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SHERRY THOMAS
Delicioso
Delicious (2008)

ARGUMENTO:
El amor tiene su propio gusto…
Célebre en París, infame en Londres, Verity Durant es bien conocida por
su exquisita cocina tanto como por su escandalosa vida amorosa. Pero ésa
es la menor de las sorpresas que le aguardan a su nuevo patrón cuando
llega a la propiedad de Fairleigh Park tras la inesperada muerte de su
hermano.
El abogado Stuart Somerset es un hombre hecho a sí mismo, que ha
ascendido de los barrios bajos de Manchester hasta convertirse en uno de
los políticos en alza del Parlamento inglés a base de esfuerzo y trabajo duro.
Para él, Verity Durant no es más que un nombre, y la comida no es más que
eso, comida… hasta que su primer plato llega a sus labios. Tan solo en otra
ocasión había sentido una excitación tan absoluta; una peligrosa noche de
pasión con una desconocida joven que desapareció al despertar el día.
Diez años es mucho tiempo para esperar el plato principal, pero cuando
Verity Durant llega a su mesa, tan solo existe una cosa que satisfará el
insaciable apetito de Stuart. Pero, ¿está ávido de lujuria, venganza… o de la
mayor de todas las exquisiteces, el amor? Pues el pasado de Verity alberga
un secreto que podría devorarlos a ambos al tiempo que tratan de saborear
la fruta más deliciosa de todas…

SOBRE LA AUTORA:

Sherry Thomas llegó a suelo americano a la edad de trece años. Su
historia resulta más interesante si cabe si tenemos en cuenta que el inglés es
el segundo idioma de Sherry. Al cabo de un año, con el poco inglés que era
capaz de garabatear y su fiel diccionario de inglés/chino a su lado, ya estaba
lista para abrirse paso por la novela histórica.
Sherry ha recorrido un largo camino desde los días en que leía Sweet
Savage Love de Rosemary Rogers con un diccionario en la mano. El
vocabulario que recogió de estas historias de inagotable ardor la ayudaron a
superar con buena nota el SAT (el equivalente a nuestra selectividad) y el

GRE (examen exigido por muchas universidades para cursar estudios de
postgrado), y le resultó muy útil cuando se propuso escribir novela. Le gusta
ahondar en el fondo emocional de las historias.
Vive en Austin, Texas, con su marido y sus dos hijos. Y cuando no está
escribiendo, piensan en el zen y en la locura de su profesión, juega en el
ordenador con sus hijos y lee tantos libros fabulosos como puede encontrar.

CAPÍTULO 01
Con el tiempo, y volviendo la vista atrás, muchos dijeron que había sido la
historia de Cenicienta.
En ella se echaba de menos, de forma destacada, al personaje del hada
madrina. Pero por lo demás, contenía todos los elementos de aquel cuento
de hadas.
Había una especie de príncipe moderno. No es que tuviera sangre real,
pero sí era un hombre poderoso (el abogado más famoso de Londres y mano
derecha del primer ministro, el señor Gladstone); un hombre que muy
probablemente algún día ocuparía él también el número 10 de Downing
Street.
Había una mujer que pasaba buena parte de su vida en la cocina. A los
ojos de mucha gente, una persona sin importancia. Para otros, en cambio,
era una de las cocineras más destacadas de su generación; se decía que los
platos que preparaba eran tan divinos que los hombres ancianos daban
cuenta de ellos con el entusiasmo de muchachos adolescentes, y tan
seductores que las parejas de amantes se olvidaban del otro mientras
quedara una sola migaja en la mesa.
Hubo un baile; no el típico baile que aparece en los cuentos de hadas, ni
siquiera en los relatos ordinarios, pero un baile a fin de cuentas. También
hubo la inevitable pariente arpía. Y, lo más relevante para los entendidos en
cuentos de hadas, una prenda olvidada con prisas... nada tan frívolo o
extravagante como un zapatito de cristal, pero sí algo que había sido
cuidadosamente conservado y atesorado durante años y años con una
vacilante llamita de esperanza.
El cuento de Cenicienta, sí...
Pero ¿lo fue en realidad?
Todo empezó —o se reanudó, depende de cómo se mirase —el día en
que Bertie Somerset murió.

Yorkshire, noviembre de 1892…
La cocina de Fairleigh Park era digna de un palacio: tan espléndida como
las que se encontrarían en Chatsworth House o en Blenheim Palace y, con
certeza, varias veces más grande de lo que se esperaría en una mansión de
las dimensiones de Fairleigh Park.
Bertie Somerset había hecho renovar toda la cocina y sus anexos en
1877, poco después de haber heredado la casa y dos años antes de que
Verity Durant comenzara a trabajar para él. Después de aquellas mejoras, la
zona de las cocinas podía presumir de contar con una lechería, un cuarto de
los fregaderos y una despensa, cada una de estas dependencias del tamaño
de una casita; con alacenas separadas para la carne, la caza y el pescado;
con dos ahumaderos y con una bodega para cultivar setas y champiñones
durante todo el año.
La cocina principal, pavimentada con frías baldosas rectangulares de color

—Mademoiselle Porter. Para Verity. giró un poco la cabeza. una tartaleta de limón recién salida del horno y media docena de crepés dulces bañados. era una estancia calurosa en invierno. Una de las ayudantes de Verity rellenaba berenjenas enanas en la mesa de trabajo central. Bertie se estaba volviendo . en mantequilla de avellana. Sobre el fogón ondulaba el vapor de una reducción de vino blanco en la que previamente se había guisado un filete de rodaballo y con la que ahora se prepararía la salsa de acompañamiento. una docena de ostras con salsa Mornay. La mayor parte de la mantequilla de avellana se consumiría durante la cena. Aun así. Aquella estancia era su feudo. que había estado con Verity desde que a los trece años se había incorporado a su equipo. dos pares de cercetas se asaban en un espetón que una moza de la cocina hacía girar. El joven palideció. La chica debía de estar roja de vergüenza. Verity dedicó una mirada de dura advertencia a Tim Cartwright. y durante el verano alcanzaba temperaturas infernales. —pero Verity no dudaría en despedirlo sin darle referencias si se le ocurriera hacer un comentario fuera de lugar a Becky. Cocinaba como los ángeles —sus salsas eran tan aterciopeladas y sorprendentes como una noche estrellada. los olores de su cocina eran tan bellos como los sonidos de una orquesta. mientras que las otras tres ocupaban sus respectivos puestos en la cocina para ayudar a preparar tanto la cena de los sirvientes como la del señor de la casa. Las ventanas eran altas y daban solo al norte y al este. disponía de un enorme hogar de leña a la antigua y de dos grandes cocinas económicas. Tres doncellas se afanaban en el cuarto de los fregaderos. Acababan de llevarse la sopera. sabía perfectamente que apenas unos segundos de descuido bastaban para que la mantequilla de avellana se transformara en mantequilla negra. —Sí. alerta a los más sutiles estímulos de los sentidos y al menor movimiento de sus subordinados.. para que nunca se colara dentro ni un rayo de sol. croquetas de patata a la dauphine. madame —respondió Becky Porter. madame. la mantequilla —dijo con voz severa. En el gran hogar. mais bien sur. Al no oír remover la mantequilla de avellana a su ayudante favorita. Crepés con mantequilla de avellana. que había dejado tras de sí el rastro dulzón de la cebolla caramelizada. Lo siento. el ayudante que se encargaba de la reducción de vino blanco. Su voz siempre era severa en la cocina. su santuario. los platos y los cubiertos del té de los sirvientes. La joven también vigilaba el civet de liebre que se cocía a fuego lento sobre las brasas y que desprendía un penetrante y fuerte aroma cada vez que lo removía..gris y provista de enrejados de madera de roble para que los sirvientes que habitualmente trabajaban allí no tuvieran que pisar el suelo. lavando las tazas. Pero había que reservar un poco para la cena ligera a medianoche que había encargado el señor: un filete au poivre. sin perder la calma. esa noche para la señora Danner. Tres días antes habían sido para la señora Childs. El techo quedaba a seis metros de altura. Cocinaba allí con absoluta concentración. sus soufflés más altos que el gorro de un cocinero.

las manos cruzadas sobre el pecho como las de una efigie cincelada en la tapa de un sarcófago de piedra. una copa de cristal milagrosamente intacta que brillaba a la luz de los candelabros. Tenía una expresión desconcertantemente apacible. Alguien le había aflojado la corbata y le había abierto el cuello de la camisa. —¡El señor Somerset.cada vez más promiscuo con la edad. Ante la puerta aguardaba un grupito de doncellas. un poco más allá. el primer lacayo. Su amante de otros tiempos yacía. Hizo una seña a Letty Briggs. las tapas de cobre colgadas en hilera entrechocaron y una de ellas se salió de su gancho. jadeaba en el umbral y. acaba de salir.. Dickie la guió hasta una salita dentro de la casa. —Seguid trabajando —ordenó antes de cerrar la puerta tras de sí. El aire del pasillo sin calefacción que unía la cocina y la vivienda helaba la fina película de sudor que le perlaba el rostro y el cuello. Pero estaba vacío. Su desaliño contrastaba sobremanera con su postura rígida. montaba guardia junto al cuerpo inerte de Bertie. El golpeteo metálico resonó entre los humos y vapores de la cocina. Al oírlo. el señor Somerset no se encuentra bien! Algo en la expresión aterrada de Dickie hizo sospechar a Verity que Bertie podía estar bastante peor de lo que dejaba entrever el lacayo. —¿Ha ido alguien a avisar al doctor Sergeant? —Mick. las que conducían a otro pasillo. ella misma se quedó sin respiración. boca arriba. en un sofá azul oscuro. —No respira —susurró. se secó las manos con un paño limpio y se encaminó hacia la puerta. su primera ayudante. Había olvidado coger el chal. se le acercó a toda prisa. —Está frío. las de la despensa del mayordomo. madame — . Verity retiró el cassoulet del fogón y sonrió para sí al imaginarse la escena que se produciría si la señora Danner y la señora Childs descubrieran que compartían la devoción poco menos que imperecedera de Bertie. excepto por una ominosa silla caída en el suelo. El corazón de Verity se desbocó cuando entraron en el comedor. —Desde antes de que Dickie fuera a la cocina a informarla. para que fuera a ocupar su lugar ante el fogón. A la cabecera de la mesa. cayó al suelo. Los sirvientes de la casa sabían que aquella no era forma de abrir las puertas. Todas retrocedieron cuando vieron llegar a Verity y le dedicaron unas reverencias innecesarias. —¿Desde cuándo? —preguntó. La puerta de servicio se abrió de repente. un plato de sopa de cebolla medio vacío esperando que se reanudara la cena. Dickie ya apretaba el paso hacia la casa. Cuando vio entrar a Verity. Verity levantó la vista al momento. El señor Prior. que se agarraban de las mangas y espiaban con cautela el interior de la habitación. madame.. el mayordomo. el mozo de las cuadras. a pesar del frío de noviembre. rebotó y rodó hasta detenerse. Golpeó contra un aparador. —¡Madame! —Dickie. mientras alargaba sus zancadas para seguir el ritmo del lacayo. Dickie iba abriendo puertas: las de la cálida cocina. junto a la cual había un pequeño charco de agua y. —¿Qué ha ocurrido? —preguntó. tenía el cabello empapado de sudor.

. El sobre contenía. Verity soltó su mano y se puso en pie con la mente aturdida. —¿Puedes oírme. Las ostras del refrigerio para recuperar fuerzas tras el coito descansaban sobre un lecho de hielo dentro de la alacena del frío y la mantequilla de avellana estaba dispuesta para los crepés dulces que la señora Danner adoraba. no le encontró el pulso. Aquello no tenía sentido. El hombre que una vez estuvo a punto de convertirse en su príncipe había muerto. Jamás había estado enfermo. sintiéndose incapaz de pensar. Verity ni siquiera había pensado en quién podría heredar Fairleigh Park. entonces —dijo la señora Boyce. a mano. había arrojado al cubo de la basura los restos de sus ilusiones rotas y había seguido adelante como si jamás se hubiese creído destinada a ser la dueña de aquella mansión. Tampoco la miró como si él fuera Blancanieves recién despertada de su ponzoñoso sueño y ella el príncipe que lo devolvía a la vida. Ningún dramático aleteo de las pestañas. En respuesta a una mirada inquisitiva de la señora Boyce. Y esa noche lo aguardaba una cita con la señora Danner. En ella se estremeció algo muy íntimo. En todo el drama del repentino fallecimiento de Bertie. A «su hermano». Pero su pulso se negaba a latir. Y al final. se agachó junto al sofá y clavó una rodilla en el suelo. pero no la retuvo en él. Las manos le temblaban ligeramente. al igual que el puño almidonado de su camisa. Todos se habían apoyado contra las paredes y formaban un mar de uniformes negros con los remates como espuma de los cuellos y los delantales blancos. —Bertie —dijo en voz baja. Asintió distraída. donde comenzaba la receta de pollo dorado con albóndigas. Años atrás la había llevado a su castillo. tan solo una obstinada inmovilidad. el ama de llaves. El personal de la cocina. Verity lo tocó. estaré en la cocina. —Tendrán que informar a su hermano de que Fairleigh Park le pertenece ahora. Bertie era un hombre sano que apenas sufría enfermedades. pero el resto del servicio se había congregado en el gabinete: los hombres tras el señor Prior. Aún estaba caliente. había permanecido en sus puestos. de Taillevent. pero cuando Verity le presionó el dedo en la muñeca. Verity guardaba un sobre marrón en el que había escrito.respondió el mayordomo. Cruzó la estancia. entre otras cosas. Bertie? El no reaccionó. «Lista de proveedores de quesos en el 16 éme arrondissement». Hundió la yema del pulgar entre sus venas. Verity sacudió la cabeza. —Si me necesitáis. ¿Haría cinco minutos de eso? ¿Siete? Verity permaneció inmóvil durante un largo rato. algo que tampoco había hecho en los últimos diez años.. un recorte tomado de un envoltorio del pescadero local en el que se hablaba de la reciente victoria de los liberales en las elecciones generales después de haber estado seis años en . llamándole de una manera muy íntima que no había empleado en la última década. como un plato de gelatina depositado con violencia sobre la mesa. ¿Era posible que estuviera muerto? Tenía solo treinta y ocho años. Bertie tenía la palma de la mano húmeda. ella había vuelto a la cocina. siguiendo sus órdenes. En su ejemplar de Le viandier. y las mujeres agrupadas en torno a la señora Boyce. —Será mejor que telegrafiemos a sus abogados.

Toda una hazaña para un hombre que pasó los nueve primeros años de su vida en los barrios bajos de Manchester. pero Verity había tenido alguna parte en ello: se había alejado de él. el hombre cuyo rostro ni siquiera se atrevía a tocar en un recorte de periódico. . Todo aquello lo había logrado por sus propios méritos. con el recorte casi pegado a la punta de la nariz. A mitad del artículo.la oposición. de facciones marcadas y angulosas. nunca fuera de su alcance. una fotografía granulada de Stuart Somerset le devolvía la mirada. pero nunca más lejos. Verity había escrito la fecha en una esquina: 16VIIIl 892. con los liberales de nuevo en el poder. En ocasiones lo miraba muy de cerca. de esperanzas y sueños más que suficientes para dar pábulo a toda una generación de poetas. Ella había seguido desde lejos su meteórica ascensión: uno de los abogados más solicitados de Londres. Otras veces lo dejaba en el regazo. Nunca tocaba aquella imagen por temor a que el roce de sus dedos la borrara. desde luego. para que así él pudiera ser el hombre que tenía que ser. El hombre de la fotografía era extraordinariamente apuesto: tenía el rostro de un actor shakespeariano en la flor de la vida. el jefe del grupo parlamentario del señor Gladstone en la Cámara de los Comunes. y ahora.

lo haré —respondió ella con firmeza. —En ese caso. Estaba preciosa esa noche. Él aún la consideraba joven porque era doce años mayor que ella. —Así está mucho mejor —dijo la señorita Bessler. pues. Había visto crecer a aquella encantadora chiquilla con orgullo y afecto. hizo empapelar las paredes con un tono carmín que era casi sensual. el señor Bessler no había sido capaz de mantener la noticia en secreto. Le brillaban los ojos. —Hace mucho tiempo que somos amigos. Ahora se había transformado en una joven aún más encantadora. cuando tanto Stuart como los Bessler pasaron una semana de vacaciones y celebraciones en Lyndhurst Hall. Tomó. Ella se había escapado del cuarto de los niños para observar el salón de baile. ¿me hará usted dichoso consintiendo en ser mi mujer? —Sí. pero lo suficientemente solemne para el hogar de un antiguo canciller del Tesoro. La señorita Bessler miró a Stuart con severidad. —Sí. y aliviada. —Hace mucho tiempo que nos conocemos. Se habían conocido años antes de que ella hiciera su presentación oficial en sociedad. aunque ella entonces ya insistiera en que no era ninguna chiquilla. como si hasta aquel preciso instante no hubiera estado total1 mente convencida de que Stuart iba a pedírselo de verdad. ya que soy demasiado práctica y egoísta como para renunciar a ti —le confesó. Pero las palabras de la muchacha encerraban una lamentable verdad. —Gracias.CAPÍTULO 02 Londres. Él se hallaba a solas en el jardín fumando un cigarrillo y pensando en otra persona. Le apretó las manos. A los veinticinco años. Pero cuando la señorita Bessler tomó las riendas de los asuntos domésticos tras el fallecimiento de su madre. ¿ podría darse prisa y hacerme la pregunta para que pueda decirle lo encantada y honrada que me sentiré de ser su esposa? Stuart se echó a reír. Los dos somos conscientes de que ya no soy ninguna jovencita. señorita Bessler —dijo Stuart Somerset. rebasaba ya la edad de las adolescentes que se exhibían por los bailes y salones de Londres. Tal y como imaginaba. —pero confío en . indignada porque a una joven madura e inteligente como ella no se le permitiera unirse a la fiesta. con ocho temporadas londinenses en su haber. tenía un rubor sumamente favorecedor en las mejillas y su vestido de color azul Prusia contrastaba de forma espectacular con la chaise longue carmesí en la que estaban sentados uno junto al otro. en efecto... —No es que fuera a cambiar mi respuesta por eso. señor Somerset —lo corrigió. las manos de la muchacha entre las suyas. Hace mucho tiempo que somos amigos —reconoció Stuart. puesto que apenas le faltaban pocas semanas para cumplir quince años. —Y ahora. Hacía tiempo la sala de la casa de los Bessler en Hanover Square estaba pintada de un verde horrendo. Parecía feliz. por favor.

No deseo que te agotes organizándolo todo tú sola. por supuesto. pondré a Marsden a tu disposición.... —Siendo así. —¿Tenemos que contar con tu secretario para un asunto así? —Solo para que tengas tiempo de dormir. Y además era hermosa. Tenía. en cuanto a los preparativos.. ¿me permites por fin que te tutee? —La compasión no se cuenta en absoluto entre mis motivos. Ella hizo una mueca y suspiró. era hija de un político y tenía fama de ser una amable y competente anfitriona. Durante un tiempo. —Déjale que te ayude. Toleraré al señor Marsden. Por cierto. al principio de su amistad. pero había terminado por asumir que eran sueños inalcanzables y espejismos de la memoria. Stuart le tomó una mano. —Una parte de mí tiene la sensación de estar pidiéndote que te conformes con un hombre ya mayor y de ascendencia un tanto dudosa. y por robarme además la posibilidad de hacer un viaje de novios como Dios manda. —Pero es que el señor Marsden me pone los nervios de punta. —No. Había retrasado la tarea de buscar esposa hasta ser lo suficientemente maduro como para evitar a las actuales jóvenes casaderas.. adoraban el señor Marsden. No quería a una chiquilla de diecisiete años.. Ojalá no hubieras tardado tanto... otras esperanzas menos cabales. —No sé si alguna vez te perdonaré del todo por pedirme que prepare una boda tan importante para mí con solo dos meses de antelación. —¡Ojalá lleváramos ya años casados! Aquel sentimiento lo sorprendió. pero solo para evitar que te .. Pero hacia el final de su primera temporada. Ella frunció el cejo. Lizzy — respondió él..que no me lo hayas propuesto solo por compasión.. cuando ya se había convertido en la más bella de todos los bailes. Cuando se clausure el Parlamento. Las mujeres. —Te pido perdón de antemano por las prisas. Era todo cuanto Stuart podía esperar de una esposa en aquella etapa de su vida. Y. Si era sensato. iremos adonde tú quieras. en general. sus ambiciones se habían situado por encima de un simple abogado y parlamentario.. Necesitaba una esposa más avezada que no se inquietara por lo que implicaba gobernar la casa de un miembro del Parlamento. ¿me perdonarás si te pido que nuestro enlace se celebre antes de la apertura del Parlamento? La apertura del Parlamento se produciría a finales de enero. querido Stuart. comer y bañarte de vez en cuando. —No hay ninguna otra persona en el mundo con quien prefiera pasar el resto de mi vida. ni para llevarla colgada del brazo ni para meterla en su cama. ella se había encaprichado de él. Lizzy procedía de una antigua y distinguida familia. Ella lo miró de nuevo con burlona severidad. —No entiendo por qué no te han llevado al altar hace años —prosiguió Stuart.. se la acercó a los labios y la besó. —Está bien. —Le apretó una mano con fuerza y bajó la mirada unos segundos.

de Locke. en quiebra tras cinco años de implacables maniobras legales por parte de Bertie. Marvin e Hijos. Stuart se puso en pie. Stuart frunció el cejo. Marvin e Hijos eran los abogados de Bertie.. señor Somerset —replicó el señor Marvin. Las mejillas de la joven eran tan suaves como el más delicado polvo de tocador. —Hay un caballero que desea ver al señor. Los labios de Stuart estuvieron a punto de rozar los de la joven. señor Marvin —le dijo mientras le ofrecía la mano. Stuart sujetó el rostro de su prometida entre las manos. —¿Cómo dice? . Ella irguió la barbilla y cerró los ojos solícita. —Y. —Supongo que lo que lo ha traído hoy aquí es algún asunto de importancia —dijo Stuart. —¿No se olvida de algo. más bien. ¿ Qué querría Bertie de él? —Te ruego que me disculpes —le pidió a su prometida. Stuart se sentó de nuevo en la chaise longue y la atrajo hacia sí. Lo primero que pensó Stuart al ver al señor Marvin fue que los años no lo habían tratado bien: el abogado había envejecido mucho y en el anodino hombrecillo que tenía delante no era capaz de adivinar a aquel personaje de aspecto eminente que recordaba. el mismo perfume que la joven había llevado desde que cumplió dieciséis años. Pero pronto se dio cuenta de que en realidad jamás había visto al señor Marvin y de que lo confundía con el señor Locke. ante todo. permítame ofrecerle mis condolencias por el reciente fallecimiento de su hermano. Lo he hecho pasar al despacho. En aquel instante llamaron a la puerta. Dice que es urgente. Se miraron el uno al otro. Como un hermano.. —Deberías dejar de mostrarte tan fraternal conmigo. percibió la fragancia de lirios del valle. o como un abuelo. —Así es. Esperaba que fuera el señor Bessler. —Nos vamos a casar Stuart —lo reprendió. señor —asintió el señor Marvin.. Entonces se detuvo un momento y la besó en la frente. Era extraño que se hubieran comprometido: un hombre de mediana edad que había dejado pasar su momento en el mercado matrimonial y una mujer joven que hacía mucho tiempo que debería haber salido de él. con quien se había entrevistado en dos ocasiones en 1882. Un tal señor Marvin.. Locke. Trataron de llegar a un acuerdo mutuamente aceptable que permitiera que Stuart. impaciente por recibir la buena noticia. Pero era el mayordomo. Stuart se puso en pie.preocupes. pusiera fin a aquellos años de pesadilla y conservara todavía un resto de dignidad. Cuando se acercó a ella. —¿Hablamos con tu padre y le comunicamos que pronto me tendrá como yerno? Ella ladeó la cabeza e hizo aletear sus pestañas. —Su presencia aquí es un placer inesperado. señor? Esperaba que la besara. —Le ruego que me disculpe por venir a molestarlo fuera de horas de trabajo.

—¿Te encuentras bien de verdad? —le preguntó. Que Bertie siguiera vivo o no carecía de importancia para Stuart. mucho antes de lo que querría. Creía que el corazón de Bertie llevaba ya marchito mucho tiempo. porque he heredado Fairleigh Park..—Sí. —Me refiero a si te ha afectado mucho lo de tu hermano. Su secretario ha tenido la amabilidad de indicarme que podría encontrarlo aquí. pero Lizzy lo acompañó al vestíbulo. hace unas horas. El señor Bertram Somerset ha fallecido hoy. agradeció al abogado sus desvelos. —No habrá ningún problema —respondió ella. una casa en Torquay. —Y tú. He ido a verlo a usted personalmente en cuanto he recibido la noticia.. Tener que asistir a los funerales de Bertie y hacerse cargo de su herencia entretanto. —Perdone —lo interrumpió Stuart. —Un ataque de corazón fulminante. —Lo acompaño en el sentimiento —dijo el señor Bessler... en casa del señor Bessler. Tenía entre manos un caso que presentaría en quince días ante el Tribunal de Apelación de la Cámara de los Lores. —Ya sabes que me encanta llevar una casa.. vas a estar muy ocupada cuando nos casemos. —Tendremos que posponer el anuncio de nuestro compromiso hasta después del funeral —dijo Stuart... ¿brindamos por nuestro compromiso? Me temo que tendré que irme pronto. —Entonces. El señor Marvin se marchó y Stuart regresó a la sala. Cuando se terminaron el champán. —Lo siento de veras —añadió Lizzy. a menos que. las fincas de Manchester. —¡Por supuesto! —asintieron padre e hija. significaba que debía ultimar de inmediato los preparativos del caso. —Mi hermano ya no está entre nosotros —dijo Stuart. Ambos debían de haber adivinado qué ocurría pero aguardaron con aire solemne a que él se lo contara. Leeds y Liverpool. todos sus bienes le corresponden a usted: Fairleigh Park. El señor Bessler se había unido a su hija. Ya habían discutido suficiente cada roca o trozo de ladrillo que no formara parte de Fairleigh Park.. Stuart sonrió. —¿Cómo ha muerto? —El médico piensa que se ha debido a un ataque de corazón fulminante. .. —repitió Stuart. Después hizo las preguntas que se esperaba que hiciera: ¿se llevaría a cabo una investigación judicial? ¿Tenía que encargarse del funeral? ¿ Requería el servicio de Farleigh Park instrucciones inmediatas de su parte? Finalmente. Stuart se despidió. —Ha fallecido hace unas horas.. Estaba sinceramente sorprendido. señor —asintió el abogado... mejor. y cuanto más grande. Lizzy. —Dado que él nunca se casó y no tuvo hijos. —¿Ha venido usted a decirme que soy su heredero? —En efecto. La enumeración de las propiedades de Bertie no era necesaria.

había respondido él con aire ausente y distraído por la proximidad de aquellos labios de color rosa vivo. «Pues. con la raya implacablemente trazada y peinados hacia atrás. no representaría para nadie la imagen de un cruel enemigo. —No necesitaba consuelo —replicó él sacudiendo la cabeza. no habrían encajado en los círculos más a la moda. Stuart frunció el cejo. Ella era toda ojos y labios: unos ojos del color del océano tropical. Cuando te conocí.. a mí tampoco me cae bien». Pero el delgado joven de la fotografía. En ella. No te envanezcas de ser de una condición diferente. entonces... sino en los elegantes enclaves de Belgravia. colocados en ángulo recto. No sabes el miedo que sintió padre cuando pensó que tu madre iba a sobrevivir. La había mirado por última vez con ella. había dicho ella con una extraña sonrisa en la cara. Dos estantes por encima del decantador de whisky había una fotografía enmarcada de Bertie y de él..» Durante años. que la examinaba con turbadora concentración. unos labios llenos y suaves.. Pero en realidad era como cualquier otro muchacho de dieciocho años: trataba de irradiar una confianza varonil que aún no poseía. —Mi hermano y yo llevábamos veinte años sin hablarnos. Bertie tenía dieciocho años y Stuart diecisiete. con una fría sonrisa en el rostro. le había preguntado al devolverle la fotografía. Después.. por omnipresente que fuera. Este último acababa de ser legitimado por una ley del Parlamento y por el matrimonio de sus padres. Siempre me pregunté si no sería a causa de tu hermano. hubo ocasiones en que necesitaste consuelo. —Por eso lo digo. satisfecho de haber podido arruinar al fin algo que era maravilloso para su hermano bastardo. y la mano que llevaba indolentemente en el bolsillo de la chaqueta pretendían denotar mucho aplomo. « ¿Todavía lo odias?». Los pies.—No podría sentirme mejor —respondió él con sinceridad. ¿Qué le había dicho Bertie aquel día? «Puede que te hayan legitimado. Tu gente son los obreros. . Desde la residencia de los Bessler regresó directamente a su casa y estuvo trabajando hasta las dos y cuarto de la madrugada. alcanzase precisamente a Bertie. La noticia de la muerte de Bertie lo estaba afectando entonces más de lo que lo había hecho antes: sentía un aturdimiento que no tenía nada que ver con la fatiga. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había mirado aquella fotografía? La respuesta le vino a la mente con más rapidez de la que esperaba: no lo había hecho desde aquella noche. Supuso que se trataba de la impresión: no se había siquiera imaginado que la muerte. pero jamás serás uno de nosotros. como cojines de plumas. Se sirvió un poco de whisky y bebió un generoso trago. cuando consideró que ya había hecho bastante por aquel día. con su elegante pero raída chaqueta de verano. Los cabellos rubios. «A veces». los borrachos y los delincuentes de poca monta. siempre que recordaba a Bertie lo veía como en aquel preciso momento: impecablemente vestido. Stuart no vivía en su circunscripción de South Hackney. añadió aún más honestamente: —Y no era a causa de mi hermano.

« ¿Lo conoces?». de pronto.» . sin tener ninguna razón para hacerlo. «No lo he visto en la vida. Sus bellos ojos se volvieron a poner tristes. le preguntó él.» Ella sacudió la cabeza con gesto serio. «No.

.. No deseo casarme con mi cocinera. el heredero legítimo. Ni que decir tiene . si eso es todo lo que eres. —«Se me ocurre algo que podría hacerte llevar la cabeza alta de nuevo» —dijo él imitándola. Se sentía mareada. Quería casarse con él.. por supuesto. E incluso se ofrecieron a llamar al médico que la atendió en su lecho de muerte. pero el reproche que impregnaba su voz la obligó a girar el rostro. Él le dirigió una mirada fulminante.. pensaba Verity. Nunca más podría volver a dejarse ver en Londres. —No lo hice —repuso ella intentando mantener el tono de voz a un volumen razonable.CAPÍTULO 03 Junio de 1882.. y si él la tuviera en menos. Entonces se le había ocurrido una idea. —No pretendía atraparte para que te casaras conmigo —replicó Verity con los dientes apretados. ¡Dios santo! ¡Si mi hermano se enterara alguna vez de esto... —¿Has perdido el juicio? Ya fue de lo más embarazoso presentarme ante sus excelencias para averiguar si mi sirvienta era su difunta y querida sobrina.» —Me mentiste..! Inspiró profundamente y concluyó: —No. “No lo he visto en la vida”. Jamás pensó que él.. Lo amaba. —«podrías casarte con la hija de un duque. Me mostraron su sepultura. un plan maravilloso que resolvería todos sus problemas y restauraría al fin las maltrechas dignidades de ambos. como si hubiera recibido una bofetada.. y esa no eras tú.. Durante unos momentos. Ella lo había sentido mucho por él. «No lo he visto en la vida. Sin embargo eso era lo que había hecho una horda de alguaciles que solo le había permitido llevarse la ropa. —Me enseñaron fotografías de lady Vera Drake. y su decisión había sido un golpe devastador para Bertie.» La batalla por su herencia había llegado hasta el Tribunal de Apelación. Además. —Bertie repitió su acusación con palabras pesadas y duras como grilletes. —¿Por qué iba a engañarte en una cosa así? —¿De verdad crees que mereces una respuesta? —Bertie era demasiado educado como para mostrarse despectivo.. la cabeza le daba vueltas. —Te dije que. —¿Les dijiste que querías casarte conmigo? —Aquello podría haberles hecho actuar así. sería expulsado de su propia casa de la ciudad. Había despotricado contra su hermano y contra los viejos con peluca y toga que no habrían sido capaces de reconocer una aplicación adecuada del derecho consuetudinario aunque la tuvieran delante de las narices. Pero era tan orgullosa como Bertie. en particular a la duquesa. ese matrimonio rectificaría los errores de su juventud y la reintegraría en la sociedad. muchas gracias. ella no pudo articular palabra.

—No.. —Si es lo que eres. la única emoción que pudo apreciar en los ojos de Bertie fue una profunda irritación.. Encontraremos a mi vieja institutriz. Así que la consideraba una mentirosa. él estaría muy por debajo de ella en la escala social. Si aún fuera lady Vera Drake. ¿por qué te sientes ofendida? Hasta aquel momento. Aun así. —¿Cómo dices? ¿Se habría vuelto loco él ahora? —He dicho que vengas a la cama —repitió impaciente. Él se quitó los gemelos. —He compartido mesa con sus excelencias y son las personas más rectas. las palabras que pronunció fueron inseguras y suplicantes: —El duque y la duquesa no son los únicos que me conocen. ¿Acaso era así como se sentía un muñeco de nieve el primer día de primavera? ¿Como si se acabara el mundo y comprendiera que está a punto de disiparse en la nada? —No es lo que soy y. Lo que me han mostrado constituye una prueba suficiente. en pie. —Ven a la cama.. a ellos o a mí mismo. Bertie suspiró. a la hipocresía de unos don nadie que dirían cualquier cosa a cambio de una guinea. Se apartó de la ventana junto a la que había permanecido rígido. ¡soy solo escoria repulsiva! Por fin se cruzaron sus miradas. Le entraron ganas de golpearlo. le dolió oírselo decir en voz alta. Ni siquiera tenía un título nobiliario. «Si eso es todo lo que eres..que ya sabía que él no se casaría nunca con una mujer que solo fuera su cocinera. Debería haberlo sabido. Y la mansión de Fairleigh Park se consideraría apenas una choza con techo de paja si se la comparaba con el esplendor de Lyndhurst Hall. —La voz le surgía quebradiza y amarga. —Era Bertie quien hablaba ahora con los dientes apretados. No mentirán acerca de quién soy para salvaguardar su propia posición. una mujer taimada capaz de decir cualquier cosa con tal de pescar un marido rico. La oscura sensación que comenzaba a invadirla.. —A mí no me parece una chiquillada negarme a dormir con un hombre que me considera una buscona sin escrúpulos. como si fuera una lámina de caramelo quemado. aunque algunos caballeros se hubieran casado con sus criadas o incluso con actrices sin que aquello hubiese impedido que siguieran adelante con sus vidas y sus fortunas. —No digas chiquilladas —replicó él sin siquiera mirarla. —Y no acierto a entender por qué aún quieres tener algo que ver conmigo cuando. No dijo nada. Verity. amables y temerosas de Dios que he conocido. me siento profundamente ofendida. —Está bien. —No pienso hacerlo. —Pongamos fin a todo esto —dijo con hastío mientras se quitaba los zapatos y los calcetines. Me niego a continuar con este circo y a someternos. Verity creía que él también la amaba. O a monsieur David. Pero abstente de condenar . y se acercó al taburete bordado que había al lado de la cama. Regodéate en el resentimiento.. por lo visto. en consecuencia.» Cuando recobró la voz. Debería haber mantenido la boca cerrada todo el tiempo.

cuando saboreo tus cenas. Nunca volvió a llamarlo Bertie mientras vivió.. .. y lo sabes muy bien. Tras su primera noche juntos él le había dicho que no volviera a inclinarse ante él. siento que son algo más que comida. con su dulce misterio y su brillo. Todo mentiras.mi manera de ser. —Buenas noches. Jamás me he sentido atraído por la belleza de tu alma. Se obligó a retener las lágrimas que le anegaban los ojos y le hizo una reverencia. es como la antecámara del cielo. Me deleito con la belleza de tu alma. Y ella se las había creído.» Mentiras. «En ocasiones. señor Somerset.

el brougham resplandecía como si estuviera hecho de azabache y ónice. la mayoría de los criados se había concentrado en el vestíbulo. Bertie tenía unas rentas de diez mil libras al año. El día caminaba hacia el ocaso. Verity se agarró con firmeza a la cortinilla que la ocultaba. Su padre tenía un carruaje como aquel: un espléndido vehículo tan grande como un ómnibus. bajo el alto techo azul y blanco que a ella siempre le recordaba a una exquisita pieza de cerámica mate. A excepción de la señora Boyce y del señor Prior. hermosa en todas las estaciones. el padre de Bertie. A la luz de las lámparas y de los candelabros que atravesaba las ventanillas recién pulidas con amoníaco y alcohol. muchos de sus miembros habían recibido el de «sir» por sus servicios a la Corona tanto en la guerra como en la paz: el último de ellos había sido sir Francis. Al igual que el señor Darcy.CAPÍTULO 04 Noviembre de 1892. Los jardines y huertos. volvieran a cruzarse? . reconstruida a principios del siglo anterior. Verity lo observaba desde el salón acristalado. Desde entonces. ya estaba harta de pobreza y de trabajo agotador. Pero no se trataba de algo que la preocupara en exceso. ¿Qué sentido tenía que sus vidas. cada botón y cada manija. ubicados en un recodo del río Ure y cuidados por generaciones de entusiastas de la horticultura. En ocasiones se preguntaba en qué medida había amado a Bertie por sí mismo y hasta qué punto porque representaba todo cuanto había perdido. vestir de nuevo ropa bonita y dormir sobre un montón de colchones de plumas más altos que ella misma. ¿Habría conseguido Elizabeth Bennet triunfar y que la amaran tanto si el señor Darcy hubiera sido un simple labrador? Ella creía que no. El carruaje apareció a la vista de todos chirriando suavemente. Verity no iba a unirse a ellos. Bumbry sujetó las riendas del tiro y obligó a los cuatro animales a detenerse por completo. Quería volver a viajar en un carruaje de lujo. No había tomado la decisión a la ligera: casi no había pensado en otra cosa durante los últimos días. Geoffrey y Dickie saltaron de sus asientos en la trasera del carruaje. que habían permanecido separadas durante mucho tiempo. que aguardaban al nuevo señor sobre el más bajo de los amplios escalones que conducían a la puerta principal de la casa. el cochero. ocupaban unas dieciséis hectáreas de tierra idílica y pintoresca. La mansión de Fairleigh Park. era uno de los edificios más bellos que Robert Adam había construido en la región. aunque ningún miembro de la familia Somerset había sido distinguido con un título nobiliario. Para cuando Verity llegó a Fairleigh Park. Bumbry. había pasado los tres días anteriores bruñendo cada tachuela. Los Somerset habían sido una familia distinguida desde la guerra de los Cien Años: un decreto regio del año 1398 había otorgado aquellas tierras a un antepasado suyo por el valor que había demostrado en la batalla. desde la noche que su firmamento se había iluminado como un raro cometa.

no semejante falta de aliento ni aquella frenética acumulación de sangre en las orejas. chalecos y chaquetas. señor? . Verity contuvo la respiración mientras el recién llegado levantaba la vista para abarcar la casa que ahora era suya. En ellos no había lugar para las mujeres obstinadas y poco juiciosas que se han labrado su propia desgracia y sus desengaños amorosos. A pesar de su indiferencia hacia todo lo demás. El lacayo bajó las escalerillas y abrió la puerta del carruaje. Stuart solo le había hecho una petición a la servidumbre de la casa: que dejaran intactas las habitaciones y las pertenencias de Bertie. acababa de bajar del carruaje.. con su vieja maleta en la mano y con un trozo del pastel que él le había llevado en el bolsillo. Recordaba sus ojos oscuros como las horas de la noche antes del alba. No era para un hombre corpulento: a pesar de su afición a la buena comida. reflejaba la vitalidad y la sensualidad de una época diferente. muy pronto. de jóvenes tan puras en cuerpo y alma como hermosas. Se suponía que lo miraría y no sentiría más que una cierta añoranza agridulce. Las paredes estaban pintadas de un tenue color dorado y el techo de un tono champán envejecido.El hecho de que él regresara como señor de la mansión. El dormitorio principal. al igual que el resto de la casa. Stuart abrió un armario ropero: el vestuario de Bertie. cuando ya había decidido marcharse. cajones llenos de cuellos y pañuelos. —¿Sí. Precisamente ahora. cómo había conseguido minar su resistencia! En ese momento. Él la había amado con una fuerza arrasadora. Se apartó de la ventana.. A Verity se le encogió el corazón. Stuart se dio cuenta de que el ama de llaves esperaba que se dirigiera a ella. Era como si un caudaloso río primaveral hubiera atravesado por fin los hielos del invierno. ¡ Dios.. ¿era una señal del destino? ¿Significaba que aún no era demasiado tarde. sus hermosos pómulos y su sonrisa sorprendente. casi espectacularmente íntima. se reclinó contra la pared más próxima y se llevó una mano al pecho.. Se lo había estado preparando. Descolgó un abrigo. sobre el que destacaba un mural de bucólico encanto que recordaba las jetes galantes de Watteau. y tan solo se apreciaba un sombrero negro y una ondulante capa oscura. ahora se daba cuenta. tenía cierta curiosidad por echar un vistazo a los días finales de la vida de Bertie. Solo quería estar con él el tiempo suficiente para entregarle un regalo. Bertie no había engordado excesivamente. La señora Boyce apareció en el umbral de la puerta. Docenas de camisas. que todavía era posible que su interrumpido cuento de hadas llegara a un final feliz? Pero los cuentos de hadas solo hablaban de doncellas virtuosas y sin tacha. desde el preciso instante en que se separó de él. todo ordenado. señora Boyce? —¿Deberíamos hacer sitio en el armario para que guarde su ropa. tal vez en cuanto pasara el funeral de Bertie. Algo iba mal. como príncipe del castillo.

Pero enseguida asintió. —No. La señora Boyce pestañeó indecisa: —Pero. y por supuesto. así que había llevado muy pocas cosas. Después de la boda. señor. Yo ya casi he terminado de instalarme. Encárguese de que se sirva a las nueve. y él. el aspecto de la señora Boyce fue el de una mujer condenada a luchar contra los cocodrilos a orillas del Nilo.. Sobre ella reposaban dos libros de filosofía. —Muchas gracias.. Si se sienta a la mesa a esa hora. De haber sabido que Fairleigh Park iba a ser suyo en Navidades.. solo ocho. —No. —No.. Pero ya había aceptado una invitación para pasar esos días en Lyndhurst Hall.. señor? ¿Doce platos. que tenía sed y un poco de hambre. —Puede hacerlo antes de mi próxima visita. —Así será. dejaría que Lizzy se encargara de Fairleigh Park y le diera el uso que le pareciera adecuado. Indíqueselo a la cocinera: que sean solo tres platos. Stuart cerró la puerta del ropero y se echó en la cama.—No hace falta. Aquí seguimos los horarios del campo. como mucho. Pero pensamos que como esta era su primera cena en Fairleigh Park. —¿A las siete y media? —Antes de subir a los aposentos de Bertie. Por un instante.. —En enero —respondió Stuart. con los rasgos de la mujer de un granjero. señor —insistió la señora Boyce con desesperación. —¿Será capaz de degustar doce platos en tan solo media hora. unos frasquitos de láudano. Por eso los libros . lo había aceptado. Cuando se marchó la señora Boyce. —Quizá desee verlo. pero con la tez pálida y sin arrugas de quien se ha pasado toda la vida trabajando a cubierto. —No. señor. la señora Boyce le había ofrecido un té. —Pero el menú ya está listo. Que Stuart supiera.. no es necesario. —Puede que a Bertie le encantara ese tipo de cenas. habría organizado una fiesta en la casa para entonces.? ¡Qué barbaridad! —¿Cenaba mi hermano doce platos todas las noches? —preguntó. La señora Boyce pestañeó de nuevo. señor. —La cena estará a punto a las siete y media.. señor. no terminará hasta las once. Era grandota. Bertie nunca había llevado un diario. Le aseguro que acabaré en media hora. —Puede volver usted a sus ocupaciones. ¿En qué lado habría dormido Bertie? Miró hacia la mesilla de noche situada a la izquierda del cabezal. Se le daban bien esas cosas. señor. El ama de llaves le había servido bollos y galletas y él había comido hasta llenarse. señor —respondió la señora Boyce.. Y su vida y su carrera estaban en Londres. pero Stuart prestaba poca o ninguna consideración a la comida. —Tres platos bastarán. —En esa ocasión pensaba quedarse allí tres días.. —Que será. ambos de Epicuro. señora Boyce.

Stuart bajó el pañuelo. Después. idéntico a las docenas de ellos que había visto en el ropero. de calidad. estaba casi tan asombrado por la dificultad que implicaba desentrañar su composición como por lo imaginativo de su reacción. podría haberle dicho a Stuart por qué había guardado el pañuelo y qué había dejado en él aquel olor tan evocador y atrayente.y el láudano constituirían el vistazo más íntimo que Stuart podría echar a la vida privada de Bertie. pero tampoco sucio. Pero Bertie estaba muerto. ¿Lo habría guardado para conservar su olor? Stuart lo olfateó de nuevo. Mantequilla. Prior reaccionó con una consternación casi idéntica a la de la señora Boyce. con las iniciales de Bertie bordadas en una esquina. Stuart se llevó el pañuelo a la nariz. El comedor de Fairleigh Park era un lugar oscuro y frío. Había en él unas manchas translúcidas e irregulares que señalaban los puntos en que la tela había absorbido algún tipo de grasa. El aroma de la mantequilla y una leve nota acre de limón se fundían con la dulzura del azúcar. Seguía siendo una fragancia muy débil. Prior y sus ayudantes utilizaron como mesa el escritorio de caoba. Si Bertie hubiera estado vivo aún. Tan solo descubrió un pañuelo doblado. Durante un segundo Stuart pensó que el mayordomo se llevaría las manos al pecho y se desmayaría allí mismo. y a él nunca le habían preocupado lo más mínimo los bizcochos. memorable o importante relacionado con el olor del bizcocho de limón. donde los limoneros florecían bajo cielos de color azul cobalto. Stuart guardó el pañuelo y cerró el cajón. ¿De qué sería? ¿De una rebanada de bizcocho de limón? No se le ocurría nada interesante. Y de repente se convirtió en un chispeante efluvio de los climas cálidos del sur. . Pero su buen quehacer como jefe de los sirvientes hizo que se sobrepusiera. Era solo un bizcocho. Un aroma corriente. Pero al volver a acercar el tejido a su nariz. —Haré que dispongan aquí una mesa. Bertie lo había usado para envolver un pedazo de bizcocho o una pasta. Inspiró profundamente con la intención de extraer del olor alguna esencia oculta. cerró los ojos y se imaginó en el jardín de una villa mediterránea. señor —respondió. Aun así. rodeado por macetas de limoneros cargados de frutos del color de los rayos del sol. Stuart sacudió el pañuelo y lo desplegó. No podía decirse que fuera un objeto personal revelador. rodeó la cama y fue a abrir los cajones de la otra mesilla de noche. lo había doblado hasta convertirlo en un preciso cuadrado y lo había guardado en el lugar más inaccesible de su mesilla de noche procurando que los bordes coincidieran exactamente con los límites del cajón. pero con cada inspiración que tomaba se hacía más sutil y embriagadora. a juzgar por el débil olor que desprendía aún. Stuart informó a Prior de que prefería cenar en la luminosa biblioteca decorada en tonos cremosos. No estaba limpio. sin nada de particular. —Sí. Examinó el pañuelo de nuevo: hilo blanco.

Mientras la preparaban, Stuart tomaba notas sobre un montón de
documentos legales que se hallaban sobre la mesita de lectura. Ya había
revisado las normas concernientes a los fertilizantes, las cercas de alambre y
el transporte del correo cuando un lacayo salió de la habitación tras dejar
sobre la mesa una sopera humeante.
—La cena está servida, señor —anunció Prior.
Stuart se acomodó ante el escritorio y abrió un ejemplar del Times.
Hablaba de la investigación sobre el reciente atentado anarquista de París.
En algún momento, Stuart percibió con vaguedad que Prior y los dos lacayos
se miraban entre ellos interrogativamente, como si en vez de estar leyendo el
periódico más sesudo del país estuviera concentrado sobre un ejemplar de
Fanny Hill. Entonces Prior carraspeó y levantó la tapa de la sopera.
La biblioteca, en la que hasta entonces había reinado el olor a libros
antiguos y a humo añejo de puros, se llenó de pronto de la fragancia
veraniega de los pepinos frescos que maduran en el huerto. Stuart apartó un
momento la vista del periódico para ver qué era lo que producía un olor tan
agradable: Prior acababa de colocar delante de él un tazón de caldo denso y
blanquecino.
Stuart tomó un sorbo. El líquido se convirtió en su lengua en una explosión
de sabores, ricos, intensos, puros... le daba la sensación de estar
paladeando el sol y el verdor de una hermosa tarde de junio. Sorprendido,
hizo algo que casi nunca hacía cuando comía solo: apartar a un lado el
periódico. Contempló la sopa.
Despacio, se llevó otra cucharada a la boca. No: la impresión que le había
producido el primer sorbo no había sido errónea. Aquella sopa estaba
realmente buena. Intentó saborear cada uno de los ingredientes: pepinos,
cebolla, un toque de ajo, mantequilla, caldo y nata. No se trataba de
alimentos inusuales, lujosos o particularmente nobles. Y sin embargo... el
resultado era sublime.
Stuart le prestaba muy poca atención a la comida. No lo había hecho
desde hacía años. La comida era, a su entender, mero sustento: algo
necesario para mantenerse vivo y sano, nada más. Para él, una cena en el
Tour d'Argent no se diferenciaba en absoluto de la que servían en el más
infame establecimiento: las dos eran iguales.
Pero aquello no era una simple cena. Era algo tan peligroso e
impredecible como la presencia de una mujer ligera de ropa en la celda de
un monje que hubiera hecho voto de castidad.
Dejó la cuchara en el plato. Treinta años antes habría suplicado otro
sorbo. Veinte años atrás se habría emocionado al descubrir que su sentido
del gusto no estaba atrofiado por completo. Diez años antes podría haber
considerado aquel súbito despertar de su paladar como augurio de un futuro
maravilloso, de un futuro que había deseado con la obstinación de quien está
empeñado en apreciar la insoportable belleza de un mundo inundado por la
voz cegadora.
Esa noche tan solo deseaba sentarse a la mesa a leer tranquilamente el
periódico, sin sentirse distraído —o profundamente turbado —por un tazón
de sopa.
Pero sus dedos ya habían agarrado la cuchara de nuevo. Volvió a rozar la
superficie de la sopa. Alzó la mano para llevarse la cuchara llena a los labios.

Se inclinó unos milímetros hacia ella.
Se obligó a devolver la cuchara a la sopa. Era demasiado tarde. Se sentía
demasiado viejo para aquello, estaba demasiado acostumbrado a mostrarse
indiferente hacia la comida.
Reanudó la lectura del periódico, pero ya no estaba seguro de si lo
informaba acerca de los atentados en Francia o de las elecciones de Estados
Unidos.
Tras una pausa incómoda, Prior retiró la sopa.

La cena fue una sanguinaria batalla de proporciones épicas.
Verity se había quedado perpleja ante la enérgica petición del señor
Somerset de que solamente se sirvieran tres platos, pero no se sintió
alarmada en exceso: si era tan buena cocinera como creía, bastaría un único
plato. Un solo bocado sería suficiente.
No se enteró al instante de lo que había ocurrido con la sopa, puesto que
los alimentos que se retiraban de la mesa se llevaban directamente al cuarto
de los fregaderos y no a la cocina. Como segundo plato había preparado
unas gambas pescadas frente a la costa aquella misma mañana. Eran de un
color rosa cremoso y las bañó en una salsa suave de vino blanco. Para
acompañarlas, preparó media docena de guarniciones diferentes: ostras
pasadas por la sartén, mejillones hervidos en caldo de curry, castañas
glaseadas, guisantes rehogados con mantequilla, patatas gratinadas y
puerros estofados.
Tras sus desastrosos meses iniciales trabajando como ayudante de
monsieur David en casa del marqués de Londonderry, Verity se había dado
cuenta, para su asombro y para el de todos los demás sirvientes, de que
tenía talento para los fogones. Poseía un olfato sensible, un paladar afinado
y unas manos capaces de rivalizar en habilidad con las de un malabarista
circense.
Pero ella siempre había cocinado siguiendo las instrucciones que le daba
monsieur David. El había trabajado a las órdenes del gran monsieur Soyer y
en la corte de Napoleón III, así que contaba con unas recetas tan valiosas
que la mayoría de los cocineros se habrían dejado amputar el brazo derecho
por poseerlas. Eso fue así hasta que ella lo conoció: un hombre incapaz de
obtener placer de la comida, que se limitaba a mirarla con nostalgia mientras
ella comía, comía y comía.
Solo entonces había comenzado Verity a pensar en los deseos, temores,
alegrías y penas tan inextricablemente unidos a algo tan simple como una
comida. Solo entonces había empezado a cocinar con un propósito: además
de ganar un sueldo y tener un techo bajo el que cobijarse, satisfacer
hambres que superaran con creces las necesidades del estómago.
Todo cuanto había cocinado desde entonces, lo había hecho teniéndolo a
él presente, unas veces con recuerdos de él que conservaba grabados a
fuego en la memoria, y otras con tan solo una débil huella de añoranza que
se filtraba en sus pensamientos. Pero siempre, dominándolo todo, justo en el
umbral de la conciencia, persistía una cantilena constante: si algún día
tuviera la oportunidad de cocinar para él... si algún día tuviera la oportunidad
de cocinar para él...

Sus comidas se volvieron sensuales... sugerían la ternura de un beso, el
abandono de rodar sobre un montículo cubierto de césped en una tarde de
verano, la intensidad de la mirada de un amante. Creó nuevos platos que
eran a un tiempo humildes y extravagantes, pero siempre tenían el mismo
propósito: salvar la barrera de los años y devolverlo a un momento anterior a
aquel en que sus pérdidas lo privaron del más elemental de los placeres.
Deseaba servirle la felicidad en bandeja.
Un mordisco: era todo cuanto necesitaba.
Y eso fue, por lo visto, lo único que consiguió. El propio señor Prior entró
en la cocina y se la llevó aparte para hablar con ella a solas. Le explicó que
el señor Somerset había rechazado la sopa tras tomar solo dos sorbos. Y
que cuando le sirvieron el segundo plato, había probado tan solo un bocado
de cada uno de los platitos. Había masticado con gran seriedad y había
permanecido en silencio durante un minuto. Después, se había levantado de
la mesa.
Había acabado de cenar. Ni siquiera había pedido el tercer plato, el petit
pot de crème au chocolat que el año anterior había hecho llorar abiertamente
en la mesa a monsieur du Gard, el industrial parisino. Dijo que le había
recordado a su querida hermana, muy amante del chocolate, que había
abandonado la escuela y el chocolate, para que él pudiera cursar sus
estudios.
Pasaron varios minutos antes de que Verity se diera cuenta de que el
señor Prior seguía hablando. Apoyó la mano sobre el antebrazo del
mayordomo para que dejara de disculparse.
—Está bien, señor Prior —le dijo. Estaba demasiado aturdida como para
entender del todo lo que había ocurrido. —Los caballeros son como son.
Debemos respetar sus preferencias.
Su acento francés se marcó exageradamente. Toda la servidumbre sabía
que, cuando su inglés se tornaba espeso como el cemento húmedo, nadie le
sacaría una sola palabra más.
El señor Prior asintió y se marchó. Verity se volvió hacia sus ayudantes.
—Bien hecho —les dijo. —Ha sido una de las mejores cenas que hemos
preparado en la vida.
Era cierto, aunque hubieran tenido que reducir el número de platos. Pensó
que serían suficientes —tanto la cena como todas las bendiciones que su
corazón había depositado en ella, —pero se equivocaba.
Se había confundido por completo.

A las once de la noche alguien llamó a la puerta de la biblioteca. Era Prior.
—¿Necesita algo más, señor? —preguntó el mayordomo.
Efectivamente, Stuart necesitaba algo. Puesto que apenas había cenado,
ahora se sentía hambriento.
El hambre casi nunca lo molestaba, tan solo le señalaba que se acercaba
la hora de comer. Pero lo que estaba experimentando en ese momento, sin
embargo, era una sensación diferente: no necesitaba comida, sentía un
ansia imperiosa de ella.

Hacía casi dos horas que habían retirado su cena de la biblioteca. Aún olía
rastros de ella, frescos y voluptuosos. De haber podido degustar aquellos
diminutos vestigios, lo habría hecho sin dudarlo.
Apenas había podido hincar el diente a los informes financieros que tenía
frente a él. En su mente, por lo general disciplinada y centrada, bullían ahora
cautivadoras imágenes de la comida, imágenes lujuriantes y pornográficas de
los platos que había rechazado de manera implacable durante la cena y de
los que había impedido que llegaran siquiera a la mesa.
—Sí... Desearía un emparedado.
En su casa habría ido él mismo a la cocina en lugar de haberle encargado
a alguien que se lo trajera. Pero en su primer día como nuevo señor de la
mansión debía mostrar una conducta más señorial, puesto que, al igual que
él juzgaba a sus sirvientes por su eficacia y carácter, ellos lo juzgarían
también a él por su valía.
—Lo que mande el señor —dijo Prior. —Enviaré a alguien a decírselo a
madame Durant.
Aquel nombre le resultó familiar. Un segundo después, Stuart lo recordó
todo.
El rumor le había llegado por primera vez cuando se dirigía hacia
Afganistán para tomar parte en una de las guerras más estúpidas de la
historia. ¡Cuántas risas había provocado en las desoladas tierras del paso de
Khyber la imagen de Bertie en la cama con su cocinera! ¡Su cocinera, que
probablemente tenía tres veces más contorno que él y era tan fea como el
fondo de su sartén favorita! ¡Qué bajo había caído el poderoso!
—¿Aún trabaja aquí madame Durant? —Hacía años que los chismosos
guardaban silencio sobre el tema. Había dado por hecho que Bertie habría
recuperado el sentido común y despedido a madame Durant.
—Sí, señor. Nos alegra que esté con nosotros. No tiene rival en su oficio.
Stuart no hizo caso al reproche que implicaban las palabras del
mayordomo. Madame Durant tenía que ser una de las sirvientas con peor
fama de toda Inglaterra; era la insaciable amante de Bertie que, según
algunos, lo había inducido a ciertas prácticas depravadas que implicaban el
uso de la nata y los rodillos para amasar.

Cocinaba como si fuera el preludio de la seducción, como si hubiese
vendido su alma al diablo a cambio de que el más humilde nabo se
convirtiera en pura excitación al rozar la lengua. No era extraño que Bertie no
hubiese sido capaz de resistirse a ella; había amado los placeres de la mesa
desde niño, con la seriedad y el apasionamiento que otros reservaban para
la caza y las carreras de caballos... o para el derecho y la política.
—¿Es necesario molestar a madame Durant por un simple emparedado?
—Una vez que madame Durant permite que sus ayudantes se retiren a
descansar, todas las peticiones para la cocina han de hacérsele
directamente a ella, señor.
Stuart había querido dar a entender que Prior o cualquiera de los lacayos
podían ocuparse del emparedado, pero estaba claro que aquello ni siquiera
se le había pasado por la cabeza al mayordomo. Hacía décadas que Stuart

en un bonito hogar. Se decía de ellas que eran tan deliciosas como el primer día de primavera y el doble de seductoras. sus aposentos constaban de una salita y un dormitorio. El papel de la pared. aquel . había olvidado la estricta división de tareas que implicaba su jerarquía. A lo largo de los trece años que llevaba viviendo en Fairleigh Park había transformado aquellas habitaciones. la había halagado y emocionado. por supuesto. El regalo del diván. El diván tapizado en seda rosada en el que se encontraba sentada mientras escuchaba a Dickie contarle la petición del señor Somerset se lo había entregado Bertie cuando decidió cambiar la decoración del salón acristalado de Fairleigh Park. Como correspondía a un miembro del servicio que ostentaba un cargo de autoridad. ella. junto con dos delicadas mesitas auxiliares y un escritorio de madera de nogal. había sido un presagio del día en que. Las habitaciones eran pequeñas. vacías y sin gracia cuando se instaló allí. En la consola que había junto a la puerta. Verity vivía en los pisos altos de la casa. No debía tomárselo como algo personal. Hacía años que no se sentía tan furiosa. La alfombra.no formaba parte de una casa con un servicio tan numeroso. él no pretendía mortificarla al pedir un emparedado. la había besado mientras discutían acerca de los méritos de la sauce soubise y la salsa bearnesa. flores de lis plateadas sobre un fondo azur. Estaba deseando que Dickie se marchara para poder arrancar los pétalos de las flores y machacarlo todo con sus propias manos hasta reducirlo a una masa negra. accediendo en un tono que mostraba más expectación de la que él hubiera deseado. la habían tejido unas muchachas turcas que ahora debían de ser abuelas. Al igual que la mayoría de los sirvientes. si no le gustaba la comida que ella le preparaba. entonces —dijo Stuart. bajo un antiguo espejo ovalado del mismo tamaño que su rostro. era de suficiente calidad como para decorar el despacho de un próspero comerciante de Londres. debido al terrible error que había cometido al pensar que su magia y sortilegios bastarían para liberarlo del hechizo que lo atrapaba y que solo le permitía distinguir sabores anodinos. El resto de la salita igualaba al mobiliario en gracia. que cuando pensaba en él lo hacía con la ferviente devoción que se demuestra a los pies de un santo. A un lacayo lo ofendería y escandalizaría tanto que le pidieran que realizara algún trabajo en la cocina como a madame Durant que le rogasen que acompañara a la futura señora Somerset a la ciudad para cargar con todas las compras que hiciera. surgía un jarrón repleto de campanillas de invierno que el jardinero jefe le había llevado a cambio de unas cuantas de sus magdalenas. —De acuerdo. de repente. Nunca se hubiera imaginado que podría enfadarse con él. Intentó atrincherarse en la racionalidad. y la salita le permitía recibir a otros sirvientes de su categoría para tomar el té o jugar a las cartas de vez en cuando. pues no le gustaba. pero al menos su cama no quedaba a la vista en cuanto abría la puerta. Pero tal vez estuviera aún más enojada consigo misma. de un azul más intenso que el de las paredes. Y.

Ha sido preciso el esfuerzo de muchas generaciones para construir. No podía porque ella lo había tenido siempre en muy alto concepto. No podía porque ella se había mantenido casta por respeto a aquel recuerdo. Querido señor: La hora de la cena en esta casa está fijada a las siete y media. mantequilla y una empanada de carne. No puede decidir. ¿Por qué cualquier cosa que tuviera que ver con la comida o la cocinera obligaba a todos los de la casa a salir a escape en busca de su frasco de sales? La nota. el almuerzo y la cena. escrita en francés. . que la biblioteca. en su recuerdo lo había considerado siempre perfecto. señor.: En la alacena de la despensa hay pan. hacía mucho más que contestar a la petición de Stuart. El señor Bertram Somerset lo entendía así. que tiene fama de ser un hombre comprensivo.. Humildemente suya. muestre esa falta de consideración por los que trabajaban a su servicio. fue al escritorio y sacó de él una hoja de papel de escribir. El lugar apropiado para la cena es el comedor. a su arbitrio. debe anunciarlo con anticipación. mantener y mejorar el pasillo que une la cocina y la casa. Ella aún. Su rostro transmitía una consternación que recordaba la callada desesperación que Prior había mostrado unas horas antes. Trastorna todo el proceso para el resto de los implicados en él.. es más útil para tal propósito.D.encargo había llegado hasta ella por su reiterada insistencia en que fuera ella y no cualquiera de sus ayudantes —muchos de los cuales comenzaban su jornada a las seis y media de la mañana —quien se ocupara de satisfacer los caprichos nocturnos de Bertie. El lacayo que poco después entró en la biblioteca no llevaba una bandeja con comida. no se puede pretender que monte una campaña en Leipzig en un santiamén. Si el señor desea comer en cualquier otro momento. Pero él no podía tener fallos humanos. —¿Serías tan amable de esperar un minuto? —le preguntó a Dickie al tiempo que desenroscaba el capuchón de su pluma. Se levantó. VERITY DURANT P. Mis responsabilidades en esta casa son preparar el desayuno. y me sorprende que usted. suficiente para entretenerlo hasta la hora del desayuno. Se necesitan años de formación y práctica para que la servidumbre de la casa y la de la cocina se coordinen para que los alimentos lleguen a la mesa calientes y en su punto. Si tengo todas mis fuerzas concentradas en Waterloo. situada en el extremo opuesto de la casa. sino una nota doblada.

Tenía hambre. El plumín de la estilográfica había atravesado el papel en varios puntos. como manifestaba la violencia de la caligrafía.No era la primera vez que Stuart recibía una carta airada. Y un abogado que ganaba muchas más causas de las que debía. tan violentos como la ira de la persona que manejaba la pluma. STUART SOMERSET La contestación llegó apenas unos minutos después: Querido señor: ¿Quiere usted librarse de mí? Humildemente suya. él nunca tendría que enfrentarse de nuevo a la indeseada provocación de su cocina. las letras estaban más clavadas en la cuartilla que escritas sobre ella. a su seductor sibaritismo. Estaba hambriento porque ella le había servido unos alimentos que eran el equivalente culinario de un canto de sirena: ahora no podía comerlos. Elogiarían sus elevados principios y su caballerosa consideración de la delicada sensibilidad de su prometida. Los trazos de las «tes» eran tachaduras y los puntos de las «íes». ¿Y ahora aquella mujer le montaba aquel alboroto porque le pedía algo tan fácil de preparar como un emparedado? Extrajo de su escribanía una cuartilla de papel y respondió en francés: Querida madame: ¿Quiere perder su empleo en esta casa? Su servidor. Pero en aquel momento no podía pensar con claridad. STUART SOMERSET . era mucho más que airada. Querida madame: Todavía no. Su servidor. VERITY DURANT Nadie le echaría en cara que se librara de ella. Al contrario. no obstante. rara vez se permitía una respuesta que no fuera comedida. Aquella nota. Además. Un miembro del Parlamento no siempre agradaba a todos sus electores. Jamás volvería a codiciar sus alimentos con aquella ansia inconveniente e hipócrita. Por su parte. solía tener noticias de los indignados abogados de la parte contraria. de esa forma. al igual que un marinero de la antigüedad no podía relajarse y disfrutar de la música mientras navegaba a través de los escollos rocosos de Anthemusa. Pero me resultaría fácil cambiar de idea.

y se enorgullecían de ello. sí tenía el deber de alimentarlo. Nunca había salido de los suburbios de Ancoats antes de trasladarse a Fairleigh Park. Poco después de su encuentro fallido con madame Durant. ahora cuatro rebanadas de pan perfectamente cortadas. descubrió. como si fuera una señal de auténtica nobleza. La tetera emitía un silbido fuerte y agudo.. El depositó el cuchillo en el borde del mantequillero. el tacto de su brazo. ella. madame Durant? «Soy yo. ¿Aún me amas?» Dio media vuelta y se marchó. Stuart se volvió loco en algún momento cercano a la medianoche. a través de la rendija de la puerta abierta. —¿Es usted. aullaba su más alocado y profundo afán. Verity había ido a hacerse cargo del emparedado. porque no hacerlo habría supuesto una grave negligencia en el cumplimiento de sus tareas. «Mío». «mío..Ella lo observó desde donde la indecisa luz no la alcanzaba. con su halo ovalado y sus alas poco menos que inmaculadas. De pronto él alzó la vista. pero todos se mostraban. no reaccionó. cada una de un dedo de grosor. Lo único que deseaba era saciarse de su imagen: apreciar la sombra que inundaba el hoyuelo de sus mejillas. Así que no se había olvidado de cómo cuidar de sí mismo. Él no estaba obligado a apreciar sus platos. Se envolvió la mano con un paño y desapareció de su vista para volver un momento después con la tetera y verter el agua hirviendo en una taza que ella tampoco podía distinguir. una bandeja de plata con la tapa en forma de cúpula. Los caballeros que formaban la flor y nata de aquel país eran valientes en la batalla. la sensación de su peso sobre ella mientras él dormía y la protegía con su abrazo. la profunda hendidura del arco de su labio superior y cómo abría la boca ligeramente cuando se concentraba. Contenía un pequeño tazón individual. en cambio. desvalidos frente a las tareas domésticas más simples. Él estaba agachado sobre una hogaza de pan. con un cuchillo en la mano. Aún furiosa. cómo se le rizaban los cabellos en la nuca y lo sorprendentemente sedosos que eran. —¿Quién anda ahí? Dividida entre unas ganas locas por dejarse ver y el pánico que la impulsaba a salir corriendo. Estoy aquí. honrados con sus subordinados y aceptables en la cama. mío. oculta en la alacena de la cocina. Miraba a su arcángel descendido a la tierra. En la tabla de cortar había tres. Pero él era el hijo ilegítimo de una mujer pobre. casi sin excepción. la puerta a través de la cual lo espiaba Verity había crujido. Al instante supo de qué se trataba: era el postre que no había permitido que el señor Prior le sirviera a pesar de (o precisamente a causa de) los desesperados alegatos del mayordomo que defendían que las natillas de chocolate de madame Durant . Recordaba la suavidad marmórea de su espalda. Ahora ya ni siquiera recordaba bien por qué se había enfadado tanto con él. mío».

El cielo apenas era visible. en aquel instante. Al menos. totalmente indiferente a su ridícula lucha interior. Ella sería débil y delicada. que no lo haría. la suya no podía. Temblaba. Stuart entrecerró los ojos. Aquella ansia no se limitaba a las natillas de chocolate. Cuando se recostó en la silla. y liberó un aroma intenso y penetrante. El postre descansaba ahora sobre una mesita. Pero la sensación se desvaneció tan rápido como había llegado y dejó tras ella la misma obstinada e inexplicable ansiedad. en su oscuro encanto. . pero su resplandor le permitió alcanzar la ventana. Se vio a sí mismo invadiendo la cocina de madame Durant y atrapándola en un oscuro rincón de sus dominios. De pronto se sintió de nuevo hambriento. en la profunda intimidad de la noche. Se levantó de la silla. Pero ahora las natillas de chocolate estaban allí con él. brillante.. El fuego ardía débilmente en la chimenea. Tendría el mismo gusto que el whisky. Antes de mudarse a Fairleigh Park no había probado nunca el chocolate. La vida de un hombre no podía depender de los eclipses de sol. pero con la fuerza desgarradora de quienes están acostumbrados al trabajo duro.. Hundió en él la punta de una cuchara. un agradable aroma que su ardiente imaginación y su hambre mitificaban. casi sin saborearlo. Algo lo hizo mirar hacia abajo. Chocolate. los sabores residuales atenazaron sus sentidos. sensacional e intolerablemente maravilloso. Se imaginó el mudo consentimiento de la mujer. Su dormitorio estaba oscuro y en silencio. Durante la cena había tenido la fuerza de voluntad suficiente como para volver a tapar la bandeja. se desvanecía. Soñó con chocolate suficiente como para bañarse en él. Él sostendría su rostro entre las manos y la besaría. cuando ya había decidido. firmemente. En la terraza brillaba una tenue luz rojiza. Ya ni siquiera tenía la excusa de sentirse hambriento. Abrió las cortinas. ardiente y puro. aunque lo había intentado. Durante unos instantes sintió en su boca un cosquilleo y un enorme placer: un estallido de gloria. Pero no era capaz de dejar de pensar en las natillas. a solas. destruyó su lisa superficie. Todo lo que les rodeaba desprendería el perfume del verano. Había vuelto a pensar en ella. en el embriagador aroma que lo había hecho desear lamerlas allí mismo. sereno. entre montones de nubes titilaban unas cuantas estrellas pequeñas y distantes. Engulló en unos segundos el contenido del tazón.eran algo único. volvía a moverse con languidez y desaparecía de nuevo. Las natillas de madame Durant tenían aquel mismo olor. de las fresas maduras que seducen como unos labios rojos y jugosos. la urgencia de sus dedos al agarrarle los brazos con rudeza. El pan y la mantequilla lo habían saciado. Se llevó el papel a la nariz y aspiró tan profundamente como le permitieron sus pulmones. pero cuando tenía siete años alguien le dio el envoltorio de una tableta de chocolate importado.

La luna menguante apareció detrás de una masa de nubes e iluminó a una mujer que llevaba un gorrito blanco y fumaba un cigarrillo. Su vestido negro se confundía con las sombras de la noche. incluso aquella chispa se extinguió. La luna desapareció y la figura volvió a convertirse en un punto de ceniza incandescente. Madame Durant. salvo por el fulgor del granito plateado y el entramado de las sombras. envuelta en un chal grueso. Cuando la luna salió otra vez. Estaba de espaldas a él. . Finalmente. la terraza estaba vacía.

No había ni un solo criado que la informara del paradero del señor. Se podría decir que para Stuart Somerset evitar su propia vivienda era cuestión de vida o muerte. en su amante. pero la señora Boyce se había puesto enferma la noche anterior y le había pedido a Verity que supervisara la elaboración de la mermelada: las fresas estaban muy maduras y no podrían esperar un día más. Verity no se atrevería a luchar por la verdad: no ahora que Michael . Ahora eran ya las once. Más tarde. probar la verdadera identidad de Verity. La de las diez iba a ser su última tentativa: pensó que a la tercera iría la vencida o que sería una señal inconfundible de que aquello no iba a salir bien. A Verity le habría encantado ver la cara de Bertie durante la boda. Una vez conseguido esto Stuart no dejaría escapar la oportunidad de casarse con ella. podría. dado que según tenía entendido él era abogado y miembro del Parlamento. Nadie respondió a los enérgicos golpes de Verity en la puerta: no pudo oír pies que se arrastraran por el suelo o movimientos disimulados detrás de las cortinas. Y ahora. había vuelto a la casa a las nueve. si contaba el sótano y el desván) y no contrata servicio que la atienda? Había llamado a la puerta a las ocho. Lo que en circunstancias normales habría sido un agradable paseo hasta el pueblo se había convertido en una dura caminata. de haberse puesto ropa seca y de haberse esforzado mucho para estar presentable.CAPÍTULO 05 Julio de 1882. donde tuvo que soportar las miradas inquisitivas de los clientes habituales. No podía afrontar la perspectiva de volver a Fairleigh Park sin haber logrado ni uno solo de sus objetivos. Pasó la mayor parte de su viaje en tren hacia el sur con las medias empapadas a pesar de sus galochas. sin embargo. Aceptó a regañadientes. Después. ¿Qué clase de hombre compra una casa de cuatro pisos (seis. había dado al traste con los planes de boda. ¿Nada le iba a salir bien aquel día? Su intención había sido dejar Fairleigh Park a primera hora de la mañana. Lo había planificado. La carta de su tía. Acababan de poner la mermelada en los tarros cuando le llegó la carta: una hoja de papel escrita con una letra pulcra en la que se detallaban las actividades de Michael y los lugares que iba a visitar durante la siguiente semana. El mensaje era inequívoco. empezó a llover a cántaros. Al no obtener respuesta se había refugiado en un pub situado a unos cuatrocientos metros de allí. después de haber encontrado un buen alojamiento. Pero no podía rendirse. Verity apenas pudo controlar su deseo de pegarle una patada a la puerta. se convertiría en la cocinera de Stuart Somerset. como favor especial. Su tía sabía quién era Michael: Verity no debía volver a avergonzarla nunca. ¿ había mejorado en algo su suerte? En absoluto. todo. Cuando quemó la carta y dejó de temblar. Primero. Y a las diez. El número 26 de Cambury Lane se mantuvo tan oscuro y silencioso como el interior de un mausoleo.

Además. Sería un duro golpe para sus aspiraciones gastronómicas que ella desertara y convirtiera la mesa de su hermano.. Los dos la habían repasado con la mirada. Verity no albergaba esperanzas de herir a Bertie por sí misma: acababa de descubrir. no se encontraría allí ahora: como una visitante inoportuna con una retahíla de sorprendentes objetivos. Si hubiera sido más sensata. El sentido común no era su fuerte. bueno. Se habría sentido fascinada por su insólita infancia y le habría rogado que le contara detalles excitantes de esa época: ¿había en su casa ratas grandes como gatos? ¿Había sido analfabeto? ¿Qué se sentía cuando uno era pobre y padecía hambre? Después les habría susurrado a sus amistades todos esos detalles mientras reía disimuladamente o tal vez se estremecía con delicadeza. algunas de hombres a los que no le gustaría tener a menos de cinco metros de ella. con los ojos inyectados en sangre y olor a demasiada cerveza e insuficiente jabón. Empezó a caminar hacia el pub. su interés se . si algún día hubiera visitado esa casa. Al contrario. cualquier cosa que tuviera que ver con Stuart Somerset ponía furioso a Bertie. ¡Que él también diera vueltas despierto en la cama! ¡Que él perdiera el apetito siquiera una vez! Pero la puerta del número 26 de Cambury Lane no se abría. Y el dedo gordo del pie le dolía mucho. que ella no le importaba lo suficiente. Ni los mejores barrios de Londres eran completamente seguros por la noche. Verity no había podido comer ni dormir durante semanas enteras. Le pegó una patada. Se volvió.había quedado expuesto y era vulnerable. pertenecían a un hombre que se acercaba a ella rápidamente. demasiado tarde. Bajó cojeando hasta la acera y se debatió entre dos opciones: volver al pub para aguardar nerviosa otra hora más o dirigirse hacia Sloane Square a coger un carruaje que la llevara de vuelta a la posada. en la más alabada de Inglaterra. ¿ Sería Stuart Somerset que por fin llegaba a casa y. Siguió sin abrirse. había estado rondando toda la noche por los alrededores del pub. Bertie la valoraba como cocinera.. Había empezado a pensar que con su singular talento culinario podría rivalizar con los más conspicuos chefs parisinos. Debía irse ya o se metería en problemas: su tercera entrada en el pub había provocado bastantes miradas curiosas. Tenía que elegir entre la locura y el fracaso. Pero si se unía a su hermano. Era de justicia que Bertie sintiera un poco del dolor que la cegaba. Stuart Somerset no había llegado hasta donde estaba gracias a matrimonios con simples criadas de orígenes inciertos. flaco.. que iba a buscarla? Por supuesto que no. Era una decisión imprudente.. No había caminado ni dos minutos cuando oyó pisadas a su espalda. Lo reconoció: era un tipo de mediana estatura. Pero con su ayuda aún podría herir a Bertie. Eso conseguiría maravillas. Por otra parte. se enteraría de que su buscona se acostaba con su hermano. Junto con otro hombre. su mayor enemigo. Se detuvo y se dio la vuelta. como casi todas las que tomaba. habría sido porque la respetable esposa aristócrata en que se debería haber convertido había conocido a Stuart Somerset en una u otra velada y deseaba congraciarse con él.

El hombre se sorprendió cuando se encontraron cara a cara. pero entonces se encontró cara a cara con su amigo. Verity apenas notó el calor de su mejilla y el crujido de su cuello. Abrió la palma y le metió al ladrón los dedos en los ojos. Un enorme puño se dirigió hacia ella. y la agarró por el brazo. la levantó en volandas y la lanzó contra el suelo. Verity no iba a dejar que se la quitara: llevaba el dinero en los zapatos. cerró el puño. Verity le dio una patada en la espinilla al hombre que tenía detrás e intentó darle en la cabeza al que tenía delante con el libro de la señora Braddon. Verity cerró los ojos y se preparó para sentir un dolor brutal en la cabeza. El asaltante aulló y le soltó una bofetada. Aun así. con un gruñido. Consiguió liberar una de sus manos. la soltó. La joven aulló de dolor y le pegó un puntapié en la espinilla. Esa noche iba vestida como una dama. pero en la bolsa guardaba la única fotografía que conservaba de sus padres. sus labios se movieron y logró articular unas palabras. —Cojamos la bolsa y larguémonos de aquí —suplicó el tipo que permanecía de pie.. Le asestó otro golpe enérgico. El hombre. El segundo hombre le espetó con tono burlón: —Tienes tanto de mujer casada como de monja. —Primero le daré una lección. que ya no tenía muy claro quién era quién. La había llevado para que le diera suerte.. sin pensarlo. Con agitada satisfacción. notó que el individuo se tambaleaba. y ella. —Apártese —le dijo. Se dio media vuelta para salir corriendo con la esperanza de haberle hecho suficiente daño como para disuadirlo de su empeño. esta vez con la bolsa. Una mano la agarró del pelo por la espalda y le tiró de la cabeza hacia atrás. fue un buen golpe. Horas antes había entrado en una librería y había comprado una novela de Mary Elizabeth Braddon para el viaje de vuelta. cogió impulso con la mano derecha y le asestó un puñetazo en la cara. Él intentó quitarle a Verity su bolsa de malla. —Mi marido llegará de un momento a otro. .multiplicaba cada vez que ella entraba y salía del local. tan solo sintió satisfacción al escuchar el nuevo grito del hombre cuando le clavó otra vez y con más fuerza el tacón. Se lo retorció con fuerza. Pero esta vez no tuvo tanta suerte: el tipo consiguió apartar la bolsa de un manotazo. Confiaba en que el libro tuviera los cantos bien marcados. pues el hombre había echado la cabeza hacia atrás. Uno de los asaltantes se echó encima de ella. Lo oyó chillar. un tipo todavía más repugnante. El hombre soltó una maldición y de nuevo trató de asir la bolsa. —La policía debe de estar a punto de llegar. —¡Bruja! —gruñó el hombre mientras la agarraba por las muñecas. Se quedaron mirándose el uno al otro. En un lado del cuello. Ella le clavó con fuerza el tacón de la bota derecha en el empeine. Su compinche la agarró por la cintura. para ser exactos. Ella le propinó un codazo en las costillas. pero era mucho más fuerte que cualquiera de ellas: podía levantar vasijas que le llegaran a la cintura y cargar con media res si era necesario. y para perder lo único que la conectaba con su vida anterior.

. Stuart lo agarró por detrás y lo empujó hacia un lado. Oyó vagamente cómo el tipo se estrellaba contra una farola mientras él sujetaba a su cómplice y lo lanzaba aproximadamente en la misma dirección. Y al día siguiente madrugaría para entrevistarse con el presidente del Tribunal Supremo. se detuvo. Probablemente era una prostituta cuyo sustancial botín de la noche había llamado la atención de aquellos aspirantes a atracadores. el acontecimiento social del año. Y conversaría sobre temas tan irrelevantes para la historia como una lapa para el transatlántico a cuyo casco está adherida. —¡Oh. Pero el día aún no había acabado: lo habían invitado a un baile. Uno de ellos se sentó sobre ella y levantó el puño.. Así pues. Los dos hombres se pusieron de pie gimoteando.. no! . Stuart la pisó. Aquello acentuaría su momento de éxito.Stuart volvía a casa paseando. Peor aún: dos hombres golpeaban a una mujer. Si era así. que patrocinaba su ingreso en el Inner Temple. todo eso era importante. Los hombres la miraron. sino al de la duquesa de Arlington. La sesión de la Cámara de los Comunes había sido larga y le había pedido al cochero que lo dejara a cierta distancia de su casa para poder hacer un poco de ejercicio.. Y bailaría. se incorporó lentamente apoyándose sobre los codos. se miraron el uno al otro. Echó a correr. miraron a Stuart. Y él alcanzaría un acuerdo con alguna de ellas. Uno de ellos se agachó para recoger la bolsa del suelo. Cuando dobló la esquina de su calle. —¿Se encuentra usted bien? —le preguntó Stuart. Estaba boquiabierta y estupefacta. su fama como uno de los miembros más jóvenes del Parlamento (había ganado su escaño en las elecciones de hacía dos meses). tirada en la acera. y salieron corriendo como alma que lleva el diablo. su reciente herencia. y no a uno cualquiera. y él no tenía más deuda con ella que la cortesía. —Miró a su alrededor. pero el baile de esa noche en casa de los Arlington. cimentaría su aceptación en la alta sociedad y lo marcaría con esa particular distinción que solo pueden dispensar las matronas de la alta nobleza. —Yo. Los hombres arrojaron a la mujer contra el suelo.. Después llegaría la hora de tomarse en serio la tarea de buscar una esposa. El cabello se le había alborotado durante la refriega. Las damas solteras tratarían de averiguar cuáles eran sus perspectivas de futuro.. Estaba cansado. La mujer luchaba con fuerza. sería un proceso de regateo y negociación muy diferente a los que se llevaban a cabo en un bazar de Delhi a cualquier hora del día. Allí. La mujer. Una masa de rizos enmarañados le ocultaba la cara sucia. a no más de veinte pasos de donde se encontraba. pero no tenía nada que hacer contra sus asaltantes. se estaba produciendo una escena que nadie asociaría a uno de los mejores barrios de Londres: una pelea callejera. iría a la fiesta. yo. le devolvería la bolsa y seguiría con sus asuntos. Sus medallas al valor.

no era una prostituta. Su ropa. —No vivo aquí —respondió con la voz entrecortada. Ella ahogó un grito. un elegante conjunto de falda y chaqueta a medida. Ella sacudió la cabeza y se restregó los ojos con el pañuelo. Este podría ser mucho peor». que lo había seguido con la docilidad de un corderillo. No. Y había conocido muchas durante sus años en los suburbios de Ancoats. y no era capaz de encontrar nada. Volvió el rostro hacia él. señor. Pero era como tratar de detener el diluvio universal. Pero la mujer. Abrió la puerta. —¿Utilizar un espejo? La mujer siguió con la mirada clavada en él durante otro segundo y después se pasó la mano por los cabellos.Su acento. Ella agarró con fuerza sus pertenencias. No quiero entretenerlo. Rebuscó algo en su bolso. se sentía entre paralizada y conmocionada. Ya la han atacado una vez —replicó. —No hace falta que me acompañe a casa. que volvía a casa tras su día libre. Bien. Stuart casi podía oír sus pensamientos turbados: «Es un desconocido. En algún momento a lo largo de los últimos treinta segundos ella había empezado a llorar. gracias. La mujer lo miraba como si de repente Stuart se hubiera materializado de la nada. se hizo a un lado y esperó a que ella entrara. —¿Quiere asearse un poco antes de ir a buscar un coche? —le sugirió. —Tranquila. Tal vez fuera la criada de alguno de sus vecinos. —Gracias —respondió con un susurro. —¿Está usted herida? —preguntó ofreciéndole su pañuelo. pudo entrever sus ojos. la firmeza de las consonantes y la claridad de las vocales. La ayudó a ponerse en pie y le puso en las manos enguantadas el maltrecho bolso. era demasiado blanda para la vida en la calle. Trató de ubicarla. Las manos le temblaban. a . se parecía más a lo que se pondría una respetable institutriz que a lo que llevaría una ramera. como el tintineo de una cucharilla de plata contra una copa de cristal. no hizo lo que le indicaba. Dejó escapar un gemido y. A través de la maraña de sus cabellos. —Venga conmigo. retrocedió alarmada. la hizo dar media vuelta y la ayudó a recorrer la corta distancia que los separaba de su casa. Tomándola del brazo. junto con el sombrero arrugado. Al contrario. —Gracias. Nada más pronunciar esas palabras se dio cuenta de que no podía acompañarla a ningún lugar mientras ella estuviera en aquel estado. —De ninguna manera. Sus lágrimas eran tan copiosas como el agua del mar. Era indiscutiblemente más aristocrático que el de la vizcondesa con la que había charlado unos días antes. Otra vez ese acento. no se parecía al de ninguna de las prostitutas que había conocido. —¿Dónde vive usted. confusa y sollozando. señorita? Ella sacudió la cabeza de nuevo. Eso demostraba que no era totalmente estúpida. Los otros hombres solo querían dinero. Tengo su bolsa. Le ayudaré a buscar un carruaje.

Stuart Somerset le respondería con gravedad que ni por un momento se había creído su historia de penas y represalias. Sí. lo siguió dócilmente al interior de la casa. Se imaginó a sí misma insistiendo en el asunto. que surgían de un irrefrenable alivio: por una vez. la lejanía de la absoluta perfección de Stuart. Verity había sentido la distancia. de una manera tan desesperada como mezquina. Y que a él. se había jurado con el fervor de quien se acaba de convertir que jamás volvería a intentar involucrar al hermano de Bertie en sus patéticos asuntos. Así que sus bien justificados recelos hacia él se habían evaporado en cuanto había oído la palabra «espejo».continuación. ella despedida y sin . pero tampoco era mucho más espabilada que un saco de nabos. iba a salir indemne de un acto tremendamente estúpido. Le dolía la mano. Le dolía la espalda. El encendió las lámparas del vestíbulo y del salón principal y le indicó las escaleras. —El baño está dos pisos más arriba. El 26 de Cambury Lane. Que Bertie la habría echado de su casa por cualquier problema. Pero fue entonces cuando vio el número en la puerta: el 26. estúpida. Stuart sacudió la cabeza. Estúpida. desconocida. ¿debería. Las lágrimas se le secaron de golpe: su salvador no era otro que el mismísimo Stuart Somerset. ¿Qué debía hacer ahora? Cuando la habían inmovilizado sobre la acera.. Verity se aferró al borde curvo del lavabo. Dirigió esas palabras a la mujer del espejo. estúpida. por no decir chiflada. Y él sonreiría educadamente y le mostraría dónde estaba la puerta. Para eso no necesitaba su ayuda. presentarse y explicarle cuál era su intención? No se veía capaz de mencionarle el tema a Stuart Somerset. no se le pasaba por la cabeza darle trabajo o acostarse con una completa. a sus ojos hundidos y a sus mejillas surcadas por las lágrimas. había sido una estúpida. estúpida por creer que Stuart Somerset podía ser la solución y doblemente estúpida porque nunca pensaba en cómo acabarían sus planes: Bertie colérico. Estúpida por venir a Londres. Ella subió corriendo. Le dolía la cadera que se había golpeado contra el suelo cuando la habían empujado. Quizá no fuera estúpida. tal vez. Por breve que hubiera sido su encuentro. el daño que le podían causar a Bertie. Pero el dolor era solo una molestia sorda en comparación con el estruendo que resonaba en su cabeza. por supuesto. recordándole a Stuart. Stuart se bastaba para herir a Bertie. Tras tomar esa resolución se había deshecho en un mar de lágrimas. La segunda puerta a la izquierda.. Era el tipo de hombre que contemplaba las locuras como las que ella solía hacer con el mismo desprecio que ella mostraría hacia una plaga de chinches. y había estado a punto de ser víctima de la criminalidad de Londres y de su propia estupidez. ¿Estaban predestinados a encontrarse de aquella manera? ¿Significaba que su plan no era tan disparatado como había pensado? Ahora que se había aseado y peinado.

El señor Somerset y ella continuarían siendo dos desconocidos. por lo menos). Al cruzar el salón principal algo lo hizo volverse. La ubicación era excelente. La vivienda era más que suficiente para una familia de cinco miembros. donde había estado leyendo un ejemplar del Daily Mail del día anterior. Alguien que. hizo que frenara en seco. le habían concedido a Stuart la casa de Somerset en Grosvenor Square. El mobiliario de la otra casa que había conservado. y eso sería todo. Pero sin las generosas rentas que producían las fincas urbanas. después de haber perdido tanto. que Bertie había heredado.. había vendido la residencia de Somerset. Ni que ella fuera tan joven (estaba bien entrada en los veinte. Stuart no podía mantener una casa como aquella. Había asistido a unos cuantos bailes y había visto a un buen número de jovencitas descender por magníficas escalinatas. para ir a buscar el whisky a su estudio. tonta. y buena parte de lo que contenía. Bajaría las escaleras. se había dispuesto con mimo y. un desperdicio del vientre de su madre. las mejores piezas. Verity estaba inmóvil sobre el primer tramo de escaleras. Pronunciaba las vocales de manera magnífica. prerrafaelitas. ridícula. daría las gracias efusivamente a Stuart Somerset y se marcharía en el primer carruaje libre. Por esa razón. ¿Quién era aquella mujer? Sus ojos aún estaban enrojecidos. Pero sus ojos eran preciosos. La consola que había al pie de la escalera era una Chippendale. Y los labios. No poseía una belleza clásica: tenía la boca un poco grande para un rostro tan delgado y anguloso y la barbilla excesivamente pronunciada. Tal vez era en realidad una mujer débil. eran sonidos tan puros que cantaban sobre un árbol genealógico cuyas raíces se remontaban a los tiempos remotos de la batalla de Hastings. observando la vivienda con discreción. buen gusto. Los jueces del Tribunal de Apelación. en su opinión. Stuart salió de la salita. El cabello que antes le tapaba la cara estaba ahora peinado hacia atrás y recogido. aún se mostraba capaz de arrojar por la borda todo lo que le quedaba.. a quienes había ido a parar en última instancia el caso. Quizá su tía tuviera razón. y había comprado una casa adosada en Belgravia. era la clase de labios que incitan a pecar a los santos y a los ángeles. Aun así. profundos y cautivadores. Bien.. Sir Francis había legado a Stuart todo lo que no estaba vinculado a su mayorazgo. La tierra de pastoreo que había recibido junto con ella no generaba suficientes ingresos. no sería así. —Se ha dado prisa —comentó. —Los daños eran menos graves de lo que temía —respondió mientras bajaba lentamente. y Michael llorando cuando ella se viera obligada a abandonarlo de nuevo..oportunidad de encontrar un trabajo respetable en cualquier otro sitio a consecuencia de su escabrosa reputación. El reloj . era el tipo de ojos capaz de inspirar versos al hombre más torpe. con el bolso y el sombrero en la mano. No podía decirse que el conjunto de chaqueta y falda de lana gris que ella llevaba fuera espectacular. Las escaleras de su casa eran bastante vulgares. Mantenía la vista ligeramente baja. más el servicio.

y demasiado atractiva... Tuvo la extraña sensación de que ella consideraba que la casa era aceptable. Y el pequeño óleo que colgaba sobre la consola y que representaba un paisaje bucólico lo había pintado nada menos que el propio John Constable. ¡Sus ojos. —Si no es molestia. Su boca era muy expresiva. —Bueno. Le ofreció el brazo. sus rápidos e inquietos movimientos. un poco de whisky? —preguntó casi sin darse cuenta. nada espectacular.de pared de caoba. El roce era . —¿Por qué no? Tenía la apariencia y el acento de una persona con suficiente alcurnia como para tener a su disposición media docena de lacayos. —Bajó la cabeza y retorció el borde del sombrero con las manos. ha sido una necedad por mi parte. —Sí. por eso fueron las únicas capaces de retener su atención durante un momento.. pero aceptable. Se limitaba a contemplar su boca. —Me temo que no puedo permitirme el lujo de un lacayo.. ¿Se habría escapado para acudir a una cita adúltera? Levantó la cabeza y sus miradas se encontraron. como para no estar casada. Había percibido cierta familiaridad en sus rápidos vistazos. de John Brown de Edimburgo. De repente tomó conciencia de lo que ocurría: se sentía sexualmente atraído por ella. como si estuviera hecha de vidrio. —No debería haber salido sola tan tarde —comentó con más rudeza de la que pretendía. instintiva. Stuart no entendió el significado de su respuesta hasta que recordó que en el cuento de Cenicienta de Perrault (la institutriz que él y Bertie compartían era una entusiasta de esas historias) los lagartos eran los animales que el hada madrina transformaba en lacayos para que acompañaran a Cenicienta en sus incursiones en la alta sociedad. Volvió la vista hacia él. A Stuart se le erizó el vello del pecho. Era demasiado mayor.. Stuart tardó uno o dos segundos en darse cuenta de que Verity esperaba una respuesta. —¿Y tampoco una calabaza? Los labios de la joven se curvaron ligeramente: —No es temporada de calabazas —respondió. se acercó a él y lo estudió durante unos segundos antes de apoyar la mano sobre su codo. El gesto la sorprendió. —Gracias —dijo —por haber acudido en mi ayuda. —No lo es en absoluto —contestó Stuart en un tono que no recordaba haber usado con ninguna mujer de la que no fuera pariente: un tono dulce y delicado.. de una manera a la que no estaba acostumbrado: súbita. —No tengo lagartos en la cocina —respondió con un toque de añoranza bajo su tono pragmático. —¿Le apetecería tomar. Había reconocido el valor de las piezas del vestíbulo. databa de mediados del siglo anterior. —respondió indecisa.! Cuando lo miró a la cara. se le puso la carne de gallina.

usted es Cenicienta —apuntó. —Es usted muy cortés conmigo —comentó la joven.. Sirvió un poco de whisky en cada vaso. Él no era capaz de imaginársela como la criada de nadie: la sumisión no le parecía uno de sus rasgos. no tema. —señaló. ¿qué hace Cenicienta en la ciudad. —Es obvio. y preparó el decantador de whisky y dos vasos. —Debemos ahogar sus penas.. Deseó comérsela. Sus labios formaron algo parecido a una sonrisa sincera. — Decididamente. como si fuera un hábito demasiado arraigado en ella. —Bebió un largo sorbo de whisky. Stuart encendió la lámpara. —¿Quién es. —Entonces. —¿Qué sucedió? ¿Que el príncipe se convirtió en rana cuando lo besó? —Oh. Él notó la amargura de sus palabras. La elegancia de sus movimientos y la delicadeza con que sostenía el vaso no le habían pasado desapercibidas. —Dígame. en un sapo demasiado empalagoso. por quien me vería obligado a arruinar mi prometedora y joven carrera política. —Empezaba a temer que fuera una de las cortesanas más célebres de Londres. La joven se soltó de su brazo en cuanto llegaron al estudio. —Menos mal. pero sus palabras tenían un aire grave. con una gracia natural casi descuidada. sin su coche de caballos. —Al menos no ahora.tan leve que Stuart preguntó si los dedos de la mujer no flotarían sobre la manga. —No. sus lacayos y su vestido de baile? Ella le echó una mirada a su vaso. —¿Es usted la sirvienta de alguien? —No —soltó una risa cansada y frágil. —El alcohol solo le provoca a Cenicienta una resaca a la medida de su dolor —respondió. No soy La dama de las camelias. con la cabeza inclinada y la mirada rápida. como un resabio de quinina. ¿no? Algo salió rematadamente mal durante el baile. Ella volvió a observar la casa. De cerca olía a fresas maduras: aquella esencia decadente surgía de su piel como si fuera el vapor de un baño perfumado. Se acercó a ella y le sirvió un generoso trago de whisky. tras dar un buen sorbo de whisky. —La hace ponerse furiosa en la cocina. Su comentario la sobresaltó. aceptando el vaso. ¿ Había tenido cuidado de que sus dedos no se rozaran con los de él? — Podría ser simplemente la doncella de algún vecino. entonces? —Nadie en particular. Los acompañaban los libros de leyes que se había visto obligado a reunir para sumergirse en las complejidades y la jurisprudencia del derecho consuetudinario inglés. ya casi vacío. Y la complació. desencantado. . Se había puesto en pie con refinamiento. Hablaba en tono intrascendente. El estudio era una miscelánea de incensarios y tallas de marfil de cuando estuvo en la India. Stuart deseó hundir la nariz en su pelo y aspirar hasta que le estallaran los pulmones. Entonces la mano enguantada lo asió con algo más de fuerza y un hormigueo le recorrió todo el brazo.

en efecto. tenía que conseguirle un coche y enviarla a casa. Le gustaría atropellar a la malvada madrastra con su carroza de calabaza. tanto si eran mujeres como hombres. de una manera u otra. y que jamás se quejaba. exaltada de súbito. aparte de ser hijo de la reina. Él suspiró. y alzó el vaso. aliviado. Le duele la espalda. Deseó que su mayordomo. La verdadera Cenicienta suelta tacos. mucho tiempo. Lo que lo lleva a uno a preguntarse qué ha hecho para merecer tanta suerte.—Tema entendido que Cenicienta siempre era amable y dulce. Pasó el dedo por el borde del vaso. Y. en pesquisas sobre su infancia. —¡Vaya! ¿Y cómo es eso? —La joven ladeó la cabeza y abrió los ojos con interés. Apuró el vaso hasta el final. Blancanieves. Ahora era él quien hablaba demasiado. Y no acostumbraba a hacerlo. —El príncipe. lo habían seducido no tanto por su . El silencio hizo recordar a Stuart con un poco de retraso que. la Bella Durmiente. fuma y bebe demasiado. Durbin. estuviera por allí: así podría darle instrucciones de que se tomara su tiempo. —¿Sabe por qué? —Lo miró. por supuesto. Pero construiría una destilería con sus propias manos y la pondría a su disposición si aquella fuese la única manera de hacerla sonreír de nuevo. Estaba harto de borrachos. —Cuénteme algo más sobre usted. porque ha escapado del abrazo de su príncipe anfibio. en más de una ocasión. Se apartó unos pasos de ella. supuestamente. Le duelen los pies. Ella lo miró. captó el trasfondo de resentimiento de sus palabras y se sorprendió. Cenicienta bebía demasiado. —¿Es eso lo que siente? Hizo una mueca de ingenuo arrepentimiento. —¿Le he estropeado el cuento? —Difícilmente. Debería haberse puesto nervioso. hombres que nunca han pasado más de una hora en la cocina. Cuando las mujeres le preguntaban ese tipo de cosas siempre se ponía en guardia. Y también al príncipe sapo. antes de encontrar el carruaje. si fuera posible. Pero no indagó más sobre el tema. abatida y a la vez esperanzada. por favor —añadió la joven. Ya se me había estropeado mucho antes de conocerla a usted. Por un momento se olvidó de su propia rabia. que aún no se sentía ebria. Y está resentida. —Porque esos cuentos los han escrito hombres. Deseó agarrarla y besar su rabia. —No me extraña que se convierta en sapo. —Brindemos por usted. tan hermosos que lo herían. Es un personaje problemático. sus ojos infinitamente profundos. Sospechaba que. Su furia lo encendió. Verity lo percibió. también hereda el castillo y el reino. su vehemencia. ¿no le parece? Siempre se casa con la chica más guapa: Cenicienta. Entonces sonrió. —Brindemos. porque invariablemente desembocaban.

» Sorbían con avidez el supuesto halo de amenaza que percibían en torno a él para aplacar el tedio de su existencia. Las mujeres le rogaban que les contara anécdotas sórdidas. —Pues está usted muy equivocada. —¿Y qué se llevó? —A mi madre. ¿quién era él? Justo detrás de la mujer.. se lleva algo que amas. Tráteme como las trataría a ellas. o incluso un cigarrillo ya que esta Cenicienta suya tenía tantos vicios. Se le encarnaron las pálidas mejillas. sino que se limitó a tomar otro sorbo de whisky. —Aladino —repitió Verity con expresión meditativa. Ella no necesitaba que le hablasen sobre el lado sórdido de la vida. entonces.. —Era preciosa. —¿Qué deseo pidió usted? —preguntó Verity con naturalidad. Si ella era Cenicienta. Ella volvió a mirarlo a los ojos. y la situación se tornó incómoda. sobre la estantería. Pero no creo que yo lo sea.. pero aquel momento dulce se desvaneció. Su inexperiencia en aquellos temas le jugaba malas pasadas. ¿Quién es. cualquier idea extravagante y alejada de la verdad.apariencia o sus logros. —No se puede controlar a un genio poderoso. La joven sonrió con timidez. —Un padre —respondió Stuart. Por un instante Stuart pensó que si la besaba ella se dejaría.. —Si se parecía en algo a usted. Podía inventarse algo. «Hábleme de las peleas en los pubs. No debería haber manifestado tan abiertamente su interés por ella. Quizá las . debió de ser una mujer muy hermosa — comentó impulsivamente. —¿Qué le gustaría saber? —Da la impresión de que no se considera un príncipe. La joven no deseaba saber su nombre. Les traía sin cuidado que en su época de los suburbios él fuera demasiado joven como para practicar sexo y que nunca hubiera peleado por gusto.. —Un joven de origen humilde que se hace con el control de un poderoso genio que le concede riquezas y una esposa noble y hermosa. y en su mirada aguamarina Stuart vio una mezcla de gratitud y recelo. —dijo él.. Aún la echo de menos — explicó. sino conocer su historia. se alineaban los doce volúmenes de Las mil y una noches en la traducción de Antoine Galland. Stuart se preguntó si la tristeza que veía en los ojos de la mujer era un simple reflejo de la suya. entonces? —preguntó después de pensarlo un rato. Sobre el sexo con mujeres fáciles en los callejones. —Mi madre murió cuando yo tenía seis años. sino porque de pequeño había vivido en los barrios bajos. —¿No? —Por cada deseo que te concede. Stuart se dio cuenta de que había dado un paso en falso. Debería haberle ofrecido más whisky. Pero no se puso tenso. —Aladino —respondió. Verity miró al suelo. Ella apretó los dedos alrededor del vaso vacío.

Se detuvo tan cerca que pudo contemplar el lóbulo de su oreja. —¿Y me dejará aquí sola? —¿No se siente segura? —Quería decir que si se atreve a dejarme aquí sola con un precioso cuadro de Constable. la luz hizo que sus cabellos brillaran con un intenso reflejo de oro bruñido. —¿Me permite? —Por favor. —Entonces venga conmigo.. la fotografía enmarcada de él mismo con Bertie. Verity no pronunció una sola palabra durante casi un minuto: estaba . Estaban en su casa. Ella esbozó de nuevo una sonrisa. Stuart dio unos pasos hacia ella. la malvada madrastra no era demasiado generosa con la comida.. —¿No tiene carruaje propio? —preguntó en un tono casi tan reticente como Stuart. Sus palabras lo obligaron a detenerse. Era natural que ella desconfiara de él si expresaba sus deseos. frotó con los pulgares el marco de plata. Mientras clavaba la mirada en la imagen. O bien era un perspicaz juez del carácter de los demás o bien era más tonto que el saco de nabos con el que la había comparado antes. Era un extraño para ella. Su aroma a fresas lo invadió y lo excitó. Verity avanzó hacia la estantería y levantó la fotografía. ni siquiera había podido pagar los servicios de Durbin. su colección de dagas de los Hashshashin. Así que. varias estatuillas de Ganesha. —¿Y tampoco tiene sirvientes que puedan ir a buscarle un coche? —Mi criado está de vacaciones esta semana. Y mi doncella vive en la puerta de al lado. —No debería confiar en mí. Abrió la boca para decir algo. Como ha decidido permanecer en la cocina. asumo que mis posesiones están a salvo —dijo mientras se encaminaba hacia la puerta. —Hasta que consiguió vender la casa de Somerset. pero se calló. tan solo trabaja para mí una tercera parte de la jornada. debo ir a por el coche yo mismo. —Cuando era mucho más joven. —Iré a por el coche —anunció a su pesar. Los pulmones de Stuart —y su cabeza —se llenaron de su olor. y un poco más abajo. No todos los días se encuentra uno con la mismísima Cenicienta. Stuart volvió la cabeza para observar la estantería que atraía la atención de Verity: libros. —No.galletas que Durbin guardaba en alguna parte: a juzgar por su aspecto. pero tenía los brazos largos y delgados. —Creo que si Cenicienta fuera a convertirse en ladrona. —¿Es usted? —preguntó con voz monótona. ya lo habría hecho. No era muy alta. Daremos un paseo. la línea definida de su cuello y los rizos de pelo que habían quedado fuera del moño y le acariciaban la nuca. Ni siquiera sabe quién soy. Al inclinar la cabeza. ha ido a visitar a su hermana en Derbyshire. el dios elefante. Miró fijamente hacia el lugar que él había dejado libre.

que había tenido que abandonar a la fuerza la casa de la ciudad que él creía que le correspondía por derecho de nacimiento. pobre Fräulein Eisenmüller. —Entonces a mí tampoco me gusta —añadió con una sonrisa extraña. —¿Es su hermano el príncipe? No tuvo necesidad de responder. ¿Lo odiaba. —No la culpo.? Analizó la imagen. Póngase cómoda. —¿Y qué le contestó la institutriz? —rió ella. Quédese. todavía sonriendo. tendría mucho de qué hablar con Blancanieves. —¿Lo conoce? —preguntó sin saber por qué. Abuse mi hospitalidad tanto como quiera. Supongo que la provoqué. Otros días el placer que sentía al recordar la humillación de Bertie era tan fuerte e inequívoco como el latido de su corazón. —Sí.plenamente concentrada en la fotografía. que no había trabajado ni un solo día en su vida.. puesto que llevar una casa de siete no era sencillo. Algunos días casi sentía lástima por Bertie. Estaban enfrascados en una inverosímil conversación sobre las vidas privadas y los pensamientos de los personajes de cuentos de hadas. La provocaron a propósito —señaló Cenicienta.. Ella le lanzó una rápida mirada. Dejó a un lado el vaso vacío. solo porque no me había criado entre algodones. — Recuerdo haberle preguntado a nuestra institutriz si le parecía correcto que Blancanieves viviera con siete enanitos. —¿Nos vamos ya? —Si es preciso —contestó sorprendiéndose a sí mismo. —¿Fräulein Eisenmüller? Empezó a gritar en alemán. —Voy a por mí sombrero —anunció. Ella ya lo sabía. —Siempre pensé que aquel singular acuerdo doméstico era un tanto sospechoso —comentó Stuart cuando se acercaban a Sloane Street. no lo conozco en absoluto —respondió contundentemente. —No. Stuart se preguntó el porqué de aquel insólito y prolongado interés. —Debo admitir que yo sabía más acerca de lo que Blancanieves podía hacer con aquellos enanitos que lo que su mente de solterona podría imaginarse. quiso decirle. —Lo estaba. —A veces —respondió encogiéndose de hombros. —¿Aún lo odia? —Le devolvió la fotografía. —Se le escapó una sonrisa. No me gustó que pensara que estaba corrompido para mi edad. —¿Por qué? —Por mi hermano. . —Parece que estaba furioso —comentó al fin la joven. Ella acababa de asegurar que Cenicienta tendría muy poco en común con la Bella Durmiente. —La verdad es que no encuentro justificación para seguir abusando de su hospitalidad. ya que la muy holgazana se había pasado cien años durmiendo. Sin embargo.

El carruaje se acercó a ellos. Que Dios la acompañe. su institutriz. —¿Cómo dice? —¿Ha perdido la audacia y la pasión de su juventud? ¿O en el fondo sigue siendo un degenerado? Ahora se le desbocó el corazón. —Les gustaría serlo —respondió con tono neutro. a pesar de sus deseos. —Compadézcame a mí. aspectos de su carácter que otros no podían sacarle ni siquiera haciendo gala de la paciencia del conde de Montecristo? Ella lo miró pensativa. que amaba todos los placeres sensuales con el desenfreno de un libertino georgiano. no habían salido a dar un agradable paseo antes de volver a su casa. El caballo dio un bufido y la joven dejó escapar un suspiro de alivio. El tiempo que podría pasar con ella era limitado. No era tan tonto como para no saber cuándo una mujer flirteaba con él. —¿Y qué pasa con los hombres? ¿Son tan degenerados como los chicos? El corazón de Stuart se aceleró. solía calificar a Stuart de mojigato agotado. Y ella lo estaba haciendo. —Pero la mayoría de ellos pierden la audacia y la pasión que tenían de jóvenes. —¡Pobre. —¡Vaya!. en las . y ya no se atreven a convertir sus pensamientos en hechos. ¿Qué tenía aquella mujer que lo hacía revelar. Ella se sorprendió. Que tenga mucha suerte con su prometedora carrera política. —¿Y qué hay de usted? —le preguntó. Con ella.. La miró durante unos instantes e inclinó la cabeza: —Se acerca la medianoche. No podía tomarse a la ligera la pregunta que acababa de hacerle. Me hizo creer que era una especie de degenerado irredento hasta que me marché a Rugby. exceptuando aquella ocasión con Fräulein Eisenmüller. Mucha gente aseguraba que Stuart no tenía sangre. A él no se le daba bien flirtear. Un destello de pánico brilló en los ojos de Verity. sino agua fría. El lejano retumbar de los cascos de un caballo le recordó que. Y buenas noches. no a ella. —De nuevo. Cenicienta. —¿Le gustaría averiguarlo? —repuso. Cuando el carruaje arrancó y ella le dijo adiós por la ventanilla con cierta expresión de nostalgia en el rostro. Bertie. y con presteza.No debería contarle aquellas cosas. Se detuvo y levantó el bastón. Stuart se dio cuenta de que le habría gustado estar en el interior del coche. Y él jamás decía algo inapropiado. ya no hay tiempo —comentó atropelladamente y con voz aguda. donde descubrí que todos los chicos eran unos depravados y que yo no iba más de uno o diez años por delante de ellos. como si también hubiera olvidado el asunto del carruaje.! —murmuró la joven. No resultaban apropiadas.. gracias por todo.

El conductor lo observaba con expectación. Además. Inglaterra podía declarar una nueva guerra esa noche y a él no le importaría lo más mínimo. a cinco kilómetros de distancia por lo menos. «Sumner House Inn. que se encontraba en pleno apogeo. Para él. —¿Adonde. pero había conseguido envolverlo en una brisa juguetona. .venas. aun en el caso de que pudiera mentir. daba la impresión de ser un monje.» Balham Hill estaba en Clapham. olería. Quería devorarla. ¿qué le había pasado esa noche? La deseaba. Entonces. ¿qué posadero en su sano juicio le admitiría a aquellas horas? ¿ Y quién le aseguraba que. como si él también estuviera esperando un coche. Intentó aclarar sus pensamientos. Balham Hill —le dijo al cochero. el palacio de Westminster y la temporada. pero que no buscaba con empeño. volver a casa y cambiarse para el baile de lady Arlington. ayudarla —y ayudarse —a descubrir lo degenerado que podía llegar a ser cuando se lo proponía. excepto en lo que a temas sentimentales se refería. hacer el amor era como la caza del urogallo: una actividad que se permitía cuando se le presentaba la ocasión. Necesitaría un coche. Pensaba que era un juicio extraño. sentir que se le erizaba la piel al estar cerca de ella. Balham Hill. de que permanecía de pie al borde de la calzada. En lo concerniente a mujeres. ella lo acogería en su habitación durante más de tres segundos? —Sumner House Inn. ¿Lo esperaba? La voz de la mujer era serena. No había lugar en ella para desconocidas misteriosas y enredos innecesarios. Quería mirarla fijamente. Otro carruaje de caballos se había detenido junto a la acera. El destino de las naciones le interesaba más que un tobillo esbelto o unos lindos hombros. señor? —le preguntó alguien. engañar y conseguir que el posadero le franqueara el paso. No era consciente de que no se había movido desde que ella se marchó. Su vida estaba en Inner Temple.

Y sin embargo había blandido aquel nombre igual que habría hecho un transilvano con una ristra de ajos si se sintiera atrapado en mitad de la noche. O quizá se tratara tan solo de recordarse a sí mismo que era un hombre prometido. STUART SOMERSET Querido señor: Para el almuerzo. Muchas felicidades por su compromiso. Para empezar. Stuart no le había dicho nada al respecto a Marsden cuando lo envió para que acompañara a Lizzy y a su padre desde Londres hasta Fairleigh Park. aunque la avidez sexual de la cocinera fuera evidente. Podría haber hecho lo mismo con madame Durant si le hubiera encargado una cena «especial» sin mencionar a la futura señora Somerset. Tampoco se lo había comentado a la señora Boyce y al señor Prior. VERITY DURANT En consonancia con la decisión de posponer el anuncio de su boda.CAPÍTULO 06 Noviembre de 1892. Su servidor. Humildemente suya. Querida madame: Me gustaría revisar sus menús previstos para el día de hoy. él nunca debería haber necesitado recordarse su . en cambio. VERITY DURANT Querida madame: El emparedado de asado de buey para el almuerzo me parece muy bien. Para la cena con la futura señora Somerset. cuatro emparedados de asado de buey. Me aseguraré de que la futura señora Somerset se lleve una buena impresión. Su servidor. Y para la cena. necesito algo más formal. Humildemente suya. Aquellas inexplicables oleadas de deseo y curiosidad que despertaba en él todo lo relativo a la cocinera eran indignas de él. un emparedado de asado de buey. Le propongo una de sus cenas de doce platos. STUART SOMERSET Querido señor: Descuide.

Esa semana se perdería su reunión semanal del Círculo Benéfico de Damas Tejedoras. dado que el señor Marsden no le había causado ningún daño. toda ella indecencia e impudicia bajo un barniz de cortesía. Lizzy lo odiaba con la intensidad que otras mujeres reservaban a las arañas que les trepaban por las medias. El timbre sonó anunciando la llegada del secretario del señor Somerset. la nariz firme y unos labios que tal vez fueran demasiado carnosos para un hombre. señor Marsden. No quería que el secretario del señor Somerset hiciera el viaje con ellos. El tono glacial de sus palabras se ocultaba bajo una fina capa de cortesía. y con la casi nauseabunda certeza de que jamás lo encontraría más apuesto que cuando exhibía una de aquellas injuriosas sonrisas. Era una sonrisa que parecía decirle que sabía algo inconfesable acerca de ella. sino el hijo del séptimo conde de Wyden. La escasa luz de un nublado día de noviembre hacía que la mayor parte de la sala estuviera envuelta en sombras. Deploraba que su querido Stuart se fiara y dependiera tanto de un presumido como aquel. —Es para mí un placer y un honor —dijo el señor Marsden sonriendo levemente.. las cejas perfectas y largas. sino que tenía que recibirlo en su salita. Puesto que era cierto que en el pasado reciente de Lizzy había ciertos hechos que no podían darse a conocer sin provocar su exclusión de la buena sociedad. ni siquiera había pronunciado una palabra fuera de tono en su presencia. su odio hacia él se mezclaba con el temor. el corte demasiado ceñido y moderno de su abrigo.. el hombre más atractivo de la Tierra.compromiso. El ostentoso y complicado nudo de su corbata. Antes de que se diera cuenta. —Ha sido muy amable al venir. Le agradezco mucho que se haya tomado esta molestia —le dijo. así que no podía ignorarlo sin más y hacerlo esperar en el vestíbulo. . pero su padre sí aprobaba la idea. el brillo lustroso de sus cabellos —que no podía conseguirse sin la aplicación diaria de zumo de limón y yema de huevo —le resultaban insufribles. Tenía la cabeza cubierta por espesos rizos dorados. su mayordomo abrió la puerta y anunció la visita del señor William Marsden. Entonces entró el hombre que bien podía iluminar el resto de la estancia. Pero en cuanto el señor Marsden sonreía la lucidez de Lizzy desaparecía. los ojos expresivos. enrolló las agujas con la bufanda y lo metió todo en la bolsa de hacer punto. Solo había encendido la lámpara de la mesita que tenía al lado. La sonrisa de aquel hombre era horrible. Durante algunos momentos de lucidez Lizzy se alarmaba de la intensidad de su antipatía. Además. Lizzy hizo una mueca. Aunque no sería así. pero confiaba en terminar la bufanda que había empezado la semana anterior antes de partir para el funeral de Bertram Somerset. probablemente. Al menos Lizzy no había conocido jamás a nadie más apuesto que él. el tal señor Marsden no era un simple plebeyo. Lizzy estaba haciendo punto. pero que de alguna manera encajaban a la perfección en su rostro. El señor Marsden era.

—¿Se encuentra usted bien. Murió allí. sobre un fondo de hojas de color verde musgo. —¿Nos ponemos ya en camino. cálidos y vivos. en el sur. Recorrió el kilómetro y medio que separaba las puertas de la finca del pueblo. En ese momento. Los aldeanos habían adivinado quién era. cuando regresaba a casa solo durante las Navidades. se marchó a la India. Stuart se detuvo a mirarlos. Mientras atravesaba el pueblo. Aunque los habían presentado hacía ya dos años. no le prestaron atención. dos muchachos arrojaban piedras y ramitas al río. se conocieron poco antes de que ella se apartara del mundo exterior para los siguientes diecisiete meses. Absortos en su juego. sus casas marrones abrazaban las orillas de un afluente del Ure. Su relación era. los visillos de las casas se agitaban y los rostros curiosos surgían tras las esquinas y los muros de mampostería. furioso con su padre y con Bertie. Stuart se preguntaba qué pensarían de su regreso aparentemente triunfal. la Pascua y los meses del verano. entonces. su padre entró en la salita.» . pero aun así era un día claro. Me gustaría volver allí.Pero esta vez su sonrisa desapareció y la miró con lo que en cualquier otro hombre habría pasado por auténtica preocupación. Un puente de piedra del siglo XVI salvaba la impetuosa corriente. Era un lugar precioso. La tranquila intimidad de su tono la desconcertó por completo. de cómo aquel advenedizo hijo ilegítimo había acabado por suplantar a Bertie. El señor Marsden se volvió para saludarlo. incluso en aquella estación tan avanzada del año.» « ¿Aunque sea donde murió tu madre?» «Yo no estaba cuando murió. Los dos hombres expresaron su mutua alegría por volverse a ver. Habían pasado veinte años desde que. « ¿Ves esa hoja que flota en el agua. Pero le parecía que hubiesen pasado aún más.» « ¿De verdad?» «Solo si tiene suerte. El pueblo estaba construido sobre una ladera. señorita Bessler? —le preguntó. Asociaba el olor de Fairleigh Park en pleno otoño —el de las hojas caídas y la quietud del campo entre el final de la cosecha y el bullicio navideño —a sus primeros años en Yorkshire. limpio. Hará que me acuerde de cuando vivía. papá? —preguntó alegremente. en tanto que Lizzy daba las gracias mentalmente por no estar ya a solas con el señor Marsden. En lo alto del puente. a los diecisiete. El sol desprendía una luz anémica. llegará hasta el mar. Stuart ya había olvidado lo hermosa que podía ser Fairleigh Park. que destacaban. Stuart? Con un poco de suerte. Pero en él aquella mirada le inspiraba aun mayores recelos. Los jardines se habían diseñado teniendo en cuenta la progresión de las estaciones: entre el follaje de la finca abundaban los tonos dorados y burdeos. antes de comenzar a asistir a un colegio privado. Solía sentarse en una silla y vigilarme mientras me bañaba en el mar. Mi madre vivía en una casa junto al mar. puramente superficial y Lizzy no encontraba ninguna razón por la que él pudiera preocuparse por ella.

Desde aquel observatorio privilegiado resultaba fácil ver que Fairleigh Park era una mansión solariega de proporciones modestas. grandiosa y espectacular: lo más parecido a un castillo de cuento de hadas que hubiera visto jamás.. Sus padres se lo presentaron con solemnidad y orgullo. O mayor. James Robbins. La casita del guardián era pequeña y sencilla.» «Bajo la sombra del castillo del príncipe. pero en todos los demás casos el dinero había ido a parar a iglesias. el alma mater del propio Stuart. irónicamente. Aquella conversación tenía que haber ocurrido hacía casi treinta años. No estaba muy seguro de cómo se sentía ante la posibilidad de tener un sobrino adolescente.. era fea y jorobada. La mujer no se había casado ventajosamente: la casita del guardián era una choza en comparación con la casa del cura. a intermediarios y no a individuos concretos. Caminó por él un kilómetro y medio más antes de comenzar a cruzar los prados aún verdes y trepar por las colinas calizas que delimitaban el perímetro del valle. como si fueran algas que acarician las playas de la conciencia tras una tormenta. Siguió el camino del mercado para salir del pueblo. Era .» Caminó por los senderos rocosos hasta los bosques que había detrás de la mansión. calvo. Pero hubo una vez en que para él era una finca espléndida. el guardián. Pero si Michael Robbins resultara ser un hijo natural de Bertie. más parecida al Petit Trianon que al Cháteau de Versalles.Stuart sacudió la cabeza. Dos. Bertie había sido generoso en sus actividades caritativas. Uno. instituciones y comités.. uno de los más antiguos y prestigiosos colegios privados de todo el país. tan bien como había sabido portarse. solo dos documentos de gastos le habían resultado extraños. es decir. Para sorpresa de Stuart. Sus paredes eran de la misma piedra blanca y desgastada que formaba los kilómetros y kilómetros de muretes de mampostería que delimitaban los campos y los pastos del valle. La señora Robbins tenía la misma edad que su marido.. Sonrió con alegría al darse cuenta de quién lo visitaba y sus ojos casi desaparecieron entre los pliegues de su rostro. Bertie había dejado Fairleigh Park en buena situación económica.. La finca se autoabastecía y las propiedades urbanas eran tan lucrativas como Stuart suponía. igual que su difunto padre había hecho con él. Stuart la recordaba como la hija solterona del cura local que acompañaba a su padre de cuando en cuando en sus visitas a Fairleigh Park. hijo adoptivo del guardián de Fairleigh Park. que tampoco era ningún palacio. era bajo. tal vez. los honorarios de madame Durant eran notablemente más bajos de lo que se esperaba. sino a Rugby. en dirección a la casita del guardián de la finca. Bertie corría con los gastos del colegio privado de un tal Michael Robbins. Michael Robbins estaba también en casa: en el colegio le habían concedido un permiso especial para que asistiera al funeral de su protector. Era asombroso cómo a veces la mente destapaba recuerdos al azar. Stuart se portaría bien con el muchacho. «No sé dónde vives. y se mostró visiblemente inquieta al recibir a Stuart en su sencillo hogar. Además Bertie no había enviado al chico a una escuela de tercera categoría. fornido y rondaba los sesenta años. De entre el enorme montón de papeles que Stuart había examinado.

alto... sobre la pared ennegrecida por el humo. Tomó té. poco después de que .. —pero me pregunto si no estaremos usted y yo emparentados de alguna manera. Pero en cualquier caso. Pero no se trataba solo de su acento. —¿Significa eso que tampoco estás emparentado con mi hermano? —En una ocasión se lo pregunté al señor Bertram. buscó una excusa convincente para hablar a solas con el muchacho. se lo ruego —dijo Michael. como si de sus labios brotaran bellas sonatas. Pero no fue necesario que se estrujara el cerebro. mientras conversaban amigablemente acerca de sus experiencias en Rugby. señor.. a si soy descendiente directo de usted. durante su estancia en Rugby. un sorprendente acento típico de las clases sociales más elevadas. Michael Robbins se apresuró a ponerse el abrigo: —Acompañaré al señor Somerset hasta la casa —les dijo a sus padres. —Creo que no —respondió. Era su pose. Cuando Stuart se levantó para despedirse. De vez en cuando le hacía alguna pregunta directa a Michael Robbins. cuya mirada desprendía una innegable chispa de inteligencia. Al rato se hizo un momento de silencio. —Las probabilidades estaban en contra. moreno y apuesto. pero Michael aventajaba a Stuart: era el capitán del equipo.un joven de dieciséis años. pero era demasiado mayor para ser el resultado de su noche con Cenicienta. Se encogió de hombros. Stuart se quedó un cuarto de hora. —¿Te refieres a si estamos emparentados a través de mi difunto hermano? —No. ¿Qué opina? Stuart llevaba un rato tratando de dar con las palabras que le permitieran plantearle al muchacho la misma pregunta sin asustarlo. Cuando hablaba. Su presencia física no era desdeñable para ser un adolescente. su ropa bien cortada. Ambos habían estado internos y habían practicado el deporte al que daba nombre el centro. se alineaba una fila de escopetas y bajo su silla había un cepo oxidado. Si Michael fuera seis o siete años más joven. su forma de sostener la cucharilla de té: a Stuart le había costado muchos golpes de Fräulein Eisenmüller conseguir una apariencia así de elegante. Aquel chico estaba completamente fuera de lugar en aquella salita atestada y de techo bajo. señor. le habría resultado imposible impresionarlo. La pregunta hizo que Stuart frenara en seco. Dejaron juntos la casita del guardián. habría tenido dudas. tenía que preguntárselo. al parecer. Dio la impresión de que Michael no se sentía decepcionado. —Perdóneme. tras él. Stuart intentó valorar si sería aconsejable o no preguntarle a Michael sin rodeos sobre sus auténticos padres y su posible conexión con Bertie. comió un trozo del pastel de semillas de la señora Robbins y mantuvo una breve conversación con el guardián a propósito del tiempo y de los asuntos del pueblo. El muchacho había adquirido. Pero. sus padres lo escuchaban extasiados.

no podría conseguirlo si reconociera un hijo bastardo. Los gastos escolares del chico eran la otra parte de sus honorarios. —Los quiero muchísimo.. señor. Cuando llegó a Fairleigh Park. Pero. adoptado o no. —El mundo es un lugar horrible —comentó Michael en un tono casi dulce.mis padres me dijeran que iba a correr con los gastos de mi formación — respondió tranquilamente Michael. Pero un hombre no puede saber quién es de verdad hasta que no sabe de dónde proviene. Todo lo que se me ocurre pensar es que quiera casarse algún día. que se había asegurado de no engendrar hijos fuera del matrimonio. ¿ Por qué crees que se niega a reconocer que es tu madre? —¡Ojalá lo supiera! Me pregunto exactamente lo mismo. señor.. Bertie había cubierto los gastos escolares de Michael desde que este tenía once años.. La mitad del cuadro.. —¿Y por qué no le preguntas a ella? —Porque niega que es mi madre. —Michael le dio una patada a una piedra. La relación entre madame Durant y su hijo no era sencilla. estaba asombrado.. Stuart sintió a la vez alivio y una extraña decepción. Stuart no necesitó más: —Madame Durant —dijo. A esa edad él no habría demostrado la audacia de plantear semejante pregunta. al menos. Stuart reanudó la marcha. —Supongo que estará esperando que la visite desde que he vuelto a casa —dijo Michael. Y yo solo tengo la mitad del cuadro.. fragmentos de ella. —Espero que no piense que no estoy agradecido a mis padres adoptivos. —¿Me permites que te haga una pregunta personal? —Por supuesto. O sea que madame Durant pensaba que Stuart era un buen ejemplo para su hijo. Me acuerdo de su cara. supe que había venido en mi busca. señor —añadió el muchacho... señor. —Me contestó que no. aún no la reclamarían sus tareas en la cocina. Eres un joven muy prometedor y madame Durant se ha esforzado en permanecer cerca de ti. pero lo cierto es que recuerdo mi infancia. —Tu adopción no es ningún secreto en estas tierras. a cambio de un recorte en su asignación. En el tono de voz del muchacho había más obligación que ilusión. ¿sabes quién es tu madre natural? —Eso creo. por encima de todo. Quizá temía que los Robbins no aceptaran su dinero y por eso se lo daba a través de Bertie. Michael no lo negó: —Siempre decía que usted era un buen ejemplo para mí. ¿La misma madame Durant que se negaba a prepararle un emparedado? —¿Vas ahora a la casa a visitarla? —Eran las tres de la tarde. . —Entonces. —Espero que no piense que estoy loco cuando hablo así. Stuart arqueó las cejas ante el descarnado cinismo del muchacho.

Ella no se molestó en ocultar su disgusto. Acompañó sus palabras con una sonrisa irónica. Hacerle ahora aquella pregunta era declarar la intención del señor Marsden de convertirse en una piedra en su zapato. no podía apartar los ojos de él. Por mucho que Lizzy detestara al señor Marsden.. —lo que hace aún más sorprendente que haya tantas jóvenes insulsas de su . La lluvia azotaba la ventana y chorreaba por los cristales del tren mientras los hombres hablaban de política y acababan. ¿Por qué no se ha casado? Nadie se había atrevido a preguntarle eso de forma tan directa. podía quedarse sin nada. por supuesto —añadió él. si no el de la mismísima Josefina Bonaparte. Para Stuart había sido un profundo y constante temor: si daba un mal paso. Si se le observaba con detenimiento era aún más atractivo. —Dime. La ilegitimidad marcaba a las personas de distintas maneras. Lizzy escondía que el no haber conseguido un anillo de compromiso siempre la había irritado e indignado. —Encanto también. Su padre se había quedado dormido. —Ha olvidado usted referirse a mi encanto —respondió con frialdad. La gente como ellos. el resultado de una agradable tarde de entretenimiento del propio Señor Todopoderoso. —¿Le importa que le haga una pregunta personal. Lizzy se dio cuenta de que en el compartimiento se había hecho el silencio. —Depende de la pregunta. El señor Marsden la observaba con aquella odiosa sonrisa que la hacía sentir como si ocultara bajo las faldas a un amante borracho dispuesto a comenzar a cantar de un momento a otro el «God save the Queen» a voz en cuello y con la voz pastosa. En el ángulo de su cabeza y en su pose había gran belleza y gracia. Para Michael Robbins era rabia escondida tras su aparente despreocupación. todo lo que necesita una mujer. Ella jamás había empleado semejante arma con él. talento y relaciones. aplomo. —pero el señor Marsden tenía motivos más que de sobra para enorgullecerse de ser un ejemplar único. ¿cuál es tu lugar en este mundo tan horrible? —le preguntó Stuart. En alguna fábrica celestial debía de haber regimientos de ángeles de rostro ceñudo manufacturando enormes cantidades de seres humanos —no podía ser de otro modo. la joven desvió la mirada y se puso a observar el exterior.—La gente como yo se da cuenta antes. muchacho. dado el incesante aumento de la población en Inglaterra y en tantos otros lugares del mundo. —En general se me reconoce tener al menos el mismo encanto que madame Pompadour. con las probables votaciones a favor de la autonomía irlandesa.. señor. Bajo su cultivado aire de despreocupación. Cuando Marsden la pilló mirándolo por segunda vez. circunscripción por circunscripción. —Tiene usted belleza. En algún lugar al norte de Peterborough. señorita Bessler? — inquirió el señor Marsden.

Las tenía bien cuidadas. Durante años. —Entiendo —le dijo. que. aplomo. relaciones y encanto? —En asuntos como el matrimonio. había ignorado con despreocupación aquel pensamiento. mirándose las manos. —Pero sin duda hay muchas otras formas provechosas de pasar el tiempo sin necesidad de convertirse en empleado de otro.. —Mis admiradores no han coincidido con mis admirados. —Ahora me toca a mí hacerle una pregunta de carácter personal — anunció ella. —La vida ociosa no está hecha para mí —explicó. Ni siquiera había podido elegir. La reacción de este. salvo por una permanente mancha de tinta en la palma derecha. Pero no lo admitiría delante de él. tendría que subsistir con una economía austera. Además.. proviene de una de nuestras mejores familias. en realidad aquello era algo que sí la había apenado. —Por desgracia. Su madre. ninguna de esas nobles tareas se pagan —replicó el señor Marsden. como la persona encargada de llevar la agenda de Stuart. Su padre nunca había sido un hombre rico. —Usted. para su belleza. . su hermano mayor heredaría la casa. talento. A la muerte de su padre. por supuesto. convencida de que Lizzy se casaría provechosamente. —y me apena. estaba menos interesada en la respuesta que en lo inapropiado del planteamiento. Bueno. señor. O podría haberse hecho cargo de unas cuantas obras de caridad. Podría haberse dedicado a las artes. como el señor Marsden.misma añada de debutantes que estén ya casadas. Incluso podría haberse hecho miembro del Parlamento. las letras o las ciencias. Lizzy retorció el cuchillo que ya le había clavado. sus dotes de organización le habrían resultado muy provechosas. imaginar una vida sin ciertas comodidades. el señor Marsden debía de estar al corriente de que su patrón y ella se habían visto con frecuencia durante los últimos meses. se había visto obligado a trabajar. hasta hace muy poco. pero no pudo evitarlo. había repartido la mayor parte de la dote que había aportado al matrimonio entre los dos hermanos de la joven.. un vago gesto de cinismo mezclado con una nota de algo que no pudo interpretar. ¿qué era? ¿Que había apuntado demasiado alto en su orgullo juvenil? ¿Que había pensado que no había nadie más a propósito que ella para ser la esposa del noble más acaudalado o del intelectual más prestigioso? ¿Que se había convencido de que un enlace que no fuera con alguien así sería un insulto para ella. interviene un factor que se llama «suerte» —respondió. le dejó ver que la comprendía perfectamente.. ¿Cómo es que ha elegido dedicarse a una carrera tan modesta como la secretaría? Todos sabían. mientras que usted sigue libre. que su difunto padre lo había repudiado y desheredado. Se suponía que no tenía que aludir a su compromiso hasta que no fuera oficial. Pero. pero su soltería era cada vez más probable y su sombra había terminado por acobardarla.. El señor Marsden estaba intentando que admitiera algo. como estoy seguro de que también la apena a usted. Si Lizzy se quedaba soltera..

señor.—No. Pero en esta ocasión fue el señor Somerset quien salió a recibir a los recién llegados: dos caballeros y una dama. La pobreza es su feudo. La cena fue una dura batalla de principio a fin.. Él la miró y Lizzy se sorprendió con la severidad de su gesto. pero era vulnerable a la comida de madame Durant hasta un punto que desafiaba cualquier explicación lógica. La señora Boyce torcía ya el gesto ante la perspectiva cercana de unos cuantos niños traviesos corriendo por la casa.. Ella se quedó mirando el camino desierto. Estaba haciendo todo lo que se suponía que tenía que hacer. incluso para una pareja de novios. Y Fairleigh Park necesitaba una señora. Al caminar hacia la casa agarrados del brazo. Necesitaba herederos. Con cada bocado se desmoronaba una parte de sí mismo.. Mucho me temo que está usted solo en sus temores. . Verity vio descender del carruaje a la joven señora. Stuart había pasado página. Era solo una coincidencia que él no estuviera ya casado. sus manos permanecieron unidas unos segundos más de lo habitual. y vestía a la última moda. La noticia de que aquella señorita iba a convertirse en la señora Somerset se había extendido por toda la casa. El escenario era idéntico al de la noche anterior: el gran carruaje negro que se acercaba por el recodo mientras su campana tintineaba apagadamente en el aire vespertino. no el mío. estaba extasiado. Su tez. Pero ella. Era evidente que se tenían afecto. El señor y sus invitados entraron en la casa. los sirvientes descargaron el equipaje y el carruaje se marchó. hablaban en voz baja y se escuchaban el uno al otro con sumo interés. Cuando se saludaron. Había permanecido ajena al hecho de que habían pasado siglos y el mundo que la rodeaba ya no era reconocible. los dos lacayos que saltaban del carruaje con movimientos perfectamente acompasados. era oscura y espectacular. en particular. Era alta. como la del señor Somerset. —¡Ah.. Con las cabezas muy próximas. vio que formaban una hermosa pareja.. Verity reprimió el urgente deseo de fumarse un cigarrillo. una pareja impresionante. —Stuart estaba atrapado en medio de una especie de sacudida sísmica. muy bella. Mientras sus invitados reaccionaban con entusiasmo a los distintos platos —Marsden. señorita Bessler! —Dijo en tono ligero. Las doncellas eran presas de la emoción pensando en una gran boda. un insecto atrapado en ámbar. un fósil. el camino de acceso a la casa bañado en una luz dorada que temblaba sobre los tonos violeta y carmesí del crepúsculo. ella se había transformado en una reliquia. —Su crueldad partiría un corazón menos inquebrantable que el mío. Stuart no sabía por qué. No le quedaba más remedio que marcharse.. Desde la terraza.

se resistía a someterse a aquel violento despertar. Era una hechicera que ejercía sobre él un oscuro influjo. Cuando comía. pero era incapaz de evitarlo. oculta en la cocina. No podía dejar de pensar en aquella mujer que. pero una pequeña fracción de rayo seguía siendo un rayo. . Tampoco podía negarse a que lo sirvieran mientras hubiera otros comensales en la mesa. Que lo hacía olvidar que era un respetable hombre de mediana edad. A veces ni siquiera era consciente de lo que comía —¿a qué sabe el precipitarse por un acantilado? —solo sabía que continuaba comiendo porque el resto de su mente oscilaba entre la sorpresa y la desesperación.Pero esa noche no podía levantarse de la mesa como había hecho la noche anterior. No. no era una diosa. Que lo atraía con decadentes e imposibles placeres. Solo existía la cocinera. lo único que existía era la comida. La sensualidad de la cocina de madame Durant le provocaba emociones extrañas. Comía lo menos posible. era capaz de derramar en la comida tanto poder y magia. y hasta la más modesta de las llamas es capaz de provocar un incendio. a punto de convertirse en más respetable todavía gracias a su matrimonio y su encumbramiento político. ¿Poseería acaso la alquimia capaz de destilar el deseo brutal e infundirlo después en los platos? ¿O serviría acaso el deseo puro disfrazado de algo tan inocuo como un plato de crema de caramelo? —En París hablan de ella como de una diosa —comentó el señor Marsden con veneración.

Intervino entonces su mente. en conjunto. Casi diez años después. pero sí lo fue que Nelda Lamb renunciara a su sentido común. El pequeño. se dio cuenta de que sabía bastantes cosas acerca de Stuart Somerset. «Aburrido. Sí. no se podía entrar y salir a cualquier hora. callada pero inexorablemente. El hambre hizo que Verity sintiera pánico. El chico no lo decepcionó. No fue tan fácil conseguir que lady Constance abandonara su lecho de enferma. había dicho Bertie en más de una ocasión. La modista trajo consigo docenas de los mejores cortes de tela de su tienda y a dos de sus costureras más hábiles. se sentía hambrienta. Se había enfadado con ella por volver tan tarde. Con el hambre llegaron también los viejos temores: morir en un suburbio. Destacaba en cuanto hacía. uno de los nueve excelentes colegios privados nombrados y destacados en la ley de Enseñanza Privada de 1868. y no podía esperar que el dueño la ayudara. que era un atleta bien dotado y no precisamente torpe en el terreno intelectual. convertirse en una de esas mujeres con las mejillas llenas de colorete y la mirada endurecida que lanzaban besos a los hombres y se los llevaban escaleras arriba. que se negaba a dejar la cama desde que había dado a luz tres meses antes. fragmentos de los mordaces comentarios de Bertie y. se adaptó enseguida a la vida de la mansión. aun cuando solo podía hacerlo de forma incoherente. Un mecanismo de engranajes que lo guiaba en una única dirección: la del brillo y distinción. En la primavera de 1854. Pero. No sabría cómo pasar un buen rato ni aunque . Pensándolo ahora. largos minutos de encendida euforia. le había espetado. Sir Francis se mantuvo expectante cuando lo envió a Rugby. cuando ya había cerrado la puerta delantera: «Esto es una pensión respetable». No se le había ocurrido comprar nada en el camino de vuelta a la posada. pese a haberse criado en los suburbios. Moralista. era mucho mejor pensar en él. anuló el lúgubre miedo al hambre y lo sustituyó por otro temor igualmente incómodo pero encantador: el pánico a Stuart Somerset. eclipsaba. Nelda Lamb volvió a Fairleigh Park. sir Francis había hecho venir a Fairleigh Park a la costurera en un desesperado intento de animar a su esposa. No había comido nada en todo el día. cuando lady Constance había fallecido ya.CAPÍTULO 07 Julio de 1882. a través de Bertie y de los rumores que había oído antes de convertirse en la amante de Bertie. de repente. languidecer en un taller. La madre del señor Somerset había trabajado para la modista más afamada de Manchester. Seco. llevó consigo al vergonzoso fruto de su anterior visita: un chiquillo de nueve años que era el vivo retrato de sir Francis. zigzagueando entre los retazos de la conversación que recordaba. Durante semanas apenas había tenido apetito. a su hermano. alegando que se sentía muy débil. «Es una especie de autómata».

tanto recién recogidas del huerto. incapaz de controlarse. Porque reconocía en sí misma todos los síntomas del inminente enamoramiento: el sobrecogimiento. secos y moralistas». como en tartas. de quien estaba profundamente enamorada. Como si su historia personal no le hubiera enseñado ya lo suficiente acerca de depositar todas sus esperanzas en un solo hombre e impulsada por un hambre creciente.» « ¿Le gustaría averiguarlo?» ¿Por qué había pronunciado el nombre de aquella pensión tan alto que se habría podido oír desde tres calles más allá? Porque lo deseaba. ante su desbocada imaginación. Hundió la cara entre las manos y gimió. Paté horneado sobre brioche. Sobre la bandeja —que era mágica. ¡el señor Somerset y la bandeja mágica! ¿Y ahora qué? ¿ Tendría él también una varita mágica capaz de despojarla de su ropa? Así no se sentiría culpable por dormir con él. esa noche no era un mal momento. educada. «Si es preciso. Bueno. Frutas. pero allí estaban. comparados contigo. «Para mí. de comportamiento ejemplar y —volvieron a encendérsele las mejillas —ni la mitad de orgulloso de lo que Bertie había querido hacerle creer. Había sido un espléndido día del verano anterior. el ansia. las esperanzas. por remotas que fueran las probabilidades. Cuando se hizo cocinera pensó que nunca volvería a pasar hambre. Desde el borde de la cama donde estaba sentada con los tobillos cruzados ante sí. cremas y pasteles.. Volauvents con guarnición de crema de marisco. al fin y al cabo —todo cuanto Verity deseaba comer. empezó a imaginar la llegada del señor Somerset a su puerta.se lo pusieran en bandeja de plata. bajo un cielo que era de un azul casi tan imposible como el de sus ojos —al decir de Bertie. Había preparado una apetitosa merienda campestre y los dos habían dado cuenta de ella al aire libre. al hombre que con su generosa capacidad para el placer y aspecto angelical manejaba de forma certera todas las responsabilidades que habían recaído sobre él desde temprana edad. pero no tanto como para arriesgarse a volver a quedarse embarazada. seco o moralista. era una persona valiente. Una fuente de fiambres. puesto que no podía hacer nada por evitarlo. si tenía que mostrarse desnuda delante de un apuesto desconocido. miró hacia la puerta. Le sonaron las tripas. en aquel mismo instante. . A Bertie. Pero Bertie resultó ser un canalla y Stuart Somerset todo menos aburrido. —y que estaba moteado de nubéculas tan suaves que parecían los algodones sobre los que el propio Dios descansaba. todos son aburridos. con una enorme bandeja flotando delante de él como por arte de magia.. No. le había dicho a Bertie dejándose llevar por su enamoramiento. Se le hizo la boca agua. Había estado locamente enamorada del señor Somerset.» Esto último había hecho reír a Verity. En su estado de confusión y desorientación. aún no había extraído la esponjilla que solía llevar en el interior de la vagina. Nada. modesta.

Aquello era un milagro. pero ahora que lo tenía allí no lo iba a rechazar. pero aun así el señor Somerset le acercó una taza de té negro. —Le traigo el té. con aquellos ojos y cabellos tan negros. el suelo desnudo. —¿Cómo. . buena mujer. Sus miradas se cruzaron. pan y mantequilla. pero no tanto.? Pero entonces advirtió que la mujer había traído dos tazas y dos juegos de cubiertos. Irrumpir así. casi convencida de que su mente la engañaba. Quizá fuera una mujer de dudosa moralidad.Llamaron a la puerta. Ella no se movió. —¿Quiere servir usted el té? —preguntó mientras señalaba las tazas con la cabeza.. Tal vez. Stuart se apartó para dejarla pasar con la bandeja vacía. Le debía mucho. Alzó la vista. La de él era tan decidida que ella tuvo que apartar la suya casi de inmediato. sin permiso. Era la mujer del dueño de la pensión.. La mujer del posadero se despidió haciendo una leve reverencia..? ¿Cómo sabía usted. Saltó de la cama. él se dirigió a la mesa y lo sirvió. —¿Azúcar? ¿Leche? Ella sacudió la cabeza y rechazó su ofrecimiento. Pero volvieron a llamar y esta vez todos y cada uno de sus músculos se tensaron de golpe. abrió la puerta y al instante se quedó boquiabierta. Siguió a la mujer del posadero hasta la mesa donde esta depositó la bandeja. las galochas manchadas de barro y el camisón extendido sobre la cama singularmente grande. pero aun así sabía reconocer cuándo le estaban insultando. el oscuro revestimiento de madera que le llegaba a la altura de los hombros. El resto estaba lleno de platos de rosbif. junto a la puerta. No había pedido té. en su habitación a aquella hora tan decididamente indecente era un claro insulto. Detuvo la mirada sobre la vieja maleta de Verity.. Stuart Somerset estaba allí. nunca antes se había despedido así de Verity. Tal vez no se había dado cuenta de la gravedad de su infracción de las normas de la etiqueta.. sí: la bandeja era inmensa y el servicio de té ocupaba solo un tercio de ella. Pero como sabía que le debía mucho se mantuvo en silencio para darle la oportunidad de disculparse. Pero él no intentó disculparse.. e incluso unas porciones de un aromático bizcocho. huevos hervidos. El paseó la vista por el interior de la modesta habitación: la ventana con parteluz. Miró a su alrededor. —No quisiera importunarla más de lo que usted desee que lo haga —le dijo. salmón ahumado. queso gratinado. Sus nostálgicas ensoñaciones románticas se marchitaron al contacto con la dura realidad. que habría dado cualquier cosa por un té a esta hora. La puerta se cerró suavemente tras ella.. con una camisa blanquísima que contrastaba con la piel bronceada tras casi diez años de estancia en la India.. Entonces. señora —dijo una voz femenina.

—La pregunta es. La comida que tanto había deseado le resultaba difícil de masticar y de digerir. sobre todo si me quiere considerar un mujeriego con labia... Era obvio que él no se esperaba semejante firmeza por su parte.. Ella fue nuevamente incapaz de sostenerle la mirada. le quitó de las manos el plato con la taza de té intacta. —No crea que esas bellas palabras. —Mi madre trabajaba en un molino cuando yo era niño.. —Esto no es un soborno —replicó. —Estoy seguro de que no va a creerme.Ella bajó la vista hacia la taza y el platito que. cuánto tiempo dejará usted que me quede y qué libertades me permitirá que me tome. —Ninguna. con la que se dirigía a sus subordinados durante las horas de trabajo. me iré —dijo sin alterar la voz.. A ella no le debería haber importado su decepción. Suele interesarme bastante más el trabajo que el bello sexo. Yo diría que eso es evidente —respondió Verity con severidad. más cruda. —No me gusta cómo la ha estado alimentando la malvada madrastra. la que siempre había mantenido firme tanto en la felicidad del amor como en la desesperación del desengaño. habían ido a parar a sus manos. —Cuando haya comido. La joven comenzó a comer. No siempre . incluso la colaboración. más que decepcionado.. que sin duda habrá pronunciado docenas de veces a lo largo y ancho de Londres me persuadirán fácilmente. ¿Habría caído tan bajo como para que cualquier desconocido pensara que podía hacerla suya con solo proponérselo.. y a cambio de una bandeja con té? —Me temo que ha desperdiciado el tiempo y el soborno. Tenía la boca seca y le resultaba casi imposible tragar. El partió un trozo de pastel y lo examinó. o su abatimiento. y la obligó a coger el plato que había llenado de comida. como si intentara ocultar una herida infligida por un ser amado. del posadero? —Cuando es preciso. Las yemas de los dedos se le habían entumecido por efecto del calor. —¿De veras? ¿Y no es también un mentiroso muy convincente? —¿De qué otro modo. Y no he malgastado mi tiempo.. —Por supuesto. Por la rapidez con la que él había tratado de ocultarlo. podría haber conseguido el consentimiento. la emoción que nublaba sus ojos era más profunda. El volvió a la mesa y comenzó a llenar un plato vacío. Pero le importó. Estaba sorprendido y decepcionado. de alguna manera. —¿Me da usted su palabra? —logró articular. —La miró con detenimiento. —Me gustaría que se marchara ahora.. si no. más bien. —¿Por qué ha venido? —Creo que los dos sabemos el motivo de mi visita. La joven empleó la voz que utilizaba en la cocina.. Quería verla de nuevo y ahora ya lo he hecho. pero mi existencia es bastante espartana. Había un cierto tono de gravedad en sus palabras que hacía que hasta las más ridículas declaraciones sonaran serias y autoritarias. sí —admitió mirándola a los ojos. Deshizo la distancia que los separaba.

La joven lo observaba con fijeza. pero él no le devolvió la mirada. como sí perteneciera a otra persona. La última ocasión en que recuerdo haber comido algo con deleite fue el día en que mi madre me llevó a casa de mi padre. Algo la golpeó en el pecho. «¿Es un gastrónomo como tú?» «¿Quién? ¿Stuart? ¡Cielos. . Con la última moneda que me quedaba. no! Carece por completo del sentido del gusto.. ¡Me habían parecido tan maravillosos antes! Se encogió de hombros. —¿Nunca? —Verity no pudo evitar aquella pregunta que surgía de su curiosidad profesional.teníamos dinero para llegar a fin de mes. Los encontré empalagosos...» —Después fui a vivir con mi padre. a alguien que se hallaba a kilómetros de distancia. —¡Disfrutaba tanto comiendo en aquel entonces! Los olores de los pubs y las carnicerías me extasiaban. pero al final se quedó dormido. Nos detuvimos en el pueblo. Ni a la idea de convertirme en una vulgar prostituta. Él no paraba de sonreír. horribles. yo no más de día y medio. —Comprendo que le parezca ridículo —dijo Stuart. una flecha... —A los diecisiete años me sentía completamente acabada —replicó la joven. »Jamás había probado nada tan horroroso. Desde que puse el pie en su casa. No podía enfrentarme a la pérdida de mi hijo. su salvación se había debido en gran medida a la suerte. Pasaba horas en las nubes. porque todos los niños deberían tener la oportunidad de visitarlo alguna vez. aunque creo que algunas veces ella ayunaba durante más tiempo. Me los comí todos de camino a la finca de mi padre. y ella se mostraba inflexible en cuanto a pagar la renta y conservar nuestra habitación. me compré un poco de melaza. como un puñetazo. decidí que lo llevaría al zoológico. »Semanas después volví a la misma tienda y compré un penique de los mismos caramelos. »Un día. soñando con pasteles de carne y un pudín más grande que mi propia cabeza. Después. Me supieron a gloria. cuando mi hijo tenía cuatro meses. jamás volví a sentir hambre. igual que los pigmeos carecen de armada. ni familia. sabían a anís. Su voz sonaba lejana. decidida a abandonar este mundo con buen sabor de boca. Casi siempre intentaba desterrar aquel recuerdo: se había librado por tan poco. Ni a mi suicidio. Me eché a llorar en la puerta del recinto de los reptiles. así que en ocasiones teníamos que privarnos de comer. del momento de mayor desesperación de su vida. un dolor tan dulce como un caramelo en la boca de un niño hambriento. Casi no podía creérmelo. Jamás le había hablado a nadie de aquel día. —Lo llevé a ver todos los animales. —Ni una sola vez. Ella entró en la tienda y me compró una pequeña bolsa de caramelos. ni perspectivas de futuro.. —No tenía dinero. lo llevaría a un orfanato y me ahogaría en el Támesis. salvo un bebé al que amaba con desespero. Y nunca más volvió a importarme lo que comía o dejaba de comer. Nunca durante muchos días.

me lo llevé a la boca sin pensarlo. Le recomendó a Verity que no vendiera el collar por menos de diez libras. un collar de oro y perlas. Verity vendió el collar por diez libras. El frío de la piedra contra la que apoyó la espalda. nada más salir de la casa de empeños. Y. También compró los uniformes que necesitaba para entrar a su servicio y la preciosa ropa de bebé con que vistió a Michael cuando lo envió al hogar que monsieur David le había encontrado: una buena familia en la finca donde trabajaba antes. Como si él también saboreara la esperanza. Cuando solo quedaba un poquito. que arrastraba con entusiasmo una cometa medio rota por el maltrecho jardín de su madre adoptiva. Sobre el rostro de Stuart. «Déjela en paz». El murmullo de las voces infantiles. el apretón que la niña le había dado con su mano enguantada. Aquí no hay nada que ver». poco a poco. como si hubiese masticado alquitrán. el muchacho se acercó a ella corriendo y se lanzó a sus brazos. Los pies borrosos de quienes pasaban a su lado. y me lo dio. la voz de la niña. El asombro de Verity ante aquel hecho no se había debilitado con los años. La suave calidez de Michael contra su pecho.El recuerdo estaba aún demasiado vivo. clara y fresca como el agua de un oasis. pero sigo viéndolo todos los días. Con aquel dinero compró tiempo para pensar. Las severas advertencias de las institutrices a los que se detenían a mirarlos —«Seguid. Era lo más maravilloso que había probado jamás.. El corazón de la joven volvió a latir con fuerza. para superar su vergüenza y prejuicios respecto al trabajo. tal como ella había esperado y a la vez había temido esperar. —¿Qué fue de su hijo? —Lo adoptaron unas personas maravillosas. El pequeño no recordaba nada de ella. para localizar a monsieur David y pedirle ayuda. compré un chelín de melaza para repartirla entre los niños del vecindario. dijo la pequeña. —¿Cómo podía describir el sabor de un simple dulce que contenía todo el vértigo. —Una niña se acercó a mí. la incredulidad y la gratitud que la habían ayudado a detenerse y reflexionar? —Sabía a esperanza. Se quitó el collar que llevaba alrededor del cuello. Todavía sentía el peso del collar en la palma de la mano. se fue dibujando una sonrisa sorprendentemente cálida para un hombre tan frío.. seguid. —que reducían la tragedia de su vida a poco más que un detalle menor del paisaje. después. Se detuvo al ver que Verity lo observaba y. . Aquel hermoso día de mayo en que pisó por primera vez Fairleigh Park. Habían pasado tres años desde el momento en que se había despedido de él llorando desconsolada. —A la mañana siguiente. pero desde el momento en que la vio supo que lo quería. Había trabajado muy duro para conseguir convertirse en la cocinera de Fairleigh Park. Y después la había dejado para reunirse con una mujer que la miraba con desaprobación desde cierta distancia. doce chelines y dos peniques.. La voz brusca del agente de policía que le ordenó que se llevara su pena a otra parte. después. Y su esfuerzo había merecido la pena. la tibieza que aún conservaba. No tendría más de catorce años. Aquel desagradable sabor en la boca. —Me gusta su historia —comentó Stuart con suavidad.. Michael corría alrededor de la casita del guardián: era un niño sano y guapo de tres años y medio.

Volvió a mordisquear el esponjoso pastel. la clara firme. de dedos largos destinados a sujetar estilográficas grabadas y unos cuantos naipes después de cenar. Verity se sobresaltó al darse cuenta de que Stuart se disponía a irse. Cogió el que le tendía Stuart y lo cambió por el que ya estaba vacío. de lo mucho que se parecían sus manos a las de Bertie: finas. Un estómago lleno es un lujo que nunca molesta —dijo Verity. Verity se dio cuenta.—Un chico con suerte —dijo Stuart Somerset. de que ya se había comido todo lo que tenía en el plato. —El pastel también está bueno —observó la joven con torpeza. Los franceses tenían quinientas formas de cocinar los huevos. tal como había dicho que haría una vez que ella hubiese cenado. Cogió un huevo duro y lo apretó sobre la bandeja. Trató de prolongar el placer. —¿Podría pasarme una porción de pastel? —rogó. con una yema sabrosa y sensual y una clara tan suave que le permitía saborear todos y cada uno de los granos de sal. las yemas perfectamente centradas. Él apartó la vista e hizo lo que Verity le había pedido. Estaba muerta de hambre. como si estuviera en su cocina no muy lejos del horno atizado. Lo partió en dos y depositó ambas mitades en otro plato. —Me alegro de que le haya gustado —comentó su amante frustrado mientras doblaba el pañuelo con el que se había limpiado las yemas de los dedos. Él alzó bruscamente la vista. como si acabara de pedirle que la besara y no un trozo de dulce. pero se acabó el huevo enseguida. Comenzó a dudar si en realidad no le habría hecho una insinuación de carácter sexual. hasta provocar que la cascara se resquebrajara silenciosamente en una maraña de grietas. —Ha sido un placer para mí —dijo él con naturalidad. tras haberle dado un pequeño bocado. Y para pelar con rapidez y delicadeza un huevo hervido. aun así. El huevo estaba todavía cliente. de pronto. pero. . Ella bajó la vista y se dio cuenta. era un placer para el paladar. —Muchísimas gracias por la comida. —Siento muchísimo haberme mostrado tan grosera antes. —Me gusta todo. exploró con la punta de la lengua las rugosidades de una pasa. Les añadió una pizca de sal y de pimienta. Después se lo ofreció. —¿Le gusta el pastel? Notaba su mirada clavada en ella. —Era un huevo excelente —dijo. Se miraron fijamente hasta que el aire que la rodeaba se espesó tanto que Verity no podía respirar. con sorpresa. Y la perspectiva de pasar toda la noche hambrienta se me hacía insufrible. Pero había algo especial en la sencillez de un huevo fresco bien hervido que lo hacía destacar por encima de cualquiera de las otras extravagantes recetas. —Cómase el resto en el desayuno. Su atención la hacía sentirse acalorada. le acercó dos porciones de pastel. Verity inclinó la cabeza. Y para empujar a los matones callejeros contra las farolas. Aquel no era tan fresco como los del gallinero de Fairleigh Park y lo habían hervido quince segundos más de lo necesario.

sino a su estallido de violencia. —¡Espere! Aguardó con la mano sobre el pomo de la puerta. . Verity se limpió las manos con una servilleta y se aproximó a él. —Y gracias de nuevo por todo. Se quedó sin aliento. La cabeza comenzó a darle vueltas. —Sí. El beso no le recordó para nada a su exquisita formalidad. como si ella fuera una cigarra y él el último día del verano. Lo abrazó con fuerza. Durante un par de segundos fue incapaz de moverse. —Debería irme antes de que las calles de Londres dejen de ser seguras. claro. —Buenas noches —dijo ella a la vez que dejaba el plato en la mesa. Después se agachó.. Verity sintió que le ardían las mejillas. Stuart hizo una mueca que parecía casi una sonrisa. Le ofreció la suya. Pero pronto recuperaron su utilidad. Se llenó la boca de pastel para no tener que responder. —Buenas noches. torpes y confusos. y le devolvió el beso.. Verity se sintió como si la hubiera levantado del suelo y la hubiese arrojado contra una farola. Cogió el sombrero del perchero y se acercó a la puerta. Cenicienta. —Avíseme cuando encuentre a su verdadero príncipe. —Me gustaría estrecharle la mano —le dijo.—Hace usted muy bien en anteponer su propio bienestar a mi sensibilidad. El se dio la vuelta y la observó. la agarró por los hombros y la besó. a los costados. No nos olvidemos de que yo le había pedido mucho. Los brazos le colgaban. —Se está haciendo tarde —dijo Stuart al cabo de un minuto. incluso para un hombre.

tan cargada de hollines que casi dolía respirar. Pero de aquello hacía mucho tiempo.CAPÍTULO 08 Lizzy caminaba por el tranquilo embarcadero que se había construido a orillas del Ure. Stuart podría haber elegido a cualquier mujer. aunque débil e insegura. y se había dado cuenta de que estaba a punto de convertirse en una solterona. ya que sus perspectivas de una buena boda —de cualquier tipo de boda —disminuían con cada año que pasaba. Irlanda y Gales. Lo haría feliz y se aseguraría de que jamás tuviera que lamentar su elección. Y la había escogido a ella. no era tan importante ni tan rico como ella se merecía. Años atrás se habría mostrado petulante y arrogante al respecto. El mundo parecía nuevo. —¿Se encuentra usted bien. en el que habría pasado por alto la belleza de su encanto por no ser digno rival de la magnificencia de Lyndhurst Hall. era cuando creía que un simple aleteo de sus pestañas podía provocar una tempestad en el corazón de cualquier hombre. el marqués se casó con una mujer que carecía por completo de contactos. señorita Bessler? . puro en comparación con la atmósfera londinense. El río brillaba con un frágil resplandor del color de la cerveza aguada. Pero ahora solo sentía agradecimiento. El joven heredero de los Arlington se había mostrado sensible a sus encantos. hermosísima finca. A pesar de las continuas insinuaciones de Lizzy. Escocia. la mansión de lord Wrenworth. la casa solariega de los Arlington. y que se hubiera mostrado receptivo a sus insinuaciones. después de que fuera aprobada el Acta de Gobierno de Irlanda. unidos a la muerte de su madre a consecuencia de lo que se pensó que era un simple resfriado. Un cargo así a su edad solo podía augurar una cosa: que algún día ocuparía el número 10 de Downing Street. Stuart había medrado en la vida. cuya madre había fallecido hacía mucho tiempo. mientras ella se había dedicado a perseguir ciegamente un imposible enlace capaz de satisfacer su vanidad. Hubo un tiempo en el que Fairleigh Park le habría parecido insulso. esto le provocó una profunda melancolía de la que creyó que jamás lograría recuperarse. Desde entonces.. De niña se le había pasado por la cabeza casarse con él. Se rumoreaba que. Suspiró. habían hundido a Lizzy en un penoso estado de desconsuelo que había desembocado en su desastre con Henry. Aquellos dos fracasos. que no consideraba a Lizzy suficientemente buena para su elevada familia. pero la había amado menos de lo que temía a su madre. Y ahora esta encantadora. se le confiaría la cartera de ministro del Interior.. o de la de Huntington. Aquel hombre poseía la mayor fortuna de entre todos los nobles de Inglaterra. Había sido una gran suerte que Stuart hubiera decidido casarse finalmente. hasta que decidió que. Pero se había recuperado. Estaba decidida a convertirse en una esposa perfecta para él. el aire era limpio y fresco. La joven se fijó después en el marqués de Wrenworth. A su vez. si bien era un hombre apuesto al que su padre habría dado la aprobación sin dudarlo. El sol acababa de despuntar sobre el horizonte.

A Lizzy no le habría sorprendido saber que Marsden llevaba alzas en los zapatos para aparentar una estatura de un metro con setenta y cinco centímetros justos. Lizzy lo miró: de nuevo bailaba en sus ojos aquella sucia mirada. —Tal vez no sea preciso mantener una relación correcta —replicó el señor Marsden. —Me gustaría que hiciera usted un esfuerzo. —Ahora ya no tendrá que preocuparse usted de por qué no me he casado todavía a pesar de mis fantásticas cualidades —replicó Lizzy. entonces... El señor Marsden se había comportado con suma corrección la noche anterior. durante la cena y la sobremesa. Echó a andar de nuevo en dirección a la casa. La expresión obscena se borró de sus ojos. ¿Cuánto tiempo llevaría allí observándola? ¿La habría seguido desde la casa? ¿Y por qué su primera reacción ante su presencia era un escalofrío de excitación? —No podría estar mejor.. Era más de lo que la joven estaba dispuesta a aguantarle. —¡Y qué extraordinario banquete el de anoche! El mejor que he disfrutado en mi vida. —Un tiempo muy agradable. —Lo lamento. —No podría estar más de acuerdo. Había una nota lasciva en su tono. Se paró en seco. —Dicen que madame Durant es una mujer muy bella. . Eran grises y hacían juego con el pañuelo de cachemir que llevaba alrededor del cuello: un ejemplo más de su vanidad. con una cierta expresión de preocupación en el rostro. —Entiendo que debo felicitarla. Se hallaba a unos pocos pasos de ella. ¿Tan transparente he sido? —dijo divertido. No tenía por qué tolerar tal insolencia por parte de un simple secretario. Podía ser un invitado bastante agradable cuando se lo proponía. Y aún dispongo de unos días para tomar una determinación. —Ha dejado de caminar de golpe y lleva un rato inmóvil en el mismo sitio. lo cual hacía que Lizzy se sintiera aún más ofendida por su deliberada provocación en el tren. puesto que. poco convencional. ¿verdad? —En efecto —asintió ella. por el interés del señor Somerset. señor Marsden. lo mejor sería que nos lleváramos bien —respondió Lizzy. —puesto que aún no he decidido si permitiré que el señor Somerset se case con una mujer tan.. —La forma en que me mira hace que me sienta sumamente incómoda. —¿Ha advertido. gracias —respondió con frialdad.Giró sobre sí misma al oír la voz del señor Marsden. aun cuando la comunicación oficial no se haga hasta dentro de unos días —le dijo. En cuestión de semanas se convertiría en la señora Somerset. que era incapaz de dejar de mirarla? Aquella confesión suscitó en la joven una emoción extraña. Le quedaría muy agradecida si la evitara. El la alcanzó enseguida. una dama no debe pararse a conversar con un caballero.

Lo que el señor Marsden había presenciado era una nimiedad. puesto que normalmente se les aplicaba a las sufragistas.. ya que monsieur Belleau entró en la habitación al minuto siguiente. Pero no era solo indignación lo que sentía: tenía miedo. Que ignoraba incluso que algo así fuera posible.. ¿quién podía asegurarle que no se sentiría también obligado a informar al resto del mundo? Una vez que su conducta con Henry se hiciera de dominio público. —dijo el señor Marsden. se rió. la describiría el señor Marsden como una mujer «poco convencional»?¿ Siempre se había esforzado en evitar aquel calificativo. —Siempre he pensado que su actuación fue soberbia: le sostuvo la mano.. le enjugó el sudor de la frente y le dijo al marido que su mujer había sucumbido a unos virulentos vértigos. Finalmente. Que usted nunca haría. Lizzy sería desterrada a una lóbrega casucha de los páramos donde pasaría el resto de su vida en la desgracia y el ostracismo.. La habitación de color borgoña con espejos. sin entender nada al principio... ¿Sabría lo de Henry? ¿Por qué. Aquella decisión parecía significar mucho para él. no sentí ni el más mínimo deseo por ella. pero. sorprendido.! ¡Por favor. Lizzy se quedó mirándolo. —Un par de depravados —replicó la joven. pensó Lizzy. las intelectuales y otras mujeres que no encajaban en los escalones más altos de la sociedad? Y si el señor Marsden decidía que su deber era informar de aquello a Stuart. sí. si no.! —El alivio la inundó. Pero luego lo comprendió. —Ríase de mí y dígame que fue solo fruto de mi sórdida imaginación.. como intentando discernir si Lizzy le decía o no la verdad. Madame Belleau me pilló en un momento en que me sentía sumamente aburrida. su risa le .. con todo. —Ella se hizo la sorprendida y se apresuró a meterse bajo las sábanas mientras no paraba de echarme miraditas de pánico. dijo: —Bien hecho. —Niéguelo —la desafió. algo enigmático en su alegría. La casa de madame Belleau. —Lo que pienso que podría importarle es que su esposa se sintiera más atraída por su cocinera que por él.. En efecto. tal cosa... —París. Había. —Fue una gran suerte. algo de lo que Stuart y ella podrían reírse cuando él lo supiera. El señor Marsden.. ¿ De veras cree usted que a él le importaría que en una ocasión permitiera que una francesa me besara? Le aseguro que cosas mucho peores que esa ocurren a diario en los mejores colegios para señoritas del Continente. fue una soberbia actuación. Créame: cuando se desnudó y me hizo señas para que me acercara desde su dorada cama. —Si eso fuera así. pero no estoy nada convencida de que la llegada del marido fuera casual. habría participado con gusto en los tejemanejes del colegio. en comparación con su actitud habitual hacia ella.—¿Cómo ha dicho? —exclamó Lizzy. ¡Qué abominación! —¡Oh. —No insultemos la inteligencia del señor Somerset. El señor Marsden la miró durante un buen rato.

no. ocupaban el frontal del sobre.. —Oh.. señorita Bessler. y Stuart le había dicho que la guardara. Se dio la vuelta: era el ama de llaves. —Hasta la hora del funeral. Las palabras «Para enterrar conmigo». —Es una lástima que sus inclinaciones sáficas no fueran más incontrolables —dijo. —He salido a pasear —respondió su prometida.. Se volvió y contempló la amplia avenida que llevaba hasta la verja de hierro y el río.. —Señor.. El ama de llaves le había preguntado qué debía hacer con ella. con su pañuelo ondeando en la brisa matinal. Los efectos de la cena se habían prolongado a lo largo de toda la velada. Cuando se dio la vuelta para subir los escalones que conducían a la casa. si ya ha acabado de chantajearme. Él asintió. La letra. y hasta bien avanzada la noche. las doncellas han encontrado esto. Quería pedirle disculpas. se transformara en una cursiva suelta y caprichosa. Ya adoro este sitio. Por favor. que tenga un buen día. observándola. Lizzy se alejó. Yo también sé un par de cosas acerca de la ambición. Pensé que debía hacérselo saber. no me recuerdes mi arrogancia infantil. la de los tiempos en que se carteaban casi a diario. —Fairleigh Park es precioso. y tan solo había podido concentrarse en fingir interés por la conversación de Marsden y Bessler y en asentir en los momentos que le parecían oportunos. la de antes de que. manuscrita.. sino ambiciosa. Stuart replicó sonriendo: —No eras insustancial. —Te estaba buscando —le dijo Stuart al ver a Lizzy acercarse a la casa. Stuart. vio que el señor Marsden seguía en el mismo lugar. —¿Te imaginas viviendo aquí? —Sí. Estoy terriblemente avergonzada de haber sido tan insustancial.pareció tan inocente como el balbuceo de un bebé. —¿Dónde lo han encontrado? —Entre la colección de bocetos del señor Bertram. durante sus últimos años en Harrow. —Y ahora. —Tendrá que buscarlos en otra parte. Era la primera visita de Lizzy a su futuro hogar y él apenas se había mostrado a la altura de sus deberes como anfitrión y futuro marido. —¿Sí. era elaborada y formal: la caligrafía de Bertie. —Sé que deseabas una casa más grande. —lo interrumpió una voz a su espalda. señora Boyce? La señora Boyce le tendió un sobre marrón. —Me alegro —dijo Stuart. y dieron con esto en uno de los . —Señor. señor —concluyó Lizzy. sin dar muestras de haber advertido su desatención. observó también los jardines que flanqueaban el camino. —porque me encantan los buenos melodramas. señor —repondrá la señora Boyce. —Les pedí a las doncellas que pusieran papel de seda entre los bocetos.

primeros cartapacios. Durante sus años en la oposición. Gladstone ha dejado muy claro que la Autonomía de Irlanda es. era un chiquillo pequeño y rubio que agarraba la mano de su madre.» . nadie. un imperativo moral. el segundo hijo más joven del difunto lord Wyden? Enseguida lo acallaron. señor. En la segunda aparecían dos muchachos. rígidos y con el semblante serio: tenían que posar muy quietos porque si no la fotografía saldría borrosa. ¿ha dicho Manchester Sur o Manchester Suroeste? — preguntó Marsden. puede hacer que lo introduzcan en el ataúd. hurgaba entre sus bocetos. Con cariño. Stuart se apresuró a guardar de nuevo las dos fotografías en el sobre. A Stuart le costó unos momentos darse cuenta de que él era el otro. Lizzy —Perdón. a su juicio. —Sí. Uno de ellos era Bertie. Pero Stuart también estaba distraído. ¿Quiere que me encargue de que lo introduzcan en el ataúd? El sobre era liviano y no estaba cerrado. En ella Bertie debía de tener unos cinco o seis años. en vida de Bertie.» Se lo devolvió al ama de llaves. Stuart sacó el contenido del sobre. Querida Georgette: Me pregunto por qué no te habré preguntado esto antes. tu madre te pilló escuchando y te hizo jurar que jamás se lo dirías a nadie. —Suroeste —respondió Stuart. salvo él mismo. Dos fotografías. —permitidme puntualizar que esos mismos electores fueron los que os votaron. La primera era un retrato familiar de Bertie junto a sus padres. «Para enterrar conmigo. pero ¿ recuerdas aquel escándalo acerca del señor Marsden. Besos a los gemelos. pero tú dijiste —tú. No me hagas esperar demasiado. Posiblemente. que su compromiso con los irlandeses es firme y que volverá a presentar la ley en la próxima sesión del Parlamento. sabiendo que el triunfo electoral de los liberales significaría que el señor William Ewart Gladstone ocuparía el cargo de primer ministro. Perdía el hilo de sus pensamientos y en una ocasión le había tenido que pedir a Marsden que le repitiera un párrafo para saber de qué estaba hablando. ambos han muerto y yo necesito saber qué ocurrió. chismosa —que te habías enterado de lo ocurrido. ¿Te acuerdas de que también me dijiste que me contarías el secreto cuando lord y lady Wyden hubieran fallecido? Pues bien. al escuchar tras la puerta una conversación entre tu madre y la pobre lady Wyden. —«Aunque comprendo vuestra preocupación respecto a los fuertes sentimientos que la ley de la Autonomía de Irlanda despierta en vuestros electores —prosiguió Stuart. Estaban sentados en un banco de piedra. Era la segunda vez que Marsden le solicitaba a Stuart que repitiera algo. Sin embargo.

» —¿Permisos de asociación? —preguntó Marsden mientras su pluma garabateaba con presteza. En la de los Comunes. —Lo harán —respondió Stuart. —subrayó Marsden. Pero aún están dispuestos a colaborar. ciertas leyes particulares que son de su máximo interés. Los conservadores dominaban aún en la Cámara de los Lores.Hizo una pausa para comprobar si Marsden necesitaba alguna aclaración más. Era un hombre pragmático. fueron obra de una exigua minoría. convencido de que la mejor línea de acción era la que. —Las tendré listas para mañana. Marsden cerró su cuaderno de notas y se levantó. No podía hacer nada para cambiar los resultados en la Cámara de los Lores. Yo preferiría que actuáramos antes de que la violencia comience a contar con el favor de la mayor parte de la población —replicó Stuart. —Confiemos en que nuestros miembros del Parlamento lo vean como usted. —Los irlandeses están cada vez más inquietos. comprendo que no quiera verse excluido de esta histórica votación. En su fuero interno.. señor. —Ferrocarriles —aclaró Stuart. —«Con el apoyo del electorado y con las dotes de persuasión del señor Gladstone. Iban bien de tiempo: todavía disponían de cinco minutos antes de que llegara el carruaje que iba a llevar a Stuart. causara el menor daño posible. los liberales contaban con una mayoría de tan solo cuarenta escaños. señor. Stuart dictó dos párrafos más cordiales.. Era la última carta de la mañana. con prontitud y rapidez. —Sin embargo. Dado que yo también fui en su día un diputado joven. no tenía tanta confianza en la aprobación de la ley como manifestaba en las cartas a los diputados dubitativos. —Y también podría ser así esta vez —respondió Stuart mientras ojeaba la correspondencia que Prior le había llevado hacía un cuarto de hora. pero no se permitiría fallar en la de los . es de esperar que la ley se apruebe en las dos cámaras. Pero este se limitó a mirarlo expectante. con el tiempo. Y el valor para hacer lo correcto era una cualidad extraña entre los políticos. Si se consideraba aquel horizonte temporal con la suficiente distancia. ¿Le parece prudente que el señor Gladstone insista de nuevo en la Autonomía de Irlanda? La última vez le costó el gobierno —dijo Marsden. el mejor plan de acción siempre coincidía con lo que se debería haber hecho desde el principio. usted lo apoya. Más aún: creo que no querrá perder la oportunidad de conseguir que se aprueben. Ahora que ya había expuesto sus amenazas. ¿De verdad queremos retrasar la ley hasta que se decidan a levantarse en armas? —¿No lo han hecho ya de alguna manera? —Si se refiere a las bombas que estallaron en los ochenta. —Quería preguntarle una cosa. Esta era una de las razones por las que el señor Gladstone lo valoraba: su sensata forma de entender el gobierno complementaba el apasionado compromiso moral del insigne político. —Gracias —dijo Stuart.

El tono de Marsden no revelaba entusiasmo. A pesar de una carta de recomendación escrita por el propio alcalde de París. artistas. —Los criados me han dicho que va a casarse. en realidad. un hombre amable. —Gracias —le dijo. sin embargo. Fue un ofrecimiento sincero. pero quiero que se celebre antes de que el Parlamento reanude sus sesiones. . Tal como el alcalde afirmaba. señor.. intimidar y chantajear a todos y cada uno de los diputados liberales. como si de pronto tuviera que enfrentarse a una trascendental decisión. Lo hará bien. había pasado cinco años en París codeándose con escritores. —Enhorabuena. y anarquistas. —Sí. Marsden levantó la cubierta de su cuaderno de notas. Will Marsden. la señorita Bessler ha aceptado mi petición. era un hombre competente. —Yo podría obtener algunos datos útiles acerca de unos cuantos miembros del Parlamento. porque era lo que se esperaba de él. aunque rutinario. El pastor. —Imagino que parte de sus obligaciones en la alcaldía era ocuparse de actos sociales similares y que los organizó con éxito. Stuart llegó a la iglesia el primero.. No miró a Stuart. señor? No tengo ninguna experiencia en preparar bodas. —Tal vez todavía podamos convertirlo en un estratega implacable y capaz de apuñalar a cualquiera por la espalda. señor —dijo Marsden. —Los sirvientes son siempre los primeros en enterarse de todo — respondió Stuart.. señor. Stuart se había mostrado reacio a tomar como secretario a aquel joven aristócrata que.Comunes: el voto de esa Cámara sería para el señor Gladstone aunque tuviera que coaccionar. —¿Está seguro de que podré estar a la altura de tal misión.. No obstante. Stuart se sintió paralizado. se lo había dicho a su mayordomo y le había dado a entender que no era confidencial. Sé que no es justo cargar sobre los hombros de la señorita Bessler una tarea así. meticuloso y muy de fiar. había resultado ser una sorpresa de lo más agradable. le preguntó si deseaba estar unos momentos a solas con Bertie. —Estupendo —respondió Stuart. gracias —respondió. Stuart se preguntó si de alguna manera respondía al antagonismo de Lizzy. —La boda tendrá lugar a mediados de enero. —En efecto. Golpeó dos veces su pluma contra él. Ningún miembro del Parlamento desearía que se hiciera público cualquier testimonio que Marsden aportara. Marsden dejó caer la cubierta del cuaderno. en aquel caso la excesiva cantidad de información que poseían los criados era cosa suya: después de haberle comunicado la noticia a madame Durant. hasta donde Stuart podía saber. Me esforzaré en que sea una celebración memorable. —Muchas gracias por su confianza. señor —dijo Marsden. demasiado pronto. Sin embargo.. por eso tengo que rogarle que la ayude con los preparativos.. Confío en que su colaboración resultará tan valiosa para la señorita Bessler como lo es para mí.

Bertie le susurró que había oído decir que la señora Tate había vivido una juventud poco recomendable. Stuart recorrió con el dedo uno de los tallos verdes y frescos. le había preguntado Bertie. . delante de una pared llena de coronas de flores. donde aguardaban la más mínima señal para instalarse en su conciencia. Bertie descansaba con aspecto ceremonioso. Sus manos. Después. En la solapa llevaba prendido un capullo de rosa rojo. Pudo adivinar el cuero cabelludo de Bertie. rosas. A medida que Stuart se aproximaba. Y Bertie le había hablado de su madre porque ya tenía el rostro humedecido. « ¿Te gustan las flores?». tan parecidas a las de Stuart a pesar de lo poco que los dos hermanos se asemejaban físicamente. Era precioso. Y de azuzar contra él un ejército de abogados que lo llevarían al borde de la bancarrota. pocos días después de la llegada de Stuart. Tenía el cabello peinado hacia atrás. de la mejor caoba que se podía comprar. Observó la garganta de Bertie: sin duda le habían puesto un cuello demasiado estrecho. Stuart asintió. estaban cruzadas sobre el pecho. Fue capaz de decirle a Stuart que sir Francis había rogado a Dios que Nelda Lamb muriera cuando parecía que iba a recuperarse de su enfermedad. Era un jardín de cuento de hadas. El y Bertie habían jugado al escondite en aquella iglesia. viejos recuerdos que ni siquiera sabía que aún conservaba se habían agazapado en su mente.El féretro de Bertie descansaba sobre un catafalco al final de la nave. Pero durante los veinte años que habían transcurrido. Junto a ellas se hallaba el sobre con la indicación: «Para enterrar conmigo». se sentiría con los años cada vez más temeroso y celoso de él. Los asistentes a la ceremonia llegaban ya a la iglesia. Docenas de ellas. En su interior. No . y más rosas. Rosas. Aquel niño. pero la levantó con facilidad. toda clase de cachivaches. ¿Quieres que bautice una rosa con tu nombre?» Stuart sonrió. Pero aquellos recuerdos le sonaban ahora a hueco ante su féretro. Un gran ramo de lirios blancos adornaba la parte superior del féretro. La tapa del ataúd era pesada. Bertie había llevado a Stuart a la calle Mayor y le había presentado a la anciana señora Tate. Hasta aquel instante tan solo había comprendido la muerte de Bertie desde el plano intelectual. Del exterior le llegó el traqueteo de las ruedas de los carruajes sobre la gravilla del camino. que se extendía bajo su pelo como una capa de blanco azulado. en cuya polvorienta librería se vendían.» Desde que había vuelto a Fairleigh Park. Jamás había visto tantos capullos en flor. «Si estás seguro de que es una rosa-macho. se recordó Stuart. Era la primera vez que lo hacía desde la muerte de su madre. Fue una radiante mañana de junio. Stuart levantó el ramo de lirios y lo dejó a un lado. Habían lanzado su ponzoña contra él durante tanto tiempo que el poder de su veneno había disminuido hasta ser casi imperceptible. el reluciente barniz le devolvía su reflejo cada vez más cercano y distorsionado por la curvatura del ataúd. «Voy a cultivar nuevas variedades de rosas. había clareado mucho. tal como Stuart lo recordaba en los últimos años de la adolescencia. además de libros. Cuando volvían a casa se había puesto a llover.

Un gesto mezquino.tardarían en ocupar los bancos. les entraba la risa continuamente. Aquella fotografía se la tomaron en mayo. Desde la muerte de Bertie había pensado en él solo de pasada. El no la había amado como Verity esperaba que lo hiciera. —Un homenaje. No se podía decir que hubiera sido su único norte. muy lejanos. ¿no? Estaban en una zona del jardín que más tarde se remodeló por completo. Verity no había vuelto a hornear magdalenas para Bertie.. —Magdalenas —asintió Verity. él jamás se había propasado con ella. su paladar guiaba su talento. las lágrimas acudieron a sus ojos como si hubieran estado allí desde el principio. La primera tanda había salido ya del horno. Apenas había sido consciente de lo mucho que valoraba todo aquello hasta aquel instante. Se oían voces. En los diez años que habían pasado desde el final de su aventura. pero sus pasos sonaban lejanos. ni una sola vez había puesto objeciones caprichosas a su trabajo y en ningún momento le había negado un aumento de sueldo cuando le había correspondido. un bufet frío. pero sí un camino firme que no le había fallado nunca. Había sido su única venganza. Desde que su relación terminó. Stuart levantó de nuevo la tapa del ataúd. No había imaginado que lo haría. El párroco le dedicó una sonrisa rebosante de inocente simpatía: —¿Todo bien. Michael olfateó el aire: —¿Magdalenas? —preguntó. señor? Verity lloró. En torno a él. la casa y su cocina. cuando ya era demasiado tarde para decirle que le agradecía su decencia y su consideración. Les había costado mantenerse quietos. Y. había establecido una segura y cómoda rutina. Michael encontró a Verity en la cocina. El almuerzo. los dorados bollitos se enfriaban sobre un estante. . Pero cuando el organista atacó las últimas notas trémulas de Al final del camino y seis de los compañeros de Bertie en Harrow cargaron el ataúd sobre sus hombros. Los primeros en llegar estaban subiendo las escaleras de la iglesia. —¿En memoria del difunto señor Somerset? Ella dejó escapar un leve suspiro. se había preparado con antelación para que todos los criados pudieran asistir a la ceremonia.. Apenas le dio tiempo a deslizaría en el bolsillo interior de su chaqueta y a volver a poner el ramo de lirios en su sitio antes de que el pastor regresara. Los hábitos del señor de la casa marcaban su ritmo de vida. abrió el sobre y sacó de él la fotografía en la que aparecían Bertie y él. cuando Bertie estaba a punto de ser sepultado bajo tierra. Estaba sola. pero su protección le había permitido llevar una vida desahogada. Stuart bajó la tapa del ataúd. Después del funeral. Fue durante el tiempo que duró la breve pasión de sir Francis por la fotografía.

—Tal vez —respondió Verity. Los terrenos de Fairleigh Park. su dulce hogar y su refugio. —No. . También tendría que dejar atrás sus familiares olores y sus texturas. en efecto. —El señor Bertram Somerset fue alguien muy querido para mí —le confesó Verity. la fama y la gloria de París? —¿Y no es eso lo que usted siempre me ha asegurado que no necesitaba? —replicó Michael. otra oportunidad. Y sus habitaciones. Una parte de ella deseaba presentar su renuncia aquella misma tarde. —Pero no era la razón de que continuara aquí.ahora que lo pensaba bien. —¿Un homenaje de despedida? —Sí. supongo que podrías llamarlo así. otra cena. Y Bertie siempre había venerado sus magdalenas. me refiero a.. después de que Michael hubiera estudiado las circunferencias en la escuela). —¿No es eso lo que siempre has deseado para mí. mientras que otra le suplicaba que se quedara un día más. —¿Trabajará para monsieur du Gard. Ni será el motivo de que me vaya. en especial después de que ella le dijera a Michael que no era su madre y que no tenía ni idea de quiénes eran sus progenitores. —Las personas cambian. entonces? Monsieur du Gard era uno de los miembros más acaudalados del círculo gastronómico de Bertie y llevaba tiempo ofreciéndole grandes cantidades de dinero para que accediera a cocinar para él.. Aún creía que su magia sería suficiente. —Usted seguía aquí porque lo amaba. —La vi llorar durante el funeral —dijo Michael. La habitación de Verity había conservado aquel olor a bosque durante muchos días. Michael le dedicó una mirada glacial. habían convertido la expresión del amor que se profesaban en un juego de hipérboles: «Mi amor por ti es tan profundo como un túnel hasta la China». naturalmente. «Mi amor por ti es suficiente para fundir todo el acero de Damasco. Estaba hecho a base de un aceite de pino que le había comprado a un viejo húngaro emigrado en Manchester. —Así es. ¿no? Michael estaba tan cerca de ella que Verity podía oler el perfume que había elaborado para él el verano anterior. Cuando Michael era niño.» Aquel amor había sido en otro tiempo un asunto muy fácil. Los jardines que rivalizaban con el paraíso terrenal con la llegada del primer mes del verano. No estaba preparada para rendirse.» «Mi amor por ti es más constante que ji (esto. seguía aquí porque te quiero a ti. Nada la complacía tanto como que la comida que preparaba proporcionara placer. ¿Es una despedida de los demás? ¿Se marcha? Verity contempló su querida cocina. «No.» Pero en algún momento habían perdido aquella familiaridad. Y ahora él ya no está.

Se detuvo de pronto ofreciéndole su perfil.Desde el invernadero. Pero cuando Verity levantó la vista de sus macetas de hierbas aromáticas. Entre ambos tan solo se interponían unos cristales que se habían abrillantado apenas dos días antes. Algunos amantes tenían la suerte de envejecer juntos. Verity pudo observar por primera vez al señor Somerset con detenimiento. Entonces dio un paso hacia el invernadero. era deseo. Unas ligeras sombras oscurecían sus ojeras. A Verity le costaba respirar. oculto tras las salvaguardas externas de la respetabilidad. El invernadero se hallaba en la parte de atrás de la casa. el corazón se le desbocó. Verity reconoció el deseo en su mirada. un lugar donde uno esperara encontrarse al señor de la casa paseando. agarró las tijeras de . Dentro de una hora. De pronto se dio cuenta de que él también podía verla. Estaba separado de los jardines traseros por medio de una cerca de madera de boj de casi tres metros de altura. Así habría podido acariciarla. camino de conseguir la inmortalidad gastronómica. como la cocina. En la iglesia Verity tan solo había podido verlo de espaldas. El señor Somerset seguía mirando hacia el lugar donde se hallaba oculta. Y. Un profundo surco se extendía desde la base de la nariz a las comisuras de sus labios. al otro lado de la cristalera. junto a otras construcciones donde trabajaba la servidumbre. Él detectó el movimiento y miró hacia allí justo en el momento en que Verity desapareció detrás de las plantas. Estaría instalada en París. Ella aún podía verlo a través de los huecos que quedaban entre las hojas. Tenía arrugas en la frente. No lo encontraba menos atractivo que antes: tan solo deseó haber estado junto a él cuando la primera arruga apareció en su rostro. El corazón de la mujer palpitaba con fuerza. besarla y mirarla. la cervecería y el palomar. otro. Se ocultó tras un alto enrejado recubierto de hojas de pepino. después. Ellos lo habían hecho lejos el uno del otro. al fin y al cabo. El señor Somerset se había sentado al pie del pulpito. Pero lo cierto era que. caminando lentamente con un cigarrillo entre los dedos índice y corazón de la mano izquierda. No era. si no mediaba ningún requerimiento expreso. No era el turbulento afán que intuyó la noche en que la visitó en la pensión. él estaba a tan solo unos pocos pasos de distancia. Ella ya no se encontraría allí cuando volviera. pero. la cocinera y el señor de la casa — sobre todo si este no estaba especialmente interesado en el arte y la ciencia de la gastronomía —podían pasar meses enteros sin verse. en tanto que Verity había permanecido de pie al final de la nave con el resto de los criados: entre ambos se interponían dieciséis filas de bancos y todos los estamentos del sistema británico de clases sociales. Estaba más flaco de lo que Verity recordaba y más envejecido que en la foto que había aparecido en el periódico que Verity pensó que debía de haber sido tomada como mínimo cinco años antes. él dejaría Fairleigh Park y no regresaría hasta después del Año Nuevo. pues. Una inoportuna columna le impedía ver nada más. por supuesto. Luego otro. Lo había estado evitando.

Cuando volvió a levantar la vista. Verity consideró ese gesto tan brusco como los latidos de su corazón. por favor. Arrojó al suelo la colilla y la pisó con el talón. Sujetar su rostro entre las manos para poder estudiar sus rasgos y adivinar en ellos qué era lo que había seducido a su hermano y qué había turbado sus propios pensamientos y sus horas de reposo sin siquiera haberla visto. al abrigo de miradas curiosas. pero ninguna de ellas tenía sentido salvo. Stuart experimentó una irreprimible punzada de deseo. cada uno a un lado del enrejado. se marchó. No. Quiso tocarla. ¿Por qué se había escondido de él? Se le ocurrían múltiples razones. El había entrado en el invernadero para verla. Pero a Stuart Somerset le resultaban indiferentes sus platos. ya en el exterior de la iglesia. Todo cuanto sabía acerca de madame Durant era que se había acostado con su hermano: que era una mujer fácil. La había tenido presente desde que concluyó el funeral. La conciencia de lo que deseaba fue lo que lo hizo detenerse en seco. Llevaba una cofia blanca y un vestido negro casi idéntico al de las demás sirvientas. Allí. tal vez. su mirada estaba velada. ¿Qué veía? ¿El bajo de su vestido? ¿El volante de su delantal? ¿Sus dedos aferrados al enrejado para mantenerse en pie? Y. habría recorrido su mandíbula y sus labios con los dedos. Los habría introducido en su boca para descubrir si su interior era tan suculento como . así no. de que la mujer llorosa con quien se había cruzado al salir. Stuart barrió el invernadero con la mirada y localizó la puerta de entrada. En realidad no importaba por qué ella había actuado como lo había hecho. Con Bertie había sido diferente: compartían su amor por la gastronomía. casi con ira. Volvió a clavar su mirada en ella. cuando de pronto había caído en la cuenta. como el escaparate de una tienda tras un tumulto callejero. No se había dejado caer por las proximidades del invernadero por casualidad. la de que en realidad era tan fea como el fondo de su sartén favorita y miedosa con los extraños. no era otra que la propia madame Durant. Que no descubriera quién era mientras buscaba a la fulana de la cocinera. Después. Stuart siguió mirando al suelo durante unos segundos. No quería que él fuera la clase de hombre que persigue a su cocinera. pensó con enfado. Cuando se encontraron cara a cara. sino por qué él se había acercado hasta allí con la esperanza de verla. Ella no quería que fuera así. sobre todo. había podido ver las lágrimas que surcaban sus mejillas. A pesar del pañuelo que la cocinera presionaba contra su cara.podar con tanta fuerza que sus ojos se le clavaron en los dedos. Se llevó el cigarrillo a los labios. Presionarla con su cuerpo contra el enrejado y aspirar el olor de las hojas aplastadas. Expulsó el humo por entre los dientes. en la calidez húmeda del invernadero. ¿qué querría de la cocinera de Bertie? Stuart alzó la mano. pero había algo diferente en ella: la posición de sus hombros y los guantes que cubrían sus manos.

confraternizar con la cocinera supondría romper con todos sus principios. Bertie dibujando apoyado en el tronco de un árbol mientras que él. No había olvidado de dónde provenía. debían de haber significado para él algo más que un simple capricho: le recordaban una era perdida. Esta vez no tenía esa excusa. en aquella cuyos manjares habían desencadenado sus impulsos animales y cuyo pie perfectamente encharolado había conseguido fascinarlo. un mero vehículo para que él pensara en ella. Solo los platos de madame Durant tenían un poder semejante. El olor se filtró en su cabeza y resucitó recuerdos olvidados hacía mucho tiempo: sol. —En cualquier caso. Stuart pensó en los niños de la fotografía. calor. Y aun cuando no estuviera prometido. ¿Sería dulce y cálido como su crema inglesa? ¿O frío y sutil como la gelatina de champán que había preparado para el almuerzo? ¿O tendría el sabor del chocolate para alguien que no hubiese probado nunca el misterio y la malicia del afrodisíaco de los aztecas? La primera vez Stuart había pasado por alto su deseo por madame Durant. El té llegó en cuanto se sentó en la sala. sentado sobre una rama. señor —dijo el lacayo. él y Bertie nadando en el torrente de las truchas. risas que resonaban bajo cielos azules.las ostras que le había servido la noche anterior. tiempos mejores. Tampoco lo dura que había sido la vida de su madre desde que su padre decidió divertirse un poco con una mujer de bajo nivel social... leía el último ejemplar de la revista Boy's World que le había prestado su hermano. Por fin podremos tomar el té. Y estaba seguro de que aquellos dulces habían sido los favoritos de Bertie. Iba a casarse al cabo de dos meses. Y entonces habría necesitado probar su sabor. que se agarraban de las manos. —Hmm —suspiró Marsden. —Vienen directamente de la cocina. pero aun así las olió: identificó al instante el aroma del pañuelo de Bertie. Casi había llegado a la casa cuando Lizzy salió a recibirlo vestida ya con su ropa de viaje. Stuart ya lo sabía. Stuart se hallaba en el otro extremo de la sala. era un inesperado toque de elegancia en un atuendo por lo demás humilde. —¿Eran también las favoritas de mi hermano? —le preguntó Stuart al segundo lacayo. —No sabría decirle. La había considerado una simple intermediaria. También se sirvieron bandejas de doradas pastas de té en forma de conchas. pero mucho más intenso. Ella le sonrió: —¡Qué bien! Ya estás aquí. . —¡Ah. solo en la mujer que se escondía detrás del enrejado. pero esta es la primera vez que las sirvo. Se sintió como si la tonadilla que había estado oyendo todo el rato en su mente se hubiera transformado de pronto en una esplendorosa sinfonía. Se recordó a sí mismo que aquel deseo no tenía cabida en su vida. No había pensado en Cenicienta. Llevo ocho años en la casa. agradézcaselas a la señora Boyce. —Mis dulces favoritos. —No las ha preparado ella. magdalenas! —Dijo Marsden. señor.

» «Fin. que Bertie descansara en paz o evitar a madame Durant? Casi era una pregunta retórica. No podría bajar la guardia en ningún momento. Verity vio cómo se alejaban los carruajes: el más lujoso llevaba al señor de la casa.Siete años después. Y.. No hizo caso de quien llamaba a la puerta. Y solo podía pensar en una persona que comprendería la intensidad y la ambigüedad de sus sentimientos. a sus huéspedes y a su secretario. jamás debía fiarse de sí mismo.» Todo había salido como era de esperar. Pero se había alejado de ella con una sensación de cosquilleo en los pies. Siguió con la mirada al carruaje hasta que los árboles que bordeaban el camino lo ocultaron por completo. lo seguía la carreta con la doncella y los dos criados que los habían acompañado durante su visita. Tendría que actuar con mucho cuidado. Y en los veinte años siguientes solo se comunicarían a través de intermediarios. Stuart siguió dudando un rato más. necesitaba conocer el pasado que Bertie y ella habían compartido. ¿Qué necesitaba con más ímpetu. Ya era demasiado tarde para que las bodas. lo del muchacho que iba a dar a una rosa el nombre de su hermano. Y. Tal vez la hubieran terminado de manera desagradable y por eso ella solo había podido volver a recordarlo sin rencor ahora que estaba muerto. Ni siquiera la había mantenido cuando eran amantes: ella continuó trabajando para él a lo largo de toda su relación. «Fin. Su hermano no le había legado nada en su testamento. lo más importante era Bertie. Stuart lo necesitaba. demasiado tarde para que la felicidad de la ocasión los hiciera olvidar el desprecio anterior y para que los años les hicieran olvidar los reproches.. los nacimientos o la vejez los volvieran a unir. Y ahora Bertie había muerto. se despreciarían el uno al otro. lo de los niños en el jardín que ya no existía. Se preguntaba por qué habría llorado aquella mujer en el funeral de Bertie. como si se apartara del borde de un precipicio. un inmenso dolor iba extendiendo sus oscuros tentáculos por su interior y amenazaba con estrujarle el corazón. Aun así. sobre todo. Por supuesto. «Y no vivieron felices ni comieron perdices. La cocina podía pasar sin ella . Quería contárselo a alguien. cada impulso. lo de los hermanos que habían hablado de lo humano y lo divino sobre un viejo puentecillo de piedra. todo había seguido su debido curso. Todo se reducía a una cuestión de fuerza. Y vigilar cada uno de sus pensamientos. con una hostilidad que hacía parecer que los lazos de la fraternidad jamás habían significado nada para ellos. sin embargo.» Cerró los ojos. pues su larga y complicada historia reflejaba su propia relación con Bertie. Se levantó y se dirigió hacia la ventana desde la que se veía el camino de grava que conducía a la salida de la finca.

Stuart Somerset Leyó tres veces el breve mensaje antes de poder comprenderlo.. Era libre de dejar su empleo en cualquier momento. Se sentó ante su escritorio y comenzó a redactar su carta de renuncia. no iba a ir. pero no una esclava. No supo cuánto tiempo había pasado cuando se volvió y vio la nota que habían deslizado por debajo de la puerta. las palabras la quemaron como un hierro candente. ¿qué otra razón podría haber para que la convocara tan repentinamente. ¿Por qué la quería en Londres? ¿Para saciar los reprimidos deseos que se reflejaban en su rostro? ¿Para tener la suficiente privacidad como para que el temor a ser descubierto no le impidiera saciar de nuevo su indecorosa curiosidad? Aquello no cuadraba en absoluto con lo que ella conocía de Stuart. Era una sirvienta. Pero. Querida señora: Requiero su presencia en Londres. Bien. Entonces. . justo después del episodio del encuentro en el invernadero? Se había decidido que ningún sirviente de Fairleigh Park iría a Londres hasta pasado el Año Nuevo..durante unos minutos. Su servidor.

dulces y ardientes a la vez. No sabía si debía sentirse alegre o asustado. por el refugio que ya había encontrado. un deseo tan hondo de entregarse sin reservas. No podía parar de devorar su boca por temor a que entonces fuera ella quien le pidiera que no continuase. Y. ¿Porque la había besado? ¿O porque había dejado de hacerlo? La deseaba demasiado. sus dedos se movieron con calmada destreza. el resto de su ser no la deseaba en absoluto. Se sintió humilde. sin embargo. Los labios de la joven eran tan opulentos como LAS MIL Y UNA NOCHES. El era un luchador. Pero esa noche estaba de suerte. Todavía sentía en su interior la loca urgencia del deseo. Sabían a pastel y a whisky. tremendamente agradecido. Y entonces supo que era suyo. Era un desconocido para aquella joven. —No puedo —respondió la joven en voz baja. Ni siquiera el corsé opuso resistencia. El suelo tembló. Siempre había un precio. «Sígueme. Tan solo sígueme. Sus dedos trataban de deslizarse bajo su blusa. Dio un paso atrás. las estrellas se desplomaron y él se sintió vencido por completo. en su beso había depositado una confianza inmensa. Su sabor fue entonces aún más delicioso que antes: como de caramelos y melaza. Tomó su rostro entre las manos y la besó de nuevo. y sabía mejor que nadie qué ocurría cuando deseaba algo con tanta intensidad: que tendría que pagar un precio. No quería abrumarla.» Y entonces ella respondió: le devolvió el beso. esta vez lo pagaría. no comprendía la vehemencia con que se entregaba a ello. Fuera cual fuese el precio. pero una gran ternura se había apoderado de él. su ritmo vivo y acelerado que se sincronizaba con su propio corazón. como el primer amanecer tras el diluvio universal. Pero aunque su parte racional y cobarde buscara una escapatoria. Cuando deslizó las manos para desabrocharle los botones de la blusa. merecería la pena por el asilo que encontraría en ella. no un amante. Siempre había dejado en manos de las mujeres con quienes se acostaba las particularidades del acto amoroso. Por eso ahora temía mostrarse tosco y torpe con ella. —Aún puedes echarme —le dijo. Ya no estaba acostumbrado a emociones tan intensas. Su corazón no era capaz de resistirlas. que lo sería mientras ella quisiera. Ella lo miró desconcertada. sino acariciarla. Stuart percibía en su dedo anular el latido de la joven. ansioso por su piel y por toda ella. Las faldas cayeron con suavidad. te lo ruego. cargados de promesas. No podía recordar cuándo había sentido por última vez una afinidad tan grande con otra persona.CAPÍTULO 09 Julio de 1882. . Stuart no daba crédito a lo que estaba haciendo.

la sentó en el borde de la cama y siguió besándola mientras se despojaba de su chaqueta y su chaleco. prolongar el placer. de euforia... No. ni aunque de ello hubiera dependido el destino de naciones enteras y las vidas de millones de seres humanos no lo habría conseguido.. sin embargo. Le robó un beso fugaz: seguía pareciéndole adorable. Cuando la mordió con delicadeza en la base del cuello. Se fijó en lo prominente que era su clavícula: sin la ropa. Hasta que se dejó ir. los hombros. Ella lo ayudó a quitarse la camisa. Cuando mordisqueó el interior de sus codos los suspiros de la joven le hicieron sentir vértigo. los brazos. su perfecto ombligo. Con cada trabajosa respiración intentaba reprimirse. Stuart la besó en el cuello. Ella se quitó la última prenda que la cubría. —Ya han dado las doce. Tembló cuando la besó detrás de las orejas. —Y aún estás aquí. la joven emitió un gemido de placer. temblando al borde de la erupción. pero también invadido por una espléndida sensación de bienestar. reponiéndose aún de su primer acceso de malaria y no muy convencido de si habría consentido aquel acto de no haber estado tan bebido. la reacción de ella estuvo a punto de hacerlo caer de la cama. Entonces estaba medio borracho. —La Cenicienta moderna sabe que el crimen abunda en nuestras hermosas ciudades y que no tiene sentido callejear de noche.. —Me alegro de que esta Cenicienta sea tan prudente —dijo.. Todo cuanto hacía parecía proporcionárselo. Cenicienta. Ella lo abrasó. —Cuando . como la de él. el cabello alborotado y la respiración entrecortada. Y cuando le lamió los pechos a través de la finísima enagua. y lo estaba consiguiendo. Sintió la sacudida de los impetuosos placeres que lo desgarraron y prolongaron su dulce agonía. quería mantenerla cerca. Se puso de costado y la arrastró con él. Le levantó la enagua para poder contemplarla sin trabas: su piel con aroma a fresas. cedió y se precipitó al abismo. sus pezones que parecían de seda cuando los acariciaba con la lengua. recorrió como una explosión el cuerpo de Stuart: tan solo deseaba darle placer. —le dijo. La joven tenía el rostro encendido. Con cada impulso se extendía sobre él una oleada de gozosa liberación.Cuando ya tan solo la cubrían las enaguas. Estaba adormilado. lo rodeó con brazos y piernas y con la ondulación de su cuerpo le dio a entender que estaba preparada. Fue como la primera vez. Su clímax fue poderoso y violento. Pero entonces ella gritó y se estremeció. fue mucho mejor que su primera vez. pudo apreciar que era más delgada de lo que había supuesto. Ella sonrió con timidez y se tapó con las sábanas hasta los hombros. —Pero desaparece al llegar el amanecer —observó ella. Entrar en ella fue como una tortura: el tormento más puro y dulce de su vida. Y ya no pudo contenerse. Él le acarició los hombros. un leve sonido que..

señorita.. —Hizo una breve pausa. — Come.. ¿verdad? . —Hablas como mi antigua institutriz. obligarme a sentarme a la mesa y amenazarme con terribles consecuencias si querían que probara la cena. —Aceptó otro trozo de pastel. —Pero no de los hermanos bastardos de los príncipes anfibios. las blusas y sombreros. —Tienes que comer más. La joven bajó la vista. —¿No comías bien cuando eras niña? —En absoluto. —Espérame aquí —le pidió. —¿Quieres que siga? Le habría gustado que siguiera para continuar oyendo las palabras que brotaban de sus labios como perlas sobre una bandeja de plata. —Jamás me interesó la comida hasta que me fui de casa y los alimentos dejaron de aparecer en la mesa con tediosa predictibilidad.. —¿No te lo han dicho? La Cenicienta moderna acaba de anunciar que va a descansar de príncipes durante un tiempo. —No hay nada como pasar hambre para darse cuenta de lo que de verdad importa.empiezan a circular los trenes. —¿Qué te importaba antes? —La ropa. zapatos y. —Muchas gracias —dijo.. —Se me hace difícil creerlo.. los guantes. —Se inclinó hacia ella y la besó de nuevo en los labios. en especial de los anfibios. lo segundo.. Stuart sonrió. sí. Cuando volvió a la cama con otra fuente llena de pastel. —No tenía ni idea de que Cenicienta fuera tan frívola. —Nadie piensa en darme de comer últimamente. —¿Me estás diciendo que los vestidos son más emocionantes que los príncipes? —¡Oh. Tenían que perseguirme.. En realidad. mucho más! —Su tono burlón se volvió triste. —Prudente y con buen sentido de la lógica: la Cenicienta moderna es una maravilla de mujer. —¿Tienes hambre? —le preguntó la joven. —Pues lo era. —¿La ropa? —Sí. —Y lo es. —Me parece muy mal.. —Partió un pedazo del pastel y se lo ofreció. ella se había arreglado el pelo. los vestidos y trajes. —Es para ti —respondió él depositándola a su lado. —¿Llenar el estómago? —Llenar el estómago. un placer seguro. —Lo miró a los ojos. siempre he sospechado que no fue al baile para pescar a un príncipe sino para presumir y lucir un flamante vestido de noche: lo primero es una posibilidad remota.

Y normalmente me cuesta hablar con las mujeres. —Jamás habría imaginado que te gustaran los besos y las palabras dulces —murmuró la muchacha. —La verdad es que no sabe muy bien qué hacer. suavemente. Stuart se mostró sorprendido. —¿Fácil? ¡Dios santo! Jamás había tenido que suplicar tanto —le dijo con sinceridad mientras le acariciaba el cabello. sin embargo. sino que había seguido insistiendo sin pudor. Stuart no pudo evitar besarla de nuevo. Y agradecido. sus labios esbozaron una sonrisa y los ojos le brillaron con la luz de la mañana londinense. indignado por cómo se estaba manejando la guerra. Las escuelas públicas. —Creo que los besos son una pérdida de tiempo. nunca importunar —para no exponerse al rechazo y al insulto.. y de facilitarle la información con la que podría destruirlo si quisiera. Pero ella no se había burlado. Los años de práctica para ocultar sus temores y ansiedades habían sido lo único que había evitado que actuara como un completo idiota. A Stuart jamás le apetecía jugar o quedarse relajado en la cama una vez que había concluido la relación solo para mirar a su compañera y conversar con ella acerca de cosas intrascendentes. Había corrido el riesgo de agotar su paciencia. robándole unas cuantas miradas. Cuando le describió el sabor de la melaza. Pero ni siquiera una mujer tan virtuosa como tú puede resistirse a mi virilidad y mi encanto —bromeó. pensará que es demasiado lanzada y fácil. —Dudo que fuera capaz de localizar Afganistán en un mapa —dijo ella . cuando lo rechazó Stuart no se retiró de inmediato como se había prometido a sí mismo que haría. Stuart casi no podía creerse que ella no se hubiera dado cuenta de que lo tenía a su merced. pero tampoco era capaz de dominar las muestras de alegría. —La reforma electoral.. Le había regalado su propia historia: un relato que le había erizado los cabellos de la nuca. Él era quien no lograba resistirse a sus encantos. Le había parecido tan bella como la propia esperanza. El hermano debe de tener muy mal concepto de ella. —Creo que eres tan casta como una monja. —Y habrías tenido razón —reconoció él. explorando a conciencia el contorno de sus labios.Ella se sonrojó. Y muy contento. Y siempre sería leal al señor Gladstone. La política exterior. Los labios de la joven se curvaron: no se permitía sonreír. —¿Qué es lo que crees que es útil o importante? —preguntó ella adoptando una pose coqueta. Y.. Era él quien había roto un principio fundamental en su vida —nunca molestar. en especial con respecto a Asia central. —Había abandonado el ejército. Se había puesto muy nervioso. Las condiciones de trabajo en fábricas y minas. quien desde el principio había sido un acérrimo opositor a la guerra. y no al revés. ahora sentía que el deseo crecía de nuevo en su interior. no se interesan por nada de lo que me parece útil o importante. Ella se había mantenido firme y se había sentido ofendida.. Le había concedido ya mucho poder sobre él. se había librado por poco. ganando un minuto aquí y otro allí. Sin embargo. Si es que alguna vez pienso en ellos. No tenía nada que temer de él.

el término francés que solía traducirse erróneamente al inglés como «castillo».. Stuart dejó que el silencio se prolongara hasta que Verity terminó el pastel. Dios bendito. Ella dudó. Tú ya sabes dónde vivo.. Me parece un trato justo. después los recogió con la punta de la lengua para saborearlos antes de morder el huevo.! Estaba intentando obtener pistas de la nada. —Es un lugar que no te costaría localizar en un mapa —respondió. Su respuesta incluía media Gran Bretaña y centenares. Él jamás tenía problemas para localizar algo dentro o fuera de un mapa. —¿Y eso dónde está? —insistió él aun a sabiendas de que no obtendría respuesta. y unos cuantos granos de sal y pimienta se adhirieron a él. —No sé dónde vives. Él se rió. —Al norte.. —Ya te he dicho demasiado. Ahora la muchacha no estaba concentrada en el pastel: tan solo comía por hacer algo.. —Creí que ya lo sabías —replicó ella. —¿Cómo te llamas? —le preguntó. Él había oído los suspiros que se le escapaban. —¿A qué distancia? —No a tanta como Escocia. —Dime algo más. y había tenido que resistir a duras penas su impulso de apartar la fuente y llevarse a la joven a la cama.. Puedes averiguar todo lo que quieras acerca de mí.con los ojos brillantes. Había apoyado la clara sobre su labio inferior. Se puso a masticarlo despacio. como en el caso del huevo hervido. Para no tener que responder a su ofrecimiento. Aquello era mucho más de lo que Stuart pensaba que le diría. ¿Creería de veras que ya le había dado demasiadas pistas cuando tan solo le había proporcionado unas migajas de . O podría mostrártelo. si en algún momento te interesa. quizá. Era fácil saber cuándo disfrutaba de lo que comía. —Apiádate de mí. —Ya sabes todo lo que necesitas saber sobre mí —respondió la muchacha. —No me importaba en absoluto. —Bajo la sombra del castillo del príncipe. Y eso era una pista. había percibido los movimientos de su lengua en su boca. —Me refiero a tu verdadero nombre. ¡Señor. —¿Qué importaban una cuantas súplicas más? Ya había quedado demostrado que su orgullo se desvanecía en todo lo tocante a ella. si no miles. de mansiones que se denominaban CHUTEAN. ¡Estaba loco por ella! La muchacha le dirigió una rápida mirada y cogió otro pedazo de pastel. él la observaba. Su voz reflejaba cierta inquietud..

información? —Está bien. Los unía una íntima conexión. como si se conocieran de toda la vida. —¿Yo? —Has debido de ser tú. A lo largo de los próximos doce meses comenzaré a ejercer la abogacía. —Y tampoco era precisamente pobre: en su cuenta bancaria guardaba los beneficios de la venta de la casa londinense de los Somerset.. —Quédate conmigo. No eran dos desconocidos. —Te conozco mucho mejor que a cualquiera de las jóvenes de entre quienes se espera que elija a una esposa sobre la base de unos cuantos bailes y media docena de conversaciones insípidas. —¿Qué te ha traído a Londres? Verity apoyó la cabeza sobre una de sus manos: —Tú.. así que no puedes utilizarlo en mi contra. si no. ¿Por qué. —Yo cuidaré de ti. íbamos a estar aquí los dos juntos cuando hace apenas unas horas éramos dos completos desconocidos? ¿Qué otra explicación podría haber? Tenían que estar predestinados a conocerse. —Como mínimo sabes quiénes son. Aunque no sabía cómo iba a hacerlo cuando por la mañana tuviera que acudir a su cita con el presidente del Tribunal de Apelación. También tengo unas tierras de crianza en North Yorkshire. Ni siquiera conoces mi nombre. —¿A una completa desconocida? La sorpresa de ella lo desconcertó. manejaras el presupuesto doméstico con prudencia. —Eres muy amable —respondió ella sonriendo. naturalmente.. Tendrás que esperar un poco —quizá bastante —antes de poder presumir de un buen fondo de armario. Pero el temor a verse de nuevo en apuros lo atenazaba. —No será porque no lo haya intentado. —Esperaría que. No lo conocía muy bien. ¡Lo que me faltaba por oír! —Jamás he dicho que te estuviera dando carta blanca. . No apartaría sus ojos de ella. Darte carta blanca no encaja en ese plan. —¿Me estás proponiendo que nos casemos? —Sí. pero por el momento subsisto sobre todo a base de intereses. y a amarse. —Carta blanca de un pobretón. Pero estaré encantado de proporcionarte cualquier otra cosa que necesites. entonces —dijo Stuart. No lo había creído. ¿verdad? —Has visto mi casa. No tocaría ese dinero a menos que fuera del todo imprescindible. no volveré a preguntarte dónde vives. una vez convertida en mi esposa.. La sustituyó un asombro rayano en la incomprensión. La expresión de indulgencia del rostro de la joven desapareció. Estaba convencida de que era un ofrecimiento impulsivo del que se arrepentiría en cuanto saliera el sol. simplemente no habían coincidido antes.

Así que era verdad que trabajaba en una cocina. sino una inversión. En el dorso y en la parte baja de la palma. —¡Dios mío! —murmuró él. Enseguida Stuart sintió remordimientos. —¿Eres una asesina o una delincuente? —No. En aquella mano estaban grabados el maltrato y la dureza. La acercó a la luz para observarla mejor. —Comenzaba a impacientarse. —Eso ya lo había notado.. —Es un gran honor para mí. Verity se las arregló para liberar su . —No puedo. Una mujer con aquella apariencia y forma de hablar. ¿Qué razón había para tanto misterio y secreto? ¿De qué tenía miedo? Los ojos de la joven se empañaron. —No lo utilizo contra ti. Eres un caballero. sino contra mí misma. La joven negó con la cabeza una vez más. —Tampoco soy virgen. pero yo no soy una dama. Stuart tenía una visión un tanto cínica acerca del matrimonio. La joven lo acarició en la mejilla con el dorso de la mano. —Entonces no serás una carga. —Ten la amabilidad de decirme qué es exactamente lo que nos lo impide. Se había sentido tan abrasado por el deseo. —Casándote conmigo. pero respetaba su poder institucional para legitimar y santificar lo ilegítimo y lo sacrílego. pero Somerset no se lo permitió. claro que no.. ¿Por qué quieres cargar con alguien como yo? —¿Acaso eres la cortesana más famosa de Londres? —No. te convertirás en una dama.. Ella intentó retirarla.. No puedes. No lo harás —sentenció ella con un suspiro de resignación. no tienes que pedirme perdón —le dijo. —No puede ser. Stuart pensó que sus manos eran tan ásperas como lo habían sido las de su madre. que poseía esa esencia indefinible que distingue a una mujer fascinante de una simplemente hermosa. No dudaba que tras un período inicial de cautelosa reserva por parte de sus amigos y colegas. Stuart la llevó hacia sus labios. tenía cierta libertad a la hora de elegir esposa. —¿Por qué? Tienes toda la vida por delante.! No. marcaban sus dedos índice y corazón. Aprovechando la distracción de Stuart. —¿Estás casada? —¡Cielos. había huellas de quemaduras tan profundas que habían aclarado permanentemente el color de su piel. Por un instante tuvo la sensación de estar besando la palma de un albañil. Como hombre.Ella sacudió la cabeza. Varias cicatrices.. —Perdóname. que hasta entonces ni siquiera lo había notado. —No. ahora ya finas y descoloridas. sería un aplastante éxito. No pretendía enfadarme..

estupefacto por su asombrosa belleza. —¿Por qué? —La voz de la muchacha era grave y lastimera. Stuart la obligó a abrir la mano. —No quiero que la veas. regodeándose en el sabor de su piel. se lo impidió lamiendo una vez más su piel encallecida. Recorrió con lentitud los riscos y valles de sus nudillos. Las palmas de la joven. —Pues sí. Le besó los nudillos. —¿Por qué quieres tocarlas? —Porque son tuyas. Soy consciente de que corro el grave peligro de convertirme en poeta. La joven ahogó un grito. Llevaba semanas sin cuidárselas. —Quiero tocar tus durezas. Él alargó la suya para asirla de nuevo. Las sentía ásperas como la sal. acarició cada uno de los dedos hasta llegar a la primera articulación y. Retiró la sábana y penetró en su interior con un impulso prolongado y firme. Enlazó sus dedos con los de ella.. así que cuando Verity intentó cerrar la mano de nuevo. la hacía estremecerse de placer. pero la joven ya la había cerrado en un puño. La reacción de la mujer fue tan brusca. ella tomó una bocanada de aire cuando toda su palma quedó al descubierto.! —dijo la joven. que Stuart rompió el cabezal de la cama en un impulso de deseo. la abrasaba en su fuego.. memorizando sus ángulos. finalmente. La veneró como si fuera un humilde excavador que acabara de desenterrar a la Afrodita de Milos. se sorprendió tanto. La parte baja de la palma. Pasó la lengua sobre una dureza.. Verity se mordió el labio inferior y cedió a sus ruegos. —Déjame ver tu mano. Ese sonido hizo que la sangre de Stuart ardiera. las uñas. —¡Más palabras bonitas. temblar. Lo abrazó con la mano que tenía libre y adaptó su cuerpo al de él. No dejó de besarla mientras la complacía. El depositó un beso sobre una antigua quemadura. acarició todo aquello que ella no le ocultaba... la obligó a volver el puño. Verity observó sus manos. Intentó volver a cerrarla sobre la de él. eran asombrosamente sensibles. Stuart comprendió enseguida lo que buscaba: necesitaba tenerlo dentro de ella. los nudillos huesudos y la piel roja e irritada de tenerlas sumergidas en agua: eran el símbolo de todos los graves errores . —No lo hagas —ordenó Stuart.mano. uno a uno. —No has de sentirte avergonzada por realizar un trabajo honrado. maravillada. En cuanto la joven relajó un poco los dedos. Y a la vez tremendamente duro. cada milímetro de sus manos acariciaba las de Verity. La besó en la boca. Se sintió débil.. endurecidas por el trabajo de años. El más mínimo roce de los labios de él la hacía gemir y sus suaves mordiscos. Solo paró cuando tuvo que echar la cabeza hacia atrás para recuperar el aliento en el momento en que el placer lo sacudía y lo desbordaba haciéndolo estallar una y otra vez.

Loco por ti. loco —reiteró ella sin dirigirse a nadie en particular. —Prométeme que lo pensarás —dijo Stuart. Pero las sensaciones que él había provocado al hacerle el amor a aquellas manos habían sido muy poderosas. El señor Somerset la tenía abrazaba por la espalda. Una monstruosa esperanza amenazaba con arrasarla.. un hombre cuya mirada trascendía su presente condición y sus pasados deslices sexuales para contemplar directamente la belleza de su alma. Y se le partió el corazón. le repetía la voz lastimera de su idealismo romántico desde la pequeña jaula en que la había encerrado cuando Bertie lo hirió de muerte. se habría burlado replicándole que antes vería brotar hojas verdes de su tabla de cortar. Era un hombre —le decía la pérfida esperanza —no solo persuasivo e inteligente —además de atractivo. Un placer tremendo en su intensidad. «Pero él te quiere». —Estás loco —le repitió.. Tal vez él pudiera ejercer . Ni siquiera querría mirarla. —Estás loco —le respondió. Quizá no era imposible que fueran felices juntos. —sino también prudente. tan paciente como las humildes corrientes que tallaban profundos cañones. Pero la única respuesta que recibió fue la fuerza de su abrazo. —Me gustaría hacer esto todas las noches —murmuró. —Loco. Dios santo! Matrimonio. El asombro y el gozo casi la hacían llorar. ¿Qué le dirían a la gente? ¿De dónde dirían que provenía? ¿De qué familia? ¿A qué se había dedicado hasta entonces? ¿Y cómo le diría que le había pedido que se casara con él a la cocinera que se había acostado con Bertie y a quien su hermano no había considerado digna de ser su esposa? No querría casarse con ella si lo supiera. Peor aún: se pondría furioso al pensar que lo había engañado a pesar de ser perfectamente consciente de quién era ella. Aquel hombre estaba loco. por descontado —puntualizó casi entre sueños. ¡Matrimonio.. loco. ¿Apaciguaría el amor su ira cuando conociera su identidad. loco. en su honor.de su vida. confiar en que su amor —el amor de los dos —era un prodigio eterno. Percibió una soñolienta sonrisa en su voz. en su sinceridad y en su cordura. Como si pudiera pensar en otra cosa. Le decía que creyera en el señor Somerset sin reservas. Si alguien le hubiera dicho que podían seducirla con solo mimarlas y acariciarlas. —Loco en general. de quién era él y de la enemistad que existía entre Bertie y él. juicioso y clarividente. no.. por supuesto. la única que le quedaba ahora que ya ni siquiera podría volver a mencionar a lady Vera? ¿ Lo libraría el amor de la amargura y la decepción cuando se convirtiera en el hazmerreír de toda Inglaterra y su prometedora carrera política se derrumbara igual que si hubiese decidido casarse con la cortesana más célebre de Londres? Necesitaba creer. tan constante como las estaciones del año.

así. había acabado con su propia reputación. aunque se lo rogara. Más allá de aquella habitación. cuando él recuperara el sentido común. Daría las gracias porque aún tendría el futuro por delante. Y ella. la necesitaba y la ansiaba con toda su alma.. Quería la vida que él le prometía.. . El había luchado durante toda su vida por convertirse en un hombre respetable. más allá de aquella noche. Pero no podía engañarse...la abogacía en alguna ciudad de provincias y pudieran vivir en una casita modesta y limpia con jardín y una soleada habitación infantil para los hijos que tuvieran juntos. en cambio. a ella le quedarían los recuerdos y el consuelo de que él seguiría teniendo todo el futuro por delante porque ella se había alejado llevándose solo su maleta y el último pedazo del pastel. Se le escaparon las lágrimas de nuevo.. Ahora no podía hacer lo mismo con la de él. Por la mañana. aunque se lo permitiera. agradecería que se hubiera marchado. Ella. no tendría que mantener las promesas que había hecho en un momento de encendida pasión. la quería. existían normas tácitas que apagarían cualquier chispa de rebeldía que se encendiera en el corazón de un hombre sensato.

Habían llegado a la hora del té.CAPÍTULO 10 Noviembre de 1892. que vivía en las caballerizas y se ocupaba del carruaje del señor Somerset y de sus dos caballos frisones negros. además del señor Durbin —el mayordomo del señor Somerset. a la izquierda del pórtico. Esta última era una estancia bonita. le había pedido que se encargara de que enviaran a Londres. Verity le dijo también su nombre y los de las ayudantes que había llevado consigo: Becky Porter y Marjorie Flotty. puesto que estaría en París. En ningún momento le dijo a Letty Briggs. con las cartas en el bolsillo. En ella le decía que lamentaba no poder ir a Londres. Estaban intrigadas por la procedencia francesa de Verity y no parecían saber gran cosa acerca de su pasado con Bertie. Se presentó como la señora Abercromby. La pequeña puerta de la verja daba acceso a los peldaños y estos a la puerta del sótano. fue la encargada de abrirla. su primera ayudante. más que molestas. a casa del señor Somerset. Era el número 26 de Cambury Lane. Había dos doncellas. Ellen y Mavis. El ama de llaves. la despensa. respuesta a la nota del señor Somerset. Verity. La casa del señor Somerset se hallaba en el centro de una hilera de casas idénticas con la fachada revestida de estuco. empapelada de un color que. Empleó el día siguiente en dar instrucciones a sus ayudantes para que embalaran las cazuelas. y todos los demás criados de la casa estaban sentados en la salita del servicio. sartenes. Verity desvió la mirada de la puerta principal. Ellen y Mavis compartían las tareas de la cocina. Estaban rodeadas por una verja de hierro forjado que llegaba a la altura de los hombros y que protegía a los viandantes. Verity aceptó la invitación a tomar el té y las pastas de la señora Abercromby y procuró olvidar que la última vez que había entrado en aquella casa no había tenido que hacerlo por la puerta de servicio. ¿Por qué había ido? Había redactado su carta de renuncia y una cortés. Pero cuando esta le preguntó que qué podía hacer por ella. de contar con una experimentada cocinera que había llevado su propio equipo. un aseo. había unas escaleras de servicio que comunicaban con el sótano. En el sótano se hallaban la cocina. porque su interés por ella era moderado y benévolo. que ella sería la encargada de dirigir . en los bancos situados a cada lado de la mesa alargada. Delante de la casa. recordaba al de los ladrillos recién cocidos. cuchillos y demás utensilios que necesitaba para guisar en una cocina desconocida. tan tosca y maciza como la puerta. una habitación que la señora Abercromby llamó el cuarto de la caldera y la salita del servicio. pero que ahora se había oscurecido y se parecía al marrón rojizo de la cebada tostada. tal vez inicialmente. una mujer de pocas luces. La entrada estaba resguardada por un pórtico de columnas dóricas romanas sobre las que se apoyaba una terraza con balaustrada. unos tarros de verduras y frutas en conserva. —y Wallace. en lugar de entregarle las cartas. pero muy eficaz fregando la vajilla. había bajado al despacho de la señora Boyce. aunque concisa. y las dos se mostraron aliviadas. Después.

bajo un espejo moteado. sin embargo. Pero no fue capaz de contenerse. —Contestó que sin duda usted necesitaría un tiempo para instalarse. La cama descansaba en la pared opuesta a la de la puerta. A su izquierda había un escritorio y una silla. —Cena en su club. con una leve nota de apuro en su voz. un tocador.. En la cocina era la dueña de su propio destino. Y. ella sí sabía lo que le esperaba. estaba empapelada en un tono castaño oscuro. le resultaba más sencillo fingir que lo era. o. Su habitación era pequeña.la cocina de la casa del señor Somerset en Londres. a diferencia de la polilla. con un aguamanil y una palangana en la parte de arriba y un pequeño armario debajo. por lo menos. Comenzó a preparar la maleta. bajo una ventana con cuatro cristales. Cuando trabajaba con monsieur David había compartido una habitación más pequeña que esa con otras dos chicas. Sentía una urgente necesidad de refugiarse en la cocina. no quería que la realidad destrozara sus sagrados recuerdos. a las cinco de la mañana. —¿A qué hora suele cenar al señor Somerset? —preguntó. aunque. siguió a la señora Abercromby por las escaleras del servicio hasta el desván. También informó a Becky y a Marjorie de que se trasladarían a Londres. El mundo era mejor cuando estaba cocinando. se dio cuenta de que en realidad no tenía la menor intención de dejar que otra fuera en su lugar. para disimular mejor los efectos de la atmósfera londinense. ¿Hasta cuándo se quedaría? ¿Hasta Navidad? ¿Hasta la boda? ¿Hasta que él y su flamante esposa hubieran llenado la habitación infantil de preciosas criaturas de piel morena? Abrió su maleta y rebuscó en ella su uniforme de trabajo. Pero no quería vivir en su desván.. puesto que no se fiaba que Becky resistiera en su ausencia el asedio de Tim Cartwright ni de que alguno de los ayudantes más descarados del jardinero se aprovechara de la escasa experiencia de Marjorie en asuntos mundanos. Pero entonces. en la casa que el señor Somerset compartiría con otra? Pero Verity no dijo nada más. donde el techo era demasiado bajo para todo excepto para acostarse. apenas unas horas antes de que tuvieran que coger el tren. Era como una polilla atraída por una llama. Instalarse. Pero estoy segura de que querrá hacerlo más en casa ahora que tiene una cocinera como Dios manda. Hasta casi el último momento estuvo convencida de que Letty viajaría en su lugar. —¿También va a cenar fuera hoy? —Se lo pregunté esta mañana antes de que se marchara —respondió la señora Abercromby. y fría a pesar del fuego que ya ardía en la chimenea. allí estaba. Cuando apuraron el té y terminaron las galletas. ¿Cómo iba a instalarse allí. Dio instrucciones al jardinero para que enviara a Londres productos frescos de la huerta cuatro veces por semana. No era peor de lo que Verity había esperado. —Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que el señor Somerset cenó en casa —respondió la señora Abercromby. . no quería ser su sirvienta. A la derecha.

y todavía más para la primera lectura de la ley de Autonomía de Irlanda. había deseado que el escaño del difunto duque en la Cámara de los Lores pasara a su viuda en lugar de a su hijo. preferiría empezar a cocinar —le dijo a la señora Abercromby. el décimo duque. Stuart había deseado muchas veces que el difunto duque hubiera podido presenciar el retorno de los liberales al poder y su cercano triunfo sobre los diputados más reacios de la Cámara de los Lores. —¿Qué piensa hacer el gobierno? —preguntó la duquesa viuda. la política más hábil de toda la familia. pero los desacuerdos ya se estaban gestando en los escaños. ya que estoy aquí. había sido un hombre con un enorme poder de persuasión. No tenía ni el temperamento ni el carisma necesarios para convencer a los demás de su punto de vista. ¿Accedería a acompañarlos durante la cena? De entre los Arlington habían surgido dos primeros ministros de Inglaterra en los últimos ciento cincuenta años. a su voluntad de hierro y a su gracia felina. Era asimismo una de esas escasas mujeres que se hacen más bellas con los años. El difunto padre de Tin. tenía en Belgrave Square. sin embargo. lo que difícilmente podía ser considerado un buen augurio. Stuart lo hizo en la espléndida casa que el duque de Arlington. que la admiraba. lo atribuía a su aguda inteligencia. como solía hacer.. pero. Después de una amistosa competición de ochocientos metros. Tin sacudió la cabeza. sino también a los parlamentarios de Irlanda. Stuart se había encontrado con Tin en la piscina: los dos pertenecían al mismo club de natación. un vestido de noche de la mejor seda japonesa y un collar de diamantes que posiblemente tendría el mismo valor que la casa de Stuart. unos rasgos que a menudo se pasan por alto en una mujer más joven en favor de un par de ojos centelleantes y un cutis fino y rosado. —¿No ha aprendido nada de la debacle del ochenta y seis? Stuart no emitió ningún juicio. —¿A qué hora cenan los sirvientes? En lugar de cenar en el Reform Club. Esta cualidad podría atribuirse al hecho de que jamás había sido una belleza. Era una mujer de aspecto distinguido. carecía de tales talentos. con el cabello plateado. —Me temo que sabe tanto como yo. —Convencer al señor Gladstone para que acepte una consulta. porque la duquesa viuda de Arlington era. —¿Qué es eso que he oído acerca de que el señor Gladstone se niega a permitir que su gobierno participe en el borrador de la ley de Autonomía de Irlanda? —preguntó la condesa viuda. y siempre había sido.. tanto por su capacidad oratoria como por su impecable rectitud personal. más familiarmente conocido como Tin entre sus amigos desde que ostentó el título honorífico de marqués de Tinckham. Tin. así que eran una de las familias políticamente más prominentes del país. Tin le había mencionado que su madre deseaba verlo.—Agradezco la amabilidad del señor Somerset. señora —dijo Stuart. Faltaban aún dos meses para la apertura del Parlamento. pero Stuart. Como no había podido ser. si . —Y no solo ha excluido a su gobierno.

—No puedo divulgar mis fuentes. señora. Un lacayo le sirvió a la duquesa un plato de crema bávara. como el resto de la comida. Stuart creía que el tema de la cocinera de Bertie no estaba a la altura de la duquesa. Su madre hacía lo que le venía en gana. Si contenía fallos serios. —Comprendo —dijo Stuart. Después su expresión volvió a ser astuta y elegante. Era excelente. así que comprendo que haya hecho todo lo posible por conservar a su cocinera. Todo el tema afectaba profundamente a Stuart. Habitualmente no era una mujer locuaz y rara vez mantenía conversaciones frívolas. —Su hermano tenía una de las mejores mesas de toda Inglaterra. —El dinero. Si no. —Así es. la mujer dijo: —Se rumorea que ha heredado la cocinera de su difunto hermano. claro. donde la dama lo esperaba. Pero le aconsejo que reflexione sobre lo que implica tener a una mujer así en su . La duquesa bebió un sorbo de su vino dulce. ¿Otra vez? —¿Se refiere usted a madame Durant. —El dinero. El miró a Tin. Pero más tarde. cuando se levantó para retirarse. pero su cocina es digna de la reina y del Papa. su hermano estuvo a punto de casarse con ella. —No es la sirvienta perfecta. y este se encogió de hombros. pero distaba mucho de ser una maravilla. ¿Cuánto costaría todo aquello? ¿Cuál iba a ser la contribución de Irlanda al erario público del Imperio? ¿Debía confiar en que los cálculos del señor Gladstone serían correctos aunque nadie pudiera revisarlos? La duquesa viuda esbozó una sonrisa. Stuart se reunió con ella fuera del comedor. pero tiene usted mi palabra de que son de fiar. Así que estoy dispuesto a permitir un cierto temperamento artístico. al final de la cena. Se preguntó cómo reaccionaría cuando supiera que Stuart disponía ahora de la mejor cocinera privada de Inglaterra. —Una mujer un tanto problemática. pero sí que le hablara de ella. señor Somerset. ya que era responsabilidad suya que la cámara baja aprobase la ley. Cuando volvió a hablar fue para preguntarle por los asuntos legislativos que planeaba aclarar antes de la primera lectura de la ley sobre la Autonomía de Irlanda. su tarea sería mucho más complicada de lo que ya prometía ser. según tengo entendido. —¿Hay algo que le afecte particularmente? —le preguntó a Stuart. —Hay algo que debería saber acerca de su cocinera —le dijo. hacernos con la ley acabada tan pronto como sea posible. —La duquesa se permitió una breve sonrisa irónica que se desvaneció en un incómodo silencio. señora? —Hace diez años. Casi como si oyera sus pensamientos. La duquesa se vanagloriaba de tener siempre lo mejor. Estaba sorprendido.podemos. le pidió a Stuart que la siguiera. A Stuart no le sorprendió que la condesa viuda hubiera oído hablar de madame Durant. siempre el dinero —respondió. Stuart no dijo nada. Stuart tomó una cucharada de la crema bávara que le habían servido.

porque Cenicienta había sido la excepción a todas y cada una de las reglas de su vida.casa. de una forma que.. Queridísima Lizzy: ¡Válgame Dios. como Lizzy. que se convertiría en una gran anfitriona. no solo para él. No sé si lo conoces —¿por qué estás tan interesada en él de repente? —¡pero qué muchacho tan encantador y atractivo era en aquellos tiempos! Yo misma estuve un poco enamorada de él. sino también para Lizzy. ahora he cumplido mi promesa. qué buena memoria tienes! De acuerdo. No se molestó en añadir «Excepto en su caso».. Durante su vuelta a casa. aunque ni siquiera debería mencionar semejante cosa a una joven dama soltera. Ella asintió y se retiró. Él no era Bertie. querida. Stuart. ¡Imagínate mi sorpresa cuando descubrí la verdad! Ya está. Stuart se preguntó qué pensaría madame Durant si supiera que su humilde persona suscitaba semejante interés en las más altas esferas de la sociedad londinense. Solo me consuela saber que quizá sean capaces de soportar tanto dolor cuando crezcan. aquí va. Al señor Marsden lo pillaron con su profesor. El linaje de Bertie no podía ser puesto en entredicho. Podría haberse casado con una mujer de condición humilde y habría seguido siendo un caballero. la propia duquesa había reconocido que una cocinera de la categoría de madame Durant era una inversión de lo más útil. Y. Con el cariño de . así que solo podía contraer matrimonio con una mujer de condición superior. —Muchas gracias. cuyo abuelo materno había sido vizconde. lo exhortaba a librarse de madame Durant. señora. no podía pedirle a madame Durant que se casara con él aunque quisiera. Cuando su carruaje giró en Cambury Lañe empezó a considerar contra qué exactamente había intentado prevenirlo aquella mujer. Respóndeme pronto y dame detalles del compromiso o jamás te perdonaré por haberme obligado a enterarme primero por los periódicos. aun así. Procederé con suma precaución. Stuart estuvo dándole vueltas a la revelación de la duquesa viuda. Su compromiso se había hecho oficial esa misma mañana. debía probar a cada momento que la sangre plebeya de su madre no tenía ya nada que ver con él. ¡Oh. para la fría y lacónica duquesa. Los gemelos no paran de golpearse el uno al otro con todo lo que tienen a mano. al hecho de que Bertie hubiera estado a punto de casarse con madame Durant..! El simple hecho de escribir estas palabras me deja un poco aturdida. se dio cuenta de lo extraña que había sido la conversación con la duquesa viuda. era casi urgente. Él no tenía la intención de casarse con madame Durant bajo ninguna circunstancia. Además. Cuando bajó del carruaje en la puerta de su casa.. atrevida. en cambio. In flagrante delito.

Se sentía triste. A patatas. oliera otra cosa que no fuera la tinta fresca de sus notas y el café frío que tenía sobre el escritorio. Los viejos hábitos son difíciles de eliminar.. Supuso que había asumido inconscientemente que la antipatía del señor Marsden se alimentaba. a venado asado. Se las había arreglado para trabajar. empujó la pesada puerta de paño verde y bajó al sótano. de una frustrada atracción hacia ella. Solía bajar con cierta frecuencia.. Y. Tanto la puerta de la cocina como la de la planta baja que llevaba al sótano estaban siempre cerradas. Pero percibía olores. al menos en parte. puso el capuchón de su pluma. Pero ahora ya sabía cuál era el oscuro secreto del señor Marsden. sentado en su estudio. Ah. sopló la tinta de sus notas por última vez y se levantó. Era imposible que Stuart. Un jugoso y delicioso secreto. sí. La comida que se le servía al señor tan solo viajaba a través de las escaleras de servicio o en el montaplatos que conectaba la cocina con el comedor. Aquello era mucho peor —y mucho mejor —de lo que podría haber imaginado.! En la casa londinense de Stuart. ¿Se cansarían alguna vez las personas que vivían en casas de cristal de tirar piedras contra los tejados de los demás? ¡Mira que intentar poner trabas a su compromiso alegando que ella tenía tendencias sáficas! En lugar de eso debería haber mostrado cierta solidaridad. Ahora ella también estaba en condiciones de clavarle una mirada de cómplice voluptuosidad. Desde hacía horas. se dio cuenta de que también había reaccionado con cierta turbación. Ya no importaba que la mirara con lascivia. Sonrió y se imaginó cómo se divertiría cuando por la mañana fuera a su casa para ayudarla con los preparativos nupciales. con una palmatoria en la mano. Pero en lugar de subir a acostarse al segundo piso. Con su profesor. por supuesto. Imaginó su sorpresa.. como en cualquier otra vivienda de categoría situada en cualquier ciudad de Gran Bretaña. que sus miradas y sus sonrisas eran tan peligrosas como las dagas y las arenas movedizas. aun cuando la cocina no estaba separada del cuerpo principal de la casa. para comer algo rápido cuando trabajaba hasta .. dorado y perfecto. In flagrante delito. tierno y sabroso. pero siempre al borde de la agitación. a un postre fantástico. claro..Georgette Lizzy dejó escapar un silbido. al contrario que en Farleigh Park.. hacían todo lo posible para evitar el olor a comida. Una parte de ella —la que con una sola mirada era capaz de atraer a un hombre que estuviera al otro extremo del salón de baile —insistía en seguir creyendo que era irresistible. ¡La vanidad. abatimiento y temor cuando se diera cuenta de que ahora era ella quien tenía un as en la manga. En cuanto el reloj marcó la una y cuarto. cubiertas de mantequilla y crema. Decepcionada. algo espectacular con bourbon flameado sobre frutas prohibidas. Olía a lenguado frito. Sí. Pero mientras ensayaba su gesto despectivo.

apio estofado y una modesta porción de pudín de compota de manzana: manjares humildes y. Partió un trozo de la empanada de carne. agradables.tarde y los sirvientes ya estaban acostados. casi todo el apio estofado y todo el pudín de compota. que reconocía ser mala panadera. La pequeña cocina estaba casi como siempre. prefería comprar el pan en un horno cercano. hervían no una. hogareños. desde luego. por supuesto. Cerró los ojos cuando los sabores lo inundaron. Alguien la había limpiado a conciencia. No le preocupaba que fuera deliciosa. que le prometió que lo visitaría a menudo y jamás lo hizo. la última vez que el placer sensual lo había arrebatado así. de todo cuanto había amado y había intentado mantener a su lado y. antes de toparse con madame Durant. Los había amado a todos. los había perdido a todos. La desordenada colección de cazos y sartenes que ocupaba el aparador había sido reemplazada por pesados recipientes de hierro fundido y resplandecientes moldes de cobre. nada franceses. En la alacena donde se guardaban las sobras de la cena de los sirvientes no había lenguado frito. Ciertamente la imaginación le había jugado una mala pasada. La señora Abercromby. crujiente. hierbas y plantas aromáticas. hojaldrada. y a la vez completamente diferente. Pero esa noche olía como el sueño de un mendigo: a levadura. Había deseado retenerla a ella. No era capaz de recordar. caldo de carne hervido a fuego lento y a algo dulce. sino dos grandes ollas de caldo. Y aquel era el peligro de madame Durant y de su cocina. que solían estar fríos a aquellas horas de la noche. habían desaparecido dejándolo solo para . A su hermano. dirigiendo su atención a la vertiente corporal de su existencia. Sobre la estrecha mesa de trabajo que había en el centro de la cocina descansaba un gran cuenco que contenía una masa de aspecto esponjoso. había perdido. Habitualmente la cocina olía a humedad y a carne mal cocinada. que lo hacía trascender la comida. Se comió la mitad de la empanada de carne. Dejó la palmatoria y encendió la lámpara de gas. el relleno jugoso gracias a una salsa perfecta que le hizo pensar que todas las demás que había probado eran o tan pesadas como el mortero o tan ligeras y lánguidas como la heroína de una novela gótica. ni patatas gratinadas o frutas flambeadas. sino su poder evocador. como la visión de una casita de campo con volutas de humo saliendo por la chimenea para el viajero que ha pasado días extraviado en los bosques. El redescubrimiento del gusto era tan peligroso como había temido. Probó un trozo del apio estofado y suspiró de nuevo. A su madre. cubierta por un paño húmedo. porque jamás la había visto tan pulcra: hasta los estrechos cristales de las por lo general sucias ventanas que quedaban a la altura del pavimento de la calle brillaban con intensidad. sin embargo. ni venado asado. Eran platos sencillos. Todos esos aromas ocultaban el olor de la cálida humedad. Encontró una pequeña empanada de carne. Aquella mujer tenía un toque maravilloso para las verduras. que en otro tiempo había sido un hermano y no un enemigo. siempre a ella. Se deshizo en su boca. añoranza de todo lo que no tenía. En los fogones. pues despertaba en él otros deseos.

.recordarlos en la oscuridad de la noche. hambriento por mucho que comiera.

—Me encargaré de hacérselo saber a madame Durant. Cuando trabajaba era sin duda el mismo hombre reflexivo y mesurado que en su tiempo libre. lo último que deseaba cualquiera de ellos era que se descubriera quiénes se escondían en realidad tras las fachadas que mostraban. —Y supongo que querrá encargar a madame Durant que prepare el banquete. Y de preguntarle si puede ocuparse también del pastel de boda.CAPÍTULO 11 Lizzy iba a estar ocupada en recibir visitas de felicitación durante la tarde. Lizzy había presenciado varios discursos de Stuart. —Doy por sentado que usted se ocupará personalmente de todo lo relativo a su vestido. ¿Había pronunciado aquellas palabras con un tono extraño? La última vez que el señor Marsden había mencionado a madame Durant había sido para insinuar que tal vez Lizzy quisiera acostarse con aquella mujer. muy cerca de su casa. En aquel momento no había nada que le recordara a Lizzy las sucias . —Así es. Se dijo a sí misma que lo hacía porque siempre se sentía más dueña de la situación cuando estaba guapa. —Estoy seguro de que lo último que deseamos los dos es que se dupliquen las tareas. pero se sintió molesta cuando él se puso a trabajar de inmediato. —¿La iglesia de St. sin apenas dirigirle una mirada. así que el señor Marsden acudió a su casa por la mañana. El señor Marsden tomó más notas. el cocinero del Savoy. George Street. George. —Reservaré la fecha. ¿Amonestaciones o licencia? —Licencia. en Hanover Square. En el índice de la mano derecha lucía un grueso anillo de oro con la forma de una cabeza de león cuyos ojos eran rubíes. pero tendré que dar el visto bueno al menú. —Destapó la estilográfica y anotó unas cuantas palabras. Desde la galería de invitados de la Cámara de los Comunes. —Por supuesto —asintió Lizzy. el señor Marsden se transformaba por completo. —He escrito una lista preliminar de los temas que requieren nuestra atención —dijo el señor Marsden señalando una relación más bien extensa. su ajuar y su ornato personal. salvo tal vez monsieur Escoffier. —Toda persona importante se casaba entonces solicitando una licencia matrimonial especial. La joven se había esmerado mucho en arreglarse y había seleccionado un vestido particularmente favorecedor. —Me gustaría que hoy nos dividiéramos el trabajo —le dijo el señor Marsden. para la ceremonia? —Sí. ¿no? No hay en toda Inglaterra ningún cocinero que pueda rivalizar con ella. El templo estaba al final de St. Sin embargo. —Estoy de acuerdo con la idea. Su familia asistía allí a los servicios desde hacía generaciones. En efecto. Los ojos de rubí del león de oro centellearon mientras escribía. por supuesto.

la mayoría de ellos a lápiz y unos pocos a la acuarela. sin rasguños ni cortes. Estoy segura de que necesitaremos algo más que unos cuantos arreglos florales. Lizzy se dio cuenta de que no le costaba nada imaginárselo en paños menores.. A continuación venían dos bosquejos del carruaje nupcial y. —Me llama la atención que no haya mencionado la ornamentación. ¿Qué decía? Le dirigió una mirada de leve reproche. tres o cuatro en cada una: detalles de una corona que colgaría sobre la puerta de la iglesia. sacó un cartapacio y se lo tendió con el mismo cuidado con que le habría pasado un periódico de la semana anterior. Incluso la asfixiante atención que solía dedicarle había quedado enterrada por su absoluta concentración. —¿Señorita Bessler? —Lo siento. eso es. en ropa interior. De las flores y las invitaciones. muy bien rasurado. para concluir. por lo que debía de afeitarse él mismo frente a un espejo. —Las flores y. —Me ocuparé de ello —dijo. El siguiente dibujo representaba los bancos de una iglesia vistos desde la nave. Una tela vaporosa —tul u organza —formaba una larga guirnalda que iba de banco a banco.. La iglesia aparecía en dos dibujos más. También había varias páginas con imágenes más pequeñas. —Ya he pensado en eso —repuso el señor Marsden.. —Y he dibujado algunos bocetos. Habían sido muy eficaces. como la que le dedicaría un maestro a un alumno distraído. el grabado de un cuchillo de postre de plata. Pero Lizzy no tenía la costumbre de dejarse ganar por él. Estaba sujeta con hermosos ramos de gardenias blancas y frescas. me ocuparé de ello. Con algo muy parecido a un escalofrío. Ella puso cara de asombro. La miró por primera vez desde que se habían sentado. —¿De veras? El señor Marsden buscó en su maletín. Probablemente no podría permitirse pagar un ayuda de cámara personal.sonrisas de su enemigo. ni la encantadora locuacidad del joven aristócrata que tanto agradaba a su padre. El primero era de las escaleras de acceso a una iglesia: unos pequeños arbustos podados hasta convertirse en esferas perfectas adornaban los extremos de cada uno de los escalones y las cintas que se habían atado alrededor de sus finos troncos se agitaban en la brisa.. —Han sido un entretenimiento divertido —dijo. —¿Querrá encargarse usted también de elegir las invitaciones y las flores? Tenía el rostro suave. El era un hombre muy organizado. Lizzy estaba ahora completamente alerta y vigilante contra los revoltosos caprichos de su mente. —Sí. Continuaron hasta el final de la lista. un arreglo floral para el ojal hecho con brotes de lirios del valle sobre una ligera hoja de helecho. El cartapacio contenía alrededor de una docena de dibujos. —Eso es todo lo que tengo —dijo el señor Marsden después de tres cuartos de hora. un arco de flores detrás de la mesa principal .

Iba a guardarlo pero entonces algo captó su atención. Al contrario que en otras partes del dibujo. no se apreciaban en él restos de lápiz del boceto anterior. No siempre compartía sus gustos sobre los colores y flores. Los dibujos eran exquisitos.. como si flotara sobre la mesa del banquete nupcial. Debía de haber trabajado hasta altas horas de la madrugada para crearlos. Era muy afortunada. Su matrimonio sería la envidia de muchos. El profundo afecto que compartía con Stuart crecería aún más con el paso del tiempo. lo había dibujado con exquisito detalle. Le pareció advertir que él se relajaba. Él se puso en pie: —Ha sido un gran honor para mí que el señor Somerset me haya confiado los preparativos de su boda. —Es su boda. Aquellos dibujos debían de haberle llevado horas. ¿Lo habría hecho por amor a su patrón? Sería el amor más grande que ella había conocido. En cuanto se marchó el señor Marsden. Parecía que el señor Marsden lo hubiera trazado en un impulso. sino que descansaba sobre un vaporoso velo de novia. Su pulgar había mantenido oculta una corona de capullos de azahar colocada en un ángulo extraño. Tengo el propósito de conseguir que sea memorable. A Lizzy se le pasó por la cabeza un pensamiento fugaz que la dejó estupefacta. Con cierto reparo añadió: —Ha hecho usted mucho más de lo que era su deber. Pero estaba tan atónita que solo pudo estrecharle la mano cuando se despidió de ella. A pesar de que casi era invisible. Podían apreciarse los pliegues y las arrugas que se habían formado al quedar hecho .. no debía pedir más. Pero enseguida se dio cuenta de que no flotaba. muchas horas de trabajo. Por un instante le pareció excesivo. Lizzy se sentó y volvió a examinar los dibujos. Rechazó aquel pensamiento. Había algo raro en su expresión. Lizzy no era capaz de contener su asombro mientras volvía a revisarlos uno tras otro. finalmente. sus ojos no la habían engañado. mejorarlos y. —Muchas gracias —aceptó Lizzy. ¿Y si el señor Marsden estaba enamorado de Stuart? ¿Se debería a eso su antipatía por ella? Había estado esperando que concluyera la reunión para sacar a relucir el antiguo escándalo del señor Marsden. Solo habían pasado unos días desde que Stuart había designado de forma oficial al señor Marsden como su ayudante. El velo era casi transparente sobre el blanco opaco del mantel. Se levantó y se acercó a la ventana para mirarlo a la luz. pero le encantaba la mezcla de elementos comunes que se transformaban en algo fresco y original. incluir los detalles. si quiere —dijo el señor Marsden.. Lizzy todavía tenía en la mano el boceto del banquete. ¿O fue solo producto de su imaginación? ¿De verdad se había sentido nervioso? ¿Era posible que un hombre como él hubiera estado esperando anhelante que ella diera su aprobación a sus esfuerzos? —Consérvelos. sin que su voz transmitiera nada más que pura cortesía.en el banquete de bodas. No. son preciosos —se vio obligada a reconocer. —Son..

—No hay que cargar con agua arriba y abajo. sí. Además. El agua sube enseguida. ella diría que lo había hecho porque deseaba con intensidad a la novia. Becky y ella se miraron y volvieron a estallar en carcajadas. lo instalaron cuando pusieron la calefacción. Marjorie. A Verity le había sorprendido que hubiera tan poco servicio en el 26 de Cambury Lane. como Mavis le contó a la fascinada Becky. . como no había señora de la casa. Bajó la voz y añadió: —O aún peor: ¡el señor! Mavis y Becky se echaron a reír.. Salvo el desván y el sótano. A ella. Entonces la señora Abercromby le explicó qué era el cuarto de la caldera: había calefacción central. Mavis bajó todavía más la voz: —Aunque tal vez fuera divertido que el señor me pillara. —¡Mademoiselle Dunn! —exclamó Verity con severidad. No había ni polvillo de carbón ni cenizas por todas partes. cuando limpiaba después del almuerzo. ¿Por qué se habría molestado en pintarlo? ¿Por qué habría dedicado buena parte del día. Pero en ocasiones como aquella. Becky: es la bañera más grande de todo Londres. que estaba fregando los platos. no era lo que pintaría alguien que estaba enamorado del novio. se mantenía ajena a toda interacción humana. y de la noche. Pero sé que la señorita me pillaría —dijo Mavis refiriéndose al ama de llaves. no prohibía las conversaciones entre las doncellas. Dos capullos de azahar habían quedado bajo un extraño doblez. Se podría hacer té para todo un ejército en ella. eran jovencitas que tenían lejos a la familia y a las que no se les permitía tener amigos. No había necesidad de pasarse el día arriba y abajo cargando con pesados cestos de carbón para rellenar los depósitos de las habitaciones superiores.. Pensó que se debería a que. las habitaciones se mantenían templadas gracias a un sistema de radiadores de agua caliente. —Yo lo pienso cada vez que la limpio. Aquel alarde de innecesario detalle era una obra de arte. Verity no consentía chácharas mientras cocinaba. Lizzy sacudió la cabeza. señora —se apresuró a decir Mavis. a pesar de los esfuerzos por evitarlo. a Lizzy. Sabía lo solitaria que era la vida de las sirvientas. No. la caldera llevaba también agua caliente hasta la bañera del señor Somerset. Y una esquina del velo colgaba del borde de la mesa y proyectaba una sombra transparente sobre el mantel. —Discúlpeme. no era preciso concluir las tareas domésticas antes del mediodía para que el orden y la limpieza impresionaran a las visitas que llegaran después del almuerzo. a representar algo tan delicadamente hermoso y al mismo tiempo casi imperceptible? Ciertamente.un ovillo. —Me encantaría meterme en una bañera así una vez en la vida —suspiró Becky. Ni de barrer cada mañana una docena de chimeneas y encender cada día otros tantos fuegos. Y lo que te digo. que ya no sabía qué pensar. Después.

Que en sus momentos de desesperación no se refugiara en la iglesia ni en los libros. desde que dejó de compartir cama con Bertie. le había dicho a Verity que volvería a las ocho. Estaba sola en casa: el señor Durbin había quedado con unos amigos en un pub y después iban a asistir a un espectáculo de variedades. sino también de no volver a reunirse con Michael y proporcionarle un futuro decente. Ellen y Mavis. Consultó el reloj de bolsillo que llevaba siempre consigo.. sino en las frivolidades del satén y el brocado de los escaparates era. La perspectiva de sumergiese hasta el cuello en agua caliente era casi demasiado exquisita como para imaginarla. por las noches lloraba de cansancio. Pero siempre se había refugiado en ellas. Más tarde comprendió que lo que la había mantenido en pie durante aquellos días interminables y aquellas noches oscuras no habían sido los vestidos. Mavis estaba ansiosa por ir al baile y había invitado a Becky a acompañarla. pero no lo hizo porque ya le había prometido a su tía que iría a visitarla con Marjorie. cuando su sensatez le aconsejaba que se marchara a París. religiosamente. Y todo esto después de haberle contestado a su secretario aceptando el honor y la responsabilidad de preparar su banquete de bodas y su tarta nupcial. La esperanza era la llama que ardía en ella como una lámpara en su altar: una llama de súplica por él. uno de los de mala . al final. Esperanza. se sentía demasiado agotada incluso para pensar en Michael. intentarían regresar lo más tarde que pudieran sin enfurecer a la señora Abercromby. llenó un perol de agua con la intención de ponerle a hervir. esta. sino las brillantes esperanzas que encarnaban. Hacía años que Verity no había experimentado aquel lujo. En la cocina. Pero. Y su idea de una velada divertida era ganar a la señora Boyce jugando al whist ruso. la misma hora a la que Verity les había dicho a Becky y a Marjorie que regresaran. Ya no tenía ganas de flirtear con desconocidos. porque se produjera un milagro. un reflejo de su superficialidad. Becky se había sentido tentada a aceptar. por ellos. No recordaba la última vez que había ido a bailar: los pies y las rodillas la matarían a la mañana siguiente. Pero entonces recordó lo que Mavis había dicho sobre la espléndida bañera del señor Somerset. había comenzado a trabajar en la cocina de monsieur David. Fue a visitar a un proveedor de alimentos selectos para encargarle trufas y después dio un corto paseo por Regent Street. por su parte.Estaban de buen humor porque el servicio tenía la tarde libre. salió.. Quería causar una impresión favorable al ama de llaves. ¿Cuándo aprendería? Cuando Verity regresó al 26 de Cambury Lane a las cuatro y media de la tarde ya estaba anocheciendo. Oír los planes de aquellas jóvenes para salir a divertirse hizo que Verity se sintiese vieja. no solo de poder volver a lucir algún día una prenda tan espléndida como aquellas. le daba la impresión. sin duda. En aquellos tiempos solía acercarse a Regent Street para mirar los escaparates de las modistas más famosas. Cuando. La subiría a su habitación del desván y se bañaría. Suspiró. La esperanza era lo que la había llevado a Londres. dieciséis años antes.

hecha un manojo de nervios. Pero en aquellos días no se fijaba en los bosques y los arroyos de su antigua finca. de quererlo solo por su bañera. del momento en que la acusó. y una cajonera que le llegaba a la altura del talle. había una silla de respaldo ovalado. si es que tostar pan y untarlo con mantequilla podía considerarse «elaborar» y él siempre se comía casi todo lo que le dejaba por la noche en la alacena. Aquello era justo lo que necesitaba. pues la había lavado antes de sumergirse en el agua. Era pequeño y con las paredes de color azul oscuro. acerca de una cena que ofrecería la semana siguiente. dos horas antes de que los demás comenzaran a llegar. descorazonador y difícil. Ella elaboraba personalmente su desayuno. No sabía cómo iba a reaccionar él ante su negativa ni qué haría ella si Stuart le daba un ultimátum. Pero aún no había solicitado su presencia. El radiador que había al lado de la bañera mantenía la habitación caliente —¡benditos fueran aquellos modernos artilugios! —puso a secar sobre él su ropa interior. No se dio cuenta de lo tensa que había estado en los últimos días hasta que no se sumergió por completo en el agua. Qué locura de idea. ella estaba en un sin vivir. Ella ya había estado en aquel baño antes —fue allí donde se aseó después de que el señor Somerset la rescatara de los asaltantes. Echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un suspiro cuando sus maltrechos músculos comenzaron a relajarse. ¡Qué demonios!. Si se metía en la bañera hacia las cinco y cuarto. Humedeció un pañuelo en ella y se cubrió el rostro con él para no marearse con el agua caliente y el vapor. algunos mucho más antiguos: de los baños que había tomado de niña. comía demasiado pudín y dormía mal. Al otro lado de la bañera había un escabel sobre el que había depositado un vaso con agua fría. sino que contemplaba absorta lo que había más allá. Había esperado. sobre la que dejó su ropa y su toalla. Era como si hubiera sucumbido a un impulso alocado al obligarla a ir a Londres y ahora se hubiese olvidado por completo de ella. Cada paso que había dado en aquel mundo exterior había resultado ser emocionante. sonriendo. transmitido por medio de la señora Abercromby. Entretanto. Su presencia la afectaba más y más cada día. Después. seca y vestida. tan solo un aviso. Creía que para entonces ya habría tenido que enfrentarse a una llamada personal del señor Somerset. Y ciertamente le había enseñado a aprovechar la oportunidad de un baño caliente.calidad que solían fabricarse para las mujeres. Primero de Bertie. para rechazarla. por ilícito y arriesgado que fuese. Todas las mañanas lo veía salir de la casa desde la ventana de la cocina. y de los preciosos bosques y arroyos que veía desde su tocador mientras su doncella le desenredaba el cabello húmedo. Eran las cinco menos cuarto. —pero no lo recordaba bien. de las docenas de vestidos que había tenido a su disposición al salir de ellos. Llevaba ya cuatro días en Londres y el único contacto entre ellos se había producido a través de la comida. ¿por qué no? Él habría querido que Cenicienta se diera un baño en su casa. ¿no? El agua caliente le trajo muchos recuerdos. No había habido entrevistas ni notas. para las seis estaría limpia. No podía apartar la vista .

problemática y terriblemente excitante. Entre el desayuno y la medianoche comía solo lo suficiente para que el hambre no lo distrajera.de los bajos de sus pantalones y del vaivén de su abrigo. sino un té bien cargado. Guió su mano hasta el palpitante punto que bullía entre sus piernas y lo acarició. Pero el deseo persistía y su cuerpo le rogaba que lo aliviara. Aquellas pastas hablaban mejor de la gloria y la misericordia del Todopoderoso que el frío mármol o el vulgar oro. Rugían y rechinaban formando una especie de dúo entre un órgano defectuoso y un fagot desafinado. Puso a hervir un cazo con agua en la cocina y subió a cambiarse. sino en el aparador de la salita del servicio. él mismo definía como casto —para cuando estuviera de nuevo a solas con la comida que ella había preparado. pero tras unos cuantos sorbos se dio cuenta de que no le apetecía whisky.. No había comido mucho al mediodía y tampoco había cenado gran cosa en el Reform Club. Y cuando se había limitado a pensar en sus obligaciones. Sin quitarse el pañuelo de la cara. mejor hacerlo bien. oyó el inconfundible sonido del agua llenando la bañera al fondo del pasillo. Tenía el corazón tan hambriento como el de una cortesana londinense. el olor de la ropa limpia y generosamente almidonada la llenaba de pensamientos lascivos: quería arrancarle aquellas camisas con sus propias manos. como el que había rechazado en el despacho. Las disfrutaría más si se las tomara con una taza de té y se pusiera ropa cómoda. Oh. Una sugerencia espantosa. Pero se controló. sacó un pie de la bañera y buscó con él el grifo del agua caliente. irónicamente. pero era la tarde libre del servicio y no había nadie que pudiera responderle ni llevarle los papeles. Siguiendo su costumbre. Sintió el impulso salvaje de devorarlas allí mismo. puesto que se había masturbado la noche anterior.. se sirvió un poco de whisky. . Se sumergió un poco más en el agua. No le extrañó que quedaran pocas: el cielo debía de estar construido sobre esa masa dulce y esponjosa. por un sudoroso. Cualquier otro día habría bastado con hacer una llamada de teléfono. una necia doncella como Mavis había salido con la picara ocurrencia de que el señor la sorprendiera en su bañera. No debería sentir un deseo tan intenso. puesta a ello. Lo abrió con los dedos del pie. A su ayuda de cámara le gustaba plancharle las camisas en la salita del servicio. Ahora lo cambiaría por buen sexo. ¿verdad? Stuart se encontró con la casa a oscuras y vacía. En sus años de juventud deseaba besos y dulces palabras de amor. en la salita del servicio. Las pastas de té no se guardaban en la cocina. Las galletas de la señora Abercromby —duras como rocas —habían sido reemplazadas por unas cuantas pastas de té con mantequilla. Se quitó los guantes y se calentó las manos en el radiador del estudio. Aquel tenía que ser el que todavía conservaba el calor. Al llegar a su piso. El único inconveniente de aquellas tuberías era que resultaban muy ruidosas. ruidoso y agitado. Se había olvidado unos papeles en el estudio. Se reservaba —de un modo que. No iba a dejar que el agua se enfriara y la distrajera. bueno.

. Estaba mirando con demasiada intensidad aquel cuello. Era una infracción muy grave. Más tarde decidiría qué medida tomar. y esta se habría encargado de regañarla o incluso de despedirla si además no era eficiente en sus tareas. unido a una pantorrilla bastante atractiva. La mujer tenía sumergido el brazo derecho. mudo ante aquella transgresión. El señor Somerset se apoyó contra la puerta. el señor Somerset habría dado aviso a la señora Abercromby. ¿Qué había sido aquello? El sonido se repitió y volvió a sentir otro ardiente y ansioso lametón. la bestia feroz que esperaba agazapada en su subconsciente terminara por atraparlo entre sus fauces. Solo podía tratarse de madame Durant. Ella sacó un pie. Se detuvo en seco. sin ni siquiera pedir permiso. La abrió sin dificultad.. Pero se trataba de la misteriosa... Y ante la desnudez de la mujer. una mujer. Sus rodillas apenas emergían del agua. Jamás había sido sensible a esa habitual obsesión masculina por el pie femenino. unas instalaciones reservadas para el señor de la casa. con la cabeza inclinada hacia atrás. Pero después. Entre la niebla. El corazón del señor Somerset se desbocó. Extendió la mano para asir el pomo de la puerta que se hallaba a su espalda.¿Por qué corría el agua? ¿Habría una fuga? Aceleró el paso. Tenía miedo de que su propia flaqueza lo cegara. Ella cerró el grifo con los dedos desnudos y volvió a sumergir el pie en la bañera. Aquel baño solo lo utilizaba él. ni el placer que generaba un botín atrevido que dejara adivinar la media. aquel brazo y aquellas rodillas que se intuían a ras del agua. Madame Durant era una sirvienta que había irrumpido en la privacidad de sus habitaciones y empleado. cuyos guisos no podía parar de devorar y cuya invisible presencia era como un hambre callada que lo consumía por dentro. y la puerta no tenía cerrojo. solo para constatar que le impedía lo que podría ser una deliciosa vista de sus pechos. vio que estaba sumergida hasta el cuello en el agua. de que. Había alguien en su bañera. La mujer soltó entonces un pequeño suspiro y él se sintió como si le hubiera pasado la lengua por la entrepierna. El vapor lo rodeó. aunque tratara de achacar todo aquello a la pérdida de Bertie. durante un instante no pudo ver nada. largo y bien torneado. que tratara de superar aquel brote de asombro y deseo. Tanto era así que había pospuesto una y otra vez el momento de verla cara a cara. Desprendía también un ligero vapor debido al calor del agua. la cara cubierta por un pañuelo húmedo y el pelo oscuro y mojado recogido en un moño. Su piel relucía bajo la luz ambarina. Si se hubiera tratado de cualquier otra persona. lo inesperado. su brazo izquierdo. no le había prestado ninguna atención hasta entonces. del agua. Aquel respiro permitió que Stuart intentara recuperar el dominio de sí mismo. Volvió a mirarla. No comprendía el patético deseo de atisbar un tobillo. un hambre que aumentaba con cada bocado de sus platos. Pero ahora . desvergonzada y sublime madame Durant. Era mejor que se marchara de inmediato. descansaba sobre el borde de la bañera. Una vez que hubiera recuperado sus facultades mentales. Pero ahora sí corría el riesgo de convertirse en esclavo de un bello empeine y unos dedos rosados.

Quería acariciarse con la mano para aliviar su deseo. Pero no se atrevía a moverse. los dedos presionaban ahora con más fuerza. Dejó que sus pies resbalaran hacia el interior de la bañera y se apoyó en el punto en que comenzaba a curvarse.. Aceleró sus movimientos. ¡Ya! Notó en sus labios el sabor de su propia sangre. Elevó primero la pelvis.. De repente él pudo verla mucho mejor. Era tan intenso que casi dolía. Los apoyó contra el borde de la bañera. Atrapó una punta del pañuelo entre los dientes al apretarlos. Tensó las caderas. Y ella estaba. la frotaban. pero en la dirección equivocada: hacia ella. Bajo el pañuelo. «No te detengas. La deseaba. la más mínima sombra de vergüenza.. La mujer volvió a gemir. El agua le lamía los pezones erizados. Él temió que se hiciera daño. Los largos dedos de madame Durant acariciaban la rosada piel: la acariciaban. Le temblaban las manos. —¿Por qué? ¿Por qué no se le habría ocurrido instalar una luz justo sobre la bañera? La mujer sacó del agua primero un pie y luego el otro. el ruido de sus pisadas quedó amortiguado por la gruesa alfombra que cubría el suelo del baño durante el invierno. Al fin fue consciente de lo que su cuerpo ya había intuido: aquellos gemidos eran gemidos de placer.. en realidad todo el cuerpo. Le flaqueaban las rodillas. Toda la sangre de su cuerpo estaba concentrada en un mismo lugar. Ella contuvo el aliento. aunque comprendía perfectamente lo que estaba haciendo ella sin sentir la más mínima punzada. cualquier parte de su cuerpo. ¡No te detengas. sí pudo. Flexionó los dedos de los pies. Tal vez Bertie tuviera razón cuando lo acusaba de ser un mojigato. la mimaban. Y el sexo de él se endureció como hacía tiempo que no lo hacía. El agua ocultaba poca cosa: ni su piel. El resto de su ser estaba ardiendo. extendió con brusquedad los dedos de su mano libre y los gemidos que surgían de su garganta se tornaron más fuertes. tan bien que se sintió aturdido por la incredulidad y el deseo. Stuart se agarró a la cajonera. ni la mano que cubría su sexo. No podía ver con claridad lo que hacía —malditas sombras de la bañera y la rodilla. pero aquello solo parecía aumentar su placer. estaba. ... La tensión se apoderó de su brazo y su muñeca. Tenía que poseerla. ni sus pezones rosados. Continuó escalando por la pronunciada pendiente del placer. Bueno. Incluso le costaba pensar en aquella palabra en relación a una mujer. No se atrevía a respirar siquiera.. Se aferró al borde con la mano izquierda. Quería arrojarse al interior de la bañera y reemplazar la mano de madame Durant por alguna parte de su cuerpo. Jadeó y gimió mientras su torso se ponía tenso. No lo sabía. ¿Qué debería hacer? ¿Marcharse? No podía mover un solo músculo. Quizá ya solo fuera un montón de cenizas. Ahora. en un solo lugar. por amor de Dios!» Y no se detuvo.distinguió en él un levísimo movimiento. más descarados. sus labios se abrieron para dejar escapar otro suspiro.. El corazón de Stuart estaba a punto de salírsele del pecho. Stuart deseaba quitarle el pañuelo de la cara y gozar de la sensualidad de su expresión. Y no le importaba. Una y otra vez.

El clímax en su fantasía en la cama se produjo en cuanto él la penetró. Pero entonces oyó algo que la hizo temblar: la respiración de otra persona. él la sacaría de la bañera. Hacía tiempo que no tenía un orgasmo tan fuerte y violento.Su voluntad se iba haciendo pedazos a medida que ella se retorcía y gemía al llegar al clímax. En primer lugar porque habría sido una tontería. exploraba lentamente su cuerpo. Y a ella le encantaría.. Después rezó para que fuera cualquier otra persona.. Wallace. Pero el pañuelo se le deslizaría de la cara. ¡Dios!. Adoraría todo lo suyo. cualquiera menos él: que fuera el señor Durbin. Respetaría su privacidad. Imaginar que él la sorprendía en el baño había sido emocionante y aterrador al mismo tiempo. e incrementaba los deseos más desenfrenados de la mujer. Por un instante su mente se quedó en blanco. Cualquiera menos él. crujía espantosamente. la envolvería en una toalla y la llevaría a su cama.... . él estaba en el interior del cuarto de baño. sus abultados pezones coronando el arco de su espalda. porque ver el cuarto vacío habría acabado con el sorprendente poder de su fantasía. Su agitada respiración era casi escandalosa en el silencio del cuarto de baño. —Haga el favor de presentarse en mi estudio dentro de media hora. el carbonero. además. Verity estaba en la cama del señor Somerset. —sus gritos habrían roto el espejo y habría convertido la habitación en un lago.. con las piernas abiertas y él en su interior. Pero no lo había hecho. Sí. el rubor que encendía su piel. así que el señor Somerset no haría nada impropio con su cocinera: no era de esa clase de hombres. Así que cerró los ojos con más fuerza. Si no hubiera sido por su larga práctica de mantenerse quieta y en silencio mientras se masturbaba —las paredes que separaban las habitaciones de los sirvientes en Fairleigh Park eran muy delgadas y su cama. Su ardor. podrían saltarse la parte complicada y entregarse directamente a un frenético y salvaje reencuentro. ¿Se alegraría? ¿Se pondría furioso? ¿La reconocería? Pero aquello no era real. entonces.. y Stuart estuvo a punto de perder el control.. No podía imaginarse cómo reaccionaría él si la viera en realidad. brusca y jadeante. en un tono levemente alterado. no importaba. El que alcanzó en la bañera habría sido capaz de rivalizar con el Montblanc. y él. La rasparía con la incipiente barba después de una jornada entera sin afeitarse. Con mirada ardiente y asombrada. tanto que había estado a punto de quitarse el pañuelo de la cara para asegurarse de que no había entrado en realidad..!» En su fantasía. Aquella era su fantasía. la vería. Mientras ella jadeaba de excitación. además. ¿qué había hecho él para merecer semejante tentación? « ¡Dios. Todo había empezado en la bañera. y. por supuesto. Entonces ella gritó.. La besaría con brusquedad e impaciencia. madame —dijo el señor Somerset en perfecto francés. se detenía en los lugares más inadecuados.

Había luchado contra las penalidades de la cocina y los estragos del tiempo con cremas caseras. Después corrió a su habitación y. Fin. Tan solo pudo quitarse el pañuelo de la cara y clavar su mirada en la puerta tapándose la boca desencajada con las dos manos. Hundió la cabeza entre sus manos y gimió. La persona que vio reflejada cuando se miró de nuevo al espejo tenía un aspecto casi respetable. Cuando todavía era joven él la había llamado preciosa. Entonces se entregó a una acción frenética: se secó. limpió la bañera y el agua que había salpicado el suelo. Su profesión exigía que pasara la mayor parte del día en un entorno hostil para pieles tersas y manos suaves. pero no había podido borrar las finas líneas de expresión que ya enmarcaban sus ojos ni corregir la flaccidez que había empezado a notar bajo la barbilla. la mujer de aspecto salvaje que se reflejaba en el espejo no era ni joven ni bella. se vistió de cualquier forma. Se recogió el pelo en un moño bajo. «Y no vivieron felices para siempre. se puso un delantal limpio y se colgó al cuello un broche con un camafeo. como el de una institutriz o una oficial del Ejército de Salvación. como si su agitación fuera un eco de su propia crispación. de ilusiones y desilusiones. Más de tres mil días y noches de esperanzas y sueños. La puerta del estudio estaba abierta. Lo oyó moverse dentro.» .« ¡Dios!» No pudo moverse durante varios minutos una vez que él hubo cerrado la puerta tras él. Por desgracia. encendidas. la hora de la verdad. con manos torpes. Había llegado el momento. Las luces. intentó arreglarse el pelo. En absoluto el de una mujer que hubiera sido sorprendida acariciándose en innombrables lugares.

El señor Somerset dudó.. Fue a sentarse tras su escritorio. Aun así. finalmente. —Por favor. cuando llamó a la puerta se le aceleró el pulso. Y si escuchaba atentamente. cedió. Había algo más que vergüenza en su voz. entre el rumor del tráfico de la tarde y el estrépito de los músicos callejeros de Buckingham Palace Road. Y no contribuiría en absoluto a disipar el misterio. —Pase —dijo. Rogaba porque aquella herética atracción que ejercía sobre él derivara solo de su misterio: de un misterio que se desvelaría en cuanto la viera. —¿Por qué? —Porque. No estaba bien visto. ¡Al diablo con el decoro y la etiqueta! Estaba a punto de alcanzar la puerta. Se había preparado un té y se lo había llevado a su estudio junto con las pastas de mantequilla que Verity había horneado. s'il vous plait. absorber con su lengua hasta la última gota de su esencia. Él estaba esperándola. Distinguía un pliegue de su vestido en el umbral de la puerta. una fuerza enigmática como la que hacía que la luna orbitara en torno a la Tierra. No había sido capaz de probar ninguna de las dos cosas. En cambio. Trataba de convencerse de que todo aquello se debía a su larga abstinencia. —Su voz carecía del tono sensual que había esperado encontrar en ella. corre el riesgo de que quien menos se imagine encienda una hoguera con su virtud. Se levantó. percibía el sonido de su agitada respiración. éteignez la lamiere. se había bebido dos largos tragos de whisky y se había fumado tres cigarrillos. Ojalá pudiera sumergirse en una piscina y nadar un centenar de largos. emitió un suspiro y. Era más bien insegura y extraña. —Se lo ruego. Pero ella no se decidía a entrar. Había advertido su presencia en el mismo instante en que llegó al pasillo tres minutos antes. Pero no conseguía engañarse. Si uno se mantiene casto durante diez años. señor. Respiró hondo y se alejó de la ventana sobre la que había apoyado la frente para sentir el frío cristal. Aún la tenía clavada en la mente: unos pechos preciosos y unos dedos traviesos. Necesitaba abrirla ante sí y penetrarla hasta la extenuación. Era inapropiado. me da mucha vergüenza mirarlo a la cara.. Había algo en madame Durant que lo impulsaba hacia ella. Deseaba lamerle los dedos. Había desesperación.CAPÍTULO 12 Llamó a la puerta cuando había pasado media hora exacta. Quería que apagara la luz. No quería estar a solas con ella en la oscuridad. El señor Somerset había recordado milagrosamente el cazo de agua que había puesto a hervir en la cocina antes de subir a su habitación. Durante unos . Pretendía dominar así el temblor de sus manos y calmar sus nervios. señor. —Monsieur. cuando ella habló. Regresó a su asiento y apagó la lámpara del escritorio.

una forma opaca frente a las sombras vaporosas de la estancia. —bajó la voz—desea que le prepare algo de cenar? Stuart cogió una de las pastas de té de mantequilla.. no hará falta. Permítame ver su cara cuando alcance el orgasmo.. Aquella noche no podría soportar una de sus cenas. Imaginó que la hacía migajas sobre su cuerpo y que después lamía su piel para recogerlas una a una. No se le ocurría nada que decir que no fuera una estupidez o descaradamente lascivo. Se sumieron en el silencio una vez más. —¿Le ha avisado ya la señora Abercromby? La mujer no respondió de inmediato. «Hágalo otra vez.instantes no consiguió ver nada. La sensación fue turbadora. pero él tan solo podía pensar en la dulce sombra que se ocultaba entre sus muslos. El silencio se impuso de nuevo. se lo llevó a la boca y dejó que se fundiera sobre su lengua. Ya se estaba arrepintiendo de su momento de gallardía. distinguió su silueta. sus pasos. . sin duda. no avivar aún más su propia curiosidad.» —¿Deseaba usted verme. claros mientras sus tacones pisaron el suelo de madera y apagados cuando cruzaron la alfombra de Khotan que había traído de la India. señor? —No.. Se abrasaría. —Excelente —dijo él. pero era mejor que nada. señor.. Cierto placer malsano lo inducía a no dejarla marchar. —¿Desea.. La aparente frialdad de su tono lo sorprendió. La presencia de la mujer se redujo a susurros: el roce de la falda de lana de su vestido contra la franela de sus enaguas. ¿Estaba ya informada? —En efecto.. El silencio se prolongaba. salvaguardar su reputación. hablar conmigo. Déjeme mirar. El fin de aquella entrevista era verle la cara. no quiero molestarla en su tarde libre —respondió. señor? La voz de la mujer provenía del rincón más distante de la habitación: se había situado tan lejos como le había sido posible. El señor Somerset partió otro trozo de galleta. podría retirarme? —Una pregunta más y podrá irse. Ella arrastró los pies sobre la alfombra. Tanteó el borde de la mesa en busca del vaso de whisky y se tragó de golpe el resto de su contenido. ¿Estaría tan sorprendida como él por el giro perfectamente decoroso de la conversación? —¿La cena para dieciocho comensales de la semana que viene? —Sí. —No. Pronto sus ojos se adaptaron a la oscuridad. Pagana. La oscuridad y la distancia pretendían. señor. —Perdón. Dejó que fuera así. Esta vez fue ella quien lo rompió: —¿Querrá darle la aprobación al menú. ¿Puedo. La mordió. recreándose en su divina dulzura. A la escasa luz que se filtraba por la ventana. —La cena de la semana que viene —dijo. Estar sentado a cinco metros de ella era una pobre compensación...

—Creo que es magnífica —dijo Lizzy. Él apenas la oyó.. pero el calígrafo era un verdadero artista. Buenas noches.—¿Sí. señor. —En usted. No podía deshacerse de la idea de que los había hecho por y solo por ella. No podía describirlo con palabras. Dejó que su divina dulzura se extendiera por sus venas como si fuera un veneno. cuando estaba usted en la bañera. No se cansaba de hacerlo.. —¿De qué lo conoce? . Pero creyó oír «té». —Perdón. Él cerró los ojos y se torturó con otra pasta de té. Sabía que los cotilleos de Georgette eran ciertos. ¿qué se imaginaba? ¿En qué estaba pensando? La mujer ahogó un jadeo. Era consciente de que se debía a su vanidad. Lizzy no podía dejar de mirar el anillo. a lo que el señor Marsden le había contestado que le llevaría muestras de un calígrafo que conocía. Ella tenía una letra muy hermosa. antes de que su instinto de conservación pudiera intervenir. La mujer dijo algo. Un hombre. Esta vez el señor Marsden lucía un anillo de plata adornado con una serpiente.. —Dígame. ¿Qué? —Digo que pensaba en usted —repitió. y ella le había comentado que pensaba recurrir a un calígrafo para que escribiera a mano las invitaciones. más bien. a su deseo de ser la gran pasión de alguien. Habían hablado por teléfono dos días antes. Su respiración se tornó apresurada y superficial. Sabía que se trataba de una obsesión estúpida y probablemente perniciosa.. Apartó la mirada de su mano y fingió estudiar un poco más las hojas que había sobre el secreter... señor. La joven había pasado el poco tiempo libre que había tenido a lo largo de los últimos días repasando los dibujos del señor Marsden.. señor? Quería preguntarle si necesitaría que para la cena acudieran más doncellas de las cocinas de Fairleigh Park.. no se cansaba del escalofrío que la recorría cuando contemplaba sus meticulosos trazos y frágiles colores. ¡Cómo caían los poderosos! ¿Solo habían pasado trece años desde que se burlara de Bertie por haber sucumbido a los hechizos de su cocinera? Ahora era él quien estaba atrapado en su encanto. —¿Es obra de un hombre o de una mujer? —De un hombre. Y aun así continuaba alimentando su obsesión. Deseaba tocarlo —y tal vez la mano del señor Marsden también —para ver cuál era la primera reacción del hombre.. —¿Qué le parece? —preguntó el señor Marsden. El animal tenía diminutos ojos de esmeralda y daba dos vueltas alrededor del dedo corazón de su mano izquierda. ¿cómo dice? —Usted..

—Espero que se comporte con decoro... —Se lo agradezco mucho. —Compartimos casa. Pero le ruego que me ilustre acerca de la verdadera razón. Estaba convencido de que había dejado Inglaterra para vivir aventuras en el extranjero.. —Perdón. La ventaja que creía tener sobre él no parecía haberlo reducido del todo. Sé lo importante que es para él contar con una servidumbre de confianza. señorita Bessler. Él inclinó la cabeza y la miró a través de las pestañas. algo raro en él. Y. casi seductora: —¿Ah. Finalmente. aunque en ningún momento la había perdido. mitad decepcionada mitad triunfante.. se puso en pie y lo miró fijamente a los ojos.. — así que no tiene que fingir conmigo. pero no estaban ornamentados. —No le diré una sola palabra al señor Somerset. y lo mucho que le importa a usted conservar su medio de vida. sí? —preguntó el señor Marsden. Al menos ahora cesaría su obsesión por los dibujos. . —¿No fue porque lo descubrieron haciéndolo con un profesor de Oxford? Notó el impacto en él. ¡Dios santo! no lo había notado hasta ahora: su camisa no era blanca. Al cabo. —¿Un íntimo amigo suyo? —Intercambiamos libros de vez en cuando. Lizzy echó los hombros hacia atrás y levantó la cara para observarlo: ojos vigilantes.. labios apretados. —Lo siento. Los gemelos que lucía también eran de plata. —Se echó tierra sobre el asunto. —No se preocupe —lo tranquilizó mientras intentaba recuperar su ventaja. ¿Cómo lo ha sabido? Lizzy sonrió. Para contrarrestarlo. Su mirada volvió a deslizarse sobre los papeles y se detuvo en la mano del hombre. que descansaba sobre el borde de la mesa. bueno. Siguió un largo silencio. Lizzy tuvo un instante de duda. los retiró. Lizzy decidió que aquella era una ocasión tan buena como cualquier otra: —¿Solo libros? ¿No han intercambiado nunca algo más significativo? Él extendió los dedos y los apretó sobre la tapa de palisandro del secreter. disfrutando del poder que le daban.El señor Marsden permanecía en pie ante el escritorio mientras Lizzy examinaba las muestras del calígrafo. recalcando cada una de las palabras. ¿cómo ha dicho? Oh. El señor Marsden estaba alerta. Marsden bajó la cabeza. —No hay nada que pueda ser enterrado por completo —respondió. El corazón de Lizzy dio un brinco. sino de un verde sumamente pálido. Le estaba lanzando una mirada hermosa. pero no nervioso. — Tengo mis fuentes. No querría que la reputación del señor Somerset se viera comprometida por su asociación con usted. ¿Y ese pulso acelerado que detectaba en su cuello? —Sé por qué tuvo que dejar Inglaterra. No se le escapó la nota de sarcasmo que contenían sus palabras. señor Marsden —le dijo. ya estaba a la defensiva.

No diré una palabra al respecto. dejaré que el señor Somerset descubra por sí mismo que su virginidad está tan perdida como el Arca de la Alianza. Era muy apuesto. volviendo a lo que le preocupa. lo que en verdad sabía no le preocupó en absoluto. —Pero. señorita Bessler? No es nada agradable: narices sangrando. —¿Dos hombres se pelearon por usted? Se sacudió una invisible mota de polvo del puño. Lizzy reprimió el alarmado « ¿Y usted cómo lo sabe?» que le temblaba en la punta de la lengua y echó una mirada hacia la puerta de la sala. Trabajo para un abogado. maxilares desencajados. estaba rodeado por cierta aura de maldad. La había dejado abierta. señorita Bessler. y la lascivia se dibujó de nuevo en sus labios. ¿no es así? Lugares donde todos los que entran deben mantener la discreción. —¿Qué hay que explicar? Hacía mucho tiempo que me tenía miedo porque creía que yo sabía algo..—¿Podría aclararme en qué consiste para usted el «decoro»? ¿Deberé guardar abstinencia total o se contentaría con que fuera discreto? — preguntó. Y. Había decidido que Stuart era un hombre demasiado sofisticado y un amigo demasiado amable como para reprocharle . sin embargo. —Es ofensivo. —Y para corresponder a su magnanimidad. —Dos tipos borrachos.. —Eso es una calumnia. —Para corresponder a su magnanimidad. ya me lo imagino —dijo Lizzy estremeciéndose un poco. —Sonrió. sino también porque le tengo mucho aprecio a mi propio pellejo y no deseo que me encierren en una cárcel.. Por eso me pareció lógico pensar que no había sido una mujer. provoqué una escena. No había pensado en las terribles consecuencias que tendría una acusación contra él. —¿Alguna vez se han peleado dos hombres por usted. Además. Pero la verdad no puede ser una calumnia por ofensiva que sea.. sino un hombre con quien había ido demasiado lejos. —¿Le importaría explicarse. —¿Y tiene usted alguna sugerencia con respecto a cómo podría lograrla? —Tengo entendido que existen ciertos lugares para hombres como usted. señor? Se trata de una acusación muy grave.. La joven tragó saliva. el de que iba a contraer matrimonio bajo supuestos falsos.. Lizzy dio un paso atrás involuntariamente. —No me satisfaría con nada que no fuera la discreción absoluta —replicó Lizzy con altivez. —No. Después sonrió. puede confiar en mi discreción. así que estoy seguro de ello. No solo por mi admiración hacia el señor Somerset. Prefiero que me cortejen de forma más civilizada. —Hizo una pausa como si reflexionara.. —Siento decirle que dejé de frecuentar esos lugares hace ya años. y que el señor Somerset no tenía ni idea. pero no había nadie por allí. Pensó que podía entender que su interlocutor despertara pasiones. La última vez que estuve en uno.. A Lizzy le había costado afrontar aquel hecho.

ingeniosa. ¿qué les hace a las personas que no le caen bien? —Tengo mis dudas respecto a que pueda ser una buena esposa para el señor Somerset. Pero la provocación del señor Marsden volvió a situar en primer plano el dilema moral. Ella se rió. —Piense sobre lo que le he dicho. —No tiene pruebas de lo que dice. Se refería sin duda a su maltrecha virginidad. y como cada vez le costaba más imaginarse. El señor Marsden jugueteó con el anillo en forma de serpiente que lucía en el dedo. señor Marsden —dijo. Volvió a dejarlo sobre la mesa. El señor Marsden se acercó a ella. —¿Qué tiene que perder? Mucho. por lo visto estamos en un callejón sin salida. —Tal vez podríamos aprender a ser amigos. pero ahora frunció aún más el cejo. y que ella compensaría su falta siendo la mejor esposa del mundo. —Eso no es suficiente —objetó la joven. . Pero eso no significa que no sea capaz de apreciarla por lo que es: una mujer hermosa. Y sobre lo carísimo que nos resultaría ser enemigos. —Bien. el señor Marsden recogió las muestras de caligrafía y las guardó en su portafolios. le cogió la mano y se la llevó a los labios. —Y usted tampoco. Los nervios de su brazo casi restallaron con la impresión —y el turbio placer —que le provocó aquel beso. Entonces. pero el señor Marsden presionó sus labios contra los nudillos de sus dedos corazón y anular. señorita Bessler —replicó él. lo levantó. Él arqueó una ceja. Lizzy sintió una punzada de dolor: la había descrito justo como ella deseaba verse. —¿Le serviría de incentivo que le dijera que me cae bien? Al principio de su entrevista. Pensaba que él besaría el aire o algo parecido. lo habría creído de inmediato. El doble sentido de su frase estuvo a punto de hacerla estallar. pero se limitó a fruncir el cejo. Ella no dijo nada. La joven se apresuró a retirar la mano. como si no pudiera decidir si debía quedarse o marcharse. inteligente. ¿Amiga de aquel presumido que tan solo quería destruirla? —¿Y sobre qué basaríamos esa bella amistad? —Sobre nuestro mutuo conocimiento de los secretos más oscuros del otro.. El contacto fue como una descarga eléctrica. —Buenos días. la miró. serena en las dificultades v tenaz. —Entonces. —Buenos días.. En silencio. Tras cerrarlo. —Tan bien como usted puede valorar a otra mujer. —dijo. Sus ansias de seguridad material se enfrentaban contra los dictados de su conciencia. —¿Puede un hombre como usted valorar a una mujer como es debido? — le preguntó. Pero no estaba segura de qué exactamente.nada.

—Eso es mucho más importante. conseguir que le contara el problema y tranquilizarla: no era demasiado pronto para apoyarla y consolarla.—¡Oh. —¿Cómo podría no estarlo? Mi prometido acaba de regalarme el anillo soñado por cualquier mujer. Porque era feliz. Al principio había pensado regalarle una sortija corriente. la piedra natal de Lizzy. proporcionada.. . —Con esto habrías podido pagar los sueldos de nuestros sirvientes durante años. Sin embargo. Pero el que la joven tenía ahora en el dedo. —No podría sentirme más feliz de lo que me siento contigo. Tomó la mano izquierda de Lizzy y la besó justo encima de donde brillaba el anillo. con una tira de piedras preciosas que componía la expresión «con afecto». incluso cuando contemplaba sus atractivos rasgos. —Y yo necesito que sepas lo feliz que me hace que nos hayamos prometido —concluyó él. Y era hermosa. sin saber cómo interpretar el gesto de Lizzy.. Lizzy tenía muchas cualidades que la adornaban. No podía serlo más. Esperaba que sus palabras transmitieran toda su sinceridad y nada de su desesperación. En la realidad. Se hallaban en la salita de Lizzy y Stuart había ido a entregarle su anillo de compromiso. sus negros ojos abiertos de par en par con una intensidad especial. probablemente su cocinera sería bajita y regordeta. ¿no? Pues entonces todo iba bien. erótica y ansiaba su cuerpo igual que ansiaba sus comidas. era madame Durant quien se le representaba en la cabeza: madame Durant. —Quería que estuvieras contenta —protestó él. tenía un rostro perfecto y una figura que parecía sacada de una ilustración de moda. Pero le costaba un gran esfuerzo pensar en madame Durant de una manera realista.. —¿Van bien los preparativos de la boda? —Todo marcha como la seda. Pero su propia culpa hizo que Stuart se tomara las palabras de Lizzy al pie de la letra. —¿Te encuentras bien? —Le preguntó Stuart. Ella le había dicho que estaba perfectamente. Stuart! ¡Es precioso! —exclamó Lizzy. Después apartó la mirada. que no tenía ni el fino talle ni los esbeltos brazos que Lizzy lucía con gracia cuando llevaba trajes de noche. Ella lo miró. era un diamante espectacular que destellaba como el fuego blanco. Había algo en su tono que no lo convencía del todo... Debería hacerle más preguntas. adquirido la mañana después de haber pasado la noche soñando con madame Durant. El que estaba decidido a comprarle cuando volvieron de Fairleigh Park tenía un único y espléndido zafiro. como si aguardara la caída de un rayo. Y yo estoy perfectamente. No había reparado en gastos. Y él podía intentar consolarse con la idea de que sus pensamientos infieles eran insignificantes si se los consideraba desde una perspectiva más amplia. —Encogió los dedos y arrancó del diamante brillos todavía más intensos. Y. Pensaba que era voluptuosa. —No deberías haberlo comprado —lo reprendió. —¡Pero si ya lo estoy! —Dijo Lizzy con vehemencia.

—¿Te quedas a cenar? —le preguntó la joven.
—Me encantaría —dijo Stuart levantándose, —pero esta noche me resulta
imposible. He convocado una reunión en el club durante la cena. ¿Me harás
el honor de acompañarme a dar un paseo mañana por la tarde?
—Por supuesto. Lo esperaré con ilusión.
—Yo también.
Stuart la besó en la mejilla y se marchó. Dejó la casa con cierta sensación
de estar huyendo: necesitaba no enfrentarse a su prometida, o a su
conciencia, durante veinticuatro horas más.
No había hecho nada malo, pero Dios sabía que lo deseaba. La lista de
maldades que querría cometer con madame Durant rivalizaba en extensión
con una novela de Dickens. No importaba en absoluto que fuera una mujer
de dudoso carácter y mala reputación: la deseaba con la fuerza de un pez
que quiere volver al mar.
No la tocaría. Y la despediría después de la boda. Pero por el momento se
permitía desear, fantasear con una existencia sin prometidas, sin rígidas
clases sociales, sin los viejos temores de su sangre manchada, sin lo que le
impedía unirse a ella en aquella bañera caliente y profunda.
«Pensaba en usted. En usted, señor.»

Verity se hallaba en los escalones que llevaban a la puerta de servicio
esperando a que el señor Somerset regresara a casa.
La niebla londinense era siempre un visitante inoportuno. Olía a
excrementos y tenía los dedos húmedos de un borracho libidinoso que los
introducía en lugares tan sensibles que una mujer completamente vestida no
los creería accesibles al frío.
Pero las brumas que había conocido en sus años en Londres eran suaves
neblinas en comparación con la de esa noche. Mientras preparaba la cena, el
tráfico callejero parecía estar sumergido, se deslizaba como una oscura
sombra en una opacidad espesa. Y al caer la noche, la visibilidad se había
reducido todavía más. La luz de la farola más próxima era solo un confuso
halo anaranjado que apenas conseguía iluminarse a sí mismo. Casi no podía
ver su propia mano cuando alargaba completamente el brazo.
Estaba inquieta. Ya debería haber vuelto. ¿Se habría perdido Wallace? La
bruma tenía el color y la consistencia de un suflé de queso: era la clase de
perturbación atmosférica que hacía que los viandantes se cayeran al
Támesis a pesar de estar alertas. En tales condiciones, era fácil calcular mal
la distancia y equivocarse de camino.
El vaho depositaba sobre sus mejillas besos helados. Se envolvió mejor
en su chal y encendió un cigarrillo; prefería la áspera acritud del tabaco a la
lenta asfixia del miasma.
No oyó sus pasos hasta que lo tuvo casi encima de ella. La bruma densa y
amarillenta envolvía el cuello de su abrigo. Aunque el señor Somerset no
podía verla —ni siquiera sabía que estaba allí, —el corazón de Verity volvió a
desbocarse, como si la hubiera pillado de nuevo desnuda en la bañera y con
la mano entre los muslos.
Había pasado todo el día sumida en una especie de estupor interrumpido

de cuando en cuando por brotes de ansiedad aguda..., no tanto por miedo a
que él deseara a su cocinera, como porque no lo hiciera. Ahora que habían
vuelto a verse, por así decirlo, y que ella había manifestado su deseo hacia
él, se le haría insoportable que no la correspondiera de alguna forma.
Tintinearon unas llaves. Después cesó el ruido y se oyó el casi
imperceptible sonido de un objeto metálico que rozaba la piedra: ¿los
botones de su abrigo, acariciando el murete que había a los lados de la
escalera de entrada a la casa?
—¿Quién anda ahí? —preguntó. En francés.
El miedo la paralizó... hasta que comprendió que lo único que había
delatado su presencia allí era la luz del cigarrillo, mucho más visible que su
ropa negra.
—Bonsoir, monsieur —respondió Verity. Su voz le sonaba distinta cuando
se expresaba en el francés provenzal de monsieur David: más grave, más
áspero, más vigoroso que refinado.
Las llaves tintinearon de nuevo, en esta ocasión contra la parte superior
del murete...
—Madame Durant... —la reconoció, serena, amablemente. —¿Recibió
usted mi mensaje?
—Sí, señor. —La cena fijada para aquella noche había tenido que
cancelarse debido a la niebla. En lugar de convocarla para otro momento en
el Reform Club, había invitado a seis ministros y parlamentarios a desayunar
en su casa dos días más tarde. —Lo tendré todo listo.
—Ya lo veo.
Sus llaves tintinearon de nuevo al levantarlas. La conversación había
acabado. Ahora él entraría en la casa.
Pero Verity no fue capaz de dejarlo ir. Su encuentro la había puesto
nerviosa, pero también había desencadenado una enorme necesidad de
estar cerca de él. ¡Lo había echado tanto de menos...! No importaba cuántas
veces se repitiera que Stuart estaba prometido con otra, una parte de ella
insistía en que no, en que era suyo. Todo suyo, siempre.
—¿No ha regresado Wallace con usted, señor? —le preguntó.
Las llaves dejaron de sonar.
—Tuve que decirle que detuviera el carruaje cerca del Inner Temple. Era
demasiado peligroso circular con esta niebla.
—Entonces, ¿cómo ha vuelto usted?
—En el tranvía. Y caminando.
—¿Y eso no era peligroso?
—Sí. —Golpeó el suelo con su bastón de paseo. —Pero si hubiera
alquilado una habitación en un hotel, me habría perdido su cena.
¿Había recorrido casi cinco kilómetros con aquella niebla, arriesgándose a
extraviarse o resultar herido, solo por su comida?
—Ignoraba que le gustara tanto mi cocina, señor.
—¿Lo ignoraba? —repitió riendo. —Bien, pues ahora ya lo sabe.
—Pero la primera vez que cociné para usted, devolvió todos los platos a la
cocina sin haberlos probado.
Silencio. La bruma se retorcía y se deslizaba. Se oyó el sonido de un

fósforo al encenderse y se vio una llamita naranja: el señor Somerset había
prendido un cigarrillo. Su luz rojiza se avivó cuando se lo llevó a los labios.
—¿Sabe usted, madame, lo que le ocurre a un hombre que ha pasado
décadas en la oscuridad y de repente se encuentra a pleno sol?
—No, señor.
Lo oyó soltar el humo. Olió el aire cálido y picante que se extendió entre
los dos.
—Que la luz lo ciega —dijo Stuart Somerset. —Y yo no quería quedarme
ciego. Buenas noches, madame.

CAPÍTULO 13
La carta de Michael llegó en el correo de la tarde. Era una breve misiva
que ni siquiera ocupaba una página. Agradecía las dos cartas que Verity le
había enviado, pero no se disculpaba por no haber contestado antes. Había
estado ocupado: era el nuevo editor de un periódico estudiantil y su equipo
de rugby acababa de batir al Cotton House.
Verity suspiró, con orgullo y frustración. Michael casi no le permitía formar
parte de su vida últimamente; apenas lo conocía ya. ¿Se habría equivocado
al enviarlo a un colegio de élite? ¿Era el esnobismo de sus compañeros lo
que lo había convertido en alguien tan frío y distante?
Tampoco creía que el esnobismo de los chicos de clase media en colegios
más corrientes fuera mejor. Y nunca se le había pasado por la cabeza la idea
de enviarlo a una escuela pública. No: siempre había tenido claro que iría a
Rugby y Cambridge, tal como habían hecho los hombres de su familia
durante generaciones.
Bueno, quizá no siempre. No lo había tenido tan claro antes de recibir
aquella escalofriante carta de su tía diez años antes. Hasta entonces Verity
se habría contentado con verlo convertirse en un hombre, hacerse granjero,
vendedor, o guardabosques, como su padre adoptivo. Después de aquello,
Verity lo había presionado tanto como se había presionado a sí misma:
durante el tiempo que pasó en Lyndhurst Hall jamás había logrado
impresionar a su tía, pero ahora que sabía que de nuevo la estaba
observando, no podía dejar de intentarlo.
Le dio a Michael clases de dicción y erradicó de su habla cualquier rastro
del cerrado acento de Yorkshire del señor Robbins. Le enseñó todos los
idiomas extranjeros con que la habían torturado sus institutrices. Lo inició en
las infinitas y misteriosas reglas de etiqueta que regían la conducta de las
clases altas. A los diez años, Michael hablaba inglés como un auténtico
duque, se desenvolvía en francés, italiano y alemán, y sabía que un caballero
se quitaba el guante antes de estrechar la mano de una dama, y que si lo
invitaban a almorzar, lo último que debía hacer era ofrecer el brazo a una
mujer: así era como se detectaba a los advenedizos y pretendientes.
Pero los ademanes corteses no le servían de nada al hijo adoptivo de un
guardabosques, así que le había repetido hasta la saciedad que él no debía
conformarse con una vida como la suya, que se debía a sí mismo —a ella —
ser el mejor en todo aquello que emprendiera, porque sería la única forma de
que lo trataran como a un igual de los que habían nacido en una mansión.
Abrió el colgante que llevaba alrededor del cuello y observó el retrato que
escondía: Michael y ella; Verity tenía la mano colocada posesivamente sobre
el hombro de su hijo. Era de muy poco antes de que Michael comenzara su
primer año en Rugby. Lo había llevado a Manchester y le había comprado
todo tipo de prendas de los mejores materiales y elaboradas en los mejores
sastres, desde sombreros hasta camisetas y calcetines.
Durante aquel viaje se hicieron esa fotografía de estudio; ambos
mantenían los labios bien cerrados para evitar una sonrisa poco apropiada
para la solemne ocasión. En aquel momento, ambos veían el futuro de
Michael de color de rosa.
Cerró el colgante y releyó la escueta carta de Michael dos veces antes de

No pudo retener la cena. Si el olor a magdalenas . Quizá su tía pensara que Verity volvería a probar suerte con el hermano de Bertie. no lo podía cuidar. a pesar de que era un olor débil.guardarla. unas pocas palabras: 21 DE NOVIEMBRE Se encontraba mal. ni el cigarrillo que había encendido y apagado sin apenas darse cuenta. Pero asistió a clase y se reunió con los colaboradores del periódico. lo miraron desconcertados y respondieron que ellos no lo notaban. Verity no podía verlo. Era una lista de fechas y. en el sobre su nombre estaba escrito con una caligrafía desconocida. No importaba por qué su tía hacía lo que hacía. ni siquiera podría regañarlo por haber descuidado su salud sin que él le hiciera preguntas. Empezó a temblar. ni el agua de lavanda con la que se habían lavado sus sábanas. Pero ahora. lo fundamental era que Michael no se encontraba bien. Stuart olió las magdalenas en cuanto entró en casa. Su equipo ganó. nada podía enterrarlo. El aroma de las magdalenas se extendía por toda la casa. Había otra carta para ella. Al menos esta vez no le provocaba fantasías. así que se acostó a las once. El secretario del señor Somerset le había dicho que quizá la señorita Bessler le hiciera algunas observaciones respecto al banquete de bodas o a la tarta nupcial. Michael. y después lo abrió con un solo corte de su abrecartas. Mientras ella mantuviera la boca cerrada sobre sus orígenes. Así que tendría que cocinar para él. Y la mantendría cerrada el resto de su vida. Todas aquellas observaciones se referían de nuevo a Michael. La bebida la tranquilizó un poco. debajo de cada una de ellas. Su tía contaba con un infiltrado en Rugby que tenía fácil acceso a Michael. No contenía ni instrucciones para el banquete ni para la tarta nupcial. 22 DE NOVIEMBRE Todavía enfermo. 23 DE NOVIEMBRE Participó en el partido contra Cotton House a pesar de que todo el mundo se lo desaconsejaba. Ni siquiera era una carta. Añadió carbón a la chimenea y se preparó una taza de té. Y. Le resultaba imposible trabajar. Michael estaría seguro. ni el jabón con el que se había lavado las manos. Pero cuando les preguntó a Durban y a la señorita Abercromby sobre aquel aroma tan dulce y tentador. Pero al cabo de una hora no pudo resistirlo más. Observó atentamente el sobre durante unos segundos. Quizá creyera que era preciso renovar su amenaza cada diez años aproximadamente.

La sorpresa lo hizo moverse y tiró el . Se preocupaba por ella a todas horas.hubiera sido más intenso. veía el colegio y los deportes como meros rituales que debía aceptar. Los recuerdos afloraron como si fueran una criatura marina saltando sobre las olas. Una estrecha rendija de luz brilló en la oscuridad del sótano. Bertie. nuevas aficiones que sir Francis quería compartir con él —eran pruebas. una desesperada nostalgia asaltó a Stuart. Encerrados en la casa. Aun así. Cuando le tocó el turno de esconderse. Eso fue todo lo que dijo Bertie durante la media hora larga que se quedó con Stuart. hasta que su hermano se recuperó lo suficiente como para salir de su escondite. y le tendió un pañuelo. Parecía imposible. pero nunca serás uno de los nuestros. pruebas que no podía permitirse fallar si no quería ser vergonzosamente expulsado de su nueva vida. como una espada reluciente que se va oxidando. Bertie y él jugaban al escondite. Se abrió una puerta a la izquierda de Stuart. seguro de sus orígenes. como si la primavera hubiera llegado de repente. nunca hasta que se le ocurrió que Stuart estaba intentando ganarse una porción mayor del amor de su padre. considerándolo retrospectivamente. El creciente orgullo de sir Francis hacia su hermano pequeño e ilegítimo reafirmó aquella intuición. Pero allí. su atractivo era enajenante. sino la rotura definitiva de un vínculo que se había ido debilitado desde hacía tiempo. ¿Qué les había sucedido? «Puede que te hayan reconocido. ¿Podría prepararse ella sola el té y las tostadas? ¿Recordaría dónde había guardado la llave de la puerta? ¿Y por qué no le había enviado noticias para hacerle saber que estaba bien? Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que Bertie trepó al armario. solo en la oscuridad del armario. hasta que ya fue demasiado tarde. nuevos deportes. Pero. todo lo que le pedían que emprendiera —nuevas asignaturas en el colegio. y a la prostituta católica que lo vigilaba después del colegio y que había hecho todo lo posible para convertirlo al catolicismo. Apagó su vela y dejó que el aroma lo embriagara poco a poco. o corriendo varios kilómetros todos los días a través de las treinta mil hectáreas de páramos que pertenecían a la finca. sin conseguir verlo. Su escondrijo resultó ser tan ingenioso que Bertie pasó por allí mismo dos veces. Bertie nunca había comprendido por qué Stuart se pasaba las vacaciones leyendo todos los volúmenes existentes de las CONTROVERSIAE en latín.» Pero aquello no había sido la causa. que su amistad se hubiera mostrado susceptible ante tales malentendidos. Era un día lluvioso. —Yo también echo de menos a mi madre —le había confesado. al propietario del pub que le había enseñado a leer con el MANCHESTER GUARDIAN. que había desaparecido de la faz de la tierra después de despedirse de él el junio anterior. traduciendo al inglés Candide cuando ya existían ediciones inglesas muy válidas. Y extrañaba a su madre. incluso echó un vistazo al interior del armario. mucho tiempo atrás. se había deteriorado de manera gradual e imperceptible. Stuart se ocultó en un hueco particularmente estrecho en el armario de Bertie. se sentó a su lado. habría dominado sus sentidos. Para Stuart. Añoraba a los amigos que había dejado en Ancoats. por el contrario.

ustedes dos? El corazón de Stuart latió bruscamente. era tan dulce como terrible.candelabro que había dejado a su lado. Y comía mejor que nadie en Gran Bretaña. de madame Durant surgió de las tinieblas: —Sí. Las comidas eran obviamente un asunto de gran importancia tanto para Bertie como para su cocinera. —Sí. Stuart sonrió.. Bertie nunca había vuelto a Londres después de que Stuart se quedara con su casa de la ciudad. que resultó ser la de las escaleras de servicio.? —Verity se detuvo. —Creo que sí. La puerta. —Eran los dulces favoritos de Bertie. —¿Le dijo a usted algo así? —No. Stuart había hablado en francés.. Lo asaltó una sensación de vértigo. —¿Era feliz? —¿Bertie? —Su pregunta la sorprendió. ¿Sí? —¿Fueron amigos alguna vez. como siempre. hubo un tiempo en que fuimos amigos. —Cuénteme por qué lo cree. había hecho como si su hermanastro fuera algo que pudiera extirpar por completo de su existencia. —¿Fueron ustedes. un pedazo de su vestido negro. jamás le había hablado a nadie de Bertie. de que hubiera pasado sus últimos años rodeado de las personas y la comida que le gustaban. —Bien —respondió. una reacción más propia de un adolescente que se prepara para una cita secreta que de un respetable hombre de mediana edad que prefiere esbozar proyectos de ley que hacer el amor. —MADELEINES —comentó en el instante en que la puerta estaba a punto de cerrarse. Durante un rato nadie respondió. lo eran. Este se alegró de que su hermano se hubiera acomodado a la vida del campo. Solía referirse a usted como si fuera uno de los jinetes del Apocalipsis. —Reconocer aquello. Entonces la voz. Se preguntó si no habría asustado a una criada hambrienta que se hubiera atrevido a bajar las escaleras heladas en busca de algo de comida. Estaba ligeramente entornada. y el único elemento visible de ella era. —¿Había una nota de malicia en su voz? —Se entretenía escribiendo una historia local y agrandando los jardines. al cabo de tantos años. —¿Qué les ocurrió? —preguntó Verity en voz baja . El hueco de la escalera estaba oscuro excepto por una tenue luz anaranjada. y también sus viudas. —La gente de la zona tenía buen concepto de él: los caballeros lo apreciaban. Se movió para mirar de frente hacia la puerta de la escalera de servicio. en cambio. cuidadosa y queda. Pero pensé que en algún momento debió de haber sentido un gran afecto por usted para guardarle tanto rencor. volvió a cerrarse. Stuart.

aturdido por la revelación de que ella no se quedaría con él en Fairleigh Park. y Bertie solo halló unos cuantos tan pequeños que no merecía la pena molestarse. Debía olvidar todo lo que había visto. oído o aprendido en la calle. Le dio un fuerte abrazo y se marchó. de la repentina y dolorosa conciencia de que la frialdad se había transformado en hostilidad. y el crucifijo que Lydia. Acababa de despedirse de su madre en la elegante casa solariega. daba igual que Stuart no hubiese vivido ni un solo día en la calle y que solo hubiera aprendido en la escuela de beneficencia lo que todo niño inglés debía aprender. —olviden que tú eres el hijo del amo y que ellos son reemplazables. de cómo el cariño se fue asfixiando poco a poco. su silencio acabó con los esfuerzos de su madre por seguir hablándole. que le hacía señas desde una puerta. Finalmente. arrojaron a la basura la cajita que contenía sus posesiones más preciadas: un lápiz que le habían regalado por Navidad. la prostituta católica. ¿Me ayudas a buscar unos cuantos?». No molestar a padre cuando esté leyendo el periódico. Mientras estaba en el baño. más nervioso se había puesto. le había entregado con cariño la noche antes de su partida. La mujer se rió en el hueco de la escalera de servicio. No permitir jamás que los criados —ni siquiera el ama de llaves. su madre se había despedido de él mientras el muchacho permanecía en silencio. Cuanto más había tratado de tranquilizarlo asegurándole que estaría bien allí. de lo difícil que había sido su separación. O. Cuando Stuart se dio media vuelta. Pero después se sentaron sobre un tronco y Bertie le explicó a Stuart todo lo que necesitaba saber para sobrevivir en su nueva vida. Quiero probarlos. Yo no encontré ninguno. le quitaron la ropa que llevaba puesta y la quemaron. —Buscamos caracoles a la mañana siguiente. descubrió a Bertie. . pero sin mucho éxito. —¿Qué le dijo? —Dijo: «Dicen que los franceses comen caracoles. la medalla que había ganado en el colegio por ser el que mejor deletreaba. que vive en la casa desde el principio de los tiempos.Stuart no quería hablar de cómo se fueron distanciando. —¿Sabe qué fue lo primero que me dijo Bertie cuando nos conocimos? — preguntó para no tener que responder. Después lo llevaron al piso superior para lavarlo de arriba abajo. Porque en aquel momento su padre había entrado en la sala y le había dado una severa charla: Stuart iba a ser un caballero a partir de entonces. —¿Lo ayudó? —No enseguida. No decir «patas» delante de Fräulein Eisenmüller. de que no sabía exactamente cómo habían llegado a aquel punto y de que no había sabido cómo actuar para que las cosas volvieran a ser como antes. mejor dicho. No hacer preguntas sobre las mujeres que a veces vienen a casa a altas horas de la noche.

Bertie había sido su tabla de salvación en aquella época. Su silencio lo atrajo hacia el hueco de la escalera. Después. —En una ocasión. Fue pocos meses antes de que llegara la sentencia del Tribunal de Apelación y él me comentó: «Cuando éramos pequeños. Cuando ella volvió a hablar. Stuart sonrió. No debería haber dado a Bertie por supuesto. la olió: una mezcla de mantequilla y harina flotando en la atmósfera inmóvil. entonces. en el sótano. El pasillo se quedó a oscuras. ¿Así que eso era lo que Bertie había estado intentando durante todos aquellos años al ponerle ante las narices un plato exótico tras otro mientras espiaba su reacción con ansiedad? De pronto. Su mano le rozó el torso de un modo extraño. Levantó la cabeza. —¿Ve algo. con nada más que el pijama y la bata. No lo conseguí. No debería haber permitido que nada se interpusiera entre ellos. se había quedado frío. —Ojalá no hubiera esperado a que estuviera muerto para recordarlo. Mucho —confesó. Al cabo de unos segundos. su voz estaba muy próxima. Bertie y yo salimos a merendar al campo. como si llevara el brazo levantado para buscarlo. Su calidez le penetró a través del torso. madame? —preguntó. La mujer no respondió. Ni siquiera con Lizzy su intimidad había ido más allá de los apretones de manos y de besarse en las mejillas. no se había dado cuenta de que. A lo largo de su vida el contacto físico se había limitado a estrechar manos y a ofrecer el brazo a las damas. Pero creo que esto sí le habría gustado». los aldeanos y los hijos de los invitados le guardasen el debido respeto. Compartimos unas magdalenas. a causa de la presuposición por parte de ella de que necesitaba que una sirvienta lo consolara. . no valía la pena intentar explicarse. Le había enseñado cómo debía hablar. algo que Stuart estaba convencido de no merecer. se sintió incómodo a causa de un contacto físico que no había pedido. por tanto. —Sí. y aguantando el abrazo durante más de una fracción de segundo. La tranquila sinceridad de su respuesta lo conmovió de la misma manera que aún lo emocionaba ver a dos niños caminando por la calle cogidos de la mano. mucho. —¿Lo quería usted? —le preguntó a Verity. Stuart tardó un segundo en darse cuenta de que madame Durant había apagado la luz que sostenía.. Ella se acercó a él y lo rodeó con los brazos. La sorpresa lo paralizó. —Yo también lo quería. tanto que a Stuart le erizó la piel. Y no debería haberse empeñado en pensar que Bertie nunca lo entendería y que.. cómo tenía que comportarse en la mesa y cómo hacer que los criados. Las bisagras crujieron ligeramente y. intenté una y otra vez encontrar algo que a Stuart le gustase comer de verdad. notó que las lágrimas le inundaban los ojos. No recordaba la última vez que alguien lo había abrazado con firmeza. ya no le parecía tan terrible. Pero no intentó soltarse.

pero eso era como decir que Helena de Troya no era una buena bordadora. Por favor. Ella no respondió. Su piel no era suave y perfecta. Ella aspiró profundamente y Stuart se dio cuenta de que lo estaba oliendo. tanto que apenas podía decir dónde lo había besado. Lo estaba saboreando. El borde de la cofia lo acarició desde la mandíbula hasta el lóbulo de la oreja. —Gracias. El orgullo le exigía que abandonase el sótano como muestra de su superioridad moral. —¡No! —protestó Stuart. Él tenía toda la culpa. la levantó entre sus brazos y la lanzó lejos. No lo haría. Estaba llorando. Durante el día pensaba en ella con una frecuencia obscena. con las manos apoyadas contra la pared que tenía detrás. no importaba.Y no era baja. Obviamente. No. sus pestañas agitándose contra la comisura de sus . —Lo lamento —dijo. pero ignoraba a cuál de sus dos preguntas respondía. Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. su mandíbula. y sus flecos le acariciaban suavemente la barbilla. su mejilla. Inmediatamente corrió a su lado. Por la noche soñaba con ella sin cesar. —¿A qué huelo? —murmuró. como un arroyo cálido contra sus pulgares. porque permaneció en el mismo lugar donde se encontraba. —Estoy bien —dijo. saboreando la sal y un ligero regusto amargo. —No es culpa suya. lo que significaba que su altura era media para una mujer. —Lo siento mucho. Nuevas lágrimas rodaron por sus mejillas. Y por supuesto que ella sabía que la deseaba: el deseo desprendía su esencia como el matadero despedía la de la sangre. Aquella mujer no habría actuado así si él no lo hubiera deseado. Era ella. —Me voy a casar. Entonces apretó los labios contra su piel y lo besó en el cuello. trataba de capturar el aroma de su piel. se agachó y las besó. Ella se apartó. fue algo más que un beso: un mordisco. Stuart la apartó de sí. Stuart oyó el temblor de un sollozo. Habló con los labios casi pegados a él. y sintió cómo su aliento suave y húmedo le acariciaba. Se le aceleró el pulso. Sus nervios se rebelaron. tenía las mejillas húmedas y frías y trató de secarle las lágrimas. El cuerpo de la mujer chocó con fuerza contra la pared del pasillo. —No llore. Su cofia olía a almidón. —¿Le he hecho daño? ¿Se encuentra bien? Notó que sacudía la cabeza. Stuart no tenía orgullo suficiente. No sucumbiría a ella. angustiada. Le dio otro beso en el cuello. Simplemente. Cogió su rostro entre las manos. su cabeza le llegaba justo debajo de la nariz. —Lo siento —respondió. Todo su cuerpo estalló en llamas. distante y furioso a la vez. pero solo un poco. y él sintió el tacto de su lengua como una llama ardiente. —A un hombre maniático con su higiene que usa jabón francés en el baño. en voz baja. con la respiración entrecortada. no llore. Se le escapó un grito.

aliviar el dolor del deseo que persistía desde el momento en que su crema de chocolate había llegado a sus labios. —Está bien. luego otro. con la respiración ya calmada. su gramática era impecable y conjugaba perfectamente los verbos. Quería levantarle las faldas y tomarse todas las libertades que ella le permitiera. su reputación jamás sobreviviría a algo así. notaba su miembro duro. al menos no los de un hombre como él. acariciar su lengua húmeda y movediza. Quería hundir su boca en la suya. explosivo. impulsivo. aún excitado. en su formal respuesta. No querría entretenerlo —contestó. Stuart imaginó la respiración de aquella mujer como pequeñas bocanadas de vapor. lamer el interior de sus labios. Respiraba con agitación y su aliento olía a pudín de manzanas caliente. pero se abstenían de mencionarlo porque no encontraban ninguna falta en su conducta. quien se marchó primero.. su pelo y su ropa y su piel que conservaba el aroma de las magdalenas. No tenía noticia de que las cocineras francesas provinieran de una clase social más elevada que las inglesas. quizá. Stuart escuchó durante unos minutos sus movimientos silenciosos y resueltos en la cocina. No subió por la escalera de servicio. una joven preciosa que no merecía la desgracia de que su prometido se acostara con la criada siete semanas antes de la boda. Había algo de superioridad. Entonces él. sino que entró en la cocina y cerró la puerta tras ella antes de encender la luz. fantástico. hambriento e impaciente porque sucumbiera a la tentación. los chismosos se harían gestos entre ellos y coincidirían en que solo había sido cuestión de tiempo que revelase su verdadera naturaleza.labios. buscó a tientas en la oscuridad hasta que dio con el comienzo de la escalera que lo conduciría hasta la puerta de paño verde. Quería rozar sus preciosos pezones con los dedos y notar que se endurecían. muchas. Y aunque no estuviera comprometido con Lizzy. a un entorno que no toleraba los errores pasionales. incluso algo señorial. ¿no es así? —comentó. pero ¿enseñar a una francesa a mejorar su francés? Al final.. incendiario. Y él estaba ardiendo. fue ella. Ella inclinó un poco el rostro y los labios de ambos quedaron separados por tan solo unos milímetros. de vuelta a su mundo. Iba a casarse con una joven encantadora con la que había charlado animadamente hacía solo unas horas mientras paseaban por el parque. Lo dejó estupefacto. señor. ¿De dónde habría sacado aquella dicción tan correcta? ¿De Bertie? Podía imaginarse a Bertie ayudándola con el inglés. desde el pasado pluscuamperfecto hasta el futuro anterior. no él. hablaba el francés gutural del sur. asegurándose de evitar cualquier entonación sospechosa en su voz. a pesar de su marcado acento. Nadie había olvidado su origen. lascivo.. Sería sencillo y dulce poseerla allí mismo. Sus pasos resonaron sobre el húmedo suelo de piedra. Con la última pizca de control que le quedaba dio un paso atrás. —Estoy perfectamente. Rápido. a juzgar por su respiración entrecortada y sus temblores de anticipación. para saciar la lujuria que ya duraba demasiado. En el momento en que empezara a confraternizar con indeseables. Nunca antes se había dado cuenta de que. Sexo rápido e impulsivo. ..

pero debía de hacer al menos dos años de la última vez que había asistido a uno. señora Douglas. Dios sabe que la mía es una auténtica pesadilla y. —Debo de haberla interpretado mal. señorita Bessler? Lizzy se sobresaltó. —¿Es usted admiradora del insigne filósofo. Pero sonrió y recibió con amabilidad los parabienes de la señora Douglas. por supuesto —respondió Lizzy. ¿verdad? —Sí. Conversó. Pero iba a convertirse en la mujer de un político y era preferible evitar semejantes escaramuzas en público. mi querida señorita Bessler. estuvo a punto de replicarle Lizzy. —¿Se ha vuelto sencillo de pronto sustituir a los buenos cocineros? —No. señora Douglas —dijo Lizzy con frialdad. aun así. jamás me atrevería a despedirla —rió nerviosamente la señora Douglas. —¡Oh. Después. pero cuando se dio media vuelta vio a Henry entrar en el salón acompañado por su nueva esposa: una joven dulce que parecía sacada de un anuncio de jabón de tocador. exhibió ante todos su anillo de compromiso y bailó todas las piezas. Señaló a Henry con un movimiento de la barbilla.. era una mujer chismosa y entrometida que en cuanto conocía un rumor.. —La veremos en la cena que dará el señor Somerset la semana que viene. rió. no me lo perdería por nada del mundo! Pero. Corría la voz de que había sido un amor a primera vista. la esposa de un subsecretario del Parlamento.. —Lo tendré en cuenta —respondió.. —La señora Douglas miró a su alrededor.CAPÍTULO 14 A Lizzy le encantaban los bailes. —No —dijo. claro que no.. Aquel encontronazo no bastó para poner de mal humor a Lizzy. entre dos bailes. El señor Marsden se había situado a su lado y la observaba. . El de la señora Mortimer era su recompensa: una velada de diversión para despedirse al fin de su larga temporada de soltera apartada del mundo. lo extendía como la pólvora. ¿Fue usted admiradora suya? —insistió Marsden. permítame que le dé un consejo: despida a la cocinera en cuanto se case. —Vaya usted preparada para llevarse una sorpresa. diez días antes de que la dulce joven celebrara su decimoctavo cumpleaños.. A Lizzy no le caía simpática. Y durante la primera hora se lo pasó en grande. Henry se le había declarado un mes después de su primer encuentro y se habían casado al cabo de tres meses. se inclinó hacia ella y comentó en voz baja ocultándose detrás de su abanico: —Pero. Volvió a mirar hacia la feliz pareja. porque el señor Somerset ha heredado una cocinera realmente maravillosa. se acercó a ella la señora Douglas. —Permítame expresarlo mejor. —Pero sin duda sabrá lo que se ha comentado acerca de esa mujer y del hermano del señor Somerset. «Como sin duda sabrá usted lo que se ha dicho acerca de su propio hermano y de cierta institutriz».

Después de todo. dado que no podía aspirar a conquistar al hombre más noble ni al más acaudalado. La joven se había quedado sin habla al oírlo. Vestía de etiqueta. —¿Y cómo debería haber advertido yo semejante buena disposición y reserva de su parte? —inquirió con viveza. Lizzy pensó que Henry le pediría que se casara con él. Cuando su primera mujer falleció de manera inesperada a causa de una neumonía. ahora con atención. Era a él ni más ni menos a quien le había entregado su virginidad. pero nunca había escondido el desapego que sentía por su esposa. la clase de mujer que fascinaba a los hombres por su inteligencia.¿Lo había sido? Le resultaba difícil decirlo. ¿o ni siquiera lo recordaba? Henry le aseguró que sí. . pero tan solo se rió de ella y le dijo que era una más de entre sus amantes y que. Además. y sus facciones resultaban tan perfectas como siempre: un Cupido crecido y dispuesto a causar estragos a su alrededor. y en los círculos de la alta sociedad no se hablaba de otra cosa que de lo romántico que estaba siendo su noviazgo. ¿Quizá porque su vida de joven fracasada en busca de marido se había vuelto insoportablemente tediosa? ¿Tal vez porque intentaba destruirse a sí misma en un acto de feroz nihilismo? ¿O porque. Aún no había conseguido explicarse a sí misma por qué razón había aceptado a Henry Franklin como amante. —¿Cree usted. Ella se consideraba tan intelectual como Henry. que de haber sido una de las admiradoras del señor Franklin se lo contaría precisamente a usted? Él soltó una risita: —¿Sabe que jamás le habría dicho ni una palabra de ello al señor Somerset? Ella se volvió a mirarlo. ¿qué pruebas tenía él de que ella no se hubiera acostado con otros hombres desde entonces? Habría estado bien que aquel fuera el fin de la relación entre ellos dos. que pasaba los días encerrada en casa como una inválida. un hombre que actuaba en público de una forma tan despectiva con su esposa tal vez fuera incapaz de querer a alguien aparte de a sí mismo. Y eso sí que había estado a punto de destruir la escasa confianza en sí misma que aún conservaba Lizzy. con un frac de faldones largos. Pero que no veía por qué tendría él que valorar algo por lo que ella no había mostrado hasta entonces especial consideración. A Lizzy le habían llamado la atención la sinceridad y la brutal inteligencia de Henry. así como su reputación de ser el filósofo más destacado de su generación. una mujer pálida. Tanto la aguda mente de Henry como su voraz apetito sexual palidecían en comparación con su innato desinterés por los demás. de la infinita ternura que mostraba por aquella joven que había conquistado su corazón y del gran cambio que él había experimentado. su virginidad le parecía algo inútil? Henry estaba ya casado cuando se conocieron. Y tal vez fuera cierto que estaba a su mismo nivel intelectual. él solo se casaba con vírgenes. Pero entonces Henry se enamoró profundamente. pero no podía compararse con él en cuanto a dureza o capacidad de manipulación. señor Marsden. débil. aunque se divertía con ella cuando estaba de humor.

me conformaría con un concierto sinfónico. De alguna manera Lizzy se las arregló para no pisarlo cuando comprendió el sentido de las palabras del señor Marsden. Su constitución física le hacía parecer delgado. —Veo que nadie se acerca para sacarla a bailar. Lizzy esperaba que fuese un buen bailarín. esbelto. Contar con un caballero dispuesto a bailar siempre es una baza muy apreciada. —Pero ¿no era usted pobre? —¿Doy esa impresión? Lizzy tuvo que admitir que no era así. —¿Usted? —¿Por qué no? En general se me considera un hombre sensato y digno de confianza. dado que usted me exige discreción absoluta. No es mi preferencia. señor. Pero si ardieran todas las salas de variedades de Inglaterra y yo necesitara música desesperadamente. Pero estando tan cerca. pero entonces Henry miró hacia ellos y Lizzy decidió cambiar su respuesta: —Encantada. Quería dar a entender que era capaz de irse a la cama con una mujer. —Las jovencitas inexpertas tienen mamas menos impresionables que ellas que estarán mejor informadas acerca de su penuria económica. y no me cabe duda de que sería el marido perfecto para alguna jovencita. señorita Bessler. —Y. que lo observaban a él. Los músicos iniciaron un nuevo vals. —No más de lo que usted se merece. Y hasta usted tiene que reconocer que atraigo miradas allí donde voy. aunque veía. Está claro que no tenía forma de saberlo. arrepentido. Él miró a su alrededor. Y aun cuando alguna madre insensata pensara que usted podría ser un buen yerno.. más bien como llevar a un concierto sinfónico a alguien que prefiere un espectáculo de cabaret. un hombre casado resultaría menos sospechoso. El señor Marsden dejó su ponche y la condujo hacia el centro de la pista de baile sin pronunciar palabra. ¿Me concedería este baile? Iba a rechazarlo. Su ropa. ágil y elegante en sus movimientos. señor? —le preguntó Lizzy. . si acaso. Ella no estaba dispuesta a reconocerlo. a algunas jóvenes que los observaban. alrededor de la pista. Lizzy se dio cuenta de que era mucho más fuerte y recio de lo que se habría imaginado nunca. Pero era mejor que bueno. y se llevó a los labios un vaso de ponche. —¿Qué se supone que está haciendo en una reunión pensada para jóvenes inexpertos. —Lo que dice es muy injusto. ¿no? —Compadezco de veras a la joven que elija para gestar el engaño — replicó Lizzy con severidad. pecaba de extravagante. ¿por qué querría usted semejante cosa? ¿No sería algo parecido a que un sordo asistiera a un concierto sinfónico? —No. —Le pido disculpas. era divino. con sus cuerpos enlazados al girar.Sus miradas se cruzaron. Él sonrió levemente.. —Me han invitado.

y no por efecto del baile. trataba de averiguar si podía creer en su sinceridad. —Y usted una mujer cargada de prejuicios. Lizzy lo observaba. Y ella sería para mí la única mujer del mundo: mi corazón. no se me ocurre por qué tendría que quejarse usted. le ofreció su brazo y la acompañó a los alrededores de la pista de baile. Permítame que me disculpe. señorita Bessler? —Le preguntó dedicándole una mirada tan maliciosa como cualquiera de las que ella hubiera dedicado a los más torpes de sus pretendientes. señor Marsden. El señor Marsden la soltó. y lamento mucho haberlo hecho. Jamás pretendí disgustarla de ninguna manera. Lizzy respiró hondo y dejó escapar el aire despacio. Hábito adquirido. —Pero usted y yo no tenemos intención de asistir juntos a conciertos sinfónicos en fecha próxima. —¿De verdad piensa que no hay en todo Londres una hermosa joven madura y sofisticada para la que casarse conmigo sea una oportunidad aceptable? —¿Qué oportunidad se le ofrecería a ella. mientras mantenía una trayectoria perfecta alrededor de la sala de baile. aparte de su escasez de medios y sus incorregibles devaneos? —He asistido a numerosos conciertos sinfónicos a uno y otro lado del Canal.. ya que no tengo ambiciones que me obliguen a pasar seis meses del año encerrado en el palacio de Westminster...! Hacía tiempo que no lo veía. Con valor. señorita Bessler. —¡Marsden. Esta vez sí lo pisó. señor. —Es usted un hombre desesperante. ¿Quién sabe? —Se encogió de hombros. —Se los ha ganado con creces. .. El vals acabó. Hablaba con la mirada clavada en ella y una sonrisa sardónica en el rostro.. —Perdóneme. ignoró aquellas sensaciones. Disponibilidad. ¿verdad. sus disculpas le resultaron todavía más inesperadas que su ofrecimiento de amistad. —¿Y qué será de su afición al cabaret? —¿Qué importancia puede tener un poco de cabaret en un matrimonio lleno de afecto mutuo y de abundantes conciertos sinfónicos? Lizzy comenzó a sentir calor en ciertas zonas que jamás hubieran debido caldearse por él. así que estoy habituado a ellos. pero ese es otro asunto. Confío en que no se ha metido usted en líos. tensa. —Lo último que deseo es vivir con un hombre promiscuo. —Es verdad.—Creo que merezco algo mejor de usted. mi ancla. El corazón de Lizzy se había acelerado. —Y mientras mi esposa se sienta complacida y feliz. mi día y mi noche. —La apartó de la trayectoria de una pareja inepta que daba vueltas por la pista. —La miró directamente a los ojos. —Y ¿a quién le importa? —A mí me importa —dijo ella. que arrasa el tocador de señoras en busca de algo que una mujer es incapaz de darle. Seré un marido atento. —¿Por qué ha asistido usted a tantos conciertos sinfónicos si su inclinación natural es el cabaret? —Por comodidad..

. —El señor Franklin y yo hemos coincidido en varias ocasiones —asintió Lizzy. —¿Y cómo está usted. Echó un vistazo a su alrededor. Pero él se las arreglaba para continuar pareciendo elegante cuando estaba en medio de un baile a cuatro. —Felicidades por su próxima boda —dijo Henry. Lizzy creía que aquel cara a cara con Henry y la Dulce Jovencita la paralizaría por su incomodidad. —¿Conoce usted a la señorita Bessler? —le preguntó el señor Marsden a la Dulce Jovencita. —Me temo.. a la vez que apoyaba la mano en el brazo de Henry. En verdad tenía que haber asistido a muchos conciertos sinfónicos para adquirir aquel grado de destreza en el trato con damas. Henry? —Preguntó Marsden sonriendo con amabilidad. la señora Franklin. que va usted a hacer que Henry se sonroje. todo brazos. La Dulce Jovencita tenía el rostro radiante de satisfacción. sin embargo. —Yo diría que su esbeltez también destacaría en la pista de baile.. señora Franklin? Es más hermosa cada vez que la veo. piernas y pies que no paraban de saltar intentando acompasarse al rápido ritmo. Estoy seguro de que a Henry se le ocurren a diario. señora Franklin? No lo creo. —No. —¡Oh. señor Marsden —protestó gentilmente la Dulce Jovencita.Lizzy se quedó helada. —Ya sé que tiene grandes necesidades. —Es usted de lo que no hay. daba la impresión de haber olido un puré de guisantes podrido. —exclamó la señora Franklin con inocencia. señor Marsden. —Permita que un viejo amigo le dé un buen consejo —añadió Henry. Henry! No me lo habías dicho. Señorita Bessler. Henry. En una polonesa era fácil que un hombre pareciera fuera de sí. señor Franklin —le respondió. —¿Por haber tenido la inteligencia y el buen tino de haberse casado usted. —Gracias. querida —dijo Henry. No había pensado en él desde el instante en que el señor Marsden la había sacado a bailar. Era Henry.Van a tocar una polonesa. señora Franklin —dijo el señor Marsden con toda naturalidad —. . En cambio. —¿Qué tal.. —No caí en la cuenta. volando por la estancia y haciendo girar a la Dulce Jovencita trescientos sesenta grados cada dos segundos. nuevas y originales formas de inmortalizar su belleza.. Pero el señor Marsden no se arrepentía en absoluto de sus palabras. que esta vez se hallaba justo su lado. —estaba admirando la figura de la señorita Bessler en la pista de baile. Se había olvidado de Henry. la mayoría de los jóvenes se habían sumado a la polonesa y habían dejado solo a unas cuantas carabinas enzarzadas en apasionadas conversaciones. se sentía completamente atrapada por la coquetería del señor Marsden. —respondió entre risas la Dulce Jovencita.. —Permítame presentarle a la encantadora señorita Bessler. A Henry tengo entendido que ya lo conoce. Lizzy volvió la cabeza. pero debe desconfiar de los hombres como Marsden. Mis palabras se quedan muy cortas. ¿Le parece que entremos a dar unos pasos? Realmente era un gran bailarín.

Ella no le devolvió la mirada. —Pero Marsden no es de fiar. Lizzy tomó un sorbo de ponche.Lizzy arqueó una ceja. Pero ahora le ruego que me disculpe. cuando ya tenía en la mano un vaso de ponche. Yo aprendí taquigrafía y encontré trabajo como secretario. —Pero no sería una respuesta precisa. Desde la galería se veía todo el salón de baile. Seré muy precavida. Aquello la dejó a la vez horrorizada e intrigada. con volantes en tonos pastel. Cuando llegó a la mesa de los aperitivos. Ella ignoraba que hubieran sido dos los hermanos Marsden repudiados. giraban y se alzaban al compás de la música. consciente de que le había hecho una pregunta mucho más personal de lo que le consentía la relación que les unía. Él hizo una mueca a la vez que decía: . La utilizará y la dejará plantada. señorita Bessler? —le preguntó. —¿Cómo sobrevivió cuando su familia lo repudió? —le preguntó. —¿Quién es Matthew? ¿Su amante? —Mi hermano. —¿Qué hizo exactamente? —Matthew pintaba retratos para los turistas en el Pont Neuf. Incluso enamorado. pero nada más. Tengo muchísima sed. no querría que le partieran de nuevo el corazón —le aseguró Henry con una vehemencia que era más pomposidad inconsciente que auténtica sinceridad. Él aún sigue allí. —¿Le apetecería que diéramos un paseo por la galería. Lizzy tuvo que reprimir un gesto de desdén. —El señor Marsden es el secretario de mi prometido. La joven pensó que eso sería exactamente lo que le diría la sartén a un cazo. —Asistí a un gran número de conciertos sinfónicos con ricas damas parisinas en aquellos años para poder cenar y dormir en una habitación que no estuviera helada. Estábamos juntos en París. —Muy oportuno —dijo Henry. —Se volvió de espaldas a la barandilla. —¿Y ganaban dinero suficiente pintando retratos y tomando dictados? —El necesario para tener un techo sobre nuestras cabezas y comprar pan. Era justo lo que a Lizzy le apetecía. Qué ciega y estúpida había sido con él. Las faldas de las damas. donde ya se había iniciado un MINUET DE LA COUR. Henry seguía siendo el mismo patán egocéntrico. El señor Marsden la miró fijamente. —Muchas gracias. la polonesa había acabado y el señor Marsden ya se encontraba allí sirviéndose un pedazo de tarta helada. —Muy amable de su parte. De camino hacia el bol de ponche varios conocidos la detuvieron para felicitarla por su compromiso. señor. señor Franklin. —Se vendía muy barato —comentó... —Me gustaría decir que con ímpetu y despreocupación —contestó. —Ahora que sé lo que significa estar enamorado.

Ella no pudo contener una risita.. ¿Se había acostado con mujeres sin necesidad de obtener a cambio un lecho caliente y un estómago lleno? —¿Era verdad la historia de los dos hombres que se pelearon por usted? —le preguntó. Y tenía la impresión de que los franceses eran un hatajo de enclenques locos por el queso. Jamás la sometería a usted a eso.. incluida la propia Lizzy. Después sonrió: —Por ese privilegio. señor Marsden.. —Pues no. Pero aquellos dos hombres medían más de metro ochenta de estatura. —Y. Se percibía en él una curiosa fortaleza. renunciaría a toda la música. eran fornidos y violentos. ante docenas de testigos. eran un banquero y un poeta.. Lizzy volvió a sentir calor. una resistencia que no resultaba obvia y que pasaba inadvertida para la mayoría de la gente. —¿O se la inventó para sorprenderme? —Sucedió en París. Pero hice todo lo posible por encontrar mujeres con las que me apeteciera ir a conciertos sinfónicos aun sin el aliciente del vino y el bistec. ninguno de ellos admitiría haber estado allí. —Fue muy duro. aunque no era precisamente de camaradería. podría ser mi acompañante durante la cena. No me avergüenza decir que aquella noche huí y que volvería a escapar si me tropezara hoy con cualquiera de ellos. Estaba aterrado. Él la miró un momento como se mira a un viejo amigo que ha cambiado mucho. . —Se oyó decir Lizzy. —Si no tiene que asistir a algún concierto o cabaret. no albergaba oscuras y peligrosas tensiones. —Pero en realidad no fue entre un Borbón y un Bonaparte. no importa lo que sepa o crea saber acerca de usted. Llevaba en París tan solo unas semanas. Permanecieron durante unos minutos en un silencio que. por supuesto. —He vivido así —afirmó él. ¿le resultó gratificante observarlo? —¿Gratificante? —La miró como si se hubiera vuelto loca. Pero si alguna vez llega a conocer a Matthew. Tenía veinte años. él le proporcionará con sumo gusto una versión muy adornada de lo ocurrido y le dirá que se trató de una batalla regia entre un Borbón y un Bonaparte.—Los mendigos no pueden elegir. El MINUET DE LA COUR concluyó. El señor Marsden se había enfrentado a la peor pesadilla de Lizzy —la pobreza y la marginación —y había sobrevivido para contarlo. hace siete años. ¿verdad? —No. Aquello era demasiado para sus íntimas esperanzas de que Georgette estuviera equivocada respecto a él. Los bailarines se separaron y la pista se vació en un éxodo de suaves risas y complicadas cortesías.

Allí no había la brillante y honorable admiración por un par de bellos ojos y un ingenio despierto. ¡Si hubiera sido tan vanidosa para querer impresionar a los invitados con sus croissants no habría tenido que hacer viajes nocturnos a la cocina para revolver la masa! Pero entonces él le había tomado la cara llorosa entre las manos y había besado sus lágrimas. Podía perdonarse el haber salido de su escondite para abrazarlo. Prefería eso a asistir a la iglesia. desgraciada y a la vez extrañamente feliz. no siempre le resultaba fácil recordar que él la conocía tan solo como la antigua cocinera y amante de Bertie. Beckie y ella se dividían la tarea de cuidar de Marjorie cuando esta no tenía trabajo en la cocina. que debía separarse de él? Cada vez que recordaba cómo la había empujado cerraba los párpados y se mortificaba en el recuerdo. Y ella odiaba tanto aquella sensación como la emocionaba. que. La sentó a comer en la sala del servicio y subió al desván a lavarse la cara y a quitarse el vestido para cepillarlo bien y evitar que oliera a nabos para siempre. cuando bajaba la guardia. se cambió y restregó a conciencia los bajos del vestido que había llevado puesto.. en los meses fríos. distribuía entre los pobres un estofado ligero y pan.. asistiera a la iglesia o no. Cepilló su vestido una vez más. con la máxima gentileza posible.. sus labios habían permanecido tanto tiempo junto a los suyos. Todo era tan imposible que lo poco que aún parecía plausible había resultado mezquino. Era más parecido al amor por la bebida: lleno de culpa. en ocasiones. No la amaba como si fuera el señor Darcy. Pero ¿por qué? ¿por qué había cedido al impulso de saborearlo.. Verity le preparó a Marjorie una tortilla. Recogió sus medias y sus enaguas del respaldo de la silla donde las había tendido para que se secaran y las metió de nuevo en su maleta. Se había llevado consigo a Marjorie. Después reavivó el fuego de la chimenea. Le oía decir que jamás se rebajaría a su altura. hasta casi podía pensar que aún la amaba... lo sacudió y lo colgó en un gancho de la . cuando él ya le había dicho. La situación había tomado un cariz imprevisible y. que pensó que la besaría en cualquier momento. Y siempre se sentía rechazada con la misma inequívoca fuerza. ya podía darse por condenada.CAPÍTULO 15 Verity pasó gran parte de su domingo en el comedor de beneficencia de Euston Road. Sin duda lo hizo con mayor rigor del que se requería. Se sentía confusa. aunque al final se alejó y la dejó completamente sola. Regresaron a casa a media tarde. habitualmente era incapaz de estarse quieta durante las ceremonias religiosas. No creía que a Dios le importara que se las saltara para cocinar para los pobres. Y si le importaba. claro. consciente de que la joven necesitaba algo más consistente que lo que había tomado en el comedor de beneficencia. la hacía vulnerable. Beckie era la responsable de cuidarla en las tardes libres y Verity durante los domingos y días festivos. de sueños rotos y oscuros impulsos. pero la agitación que sentía hacía imposible que lo tratara con más cuidado. de vergüenza. Tanto por las enigmáticas intenciones de Stuart como por lo que ella quería de él.

Hábleme del cabaret. y su maleta estaba abierta y su ropa se estaba secando sobre el respaldo de la silla. más insoportable. Se trataba de un bodegón que representaba un almuerzo. la mayoría de los ayudas de cámara eran incapaces de hacer algo más complicado que el clásico nudo octogonal. No solo por el regalo en sí.. colocado como una ofrenda ante la fotografía de Michael. Al señor Marsden se le cayó la estilográfica. Había entrado en su habitación mientras ella se hallaba en el comedor de beneficencia. Si permitieran que entre ellos surgiera algo hermoso. Deshizo el nudo. El pequeño lienzo estaba repleto de ricos detalles: la luz que destacaba y se reflejaba en una de las alcaparras.» Pero sabía. En lugar de a los papeles. Una fuente con limones. no.» «No lo pienses.. Estaba envuelto en papel de estraza y atado con un cordel marrón. Un obsequio del señor Somerset.. muy inapropiado. .. la larga y elegante espiral de la brillante piel de limón que colgaba del borde de la fuente. ¿O tal vez una disculpa? En cualquier caso. —¿Desea usted sentar a los Arlington junto a alguien en concreto? — preguntó el señor Marsden. Fue entonces cuando vio el paquete que había sobre la desvencijada mesa. Lizzy estaba harta de la distribución de las mesas. Pero el mundo no había cambiado.pared. —Va a casarse. con la misma certeza con que Icaro sabía que había estado condenado al fracaso desde el principio. En esos tiempos. —Necesito un respiro de la colocación de la gente. un salero y. le costaba concentrarse en el tema. la presencia de una aceituna a medio comer que a ella le pareció el resultado del apetito del pintor triunfando sobre su paciencia de artista. sino porque la belleza del cuadro hacía que el corazón de Verity remontara el vuelo. una gran jarra de peltre. sino también por la manera de dárselo. lo acompañaba. Aparecían también un platillo de aceitunas. no podía dejar de mirar a Marsden. retiró el papel y descubrió un óleo que no era más grande que sus dos manos juntas. un cuchillo del que tan solo podía verse el mango de ébano. al lado.. ni tampoco sus respectivos lugares en él. que lucía una corbata de seda azul anudada con un lazo tan perfecto como no lo había visto hacía años. que ignoraría su propio consejo. Sobre una bandeja de plata colocada encima de un arrugado mantel blanco. vasos de cristal de grueso fondo llenos de vino dorado. destacaba una ración de salmón rosado aderezado con alcaparras.. —Siéntelos donde le plazca —respondió imprudentemente. tan primorosamente bruñida que resplandecía como las perlas negras. un poco. como Icaro hacia el cielo. solo serviría para hacer lo inevitable mucho más duro. Más bien. uno entero y otro a medio pelar. No porque la avergonzara que hubiera visto sus enaguas viejas y sus gastadas medias. «No lo pienses —se dijo. Y que ella también se arriesgaría a volar tan cerca del sol como sus alas de cera le permitieran. Deseó que no se lo hubiera regalado.

—Henry Franklin es un idiota de solemnidad —sentenció con firmeza el señor Marsden.. —Ya sabe a qué me refiero —insistió Lizzy. como a su prima favorita o como a una sobrina por la que siente un gran afecto. Finalmente. El corazón le dio un brinco hasta casi chocar contra su paladar. estúpida. Lizzy lo miró con desconfianza. Y. . El señor Marsden ajustó el capuchón de su estilográfica. el hombre le dijo: —Quiero que me hable usted de su experiencia con los conciertos sinfónicos. He decidido que tengo la esperanza de que sí le gustaran. —Es una forma divertida de pasar una velada. —¿Por qué? —Porque arriesgó su reputación. —«Molestar» no es la palabra que yo emplearía. Necesitaré algún aliciente para hablar sobre el tema. admitiendo al final sus culpas. —¿Qué aliciente? —preguntó. El señor Marsden la miró a los ojos. Fue casi como si la hubiera llamado «cariño». —Pero confieso que ahora el recuerdo de aquellas veladas me hace daño. por supuesto. el aire que rodeaba a Lizzy se espesó. —El cabaret es una actividad penada en este país. Nadie la había llamado nunca «estúpida». El señor Marsden conocía de memoria la genealogía y los títulos que le correspondían a todos los invitados. La joven sonrió al oírlo. Así que al menos debería haberlos disfrutado. Era. —Bueno. una reacción muy infantil y nada sofisticada por su parte sentirse tan identificada con semejante descalificación hacia Henry. —¿Cuál usaría. —¿Qué diría usted si le contestara que sí? —Eso mismo me estaba preguntando. —¿Cómo dice? —preguntó. —Conciertos sinfónicos. que ni siquiera pudo protestar. Pero qué sentimiento tan maravilloso era aquel. dudando si no estaría flirteando un poco con él. El señor Marsden ladeó la cabeza. ¿Le gustaron? Lizzy arrastró el Debrett's sobre la mesa y lo abrió por una página al azar.La recogió y secó las gotitas de tinta que habían salpicado el plan de distribución de asientos.. Pero él lo había hecho con tanta ternura y resignación. ¿los disfrutó? —Pensaba que sí —dijo Lizzy. —¿Aún le molesta que vaya a casarme con el señor Somerset? —le preguntó. entonces? —El señor Somerset la ve como a una jovencita encantadora. No habían tenido necesidad de utilizarlo. —Me alegro de que no se casara con él. Él le dedicó una sonrisa tan brillante como una candileja.

. Mientras él esté ocupado trabajando por la mejora de la comunidad. el precio que debía pagar para mantener una falsa apariencia de perfección? —Da la impresión de que usted ha pensado más en mi matrimonio que yo misma.. —¿Por qué? —Lizzy confió en que no le temblara la voz y en conseguir ocultar su desbordante curiosidad. está dispuesto a ser muy indulgente con usted. Pero a todos nos convendría tener a nuestro lado a una persona que nos advierta de cuando en cuando que lo que hacemos está mal. —¿Porque es usted un estudioso de la naturaleza humana? —preguntó esforzándose en aparentar frivolidad. A Lizzy le pareció oír ruido de artillería a lo lejos. y sobre el que se echó tierra. Bajo el nombre del conde. y tampoco creo que usted lo haga con él. —Tal vez sea así —asintió el señor Marsden. —Se quedó callado. —En aquella ocasión en París. usted será libre de hacer lo que quiera. —Pero. demasiado resuelta a que él nunca escuche de sus labios una palabra desagradable o una opinión contraria.. Lizzy se fijó de inmediato en el nombre del cuarto de ellos: no era William. acerca del señor Marsden. —murmuró. Se trataba de una edición algo anticuada. Marsden empujó hacia ella el Debrett's.. El señor Somerset no actuará así con usted. Estaba abierto por la página que correspondía al conde de Wyden. ¿Sí? —Jamás he estado en un cabaret. Me marché de casa porque estaba en . —¿Recuerda la pregunta que me ha hecho acerca del cabaret? —le preguntó sin mirarla directamente a la cara. madame Belleau confiaba en seducirme con la visión de un número en el que intervenían dos mujeres: si todo salía según sus planes. Los únicos espectáculos musicales que me han interesado en toda mi vida han sido los conciertos sinfónicos. Lizzy sintió de nuevo que el corazón se le subía a la garganta. —¿Y eso le parece terrible? —Tal vez no. el cuarto hijo del difunto lord Wyden?» Georgette había respondido correctamente. « ¿Recuerdas el escándalo que se montó. Sus palabras sorprendieron a Lizzy.. yo soy el mediano. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo había percibido el nerviosismo que había caracterizado últimamente sus conversaciones con Stuart. se listaban los de sus cinco hijos. pero era tan solo la lenta explosión de las palabras del señor Marsden en sus tímpanos. le está demasiado agradecida.. Pero la pregunta de Lizzy estaba mal planteada. yo me uniría a ustedes.. El señor Marsden atrajo el Debrett's hacia sí y comenzó a pasar páginas como si buscara algo en concreto. anterior a la muerte del séptimo conde. —Él es el cuarto.como tal. —Porque. —Está pensando en mi hermano Matthew —le aclaró el señor Marsden..

más de una docena de veces desde que estoy a su servicio —explicó la señora Abercromby con orgullo contenido. Lizzy se moría de vergüenza al pensar en cómo había tratado de intimidarlo con culpas que no le correspondían. La joven no dijo nada. y menos aún que su relación con ellos fuera tan estrecha. Pero al mirar a . Y. «Su señoría lady Sarah. Lizzy lo vio marchar.. El mundo era un pañuelo. Entonces. sí. mientras aún sentía la quemazón de aquel beso. —¿Va a venir a cenar una duquesa? —preguntó con un hilo de voz. —¿Por qué? —¿No lo sabe aún? —dijo él poniéndose en pie también. —¿Y ha soportado semejante torpeza por mi parte para que recelara menos de usted? Él esbozó una sonrisa de cansancio. se acercó a Lizzy y le dio un beso justo debajo de la oreja. Ya le digo. Sin embargo. El señor visita con regularidad la casa de los Arlington. Ha sido huésped de Lyndhurst Hall. un lugar íntimo e inapropiado. Estuvo a punto de ordenarles a las chicas que se quedaran en casa a trabajar.. la servidumbre prefería a la vieja élite que. —Así es. —¿Por qué no me lo dijo usted antes? La primera vez que sacó a relucir el tema.contra de la decisión de mi padre de desheredar a Matthew. en general. El recogió sus cosas. trataba a sus criados con mayor liberalidad que la suspicaz y tacaña clase media. madame Durant. magnates riquísimos.» A Verity se le nubló la vista. Entre los invitados que se habían sentado a la mesa de Bertie se contaban genios literarios de la época. Ahora lo era diez veces más. ¿no? —preguntó. —Oh. —Pensé que tal vez desconfiaría menos de mí si creía que solo me gustaba el cabaret. e incluso un ex presidente de la Troisième République. que era demasiado joven e ingenuo para sobrevivir por su cuenta. ya sabe. Sería como cocinar para una estatua de piedra de la diosa Hera. No la asustaba cocinar para miembros destacados de la sociedad. Pero la idea de cocinar para la duquesa viuda de Arlington la hacía temblar. estaba demasiado agitada para permanecer en su asiento. por ejemplo. Hizo que todo el mundo se pusiera a la tarea. el señor está avanzando mucho en la sociedad. la mansión de los Arlington en el campo. Estaba tan concentrada en ella que hasta se enojó cuando se dio cuenta de que la tarde de descanso semanal del servicio era el día anterior a la cena. Puede que por aquel entonces la clase media sintiera cierto desdén hacia la aristocracia. Habría sido embarazoso entonces. Pero Verity no tenía ni idea de que el señor Somerset conociera a los Arlington. —Pero lo cierto es que esta será la primera vez que su señoría venga a cenar aquí. duquesa viuda de Arlington. Lizzy se puso en pie.

unos pantalones de rayas y un bastón de paseo. Y entonces oyó cómo abrían y cerraban la puerta principal en el piso de arriba. de forma inútil. Daría forma a la pasta de azúcar que había elaborado el día anterior con los moldes que le habían llegado aquella mañana de Fairleigh Park. El señor Somerset había vuelto a casa. En realidad.su alrededor se percató de que la mayoría de las cosas que podían prepararse con antelación estaban ya a punto y de que las chicas esperaban con ansiedad que concluyera el almuerzo para que empezara su tarde de libertad. Había imaginado que la encontraría en la bañera porque él necesitaba que estuviera en ella. esa tarea se repartía entre varias personas. El cuarto de baño estaba oscuro y vacío. Todo había sido en vano. El agua llegó. Sola en la cocina. Él mismo había encendido la lámpara porque la oscuridad y la ausencia de vapor en la estancia no habían bastado para convencerlo de que ella no estaba. No supo por qué. Había llevado consigo todo el día una foto de Lizzy para que le sirviera de recordatorio.. pero alargó el brazo y abrió los grifos. pero el paté había salido de maravilla. cuando había permanecido despierto hasta el alba convencido de que Cenicienta reaparecería.. Se había advertido a sí mismo con severidad que si volvía a casa cuando no hubiera nadie más que ella haría algo de lo que después se arrepentiría. Había vuelto a casa a la hora más peligrosa y se había dirigido directamente al cuarto de baño. Se había reprendido falsamente. Del coche emergieron unos zapatos negros de caballero. Normalmente. No solía levantar la vista al oír cascos de caballos. Lo dejó a un lado para que se enfriara y miró su reloj: pasaba un minuto de las cinco de la tarde... de modo que no se sentía del todo infeliz. que se relevaban en turnos de una media hora. con velos de vapor enroscándose alrededor de su cuerpo. esperándolo. En absoluto. Las dejó marchar. Había dejado el despacho a las dos de la tarde y había ido a la piscina y al gimnasio. El hombre desapareció de su vista. pero solo halló en él una bañera vacía que brillaba con frialdad a la luz de la lámpara de gas. Le había atribuido a aquella mujer su propia hambre y ansiedad. Al cabo de las tres horas casi no notaba los brazos. no recordaba sentirse tan decepcionado desde el primer aniversario de aquella noche. pero para entonces ya no le quedaba más remedio que seguir sola. en un intento de sustituir la concupiscencia por el agotamiento físico. Stuart acababa de librarse de cometer una locura. Pronto se vio forzada a recordar por qué se hacía así.. Las tuberías temblaron y se quejaron. al principio como un reguero y . Y ahora tenía que enfrentarse al fraude en que se había convertido. que debía hervir durante tres horas sin parar de removerse.. elaboró su paté: una mezcla de pechuga de ganso y carne de cerdo picada muy fina. Porque su ausencia no lo había aliviado. tal vez porque no era capaz de soportar la imagen de aquella bañera vacía. El vehículo partió. Tenía la esperanza de encontrársela dentro de su bañera. pero sí lo hizo cuando un carruaje se detuvo frente al 26 de Cambury Lane.

Era una equivocación y ambos lo sabían. Tenía que verla. era como si se encontraran desnudos en su dormitorio.» Se ruborizó. pues no habría podido concentrarse en ninguna tarea culinaria que requiriera delicadeza. madame. También aceptaría encontrarse con él desnuda en su habitación. Las tuberías habían hecho exactamente los mismos ruidos la semana anterior mientras ella llenaba la bañera. Se mostraba tan imprudente como ella la otra noche cuando lo besó en el cuello consiguiendo que la lanzara contra la pared del pasillo. Verity no pudo sentirse lo suficientemente ofendida por su invitación como para rechazarla. No había nada que él pudiera desear que ella no ansiara también. ¿no era esa la receta tradicional para los hombres excesivamente fogosos? Pero el agua desprendía vapor. se giró y vio que la luz del montaplatos estaba encendida. Dobló la nota y la metió en el bolsillo interior de su chaleco. Acudía a la cita. Estaba en casa. Cerró el molde. ¿Para qué querría él el montaplatos? Lo mandó hacia arriba y volvió con una nota: «Su baño la espera. Después la guardaría bajo llave en el cajón de su escritorio. Bajo la nota había un trozo de tela negra. pero entonces vio su respuesta garabateada a lápiz: Merci. Agradecía que se tratara de una tarea mecánica. La vería. Recordó la luz de la cocina que había visto. dos pisos más arriba. tan caliente como se imaginaba que debían de ser las partes del cuerpo de su cocinera que deseaba acariciar. Necesitaba verla. no con las tuberías gimiendo y la caldera del cuarto que había al final del pasillo emitiendo ásperos sonidos metálicos. En el comedor. Cuando la cogió resultó ser un suave antifaz que le taparía la cara desde las cejas hasta el labio superior. Verity extendió la pasta de azúcar en el interior del molde. y otra muy diferente orquestar un encuentro a propósito.después como un gran chorro que sacudió aún más las tuberías. Una cosa era tropezar el uno con el otro por casualidad. Puso el tapón en el desagüe y observó cómo se llenaba la bañera. Por más que lo intentó. junto con las otras notas que . Debería utilizar agua fría. Al principio Stuart creyó que le había devuelto su nota como rechazo. y ella lo aceptaba. Aquello no era propio de él. Si él le preparaba un baño. Hundió en ella las yemas de los dedos y la notó caliente. Je viens. escribió una respuesta a su nota y se la envió. Lo necesitaban arriba. el montaplatos produjo un ruido metálico al encajar a su nivel. Buscó el grueso lápiz que siempre llevaba en el bolsillo. cercana y accesible.

que había existido una mujer así y que.ella le había dirigido. cada lágrima. Era solo para tener la certeza de que aquello había ocurrido de verdad. . se acordaba perfectamente de cada palabra. él había sido aquel hombre. con ella. cada contacto. No era que necesitara algo para recordarla.

Silencio absoluto. con una decisión que sin duda revelaba su amoralidad. Entró en la estancia con una palmatoria en la mano. madame.. Apagó luego la lámpara de gas adosada a la pared. —Yo no he renunciado a mi sensatez —respondió ella. Era de él. Un caballero nunca se preocuparía de lo que pensarían sus criados si encontraran su palmatoria tirada en el suelo del sótano y con la vela rota. desde que habían llegado de Fairleigh Park. y ella la había recogido y ocultado cuidadosamente. —Pues tendré que fiarme de usted. El cuarto de baño estaba en la penumbra. En la palmatoria no quedaba más que el final de la vela con un trocito de mecha casi desprendido. y se dio cuenta de que aquella era la primera vez que lo veía. Verity captó en sus ojos su resuelta vitalidad y el destello inconfundible del deseo. Lo cual no era completamente falso. Y después: —Entrez. dejó la palmatoria sobre la cajonera. —¿Podré verla algún día a la luz del día? —le preguntó en un tono de voz demasiado serio para estar de broma. un poco melancólico. Había ido a su habitación. Se volvió hacia él. Su propia sombra se alargaba significativamente. Se la había dejado en el sótano la otra noche. señor? —contraatacó. se había . Verity agachó la cabeza. Cuando se había mirado en el espejo. Dándole la espalda. estaba tenso y ajustado a sus facciones. corazón. en su interior. «Tranquilízate. Tuvo que resistir el impulso de quitarse el antifaz. su baño la espera —dijo Stuart. con buena o mala luz. había empleado el agua con la que estaba a punto de preparar el té para lavarse con una esponja y. Estaba sentado en la silla de respaldo ovalado. Pero cuando se echó hacia atrás para mirarla.CAPÍTULO 16 Llamó a la puerta del baño. Un arco de fuego iluminaba las curvas de la bañera y. se había visto muy elegante. Había olvidado lo apuesto que era. Me he dejado la mía en el despacho. era bastante seguro. Verity tragó saliva. su cabello negro y sus iris oscuros. después. —Bien. Quizá en Fairleigh Park. como un hombre que tras una larga noche de fiesta aún no quiere regresar a casa. sin más preliminares. No estaba segura de que la luz fuera tan tenue como ella necesitaba que fuese. con el cuerpo erguido y las manos enlazadas bajo la barbilla. —¿Y qué interés podría tener verme a plena luz. como si en cualquier momento pudiera desenvainar una espada y ejecutar con ella un gallardo movimiento al estilo de Los tres mosqueteros. solo a medias. El cuarto de baño era pequeño y estaban muy cerca el uno del otro.. Se le notaba algo cansado.» —Habla usted como si aún considerara sensato estar aquí —le dijo. y demasiado nostálgico para ser completamente serio. el agua reflejaba un resplandor similar al de una puesta de sol.

de un hombre que no quería tocarla. Hundió un dedo en el agua: estaba caliente. una decepción: no era el intrépido amante que ella recordaba. La risa desapareció entonces de sus ojos. —Eso es porque hace tiempo que no se acuesta con una mujer de diecinueve años. sino un hombre dominado.. Tragó saliva de nuevo. —No es tan mayor. abrió la bata y la dejó caer. pero. sin osadía o picardía suficientes para mirarlo.. —Permítame que le vea la cara. Una vez que tuvo los dos pies dentro de la bañera. —Sin duda sabe cómo hacer que una mujer de mediana edad se sienta atractiva. Quizá no lo haya hecho nunca.. besarla o casarse con ella. —No —se negó Verity.. Se había dado cuenta de que el hombre que tenía en su corazón no era tanto Stuart Somerset como una imagen ideal que ella había inventado y reinventado a lo largo de los años. —¿Cuántos años tiene? —preguntó Stuart tras unos segundos. su sexo.puesto tan solo su bata. Pero ahora. Verity reprimió el brinco que le dio el corazón y volvió la cara hacia él. como le gustaba. —¿Le importa que fume? —le preguntó. apoyó las manos en el borde de la bañera. por los convencionalismos sociales. pero el daño —para ella —ya era irreparable. —En efecto. —Tiene un cuerpo precioso. una contracción. Estaba de perfil. el daño estaba hecho: se estaba enamorando de este hombre. —Pero ya no soy joven. No sabía qué había ocurrido con exactitud.. su corazón sufrió un vuelco extraño. y esclavizado. se sentó y fijó su mirada en la pared. un giro. El verdadero Stuart Somerset era un misterio para ella y. Se apresuró a mirar hacia otro lado. Verity se inclinó hacia delante. sus nalgas. mientras lo miraba fijamente. en más de una ocasión. hace tiempo que no lo hago. . Durante unos momentos. —Me abruma. Una leve sonrisa relajó la tensa expresión de Verity. un bello error. —murmuró Stuart. Una mirada de agridulce deseo se adueñó de él. su descaro lo sorprendió. pero enorme y omnipresente en cualquier caso. levantó un pie y lo metió en el agua.. en efecto. Algunas veces se preguntaba si no se sentiría aún atraída hacia él por el simple hecho de que no podía aceptar que su amor y su fidelidad habían sido un error. Ella sacudió la cabeza. Stuart emitió una sonora exhalación que reverberó en la húmeda atmósfera. Cerró las manos en torno a ella. una fractura. —Treinta y tres. pero era plenamente consciente de que aun así Stuart veía todo su cuerpo: sus pechos. pero luego rió suavemente.

. alzó la vista hacia él y dejó que fuera la coqueta que llevaba dentro quien le respondiera. señor. compré un billete de tren. —Tiene que entender. era un gastrónomo muy crítico en cuanto a su comida. y una ayudante de cocina que me traería el desayuno por la mañana. —No. Golpeó el cigarrillo contra el borde de la palmatoria. Pensé que era un tiquismiquis insoportable.. Bertie estaba convencido de que. Hizo una larga lista de mis defectos como cocinera. Él me recomendó para ese trabajo en Fairleigh Park. Aquel hombre había estado demasiado tiempo lejos de Ancoats. Ah. pero quería el trabajo. Él lo captó al instante: —¿No fue en París? Ya daba igual. me presenté en Fairleigh Park y le insistí en que me diera una oportunidad. a pesar de la atmósfera cargada y de los reflejos de la luz de la vela en el agua. hasta que la marquesa de Londonderry se lo birló. Stuart asintió. un sueldo mucho más elevado. —¿De veras? —preguntó Stuart sonriendo. Verity dobló las rodillas y las rodeó con los brazos. Estaba muy cerca de la bañera y probablemente podía ver la mayor parte de su cuerpo. Tendría habitación propia. podía seguir con la verdad: —No. aunque las mujeres podían ser buenas cocineras para una granja. —¿Y no pudo rechazarla después? —Sospecho que podría haberme rechazado. monsieur Algernon David. Apoyó el mentón sobre una rodilla. la había pillado. le cocinaría una comida y si después de probarla me rechazaba. solo los hombres podían penetrar en el templo de la alta cocina. Sus ojos se cruzaron con los de ella. utilizándola como cenicero. —¿Y cómo empezó a trabajar para Bertie? —Monsieur David había trabajado para Bertie durante unos años. —¿Dónde aprendió a cocinar así? —En casa del marqués de Londonderry —respondió. me marcharía. al menos así era como lo contaba el propio Bertie.. Finalmente. —¿Y Bertie la contrató por esa recomendación? —No. a las órdenes de un gran pero poco conocido chef. —Y sin embargo se enfureció conmigo cuando creyó que yo había desdeñado su comida. y yo la habría aceptado contentísima. Enseguida se dio cuenta de que había sido un error. —¿Lamentó haber tenido que recurrir a la humildad para conseguirlo? Verity se echó a reír. que convertirme en la cocinera de una casa como Fairleigh Park suponía para mí dar un gran paso en la vida. pero yo fui humilde y le dije que valoraba mucho sus opiniones. en la cocina de Londonderry. Bertie podría haber hecho una lista de mis defectos dos veces más larga.. A la mayoría de los cocineros franceses no les hace ninguna gracia que un inglés les diga cómo han de cocinar.Stuart se puso en pie y encendió su cigarrillo con la vela.. El señor Somerset exhaló una nube de humo. El reaccionó con una sonrisa tan cómplice como resignada.

si ya ha decidido que no puede. Vous étes fou. carnoso y grueso. Cuando sonreía como en aquel momento. —Está usted loco. Verity estaba excitada. Ella levantó la mano y. —¿Quiere que me vaya? —preguntó Verity bajando la vista. En los ojos de Stuart se leía un deseo de proporciones bíblicas. Apagó el cigarrillo y dio un paso más hacia la bañera. entonces? —le preguntó en voz baja. —Sí. —Me siento tentado a ordenarle que lo haga. exhibiéndome. los ojos de Verity brillaban tenuemente. —¡No! La fuerza con que pronunció su negativa los sobresaltó a ambos. —Estoy haciendo un gran esfuerzo para no meterme con usted en la bañera. —¿Por qué no lo hace. A pesar de eso. Sus miradas se cruzaron de nuevo. —Tengo una idea mejor —dijo Stuart casi sin darse cuenta. Le ruego que no me lo ponga más difícil. —Señor. —¿Para qué me ha hecho sentarme aquí. Pero su tono burlón no la abandonaba. me gusta torturarme. fueron aquellas. Verity tenía las mejillas tan encendidas que se habría podido tostar pan en ellas. madame. esta tarde he pasado tres horas removiendo sin cesar un montón de paté. con los brazos cansados o no. señor. se alisó el cabello. Haga lo que hizo el otro día. con los dedos goteando agua. Stuart rió sin ganas.—Parece. —Si lo supiera. Era realmente hermosa. habría puesto fin a esto hace mucho tiempo. Deseaba postrarse ante la bañera. que no debe. madame. un poco —asintió Stuart. —¿Me dejará probar? —Ya sabe que no le negaría nada —respondió ella desviando la mirada. hacer nada conmigo? —No lo sé —respondió Stuart. Apenas puedo levantar los brazos. —Tortúreme un poco más. Apartó la vista de ella y volvió a mirarla momentos después. Stuart cerró en un puño la mano que sostenía el cigarrillo y estuvo a punto de aplastarlo. Pero en vez de hacer eso. La sonrisa desapareció del rostro de Verity. La sombra de Stuart se proyectaba sobre ella. cogerle el rostro entre las manos y besarla incluso con el antifaz.. —Permítame que sea yo quien se lo haga.. —Por si aún no lo sabe. se volvió y buscó una toalla en los cajones. Si alguna vez existieron unas palabras que hicieron que Stuart cayera de rodillas. muy excitada. haga lo que haga. . Sus ojos centelleaban como la obsidiana. con matices cambiantes como los de las escamas de un dragón. Stuart podía ver la encantadora curvatura de su labio inferior. que está usted destinado a provocar una respuesta apasionada por mi parte.

—Quítese el antifaz. Aprenderse el calor de su mejilla y el pulso de su sien. El mismo se sentía acalorado. Stuart oyó el roce de las mangas al rozar su pelo y el de sus dedos deshaciendo el nudo que sujetaba el antifaz. Stuart no replicó. Comenzó a explorar sus rasgos con los dedos. como había visto hacer a Durbin innumerables veces. el agua resbalaba por su cuerpo. —Solo en mis sueños —respondió él. —Da la impresión de saber exactamente lo que está haciendo. Lo había comprado el mismo día que el óleo. como si fuera territorio virgen y él un apasionado cartógrafo. Antes de que se cubriera con la bata. Grabar en su mente la topografía de su rostro: el trazo de una ceja. —¿Para qué? —murmuró Verity. como el brillo de la luna sobre un riachuelo.. La bata era demasiado oscura para poder distinguir su color exacto en la penumbra del baño. . pero no lo hizo. Se envolvió en la toalla. Era de un material que emitía reflejos oscuros. no tenía cintura de avispa. —Acérquese. La obligó a girarse agarrándola por los hombros y le rodeó el rostro con las manos. Su cuerpo era tan hermoso como el de la Venus de Cabanel: pechos delicados. Después había recobrado la sensatez y se había jurado a sí mismo que lo tiraría.. Verity apretó con firmeza el cinturón de la bata. Stuart vio fugazmente su espalda y sus nalgas perfectas.Abrió una y se la tendió. la suavidad de un lóbulo. —¿Tiene frío? —le preguntó. él fue a buscar su bata y se la tendió.. la plenitud levemente agrietada de su labio inferior. No. Siéntese sobre mí. Apagó la vela de un soplo. pero sí unos hombros delicados y un cuello elegante. Verity dejó escapar un lento suspiro. —Béseme —susurró Verity. Verity se dio la vuelta y dejó caer la toalla. Aun así. —Salga. El cuarto de baño era pequeño y el radiador grande. Solo quería fijar en su memoria la textura de su piel. con defectos y todo. Verity sacudió la cabeza. —No va a poder verme. Entonces. Stuart no podía apartar la mirada de sus pezones. pues estaba completamente vestido. se sonrojó. Un profundo silencio siguió a sus descaradas palabras.Ya punto había estado de entregarle las dos cosas juntas. —No necesito verla —explicó. Mientras se secaba. erectos y del tono más erótico del rosa apagado. Ella se levantó despacio. Verity se inclinó para salir de la bañera. ombligo perfecto y unas caderas tan voluptuosas que hacían que se le nublara la vista. Stuart tanteó el camino hasta la silla y se sentó en ella. Y no existía una sola cosa que Stuart no fuera capaz de hacer por ella.. ¿Lo ha hecho antes? El separó los pies.

La acarició cuidadosamente donde la sentía más húmeda. se apretaba contra él. La oyó moverse en la oscuridad. Verity colocó su mano sobre la de él y guió sus dedos. —No la tocaré en ningún otro sitio —le dijo. no pediría nada para sí. Ella suspiró. una fricción asombrosamente exquisita contra su erección. Aquello era demasiado para él. Ella respondió separando los muslos. Se reclinó y apoyó la cabeza en el hombro de Stuart. había hecho un pacto con su conciencia. Stuart apretó los dientes al sentir que la espalda de Verity. y ella. volvió la cara hacia Stuart y comenzó a besarlo en el cuello: besos húmedos y hambrientos que lo hicieron ponerse aún más duro. Lo soltó de inmediato. Ella obedeció. Stuart respiraba con dificultad. Aquel punto de su cuerpo también estaba húmedo. E imaginado una y otra vez. Stuart estuvo a . —Más fuerte —le pidió Verity. Mientras buscaba a tientas la silla. Cerró los ojos. E imaginado. y aquel sonido abrasó los oídos de Stuart. Stuart sintió su agitación bajo las yemas de sus dedos.—No. ¡Más fuerte! Stuart obedeció. —Enséñeme lo que tengo que hacer —le dijo. arriba. sedoso. Se sentía en el infierno. No diga ni una palabra más. Verity emitió un sonido débil y ahogado. —Cállese. salvo por su cadera derecha que rozaba la rodilla de Stuart. Buscó con los dedos unos rizos suaves. O tal vez se lo suplicó. «Me encantaría que lo hiciera. Pero lo he imaginado. Gritó. La presión de sus dientes hizo el orgasmo de Verity aún más violento. No. La sensación del roce de su cabello sobre su mandíbula y su mejilla fue casi más de lo que Stuart podía resistir. Las caderas de Verity se arquearon para acompañar los movimientos de su mano. todavía húmedos. La tocaría solo para darle placer. —Échese hacia atrás hasta apoyarse sobre mí. sin que le importara nada en el mundo. abajo. La mano libre de Verity se aferró a su antebrazo. duro y necesitado de alivio. Era tan suave. —Me encantaría que lo hiciera —replicó ella.. Deslizó el índice y el corazón por la hinchada y adorable carne. El corazón de Stuart estaba desbocado. Tan increíblemente excitante. No era tanto una promesa para Verity como un recordatorio para sí mismo. apenas vestida. casi sin tocarlo. Estaba muy excitado. Se sentía en el paraíso. no para obtenerlo. la mujer tocó con la mano el antebrazo de Stuart. pero no por el baño. —O perdería la cabeza. —Hágalo con más fuerza. Su mano descendió más aún. La desesperación dominaba su voz —No me lo hará. Estaba excitado.. No. liso. Le abrió la bata. Le dio la espalda y se sentó en el borde de la silla. abajo. entre las piernas de él. Agachó la cabeza y la mordió en un hombro. jadeaba y gemía en la oreja de Stuart.» No había nada que se lo impidiera. Arriba.. como el de un ladrón sorprendido en pleno robo. —No quiero hacerle daño —replicó Stuart. Todos los músculos de Verity se tensaron..

con avidez. Había formas de retenerla y seguir siendo fiel a Lizzy. Por haber amado a Bertie. nunca podrían tener . antiguos y nuevos. dejar que se fuera. las mejillas de Verity estaban empapadas en lágrimas. Él le rodeó la cintura con los brazos. y algunas partes del cuerpo de Stuart volvieron a responder al deseo. Fue asombroso que no eyaculara al oír aquellas palabras. le explicó. el consuelo y todo lo que emanaba de él. Cuando Verity se marchó —la señora Abercromby.. por supuesto. Por las magdalenas.. —Te quiero —dijo ella. —¿Por qué no? —Porque sería un error. —Por los recuerdos. ni podía. Ha sido. no tardaría en volver para ocuparse de los preparativos de la cena del día siguiente. Gracias a usted —la corrigió. Levantó el brazo y rodeó con él el cuello de Stuart. y se sintió demasiado débil y demasiado feliz para resistirse. Cuando por fin se separaron. Por. Por el calor. Verity lo besó solemnemente. —Te he querido siempre.. —No.. —¿Mayor que lo que acabamos de hacer? —No ha sido un error. podría sobrevivir sin ello. —No haga eso. siempre que pudiera abrazarla de vez en cuando. como si fuera un amante que regresara al fin de una larga. —Déjeme que le devuelva el favor —digo ella con gravedad. Se arrimó aún más a él. sobrecogedor. —Sublime.. —Gracias —dijo Verity. Ella suspiró. insistente y dolorosa necesidad que ella solía despertar en él. Pero solo consiguió repetir: — No ha sido un error. y tan intenso que monopolizaría sus sueños durante años.. —¿Por qué? Por el abrazo sin palabras. porque no quería. —No. Por mucho que deseara hacerle el amor. como si ella lo hubiera estado esperando hasta ver consumida su juventud y encanecidos sus cabellos. Por el placer. al sentir lástima de sí mismo. No era bastante. Su aliento era dulce. En su situación. Los temblores de Verity cesaron y la crisis que Stuart había estado a punto de sufrir se desvaneció en la habitual. Ella se dio la vuelta entre los brazos de Stuart. con profundidad. supuso Stuart. Verity lo besó de nuevo en el cuello. Stuart se sorprendió cuando se dio cuenta de que él también lloraba. su mejilla contra la mandíbula de Stuart. de una larguísima guerra. De repente sus labios se posaron sobre los de él. más dulce que las manzanas. — Stuart permaneció largo tiempo a oscuras en el baño pensando en ella.punto de echarse a llorar al contemplar la belleza de aquel éxtasis.

. solo pedacitos y sobras. Pero renunciar a ella por completo le parecía impensable.bastante. La mantendría cerca mientras ella se lo permitiera. encuentros robados de intenso placer y terrible angustia. Vivirían como los habitantes de un clima lluvioso: pasarían la inmensa mayoría de sus días bajo un cielo encapotado y aprovecharía al máximo las raras ocasiones en que saliera el sol.

Pero en realidad Somerset no tenía la menor idea de lo que habían dicho. Lizzy respondió con una observación ingeniosa acerca de la reciente proliferación de anfitrionas populares en la capital.CAPÍTULO 17 Las esperanzas de Stuart murieron de súbito veinticuatro horas después cuando un mayordomo acompañó a su prometida hasta su salón. La amaba. querida —le aseguró. —¿Los prohibirás? Eso sí que me convertirá sin discusión en la anfitriona más popular de Londres —dijo Lizzy acentuando todavía más su sonrisa. No lo hagas. La había acariciado y besado y la había abrazado como si fuera un mendigo y madame Durant su última y reluciente moneda... para Stuart todo era irreal. Para un . La había traicionado. Dentro de los límites del cuarto de baño. de una forma que solo comprendía a medias porque era una emoción demasiado poderosa. Mientras tanto. la señora Godfrey. sin sospechar que sus horas juntos estaban a punto de terminar. —No era mi intención. Sus invitados llegaron justo después de los Bessler. Aquello fue un ácido corrosivo sobre la conciencia de Stuart. le había resultado fácil engañarse. mientras su corazón se hundía irremediablemente. peor incluso que si hubieran fornicado. hacían circular bandejas con copas de jerez amontillado y vermut. los prohibiré —respondió Stuart. la mujer a la que amaba trabajaba como una esclava en el sótano. Pero ahora no se enfrentaba a las simplistas costumbres sexuales de su época. No importaba que no hubiera obtenido ni fuera a obtener placer alguno de madame Durant. como si hubiera ido a parar en mitad de una compleja obra de teatro y tuviera que actuar en consonancia. cuyos cocineros invadían la cocina de Stuart durante un día y cuyos elegantes lacayos también contratados ya estaban trabajando. Y esa era su verdadera traición.» Pero no tenía elección. pensar que lo que había hecho y lo que deseaba hacer estaba más allá del juicio de los simplistas hábitos sexuales de la época. mucho peor que las caricias furtivas en la oscuridad. Cuando seas primer ministro harás algo para evitar los atascos. charlando entre ellos animadamente. Su corazón se debatía y suplicaba como el de un hombre acusado injustamente. ni siquiera en sus momentos de soledad. —Siento llegar tarde —dijo al darle un breve apretón de manos. ¿verdad? Lizzy le dedicó una sonrisa que realzó su juventud y la elegancia del vestido de noche de color verde oscuro que llevaba puesto. «No lo hagas. La habitual colección de caballeros con frac y de mujeres enjoyadas ocupaba su salón. Pero esa noche. sino a la confianza que veía en los ojos de Lizzy. pues lo que Stuart dijo a continuación provocó una carcajada risueña en la joven. Debió de oírla y entenderla bien. Solía contratar a una mujer muy capaz. —Haré cualquier cosa para convertirte en la mejor anfitriona de Londres. No había otra palabra para calificar lo que había hecho. Stuart ofrecía cenas a menudo. —Por supuesto. demasiado primitiva para un hombre civilizado.

Stuart. Stuart ofreció el brazo a la duquesa viuda y todos se dirigieron al comedor. pero aquello era una declaración sobre sí misma: su reputación. próxima a la cabecera de la mesa. Como diputado del señor Gladstone. Durbin anunció que la cena estaba lista. Venus de Milo. Una cena como las que solía preparar a diario para Bertie habría sido más que suficiente para asombrar a sus invitados. más que nada. Los caballeros aguardaron a que las damas ocuparan sus asientos. el actual duque. pero esa noche no se utilizaron. con la mano izquierda apoyada sobre la cornamenta de un joven ciervo y la derecha tendida hacia su aljaba. Stuart tenía centros de mesa. por su parte. Stuart había visto muchas mesas lujosamente decoradas en su vida. En cambio. que imitaba de manera prodigiosa las cualidades del mármol. Pretendía satisfacer la curiosidad que la duquesa viuda había demostrado acerca de madame Durant. Esta permaneció inmóvil. y ya no tendría la oportunidad de hacerlo. Tan solo contaba el deber. pero así y todo triunfante. el amor carecía de importancia. rota y mutilada. Cuando finalmente se sentó a la derecha de Stuart. Victoria de Samotracia. su sensualidad. este creyó oír un . Entre ellas se habían colocado reproducciones de estatuas clásicas: Artemisa Cazadora alerta y segura de sí misma. Pero jamás se había encontrado ante ninguna que le supusiera un desafío. Stuart sabía que el menú era la interpretación que ella hacía de la cena más famosa de la historia reciente: la que habían compartido en 1867 el zar Alejandro II. jarrones y candelabros. La mayoría le habían resultado ostentosas y exageradas. La llegada de la duquesa viuda de Arlington y su hijo. Lizzy no dio muestras de incomodidad al dar la bienvenida a los Arlington. no se movía en sus mismos círculos. En ocasiones asistía a las reuniones políticas que estos celebraban en sus casas de campo. su fachada de normalidad se vendría abajo. A la hora prevista. salvo tal vez la de los Arlington. Verity había preparado un banquete que pretendía deslumbrar. Invitar a los Arlington había sido. Stuart se había sorprendido bastante de que aceptaran. Inmediatamente comenzaron a oírse palabras de admiración. deseó no haber invitado a la aguda duquesa. el futuro zar Alejandro III. Las clamas esperaron a que lo hiciera la duquesa viuda. bella y sensual. pese a que la duquesa viuda le había dicho en una ocasión que no intentara pescar a su hijo como marido.hombre de su posición. un capricho por su parte. provocó un revuelo. Stuart tenía tratos con algunos de los nobles que ocupaban sus escaños en la Cámara de los Lores. Pero a nivel estrictamente social. tan solo había reconocido en unas pocas el sello de un auténtico artista. contemplando las reproducciones realizadas con pasta de azúcar. el deber por encima de todo. Cierto que era francesa y que su decoración estaba basada en algunas de las piezas más conocidas del Louvre. Si decía una sola palabra sobre Verity. lo que pretendía lograr esa noche escapaba a la experiencia de la mayoría de ellos. No le había preguntado a quién creía que tenía que impresionar así. el deber y nada más. su intrepidez. A lo largo del centro de la mesa se habían dispuesto varios pares de columnas corintias. y el rey de Prusia en el Café Anglais también conocida como la «Cena de los tres emperadores».

Pero ¿quién le habría hecho caso? Para sus invitados los únicos riesgos de aquellos platos eran la indigestión y los kilos de más.susurro. El silencio que se imponía era de asombro y adoración a un tiempo. sentada en el extremo opuesto de la mesa. —No. El POTAGE IMPÉRATRICE era un espeso consomé. pero los sabores de aquellas sopas eran los más intensos y seductores que había probado nunca. El silencio de sus invitados fue la única y pequeña compensación de la velada. una crema de guisantes. la duquesa viuda comía con recato. Madame Durant se había superado a sí misma. no sobre capas de helado. lentas y aturdidas. La conversación se detenía cada vez que aparecía en la mesa un nuevo plato. Lo dejaron sin habla. —¿Cómo ha dicho. Stuart creyó que tenía lágrimas en . se reanudó tímidamente la conversación. La cena comenzó con POTAGE IMPÉRATRICE y POTAGE FONTANGES. casi sin capacidad de razonamiento. debido a la época del año. nada. Lo único que le dejaron fue una pena ardiente. El POTAGE FONTANGES. Se ahogaron exclamaciones de sorpresa cuando se sirvió Paté Chaud. las demás damas abandonaron sus asientos. de castañas y MOUSSE de chocolate. Lizzy. Permaneció en su sitio con la mirada fija en su plato vacío. sino de crema de vainilla. Cuando terminaron con la BOMBE GLACÉE. la experiencia era demasiado extraña.. Hablaron del tiempo y del aumento del tráfico en los caminos. Hacia el final del plato.. la buena educación y el control de los comensales apenas consiguieron evitar que se lanzaran de cabeza a por sus postres. Durante unos instantes de desconcierto. señora? —le preguntó Stuart. Nadie hablaba de la comida. La última en seguir a Lizzy fue la duquesa viuda. Para cuando llegó a la mesa la variación de la BOMBE GLACÉE ideada por madame Durant. demasiado enervante para un puñado de excelentes y sólidos hombres y mujeres ingleses cuya atención nunca había estado centrada en una simple comida. por describirlo sencillamente. Stuart pensó que tal vez debería haber incluido una nota de advertencia en las invitaciones: «Cuidado con la comida». brutal y un deseo tenaz de que aquello no terminara así. Incluso el helado para limpiar el paladar entre plato y plato gozó de la atención unánime y solemne de todos los invitados. servida. Una por una. Stuart ignoraba cómo lo había hecho. pero se interrumpió del todo cuando las primeras cucharadas alcanzaron los desprevenidos paladares. sin hacer ruido. de forma rápida y cruel. A su lado. con una expresión en la cara que estaba a medio camino entre el dolor y el éxtasis. La duquesa viuda sacudió la cabeza. La conversación se convirtió en un murmullo sostenido cuando se sirvieron las sopas. se puso en pie. Pero las expresiones de asombro de los invitados al probarlo daban a entender que en realidad habían bebido de la Fuente de la Juventud.. —No ha cambiado en absoluto. Stuart solo pudo mantener la compostura gracias a la práctica de toda una vida.

claro —murmuró Lizzy. —Le dije eso para que pudiera entenderlo. —No. y no va a hacerlo con mi difunto marido —replicó la duquesa viuda. cuando su marido aún vivía. En la sala. pensó que tal vez la duquesa se animaría si le pedía su opinión. señorita Bessler. La duquesa no era una mujer charlatana. —Me imagino que yo habría hecho lo mismo si hubiera sido su madre — admitió. y no alguien que lo considere solo un medio para alcanzar sus aspiraciones. Finalmente. Así era. —Eso espero —dijo Lizzy sin saber si acababan de elogiarla o de insultarla. madame. —No. creo que no. La duquesa la había tratado con una helada majestad que había enfurecido a Lizzy.. Lizzy no podía alegar nada en su defensa. erguida y regia. Puesto que había recibido incontables consejos espontáneos con respecto a su vida matrimonial de mujeres que apenas la conocían. madame. Aquello halagó a la joven a pesar del respeto y el miedo que sentía hacia la gran dama. como había visto a Tin: como a un muchacho bueno y maleable. —Pronto seré una mujer casada. —Aún cree que me negué a que mi hijo se casara con usted porque su padre no tenía ningún título nobiliario. ¿verdad? Era la primera vez que la duquesa expresaba algún tipo de interés por Lizzy. —Eso fue lo que usted me dijo. —No la he felicitado por su futura boda. El es un hombre amable y dulce. En realidad prohibí ese enlace porque no sentía suficiente amor por mi hijo. Lizzy tuvo que encargarse de atender a la duquesa viuda. o tal vez precisamente por ello. en efecto. En cierta ocasión había intentado congraciarse con la duquesa.los ojos. Me encantaría que me aconsejara acerca del tema del matrimonio y los maridos —le dijo.. La duquesa viuda sonrió. —No veo cómo mi experiencia podría resultarle útil. —Es usted la que se casa. abandonó la mesa. A los pocos minutos. —Puesto que aceptó usted la proposición de matrimonio del señor Somerset antes de que falleciera su hermano y le dejara Fairleigh Park. Pero entonces la duquesa viuda se fijó en ella unos instantes. deduzco que por fin se ha vuelto lo suficientemente sensata como para valorar a un buen hombre por lo que es. Decir que no tuvo éxito sería como afirmar que las aguas del Támesis bajaban algo turbias. también ella se levantó y. Y como tal. mientras esperaban a que los caballeros se reunieran con ellas. . Lizzy ya había agotado su limitada capacidad para los monólogos. humillándola e impresionándola a un tiempo. se merece una esposa que lo ame. el camino perfecto para alcanzar sus metas. señora.

sus obras benéficas. Tengo entendido que eran amigos desde hacía tiempo. Con Lizzy le resultaba fácil. —Señor Somerset —dijo la duquesa viuda. Pero de pronto la duquesa dijo: —Jamás he conocido a nadie que cocine así. como hombre reservado que era. ¿no? ¿Qué provocó el cambio? Su pregunta casi irritó a Stuart. ¿tendrá usted la amabilidad de decirle a sir Randolph Beresford que venga? Stuart intentaba evitar tanto a Lizzy como a la duquesa viuda. Lizzy deseó que hubiera continuado con aquellas excepciones tras su recuperación. —La verdad. que su prometido no le respondería con tanta franqueza como para decirle que su compromiso se debía a que ella lo había abrumado con constantes invitaciones a cenar y con su casi continua presencia en el palacio de Westminster a la hora del té. ya que su conciencia estaba aletargada. su prometido se acercó a ellas. sus nietos.La puerta de la sala se abrió. Creía que su breve conversación había sido suficiente para ambos. conversaciones intrascendentes. Tras un instante de obvia vacilación. sintió pánico. —no pensaba que fuera el tipo de hombre que se dirige a las damas por medio de cumplidos y flores. Pero la duquesa viuda no lo miraba a él. —Y no lo soy. Pero se equivocaba. Aquella dama no solía participar. —El señor Somerset me enviaba un precioso ramo de flores todos los meses. sus sonrisas eran escasas y huecas. La duquesa viuda la hacía reaccionar así. puesto que el anfitrión y la anfitriona no solían conversar entre ellos. y mucho menos iniciar. Creo que ninguno de ustedes dos me ha contado cómo decidieron casarse. Tenía la mirada fija en la . por supuesto. Pero mientras Stuart estuvo sentado a su lado le habló sobre sus planes para las Navidades. Albergaba esperanzas de que ocurriera lo mismo con la duquesa viuda. añoraba cómo la animaban y la sensación de camaradería que le aportaban. —Estuve enferma durante una larga temporada —explicó Lizzy. Le proporcionó miles de datos insignificantes. La duquesa volvió a reclamar su presencia al cabo de un rato. señor Somerset. Se quedó helado. demasiado atónito para recuperar la compostura. Se sintió como si alguien lo hubiera arrojado por la borda mientras dormía. en general. Fueron la única nota alegre durante una época espantosa por lo demás. Stuart le dedicó una mirada atónita. Pero un hombre debe hacer excepciones ante una mujer excepcional —respondió. Ella supuso que. Lizzy sabía. Pero. aun así. Echaba de menos las flores. Habían llegado los caballeros. —Y ahora. —estaba a punto de ofrecerle a la señorita Bessler mi felicitación. —Encantador —comentó la duquesa viuda con frialdad. prefería que los detalles de su vida privada no se comentaran en público. El regreso de su atención fue brusco y terrorífico. señor Somerset —dijo la duquesa viuda. Stuart tema la sensación de haber tomado demasiado láudano.

Él le devolvió . Fallecieron juntos en un naufragio. a los que no han sobrevivido. Siempre sentí adoración por ella. —Tengo que marcharme. Su institutriz y ella viajaban en otro barco.. Lizzy pensaba que todo había salido bien. —Lo siento mucho —dijo Stuart. —¿Sabe usted. hermosa e inteligente. Representaba la cabeza de un dragón.. Con qué fuerza me ha hecho recordar los peores y los mejores momentos de mi vida. Concluyó su frase con una deslumbrante y burlona sonrisa.empuñadura tallada de su bastón de paseo.. pero solo uno les sobrevivió. El noveno duque y su esposa habían muerto hacía mucho tiempo. —Ha sido una velada que no olvidaré. el noveno duque.» —Creo que yo sentí lo mismo la primera vez que cocinó para mí — confesó. una niña. Mientras vivieron. La voz estuvo a punto de quebrársele en aquel momento. señor Somerset —dijo levantándose. —No digas nada. que la querían tanto como nosotros. No puede dejar sin palabras a los comensales con cada plato. El día en que conocí al difunto duque. Stuart nunca la había oído hablar de temas tan personales. como si no hubiera comido ni bebido nada más que aire y agua hasta hoy. Quiero que mi mesa sea tan conocida por su conversación como por su comida.. «No digas nada —se advirtió a sí mismo Stuart. —Tuvieron tres hijos. ¿Acaso la vida no era más que una continua pérdida con tan solo ciertos momentos de insensata felicidad que mantenían vivas las esperanzas y hacían los días soportables? En otro impulso nada habitual en ella. Y mi marido admiraba muchísimo a su hermano. estuvo casado con mi hermana? Stuart sacudió la cabeza. —Pero la perdimos cuando tenía dieciséis años. señor Somerset. el nacimiento de mis hijos. Mi marido y yo nos convertimos en sus tutores y la criamos como a uno más de nuestros hijos. Y estaba realmente apenado. La duquesa viuda pasó el pulgar por la empuñadura de ébano de su bastón. Aún hoy continúa destrozándome. pues la dama lo miró y le dedicó una sonrisa irónica ante su expresión. La voz se le quebró claramente al pronunciar aquellas palabras. la duquesa viuda apoyó su mano enguantada sobre la de él y se la apretó. —Pero tienes que hablar con la cocinera. el día de su funeral. y eso nos destrozó. fueron la pareja más atractiva y apuesta de la alta sociedad. —Ella era mucho más joven que yo. —Ha sido. que el hermano mayor de mi difunto esposo. —Me ha hecho recordar. y así se lo hizo saber a Stuart una vez que el salón se quedó vacío.. Su asombro le resultó muy útil..

—No insistas en eso. se apartó de él. no necesitamos esa clase de detalles superfluos. La tarjeta que acompañaba al primer ramo decía: «Del despacho del señor Stuart Somerset». ¿Te gustan las rosas? En Fairleigh Park tenemos algunas variedades muy interesantes. No había negado que los regalos llegaran de su parte. —Es tarde. No había habido ni una sola rosa entre todas las flores que le había enviado a lo largo de los diecisiete meses que estuvo convaleciente. —Porque me conoce demasiado bien. Le había hecho llegar una caja con libros sobre filosofía (había presumido ante él de su nueva inclinación filosófica durante su aventura con Henry). Estamos a punto de casarnos. para pensar que se las enviaría a una señorita antes de decidirme a pedir su mano —respondió Stuart. Y había tomado la decisión de casarse con él basándose en buena medida en aquella suposición.una sonrisa exhausta. —Has olvidado decirme si te gustan las rosas —le recordó Stuart con afectada cortesía. —No estoy seguro de que la duquesa se lo creyera. él aceptaba amablemente su gratitud. Porque se los había enviado. apoyando su mejilla contra la solapa del frac. —Se lo diré a madame Durant. —¿Para creerse que me enviabas flores? —Para creerse que enviaría flores en general y. tenían la misma procedencia. ya que te gustan tanto. Ella se acercó a Stuart y lo abrazó. tan afectada que parecía que estuviera representando un papel sobre un escenario. A Lizzy se le cayó el alma a los pies. ¿Qué era lo que le quería dar a entender? —¿Por qué no iba a creérselo? —preguntó. El padre de Lizzy había ido al cuarto de baño. —Pero me encargaré de enviártelas de aquí en adelante. En el despacho trabajaban otras personas: tres pasantes y el señor Marsden. Todos sus regalos habían sido elegidos para que nadie pudiera malinterpretarlos viniendo de un caballero con el que la joven mantenía una larga amistad. tónicos contra la falta de apetito y el cansancio (la mayoría de los cuales seguían en un aparador sin abrir) y las partituras de algunas de las últimas canciones francesas que había adquirido durante un viaje a París. —Tendré que recordar que te enviaba flores —comentó con la voz hueca. así que supuso que todos los demás. Debería irme. partiendo de esa base. «Creo que merezco algo mejor de usted. . El corazón de Lizzy dio un brinco. —¿Por qué dejaste de enviarme flores? —murmuró. que no incluían tarjeta pero venían de la misma floristería. Al oír los pasos de su padre en el pasillo.» Pero cuando le agradecía a Stuart todo lo que le enviaba. estaban solos en el salón. Pero ella había creído que le enviaba flores.

. Recordó el vigor y la tensión de su cuerpo cuando se abrazaron en el sótano y cuando la acarició el día anterior. —Ah. no debemos abusar de nuestro anfitrión. de espaldas a ella. —LA LAMIERE. Pero ¿qué podía haber deseado con tanta urgencia como para enviar al señor Durbin a llamarla a aquellas horas? —Adelante. Ya no. Siempre se ajustaba a las reglas de cortesía más estrictas en presencia del padre de Lizzy. No se arrepentía. y la extendió sobre sus mejillas. con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones oscuros de etiqueta. Tan solo se detuvo cuando recordó que ya se había aplicado una capa igual horas antes. Las cortinas estaban abiertas. pero aquella noche su saludo simbolizó la distancia que los separaba. Entró en el estudio. —Me quedaré junto a la ventana y no me volveré —le prometió Stuart. El recuerdo del placer que le había proporcionado produjo una sacudida ardiente en su abdomen.. —No sería apropiado —objetó el señor Somerset. se repetía mentalmente. y que aún no estaba preparada para mostrarle su rostro al señor Somerset. No creía que la hubiera llamado solo para charlar. Ni la señora Abercromby ni el señor Durbin se habían acostado todavía y cualquiera de ellos podía pasar por el estudio para ver si el señor necesitaba algo antes de que se retiraran. —¿Por qué no se casó con Bertie? La pregunta surgió de un lugar impreciso y la desorientó. Dio las gracias al señor Durbin y se quitó el camisón para ponerse un vestido limpio que no oliera demasiado a comida. Así que fingió no haberlo oído. Él se hallaba de pie en mangas de camisa. Ocultó su pelo bajo un sombrero. pensó Verity. ancho de hombros y flexible como un látigo. . Debemos darnos prisa. Pero Lizzy ya se estaba preparando para marcharse. una distancia casi infranqueable creada por todo aquello que la joven no se atrevía. Era un hombre de más de metro ochenta de estatura. El corazón le latía con fuerza cuando llamó a la puerta de su estudio. «Me acarició». Stuart la miró con extrañeza.—Pero acabas de decirme que querías flores.. Pero las cosas ya eran bastante complicadas entre ellos. Verity se sorprendió cuando le comunicaron que el señor Somerset quería verla. no podía o no quería decirle al hombre con quien se había comprometido para toda la vida.. Y menos de él. MONSIEUR —le recordó. «Quizá debería hacerlo». Abrió un tarro de crema facial que había preparado con cera de abejas y esperma de ballena. porque era verdad. Estrechó la mano del padre de la joven y se despidió de esta con una correctísima inclinación de cabeza. ya estás aquí. papá. Y quizá ella no debería haberle dicho que lo amaba tan precipitadamente.

Verity entrelazó las manos delante de ella. soy yo quien debería dárselas a usted. La duquesa no tenía defectos ni debilidades. Pero aquel momento pasó y él siguió allí clavado. Mis invitados se quedaron mudos de asombro. así que ella lo rompió. —Yo. Sus hijos eran modelos de comportamiento. Verity sonrió satisfecha. Mi desayuno de trabajo fue como la seda gracias a sus CROISSANTS. y luego detrás. De hecho.. . —¿Es verdad. Verity tragó saliva. —Pues. finalmente se secó las sudorosas palmas en el vestido. —Tengo entendido que él estuvo a punto de hacerlo. —Y la cena de esta noche. sin decir palabra. —Bertie jamás quiso casarse conmigo.. Se puso tensa. señor. aunque nunca había sido una belleza. Daba miedo lo fácil que le resultaba olvidarse de que el señor Somerset estaba comprometido con otra. Me sorprende mucho que la duquesa sepa que existo. Es exquisito. así es. ¿fue igualmente bien? Oyó una risa suave. Se sintió más osada. —Quería darle las gracias por el cuadro. ya que decidió viajar a Lyndhurst Hall. —No —respondió. Stuart respiró hondo y dijo: —Le he pedido que viniera porque quería que supiera que he invitado a Michael Robbins a venir a Londres. Cenaremos en casa. —¿Y quién le dijo semejante cosa. ha ido muy bien. que Bertie quiso casarse con usted? Verity suponía que Bertie se lo había planteado seriamente.. Como ella. tenía la esbeltez y la fiereza de un halcón. el mundo parecía empezar y acabar en ellos. la señorita Bessler pide que en adelante no los deje usted tan atónitos. —Gracias. señor? —La duquesa viuda de Arlington —respondió Stuart. Y no es una persona que se dedique a hablar de lo que no sabe —apuntó Stuart. sin decírselo a ella. y menos aún sabiendo que la alta sociedad y su hermano se burlarían de él. —No. El silencio se prolongaba demasiado. señor. Verity se dio cuenta de que Stuart admiraba a la duquesa viuda. Jamás he conseguido tanto en tan poco tiempo como en esa reunión.. Tras una pausa confusa. Por supuesto que sí. La sonrisa de Verity se desvaneció. un buen golpe para su hermano. De buena gana se habría casado con lady Vera Drake.. Le gusta que sus cenas estén aderezadas con un poco de conversación inteligente.—Los caballeros no se casan con sus cocineras. Por un instante pensó que Stuart iba a volverse. —Veré qué puedo hacer —respondió con cautela. El corazón de Verity se calmó. Llegará el sábado a tiempo para cenar. —Sí. se habría emparentado con los Arlington. que no tenía ninguna posibilidad de unirse a una familia de ese nivel. señor. —Ha estado aquí esta noche. No se le habría ocurrido contraer matrimonio con su cocinera.. Cuando estaban solos. Su marido la adoraba. Y. entonces.

Michael no le había hablado de aquel encuentro. Una alegría casi insoportable la traspasó. —Tiene una fotografía de él a su habitación. allí estaba. Verity se fijó enseguida en las manos entrelazadas de los chicos. —Pero sí. —¿Michael va a venir? —Se quedará un par de días. por mí? —En la carta que le escribí le decía que estoy pensando en asumir las funciones que ejercía mi difunto hermano respecto a él y que me gustaría conocerlo mejor —explicó Stuart. ofrecerle todo lo que podía darle. él quería aferrarse a su esperanza y llevarla también en su corazón. Necesitaba hacer lo que Verity le pedía. aun así. Había empezado a llover.. los dos acudimos al funeral de Bertie. delante de sus propios ojos. Pero espero que haya dejado libre su puesto antes de que termine el año. —Puede tomarse el tiempo que necesite para llevarse sus pertenencias de Fairleigh Park. la habían sustituido por otra foto antigua. El ímpetu de la esperanza de Verity fue como un cuchillo que se clavaba en el pecho de Stuart. —Se lo agradezco mucho —respondió ella atónita. Desearía poner el mundo a sus pies.. Le costó un rato darse cuenta de que los niños de la fotografía no eran otros que los hermanos Somerset. —Nos conocimos en Fairleigh Park. Le dio la espalda por miedo a hacer alguna estupidez irremediable. Después de lo que había pasado con Bertie. . «Vuélvete —quería decirle.—¿Michael? —repitió ella asombrada. —Comprendo —dijo Verity. ¿cómo podía seguir siendo tan ingenua. sí. En la estantería que tenía delante fue donde aquella noche encontró la fotografía de los hermanos Somerset. —¿Por qué no lo hace. Stuart veía en los cristales su propio reflejo distorsionado por el agua. tan inconmovible e irresponsablemente optimista? Y. —¿Lo ha invitado usted. Pero ya no estaba allí.. —No sabía que lo conociera. entonces? —le dijo. El corazón de Verity se desbocó. —Michael se marchará el domingo a primera hora de la tarde. Espero que disfrute de su visita. un gesto de confianza y solidaridad que el paso del tiempo había intensificado. —Desearía hacer más por usted. quiero decir. Pasó un carruaje. Si alguna vez había buscado una señal de perdón y renovación. —Hace mucho tiempo que nadie se toma tantas molestias por mi causa. Las gotas trazaban reflejos de un ocre monótono y fugaz en la luz de una lejana farola. En ella aparecían dos niños que miraban a la cámara solemnemente. —Date la vuelta. Había esperanza para ellos. no difuminado.» Pero fue ella quien no pudo resistir la intensidad de sus emociones. La lluvia formaba regueros sobre la capa de polvo que las ventanas habían acumulado durante todo el día. Usted abandonará Londres el lunes por la mañana —le dijo. más o menos. —Poner el mundo a mis pies. el cochero trataba de protegerse bajo su abrigo. La había. lo hice por usted..

«Recuérdalo bien.. —dijo Verity con la voz apagada. Él se volvió. por favor. Stuart sacudió la cabeza: —No. No le haré daño para satisfacer mis deseos. Pero.. los hombros caídos y el cuello tan delicado. que apenas pudo resistir la tentación de estrecharla entre sus brazos. —Permítame ayudarla. —Lo está. Haré. como si no saliera de ella... ¿lo toleraría? —Si yo fuera la señorita Bessler. Me ocuparé de que tenga oportunidades de progresar cuando acabe la universidad. —La señorita Bessler y yo nos hemos comprometido. y no puedo romper ese compromiso sin graves consecuencias. Se obligó a sí mismo a continuar: —Sé que le han pedido que se ocupe del banquete de bodas y la tarta nupcial. gracias —dijo con tranquilidad. por la que tanto había luchado.El silencio lo quemaba. . —No podía defenderse de las acusaciones de su propia conciencia. No hizo nada sin contar con mi consentimiento. —Asumiré la educación de Michael bajo mi responsabilidad. —No será necesario. —Tomó una larga bocanada de aire.. Lo único que lamento es que. El engaño ha sido cosa de los dos. somos amigos desde hace mucho tiempo. —¡Lo siento. Verity no dijo nada. Y eso está mal. Stuart suspiró. estoy enamorado de usted. —No está mal. Era ella la que perdía su trabajo. Tenía él corazón atado. —No.. Si usted fuera la señorita Bessler. Stuart. preferiría tener un marido que no estuviera enamorado de otra. Parecía tan menuda. Verity! —Yo también lo siento —afirmó. Pero ella le daba la espalda y agarraba con fuerza la fotografía en la que aparecían Bertie y él. —Adiós.. Después soltó la foto y se secó las lágrimas con la mano. El amor es así.» Aquello era lo que ocurría cuando satisfacía un capricho a costa de los demás. no lamento nada. con la cabeza inclinada. encadenado. —Lo lamento. Y usted lo sabe. su hogar y la proximidad de su hijo. Me disculparé en su nombre ante la señorita Bessler. —Está enfadado conmigo. Stuart seguía mirando la lluvia sin verla. aparte de eso. —No me debe nada. Y esto es lo que le sucede a una cocinera que tiene demasiadas aspiraciones. —No..

con tal de olvidar de nuevo. El agua rompió a hervir. de pie ante su puerta. Aquella era. Había salido. Verity se dijo a sí misma que era una hermosa presentación. lo que fuese. pero su actitud había sido impredecible durante aquellos días. Cualquier otro día habría acertado. Después levantó el paño que cubría la bandeja para ocuparse de la presentación. «El amor es así. Le gustaría saber cómo iba a reaccionar. juiciosas palabras. Confiaba en que Michael llegara pronto. Pero no aquel. Pero era la señora Abercromby. han salido. El joven comentó que deseaba ver Londres de noche. Atizó el fuego de la chimenea y puso a calentar la tetera. el dolor era tan grande que buscaba cualquier excusa para volver a la cocina y preparar algo. aunque solo fuera durante unos minutos. sin tiempo para decirse que debía permanecer serena y aguardar dentro.» Valientes. suponía. Verity se preparó una taza de té. El siguiente piso contenía barquillos bañados de chocolate y pastelitos de nata. Aquel día se había mantenido ocupada en la cocina porque solo allí era capaz de poner la mente en blanco y concentrarse en la tarea que tenía ante sí. Y cuando se acordaba. Y en el último. Michael había salido. o se echaría a llorar sobre su servilleta de té. Ya había hecho su equipaje. Se plantó de inmediato en la puerta. la mejor forma de darle la noticia a Michael. El primer piso de la bandeja estaba lleno de rectángulos de milhojas y de pequeñas tartaletas de avellana. en lugar de las habituales magdalenas. Pero ella le había preparado sus . después de terminar de preparar la cena. serenas. Oyó pasos en el pasillo. Se preguntó si Michael lo entendería como un esfuerzo por su parte para ocupar de nuevo un lugar en su corazón a través de la comida. Y esto es lo que le sucede a una cocinera que tiene demasiadas aspiraciones.CAPÍTULO 18 El sábado por la tarde. madame. había un grupo de cuatro tartaletas de café en forma de barquitos. Verity llevó a su habitación del desván una tetera con agua. Esperaba recibir de él cariño y calidez pero se contentaría con cualquier cosa que no fuera una actitud apática mal disimulada. señora Abercromby? —le preguntó. Ya había dispuesto sobre su mesa un servicio de té y una bandeja de varios pisos que le había pedido prestada a la señora Abercromby. El señor Somerset nos dijo al señor Durbin y a mí que no los esperáramos despiertos. aunque se sintiera justo al contrario. —¿Sabe usted si el señor Somerset y el joven se han retirado ya también? —No. Olvidar durante un rato que tenía el corazón destrozado suponía que estallara de nuevo en mil pedazos cada vez que volvía a recordarlo. Alternaba entre el ansia de causarle dolor físico a Stuart y el deseo feroz de secuestrarlo y huir con él a algún país remoto donde nadie pudiera encontrarlos. —¿Se retira usted ya a descansar. —Sí. Era una solución peligrosa. un cuarto de hora. que sostenía una vela en la mano y bostezaba.

Los primeros regueros de inevitables lágrimas surcaron su rostro. —pero en este caso esperaba que el doctor estuviera en lo cierto. susurraba una balada: «Caminaron los dos hasta que llegaron a su casita. Pero en Londres Marjorie podría perderse y no volver a encontrar el camino de vuelta. Existía aún la posibilidad de que Marjorie hubiera salido por la puerta principal. El doctor Sergeant le había dicho a Verity que los sonámbulos tendían a repetir durante el sueño lo mismo que hacían durante el día. Estaba cantando. no seis. En mitad de la noche abrió los ojos. madame? —preguntó Becky con voz somnolienta. pero se detuvo mucho antes de alcanzar la puerta del vestíbulo. no hasta que supiera si Marjorie había salido de la casa. Se sentó y contempló la bandeja de dulces. y allí se establecieron: el joven marino Willie y la muchacha de Swansea». Dio las buenas noches a la señora Abercromby. —las chicas que compartían habitación con Marjorie en Fairleigh Park encontraban barro o manchas de hierba en los bajos del camisón de la muchacha. —¿Es ya la hora de levantarnos. En la oscuridad. Michael tenía dieciséis años. nadie prestaba especial atención a su sonambulismo. Murmuró y se tapó los ojos para defenderse de la luz. entró de nuevo en su habitación y cerró la puerta tras ella. Alargó la mano para coger una tartaleta de café. Becky Poner estaba hecha un ovillo muerta de frío a pesar de las capas de mantas que la cubrían. Y él sabía que se los había preparado y que lo esperaba. que era lo que parecía hacer en sus episodios nocturnos. La voz de Michael le llegó desde la salita de estar. Verity subió al piso bajo. Por fortuna. Se puso las zapatillas y asió la bata que siempre dejaba a su lado. Sus golosinas y su compañía no podían competir con lo que podía ofrecerle la vida nocturna de Londres. Había oído un ruido. A intervalos irregulares —a veces durante varios días seguidos. Ella dudaba de que fuera cierto —las jornadas de Marjorie en Fairleigh Park no le permitían pasear por la finca. tanteó en busca de una cerilla para encender la lámpara. otras durante semanas o incluso meses. —Vuelve a dormirte —respondió Verity. Pero como Marjorie no solía hacerse daño y afrontaba las tareas del día siguiente con la misma energía de siempre. Tenía que haberlo supuesto. abriera la ventana y saliera por allí.dulces favoritos. Desafinaba un poco. pero había preferido no cerrar con llave la puerta de la habitación de Marjorie por temor a que la muchacha. Ahora tendría que comérselo todo sola. No era necesario que las dos buscaran a Marjorie. Verity tuvo el alma en vilo hasta que se acordó de comprobar la puerta de servicio. al menos. . ni en cualquier otro lugar del sótano. La otra cama estaba vacía. La puerta de la habitación que compartían Becky y Marjorie estaba abierta de par en par. ni en la sala del servicio. estaba candada por dentro. Marjorie no estaba en la cocina. No supo cuánto tiempo había pasado antes de tener que saltar de la cama. Más bien. Pero los cerró y se dejó vencer otra vez por el sueño. pero su voz era dulce y rebosaba ternura. Verity había estado preocupada por eso desde que llegaron. frustrada.

aunque se tratara de un amor fraternal. Ni para que la retengas aquí contigo en una situación indecente. —¿Y se considera usted una autoridad en cuanto a conductas decorosas. Verity bajó la voz. — Estás sonriendo» Lo noto. Tenía la cabeza apoyada en el hombro de Michael y una de sus manos en la de él. Deberías habernos llamado a mí o al ama de llaves cuando viste que estaba levantada y dando vueltas por ahí. había algo casi mágico en el aspecto de Marjorie. Debía de haberla oído subir las escaleras y cruzar el salón principal. Verity enmudeció. repetidamente. . En sus horas de vigilia. con aquella sonrisa en la cara. Michael levantó la mano de Marjorie y la restregó contra su propia mejilla. los ojos cerrados y las pestañas tan largas que proyectaban sombras sobre sus mejillas. en vacaciones. Quítale las manos de encima ahora mismo. —Me preocupo de ella como de una hermana. —La encontré así una noche. La llevé de vuelta a la mansión. Verity era incapaz de entenderlo: su apuesto. Michael se había puesto el batín sobre la ropa de dormir y estaba sentado en el sofá.—¿La recuerdas? Siempre te ha gustado esta canción —decía Michael.. —Amigos —repitió Verity horrorizada. Desde entonces suele venir a verme de vez en cuando. Si acaso. pero no la vehemencia de su tono: —Eso no es excusa para que le pongas encima ni un solo dedo. Michael la miró. —¡Está tan guapa cuando sonríe. —No es lo que piensa —precisó Michael. Jamás ha ocurrido entre nosotros nada indecoroso. Pero ahora. la torpe ayudante de cocina nacida y educada en el hospicio del pueblo. Junto a él. no demasiado sorprendido de verla. —¿Qué estáis haciendo aquí? —preguntó Verity. Verity irrumpió en la salita. Sus ojos carecían incluso del brillo de inteligencia que en ocasiones se aprecia en las vacas. sin llevar encima nada más que el camisón y con la trenza cayéndole sobre un hombro. apretó con más fuerza la mano de Marjorie. Somos amigos. madame? —preguntó Michael midiendo sus palabras. —La he visto así muchas veces. estaba Marjorie Flotty. caminando por el bosque de detrás de la casa de mis padres. Michael acababa de revelarle que había estado de noche a solas con Marjorie. Michael levantó la vista. Verity apretó los dientes. —Está dormida —dijo. Se llevó un dedo a los labios. como si acabara de besarla un ángel y estuviera iluminada por su gracia. el rostro de la muchacha era tan inexpresivo como una pared. Michael no hizo nada. Voy a llevarla de vuelta a su habitación. Para asombro de Verity.! —exclamó melancólico. —¿A qué te refieres? —preguntó. Como para enfurecerla más.. —Yo no calificaría de apropiada esta intimidad entre los dos. estudioso y elocuente Michael quería. Marjorie sonrió. a Marjorie Flotty.

—Tienes que volver a tu habitación. Becky podría despertarse y empezar a buscarla. —Tiene mi edad. —Debería irme a la cama —dijo él casi a la vez. La luz anaranjada que despedía proyectaba sombras en las paredes. si no regresa pronto. —Espero que las personas que me ha presentado no se lo echen en cara . pero esta vez ella no sonrió. —Deberíamos llevarla a su habitación —dijo. después habían comido en el hotel Savoy. —No debes pensar eso. girando entre sus dedos el asa de su lámpara. —Rugby puede sentirse muy orgulloso de ti —dijo Stuart. podrían haberla adoptado a ella. —Lo sé —replicó Michael. Verity cerró la puerta tras ella y se quedó paralizada. Estaban en el andén de la estación de Euston. señor —respondió Michael con su cartera en la mano. Se hizo un silencio largo e incómodo. —Es terriblemente tarde y. a unos pocos metros de la vía donde aguardaba el tren de Michael soltando nubes de vapor. ¿Y no había sido precisamente Michael quien le había preguntado si no necesitaba otra ayudante en la cocina? Al día siguiente le habían enviado a Marjorie. —Pero no puedo evitarlo. Cuando tenía trece años tuvo un bebé que nació muerto. —Vamos. Verity suspiró. Giró sobre sus talones y se marchó. y Verity no había tenido valor para mandar a la pobre muchacha de vuelta. Ayudó a Marjorie a ponerse en pie y le pasó su mano a Verity. pero nunca encontraron al que se lo hizo —explicó Michael. Por la mañana habían ido juntos a la iglesia. Si mis padres no me hubieran adoptado. —Gracias por las magdalenas que me envió —añadió el joven. —¿Te apetece un té? —le preguntó a Michael. Le estaba partiendo el corazón y no sabía si podría soportar más destrozos. El brillo de su rostro desapareció y Verity se encontró una vez más frente al inexpresivo rostro de la obtusa criada que lavaba los platos en su cocina. Y entonces no le habría ocurrido ninguna de esas desgracias. —Buenas noches. —Me han dicho que no nació así. pero las precedió por la escalera de servicio y esperó en el pasillo a que la cocinera acostara a la joven. Que le ocurrió algo en aquel hospicio que la trastornó. Marjorie —dijo con suavidad... como la luz de una vela tras una corriente de aire. No eres responsable de lo que le ocurrió. Verity se mordió los labios con fuerza. —Bien —dijo ella. y Michael había impresionado a Stuart con su extraordinario conocimiento de las más sutiles normas de etiqueta. entonces. —Muchas gracias.El mismo orfanato al que ella solía llevar guisos y pan desde Fairleigh Park acompañada por Michael. Michael se llevó la mano de Marjorie a la mejilla de nuevo. La sonrisa de Marjorie se desvaneció de pronto.

La habría reconocido. El tren emitió un largo silbido que acalló la conversación. su esposa y sus hijas —rió Michael. lo ha hecho muy bien conmigo. —Pero. El muchacho sacudió levemente la cabeza. que había aprovechado unas vacaciones en Rugby para venir a visitarlo a Londres. bajo cualquier circunstancia. después de diez años. Cada sílaba de aquel nombre le provocó una punzada de dolor. No. estupefacto. Stuart pensó en su Cenicienta. un deje cuya autenticidad no podía juzgar un inglés que había pasado muy poco tiempo en París. —Tu madre te ha educado muy bien —dijo Stuart cuando el estrépito del tren se redujo a un rugido sordo. ciertamente. —Nuestras situaciones son similares. me resulta difícil creerlo. Stuart tardó en entender lo que Michael había dicho. Al escuchar el prestigioso nombre de Rugby. ¿Seguro? ¿Después de tan solo una noche juntos. teniendo en cuenta que me enseñó a hablar el inglés de la alta sociedad. Pero mis maneras en sociedad las he aprendido de madame Durant —dijo Michael. nunca ha admitido otro origen —observó Michael. —Habla incluso mejor que. —Lenguas europeas. —La verdad es que no lo advertí. Aun así podía provocar ciertas repercusiones. «No hay lagartos en mi cocina.cuando descubran quién soy. Y cómo comportarme en cualquier situación en presencia de un miembro de la nobleza. La habría reconocido en cualquier lugar. la gente daba por supuesto que una «buena familia» significaba que era «acomodada» y «de rancio abolengo». Stuart había presentado a Michael como el hijo de una buena familia de las proximidades de Fairleigh Park. y hablando en otra lengua? —¿Qué más te ha enseñado madame Durant? —le preguntó al muchacho en tono informal mientras sus dedos apretaban con fuerza su bastón de paseo.. —Tal vez sea francesa. imposible. —¿Aprendiste cómo comportarte entre la buena sociedad inglesa de una cocinera francesa? Mientras pronunciaba aquellas palabras..» Cenicienta también había trabajado en una cocina. . yo también tengo que ser cuidadoso con mi conducta —dijo Stuart. Pero Michael no tenía por qué saberlo. —Estoy seguro de que te has dado cuenta de que solo te presenté a las personas que deseaban conocerte —puntualizó Stuart. —Michael hizo una pausa. —No tendrás dificultades para desenvolverte en sociedad.. cayó en la cuenta de que el único detalle realmente francés que había en ella era su acento. —Mi madre. —¿Que madame Durant te enseñó ese acento? —preguntó Stuart despacio. en la penumbra. Por alguna extraña razón. —Mejor que yo. en sus sílabas tan pulidas como las caras de un diamante. Había estado a punto de decir: «Mejor que usted o que yo»..

» Aquellas palabras resonaron como un gong en la cabeza de Stuart. Bertie había estado a punto de casarse con madame Durant. «Ella siempre dijo que usted era un excelente ejemplo para mí.. pero no lo hizo. «Cuando tenía diecisiete años. Los cuerpos eran muy diferentes.. —Pero no creo que el señor Bertram fuera el príncipe que ella esperaba. La poca sangre que le llegaba al . «Lo adoptaron unas personas maravillosas. según la duquesa viuda de Arlington.» Aquel comentario siempre le había resultado extraño. ¿veías con regularidad a madame Durant? —Sí.. A Bertie se le aclaraba durante los meses del verano y se le oscurecía durante el invierno. sonidos puros que revelaban árboles genealógicos cuyas raíces se remontaban a tiempos anteriores a la batalla de Hastings.. señor? Stuart no era consciente de haber pronunciado aquella palabra en voz alta. a la luz de lo que ella misma le había dicho.. No se parecían mucho. —Me parece que conozco esa historia —dijo Michael. casi todos los días. Pero ahora.» Hacía diez años. su Cenicienta se había materializado frente a su casa con la historia de un príncipe transformado en sapo. —Cenicienta —repitió.» ¿Cómo había llegado a formarse aquel elevado concepto de él estando cerca de Bertie? —Cenicienta. pero aun así sigo viéndolo todos los días.. «Decidme. ni perspectivas. Hacía diez años. por ejemplo. Y jamás habla de su vida anterior a los diecisiete años. «Las vocales que pronunciaba eran espléndidas. ¿no? Algo salió terriblemente mal en el baile.—Creo que en una ocasión incluso me enseñó cómo cortar una conversación educadamente. ¿qué está haciendo Cenicienta en la ciudad.» Su corazón estuvo a punto de detenerse.» Stuart observó al muchacho que tenía a su lado. «Solía referirse a usted como si fuera uno de los jinetes del Apocalipsis. Pero no era importante. No tenía dinero. —¿Nunca le has preguntado por su verdadera identidad? —Muchísimas veces. ni familia. —Una joven de noble cuna que acaba en la cocina obligada a realizar tareas domésticas. Se estaba imaginando el parecido. Y también el color del cabello. sus lacayos ni su vestido de baile?» «Es obvio. —Antes de marcharte a Rugby. Pero no me responde. El tono de sus cabellos muy distinto. Yo solía llamarla la duquesa de Fairleigh Park. estaba en una situación sin salida. sin su carroza.» No. El no se parecía en absoluto a su madre. Los cuerpos cambiaban. « ¿Qué fue de su bebé?» «Lo adoptaron unas personas maravillosas. era aún más raro. salvo un bebé al que quería desesperadamente. —¿Cómo ha dicho.

O tal vez porque siempre pensaba en ella como en una mujer infinitamente vulnerable. Tal vez porque sus mejillas no estaban tan hundidas y tenía el mentón menos pronunciado. —Eso es el aviso de que debes subir a bordo —le dijo a Michael. que llevaba un alegre sombrero de paja adornado con unas alas de Mercurio. —¡Por favor. Había pasado demasiado tiempo.. —Esta es ella. según me han dicho. ¿podría preguntarte dónde naciste? Notó que su pregunta turbaba al muchacho. y de una mujer de casi treinta. Pero Michael lo miraba como si fuera el Espíritu de las Navidades Futuras. No la reconoció de inmediato. Stuart desvió la mirada. No pudo resistir la tentación de mirarlo. señor? Stuart sacudió la cabeza.cerebro. —Si no te importa. De pronto se apoderó de él un rechazo incontrolable. Stuart bajó la vista y vio que Michael le tendía un colgante. —¿Podría explicarme cómo sabe lo del zoológico. No quería hablar del asunto. y ninguno de mis padres adoptivos ha estado nunca en Londres. —Se lo suplico. —¿La reconocería si volviera a verla. Stuart no sabía si tenía frío o calor. señor? Stuart no respondió. señor. Fueron sus ojos los que quebraron el último resto de su resistencia.. Estaba tratando a Michael como si fuera un testigo clave en el proceso del siglo. y le gustaba tal y como estaba. sus labios rosas como un capullo florecido. Dentro hay una entrada al zoo de Londres. de hacía cuatro o cinco años. También se dio cuenta de que había abandonado por completo su fingida espontaneidad. Y. mientras que la mujer de la fotografía desprendía seguridad a través de su mirada directa y firme. Robbins. Pero mi madre guarda recuerdos de cuando yo era niño en una caja. —Una mujer a la que conocí hace muchos años me contó esa historia. —¿Qué edad tenías cuando te adoptaron? —Unos seis meses.. —En Londres. —No.. Llevó a su hijo al zoológico y después lo dio en adopción. ¿ No te acordarás por casualidad de una visita al parque zoológico? Michael se sobresaltó visiblemente. su cabello dorado como el oro de los incas. le retumbaba en los oídos. O quizá porque la fotografía era en color sepia y sus recuerdos estaban llenos de color: sus ojos azules como el mar alrededor de las Maldivas. Quería apartar de sí el colgante. —¿Era madame Durant? —No me dijo su nombre. —En una ocasión me contaste que recuerdas fragmentos de tu infancia. No . Una era de Michael y sus padres. Había dos fotografías en su interior. Había perdido la sensibilidad en las extremidades. señor! —Dijo Michael. El pitido del tren lo sacó de su parálisis. Y en ocasiones la verdad no era buena para nadie. Se había construido su propio Taj Mahal en torno al recuerdo de su Cenicienta. La otra era de Michael.

contemplaba asombrada su sombrero: —¿Dónde está mi sombrero? —Es ese. Cruzaba la calle en dirección a la casa. —Será mejor que vayamos. pero que había preferido no hacerlo? ¿Que una vez no le había bastado y había vuelto para destrozarle de nuevo el corazón? —Sí. No quería averiguar. la esposa agarraba a su marido por el brazo. madame! Marjorie. gracias. madeimoselle Porter —dijo Verity.. Una joven madre de aspecto cansado azuzaba a dos niñitas llenas de lazos con la promesa de pasteles y muñecas al final del viaje. los conocía y los amaba con demasiada intensidad. Stuart se fue dando cuenta de que Michael lo observaba. Verity intentó darse la vuelta. de que esperaba que le dijera algo.. Una elegante pareja de ancianos caminaba por el andén. Pero póngase el nuevo para que podamos salir. —El metro haría que su vestido y su pelo olieran a aceite de motor. por su parte. madeimoselle Flotty. Le devolvió el colgante a Michael. Stuart. Es un sombrero diferente. en cualquier momento a lo largo de los diez últimos años y haberle dicho la verdad. Verity suspiró. demasiado tarde. . madame? —preguntó Becky mientras subían los peldaños que llevaban a Cambury Lane. —Permítame. ¿Cómo podía haber sido tan tonta? Debería haber sabido que Marjorie se sentiría más confusa que feliz al ver que un objeto familiar cambiaba sin previo aviso. ¿Qué podía decirle? ¿Que durante la mitad de su vida adulta había estado enamorado de una fantasía? ¿Que ella podría haberlo encontrado. —No es mi sombrero —repitió tercamente Marjorie. Cogió las cintas del sombrero. pero Marjorie y Becky le impidieron retroceder. Marjorie —le dijo Becky con impaciencia. es ella —dijo. Se lo había repetido ya una docena de veces. No había podido dormir desde el encuentro con Michael y Marjorie. había hecho lo mismo con el sombrero de Becky. —¿Tomaremos el metro hoy. Así que había cogido de la habitación de las muchachas el sombrero de esta última y se había puesto a adornarlo con las cintas que le había comprado como regalo de Navidad. Conocía aquellos ojos. Bajaron por la escalera de servicio y abandonaron la casa vacía por la puerta del sótano. Después. madeimoselle Porter —dijo Verity. antes de que se marcharan a disfrutar de su día libre. e hizo que la joven se diera la vuelta para mirarse en el espejo. las ató con elegancia bajo la barbilla de Becky.quería reconocerla. —Madame te lo ha puesto más bonito. Becky soltó un gritito de satisfacción: —¡Oh. Un porteador sudoroso pasó por delante de ellos empujando una carretilla cargada de maletas. Pero era inútil. El viejo está en casa. Ya se habían despedido de los demás sirvientes. que Cenicienta y madame Durant eran una misma persona. Cuando volvamos lo encontrará. —Tiene usted razón. Volvió la vista hacia él.

¿Cuántas mujeres de su edad podían salir por la puerta de servicio de su casa? —¿Madame? —dijo Becky en tono de duda. Avanzó sobre unos pies que le parecieron de yeso y llegó a la acera al mismo tiempo que él. No había nada en su rostro. Detrás de ella. madame? —le preguntó él sin detenerse. Tal vez no la hubiera reconocido. aun así. Becky hizo una reverencia y le susurró a Marjorie que hiciera lo mismo. Verity no tuvo más elección que volverse a sus ayudantes y decirles: —Esperadme aquí. Pero. tenía que haber deducido su identidad. Lo último que vio fue la boca abierta de Becky que miraba cómo entraba en la casa por la puerta reservada al señor y sus invitados. —¿Podría usted concederme un minuto.Stuart la miraba directamente a la cara. Un segundo después sujetaba la puerta mientras la esperaba. Pero solo ella se sentía paralizada. Cuando sus miradas se cruzaron una descarga eléctrica la recorrió de la cabeza a los pies. moviendo su bastón de paseo con tranquilidad. sin apresurarse. No había sorpresa en su rostro. Verity les estaba cerrando el paso. . Él continuó avanzando.

Verity depositó su maleta en el suelo y se quitó los guantes. Se puso en pie de un salto cuando lo oyó bajar por la escalera. Verity soltó un grito y se llevó la mano a la boca. Subió las escaleras y la dejó sola en el vestíbulo. —Ya puede irse —añadió Stuart. Se les había sumado una pequeña acuarela sin firma. El reloj de pared y el cuadro de Constable seguían allí. —Esto le pertenece —le dijo en inglés. Llevaba en la mano una caja grande y muy ornamentada. Stuart le tendió la caja. habían eliminado hasta la última manchita de barro cepillándolas con esmero. Le pareció que apretaba los dientes al oírla hablar. No debía hacerlo. sino unas de goma. Al lado de la consola Chippendale habían puesto una silla Heppelwhite tapizada. Pero para Stuart aquellas botas siempre pertenecieron a Verity. por lo general grato y hogareño. Verity lo observó incrédula mientras él se volvía y abandonaba el vestíbulo. en la misma lengua. Oyó cómo se cerraba suavemente la puerta del estudio. No eran nuevas —en algunos puntos la goma se había endurecido y estaba agrietada. —pero estaban limpias. puesto que se las había pedido prestadas al señor Simmons. —¿A mí? —replicó ella. . Tiempo atrás quiso casarse con ella. pero no estaba muy segura de que sus piernas continuaran sosteniéndola. Se secó las palmas de las manos sobre la falda y echó de menos un trago de algo fuerte. Los segundos pasaban en las manecillas del reloj. —¿Qué es. hacía palpitar su corazón. que en aquel entonces era un recién llegado a Fairleigh Park y no se mostraba tan desdeñoso con ella como el resto de los sirvientes desde que dejara de compartir la cama de Bertie. No tenía mucho sentido que alguien limpiara un par de botas de goma hasta dejarlas inmaculadas cuando tuviera lugar el próximo aguacero. en realidad no eran suyas. Le sudaban las manos y no quería estropear su mejor par. —Que tenga un buen día. naturalmente. se las olvidó en la pensión de Sumner House y tuvo que comprarle otro par. insegura. ¿Contaba aún algo de todo aquello? ¿Acaso no merecía su historia unas cuantas palabras más en su despedida definitiva? Apoyó la caja sobre la consola y levantó la tapa. Hacía apenas unos días le había dicho que estaba enamorado de ella.CAPÍTULO 19 —Espéreme aquí —dijo empleando las mismas palabras y el mismo tono que ella había utilizado con Becky y Marjorie. madame. señor? —Algo que le pertenece —repitió él. Bajo una gruesa capa de papel de seda gris no encontró un estupendo par de botas de cuero. el jardinero jefe. ¡Aquellas botas eran suyas! Bueno. de las que emplean los zapateros para entregar su calzado a medida en las casas de sus mejores clientes. La caja estaba casi clavada en el pecho de Verity. « ¿Le sirvo un poco de whisky?» Ojalá se lo ofreciera. Se sentó en ella. La agarró y dio un paso atrás. Aquel sonido.

Se preguntó si ella lo advertiría. Estaba atrapado entre dos versiones de la misma mujer. la mano con la que agarró la licorera estaba tremendamente tensa. Y no viniste nunca a mí porque sabías muy bien cómo te recibiría si me decías la verdad. —Eso es mentira. Pero no era ni delicada ni frágil. La fuerza de su nítida y cuidada pronunciación inglesa le provocó un escalofrío. Después fue a buscar a Stuart a su estudio. ella estaba a su lado. aun cuando una lágrima le salpicó el dorso de la mano. Verity se sorprendió. Stuart nunca consideró que sus ojos fueran seductores. y mucho. No obstante.. El señor Simmons se moriría de risa si supiera que sus viejas botas de goma habían sido objeto de semejante veneración. . —Gracias —le dijo. —Te he echado tanto de menos. Tapó de nuevo la caja. Tenía estrellas en sus ojos azules.. —Podías haberme encontrado en cualquier momento. pero lo eran. —murmuró ella. Era un gesto vulgar que no se le habría ocurrido hacer en ninguna otra circunstancia. —¿Podrías servirme un poco de whisky? —le preguntó. Y era mucho más madura sexualmente hablando de lo que él podría haber imaginado. intentando conciliar la distante perfección de Cenicienta con la robusta realidad de su cocinera. Sirvió el licor. —No sabía cómo me recibirías. Un instante después. Me ocultaste deliberadamente tu identidad. a la vez. —¿Cómo iba a saber que me querías de verdad? ¿Que no te despertaste por la mañana y te arrepentiste de todo lo ocurrido? Stuart se llevó el vaso a los labios y vació la mitad de un trago. no de porcelana. como si un fantasma lo atravesara. Él apenas podía mirarla: era tal y como la recordaba y. Sus ojos y sus labios eran tan extraordinarios como insistían en decirle sus recuerdos. tan cerca que el bajo de su falda casi rozaba su zapato. No llamó a la puerta. —No me refiero a eso. ¿verdad? Él no respondió. Desvió la mirada y se sirvió un vaso de whisky. Verity sacudió la cabeza. Stuart contemplaba la licorera. se inclinó y la besó. No podía. preguntándose si habría en ella whisky suficiente como para perder el conocimiento. era una mujer de acero.En su interior había unas bolsitas de piel de limón seca y lavanda. y lo sabes. Tomó un sorbo. Era un hombre de buenos modales y no era propio de él rechazar una petición educada. Verity no lo notó. El whisky le goteó por la barbilla y se lo secó con la manga. Todas las noches. —Es el mismo whisky. pero que revelaba que nada le importaba. diferente de todo cuanto recordaba de ella. También a ella le entraron ganas de reír. —¿De veras? —Todos los días.

Permitiste que me aferrara a recuerdos falsos y esperanzas vanas.. Tú ya eras famosa. Pero lo hice. Gasté un dinero que había jurado no tocar en contratar tres equipos de detectives para que te buscaran. ¿no? Querías mantener una ilusión. —No importa lo que quisieras o no quisieras hacer. Incluso los que no distinguían a Bertie del duque de Wellington pensaban que debías de ser el mejor polvo desde la invención del colchón. —Así fue.. Verity se estremeció al oír el golpe y palideció. —¿De veras? —Preguntó Verity bajando la vista. Verity palideció al escuchar aquel lenguaje. He venerado tus botas de goma como si fueran reliquias de la Vera Cruz. así fue. Te llevaste esa ilusión y me dejaste recogiendo los pedazos rotos. Yo era un don nadie. Y por eso te escondiste de mí. Y. —Creo que ya conoces el camino a la puerta. Sabías que no tocaría a Verity Durant ni con un palo de tres metros.. Verity estaba inclinada hacia él. —Pensé que no querrías tener nada que ver conmigo una vez que saliera el sol. si lo hubiese sabido. Yo jamás quise que. Pero de pronto ya no tenía en la mano el vaso de whisky. Había cruzado vertiginosamente la estancia y se había hecho añicos contra la repisa de la chimenea. Stuart no fue consciente de lo que ocurría. como intentando hacer sitio para su ira.. —Ignoraba que mi notoriedad hubiera llegado a ese extremo. —Pensé que a la mañana siguiente te arrepentirías de la propuesta que me habías hecho —dijo con sinceridad. tienes la desfachatez de volver y hacer que me enamore de ti de nuevo. —Eso no es cierto. —¿Que lo sientes? He esperado diez años a que volvieras. —Pues créeme. pero ahora se alejó. Podría haberme casado. diez años de fiel devoción.. El único sirviente en Gran Bretaña que ha despertado más comentarios que tú fue el criado escocés de la reina. y por eso no me diste la oportunidad de rechazarla. —¿Por ser la cocinera de Bertie? Ya te dije que no era nadie. No habría querido. .. ¡aún a sabiendas de que no había más salida que la desgracia! —Lo siento. Estoy convencido de que te has inventado toda clase de hermosas y nobles excusas y no dudo que creyeras a pies juntillas en todas y cada una de ellas. —Tienes razón. Pero esto es lo que hiciste: te llevaste aquella ilusión a casa y me dejaste solo recogiendo los pedazos rotos. He echado dinero en los cepillos de todas las iglesias en las que he entrado por si existía un Dios que pudiera protegerte. cuando por fin consigo dar un paso adelante. No debería haber rendido culto a un falso ídolo.—¿Cómo me habrías recibido? —Como hoy —respondió Stuart con frialdad. —He malgastado diez años en ti. Podría haber tenido hijos. —Vació el licor que le quedaba en el vaso. —No. Yo no quería. porque nunca tuviste la decencia de dejarme marchar. —Lo siento muchísimo.

Pero después le daré su tarjeta. La mujer. —Buenas tardes. Pero la esperanza comenzó a disminuir poco a poco hasta que él no pudo resistirlo más. Abstente de tomarte estas libertades. El señor Todd era el calígrafo que compartía casa con el señor Marsden. de lo contrario. todavía esperando a que Stuart cambiara de opinión.. Lizzy se quedó helada. si lo desea. salió del estudio. Él se lo había creído. presumiblemente la casera. sino al señor Marsden. Le llevaré su . si no querías. si no lo querías. Stuart cerró también los ojos. Al fin.Stuart añadió con voz ronca: —Si no querías. Desde la noche de la cena en casa de Stuart se sentía desesperada por ver al señor Marsden en persona.. Gracias a su tarjeta Lizzy había averiguado la dirección. Oyó un ahogado pero alegre estallido de risas masculinas. El señor Marsden sí está en casa. —No vengo a ver al señor Todd.. con maceteros vacíos adosados a cada una de sus seis ventanas. —No recuerdo haberte dado permiso para que uses mi nombre de pila. por favor. señorita —dijo con voz tranquila y cordial la mujer menuda y bien arreglada que le había abierto la puerta. Verity clavó en él una prolongada mirada. vete. Sus pasos eran terriblemente lentos. —De acuerdo. No vivieron felices ni comieron perdices. Estas estaban distribuidas de dos en dos entre los tres pisos superiores y. te habrías marchado inmediatamente después del funeral de Bertie. pero se detuvo junto a la puerta. un momento horrible para comenzar a pensar en que tal vez había cometido un gravísimo error. Faltaban cinco semanas y unos pocos días para su boda. Finalmente. Respiró hondo y llamó a la puerta. habría dado media vuelta y habría huido. cuya pintura descolorida había pasado hacía tiempo del negro al gris oscuro. con estrellas centelleantes y mágico polvo de luna. Fin de la historia. Ella se movió. a medida que Lizzy se veía obligada a echar la cabeza cada vez más hacia atrás para verlas. como la que prometían los cuentos de hadas para que los niños no se desesperen ante los reveses de la vida. la miró un tanto sorprendida. —Stuart. se hacían más y más pequeñas. habrías mostrado tu rostro.. pero no tenían prevista ninguna entrevista más y aquella tarde de domingo. Él no la miró. —Vete. no lo habrías hecho. era la primera oportunidad de visitarlo que se le presentaba. —El señor Todd no está en casa. como si caminara sobre cuchillos. Ahora. señorita. llena aún de obstinada esperanza. con su padre dormitando tras la sobremesa y los sirvientes fuera de casa. Se volvió de espaldas. Y bien lejos. El número 31 de Baker Street era un feo edificio de ladrillo oscuro. Siempre había asociado su regreso a una felicidad desbordante. la puerta principal se abrió y se cerró. La puerta se abrió con sorprendente rapidez. No ocurriría así.

atisbo la atestada sala de estar de la casera. donde un gato escuálido dormitaba sobre una mecedora tapizada en rosa pálido. en realidad soy solo la tercera mujer más bella de Londres. —me encontré con lady Avery y lady Somersby hace dos semanas.. señor Marsden —protestó Lizzy. ¿Nos permitiría recurrir a usted en busca de mejores historias? —Bueno —respondió Lizzy relajándose. Caballeros. En el piso de arriba decayó el rumor de la conversación. —Estábamos chismorreando. La dueña de la casa reapareció: —Sígame. la dama más bella de todo Londres. —Pues «la mayoría de las opiniones» se equivocan. El aire olía a aceite de linaza y a betún. Sin duda había llegado en un mal momento. Pero me temo que mis anécdotas los han decepcionado. pero tenía que hablar con él.. señorita Bessler. Matthew Marsden era un par de dedos más alto que su hermano. —Según la mayoría de las opiniones. El señor Marsden soltó una carcajada. cómo me alegra verla! Permítame que le presente al señor Matthew Marsden. Al menos. Lizzy sintió que se le formaba un nudo en la boca del estómago. No se les pasaría por la cabeza compartir algo demasiado picante con una joven soltera. Estaba empapelada del color de las espigas de trigo y caprichosos globos salpicaban el fondo amarillo. —¡Señorita Bessler. pero aquella era una guerra perdida. Volvía a estar nerviosa por si el señor Marsden le preguntaba cuál era el motivo de su visita. Pero no lo hizo. La mujer comenzó a subir por una estrecha escalera que crujía bajo sus pies. pero Lizzy había conseguido . —Es usted demasiado amable conmigo. Lizzy miró a su alrededor. y al señor Moore. les presento a la señorita Bessler. pero su cara revelaba bondad. Por favor. por favor. ya había esperado demasiado. aliviando así el temor de Lizzy a una entrada incómoda. pero no como elegante. A través de una puerta entreabierta. Ella se sentó. y habría sido extraordinariamente apuesto de no encontrarse al lado de Will Marsden. señorita Bessler. intentándolo. El señor Moore no era ni de lejos tan atractivo como los dos hermanos. ya no me muevo como antes entre la alta sociedad. se acercó de inmediato a estrecharle la mano. mi hermano. Mi hermano y el señor Moore acaban de regresar a Inglaterra tras dos años de ausencia y quieren que les cuente las últimas y más picantes historias que corren por aquí.tarjeta. siéntese. con la satisfacción pintada en el rostro. Aquellas dos damas eran las principales cronistas de las pasiones y locuras de la sociedad londinense. Había tres hombres en la estancia. Los fragmentos de moldura que aún podían verse en el techo daban muestra de una diligente y continua batalla contra el hollín y la suciedad londinenses. La condujo a una salita pequeña pero sorprendentemente luminosa y alegre. un buen amigo nuestro. El señor Marsden. El interior de aquella casa podía ser descrito como respetable.

se acercó a la ventana. tiene cierta gracia ser pobre pero independiente. —Una situación muy envidiable —dijo el señor Marsden. no para conseguir lujos. El señor Moore se puso en pie de un salto. El sol del atardecer estaba a punto de ocultarse tras los tejados de las casas de enfrente. aunque solo sea para que me tenga en cuenta en su testamento. no deberle nada a nadie —apuntó el señor Moore. Los conciertos sinfónicos son una necesidad básica en la vida. El joven señor Fonteyn está cortejando a lady Barnaby —añadió Lizzy. —Ah. demasiado alegre como para sentirse incómoda. Démonos prisa. Durante años suspiré a diario por poder acudir a alguno. —Luego te lo explico —respondió su hermano mayor. Matthew Marsden y el señor Moore se despidieron de Lizzy estrechándole la mano calurosamente y. puedes ser rico e independiente y no deberle nada a nadie —insistió Lizzy. —¿Y qué entiende usted por necesidades. La joven permaneció de pie tras la despedida. —No existe una mujer rica que sea demasiado vieja. agitando los hombros disimuladamente. El señor Marsden. Durante la siguiente media hora comentaron los objetivos de lucro. bajaron por la escalera como una estampida de búfalos. Matthew Marsden y el señor Moore dejaron escapar un silbido. —Pero creo firmemente que un hombre solo debería prostituirse para satisfacer sus necesidades. —Cuando se te muere una esposa rica. De inmediato. poder y privilegio que se perseguían con el camino hacia el altar. tres pañuelos aparecieron delante de ella. —Y ahora será mejor que os deis prisa si no queréis llegar tarde al té de la señorita Moore. señor Marsden? —Carbón. camembert. —Creo que encajarías mucho mejor con la viuda de sir Evelyn que Fonteyn —le dijo Matthew Marsden a su hermano. —¿Se refiere usted a la viuda de sir Evelyn Barnaby? —Gritó el señor Moore. Todos prorrumpieron en una carcajada. casi lo olvidaba. —Mi tía odia la falta de puntualidad. vino. y —añadió lanzándole una mirada maliciosa —entradas para un concierto sinfónico de vez en cuando. Los últimos rayos atravesaban los cristales de la ventana y lo envolvían en una aureola . Will Marsden se reía en silencio. —¡Pero si debe de tener veinte años más que Fonteyn! —Y también veinte mil libras más —apuntó Lizzy. Lizzy arqueó las cejas. Lizzy cogió su pañuelo y se secó. —¿Qué es tan divertido? —preguntó Matthew Marsden. después. La risa hizo que Lizzy escupiera el té. —No podría estar más de acuerdo. —¡ Jamás! —Bueno. libros. —¡Cómo! ¿Y renunciar a la pobreza? —Se rió el señor Marsden.información acerca de los cortejos que varios caballeros conocidos de los hermanos Marsden y del señor Moore estaban llevando a cabo. después de observarla en silencio. sí! —Asintió entusiasmado Matthew Marsden. —¡Oh. Matthew Marsden y el señor Moore la miraron sorprendidos.

y al propósito de su visita. Casi tanto como el señor Somerset.. El corazón de Lizzy dio un brinco. No me había dado cuenta. Sabe muy bien a qué me refiero. Sí. —¿Y el señor Moore es. —Así que. La clara sombra del líquido formó un arco plateado bajo la luz que parecía haberlo seguido. El señor Marsden se acercó a la mesa y sirvió té frío en una taza. El señor Moore es un buen amigo. señorita Bessler. señor. en su salita. Su actitud no me dio motivos para sospecharlo. pero allí. lo estaba. —Pensé que me las enviaba el señor Somerset. —Me cae bien su hermano. Ya lo había estado en otras ocasiones. Los domingos los criados tenían la tarde libre y dejaban la casa. Tan solo faltaban cinco semanas para su boda. —¿Era usted quien me enviaba flores cuando estaba enferma? —le preguntó. Ella sacudió la cabeza. Sería mejor que fuera al grano. —Matthew es un hombre muy reservado. se saltó todos los preámbulos.. pero su padre no tardaría en despertar de la siesta y se preguntaría adonde se habría marchado sola. Todavía está de luto. —Usted es inglés. me ha cogido cierta estima.. que va más allá de toda expectativa razonable.. La persona a quien Matthew amaba murió hace tres meses. Lo que equivalía a reconocer que le importaba. Puesto que no existían preliminares adecuados para el tipo de preguntas que pretendía hacerle.. le he cogido cierta estima. Lo abrió y lo dobló alisándolo. La mención de su prometido la devolvió a la realidad.? —No. Parece un buen hombre —dijo Lizzy con voz cautelosa ahora que se encontraba a solas con él. Es algo extraordinariamente incontrolable e irritante.de luz. —Siempre me resulta más fácil fingir que no me importa.. . —¿Es así como llaman los ingleses al deseo constante de asistir a conciertos sinfónicos a todas las horas del día con otra persona? Lizzy alargó la mano para coger la taza de té frío que él había servido y se la bebió. la sensación era más intensa. —¿Tanto le ha costado darse cuenta? —Sí. —Está usted ciega.. ¿ Tiene usted alguna sugerencia sobre cómo podría remediarse esta situación? Pero ella no deseaba remediarla. —¿Quiere usted que pida un poco más de té? —preguntó el señor Marsden... Su cabello brillaba como si Vermeer lo hubiera pintado hebra a hebra. —Matthew es un ángel —asintió Marsden... —Oh. —Lizzy había dejado el pañuelo húmedo del señor Marsden encima de la mesita de té. —Sí. —De acuerdo. y se le partió al mismo tiempo..

Había empezado a gustarle su forma de vestir. Lizzy comprendió de pronto lo que era «la estima».. Pero ella no se apartó. Cuando sus labios se tocaron. —No es tan peligroso venir hasta aquí —dijo la joven en un susurro. entonces. decidida. cálida. El señor Marsden cogió una galleta de coco y volvió a dejarla. Lizzy observó el alfiler de plata que el señor Marsden llevaba en la solapa. demasiado cerca para cualquier otra clase de interacción. fuerte. un venado tal vez.. O. —Sí. con un gran despliegue de fantasía.. el deseo constante de asistir a conciertos sinfónicos a todas las . pero desde tan cerca pudo apreciar que estaba tallado en forma de tulipán.. Buscamos razones para justificarlos.. —Para eso podría haber enviado una nota. Al principio creyó que era liso.. —Ese es el motivo por el que por fin se ha declarado. pero sí extraño e impredecible. Lizzy se sintió como si acabara de tocarla una criatura salvaje.—¿Por qué ha tardado tanto en decírmelo? —¿Cree que debería habérselo dicho cuando me di cuenta de que estaba usted más interesada en un amigo íntimo que en un hombre? —No es muy cuidadoso a la hora de elegir en quién pone su afecto. Rodeó el cuello de Lizzy con su mano libre. Entonces él le acarició la mejilla con el pulgar. —No estoy segura de lo que cree que significa. Ahora ya sabe que es así. y me dejé llevar por un impulso del que me he arrepentido muchísimo. nada peligroso.. pero me habría resultado más fácil aceptar su matrimonio con el señor Somerset si hubiera sido al contrario. como el papel de pared adornado con globos. La respiración de Lizzy se tornó superficial.. —¿Por qué? Deseaba que madame Belleau se equivocara. —¿Por qué no me lo preguntó? —No quería averiguar que no se equivocaba. No hacía falta que se arriesgara a venir sola hasta aquí. cuando supe lo del compromiso con el señor Somerset. tan cerca como si estuvieran a punto de iniciar un vals. —¿Significa su visita lo que creo que significa? Deslizó la mano por su rostro y la detuvo junto a los labios de la joven. ¿ verdad. en ocasiones. no pude contenerme. si seguía creyendo que era una seguidora de Safo? —Que madame Belleau podía estar equivocada. Vine a averiguar lo de las flores. señor Marsden? —Los afectos son como son. —¿No? Y al fin la besó. como aguardando a que hablara para percibir la vibración de su voz. Porque no ha podido resistir la idea de que me case con el señor Somerset. Pero después. —¿Cuál era su razón. Ella lo miró fijamente. con pequeños detalles excéntricos... Una fracción de segundo después se hallaba frente a la joven.

Necesitaba arrancarle aquel hermoso y antiguo alfiler y lanzarlo al otro extremo de la habitación porque se interponía entre ellos. . Si se volviera usted atrás. —Dígale que no puede casarse con él. —Usted no tiene nada que perder. Lizzy se dirigió al extremo opuesto de la habitación. Quiero que la decisión salga de usted y solo de usted. sin embargo. Mi orgullo no lo soportaría —Entonces debe hacer lo que sea mejor para su orgullo. como sin duda sabe ya. y se dio la vuelta antes de tropezar con un montón de libros y periódicos. Él esbozó una sonrisa. —¿Y después qué? ¿Me caso con usted? —Sería un reto. —No puedo hacerle esto al señor Somerset. Había disfrutado de sus contactos íntimos con Henry. Pero yo no quiero que mis hijos vivan en la pobreza. no es la mujer más fácil del mundo. Trato de ayudarla a usted lo mejor que puedo. Necesitaba al señor Marsden. Además.horas del día con otra persona. pero lo más probable es que jamás llegue a poseer una mansión en el campo. que no estaba muy lejos. Pero me arriesgaré. asombrarlo. usted. —¿Que usted se arriesgará? —Gritó Lizzy. —Sabe que la otra opción es que no haga nada: solo tengo que seguir el camino previsto. a Will. de esfuerzo y de dinero. —Se acercó a ella y recorrió la forma de sus cejas con la yema de un dedo. Necesitaba utilizarlo. Aquello desconcertó a Lizzy. —No me estoy ayudando en absoluto.. aquella íntima caricia sorprendió a Lizzy. —No quiero convencerla de nada. Quiere tener a todo Londres a sus pies. —Es una mujer testaruda. Habría un montón de mujeres haciendo cola para ocupar su lugar si usted lo dejara libre. No fue el ansia del señor Marsden lo que la sorprendió —supuso que siempre la había notado. debería casarse con el señor Somerset y disfrutar de todo lo que él puede ofrecerle —dijo completamente serio. Y puede que tampoco una casa en Belgravia. —sino la suya propia. aquí dentro —apoyó brevemente el dorso de su mano sobre el corazón de la joven —alberga los inconvenientes deseos de una romántica. —Recuerde que yo he ayudado a planear su boda. el señor Somerset podría convertirse algún día en primer ministro. —Se supone que debería intentar que viera las cosas desde su perspectiva. pero jamás los había ansiado hasta aquel extremo. —¿Cómo dice? —No voy a ser secretario durante toda mi vida. sería una gran pérdida de tiempo. —No está ayudando en absoluto —dijo. Quiere triunfar. Así que si su orgullo es lo más importante para usted. Lizzy. Y. Se apartó de él. Promete ser un gran acontecimiento.. Todo está preparado y pagado. Lizzy alzó las manos en un ademán de desesperación. poseerlo.

—dijo el señor Marsden mientras acariciaba el labio inferior de Lizzy. Dio media vuelta y se marchó corriendo. después de mi experiencia con Henry Franklin. El agachó la cabeza y le lamió el labio inferior. Siempre había desdeñado el aturdimiento que provocaba la botella —la imagen de su madre sumida en el estupor de la embriaguez era uno de los recuerdos menos queridos de su vida. —Bueno. —Me está arrojando literalmente a los brazos de mi prometido. Ella rió para descargar parte de la tensión que se estaba acumulando en su cuerpo.. —Yo también lo soy. —¡Bonita cosa para decírsela a la mujer que uno ama! —replicó Lizzy ahogando un grito.. Temió estar a punto de asegurarle en aquel mismo instante que lo abandonaría todo por él... —No es un insulto.. Pero no creo que un matrimonio pueda basarse exclusivamente en el deseo carnal. exasperada. ¿No tiene nada que decirme a favor. salvo para rellenar su vaso una y otra vez. Stuart seguía bebiendo. Habrá días en los que envidie a la nueva señora Somerset y en los que deseará haber tomado otra decisión.. Y eso es algo que no obtendrá del señor Somerset. En ocasiones nuestra vida juntos nos parecerá insatisfactoria. No se había movido desde que ella se fue. —No creo que sea capaz de amar así —se rebeló la joven. no creo que su espíritu esté muy inclinado a los asuntos carnales.—Pensaba que era una cínica. No casarse ventajosamente va contra el instinto de la mayoría de las mujeres de nuestra clase. casi con seguridad una y otra vez. mientras que el cinismo protege contra las emociones superficiales. muchos conciertos sinfónicos. —Y un interés increíble en la encantadora y fascinante anciana en que se convertirá algún día. —La besó de nuevo. para empezar. —Yo tampoco sé si lo puede hacer. y de intenso placer. —La besó una vez más. Aquellos besos y palabras conmovieron su corazón. —Tal vez el mío tampoco. —Respeto a su inteligencia. donde la había acariciado con el pulgar. —Tanta libertad como para mí mismo. algo que me pueda atraer? ¿No habría más que pesadumbre y tristeza si me casara con usted? —Déjeme pensar. No puedo prometerle la felicidad perfecta: no existe. y eso hace que me preocupe por mí mismo. —Tal vez no. Lizzy sacudió la cabeza. —¿Está segura? —le susurró Marsden al oído. Lizzy se sintió como si la hubiera lamido entre los muslos. E ignoro si es lo suficientemente fuerte y sabia como para superar los inevitables reproches que surgirán. —pero hoy no conseguía aturdirse con .. ¿Qué más puede ofrecerme? Él la besó en los labios. Y no hay peor desgracia para un cínico que enamorarse y darse cuenta de que. Dejó escapar un gemido de sorpresa. no puede hacer nada contra el amor..

la suficiente rapidez. ¿Cuántos vasos había apurado? ¿Cinco? ¿Siete? ¿Por
qué, entonces, seguía sintiendo una dolorosa punzada en el pecho cada vez
que respiraba?
Sonó el timbre de la puerta. El vaso se le escurrió de entre los dedos y se
hizo añicos a sus pies.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que se marchó? ¿Cómo se lleva la
cuenta del tiempo en el infierno? Podría llevar ya días enteros en el estudio
bebiendo para perder la conciencia. Pero sus criados no habían ido al
estudio para mirarlo horrorizados, así que no podía haber pasado mucho
tiempo.
Cogió otro vaso y lo llenó hasta la mitad. El timbre sonó de nuevo. Estuvo
a punto de volver a dejar caer el vaso.
¿Sería ella? ¿Qué haría si fuera ella? Echarla una vez ya le había costado
todo cuanto tenía. Ya no le quedaban ni el honor, ni la rectitud, ni la fuerza
suficientes para hacerlo de nuevo. Ni siquiera le quedaba ira: el aturdimiento
lo había despojado del vigor mental necesario para atizarla y alimentarla.
Alzó el vaso y lo vació de un solo trago. No respondería a la llamada. Ella
debía entender que no la había echado a causa de un enfado pasajero, sino
que se trataba de una decisión muy meditada y que tenía que ver con sus
más arraigados principios. No había lugar para ella en su vida. Jamás había
habido lugar para ella en su vida. ¿Por qué no lo entendía? ¿Por qué no lo
dejaba en paz para que sus entrañas pudieran morir tranquilas?
Cruzó la estancia tambaleándose y estuvo a punto de caerse al tropezar
con los trozos de vidrio esparcidos por la alfombra. Miró el reloj de la repisa
de la chimenea, pues ya no distinguía las manecillas de su reloj de pulsera.
El segundero se movía a la velocidad de un caracol reumático. Reptaba. Se
arrastraba. Habría jurado que en algún momento se paró para echarse una
siesta. En el tiempo que empleaba en dar una vuelta a la esfera podrían
haber crecido bebés de ojos brillantes; podrían haberse casado y haber
envejecido hasta transformarse en viejos chochos; podrían haber surgido y
sucumbido nuevas dinastías.
Bien, había conseguido que pasara un minuto entero sin salir corriendo a
abrirle la puerta. Ya no necesitaba agarrarse con tanta fuerza a la repisa de
la chimenea. Podría superar un minuto más, y después otro. Al final ella
comprendería que su decisión era firme y que nada podría disuadirlo para
que se echara atrás.
El timbre sonó de nuevo. Se le encogió el corazón. Giró sobre sus talones
y cayó al suelo presa de la ansiedad. Se puso en pie, se sacudió un trozo de
cristal de la rodilla y echó a correr. Se golpeó un hombro con la puerta del
estudio, se lastimó el otro contra el reloj de pared y casi se dio de bruces
contra la puerta.
«Acuérdate de cerrar la puerta antes de besarla.»
La abrió de par en par, la cerró de un portazo, y su corazón se hizo añicos
como el vaso que había roto en el estudio.
No era ella, sino la señora Abercromby, que debía de haber olvidado sus
llaves. Pero él ya había traicionado todos sus principios, todos y cada uno de
ellos.

CAPÍTULO 20
Verity encontró a Michael fumando en la entrada de la casa del guardián.
Llevaba una vieja chaqueta de tweed que le quedaba demasiado ancha y
demasiado corta, unas botas salpicadas de barro y una gorra de lana calada
hasta las cejas. No fumaba con la elegancia de un caballero, sino con la
impaciencia de un trabajador; sujetaba el cigarrillo entre el pulgar y el índice y
no paraba de dar nerviosas caladas.
Michael solía regresar a Fairleigh Park a mediados de diciembre. Pero
esta vez un compañero de clase lo había invitado a pasar una semana en su
casa al final del trimestre y por ese motivo no había llegado hasta la noche
anterior.
—¿Has estado trabajando?
Michael levantó la vista, sorprendido. Debía de haberse distraído. Ella se
había acercado hasta él y ni siquiera la había visto.
—Matando unas cuantas alimañas —respondió. No intentó esconder el
cigarrillo. Al contrario, sacó el paquete del bolsillo y le ofreció uno.
Verity lo aceptó. Nunca había fumado delante de él, pero no se sorprendió
de que conociera su pequeño vicio.
—Gracias —le dijo. —Me lo fumaré después.
El se terminó su cigarrillo. Bajó el escalón de la entrada, dejó caer la colilla
donde había tirado las cenizas, y la cubrió con un poco de nieve. Volvió a
subir las escaleras y le abrió la puerta.
—¿Quiere entrar?
Verity entró en la sala antes que él.
—¿Tus padres están descansando?
Los Robbins solían echar una cabezada después de almorzar. Verity
prefería visitar a Michael a aquella hora para poder tenerlo solo para ella. Era
mejor que conversar bajo la mirada inquieta y vigilante de sus padres. Eran
unas personas maravillosas, pero Verity los desconcertaba y los alarmaba.
No estaban muy seguros de cómo actuar con respecto a ella ni qué pensar
de la intimidad entre su hijo y ella.
—No bajarán hasta dentro de tres cuartos de hora —respondió Michael. —
Siéntese. Iré a buscar un poco de agua.
Verity apartó los periódicos y la labor de punto que la señora Robbins
había dejado encima de la mesa. Michael volvió con una tetera de acero
llena de agua; agachó la cabeza para no chocarse con el bajo dintel de la
puerta y colocó la tetera sobre un infiernillo de alcohol.
—He traído unas galletas de almendra, unas tejas. Te gustarán —dijo
Verity.
Él prefería las magdalenas, pero Verity no tenía fuerzas para prepararlas,
ni siquiera para Michael. Habían pasado dos semanas y un día desde que
dejó Londres, pero el dolor no había disminuido... ni el arrepentimiento, ni los
ocasionales accesos de ira o de esperanzas vanas que lo hacían todo más
difícil.
—Gracias —le dijo. Se quitó la gorra y la colgó de un perchero que había
junto a la puerta. —Me gusta todo lo que usted cocina, excepto el hígado.

Verity enarcó una ceja.
—Metiéndote de nuevo con mi foie gras, ¿eh?
Michael tuvo el buen juicio de no contestarle. Hablaron sobre los dolores
de espalda de Verity, los quehaceres de Michael, y el último desastre
culinario de la señora Robbins. Michael jugueteaba con su navaja mientras
respondía a todas sus preguntas. Ella observó las manos del muchacho,
como siempre. No tenía rasguños, ni cicatrices... no se había peleado con
nadie.
Cuando la tetera silbó, Verity hizo té y sirvió las tejas en un plato. Michael
se comió doce seguidas, una tras otra. Ella lo miraba. Solía observarlo
durante horas, mientras él jugaba, leía o charlaba consigo mismo inventando
juegos con palos y piedras.
El muchacho la miró y ella apartó la vista. Cuando era niño, Verity
deseaba fervientemente que creciera y se convirtiese en el caballero con
quien ella no había podido casarse. Ahora deseaba que el tiempo no hubiera
pasado tan deprisa, que Michael le llegara solo hasta la cintura, que aún
pudiera abrazarlo y que él se sintiera feliz entre sus brazos.
—He oído que un compañero te invitó a pasar unos días en su casa. ¿Lo
has pasado bien con él?
Él se encogió de hombros.
—Uno no rechaza una invitación al palacio de Buckingham, aun cuando
prefiriera que le quitaran las amígdalas a sentarse a tomar el té con la reina.
—¿Tan horrible ha sido? Pensaba que los Baldwin eran buena gente.
—No he estado en casa de los Baldwin, sino en la de los Cove-Radcliff.
La teja que Verity tenía en las manos se partió en dos. La condesa de
Cove-Radcliff era la hija mayor de la duquesa viuda de Arlington.
—No sabía que conocieras a esa familia —comentó.
—Nigel Granville ha trabajado conmigo en el periódico este año. Si he de
serle sincero, no esperaba que me invitara y él se sentía incómodo cuando lo
hizo. Pero me invitó, y yo fui.
—¿Te trataron bien sus hermanas?
—¿Cómo sabe que tiene hermanas?
—Siempre las hay, ¿no?
Michael respondió encogiéndose de hombros otra vez.
—Se portaron bien conmigo. Pero ya hemos hablado demasiado de mí. ¿
Qué ocurre entre usted y el señor Somerset?
Fue un milagro que Verity no derramara el té sobre la mesita. Aquel era
otro problema a tener en cuenta con los chicos ya mayores: veían y oían
demasiadas cosas. Miró hacia la puerta de la sala para cerciorarse de que
estaba bien cerrada. Decidió escudarse en el tiempo verbal que el muchacho
había empleado.
—No ocurre nada.
Se reprochó no haberse marchado aún. Había presentado ya su carta de
renuncia, pero había puesto que el treinta y uno de diciembre sería su último
día. Se quedaría tanto tiempo como él le permitiera. Quería pasar con
Michael aquellos últimos diez días. Pero esa no era la única razón: si se iba
de Fairleigh Park, ¿cómo podría pisotear a Stuart y empujarlo contra una

pared, como él había hecho con ella, hasta que le pidiera perdón?
—¿No ocurre nada ahora o no ha ocurrido nunca? —Le preguntó el
muchacho. —Le mostré su fotografía, y se quedó blanco...
Así que era eso lo que había pasado. Para cuando Stuart regresó al 26 de
Cambury Lane, ya sabía perfectamente lo que iba a hacer con ella.
—El señor Somerset y yo nos conocimos en una ocasión anterior, hace
diez años. Yo sufrí una agresión en Londres y él acudió en mi ayuda.
—¿De veras? A juzgar por su forma de reaccionar, habría jurado que
ocurrió algo más que eso —dijo Michael con frialdad e insinuando algún tipo
de comportamiento escandaloso por parte de ella.
—Bueno, una cosa llevó a la otra y, antes de que me diera cuenta, el
señor Somerset me propuso que me casara con él. Michael se atragantó con
su té.
—¿Que hizo qué?
Verity esbozó una sonrisa y sacudió la cabeza para sí. A Michael no le
sorprendía que ella se hubiera acostado con otro patrón, pero sí que alguien
le hubiera ofrecido matrimonio.
—Me pidió que me casara con él.
—¿Y por qué no se casó con él? Por una vez podría haber hecho lo más
sensato y apropiado.
—Él no sabía que yo era la cocinera de su hermano —respondió. —Me
marché sin decírselo. Y cuando lo averiguó, cuando le mostraste mi
fotografía, se enfadó mucho. Me echó de su casa de Londres y exigió que
dejara mi empleo. Tengo que abandonar Fairleigh Park antes de final de año.
La expresión de Michael cambió.
—¿Se marcha usted de veras?
—Debería haberlo hecho después del funeral del señor Bertram. Pero, sí,
me marcho.
Michael se sirvió otra taza de té. La bebió, sorbo a sorbo, hasta vaciarla.
—¿Existe alguna posibilidad de que me honre con la verdad antes de que
se marche? —preguntó.
Entre ellos, solo había una verdad que importara.
Verity se miró las manos; tenía un pedazo de teja en cada una.
—¿Tenemos que pasar por esto de nuevo?
—La recuerdo de cuando era muy pequeño. Me acuerdo de cuando me
daba el biberón. Entonces solía llevar un broche blanco en el corpiño. Yo
siempre trataba de quitárselo mientras tomaba el biberón. Pero un día el
broche desapareció y yo me enfadé mucho. Me negaba a comer. Seguía
buscando el broche. Usted no dejaba de llorar.
Verity se quedó atónita. Michael acababa de describirle un día varias
semanas antes de que lo llevara al zoo. El broche era de su madre, un
camafeo que se había visto obligada a vender, por mucho menos de su
valor, porque estaba asustada, era una ingenua y no tenía la menor idea de
regatear.
Michael no podía tener entonces más de cuatro meses.
—¿Por qué no me lo habías contado nunca? —murmuró.

—No me importa. Retrocedió dos pasos.—Hay cosas que yo no le cuento. ¿por qué sigue empeñada en mantenerme en secreto? —El señor Somerset no tiene nada que ver con esto. Michael palideció.. —¿La he despertado? Cada vez que veía a Michael con la señora Robbins. —Discúlpeme. sorprendido. Ahora tampoco. por remota que fuera. casi tímido. Los ojos del muchacho ardieron de ira.. —La miró fijamente. Si el señor Somerset no quiere casarse con usted. Me lo debe. —No puedo. No me di cuenta de que ocultártela te causaría tanto dolor. sencillos. El muchacho dispensaba a su madre adoptiva un cariño que ahora ya no le ofrecía a ella. no se vaya. por la posibilidad. —Fui yo quien le hizo prometer a madame que jamás te diría la verdad. mientras que madame es joven. Michael. —No. al otro lado de la puerta. hermosa y refinada. —Lo siento mucho. por eso hay una entrada para el zoo de Londres en la caja que guarda mi madre y de la que nunca ha podido explicar nada. aún estupefacta. —¡Pues dígame el motivo! El grito del muchacho casi hizo temblar la casa. al escuchar un golpe suave. Michael. te lo ruego. Ahora mismo me voy. Me dijo que usted me llevó un día al zoológico. Verity sentía envidia. Ella pestañeó rápidamente. —Incluso la historia del señor Somerset lo confirma. —La señora Robbins se dirigió a Michael. sorprendida por su vehemencia. de pueblo. Verity lo observó. —¿Lo admitirá ahora? ¿Lo reconocerá. . Lo lamento. estúpida o repugnante. Vas a despertar a tus padres —le pidió con un murmullo ronco. Entonces no pude explicarte nada sobre la mujer que te dio a luz. —Tenga al menos la decencia de decirme por qué se niega a reconocerme. ¿ Cómo es posible que siga usted negándolo? —Ya te lo dije la última vez que me preguntaste. Tenía el rostro lleno de arrugas y demacrado. igual que hay cosas que usted no me cuenta. señora —se excusó Michael de inmediato. señora Robbins. —Somos viejos. La expresión del muchacho se endureció. Michael dio un puñetazo a la puerta de la sala. No creo haberme convertido en una persona fea. —Baja la voz. La señora Robbins entró en la sala y de pronto todos tuvieron la sensación de estar demasiado apretados. Tenía miedo de que no nos quisieras como padres si te decíamos la verdad. se lo ruego. de que la violencia lo poseyera. Se quedó mirando a la señora Robbins como si no la conociera. Se puso en pie inmediatamente. por el ruido que hemos hecho. al menos? Verity sacudió la cabeza.

Me ha dolido que pensaras que te escondería la verdad solo para casarme ventajosamente cuando. también querría saber la verdad. una desagradable colonia al sur del Támesis. Ninguno de los dos tenía la menor idea de que era preciso llevar el dinero cosido en la ropa interior u oculto en los zapatos. Michael se dirigió al armario donde el señor Robbins guardaba la botella de ginebra y se sirvió un poco en la taza. Te quería demasiado y la aterraba que pudiera apartarte de ella. Vivían en Jacob's Island. y el caos y la criminalidad que reinaban en la ciudad lo superaron. Si yo fuera tú. —Michael dio un trago a la ginebra. pero nunca llegaron a localizarlo. —Lo fui durante un brevísimo tiempo. La muerte de Ben arrancó los últimos pedazos de romanticismo de aquel tipo de vida. Arrancó un hilo suelto que le colgaba manga. —Comenzó a sospechar no mucho después de que yo llegara aquí. La señora Robbins le acarició el brazo con cautela. Era un mozo que trabajaba en las cuadras de la casa donde crecí. Ben encontró trabajo en una casa de alquiler de carruajes. Verity fue capaz de ignorar que vivía . en cuanto ella volvía la espalda tú venías corriendo a verme. mientras pude cuidar de ti. Ben creía que su hermanastro vivía allí. Él nunca había ido más allá de Tonbridge. —¿Así que es mi madre? Parecía extrañado. Vendieron los botones de marfil del vestido de Verity y compraron dos billetes para Londres. sin pretensiones. con la esperanza de ahorrar suficiente dinero. —Verity dejó escapar un suspiro. —Cuando todas las decisiones que había tomado en su vida habían girado en torno a él. con Verity esforzándose por aparentar que aquello era solo la parte fea del cuento de hadas. Cuando la puerta se cerró tras la señora Robbins. de una infección. le entró mucho miedo. —¿Está muerto? —Murió poco antes de que nacieras. —¿Cómo se enteró ella? —preguntó finalmente Michael. En aquellos tiempos. —Pero no esperaba que sus sospechas fueran tan acertadas: se llevó una sorpresa cuando lo admití. —Lo siento —dijo Michael ausente. —Lo siento mucho —repitió Michael. Pero les robaron los ahorros de Ben apenas bajaron del tren. Verity se sentó otra vez. —Me he comportado de un modo muy desagradable. —Era. —Se llamaba Benjamín Applewood. Los billetes de tren de tercera clase costaban solo unos peniques. Un hombre muy dulce. ambos se quedaron callados durante un buen rato.Michael no dijo nada.. al beso siguiente. —Pero tienes razón. a la semana siguiente. que el final feliz llegaría al día siguiente. —Sí. Habían ido a Southampton a comprar pasajes para América. a pesar de haber insistido durante tanto tiempo en que lo sabía. —Me marcharé para que tengáis algo de intimidad.. —¿Sabe algo acerca de mi padre? —preguntó volviéndose. Mientras estuvo con ella.

cuando tu padre vino a rescatarme. —¿Y qué hay de su familia? ¿Les ha hablado de mí? —Debió de advertir que se le ensombrecía el semblante. Lo han desembalado esta mañana. —De un lugar al que no puedo volver. Lo crió un pastor. Cuando se descubrió que estaba embarazada. Algunos criados me miran con desconfianza. —Ven esta noche al baile de los criados. —Saben que existo. —En el colegio siempre ha corrido el rumor de que soy el hijo bastardo de alguien muy importante. Comenzó a trabajar para mi familia cuando tenía trece años. pero eso no me ha impedido acudir cada año. —¿Sabe algo de mí la familia de mi padre? Verity sacudió la cabeza. El señor Somerset les ha regalado uno a los criados por Navidad.. en un cuarto lleno de ratas. —No sé. Pensábamos organizar la boda en cuanto nos hubiéramos instalado y hubiéramos prosperado en América. —No creo que la valía de un hombre proceda solo de su ascendencia. Así que. tras la muerte del clérigo. Michael volvió a beber de su taza de té. Será divertido.en un apartado suburbio. supongo. Para su sorpresa.. —Lo siento —dijo. Ven y trae a tu madre. tras un instante de vacilación. La señora Robbins estaría deseando hablar con Michael. —No teníamos dinero para casarnos. se quedó absolutamente sola. Pero sin los ingresos y la protección de Ben. me alejaron de ellos y me dijeron que pasaría el resto de mi vida encerrada a cal y canto. Aún estoy buscando mi sitio en la vida.. pero no es tan horrible labrarte tu propio lugar en el mundo. Por supuesto que saber desde el principio de dónde vienes es algo envidiable. Era una perspectiva que me producía pesadillas. .. es por lo que me soportan. —Tu padre era huérfano. Verity se puso en pie. —¿Se habrían casado? La esperanza que había en la voz de Michael le lastimó el corazón. Disfrutará tocando en un piano de verdad. —¿Fui yo la causa de que tuviera que dejar a su familia? —Sí y no. Michael. Apuró el contenido de su taza y volvió a coger la botella de ginebra. sin capacidad para ganar por sí misma un penique decente. —Algunos criados siempre me han mirado también a mí con desconfianza. Dejó pasar unos largos segundos y después asintió lentamente. —Ya basta. Prepararé una excelente cena fría. —Dice eso porque usted sí sabe de dónde proviene. como tú. el muchacho devolvió la botella al armario.. Michael no contestó. Me pregunto qué diría la gente si supiera la verdad. Era hora de que se marchara.. El muchacho la miró fijamente. decidí marcharme con él. ¿verdad? —Algunos —respondió Verity.

—No hable así. porque sabía que Verity no se marcharía sin ver a Michael una vez más y porque sabía que Michael no volvería a Fairleigh Park hasta una semana antes de Navidad. Necesitaba que lo sorprendiera. a pesar de que la lógica le decía que Verity no se había marchado aún. El pánico fue total y repentino. Pero. Lo echaba mucho de menos. Deseaba sentirse vulnerable.. convencido de que ya era demasiado tarde. Voy a estar demasiado ocupada bailando y flirteando. —Veremos lo viejo que estás tú cuando tengas treinta y tres años. . Para cuando paró un carruaje. Había elegido una vida muy dura para él. —Necesitaré a alguien que me ayude a no perder de vista a Marjorie. —Ven a verme alguna tarde antes de que me vaya. Es demasiado vieja para eso. perdió también su recién recuperado sentido del gusto. por supuesto. Peor aún: cuando saliera del 9 de Downing Street. un segundo después. Era todo huesos. Lo abrazó. Quería volver a apreciar la comida. que su renuncia se hacía efectiva a finales de mes. le supo a carbón. lejos de la mujer a la que amaba y de aquella con la que se había prometido. Michael le agarró la mano y la retuvo entre las suyas. Y le devolvió el abrazo. Y lo echaba de menos. Y una semana antes de Navidad había sido el día anterior. Pero durante las dos últimas semanas su prometida se había convertido en una especie de ermitaña. Stuart estaba discutiendo tranquilamente el proyecto de ley de Aduanas e Impuestos Internos con el ministro del Tesoro y. como todo cuanto había comido a lo largo de las dos últimas semanas.. lo asombrara o incluso lo asediara. posponía una y otra vez su decisión final. tendría que resolver varios enfrentamientos entre los diputados.—Le preguntaré si quiere ir. Cuando despidió a Verity. a encontrar un lugar entre personas que preferirían no tenerlo entre ellos. De repente sintió la imperiosa necesidad de abandonar Londres. Y el muchacho jamás se había quejado. largos y duros huesos bajo la lana raída. había perdido toda su capacidad de razonamiento. ¿Y si ya había visto a Michael y se había marchado? ¿Y si no quería que la encontraran? La falsa sensación de seguridad que le daba saber dónde se encontraba Verity se evaporó en un segundo. Verity lo miró y se sintió orgullosa de él. en un extraño limbo. Tal vez la situación habría estallado antes si hubiera visto más a Lizzy. Ella le dio una fuerte palmada en el pecho. Pero uno no deja plantado sin motivo al ministro del Tesoro. ajustar el programa legislativo y tranquilizar a todos cuantos se manifestaran inquietos por el borrador que el señor Gladstone estaba preparando para la ley de Autonomía de Irlanda. Y Stuart. —Lo haré —prometió él. obligándolo siempre a superar su condición humilde. placentera y peligrosamente vivo. estaba ya fuera de sí. En el exterior de la estación de trenes compró un penique de melaza. donde tenía su despacho como responsable de la disciplina del partido.

Cuando Stuart la abrazaba y le pedía que le contara qué le pasaba. Puesto que Stuart no había avisado de su llegada —temía que Verity se marchara al enterarse. que añoraba la música. mientras que los que solían trabajar al aire libre vestían sus mejores galas. cuando la sala cobraba vida gracias a la música y las canciones. Aquel lugar. Al acercarse a la mansión. Que aún estuviera allí. Su madre había llegado a un acuerdo con la solterona: ella confeccionaría cortinas nuevas para toda la casa a cambio de que le dieran clases de música. Aquellas veladas musicales acabaron abruptamente cuando la solterona descubrió a su madre en compañía de su nuevo galán en su habitación. Cruzaría el puente cuando llegara a él.La necesitaba a ella. Tocaba baladas que había aprendido en su juventud y las últimas canciones que le enseñaban las mujeres de la fábrica. —recorrió a pie el kilómetro y medio que separaba el pueblo de su finca. era oscuro y triste. había intentado fingir que todo iría bien si se limitaba a seguir como antes. a la mujer se le quebraba la voz y le respondía que echaba de menos la espineta. Pero era imposible sabiendo que ella era a la vez Cenicienta y Verity Durant. Pronto comenzó a tocar para él y para las demás huéspedes. Ninguna de ellas quedaría indemne si la hacía suya. sin importar qué parte de su personalidad conociera. cuando tenía cinco años. había dedicado décadas enteras a construirse una reputación y una carrera. sabiendo que estaba destinado a enamorarse de ella. Se reunían en torno a una antigua espineta de los tiempos del Rey Loco. en los tiempos en que su madre decía ser una viuda respetable. No importaba. Soltó el humo del cigarrillo y observó la nube oscura que se formó ante él. Había tratado de seguir adelante con su vida. No tenía ni idea de qué haría si la veía ese día. Encendió un cigarrillo y se quedó mirando el infinito. Stuart vivió en una residencia para mujeres. Los sirvientes de la casa llevaban puestos sus uniformes. Por otro lado. Un lacayo tocaba . cerró los ojos un instante. Solo hacía falta que ella estuviera allí. Que aún estuviera allí. igualmente aterrador. Había muchísima gente. salvo durante las veladas. gobernado por una solterona con cara amargada. ¿Y si no quería saber nada de él? E. pero la de servicio estaba abierta. Stuart siguió la música hasta la sala de estar de los sirvientes. La estancia estaba decorada con motivos navideños: había guirnaldas de acebo y un árbol de Navidad lleno de velas. El galán desapareció y su madre no paraba de llorar. Ante la puerta. La puerta delantera de la mansión estaba cerrada con llave. perdería también lo mejor de sí mismo. Londres pasaba a toda prisa al otro lado de la ventanilla de su asiento de primera clase. Stuart había irrumpido en mitad del baile de los criados. Durante unos meses. Tuvieron que trasladarse a un lugar horrible. oyó el sonido del piano que había regalado a sus sirvientes por Navidad. cuatro tal vez. ¿y si sí quería saber algo de él? Si volvía a perderla.

se interpuso en su camino. era un estúpido. la señora Boyce y el señor Prior encabezaban la Gran Marcha: un desfile en parejas alrededor de la estancia. Cenicienta había acudido al baile. —¿Qué hace usted aquí? —le preguntó en francés. Aquel baile fue el más largo de su vida. Dos pares de risueñas doncellas —las mujeres superaban en número a los hombres —formaban la cola de la procesión. no llevaba el uniforme o la ropa de los domingos. las jarras de cerveza se quedaron a medio camino de los labios. A Stuart no le importó. —Inicie usted un vals —le pidió Stuart al lacayo que tocaba el piano.el piano. Toda ella era cautivadora. cuyo rango era superior al de Simmons. el jardinero jefe. con el cabello rubio recogido en un sencillo moño alto. Ella no se movió. que estaban hechos el uno para el otro. Pero. No llevaba adornos en el corpiño ni en los bajos y el escote era tan recatado —a tan solo dos centímetros y medio de la clavícula —que incluso los puritanos lo habrían aprobado. Tuvo que bailar la cuadrilla con la señora Boyce —la criada de más alto rango en la casa —mientras que el señor Prior se emparejaba con la señora Robbins que. Verity se dio cuenta de que rechazarlo daría lugar a una escena. Pero ella no estaba entre los sirvientes. El vestido estaba pasado de moda. Tras un instante de desconcierto. a pesar de haberse casado con el guardián. pero Prior. Allí estaban todos los Robbins: Michael. Al final de la cuadrilla. caminaba junto a una muchacha que daba la impresión de no saber muy bien qué ocurría. que tan pronto seguía líneas rectas como serpenteantes. Simmons. así que aceptó la invitación. de repente. con una ramita de acebo prendida en la solapa. en cuanto Stuart se levantó. Cuando los primeros compases de un vals de Strauss surgieron del piano. pero la señora Robbins ocupó su puesto. Las conversaciones cesaron. su atuendo era cautivador. Alguien lo vio. sino un vestido de noche de terciopelo azul cobalto. La había alejado de él y probablemente no volvería jamás. Verity le respondió con una inclinación de la cabeza. pero sin el acento . en ausencia del señor de la casa. Pero con la gargantilla de terciopelo azul y los largos guantes blancos que le cubrían los codos. Lo único que importaba era que ella seguía allí. cuando el muchacho miró en dirección a Stuart. Stuart impostó una sonrisa e hizo lo mismo. Stuart pudo volver a respirar. No podía parar de pensar en lo necio que había sido por no haber ido antes a por ella. los demás hombres retrocedieron. seguía recibiendo el tratamiento de una dama. todos aplaudieron. Sin embargo. Pero ahora a los treinta y siete. Pero entonces se abrió la puerta de la sala y Verity Durant entró por ella. Después de tantos años. Llevaba la cabeza descubierta. salió a su encuentro. Stuart le tendió la mano a Verity. Pronto lo vieron todos. A diferencia de los demás sirvientes. Entonces Stuart hizo algo que nunca había hecho ante un criado: una reverencia. Y. —¿ Conoce alguno? El lacayo no sabía tocar el vals. Pasaría toda la noche con la mano tendida si era necesario. Verity se dirigía hacia Michael. A los veintisiete años habría sido más listo: enseguida supo que aquella mujer era todo lo que deseaba. ella lo imitó y se detuvo en seco. Y.

Pero el resultado de aquel matrimonio.. Sin la bendición de la Iglesia y la aprobación de la ley.. el resto de mis días. te quiero —dijo Stuart sin saber si aquello sería suficiente para compensar todo cuanto no le estaba ofreciendo. Ella apretó los labios. quiere que sea su amante —dijo Verity. —Eso suena muy bonito —replicó ella con una pizca de ansiosa anticipación en su tono de general indiferencia. excepto por el nombre.. —Quiero estar con usted. —He venido a disculparme y a rogarle que me perdone.. por primera vez en dos semanas. —Podría haberle obligado a casarse conmigo entonces —siguió Verity. —En lo que a mí respecta. Su olor era maravilloso. Yo ya he hecho mis planes. dispuesto a acabar con todo el bufet frío. olía a naranjas recién peladas y a nata. —En realidad no quiero aceptar.. —¿Para poder casarse con la conciencia limpia? —No voy a casarme con la señorita Bessler —respondió él. habría sido desastroso. —Él habría mantenido su palabra si ella se lo hubiera pedido. Su voz denotaba tensión. —Me pediste que me marchara. . podría haberlo hecho. toda ella estaba tensa como la cuerda de un arco. Con un leve sobresalto. —Y haré todo cuanto esté a mi alcance para hacerte feliz.. Pero no existía un verdadero matrimonio que no se pudiera llamar así. tan inevitable. —Esta vez será un verdadero matrimonio. —Afrontaré las consecuencias cuando se presenten. si me lo permite. — Juró que lo haría fuera como fuese. Las mismas por las que no acepté su propuesta la última vez. Pero. Puedo soportarlo casi todo siempre y cuando estemos juntos. —Ya sé que la última vez le pedí matrimonio. Era extraño que una decisión que le había parecido tan complicada antes surgiera ahora tan clara. Ahora cambias de opinión y me pides que los abandone. Verity desvió la mirada. —No es necesario que me explique por qué no puede casarse conmigo — replicó ella con brusquedad. Bailaron alrededor de la mitad de la estancia antes de que ella hablara de nuevo: —En otras palabras. cuando el rumor se extienda y se empañe tu reputación? —Porque que mi reputación se empañe no es nada comparado con el dolor de perderte —respondió Stuart. y los dos lo sabían. lleno de rencor por parte de ambos. —Sí. Stuart se dio cuenta de que estaba hambriento.provenzal. Magníficamente hambriento. su expresión era rígida también. —pero ¿qué me está ofreciendo exactamente? —Un acuerdo que confío que nos satisfará a los dos. ¿Cómo sé yo que no te arrepentirás de esto dentro de unas semanas. Stuart no podría aparecer en público con ella y Verity no tendría ninguno de los derechos y privilegios que le corresponden a una esposa. cualquier relación sería ilícita. —Conozco las razones. El corazón de Stuart dio un brinco.

—Los hemos perdido. —Acaba de contarme que Bertie solía pagarle para que me sisara magdalenas. los cocheros e incluso los mozos de cuadra. Tuvo que dejarla al concluir el baile. Y no le importaba que su buen nombre se viera comprometido.. Verity también bailaba y comía. Es una descarada. El hambre de su corazón se iba saciando también. con una gentileza exquisita.. cuando el señor de la casa apenas reconocería su existencia entre las exigencias de su vida diaria. Que corrieran los rumores. —resumió él. Verity permaneció en silencio durante un minuto entero. No podrían arrebatarle su felicidad.. casi voluptuosamente. sino con todos los demás: los lacayos. ¿verdad? —repitió. muchas gracias. Su siguiente pareja fue la señora Robbins y. —Nunca me dijiste que a Cenicienta le gustara flirtear. los ayudantes de jardinero. Y Stuart supo entonces que había aceptado. —¡Ojalá! Así no habría tenido que pasarme una hora sacándole a las costuras para poder ponerme este vestido. que casi no le llegaba a la cintura. —Es precioso. después. —Tienes un aspecto horrible —dijo. . mostró sus preferencias bailando de nuevo con Verity tras interrumpir su segundo baile con Simmons: —¿Me permite? Simmons saludó con pomposidad isabelina y le cedió su puesto. —¡Pero bueno! —Murmuró Stuart.. —¿Y no ha venido hoy a visitarla el hada madrina? —preguntó Stuart riendo. que se rieran de él por todo Londres. Y también flirteaba. —Un hombre de mediana edad. coqueta. sin descanso. incluida la doncella más joven. —Sonrió. Había nacido para bailar. Stuart se mantuvo alejado de ella hasta que hubo bailado con todas las mujeres presentes. pues los dos mantenían la dignidad de una pareja de sirvientes de categoría.—¿Pero lo harás? Verity no respondió directamente. solitario. todas y cada una de las sirvientas de la casa. Encargué que me lo hicieran para salir a cenar con Bertie en París. Y yo me estaba planteando si debía contarle que has conservado sus botas de goma en un altar durante diez años. y hasta la torpe manera de guiarla Simmons parecía gallarda. Pero después. comió sustanciosa. tal vez por todo el país. —Hemos perdido diez largos años. Aquellos pocos minutos de contacto personal compensarían el resto del año. —¿Este viejo trapo? Bueno. No con Prior. Entre baile y baile. Se expresaba en un inglés afrancesado. —Oh. Ahora estaba flirteando con él. Los señores Grimm tuvieron que agotar casi toda la provisión de jabón que tenían en casa para limpiar su historia. su gracia hacía que los rígidos pasos de Prior parecieran ágiles.

¿ Para qué? —Para hablar con la señorita Bessler. —Me decías que pensabas ir a Lyndhurst Hall. Tomaré el último tren y regresaré a Londres esta misma noche. Y también había sido extraño que la duquesa manifestara tal interés a propósito de Verity Durant. De hecho. —Lo haré. Su padre y ella están allí como invitados de los Arlington. Pero he hablado con Bumbry hace un momento y está preparando un carruaje para mí. —¿Por qué tanta prisa? —Así podré estar en Lyndhurst Hall a primera hora de la mañana y. Verity bajó la mirada un segundo. Stuart sintió que no estaba a la altura. Michael los interrumpió y la alejó bailando. —Por nosotros. —Hablaré con ella. —¿Lo entenderá la señorita Bessler? —Aún no lo sé. —¿Qué pasará con la señorita Bessler? —preguntó Verity. —Por nosotros. pero prefiero pasarlas contigo. —¿Te lo permitirá la duquesa viuda de Arlington? —preguntó Verity con la voz tensa de nuevo. Tendrás que amarme más. —Antes te mostrabas inflexible en cuanto a vuestro compromiso. Además. —Lo miró a los ojos. aún no puedo decirlo. Era una pregunta extraña. Antes de que pudiera tranquilizar a Verity. Los demás criados los miraban bailar con diversos grados de curiosidad y asombro en sus rostros. Pero estoy seguro de que algún día sabrá apreciar que le haya dicho la verdad. Era una promesa fácil de cumplir. —Lo siento —se excusó. a mí también me han invitado a pasar las Navidades allí. El señor Bessler y el difunto duque eran amigos íntimos. Verity frenó en seco.. —Lo fue mientras duró. . —Tal vez no. Pasaron unos pocos segundos antes de que retomaran el compás de la música. —Yo no soy tan divertido como Bertie. —Te agradezco que te tomes todas estas molestias por mí. así podrá decidir por sí misma qué es lo que desea. Pero Stuart no creía que la duquesa viuda interfiriera a propósito en su vida privada.. —Ahora que me he dado cuenta de que no podría vivir sin ti. Me gusta cómo suena. —¿Quieres que vaya a tu habitación esta noche? —Ojalá.—Parece que fue una relación divertida. todo lo demás cae por su propio peso. —¿Qué te ha hecho cambiar de idea? —Quiso saber Verity. Tenían toda la pista para ellos.

. De inmediato.» El corazón se le desbocó. no había visto ni a Stuart ni a Will Marsden. —¿Qué hace usted aquí? —preguntó en un susurro.CAPÍTULO 21 —Estoy bien. Faltaban tres semanas para la boda. sino también la de él. le entraban ganas de salir de donde estuviera y correr en su busca para decirle que se casaría con él. Una vez al día. Se rió a pesar de su nerviosismo. —De verdad que estoy bien —insistió. Agarrados del brazo. El ruido la sorprendió. Lizzy se ató el cinturón de la bata y fue a recogerla. lo besó en la mejilla y se fue a su dormitorio. Pero luego le entraban las dudas. ¿Y si era tan superficial como él temía? La verdad era que en su pasado reciente no había indicios de la fortaleza de carácter que requería una situación semejante. para él. En ella habían escrito una palabra: Cabaret. En los últimos quince días. No quería convertirse en una vieja amargada que lo hiciera desgraciado hasta el fin de sus días. —¿Quién es? Deslizaron una tarjeta por debajo de la puerta. mucho más de menos a Will que a su prometido debía de significar algo. Esta última acción aceleró el corazón de Lizzy un poco más. Marsden. despidió a su doncella casi de inmediato. Quería estar sola. Miró el reloj: pasaban cinco minutos de la medianoche. su reputación quedaría merecidamente arruinada. Que él fuera a visitarla a su habitación a aquellas horas —y que ella le permitiera entrar —era un escándalo. Y no le preocupaba solo su propia infelicidad. —Estoy desesperado —dijo el señor Marsden. ¿Cuándo habría llegado a Lyndhurst Hall? —¿Cómo sé que es usted realmente? Otra tarjeta se deslizó por debajo de la puerta. y el hecho de que echara más. papá —le aseguró Lizzy a su padre. el fantasma de la melancolía acechaba siempre a su hija. Una vez allí. A Lizzy la avergonzaba preocupar todavía a su padre a pesar de su edad. Debería estar procurándole el consuelo y la alegría de una mujer bien situada. Lizzy le dio las buenas noches a su padre. El señor Bessler la examinaba una y otra vez en busca de señales de apatía y desgana porque. Abrió la puerta. Él se coló en el interior de la habitación y cerró la puerta a su espalda haciendo girar la llave en la cerradura. subieron por la gran escalinata. Estaban pasando la semana en Lyndhurst Hall y su prometido se reuniría con ellos en breve. —Por eso he decidido recurrir a tácticas extremas. —¿Y? —Y voy a seducirla. Si los descubrían. «Señor W. Alguien llamó a la puerta. por lo menos.

Lizzy volvió a apartarse y le espetó con fingida indignación: —¿No tiene vergüenza. A Lizzy se le pusieron los ojos como platos. Soltó uno por uno los corchetes de su camisón dejando al descubierto una larga V de la piel de Lizzy que iba desde su garganta hasta su vientre. La cogió en volandas y la sentó en la cama. recogió del suelo el cinturón de su bata. A Lizzy se le cortó la respiración. le soltó la bata y se la quitó. que era casi tan alta como un seto. —Siempre experimento esta misma sensación de anticipación cuando la orquesta afina los instrumentos antes de un concierto sinfónico —le susurró al oído. El deseo la invadió de repente. La besó de nuevo y.Lizzy no se había sentido tan deliciosamente ofendida en toda su vida. Pero a él no le costó nada abrírselas de nuevo y proseguir con su exploración ascendente. Sabía bien lo que él . La cabeza de Lizzy comenzó a dar vueltas. —Pero si no lo consigo. Pero procedamos ahora a la obertura. esto es muy sorprendente —protestó Lizzy. —Esto. —No. los volvió a abrir y expulsó lentamente el aire de sus pulmones. Es usted una mujer sin corazón —respondió. pero más fresca y suave. —Y ahora. ¿Iba a declararse formalmente? No. Comenzó a deslizar la larga cinta de seda de casi dos metros de largo por el cuerpo de Lizzy. De pronto. —Ha sido una acción muy indecorosa por su parte. como si la lamieran. Will cambió el sentido de la caricia y aquel intenso y agradable placer se renovó. Se acercó a ella y.. al menos tendré la satisfacción de saber que se pasará el resto de su vida deseando acostarse conmigo de nuevo. sin decir una palabra más. pero es la pura verdad. ¿no? —Tal vez no sea humilde. señor. la besó. —¡Vaya! Un poco arrogante. E interna. fíjese —dijo mientras apartaba la parte de arriba de su camisón y desnudaba sus pechos por completo. —¿Me estás diciendo que el concierto no ha comenzado todavía? —logró preguntar Lizzy. ya no tenía expresión juguetona. —Gracias por preocuparte por mi recato —murmuró Lizzy. la joven se puso más nerviosa que nunca. Le levantó el camisón por el bajo y comenzó a besarla desde las rodillas hasta los muslos. —No digas nada —le dijo mirándola a los ojos. La sensación era indescriptible. jadeando. —Ya verá. mientras lo hacía. —No se rendiría con tanta facilidad. Lizzy. —¿Y cree que eso me obligará a casarme con usted? —No lo sé. Gimió. para todo lo que implicaba? El señor Marsden clavó una rodilla en el suelo delante de ella.. instintivamente. Se incorporó y colocó el extremo del cinturón sobre los pezones de la joven. ¿Estaba lista para aquello. —¿De verdad? Pues entonces tal vez prefiera esto. Will cerró los ojos. Se apartó. cerró las piernas. señor? —En absoluto —replicó.

pretendía, pero jamás había experimentado nada semejante, demasiado
atrevido incluso para su ya maltrecha alma.
El señor Marsden rió con suavidad.
—¿Cómo? Solo has asistido a conciertos sinfónicos de tercera clase,
Lizzy?
Entonces colocó sus labios sobre ella y le demostró cómo había que
proceder exactamente para ofrecer un concierto sinfónico de primera
categoría. Oh... era un hombre inteligente, experimentado, adaptable... En
tan solo un minuto sus caricias y pequeños mordiscos habían aprendido a
proporcionarle el placer más abrasador.
Lizzy lo observaba; no podía evitarlo. Jamás se había sentido tan
vulnerable y, sin embargo, tan adorada y venerada. Le encantaba lo que le
estaba haciendo. Pero, más aun que el placer físico, disfrutaba de la
sensación de sentirse tan a gusto con alguien como para poder entregarse a
un acto tan maravillosamente íntimo.
Después ya no fue capaz de pensar con lucidez, tan solo de sentir lo que
le estaba haciendo. Cerró los ojos. Las sensaciones —como si le vertieran
nata caliente por encima —se tornaron más ardientes y agudas tras la
oscuridad de sus párpados. Se retorció. Se mordió el labio inferior para que
no se le escaparan los gemidos. Agarró los suaves rizos de la cabeza de
Will.
A partir de ese instante, todo fue como el crescendo de una sinfonía de
Beethoven, de esos que, en el último minuto, sacan de su suave sopor a
todo un auditorio de adormilados oyentes con el chocar de los platillos y los
tambores.
Pero él no se detuvo. Le recordaba con los labios y la lengua que estaban
solo en la obertura y que aún quedaba mucho más. Su segundo clímax
estalló casi inmediatamente después del primero, y el tercero a continuación
de aquel.
Lizzy lo empujó hacia la cama. Lo sintió duro y ardiente sobre su cuerpo.
Pero él se negó a entrar en ella.
—No, es demasiado arriesgado. Ha sido un impulso... No he traído
ninguna precaución.
—Pensaba que querías casarte conmigo.
—Sí, pero ¿y si me ocurriera algo antes de que pudiéramos cazarnos?
Él tenía razón. Lizzy tenía el corazón de hielo, pero ahora se le derritió.
Henry también había insistido siempre en tomar precauciones, pero lo hacía
para proteger su posición y su reputación, no las de ella. Este hombre, en
cambio..., bueno, este hombre era maravilloso.
—Will, mi dulce Will... —murmuró Lizzy con el corazón rebosante de amor.
Después se deslizó hacia abajo y buscó su sexo con la boca. Había hecho
lo mismo con Henry y no le había gustado mucho. Pero con Will todo fue
muy diferente; le encantó; su textura, su ardor, sus suspiros cada vez que
ella mostraba su avaricia... y, finalmente, el sabor cálido e impuro de su
eyaculación, que ella tragó hasta la última gota.
—¡Dios santo, Lizzy! —gruñó suavemente, cuando ella volvió por fin a
estrecharlo entre sus brazos.
—Sí —admitió con una amplia sonrisa de satisfacción. —Me casaré

contigo.

Lizzy estaba todavía en la cama cuando su doncella le entregó una nota
de Stuart. Había llegado a Lyndhurst Hall y deseaba hablar con ella. Se
vistió, desayunó algo rápido y escribió una nota de respuesta diciéndole que
lo esperaría en la galería interior que daba al invernadero de Lyndhurst Park.
Le parecía un lugar adecuado para decir adiós a su pretenciosa búsqueda,
porque era allí donde había empezado. Lizzy siempre había sido, incluso de
niña, un poco superficial y bastante ambiciosa, pero el prestigio y la riqueza
no habían sido entonces sus únicas metas, ni siquiera las principales.
Estaba muy orgullosa de su capacidad intelectual y planeaba estudiar
lenguas clásicas y matemáticas en el Girton College. Hasta que cierto día
acompañó a sus padres a Lyndhurst Hall y se quedó estupefacta ante la
belleza y la grandiosidad de la mansión. Se enamoró especialmente del
espléndido invernadero, una espectacular estructura acristalada de dos pisos
de altura, que tenía la misma longitud que un ala entera del edificio. Estaba
repleta de raras especies tropicales que exhibían un color verde intenso
incluso en pleno invierno. Después de aquello, Lizzy ya no pudo pensar en
otra cosa que no fuera en convertirse en la señora de aquel majestuoso lugar
y en recibir la misma reverencia que se le dispensaba a la duquesa de
Arlington adondequiera que fuera.
Pero aquel día no le prestó atención al invernadero. Ya echaba de menos
a Will, que había abandonado Lyndhurst Hall al amanecer para ir a solicitar
una licencia matrimonial al obispo de Londres. Querían casarse el mismo día
en que Stuart y Lizzy tenían previsto hacerlo, para aprovechar así los
preparativos de la boda que habían planeado juntos. Paseó de un lado a otro
de la galería, estaba llena de energía y emoción a pesar de que apenas
había dormido una hora. Will y ella habían pasado gran parte de la noche
susurrándose al oído y riendo como dos chiquillos.
Habían estado chismorreando, haciendo el tipo de comentarios picantes y
desvergonzados que tan solo podían disfrutarse ante una persona en la que
se confía plenamente. Pero también dedicaron tiempo a planear con
seriedad su vida en común.
Will le había explicado que Stuart tenía intención de apoyar su ingreso en
la asociación de juristas del Inner Temple. William Marsden había iniciado su
carrera como secretario, pero enseguida había mostrado aptitudes para el
complejo mundo de las leyes.
—Pero ya no sería de recibo que él siguiera financiándote —había
observado Lizzy con preocupación.
—No te inquietes. Estoy seguro de que la duquesa viuda encontrará a
algún otro personaje influyente que pueda ser mi valedor. Fue ella quien me
encontró este empleo cuando volví a Inglaterra.
—¿Por qué habría de tomarse tanto interés por ti? —Le había preguntado
Lizzy. —Y ahora que lo pienso, ¿qué estás haciendo aquí y por qué ha
permitido ella que un mujeriego como tú ponga el pie en su casa?
—He venido a visitarla, claro. La duquesa es la madrina de Matthew y
decidió pasar por alto mi condición de mujeriego desde que sucumbí a la
pobreza y el deshonor para ayudar a Matthew.

Lizzy había sacudido la cabeza.
—¿Por qué será que todos los hombres que conozco están en deuda con
esa mujer?
—Esa es precisamente la razón por la que quisieras ser como ella; para
poder mandar sobre todos los hombres de Inglaterra —había observado Will
bromeando cariñosamente.
—¡Cuánta razón tienes! —Había admitido Lizzy. —Ahora tendré que
buscarme otra manera de despertar el asombro y la admiración general.
Creo que iré a Girton y me convertiré, al fin, en una erudita: en una de las
mentes más prodigiosas de mi generación.
—Me parece una espléndida idea —había dicho Will sonriendo. —Aparte
de que no hay nada comparable a acostarse con Platón.
—O con Pitágoras.
—O con Pitágoras, sí. ¿Cómo habré podido olvidarme del bueno de
Pitágoras?
Lizzy se empapó del olor a musgo del invernadero y sonrió al evocar
aquellos recuerdos.
—¿Te he pillado de buen humor? —Era la voz de Stuart, que hablaba
desde la puerta.
Lizzy se aclaró la garganta y adoptó una expresión serena.
—Sí, en efecto.
—Lamento haberte hecho esperar. De camino hacia aquí, me he cruzado
con la duquesa, que deseaba hablar conmigo. —Se acercó a Lizzy y le dio
un beso en la mejilla. —He estado preocupado por ti... no has salido de casa
durante unos días. Espero que no haya sido por mi culpa, por haberte
cargado con los preparativos de la boda.
—Estoy perfectamente. En realidad, nunca he estado mejor. —Salvo por
una persistente preocupación por Stuart, que merecía algo mejor de ella.
Ahora tendría que afrontar otro frenético período de sesiones en el
Parlamento sin una esposa que cuidara de él. Si pudiera tener la seguridad
de que Stuart sería tan feliz como ella en la vida, entonces...
—Me alegro —dijo Stuart, —porque tengo que decirte algo.
El tono de su voz le llamó la atención. Había algo inquietante en ella. Y
aquella mirada... Lizzy tan solo había visto aquella mirada cuando Stuart
discutía con sus colegas en la Cámara de los Comunes sobre temas
particularmente espinosos.
—¿Sí?
Stuart respiró hondo.
—Me he enamorado de alguien.
Lizzy no estaba segura de haber entendido sus palabras. Se quedó
mirándolo fijamente.
—¿De quién?
—De madame Durant —respondió Stuart con voz clara, sin rastro de
vacilación o vergüenza.
Lizzy sintió un leve pitido en los oídos.
—¿Madame Durant? ¿Te refieres a tu cocinera?

—Sí.
—¿Estás completamente seguro? —Era una pregunta estúpida, pero todo
aquello no le parecía propio de él, del puritano Stuart...
—Del todo.
—Esto es... —No podía concebir que un hombre como él se fijara en su
cocinera, y menos aún que pasara tiempo con ella. Y menos aún que se
hubiera enamo...
«Enamorado.»
—Vaya —murmuró. —Una de las mujeres que asistió a tu casa me dijo
que debería despedirla en cuanto me convirtiera en la señora Somerset.
Jamás imaginé que sus insinuaciones tuvieran algo de verdad.
—Lo siento, Lizzy. Esa es una de las razones por las que deseaba hablar
contigo, para que en el futuro no tengas que enfrentarte a comentarios
desagradables.
Lizzy reanudó sus inquietos paseos, más provocados por puro asombro
que por cualquier otra cosa. Se detuvo ante el enrejado de la galería.
—¿Piensas casarte con ella?
Aquello sí que sería una locura. Stuart destruiría todo cuanto había
conseguido para sí mismo si lo hacía. No ocupaba un lugar tan alto en la
sociedad como para poder casarse con quien quisiera. Y estaba lo de su
condición de hijo ilegítimo; la gente se lo echaría en cara en cuanto tuviera la
más mínima oportunidad de hacerlo.
—Sabes de sobra que no puedo casarme con ella. —Dio la impresión de
que le dolía pronunciar aquellas palabras. —Pero tengo la intención de pasar
con ella el resto de mi vida en la medida en que sea posible.
—O sea que estás rompiendo nuestro compromiso.
—Si me liberaras de él, te estaría humildemente agradecido. —La miró
con tristeza. —Lo siento, Lizzy. Mi corazón le pertenece.
Lizzy sacudió la cabeza. En realidad, no lo conocía, ¿verdad? Una
aventura clandestina con la mujer más inapropiada... Y, sin embargo, aquello
no desmerecía la opinión que tenía de Stuart.
Amar como él amaba, con una entrega apasionada, era la única forma de
amar.
—Os deseo lo mejor a los dos, entonces —dijo.
Era la respuesta que le hubiera dado aun cuando no existiera en su vida
ningún Will Marsden. No estaba tan empeñada en sus objetivos como para
encadenar las vidas de otros hasta conseguirlos.
—Gracias —dijo Stuart. Cubrió la distancia que los separaba, le tomó las
manos y se las besó. —Gracias. No lo había planeado. Pero no puedo dejar
de amarla y no es justo ocultártelo. No te habría herido así de haber podido
evitarlo.
Lizzy besó las manos de Stuart.
—No has herido otra cosa que mi vanidad... y solo porque necesito creer
que todos los hombres del mundo están secretamente enamorados de mí.
Tu decisión hace mucho más sencillo decirte que yo también dudaba de
nuestro enlace.
Stuart sonrió, pesaroso.

probablemente. —Hemos sido una pareja malvada. te he tenido abandonada. Después. mucho mejor que si te hubieras casado conmigo antes de recibir la herencia de mi hermano. —No lo he elegido pensando en su herencia —puntualizó Lizzy sorprendida. —Voy a casarme con tu secretario... —No puedo expresar cuánto me tranquiliza saberlo. una copia exacta de su mirada de estupefacción de hacía un rato. no existía ninguna posibilidad de que volvieran a tomarlo en cuenta en sus últimas voluntades. al final. así que hablo con conocimiento de causa. Will no era pobre. —He cambiado de idea. ¿Se trataría de un simple juego. Marsden es un buen hombre. entonces? ¿Tenía intención de casarse con ella de verdad? ¿Había ido a solicitar una licencia de matrimonio especial o se estaría riendo aún de cómo la había embaucado? Stuart la besó en la mejilla al despedirse.. ¿Cuando herede? ¿Qué podía heredar Will? Sus padres lo habían excluido de sus respectivos testamentos. así que los criados estaban de vacaciones y su casa de la ciudad estaba . por primera vez desde que se conocieron y sin que ella lo instara a hacerlo. ¿no? —comentó Stuart todavía riendo. ¿Boda? ¿Qué boda? Verity había conjeturado que la señorita Bessler no soltaría a Stuart tan fácilmente. pero mentiría si no reconociera que yo también te he tenido abandonado. Y sin embargo había permitido que ella pensara que lo era. Pero sus temores resultaron infundados. Y. Y cuando herede estarás muy bien situada. La expresión de incredulidad de Somerset fue. Lo estoy apoyando para que ingrese en el Inner Temple.—No me sorprende. puesto que ya habían fallecido los dos. —No olvides invitarme a vuestra boda. —¿Hay otra persona? Lizzy no pudo reprimir la sonrisa que afloró a sus labios. Stuart. ¿Por qué? ¿De verdad la creía tan superficial como para ponerla a prueba? Había accedido a casarse con él creyendo que no tenía un céntimo. —Sí. —Pensaba que no soportabas a Marsden. Le envió un telegrama para decirle que ya era un hombre libre y para pedirle que se reuniera con él en Londres. la abrazó. estallaron en carcajadas. Había planeado alojarse en Lyndhurst Hall durante una semana. Lizzy estaba ahora más atónita que cuando había oído la declaración de amor de Stuart hacia su poco respetable cocinera.. —¡Claro que no! ¿Pero verdad que es tranquilizador saber que te aguarda un futuro cómodo y sin estrecheces? Asesoré a Marsden en la materia. Stuart se sorprendió. Será un buen jurista y un excelente marido para ti. Los dos se miraron durante un minuto y.

Pero su satisfacción se tambaleó cuando comprobó que la casa estaba vacía. Pero Stuart le había dejado una llave de su casa de la ciudad antes de abandonar Fairleigh Park y la sensación de abrir con ella la puerta delantera y colarse en el interior la animó. . —Me aseguraré de que nunca olvide mi sacrificio. Utilizó el retrete y se refrescó la cara en el lavabo. ¿Dónde estaría Stuart? Creía que la estaría esperando. oyó que la puerta principal se abría y se cerraba en el piso inferior. Solo entonces se molestó en preguntarle. Sin decir palabra. Stuart tomó su rostro entre las manos y le devolvió el beso con un ansia que la hizo gemir. Ya sabía que no podrían mantener su relación en secreto durante mucho tiempo —la discreción era lo más que podrían lograr. Michael llevó a Verity a la estación del ferrocarril. La duquesa viuda tenía medios para rastrear todos los movimientos de Verity. Verity rió. —pero no quería que la duquesa viuda de Arlington lo supiera tan pronto. —En una cacería heroica. —Besó a Michael y le dijo adiós a través de la ventanilla de su compartimiento. Se precipitó escaleras abajo y casi lo lanzó contra la pared cuando se chocaron en el descansillo del primer piso. no le hubiera enviado el telegrama desde la oficina postal más cercana a Lyndhurst Hall. si no. Deseó que Stuart. ¿Cómo. algo que aparentemente no existe en Inglaterra. —¿Matando dragones? —No. —¿Eres consciente de que no me estás dando un buen ejemplo? ¿No podría casarse contigo el señor Somerset? —No —respondió ella encogiéndose de hombros —si ambos queremos que conserve su posición social. —No estoy seguro de cómo debo tomarme todo esto —comentó su hijo. Cuando se le ocurrió que podría repetir la historia y esperarlo en la bañera. en su apresuramiento. dejaría de utilizar la entrada de servicio allí donde Stuart se encontrara. —¿Dónde estabas? Antes de responder. Verity lo abrazó y lo besó hasta quedarse sin aliento. ¿no deduciría que algo estaba ocurriendo entre ellos dos? Y todavía más importante. Recogió su maleta —el resto de sus cosas se las enviarían más adelante —y subió las escaleras. ¿lo interpretaría como un nuevo intento por parte de Verity de recuperar su antigua identidad? Cuando Verity llegó a Londres sentía un extraño desasosiego. Por fin. —Entonces espero que sepa que tú estás renunciando a ser rica y famosa en París por él —apostilló Michael cuando lo abrazó para despedirse..discreta y convenientemente vacía.. había podido enviar una carta al 26 de Cambury Lañe a los pocos días de haberse trasladado allí Verity? Si la duquesa viuda se enteraba de que Verity había regresado a Londres de nuevo. y que Stuart lo había hecho también. acortando su estancia en Lyndhurst Hall para volver a la capital.

Pero Stuart apartó la mano.. que tras una leve resistencia se deslizó de súbito hacia su interior y.. No te puedes imaginar los problemas que me ha dado. Creo que me ha vendido toda la población de esponjas marinas. que el suyo era un establecimiento decente y temeroso de Dios. Retorció muy despacio el pecaminoso objeto sobre un punto sumamente sensible del cuerpo de Verity. —Le separó las piernas un poco más y la acarició con el tacto suave de una esponja. Los roces de la sedosa esponja continuaban. Su mano encontró su sexo y comenzó a jugar con él. por mucho que la amara. le recordó que. Pero que el propio Stuart se las pusiera. Todos los tenderos daban por hecho que tenía el propósito de utilizarla con alguien en un baño caliente. —Espero haber comprado suficientes. se relajó una y otra vez... Casi no la rozaba. ansioso de placer. Pronto. notó el sabor de la cálida lana e inhaló con avidez el olor fresco y limpio de su camisa de lino.. También ella había llevado consigo esponjas marinas. —Al final encontré a una mujer que. . el cuerpo le palpitaba de deseo. —Me encanta esta habitación —dijo Verity. Los dos jadearon. se apresuró a vaciarme la billetera.. suave y blando.. la realidad se inmiscuyó en la escena y el corazón de Verity se hizo añicos. Pero entonces Stuart se quitó los pantalones y la penetró. —He salido a comprarte esto. cayeron desmadejadas en torno a sus tobillos. jamás podría pasear con ella por el parque. liberó años de reprimido deseo. Porque los hijos que engendraran serían ilegítimos. Stuart volvió a esconder la mano bajo su falda y tocó el interior de su muslo con algo redondo. Y Verity olvidó todo lo demás. y él era el último hombre del mundo que consentiría en dar vida a hijos bastardos. —pero no esperaba que durmieras en un lugar así. mencionarla en una reunión social o darle hijos. —En todos los lugares a los que he ido me aseguraron que no vendían nada semejante. Verity jadeó cuando Stuart comenzó a desatare las cintas de las enaguas. Tembló y se convulsionó casi de inmediato. detrás penetró el dedo de Stuart. —¿Quieres que te lo enseñe? —Sí —respondió Verity jadeante. Por un instante.—¿Qué es? Le levantó las faldas y trazó un sendero de fuego con la mano al acariciarle los muslos. pero sus dedos le provocaban un intenso calor. Ella lo agarró por los brazos. Entonces Stuart presionó la esponja contra el cuerpo de Verity. en una serie sostenida de indescriptibles orgasmos. porque un tipo tan mojigato y seco como yo sería incapaz de usar para sí mismo algo tan vil. Nunca. Verity mordió la solapa de Stuart. esta vez para poder mantenerse en pie. su cuerpo. Ella agarró sus brazos con más fuerza aún. tras echarme un vistazo.

lo que desmentía lo que su padre siempre le había dicho. Dejó su equipaje en la consigna de la estación. donde la madre de Bertie había pasado los últimos años de su vida. por otro. que no sabía dónde estaba. Su padre le había prohibido a su madre que se pusiera en contacto con él en persona o por correspondencia. por detrás de la playa. Había sido una maniobra brillante: por un lado. Los pintó mi madre. pero sabía cómo utilizar el color y la composición.La estancia estaba decorada en distintos matices de blanco. Stuart había bajado al sótano y llenado la caldera con carbón suficiente para toda la noche.. Después. Su respuesta la sorprendió. tan azul como el cielo tras la lluvia. —Mi madre siempre tuvo debilidad por el blanco. alejaba a Nelda de Manchester. Lo examinó más de cerca. también hacía que ella tuviera mucho más que perder si rompía su promesa y se ponía en contacto con Stuart. preguntó cómo llegar a la dirección y se encaminó. El corazón le latía con fuerza. se habían dirigido al dormitorio de él. Llegó allí durante la tarde de un agradable día de primavera. finalmente. Vestida solo con el camisón. Se habían bañado juntos y. Durante años había creído que su madre lo había abandonado. Sir Francis la había instalado en su casa de Torquay. —Tienes buen ojo.. no el Constable. Stuart dudó un instante. se marchó de casa dos días antes diciendo que regresaba a Rugby. Las cortinas estaban formadas por una capa interior de muselina translúcida y otra de tafetán blanco ribeteado de azul celeste. Habían comido y hecho el amor en la mesa del comedor. . O escribiéndole cartas llenas de afecto. descubrió por casualidad que sir Francis le pasaba a Nelda Lamb una cantidad trimestral. colina arriba. Al final de las vacaciones de Pascua. oteando el camino como solía hacer él en Fairleigh Park con la esperanza de verla llegar. que luego guardaría esperando el día en que se reencontraran. donde Stuart podría encontrarla con facilidad y. Las sillas y taburetes estaban tapizados con un brocado de color marfil. había sonado el timbre de la puerta. Su técnica no era perfecta. Pero en el trayecto cambió de tren y se dirigió más al sur. Pero Stuart no lo sabía. es el color del lujo. Tras su encuentro amoroso en las escaleras. —Solo en una ocasión. Para mí. a la costa de Devon. Verity se había arrodillado sobre la cama para observar el paisaje marino que colgaba sobre el cabezal. con los ojos arrasados en lágrimas. —¿Quién lo pintó? Me recuerda el cuadrito que hay en el vestíbulo. El cubrecama recordaba las velas de un clíper lejano. a los dieciséis años. Toda la línea de la costa estaba llena de flores y la bahía. Era el abundante té que Stuart había encargado al hotel Savoy. Se imaginaba a su madre de pie ante la ventana de su habitación. —Tenía talento. —Se volvió hacia Stuart. Hasta que. sino el nuevo. —Ignoraba que hubieras visto a tu madre después de haberte ido a vivir a Fairleigh Park. Tal vez estuviera rezando por él. El muchacho averiguó la dirección de la casa de Torquay.

que llevaba un vestido escarlata demasiado provocativo para lucirlo durante el día. Tenía un vaso de vino vacío junto al codo. fresca. la cara demacrada y la piel siempre enrojecida por el frío o alguna dolencia. Ella tampoco lo reconoció. No la reconoció. —¿Es esta la casa de la señora Lamb? —preguntó confiando en oír una respuesta negativa. La tercera mujer. Y. lo miró de arriba abajo decepcionada. La reputación de una señora que tolerara a una doncella así debía de ser. Stuart consiguió evitar a duras penas que cayera al suelo. sujetaba en la mano la boquilla de un narguile. Otra. ¿quién es este encantador jovencito y dónde lo ha tenido escondido? —gorjeó la mujer del vestido escarlata. se retorcía de risa en el regazo de un segundo hombre. envejecida para su edad. con el delantal torcido. se la llevaré —dijo la doncella. vio que la mujer del vestido de topos no era la única que estaba sentada sobre las piernas de un hombre. El muchacho sintió asco al darse cuenta de que estaba tan bebida como la mujer del vestido escarlata. —Si traes una tarjeta. Del interior de la casa surgieron carcajadas histéricas. cuando menos. había ya media docena de botellas de vino vacías y esparcidas por la sala. Recordaba a su madre como una mujer cansada. A través de una puerta entreabierta. —Señora Lamb. —¡Mi hijo! Stuart soportó con frialdad la incómoda presentación a los amigos de su madre. En Fairleigh Park habrían despedido a una criada tan descuidada e insolente casi sin mediar palabra. Estaba vestida completamente de blanco. y no de lascivia. aunque apenas eran las cuatro de la tarde. sentada en una banqueta ante el piano y desplomada sobre la tapa que cubría el teclado. Se abrió una puerta verde. risas masculinas y femeninas demasiado estridentes y groseras incluso para la sala de estar de los criados de la casa de su padre. vio a un hombre vestido con una chaqueta marrón y a una mujer que llevaba un vestido azul de topos amarillos sentada en su regazo. aunque su reacción era de letargo. Aquellos hombres tenían de intelectuales y artistas lo que él de . —¡Es mi hijo! —exclamó dirigiéndose a todos. La mujer que tenía el rostro inclinado sobre el piano parecía poco mayor que él y era bella. Él sorteó a la mujer y pasó al vestíbulo.Stuart echó a correr al divisar la casa. Las risas continuaban en el interior. esbelta. Cuando llegó a la sala. No inmediatamente. Ni siquiera tras una mirada larga y desconcertada. —¡Tú no eres mi Bobby! Se le cayó el alma a los pies. con el cabello fino. con gruesas capas de maquillaje. —¡Dios santo! ¡Eres tú! —Lo agarró con tanta fuerza. Solo entonces vio Stuart a una cuarta mujer. blanca y modesta. débil. De repente saltó de la banqueta y se tambaleó hacia él tropezando con una de las botellas abandonadas en el suelo. que el muchacho temió que le rompiera el brazo. Una doncella. cuestionable.

Stuart no pudo controlar su rabia. alegando tener una apretada agenda que no le permitía quedarse más tiempo. el único que ha cambiado eres tú. Pero ahora percibió su acento desgarrado. Él siempre había pensado que su madre era una dama. Has cambiado. Se puso en pie para marchar. No se acordaba mucho de Midge. ¿Qué le había ocurrido a su trabajadora madre? ¿Quién era aquella mujer indolente que carecía de moral? —¡No te miraría por encima del hombro si no estuvieras bebida a estas horas del día! Cuando Nelda Lamb murió de gripe aquel mismo invierno. No era ni la mitad de respetable que el ama de llaves de Fairleigh Park. oyó sus risotadas. Stuart insistió en que sus restos fueran enterrados en Manchester para poder fingir que nunca había ocurrido nada en Torquay. Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de la mujer. por lo menos. vio la zafiedad con que agitaba en el aire la cucharilla de té. Cuando Stuart lo conoció. Tengo que irme. . que rezaba mucho y no se parecía en absoluto a las mujeres de la sala. ¿cómo crees que se ganaban la vida? —Aquello era distinto. La recordaba como una mujer muy educada.. ¿No te acuerdas de él? Te enseñó a leer con el Manchester Guardian. No era una dama. Tom Fiddle era un estafador. Quédate a cenar.. —Temía que esto pudiera suceder. Ella lo siguió corriendo hasta el exterior de la casa. pero Polly era una mujercita callada y menuda.sacerdote druida. Solo podía pensar en cuánta razón había tenido su padre al insistir en la completa separación entre madre e hijo. —No. —Mis amigos siempre han sido estafadores y prostitutas. Stuart? ¿Por qué te vas? —Ya te lo he dicho. —entonces el viaje al sur debía de haber causado estragos en la capacidad de percepción del muchacho. —Pero si acabas de llegar. que se expresaba con mayor refinamiento que cualquier otra persona. a pesar de su pobreza. Y si las dos mujeres que supuestamente estaban casadas con ellos no procedían de un burdel —y si la fumadora del narguile no era la madama del establecimiento. —No creo que pueda. la carrera de Tom Fiddle como delincuente había acabado hacía tiempo y se había convertido en el propietario del pub del final de la calle.. —¿Qué ocurre. Y ya no soy lo suficientemente buena para ti. Te crees tan importante que nos miras a todos por encima del hombro. Y Polly y Midge. Su madre sacudió la cabeza. Una mentira que siempre había mantenido desde entonces. tan agudas y escandalosas como las de cualquiera de sus huéspedes.. —¿Qué me dices de ti? ¿Quiénes son esas personas? —Son mis amigos. con las que solías jugar a cartas. —¿Que yo he cambiado? —exclamó Stuart horrorizado. —¿Amigos? Son estafadores y prostitutas.

Cuando murió. Stuart le cogió las manos. pero cuando se trataba de Verity Durant. mientras estaban en la cama calientes y cómodos bajo las sábanas. cuando tuviera suficiente dinero. iremos juntos. No me avergüenza. —Solo espero que ella también me haya perdonado. Pero tendremos que ser más prácticos en nuestra casa —dijo Verity. —Ya sabes que tendrás carta blanca por mi parte —le recordó Stuart. y abriera un salón de té donde se sirviera auténtica repostería francesa y vienesa. Pensaba en ellas cada vez que estrechaba una mano suave que jamás había tenido que trabajar. Ella apoyó la mejilla sobre la de él. Él la examinó atentamente en busca de síntomas de infelicidad. Y. pensé en ella también. más tarde. quizá creara una escuela de cocina. pero había otras nuevas. —Sí. Stuart comprendió. Ahora por fin tendría tiempo de escribir su obra maestra.—No me gustó cuando la encontré —le dijo a Verity. Las viejas cicatrices y quemaduras se habían borrado con el paso del tiempo. No quería verlas. Besó a Verity en la cabeza. —Algún día te llevaré a ver su sepultura. todo debía hacerse con la máxima discreción. hablaron sobre el futuro. pero los ojos le brillaban mientras trazaba sus planes. no me habría aplicado . Verity sonrió un tanto pesarosa. Verity se acercó y lo rodeó con los brazos. con una punzada de dolor. —Me alegro de que la hayas perdonado —le dijo. espero. pedí que las escondieran. me gusta la seguridad que proporciona tener ingresos propios. Tal vez escogiera a unos cuantos sirvientes de la cocina de Fairleigh Park. tener habilidades con las que poder mantenerme. Las durezas eran ahora menos perceptibles. los formara un poco más. —¡Y me lo dices ahora! Si lo hubiera sabido. ya no. pero ella jamás me lo reprochó. —Me acordaba de tus manos. Y. Algo dentro de él se liberó. además. el día en que tú y yo hablamos de Bertie. —Sé que lo hizo —lo abrazó con fuerza. y su piel mucho más suave de lo que él recordaba. después. —¿Temes estar a mi merced? —Es más orgullo que temor. las acercó a la luz y las miró. Y las madres lo perdonamos todo. que no se refería a aquel lugar. —Nunca volví a verla. —El blanco es precioso. puesto que allí no podrían vivir juntos abiertamente. Ella se lo permitió. cuando las personas que vaciaron su casa me enviaron las pinturas. Esa noche. Nadie le habría llamado la atención por tener una amante. Fue culpa mía que tuviera una vida tan difícil. Pero entonces. —Yo también soy madre. —Hace mucho que me he acostumbrado a no gastar más dinero que el mío. un libro de recetas y consejos prácticos para cocineros profesionales.

religiosamente mi bálsamo de manos —replicó ella con los ojos brillantes. No había cambiado. . —¡Oh. Stuart le besó la palma de la mano con cautela y fue recompensado con un profundo suspiro por parte de Verity. la sensibilidad de aquellas manos. cielos! —Exclamó Verity acercando de nuevo la palma de la mano a sus labios. —Ahora sí temo de veras estar a tu merced. La observó con mirada traviesa. pues.

Maravillosa. asqueroso bribón! —le espetó dando rienda suelta a su ira. claro —respondió sonriendo con los dientes apretados. Fue al escritorio y regresó con una hoja de papel. Pero aún estaba enfadada. Pronto. —He venido a verte. tras inventarse una excusa acerca de una amiga íntima que necesitaba ayuda. alarmado —había tenido que anunciar la cancelación de su compromiso y se daba cuenta de que Lizzy no estaba siendo ella misma. mientras su padre se bañaba. Lizzy? Le pareció tan apuesto y tan sinceramente desconcertado. le había ordenado al lacayo que habitualmente la acompañaba en sus paseos matinales que se quedara en casa. aquella mañana. la licencia matrimonial está en mi dormitorio —añadió. Por eso. —Eso responde solo a una de mis preguntas.. que no supo si pegarle o llorar. Dijo que en el futuro que me esperaba no habría más que comodidad y abundancia. —No tienes un gran concepto de mí. —¿Has venido tú sola desde Lyndhurst Hall? ¿Cuándo? ¿Sabe tu padre dónde estás? La patrona de Will los dejó solos. y en lo preocupado que estaría siempre mi padre porque me había casado con un pelagatos. —¡Sinvergüenza! ¡Sucio.. si todavía no me crees. La expresión de Will era de desconcierto y de incipiente preocupación. Después había salido para subirse al primer carruaje libre que pasó por la calle. ¿Por qué me he enterado de algo así por él en lugar de por ti? ¿Cuáles son exactamente tus intenciones conmigo? —Casarme. Lizzy no lo dejó acabar. Boda.CAPÍTULO 22 El hombre que había seducido a Lizzy dos noches antes se levantó de la mesa en que desayunaba. —Stuart me ha hablado de tu herencia. Lizzy la leyó por encima. Su padre. Lizzy cerró la puerta de golpe.. ¿verdad? Pensaste que si me . y no lo hiciste. —¡Lizzy! ¿Qué haces tú aquí? —le preguntó. —Jamás tuve la intención de.. —Y. Sus peores temores se desvanecieron. —había insistido en acompañarla. En estos momentos estaba escribiéndole una carta a mi hermano pequeño para darle la buena noticia. por supuesto. —¿Se puede saber a qué estás jugando conmigo? —¿De qué me hablas. Lizzy respiró con alivio. Feliz. Había vuelto a Londres la noche anterior. Bessler. ¿Tienes idea de lo difícil que ha sido tomar esta decisión? Pensar en todas las amigas a las que tendría que renunciar porque resultarían ser simples amistades de conveniencia. Varias palabras le llamaron la atención: Bendición. —Pensaba ir directamente a Lyndhurst Hall después del desayuno para hablar con tu padre. Podrías habérmelo puesto mucho más fácil en cualquier momento.

y era. —Podrías haberme dado alguna pista. —Yo también te quiero. volvieron a la cama e hicieron de nuevo el amor. —Excusas. —Estás tan atractivo y tan increíblemente respetable. lo que los ingleses llaman un deseo constante de asistir a conciertos sinfónicos a todas las horas del día con otra persona. Ya ha sobrevivido a dos generaciones de beneficiarios de su testamento. puesto que ya tenemos la licencia. ¿Por qué no me haces el amor así. se lavó y regresó al dormitorio para vestirse. Mi tío abuelo tiene ochenta y ocho años. y lo cierto es que le tengo cariño a ese viejo carcamal y no tengo ganas de que se muera ya. todo lo contrario.. La joven se ruborizó por haber pensado tan mal de él. No me lo dijiste porque no confiabas en mí. Pero de haberlo hecho.. —Creo que siento por ti cierta estima. Lizzy había estado a punto de echarse a reír al oírlo mencionar los perros por segunda vez. Tuve la tentación de contártelo. eso sin contar los perros. por lo menos. A media mañana. Hablaremos con él y podremos casarnos de inmediato.. Después.. Mi tío abuelo. —Eso no es cierto. no habría descrito mi situación de forma exacta. muy capaz de cambiar de idea en el último instante y de dejar toda su fortuna a sus perros. Todo cuanto le decía tenía sentido. sonriendo. fácilmente verificable a través de Stuart. ¿Cómo podría prometerte «comodidad y abundancia» cuando tal vez tardaran en llegar años o décadas? ¿Cómo te sentirías si esas promesas no se materializaran? Tenía que confiar y esperar que me eligieras a pesar de mi actual pobreza. Will era realmente un hombre adorable. —Ahora que ya lo hemos aclarado todo. no habría podido esperar a que fuera verdad. Iré contigo. será mejor que vuelva a casa antes de que los sirvientes informen a mi padre de mis sospechosas actividades y lo preocupen. Solo Dios lo sabe. Verity holgazaneaba en la cama. Y el señor Somerset lo sabe solo porque intervino en el asunto como mi abogado. pero está sano como un roble y podría vivir otros veinte años más. —Quería que fuera una sorpresa. además... Stuart se levantó. cosa que llegó a hacer. Verity y Stuart desayunaron té y tostadas. querida —dijo Will. —¡No. Agarró a Will por los hombros.. —No. Tuvo que recordarse a sí misma que estaba enfadada con él. es uno de los excéntricos más singulares de nuestro tiempo. Si te lo hubiera dicho. vestido. justo antes de marcharte? . excusas. y lo observaba. aún desnuda. no! —Protestó Will sacudiendo con fuerza la cabeza. Lizzy no pudo evitar una sonrisa esta vez.. pero los perros murieron. entonces.. ya sabes. No se lo he dicho a nadie más que a Matthew y a nuestro hermano menor. —¿Tu padre está en Londres? —Sí..enteraba de lo del dinero mi decisión se basaría solo en eso. —Aguarda dos minutos. Lizzy se quedó boquiabierta. el que me incluyó en su testamento.

—¿Por entregarte casas cuando yo ya no las pueda usar? Te contentas con poco. Tenía la mente ocupada en temas más felices. Cuando Stuart desapareció en dirección a Buckingham Palace. A pesar de su inquietud del día anterior. —Tú eres ahora mi familia —dijo Stuart. más allá del porche nevaba con fuerza. —Fairleigh Park no está vinculada a ningún título. Fairleigh Park siempre ha pertenecido a la familia Somerset. pero no lo haré. —Todo. El aire frío era limpio y fresco para Londres. —Vas a hacerme llorar —murmuró Verity. Se obligó a recordar que el poder de la duquesa viuda radicaba en la . Varios centímetros de nieve se habían acumulado ya en el suelo. Miró al lacayo de nuevo. Verity no había pensado que pudiera intervenir tan pronto. mi querida madame Durant. Debería haber reconocido su librea en cuanto abrió la puerta. Su corazón. Fairleigh Park también —respondió Stuart encogiéndose de hombros. —¿Está en casa madame Durant? —le preguntó un joven lacayo de mejillas sonrosadas. Mi padre legó la finca a Bertie y a sus descendientes cuando muriera. sereno y cálido un segundo antes. amor mío —replicó. Ni siquiera se había fijado en el escudo del carruaje estacionado junto a la acera. Puedo restablecer la vinculación en mi propio testamento. se vistió y se dispuso a salir para comprar provisiones. Él se acercó y la besó. El lacayo le hizo una reverencia. Verity apoyó la barbilla en la palma de la mano: —¿Qué piensas dejarme? —preguntó. —Señora. requiere su presencia. su señoría la duquesa viuda de Arlington. —¿No estarás hablando de Fairleigh Park? —Sí. si Bertie moría sin hijos. Los copos de nieve caían sobre él. —¿Presentarás una petición al Parlamento para que desvincule la finca del título? Stuart sonrió. la finca pasara a mí. mi amor. Verity apenas podía dar crédito a lo que oía. —Soy yo —respondió Verity. Verity lo vio marchar desde la ventana del dormitorio mientras se preguntaba cómo podía sentir tanto amor y no levitar a varios metros del suelo. —La lascivia que despiertas en mí lleva años acumulada en ella. Pero también dispuso que. —¿Adonde piensas ir vestido así? —A ver a mi abogado para incluirte en mi testamento. se lavó rápidamente. se transformó en un carámbano. Verity abrió la boca de par en par. Abrió la puerta principal de la casa. La duquesa viuda se había dado prisa. —Aun así. Ni siquiera a una primogenitura. Aquello hizo que se incorporara en el lecho.—Tiene usted una mente de lo más depravada. Había empezado a nevar durante la noche. El timbre sonó en el instante en que llegaba ella a la planta baja.

El carruaje comenzó a circular con suavidad y fluidez. jamás se preguntaba el motivo. También había sido una esperanza estúpida la que la había vuelto a unir a Stuart. si la duquesa viuda pretendía hacerle pasar un mal rato. Podía permitirse sentirse así aquel día. Dentro había una manta de viaje de armiño. Se echó la manta sobre las rodillas. Había sido en la boda de una amiga de la infancia. Había menos de un kilómetro entre Cambury Lane y Belgrave Square. Condujeron a Verity a través del vestíbulo de mármol y de una gran escalera dorada hasta el gran salón. y que a ella. Tal como correspondía a su elevada posición social. por improbables que fueran sus ilusiones. durante los primeros meses de su aprendizaje con monsieur David. no tenía por qué procurarle tantas comodidades para el camino. se subía al carruaje más cercano y acudía ante su señoría lo más deprisa posible. El lacayo se quedó perplejo. así que no tenía por qué tolerar una reprimenda de la duquesa viuda. —No sabría decirle. Estaba sujeto sobre altas columnas cuyo diámetro Verity no podía abarcar. Verity se contaba entre el gentío que se había reunido en el exterior de la iglesia para contemplar la pompa y el esplendor de una boda aristocrática. tan solo había visto a la duquesa viuda una vez. Quizá sus esperanzas no eran tan vanas. No había hecho nada malo. El porche se extendía a lo largo de cuatro de ellos y tenía de altura tres pisos. justo lo contrario que el anhelante corazón de Verity. Pero no era un mal día para la esperanza. El carruaje se detuvo muy pronto. a pesar de todo. Contemplar a su antigua amiga bajando las escaleras de la iglesia del brazo de su nuevo marido había sido un golpe devastador para Verity. Pero ver el gesto de aprobación que la duquesa dedicó a la feliz pareja había dejado a Verity destrozada durante varias semanas. ya no le podían arrebatar ninguno. . la haría feliz ver a la duquesa viuda. El carruaje se había detenido bajo una porte cochére. —¿Y por qué desea la duquesa mi presencia? —preguntó con tono mordaz.negación de privilegios y reconocimientos. cuando la duquesa requería la presencia de alguien. se mostraban más indulgentes con los que les habían causado graves ofensas? —¿Tendría la amabilidad de esperarme un minuto? —dijo. Verity respiró profundamente y se dijo que no debía temer nada.. Probablemente. Se puso el abrigo y subió al carruaje que la esperaba. a Verity. no había tocado nada tan hermoso o caro desde hacía años.. Era una mujer adulta que había logrado salir adelante en la vida con decencia. señora —respondió el lacayo con sincera indiferencia. Verity podía negarse. un brasero y un ladrillo caliente para los pies. Después de escaparse de casa. Pero ¿y si la duquesa viuda no quisiera reprocharle nada? ¿Y si deseaba verla por cualquier otra razón? ¿No se decía que a medida que las personas envejecían. Era estúpido tener esas esperanzas con respecto a la duquesa viuda. seguían siendo familia. la residencia londinense de los duques de Arlington era un imponente edificio de siete ventanales de anchura. Y en aquel día en el que su corazón rebosaba buena voluntad.

madame? —Se atrevió a preguntar Verity. Si fracasa. el hermano mayor era un hombre excelente. La duquesa viuda comentó con fría ironía: —Una especial afinidad con los Somerset. —Al contrario. ¿Había pasado tanto tiempo? —¿Deseaba usted verme. Nos habría encantado tener un hijo como él. —No es verdad. —¿Es necesario que discutamos cuestiones de Estado. Rara vez me he sentido tan ofendida. Y eso en vísperas de una de las votaciones más importantes de su vida y con el líder de los irlandeses en una posición comprometida por su reprochable conducta. La mereciera o no. madame. sorprendida ante los estragos que los años habían causado en la duquesa viuda de Arlington. —Sí. —Bueno. entonces. un hombre realmente notable. Un dolor ya conocido sustituyó a la ternura en el corazón de Verity. sí. Sullivan. —¿Eres tan ingenua como para creer que tu pasado no repercutirá . duquesa? —preguntó suavemente. y yo he trabajado durante demasiado tiempo y he puesto demasiado esfuerzo en devolver el poder a los liberales como para permitir que alguien ponga en peligro el gobierno con esta arrogante actitud. A Verity se le agarrotó el corazón. —Parece que tienes una especial afinidad con tus señores —dijo sin preámbulos la duquesa viuda.Antes de que pudiera darse cuenta de todos los cambios que se habían hecho en la decoración del salón —¿adonde había ido a parar el Gainsborough? ¿el parquet no seguía una pauta estrellada en lugar de una de rombos? ¿El techo estuvo siempre artesonado? —una voz áspera pero todavía dominante dijo: —Puede marcharse. Se sorprendió al comprobar que ya no temblaba ante ella como cuando tenía dieciséis años. que era en secreto un demócrata de corazón. sentía un gran afecto por él. Tu tío. La voz provenía de una mujer delgada y vestida de negro que se encontraba en el centro de la estancia. el joven señor Somerset es muy apuesto. El bastón de ébano que sujetaba era una señal más de la invasión de la vejez. La impulsividad del señor Somerset en esta materia me asombra. —Entonces no puede disgustarle que esté con él. O me habría metido en el bolsillo al marqués de Londonderry —respondió Verity en un tono casi tan cortante como el de la duquesa. a Verity le aguardaba una reprimenda.. pero no se había ablandado. Se había transformado en una anciana. el gobierno caerá y seremos relegados a la oposición durante una eternidad.. Aquello era. un generoso elogio. Después. Parpadeó. La duquesa viuda había envejecido. ciertamente. La suerte de este gobierno depende de la votación sobre la Autonomía de Irlanda. Rompe un compromiso perfectamente sensato para mantener a una mujer de tu notoriedad como querida. —No acabo de entender qué relación guarda mi acuerdo con el señor Somerset con el destino de las coaliciones de gobierno. y el pequeño es demasiado espectacular para describirlo con palabras. Verity no reconoció aquellos cabellos blancos y los ojos y boca llenos de arrugas.

La duquesa viuda estaba decidida a alejar a Stuart de ella. Hasta que cedió a tu tentación. No le traerá más que deshonor y desgracia. —¡No se atreva a cuestionar mi amor por él bruja sin entrañas! —Lo cuestiono. No lo abandonaré. Albergaba la esperanza de que fueras razonable. —Pero mi egoísmo no compromete el buen nombre del señor Somerset ni destruye su futuro. entonces? Verity odió aquella pregunta. y tú lo sabes mejor que nadie. iba camino del 10 de Downing Street. El tuyo. —¿Y piensa que yo voy a acabar con todo eso? —preguntó Verity con desdén. La duquesa viuda estudió a Verity y esta le sostuvo la mirada. No se lo arrebates con tu egoísmo. —Pero aún no es demasiado tarde. Esta es la decisión que él ha tomado a pesar de todas las razones que hay en contra. —Muy bien. Detén esta locura ahora mismo. —Sabes que acabarás con todo eso —dijo la duquesa viuda. Sabes que es lo que él quiere. —No más que usted. El siempre se ha caracterizado por su lógica y racionalidad. implacable. —Tu amor le perjudica. —No le creo —replicó Verity intentando no subir la voz.desastrosamente sobre su posición? ¿Que no afectará a su eficacia como encargado de la disciplina del partido? Perderá la confianza del señor Gladstone. Vera. —Ya lo dejé una vez para evitar todo eso. porque yo soy. ¿No lo amas? Verity ya no pudo controlar su ira. —Siempre ha habido mucho en juego. . en cambio. No me corresponde enmendar su elección. Podríamos llevar juntos diez largos años. Podrías preservarlo para el cargo más alto de este país. Que es por lo que ha luchado toda su vida. odió que presupusiera su culpabilidad. pero debo confesar que no era lo esperable. La duquesa viuda consideraría que era una flaqueza. No volveré a dejarlo. Él lo sabe mejor que nadie. aunque ya tenía el corazón en un puño. —La duquesa viuda se mostraba glacial. —¿Acabarás con él. —No es una buena comparación. ¿Tienes idea de los prejuicios a los que se ha enfrentado y ha superado en su vida? ¿Entiendes el milagro que ha obrado para conseguir su actual posición? ¿La cartera de secretario del Interior recaerá sobre él una vez se apruebe la ley de Autonomía de Irlanda? Hay pocos hombres en el partido con una reputación. Márchate. —No soy egoísta —replicó Verity en un tono defensivo que aborreció al instante. —Diga lo que quiera. hará eso y mucho más. influencia y autoridad moral que puedan compararse a las suyas. extremadamente egoísta —dijo la duquesa viuda con voz tranquila y serena. Hablaré directamente con el señor Somerset. y he sido siempre. Te esconderás tras su enamoramiento y te hará feliz ver cómo se hunde. Contigo ha cometido un error desastroso. Y el poder del señor Somerset descansa en gran medida en su apariencia de hombre que no comete errores. —El poder es apariencia. Nadie más lo sabe. —Es una locura por su parte.

cumplidos en agosto. Pero todavía se sorprendió más cuando vio que la duquesa se había trasladado a otra silla desde la que podía observar mejor a su sobrina. —Entonces nos entenderemos. Se acercó a una ventana que daba a una plaza cubierta de nieve. Se le paralizó el corazón. —No. quédate. al que había querido como a un hermano. —Me lo imaginaba. pero la nieve ya no le parecía hermosa. —Yo no retengo a los hombres en contra de su voluntad —respondió rechinando los dientes.. —Me voy —dijo Verity. —¿Lo dejarás ir sin más cuando vea la luz o emplearás las lágrimas y otras artimañas femeninas para conseguir que una situación difícil se le haga todavía más dura? Verity jamás había sido capaz de utilizar aquella clase de artimañas femeninas. Y su influencia. Verity ignoraba qué respuesta buscaba la duquesa viuda.. —Tu tío te tenía mucho cariño —comentó la duquesa viuda. —Necesito saber una cosa. Si Verity lograba dar antes con él. a cualquier lugar. asombrada de que la duquesa viuda la interrogara acerca de algo tan intrascendente. Podrás escuchar su decisión. convertido en todo un hombre. a alguna parte. Quizá los lacayos de la duquesa viuda no consiguieran localizarlo. sino lúgubre: un delicado lienzo listo para ser profanado por los carruajes y los peatones descuidados. —A veces pienso que te quería más que a sus propias hijas. hasta que se dio cuenta de que ninguno de ellos era Stuart. Pero si esta tenía la casa vigilada y había ordenado que lo siguieran. —Bien —dijo la duquesa. así que se quedó callada. —¿Cuántos años tiene Tin? —preguntó. su mirada se posó sobre el retrato enmarcado de un joven de aspecto agradable. podría persuadirlo para que se marcharan de viaje. emparedados y pasteles. tenía un peso enorme en los círculos liberales. Recordaba con cuánto respeto había hablado Stuart de la duquesa viuda. Verity se volvió. Tres hombres con sombrero de copa y capa negra atravesaban la plaza en dirección a casa de los Arlington. para evitar la larga mano de la duquesa viuda durante unos días más. Seguía nevando. puesto que no había ido a ninguno de sus despachos. —¿Eres tú quien envía un ramo de flores a la tumba de tu tío todos los años? —preguntó la duquesa cortando el hilo de sus pensamientos. ¿Que Stuart estaba de camino? Verity apenas tuvo ocasión de sorprenderse antes de que sirvieran el té. —Sí.Una ola de miedo surgió en el interior de Verity. la influencia de los Arlington. yo se las envío —respondió con cautela. La opinión de aquella mujer contaba mucho para él. Vera —dijo la duquesa viuda. Solo a ti se te podía ocurrir enviarle algo así. —Veintiocho. —Le gustaban las flores silvestres. . Le costó darse cuenta de que se trataba de su primo pequeño. El señor Somerset no tardará en llegar. Cuando se volvió de nuevo hacia la ventana.

—Es un sentimiento extraño viniendo de usted. y no por lo que es. para que no le dijera a nadie quién soy y volviera a incomodarla. —O sea que usted ha rechazado a todas las chicas que le gustan. madame —anunció el lacayo. Verity miró a la duquesa. Después. —Ha llegado el señor Somerset. Recoged el servicio de té y hacedlo pasar en un par de minutos. porque siempre le había preocupado mucho el tema. Verity tuvo que tragarse sus palabras encendidas. —¿Cómo dices? —Que lo ha utilizado para mantenerme a raya. —Señora —dijo con voz cálida pero sorprendida. —Quiero que se case con una mujer que le quiera por ser quien es.. También le irá bien a él. Ella se metió las manos entre las piernas para evitar que temblaran y siguió el sonido de sus pasos a través de la habitación. —¿ha requerido mi presencia? —Así es. Ha funcionado con mis hijas. —Muy bien. Verity preguntó de improviso: —¿Por qué mantiene vigilado a mi hijo? Me gustaría que dejara de hacerlo. siéntese. —Tengo mis medios. pero yo jamás. —Siempre ha sido un requisito para los esposos de todos mis hijos. no todos los días visito a mis propios abogados. Pero luego cae en la cuenta de las ventajas de la paciencia. Verity rió con amargura. —¿Se trata de algo urgente? . Cuando el lacayo se marchó. ¿Crees que el hijo adoptivo de un guardián de finca habría encontrado una plaza en Rugby sin mi ayuda? ¿O que su vida allí le habría sido soportable sin los rumores que hice circular acerca de su procedencia? —Lo ha utilizado para amenazarme. Y le agradezco que se haya dado tanta prisa en venir. Se le cansaron los ojos de mirar una grulla exquisitamente pintada. Siguió un largo silencio. pronunciaron su nombre. —Es el nieto de mi hermana.. Un lacayo entró en el salón. la duquesa viuda señaló un biombo japonés dispuesto en diagonal en una esquina del salón. Por favor. —Hay una silla detrás del biombo. A Verity se le hizo interminable el tiempo que tardaron en anunciar a Stuart.—¿No debería haberse casado ya? —A veces le entra la prisa por casarse. Por fin. Esperarás allí. señor Somerset. —Me sorprendió que supiera dónde encontrarme.

—No nos queda mucho tiempo —prosiguió la duquesa viuda ante la falta de respuesta de Stuart. Al señor Gladstone no le hará ninguna gracia saber que usted ha comprometido así su autoridad moral. Verity cerró los ojos. —si el resto de su cuerpo temblaba como la última hoja del otoño. sino su vertiente pública. Esta es nuestra última oportunidad de resolver el problema de manera pacífica y de evitar la lucha y el derramamiento de sangre. —No me interesan los detalles de su vida privada. No soportarán el dominio inglés durante mucho más tiempo. —He sabido que tiene usted una aventura con su cocinera —dijo la anciana. Alguien entró y salió de la habitación. —Pero no se interpretará así. Señor Somerset. —Sería una gran desgracia. —Entonces tiene usted toda mi atención. . Los irlandeses están inquietos. señor Somerset. imperiosa. señora. —¿Puede la felicidad personal de un hombre causar tanto daño al bienestar de muchos? —preguntó Stuart. —Entiendo —respondió Stuart con cautela. apremiante. No veo ningún conflicto moral en tener «una aventura» con alguien. —Espero sinceramente que sea así. Una vez se sepa que su cocinera es ahora su amante. —Con el debido respeto.—La verdad es que no es algo que quiera dejar a merced del tiempo. Su voz era ahora disuasiva. Verity oyó que la duquesa viuda estaba sirviendo té. —La señorita Bessler y yo hemos anulado nuestro compromiso. No contamos con ninguna otra persona de su talento y posición. sino también para todos nosotros. no es un tema que vaya a comentar con usted. Verity se imaginó a su tía escudriñando con la mirada a Stuart. Depende totalmente de usted para conducir el debate en la Cámara Baja. se asumirá que fue la repugnancia de la señorita Bessler lo que la llevó a romper el compromiso. en consecuencia. buscando la victoria a toda costa con su voluntad de hierro. su reputación. ¿Antepondrá a una mujer al bienestar de una nación? Hubo una larga pausa. sufrirá un gran daño. A pesar de la serenidad del tono de su amante. Verity notó que él se ponía rígido e incómodo. que Verity tuvo que hacer un esfuerzo para no desesperarse. Desde el otro lado de la estancia. porque necesito que escuche con sumo cuidado lo que he de decirle. —Pero no lo sería solo para usted. La duquesa viuda parecía tan razonable y su preocupación era tan maternal. Y no olvidemos que su padre es aún muy querido entre los de nuestra clase y rango. señora. Una merma de su estatura moral causará graves daños en nuestras posibilidades de lograr que se apruebe la ley de la Autonomía de Irlanda. Verity se alegró al percibir que la voz de Stuart había perdido parte de su calidez. —Conoce la situación tan bien como yo. ¿No está de acuerdo? De nada servía tener las manos quietas —pensó Verity vagamente.

La presentaré públicamente. madame. Una actriz tan soberbia como ella no se vanagloriaría delante de él. —No. Nunca llegaría el momento en que Stuart no necesitara su autoridad y estatura moral. si bien la señorita Bessler no disfrutaría de la compañía de mi amante. Amargas lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. pero los matrimonios no despiertan tanto la imaginación.. Después de la cuestión de Irlanda. Verity se puso en pie de un salto.. —No. —¿Cómo ha dicho usted. —Tiene usted razón —asintió Stuart. El mismísimo Dios no habría hablado con mayor autoridad y convicción. señor Somerset.también percibía en su voz estupefacción y desánimo. —Puede. ¡Lo sabía! Se subió a la silla justo a tiempo para ver a la duquesa viuda ponerse en pie. A Verity no se le escapó que.. No le daría a la duquesa viuda la satisfacción de oírla llorar. El ruido provenía del centro del salón. La nobleza de su carácter residía en su acusado sentido del deber. —Me complace ver que comprende usted mis razones —dijo la duquesa. Me casaré con ella. La nave del Estado navegaba siempre en aguas peligrosas. Los chismosos adoran las aventuras. Verity se tapó la cara con las manos para no hacer ruido. puede —respondió la duquesa viuda. — Ocultarla daría pie a que proliferaran las especulaciones. estoy seguro de que no pondrá ninguna objeción a salir de . se levantó también. —Se ha vuelto usted loco. entonces? —preguntó la duquesa en un tono informal. Creo que incluso podré convencer a la señorita Bessler para que se deje ver con ella. condición de madame Durant. la voz de la anciana no era triunfante. Un silencio mortal respondió a sus palabras. parecía el bastón de la duquesa viuda. Eso debería acallar los rumores acerca de su aversión. Usted misma me ha dicho que no puedo permitirme la pérdida de prestigio que ocasionarían un compromiso que termina mal y una aventura con alguien de la particular. —He dicho que me casaré con ella. que estaba sentado de espaldas al biombo. habría otras crisis y otras calamidades. Verity lloraba a mares. señora. Sabía que esta vez le había entregado su corazón a la persona que lo merecía.. extrañamente.. Lo dejaría para más tarde. Algo provocó un gran estruendo al caer al suelo. La duquesa sabía que la gran virtud de Stuart era también su mayor debilidad. —Gracias. Verity supo entonces que lo había perdido. señora —repitió con tranquilidad. madame. cuando le soltara a Verity un «ya te lo había dicho». Le aseguro que estoy en plena posesión de mis facultades.. Stuart. —¿Despedirá usted a madame Durant. señor Somerset? —preguntó la duquesa con una voz insólitamente aguda. Pero no fue la silla de Verity. por haberme mostrado lo ciego que estaba —dijo Stuart. —Sí. pero imperativo. Y. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Verity tuvo que meterse el puño en la boca para no gritar.

Y ahora que por fin estamos juntos. también usted. Stuart . —Con una licencia especial. volverá a separarnos. —Tal vez al señor Gladstone. madame.. Pero esta vez no sabía qué decir. —La voz de la duquesa viuda temblaba. —Y ahora. Ni usted. ya más serena. Ni la opinión de todos y cada uno de los hombres. El señor Somerset levantó el bastón de la duquesa viuda del suelo y se lo devolvió. —¡No entiende nada! —La duquesa viuda golpeó el suelo con el bastón. —Le daré la razón en eso —dijo la duquesa. Y si alguna vez tuvo esperanzas de ocupar el 10 de Downing Street. —Ella y. ¿Titubeaba internamente? ¿Se daba cuenta de que perdía demasiado por ella? Verity no se atrevía siquiera a respirar. Pero puede estar seguro de que será el único. Todas las puertas se les cerrarán en la cara. sino con grandes y estremecedores sollozos que sacudían su delgado y anciano cuerpo. por lo tanto. señor Somerset. ya puede olvidarlas. le ruego que me disculpe: hoy ya he estado demasiado tiempo lejos de ella. Ella me dejó y yo la dejé. Y será el final de su carrera política. señora. «Esta misma semana. El resto de los cargos del partido liberal se sentirán horrorizados. Ni siquiera retendrá su puesto de jefe de disciplina del partido. bien. —y lo acepto como un precio que estoy dispuesto pagar. del que en su tiempo libre se ocupa personalmente de socorrer y rehabilitar a las prostitutas? Yo diría que estará encantado de que convierta en una sencilla ama de casa a una de las criadas más infames de toda Gran Bretaña..tiendas con la señora Somerset. Ahora sabía que tenía la voz más bella del mundo. —De tiendas. Verity estuvo a punto de caerse de la silla. será rechazada en todas partes. No tenía ninguna intención de rendirse. —Está usted loco. A Verity siempre le había encantado la voz de Stuart. Las oportunidades de entre las manos. —¿Estamos hablando del mismo señor Gladstone. debido a su avanzada edad y excentricidad. estará acabada. —No. Aceptaré con gusto que me rechacen por su causa. nada. no le importe a quién elija como esposa. Su vida. No necesito la bendición del partido liberal para ejercer la abogacía. podremos casarnos esta misma semana. Stuart no dijo nada. —A la duquesa jamás le faltaban las palabras. Ni los dirigentes del partido liberal. —Se inclinó para hacerle una reverencia. Así era como un príncipe mataba dragones por su princesa. —Comprendo todo lo que me dice —dijo despacio. madame. madame. cálidas y dulces. A Verity se le saltaron de nuevo las lágrimas. La euforia de Verity bajó unos cuantos grados. Y tampoco la aprobación de la alta sociedad para mantener Fairleigh Park.» —El señor Gladstone jamás apoyará eso —masculló la duquesa viuda. La dama se estaba rehaciendo. tal como la conoce. —La he amado desde el primer momento en que la vi. y no en silencio como lloran las damas. Se volvió y se dirigió hacia la puerta. No obtendrá la cartera de ministro del Interior. excepto la muerte. mi vida habrá comenzado al fin. En aquel instante la duquesa hizo algo sin precedentes: se derrumbó y lloró. mujeres y niños de Inglaterra.

Jamás en mi vida me había sentido tan avergonzada y furiosa. La duquesa descansó su peso sobre el cuerpo de Stuart y después se dejó caer sobre su silla con un gesto de dolor. necesitaba un vestido sencillo. madame? La dama apartó el rostro. que murió cuando tenía dieciséis años. —Debe entender madame. Se apresuró a volver al lado de la duquesa. señor Somerset. la niña de los ojos del hermano de mi marido.. Verity se bajó de la silla. Stuart hizo una nueva reverencia. el médico .. Stuart la acompañó y. se quedó embarazada de un mozo de cuadra de nuestra finca que tan solo tenía diecisiete. que nada de cuanto pueda decirme me hará cambiar de opinión. Ambos murieron en un naufragio. La noticia hizo añicos la tranquilidad de mi vida. —Y tú siéntate también. Ella era la hija querida de mi hermana.. Su embarazo fue un secreto que solo conocíamos su institutriz. qué.dio media vuelta. a mi marido y a sus difuntos padres. Tan solo necesito que se quede unos minutos más. Poco a poco los sollozos se redujeron a pequeños hipidos y. —Sí. en silencio. espantado. Verity se tropezó contra su silla. por supuesto. al final.? —Sí —asintió la duquesa. Usted crió a su hija. no respondió a su pregunta.. —Sí. Vera. señor Somerset? —¡Dios santo! ¿Quiere decir que. Con una gran dificultad de movimientos. —Sí. ¿ Querrá complacer a una anciana? Él vaciló. ¿Había oído bien? ¿Acababa su tía de reconocerla? —Lady Vera Drake era nuestra alegría y nuestra pesadilla. A los dieciséis años. Le había fallado a ella. Silencio absoluto. La duquesa. le ofreció su apoyo. No hay nada más ridículo que una mujer adulta de pie sobre una silla —añadió la duquesa viuda sin mirar hacia donde se encontraba Verity. más que por mis cuatro hijos juntos. Un vestido. se dirigió a su asiento. Y nunca dije que estuviera muerta. por supuesto. —¿Lo entiende usted ahora. Agarró con fuerza los brazos del mueble para que no se cayera. recuerda lo que le conté el otro día acerca de mi cuñado y mi hermana? —preguntó la duquesa viuda con voz ronca. se quedó en completo silencio. —Siéntese. pero no fue capaz de sentarse. toda mi atención sirvió de poco. Yo me preocupaba constantemente por ella. —¿Se encuentra usted bien. madame? —preguntó Stuart. Estaba segura de que había provocado un gran estruendo. —¿Señor Somerset. Lady Vera Drake. —¿Cómo dice. sino que la perdimos. por favor.. elegante y no demasiado caro.. —Su nombre es Vera. entiendo. Por desgracia.

que atendía a los Arlington desde hacía treinta años y yo misma. aunque más tristes y vacías. un joven se presentó en Lyndhurst Hall. ella volvería a Inglaterra. y viviría su vida como si jamás hubiera ocurrido nada. Me preguntó si existía alguna posibilidad de que aquello fuese cierto. y comencé a urdir la mayor mentira de mi vida. Le mostré al joven la tumba que contenía el cadáver de una desconocida. el joven ya estaba del todo convencido de que su cocinera era una mentirosa. Al día siguiente fui a Londres y contraté a alguien para que averiguara si la cocinera de aquel joven era realmente nuestra sobrina desaparecida. Pero mi ira y mi gran decepción. y . Nuestras vidas siguieron adelante. El dolor hizo que mi marido encaneciera de la noche a la mañana. Y allí se esfumaron.. aún con solo diecisiete años. Y entonces un hermoso día de verano casi siete años después de que ella se escapara. Mi marido no estaba en la finca y lo recibí yo sola. Volví a caer presa del pánico. Quería que reflexionara seriamente sobre su conducta y que agradeciera como debía la segunda oportunidad que se le iba a brindar. y que mis desmentidos habían hecho que Bertram la viera bajo una luz diferente. se presentaría en sociedad. Le enseñé la fotografía de otra sobrina mía. Almorzamos juntos y se marchó. Fue un gran alivio saber que estaba viva y que se encontraba bien. pero no le conté el resto del plan. Celebramos un funeral por ella.. Me enteré de que el señor Bertram Somerset y mi sobrina habían mantenido una relación de más de dos años que terminó bruscamente después de que él visitara Lyndhurst Hall. le dije que había arruinado su vida. cuya recuperación exigiría un largo viaje al extranjero. Fingimos su muerte. Pero no me atreví a contarle la verdad. que recibiría una espléndida compensación por ello. casi tartamudeando. una familia de confianza. Que nadie más lo supiera se convirtió en mi objetivo principal. Pero la información que proporcionó el detective también me planteó un nuevo dilema. Deduje que ella le había dado a conocer su parentesco con el propósito de animarlo a casarse con ella. El pánico se apoderó de mí. Y yo me preguntaba todos los días qué le habría ocurrido y qué habría podido hacer yo de otra manera. Al contrario. los deslumbraría a todos. Que la enviaría a un lugar remoto donde la encerraría a cal y canto y donde viviría avergonzada y aislada durante el resto de sus días. me hicieron cometer un grave error. Torpemente. Para cuando mi marido volvió a casa a la hora del almuerzo. Quería asustarla porque en verdad era vergonzoso lo que había hecho. al igual que su hijo. Conseguimos localizarlos en Southampton. Le dijo a mi marido que había venido a admirar nuestros jardines. Hice jurar a la institutriz y al médico que guardarían el secreto. me daba miedo decepcionarlo. el joven me explicó que su cocinera aseguraba que era la hija del noveno duque de Arlington. adoptaría al bebé. Nunca le pregunté a nuestro médico de dónde lo había sacado. pues tenía un plan para solucionarlo todo: el médico le diagnosticaría una grave enfermedad. En aquel momento en lo único que pude pensar fue en que mi marido no descubriera mi mentira. Me ofrecí a llevarlo a visitar al médico que había jurado guardar el secreto. Se escapó con el padre de la criatura. La trasladé a una propiedad menor de la familia. Pero la asusté demasiado.

que rompiera con ella.. Pero en aquel momento mi reacción fue dura e implacable. —No. ¿Cómo podía seguir siendo tan impulsiva y temeraria? Con un perfecto desconocido. Durante todos aquellos años su tía había estado al tanto de su noche con Stuart. así que seguía recibiendo noticias de ella y de su hijo. Pero esa idea iba contra todo lo que para mí es sagrado en el matrimonio: una institución que tan solo tiene sentido si se acepta alegre y reverentemente. Poco a poco sus extraordinarias habilidades culinarias y los progresos de su hijo me fueron impresionando. obedeciendo mis órdenes de no perderla de vista. —¿Por qué nunca me dijo nada? —preguntó él. nunca conseguí ordenarle a mi detective que se alejara de Fairleigh Park. Pero aunque reconociéramos que aún vivía. Pero el día del baile ocurrió algo inesperado. Usted aún no tenía ni idea de quién era ella. Le di una pista cuando volvió a Londres tras el funeral de su hermano. Decidí que Vera era indigna del antiguo e ilustre nombre de los Drake y que no volvería a tener nada que ver con ella en esta vida. y que Tin asumiría esa responsabilidad cuando yo muriera. le confesé lo que había hecho.... volvió a salir mal. Yo deseaba desesperadamente recuperarla. Estuve dudando durante semanas. Y habría pensado en ello cada vez que lo veía. Si la reputación de Vera hubiera sido intachable. ahora sé que no. nada menos. usted anuló su compromiso con la señorita Bessler. y aquel hombre era el mejor candidato que teníamos. Si no hubiera estado tan enfermo. —No fue así —dijo Stuart con calma.. habría ido a verla inmediatamente. Así y todo. —Tras lo mucho que me había costado tomar aquella decisión. Al día siguiente de mi baile anual. la siguió. su reputación continuaría tan maltrecha que ni el poder ni el prestigio de los Arlington podrían repararla. me sentía de nuevo muy decepcionada con ella. visitaría Fairleigh Park y concertaría su matrimonio. señor Somerset. No necesito contarle lo que sucedió en aquel viaje. si se celebra entre dos personas que desean compartir para el resto de sus días todo lo que tienen y lo que son. Verity enrojeció de vergüenza. ¿Para qué? ¿Para vengarse de su antiguo amante? No creía que pudiera haber hecho mayor estupidez. —Hace tres años. La duquesa viuda suspiró. cuando mi marido estaba en su lecho de muerte. Mi detective. —Estaba desesperado por encontrarla.. Fue una enorme alegría para él. Vera viajó a Londres. Necesitaríamos un hombre de buena posición al que pudiéramos convencer para que se casara con ella. Lo cual me trae de vuelta al presente. Pero la situación no era esa. Desde Fairleigh Park me llegaron noticias de que por fin se habían visto. señor Somerset. Pero como siempre me ocurre con ella. yo habría impedido una unión así. Al final decidí que me tragaría mis principios. y yo hice todo lo que pude para que buscara un encuentro cara a cara con Vera. Enseguida . El señor Bertram Somerset no se casaría con ella sin obtener a cambio una alianza con los Arlington. E inmediatamente al día siguiente. No es verdad que nunca le haya dicho nada... Le prometí que me ocuparía de ella y del niño mientras me quedara un soplo de vida.

no lo hacía solo por lascivia. Verity se había subido de nuevo a la silla. —Te equivocas —replicó ella riendo y llorando a la vez. Stuart le rodeó el rostro con las manos. —¡Olvida la declaración! Date prisa.me asaltaron las dudas de si había actuado bien. Pero no me lo puedo creer. Te quiero. —Pero si aún no me he declarado. hay mucho en juego. Fue entonces cuando Verity salió de la nada y estuvo a punto de tirarlo al suelo. —Lo abrazó. —protestó Stuart. no celebrará la boda hasta el día antes de la apertura del Parlamento para que todo el mundo . —¡Dios santo! —exclamó.. sin embargo. —¿Cómo has podido sobrevivir todos estos años? —Después. Hay que reunir a la familia. Ella lo abrazó con fuerza. Y me has devuelto a mi familia. A partir de ese instante no podrá estar a solas con mi sobrina hasta después de la boda. —Ahora calla y bésame. Tenemos que presentarte en la corte. después. que estaría usted tan firme e inquebrantablemente decidido a casarse con ella. no te entretengas. —No me puedo creer lo que has hecho por mí. —Jamás imaginé. si usted decidía tomar este peligroso camino. Y la boda debe celebrarse antes de la apertura del Parlamento. Te quiero —le decía entre cada beso. Prepararte un guardarropa como Dios manda. No podemos perder ni un minuto. conociéndola. Gracias. ya éramos condes en la época de Eduardo el Confesor. —Te quiero. —Muchas gracias. —Y yo no me puedo creer que seas quien eres —respondió él todavía atónito. ¿No has oído lo que ha dicho? ¡Vieja ridícula! ¡Carabinas a nuestra edad! Y. señor Somerset. Stuart permanecía estupefacto en el centro de la sala. señor Somerset. Ahora podré conocer por fin a los hijos de mis primas. Lo utilizará para proponerle matrimonio formalmente.. La duquesa viuda de Arlington se puso en pie. Por fin puede volver con nosotros y seremos de nuevo una familia. Y tú. Stuart hizo lo mismo. Desde allí vio cómo su tía se llevaba un pañuelo a los ojos aún enrojecidos. Que fueras capaz de renunciar a todo para que pudiéramos estar juntos. —Y ahora. Tal como le he contado. Le cubrió el rostro de besos. —Y me extraña que no lo sepas. La duquesa se apartó de él y se llevó de nuevo el pañuelo a los ojos. y quería asegurarme de que. Vera. Podré estar aquí cuando Tin se case. voy a ausentarme de esta habitación durante un cuarto de hora. ya te lo contaré después. Tenemos poco tiempo y muchísimas cosas que hacer. Después lo agarró de la mano y prácticamente lo arrastró detrás del biombo. —Sé que ella lo ha reconocido y que todo encaja. No me puedo creer que acertara y que tu familia se remonte realmente a la batalla de Hastings.

que la llevó enseguida al éxtasis. —No. —Tu reputación se fue al traste en el instante en que me conociste —le recordó ella. eso fue mi corazón. —Por muchos años. Ella le rodeó el rostro con las manos. Cenicienta. un privilegio y el verdadero deseo de mi corazón —le respondió. —¿Quieres casarte conmigo. Después la miró fijamente a los ojos y sonrió. La empujó contra la pared y la besó apasionadamente. — Creo que nunca te lo he dicho. Y debería haberme dado cuenta mucho antes. Comenzó a desabrocharle los pantalones a Stuart. quiero. —Tienes la risa floja —dijo ella dándole un golpecito en el brazo. en realidad. Las próximas noches se me van a hacer muy largas. Dedicaron el resto del cuarto de hora a intentar recuperar la compostura. Verity. Mi reputación jamás sobrevivirá a esto. Él le acarició la mejilla. —No. —Solo sé lo que es importante para mí. Él la besó en las mejillas.pueda asistir. furioso. en la punta de la nariz y en los labios. —Nunca te había visto así. . y convertirme en el hombre más feliz de la tierra? —Sí. —¿Aquí? —¿Se te ocurre una idea mejor? Stuart la miró un instante. Fue un encuentro rápido. pero él la detuvo asombrado. Será un honor. —Enlazaron sus manos. no. pero eres un hombre extraordinario. en la frente. El la siguió apenas unos segundos después. —No puedo evitarlo —dijo Stuart cediendo a un nuevo ataque. —He tenido sexo con lady Drake a plena luz del día en medio del salón de la duquesa viuda de Arlington. —¡Y qué gran corazón tienes! —De nuevo había lágrimas en sus ojos.

—¿Tendremos que ser delirantemente felices todos los días? ¿Podremos tener días deslucidos o. que la había ofendido y que debía verla de inmediato. —Sí.EPÍLOGO Visto en retrospectiva. —Bertie estaba perdiendo pelo y a mí podría ocurrirme lo mismo dentro de unos años. una boda de cuento de hadas.. porque al novio le remordía la conciencia por haber mentido a sus dueños una década atrás: les dijo la mentirijilla de que era el marido de la encantadora joven que se alojaba en su establecimiento. Estaban en una cama que no tenía absolutamente nada que ver con un lecho nupcial de cuento de hadas. Y esto no es el final. por supuesto. —La idea del final feliz me preocupa —reflexionó el novio. La radiante novia lucía un espléndido vestido de raso y tul del mismo azul que sus ojos. días en que queramos matarnos? Verity se echó a reír y se acurrucó más cerca de él. La feliz pareja se rió de todo ello en su noche de bodas. —¿Los príncipes de los cuentos de hadas tienen permitido quedarse calvos y engordar? —Le preguntó el novio. El primer día del resto de nuestras vidas juntos. antes de que fuera demasiado tarde. antes de que se embarcara en el vapor que zarpaba para Australia a primera hora de la mañana. hija del noveno duque de Arlington fue. El novio. Dios no lo permita. ciertamente. —¿Y yo? La gente se horrorizaría de ver a Cenicienta con los pechos caídos y la cara llena de arrugas —dijo la novia. en una anodina posada de Balham Hill. después de haber hecho el amor con avidez. —Y te aviso de que eso podría suceder en un futuro no muy lejano. ya que apenas les habían dejado verse en la vorágine de las semanas anteriores. había sido elevado en el imaginario popular a la categoría de moderno príncipe azul. —Amén —dijo Stuart. en Clapham. se diría que fue como el cuento de Cenicienta. podremos. La boda de Stuart Ralston Somerset y lady Vera Drake. por haber conseguido vencer al dragón de su tía en nombre del amor verdadero. —¿Le apetece a su señoría hacerlo otra vez? FIN . podremos.. sino el comienzo.