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LITERATURA SONORENSE.

ESCRITORES Y POETAS
SONORENSES.

CRUZ DE CENIZA

Carmen Alonso Paz

La incorporación fue casi automática. Quedaban atrás la Escuela de


Antropología, las carreras por Chapultepec, las discusiones académicas, las
noches de vino tinto entonando a los Calchakis y aquellas estrofas de Soledad
Bravo que nos identificaban como grupo.
“Ya nos vamos de España
a luchar en otros frentes
¡Ay, Carmela! ¡Ay, Carmela!”

Después de la tragedia del Inge., los rostros de Fellini, el Gabo,


Cuauhtémoc, Posada ,el llavero –compañeros de aula- se borraron de mi
mente como precaución vital. Había que educar a la hija, estudiar otra carrera,
reincorporarse a la cultura sonorense. Vivir y sobreponerse al dolor; era ahora
la consigna.
*

Oaxaca, en menos de seis meses, nos incorporaba al movimiento universitario


de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Yo me mantenía al
margen, pero muy cerca de los acontecimientos; siempre con esa actitud de
observadora participante (actitud inconsciente del escritor que registra datos
para su futura creación) y que la teórica literaria Julieta Campos en su
momento me aclaró, exorcizando tan terrible peso de la conciencia.
*

Ese día los miré desde una esquina de la Escuela de Medicina, algunos
pensaban que aún se salvaría el semestre y acudieron temprano a clases. José,
Tomas, Fernando y Yolanda, miembros todos de los grupos radicales y
simpatizantes de la nueva rectoría, pintaron el suelo una cruz de ceniza ,
que bloqueaba la entrada.
Sólo escuchaba gritos y tiros al aire, hasta que la aglomeración de estudiantes
me impidió seguir los acontecimientos. Decidí acercarme, ser la esposa del
Inge. (Secretario General de la UABJO) me permitía cierta seguridad.

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Los médicos estudiantes, con sus impecables batas blancas, eran obligados a
arrodillarse y besar la cruz de ceniza, en un acto de arrepentimiento
ideológico. Cuestioné la acción, pero habían quedado atrás las discusiones
políticas. Una praxis enardecida marcaba ya un rumbo incierto.
*
El abrazo nocturno, preámbulo del amor, encauzó el deseo por su rumbo
habitual. Una noche más para elevar el espíritu a través del cuerpo. Sería la
última noche, el último abrazo, la confirmación reiterativa del amor.
*
La mañana del jueves, amanecieron pegadas en la cortina crema de la sala,
aquellas enormes mariposas negras que siempre enturbiaban mi ánimo con su
presencia. Por primera vez no las espanté, lo haría al volver del mercado.
Tenía la certeza de que éstas, pacientes, esperarían mi regreso.
“Señora, Teresita, nunca mate esas mariposas-decía la sirvienta indígena”, con
aquel tono zapoteco que endulzaba su castellano coloquial.

“Dicen que no tengo pena llorona


Porque no me ven llorar.
Hay muertos que no hacen ruido
llorona
y es más grande su penar.”

De regreso y a pocos metros de la casa, miré la aglomeración de personas en


torno al carro que Rubén (el Inge.) probaría para mí.
Bajé del carro. De pronto, un frío cálido envolvió mi cuerpo. Desde entonces
no he vuelto a respirar con naturalidad; la sangre y el olor que emanaba del
carro, estuvo a punto de desmayarme. Lo miré por la ventanilla, estaba allí,
recostado sobre su brazo izquierdo. Mis ojos se fijaron en sus manos y
recordaba que sólo la noche anterior recorrían mi cuerpo. Una vecina me
informó al oído que al vendedor también lo habían acribillado.
“ Lo estuvieron cazando, señora, lo agarraron desprevenido.”

“ Cuando la vida se pierde,


tras una cortina de años
vivirán a flor de tiempo
amores y desengaños.”

Dicen que fue la ultraizquierda, otros que la derecha; algunos afirman que sus
amigos lo traicionaron.

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