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ROBERTO HARARI

PSICOANÁLISIS,

¿CIENCIA

o

IDEOLOGÍA?

(Panel en 1 acto)
(Panel en 1 acto)

Fuente: Bauleo, A; Harari; R.; Liberman, D.; Rascovsky, A.; Rolla, E (1972), Psicoanalisis, ¿adaptación o cambio?, Buenos Aires, Rodolfo Alonso Editor.

EDICIONES ELSEMINARIO www.elseminario.com.ar

Version 1.0 - Mayo de 2004 - Digitalización y diseño: Hernán Scholten - Edicion revisada y autorizada por el autor - Prohibida su reproducción sin el permiso correspondiente.

R oberto H arari

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Psicoanalisis, ¿ciencia o ideología?

“¿Dónde se encontrará la sabiduría? y ¿dónde está el sitio del conocimiento?” JOB-

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“Tanto para los hombres como para los conceptos es peligroso que sean arran- cados del suelo en que se han desarrollado y originado” (Freud, El malestar en la cultura). “Es porque la teoría de Marx es ‘verdadera’ por lo que pudo ser aplicada con éxito, y no es porque fue aplicada con éxito que es verdadera. El criterio pragmatista puede convenir a una técnica que no tenga más horizonte que su campo de ejercicio, pero no a conocimientos científicos” (Althusser, Para leer “El Capital”).

Noticia y presentación

En El análisis profano (1926)* Freud utilizó como argucia retórica el recurso de discutir con un su- puesto polemista al que oponía sus puntos de vista. Este “discutidor” de sus conceptos resultaba ser el egregio representante de lo constituido, quien, provisto del arsenal imponente con que lo munía la ideología correspondiente, instrumentaba razones y sinrazones nunca a simple vista torpes o descabe- lladas. Will Durant, en Filosofía, cultura y vida hacia uso de una técnica en ciertos aspectos análoga al oponer –para exponer- a los personajes más caracterizados de la humanidad polemizando acerca de los temas en que dichos personajes habían especializado sus obras. Basado en los precitados antecedentes, pensé que este capítulo podría adoptar una estructura de tal naturaleza, y que los discutidores tratarían o maltratarían los distintos puntos del cuestionario-base de este libro de acuerdo con su concepto especial de la “cosa” psicoanalítica. Así imaginé esta ficción, en la que participan:

1) El Dr. Gamma, psiquiatra con años de actividad profesional, autor de un texto clásico en la mate- ria. 2) El Dr. Agustín Pedro Anker, psicoanalista renombrado. 3) El Psicólogo o Psiquiatra Revolucionario que (casi) no Trabaja (es egresado reciente). 4) El Lic. Harari, psicólogo. 5) El Sr. coordinador.

Desde ya, una aclaración y un pedido de excusas al lector: los nombres de los personajes que me acompañan son totalmente ficticios; tal como lo ha enseñado Freud, cualquier parecido con personajes reales es pura coincidencia. Perdón: el cuarto personaje muchas veces va a creer que tiene razón, antes que otorgársela a sus discutidores.

ACTO ÚNICO

Sr. Coordinador: Bien, como todos ustedes saben, hoy hemos reunido en este panel a un conjunto representativo de profesionales de la salud mental, a quienes remitimos oportunamente un cuestiona- rio-base sobre el tema a dilucidar. Entiendo que todos ustedes (a los panelistas) han configurado ya los elementos capitales de sus respuestas, por lo cual los invito a iniciar este debate. Dr. Gamma, por favor.

Dr. Gamma: Gracias. Bueno, yo creo que tratándose del tema psicoanálisis, tenemos en primer lugar que ubicarlo como lo que realmente es. En otras palabras, definirlo. Entiendo que el punto en el que seguramente podremos tener un acuerdo básico es en el que lo caracteriza como un método psico- terapéutico integrado al conjunto de métodos y de técnicas de diversa naturaleza por medio de los cuales el psiquiatra alivia el dolor psíquico de sus pacientes. Entre las posibilidades terapéuticas del

* Sobredeterminación de mi mención de esta obra de Freud: en ella, el creador del psicoanálisis defiende la tesitura de la no necesariedad del título de médico para ejercer como analista. En sus palabras “es injusto e ilógico obligar a un hombre que desea libertar a otros del grave peso de una fobia o una representación obsesiva, a dar el inmenso rodeo que supone el estudio completo de la carrera médica”. Palabras que, en tanto psicólogo, justifican mi presencia en este volumen, conformado en consecuencia con total respeto hacia el criterio de Freud.

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profesional es un elemento importante que debe ser utilizado cuando las circunstancias lo indiquen y requieran. En tal sen

Psicólogo o Psiquiatra Revolucionario que (casi) no Trabaja: Perdone, ¡pero digamos las cosas como son! El psicoanálisis podrá aplicarse cuando el bolsillo del paciente lo permita. ¡Hoy día es una terapia clasista!

Dr. Agustín Pedro Anker: Usted hace una afirmación errónea y parcial. No toma en cuenta que a cada paciente le dedicamos nada menos que cuatro sesiones a la semana de cincuenta minutos cada una. Considere, además, que un psicoanalista no gana más que un colega reputado de otra especia- lidad. Eso es un hecho. Es cierto que no está al alcance de cualquiera la posibilidad de analizarse, pero eso responde al sistema socioeconómico en que vivimos, no es culpa nuestra. Existen, por otro lado, instituciones en las que se asiste a personas de escasos recursos económicos. En relación a lo apuntado por el Dr. Gamma, desearía aclarar un aspecto. El psicoanálisis no es un elemento valioso más con que cuenta el psiquiatra; su uso no es homologable al de un psicofármaco, sino que requiere un arduo e intensivo training -además del análisis personal, desde ya- que se otorga en la Asociación Psicoanalítica. Quien no sea miembro de ella, a mi juicio no debería ser denominado psicoanalista, y, teóricamente, no debería tampoco ejercer el psicoanálisis.

Lic. Harari: Muchos de los que preconizan como usted ese exclusivismo monopolístico, Dr. Anker, mantienen una conducta diferente en sus consultorios, en los que prodigan, por ejemplo, controles de sus casos a los psicólogos impedidos de ingresar en la Asociación Psicoanalítica. Hoy día, por suerte, la mejor identidad profesional de los psicólogos estimula a que se traten y controlen cada vez más con psicólogos, antes que con médicos. De todos modos, este último es un fenómeno relativamente reciente, no así la contradicción a que aludí antes. ¿Qué me responde a ella?

P. R. T.: ¿No está claro? (Con malicia)

A. P. A.: (Hace oídos sordos a P. R. T) Bueno, es que yo no tengo nada en contra de los psicólogos. Quienes se acercan a nosotros son gente capaz y entusiasta, a los que no se les puede negar lo que nos piden. Es una pena que no puedan ingresar en la Asociación.

H.: Muchos de sus consocios han tenido que los psicólogos no tenemos nada que hacer en la Asocia- ción Psicoanalítica. Usted, por otra parte, lo lamenta, y junto a usted muchos otros de sus colegas, pero ¿hacen algo para que la cosa cambie?

A. P. A.: Bueno, si… las opiniones están divididas

respetarlos.

G.: De acuerdo.

en fin, cada uno tiene sus fundamentos y hay que

P. R.T.: Lo que pasa es que no les conviene tener más competencia aún y sí, en cambio, alimentar un

mercado paralelo al psicoanálisis oficial que al mismo tiempo los alimenta. Por otra parte, un psicólogo es muy peligroso porque sabe mucha más psicología que un médico, que de la materia no conoce prácticamente nada al egresar de la Facultad. ¿Quiénes van a ser más dóciles para el aprendizaje en la Asociación? Los médicos. Las presiones del avance del pueblo van a romper esa estructura reaccio-

naria, ¡es sólo cuestión de tiempo!*

* Este panel se realizó en el mes de mayo de 1971. Durante el tiempo transcurrido desde entonces se ha producido lo aquí vaticinado: la -¿primera?- escisión de la otrora mono (lítica) Asociación Psicoanalítica Argentina. Es posible que esta circunstancia operase reforzando nuestra. omnipotencia del pensamiento, motivo por el cual nos atrevemos a postular que otros “vaticinios” también se cristalizarán. Entre ellos: la igualación del psicólogo con el médico en cuanto al ejercicio legal del psicoanálisis; la formación psicoanalítica prodigada a todo trabajador de la salud mental que la requiriese; la rigurosidad científica; la revisión epistemológica; en fin, la caducidad del sistema de los gremios medievales como modelo de institución psicoanalítica

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H.: Dejar fuera de una Asociación Psicoanalítica a los científicos de otras disciplinas ajenas a la medici- na -¡como si el análisis fuera medicina!- entiendo que constituye una desautorización al sello impuesto por Freud en tal sentido. No hay mejor evidencia de esto que El análisis profano, ni afirmación más rotunda que la que en dicho trabajo alude a que el análisis es algo más que una terapia de las neuro- sis, ya que ésta es sólo una de sus aplicaciones, y agrega que “quizás venga el porvenir a demostrar que no es siquiera la más importante”. Ciñendo el psicoanálisis al empirismo de su práctica técnica, no ha lugar para las “otras aplicaciones”, que no llegan a cristalizarse fácticamente por el impedimento al ingreso de otros profesionales que renovarían la estructura científica y técnica de su Asociación. ¿Renovarían o rescatarían? Por ejemplo, la carencia de formación epistemológica y metodológica por parte de los miembros de su institución ha dado pie a la sustanciación de ciertas teorías infundadas que, revisadas lógica y gnoseológicamente, pecan nada menos que de antipsicoanalíticas. El circuito cerrado en que funcionan los canales de comunicación, dirigidos verticalmente de arriba hacia abajo, posibilita y quizás hasta estimula la idealización de los emisores –figuras modelos de identificación- que se constituyen, sin comerla ni beberla, en líderes de grupos recortados por aparentes claras di- ferenciaciones. La ausencia, insisto, de rigurosidad incita a la adscripción irreflexiva a determinados autores y teorías. Nos encontramos así con un abigarrado espectro contradictorio en el que coexisten pacíficamente conceptos ampliamente encontrados. Y no se piense que postulo el dogmatismo unifor- mizante. No. Pero digo, ¿cuánto de esas discrepancias no ha surgido de un sacrificio extremo, cual es el de abandonar a Freud? Y por favor, no me digan ortodoxo. Quiero decir: ¿qué psicoanálisis es aquel en donde los traumas reemplazan a la categoría central del inconsciente, vale decir, el deseo? ¿Qué psicoanálisis es aquel otro en donde se subalterniza nada menos que el Edipo, a la agresión de los padres hacia el hijo?, o si no ¿qué psicoanálisis es aquel de más allá en el cual el analista, tuteando al analizando, le confiesa qué sentimientos le ha producido su discurso? Y quiero decir también: ¿qué tipo de institución psicoanalítica puede ser una en la que no se trabaje por crear las “otras aplicacio- nes”? ¿Es que no las hay, acaso?

A. P. A.: Si, sin duda que las hay. Esa es una deficiencia nuestra. Ahora, respecto de lo que dijo ante -

riormente, es algo teóricamente atinado, pero le diré o mejor dicho le recordaré algo que usted habrá comprobado y verificado en la práctica, y es el hecho de que analizando, viendo cómo trabajan los analistas de distintas posturas, uno cae en la cuenta de que las diferencias no son tan cruciales, tan decisivas, como parecen serlo en la teoría.

H.: Pues eso es más alarmante aún: esto indicaría qué habría una homogeneidad en la técnica, deri- vada no se sabe bien de dónde, qué vendría como impuesta desde fuera, o desde las teorías A B, C, D, que son, en lo atinente a la práctica técnica, intercambiables. Y, sin embargo, resulta que son no ar - ticulables entre sí. Si esta situación prosigue, peligra sin duda el futuro científico del psicoanálisis, que deja de ser una teoría para convertirse en una ciega aplicación de determinadas fórmulas y consignas del encuadre. Perdone el ex abrupto, pero ¿no sería recaer en prácticas mágicas?

A. P. A.: Yo soy más optimista que usted, y no me parece que la cosa pinte tan negra. Mi esperan -

za, más aún, mi convicción es que las diferencias teóricas llegarán a poder superarse por la natural integración de los conceptos. Va a pasar como en el desarrollo evolutivo del niño, en que luego de disociadas y clivadas las emociones, éstas vuelven a integrarse en la posición depresiva. En todas las posturas hay algo rescatable, y no hay que rechazar de plano ningún aporte, pues esto es justamente una conducta disociada, enferma, en la que nosotros, psicoanalistas, no podemos incurrir. Si no, si somos sectarizantes, ¿cómo le vamos a enseñar a los pacientes a dejar de serlo?

G.: Estoy en un todo de acuerdo con el Dr. Anker, pero querría agregar algunos elementos más. Desde ya que como seres humanos debemos ser amplios y considerados para con el prójimo, y como usted dijo, no rechazar de plano el honesto aporte de un colega. Aceptarlo, respetarlo, disentir con propósitos integradores, son finalmente actos de amor, y ¿qué es la psicoterapia sino amor, al fin? Un tipo espe- cial de Eros, por supuesto, al que podríamos llamar “El Eros Psicoterapéutico”. En mi práctica, distintas

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teorías y métodos me han servido, me son útiles para el trato con el enfermo. Los embanderamientos, las exclusiones son al fin de cuentas conductas esquizoides en las que, ratifico, no debemos incurrir.

H.: Permítanme discrepar con ustedes. Han dejado de lado una disociación altamente saludable para los hombres en general, y la ciencia y el psicoanálisis en particular: es la que separa la verdad del error; el conocimiento, del reconocimiento/desconocimiento. En una palabra, pasan por alto la indagación de la cientificidad de las teorías expuestas (entre paréntesis: ¿cuánto de esas teorías está integrado por conceptos y cuánto por palabras?) Si, por el contrario, estamos contestes en que el sujeto es excéntri- co respecto de sí mismo, si lo que llega a su consciencia no son más que deformaciones sistemáticas y engañosas, si el Yo, en fin, es el sitio del desconocimiento y de las ilusiones, concluiremos fácilmente con que hay un valor diría yo constitutivo del psicoanálisis y que le transmitimos al paciente en cada interpretación: la búsqueda de la verdad, que es tal por oponerse y diferenciarse del error, lo aparente, lo mendaz. Entiendo que traicionaríamos este valor supremo que le “enseñamos” al paciente, si no lo practicamos nosotros: qué poco amor le prodigamos a la ciencia, a nuestra ciencia psicoanalítica, si la yuxtaponemos con lo que no es ciencia, o lo que es igual, si aditamos conceptos científicos con no- ciones ideológicas en aras de una integración tan imposible como es la de proponerse articular dioses con vacas, naranjas y Napoleón. Por eso reitero que el psicoanálisis debe disociar de sí todos aquellos parásitos que lo fagocitan haciendo creer que lo nutren, a pesar de que una mirada atenta descubre allí un psicoanálisis anémico y caquéxico.

P. R. T.: He escuchado atentamente lo que han dicho, y pecan los tres de un defecto capital: el aislar

la técnica del contexto sociopolítico en que vivimos. Lo que dice el Dr. Gamma me parece un resabio religioso, idealista; el Dr. Anker ubica a Melanie Klein donde no creo que corresponda, y el Lic. Harari se me ha revelado como un cientificista. Lo que pasa es…

(Diálogos simultáneos incomprensibles en tono elevado.)

Sr. Coordinador: ¡Por favor, les ruego que no dialoguen entre sí! (a P. R. T.) Continúe, por favor.

P. R. T.: Perdonen, pero he debido ser franco para decir lo que pienso. Quiero decir que ustedes no han

percibido la conexión que existe entre el ejercicio de la profesión y el momento que estamos viviendo en el país, en nuestra Argentina, devastada por los monopolios del imperialismo yanqui. Lo que a mí me preocupa es cómo contribuir desde el psicoanálisis a la toma de consciencia de nuestra condición de pueblo explotado y dependiente, en ser efectivamente un agente de cambio, que, como tal, contri-

buya a forjar la Revolución Social.

G.: Usted está confundido. La cuestión no es que

A. P. A: Eso, en buen romance, es meloneo. Que suponga que usted es agente de cambio

H.: ¡Agente de cambio! ¡Cuánto daño nos ha hecho a los psicólogos esa muletilla infalible!

Sr. Coordinador: Por favor, les pido nuevamente que dejen que quien haga uso de la palabra concluya su exposición… (Todos asienten a regañadientes.)

P. R. T: Proseguiré, entonces. Hoy día nos enfrentamos con conflictos distintos a los de otros momen -

tos. Los pacientes, los analizandos son también distintos, en tanto son ellos los portadores materiales de esos conflictos. La preocupación por la lucha de clases, exacerbada en nuestro país por la violencia cotidiana que el régimen realiza sobre todos nosotros, y muy en particular sobre la clase obrera, surge reiteradamente y se expresa por distintas vías en el material de los analizandos.

H.: ¿Cuántos pacientes tiene en tratamiento y cuántos ha tenido en general?

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P. R. T.: Esteeee… dos… pero en los dos la problemática es afín, la preocupación es la misma y por

eso es…

H.: También su preocupación es la misma…

Sr. Coordinador: Rogaría al Lic. Harari que no interrumpa al disertante.

H.: Bien. Yo sólo quería aclarar… (?)

P. R. T.: Como decía, por eso es que no concibo que el análisis bien llevado escotomice la problemática

sociopolítica del país. Como tema a ser tratado, ni concibo que el análisis finalice sin un compromiso activo del analizando con la realidad que le toca vivir…

G.: ¿Me equivoco o usted quiere decir que el paciente debe tener algún tipo de militancia política para que lo considere curado?

P. R. T.: No, no se equivoca. Así como su curación se evidencia en otras áreas por distintas acciones

que esperamos del analizando, en el área sociopolítica lo que yo espero es que cobre consciencia de la injusticia de esta sociedad enferma y que, estando sano, haga lo que esté a su alcance para modi-

ficarla, es decir, para sanarla.

A. P. A.: ¡Eso no es psicoanálisis, es sugestión! Usted no tiene que ignorar que Freud dijo que debemos

cuidarnos mucho de querer hacer al paciente a imagen y semejanza nuestra, que debemos respetar su vida y que él elija lo que le parece adecuado, justo o correcto. Lo que usted postula es totalmente improcedente, es puro proselitismo político.

P. R. T.: ¿Usted cree que no hace proselitismo político? Si usted calla lo que sabe de está sociedad, si

no lo ve con el analizando, ¿no es cómplice .del mantenimiento del sistema? ¿No está haciéndole pro- paganda inconscientemente? ¿No le está diciendo implícitamente que todo está bien como está, y que no hay nada que modificar? O si no, incluso, ¿no le dice -sin decirle- que bueno, que quizás habría que cambiar algunas cosas, o muchas, o todo, pero que de eso se ocupen otros? ¿No cree que al postular la asepsia, usted se convierte en un adaptacionista?

H.: Me gustaría contestarle, si el Dr. Anker me lo permite. (Éste otorga.) Bien. Yo creo que un texto qué es casi inevitable que hoy citemos aquí es el Análisis terminable e interminable. Se recordará que en dicha obra Freud planteaba si es factible y conveniente despertar con fines preventivos un conflicto que aún no se ha manifestado. Concibe dos vías presuntas para lograr tal objetivo, a saber: o precipitar situaciones en las que el conflicto se tome actual, o discutirlo con el paciente en el análisis, señalando la posibilidad de que se produzca. Me permitiré abundar un tanto en estos planteos, puesto que la lucidez de Freud y la actualidad y vigencia de sus postulaciones solicitan. Dice así (abre el libro y lee): “en la profilaxia analítica de los conflictos instintivos sólo pueden ponerse en consideración dos métodos”, consistiendo el primero en “la provocación artificial de nuevos conflictos en la transferencia -carentes, sin embargo, de carácter real”, juzgando al respecto que “en modo alguno puede esperarse alcanzar gran provecho con este procedimiento”. Resta solamente entonces, “aquel camino que quizá fuera el único que tuvimos en cuenta desde el principio. El analista señalará al paciente la posibilidad de otros conflictos instintivos, despertando su expectativa de que también ocurran en él. Lo hará en la esperanza de que estas informaciones y advertencias tengan por resultado activar en él uno de los conflictos aludidos, en medida moderada pero suficiente para permitir su tratamiento. Mas en tal caso la experiencia nos ofrece una respuesta inequívoca, pues el efecto esperado no se produce. El pacien- te se entera de nuestro mensaje, pero no reacciona en absoluto. ‘Muy interesante, por cierto –puede pensar para sí-, pero no me hace sentir nada’. Con ello habremos acrecentado sus conocimientos, sin modificarlo en absoluto”. (Cierra el libro con aire de identificarse con el maestro) Esta es la cita. ¿Para

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qué la traje a colación? Bueno, porque creo que brinda el marco indicado y adecuado para el tema que nos ocupa ¿En qué sentido? Pues en el siguiente ¿que hacemos con un paciente a quien manifiesta- mente no le preocupa su militancia política, que jamás ha hablado en sus sesiones de comprometerse con algún cambio de estructuras posible, que, en una palabra, orbita alrededor de otros conflictos?

O sea: ¿qué hacemos con un paciente notoriamente apolítico? Sí, ya sé. Usted (a P. R. T.) dirá que

dicho paciente igual hace política e igual tiene una ideología, que, siéndole inconsciente, se le impone

y se nos impone en sus acciones. Ahora bien; esta indiferencia hacia “lo social” (?), según he leído,

debe ser considerada como síntoma. Se afirmaría, en consecuencia, que el paciente ha reprimido su sensibilidad social, su capacidad de identificación con los otros, su altruismo; que niega la realidad que

lo circunda y que se refugia omnipotentemente en su mundo privado de relaciones primarias. Es un

disociado, un enfermo, y debemos bregar en el análisis para disolver estas defensas, lo cual conduciría

a que también en esta área se haga consciente lo inconsciente, y el paciente –luego de la consiguiente

elaboración- se politice como corresponde a los sanos. Pero ahora me pregunto: ¿en virtud de qué sino de una afirmación ideológica, ergo no precisamente científica, puedo decir yo que el paciente debe ser

un revolucionario? ¿Por qué no puedo sostenerle que ante el estado de cosas actual, que él se niega

a

considerar, pues, que se deje de negar y ¡se haga monárquico!?

Perdón, he salteado un paso en

el

razonamiento. Hago este planteo dando por descontado que –como dice Freud y se comprueba en

la

práctica cotidiana- todo esto al paciente, en tanto le es inactual, o no lo modifica o –lo que es mucho

más riesgoso- quizá lo someta a la figura de un analista temido-idealizado que adviene un superyó ideológico, exigente y severo. Pero volvamos al ejemplo de la monarquía o, si ustedes quieren, indis- tintamente, del nazismo. Existe un implícito en todo esto: yo debo que sostener “la buena ideología” –buena a mi juicio- está contenida en el paciente, y que se trata entonces de extraerla para que esa bondad-salud latente se haga acto y…

P. R. T.: Ya que usted quiere discriminar ciencia de ideología, permítame interrumpirlo, puesto que le voy a hacer una precisión al respecto. ¿Cómo tiene la osadía de confrontar al socialismo con la mo- narquía o el nazismo? ¿No ha demostrado Marx acaso que la evolución natural del estadio capitalista conduce al socialismo, y no le cuadra a esta demostración el ser conceptuada como conocimiento científico? Así, mal puede usted confundir distintos sistemas, mezclar a los reaccionarios con los pro- gresistas, ya que científicamente una cosa es cierta: los sistemas perimidos no volverán. La lucha del pueblo conduce a la posibilidad: la Revolución Social y la correspondiente socialización de los medios de producción. El problema, entonces, es muy simple: o se está con la ciencia y la Revolución, ¡o no somos más que meros soportes del sistema y de su ideología!

H.: De modo que, concedido, tendemos al socialismo. Diría entonces usted que el paciente posee una verdad revelada –que es este conocimiento que nosotros poseemos- en su inconsciente, y que es preciso extraerlo. Demos una vuelta más de la espiral. Este supuesto de su afirmación es el que Al- thusser demuestra que se encuentra en el nódulo de todo empirismo. Los empiristas, cuando imaginan que están conociendo, separan en el objeto real, del objeto real, lo esencial, que se constituye en el objeto de conocimiento. Pero ¿dónde está el objeto de conocimiento? Inmediatamente lo re-conocen como perteneciente al objeto real. No es una producción de y en la teoría, sino que el objeto real mismo “habla” por sí sólo y dice por dónde debe ser recortado para hallar su esencia. Sólo basta respetar las líneas de demarcación del objeto real, que se imponen al observador que construye la teoría. El objeto de conocimiento no es, entonces, otra cosa que una parte del objeto real. No está opuesto ni diferen- ciado de éste, no guarda con él una relación de alteridad, no existe en el plano del pensamiento, de la teoría, de la ciencia. Yo de-velo, quito el velo de lo inesencial que obtura la visión de la esencia pura, en nuestro caso “la buena ideología”, que yo decido que está en el paciente a título de tal esencia. Trataré, entonces, de quitar la escoria inesencial -el apoliticismo- para que emerja, límpida y fulgurante, “la buena ideolo- gía”, el carozo de la fruta. Me dirán, ¿y por qué dice que “yo decido”? ¿Cómo demuestra que eso no está en el analizando? Y les respondería: ¿con qué concepto de defensa, de represión en este caso, trabajan ustedes? ¿Y con qué concepto de síntoma? Porque repasemos: el síntoma es una formación transaccional, entre pulsión y defensa. Satisface a ambos parcialmente y en su cristalización ambos

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fracasan parcialmente Como bien se sabe, los ejemplos, a más del síntoma, son las clásicas “forma- ciones” del inconsciente: sueño, chiste, actos fallidos, lagunas, e incoherencias en el discurso de la asociación libre en el que reconocemos las ramificaciones de lo reprimido que busca abrirse paso a la consciencia de manera deformada y encubierta. Nos descubren un inconsciente activo y eficaz. Ahora bien: ¿qué formación es “la indiferencia manifies- ta frente a lo social”? ¿Tiene alguna vinculación nosológica y/o conceptual con la “belle indifférence”? Parece ser el caso de una represión exitosa -¿originaria?- ya que aparece como apoliticismo, como una ausencia del “ser revolucionario”, barrido totalmente de la consciencia. Pero si es un síntoma, tiene que haber represión malograda que produce efectos en la consciencia. Y ahí nos encontramos con un callejón sin salida teórica. Sería así la: indiferencia frente a lo social es un síntoma, entonces hay represión fracasada, entonces habría efectos de la represión -del retorno de lo reprimido--, pero no hay efectos de la represión, entonces la represión debe ser exitosa, entonces esto no es psicoanálisis, es una teoría hecha de contradicciones y de hipótesis “ad hoc”. Es una ideología en la cual yo decido cómo debe ser “el hombre”, y de acuerdo con esa preconcepción, con esa noción, digo que todos los hombres son así, tienen esa esencia común aunque ésta no se vea para nada. Yo la voy a develar. Está concepción peca de especularidad, de reflejos que reflejan y se reflejan. Usted encuentra en el paciente el reflejo de lo que usted piensa y siente, y al mismo tiempo cree que refleja lo que el paciente piensa y siente, y se conforma así un circuito vicioso de fascinaciones duales, en el que siempre en- contramos aquello que hemos dicho:-¡oh, casualidad!- que tiene que estar. Su teoría de la lectura es altamente llamativa, tanto como ese extraño inconsciente con el que usted teoriza, ese Sabio Incons- ciente que conoce de economía política y de movimientos revolucionarios. Ese inconsciente no es el freudiano, de más está decirlo. Casi afirmaría que despide cierto tufillo junguiano.

P. R. T.: ¡Usted y sus teorías complicadas y filosofantesl ¿He hablado algo acaso del inconsciente tal

o cual? Yo considero que debemos no valorar tanto el inconsciente, que para mí no es ningún sabio ni nada que se le parezca, sino más bien el Yo del analizando, su parte sana capaz de razonar, de re -

flexionar y de comprender la realidad que lo rodea. ¿Es que acaso los pacientes son infradotados?

A. P. A.: Bueno, he aquí que parece tener que ver el adoctrinamiento político con la “psicología del yo”

estadounidense. Los extremos siempre se tocan…

P. R. T.: Mire, eso de “psicología del yo” entiendo que no viene al caso. Ustedes están empeñados en

hacerme decir cosas que yo no digo, y para eso toman cualquier elemento que tienen a mano. A mí me interesa el contacto humano con el paciente, con su alienación, comprenderlo y ayudarlo para que su praxis vital sea realmente creativa y productiva. No estoy en teorizar, no busco como baluarte a las doctrinas crípticas.

H.: (Con tono socarrón.) Ha hecho un cóctel indigesto: un poco de humanismo del joven Marx, otro poco de comprensión fenomenológica, algo de voluntarismo consciencialista y un rancio empirismo como broche de oro.

P. R. T.: Bueno, yo no estoy dispuesto a contestarle con “ismos”

piense lo que quiera… (Molesto.)

G.: Me he quedado al margen escuchándolos y al hacerlo evocaba casos de mi larga experiencia, con

Yo creo que he logrado con ellos

lo que constituye, a mi parecer, la actitud técnica precisa: contemplar y respetar la ideología de cada uno, que cada uno elabora en función de su concepción del mundo y de la vida. Todos los pacientes, en uso de sus capacidades y de su libertad, tienen, conscientemente o no, una Weltanschauung, una concepción del mundo y de la vida.

pacientes de distintas convicciones ideológicas, políticas, sociales

H.: Usted también tiene una Weltanschauung cuando cree que los pacientes son “libres” o que actúan en uso de su libertad. ¿Qué quiere decir con eso?

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G.: Pues precisamente eso: que en función de ese don humano, de esa libertad que nos es dada a cada uno en esta vida, cada uno elige su proyecto de vida de acuerdo con determinada ideología, con determinados valores.

P. R. T.: ¿Cada uno elige? Ojalá. El sistema, doctor Gamma, se mete en nosotros y subrepticiamente

nos hace constituir un proyecto de vida curiosamente parecido al de los demás, porque nos genera necesidades y nos plantea metas ante las que no nos queda mucha opción; a menos, como decía, que reflexionemos desde la teoría revolucionaria del marxismo y cobremos consciencia de lo enajenados que vivimos. Sólo así podremos darnos cuenta de que la verdadera elección recién está por hacerse, y que ésta es la opción por la Revolución.

H.: El Dr. Gamma dice lo que Sartre: “El hombre está condenado a ser libre”. Yo, con Freud, le diría: “El hombre está condenado a no ser libre”. Y este es un punto en el que se advierte que el psicoanálisis no es “un método psicoterapéutico más” sino que la revolución teórica por el implicada provoca la ruptura –entre otras- del mito ideológico del “hombre libre”, íntimamente suturado a las concepciones libre- cambistas y libreempresistas. Porque, ¿dónde queda, si no, el sujeto descentrado, constreñido por su compulsión repetitiva, buscando siempre el objeto imposible e inasible del deseo, “frustrante” por de- finición? ¿Dónde las racionalizaciones e intelectualizaciones sistematizadas, que son las que intentan legalizar con lógica las inhibiciones, los síntomas, las angustias, las trazas caractérícas enraizadas? Las elecciones y los rechazos de nuestras vidas están determinados inexorablemente por ese hiatus, esa Spaltung fundamental que hace que estemos seccionados: que existe el inconsciente, y que su estructura preside el devenir real de un sujeto. Queda en pie aún otra circunstancia, cual es que si el sujeto es, en tanto tal, constituido por sus identificaciones -esencialmente con sus objetos primarios-, muchas veces no es más que una mera ilusión su creencia en el apartamiento de tales identificaciones. Un análisis cuidadosamente conducido desmonta y desenmascara estos autoengaños y desemboca en la asunción consciente de esas identificaciones que, por supuesto, son ineludibles. La vía para poder disponer más de sí mismo, para rescatarse de la opacidad implícita en el valorarse y valorar a los demás desde las deformaciones que llegan a la consciencia, es obviamente el análisis personal. O sea, dicho de otro modo, que solo logramos instituir los cimientos de tal “libertad” –entendida no como esencia metafísica- si previamente a través del análisis hacemos consciente cómo, en qué y de qué manera no somos libres. Y, por favor, no me digan exorcista. En cuanto al economicismo y sociologismo mecanicistas del Psicólogo o Psiquiatra Revolucionario que (casi) no Trabaja, entiendo que una lectura seria de Althusser le haría comprender que lo que acaba de argüir no es precisamente la teoría revolucionaria del marxismo, sino más bien algunas nociones de raigambre hegeliana que han retomado ciertos gangsters intelectuales contemporáneos, entre quienes ocupa un lugar destacadísimo Erich Fromm.

A. P. A.: En líneas generales comparto lo que nos acaba de exponer el Lic. Harari. Querría agregar,

además, que las posturas que se autotitulan “revolucionarias” han encontrado últimamente eco en de- terminados miembros de nuestra Asociación suscitando tesituras disímiles de apoyo o de ataque. Lo interesante es la toma de consciencia de este grupo acerca de las condiciones generales en que se de- sarrolla nuestra labor, es decir, en una sociedad marcada por la lucha de clases. Aquí, en esta revista (y con un gesto de “ahora van a ver”, extrae de su portafolios un semanario de noticias), uno de estos colegas afirma que “es una ilusión creer que es posible una desalienación individual. Es necesario in- tentar con otros la lucha por el cambio estructural de la sociedad de clases”. Y cuando el periodista

P. R. T.: ¡Exacto! ¡Así se habla!

le inquirió acerca de si con eso quería decir abogar por el socialismo, su respuesta fue

tiernamente mesiánica y digna de ser revisada en .esta mesa. Dijo: “Exactamente. Ya Freud dijo que hay dos clases de posibilidades frente a la problemática de la sociedad: las autoplásticas (operar hacia

adentro) y las aloplásticas, o actuar hacia afuera. Las segundas son muy importantes y muy sanas:

estamos en este mundo para cambiarlo”. Subrayo esta conclusión final.

A. P. A.:

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Psicoanalisis, ¿ciencia o ideología?

H.: ¡Ahí está la definición ideológico-esencialista! Ahí está “la buena ideología” reprimida. Pero por otro lado, sinceramente, no caben dudas del mesianismo implícito en esa tan contundente decisión. Usted, que los debe conocer bien, Dr. Anker, ¿cree que dichos colegas son honestos y bien intencionados, o no será

Sr. Coordinador: Considero que la pregunta del licenciado Harari no es pertinente y que lleva la dis- cusión científica a un terreno personal. Le rogaría, por lo tanto, que no insista en ella.

H.: Bien.

P. R. T.: Compruebo, cada vez con mayor precisión, que Harari es un reaccionario…

H.: ¡No le permito! Usted no me va a faltar el respeto! (Se incorpora, indignado.)

Sr. Coordinador: ¡Señores, por favor, orden! Le pido (a P. R. T.) que fundamente su invectiva

H.: ¡Debe rectificarse!

P. R. T.: ¡Lo haría si usted dijera otras cosas que las que estuvo diciendo hoy todo el tiempo! Pero el

colmo, realmente, es que dude de las buenas intenciones de los colegas revolucionarios para que uno termine de caracterizarlo a usted como reaccionario!

¡Eso ya es

H.: Está bien, no debo olvidar que usted es maniqueísta. Los que dicen lo que usted son los buenos; los que no, son los malos. Eso a partir, reitero, de qué se dice, no importa qué se hace, y menos im- porta aún la existencia de una distancia abismal entre el principismo verbalista y la acción. Por lo visto, basta con pregonar -¿judeo-cristianamente?- que “estamos en este mundo para cambiarlo”, para que usted preste su más fervoroso apoyo a esas palabras Porque parece que las palabras, en este nuestro mundo, en el Tercer Mundo, engendran transforma- ciones espectaculares. Digo yo ¿no será que existe una confusión terrible producto de la deformación profesional? Quiero decir: si la palabra es tan vital en nuestra profesión, si la materia, el material y la materialidad del análisis radican en la palabra, que produce transformaciones reales en nuestros pa- cientes al ser bien pronunciada, ¿no será que por una suerte de hipóstasis omnipotente creemos que todo cambia por el hecho de develarlo v revelarlo? Porque insisto a riesgo de volverme tedioso: una cosa es la materialidad del significante, y otra cosa es la materialidad de la producción, la distribución y el consumo de los bienes de una determinada formación social. Y ahora no me vengan a decir que quiero separar a Freud de Marx; sino que la cuestión debe ser planteada en otro espacio, y es: ¿se puede ser un psicoanalista freudiano si pensamos que con el análisis contribuirnos a hacer la Revolu- ción, haciendo revolucionarios a los pacientes? Y esto último, ¿es acaso ser marxista? Mi respuesta a ambas preguntas es totalmente negativa Las afirmaciones configuran efectos híbridos e ilusiones apa- ciguantes del superyó ideológico del propio analista, que le acarrean como consecuencia el no incurrir en una práctica política cierta.

G.: Me interesa destacar de esa afirmación del colega reporteado, que han subrayado ustedes, algo que me parece erróneo por unilateral. Es la que dice que lo aloplástico, el actuar hacia afuera, es algo “muy sano”. Yo creo que lo que le hace decir eso al colega es lo que acaba de consignar el Lic. Harari, es decir, el deseo de transformar a los pacientes, desde y con el análisis, en revolucionarios, en gente de acción. Es lo que se dijo antes de la militancia: sin ella no hay alta posible. Dejando de lado si la militancia es tal o cual, allí hay un prejuicio: privilegiar la acción sobre la reflexión, o directamente, sub- alternizar a esta última…

H.: Con lo cual uno apunta a algo un tanto extraño para el ejercicio del psicoanálisis: fabricar psicópa- tas. Ya sé que me van a decir que no toda acción es actuación, que el psicoanálisis no constituyó aún

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Psicoanalisis, ¿ciencia o ideología?

una teoría de la acción, que en El Principio fue La Acción, y por ahí hasta que propugno la masturba- ción mental contemplativa en los pacientes. Estas críticas son tan inconsistentes que ni merecen ser refutadas. Lo que sucede, sí, es que quienes piensan como usted (a P. R. T.) acusan al sistema de inducir y premiar a los psicópatas y, sin embargo, en su práctica intentan provocar lo mismo, pero para el lado contrario. Otra vez una trampa ideológica que se resuelve “invirtiendo” la problemática, no tras- ladándola de terreno. Además, en cuántos casos el deseo de “revolucionarizar” pacientes no deriva de una identificación proyectiva por medio de la cual se inocula que otros -los analizandos- hagan lo que uno --no hace… pero sí pregona. Ya que si uno también quisiera hacerlo, quizás tomaría consciencia de que la militancia de un analista no se juega con sus pacientes, sino por fuera de los mismos, en la práctica política.

P. R. T.: Desde ya, mi desacuerdo. Yo entiendo que esas rígidas disociaciones que usted hace son la

consecuencia de no querer comprometerse, a nivel profesional, con la Revolución. Por ejemplo, en mi caso, ya estoy haciendo algo que me emparienta profesionalmente con la Revolución cuando pienso en el modo de poder atender más pacientes, de lograr ir más allá del psicoanálisis clásico a través de la instrumentación de los conocimientos analíticos para constituir terapias populares, masivas. En vista de que no podemos postular como meta algo así como “psicoanálisis para todos”, es preciso introducir estas modificaciones técnicas que apuntan esencialmente a reducir la longitud temporal del tratamien-

to analítico habitual. De esa manera concibo yo –y no estoy solo en esto- que se llegar dentro de la profesión y en el aspecto que ahora consideramos, el “puramente” técnico, a ubicarse en mediaciones precisas que configuran, bien mirado, una militancia dentro y desde la práctica de la profesión.

G.: En el uso de las terapias breves, jamás me he pensado como un revolucionario. Para mí, es una técnica más, eficaz o no de acuerdo con los pacientes, o sea, con su indicación específica, que se inte- gra en el arsenal terapéutico. Nada hace pensar que uno sea revolucionario, realmente, por utilizarla.

H.: Exactamente. Y diría más: las terapias breves -y con esto no es mi intención abrir juicio acerca de las transformaciones reales que pueden producir en los pacientes- cuándo se degeneran en tanto “populares” y son vendidas como tales, apelan en primera instancia al deseo reparatorio del terapeuta que es enganchado con la premisa-invocación “ayudarás a más, y así serás revolucionario”. ¿Saben con que he comparado muchas veces este tipo de razonamiento? Les parecerá extraño. Pues con los “hippies”. Ambas son formas por medio de las cuales el sistema expresa, pero controla, contiene y frena, los gérmenes que pueden pudrir sus basamentos. Es lo necesario para que no pase nada. Los “hippies”, asilándose en un mundo imaginario, “pleno y rico”, creen estar fuera del sistema, sin darse cuenta de que lo necesitan, así como el “establishment” a ellos. ¿Los terapeutas breves que por serlo se creen populares? Un espejismo ideológico en el que se asevera que se “sale” del sistema a través de modificaciones en las técnicas que hacen al ejercicio profesional, partiendo de un implícito de tama- ño peso como el que sigue: como todo es como es, tengo que ver cómo hago para aliviar la situación. Pero, ¡ojo!: como todo seguirá siendo como es, tengo que ver cómo hago para aliviar a los pacientes, que son abarcados en mayor cantidad. Y otra vez: no digo que el hecho de atender y ayudar a más gente necesitada “está mal”, de ningún modo –si no, no sería lo que soy: psicoterapeuta-, sino que lo que sí es erróneo es la falsa consciencia científica, técnica y revolucionaria con que se aborda dicho quehacer. Mientras los profesionales queden seducidos por esa falsa consciencia, ni entienden bien por qué trabajan de una determinada manera y no de otra, ni se entienden a sí mismos cómo contra- rrevolucionarios adeptos del reformismo burgués.

A. P. A.: Yo agregaría que las terapias breves, indudable “ boom ” de un tiempo a esta parte, requieren

también ser revisadas al nivel que usted mencionó como “transformaciones reales que pueden produ- cir en los pacientes”. O sea que habría que cuestionarse, comparativamente con el psicoanálisis, cuál es el criterio de alta o de salud con que se manejan las terapias breves, en qué concepto de neurosis se basan, y cuál es la teoría que sustenta esta modalidad técnica.

H.: (Con sonrisa benévola.) Doctor, ¿otra vez el empirismo? No me va a decir usted lo mismo que dice

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Psicoanalisis, ¿ciencia o ideología?

Bleger, eso de que la psicoterapia breve debe llegar a estructurar sus propios marcos conceptuales, ¡su propia teoría de- la personalidad, de la enfermedad y de la curación! Si esto es así, debemos concluir que las teorías son un subproducto epifenomenal de las técnicas. Con ello este autor debe considerar que el movimiento va desde un tecnicismo ciego -pero que contiene en su seno una sabiduría propia-, que se va esclareciendo paulatinamente a sí mismo -¿el autodesarrollo de la Idea?- y llega finalmente hasta la teoría que la avala, que da cuenta de esa práctica técnica. Estamos en presencia entonces de la “teoría de la técnica”, aberrante designación que, en base al empirismo, cree que la teoría no lo es de un objeto de conocimiento formal abstracto, a través de cuya postulación una disciplina se constituye en tanto ciencia, sino que la teoría lo es de los objetos reales concretos. Otra vez, sí, la fascinación dual de las quimeras ideológicas: me hago una teoría que avale y “funde”(?) mi técnica y no parto de un abs- tracto–de-pensamiento que me conduzca al concreto–de-pensamiento y de allí al objeto real-concreto. No comienzo con el inconsciente sino con las terapias breves. Entonces, si procedo así, claro: cada técnica tendrá su teoría, y, ¡oh, casualidad!, la teoría “da cuenta” de esa técnica. Nada de todo esto es Freud, y me remito para ello a su obra, en donde lo antedicho se encuentra “en estado práctico”, como diría Althusser, y especialmente a la cita que antes leí de El análisis profano. En otras palabras: la cosa es pensar y producir otras aplicaciones del análisis, pero no hacer otros pseudopsicoanáli- sis, o decir que “el psicoanálisis está superado”, definiendo por tal el análisis clásico, y olvidando que en primer lugar el análisis es una teoría científica formal abstracta de su objeto; el inconsciente. Ergo, es desde esa ciencia, con la misma teoría de la personalidad, de la enfermedad, de la curación, etc., etc. -que leemos sintomalmente-, desde donde debemos comenzar para laborar en la práctica teórica

y en la práctica técnica a los fines de localizar nuevos conocimientos y/o nuevos reordenamientos del

campo. Y no nuevas palabras -aunque fueren alemanas- sino nuevos conceptos; no palabras vacías sino plenas de un sentido articulante. Sólo a partir de estos elementales enunciados fundamentales es como podemos arribar a la confrontación sistemática de la práctica técnica psicoanalítica clásica con las terapias breves derivadas de la teoría psicoanalítica.

A. P. A.: Bueno, siguiendo esa línea, convendrá entonces conmigo en que la terapia breve de inspira -

ción psicoanalítica comparte con el psicoanálisis clásico un mismo criterio de curación, de salud y de alta, y que es que el paciente pueda llegar a instalarse en la posición depresiva, tal como lo formula Melanie Klein. O sea, que pueda integrar sus emociones para con un mismo objeto, del que pueda ver lo bueno y lo malo, es decir, que tolere la ambivalencia; que también sintetice sus sentimientos hacia sí mismo, resignando la posesión interna de un objeto idealizado por la aceptación madura de las propias limitaciones, que abren el campo acerca de las propias posibilidades vitales; que predomine el instinto de vida sobre el instinto de muerte (con seguridad: “esto es irrefutable”).

P. R. T.: No estoy de acuerdo. Yo creo que este criterio acalla las posibilidades de efectuar disociacio - nes en donde estas son necesarias: No veo por qué es preciso ver siempre lo bueno y lo malo de todos

y en todo. Concretamente acá, en este panel, cada uno cree tener lo bueno para sí y lo malo para el otro, si no fuera así ¿podríamos discutir?

A. P. A.: Si fuera totalmente así, ni siquiera hubiéramos podido sentarnos juntos a esta mesa y tolerar -

nos mutuamente, y eso que en muchos instantes la discusión es de tono elevado.

H.: Estoy con lo que han dicho en las dos últimas participaciones, pero no así con lo que formuló el Dr. Anker previamente. Tenemos que plantearnos cuál es la urdimbre ideológica de la que proviene el concepto de “posesión depresiva”, por un lado; y su compatibilidad con el pensamiento freudiano, por otro lado. Esto es, ver si es tan cierto eso de que M. Klein es la continuadora de Freud, eso de que todo lo que Freud no vio lo vio M. Klein. Para esa autora, de la posición depresiva surge el mecanismo sano, base de todo logro y de toda sublimación: la reparación, que lo es del daño producido fantasea- damente a los objetos amados. Se dice que es una reparación que tiende a restituir su indemnidad a los objetos internos, según ciertos lectores. Otros, en cambio -entre los me cuento-, no dejan de adver- tir innúmeros pasajes de la obra kleiniana en los que la reparación adviene al efectuar procesos sobre objetos reales, externos, es decir, conductas reparatorias, hechos categorizados como reparatorios.

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De aquí, un solo paso más y nos hallamos inmersos en la problemática tan cara al cristianismo: la sal- vación del alma pecadora. ¿Será un resabio de la religión en la ciencia? Pero si somos consecuentes con el cristianismo, advertimos prontamente que una vía privilegiada para obtener: el perdón divino y salvarse es la sujeción al precepto “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Freud se ha ocupado de refutar puntualmente las argumentaciones que subyacen en este utópico postulado en El malestar en la cultura. Recordemos que en esa obra se planteaba el porqué ha de quererse a todos por igual -”de- presivamente”- y decía al respecto (busca el párrafo y lee): “Mi amor es, para mí, algo muy precioso, que no tengo derecho a derrochar insensatamente. Me impone obligaciones que debo estar dispuesto

Me-

a cumplir con sacrificios. Si amo a alguien, es preciso que éste lo merezca por cualquier título

recería mi amor si se me asemejara en aspectos importantes, a punto tal que pudiera amar en él a mí

mismo; lo merecería si fuera más perfecto de lo que yo soy, en tal medida que pudiera amar en él al ideal de mi propia persona; debería amarlo si fuera el hijo de mi amigo, pues el dolor de éste, si algún mal le sucediera, también sería mi dolor, yo tendría que compartirlo. En cambio, si me fuera extraño

y no me atrajese ninguno de sus propios valores, ninguna importancia que hubiera adquirido para mi

vida afectiva, entonces me sería muy difícil amarlo. Hasta sería injusto que lo amara, pues los míos aprecian mi amor como una demostración de preferencia, y les haría injusticia si los equiparase con un extraño. Pero si he de amarlo con ese amor general por todo el universo, simplemente porque también

él es una criatura de este mundo, como el insecto, el gusano y la culebra, entonces, me temo que sólo

le corresponda una ínfima parte de amor, de ningún modo tanto como la razón me autoriza a guardar para mí mismo. ¿A qué viene, entonces, tan solemne presentación de un precepto que, razonablemen- te, a nadie puede aconsejarse cumplir?” (Turbado ante los razonamientos aplastantes del genio.) ¿Qué más puedo decir yo? ¿Que el criterio de alta es que un sujeto sea capaz de amar “depresivamente” después de lo que he leído?

A. P. A.: Claro, creo que a usted le preocupa el destino del instinto de muerte, y que me plantea en qué

lugar queda cuando postulamos a la posición depresiva como salud. Pues queda en las canalizaciones implicadas en las buenas sublimaciones de la agresión, de la agresión productiva; constructiva.

H.: ¿Y eso qué es?

A. P. A.: ¿Cómo qué es? Es la agresión al servicio del trabajo, de la vida. Es la agresión de poder

morder para comer, de pelear contra la enfermedad, en nuestro caso; contra la tierra para extraerle sus productos; contra el metal para moldearlo, etc., tal cual lo puntualiza Menninger. Es decir, que la

descarnada de la

posición depresiva implica, además, una inhibición de la agresión más

posición esquizo-paranoide y un desplazamiento de la misma sobre otros objetos.

digamos

H.: Insisto: creo que en su postulación, inclusive con esta aclaración, subsiste un obstáculo epistemoló- gico imbricado en el cristianismo y en su tradición, que impide objetivar, como mencioné anteriormente en relación a la ciencia y ideología, que es preciso disociar entre los seres humanos, porque solamen- te así un sujeto es capaz de discriminar y solamente así puede inscribirse esto en la metapsicología pulsional freudiana, Hay que replantearse si la tan mentada “fusión instintiva” que atraviesa la posición depresiva –pero que parcialmente, según se dice, sucede en todo sujeto y en cualquier “posición”- no es operacionalizada a los efectos de velar la aprehensión de la estructura de la pulsión de muerte.

P. R. T.: Yo, a diferencia suya, lo decía nivel más concreto, nuevamente. A nivel de una psicología con -

creta, lo que hay que proponerse como objetivo terapéutico es que un individuo aprenda y sepa odiar

a quienes provocan la mayor parte de los sufrimientos, propios y ajenos en este, nuestro país neoco-

lonialista subsidiario del capitalismo monopolista: los detentores de la propiedad, los explotadores, la oligarquía nativa agroexportadora y terrateniente aliada al imperialismo yanqui. A ellos el paciente no los debe querer, y si no, es un sometido analmente que no detecta a procedencia de sus penurias mentales. Esclarecerlo es tarea del analista, y para ello debemos mostrar una y otra vez dónde está lo bueno, y dónde está lo malo.

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Psicoanalisis, ¿ciencia o ideología?

H.: Visto que lo que previamente le expliqué acerca de la ideologización precientífica que usted argüía

ha

caído en saco roto, e, insiste en sus afirmaciones, intentaré demostrarle que lo que acaba de decir

se

aparta otra vez y de otra manera de la teoría psicoanalítica. Ni que hablar de que para usted las

series complementarias no existen y que el conflicto de un individuo se juega con el aquí-ahora, no en el aquí y ahora. No son repeticiones compulsivas de un pasado siempre presente, sino que es un presente puro y diáfano, sin arrastres ni ataduras. Eso no es psicoanálisis, obviamente. Pero le quería demostrar las falencias y las falacias a que conduce la búsqueda de una coherencia interna de sus apotegmas apodícticos con lo sustancial del psicoanálisis. Veamos. Si lo que usted sostiene es cierto, ese odio que deben sentir los explotados hacia los explotadores se difuminaría hasta tornarse irreco-

nocible y desaparecer en una sociedad justa. ¿Es así?

P. R. T.: Bueno, en realidad

iguales, no habría situaciones sociales frustrantes, no habría los que tienen y los que no tienen, dismi-

creo, creo que sí. No habría motivos para odiar, seríamos todos

mm

nuiría muchísimo la envidia, la rivalidad, la competencia rapaz que caracterizan al capitalismo. ¡Sí!

mi respuesta es que es así.

H.: O sea: la teoría formal abstracta cambia de acuerdo con los cambios sociales. Algo así como que habría una teoría psicológica para el hombre del capitalismo, otra para el hombre del socialismo, habría inclusive una “personalidad neurótica de nuestro tiempo” distinta de la de otros tiempos. Muy interesante, Pero yo me pregunto ¿dónde han quedado las unidades del discurso científico, las cons-

tantes invariantes que articulan los soportes de una teoría? Estamos en la misma que decir una teoría para las terapias breves, otra teoría para el psicoanálisis, y así siguiendo. En sus afirmaciones se nota

de nuevo el error de yuxtaponer y confundir el objeto de conocimiento con el objeto real. En las suyas

como en la de los “culturalistas” ingenuos. Como me veía venir un planteo, como el que acaba, de

para que recuperemos a Freud. Dice: “Si se

hacer, he preparado una cita también de El malestar

, elimina el derecho personal a poseer bienes materiales, aún subsistirán los privilegios derivados de las

relaciones sexuales, que necesariamente deben convertirse en fuente de la más intensa envidia y de la más violenta hostilidad entre los seres humanos, equiparados en todo lo restante…” Así, lo que…

G.: Allí se le podría cuestionar a Freud si no toma la relación sexual como una propiedad privada, con- cibiendo a la familia o creo que a la monogamia como “necesaria”. ¿No podrían abolirse la familia y la monogamia y socializarse las relaciones sexuales, acaso?

P. R. T.: Exactamente!!! (complacido).

H.: ¿Y por qué no abolimos el Edipo también?!!! Así… ¡otra que envidia ni que celos! Todos seríamos iguales, el padre con el hijo respecto de la madre… y la cultura ¿dónde queda, señores? ¿Se dan cuenta que éstas son palabras y que estamos tratando de negar la matriz constitutiva del pasaje de la naturaleza a la cultura? O si no, pensemos en los hombres puros fuera de la cultura, en las esencias metafísicas imposibles por definición (con evidentes muestras de disgusto)

…………………………………………… …………………

(Hay un breve silencio, que se recorta entre le humo generado por el fumar nervioso e inquieto de un público expectante que no ha perdido palabra de lo que se ha dicho. El encargado del salón aprovecha para acercarse al Sr. Coordinador y comunicarle que es la hora de cierre prevista…)

…………………………………………… …………………

Sr. Coordinador: Señores, lamentablemente me informan que el panel debe concluir en cinco mi- nutos. Sabemos bien todos los presentes, sin excepción, que la problemática planteada daría para muchas horas más, para muchos paneles más. Hoy, debemos dejar acá. Rogaría por lo tanto a los

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Psicoanalisis, ¿ciencia o ideología?

señores panelistas que den por finalizada su participación con una última intervención sintética. Dr. Gamma, por favor.

G.: Bueno, como, han podido apreciar, seguramente, yo no he venido con estricto afán polemizador. He participado sólo cuando lo consideré oportuno y sin deseos de terciar mayormente en las discu- siones. Quizás se deba a que soy el mayor –en edad, por supuesto- (risas) de los panelistas, y que esa circunstancia implique que el ímpetu juvenil de discutir se me haya pasado. Querría terminar mi participación redondeando mis conceptos sobre el alta y la curación. Para mí un individuo está en condiciones de finalizar su asistencia cuando amar, crear, producir, sin restricciones ni mutilaciones. Luego, este criterio se adecua a cada paciente específico, en el que hay que ver cómo funciona. Esto hace que para mí la psicoterapia –yo no soy psicoanalista- sea un arte y no una ciencia; que dependa más de la intuición clínica del terapeuta que de complicadas teorías y que, en definitiva, predomine el contacto humano antes que el encuadre técnico. Nada más.

A. P. A.: Yo creo haber definido mi posición con la claridad posible a algo que no puede ser más que una introducción al tema. Como dijo el Sr. Coordinador, aguardo el momento en que, desde otro panel, pueda desarrollar con mayor amplitud lo esbozado hoy.

P. R. T.: Espero que mis posturas también hayan quedado claras, dentro de las limitaciones señaladas. Quiero agradecer, eso sí, al Sr. Coordinador, su invitación a integrar este panel, que me ha brindado la ocasión de exponer mi ideología terapéutica revolucionaria. Esto que he hecho hoy configura para mí un acto de clara militancia científico-política.

H.: Para cerrar, desearía efectuar ciertas aclaraciones y precisiones. En primer lugar, que un panel de esta naturaleza resulta altamente provechoso por el hecho de que, si bien no provoca ostensiblemente una mutación en el pensamiento de los panelistas, implanta el germen de las inquietudes que iden- tificamos como el reconocimiento de la problemática, quizás ausente hasta el presente para el otro. Luego, debo aceptar que mi interés y mi dedicación al tema, o mejor, a la temática, inducen a que me apasione y por momentos pierda los estribos, por lo cual me excuso. Pero entiendo que en la ciencia los conceptos se defienden y se pelean hasta que una nueva forma de cientificidad da cuenta del pasa- do y lo demarca como relativo. Si no pensara así no podría considerarme fiel a la honestidad intelectual que traspasa a toda la obra freudiana.

Sr. Coordinador: Señores (a los panelistas), no me resta más que agradecerles muy vivamente su presencia, que ha prestigiado esta reunión científica, avalada por un público tan atento como numero- so, al que le daremos la ocasión, en un próximo encuentro, para que plantee las dudas e interrogantes que hoy, muy a nuestro pesar, los panelistas no podrán responder. Sólo me resta recordarles que la transcripción literal de este panel, con ciertos comentarios aclaratorios, será incluida en el volumen colectivo: Psicoanálisis, ¿adaptación o cambio? que Rodolfo Alonso Editor lanzará próximamente. Muchísimas gracias.

(Telón lento)

(Aplausos)

Fuente: Bauleo, A; Harari; R.; Liberman, D.; Rascovsky, A.; Rolla, E (1972), Psicoanalisis, ¿adaptación o cambio?, Buenos Aires, Rodolfo Alonso Editor.

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