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2 ÍÍN Í NND DDI IIC CCE EE El fuego de la hoguera, de Jack London
ÍÍN Í NND DDI IIC CCE EE El fuego de la hoguera, de Jack London
ÍÍN
Í
NND
DDI IIC CCE EE
El fuego de la hoguera, de Jack London …
3
El
minotauro de Creta …
14
La
casa de Asterión, de Jorge Luis Borges
17
En el bosque, de Ryunosuke Akutagawa …
19
Di
que sí, de Tobias Wolff …
24
La
corista, de Anton Chejov .…
28
Casa tomada, de Julio Cortázar …
32
Una bala en el cerebro, de Tobias Wolff …
35
La
fauna, de Quim Monzó …
39
El
corazón delator, de Edgar Allan Poe …
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3 El fuego de la hoguera, de Jack London 1 El día amaneció extraordinariamente gris y
El fuego de la hoguera, de Jack London 1 El día amaneció extraordinariamente gris y
El fuego de la hoguera, de Jack London
1 El día amaneció extraordinariamente gris y frío. El hombre abandonó el camino principal del Yukon
y empezó a trepar por la empinada cuesta. En ella había un sendero apenas visible y muy poco
frecuentado, que se dirigía al Este a través de una espesura de abetos. La pendiente era muy viva.
Al terminar de subirla, el viajero se detuvo para tomar aliento y trató de ocultarse a sí mismo esta
debilidad consultando su reloj. Eran las nueve.
2 No había el menor atisbo de sol, a pesar de que ni una sola nube cruzaba el cielo. El día era
diáfano, pero las cosas parecían cubiertas por un velo intangible, por un algo sutilmente lóbrego
que lo entenebrecía todo y cuya causa era la falta de sol. Pero esto no preocupaba al caminante.
Estaba ya acostumbrado. Llevaba varios días sin ver el globo radiante y sabía que habrían de
transcurrir algunos más para que se asomase un poco por el Sur, sobre la línea del horizonte,
volviendo a desaparecer en seguida.
3 El viajero miró hacia atrás. El Yukon tenía allí una anchura de más de kilómetro y medio, y estaba
cubierto por una capa helada de un metro de espesor, sobre la que se extendía otra de nieve,
igualmente densa. La superficie helada del río era de una blancura deslumbrante y se extendía en
suaves ondulaciones formadas por las presiones contrarias de los hielos. De Norte a Sur, en toda la
extensión que alcanzaba la vista, reinaba una ininterrumpida blancura. Sólo una línea oscura, fina
como un cabello, serpenteaba y se retorcía hacia el Sur, bordeando una isla cubierta de abetos;
después cambiaba de rumbo y se dirigía al Norte, siempre ondulando, para desaparecer, al fin, tras
otra isla, cubierta de abetos igualmente. Esta línea oscura y fina era un camino, el camino principal
que, después de recorrer más de ochocientos kilómetros, conducía por el Sur al Paso de Chilcoot
(Dyea) y al agua salada, y por el Norte a Dawson, tras un recorrido de ciento doce kilómetros.
Desde aquí cubría un trayecto de mil seiscientos kilómetros para llegar a Nulato, y otro de casi dos
mil para terminar en St. Michael, a orillas del mar de Behring.
4 Pero nada de esto -ni el misterioso camino, fino como un cabello, que se perdía en la lejanía, ni la
falta del sol en el cielo, ni el frío intensísimo, ni aquel mundo extraño y espectral - causaba la
menor impresión a nuestro caminante, no porque estuviese acostumbrado a ello, ya que era un
chechaquo recién llegado al país, y aquél era el primer invierno que pasaba en él, sino porque era
un hombre sin imaginación. Despierto y de comprensión rápida para las cosas de la vida, sólo le
interesaban estas cosas, no su significado. Cincuenta grados bajo cero correspondían a más de
ochenta grados bajo el punto de congelación. Esto le impresionaba por el frío y la incomodidad
que llevaba consigo, pero la cosa no pasaba de ahí. Tan espantosa temperatura no le llevaba a
reflexionar sobre su fragilidad como animal de sangre caliente, ni a extenderse en consideraciones
acerca de la debilidad humana, diciéndose que el hombre sólo puede vivir dentro de estrechos
limites de frío y calor; ni tampoco a filosofar sobre la inmortalidad del hombre y el lugar que ocupa
en el universo. Para él, cincuenta grados bajo cero representaba un frío endemoniado contra el
que había que luchar mediante el uso de manoplas, pasamontañas, mocasines forrados y gruesos
calcetines. Para él, cincuenta grados bajo cero eran simplemente
eso: cincuenta grados bajo
cero. Que pudiera haber algo más en este hecho era cosa que nunca le había pasado, ni
remotamente, por la imaginación.
5 Al disponerse a continuar, escupió para hacer una prueba, y oyó un chasquido que le sobresaltó.
Escupió nuevamente y otra vez la saliva crujió en el aire, antes de caer en la nieve. Sabía que a
cincuenta grados bajo cero la saliva se helaba y producía un chasquido al entrar en contacto con la
nieve, pero esta vez el chasquido se había producido en el aire. Sin duda, y aunque no pudiera
precisar cuánto, la temperatura era inferior a cincuenta grados bajo cero. Pero esto no le
importaba. Su objetivo era una antigua localidad minera situada junto al ramal izquierdo del
torrente de Henderson, donde sus compañeros le esperaban. Ellos habían llegado por el otro lado
de la línea divisoria que marcaba el límite de la comarca del riachuelo indio, y él había dado un

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4 rodeo con objeto de averiguar si en la estación primaveral sería posible encontrar buenos troncos
rodeo con objeto de averiguar si en la estación primaveral sería posible encontrar buenos troncos
rodeo con objeto de averiguar si en la estación primaveral sería posible encontrar buenos troncos
en las islas del Yukon.
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Llegaría al campamento a las seis; un poco después del atardecer ciertamente, pero sus
compañeros ya estarían allí, con una buena hoguera encendida y una cena caliente preparada.
Para almorzar ya tenía algo. Apretó con la mano el envoltorio que se marcaba en su chaqueta. Lo
llevaba bajo la camisa. La envoltura era un pañuelo en contacto con su piel. Era la única manera de
evitar que las galletas se helasen. Sonrió satisfecho al pensar en aquellas galletas, empapadas en
grasa de jamón y que, partidas por la mitad, contenían gruesas tajadas de jamón frito.
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Penetró entre los gruesos troncos de abeto. El sendero apenas se distinguía. Había caído un palmo
de nieve desde haber pasado el último trineo, y el hombre se alegró de no utilizar esta clase de
vehículos, pues a pie podía viajar más de prisa. A decir verdad, no llevaba nada, excepto su comida
envuelta en el pañuelo. De todos modos, aquel frío le molestaba. «Hace frío de verdad», se dijo,
mientras frotaba su helada nariz y sus pómulos con su mano enguantada. La poblada barba que
cubría su rostro no le protegía los salientes pómulos ni la nariz aquilina, que avanzaba retadora en
el
aire helado.
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Pisándole los talones trotaba un perro, un corpulento perro esquimal, el auténtico perro lobo, de
pelambre gris que, aparentemente, no se diferencia en nada de su salvaje hermano el lobo. El
animal estaba abatido por aquel frío espantoso. Sabía que aquel tiempo no era bueno para viajar.
Su instinto era más certero que el juicio del hombre. En realidad la temperatura no era únicamente
algo inferior a cincuenta grados bajo cero, sino que se acercaba a los sesenta. El perro,
naturalmente, ignoraba por completo lo que significaban los termómetros. Es muy posible que su
cerebro no registrase la aguda percepción del frío intensísimo que captaba el cerebro del hombre.
Pero el animal contaba con su instinto. Experimentaba una vaga y amenazadora impresión que se
había adueñado de él por entero y le mantenía pegado a los talones del hombre. Su mirada ansiosa
e
interrogante seguía todos los movimientos, voluntarios e involuntarios, de su compañero
humano. Parecía estar esperando que acampara, que buscara abrigo en alguna parte para
encender una hoguera. Sabía por experiencia lo que era el fuego y lo deseaba. A falta de él, de
buena gana se habría enterrado en la nieve y se habría acurrucado para evitar que el calor de su
cuerpo se dispersara en el aire. Su húmedo aliento se había helado, cubriendo su piel de un fino
polvillo de escarcha. Especialmente sus fauces, su hocico y sus pestañas estaban revestidos de
blancas partículas cristalizadas. La barba y los bigotes rojos del viajero aparecían igualmente
cubiertos de escarcha, pero de una escarcha más gruesa, pues era ya compacto hielo, y su volumen
aumentaba de continuo por efecto de las cálidas y húmedas espiraciones. Además, el hombre
mascaba tabaco, y el bozal de hielo mantenía sus labios tan juntos, que, al escupir, no podía
expeler la saliva a distancia. A consecuencia de ello, su barba cristalina, amarilla y sólida como el
ámbar, se iba alargando paulatinamente en su mentón. De haber caído, se habría roto en mil
pedazos como si fuera de cristal. Pero aquel apéndice no tenía importancia. Era el precio que
habían de pagar en aquel inhóspito país los aficionados a mascar tabaco. Además, él ya había
viajado en otras dos ocasiones con un frío horroroso. No tanto como esta vez, desde luego; pero
también extraordinario, pues, por el termómetro de alcohol de Sixty Mile, supo que se habían
registrado de cuarenta y seis a cuarenta y ocho grados centígrados bajo cero.
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Recorrió varios kilómetros a través de la planicie cubierta de bosque, cruzó un amplio llano
cubierto de flores negruzcas y descendió por una viva pendiente hasta el lecho helado de un
arroyuelo. Estaba en el Henderson Creek y sabía que le faltaban dieciséis kilómetros para llegar a la
confluencia. Consultó nuevamente su reloj. Eran las diez. Avanzaba a casi seis kilómetros y medio
por hora, y calculó que llegaría a la bifurcación a las doce y media. Decidió almorzar cuando
llegase, para celebrarlo.
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El
perro se pegó de nuevo a sus talones, con la cola hacia bajo - tanto era su desaliento -, cuando el
viajero siguió la marcha por el lecho del río. Los surcos de la vieja pista de trineos se veían

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5 claramente, pero más de un palmo de nieve cubría las huellas de los últimos hombres
claramente, pero más de un palmo de nieve cubría las huellas de los últimos hombres
claramente, pero más de un palmo de nieve cubría las huellas de los últimos hombres que habían
pasado por allí. Durante un mes nadie había subido ni bajado por aquel arroyuelo silencioso. El
hombre siguió avanzando resueltamente. Nunca sentía el deseo de pensar, y en aquel momento
sus ideas eran sumamente vagas. Que almorzaría en la confluencia y que a las seis ya estaría en el
campamento, con sus compañeros, era lo único que aparecía con claridad en su mente. No tenía a
nadie con quien conversar y, aunque lo hubiese tenido, no habría podido pronunciar palabra, pues
el bozal de hielo le sellaba la boca. Por lo tanto, siguió mascando tabaco monótonamente,
mientras aumentaba la longitud de su barba ambarina.
11 De vez en cuando pasaba por su cerebro la idea de que hacía mucho frío y de que él jamás habría
sufrido los efectos de una temperatura tan baja. Durante su marcha, se frotaba los pómulos y la
nariz con el dorso de su enguantada mano. Lo hacía maquinalmente, una vez con la derecha y otra
con la izquierda. Pero, por mucho que se frotara, apenas dejaba de hacerlo, los pómulos primero, y
poco después la punta de la nariz, se le congelaban. Estaba seguro de que se le helarían también
las mejillas. Sabía que esto era inevitable y se recriminaba por no haberse cubierto la nariz con una
de aquellas tiras que llevaba Bud cuando hacía mucho frío. Con esta protección habría resguardado
también sus mejillas. Pero, en realidad, esto no importaba demasiado. ¿Qué eran unas mejillas
heladas? Dolían un poco, desde luego, pero la cosa no tenía nunca complicaciones graves.
12 Por vacío de pensamientos que estuviese, el hombre se mantenía alerta y vigilante; así pudo
advertir todos los cambios que sufría el curso del riachuelo: sus curvas, sus meandros, los
montones de leña que lo obstruían
Al mismo tiempo, miraba mucho dónde ponía los pies. Una
vez, al doblar un recodo, dio un respingo, como un caballo asustado, se desvió del camino que
seguía y retrocedió varios pasos. El arroyo estaba helado hasta el fondo - ningún arroyo podía
contener agua en aquel invierno ártico -, pero el caminante sabía que en las laderas del monte
brotaban manantiales cuya agua discurría bajo la nieve y sobre el hielo del arroyo. Sabía también
que estas fuentes no dejaban de manar ni en las heladas más rigurosas, y, en fin, no ignoraba el
riesgo que suponían. Eran verdaderas trampas, pues formaban charcas ocultas bajo la lisa
superficie de la nieve, charcas que lo mismo podían tener diez centímetros que un metro de
profundidad. A veces, una sola película de hielo de un centímetro de espesor se extendía sobre
ellas y esta capa de hielo estaba, a su vez, cubierta de nieve. En otros casos, las capas de hielo y
agua se alternaban, de modo que, perforada la primera, uno se iba hundiendo cada vez más hasta
que el agua, como ocurría a veces, le llegaba ala cintura.
13 De aquí que retrocediera, presa de un pánico repentino: había notado que la nieve cedía bajo sus
pies y, seguidamente, su oído había captado el crujido de la oculta capa de hielo. Mojarse los pies
cuando la temperatura era tan extraordinariamente baja suponía algo tan molesto como peligroso.
En el mejor de los casos, le impondría una demora, pues se vería obligado a detenerse con objeto
de encender una hoguera, ya que sólo así podría quitarse los mocasines y los calcetines para
ponerlos a secar, permaneciendo con los pies desnudos.
14 Se detuvo para observar el lecho del arroyo y sus orillas y llegó a la conclusión de que el agua venía
por el lado derecho. Reflexionó un momento, mientras se frotaba la nariz y las mejillas, y
seguidamente se desvió hacia la izquierda, pisando cuidadosamente, asegurándose de la firmeza
del suelo a cada paso que daba.
15 Cuando se hubo alejado de la zona peligrosa, se echó a la boca una nueva porción de tabaco y
prosiguió su marcha de seis kilómetros y medio por hora.
16 En las dos horas siguientes de viaje se encontró con varias de aquellas fosas invisibles. Por regla
general, la nieve que cubría las charcas ocultas formaba una depresión y tenía un aspecto
granuloso que anunciaba el peligro. Sin embargo, por segunda vez se salvó el viajero por milagro
de una de ellas. En otra ocasión, presintiendo el peligro, ordenó al perro que pasara delante. El
animalito se hacía el remolón y clavaba las patas en el suelo cuando el hombre le empujaba. Al fin,

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6 viendo que no tenía más remedio que obedecer, se lanzó como una exhalación a través
viendo que no tenía más remedio que obedecer, se lanzó como una exhalación a través
viendo que no tenía más remedio que obedecer, se lanzó como una exhalación a través de la
blanca y lisa superficie. De pronto, se hundió parte de su cuerpo, pero el animal consiguió alcanzar
terreno más firme. Tenía empapadas las patas delanteras y al punto el agua que las cubría se
convirtió en hielo. Inmediatamente empezó a ladrar, haciendo esfuerzos desesperados para fundir
la capa helada. Luego se echó en la nieve y procedió a arrancar con los dientes los menudos trozos
de hielo que habían quedado entre sus dedos. El instinto le impulsaba a obrar así, pues sus patas
se llagarían si no las despojaba de aquel hielo. El animal no podía saber esto y se limitaba a dejarse
llevar de aquella fuerza misteriosa que surgía de las profundidades de su ser. Pero el hombre
estaba dotado de razón y lo comprendía todo: por eso se quitó el guante de la mano derecha y
ayudó al perro en la tarea de quitarse aquellas partículas de agua helada. Ni siquiera un minuto
tuvo sus dedos expuestos al aire, pero de tal modo se le entumecieron, que el hombre se quedó
pasmado al mirarlos. Lanzando un gruñido, se apresuró a calzarse el guante y al punto empezó a
golpear furiosamente su helada mano contra su pecho.
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A
las doce, el día alcanzaba allí su máxima luminosidad, a pesar de que el sol se hallaba demasiado
hacia el Sur en su viaje invernal rumbo al horizonte que debía trasponer. Casi toda la masa de la
tierra se interponía entre el astro diurno y Henderson Creek, región donde el hombre puede
permanecer al mediodía bajo un cielo despejado sin proyectar sombra alguna.
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A
las doce y media en punto, llegó el viajero a la confluencia. Estaba satisfecho de su marcha. Si
mantenía este paso, estaba seguro de que se reuniría con sus compañeros a las seis de la tarde.
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Se quitó la manopla y se desabrochó la chaqueta y la camisa para sacar el paquete de galletas. No
tardó más de quince segundos en realizar esta operación, pero este breve lapso fue suficiente para
que sus dedos expuestos a la intemperie quedasen insensibles. En vez de ponerse la manopla,
golpeó repetidamente la mano contra su pierna. Luego se sentó en un tronco cubierto de nieve,
para comer. Las punzadas que había notado en sus dedos al caldearlos a fuerza de golpes cesaron
tan rápidamente, que se sorprendió. Ni siquiera había tenido tiempo de morder la galleta. Volvió a
darse una serie de golpes con la mano en la pierna y de nuevo la enfundó en la manopla,
descubriéndose la otra mano para comer. Intentó introducir una galleta en su boca, pero el bozal
de hielo se lo impidió. Se había olvidado de que tenía que encender una hoguera para fundir aquel
hielo. Sonrió ante su estupidez y, mientras sonreía, notó que el frío se iba infiltrando en sus dedos
descubiertos. También advirtió que la picazón que había sentido en los dedos de los pies al
sentarse iba desapareciendo, y se preguntó si esto significaría que entraban en calor o que se
helaban. Al moverlos dentro de los mocasines, llegó a la conclusión de que era lo último.
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Se puso la manopla a toda prisa y se levantó. Estaba un poco asustado. Empezó a ir y venir, pisando
enérgicamente hasta que volvió a sentir picazón en los pies. La idea de que hacía un frío horroroso
le obsesionaba. En verdad, aquel tipo que conoció en Sulphur Creek no había exagerado cuando le
habló de la infernal temperatura de aquellas regiones. ¡Pensar que entonces él se había reído en
sus barbas! Indudablemente, nunca puede uno sentirse seguro de nada. Evidentemente, el frío era
espantoso. Continuó sus paseos, pisando con fuerza y golpeándose los costados con los brazos. Al
fin, se tranquilizó al notar que se apoderaba de él un agradable calorcillo. Entonces sacó las cerillas
y
se dispuso a encender una hoguera. Se procuró leña buscando entre la maleza, allí donde las
crecidas de la primavera anterior habían acumulado gran cantidad de ramas semipodridas.
Procediendo con el mayor cuidado, consiguió que el pequeño fuego inicial se convirtiese en
crepitante fogata, cuyo calor desheló su barba y le permitió comerse las galletas. Por el momento
había logrado vencer al frío. El perro, con visible satisfacción, se había acurrucado junto al fuego,
manteniéndose lo bastante cerca de él para entrar en calor, pero no tanto que su pelo pudiera
chamuscarse.
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Cuando hubo terminado de comer, el viajero cargó su pipa y dio varias chupadas con toda
parsimonia. Luego volvió a ponerse los guantes, se ajustó el pasamontañas sobre las orejas y echó
a andar por el ramal izquierdo de la confluencia. El perro mostró su disgusto andando como a la

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7 fuerza y lanzando nostálgicas miradas al fuego. Aquel hombre no tenía noción de lo que
fuerza y lanzando nostálgicas miradas al fuego. Aquel hombre no tenía noción de lo que
fuerza y lanzando nostálgicas miradas al fuego. Aquel hombre no tenía noción de lo que significaba
el frío. Seguramente, todos sus antepasados, generación tras generación, habían ignorado lo que
era el frío, el frío de verdad, el frío de sesenta grados bajo cero. Pero el perro sí que sabía lo que
era; todos sus antepasados lo habían sabido, y él había heredado aquel conocimiento. También
sabía que no era conveniente permanecer a la intemperie haciendo un frío tan espantoso. Lo
prudente en aquel momento era abrir un agujero en la nieve, ovillarse en su interior y esperar que
un telón de nubes cortara el paso a la ola de frío. Por otra parte, no existía verdadera intimidad
entre el hombre y el perro. Éste era el sufrido esclavo de aquél y las únicas caricias que de él había
recibido en su vida eran las que se podían prodigar con el látigo, que restallaba acompañado de
palabras duras y gruñidos amenazadores. Por lo tanto, el perro no hizo el menor intento de
comunicar su aprensión al hombre. No le preocupaba el bienestar de su compañero de viaje; si
miraba con nostalgia al fuego, lo hacía pensando únicamente en sí mismo. Pero el hombre le silbó
y le habló con un sonido que parecía el restallar de un látigo, y él se pegó a sus talones y continuó
la marcha.
22 El hombre empezó de nuevo a masticar tabaco y otra vez se le formó una barba de ámbar. Entre
tanto, su aliento húmedo volvía a cubrir rápidamente sus bigotes, sus cejas, sus pestañas, de un
blanco polvillo. En la bifurcación izquierda del Henderson no parecía haber tantos manantiales,
pues el hombre ya llevaba media hora sin descubrir el menor rastro de ellos. Y entonces sucedió lo
inesperado. En un lugar que no mostraba ninguna señal sospechosa, donde la nieve suave y lisa
hacía pensar que el hielo era sólido debajo de ella, el hombre se hundió. Pero no muy
profundamente. El agua no le había llegado a las rodillas cuando consiguió salir de la trampa
trepando a terreno firme.
23 Montó en cólera y lanzó una maldición. Confiaba en llegar al campamento a las seis, y aquello
suponía una hora de retraso, pues tendría que encender fuego para secarse los mocasines. La
bajísima temperatura imponía esta operación. Consciente de ello, volvió a la orilla y trepó por ella.
Ya en lo alto, se internó en un bosquecillo de abetos enanos y encontró al pie de los troncos
abundante leña seca que había depositado allí la crecida: astillas y pequeñas ramas
principalmente, pero también ramas podridas y hierba fina del año anterior. Echó sobre la nieve
varias brazadas de esta leña y así formó una capa que constituiría el núcleo de la hoguera, a la vez
que una base protectora, pues evitaría que el fuego se apagase apenas encendido, al fundirse la
nieve. Frotando una cerilla contra un trocito de corteza de abedul que sacó del bolsillo, y que se
inflamó con más facilidad que el papel, consiguió hacer brotar la primera llama. Acto seguido,
colocó la corteza encendida sobre el lecho de hierba y ramaje y alimentó la incipiente hoguera con
manojos de hierba seca y minúsculas ramitas.
24 Realizaba esta tarea lenta y minuciosamente, pues se daba cuenta del peligro en que se hallaba.
Poco a poco, a medida que la llama fue creciendo, fue alimentándola con ramitas de mayor
tamaño. Echado en la nieve, arrancaba a tirones las ramas de la enmarañada maleza y las iba
echando en la hoguera. Sabía que no debía fracasar. Cuando se tienen los pies mojados y se está a
sesenta grados bajo cero, no debe fallar la primera tentativa de encender una hoguera. Si se tienen
los pies secos, aunque la hoguera se apague, le queda a uno el recurso de echar a correr por el
sendero. Así, tras una carrera de un kilómetro, la circulación de la sangre se restablece. Pero la
sangre de unos pies mojados y a punto de congelarse no vuelve a circular normalmente por efecto
de una carrera cuando el termómetro marca sesenta grados bajo cero: por mucho que se corra, los
pies se congelarán.
25 El hombre sabía perfectamente todo esto. El veterano de Sulphur Creek se lo había dicho el otoño
anterior, y él recordaba ahora, agradecido, tan útiles consejos.
26 Sus pies habían perdido ya la sensibilidad por completo. Para encender el fuego había tenido que
quitarse los gruesos guantes, y los dedos se le habían entumecido con asombrosa rapidez. Gracias
a la celeridad de su marcha, su corazón había seguido enviando sangre a la superficie de su cuerpo

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8 y a sus extremidades. Pero, apenas se detuvo, la bomba sanguínea aminoró el ritmo. El
y a sus extremidades. Pero, apenas se detuvo, la bomba sanguínea aminoró el ritmo. El
y a sus extremidades. Pero, apenas se detuvo, la bomba sanguínea aminoró el ritmo. El frío del
espacio caía sin clemencia sobre la corteza terrestre, y el viajero recibía de pleno el impacto en
aquella región desprotegida. Y entonces su sangre se escondía, atemorizada. Su sangre era algo
vivo como el perro, y, como él, quería ocultarse, huyendo de aquel frío aterrador. Mientras el
hombre caminó a paso vivo, la sangre, mal que bien, llegó a la superficie del cuerpo, pero ahora
que se había detenido, el liquido vital se retiraba a lo más recóndito del organismo. Las
extremidades fueron las primeras en notar esta retirada. Sus pies mojados se congelaban a toda
prisa. Los dedos de sus manos, al permanecer al descubierto, sufrían especialmente los efectos del
frío, pero todavía no habían empezado a congelarse. Su nariz y sus mejillas comenzaban a helarse,
y lo mismo ocurría a toda su epidermis, al perder el calor de la corriente sanguínea.
27 Pero estaba salvado. La congelación sólo apuntaría en los dedos de sus pies, su nariz y sus mejillas,
porque el fuego empezaba a arder con fuerza. Lo alimentaba con ramas de un dedo de grueso.
Transcurrido un minuto, podría echar ramas como su muñeca. Entonces, podría quitarse los
empapados mocasines y, mientras los secaba, tener calientes los pies desnudos, manteniéndolos
junto al fuego
después de haberse frotado con nieve, como es natural. Había conseguido
encender fuego. Estaba salvado. Se acordó otra vez de los consejos del veterano de Sulphur Creek
y sonrió. Este hombre le había advertido que no debía viajar solo por el Klondike cuando el
termómetro estuviese a menos de cincuenta grados bajo cero. Era una ley. Sin embargo, allí estaba
él, que había sufrido los mayores contratiempos, hallándose solo y, a pesar de ello, se había
salvado. Pensó que aquellos veteranos, a veces, exageraban las precauciones. Lo único que había
que hacer era no perder la cabeza, y él no la había perdido. Cualquier hombre digno de este
nombre podía viajar solo. De todos modos, era sorprendente la rapidez con que se le helaban las
mejillas y la nariz. Por otra parte, nunca hubiera creído que los dedos pudiesen perder la
sensibilidad en tan poco tiempo. Los tenía como el corcho: apenas podía moverlos para coger las
ramitas y le parecía que no eran suyos. Cuando asía una rama, tenía que mirarla para asegurarse
de que la tenía en la mano. Desde luego, se había cortado la comunicación entre él y las puntas de
sus dedos.
28 Pero nada de esto tenía gran importancia. Allí estaba el fuego, chisporroteando, estallando y
prometiendo la vida con sus inquietas llamas. Empezó a desatarse los mocasines. Estaban
cubiertos de una capa de hielo. Los gruesos calcetines alemanes que le llegaban hasta cerca de las
rodillas parecían fundas de hierro, y los cordones de los mocasines eran como alambres de acero
retorcidos y enmarañados. Estuvo un momento tirando de ellos con sus dedos entumecidos, pero,
al fin, comprendiendo lo estúpido de su acción, sacó el cuchillo.
29 Antes de que pudiese cortar los cordones, sucedió la catástrofe. La culpa fue suya, pues había
cometido un grave error. No debió encender el fuego debajo del abeto, sino al raso, aunque le
resultaba más fácil buscar las ramas entre la maleza para echarlas directamente al fuego. El árbol al
pie del cual había encendido la hoguera tenía las ramas cubiertas de nieve. Desde hacía semanas
no soplaba la más leve ráfaga de aire y las ramas estaban sobrecargadas. Cada vez que arrancaba
una rama de la maleza sacudía ligeramente al árbol, comunicándole una vibración que él no
notaba, pero que fue suficiente para provocar el desastre. En lo alto del árbol una rama soltó su
carga de nieve, que cayó sobre otras ramas, arrastrando la nieve que las cubría. Esta nieve arrastró
a la de otras ramas, y el proceso se extendió a todo el árbol. Formando un verdadero alud, toda
aquella nieve cayó de improviso sobre el hombre, y también sobre la hoguera, que se apagó en el
acto. Donde hacía un momento ardía alegremente una fogata, sólo se veía ahora una capa de
nieve floja y recién caída.
30 El viajero quedó anonadado. Tuvo la impresión de que acababa de oír pronunciar su sentencia de
muerte. Permaneció un momento atónito, sentado en el suelo, mirando el lugar donde había
estado la hoguera. Acto seguido, una profunda calma se apoderó de él. Sin duda, el veterano de
Sulphur Creek tenía razón. Si hubiera viajado con otro, no habría corrido el peligro que estaba

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9 corriendo, pues su compañero de viaje habría encendido otra hoguera. En fin, como estaba solo,
corriendo, pues su compañero de viaje habría encendido otra hoguera. En fin, como estaba solo,
corriendo, pues su compañero de viaje habría encendido otra hoguera. En fin, como estaba solo,
no tenía más remedio que procurarse un nuevo fuego él mismo, y esta vez aún era más
indispensable que no fallara.
31 Aunque lo consiguiera, no se libraría, seguramente, de perder algunos dedos de los pies, pues los
tenía ya muy helados y la operación de encender una nueva fogata le llevaría algún tiempo.
32 Éstos eran sus pensamientos, pero no se había sentado para reflexionar, sino que mientras tales
ideas cruzaban su mente, se mantenía activo, trabajando sin interrupción. Dispuso un nuevo lecho
para otra hoguera, esta vez en un lugar despejado, lejos de los árboles que la pudieran apagar
traidoramente. Después reunió cierta cantidad de ramitas y hierbas secas. No podía cogerlas una a
una, porque tenía los dedos agarrotados, pero sí en manojos, a puñados. De este modo pudo
formar un montón de ramas podridas mezcladas con musgo verde. Habría sido preferible
prescindir de este musgo, pero no pudo evitarlo. Trabajaba metódicamente. Incluso reunió una
brazada de ramas gruesas para utilizarlas cuando el fuego fuese cobrando fuerza. Entre tanto, el
perro permanecía sentado, mirándole con expresión anhelante y triste. Sabía que era el hombre el
que había de proporcionarle el calor del fuego, pero pasaba el tiempo y el fuego no aparecía.
33 Cuando todo estuvo preparado, el viajero se llevó la mano al bolsillo para sacar otro trocito de
corteza de abedul. Sabía que estaba allí, en aquel bolsillo, y aunque sus dedos helados no la
pudieron identificar por el tacto, reconoció el ruido que produjo el roce de su guante con ella. En
vano intentó cogerla.
34 La idea de que a cada segundo que pasaba sus pies estaban más congelados absorbía su
pensamiento. Este convencimiento le sobrecogía de temor, pero luchó contra él, a fin de conservar
la calma. Se quitó los guantes con los dientes y se golpeó fuertemente los costados con los brazos.
Ejecutó estas operaciones sentado en la nieve, y luego se levantó para seguir braceando. El perro,
en cambio, continuó sentado, con las patas delanteras envueltas y protegidas por su tupida cola de
lobo, las puntiagudas orejas vueltas hacia adelante para captar el menor ruido, y la mirada fija en
el hombre. Éste, mientras movía los brazos y se golpeaba los costados con ellos, experimentó una
repentina envidia al mirar a aquel ser al que la misma naturaleza proporcionaba un abrigo
protector.
35 Al cabo de un rato de dar fuertes y continuos golpes con sus dedos, sintió en ellos las primeras y
leves señales de vida. La ligera picazón fue convirtiéndose en una serie de agudas punzadas,
insoportablemente dolorosas, pero que él experimentó con verdadera satisfacción. Con la mano
derecha desenguantada pudo coger la corteza de abedul. Sus dedos, faltos de protección, volvían a
helarse a toda prisa. Luego sacó un haz de fósforos. Pero el tremendo frío ya había vuelto a dejar
sin vida sus dedos, y, al intentar separar una cerilla de las otras, le cayeron todas en la nieve. Trató
de recogerlas, pero no lo consiguió: sus entumecidos dedos no tenían tacto ni podían asir nada.
Entonces concentró su atención en las cerillas, procurando no pensar en sus pies, su nariz y sus
mejillas, que se le iban helando. Al faltarle el tacto, recurrió a la vista, y cuando comprobó que sus
dedos estaban a ambos lados del haz de fósforos, intentó cerrarlos. Pero no lo consiguió: los
agarrotados dedos no le obedecían. Se puso el guante de la mano derecha y la golpeó
enérgicamente contra la rodilla. Luego unió las dos enguantadas manos de modo que formó con
ellas un cuenco, y así pudo recoger las cerillas, a la vez que una buena cantidad de nieve. Lo
depositó todo en su regazo, pero con ello no logró que las cosas mejorasen.
36 Tras una serie de manipulaciones, consiguió que el haz de cerillas quedase entre sus dos muñecas
enguantadas, y, sujetándolo de este modo, pudo acercarlo a su boca. Haciendo un gran esfuerzo, y
entre crujidos y estampidos del hielo que rodeaba sus labios, logró abrir las mandíbulas. Entonces
replegó la mandíbula inferior y adelantó la superior, con cuyos dientes logró separar una de las
cerillas, que hizo caer en su regazo. Pero el esfuerzo resultó inútil, pues no podía recogerla. En vista
de ello, discurrió un nuevo sistema. Atenazó la cerilla con los dientes y la frotó contra su pierna.

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10 Tuvo que repetir veinte veces el intento para lograr que el fósforo se encendiera. Entonces,
Tuvo que repetir veinte veces el intento para lograr que el fósforo se encendiera. Entonces,
Tuvo que repetir veinte veces el intento para lograr que el fósforo se encendiera. Entonces,
manteniéndolo entre los dientes, lo acercó a la corteza de abedul. Pero el azufre que se desprendió
de la cerilla, por efecto de la combustión, penetró en sus fosas nasales y llegó hasta sus pulmones,
produciéndole un violento ataque de tos. La cerilla cayó en la nieve y se apagó.
37 «El veterano de Sulphur Creek tenía razón», se dijo, procurando dominar su desesperación, que
aumentaba por momentos. «Cuando la temperatura es inferior a cincuenta grados bajo cero, no se
puede viajar.»
38 Se golpeó las manos una contra otra, pero no consiguió despertar en ellas sensación alguna. De
súbito, se quitó los guantes con los dientes y apresó torpemente el haz de cerillas con sus manos
insensibles, que pudo apretar una contra otra con fuerza, gracias a que los músculos de sus brazos
no se habían helado. Una vez hubo sujetado así el manojo de cerillas, lo frotó contra su pierna. Los
sesenta fósforos se encendieron de súbito, todos a la vez. No se podían apagar, porque la
inmovilidad del aire era absoluta. El viajero apartó la cabeza para esquivar la sofocante humareda y
acercó el ardiente manojo a la corteza de abedul. Entonces sintió algo en su mano. Era que su
carne se quemaba. Lo notó por el olor y también por cierta sensación profunda que no llegaba a la
superficie. Esta sensación se convirtió en un dolor que se fue agudizando, pero él lo resistió y
apretó torpemente el llameante haz de cerillas contra la corteza de abedul, que no se encendía con
la rapidez acostumbrada, porque las manos quemadas del hombre absorbían casi todo el calor.
39 Al fin, no pudo resistir el dolor y separó las manos. Entonces, los fósforos encendidos cayeron
sobre la nieve, donde se fueron apagando entre débiles silbidos. Afortunadamente, la llama había
prendido ya en la corteza de abedul. El hombre empezó a acumular hierba seca y minúsculas
ramas sobre el incipiente fuego. Pero no podía hacer una selección escrupulosa de la leña porque,
para cogerla, tenía que unir, a modo de tenaza, los bordes de sus dos manos. Con los dientes, y
como podía, separaba los menudos trozos de madera podrida y de musgo verde adheridos a las
ramas. Sopló para mantener encendida la pequeña hoguera. Sus movimientos eran torpes, pero
aquel fuego significaba la vida y no debía apagarse. La sangre había abandonado la parte exterior
de su organismo, y el hombre empezó a temblar y a proceder con mayor torpeza todavía.
40 En esto, un puñado de musgo verde cayó sobre la diminuta hoguera. Al tratar de apartarlo, lo hizo
tan torpemente a causa de su vivo temblor, que dispersó las ramitas y las hierbas encendidas.
Intentó reunirlas nuevamente, pero, por mucho cuidado que trató de poner en ello, sólo consiguió
dispersarlas más, debido a aquel temblor que iba en aumento. De cada una de aquellas ramitas
llameantes brotó una débil columnita de humo, y al fin las llamas desaparecieron. El intento de
encender la hoguera había fracasado.
41 Miró con gesto apático a su alrededor y su vista se detuvo en el perro. El animal estaba al otro lado
de la apagada hoguera. Sentado en la nieve, no cesaba de moverse, dando muestras de inquietud,
agachándose y levantándose, adelantando ahora una pata y luego otra, sobre las que descargaba
alternativamente todo el peso de su cuerpo, y lanzando gemidos de ansiedad.
42 Al verle, brotó una siniestra idea en el cerebro del hombre. Recordó la historia de un viajero que,
sorprendido por una tempestad de nieve, mató a un buey para guarecerse en su cuerpo, cosa que
hizo, logrando salvarse. Se dijo que podía matar al perro para introducir sus manos en el cuerpo
cálido del animal y así devolverles la vida. Entonces podría encender otra hoguera.
43 Le llamó, pero en su voz había un matiz tan extraño, tan nuevo para el perro, que el pobre animal
se asustó. Allí había algo raro, un peligro que la bestia, con su penetrante instinto, percibió. No
sabía qué peligro era, pero algo ocurrió en algún punto de su cerebro que despertó en él una
instintiva desconfianza hacia su dueño. Al oír su voz, bajó las orejas y sus gestos de inquietud se
acentuaron, mientras seguía levantando y bajando las patas delanteras.
44 Al ver que no acudía a su llamada, el viajero avanzó a gatas hacia él, insólita postura que aumentó

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11 el recelo del animal y le impulsó a retroceder paso a paso. 45 El hombre
el recelo del animal y le impulsó a retroceder paso a paso. 45 El hombre
el recelo del animal y le impulsó a retroceder paso a paso.
45 El hombre se sentó en la nieve y trató de dominarse. Se puso los guantes con ayuda de los dientes
y se levantó. Tuvo que mirarse los pies para convencerse de que se sostenía sobre ellos, pues era
tal la insensibilidad de sus plantas, que no podía notar el contacto con la tierra. Al verle de pie, las
telarañas de la sospecha que se habían tejido en el cerebro del can empezaron a disiparse; y
cuando el hombre le llamó enérgicamente, con voz que restalló como un látigo, él obedeció como
de costumbre y se acercó a su amo. Al tenerlo a su alcance, el hombre perdió la cabeza. Tendió
súbitamente los brazos hacia el perro y experimentó una profunda sorpresa al descubrir que no
podía sujetarlo con las manos, que sus dedos insensibles no se cerraban: se había olvidado de que
tenía las manos congeladas y se le iban helando cada vez más. Con rápido movimiento, y antes de
que el animal pudiese huir, le rodeó el cuerpo con los brazos. Entonces se sentó en la nieve, sin
soltar al perro, que gruñía, gemía y luchaba por zafarse.
46 Pero esto era todo cuanto podía hacer: permanecer sentado con los brazos alrededor del cuerpo
del perro. Entonces comprendió que no podía matarlo. No podía hacerlo de ninguna manera. Con
sus manos inermes y desvalidas, no podía sacar ni empuñar el cuchillo, ni estrangular al animal. Lo
soltó, y el perro huyó como un rayo, con el rabo entre piernas y sin dejar de gruñir. Cuando se hubo
alejado unos doce metros, se detuvo, se volvió y miró a su amo con curiosidad, tendiendo hacia él
las orejas.
47 El hombre buscó con la mirada sus manos y las halló: pendían inertes en los extremos de sus
brazos. Era curioso que tuviese que utilizar la vista para saber dónde estaban sus manos. Empezó a
mover los brazos de nuevo, enérgicamente, y dándose golpes en los costados con las manos
enguantadas. Después de hacer esta violenta gimnasia durante cinco minutos, su corazón envió a
la superficie de su cuerpo sangre suficiente para evitar por el momento los escalofríos. Pero sus
manos seguían insensibles. Le producían el efecto de dos pesos inertes que pendían de los
extremos de sus brazos. Sin embargo, no logró determinar de qué punto de su cuerpo procedía
esta sensación.
48 Un principio de temor a la muerte, deprimente y sordo, empezó a invadirle, y fue cobrando
intensidad a medida que el hombre fue percatándose de que ya no se trataba de que se le helasen
los pies o las manos, ni de que llegara a perderlos, sino de vivir o morir, con todas las
probabilidades a favor de la muerte.
49 Tal pánico se apoderó de él, que dio media vuelta y echó a correr por el antiguo y casi invisible
camino que se deslizaba sobre el lecho helado del arroyo. El perro se lanzó en pos de él,
manteniéndose a una prudente distancia. El hombre corría sin rumbo, ciego de espanto, presa de
un terror que no había experimentado en su vida. Poco a poco, mientras corría dando tropezones
aquí y allá, fue recobrando la visión de las cosas: de las riberas del arroyo, de los montones de leña
seca, de los chopos desnudos, del cielo
50 Aquella carrera le hizo bien. Su temblor había desaparecido. Se dijo que si seguía corriendo, tal vez
se deshelaran sus pies. Por otra parte, aquella carrera le podía llevar hasta el campamento donde
sus compañeros le esperaban. Tal vez perdiera algunos dedos de las manos y de los pies, y parte de
la cara, pero sus amigos le cuidarían y salvarían el resto de su cuerpo. Sin embargo, a este
pensamiento se oponía otro que iba esbozándose en su mente: el de que el campamento estaba
demasiado lejos para que él pudiera llegar, pues la congelación de su cuerpo había llegado a un
punto tan avanzado, que pronto se adueñaría de él la rigidez de la muerte. Arrinconó este
pensamiento en el fondo de su mente, negándose a admitirlo, y aunque a veces la idea se
desmandaba y salía de su escondite, exigiendo se le prestara atención, él la rechazaba,
esforzándose en pensar en otras cosas.
51 Se asombró al advertir que podía correr con los pies tan helados que no los sentía cuando los
depositaba en el suelo descargando sobre ellos todo el peso de su persona. Le parecía que se

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12 deslizaba sin establecer el menor contacto con la tierra. Recordaba haber visto una vez un
deslizaba sin establecer el menor contacto con la tierra. Recordaba haber visto una vez un
deslizaba sin establecer el menor contacto con la tierra. Recordaba haber visto una vez un alado
Mercurio y se preguntó si este dios mitológico experimentaría la misma sensación cuando volaba a
ras de la tierra.
52 Había un serio obstáculo para que pudiera llevar a cabo su plan de seguir corriendo hasta llegar al
campamento en que sus compañeros le esperaban, y era que no tendría la necesaria resistencia.
Dio varios traspiés y, al fin, después de tambalearse, cayó. Intentó levantarse, pero no pudo. En
vista de ello, decidió permanecer sentado y descansar. Luego continuaría la marcha, pero no ya
corriendo, sino andando. Cuando estuvo sentado, notó que no sentía frío ni malestar. Ya no
temblaba, e incluso le pareció que un agradable calorcillo se expandía por todo su cuerpo. Sin
embargo, al tocarse las mejillas y la nariz, no sintió absolutamente nada. Se le habían helado y, por
mucho que corriese, no las volvería a la vida. Lo mismo podía decir de sus manos y de sus pies. Y
entonces le asaltó el pensamiento de que la congelación se iba extendiendo paulatinamente a
otras partes de su cuerpo. Trató de imponerse a esta idea, de rechazarla, pensando en otras cosas,
pues se daba cuenta de que tal pensamiento le producía verdadero pánico, y el mismo pánico le
daba miedo. Pero la aterradora idea triunfó y permaneció. Al fin, ante él se alzó la visión de su
cuerpo enteramente helado. Y no pudiendo sufrir semejante visión, se levantó, no sin grandes
esfuerzos, y echó a correr por el camino. Poco a poco, fue reduciendo la velocidad de su insensata
huida hasta marchar al paso, pero como volviera a pensar que la congelación iba extendiéndose,
emprendió de nuevo una loca carrera.
53 El perro no lo dejaba, le seguía pegado a sus talones. Y cuando vio que el hombre caía por segunda
vez, se sentó frente a él, se envolvió las patas delanteras con la cola, y se quedó mirándole
atentamente, con ávida curiosidad. Al ver al animal, protegido por el abrigo que le proporcionaba
la naturaleza, el hombre se enfureció y empezó a maldecirle de tal modo, que el perro bajó las
orejas con gesto humilde y conciliador.
54 Inmediatamente el viajero empezó a sentir escalofríos. Perdía la batalla contra el frío, que
penetraba en su cuerpo por todas partes, insidiosamente. Al advertirlo, hizo un esfuerzo
sobrehumano para levantarse y seguir corriendo. Pero apenas había avanzado treinta metros,
empezó de nuevo a tambalearse y volvió a caer. Éste fue su último momento de pánico. Cuando
recobró el aliento y el dominio de sí mismo, se sentó en la nieve y se encaró por primera vez con la
idea de recibir la muerte con dignidad. Pero él no se planteó la cuestión en estos términos, sino
que se limitó a pensar que había hecho el ridículo al correr de un lado a otro alocadamente como -
éste fue el símil que se le ocurrió - una gallina decapitada. Ya que nada podía impedir que muriese
congelado, era preferible morir de un modo decente.
55 Al sentir esta nueva serenidad, experimentó también la primera sensación de somnolencia.
56 «Lo mejor que puedo hacer - se dijo - es echarme a dormir y esperar así la llegada de la muerte.»
57 Le parecía que había tomado un anestésico. Morir helado no era, al fin y al cabo, tan malo como
algunos creían. Había otras muertes mucho peores. Se imaginó a sus compañeros en el momento
de encontrar su cadáver al día siguiente. De súbito, le pareció que estaba con ellos, que iba con
ellos por el camino, buscándole. El grupo dobló un recodo y entonces el hombre se vio a sí mismo
tendido en la nieve con la rigidez de la muerte. Estaba con sus compañeros, contemplando su
propio cadáver; por lo tanto, su cuerpo ya no le pertenecía.
58 Aún pasó por su pensamiento la idea del tremendo frío que hacía. Cuando volviese a los Estados
Unidos podría decir lo que era frío
Después se acordó del veterano de Sulphur Creek y lo vio con
toda claridad, bien abrigado y con su pipa entre los dientes.
59 -Tenías razón, amigo; tenías razón -murmuró como si realmente lo tuviese delante.
60 Seguidamente se sumió en el sueño más dulce y apacible de su vida.
61 El perro se sentó frente a él y esperó. El breve día iba ya hacia su ocaso en un lento y largo

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13 crepúsculo. El animal observaba que no había indicios de que el hombre fuera a encender
crepúsculo. El animal observaba que no había indicios de que el hombre fuera a encender
crepúsculo. El animal observaba que no había indicios de que el hombre fuera a encender una
hoguera, y le extrañaba, porque era la primera vez que veía a un hombre sentado en la nieve de
aquel modo sin preparar un buen fuego.
62 A medida que el crepúsculo iba avanzando hacia su fin, el animal iba sintiendo más ávidamente el
deseo de ver brotar las llamas de una hoguera. Impaciente, levantaba y bajaba las patas anteriores.
Luego lanzó un suave gemido y bajó las orejas, en espera de que el hombre le riñese. Pero el
hombre guardó silencio. Entonces, el perro gimió con más fuerza y, arrastrándose, se acercó a su
dueño. Retrocedió con los pelos del lomo erizados: había olfateado la muerte. Aún estuvo allí unos
momentos, aullando bajo las estrellas que parpadeaban y danzaban en el helado firmamento.
Luego dio media vuelta y se alejó al trote por la pista, camino del campamento, que ya conocía y
donde estaba seguro de encontrar otros hombres que tendrían un buen fuego y le darían de
comer.

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14 El minotauro de Creta En aquella época era costumbre en la isla de Creta convocar
El minotauro de Creta En aquella época era costumbre en la isla de Creta convocar
El minotauro de Creta
En aquella época era costumbre en la isla de Creta convocar a la juventud para que tomara parte en
los juegos deportivos, en la lucha, en las carreras y en los torneos de toda clase. Una vez que se
proclamaban los vencedores, se otorgaban los premios con la más sincera imparcialidad.
A uno de estos certámenes olímpicos concurrieron los campeones de Creta y de Atenas. Andrógeo,
hijo de Minos, llevóse el premio de la lucha, disputado entre los ciudadanos de Atenas, Megara y Creta.
Los atenienses no quisieron resignarse a una derrota tan poco honrosa y se vengaron cobardemente
asesinando al joven Andrógeo.
El rey de Creta, Minos, reúne a sus guerreros, los embarca, llega a Megara, pone sitio a la ciudad, la
toma por asalto y luego se dirige a Atenas con la esperanza de obligarla a capitular sin sacrificar muchos
hombres. La ciudad de Minerva resiste bastante más tiempo, pero sus vituallas empiezan a agotarse.
El pueblo presiente que Atenas sufrirá la misma suerte que Megara, y los jefes atenienses,
desesperados, consultan al oráculo de Delfos para conocer el medio de conjurar el inminente peligro que
les amenaza. —No os queda otro recurso —contesta la pitonisa— que aceptar por anticipado sin
restricción de ninguna clase las condiciones de Minos.
Dolorosamente indignado por la muerte de su hijo, el rey de Creta impone como condiciones que,
durante un período de treinta años, la ciudad de Atenas envíe, una vez por año, siete jóvenes varones y
siete hembras para servir de pasto al Minotauro.
El Minotauro en cuestión era un toro gigantesco y de inaudita fuerza, que se alimentaba de carne
humana. Teseo no sabía una palabra del trágico accidente que había costado la capitulación de su patria,
porque había estado ausente de ella durante la guerra. Llegó a Atenas precisamente en el momento en
que estaban ya dispuestos los catorce jóvenes que habían de servir de banquete al Minotauro. Teseo se
entera de todo y quiere partir con aquella abnegada juventud.
Su viejo padre, Egeo, le suplica que no lo haga e intenta disuadirlo; las víctimas han sido ya designadas
y él no forma parte del grupo. Pero Teseo no escucha sus lamentos; su voluntad es firme y su deber
trazado: defender, ayudar a sus compatriotas y amigos. Si así no obrara, ¿sería realmente digno de
sentarse un día en el trono de su padre?
—Tranquilizaos, padre mío —le dijo—.
Voy a donde el honor me reclama, pero pronto tendréis la satisfacción de vernos a todos sanos y
salvos en nuestra querida patria. Egeo despide a su hijo, apesarado y triste, y permanece inmóvil en la
orilla; el navío, con las velas negras en señal de luto, se aleja llevándose a su idolatrado hijo. La nave va
empequeñeciéndose a medida que se aleja y acaba por convertirse en un punto imperceptible que
desaparece en el horizonte
Curvado por los años y agobiado por profundo dolor, el rey de Atenas
regresa penosamente a su palacio. Sólo le queda una esperanza.
Antes de que la nave se hiciera a la vela hizo una suprema recomendación al piloto:
—Cuando regreses con el navío, si llevas a Teseo contigo guarnecerás el barco con velas blancas. Si no
es así, ya comprenderé perfectamente la tragedia. Significará que no veré más a mi hijo.
El Minotauro habitaba en una profunda caverna, en la extremidad de una extraña morada llamada el
Laberinto. Habíala construido el más hábil y audaz arquitecto de aquellos tiempos, con un plan tan
inverosímil como extraordinario. Esta construcción fantástica estaba hecha a base de corredores
entrecruzados, circuitos, vestíbulos y pasadizos complicadísimos, de tal forma que, una vez habíase
entrado allí, resultaba imposible encontrar la salida. Al final, todos los visitantes eran víctimas del voraz
habitante de aquel lugar maldito.
Cuando entre los insulares de Creta anuncióse ruidosamente y con enorme expectación la llegada de
la nave ateniense, una gran multitud quiso contemplar el desembarque de los viajeros. Una de las

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15 espectadoras que más se impresionaron ante aquel triste desfile de jóvenes que iban hacia la
espectadoras que más se impresionaron ante aquel triste desfile de jóvenes que iban hacia la
espectadoras que más se impresionaron ante aquel triste desfile de jóvenes que iban hacia la muerte fue
la hija de Minos, Ariadna.
La hija del rey descubre entre el grupo de jóvenes la gallarda figura de un mancebo elegante, de porte
real. Interesada, se enteró de que se trataba de Teseo, el propio hijo del rey, quien habíase entregado
voluntariamente. Ariadna le conocía ya por su reputación de hombre valeroso; sabía que era un héroe;
contemplaba su fuerte complexión masculina; admiraba su belleza. Y su corazón palpitó de angustia al
solo pensamiento de que la muerte no respetaría a Teseo.
Ariadna le habla y le comunica sus sentimientos. Incluso se ofrece para salvarle, con peligro de su
propia vida; Teseo se siente cautivado por la gracia y el atractivo de la joven princesa. Tanta abnegación
le enternece, y decide formalmente que, si sale indemne del Laberinto, Ariadna será su esposa. La hija
de Minos acepta el agradable augurio y entrega a su futuro e intrépido esposo un ovillo, guardando ella
la extremidad del hilo. «La mano del héroe guardaría cuidadosamente el ovillo mientras el hilo se
desenrollara. Para volver a la luz le bastaría a Teseo seguir la dirección del hilo, guía seguro e infalible
para no extraviarse.» El grupo de las víctimas se adelanta, acercándose al Laberinto.
Los atenienses atraviesan la entrada y desaparecen. Emocionada y temblorosa, Ariadna percibe en su
mano los movimientos del hilo, que significan los de Teseo en el Laberinto. En seguida resuenan los
terribles mugidos del Minotauro. El hilo, entonces, se agita violentamente, traduciendo las peripecias del
combate. Avanza, retrocede, se para. Pero súbitamente se produce un gran silencio. El hilo no se mueve.
¿Qué habrá pasado? El corazón de Ariadna muere de angustia
¿Será una ilusión? Diríase que el hilo se
ha movido. Parecen percibirse gritos muy lejanos
¿Pero cómo son? Los ecos pueden modificar los
sonidos a través de los numerosos meandros. Esta vez no se ha equivocado: los gritos son de alegría. El
ruido se acerca y cada vez se percibe más claro y preciso. Ya no hay duda: el Minotauro ha sido vencido.
El hilo se mueve más rápido y firme. Teseo se ha salvado.
Ariadna cae en sus brazos, palpitante de emoción y de felicidad. Ya están juntos. Del brazo de Ariadna,
Teseo dirígese con sus compatriotas liberados hacia la orilla del mar. Se izan las velas y el navío parte
El
mar, que al principio era de un azul prístino, empieza a murmurar violentamente, presentando un
aspecto sombrío y amenazador. El viento cambia y empieza a soplar con gran fuerza. El cielo es de
tormenta; unos negros nubarrones se acercan imperiosamente, eclipsando la luz del día. La tempestad
se desencadena con terrible furia; es preciso plegar las velas y ponerse al abrigo.
La nave anda en la isla de Naxos. Ariadna, muerta de cansancio, aprovecha aquella forzada escala para
descansar; el sueño la vence y se duerme. Pero la tempestad no tarda en disiparse; la calma renace; el
sol reaparece en el cielo puro y sereno. Los marineros, impacientes, reanudan rápidamente la maniobra,
y al cabo de unos instantes el navío se encuentra nuevamente navegando en alta mar. Por un olvido
inexplicable, Teseo abandona a Ariadna dormida en la isla de Naxos. Cuando despierta, la hija de Minos,
la prometida del héroe, abre los ojos con sorpresa. No ve a nadie en la isla ni ninguna nave en el mar.
Ariadna cree que sueña. Corriendo enloquecida a lo largo de la costa, llora, se lamenta, dirige al cielo
emocionantes súplicas y mira, deshecha en lágrimas, la inmensidad de las aguas.
Por un inesperado azar, Baco, que regresa de su expedición a las Indias, oye los gritos de la
infortunada doncella. Corriendo a su lado, intenta consolarla hablándole dulcemente y tratando con
amorosa solicitud de calmar su dolor. Ariadna lo escucha sin disgusto. Ambos maldicen al ingrato fugitivo
y, finalmente, la hija de Minos, que ha perdido un prometido, encuentra en Baco su esposo.
Durante este tiempo, la nave de Teseo, navegando con viento favorable, se acerca por momentos al
fin de su viaje; ya empiezan a percibirse las costas del Ática. Para ser el primero en saludar a su padre,
Teseo se yergue intrépido en la proa de su navío. Egeo aparece en la costa. Teseo reconoce en seguida al
autor de sus días, pero en cuanto lo ha reconocido ve como Egeo se precipita en el mar y desaparece
para siempre.
El piloto, con la alegría de volver a la patria, había olvidado la orden que le había dado el rey de

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16 cambiar las velas negras. Ni la muerte del Minotauro ni el triunfo del regreso alegran
cambiar las velas negras. Ni la muerte del Minotauro ni el triunfo del regreso alegran
cambiar las velas negras. Ni la muerte del Minotauro ni el triunfo del regreso alegran el corazón de
Teseo. Un profundo dolor le amarga el corazón. ¿No sería tal vez todo aquello el efecto de la Justicia
inmanente? ¿Al herir al hijo en sus sentimientos filiales, habrán querido castigar los dioses la ingratitud y
le infidelidad del guerrero triunfante?

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17 La casa de Asterión, de Jorge Luis Borges Y la reina dio a luz un
La casa de Asterión, de Jorge Luis Borges Y la reina dio a luz un
La casa de Asterión, de Jorge Luis Borges
Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro: Biblioteca, III,I
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo
castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad
que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los
animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios,
pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra.
(Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay
un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no
hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la
calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras
descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un
niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se
prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras.
Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el
vulgo; aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como
el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias
no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia
entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo
deploro porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de
piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y
juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora
puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo
realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que
prefiero es el del otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes
reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior, o Ahora desembocamos en otro patio, o
Bien decía yo que te gustaría la canaleta, o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena, o Ya veras
cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa
están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre;
son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo;
mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de
piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que
una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo
está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez:
arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero
ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos
o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos
minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los
cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos
profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la
soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos

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18 los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con
los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con
los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos
puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con
cara de hombre? ¿O será como yo?
El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

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19 En el bosque, de Ryunosuke Akutagawa 1 Declaración del leñador interrogado por el oficial de
En el bosque, de Ryunosuke Akutagawa 1 Declaración del leñador interrogado por el oficial de
En el bosque, de Ryunosuke Akutagawa 1
Declaración del leñador interrogado por el oficial de investigaciones de la Kebushi
-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo
hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie
de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de
Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.
El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de
color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la
parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de
suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo,
estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que yo me acercaba.
¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un
abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y
las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la victima, antes de ser asesinada,
debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que
pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese paraje de la carretera.
Declaración del monje budista interrogado por el mismo oficial
-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia
el mediodía, según creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba en dirección a
Sekiyama, acompañado por una mujer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no
pude distinguir su rostro. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo,
me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me
parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Portaba
sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una
veintena de flechas, la recuerdo muy bien.
¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o
como un relámpago
Lo lamento
no encuentro palabras para expresarlo
Declaración del soplón interrogado por el mismo oficial
-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo
apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora?
Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba
puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo
comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mismas armas? Entonces no hay
dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro,
diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un
alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas
arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la
carretera.
De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el
más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo
Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores
1 Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/jap/akuta/en_el_bosque.htm

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20 atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil
atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil
atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la
mujer que venía a caballo. No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este
aspecto merece ser aclarado.
Declaración de una anciana interrogada por el mismo oficial
-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de
Wakasa. Se llamaba Takehito Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no
podía tener enemigos.
¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un
hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo
externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.
Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba este
destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo
evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo
ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese
bandolero
¿Cómo se llama? ¡Ah, sí, Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que
(Los sollozos ahogaron sus palabras.)
Confesión de Tajomaru
Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué
quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que
fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.
Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el
rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante
Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta
visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu.
Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.
¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes creen. El rapto de una mujer
implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en
mi cintura, mientras ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta de una palabra
aparentemente benévola. Cuando matan ustedes, la sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero
no la han matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta me pregunto quién es más
criminal. (Sonrisa irónica.)
Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar a hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar
de hacerme con la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no
podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.
Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una
vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de
la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un
comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia
Luego
¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la
montaña.
Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí
que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar,
mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la
cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo esperaba. De modo que, dejando sola a la mujer,

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21 penetré en el bosque seguido por el hombre. Al comienzo, sólo había bambúes. Después de
penetré en el bosque seguido por el hombre. Al comienzo, sólo había bambúes. Después de
penetré en el bosque seguido por el hombre.
Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro
junto al cual se alzaban unos abetos
Era el lugar ideal para poner en práctica mi plan. Abriéndome paso
entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El
hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. Los bambúes iban raleando, y
llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y
parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un
abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el
estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.
Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto
de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se
desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al
hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa.
Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría costado la vida; me hubiera clavado el
puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan furioso ataque. Pero por
algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por
inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.
Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por
abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como
una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no
podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo.
Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar
a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)
Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes
no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo
suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me
fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en
aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de
deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre.
Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin
haber matado a su marido.
Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié.
(Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el
hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. No hay nada que contar,
ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo
tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resistido más de veinte
(Sereno suspiro.)
Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma
ensangrentada. ¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo
cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los
estertores del hombre que agonizaba.
Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora
ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del
muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré
apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo
supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)
Confesión de una mujer que fue al templo de Kiyomizu

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22 -Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba
-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba
-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado.
¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la
cuerda que lo sujetaba. Instintivamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me
dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. En ese instante, vi un extraño resplandor en los
ojos de mi marido
un resplandor verdaderamente extraño
Cada vez que pienso en esa mirada, me
estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso
que destellaba en sus ojos no era cólera ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más
anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia El bandido había desaparecido y mi
marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi
esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza?
¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentía en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante;
me aproximé a mi marido y le dije:
-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situación horrible en que me encuentro, ya no podré
seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte! Has
sido testigo de mi vergüenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!
Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo
los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude
encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi
puñal. Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:
-Te pido tu vida. Yo te seguiré.
Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían
hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que
deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».
Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.
Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba
muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes
que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. Después
¿qué me pasó?
No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a
una laguna en el valle
¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para
jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer
como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido
qué podía hacer.
Aunque yo
yo
(Estalla en sollozos.)
Lo que narró el espíritu por labios de una bruja
-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los
medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la
miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No lo escuches, todo lo que dice es mentira». Eso
es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de
bambú, miraba con fijeza sus rodillas. Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el
bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con
habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. Él le decía: «Ahora que tu cuerpo fue
mancillado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa
del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes
argumentos. Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca
con expresión tan bella. ¡Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su
marido maniatado! Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)

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23 Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo
Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo
Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de
esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió
hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo:
«¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca:
«¡Mátalo! ¡Acaba con él!». Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad.
¡Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible! ¡Escuchó o ha
oído alguno palabras tan malignas! Palabras que
(Se interrumpe, riendo extrañamente.)
Al escucharlas hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer
se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una
patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.) Y mientras se cruzaba lentamente de
brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No
tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate? »
Solamente por esa actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)
Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder
un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla. Cuando mi
mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo
punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba:
«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me
pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz
calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)
Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi
esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio
subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se
profundizaba. ¡Ah, ese silencio! Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a
través de los bambúes y los abetos, un último rayo de sol que desaparecía
Luego ya no vi bambúes ni
abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, unos pasos furtivos se
me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible
retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí
en la noche eterna para no regresar

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24 Di que sí, de Tobias Wolff 2 Estaban fregando los platos; su mujer lavaba y
Di que sí, de Tobias Wolff 2 Estaban fregando los platos; su mujer lavaba y
Di que sí, de Tobias Wolff 2
Estaban fregando los platos; su mujer lavaba y él secaba. El había lavado la noche anterior. A
diferencia de la mayoría de los hombres que conocía, él realmente trabajaba en casa. Hacia unos meses
había oído que una amiga de su mujer le felicitaba por tener un marido tan considerado, y él pensó: por
lo menos, lo intento. Ayudar a fregar los platos era u forma de demostrar lo considerado que era.
Hablaron de diferentes cosas y, sin saber cómo, se encontraron en el tema de si los blancos deberían
casarse con los negros. El dijo que, considerándolo todo, creía que era una mala idea.
– ¿Por qué? – pregunto ella.
A veces su mujer ponía una expresión en la que fruncía las cejas, se mordía el labio inferior y miraba
fijamente hacia abajo. Cuando la veía así, él sabia que debía callarse, pero nunca lo hacia. En realidad le
impulsaba a hablar más. Ahora tenía esa expresión.
– ¿Por qué? – pregunto otra vez, y se quedó con la mano dentro de un cuenco, no lavándolo sino
sosteniéndolo sobre el agua.
– Escucha –dijo él –, Yo fui al colegio con negros y he trabajado con negros y he vivido en la misma
calle que ellos y siempre nos hemos llevado bien. Así que no me vengas tú ahora dando a entender que
soy un racista.
– Yo no he dado a entender nada –dijo ella, y empezó a lavar el cuenco, dándole vueltas en la mano
como si le estuviera dando forma –. Sencillamente no entiendo qué hay de malo en que un blanco se
case con un negro, eso es todo.
– No vienen de la misma cultura que nosotros. Escúchales alguna vez, incluso tienen su propio
lenguaje. A mí me parece muy bien, me gusta oírles hablar (era cierto; por algún motivo eso siempre le
hacía sentirse feliz) pero es diferente. Una persona de su cultura y una persona de nuestra cultura nunca
pueden conocerse realmente.
– ¿Cómo tú me conoces a mí? – pregunto su mujer.
– Si, como yo te conozco a ti.
– Pero si se quieren… –dijo ella.
Ahora estaba lavando más de prisa, sin mirarle.
Oh, Dios, pensó él.
– No es que lo diga yo –dijo –. Fíjate en las estadísticas. La mayoría de esos matrimonios fracasan.
– Las estadísticas –dijo ella. Iba apilando platos en el escurreplatos a toda velocidad, pasándoles el
estropajo de cualquier manera. Muchos de ellos estaban grasientos, y quedaban restos de comida entre
los dientes de los tenedores –. De acuerdo, ¿y qué me dices de los extranjeros? Supongo que piensas lo
mismo con respecto a casarse con un extranjero.
–Sí, –dijo él –, efectivamente. ¿Cómo puedes comprender a alguien que procede de un medio
completamente distinto?
– Distinto –dijo su mujer –, No del mismo medio, como nosotros.
2 Tobias Wolff es un escritor estadounidense que ha catapultado su nombre como uno de los mejores escritores de cuento de
su generación. Su obra ha sido etiquetada en lo que se llama realismo sucio, pero nos quedaríamos cortos al verlo sólo bajo
esa perspectiva –y su maestría va más allá de su impecable técnica; es la capacidad de ver la trivialidad y a través de ella
desenmascararnos la condición humana lo que lo convierten en un escritor superlativo y universal. Tobias Wolff publicó en
1989 una novela autobiográfica “Vida de ese chico” que fue llevada al cine en 1993 y protagonizada por Leonardo Di Caprio y
Robet De Niro.

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25 – Sí, distinto –dijo él –, enfadado con ella por recurrir a ese truco de
– Sí, distinto –dijo él –, enfadado con ella por recurrir a ese truco de
– Sí, distinto –dijo él –, enfadado con ella por recurrir a ese truco de repetir sus palabras de modo que
sonaban groseras, o hipócritas –. Estos están sucios –dijo, y echo todos los cubiertos en la pila otra vez.
El agua estaba gris y sin espuma. Ella la contempló, con los labios apretados, y luego metió las manos
bruscamente.
– ¡Oh! –gritó, y saltó hacia atrás. Se agarró la muñeca derecha y sostuvo la mano en alto. El pulgar
sangraba.
– Andrea, no te muevas –dijo él –. Quédate ahí.
Corrió escaleras arriba, entró en el cuarto de baño y revolvió en el armario de las medicinas en busca
de alcohol, algodón y una tirita. Cuando volvió a la cocina, ella estaba apoyada en la nevera con los ojos
cerrados, sosteniéndose a un la mano. El le cogió la mano y le limpió el pulgar con el algodón. Había
parado de sangrar. Le estrujó el dedo para ver si la herida era profunda y salió una sola gota de sangre,
temblorosa y brillante, que cayó en el suelo. Por encima del dedo, ella le miró con expresión acusadora.
– Es superficial –dijo él –. Mañana ni lo notarás.
Confiaba en que ella supiera apreciar la rapidez con que había acudido en su ayuda. Había actuado
por bien de ella, sin esperar recibir nada a cambio, pero ahora se le ocurrió que sería un bonito gesto por
su parte no reanudar la misma conversación, porque él estaba harto de ella.
– Yo terminaré aquí –le dijo él –. Ve a sentarte.
– Está bien –dijo ella –. Yo secaré.
Él empezó a lavar los cubiertos otra vez, poniendo mucho cuidado en los tenedores.
– Así que no te hubieras casado conmigo si yo hubiera sido negra –dijo ella.
– ¡Por dios santo, Ann!
– Bueno, eso es lo que has dicho, ¿no?
– No, claro que no. Todo el asunto es ridículo. Si tú hubieras sido negra, probablemente no nos
habríamos conocido. Tú hubieras tenido tus amigos y yo los míos. La única chica negra a la que conocí
realmente era mi compañera en el club de debate, y entonces yo ya estaba saliendo contigo.
– Pero ¿y si nos hubiéramos conocido, y yo fuese negra?
– Entonces, probablemente tú habrías estado saliendo con un negro.
Cogió la ducha de aclarar y roció los cubiertos. El agua estaba tan caliente que el metal se puso azul
claro, y luego recupero el tono de la plata.
– Supongamos que no fuera así –dijo ella –. Supongamos que yo soy negra y no tengo compromiso y
nos conocemos y nos enamoramos.
El la miró. Ella le estaba observando con los ojos muy brillantes.
– Mira –dijo él –, adoptando un tono razonable –, esto es estúpido. Si tú fueras negra, no serías tú. –
Al decirlo comprendió que era absolutamente cierto. No era posible discutir el hecho de que ella no
sería la misma si fuera negra. Así que repitió – Si tú fueras negra, no serías tú.
– Lo sé –dijo ella –, pero supongámoslo.
Él respiró hondo. Había ganado la discusión, pero seguía sintiéndose acorralado.
– Supongamos ¿qué? – preguntó.
– Que soy negra, pero sigo siendo yo misma, y que nos enamoramos. ¿Te casarías conmigo?
Él lo pensó.

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26 – ¿Bien? – dijo ella, y se acercó más a él. Sus ojos estaban aún
– ¿Bien? – dijo ella, y se acercó más a él. Sus ojos estaban aún
– ¿Bien? – dijo ella, y se acercó más a él. Sus ojos estaban aún más brillantes – ¿Te casarás conmigo?
– Estoy pensando –dijo él.
– No te casarás, lo sé. Vas a decir que no.
– No vayamos deprisa – dijo él –. Hay que tener en cuenta muchas cosas. No queremos hacer algo
que lamentaríamos el resto de nuestras vidas.
– No lo pienses más. Sí o no.
– Si lo planteas de esa manera…
– Sí o no.
– Jesús, Ann. De acuerdo. No.
– Gracias – dijo ella, y salió de la cocina y se fue al cuarto de estar. Sabía que estaba demasiado
enfadada para poder leer, pero no pasaba las páginas bruscamente como hubiera hecho él. Las pasaba
despacio, como si estuviera estudiando cada palabra. Le estaba mostrando su indiferencia, y tenía el
efecto que él sabía que ella deseaba que tuviera. Le dolía.
– Él no tenía más opción que demostrarle su indiferencia también. Silenciosamente,
concienzudamente, lavó el resto de la vajilla. Luego secó los platos y los guardó. Pasó un paño por
encima de la mesa y de la cocina y fregó el linóleo donde había caído la gota de sangre. Ya puesto,
decidió fregar todo el suelo. Cundo terminó, la cocina parecía nueva, tenía el mismo aspecto que cuando
les enseñaron la casa, antes de que la habitaran.
Cogió el cubo de la basura y lo sacó fuera. La noche era clara y pudo ver algunas estrellas hacia el
oeste, donde las luces de la ciudad no las ocultaban. En el camino el tráfico era ligero y constante,
plácido como un río. Se avergonzó de haber permitido que su mujer le arrastrase a una pelea. Dentro de
unos treinta años ambos estarían muertos. ¿Qué importancia entonces todo esto? Pensó en todos los
años que llevaban juntos, en lo unidos que estaban y en lo bien que se conocían, y se le hizo un nudo en
la garganta y apenas podía respirar. Sintió hormigueo en la cara y en el cuello. Su pecho se inundó de
calor. Se quedó allí un rato, disfrutando de esas sensaciones, luego cogíó el cubo y salió por la puerta
trasera del jardín.
Los dos chuchos del final de la
calle habían vuelto a volcar el cubo colectivo. Uno de ellos estaba
revolcándose en el suelo y el otro tenía algo en la boca. Gruñendo, lo lanzó al aire, dio un salto y lo
atrapó, gruño de nuevo y sacudió la cabeza de un lado a otro. Cuando le vieron venir se alejaron con
pasos cortos. Normalmente él les habría tirado piedras, pero esta vez les dejó ir.
La casa estaba a oscuras cuando volvió a entrar. Ella estaba en el cuarto de baño. El se paró delante de
la puerta y la llamó. Oyó el ruido de frascos chocando entre sí, pero ella no respondió.
– Andrea, lo siento de veras –dijo él –. Te compensaré, te lo prometo.
– ¿Cómo? – pregunto ella.
Él no se esperaba esa pregunta. Pero por el tono de su voz, una nota tranquila y decidida, comprendió
que tenía que dar con la respuesta adecuada. Se apoyó contra la puerta.
– Me casaré contigo – susurró.
– Ya veremos –dijo ella –. Vete a la cama. Estaré contigo dentro de un momento.
Él se desnudó y se metió en la cama. Finalmente oyó que la puerta del cuarto de baño se abría y se
cerraba.
– Apaga la luz –dijo ella desde el vestíbulo.
– ¿Qué?

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27 – Que apagues la luz. Él tendió la mano y tiró de la cadenita de
– Que apagues la luz. Él tendió la mano y tiró de la cadenita de
– Que apagues la luz.
Él tendió la mano y tiró de la cadenita de la lámpara de la mesilla. La habitación se quedó a oscuras.
– Ya esta –dijo de nuevo.
Entonces se oyó un movimiento en la habitación. Se sentó en la cama, pero no pudo ver nada. La
habitación estaba en silencio. Su corazón latió como la primera noche que pasaron juntos, como latía
cuando algún ruido le despertaba en la obscuridad y esperaba para volver a oírlo… el ruido de alguien
moviéndose por la casa, un extraño.

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28 La corista, de Anton Chejov En cierta ocasión, cuando era más joven y hermosa y
La corista, de Anton Chejov En cierta ocasión, cuando era más joven y hermosa y
La corista, de Anton Chejov
En cierta ocasión, cuando era más joven y hermosa y tenía mejor voz, se encontraba en la planta baja
de su casa de campo con Nikolai Petróvich Kolpakov, su amante. Hacía un calor insufrible, no se podía
respirar. Kolpakov acababa de comer, había tomado una botella de mal vino del Rin y se sentía de mal
humor y destemplado. Estaban aburridos y esperaban que el calor cediese para ir a dar un paseo.
De pronto, inesperadamente, llamaron a la puerta. Kolpakov, que estaba sin levita y en zapatillas, se
puso en pie y miró interrogativamente a Pasha.
-Será el cartero, o una amiga -dijo la cantante.
Kolpakov no sentía reparo alguno en que le viesen las amigas de Pasha o el cartero, pero, por si acaso,
cogió su ropa y se retiró a la habitación vecina. Pasha fue a abrir. Con gran asombro suyo, no era el
cartero ni una amiga, sino una mujer desconocida, joven, hermosa, bien vestida y que, a juzgar por las
apariencias, pertenecía a la clase de las decentes.
La desconocida estaba pálida y respiraba fatigosamente, como si acabase de subir una alta escalera.
-¿Qué desea? -preguntó Pasha.
La señora no contestó. Dio un paso adelante, miró alrededor y se sentó como si se sintiera cansada o
indispuesta. Luego movió un largo rato sus pálidos labios, tratando de decir algo.
-¿Está aquí mi marido? -preguntó por fin, levantando hacia Pasha sus grandes ojos, con los párpados
enrojecidos por el llanto.
-¿Qué marido? -murmuró Pasha, sintiendo que del susto se le enfriaban los pies y las manos-. ¿Qué
marido? - repitió, empezando a temblar.
-Mi marido
Nikolai Petróvich Kolpakov.
-No
no, señora
Yo
no sé de quién me habla.
Hubo unos instantes de silencio. La desconocida se pasó varías veces el pañuelo por los descoloridos
labios y, para vencer el temor interno, contuvo la respiración. Pasha se encontraba ante ella inmóvil,
como petrificada, y la miraba asustada y perpleja.
-¿Dice que no está aquí? -preguntó la señora, ya con voz firme y una extraña sonrisa.
-Yo
no sé por quién pregunta.
-Usted es una miserable, una infame
-balbuceó la desconocida, mirando a Pasha con odio y
repugnancia-. Sí, sí
es una miserable. Celebro mucho, muchísimo, que por fin se lo haya podido decir.
Pasha comprendió que producía una impresión pésima en aquella dama vestida de negro, de ojos
coléricos y dedos blancos y finos, y sintió vergüenza de sus mejillas regordetas y coloradas, de su nariz
picada de viruelas y del flequillo siempre rebelde al peine. Se le figuró que si hubiera sido flaca, sin pintar
y sin flequillo, habría podido ocultar que no era una mujer decente; entonces no le habría producido
tanto miedo y vergüenza permanecer ante aquella señora desconocida y misteriosa.
-¿Dónde está mi marido? -prosiguió la señora-. Aunque es lo mismo que esté aquí o no. Por lo demás,
debo decirle que se ha descubierto un desfalco y que están buscando a Nikolai Petróvich
detener. ¡Para que vea lo que usted ha hecho!
Lo quieren
La señora, presa de gran agitación, dio unos pasos. Pasha la miraba perpleja: el miedo no la dejaba
comprender.
-Hoy mismo lo encontrarán y lo llevarán a la cárcel -siguió la señora, que dejó escapar un sollozo en
que se mezclaban el sentimiento ofendido y el despecho-. Sé quién le ha llevado hasta esta espantosa
situación. ¡Miserable, infame; es usted una criatura repugnante que se vende al primero que llega! -Los
labios de la señora se contrajeron en una mueca de desprecio, y arrugó la nariz con asco. -Me veo

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29 impotente sépalo, miserable Me veo impotente; usted es más fuerte que yo, pero Dios, que
impotente sépalo, miserable Me veo impotente; usted es más fuerte que yo, pero Dios, que
impotente
sépalo, miserable
Me veo impotente; usted es más fuerte que yo, pero Dios, que lo ve
todo, saldrá en defensa mía y de mis hijos ¡Dios es justo! Le pedirá cuentas de cada lágrima mía, de todas
las noches sin sueño. ¡Entonces se acordará de mí!
De nuevo se hizo el silencio. La señora iba y venía por la habitación y se retorcía las manos. Pasha
seguía mirándola perpleja, sin comprender, y esperaba de ella algo espantoso.
-Yo, señora, no sé nada -articuló, y de pronto rompió a llorar.
-¡Miente! -gritó la señora, mirándola colérica-. Lo sé todo. Hace ya mucho que la conozco. Sé que este
último mes ha venido a verla todos los días.
-Sí. ¿Y qué? ¿Qué tiene eso que ver? Son muchos los que vienen, pero yo no fuerzo a nadie. Cada uno
puede obrar como le parece.
-¡Y yo le digo que se ha descubierto un desfalco! Se ha llevado dinero de la oficina. Ha cometido un
delito por una mujer como usted. Escúcheme -añadió la señora con tono enérgico, deteniéndose ante
Pasha-: usted no puede guiarse por principio alguno. Usted sólo vive para hacer mal, ése es el fin que se
propone, pero no se puede pensar que haya caído tan bajo, que no le quede un resto de sentimientos
humanos. Él tiene esposa, hijos
Si lo condenan y es desterrado, mis hijos y yo moriremos de hambre
Compréndalo. Hay, sin embargo, un medio para salvarnos, nosotros y él, de la miseria y la vergüenza. Si
hoy entrego los novecientos rublos, lo dejarán tranquilo. ¡Sólo son novecientos rublos!
-¿A qué novecientos rublos se refiere? -preguntó Pasha en voz baja-. Yo
visto siquiera
yo no sé nada
No los he
-No le pido los novecientos rublos
Usted no tiene dinero y no quiero nada suyo. Lo que pido es otra
cosa
Los hombres suelen regalar joyas a las mujeres como usted. ¡Devuélvame las que le regaló mi
marido!
-Señora, él no me ha regalado nada -elevó la voz Pasha, que empezaba a comprender.
-¿Dónde está, pues, el dinero? Ha gastado lo suyo, lo mío y lo ajeno. ¿Dónde ha metido todo eso?
Escúcheme, se lo suplico. Yo estaba irritada y le he dicho muchas inconveniencias, pero le pido que me
perdone. Usted debe de odiarme, lo sé, pero si es capaz de sentir piedad, póngase en mi situación. Se lo
suplico, devuélvame las joyas.
-Hum
-empezó Pasha, encogiéndose de hombros-. Se las daría con mucho gusto, pero, que Dios me
castigue si miento, no me ha regalado nada, puede creerme. Aunque tiene razón -se turbó la cantante-:
en cierta ocasión me trajo dos cosas. Si quiere, se las daré
Pasha abrió un cajoncito del tocador y sacó de él una pulsera hueca de oro y un anillo de poco precio
con un rubí.
-Aquí tiene -dijo, entregándoselos a la señora.
Ésta se puso roja y su rostro tembló; se sentía ofendida.
-¿Qué es lo que me da? -preguntó-. Yo no pido limosna, sino lo que no le pertenece
lo que usted,
valiéndose de su situación, sacó a mi marido
a ese desgraciado sin voluntad. El jueves, cuando la vi con
él en el muelle, llevaba usted unos broches y unas pulseras de gran valor. No finja, pues; no es un
corderillo inocente. Es la última vez que se lo pido: ¿me da las joyas o no?
-Es usted muy extraña
-dijo Pasha, que empezaba a enfadarse-. Le aseguro que su Nikolai Petróvich
no me ha dado más que esta pulsera y este anillo. Lo único que traía eran pasteles.
-Pasteles
-sonrió irónicamente la desconocida-. En casa los niños no tenían qué comer, y aquí traía
pasteles. ¿Se niega decididamente a devolverme las joyas?
Al no recibir respuesta, la señora se sentó pensativa, con la mirada perdida en el espacio.

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30 «¿Qué podría hacer ahora? -se dijo-. Si no consigo los novecientos rublos, él es hombre
«¿Qué podría hacer ahora? -se dijo-. Si no consigo los novecientos rublos, él es hombre
«¿Qué podría hacer ahora? -se dijo-. Si no consigo los novecientos rublos, él es hombre perdido y mis
hijos y yo nos veremos en la miseria. ¿Qué hacer, matar a esta miserable o caer de rodillas ante ella?»
La señora se llevó el pañuelo al rostro y rompió en llanto.
-Se lo ruego -se oía a través de sus sollozos-: usted ha arruinado y perdido a mi marido, sálvelo
No
se compadece de él, pero los niños
los niños
¿Qué culpa tienen ellos?
Pasha se imaginó a unos niños pequeños en la calle, llorando de hambre. Ella misma rompió en
sollozos.
-¿Qué puedo hacer, señora? -dijo-. Usted dice que soy una miserable y que he arruinado a Nikolai
Petróvich. Ante Dios le aseguro que no he recibido nada de él
En nuestro coro, Motia es la única que
tiene un amante rico; las demás salimos adelante como podemos. Nikolai Petróvich es un hombre culto y
delicado, y yo lo recibía. Nosotras no podemos hacer otra cosa.
-¡Lo que yo le pido son las joyas! ¡Deme las joyas! Lloro
rodillas!
me humillo
¡Si quiere, me pondré de
Pasha, asustada, lanzó un grito y agitó las manos. Se daba cuenta de que aquella señora pálida y
hermosa, que se expresaba con tan nobles frases, como en el teatro, en efecto, era capaz de ponerse de
rodillas ante ella: y eso por orgullo, movida por sus nobles sentimientos, para elevarse a sí misma y
humillar a la corista.
-Está bien, le daré las joyas -dijo Pasha, limpiándose los ojos-. Como quiera. Pero tenga en cuenta que
no son de Nikolai Petróvich
me las regalaron otros señores. Pero si usted lo desea
Abrió el cajón superior de la cómoda; sacó de allí un broche de diamantes, una sarta de corales, varios
anillos y una pulsera, que entregó a la señora.
-Tome si lo desea, pero de su marido no he recibido nada. ¡Tome, hágase rica! -siguió Pasha, ofendida
por la amenaza de que la señora se iba a poner de rodillas-. Y, si usted es una persona noble
legítima, haría mejor en tenerlo sujeto. Eso es lo que debía hacer. Yo no lo llamé, él mismo vino
su esposa
La señora, entre las lágrimas, miró las joyas que le entregaban y dijo:
-Esto no es todo
Esto no vale novecientos rublos.
Pasha sacó impulsivamente de la cómoda un reloj de oro, una pitillera y unos gemelos, y dijo,
abriendo los brazos:
-Es todo lo que tengo
Registre, si quiere.
La señora suspiró, envolvió con manos temblorosas las joyas en un pañuelo, y sin decir una sola
palabra, sin inclinar siquiera la cabeza, salió a la calle.
Abriose la puerta de la habitación vecina y entró Kolpakov. Estaba pálido y sacudía nerviosamente la
cabeza, como si acabase de tomar algo muy agrio. En sus ojos brillaban unas lágrimas.
-¿Qué joyas me ha regalado usted? -se arrojó sobre él Pasha-. ¿Cuándo lo hizo, dígame?
-Joyas
¡Qué importancia tienen las joyas! -replicó Kolpakov, sacudiendo la cabeza-. ¡Dios mío! Ha
llorado ante ti, se ha humillado
-¡Le pregunto cuándo me ha regalado alguna joya! -gritó Pasha.
-Dios mío, ella, tan honrada, tan orgullosa, tan pura
Hasta quería ponerse de rodillas ante
esta
mujerzuela. ¡Y yo la he llevado hasta este extremo! ¡Lo he consentido!
Se llevó las manos a la cabeza y gimió:
-No, nunca me lo perdonaré. ¡Nunca! ¡Apártate de mí
canalla! -gritó con asco, haciéndose atrás y
alejando de sí a Pasha con manos temblorosas-. Quería ponerse de rodillas
¿ante quién? ¡Ante ti! ¡Oh,

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31 Dios mío! Se vistió rápidamente y con un gesto de repugnancia, tratando de mantenerse alejado
Dios mío! Se vistió rápidamente y con un gesto de repugnancia, tratando de mantenerse alejado
Dios mío!
Se vistió rápidamente y con un gesto de repugnancia, tratando de mantenerse alejado de Pasha, se
dirigió a la puerta y desapareció.
Pasha se tumbó en la cama y rompió en sonoros sollozos. Sentía ya haberse desprendido de sus joyas,
que había entregado en un arrebato, y se creía ofendida. Recordó que tres años antes un mercader la
había golpeado sin razón alguna, y su llanto se hizo aún más desesperado.

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32 Casa tomada, de Julio Cortázar Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua
Casa tomada, de Julio Cortázar Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua
Casa tomada, de Julio Cortázar
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la
más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo
paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir
ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de
las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al
mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba
grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla
limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos
pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a
comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y
silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros
bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la
casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la
voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto
del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen
cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas
siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces
tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la
canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados
iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve
que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar
vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me
pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está
terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de
alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería;
no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida,
todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía
el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos
plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban
constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y
tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña.
Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un
baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo.
Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno
entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros
dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se
franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la
izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el
baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión
de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en
esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues
es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a
sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el

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33 polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de
polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de
polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo
bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los
muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba
tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita
del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que
llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y
sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí,
al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la
puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el
cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más
seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que
me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas
cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene
pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los
primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las
nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró
a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto:
mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos
porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar.
Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa
de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y
eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre
reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito
de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede
vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de
estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños
consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el
living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser,

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34 presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de
las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo
dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar
en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y
vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero
cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta
pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene
empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a
Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí
ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido.
A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos
quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la
cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin
volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de
un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel
y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era
tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de
Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré
bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera
robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

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35 Una bala en el cerebro 3 , de Tobias Wolff Anders llegó al banco poco
Una bala en el cerebro 3 , de Tobias Wolff Anders llegó al banco poco
Una bala en el cerebro 3 , de Tobias Wolff
Anders llegó al banco poco antes de la hora de cierre, así que por supuesto la cola era interminable y
quedó ubicado detrás de dos mujeres que, con su estridente y estúpida conversación, lo pusieron de un
humor asesino. De cualquier manera nunca estaba del mejor humor, Anders—un crítico literario
conocido por el cansado y elegante salvajismo con el que despachaba casi todo lo que reseñaba.
Aunque la cola serpenteaba siguiendo la cuerda, una de las cajeras puso un cartel de “caja cerrada”
en su ventanilla, caminó hacia la parte de atrás del banco, se apoyó contra un escritorio y empezó a
hacer tiempo con un hombre que ordenaba papeles. Las mujeres delante de Anders interrumpieron su
conversación y observaron a la cajera con odio. “Ah, qué bien”, dijo una de ellas. Se volvió hacia Anders y
agregó, confiada en su complicidad, “Uno de esos toquecitos humanos que nos hacen volver por más.”
Anders había acumulado ya su propio odio contra la cajera, pero inmediatamente lo desvió hacia la
quejosa presumida que tenía delante. “Es tan injusto”, dijo. “Trágico, realmente. Si no están amputando
la pierna equivocada o bombardeando un pueblo ancestral, están cerrando una ventanilla.”
Ella defendió su posición. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Sólo creo que es una pésima manera de
tratar a los clientes.”
—Imperdonable—dijo Anders.—El cielo tomará nota.
Ella aspiró y ahuecó sus mejillas, miró más allá de él y no dijo nada. Anders vio que la otra mujer, su
amiga, miraba en la misma dirección. Y entonces los cajeros dejaron de hacer lo que hacían y los clientes
giraron lentamente y un silencio invadió el banco. Dos hombres con pasamontañas negros y trajes azules
estaban parados al lado de la puerta. Uno de ellos apretaba una pistola contra el cuello del guardia. Los
ojos del guardia estaban cerrados y sus labios se movían. El otro hombre tenía una escopeta recortada.
“¡Todos callados la boca!”, dijo el hombre con la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra.
“Si alguno de los cajeros acciona la alarma son todos boleta. ¿Entendieron?”
Los cajeros asintieron.
—Bravo—dijo Anders.—Boleta—. Giró hacia la mujer que tenía delante.— Excelente guión, eh. La
inexorable y aguerrida poesía de las clases peligrosas.
Ella lo miró con los ojos húmedos.
El hombre de la escopeta empujó al guardia hasta hacerlo arrodillar. Le dio la escopeta a su
compañero, tomó con firmeza las muñecas del guardia y le esposó las manos en la espalda. Lo derribó al
piso con una patada entre los omóplatos. Luego tomó la escopeta otra vez y fue hacia la puerta de
seguridad ubicada al final de la hilera de cajas. Era petiso y pesado y se movía con una peculiar lentitud,
casi con apatía. “Ábranle”, dijo su compañero. El hombre con la escopeta abrió la puerta y avanzó
despacio por detrás de los cajeros, entregando a cada uno una bolsa de plástico. Cuando encontró la
ventanilla vacía miró al hombre de la pistola, que dijo, “¿De quién es esta caja?”
Anders miró a la cajera. Ella puso una mano en su garganta y giró hacia el hombre con el que hablaba.
El hombre asintió. “Mía”, dijo ella.
—Entonces mové ese culo feo y llená esta bolsa.
—Ahí tiene—le dijo Anders a la mujer que tenía delante.—Se hace justicia.
—¡Vos, genio! ¿Te di permiso para que hables?
3 Publicado en la revista The New Yorker el 25 de septiembre de 1995. Traducción libre del inglés, con no más fin que la
divulgación literaria, Septiembre de 2010 por Tomás Ferri.
El director David Von Ancken adaptó “Bala en el cerebro” en un corto de aproximadamente 13 minutos que podemos ver en:
http://www.youtube.com/watch?v=hlrA-0t34p4 y http://www.youtube.com/watch?v=adogoaOncSw

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36 —No—dijo Anders. —Entonces cerrá el pico. —¿Escucharon eso? —dijo Anders.—Genio. Parece sacado de Los
—No—dijo Anders. —Entonces cerrá el pico. —¿Escucharon eso? —dijo Anders.—Genio. Parece sacado de Los
—No—dijo Anders.
—Entonces cerrá el pico.
—¿Escucharon eso? —dijo Anders.—Genio. Parece sacado de Los asesinos.
—Por favor, cállese—dijo la mujer.
—¿Sos sordo?—El hombre con la pistola fue hasta donde estaba Anders. Le clavó la punta de la
pistola en el estómago.— ¿Te pensás que estoy jugando?
—No—dijo Anders. Pero el caño le hizo cosquillas como un dedo rígido y tuvo que esforzarse para no
reír. Para aguantarse se forzó a mirar al hombre a los ojos, que eran claramente visibles detrás del
pasamontañas de la máscara: celestes, y con los bordes rojizos. El párpado del ojo izquierdo temblaba. El
hombre suspiró y exhaló un penetrante olor a amoníaco que sacudió a Anders más que todo lo que
había sucedido hasta ese momento, e hizo que comenzara a desarrollar un sentimiento de incomodidad
cuando de pronto el hombre lo aguijoneó otra vez con la pistola.
—¿Te gusto, genio? —dijo.—¿Querés chuparme la pija?
—No—dijo Anders.
—Entonces dejá de mirarme.
Anders fijó sus ojos en los mocasines del hombre.
—No ahí abajo, acá arriba—. Metió la pistola bajo la pera de Anders y la empujó hacia arriba hasta
que lo dejó mirando el techo.
Anders nunca había prestado mucha atención a esa parte del banco, un viejo edificio pomposo con
pisos, pilares y mostradores de mármol y arabescos dorados sobre las ventanillas de las cajas. La cúpula
en el techo estaba decorada con figuras mitológicas envueltas en togas a cuya fealdad regordeta Anders
apenas había echado una mirada hacía muchos años y luego había declinado prestar atención. Ahora no
tenía más opción que estudiar el trabajo del pintor. Era peor de lo que recordaba, y todo había sido
ejecutado con la mayor seriedad. El artista tenía unos pocos trucos en la manga y los usaba una y otra
vez: cierto tono rosado en la parte inferior de las nubes, una tímida mirada hacia atrás en las caras de los
cupidos y los faunos. El techo estaba atiborrado con variados dramas, pero el que captó el ojo de Anders
era el de Zeus y Europa— retratados, en esta versión, como un toro clavando la mirada en una vaca
desde detrás de un montón de heno. Para hacer sexy a la vaca el pintor le había torcido las caderas
sugestivamente y la había dotado de unas largas pestañas lánguidas a través de las cuales observaba al
toro en una sensual bienvenida. El toro esgrimía una sonrisa afectada y sus cejas estaban arqueadas. De
haber existido un globo de historieta saliendo de su boca habría dicho “Cuchi cuchi”.
—¿De qué te reís, genio?
—De nada.
—¿Te parezco gracioso? ¿Te pensás que soy un payaso?
—No.
—¿Te pensás que podés joder conmigo?
—No.
—Seguí jodiendo y sos boleta. ¿Capische?
Anders estalló en una carcajada. Tapó su boca con ambas manos y dijo “Lo siento, lo siento”, y luego
resopló por la nariz a través de sus dedos y dijo “Capische, oh dios, capische“, y en ese momento el
hombre de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.
La bala impactó en el cráneo de Anders y atravesó su cerebro y salió detrás de su oreja derecha,

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37 dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral, el cuerpo calloso, y más atrás, hacia
dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral, el cuerpo calloso, y más atrás, hacia
dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral, el cuerpo calloso, y más atrás, hacia los ganglios
basales y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto ocurriera, la primera aparición de la bala
en el cerebro desencadenó una cadena chisporroteante de reacciones iónicas y neuro-transmisiones. El
peculiar origen de estas reacciones les imprimió un patrón peculiar, reviviendo azarosamente una tarde
de verano de hacía cuarenta años, y que hacía mucho tiempo había sido olvidada. Luego de impactar el
cráneo, la bala se movía a 300 metros por segundo, una marcha patéticamente lenta y glacial comparada
con los relámpagos sinápticos que estallaban a su alrededor. Una vez en el cerebro la bala cayó bajo el
control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders tiempo suficiente para contemplar la escena que, en
una frase que Anders hubiera aborrecido, “se representó frente a sus ojos”.
Vale la pena notar lo que Anders no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante,
Sherry, o lo que más había amado locamente en ella, antes de que comenzara a irritarlo: su
desvergonzada carnalidad, y especialmente la forma cordial que tenía de dirigirse a su miembro, que ella
llamaba Mister Mole, como en “Oh, parece que Mister Mole quiere jugar” o “¡Juguemos a la escondida
con Mister Mole!” Anders no recordó a su esposa, a quien también había amado hasta que lo cansó con
su rutina, o a su hija, ahora una malhumorada profesora de economía en Dartmouth. No recordó estar
parado frente a la puerta de la habitación de su hija mientras ella retaba a su oso de peluche diciéndole
que se había portado mal y describía los escalofriantes castigos que le esperaban a Garras a menos que
cambiara su comportamiento. No recordó una sola línea de los cientos de poemas que había
memorizado en su juventud para poder erizarse la piel a voluntad: ni “Silencioso, en la cima de una
montaña en Darien”, ni “Oh dios, hoy escuché”, ni “¿Todas las bellas? ¿Dijiste todas? ¡Oh Dios! ¿Todas?”
Ninguno de estos versos recordó; ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda diciendo de su padre
“debería haberlo apuñalado mientras dormía”.
No recordó al profesor Josephs contándole a la clase cómo los prisioneros atenienses en Sicilia
podrían haber sido liberados si recitaban Esquilo ni cuando el mismo Josephs recitó Esquilo, a
continuación, en griego. Anders no recordó cómo sus ojos habían ardido con esos sonidos. No recordó la
sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la solapa de una novela no mucho
tiempo después de la graduación, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de
respetar.
Tampoco recordó Anders ver haber visto a una mujer arrojarse a su muerte desde un edificio enfrente
del suyo días después del nacimiento de su hija. No recordó haber gritado “¡Dios, ten piedad!”. No
recordó haber chocado el auto de su padre a propósito contra un árbol, o las patadas en las costillas de
tres policías en una marcha contra la guerra, o despertarse riendo. No recordó cuando comenzó a mirar
los libros apilados en su escritorio con recelo y desdén, o cuando empezó a detestar a los escritores por
escribirlos. No recordó cuándo todo empezó a recordarle otra cosa.
Esto es lo que recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el mundo de los insectos, él mismo
reclinado contra un árbol mientras los chicos del barrio se reúnen para armar un partido. Él observa
mientras los demás discuten el talento relativo de Mantle y de Mays. Han estado preocupados por este
tema todo el verano y se ha vuelto tedioso para Anders: una opresión, como el calor.
Entonces llegan los últimos dos muchachos, Coyle y un primo de él de Mississippi.
Anders nunca ha visto al primo de Coyle antes y nunca lo volverá ver. Anders dice hola con los otros y
no le presta más atención hasta que han elegido equipo y alguien le pregunta al primo en qué puesto
quiere jugar. “Parador en corto”, dice el muchacho. “Parador en corto es la mejor posición que es”.
Anders gira y se queda mirándolo. Quiere escuchar al primo de Coyle repetir lo que acaba de decir, pero
sabe que no debe preguntar. Los otros pensarán que es un creído, burlándose del chico por su
gramática. Pero no es eso, no es eso para nada: es que Anders está extrañamente exaltado, iluminado
por esas dos palabras finales, su sorpresa y su música. Entra al campo en un trance, repitiendo esas
palabras para sí.
La bala ya está en el cerebro; no será demorada por siempre, su avance no se detendrá. Al final hará

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38 su trabajo y dejará el cráneo agujereado, arrastrando una cola de cometa de memoria y
su trabajo y dejará el cráneo agujereado, arrastrando una cola de cometa de memoria y
su trabajo y dejará el cráneo agujereado, arrastrando una cola de cometa de memoria y esperanza y
talento y amor hacia el mármol del salón. Y eso no podrá evitarse. Pero por ahora Anders todavía puede
hacer tiempo. Tiempo para que las sombras que se alarguen en el pasto, tiempo para que el perro le
ladre a la pelota que vuela, tiempo para que el muchacho en el sector izquierdo del campo golpetee su
guante negro de transpiración y suavemente entone, Que es, que es, que es.

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39 La fauna, de Quim Monzó El gato persigue al ratón por toda la casa y
La fauna, de Quim Monzó El gato persigue al ratón por toda la casa y
La fauna, de Quim Monzó
El gato persigue al ratón por toda la casa y cae, una tras otra, en todas las trampas que él mismo le
pone al roedor. Cae dentro del bote de brea, resbala en la piel de plátano y va a parar a la picadora de
carne, que lo hace trizas. Cuando todavía no se ha recuperado, toca el pomo de la puerta sin saber que
el ratón lo ha conectado a la corriente eléctrica: se le erizan todos los pelos, pasa del negro al blanco, al
amarillo, al violeta, los ojos se le salen de las órbitas y dan dieciocho vueltas, la lengua se le dobla y
desdobla en zigzag, se desploma chamuscado y se convierte en un montón de cenizas humeantes. Hasta
que llega la señora con una escoba y una pala, lo recoge y lo echa al cubo de la basura.
Pero enseguida vuelve a estar al acecho. ¡Ah! Qué no daría por desembarazarse de ese ratón
miserable que no debería despertar la simpatía de nadie. ¿Por qué nunca gana él? ¿Por qué quien se
salva es siempre el animalejo pequeño? El gato sabe, además, que los ratones le dan asco a una buena
parte de la humanidad. De todas las peripecias de la guerra, la que muchos hombres recuerdan con más
espanto (más que las bombas, más que las balas dumdum, más que las noches sin dormir, más que los
días sin comer y las travesías sin zapatos, con los pies envueltos en trapos) son las ratas. ¿Por qué
entonces determinados humanos se olvidan de ese asco y se ponen de parte del ratón? ¿Sólo porque es
el animal más pequeño?
El gato vuelve a la carga. Una vez más jura que esta vez el ratón no se escapará. Incendia la casa. Se
quema todo pero el ratón se salva. Y cuando vuelve del trabajo, el dueño persigue al gato a escobazos. El
gato no desiste. Vuelve a perseguir al ratón. Finalmente lo atrapa, lo mete en una mezcladora de
cemento y, cuando está a punto de ponerla en marcha, aparece el perro. Por una ley tan incomprensible
como atávica, el perro siempre es amigo del ratón.
Este perro lleva en la mano un mazo desmesurado. Lo descarga en la cabeza del gato, que queda
plano como una hoja de papel. Pero enseguida se rehace; ahora recibe un paquete por correo y sonríe.
Llena de pólvora la madriguera del ratón y le prende fuego.
Estalla todo, justo a tiempo de que el gato se dé cuenta de que el ratón no estaba dentro, de que está
observándolo desde la puerta de la casa con una risa repugnante. Siempre lo mismo. Hasta que un día
sorprendente, muchos episodios más tarde, el gato triunfa.
Después de una persecución por el pasillo de la casa (una persecución como tantas), atrapa al ratón.
Sin embargo, ha ocurrido tantas veces
Tantas veces el gato ha tenido al ratón en el puño, como ahora,
y el ratón se le ha escapado, que ni el mismo gato se cree del todo que esta vez vaya de veras. Ensarta al
ratón con un tenedor de tres puntas, y de cada una de las tres heridas brota un chorro de sangre. El gato
enciende el fuego. Pone encima una sartén. Vierte aceite. Cuando el aceite está hirviendo, pone en él al
ratón, que se fríe poco a poco, entre chillidos tan frenéticos que el propio gato tiene que taparse los
oídos con tapones de corcho. Entonces empieza a darse cuenta de que esta vez pasa algo raro. Esta vez
va de veras. El cuerpo del ratón se acartona, cada vez más negro y humeante. El ratón mira al gato con
unos ojos que éste no olvidará nunca y se muere. El gato sigue friendo el cadáver. Después lo saca de la
sartén y lo quema directamente en las llamas, hasta que no es sino un pellejo negro y arrugado. Lo saca
del fuego, lo mira de cerca, lo toca con los dedos: se le deshace en diez mil motas carbonizadas que el
viento, arremolinado, dispersa hacia los cuatro puntos cardinales. Por un instante se siente
inmensamente feliz.

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40 El corazón delator, de Edgar Allan Poe ¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso,
El corazón delator, de Edgar Allan Poe ¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso,
El corazón delator, de Edgar Allan Poe
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman
ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o
embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo.
Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen
cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
y observen con cuánta
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez
concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería
mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me
parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre
Un ojo celeste, y velado por
una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente,
me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio
¡si
hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado
con qué
previsión
con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes
de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría
¡oh, tan
suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una
linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz y tras ella
pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuan astutamente pasaba la cabeza! La movía
lentamente
muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera
introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh?
¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente
dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente
¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba
abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz
cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches
cada noche, a las doce
pero
siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo
quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su
habitación y le hablaba resueltamente, llamándole por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo
había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar
que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarle mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero
de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había
sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo.
¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas
intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque le sentí
moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia
atrás
pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las
persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y
seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre
metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
—¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo
ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando
tal como yo lo había
hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o

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41 pena ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el
pena ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el
pena
¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge.
Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía,
surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo
conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo
de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la
cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: «No es más
que el viento en la chimenea
o un grillo que chirrió una sola vez.» Sí, había tratado de darse ánimo con
esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él,
deslizándose furtiva y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era
la que le movía a sentir —aunque no podía verla ni oírla—, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de
la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví
abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna. Así lo hice —no pueden imaginarse ustedes
con qué cuidado, con qué inmenso cuidado—, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la
araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par
y yo empecé a enfurecerme mientras le miraba. Le vi con toda
claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía
ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de
luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los
sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría
hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del
viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas sí respiraba. Sostenía la linterna de modo
que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo.
Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más
fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más
fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a
medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó
de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil.
¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una
nueva ansiedad se apoderó de mí
¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había
sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una
vez
nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarle al suelo y echarle encima el pesado
colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el
corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría
escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y
examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la
mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a
molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas
precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo
con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar
los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano —ni siquiera el suyo— hubiera podido advertir
la menor diferencia. No había nada que lavar
ninguna mancha
ningún rastro de sangre. Yo era
demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo
¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a

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42 medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la
medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la
medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle.
Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la
noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado.
Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que
registraran el lugar.
Sonreí, pues
¿que tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había
lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña.
Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente,
acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se
hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres
caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo,
colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba
perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con
animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me
dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y
charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz
muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más
clara
hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando
,
un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el
mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba
¿y qué podía yo? Era un resonar apagado y presuroso
aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero
el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con
violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado
a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido
crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia
maldije
juré
Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido
sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto
más alto
más alto! Y entretanto los hombres
seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro
que oían y que sospechaban! ¡Sabían
y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo
pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que
aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o
morir, y entonces
otra vez
escuchen
más fuerte
más fuerte
más fuerte
más fuerte!
—¡Basta ya de fingir, malvados! —aullé—. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí
¡Donde está latiendo su horrible corazón.
ahí!