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DARÍO G. BARRIERA

-COMPILADOR-

JUSTICIAS Y FRONTERAS

ESTUDIOS SOBRE HISTORIA DE LA JUSTICIA EN EL RÍO DE LA PLATA

(SIGLOS XVI-XIX)

-COMPILADOR- JUSTICIAS Y FRONTERAS ESTUDIOS SOBRE HISTORIA DE LA JUSTICIA EN EL RÍO DE LA PLATA

2009

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Barriera, Darío -compilador- Justicias y Fronteras. Estudios sobre historia de la justicia en el Río de la Plata. (Siglos XVI-XIX). Murcia: Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones. Red Columnaria, 2009.

242 pp. ISBN 978-84-8371-830-8

1. Justicia - Administración - Río de la Plata (región) - Siglo 16º - 19º II. Barriera, Darío, G. III. Título

347.9 (82) “15/18”

1ª Edición, 2009

Reservados todos los derechos. De acuerdo con la legislación vigente, y bajo las sanciones en ella previstas, queda totalmente prohibida la reproducción y/o transmisión parcial o total de este libro, por procedimientos mecánicos o electrónicos, incluyendo fotocopia, grabación magnética, óptica o cualesquiera otros procedimientos que la técnica permita o pueda permitir en el futuro, sin la expresa autorización por escrito de los propietarios del copyright.

© Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones, 2009

© Darío G. Barriera

ISBN: 978-84-8371-830-8

Impreso en España - Printed in Spain Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia Tirada: 1000 ejemplares

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Índice

Presentación Darío G. Barriera

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Conjura de mancebos. Justicia, equipamiento político del territorio e identidades. Santa Fe del Río de la Plata, 1580 Darío G. Barriera

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Fieles y leales vasallos. Agentes subalternos y poder en los Juicios de Residencia Buenos Aires, mediados del siglo XVII Oscar José Trujillo

51

Los párrocos como mediadores en las fronteras del mundo colonial Buenos Aires rural en el siglo XVIII María Elena Barral

65

La cruz, la vara, la espada. Las relaciones de poder en el pueblo de Areco Juan Carlos Garavaglia

89

Revolución y Derecho. La formación jurisprudencial en los primeros años de la Universidad de Buenos Aires (1821-1829) Magdalena Candioti

119

¿Misión imposible? La fugaz experiencia de los jueces letrados de Primera Instancia en la campaña de Buenos Aires (1822-1824) Raúl O. Fradkin

143

Los hombres que administran la justicia local. La persistencia de la notabilidad en el Oriente entrerriano (1841-1853) Griselda Elisa Pressel

165

“Íntegros y competentes”. Los magistrados de la provincia de Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XIX María Angélica Corva

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Leyes antiguas para un estado moderno. Prácticas jurídicas en la provincia de Buenos Aires durante el período de la codificación Melina Yangilevich

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“El orden moral amenazado”. Discursos, procedimientos y representaciones de la justicia y de la sociedad local a inicios del siglo XX. El caso Mateo Banks Blanca Zeberio

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Presentación

El libro que el lector tiene entre sus manos reúne un pequeño grupo de contribucio- nes al estudio de la administración de justicia en el área rioplatense desde la insta- lación del rollo en la ciudad de Santa Fe (en 1573) hasta bien entrado el siglo XIX, cuando las provincias americanas de la Monarquía en el Río de la Plata ya habían dejado de formar parte de ese cuerpo político, habían sido unidas primero, desuni- das después, vueltas a unir más tarde y, traspuesto el fuelle de la mitad del siglo, se encaminaron menos indefectiblemente de lo que se ha supuesto hacia la construc- ción de un Estado nacional. Estas aportaciones tienen en común algo más que la convergencia sobre un tema que con legitimidad puede además adjudicarse al pasado de un territorio –la historia rioplatense, la historia argentina. Cuando hace unos pocos años planificábamos la temática sobre la cual giraría el nodo rioplatense de la Red Columnaria, 1 cuando imaginábamos –como siempre lo hacemos porque es una parte preciosa y precisa de nuestra tarea– qué caracterís- ticas debía tener el eje que mejor podía ajustarse a una agenda de intereses diversos sobre el pasado “colonial” rioplatense, pensamos que debíamos hacerlo alrededor de un observatorio. Esto permitiría que un equipo ya conformado (radicado en la Universidad Nacional de Rosario) 2 continuara indagando sobre un período y un área (Santa Fe del Río de la Plata entre los siglos XVI y XIX) pero, al mismo tiempo, ampliara el marco de colaboraciones con colegas de otras universidades que abor- daran problemáticas similares o “asimilables” a partir de la construcción de empla- zamientos de observación equivalentes. Entonces realizamos una primera convocatoria a colegas de las Universidades de Buenos Aires, Luján y Entre Ríos (luego se sumarían los de Tandil y La Plata)

1 Red temática de investigación sobre las Monarquías Ibéricas durante los siglos XVI-XVII y XVIII que articula Universidades y Centros de Investigación de doce países con sede en la Universidad de Murcia (España), y coordinada por José Javier Ruiz Ibáñez, Gaetano Sabatini y Pedro Cardim.

2 Cuyo origen es el proyecto La administración como fenómeno político: gobierno municipal, actores sociales y prácticas políticas en una dinámica de larga duración. Santa Fe, 1573-1832, SCYT, UNR, 2003-2005, dirigido por Griselda B. Tarragó.

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para compartir un proyecto donde, aparte el punto en común del territorio, el diá- logo pudiera elaborarse a partir del observatorio. Así fue que un conjunto de investi- gadores con intereses que disciplinarmente están “clasificados” dentro de la histo- ria jurídica, pero también de la historia del poder político, de las formas de gobier- no, de la Iglesia, de la familia, de las sociedades rurales, de las rebeliones, de las cos- tumbres, de la criminalidad, de las fronteras, de las culturas o de las representacio- nes… coincidimos en que algo sensible y sensato podíamos mostrar utilizando para nuestras propias miradas el prisma de muchas caras que ofrece al investigador el observar a su sociedad a través de la administración de la justicia. Es cierto que Bloch –quizás en términos excesivamente entusiastas– ya lo había dicho (¡y en 1939!): pero cuando la sugerencia es pertinente, no es inicuo para nuestra faena reco- rrer el trecho que va del dicho al hecho. Los trabajos aquí reunidos resultaron de una de las actividades realizadas en el marco de una experiencia de investigación que hemos llevado adelante los miem- bros del proyecto La administración de la justicia en el área rioplatense: tribunales, jueces, criminales y justicias desde la colonia al periodo de la organización nacional (Siglos XVI- XIX) –radicado en la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad Nacional de Rosario– y del nodo rioplatense de la Red Columnaria. 3 En el marco de esta colabo- ración, durante los días 10 y 11 de agosto de 2007, se celebró en Rosario, Argentina, el coloquio de la Red Columnaria Justicias y Fronteras. Jueces, criminales y prácticas judiciales. La Monarquía Hispánica y el Río de la Plata (Siglos XVII-XIX). 4 Allí se discu- tió casi una veintena de trabajos de los cuales, gracias al entusiasta apoyo de Edi- tum, podemos hoy publicar esta selección. Otro punto en común entre estos textos emergió de la puesta en conversación de nuestros recorridos: la mirada sobre objetos y periodos diversos a partir del dispa- rador todavía bastante amplio de la administración de la justicia nos permitió desple- gar nuevas preguntas sobre problemas que parecían tener centralidad en los distin- tos trabajos: ¿cuánto tuvieron que ver las prácticas judiciales con el equipamiento material y simbólico del territorio? ¿De qué manera aquellas prácticas dicen y hacen

3 Los integrantes del proyecto, dirigido por Darío G. Barriera (ISHIR-CESOR, CONICET, Argentina) y co-dirigido por Griselda Tarragó (UNR, ISHIR-CESOR, Argentina) fueron: María Elena Barral (Universi- dad Nacional de Luján, CONICET), Elisa Caselli (doctorante de la EHESS, Francia), María Angélica Corva (UNLP, Argentina), Evangelina De los Ríos (UNR, Argentina), María Celeste Forconi (CONICET), Pablo Fucé (IIPA, Montevideo, Uruguay), Gonzalo Iraolagoitía (UNR, Argentina), Carolina A. Piazzi (CONICET, Argentina), María Paula Polimene (UNR, Argentina), Griselda Pressel (UER, Argentina), Irene Rodríguez (UNR, Argentina) y Oscar J. Trujillo (UNLu, Argentina).

4 En la ocasión, la Universidad de Cantabria y la Red Columnaria posibilitaron la presencia en el even- to de Tomás A. Mantecón Movellán, de la Universidad de Cantabria, cuyas aportaciones en la reunión desde el mirador castellano –el mismo desde el cual trabaja Elisa Caselli, integrante del equipo– estamos sinceramente agradecidos. Además, la organización del coloquio permitió que asistieran al encuentro como invitados Juan Carlos Garavaglia, Raúl Fradkin, Magdalena Candioti, Melina Yangilevich y Blan- ca Zeberio, cuyos trabajos incluimos en esta compilación.

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a los principios de construcción de la autoridad, de la institucionalidad y dan cuen- ta del diseño que va adquiriendo una experiencia de poder político? Viendo a nues- tros sujetos hacer justicia –administrándola, suplicando por ella, reclamándola o ima- ginándola– en escenarios y épocas diversas, se consiguieron pequeños pero muy precisos retratos de la profunda unidad que liga el quehacer judicial –lego, letrado, civil, militar o eclesiástico– con la historia de la organización del territorio.

Justo a mitad de camino entre aquellos días de agosto de 2007 y éstos en que se cierra la edición del libro, nos sacudió la noticia del fallecimiento de Blanca Zeberio (Orieta). Haberla conocido, haber tenido el privilegio de colaborar con ella y de dis- frutar de su amistad, es quizás el más sensible de los puntos en los que coincide el camino de quienes hacemos este libro, que ofrecemos en sincero homenaje a su memoria.

Darío G. Barriera Rosario, Argentina, diciembre de 2008

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Conjura de mancebos

Justicia, equipamiento político del territorio e identidades

Santa Fe del Río de la Plata, 1580

Darío G. Barriera

“Se originan por tanto las rebeliones no a propósito de pequeñeces, sino a causa de pequeñeces, pero provocan las revueltas con objetivos de importancia.”

Aristóteles, Política, libro V.

Era noche cerrada desde hacía horas, pero la tensión de las conversaciones había dejado a Catalina en vilo. Yacía bajo las mantas, los ojos grandes, abiertos de desasosiego, mirando desde

el piso el brillo de la luna que se colaba a través de una ventana pequeña en la pared

de adobe, agujero mal cubierto por un paño rasgado que permitía el paso de la luz

y también del frío húmedo de las noches de invierno junto al río. Su marido y otros

hombres habían estado cabildeando en su casa y ella no supo dejar de imaginar la derivación de los resultados de sus planes y todos los desenlaces posibles; sobre todo, y contra su voluntad, había cavilado los peores. Repentinamente, en medio de esa noche cerrada, sus músculos se contrajeron. Sobresaltada por los gritos que procedían de las calles, donde se dejaban oír también trotes, galopes, filos de cuchillas, taconazos y los relinchos de las bestias, sujetó con fuerza la cobija. Apenas quebrado el silencio, su hombre, que tampoco dormía, saltó como encendido. Tenía el facón adherido al antebrazo, como si una parte de su cuerpo se prolongara en ese filo sucio de metal mal pulido; en el camino, de un manotazo, sumó un viejo arcabuz a su pertrecho. Ella quedó sola, oyendo los galopes, los dis- paros, los golpes y los gritos. Sobre todo, los gritos, esos gritos bestiales, crasamen- te victoriosos: ¡todo es nuestro!, ¡todo es nuestro! ¡Viva el rey! ¡Que viva el rey! Una conjura –y tal vez también una traición– se perpetraba en nombre de un monarca para ella lejano y sin rostro, desconocido, ausente, improbable. Se santiguó tres veces seguidas y se aferró nerviosamente a la manta, hasta caer vencida por el sueño.

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La mañana siguiente, Pedro, su marido, el hombre del antebrazo con puño de faca, entró empujando a un hombre con el rostro desencajado, habitado por la expresión del que no puede explicarse a sí mismo lo que está pasando. –Este va a estar preso acá –le dijo mientras la miraba. Catalina no pensó; solo se escuchó gritándole a su Pedro:

¡Qué es esto! ¡Cómo es que traes preso al teniente a nuestra casa! También sin razonarlo mucho, él se oyó ofreciéndole explicaciones:

Es que Diego Ruiz ha traído unas cartas del gobernador Abreu para prender a Juan de Garay y al Alonso de Vera. ¡El mismísimo Virrey le escribió para que nosotros prendamos al tirano! ¿Qué has dicho? ¿Qué es lo que ha traído el Diego Ruiz? ¡Que trajo las cartas de Abreu! Y ha dicho que vio con sus propios ojos las cartas del Perú, la letra del Virrey, donde le manda al gobernador Abreu que los prenda.

Pocas horas después el malestar de Catalina fue confirmado a sangre y fuego. Nada salió como Pedro y sus cofrades lo habían planeado. Catalina de Torres, ahora viuda de Pedro Gallego, los ojos negros, húmedos y enormes, pudo contarle al juez lo que había pasado ese día y decirle el miedo que sintió aquella noche. 1

Introducción

La madrugada del 31 de mayo de 1580 fue particularmente agitada en la ciudad de Santa Fe. Varios vecinos, entre ellos algunos que podían ser considerados notables, y hasta algunos integrantes de la hueste fundadora de la ciudad, habían confabula- do para desplazar a las autoridades de la ciudad que respondían a Garay y al gobierno de Asunción. El objetivo era sencillo y concreto: pretendían imponer unos nombres como alcaldes y regidores del Cabildo y colocar a la ciudad bajo la juris- dicción del Tucumán, gobernada entonces por Gonzalo de Abreu y Figueroa. La intentona duró menos de dos días y fue reprimida por una comisión que, paradójicamente, estuvo comandada e integrada por varios hombres que conforma- ron la lista de rebeldes. De los treinta y cuatro vecinos que habían firmado el acta- acuerdo sellando la conspiración, diez fueron sentenciados; pero el nombre de siete de ellos cobró una suerte de trascendencia que permitió cristalizar la denominación del alzamiento como “La rebelión (o la revolución) de los Siete Jefes”.

1 El diálogo está construido con base en la declaración de Catalina de Torres ante el alcalde Pedro de Oliver y el escribano Alonso Fernández Montiel. Archivo General de Indias (en adelante, AGI), Escriba- nía, I, 873. Existe copia en Biblioteca Nacional, Buenos Aires, Argentina, conservada en la Sección Teso- ro, Colección Gaspar García Viñas; se cita como BN, GGV, Tomo y número de documento. BN, GGV, CXXII, 2128.

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Algunos historiadores la interpretaron en términos de conciencia de grupo y hasta como un intento independentista respecto del Imperio de Felipe II. Así, duran- te décadas (y en algún caso, todavía), en los manuales escolares aparece enunciada como el primer antecedente de la independencia nacional. Los amotinados de 1580 son caracterizados como héroes iniciadores de una línea histórica que culmina en los sucesos de mayo de 1810: es el primero de los “hitos coloniales” de la historia de la nación argentina. El tema, estudiado por una treintena de autores, 2 ha sido consignado siempre como el más rutilante del opaco último cuarto del siglo XVI en el área. 3 La extensa bibliografía que lo aborda comprende algunos trabajos donde se señala correcta- mente la vinculación del suceso con el proyecto de expansión peruano-tucumano sobre el área litoral; pero también otros (una gran mayoría) que interpretan el alza- miento como el síntoma de un madrugador espíritu independentista –en el marco

2 A título de ejemplo: LASSAGA, Ramón Tradiciones y Recuerdos Históricos, Peuser, Buenos Aires, 1895; CERVERA, Manuel Historia de la ciudad y provincia de Santa Fe, UNL, Santa Fe, 1979 [1907], Vol. I, pp. 192 y ss.; ÁLVAREZ, Juan Ensayo sobre la Historia de Santa Fe, Buenos Aires, 1910; BUSANICHE, Julio “Pági- nas de Historia”, en Nueva Época, Santa Fe, 3 de noviembre de 1923; CABALLERO MARTÍN, Ángel S. Historia del primer movimiento separatista en el Río de la Plata, Castelví, Santa Fe, 1939; BUSANICHE, José Carmelo Hombres y hechos de Santa Fe, Santa Fe, 1946, I; ZAPATA GOLLÁN, Agustín “Los siete jefes: la primera revolución en el Río de la Plata”, en Obras Completas, UNL, Santa Fe, 1990, IV; LÓPEZ ROSAS, José Rafael “Cuatro siglos del alzamiento de los Siete jefes”, en El Litoral, Santa Fe, 1 de junio de 1980; SIERRA, Vicente Historia de la Argentina, Buenos Aires, 1970, T. 2; LAMOTHE, Emilio Alejandro La peque- ña Historia, Santa Fe, 1987; LIVI, Hebe “La revolución de los siete jefes”, en Revista de la Junta Provincial de Estudios Históricos de Santa Fe, LV, Santa Fe, 1985, p. 87; ROSA, José María Historia Argentina, Granda, Buenos Aires, 1970, Tomo I y ROVERANO, Andrés Santa Fe la Vieja, Santa Fe, 1960, 125 pp. La historia del Padre GUEVARA, José S. J. Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán, edición de Pedro de Ánge- lis prologada por Andrés Carretero, Plus Ultra, Buenos Aires 1969 [1836], contiene párrafos muy citados posteriormente, en especial, p. 739. Es interesante el caso de la obrita de GARAY, Blas Compendio elemen- tal de Historia del Paraguay, Asunción, 1896, cuyo párrafo de la p. 44 –donde relaciona el motín con la ins- tigación de Abreu– fue suprimido en la edición de su Breve Historia del Paraguay publicada en Madrid en 1897. Entre los trabajos académicos, véase los párrafos escritos por Carlos S. Assadourian en ASSADOU- RIAN, Carlos S.; BEATO, Guillermo y CHIARAMONTE, José Carlos Argentina. De la Conquista a la Inde- pendencia, Hyspamérica, Buenos Aires, 1986 [1972], pp. 37 y ss. y NOCETTI, Oscar y MIR, Lucio La Dis- puta por la Tierra, Sudamericana, Buenos Aires, 1997. La obra literaria más conocida es la de BOOZ, Mateo Aquella noche de corpus. Cronicón poemático, Santa Fe, 1942. La rebelión de junio de 1640 en Catalunia fue inmortalizada también, en una obra literaria, como Corpus de Sangre.

3 La relevancia local del episodio fue materializada por distintos gobiernos de la municipalidad de la ciudad de Santa Fe dando su nombre a una avenida y a un barrio (Avenida de los Siete Jefes y barrio Siete Jefes, respectivamente) y en el escudo de armas de la ciudad (creado en 1894): en el mismo, la parte supe- rior está dominada por la inscripción del año de la rebelión (1580) y la inferior la ocupa el año 1810, for- mulando así lo que desde el punto de vista de las políticas de la memoria locales constituyen dos “hitos de libertad”. Para terminar de volver curioso un criterio ya de por sí difícil de desentrañar, bajo el centro del escudo –y del gorro frigio– se inscriben otras cinco pequeñas cifras que representan otras tantas fechas –que nada tienen que ver con rebeliones: 1828 (Convención Nacional y Tratado con Brasil), 1831 (Tratado o Pacto del Litoral), 1853 (Congreso Constituyente), 1860 (Convención Reformadora) y 1866 (Convención Reformadora y Reforma sobre los derechos de exportación).

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de la construcción deliberada de una genealogía para la nación argentina que se pre- sume existente desde (casi) siempre. 4 La alianza de los mancebos rebeldes con el gobernador del Tucumán, Gonzalo de Abreu, así como la rebelión misma, son atribuidas a una polarización entre espa- ñoles e “hijos de la tierra” basada en dos supuestos: que los “españoles” habrían monopolizado el control del Cabildo santafesino y que los recursos económicos 5 (básicamente la tierra) estaban muy desigualmente distribuidos entre los integran- tes del grupo conquistador. 6 Sin embargo, en los trabajos citados nunca se demues- tra de manera acabada la inequidad en la distribución de los recursos económicos y además se ignora que la polarización supuestamente instalada en el seno del disgus- to funciona en sus planteos solo localmente (ya que para derrocar a Garay los “hijos de la tierra” no tuvieron ningún problema en pactar con otro peninsular, el sevilla- no Gonzalo de Abreu y Figueroa). 7

4 Las obras citadas de Lamothe, Caballero Martín y Julio Busaniche; también MADERO, Eduardo His- toria del Puerto de Buenos Aires, Buenos Aires, 1892, p. 215. Documentalmente se apoyan en maximizar

cierto párrafo contenido en el acta capitular de la ciudad de Córdoba del 29 de junio de 1580: “Se ha sabi- do que los vecinos de la ciudad de Santa Fe de la Gobernación del Paraguay se habían rebelado contra la Corona Real del Rey Don Felipe Nuestro Señor”, CABILDO DE CÓRDOBA, Actas Capitulares, Archivo de Córdoba, 1974. Sin embargo, Hebe Livi ya había notado que en los bandos de los rebeldes la mención a “Su Magestad” no cuestionaba el orden monárquico. Así lo entiende también Agustín Zapata Gollán, quien ubica el problema en el plano de una inquietud por autonomizarse de la pesada carga de las auto- ridades locales, vinculando esta opresión de Garay y sus allegados con las ambiciones expansionistas de Abreu sobre el Río de la Plata. Este argumento está apoyado claramente en las declaraciones del rebelde Diego Ruiz (BN, GGV, CXXII, 2127), que avalan la hipótesis del cambio de jurisdicción pero no de cues- tionamiento al orden imperial.

5 ASSADOURIAN, Carlos “La conquista

6 BUSANICHE, José Hombres y hechos

”,

en Argentina…, cit., p. 33.

”, cit.,

35. El remate de bienes de los cabecillas procesados ofrece algunas pistas que no los presentan justamen-

cit., II, pp. 107-110; LIVI, Hebe

“La revolución

noche de Corpus de 1580 con el proceso y proyecto de ampliación de la jurisdicción tucumana aparece encuadrada en general como una “causa externa”, siguiendo cierto modelo de historia del derecho. Así lo apuntan algunos párrafos de las obras de Blas Garay, Juan Álvarez, Cervera, Zapata Gollán, José María

Rosa, Caballero Martín y Busaniche. Sostenía lo contrario el Padre José Guevara. En su Historia del Para-

guay

Garay], Gonzalo Abreu, gobernador de Tucumán, sujeto bullicioso con demasía, que tenía sentimientos

antiguos contra Garay; y le ofrecieron la ciudad, si con gente fomentaba sus intentos: y aunque no cons- ta la intención de Abreu, se carteaba con los rebeldes, y se dice que escondía su correspondencia.” GUE-

, material recogido por la Residencia realizada a Abreu; pero su obra evidencia la profunda animadver- sión que sentía el Jesuita hacia Hernando de Lerma, a quien caracteriza de “sacrílego” y hombre capaz de maldades inenarrables, pp. 750 y ss.

VARA, José S. J. Historia del Paraguay

cit., p. 739. Lo que el Padre Guevara utiliza con suspicacia es el

ganar para sí a su mayor enemigo [de

cit. y ZAPATA GOLLÁN, Agustín “Los siete jefes”, cit., pp. 59-60. La relación de la

te como unos miserables desheredados. Cfr. CERVERA, Manuel Historia

cit., pp. 14 y 15. ASSADOURIAN, Carlos “La conquista

,

”,

propone que son los amotinados quienes “

procuraron

7 La procedencia de Abreu la tomamos de un comentario de Ruy Díaz de Guzmán vertido en las últi- mas líneas de Anales del descubrimiento, población y conquista del Río de la Plata (La Argentina), Globus, Madrid, 1994 [1612], p. 274.

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¿Por qué volver a trabajar sobre este episodio? ¿Qué relación o qué potenciali- dades tiene el mismo para quienes estamos interesados en comprender las socieda- des utilizando como puerta de entrada la administración de la justicia? La “Rebelión de los Siete Jefes” pudo ser estudiada gracias a ciertas felices coin- cidencias entre los modos que utilizaba la Monarquía para controlar a sus funciona- rios y el interés de los vasallos más humildes cuya voz no era captada por los regis- tros judiciales sino en circunstancias como esta. La gran cantidad y calidad de mate- rial que tenemos para estudiar este fenómeno –que incluye el relato de procesos ora- les, por ejemplo– nos llega a partir de un particular proceso judicial (un Juicio de Residencia) incoado en 1580 al gobernador del Tucumán, Gonzalo de Abreu y Figueroa. Esta fuente –conjunto de documentos compuesto por declaraciones, testimo- nios, pesquisas y actas levantadas en diferentes ciudades de la Real Audiencia de Charcas– permite estudiar una conjura perpetrada en una jurisdicción (Santa Fe del Paraguay y Río de la Plata) desde un proceso judicial sustanciado en otra (Santiago del Estero, Gobernación del Tucumán). La circunstancia agrega otro sabroso ingre- diente, ya que de este modo algunas de las acusaciones (solo cinco) que se convier- ten en parte del proceso nos permiten leer en el episodio el modo en que algunos agentes estaban pensando el diseño de las jurisdicciones en las tramas periféricas de la Monarquía hispánica. Para este estudio, además de todos los legajos concernientes al Juicio de Resi- dencia que Hernando de Lerma siguió contra Gonzalo de Abreu, gobernador del Tucumán entre 1574 y 1580, 8 se utilizaron las Actas Capitulares de la ciudad de Santa Fe, 9 relaciones de servicio, poderes, memorias, epistolarios y variados pape- les de virreyes, adelantados y gobernadores del período.

La configuración administrativa y política del territorio

La ciudad de Asunción del Paraguay, fundada en 1537, se convirtió en el primer cuerpo político europeo en la cuenca rioplatense con la creación de su Cabildo en 1541. Desde entonces fue el centro administrativo y político de la Gobernación del Para- guay y Río de la Plata. Aunque el Virreinato del Perú fue creado en 1542, esta exten- sa provincia quedó efectivamente bajo su jurisdicción recién en 1567. Desde el aban- dono del fuerte de Buenos Aires (1541) y hasta la fundación de Santa Fe (1573) Asun- ción fue la única ciudad en el este de la Sudamérica hispana; esta realidad contras- taba con la del área andina, donde desde la década de 1540 los europeos consiguie-

8 AGI, Escribanía de Cámara, Libro I, 873-0. Existe copia en BN, GGV. Se utilizaron las dos versiones, confrontadas. 9 Archivo General de la Provincia de Santa Fe. Se cita AGSF-ACSF, Libro y foja.

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ron fundar ciudades que tuvieron estabilidad y que fueron puntos de apoyo para avanzar sobre otros territorios como las tierras del Chilí y el área tucumana. En un diagrama de comunicaciones entre las ciudades instaladas por los euro- peos, la posición de Asunción distaba de ser óptima, por no decir que hasta 1573 estaba completamente aislada: las expediciones que habían rematado en su funda- ción estaban debilitadas y en realidad se habían detenido allí sin poder llegar al des- tino buscado, la tierra de la plata. Desde el momento de la fundación, sus pobladores siguieron enfocados tanto en el tramo que les faltaba remontar para alcanzar el obje- tivo primero como en volver sobre lo andado y poblar otro que les permitiera hacer pie en un camino de regreso al Atlántico, lo que podían imaginar allí donde había estado Sancti Spiritu (1527-32) o el fuerte de Buenos Aires (1536-41). 10 Entre tanto, se iban diseñando las grandes figuras administrativas que involu- craban este lugar como parte de un cuerpo político mayor, el de la Monarquía his- pánica. Entre 1540 y 1580, año de la rebelión y también de la fundación de la ciudad de Buenos Aires, la demarcación de las gobernaciones hispanas en Sudamérica había sido varias veces modificada; también había sufrido modificaciones la rela- ción que se les asignaba con otras instituciones jurisdiccionales mayores tales como las Audiencias 11 o los virreinatos. 12 Durante los primeros años, el panorama parece algo confuso y enmarañado porque no era infrecuente que las jurisdicciones surgidas de ciertos contratos acor- dados por el Rey se superpusieran o contradijeran con otras creadas por funciona- rios de la Monarquía residentes en América que también tenían potestad para hacer-

10 Una manifestación temprana de esta conciencia puede leerse en los relatos de Pero Hernández sobre la segunda parte de los Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca; véase especialmente “En tierras del Paraguay”.

11 La primera creada en territorio sudamericano fue la de la Ciudad de los Reyes (Lima), por Real Cédula (R. C.) de Carlos V dada en Barcelona el 20 de noviembre de 1542 (Recopilación, Ley 5, Tit. XV, libro II). Asunción nunca tuvo Real Audiencia; por R. C. del 4 de septiembre de 1559, Felipe II creó la Real Audiencia de La Plata (Charcas) a la cual estuvo sujeta la gobernación rioplatense desde 1563 hasta la creación de la de Buenos Aires (1661) y nuevamente después del cierre de ésta (1671). Cuando ésta vol- vió a abrirse en el siglo XVIII (1782-83), Buenos Aires era cabecera del virreinato del Río de la Plata. Durante el siglo XVI, en Chile existió una con sede en la ciudad de Concepción (1565-1575); la de Santia- go fue creada a comienzos del siglo siguiente. Hacia el 1580, el tribunal de alzada para las gobernaciones del Paraguay-Río de la Plata y del Tucumán era la Real Audiencia de Charcas.

12 El Virreinato del Perú fue creado por una R. C. firmada en 1542, el primer virrey fue designado en marzo de 1543 y su funcionamiento fue efectivo desde el año siguiente. Comprendió en un principio las gobernaciones de Nueva Castilla y de Nueva Toledo. Luego fueron incorporándose la provincia del Estrecho, la de Chile de la Nueva Extremadura y la Gobernación del Paraguay-Río de la Plata, creada en las instrucciones de la capitulación de 1534 entre la Corona y Pedro de Mendoza, a quien había sido con- cedida. Para una relato pormenorizado acerca de esta secuencia véase NOCETTI, Oscar y MIR, Lucio La disputa…, cit., caps. I a III.

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lo. 13 Pero lo que interesa recuperar de ese proceso es que entre los intereses de la Corona y sus contratados (los Adelantados) había tanta contradicción como comple- mentariedad: si bien la primera imponía condiciones y retenía derechos, lo firmado en las Capitulaciones institucionalizaba una amplia delegación de potestas y auctori- tas. 14 La Monarquía funcionaba bien no a pesar de estas contradicciones sino gracias a ellas: sin esas amplias facultades –por ejemplo, la de otorgar poder para fundar ciu- dades pero también el poder de delegar esa potestad a un teniente y éste a otro– la incorporación a sus dominios de un territorio lejano y desconocido no hubiera sido posible. En definitiva, la Monarquía ponía en manos de algunos de sus súbditos ins- trumentos que permitían variar los proyectos conforme se presentaban las oportu- nidades, y el caso de la búsqueda de diferentes vías para asentar nuevas sedes de la Monarquía era una de ellas. 15 La frecuente modificación de las divisiones administrativas durante el siglo

XVI se comprende observando la dinámica de los intereses que estaban en juego:

por una parte, existía un diagrama concebido “desde arriba”, facturado por la Coro- na y expresado en las primeras capitulaciones que dejaba entrever una concepción

latitudinal de las jurisdicciones; por otra, la dinámica territorial de la conquista indi-

caba que las jurisdicciones tenían que consolidar los movimientos de los hombres y

13 Por ejemplo, el caso de la gobernación de Centeno. NOCETTI, Oscar y MIR, Lucio La disputa…, cit., p. 57. LEVILLIER, Roberto Nueva Crónica de la conquista del Tucumán. Documentada en los Archivos de Sevi- lla y de Lima y en los XXIV volúmenes de publicaciones históricas de la biblioteca del Congreso Argentino edita- das o envía de editarse bajo la dirección del autor. Precedida de un ensayo sobre los tiempos prehispánicos, Madrid, 1926, Tomo I, p. 158.

14 Esto significa que el rey delegaba en el virrey o en el adelantado (por contrato) no solamente el fun- damento divino de las capacidades sino también los de la autoridad, atributo que correspondía a la cabe- za (caput) del cuerpo. Como lo ha explicado convincentemente hace varias décadas Walter Ullmann, este principio transitaba ya el Antiguo Testamento y es muy probable que la Vulgata lo haya reformulado a partir de la experiencia jurídica romana, y de este modo influyó de manera amplia sobre toda la cultura política del Occidente cristiano. No obstante, el dispositivo que hacía funcionar esta delegación sin dema- siada explicitación es un aspecto del principio de la gracia regia, también de origen bíblico, que subraya- ba el anclaje divino de su potestas y de su auctoritas pero que le permitía derramarla sin renunciar a ella. La teoría descendente de la “soberanía” (supremacía) se consolidaba de este modo. “Así como el otorga- miento de poderes al rey por parte de la divinidad era el ejercicio de la voluntad y el placer de Dios, de la misma manera era la voluntad y el placer del rey otorgar favores a los demás. Para esta aplicación prác- tica del punto de vista descendente, el Antiguo Testamento ofrece numerosos ejemplos. Es igualmente interesante que muy frecuentemente la designación ‘desde arriba’ de los ocupantes del cargo (real) está conectada con funciones judiciales, lo que no es sorprendente, ya que la dignidad real estuvo aparente- mente en todo tiempo estrechamente ligada al ejercicio de poderes judiciales.” ULLMANN, Walter Escri- tos sobre teoría política medieval, Eudeba, Buenos Aires, 2002, p. 117.

15 GUÉRIN, Miguel Alberto “La organización inicial del espacio rioplatense”, en TANDETER, Enrique –director– La Sociedad Colonial, Tomo II de SURIANO, Juan –director general– Nueva Historia Argentina, Sudamericana, Buenos Aires, 2000, p. 40.

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la praxis de los ejecutores de la conquista fue imponiendo jurisdicciones basadas sobre ciudades comunicadas y caminos, en cierto modo más realistas. 16 En el terreno, la conquista militar de los territorios –así como su organización política y social a partir de ciudades– generaba un gran número de hombres que era necesario premiar, derivación de las reglas de juego propuestas por la Corona para asegurarse la colonización después de la conquista. 17 Así, las huestes ganaban espacio físico y simbólico: obtenían prerrogativas (vecindad, lo que suponía tam- bién algunas obligaciones), 18 solicitaban la concesión de honores (títulos y grados militares), que a su vez en ocasiones eran el paso previo para solicitar con arreglo a derecho mercedes de tierras (solares, cuadras, estancias) o la administración de mano de obra indígena (encomiendas). Pasados los primeros años, en cada una de las áreas donde la Corona planteó continuar la conquista tierra adentro, se forjó un número de capitanes nuevos que presionaba sobre los jefes más antiguos de la saga conquistadora e incluso sobre la misma Corona. Los jóvenes no encontraban en estos agentes la mejor predisposición para ser premiados liberalmente, de modo que esta población configuró un contingente molesto y preocupante. Este fenómeno sociológico generado en el interior de los grupos hispánicos (llamado “descarga”) influyó directamente en la velocidad y eficacia con que fue- ron ocupados, poblados y sometidos a la jurisdicción monárquica territorios enor- mes –por ejemplo los que se extienden entre los altos valles calchaquíes y las cos- tas rioplatenses. Puede decirse que aquí también hubo una feliz coincidencia de intereses: los grupos más antiguos del área peruana, así como los de Asunción, con el acuerdo tanto del Consejo de Indias como de Felipe II, vistieron la expulsión de premio.

16 Los tres primeros “espacios políticos” (territorios) hispanos en Sudamérica fueron las gobernacio- nes de Nueva Castilla, Nueva Toledo y Nueva Andalucía; coetáneamente, también fueron conocidas como las gobernaciones de Pizarro, Almagro y de Mendoza (o Sanabria) respectivamente. Durante el siglo XVI hubo tantas “gobernaciones” como cesiones jurisdiccionales pactadas por la Corona con Ade- lantados puedan contarse.

17 Para algunos autores esto era tanto un grado de “debilidad” en la estructura “estatal” y fruto de la escasez de recursos económicos para encarar la conquista por parte de la Monarquía. Los historiadores del derecho llaman a este proceso, típico del proceso “formativo de las Indias”, la dinámica premial o del derecho premial. SERRERA, Ramón María “Derecho premial y aspiraciones señoriales de la Primera Gene- ración de la Conquista”, en REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA Congreso de Historia del Descubrimiento (1492-1556), Madrid, 1992, Tomo III, p. 481 y ss.

18 Como el tener casa poblada, aun si no había mediado un casamiento formal, ya que lo que se espera- ba del “casado” era arraigo en el lugar. El compromiso a la defensa de la ciudad con su propio cuerpo y armas era una de las obligaciones derivadas de la vecindad, lo mismo que el cuidado de la limpieza físi- ca y moral de la ciudad. En circunstancias de conquista, la asignación de vecindad conllevaba la asigna- ción del solar de tierra donde establecer la casa poblada, así como tierras para la manutención –más allá del ejido.

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Esto es central para entender que la ocupación de las tierras de la cuenca del Río de la Plata y el litoral paranaense fue al mismo tiempo un proyecto deseado y alimentado por la Corona –con entradas desde el Río de la Plata a partir de la déca- da de 1510– y un sucedáneo de la descompresión de capitanes “peruanos” sobre el área tucumana tanto como de la descompresión asunceña que hacia 1570 alojaba una nutrida población de jóvenes mestizos descendientes de la primera generación de conquistadores. Todos buscaban la salida atlántica y las elites locales habían pro- cedido expulsando lo que identificaban como población excedente. Los poblados instalados en la línea trazada por la ampliación de la conquista desde el Alto Perú hacia el sur y suroeste fueron más numerosos y más estables que los asentamientos ensayados por quienes entraban desde el Río de la Plata. Esto se explica por la descarga continua de españoles desde el Perú pero también porque las diferentes regiones del actual noroeste argentino estaban pobladas por pueblos ori- ginarios más densamente organizados que sirvieron de botín de guerra y de mano de obra para organizar el espacio, lo que bien pudo estar en la base del éxito de su permanencia a pesar de las múltiples dificultades internas entre las huestes. Entre 1540 y 1580, el enorme territorio emplazado al sureste de la ciudad de La Plata (Charcas) y al oeste de la línea de Tordesillas ofició de inmenso botín de repar- tos y de sitio de ensayo para asentar jurisdicciones nuevas. Su división y subordina- ción en lo judicial al distrito de la Audiencia de Charcas (1563) incluyó la institución de una gobernación del Tucumán (denominada en la Real Cédula como la de Juríes y Diaguitas). 19 La misma había sido sugerida desde la Real Audiencia de Lima para terminar con los conflictos jurisdiccionales entre “los de Chile” y el Cuyo, intencio- nalidad que aparece refrendada en la Real Cédula de 1563; los conflictos, ciertamen- te, no solo no desaparecieron sino que se multiplicaron. 20 Este proceso de pobla- miento –de noroeste a sureste– estaba alentado por las más altas autoridades de la mencionada Real Audiencia, que de este modo conseguía también “…sacar gente del distrito y premiar en alguna forma la que aguardaba recompensas por haber combatido contra Gonzalo Pizarro”. 21 Esta descarga estaba presente en los planes de Francisco de Aguirre, del Oidor Matienzo 22 y del virrey Toledo quien desde 1569

19 Recopilación de las leyes de los Reinos de Indias, Madrid, 1681, Ley 9, Tít. XV, Libro II.

20 Por ejemplo el célebre conflicto Villagra-Núñez de Prado; LEVILLIER, Roberto Chile y Tucumán en el

siglo XVI, Praga, 1928. Véase también LOPE DE TOLEDO, José María “Presencia y acción de La Rioja en América”, Berceo, núm. 50, 51, 52 y 53, 1959, passim.

cit., I, p. 164. En la misma dirección va la lectura que hacen

algunos vecinos: véase la “Probanza de los Vecinos de Santiago del Estero”, en Nueva Crónica…, cit., I, p.

168.

cit., III, p. 4. El reclamo de

, Matienzo es también conocido: pensaba en la reconstrucción de Buenos Aires como el camino hacia un

sistema de circulación que suplantaría el de Portobello-Panamá. Un buen planteo en GUÉRIN, Miguel A.

“La organización

21 LEVILLIER, Roberto Nueva Crónica

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,

Para el proyecto de Aguirre Cfr. LEVILLIER, Roberto Nueva Crónica

”,

cit., especialmente pp. 46 y ss.

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encaró este aspecto con determinación. Para ello contó con gente dispuesta a ir hacia el sur a probar mejor suerte. 23 El jalonamiento de asentamientos estables, sostenía Toledo, solucionaría uno de los principales inconvenientes de la circulación econó-

mica en el sur del Virreinato, atribuido por los conquistadores a la acción de los gru- pos indígenas. La consigna era fortalecer lo existente y fundar en el intermedio. Por el otro lado, desde Asunción todavía se intentaba encontrar el mejor cami- no posible de comunicación con el Perú y no se había abandonado la idea de

abajo [al sur] para que tuviesemos puerto y navegacion de España”. 24 En

1571 y 1572, en un clima de gran agitación, se produjeron conflictos en los que el gobierno local reprimió con fuerza la alteración producida por grupos de jóvenes descontentos. Entre ellos fue reclutada buena parte de la hueste que acompañó a Garay a fundar un puerto hacia el sur el 3 de abril de 1573. Sobre el Paraná y pocas leguas al sur de Santa Fe, Garay y su hueste tomaron contacto con una avanzada que provenía “del Tucumán”, hombres de Jerónimo Luis de Cabrera, quien había fundado pocas semanas atrás la ciudad de Córdoba. 25 Las corrientes de la “descarga” peruana y asunceña no se habían encontrado a mitad de camino sino en la médula del litoral, unos 400 kilómetros al norte del estuario pla- tense: la fuerza de la corriente peruana era ostensiblemente más fuerte y estaba a un tris de alcanzar la salida al Río de la Plata. El Paraguay fue gobernado por Adelantados hasta 1593 y la gobernación del Paraguay y Río de la Plata, enorme, fue una única jurisdicción con cabecera en Asunción hasta 1618, cuando se fragmentó en dos provincias. 26 El 31 de mayo de 1580, la noche de la rebelión de los mancebos en Santa Fe, Garay no estaba en la ciu- dad: había partido a la fundación de Buenos Aires, ejecutando finalmente el ansia- do asentamiento de cara al Atlántico. Por esos días su posición era la de lugartenien- te de un teniente de Adelantado con capacidad para fundar ciudades: así lo había hecho en Santa Fe, gracias al poder que le extendiera Martín Suárez de Toledo (más tarde su consuegro) y por delegación de potestad por parte del mismo Juan Torres

poblar “

23 Tales como Zorita, don Jerónimo Luis de Cabrera y Gonzalo de Abreu en 1573, Pedro de Zárate en 1574, Pedro de Arana en 1578. Hernando de Lerma lo hizo en 1579, no sin antes sostener algunas dife-

rencias con el virrey, documentadas en tres cartas de Hernando de Lerma a S. M., publicadas en LEVI-

LLIER, Roberto Nueva Crónica

24 Opinión sostenida, por ejemplo, por el factor Dorantes, AGI, Charcas, 42; para un resumen de estas posiciones en el interior del grupo español en Asunción véase ZAPATA GOLLÁN, Agustín “La expedi- ción de Garay y la fundación de Santa Fe” (1970), en Obras Completas, II, UNL, Santa Fe, 1989, p. 191 y ss.

25 Diferentes versiones de este encuentro en el citado Rui Díaz de Guzmán y en AZARA, Félix Descrip- ción e historia del Paraguay y Río de la Plata, Madrid, 1847, cap. XXX.

26 Sin embargo, a pesar de que su división efectiva no se produjo hasta ese año, desde muy pronto se pensó que podían ser gobernaciones separadas: el licenciado La Gasca, a cargo del gobierno del Perú, lo había propuesto ya en la década de 1540. La R. C. fue firmada por Felipe II en diciembre de 1617.

,

cit., III, pp. 251, 253 y 256 respectivamente.

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de Vera y Aragón, quien debía a las gestiones del vizcaíno el mismísimo título de Adelantado. Aparte de Asunción, la única ciudad en la enorme gobernación del Paraguay y Río de la Plata era Santa Fe. Tenía su justicia ordinaria asentada en el Cabildo y su tribunal de alzada era la Real Audiencia de los Charcas, a cuatro meses de viaje. 27

Rebelión en la Provincia: fronteras puertas adentro

El proceso de descompresión de las novísimas elites coloniales es coetáneo con el de organización político-administrativa de las gobernaciones y puede afirmarse que, en parte, lo produjo. Si el eje de la Rebelión de 1580 parece ser el control del cabildo de una ciudad joven, el problema central es que los agentes locales, presentándose como margina- dos, hicieron coincidir sus disgustos e intereses con las ambiciones de un goberna- dor y un reordenamiento jurisdiccional a escala de virreinato que, si no estaba pla- nificado, tampoco era improbable. Por esta razón la rebelión no es causa ni conse- cuencia sino un elemento más de la construcción del proceso y del contexto: su orga- nización, su represión y su judicialización permiten comprender la constelación mirando ese destello que es el instante. Una presentación posible de los hechos que remataron en el acontecimiento es la siguiente: hacia comienzos de 1574, el gobernador de la Provincia del Tucumán, Jerónimo Luis de Cabrera, fue reemplazado en su cargo y residenciado por su suce- sor, Gonzalo de Abreu. 28 Toledo le había encargado que se limitara a fundar una ciu- dad cerca de donde hoy está Salta y regresara al Alto Perú, pero Cabrera ignoró esas instrucciones y avanzó casi doscientas leguas al sureste hasta las costas del río Para- ná, donde tomó contacto con Garay. El virrey Toledo tenía que lidiar también con otro disgusto: Felipe II había extendido un título de gobernador del Tucumán a Gonzalo de Abreu y Figueroa sobreimponiendo esa designación a la que él había hecho y a sus preferencias para suceder a Cabrera. 29 Hábil, Toledo hizo de los obs-

27 También estaba bajo esta jurisdicción, en 1580, la gobernación del Tucumán, con cabeza en Santiago del Estero.

28 El juez de comisión fue Juan Arias de Altamirano, hombre de confianza de Gonzalo de Abreu.

29 Este es un caso de sobreimpresión de potestades inteligentemente capitalizada por Toledo. Felipe II había concedido al Virrey el derecho de designar los gobernadores del Tucumán, pero siguió haciéndolo él mismo. Cuando Aguirre fue puesto preso por segunda vez en 1570, Felipe II otorgó a Gonzalo de Abreu y Figueroa (R. C. del 29 de noviembre de 1570) la gobernación vacante. Toledo, apoyándose en la extensión de facultades que le había hecho el rey, un año después había hecho lo propio a favor de Jeró- nimo Luis de Cabrera. Abreu interpuso un recurso y un Real Decreto de fines de marzo de 1573 confir- maba a Cabrera en sus funciones, pero en el tiempo que tomó llegar el Decreto a Lima, Toledo ya había decidido capitalizar la designación de Abreu para terminar con el díscolo Cabrera.

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táculos ventaja: mandó a Abreu como sucesor de Cabrera y de este modo se evitó un conflicto con Felipe II y le puso la daga en el cuello a Cabrera: el gobernador entrante residenció a Cabrera –que murió en el proceso a causa del apasionado inte- rrogatorio– despejando el terreno de manera literal. Hacia 1578, el gobernador Abreu fue contactado por algunos vecinos de Santa Fe, supuestamente marginados por Garay y perjudicados por el nombramiento del flamenco Simón Xaques como Teniente de Gobernador en la ciudad. En 1579, cua- tro vecinos santafesinos le escribieron ofreciendo apoyo incondicional a su propósi- to de extender la jurisdicción del Tucumán hasta Santa Fe “…con tal que no sea el pago y galardon que Joan de Garay nos a dado que es dar lo mejor a los que vinie- ron a manera de dezir ayer y los que venimos a poblar tierra estamos a la mira como badajos pobres y abatidos.” 30 “Los paraguayos” –tal era la designación de este grupo en la correspondencia que Abreu sostenía con su teniente de gobernador en Córdoba, Diego de Rubira– se comunicaban con el Gobernador del Tucumán a tra- vés de Diego Ruiz, hombre que contaba con la confianza de Abreu y de los vecinos de Santa Fe descontentos con Garay. Por el lado de Santa Fe, Juan de Garay –su fundador y a la sazón Teniente de Gobernador en la misma– había atado algunos nudos de una configuración que iba en contra de los intereses de Toledo y también de los de Abreu: en 1577 viajó a Char- cas para interceder ante su pariente 31 Hernando de Zárate, de modo de concertar el casamiento de Juana –hija del recientemente fallecido Adelantado Juan Ortíz de Zárate, también pariente suyo– con el Licenciado Juan Torres de Vera y Aragón. Juana aportaría al matrimonio –entre otras cosas– el título de Adelantado y Gober- nador de las Provincias del Río de la Plata; el trámite fue tortuoso, pero en abril de 1578 Garay fue recompensado por su flamante pariente político con el cargo de Teniente de Gobernador y Capitán General de las Provincias del Río de la Plata, 32 honor que reposaba hasta entonces en Diego de Mendieta. Los movimientos de Garay amenazaban a la facción de Mendieta en el Paraguay, a los intereses del

30 BN, GGV, CXXI, 2092.

31 Recuérdese que Juan de Garay no llegó por el Río de la Plata, sino que arribó a América entrando por Perú, de la mano de su tío Pedro Ortiz de Zárate, Primer Oidor de la Audiencia del Perú. ALZUGA- RAY, Juan José Vascos universales del siglo XVI, Encuentro, Gipúzcoa, 1988, p. 260.

32 Garay era además albaceas testamentario de Juan Ortíz de Zárate. “Información hecha á petición de Tomás de Garay como apoderado del General Hernán Arias de Saavedra, Gobernador de las provincias del Río de la Plata, y por ante el Capitán Diego Núñez de Prado, Alcalde ordinario de la Asunción, de los servicios del Capitán Juan de Garay, fundador de Buenos Aires”, en Asunción, a 23 de julio de 1596. En RUIZ GUIÑAZÚ, Enrique Garay, fundador de Buenos Aires. Documentos referentes a las fundaciones de Santa Fe y Buenos Aires publicados por la Municipalidad de la Capital Federal, administración del Señor Intendente Dr. Arturo Gramajo, prologados y coordinados por el Dr. Enrique Ruiz Guiñazú — 1580-1915, Compañía Sud-Ame- ricana de Billetes de Banco, Buenos Aires 1915, pp. 148 a 219. Véase particularmente la p. 189. También en el testimonio de Pedro Sánchez Valderrama, ídem, p. 201.

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mismo virrey Toledo sobre el litoral 33 y afianzaban su propia posición y la de sus familiares, titulares del Adelantazgo del Río de la Plata, en Santa Fe y Asunción. Garay se ubicaba entonces en las antípodas del proyecto toledano y obturaba los planes de Abreu. El fundador ataba nudos que le ganaban enemigos en todas las escalas: virrei- nato, audiencia, gobernaciones vecinas y en su propia ciudad. Hasta que se cum- pliera la disposición testamentaria que hacía acreedor del adelantazgo a quien des- posara a Juana, existía otra que depositaba el mando del Paraguay y Río de la Plata en el joven Diego Ortíz de Zárate y Mendieta, otro sobrino de Juan Ortíz de Zárate, quien recaló con su carabela en Santa Fe trayendo una nutrida comitiva que lo acompañó en tres bergantines. Mendieta desembarcó con 130 hombres, exhibió sus títulos en el Cabildo y comunicó que asentaría allí el gobierno provisional del Para- guay y Río de la Plata. Los abusos que “el mozalbete” había cometido en Asunción continuaron en Santa Fe, de donde fue expulsado y enviado en una carabela a Espa- ña por las autoridades locales. 34 Desplazando a Mendieta en 1577, Garay y los suyos se ganaron la inquina de los partidarios del “mozalbete” –denominados los mance- bos. Dos de éstos, que eran además vecinos de Santa Fe –Pedro Villalta y Diego Ruiz– anudaron la enemistad de los partidarios del desplazado Mendieta con el proyecto de extensión jurisdiccional alentado por Toledo y Abreu. Dos años de comunicación consumió la gestación del plan que había sido escuetamente redacta- do de puño y letra por el gobernador –o algún mandadero suyo– en una minuta dirigida a los inquietos mancebos: los mensajeros procedentes de Santiago del Este- ro (sede de la gobernación del Tucumán, donde residía Abreu) llegaron a Santa Fe la madrugada del 31 de mayo de 1580. Leído el papelucho, se siguieron las acciones allí prescriptas: los amotinados apresaron a las autoridades locales 35 y tomaron por la fuerza el gobierno de la ciudad. La mañana siguiente dejaron preso al teniente en la casa de Pedro Gallego y se reunieron en la de Lázaro de Benialvo, uno de los veci-

33 Al respecto, las declaraciones de Garay en la presentación realizada por Torres de Vera en Santa Fe,

, También el hecho que Toledo propiciaba la unión de la legitimada Juana con el hijo del Oidor Juan de Matienzo. Véase PEÑA, Enrique El escudo de armas de la ciudad de Buenos Aires, Peuser, Buenos Aires, 1944, p. 12 y GARMENDIA, José Ignacio El casamiento de Doña Juana Ortiz de Zárate: crónica histórica colonial, Buenos Aires, 1912.

1583; transcripción en CERVERA, Manuel Historia

cit., Vol. III, Apéndice XI, particularmente p. 292.

34 AGSO-ACSF, I, f. 26. El acta registra el hecho de manera elegante: “…los dichos señores alcaldes dijeron y en nombre de su majestad mandaron al governador diego ortiz de çarate mendieta qantes que del todo acabara de destruir asolar y despoblar las ciudades y pueblos e lugares que tan poblados en estas dichas provincias fuese a dar cuenta a su majestad de los daños y desolaciones que en ellas avia hecho…”. “El mancebo” no llegó nunca a destino, ya que consiguió recalar en costas brasileñas.

35 Cuyos nombres y funciones conviene retener: Simón Xaques era el Teniente de Gobernador, Pedro de Oliver el Alcalde, Bernabé Luján el Alguacil Mayor, Alonso Fernández Montiel el Escribano del Cabil- do, acompañados por el sobrino del Adelantado, Alonso de Vera y Aragón.

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nos organizadores de la acción. Treinta y cuatro hombres firmaron el acta donde designaban a las nuevas autoridades. 36 Paradójicamente, pocas horas después, uno de los firmantes encabezó la repre- sión que puso fin al efímero movimiento: Cristóbal de Arévalo, designado Capitán General y Justicia Mayor por los rebeldes, arengó a los recientemente depuestos para acabar con “la farsa”. Si el motín preveía una pequeña masacre contra las auto- ridades legales, su represión despachó otra que no por improvisada dejó de ser efec- tiva. Benialvo, anfitrión de los rebeldes, fue asesinado en su propia casa. Significati- vo, pero poco espectacular. En la misma faena, los devenidos guardianes del orden terminaron con la vida de Diego de Leyva y Pedro Gallego, esta vez en la vía públi- ca. Más ejemplarizantes fueron las ejecuciones de Domingo Romero, en medio de la plaza, y del movedizo Diego Ruiz, ejecutado en la picota, tras brevísimo juicio sumario. Rodrigo Mosquera y Pedro de Villalta consiguieron escapar hasta Córdo- ba. Mejor suerte parece haber corrido Pedro Gallego el Mozo, de quien sólo se sabe que huyó. 37 Mientras los apresados relataban su versión de los hechos, los hombres leales a Garay y “al orden” montaban la escena pedagógica: trozados, los restos físicos de quienes en vida habían tramado la revuelta eran expuestos en la plaza y amojona- ban los caminos por los que se entraba o salía de Santa Fe. Rebeldes y leales monta- ron en menos de dos días la escena de una obra digna de Shakespeare, donde los actores apresaban hoy a los propios de mañana y ejecutaban mañana a los cofrades de ayer. Las rebeliones y contra-rebeliones ocurridas en otros puntos del imperio, incluso en las no tan remotas “guerras civiles del Perú”, son pródigas en ejemplos de este tipo. 38 En Córdoba, Diego de Rubira –el teniente de Gobernador y hombre de confian- za de Gonzalo de Abreu en esa ciudad– dispuso el arresto de Rodrigo Mosquera y Pedro Villalta, a fin de mandarlos a Santiago del Estero para que Abreu resolviese:

36 Entre las cuales se encuentran algunos notables como Diego Ramírez y Juan de Santa Cruz (como alcaldes) y Cristóbal de Arévalo como Justicia Mayor y Capitán General. Al anfitrión de la reunión se reservaba el título de Maestre de Campo.

37 El tratamiento sumario –y el castigo ejemplar e inmediato– estaba contemplado en las leyes hispá- nicas al encuadrarse la rebelión dentro de lo que se denominaba en la época delitos notorios. Aquí también es interesante la conexión con la tradición judeo-cristiana. En las Decretales se cita a San Agustín para capitular que “Sobre los delitos notorios proceda el Juez de oficio aunque no haya acusador.” PÉREZ y LÓPEZ, Antonio Xavier Teatro de la Legislación Universal de España e Indias por orden cronológico de sus cuer- pos y decisiones no recopiladas y alfabético de sus títulos y principales materias, Tomo IV, Madrid, 1792, p. 213.

38 Basta recordar las idas y vueltas de algunos soldados devenidos capitanes, encomenderos y, sobre todo, hábiles en el hábito del cambio de bando como Lucas Martínez Vegazo. Véase el vívido relato de aquellas circunstancias en TRELLES AREÁSTEGUI, Efraín Lucas Martínez Vegazo. Funcionamiento de una encomienda peruana inicial, PUCP, Lima, 1982.

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pero quedaron a disposición de la justicia del residenciador del mismo a quien eran entregados. En el ínterin, Hernando de Lerma había llegado a Santiago del Estero con su designación como Gobernador y con la potestad de incoar el juicio de resi- dencia a Gonzalo de Abreu, a quien encontró culpable en cincuenta y cuatro de los cincuenta y cinco cargos que se le imputaban.

El largo brazo de la Monarquía permite a sus más humildes vasallos agitar las manos

Se ha expuesto el motivo por el cual el conflicto santafesino de 1580 puede ser com- prendido sobre todo gracias al Juicio de Residencia realizado al Gobernador del Tucumán. De los cincuenta y cinco cargos que se le imputaron, cinco apuntaban a probar sus relaciones con esta revuelta, presentada como un acto en desserviçio de Su

Majestad –traición a la Corona. 39 En el caso del delito de traición al rey o a la coro- na, las Partidas preveían que podían presentarse como acusadores incluso aquellos que no podían hacerlo de manera ordinaria –esto es todo tipo de sujetos jurídica- mente dependientes. 40 Sumado esto a la circunstancia de ejecución de la “secreta” (la presentación de testimonios era confidencial) el juez conseguía rescatar durante

la pesquisa un registro de voces desusadamente variopinto.

El proceso demuestra la intimidad de la relación existente entre la justicia de la Monarquía a escala imperial con las cuestiones de gobierno y las dinámicas faccio- sas a escala local. Abreu fue condenado a pagar numerosas multas en dinero por

maltratos de palabra, parcialidad en pleitos, por excesos en el uso de la tortura en

los interrogatorios (“

examinado a los testigos con demasiada persua-

e incluso por haber promovido la pérdida de respeto de algunos vecinos y

de sus mujeres. 41 Durante la pesquisa realizada en Santiago de Estero y Córdoba se

ción

haber

”)

secuestró correspondencia del Gobernador con varias personas. Este epistolario per- mite reconstruir el proceso de la vinculación del Gobernador con los “paraguayos”

y también la forma en que el mismo había trabajado sus relaciones en el espacio

tucumano. 42

39 BN, GGV, CXXII, 2125, varias declaraciones. Véase también la confesión de Ruiz, BN 2126 y el doc.

2127.

40 Partida VII, Tít I, ley 2.

41 BN, GGV, CXXI, 2112; en otro de los documentos incorporados por esta vía a la causa, Garci Sán- chez, Hernán López Palomino, Alonso Abad, Gonzalo Sánchez Garçon, Juan Serrano y Luis de Gallegos, vecinos, conquistadores y pobladores de Santiago del Estero, se quejan en su descargo del 6 de julio de 1580 por apremios y falsificación de documentos contra Bartolomé de Sandoval, en un pleito sostenido entre éste y Hernán Mexía de Miraval. BN, GGV, CXXI, 2113.

42 Por razones de espacio no puede abundarse en este punto, ilustrado en otro trabajo en preparación.

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Abreu trabajó sin descanso en la confección de un tejido de relaciones que pudiera reportarle lealtades de diferente tipo durante todo el período que duró su gobernación: comenzó el mismo día que llegó a Santiago del Estero, modificando el Cabildo de la cabecera –luego haría lo propio con el de Córdoba. Conceder oficios capitulares era, sin duda, uno de los recursos más importantes con los que un gober- nador contaba al llegar a una nueva sede, pero no el único. Abreu se granjeó la leal- tad de algunos hombres de maneras diversas: bien pronto comenzó a repartir favo- res materiales con bienes que quitaba a otros y torció la balanza de la justicia de manera ostensible, beneficiando a los que convertía en sus partidarios con fallos arbitrarios y rápidos, lo que constituía otra prenda valiosa. Movilizó estos recursos en varias direcciones: consiguió la incondicionalidad de un antiguo vecino de San- tiago del Estero, Diego de Rubira, a quien situó como su teniente en Córdoba. 43 Este hombre cubría compromisos que Abreu tenía a la sazón con Francisco Velázquez, de quien luego consiguió el abastecimiento de caballos y avíos para los hombres que se encargaron del “negocio” de Santa Fe. 44 Rubira también movilizó recursos propios para Abreu cuando se lanzó la persecución de Cristóbal de la Chica, un descarria- do, una oveja perdida del rebaño que poseía demasiada información acerca de la relación entre Abreu y “los paraguayos” de Santa Fe. 45 Rubira ejecutaba para su gobernador todo tipo de servicios, pagaba deudas en dinero o en especie, hacía favores judiciales, perseguía gente y hasta expulsó de la ciudad de Córdoba perso- nas non gratas al gobernador. 46 Por otra parte, el mismo Abreu había limpiado el terreno de enemigos reales y probables. Ejerciendo su potestad de Justicia Mayor enjuició a opositores y hasta eje- cutó la condena a muerte de un vecino durante el período de apelación de la sen- tencia. La muerte de algunos encomenderos le brindó recursos para premiar a sus allegados; entre los beneficiarios se contaban su hermano y quienes le ayudaron a controlar el camino que comunicaba Santiago del Estero con Charcas a partir de 1578, vigilancia que redobló desde que tuvo noticias de la designación de su suce- sor. Superpuso su autoridad a la jurisdicción eclesiástica y mandó apresar a indias por hechiceras; varias de ellas terminaron como concubinas del Gobernador y los hombres de su entorno, como objeto de premio, aunque también las utilizó como

43 Véanse las cartas de Gonzalo de Abreu a Diego de Rubira, desde Santiago del Estero, a 15 de mayo de 1580. BN, GGV, CXXI, 2102. Carta de Diego de Rubira a Gonzalo de Abreu, desde Córdoba, el 9 de junio de 1580. BN, GGV, CXXI, 2090. Carta de Gonzalo de Abreu a Diego de Rubira, desde Santiago del Estero, a 23 de abril de 1580; BN, GGV, CXXI, 2100.

44 Carta de Abreu a Rubira, desde Santiago del Estero, a 3 de junio de 1580, BN, GGV, CXXI, 2103.

45 Carta de Abreu a Rubira, desde Santiago del Estero, el 27, 28 y 29 de marzo de 1580. BN, GGV, CXXI, 2094, 2095 y 2096. Otra carta de Abreu a Rubira, desde Santiago del Estero, a 11 de abril de 1580. BN, GGV, 2098. Carta de Abreu a Rubira, desde Santiago del Estero, a 19 de abril de 1580; BN, GGV, CXXI,

2099.

46 Como es el caso de doña Luysa Martel y de su marido Godoy, quienes habrían ayudado a ocultar a Cristóbal de la Chica, poseedor de la comprometedora información.

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cazadoras de información en los lechos de los hombres que no eran completamente confiables. 47 El funcionamiento administrativo de la Monarquía preveía, no obstante, momentos que abrían posibilidades para los desgraciados que habían logrado sobrevivir a este tipo de barbarie: el Juicio de Residencia era uno de ellos. 48 Durante la “secreta”, primera fase del mismo, el juez pesquisidor recibía decla- raciones y denuncias sobre el accionar del residenciado de manera confidencial. Fueron muchos los vecinos y pobladores de Santiago del Estero que prestaron sus informaciones denostando el accionar de Abreu. Además de ser la oportunidad de un resarcimiento para los perjudicados, esta instancia proporcionaba una lista de probables partidarios para el gobernador recién llegado –que, en este caso, coinci- día en la figura del residenciador. Luego, en la segunda instancia, llamada pública o plenaria, se presentaron demandas y recogieron testimonios que permitieron encontrar culpable a Abreu de haber procedido apasionadamente contra los partida-

rios de su predecesor (Jerónimo Luis de Cabrera) así como de “

cargos de justicia a ombres baxos y muy humildes

Según los vecinos que presen-

aver dado ofiçios y

”.

taron cargos en su contra, Abreu manipulaba las elecciones capitulares de las ciuda- des de Santiago del Estero y Tucumán 49 y hasta cambiaba los alcaldes cuando no eran de su agrado. 50 De todos modos, debe reconocerse que si las acusaciones fueron justas, tienen algo de estereotipo: cuando Juan Ramírez de Velasco residenció a Hernando de Lerma recogió cargos calcados y, a ojos del gobernador entrante, el pesquisidor de Abreu era un “bellaco” al que debió imputarse la nada desestimable cifra de 105 acusaciones. La reiteración se debe tanto al modo en que se implementaba el juicio –el tipo de preguntas con las que recoge información el juez pesquisidor– como al modo en que se articulaba el funcionamiento de la dinámica política de la Monar-

47 Toda la información en BN, GGV, CXXI, 2112.

48 También existía la Visita o la Rendición de Cuentas. Éstas, y otras formas de control semejantes al Juicio de Residencia, se encuentran presentes ya en algunos capítulos de las Partidas de Alfonso X (en la Tercera), quien las retomó del Derecho Romano, que contemplaba juicios solemnes y públicos contra sus funcionarios. Quienes se habían visto perjudicados por el funcionario residenciado podían presentar for- malmente sus quejas ante un Juez de Comisión, encargado de levantar las actuaciones para elaborar los cargos que se le imputarían al funcionario saliente. La tradición de la Monarquía Católica se nutrió de elementos relacionados con el control de los ministros que poco tienen que ver con la “modernidad”: la magnífica obra de Francisco de Quevedo, Política de Dios, Gobierno de Cristo (circa 1617-26, dedicado a Felipe IV) presenta crudamente la antigüedad de la tradición del juicio y escarmiento público de los ministros del Príncipe, lo que refuerza las tesis de Ullmann sobre la versión romanizada de la vulgata bíblica y su peso en la tradición política medieval (y moderna).

49 BN, GGV, 2112.

50 BN, GGV, 2112. Este punto de vista es, claro está, el de los vecinos “viejos” de Santiago del Estero que se habían visto desplazados con el advenimiento en 1574 de esta nueva camada de hombres a los que consideraban de una calidad inferior.

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quía con la coincidencia coyuntural de intereses entre actores muy distantes entre sí. Los partidarios de Jerónimo Luis de Cabrera, otrora desplazados y perjudicados por Abreu, encontraron en el Juicio de Residencia iniciado por Hernando de Lerma en 1580 la posibilidad de solicitar resarcimientos por vía de derecho; 51 lo mismo suce- dió con los desplazados por Lerma cuando éste fue residenciado por Ramírez de Velasco. Así, la intencionalidad de control contenida en la prescriptiva se concreta- ba contando con recursos intangibles. La lejana Audiencia no enviaba Jueces de Comisión y la Residencia era ejecutada por quien llegaba a radicarse como Gober- nador. 52 Esto favorecía que los perjudicados por el gobernador saliente pudieran pedir resarcimiento y, a los damnificados del día, la previsión de una situación que se revertiría con la llegada del próximo. El gobernador recientemente llegado, aun- que arribaba con una comitiva estrecha, contaba en el sitio de destino con el tácito pero invalorable apoyo que le sería brindado por quienes habían visto lesionados sus intereses por el administrador anterior. Las constelaciones del poder político, observadas desde cerca, muestran su movilidad y fragilidad. El enfoque desde la fuente judicial –aun cargada de fórmu- las y estereotipos– permite construir con una perspectiva desde abajo las razones de un equilibrio que no está montado sobre una fuerte centralización sino sobre cam- bios continuos y vibrantes. La dinámica que explica esa continuidad es puro movi- miento: el orden es comprensible si se admite que la turbulencia puede ser una forma de organización.

Santa Fe, 1580: hilvanando silencios

Las actas capitulares de la ciudad de Santa Fe no se hacen eco en absoluto del motín de la noche de Corpus de 1580: por el contrario, en ellas predomina un silencio lace- rante. Esta sordina 53 –que enseguida será cuestionada articulando dichos aparente- mente inconexos– es llamativa porque muchos de los actores del bullicio siguieron viviendo en la ciudad. Las relaciones entre los miembros del grupo hispánico de la ciudad de Santa Fe se construyeron sobre la base de algunas relaciones previas –las tramadas en la etapa asunceña– y de un puñado de decisiones fuertemente constitutivas. Como lo

51 Véanse por ejemplo declaraciones de Mexía Mirabal, en BN, GGV, CXXI, 2114.

52 AGUIAR Y ACUÑA, Rodrigo y MONTEMAYOR Y CÓRDOBA DE CUENCA, Juan Francisco Sumarios de la Recopilación General de Leyes de las Indias Occidentales, presentación de José Luis Soberanes Fernández; prólogo de Guillermo F. Margadant y estudio introductorio de Ismael Sánchez Bella, Edición Fascimilar de la edición de 1628, Fondo de Cultura Económica, México 1994, Libro IV, Títulos octavo y noveno.

53 Similar al que envolvió a las Comunidades de Castilla, por ejemplo.

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ha dicho más claramente Susan Ramírez Horton, en una ciudad recién fundada el primer grupo hegemónico se origina por decreto 54 cuando se conceden la vecindad, los solares y las tierras en el término urbano. Los historiadores han sostenido que los rebeldes de 1580 conformaban un grupo social y hasta étnicamente diferenciado (los hijos de la tierra), políticamen- te subordinado (mancebos), sociológicamente marginado (de la propiedad de la tierra y del control del Cabildo, desposeídos del poder material y simbólico) e in- cidentalmente agraviado por el nombramiento de un lugarteniente “extranjero” que les era adverso (Simón Xaques). Para ajustar estas hipótesis con la participa- ción de Abreu en la instigación del conflicto, basta con echar mano de una teoría conspirativa de la historia y atar nudos con los hilos que saltan a la vista. Pero el problema es más denso. El silencio de las actas del Cabildo santafesino no fue el único; casi terminando el siglo, el 10 de julio de 1599, Cristóbal de Arévalo –nombrado comandante de la rebelión, cabecilla de la contra-rebelión y vecino de la ciudad de Santa Fe, aunque se reconoce como natural de Asunción– enviaba al Rey un Informe de Servicios pidiendo recompensa. No obstante los treinta años de agitada vida, a los efectos de relatar sus méritos, su memoria parece conservarse prodigiosa. 55 Al evocar la Rebe- lión de la noche de Corpus de 1580, destaca su servicio como represor de la misma y omite haber sido electo como la máxima autoridad por los rebeldes; antes de cerrar

embio de todo

esto [

”. ¿Condice la mag-

cio de Vuestra Magestad, es la mejor que ay en estas provincias

y de cómo la ciudad de Santa Fe qués la que quite al tirano, y puse en serbi-

la carta, de su larga foja de servicios sólo subraya este episodio: “

]

nitud del hecho con el lugar que Arévalo le asignó en su foja de servicios? En las “informaciones” de los testigos de oficio que comparecieron frente al alcalde Pedro

de Oliver en Santa Fe, los “leales” (es decir, los que se alinearon con Arévalo en la

contra-rebelión) reputaron el hecho como “

de los mas calificados seruiçios

que se .an hecho a su magestad por auerse atajado un daño tan grande como espe-

raua

algún Judas, y esto no requería de la lectura de ningún tratado erudito.

56 En la cultura política católica pocas cosas cotizaban más que terminar con

uno

”.

54 RAMÍREZ, Susan “La elite terrateniente de la costa norte peruana: una historia económica y social de Lambayeque en la época colonial, 1700-1821”, en FLORESCANO, Enrique –coordinador– Orígenes y

desarrollo de la burguesía en América Latina, 1700-1955, Nueva Imagen, México, 1985, pp. 251-279.

, cit.,

Vol. III, pp. 301-302.

56 “Contenido de la Instrucción sumaria con motivo del motín efectuado el 30 de mayo de 1580 en Santa Fe, remitido al Gdor. Lic. Hernando de Lerma, en sobre cerrado, por el Alcalde Pedro de Oliver. Se acompaña del bando del cap. Cristóbal de Arévalo, prohibiendo la salida de gente de la ciudad sin licen- cia.” AGI, Escribanía de Cámara, Libro I, 873-0, recogido también en BN, GGV, CXXII, 2125.

55 Informe de Cristóbal de Arévalo al Rey, en 10 de julio de 1599; en CERVERA, Manuel Historia

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En el Cabildo, el silencio inicial se rasgó con un mensaje pedagógico o amena- zante, según se vea. El recuerdo de la rebelión fue tácitamente puesto sobre tablas en un acto protocolar: el nombramiento del primer Alférez de la ciudad, registrado el 9 de enero de 1581, eludió las fórmulas consagradas y el texto aparece lacerado con un comentario que, por obvio, es inesperado:

quanto en otro cabildo pasado nombraron para este año al dicho

pedro de oliber para alferez desta ciudad y sobre ello no se escrivio asun- to alguno y en lo qual desde agora le nombravan y nombraron por tal alfe- rez de la ciudad y le mandavan y mandaron que si se ofreciere alguna alteracion o levantamiento que sea de la parte de su majestad para lo qual le tomaron jura- mento en forma de vida de derecho…”. 57

por “

Tampoco es casual que la responsabilidad de portar el Real estandarte recaye- ra en Pedro de Oliver, aquél que a comienzos de 1580 fuera electo alcalde de segun- do voto y que oficiara de juez en las sumarias levantadas a los conjurados, sus parientes y sus aliados. Además de la designación de Pedro de Oliver, el Cuerpo daba otras señales, menos tenues: en 1581 ordenaba que anualmente el día de Corpus se haga fiesta de desagravio al Real estandarte, lo que no era habitual. Alonso Torres de Vera, uno de los apresados durante el motín, no dejó pasar oportunidad sin relatar que aquella

noche su vida corrió riesgos por lealtad al Real Servicio: el edificante recuerdo parece latente y rentable todavía en 1601, cuando las ordenanzas sobre elecciones en Cabil-

que los condenados e

indiçiados y sospechosos en tiranías no sean elegidos en oficios de regimientos ni

justicias

remitida por el Cabildo a la Real Audiencia de Charcas, donde se alude al año 1580 como un momento de grandes cambios políticos locales. 59 Ahora bien, conociendo el final de la historia, algunos registros capitulares anteriores a 1580 pueden volverse significativos. Durante 1578, Rodrigo Mosquera (uno de los conjurados de 1580) se desempe- ñaba nada menos que como Procurador de la ciudad de Santa Fe, un lugar nada secundario para un vecino marginal. Durante la sesión del día 17 de junio, Mosque- ra presentó una información, seguida de una petición, parte de la cual nos interesa en función de los sucesos posteriores.

58 Una década más tarde, la referencia aparece reactualizada en una carta

do del Gobernador Valdés y de la Banda, incluían el ítem “

”.

57 AGSF-ACSF, Tomo I, Libro Primero, f. 56, destacado mío.

58 AGSF, Reales Cédulas y Provisiones, Tomo I. Provisiones sobre elecciones en el Cabildo dadas por el Gobernador Valdés y de la Banda a 12 de febrero de 1601.

59 “Carta para la Real Audiencia, del Cabildo de Esta Ciudad”, 5 de marzo de 1590, en AGSF-ACSF, Tomo I, Libro tercero, f. 56v.

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Esab ynformado que francisco de sierra y Juan despinosa y

diego bañuelos se querian venir y salir de la ciudad de la asumpcion con ciertos amigos furtivamente á la ciudad de Santiago del Estero por verse con el governador o general que para esta governacion viniere [el por entonces fantasmático sucesor de Abreu] para le informar falsas ynforma- ciones como ansy lo han hecho en la asumpcion y para esto pido y suplico a vuestras mercedes que si es necesario se despachen dos hombres abona- dos y de grandes prendas deste pueblo con despachos de vuestras merce- des para que sepa el gobernador o general que viniere en la gran lealtad en que estamos sirviendo

tambien “

60

Hilvánese este escrito en la trama política de la coyuntura: hacia 1577, Juan de Garay viajaba a Chuquisaca a fin de concertar la alianza matrimonial entre la here- dera Juana (hija mestiza reconocida por Ortíz de Zárate) y Juan Torres de Vera y Aragón, hombre de su confianza y partido. Francisco de Sierra, a quien Mosquera señala como un hombre del cual el Cabildo no debía fiarse porque podría llevar al próximo gobernador del Tucumán informaciones desafortunadas, había sido desig- nado Teniente de Gobernador de Santa Fe por Garay ese mismo año. Juan de Espi- nosa y Diego Bañuelos eran también beneméritos y partidarios de Garay, hombres de la primera hora. Cuando Mosquera presentó su informe y petición, Garay se encontraba fuera de Santa Fe (regresó a la ciudad recién a comienzos de agosto de

ese año) y el poder que le había otorgado Torres de Vera y Aragón data del 9 de abril; en su viaje de Charcas a Santa Fe, Garay eludió primero la presión (y la persecución) de Toledo y luego la de Abreu, ambos perjudicados por el matrimonio que por poder había gestionado exitosamente Garay, debilitando las pretensiones virreina- les de controlar más firmemente el área paraguayo-rioplatense. Hermando de Lerma, por su parte, no podía hacer efectivo su nombramiento como gobernador del Tucumán: hacia 1578, la noticia de su titularidad había recorrido ya los extensos caminos que conectaban Charcas con Santa Fe; todos estaban informados, pero Lerma era sometido a diversos cuestionamientos por la Real Audiencia de Charcas y por el mismo virrey Toledo. Esta es la configuración en la que debe inscribirse la indignación que Mosquera mostraba ante la posibilidad de que los hombres elegi- dos fueran a Santiago del Estero o al camino hacia el norte, posiblemente para entre- vistarse con Lerma –aunque quizás fuera sobre todo para apoyar logísticamente el regreso de Garay. La presión que ejerció Mosquera fue exitosa, ya que obtuvo el

personas para que fuesen a la ciudad de santiago a

traer despachos si los hubiere y nuevas del governador y general Juan de garay ”:

nombramiento de otras “

dos

los designados fueron Amador de Benialvo y Miguel de Rute, hombres que contac- tarían con Abreu para fortalecer su posición en Santa Fe.

60 AGSF-ACSF, Tomo I, Libro Primero, f. 42, destacado mío.

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¿Quiénes eran los mancebos? La construcción de una identidad: sangre, territorio y buen gobierno

Volvamos imaginariamente a la casa de Lázaro de Benialvo. Allí, el día martes trein-

La elección

recayó en Cristóbal de Arévalo, vecino de la ciudad; sin guardar un lógico orden de preeminencias y seguramente imponiendo la urgencia a las formas, en la misma línea del acta aparece mencionada la elección del dueño de casa como “maese de

campo”. 61 El acta está rubricada por treinta y cuatro firmas 62 de los que constituyen esta “junta” 63 que se arroga la capacidad de cambiar las autoridades que debían gobernar la ciudad. La mitad de los hombres reunidos en la casa de Benialvo integró la hueste fun- dadora: dieciséis de ellos habían acompañado a Juan de Garay desde Asunción. 64 Tres de los cabecillas de la rebelión –Lázaro Benialvo, Pedro Gallego y Diego de Leyva– y algunos que, participando de la misma luego se volvieron “leales al rey” y reprimieron el movimiento –como Cristóbal de Arévalo y Antón Romero– habían sido además “soldados” de Garay a comienzos de la década de 1570. 65 Según el tes-

su compañía

66 dado el lustre y el prestigio con el que con-

de mucha presuncion fee y crédito

timonio de Felipe Xuárez todos estos hombres habían sido gente de “

ta y uno de mayo de 1580, se juntó mucha gente a elegir justicia mayor

”,

taba Garay en Asunción. Para entonces, los soldados de Garay eran considerados por el mismo testigo “baquianos” en el uso de las armas y en la práctica de la gue-

rra contra el indígena. Siempre en el mismo testimonio, la memoria le dictaba a Feli- pe Xuárez que, volviendo del Perú para anudar el casamiento entre Torre y Juana,

Garay “

Santa Cruz Sebastian de Aguilera y Luis Gaitan y Pedro Gallego y Lazaro Benialuo

67 Varios de los “mancebos

soldados de fee y credito y otros que con el fueron

rebeldes” habían sido hombres de confianza del vizcaíno desde comienzos de la

avia

travajado por el camino según tiene declarado que fueron Juan de

”.

61 Acta de nombramiento de las autoridades por los rebeldes; BN, GGV, CXXII, 2124.

62 Ver tabla adjunta. Puede constatarse que dos de los cabecillas que fueron procesados, Domingo Romero y Francisco Álvarez Gaytán no firmaron la misma.

63 La palabra aparece utilizada para designar la reunión en el juicio sumario seguido por Pedro de Oli-

ver.

64 AHSF, Reproducción de testimonios históricos en adhesión al Cuarto Centenario de la Fundación de la Ciu- dad de Santa Fe, Santa Fe, 1973, sin foliar. Otras versiones indican que son 18.

65 Los tres primeros son mencionados en el testimonio del capitán Juan Fernández de Enciso, mientras que los dos últimos en el de Pedro Sánchez Valderrama. Ambas declaraciones corresponden a “Informa-

ción

to que participó de la fundación de Santa Fe y era soldado de Garay– enumera además de los nombres

consignados el de Juan de Santa Cruz y el de Mateo Gil, quienes también estaban en Santa Fe el 31 de mayo de 1580.

cit., p. 195 y pp. 200-201 respectivamente. El testimonio de Felipe Suárez –de vista, además, pues-

”,

66 cit., testimonio de Felipe Xuárez, p. 208.

67 cit., testimonio de Felipe Xuárez, p. 209.

“Información

“Información

”,

”,

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Tabla 1 Firmantes del acta del 31 de mayo de 1580

 

Cargos Cabildo *

 

Marcas ganado

     

Contrarrevolución

1579/1580

Capitular

Fundador

Arrestado

Juzgado

Ejecutado

Cristóbal de Arévalo

1

 

X

       

X

Lázaro Benialvo

4

XX

X

   

X

X

 

Gabriel de Hermosilla

2

XX

 

V

     

X

Alonso Hernández Romo

1

X

X

       

X

Diego de Leiva

3

X

X

   

X

X

 

Diego Ramírez

1

X

X

V

     

X

Pedro Gallego

2

 

X

#

 

X

X

 

Domingo Vizcaíno

   

X

       

X

Bartolomé Figueredo

1

X

     

X

   

Diego de Sosa

               

Francisco de Vergara

               

Juan de Santa Cruz

1

X

X

       

X

Pedro de Villalta

   

X

   

X

X

 

Pedro Gallego –el Mozo

     

#

X

     

Francisco de Burgos

       

X

     

Sebastián Correa

   

X

         

Diego de la Calzada

             

X

Diego Ruiz

   

X

   

X

   

Juan Román

             

X

Felipe Juárez

1

           

X

Sebastián de Aguilera

   

X

       

X

Francisco Ramírez

             

X

Juan Sánchez

1

 

X

       

X

Pedro Martínez

     

#

     

X

Juan de Ovalle

       

X

     

Rodrigo Mosquera

2

 

X

   

X

X

 

Cristóbal Pérez

               

Antón Rodríguez

 

X

X

       

X

Rodrigo Álvarez de Carrillo

             

X

Juan de Vallejo

             

X

Antonio Martín

   

X

       

X

Sebastián de Encinas

             

X

Gabriel Sánchez

             

X

Lorenzo Gutiérrez

             

X

NO FIRMARON EL ACTA PERO FUERON ARRESTADOS O PROCESADOS

 

Domingo Romero

         

X

   

Francisco Álvarez Gaytán

         

X

   

Salvador de Orona

       

X

     

Juan Correa

       

X

     

Pedro Sánchez

       

X

     

(*) Cantidad de años que ejerció un cargo capitular entre 1574 y 1580. (∇) X significa que fue capitular uno de esos años; XX que lo fue ambos.

(#)

Presentó hierros en 1577.

(V)

Presentó hierros en 1584.

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década de 1570 hasta muy poco antes de tramarse la rebelión, incluso vemos que cuando Mosquera intentaba cambiar los nombres de los hombres que irían a Santia- go del Estero, Gallego y otro de los Benialvo, Lázaro, venían con él. Pero la caracterización de los hombres rebeldes como mancebos no surge de la nada. La historiografía (incluso la más partidista) no los menciona de este modo caprichosamente. La condición está atrapada en un significante que tiene significados que, según lo muestra la experiencia “paraguaya” fueron cargándose jurídica y socialmente. Por una parte, “mancebo” hace referencia a una condición jurídica relacionada con la juventud y la dependencia; pero en el Río de la Plata (o en el Paraguay, más

correctamente) está relacionada con una trama localizada, que revela cuestiones cul- turales relacionadas con la marcha del proceso de conformación de un orden social

y político.

Aun cuando regía la prohibición de utilizar armas de fuego para los más jóve- nes (menores de veinticinco años), era bastante corriente que los “mancebos” se lan- zaran precozmente a una vida militar con la expectativa de obtener algún tipo de privilegio en un mundo que, pocos años después de la conquista, se había vuelto particularmente mezquino en ese rubro. 68 Desde edad temprana, los mancebos

(hijos de indias y españoles que, reconocidos o no por sus padres, constituían un estrato inferior al de los “peninsulares” e incluso al de los españoles nacidos en

América, esto es, los hijos de padre y madre española) ofrecían su apoyo a capitanes

y desde luego alimentaban expectativas que no siempre podían ser satisfechas. Un bando del teniente Felipe de Cáceres pregonado en Asunción en 1571 pro-

hibía “

so pena de muerte corporal

taban de abandonar la ciudad “

sen

todas las armas y caballos que pudie-

siguientes mancebos desordenados, hijos de la tie-

rra: Pedro Moran, Alvarez, Santiago de Ribera, Juan Martin Herrero, Francisco de Esquivel, Pedro Gallego, Arcamendia, Rodrigo Mosquera, Leiva, Amador de Venialvos, Santiago Mendez, Polo Sandoval, Manuel Antonio Herrero, Richarte, Rivero, Mar- tin de Peralta, Luis Calafate y Anton Alonso.” 69 Los nombres de esta lista son impor- tantes: varios de los integrantes del motín de Santa Fe habían sido mentados como mancebos desordenados por Felipe de Cáceres quien los había marcado como sospe- chosos de sedición en la ciudad cabecera de la gobernación: muy probablemente este fuera el motivo por el cual se les pudo haber sugerido firmemente enlistarse en

el

uso de armas y el montar á caballo, ni juntarse de dos ó tres para arriba,

”.

Según su entender, los hombres que hacían esto tra-

llevando

los

”.

El bando enumeraba a “

68 Juan de Bernardo Centurión comenzó sus aventuras militares a la edad de dieciséis años; Hernan- do Arias de Saavedra lo hizo a los quince y antes de los veinte había sido designado como Teniente por Juan de Garay.

69 TRELLEZ, Manuel Ricardo Revista Patriótica del Pasado Argentino, Tomo V, Buenos Aires, 1892. Todos los resaltados me pertenecen.

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el Alarde de 1572 para embarcarse con Garay a la fundación de un puerto sobre el río Paraná. 70 Desde lo más alto de la constelación de los poderes de la Monarquía en Améri- ca, el virrey Francisco de Toledo no disimulaba su horror ante el crecimiento de la población que él llamaba “mestiza” y que encontraba muy notable sobre todo en las gobernaciones “monstruas” de Tucumán y del Paraguay. Su diagnóstico era alar- mante:

“Aquello esta en punto de perderse si vuestra magestad con breuedad no manda poner el remedio mediante la rrelacion que tengo que tengo de lo que ha hecho digo ortiz de zarate mendieta sobrino del dicho adelantado Juan ortiz de zarate que entretanto que yba la hija de la yndia que aca dexo a

gouernar ella o quien con ella se casase, gouernase aquel mozo

”.

71

Toledo estaba espantado con lo que podría hacer Diego de Zárate y Mendieta, los santafesinos, también. En esto –y quizás solo en esto– coincidían; sobre los cami- nos a seguir tenían diferencias bien profundas. Juana de Zárate, la mujer portadora de un título de Adelantado para quien la desposara, era hija natural del Adelantado Zárate con Leonor Yupanqui, una prin- cesa inca del Perú; Juana fue legitimada por Felipe II en 1572. Muerto su padre, había quedado a la cura de don Hernando de Zárate, quien la tenía en “depósito” por mandato de la Audiencia de la ciudad de La Plata. La mediación de Garay la convirtió en esposa de Juan Torres de Vera y Aragón, y el casamiento transformó a éste en Adelantado. 72 La lógica del disgusto del Virrey queda expuesta en unas car- tas: sabiendo de las tratativas de Garay para concertar aquella unión, 73 Toledo escri- bió a Felipe II advirtiendo que, siendo Juana “…hija de vna yndia y conforme a la

70 Un poco más severa parece ser en este punto la tradición imperial China; para mantener las lealta- des, fundamental en la idea oriental del buen gobierno, los sospechosos de sedición (ora bajo los Ming, ora bajo sus sucesores) eran inducidos por sus superiores a suicidarse, de manera de lavar su honor y no

llevar consigo a parte alguna la cepa de la traición. SPENCE, Jonathan La traición escrita. Una conjura en la China imperial, Tusquets, Barcelona, 2004.

71 Carta del virrey Don Francisco de Toledo a S. M. sobre distintas materias de gobierno, justicia,

, Perú. Cartas y Papeles, siglo XVI. Documentos del Archivo de Indias, Tomo VI, “El Virrey Francisco de Tole- do, 1577-1580”, Madrid, 1924, p. 12, el resaltado es mío.

desde Los Reyes, a 12 de diciembre de 1577, en LEVILLIER, Roberto Gobernantes del

hacienda y guerra

72 Poder al General don Juan de Garay, en AGSF - ACSF, Tomo I, Libro Primero, f. 33, a 26 de julio de

1578.

73 Garay no sólo era un hombre muy cercano a Juan Torres de Vera y Aragón, sino que era su deudo al punto tal que, en algunas cartas al Rey, reconoce debía éste poco menos que su supervivencia. Véase,

entre otras, su carta al Rey de abril de 1582, transcripta por Manuel Cervera en el Tomo III de su Histo-

, más su albaceas testamentario: “Información Colección E. Peña.

ria

cit., pp. 148 a 219. Original en AGI, Patronato, 1-6-47/10,

cit. En la misma carta puede constatarse además, su parentesco con el Adelantado Zárate. Fue ade-

”,

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criança que ellas tienen seria pozible casase con algun meztizo o mulato o con algu-

no de los que han sido muy traidores a vuestra real corona.” 74 La última categoría, que aquí se resalta, es obviamente aquella que incluye al candidato de Garay para esta alianza matrimonial que tanto disgusta a Toledo. El Virrey la relaciona con el peli-

de sus

permitir el gobierno en

vasallos y la conuerssion y doctrina de los naturales

gro que implica dejar en personas de tales calidades como “

encargados

”:

manos de traidores o de hombres que se alejan del cristianismo por la impureza de

la

sangre, contaminación derivada de aquellas mujeres con las cuales se amanceban

y,

a veces, hasta se casaban, era mal ejemplo para la reproducción de una sociedad

que debía emular los principios fundamentales de la monarquía católica. Estas “mezclas”, siempre según Toledo, estaban íntimamente vinculadas con el ejercicio de una “cultura de los motines” –escribió “la única que aprenden”– y los alzamientos contra cabezas y caudillos, vejando el buen gobierno con tiranías. 75 La

alineación de ideas expresadas en esa carta es clara: sangre india más barbarización

y tiranía es igual a mal gobierno. Para el Virrey, las provincias del Tucumán y del

Paraguay eran “mal asentadas”; porque estaban pobladas por un número demasia- do alto de mestizos y mancebos. Ellos no eran “puros” y por eso no podían ser “hombres buenos”. Para el Virrey, la muerte del Adelantado Zárate y la sucesión del gobierno de la provincia paraguaya cubría de oprobio el recto sentido del buen gobierno y la justicia, llevando a un grado inadmisible la incardinación en el máxi- mo nivel del gobierno provincial del fruto de una de esas uniones resultantes de los amancebamientos entre españoles e indias. Por otra parte, aunque omite decirlo en éstas, tenía para la “impura” su propio candidato, el hijo del Oidor Matienzo. Para la construcción del sentido de “mancebo”, aquí se ubica una nueva línea:

Juana era el resultado de un “amancebamiento” 76 y fue legitimada como hija y here- dera de los derechos y oficios de un prominente servidor de Su Majestad. Por su vía, se legitimaba el envilecimiento de un alto oficio de gobierno y, con ello, advertía el Virrey, se enviciaba la jerarquía regia y se cultivaba el caldo de posibles próximas revueltas. Su indignación le hizo subir el tono cuando, en 1578, se dirigió a Su Majestad de la siguiente manera:

no “

nombrandolos gouierno dellas a la boluntad de los que aca vienen y estan tan cargados de hijos hijas mestizas y mulatas y quedarian vuestros subdi- tos y vasallos con tener a estos por superiores y ser gouernados dellos y como reconoceran y ternan ellos la fidelidad que se deue a vuestra mages- tad especialmente que aun sin esto nos desuelamos tanto en buscar medios

se como se puede satisfazer a la real conciencia de vuestra magestad

74 Carta del virrey Don Francisco de Toledo a S. M…, cit., p. 16, resaltado mío.

75 Carta del virrey Don Francisco de Toledo a S. M…, cit., p. 17.

76 Impugnado desde luego forma poco virtuosa de unión entre un hombre y una mujer. Cfr. Dicciona- rio de Autoridades (1734) y COVARRUBIAS, Sebastián de Tesoro de la lengua Castellana, (1611).

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como se quite el peligro de los mestizos desta tierra y casi todo lo del para-

guay es dellos

”.

77

37

Toledo no podía ser más políticamente explícito: legando Juana el título de Ade- lantado se subvertía un orden jerárquico que se debía al bien común, lo que podía relajar la lealtad a la Corona. Para Toledo era incomprensible que el Rey no tomara cartas en este asunto, porque sus vasallos caerían en la confusión al reconocer como gobierno al producto de esas uniones fruto de amancebamientos. Pocos años después, hacia fines de 1585, Hernando de Montalvo, Tesorero de la Gobernación del Plata, se dirigió al Rey en estos términos:

“La gran necesidad que estas provincias de presente tienen, es gente espa- ñola, porque hay ya muy pocos de los viejos conquistadores; la gente de mancebos, así criollos, como mestizos, son muy muchos, y cada dia van en mayor aumento; hay de cinco partes las cuatro y media de ellos; hará de hoy en cuatro años casi mil mancebos nacidos en esta tierra; son amigos de cosas nuevas; vánse cada dia mas desvergonzado con sus mayores

78

El Oficial diagnosticaba y calculaba: quedaban ya pocos conquistadores y los mancebos –gente poco afecta a la autoridad– sumaban casi nueve décimos de la población. Cual arbitrista, también ofreció soluciones:

que conviene al servicio de nuestro Señor y de V. M. que entren en

estas provincias cuatrocientos españoles, para que haya así en los pueblos que están ya poblados, como en los que nuevamente se poblaren, las dos partes de españoles y la una de estos mancebos de la tierra, y así andarán humildes y corregidos, y harán lo que están obligados al servicio de nues- tro Señor y de V. M

así “

79

Se trataba de guardar proporciones numéricas entre “españoles” y estos “man- cebos de la tierra” que, caracterizados ya por el bando asunceño de 1571, eran recor- dados de una manera entre amedrentadora y preventiva en la carta del Tesorero:

“…porque si nuestro Señor no remediara lo que sucedió en la ciudad de Santa Fé, víspera de Corpus Cristi, el año ochenta, saltara alguna centella en el Perú

80

77 Carta del virrey Don Francisco de Toledo a S. M., desde Los Reyes, a 8 de marzo de 1578, en LEVI- LLIER, Roberto Gobernantes del Perú…, cit., p. 25.

78 “Carta del tesorero del Río de la Plata, Hernando de Montalvo á S. M. refiriendo varios sucesos acaeci- dos en aquella gobernacion, fecha en la ciudad de Buenos Aires a 12 de octubre de 1585”, en TRELLES,

Manuel Revista Patriótica del Pasado Argentino, Buenos Aires, 1890, Vol. IV. Todos los resaltados me pertenecen.

79 “Carta del tesorero

”,

cit., el resaltado es mío.

80 “Carta del tesorero

”,

cit.

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Los hechos de la víspera de Corpus de 1580 aparecen, de nuevo, mágicamente, resumiendo lo que significaba para el gobierno de la tierra estos mancebos que, según Montalvo, debían ser puestos en inferioridad numérica para convertirlos en humil- des súbditos obligados al servicio de Dios y del Rey. El recuerdo de la rebelión vuel- ve a aparecer esta vez en la pluma de un funcionario Real. Así, en los textos de pro- tagonistas, testigos y relatores ocasionales se asentaban, a la par de los recuerdos y de su uso pedagógico, ciertas formas de identidad que la lexicografía local atrapaba con matices respecto de sus acepciones originales. El vocablo mancebo, asociado desde tiempo inmemorial con la corta edad, la dependencia y la soltería de un hom- bre, se cargaba en el Paraguay y Río de la Plata con atributos particulares: un tem- peramento levantisco, el entusiasmo por las cosas nuevas, 81 “poca amistad” por el orden. La imagen describe como estereotipos a unos jóvenes armados con “palos y macanas”, eventualmente buenos arcabuceros, listos para rebelarse. Porque aquellos mancebos manejaban también las armas de fuego y, a pesar de los testimonios que tendieron a denostarlos, no siempre lo hicieron para enfrentar a los “peninsulares”: el mismo Garay consiguió que cincuenta y dos de los mancebos hijos de la tierra que embarcaron con él desde Asunción hacia Santa Fe asentaran entre sus pertenencias algún arcabuz, mientras que él mismo –en lo que para el con- texto era una verdadera ostentación– proveyó veintitrés de su cuenta para armar a los que no tuvieran uno. 82 Esto es interesante porque recordemos que en su acep- ción jurídica castiza, mancebo es un hombre cuya condición jurídica exije que sea tutelado y –legalmente– no podía manejar este tipo de armas. A pesar de esto, Garay

mancebos hordinariamente son

los armó y el factor Dorantes afirmaba que “

buenos arcabuceros en poco tiempo que lo usan

Toledo, Dorantes, Cáceres o Martín de Orué –todos, como Garay, peninsulares– mentaban a los hijos de españoles con indias como mancebos o mancebos de la tierra,

atando los atributos de la escasa edad, la soltería y el poco apego a las autoridades. En otra carta escrita por dos oficiales reales en mayo de 1580, se afirmaba que Garay

había partido desde Asunción con “

les de la tierra

“mancebos” con “naturales”.

encadenando las categorías en lugar de condensarlas: no funden

españoles y setenta mancebos natura-

los

”.

algunos

”,

Ajusticiar a los mancebos: justicia sumaria y orden político

Somos dueños de todo, gritaban los rebeldes cerca del encarcelado Alonso de Vera. La noche anterior habían estado mostrándose unas cartas traídas desde Santia- go del Estero por Ruiz y Villalta. Esa madrugada, los conjurados se movieron diná-

81 Sinónimo de “revueltas”.

82 FERNÁNDEZ DÍAZ, Augusto Garay. Su vida y su obra, Rosario, 1973, Tomo I, p. 473.

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micamente y sin ningún sigilo, intercambiando con algunos vecinos promesas y amenazas por fidelidades y silencios. Pero, como ya se ha planteado, los activos rebeldes no operaban desde la marginalidad que ellos enunciaron en la famosa “carta sin firma” y que cierta historiografía quiso creerles: tenían participación en el Cabildo, tenían bienes y tenían contactos en otras ciudades. 83 No eran miserables. La rebelión fue alentada por un pequeño grupo de vecinos muy integrado al organismo de gobierno municipal. En rigor, Lázaro de Benialvo, su principal cabe- cilla, fue regidor en 1574, 1577 y 1580; en 1579 había sido alcalde de segundo voto. Diego de Leyva lo había sido en 1576, 1578 y 1580, Rodrigo Mosquera fue regidor en 1577 y procurador en 1578; Pedro Gallego había sido alcalde de segundo voto en 1575 y regidor en 1578 y Bartolomé Figueredo alguacil menor el mismo año de la revuelta. Si tomamos en cuenta al resto de los firmantes del acta del 31 de mayo, incluidos los contra-revolucionarios, la participación de los rebeldes en el órgano de poder local se amplía todavía más. La rebelión se reprimió con muertes inmediatas, a filo de cuchillo, al grito de “viva el rey” y estigmatizando a los rebeldes a viva voz como “traidores” o “tira- nos”, lo que justificaba las decapitaciones. 84 Enseguida se procedió a la exhibición de sus cabezas en lugares públicos como parte de una pedagogía política del castigo profundamente judeocristiana 85 pero también de la infamación de la memoria de los traidores. 86 Tras haber acuchillado él mismo a uno de los cabecillas, Arévalo recuer-

da haber dicho “

como de personas que .an quebrantado la fee a su rrey

No hay ningún crimen en

merçedes sigan y hagan Justiçia de los demas agresores

vuestras

”.

la restitución del orden; Arévalo, rebelde evidentemente dubitativo y contrarrevo-

y este tes-

tigo entrego la uandera al señor teniente en nonbre de su magestad de alli adelante quedo como vn soldado cençillo como de antes solia estar

lucionario sangriento, liquidó la escena con un gesto bastante austero: “

87

83 También se ha dicho que eran marginales económicamente, lo que es difícil de demostrar.

ley Julia sobre el crimen de lesa majestad, que comprendía a las personas que atentaban o

maquinaban contra el emperador o contra la república. Su pena es la pérdida de la vida, y la memo- ria del culpable era infamada aun después de su muerte”, Justiniano, Instituciones, Libro Cuarto, Tít. XVIII: 3.

85 Y los que quedaren oirán y temerán, y no volverán a hacer más una maldad semejante (Deuteronomio,

19:20).

86 La traición a la Corona era considerada desde luego un crimen de lesa majestad y, según la tradi- ción romana así como la tratadística de la época, debía ser juzgada de manera breve y castigada de modo ejemplar. Cfr. CASTILLO DE BOVADILLA, Jerónimo Política para Corregidores, 1601, II, libro V, capítulo III; VILLADIEGO, Alonso de Instrucción política y práctica judicial, Madrid, 1766. Carlos I de Inglaterra fue juzgado por el delito de traición, encontrado culpable y decapitado el 30 de enero de 1649. Durante su gobierno había hecho lo propio con sus ministros Strattford (1641) y Laud (1645). Por estas tierras, muchos años después, en noviembre de 1863, la cabeza de Vicente “el Chacho” Peñaloza fue cortada y exhibida en una pica en la plaza de Olta, La Rioja. La exhibición de las cabezas de traidores, no obstan- te, no es una exclusividad de la cultura occidental.

84

la

87 Testimonio de Cristóbal de Arévalo, en BN, GGV, CXXII, 2125, cit.

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La lealtad de los traidores

En la cultura política católica las muertes de los traidores y de los rebeldes siempre son justas y no requieren de mayores justificaciones; la más ejemplificadora quizás haya sido la de Diego Ruiz, ajusticiado “al pie del rollo” tras brevísimo juicio oral. Pero el atributo se asigna y los mancebos o los rebeldes lo habían recibido senci- llamente porque habían perdido la partida. De haber tenido éxito, ellos hubieran conseguido convertir a Garay en un tirano al que era justo deponer y quienes no se hubieran sumado, o quienes hubieran defendido al tirano, perfectamente podrían haber sido procesados por traición. Nótese que los traidores también tenían sus lealtades y que éstas conducían derecho a la cúspide de los poderes originarios: desde su punto de vista, Diego Ruiz no moría como un traidor sino como un leal sirviente de Gonzalo de Abreu, a la sazón legítimo Gobernador del Tucumán nombrado por Su Majestad, Felipe II: en consecuencia, moría convencido de haber hecho un servicio a Su Majestad, y no mentía. Antes de ser ejecutado, Ruiz dijo conocer a todos los alzados e involucró direc-

tomar posesion desta ziv-

cantaban liuertad vsurpan-

do la juridiçion rreal [

dad [Santa Fe] con toda la tierra.” Afirmó saber que “

tamente a Abreu, señalando que el Gobernador “

quería

]

e que saue por donde vino hordenado este motin levanta-

miento y deseruiçio de su magestad e que esto venia hordenado por mandado del

governador gonçalo de abreu

do en delator de Abreu con una hora de garrote frente a escribano y pluma, alcanzó a

escribir a su patrón tras la confesión. Con orgullo le aseguró haber cumplido su encar- go (traer las cartas), se reconoció como su criado y le pidió disculpas por el fracaso Ruiz consideraba que moría por vuestra señoría, y le pidió, ignorando que la suerte del destinatario de su nota no era distinta de la suya propia, haga bien por mi anima pues

tan justamente merezco la muerte [

le encomiendo de anima nuestro señor guarde la muy ilustre persona de vuestra Desde el punto de vista de los declarantes por los “leales al Real Servicio”, está claro que nada podía estar más alejado de la verdad: el verdadero servicio estaba de su lado, de quienes habían acabado con la vida de los “tiranos” (ya no solo rebeldes, ahora también tiranos, como éstos llamaban a Garay). 90

bueluo a suplicar a vuestra señoria no se oluide lo que

88 El joven Ruiz, de apenas veintidós años, converti-

”.

]

89

88 Confesión de Diego Ruiz. Santa Fe, 1 de junio de 1580. GGV, CXXII, BN 2127. Comparando nueva- mente con lo sucedido en lugares centrales de la Monarquía, es interesante destacar que tampoco al estu- diar a los comuneros de Castilla de 1520 se haya enfatizado en este aspecto, clave en las reivindicaciones de tipo antiguo que, con la de nuestra conjura, no cuestionaban en absoluto el orden monárquico.

89 Carta de Diego Ruiz a Abreu. Santa Fe, 1º de junio de 1580. BN, GGV, CXXII, 2126.

90 Testimonio de Juan de Ovalle.

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El grupo contrarrevolucionario estaba integrado por un minúsculo patriciado peninsular (compuesto, además de por Juan de Garay entonces ausente, por Pedro de Oliver, Francisco del Pueyo, 91 Francisco de Sierra, Alonso Fernández Romo y seis o siete hombres más) pero también por algunos jóvenes provenientes de Asunción

que en casi todos los casos eran hijos de conquistadores con indias del Paraguay, es decir, hijos de la tierra. Examínese la lista de los contrarrevolucionarios: Cristóbal de Arévalo (abande- rado “forzado” de los rebeldes), Diego Ramírez, Juan de Santa Cruz, Sebastián de

Aguilera, Antón Rodríguez, Francisco Ramírez, Domingo Vizcaíno

ellos dejó de ser “natural” del Paraguay o del Perú después de la tarde del 1º de junio de 1580: pero tampoco volvió a decirse de ninguno de ellos que fuera o hubie- ra sido un “mancebo”. Cristóbal de Arévalo, según se desprende de su Relación de Servicios de 1599, nunca dejó de prestar apoyo al grupo dominante en Santa Fe. Gabriel de Hermosi- lla Sevillano, Alonso Fernández Romo, Felipe Xuárez, Sebastián de Aguilera, Diego Ramírez, Juan de Vallejo y Gabriel Sánchez son los nombres más repetidos de las composiciones capitulares entre 1581 y 1590. A partir del acto contrarrevolucionario, estos hombres se convirtieron en las cabezas de las familias renovadamente beneméritas que entre 1580 y 1600 conforma- ron la aristocracia de hecho que esta ciudad tuvo para darse a sí misma. En adelante, los mestizos integrantes de la hueste contrarrevolucionaria se vie- ron progresivamente beneficiados con más repartos de tierras –sobre todo en la “Otra Banda” del río Paraná, a comienzos de la década de 1590– la asignación de licencias para vaquear ganado y, eventualmente, controlaron el acceso a los cargos capitulares. Su nueva posición está íntimamente relacionada con la reconfiguración del orden social inmediatamente posterior a la revuelta. Una nueva aristocracia sur-

gió de las entrañas de la conjura: los rebeldes “arrepentidos” 92 asesinaron a sus pro-

pios camaradas de revuelta en nombre de “

honra de su rey” y se aliaron con los

Ninguno de

la

provisoriamente deplorados “españoles”. Veamos cómo fue tramándose el posicionamiento social de algunos de estos hombres. Juan de Santa Cruz y Diego Ramírez –dos de los contrarrevolucionarios que participaron de la reunión sediciosa en casa de Benialvo– fueron en 1578 los fiado- res de Simón Xaques, el Teniente de Gobernador supuestamente cuestionado por los

91 Garay le dio una encomienda sobre dos pueblos de indios hacia el 16 de agosto de 1578; copia de este documento en Anales de la Biblioteca, Introducción y notas de Paul Groussac, Coni, Buenos Aires, 1912, Tomo X, p. 126.

92 Nunca podremos afirmar cuál era el grado de convicción de cada uno de ellos al momento de fir- mar el acta en la junta del 31 de mayo; es probable que nunca estuvieran del todo con la rebelión (pero también es obvio que si participaron de su represión jamás reconocerían haber estado de ese lado).

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rebeldes. 93 Tras la rebelión, Xaques –sospechado de una vinculación nunca probada con Abreu– fue reemplazado por Gonzalo Martel de Guzmán, quien llegaba desde Asunción designado como Teniente de Gobernador, cargo que ejerció desde julio de 1580. Sus fiadores fueron Diego de Santuchos y Pedro de Yllanes, quienes hasta entonces no habían figurado en la vida política de la villa. Santuchos obtuvo una silla de regidor en 1584, cuando Martel de Guzmán fue electo alcalde de primer voto. Éste, ahora vecino de la ciudad, era un candidato seguro del nuevo Teniente de Gobernador, don Juan de Torres Navarrete: una semana antes de esta elección, el 23 de diciembre de 1583, Martel de Guzmán había ofrecido su fianza al nuevo Tenien- te. 94 Cuando Torres Navarrete tuvo que ausentarse de la ciudad, extendió un curio- so y específico título de “Teniente de Gobernador de la Ciudad de Santa Fe” a Mar- tel de Guzmán: el fiador, nuevamente, fue Diego Tomás de Santuchos. Los nombres de dos testigos complementan la lista de este pequeño círculo que trabaja sobre su propia solidificación: Feliciano Rodríguez y Juan de Vallejo, rebeldes firmantes, con- trarrevolucionarios fieles y, poco después, beneméritos indiscutidos de la ciudad. Feliciano Rodríguez comenzaba por entonces su carrera hacia la notabilidad con algunos movimientos precisos, consolidando alianzas en un pequeño grupo: en 1583, junto a su amigo y compadre Diego Ramírez, fue fiador de los alcaldes Anto- nio Tomás y Juan Sánchez, dos figuras con fuerte presencia en el ámbito capitular desde la fundación de la ciudad. En 1585 Rodríguez hizo lo propio con todos los cabildantes de ese año; entre los fiadores vuelve a aparecer Juan de Vallejo, acompa- ñado esa vez por Francisco Hernández y Alonso Fernández Romo, este último tres veces regidor entre 1580 y 1584. A comienzos del siglo XVII, se celebraron en Santa Fe algunos matrimonios entre los descendientes de este último y de Rodríguez. 95 Tras la contra-rebelión, Diego Ramírez –otro que apresurada y acertadamente se alineó con los “leales”– comenzó a ocupar oficios capitulares importantes y ofre- ció fianzas en repetidas oportunidades. Participante de la hueste fundadora de Garay, integrante del primer Cabildo, el capitán Diego Ramírez era hijo de españo- les venidos con Cabeza de Vaca, pero nació en Asunción hacia 1546. Tenía ciertos vínculos con los nacidos en esa ciudad, pero se cuidó bien de entablar relaciones cordiales y de reciprocidad con los pocos españoles que había en Santa Fe. Fue regi- dor en 1574, 1579 y 1582; alcalde en 1581 y 1585. 96 En 1581 sus fiadores fueron Pedro de Oliver y Juan Sánchez, de quien él mismo fue fiador el año siguiente. En 1585 lo respaldaron Feliciano Rodríguez, Juan de Vallejos, Francisco Hernández y Alonso

93 AGSF-ACSF, Tomo I, Libro Primero, sesión del 30 de diciembre de 1578.

94 AGSF-ACSF, Tomo I, Libro Segundo, sesión del 23 de diciembre de 1583, f. 60.

95 Por ejemplo, Leonor de Encinas (hija de Juan Fernández Romo y María de Encinas) con Esteban de

Vergara. Esta familia siguió emparentándose muy endogámicamente, ya que una de sus hijas, Bernardi- na de Espinosa, se casó con Alonso de Vergara, otro descendiente de la familia de Feliciano Rodríguez.

CALVO, Luis María “Vecinos encomenderos de Santa Fe

”, cit., p. 102.

96 AGSF-ACSF, Tomo I, Libros Primero, Segundo y Tercero.

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Fernández Romo. Junto a Feliciano Rodríguez, se dijo, fue fiador de Juan Sánchez y de Antonio Tomás. Estos gestos documentan el modo en que se ofreció apoyo mutuo el grupo capitular surgido de la contra-rebelión. 97 Gabriel de Hermosilla Sevillano, uno de los vecinos importantes que participó de la reunión rebelde en casa de Lázaro Benialvo, había sido alcalde en 1579 y era regidor en 1580. Volvió a serlo en 1582, 1585 y 1588 y en 1585 la ciudad lo nombró su Procurador. Durante esos años también se le confió el Real Estandarte (fue Alfé- rez Real) y cumplió turnos como Fiel Ejecutor; cuando en 1584 Gonzalo Martel de Guzmán fue designado teniente de Santa Fe, Hermosilla asumió como Alcalde en su reemplazo y su fiador fue Juan Sánchez. No parece haber estado a la altura de quien puede ofrecer fianzas, pero las recibió de Pedro de Oliver, de Juan Sánchez (varias veces), Diego Sánchez Ceciliano, Feliciano Rodríguez, Juan de Vallejo, Fran- cisco Hernández y Alonso Fernández Romo. 98 El varias veces mencionado Pedro de Oliver fue un hombre de mucho peso en la reorganización después de la revuelta. Entre 1578 y 1588 ocupó cargos capitula- res durante siete años y entre 1578 y 1581 lo hizo consecutivamente. Fue el primer Alférez de la Ciudad y en su nombramiento –le mandavan y mandaron que si se ofre-

ciere alguna alteracion o levantamiento que sea de la parte de su majestad

contenida la reacción institucionalizada al movimiento de la noche de corpus. 99 Por último, conviene volver a observar detenidamente a los rebeldes: del análi- sis se desprende que revolucionarios y contrarrevolucionarios compartían algunos rasgos identitarios, pero lo que parece diferenciarlos definitivamente es su posición respecto de la autoridad de su jurisdicción y su derrota en el campo de las pruebas de fuerza. Entre los rebeldes se contaban varios capitulares y, como se dijo, los cabecillas participaban activamente en el gobierno de la ciudad. Los mancebos no eran mayoría en el Cabildo, como no lo eran en ninguna de las ciudades recién fundadas en la América colonial, y puede asegurarse que la información que manejaron y la presión que pudieron ejercer sobre otros vecinos fue posible por una situación que está en las antípodas de la que les asigna la historiografía: los rebeldes no solo no estaban mar- ginados del gobierno local, sino que además controlaban lugares de importancia. También se ha dicho que eran económicamente marginales o “pobres”, pero algunas pistas permiten indicar que no estaban en la miseria extrema. Los dos Galle- go (“el viejo” y “el mozo”) tenían ganado –como se señala en la lista, presentaron hierros en 1577. En un estudio de Manuel Cervera se examina la rendición de cuen- tas que el escribano Alonso Fernández Montiel realizó con motivo de la ejecución en

parece estar

97 AGSF-ACSF, Tomo I, Libro Primero, sesión del 3 de diciembre de 1578.

98 AGSF-ACSF, Tomo I, Libros Primero y Segundo, sesiones del 1º de enero de 1582, de 1584, f. 63 y del 1º de enero de 1585.

99 AGSF-ACSF, Tomo I, Libro Primero, sesión del 9 de enero de 1581, f. 56.

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remate de los bienes de los rebeldes, 100 del que se desprende que casi todos eran

propietarios de alguna cuerda de tierra en las afueras de la ciudad así como de sola- res que el fundador les había entregado para avecindarlos. 101 Hacia 1580, la distri- bución de tierras en “la otra banda” del Paraná apenas había comenzado y, en cuan- to a los ganados, además de lo dicho de los dos Gallego, es todavía temprano para establecer quienes serían los propietarios principales. 102 Así, la existencia de una diferenciación económica importante en el interior de la hueste conquistadora es algo especulativo. No hay constancias de provechosos repartimientos de indígenas

y en cuanto a los solares de la ciudad, es obvio que Garay había distribuido los

mejores entre sus allegados; pero respecto de su situación en Asunción, todos los hombres que compusieron la hueste habían experimentado una mejora de condicio- nes ostensible. 103 Lo más seguro es que buscaban una mejor posición y que la sub- ordinación en la que decían encontrarse, si bien no era absoluta, evidentemente les resultaba incómoda. Querían más y eso no era posible en una configuración como la que Garay

había conseguido consolidar. Lo notable es que, tras la rebelión (y sobre todo tras la contra-rebelión) muchos de los que participaron de la junta del 31 de mayo consi- guieron instalarse precisamente donde querían a partir de enrolarse en la contra- revuelta impulsada por Arévalo, lo que permitió una nueva movilidad ascendente

a costa de la sangre de algunos pares.

100 Puesto que a las ejecuciones sumarias siguieron, claro está, las confiscaciones. Esto sucede con los rebeldes en cualquier parte de la Monarquía. Véase BERMEJO CABRERO, José Luis Poder político…, cit.

101 Lázaro de Benialvo era propietario de una suerte de tierra en el Saladillo y tenía una estancia en tie- rra de Calchines. Francisco Álvarez Gaytán poseía una chacra, otra con casa, un solar, un carretón, yunta de bueyes y además, una estancia en el Viliplo. Mosquera era dueño de chacra y casa, estancia en el Vili- plo, tierras en el Saladillo y ganado. Pedro Gallego poseía casas y chacra, estancia en los Calchines y algo de ganado. Pedro Gallego el Mozo y Juan Correa eran dueños de una cuerda de tierra; Domingo Rome- ro de chacra y solar, Pedro Sánchez al menos de un solar, Diego de Leyva de una chacra y Bartolomé de Figueredo poseía una estancia en el Saladillo y un solar. Este documento, cuyo original no he visto, apa- rece recuperado en CERVERA, Manuel Ubicación de la ciudad de Santa Fe fundada por Garay. Estudio histó- rico, La Unión, Santa Fe, 1933, pp. 107 a 110 y en LIVI, Hebe “La revolución…”, cit., p. 97.

102 El Cabildo otorgó licencias de vaquería recién unos quince años más tarde. Aún así puede afirmar- se que Bernabé Luján, Juan Martín, Antón Romero, Pedro de Espinosa y Hernán Ruiz de Salas poseían hacia 1577 sus hierros (Cuadernos de Registro de Marcas de Ganado, en AGSF-ACSF, Tomo I). Estas primeras marcas pudieron también haber sido obtenidas por varios de los rebeldes que, efectivamente tenían pre- sencia capitular por entonces: en una sesión de dicho año, se sugiere que no se marquen hasta no “avi- sar” a quienes tienen ganados en las islas. La práctica de la “marca”, con todo, no iba de la mano con cri- terios a priori de la “propiedad”, sino que era aquélla la que, una vez legitimada en el Cabildo, señalaba quién era el derechohabiente sobre ese ganado que pastaba en una extensión sin otros límites que los ríos, arroyos o la dirección impuesta a los animales por las tormentas, los accidentes geográficos insalvables o sus propios derroteros gregarios.

103 Para confirmar este punto me he servido de numerosas entradas del índice de nombres publicado por Trelles en su “Diccionario de Apuntamientos”, cit., Revista Patriótica del Pasado Argentino, Tomos II, III, IV y V, Buenos Aires, 1890 y ss.

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Según lo muestran con claridad los hechos posteriores a la represión de la revuelta, sofocar la rebelión que habían organizado (es decir, ser dos veces traidores en dos días) fue lo que instaló a ese grupo de hombres en la elite local por una trein- tena de años. Quienes participaron en la rebelión de la noche de Corpus como cabe- cillas y no optaron por la vía del “arrepentimiento”, lisa y llanamente desaparecie- ron de la vida santafesina –en la mayoría de los casos, de la vida sin más. Sus fami- lias quedaron completamente marginadas de cualquier posibilidad de participación en la vida política de la villa. 104

Identidades, territorio y justicia en la frontera

Todos los hombres avecindados en Santa Fe entre 1573 y 1580 provenían de Asun- ción del Paraguay y conformaban la descarga de la cabecera de la gobernación des- pués de los incidentes de 1572: el bando de Cáceres los había llamado mancebos des- ordenados y la fundación de Santa Fe los había convertido, en 1573, en vecinos de Santa Fe del Río de la Plata. Al rebelarse contra la autoridad de quien los había inves- tido, al relacionarse con autoridades de otra jurisdicción, pudo verse que desde San- tiago del Estero o desde Córdoba, Villalta, Rodrigo de Mosquera, Diego de Leyva y Lázaro de Benialvo eran mentados como paraguayos: no porque fueran naturales de allí, sino porque “lo de Santa Fe” hacía parte “del Paraguay”. Por otra parte, hacia 1580, los vecinos de Córdoba y Santiago del Estero eran percibidos como “del Tucu- mán”, expresión anterior a la creación de la gobernación (1563) que designaba con un vocablo indígena una región difusa, es decir, la provincializaba. 105 La documenta- ción muestra que la pertenencia a una jurisdicción es parte inequívoca de la invoca- ción en la asignación de identidades, pero designa realidades cualitativamente toda- vía algo vagas: del Tucumán, del Paraguay o, incluso, del “Río de la Plata”, se dirá ora que son gobernaciones, ora que son provincias –territorios lejanos que han sido incorporados a la Corona. El ejercicio comprensivo se vuelve imposible si se quiere aplicar la semántica propia del paradigma del Estado nacional, porque el aparente desorden lexicográfi- co no es tal; se trata del repertorio lingüístico utilizado por los agentes que estaban haciendo el proceso de organización política del espacio, estaban realizando el equi- pamiento político del territorio. 106 Así, la lógica de las denominaciones múltiples y

104 “Probanza de Méritos de Juan de Espinosa (1596)”, en RUIZ GUIÑAZÚ, Enrique Garay, fundador de Buenos Aires, cit.

105 Sobre esta operación remito a mis consideraciones en “Procesos espaciales y ciudad en la historia colonial rioplatense”, en FERNÁNDEZ, Sandra Más allá del territorio. La historia regional y local como pro- blema, Prohistoria Ediciones, Rosario, 2007, pp. 95-107.

106 El concepto de equipamiento del territorio es una adaptación que realizo del de ordenamiento territo- rial, propuesto por la geografía francesa (p. ej., BRUNET, Roger L’aménagement du territoire en France, LDF, Paris, 1997). Originalmente éste ha sido utilizado en su primer estado por las escuelas de gubernamenta-

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confusas de los vecinos o hasta de los mismos gobernadores fragua bien con la que desplegaba la Monarquía y con las identidades que se asignaban los agentes. Lo mismo sucedía con las designaciones estampadas en la cartografía o en los relatos de viajeros y cronistas. Antonio Vázquez de Espinosa publicó en 1627 una relación donde ubicó a Santa Fe en una alta barranca a la rivera del Río de la Plata a la parte del Tucumán Algunos hijos de la tierra mancebos paraguayos se convirtieron en integrantes de la elite santafesina operando una reformulación de pactos y acuerdos que impac- tó en lo que los agentes dicen ser y cómo consiguen ser percibidos por otros. Los jefes de familia cuya intervención del lado del orden fue destacada (Berna- bé Luján, Feliciano Rodríguez, Pedro de Oliver y el capitán Diego Ramírez entre otros) más los que desde un principio estaban alineados con Garay, conformaron el grupo de los “Beneméritos”, constituyéndose en el núcleo que controló el gobierno municipal sin inconvenientes hasta los años 1620s. La rotación en los cargos capitulares fue menor después de 1580 y muestra la consolidación de algunos miembros de la comunidad que no eran precisamente “españoles”. A partir de estos gestos de apoyo como las fianzas o la celebración de alianzas matrimoniales, lograron imponer a los nuevos miembros que eran hombres de confianza: de 87 cargos capitulares elegibles entre 1581 y 1590 (sólo contabilizo aquellos de los cuales hay datos fiables), 46 (más de la mitad) fueron ocupados por hombres que ya habían intervenido en el ámbito capitular antes de 1580: y esos cua- renta y seis oficios fueron usufructuados solamente por dieciséis vecinos, a quienes es justo tener en cuenta como la estrecha elite triunfante del reordenamiento de 1580. 108 Desde ese año, se integraron nuevos miembros que ingresaban justamente

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bilidad socialdemócratas y preeminentemente para señalar discontinuidades o inequidades territorial- mente localizables con el propósito de cartografiarlas para formular estrategias que permitan corregirlas. Dado que en geografía se orientaba a relacionar la acción política con las modificaciones impresas en el territorio, he recuperado su principal característica (la recursividad, la capacidad de designar simultánea- mente un proceso y resultado provisorio como parte del mismo proceso) para analizar el proceso por el cual la Monarquía hispánica instaló en los territorios que conquistaba (en nuestro caso, en el rioplatense) las relaciones sociales, jurisdiccionales y judiciales –expresadas institucionalmente– que desde el punto de vista del europeo organizaban la extensión en territorio (convirtiéndola en un espacio político). Por ello el proceso de equipamiento político de un territorio incluye las acciones de diversos agentes y de distinto tipo –que tienden a conseguir un resultado orientado por esta voluntad de ordenamiento– y las expre- siones simbólicas o físicas que este accionar va imprimiendo tanto en el terreno como en la concepción de su relación con las instituciones políticas.

107 VÁZQUEZ DE ESPINOSA, Antonio Compendio y descripción de las Indias Occidentales, transcrito del manuscrito original por Charles Upson Clark – Publicado bajo los auspicios del Comité Interdeparta- mental de Cooperación Científica y Cultural de los Estados Unidos, Smithsonian Institution, Washington 1948, [1627] p. 641.

108 Mateo Gil, Diego Ramírez, Pedro de Espinosa, Antonio Tomás, Hernán Ruiz de Salas, Alonso Fer- nández Montiel, Juan Sánchez, Francisco Hernández, Felipe Juárez, Hernán Sánchez, Pedro de Oliver, Simón Figueredo, Gabriel de Hermosilla Sevillano, Antón Rodríguez, Alonso Fernández Romo, Rodrigo Álvarez Holguín, a quienes debe agregarse los de Juan de Espinosa y Cristóbal de Arévalo, alineados aunque distanciados de Santa Fe.

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con el aval de hombres como Diego Ramírez, Juan Sánchez o Pedro de Oliver, y repi- tieron también como capitulares entre 1580 y 1589: Diego Sánchez Ceciliano, Sebas- tián de Aguilera, Feliciano Rodríguez, Gonzalo Martel de Guzmán y Juan Xaques constituyen lo que podría llamarse el elemento de “recambio generacional”, avalado por los más antiguos capitulares antes mencionados. El otrora mancebo ya no es men- tado ni siquiera como “hijo de la tierra”: ahora es “hijo de conquistador antiguo” y aparece perfectamente integrado con los pocos peninsulares que integran la lista. El episodio cierra el ciclo de las primeras pujas por la construcción de una modesta pero efectiva aristocracia de mérito que se adueñó del control de los resor- tes políticos de la ciudad de Santa Fe: en este sentido, la naturaleza de su fuente de origen continuaba siendo el Real Servicio, aunque había cambiado el escenario. Las jornadas expedicionarias de peninsulares recién llegados habían dejado paso a la defensa de la ciudad y el buen gobierno por parte de hijos de conquistadores 109 afa- nados esta vez en sofocar una rebelión que, gracias a una coincidencia de intereses entre las autoridades locales santafesinas con el gobernador entrante del Tucumán, consiguieron retratar como una traición a los intereses reales. Los rebeldes de la pri- mera hora supieron travestir a tiempo la traición a sus compadres de conjura en leal- tad al rey, articulando de esa manera la satisfacción de sus pretensiones locales y el orden más vasto de una Monarquía sin promover cambios en las gobernaciones. El cuerpo político, todavía y por mucho tiempo más, podía otorgarles sentido de cuer- po y razón política a escala de comunidad y a escala de Imperio. Las gobernaciones del Tucumán y del Río de la Plata continuaron teniendo relaciones tensas y conflic- tivas –al menos, sus vecinos las tuvieron. Sin embargo, no volvió a registrarse un intento de modificar esta frontera interior semejante al analizado. Volvamos al comienzo y retomemos la importancia central que tiene la adminis- tración de justicia en este caso: sin el proceso judicial hubiéramos sabido muy poco del episodio, pero también hubiéramos tenido una mirada muy parcial y sesgada del proceso de consolidación del Paraguay y Río de la Plata como una jurisdicción dife- rente de la del Tucumán, incluso de la dinámica de la asignación de identidades. El complejo dispositivo judicial que supone el Juicio de Residencia, analizado con los datos que aparecen en estas otras fuentes que son, fundamentalmente, las declaraciones de funcionarios y las actas de cabildo, nos ha permitido demostrar que la asignación de identidades no se agotaba en los vínculos que se tramaban con el territorio y con las jurisdicciones –los vínculos de naturaleza, ya que lo que se puso en acto está íntimamente relacionado con la cultura política de la Monarquía en pleno.

, preferidos para ocupar los cargos de gobierno municipal, tanto como para recibir cualquier otro tipo de beneficio. Esto es considerado en la prescriptiva Real muy tempranamente, con la aparición de la prime- ra generación de hijos de conquistadores nacidos casi siempre de uniones jurídica y religiosamente poco ortodoxas.

los “hijos de conquistadores” debían ser

109 Como se desprende por ejemplo de la Nueva Recopilación

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En la resolución de la crisis de 1580, el alineamiento que encuadró la represión de la revuelta detrás de las voces de “viva el rey” operaba en una dimensión hispá- nica de la justicia que incluía esta posibilidad de “pasar a degüello” antes del juicio justo; se valió de la dimensión romana y católica del delito de traición (lo convirtió en crimen laesae majestatis) cubriendo de este modo la ejecución y el destierro de los mancebos que fueron designados como tiranos o traidores, ubicando así a los ejecuto- res en la vereda de la lealtad. Los que decidieron integrar la contra-rebelión, a través de los procedimientos descriptos, hegemonizaron el control del Cabildo e hicieron pesar el atributo de la antigüedad de radicación en el área (lo que les había expulsa- do de Paraguay, probablemente) como requisito para integrar el Cuerpo. Al mismo tiempo, el Cabildo santafesino fue el sitio que los legitimó frente a residentes, estan- tes, extranjeros y vecinos de otras ciudades. Mantener buenas relaciones con las fami- lias que controlaban la institución pasó a ser una estrategia de supervivencia. En materia judicial, el proceso seguido contra los conjurados de la noche de Cor- pus de 1580 (primero en Santa Fe y más tarde en Santiago del Estero) no tiene mucho de excepcional. Al contrario, frente a rebeldes y traidores –en la Monarquía la rebe- lión era una de las máximas manifestaciones de la traición– los agentes posicionados del lado de la auctoritas tomaron medidas ejemplificadoras para desalentar estas acti- tudes y preservar el statu quo desde tiempos remotos. 110 Además de que las penas impuestas en estos casos eran de máxima (incluyendo la pérdida de la vida, de los bienes y de la fama), los tratadistas aconsejaban al Rey que no lo hiciera “solo y en secreto” sino públicamente, lo que era emulado por sus delegados en distintos pun- tos de la Monarquía. 111 En el pensamiento político y jurídico hispánico la traición tuvo un tratamiento específico 112 y, todavía en el siglo XIX, Martínez Marina conside- raba que era “…el mayor delito, el más funesto a la sociedad y el más digno de escar- miento…” y en esto se apoyaba el célebre fundador de la escuela de historia del dere- cho español para justificar la dureza de las Partidas al respecto. 113 Por lo demás, muchos son los elementos comunes con otras rebeliones que se dieron dentro de la Monarquía: la invocación al nombre del rey, el cambio de juris-

110 Los historiadores del derecho hispano en general acuerdan en que, durante la época moderna, no hubo novedades jurídicas en torno al castigo de este tipo de delitos. BERMEJO CABRERO, José Luis Poder político y administración de justicia en la España de los Austrias, Ministerio de Justicia, Secretaría Gene- ral Técnica, Madrid, 2005, p. 106.

111 Martínez Marina escribió que hasta el siglo XII, siguiendo la tradición gótica “…aunque las leyes recomendaban a los príncipes la virtud de la clemencia, con todo eso no les otorgaron facultad de perdo- nar á los reos convencidos de traición o infidelidad contra el soberano y la patria…” MARTÍNEZ MARI- NA, Francisco Ensayo histórico-crítico sobre la legislación y principales cuerpos legales de los Reinos de León y Castilla: Especialmente sobre el Código de las Siete Partidas de D. Alfonso el sabio, Tercera Edición, Sociedad Literaria y Tipográfica, Madrid, 1845, p. 63.

112 IGLESIA FERREIRÓS, Aquilino Historia de la traición: La traición regia en León y Castilla, Universidad de Santiago de Compostela, Santiago de Compostela, 1971, pp. 147 y ss.

113 MARTÍNEZ MARINA, Francisco Ensayo…, p. 387.

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dicción (Catalunia, 1640), el “juntismo”, las posturas cambiantes, el que se las juz- gara como traición, su enjuiciamiento rápido y sumario, los castigos ejemplares, el reclamo de una mayor participación en el gobierno de la ciudad (Sicilia, 1646), los castigos excepcionales y la exhibición de las cabezas cortadas (Nápoles, 1647). 114 El análisis de unos pocos aspectos del Juicio de Residencia que Lerma sustan- ció contra Abreu facilitó la percepción conjunta de la administración de la justicia en distintos niveles (el virreinato, la gobernación y la ciudad), distintas modalidades (administrativa, ordinaria y sumaria) y la articulación de los intereses de la Monar- quía con los de algunos súbditos que no ocupaban lugares centrales: en este caso, saber cómo fueron juzgados aquellos hombres, fue la piedra de toque para com- prender la relación entre asignación de identidades, intereses políticos, administra- ción de justicia y equipamiento político en territorios jóvenes y turbulentos. Tanto lo eran que Hernando de Lerma les aplicó el sambenito de tierra vidriosa.

114 Véase por ejemplo VILLARI, Rosario La revuelta antiespañola en Nápoles. Los orígenes (1585-1647), Alianza, Madrid, 1979. AA.VV. 1640. La Monarquía en crisis, Crítica, Barcelona, 1992, 258 pp.

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