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Entrevista central: Gerardo Caetano. "El terrorismo de Estado formó parte de un proyecto político.

Entrevista central: Gerardo Caetano. "El terrorismo de Estado formó parte de un proyecto político. Inserto en

Inserto en un proceso de revisión del pasado reciente, el próximo 27 de junio se cumplen cuarenta años de la dictadura cívico militar que asoló al país por 13 años, dejando secuelas que hasta hoy cuesta desentrañar. Para recordar y echar luz sobre ese oscuro período fuimos al encuentro del historiador e investigador Gerardo Caetano. Apelamos a su conocimiento y lucidez para repasar las causas de la ruptura del orden democrático, los hechos más significativos que marcaron el accionar de las Fuerzas Armadas, la incidencia de los principales protagonistas de esta época, que en muchos casos siguen siendo figuras relevantes en nuestro escenario político.

Gerardo Mantero - Luis Vidal Giorgi

-El escenario anterior a la instalación de la dictadura estuvo pautado por la trilogía constituida por la crisis económica, social y política, tres factores que también han operado en la antesala de otros momentos cruciales de la historia.

-Yo recuerdo que César Aguiar decía: «Nos preguntamos por qué hubo golpe de Estado en el Uruguay de 1973, pero nos deberíamos preguntar primero por qué demoró tanto en haberlo». Un provocador inteligente. Su interpelación nos obligaba al ejercicio indispensable de referir un proceso que era mucho más largo.

Esos casi 20 años que separan el inicio de la crisis económica (que pronto desembocó en una polarización social manifiesta) y la efectivización final del golpe de Estado en 1973 fueron años de una búsqueda intensa por alcanzar una alternativa al modelo tradicional que estaba desafiado y agrietado. Los ensayos y búsquedas fueron muchos y muy diversos: el giro espectacular del electorado en las elecciones de 1958, la Reforma

Monetaria y Cambiaria del gobierno herrero-ruralista en 1959, el giro desarrollista del segundo colegiado blanco, la experiencia de la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico (CIDE), el proceso de la unificación sindical y el Congreso del Pueblo de 1965, el ajuste autoritario bajo el gobierno pachequista, los cambios fortísimos en los partidos con sus correspondencias programáticas (el viraje ideológico de la 15 y la nueva hegemonía de la derecha colorada, el descenso herrerista y la irrupción de una nueva mayoría renovadora en el P. Nacional liderada por Wilson Ferreira, los cambios

en la izquierda que ya son visibles en 1962 pero que luego convergen en la fundación inédita del Frente Amplio). También hubo cambios vigorosos en la Iglesia Católica y

dentro de las Iglesias Protestantes, en el empresariado, en las Fuerzas Armadas transformaciones locales que sintonizaban con procesos internacionales, tanto mundiales como regionales.

...

Eran

Lamentablemente, la afanosa búsqueda del cambio (por derecha o por izquierda) se dio en forma paralela a una erosión de las convicciones democráticas en muchos actores de relevancia. Se buscaba desempatar, superar el estancamiento económico y la polarización social con una inflexión dramática. Hay que recordar que esto no sólo pasó entre los jóvenes ni en la izquierda revolucionaria. La emergencia del MLN fue sin duda la manifestación más espectacular de la irrupción del violentismo político en el país, pero por cierto no nació por generación espontánea ni fue una manifestación aislada. Y este señalamiento no implica exculpación ni justificación alguna. Las derechas de ambos partidos tradicionales, algunos líderes empresariales, grupos conservadores de diversa índole, también participaron de derivas autoritarias y deslealtades al juego democrático.

También hubo violentismo temprano por derecha. El avance de las nuevas dictaduras de la Doctrina de la Seguridad Nacional, promovidas directamente por los EEUU, ya tuvo un formidable anticipo con el golpe de Estado en Brasil en 1964. Las democracias latinoamericanas, también la uruguaya, ya evidenciaban grietas antes de las experiencias

guerrilleras. El Ejército uruguayo ya desde los años ’50 venía viviendo un proceso de pentagonización, en su seno prosperaban nidos golpistas, con vínculos -débiles al

comienzo- en los partidos.

El MLN aceleró sin duda un proceso que ya se perfilaba, en

el que la democracia uruguaya sufría erosiones por lugares muy diversos.

Fue en ese

contexto, agravado por la polarización social, la crisis económica y el contexto internacional que irrumpió la violencia política. Fueron el MLN y otros grupos guerrilleros o violentistas dentro de la izquierda; pero tampoco debe olvidarse la violencia de la ultraderecha, con sus grupos armados, la JUP, los grupos paramilitares, el Escuadrón de la Muerte, la profundización de las formas represivas.

Si lo miramos desde una perspectiva más «larga» e internacional, si inscribimos -como se debe- la historia uruguaya en contextos más amplios, la pregunta de César Aguiar se vuelve muy pertinente. La democracia uruguaya buscó alternativas en forma denodada, pero perdió densidad institucional, perdió capacidad de negociación. Las lógicas autoritarias se hicieron muy presentes particularmente desde 1968 en adelante. Hubo en efecto un autoritarismo civil que precedió a la dictadura civil militar confirmada con el golpe de Estado en dos tiempos (febrero y junio) de 1973.

-Tú escribiste el libro (editado por Banda Oriental) «Breve historia de la dictadura» junto con José Rilla. Ustedes utilizan en él un diseño de análisis creado por el politólogo Luis Eduardo González, con el que distingue tres etapas claras: la primera de dictadura

comisarial (1973 - 1976), una segunda etapa denominada ensayo fundacional (hasta 1980) y la última, denominada transición democrática, que concluía formalmente con la

asunción de las autoridades legítimas en el ’85. De alguna manera ese esquema explica el desarrollo del proceso.

-Nosotros tomamos la pauta de periodificación de Luis Eduardo, pero lo hicimos con algunos cambios de interpretación. Hay uno que era muy relevante para nuestro

enfoque interpretativo.

Para nosotros el período 1980-1985 no fue la «transición

democrática» sino que fue la «dictadura transicional».

Ese discernimiento no era un matiz menor pues para nosotros la transición democrática realmente empezó con la reinstalación de las instituciones democráticas en febrero y marzo de 1985, luego de las elecciones con restricciones de noviembre de 1984. La transición democrática dominó la primera Presidencia del doctor Sanguinetti, epilogando en cierto modo -las transiciones terminan, más allá de sus cuentas pendientes- en 1989 con el referéndum sobre la Ley de Caducidad y las elecciones sin condicionamientos de noviembre de ese año.

Resulta también interesante advertir cómo los peores años de la represión, los años de profundización del terrorismo de Estado, coinciden con el tiempo de prevalencia de los «fundadores» y de su impulso dentro del régimen dictatorial (1975/76-1980). Ello nos recuerda algo fundamental: la práctica sistemática del terrorismo de Estado formaba parte de un proyecto político, social y económico.

El No de 1980 al proyecto de reforma constitucional de los militares y sus socios civiles marcó una inflexión importantísima en la dictadura, pero con él no empezó la transición a la democracia sino una dictadura distinta, en declive progresivo, en la cual dentro del

régimen comenzó a predominar la lógica transicional.

Álvarez no fue el presidente de

la transición, era sin duda un «fundador» que hizo todo lo posible para revertir la historia.

-Incluso se daban esas lógicas contrapuestas: pensemos en las negociaciones del Parque Hotel, que fueron en el ’83, y cómo paralelamente se llevó a cabo la represión a los estudiantes comunistas.

-Y eso también tenía que ver con Álvarez, que en ningún momento impulsó la

transición.

Por cierto que no era el único en esa postura pero él, como dictador desde el

1º de setiembre de 1981, fue un obstáculo para la transición. Él quería quedarse y bajo

ningún principio quería abandonar sus ambiciones de poder que siempre fueron muchas. Intentó crear el «partido del proceso», recordemos su convocatoria de Aceguá dirigida a los dirigentes blancos y colorados que habían apoyado a la dictadura y la opción del Sí en 1980.

De todos modos, una de las características del régimen dictatorial uruguayo fue que el Ejército en ningún momento, ni siquiera bajo la presidencia de Álvarez, estuvo unido detrás de un liderazgo militar, como lo pudo estar bajo Pinochet en Chile o bajo Videla en algún momento en Argentina. Aquí hubo un colegiado militar y en esa interna

militar existió una coexistencia de distintos énfasis. En términos de balance, podría decirse que los militares uruguayos fueron eficaces comisarios, muy malos fundadores y hábiles negociadores de la transición. Por cierto que en todas esas tareas tuvieron mucha ayuda de civiles.

-Recientemente se han editado libros que han revisado la conducta de los partidos políticos en cuanto a los hechos de febrero del ’73, los Comunicados 4 y 7. ¿Qué responsabilidad le adjudicas a los partidos políticos en el golpe de Estado?

-Yo creo que el «peruanismo», que apostaba a la expectativa de una suerte de reorientación progresista dentro del Ejército, fue un gravísimo error en el que incurrió

buena parte -por no decir una clara mayoría- de la izquierda.

En el P. Colorado, donde

hubo muy poco o nulo «peruanismo», fue donde hubo más apoyo directo al golpe de

Estado que finalmente se terminó de consolidar en junio.

En el P. Nacional,

Aguerrondo -quien concitó como candidato presidencial de la derecha blanca un tercio de los votos nacionalistas en 1971- fue uno de los grandes mentores ideológicos de la dictadura. O sea que defecciones, en términos de deslealtad o falta de convicción respecto a que lo que estaba en juego era la democracia, hubo en todos los partidos.

Ya en febrero de 1973 Bordaberry no podía convocar legítimamente a la defensa de las

instituciones democráticas.

Este es un error de interpretación en el que a menudo se

incurre: se dice que Bordaberry convoca a la ciudadanía y a los dirigentes políticos a

defender las instituciones en medio de la crisis de febrero de 1973 y a la plaza no va

nadie, lo que finalmente lo obliga a pactar con los militares.

Bordaberry ya entonces no

tenía legitimidad alguna para convocar a la ciudadanía y a los partidos. Por eso algunas lecturas que han hecho hincapié en que en realidad Bordaberry se convirtió al golpismo porque no tuvo apoyo en su convocatoria de febrero son, a mi juicio, equivocadas,

anacrónicas. Bordaberry nunca tuvo convicciones democráticas.

Él venía de una

ideología muy rara, era un integrista católico que, como luego confesó, nunca creyó en

la democracia ni en el liberalismo. Tenía una visión rarísima de la historia universal,

desde la que veía masones por todos lados y creía que el siglo XVIII, el Siglo de las

Luces, había sido el padre tanto del liberalismo como del marxismo.

Él no creía en los

partidos, él no creía en la democracia liberal. La gran pregunta es cómo pudo una figura como Juan María Bordaberry llegar a la Presidencia de la República por el P. Colorado en las elecciones de 1971, un hombre que venía de una tradición antiliberal y antidemocrática fortísima.

-Sin ningún tipo de carisma personal, además. -Sin carisma ni vocación ni experiencia políticas. Había estado en la Liga Federal de Acción Ruralista, a partir del acuerdo herrero-ruralista fue senador del PN entre 1963 y 1967, y luego en el período siguiente fue designado por Pacheco, primero como ministro y luego como su compañero de fórmula ante la eventualidad de la aprobación de la reforma reeleccionista, y como el candidato presidencial de la UCB si la reforma no prosperaba. Pacheco lo impuso con muy poco entusiasmo incluso dentro de la Unión Colorada y Batllista, donde veían a Bordaberry como un intruso, un outsider. Lo que ocurrió es que Pacheco lo eligió como generalmente lo han hecho los presidentes colorados: era un sucesor débil, una figura de bajo perfil que le permitiría seguir manteniendo influencia. Fue un enorme error, una decisión de una enorme responsabilidad histórica.

De modo que, efectivamente, yo creo que los partidos, que han sido los grandes actores de la democracia uruguaya, tuvieron de distintas maneras severas responsabilidades en su caída. Pero esa responsabilidad hay que contextualizarla. Hay que evitar lecturas políticas homogeneizadoras: no son las mismas las responsabilidades de la derecha colorada que hizo Presidente a Bordaberry, la de la derecha nacionalista que votó a Aguerrondo (que había sido el mentor de la logia golpista y ultranacionalista de los «Tenientes de Artigas») o las responsabilidades de los sectores frenteamplistas que respaldaron directa o indirectamente al MLN.

Vasconcellos, Wilson Ferreira o Seregni también cometieron errores en aquellos años difíciles, pero sus posturas siempre tuvieron la brújula prioritaria de buscar alternativas democráticas. De todos modos, lo que a cuarenta años de distancia puede señalarse con evidencia es que los dirigentes que en todo momento mantuvieron la brújula de que lo que estaba en juego era la democracia, y que sin ella las libertades ciudadanas y las causas populares quedaban inermes, fueron muy pocos. Hay que ver en Marcha la soledad de Quijano ...

-Algunos militares de izquierda, que conocían la interna de otra manera, lo advirtieron también ...

-El Gral. Pedro Aguerre, por ejemplo, en todo momento tuvo muy claro lo que estaba pasando y lo que iba a pasar. En febrero de 1973 él ya estaba preso y desde la cárcel bregaba por un enfrentamiento firme y decidido al golpe de Estado que ya se iniciaba.

Lamentablemente, su lucidez de entonces no pudo atravesar el espejismo de febrero, el de la falsa oposición «pueblo vs oligarquía» que ganó a la mayoría -aunque no a todos- los dirigentes de la izquierda. Pero reitero que hay que leer aquellos acontecimientos con rigor, sin anacronismo, sin proyectar lo que hoy sabemos todos pero que entonces sólo algunos pudieron prever.

-En tu libro revisas la relación del proceso con EEUU. Si bien hubo una injerencia comprobada en todas las dictadura del Cono Sur, está el papel que desempeñó el embajador Siracusa en Uruguay; también en 1976 se corta la ayuda militar luego de realizadas las denuncias por parte de Ferreira ante el Congreso de EEUU.

-En ese aspecto hay que ser muy claros. La desclasificación de los archivos diplomáticos norteamericanos ha puesto negro sobre blanco, mucho más de lo que se

suponía, la fuerte connivencia de EEUU en la promoción de las dictaduras de la

Seguridad Nacional de los ’60 y ’70 en toda la región.

También, digámoslo al pasar

pero es obligatorio su señalamiento, la apertura de los archivos soviéticos ha confirmado que el involucramiento directo de la Unión Soviética en los episodios de confrontación latinoamericana fue enorme. Sin embargo, su respaldo iba dirigido sobre todo a los Partidos Comunistas, con un gran recelo ante los movimientos foquistas y guerrilleros, que sí obtuvieron el respaldo oficial de Cuba, aunque con muchas menos posibilidades.

En ese marco, la intervención norteamericana en lo que juzgaba como «su patio trasero»

fue muchísimo más decisiva.

América Latina se había convertido en un territorio

caliente de la Guerra Fría en su momento más crítico.

En esa lógica, los EEUU no

tuvieron el más mínimo escrúpulo en respaldar a las dictaduras, como no lo tuvieron

antes en el asesoramiento a militares y policías en estrategias de contrainsurgencia que

incorporaban como instrumentos la tortura y el terrorismo de Estado.

El cambio de

posición de los gobiernos norteamericanos en defensa de los derechos humanos, en un

continente inundado de dictaduras terroristas, fue promovido después y en él tuvieron un rol fundamental grupos y asociaciones internacionales y norteamericanas que presionaron en ese sentido.

El Presidente Carter consolidó ese cambio durante su administración. Cuando Wilson Ferreira hace su célebre denuncia ante el Congreso norteamericano en 1976, luego del asesinato de Michelini y Gutiérrez Ruiz, las dictaduras latinoamericanas ya comenzaban a estar deslegitimadas. Ya habían hecho el trabajo sucio que los gobiernos

norteamericanos de las décadas anteriores les habían requerido.

Pero tampoco debe

olvidarse que Carter pierde las elecciones de 1980 nada menos que frente a Reagan y que con su derrota amainaron las presiones sobre las dictaduras.

De todos modos, el contexto internacional de los 80 ya no era el mismo y aun la derecha republicana no podía cohonestar la mera continuidad de esas dictaduras de la Seguridad Nacional. Pero no debe olvidarse la responsabilidad norteamericana en la promoción directa de los golpes de Estado en América Latina, precedida además por la pentagonización de las elites militares del continente y el asesoramiento en estrategias represivas de contrainsurgencia, prácticas que empezaron en la posguerra, desde fines de los 40.

-No recordamos ningún libro que haya hecho una revisión del papel de los medios de comunicación en la dictadura. -Muy pocos. Y lo digo desde la experiencia de haber leído sistemáticamente colecciones de publicaciones periódicas en sus ediciones bajo la dictadura. Simplemente convoco a que quien quiera saber vaya a leer y que lo haga teniendo la prevención de atender quién firmaba, cuándo firmaban -muchos de ellos todavía viven- y qué firmaban.

También, justo es decirlo, hubo personas que aun firmando mantuvieron posturas democráticas indubitables aun en los peores momentos. Y hubo también muchos, tal vez

la mayoría, que sin poder firmar siguieron estando en los medios para dar la batalla por

las libertades y la recuperación democrática.

En poco tiempo Banda Oriental va a

publicar un libro de Carlos Julio Pereyra en el que incorpora varias cartas inéditas de

Wilson Ferreira desde el exilio.

Hay que ver lo que dice Wilson Ferreira Aldunate

sobre la prédica del diario El País de aquellos años. Y hay que contrastar la veracidad absoluta de lo que él decía desde el exilio respecto a lo que estaba pasando en ese diario. Y por supuesto que me hago cargo de los contextos represivos de la época y que ése no

fue el único medio oficialista y amanuense con los dictadores.

Pero hay una distancia

enorme entre el oficialismo más absoluto respecto a las políticas e intereses de la

dictadura y la oposición sobria e inteligente que otros medios desarrollaron en aquellos años.

-Tú mencionas algunas columnas de Búsqueda en tu libro.

-Rilla y yo también leímos toda la colección de Búsqueda de aquellos años de la dictadura. Se impone advertir que siempre hubo un discernimiento entre los editoriales generales de Búsqueda (que no eran firmados) y los de columnistas, que sí firmaban y

se responsabilizaban por sus escritos.

Lo que nosotros señalamos es que hubo

editorialistas de Búsqueda, con nombre y apellido, que aprobaron la tortura, aprobaron

el sacrificio de la democracia en aras de afirmar la libertad económica, criticaron la política de derechos humanos hacia el Uruguay del gobierno de Carter, entre otras

barbaridades de ese estilo.

No fueron pocos ejemplos, quien se tome el trabajo de leer

la colección lo podrá confirmar.

Eran editorialistas específicos, algunos de ellos

integrantes del directorio de la publicación, que firmaban sus columnas.

Estas posturas extremistas no aparecían sin embargo en los editoriales que involucraban

al conjunto de la publicación y, con toda seguridad, no contaban con el acuerdo de todas

las autoridades del medio.

Hay que advertir también que la llegada a la dirección de

Búsqueda de Danilo Arbilla significó un giro muy importante de la publicación en

todos los aspectos. Búsqueda era una publicación hasta Arbilla y fue otra publicación

después de Arbilla.

Lo que uno puede encontrar después de Arbilla es una lógica

razonablemente democratiza-dora en lo político (dentro de las restricciones del momento), fuertemente liberal en lo económico, con coincidencias sobre este último aspecto respecto a algunas iniciativas del régimen y enfrentamiento en otros puntos.

En ocasión del cincuentenario de ANCAP, en 1981, Ramón Díaz debatió fuertemente con el Brigadier Borad, que era el presidente de la empresa pública, a propósito del rol del Estado en la economía. Pero eso entraba dentro de las posturas clásicas y legítimas de la publicación en temas económicos.

-Al final de la dictadura existieron también los medios opositores, como Opinar, Jaque, Correo de los viernes, los primeros semanarios de izquierda, Alternativa

Socialista, El Popular

que jugaron su papel importante.

... -Importantísimo. Tampoco está hecha una historia del rol de los medios de comunicación en las luchas por la transición democrática. Y eso es fundamental, es una historia en donde hay muy buenos ejemplos en todos los partidos. Están Opinar, Correo de los Viernes y Jaque en el Partido Colorado, aunque las páginas de estos semanarios

(lista a la que habría que sumar el suplemento La Semana de El Día y buena parte de sus editoriales de signo opositor) fueron hospitalarias para figuras de otras procedencias,

incluso de la izquierda.

Sobre todo Jaque resultó una gran revolución periodística para

la época, con aquellas antológicas contratapas de Maneco Flores Mora. Están La Democracia y Somos Idea, entre otros, en el P. Nacional, con el mismo signo de

apertura que las publicaciones coloradas.

Está la experiencia importantísima de los

semanarios demócratacristianos Opción (que fue luego clausurado) seguido por Aquí.

La Democracia Cristiana desde el año ’74 formalmente no integraba por decisión propia el Frente Amplio (FA). Pero eso no impidió que la Comisión por el voto en blanco (opción que también defendía Seregni desde la cárcel) encontrara cobijo en las páginas del primero de sus semanarios. Luego de 1983 comenzaron a irrumpir otras publicaciones semanales de izquierda (Asamblea, Dignidad, Las Bases, además de los citados), que se agregan a las publicaciones clandestinas que salieron aun en los peores

años, dentro y fuera de fronteras.

Este espacio de las publicaciones opositoras fue muy

importante y su historia, que es muy positiva porque permite recrear las solidaridades

democráticas que se creaban en aquellos años en clave transversal y multipartidaria, también está por hacerse.

A propósito de la instancia del voto en blanco de la izquierda en las elecciones internas de 1982, en aquella coyuntura la soledad de Seregni fue abrumadora (poco más de 85.000 votos cuando el FA había obtenido más de 300.000 en 1971 y obtendría más de

  • 400.000 en los comicios de 1984). Ése fue un factor que explica mucho la estrategia

que Seregni luego lideró a partir de los años ’83 y ’84, algo que se ve muy claramente en su documentación privada a la que accedí. El terrible impacto que le había generado la soledad del voto en blanco, la convicción de que varios de los sectores más importantes del FA habían optado por otras estrategias posfrentistas y que el FA, al menos en su configuración clásica, podía desparecer, fueron todos elementos que pesaron mucho en su visión sobre la salida y en las estrategias que impulsó y lideró a partir de su liberación en marzo de 1984.

Para Seregni toda transición que pusiera en riesgo la reconstrucción competitiva del FA era inaceptable. Eso lo llevó a liderar al FA (nunca Seregni «jefeó» tanto a su fuerza política como en 1984) en las circunstancias complicadas de las negociaciones de aquel año, que para mí terminaron en lo que no fue la mejor salida. Lo digo como ciudadano:

elecciones con candidatos y partidos proscriptos como la de 1984 distaban mucho de ser lo mejor para iniciar la nueva democracia que debía construirse.

-Otro jalón importante en la dictadura fue el plebiscito del ’80, que determinó un fracaso rotundo en cuanto a las pretensiones de los militares. Pero, releyendo las cifras, observamos que votó el 85% de los habilitados, haciéndolo en contra de la reforma

  • 885.824 ciudadanos (57,9%) y a favor del plebiscito votaron 643.858 (42%). Este

último dato también es relevante.

- Sin anacronismo uno puede decir que ese 42% no eran todos aliados del régimen. Había mucha gente con miedo, había mucha gente confundida. De todos modos, con la perspectiva de los años transcurridos, esa cifra era muy grande. Pero seamos claros en la

valoración: era más impactante aun el casi 87% de la votación sobre los habilitados y por supuesto que lo más excepcional fue el 56% que se pronunció por el No. Fue mi primera votación y la recuerdo con mucha emoción y orgullo. En medio de una dictadura feroz, con práctica sistemática del terrorismo de Estado, el pueblo uruguayo volvía a identificarse con la defensa de los valores democráticos irrenunciables. Cuando alguno dice con sarcasmo que el pueblo uruguayo solo es valiente en el cuarto secreto, recuerdo aquella magnífica jornada de 1980 y no dejo de valorar muy especialmente esa valentía. Constituye sin duda una de las efemérides más representativas y valiosas de nuestra historia. Todo esto no debe hacer olvidar el significado que podía tener ese 42%

del Sí en 1980.

Ese porcentaje era preocupante, entre otras cosas porque generaba la

ambición política de muchos que querían por todos los medios el continuismo bajo nuevos ropajes de la dictadura.

¿Qué buscaba Álvarez con la convocatoria del «partido del proceso», al que invitó a Pacheco y a Gallinal, los abanderados por el Sí desde los partidos tradicionales? Buscaba capitalizar ese 42% y, realmente, si lograba construir el partido del proceso con la derecha blanca y colorada que habían respaldado el Sí en el año ’80, y se quedaba con la mayoría de ese 42%, allí tal vez podía estar el próximo partido de gobierno. Porque el resto, ese 56% del No, estaba fuertemente fragmentado. Sin embargo, con el «diario del lunes», lo que uno ve es que el No del ’80 inició una dinámica en donde la pérdida de peso político por parte del régimen fue continua y permanente, profundizándose en 1982 y en 1984.

-En 1980 en Lavalleja ganó el Sí. -También en Rocha, Treinta y Tres, Rivera, Artigas, Soriano, Flores y Tacuarembó. Hay varios departamentos en los que hoy gobierna el FA donde en 1980 ganó el Sí. Cuando

veo algunas reflexiones arrebatadas sobre aquellos años me convenzo de que en el país se ha perdido mucha memoria sobre la historia reciente. Los últimos 30 años han sido de una transformación impresionante en muchos aspectos, con perfiles ni siquiera imaginables en 1980.

-Vayamos al Pacto del Club Naval, que fue un hecho determinante, que generó consecuencias posteriores en el proceso de salida de la dictadura. ¿Qué reflexión te merece este controvertido momento histórico?

-He escrito sobre esto, no es un tema que me interese recién ahora.

Con Rilla lo

planteamos en la «Breve historia de la dictadura»: se dieron múltiples circunstancias en las que todo confluyó para que quienes habían estado más juntos en la lucha directa contra la dictadura, sobre todo en la lucha política y social en la calle (los

frenteamplistas, la mayoría nacionalista wilsonista y una franja batllista del PC, la CBI) tomaran al final caminos no sólo divergentes sino hasta competitivos entre sí.

Las mayores afinidades que se habían afirmado en 1983, el año de las grandes movilizaciones antidictatoriales, el año del acto del Obelisco «Por un Uruguay sin proscripciones», se diluyeron en 1984 y fueron sustituidas por otros alineamientos bien

diferentes.

Muchos han advertido, y por cierto que constituye una hipótesis a

considerar, que las afinidades políticas y hasta ideológicas de frenteamplistas, wilsonistas y batllistas radicales los hacían inevitablemente competidores directos entre sí por el voto popular en los comicios de 1984. Parece muy razonable.

Pero también hay otras hipótesis con las que se puede interpelar aquella época devolviéndole contingencia histórica y quitándole determinismo: las afinidades políticas e ideológicas de esos sectores podrían haber prohijado otro tipo de salida, más rupturista contra la dictadura y sus condicionamientos, sin desmedro de que luego competirían en comicios nacionales sin partidos ni candidatos proscriptos. No es una hipótesis contrafáctica, implica interpelar -como diría mi maestro José Pedro Barrán- «lo que pasó» con lo que «pudo haber pasado».

Cada vez que investigo ese primer lustro largo de los ochenta me convenzo más que la hipótesis de que pudo haber otro modelo de salida triunfante, mucho más democrático y republicano, resulta una hipótesis plausible para interrogar y conocer mejor lo que pasó finalmente en aquellos años. Creo que entre el Acto del Obelisco y el Pacto del Club Naval se dieron múltiples circunstancias que no sólo pautaron el tipo de salida sino que en más de un sentido marcaron los 20 años siguientes de la vida política del país. Los colorados jugaron con mucha inteligencia sus cartas y la divergencia personal y política entre Wilson Ferreira y Seregni también marcó a fuego la salida de 1984 y los años siguientes, en particular las negociaciones por la Ley de Caducidad. Lo que quiero señalar es que repasando los años ochenta con rigor histórico, la hipótesis de que pudo haberse dado otra ecuación política e ideológica a la que finalmente se concretó en 1984 y en 1986, resulta no sólo plausible sino en más de un sentido indispensable.

No se trata de hacer «historia virtual» o «contrafáctica»; implica interpelar que la salida finalmente triunfante no era «la única posible» y mucho menos «la mejor». Pongo mi esperanza en la investigación histórica rigurosa para echar más luz y también más interrogantes genuinos sobre esa historia.

- En aquellos años se dio un viraje de mucha gente que apoyaba dentro del nacionalismo una opción de centro izquierda y, casi inmediatamente, apoyó a una corriente que estaba enfrentada al wilsonismo como era el lacallismo, ¿ese fenómeno habla de una debilidad ideológica del PN?

- La vida en aquellos años fue muy impiadosa con Wilson. Él murió en 1988, con una enfermedad devastadora que se le descubrió casi de inmediato a la muy difícil negociación de la Ley de Caducidad. Era el claro favorito para los comicios de 1989. No tuvo tiempo de hacer todo lo que pensaba, sobre éste y sobre otros temas. En cinco años, con mucha energía y capacidad, Lacalle cambió al P. Nacional. Aunque esto sí es contrafáctico, estoy seguro -lo digo como ciudadano- que como Presidente, Wilson Ferreira hubiera actuado distinto respecto al tema sensible de los desaparecidos, no hubiera aplicado la Ley de Caducidad en la forma totalmente abusiva como luego se hizo y el Partido Nacional no hubiera tomado el giro que tomó en los 90. Pero repito:

esto sí es contrafáctico y a los historiadores, con razón, no nos gusta este tipo de razonamientos.

-César Aguiar decía por entonces que el PC iba a desaparecer.

-Lo que pasa es que César siempre pensó en que se iba a recrear el bipartidismo. Es muy interesante ver cómo ha habido y hay muy diversos pronósticos de recreación del

bipartidismo.

Por ejemplo, Seregni siempre pensó en un nuevo bipartidismo, claro que

con la desaparición del PN. Él lo dijo en forma pública durante los años del primer gobierno de Sanguinetti: cuando entonces hablaba del nuevo bipartidismo pensaba en el FA y el PC, con una caída del PN, pues pensaba en una lógica de izquierda vs derecha y el FA competía electoralmente con el wilsonismo.

El tiempo se encargó de demostrar que era una valoración errónea, porque finalmente lo que vino fue el gobierno del PN, no el de Ferreira, sino el de Luis Alberto Lacalle. Cuando César hablaba bastante después de un nuevo bipartidismo pensaba en el PN como un nuevo partido conservador a la inglesa y en el FA como un partido laborista también a la inglesa. Eso tampoco ocurrió. Creo que los partidos han demostrado ser muy resistentes y que la lógica de los «dos bloques» es difícil que se traduzca en un nuevo bipartidismo. Blancos y colorados siguen siendo diferentes y no los veo fusionándose. Pero a menudo los actores no actúan racionalmente de acuerdo a sus intereses y terminan generando en su contra profecías autocumplidas. Por eso siempre hay que ser muy cauteloso a la hora de pensar futuros posibles hacia adelante.

-¿La Ley de Caducidad fue una claudicación ética?

-Creo que sí. Me cuesta mucho no pensarla de esa manera, porque la democracia es un sistema político que tiene algunos principios básicos que no son negociables: para mí, la justicia y la verdad frente a crímenes de lesa humanidad pertenecen a ese núcleo de valores. Por supuesto que era riesgoso en una transición difícil, con unas Fuerzas Armadas todavía amenazantes, apostar a que en una democracia genuina no podía aceptarse la «caducidad de la pretensión punitiva del Estado» frente a crímenes de esa envergadura. Sin embargo, entonces creí y sigo creyendo que los valores de la justicia y la verdad no son negociables. Buena parte de la literatura de la transición en América Latina se hizo bajo una lógica que luego la historia desmintió: la idea era que no había otra posibilidad que ceder justicia y verdad frente a la amenaza latente del retorno de las dictaduras. La historia ha desmentido ese enunciado que se ha probado fuertemente ideológico. Lo que no podía hacerse finalmente se hizo en muchos países, y eso, en lugar de cuestionar la vigencia de las instituciones democráticas, las fortaleció, porque

una democracia que se hace al precio de sacrificar la justicia y la verdad tiene una flaqueza ética fundamental. El terrorismo de Estado no deja indemnes a las sociedades sobre las que actúa. Las sociedades después del terrorismo de Estado no vuelven a ser las mismas, al igual que aquellas que han vivido un pasado traumático, una guerra civil, la violencia política. Para recrear esos tejidos sociales resulta imprescindible correr riesgos morales y también políticos. Por eso es tan importante preservar principios. El pueblo judío o el armenio, como tantos que han sufrido genocidio o violaciones terribles sobre los derechos humanos, lo han sabido enseñar muy bien: la justicia no es revancha. La justicia es la defensa de valores irrenunciables, éticos, y no hay lógicas posibilistas que nos puedan sortear esas exigencias. Y no digo todo esto minimizando los contextos dramáticos que los actores debieron enfrentar en la década de los 80. Pero una sociedad democrática no puede renunciar a esos principios sin sufrir consecuencias. La impunidad o el olvido impuesto corroen la moral social. Creo que Uruguay en más de un sentido sigue pagando los costos de una salida sin justicia ni verdad, de la que muchos incluso se ufanan calificándola como una transición ejemplar y hasta digna de emulación.

-Sanguinetti fue una figura importante que tuvo un papel decisivo tanto en el Pacto del Club Naval como, luego, siendo el impulsor de la ley de Caducidad. ¿Cuál es tu opinión sobre sus libros «La agonía de la democracia» y «La Reconquista»?

-El Dr. Sanguinetti es un gran político, de dimensión internacional. Es además muy

culto.

No tengo dudas sobre sus convicciones democráticas y sobre que fue un opositor

a la dictadura. No quiero agraviarlo. Cuando publicó ambos libros me impuse leerlos sin prejuicio y con especial cuidado. Quería comprender. Debo decir con honestidad que ambos, en particular el segundo sobre la transición, me defraudaron.

Por cierto que no los he leído como si fueran la obra de un historiador, que no es ni puede serlo, en especial sobre un pasado que lo tuvo como actor directo y especialmente comprometido. Sería injusto que leyera estos libros como si fueran la obra de un historiador y desde allí marcara sus inconsecuencias, errores y omisiones en relación a las exigencias específicas de un oficio que no es el suyo. No tomé ese atajo perezoso. He leído sus dos obras como un documento político, hecho por un político, que incluso hace política cuando disputa legítimamente el relato de procesos que lo tuvieron como

actor principal, en especial en los tiempos de la transición.

Fue el gran triunfador del

pleito de la transición, en la que prevaleció su modelo. El que triunfó no era el modelo

de Líber Seregni, y mucho menos el de Wilson Ferreira. En una defensa sin fisuras del mismo, en su relato él ha tratado de reconstruir el preludio del golpe de Estado y luego el curso de la transición.

Es muy sintomático que se haya salteado el tramo fundamental de los años más duros de la dictadura, no porque tuviera responsabilidades con ella, que no las tuvo, sino porque las claves de su narración y de su interpretación perdían toda persuasividad en relación a

lo ocurrido entre 1973 y 1980.

En «La agonía de la democracia» responsabiliza casi en

exclusividad al MLN de ser el causante de la dictadura, enfatizando también sobre las

responsabilidades del sindicalismo y de la izquierda política.

En contrapartida

reivindica el carácter inalterablemente democrático del gobierno pachequista, negando

su perfil autoritario y sus desbordes represivos, siendo muy crítico con aquellos dirigentes que se opusieron duramente a Pacheco (entre ellos Wilson Ferreira).

Su

visión exalta en todo momento el rol jugado por el Partido Colorado y no hace especial hincapié en el golpismo militar ni en el violentismo de la derecha radical, en particular

del Escuadrón de la Muerte, del que prácticamente no habla.

En su libro sobre la

transición presenta la salida finalmente negociada no sólo como la única posible sino como un modelo virtuoso y ejemplar, inspirado en la trayectoria española. Reivindica sin la menor autocrítica su rol en todo el proceso, al tiempo que sobredimensiona el escenario de las negociaciones y menoscaba en forma paralela el papel de la resistencia social y política.

Sorprende en verdad la visión que da sobre la acción y las propuestas de Wilson Ferreira en toda la coyuntura, presentándolo casi como un exaltado que no manejaba la realidad y que se dejaba llevar por sus pasiones. Nuevamente abunda la autocomplacencia y la

exaltación acrítica sobre el rol jugado por el P. Colorado y por su propia persona. verdad esperaba mucho más. Más dudas, más autocrítica, más consideración y

En

comprensión sobre sus adversarios, sobre aquellas ideas y propuestas que no eran las suyas. También esperaba sus testimonios sobre muchos acontecimientos y temas que lo

tuvieron como protagonista y sobre los que poco y nada dice en sus dos libros.

Muy a

su pesar, su relato histórico terminó siendo tan o más sesgado y «hemipléjico» que las

historias del pasado reciente que tanto ha criticado.

- Justamente, a partir de los relatos múltiples que se han publicado sobre la dictadura, desde la academia, desde los protagonistas, desde las crónicas periodísticas, hay dos tendencias: la teoría de los dos demonios y otra más compleja, que pone el énfasis en el contexto internacional y en la responsabilidad

que le cupo a los militares en el golpe. Pero ¿se puede llegar a la verdad histórica? -Los historiadores no administramos la verdad sobre el pasado, lo que hacemos es otra

cosa.

Lo que los historiadores pueden hacer es producir, con muchos documentos y

con muchas preguntas perspicaces, conocimiento crítico sobre el pasado. Por ejemplo, yo puedo confrontar con mucha documentación esta visión que tiende a afirmar el carácter inalterablemente democrático del gobierno de Pacheco, puedo traer evidencias que prueban su talante autoritario y sus desbordes represivos. Puedo fundar una crítica dura sobre el papel jugado por el violentismo tupamaro sin necesidad de negar que el golpismo militar precedió su acción y que la democracia contra la que se levantaron tenía también sus grietas y defectos. Un historiador puede contribuir mucho más a la comprensión que a arrebatar el juicio. Puedo sumar evidencias sobre que los debates sobre el modelo y la forma de la transición eran muy fuertes en todos los partidos, que la salida finalmente triunfante no era ineluctable, sino que fue el fruto de una competencia y de una construcción políticas cargadas de contingencias, en las que no estaba predeterminado que el final fuera el que se dio.

Puedo traer documentos y preguntas, puedo interpelar visiones y sabidurías convencionales, puedo arriesgar hipótesis y sumar fundamentos. Puedo ayudar a pensar más críticamente sobre todo el proceso de transición, interpelar las visiones más complacientes y acríticas, someter a prueba más rigurosa los postulados y acciones de todos los actores en disputa.

-¿Existen secuelas de la dictadura que llegan hasta hoy? -Por supuesto, y ése es un tema muy importante. Todo terrorismo, en especial el terrorismo de Estado (que para mí no es el único pero sí es el peor de todos, pues lo perpetran agentes cuya función principal es garantizar derechos, no conculcarlos), deja siempre secuelas. La historia universal nos lo ha probado infinidad de veces en el siglo XX y lamentablemente también en lo que va del siglo XXI. Mi generación, la de

quienes vivieron su juventud durante la dictadura y que luego protagonizaron las esperanzas y las luchas por la recuperación democrática, sin duda que está marcada por esos hechos. Pero otras generaciones más jóvenes también lo están. Los pueblos que han sufrido genocidio -los judíos, los armenios- saben que los victimarios logran dañar a los descendientes de sus víctimas en tercera y cuarta generación. Las marcas de un episodio dramático como es el terrorismo de Estado, o una guerra, incluso las viven aquellos que no fueron coetáneos de esos procesos. Si parto de la base que el terrorismo de Estado deja secuelas, no puedo decir que la dictadura fracasó en todos sus términos y que no dejó consecuencia alguna.

¿Alguien puede creer que la ruptura de la sociedad hiperintegrada sólo proviene de lo acaecido en el 2002? El ajuste recesivo que siguió a la quiebra de la tablita de noviembre de 1982 provocó un fortísimo descenso estructural del conjunto de la sociedad uruguaya. La primera medición de indicadores sociales posteriores a la dictadura marcaba que el 46% de los uruguayos estaba en situación de pobreza hacia

1986.

¿Las sociedades quedan indemnes después de la tortura sistemática, de las desapariciones, de la prisión política generalizada, del exilio de franjas muy importantes de la población?

Claro que no, son marcas que hay que elaborar con trabajo y con grandeza, con coraje y con generosidad, en especial para con quienes más han sufrido sus efectos, vengan de donde vengan y estén donde estén.