulmón y lo había salvado de una muerte segura. —Hemos logrado extraer novecientos mililitros de sangre —explicó Stealth. —Bien por usted. Zaphire se sintió de nuevo indescriptiblemente cansado y preguntó la hora. Torció el gesto cuando una de las enfermeras se la dio. —¿Han estado operándome durante dos horas? Madre mía, ¿qué ha pasado en todo este tiempo? —Bueno, tuvimos que explorar toda la cavidad torácica en busca de astillas de hueso y —No me refiero a eso. Quiero saber si han detenido a los autores. —No, señor. Zaphire se rio y sintió como si le hubiera caído un rayo. Las sustancias que empleaba el anestesista no eran moco de pavo, pero cuando ponía a prueba su diafragma, recibía punzadas de dolor directamente del tórax al cerebro. —Naturalmente —maldijo. «Cien guardias de seguridad pero una vez más nadie ha visto nada.» El ataque en Los Ángeles no era el primero, sino otro grave suceso de una serie de atentados, aunque el de esa tarde era de una nueva calidad. Hasta entonces esos cerdos solo habían querido bombardear sus fábricas para detener la producción de los medicamentos que enviaba a precio de coste a los países en desarrollo. A partir de ese día parecían haber decidido arrancar el «mal» de raíz. «Sí que están desesperados los cabrones.» —Ordenador —ladró Zaphire a la sala. Los médicos se miraron interrogantes. Stealth se atrevió a poner reparos. —Creo que aún es demasiado pronto —Y yo creo que aquí me están quitando aire. Vamos, vamos, tráiganme un ordenador. Y un teléfono. Las paredes suavemente arqueadas de la habitación del enfermo vibraron, y de pronto el suelo bajo su cama se hundió de nuevo. En ese mismo instante se intensificó el suave retumbar que los envolvía sin descanso, tan constante y permanente que prácticamente se olvidaba. Zaphire no había visto que ninguno de los presentes hubiera pulsado el botón de llamada, sin embargo la puerta de corredera se abrió y una mujer joven entró en la sala, y verla le puso de buen humor por primera vez. Llevaba deportivas planas y vaqueros pitillos demasiado ajustados. Su piel negra brillaba casi tanto como la pantalla de la que le tendía. —Hola, Cezet, qué bien que estés aquí. Como siempre admiró su postura erguida y espigada, que le recordaba a una bailarina de ballet. —¿Dónde iba a estar si no, papá? Cezet le acarició cariñosamente la mano y le apartó un mechón de pelo de la cara, arrugada por la edad. Zaphire sonrió ampliamente, también porque los médicos y las enfermeras salieron por fin de la unidad de cuidados intensivos y le dejaron solo con su hija. Empezando por el nombre, Cezet no era una guardaespaldas corriente ni una hija corriente. Zaphire había conocido a la somalí en Dadaab. Entonces ella tenía siete años. Originalmente el campamento de refugiados en el noreste de Kenia se había construido para noventa mil personas. Cuando Zaphire lo había visitado con un equipo de médicos a finales de los años noventa, allí ya vegetaban más de cuatrocientas mil almas en condiciones miserables. Mujeres y niños, enfermos y hambrientos que habían dejado su vida en una Somalia destrozada por la guerra civil para desperdiciar también el resto de su mísera existencia en Dadaab. Cuando Zaphire había visitado la enfermería, una sencilla tienda de lona, el suelo embadurnado de sangre estaba lleno de jeringuillas viejas, vendajes sucios y otros residuos de hospital. Había varios catres desordenados, y sobre todos ellos había personas de tez negra. Algunos de ellos ya estaban muertos, otros respiraban febriles, un joven se retorcía de dolor en sus propias heces, y ningún médico en kilómetros a la redonda. Las milicias somalís habían asaltado los convoyes de ayuda y habían secuestrado al equipo de médicos que lo acompañaba. Zaphire había encargado a sus hombres que descargaran el material de ayuda del avión antes de que la noticia de su llegada se hubiera extendido hasta el último rincón del campo. Para entonces apenas se podía llegar ya a la enfermería; cientos de personas hacían cola: hombres con muletas, mujeres con bebés, niños cuyas manos habían sido amputadas con machetes, personas marcadas por infecciones purulentas que contagiaban a los que esperaban. «Demasiados. Son demasiados», había pensado Zaphire. La oleada de miseria era demasiado grande. Y en África, el continente con la mayor tasa de natalidad del mundo, crecía cada día. Los más pobres de los pobres traían al mundo cada vez más niños condenados a la muerte y la pobreza. ¿Se podía siquiera reprochar a los jóvenes y famélicos guerreros que se masacraran mutuamente en guerras civiles? ¿Acaso tenían alternativa? Zaphire tenía los ojos llenos de lágrimas cuando un disparo había atravesado el aire a cuarenta grados ante la tienda de campaña. Poco después una niña pequeña entró precipitadamente por entre las lonas. Llevaba tras ella una camilla trenzada sobre la que yacía su madre. El cuerpo de la joven había perdido tanto peso por el cólera, que incluso una niña de siete años había podido cargar con ella varios kilómetros. Zaphire se había dado cuenta enseguida de que ya no podía hacer nada por la

podido cargar con ella varios kilómetros. Zaphire se había dado cuenta enseguida de que ya no

mujer. La madre ya estaba muerta, algo que había intentado hacer entender a su hija, que dirigía hacia él su arma llorando amargamente; una CZ 75 checa, como habían comprobado más tarde. El origen de su apodo. «CZ. Cezet.» La niña, que solo hablaba somalí, había velado a la muerta durante un día y una noche y al día siguiente había sido necesaria la violencia para separarla de su madre.

El día del entierro le había subido la fiebre a la pequeña también, se había contagiado, su posibilidad de sobrevivir bajaba con cada hora. Zaphire había decidido enviar a Cezet a Estados Unidos, gesto que hasta ahora se reprochaba como debilidad sentimental, había tenido que recurrir a todos sus contactos para conseguir un permiso de entrada para una única niña, mientras otros miles se habían quedado atrás. Una vez recuperada en una de sus clínicas privadas, la había adoptado (lo que había causado cierto revuelo en Estados Unidos) y más adelante había convertido a la pequeña y enérgica guerrera en su guardaespaldas (lo que había aumentado el revuelo). —Tienes buen aspecto, papá. —¿Tú crees? Bueno, si crees que una bala me pone más guapo, la próxima vez simplemente deja que me coloque de nuevo en la trayectoria de tiro, Suri. Ella torció el gesto, como siempre que su padre se dirigía a ella con su verdadero nombre de pila, que ella no soportaba, por lo que Zaphire solo lo utilizaba cuando quería enfadarla. —No habrá una segunda vez, papá. A partir de ahora me preocuparé mucho más por tu vida, y empezaré ahora mismo. Con estas palabras agarró los extremos de una correa que se bamboleaba junto al colchón, la pasó por encima de la cadera de Zaphire y lo ató fuertemente con ella. —El piloto dice que tendremos turbulencias sobre el Atlántico —se adelantó a sus protestas.

Zaphire encendió la

—¿Ese imbécil no puede rodearlas? ¿Cuánto tiempo de vuelo nos queda aún? Abrió el buscador de Google y en el menú de noticias recorrió con la mirada los últimos titulares en los que se mencionaba su nombre:

los últimos titulares en los que se mencionaba su nombre: con un gruñido. • ¡Zaphire herido

con un gruñido.

• ¡Zaphire herido de un disparo!

• Zaphire quiere distribuir la vacuna solo a los necesitados; ¿le costará la vida este plan?

• Zaphire sale del país en avión tras el atentado. ¡Operación de urgencia en el avión ambulancia del salvador del mundo!

Abrió el último artículo y se asombró al descubrir en él incluso un plano interior sorprendentemente detallado del Boeing 747 en el que le transportaban en ese mismo momento, y que albergaba un quirófano completamente equipado además de una sala de cuidados intensivos. El informe se cerraba con gran pomposidad: «La enfermería volante de Zaphire ya ha salvado las vidas de miles de personas en más de veinticinco zonas del mundo en crisis. Después de su aparición en Los Ángeles, el multimillonario planeaba marcharse para acudir a una audiencia privada con el Papa y hablar con él acerca de las consecuencias de la gripe de Manila entre los más pobres de los pobres. Sin embargo, ahora es él mismo quien lucha por su vida en su propio avión quirófano.» Zaphire hizo rodar los ojos y dejó caer la . —Todavía no me has contestado, Cezet. ¿Cuándo aterrizaremos en Roma? —No lo haremos, papá. Ha habido un cambio en el plan de vuelo. —¿Qué? ¿Sin consultarlo conmigo? Si no hubiera sabido que el dolor que sufriría si se levantaba prácticamente lo mataría, no habría aguantado más en la cama de pura rabia. —¿Y adónde volamos entonces? —preguntó indignado. —A Ámsterdam. Estoy segura de que estarás de acuerdo. —¿De acuerdo? Queremos salvar miles de millones de vidas humanas. ¿Qué diablos se me ha perdido en Holanda con esos imbéciles zampaquesos? —dijo entre dientes. Cezet tomó la mano de Zaphire y la apretó con fuerza. —No te alteres, por favor, papá. Pero Noah ha reaparecido.

Cezet tomó la mano de Zaphire y la apretó con fuerza. —No te alteres, por favor,

Fase 2

Alrededor del diez por ciento. Tuve un enfrentamiento al respecto con un compañero que me reprochaba que era demasiado optimista. Trabajo duro para que sea el once. Llevamos el rumbo equivocado, y no hay indicio alguno de que vayamos a cambiarlo.

PAUL R. EHRLICH, catedrático de Biología en la Universidad de Stanford, en respuesta a la pregunta de un periodista del

acerca de qué

posibilidades veía de que la civilización occidental sobreviviera a este siglo.

que la civilización occidental sobreviviera a este siglo. La extensa base de datos [ ] nos

La extensa base de datos [

]

nos permite llegar a la conclusión de que las personas reaccionan con demasiada lentitud.

JØRGEN RANDERS, catedrático de Estrategias climáticas en la BI Norwegian Business School, en su informe para el Club de Roma «2025»

Manila, Filipinas

1

—¿Adónde vamos? —Alicia protegía con la mano la cabecita de su bebé del intenso sol de mediodía, que caía con fuerza sobre el camino trillado entre las chabolas de chapa ondulada. La respiración de Noel sonaba jadeante, pero regular. Apenas notaba su peso. Hacía tres horas que su bebé había llorado por última vez. Tres horas desde el último intento de darle leche. No sabía cuánto había bebido Noel, si había podido mamar algo siquiera de su pecho, demasiado flácido. Solo sabía que la caminata que intentaban recorrer en ese momento no era adecuada en absoluto para mejorar su salud. La ruta que había tomado Jay los llevaba cuesta abajo hacia «la ciénaga»: la zona más pobre de Lupang Pangako, la que primero se inundaba cuando había lluvias fuertes. Como el nivel freático era alto, el suelo siempre estaba blando, a menudo incluso cenagoso, y lo convertía en un nido de gérmenes y larvas de insectos. Sin embargo, durante los últimos meses había reinado una sequía poco habitual, por lo que Alicia ese día no tenía que abrirse paso a través de enjambres de mosquitos mientras seguía a Jay pendiente abajo. —¿Falta mucho? —preguntó inquieta, firmemente decidida a caminar solo unos pocos pasos más, incluso aunque eso enfureciera a Jay. —Llegaremos enseguida, mamá —respondió su hijo con el tono que tanto le recordaba a su padre. Amable, pero que no admitía réplica. Tan determinado como antes, cuando había insistido en que salieran sin tener certeza alguna. —¿No sería mejor que nos quedáramos aquí? —había preguntado a Jay después de que el avión los hubiera rociado a ellos y a la multitud con desinfectante y hubieran huido de vuelta a la cabaña, donde habían podido lavarse mínimamente con un trapo y algo de agua. El olor del líquido, que escocía en los ojos, le había recordado a Alicia al trabajo en la villa del banquero. El chico de la piscina solía limpiar el depósito de agua una vez al mes con un producto que olía de forma similar. »Será mejor que esperemos, Jay. —«Hasta que los helicópteros dejen de volar en círculos sobre nuestras cabañas. Hasta que los accesos vuelvan a abrirse y podamos salir del barrio sin peligro.» Pero Jay no había querido ni oír hablar de ello. —Yo decidiré lo que haremos —le había dicho, y con ello había dejado claro quién era ahora el hombre de la familia. Alicia había mirado a Jay directamente a sus ojos oscuros. Transmitían tanta seriedad que le había resultado imposible reírse de su afirmación. «No tienes más que siete años», le habría gustado replicar, pero no logró pronunciar las palabras. Por un lado, porque no quería herirle. Por otro, porque tenía razón. Gracias a su actividad

en el vertedero era quien abastecía principalmente a la familia, y, por lo tanto, le correspondían todos los derechos del cabeza de familia. Incluido el derecho a indicarle el camino a su madre, a pesar de que Alicia no supiera qué se les había perdido en aquella zona. Si Lupang Pangako era la estación final de la vida, «la ciénaga» era la sala de espera del infierno. Y desde luego no encontrarían allí la salida de aquel horror. En la zona más alta del barrio de vez en cuando había electricidad, algunas chabolas tenían radio y televisor, sus habitantes intentaban decorarlas lo mejor posible, con pósteres en las paredes y puertas pintadas de colores. Aquí en «la ciénaga» casi nunca se oía música, raras veces la risa de un niño. Tras las cortinas se escondían ancianos y enfermos a los que sus familias ya habían abandonado. Si se veía alguna cara, era la de un niño hambriento o la de una prostituta sin dientes ofreciendo sus servicios. La mayoría de las chabolas aún estaban cerradas a cal y canto, pero cuando caía la noche los hombres enviaban a los niños a la calle para vender a sus mujeres por un puñado de centavos a los trabajadores que regresaban del vertedero. «¿Acabaré yo algún día aquí también?», se preguntó Alicia, y prometió a Dios con una oración silenciosa que soportaría ese destino encantada si era la manera de que sus hijos tuvieran una vida mejor. «Pero ¿por qué iba Dios a acceder a un trato así?» Una risa vulgar asustó a Alicia. Un grupo de gamberros venía de frente. De pronto se dio cuenta de que le faltaba el aliento y de que apenas conseguiría reunir las fuerzas necesarias para proseguir la caminata. —¿Podemos hacer una pequeña pausa? —le gritó a su hijo desde atrás. Los jóvenes se rieron con más fuerza aún, pero continuaron sin molestarlos. —No es necesario —respondió Jay, y se detuvo ante una cabaña de tablones que se asomaba inclinada al callejón—. Hemos llegado. —Con estas palabras apartó una cortina. Entonces desapareció en el interior del escondite. —¡Espera! ¡Jay! —Alicia se secó el sudor de la frente. La vivienda a la que entró tras él con paso acelerado era inesperadamente espaciosa. Olía intensamente a sudor y excreciones, pero a primera vista estaba limpia, al menos en comparación con las condiciones que por lo demás predominaban en «la ciénaga»; de una gran altura poco habitual, con un pequeño nicho sobre el fuego al que se podía subir por una escalera de madera. En una especie de cama alta había sentado un hombre flaco de piel oscura que se estaba cortando las uñas de los pies. Justo debajo de él se encontraba una mujer increíblemente gorda ante un mechero Bunsen removiendo el contenido de una cazuela. Su tripa rebosaba por encima de unos pantalones de chándal demasiado estrechos. En lugar de una prenda de ropa, en la parte superior del cuerpo solo llevaba un sujetador negro, cuyos tirantes se hundían profundamente en la carne. A sus pies dos niños pequeños se peleaban por una muñeca sin brazos. —¿Qué queréis? —preguntó la gorda sin volverse. El hombre prácticamente tampoco había levantado la vista hacia ellos cuando habían entrado en la chabola. Al parecer las visitas inesperadas eran habituales en su cabaña. —Usted tiene un bebé —constató Jay con la mirada fija sobre una caja de Coca-Cola que había casi en el centro de la habitación. Alguien había colocado una gastada manta sobre la estructura para las botellas, y sobre ella había un bebé que dormía plácidamente. «Mucho mejor alimentado que Noel», pensó Alicia con la mirada melancólica posada sobre las redondeces que se acumulaban en la barriga y los muslos del niño desnudo. —¿Uno? —lanzó el hombre una risa obscena desde arriba. No llevaba puesto más que un calzoncillo sucio sobre su flaco cuerpo—. Chona ha poblado medio barrio. —¿Y quién tiene la culpa de eso? —le respondió bufando la gorda—. ¿Quién es el que no puede mantener el rabo dentro de los pantalones, Bituin? —Entonces se dirigió a Jay—: ¿A qué viene esa pregunta tan tonta? —Necesitamos leche. —Jay —se le escapó aAlicia, que había comprendido lo que tramaba su hijo. La cara se le puso roja de vergüenza. ¿Cómo se le había ocurrido? Por eso no le había dicho adónde la llevaba. Nunca en la vida habría accedido a buscar un ama de cría para Noel—. Eso ni pensarlo —dijo para diversión de Chona y Bituin, que intercambiaron miradas malévolas. ¿Cómo podía humillarla así? Presentarla como madre inútil. Incapaz de cuidar de su propio hijo.

—Por favor, mamá. Noel necesita leche. Y esa de ahí

—Jay señaló a Chona—

tiene bastante.

—Sí, mi mujer rezuma leche —rio Bituin, y dirigió las tijeras de uñas hacia el dedo gordo de su pie derecho—. Es una pena que no se pueda decir lo mismo de tu madre, pequeño. Uno de los niños comenzó a chillar porque el otro no le quería dar la muñeca sin brazos. —Cierra el pico —le dijo Chona a su marido y le dio una patada suave al niño que lloriqueaba, lo que no alivió los gritos. —¿Nos ayudará? —preguntó Jay. —Depende —dijo Chona y tragó saliva con fuerza, como si la acidez le estuviera subiendo por la boca del estómago.

—¿De qué? —quiso saber Jay. —Del precio. —Se frotó el pulgar y el índice uno contra otro. Alicia tocó el hombro de Jay y dijo enfadada:

—Vámonos. ¡Ya! «Tenías buena intención, pero esta gente son criminales. Y jamás confiaría mi bebé a chusma como esta.» —¿Cuánto? —preguntó Jay impasible. —Cinco. —¿Pesos? —Dólares. —Americanos —añadió Bituin desde arriba, y abrió y cerró las tijeras ruidosamente. —Vámonos de una vez, Jay —dijo Alicia, segura de que pronto perdería los nervios si tenía que seguir escuchando a esa gentuza. Ni se le habría ocurrido dejar a Noel siquiera cerca de aquella mujer, pero si esa escoria no quería ayudarlos, entonces podía decirlo sin rodeos, sin necesidad de tomarle el pelo a su hijo. «¡Cinco dólares!» —Se están riendo de nosotros —le dijo a Jay. —No, no es así. La gorda se limpió las manos en los pantalones. —Quieren leche. Nosotros queremos salir de aquí. —¿Salir de aquí? —preguntó Jay. —Sí. ¿No habéis oído lo del cierre? Bituin tiene un colega en el puesto de control. —Por cinco dólares me dejará pasar —confirmó el hombre semidesnudo las palabras de la mujer, y señaló a Jay con las tijeras—. También puedes pagar en centavos. El Banco Bituin te ofrece hoy un buen tipo de cambio: cincuenta a uno. —Como mucho son cuarenta coma seis —le contradijo Jay. Siempre que estaba cerca de un televisor, le pedía al dueño que pusiera el canal de noticias. Lo que más

le interesaba de todo eran los letreros en los márgenes de la pantalla. Daba igual si se trataba de información sobre el tiempo, cotizaciones en bolsa o tipos de cambio; a Jay le fascinaban los números. —¿Y este de qué va? ¿De listillo? —preguntó Chona con hostilidad. «No. Es un artista de las cuentas», pensó Alicia, y si no hubiera llevado a Noel sobre el pecho, le habría soltado un sopapo a esa vaca obesa. El talento de Jay le había llamado pronto la atención. Una vez, justo cuando había empezado a trabajar para la familia del banquero, se había llevado a Jay a hacer la compra. Había que comprar provisiones para un banquete, y el ama de llaves estaba agradecida por cada par de manos que pudiera ayudar. Tres enormes carros de la compra llenos, cargados como el carro de una mula. La cinta de la caja se vino abajo por el peso de la compra, y se habría podido envolver a una momia con el tíquet. Cuando la cajera les dijo la cantidad, Jay, que entonces tenía apenas cinco años, sacudió enérgicamente la cabeza y dio una cantidad treinta y nueve pesos y ocho centavos menor. La empleada, el ama de llaves y todos los que esperaban en la cola se rieron de él, pero en el trayecto de vuelta a la mansión Jay estudió la factura y, para asombro de todos, descubrió que la cajera había cobrado la citronela dos veces por error.

—Cincuenta a uno, cuarenta coma seis a uno

¿Qué diferencia hay? —se burló Chona.

—Exactamente cuarenta y siete pesos —repuso Jay. —Déjalo estar, Jay. De todas formas, no tenemos ni lo uno ni lo otro. «Ni cincuenta ni quinientos.» Lo poco que ahorraba lo dedicaba a sus clases. Una vez al mes pagaba a Gustavo, un antiguo profesor de matemáticas casi anciano, para que siguiera desarrollando el talento de Jay. Eran solo unos pocos pesos, y los ahorraba de su propia comida, pero estaba convencida de que no habría podido invertir mejor ese dinero. Jay nunca estaba tan contento como cuando volvía de estar con Gustavo. «Los números son mis amigos, mamá», le había dicho una vez cuando le había preguntado por qué le gustaba tanto calcular mentalmente fracciones complicadas o multiplicar números de seis cifras. «Siempre puedes confiar en ellos.» —¿No hay dinero? —preguntó la mujer gorda al oír el comentario deAlicia. El bebé se había despertado y lloraba a pleno pulmón—. En mi vida ya hay suficientes «no hay dinero». —Chona señaló a su marido—. «No hay dinero» está ahí sentado y le huele el aliento. Se inclinó y sacó al bebé desnudo de la caja de Coca-Cola. —Al diablo con vosotros —dijo y se apartó el sujetador del pecho para dar de mamar a su niño. —Sí, largaos. Buscaos a otro idiota —les gritó Bituin entre risas mientras se marchaban.

Una vez que estuvieron fuera de nuevo y sus ojos se acostumbraron a la claridad del día, Alicia sujetó a su hijo del brazo antes de que este pudiera emprender el camino de vuelta. —Espera —dijo. Jay se volvió hacia ella, y ella le dio una sonora bofetada. Él no torció el gesto. Ni siquiera parecía sorprendido. En lugar de eso asintió, como si hubiera esperado el castigo. Alicia enrojeció de nuevo. Se llevó la mano a la boca asustada. —Lo siento. Perdóname, Jay, por favor. Tu intención era buena. Le apartó el pelo de la frente. —No quería pegarte, pero por favor: nunca vuelvas a hacer algo así. Jay la miraba en silencio. —Ya deberías saber que yo no quiero tener nada que ver con personas así. —Señaló la cabaña de la que acababan de salir. Jay negó con la cabeza. —Tu orgullo no va a alimentar a Noel. Alicia luchaba por contener las lágrimas. —Puede ser —dijo después del rato que le hizo falta para recuperar la compostura—. Pero el orgullo es lo único que nos queda. Bajó la vista al suelo avergonzada. «¿Por qué habré dicho eso? ¿Es que quiero quitarle toda esperanza a él también?» —Espera y verás, mamá —oyó decir a Jay, y sintió su mano en la mejilla—. Espera y verás. Conseguiré el dinero de alguna manera.

Berlín

2

«Cada vez es peor. No mejor.» Al principio Noah no había querido reconocerlo, había preferido no pensar en ello, pero ahora que se encontraba frente a la caravana junto al acceso de proveedores de la Estación Central, ya no podía seguir negándolo: con el tiempo las lagunas de su memoria crecían en lugar de disminuir. Era cierto que de vez en cuando los flashes de recuerdos estremecían su cerebro, como por ejemplo la imagen del hombre moribundo en la suite del Adlon; y a veces oía la voz patriarcal en su cabeza, a la que le resultaba tan imposible asignar un rostro como recordar dónde había crecido, cómo eran sus padres o si tenía familia que le estuviera esperando. Sin embargo, lo peor era que junto a estos agujeros conocidos en la red de su memoria de pronto aparecían otros nuevos. «Cada vez es peor. No mejor.» Era como si cuatro semanas atrás la bala no hubiera impactado en su hombro sino en su memoria, y allí hubiera abierto una herida por la que, en lugar de sangre, los recuerdos se escurrían de su cuerpo de forma descontrolada. Se había dado cuenta de ello por primera vez en el escondite, cuando había metido en la maleta algunas cosas a toda prisa y de repente no había sabido por qué lo hacía. No lo había recordado hasta que Oscar había colocado otro jersey grueso, añadiendo que «en Ámsterdam podría hacer más frío aún». Y ahora le había vuelto a pasar. Noah había querido preguntar a su compañero de viaje qué diablos se les había perdido allí, a las cinco de la mañana, en un acceso subterráneo a la Estación Central que apestaba a orina y a basura, cuando su tren salía en pocos minutos, pero de pronto había olvidado el nombre de su compañero. Y mientras el miedo a perderse a sí mismo poco a poco lo embestía como una ola, el tipo pequeño y redondo se había echado la mochila de Noah al hombro y había desaparecido en la caravana. «¿Holger? ¿Otto? ¿Ottmar?» Cuando pocos minutos después este salió de la caravana sin mochila, lo recordó:

—¿Qué has hecho con , Oscar? Noah siguió a Oscar con la maleta en la mano y rodearon la caravana. La nieve, que había formado una costra con la gravilla, crujía bajo sus botas. El viento había amainado, por lo que la sensación térmica había aumentado ligeramente. De todas formas el frío era casi insoportable, incluso con la abrigada ropa interior que Noah había encontrado en la maleta y que ahora llevaba bajo el pantalón de traje. Oscar también se había cambiado. Para asombro de Noah, había sacado de debajo de la cama varias prendas de ropa de una calidad sorprendente: un plumífero polvoriento pero intacto, un jersey de cuello alto marrón, vaqueros, botas de borrego. A la pregunta de por qué no había comenzado a ponerse esa ropa mucho antes aquel duro invierno, Oscar solo había respondido lo siguiente en tono lapidario:

—Por la misma razón por la que me la pongo ahora. No quiero llamar la atención. Efectivamente, Oscar tenía un aspecto casi normal con su nuevo atuendo. Solo su barba sin recortar delataba su modo de vida. —Eh, estoy hablando contigo —gritó Noah tras él—. ¿Qué has hecho con el perro? —Jenny se ocupará de él. «¿Jenny?» Otro nombre que no le decía nada. Oscar asintió. —Estaba un poco cabreada porque la hemos despertado, lo cierto es que no esperaba a los primeros pacientes hasta dentro de dos horas como mínimo, pero entonces ha visto a y se ha puesto manos a la obra enseguida. Ella apuesta por una desagradable infección de lombrices. —¿Es veterinaria? —Noah volvió la vista hacia la caravana, a través de cuyas ventanas protegidas por cortinas se filtraba una luz amarillenta. Hasta ahora, al marcharse, no había visto la inscripción manchada de barro al otro lado del vehículo:

—Es más bien una trabajadora social. Jenny cuida de los niños de la calle de Berlín. Pero como estos no confían en los adultos, intenta conectar con ellos a través de los animales. Y lo logra. Ya puede estar sangrando por los ojos, que un vagabundo no irá al médico. Sin embargo, un perro es su posesión más valiosa, a menudo su único amigo. No puede ponerse enfermo.

valiosa, a menudo su único amigo. No puede ponerse enfermo. Oscar explicó a Noah que Jenny
valiosa, a menudo su único amigo. No puede ponerse enfermo. Oscar explicó a Noah que Jenny
valiosa, a menudo su único amigo. No puede ponerse enfermo. Oscar explicó a Noah que Jenny

Oscar explicó a Noah que Jenny conducía su caravana

Oscar explicó a Noah que Jenny conducía su caravana hasta los puntos más conflictivos para tratar

hasta los puntos más conflictivos para tratar gratis a los animales de los sin techo. Al hacerlo

averiguaba mucho acerca de las preocupaciones y las necesidades de los niños de la calle, a veces podía curar sus heridas, y de tanto en tanto (aunque no muy a menudo) conseguía sitio en un piso compartido a alguno que otro. Paradójicamente ahora era ella la que vivía en la calle debido a su trabajo, ya que estaba tan ocupada que dormía en su consulta veterinaria móvil varias veces por semana, como ese día. A pesar de todo a final del año lo dejaría. Debido a la crisis económica, el Senado había suprimido las ayudas. —¿Y un móvil? —preguntó Oscar de camino a la entrada de la estación. —¿Qué quieres decir? —¿No necesitaríamos un teléfono de prepago o algo así? ¿Uno que no puedan localizar como el ladrillo por satélite que llevas encima? —¿Para llamar a quién? —Tienes razón. Noah y Oscar entraron en la catedral de cristal del vestíbulo de la Estación Central, que parecía extrañamente vacía incluso para esa hora de la mañana. Y había algo más que llamaba la atención: las pocas figuras que avanzaban hacia las vías con paso rápido y los hombros encogidos llevaban mascarilla prácticamente sin excepción. La mayoría eran de papel, como si se tratara de cirujanos de camino al quirófano. La farmacia, la única tienda junto con el quiosco que abría las veinticuatro horas, hacía incluso publicidad sobre un letrero de cartón: «Virus-Stop – ¡Protéjase a sí mismo y a su FAMILA!» Noah, que se había detenido frente al escaparate, se preguntó qué sería una FAMILA hasta que se dio cuenta de la errata. Casi en el mismo instante en que le llamó la atención el hombre que había aparecido durante un momento en el reflejo del cristal del escaparate. Noah se volvió hacia un lado, pero la figura ya había desaparecido por las escaleras hacia los andenes. —Eh, no me mires con esa cara tan seria —dijo Oscar, que malinterpretó la mirada que Noah dirigía hacia la entrada por la que habían llegado—. Sé que le diste tu palabra a Pattrix, pero con Jenny el cachorro está en mejores manos. Noah no prestó atención a las palabras de Oscar. Solo veía el letrero sobre la escalera, con una flecha que señalaba hacia arriba. «Andén 9.» El mismo en el que en menos de dos minutos entraría el tren hacia Ámsterdam. «Qué casualidad.» Hizo una señal a su compañero para que guardara silencio y le siguiera. —¿Y ahora qué pasa? —susurró Oscar después de que alcanzaran un ascensor de cristal—. Es mucho más rápido por las escaleras. —Medida de precaución —respondió brevemente Noah. En efecto perdieron cerca de un minuto, lo que tardó el ascensor en abrir sus puertas y después llevarlos hasta arriba, pero esto dio a Noah la oportunidad de explicar sus sospechas a Oscar. —¿Un sicario en el andén? ¿Y estamos siguiéndolo? Dios, cómo he podido ser tan idiota de dejarme convencer para acompañarte. En realidad había sido Noah quien había pedido insistentemente a Oscar que se quedara a salvo en su escondite, pero Oscar lo había descartado indignado. «Puede que tengas suficiente fuerza en tus músculos, grandullón. Pero en estos momentos soy algo así como tu cerebro, y en los viajes eso es mejor no dejárselo en casa.» —¿No habías dicho que nos dejarían en paz hasta Ámsterdam? —preguntó Oscar. Las puertas del ascensor se abrieron. Se encontraban en la parte más exterior del

andén, a la altura a la que pararía la locomotora, a unos veinte pasos del hombre que se informaba en una vitrina acerca de la posición de los vagones que llegaban. —Unos de ellos sí. —¿Unos de ellos? ¿Me estás diciendo que hay otra gente tras de ti? Noah repitió lo que la mujer le había dicho por teléfono. «¿Realmente cree que seguiría vivo si hubiera querido que lo mataran?» —Madre mía —resopló Oscar—. No te bastaba con enfadar a los miembros del Club Bilderberg. Sin responder a eso, Noah lo arrastró hasta detrás de una máquina de billetes. En esa zona del andén no se veían más pasajeros, que hubieran podido observar su extraño comportamiento. Noah se preguntó si la estación siempre estaba tan vacía a esas horas, o si se debía al miedo al contagio, que hacía que esos días la gente evitara los lugares públicos. Se asomó con cuidado por detrás del objeto que los protegía y acechó hacia delante. El hombre de la vitrina le recordaba a la figura que había visto salir de la suite del Adlon, aunque no habría sabido decir qué le daba esa impresión. «¿La postura erguida? ¿La estatura elevada? ¿El abrigo oscuro hasta la rodilla?» Quizás era sencillamente la circunstancia de que el extraño no llevaba maleta ni equipaje de mano, algo poco habitual para un viajero. No obstante, hoy en día los hombres de negocios necesitaban poco más que su . Noah vio que el hombre del cabello ralo y ligeramente encanecido se metía algo a la boca, un caramelo o un chicle. Entonces oyó que el tren entraba en la estación. El hombre se apartó de la vitrina y caminó por el andén en dirección contraria al ICE, que frenaba. Cuanto más observaba Noah al desconocido, que cada vez se alejaba más de ellos, más dudaba de haber reconocido una fuente de peligro. Sin embargo, entonces el hombre cometió un error pequeño pero fatal: ladeó la cabeza justo en el momento en que pasaba junto a una máquina de bebidas iluminada. Solo por eso Noah había podido ver brillar el pequeño punto metálico reflectante en su oreja, posiblemente no mucho mayor que una cabeza de alfiler. «¿Un minirreceptor?» Noah entrecerró los ojos. Vio cómo se movía la mandíbula del hombre y de repente estuvo seguro de que aquella persona no masticaba chicle. «Está hablando con alguien.» Entonces una familia de cuatro miembros que había subido las escaleras a toda prisa le obstaculizó la vista. Noah no dudó ni un segundo más. Salió corriendo hacia los padres con sus dos hijos pequeños (la FAMILIA, pensó absurdamente) y se puso a cubierto tras una columna de hormigón armado justo detrás del hombre. Noah podía distinguir sus ojos en los vidrios oscurecidos del vagón del ICE. El hombre tocó con los dedos («¿Por qué no lleva guantes con este frío?») un punto redondo en la puerta del tren y se apartó un paso del borde del andén mientras esta se abría con un silbido. Por suerte no se bajaron revisores ni pasajeros. La familia también había escogido otro vagón, lo que facilitó la intervención. «Sin testigos.» Noah inició el ataque cuando el hombre puso el pie sobre el primer escalón del acceso. Corrió hacia el tren, agarró la pierna supuestamente estable y tiró de ella hacia atrás, de manera que el hombre cayó hacia delante con un «ahhh» que sonó algo lastimero. Para que aquello pareciera un percance de pasajeros que habían tropezado, Noah también se tiró hacia delante y sepultó al hombre huesudo bajo sí mismo. A pesar de que había mantenido su mano libre rodeando la pistola que llevaba en el bolsillo de la chaqueta todo el tiempo, y habría sido un juego de niños dispararla, Noah no había planeado matar al hombre en el acceso al tren. Primero quería saber de quién se trataba. «¿Quién es el asesino que me persigue? ¿Quién le ha puesto bajo mi pista? ¿Y por qué?» Tumbado sobre él, con medio cuerpo en el tren y medio en la escalera, oyó maldecir al desconocido. Olió su aliento. «¿Alcohol? ¿Durante una operación?» Entonces vio el aparato electrónico en su oreja. Y en ese momento se dio cuenta de su equivocación. «Error. He cometido un error.» Su memoria no era lo único que había dejado de funcionar. La capacidad de analizar correctamente las situaciones de peligro, de diferenciar el bien del mal, también parecía abandonarlo a paso lento pero seguro. «Cada vez es peor. No mejor.» —Lo siento mucho —se disculpó Noah, y se levantó con torpeza deliberada para ganar el tiempo que necesitaba para esconder el arma que había sacado. —Mierda, maldita sea —se lamentó el hombre, que había entrado en el tren y se frotaba la espinilla sentado—. ¿Qué demonios ha sido eso?

la espinilla sentado—. ¿Qué demonios ha sido eso? —Yo eh «Me he equivocado. Creía que quería

—Yo

eh

«Me he equivocado. Creía que quería matarme.» —Ha sido un accidente. —Noah le tendió la mano, que el hombre rehusó furioso para levantarse él solo. Claro que tenía algo en la oreja. Y claro que hablaba con alguien. Pero no con una central de operaciones. Sino con un familiar, un amigo, una amante o el socio con el que había bebido demasiado el día anterior; con quien fuera que estuviera al otro lado de la conversación telefónica que el hombre mantenía a través del auricular en su oreja, que en realidad era un pequeño y modernísimo receptor de Bluetooth. —Imbécil —dijo el hombre y se sacudió el abrigo. Lanzó a Noah una mirada despectiva, entonces cojeó meneando la cabeza hasta los compartimentos de primera clase.

Una vez en su sitio, el hombre se desabotonó el abrigo y se dejó caer sobre el asiento con gesto furioso. Mientras el tren arrancaba de nuevo, calmó su respiración. Sus facciones se suavizaron. En el momento en que salieron de la estación, Adam Altmann dejó de actuar. Se quitó el receptor de la oreja con cuidado de no tocar el micrófono que le conectaba con la jefatura de operaciones. En cuanto el revisor apareciera, le pediría un café para librarse del asqueroso sabor del espray de alcohol. Las luces de la gran ciudad, que despertaba lentamente, volaban junto a su ventana, y Altmann no pudo evitar esbozar una sonrisa. Acarició satisfecho en el bolsillo de su chaqueta el arma que le había sustraído a su objetivo durante el tumulto. Noah tardaría un buen rato en darse cuenta de que en su chaqueta había ahora una réplica inútil en su lugar.

3

Celine ya no se sorprendía de nada. Ni siquiera de la repentina salida de la habitación frigorífica hacia el tejado del edificio del NYN, donde ya la esperaba un helicóptero. No se había sorprendido de que volaran hacia mar abierto, al tiempo que nadie respondía a sus preguntas:

«¿Adónde me lleváis? ¿Que queréis de mí? ¿Quiénes sois?» Nadie intercambiaba una sola palabra con ella. Ni Amber ni el piloto de aspecto asiático, y desde luego tampoco el guarda corpulento que había atado sus muñecas con bridas y la había obligado a sentarse en la última fila del helicóptero a punta de pistola. Celine había mirado fijamente el agua infinita a través de los cristales de la cabina revestida con plexiglás y había reflexionado acerca de lo que había entendido de la conversación telefónica entre Amber y Noah: «Ámsterdam. Estación. Lavabos.» ¿Acaso querían cruzar el Atlántico en este helicóptero? Ni siquiera eso la habría sorprendido. En un día como aquel, en el que primero el doctor Malcom le había dado un diagnóstico funesto y poco después había recibido la llamada de un sin techo amnésico desde Europa, el lujoso jet privado en el que volaba como un rayo a once mil pies de altura era simplemente una prolongación lógica de los extraños acontecimientos. Tres horas antes, en Martha’s Vineyard, habían cambiado de vehículo directamente en la pista del aeropuerto de la isla, protegidos por tres hombres de traje oscuro que habían subido a bordo con ellos y que desde entonces se mantenían alerta en la parte delantera de la cabina, separada por una puerta. Eso tampoco sorprendía a Celine. Ya no. La preocupación y el miedo no le dejaban tiempo para ello. Antes de que el Gulfstream despegara, aún se había dejado llevar por el intento desesperado y realmente ridículo de apelar a los sentimientos de Amber como mujer. Había esperado construir con ella una relación de confianza hablándole de su embarazo de riesgo. Un error que solo le había granjeado burlas y palabras maliciosas. —Madre mía, he oído que en el primer trimestre de embarazo hay que evitar a toda costa los vuelos de larga distancia —había dicho Amber con una sonrisa cínica mientras el jet privado se levantaba bajo una lluvia torrencial—. Así que incluso le estaré haciendo un favor si finalmente nuestra excursión le evita el castigo de tener un hijo mongólico de por vida. Entonces fue cuando Celine había llorado por primera vez. Lágrimas de ira. Hacía tiempo que le habían quitado las bridas, pero como no podía soltarse el cinturón, no había podido levantarse de un salto y pegarle en la cara a Amber. Había escupido de rabia al suelo sin dejar huellas apreciables, ya que todo el avión estaba enmoquetado con una alfombra de pelo largo de color crema; a juego con las molduras de madera de la cabina y los asientos de cuero sobre los que estaban sentadas la una frente a la otra. Amber se había levantado riéndose y se había mezclado un en el bar de a bordo. En ese instante bebía a sorbos el segundo y hojeaba sin interés una revista de moda. Celine, que de pronto se sentía infinitamente cansada, había descubierto que podía activar un enorme televisor en la pared de la cabina con un mando acoplado a su reposabrazos. Pulsó el botón de ON y lo primero que apareció fue publicidad. Antes de que pudiera hacer desaparecer a un ama de casa sonriente que bailaba por el baño con un pato parlante, el anuncio se acabó y el logotipo del NYN se abrió paso en la pantalla. «¡Noticias precisamente!»

El televisor estaba silenciado, así que Celine no pudo oír lo que decía el presentador, de raya impecable, pero tampoco era necesario gracias a las leyendas que

aparecían al pie de las imágenes, que parecían gritar la información.

pie de las imágenes, que parecían gritar la información. BROTE EN EL JFK Terminales en cuarentena

BROTE EN EL JFKpie de las imágenes, que parecían gritar la información. Terminales en cuarentena Accesos bloqueados Móviles e

Terminales en cuarentenaque parecían gritar la información. BROTE EN EL JFK Accesos bloqueados Móviles e Internet bloqueados

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Móviles e Internet bloqueadosBROTE EN EL JFK Terminales en cuarentena Accesos bloqueados Instalaciones de climatización y ventilación selladas

Instalaciones de climatización y ventilación selladascuarentena Accesos bloqueados Móviles e Internet bloqueados Prohibición absoluta de despegue y aterrizaje Varias

Prohibición absoluta de despegue y aterrizajeInstalaciones de climatización y ventilación selladas Varias secuencias de imágenes se sucedieron rápidamente.

Varias secuencias de imágenes se sucedieron rápidamente. Celine vio la planta del aeropuerto, después tomas exteriores. Un equipo de seis miembros vestidos con trajes blancos de cuerpo entero y máscaras de gas se acercaba a la entrada de un campamento improvisado ante la sala de llegadas de la terminal 2. Además de las tomas exteriores de la prensa, también había material grabado en el interior de las terminales.

A pesar del control de las comunicaciones, algunos de los pasajeros parecían haber conseguido grabar un vídeo con el móvil y colgarlo en Internet, posiblemente

poco antes de que se hubiera cortado toda radiocomunicación en el JFK. Las imágenes, con líneas horizontales centelleantes y colores pálidos, parecían haber sido grabadas de un televisor. Mostraban una marabunta de gente que hablaba con insistencia a varios policías ante una salida de emergencia. La multitud, que al parecer quería abrirse paso hacia el exterior con violencia, comenzó a moverse de

repente, pero después se disipó cuando un policía sacó su arma. Como algunos incluso se tiraron al suelo, Celine supuso que el agente había disparado un tiro al aire. El autor de la grabación también parecía estar huyendo ahora; las imágenes se emborronaron. Poco antes de que el vídeo terminara, la cámara captó de nuevo a los policías de la salida de emergencia, esta vez a una distancia mayor. Un único hombre seguía de pie ante ellos. A excepción de una corona blanca de dos centímetros de anchura en

la nuca, apenas le quedaba pelo en su cabeza estrecha.

«Gírate», le gritó Celine mentalmente. Pero no lo hizo. La grabación se cortó, el presentador de las noticias mostró su mirada de la-situación-es-difícil-pero-como- buen-profesional-mantengo-la-distancia, y Celine no pudo confirmar la sospecha que le oprimía la garganta: «¿Acabo de ver a mi padre?» Seguro que no. Lo más probable era que su mente le estuviera gastando una broma cruel. Una proyección desencadenada por la preocupación por Ed, intensificada por el diagrama que mostraban ahora en la pantalla:

Estadio 1: infección. ¿Transmisión por el aire?por el diagrama que mostraban ahora en la pantalla: Estadio 2: incubación. A menudo sin síntomas

Estadio 2: incubación. A menudo sin síntomas perceptibles.pantalla: Estadio 1: infección. ¿Transmisión por el aire? Estadio 3: brote de la enfermedad. Hemorragia nasal.

Estadio 3: brote de la enfermedad. Hemorragia nasal. El paciente es contagioso.Estadio 2: incubación. A menudo sin síntomas perceptibles. A estas les seguían otras cuatro fases que

A estas les seguían otras cuatro fases que ilustraban con detalle el desarrollo de la gripe de Manila y sus síntomas hasta que llegaba la muerte. Celine dejó de leer al

llegar a la «aspiración de sangre hacia los pulmones». Cerró los ojos y vio la cara de su padre, su sonrisa, que le resultaba tan familiar como el aroma acanelado de su

(«Hueles a Navidad, papá») y la funda

dorada de sus muelas, que siempre relucía cuando se reía, como ahora en sus pensamientos, en los que su padre extendía los brazos, abría los ojos más allá de las órbitas,

y de pronto la sangre brotaba de sus pupilas dilatadas. Gimió y abrió los ojos. —Qué horror —se le escapó. Amber levantó divertida la mirada por encima de su revista, después se volvió brevemente hacia el televisor a su espalda. —¿Eso le parece un horror? —preguntó mientras se volvía de nuevo hacia Celine—. Aquí puede ver una vez más lo distintas que somos. Yo considero que es lo

mientras se volvía de nuevo hacia Celine—. Aquí puede ver una vez más lo distintas que

mejor que nos ha pasado en mucho tiempo. «¿Cómo dice?» —¿Miles de personas que temen por su vida separadas de sus familiares por policías armados? —Celine señaló la pantalla—. ¿Qué ve de bueno en eso? —Mmm. —Amber hizo como que reflexionaba—. ¿Cómo le explico a alguien dormido que está soñando? —¿Cómo dice? —Bueno, intentaré hacerlo lo más sencillo posible. Comencemos con un número. —¿Qué número? —Treinta y un millones. —¿Treinta y un millones de qué? —Vuelos. Como este. Treinta y un millones de despegues y aterrizajes, esa es la cantidad que nuestro planeta tiene que soportar anualmente. Treinta y un millones de vuelos en los que se consumen más de mil millones de litros de queroseno. Un único 747 consume en los primeros minutos del despegue cinco toneladas de una materia prima que nunca se regenerará. Gastada, perdida, agotada. En veinte años a lo sumo habremos consumido lo que ha tardado millones de años en producirse. Entonces ya no habrá vuelos, ni fertilizantes elaborados a partir del petróleo para los campos que deben saciar el hambre de cada vez más personas. No habrá medicamentos contra las enfermedades de las masas, para cuya elaboración se necesita tanto petróleo como para producir PVC, detergentes o lubricantes. Se acabó. Por eso el cierre del JFK es la mayor aportación medioambiental de Estados Unidos de este año, incluso aunque solo dure algunos días. Así que en lugar de entristecerse con la mirada acuosa, debería alegrarse por los mil doscientos noventa despegues y aterrizajes que hoy no contaminarán la atmósfera. Celine se llevó el dedo a la sien. —¿Qué es usted? ¿Una activista medioambiental trastornada? —No. Solo soy una parte del problema. ¿O cree usted que este jet vuela con agua? —¿Eso es lo que le importa? ¿El petróleo? Amber giró los ojos en señal de desesperación. —Claro que no. Se trata de luchar contra los parásitos. Parásitos perniciosos que se aprovechan del anfitrión al que han infestado hasta que mueren con él. —Déjeme adivinar: se refiere a las personas. Amber fingió aplaudir. —Muy lista, señorita Henderson. El petróleo no es más que uno de los innumerables recursos que estamos agotando definitivamente. A once mil metros por debajo de nosotros, por ejemplo —señaló el suelo de la cabina— fábricas flotantes con un alto grado de preparación inspeccionan el océano hasta el mismísimo casco del , pero a pesar del sónar, el radar y los análisis por satélite, apenas encuentran peces para sus redes de arrastre de kilómetros de largo. Uno de cada cuatro mamíferos se considera hoy en peligro de extinción, en el caso de los anfibios es incluso más de un cuarenta por ciento. La última extinción de dimensiones tan apocalípticas se produjo tras el impacto de un meteorito. Quizás haya oído hablar de ella. Entonces fueron los dinosaurios los que desaparecieron. Amber sonrió como si su broma hubiera tenido gracia. —Bosques, animales, agua, aire, nuestro clima. En este planeta todo muere o se marchita. Solo la población del causante de estas catástrofes, es decir, el ser humano, crece segundo a segundo, porque se ha suprimido el factor que la regulaba naturalmente. —¿Qué factor? Celine sintió que el jet seguía ascendiendo. —Las enfermedades —aclaró Amber—. La peste, por ejemplo. A mediados del siglo XIV la peste negra causó la muerte de veinticinco millones de personas, que entonces era un tercio de la población total. —Espere un momento. —A Celine se le secó la boca. El suave zumbido del avión parecía ser más fuerte ahora. «Más amenazador.» —¿Acaso está diciendo que la gripe de Manila es una epidemia liberada intencionadamente? Amber se encogió de hombros y volvió a abrir la revista de moda. —Solo estoy diciendo que el planeta necesita urgentemente otro acontecimiento que restablezca el equilibrio de las cosas. —¿Matando a personas? —A Celine de nuevo le habría gustado levantarse de un salto, y de nuevo se lo impidió el cinturón. —Reduciendo el número de parásitos a una cantidad soportable. Celine se quedó sin habla un momento.

cantidad soportable. Celine se quedó sin habla un momento. —Está «De asesinato en masa.» —No —dijo

—Está

«De asesinato en masa.» —No —dijo Amber con tono apagado, sin levantar la mirada de la revista que sostenía en las manos—. Estoy hablando del proyecto Noah.

está hablando de eutanasia.

4

Noah se miró fijamente al espejo. Se veía llorar sin sentir las lágrimas sobre la piel. Se oía hablar sin sentir que sus labios se movieran. Entendía las palabras que decía, pero no lo que significaban. —No soy un asesino —se gritó a sí mismo—. Soy algo mucho peor. No existe palabra que me defina. «¿Por qué dices eso? ¿Qué has hecho?» Su reflejo no quería darle ninguna respuesta clara y solo dijo:

—No se puede deshacer lo que he hecho. Es demasiado tarde. «No. No lo creo. Siempre hay una solución.» Se vio a sí mismo lanzando una maleta sobre una cama de hotel. En la suite. En el Adlon. Vio la maleta abrirse. «Pronto estarán aquí. No me queda tiempo para esconder el vídeo.»

Y

de pronto su reflejo se echó a reír y distinguió los pasaportes de la maleta en su mano: «Roma. Ámsterdam. Mombasa. ¡Aquí está la salvación!»

El

último pensamiento le resonó en la cabeza de nuevo con la voz patriarcal, de la que Noah al parecer no se libraba ni en sueños. Se solapaba con la suya propia:

«Rápido, antes de que

»

El ruido de un cristal de ventana estallando, acompañado de un fuerte golpe, se tragó el final de la frase. Un jarabe rojo manó de un orificio diminuto en la sien de su

reflejo. Noah se vio pestañear, llevarse la mano a la cabeza, caerse. Cuando cayó con un golpe sordo justo delante de la chimenea encendida de la suite del hotel, Noah oyó un segundo disparo. Y el dolor del impacto del proyectil lo despertó.

—¿Café o té? —preguntó Oscar. Noah, que aún no estaba completamente despierto, gruñó algo ininteligible y se frotó el hombro. Tenía grandes dificultades para mantener los ojos abiertos. El suave balanceo del tren, acompañado del ruido de las vías, amenazaba con dormirlo de nuevo. Noah pensó en el instante antes de despertar, quiso retener el sueño antes de que desapareciera. «¿Ha sido un sueño? ¿O más bien un recuerdo?» La mancha de sangre que había dejado el hombre herido delante de la chimenea, que también existía en la realidad, apuntaba a un recuerdo; él mismo la había visto,

pocas horas antes, sobre la alfombra de color claro de la suite del hotelAdlon. En cambio, la imposibilidad de que Noah se hubiera visto morir a sí mismo apuntaba a un sueño. Sobre todo porque su herida no estaba en la cabeza, sino en el hombro. —Venga —apremió Oscar y se inclinó hacia Noah, sentado frente a él. El tren estaba tan vacío que tenían un compartimento para ellos solos—. Contéstame. Rápido, sin pensar. ¿Te gusta más el café o el té?

—Café —bostezó Noah—. ¿Qué —En vacaciones: ¿mar o montaña? —No lo sé —No pienses. Simplemente responde. Vamos. —Está bien, mar. Noah ya sospechaba adónde llevaba aquel jueguecito, ya que había jugado a uno parecido con la periodista antes. Probablemente era más fácil dejarse llevar que discutir con Oscar acerca del sentido o sinsentido de ese test psicológico. —¿Cine o teatro? —Cine. —¿Carne o pescado? —Carne. —¿Beatles o Stones? —Beatles. —¿Cerveza o vino? —Ninguno de los dos. —¿Libro o ? —Libro. —¿Casado o soltero? Noah aspiró por la nariz, abrió la boca, y finalmente se encogió de hombros. —Ni idea. Oscar torció el gesto como si hubiera mordido un limón. —Maldita sea. Noah se ahorró el comentario de que él habría podido decirle desde un principio que su cerebro no se dejaría engañar tan fácilmente. «Cada vez es peor, no mejor.» Incluso los acontecimientos recientes se desvanecían con rapidez. Recordaba que después del incidente al subir al tren, había buscado un compartimento, había

pagado dos billetes de ida al revisor y después había cerrado las cortinas; pero eso era todo lo que sabía. ¿Se había quedado dormido enseguida o había estado hablando antes? «Ni idea.» ¿Había sido parte del sueño que el revisor llevara una mascarilla y les hablara de holandeses presos del pánico acumulando provisiones en los supermercados, o había sido real? Noah no habría sabido decirlo. Observó a su acompañante, cuyo pelo sobresalía como siempre en todas direcciones, como si acabara de despertarse sobresaltado de una noche intranquila. Oscar miraba por la ventana. Mientras dejaba pasar el paisaje ante sus ojos, había sacado su collar de debajo del jersey de cuello alto, probablemente de forma inconsciente y, perdido en sus pensamientos, abría una y otra vez el cierre del amuleto para cerrarlo justo después. Fuera hacía mucho tiempo que se había hecho de día. Su tren atravesó en tromba una pequeña estación regional sin reducir la velocidad; demasiado rápido para distinguir el nombre del lugar en los letreros, pero un cartel publicitario de una compañía telefónica holandesa reveló que ya habían cruzado la frontera.

?

holandesa reveló que ya habían cruzado la frontera. ? «Cómo demonios —¿Casi las diez? Dios mío,

«Cómo demonios

—¿Casi las diez? Dios mío, ¿cuánto tiempo he dormido? —Más de cuatro horas. —Oscar se volvió otra vez hacia él—. Te has perdido tres controles de billetes. Pronto llegaremos. —¿Y por qué no me has despertado? —¿Para que te abalanzaras sobre otro inocente? —Sonrió irónico—. Puedes estar tranquilo, grandullón, tu cuerpo toma lo que necesita. El sueño es la mejor

»

Miró el reloj y se asustó.

medicina para un alma herida. Además, para variar, nadie ha intentado dispararnos. Oscar se levantó, apartó las cortinas y abrió la puerta del compartimento. —¿Adónde vas? —preguntó Noah, y también se puso en pie. A pesar de haber dormido bastante, no sentía que hubiera descansado. —A beber algo. ¿No tienes una sed terrible al despertarte? Noah se llevó la mano al cuello. Efectivamente. El sueño le había dado sed. —La cafetería está un vagón más allá —dijo Oscar—. Si nos llevamos las cosas no tendremos que volver antes de bajarnos. Noah cogió la maleta y lo siguió por el pasillo. —¿Puedo verla? —preguntó. —¿Verla? —Oscar se volvió con gesto interrogante. —A tu mujer. —Noah señaló el amuleto—. Hay una foto de ella ahí dentro, ¿no? Oscar abultó el labio inferior. Al principio pareció que rechazaría su petición, pero entonces suspiró y abrió el cierre del colgante. La foto que contenía, de borde ovalado, ya era algo antigua y tenía los lados ligeramente desteñidos, pero a pesar de ello el rostro fotografiado no había perdido su atractivo. —Es guapa —dijo Noah en serio.

Ojos grandes, frente alta, cabellos oscuros, la mirada demasiado melancólica quizá, pero en la imagen se veía claramente que a la mujer de la foto le gustaba reír y lo hacía abiertamente, a pesar de que aquí tuviera los labios cerrados. Las arruguitas en torno a los ojos la delataban. Oscar esbozó una sonrisa nostálgica.

sí, tenía treinta y pocos cuando saqué la foto, acabábamos de abrir nuestra consulta de

Maguncia. «¿Maguncia?» Oscar cerró el amuleto, se volvió y echó a andar por el pasico con pasos sorprendentemente rápidos. —¿No habías dicho Fráncfort? Noah corrió tras él, tambaleándose un poco debido al movimiento del tren, y repitió la pregunta una vez hubo alcanzado de nuevo a su compañero poco antes del paso al vagón cafetería. —¿Fráncfort? —Oscar se volvió. El amuleto ya estaba guardado de nuevo bajo su jersey—. No. Nunca he trabajado allí. Noah metió la maleta en un compartimento para el equipaje en la entrada del vagón, después se sentaron en una mesa cerca de la cocina, que parecía tan desierta como el resto del vagón restaurante. De todas formas había luz. —Espero que aún nos den algo, aunque falte tan poco para llegar a Ámsterdam —dijo Oscar preocupado, pero Noah no estaba dispuesto a cambiar de tema tan fácilmente. —Claro que sí. Me hablaste de CLEAR y del aeropuerto de Fráncfort. No de Maguncia. Oscar bajó la carta que acababa de coger de una base. —Escúchame, grandullón, no quiero ofenderte, pero en tu estado no me presentaría precisamente a un campeonato mundial de memoria. Es probable que hayas confundido conceptos. Maguncia está en el corredor de entrada de Fráncfort, seguro que fue eso lo que dije. Noah reflexionó. Creía haber entendido algo diferente, pero ¿cómo podía estar seguro? Antes había olvidado incluso el nombre de Oscar, ¿por qué iba a recordar ahora un detalle tan poco importante de su conversación? De repente notó una sombra junto a él que parecía haber salido de la nada. Se llevó la mano instintivamente al arma, pero se relajó un poco cuando reconoció la

cara.

—Oh sí, sí que lo es. Manuela tenía, déjame pensar

—arrugó la frente—

—¿Puedo sentarme? —preguntó el hombre. Noah miró a su alrededor. Todas las mesas estaban vacías. —Me gustaría disculparme con usted —explicó el extraño con gesto impasible. —¿Usted? Más bien tendría que hacerlo yo —respondió Noah asombrado—. Al fin y al cabo fui yo quien lo derribó al subir al tren.

5

Altmann había conocido en una fiesta una vez a un profesor de arte dramático, una agradable excepción entre toda aquella gente aburrida a la que la que entonces era su mujer invitaba regularmente a sus «veladas», como le gustaba llamar a las reuniones de idiotas en su salón. El hombre de sesenta y dos años, que reunía todos los clichés que se esperan de un profesor de teatro y ballet (zapatos de charol, traje a medida, chal blanco, homosexual), le había contado a cuántas famosas estrellas de Hollywood les había enseñado a sonreír, el accesorio más importante en la tormenta de flashes de la alfombra roja. Altmann le había planteado impulsivamente la pregunta de si también podía aprender de él lo contrario: un rostro impasible, incluso cuando las circunstancias provocaran la risa. Lo había logrado, como comprobó en ese momento. Le habría encantado reír o al menos sonreír de satisfacción en vista del dilema en el que se encontraba su interlocutor, pero ni siquiera tensó las comisuras de la boca. Casi podía oír las alarmas que resonaban en la cabeza de Noah. Y veía la lucha que su objetivo libraba consigo mismo. Noah ya creía haberse equivocado una vez. No quería cometer un segundo error. Pero su desconfianza era evidente y se manifestaba en las preguntas que le hacía. —¿Qué le trae a Ámsterdam? —Un viaje de negocios —respondió en inglés con acento alemán simulado. Uno de sus pasatiempos favoritos eran los dialectos, así que no le suponía mucho esfuerzo sonar como un alemán con conocimiento de lenguas extranjeras. —¿En qué sector? —Cortinas, persianas, mosquiteras. Los agentes solo pronunciaban frases ambiguas en las películas: «Trabajo en el sector de la eliminación de residuos. Quito la basura de las calles.» —¿Y su equipaje? —insistió Noah. —El cliente ya tiene mi maleta de muestras. Si no hubiera sido tan triste, a Altmann le hubiera gustado continuar esta conversación durante un rato, pero no era un sádico. Matar no le divertía. Uno de sus vecinos en Washington era gastroenterólogo y en una fiesta en el jardín una vez le había hecho un comentario acerca de las endoscopias: «Créame, para el médico también es una putada. Pero por desgracia se trata de una putada necesaria.» Altmann no habría podido describir mejor su propio trabajo. Pidieron dos tazas de café a un cansado camarero que por fin había salido de las cocinas, y una Coca-Cola grande para el acompañante de Noah, que aún no había dicho ni una palabra y miraba ensimismado por la ventana. Oscar, o como se llamara, no era un objetivo primario, pero por desgracia no sería posible evitar su baja. —Solo quedan cinco minutos —le recordó la voz femenina en su oreja el tiempo restante de viaje. Altmann hizo como si tuviera que rascarse. En realidad abrió la funda del arma que llevaba en la pantorrilla. Naturalmente ya había tenido la oportunidad de eliminar a Noah al subir al tren en Berlín. Pero la conversación con su directora de operaciones en el patio de la embajada de Estados Unidos le había dejado meditabundo. Altmann sentía que le ocultaba algo. Y que se metería de cabeza en un buen lío si quitaba de en medio a Noah sin conocer todos los datos. A esto se añadía que nunca había tenido que vérselas con un oponente tan preparado. A sus ojos era casi un desperdicio eliminar a semejante artista sin conocer la verdad de los hechos. Por eso había vigilado a Noah y había esperado averiguar algo más sobre él a través del micrófono incorporado a la réplica, pero el tipo había dormido la mayor parte del tiempo, y su periodo de gracia se había terminado. «Cuatro minutos.» En el vagón restaurante todo sería un poco más complicado. Esperaba no tener que eliminar también al camarero, que acababa de traerles las bebidas. —Ay, mierda. Disculpen. Al intentar abrir la cápsula de leche, Altmann había derramado la mirad de su contenido. Pequeñas gotas claras brillaban sobre la chaqueta negra de su interlocutor. Oscar también parecía haberse llevado un poco. —Me pasa constantemente. —Así ya estamos en paz —dijo Noah. A pesar del comentario con intenciones cómicas, no sonreía y tampoco hizo ningún amago de limpiarse las gotas. «Lo sospecha. Y está cometiendo el error de no escuchar a sus tripas, sino a su cabeza.» Altmann había contado con ello. Los asesinos del hotel y de la tienda de electrónica (trabajaran para quien trabajaran) habían buscado erróneamente un enfrentamiento directo con Noah. Pero el objetivo era un luchador demasiado experto para eso. Era evidente que estaba entrenado para reconocer los cambios más insignificantes en el patrón de movimientos de su atacante. Y precisamente esa había sido su perdición. En Berlín Noah había interpretado las señales que Altmann había enviado como había querido que lo hiciera: la falta de guantes, de equipaje, y el botón encendido en la oreja, el movimiento de mandíbula. Y como había previsto, Noah había aprovechado la oportunidad de atacar; y al hacerlo se había convertido él mismo en la víctima. Tanto en el hotel como en la tienda de electrónica, los acontecimientos no le habían dejado tiempo para reflexionar. En esas circunstancias era cuando más peligroso resultaba. Ahora, sin embargo, Altmann le proporcionaba tiempo para cuestionar la situación en aparente tranquilidad. Probablemente Noah ya tuviera la mano sobre su pistola; reflexionaba sobre si podía arriesgarse a disparar a un pasajero, raro en cualquier caso pero quizás inocente, simplemente por una sospecha; y al hacerlo desperdiciaba el valioso tiempo que Altmann por su parte necesitaba para esperar el mejor momento posible: cuando el tren entrara en la estación. Cuando todos los demás escasos pasajeros estuvieran ocupados exclusivamente consigo mismos y con bajar del tren. «Y si Noah intenta atacarme antes, la réplica inútil que tiene en la mano no le servirá de nada.» Altmann observó las salpicaduras en la chaqueta de Noah, pensó en la acostumbrada habilidad de sus dedos, y se preguntó si sería su destino que su vida solo funcionara cuando se trataba del trabajo. Su móvil pitó en el bolsillo, como para castigarle por sus mentiras. Lo sacó y leyó en la pantalla un mensaje de su hija.

¿Es demasiado tarde, papá? Feliz cumpleaños. P.S.: Necesito consejo.

Esta vez Altmann no logró contener una sonrisa. «Sí, un poco tarde, Leana. Pero mejor tarde que nunca, ¿no?» Posiblemente el consejo que esperaba llevaba las palabras

Posiblemente el consejo que esperaba llevaba las palabras escritas encima y solo podía obtenerse en billetes

escritas encima y solo podía obtenerse en billetes grandes.

«Pero qué demonios. Ha pensado en mí. Aunque haya sido en un momento poco apropiado.» —¿Algo importante? —preguntó Noah desconfiado. Altmann se alegró de que el camarero, que había vuelto a la mesa para cobrarles, los interrumpiera. Pagó la cuenta. Dejar pagar a Noah le habría parecido algo cínico. «Señoras y señores, estamos llegando a la Centraal Station de Ámsterdam. Debido a un alto volumen de pasajeros poco habitual, es posible que se produzcan esperas más prolongadas en algunas conexiones. Por favor diríjanse al personal de la estación.» El aviso multilingüe por megafonía fue la señal de salida para Altmann. Sacó el arma de la funda abierta y apuntó con ella hacia el estómago de Noah desde debajo de una servilleta extendida en su regazo. Como el seguro ya estaba quitado, no tenía más que doblar el dedo y —Disculpe, tiene algo ahí. Altmann titubeó.

Para su asombro Noah hablaba con profunda inquietud. Oscar también lo miraba desconcertado. —¿Cómo dice? —le preguntó a Noah con el dedo aún doblado y rígido sobre el gatillo. —En su nariz.

Altmann levantó las cejas y se llevó el índice y el corazón de la mano que aún tenía libre al labio superior.

«Qué diablos

»

Estaba húmedo al tacto. Muy líquido. Y olía a «¿Rojo? ¿Cómo puede algo oler a rojo?» Tragó y notó un sabor metálico. Altmann sintió frío. No se trataba de una reacción física, sino psíquica. Era tan consciente de ello como de que había reconocido los primeros síntomas. —Discúlpenme —dijo, guardó de nuevo el arma y se levantó apresuradamente, con ambas aletas de la nariz entre el pulgar y el índice, tan a presión como un buceador poco antes de que el barco vuelva a sacarle a la superficie. Pasó a toda prisa junto al asustado camarero en su camino hacia el baño. Apartó la mano de la nariz. Se miró en el espejo. Gruesas gotas caían en el lavabo y dibujaban lágrimas rojas. —¿Qué está pasando ahí? —oyó que le preguntaba la jefatura de operaciones desde el botón de su oreja. Las ruedas chirriaron. El tren redujo la velocidad. —Nada —respondió escueto Altmann y miró fijamente la sangre en sus dedos. «Esto no significa nada. Seguro que no tiene ninguna importancia.» Sin embargo, los intentos de calmarse a sí mismo no funcionaron. En su cabeza tomaba forma una idea que reprimía todo lo demás: «Gripe de Manila.» Por lo que sabía Altmann, le quedaban diez, puede que quince horas hasta que el dolor fuera insoportable.

6

Si la palabra «caos» no hubiera existido, habría que haberla inventado para la situación de la Centraal Station de Ámsterdam. La diferencia con Berlín y su estación abandonada no habría podido resultar más drástica. Gracias a las barreras protegidas por la policía tras el vestíbulo principal, Noah y Oscar habían podido salir con relativa tranquilidad. Pero una vez las atravesaron, tuvieron que hacer esfuerzos para no perderse entre la multitud. —Dame la mano —gritó Noah a su compañero, y lo arrastró como a un niño bajo uno de los arcos a rayas que sostenían el noble vestíbulo. En circunstancias normales seguro que la estación era un monumento tan interesante como la Grand Central Station de Nueva York. Pero aquel día nadie se fijaba en la artística arquitectura. Todos parecían tener un único objetivo: salir de la ciudad lo antes posible. Noah ordenó a Oscar que sujetara bien la maleta común y miró el panel de anuncios. Todas las salidas de trenes se habían retrasado, la mayoría varias horas. Muchas se habían cancelado. Las personas, como mosquitos en torno a una lámpara de jardín, formaban un enjambre impenetrable frente a los mostradores. Empleados desbordados de la compañía de trenes gritaban a los que esperaban e intentaban convencerlos en vano de que formaran una fila. Nadie quería escucharlos. Nadie podía escucharlos, ya que para colmo un pelotón de manifestantes hacía imposible cualquier tipo de comunicación con sus tambores y cencerros. El ruido que hacía el grupo, mayoritariamente jóvenes que, al contrario de la mayoría de viajeros, no llevaban mascarilla, no hacía más que incrementar la histeria que imperaba. Una histeria que paradójicamente trataban de combatir, según lo que decían sus pancartas. Noah, que no parecía tener conocimientos de neerlandés, solo pudo descifrar dos de las consignas que coreaban:

«¡El virus no existe! ¡¡¡Acabemos con la estafa farmacéutica!!!» —Esperemos que así sea —le gritó Oscar al oído—. Por nosotros y por el pobre tipo del tren. Aún no habían hablado sobre ello, pero ambos eran muy conscientes de qué podía significar la repentina hemorragia por la nariz. La palabra «contagio» flotaba en el silencio que habían mantenido hasta salir del tren. La manifestación cambió de ruta. En la zona exterior de la misma, una joven de rastas teñidas de rojo y un silbato en la boca pasó a pocos pasos de distancia de Noah. Cuando estuvo a su altura, le agarró la manga del anorak. —Eh —gritó, pero de todas formas tuvo que detenerse, ya que la manifestación no podía avanzar debido a las aglomeraciones, que ya eran prácticamente imposibles de controlar. Noah se disculpó y preguntó en inglés:

—¿Qué está pasando aquí? La mujer lo miró como si fuera un extraterrestre. —¿Es que no ve las noticias? —Hemos estado más de seis horas en un tren. —Habría sido mejor que se quedaran dentro. Han cerrado Schiphol. —¿El aeropuerto? Ella se apartó un mechón apelmazado de la frente. —Han retenido en las llegadas a grupos de viajeros asiáticos que al parecer presentaban síntomas muy graves. Los han encerrado enseguida, pero según los guías, uno de los coreanos nunca llegó a la enfermería. Ahora el gobierno ha extendido el rumor de que consiguió salir del aeropuerto antes de que se aplicara la cuarentena total. Motivo suficiente para que el periódico más narcotizante que tenemos proclame el estado de emergencia y recomiende a la gente que huya al campo. —Entiendo. —Todo mentira —se desgañitó la manifestante, luchando contra el ruido que había alrededor. Ya estaba afónica de tanto gritar—. Como después del 11 de Septiembre. Necesitan el miedo para controlarnos. Véalo usted mismo. La mujer señaló a una madre con mascarilla que utilizaba un carrito de gemelos a modo de ariete para abrirse paso hacia las barreras sin preocuparse de los daños. Entendió lo que la joven quería decirle. Ninguna de aquellas personas quería esperar a que un coreano se desmayara en el centro de la ciudad. Tenían miedo de la epidemia, y como el aeropuerto estaba cerrado, acudían en masa a las estaciones para salir de la ciudad. Noah no quería ni imaginarse cómo sería la situación en las autopistas y en el puerto. «Una vez la masa crítica se pone en movimiento, es imposible detener la reacción en cadena», apareció de nuevo la voz sabia en su cabeza. Noah observó a la manifestante, que ya avanzaba con los demás en la dirección exacta en la que, según los letreros sobre sus cabezas, también estaba su punto de encuentro con la chantajista: los aseos al fondo del vestíbulo. No estaba seguro de si el caos le beneficiaba o más bien le perjudicaba. Noah había planeado meterse en la boca del lobo y aprovechar la oportunidad para obtener de la mujer más información acerca de su pasado y su verdadera identidad, y la situación descontrolada le daba la posibilidad de acercarse a la posición de la forma más inadvertida posible. Por otro lado no podía explorar el terreno para obtener una visión de conjunto y elaborar una posible estrategia de huida. —¿Cuál es el plan? —preguntó Oscar, que había debido de intuir las ideas que le rondaban a Noah. «Huir hacia delante», estuvo a punto de responder, pero una señal peculiarmente fuerte a través de los altavoces bajo el techo del vestíbulo lo interrumpió. La mayoría de la gente ni siquiera se detuvo un instante. E incluso aquellos que habían prestado atención brevemente perdieron enseguida el interés al darse cuenta de que el aviso en inglés no iba dirigido a ellos:

—Se ruega a la madre del pequeño Noah de Berlín que encienda su teléfono móvil. Repito Oscar y Noah se miraron mutuamente. Despacio, como si fuera a entregar su arma a un enemigo, Noah sacó su teléfono por satélite del bolsillo de su chaqueta. Apenas lo había encendido, comenzó a sonar. —Por fin —dijo una mujer. La voz que había amenazado con matar a la periodista Celine Henderson si no se entregaba era inconfundible. —¿Dónde está? —preguntó Noah. —Justo detrás de usted —respondió la voz; ya no fue por teléfono.

7

Entre el tumulto a nadie le llamó la atención la extraña pareja enfrentada en tensión. Muy juntos, como ante la barra de una discoteca abarrotada. Eran cuatro. Oscar, Noah, la chantajista y un ayudante armado con la pistola sacada; un hombre grande en torno a los veinticinco años que a Noah le recordó a un joven Elvis Presley: pelo oscuro, ojos marrones, patillas anchas y la piel del rostro completamente lampiña y femenina. Desde luego no era el aspecto que se asociaba con el tipo de asesino que castigaba cada paso en falso con un tiro en la columna vertebral. «Pero ¿no tenía Ted Bundy también aspecto de presentador de televisión?» El río de personas que circulaban junto a ellos estaba demasiado ocupado consigo mismo. Todos miraban al frente o hacia la pantalla de información con obstinación. Cuando alguien miraba en su dirección, lo que veía era a una pareja de enamorados abrazada. Una mujer asombrosamente atractiva que no podía apartar las manos del cuerpo musculado de su enorme amante; al menos hasta que hubo desarmado a Noah. —Deje aquí la maleta —ordenó la mujer después de haberle quitado la pistola, el móvil, el dinero en efectivo y los pasaportes, y habérselos entregado a su acompañante. También habían registrado a Oscar, aunque bastante más superficialmente. —¿Hacia dónde? —preguntó Noah y observó a su adversaria. Su plumífero hasta la cadera, cuya superficie plateada de poliéster brillaba como papel de caramelo, era la única prenda de ropa invernal que llevaba. Por lo demás iba calzada con zapatos de tacón alto, de manera completamente inapropiada tanto para la época del año como para un secuestro. Su falda lápiz estaba arrugada, como después de un viaje largo. Si estaba cansada, se había maquillado de modo muy eficiente para ocultar los signos visibles de ello. —Ya lo verá. Noah vio que Elvis apuntaba con su arma a Oscar y le indicaba de forma inequívoca que avanzara en dirección hacia la salida, pero Noah impidió a su acompañante que se moviera. —¿Dónde está Celine? —preguntó. La mujer se echó a reír ruidosamente. Su aliento con olor a chicle le llegó a Noah. Estaban tan cerca como si quisieran besarse. —¿Se preocupa por alguien a quien ni siquiera conoce personalmente? —No. No se trataba de Celine. Antes, durante la llamada telefónica, no había accedido a verse con la periodista embarazada en Ámsterdam solo por debilidad emocional. Ella era su detector de mentiras psicológico. ¿Respetaría el acuerdo su adversario anónimo? ¿O Celine ya no estaba viva? La respuesta a esta pregunta demostraría a Noah a qué tipo de enemigo se enfrentaba. ¿Estaba dispuesto a llegar a un trato para conseguir la información que necesitaba? Entonces había margen de maniobra. ¿O

confiaba su oponente únicamente en la superioridad de la violencia física? Entonces Noah no podía perder el tiempo y debía eliminarle en la primera oportunidad que se le presentara. Desde luego no podía descartar que Celine hubiera hecho causa común con esta mujer y que su instinto lo hubiera engañado. Sin embargo, por muy sospechoso que le hubiera parecido el hombre del vagón restaurante, estaba completamente seguro de que Celine no era peligrosa; al contrario que la muñequita emperifollada y su esbirro listo para disparar que se encontraban justo delante de él. —La señorita Henderson está con nosotros —dijo la mujer finalmente, cuando comprendió que Noah no se movería ni un centímetro sin esa información. Entretanto los manifestantes habían reunido un coro de voces, cada vez más personas armaban más escándalo. —Lo espera en un lugar seguro. —Quiero hablar con ella. —Lo imaginaba. La mujer se llevó la mano a la chaqueta y poco después le sostuvo un móvil delante de la cara. Sin soltarlo, tocó la pantalla con la larga uña de su pulgar, de manicura perfecta. —Dígale hola a Celine, señor Noah. La calidad del vídeo no era mejor que una conexión convencional de Skype, pero de todas formas Noah reconoció inequívocamente a la mujer cuya foto le había enseñado Oscar en su escondite. —¿Está usted bien? —le preguntó a Celine, que, al contrario que su secuestradora, no llevaba nada de maquillaje y parecía agotada del todo. La frente le brillaba, tenía los ojos entrecerrados y su cabello rubio oscuro, algo más corto que en la foto, estaba pegado a sus mejillas ligeramente enrojecidas. —Más o menos. Estoy viva.

El ruido del vestíbulo de la estación no permitía oír sus palabras, pero Noah había podido leerle los labios.

«De acuerdo.» Había averiguado lo que quería, así que no protestó cuando la mujer cortó la comunicación. «Celine aún sigue viva. Así que quieren algo más que mi vida.» Noah sabía que ya no había duda de que disponía de una información secreta que él mismo ya no recordaba. Una información por la que merecía la pena morir. Para cuya recuperación se habían organizado vuelos transoceánicos y se habían puesto en marcha ejércitos privados completos. «Pero ¿qué puede ser? ¿Y hasta dónde llegará para averiguarlo?» —Si me permite. La mujer salió primera. Su esbirro cubrió la retaguardia. Necesitaron casi cinco minutos para recorrer los treinta metros que había hasta la salida principal. Noah no sentía ningún arma en su espalda, así que dedujo que el asesino era un profesional. Si se le hubiera acercado demasiado, Noah habría podido desarmarlo sin esfuerzo. Además, sus secuestradores sabían que en esas circunstancias le habría sido imposible huir por más que hubiese querido. La corriente de personas en dirección contraria formaba una barrera natural. Cuando por fin salieron al exterior, Noah estaba empapado en sudor y la cicatriz del disparo le latía de dolor. Oscar también jadeaba. La temperatura era un poco más alta que en Berlín, pero la fina llovizna formaba una desagradable niebla húmeda. La muchedumbre se

disipaba delante de la estación, pero en las calles que accedían a ella el tráfico era un completo caos. Los taxis, buses y coches privados se atascaban en los carriles desordenados. Ninguno se movía ya, incluso los tranvías estaban bloqueados en sus raíles.

A cierta distancia se oían sirenas y luces azules de policía, que centelleaban en el cielo cubierto de invierno, pero al parecer las patrullas tampoco podían pasar.

«¿Y ahora?» Noah se volvió, volvió la vista una vez más hacia la entrada principal de la estación, cuyas dos torres con reloj, junto con la arquitectura de ladrillo rojo le conferían el aspecto de una puerta de ciudad inglesa. —Por aquí. Siguieron a la mujer, que les precedía muy segura de sí misma, con el sicario aún a la espalda, y cruzaron la calle principal hasta llegar al otro lado de Prins Hendrikkade serpenteando entre los coches que esperaban. Las vallas de obras bordeaban el camino, y tras ellas se apilaban contenedores azules. El ayuntamiento se disculpaba en letreros redactados en varios idiomas por las molestias que pudieran causar las obras de renovación de la línea de metro. «¡Construimos para usted!» La mujer apartó una verja metálica y Noah y Oscar la siguieron a través del fangoso terreno de la obra. Al contrario que en la calle principal, en la zona vallada reinaba un vacío absoluto. Con sus tacones, la mujer tenía dificultades para mantener el ritmo en el terreno desigual, pero teniendo en cuenta que se hundía prácticamente a cada paso, se dirigía con una determinación asombrosa hacia la furgoneta gris ceniza aparcada junto a una pila de tubos de plástico negros. La cabina del conductor parecía desierta.

—Conduces tú —dijo la mujer y le lanzó un manojo de llaves a su cómplice.

—Oh, no —se lamentó Oscar cuando otro ayudante abrió las puertas traseras desde dentro. —¿Qué pasa? —preguntó la mujer. —No nos podemos montar aquí. La mirada de la mujer se dirigió hacia Noah. —¿Y a este qué le pasa?

Él se encogió de hombros.

«La verdad es que yo tampoco estoy muy seguro.» —¿Qué problema tienes? —le preguntó a Oscar, cuyas mejillas se habían enrojecido de nuevo por el nerviosismo. Su compañero señaló un letrero de aviso que delimitaba el sector de obra VI, en el que estaba aparcada la furgoneta. —Venimos del andén F6. —¿Y? —F. La sexta letra del alfabeto. Así que seis y seis. Y este es el sector VI. El tercer seis. Juntos son seis, seis, seis. Números malditos, ¿entiendes? No podemos subirnos ahí. Esto acabará mal. «¿Ah, sí?» Noah subió por un escalón metálico a la furgoneta, en la que olía a pintura reciente y disolvente. Había dos bancos de aluminio uno frente al otro, del techo del

vehículo colgaban cadenas. El segundo cómplice, el que había abierto las puertas desde dentro, le ordenó inequívocamente con una metralleta en posición de tiro que se maniatara a sí mismo con las esposas que había en los extremos de las cadenas.

A diferencia de Elvis, este hombre estaba enmascarado. Unos ojos pequeños y amarillentos brillaban a través de las ranuras de un pasamontañas.

—No me toque —dijo Oscar entre dientes. Noah se volvió hacia él y vio que su compañero intentaba sacudirse de encima la mano del secuestrador armado, que intentaba empujarlo dentro de la furgoneta—. No voy a entrar ahí. —¡No te pongas así! —exclamó Noah, y le tendió la mano desde arriba, pero Oscar sacudió la cabeza. —Hasta aquí he llegado, Noah. No voy a seguir con esto. —Dispara a ese payaso —dijo la mujer con voz lacónica. Elvis levantó su arma. —Alto, no. Esperen. Yo lo arreglaré. Noah quiso bajarse, pero el hombre enmascarado se lo impidió. —Quieto aquí, ¡o tú también te l