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Crisis de la modernidad: ¿Cambio de lógica? Ps. Macarena Cabezón

INTRODUCCIÓN

Cuando se habla de “Modernidad” pareciese ser algo confuso y ambiguo. El debate, en cierta medida, se ha centrado en la dificultad para poder conceptualizar algo acerca de este fenómeno, el cual ya es en sí mismo cuestionable en la medida en que no se sabe si sigue estando en esta “modernidad” (cuando se intenta hablar de posmodernidad, por ejemplo).

No es tan claro cuándo la modernidad puede pensarse como un momento histórico. De alguna manera, se podría decir que el modernismo pasa a ser una experiencia de mundo que se encuentra en constante transformación y que se mantiene en esa transformación. Considerando lo anterior es que se puede decir que la modernidad ha entrado en “crisis” en cuanto se constituye como fenómeno que se encuentra en constante cuestionamiento.

La idea de “crisis” queda implicada en la forma en cómo la modernidad se pensó en sus inicios y en cómo queda concebida en la actualidad, lo cual no está claramente identificado y delimitado.

Pareciera ser que la modernidad se constituyó como una época que intentó encontrar, en sus inicios, un punto de apoyo que estableciera nuevos patrones y referentes. Con posterioridad se representa en una época que se sabe distintas a las que la precedieron, y que, por lo tanto, se caracterizaría fundamentalmente por la reflexión que se hace sobre sí misma. La primera autocomprensión que realizó el movimiento de la ilustración, por ejemplo, dio cuenta de los aspectos con los que se asociaba a esta “nueva época”. Sin embargo, las consecuencias de la misma modernidad hicieron re- plantearse esta autocompresión entrando ésta nuevamente en crisis.

En la actualidad puede verse que la modernidad se instala en base a un mundo perdido, en donde existe un proceso continuo, sin fin, de distintas opciones posibles, discrepantes, dinámicas, mutables, donde la realidad se construye pluralmente producto de identidades también plurales.

En este contexto es que se puede analizar cómo a repercutido esta crisis en la “subjetividad” de un ser que se constituye supuestamente moderno. Reflexionar acerca de lo anterior, implicaría considerar la discusión acerca de qué es lo determinado o lo que determina a un individuo en esta sociedad; un individuo que se instala en el contexto de sentar bases en un ideal ilustrado de ser dueño de sí mismo, pero que luego da cuenta de su dificultad para poder vivir en cultura, lo que a su vez ya está puesto en cuestión.

La “inestabilidad” de la modernidad, de poder sostenerse a sí misma queda al descubierto en el paso que ha ido teniendo el ser moderno. Esta discusión se centra en el tránsito de la modernidad a la denominada posmodernidad. Un debate en el que están puestos en juego, como se mencionó, los aspectos de la Ilustración que configuran una identidad cultural.

El ser moderno queda definido en el malestar de tener que vivir en cultura. Lo propiamente moderno podría ser la renuncia a la manifestación de los instintos para poder instalarse propiamente en la cultura. No por este malestar el sujeto va a dejar de sentir, en ciertas circunstancias, el placer de la descarga de sus propias inclinaciones. El ideal ilustrado en cambio, tenía que ver con dominar las pasiones y así, poder ser dueño de sí. Y, como se ha visto, estas pretensiones parecieron dar un vuelco, sin poder ser llevadas a cabo. En la actualidad, el tema de dominar las pasiones o los instintos pareciera no tener cabida. El placer actúa como determinante en las relaciones que se mantienen en cultura. No existe placer diferido; todo se resuelve con cierta inmediatez.

Lo anterior es sin duda signo de que ha existido un cambio. Sin embargo, cabe cuestionar si este cambio es tal en la medida de si responde o no a cánones o patrones radicalmente distintos a los anteriores. Hay algo de la crisis de la modernidad en relación a la subjetividad que no queda resuelto, pero no en el sentido de la inestabilidad

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antes señalada, si no más bien en que pareciera que tal crisis tampoco puede concebirse claramente en relación a la ruptura de cánones establecidos.

Sería incorrecto pensar que no ha existido un fuerte cuestionamiento y que es éste el que caracteriza a la modernidad. Sin embargo pareciera que sobre las bases de tal cuestionamiento existe una contradicción fundamental que tiene que ver con que no se ha podido formar una lógica radicalmente distinta a las anteriores.

Cabe preguntarse entonces sobre qué lógica ha imperado en la modernidad en base a este “ser moderno” y qué es lo que sucede con posterioridad en relación a la falta de ruptura con una lógica anterior. Esta pregunta involucra la discusión en torno al “paso” de una modernidad a una posmodernidad. Cuestiono la palabra “paso” justamente porque me parece que éste no es tal en la medida de que para poder ser en cultura en esta sociedad se debe, pese a los fuertes cambios que han actuado como huellas de la misma modernidad, actuar bajo una lógica particular que al parecer no ha dejado de imperar.

Para abordar este tema se hará un recorrido que dé cuenta de las problemáticas en los distintos momentos de la modernidad para poder identificar qué sucede con el sujeto en relación a la determinación en la que se encuentra, la cual es constitutiva de la crisis de la modernidad.

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DESARROLLO

Adorno y Horkheimer (2005) intentaron dar cuenta de la complejidad de los procesos que dieron lugar a la modernidad. Comienzan caracterizando la ilustración como una época que pretendía el desencantamiento del mundo, derrumbando los mitos mediante la ciencia. Además ésta se concebía la superioridad en el saber: “El saber, que es poder, no conoce límites ni en la esclavilización de las criaturas ni en la condescendencia para con los señores del mundo”. (Adorno y Horkheimer, 2005, p

60).

Los autores critican esta idea de la ilustración, afirmando que ésta cae bajo la misma lógica que intentó eliminar. En este sentido, señalan que en el mito ya hay un momento de ilustración y, a su vez, la ilustración queda atrapada en el mito. “En los mitos, todo cuanto sucede debe pagar por haber sucedido. Lo mismo rige en la ilustración: el hecho queda aniquilado apenas ha sucedido” (Adorno y Horkheimer, 2005, p 67).

Con esta crítica, los autores ponen en juego la idea de que hubo algo de la ilustración que no pudo ser llevado a cabo, pero que esto tuvo que ver con las mismas características de este periodo, es decir, aquello que intenta ser eliminado cae bajo su propia lógica en un movimiento recursivo. Adorno y Horkheimer (2005) van a señalar en relación a esto que la ilustración retorna a la mitología y al dominio que pretendía liberar a los hombres. La crítica a la que apuntan los autores radica fundamentalmente al concepto de razón, el cual si bien se refiere a un dominio racional de la naturaleza, olvida el dominio en el que caen los mismos seres humanos que pretendieron esta racionalidad bajo los fenómenos del autoritarismo moderno.

La idea de poder dominar la naturaleza tiene que ver con poder controlar ya no sólo el mundo externo sino el interno (Adorno y Horkheimer, 2005). El hombre está

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libre del horror cuando no existe nada desconocido. Sin embargo, los autores muestran cómo en la ilustración la fuerza de lo que ellos denominan como maná actúa como elemento que evidencia la opresión del hombre de aquello que le resulta inexplicable. “El mana, el espíritu movente, no es una proyección, sino el eco de la superioridad real de la naturaleza en las débiles almas de los salvajes” (Adorno y Horkheimer, 2005, p

70).

Se puede ver en base a lo que señalan los autores que el ilustrado no puede salir de aquello que intenta superar. El ser moderno va a pasar por un sujeto que debe hacerse cargo de sí mismo y de su posición en el mundo. Ahora bien, considerando que la ilustración cayó bajo la misma lógica que intentó dominar, ¿Tendrá el sujeto las armas para ser dueño de sí al modo ilustrado?

Freud (1930) va a señalar que lo que mantiene unido al ser humano en cultura es una necesidad interiorizada de regulación (sexual y agresiva), la cual nos hace necesitar de estos elementos para poder vivir, incluso cuando esto implique una renuncia “instintiva” y una represión de la espontaneidad.

La cultura se origina entonces, como una forma de regular las relaciones entre los individuos para poder vivir en comunidad. Vivir en ésta, siempre va a significar la renuncia a un campo de satisfacción porque el hombre debe inhibir la descarga de sus pulsiones. Por lo tanto, el costo de vivir en cultura implica siempre la imposibilidad de la consecución del principio del placer, lo que genera un individuo en constante malestar con la cultura (Freud, 1930)

Marcuse (1981) refiere que la restricción de la estructura instintiva del ser humano es lo que hace falta para el progreso en determinada civilización. “El Eros incontrolado es tal fatal como su mortal contrapartida: el instinto de muerte” (Marcuse, 1981, p 25) La cultura no puede permitir la gratificación como tal, como un fin en sí misma y en cualquier momento. “La civilización empieza cuando el objetivo primario-o sea, la satisfacción de necesidades- es efectivamente abandonado” (Marcuse, 1981, p 25).

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Esto tiene que ver con lo que Freud menciona acerca de la transformación del principio del placer en principio de realidad. El aparato mental queda ligado al principio de realidad. La fantasía es lo único que queda fuera de esta determinación por las alteraciones culturales y queda ligado al principio del placer. La idea de una civilización no represiva es imposible para Freud, según el autor. “La libertad cultural aparece así a la luz de la falta de libertad, y el progreso cultural a la luz del constreñimiento. La cultura no es refutada por esto: la falta de libertad y las restricciones son el precio que se debe ser pagado”. (Marcuse, 1981, p 30)

Freud (1930) va a señalar que este precio que debe ser pagado del que habla Marcuse, tiene que ver con el costo de la felicidad. Sin embargo, el autor va a referir que no por esta razón debemos estar fuera de la cultura, sino más bien buscar la felicidad en la cultura. Estar en cultura involucra la imposibilidad del principio del placer, el cual implica evitar el dolor. El hombre va cambiar un poco de su felicidad por seguridad (Freud, 1930).

Lo anterior define al ser moderno, el cual se caracteriza por asumir una posición en el mundo que tiene que ver con hacerse cargo de aquello que lo determina. Las determinaciones del sujeto y el “hacerse cargo” tiene que ver con lo que Lacan señala cuando afirma: “De nuestra posición como sujetos somos siempre responsables”. (Lacan, 1993). Esto último tiene que ver con responsabilizarse de los propios deseos, de tomar una posición activa frente a éstos y de implicarse en lo que le sucede.

El ser modernos tiene que ver con asumir que hay veces en que se obtiene cierto placer y otros momentos en que existe cierto malestar. A esto se refiere en parte Marcuse (1981) en torno a lo que señala Freud sobre el trabajo, ya que si bien este último provoca cierto malestar, es este malestar el que le permite vivir en cultura y disfrutar de algunos momentos de felicidad. Marcuse (1981) señala que el progreso de la civilización se encuentra en el trabajo. Es este último el que permite la intesificación de las necesidades de vida. “Normalmente este trabajo no produce satisfacción en sí mismo; para Freud es carente de placer, es doloroso. El trabajo básico en la civilización no es libidinal; es esfuerzo; ese esfuerzo es desagrado y ese desagrado tiene que ser fortalecido” (Marcuse, 1981, p 85).

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La idea de un trabajo así concebido va a estar relacionado con una producción que permita postergar los impulsos de gratificación inmediata a cambio de seguridad y estabilidad en el futuro. Marcuse (1981) señala que la principal función del ego es “coordinar, alterar, organizar y controlar los impulsos instintivos y controlar los impulsos instintivos para minimizar los conflictos con la realidad: reprimir los impulsos que son incompatibles con la realidad, “reconciliar” a otros con la realidad cambiando su objeto, retrasando o desviando su gratificación, transformando su forma de gratificación, uniéndolos con otros impulsos, y así sucesivamente”. (Marcuse, 1981, p 41)

Esta tendencia a reprimir los impulsos de modo que vayan acorde con el principio de realidad indica que la lógica del ser moderno tiene que ver con un individuo en el que predomina el imperativo categórico universal de la ley del padre. Es esta ley la que prohíbe lo que se debe hacer o no en cultura (Freud, 1913) Marcuse (1981), en este sentido, refiere que la figura del padre representa “la regimentación básica de los instintos que preparan al niño para la represión sobrante por parte de la sociedad para la vida adulta” (Marcuse, 1981, p 92).

Ahora bien, a la luz de este imperativo categórico que opera en la modernidad, se puede afirmar que la situación con respecto a las pretensiones de la ilustración no han sido del todo diferentes. La lógica de un sujeto que debe reprimir para estar en cultura, no se aparta de la concepción que se tiene acerca de intentar controlar o resistir las pasiones, según lo que hablaban los autores Adorno y Horkheimer (2005). Pareciera que seguimos amparándonos en una lógica racionalista cuando sabemos que ésta ha sido derrumbada. Al igual que la crítica a la que apelan los autores, la modernidad termina siempre, cayendo dentro de su misma lógica.

Vemos que en la actualidad la situación con respecto a la represión de las pasiones y al placer diferido ha cambiado, pero ¿Habrá cambiado la lógica operante?

Nos encontramos en una sociedad que se define más por su cambio que por su estructura. La globalización y el capitalismo imperan como identidades fundamentales en el mundo actual. Por ejemplo, en la economía se han ido ampliando los mercados de

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comercio con el exterior, y a nivel cultural, la información y los medios de comunicación de masas traspasan cualquier límite territorial. Se vive en esta sociedad en base a la búsqueda permanente de los bienes de consumo. Marcuse (1981) señala que la gente se reconoce a sí misma en sus bienes, convirtiéndose ellos mismos en lo que poseen. Para las personas de este mundo el sí mismo y los bienes se han fusionado.

Marcuse (1981) señala que en la actualidad pareciera que comenzara a existir otra relación entre el individuo y la cultura. El esfuerzo utilizado en poder desarrollar las inhibiciones del ser humano se ha agotado en gran medida. “Esta cultura era, en y para el individuo, el sistema de inhibiciones que generaba y regeneraba los valores e instituciones predominantes. Ahora, la fuerza represiva del principio de realidad ya no parece renovada y rejuvenecida por los individuos reprimidos” (Marcuse, 1981, p 104).

Se podría decir que todas las pretensiones que se han mencionado en relación al progreso, la dominación de la naturaleza y la racionalización no han eliminado diría Marcuse (1981) la necesidad del trabajo mecánico, no placentero del que hablaba Freud. Sin embargo, el trabajo se ha vuelto cada vez más ajeno al individuo, lo cual lo aleja del campo de la necesidad. Es debido a esto que la relación del individuo con el trabajo ha cambiado: “Liberada de los requerimientos de la dominación, la reducción cuantitativa del tiempo del trabajo y de la energía empleada en él lleva a un cambio cualitativo en la existencia humana: el tiempo libre antes que el de trabajo determina su contenido” (Marcuse, 1981, p 206)

En este sentido, se puede ver cómo en la actualidad el principio del placer opera de manera imperante en una sociedad de consumo; sociedad que ya no sólo concibe las relaciones y actuaciones con otro en torno al placer que estas producen sino también un trabajo que involucre también un lugar de goce. Sennett (1998) plantea que el en la sociedad predomina el capitalismo flexible, el cual pone énfasis en la flexibilidad, atacando las formas rígidas de burocracia y los males de la rutina, lo cual cambia el significado mismo del trabajo.

Sennett (1998) propone distintos puntos a considerar en esta sociedad que han cambiado y que no han sido cabalmente desarrollados. Refiere principalmente que existe un cambio de temporalidad en la actualidad que está asociado a diversas formas

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del capitalismo. Así, señala que el valor de lo duradero ha ido quedando atrás en base a una sociedad que funda sus raíces en la inmediatez del pensar y el actuar. Además, anteriormente se exigían las metas a largo plazo como formas que permitían postergar una recompensa inmediata y pasajera por una más segura en el futuro. En la actualidad, la economía en cambio está avocada a metas a corto plazo.

El autor define lo que sucede en la actualidad en base a cierto dinamismo y a un mercado orientado al consumidor, así como al deseo de un rendimiento más rápido a nivel laboral. La consigna predominante, va a decir Sennett (1998) tiene que ver con que “nada es a largo plazo”, lo cual podría traducirse como que no hay ninguna estructura temporal que divida los momentos en pasado, presente o futuro, así como tampoco la capacidad para comprometerse o sacrificarse en un proyecto que tenga estas temporalidades.

Si volvemos un poco atrás en este recorrido, se puede ver que el placer que antes era postergado y reprimido en pos de poder estar en cultura, ahora aparece manifestado con mayor fuerza. El placer actúa como fundamental en las relaciones sociales, siendo un patrón que determina las formas de ser y de actuar de las personas. En la actualidad, el placer no se difiere; no hay ninguna disciplina o postergación, ya que las características actuales basadas en los fenómenos que emergieron como consecuencias de la modernidad determinan en alguna medida la forma en que el placer se busca en el aquí y ahora.

Pareciera que nos encontramos en un mundo de transformación constante y virgitinosa. Berman (1987) va a decir que la historia de la modernidad es una historia de un desencantamiento continuo. El consumidor como figura, se ha visto paradójicamente como un modo de salida del sistema que lo ha dañado y que secretamente aborrece, es un modo de mantenerse libre de la garra emocional del sistema.

Nuevamente aparece la paradoja de que para salir del sistema hay que entrar nuevamente en él, en un movimiento recursivo que no termina. Esto da cuenta de la dificultad de la modernidad para salir de su propia lógica. A pesar de que exista un cambio evidente en las relaciones con otros, en el trabajo y en el mundo en general, este cambio sigue actuando bajo los mismos referentes y patrones anteriores. La pregunta

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acá es: ¿Habrá dejado entonces de predominar la ley del padre como imperativo categórico en nuestra sociedad? ¿El placer del que se está hablando en estos momentos actúa de manera intrínseca en el ser humano o más bien vuelve a responder a cánones preestablecidos por la cultura? ¿Funciona en esta sociedad de consumo y hedonista la búsqueda del placer inmediato como un imperativo más que como una evolución natural del curso de la modernidad?

Para intentar discutir acerca de estas interrogantes podría ser útil la distinción que hace Lacan entre goce y placer. El goce concierne al deseo, y más precisamente al deseo inconciente, lo que muestra que esta noción no se aplica como podría pensarse a lo relativo sobre los afectos, emociones o sentimientos. El goce estaría ligado a la comprensión de que no existe una satisfacción a una necesidad que lo colmaría. Está dado por una falta de tipo estructural. El placer en cambio, se presenta como un principio del acaecer psíquico que tiene que ver con el intento de evitar el dolor, disminuyendo la tensión a nivel de descarga pulsional, lo cual estaría ligado estrechamente con la representación de la ley del padre que regula esta descarga de placer. (Chemama y Vandermersch, 2004)

Se podría afirmar que el placer del cual se ha estado refiriendo el texto a lo largo de este recorrido, estaría ligado al placer propiamente tal en la distinción previamente señalada, y no así al goce. Como se vio, la sociedad actual estaría caracterizada por la descarga pulsional y la búsqueda del placer en la inmediatez. Esto último podría indicar cómo hay una vuelta al padre en la búsqueda de cierto patrón definido que se instala finalmente como un imperativo.

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CONCLUSIÓN

A lo largo de este recorrido se ha podido ver cómo los distintos momentos de la modernidad tienen aspectos que les son comunes, pese a las diversas transformaciones que han hecho evidente la ambigüedad de este concepto en la actualidad.

Se pudo ver, en una primera instancia, que modernidad sigue amparándose en el proyecto ilustrado, pero sabiéndose, en parte, insostenible en su pretensión de racionalidad. La ilustración no pudo salir de aquello que intentó superar o definir. En este sentido, ser dueños de sí ya no tiene cabida, puesto que el sujeto en la actualidad no tiene las armas como para lograrlo en la medida que este fue un proyecto que en sí mismo entró en crisis.

Igualmente, pareciera que algo quedó de este periodo en la modernidad que hizo que la tendencia a reprimir los impulsos para poder vivir en cultura, respondiera finalmente al mismo categórico universal de la ley del padre. La representación de la ley ha operado de manera implícita en las bases de la modernidad.

Es así como se vio que pese a hacerse evidente la crisis de la modernidad en la actualidad en base a los fenómenos que asentó y de los cuales quiso escapar, la forma en que operan las concepciones de los sujetos responde a una misma lógica anterior.

Nos enfrentamos en la actualidad a un nuevo mundo que no repara en el cambio constante e inmediato. El tema del placer se ha descrito como fundamental en una sociedad caracterizada por el consumo, el corto plazo, la falta de compromiso y sacrificio, y la anulación de temporalidades. Pareciera ser que no hay postergación del placer, sino que éste se busca en su inmediatez en todo ámbito de la vida.

Como se ha mencionado, pese a la evidente transformación respecto a un estado anterior, cabe preguntarse de dónde surge esta inmediatez del placer. Ciertamente se

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conoce que las identidades del capitalismo y la globalización han favorecido en gran parte a que se produzcan distintos modos de actuar y de pensar del individuo que se instala en esta sociedad. Sin embargo, como la modernidad es o fue, en gran parte, generadora o precursora de los fenómenos económicos, sociales y culturales acaecidos en la actualidad, cabe preguntarse si su crisis ya llevaba en sí misma, cierta lógica imperante anterior, ya que, por lo mismo, la “crisis” podría haberse instalado por la dificultad de provocar una ruptura en sus mismas bases, sin haberlo finalmente podido llevar a cabo.

Retomando las preguntas anteriores: ¿Habrá dejado entonces de predominar la ley del padre como imperativo categórico en nuestra sociedad? ¿El placer del que se está hablando en estos momentos actúa de manera intrínseca en el ser humano o más bien vuelve a responder a cánones preestablecidos por la cultura? ¿Funciona en esta sociedad de consumo y hedonista la búsqueda del placer inmediato como un imperativo más que como una evolución natural del curso de la modernidad?

Ciertamente considero que pensar en la búsqueda de placer en esta sociedad y no de goce, nos lleva a pensar en que no ha existido una ruptura con la ley paterna o con un imperativo categórico anterior que determine nuestras vidas. Si pensamos en cómo se instala la búsqueda de placer en nuestra sociedad claramente viene de una lógica dominante que adquiere su fuerza en la medida que hace pensar que esa búsqueda se instala en base a las propias necesidades.

Las consecuencias de los fenómenos derivados de la modernidad, según Berman (1987), han hecho que el sujeto consumista se escude en esta inmediatez frente al desamparo constante de no saber desde dónde arraigarse. Esto mostraría de alguna manera, una vuelta a la ley, a la búsqueda “inconciente” de un padre desde cual definir(se).

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BIBLIOGRAFÍA

- Adorno, T. y Horkheimer, M. (2005) Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Trotta

- Berman, M. (1987) El reencantamiento del mundo. Santiago: Cuatro vientos.

- Berman, M. (1997) Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad. México: Siglo XXI eds. - Chemama, R. & Vandermersch, B. (2004) Diccionario del Psicoanálisis. Buenos

Aires: Amorrortu Editores.

- Freud, S. (1913) Tótem y Tabú en Obras completas, Vol. XIII Edit Amorrotu.

- Freud, S. (1930) El Malestar en la cultura en Obras completas, Vol. XXI. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

- Habermas, J. (1989) El discurso filosófico de la modernidad, Madrid: Taurus.

- Marcuse, H. (1981) Eros y Civilización. Barcelona: Editorial Ariel, S.A.

- Lacan, J. (1993) La Ciencia y la Verdad. En Escritos 2. Buenos Aires: Editorial

Paidos.

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