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Los malos libros
provocan malas
costumbres y las
malas costumbres
provocan buenos libros.
René Descartes

El Retiro

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Don Macario

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San Cirilo del Monte
Susanita

El Cementerio
La Fiesta

Vegetariana
Terror

Desesperación
Escape

Trato Macabro
Decisiones

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A

ún recuerdo el sonido de su pluma rozando con velocidad
el papel, mientras se esforzaba por dejar constancia de los
acontecimientos vividos en sus días mozos, cuando aún era
soltero y las preocupaciones de su vida no eran muchas.
Don Bernabé perteneció a una familia afortunada, pero su patrimonio se esfumó en algunos malos negocios. Él decía que ese era su
castigo por aquellos días que pasó en San Cirilo del Monte y de los
cuales no mencionó más, hasta que la edad y la inminente pérdida de
la memoria lo obligaron a escribir, en varios cuadernos, cada detalle
de aquel suceso.
Recuerdo cuando Lucía, mi mujer, me dijo que Don Bernabé se mudaría con nosotros. Yo le tenía mucho aprecio a Don Bernabé y no me
negué a los deseos de mi mujer de tener a su abuelo. Nosotros aún no teníamos hijos y la casa nos sobraba sólo con los dos de inquilinos. Desde
el principio noté el carácter reservado del viejo y no me molestaba porque yo era muy parecido. Nunca conversamos más de dos frases, pero no
sentía ninguna incomodidad en nuestros silencios.
Un día le dio por escribir. Encontró, en el cuarto que yo tenía por
estudio, un cuaderno en blanco que solicitó usar. Tomó tinta y pluma, aún cuando le ofrecí los más finos bolígrafos, y se concentró en la
tarea de escribir sus memorias.
5

Lucía le trajo otro cuaderno a la siguiente semana. La pluma rasqueteaba al escribir y casi parecía gritar las palabras que dibujaba. Las
noches pasaban y el sonido constante del metal sobre el papel hacía
eco en la soledad de la madrugada.
Mi esposa lo encontró una mañana, recostado en su silla, con en
cuaderno sobre el pecho y la pluma dentro del tintero. Había llenado
hasta la última hoja y escrito, con la letra más adornada, su testamento final.

Yo, Bernabé Cisneros, fui testigo y cómplice de los
hechos narrados en estas páginas. La muerte me lleva
a enfrentar mi juicio por tales acontecimientos. Yo escogí el silencio, queda a discreción del lector la decisión que tome sobre divulgar o no la historia que ya ha
quedado atrás.
Lucía y yo no leímos los cuadernos hasta mucho tiempo después
de su muerte. Sin embargo, no pudimos guardarlos sólo para nosotros. Los originales se perdieron en nuestro intento de divulgar la noticia, pero los hechos quedaron guardados en mi memoria casi con
tanta fidelidad como si hubiera estado allí, acompañando a Don Bernabé. Intentaré narrar los sucesos más relevantes de la historia.

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El Retiro

E

ra 19 de Octubre de 1955 cuando Bernabé Cisneros llegó a
San Cirilo del Monte, un pueblo desconocido para él hasta algunas semanas atrás, cuando un colaborador de la textilera
le ofreció el destino como anfitrión de las más tranquilas vacaciones
que pudiera imaginar. En aquellos días, no existía todo el bullicio de
estos tiempos, pero estar al frente de la compañía familiar era un cargo estresante para el joven Bernabé, de unos 28 años y comprometido con Doña Aura, que debía tener unos 20 cuando mucho. Todavía
no entiendo como Doña Aura se le adelantó tanto a Don Bernabé,
pero eso es harina de otro costal.
El joven Bernabé, agobiado por sus preocupaciones, pensó en refugiarse en aquella villa que era invisible para cualquier extranjero e inalcanzable sin la ayuda de alguno que conociera el camino exacto para
llegar a aquel paraíso perdido. Su guía tomó senderos sinuosos de terracería que atravesaban algunas propiedades supuestamente privadas.
Recorrió el camino con tanta seguridad que se le hizo difícil memorizar o hacerse a la idea de dónde exactamente quedaba el poblado.
Se le explicó que San Cirilo no formaba parte de ninguna comuna; era un mundo perdido dentro de otro que lo ignoraba y que mucho tiempo atrás lo dejó olvidado y abandonado. La situación se tornó difícil durante una época y cuando se creían condenados a muer7

te, llegó un señor muy acaudalado e invirtió casi toda su fortuna en
levantar la comunidad y hacerla autosuficiente e independiente, a
modo de convertir el lugar en su paraíso personal.
No necesitaban más que un doctor, un dentista, algunos maestros
para atender a los pocos niños que había cada año. No necesitaban
ningún tipo de administración de justicia, ya que la rectitud y honradez de sus habitantes era intachable. Nada hacía falta y nada sobraba,
todo era bien aprovechado. Todo era perfecto en el pequeño paraíso,
quizá demasiado perfecto.
Como no llegaban visitantes, carecían de un hotel, pero Bernabé
logró hospedaje en la casa de doña Sara de León, cuyo hijo se encontraba en la capital, ocupado con sus estudios de veterinaria.
Su piloto lo llevó hasta la casa de la señora, que salió a recibirlo en
compañía de Susana, su hija menor, y Jacinto, el mozo de confianza
de la familia.
Bernabé se fijó en la diferencia entre los tres personajes que lo observaban con curiosidad desde la puerta de la modesta casa.
Doña Sara era bajita y regordeta; sus brazos y piernas eran robustos y casi no tenía cuello, le calculó unos 40 años por las arrugas de la
cara y algunas canas que resaltaban entre su negra cabellera, atada en
una trenza algo descompuesta por las labores diarias. Susana, su hija,
era un poco más alta y esbelta, más bien esquelética y de aspecto frágil. Apenas se percibía un aire de familiaridad en ambas. La joven, de
unos 19 o 20 años, permanecía alejada de los otros dos que estaban
más interesados en instalar al visitante que en cualquier otra cosa.
Jacinto fue el primero en acercarse al coche en cuanto se detuvo.
Era mayor que Susana, unos 22 o 23 años, de complexión gruesa y
fornido por el arduo trabajo. Sin problemas cargó el baúl y dos maletas más que Bernabé llevaba para su estancia de vacaciones. No ha8

blaba mucho y hacía todo cuanto doña Sara le indicaba sin rechistar.
Su rostro se encontraba desfigurado a un lado, como si hubiera recibido un golpe que le dejó disparejo el lado derecho de la cabeza y la
mejilla.
—Le hemos preparado todo un almuerzo. Usé mi mejor receta para prepararle todo un festín —exclamó doña Sara, agitando sus
brazos que parecían rellenos de gelatina. Después se dirigió a su hija—: Andá a preparar los platos. No te quedés allí parada, niña, hacé
algo productivo.
Susana tenía los ojos fijos en Bernabé y en su mirada se percibía incertidumbre o molestia de ver al visitante. Quizá lo consideraba un
intruso, es posible que sólo le resultara extraño, sin embargo, no se
movió ante la primera orden de su madre.
—¡Susanita! ¡Haceme caso, niña! Andá a poner los platos.
—Sí —refunfuñó y desapareció por la puerta.
Doña Sara entró primero y comenzó a darle un recorrido por la
casa. Los primeros dos cuartos eran las habitaciones; a la izquierda
estaba el de su hijo, que sería el que ocuparía Bernabé durante su estadía. A la derecha, el cuarto más grande, era compartido por ella y
su hija. Después del corto pasillo que separaba los dos cuartos, el patio se abría amplio frente a él, con la pila de lavar al centro y los lazos
llenos de ropa.
Los cuartos seguían todos a la izquierda. El comedor grande era
el que estaba entre el dormitorio de las damas y el cuarto de Jacinto.
Luego estaba la alacena de víveres, accesible desde la cocina que quedaba al fondo de la casa, ocupando todo el ancho. El poyo dominaba la mayor parte del cuarto, rodeado de banquillos. Allí encima, ya
bullían las ollas con caldos, tamales de todos tipos, tortillas, frijoles...
casi todos los platillos que se pudiera haber imaginado.
Como ya tenía algo de hambre por haber estado viajando desde
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la madrugada, Bernabé se sentó en el lugar que le indicaron y devoró casi todo el contenido de su plato. Doña Sara y Jacinto hicieron lo
mismo sin intercambiar palabra, pero Susanita apenas mordisqueaba
un tamalito que sumergía en una especie de puré de queso y chirmol.
Allí comprendió por qué conservaba esa débil figura, si su apetito era
tan limitado.
Ninguno hizo demasiada conversación, y Bernabé agradeció en
sus adentros que no le hicieran preguntas. La hospitalidad que le
mostraban era extraña, porque se preocupaban de que no le faltara
nada, pero nunca hicieron algo por conocer más sobre su vida, sus razones para tomar vacaciones. Al contrario, él hizo todas las preguntas que pudo porque el misterioso paraíso en el que se encontraba le
parecía demasiado perfecto para ser verdad.
Obtuvo casi toda la historia de boca de Doña Sara, que vivió en el
pueblo en la época en que estaban condenados a muerte.

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San Cirilo del Monte

E

scuche bien, Bernabé, y no me interrumpa con preguntas. La
historia de San Cirilo del Monte se remonta a nuestros antepasados que domaron esta tierra donde nada crecía, e hicieron prosperar un pueblo en medio de la nada. San Cirilo fue próspera por muchos años, la tierra fue buena con nosotros por varias generaciones, pero los hombres no supieron agradecer la generosidad de
la madre naturaleza y por eso fuimos castigados. La tierra dejó de dar
frutos, la lluvia se ausentó por mucho tiempo y cuando volvió lo hizo
de modo inclemente. Todos los pueblos vecinos nos negaron su ayuda. Estábamos condenados a muerte.
Nos habíamos resignado. Sobrevivimos los últimos días con los
pocos frutos que encontrábamos en los campos, algunos arruinados
por el clima. Así murió mi esposo, envenenado con algún hongo que
se comió.
Luego todo pasó tan pronto que apenas puedo recordarlo. Don
Macario llegó un día y visitó cada casa, proponiendo ayudarnos y levantar el pueblo a cambio de que nos sometiéramos a sus deseos. Él
nos proponía la vida, no nos opusimos a que aislara al pueblo y desde entonces hemos vivido con paz. Tenemos un contrato inquebrantable con él y nunca seremos capaces de pagarle todo lo que hizo por
nosotros.
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Don Macario ha invertido su fortuna en sostener al pueblo, construyó cada casa, revivió la tierra con la ayuda de unas gentes que vinieron a ver qué le hacía falta para producir, se encarga del ganado
que provee de leche y carne a todo el pueblo. No necesitamos casi nada, pero cuando es urgente, él se encarga de traer la ayuda requerida.
Le debemos la vida a Don Macario. Él sostiene los estudios de todos los jóvenes brillantes del pueblo, les paga la universidad y el hospedaje si se comprometen a regresar a ejercer su profesión dentro del
pueblo. No tenemos un veterinario ahora, mi Juanito será el primer
veterinario que haya en San Cirilo del Monte.
Mi Susanita es muy inteligente también, le digo que puede ser enfermera y quizá el próximo año que regrese Juanito pueda ir ella. Esa
niña siempre ha sido rebelde, no como su hermano. Pero esa es la
cruz con los hijos, lo sabrá cuando tenga los propios.
Esa es la historia de San Cirilo del Monte, Bernabé, todos le contarán lo mismo. Ahora, si me disculpa, tengo que ir a descolgar la ropa que se me va a arruinar con el sol.

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Don Macario

L

a forma en que doña Sara se refería al salvador del pueblo,
Macario Buenaventura, provocó en Bernabé el deseo de conocer al curioso personaje que parecía haber llegado al sitio para
revivir la época feudal o una especie de monarquía, porque su palacio
se podía ver desde la entrada del poblado.
Pasaron dos días antes de que don Macario le concediera unos minutos de audiencia. Le explicaron que, aunque siempre había sido
muy generoso con todos, jamás se relacionaba demasiado con los demás habitantes de San Cirilo del Monte. Era casi un ermitaño que
disfrutaba de la soledad de su mansión y la compañía de un millar de
libros que ocupaban el salón más grande de su residencia. Fue en esa
sala donde Bernabé conoció a José Macario Buenaventura Colindres.
—Bienvenido, Bernabé. Me contaron que venía usted de visita,
que estaba de vacaciones en el pueblo.
Don Macario era un hombre alto y de porte medio y no supo si
era por el ambiente o por su forma de vestir tan formal, pero daba la
impresión de ser una persona muy intelectual. Le calculó casi 50 años
por las arrugas del rostro y las canas de su cabello.
—Muchas gracias por dejarme entrar —contestó apartando la vista de las filas interminables de libros que adornaban las paredes y forzándose a establecer contacto visual con su anfitrión—. La verdad te13

nía mucha curiosidad de ver como vivía usted en este lugar tan alejado del resto del mundo. Me parece como si hubiera viajado muy lejos
y estuviera en otro país, o quizá en otro mundo.
—Eso era lo que yo quería lograr. Necesitaba un sitio apartado
donde nadie me juzgara por mis costumbres, que a muchos les parecen extrañas.
Su forma de hablar era directa, aunque no dejaba de tener un aire misterioso. De alguna logró hacer que Bernabé se sintiera nervioso por la forma en que lo miraba. Sus modos tan delicados y sus atenciones desmedidas hacia él le hicieron pensar hacia qué dirección
iban sus extrañas costumbres, y el hecho de que en su casa no hubieran mujeres parecía confirmar sus sospechas.
­—Es asombroso lo que ha logrado en este pueblo. ¿Qué obtiene
usted a cambio?
—Se lo dije —contestó con altanería en su voz—, obtengo paz y
tranquilidad. Obtengo la libertad de actuar como yo quiero, sin ser
juzgado por la sociedad ni por nadie.
Y de nuevo la mirada insinuante que alteró los nervios de Bernabé. Disimuló la risa nerviosa mientras admiraba la enorme librería de
don Macario.
—Debe tener mucho tiempo para leer.
—He leído la mayoría de estos libros, los otros aún esperan que los elija. Cuando no se tienen preocupaciones queda mucho tiempo para leer.
Es la única forma que tengo de vivir tantas vidas que no podré disfrutar.
Bernabé no pudo comprender lo que le decía, pero hablaba con
tanta pasión sobre su lectura que le provocó el querer comenzar con
cualquiera de los libros que allí descansaban.
La llegada de un mozo interrumpió la conversación y la visita. Bernabé lo agradeció porque ya comenzaba a sentirse incómodo en presencia del misterioso don Macario.
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Susanita

A

l regresar a la casa encontró a Susana en la cocina, picando
un poco de las sobras del desayuno (tan abundante como todas las comidas). Cuando lo vio entrar, intentó disimular sus
acciones pero ya era tarde.
—Si tiene hambre debería comer. Realmente me preguntaba cómo sobrevivía comiendo tan poco.
—Es la única forma de sobrevivir —murmuró y Bernabé, que tenía un buen oído, logró escucharlo con bastante claridad.
Iba a preguntarle, pero doña Sara entró llamando a su hija y la envió a hacer algún mandado al pueblo. Bernabé la persiguió por largo
rato hasta que ella le dejó darle alcance.
—¿Por qué me sigue?
—Quiero hablar con usted —contestó casi sin aliento. La joven
era muy ágil y él no estaba en buena forma. Incluso él parecía encajar
más en aquel pueblo que Susanita.
—¿Por qué?
—Es que usted se porta de forma misteriosa y atrae todas las preguntas hacia su persona.
Ella continuó caminando a paso veloz, aunque Bernabé ya estaba
sin aliento y hacía un esfuerzo extra para tratar de hablarle.
—No entiendo qué clase de preguntas.
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—Sólo mírese. A pesar de vivir en un lugar donde a nadie se le
juzga por su apariencia, usted está empeñada en matarse de hambre.
¿Por qué?
—No lo hago por gusto —refunfuñó.
—Y esa costumbre de contestar entre dientes es otro aspecto misterioso. ¿Qué es lo que oculta?
Susana se detuvo
—Mire, Bernabé. Yo que usted buscaba la forma de salir del pueblo lo antes posible, antes de que se involucre demasiado en algo que
no le guste.
—¿Por qué me dice eso, Susanita?
Ella parecía dispuesta a hablar ahora que tenía toda la atención del
visitante, pero la misteriosa cercanía de otras personas parecía intimidarla.
—Solo digo que las cosas no son como parecen. Si me disculpa,
tengo cosas que hacer y andar aguardando su paso me retrasa demasiado.
Su andar era ágil, como el de un gato, mientras se alejaba con velocidad de donde Bernabé trataba de evitar las miradas de los transeúntes de aquella calle.

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El Cementerio

E

stando fuera de la casa, decidió que seria bueno ir a dar un paseo por todo el pueblo y sus alrededores. Sus vacaciones durarían solo unos días mas, cuando el chofer regresara a recogerlo. Mientras, aprovecharía todo su tiempo al aire libre. Siguió la calle
principal hasta atravesar el pueblo y llegó al sitio donde se encontraba la iglesia, abandonada y casi en ruinas. Ningún cura podía entrar
al pueblo, esa fue una de las condiciones impuestas por don Macario,
pero Bernabé aún no conocía esta historia.
Junto a la iglesia se encontraba el cementerio, el cual parecía bastante poblado y no le parecía extraño si se consideraba la dura época
por la que tuvo que pasar la villa.
Lo de pasear por los cementerios le parecía algo escabroso, aunque
él solía hacerlo con sus primos cuando eran niños. Encontraba una
extraña distracción en leer las fechas de nacimiento y muerte de las
lápidas y calcular la edad. Luego se entretenía inventando las circunstancias de su fallecimiento.
Comenzó a leer las fechas en las lápidas. De 1930 al 45, 15 años...
época de hambruna. De 1925 al 48, 23 años y mas o menos la misma
época.
—Del 1 de Enero de 1930 al 30 de Julio de 1955. Vaya, eso es reciente y sólo tenía 25 años —comentó al ver la lápida de un joven—
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¿De qué habrá muerto? Quizá alguna enfermedad que el doctor del
pueblo no pudo curar y como están tan aislados...
Siguió observando lápidas. De 1912 al 54, 42 años. De 1916 al
40, 24 años... algún accidente.
—Del 6 de Marzo de 1925 al 30 de Abril de 1950. Otro de 25
años... y esta otra es del 4 de Febrero de 1926 al 30 de Noviembre de
1951.
Habían demasiadas muertes en día 30 del mes, lo que comenzaba a resultar sospechoso. Todos jóvenes, de 23 a 26 años. Bernabé comenzó a sospechar de lo que sucedía, sin embargo, tantas conjeturas
no le servían de nada sin información.
Recorrió el mismo camino que antes para regresar a la casa, donde
descansó por el resto del día hasta que lo llamaron para disfrutar de
otra abundante cena de la que Susanita no probó más que unos pocos bocados.

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La Fiesta

E

l alboroto al día siguiente fue provocado por una noticia que
alcanzó a todo el pueblo en cuestión de segundos. Don Macario ofrecería una fiesta en honor al huésped del pueblo y al
menos un representante de cada familia estaba invitado. Susanita fue
la elegida de su casa pues podría servirle de compañía a Bernabé durante la fiesta y así fueron varios los escogidos para asistir.
El día de la fiesta, Bernabé se levantó temprano y alistó sus mejores ropas para asistir a la cena que prometía ser un festín, a juzgar
por la expectativa de la gente. Todos se preguntaban qué serviría don
Macario para la cena y se observaban como esperando que alguien
supiera la respuesta.
Susanita, por el contrario, lucía molesta por todo el alboroto y se
rehusó a vestirse mejor que lo que acostumbraba. Por mucho que doña Sara la regaño, Susanita se puso el mismo vestido sencillo que le
había visto usar un par de veces ya desde que estaba en el pueblo.
Sin embargo, doña Sara estaba un poco menos dispuesta a discutir
con su hija, y la joven parecía ocultar algo que ninguna de las dos expresaba más que con su mirada.
Habían al menos 100 personas en un enorme salón de la mansión
de don Macario, la mayoría lo saludaba con cordialidad, aunque notaba cierta tensión en el ambiente.
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Algunos se comportaron hostiles y cuchicheaban a sus espaldas.
Estaba acostumbrado a que, por ser el hijo del dueño de la textilera,
los demás se pusieran a murmurar sobre su autoridad en la compañía,
sin embargo, no comprendía por qué la gente que ni siquiera había
cruzado palabra con él pudiera tener algo que comentar en su contra.
La hora de la cena llegó y todos fueron llevados a una mesa que
parecía no tener fin. Bernabé, Susanita y don Macario ocuparon los
lugares privilegiados a la cabeza de la mesa.
Fueron servidos de un festín con la sazón más deliciosa que Bernabé hubiera probado en toda su vida, pero lo más sobresaliente fue el
asado que les sirvieron como plato principal. La carne era tan tierna y
tenía un sabor tan peculiar.
—Esto es realmente delicioso —comentó Bernabé.
—Es cuestión de saber escoger el ejemplar mejor cuidado y el resto es trabajo de mi chef.
Los cubiertos tintineaban contra los platos, todos comían lentamente y parecían no estar disfrutando el festín cuando era el bocado
más delicioso que Bernabé hubiera probado.
Sólo una persona no comía en toda la mesa y esa era Susanita. Don
Macario no desaprovechó la oportunidad de hacer algún comentario.
—¿Insiste en que es vegetariana, Susanita?
—Y lo seré toda mi vida —contestó automáticamente.
—No sabe de lo que se pierde.
La muchacha sólo gruño y continuó apenas mordisqueando bocados de la ensalada que contenía su plato.
La tensión en el ambiente era cada vez más densa y llena de misterio. La mirada de los comensales era misteriosa, acusadora o retadora, pero todos lo miraban a él, a don Macario y a Susanita con la misma fijación.
La noche terminó envuelta en un manto de misterio.
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Vegetariana

M

i hermano también es vegetariano y no crea usted que es
un mero capricho. Existe una razón muy poderosa que
me hizo tomar la decisión de no volver a probar un bocado de carne en mi vida, pero me temo que si se la cuento podría causarle una impresión demasiado desagradable. A veces es mejor no saber la verdad para poder vivir tranquilos, ¿no lo cree usted?
Será mejor que se marche cuanto antes y se olvide de que alguna vez existió un pueblo llamado San Cirilo del Monte. Olvide todo
cuanto vio y escuchó aquí, le aseguro que tendrá una vida tranquila si
nunca más vuelve a pensar en nosotros.
San Cirilo del Monte es un pueblo que está destinado a desaparecer y que ha comprado la prolongación de su vida a un precio muy alto. Un pueblo condenado no es más que eso. Márchese usted y viva
feliz.
No, Bernabé, no estoy exagerando. ¿Qué tiene que ver el pueblo
con que yo sea vegetariana? Porque los he visto comer la carne llenos de remordimiento y no hacer nada para evitarlo. Lo que hacen es
muy cruel no importa cómo quieran pintarlo. Que es bueno, que no
es solo un capricho, que esto, aquello o lo otro. Sus excusas ni ellos
mismos se las creen. Es una barbarie y nadie puede negarlo.
¿Vio como nos miraban todos durante la cena? A usted por ser el
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extranjero, a don Macario por su forma de ser y a mí por ser la única
en romper con los estigmas que nos han impuesto.
No, pero no crea que me molesta que me miren. Me molesta que
todos ellos quisieran hacer lo mismo y no se atreven. ¿Cómo sé eso?
Lo leo en sus miradas, están ansiosos de levantarse y protestar, pero
no pueden. Le tienen demasiado miedo a don Macario.
Sí, él tiene mucho que ver en todo esto. Pero le digo, es mejor no
saber ciertas cosas. Así usted podrá vivir tranquilo.

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Terror

U

na turba sorprendió a Bernabé en su habitación a eso de las
11 de la noche, cuando ya se encontraba durmiendo. Lo
que lo despertó fue la voz de doña Sara que decía «aquí lo
tengo» y luego el golpe de la puerta al abrirse y chocar contra la pared.
Ni siquiera supo cual era la razón de todo el alboroto y por más
que solicitó una respuesta, ninguno se tomó la molestia de ponerle atención mientras lo ataban con una gruesa cuerda y lo llevaban
arrastrado hacia la mansión de don Macario.
El misterioso señor los recibió en la puerta de la casa e intercambió algunas palabras con un miembro del pueblo que se ofreció de
representante. De vez en cuando lanzaban miradas sospechosas hacia
Bernabé que aún insistía en solicitar una explicación a su inusual secuestro.
Don Macario hizo un gesto de afirmación con la cabeza y la muchedumbre se aprestó a llevar al confundido Bernabé a un cuarto oscuro donde después de desatarlo, lo lanzaron dentro y cerraron
la puerta detrás de él. Había una grieta por debajo de la puerta por
donde apenas pasaba un rayo de luz que no era suficiente para revelar
el contenido del improvisado calabozo.
No obstante, el olfato y el tacto le dieron suficientes pistas para
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entender qué era aquel lugar tan tenebroso.
El suelo estaba húmedo y como lo habían llevado descalzo, podía sentir con las plantas de los pies la sensación pegajosa y resbaladiza de algún líquido viscoso mezclado con el polvillo que entraba del patio.
El aroma fue mucho más revelador porque le explicó la humedad
del suelo. Conocía bien ese aroma porque en la textilera muchas veces le tocó recibir los cargamentos de pieles. El olor era el de la muerte, el de la descomposición de la carne, y el líquido en el suelo debía
ser de la sangre que destilaba de las víctimas.
Estaba en el destazadero.
Respirar el aire viciado por tanto tiempo provocó que Bernabé
sintiera náuseas y vomitara, lo que sólo empeoró el aroma y devolvió
varias veces hasta que su estómago estuvo completamente vacío. 
Se sentía desesperado, al borde de un ataque de pánico. Necesitaba
moverse pero no hacía más que tropezar con trozos gelatinosos de algo que no quería reconocer y de deslizarse por la humedad del suelo.
Para tratar de recuperar un poco la cordura, se acercó a la puerta y
se echó a tierra con la nariz lo más cerca que pudo a la grieta que dejaba entrar el aire al calabozo. El aire puro le despejó la mente y repasó lo sucedido esa noche.

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Desesperación

N

o tenía idea de cuantas horas habían pasado desde que se
encontraba encerrado en aquel cuarto. Las arcadas aún no
desaparecían del todo, pero su estómago estaba vacío. ¿Qué
hacía allí y cómo podría salir? Nada tenía sentido, ni siquiera tenía
una pista de la razón del comportamiento del pueblo si todos fueron
muy cordiales con él durante su estancia, excepto la noche de la fiesta de don Macario.
Incluso le sorprendió la tranquilidad con la que el tipo se había tomado la turba, pero aún más la disposición de doña Sara para entregarlo.
Las cosas en la casa de doña Sara habían estado mucho más extrañas luego de que conversó con Susanita sobre sus razones para ser vegetariana, aquella misma noche cuando regresaban de la fiesta.
A la mañana siguiente se sorprendió de la ausencia de Jacinto y la
mirada llorosa de Susanita. Doña Sara lucía molesta, pero no dejó de
tratar con cortesía a Bernabé mientras le servía el abundante desayuno. Con esas comidas, Bernabé ya había ganado un par de libras.
La explicación de la señora fue que Jacinto se encontraba en el
campo, cultivando algunas frutas para el mercado. La de Susanita fue
que se había desvelado leyendo y ahora le dolían los ojos.
Casi pudo notar la ira en la mirada de doña Sara cada vez que
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mencionaba algo sobre la fiesta, pero creyó que se trataba por celos a
que alabara tanto la comida del chef de don Macario.
Un ruido lo sacó de sus pensamientos. Alguien abría el candado
que mantenía la puerta en su lugar, pero parecía tener dificultades.
El cerrojo no cedió, pero el visitante optó por los golpes, y tras dos o
tres, la puerta ya se encontraba abierta y Bernabé se lanzó al aire puro
como quien sale de un tanque de agua.
—¿Sabe conducir? —preguntó la voz que él reconoció de inmediato. Era la joven Susanita que al no recibir respuesta, no tuvo otra
opción que insistir con desesperación—. Le pregunté que si sabe
conducir.
—Sí —respondió aún jadeando.
—Venga, será mejor que corramos antes de que descubran que lo
saqué de allí.
La joven tenía más fuerza de la que aparentaba y jaló a Bernabé del
brazo hasta llevarlo al lugar donde don Macario mantenía un par de
autos que casi no usaba.
Del bolsillo de su suéter sacó una llave y se la entregó a Bernabé.
—Apresúrese, debemos irnos cuanto antes.
Con fe ciega, Bernabé obedeció las órdenes de la joven.

26

Escape

A

celere, acelere... nadie debe darnos alcance. Los caballos no
serán tan rápidos como el auto si usted acelera, además nadie tiene preparadas las monturas a esta hora, me encargué
de verificarlo.
Bernabé apenas entendía lo que Susanita le gritaba mientras cruzaban el pueblo a toda velocidad. Por un par de horas fue obedeciendo ciegamente a las instrucciones de la joven que lo llevaron hasta la
carretera principal que lo llevaría de vuelta a la civilización que él conocía y a la que pertenecía.
Susanita suspiró aliviada una vez se encontraron entre tanta gente y pudieron parar en un pueblo por provisiones y ropa para Bernabé, ya que Susanita sólo había tenido el tino de sacar sus documentos
personales y el dinero que encontró en las valijas.
Una vez pudo asearse, Bernabé encaró a Susanita en busca de una
explicación.
—Hubiera sido mejor que no se enterara —le dijo—, pero se involucró usted demasiado y ahora no hay vuelta atrás…
»Usted sabe que San Cirilo del Monte estaba condenado a desaparecer. Ya nadie podía ayudarnos hasta que llegó don Macario y
habló con todos nuestros padres. Aceptaron ciegamente su ayuda sin
pensar en las consecuencias. Iban a morir de todas formas, qué im27

portaba si lograban aplazar sus muertes por meses... quizá años.
Don Macario ayudó al pueblo y a cambio sólo pidió poder ser
complacido en uno de sus extravagantes gustos. El 30 de cada mes organiza una fiesta e invita a un miembro de cada familia a degustar el
banquete que prepara su chef.
—No entiendo qué tiene de malo eso, y la verdad no le entiendo
todavía nada de lo que me ha explicado.
—Pobre Bernabé. sería mejor que no se enterara pero ya es demasiado tarde. Verá, yo lo supe desde siempre. La noche que don Macario fue a hablar con mi madre, yo me acerqué en silencio a la puerta y
los escuché conversar.

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Trato Macabro

V

erá, doña Sara —dijo él con aire petulante— ya que me voy a
tomar tantas molestias por salvar sus vidas, merezco que me
den algo a cambio de igual valor.
—Don Macario, no quiero que me tome de mal agradecida, pero
soy muy pobre y acabo de quedarme viuda, no tengo nada con lo que
pueda pagarle.
—Sí lo hay. Depende de usted aceptar o negarse, pero entenderá
que mi ayuda tiene un precio.
—Dígalo y veré si estoy en condiciones de pagarlo.
—Verá, yo soy amante de la buena cocina y mi chef prepara la comida más deliciosa que pueda usted imaginar. Sin embargo, me hacen falta ingredientes para satisfacer mi delicado paladar. —Su voz
sonaba macabra.
—¿Y cómo puedo contribuir a eso? —La voz de mi madre temblaba.
—Le daré a escoger. Sus hijos son aún unos niños, pero cuando
sean mayores puede entregármelos para mis banquetes. Es un buen
precio por prolongar sus vidas un poco más, ¿no cree?
Oí cómo mi madre pegaba un grito que fue ahogado por alguna
mano, dudo que haya sido ella. Don Macario debía estar preparado
para que las personas reaccionaran de esa forma y aleccionó a los sir29

vientes que le acompañaban. Él continuó hablando como si nada hubiera sucedido.
—No grite, despertará a sus hijos. No diga nada hasta que escuche mi segunda propuesta. —Los chillidos sonaban más apagados—.
Voy a traer a algunos niños huérfanos y necesito familias que los cuiden, que los críen para cuando tengan la edad de sacrificarlos.
Los gritos ahogados de mi madre se seguían escuchando, pero él
permanecía muy tranquilo. Al fin, mi madre pudo hablar.
—¡Qué clase de monstruo es usted!  ¿Cómo puede hablar con
tanta tranquilidad de comer la carne de un joven? Trata a las personas como si fueran ganado.
—Nunca probará carne más exquisita que la de un ser humano, se
lo aseguro.
—¡Monstruo, demonio hijo de puta! —Jamás escuché a mi madre
hablar de esa manera—. Ni crea que podrá convencer a nadie de que
colabore con esa salvajada.
—No responda esta noche. Tiene hasta el final de la semana para decidir si prefiere ver a sus hijos morir ahora o alargar sus vidas a
cambio de un servicio a mi persona.
No sé si mi madre hubiera aceptado si no hubiera sido porque
mi hermano enfermó un par de días después y al verlo al borde de la
muerte corrió a pedir la ayuda de don Macario.
Jacinto era el último de los niños que don Macario llevó al pueblo
y pronto comenzaría a reclamar las vidas de los jóvenes que viven en
San Cirilo del Monte. Me temo, Bernabé, que Jacinto no estaba en
el campo como mi madre le hizo creer. La noche de la fiesta, el plato
principal...

30

Decisiones

C

uando Bernabé despertó de su desmayo, Susanita le colocaba un paño con agua sobre la frente. De alguna forma se había arreglado para llevarlo a la habitación del hotel donde se
detuvieron.
—¿Se encuentra mejor? Por eso le dije que sería mejor que no se
enterara de ciertas cosas.
—Pero, Susanita... ¿por qué nadie dice nada?
—Todos han comido, todos han sido cómplices. Al inicio lo hicieron por temor a volver a la pobreza, muchas familias que no aceptaron las condiciones de don Macario desaparecieron por el hambre o
las enfermedades que los aquejaban. El miedo los calló al inicio, ahora están demasiado involucrados como para atreverse a hablar.
Durante su sueño, Bernabé tuvo tiempo de ordenar sus pensamientos y no cesó de hacer preguntas.
—Susanita, dígame la verdad. ¿Yo era la siguiente víctima?
Ella agachó la cabeza, aunque la frialdad con la que habló contrastaba con su actitud.
—Don Macario avisó que realizaría su usual fiesta del 30 de cada
mes y solicitó que le llevaran el sacrificio. La fiesta en su honor había
significado adelantar el turno de Jacinto y esperaban tener ese mes
para conseguir a la siguiente víctima que no tuviera nada que ver con
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las familias del pueblo, pero con la noticia todos creyeron que lo más
justo era sacrificarlo a usted.
—¿Por qué me salvó? ¿Por qué escapó conmigo?
—Porque ya había pensado en que el día que usted se marchara de
San Cirilo, yo me iría con usted. Por mucho tiempo tuve pena de dejar a mi madre sola allá, pero ella se hizo cómplice al entregar a Jacinto. Pobre, yo lo quería como si fuera mi hermano. Seguro ni supo
qué le pasó.
—¿Cómo consiguió la llave del auto de don Macario?
Susanita rió.
—Ser delgada no solo me da más agilidad sino que también me
deja entrar por barrotes que detendrían a cualquier otro en el pueblo.
Pero, Bernabé... ¿qué piensa hacer ahora que sabe toda la verdad sobre San Cirilo del Monte?
—¿Qué hará usted?
—Buscar a mi hermano. Tengo su dirección porque le escribo todas las semanas. Luego seguramente desapareceremos. No puedo decir nada, nunca probé un bocado de carne desde que supe del trato y
se lo conté a mi hermano, pero callamos por mucho tiempo y eso nos
convierte en cómplices.
— Si no le molesta, yo también callaré y si me lo permite, tomaré
el consejo que me dio y olvidaré que San Cirilo del Monte existió alguna vez.

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B

ernabé ayudó a Susanita a encontrar el lugar donde su hermano vivía y una vez estuvieron reunidos pudo regresar a casa de
su familia. El trauma de casi convertirse en la comida de todo
un pueblo lo hizo recapacitar las cosas y adoptar la vida vegetariana
como Susanita y su hermano. 
Se casó con doña Aura y trató de convencerla de criar a sus hijos
como vegetarianos, pero ella nunca pudo entender sus razones y él
prefería guardar silencio.
Lucía fue la única de sus nietas que siguió sus pasos, por eso don
Bernabé fue tan bien acogido en nuestra casa.
San Cirilo del Monte aún existe y es nuevamente un pueblo en decadencia. No hay jóvenes en todo el pueblo, don Macario recibió su
castigo y murió de un ataque al corazón; los más ancianos ahora no
tienen quien vele por ellos.
Posdata:
Algunos curiosos han ido en busca de San Cirilo del Monte cuando se enteran de esta historia. Nadie ha dicho donde queda exactamente, pero los rumores dicen que se han convertido en un pueblo
de caníbales y que poco a poco se han ido devorando unos a otros y
pronto no quedará nadie en toda la villa.
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