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René
del Risco Bermúdez

Ahora que
vuelto, Ton

Libros de Regalo
22
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Ahora que vuelvo, Ton
René del Risco Bermúdez
Edición digital gratuita de
Libros de Regalo
22
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Primera edición: Julio 2008


Santo Domingo, República Dominicana

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Contenido

Historia personal con René / presentación 4

Ahora que vuelto, Ton 6

El mundo sigue, Celina 13

René del Risco: biografía breve 21

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Historia personal con René
Tengo mi historia personal con René del Risco.

Cuando me iniciaba en los menesteres literarios, René era una


estrella rutilante. Los suplementos literarios de la época
reproducían sus poemas y cuentos. Su trabajo profesional
como publicista había colocado a Retho Publicidad como la
agencia número uno del país. Su historia personal: catorcista,
preso político en los aciagos días que precedieron a la muerte
del tirano y delincuente Rafael L. Trujillo, partidario de las
transformaciones sociales, etc., le hacía sobresalir. Su talento
era prodigioso. Junto al igualmente talentoso Miguel Alfonseca, produjeron
algunos de los mejores cuentos de la década del ´60 y de la cuentística
dominicana del siglo 20.

Pocos meses antes de su trágica muerte, en diciembre del 1972, dediqué


tiempo a estudiar y escribir sobre sus poemas. Elaboré un ensayo que mi
primo, Rafael Julián, elogió y me permitió pasar en limpio en su
apartamento de la Rosa Duarte casi Esq. Bolívar, en Gazcue.

Mi primo no sólo lo leyó y ponderó, sino que también lo presentó a Freddy


Gatón Arce, entonces director del vespertino El Nacional, periódico que
entonces tenía el mejor suplemento cultural de la época. Freddy Gatón,
exquisito poeta, tuvo la generosidad de valorar el esfuerzo bien
intencionado de un mozalbete de 19 años y le dedicó, ¡tremendo honor!, la
portada del Suplemento Cultural de El Nacional. Mi sorpresa fue
mayúscula cuando vi mi ensayo encabezando el suplemento, ya en enero
del 1973, a sólo semanas de la inesperada muerte en un accidente de
tránsito de René del Risco.

Ese domingo en que salió publicado el ensayo, iba yo con un vecino hacia
Manresa Loyola de pasadía. El ayudaba a los sacerdotes en la heladería; yo
le acompañaba y me dedicaba a merodear por la playa en que un imponente
carguero había encallado y se inclinaba, vencido, a estribor, en impotente
espera de que lo desguazaran. Al llegar a la Av. Duarte, revisé en un puesto
de periódicos El Nacional para ver qué venía en el Suplemento y allí me
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encontré el ensayo, a seis columnas, con una foto de René dominando la
portada.

Sólo el auspicio de Guguchi, mi primo, cuentista y abogado para la fecha, y


la generosa apertura de nuestro gran poeta sorprendido, Freddy Gatón
Arce, junto a repentina muerte de René del Risco, podían facilitar a un
jovencito de 19 años el milagro de que su primer ensayo apareciera como
trabajo principal del prestigioso suplemento cultural de El Nacional, un
hito en la cultura dominicana.

Años después, el poeta y ensayista chileno Alberto Baeza Flores, cuyo amor
por nuestra tierra y nuestra literatura fue sobresaliente, reseñó ese ensayo
cuando habló sobre la poesía de René del Risco Bermúdez en un libro
dedicado a la literatura dominicana que publicó la Biblioteca Nacional,
cuando fue dirigida por Cándido Gerón, una gestión modélica y que sentó
un precedente de promoción de las letras todavía no superado.

Luego, tuve la distinción de ganar en 1973 el primer premio en poesía del


Concurso Literario René del Risco Bermúdez. Fue el primer concurso
literario que gané y recuerdo que Mateo Morrison era miembro del jurado.
Una selección de poemas se publicó en el suplemento Aquí del vespertino
La Noticia, con una breve y estimulante presentación de León David.

He leído con pasión y con admiración a René del Risco. Es un autor de un


gran talento, cuyas mejores páginas se quedaron en el tintero por desgracia,
debido a su muerte inesperada y prematura.

He conocido a sus hijos, trabajé en Retho Publicidad como creativo años


después. Lo he leído y releído. He escuchado anécdotas de él. Sigo
admirándolo y valorándolo cada día más y por mejores razones.

Con los años, René del Risco, Miguel Alfonseca y otros autores han ido
formando un círculo de amigos queridos con los que nunca me traté, y los
cuales, sin embargo, han estado extraordinariamente cerca de mí, tanto
como para animar en mi corazón cuentos, poemas, dramas… Ellos fueron
mis modelos, mis referencias, mis ejemplos. Siguen vivos en mí.

Aquiles Julián
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Ahora que vuelvo, Ton.
Eras realmente pintoresco, Ton; con aquella gorra de los Tigres del Licey,
que ya no era azul sino berrenda, y el pantalón
de kaky que te ponías planchadito los sábados
por la tarde para irte a juntarte con nosotros
en la glorieta del Parque Salvador a ver las
paradas de los Boys Scouts en la avenida y a
corretear y bromear hasta que de repente la
noche oscurecía el recinto y nuestros gritos se
apagaban por las calles del barrio. Te
recuerdo, porque hoy he aprendido a querer a
los muchachos como tú y entonces me empeño
en recordar esa tu voz cansona y timorata y
aquella insistente cojera que te hacía brincar a
cada paso y que sin embargo no te impedía
correr de home a primera, cuando Juan se te
acercaba y te decía al oído "vamos a
sorprenderlos, Ton; toca por tercera y corre mucho". Como jugabas con los
muchachos del "Aurora", compartiste con nosotros muchas veces la alegría
de formar aquella rueda en el box "¡rosi, rosi, sin bom-ba - Aurora - Aurora -
ra- ra- ra!" y eso que tú no podías jugar todas las entradas de un partido
porque había que esperar a que nos fuéramos por encima del "Miramar" o
"la Barca" para darle "un chance a Ton que vino tempranito" y "no te apures,
Ton que ahorita entras de emergente ".

¿Cómo llegaste al barrio? ¿Cuándo? ¿Quién te invitó a la pandilla? ¿Qué


cuento de Pedro Animal hizo Toñín esa noche, Ton? ¿Serías capaz de
recordar que en el radio en casa de Candelario todas las noches "Mejoral, el
calmante sin rival, presenta "Cárcel de mujeres", y entonces alguien daba
palmadas desde la puerta de una casa y ya era hora de irse a dormir, "se
rompió la taza..."

Yo no sé si tú, con esa manera de mirar con un guiño que tenías cuando el
sol te molestaba, podrías reconocerme ahora. Probablemente la pipa
apretada entre los dientes me presta una apariencia demasiado extraña a ti,
o esta gordura que empieza a redondear mi cara y las entradas cada vez más
obvias en mi cabeza, han desdibujado ya lo que podría recordarse de aquel
muchacho que se hacía la raya a un lado, y que algunas tardes te acompañó
a ver los trainning de Kid Barquerito y de 22-22 en la cancha, en los
tiempos en que "Barquero se va para La Habana a pelear con Acevedo" y
Efraín, el entrenador, con el bigote de Joaquín Pardavé, "¡Arriba, arriba, así
es, la izquierda, el jab ahora, eso es" y tú después, apoyándote en tu pie
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siempre empinado, "¡can-can-can-can!" golpeando el aire con tus puños,
bajábamos por la calle Sánchez, "¡can-can-can! "jugabas la soga contra la
pared, siempre saltando por tu cojera incorregible y yo te decía que "no
jodas Ton" pero tú seguías y entonces, ya en pleno barrio, yo te quitaba la
gorra, dejando al descubierto el óvalo grande de tu cabeza de zeppelin,
aquella cabeza del "Ton, Melitón, cojo y cabezón!" con que el Flaco Pérez
acompañaba el redoble de los tambores de los Boys Scouts para hacerte
rabiar hasta el extremo de mentarle "¡Tumadrehijodelagranputa", y así
llegábamos corriendo, uno detrás del otro, hasta la puerta de mi casa,
donde, poniéndote la gorra, decías siempre lo mismo "¡a mí no me hables!".

Para esos tiempos el barrio no estaba tan triste Ton, no caía esa luz
desteñida y polvorienta sobre las casas ni este deprimente olor a toallas
viejas se le pegaba a uno en la piel como un tierno y resignado vaho de
miseria, a través de las calles por donde minutos atrás yo he venido
inútilmente echando de menos los ojos juntos y cejudos del "búho Pujols",
las latas de carbón a la puerta de la casa amarilla, el perro blanco y negro de
los Pascual, la algarabía en las fiestas de cumpleaños de Pin Báez, en las que
su padre tomaba cervezas con sus amigos sentado contra la pared de
ladrillos, en un rincón sombrío del patio, y nosotros, yo con mi traje blanco
almidonado; ahora recuerdo el bordoneo puntual y melancólico de la
guitarra de Negro Alcántara, mientras alrededor del pozo corríamos y
gritábamos y entre el ruido de la heladera el diente careado de Asia salía y
se escondía alternativamente en cada grito.

Era para morirse de risa, Ton, para enlodarse los zapatos; para empinarse
junto al brocal y verse en el espejo negro del pozo, cara de círculos
concéntricos, cabellos de helechos, salivazo en el ojo, y después "mira como
te has puesto, cualquiera te revienta, perdiste dos botones, tigre, eso eres,
un tigre, a este muchacho, Arturo, hay que quemarlo a golpes"; pero
entonces éramos tan iguales, tan lo mismo, tan "fraile y convento, convento
sin fraile, que vaya y que venga", Ton, que la vida era lo mismo, "un gustazo:
un trancazo", para todos.

Claro que ahora no es lo mismo. Los años han pasado. Comenzaron a pasar
desde aquel día en que miré las aguas verdosas de la zanja, cuando papá
cerró el candado y mamá se quedó mirando la casa por el vidrio trasero del
carro y yo los saludé a ustedes, a ti, a Fremio, a Juan, a Toñín, que estaban
en la esquina, y me quedé recordando esa cara que pusieron todos, un poco
de tristeza y de rencor, cuando aquella mañana, (ocho y quince en la radio
del carro) nos marchamos definitivamente del barrio y del pueblo.

Ustedes quedarían para siempre contra la pared grisácea de la pulpería de


Ulises. La puya del trompo haciendo un hoyo en el pavimento, la gangorra
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lanzada al aire con violenta soltura, machacando a puyazos y cabezazos la
moneda ya negra de rodar por la calle; no tendrían en lo adelante otro lugar
que junto a ese muro que se iría oscureciendo con los años "a Milita se la
tiró Alberto en el callejoncito del tullío" escrito con carbón allí, y los días
pasando con una sorda modorra que acabaría en recuerdo, en remota y
desvaída imagen de un tiempo inexplicablemente perdido para siempre.

Una mañana me dio por contarles a mis amigos de San Carlos cómo eran
ustedes; les dije de Fremio, que descubrió que en el piso de los vagones, en
el muelle, siempre quedaba azúcar parda cuando los barcos estaban
cargando, y que se podía recoger a puñados y hasta llenar una funda y
sentarnos a comerla en las escalinatas del viejo edificio de aduanas; les
conté también de las zambullidas en el río y llegar hasta la goleta de tres
palos, encallada en el lodo sobre uno de sus costados, y que una vez allí, con
los pies en el agua, mirando el pueblo, el humo de la chimenea, las carretas
que subían del puerto cargadas de mercancías, pasábamos el tiempo
orinan-do, charlando, correteando de la popa al bauprés, hasta que en el
reloj de la iglesia se hacía tarde y otra vez, braceando, ganamos la orilla en
un escandaloso chapoteo que ahora me parece estar oyendo, aunque no lo
creas, Ton.

Los muchachos quedaron fascinados con nuestro mundo de manglares, de


locomotoras, de cigüas, de cuevas de cangrejos, y desde entonces me
hicieron relatar historias que en el curso de los días yo fui alterando poco a
poco hasta llegar a atribuir a ustedes y a mí verdaderas epopeyas que yo
mismo fui creyendo y repitiendo, no sé qué día en que quizás comprendí
que sería completamente inútil ese afán por mostrarnos de una imagen que,
como las viejas fotos, se amarilleaba y desteñía ineludiblemente. La vida fue
cambiando, Ton; entonces yo me fui inclinando un poco a los libros y me
interné en un extraño mundo mezcla de la Ciencia Natural de Fesquet,
versos de Bécquer, y láminas de Billiken; me gustaba el camino al colegio
cada mañana bajo los árboles de la avenida Independencia, el rostro de Rita
Hayworth, en la pequeña y amarilla pantalla del "Capitolio", me hizo
olvidar a Flash Gordon y a los Tres Chiflados. Ya para entonces papá
ganaba buen dinero en su puesto de la Secretaría de Educación, y nos
mudamos a una casa desde donde yo podía ver el mar y a Ivette, con sus
shorts a rayas y sus trenzas doradas que marcaban el vivo ritmo de sus ojos
y su cabeza; con ella me acostumbré a Nat King Cole, a Fernando
Fernández, los viejos discos de los Modernaires, y aprendía a llevar el
compás de sus golpes junto a la mesa de Ping-Pong; no le hablé nunca de
ustedes, esa es la verdad, quizás porque nunca hubo la oportunidad para
ello o tal vez porque los días de Ivette pasaron tan rápidos, tan llenos de
"ven-mira-esta es Gretchen el Pontiac de papi dice Albertico - me voy a
Canadá" que nunca tuve la necesidad ni el tiempo para recordarlos.
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¿Tú sabes qué fue del Andrea Doria, Ton? Probablemente no lo sepas; yo lo
recuerdo por unas fotos del "Miami Herald" y porque los muchachos latinos
de la Universidad nos íbamos a un café de Coral Gables a cantar junto a
jarrones de cerveza "Arrivederci Roma", balanceándonos en las sillas como
si fuésemos en un bote salvavidas; yo estudiaba el inglés y me gustaba
pronunciar el "good bay..." de la canción, con ese extraño gesto de la
barbilla muy peculiar en las muchachas y muchachos de aquel país. ¿Y
sabes, Ton, que una vez pensé en ustedes? Fue una mañana en que íbamos a
lo largo de un muelle mirando los yates y vi un grupo de muchachos
despeinados y sucios que sacaban sardinas de un jarro oxidado y las
clavaban a la punta de sus anzuelos, yo me quedé mirando un instante
aquella pandilla y vi un vivo retrato nuestro en el muelle de Macorís, sólo
que nosotros no éramos rubios, ni llevábamos zapatos tennis, ni teníamos
caña de pescar, ahí se deshizo mi sueño y seguí mirando los yates en
compañía de mi amigo nicaragüense, muy aficionado a los deportes
marinos.

Y los años van cayendo con todo su peso sobre los recuerdos, sobre la vida
vivida, y el pasado comienza a enterrarse en algún desconocido lugar, en
una región del corazón y de los sueños en donde permanecerán, intactos tal
vez, pero cubiertos por la mugre de los días sepultados bajo los libros
leídos, la impresión de otros países, los apretones de manos, las tardes de
fútbol, las borracheras, los malentendidos, el amor, las indigestiones, los
trabajos. Por eso, Ton, cuando años más tarde me gradué de Médico, la
fiesta no fue con ustedes sino que se celebró en varios lugares, corriendo
alocadamente en aquel Triumph sin muffler que tronaba sobre el
pavimento, bailando hasta el cansancio en el Country Club, descorchando
botellas en la terraza, mientras mamá traía platos de bocadillos y papá me
llamaba "doctor" entre las risas de los muchachos; ustedes no estuvieron allí
ni yo estuve en ánimo, de reconstruir viejas y melancólicas imágenes de
paredes derruidas, calles polvorientas, pitos de locomotoras y pies
descalzos metidos en el agua lodosa del río, ahora los nombres eran Héctor,
Fred, Américo, y hablaríamos del Mal de Parkinson, de las alergias, de los
test de Jung y de Adler y también de ciertas obras de Thomas Mann y
François Mauriac.

Todo esto deberá serte tan extraño, Ton; te será tan "había una vez y dos
son tres, el que no tiene azúcar no toma café " que me parece verte sentado
a horcajadas sobre el muro sucio de la Avenida, perdidos los ojos vagos
entre las ramas rojas de los almendros, escuchando a Juan contar las
fabulosas historias de su tío marinero que había naufragado en el canal de
la Mona y que en tiempos de la guerra estuvo prisionero de un submarino
alemán, cerca de Curazao. Siempre asumieron tus ojos esa vaguedad triste e
ingenua cuando algo te hacía ver que el mundo tenía otras dimensiones que
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tú, durmiendo entre sacos de carbón y naranjas podridas, no alcanzarías a
conocer más que en las palabras de Juan, o en las películas de la guagüita
Bayer o en las láminas deportivas de "Carteles".

Yo no sé cuáles serían entonces tus sueños, Ton, o si no los tenías; yo no sé


si las gentes como tú tienen sueños o si la cruda conciencia de sus
realidades no se lo permiten, pero de todos modos yo no te dejaría soñar, te
desvelaría contándote todo esto para de alguna forma volver a ser uno de
ustedes, aunque sea por esta tarde solamente. Ahora te diría cómo, años
después, mientras hacía estudios de Psiquiatría en España, conocí a Rosina,
recién llegada de Italia con un grupo de excursionistas entre los que se
hallaban sus dos hermanos, Piero y Francesco, que llevaban camisetas a
rayas y el cabello caído sobre la frente. Nos encontramos accidentalmente,
Ton, como suelen encontrarse las gentes en ciertas novelas de Françoise
Sagan; tomábamos "Valdepeñas" en un mesón, después de una corrida de
toros, y Rosina, que acostumbra a hablar haciendo grandes movimientos,
levantaba los brazos y enseñaba el ombligo una pulgada más arriba de su
pantalón blanco. Después sólo recuerdo que alguien volcó una botella de
vino sobre mi chaqueta y que Piero cambiaba sonrisitas con el pianista en
un oscuro lugar que nunca volví a encontrar. Meses más tarde, Rosina
volvió a Madrid y nos alojamos en un pequeño piso al final de la Avenida
Generalísimo; fuimos al fútbol, a los museos, al cine-club, a las ferias, al
teatro, leímos, veraneamos, tocamos guitarra, escribimos versos, y una vez
terminada mi especialidad, metimos los libros, los discos, la cámara
fotográfica, la guitarra y la ropa en grandes maletas, y nos hicimos al mar.

"¿Cómo es Santo Domingo?", me preguntaba Rosina una semana antes,


cuando decidimos casarnos, y yo me limitaba a contestarle, "algo más que
las palmas y tamboras que has visto en los afiches del Consulado".

Eso pasó hace tiempo, Ton; todavía vivía papá cuando volvimos. ¿Sabes que
murió papá? Debes saberlo. Lo enterra-mos aquí porque él siempre dijo que
en este pueblo descansaría entre camaradas. Si vieras cómo se puso el viejo,
tú que chanceabas con su rápido andar y sus ademanes vigorosos de
"muñequito de cuerda", no lo hubieras reconocido; ralo el cabello grisáceo,
desencajado el rostro, ronca la voz y la respiración, se fue gastando
angustiosamente hasta morir una tarde en la penumbra de su habitación
entre el fuerte olor de los medicamentos. Ahí mismo iba a morir mamá un
año más tarde apenas; la vieja murió en sus cabales, con los ojos duros y
brillantes, con la misma enérgica expresión que tanto nos asustaba Ton.

Por mi parte, con Rosina no me fue tan bien como yo esperaba; nos hicimos
de un bonito apartamiento en la avenida Bolívar y yo comencé a trabajar
con relativo éxito en mi consultorio. Los meses pasaron a un ritmo normal
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para quienes llegan del extranjero y empiezan a montar el mecanismo de
sus relaciones: invitaciones a la playa los domingos, cenas, a bailar los fines
de semanas, paseos por las montañas, tertulias con artistas y colegas,
invitaciones a las galerías, llamadas telefónicas de amigos, en fin ese
relajamiento a que tiene uno que someterse cuando llega graduado del
exterior y casado con una extranjera. Rosina asimilaba con naturalidad el
ambiente y, salvo pequeñas resistencias, se mostraba feliz e interesada por
todo lo que iba formando el ovillo de nuestra vida. Pero pronto las cosas
comenzaron a cambiar, entré a dar cátedras a la Universidad y a la vez mi
clientela crecía, con lo que mis ocupaciones y responsabilidades fueron
cada vez mayores, en tanto había nacido Francesco José, y todo eso unido,
dio un giro absoluto a nuestras relaciones. Rosina empezó a lamentarse de
su gordura y entre el "Metrecal" y la balanza del baño dejaba a cada instante
un rosario de palabras amargadas e hirientes, la vida era demasiado cara en
el país, en Italia los taxis no son así, aquí no hace más que llover y cuando
no el polvo se traga a la gente, el niño va a tener el pelo demasiado duro, el
servicio es detestable, un matrimonio joven no debe ser un par de
aburridos, Europa hace demasiada falta, uno no puede estar pegando
botones a cada rato, el maldito frasco de "Sucaril" se rompió esta mañana, y
así se fue amargando todo, amigo Ton, hasta que un día no fue posible
oponer más sensatez ni más mesura y Rosina voló a Roma en "Alitalia" y yo
no sé de mi hijo Francesco más que por dos cartas mensuales y unas
cuantas fotos a colores que voy guardando aquí, en mi cartera, para sentir
que crece junto a mí. Esa es la historia.

Lo demás no será extraño, Ton. Mañana es Día de Finados y yo he venido a


estar algún momento junto a la tumba de mis padres; quise venir desde hoy
porque desde hace mucho tiempo me golpeaba en la mente la ilusión de
este regreso. Pensé en volver a atravesar las calles del barrio, entrar en los
callejones, respirar el olor de los cerezos, de los limoncillos, de la yerba de
los solares, ir a aquella ventana por donde se podía ver el río y sus
lanchones; encontrarlos a ustedes junto al muro gris de la pulpería de
Ulises, tirar de los cabellos al "Búho Pujols", retozar con Fremio, chancear
con Toñín y con Pericles, irnos a la glorieta del parque Salvador y buscar en
el viento de la tarde el sonido uniforme de los redoblantes de los Boys
Scouts. Pero quizás deba admitir que ya es un poco tarde, que no podré
volver sobre mis pasos para buscar tal vez una parte más pura de la vida.

Por eso hace un instante he dejado el barrio, Ton, y he venido aquí, a esta
mesa y me he puesto a pedir casi sin querer, botellas de cerveza que estoy
tomando sin darme cuenta, porque, cuando te vi entrar con esa misma
cojera que no me engaña y esa velada ingenuidad en la mirada, y esa cabeza
inconfundible de "Ton Melitón cojo y cabezón" mirándome como a un
extraño, sólo he tenido tiempo para comprender que tú sí que has
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permanecido inalterable, Ton; que tu pureza es siempre igual la misma de
aquellos días, porque sólo los muchachos como tú pueden verdaderamente
permanecer incorruptibles aún por debajo de ese olvido, de esa pobreza, de
esa amargura que siempre te hizo mirar las rojas ramas del almendro
cuando pensabas ciertas cosas. Por eso yo soy quien ha cambiado, Ton, creo
que me iré esta noche y por eso también no sé si decirte ahora quién soy y
contarte todo esto, o simplemente dejar que termines de lustrarme los
zapatos y marcharme para siempre.

Noviembre 3, 1968, Santo Domingo, R. D.

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El mundo sigue, Celina

Qué vida más perra. Revolcándose uno en la cama, como una gallina
cuando le retuercen el pescuezo, respirando bajo
esa boca que huele siempre a ron, con los senos
aplastados contra el pecho y el mismo juego cada
noche, dos, tres veces, lo mismo. La cintura para
este, los brazos por el cuello, gritar y quejarse, esa
es la regla, y "¡levanta las piernas mami!", qué
puercos todo "¡mami!", y así le dicen sin conocer a
uno, goteando sudor por todas partes sin ver que
uno se aburre, se requeteharta, se quisiera morir
ahí mismo. Puerca vida de levantarse, sentarse en
la ponchera, y otra vez, vestido de encima de la
silla, polvo en la cara, peine del pasamanos, la
misma mierda y a la sala; ríete ahora, Susana,
ponle carita a ese tipo, y el maldito coro de la
vellonera, diciéndotelo a martillazos ahí mismo,
para acabarte de fuñir la noche, el mismo "cógelo
con calma, no te agites mucho, que esto no es
pa'viejo", y si tu lo sabes por qué no te largas y me
dejas tirada en una silla aquí cayéndome la noche sobre los cabellos
partidos y las arrugas de la frente y de los ojos, jodida ya, loca por morirme,
por reventar entre este olor a orines y pintalabios, yo misma agonizándome,
rascándome, fumándome como una loca que no quisiera mirar más caras
sino tumbar la cabeza sobre una mesa y quedarme así, tranquila.
Treintisiete años y el corazón como una maraca estremeciendo la cama al
amanecer y los ojos duros, bien abiertos, que no se quieren cerrar en ese
ardor, en ese pensar toda la porquería que se ha vuelto la vida para nada,
para quedar cansada y temblorosa; peste de saliva en los hombros y los
vestidos ahí, amontonados en la percha, tres pesos a la costurera y la
comida de mañana otra vez fritos maduros y la carne como una goma en la
cantina. A ver si esto sirve, si esto se llama negocio, movida, jugada, o cómo
diablos me dirán que se llama esto. Siempre será la misma vaina amarga que
acaba a puñetazos o a "Gillete" o a malditos borrachos roncando y
babeando sobre los muslos. Por mí que no le pongan nombre, que lo dejen
así. Te encueras, te tiras boca arriba, y dejas que se reviente todo, que te
partan el alma, que te malogren, y tu haces tu parte de juego sucio, de
bellaquería, de mundo asque-roso; "mami, mami", sí, no serás más que mami
en boca hedionda, en borrachera, en apretones, en desgreñarte y tirarte a
todos lados y te pondrán los cuartos encima de la mesa, y tú otra vez con
tacos altos y brassiere de media copa, a prestarte al matadero, al vaso, a la
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fumada profunda, a la nalgada. Después dicen que te enchulaste, que te
volviste loca, que caíste como una pendeja, y tú, mareada y rendida, en
medio de esta cómica vida que te traga, espejo y colorete, cada noche,
espejo y maybelline, espejo y pinchos, espejo, cada noche.
No has aprendido el oficio todavía, no has "asimilado los golpes", como
dicen los boxeadores del "Atenas"; y pensar que viniste en el año de la Feria,
con el monte a la cabeza y los ojitos pelados como una muñeca de trapo. Te
dijeron Rubia y después La China, hasta que por fin te llamas Susana y
andas con el monte todavía, sólo que ahora lo traes por dentro, todo el
polvo del ingenio, toda la paja de la caña, el barbojo quemándose y los
hombres abriendo trochas en la noche. Todo eso es lo que ves y te mortifica
porque no lo quieres recordar y entonces el radio ese de la vecina queriendo
aguarte la maldita fiesta "¡Corta tu caña, dominicano, que sus manos corten
caña!", y ahí te emperras, te sientes otra vez Celina viviendo en el barracón
de Santa Fe, comiendo habichuelas con harina, con la peste a aceite de coco
en los cabellos, creciendo junto al infierno de avispas y fogaraté donde
Cesáreo Contreras. "¡Cesáreo Contreras!" picador de la colonia Margarita,
"¡Siete con quince, cuente!" la quincena siete con quince en el sobre y
tickets de la bodega, quincenas, quincenas, quincenas, siete con quince, y
tú, Celina Contreras tragándote los mocos, con ese dolor en el dedo grande
del pie cuando tropezaste con una traviesa en los rieles, "muchachita,
muchachita" creciéndote los senitos debajo de tu vestido sucio, entre los
cañaverales llevándole agua a tu padre en aquel jigüero amarillo, y tú, que
de repente caías, un día en que llovía sobre los cortes, en la tierra negra y
ahí estaba sobre ti Genaro con ojos de guaraguao, abriéndote las piernas y
después te picaba pero ya eras "Celina, aquí tengo una peseta", y la
condenada máquina llevándose los últimos vagones y ya era tiempo muerto,
se quedaba todo tan solo, tan pelado, tan parado, que recuerdas el lugar
donde ponía la gallina blanca, entre la cerca de cundeamor, y sabes que los
días eran sólo polvo y espera y a veces un nublado que cerraba la tarde
silenciosamente. No sirve para nada ese recuerdo, no lo quieres, prefieres
rabiar, levantarte, echarte agua en la cara y olvidar ese merengue amargo
que "muele tu caña de siete maneras, caña dulce..." "Coño, Dulce, ¡apaga ese
radio que no puedo dormir!" y te hundes en la resaca, en el sudor de la
tarde, en el olor del cocido que resta en tu plato.
Y otra vez, otra noche. Chorro de la ducha en el piso frío, y pica ese jabón
en los ojos, "Kinder rosado" para ti, quince cheles en la esquina y de una vez
el desodorante en las axilas. Saldrás del cuarto, qué ceremonia; menos mal
que hoy es sábado y se te espanta el sueño cuando empieza el show, "si
amigas y amigos, el Borinquen Night Club se complace en presentar a la
consideración de todos ustedes su primer gran show de la noche...!" Total
para nada, para que la gorda esa comience a berrear en el micrófono,
moviendo las pestañas postizas como si no le dejaran ver y sacudiendo la
mano por encima de su cabeza, imitando a la Guillot:
15
Amanecí otra vez
entre tus brazos,
y te quise decir tantas cosas...
Siempre la misma mierda, el mismo pasito hacia adelante con los zapatos
plateados, las masas como una gelatina colgando del brazo y ahora color de
zanahoria con esa bendita luz que la busca a tientas por la pista y cae a
veces en la tumbadora, en los pies del maraquero, o se queda sola mientras
la vieja ésta va hasta cerca de las mesas con la boca babosa y manchada de
rojo como si tomara frambuesa, extendiendo la mano con el anillo de
baratija y escupiendo en el micrófono el último intento de su ronquera
temblorosa:
...y así pasaron muchas,
muchas horaaaaaaas...
La trompeta desafina repitiendo las primeras notas de la canción, hay tres
golpes de ritmo y la gorda gira con solemne ridiculez bajo la luz amarilla,
completamente fuera de compás, y a punto de quedar enredada entre el
cordón del micrófono; espantapájaros, vieja gorda, espantapájaros en la
siembra en medio del carril, con los ojos de cáscara de huevo y "¡por ahí no
paso, que se come a la gente", espantapájaros ente los cañaverales, gorda
ridícula, loca vieja, qué clavo, mejor un trago así, con hielo nada más, "a la
roca viejo, qué te pasa"; muslo con muslo, esta es la vaina, para eso pagan,
para eso vienen, entonces te me caigo en el hombro, que se joda la canción.
¡Ay, que me da cosquillas!, está bien, sube la mano, sigue, separo, separo las
piernas, mira, sigue, "con soda no, con hielo, a la roca, ¡on the rock!", la
gorda derritiéndose como una bola de manteca bajo el foco, canta, canta,
canta, y uno tiene que fumársela mientras tanto. ¿No es así, Fulvio, verdad
que es una maldita cantante? ¡Me tiene los pelos de punta! Y eso que es
sábado que todavía no es quiniela, ni siquera es fritura de Negra todavía. Es
sábado, te paso la mano, te me caigo en el pecho, qué mareo, qué vaina,
echo agua limpia en la ponchera y me desnudo; apago la luz, enciendes la
luz, así no me gusta, apago la luz, y quién empieza a pensar que este es un
trabajo sucio endemoniado que cansa y molesta y se vuelve un infierno
donde se quema el sábado con su cartel a la entrada esta noche show
internacional 1 peso admisión para que ven-gan y vengan a caérsele encima
a uno que no tiene más remedio que abrir los brazos sudando como un
potro sin quedarse quieta ni un momento porque el oficio es no estar quieta
un instante ni dejar que este sueño venga bajando, venga bajando y lo dañe
todo porque ellos quieren la cosa como les gusta mucha bulla la cama
dando contra la pared sin saber que uno lo que quiere es morirse que se
mueran ellos tomarse dos aspirinas que se acabe este dolor este mareo el
cuarto dando vueltas condenada vida sucia noche con un gato corriendo
por el techo y la luz del cielo, más blanca cada vez, entrando por la rendija
"El Nacional" en la calle con una voz de niño de muchachito que vende
periódicos y el panty se cayó en la oscuridad y ahora lo veo empapado
16
dentro de la ponchera con los nervios de punta y la boca ácida ya sé que
están haciendo café en algún sitio porque el olor se mete en el cuarto un
carro que se va esa es una que por fin tuvo la suerte de acabar pero yo
desgraciada es lo que soy cuando me vengan a cobrar la rifa voy a estar
durmiendo y a lo mejor me quitan el número es lo que falta después que
éste se me quita de encima buscando una toalla y se la paso del espaldar se
queda sentada y me hago y le digo que estoy rendida papi amor cosita se
pone la ropa lo estoy mirando pongo el dinero debajo de la almohada abre
la puerta se va y me dan ganas de rajarme a gritar pero la borrachera me
sube de golpe y qué carajo me importa esta es la vida como quiera.
Quién empieza a pensar que esta es la vida si de repente te caen encima con
una navaja, en cualquier callejón; te cortan, te cortaron, la cortaron, lleva un
sajazo en el hombro y eso que hay tiempo para defenderse y la tafeta te
salvó porque te tiraron a cortar bien hondo, del gordo de un dedo llevas la
cicatriz, la escondes, no la escondes cuando te encuentras. Diecisiete años y
con los pies en un charco hediendo, manando sangre, y esa es la vida, tu
vestido rosado con una flor grande en el pecho, todo se dañó, se fue al
carajo, tafeta en "El Mayoreo" y me lo hace bien escotado. Por eso te tiraron
al hombro, porque lo llevabas casi todo descubierto; esa es la vida, hija,
"cuándo volverá Nochebuena, cuándo volverá..." disco de mierda que
bailabas con las manos levantadas, cerrando los ojos y sudando. Eran ellos
que venían caminán-dote por dentro, bailando en tu recuerdo, los veíais
pasar por la colonia con trajes de colores, aullando con sus caracoles
terribles, chifles de buey y cascabeles para la danza inacabable entre los
cueros que tronaban; siempre danza y aguardiente espantando lo malo,
sacudiéndose de encima el espíritu del diablo, y tú los veías pasar por tu
barracón sintiendo sus golpes de bambú, respirando su aliento de fiebre;
caderas la mujer, cintura y sexo el hombre y danza, danza para espantar al
diablo. En Semana Santa vienen y te vas con ellos por los caminos y
aprendes a sudar, a soltar el cuerpo calentándote en el baile y se te olvida
todo, tu hombre, la mujer del otro, diecisiete años te traicionaron ellos,
"Cuándo volverá nochebuena, cuándo volverá..." Bailabas moviéndote como
una diosa, como una loca, como una bestia airada frente a la vellonera, libre
en el salón, libre, libre, ¿libre de qué? Por eso te acecharon, te cogieron
mansita en el callejón, por quitamacho, porque te volviste loca de recordar,
de olvidar que ya no era la vida de espantar lo malo, que ahora es esto,
"cuándo volverá, nochebuena, cuándo volverá..." Y te lo decían, que no
perdie-ras la cabeza, que el navajazo te lo daban y ahí tenías esa marca que
no puedes esconder cuanto te encueras. Diecisiete años, pendeja, y ya te
marcaron para siempre; cállese doctor, cállese! Las paredes del hospital de
Macorís te daban vueltas en la cabeza, pendeja, sí, pendeja. Y pensar que
todavía no coges el paso, no te resignas, no ves la vida por ninguna parte;
¿estarás viva? ¡Vivita y coleando! ¿Para qué? Para malpasar, Gregoria, para
malpasar; ¿no te das cuenta de eso, idiota? Vete al salón a que te hagan un
17
desrizado, saca el traje de la modista, cómprate zapatos nuevos, ponte
medias de malla, píntale el pico, anda, y verás tu destino, pobre diablo,
nada, que tendrás encima el trabajo de todo el mes y estás parada la noche
entera en la Duarte, buscando pargos, eso, expuesta a que radio patrulla te
agarre por sospecha. "Mariposa nocturna", así le dicen en los periódicos, en
"El suceso del hoy", y te mira la gente desde los carros como si uno fuera un
gato con botas, tocándose con los codos, murmurando, burlándose de ti
porque no somos más que bagazo, basura vieja, loros muertos a escobazos.
Y uno con las tripas gritándole, dispuesta a cualquier cosa, a lo peor, a lo
que somos, hermana, a lo que somos, no importa que te diera asco la
primera vez, lo hici-mos, a lo que somos, no importa que te diera asco la
primera vez, lo hicimos, nos estrenamos con alguien y ya, desde que dan las
doce y la pesca se pone dura, nos ofrecemos, decides que sí, nos enredamos
con el primero, con el segundo, con el tercero. En eso paras, Gregoria, ahí
paramos todas cuando llegamos a estropajo, a ciruelapasa, a peseta. Para
eso vives, y después dicen que esta es la vida, maldita sea; yo no me
embullo, yo veo la paja en mi ojo y tu sigues comiendo bolas, soñando con
el huevo de la lechuza, creyendo que esto es vida cuando un Alka-Seltzer
no da para tanta resaca. Películas es lo que has visto, películas mejicanas en
el "Cupido", con Libertad Leblanc comiéndole el cerebro a un pendejo, con
su cabeza rubia y sus pezones rosaditos como los tuvimos todas; aquí no te
salva nadie, mejor te empujan, vienen por grupos, le caen encima y te
suenan como a un bongó, buena pendeja. Eso es, Gregoria, para eso estamos
en el mundo haciendo un papelazo, y tú te atreves todavía dizque a tener
escrúpulos, a creerte viva, a pasearte en el salón como si en realidad hicieras
algo grande, creyendo que sabes algo de esta vaina cuando en verdad lo que
hacen es jodernos, partirnos el alma, matarnos a cuchillo de palo, vieja, a
cuchillito.
Por eso me dejaron viva, vivita y coleando, cortadita en el hombro en
nochebuena, gritando como una chiva en el hospital, para que después me
chupara este hueso y quedara amargada para siempre, sin cogerle el gusto a
nada, empolvándome nada más que para darle la cara a tanta mierda. Y tú
pretendes que te digas por qué sigo en esta vaina y yo te contesto que
todavía "no asimilo los golpes", no aprendo el oficio, porque el disgusto me
ha dejado sólo mueca y arruga, dejaron a la China ahí, a la Rubia, la
volvieron Susana, la gastaron Susana, la emborracharon Susana viendo
cantantes mantecosas, chupando colorete por los poros, mano en los senos,
mojadas las sábanas, noche y noche y noche y tanta maldita locomotora
cargada de noches... Ahí lo tienes, ese paga bien, cógelo que es tuyo;
apóyate en las manos y en los pies, no te marées, fúmate uno negro, ríete, no
lo disgustes, pide otro pote, párate y aplaude, y ahora baila rubia, baila
china, baila Susana, "Qué vaina, Susana, Carmencita está tuberculosa", mira
qué vida ésta. Me las sé todas. "Eres un Paper-Mate, vieja" para que me riera
y casi de reírme así se me corría el colorete con las lágrimas, sí, lágrimas que
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se me confundían con la lluvia, allí mojándome en la parada de guagua a las
nueve y quince. "¡Eres una sabia, sabes más que un lápiz!" pero no
importaba, todo eso era noche vivida, polvo sobre el vestido, ceniza, nada
más; por eso me reía y de reírme se me salían las lágrimas y no estoy segura
porque la lluvia caía aquel lunes sobre la calle Barahona, qué diablos sé yo,
sobre la calle caía, y yo estaba riendo más sola que nunca, mojándome allí,
porque la guagua no llega y las muchachas pasan con sus paraguas y sus
libros y sus medias blancas que se les emporcaban en los charcos y uno
recordaba "si a dos les quito uno, ¿cuánto me queda? ¡Uno!" Aburrimiento
de maestra en la escuela de una colonia donde uno se hastía y la profesora,
la señorita no vuelve más y yo me quedo sin saber más nada, entonces tú me
dices, me decías entre esa cama de dormitorio, sobándome la espalda y
retorciéndote, "¡tú sí que sabes tu asunto, vieja!" Por eso yo me río; se me
correrá la pintura, se me erizarán los cabellos mojados, el vestido rojo tal
vez se encoja y se me vuelva un desastre, pero no importa, a mí me gusta
repetir lo que me decías anoche, "Sabes más que un lápiz, nos mudamos, te
mudo, seguro que te mudo, busca una casa, vieja, ¡que te mudo!" Y yo, con
tanto trago adentro, cogiéndole la cuerda, viviendo ese momento, "vete
conmigo esta noche, vivamos juntos, vamos" Le dije que sí, me puse de
ridícula, en la Américo Lugo había una pieza vacía, estaba buena para dos,
yo hablaría con la doña. Qué tonta fuiste, te dejaste correr, pusiste un
huevo, por eso llora allí, esperando la guagua, pero llorando de risa, de
aguacero, de vaina, era lo más justo aquella mañana de lunes escolar, de
lunes en ayunas, de lunes que corre gris por el recuerdo, nublado, como se
veían las gentes y los parques a través de las ventanillas de la guagua
cuando yo iba cabeceando mi resaca y secándome las lágrimas con una
servilleta de papel en la mañana que se cerraba poco a poco bajo la lluvia.
Todo eso me lo he aprendido como si lo leyera en un libro; soy la Biblia, a
cualquier le doy una cátedra. Pero nadie compren-derá por qué nunca cogí
el paso. Yo nunca tuve paso. Qué desgraciada. Paso, por si acaso. "El que
tropieza y no se cae avanza un paso"; y no me caí, me tumbaron, desde la
cuna me tumbaron. ¿Desde qué cuna, comparona? ¡Desde la hamaca! Vuelta
para arriba, vuelta para abajo y ¡pum! que te caes al suelo. Y no te levantas
más, Celina; trapos mojados, yerba pegajosa, polvo, rendija, piedra, donde
quiera ese suelo. Cesáreo Contreras luchará, se cortará en la pierna con el
machete, caminará entera la colonia, y nada, picador de caña, padre de
Celina que sigue en el suelo siempre; boca sucia, ojo sucio, mano sucia,
sucia, sucia, sucia, eso serás desde que esos bueyes con ojos de té de canela
empujan la carreta y tú, mirándolos, conociendo ese sol cortado a machete,
a sombrero, a guiño de ojo, tragando polvo a la puerta del barracón,
aprendes a estar en suelo del que no te has levantado jamás.
Y a ti, ¿quién te tiró, quién te mandó a caerte? ¡Qué sé yo! ¡La vida! Nada,
que Cesáreo Contreras era mi padre. Que nunca tuvo un alfiler. Que se le
fue la mujer. Que Celina creció sola. Condenada a eso. Jodida. Con buen
19
corazón le tuviste miedo al espantapájaros clavado en medio del carril, Jefe
de Campo, Alcalde, Mayordomo, todo era lo mismo. Espantapájaros para
tenerle miedo, para caerte al suelo, "Ay, no no; está bien, está bien, venga!"
la espalda contra el suelo, tú con trece años, "menéate, linda, menéate!" No
te llevaron presa, no, Mayor-domo, Alcalde, Jefe de Campo, sólo te
agarraban por un brazo, "¿qué haces? ¿Robando caña?", "No!", "Si!", "tírate
ahí, tírate!" por eso qué sé yo, la vida, algo, metieron a uno en esa vaina, le
fueron haciendo ese maldito camino. "¡Qué bueno, qué bueno baila Celina!",
sábado de quincena, Pedro picador, Rafael pagador, Negro pesador,
vestidito de florecitas amarillas y moñitos cogidos con tiritas, iba yo, olor
de "Noche Azul" en la cabeza, muslitos duros, pechito tieso, barriguita
plana, yo, ingenio y sábado con aires de melaza, me hacen así, me enseñan
el sobre, lo mueven, lo sacuden como una maraca, y yo, Celina, la hija de
Cesáreo, "Potranca, eso eres, una potranca; vamos ponme ese disco, "qué
bueno, qué bueno baila Celina", pasas, sábado de pago, pasas, sábado de
quincena, pasas entre los grupos, pasan los días y los meses y tú creces,
tumbándote los hombres, llevándote "caña pal ingenio"; vienes un día
borracha, a vaso vacío bebiendo en la bodega, te traen entre cuatro, te tiran,
te brincan, te preñan, sí, ¿y el hijo? Mejor no hables de eso, cabo de la
patrulla, abusador! No hables de eso, que estoy preñada, cabo, no me patée
la barriga; siete meses más tarde, cuando te fuiste a un café de Macorís para
que Cesáreo no te fuñera, ya metida de cabeza en esta vaina, no te salvaba
nadie, cabo, no me patée la barriga, que estoy preñada, cabo, te entraron
como a una conga y después, lunes temprano, cinco con setenticinco por
escándalo en la vía pública, ¡qué mal paso! Por eso digo que yo nunca di
ningún paso. Me empujaron, eso fue. Me compraron. Me volvieron loca.
"Vente conmigo -¿y qué me das? - Veinte con Filtro - ¿y de quién son? son
de la Aurora - ¿y cuánto es? - Veinte centavos, nada más". Eso era yo, me
hicieron igual que ese anuncio de los cigarrillos Aurora. Tenías que parar en
un café, yo me decía, escote, mucho escote, pañuelito para amarrar el
dinero, para hacerle un nudo, y esto, este chiste, este estornudo, este dolor
de cabeza, esta mierda que se te volvió la vida sin que te dieras cuenta. Por
eso preferiste dejarte llevar a nalgadas, a pellizcos, a mordidas en los
hombros y en los senos. Nunca peleaste con la vida, ¿con qué vida? Que
venga alguien y me demuestre que esto no es una burla, una vaina que me
echaron. Si no, entonces yo hubiera estado muriéndome de risa, señora
Celina hubiera sido, señorita Celina. ¡Bonita niña, esa! Pero no, pararías en
un café, dejándote matar, poniéndote de carnada, a boca de jarro para que
te reventaran noche tras noche y tú tratando de no llorar, de no quedar de
fea, de no ponerte de ridículo; haciento tu parte de juego sucio y aburrido,
que te partieran el alma, que te gozaran y se cansaran de ti y se fueran al
amanecer, dejándote más muerta que otra cosa, oyendo los gallos cantar,
oyendo poco a poco la vida levantarse en la ciudad, a ronquidos de carros, a
nombres de periódicos, a voces de noticieros, a niños llorando; y tú, ni
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Rubia ni China, ni Susana, sólo Celina para ti, cansada, con los nervios de
punta, acritud de ron envejecido entre las tripas, quedar cansada, más que
nunca, más que ninguna vez, llena de várices, de arrugas, de recuerdos
ingratos.
Te han dejado. No sabes qué hora es, sólo que afuera sonará la vellonera, en
algún sitio, quizás en el café de la Mauricio Báez donde una vez unos
hombres te hicieron acostar con Dulce, por quince pesos, ¡qué caray!
Alguna estará en tu esquina de la Duarte con el portamonedas apretado
entre las manos, soportando el frío, paseándose como un gato por el techo;
tú te la sabes todas, eres la Biblia, sabes más que un lápiz, sabes que el
mundo sigue así, Celina. Mira las paredes blancas, la vida es una mierda y
ahora se está callando todo a tu alrededor; un dificultoso estornudo y ves al
cura, "Padre nuestro..." tú que te quieres morir "...hágase tu voluntad..." que
no deseas ver más caras sino tumbar la cabeza y quedar así, tranquila, que
te dejan quieta, lo estás viendo en este instante en que la vida sigue afuera
como antes, "...así en la tierra como en el cielo..." te tocará en la frente, está
pidiendo tu perdón,..."Por su culpa, por su culpa, por su grandísima culpa..."
que te perdonen, ¿que te perdonen qué, Celina? Que te perdonen esta perra
vida "...Amén!" esta cómica vida que te traga.

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René del Risco: biografía breve

Nació en San Pedro de Macorís el 9 de junio de 1937. Poeta, cuentista y


publicista. Nieto del poeta Federico Bermúdez,
iniciador de la poesía social en República
Dominicana. Cursó su educación elemental y
secundaria en su pueblo natal.

Luego se trasladó a la capital e ingresó a la


Universidad Autónoma de Santo Domingo
(UASD) a estudiar la carrera de Derecho, pero
su interés por la literatura y la publicidad se
sobrepusieron a su deseo de ser abogado.

Desde muy joven incursionó en la literatura destacándose como poeta y


cuentista, género éste último en el que recibió varias distinciones en los
concursos organizados por la agrupación La Máscara.

Su oposición a la dictadura de Trujillo lo llevó a la cárcel y al exilio a Puerto


Rico. Participó en la política nacional a través de los movimientos
estudiantiles universitarios surgidos a raíz de la Guerra de abril de 1965.

Fundó, junto con Miguel Alfonseca, Ramón Francisco y Marcio Veloz


Maggiolo, el grupo literario El Puño. Murió en un accidente
automovilístico cuando apenas comenzaba a desarrollar sus grandes
cualidades de poeta y narrador.

Sus textos más divulgados son el poemario El viento frío y los cuentos
"Ahora que vuelvo Tom" y "En el barrio no hay banderas". Murió en Santo
Domingo el 20 de diciembre de 1972.
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