opinión

el observador
Martes 2 de diciembre de 2014

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Apocalípticos e integrados

E

n nuestra última
columna, y a propósito
de un importante paso
dado por Perú en el
proceso de ingreso a la
Organización para la Cooperación
y el Desarrollo Económicos (OCDE),
volvimos sobre una posición que
sostenemos desde hace ya varios
años: que Uruguay debería seguir el
mismo camino que hoy siguen Perú
y Colombia, como antes lo hizo
Chile, y proponerse seriamente
ingresar a la OCDE (“El camino del
inca”, 18/11/2014). Este camino es
el que han escogido los países más
pujantes de América del Sur, que no
por casualidad integran también
la Alianza del Pacífico, el bloque
comercial más pragmático y promisorio en nuestros días. Un grupo
de países que ha sabido dejar atrás
el lastre de la queja permanente y
fútil, y que, a diferencia de nuestra
región, autocomplaciente y nostálgica, mira hacia el desarrollo sin
ingenuidad ni sospecha conspirativa, consciente de que en el mundo
de hoy, quien pretenda prosperar,
individual o colectivamente, debe
estar dispuesto a medirse objetivamente con los mejores.
Pues apenas unos días después,
el 21 de noviembre pasado, tuvimos el honor de participar junto al
economista Gustavo Licandro en el
programa periodístico En la mira,
conducido por Gabriel Pereyra en
VTV. Allí discurrimos sobre este
asunto, e hicimos la distinción entre
dos perspectivas del fenómeno,
que entendemos crucial reiterar, de
modo de depurar el tema de ciertos
prejuicios que le suelen distorsionar.
Una primera perspectiva es la que
acabamos de describir, y articulamos en un libro publicado el año
pasado (Ser o no ser: Uruguay y su
camino a la OCDE, Universidad de
Montevideo). En resumidas cuentas: que Uruguay debe ser miembro
de la OCDE, habida cuenta de que
el proceso para lograrlo le servirá

The sótano
eduardo
espina
eduardoespina2003@yahoo.com

Por

carlos
loaiza
keel
Máster en
Tributación
y Derecho
Empresarial
(Harvard Law
School-Centro
de Estudios
Garrigues); doctor
en Derecho y
profesor de
Tributación
Internacional en
la Universidad de
Montevideo
@cloaizakeel

para emprender reformas estructurales imprescindibles en finanzas
públicas, modernización del Estado,
infraestructura, buen gobierno corporativo, educación y medioambiente. En todos estos temas, la OCDE
no solo representa la vanguardia,
sino que además puede revelarse
como herramienta eficaz, tanto en lo
externo –por su régimen de presión
por pares, que le ha dotado de singular coercibilidad internacional–,
como en lo interno, permitiendo que
un gobierno de centro-izquierda
emprenda reformas sensibles, conteniendo al mismo tiempo radicalismos ideológicos, como dejó claro
el fenomenal proceso seguido por la
Concertación en Chile.

Pero fuera de la anterior tesis, de
la que seguimos persuadidos, una
segunda perspectiva es la estrictamente tributaria, que merece
capítulo especial: no podemos
desconocer que la OCDE, salvo para
un grupo de iniciados, ha irrumpido
ante Uruguay y su opinión pública
como el órgano que a partir de 2009
cumple con las invectivas del G 20
en su lucha contra la evasión fiscal,
habiendo colocado a nuestro país en
más de una ocasión en una posición
comprometida, y habiéndole obligado a introducir una serie de modificaciones normativas relevantes en
materia tributaria, algunas de ellas
un tanto traumáticas, como es el
caso de la flexibilización del secreto

Chespirito presidente

E

n una época, décadas de
1980 y de 1990, hice la
cobertura periodística de
varias campañas presidenciales
en diferentes países, algunas
de las cuales quedaron en la
historia, no necesariamente por
el destaque intelectual de los
candidatos sino por los resultados inesperados que trajeron las
urnas. En la mayoría constaté lo
mismo: la ausencia casi absoluta
de sustancia de fondo y la proliferación de discursos de sorprendente mediocridad y, por lo tanto,

rápidamente olvidables. Basta
revisar los grandes, memorables,
discursos de Franklin Delano
Roosevelt, emitidos durante las
diferentes campañas presidenciales en las que participó, para
comprobar la pobreza intelectual
de los políticos de nuestros tiempos. No conozco excepciones.
Cada nueva campaña, donde sea,
es de una chatura supina, como
si cada una quisiera ser peor que
las anteriores. En agosto de 1994
cubrí la elección presidencial en
México, en donde competían los

candidatos Ernesto Zedillo, del
Partido Revolucionario Institucional; Diego Fernández de Cevallos, del Partido Acción Nacional;
y Cuauhtémoc Cárdenas, del
Partido de la Revolución Democrática. El primero salió electo
con el 48,69% de los votos, contra
25,92 % y 16,59% de los otros dos,
respectivamente. Resultó muy
problemático hacer la cobertura
con entusiasmo, por la simple
razón que la falta de ideas, visión
y retórica inteligente de los candidatos superaba lo imaginable.
El espíritu de la época, esto es, la
falta de grandeza intelectual en
las justas políticas, comenzaba a
extenderse con impune facilidad

bancario o la firma del acuerdo de
intercambio de información tributaria con Argentina.
Sobre esta segunda perspectiva,
como ya hemos expresado, respetamos posturas honestas como la
expuesta con claridad por Licandro,
que hacen hincapié en los riesgos
que representa la sumisión absoluta
a las exigencias de la OCDE.
Pero a nuestro juicio, hoy Uruguay no puede presentarse al mundo
como un país que protege la opacidad ni nadar a contracorriente,
llamando así más la atención y
poniendo en juego su bien ganada
reputación internacional –nadie ha
escapado a esta corriente mundial,
ni siquiera Suiza, que tiene mucho
más en juego–. Debe en cambio reconocer inteligentemente su debilidad
relativa y, en un ejercicio de realpolitik, ganar tiempo, seguir orientando
su sistema hacia uno que privilegia
la transparencia y la recepción de
Inversión Extranjera Directa, sin por
ello dejar de dar importancia a su rol
como centro regional de servicios.
Es el rumbo que siguen las jurisdicciones denominadas hoy como
mid-shores, como es el caso de Hong
Kong, modelo financiero y logístico
para toda Asia. Y todo ello, además,
aprovechando este nuevo escenario
de transparencia y profusa información también en favor del contribuyente: disminuyendo los períodos de
inspección y prescripción, permitiendo deducir gastos en la imposición a la renta o creando justicia
especializada, entre otras medidas.
Hemos conocido la peor cara
de la OCDE, quién lo duda; ahora deberíamos aventurarnos sin
complejos a disfrutar de sus mieles.
Está en nosotros elegir, tomando las
célebres categorías de Umberto Eco:
¿Seremos apocalípticos, mirando al
mundo desarrollado con un recelo
paralizante, o integrados, reconociéndole sin ingenuidad, y adaptándonos con agilidad e inteligencia a
sus desafíos y oportunidades? l

a todos los espectros ideológicos
de las contiendas latinoamericanas. Ya entonces despuntaba una
característica que llega invicta al
presente: la retórica maniqueísta
y vacía, carente de argumentos,
pero sobre todo de algo que también en política es fundamental:
inspiración. Intentando remediar
la situación con algún comentario inteligente surgido en medio
de aquel fárrago de nadería,
entrevisté a varios escritores
mexicanos para conocer sus opiniones sobre la calidad de la justa
electoral y uno de ellos dio en la
tecla al comentar: “Si Chespirito
fuera candidato, saldría electo
presidente”. l

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