Violencia de género

:
discriminación global

Dossier núm. 3

Índice
Pág 4. Presentación
María Concepción Torres Díaz y Argelia Queralt

Pág 7. 10 certezas sobre la violencia de género en España
Argelia Queralt

Pág 10. Violencia contra las mujeres, cuestión de igualdad
Arantxa Elizondo

Pág 14. La condición ideológica del silencio en la violencia de género
Máriam Martínez-Bascuñán

Pág 17. La ley de violencia de género
María Macías Jara

Pág 21. Rompamos el silencio
Francisca Verdejo

Pág 24. Recortes para hoy, violencia de género para mañana
Miguel Lorente Acosta

Pág 27. ¿Es España diligente en la lucha contra la violencia de
género?
María Concepción Torres Díaz

Pág 31. Violencia de género: discriminación global
María Concepción Torres Díaz

Pág 34. La necesidad de un pacto de Estado ante los datos sobre
violencia de género
María Concepción Torres Díaz

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Pág 39. Los medios de comunicación en la lucha contra la violencia de
género
Dolors Comas d’Argemir

Pág 43. Violencia de género, ‘hate crimes’ y feminicidio: ¿Qué
hacemos con la RAE?
María Concepción Torres Díaz

Pág 47. La furia de los reyes destronados
Concha Caballero

Pág 50. ¿Por qué renuncian al proceso las víctimas de la violencia
machista?
María Concepción Torres Díaz

Pág 55. La estafa piramidal de las denuncias falsas
Miguel Lorente Acosta

Pág 58. ¿Por qué se deniegan las órdenes de protección? A vueltas
con el ‘riesgo objetivo’ y el ‘juicio de peligrosidad’
María Concepción Torres Díaz

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Presentación
En España ya van 44 mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas (y 4 más en estudio) en lo
que llevamos de 2014 (datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad) y ello a
pesar de contar con una Ley Integral que fue aprobada por unanimidad por todos los grupos
parlamentarios y que ha sido galardonada con la Mención de Honor (Future Policy Award 2014)
en Ginebra por ONU Mujeres, World Future Council y la Unión Interparlamentaria. A juicio del
jurado la legislación española – y más específicamente – la Ley Orgánica 1/2004, de 28 de
diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género constituye una de
las más importantes y eficaces normas a nivel mundial diseñadas para combatir y erradicar la
violencia machista. Violencia catalogada por el jurado como una de las formas más generalizadas
de abuso contra los derechos humanos de las mujeres. Entre las notas que destacó el jurado de
Future Policy Award sobre la legislación española cabe significar la tipificación como delito de la
violencia en el ámbito de las relaciones afectivas/convivenciales ejercida contra las mujeres, las
medidas de protección articuladas en la Ley Integral, las medidas de sensibilización y prevención
destinadas a modificar actitudes sociales y la mención especial y destacada del jurado a la
creación de los Juzgados de Violencia sobre la mujer.
El reconocimiento a nivel internacional de la Ley Integral supone una buena noticia a pesar de
los datos sobre asesinatos machistas y la cruda realidad que lleva aparejada la violencia de
género que sufren las mujeres por el mero hecho de serlo. Y es que las cifras sobre denuncias,
órdenes de protección, medidas cautelares, sentencias condenatorias, etc., visibilizan solo una
pequeña parte de la violencia machista. Esa que sale al ámbito de lo público/político y, por tanto,
al ámbito de lo inadmisible en una sociedad democrática avanzada. Pero hay otras dimensiones
si hablamos de violencia de género, machista o patriarcal. Dimensiones de las que no se hacen
eco los medios de comunicación social o lo hacen en una menor medida. Dimensiones que no
traspasan esa barrera infranqueable de lo privado/doméstico y duermen en esos espacios de
intimidad/impunidad donde se esconden (y/o se han escondido) múltiples e inconfesables
secretos por temor al que dirán.
El día 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia
contra la Mujer aprobado por la Asamblea General de Naciones Unidas en su Resolución 54/134
de 17 de diciembre de 1999. Un día para recordar y solidarizarse con todas las mujeres que
sufren o han sufrido este tipo de violencia y, en especial, un día para recordar a las hermanas
Mirabal, tres activistas políticas que fueron brutalmente asesinadas en 1960 por orden de Rafael
Trujillo en República Dominicana. Un día de activismo colectivo para visibilizar la repulsa y el
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rechazo a este tipo de violencia que supone una vulneración de los derechos humanos de las
mujeres, una forma de discriminación y la manifestación más brutal de la desigualdad entre
mujeres y hombres. Pero el 25 de noviembre también debe ser un día de reflexión colectiva. Un
día para pensar y re-pensar sobre los instrumentos, las políticas y/o las estrategias para abordar
este tipo de violencia. Un día para analizar críticamente los datos que desde distintos medios se
hacen públicos y que ponen de manifiesto la especificidad de este tipo de violencia que difiere
de cualquier otro tipo de violencia interpersonal. De ahí las dificultades de su abordaje y de ahí
las limitaciones que desde 'lo jurídico' se advierten. Los datos son los que son y desde Naciones
Unidas se habla de que hasta un 70% de las mujeres sufren (o han sufrido) violencia machista
en su vida.
En el ámbito europeo los cifras no son más halagüeñas. El informe publicado en marzo de 2014
relativo al estudio realizado por la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea
(FRA) sobre violencia de género en Europa arroja datos como los que siguen: una de cada tres
europeas de entre 18 y 74 años ha sufrido violencia física o sexual; el 22% de mujeres europeas
que ha tenido una relación de pareja con un hombre ha experimentado violencia física o sexual;
sólo una de cada tres mujeres que sufrieron agresiones físicas por parte de su pareja lo
denunció; el 43% de mujeres ha sufrido alguna forma de violencia psicológica por parte de su
pareja o ex pareja; el 55% de las mujeres mayores de 15 años ha sufrido alguna forma de acoso
sexual, etc.
Conscientes de la terrible realidad que supone la violencia de género, de los efectos para las
víctimas, de los prejuicios y mitos que todavía subsisten ante este tipo de violencia y de la
complejidad de su abordaje desde 'lo jurídico' y desde otros ámbitos como el sociológico,
educacional, psicológico y/o sanitario, desde Agenda Pública queremos mostrar nuestro
compromiso social con su desmitificación, correcto tratamiento, concienciación y
sensibilización. Por ello presentamos el presente Dossier próximo a unas serie de fechas muy
significativas como son el 25 de noviembre (Día Internacional contra la Violencia de Género), 6
de diciembre (Día de la Constitución), 10 de diciembre (Día de los Derechos Humanos) y 29 de
diciembre (diez años de la publicación en el BOE de la Ley Integral). El Dossier recopila los
diferentes artículos publicados sobre la temática desde ese enfoque multidisciplinar que debe
primar y que ayuda a entender los distintos factores que confluyen en este tipo de violencia. En
este sentido cabe destacar el artículo de Arantxa Elizondo: “Violencia contra las mujeres,
cuestión de igualdad” o el artículo de Argelia Queralt: “10 certezas sobre la violencia de género
en España” o el de Máriam Martínez-Bascuñán: “Ley del aborto: Una ley que produce violencia
de género”. Desde un plano más jurídico/práctico y basados en el análisis de los datos
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cuantitativos publicados por distintas instituciones caben significar los artículos de Miguel
Lorente Acosta: “Recortes para hoy, violencia de género para mañana”, “Denuncias por violencia
de género 2008-2012” y “La estafa piramidal de las denuncias falsas” y de María Concepción
Torres Díaz: “La necesidad de un pacto de Estado ante los datos sobre violencia de género:
análisis crítico”, “Violencia de género: discriminación global”, “Y después de la denuncia por
violencia de género, ¿qué?”, “¿Por qué renuncian al proceso las víctimas de la violencia
machista?”, “¿Es España diligente en la lucha contra la violencia de género?”, “Justicia de Género
o cómo evitar el machismo en las resoluciones judiciales”, “Violencia de género, hate crimes y
feminicidio: ¿Qué hacemos con la RAE?”, “¿Por qué se deniegan las órdenes de protección?: a
vueltas con el 'riesgo objetivo' y el 'juicio de peligrosidad'”. En esta misma línea caben destacar
los artículos de Francisca Verdejo “Rompamos el silencio” y de María Macías Jara “La ley de
violencia de género”.
La hoja de ruta – desde Agenda Pública – está marcada: visibilizar la violencia de género
(machista, sexista y/o patriarcal) como un problema político/público que socava los principios
democráticos de cualquier sociedad democrática avanzada y seguir profundizando en este tipo
de violencia que es de carácter estructural y que vulnera los derechos fundamentales de la mitad
de la humanidad: las mujeres.

María Concepción Torres Díaz
Profesora de Derecho Constitucional (Universidad de Alicante) y miembro del Consejo Asesor
Editorial de Agenda Pública

Argelia Queralt
Directora Editorial de Agenda Pública
Profesora de Derecho Constitucional, Universidad de Barcelona

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10 certezas sobre la violencia de género en España
Por Argelia Queralt

1. La violencia de género o violencia machista contra las mujeres es una manifestación de la
desigualdad existente entre aquellos y estas. Así ha sido reconocido por todos los foros
internacionales de tutela de los derechos humanos (entre los más recientes el Convenio del
Consejo de Europa sobre prevención y lucha contra la violencia contra la mujer y la violencia
doméstica).
2. La violencia de género en el ámbito estatal se identifica con la violencia sobre una
mujer causada por su pareja o expareja. Por tanto, se trata de una aproximación restrictiva a
esta realidad. El contenido de este tipo de violencia en el ámbito internacional o, por
ejemplo, catalán es más amplio, alcanzando cualquier violencia machista sobre las mujeres.
3. De la ley de protección integral, que marcó un antes y un después en la lucha contra lacra de
la violencia machista contra las mujeres, se ha destacado especialmente su contenido penal. Sin
embargo, como su nombre indica, es una norma que incorpora un espectro muy amplio de
medidas que tratan de luchar de forma global contra este tipo de violencia. Otra cosa es que
algunas no se hayan implementado por falta de recursos (humanos y económicos) o por falta de
voluntad política.
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4. Lo que diferencia a la violencia machista de otras violencias públicas o privadas es la razón
que la mueve: una concepción de la mujer como ser subordinado al hombre. Así pues, la
violencia machista no persigue cualquier violencia de un hombre frente a una mujer, sino aquella
que viene motivada por una pretendida desigualdad entre ellos.
5. La violencia machista de género se produce muchas veces en el ámbito familiar pero, después
de muchos años de lucha, se ha conseguido diferenciarla de otras violencias que también se
producen en el ámbito familiar. Además, es transversal: no entiende ni de edades ni de clases ni
de grupos sociales (ver datos).
6. Los asesinatos de mujeres a manos de sus parejas o exparejas sólo son la punta del iceberg
de la violencia de género, puesto que esta también se manifiesta a través del maltrato físico
(desde una bofetada a una paliza) o psíquico (desde un “¡calla!”, a la humillación constante).

7. En los últimos 11 años (datos hasta noviembre) han sido asesinadas por sus parejas o ex
parejas cerca de 700 mujeres según las cifras oficiales del Ministerio de Sanidad, Servicios
Sociales e Igualdad. Pese a estas cifras se estima que son todavía pocas las mujeres que
deciden denunciar y romper con el círculo de terror y silencio que suele rodear a este tipo de
violencia.
8. Las denuncias falsas existen, sí, pero son la absoluta excepción de los procesos iniciados por
violencia de género. La Fiscalía General del Estado estima que la cifra en menos del 0,05%. Y, en
todo caso, estas denuncias no justifican denostar una realidad, la violencia de género como
manifestación de la desigualdad entre hombres y mujeres, y el correcto funcionamiento de su
sistema de protección.

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9. Es mucho el trabajo que realiza todo el aparato policial y judicial en la protección contra la
violencia de género (y machista en general). Sin embargo, la formación y sensibilización de
género de muchos de las personas involucradas en proteger a las mujeres que sufren esta
violencia es todavía hoy insuficiente. No basta con leyes de género, sino que también debemos
tender hacia una justicia de género.
10. El verdadero reto en la lucha contra la violencia de género, y la machista en general, es un
cambio cultural que solo vendrá a través de una educación en igualdad que, a día de hoy, no se
está prestando. La eliminación del currículo escolar de una asignatura como Educación para la
Ciudadanía, en cuyos contenidos estaba incorporada la igualdad como regla de conducta
transversal, no es más que una señal de que no ha llegado todavía el tiempo del cambio de una
cultura todavía hoy machista.

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Violencia contra las mujeres, cuestión de igualdad
Por Arantxa Elizondo

En 1999, la ONU instauró el 25 de noviembre como Día Internacional de la Eliminación de la
Violencia contra la Mujer, consolidando así la conmemoración propuesta por el Movimiento
Feminista de América Latina, en 1981, que eligió la fecha en que fueron brutalmente asesinadas
las hermanas Mirabal, activistas opositoras a la dictadura de Trujillo en la República Dominicana.
Esta efeméride significa que la violencia contra las mujeres dejó de verse como un asunto
privado y pasó a la agenda política convirtiéndose en un problema público con indiscutible
legitimidad.
Uno de los primeros problemas que se plantean en torno a la violencia contra las mujeres es su
propia definición y la terminología que la acompaña, es decir, qué entendemos por violencia y
qué nombre le damos: violencia machista, violencia de género, violencia doméstica o,
probablemente la denominación más abierta, violencia contra las mujeres.
La clave en la definición del concepto es que se considera que este tipo de violencia tiene su
origen en la desigualdad de las condiciones de vida entre mujeres y hombres. En este sentido,
conviene no mezclar la necesaria delimitación del concepto que ha de realizarse al elaborar la
legislación con la definición del fenómeno como problema social.
Las leyes que abordan de una manera explícita la violencia contra las mujeres (bien sean leyes
específicas sobre este tipo de violencia, leyes más generales sobre seguridad pública o leyes de
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igualdad de mujeres y hombres) han de concretar de forma clara cuáles son las conductas que
se van a tipificar como delitos, cuáles serán las sanciones y qué tipo de intervención, atención o
prevención les corresponde realizar a las diferentes instituciones y agentes sociales.
Como en otras muchas cuestiones sociales, el fenómeno es demasiado complejo para que pueda
ser reducido a su definición legal, por lo que las actuaciones institucionales y judiciales que se
derivan de la aplicación de las leyes no pueden ni deben agotar la perspectiva acerca del
significado de la violencia contra las mujeres. La defensa de una definición amplia de la violencia
resulta, pues, imprescindible.
El problema es de tal magnitud que, según datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e
Igualdad acerca de la manifestación más brutal de la violencia, en los últimos 10 años en España
el número de mujeres asesinadas por sus parejas y exparejas ha sido de 658, lo que da una media
de 66 mujeres al año. Durante 2013 han sido asesinadas 44 mujeres por sus parejas o exparejas
en tanto que en el año 2012 esta cifra fue de 52.

Gráfico 1. Denuncias presentadas en los Juzgados de Violencia sobre la Mujer
por comunidades autónomas. 2012. Tasa de denuncias por 10.000 habitantes

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En 2012, el número de denuncias presentadas en los Juzgados de Violencia Sobre la Mujer fue
de 128.543 y entre ellas hubo 15.559 renuncias, es decir, se retiraron el 12,1% de las denuncias
presentadas. La tasa de denuncias resultante (el número de denuncias por 10.000 habitantes)
es de 53,6 (en el gráfico, el dato se desglosa por comunidades autónomas). Por lo que respecta
a las medidas cautelares derivadas de las denuncias, se tramitaron un total de 34.556 solicitudes
de órdenes de protección, de las cuales fueron concedidas 21.245, el 61%.

El tratamiento que los medios de comunicación dan a la
violencia contra las mujeres dista mucho de ser el adecuado
Es indiscutible que en España hemos asistido a un enorme avance en los últimos años desde el
hito que representó la aprobación en 2004 de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral
contra la Violencia de Género, progreso que tuvo su primera incidencia en la dimensión
estadística y de investigación como paso necesario para diagnosticar y abordar la cuestión.
Igualmente la intervención, atención y protección de las víctimas ha tenido un desarrollo
fundamental en las esferas judiciales, policiales y de servicios sociales.
Todo esto ha implicado una importante inversión de recursos públicos durante los últimos años,
tendencia que corre el riesgo de cambiar en la actual coyuntura de crisis. En este contexto, cobra
una relevancia esencial la definición que hagamos del problema: la interpretación actual, que
pone el foco en las manifestaciones explícitas y más brutales de la violencia contra las mujeres
(como agresiones físicas y asesinatos), cuenta con el consenso social y político necesario para
justificar el gasto público centrado en la seguridad, en la atención judicial y policial.
No obstante, esta interpretación resulta reduccionista y oscurece otros elementos que no son
en absoluto secundarios, como la prevención y sensibilización. En este sentido, las dos
principales carencias identificadas se refieren al sistema educativo y a los medios de
comunicación.
Por un lado, a pesar de las propuestas pedagógicas planteadas, la educación como institución
no ha integrado el desarrollo de programas para el fomento de las relaciones personales y
afectivas igualitarias, y basadas en el respeto y para promover la reflexión acerca del peso de los
estereotipos de género en los roles de las personas. Por otro, el tratamiento que los medios de
comunicación dan a la violencia contra las mujeres dista mucho de ser el adecuado, puesto que

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con frecuencia contribuye a una visión restrictiva del fenómeno y al perpetuamiento de la
posición social de las mujeres como víctimas pasivas e indefensas.
Por todo ello, frente a la actual tendencia a recortar las asignaciones presupuestarias a los
organismos de igualdad, hoy más que nunca es necesario defender las políticas públicas
orientadas a promover la igualdad en todos los ámbitos sociales haciendo especial hincapié en
los procesos de empoderamiento de las mujeres.

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La condición ideológica del silencio en la violencia de género
Por Máriam Martínez-Bascuñán

El pasado mes de septiembre la ministra Ana Mato sorprendía con la noticia de necesidad de
revisar la ley contra la violencia de género. Sin embargo, en lo que llevamos de legislatura
ninguno de los asesinatos cometidos por violencia de género ha sido condenado por algún
miembro del gobierno. Desde que Rajoy es presidente, los recortes para su prevención se han
reducido en un 30%. A día de hoy no existe, ni ha existido la articulación de un discurso
institucional sobre estos temas. Por otro lado, las cuestiones relativas a la organización de la
lucha contra la desigualdad, las estructuras públicas de toma de decisiones en esta materia o los
significados sociales que refuerzan la violencia ni se plantean ni se han planteado como algo
problemático para perseguir la verdadera erradicación de la desigualdad de género.
Decía Wright Mills que la ausencia de cuestiones públicas no se debe a la ausencia de problemas,
sino a la condición ideológica de su invisibilidad. Por eso, la solución no radica en “reformar”
una ley que en realidad no se está aplicando. Es la inacción y el silencio institucional mantenido
en materia de violencia de género lo que está funcionando ideológicamente para despolitizar
esta lucha. Vamos a explicar por qué.
La hegemonía de la definición del debate público sobre lo que es político, lo que importa y lo
que no, sobre cuáles son las cuestiones públicas de urgencia, lo que ahora toca y lo que puede
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esperar, no ha dejado de cuestionarse por el movimiento feminista desde casi sus orígenes. Pero
fue a partir de los años 60 cuando muchos movimientos sociales insurgentes comenzaron a
cobrar fuerza en este sentido, ampliando los límites de un supuesto pluralismo en el debate
público y llevando a la esfera de debate demandas sobre procesos de toma de decisiones, de
imperialismo cultural, o temas relativos a relaciones personales de la vida cotidiana que jamás
habían tenido una lectura política. Discutir sobre estos asuntos implicó politizarlos porque por
primera vez salían a la esfera de contestación pública, cuestionando implícitamente ese limitado
pluralismo que manejaba la concepción tradicional de espacio público de nuestras democracias.
No es casual que el lema feminista que triunfó durante la década de los sesentas fuera aquel
que sostenía que “lo personal es político”. Gracias a ese lema, el movimiento de mujeres sacó a
la esfera pública muchos temas y prácticas que se entendían como demasiado triviales, privados
o íntimos para someterlos a discusión o acción colectiva. La violencia de género era uno de ellos.
Hasta hace poco tiempo, el hecho de que una persona maltratara a su pareja era una cuestión
privada que debía mantenerse en la esfera íntima de las relaciones personales. Esto no era una
cuestión política. Sin embargo, la visibilización de este problema ayudó a tomar conciencia de
que “el poder” no es algo que se ejerce sólo a nivel macro, sino dentro también de las relaciones
de pareja, porque esas relaciones de poder son expresión de pautas estructurales de
desigualdad. Estaba claro que había que resignificar los espacios de lo público y lo privado, sacar
determinados problemas del ámbito de lo privado y hacer que a lo privado llegara también la
democracia.

La inacción y el silencio institucional en materia de violencia
de género es lo que está despolitizando este tema
Para la teoría feminista fue costoso mostrar que definiciones como la de “violencia” habían de
ser contestadas en una situación de dominación masculina. Según afirmó Liz Kelly en uno de los
estudios de referencia sobre violencia de género publicado en los años 90, era fácil entender
por qué los hombres, en defensa de sus intereses de grupo y como principales perpetradores de
la misma, habían limitado en gran medida su propia definición. Se tomó conciencia de que
definir algo siempre es problemático. Se necesita buena teorización y evidencia empírica. Pero
también tener presente, como afirma Martha Minow que las definiciones se construyen
socialmente, que las categorías no encajan de manera natural en el mundo, sino que van
cargadas de prejuicios envueltos en normas culturales, o expectativas y valores sociales.
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Un intenso trabajo desde el feminismo permitió problematizar las definiciones dominantes y
ampliarlas de manera más inclusiva. El entendimiento de violencia pudo adaptarse
gradualmente a lo que constituía la experiencia real de las mujeres, identificando un amplio
rango de comportamientos físicos, verbales, sexuales, emocionales y psicológicos que éstas
vivían como violencia porque producían de forma sistemática humillación y menosprecio,
privación de su autonomía física y mental, además de una ruptura en el estrato más básico de
su seguridad emocional y física que en los casos más graves podía acabar provocando la
profunda quiebra de un autorrespeto elemental. Todavía las investigaciones feministas hoy
deben lidiar con estas tensiones entre las definiciones dominantes de lo que significa por
ejemplo ser violada, y lo que muchas mujeres experimentan como violación aunque guarden
silencio. La evidencia empírica que muestra la literatura feminista ha probado que muchas de
ellas permanecen en silencio porque suelen anticipar la situación de no ser tratadas con respeto
o tomadas en serio por otras personas.
Un contexto que promocione la expresión libre de estas experiencias de abuso es un contexto
más democrático porque ayuda a identificar y a nombrar gradualmente estos problemas, hasta
desarrollar un lenguaje normativo que nombre esa injusticia. Debe haber un contexto de
politización y concienciación que sea atrapado por un discurso político que de verdad cuestione
las estructuras de género que gobiernan nuestra sociedad.
A día de hoy ese discurso sobre la desigualdad de género se ha perdido. No hay ningún miembro
del gobierno que lo sostenga, ningún proyecto institucional que tome partido y articule un
marco político dirigido a erradicar las relaciones desiguales de poder que tienen su raíz en la
desigualdad de género. Sin embargo, este no-discurso funciona ideológicamente, porque el nodiscurso es el discurso implícito de no tener la igualdad de género en el horizonte normativo de
su erradicación. Por este motivo, guardando silencio, este gobierno ha tomado partido. Antes
que reformar esta ley, señora Ministra, quizás es más importante que comience a aplicarla.

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La ley de violencia de género
Por María Macías Jara

En España, hasta la actual Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección
Integral contra la Violencia de Género (en adelante, LOVG), no ha existido un concepto de
referencia unívoco de violencia contra las mujeres.
La visibilización de las cifras de mujeres muertas por sus parejas o ex-parejas, en especial, a
partir del año 2000 y el hecho de que la violencia contra las mujeres en el contexto de la relación
afectiva gire en torno a su situación de discriminación e infravaloración social, provocaron el
debate sobre la necesidad de sustraer del contexto privado esta situación. Desde luego, este es
el mayor logro que puede atribuírsele a la LOVG. Se trataba de implicar a la sociedad y, en
concreto, en el marco de un Estado social y democrático de Derecho (art. 1.1 CE), a los poderes
públicos a fin de que éstos abordaran una reformulación legal de esta problemática.

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Si bien la LOVG pretendió abarcar de manera integral tanto los aspectos preventivos como los
educativos, sociales, asistenciales y la posterior atención a las víctimas, así como la normativa
civil que incide en el ámbito familiar, la actuación de las Administraciones Públicas y también la
respuesta punitiva, se ha de revelar que el alcance de la LOVG es limitado. Así, pues, no parece
tratar de cubrir todo tipo de violencia de género, a pesar de su amplio título, sino sólo aquélla
violencia - entendida en el Texto como cualquier agresión física, psicológica, sexual, amenazas,
coacciones o privación de libertad - de los hombres contra las mujeres entre los que haya
existido o existe una relación conyugal o de afectividad basada en subyugar la posición física,
emocional, económica y social de la mujer al hombre por su condición femenina (art. 1.1 LOVG).
Esta cuestión es importante porque en este aspecto, se han planteado dudas interpretativas en
relación a la aplicación de la LOVG, por ejemplo, a parejas homosexuales. Parece que en este
extremo, habrá que estar a la casuística para valorar si la violencia que tiene lugar en estas
relaciones alberga comportamientos discriminatorios en función de los roles de género o no. En
todo caso, el espíritu de la LOVG se centró en la protección de la mujer.

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Entre otros aspectos positivos, la LOVG intentó impregnar la sociedad de cierta perspectiva de
género y, asimismo, trató de erradicar una causa más de discriminación contra las mujeres que,
en esta ocasión, tiene la devastadora consecuencia de sesgar su derecho fundamental a la vida,
la vida digna, a la integridad física y psíquica, a la libertad y a la igualdad.
La elaboración de la LOVG no fue una tarea de fácil consenso, especialmente, en el aspecto de
diferenciar la violencia de género de otra violencia intrafamiliar. Actualmente, se está
considerando una ampliación del objeto de la LOVG hacia cualquier sujeto del entorno familiar.
Pero se ha de matizar que, a diferencia de, por ejemplo, los menores o los mayores, la mujer no
está, por su configuración y capacidad física, mental y jurídica, en una posición de inferioridad
respecto del hombre. Es la visión social del papel que desempeña el género de la persona masculino y femenino - en el contexto de lo público y lo privado y, en particular, de la familia lo
que hace considerar a la mujer como sujeto subordinado.

Cualquier planteamiento de mejorar la Ley debe tener en
cuenta que la quintaesencia de la norma es la erradicación
de la violencia asociada a la discriminación y a la
desigualdad contra la mujer
La LOVG ha abordado numerosas reformas pero, sin duda, la gran novedad fue la implantación
de la protección penal reforzada en garantía de los derechos de las mujeres, aunque las
presiones en la tramitación parlamentaria hicieron que se incluyera la mención a “otras
personas vulnerables que convivan con el autor”.
El Informe del Ministerio Fiscal presentado al hilo de un caso en Canarias, afirmó, en contra de
la inconstitucionalidad de la LIVG que “No castiga la Ley Integral al hombre por ser hombre, sino
que considera de mayor reproche la actitud del varón que, siendo o habiendo sido su marido o
estando o habiendo estado ligado a ella por una relación de afectividad, aun sin convivencia,
somete a la mujer a una situación de desigualdad y discriminación. La causa justificativa viene
de la mano de una realidad social que pone de manifiesto cómo la violencia del hombre contra
la mujer en el ámbito de la pareja, a diferencia del supuesto contrario, constituye un problema
de primera magnitud en nuestro país que reclama políticas de igualdad dirigidas a corregir esa
situación asimétrica de dominio del hombre sobre la mujer, siendo estas más del 90% de las
víctimas de violencia doméstica”.

19

Así las cosas, la tutela penal reforzada hacia la mujer puede explicarse como una legítima
decisión de Política Criminal destinada a protegerla con un tipo específico, pues solo la mujer es
la afectada porque la violencia tiene su causa, precisamente, en su pertenencia al género
femenino.
La LOVG ha recibido críticas en relación a la conversión de faltas en delitos en supuestos de
amenazas y coacciones leves contra mujeres, la creación de Juzgados especiales de Violencia
sobre la Mujer, el incremento del carácter sancionador al disponer la posibilidad de que el juez
pueda suspender al inculpado de un acto de violencia de género de la patria potestad o de la
guarda y custodia o las visitas de menores, y la falta de previsión ante posibles denuncias falsas
en relación a los procesos de separación o divorcio. Puede que sea el momento de realizar una
revisión crítica a la par que constructiva sobre los problemas de aplicación que ha generado la
LOVG. Pero, a mi juicio, las mejoras han de hacerse sin perder de vista la quintaesencia de la
norma que es la erradicación de la violencia asociada a la discriminación y a la desigualdad
contra la mujer.
En todo caso, la obtención de resultados ha de encaminarse hacia una mejor aplicación
transversal de la igualdad de género. Ello implicaría llevar a cabo las medidas que, más allá del
carácter punitivo, establezcan una sólida base estructural que revierta, fundamentalmente, en
la educación temprana a fin de que no se reproduzcan sistemáticamente patrones y
estereotipos sexistas y ejerzan, así, ellos y ellas una plena ciudadanía.

20

Rompamos el silencio
Por Francisca Verdejo

El 28 de diciembre de 2004 entró en vigor la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral
contra la Violencia de Género. El texto, fruto del consenso entre las diferentes fuerzas políticas,
planta cara al terrorismo doméstico desde una perspectiva integral, buscando en la sociedad al
mayor cómplice para acabar con esta lacra social. Reflejo de ello es una de las primeras
manifestaciones de la norma al decir: “ la violencia de género no es un problema que afecte al
ámbito privado”.
Se intenta poner fin al silencio como máximo aliado de estos delitos, acabando con el estado de
terror que sufren las mujeres víctimas de los malos tratos, a través de la implementación de
principios y valores en el sistema educativo, de procesos preventivos, educativos, sociales,
asistenciales y de atención a las víctimas, y todo ellos, bajo el paraguas de la coordinación y
cooperación de todos los agentes sociales implicados en la erradicación de este tipo de violencia.
El último eslabón de esta cadena es el Juzgado de Violencia sobre la Mujer, que constituye una
de las grandes novedades de la ley. Su aparición no ha ido acompañada de otras reformas
procesales y sustantivas que hubieran dado una respuesta más eficaz al tratamiento penal de
esta lacra social. Los nuevos órganos judiciales están especializados en el orden penal, si bien su
catálogo de competencias abarca cuestiones relacionadas con el Derecho de Familia (divorcios,
separaciones, guardas y custodia, alimentos, y, todos aquellos –dice la ley– con trascendencia
familiar).
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Esta concentración de materias tiene como fundamento acercar la Justicia a las perjudicadas por
estos delitos, intentando generar una relación de confianza que haga más llevadero el “camino
por el procedimiento judicial”. Este acercamiento se persigue también trasmutando el fuero
tradicional para establecer la competencia territorial. El lugar de la comisión del delito, asumido
de forma general por la legislación procesal española, se deja de lado, para considerar el
domicilio de la perjudicada como criterio de individualización de la competencia del órgano
judicial. En el plano teórico, los principios en los que se inspira la ley son inatacables. En la
práctica estos fundamentos no se han consolidado, en parte, por el propio contenido de la
norma.

La prevención y la educación han de ser los protagonistas en
esta guerra sin tregua
A los Juzgados de Violencia sobre la Mujer solo les está “permitida” la investigación de
determinadas infracciones penales, dejando fuera de su conocimiento hechos graves que no se
consideran incluidos dentro del concepto de violencia sobre la mujer, y, que sin embargo,
implican un ataque directo a la dignidad e integridad física y psíquica de la mujer, valores y
derechos fundamentales de trascendencia y reconocimiento constitucional. Son, entre otros, el
delito de quebrantamiento de condena y/o de medida cautelar, la denominada “violencia
económica”, expresamente excluida de la Ley Integral. El resultado es privar de un tratamiento
unitario, desde el punto de vista judicial, a la violencia de género. En contra de lo que pudiera
parecer, este era uno de los grandes y primeros objetivos de la ley.
La frustración progresa en la medida en que ahondamos en los mecanismos procesales de
investigación del delito. Nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal data de 1881, inspirada en
principios decimonónicos, no evita sino que potencia la intervención de las perjudicadas en el
proceso penal, obligando a la mujer a estar y a mantenerse, desde el momento en el que se
plantea la denuncia, pasando por la fase de investigación del delito, y, terminando en el
momento del juicio.
Tres momentos claves en los que hay “un enfrentamiento directo” a sus propias vivencias,
instantes en los que las situaciones de temor que decidió sacar a la luz la envuelven, y, en
ocasiones, la limitan siendo a veces la razón que determina que se aparten del proceso. La
responsabilidad de una condena de aquel al que estuvo ligada en matrimonio o por una relación
análoga se deja en manos de la mujer que ha sufrido el acto del maltrato. La ley no solamente
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no ha evitado la doble victimización de la mujer víctima del delito, sino que, en contra de lo que
pudiera parecer, no establece un tratamiento penal diferenciado para castigar los delitos
relacionados con la violencia de género, lo que de manera simplificada explicaría las razones que
llevaron al Tribunal Constitucional a declarar la constitucionalidad de la norma.
Estas consideraciones no se han de traducir en la necesidad de un tratamiento penal diferente
al que ahora recoge el Código Penal. El Derecho Penal es la última ratio. Su intervención es y
debe seguir siendo mínima. Los esfuerzos han de ir encaminados a evitar la actuación de este
sector del ordenamiento jurídico, procediendo a la implantación de aquellos principios que la
misma ley recogía.
La prevención y la educación han de ser los protagonistas en esta guerra sin tregua, erigiéndose
en armas principales en esta lucha, en las que todos los agentes sociales han de actuar aliados,
coordinándose y cooperando entre sí, aunando recursos y esfuerzos, con la única finalidad e
interés de acabar con la violencia de género.
Urge una reforma procesal que evite los efectos perversos del proceso y se adecúe a una
sociedad del siglo XXI, eliminando la responsabilidad que ahora tiene la mujer sobre el éxito o
fracaso de un proceso penal, equiparándolos de manera inadecuada al dictado de una sentencia
condenatoria, sin que hayamos podido evitar el maltrato. Sin que hayamos podido evitar el
sufrimiento. En definitiva, sin que hayamos podido romper el silencio.

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Recortes para hoy, violencia de género para mañana
Por Miguel Lorente Acosta

Cuando una cosa existe y lo hace con el argumento de la historia, si no se lleva a cabo algo para
cambiarla, la simple sucesión del tiempo lo único que consigue es mantenerla y perpetuarla. Y
cuando la cosa que existe forma parte de la normalidad que la sociedad ha asumido como parte
de las posibilidades que se pueden presentar bajo determinadas circunstancias, el cambio
pretendido exige el sobresfuerzo de transformar la normalidad que lo ampara.
La violencia de género no se va acabar mientras exista una parte de la sociedad que asuma que
las relaciones deben establecerse sobre las referencias jerarquizadas que la cultura se ha
encargado de fijar sobre la figura y los roles masculinos. Puede parecer extraño el
planteamiento, pero lo que la sociedad cuestiona hoy sobre la violencia de género no es tanto
su realidad como su resultado. La frase que me repetían muchas mujeres maltratadas cuando
las atendía como médico forense, “Mi marido me pega lo normal...", iba seguida de otra que
explicaba su presencia en el Juzgado: "Pero hoy se ha pasado". Es la misma situación que año
tras año aparece en los estudios sociológicos que elaboramos desde el Ministerio de Igualdad:
un 1,4% de la población española, de entrada, considera que la violencia de género "es aceptable
en algunas ocasiones". Como se observa, no hay un rechazo rotundo a la violencia de género;
una parte importante de la sociedad tiene justificaciones para aceptarla y cuestionar sólo
determinados resultados. No es de extrañar, como hemos conocido estos días, que el Gobierno
plantee contabilizar sólo los casos que requieran una hospitalización superior a 24 horas.

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En unas circunstancias como las descritas, las mujeres que sufren la violencia a manos de sus
parejas necesitan algo más que la simple referencia a la denuncia. Salir de la violencia de género
es un proceso que va desde la toma de conciencia de que lo que está viviendo es violencia –y
que ella no es culpable de las agresiones que sufre– hasta todo un replanteamiento sobre su
vida y sobre las alternativas a una relación que la cultura hace que se viva como normal.
Cuando el legislador decidió hacer una ley integral para abordar la violencia de género no sólo
miraba el resultado, sino a todas las circunstancias que rodean a esta violencia; por eso no se
limitó a la respuesta tradicional con la modificación de las penas, sino que apostó por desarrollar
toda una serie de recursos que permitieran actuar sobre la sociedad, sobre las mujeres que
sufren la violencia y sobre la respuesta que desde las diferentes instituciones y administraciones
se ponen en marcha en las distintas fases del proceso.
El desarrollo de la Ley Integral ha implicado un incremento progresivo de las partidas de los
Presupuestos Generales del Estado para dar respuesta a la mayor demanda de actuaciones de
una sociedad más concienciada y más crítica con esta violencia. Un incremento de los
presupuestos que ahora ha sido sustituido por unos recortes que lo único que hacen es
prolongar la violencia de género.

Los recortes están afectando a la concienciación, y ello
implica una mayor pasividad y distancia de la sociedad, de
los entornos cercanos a las víctimas y de los entornos
próximos a los agresores
La violencia de género ya existe, no es algo nuevo que ha traído la crisis y, como decía al
principio, no hacer por erradicarla es hacer para que continúe.
Los recortes están afectando a la concienciación, y ello implica una mayor pasividad y distancia
de la sociedad, de los entornos cercanos a las víctimas –situación que lleva a un mayor
aislamiento– y de los entornos próximos a los agresores; algo que se traduce en más libertad
para continuar con la violencia. También se ha reducido la especialización y la formación de los
profesionales que tienen que actuar ante los casos, bien sea de forma directa tras conocer que
se ha producido la violencia (Juzgados, Policía, Medicina y Psicología Forense…) o bien de forma
indirecta, cuando la mujer acude a determinados servicios en demanda de atención, pero sin

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decir que ha sufrido violencia de género. Ocurre fundamentalmente en sanidad y en servicios
sociales, donde la formación es básica para poder detectar y dirigir adecuadamente los casos.
Otro de los pilares básicos afectados por los recortes son los servicios de atención a las mujeres,
oficinas donde obtenían información y asesoramiento sobre el proceso para salir de la violencia
de género, y donde en muchos casos también recibían la atención para poder superar las
consecuencias emocionales y materiales ocasionadas por el agresor. La falta de atención, unida
a la disminución de la concienciación, afecta a la protección de las mujeres al situarlas en una
posición de mayor vulnerabilidad.
Las consecuencias de estos recortes ya se ven, y se caracterizan por una disminución de las
denuncias, un aumento de la retirada de las denuncias que se han interpuesto, una reducción
en las cifras de separaciones; también en las llamadas al 016, teléfono de atención e información
a víctimas de violencia de género. Del mismo modo han bajado las medidas de protección, los
partes de lesiones, la información sobre todo lo que ocurre y no ocurre… Pero la violencia de
género continúa.
No se debe confundir la bajada en el número de denuncias con una disminución de la violencia.
La violencia contra las mujeres no se debe a la crisis, nace de la desigualdad y su presencia es
histórica; estaba antes de los problemas de la economía y ahora continúa bajo las mismas
referencias de una cultura que permiten que se construyan relaciones de pareja sobre la
desigualdad. Los recortes está dificultando que las mujeres puedan salir de las relaciones
violentas o, lo que es lo mismo, están facilitando que la violencia continúe sobre ellas, que el
daño emocional y físico sea mayor y que el agresor deshumanice y cosifique a la mujer aun en
mayor grado. Y al margen del significado que todo ello tiene en el presente, lo que también hace
es disparar el riesgo cuando estas mujeres decidan salir de esa violencia dominadora.
Los homicidios futuros en violencia de género se están planificando en el momento actual; si no
hacemos algo por evitarlos, irremediablemente se producirán.

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¿Es España diligente en la lucha contra la violencia de género?
Por María Concepción Torres Díaz

El pasado 4 de agosto diversos medios de comunicación social se hacían eco de la histórica
condena de la ONU a España en el caso González Carrero por no haber actuado con la 'diligencia
debida' en un claro caso de violencia de género. Una condena que deja claro cuál es la obligación
de los Estados en materia de violencia de género: actuar con la 'diligencia debida' en aras de
proteger a las víctimas de este tipo de violencia. Una condena que evidencia las deficiencias y
los errores en un caso de violencia machista que podría catalogarse de 'manual' cuando existen
hijos e hijas menores. Recuérdese, también, el caso de Leonor que fue asesinada por su padre
condenado por violencia de género, o el caso de Ruth y José, o el caso de María S. que tuvo que
entregar a la menor tras la pérdida de la custodia a favor de su ex pareja a pesar de existir una
condena por maltrato hacia ella.
Pues bien, son varias las cuestiones sobre las que reflexionar tras la lectura del Dictamen de la
CEDAW pero sobre todo a raíz de las recomendaciones que formula el Comité al Estado español.
Entre ellas cabría destacar las siguientes:
1. Con respecto a la 'diligencia debida', ¿qué supone actuar observando la llamada 'diligencia
debida'? ¿Qué obligaciones comporta para los Estados en el ámbito de la violencia machista?

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2. En lo que atañe a la custodia de las y los menores y al régimen de visitas, ¿resulta compatible
ser un agresor por violencia de género a la par que un buen padre de familia? ¿Qué dice la LOIVG
y la normativa internacional? ¿Cómo es posible que la suspensión de la guarda y custodia de las
hijas e hijos – pese a que está prevista legalmente – solo se acuerde en un 6,7% de los casos, la
suspensión del régimen de visitas únicamente en un 3% de los casos y la suspensión de la patria
potestad en un marginal 0,3%? (según datos publicados por el Observatorio de Violencia
Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial).
3. Con respecto a las y los menores como víctimas de violencia de género, ¿cómo articular su
protección desde el punto de vista normativo sin riesgo a desvirtuar y/o desfigurar el propio
concepto de violencia de género? ¿Resulta compatible con el concepto de 'diligencia debida'
mantener la redacción literal (actual) del artículo 66 (y, en su caso, 65) de la LOIVG cuando se
deja al “arbitrio judicial” la decisión de suspender o no el régimen de visitas del inculpado por
violencia de género? (Recuérdese que el verbo clave en la redacción actual de los preceptos
referenciados es el de 'podrán').
4. En el ámbito de la eficacia normativa de las leyes contra la violencia machista tanto a nivel
nacional como internacional, ¿cómo garantizar los derechos de las mujeres y, por ende, de sus
hijas e hijos? ¿Qué es lo que falla y/o no termina de funcionar cuándo se observa que de los 40
asesinatos de mujeres por violencia machista en lo que llevamos de 2014 (según datos
estadísticos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad) solo 11 habían presentado
denuncia?
Sin duda son cuestiones importantes que requieren de un debate sosegado pero intenso desde
el feminismo jurídico en aras de consolidar esa máxima de 'democracia avanzada' desde un
marco conceptual despatriarcalizador. Sobre todo cuando se advierte una cierta incompetencia
estatal (a pesar de los avances en esta materia) en la lucha contra este grave problema. De ahí
que la lectura del Dictamen de la CEDAW resulte aconsejable por las recomendaciones que
formula dirigidas al Estado español. Dictamen que viene a completar la dicción literal del
propio Convenio de Estambul (del cual hablé aquí) cuya entrada en vigor es muy reciente y en
donde también se insta a los Estados a observar y actuar con la llamada 'diligencia debida' en
casos de violencia machista. Pero es más, desde el punto de vista normativo interno, esa
apelación a la 'diligencia debida' cobra una mayor significación desde el momento en que se
debaten proyectos normativos como el anteproyecto de Ley sobre el ejercicio de la
corresponsabilidad parental en casos de nulidad, separación y divorcio así como el anteproyecto

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de Ley de protección de la infancia, el anteproyecto de Ley orgánica complementaria de la Ley
de protección de la infancia o el proyecto de Ley orgánica del Estatuto de la Víctima del Delito.

El Comité insta al Estado español a tomar medidas efectivas
para que los antecedentes de violencia de género sean
tenidos en cuenta
Centrando la atención en el caso concreto sobre el que el Comité de la CEDAW se pronuncia
cabe resaltar como con respecto a la demandante, el Comité condena al Estado español a
otorgar una reparación adecuada y una indemnización integral y proporcional a la gravedad de
la violación de sus derechos. No olvidemos que su hija fue asesinada en el cumplimiento del
régimen de visitas pese a las denuncias presentadas (más de treinta) y pese a las advertencias
para que las visitas fueran en todo caso tuteladas y/o vigiladas. En esta misma línea el Comité
condena a España a llevar a cabo una investigación exhaustiva e imparcial con miras a
determinar la existencia de fallos en las estructuras y prácticas estatales que ocasionaron la falta
de protección de la autora de la comunicación (y denunciante) y de su hija.
En el plano más general, el Comité insta al Estado español –y esto es importante– a tomar
medidas adecuadas y efectivas para que los antecedentes de violencia de género sean tenidos
en cuenta en el momento de estipular los derechos de custodia y visitas relativos a las hijas e
hijos y para que el ejercicio de los derechos de visitas o custodia no pongan en peligro la
seguridad de las víctimas de este tipo de violencia. El Comité apela al interés superior de las y
los menores y al derecho de éstos a ser oídos aspectos que deben prevalecer en todas las
decisiones que se adopten sobre esta materia. Sin duda estamos ante una cuestión nuclear que
no se debe obviar en estos momentos en donde se debaten normas como las mencionadas que
afectan a los derechos fundamentales de las y los menores. Y es que la 'diligencia debida' en el
ámbito de la violencia de género exige contundencia normativa e interpretativa. Contundencia
que sirva de base para no hablar de “conflicto familiar” (en donde se presupone la igualdad)
cuando estamos ante casos de violencia de género. Contundencia que supere esa concepción
trasnochada que cuestiona –con carácter general– la credibilidad de las mujeres víctimas de
violencia de género.
Con respecto a las y los menores la contundencia normativa e interpretativa desde la
perspectiva de género pasa por erradicar ese concepto de menor inmaduro “que no sabe lo que

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quiere” para otorgar relevancia a su derecho a ser escuchado en aras de garantizar el llamado
interés superior del menor.
Por último, el Comité de la CEDAW se pronuncia sobre aspectos formativos del personal que
desarrolle su trabajo en el ámbito de la violencia de género (recuérdese el principio de
especialización recogido en la LOIVG). En este sentido, las recomendaciones no admiten
interpretaciones parciales. Se necesita proporcionar formación obligatoria específica y
especializada (perspectiva de género) a las juezas y jueces y al personal administrativo
competente. Además, se insta al Estado a que esa formación incluya referencias expresas a
la Convención de la CEDAW, su Protocolo Facultativo y las recomendaciones generales del
Comité, en particular la Recomendación general núm. 19 de 1992.
El pronunciamiento del Comité de la CEDAW y sus recomendaciones están ahí. Ahora se trata
de evaluar cuál es el grado de diligencia estatal ante la violencia de género. Para ello nada mejor
que prestar atención a los términos, premisas y marco conceptual de su cumplimiento. Y es que
–como sociedad– nos jugamos mucho en ello.

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Violencia de género: discriminación global
Por María Concepción Torres Díaz

El pasado 6 de junio de 2014 el Boletín Oficial del Estado publicaba el Instrumento de ratificación
del Convenio del Consejo de Europa sobre prevención y lucha contra la violencia contra la mujer
y la violencia doméstica hecho en Estambul el 11 de mayo de 2011. Un Convenio ratificado por
España el pasado 10 de abril de 2014 y que entrará en vigor el próximo 1 de agosto. Un
documento que resulta clave en el abordaje actual y también futuro del derecho de las mujeres
a una vida libre de violencia de género. Y es que su lectura – sin perjuicio de las críticas que se
puedan articular – resulta esencial a la hora de delimitar conceptualmente la violencia de género
y a la hora de diferenciarla de cualquier otro tipo de violencia interpersonal. Y más en estos
tiempos de rearme y/o reacción patriarcal ante los avances en igualdad en donde los conceptos
– y más los conceptos elaborados desde el feminismo, específicamente, desde el feminismo
jurídico – son tergiversados y/o manipulados hasta tal punto de otorgarles un significado
totalmente opuesto a su sentido original. De ahí la importancia de la delimitación conceptual
que recoge el Convenio en cuanto a “violencia contra la mujer”(violencia de género) según la
cual “se deberá entender una violación de los derechos humanos y una forma de discriminación
contra las mujeres”.
Un aspecto importante del Convenio de Estambul es que entiende la violencia de género como
forma de discriminación. Esto quiere decir que el Estado está obligado a actuar –diligencia
debida– para eliminar dicha discriminación. Y es que hablamos de una discriminación que es
estructural y universal. Una discriminación que los datos confirman por mucho que la lógica
patriarcal quiera negarlo.

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Son muchas las dudas y/o reflexiones que me suscita la lectura del Convenio de Estambul. Dudas
que vienen motivadas por la aparente paradoja que supone la ratificación de un tratado
internacional vinculante que, en mi opinión, cuesta creer que se tenga intención de cumplir –al
menos– en los términos que recoge el Convenio.
Veámoslo con algunos ejemplos. El Convenio de Estambul insta a losEstados a adoptar las
medidas legislativas o de otro tipo que sean necesarias para promover y proteger el derecho de
las mujeres a vivir libre de violencia de género tanto en el ámbito público como en el privado.
Pero es más, señala expresamente que estos cambios se acometan desde las constituciones
nacionales o en “cualquier otro texto legislativo adecuado”. Y me detengo aquí porque con ese
“adecuado” parece entreverse cualquier texto legislativo de igual o similar valor. En nuestro caso
contamos con la Ley orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de medidas de protección
integral contra la violencia de género y con la Ley orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la
igualdad efectiva de mujeres y hombres, entre otras. Normas que –a priori– parecen suficientes
pero cuya aplicación práctica por parte de los poderes públicos deja mucho que desear. Quizás,
sea hora de plantear –desde el debate sobre una posible reforma constitucional y/o la apertura
de un proceso constituyente– la necesidad de dotar de fundamentalidad al derecho a una vida
libre de violencia de género, al derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad y al
reconocimiento constitucional de la paridad.

Cuesta creer que el Gobierno vaya a cumplir un tratado
internacional como el Convenio de Estambul

Por otra parte, mientras el Convenio de Estambul insta a los Estados a prohibir cualquier tipo de
discriminación contra las mujeres (y para ello no duda en sugerir la necesidad de sancionar y
derogar todas aquellas leyes y prácticas que discriminan a las mujeres), el ejecutivo actual
promueve una ley que –a buen seguro– discriminará a las mujeres por el mero hecho de serlo:
el anteproyecto de Ley orgánica para la protección de la vida del concebido y los derechos de la
mujer embarazada. Y es que se observa como los cánones del derecho antidiscriminatorio se
pasan por alto haciendo caso omiso a la subjetividad jurídica y política de las mujeres. Porque
discriminar supone dar un trato desigual y, además, perjudicial. Y discriminar por razón de sexo
implica que ese tratamiento peyorativo encuentra su fundamento en la pura y simple
constatación del sexo de la persona perjudicada o – siguiendo la doctrina constitucional –
cuando se funde en la concurrencia de condiciones y/o circunstancias que tengan con el sexo de
la persona una relación de conexión directa e inequívoca. Desde estas premisas, el anteproyecto
de Ley orgánica que modifica la actual regulación en materia de interrupción voluntaria del
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embarazo ¿no supone una legislación discriminatoria contra las mujeres (de cuyas decisiones se
duda) al no reconocerles autonomía corporal y el derecho a decidir sobre su maternidad?
Asimismo, mientras el Convenio insta a los Estados a que destinen recursos financieros y
humanos para la correcta aplicación de políticas dirigidas a prevenir y combatir la violencia de
género, ¿qué se está haciendo a nivel nacional, autonómico y local en donde la máxima de los
recortes se erige en principio rector de actuación?
En el ámbito educativo, mientras el Convenio prevé medidas que fomenten la igualdad de
mujeres y hombres en todos los niveles educativos ¿cuál es la línea que se ha seguido en la
reforma educativa recientemente acometida? ¿La educación segregada por sexo es una medida
adecuada para fomentar la igualdad de mujeres y hombres? En lo que atañe a la asistencia social
integral ¿cuál es la dinámica que se está llevando a cabo? ¿Cómo está afectando la Ley 27/2013,
de 27 de diciembre, de racionalización y sostenibilidad de la Administración local en la lucha
contra la violencia de género? ¿No se aprecian contradicciones con lo dispuesto en el Convenio
de Estambul? Con respecto al ejercicio de los derechos de custodia y visitas de los hijos e hijas
menores, ¿el anteproyecto de Ley de la custodia de los hijos sujetos a patria potestad conjunta
de los progenitores en casos de nulidad, separación y divorcio que se está tramitando sigue las
indicaciones y/o recomendaciones del Convenio de Estambul?
Por último, en el ámbito penal ¿cómo casar la ratificación del Convenio de Estambul cuando el
proyecto del Código Penal suprime el concepto de violencia de género y despenaliza las
amenazas y coacciones leves? ¿Y cuando se baraja la posibilidad de acudir a la mediación penal?
¿Y cuándo se introduce la multa como sanción para los llamados 'delitos leves'? Dudas, muchas
dudas.

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La necesidad de un pacto de Estado ante los datos sobre violencia
de género: análisis crítico
Por María Concepción Torres Díaz

El pasado 27 de enero de 2014 el grupo de expertas/os del Observatorio de Violencia Doméstica
y de Género del Consejo General del Poder Judicial hizo público los datos estadísticos sobre
denuncias, procedimientos penales y civiles registrados, órdenes de protección solicitadas en
los Juzgados de Violencia sobre la Mujer y sentencias dictadas por los órganos jurisdiccionales
en esta materia correspondientes al tercer trimestre de 2013.
Unos datos cuya primera lectura permite observar que el número de denuncias por violencia de
género se ha reducido en un 2,3% mientras que las renuncias han aumentado un 3,2%. Sin duda
son datos para reflexionar. Son datos para una reflexión crítica si tenemos en cuenta que en
2013 un total de 54 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas (de las que sólo 11
habían denunciado a sus agresores) y en lo que va de año son ya 17 las mujeres asesinadas por
agresores machistas.
Urge, por tanto, un abordaje serio y profundo a nivel estatal e institucional. Máxime si tenemos
en cuenta –y seguimos aportando datos cuantitativos que dotan de objetividad al llamado 'saber

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oficial'– que en los últimos diez años el número de mujeres asesinadas por parte de sus parejas
o exparejas asciende a unas 700.
Cifras demoledoras que hacen cuestionar nuestro modelo de democracia. Y es que ¿puede un
Estado social y democrático de derecho soportar estas cifras sin sonrojarse? Sin duda, resulta
muy complicado. De ahí la necesidad de reconceptualizar los términos de abordaje de la
violencia de género, incluso desde el seno del propio texto constitucional, en aras de hacer
efectivo el cumplimiento de ese mandato inserto en el artículo 9.2 de la CE. Algo esencial en
materia de violencia de género, sobre todo si el marco conceptual del que se parte delimita la
violencia de género como la manifestación violenta de la desigualdad –la más grave–, como una
forma de discriminación y como una vulneración de los derechos humanos de las mujeres.

Las políticas actuales en materia de igualdad y de violencia
de género permiten cuestionar la verdadera implicación de
nuestros gobernantes para erradicar esta lacra
Aludía en líneas anteriores al marco conceptual de abordaje de la violencia de género, y ello
obliga a prestar especial atención a las políticas públicas y a la prioridad de garantizar los
derechos de las mujeres víctimas. Y si hablamos de derechos –obviamente–, hablamos de
sujetos de derechos y, por ende, de subjetividad jurídica y política de las mujeres. Lo que nos
lleva a afirmar que los sujetos en el ámbito de la violencia de género son importantes, máxime
si tras años de reivindicaciones y reconceptualizaciones desde el feminismo, en general, y desde
el feminismo jurídico, en particular, por fin se consigue sacar del ámbito privado/doméstico el
terrible drama de la violencia que sufren las mujeres por el mero hecho de serlo –
especialmente– en el ámbito afectivo/convivencial. Esto es, en ese ámbito en el que se
desarrollan los afectos, los cuidados y ese darse a los demás.
La violencia de género se traslada al ámbito de lo público/político. Al ámbito de lo visible
socialmente y de lo inaceptable para cualquier democracia avanzada. Al ámbito del sujeto
jurídico/político. Un ámbito en el que los poderes públicos no pueden permanecer ajenos
porque eso implicaría que las mujeres como sujetos jurídico/políticos no gozan (no gozamos) de
la misma consideración que los varones siendo, por tanto, su subjetividad (nuestra subjetividad)
construida desde los márgenes –desde la frontera y/o periferia– del sujeto jurídico universal.

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En este sentido, resulta prioritario apelar al derecho a una vida libre de violencia de género
(tributario de todas las mujeres) e, incluso, conceptuar el derecho a una vida libre de violencia
de género como derecho fundamental. Una conceptuación –esta última– que no resulta baladí
si se tiene en cuenta que parte de un marco de interpretación crítico con nuestra forma de
socialización patriarcal y crítico con las estructuras de poder que operan en el sistema
sexo/género.
Críticas que nos permiten advertir que las mujeres no "mueren" (no morimos) por violencia de
género, sino que son (somos) asesinadas. Y es que las mujeres morían por esta lacra cuando la
violencia y la muerte, en el ámbito de lo privado/doméstico, no dejaban de ser un mero hecho
cotidiano con el que se convivía, como dice Ana de Miguel en su artículo "La construcción de un
marco feminista de interpretación: la violencia de género", con resignación y cierto fatalismo.
Afortunadamente, el marco de abordaje ha cambiado mucho gracias a la Ley Orgánica 1/2004,
de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la violencia de género. Una norma
en donde la violencia de género deja de abordarse única y exclusivamente desde el ámbito
punitivo (aunque también) para pasar a un abordaje desde un enfoque integral y
multidisciplinar.
Sin duda, todo un logro que –obviamente– necesita de dotación presupuestaria y de una
evaluación continuada en el tiempo. Y es aquí en donde se podrían articular críticas a las políticas
actuales en materia de igualdad y de violencia de género. Críticas que permiten cuestionar la
verdadera implicación para erradicar esta lacra de nuestros gobernantes. Y es que los datos
anteriormente referenciados no permiten ningún tipo de justificación porque estamos ante una
cuestión de Estado. Ante un problema que requiere de un pacto estatal.
Ya lo decía Miguel Lorente en su artículo "Recortes para hoy, violencia de género para
mañana". Para acabar con la violencia de género, la denuncia es sólo un primer paso en un
proceso más o menos largo en el tiempo que va desde la toma de conciencia por parte de la
víctima hasta todo un autorreplanteamiento vital y del propio proceso socializador. Se observa
cómo se requiere de un abordaje integral y multidisciplinar, y ello implica irremediablemente
un incremento en las partidas presupuestarias. Algo que no se está haciendo, lo que pone en
peligro la erradicación de este tipo de violencia que es una violencia específica y que tiene un
significado específico.
En este sentido conviene no olvidar que la violencia que sufren las mujeres por el mero hecho
de serlo es una realidad, por tanto, no hacer nada para erradicarla es permitir que continúe. Se
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necesita concienciación y sensibilización ciudadana. Los datos son concluyentes cuando desde
el Consejo General del Poder Judicial se señala que sólo un 0,04% de las denuncias son
presentadas por familiares y/o amistades.

Urgen políticas que garanticen de forma efectiva y real el
derecho a una vida libre de violencia de género
Se necesita formación y especialización –recuérdese el principio de especialización recogido en
la propia Ley Integral– de los y las profesionales sanitarios, educadores, Fuerzas y Cuerpos de
Seguridad y, sobre todo, en el ámbito de las y los operadores jurídicos porque –en última
instancia– son los aplicadores e intérpretes de las normas.
Se necesitan servicios de atención a mujeres en donde se les ofrezca información y
asesoramiento integral. Asesoramiento especializado para evitar que las denuncias disminuyan
o que una vez interpuestas no se mantengan en el tiempo. Se necesita formación y
especialización de las y los profesionales para evitar la minimización del riesgo y la bajada en la
concesión de órdenes de protección.
La realidad es incuestionable y pone de manifiesto cómo los recortes en el ámbito de la violencia
de género están dificultando que las mujeres puedan salir de unas relaciones calificadas de
tóxicas y abusivas. La dependencia en todos los sentidos, y sobre todo, económica, contribuye
a esta perpetuación. Algo muy grave sobre todo cuando observamos la demolición del Estado
social. Demolición que afecta significativamente a las políticas de igualdad y a la lucha contra la
violencia de género.
Y es aquí en donde nos encontramos ahora, en una especie de impasse muy peligroso porque
las mujeres que sufren violencia de género siguen estando ahí, condenadas a vivir en un entorno
que las violenta, las humilla y las envilece.
Y todo ello porque se torna inexistente ese derecho a una vida libre de violencia de género.
Quizás, porque su articulación, pese a estar integrado en el propio artículo 15 CE, no se ha
insertado de forma expresa en la norma suprema como derecho fundamental, obviando el pacto
sexual que subyace al pacto social. Quizás, porque su articulación depende mucho de políticas
de corte social con ese carácter prestacional que llevan implícitas. En cualquier caso, las cifras
son incuestionables y, entre ellas, las que arroja la Macroencuesta sobre violencia de género de
2011.
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Urge un pacto de Estado. Urgen políticas tendentes a garantizar de forma efectiva y real este
derecho fundamental. No valen las excusas cuando la vida, la integridad física y moral y la propia
dignidad de las mujeres víctimas se encuentran amenazadas. Amenazas que obligan a
reflexionar sobre la verdadera subjetividad jurídica y política de las mujeres y si esa subjetividad
se ha construido (o se construye) en los mismos términos que la de los varones.

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Los medios de comunicación en la lucha contra la violencia de
género
Por Dolors Comas d’Argemir

El movimiento feminista y las actuaciones políticas han sido fundamentales en la lucha contra la
violencia de género. Pero los ciudadanos no conocen el problema a través de activistas o de
políticos, sino a través de los medios de comunicación. Así lo constata una encuesta que se
realizó en el año 2010 a 1200 ciudadanos por iniciativa del Centro Reina Sofía (clausurado por el
Partido Popular). La mayoría de encuestados conocen el tema a través de la televisión (un 69,7%)
y un 37,3% a través de la prensa escrita. Un 87,9% cree que la violencia de género está muy
extendida y un 90,6% considera que es totalmente inaceptable.
El compromiso de los medios de comunicación en la lucha contra la violencia de género ha sido
una característica específica de España, que puede explicar el elevado conocimiento del tema
por parte de la ciudadanía, lo que ha legitimado las políticas públicas que se han llevado a cabo.
Esta actitud proactiva ya se constata en la década de los años ochenta y noventa, cuando eran
los medios quienes contaban el número de mujeres asesinadas y denunciaban la existencia de
maltrato en el hogar. Contribuyeron a dar visibilidad a lo que inicialmente se denominó
'violencia doméstica' y que pasaría a denominarse ‘violencia de género’ a partir de la aprobación
de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género en el 2004.
El asesinato de Ana Orantes en diciembre de 1997 marcó un antes y un después en este
compromiso de los medios. Recordemos que intervino en un programa de Canal Sur explicando
los malos tratos que había sufrido por parte de su marido y que tuvo que aguantar debido a su
39

dependencia económica y a los once hijos que habían nacido de su matrimonio. Pocos días
después, José Parejo, su exmarido, la apaleó y la quemó viva. Por decisión judicial, compartían
la misma casa después de la separación legal: ella vivía en una planta y su exmarido en la otra,
por lo que estaba en riesgo permanente. La necesidad de cambios legales y de protección a las
víctimas fue un clamor. La imagen de Ana Orantes, una mujer normal y corriente, se difundió
por todo el país. Era un ser humano y no sólo una cifra estadística. La brutalidad del caso
conmocionó a la opinión pública, creó un intenso debate social, político y académico, e interpeló
a los propios medios sobre su papel y responsabilidad social.
A partir de este momento se introducen cambios en la manera de informar sobre la violencia de
género, de manera que las noticias van más allá de ser una crónica de sucesos, y pasan a
enfocarse como un problema social. Los informes de seguimiento que anualmente lleva a cabo
la Associació de Dones Periodistes de Catalunya muestran una mejora sensible en el tratamiento
del tema por parte de la prensa escrita respecto a años atrás. En el caso de la televisión, también
los programas informativos cumplen este papel de información y sensibilización ciudadana. Un
informe del Consejo del Audiovisual de Catalunya del año 2010 muestra que en las televisiones
analizadas no hay ninguna noticia que justifique implícitamente la violencia: ni se culpabiliza a
las víctimas ni se atribuye a patologías del agresor. Tampoco aparecen estereotipos o tópicos
que banalicen la violencia contra las mujeres. Y las noticias no se centran sólo en las agresiones,
sino también en las actuaciones policiales y judiciales (que muestran que no hay impunidad para
el agresor), introducen declaraciones de políticos y de activistas sociales, y muestran el rechazo
de la ciudadanía en forma de concentraciones o manifestaciones. Los medios también
introducen noticias temáticas, con estadísticas sobre violencia de género, encuestas, programas
específicos para su erradicación, etc.

Los informativos han hecho una importante contribución
con su tratamiento de las noticias, pero aún hay camino por
recorrer respecto a determinados programas de
entretenimiento y la imagen de las mujeres que presentan
Lo destacable de este proceso, y más allá de problemas concretos que pueden persistir en el
tratamiento informativo de la violencia de género, es que se produce un cambio en el enfoque
de las noticias, entendidas como un problema social y no sólo como algo que pertenece al
ámbito privado. Los medios de comunicación hacen así una contribución importante a la lucha

40

contra la violencia de género. Pero podrían hacer más. Y quiero referirme específicamente a la
televisión, por el fuerte impacto que tiene en la opinión pública.
En el caso de la televisión, el problema no está tanto en los programas informativos, sino en
algunos programas de entretenimiento emitidos por televisiones privadas, en los que la imagen
de las mujeres se presenta plagada de estereotipos y prejuicios, que valoran el cuerpo de las
mujeres y no tanto sus capacidades, y alimentan la idea de desigualdad, que es el sustrato
profundo por el que se reproducen y naturalizan esquemas inconscientes patriarcales.
Programas como ¿Quién quiere casarse con mi hijo? (emitido por Cuatro) o Sálvame, de
Telecinco, son un ejemplo. Y en algunos programas incluso se ha hecho de la violencia de género
un espectáculo directamente.
Así sucedió en el programa El diario de Patricia, de Atena3. Se invitó a la expareja de Svetlana
Orlova, un hombre maltratador a quien ella había denunciado, y que ante las cámaras insistió
en casarse nuevamente con ella. Svetlana se negó y pocos días después Ricardo Antonio Navarro
la asesinaba. La dirección del programa esgrimió que no conocía la situación de esta pareja, pero
en todo caso no podía justificar el incumplimiento del "Acuerdo para el fomento de la
autoregulación sobre contenidos televisivos e infancia" firmado en el año 2004 entre el gobierno
español y las grandes cadenas televisivas. El acuerdo se renovó en el 2007, después de este
terrible suceso, con el objetivo de poner límites a la "telebasura", al menos en horario de
protección infantil. Tampoco este acuerdo fue respetado y el programa en cuestión siguió
invitando a hombres con antecedentes de malos tratos para intentar una reconciliación ante las
cámaras con su expareja maltratada. Según la Comisión Mixta de Seguimiento del Código de
Autorregulación, El diario de Patricia fue uno de los programas que más denuncias recibió por
vulnerar dicho Código. Desde agosto de 2011 se dejó de emitir. Quiero creer que como efecto
de estas denuncias.
El programa que sí dejó de emitirse como fruto del rechazo social fue La Noria, de Telecinco, a
raíz de la entrevista con Rosalía García, madre de el Cuco, uno de los acusados del asesinato de
Marta del Castillo, a la que se retribuyó con 9000 euros. Esto fue en octubre del 2011, y el
programa tuvo aquel día una importante cuota de pantalla, un 15,1%. Pero las redes sociales se
movilizaron en su contra, y todos los anunciantes retiraron la publicidad. Después de ser
relegado a horario nocturno, el programa fue definitivamente cancelado en abril del 2012.
En los dos casos señalados fue la ciudadanía quien influyó en el declive de los programas, y esto
es esperanzador. Pero no lo es para nada que las grandes cadenas privadas, en su disputa por la
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audiencia, recurran al uso del cuerpo de la mujer y a la violencia como espectáculo. Como
tampoco lo es la debilidad de los gobiernos ante el poder de los medios. Ni la autorregulación
por sí sola ni la regulación aisladamente pueden conseguir que se avance hacia una mejor
calidad en los contenidos y programas. La combinación de ambas puede ser como una lluvia fina
que vaya impregnando el quehacer cotidiano de los medios. Pero sobre todo, y esto es básico,
necesitamos una sociedad exigente respecto a los contenidos de los medios y, para lo que
estamos tratando, esto implica el rechazo de la violencia de género y el que las aportaciones de
las mujeres tengan visibilidad. Porque, finalmente, se trata de combatir todo tipo de violencia
contra la mujeres y de avanzar en la igualdad de derechos y oportunidades.

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Violencia de género, ‘hate crimes’ y feminicidio: ¿Qué hacemos
con la RAE?
Por María Concepción Torres Díaz

El pasado 2 de octubre de 2014 el Grupo de Expertos/as en Violencia Doméstica y de Género
del Consejo General del Poder Judicial presentó el Informe “ Análisis de las sentencias dictadas
por los Tribunales del Jurado y por las Audiencias Provinciales en el año 2011, relativas a
homicidios y/o asesinatos consumados entre los miembros de la pareja o ex pareja”. El Informe
responde al séptimo estudio de estas características que desde 2008 el Observatorio contra la
Violencia Doméstica y de Género ha venido realizando en aras de analizar y profundizar, desde
una perspectiva multidisciplinar (jurídica, médico-legal y sociológica), sobre determinadas
circunstancias que concurren en la que constituye la manifestación más brutal de la violencia de
género, la que termina con resultado de muerte (homicidio o asesinato).
Las conclusiones de los informes anteriores han contribuido a desmontar ciertos mitos sobre
este tipo de violencia con resultado de muerte, como aquéllos vinculados a la ingesta de bebidas
alcohólicas o sustancias estupefacientes por parte del agresor o la alteración mental. El Informe
actual se ha centrado en el análisis de 50 sentencias (44 por violencia de género y 6 por violencia
doméstica) dictadas durante 2011 por los Tribunales del Jurado y por las Audiencias Provinciales.
Entre otros extremos, el informe/estudio se centra en el análisis del sexo, franja de edad y
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nacionalidad tanto de la persona acusada como de la víctima, los medios empleados en la
ejecución de los hechos, los mecanismos de muerte empleados, la fecha, lugar y hora de
comisión de los hechos, las penas impuestas (principales y accesorias), las principales
circunstancias modificativas de la responsabilidad criminal recogidas en la sentencia, la relación
personal entre las partes y su situación de convivencia o no entre ellas, la existencia o no de
denuncias previas así como de agresiones o amenazas previas, la existencia de órdenes de
protección o de otras medidas cautelares o de protección adoptadas previamente así como su
vigencia en el momento de los hechos, las medidas cautelares privativas de libertad acordadas
durante la instrucción de la causa y duración de la misma, la conducta de la persona agresora
posterior a los hechos, etc.
Una lectura del informe/estudio desde el paradigma feminista nos permite reflexionar sobre un
aspecto que desde otra lógica de análisis, quizás, pase desapercibido. Y es que la pregunta que
subyace tras leer el análisis médico-forense de las sentencias de los homicidios y/o asesinatos
por violencia de género dictadas durante 2011 sería la siguiente: ¿Y por qué no catalogar la
violencia de género dentro de los llamados 'hate crimes', esto es, dentro de los crímenes de
odio? La cuestión no es baladí, sobre todo por las implicaciones políticas y de profundización de
la democracia que dicha catalogación lleva de suyo.
Pero vayamos por partes. Intentemos dar una definición más o menos consensuada de los 'hate
crimes' (véase la Hate Crimes Preventión Act, 2009) para después aludir a las consecuencias que
en el ámbito político (y también jurídico) tendría la conceptuación de la violencia de género en
dichos términos. Y es que si algo ha caracterizado a los 'hate crimes' o crímenes de odio es que
son crímenes basados en motivaciones discriminatorias como consecuencia de los prejuicios del
autor hacia determinadas notas identitarias de las víctimas, tales como raza, color, religión,
origen nacional, género, orientación sexual, identidad de género o discapacidad, etc.
En el ámbito de los asesinatos de mujeres por el mero hecho de serlo, ¿no se advierten esas
notas discriminatorias consecuencia de los prejuicios de determinados varones hacia las
mujeres? Fijémonos en algunos datos recogidos en el análisis médico-forense de las sentencias
de los homicidios y/o asesinatos por violencia de género dictadas en 2011 que se incluye en
el

Informe anteriormente reseñado. Entre esos datos cabe destacar los relativos a los

instrumentos más frecuentemente utilizados en los asesinatos de mujeres, entre los que destaca
el arma blanca. Y es que su uso se produjo, según los datos de las sentencias dictadas en 2011
por los Tribunales del Jurado y las Audiencias Provinciales, en un 56,8% del total de casos. Pero
es más, el número de puñaladas que se dieron ascendió a un total de 373, lo que supone una
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media de 13,8 cuchilladas por caso. Son datos escalofriantes, sobre todo si pensamos que solo
en uno de los casos el número de cuchilladas fue de 84, mientras que en seis la media de
puñaladas superó las 20.

La catalogación de las muertes de las mujeres como ‘hate
crimes’ contribuiría a desmontar la neutralidad con la que se
abordan este tipo de crímenes
Otro dato significativo lo arroja el horario en el que normalmente se comenten este tipo de
asesinatos, siendo las horas nocturnas donde se concentran el mayor número de casos,
concretamente, en la franja horaria de 21:00 a 2:00 h. Pues bien, estos datos no hacen más que
corroborar que las mujeres no mueren por violencia de género fruto de un hecho puntual,
circunstancial o por azar, sino que las mujeres son asesinadas como consecuencia de una forma
de socialización del sistema sexo/género que discrimina a las mujeres de forma estructural e
universal. Son crímenes misóginos en donde se discrimina a las mujeres por el mero hecho de
serlo, esto es, por esa construcción socio-cultural que partiendo del sexo biológico jerarquiza,
subordina y asigna espacios y tareas y distribuye el poder de forma desigual y, por ende,
discriminatoria para las mujeres.
Pero volvamos a los 'hate crimes' y a sus implicaciones políticas y jurídicas. La catalogación de
las muertes de las mujeres dentro de dicha acepción sin duda contribuiría a desmontar la
naturalización y la neutralidad (patriarcal) con la que este tipo de crímenes se aborda, se analiza
y/o se estudia. Ahora bien, ¿existe consenso para tal conceptuación? La respuesta no parece
muy halagüeña al menos desde el punto de vista normativo y jurisprudencial. No obstante, se
van dando pasos. Prueba de ello es la introducción en la 23ª edición del Diccionario de la Real
Academia Española (DRAE) del término “feminicidio” (recordando la importante labor de
Marcela Lagarde). Un término cuya lectura –en los términos recogidos en el DRAE– deja mucho
que desear. Sobre todo para el feminismo jurídico. Y es que la dicción literal incluida lo
conceptúa en los siguientes términos: “Asesinato de una mujer por razón de su sexo”.
Nos encontramos ante una definición claramente insuficiente por varios motivos. Primero,
porque no asimila las muertes de mujeres a ese móvil discriminatorio que subyace en los hate
crimes. Segundo, porque con la actual definición no parece querer trasladarse al espacio
público/político el significado de los asesinatos de mujeres desde el punto de vista de la
responsabilidad de los Estados. Y tercero, porque esta versión tan light del término no parece
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que vaya a tener la fuerza suficiente para re-significar y re-conceptualizar la muerte de las
mujeres desde la perspectiva de género en aras de acabar con la neutralidad política y jurídica
de su abordaje. Se observa, por tanto, las reticencias a vincular de forma clara las muertes
violentas de las mujeres a esas causas estructurantes del sistema sexo/género y a esa
responsabilidad estatal. De ahí que tras la introducción en el DRAE, en los términos en los que
se ha hecho, de la palabra “feminicidio” la pregunta que me surge es ¿y ahora, qué?

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La furia de los reyes destronados
Por Concha Caballero

No logro sacudirme la impresión de que nos equivocamos al tratar estos crímenes. Hay peligrosa
banda de delincuentes que asesina anualmente a unas setenta personas. Existe un
departamento especial contra estos crímenes e incluso una ley específica contra ese tipo de
violencia. Incluso anualmente se celebra un día en el que miles de personas salen a la calle
reclamando el fin de estos delitos.
Lo curioso es que cuando se cometen los asesinatos, la atención recae exclusivamente en las
víctimas. Se escrutan su vida y sus relaciones. Se detalla la forma de morir y el tipo de relación
que mantenían con el agresor. Suele destacarse la falta de prevención de la víctima respecto a
su propia muerte: no denunció a tiempo, no mantuvo la distancia prudencial con el agresor.
Incluso, en algunos casos, se relata cómo el asesinato había sido la última acción de una cadena
de maltrato que la víctima había soportado. Un tratamiento que no se emplea contra otros
delitos. Jamás, en otros casos, se reprocha a la víctima el no haber sido lo suficientemente
precavida contra la agresión, sin embargo, en estos, a la opinión pública le resultan pertinentes
estos detalles. La enseñanza soterrada es que la víctima, si bien no es responsable, ha
colaborado en cierto modo con su triste final.

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Se trata de un crimen contra las mujeres, pero no “de las mujeres” sino de sus congéneres
masculinos. No nos engañemos, ni la simple prevención individual, ni la denuncia del
maltratador –absolutamente necesaria, por otra parte– nos salvará del crimen.
Lo extraño es el escaso esfuerzo que gastamos en conocer a esta banda de delincuentes, de sus
cómplices en la comisión del crimen, de la ideología que los sustenta, de las redes sociales que
los amparan. Incluso ahora que las víctimas han empezado a ser escandalosamente jóvenes, en
vez de detectar y reeducar a los maltratadotes, nos limitamos a aconsejar precaución a las
futuras víctimas: no seas confiada, no desveles tus claves de las redes sociales, no admitas
merodeadores en tu vida real o virtual.

La tarea de prevenir los casosde violencia de género puede
resultar inútil si se centra en tratar de proteger a las víctimas
pero sin desarmar a los futuros asesinos
Incluso invitamos a las adolescentes a que, antes de caer rendidas de amor, depuren su
concepto, sepan distinguir el control disfrazado de amor romántico del amor desinteresado que
las quiere libres. Sin darnos cuenta, insistimos en la idea de que se trata de “un problema de
mujeres”, cuando es el problema de algunos hombres.
No es extraño, por tanto, que los que cometen los crímenes no se consideren delincuentes sino
víctimas de una enfermedad, de una fatalidad, de una cadena de acontecimientos que no
controlaban. Incluso cuando ingresan en prisión, no asumen su condición de criminales. Se
sienten radicalmente distintos a sus compañeros de celda que han matado en la pelea callejera
o en un robo con violencia. Lo suyo ha sido el destino, la mala suerte de unas relaciones
envenenadas, el impulso único e incontrolable del que no se sienten responsables.
Para luchar eficazmente contra el crimen, lo lógico es investigar los viveros en los que crece,
estudiar su modus operandi y determinar posibles complicidades.
En las fiestas de medio país se baila al ritmo de canciones que llaman putas a las mujeres. En las
redes sociales se escriben agresivos comentarios contra las mujeres (por cierto, no son las redes
las responsables sino la ideología de quienes en ellas escriben). En las páginas webs se
llaman feminazis a las mujeres que defienden sus derechos.

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En los púlpitos de las iglesias se justifica la violación de las mujeres que abortan. Prestigiosos
escritores lloran por la pérdida de la feminidad en las mujeres actuales. Hay cadenas y líneas
editoriales completas que mantienen que la violencia de género es una ficción de la izquierda y
que las verdaderas víctimas son los hombres calumniados y encarcelados injustamente.
En cualquier otro crimen, todos estos comportamientos se catalogarían como exaltación de la
violencia, cooperación o inducción, pero en este país viven en una apariencia de realidad
correcta, como si las calles de la vida fuesen artículos de la constitución debidamente ordenados
y correctos.
El joven que manda un whatsapp amenazador a su pareja es un alumno aventajado de estas
enseñanzas que, no por soterradas, son menos efectivas. El chico que controla a su amor no
hace sino practicar las enseñanzas que le inculcan los miles de hombres que se rebelan contra
la igualdad de las mujeres. El quinceañero que quiere restablecer la línea perdida del poder
masculino ha aprendido de alguien ese rencor, esa añoranza.
Este no es un crimen solitario. El asesino no está solo en la escena del crimen. Lo acompañan los
dioses furibundos del rencor y la cólera; lo alientan las voces resentidas con la igualdad, la ira de
los reyes destronados. Cuando el asesino empuña el arma, recupera el viejo orden y vuelve a ser
el dueño absoluto de la escena. No matan con el puñal, con la pistola o el martillo sino con el
arsenal de las viejas ideas y con la furia de la supremacía arrebatada.
Por eso, resulta inútil y pueril tratar de proteger a las víctimas sin desarmar a los futuros
asesinos. Es preciso volar los puentes de cualquier complicidad social y desarticular el
mecanismo que fabrica estos clones perversos. La lucha contra este delito debe escribirse ahora
en masculino.
Lo importante no es que las chicas aprendan a distinguir el amor de la posesión sino que los
chicos aprendan una nueva sentimentalidad libre de complejos y de dominios. Es el nido del mal
el que hay que reformar, no cargar de prevenciones y de miedos a las que empiezan a volar
libres.

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¿Por qué renuncian al proceso las víctimas de la violencia
machista?
Por María Concepción Torres Díaz

Gráfico 1

El pasado viernes 17 de octubre el Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del
Consejo General del Poder Judicial publicaba los datos estadísticos sobre denuncias, órdenes de
protección y procedimientos penales y civiles en materia de violencia de género
correspondientes al segundo trimestre de 2014. Una de las cifras sobre las que cabe prestar una
especial atención es la relativa al número de renuncias a continuar con el procedimiento judicial.
Y es que, lejos de lo que cabría esperar, las renuncias al proceso no han hecho más que
aumentar.
Pero vayamos por partes, el gráfico 1 recoge el número total de denuncias presentadas por
violencia machista correspondientes al segundo trimestre de 2014. De un total de 31.699
denuncias presentadas, 2.247 (7,09%) fueron presentadas directamente por las víctimas frente
a las 103 (0,32%) presentadas directamente por familiares. En cuanto a las denuncias incoadas
a través de atestado policial, 20.103 (63,42%) fueron con denuncia de la víctima, 409 (1,29%)
con denuncia de un familiar y 4.520 (14,26%) por intervención directa policial. Por último, cabe

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aludir a las 3.752 denuncias (11,84%) con origen en un parte de lesiones y a las 565 (1,78%) cuyo
origen son los servicios asistenciales y/o terceros en general.
Sin perjuicio de los comentarios y las reflexiones sobre los datos anteriores, el objetivo de
este post es focalizar la atención en los datos relativos a las renuncias al proceso. Datos que
revelan la posición de la víctima de violencia machista en algún momento de la tramitación de
la denuncia sin que – a priori– tenga que afectar al deber de investigar de los hechos
denunciados, si bien es cierto que a buen seguro afectará a la resolución del mismo.

Gráfico 2

El gráfico 2 muestra que de un total de 31.699 denuncias por violencia machista presentadas en
el segundo trimestre de 2014, en 4.188 casos las víctimas manifestaron su renuncia al proceso.
Esto arroja una ratio renuncias/denuncias del 13,21%. Si comparamos los datos relativos a las
renuncias al proceso entre el primer y el segundo trimestre de 2014 se observa que la ratio
renuncias/denuncias ha aumentado en un 0,71%. Y es que de 30.411 denuncias por violencia
machista presentadas en el primer trimestre, en 3.801 casos las víctimas renunciaron al proceso.
Cabría realizar también una comparativa sobre los datos relativos a las renuncias al proceso
durante el segundo trimestre de años anteriores. En concreto, la gráfica siguiente refleja los
datos relativos al total de denuncias por violencia machista presentadas (en el segundo

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trimestre) durante los años 2010-2014 así como los datos relativos a las renuncias al proceso en
esos mismos años.

Gráfico 3

Se observa como en el segundo trimestre de 2014 se ha producido una disminución de las
denuncias por violencia machista a la par que un aumento de las renuncias al proceso. De 31.699
denuncias por violencia de género presentadas en el segundo trimestre de 2014, en 4.188 casos
las víctimas renunciaron al proceso. En 2013, de 31.494 denuncias por violencia machista
presentadas, 3.961 víctimas renunciaron al proceso. En 2012, de 32.704 denuncias presentadas,
4.109 víctimas renunciaron al proceso, y en 2011, de 34.347 denuncias presentadas fueron
4.016 las víctimas las que renunciaron al proceso. Por último, en 2010, de 34.256 denuncias,
renunciaron al proceso 4.004 víctimas. La gráfica que se presenta a continuación refleja muy
claramente el aumento de las renuncias al proceso.

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Gráfico 4

Si comparamos los datos correspondientes a las renuncias en el segundo trimestre de 2014 con
los del segundo trimestre de 2013 el aumento es bastante considerable. Y es que hablamos de
227 renuncias más en este último año.
Ahora bien, tras el análisis de los datos la cuestión a dilucidar y sobre la que reflexionar sería
sobre los motivos y/o causas por los que las mujeres que sufren este tipo de violencia tras la
interposición de la denuncia manifiestan su intención de renunciar al proceso. Y es que la
tendencia alcista en este sentido evidencia que algo en el abordaje de la violencia de género no
acaba de funcionar, y esto a pesar de que el mensaje institucional anima a las mujeres a
denunciar.La cuestión no es anodina desde el momento en el que la renuncia al proceso
contribuye –en cierta medida– a perpetuar en el imaginario social la imagen de una mujer que
no sabe lo que quiere. Y sobre la que se erige la duda sobre su credibilidad. Pero, además, desde
el momento en que esa renuncia a buen seguro condicionará el resultado final del proceso.
Es necesario plantearse una serie de cuestiones sobre las que, quizás, no se haya reflexionado
los suficiente o con la profundidad requerida. Cuestiones que nos obligan a repensar en 'lo
jurídico' y en el abordaje de la violencia de género desde las potencialidades del derecho
antidiscriminatorio. A poner encima de la mesa y a debatir sobre los límites que –en este
ámbito– tienen el derecho penal y el procesal. Máxime si se carece de perspectiva de género.
Prueba de ello lo encontramos en los insistentes recuerdos que durante el periplo judicial se les
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realiza a las víctimas sobre su derecho a acogerse a la dispensa para no tener que declarar contra
su agresor (art. 416 LECrim.) o las dudas que asaltan a muchas víctimas conscientes de que la
única prueba de cargo directa con la que cuentan es su declaración frente a la del agresor. Eso
sin hablar de la dependencia económica de muchas víctimas (y, más, en épocas de crisis), de la
dependencia emocional, del temor a represalias por parte del agresor, de la propia
neutralización que sufren las víctimas en el desarrollo del proceso penal (algo que se pretende
sortear con el futuro Estatuto de la Víctima) y un largo etcétera que espero que sean abordados
en sucesivos posts.
Por tanto, ante la pregunta planteada de por qué renuncian al proceso las víctimas de violencia
machista cabria plantear y responder, con carácter previo, a esta otra: ¿Responde el Derecho –
desde sus actuales postulados– a las expectativas de las víctimas de la violencia machista?

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La estafa piramidal de las denuncias falsas
Por Miguel Lorente Acosta

El machismo ha utilizado la normalidad para mantener los privilegios a costa de los derechos de
las mujeres, de manera que cuando ha jugado al reparto de tiempos y espacios, de roles y
funciones, los hombres se han quedado con la mejor parte. La desigualdad aparece como marco
adecuado para la convivencia, y la cultura se encarga de darle significado y sentido. En principio,
todo perfecto.
Pero esa normalidad tramposa ya ha sido descubierta. Ahora se es consciente de la desigualdad,
de la discriminación que conlleva, de la violencia que requiere para imponerla, y de todas sus
consecuencias. Ya no la pueden esconder bajo la alfombra de la historia.
Y claro, donde hay trampas hay cartón, pero sobre todo hay tramposos que las diseñan y las
colocan sobre el terreno para atrapar a sus presas y alcanzar sus objetivos.
El machismo no se iba a rendir de manera fácil ante el cuestionamiento y derrumbe de su
modelo, ni tampoco quienes disfrutan de esos privilegios, por eso han tenido que desarrollar
nuevas estrategias para mantener la desigualdad y sus ventajas. Esa nueva estrategia es el
“posmachismo”, y su argumento principal es de sobra conocido: las denuncias falsas en violencia
de género.

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El machismo posmachista tiene mucho interés en cuestionar la realidad de la violencia de
género, puesto que su conocimiento y crítica por parte de la sociedad supone demoler uno de
los pilares básicos de la desigualdad. Y como ya no puede esconder ni negar el resultado objetivo
de los homicidios y de las agresiones graves, antes lo hacía con justificaciones como el “crimen
pasional”, el alcohol, las drogas, los trastornos mentales… ahora lo que intenta es hacer dudar
de toda la violencia que antecede a los homicidios a través del argumento de la denuncia falsa.
La estrategia es eficaz al jugar con el elemento tradicional de la “maldad y perversidad” de las
mujeres, al defender el espacio privado de la pareja como parte de la intimidad, y al presentar
la figura del hombre como víctima de la situación. Pero, sin duda, lo que lo hace más impactante
es la utilización de datos previamente manipulados en lo numérico y distorsionados en su
significado y explicación.
Esta estrategia es la que les lleva a decir que la mayoría de las mujeres ponen denuncias falsas
para beneficiarse en los procesos de separación y divorcio, y de esa manera quedarse con el uso
del domicilio, obtener la custodia de los hijos e hijas, y recibir la pensión alimenticia
correspondiente. Y para darle más credibilidad concluyen que representan el 80% de las
denuncias por violencia de género.
Veamos la falacia que supone en lo cuantitativo y en la explicación.
Para concluir que las denuncias falsas son el 80%, aproximadamente, lo que hacen es sumar una
serie de porcentajes correspondientes a situaciones que nada tienen que ver con acusaciones
en falso. De este modo, se ponen a sumar las sentencias no condenatorias, que vienen a ser un
30%, los sobreseimientos que se producen, la retirada de denuncias por parte de las mujeres, la
negativa a declarar contra sus parejas en el juicio… y cualquier situación que no termine en
condena hasta alcanzar ese 80%.
La realidad es muy diferente, tal y como recoge la Fiscalía General del Estado (FGE) en sus
Memorias. Concretamente, en la Memoria de 2014 (página 311), resume los casos abiertos por
posibles denuncias falsas en los últimos cinco años (2009-2013), y suponiendo que todos
terminen en condena representarían un 0’010% del total de denuncias. Es decir, un porcentaje
que demuestra que existen, nunca se ha dicho lo contrario, pero que su realidad es mínima, y
muy alejada de ese 80% que el posmachismo se empeña en mostrar para atacar a las mujeres y
desvirtuar la realidad de la violencia de género. Todo es tan absurdo que quienes dicen que “no
se respeta la presunción de inocencia de los hombres”, directamente condenan sin pruebas ni
juicio a todas esas mujeres como autoras de un “delito de denuncias falsas”. Por cierto, la propia

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FGE, en este caso en su Memoria de 2012 (página 642) recoge que la “no condena” o la “prueba
insuficiente” no equivalen a denuncia falsa.

Pero si fuera poco la demostración de la manipulación en los números, veamos que las palabras
tampoco se corresponden con la realidad, y que esa utilización de la denuncia para “quedarse
con la casa, la paga y los niños” no es cierta. Tomando los datos del Informe del CGPJ de 2013,
vemos que el porcentaje de decisiones sobre custodias adoptadas en los Juzgados de Violencia
sobre la Mujer representa el 3’4%. Y si nos vamos a las medidas civiles derivadas de las órdenes
de protección, comprobamos que del total de denuncias se adoptaron decisiones sobre la
atribución de la vivienda en el 3’4%, sobre las suspensión del régimen de visitas en el 0’5%, con
relación a la suspensión de la patria potestad en el 0’06%, sobre la suspensión de la guarda y
custodia en el 1’1%, y con referencia a la prestación de alimentos en el 4’1%.
Todas estos casos en los que se adoptaron medidas civiles representan el 9’1% del total de
denuncias, demostrando que no es cierto que las mujeres utilizan la denuncia como un
instrumento para obtener beneficios con relación al uso del domicilio, la custodia de los hijos e

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hijas, o de carácter económico a través de la prestación de alimentos. Las mujeres ponen la
denuncia porque están sufriendo violencia y porque quieren salir de ella.
La realidad de la violencia de género viene caracterizada por lo contrario: Por la no denuncia
(sólo se denuncia un 22% del total), y por la falta de recursos para mejorar la respuesta judicial.
Las denuncias falsas son la estafa piramidal de ese posmachismo que le roba derechos a las
mujeres y defrauda en Igualdad a la sociedad. Son el timo que permite engañar a quien cree que
la desigualdad es una inversión beneficiosa y a quien obtiene intereses y privilegios sobre este
abuso. Por eso cada uno de los implicados necesita convencer a alguien más de la falacia de las
denuncias falsas, porque cuanto más personas se impliquen y a más engañen, más tiempo
podrán beneficiarse quienes abusan de ese poder ilegítimo.
Su problema es que también hemos descubierto la estafa.

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¿Por qué se deniegan las órdenes de protección? A vueltas con el
‘riesgo objetivo’ y el ‘juicio de peligrosidad’
Por María Concepción Torres Díaz

El martes 18 de noviembre diversos medios de comunicación se hacían eco del asesinato de una
mujer en Sant Pere Pescador (Girona), presuntamente, a manos de su pareja. En lo que llevamos
de año 48 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o ex parejas (44 confirmados y 4 en
estudio) según los datos publicados por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.
La particularidad de este caso estriba en que la víctima había denunciado al presunto asesino y
había solicitado una orden de alejamiento que fue denegada al parecer – a juicio del juzgador –
porque el caso no reunía “los requisitos necesarios que establece la ley para concederla”.
La casuística de este caso invita a precisar algunos aspectos esenciales en materia de protección
de las víctimas de violencia machista. Y es que los medios hablan de denegación de una 'orden
de alejamiento' y no de una 'orden de protección'. La diferenciación no es baladí en la medida
en que la 'orden de protección' (art. 544 ter de LECrim) otorga a las víctimas un estatuto integral
de protección de la que carecen las medidas cautelares adoptadas al amparo del artículo 544
bis de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Medidas – estas últimas – entre las que se encuentran
la prohibición de residir en determinado lugares, prohibición de aproximarse a la víctima,
prohibición de comunicarse con ésta, etc.
Ahora bien, ¿qué comporta la concesión de una 'orden de protección'? Pues bien, la orden de
protección atribuye a las víctimas un estatuto especial e integral de protección que permite
aunar en una misma resolución tanto medidas de naturaleza penal frente al agresor como
medidas de naturaleza civil. Además, la orden de protección deviene en habilitante para activar
otro tipo de medidas sociales, económicas y/o asistenciales que permitan y/o faciliten a las
víctimas salir de la situación de violencia en la que se encuentran. Por su parte, las medidas
cautelares adoptadas al amparo del art. 544 bis de la LECrim, entre las que se encuentra la 'orden
de alejamiento', no otorgan ese estatuto integral de protección. Sin ánimo de analizar
comparativamente la orden de protección y las medidas cautelares así como su diferente
naturaleza jurídica y finalidad (ya que no es el objeto de este post), lo cierto y verdad es que
resulta de interés profundizar en los requisitos exigidos y que se deben observar para acordar
una orden de protección. Y ello a tenor de los datos publicados en los Informes anuales del
Observatorio de Violencia Doméstica y de Género del CGPJ en donde se observa como el
porcentaje de órdenes de protección acordadas ha ido disminuyendo tras el paso de los años.
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Veámoslo con los siguientes datos:
El gráfico 1 recoge los datos correspondientes a órdenes totales de protección solicitadas y
acordadas tanto en los Juzgados de Violencia sobre la Mujer (JVM) como en los Juzgados de
Guardia (JG) durante el período comprendido entre 2010-2013.

Los gráficos 2 y 3 recogen los datos correspondientes a las órdenes de protección solicitadas y
acordadas por los JVM y JG, respectivamente, entre los años 2010-2013.

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Se observa como en el año 2010 se solicitaron un total de 44.483 órdenes de protección y se
concedieron 30.473. De estas cifras cabe precisar que en los JVM se solicitaron 37.908 y se
acordaron 25.531 mientras que en los JG se solicitaron 6.575 y se acordaron 4.942. En el año
2011 se solicitaron 42.141 órdenes de protección en total y se acordaron 28.149. En los JVM –
durante ese año – se solicitaron 35.816 y se acordaron 23.514 mientras que en los JG se
solicitaron 6.325 y se acordaron 4.635. En el año 2012 se solicitaron 40.683 y se acordaron
25.543. En los JVM se solicitaron 34.556 y se acordaron 21.245 mientras que en los JG se
solicitaron 6.127 y se acordaron 4.298. Por su parte, en 2013 se solicitaron un total de 38.536 y
se acordaron 23.304. De estas cifras en los JVM se solicitaron 32.831 y se acordaron 19.349
mientras que en los JG se solicitaron 5.705 y se acordaron 3.955.
El gráfico 4 recoge los datos de las órdenes de protección acordadas en el período objeto de
análisis (2010-2013). Se observa como el porcentaje de órdenes de protección acordadas ha ido
disminuyendo en el período analizado. Y es que si en 2010 se acordaron un 68,50% de las
órdenes de protección solicitadas, en 2011 el porcentaje se redujo a un 66,79%, en 2011 a un
62,78% y en 2013 a un 60,47%.

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Sin duda los datos invitan a reflexionar sobre esta tendencia reduccionista en cuanto a la
adopción de órdenes de protección. Máxime teniendo en cuenta que las órdenes de protección
se conceden o deniegan por la autoridad judicial previa la concurrencia de una serie de
requisitos (art. 544 ter LECrim) y tras valorarse su necesidad y oportunidad. Con respecto a los
requisitos que deben concurrir cabe señalar, uno, de carácter subjetivo (la víctima debe ser una
de las personas mencionadas en el art. 173.2 del Código Penal) y dos requisitos de carácter
objetivo. Entre los requisitos de carácter objetivo se encuentra la existencia de indicios fundados
de la comisión de alguno de los delitos o faltas que siguen: contra la vida, contra la integridad
física, contra la libertad sexual, contra la libertad y contra la seguridad.
El segundo requisito objetivo – y aquí es donde cabe realizar algunas críticas en cuanto a su
observancia – apela a la existencia de una 'situación objetiva de riesgo' para la víctima que – a
tenor de la jurisprudencia – ha de ser 'seria' y 'no meramente intuitiva o subjetiva'. Cabe
significar que la ausencia de cualquiera de los requisitos señalados dará lugar a la denegación
de la orden de protección solicitada. Denegación que tendrá que estar suficientemente
motivada (arts. 24 y 120 CE). Ahora bien, ¿cuándo una víctima de violencia de género se
encuentra en una 'situación objetiva de riesgo'? ¿En base a qué premisas debe la autoridad
judicial valorar este extremo? Y es que se observa como la valoración del riesgo se erige en el
elemento clave (nuclear) a la hora de proteger a las víctimas, circunstancia que lleva aparejada
un 'juicio de peligrosidad' y/o 'pronóstico de peligro' sobre el presunto agresor.
En este sentido, el contenido de la denuncia interpuesta, la valoración policial del riesgo (VPR),
la posterior declaración de la víctima, la declaración de los testigos (tanto directos como de
referencia), los informes médicos, psicológicos y sociales, la no aceptación de la separación por
parte del agresor, la existencia de denuncias previas (en su caso), antecedentes del agresor y su
entorno, circunstancias familiares, sociales y económicas, renuncias al proceso, etc.,
constituirán elementos esenciales a tener en cuenta por la autoridad judicial sobre todo cuando
la valoración objetiva del riesgo se erige en un requisito objetivo de “libre apreciación” por parte
del juzgador o juzgadora pero de vital importancia para la víctima. No obstante, y sin perjuicio
de lo comentado, también resultará de vital importancia que la valoración objetiva del riesgo se
realice desde un marco conceptual despatriarcalizador (perspectiva de género como categoría
de análisis jurídico) por parte de la autoridad judicial en aras de evitar que se minimicen y/o
naturalicen los hechos. De lo contrario, se corre el riesgo de que los 'requisitos' que deben
concurrir para acordar una orden de protección se transformen en verdaderos 'obstáculos' para
su adopción.

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Rotulaba el presente texto con la siguiente pregunta: “¿Por qué se deniegan las órdenes de
protección?”. Una pregunta que – de momento queda en el aire – si bien es cierto que la
hipótesis de la que se parte permite focalizar la atención en la 'discrecional' valoración de la
situación objetiva de riesgo por parte de la autoridad judicial. Extremo que supone una
invitación para analizar con profundidad, y desde una mirada crítica, los argumentos recogidos
en las resoluciones (autos) de denegación (no olvidemos que se exige motivación).

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