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“Los documentalistas” por Frank Moya Pons

Sábado, 20 de Diciembre de 2008

Antes de que existieran archivos oficiales, los cronistas e historiadores construían sus propias
colecciones de documentos y las conservaban con gran celo a sabiendas de que muchas de
esas piezas eran únicas e irremplazables.

Cuando se leen las crónicas de Bartolomé de las Casas y de Gonzalo Fernández de Oviedo se
nota que ambos historiadores contaban con bibliotecas particulares excepcionales para la
época en que preparaban sus obras.

El historiador Antonio de Herreras y Tordesillas fue más afortunado, pues tuvo a su disposición
los archivos del Consejo de Indias y de la Corona española y por eso su historia completa las
crónicas anteriores con algunas noticias oficiales.

Los primeros historiadores dominicanos también tuvieron que construir sus propios archivos y
bibliotecas, y ese fue el caso de Antonio Del Monte y Tejada, cuyo cuarto volumen de su gran
Historia de Santo Domingo está enteramente dedicado a reproducir muchos de los documentos
raros y únicos que le sirvieron para preparar su obra.

Lo mismo hizo José Gabriel García, quien dejó un riquísimo archivo y biblioteca, que luego de
su muerte quedó al cuidado de sus hijos Alcides y Leonidas García Lluberes. Esos papeles y
libros se conservan hoy en el Archivo General de la Nación.

Sabemos, por testimonios escritos, que Emiliano Tejera también fue un coleccionista de
documentos antiguos que fueron utilizados, en su época, por varios escritores, entre ellos su
hermano Apolinar Tejera, autor de la obra "Rectificaciones Históricas", dedicada a corregir
errores y despejar alguna leyendas que deformaban la narración histórica dominicana.

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Ante la falta de un cuerpo de documentación que sirviera a los historiadores para reconstruir el
pasado colonial, el Estado dominicano designó una "primera misión copiadora" y envió, como
encargado de la misma, al Lic. Américo Lugo al Archivo General de Indias, en Sevilla, en 1904.

De ese trabajo se conserva en el Archivo General de la nación la poco conocida y menos


utilizada "Colección Lugo", compuesta por numerosos documentos franceses y españoles de
los siglos XVII y XVIII, entre los cuales se destaca la correspondencia entre los gobernadores
de ambas partes de la isla en relación con la formación de la frontera, el comercio de ganado, y
la restitución de esclavos cimarrones.

Una segunda misión copiadora fue encargada durante el gobierno de Horacio Vásquez al
escritor Máximo Coiscou Henríquez, quien publicó en 1928 cinco volúmenes titulados
"Documentos para la Historia de Santo Domingo".

En años anteriores había comenzado una labor similar, por su propia cuenta, un fraile
franciscano español llamado Cipriano de Utrera, cuyo interés por la historia eclesiástica colonial
lo hizo visitar numerosas veces el Archivo General de Indias entre los años 1930 y 1950.

A la muerte de Utrera, su colección documental pasó a manos de Emilio Rodríguez Demorizi,


quien procedió a publicarla en varios volúmenes conteniendo los papeles que Utrera no había
publicado en vida.

El mismo Rodríguez Demorizi comenzó desde su temprana juventud a recoger documentos


coloniales y republicanos, y terminó publicando una larga serie de obras que sobrepasan el
centenar de volúmenes que cubren desde la llegada de Colón a la isla hasta la muerte del
dictador Ulises Heureaux en 1899.

Una vez le pregunté a Rodríguez Demorizi por qué no continuaba recogiendo y publicando

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documentos del siglo XX, y él me contestó que él y su familia sufrieron muchas penurias en los
primeros treinta años de esa centuria y que a él le producían aversión la inestabilidad y la
violencia política de la época de Concho Primo.

Muchas personas de su generación compartían esa repugnancia, y eso podría servir para
explicar el trujillismo de clase media empobrecida que apoyó a Trujillo antes y después de su
llegada al poder, y que le sirvió de sostén social durante más de tres décadas.

Durante la Era de Trujillo la "reconstrucción documental" fue una de las ocupaciones favoritas
de los historiadores del régimen, como se observa en el empeño de Joaquín Marino
Incháustegui de recoger toda la correspondencia oficial y las reales cédulas de los
gobernadores coloniales y presidentes de la Real Audiencia de Santo Domingo.

Incháustegui vivió en España varios años y dedicó grandes energías a construir un archivo de
documentos anteriores a la independencia de la República. Dejó publicados dos tomos acerca
del Tratado de Basilea y otros cinco con la mencionada correspondencia de la Real Audiencia,
entre otros.

Otro importante documentalista de la Era de Trujillo fue Ramón Lugo Lovatón, quien realizó la
mayor parte de sus publicaciones en el boletín del Archivo General de la Nación, realizando
notables contribuciones a la historiografía nacional.

Coincidiendo con los esfuerzos de Incháustegui el gobierno dominicano nombró en 1958 a


César Herrera como cónsul en Sevilla y le encargó continuar copiando documentos en el
Archivo General de Indias para acrecentar de esa manera el Archivo General de la nación.

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De la misión copiadora de Herrera quedó una gran colección dividida en dos partes. Una,
compuesta de documentos coloniales, y la otra consistente en muchos volúmenes pertinentes
al período de la anexión de Santo Domingo a España y la Guerra de la Restauración.

Por más de veinte años no hubo nuevas misiones copiadoras hasta que en 1982 el Banco
Central de la República Dominicana le encargó al historiador Carlos Esteban Deive encabezar
una nueva misión copiadora en el Archivo General de Indias que terminó en 1986. De la misión
de Deive se han publicado también varias obras importantes y novedosas.

Una nueva misión copiadora al Archivo General de Indias con objetivos distintos fue
encabezada entre los años 1988 y 1992 por el sacerdote dominico Vicente Rubio quien con la
asistencia de los jóvenes historiadores Raymundo González y Genaro Rodríguez estuvo
encargado de copiar y publicar todas las cédulas reales de tiempos coloniales.

Muchos años después, por fin, comenzó a ser publicado el "Cedulario de la Isla de Santo
Domingo", con la aparición, en 2007, del primer tomo. Después de la muerte de Rubio,
Raymundo González quedó encargado de la edición de esta obra y actualmente trabaja en la
edición del segundo tomo.

Por su parte, Genaro Rodríguez ha quedado residiendo en Sevilla y ha venido publicando


varios importantes volúmenes sobre los cabildos civiles y eclesiásticos de Santo Domingo en
tiempos coloniales, temas éstos que los historiadores dominicanos no habían estudiado antes.

Privadamente, Rodríguez ha continuado copiando documentos en el Archivo General de Indias


que ya componen una considerable colección de importancia similar a la Colección
Incháustegui, conservada hoy en la biblioteca de la Universidad Católica Madre y Maestra, en
Santiago.

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En años recientes el esfuerzo por salvar y proteger los documentos fundamentales de la


historia dominicana se ha concentrado en el Archivo General de la Nación, reorganizado
enteramente por un inspirado equipo bajo la dirección profesional del Dr. Roberto Cassá.

Durante unas dos décadas el Archivo General de la Nación padeció los efectos del mayor
abandono gubernamental y fue objeto de graves saqueos y desorganización hasta que el
gobierno dominicano y la Academia Dominicana de la Historia pactaron su rescate y le
encargaron al Dr. Cassá dirigir esa patriótica operación.

El rescate, reorganización y modernización de este Archivo merece un artículo aparte, y por


ahora sólo diremos que allí está surgiendo un nuevo grupo de historiadores "documentalistas"
que siguen con entusiasmo las huellas de sus predecesores y ya están publicando las primeras
series documentales como publicaciones oficiales del Archivo.

Es importante mencionar sus nombres hoy, pues de ellos volveremos a hablar en el futuro a
medida que analicemos separadamente sus obras. Se destacan, entre ellos, Andrés Blanco
Díaz, Alejandro Paulino Ramos, Alfredo Rafael Hernández Figueroa, Dante Ortiz y Rafael Darío
Herrera.

Dos documentalistas importantes especializados en la historia de la Iglesia Católica en Santo


Domingo son José Luis Sáez, a quien también el Archivo General de la Nación le ha publicado
varias obras recientemente, y Rafael Bello Peguero, quien ha venido publicando una
interesante serie titulada "Hombres de Iglesia" nutrida con numerosos documentos
eclesiásticos.

Dos historiadores que comenzaron sus trabajos recogiendo y publicando documentos de


archivos europeos y norteamericanos son Roberto Marte, Bernardo Vega. De ellos también
hablaremos en otra ocasión al analizar separadamente sus obras.

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Durante unas dos décadas el Archivo General de la Nación padeció los efectos del mayor
abandono gubernamental y fue objeto de graves saqueos y desorganización, hasta que el
gobierno dominicano y la Academia Dominicana de la Historia pactaron su rescate.

Fuente: Frank Moya Pons/Diario Libre


20 Diciembre 2008

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