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P.

Flaviano Amatulli Valente, fmap

¡Alerta!
LA IGLESIA
SE DESMORONA

Apóstoles de la Palabra
México, 2008
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1
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PRESENTACIÓN
Es un hecho que, mientras los demás hacen todo lo posible
para avanzar, nosotros vamos para atrás, sin que nadie se percate
de la situación ni se preocupe mínimamente, como si todo fuera
obra del destino, un destino adverso que desde el Concilio
Ecuménico Vaticano II (1962 - 1965) se está encarnizando contra
nosotros, una especie de venganza de Satanás por haber soñado
con un “Nuevo Pentecostés” y una “Nueva Primavera” para la
Iglesia.
Pues bien, con este folleto, quiero rescatar el último tramo
de la historia de la Iglesia, los últimos cincuenta años, para darnos
cuenta de las causas que nos llevaron al actual derrumbe y al mismo
tiempo tratar de sondear algún camino que nos lleve a recuperar
el terreno perdido, o por lo menos a no perder más terreno, y al
mismo tiempo hacer posible hoy el cumplimiento del mandato de
Cristo de ir y anunciar su Evangelio a todas las naciones.
“Parecen cuentos” y son pura realidad. Atrévete a echarles
un vistazo y fácilmente podrás revivir situaciones y descubrir a
personajes, que tú mismo conoces perfectamente bien. No me
queda más que desearte una buena lectura. Estoy seguro de que
no te arrepentirás.

El Petén (Guatemala), a 26 de Octubre de 2008.

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La conversión
del Obispo Jeremías
Introducción
Lo que voy a relatar es una reconstrucción de una figura
legendaria del pasado, el obispo Jeremías. Nunca se supo con
certeza si se trataba de su verdadero nombre, de un nombre ficticio
o de un apodo, debido a su estilo propio de enfrentar los problemas,
es decir, llorando, quejándose y en algunos casos hasta
amenazando.
Acerca del obispo Jeremías quedó proverbial su manera típica
de corregir a los curas: «O cambias o te mueres». Cuando se daba
cuenta de que alguno de ellos la estaba regando, lo mandaba llamar
o lo iba a buscar en cualquier rincón en que se encontrara y con
lágrimas en los ojos (era su manera propia de tratar los asuntos)
lo exhortaba a enmendarse. Y concluía:
— ¿Me prometes que vas a cambiar, sí o no?
Si contestaba que sí, añadía:
— Que Dios te bendiga, hijo mío. Verás que pronto lo vas a
lograr. Yo voy a orar por ti.
Y de hecho lo lograba.
Cuando alguien, al contrario, le contestaba que no, titubeaba
o se burlaba de él; lo amenazaba:
— Te voy a dar seis meses de plazo. Si no te corriges, le voy a
pedir a Dios que te mueras.
Y se moría de veras.

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Por esta razón y por tantas otras más, el obispo Jeremías,
cuyo verdadero nombre nunca se supo, quedó famoso en el pasado.
Ahora bien, para que se conozca su verdadera personalidad
y su memoria quede viva en los siglos venideros, desde hace algún
tiempo me dediqué a la ardua tarea de recopilar toda la información
posible acerca de este personaje, que tanto influjo ejerció en las
antiguas generaciones.
De antemano pido venia a mis amables lectores, si por la
escasez de los documentos encontrados o por mi nula experiencia
en los menesteres de la pluma, el resultado de esta empresa no
será a la altura de sus expectativas o del prestigio de tan alto
personaje.

New York; a 21 de junio de 2008.

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Capítulo 1

PRIMEROS PASOS
Al no saberse con certeza el verdadero nombre del famoso
obispo, me resultó imposible encontrar algún rastro que me llevara
al lugar y la fecha de su nacimiento. Lo que encontré, fue un montón
de datos, a veces contradictorios, acerca de sus papás y hermanos.
En algunos documentos se habla hasta de quince entre hermanos
y hermanas.
Por lo demás, lo de siempre: una familia muy católica, muy
apegada a la Iglesia, que nunca faltaba a la misa del domingo y en
la cual todos los días se rezaba el santo rosario; los papás muy
trabajadores y piadosos. Lo único que encontré fuera de lo común
y que me dejó algo intrigado, fue una enfermedad, que en sus
primeros años de vida llevó a nuestro personaje al borde de la
tumba y de la cual se libró por la intervención de la «Madre del
Amor».
Al no encontrar mayores detalles al respecto, empecé a
investigar más, revisando todos los archivos de la región y, por fin,
descubrí que la dichosa «Madre del Amor» no era nada más que
su madrina de bautismo, una bruja que se dedicaba a preparar
filtros de amor.
Cuando alguien estaba enamorado de una persona y no era
correspondido, acudía a doña Clotis, que le preparaba un brebaje
a base de yerbas, que solamente ella conocía y que contenían
substancias eróticas. Y con eso doña Clotis lograba redondear sus
entradas, hasta volverse en una de las personas más ricas e
influyentes del pueblo, lo que explica el porqué todos la buscaban
como madrina de bautismo para sus hijos.
Otro dato importante: doña Clotis era considerada como una
de las más fervorosas católicas del lugar, casi el pilar de la fe

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católica. Se llevaba muy bien con el señor cura. Cuando alguien se
enfermaba, invariablemente acudía a la Iglesia para una misa o
unas oraciones y allá la persona encargada de apuntar las
intenciones, invariablemente le hacía al devoto o la devota la
siguiente pregunta:
— ¿Fuiste a visitar a doña Clotis?
Si el devoto o la devota le contestaba que no, añadía:
— Hazlo pronto. No se puede vivir de puros milagros. Dice
Dios (no recuerdo en qué parte de la Biblia): «Ayúdate, que yo te
ayudaré». Una buena limpia no te está mal.
Cuentan las crónicas de aquel tiempo que todos los días una
larga fila de enfermos, de todo tipo de enfermedad, esperaba ser
recibida por doña Clotis e invariablemente la misma gente, al salir
de su consultorio, se dirigía para el templo parroquial para pedir
agua bendita o hacer algunos rezos.
Hasta que un día doña Clotis despertó las sospechas de la
Santa Inquisición y fue llevada al tribunal para ser interrogada.
Por un pelo arriesgó la hoguera, puesto que lo que estaba haciendo
estaba rotundamente prohibido por las leyes, sea del gobierno que
de la Iglesia. Se salvó por la intervención del señor cura y de las
demás personas notables del lugar, que juraron y perjuraron que
doña Clotis era una santa persona, que lo único que hacía era «rezar
por los enfermos» y «flagelarse» por la conversión de los pobres
pecadores.
Posiblemente por la experiencia personal que habrá tenido
durante su niñez, el santo obispo Jeremías, al ser ya cura y obispo,
nunca dejó de fustigar esta costumbre que tienen muchos católicos,
de unir tranquilamente las prácticas de la fe católica con la práctica
de la brujería.
Qué enfermedad habrá padecido nuestro personaje y con
cuáles remedios doña Clotis habrá logrado curarlo, nunca se supo.
Posiblemente, años después de su muerte, muchos, al interpretar
erróneamente la expresión «Madre del Amor», empezaron a
enaltecer su gran devoción a María, la Madre de Dios.
Algunos llegaron al extremo de afirmar que el santo obispo
Jeremías nunca se fijó en el rostro de alguna otra mujer que no
fuera alguna imagen de la Virgen. Leyendas populares. En realidad,
nadie, al conocer la manera de ser del santo obispo, puede dudar
acerca de su equilibrio emocional, poco afecto a exageraciones de
todo tipo.
Otro detalle acerca de los primeros años de vida de nuestro
héroe consiste en la costumbre que tenía de retirarse seguido a los

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lugares apartados para orar. En esto están de acuerdo todos los
documentos encontrados y yo les creo, porque es imposible que
alguien haya podido lograr una personalidad de la talla del santo
obispo Jeremías, sin contar con una continua protección de parte
de Dios, que se consigue solamente mediante una oración
constante.
Que se retirara en las cuevas o subía a los árboles centenarios,
para esconderse de la mirada indiscreta de gente o sentirse más
cerca de Dios, es pura leyenda y yo no le creo nada. Lo importante
es tratar de estar siempre en unión con Dios, sin importar el lugar.
Evidentemente hay que apartarse del ruido y buscar un lugar donde
haya silencio y se puedan evitar las distracciones.
Que no vaya a pasar lo de la abuelita que se quejaba con el
señor cura de no poder concentrarse durante el rezo del santo
rosario.
— ¿Cuándo rezas el rosario? — le preguntó el señor cura.
— Cuando veo la televisión. — le contestó la abuelita.
Claro que, si uno no busca la manera de evitar las
distracciones, nunca va a poder rezar de veras. Una vez eliminados
los motivos de distracción, cada uno poco a poco va aprendiendo
su método para concentrarse y orar.
Con relación a la manera de orar del santo obispo, encontré
un dato muy curioso que refleja la mentalidad de la gente de aquel
tiempo. Todos los domingos llegaba al templo una media hora antes
de la misa y se quedaba orando ante la estatua del Sagrado Corazón.
Un día lo descubrió el señor cura, se le acercó, lo agarró de la oreja
y lo llevó delante del sagrario, diciéndole:
— Aquí está Jesús de veras; aquí tienes que venir a orar, no
delante de una estatua.
Desde entonces, nuestro amigo empezó a pasarse horas y
horas en oración delante del sagrario. Sus compañeros se burlaban
de él, diciendo que se iba a la capilla del Santísimo por flojo, para
no ayudar a sus hermanos en los quehaceres domésticos. De hecho
en distintas ocasiones lo encontraron en la capilla bien dormido.
De ahí la burla que le hacían llamándolo «el santo dormilón».
Aparte de esto, no encontré nada más acerca del santo obispo
Jeremías que me pudiera dar alguna pista acerca de sus primeros
años de vida. De todos modos, lo que encontré, es suficiente para
tener una idea bastante clara acerca de la vida de nuestro héroe y
del ambiente en que se desenvolvió, un ambiente no tan diferente
del nuestro, en que hay de todo y cada uno en la vida puede tomar
el rumbo que quiere.

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Capítulo 2

EN EL SEMINARIO
No obstante todo esto, nunca el santo obispo Jeremías había
pensado que un día pudiera ser sacerdote, posiblemente por la
pobreza en que vivía su familia. Hasta que la catequista del pueblo
empezó a meterle en la cabeza la idea de la vocación sacerdotal
— Tú tienes que ir al seminario — le decía —. Verás que serás
un santo sacerdote.
Lo mismo empezaban a decirle sus compañeros de salón, al
notar su interés por las cosas de Dios. En realidad, Jeremías o Jere,
como lo llamaban de cariño los más allegados, se aprovechaba de
cualquier oportunidad para invitar a sus amigos a ir a la Iglesia y
confesarse. Él mismo los preparaba, ayudándolos a hacer el examen
de conciencia y enseñándoles la manera correcta de pedirle perdón
a Dios.
En este aspecto todos los documentos están de acuerdo:
Jeremías tenía una verdadera vocación al sacerdocio. Lo que nadie
nunca se hubiera imaginado es que algún día aquel muchacho tan
piadoso llegara a ser obispo ¡y qué obispo! Aún más nadie se
hubiera podido imaginar que nuestro personaje, al decidirse por
el sacerdocio, ya pensaba en ser obispo, lo que en distintas
ocasiones le causó muchos problemas.
De hecho, al llegar al seminario, en su primera entrevista
con el rector, quedó rechazado. ¿La razón?
— Es que, cuando el señor rector me preguntó para qué
quería entrar al seminario, yo le contesté: «Para ser obispo».
Así confesaba cándidamente el joven Jeremías, despertando
la hilaridad de todos.
— No se dice así — le insistía el señor cura —. Cuando alguien

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te pregunte por qué quieres ir al seminario, tú tienes que contestar:
«Para ser un buen sacerdote».
— Es que yo voy a ser obispo — contestaba invariablemente
nuestro héroe y nadie lo podía hacer desistir.
Hasta que la cosa llegó a oídos del obispo, un santo varón de
Dios, que lo mandó a llamar y le hizo la pregunta de rito:
— ¿Por qué quieres entrar al seminario?
Como era de esperarse, el joven Jeremías le contestó
— Para ser obispo como Usted.
— Y lo serás — le contestó el obispo —. Pero, no te creas que
la cosa va a ser tan sencilla como te puedes imaginar. Verás que
esto te va a costar grandes sufrimientos. ¿Estás dispuesto a sufrir
todo lo que sea necesario para apacentar con responsabilidad al
pueblo de Dios y de una manera especial para buscar y enderezar
a las ovejas descarriadas?
— Sí, señor obispo — le contestó nuestro amigo con toda
decisión.
— Vete en paz — concluyó el señor obispo —. Cuenta con mi
bendición. Yo oraré por ti. Un día tú serás obispo.
Fácilmente se darán cuenta mis amables lectores, en cuántos
problemas se fue metiendo nuestro héroe a causa de su santa
ingenuidad. Empezando por los superiores, todos se burlaban de
él, acusándolo de ser orgulloso y presumido. La verdadera razón
era otra: los celos.
Es que en toda su persona se transparentaba algo que lo hacía
diferente de los demás. Muchos, sin conocerlo, a la simple vista
pensaban: «Este seminarista llegará a ser obispo». Por eso muchos,
entre superiores y alumnos, trataron de hacerle la vida de cuadritos,
aprovechándose de su escasa capacidad intelectual.
Cada año, al acercarse el periodo de los exámenes, el rector
lo llamaba y le repetía el mismo estribillo:
— Ésta es tu última oportunidad. Si fallas, tienes que retirarte.
Posiblemente no tienes vocación para ser sacerdote. ¿Por qué no
buscas por otro lado?
A lo cual invariablemente nuestro santo seminarista
contestaba:
— Es que yo voy a ser obispo, señor rector. Le prometo que
voy a dedicar más tiempo al estudio y voy a lograr pasar bien todos
los exámenes. Le suplico, señor rector, ayúdeme a pedir a la Virgen
que me dé más capacidad y memoria para aprender y recordar las
cosas de la escuela.

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¡Pobre Jeremías! Tantos esfuerzos para aprenderse las cosas
y a la mera hora, al momento de los exámenes, quedarse con la
mente en blanco y bajo la continua amenaza de quedar expulsado
del seminario. Por eso se pasaba horas y horas en oración y a
cualquiera que se le atravesaba por su camino le pedía, con
lágrimas, que orara por él para que pudiera pasar los exámenes y
no ser expulsado del seminario.
Hasta que logró concluir todos los estudios reglamentarios,
superando satisfactoriamente todas las pruebas y pasando todos
los exámenes, aunque fuera a panzazo. De todos modos, una vez
que se acostumbró a llorar por cualquier cosa, nunca se le quitó la
costumbre de resolver todos los problemas llorando y pidiendo a
la Virgen su intercesión.

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Capítulo 3

ORDENACIÓN SACERDOTAL
Una vez terminados los estudios establecidos para ser
ordenado sacerdote, nuestro personaje tuvo que esperar algunos
años antes de acceder a la ordenación. ¿La razón? Casi todos los
superiores y maestros del seminario no estaban de acuerdo en que
Jeremías se ordenara sacerdote a causa de su escasa capacidad
intelectual y su manera de ser bastante extraña.
Por lo menos ésta era la razón oficial. En la práctica había
otras razones: Jeremías era el ídolo de la gente. Todos lo buscaban,
todos lo querían y él tenía una palabra oportuna para todos, sin
importar el tipo de problema que le presentaban. Todos, al recibir
sus orientaciones, quedaban satisfechos.
Y esto era lo que más les molestaba a sus compañeros de
seminario y a muchos de los superiores. Es que Jeremías tenía
algo especial, que lo hacía agradable a la gente sencilla y de buena
voluntad. Hoy diríamos que Jeremías tenía el don de gentes, aparte
de aquel olor a santidad que todos percibían al primer contacto
con él.
Lo raro del caso es que nuestro amigo Jeremías, nunca se
quejaba cuando le preguntaban acerca del motivo por el cual se
estaba retrasando tanto su ordenación sacerdotal. Contestaba
siempre lo mismo:
— No se crean que ser sacerdote es un juego. Es algo serio.
Por eso los superiores tienen que estar seguros de que se trata de
una verdadera vocación y que uno esté bien preparado y entrenado
para ejercer el ministerio sagrado.
Cuando alguien le hacía notar que él sabía orientar a la gente
mejor que muchos sacerdotes, que ya tenían a su cargo alguna

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parroquia, se enojaba y los dejaba con la palabra en la boca,
diciendo:
— Es que ustedes no entienden — y cambiaba de tema.
De hecho Jeremías impartía retiros espirituales, orientaba a
los catequistas acerca de la manera de preparar a los niños para la
primera comunión y la confirmación, organizaba festivales y
concursos bíblicos, etc. Era un volcán de iniciativas. Por eso muchos
de sus compañeros, superiores y curas le tenían envidia y trataban
de apartarlo de su camino.
Hasta que no intervino el obispo en persona y cortó por lo
sano. Durante una asamblea diocesana preguntó a la gente reunida
(la flor y nata de la diócesis):
— ¿Qué opinan acerca de Jeremías? ¿Quieren que sea
ordenado sacerdote, sí o no?
Y se oyó un estruendo, que hizo cimbrar el salón de reuniones:
— Sí.
Entonces el obispo concluyó:
— Pronto nuestro querido Jeremías se va a ordenar diácono
y seis meses después se va a ordenar sacerdote — y, para no darle
largas al asunto, estableció la fecha y el lugar para cada ordenación.
¿Y Jeremías? Como siempre, llorando y dándole gracias a la
Virgen, al obispo y a la gente que lo aclamaba.
Acerca de las ordenaciones no logré encontrar ni la fecha ni
el lugar. Se ve que en aquel tiempo no le daban mucha importancia
a estos detalles. Lo que sí les importaba era la preparación, como
en el caso de nuestro amigo, que, al ser admitido al diaconado, de
inmediato pidió al obispo el permiso de retirarse en un monasterio
para dedicarse exclusivamente a la penitencia y a la oración,
permiso que le fue concedido sin ninguna dificultad.
El problema fue cuando, una vez ordenado diácono, pidió al
obispo el permiso de seguir dedicando a la penitencia y a la oración
los seis meses reglamentarios que lo separaban de la ordenación
sacerdotal.
— Tú estás loco — le dijo el obispo —. ¿No entiendes que
tienes que acostumbrarte a vivir siempre unido a Dios, sin importar
lo que estés haciendo y de una manera especial cuando estés
ejerciendo tu ministerio sacerdotal? ¿O crees que solamente delante
del sagrario o en un monasterio se puede estar unido a Dios?
¡Pobre Jeremías! Era la primera vez que veía al obispo tan
enojado. Se sintió perdido. Se puso de rodillas, lleno de vergüenza,

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y le pidió perdón. El obispo, al notar su buena fe, le concedió otro
mes de permanencia en el monasterio.
Y así, por fin, llegó el día tan ansiado de la ordenación
sacerdotal. La catedral estaba repleta de gente. Nadie quería
perderse la oportunidad de asistir a un evento tan importante en
la vida de un ser tan querido como era para muchos Jeremías. El
besamanos duró más de tres horas y para cada uno que se le
acercaba el p. Jeremías tenía siempre una palabra especial, aunque
a veces no se lograba entender casi nada por el problema de las
lágrimas.

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Capítulo 4

VICARIO
Era costumbre del obispo entrenar personalmente en el
ministerio a los sacerdotes recién ordenados. Lo que más le
importaba era enseñarles la manera correcta de celebrar la santa
misa, dedicando el tiempo necesario para la debida preparación y
la acción de gracias.
Pues bien, en una ocasión se dio cuenta de que el p. Jeremías
celebró la misa muy de prisa y al finalizarla se fue corriendo, sin
dedicar ni un minuto para la acción de gracias. Al encontrarlo poco
después en el comedor para el desayuno, lo reprendió con toda
severidad:
— ¿Es ésta la manera de celebrar la santa misa? ¿Ya te dejaste
contagiar por la fiebre del activismo? P. Jeremías, sinceramente
me estás decepcionando. Que esto no se vuelva a repetir.
¿Entendiste?
— Sí, señor — le contestó el p. Jeremías, muy apenado por el
suceso.
Posiblemente aquí está la raíz de ciertas habladurías con
relación a la manera de celebrar la misa de nuestro personaje, como
si no le diera la debida importancia. La realidad, evidentemente,
era otra. De hecho, en distintas ocasiones hubo gente apática o
enemiga declarada de la fe católica que se convirtió con sólo verlo
celebrar la santa misa. Por lo menos esto atestiguan todos los
documentos encontrados.
Como todos bien saben, aquellos eran tiempos difíciles para
la vivencia de la fe. Muchos eran católicos solamente de nombre.
Se limitaban a cumplir con ciertos ritos y nada más. Sin embargo,
cuando se encontraban frente a uno que realmente vivía de Dios,

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quedaban fascinados y se entregaban con fervor a la práctica de la
vida cristiana.
Algunos, después de haber asistido a una misa del p.
Jeremías, confesaban:
— Nunca me había pasado esto. Me parecía ver a Jesús en la
Última Cena.
Pues bien, aparte del detalle mencionado, que nunca lo dejó
de preocupar, el santo obispo no encontró nada que pudiera
impedir al p. Jeremías entrar de lleno en el ministerio sacerdotal.
Para eso convocó a sus consejeros y les pidió que le dieran su
opinión al respecto. La respuesta fue unánime: que el p. Jeremías
no era idóneo para hacerse cargo de alguna parroquia y por lo tanto
que se quedara siempre como vicario.
Y así empezó otro calvario para nuestro amigo Jeremías,
cambiando continuamente de parroquia, acusado de ser dormilón,
puesto que en distintas ocasiones lo encontraban dormido delante
del sagrario, flojo, por el hecho que su misa nunca duraba menos
de una hora, y llorón, debido a su costumbre de llorar seguido
durante la homilía y hacer llorar a la gente, lo que según los expertos
era antilitúrgico.
Cuando el obispo se dio cuenta de la razón verdadera de su
rechazo, empezó a utilizar al p. Jeremías como medio para obligar
a ciertos curas mañosos a enderezar su conducta. Si veía que algún
cura se pasaba de la raya, le enviaba como vicario a nuestro p.
Jeremías, que, entre lágrimas y citas bíblicas, ponía las cosas en su
lugar, fustigando de una manera especial algunos abusos con
relación a ciertas prácticas de vida cristiana, que en muchos casos
rayaban en la idolatría.
En aquel tiempo, como es bien sabido, muchos curas se
dedicaban a promover algunas devociones populares que
supuestamente garantizaban la salvación eterna a la gente que
cumplía con determinados requisitos, que por lo general consistían
en algunos rezos y actos de penitencia. Eran como un «seguro de
salvación eterna», una especie de salvación barata, basada
normalmente en revelaciones privadas, completamente al margen
de la Palabra de Dios.
Pues bien, ante esta situación, nuestro héroe reaccionaba con
toda energía:
— ¿Qué creen ustedes — exhortaba entre lágrimas — que,
con sólo confesarse y comulgar nueve primeros viernes de mes,
van a salvarse? ¿No saben que es estrecho el camino que lleva a la

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salvación? Solamente confiando en la misericordia de Dios y
luchando seriamente por tener una vida santa, un día podremos
alcanzar la gloria.
Aún más enérgica era su reacción cuando alguien, con el afán
de simplificar más las cosas y de esta manera garantizar más
ganancias, relacionaba la salvación con determinados objetos
sagrados, como estampas, agua bendita o escapularios. Entonces,
su denuncia adquiría tonos realmente apocalípticos, hablando de
condenación eterna y fuego inextinguible.
Claro que muchos, al verse caer sus teatritos con esa
predicación, preferían pedir su cambio. Así el santo obispo lograba
lo que de otra manera le hubiera resultado casi imposible, es decir
sacar de las parroquias a los curas más mañosos y renuentes,
aunque con eso nuestro héroe se fuera ganando cada día más y
con toda razón el título de «sicario», en lugar de «vicario».

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Capítulo 5

OBISPO
En aquel tiempo los obispos normalmente quedaban al frente
de la diócesis hasta la muerte, aunque tuvieran una edad muy
avanzada y estuvieran enfermos, como en el caso del obispo que
ordenó al p. Jeremías.
Pues bien, un día el santo obispo, ya cerca de los noventa
años, mandó a llamar al p. Jeremías y le dijo:
— Como todos saben, ya estoy rayando los noventa y ya no
me resulta fácil cumplir a cabalidad con mis obligaciones de pastor
de la diócesis. Por eso he pedido a la Santa Sede un obispo coadjutor
y aquí está tu nombramiento, que me acaba de llegar. ¿Cómo la
ves?
— Ya era tiempo — comentó cándidamente nuestro querido
amigo, el p. Jeremías —. Desde hace algunos años cada día me he
ido preguntando: «¿Cuándo por fin llegará mi turno?» Es que el
tiempo pasa y ya me siento cansado de hacer el vicario, o sicario,
como muchos dicen.
— ¿Qué le podemos hacer? Así son las cosas, mi querido
Jeremías. Uno se acostumbra a mandar solo y le resulta difícil
hacerse a la idea de compartir la chamba con otros. Pero ya llegó
el momento para ti y sinceramente necesito tu ayuda.
— Señor obispo, como siempre, me tiene a sus órdenes. Diga
usted por dónde empezamos.
— Empezaremos por la cabeza y el corazón. A ver, ¿cómo te
has sentido en todo este tiempo de ministerio sacerdotal?
— Bastante satisfecho por lo que Dios y la Virgen Santísima
me han permitido realizar con su ayuda, pero al mismo tiempo me
siento triste por lo que no he podido realizar.

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— Háblame más claro para que yo pueda entender bien tu
situación.
— Me siento contento por las ovejas descarriadas que he
logrado arrancar al demonio y entregar a Cristo. Pero al mismo
tiempo me siento mal, cuando pienso en la cantidad de ovejas que
durante mi ministerio se han salido del redil y se han perdido. Como
usted se habrá dado cuenta, estamos viviendo en tiempos muy
difíciles, en que la fe se está enfriando, la impiedad y la falta de
respeto por las cosas sagradas se están volviendo ley, las
tentaciones de la carne están a la orden del día...
— Te entiendo perfectamente bien, mi querido Jeremías. En
realidad, lo mismo me está pasando a mí. Me gasté, me desgasté....
¿y los resultados? Muy escasos. Dejo la diócesis peor de como la
encontré. No te creas, mi querido Jeremías, esto me está
preocupando seriamente, especialmente ahora que se está
acercando el día en que voy a rendir cuentas al Pastor Supremo.
Muchas veces me he preguntado: «¿Dónde está el
problema?» y nadie me da una respuesta convincente. Todos tratan
de animarme con argumentos vagos: que cada uno hace lo que
puede, que hay que confiar en Dios y cosas por el estilo. Yo creo
que es tiempo de enfrentar seriamente este problema. Ya estoy
fastidiado al ver la apatía de tantos curas y hasta de algunos colegas
míos muy queridos, para los cuales todo esto ni les va ni les viene.
— ¿No será que el saco ya no nos viene, es decir, que nuestras
estructuras ya no responden a las necesidades de los tiempos
actuales?
— Bueno. Creo que por ahí va la cosa. Así que te ordeno como
tu superior inmediato que de aquí en adelante te dediques a eso, a
ver qué cambios necesitamos realizar dentro de la Iglesia para estar
en condiciones de atender a todos nuestros feligreses como se
merecen. ¿Qué es eso de estar esperando en los templos a ver quién
se acerca y en qué le podemos servir? No nos olvidemos de que
antes que nada somos pastores y como tales tenemos la obligación
de conocer a todas nuestras ovejas una por una y apacentarlas
debidamente.
— Le agradezco, señor, la confianza que ha depositado en
mí. Trataré de no defraudarlo. Hoy mismo pondré manos a la obra.
Trataré de ser lo más práctico posible y no desperdiciaré ni un
minuto de mi tiempo en algo que no sea este proyecto.
— A propósito, mi querido Jeremías, no es que yo esté en
contra del don de lágrimas, don excelso que Dios concede a pocas

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almas selectas. Lo que quiero, es que tú entiendas que no somos
monjes y que nuestra ascética tiene que ver antes que nada con
nuestra misión de pastores. Así que ahora que vas a ser consagrado
obispo, pídele mucho a Dios el don del discernimiento para
entender qué es lo que la Iglesia necesita hoy para dar un paso
adelante en estos tiempos tan turbulentos, difíciles y angustiantes.
¡Pobre obispo! Al final de la vida y con tantos problemas por
resolver. Lo bueno es que confiaba en nuestro amigo, el p. Jeremías,
un hombre cabal y un santo, sencillo como una paloma pero al
mismo tiempo listo como nadie y decidido a todo por el Reino de
Dios.
Lástima que no encontré nada acerca del lugar y la fecha de
la consagración episcopal de nuestro personaje. Me hubiera
gustado conocer las reacciones de los feligreses y los curas al
enterarse del nombramiento a obispo de nuestro amigo Jeremías,
su participación en la consagración episcopal y tantas cosas más.
Pero nada. Conociendo la manera de ser de nuestro personaje, estoy
convencido de que todo se desarrolló de una forma discreta, sin
mucho ruido, como se acostumbra ahora.

Cuentan las crónicas de aquel tiempo que un día el obispo


Jeremías, al encontrarse en oración, tuvo una visión. No se sabe
con certeza si se trató de un éxtasis o sencillamente se encontraba
dormido delante del sagrario. De improviso se le apareció Jesús,
rodeado de luz, que le dijo:
— Basta de llorar, Jeremías.
— Es que muchas almas se están perdiendo y yo no sé qué
hacer para arrancarlas de las garras de Satanás — le contestó el
obispo Jeremías entre lágrimas, como era su costumbre.
Jesús siguió hablando:
— Ya te lo dije. Deja de llorar, Jeremías. Así no se resuelven
los problemas. Hazle caso a mi siervo que te impuso las manos y te
consagró a mi servicio.
— ¿Qué tengo que hacer, entonces? — suplicó el obispo
Jeremías.
— En lugar de trabajar por diez, pon a diez a trabajar.
Y desapareció la visión.
De inmediato nuestro héroe corrió a contar lo sucedido al
anciano obispo, cuya salud se encontraba muy deteriorada a causa
de su edad muy avanzada. Éste, mientras escuchaba el relato,

21
repetía continuamente: «Bendito sea Dios», sin hacer ningún
comentario al respecto. Parecía totalmente absorto en oración, con
una cara de ángel, como pregustando el encuentro definitivo con
el Creador.
Al ver que no reaccionaba a sus palabras, el obispo Jeremías
pensó retirarse, pero, al momento de besar la mano del ilustre
anciano, de improviso éste abrió los ojos y le preguntó:
— Mi querido hijo, ya sabes que pronto voy a regresar a la
casa del Padre. Por favor, no dejes de celebrar bien tu santa misa
diaria. Allá encontrarás tu verdadero sustento espiritual que te
ayudará a superar todas las dificultades, que sin duda se
presentarán en tu ministerio episcopal. Que no se vaya a repetir lo
de aquella vez, cuando la celebraste de prisa y sin acción de gracias.
Ahora que estoy por pasar a la otra vida, ¡cuánto me gustaría
conocer la razón por la cual en aquella ocasión te portaste de una
manera tan irresponsable!
— Es que tenía una tremenda diarrea — le contestó
humildemente el obispo Jeremías.
— ¿Y por qué no me lo dijiste pronto, cuando te reprendí?
— Porque usted no me lo preguntó. Yo pensé: «Cuántas veces
me porto mal y el obispo no se da cuenta. Pues bien, acepto esta
reprensión injusta para compensar todas las veces que me porté
mal y el obispo no se enteró».
Durante unos largos instantes, el santo obispo lo miró a los
ojos con inmensa ternura y cariño, lo abrazó y expiró.

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Capítulo 6

APÓSTOL
Una vez al frente de la diócesis, el obispo Jeremías convocó
a los presbíteros y les dio las siguientes recomendaciones acerca
del trabajo pastoral:
— Antes que nada, tenemos que cuidar nuestra vida espiritual
y después ver qué es lo que nos compete estrictamente a nosotros
como pastores de almas. Para todo lo demás, busquemos a gente
que nos pueda ayudar. Que sean personas celosas por la gloria de
Dios y llenas de amor hacia el prójimo. «En lugar de trabajar por
diez — me dijo Jesús en una visión —, pon a diez a trabajar».
Y ¡milagro! durante todo el encuentro el obispo Jeremías no
lloró ni un instante ante el asombro general. Muchos se
preguntaban:
— ¿Qué pasó con nuestro obispo? ¡Ha cambiado muchísimo!
¿Será que de veras habrá tenido una visión? No se parece en nada
al vicario, o sicario, de antes.
Algunos atribuían el cambio a la gracia de estado y otros a
una sutil perspicacia política. Pensaban:
— Puro cuento lo de las lágrimas, la oración delante del
sagrario y ahora lo de la visión. Pura pantalla para impresionar a
los ingenuos. Una vez que consiguió lo que quería (la mitra), ya se
quitó la máscara. Pues bien, que no cuente conmigo. A mí no me
va a embaucar tan fácilmente.
¡Pobrecitos! Algunos de ellos pagaron con la vida su
incredulidad acerca de la buena fe del santo obispo Jeremías. Al
no querer cambiar de actitud y burlarse de su amenaza: «O cambias
o te mueres», pasaron a mejor vida antes de tiempo, volviéndose
en una terrible advertencia para todos. De hecho, muchos curas,

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ante esa perspectiva, recapacitaron y así el obispo Jeremías en poco
tiempo logró grandes avances en su diócesis, tanto que su figura
se volvió legendaria para las generaciones que siguieron.
De los documentos encontrados se desprende que era tan
grande el ansia apostólica del obispo Jeremías que no quería que
ninguna oveja se le perdiera. Por lo tanto, se pasaba horas y horas
en el confesionario, escuchando a la gente, aconsejando y
perdonando los pecados en el nombre de Dios. Hasta que un día
«se le prendió el foco». Así dicen literalmente los documentos.
«Se le prendió el foco», ¿en qué sentido? Posiblemente aquí
está la respuesta: «Desde entonces — cuentan las crónicas — , en
lugar de dedicar horas y horas a las confesiones individuales,
repitiendo continuamente los mismos consejos y sin darse abasto
para atender a todos, utilizó el método de los dibujos».
¿De qué se trata en concreto? Para ahorrar tiempo y alcanzar
a más gente, nuestro personaje preparó un examen de conciencia
a base de dibujos (en aquel tiempo eran contados los que sabían
leer y escribir), haciendo imprimir millares y millares de copias.
Hecho esto, estableció un programa de confesiones, señalando días,
horas y lugares determinados. Cuando todo estaba listo, el obispo
Jeremías hacía repartir para cada penitente una hoja con la lista
de los pecados y un lapicero para apuntar al lado de cada dibujo la
cantidad de veces que uno había cometido la falta. El signo + quería
decir «muchas veces», el signo - «pocas veces» y cada punto «una
vez», cuando uno recordaba el número preciso de las faltas.
Aclarado esto, empezaba la preparación, que a veces duraba
horas, entre explicaciones, cantos, oraciones y exhortaciones, a
veces con lágrimas, para un cambio de vida (por lo que parece,
nunca se le quitó por completo la costumbre de llorar). Después
cada uno se presentaba delante de él con la hoja en la mano,
mientras los demás rezaban el santo rosario, meditando sobre los
misterios dolorosos y en muchos casos acompañando el rezo con
«suspiros y lágrimas de arrepentimiento» (se ve que también las
lágrimas son contagiosas).
El santo obispo leía la hojita, daba algún consejo práctico,
teniendo en cuenta la situación de cada uno, asignaba la penitencia
y otorgaba la absolución. Haciendo así, ahorraba tiempo y
conseguía más frutos espirituales. Además, este método,
revolucionario para aquel tiempo, representó para muchos una
verdadera tabla de salvación. En realidad, muchos no se confesaban
por no saber cómo expresarse o por la pena de manifestar sus cosas

24
íntimas a otra persona. Al darse cuenta de que se podía hacer la
confesión por escrito, muchísima gente empezó a disfrutar del
perdón de Dios mediante el sacramento de la reconciliación.
Una vez experimentada la eficacia del método, el obispo
Jeremías empezó a enseñarlo a los curas que manifestaban más
interés para los asuntos espirituales. Para los que tenían la manía
de meterse siempre en los asuntos o chismes de la política, solía
repetir: «Mejor que no se metan con esto, para no echarlo a perder
todo». Y así, poco a poco el obispo Jeremías logró rodearse de un
buen grupo de sacerdotes, totalmente identificados con sus ideales,
cumpliendo así con lo que Jesús le había dicho en la visión: «En
lugar de trabajar por diez, pon a diez a trabajar».
Y contando con este equipo de sacerdotes, bien fervorosos y
entrenados para el santo ministerio, nuestro héroe se lanzó a la
ardua tarea de evangelizar al pueblo católico, que se encontraba
en un estado de sumo abandono espiritual, aunque contara con
un número suficiente de ministros del altar. En realidad, éstos lo
único que sabían hacer era administrar los sacramentos al por
mayor y de una forma rutinaria, como ritos sociales y nada más,
no contando con ninguna experiencia de evangelización ni deseo
de aprender. Estando así las cosas, para no echarlo a perder todo,
el obispo Jeremías prefirió que siguieran como siempre y no se
metieran en asuntos en los cuales se sentían incompetentes.
Fíjense que en aquel tiempo el descuido del pueblo católico
de parte del clero llegó a tal grado que hasta las fiestas religiosas
fácilmente degeneraban en fiestas paganas, con bailes, borracheras
y todo tipo de desorden. Y lo peor del caso era que casi siempre se
aprovechaba de las fiestas religiosas para administrar los
sacramentos.
Imagínense ustedes, mis amables lectores, qué triste
espectáculo se daba al mezclar el agua bendita con el aguardiente,
la alabanza a Dios con cantos que abiertamente incitaban al vicio.
Fíjense que mucha gente el mismo día se confesaba para casarse y,
una vez celebrado el sacramento, se emborrachaba durante la fiesta
que seguía. Lo mismo pasaba con los demás sacramentos.
Tranquilamente se juntaban la celebración del sacramento y la
diversión pagana.
Pues bien, ante esta realidad, lo primero que hizo nuestro
piadoso obispo fue declarar públicamente que por su parte nunca
participaría en este tipo de fiestas religiosas y mucho menos para
administrar el sacramento de la confirmación, comprometiéndose

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a realizar cualquier sacramento en un clima de oración, lejos de
todo tipo de diversión u ocasión de pecado.
A los curas que querían seguir con la costumbre de siempre,
los dejó en completa libertad.
— Allá ellos — comentaba —. Lo dejo todo a su conciencia.
«Que los muertos sepulten a sus muertos» (Lc 9, 60).
Con esta decisión, nuestro obispo Jeremías se liberó de tantos
compromisos inútiles, dando a los canónigos de la catedral el
encargo de administrar el sacramento de la confirmación.
— Entonces, ¿ya no confirmaba el obispo Jeremías? —
preguntarán muchos de ustedes.
Claro que confirmaba, pero de una manera diferente, es decir,
con la debida preparación y en un clima de oración.
Para eso, él mismo escribió un texto en que se manejaba
oportunamente teoría y práctica, enseñanza y oración. Al final,
cuando los confirmandos ya estaban preparados, les administraba
el sacramento durante un retiro espiritual, que duraba por lo menos
tres días. Solía repetir: «Yo nunca voy a dar las perlas a los
cochinos». En realidad, antes que el obispo Jeremías aportara los
cambios mencionados, la confirmación se parecía más a una fiesta
de despedida que a una toma de compromiso cristiano.
Fue tan grande el impacto que esta nueva manera de
administrar el sacramento de la confirmación causó en toda la
región que poco a poco otros obispos la fueron adoptando, logrando
frutos espirituales insospechados. Fíjense que con el pasar del
tiempo muchos ministros del altar reconocían claramente que
precisamente en el sacramento de la confirmación, administrado
por el santo obispo Jeremías, descubrieron los primeros gérmenes
de su vocación.
Otra actividad, a la que el santo obispo Jeremías consagró
gran parte de su tiempo, fue la predicación de los «santos ejercicios
espirituales», que duraban por lo menos una semana.
Normalmente lo acompañaba un grupo de sacerdotes. Algunos lo
ayudaban en impartir los temas y otros iban con él sencillamente
por el gusto de escucharlo y aprender.
Eran días de trabajo agotador, entre pláticas, diálogo
personal, confesiones y oraciones. Sin embargo, nunca nuestro
héroe daba muestra de cansancio o malhumor. Se le veía siempre
alegre y bien dispuesto para todo. Parecía que el trabajo, en lugar
de cansarlo, le infundía más vigor y entusiasmo.

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Fue tan grande el fervor que los «santos ejercicios
espirituales» fueron creando en las masas populares, que a veces,
al no caber la gente en los templos, fue menester realizarlos en las
plazas, reavivando en poblaciones enteras el deseo de las cosas
divinas, lo que las llevó a dejar muchas costumbres perniciosas
para el bienestar del pueblo y a crear otras nuevas, inspiradas en
los preceptos del Santo Evangelio.
Y por último, lo que más contribuyó a volver legendaria la
figura de nuestro personaje, fue su manera muy peculiar de realizar
las visitas pastorales, que en la práctica eran verdaderas «misiones
populares». Como siempre, era acompañado por un grupo de
sacerdotes, que lo ayudaban a predicar, confesar y aconsejar a la
gente.
Cuando se daba cuenta de que algún párroco no daba el kilo
por alguna razón, lo cambiaba de inmediato, dejando en su lugar a
uno de los sacerdotes que lo acompañaban. Apenas el párroco en
cuestión lograba enmendarse o aprender lo que le faltaba, de
inmediato era reintegrado en su cargo en la misma parroquia o en
otra. Todo dependía del empeño que uno le ponía para mejorar en
su conducta como pastor de almas.
Cuentan las antiguas crónicas que a distancia de siglos se
podía distinguir entre los pueblos evangelizados por nuestro héroe
y los demás. Tan grande fue la huella dejada por el obispo Jeremías,
el que durante muchos años fue tachado de ser «llorón» y
«dormilón», además de poco apto para los estudios.

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Conclusión
El obispo Jeremías para aquellos tiempos fue un verdadero
San Pablo y un gran reformador, aunque él mismo nunca se diera
cuenta de la trascendencia que su obra tendría para los siglos
venideros. Seguido repetía: «Si queremos que nuestros feligreses
no se dejen contagiar por creencias contrarias a nuestra fe ni se
pierdan en el indiferentismo religioso, antes que nada nosotros
mismos tenemos que despertar del profundo sueño en que nos
encontramos y tratar de inventar cualquier cosa con tal de
fortalecerlos en la fe. Antes que la situación se nos escape de las
manos, tenemos que hacer algo. Es inútil llorar, cuando ya se perdió
todo».
Y con estas ideas bien claras en la mente, el santo obispo
Jeremías logró cambios tan grandes en la Iglesia que hicieron
legendaria su figura. Muchas veces me pregunto «¿Qué haría el
obispo Jeremías si viviera en estos tiempos?» Que su ejemplo y su
mensaje logren por lo menos despertar e inquietar alguna
conciencia adormecida.

León, Gto.; a 8 de julio de 2008.

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El Calvario
de don Boni
Presentación
«Había una vez», así me hubiera gustado empezar este relato.
Pero no, puesto que «El Calvario de Don Boni» aún sigue y no
sabemos hasta cuándo va a durar.
Don Bonifacio: un indígena, aferrado a sus costumbres y a
su fe, un campesino cualquiera, llamado a enfrentar situaciones
cada vez más complicadas y extrañas para él y su pueblo.
Muchos de ustedes, mis amables lectores, sin duda ya lo
conocen, pero otros no. Pues bien, para que todos lo conozcan y su
recuerdo no se pierda con el pasar de los años, me decidí a contar
su historia. Estoy seguro de que cada uno de ustedes encontrará
en este relato algo que desconocía por completo y al mismo tiempo
podrá añadirle detalles para mí totalmente novedosos.
Además, es posible que en «El Calvario de Don Boni»,
muchos de ustedes descubran «su calvario», un calvario que aún
perdura y no sabemos hasta cuándo durará. Pues bien, para que
estén prevenidos y no vayan a repetir los mismos errores de
siempre, los invito a leer atentamente el siguiente relato.

México, D.F.; a 17 de julio de 2008.

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Capítulo 1

LA COSTUMBRE
Don Boni, segundo hijo varón de don Blas y doña Rufina. De
diez, entre hermanos y hermanas, sobreviven cinco; los demás
murieron en tierna edad por distintas enfermedades. Solamente
él y su hermano mayor saben leer y escribir, mientras las hermanas
no saben leer ni escribir.
Así era antes en la sierra: solamente los varones pisaban un
aula escolar algún tiempo, hasta que no aprendieran las letras y
no lograran hacer las cuentas. Para algunos bastaban dos años,
para otros un año o menos y para otros no alcanzaría toda la vida
para aprender algo en la escuela. Así que, al ver que no la hacían,
los papás pronto los retiraban y los llevaban a trabajar con ellos en
el campo.
Nada difícil o complicado: recoger la leña, llevar el agua o la
comida a los que estaban trabajando, en fin, cosas sencillas que
cualquiera puede aprender fácilmente. Mientras tanto iban
observando a los mayores y así aprendían a sembrar, barbechar,
cosechar y tantas otras cosas propias del campo. Hasta que llegaba
la edad y se casaban, todo según la costumbre, sin grandes
novedades.
Es lo que le pasó a nuestro amigo Boni, que en menos de un
año aprendió a leer y escribir y pronto se fue con el papá a trabajar
en el campo. A los dieciséis años se casó y bien casado según la
costumbre, por lo civil y por la Iglesia.
En realidad, en aquellos años en la sierra las cosas no eran
como ahora que cada quien hace lo que le da la gana. Entonces, la
costumbre era ley y todos tenían que sujetarse a ella. No era como
ahora que un día uno se casa o se junta con una mujer y otro día se

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divorcia o abandona la mujer y se va con otra. No. En aquellos
tiempos las cosas eran muy diferentes. Para casarse, intervenía
mucha gente y se trataba de un compromiso serio.
Cuando uno no cumplía, lo agarraban, lo metían a la cárcel y
le cobraban la multa, para que escarmentara y aprendiera a hacer
bien las cosas, según la costumbre. Nada de que «me gusta otra
mujer, a ver qué hago para casarme con ella o llevármela a mi casa».
Nada de todo eso: una sola mujer y por toda la vida, como manda
la Iglesia y ordena la costumbre.

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Capítulo 2

REZANDERO
Don Boni, desde su más tierna edad, manifestó siempre un
gran interés por las cosas de Dios. Por eso su papá, don Blas, lo
llevaba siempre consigo cuando había un rezo por los difuntos o
alguna novena para los santos. Una vez que aprendió a leer y
escribir, le compró un cuaderno grueso como un libro y le enseñó
a copiar los rezos y los cantos, tomados de sus cuadernos y hojas
sueltas.
Lo que más le gustaba a nuestro amigo era ver a su papá
rezar a los santos cuando había una fiesta. Usaba un antiguo
reclinatorio que nadie podía ni siquiera tocar, algo sagrado que
solamente él podía utilizar. Cuando rezaba arrodillado sobre el
reclinatorio, se veía importante como un cura, teniendo a un lado
alguien que le sostenía una vela encendida, aunque fuera de día y
hubiera suficiente luz. Lo hacían para que la gente viera que don
Blas era el primer rezandero del pueblo.
A él le tocaba instruir y vigilar a todos los encargados de las
fiestas, para que hicieran todo según la costumbre y no se
equivocaran, provocando el enojo de los santos, como cuando por
distracción del encargado no pusieron las flores a san Sebastián y
hubo un tremendo granizo que acabó con el maíz.
Don Blas cuidaba que ninguna mujer tocara la campana,
puesto que, según la tradición de los antiguos, si una mujer tocaba
la campana, ésta se rompía de inmediato. Tocar las campanas era
cosa de hombres y nada más. Como por otro lado, vestir las estatuas
de las santas era cosa de muchachas y se tenía que hacer a puerta
cerrada y a una cierta hora de la noche, para evitar las miradas
indiscretas de los hombres. En este caso, ni el mismo don Blas

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podía asistir. Todo se tenía que hacer bajo la supervisión de doña
Rufina, la esposa de don Blas, o la presidenta de la asociación
correspondiente.
De hecho, en Cerro Tejón, el pueblo de don Boni, un pueblo
de unas noventa chozas, había dos asociaciones, la del Sagrado
Corazón y la de santa Filomena. Siendo de bulto la estatua del
Sagrado Corazón, no necesitaba cambio de ropa, mientras la
estatua de santa Filomena era de madera y paja. Dicen que tenía
bien hechecitas solamente la cabeza, las manos y los pies, mientras
todo lo demás era de madera simple con añadidura de paja o ramas
de árboles, para darle la figura.
En la capilla había alguna otra estatua, pero no le hacían
ninguna fiesta especial. Estaban allá así nomás, para la devoción
de la gente. Cuando uno tenía alguna necesidad particular, iba a la
capilla, se ponía de rodillas ante la estatua del santo o la santa y le
pedía lo que necesitaba: la salud de un ser querido, la lluvia para el
campo, la protección contra alguna brujería o el castigo para
alguien que había provocado algún daño.
Poco a poco nuestro amigo Boni fue aprendiendo todo esto,
seguro que algún día iba a tomar el lugar de su papá como primer
rezandero del pueblo, la máxima autoridad en campo religioso. Lo
único que no le gustaba de todo lo que hacía don Blas, era que éste
se emborrachaba hasta caerse durante los novenarios y las fiestas.
Todo lo demás le gustaba.
— Es la costumbre del pueblo — contestaba don Blas, cuando
Boni le hacía notar que no era conveniente lo que estaba haciendo.
Y añadía:
— Cuando uno toma, se olvida de las cosas de este mundo y
se acerca más a Dios. Para eso Dios hizo el aguardiente. Esto nos
enseñaron nuestros antepasados y esto tenemos que hacer
nosotros.
Estando así las cosas, a Boni no le quedaba más que obedecer
y tomar cuando don Blas le ofrecía el aguardiente durante los rezos.
Así, poco a poco, también Boni desde la adolescencia fue
aprendiendo a tomar.
— De todos modos — cuenta don Boni, cuando alguien le
pregunta al respecto — yo nunca me emborraché completamente.
Nunca me convenció del todo la razón que me daba mi papá. De
hecho, él se emborrachaba por lo menos una vez cada quince días,
hubiera o no alguna fiesta o novenario. Por eso sobre el asunto de
la tomadera nunca le hice caso completamente.

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Capítulo 3

PRIMEROS ATAQUES
CONTRA LA FE
Normalmente el padre llegaba a Cerro Tejón una vez al año,
el 12 de junio en vísperas de la fiesta de san Antonio. Todo
empezaba con el rezo del santo rosario, añadiendo a cada misterio
cánticos y alabanzas. Mientras tanto, se alegraba el ambiente con
cohetes y una abundante derrama de tepache. Todo era gratis.
A la llegada del cura se daba inicio a la santa misa con la
participación de los más devotos, unas cincuenta personas,
mientras la mayor parte de la gente se quedaba afuera de la capilla,
charlando y tomando. A la mañana siguiente, el mero día de la
fiesta, se hacían los bautismos y los casamientos.
Por la noche, a la luz de las linternas, se hacía el baile,
inaugurado por el cura, que casi siempre, para no quedar mal con
la gente, tomaba igual que todos. A las cuatro o cinco de la mañana
terminaba la fiesta, quedando casi todos completamente borrachos.
Era la costumbre que nadie se atrevía a criticar o querer cambiar.
Hasta que un día llegó un forastero, pobre como ellos, pero
con corbata y ropa bien arregladita, llevando una Biblia en la mano.
Se decía «evangélico» y lo que pretendía era «anunciar la Palabra
de Dios», que según él estaba en contra de muchas costumbres del
pueblo. Al principio nadie le hizo caso, pero, al cabo de unas tres o
cuatro visitas, algunos empezaron a reaccionar ante ciertas
afirmaciones del forastero, según el cual «no había que adorar las
imágenes», puesto que eran de madera y no tenían vida ni poder
alguno.
Cuando la noticia llegó a oídos de don Blas, se puso furioso y
ordenó su inmediata expulsión del pueblo, apoyado por las

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autoridades, que veían en el forastero a un intruso, un enemigo y
un perturbador del orden público.
— ¡Imagínense qué nos puede pasar si la gente empieza a
hacerle caso a este charlatán y excomulgado! Por culpa de él, los
santos nos pueden castigar con el granizo, el chorrillo y quien sabe
cuántas enfermedades más.
Nuestro amigo Boni y su hermano mayor se encargaron de
ejecutar la orden, amenazando al pobre predicador con el machete
en la mano:
— Si vuelves aquí con tus mentiras, te vamos a dar una buena
paliza que no vas a olvidar por toda la vida.
Hablaban con tanta firmeza que el predicador entendió
perfectamente bien la amenaza y no volvió. Sin embargo, poco
después llegaron otros con las mismas ideas contra las imágenes y
contra la Iglesia, pero no pudieron hacerles nada porque eran del
mismo pueblo, gente que había salido del pueblo para ir a trabajar
lejos y ahora regresaba con una mentalidad totalmente diferente
de cuando se fueron.
Se decían «estudiantes de la Biblia» y, según ellos, su único
objetivo era enseñar la Palabra de Dios a toda la gente del pueblo.
— Bueno — les preguntó don Blas para salir de dudas —,
ustedes dicen que son estudiantes de la Biblia y por eso la quieren
enseñar al pueblo. Ahora yo quiero saber cuál es su religión. No
vaya a pasar como el otro día que llegó aquí un excomulgado quien
sabe de dónde y empezó a hablar en contra de nuestras costumbres
y de los santos.
— Mire, don Blas — le contestó uno que parecía ser el jefe de
los que recientemente habían regresado al pueblo —, nosotros no
tenemos nada que ver con la religión. Lo que nos interesa es que
ustedes conozcan la Palabra de Dios. En el fondo, lo que salva no
es la religión, sino Cristo.
Ante esta manera de ver las cosas, don Blas ya no supo qué
decir. En realidad, nunca había oído algo parecido. Entonces,
sentenció:
— No hay problema. Vamos a ver qué dice el cura sobre este
asunto — y pronto envió a Boni y su hijo mayor a consultar al cura,
cuya respuesta fue salomónica:
— Aprovechen esta oportunidad para conocer la Biblia y
después poder enseñarla a los demás. Es tiempo que empiecen a
salir de su ignorancia.

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Teniendo en cuenta la respuesta del cura, los dos hermanos
pronto se volvieron en asiduos «estudiantes de la Biblia». Unas
dos horas diarias de estudio. Nuevos horizontes se empezaron a
desplegar delante de sus mentes, deseosas de abrirse a los grandes
misterios de la existencia: Dios, el hombre y la naturaleza.
De todos modos, los dos hermanos no quedaron satisfechos.
Por un lado empezaron a notar cierto rechazo de parte de la gente
por el hecho de meterse a estudiar la Biblia con gente que no rezaba
el rosario y no manifestaba ningún respeto por las imágenes y por
el otro empezaron a sospechar que en todo el asunto había gato
encerrado. En realidad, se dieron cuenta de que de vez en cuando
estos supuestos «estudiantes de la Biblia» cuchicheaban entre ellos,
no contestaban a las preguntas que les hacían (decían siempre:
«Después») y se reían cuando hablaban de sus antiguas
costumbres.
Por fin decidieron retirarse, teniendo alguna idea acerca de
la Biblia y dedicando todos los días a su lectura una media hora,
aunque les resultara difícil asimilar su contenido. En realidad,
estaban usando la Biblia que les regalaron los amigos llegados del
norte, de por sí muy complicada, y habían empezado a leerla desde
un principio, como se hace con cualquier libro.
Ante la dificultad de entender bien su contenido, fueron a
consultar al cura, que les dio una buena regañada:
— ¿Qué creen ustedes que el estudio de la Biblia es tan fácil
como aprender a rezar el rosario? Yo me quemé las pestañas
durante años y ustedes ¡en unas cuantas horas piensan aprenderse
la Biblia! De veras que ustedes están locos. De todos modos, si
ustedes de veras quieren comprender más las cosas de Dios y
estudiar la Biblia, los voy a mandar a un curso bíblico que va a
durar una semana entera en el obispado. A ver cómo le hacen para
la cuota, que es un poco alta. De todos modos, no se van a preocupar
por la comida y para dormir. Allá les van a dar todo. ¿Cómo la
ven? Aún faltan dos meses. Hay tiempo para juntar el dinero para
el pasaje y la cuota que van a pagar.
— Muy bien, señor cura. Le vamos a hacer la lucha.
Con la promesa del curso que se iba a dar en el obispado,
una gran esperanza empezó a surgir en el corazón de los dos
hermanos y de su papá, don Blas, que por primera vez tuvieron
que enfrentarse a un peligro tan grande para la comunidad, que
amenazaba con mandar al traste toda una tradición de siglos y
dejaba a todos completamente desamparados, sin ninguna certeza
para el futuro.

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Capítulo 4

LA GRAN DECEPCIÓN
Mientras tanto los «estudiantes de la Biblia» no perdían su
tiempo. De casa en casa y uno por uno, invitaban a la gente a
estudiar la Biblia con ellos. Cuando alguien expresaba alguna duda
acerca de la nueva doctrina, contestaban invariablemente:
— Pregunten a don Blas qué dijo el cura.
— ¿Qué dijo?
— Que es la misma Biblia. Sus mismos hijos estuvieron
estudiando la Biblia con nosotros.
— Pero después dejaron de estudiar con ustedes. ¿Por qué
no continuaron estudiando la Biblia con ustedes?
— ¿Qué creen ustedes? Por flojera. Los hijos de don Blas son
muy flojos. Por eso, en lugar de estudiar la Biblia, prefieren rezar y
rezar, para que la gente les dé comida y aguardiente.
Con estas y otras trampas, los recién llegados del norte
lograron enredar a algunos y formar su pequeño grupo de
«estudiantes de la Biblia», ante la impotencia de don Blas y sus
hijos, que veían con malos ojos su desprecio por la costumbre, las
imágenes y tantas cosas más. Su gran esperanza estaba cifrada en
el curso bíblico, en que seguramente aprenderían a enfrentar el
problema de la división religiosa, que, según lo que decía la gente,
ya estaba causando serios daños en los pueblos vecinos.
Vendieron algunos animalitos, pidieron algo prestado y por
fin lograron juntar la suma requerida para el pasaje, la estancia en
el obispado y la adquisición de algún libro o cassette que pudiera
ayudar para prepararse mejor. Estaban dispuestos a todo con tal
de capacitarse para evitar que también en Cerro Tejón el pueblo se
dividiera como estaba sucediendo en otras partes.

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Por fin llegó el día tan deseado y salieron de Cerro Tejón
muy de madrugada, con la bendición de don Blas y los mejores
augurios de parte de toda la comunidad, reunida en el rezo del
santo rosario. Se sentían como los antiguos cruzados que se
alistaban para dar la gran batalla de la fe. Después de cuatro horas
de camino por cañadas y cerros y tres horas de camión llegaron a
la ciudad, a la casa del obispo, donde estaban llegando otros
indígenas y campesinos como ellos, muchos de los cuales ya
contaban con una Biblia, casi siempre regalada por los miembros
de otros grupos religiosos.
Todos eran agentes de pastoral y llevaban la misma ilusión:
conocer la Biblia para sentirse seguros en la fe de sus padres y no
dejarse confundir por los que la habían abandonado. Nunca se
habían imaginado la gran decepción a la que estaban por
enfrentarse. En realidad, la religiosa encargada del curso, pronto
empezó a enseñar, mediante dibujos, cómo se hacen las letrinas.
Ante el asombro general, los reprendió como si fueran niños de la
calle, maleducados y desobedientes:
— ¿No entienden que primero hay que preocuparse por la
salud del cuerpo y después por la salvación del alma? ¿Cómo
ustedes van a entender las cosas de Dios, si están desnutridos,
enfermos y con el estómago vacío? Primero hay que llenar el
estómago y preocuparse de la salud física y después hay que pensar
en lo demás.
— Habían dicho que íbamos a estudiar la Biblia — se atrevió
a objetar un anciano del grupo, catequista desde hacía muchos años
y por lo tanto con más confianza hacia la religiosa.
— En la tarde van a estudiar la Biblia. Todas las mañanas yo
les voy a dar la materia de promoción humana y todas las tardes
otra religiosa les va a dar catequesis.
Con esta promesa, se serenaron los ánimos y cada uno trató
de concentrarse en lo que la madre estaba explicando acerca de las
letrinas y fosas sépticas, algo interesante pero fuera de lugar, puesto
que se trataba de agentes de pastoral, cuyo único deseo era ver
cómo guiar espiritualmente a la comunidad y en el caso concreto
cómo ayudar a fortalecerla en la fe ante el acoso sistemático de los
grupos proselitistas.
Por fin llegó la tarde y se presentó otra religiosa, encargada
de impartir la enseñanza bíblica. Otro balde de agua fría. No se iba
a estudiar directamente la Biblia, sino un folleto de unas cincuenta
páginas sobre la Biblia: Antiguo y Nuevo Testamento, especificando

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los libros de cada uno, inerrancia bíblica, canon bíblico, contexto
cultural en que se desarrolló cada etapa de la Historia de la
Salvación, la interpretación de la Biblia, etc. La decepción y la
amargura llegaron a su clímax. Se levantaron muchas voces de
protesta:
— Venimos aquí para estudiar la Biblia. ¿Qué nos interesa
todo lo que está en este libro? Queremos conocer la Biblia.
— ¿Qué creen ustedes que la Biblia es un libro cualquiera? —
contestó la religiosa enojada —. Para entender correctamente la
Biblia y no interpretarla mal, primero hay que estudiar todo esto.
Una vez que uno entendió lo que está escrito en este libro,
tranquilamente puede leer cualquier parte de la Biblia sin temor a
equivocarse.
— ¿Cuánto tiempo va a durar este curso? — preguntó nuestro
amigo Boni, angustiado.
— Quién sabe. Todo depende de la capacidad de aprender
que tiene cada uno de ustedes. Cada día vamos a poner una prueba
y solamente los que pasan todas las pruebas podrán acceder al
curso superior en que se estudia directamente la Biblia.
Protestas por todos lados. Nuestro amigo Boni, con las
lágrimas en los ojos, miró a su hermano y exclamó:
— Estamos perdidos.
La religiosa lo observó tan triste y le preguntó la causa:
— ¿Se siente mal? ¿Está enfermo? ¿Qué le está pasando?
En el silencio general, don Boni (así empezaron a llamarlo
sus compañeros de curso) presentó la situación desesperada, en
que se encontraba su pueblo ante el acoso de los supuestos
«estudiantes de la Biblia», que pronto le aclararon que se trataba
de los testigos de Jehová, concluyendo:
— Para eso venimos aquí yo y mi hermano. Queremos saber
cómo contestar a los que nos atacan sobre las imágenes. Según
ellos, están prohibidas las imágenes y citan Éxodo, capítulo 20,
versículo 4. Nosotros queremos saber cómo podemos contestar a
esto; queremos saber qué dice la Biblia sobre las imágenes;
queremos conocer la verdad.
— Pueden presentar dos citas bíblicas — intervino un agente
de pastoral —: Éxodo, capítulo 25, versículo 18 y Números, capítulo
21, versículo 8 — y presentó su contenido de memoria.
Ante esta intervención espontánea de parte de un alumno
del curso, la religiosa se enfureció hasta volverse histérica:

39
— ¿Qué es eso de aprenderse las citas bíblicas de memoria?
No se olviden que nosotros somos católicos y no protestantes. Yo
tengo cuarenta años de ser religiosa y no me sé ninguna cita bíblica
de memoria.
Siguió un largo murmullo de reprobación y rechazo de parte
de los presentes, ante el cual la religiosa perdió totalmente los
estribos, tiró al suelo el folleto que tenía en las manos y se retiró,
suspendiendo de una vez el curso. Para muchos fue un alivio. Ya
estaban fastidiados de reunirse dos veces al año para estudiar cosas
de poca importancia para resolver los problemas de sus pueblos,
dejando a un lado lo que realmente les interesaba, como era el
estudio de la Biblia y la defensa de la fe ante los ataques de los
grupos proselitistas.
El catequista entrometido, profundamente apenado por el
incidente que acababa de provocar, trató de alcanzar a la religiosa
para pedirle perdón. Pero todo fue inútil. En pocos instantes ésta
se escabulló y se perdió en los largos pasillos del obispado.
Ni modo. Ante esta situación, cada uno empezó a pensar
cómo regresar a su lugar de origen, dando por terminado este tipo
de preparación, totalmente al margen de sus necesidades concretas
y aspiraciones. ¡Qué bueno que aún no habían pagado la cuota del
curso!
Cuando ya estaban por dispersarse, llegó la madre superiora,
suplicando a todos que regresaran al salón de estudio y continuaran
con el curso establecido. Unos cuantos le hicieron caso, mientras
la gran mayoría se alejó, manifestando su profundo rechazo hacia
la manera como las religiosas estaban llevando las cosas.
Antes de abordar el camión, se acercó a don Boni el catequista
que le había dado las citas bíblicas en el incidente con la religiosa,
y le entregó un librito color amarillo, titulado «Preguntas y
Respuestas», diciéndole:
— Aquí está lo que tú necesitas. En la primera parte se ve
como la Iglesia Católica es la única Iglesia que fundó Cristo y todas
las demás organizaciones religiosas fueron fundadas por hombres.
En la segunda parte, se encuentra la respuesta a los ataques contra
la Iglesia que presentan los que andan por la calle, tratando de
engañar a los católicos.
Al ver este libro, se iluminó el rostro de los dos hermanos:
— Esto es lo que íbamos buscando. Nuestro viaje no fue inútil.
Gracias, Señor.

40
— Si quieren, se lo puedo vender. Traigo suficientes. ¡Cuánta
gente, leyendo este libro, ha encontrado la respuesta a muchas
dudas que tenía y ha fortalecido su fe o regresado a la Iglesia
Católica!
Con este tesoro en las manos, los dos hermanos abordaron
el camión que los llevó hasta la cabecera parroquial, de donde
empezaron el largo camino a pie que los llevó de regreso a su
pueblo, cansados pero felices por haber empezado a vislumbrar
una solución a su problema.

41
Capítulo 5

UNA RECETA EQUIVOCADA


Habiendo aprendido con anterioridad el manejo de la Biblia,
don Boni y su hermano pronto se lanzaron a la ardua tarea de
desenmascarar a los supuestos «estudiantes de la Biblia», que en
realidad eran testigos de Jehová. Estudiaron el tema de las
imágenes y los fueron a buscar en su casa. Al no conocer sus mañas,
regresaron bien apaleados, puesto que los enredaron con un
montón de temas y citas bíblicas.
Entonces decidieron ir a ver al cura para pedirle alguna
orientación al respecto:
— De hoy en adelante — les aconsejó el cura — pónganse
más abusados. Prepárense bien sobre un solo tema y pidan un
encuentro con ellos. Que sea en público, donde haya mucha gente
y que no falten sus seguidores. Así les van a dar una buena paliza.
Acuérdense: un solo tema, diez minutos hablen ellos y diez minutos
ustedes. Nada de ir brincando por aquí y por allá como los
chapulines.
— ¿Qué tema nos aconseja?
— A ver, dónde está el libro que dijeron.
El señor cura le echó un vistazo y pronto sentenció:
— Aquí está: el primer tema, el tema de la Iglesia, con citas
bíblicas y todo.
— Ellos dicen que vienen desde el justo Abel.
— ¿Qué tienen que ver ellos con Abel? En este caso,
pregúntenles qué pasó cuando Abel murió asesinado. ¿Acaso quedó
como jefe de la organización su hermano Caín?
Don Boni y su hermano se soltaron en una sonora carcajada.
— ¿Ya vieron como el asunto no es tan complicado como
parece?

42
— ¿Y cuando citan Isaías, capítulo 43, versículo 10: «Ustedes
son mis testigos», qué tenemos que contestar?
— Que allá se está hablando de las doce tribus de Israel, que
no tienen nada que ver con ellos. No es que antes de Cristo el pueblo
de Dios estaba compuesto por las doce tribus de Israel más otro
grupo especial, llamado testigos de Jehová. Se está hablando
solamente de las doce tribus de Israel y nada más, que ahora
corresponden a los judíos. Pregúntenles si ellos son judíos.
Los dos hermanos vuelven a reírse:
— ¡Qué judíos van a ser ellos, si son más indios que nosotros!
— Así que, adelante. Van a ver que con este librito van a lograr
mucho. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja y los
ayude a permanecer siempre firmes en la fe.
Los dos hermanos volvieron al pueblo, se pusieron en
contacto con los testigos de Jehová, se hizo el diálogo público según
las indicaciones del cura y resultó todo un éxito. De los quince
simpatizantes de los testigos de Jehová, quedaron cinco. Los demás
se alejaron al notar como los que parecían expertos en la Biblia no
la hicieron ante los argumentos de don Boni. Al no poder refutarlos,
se pusieron nerviosos y se alejaron, amenazándolos como siempre
con la próxima llegada del Armagedón, una especie de Tercera
Guerra Mundial, en que, según ellos, todos los católicos serán
exterminados y solamente ellos se van a quedar en la tierra, que se
va a transformar en un paraíso.
— Cuentos, puros cuentos — comentaba don Boni, rebosante
de alegría.
Por fin parecía que estaban tomando el hilo y que el problema
de la división religiosa pronto se iba a solucionar. Pero no fue así.
Unos días después llegaron de lejos otros paisanos, cada uno con
unas ganas locas de formar su propio grupo religioso, construir su
propia capilla y volverse pastor.
Todos eran pentecostales, pero entre ellos no se querían ver
ni en pintura. Todos hablaban de milagros y sanaciones al por
mayor. Cada uno contaba con su grabadora que servía también
como aparato de sonido y con esa lograban impactar a la gente.
Todas las tardes y las noches se oían cantos por todos lados.
La gente se dispersaba por aquí y por allá alrededor de los recién
llegados, atraída por la novedad de los cantos y el aparato de sonido,
muy sencillo pero eficaz. Don Blas, don Boni y su hermano no
sabían qué hacer. Se sintieron perdidos.

43
Otra vez acudieron al cura. Su respuesta fue muy sencilla:
— No les hagan caso. Es una moda y nada más. Van a ver
que, pasada la euforia causada por la novedad, pronto se va a acabar
este barullo y todo va a regresar como antes.
— Mientras tanto ¿qué hacemos?
— Orar, pedirle mucho a la Virgen y verán que la Virgen no
va a permitir que un pueblo tan católico y devoto como el de ustedes
se vaya a echar a perder así nomás.
— Señor cura — imploró suplicante don Boni —, ¿no habrá
algún lugar donde uno se puede preparar para no dejarse engañar
por todos esos mentirosos que andan como lobos buscando la
manera de confundir a la gente y llevársela con ellos?
— En el último encuentro que los curas tuvimos con el obispo
se habló de este asunto y parece que va a haber un congreso sobre
el tema de la división religiosa. Cuando hay algo preciso, se lo voy
a comunicar. Ustedes traten de estar al pendiente. Mientras tanto,
sigan pidiéndole a la Virgen y verán que pronto todo esto se va a
acabar.
Pasaron los meses y nada. Don Blas y don Boni estaban
desesperados. Veían como la fe católica se estaba desmoronando
en Cerro Tejón, sin poder hacer nada. Orar y orar, mientras todo
se derrumbaba. El golpe mortal vino cuando los pentecostales se
pusieron de acuerdo y entre todos organizaron una gran campaña
de sanación con la presencia de un gran predicador, que aseguraba
tener el don de hacer milagros, hasta de resucitar a los muertos.
Fue tan grande el impacto que causó este estratagema,
inventado por los pentecostales, y la curiosidad que despertó en la
gente, que prácticamente nadie faltó a la invitación. Una semana
entera de cantos, alabanzas, predicación y milagros. Como siempre,
todos los que se sanaban eran de otros lugares y nadie de Cerro
Tejón. Después se supo que se trató de puros teatros. Era gente
sana que se fingía enferma y daba testimonio de haberse sanado a
raíz de la oración del predicador. De todos modos, ya muchos se
habían cambiado de religión y ya no estaban dispuestos a regresar
a la fe de sus padres. Decían:
— Aquí uno aprende a rezar como se debe, no como se hace
en la Iglesia Católica, que uno se emborracha hasta en la misma
capilla, cuando se hace la fiesta de san Antonio.
— Aquí uno conoce la Palabra de Dios y deja todas las
costumbres malas que tiene. Ya no quiero volver a ser como antes.

44
¿Qué hacer ante esta situación? Orar y orar... Hasta que llegó
la noticia tan deseada: un curso sobre el problema de la división
religiosa. Los dos hermanos regresaron al obispado llenos de
ilusiones, seguros de que por fin les iban a enseñar cómo defenderse
de los demás grupos religiosos, que estaban dispuestos a todo con
tal de conquistar a los católicos. Pero, ¿qué pasó? Que se trataba
de un curso sobre el ecumenismo.
— Se trata de ver — explicaba el conferencista llegado de la
capital — cómo llevarse bien con los que tienen otras creencias
religiosas. En el fondo, todos buscamos al mismo Dios. ¿Para qué
estar peleándonos?
— No se trata de pelear — tuvo el valor de aclarar don Boni
—, sino de conocer nuestra fe de manera tal que no nos dejemos
engañar por las sectas.
Al escuchar la palabra «sectas», el conferencista se puso
furioso:
— ¿Qué es eso de sectas? ¿No entienden que la palabra secta
es ofensiva?
— ¿Cómo hay que decir, entonces?
— Digan como quieran, menos «secta».
— ¿Qué tenemos que hacer entonces cuando esa gente nos
ataca diciendo que el papa es el anticristo, la Iglesia Católica es la
ramera, María tuvo otros hijos aparte de Jesús y que nosotros
somos unos paganos porque nuestro bautismo no vale? ¿Cómo
podemos defender nuestra fe?
— Que los demás digan lo que quieran. Es su problema. Lo
importante es que ustedes entiendan que la fe no se defiende, sino
que se vive. ¡Como si Jesús necesitara que alguien lo defendiera!
— concluyó en tono sarcástico, entre el asombro general, mientras
escenificaba una pelea entre católicos y supuestos enemigos de
Cristo.
Al ver y escuchar esto, los dos hermanos no aguantaron más.
Se levantaron y se salieron, totalmente decepcionados y
profundamente heridos por las burlas del conferencista.
— Ya estoy hasta el copete con este problema — exclamó el
hermano de don Boni —. Ya no quiero saber nada. Siento tanta
vergüenza que ni quiero regresar al pueblo. Por mientras me voy a
poner una buena y después a ver qué pasa.
Y se metió en una cantina. No obstante todas las súplicas de
don Boni, no quiso regresar al pueblo:
— Vete tú y diles que algún día voy a regresar.

45
Y así fue. Unos meses después apareció en el pueblo con su
traje de pastor y su buen aparato de sonido, alimentado con algunos
acumuladores de carro. A los que le pedían alguna explicación,
contestaba:
— Mientras estaba en oración profunda, el Señor se me
apareció en una visión y me dijo: «Hijo mío, no te dejes engañar
por toda esa gente que anda usurpando mi nombre. Tú eres mi
elegido. Tú anunciarás mi nombre a todas las naciones». Abrí los
ojos y vi delante de mí el traje de pastor y el aparato de sonido con
sus acumuladores nuevos, mientras una mano invisible me
entregaba esta credencial, firmada por Dios y sellada con su dedo.
De esa manera, un nuevo capítulo de sufrimiento se abría en
la vida de nuestro buen amigo don Boni. La división religiosa había
alcanzado el corazón de su misma familia.

46
Capítulo 6

LENTA AGONÍA
El que no aguantó el golpe fue don Blas, el anciano rezandero,
el antiguo pilar de la fe en Cerro Tejón. Sencillamente entró en
una profunda depresión, de la cual nunca pudo salir, no obstante
todos los rezos y las muestras de afecto de parte de doña Rufina,
don Boni, toda su familia y el grupo de los católicos más allegados.
Don Blas se entregó a la borrachera, pasándose todo el día vagando
sin sentido por las calles y los campos, hasta que no lo encontraron
muerto colgando de un árbol.
Su funeral fue una apoteosis. Casi todo el pueblo estuvo
presente, hasta los más renuentes adversarios de la fe católica. Para
ellos fue como si por última vez todo el pueblo se reuniera para
sepultar, con don Blas, todo un pasado lleno de recuerdos y
nostalgia, que ya nadie podía ni quería revivir. El único ausente
fue su hijo mayor, el visionario, que, al enterarse de la noticia,
sentenció:
— Lo mismo les va a pasar a todos ustedes, si no abandonan
sus ídolos y no se entregan al Dios vivo, obedeciendo a su legítimo
enviado.
Terminado el novenario, don Boni fue a ver al cura para
invitarlo a su pueblo para celebrar una misa en sufragio por el alma
de su papá y al mismo tiempo aprovechar para animar a la
comunidad, que se encontraba en su peor momento.
— No se puede — aclaró el señor cura —. Ya sabes que no se
puede celebrar la misa para uno que se quitó la vida. Si quieres
que vaya a tu pueblo, tienes que hacer una lista de todos los niños
que se van a bautizar y la gente que se va a casar por la Iglesia.
Después vienes aquí, me enseñas la lista y vemos si conviene que
yo vaya a tu pueblo o no.

47
— ¿Cuánto va a cobrar por cada bautismo y cada matrimonio?
— Ya conoces las tarifas.
— Es que nosotros somos pobres.
— Todos dicen lo mismo, como si yo no supiera cuánto dinero
gastan cuando hacen sus fiestas. Si gastan para la pachanga, ¿por
qué no van a poder gastar para las cosas de Dios? De todos modos,
si consigues más de diez matrimonios y veinte bautismos, te voy a
cobrar la mitad.
— ¿Y la misa de difuntos por mi papá?
— Ya te dije que en estos casos no se puede celebrar la misa
de difuntos. De todos modos, una vez arreglado lo de los bautismos
y los matrimonios, vamos a ver qué podemos hacer por tu papá.
Algo se me va a ocurrir. ¿Qué te parece?
— Muy bien, padre.
Trabajando duro, en una semana don Boni ya tenía completas
las dos listas: doce matrimonios y veinticinco bautismos. Con estas
listas en las manos, el señor cura estableció la fecha de su llegada
al pueblo y entregó a don Boni el papeleo correspondiente.
— Mira; aquí están los expedientes de los matrimonios y las
actas de los bautismos. Tú los vas a rellenar. Pide al maestro de la
escuela que te ayude. Vas a ver que no es difícil. Por lo de la misa
de tu papá, vamos a hacer así: primero hacemos los bautismos,
después la misa con los matrimonios y al final una misa por los
difuntos, incluyendo a tu papá. ¿Qué te parece? Tú mismo te vas a
encargar de preparar la lista de los difuntos. Como siempre, la
mitad de lo que marcan las tarifas. ¿Cómo la ves?
— Muy bien, padre.
Don Boni, con tal de cumplir con su obligación hacia su papá
difunto, aceptó las disposiciones del cura sin oponer ninguna
objeción y se esmeró para que todo saliera bien, aunque le costara
un esfuerzo superior a lo previsto. En realidad, por las dudas que
estaban sembrando los grupos disidentes y teniendo en cuenta la
experiencia vivida, muchos ya empezaban a poner en tela de juicio
todo lo referente a la Iglesia Católica y presentaban cierta
resistencia con relación a la iniciativa de don Boni. Solamente por
respeto hacia la memoria de don Blas aceptaron, posiblemente por
última vez, acercarse a la Iglesia y cumplir con algunas costumbres
propias de los tiempos pasados.
Así que, al llegar el cura, muy pocos estuvieron presentes
para recibirlo. No hubo guirnaldas de flores ni cohetes ni vallas de
niños y niñas como de costumbre. Todo sencillo y todos en actitud

48
inquisitorial, reprochándole al cura con su silencio y sus frías
miradas el desinterés que en los últimos acontecimientos había
manifestado por la suerte de la comunidad, que se estaba
desmoronando ante la vista de todos, sin que él se dignara mover
ni un solo dedo. Por lo visto, lo único que le interesaba era
administrar los sacramentos y cobrar.
Evidentemente para el cura no le resultó difícil darse cuenta
de que los tiempos habían cambiado y había llegado el momento
de cosechar lo que había sembrado durante tantos años de total
descuido pastoral con el pretexto del respeto hacia los usos y las
costumbres del pueblo. Ya el pueblo había abierto los ojos y se
había dado cuenta del enorme vacío espiritual en que se
encontraba.
Ante esta situación, al cura no le quedó más que apresurar
las ceremonias y retirarse, triste y avergonzado, como un ladrón
sorprendido in fragranti, convencido de que probablemente era
la última vez que pisaba la tierra de Cerro Tejón.
Al momento de despedirse de don Boni, tuvo algún instante
de titubeo al estirar la mano para recibir el dinero pactado por su
servicio, que se encontraba envuelto en un periódico. Pero la fuerza
de la costumbre lo venció. Agarró el paquete con el dinero, lo aventó
a toda prisa en la mochila y de inmediato tomó el camino de regreso
a la sede parroquial, mientras don Boni se quedaba mirándolo
fijamente, con una enorme amargura en el corazón y totalmente
decepcionado por la manera de llevarse las cosas dentro de su
Iglesia.
Durante la noche, cuando todo estaba oscuro y las puertas
de las chozas bien cerradas, don Boni se dio cuenta de que alguien
estaba afuera y le estaba chiflando suavemente de una manera que
le resultaba familiar. Se levantó de inmediato, abrió la puerta y se
dirigió hacia la silueta que se vislumbraba a unos metros de
distancia. Era su hermano mayor. En un instante los dos se
fundieron en un prolongado abrazo, entre lágrimas y sollozos.
Se alejaron unos metros más de la choza, se sentaron sobre
un tronco de árbol y empezaron a revivir sus años de infancia y
adolescencia a la sombra de su papá, el difunto don Blas, su
participación en las fiestas patronales, los novenarios de difuntos
y las novenas a los santos, cuando todo el pueblo estaba todavía
unido a la insignia de la fe y las costumbres. Hasta que llegaron los
mentados «estudiantes de la Biblia» y todo se empezó a revolver.

49
De una manera especial, fueron reviviendo su largo calvario
de sufrimientos e incomprensiones de parte de los que más tenían
que haberlos apoyado en sus esfuerzos por enfrentar el problema
de la división religiosa.
— Lo que a mí más me pudo en todo este asunto — comentaba
don Boni —, fue ver a tantos paisanos míos como ovejas sin pastor,
y especialmente a mi papá encerrarse cada vez más en sí mismo,
hasta perder la razón. Y todo esto ante el desinterés y la indiferencia
de los que están al frente de la Iglesia: las religiosas, los
conferencistas y el cura.
— A propósito del cura — preguntó el hermano mayor —, ¿te
dejó algo de lo que se juntó con las limosnas y el pago de los
bautismos, los matrimonios y las misas?
— Nada.
— Lo sospechaba. ¿Y esto te parece justo? Tú gastando de tu
dinero para los pasajes y afanándote tanto para convencer a la
gente, y el cura trabajando unas horas y llevándose todo el dinero.
Por eso yo tomé la decisión de cortar por lo sano, apartándome de
una vez de la Iglesia y haciendo mi changarrito particular. Fíjate
que apenas estoy empezando. No te imaginas hasta dónde voy a
llegar. ¿No te gustaría acompañarme? Verás que pronto habrá
chamba para todos.
— No. Yo me quedo aquí, en el lugar que me dejó mi papá.
Un fuerte abrazo y se separaron definitivamente, tomando
cada uno su rumbo, sin rencores ni resentimientos: don Boni
siguiendo con sus rezos, cada día menos solicitados, y su hermano
afianzando cada día más su papel de visionario, enviado de Dios,
profeta y apóstol de Jesucristo.
Todos los días, de casa en casa, no se cansaba de repetir lo
referente a su visión, añadiendo continuamente más detalles acerca
del tono de voz con que le habló Jesús («una voz potente»), el lugar
de donde le habló («desde la cima de un árbol», que desde entonces
se llamó «el árbol de la visión»), el color del cielo («totalmente
azul») y la situación en que se encontraba («en éxtasis»).
Hablaba de una manera tan convincente que a nadie se le
ocurría sospechar mínimamente de que pudiera tratarse de un
invento y nada más. A los que le preguntaban si desde entonces
tuvo otras visiones, contestaba invariablemente:
— Cuando tengo algún asunto importante que tratar con Dios,
me pongo en oración profunda delante del árbol de la visión, entro
en éxtasis y Jesús vuelve a presentarse como la primera vez para
señalarme su voluntad.

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De hecho, de vez en cuando, en día y hora de la noche
anunciada con anterioridad, se acercaba al árbol de la visión, que
se encontraba en su huerta, se ponía en oración, de pie, con los
brazos y las manos levantadas hacia el cielo y la mirada fija hacia
la punta. A un cierto momento se veía la cima del árbol inclinarse
hacia él.
Según lo que contaba, era el momento preciso en que Jesús
la pisaba. Después algún curioso descubrió que se trataba de un
truco y nada más: un alambre unía la cima del árbol a un enorme
tronco que estaba en el suelo. Bastaba poner el pie sobre el alambre
y la cima del árbol se inclinaba hacia él. Lo curioso es que, no
obstante que muchos se dieran cuenta del truco, la gente siguió
creyendo en las visiones del gran profeta y apóstol de Jesucristo.
Así es cuando un pueblo se vuelve fanático: cree en cualquier cosa
y cierra los ojos ante toda evidencia, incapaz de distinguir entre la
imaginación y la realidad.
La fama del gran profeta y apóstol de Jesucristo — así
empezaron a llamarlo todos — llegó a su máximo nivel cuando de
un momento a otro apareció (ya se estaba poniendo de moda esta
palabra en Cerro Tejón) una planta de luz y con ella la iluminación
eléctrica de la capilla y la proyección de películas sobre la vida de
Cristo y en general sobre los grandes personajes bíblicos.
Para muchos se trataba de verdaderos milagros, apariciones
de gente del pasado que llegaba a Cerro Tejón para confirmar la
elección del gran profeta y apóstol de Jesucristo. Por lo tanto, se
hacía siempre más difícil sustraerse a su fascinación. Además, cada
día iba perfeccionando su oratoria, sencilla y cautivadora, pasando
con mucha naturalidad del dialecto al español y viceversa y
haciendo alarde de un lenguaje lleno de imágenes, que encantaba
al auditorio y lo tenía como hechizado.
Y mientras sucedía todo esto, don Boni seguía con su capilla
y sus rezos, siempre más solo y olvidado, un campesino más,
símbolo de un pasado, añorado por unos y despreciado por otros,
un pasado destinado a desaparecer.

51
Conclusión
Alguien preguntará:
— ¿Cómo se acabó esta historia?
Respuesta:
— Esta historia aún sigue y nadie sabe cómo ni cuándo se
acabará.
En quince años en Cerro Tejón el número de las chozas
aumentó de noventa a ciento cinco. Ya hay un pequeño centro de
salud. Se habla de que pronto llegarán el agua potable, la luz
eléctrica y el teléfono, y con eso la tele-secundaria. Ya Cerro Tejón
cuenta con la presencia de algunas personas más preparadas que
se están volviendo en el motor del progreso: los maestros, la
enfermera y los pastores.
¿Y la Iglesia Católica? Como siempre, con sus rezos y ritos,
sin ideas nuevas, sin oxígeno, en lenta agonía. Aunque la tercera
parte de la población aún sigue considerándose oficialmente
católica, los que participan en los rezos no son más de diez
personas. ¿Y los demás? En la sala de espera, hasta que alguien no
los convenza de un lado u otro.
¿Y tú, qué? ¿Seguirás indiferente, contemplando a don Boni
en su Calvario? Es posible que, entre todos, ¿no habrá una Verónica
o un cirineo, que se compadezca de él?

Zamora, Mich.; a 27 de julio de 2008.

52
Las confesiones
de Doña Amalia
Presentación
Hija de un combatiente por la fe y con una vida totalmente
impregnada por los valores de la fe, poco a poco entra en conflicto
con sus principios religiosos hasta llegar a renegar de sus mismas
raíces católicas. Y todo esto por su espíritu de obediencia hacia los
guías de la Iglesia; algo increíble pero cierto.
Un drama vivido por mucha gente y olvidado. Pues bien, para
que no se pierda este capítulo de la historia reciente de la Iglesia,
escribo este relato. Muchos encontrarán en esta historia una luz,
que podrá ayudarlos a iluminar su misma historia, una historia de
conflictos interiores profundos, provocados por los que tendrían
el deber de ayudar a resolverlos.
Una advertencia para cuantos, por el prurito de la novedad y
movidos por intereses inconfesados, desprecian el sentido común
de los sencillos y se lanzan hacia aventuras sin sentido, causando
destrozos en el Pueblo de Dios.

México, D.F.; a 8 de agosto de 2008.

53
Capítulo 1

A LA SOMBRA DEL MARTIRIO


Son las 10.00 de la noche. Acabo de impartir la última clase
de Apologética en la periferia de una grande ciudad del norte. Al
despedirme de la gente y dirigirme al curato, los organizadores del
evento, dos parejas de unos 40 años de edad (los esposos son
hermanos entre sí), me invitan a ir a cenar a la casa de su mamá,
que no es católica.
– De todos modos – comenta el hermano mayor –, nuestra
madre es muy educada. Estamos seguros de que nunca le va a faltar
al respeto. Nos gustaría que la conociera y le pudiera compartir
algo de lo que nos platicó en estos días. Ella es muy inteligente y
sin duda va entender las cosas con mucha facilidad.
– ¿Dónde está su casa?
– Aquí cerca, a la esquina del templo.
– Vamos.
Al entrar en la casa la encontramos leyendo la Biblia y
posiblemente orando. De inmediato la cierra y me mira en actitud
de sorpresa y satisfacción, como si me estuviera esperando.
Después de las presentaciones y los saludos de costumbre, voy al
grano, hablando del tema de la Iglesia y su relación con la
formación del canon del Nuevo Testamento. Concluyo:
– Si la Iglesia Católica no es la Iglesia de Cristo, contando
con todas las garantías que Jesús dio a su Iglesia, entonces todos
estamos perdidos. En concreto, si la Iglesia Católica fuera la
prostituta del Apocalipsis, como la definen muchos de sus
adversarios, ¿qué garantía tendríamos de que los libros que
constituyen el Nuevo Testamento son Palabra de Dios y solamen-
te ellos y no los demás libros que fueron excluidos por la Iglesia?

54
Mientras hablo, veo a doña Amalia muy atenta e interesada
en el tema. Su rostro transparenta una íntima satisfacción.
Teniendo en cuenta otras experiencias del pasado, sospecho alguna
trampa:
– Sin duda – pienso – doña Amalia, que parece tan amable,
se trae algún as en la manga. No entiendo el motivo de tanta
satisfacción. En cualquier momento sacará las uñas.
Pues no. Doña Amalia es la mujer más sincera y transparen-
te que he conocido.
– Mire, padre; yo estoy totalmente de acuerdo con usted. En
estos días me he dedicado a leer los libros que ha escrito usted y
mis hijos me han hecho el favor de regalarme. Estoy segura de que
la Iglesia Católica es la Iglesia fundada por Cristo y cuenta con la
plenitud de la verdad y los medios de salvación, establecidos por
el mismo Fundador. Desde que recuerdo, siempre he creído en esto.
Solamente que ahora he logrado comprender su fundamento
bíblico.
– Entonces, ¿por qué no se reintegra a la Iglesia Católica?
– Mi querido padre, mi vida ha sido una larga odisea, que no
sé cuándo va a terminar. ¿Tiene tiempo para escucharme?
– ¡Cómo no!
Y empiezan sus confesiones. Sus hijos y nueras, que aparen-
tan estar entretenidos en preparar la cena, no se pierden ni un
detalle.

+++++++++++

Nací en una familia profundamente católica. Mi padre fue


un cristero muy activo y famoso en toda la región. Yo nací poco
después de los mentados «arreglos», que más bien fueron una
capitulación impuesta por la jerarquía católica, sin consultar a los
interesados, que tuvieron que pagar las consecuencias. De hecho
mi padre fue asesinado después de los «arreglos», a traición. Lo
que los enemigos de la fe católica no lograron en el campo de bata-
lla, lo lograron después, sin riesgo alguno, al amparo del gobierno
masón.
Yo no logré conocer a mi papá, pero todos me hablaban de él
y sus hazañas contra el ejército federal, mediante emboscadas y
en campo abierto. Su valentía se hizo legendaria en toda la región.
Cuando la gente me veía, comentaba: «Amalia es la hija del difunto
don Enrique, el martillo de los federales». Se contaba que los sol-

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dados le tenían pánico. Cuando menos se lo esperaban, se les
aparecía al grito de «Viva Cristo Rey» y ¡sálvese el que pueda! Unos
disparos por aquí y por allá y desaparecía, como si se lo hubiera
tragado la tierra.
Mi mamá formaba parte de las brigadas femeninas que
abastecían a los combatientes. Se la veía por todas partes con su
canasta en la cabeza vendiendo pan. En la práctica, en muchos
casos con el pan llevaba armas y parque para los cristeros. En
cualquier momento se desaparecía entre los caseríos de la periferia
y regresaba muy ligera, con la canasta vacía. Dejaba todo bajo las
ramas de algunos árboles caídos, adonde llegaban los cristeros para
trasladarlo a la montaña.
A mí me tocó ir muchas veces con mi mamá a ver los lugares
donde estuvo escondido mi papá con un grupo de seguidores, que
durante tres años tuvieron en jaque a los federales. Lo chistoso del
caso es que mi mamá conseguía las armas de la esposa de un oficial
del ejército. Y todo gratis. No sé si también ella formaba parte de
la resistencia o lo hacía así nomás, para apoyar la causa.
Es que entonces nadie sabía quién formaba parte de las
brigadas y quién simplemente simpatizaba por la causa. Todo se
hacía en secreto. Uno conocía solamente a dos o tres personas,
que formaban parte de la propia brigada, más el enlace con el
mando superior, y nada más. En algunos casos una muchacha no
sabía que su hermana también formaba parte de otra brigada
femenina. De esta manera, cuando alguien caía en manos del
ejército o de la policía, no podía dar mayor información de la que
conocía, que era muy limitada.
De hecho, de vez en cuando alguien caía en las manos de la
policía o del ejército, por sospechas, delación, por haber sido
encontrados in fragranti, fabricando bombas o llevando
municiones, o también por estar muy apegados a la fe. Los
torturaban para que les proporcionaran alguna información o
renegaran de la fe y los mataban. En un caso, por ejemplo, por
odio a la fe católica, agarraron a un niño muy devoto y trataron de
hacerlo renegar de su fe. Al ver su resistencia, le rebanaron la planta
de los pies y lo obligaron a caminar de esa manera. Cuando vieron
que el niño no cedía, les dieron de culatazos con los rifles hasta
que murió, perdonando a sus verdugos y orando por su conver-
sión.
Pues bien, yo viví toda mi infancia y adolescencia a la luz de
estos ejemplos de fe y entrega a Dios, soñando siempre con el

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martirio. «¡Cómo me gustaría morir por Cristo!», me repetía
continuamente. No solamente yo pensaba así. Muchísimos com-
pañeros de catecismo pensaban lo mismo. Al escuchar el relato
del heroísmo de los papás y de tantos parientes y paisanos que
habían sufrido o dado la vida por defender su fe, todos soñábamos
con lo mismo: morir por Cristo y su Iglesia, en medio de los más
grandes tormentos.
Para nosotros la misa dominical y el rezo diario del santo
rosario eran ley. Todas las noches, antes de acostarnos, rezába-
mos el santo rosario de rodillas, un rosario que nunca se acababa,
porque mi mamá le añadía un montón de intenciones: por el papa,
por los obispos, por los sacerdotes, por la paz mundial, por el
aumento de las vocaciones, por los pobres pecadores, por los
gobernantes, por la libertad de la Iglesia, etc. A cada intención
seguía una breve explicación, que a veces se alargaba porque apro-
vechaba para darnos consejos prácticos y despertarnos del sueño,
y el rezo de un padrenuestro, un ave María y un gloria al Padre.
Otra cosa importante: a nadie se le ocurría desobedecer por
ningún motivo una orden del señor cura. Si el cura decía que una
cosa era blanca, es que era blanca, aunque los ojos dijeran lo
contrario. Era más fácil pensar que uno anduviera mal de la vista
que sospechar que el señor cura se equivocara o mintiera. La
palabra del cura era algo definitivo en los asuntos de la fe y en
muchos aspectos de la vida.
Hasta para casarse, cuando surgía alguna dificultad, se acudía
al señor cura y él decía cómo resolver el problema. Si un muchacho
no sabía cómo vencer la resistencia de los papás de la muchacha,
acudía al señor cura y éste, cuando se daba cuenta de que el
matrimonio era viable, iba a la casa de los papás de la muchacha.
Al verlo, los papás de la muchacha inmediatamente entendían que
ya no había nada que hacer. Su única respuesta era: «Sí, señor
cura; vamos a hacer cómo usted ordene» y todo arreglado.
En la familia, en la calle y en la escuela a nadie se le ocurría
decir ni una palabra contra la religión o insinuar algo que pudiera
poner en tela de juicio los dictados de la fe ni mucho menos negar
alguna verdad, enseñada por la Iglesia. En mi pueblo todos éramos
católicos de hueso colorado, dispuestos a dar la vida por la fe.
Cuando alguien hablaba de los protestantes, que negaban tal o cual
verdad de la Iglesia Católica, me horrorizaba, como si se tratara
del demonio en persona, que quisiera hacer daño a los verdaderos
creyentes.

57
Para mí y la gente que me rodeaba, hablar de Lutero era como
hablar de un nuevo Judas, que, por intereses personales y
posiblemente por motivos pasionales, había dado las espaldas a la
Iglesia, abandonado sus votos y casándose con una monja. Mejor
guardarse de esa gente peligrosa, evitando cualquier contacto con
ella para no mancharse. Recuerdo que, antes de salir de mi pueblo
para ir a la capital del estado para estudiar la Normal, en una sola
ocasión vi a un protestante durante las fiestas patrias. La gente lo
señalaba, diciendo: «Es un protestante», como para decir: «Peligro:
no se le acerquen». De hecho, nunca me le acerqué demasiado.
Solamente traté de escuchar su voz, para ver si hablaba como
nosotros y prácticamente no le encontré nada raro.
Con estas ideas pasé toda mi infancia y juventud, muy
apegada a la Iglesia y muy comprometida. Desde mi primera
comunión me integré a la Acción Católica, ocupando diferentes
cargos de responsabilidad y ganando muchas distinciones a nivel
parroquial y diocesano. Participé en muchas competencias como
catequista o miembro de la asociación y logré quedar siempre en
los primeros lugares. Mi párroco y toda la gente de mi pueblo me
consideraban como una de las más grandes promesas de mi pueblo.
Con el pasar de los años empecé a brillar por luz propia y no
solamente por ser «la hija del difunto don Enrique, el martillo de
los federales».

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Capítulo 2

ECUMENISMO INGENUO
Una vez graduada como maestra de primaria, empecé a
trabajar en mi pueblo y unos años después me casé con Andrés, de
mi misma edad, maestro como yo y compañero de curso durante
toda la Normal. Los dos teníamos los mismos ideales; así que
nuestro matrimonio desde un principio resultó todo un éxito.
Muchos papás nos envidiaban y nos presentaban como ejemplo
para sus hijos. «Fíjense con quién se van a casar – decían –. Que
sea alguien temeroso de Dios y apegado al trabajo y al hogar, como
el maestro Andrés o la maestra Amalia».
Naturalmente yo seguí con mi catequesis y mi Acción Católi-
ca, como siempre. No como pasa con tantas muchachas, que antes
de casarse, están muy apegadas a la Iglesia y después se olvidan
con el pretexto de las obligaciones del hogar. En mi caso no fue
así. Aunque tuviera que atender a mi esposo y a mis hijos, me las
ingeniaba para cumplir siempre con mis compromisos como
catequista y miembro de la Acción Católica y para no perderme
ningún curso de formación a nivel diocesano o nacional.
De hecho, pronto el señor obispo y los dirigentes de la Acción
Católica empezaron a fijarse en mí, dándome encomiendas cada
vez más importantes. Por lo menos dos o tres veces al año salía de
mi estado para cursos de formación, encuentros o congresos,
representando a mi diócesis. Imagínese, padre, que en una ocasión
fui enviada hasta Roma, para un encuentro internacional sobre el
papel de la mujer en la Iglesia. Fueron años estupendos, mientras
mis hijos crecían y se afianzaba siempre más mi matrimonio. En
realidad, desde un principio entre Andrés y yo hubo siempre la
más completa confianza.

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Hasta que llegó el Concilio y las cosas empezaron a cambiar.
Recuerdo con cuánto entusiasmo lo habíamos esperado, soñando
con la «Iglesia de los Pobres» y el Nuevo Pentecostés del Papa
Juan XXIII, que iban a inaugurar una nueva primavera para la
Iglesia. Con qué satisfacción íbamos enterándonos por el periódico
diocesano de los cambios que se iban a realizar en el campo de la
liturgia y del apostolado de los laicos.
Pero pronto todo empezó a enfriarse con la aparición de un
fantasma, que nadie sabía cómo definir: el ecumenismo. Se empezó
a hablar de «hermanos separados» en lugar de herejes, de diálogo
y comprensión en lugar de cuidado y rechazo, de acogida…
Sinceramente todo esto nos desconcertó. Pronto los sacerdotes em-
pezaron a tacharnos de retrógradas y fanáticos, ridiculizando
muchas de nuestras costumbres y actitudes y enalteciendo los
valores y la manera de ser de los de afuera. Empezaron a pintarnos
como los malos de la película, a nosotros que habíamos luchado
por defender nuestra fe y estábamos dispuestos a dar la vida por
ella. De un momento a otro, quién sabe porqué, los herederos de
los mártires nos volvíamos en villanos y atrasados.
Por aquel entonces ya diferentes grupos no católicos esta-
ban presentes y muy activos en nuestra región. Muchos de sus
integrantes eran los herederos de nuestros antiguos perseguido-
res y en los nuevos credos encontraban un pretexto para justificar
las fechorías de sus padres y al mismo tiempo un motivo para seguir
atacándonos. Pues bien, de un momento a otro, sin ninguna expli-
cación, resultaba que ellos no eran como pensábamos, es decir,
enemigos de nuestra fe, sino hermanos que teníamos que acoger y
escuchar, buena gente, en muchos casos mejores y más entregados
que nosotros, un ejemplo a imitar.
¿Y sus ataques contra la Eucaristía, la Virgen y los santos?
¿Y su afán iconoclasta contra todo lo católico? Parecía que el clero
no estaba enterado de nada, como si viviera en otro planeta. En
una ocasión, el mismo obispo fue a inaugurar un templo evangélico,
enalteciendo los valores presentes en otras confesiones religiosas,
como si nosotros como católicos necesitáramos de su ayuda para
poder ser verdaderos discípulos de Cristo.
Cada año, durante el octavario por la unidad de los cristia-
nos que se lleva a cabo del 18 al 25 de enero, me tocó acompañar al
obispo en su visita a los templos evangélicos. ¡Qué santa
ingenuidad! Llegaba, saludaba al pastor y a los principales de la
comunidad, rezaba un padre nuestro y ya. Mientras ellos se

60
ufanaban por dar al acontecimiento el máximo realce. Sacaban
fotos por todos lados, cantaban himnos muy bien ensayados, lucían
las mejores prendas… Hacían todo lo posible para impactarnos.
No digamos el discurso del pastor, que por lo general era una
verdadera pieza oratoria, comentando algún texto bíblico.
Aparte de esto, cada uno trataba de abordar a algún católico
desprevenido, ofreciéndole algún tipo de propaganda y pidiéndole
su dirección para dar continuidad al evento. Y así muchos católicos
fueron cayendo en las redes de los grupos proselitistas por la actitud
irresponsable de sus pastores y bajo sus mismas narices. Seguido
se veían a los miembros de los grupos proselitistas ir de casa en
casa, enseñando a los católicos una fotografía del obispo, mien-
tras saludaba a sus pastores o rezaba en sus templos.
Le decían a la gente:
– ¿Por qué no vienen a nuestro templo a orar con nosotros?
Si son verdaderos católicos, ¿por qué no imitan el ejemplo de su
obispo? ¿Por qué nos tienen miedo?
– El obispo sabe que nosotros somos mejores. Por eso segui-
do viene a nuestro templo para orar con nosotros y escuchar la
predicación que hace nuestro pastor, totalmente de acuerdo con
la Biblia, lo contrario de lo que pasa en los templos católicos, donde
hay puros rezos y adoración de ídolos.
– El obispo se está dando cuenta de que nosotros tenemos
la verdad. Verán que pronto dejará la Iglesia Católica y se hará
evangélico como nosotros.
Y con eso sembraban el desconcierto entre los fieles, que
empezaban a dudar acerca de la validez de su pasado religioso,
considerado por los mismos pastores de la Iglesia como fanatis-
mo. No era raro escuchar a un cura invitar a los católicos a no
cerrar la puerta a los que tenían otras creencias.
– No sean maleducados – les decían –. Recíbanlos, dialo-
guen con ellos, acepten sus revistas, léanlas. Verán que no hay nada
malo. En el fondo, hablan de Dios, del mismo Dios que tenemos
nosotros, aunque ellos tengan otra manera de honrarlo. Ábranse y
dejen de ser cerrados.
Hubo algún caso (no en mi diócesis sino en una diócesis del
sur de México), en que el párroco prestaba a los evangélicos las
instalaciones parroquiales para sus campañas. A los que se
quejaban por el hecho que muchos católicos se estaban cambian-
do de religión a raíz de esta propaganda, el párroco les contestaba:

61
– ¿No se dan cuenta de que es lo mismo? ¿No ven cómo el
Papa se lleva con los que son de otra religión? ¿Nunca oyeron hablar
del ecumenismo? Ecumenismo: todo es lo mismo. Dejen la
mentalidad cerrada de antes y sean más abiertos y comprensivos.
¿Dónde está el amor hacia el prójimo?
¡Pobres feligreses católicos, aventados por sus mismos
pastores en las fauces de los lobos rapaces! Créame, padre: todo
esto fue para mí, mi familia y tanta gente más un verdadero
martirio. Mi mamá no aguantó. Pronto sus ojos empezaron a perder
su brillo y a empañarse por el tormento de la duda. Se volvió
intratable y se encerró en sí misma, hasta que poco a poco se fue
apagando.
Mi esposo se volvió en la burla de sus colegas, por su apego a
la religión católica. Yo aguanté hasta que pude, con tal de no
contradecir a mis guías espirituales, que eran el obispo, el párroco
y los curas encargados de la catequesis. Por fin tomamos una
decisión: cambiar de lugar, aprovechando el hecho que el hijo
mayor había ganado una beca que lo obligaba a cambiar de estado.
Así dejamos nuestra tierra para empezar una vida nueva en un
lugar lejano, donde nadie nos conocía.
Pero antes de irnos, tuve una enorme satisfacción: el obispo,
al despedirse de la diócesis por motivo de edad, reunió al clero, a
las religiosas y a los laicos más comprometidos y reconoció
públicamente haberse equivocado al haberse precipitado en
algunas iniciativas en campo ecuménico, sin medir ni sospechar
las posibles consecuencias.
En concreto, se refirió a las visitas que había hecho a los
templos evangélicos y el mal uso que de éstas se había hecho de
parte de sus pastores y feligreses en perjuicio del pueblo católico.
Pidió perdón a todos por no haber sabido ser un buen pastor y
haber causado tantos destrozos en la Iglesia con su actitud ingenua
e irresponsable. Concluyó, invitando a los presbíteros a ser más
precavidos en adelante y a desistir de toda iniciativa, que, en lugar
de ayudar, pudiera perjudicar seriamente el futuro de la Iglesia.
De todos modos, ya todo estaba decidido. Así que dejamos
nuestro pueblo y nos venimos a vivir aquí, en las afueras de esta
enorme ciudad, en un ambiente totalmente diferente, con una
presencia de los grupos proselitistas bastante consistente y mucho
indiferentismo religioso. Fíjese, padre, que nuestra parroquia en
aquel tiempo contaba con más de cincuenta mil habitantes, aten-
didos por un solo sacerdote. Qué diferencia con la parroquia de

62
nuestro pueblo, que contaba con diez mil habitantes, atendidos
por tres sacerdotes.
Ante una realidad tan espeluznante para nosotros, que
estábamos acostumbrados a vivir siempre a la sombra del campa-
nario y bajo la constante protección del señor cura, no hubo otro
remedio que entrarle otra vez al quite, como se dice vulgarmente.
Todos nuestros planes para descansar y desintoxicarnos
espiritualmente, dejando a un lado la problemática religiosa,
aunque fuera por un corto plazo, se fueron para abajo y pronto
nos organizamos para construir una parroquia en nuestra colonia,
la que usted acaba de visitar. Naturalmente mi esposo y una
servidora fuimos los que más le echamos el hombro.
Con eso volvimos a oxigenarnos espiritualmente, lejos de
cualquier responsabilidad a nivel parroquial o diocesano. Regre-
samos a la vida de antes, con nuestros rezos diarios, la misa y la
comunión dominical y la confesión mensual. Otra vez empezamos
a respirar a pleno pulmón., sin problemas de ninguna especie.
Hasta que se inauguró la nueva parroquia y llegó el párroco.
Y otra vez empezaron los problemas.

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Capítulo 3

LA HACIENDA DEL GRAN REY


Lo primero que hizo el párroco fue hablarnos de la Gran
Misión, una iniciativa que sin duda iba a resolver de raíz el
problema de la evangelización de los católicos alejados. En un
encuentro diocesano nos iban a explicar los pormenores. Y preci-
samente yo fui elegida para participar en dicho encuentro, no
obstante todas mis reticencias. Ni modo. No me quedaba más que
obedecer. Otra vez empezó mi martirio, como oveja llevada al
matadero, sin poder oponer resistencia alguna.
El vicario de pastoral presentó la primera ponencia, hacien-
do un análisis de la situación en que se encontraba la Iglesia,
totalmente imposibilitada para llevar adelante la misión
evangelizadora que le fue encomendada por el Fundador. ¿Qué
hacer entonces? Unir fuerzas trabajando juntamente con los
«hermanos separados». Concluyó su intervención con la siguien-
te perorata, que a mí me pareció totalmente absurda, una verda-
dera locura:
– Basta de divisiones entre una Iglesia y otra, entre un credo
y otro, dando al mundo un triste espectáculo de rivalidades
innecesarias, que hoy en día no tienen sentido. Basta de
dogmatismos. Que ya no sea la Iglesia Católica, la Iglesia Anglica-
na o la Iglesia Protestante, que anuncie el Evangelio. Que sea la
Iglesia de Cristo, de la cual todos formamos parte de manera
complementaria.
Al escuchar esto, se me hirvió la sangre en las venas. Tenía
ganas de gritar, rebelarme y correr. Pero me aguanté. Le pedí a
Dios que me ayudara a entender qué era lo que estaba pasando.
Esperaba alguna protesta o aclaración de parte de algún cura o del

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obispo y nada. Empecé a temblar. Alguien se dio cuenta y llamó a
una enfermera que me llevó a un cuarto contiguo y me midió la
presión, que estaba muy alta. Me dio una pastilla y regresé al salón
de conferencias.
Posiblemente exageró la dosis, por lo cual se me nubló la
vista, sentí un enorme cansancio y me dormí. Al despertar, me
entregaron un panfleto en que se explicaba el proyecto de la Gran
Misión. Recuerdo que, cuando mis hijos mayores lo leyeron, les
dio un ataque de risa:
– ¿Qué pasó con nuestros curas? – comentaron – ¿En qué
planeta viven?
Insistieron en que dejara de asistir a este tipo de reuniones y
tratara de no volver a involucrarme demasiado en los asuntos de
la Iglesia.
– Ya vio lo que le pasó la otra vez. ¿Qué quiere ahora? ¿Qué
le pase algo peor? ¿Quiere que le dé un infarto? Deje todo por la
paz. No se meta en estos asuntos de ecumenismo, que lo están
revolviendo todo. Esto será para Europa o Estados Unidos, no para
aquí, donde nuestros dichosos «hermanos separados» nos quieren
tragar a todos. Es un asunto que tiene que ver con las iglesias his-
tóricas y no con las organizaciones proselitistas que trabajan aquí
para acabar con nuestra Iglesia. ¿No entienden nuestros curas que
no puede haber ecumenismo con los que practican el más
descarado proselitismo religioso? ¿No entienden que el
ecumenismo y el proselitismo son como el agua y el aceite y por lo
tanto no puede haber ecumenismo donde hay proselitismo? ¿En
qué mundo viven nuestros curas?
Mi esposo pensaba lo mismo y me rogó que les hiciera caso,
puesto que estaba de por medio mi salud y la paz del hogar. Pero
no. La fuerza de la costumbre me venció. Fui con el señor cura, le
llevé el panfleto y le expuse mis dudas acerca de la viabilidad de tal
proyecto. El señor cura abrigaba las mismas dudas:
– Ni modo – concluyó –. ¿Qué le podemos hacer? Órdenes
son órdenes. Alguien de nuestra parroquia tiene que participar en
la capacitación que se va a dar en La Hacienda del Gran Rey. Qué
mejor que vaya usted, que ya tiene alguna experiencia al respecto.
No quiero que vaya algún novato, que, al no entender bien las cosas,
se haga bolas y lo eche a perder todo.
Acepté. No me quedaba otra, aunque por esta actitud de parte
mía poco a poco se fue enfriando la relación con mi esposo y mis
hijos mayores, que por la experiencia pasada estaban bien

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conscientes de la gravedad del problema en que me estaba
metiendo una vez más. Preferimos no tocar el tema religioso en
nuestras conversaciones. Y yo, tonta, por el apego a mi fe poco a
poco me fui hundiendo en la duda y la desesperación, sin que nadie
me diera una mano para sostenerme.
Recuerdo el primer encuentro que tuvimos en el arzobispa-
do los delegados de las distintas parroquias. Esta vez nos habló el
encargado del ecumenismo:
– Por favor – insistió –, tengan paciencia, mucha paciencia.
Allá se encontrarán con gente que no comparte totalmente nuestra
fe. No discutan si algo no les parece. Aguanten. Son gente fervorosa,
que tiene mucha experiencia acerca de cómo anunciar el Evangelio
a los que no lo conocen, como son la mayoría de los católicos. Ellos
nos pueden ayudar a despertar a este gigante adormecido que es el
pueblo católico. Fijémonos en esto por el momento; después se
verán los detalles. Por el momento vayamos a lo esencial, que es el
kerigma. Que todos sepan y entiendan que Dios nos ama y que en
Cristo está la salvación. Todo lo demás viene después: la Iglesia, la
Eucaristía, la Virgen, los sacramentos, etc. Primero lo primero;
después lo demás. ¿Me expliqué?
De inmediato levantaron la mano algunos delegados, que
después me di cuenta que eran miembros de la misma comisión
ecuménica diocesana. Posiblemente ya estaban de acuerdo entre
sí.
El primero habló de la importancia del amor en la vida
cristiana:
– Como dijo Jesús, tenemos que amar a todos, hasta a los
enemigos, a los que nos odian y hablan mal de nosotros. Si nos
amamos solamente entre nosotros los católicos, ¿qué mérito
tenemos?
Otro recalcó lo mismo con otras palabras y añadió:
– Dejémonos guiar por los que tienen la misión de guiarnos.
¿Acaso nosotros pretendemos meternos de maestros para nuestros
pastores? Acuérdense: el que obedece nunca falla.
Otro insistió en la importancia de estar al día y dejar atrás
siglos de oscuridad y malentendidos:
– ¿Entendieron? – concluyó – El nuevo verbo que hoy en
día resume la esencia de nuestro ser cristiano, es el ecumenismo.
Si practicamos el ecumenismo siempre y con todos, ya la hicimos.
Nada de pleitos para ver quién tiene la verdad. Nadie tiene la verdad
absoluta. Todos tenemos parte de la verdad. Cada uno ve las cosas

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desde su punto de vista. Por lo tanto, dejemos a un lado el problema
de la verdad y enfoquémonos a la práctica del amor, un amor sin
condiciones, dispuestos a sufrir hasta el infierno con tal de que
triunfe el amor y nuestros hermanos alejados conozcan y amen a
Cristo.
Muchos aplaudieron, mientras otros quedamos más descon-
certados que nunca. En el intervalo, mientras tomábamos el café,
me acerqué a un grupo de delegados que no estaban conformes y
se veían bastantes irritados. Entre ellos había un ex seminarista
que había estudiado hasta teología. Estaba sumamente enojado:
– Todo lo que acabamos de escuchar, contradice totalmente
el dato bíblico y la historia bimilenaria de la Iglesia. ¿Cómo que
«todos tenemos parte de la verdad» y que «todas las iglesias
constituyen la única Iglesia de Cristo en manera complementaria»?
Yo sencillamente me retiro. Digan lo que quieran, pero mi
conciencia no me permite ni siquiera escuchar este tipo de patrañas.
Y se retiró. Lo mismo hicieron todos los del grupo. Yo tuve
un momento de incertidumbre. Estaba por seguir su ejemplo, pero
me detuve. El sentido de responsabilidad y el reclamo de la
obediencia no me permitieron dar el paso. Ojalá lo hubiera hecho.
Me hubiera ahorrado tantos sufrimientos inútiles en el futuro.
Así que, al toque de la campana, volvimos al salón de
conferencias y el mismo obispo presentó al Pastor James, «un
hombre de toda confianza, completamente entregado a la causa
del Evangelio, con dotes excepcionales de predicador y organiza-
dor, pieza fundamental para la realización de la Gran Misión».
Exhortó a todos a ser muy cuidadosos en acatar sus orientaciones,
puesto que de eso iba a depender esencialmente el éxito de la
misión.
A continuación tomó la palabra el Pastor James, con barba,
güero, alto, bien fornido, con un castellano casi perfecto y dotado
del don de gentes. Su mirada y sus gestos no dejaban lugar a dudas:
era un verdadero líder. Al solo verlo, todo el auditorio quedó
prendado. Se hizo un silencio de tumba y empezó:
– Hace poco heredé un patrimonio considerable de parte de
algunos parientes lejanos. ¿Qué hacer? Me puse en oración y me
llegó la respuesta del cielo. El Señor Jesús me dijo: «Quiero que
consigas una hacienda cerca de la ciudad y la consagres a mi
nombre. En ella yo voy a realizar prodigios y milagros. Se llamará
«La Hacienda del Gran Rey». Y pronto experimenté en mi persona
el primer milagro: en lugar de sentir un profundo rechazo hacia la

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Iglesia Católica, a causa de los prejuicios que me infundieron desde
la niñez, empecé a sentir hacia ella un profundo amor y respeto.
«¿Por qué, en lugar de criticarla – pensé –, no hago algo para
ayudarla?» Y de inmediato corrí a ver al señor obispo, un auténtico
apóstol de Jesucristo y totalmente abierto a la voz del Espíritu, le
conté lo sucedido y juntos formulamos el proyecto de la Gran Mi-
sión o Mega Campaña Evangelizadora.
Sinceramente, al solo ver al Pastor James y escucharlo
mientras hablaba, quedé hechizada. Un nuevo panorama se abría
delante de mis ojos: campos y campos de mies, listos para la
cosecha. Es cierto, detrás de mí, escuché una voz que dijo: «¡Qué
casualidad!». Pero no le hice caso. Es que me encontraba
totalmente extasiada al contemplar al Pastor James, mientras
hablaba con tanta unción y fijaba en nuestros ojos su mirada
escrutadora. Parecía un ángel bajado del cielo. Con su sola
presencia el encuentro adquirió un tono completamente nuevo,
más espiritual y, diría yo, místico. Todos teníamos la impresión de
estar flotando en un mundo etéreo, nunca imaginado.
Después pasó a darnos el testimonio de su vida de una
manera altamente emotiva. Hasta el obispo derramó lágrimas al
constatar la eficacia de la acción del Espíritu Santo en sus elegidos.
Yo por poco me desmayaba, aunque me daba cuenta de que entre
los presentes no faltaban algunos escépticos. Por desgracia no les
hice caso, atribuyendo su actitud a la dureza del corazón. El Pastor
James terminó su intervención, invitando a todos los presentes a
levantarse y aceptar a Cristo como el único Salvador y Señor de
nuestra vida. Y nosotros, como bobos, obedeciéndole en todo.
Parecíamos como hipnotizados.
Por la tarde, después de la comida, nos llevó a visitar La Ha-
cienda del Gran Rey, que para la gran mayoría de los delegados
representó el tiro de gracia. Allá nos recibió un coro de unas
cincuenta personas, que nos alegraron con himnos y cánticos
espirituales. Nunca habíamos tenido la oportunidad de disfrutar
de algo tan sabroso, mientras se alternaban los cantos con los
testimonios. Como conclusión del encuentro, hubo una oración
de efusión del Espíritu Santo, presidida por el mismo Pastor James.
Muchos se desmayaron. Nunca en mi vida había experimentado
algo parecido.
Al final nos despedimos, todos eufóricos, convencidos de que
un nuevo capítulo se estaba abriendo en la historia de la Iglesia,
trabajando codo a codo católicos y hermanos separados, bajo el

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signo del Espíritu y a la insignia del Evangelio, sepultando de esa
manera siglos de incomprensión, frialdad espiritual y esterilidad
apostólica.

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Capítulo 4

CRISIS FAMILIAR
Al día siguiente la prensa, la televisión y la radio no habla-
ban más que del gran acontecimiento, que sin duda iba tener
enormes repercusiones en todos los ámbitos de la sociedad. En
todos los medios aparecían juntos el obispo y el Pastor James,
dando entrevistas y explicando los pormenores de La Gran Misión
o Mega Campaña Evangelizadora, en la que todas las iglesias
estaban comprometidas. Su objetivo era «hacer un frente común
contra la corrupción, la violencia y el deterioro de las costumbres
y al mismo tiempo ofrecer a la sociedad un ejemplo concreto acerca
de la manera más correcta de resolver los múltiples problemas que
la aquejan, mediante el diálogo y la concertación y no mediante la
confrontación, el encono o la mutua descalificación; y todo esto, a
la luz del Evangelio».
Fue tan grande el impacto que este hecho causó en toda la
sociedad, que el factor religioso, de un momento a otro y de una
manera inesperada, volvió a ocupar dentro de la sociedad un
espacio que no había ocupado desde hacía siglos. Poco a poco la
palabra del obispo iba adquiriendo un peso decisivo en orden a la
búsqueda de soluciones en todos los ámbitos de la sociedad,
incluyendo el ámbito político. Sus homilías dominicales se
volvieron en uno de los acontecimientos más esperados en el
quehacer estatal. Cuando se presentaban situaciones realmente di-
fíciles entre un partido y otro, los sindicatos y las empresas o el
gobernador y el congreso, todos esperaban, como un oráculo, la
palabra del señor obispo, un verdadero hombre de Dios y un árbitro
confiable, más allá de las partes y de insospechada solvencia moral.

70
Desgraciadamente (y esto lo entiendo ahora que todo pasó y
estoy en mejor condiciones de evaluar las cosas), el obispo
juntamente con sus colaboradores más allegados pronto se dejó
absorber por los asuntos profanos, olvidándose casi por completo
de La Gran Misión. Según él, con el Pastor James la diócesis se
había ganado la lotería, puesto que, contando con los fondos
necesarios, una gran experiencia y capacidad organizativa, pronto
todo el pueblo católico recibiría el anuncio del Evangelio, en la
manera más eficaz y adecuada posible y sin perjudicar
mínimamente el erario eclesiástico, por cierto muy exiguo.
¡Santa ingenuidad! Ni sospechaba mínimamente lo que le
iba a pasar, es decir, que poco a poco el Pastor James le iba a quitar
los mejores elementos con que contaba la diócesis para evangelizar.
De hecho los delegados, a medida que iban familiarizándose con
el Pastor James, se iban acostumbrando a su manera propia de
ver y manejar los asuntos de la fe, sin que nadie interviniera. De
hecho, los presbíteros encargados de impartir enseñanza en La
Hacienda del Gran Rey poco a poco se fueron escabullendo con el
pretexto del exceso de trabajo, igual que los demás pastores, que
al principio habían acudido al llamado del obispo y el Pastor James
y después se retiraron al sospechar algo turbio en todo el asunto. Y
así, sin que nadie se diera cuenta, poco a poco el Pastor James se
volvió en el dueño absoluto de nuestras conciencias.
No solamente lo encontrábamos en La Hacienda del Gran
Rey el día domingo para la capacitación. También durante la
semana, cuando menos lo esperábamos, se presentaba en nues-
tros hogares, trayéndonos casi siempre algún regalo. Ahora que
me doy cuenta, me avergüenzo de mí misma por haber sido tan
ingenua. De hecho, llegaba casi siempre a los hogares de las
delegadas y casi nunca a los hogares de los delegados; además
llegaba siempre cuando nos encontrábamos solas (quien sabe cómo
se enteraba de este detalle). Y no le digo cómo nos trataba. A todas
nos llamaba «princesas» o «reinas». Nos hacía sentir muy bien,
usando todo tipo de galantería. Según él, lo hacía para inspirarnos
más confianza y así tener más oportunidad de dirigirnos
espiritualmente. De todos modos, su manera tan rara de
comportarse con nosotras no dejó de despertar serias sospechas
acerca de sus reales intenciones.
Yo, por ejemplo, completamente inexperta en este tipo de
coqueteo, pronto me enamoré perdidamente de él y, aunque tratara
de ocultarlo, no lo logré. Después supe que lo mismo les pasó a

71
otras delegadas, lo que causó muchos problemas en nuestros
hogares. Yo me imaginaba que solamente las mujeres nos damos
cuenta cuando los hombres andan por mal camino. En esta cir-
cunstancia me di cuenta de que lo mismo pasa con los hombres.
También ellos, por detalles insignificantes, perciben cuando una
relación ya no es la misma.
Mi marido, por ejemplo (y eso lo supe después, cuando
empeoró la situación y tuvimos que enfrentar la realidad a cartas
descubiertas), se fijó en el brillo de mis ojos, que cambiaba de
inmediato cuando hablaba del Pastor James. Bastó este detalle para
empezar a sospechar algo. Después se enteró de que seguido llegaba
a la casa en su ausencia. Conclusión: mi marido y mis hijos mayores
decidieron alejarse de la casa, buscando cualquier pretexto. Mis
hijos mayores apresuraron su casamiento y mi esposo, con la
excusa de la enfermedad de su madre, se jubiló y regresó a su pueblo
a vivir en la casa paterna. Y yo, tonta como siempre, no me daba
cuenta de que mi hogar se iba desmoronando.
Al contrario, veía todo esto como una providencia de Dios,
puesto que así podía dedicarme más a los asuntos de la evangeli-
zación. Por lo menos esto era lo que quería aparentar, mientras
dentro me quemaba la pasión por el Pastor James. Quería verlo
continuamente, saludarlo y escuchar su voz mientras me decía «mi
princesa». Esperaba algo más. Pero nada. El Pastor James era un
verdadero mago en el arte de enamorar y dejar. Después me di
cuenta de que lo mismo les pasó a otras mujeres. Y fíjese: siempre
se trataba de mujeres casadas. Primero nos atrapaba y después
nos hacía sufrir con sus descuidos y desprecios o provocando celos
entre unas y otras. Y todo esto al amparo de la Palabra de Dios.
Nunca supimos si el Pastor James era casado o no, tuviera
hijos, fuera soltero o gay. Su manera de ser era realmente rara.
Con la misma galantería con que trataba a las mujeres, trataba
también a los muchachos. En distintas ocasiones los invitaba a ir
de paseo con él. Los llevaba a los mejores restaurantes y les regalaba
ropa fina, muy costosa. En algún caso, los ayudaba
económicamente para continuar con sus estudios. Realmente para
mí el Pastor James ha sido y sigue siendo un verdadero misterio:
por un lado aparentaba estar totalmente lleno de Dios y por el otro
no era difícil descubrir que se tratada de alguien que era sumamente
astuto, intrigante y dominador, un verdadero maestro en el arte
de manipular los sentimientos, haciéndote sentir un santo y un
héroe y poco después un endemoniado y un gusano.

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Donde más se notaba su capacidad histriónica y
manipuladora era en su predicación. Una vez que se apoderaba
del público, lo llevaba adonde quería y por el camino que quería.
Con facilidad lo hacía pasar de un sentimiento a otro, según el
caso, haciendo derramar lágrimas, provocando gritos ensordece-
dores o adormeciendo a todos. Según él, todo era fruto de la acción
del Espíritu Santo. Según mi opinión, ahora que ya pasó todo y
veo las cosas con más serenidad y mente fría, en todo este asunto
el Espíritu Santo no tenía nada que ver. Sencillamente nos encon-
trábamos ante un experimentado hipnotizador y sicólogo, que hacía
todo lo posible por impactar y crear dependencia. Lo que buscaba,
era que lo consideráramos como un ser sobrenatural, dotado de
grandes poderes, sin el cual nuestras vidas perdían todo sentido.
De hecho, cuando el clero se dio cuenta de la trampa, ya era
demasiado tarde. La gran mayoría de los delegados y las delegadas
no le hizo caso y se quedó con él. ¿Qué había pasado? Que el dichoso
Pastor James, una vez seguro de haber logrado un completo control
sobre nuestras personas, sacó las uñas, haciendo comparaciones
entre lo que sentíamos antes de conocerlo a él y después, entre la
celebración eucarística y el culto dirigido por él, el uso de la Biblia
dentro de la Iglesia y el uso que se hacía en La Hacienda del Gran
Rey. Antes que el clero pudiera tomar conciencia de la situación
que se estaba creando y tratar de poner algún remedio, ya casi
nadie participaba en la misa dominical de su parroquia. Muchos
pensaban:
– ¿Para qué ir a misa, una vez que asistí al culto en La
Hacienda?
Muy pocos reaccionamos ante esta situación. De todos
modos, el Pastor James, en lugar de suavizar las cosas ante las
protestas de algunos curas con sus delegados, encaró la dosis,
acusándonos a nosotros católicos de idólatras y paganos y quitán-
dose de una vez la máscara. ¿Y los ecuménicos a ultranza? Muchos
se pasaron con el Pastor James. Otros se quedaron católicos, pero
con ideas totalmente distorsionadas sobre aspectos importantes
de nuestra fe. ¿Y el obispo? Como si no hubiera pasado nada,
siguiendo con sus intervenciones en campo político y social y
apareciendo en televisión acompañado de cualquier tipo de gente:
atea, católica o de otra religión.
Una vez seguro de sí mismo, el Pastor James lanzó su pro-
grama: «Para el año dos mil, dos mil templos» y ahora sí, a trabajar
todos. La capacitación ya se acabó.

73
Capítulo 5

SOLA
¿Qué hacer? ¿Seguir al Pastor James o regresar a mi parro-
quia? No faltaron los ofrecimientos y las amenazas:
– Si usted se decide a dar el gran paso, verá que pronto será
pastora.
– ¿Dónde usted experimentó de veras la presencia de Dios:
en la Iglesia Católica o aquí con nosotros? Si fue con nosotros,
¿por qué ahora nos quiere dar la espalda? Cuidado: un día el Juez
Supremo le va a pedir cuentas.
– Hna. Amalia, ¿no le da pena regresar a la vida de antes?
¿No entendió que la Iglesia Católica es la prostituta del Apocalip-
sis? ¿Acaso fue inútil todo lo que aprendió con el Pastor James?
Piénselo bien.
Confieso que hubo un momento en que mi mente se obnubiló
completamente y no supe qué decisión tomar. Pero una vez más
venció la fuerza de la costumbre con sus raíces profundamente
católicas y resistí.
– Digan lo que digan los demás – pensé –, yo me reintegro a
mi parroquia. A ver qué hago.
Y así fue. Regresé a mi parroquia y le conté todo a mi párroco,
que hizo el siguiente comentario:
– Me lo imaginaba. Desde un principio sospeché que iba a
terminar así esta alianza híbrida entre la Iglesia Católica y el Pastor
James. ¿Qué le podemos hacer? Así son las cosas. Ni modo: un
descalabro más para la Iglesia. Una vez más, vimos como «los hijos
de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz» (Lc 16,8 ).
Una vez reintegrada a la vida parroquial, ¿qué hacer? De
acuerdo con el párroco, decidí dedicarme a los retiros de conver-
sión. Claro que de esa manera pude aprovechar lo mejor que

74
aprendí del Pastor James, especialmente en el aspecto didáctico,
logrando realizar encuentros bastante amenos y atractivos, lo que
pronto empezó a despertar algunas suspicacias:
– Lo que doña Amalia nos está enseñando a nosotros, ¿no
será lo mismo que aprendió con el Pastor James? Mucho cuidado.
No vayamos a caer en una trampa.
– ¡Qué casualidad que ahora doña Amalia haya regresado a
la parroquia, mientras todos los demás delegados se hayan quedado
con el Pastor James! En este caso, es preferible ser prudentes y
desconfiados.
¡Pobre de mí, rechazada de un lado y de otro! De todos modos,
seguí adelante, contando con el apoyo incondicional del párroco,
que conocía muy bien mis intenciones y me orientaba
espiritualmente, evitando que cayera en una depresión. La misma
actividad me ayudó a no replegarme en mí misma y a olvidar poco
a poco la experiencia de La Hacienda del Gran Rey. Cada mes
tenía un retiro de conversión con gente nueva, que después se iba
integrando en algún grupo parroquial o iba formando un grupo
nuevo.
Sin embargo, esta situación de relativa paz no duró mucho
tiempo. Un día, regresando de la escuela (aún no me había
jubilado), me encontré con la novedad que mis dos hijos menores,
que ya estaban en la universidad, querían dialogar conmigo acerca
de temas religiosos. Accedí de buena gana, imaginándome que se
trataba de una respuesta del cielo a mis oraciones y súplicas cons-
tantes para su conversión. En realidad, mis hijos menores, a dife-
rencia de los mayores, eran fríos espiritualmente. Posiblemente
les afectó la problemática familiar, suscitada por motivos religiosos.
Desgraciadamente no se trataba de eso. El asunto era mucho
más serio de lo que me imaginaba. Empezó el más grande:
– Mamá, sabemos que usted conoce bastante la religión
católica.
– Bueno. Como saben, desde mi niñez estuve muy apegada a
la Iglesia y he tenido muchas oportunidades para prepararme.
– Sin duda, habrá estudiado también la Biblia – siguió el
hijo más grande.
– Claro. Cuento con un diplomado en Biblia y además he
tenido la oportunidad de impartir algún curso bíblico. Para una
vida auténticamente cristiana, la Biblia es fundamental.
– Muy bien. Puesto que está bastante preparada en Biblia,
¿nos puede explicar el asunto de las imágenes? Como usted bien
sabe, la Biblia las prohíbe: Éxodo, capítulo 20, versículo 4.

75
Me sentí perdida. En realidad, nunca había dado importan-
cia a estas objeciones de los hermanos separados. Me habían
enseñado que, en lugar de estar peleando con ellos por detalles
insignificantes, era mucho mejor fijarse en lo bueno que tenían.
– Bueno – contesté –; estas son las ideas de los hermanos
separados, pero nosotros tenemos otra manera de ver las cosas.
– Aquí se trata de Biblia y no de maneras diferentes de ver
las cosas. ¿Acaso para los católicos no vale la Biblia?
Por el tono de la voz y la convicción que manifestaban en su
manera de presentar el asunto, me di cuenta de que se trataba de
algo serio. Les pregunté cómo se habían dado cuenta de todo eso:
– El Pastor James nos ha ido abriendo los ojos poco a poco.
Así me enteré que, durante mi ausencia, visitaba a mis hijos
y les enseñaba la Biblia a su modo, poniéndolos en contra de mí.
De hecho, pronto me sacaron el asunto de la virginidad de María,
del bautismo de los niños y muchos ataques más contra la fe
católica. No sabiendo qué contestar, les pedí que me dieran un
tiempo para investigar. Fui al párroco y nada; fui a un maestro de
seminario y nada; fui al encargado del ecumenismo, le expuse el
caso y recibí un tremendo regaño:
– ¿Qué es esa tontería de discutir sobre asuntos de religión?
Si sus hijos se quieren cambiar de religión, que se cambien. Cada
quien es libre de escoger la religión que más le convenga. Me
extraña que usted, siendo una persona tan preparada, salga con
esas tonterías.
– No se trata de tonterías. ¿Acaso yo no tengo derecho a que
mis pastores me orienten en el campo de la fe? Ahora bien, pedí
ayuda al párroco y no me dio ninguna respuesta; fui con un maestro
de seminario y me contestó que él maneja el ecumenismo y no la
apologética, puesto que la apologética ya pasó de moda; vengo con
usted y me regaña. ¿Se puede saber si la Iglesia Católica tiene o no
tiene una respuesta a los ataques que nos hacen las sectas?
Esta vez el encargado del ecumenismo se puso furioso:
– ¿Qué es eso de llamar sectas a nuestros hermanos separa-
dos? ¿Le gustaría a usted que llamaran «secta» a la Iglesia Católica?
– Es que existe una enorme diferencia entre la Iglesia Cató-
lica, que viene desde Cristo, y todas las demás agrupaciones que
surgieron después, como la del Pastor James.
– Es lo mismo. En realidad, todos buscamos al mismo Dios
y todos podemos alcanzar la salvación en cualquier religión. ¿No
entiende usted que nadie tiene el monopolio de la salvación? Se ve

76
que usted está muy atrasada. No se da cuenta de los últimos
documentos de la Iglesia. Todavía anda con las cruzadas y el
Concilio de Trento. Quiero que sepa de una vez que no cuenta con-
migo.
Y me dejó plantada. Al verme tan deprimida y sin una
respuesta concreta, mis hijos me tuvieron lástima y me hablaron
con toda franqueza:
– Mamá, ya basta. ¿Aún no se da cuenta de que los curas la
están engañando, aprovechándose de su buena fe? Deje de una
vez la Iglesia Católica y venga con nosotros.
Ahí me di cuenta de que ya lo había perdido todo: esposo e
hijos, quedándome totalmente sola. Me refugié en la oración y el
apostolado de los retiros espirituales. Notaba la euforia de mis hijos
y no tenía el ánimo, el valor o la capacidad de dialogar con ellos.
Me di cuenta de que me estaba pasando lo mismo que
anteriormente les había pasado a mi marido y a mis hijos, es decir,
sentirme excluida, ignorante y del montón. Es que el fanatismo
religioso es algo tremendo. Cuando uno cae en esto, es difícil poder
sacarlo. Se vuelve totalmente ciego y no hay razón que valga.
Imagínese usted, padre, qué triste fue para mí vivir con mis
hijos bajo el mismo techo, sin poder compartir lo más profundo
de nuestro ser, que es la fe, aquella fe que yo les había comunicado
desde su más tierna edad. Después vinieron los problemas
religiosos y todo se fue evaporando. Nuestras relaciones se fueron
haciendo siempre más superficiales: yo con mis cosas y ellos con
las suyas, yo una pobre pecadora y ellos los santos y elegidos, los
que iban a transformar el mundo con la luz del Evangelio.
A veces buscaban cualquier pretexto para apartarse de mí,
manifestando hacia mi persona el más profundo desprecio, según
ellos, por mi terquedad al rehusarme a dar el paso definitivo hacia
Cristo y su enviado, el Pastor James. En una ocasión me lo dijeron
claramente:
– Mamá, ya es tiempo de tomar una decisión: o se convierte
o tenemos que separarnos definitivamente. Ya no podemos estar
juntos agua dulce y agua salada.
Y desde entonces empezamos a comer en mesas diferentes:
una para ellos y otra para mí. Ellos los puros, los santos y los
elegidos, y yo una pobre pecadora, maldita por Dios y merecedora
del castigo eterno. De esa manera la situación se volvió totalmente
insostenible, hasta que los dos abandonaron la casa y cada uno fue
formando su hogar. Uno se dedicó a su profesión como ingeniero

77
civil y el otro se entregó totalmente a la causa del Pastor James,
como misionero de La Haciendo del Gran Rey.
Y yo solita en la casa, dedicada completamente a la oración y
al apostolado de los retiros espirituales. De vez en cuando me
visitaban mis hijos mayores con las nueras y los nietos. Trataban
de consolarme, invitándome a no sentirme culpable por todo lo
que había pasado. En alguna ocasión fui a mi pueblo para ver si
era posible una reconciliación con mi esposo. Pero todo fue inútil.
El daño que le había causado había sido demasiado grande y ya no
había vuelta de hoja. Vivíamos bajo el mismo techo, para no causar
escándalo entre la gente, pero hasta ahí. Era imposible revivir el
pasado.
Hasta que… Sí: «hasta que…». Ésta ha sido toda mi vida:
una continua zozobra, un continuo «hasta que…». A veces tengo
miedo a despertarme por la mañana, pensando: «¿Qué me va a
pasar hoy?» Pues bien, hasta que me llegó un recado de parte del
consejo parroquial: «Doña Amalia, ya no puede seguir dirigiendo
los cursos de conversión por su falta de testimonio. ¿Cómo puede
orientar a los demás, si no puede con su mismo hogar?»
Para mí fue el acabose: sin esposo, sin hijos, sin apostolado
y sin escuela, puesto que por aquel entonces ya me había jubilado.
Y podría añadir también: sin Dios. De hecho, por todo lo anterior
caí en una profunda depresión. Aunque luchara con todas mis
fuerzas por acercarme a Dios y experimentar su consuelo, no podía.
Me resultaba imposible dirigirme a Dios como antes, para decirle:
«Padre». Más bien lo sentía como un ser lejano, todopoderoso y
cruel. «Ni modo – pensaba –: la regué y ahora tengo que pagar».
Mis antiguos amigos, de uno y otro bando, huían de mí, como se
huye de la peste en persona.
Ahora que todo pasó, entiendo que se trató de un período de
purificación. Ahora entiendo mejor el grito angustioso de Jesús en
la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt
27, 46). Me doy cuenta de que, con todo lo que me pasó, mi Padre
Dios contestó a mi deseo juvenil de martirio, un martirio lento
que empezó hace casi cincuenta años y aún no sé hasta cuándo va
a durar. Ojalá que este largo martirio sirva para que los responsa-
bles de la Iglesia abran los ojos y sean más cuidadosos cuando
toman decisiones que pueden afectar profundamente la vida de
sus feligreses.

78
Capítulo 6

EN BUSCA DE PAZ
En el momento en que me sentía más desesperada y busca-
ba con ansia una señal del cielo como respuesta a mis súplicas de
luz, apareció en mi casa el Pastor James con una propuesta muy
concreta y atractiva:
– Hna. Amalia, usted ya sabe cuánto la apreciamos en La
Hacienda del Gran Rey. Estamos seguros de que usted aún tiene
mucho que dar para la causa del Evangelio. Pues bien, puesto que
ya dejó de dirigir los cursos de conversión, que por cierto han hecho
tanto bien a las almas sedientas de Dios, la invito a ser pastora del
templo que tenemos en esta misma colonia, llamado «Paz y Pros-
peridad». Actualmente cuenta con unos cuarenta feligreses y el
pastor que está a su cargo me informa que mensualmente le quedan
unos siete mil pesos, una vez sacados los gastos de mantenimien-
to. Ahora bien, llevándose consigo a las personas que más la
aprecian, fácilmente podrá conseguir mensualmente una entrada
de diez mil pesos. A mí me da el diezmo y se queda con nueve mil
pesos. ¿Qué le parece? Además, allá tendrá la dicha de pastorear a
sus mismos hijos, uno de los cuales, el misionero, será su ayudan-
te. ¿Cómo la ve? A propósito, ¿cuánto le daba el cura por el servicio
que prestaba a la parroquia como directora de los cursos de con-
versión?
– Nada.
– ¿Cómo que nada? Así que en la Iglesia Católica son mu-
chos los que trabajan y uno solo el que toma para sí todas las
ganancias. ¡Qué injusticia!
No tuve tiempo ni para pensar. El Pastor James me tomó de
la mano, me ayudó a salir de la casa y entrar en su coche, que estaba

79
estacionado delante de la puerta. En unos minutos llegamos al
templo, donde estaban esperando unas cien personas, entre los
miembros de la comunidad y los invitados. El Pastor James me
presentó con palabras muy elogiosas y esperanzadoras con relación
a mi futuro desempeño como «pastora y predicadora del Evange-
lio».

Me sentí como aturdida. Antes que pudiera reaccionar, me


vi inundada de aplausos con abrazos y muestras de cariño de parte
de todos, especialmente de los antiguos compañeros, enviados a
La Hacienda del Gran Rey como delegados parroquiales para
especializarnos en la evangelización. El momento culminante fue
cuando se me acercaron mis dos hijos, que, según el Pastor James,
se me habían adelantado en la aceptación de Cristo como su único
Salvador y Señor. Me abrazaron con efusión, como nunca habían
hecho en su vida, me pidieron disculpas si me habían causado algún
sufrimiento en su intento de querer seguir a Cristo de una manera
radical y me prometieron todo su apoyo en el cumplimiento de la
nueva misión que se me había encomendado como pastora y pre-
dicadora.
Después supe que todo había sido preparado y hasta ensaya-
do con anterioridad. De ahí su fuerte impacto en mi persona, tan
sensible y al mismo tiempo tan debilitada por las pruebas. De todos
modos, por lo menos por algún tiempo, la nueva experiencia
representó para mí un gran alivio, puesto que me ayudó a olvidar
mis penas y a volver a soñar en una nueva vida al servicio del
Evangelio.
Así que pronto me lancé a la tarea de predicar con ganas la
Palabra de Dios, aprovechando cualquier oportunidad para hablar
de Cristo, muerto y resucitado por nosotros. Para mí, hablar de la
pasión de Cristo como preludio de la resurrección se había vuelto
en un bálsamo, que calmaba los ardores de las heridas, y al mismo
tiempo me ayudaba a descubrir el sentido último de mi existencia.
Era tanta la convicción con que hablaba que muchos, sin que yo
me lo propusiera, llegaban hasta a derramar lágrimas de arrepen-
timiento o consuelo. Y todo esto hizo que pronto me llovieran
solicitudes de parte de otras congregaciones para que yo hablara
en sus templos de un tema casi desconocido en sus ambientes.
Fue una experiencia bastante enriquecedora para mí y sin
duda resultó de mucha utilidad para los que tuvieron la
oportunidad de asistir a mi predicación. Pero no duró mucho
tiempo. Pronto empezaron las críticas:

80
– La pastora Amalia parece más católica que evangélica.
Habla demasiado de la pasión de Cristo. ¿Cuándo hablará de la
prosperidad, que es el signo que acompaña siempre al verdadero
creyente?
– La pastora Amalia aún no se ha convertido completamen-
te. Parece traumada por su pasado como católica y no se decide a
dar el paso decisivo, reconociendo públicamente al Pastor James
como el enviado de Dios para los últimos tiempos.
No sé si por falta de conversión o por el miedo a llamar
demasiado la atención, opacando la figura del Pastor James, el
hecho es que, con el pretexto de la edad, antes de cumplir un año
como pastora, fui exonerada del cargo, que fue entregado a mi hijo,
el misionero. De todos modos, la experiencia como pastora y
predicadora para mí resultó de grande utilidad sea en el aspecto
sicológico, en el sentido que me ayudó a salir del estado de depre-
sión en que me encontraba, sea en el aspecto económico, puesto
que me aseguró un capital suficiente para vivir desahogadamente
los últimos años de mi vida.
Al realizarse el cambio, mis dos hijos evangélicos me supli-
caron insistentemente que no volviera por ninguna razón a la
Iglesia Católica, puesto que de ahí dependía su porvenir, uno como
pastor y el otro como ingeniero encargado de la construcción de
los templos de la iglesia "La Hacienda del Gran Rey". Así que, una
vez más, regresé a mi soledad. ¿Hasta cuándo durará? No lo sé.
Dios dirá. Estoy en sus manos.
Hace unos días fui a ver a un padre de la catedral, le conté
todo y su respuesta me dejó más desconcertada que nunca:
– Mire, doña Amalia – me dijo –: si usted cree que la voy a
ayudar a regresar a la Iglesia Católica, se equivoca. Sencillamente
no responde a mi manera de ver las cosas. Para mí, si quiere
regresar, regrese y, si quiere seguir siendo evangélica, siga siendo
evangélica. Es asunto suyo y a mí ni me va ni me viene.
En estos días, hojeando sus libros, me di cuenta claramente
de que la Iglesia Católica es la única Iglesia que fundó Cristo, algo
que siempre había creído, aunque nadie me lo hubiera enseñado,
mucho menos con el fundamento bíblico que usted presenta.
Estando así las cosas, le pregunto, padre, qué tengo que hacer para
agradar a Dios y al mismo tiempo no causar molestia a mis hijos
evangélicos. Conociendo bastante al Pastor James, yo sé que es
capaz de todo con tal de hacerme la vida difícil, si regreso a la Iglesia

81
Católica e intento dar a conocer todas sus maniobras para
obligarme a dejar el catolicismo y pasarme con él.
Lo que más me preocupa es el daño que puede causar a mis
hijos, que prácticamente dependen de él en todo. Yo de por sí estoy
acostumbrada a sufrir. ¿Acaso desde niña no soñé con ser mártir
por la fe, como mi papá?

Al escuchar las confesiones de doña Amalia, sinceramente


no sé qué pensar. Me siento como aturdido. Nunca me hubiera
imaginado que por motivos religiosos se pudiera llegar a sufrir
tanto, hasta soportar un verdadero martirio, lento y doloroso, con
altibajos y momentos de intensidad dramática, insospechables en
un asunto destinado a dar serenidad y paz. Me levanto y la miro a
los ojos, unos ojos cansados, que reflejan un profundo dolor, so-
portado con una dulce resignación y una inmensa paz. Sufrimien-
to y paz: compañeros inseparables de las almas grandes, signos
inequívocos de elección divina y garantía segura de santidad
probada.
Mientras trato de balbucear unas palabras de consuelo y
esperanza, para salir al paso de una situación para mí totalmente
inédita, suena el timbre y veo a las dos nueras de doña Amalia
precipitarse hacia la puerta. Un servidor y doña Amalia nos
miramos a la cara y no sabemos qué pensar, puesto que acaba de
pasar la medianoche. Mientras tanto se abre la puerta y entran
algunas personas, al canto de las mañanitas. Estando en la pe-
numbra, no alcanzamos a distinguirlas. Al mismo tiempo salen de
la cocina los dos hijos de doña Amalia, gritando "Vivan los novios".
Realmente no sé qué pensar. Todo me parece una alucina-
ción. Por fin veo a doña Amalia correr hacia adelante y abrazarse a
un hombre que acaba de salir de la penumbra. El hijo mayor da la
explicación:
– Hoy mis papás cumplen cuarenta años de casados. Quere-
mos que en su presencia, padre, renueven los compromisos
matrimoniales de hace cuarenta años.
Ante mis titubeos, aclara:
– No se preocupe, padre, todo está arreglado. Nos regresa-
mos al pueblo donde nacimos. Allá nadie está enterado de los
enredos que sucedieron aquí. Ya estamos de acuerdo con el señor
cura de allá. Todo será como antes, como si no hubiera pasado
nada. Católicos de hueso colorado, como siempre.

82
Mientras tanto, las nueras y los nietos preparan un altar con
un grande crucifijo y una imagen de la Virgen. Traen un lazo, lo
ponen encima de los dos abuelitos, puestos de rodillas delante del
altar y abrazados. Yo, más confundido que nunca, improviso una
oración de circunstancia y empieza la fiesta con pastel y todo.

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Conclusión
Doña Amalia: ejemplo de un nuevo capítulo que se abre en
el martirologio católico. Por su fidelidad a Cristo y a la Iglesia,
sufre hasta lo imposible en el silencio, sin contar con ningún apoyo
o reconocimiento oficial, al contrario entre la incomprensión o la
contrariedad de muchos pastores de la Iglesia; una advertencia
para cuantos, en nombre de una ideología, se vuelven insensibles
ante el dolor humano.
Ojalá que, pasada la euforia del momento, el sacrificio
(martirio) de doña Amalia sirva para volvernos más realistas y
menos aventureros en asuntos de tanta importancia para la fe y el
futuro de la Iglesia.

Richmond, VA (EUA); a 25 de agosto de 2008.

84
El Padre Enrique
ya no sabe qué hacer
INTRODUCCIÓN
El p. Enrique se ordenó sacerdote con las mejores intenciones
y las más grandes ilusiones del mundo. Luchó, logró grandes
satisfacciones, hizo todo lo que pudo. Pero poco a poco fue
perdiendo la brújula. Le parecía estar sembrando en el mar, sin
entusiasmo ni ilusiones. Una vida sin sentido.
¿No te gustaría conocer las razones más profundas de un
cambio tan grande en la vida del p. Enrique, un sacerdote y
luchador de cepa, acostumbrado a enfrentar los retos cara a cara,
en campo abierto y a plena luz del día, sin fijarse si hay público o
desierto, si es más probable la victoria o la derrota?
Sígueme: es tu oportunidad para acercarte a él, hacerle
preguntas y escucharlo, cuestionarlo y dejarte cuestionar por él.
Aprovéchala. Podrá ser la aventura de tu vida.

Castellana Grotte (Italia), a 10 de septiembre de 2008.

85
Capítulo 1

POR LA GLORIA DE DIOS


Y LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS
El p. Enrique cumple sesenta y cinco años de edad. Como
siempre, le organizamos una fiestecita entre los amigos más íntimos
y allegados. No le gusta la grande pachanga, ni le gustan los
discursos inflados de circunstancia. Prefiere lo sencillo y
espontáneo. Acostumbra decir: «Los panegíricos después de
muerto». Máxime ahora que anda alicaído, después de tantas luchas
y tantos sueños frustrados, y posiblemente con algún achaque propio
de la edad.
Desde un principio lo aclaró: «No quiero payasadas. Ya no
estoy para eso. Así que, o hacemos algo que pueda ser útil para
todos o nada. En este caso, aprovecho para descansar y reflexionar
un poco». Y citó el refrán: «Mucho ayuda el que no estorba».
Estando así las cosas, no nos queda más que reducir todo a lo
esencial: misa, comida y diálogo, un diálogo sin cortapisas, como
es su costumbre hacer entre amigos, y sin límite de tiempo. Cuando
alguien se siente cansado, se puede dormir tranquilamente (sin
roncar demasiado fuerte, por supuesto, para no estorbar a los
demás) o retirarse. No pasa nada: así se hace entre amigos.
Empezamos por una pregunta de cajón:
— Padre, ¿cómo se siente al cumplir sesenta y cinco años de
edad?
— Muy agradecido a Dios por lo que me ha concedido realizar
durante todos estos años de vida.
— ¿Algo concreto que quisiera destacar?
— La capacidad de detectar a tiempo los problemas y
enfrentarlos. Naturalmente se trató de algo que fui adquiriendo poco

86
a poco, después de un periodo de fascinación por ciertos líderes
‘carismáticos’ y ciertas ideas ‘geniales’, que parecía iban a
revolucionar el mundo y que después descubrí que eran ‘pura
demagogia’.
Como es el estilo propio del p. Enrique, pronto entramos en
el vivo del tema, sin preámbulos ni nada. Alguien hace notar la
conveniencia de empezar desde un principio, puesto que no todos
los presentes están enterados de muchos aspectos importantes de
su vida. El p. Enrique accede de buena gana y empieza:
— Como muchos de ustedes ya saben, nací en una familia
muy religiosa. Nunca faltaba a la misa dominical, al catecismo, a
las novenas y las fiestas de los santos, que se veneraban en mi pueblo
natal. Las personas que más influyeron en mi formación espiritual,
fueron la maestra de catecismo y el párroco, que era un verdadero
apóstol. Continuamente inventaba cosas para tenernos entretenidos
y al mismo tiempo transmitirnos su pasión por «la gloria de Dios y
la salvación de las almas».
Para alcanzar una vida siempre más conforme al Evangelio,
nos comentaba anécdotas de la vida de los santos. Así, poco a poco,
las figuras de San Felipe de Jesús, San Francisco de Asís, San Juan
Bosco, Santo Domingo Savio y Santa Teresita del Niño Jesús se nos
hicieron familiares. Era tanto el entusiasmo con que nos hablaba
de estos personajes, que poco a poco se fueron volviendo en nuestros
héroes y por lo tanto para nosotros alcanzar la santidad, imitando
sus ejemplos, se volvió en el objetivo principal de nuestra vida.
Como método práctico para alcanzar este objetivo, nos
inculcaba el rezo de las jaculatorias, las visitas al Santísimo y la
práctica de las florecillas, pequeños sacrificios que servían como
entrenamiento para aprender a dominar nuestros instintos y hacer
el bien. Su refrán era: «Cada día por lo menos una florecilla».
Auxiliado por la catequista, trató de ayudar a todos los niños
y adolescentes a canalizar todas nuestras energías hacia los valores
espirituales, soñando con ser santos y apóstoles como él. Nos
exhortaba a no desperdiciar ninguna oportunidad para hablar de
Dios a nuestros compañeros de salón y llevarlos al catecismo.
Entre todos los niños y adolescentes, seleccionó un grupo de
«vanguardistas», y yo formaba parte de él, especializado en abordar
a los niños y muchachos de nuestra misma edad para cuestionarlos
acerca de la fe y llevarlos a la práctica de la vida cristiana.
Cada uno se las ingeniaba para ver cómo llevar gente a Cristo,
metiéndose en las pandillas del barrio o participando en todas las

87
iniciativas (canto, teatro o deporte), que se organizaban en la
parroquia o la escuela. Lo importante era hacer algo para estar lo
más posible en contacto con los demás niños y adolescentes,
hacérnoslos amigos y llevarlos a la vida sacramental.
Periódicamente nos reuníamos para intercambiar nuestras
experiencias, evaluar los resultados conseguidos y revisar las
estrategias utilizadas. Lo que más nos entusiasmaba era notar con
cuánto interés el párroco escuchaba todo lo que decíamos.
Cuando teníamos algún éxito, exclamaba: «Aquí están mis
valientes campeones. Con ustedes vamos a conquistar el mundo
entero». Y cuando teníamos algún fracaso (que algún muchacho
no nos había hecho caso o se encontraba en serias dificultades, sin
que nosotros pudiéramos hacer algo para ayudarlo), comentaba:
«Ni modo. No siempre es posible lograr todo lo que se quiere. Una
vez que hicimos lo que pudimos, pongamos todo en las manos de la
Virgen de Guadalupe y verán que algo va a pasar». Y nos impulsaba
a echarle siempre más ganas.
A veces le pedíamos algún consejo o sugerencia acerca de la
manera de llevar a cabo alguna iniciativa. Él en este caso era muy
precavido. Sabía que no nos podía dar atole con el dedo, como si se
tratara de niños ingenuos. Entonces, decía: «Miren, muchachos.
Aquí no se trata de pura teoría; aquí se trata de práctica. Y en esto
sinceramente ustedes me ganan. Fíjense que, desde cuando yo era
como ustedes hasta ahora, han cambiado muchas cosas. ¿Qué les
puedo decir? Pueden intentar esto y esto. Pero no garantizo nada.
Son ustedes quienes harán la experiencia y van a ver si algo funciona
o no».
Y con esto, más nos impulsaba a echarle ganas, inventando
cosas y no dejando nada sin intentar. Recuerdo con qué pasión
escuchaba nuestros relatos, preguntando por tal o cual detalle. Y
nosotros contestando siempre (a veces exagerando las cosas, como
ahora hacen los artistas en la televisión). En realidad, nos sentíamos
importantes, como si fuéramos verdaderos héroes, descubridores
o aventureros. Teníamos la conciencia clara de estar haciendo
historia.
A medida que el p. Enrique se va adentrando en dar su testi-
monio, se olvida de sus problemas y regresa a ser el de siempre:
entusiasta y emprendedor, dispuesto a enfrentar el mundo entero
con tal de hacer realidad su sueño de procurar la mayor gloria de
Dios y salvar todas las almas posibles, siempre rodeado de gente e
inventando cosas. Ya se le fue el pesimismo; ya se olvidó de la edad

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y los posibles achaques, decepciones o descalabros. Al revivir su
infancia y adolescencia, recobra su acostumbrado entusiasmo y
vigor.
Alguien interviene:
— Padre Enrique, no creo que toda su niñez y adolescencia
haya sido puro amor a Dios y a las almas descarriadas. También
usted con sus compañeros habrá hecho alguna travesura.
— Claro. Como todos, también nosotros hacíamos travesuras,
no cosas graves, inocentadas diría yo. Recuerdo que un día,
terminada la reunión de costumbre y viendo que el sacristán estaba
ausente, se nos ocurrió la idea de ir a la sacristía para tomar las
ostias. De hecho, había muchos paquetes de ostias. Abrimos unos
dos paquetes y nos comimos todo. Una vez realizada la operación,
alguien sugirió la conveniencia de completar el desayuno sagrado
con un poco de vino. Dicho y hecho. En pocos instantes se acabó la
botellita de vino de consagrar. ¿Qué hacer? No había otra. Corro a
mi casa y le echo tequila.
Imagínense qué pasó al día siguiente, cuando el cura, al
momento de beber del cáliz, se dio cuenta de que no era vino sino
tequila. De inmediato me echó una mirada de fuego (¿quién hubiera
podido ser el autor de tanta fechoría si no yo?). Parecía que quisiera
devorarme. Al verme descubierto, antes que me agarrara (le estaba
sirviendo de monaguillo), me eché a correr en pleno templo ante el
asombro de todos.
Después me dijeron que el padre tuvo que suspender la misa,
mandar al sacristán al curato por otra botella de vino y solamente
después pudo concluir la celebración eucarística. Naturalmente
durante una semana no me aparecí en la parroquia, hasta que un
compañero fue a verme para decirme de parte del padre que me
había perdonado y que no tuviera miedo a regresar a la parroquia.
El que no me perdonó fue mi papá, que, al enterarse del asunto
(quién sabe quién se lo contó y con qué intención), me llamó y me
conminó a contarle todo, detalle por detalle. Al solo mirar su cara y
escuchar el tono de su voz, me di cuenta de que la cosa iba en serio
y casi seguramente se iba a concluir con una buena paliza. Ni modo.
Al no saber en realidad qué era lo que él sabía en concreto, tuve que
ser preciso al contar todo lo sucedido.
Sin embargo, me di cuenta de que, a medida que iba contando
las cosas, su cara se iba serenando. Seguramente se había imaginado
algo peor. Noté que, al momento de hablar del tequila, se volteó
por otro lado y fingió toser. Posiblemente le estaba dando un ataque

89
de risa. Entonces, al sentirme fuera de peligro, empecé a exagerar
las cosas, causándole más hilaridad, hasta que no logró componerse
y concluir el asunto con algún consejo de poca relevancia, tanto
para salir al paso. Después posiblemente se habrá metido en algún
lugar apartado para reírse a sus anchas.
Recuerdo que por este hecho durante algún tiempo me volví
en la fábula de los parientes y amigos de familia. En cualquier
encuentro, mi papá quería que yo repitiera la historia del tequila,
según él, para que los demás se dieran cuenta del pillo que era yo y
no se le ocurriera a nadie repetir lo mismo. En la práctica, creo
que lo hacía para volverse a reír y hacer reír a la gente. Muchos
comentaban: «Mira nomás: Enrique parece tan piadoso y ¡quería
emborrachar al cura!».
Alguien le pregunta al p. Enrique a qué edad entró al
seminario.
— A los quince años, después de haber terminado la
secundaria. Lo único que me costó fue el ambiente cerrado propio
del seminario. Extrañaba a mis amigos y de una manera especial
la libertad de acción que teníamos en el campo del apostolado. En
el aspecto espiritual, hubo bastante adelanto con la misa, la
meditación y el rezo cotidiano del santo rosario.
Recuerdo cuánto fervor nos inspiró la llegada de un
misionero, expulsado de China. Su testimonio nos llenó de santo
celo por el anuncio del Evangelio por todo el mundo, comenzando
por el ambiente en que vivíamos. Para nosotros, jóvenes
seminaristas, pensar en la enorme cantidad de pueblos que aún
viven sin conocer a Cristo, representaba un verdadero tormento.
Una frase que se me quedó bien grabada en la mente (no sé quién
la pronunció por primera vez), fue la siguiente: «Cruzar los mares,
salvar un alma y morir».

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Capítulo 2

UN NUEVO PENTECOSTÉS
Así cursé la preparatoria, el introductorio y parte de la filosofía,
sin grandes novedades. Hasta que apareció en el escenario eclesial
la figura del Papa Juan XXIII con el anuncio del Concilio Ecuménico
Vaticano II. Este hecho representó el detonante que despertó en la
Iglesia enormes esperanzas, cuya realización implicaba grandes
cambios, encaminados a crear una Iglesia joven, libre de toda
atadura inútil y totalmente entregada a la vivencia de la fe de una
manera más auténtica y al anuncio del Evangelio con más eficacia,
utilizando todos los medios que ofrece la tecnología moderna.
Desde entonces se empezó a hablar de un «Nuevo
Pentecostés», la «Iglesia de los Pobres» y la «Puesta al día»
(traducción de la palabra italiana «Aggiornamento»). Pronto, de
una manera inesperada, surgió en el corazón de todos un anhelo
generalizado de pasar de una Iglesia inmóvil y centrada en sí misma,
que miraba hacia el pasado, a una Iglesia volcada hacia afuera y
con la mirada fija hacia el futuro. Cada uno empezó a soñar con
algo diferente, a la insignia de la autenticidad, la eficacia y la apertura
hacia todos.
Lástima que al mismo tiempo se fue abriendo camino un cierto
espíritu iconoclasta, especialmente en el campo litúrgico, atacando
de una manera especial el uso del latín e identificando todo lo pasado
con el oscurantismo. El problema fue que, de hecho, con el latín se
dio al traste con siglos de música sacra (el gregoriano y la polifónica),
un patrimonio artístico de inestimable valor. Ni modo. Así es el ser
humano, que con facilidad pasa de un exceso a otro. Ojalá que algún
día se logre alcanzar un cierto equilibrio, recuperando lo mejor del
pasado y al mismo tiempo estando abiertos a toda novedad creadora,
que lleve el sello de la autenticidad.

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Recuerdo con cuánto entusiasmo se esperaba la reforma
litúrgica. Fíjense que en aquel tiempo la gente piadosa asistía a la
misa rezando el rosario «para no perder tiempo». Cada quien
actuaba por su cuenta: el sacerdote, el coro y el pueblo. Aún no se
hablaba de «participación litúrgica» de parte del pueblo ni se
hablaba de comunidad. Eran términos totalmente ausentes en el
lenguaje litúrgico preconciliar. Solamente los que más estaban
metidos en las cosas de Dios (religiosas, seminaristas o algunos
laicos más preparados) utilizaban el misalito, que les permitía seguir
paso a paso los distintos momentos del acto litúrgico juntamente
con el sacerdote celebrante. Los demás o rezaban el rosario o
meditaban sobre algún aspecto de la fe o estaban en la misa cuerpo
presente, mientras la mente se ocupaba en cualquier otra cosa.
Al escuchar esto, todos quedamos asombrados, pensando en
el tipo de liturgia que se manejaba antes del Concilio, algo totalmente
desconocido para nosotros, que contamos con otro tipo de
formación. El p. Enrique se da cuenta y ahonda más en el tema:
— Es que en realidad, con el Concilio Ecuménico Vaticano II,
la Iglesia dio un gran paso adelante en muchos aspectos de su vida
interna y en su manera de situarse ante el mundo exterior. Antes
del Concilio, por ejemplo, a nadie se le ocurría permitir el ingreso a
su casa a uno que, profesando un credo religioso diferente, intentara
convencerlo de algo que estuviera en contra de la propia fe. Mucho
menos se permitía a un católico visitar un templo de otra confesión
religiosa.
— Entonces, por lo general, en su ambiente ¿cómo fue visto
el surgir de la problemática ecuménica? — pregunta uno de los
presentes.
— Como algo curioso y al mismo tiempo interesante, pero
lejano, algo que no tenía nada que ver con nuestra realidad, puesto
que en nuestros pueblos todos éramos católicos. De todos modos,
no faltó gente que se entusiasmó por este tipo de problemática, hasta
sentirse acomplejada por vivir en un ambiente totalmente católico
y soñando con vivir en un ambiente «plural» (otra palabra, que
poco a poco se fue abriendo paso dentro de la Iglesia desde el
anuncio del Concilio).
— A usted, en concreto, ¿qué le llamó más la atención con el
anuncio del Concilio? — pregunta otro de los presentes.
— Aparte del aspecto litúrgico, fue el aspecto organizativo,
buscando en todo una mayor eficacia y evitando todo lo inútil u
ostentoso. Por ejemplo, con el anuncio del Concilio, se empezó a

92
hablar mucho de los límites de edad para todos los que tuvieran
algún cargo en la Iglesia, en concreto, los párrocos, los obispos y el
mismo papa. Según mi opinión, los límites de edad tendrían que
ser los sesenta y cinco - setenta años. «Si esto es posible y ventajoso
en las empresas privadas y la administración pública —pensaba—,
¿por qué no tiene que ser posible y ventajoso también dentro de la
Iglesia?» En realidad, en este aspecto en la Iglesia había muchas
situaciones realmente dramáticas con párrocos y obispos, que
rebasaban los noventa años de edad y no se decidían a renunciar.
Según los opositores, habría que considerar como un matrimonio,
y por lo tanto indisoluble, la unión del párroco con su parroquia o
del obispo con su diócesis. «Entonces — objetaba yo —, ¿por qué
los párrocos y los obispos de todos modos renuncian cuando se
trata de acceder a un cargo de mayor responsabilidad o prestigio?»
Evidentemente se trataba de puros pretextos para ocultar en los
ambientes eclesiásticos un desmedido afán de honores, poder y
dinero, algo totalmente contrario al espíritu del Evangelio.
En esta misma línea iba mi deseo de que fuera cambiando el
vestuario de los dignatarios de la Iglesia. A veces cierta manera de
vestir de los obispos y de los cardenales me parecía carnavalesca,
cosas de siglos pasados, propias de los reyes y de los príncipes en
algún momento de la historia. Lo mismo con relación a los títulos
de «excelencia», «eminencia» y similares. Fíjense que en las
procesiones, si bien recuerdo, los obispos llevaban una cola de tres
metros y los cardenales de seis. Había un encargado para llevarla
(como se hace ahora con las novias), que se llamaba caudatario
(cauda = cola). Todo esto me parecía abiertamente contrario al
espíritu del Evangelio y me dio mucho gusto al ver como poco a
poco fue desapareciendo de la vida de la Iglesia.
Otro tema que me llamó mucho la atención fue el de la «Iglesia
de los Pobres», es decir, una Iglesia en que los pobres se sintieran a
gusto y pudieran vivir su fe sin ningún tipo de marginación. Antes
del Concilio, en realidad, era evidente, dentro de la Iglesia, una cierta
discriminación entre los ricos y los pobres. Era difícil, casi imposible,
ver a un pobre que enseñara el catecismo a una persona rica.
Normalmente los que tenían una mejor posición social eran los que
más rodeaban al cura y al obispo. En algunos templos había sillas o
bancas especiales con los nombres de las personas que las habían
regalado y por lo tanto estaban reservadas para ellas y sus herederos.
Si alguien se sentaba ahí, al llegar el dueño, tenía que pararse y
ceder el lugar.

93
En fin, con el Concilio, un aire nuevo de mayor autenticidad
evangélica empezó a permear los distintos ambientes eclesiales:
menos apariencias, menos honores y más fidelidad al Evangelio. Y
todo esto con miras a favorecer una vida cristiana más auténtica al
interior de la Iglesia y al mismo tiempo ponerla en mejores
condiciones para poder cumplir con más eficacia el mandato de
Cristo de ir a predicar el Evangelio por todo el mundo.
Ésta fue mi percepción acerca del papel que el Concilio
Ecuménico Vaticano II estaba destinado a desarrollar en la historia
de la Iglesia. Era convicción común que con el Concilio se preparaba
para la Iglesia un «Nuevo Pentecostés».
Al escuchar el relato del p. Enrique acerca de la manera cómo
percibió el acontecimiento conciliar, entendemos más el desaliento
que lo embarga actualmente ante una realidad muy diferente de la
que había soñado en su juventud. Con miras a profundizar más
dicho acontecimiento, alguien le pregunta:
— Padre, antes, durante e inmediatamente después del
Concilio ¿nadie se dio cuenta de los riesgos que se perfilaban para
el futuro de la Iglesia con las medidas que se estaban tomando?
— Muy pocos, que por lo general eran tachados de retrógradas.
El entusiasmo y la euforia del momento nos volvieron ciegos casi a
todos. Era tan grande el deseo de cambio que se estaba dispuesto a
cualquier sacrificio con tal de acelerar la llegada del «Nuevo
Pentecostés», visto como el inicio de una «Nueva Primavera» dentro
de la Iglesia. Se trataba de una fe ciega en los destinos de la Iglesia,
convencidos de que se estaba viviendo uno de los acontecimientos
más importantes de su historia.
Después los hechos demostraron ampliamente cuán
provechoso hubiera sido para todos haber tenido en cuenta muchas
señales de alarma, que desde un principio empezaron a surgir por
todas partes. Se trató de un descuido, cuyas consecuencias aún no
alcanzamos a medir adecuadamente.

94
Capítulo 3

DEL TRIUNFALISMO
AL COMPLEJO DE CULPA
Y AL DERROTISMO
Pues bien, en este clima de esperanza y fervor religioso cursé
parte de la filosofía y toda la teología. Con esta misma esperanza y
el mismo fervor me ordené sacerdote, animado por un celo
apostólico y un deseo de santidad sin medida. A eso me llevaba
toda mi formación y experiencia anterior, desde la niñez, la
adolescencia y la juventud como seminarista.
Sin embargo, poco a poco todo se fue desvaneciendo al surgir
en los ambientes eclesiales un liderazgo, cuya misión parecía ser la
de acabar con los mismos cimientos de la Iglesia, haciendo de ella
una simple institución humanitaria, destinada esencialmente a
favorecer el bienestar material de la sociedad, abandonando a su
suerte las comunidades cristianas, que poco a poco fueron
decayendo, dominadas por una profunda «asfixia espiritual».
Puesto que se trataba de «teólogos» de renombre y de
«obispos» destacados, era difícil disentir de ellos públicamente en
nombre de lo que siempre se había creído y enseñado en la Iglesia.
Se hablaba de teología «conciliar» en oposición a la teología
«tradicional» o «preconciliar», de «progresistas» y
«conservadores», como si los asuntos de la fe y la vida de la Iglesia
fueran un simple problema «teológico», sujeto a los gustos y a las
modas del momento.
Años después una frase del Papa Paulo VI me ayudó a aclarar
todo el asunto «El humo de Satanás llegó hasta el altar». Sí, esto
fue lo que pasó y lástima que me di cuenta demasiado tarde: Satanás

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metió la cola en el asunto de la puesta al día en la Iglesia y todo se
enturbió. El espíritu iconoclasta y la manía de novedad invadieron
largos sectores del clero y la vida religiosa, que poco a poco fueron
perdiendo el sentido de su misión, causando un enorme
desconcierto y una tremenda angustia entre los feligreses, al
quedarse sin una guía segura como había sucedido en el pasado.
De por sí, desde el anuncio del Concilio, ya se preveía que los
nuevos aires, que se empezaban a respirar, iban a causar algún tipo
de trastorno dentro de la Iglesia. Posiblemente iban a causar algún
resfriado especialmente a sus miembros más delicados,
acostumbrados a vivir siempre apegados a las sotanas de los curas
y evitando cualquier contacto con ideas o personas, que pudieran
poner en peligro su fe.
Pero la realidad rebasó todas las previsiones. Ya no se trató
de un simple resfriado, sino de una verdadera pulmonía, que en
muchos casos llegó a causar un verdadero colapso de las
instituciones eclesiales. Poco a poco los seminarios se fueron
vaciando, muchos clérigos dejaron el ministerio y las congregaciones
religiosas sufrieron el más grande descalabro de su historia.
En realidad, ya no tenía sentido entregarse totalmente a Dios,
si en el fondo se trataba de desarrollar una labor esencialmente
humanitaria. En este caso, era mucho mejor meterse directamente
en la política o adherirse a una ONG (organización no
gubernamental), que entrar primero en un seminario o convento
para después hacer lo mismo que los laicos, con la desventaja de
contar con menos preparación específica y menos libertad de acción.
Los documentos conciliares que más influyeron a crear esta
situación, fueron los que se referían a la libertad de conciencia, la
libertad religiosa y el ecumenismo. De por sí se trataba de
documentos altamente positivos para formar la conciencia del
católico en el nuevo contexto cultural, que poco a poco se iba
perfilando en la sociedad, una sociedad que con extrema celeridad
se estaba liberando de la tutela clerical para volverse cada vez más
laica y plural.
En este contexto, entonces, era necesario aclarar que todo ser
humano tiene derecho a enfrentar el problema religioso según su
capacidad, buscando a Dios con toda libertad (libertad de
conciencia) y manifestando su fe públicamente, sin presiones de
ningún tipo (libertad religiosa). Al mismo tiempo era necesario
aclarar el nuevo tipo de relaciones que habría que establecer entre
las distintas expresiones religiosas (diálogo ecuménico entre

96
cristianos y diálogo interreligioso con relación a todas las demás
religiones, empezando por los judíos y los musulmanes, por profesar
como nosotros la fe en un solo Dios), relaciones impregnadas por
un espíritu de tolerancia mutua y comprensión, teniendo en cuenta
de una manera especial el peligro del ateísmo que asechaba a todos
por igual.
Pero las cosas no fueron interpretadas de esa manera. En los
mismos ambientes eclesiales, se empezó a interpretar estos
documentos de una manera totalmente descabellada, al margen y
en contra del sentir de la Iglesia, como si se tratara de gente profana,
sin ningún conocimiento de la doctrina católica. Muchos empezaron
a pensar: «Si cada quien está libre de escoger la religión que más le
guste y todas las religiones son igualmente buenas para descubrir y
acercarse a Dios, y así alcanzar la salvación, ¿para qué perder tiempo
en aclarar a nuestros feligreses nuestra identidad católica? Que cada
quien, en campo religioso, haga lo que más le convenga, sin ningún
tipo de intervención de parte de los pastores. Los que quieran seguir
siendo católicos, que lo hagan, y lo mismo los que prefieran cambiar
de religión. Libertad total. Además, el Evangelio es muy exigente.
¿Para qué insistir tanto para que sea conocido y aceptado por
todos?».
En esta misma línea fue interpretado el gesto del Papa Juan
Pablo II de pedir perdón por los pecados que en el pasado
cometieron algunos de los hijos más destacados de la Iglesia. En
lugar de ver en este gesto un testimonio de humildad y sinceridad
de parte de la Iglesia Católica, condición esencial para establecer
entre todos relaciones de comprensión, se vio como un
reconocimiento implícito del papel negativo, desarrollado por la
Iglesia en el pasado, y la aceptación clara de tratarse de una
institución puramente humana como cualquier otra, sujeta a todos
los vaivenes de la historia.
Desde entonces, para muchos miembros del clero y la vida
consagrada, su tarea principal fue la de ensalzar los valores presentes
en las demás organizaciones religiosas y rebajar el papel de la Iglesia
Católica en orden a su desempeño histórico y en orden a la salvación.
Y todo esto, con miras a favorecer un clima de igualdad entre todas
las organizaciones religiosas, condición esencial, según ellos, para
crear un nuevo tipo de sociedad a la insignia de la paz y la
comprensión.
Y así poco a poco todo se fue desmoronando, al dejar solo al
católico ante los ataques despiadados de los grupos proselitistas.

97
«¿Y el dato bíblico? — me preguntaba — ¿Y el sentido de la fe que
animó a la Iglesia a lo largo de dos mil años de historia?» Para
muchos se trataba de problemas sin sentido, como si el pasado no
tuviera ninguna incidencia en los asuntos de la fe.
Otra pregunta que me hacía, era la siguiente: «¿Cómo se llegó
en tan poco tiempo a un cambio de mentalidad tan radical dentro
de la Iglesia?» La respuesta me vino de un antiguo compañero de
seminario, que, una vez ordenado sacerdote, había sido enviado a
especializarse en sociología en una universidad oficial. «Al principio
— me confesó —, traté de quedarme bien apegado a mis principios
religiosos, sin dejarme llevar por el ambiente, que por lo general
era contrario a dichos principios. Pero poco a poco tuve que ceder
para poder seguir con mis estudios, entrando así en una especie de
esquizofrenia intelectual: por un lado pensaba como católico y por
el otro, en el ambiente universitario, pensaba y actuaba como
agnóstico. Hasta que me fui olvidando de mis principios religiosos
y me dejé llevar totalmente por el ambiente pagano que me rodeaba,
sin fijarme en mi identidad como sacerdote católico y cayendo en
el más grande indiferentismo religioso. Y todo esto para estar a la
moda y no tener problemas con la gente con la que convivía, que
por lo general no comulgaba con los principios cristianos.
Así que fui enviado a la universidad para entender mejor la
cultura actual y así estar en mejores condiciones para transmitir el
mensaje evangélico a la gente de hoy. Pero en la práctica ¿qué pasó?
Que la cultura profana me ganó y me olvidé del Evangelio que tenía
que vivir y transmitir, volviéndome en uno de tantos. La sal perdió
su sabor (Mt 5, 13). Claro que seguía dando misa y administrando
los sacramentos; pero lo hacía todo sin ganas, diluyendo las
exigencias del Evangelio y no mencionando los aspectos, que más
contradecían mi nueva manera de ser y actuar. Hasta que no entré
en una profunda crisis espiritual que me llevó al borde de la
desesperación. Afortunadamente un antiguo amigo me llevó a un
«Seminario de vida en el Espíritu», donde tomé conciencia de mi
situación y regresé al fervor de mis años mozos, rechazando tantas
ideas chuecas que habían envenenado mi vida».
Mis queridos amigos, me temo que ésta haya sido la
experiencia de la Iglesia a partir del Concilio: quiso abrirse al mundo
para evangelizarlo, pero quedó atrapada por el mundo. En lugar
del «Nuevo Pentecostés» se topó con el «Antiguo Babel». «¿Hasta
cuándo?», me pregunto.

98
A medida que el p. Enrique va presentando su experiencia
con relación al cambio de mentalidad que se ha dado en la Iglesia a
partir del Concilio Ecuménico Vaticano II, muchas cosas se van
aclarando en nuestra mente. Muchos tienen ganas de aportar su
experiencia personal para definir mejor algunos detalles del cuadro
eclesial, dibujado por el p. Enrique.
Empieza un seminarista de teología:
— Es cierto lo que acaba de decir el p. Enrique. Por ejemplo,
actualmente en el seminario en que estoy estudiando teología,
solamente se habla del ecumenismo y el diálogo interreligioso.
Nunca se habla de la apologética, que ayuda al católico a sentirse
seguro en su fe y a tener una respuesta a los cuestionamientos y los
ataques que le pueden venir de afuera. Hasta se burlan de uno,
cuando trata de hacer esto por su cuenta, buscando por aquí y por
allá. No faltan casos en que alguien se ufane por contar con parientes
o amigos que dejaron la Iglesia Católica para formar parte de algún
grupo proselitista.
— Yo conozco — añade otro seminarista — a un cura, cuya
madre se acaba de cambiar de religión, sin que él haya hecho algo
para ayudarla a no dejarse atrapar por los que desde hace años
estaban luchando por conquistarla. Por otro lado, ¿qué podía hacer,
al no contar con ninguna herramienta específica con relación a esta
problemática? De hecho, en este aspecto, lo único que se enseña en
el seminario es aprender a respetar a los que tienen otras creencias;
nunca se enseña a uno a sentirse seguro en la fe y no dejarse
confundir por los que la atacan. Como si viviéramos en el país de
las maravillas, en que todo fuera amor y comprensión. Además,
para nuestros maestros, lo que les importa es dar su clase,
comentando los documentos oficiales, y ya. No les importa si sirven
o no para nuestra vida personal y nuestro apostolado.
— Hasta se burlan de uno, si trata de ayudar a un católico a
no dejarse enredar por los grupos proselitistas. Según ellos, habría
que dejar a los católicos sin ninguna orientación al respecto para
que puedan tomar una decisión con toda libertad. Como dice un
refrán «Cada quien se rasque con sus uñas». En una ocasión,
hablando con un fanático ecumenista, éste me dijo «Puesto que los
católicos practicantes somos el 5% del total y no estamos en
condiciones de aumentar su número por falta de personal, ¿por
qué no dejamos que los demás sean evangelizados y atendidos por
los grupos no católicos? Mejor un buen evangélico que un mal
católico. Por lo tanto, ¿para qué preocuparnos por los que dejan la

99
Iglesia? Posiblemente allá se encuentran mucho mejor que en la
misma Iglesia.»
— Además, hablar de la Iglesia Católica como la única Iglesia
fundada por Cristo, para muchos representa algo negativo, un
intento de regresar a la actitud triunfalista del pasado.
A este punto, puesto que todos quieren comentar algo al
respecto, por un rato se suspende el encuentro y se forman pequeños
grupos espontáneos, en que todos tienen la oportunidad de
intervenir con más libertad, presentando sus opiniones y
experiencias o haciendo algún comentario a lo que se acaba de
escuchar. Al mismo tiempo, algunos aprovechan para tomar un
cafecito, otros van al baño y otros se levantan para desentumirse
las piernas, dando unos pasos por aquí y por allá.
— En mi parroquia, por ejemplo — comenta un catequista en
su grupo —, el párroco, por un malentendido ecumenismo, quiso
obligarnos a todos a integrarnos a un grupo evangélico, puesto que
en nuestro pueblito no había capilla. Claro que nadie le hizo caso y,
al comentar el asunto con el obispo, éste nos felicitó por nuestra
actitud de fidelidad a la Iglesia y nos apoyó económicamente para
construir nuestra capilla.
— En mi pueblo — comenta otro agente de pastoral — hay
dos equipos de futbol: uno de los católicos y el otro de los
evangélicos. Pues bien, ustedes no me lo van a creer, el capitán de
los evangélicos es nuestro párroco. ¿La razón? Los evangélicos se
portan mejor que los católicos y por lo tanto son sus mejores amigos.
A veces me pregunto: «¿Cómo van a mejorar los católicos, si su
pastor se dedica solamente a la administración de los sacramentos?»
Así que por un lado se sirve de los católicos para resolver el problema
económico y por el otro simpatiza con los evangélicos porque se
portan mejor. A veces me pregunto «Puesto que quiere juntarse
con gente buena, ¿por qué no ayuda a los católicos a mejorar su
conducta?»
Otro participante en el encuentro habla de algo realmente
increíble que escuchó por radio. Según él, en una ocasión escuchó a
un sacerdote decir: «No sean cerrados. Ábranse. No tengan miedo
de hacer otras experiencias diferentes. Hagan como hago yo que,
cuando tengo algún tiempo libre, voy por la calle y, al toparme con
algún templo no católico, me meto sin preguntar a qué grupo
pertenece. Así aprendo muchas cosas, que antes ignoraba por
completo». ¡Qué santa ingenuidad! No se da cuenta de que, si un

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católico impreparado frecuenta el templo de un grupo proselitista,
pronto lo van a envolver y va a dejar la Iglesia.
Un seminarista muere del ansia por compartir su experiencia
— Hace unos meses, durante la semana dedicada a la unidad
de los cristianos (del 18 al 25 de enero), tuvimos en el seminario un
encuentro ecuménico en que participaron como exponentes también
algunos líderes de comunidades no católicas. ¿Y qué paso? Que,
mientras el conferencista católico se limitó a presentar una breve
reseña histórica acerca del ecumenismo, los demás se aprovecharon
de la oportunidad para atacar a la Iglesia Católica, trayendo a
colación muchos elementos de la leyenda negra. ¿Y nosotros? Bien
callados. Yo quise intervenir para aclarar las cosas, pero no me
dieron la oportunidad. Después alguien, experto en el asunto, me
dijo que así debe de ser aunque los demás nos ataquen, nosotros no
tenemos que contestar, demostrando así nuestro amor hacia ellos,
aunque por este hecho alguien pudiera quedar desorientado. Lo que
pasó precisamente en el seminario. Al final, todos los seminaristas
quedamos con un mal sabor de boca, como si ellos fueran los buenos
y nosotros los malos de la película.
Afortunadamente no falta una buena noticia.
— En mi caso — comenta otro seminarista —, las cosas son
diferentes. Gracias a Dios, apenas el obispo se enteró de las causas
que estaban llevando a muchos católicos hacia la deserción,
implantó en el seminario la materia de apologética, que abarca
también el aspecto práctico con visitas domiciliarias, encuestas,
cursillos, etc.
Todos lo felicitamos, haciendo votos para que esto se vuelva
ley en todos los seminarios. De otra manera, ¿cómo el futuro pas-
tor de almas aprenderá a orientar oportunamente a los que se
encuentran en dificultad por el fenómeno del proselitismo religioso,
que hoy en día está afectando profundamente todas las comunidades
católicas?
Al reanudar el encuentro, el p. Enrique nos invita a compartir
entre todos lo que se trató en los pequeños grupos y concluye con
algunas reflexiones:
— Lo que a mí más me molesta acerca de este asunto, es el
sentido de irresponsabilidad con que actúan la gran mayoría de los
clérigos y las religiosas. Ven que, portándose de esa manera, todo
se está derrumbando y siguen sin mover ni un dedo para evitar el
fracaso. Para ellos, es suficiente estar de acuerdo con algunos
documentos de la Iglesia, que no vienen al caso, puesto que se

101
refieren a otras situaciones y no tienen nada que ver con la
problemática que en concreto nosotros estamos viviendo aquí.
— Es el fenómeno de la globalización dentro de la Iglesia —
comenta uno de los presentes.
— Claro. Cuando se trata del problema de la globalización a
nivel económico o político, todos levantan el grito al cielo, haciendo
notar las consecuencias desastrosas que pueden derivar para
algunos países o sectores de la sociedad. Sin embargo, cuando se
trata del mismo fenómeno a nivel de Iglesia, nadie dice nada, felices
de actuar en conformidad con algún «documento» oficial. En este
caso, ¿qué habría que hacer? Tener en cuenta aquel principio de
pastoral muy práctico: «Pensar globalmente y actuar localmente».
¿Entendieron? «Localmente», no «locamente», como se ha hecho
en muchos casos y aún se sigue haciendo dentro de la Iglesia.
De otra manera, todo se derrumba, sin que nadie se sienta
responsable. Como sucedió con el nazismo y con tantos otros
movimientos culturales o políticos del pasado. Uno piensa: «Yo
obedezco y ya». Claro, esto te puede servir para tranquilizar tu
conciencia, pero no resuelve el problema. Además, no exime de
cierto tipo de responsabilidad, que puede volverse en complicidad.
En nuestro caso concreto, ¿es posible que no sientas nada, al ver
como la Iglesia se está desmoronando bajo tus mismas narices?
Algunos dicen: «No importa la cantidad, sino la calidad. Yo
con un pequeño grupo de católicos bien formados, me conformo».
Les pregunto «¿Dónde está este pequeño grupo de católicos bien
formados? ¿Qué está haciendo para formarlo? ¿O piensa que le va
a caer del cielo?» Pura demagogia.
Les digo esto, porque lo que les estoy comentando, no es pura
teoría, sino parte importante de mi vida. Al principio uno se deja
llevar por la moda y fácilmente logra tranquilizar su conciencia;
pero después, con el pasar de los años, al hacer el balance de su
vida, uno se da cuenta de que, no solamente se quedó con las manos
vacías, sino también con la conciencia de haber causado daño a
mucha gente. Y créanme, se trata de algo, que no es tan fácil de
soportar. Uno tiene la impresión de haber jugado en el equipo
equivocado o de haber perdido una apuesta.
En mi caso concreto, por mi misma inmadurez, pronto me
dejé fascinar por algunos líderes, que presentaban el ecumenismo
y el diálogo interreligioso como la varita mágica que iba a remediar
todos los males o resolver todos los problemas presentes y futuros
dentro de la Iglesia y la sociedad. Así que pronto me lancé a buscar

102
todas las intervenciones de la jerarquía al respecto. No me daba
cuenta de que se trataba de una problemática lejana, que no tenía
nada que ver con la problemática que se estaba viviendo en mi
parroquia, donde apenas habían empezado a desarrollar su actividad
los grupos proselitistas con un ansia conquistadora sin medida.
Pues bien, en lugar de prevenir a mis feligreses acerca de este
peligro, yo mismo les facilité el camino de la deserción. ¿Qué pasó?
Que un día nos reunió el vicario foráneo y nos leyó un artículo,
tomado de una revista de los Estados Unidos. En este artículo se
presentaba la experiencia de una ciudad en que una vez por semana
se reunían los curas católicos con los pastores luteranos,
episcopalianos y de algún otro grupo ecuménico. El objetivo era
preparar todos juntos la homilía del domingo siguiente, para que,
según ellos, cada domingo el Pueblo de Dios no escuchara la voz de
la Iglesia Católica, de la Iglesia Anglicana o de la Iglesia Luterana,
sino escuchara en todas partes y al mismo tiempo la voz de la Iglesia
de Cristo.
Años después me di cuenta del grave error que se estaba
haciendo al separar la Iglesia Católica de la Iglesia de Cristo y pensar
que todos juntos (católicos, ortodoxos, luteranos, anglicanos, etc.)
formamos la Iglesia de Cristo «complementariamente». Además,
llevados por el fervor del momento, no caímos en la cuenta de que
entre nosotros no había iglesias históricas, sino puros grupos
proselitistas (testigos de Jehová, mormones, adventistas del
Séptimo Día, pentecostales, etc.), con un afán de conquista
incontenible.
Así que, como verdaderos borregos, sin mayores reflexiones,
nos aventamos a esta experiencia «ecuménica», que por cierto duró
muy poco, abriendo totalmente las puertas a estos grupos, que
apenas estaban dando sus primeros pasos en nuestra región y se
aprovecharon de nuestra ingenuidad para afianzar su presencia. El
mismo vicario foráneo, comentando hace poco esta antigua
experiencia, se sintió muy apenado por su propuesta y aclaró que
también en Estados Unidos resultó un verdadero desastre en el
sentido de que nuestros hermanos separados se aprovecharon de
la oportunidad que se les dio para crear confusión y conquistar a
más católicos, hasta que la experiencia se dio por terminada.
No obstante este descalabro, el ansia ecuménica era tan grande
que en alguna ocasión acompañé a mi párroco (entonces yo era
vicario) a visitar distintos templos evangélicos presentes en el
territorio parroquial, induciendo a los feligreses a seguir nuestro

103
ejemplo y por lo tanto abriéndoles el camino hacia el abandono de
la fe católica.
Pues bien, ahora, a unos veinte años de distancia, al notar
que por lo menos el 20% de mi antigua feligresía ya se cambió de
religión, me siento mal. Reconozco que no he sido un buen pastor
para mis ovejas. Por mi culpa muchas ovejas salieron del redil. Y
esto me inquieta bastante.
Otro problema. Hace unos años, al tomar conciencia de esta
situación, traté de remediar buscando por aquí y por allá algo que
pudiera ayudar a mis feligreses a fortalecer su fe ante los ataques
de las sectas. ¿Y qué pasó? Que me volví en la burla de todos los
demás curas. Desde entonces me empezaron a llamar «el
fundamentalista», «el inquisidor», «el peleonero», «el anti
ecuménico» y «el que quiere hacer la guerra santa». No solamente
esto, sino que por tratar de ayudar a mis feligreses a defenderse de
los lobos rapaces, con el pretexto del año sabático, me quitaron la
parroquia y se la dieron a otro cura que acabó con lo poco que había
logrado, dejando una vez más a los feligreses totalmente
desprotegidos ante el ansia devoradora de los grupos proselitistas,
que se aprestan a hacer su nuevo agosto.
Se ufana de tener a los pastores como sus amigos, cambió el
sistema de la catequesis (que tenía un tinte completamente bíblico
y apologético), regresando al antiguo método, eliminó a los agentes
de pastoral que más comulgaban con mis ideas. En fin, por todos
los medios posibles está tratando de hacerme la guerra, una guerra
contra un fantasma, puesto que yo ya me encuentro lejos y no tengo
ninguna injerencia en mi antigua parroquia.
Y para colmo, en estos días me llamó el vicario general, que al
mismo tiempo está encargado del ecumenismo a nivel diocesano, y
me propuso ir a su parroquia para ayudarlo. Ayudarlo ¿cómo?, me
pregunto, ¿volviéndome como él en una «máquina sacramentaria»?
De hecho, mientras utiliza un lenguaje muy sofisticado en el campo
del ecumenismo y el manejo de la problemática social, en la práctica
se dedica a la pura administración de los sacramentos, como medio
para sacar dinero y vivir cómodamente. Ante esta situación,
sinceramente no sé qué hacer. Me doy cuenta de que no tiene sentido
trabajar en estas condiciones.

104
Capítulo 4

LOS POBRES:
DE CRISTO A MARX
Al oír todo esto, nos quedamos como anonadados. Nunca nos
habíamos imaginado el tipo de crisis que estuviera enfrentando el
p. Enrique. Pensábamos que se trataba de un simple desaliento,
debido a los cambios propios de la edad, y nos damos cuenta de que
se trata de una profunda crisis existencial, como cuando uno pierde
el rumbo y ya la vida no tiene sentido.
Posiblemente somos los primeros y los únicos a tener acceso
a este tipo de confidencias, un privilegio de un valor excepcional,
máxime por tratarse de un cura muy reservado por temperamento
y formación.
Puesto que todos estamos sumamente interesados en lo que
nos está compartiendo y no damos signos de ceder ante Morfeo, el
p. Enrique sigue adelante con su relato, feliz de encontrarse con
gente interesada en conocer los antecedentes que lo han llevado al
estado de depresión en que se encuentra actualmente, antecedentes
que tienen mucho que ver con la vida de la Iglesia en los últimos
decenios.
— Como ven, mis queridos amigos, ésta es mi situación.
Posiblemente ésta será la primera y última vez que escucharán a un
cura hablar con tanta libertad y sinceridad de lo que le pasa. En
efecto, los curas, por nuestra misma formación, estamos
acostumbrados a escuchar confidencias pero no a hacerlas,
dispuestos a aguantar hasta reventar, y a portarnos como si
fuéramos estatuas y no gente de carne y hueso, más identificados
con el papel que desempeñamos como guías de la comunidad que

105
como seres humanos, sujetos a todos los vaivenes de la vida como
todos los mortales.
Ahora bien, les voy a platicar acerca de otro aspecto que
representó uno de los ejes fundamentales de mi vida. Me refiero al
problema de los pobres. Antes y durante el Concilio, el problema
de los pobres era visto a la luz de la Palabra de Dios y la Tradición
de la Iglesia, como un tesoro que la Iglesia tenía que cuidar con
cariño. Poco después todo cambió. Se dejó la perspectiva bíblica
para pasar a la perspectiva cultural del momento, en concreto a la
perspectiva marxista.
Según mi manera de ver las cosas, el fantasma de Marx influyó
demasiado en los asuntos de la Iglesia durante y después del
Concilio. En realidad, era convicción común que el marxismo, en
su vertiente filosófica con el ateísmo y en su vertiente económica
con el socialismo (o comunismo), iba a marcar fuertemente el fu-
turo de la historia. De ahí la insistencia de los padres conciliares en
unir todas las fuerzas de los creyentes para hacerle frente
(ecumenismo y diálogo interreligioso). De ahí también, después del
Concilio, de parte de los que estaban interesados en apoyar la causa
de los pobres, la urgencia de realizar algún tipo de alianza con los
marxistas (que supuestamente eran los que más estaban luchando
en favor de los pobres) para lograr una sociedad más justa e
igualitaria.
De inmediato surgieron en la Iglesia por todos lados grupos
de reflexión acerca de esta problemática, animados generalmente
por religiosos, religiosas y seminaristas, que se sentían como los
nuevos cruzados, dispuestos a todo con tal de acelerar el adviento
de un nuevo tipo de sociedad. A escondidas (para no ser descubiertos
por los organismos de seguridad del estado) se estudiaban los textos
de Marx o sus comentarios; se buscaban contactos con los marxistas,
metidos en las guerrillas; muchos clérigos soñaban con volverse en
comandantes, con sus uniformes militares bien planchados y su
buena pistola al cinto. Guerrilleros de salón, al fin, contando con
todo tipo de seguridades: su buena casa, su buen carro y su buen
trabajo, que podía ser en el colegio, el hospital o la parroquia, y al
mismo tiempo libres de todo escrúpulo, dispuestos a hacer de las
masas desheredadas, que pretendían emancipar, carne de cañón al
enfrentarse a las fuerzas de seguridad del estado en el intento de
derrocar a los gobiernos establecidos.
Claro que, ante estas contradicciones tan evidentes, muchos
se alertaron y empezaron a marcar distancias y deslindar

106
responsabilidades, dando origen a todo tipo de polarización al in-
terior de las órdenes y congregaciones religiosas y en el clero
diocesano, mientras el laicado más comprometido religiosamente
se organizaba en los movimientos apostólicos y eclesiales, tratando
de llenar el vacío dejado por el clero y la vida consagrada.
Naturalmente todo esto se me fue aclarando poco a poco, con
el pasar de los años y atando cabos según la experiencia que mano
a mano iba haciendo. Lo que sí puedo afirmar con toda certeza es
que nunca me dejé envolver en ideologías de tipo marxista o posturas
teológicas heterodoxas. Siempre me acompañó una especie de
instinto de la verdad, que me impidió caer en cualquier tipo de
trampa, viniera de donde viniera.
Claro que yo también, por un cierto tiempo, caí en las redes
de la demagogia, considerando como líderes de confianza a los
promotores de esta nueva manera de ver el papel de la Iglesia en el
mundo (se hablaba de la necesidad de «involucrarse en los procesos
históricos»).Entre ellos destacaban los obispos Don Sergio Méndez
Arceo de Cuernavaca (México) y Dom Elder Câmara de Olinda y
Recife (Brasil), con los cuales tuve algún contacto personal. Pero
pronto, al conocer mejor sus posturas, me fui alejando, sin dejar de
apreciar su sincero amor por los pobres, su testimonio de vida y su
lucha por inyectar aire nuevo en algunos aspectos de la vida eclesial,
como la liturgia y la promoción del laicado mediante pequeñas
comunidades cristianas, muy metidas en el propio ambiente para
ser fermento de cambio a todos los niveles.
Lo que no me gustaba de ellos y de otros líderes religiosos,
que mano a mano iban surgiendo, era su coqueteo con el marxismo,
su incompetencia y continua injerencia en los asuntos políticos y
económicos, su visión estatista de la sociedad y su extrema
superficialidad acerca de las causas del subdesarrollo y la manera
de eliminarlas. Me parecía que, con su manera de ver las cosas, en
lugar de ayudar a la sociedad a resolver el problema de la pobreza,
lo iban a empeorar, volviéndose en «fabricantes de miseria», como
la situación real de los países socialistas (comunistas) estaba
demostrando ampliamente.
Pues bien, estas reflexiones y algunas experiencias personales
al respecto (años 1969-1972) me impulsaron a cortar con ese tipo
de gente, que en el fondo pretendía servirse de la Iglesia para
proyectos de tipo político y económico, dando origen a un
cristianismo híbrido, en que no se respetaban los distintos ámbitos,
confundiendo las cosas de Dios con las del César.

107
Algunos hechos de una manera especial me ayudaron a darme
cuenta de esta situación y me llevaron a tomar una decisión tan
drástica. Se los voy a presentar de una manera muy resumida y
sencilla. En aquel tiempo, recién ordenado sacerdote, el obispo me
confió el cuidado pastoral de algunas colonias populares,
consideradas como el «dormitorio» de la ciudad, puesto que la gente
de allí todos los días tenía que trasladarse a la ciudad para el trabajo.
Imagínense la cantidad de problemas presentes a todos los niveles.
Pues bien, para «concientizar» (otra palabra que se empezó a
utilizar en aquellos años) a la gente y ayudarla a luchar por el cambio,
fundé un periódico, titulado «El Despertador», que se imprimía de
una manera casera y con un costo mínimo mediante el mimeógrafo.
Poco después entraron en la zona algunos jesuitas, deseosos de
ensayar sus teorías libertarias. También ellos fundaron un periódico,
titulado «El Coyote Hambriento», más radical y dedicado
exclusivamente a los problemas de tipo social, económico y político.
Al contar con pocos simpatizantes, me invitaron a unir fuerzas
y salió el periódico «El Despertar del Pueblo», tomando ellos la
dirección. Resultado: desde entonces ningún artículo mío salió en
el nuevo periódico. Lo que nos quedaba a mí y a mi gente era
sencillamente su distribución en nuestras capillas, sin que
pudiéramos influir en las ideas que se manejaban, puesto que entre
nosotros y ellos había diferencias muy marcadas (nosotros
tratábamos también temas de tipo pastoral y ellos no).
Tal vez por mi ingenuidad o buena fe, no di importancia al
asunto y acepté otra sugerencia de los jesuitas: juntar los líderes de
mis grupos con sus líderes para una pastoral de conjunto más eficaz.
También en este caso pasó lo mismo: en todos los encuentros sus
líderes brillaban por su ausencia. ¿El contenido de sus
intervenciones? Doble lenguaje: uno para los del montón y otro
para los escogidos. A estos se les hablaba con toda claridad de guer-
rilla y levantamiento armado para construir una nueva sociedad al
estilo de Cuba. A mi objeción acerca de la moralidad de dicho
planteamiento y su viabilidad, por encontrarnos demasiado cerca
de los Estados Unidos, sencillamente se reían con un sentido de
superioridad «ideológica».
Por fortuna se trató de una experiencia muy breve, puesto
que pronto descubrí algo que me puso en alerta máxima y me
impulsó a cortar por lo sano. Un día fui a la casa de los jesuitas.
Estaba abierta la puerta y entré. No había nadie. Esperé unos
minutos, cuando de pronto llegó una muchacha de unos dieciséis -

108
dieciocho años de edad, muy contenta por darme las primeras
noticias. Evidentemente me había confundido con algún jesuita.
Me contó que acababa de llegar de Cuba, donde había estado
durante algún tiempo para entrenarse en la guerrilla urbana
juntamente con otros jóvenes que estaban por llegar, cada uno por
caminos diferentes, dando vueltas de un país a otro para borrar
cualquier huella que pudiera llevar a los órganos de seguridad a
descubrir su identidad y actividad subversiva. Me parecía escuchar
un cuento de espionaje, con pasaportes falsos, nombres ficticios y
un montón de peripecias.
Sencillamente me asusté. Qué bueno que la conversación duró
unos cuantos minutos, puesto que la muchacha traía bastante prisa.
Solamente me dejó el encargo de avisar a los demás acerca de su
llegada y la llegada de los amigos que venían de Cuba. Así que, al
volver a quedarme solo, me salí inmediatamente de la casa, antes
que me viera alguna persona conocida que tuviera algo que ver con
este tipo de actividades. Pensé: «Si se dan cuenta de que alguien
fuera de su círculo está enterado de sus planes, lo más probable es
que traten de eliminarme en la mayor brevedad posible, para evitar
cualquier peligro de ser delatados». Así que apresuré mi cambio,
que ya de por sí estaba previsto por aquel tiempo, y pronto me
trasladé a la sierra. Después me enteré de que, desde hacía algún
tiempo, el gobierno había infiltrado a alguien en aquel grupo. Así
que, al darse cuenta de este hecho, todos se dispersaron,
posiblemente para reconstituirse y actuar en otros escenarios.
Esto explica porque, al formalizarse la Teología de la
Liberación, me encontré entre sus más decididos opositores, no
obstante haber tenido al principio un cierto contacto con algunos
de sus líderes más destacados y comulgar con algunas de sus
posturas. Ahora bien, a raíz de esta experiencia, encontrándome en
la nueva misión, traté de ser más precavido, evitando todo contacto
con los seguidores de la Teología de la Liberación y dedicándome a
la tarea de ayudar a los pobres a volverse en protagonistas de su
destino, sin ideologías extrañas y abarcando todos los ámbitos de
la vida, no solamente el aspecto económico y político.
De esta manera, en poco tiempo logré multiplicar el número
de las capillas, hasta abarcar todos los núcleos poblacionales. Hasta
los ranchitos de diez - quince casas, contaban con su capillita, que
en muchos casos era de palos de ojote y techo de zacate. Lo
importante era que todas las poblaciones, por pequeñas que fueran,
contaran siempre con su lugar de oración y sus agentes de pastoral,

109
bien formados en los centros catequísticos, diseminados a lo largo
y lo ancho del inmenso territorio parroquial, donde se reunían
periódicamente para compartir experiencias y recibir formación.
Los mejores de entre ellos accedían a un centro diocesano (del cual
yo era director), destinado a la formación de los diáconos
permanentes.
En el campo social promoví de una manera especial las cajas
de ahorros (que ya estaban implantadas a mi llegada) y las
cooperativas ganaderas, aprovechándome de la coyuntura política
que se estaba viviendo en aquel momento, muy favorable al
desarrollo del campo. Fue aquí donde más noté la mentalidad
marxista que animaba a los seguidores de la Teología de la
Liberación. En lugar de aprovecharse de cualquier oportunidad para
promover el bienestar del pueblo, hacían todo lo posible para
hundirlo más. ¿Con qué objetivo? Exasperar y evidenciar las
contradicciones presentes en la sociedad, para acelerar de esa
manera el proceso de cambio mediante un levantamiento armado
con las consecuencias que todos conocemos.
Posiblemente fue en el aspecto social donde coseché éxitos
más duraderos, puesto que los curas, que con el tiempo tomaron
mi lugar, no lograron convencer a los campesinos a dejar las
cooperativas para dedicarse a la huerta familiar, la cría de conejos
y la medicina natural (que eran su especialidad), con el pretexto
que, según ellos, mediante las cooperativas los bancos los estaba
explotando. Evidentemente nadie les creyó y los «liberadores»
tuvieron que cambiar de parroquia, en busca de gente más ingenua
que convencer.
En los demás aspectos, al contrario, lograron acabar casi por
completo con el trabajo que yo había realizado anteriormente, dando
poca importancia al papel de los catequistas y reduciendo al de
monaguillos el papel de los diáconos permanentes. Al mismo
tiempo, mientras con los labios afirmaban estar en favor de los
pobres, en la práctica, al interior de la Iglesia, a los laicos no les
dejaban ninguna oportunidad para ejercer su ministerio y, cuando
se lo permitían, de todos modos no les daban ni un centavo por sus
servicios, portándose como verdaderos explotadores.
Ni modo. Este es precisamente uno de los grandes problemas
que nosotros tenemos a nivel de Iglesia: muchas veces lo que uno
construye, el otro destruye, por celos, envidia o no saber dar
continuidad a las iniciativas. Y todo esto, al revisar mi acción pas-

110
toral de más de tres décadas, me deja muy confundido y me quita
las ganas de seguir trabajando en estas condiciones.
Con relación al problema de las vocaciones, ustedes mismos
se han dado cuenta de lo que ha pasado. ¿Dónde están ahora los
curas y seminaristas que yo promoví para el seminario? Unos
cuantos están presentes aquí. ¿Y los demás? Ya se sienten
progresistas, con ideas muy avanzadas, y por lo tanto se avergüenzan
de sus humildes orígenes y de haber tenido algo que ver con un
cura a la antigüita, que aún cree en los dogmas y en la superioridad
de Cristo con relación a los fundadores de otras religiones, en todo
lo que tiene que ver a la salvación.
Y todo esto, créanme, duele y desalienta. Uno tiene la
impresión de haber sembrado en el mar. Y seguir sembrando en el
mar no parece la mejor opción de vida que digamos.

111
Capítulo 5

MEA CULPA
Pide la palabra un seminarista:
— Por lo visto, de seguir así, nuestra Iglesia cada día irá
perdiendo siempre a más gente. Ahora mi pregunta es la siguiente:
«¿No habrá una manera de parar esa constante sangría de católicos
hacia los grupos proselitistas y el indiferentismo religioso y al mismo
tiempo empezar a pensar en la posibilidad de recuperar el terreno
perdido y avanzar en la misión encomendada por Cristo de anunciar
el Evangelio a toda criatura?»
— Claro que es posible. A condición de hacer primero un serio
examen de conciencia a nivel de Iglesia y después estar dispuestos
a rectificar la ruta.
— Una especie de autocrítica.
— Precisamente. No basta pedir perdón a Dios cuando ya se
perdió todo. Ahora es el momento de pensar en serio en las causas
que nos han llevado a este desastre y buscar el remedio. Es tiempo
de hacer un serio análisis de la realidad eclesial, buscar la raíz de
los males que nos afligen actualmente y ensayar el remedio. Ya basta
de demagogia y flojera. Es tiempo de ver las cosas según el Evangelio
y no según el mundo, en el afán de llevarse bien con todos a costa
de perderlo todo.
— Según usted, ¿cuál sería el obstáculo principal que impide
un serio análisis de la realidad eclesial con miras a una recuperación
del papel originario de la Iglesia?
— El hecho que aún siguen vivos y coleando muchos de los
actores que causaron este enorme desastre. Para evitar que sean
señalados con nombre y apellidos, se prefiere seguir adelante, como
si no hubiera pasado nada o como si todo fuera obra del destino. Y

112
como pasa siempre, los más débiles son los que pagan el pato,
siguiendo en la confusión y el abandono. Lo mismo que estaba
sucediendo con los curas pederastas, hasta que la situación se hizo
insostenible y la alta jerarquía tuvo que tomar cartas en el asunto.
Otro obstáculo es el siguiente existe una convicción
generalizada de que, si alguien se siente seguro de encontrarse en
la verdad, corre el riesgo de volverse intolerante hacia los demás.
Pues bien, para que esto no suceda, muchos piensan que es mejor
que todo quede suspendido en el mundo de lo posible o por lo menos
que esta convicción se quede en el fuero interno de la propia
conciencia y no se exprese públicamente, para no perjudicar el
diálogo con los demás, que representa el bien supremo que habría
que salvaguardar a como dé lugar.
Así que, en nombre de un supuesto bien superior (no señalar
a los culpables y favorecer el diálogo a toda costa), se deja al pueblo
católico en la incertidumbre, sin ideas claras acerca de su identidad,
como si estuviéramos en un plan de búsqueda total, completamente
abiertos a lo que venga. Claro que, encontrándose el católico en
esta situación, se queda extremadamente vulnerable ante los
cuestionamientos y ataques de los grupos proselitistas, que no
quieren saber nada ni de diálogo ni de búsqueda y cuyo único
objetivo consiste en conquistar a nuevos adeptos, utilizando todos
los medios posibles, lícitos e ilícitos.
Ahora bien, ante esta situación, ¿cómo habría que portarse?
Ni triunfalismo ni complejo de culpa ni derrotismo en nombre de
un diálogo a toda costa, arriesgando con perderlo todo, sino
sencillamente estar conscientes de nuestra realidad como Pueblo
de Dios (somos en plenitud la Iglesia de Cristo) y hacer todo lo
posible por actuar en consecuencia, confiando en que ésta sea la
única manera de colaborar eficazmente en la realización de los
planes de Dios, que son siempre de salvación, aunque a primera
vista pudiera resultar difícil aceptar algún aspecto, por estar en con-
tra de la manera de pensar de la sociedad en general.
Por otro lado, tenemos que estar bien convencidos de que
nunca habrá coincidencia total entre la manera de ver las cosas de
parte del mundo y la manera de ver las cosas de parte de Dios. Por
lo tanto, si para nosotros lo máximo es llevarnos bien con todos,
tenemos que reconocer que de por sí se trata de un camino
equivocado (Lc 6,26) y posiblemente aquí está la clave que nos puede
ayudar a entender el porqué en los últimos decenios hemos tenido
un fracaso de tales dimensiones.

113
— Fíjense que esta confusión —comenta otro seminarista—;
no solamente existe entre la gente de la calle, que no cuenta con
una sólida formación religiosa, sino también entre los que un día
vamos a ser los guías de la comunidad cristiana, como somos los
seminaristas y todos los que estamos estudiando teología. Muchos
maestros, en lugar de aclararnos bien el sentir de la Iglesia acerca
de los puntos fundamentales de nuestra fe, prefieren sembrarnos
alguna duda o dejarnos en la incertidumbre, según ellos para
vacunarnos contra el peligro de la intolerancia y hacernos más
humildes e idóneos para el diálogo y la búsqueda. Según algunos,
la vulnerabilidad sería el signo más grande de la autenticidad
cristiana, mientras la seguridad sería un signo de soberbia, que
llevaría a la intolerancia. Y así, mientras los de la competencia
buscan a toda costa la seguridad, como medio para afianzar su
práctica religiosa y su afán proselitista, nosotros preferimos
sentirnos vulnerables, aunque esto implique poco fervor religioso e
incertidumbre ante sus ataques. Por eso, cuando nuestros mismos
feligreses en buena fe nos preguntan algo para salir de la duda que
les están sembrando los de la competencia, ya no sabemos qué
contestarles. Y ahí están las consecuencias: un catolicismo
sumamente débil e inseguro, aunque, según los expertos, ésta sería
la manera más correcta de favorecer el diálogo. ¿Con quién, me
pregunto, si no se conoce la propia identidad? Ojalá que pronto las
autoridades competentes hagan algo para aclarar este equívoco. Que
se entienda de una vez que para un auténtico católico no puede
haber ningún tipo de diálogo con quien sea sin tener una conciencia
clara acerca de la propia identidad como miembro de la única Iglesia
de Cristo. Que se entienda que no puede haber diálogo ni apertura
sin identidad. Sería como una casa sin puerta ni ventanas, abierta a
todos los vientos.
— Algunos pastoralistas — añade otro seminarista — sostienen
que en el paradigma del futuro no habrá cabida para otra opción
que no sea el diálogo y la apertura con todos.
— Según mi opinión, se trata de un paradigma totalmente
utópico, sin ningún fundamento en la realidad. Como la historia ha
demostrado ampliamente, estoy convencido de que siempre habrá
gente disidente, que no aceptará ninguna regla, cuyo único objetivo
será el de ganar a siempre más adeptos y cuya única norma será el
fanatismo más absoluto. Estando así las cosas, lo único que a mí
realmente me importa es vivir en el paradigma presente y no

114
arriesgar con perderlo todo, soñando en un paradigma futuro, cuya
llegada parece extremadamente dudosa.
Interviene un laico comprometido, que está al frente de un
centro catequístico
— Antes se habló de «recuperar el terreno perdido». ¿Nos
puede señalar alguna pista al respecto?
— Con mucho gusto. Sin embargo, considero que primero será
necesario «rehacer el camino andado» a nivel teológico, es decir,
tenemos que recobrar el sentido de Iglesia y pertenencia a la misma,
desechando todo intento de reducir y confundir su papel. Solamente
después de haber recuperado el sentido de Iglesia, será posible
pensar en «recuperar el terreno perdido».
— ¿Cuáles serían, en concreto, los pasos a seguir?
— Aquí están, de una manera muy esquemática.

1. Iglesia y Reino de Dios.


¿En qué consiste el Reino de Dios? En un mundo como lo
quiere Dios, en que Dios esté al centro de todo y cada uno haga
todo lo posible por establecer una relación correcta con Él, consigo
mismo, el prójimo y la naturaleza; un mundo en que se vean las
cosas a la manera de Dios y todo se haga de acuerdo con su voluntad.
Estando así las cosas, evidentemente no existe ninguna
oposición entre la Iglesia y el Reino de Dios. Al contrario, la Iglesia,
por su misma naturaleza, se encuentra en mejores condiciones para
favorecer el Reino de Dios, que sin duda rebasa sus fronteras visibles.
Pero en la práctica ¿qué ha pasado? Que muchos seguidores de la
Teología de la Liberación, para justificar su opción en campo político
y económico y al mismo tiempo superar el escollo de las reservas
puestas de parte de la jerarquía eclesiástica, han subrayado
demasiado el papel del Reino de Dios en la predicación de Cristo
con miras a disminuir el papel de la Iglesia, hasta eliminarlo.
Ahora que todo esto ya pasó a la historia, considero muy
importante que se ponga cada cosa en su lugar, viendo en la Iglesia
no un obstáculo, sino el germen y el instrumento principal para el
establecimiento del Reino de Dios en este mundo, en cuanto que la
Iglesia está en mejores condiciones para definir, vivir y promover
los auténticos valores del Reino.

2. Semillas del Verbo y Verbo Encarnado.


Mismo problema de antes. Los intereses de tipo político y
económico volvieron ciegos a los teólogos de la liberación. Claro

115
que todos los pueblos, todas las culturas y todos los seres humanos
cuentan con alguna chispa de verdad. Pero no es lo mismo una
chispa que una llama.
En nuestro caso concreto, no podemos rechazar o
menospreciar el papel de la Iglesia-Cuerpo Místico de Cristo, en
nombre de las «Semillas del Verbo», presentes en cada cultura,
como si cada cultura tuviera derecho a desarrollar por su cuenta
sus «Semillas del Verbo», sin tener en cuenta su desarrollo histórico
en Cristo y su Iglesia.

3. Iglesia Católica y demás entidades eclesiales.


Es un grave error pensar que todos formamos la única Iglesia
de Cristo «de manera complementaria». La Iglesia Católica es la
Iglesia de Cristo en plenitud, sin tratar de negar, menospreciar o
reducir el alcance del valor salvífico o del papel que desempeñan
las demás entidades eclesiales o simplemente religiosas.

4. Cristo y los demás fundadores de religiones.


En orden a la salvación, no es lo mismo creer en Cristo, Moisés,
Mahoma o Buda. Para nosotros católicos, es parte fundamental de
nuestra fe reconocer y aceptar a Cristo como el único Salvador del
mundo, de manera tal que todos los que alcanzan la salvación
(católicos, luteranos, testigos de Jehová, judíos, musulmanes,
budistas, etc.), la alcanzan esencialmente por la sangre de Cristo,
aunque no se den cuenta explícitamente, y no por la intervención
de tal o cual fundador de religión.
Posiblemente estas afirmaciones para algunos pueden parecer
muy fuertes, hasta hirientes para los que no comparten la misma
fe, pensando que con esto se corre el riesgo de fomentar la
discriminación (palabra mágica en estos tiempos) y aumentar los
obstáculos para el entendimiento mutuo y la búsqueda de la unidad.
Ni modo. En los asuntos de la fe, nadie tiene derecho a quitar o
añadir nada, por ninguna razón. Lo único que se tiene que hacer, es
consultar las Escrituras y averiguar el sentir de la Iglesia a lo largo
de dos mil años de historia (Tradición). Hecho esto, no nos queda
más que someter nuestra mente y nuestro corazón a los dictados de
la fe (obediencia de la fe), nos guste o no nos guste. Tengo la
impresión que precisamente a este malentendido se deba mucha
confusión que se ha generado últimamente dentro de la Iglesia. Ojalá
que pueda ser superada en la mayor brevedad posible, en aras de la
fidelidad al Dios, en que creemos.

116
Pues bien, hasta que no se logre esta aclaración, será imposible
pensar en «recuperar el terreno perdido», reavivando la misión de
la Iglesia ad intra y ad extra (hacia adentro y hacia afuera), una
misión que después del Concilio prácticamente se colapsó. Fíjense
que por los años setentas hasta se llegó a pensar en la misión como
algo negativo, que habría que suspender (moratoria) para permitir
a cada pueblo madurar en la fe según su propia manera de ser y sus
posibilidades concretas, sin la presencia de los misioneros, vistos
como unos intrusos y un estorbo, más que como una ayuda. ¡Hasta
qué punto Satanás había penetrado en la Iglesia (hasta el altar),
logrando sembrar la confusión en asuntos de tanta importancia y
llegando a poner en peligro su misma supervivencia en muchas
regiones!
A medida que el p. Enrique avanza en su exposición,
manifiesta más seguridad y entusiasmo. Parece haber vuelto a ser
el orador y el apóstol que conocimos hace muchos años, de la palabra
fácil y la mirada firme, como un capitán al frente de su batallón.
Nos damos cuenta de que el revivir su experiencia, meter en orden
sus ideas y compartirlas con gente de confianza, le sirve como
catarsis. Ya no es el p. Enrique de hace unas horas, lento, alicaído y
deprimido. Parece haber recuperado el brío de la juventud.
Un viejo amigo, que le sigue la pista desde sus primeros pasos
en el campo de la pastoral, le pregunta a qué se refería cuando dijo:
«No basta pedir perdón a Dios cuando ya se perdió todo».
— Antes que nada, me refería a un deber de conciencia con
relación a Dios. Sin duda, hubo bastante descuido de parte de
muchos encargados de apacentar el pueblo de Dios, que se daban
cuenta de lo que estaba pasando y, por flojera o por no arriesgar
con perder su popularidad, no intervinieron oportunamente para
aclarar las cosas (pecado de omisión). Después me refería a un acto
de justicia hacia todos los que sufrieron las consecuencias de una
actitud tan irresponsable. De hecho hubo gran cantidad de
presbíteros, religiosas y laicos, que, al no contar con una precisa
orientación al momento oportuno, se extraviaron, unos cayendo
en depresión como en mi caso, otros enfriándose espiritualmente y
otros saliéndose de la misma Iglesia. Pues bien, estoy seguro de
que un sincero «mea culpa» y una petición de perdón de parte de la
comunidad eclesial podría resultar de mucha utilidad para los que,
en el momento de la prueba, se sintieron abandonados.
Y para hacer esto, no hay que esperar siglos, cuando todo pasó
y ya no queda nada por hacer. No. Ahora es el momento de hacerlo,

117
cuando se puede devolver la esperanza a muchos hermanos
confundidos o desalentados. No sé si ustedes se dieron cuenta; son
muchos, entre los mismos presbíteros, los que se encuentran en mi
misma situación, sin ganas de hacer nada, al notar un descuido tan
grande de parte de los responsables de guiar al pueblo de Dios.
Claro que no faltan los dormilones, que no se dan cuenta de
nada. A veces, hablando con mis colegas, les pregunto cómo van
las cosas en su parroquia. «Todo bien — me contestan —. En mi
parroquia, gracias a Dios, estamos muy bien organizados.» ¿Y las
sectas?» «En mi parroquia no hay sectas». ¡Qué santa ingenuidad!
O más bien, ¡qué enorme irresponsabilidad! Todo su territorio
parroquial se encuentra tapizado de templos no católicos y el
párroco no se da cuenta de nada. Para él, lo importante es que no le
falte la chamba para sacar lo necesario para los frijolitos. Una vez
que haya suficientes intenciones de misas, ceremonias de
quinceañeras, bautismos y matrimonios, con eso se conforma. ¿Y
el cuidado pastoral de los feligreses? «¿Qué es eso?». Una vez más:
«Felices los ingenuos, porque de ellos es el Reino de la paz».
A veces tengo la impresión de que muchísimos pastores de la
Iglesia viven en las nubes, sin darse cuenta de lo que está pasando
entre sus feligreses. Ni les va ni les viene. Ellos a lo suyo y que el
mundo ruede. Una vez asegurado el pan de cada día, duermen
tranquilos. ¡Felices ellos! Por lo menos no tendrán problemas de
gastritis ni de colitis. ¿Hasta cuándo?

118
Capítulo 6

MAR ADENTRO
El encargado del centro catequístico vuelve a la carga,
repitiendo la misma pregunta
— ¿Es posible recuperar el terreno perdido? En mi pueblo,
por ejemplo, que cuenta con unos mil habitantes, más de la mitad
ya no son católicos. ¿Qué se puede hacer? ¿Hay alguna esperanza
de recuperarlos? Por otro lado, entre los que aún se consideran
católicos, son pocos los que practican la fe. La mayoría son
indiferentes, juntamente con un buen número de gente que se metió
en algún grupo no católico, quedó decepcionada por algún mal tes-
timonio y ahora ya no sabe qué hacer. ¿Qué me puede decir al
respecto?
— Antes de pensar en recuperar a los que ya dejaron la Iglesia,
tenemos que ver qué hacer para que, los que aún se encuentran
dentro de la Iglesia, no se salgan y al contrario se vuelvan en católicos
practicantes y entusiastas.
— Una auténtica aventura, casi imposible.
— De otra manera, ¿para qué luchar para que vuelvan a la
Iglesia los que se alejaron? ¿Para que regresen a la vida de antes?
Así que, o hay un cambio en la manera de llevarse las cosas dentro
de la Iglesia o ni pensar en un regreso de los que se alejaron y allá
experimentaron algo mejor (Palabra de Dios, abandono de algún
vicio, oración y apostolado) de cuando eran católicos (puros
sacramentos) con una vida a veces totalmente pagana.
Posiblemente por esa razón muchos miembros del clero no
hacen nada para que regresen a la Iglesia los que un día fueron
católicos y se alejaron. Sencillamente no saben qué ofrecerles. En
este caso, piensan, es mejor que se queden donde están. Es que por
lo general nuestro clero está preparado para cosechar

119
(administración de los sacramentos), no para sembrar (evangelizar),
para servirse de la mesa ya puesta, no para poner la mesa. Y como
es el clero, así son también los demás agentes de pastoral, que
dependen directamente de él en su formación y el ejercicio de su
ministerio. Por eso entiendo tu inquietud y tu incapacidad a
enfrentar el problema.
— ¿No se podría aprovechar de la religiosidad popular, como
medio para atraer a los que se pasaron con las sectas?
— Ni pensarlo. Es que ya están vacunados contra este tipo de
religiosidad, que es una mezcla entre cristianismo y paganismo.
Conociendo la Biblia, de inmediato se dan cuenta de las fallas
presentes en la religiosidad popular. Lean los profetas y verán cómo
fustigan ciertas creencias y prácticas religiosas del pueblo.
Imagínense qué harían hoy en día si regresaran los antiguos profetas
(Elías, Isaías, Jeremías, Amós, etc.) y vieran cómo actualmente
estamos llevando los asuntos de la fe en nuestra Iglesia con el cuento
de que se trata de «religiosidad popular». Quedarían horrorizados.
— Es que los documentos de la Iglesia están en favor de la
religiosidad popular.
— Bueno, lo que dicen los documentos es que, en lugar de
pensar en acabar con todo, es mejor aprovechar lo bueno que tiene
la religiosidad popular para evangelizar. Al mismo tiempo, hablan
de la necesidad de purificarla. Pero, en la práctica, ¿qué se está
haciendo? Que se sigue adelante sin un serio discernimiento entre
lo que es auténtico y lo que es espurio o totalmente contrario a la fe
católica. Y todo esto ¿para qué? Para no perjudicar las entradas. Y
por el amor al maldito dinero se dejan las cosas así como están, con
el pretexto de que en los documentos de la Iglesia se habla bien de
la religiosidad popular. Aún no caemos en la cuenta de que los
tiempos cambiaron y ahora hay gente más despierta, que fácilmente
descubre si algo está bien o está mal. Es inútil querer tapar el sol
con un dedo.
A veces me pregunto: ¿Acaso nadie se da cuenta de que en
todo el asunto de la religiosidad popular hay mucho de simonía e
idolatría? Entonces, ¿qué se está esperando para poner algún
remedio y empezar a pensar en una verdadera purificación?
— Es que nadie quiere aventarse primero — opina un
seminarista.
— ¿Y por qué nadie quiere aventarse primero? Porque
alrededor de este tipo de religiosidad giran muchos intereses
creados. Sería como meter mano en un avispero.

120
— ¿Qué habría que hacer, entonces?
— Regresar a las Escrituras. Que todo se haga a partir de las
Escrituras y que se entienda de una vez que ningún documento de
la Iglesia puede sustituir la Palabra de Dios. Por otro lado, hoy en
día, para fortalecer la fe del pueblo católico, no existe otro medio
más eficaz que el conocimiento de la Palabra de Dios. Solamente
así podrá resistir ante cualquier tipo de ataque o seducción.
— Si abandonamos la religiosidad popular y nos abocamos
solamente a la Biblia, ¿no corremos el riesgo de perder a las masas
católicas? — comenta el encargado del centro catequístico.
— No se trata de abandonar completamente la religiosidad
popular, que sin duda contiene muchos valores, sino de purificarla
seriamente, aunque esto no le vaya a gustar a muchos.
— Creo que los primeros en respingar — comenta un laico
comprometido —, serían los mismos clérigos, puesto que se
encuentran totalmente sumergidos en ella y viven de ella.
— Por esta misma razón, creo que, en caso de darse el cambio,
se trataría de un proceso lento, puesto que la mayoría de los clérigos
no estaría de acuerdo y por lo tanto seguiría atendiendo a los
católicos más renuentes, que de esa manera seguirían dentro de la
Iglesia sin mayores dificultades. Mientras tanto, se podría abrir paso
una nueva manera de ver y practicar la fe, más en sintonía con el
dato bíblico y los deseos de los que realmente buscan a Dios y están
dispuestos a conformar su conducta a sus preceptos.
Ante este planteamiento, hecho por el p. Enrique con toda
claridad, se nota una cierta inconformidad de parte de algunos
presentes. Por fin se levanta el encargado del centro catequístico,
muy contrariado, y pide licencia para retirarse con el pretexto de
que ya se le está haciendo tarde. Lo sigue otro agente de pastoral.
Al despedirse de uno de sus amigos de más confianza, comenta
«Protestantismo puro». Evidentemente, no todos los que aprecian
al p. Enrique están de acuerdo con todos sus planteamientos, lo
que es perfectamente lógico. Por mientras, sigue la conversación.
Toma la palabra un seminarista ya próximo a la ordenación
diaconal
— Padre, ¿cree usted que esto sea suficiente para que se dé en
la Iglesia el Nuevo Pentecostés, del que se habló con el anuncio del
Concilio Ecuménico Vaticano II?
— Creo que no. Estoy convencido de que nos encontramos
ante un cambio de época. Por lo tanto, si queremos enfrentar
seriamente el problema de la evangelización, aparte de lo que

121
comenté anteriormente, tenemos que realizar cambios profundos
dentro de la Iglesia, cambios a nivel estructural, que abarquen la
catequesis, la administración de los sacramentos y el ministerio.
En realidad, nos encontramos en las postrimerías de un
sistema que ya no funciona. El saco ya no nos queda y es tiempo de
pensar en otro diferente. Es tiempo de pensar en un nuevo
paradigma, de voltear la mirada hacia la Iglesia de los primeros
siglos, marcada por el pluralismo y la oposición, e ir desechando
poco a poco el modelo medieval, en el cual nos encontramos
actualmente, configurado para una sociedad totalmente católica.
Por lo tanto, es urgente pasar de un catolicismo de tradición
a un catolicismo de convicción, de un catolicismo de sacristía a un
catolicismo de plaza y de un catolicismo acomplejado a un
catolicismo seguro y orgulloso de su identidad.
— Una tarea de titanes — comenta otro agente de pastoral,
muy comprometido con la Iglesia.
— Sí. Una vez asegurada la defensa, es hora de pasar al ataque.
Ya basta de malas noticias: que allá el número de los católicos bajó
de manera preocupante; que allá surgió otra secta que tiene
alarmado a todo el pueblo con el cuento del próximo fin del mundo;
que se acaba de cerrar otro seminario, etc. Es tiempo de empezar a
pensar en buenas noticias: que en aquella diócesis toda la catequesis
se hace con la Biblia en la mano; que en aquel otro lugar los
sacramentos de la Primera Comunión y de la Confirmación son
administrados durante un retiro espiritual; que en aquella otra
región para cada presbítero hay un promedio de diez diáconos
permanentes, de manera tal que todo el pueblo católico es atendido
debidamente. Es tiempo de empezar a pensar en clave positiva y ya
no negativa. Es tiempo de echar a andar la imaginación creativa,
soñando con un nuevo tipo de Iglesia, en subida, ya no en picada.
Ya es tarde. Es cierto, el p. Enrique no parece cansado y se ve
claramente que quisiera seguir hablando por mucho tiempo más
acerca de la problemática eclesial. Pero es tiempo de concluir. El p.
Enrique se da cuenta y agradece a todos su presencia y participación.
Algunos tienen prisa en despedirse y alejarse. Se nota que no están
del todo convencidos acerca de lo que el padre acaba de decir. Les
parece demasiado utópico, pura imaginación sin fundamento
alguno en la realidad. Mejor olvidarse y tratar de pensar en algo
más concreto y factible.
Otros se quedan. Parece que no tienen ganas de retirarse. Con
mucho gusto se pasarían toda la noche dialogando con el p. Enrique.

122
Por mientras, alguien abre el refrigerador y saca lo que encuentra,
muy poco por cierto: queso, jamón y leche. Otro busca en la alacena,
encuentra algo de pan y empieza a preparar unos sándwiches. Otro
se dedica a preparar el café. Unos cuantos se quedan charlando con
el p. Enrique. Quisieran parar el tiempo.
Mientras toman algo, un seminarista de teología pide un
momento de silencio y habla
— Hermanos, antes de concluir este encuentro, quiero
confiarles algo. Fíjense que había venido aquí para comunicarles
que había decidido retirarme del seminario. Sin embargo, al
escuchar lo que el p. Enrique acaba de decir, una vez más en mi
corazón volvió a nacer la esperanza. Sí, vale la pena ser sacerdote,
vale la pena luchar por un ideal. Una vez más empiezo a soñar en
algo que llena mi vida. Los nubarrones ya pasaron. El sol volvió a
brillar delante de mis ojos. Gracias, p. Enrique, por este regalo.
Ante un testimonio tan inesperado, el ambiente se calienta.
Todos quieren felicitar al amigo seminarista que acaba de tomar
una decisión tan importante para su vida. Todos quieren comentar
algún detalle de lo se trató durante el encuentro. Y el tiempo pasa,
mientras el sueño se aleja siempre más. El seminarista vuelve a
tomar la palabra
— Hermanos, se me acaba de ocurrir una idea ¿por qué no
nos organizamos en un grupo de reflexión o apoyo (el nombre es lo
de menos), para dar continuidad a esta experiencia tan
enriquecedora? No quisiera regresar a la vida de antes. La soledad
me espanta. ¿Qué les parece?
Todos están de acuerdo. Un nuevo panorama se presenta ante
sus ojos. Alguien sugiere una velada de oración. Dicho y hecho.
Todos bajan a la capilla del Santísimo. Pasa la noche y surge un
nuevo día. Ahora el p. Enrique ya sabe qué hacer.

123
Conclusión
El p. Enrique ya sabe qué hacer. Y tú ¿sabes qué hacer?
Lástima que muchos aún no lo saben y siguen entretenidos en cosas
de poca importancia, tanto para matar el tiempo. ¿Y después?
Si tú ya sabes qué hacer, ¿por qué no lo compartes con otros
que están en la misma situación del p. Enrique antes del encuentro
que cambió su vida?

Matacães, Torres Vedras (Portugal),


a 15 de octubre de 2008.
Fiesta de Santa Teresa de Ávila.

124
CONCLUSIÓN GENERAL
A raíz del Concilio Ecuménico Vaticano II, el tema de los
pobres entró de lleno en la reflexión y el quehacer eclesial. Lástima
que su perspectiva fue ad extra y bajo el perfil esencialmente
político, económico y social. Nunca se subrayó el aspecto eclesial.
Se habló de explotación, marginación, rezago y tantas cosas más,
pero mirando siempre hacia afuera y nunca hacia adentro de la
Iglesia.
Pues bien, con estas historias, quise ver el problema de los
pobres dentro de la Iglesia. Me refiero a los catequistas, los diáconos
permanentes y las inmensas masas de católicos, marginados,
humillados, abandonados y muchas veces explotados por los
mismos que se dicen defensores de los pobres. Con la lengua están
en su favor, pero en la práctica no mueven ni un dedo para
promover a los pobres de carne y hueso, que se encuentran a su
alrededor y con los cuales comparten la misma misión
evangelizadora.
Como se habrán dado cuenta, se trata de situaciones tan
reales, que cada uno de ustedes con toda facilidad podrá poner
nombre y apellidos a cada personaje que se presenta. Una manera
sencilla de cuestionarse uno mismo y cuestionar.
Sin duda, no faltará algún aludido que va a respingar. Ni
modo. Son los gajes del oficio y de esto estoy bien consciente. Como
dice el refrán «A quien le venga el saco, que se lo ponga». Lo que sí
les puedo asegurar, es que no es nada personal. De todos modos,
no por eso voy a dejar de escarbar en la realidad eclesial, con miras
a que tomemos conciencia de nuestra situación como Iglesia y
tratemos de poner algún remedio. Ni voy a desistir de mi opción
preferencial en favor de los pobres, todos los pobres, pero de una
manera especial los pobres a nivel de Iglesia, desnutridos

125
espiritualmente, con dudas, marginados, humillados y
abandonados bajo el pretexto de la apertura y la modernidad.
Es una manera concreta de manifestar mi amor hacia la
Iglesia, mis hermanos en el ministerio y especialmente hacia los
más débiles e indefensos. Es una manera de ser la voz de los que
no tienen voz dentro de la misma Iglesia.
Mi grande deseo es que algún día podamos regresar a ver en
los pobres el grande tesoro que Dios ha confiado a su Iglesia, un
tesoro que tenemos que cuidar como a las niñas de nuestros ojos,
gastándonos y desgastándonos por salvaguardar su dignidad y
buscar su real superación. Para mí, esto es amar realmente a los
pobres y estar de su parte. Todo lo demás me parece demagogia
barata.

México, D.F., a 1 de noviembre de 2008.


Fiesta de Todos Santos.

126
Apéndice

*Necesidad
de análisis de la realidad eclesial

* Necesidad
de nuevos paradigmas pastorales

* Ad futúram rei memóriam


ESTAMPAS DE LA REALIDAD ECLESIAL

127
Invitación

Lo que sigue a continuación son reflexiones, comentarios


y algunas claves de lectura para que puedas aprovechar mejor el
contenido de estos relatos.
Después de una atenta lectura, tú también puedes
enviarnos tus reflexiones y comentarios, que pueden ser
publicadas en futuras ediciones de este libro.
Puedes enviar tus aportaciones a la siguiente dirección:

P. Flaviano Amatulli Valente, fmap


Renato Leduc 231
Col. Toriello Guerra, Tlalpan
14050 México, D.F.
E-Mail: apostle@prodigy.net.mx

128
Apéndice 1

Necesidad
de análisis de la realidad eclesial
Hoy más que nunca se hace necesario redescubrir la forma
más adecuada de presentar el Evangelio. El futuro evangelizador
tendrá que ser un artista o un místico. El artista, que es capaz de
crear y recrear para poder transmitir la Buena Nueva que él mismo
ha experimentado en su vida. El místico, que está tan cerca de
Dios y su forma de ver la vida y de actuar puede ser un testimonio
de la Buena Nueva y su capacidad de dar sentido a la propia vida.
Felicito al P. Amatulli por el aporte que está realizando a
través de los diferentes géneros literarios que utiliza recientemente,
sobre todo por estos relatos que nos presentan la forma en que
concibe la Iglesia y las nuevas ideas que aporta para enfrentar
parte de los problemas que aquejan a la comunidad eclesial.
La conversión del obispo Jeremías: al leer este relato lo
primero que me vino en la mente fue: ¿Qué estamos haciendo como
Iglesia?, ¿dónde quedó nuestro celo por la evangelización y el
seguimiento de Cristo? Sobre todo vino a mi mente un
cuestionamiento: ¿será que se puede hacer algo?
Analizando la realidad en la que nos encontramos, me
doy cuenta que los pastores no están listos para atender a las ovejas.
Por cada presbítero hay un sinfín de personas que necesitan
atención, de aquí que resonó en mi mente las palabras que, en el
relato, Dios le dirigió al obispo Jeremías: “En lugar de trabajar por
diez, pon diez a trabajar”.
Una propuesta, una realidad. Ya basta de seguir con el
clericalismo o el autoritarismo. Es necesario que los laicos tomen

129
su lugar dentro de este gran campo de trabajo. Es necesaria una
verdadera conversión para poder descubrir a los demás y querer
que se conviertan en verdaderos seguidores de Jesucristo.
El Calvario de Don Boni: presenta una realidad eclesial
palpable: el deseo que tiene un laico de trabajar, un hombre que
trata de buscar respuestas a sus interrogantes y a las necesidades
concretas de su pueblo, un hombre que como resultado sólo
encuentra respuestas equivocadas, un hombre que ve morir lo poco
que consideraba bueno y por lo cual está dispuesto a luchar para
conservarlo. Son dramáticas estas palabras: “Y mientras sucedía
todo esto, don Boni seguía con su capilla y sus rezos, siempre más
sólo y olvidado, un campesino más, símbolo de un pasado, añorado
por unos y despreciado por otros, un pasado destinado a
desaparecer”.
Este es el calvario del hombre, que ve morir las cosas sin
encontrar una respuesta que pueda dar rumbo y sentido a su razón
de ser, a su vida. Es un modelo de Iglesia que ya no responde a las
necesidades actuales, que tiene que hacer algo en esta larga agonía
en la que se encuentra o terminará siendo un campesino olvidado
sin más ni más.
Las confesiones de doña Amalia: después de terminar esta
lectura me vino a la mente una pregunta: ¿es posible que esto pueda
pasar? ¿La respuesta? No sólo puede pasar, ya pasó y sigue
pasando. Cuando las cosas no se entienden bien y se quiere aplicar
una misma medicina para diferentes enfermedades, los resultados
son negativos. Las confesiones nos señalan una realidad que
muchas veces no se ha analizado profundamente, que es cómo las
diferencias religiosas, aún dentro de la propia familia, ocasionan
que las relaciones familiares se pongan tensas. Si alguien me dijera
que eso es puro relato, les respondería que tiene los ojos cerrados
a la realidad.
Cuando uno se pone sensible a las necesidades vitales de
las personas, no sólo en el aspecto económico o social, sino en el
ámbito propiamente de la fe descubriría cuántos problemas hay
dentro de una persona: “¿Qué tengo que hacer para agradar a Dios
y al mismo tiempo no ocasionar problemas a mis hijos
evangélicos…”? Es una pregunta que muchas personas se han
hecho y no han encontrado una respuesta. Al parecer no les queda
más que seguir sufriendo en el silencio interior. ¿Qué hacer?
Por último, tenemos el relato El padre Enrique no sabe
que hacer: Siempre he tenido la idea de que la mayoría de las

130
personas que acceden al ministerio del Orden, tienen muchas ideas
claras, muchos deseos y anhelos. Tienen un espíritu de búsqueda
y una gran sed por la evangelización, al igual que el P. Enrique;
sin embargo, a lo largo del camino va descubriendo que no todo
es color de rosa y las cosas no son como creía; entonces empieza a
llegar un sentimiento de desánimo, de indiferentismo, o
simplemente de ya no hacer nada. Los brillos que tenía al principio
van desapareciendo. Por eso el P. Enrique nos presenta su historia,
expresada dentro de la comunidad en donde no todos piensan
como él, pero que le sirve como desahogo y a la vez para recobrar
fuerzas y abrir nuevas perspectivas.
El P. Enrique descubre sus logros y sus errores, se da
cuenta que no es tarde para poder realizar sus sueños de cuando
se iniciaba en el camino presbiteral, descubre que ya sabe qué hacer.
Tú, así como el P. Enrique, analiza tu forma de llevar el ministerio,
y descubre que todavía tienes mucho que hacer y qué dar.

Conclusión
Hoy más que nunca es necesario realizar un verdadero
análisis de la realidad eclesial, descubrir lo que puede servir y
desechar lo que ya no sirva en orden a la evangelización y el trabajo
pastoral. Hoy como nunca, es necesario revitalizar todo lo que se
tiene dentro, de poder dirigir la buena noticia a todas las gentes
con todos los medios posibles.
Enhorabuena. Que las lecturas de estos relatos puedan
forjar en ti nuevas ideas para poder realizar cada día más y mejor
tu servicio eclesial, o que sean un impulso para unirte a esta labor,
la más noble aventura.

Por Manuel Francisco Koh May, fmap


seminarista apóstol de la Palabra
2° de Teología (UIC)
kohmay7@hotmail.com

131
Apéndice 2

Necesidad
de nuevos paradigmas pastorales
Cuando no hay dirigentes, cae un pueblo,
y se salva cuando tiene muchos consejeros
(Prov 12,14)

El despertar de un sueño.
Nuestra Iglesia pasa por una dura prueba histórica:
paulatinamente se avizora un derrumbe continuo y dramático de
las masas católicas, ya sea a manos de los grupos proselitistas, ya
sea por parte de las corrientes ideológicas y filosóficas presentes
en el mundo.
Existen numerosos grupos al interior de la Iglesia que
afirman que dicha visión es fatalista y exagerada, y se refieren a
este proceso como un aspecto normal de la evolución de la fe
cristiana a la luz del Vaticano segundo y de las nuevas realidades
sociales que se presentan.
El P. Amatulli, presenta a lo largo de estas historias,
reflexiones que van encaminadas a una toma de conciencia de la
situación que vive la Iglesia en este tiempo, así como luces que
nos ayudan a buscar nuevos caminos para realizar una pastoral
más efectiva y que responda a las condiciones que nos enfrentamos.
En lo personal comparto la visión anti determinista del P.
Amatulli, y tengo la profunda convicción de que se puede frenar
y paulatinamente revertir el fenómeno que se observa con respecto
a la continua y creciente caída de las masas católicas, claro que un

132
paso primordial para lograr esto es la búsqueda de nuevos
paradigmas pastorales.
Como se podrán dar cuenta, se trata de una lucha de
conciencias, una disyuntiva sobre las visiones que se tienen sobre
lo que debería ser la Iglesia.

La cuestión del paradigma


Un paradigma se puede entender como la manera en la
que nosotros vemos y entendemos el mundo, así como la manera
en la que lo enfrentamos y resolvemos los problemas que nos
presenta.
Todos pensamos y actuamos conforme a paradigmas, por
ejemplo, en las comunidades indígenas existe la ley de la
“costumbre”, y todo habitante de dicha zona deberá guiarse por
ella, por lo tanto, para los que nacieron en esa comunidad, ese
será su paradigma, y vivirán conforme a él.
Los paradigmas, son connaturales al hombre, y nos
ayudan muchísimo a enfrentar las situaciones que se nos presentan.
No existe hombre alguno que no viva bajo paradigmas.
Todo paradigma surge en un ambiente concreto, y surge
precisamente para dar solución a la problemática contemporánea
que enfrenta. El paradigma funcionará, siempre y cuando las
condiciones que le dieron origen puedan mantenerse sin un cambio
demasiado significativo, pero el problema surge cuando las
condiciones y reglas que le dieron origen cambian radicalmente,
en dicho caso el paradigma se vuelve ineficaz para enfrentar el
problema y se convierte, no pocas ocasiones, en un obstáculo.
Y aquí viene el drama del paradigma, y es que para el ser
humano es muy difícil cambiar un paradigma que se ha arraigado
profundamente en su persona, además de que puede volver ciega
a la persona acerca de las nuevas condiciones que se presentan,
así como ineficaz en su manera de enfrentarlas.
La Iglesia tiene también sus propios paradigmas. A lo
largo de estos escritos, el P. Amatulli nos presenta de manera clara
los distintos paradigmas existentes en la Iglesia, en la manera en
que se viven y se enfrentan los problemas eclesiales, esencialmente
nos explica que el paradigma predominante en la pastoral y en las
estructuras de la Iglesia fueron diseñados en el contexto de un
régimen de cristiandad, donde la sociedad era completamente
católica, y el mismo Estado defendía la fe contra cualquier opinión
contraria.

133
Todo estaría bien, sino es por un pequeño detalle, hoy
vivimos en una sociedad multifacética, multicultural,
multirreligiosa; en otras palabras, en una sociedad plural. Todo el
contexto y las reglas del entorno han cambiado, pero no el
paradigma, la Iglesia sigue actuando y pensando como si
estuviéramos en un régimen de cristiandad.

Apologética,
punto de partida indispensable
En el relato “El Calvario de Don Boni”, se nos presenta un
hecho que ejemplifica muy bien esta posición: la apologética, para
las comunidades que se ven acosadas por el fenómeno del
proselitismo religioso.
En el relato, don Boni pudo conseguir un libro sobre
apologética, esto es, tuvo a su alcance la respuesta acerca de los
ataques y cuestionamientos a la fe, pero eso no fue suficiente para
evitar la paulatina caída de su comunidad, dejando entrever que
se necesita un cambio mayor en la forma de llevarse a cabo la
pastoral en la Iglesia. Este relato refleja magistralmente el drama
que viven muchas comunidades cristianas.
La apologética es indispensable para por lo menos frenar
el éxodo masivo de católicos a los grupos proselitistas, pero queda
evidenciado, que no es la solución completa. Se necesita buscar
un nuevo paradigma pastoral que responda mucho mejor a las
necesidades que la situación plantea.

Conclusión
La búsqueda de nuevos paradigmas pastorales no es un
camino fácil, pero es un proceso en el cual debemos involucrarnos
todos los sectores de la Iglesia, guiados a la luz de la Palabra de
Dios, que siempre tendrá algo actual que decirnos y que siempre
será una guía segura en esta búsqueda difícil pero vital.
Es un momento decisivo, la historia juzgará, como dije en
un principio, es una lucha de conciencias y de visiones, por lo tanto,
la pregunta clave es: ¿Qué postura vas a tomar?

Por Reisner Samuel Omar Vázquez Jáuregui, fmap


seminarista apóstol de la Palabra
2° de Filosofía (ISEE)
reisnero@hotmail.com

134
Apéndice 3

Ad perpetuam rei memoriam


ESTAMPAS DE LA REALIDAD ECLESIAL
Cronista de la realidad eclesial
He leído con mucho interés cada uno de los escritos
que componen este nuevo libro, el más reciente escrito por el
P. Flaviano Amatulli Valente. Examinando el contenido con
detenimiento me parece que cada una de las historias retrata
algunos aspectos de la compleja realidad eclesial vivida desde
principios del convulso siglo XX, dibujando de una manera
muy particular, con el realismo del drama y la crudeza de la
tragedia, algunas tendencias que han contribuido al actual
estado de cosas en la vida de la Iglesia.
El autor, el P. Flaviano Amatulli Valente, es un testigo
privilegiado. Cuarenta años de misión ininterrumpida en
México (1968-2008), giras apostólicas periódicas por todos los
países de América Latina y visitas frecuentes a los Estados
Unidos de América, con un diálogo constante con el pueblo
católico y los más variados agentes de pastoral, le han permitido
al P. Amatulli conocer de primera mano «los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias» (GS 1) de muchos
hermanos en la fe. Por eso ha decidido tomar el papel del
cronista, conservando para la posteridad algunas historias
significativas que retratan los dramas y las tragedias vividas
por los pastores de la Iglesia, los religiosos y religiosas y los
fieles cristianos laicos de nuestro vasto continente.

135
Con estos relatos se complementa lo que estudié sobre
la historia reciente de la Iglesia, que no sólo consiste en los
grandes acontecimientos eclesiales ni en los hechos realizados
por los papas, los obispos y los teólogos de altura, sino también
en la vida cotidiana de los católicos, con todas sus alegrías y
sinsabores.
Por otra parte, cada uno de los relatos permite tomar
conciencia de lo que implica en la vida concreta la toma de
decisiones y las omisiones que hacen quienes tienen la
autoridad pertinente. No sorprende que el P. Amatulli señale
la conveniencia de ser muy cuidadosos cuando se toman
decisiones que de hecho van a afectar la vida de los feligreses.
Se trata de historias que nos permitirán examinar los
últimos decenios para buscar comprender cómo es que hemos
llegado a la situación actual, caracterizada por el éxodo masivo
de católicos hacia las más variadas propuestas religiosas, con
una significatividad igual o de mayores dimensiones a la vivida
en la Reforma protestante, y la existencia de un catolicismo
nominal de grandes proporciones.

Castigat ridendo mores


El primer relato, donde se nos presenta la simpática
figura del obispo Jeremías, refleja la ineficacia de la praxis
eclesial y el agotamiento de las actuales estructuras
eclesiásticas, puesto que nacieron en una época que ya no existe
más, a la que se ha dado en llamar régimen de cristiandad.
También presenta una imagen menos idílica y más
realista acerca del clero, que vive y genera un ambiente en el
que se dan cita las cualidades pero también los defectos propios
de los seres humanos: envidias, celos, rivalidades, discordias,
búsqueda de los propios intereses, lucha por el poder, deseo
de hacer carrera en la actividad eclesiástica, simonía, falta de
celo apostólico y creatividad pastoral, prejuicios e ideas
preconcebidas...
El relato está hecho de pinceladas que presentan con
humor la vida cotidiana de muchos católicos, el recurso
frecuente a los brujos y curanderos, las características de la
hagiografía más difundida, la devoción a las imágenes, la
predilección por la excelencia académica en lugar de la

136
excelencia pastoral en la formación de los futuros sacerdotes,
las relaciones difíciles entre el párroco y el vicario…
También se describe el ambiente en que se forma y vive
el católico, bajo el signo de la llamada religiosidad popular,
que parece caracterizar al catolicismo latinoamericano,
considerada una de sus más grandes virtudes, lo que impide
que se reflexione y se trabaje para hacer realidad la multicitada
purificación que requiere.
Sin embargo, el relato no sólo nos permite acercarnos
a esa particularidad de nuestra Iglesia que se resiste a
desaparecer y que va tomando formas muy diversas, incluso
fuera del ámbito eclesial, como el caso de los “santos laicos”
que se multiplican por doquier, pero notablemente
emparentados con la religiosidad popular del catolicismo
latinoamericano.
En este contexto se enmarca el culto a diversas personas
“canonizadas” por el sentir popular. En efecto, además de la
Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo y San Martín Caballero,
cuyas imágenes encontramos en casi todas partes de México,
hay personajes considerados por algunos investigadores como
verdaderos “santos laicos”1. La mayoría de estos personajes se
caracteriza por qué amplios sectores piensan que estos “santos
laicos” intervienen en asuntos relacionados con la salud y la
enfermedad, los problemas económicos y las relaciones
interpersonales: El “Niño” Fidencio, Teresa Urrea (la “santa
de Cabora”), don Pedrito Jaramillo, Jesús Malverde, Juan
Soldado, Pancho Villa, Pedro Infante, entre otros. Destaca en
todo esto el extendido culto a la así llamada “Santa Muerte” y
el éxito del grupo “Pare de sufrir”.
Las peripecias del obispo Jeremías, presentado como
«un volcán de iniciativas» pastorales, también nos permiten
asomarnos a soluciones ingeniosas y pertinentes, para
enfrentar el tema de la evangelización y la atención y el
acompañamiento pastoral de los fieles católicos. Algo que
requiere, precisamente, una conversión pastoral.

Suum cuique tribuere


El Diccionario de la Lengua Española define el término
calvario como la “serie o sucesión de adversidades y

137
pesadumbres”. Pues bien, El Calvario de don Boni nos presenta
las angustias que vive don Boni en la compleja realidad rural,
donde se vive bajo la ley de las costumbres ancestrales y un
catolicismo popular, liderado por los rezanderos, con la
presencia esporádica del señor cura con ocasión de la fiesta
patronal para administrar los sacramentos al mayor número
posible de feligreses.
El relato nos presenta el drama vivido en innumerables
comunidades por la presencia de los primeros grupos
proselitistas y la ingenuidad de los pastores católicos que no
encontraron la forma más adecuada de enfrentar el fenómeno
de la división religiosa y el proselitismo sistemático, que
rápidamente ha fragmentado a la otrora población
mayoritariamente católica.
Además, podemos aproximarnos a los primeros
acercamientos a la Biblia por parte del pueblo católico más
sencillo, sin una preparación específica y utilizando versiones
no católicas, generalmente guiados por algunos hermanos
separados. Podemos, asimismo, constatar la amplia politización
de la predicación evangélica y el acercamiento cientificista a la
Sagrada Escritura por parte de agentes de pastoral católicos,
sin un contacto más personal con ella con miras a crecer en la
vivencia de la fe, con los resultados que están a la vista de todos.
Se describe de forma muy plástica la insensibilidad de
muchos señores curas hacia la suerte de su feligresía y la
situación de los mismos agentes de pastoral, que se manifiesta
en unas relaciones difíciles e injustas entre el clero y el laicado,
especialmente en el ejercicio de la autoridad y en el aspecto
económico y en el abandono pastoral. En este contexto, me
parece oportuno citar unas palabras que escuché recientemente
de un sacerdote: “Muchas cosas cambiarían si los sacerdotes
nos quitáramos de la cabeza el signo de pesos”.
Obviamente, el propósito no es lavar los trapos sucios en
público, sino presentar por contraste la pertinencia de favorecer
una relación más evangélica entre los Pastores de la Iglesia y
la feligresía que el Señor ha puesto bajo su cuidado pastoral.
Creo que ante lo aquí descrito, podemos afirmar aquella frase
célebre que tanto escuché al estudiar el Derecho Canónico: “La
realidad supera la imaginación”.

138
Timeo Danaos et dona ferentes
En “Las confesiones de doña Amalia”, el P. Amatulli nos
ofrece un recorrido por el siglo XX vivido por la Iglesia
mexicana, desde la Cristiada hasta nuestros días, desde los días
de gloria del catolicismo mexicano, con feligreses dispuestos
al martirio cruento, hasta el éxodo silencioso y constante de
los católicos hacia las más variadas propuestas religiosas, hacia
el indiferentismo religioso y el abandono paulatino de la
práctica religiosa, reservada a momentos específicos.
También se nos presenta el surgimiento de un grupo
proselitista a causa de un malentendido ecumenismo, por el
poder de seducción de un astuto pastor norteamericano, la
ingenuidad de algunos Pastores de la Iglesia y la falta de un
espíritu crítico y una malentendida obediencia de amplios
sectores del laicado.
El relato nos deja ver, plásticamente, que en los grupos
proselitistas no todo es miel sobre hojuelas. También hay trucos
y trampas, aunque se presenten disfrazados de regalos
sumamente atractivos como la colaboración en la tarea
evangelizadora. No extraña que a lo largo y ancho del vasto
continente americano se hayan multiplicado y formado
diversos grupos proselitistas y se haya dado el crecimiento de
las jerarquías del protestantismo y aún de grupos ortodoxos
como el fruto no esperado de encuentros ecuménicos y la
manera de entender el ecumenismo.

¡O sancta simplicitas!
En “Las confesiones de doña Amalia” se señala también
que un malentendido ecumenismo es el elemento fontal de
muchos de los problemas más acuciantes de la Iglesia católica,
que llevó a la supresión de la Apologética, el debilitamiento
de la identidad católica, la apertura indiscriminada hacia los
hermanos separados y el coqueteo con los grupos proselitistas,
que ha llevado al surgimiento de más grupos religiosos no
católicos, como siempre, a costa de nuestra feligresía.
Que quede bien claro: el P. Amatulli no está en contra
del Ecumenismo, sino de la manera en que se le ha interpretado
y aplicado, especialmente en América Latina, como queda de

139
manifiesto en el relato que nos ocupa. Máxime cuando se aplica
de manera tan ingenua por parte de los Pastores de la Iglesia,
equivaliendo a una verdadera capitulación en aras de mantener
una imagen positiva, no intransigente, de la Iglesia en el
posconcilio.

Ab imo pectore
El último relato del libro, “El padre Enrique ya no sabe
qué hacer”, es el desahogo desgarrador de un sacerdote que
vive la así llamada tercera edad y que hace un recuento
pormenorizado de su existencia, con la conciencia lacerante
de que ha sembrado en el mar, siguiendo un interesante
itinerario: un periodo de fascinación por ciertos líderes
‘carismáticos’ y ciertas ideas ‘geniales’, que parecía iban a
revolucionar el mundo y que después descubrió que eran ‘pura
demagogia’.
La historia del P. Enrique es un magnifico pretexto para
hacer un recuento de los últimos cincuenta años del catolicismo,
especialmente en el ámbito latinoamericano.
El relato inicia, no sin nostalgia, a recordar la vida
cristiana en un ambiente donde la vivencia religiosa era
favorecida a la insignia del siguiente lema, que permeaba la
vida de la Iglesia: «la gloria de Dios y la salvación de las almas».
El gran evento eclesial del siglo XX, el Concilio
Ecuménico Vaticano II, es recordado por todas las expectativas
que generó y se afirma que representó para la Iglesia católica
un gran paso adelante en muchos aspectos de su vida interna
y en su manera de situarse ante el mundo exterior, favoreciendo
un clima de mayor autenticidad evangélica que empezó a
permear los distintos ambientes eclesiales: menos apariencias,
menos honores y más fidelidad al Evangelio.
Al mismo tiempo que se señalan los excesos y
situaciones que se dieron en el posconcilio: el espíritu
iconoclasta, especialmente en campo litúrgico; la receta
ecuménica, considerada la única adecuada para enfrentar el
problema de la división religiosa y el proselitismo sectario; la
disolución del espíritu misionero, la reducción de la Iglesia a
una simple institución humanitaria, destinada esencialmente
a favorecer el bienestar material de la sociedad, el surgimiento

140
de la así llamada teología de la liberación, con la politización
de la fe y seducida por la revolución de corte marxista.
En fin, se trata de un examen minucioso de todos estos
acontecimientos eclesiales y sus repercusiones en la vida de la
Iglesia y de cada católico.
Por otra parte, además de hacer un recuento de la
compleja realidad eclesial, el relato nos ofrece sugerencias
concretas y plausibles para «rehacer el camino andado» a nivel
teológico que permita recobrar el sentido de Iglesia y
pertenencia a la misma, desechando todo intento de reducir y
confundir su papel, con vistas a sentar las bases que posibiliten
«recuperar el terreno perdido» en las décadas recientes.

Conclusión
No creo que extrañe a nadie el hecho de señalar que
estos relatos tienen abundantes elementos autobiográficos. El
género utilizado nos permite entrar más fácilmente en la
realidad eclesial reciente para vislumbrar soluciones prácticas.
No es un catálogo de quejas ni un simple desahogo
personal. Nos ofrece, más bien, una base vivencial que nos
permite reflexionar críticamente sobre la vida de la Iglesia,
mejor informados acerca de las vicisitudes que han vivido los
más variados miembros de la Iglesia Católica, que muchos de
nosotros conocemos con nombre y apellido.
Es, por tanto, una invitación a hacer el propio recuento.
Seguramente muchos nos hemos dado cuenta de situaciones
como las que se describen en este libro. Y tal vez las hemos
propiciado o padecido.

Por el P.D. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap


jorgeluiszarazua@hotmail.com
http://zarazua.wordpress.com

_____________________
1
SAUCEDO, Carmen, Historias de Santos Mexicanos. Desde Juan
Diego y San Felipe de Jesús hasta los recién canonizados por el Papa,
Planeta, 2002.

141
ÍNDICE
PRESENTACIÓN ................................................... 3

LA CONVERSIÓN DEL OBISPO JEREMÍAS

Introducción ......................................................... 6
Capítulo 1
PRIMEROS PASOS ................................................ 8
Capítulo 2
EN EL SEMINARIO .............................................. 11
Capítulo 3
ORDENACIÓN SACERDOTAL .............................. 14
Capítulo 4
VICARIO .............................................................. 17
Capítulo 5
OBISPO ............................................................... 20
Capítulo 6
APÓSTOL ............................................................ 24

Conclusión .......................................................... 29

EL CALVARIO DE DON BONI

Presentación ....................................................... 32

142
Capítulo 1
LA COSTUMBRE ................................................. 33
Capítulo 2
REZANDERO ....................................................... 35
Capítulo 3
PRIMEROS ATAQUES CONTRA LA FE ................. 37
Capítulo 4
LA GRAN DECEPCIÓN ........................................ 40
Capítulo 5
UNA RECETA EQUIVOCADA .............................. 45
Capítulo 6
LENTA AGONÍA .................................................. 50

Conclusión ........................................................... 55

LAS CONFESIONES DE DOÑA AMALIA

Presentación ....................................................... 58
Capítulo 1
A LA SOMBRA DEL MARTIRIO ........................... 59
Capítulo 2
ECUMENISMO INGENUO ................................... 64
Capítulo 3
LA HACIENDA DEL GRAN REY .......................... 69
Capítulo 4
CRISIS FAMILIAR ................................................ 75
Capítulo 5
SOLA .................................................................... 79
Capítulo 6
EN BUSCA DE PAZ .............................................. 84

Conclusión .......................................................... 89

143
EL PADRE ENRIQUE YA NO SABE QUÉ HACER

INTRODUCCIÓN ................................................. 92
Capítulo 1
POR LA GLORIA DE DIOS
Y LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS ....................... 93
Capítulo 2
UN NUEVO PENTECOSTÉS ................................. 98
Capítulo 3
DEL TRIUNFALISMO AL COMPLEJO DE CULPA
Y AL DERROTISMO ........................................... 102
Capítulo 4
LOS POBRES: DE CRISTO A MARX .................. 112
Capítulo 5
MEA CULPA ....................................................... 119
Capítulo 6
MAR ADENTRO ................................................. 126

Conclusión ......................................................... 131

CONCLUSIÓN GENERAL ................................... 132

*****

APÉNDICE

Apéndice 1
* Necesidad de análisis de la realidad eclesial .... 128

Apéndice 2
* Necesidad de nuevos paradigmas pastorales ... 131

Apéndice 3
* Ad perpetuam rei memoriam.
ESTAMPAS DE LA REALIDAD ECLESIAL ........................ 134

144