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“¿Dónde está Colón?

” por Frank Moya Pons


Domingo, 14 de Junio de 2009

Entre las varias celebraciones realizadas en las últimas semanas (30 de mayo, 14 de junio,
centenario de Juan Bosch), hubo una fecha que pasó desapercibida, pero que atrajo mucho la
atención de la prensa internacional y de los historiadores hace apenas tres años.

Esa fecha fue el quinto centenario de la muerte de Cristóbal Colón, ocurrida en Valladolid el 20
de mayo de 1506, la cual fue conmemorada en Santo Domingo con diversos actos y
publicaciones acerca del Primer Almirante de las Indias, llamado también Descubridor de las
Indias o del Nuevo Mundo.

Para ese otro quinto centenario, la Academia Dominicana de la Historia, entonces presidida por
el Licenciado José Chez Checo, me encargó publicar una bibliografía acerca de los restos de
Colón con una introducción que explicara las peripecias sufridas por el Almirante después de
fallecido.

En esa introducción describí las circunstancias en que los restos de Cristóbal Colón fueron
trasladados de Valladolid a Sevilla y, luego, a Santo Domingo en 1542, para ser luego
exhumados y colocados "de forma más decente" en el presbiterio de la Catedral de Santo
Domingo, a mediados del siglo XVII, en la misma bóveda en que habían sido colocados en
1542, en donde permanecieron hasta su re-descubrimiento en 1877 cuando el piso de esta
Catedral fue sometido a trabajos de reparación.

Ese descubrimiento produjo en intenso debate en España y Santo Domingo pues en 1795, en
ocasión de España haber cedido a Francia la parte oriental de la isla de Santo Domingo
mediante la firma del Tratado de Basilea, el gobierno colonial de Cuba envió a un almirante
español recoger los restos de Colón y, por la forma precipitada en que este oficial ordenó la
exhumación, los desenterradores se llevaron la urna que contenía los restos de Diego Colón,
hijo del Descubridor, colocada al lado de la tumba de su padre.

Las dos actas notariales levantadas tanto en Santo Domingo como en La Habana en ocasión
de este importante evento reflejan las dudas de los testigos sobre la autenticidad de los huesos
desenterrados, y por ello los notarios que levantaron esas actas se limitaron solamente a
consignar que esos eran los huesos de "algún difunto", y en ningún momento quisieron
atestiguar que fuesen los de Cristóbal Colón.

Permaneció en Santo Domingo, sin embargo, la noción de que los restos del Primer Almirante
habían quedado en Santo Domingo, tal como le informó un cura jesuita al viajero francés

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“¿Dónde está Colón?” por Frank Moya Pons
Domingo, 14 de Junio de 2009

Frenau en 1819, pero nadie sabía el lugar exacto y algunos dominicanos, muy pocos por cierto,
sólo recordaban que estaba del lado del evangelio en el presbiterio de la Catedral

Mientras, tanto, en Cuba y en España la gente estaba tan convencida de que Colón estaba
enterrado en La Habana que allí se levantó un importante monumento en la supuesta tumba de
Colón, y se consignó oficialmente que el Almirante descansaba en La Habana, hasta que los
obreros que trabajaban en la catedral de Santo Domingo se encontraron accidentalmente con
su verdadera tumba y sus restos el 10 de septiembre de 1877.

Ahí comenzó una larga polémica que llega hasta nuestros días y que ha enfrentado a
historiadores y especialistas de ambos lados del Atlántico pues tan pronto se difundió por el
mundo la noticia de que Colón había sido encontrado en la República Dominicana, hubo
algunos patriotas cubanos y españoles que se negaron a reconocer ese hecho, y hasta
acusaron de fraude a las autoridades civiles y eclesiásticas dominicanas, así como a los
miembros del cuerpo consular presentes, incluyendo al mismo cónsul de España, en el
desenterramiento de los restos de Colón.

Huelga decir que estas autoridades se defendieron inmediatamente y con vehemencia, y que
tanto el cónsul español en Santo Domingo como un enviado especial del Gobernador de Cuba
designado para investigar personalmente el hecho confirmaron la veracidad del hallazgo y
reiteraron en aquellos mismos días la autenticidad de los restos, de la urna y de las
inscripciones contenidas por ésta.

A pesar de ello, un periodista cubano y un académico español lanzaron entonces al mundo la


especie de que el descubrimiento de 1877 era una invención y un fraude. Por razones ya
evidentes hoy, tanto la Real Academia de la Historia como el gobierno de España, acogieron
estas versiones y acusaciones, y escogieron el patriotismo como base de su denegación, lo
cual en ocasiones ha alimentado a unos pocos publicistas a continuar negando la autenticidad
de los restos de Santo Domingo.

El debate estuvo muy vivo durante los años siguientes al descubrimiento de 1877, y se reavivó
aún más en ocasión de la celebración del cuarto centenario del descubrimiento de América,
acentuándose todavía más en 1898 cuando el gobierno español decidió trasladar desde La
Habana hasta Sevilla la urna que contenía los restos extraídos de la catedral de Santo
Domingo en 1795.

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“¿Dónde está Colón?” por Frank Moya Pons
Domingo, 14 de Junio de 2009

La causa de este nuevo traslado fue que España había perdido la llamada Guerra
Hispanoamericana que puso bajo el dominio de los Estados Unidos los territorios de Cuba,
Puerto Rico, Guam y las Filipinas, y los españoles, patrióticamente, no querían dejar los restos
de Colón bajo control estadounidense.

Los más notables investigadores dominicanos y extranjeros de finales del siglo XIX y principios
del siglo XX que se ocuparon de estudiar el problema concurrieron una y otra vez en que los
auténticos restos de Colón están en Santo Domingo, y por ello continuaron apareciendo libros y
artículos defendiendo este punto de vista.

El más notable de ellos fue el honradísimo historiador Don Emiliano Tejera, quien escribió una
obra irrefutable titulada "Los Restos de Colón en Santo Domingo", que ha sido editada varias
veces.

De la misma manera, también fue extendiéndose la idea, propuesta en 1852 por Antonio del
Monte y Tejada, de que Cristóbal Colón merecía ser honrado con la construcción de un gran
faro que simbolizara la importancia de su empresa y que este faro fuera una obra levantada
con el concurso de todas las naciones americanas.

En 1923 lo gobiernos de toda América acordaron, en Santiago de Chile, realizar aportes


monetarios para construir ese gran faro en la ciudad de Santo Domingo. El gobierno
dominicano, por su parte, aportó tierras y fondos para iniciar su construcción, llamando también
a un concurso internacional de arquitectura para escoger el diseño de la obra. El mismo
gobierno norteamericano, por disposición del Congreso de los Estados Unidos, asignó, en el
año 1929, más de 800,000 dólares para el inicio de los trabajos.

Durante la mayor parte del siglo XX pareció que las dudas habían quedado disipadas debido a
la consistente serie de publicaciones especializadas que continuaron confirmando la
autenticidad de los restos de Colón descubiertos en 1877 en Santo Domingo.

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La negativa de aceptar esa verdad quedó reducida a unos cuantos historiadores y periodistas
españoles que consideraban humillante que España perdiera o no poseyera los mencionados
restos.

Al acercarse la celebración del quinto centenario del llamado Descubrimiento de América, el


debate volvió a animarse pues algunos publicistas hispanos desenterraron los antiguos
argumentos sometidos ante la Real Academia de la Historia por el apasionado académico
decimonónico Manuel Colmeiro basadas en las mentiras y fabulaciones del periodista cubano
Antonio López Prieto

Esta vez, la refutación definitiva de esos argumentos surgió de la propia España con los
impresionantes aportes del publicista y periodista español Emilio de la Fuente Hermosilla.

En un demoledor análisis publicado en Madrid en 1989, De la Cruz Hermosilla demostró que


los autores españoles que negaban la autenticidad de los restos de Santo Domingo basaban
sus patrióticos argumentos en mentiras fabricadas conscientemente por aquéllos que en el
siglo XIX creían que era humillante para España reconocer que sus oficiales se habían
equivocado en 1795 trasladando a Cuba unos restos que no eran los de Colón y, más tarde,
trasladando de nuevo una urna con esos mismos restos, u otros, a Sevilla en 1898.

En fin, el debate volvió a cobrar fuerza pues de la Cruz Hermosilla comenzó sus publicaciones
en 1981 y continuó insistiendo en sus argumentos en 1983 y 1985, hasta condensarlos en un
libro cuatro años más tarde.

En Santo Domingo, mientras tanto, el académico Pedro Troncoso Sánchez encabezó en esos
años un amplio grupo de escritores que se encargó de mantener vivo el debate, en tanto que
en España unos pocos publicistas y académicos siguieron sosteniendo, y todavía sostienen
con admirable tozudez pero con cuestionable método científico, que Colón reposa en Sevilla.

Últimamente hubo quienes aprovecharon la celebración del quinto centenario del fallecimiento
del Almirante, en 2006, para proponer nuevos análisis basados en pruebas de ácido
desoxidoribonucleico, o ADN, lo cual ha abierto un cuerpo adicional de declaraciones
mediáticas aparecidas casi siempre en periódicos diarios y en programas sensacionalistas de
la televisión.

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Domingo, 14 de Junio de 2009

He realizado un exhaustivo acopio de esas publicaciones para ponerlas a disposición de todos


los interesados y continuar documentando este proceso que, tarde o temprano, servirá para
dejar establecida la verdad.

En realidad, nunca tuve la intención de participar en este debate pues, tengo que confesar, a
mí me daba lo mismo que los restos estuvieran en un sitio como en otro (y creo que,
personalmente, todavía no me importa mucho en dónde estén pues al fin y al cabo polvo
somos...), pero al examinar y organizar la literatura y descubrir las falsificaciones y calumnias
que fabricaron algunos autores españoles con el objetivo de desacreditar el hallazgo
dominicano de 1877 y sus protagonistas, creo que la propuesta de la Academia Dominicana de
la Historia de publicar esa bibliografía terminará contribuyendo al establecimiento de la verdad.

Esa obra es un esfuerzo académico para iluminar a los que honradamente están dispuestos a
buscar más allá de la propaganda patriótica y del interés turístico, y a los que deseen investigar
más a fondo las raíces y el desarrollo de un debate que por un tiempo a mí me parecía inútil,
pero que hoy es más que necesario para que finalmente resplandezca la verdad, por más
dolorosa que ésta sea para algunos.

Fuente: Frank Moya Pons/Diario Libre


13 Junio 2009

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