Los autores de esta antología compartimos, además de un idioma, una visión sobre la

poesía. Estamos convencidos de que la emoción no puede estar de moda, es universal e
intemporal, y la poesía tiene que emocionar. Para ello es necesario que comunique, que
diga algo, que aporte sentido. En este tiempo marcado por la incertidumbre, para nuestra
sorpresa, una gran parte de los nuevos poetas en español se han adscrito a una
tendencia tan experimental como oscura. Los discursos fragmentarios, el irracionalismo
como dogma y el abuso del artificio han supuesto la ruina de la poesía en muy diferentes
etapas de la historia de la literatura. Han hecho tanto daño, que hoy la poesía está
considerada como un género difícil que sólo leen los poetas, porque sólo parecen
entenderse entre ellos como los habitantes de unas ínsulas extrañas. Creemos que hoy
es necesario reivindicar una poesía que comunique, escrita por personas normales, por
ciudadanos que no están dispuestos a renunciar al diálogo entre las conciencias a cambio
del silencio, el fragmento o las subjetividades ensimismadas a las que nos invita el poder.
Varios Autores
Poesía ante la incertidumbre
Antología de nuevos poetas en español
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Mufato 07.07.12
Título original: Poesía ante la incertidumbre
Jorge Galán, Raquel Lanseros, Ana Wajszczuk, Daniel Rodríguez Moya, Francisco Ruíz Udiel, Fernando Valverde, Andrea
Cote y Alí Calderón, 01/05/2011
Cubierta: Pablo del Pino
Editor original: Mufato
ePub base v2.0
DEFENSA DE LA POESÍA
El momento de la Historia que nos ha tocado vivir está marcado por la incertidumbre en todos
los sentidos. Cuando pensábamos que el siglo XX agonizaba y con él los grandes temores y
catástrofes capaces de minar la fe en la humanidad, no han surgido los puentes que destruyan nuestros
precipicios. Al contrario, resulta más difícil intuirlos, imaginarlos. La incertidumbre parece
abarcarlo todo: la política, la moral, la economía, las nuevas formas de comunicación que
paradójicamente han provocado una mayor incomunicación… También las viejas utopías que
parecieron realizables y llenaron de ilusión a millones de ciudadanos se han desmoronado mostrando
sus miserias cuando han sido suplantadas por los hombres, añadiendo aún más incertidumbre a todo
lo que nos rodea.
Nuestra generación está marcada por esta incertidumbre y creemos que es necesario hacer un alto
en el camino, reflexionar, mirarnos a los ojos, establecer una cercanía menos artificial, más humana.
La poesía puede arrojar algo de luz para alcanzar algunas certidumbres necesarias.
“La poesía es un modo de ajustar cuentas con la realidad”, ha repetido muchas veces el poeta
español Luis García Montero. Sin duda sucede así en los buenos poemas, aquellos que son capaces
de provocar emoción, de conmover, de hacer pensar, de llenar un vacío que nos acompaña. “Deseo
expulsar de mí cualquiera palabra, cualquiera sílaba que no nazca de la combustión de mis huesos”,
escribió el mexicano Ramón López Velarde en 1916. Casi un siglo después, el poeta Joan Margarit
trataba de explicar, porque realmente se hacía de nuevo necesario, que el límite de la poesía es el de
la emoción.
La emoción no puede estar de moda. La emoción es universal e intemporal. Y la poesía tiene que
emocionar. Ante tanta incertidumbre, para nuestra sorpresa, una gran parte de los nuevos poetas en
español se han adscrito a una tendencia tan experimental como oscura. Como los hombres que
rodeaban a Orfeo para escucharlo tocar su lira y de ese modo hacer descansar su alma, asisten a las
preguntas de nuestro tiempo tratando de ignorarlas, entregándose al arte por el arte, renunciando a las
preocupaciones que conmueven a la gente normal, a las almas que buscan respuestas, que rozan el
milagro de la supervivencia y que se hacen preguntas, que sienten la incertidumbre en sus manos y en
sus aspiraciones. Esa reacción de los artistas, de los poetas en particular, no es nueva. Los jóvenes
siempre han tenido la tentación de contradecir a sus mayores en un arrebato adolescente en busca de
construir sus identidades. En la poesía actual, ese camino supone oponerse a quienes tanto han
trabajado para que la poesía se entienda, se humanice, se aproxime a la gente corriente. Si en la
segunda mitad del siglo XX los mejores poetas de nuestra lengua abandonaron las liras y las torres
de marfil, la poesía última, en busca de un nuevo camino, de una nueva actualidad literaria, se ha
subido a un pedestal. En esta tarea se han visto legitimados por algunos poetas cuyos proyectos
literarios fracasaron de manera estrepitosa precisamente por abrazar el barroquismo gratuito y la
frivolidad de la moda literaria. Ahora buscan una segunda oportunidad elogiando lo que
precisamente les condujo al callejón sin salida de las palabras huecas.
Queremos mostrar nuestra desolación ante esta dinámica que nos parece destructiva para la
poesía porque conduce, de manera inevitable, a su deshumanización. Admiramos a poetas a los que
hemos tenido o tenemos la suerte de conocer, como Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Gonzalo
Rojas, Claribel Alegría, José Hierro, Luis García Montero, Benjamín Prado (y los poetas de la
conocida como Poesía de la Experiencia), Juan Manuel Roca, Marco Antonio Campos, Jorge
Boccanera, José Emilio Pacheco, Mario Benedetti, Gioconda Belli, Oscar Hahn, Omar Lara, Waldo
Leyva, Piedad Bonnett… Ellos siguieron el camino, la tradición literaria de Rafael Alberti, Antonio
Machado, César Vallejo, el primer Octavio Paz, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Federico García
Lorca, Luis Cernuda… Son muchas las lecciones que pueden desprenderse de ese largo camino. Han
escrito una poesía perfectamente entendible, han procurado reflexionar sobre el mundo que los
rodeaba tratando de ordenarlo en un poema, han dialogado con sus fantasmas y con sus lectores,
estableciendo una comunicación imprescindible en cualquier género literario, y han huido de las
modas y de la actualidad poética, es decir, nunca han escrito contra nadie, no han tratado de ser
novísimos. Estamos convencidos de que no se puede escribir poesía contra alguien, del mismo modo
de que la peor idea de todas es escribir un poema sin ideas.
Los discursos fragmentarios, el irracionalismo como dogma y el abuso del artificio han supuesto
la ruina de la poesía en muy diferentes etapas de la historia de la literatura. Han hecho tanto daño,
que hoy la poesía está considerada como un género difícil que sólo leen los poetas, porque sólo
parecen entenderse entre ellos como los habitantes de unas ínsulas extrañas.
Prueba de ello es el estado comatoso que tiene el panorama poético en la mayor parte de los
países europeos, algunos de ellos con tradiciones literarias tan importantes como Italia o Francia.
También es evidente la marginación que sufren los libros de poesía en cualquier espacio, ya sea una
librería, un suplemento cultural, un periódico, una biblioteca… Los lectores empiezan a alejarse
peligrosamente de la poesía, entre otras cosas porque cuando empezaban a intuir que se trataba de un
género accesible, que transmitía emociones, algunos poetas de las nuevas generaciones están
sembrando la oscuridad en la incertidumbre, eso por no mencionar las poéticas del silencio.
Cuando un poema no se entiende, el lector suele culparse a sí mismo, inducido por la idea
generalizada de que el poeta es un ser con una sensibilidad diferente, superior. Una idea tan falsa
como interesada. Si un poema no se entiende el único responsable es quien ha tratado de establecer
la comunicación. O bien no ha sido capaz por sus limitaciones, o bien no lo ha conseguido porque no
era su propósito, porque sólo buscaba la erudición y el artificio, algo que está bien visto, que tiene
buena prensa y que provoca una palmadita en la espalda de la crítica, sumida en gran parte en la
misma torpeza. Si un poema no se entiende, por lo general lo que sucede es que el poeta no ha hecho
bien su trabajo. Los poetas somos personas normales, con los mismos temores y preocupaciones que
el resto de los seres humanos, aunque tratemos de mirar con atención lo que nos rodea, buscando lo
que hay detrás de la apariencia, para después afrontar el acto de incertidumbre que es escribir un
poema que pueda arrojar algo de luz a la realidad.
Por estos motivos, todos los inventarios simbólicos artificiales que alejan a la poesía de su
consustancial sentido comunicativo no hacen sino ocultar una falta de latido vital o de auténticas
ideas. Los versos puros no necesitan disfraces ni simulada complejidad, simplemente redefinen las
peculiaridades de la realidad sin abandonar jamás la atalaya de los sueños.
“Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas, / y una voz cariñosa le susurró al oído: /
—¿Por qué lloras, si todo en ese libro es de mentira? / Y él respondió: / —Lo sé; / pero lo que yo
siento es de verdad”. Este poema de Ángel González resume de forma excepcional lo que
entendemos como el milagro de la poesía, la capacidad de transmitir un sentimiento gracias al idioma
y a los diferentes recursos que ofrece el género. Sin ese intento de transmitir emociones, de llenar un
vacío, de reflexionar sobre el mundo, de convertirse en mil hombres; el poema está hueco, no tiene
vida.
Hoy es necesario superar el artificio estéril y soso, el poema que no dice nada, el poema que
enuncia y enuncia y jamás encuentra el sentido, la histeria por el experimento per se, la ingenua
búsqueda de una “novedad” que jamás se halló.
La poesía nace, como todo arte, de un sentimiento humano universal como es el anhelo
trascendente. Va mucho más allá de los atrevidos juegos de estilo o las oscuras construcciones
lingüísticas que parecen facturados sólo para un selecto grupo de iniciados. La poesía ha pertenecido
y pertenecerá siempre a la humanidad entera, es un caleidoscopio luminoso y claro que se adentra en
los recovecos más recónditos de nuestra conciencia. Nace desde un yo poético pero se remansa
indefectiblemente en el nosotros, creando ese espacio de comunicación universal que puede existir
tan sólo entre corazones humanos liberados de escudos y armaduras. La poesía no encadena ni
encorseta a su lector u oyente con fingimientos prefabricados o yuxtaposiciones carentes de
significado íntimo. Al contrario, la poesía nos libera y nos reviste de nobleza, pues propicia la
sensibilidad a los estímulos del mundo exterior.
En definitiva, somos partidarios de una poesía que formalmente incluso alcance el preciosismo.
Pero creemos en una poesía que además comunique, que diga algo, que porte sentido. Una poesía que
conmueva y, en el mejor de los casos, estremezca, cimbre, cumpla con el rigor de lo poético que
pedía Robert Graves, cuando se refería a la diosa blanca: “El motivo de que los pelos se ericen, los
ojos se humedezcan, la garganta se con-traiga, la piel hormiguee y la espina dorsal se estremezca
cuando se escribe o se lee un verdadero poema, es que un verdadero poema es necesariamente una
invocación de la Diosa Blanca”. El poema entonces, también es un dictado, un puente hacia lo otro,
hacia lo más. Quizá Borges, mitad con ironía, mitad en serio lo explique mejor cuando contaba lo
siguiente: “Se trata de una cita de Bernard Shaw. A éste le preguntaron: “¿Usted cree realmente que
el Espíritu Santo ha escrito la Biblia?”, y Bernard Shaw contestó: “No sólo la Biblia, sino todos los
libros que vale la pena releer.” Es decir, para Bernard Shaw, el Espíritu Santo es lo que
antiguamente llamaban la Musa.”
Pero, a fin de cuentas, ¿la musa para qué y por qué? Porque todo se hace para alguien, y la musa
es la emoción y el talento, una metáfora de la necesidad de comunicación que tienen todas las
personas, de sentirse comprendidas, de encontrar respuestas. Y también para dar cuenta de nuestra
existencia concreta, del aquí y el ahora, de la manera en que participamos del mundo. Para mostrar la
sensibilidad de nuestro tiempo, un tiempo lleno de incertidumbre sobre el que la poesía puede seguir
arrojando algo de luz si los poetas quieren.
Seguimos creyendo que una de las misiones de la poesía es enfrentarse al poder. Y el poder de
hoy no hace más que invitarnos al silencio, al fragmento, a las subjetividades ensimismadas y a la
pérdida de diálogo entre las conciencias. Queremos decirle adiós a todo eso.
JORGE GALÁN
San Salvador (El Salvador, 1973)
Ha publicado los libros de poesía La ciudad, Pre-Textos; El estanque colmado, Visor; Breve
historia del alba, Ediciones Rialp; La habitación, DPI; entre otros. También ha publicado la novela
El sueño de Mariana, F&G ediciones; y los libros infantiles Los otros mundos y El premio
inesperado, ambos en Alfaguara infantil. Ha ganado en tres ocasiones el premio nacional de poesía
de su país, 1996, 98 y 99. En 2006 ganó el premio Adonáis de poesía, en 2009 el Antonio Machado y
en 2010 el Villa de Cox
MINIATURA ASOMBROSA
Alguien puso semillas en mi mano
treinta árboles mañana,
un bosque cincuenta años más tarde.
Aves encontrarán el sur en esos árboles
y lobos encontrarán cobijo
y las hormigas crecerán como un cuerpo
entre las raíces ciegas y soñolientas
y alguna vez una casa y otra casa
construirán esas maderas
y el invierno bajará en sedimentos
y el otoño con su total hastío
pondrá sus pies pesados
sobre los troncos gruesos y no los vencerá.
Nada hará que se quiebren.
Y dentro de cien años cien hombres
serán hombres felices amando a sus mujeres
bajo esos techos amplios,
un perfume de bosque flotará todavía
en los hijos que lleguen,
el mundo será el mundo y la noche la noche
las lechuzas de entonces tendrán ojos más grandes
y comerán gorriones lo mismo que alacranes
y el ratón será mínimo como un insecto extraño,
su pálida pelambre lo volverá invisible
de noviembre a febrero, y no tendrá enemigo
ni el águila ni el hombre, si acaso, la serpiente.
Treinta árboles mañana,
flores malvas y rojas creciendo en ese bosque…
Ayer, unas semillas que alguien puso en mi mano
y que yo lancé al cielo.
LA ADIVINANZA
Mi capa es la tiniebla pero mi sombra es luz.
Se halla en mi mano una moneda dispuesta
a la limosna
pero mi voz es lo terrible, cuando así lo desea.
Si dijera esto a un niño le preguntaría: ¿Quién soy?
Y sería sólo una adivinanza y no un enigma y
una proclamación.
Mi espalda es el invierno que oscurece a los árboles
pero mi rostro es la blancura de la nieve más fría.
Si hundo mi pie en el fango es tan sólo en la hierba que
aparece una huella.
Veo, escalones abajo, los incipientes actos
de los magos,
y escucho, por encima de mí, las palabras de Dios
en la lengua monumental de sus profetas.
Veo a los ángeles en un palacio interminable
jugando como ínfimos infantes en interminables
jardines
y escucho la confesión del viento en los antiguos
árboles
y la profecía del mundo en la boca del mar
y revelo la edad de las estrellas a los hombres
y el corazón del hombre a la desolación de los
abismos.
El beso de Dios arde en mi frente.
Soy hijo y no puedo ser otra cosa más que hijo.
Los trigales se inclinan a mi paso
y el rey pide consejo y ejecuta conforme a lo que digo.
Mi mano es pesada como el hacha de piedra.
Para mis ojos no hay distancia ni tiempo
ni lugar ni cortina ni pared ni secreto.
Sobre mi cabeza los gorriones y las ramas altísimas
y las antiguas torres y el universo mismo.
Bajo mis pies el mundo
y bajo el mundo, los nombres de los muertos.
Si le hablara a los niños, podría preguntarles,
fingiendo ser astuto,
¿Saben los nombres de los muertos?
Mi capa es la tiniebla pero mi sombra es luz
y al revelar aquello que en mí se ha revelado
me vuelvo yo el misterio.
Mi destino es la hora más postrera del hombre:
La claridad penúltima…
El último silencio.
LO INEVITABLE
Mi madre dijo Mañana va a haber viento,
pero su mañana ya es hoy:
es más de media noche.
El viento hace de los follajes un mar que va y que
viene
como el mar mismo.
Hay aves que están muriendo en su propio resguardo.
Algunas ramas se inclinan hasta el suelo y se quiebran
igual que algunos hombres muy cansados
vencidos finalmente por la culpa.
Ella también me ha dicho que hará frío,
pero desde hace varios días mis ojos son escarcha.
Ambos bebimos té y hablamos recordando
el sabor de los nísperos
y la lentitud de la miel al esparcirse sobre el pan.
Desde la habitación en donde estábamos
la ciudad cabía en el marco de una ventana,
era perfecta ahí como el cuerpo de una mujer amada
lo es en nosotros muchas veces.
Mañana, me repite y entonces quiero decirle y no lo hago,
que el tiempo es una invención tardía de los hombres,
que un instante también es un milenio
y un milenio un instante
y que nada hay más parecido al fin que el principio
que la nada de antes y la nada de después es sólo vacío
y que en medio flota una página en blanco
que alguien llena de palabras a veces banales
y otras veces terribles
y que lo que ella llama mañana ya es hoy en otro sitio
y ese sitio puede estar tan lejos o tan cerca como
yo mismo
y que el tiempo es un manto que la eternidad ocupa para
vestirse
en un intento inútil de poder comprenderse
porque la eternidad es invisible e incontable y quisiera medirse
e intenta inútilmente recrearse proveyéndose
márgenes donde jamás se abarca.
Mañana vendrá el frío, me repite otra vez
y pienso, otra vez sin decírselo, que todo es tan
sencillo
y que las estrellas son solamente estrellas:
Puntos de luz inertes a tan sólo unos ojos cerrados de
distancia,
y que el cielo es el cielo y la noche la noche y el viento
sólo viento
y que aunque ahora ya es mañana
resulta inevitable que todo mi presente
sea para mi madre su después.
LA PRIMERA MEMORIA
Era una mano roja con lunares. Al frente,
una luz que por muchos años supuse que era la de un faro,
pero no estábamos en un puerto,
el bullicio que oíamos no era el mar,
era otra cosa lo que llegaba y cubría nuestros pies,
no eran gaviotas sino simples palomas las sombras en el cielo.
Sé cuál esquina era en la que estábamos parados.
Atrás se hallaba el mundo y adelante la noche.
Sus ojos me mostraban todo lo perdido.
Para mí la vida había sido el patio de una casa.
Bajo sus pies de algo me hablaba de tierras
más lejanas.
Su rostro poseía el color de la madera de los muelles.
Su cabello era el norte.
Él me dijo que la sombra del conejo se deshace en la
nieve,
también me dijo que ninguna casa podía ser un país
entero,
que un armario no podía ser un castillo,
pero que un patio, aun vacío, podía ser el mar.
No recuerdo su voz pero sí el silbato de un barco que
llega.
Las islas al fondo son edificios pero aún no lo sé.
Más allá, la lejanía no es más enorme que mis ojos.
Casi ciego, tomo su mano y cruzo una calle.
Ahí comienza el mundo para mí.
Antes, sólo la sombra, la temprana luz de la
madrugada
sobre la hierba seca o la lluvia
como un millar de empecinados relojes de cuerda
que alguien dejó sobre el tejado.
RACE HORSE
Para Roxana Elena
Y mira tú, muchacha, de quién viniste a enamorarte,
a quién viniste a amar para toda la vida,
a quién decidiste no olvidar:
es un caballo de carreras, ese muchacho es un caballo
de carreras
y corre siempre junto a la barda colmada por espinos
y sus músculos inflamados siempre a punto de
reventarse.
¿Quién lo conduce?
Sus estribos son ríos a los cuales muerde para intentar
romper.
Sus ojos ven un horizonte de fuego al que no puede
dejar de dirigirse.
Sus cascos son de un cristal incorruptible que aniquila
a la piedra.
Su crin es el viento azotado por el relámpago.
Una tormenta tiene donde debió tener un breve
corazón,
una tormenta a la cual teme incluso el invierno mismo.
Su imaginación es la misma que la de la montaña
y la del grito que corta el silencio de la montaña
desolada.
No es de fiar.
¿Quién confiaría su alma a una tormenta?
¿Quién brindaría su piel al cuchillo de fuego
o su voz al silencio de la flauta quebrada por el odio?
Y mira tú, muchacha dulce, te abriste como un cofre
lleno de perlas que parecían brotar de la luz misma
y él ni siquiera pudo notarlo, él es un caballo
de carreras
y no le importa ni la ciudad ni el camino que lleva a la
ciudad
ni las joyas ni un cuello lleno de joyas ni un cofre lleno
de joyas,
sólo le importa el bosque y el campo abierto y la playa
interminable
pero sobre todo la pista, esa pista de grama, arena y
piedra,
y mira tú de quién viniste a enamorarte
a quién quisiste guardar en ti como un corazón nuevo
a quién quisiste abrazar hasta perder los brazos
a quién quisiste mirar hasta cerrar tanto los ojos
que no consigues ya mirar la dicha.
Mira tú, muchacha linda, a quién quisiste amar,
a un obstinado caballo de carreras cuya pista es el
mundo.
EL MUCHACHO DETRÁS DE LA VENTANA
Ahí donde crecí, en ese sitio
bajo el techo de zinc, a la orilla
del río que era una respiración a media noche,
nadie me habló de la primavera,
de las colinas hechizadas como una mujer
tendida sobre la hierba tibia, rodeada de setos
o de arces, colmada por el aroma
de lo bienaventurado, y su falda de diez tonos
y su cabello rojo y azul y sus ojos azules también
y su piel blanca como el perfume de la plata
recién tomada de la piedra.
Nadie me habló tampoco de la nieve
que cae sobre los campos
semejante a un pedazo de pan blanco
desmigajado sobre una sopa.
Nadie me habló ni del marino ni del hada
ni de los nidos que cuelgan
entre el follaje como argollas,
ni de la brisa que, de octubre a diciembre,
hace de las ramas delgadas sus repentinos látigos,
y no puedo decir que hubo necesidad
de hablar sobre estas cosas
pero sí hubo necesidad de hablarme de la muerte,
de esa sombra que cae como una luz extraña,
más densa, casi húmeda, inquebrantable,
inviolada, oscurísima, semejante a la piel del universo,
igual de inmensa y fría, y hubo necesidad
de mencionar el miedo, esa piel más enorme,
y de dónde venían esas viejas campanas,
de qué torres hundidas al final de la niebla,
y todas esas aves que eran sólo siluetas:
alas que no son alas, picos que no son picos,
graznidos que se elevan por lenguajes nefastos,
y la sirena, el grito
que emerge de la noche para colmar la noche,
la mano en la garganta, el silencio más tarde…
Sí hubo necesidad pero nadie me dijo ni una
sola palabra
de aquello que se ha vuelto cotidiano
y por ello todo lo que aprendí
lo hice a través de lo vivido y lo negado a vivir,
de la visión que se dejó palpar por una mano fría
mi propia mano, erizada, repleta de temblor,
del olor nauseabundo que se eleva del cuerpo
estremecido,
de la sombra, del grito, de la textura del gemido,
del ruido que producen los labios al cerrarse…
Nadie me habló jamás de las cosas lejanas
o inmediatas,
hermosas o terribles,
así como tampoco nadie me dijo el nombre
de esas flores pequeñas, casi insignificantes,
que nacen en los viejos tejados de esas casas
donde ya nadie habita…
De pronto pensé en ellas
como pensé en noviembre como pensé en las lluvias
como pensé en el viento colmando los cabellos
de no recuerdo quién…
No importa quién…
BREVE CANTO SIN MÚSICA
El agua de los ríos se evapora en la tarde
y luego sube a transitar la noche,
ese océano olvidado en las piedras,
oscurecido a través de una desolación inconsolable,
y aún en esta sombra no es cierto que estés triste,
aún cantas con tu sonido de otro tiempo,
tu cabello sin bordes también es un murmullo,
música repentina se resbala en tus labios,
sobre tu piel oceánica la tarde es el discurso
de un cielo inusitado. Pero todo es olvido,
atrás quedan montañas que prosperan por fin bajo la
nieve
en el antiguo frío que nos precedió, el alba
es una larga carta de palabras oscuras, un lenguaje
perdido entre las piedras bajo todo el invierno.
Pero los manantiales nacen en piedras afiladas,
piedras sin limo, porque los manantiales son
un transparente filo líquido
donde los venados beben su propio rostro,
y por eso no es cierto que estés triste
aunque el otoño deje sus besos en tus pómulos
y hayas adquirido ese aroma
de calles desoladas que ha empapado estos meses
y las hermosas puntas de los pinos que miras se
volvieran oscuras
y el crepúsculo haya abandonado el horizonte para
buscar tus manos
y seas la silueta oscurísima de todas las ventanas.
La delicadeza de tu cuerpo sigue perteneciendo a los
jazmines,
este instante con frío.
Y por ello no es cierto que estés triste, aún tus manos
se mueven dibujando en la brisa caminos luminosos,
y tu mirada llega aún hasta la lejanía repleta de países
indómitos
y por eso no es cierto que has negado tus pies
a la hierba que crece desprolija en el abril interminable
que sueñas,
no es cierto que tu cuerpo tendido se haya vuelto
distinto
a la tibieza de la tarde, no es cierto
que tus labios no sean más la rima donde el cielo
se vuelva melodía absoluta,
y por ello no es cierto que estés triste y la niebla
contigo
se haya vuelto un susurro que rodea mi cuerpo como
unos lentos brazos.
No es cierto que estés triste ni que hayas pronunciado
mi nombre impronunciable en la penumbra,
no es cierto
que escribiste aquello que he callado en la noche
sobre el polvo.
En este día inacabable aún estamos juntos.
Ya no somos los mismos, pero somos nosotros.
EL INSTANTE
En el final del tiempo conocido, a la orilla del mundo
me empino para mirar un sol lejano, frío como un ojo
ciego
que intentase una última imagen…
No hay nada aquí, salvo una casa de piedra
levantada sobre la piedra, la arena
de un mar que huyó hacia los acantilados profundos
como una serpiente que se enterró en la oscuridad.
Nadie vendrá, no escucharé voz humana alguna ni
aullido animal.
La humanidad, atrás de mí. Mi huella no la seguirá
nadie,
soy el fin de una raza y de los cientos de razas desde
donde surgió,
y mi lenguaje, que es el mismo que el de los astros, el
sonido
donde el silencio adquiere su significado genuino,
es un recuento, la palabra que calle será recibida
por las piedras.
Ayer soñé con una historia que era todas las historias,
un hombre se levantó en mi sueño, venía del mar,
alguien más,
cientos de miles de años más tarde, articuló un sonido
y otro más
levantó una piedra y la lanzó a una cabeza erguida
y otro dejó su marca sobre el basalto de una cueva
y otro más levantó una espada y su hoja brillaba
como el principio del día o el agua
que viene de las montañas en el lejano ártico,
y luego y luego y luego, cuántos vinieron a mi sueño,
se levantaron construcciones enormes, ciudades
de cristal, ciudades
que se elevaban por los cielos, y el cielo mismo era un
piso de fuego
que ascendió hasta donde otra humanidad crecía como
las semillas
de trigo lanzadas de una mano monumental al campo
abierto,
todo eso en una sola noche, enorme como esta soledad,
como esta hambre
que debajo de mi lengua hace crecer lejanías terribles.
Demasiada paz es mala para el espíritu, los tambores
de guerra
hubiesen sido un canto que me despertara durante la
siesta de la tarde,
nada debía venir y nada debía de esperar, salvo la
nada misma,
ese otro nombre de lo infinito, y mientras el universo, ese
mantel, se replegaba
sobre la mesa y la oscuridad cercaba al grano de luz,
mi pupila se hundió en un crepúsculo que no verá el
amanecer,
y ahora comprendo que mi muerte es la única
importante, porque soy el final
pero soy el inicio…
EN EL BORDE
Tirado sobre el hielo, me estiré para tocar con mis
enormes manos
las puntas de los oscuros hemisferios.
El sol era un pez muerto sobre la superficie de una
pecera.
En algún sitio, las ballenas imitaban el sonido de los
abismos
y los iceberg enormes parecían fantasmas
de continentes prehistóricos.
Cuando fue suficiente, me erguí como un hombre
de hace miles de años
y divisé más al sur aún, hacia el final del mundo.
El horizonte era genuinamente curvo como el contorno
de una luna en penumbra.
Y aún sin moverme, di la vuelta y todo aquello dejado
vino a mí:
una calle bajo el centro del cielo hacia el norte lleno de
acantilados
y una casa con todas sus ventanas cerradas y una
silueta adentro de la casa,
una silueta, una mujer, otra penumbra, y sus ojos
iguales a los míos.
Cuando me fui supuse que me había ido para poder
contar
que había vuelto a pesar de que caminé a través de las
cordilleras,
a la orilla de la nieve o entre los alacranes del desierto.
Una muestra de amor. Una prueba de que nada más
existía
aun cuando había visto el amanecer y el atardecer
desde siete lejanías distintas.
Pero lo cierto es que sólo me fui porque no podía
quedarme.
La única verdad es que mis cosas eran tan pocas que
daba igual
hacia dónde me dirigiera con tal de que me dirigiera
hacia algún sitio.
Hoy las puntas de los pinos rozan el viento hasta
romperlo en brisas frías.
He venido hasta aquí para quedarme y esperar lo que
deba esperar
y lo que se avecina es un verano donde la luz misma se ahoga
como un pan blanco en una taza de café hirviendo.
Aún erguido, al pie de todo horizonte admirable,
hablo conmigo mismo como el crepúsculo habla con lo
sublime.
Me rodean tormentas. El cielo es ese estanque donde
debo lanzarme
y en el borde del mundo el agua siempre es fría.
RAQUEL LANSEROS
Jerez de la Frontera, Cádiz (España, 1973)
Es autora de diferentes libros de poesía entre los que destacan Leyendas del Promontorio (Ayto.
Villanueva de la Cañada, Madrid, 2005), Diario de un destello (Ed. Rialp, Col. Adonáis, Madrid,
2006), La acacia roja (Ed. Tres Fronteras, Murcia, 2008), Los ojos de la niebla (Visor Libros,
Madrid, 2008) y Croniria (Ed. Hiperión, Madrid, 2009). Ha sido galardonada con un Accésit del
premio Adonáis, el Premio Unicaja de Poesía y el Premio Antonio Machado en Baeza.
INVOCACIÓN
Que no crezca jamás en mis entrañas
esa calma aparente llamada escepticismo.
Huya yo del resabio,
del cinismo,
de la imparcialidad de hombros encogidos.
Crea yo siempre en la vida
crea yo siempre
en las mil infinitas posibilidades.
Engáñenme los cantos de sirenas,
tenga mi alma siempre un pellizco de ingenua.
Que nunca se parezca mi epidermis
a la piel de un paquidermo inconmovible
helado.
Llore yo todavía
por sueños imposibles
por amores prohibidos
por fantasías de niña hechas añicos.
Huya yo del realismo encorsetado.
Consérvense en mis labios las canciones,
muchas y muy ruidosas y con muchos acordes.
Por si vinieran tiempos de silencio.
UN JOVEN POETA RECUERDA A SU PADRE
Ahora ya sé que pasé por tu vida
como pasan los ríos debajo de los puentes,
—indiferentes, turbios, orgullosos—,
con la trivialidad desdibujada
de las pequeñas cosas que parecen eternas.
Muchas veces lo obvio
se oculta tras un halo de extrañeza,
tras la costumbre lenta, indistinguible
del aura fugitiva de las vivencias únicas.
Es difícil saber
que la belleza abrupta del vivir cotidiano,
tan desinteresada de sí misma,
nacida sin clamor ni pretensiones
es en esencia tan mágica y rotunda
que resulta imposible de imitar a propósito.
Y es aún más difícil
comprender que la fiesta de las cosas sencillas
casi siempre termina
mucho antes que la voluntad del festejado.
Inmóvil vi pasar ante mis ojos
el desfile callado de tu vida
con tus sueños cansados en otoño,
tus alegrías de puertas para adentro
y tus desvelos discretamente cálidos.
Creo acertar si digo
que nunca te di nada que no fuese
un préstamo a mí mismo.
Te pedí, sin embargo, tantas cosas.
Hoy, inmóvil de nuevo, asisto inerme
a este desfile amargo de tu ausencia
mientras mi corazón —dividido y atónito—
comienza a descubrir que la vida va en serio.
Te recuerdo. Hace frío
y el frío me devuelve
aquella forma tuya tan sutil
de ofrecerme a la vez un corazón errante,
la suerte en un casino de Las Vegas,
la lluvia indescifrable del desierto,
los versos de Machado en un suburbio.
Ahora ya sé que pasé por tu vida
indolente y confiado, —sin asombro—,
como suelen vivir todos los hombres
que no conocen todavía la pérdida.
(De Los ojos de la niebla)
A LAS ÓRDENES DEL VIENTO
Para todos los que sienten que no están al mando
Me habría gustado ser discípula de Ícaro.
Hubiera sido hermoso festejar
las bodas de Calixto y Melibea.
Me habría gustado ser
un hitita ante la reina Nefertari
el joven Werther en Río de Janeiro
la deslumbrante dama sevillana
por la que Don José rechazó a Carmen.
Yo quisiera haber sido el huerto del poeta
con su verde árbol y su pozo blanco
el inspector fiscal
con el que conversara Maiakovski.
Me habría gustado amarte. Te lo juro.
Sólo que muchas veces la voluntad no basta.
(De Croniria)
HIT THE ROAD, JACK
La autopista es el tiempo que tarda en convertirse
el principio en el término.
Entretanto en el día que me quieras.
No se pisan jamás las mismas huellas
—Heráclito dijo algo parecido—
sin embargo conducen al lugar donde estamos.
Nunca le tengas miedo al horizonte
no hay placer más sabroso que el trayecto.
Acepta el pan servido en cualquier parte
disfruta del asilo que te ofrezcan
pero ten preparadas las maletas.
Aprende por tu bien el arte de marcharte
siempre un segundo antes de que te hayan echado.
(De Croniria)
PROLEPSIS INVERTIDA
Todo el horror que existe cabe en unos ojos
si el precio de mirar es la propia cabeza.
Hay hombres condenados a la tela de juicio
relámpagos sin dueño
hijos de las afueras.
Bajo la piel erguida de Jean Jacques
preside la simiente del volcán.
Le complace pensar: Cuando miro impasible una injusticia
me convierto a mi vez en el cuchillo.
Se hicieron prisioneras de golpe las ideas
al cuello les colgaron nombres propios.
La justicia con ira se transformó en grillete.
No queda sitio para los no afiliados
los huérfanos de lemas
portadores de antorchas.
Claudette te amaba. Como yo amo a Jean Jacques.
Con el bullicio insomne de la sangre
y la fe primitiva del guerrero.
La piel es una patria con las dudas resueltas,
la única tierra firme de los supervivientes.
Huyó Jean Jacques.
A pesar del desgarro
Claudette le ayudó a hacerlo.
París era una hoguera incapaz de quemar.
La ciudad que no alberga a quien se ama
sólo genera ya dolor imaginario.
No había vuelto a verte hasta el pasado invierno.
El frío secular me hizo extrañarte tanto.
Esférico, tu cuerpo sucede ahora en Madrid
y continúas odiando la mezquindad del mundo.
Cada semana me subo a este vagón
que anuda lo inclinado con lo premonitorio.
Son oscuros los pájaros, los bosques son hermosos.
El trayecto del tren es un instante
entre mil setecientos noventa y dos mil diez.
¿Existe alguna tierra donde los latidos
son los creadores del propio corazón?
El tren proviene siempre del futuro
como una flecha contra la memoria.
¿De quién es hoy tu voz?
¿Y quién es la que te ama?
Viajo en tren hacia el fondo del destino.
Jean Jacques, Claudette, tú y yo
sumamos sólo dos.
DOÑA JUANA
A todas las mujeres libres
El amor toma formas caprichosas.
Algunas veces, el amor es la lluvia
fina e imperceptible
que acompaña las tardes oscuras de noviembre.
El amor como un viaje a lo desconocido,
a lo más inquietante de nuestra propia esencia,
es un viaje de ida.
Eso Juana lo sabe.
También conoce el riesgo porque ha visto
el abismo insondable que se extiende
justo donde comienza el desamor.
No le importa reptar a trozos el camino
a cambio de sentir como muy pocos
la libertad auténtica.
Por eso, Juana hace llorar y también llora
lágrimas plateadas que sueñan con delfines.
Es capaz de apostar todo su reino
por un segundo de ojos infinitos
por una fusión lenta de su alma
en medio de las almas.
Dulce refugio contra la tormenta,
en el cuerpo de un hombre ama a todos los hombres,
la piel dorada y fuerte se diluye en un manto
confortable que abriga los recuerdos.
Al final del camino, está segura
de que ha ganado siempre
las cosas que ha perdido.
Cada versión distinta de sí misma
que otras manos le han ido regalando
es una muestra de todas las vidas
que a Juana le han cabido en una vida.
(De Diario de un destello)
A PROPÓSITO DE EROS
De todas las terrenas servidumbres
que aprisionan mi afán en esta cárcel
me confieso deudora de la carne
y de todos sus íntimos vaivenes
que me hacen más feliz
y menos libre.
A veces, sin embargo,
la esclavitud se muestra soberana
y me siento señora del destino.
Porque sé amar, porque probé la fruta
y no maldije nunca su sabor agridulce,
porque puedo ofrecer mi corazón intacto
si el camino se digna requerirlo,
porque resisto en pie, con humilde firmeza,
el rigor de este fuego que enloquece.
En este fragor mudo en el que todos somos
rufianes, vagabundos, desposeídos y presos
no existen vencedores ni vencidos
y mañana no arrienda la ganancia de ayer.
Que no entre en la batalla quien sucumba
ante el rencor pequeño de las humillaciones.
Sabed, son necesarias descomunales dosis
de grandeza de espíritu y coraje
en las lides calladas de la pasión humana.
La recompensa, en cambio, es sustanciosa.
Ser súbdito tan sólo de la naturaleza,
no temer a la muerte ni al olvido,
no aceptarle a la vida una limosna,
no conformarse con menos que todo.
(De Croniria)
BEATRIZ ORIETA
(1919–1945)
Los niños corren y saltan a la comba.
Beatriz Orieta pasea junto a Dante
sorteando los pupitres
[en medio del camino de la vida…]
Tiene litros de frío mojándole la espalda.
Apenas pueden nada contra él
los míseros tizones del brasero oxidado.
Entran al aula los gritos infantiles,
huelen a tos y a hambre.
Algunas veces,
Beatriz Orieta casi no contiene
las ganas de llorar
y mira las caritas sucias afanándose
en recordar las tildes de las palabras llanas.
Prosigue Dante todo el día musitando
en el oído de Beatriz Orieta
[…amor que mueve el sol y las estrellas].
Ella siente de veras
que otro mundo la mira
al lado de este mundo gris y parco.
Contra el lejano sol
del lejano crepúsculo
dos amantes se miran a los ojos.
Beatriz Orieta está
apoyada en su hombro.
Los álamos susurran las palabras de Dante.
Los amantes son túneles de luz
a través de la niebla.
Los besos puros son las amapolas
de un cuadro de Van Gogh.
Pasa el invierno lento como pasa un poema.
Pasan el frío andrajoso, la fiebre y el esputo
y toman posesión del blanco cuerpo
igual que las hormigas invadiendo
esas migas de pan abandonadas.
Sesenta años después, entre las ruinas verdes
leo un descanse en paz envejecido
sobre la tumba de Beatriz Orieta.
El silencio es de mármol.
El silencio
es la respuesta de todas las preguntas.
Unos metros más lejos, hace sólo dos años
yace también el hombre
que, apoyado en el hombro de Beatriz Orieta,
dibujó un corazón sobre un tiempo de hiel.
¿Qué más puedo decir?
Que la vida separa a los amantes
ya lo dijo Prévert.
Pero a veces la muerte
vuelve a acercar los labios
de los que un día se amaron.
(De Los ojos de la niebla)
ENTONCES ME BESASTE
Por celebrar el cuerpo, tan hecho de presente
por estirar sus márgenes y unirlos
al círculo infinito de la savia
nos buscamos a tientas los contornos
para fundir la piel deshabitada
con el rumor sagrado de la vida.
Tú me miras colmado de cuanto forja el goce,
volcándome la sangre hacia el origen
y las ganas tomadas hasta el fondo.
No existe conjunción más verdadera
ni mayor claridad en la sustancia
de que estamos creados.
Esta fusión bendita hecha de entrañas,
la arteria permanente de la estirpe.
Sólo quien ha besado sabe que es inmortal.
(De Croniria)
ANA WAJSZCZUK
Quilmes (Argentina), 1975
Publicó dos libros de poesía: Trópico Trip (Ediciones del Diego, Bs. As, 1999) y El Libro de
los Polacos (XXII Premio de Poesía Ciudad de Badajoz. Algaida, Madrid, 2004). Co-dirigió la
revista de nueva poesía hispanoamericana Los Amigos de lo Ajeno (1998-2004). Sus poemas fueron
incluidos en diversas antologías, entre las que se destacan Nueva Poesía Argentina (Perceval Press,
EE. UU., 2009 y Berlín, 2010), Trilogía Poética de las Mujeres en Hispanoamérica (Ediciones La
Cuadrilla de la Langosta, México, 2005), Poesía en la Fisura (Ediciones del Dock, Bs As, 1995).
Fue invitada a diversos festivales de poesía en Colombia, México, El Salvador, Nicaragua y Costa
Rica, país donde residió diez años.
STEFANIA, 1939
I
No dejes que me llueva dentro,
dijo al despedirse
le dijo a Dios, tal vez, esas palabras
porque su madre no escuchó de ella ni una queja
ni un suspiro.
Ese día en Warszawa, octubre, 1939
el temporal bajaba por las calles,
sin detenerse
Y ella tenía su maleta lista,
su abrigo negro
y sabía que vendrían los soldados.
Pero no sabía lo de la lluvia,
para esas cosas no estaba preparada.
II
Eran cinco
Agnieszka Halina Olga Ewa Stefania
en esa foto
tomadas del brazo.
Domingo, seguro.
Día de cine
en la calle transversal.
Trece años, o catorce:
el cabello marcado con bigudíes,
el distintivo de la szkoła
los vestidos almidonados
como todas las muchachas en Warszawa
antes del levantamiento y del servicio diario
de trenes a Dachau.
Antes de que
fusilaran a Agnieszka contra la pared de su cuarto
y reclutaran a Olga para coser heridas en el Hospital
Nacional
antes de Halina enferma de tifus
Ewa escondida con su tía en una granja en Zamo´s´c
y Stefania en un convoy a Siberia
escondiendo la foto
en el bolsillo interior de su abrigo negro.
STEFANIA, 1943
Y en el Líbano era encierro
hasta las cinco de la tarde:
no podías salir a la calle
sin que el sol te abrasara
/una estampa de ríos congelados
surcará siempre lo que nombres, Stefania/
llegaban los extraños vientos
y el vendaval de polvo
levantando murallas
imposible escapar
de la respiración implacable del desierto
mejor cerrar los ojos
y los labios,
dejar pasar los vientos ardientes
como antes la nieve
barrida por el temporal de la estepa
pensaste que era pecado
en el calor enloquecido,
recordar el paisaje del hielo
y llorabas
porque toda tierra
te era inhóspita.
STEFANIA, 1999
Hablaba varios idiomas
polaco español lituano
alemán latín inglés
apenas pudimos decirnos algo
en todos estos años
hay una mesa entre nosotras
aquí sentamos
todo lo que de ambas no sabemos
tengo un diccionario
hiszpa´nsko-polski
una guía turística
de lugares que no sé pronunciar el nombre
ella está sentada
al borde de sus últimos silencios
y pienso en algo que pueda unirnos:
lo lejano que se siente
lo que no puede decirse,
tal vez
o que a ninguna
nos hayan servido de nada las palabras
pero no encuentro nada para decirle
y ella guardó para sí lo impronunciable
Ahora casi no habla
en ningún idioma
dice que todos los ha olvidado
dice que el dolor es en polaco
y todo lo demás sobrevivencias.
W DOMU / EN CASA
la historia
es una telaraña
que se trama invisible
alrededor de un cuerpo
cuerpo que carga
con una
o dos preguntas
durante toda la vida
y va tejiendo
en la interrogación
la casa.
«Y el hecho de que es un nombre arrancado al hielo
con un instrumento cortante», dijo Patricia
I
De mi abuelo
quedan algunos recuerdos
son
como fotografías
blanco & negro
que se agrisa en el fondo de un cajón
manteles de hilo, cucharitas de plata
y regalos nunca usados
el olor de lo nuevo añejo
se mantiene intacto
recuerdo:
mi padre llora ante mí por primera vez,
una cartuchera con el mapa de Argentina
regalo del abuelo que no tenía país
cuando cumplí cinco
y el descubrimiento
poco después
en la misa por su muerte
de su nombre,
Zbigniew Ireneusz
en la pizarra del responso.
Zbigniew, eso cómo se dice
pensamos nosotras
—mi hermana y yo—
nosotras que toda la vida
todos esos días de esos cinco años
lo habíamos llamado abuelo Ireneo.
Y mi primo nos miró y nos dijo
al oído mientras el cura decía cosas
y hacía a mi abuela llorar
que ese era su nombre verdadero
que él no le decía Ireneo
que tampoco le decía «abuelo»
así, como nosotras
sino una palabra
que quería decir abuelo
y dijo algo
en un lenguaje que estaba fuera
de nuestro mundo
un idioma imposible para nosotras
Y nosotras pensamos
que estaba pasando algo raro
era tal vez el olor del incienso
que nos mareaba
en esa iglesia
con el cuadro de una virgen negra
porque cómo podía ser que la virgen fuera negra
que todos hablaran en otro idioma para hablar de mi abuelo
que mi abuelo tuviera otro nombre
y nos enteráramos con un susurro
en medio de su funeral
que la vida
no era lo que pensábamos.
II
De Szymon
mi bisabuelo
no queda nada
ni una historia sale de los labios de mi padre
—en que idioma se hablará a sí mismo
éste mi padre esfinge—
yo creo
que en el frío del invierno
y de la escarcha bajo los rieles
del Transiberiano
detenido por el viento del este
fuera del linde de la historia
en la frontera con la tierra más helada
Szymon Tadeusz
grabó nuestro nombre en una piedra.
es la frontera definitiva, piensa
mientras horada con un instrumento cortante
dejando allí nuestra huella para siempre
piedra y hielo
mapa blanco de un territorio partido
desde su corazón
para los venideros habrá grabado este nombre
como encaje helado
para nosotros
que jamás veremos la piedra o el nombre
que nada sabemos de él
ni de nosotros
y que por las mejillas pulidas,
por la palidez como nieve que entristece
nos reconocemos.
¡pensar en la piedra que permanece entre el frío
y lo indefinible
cuando ningún objeto de la naturaleza
habla tu lenguaje!/
III
Con mi hermana contamos historias
que unos hermanos escaparon de los rusos
del paredón de fusilamiento al convoy
un solo salto vaivén que un tío sacerdote
cambió su vida por la de un prisionero
y en los sótanos de Dachau
sólo las ratas se espantaron
que en Siberia el abuelo talló una pipa
en la larguísima noche de la estepa
para su guardián con nombre de cosaco
y éste lo dibujó
con su barba y sus ojos aguados
y cambiaron regalos sin saber hablarse
o sin querer hablarse
que nuestro padre nació en la tercera clase
de un barco inglés que se zarandeaba
hacia el sur del Atlántico
y para siempre ese aire
de pertenecer a otro elemento
que fui al trópico
para sacarme el frío
y mordisqueo trocitos de hielo
en las noches de relámpagos
Contamos historias que no son verdaderas
y tampoco falsas:
son inciertas,
como todo en nuestra casa.
DÓNDE estaré cuando termine el verano
sería tan nostálgico suspirar y extrañarlo,
ya el calor me abre transparencias
y me nacen bajo la piel
extraños dibujos filigranados
soy un vitraux
soy el elixir que llevo
en la botellita oculta bajo la cama por la noche
para sobrevivirme este verano
Es el día ahora:
veo a la tierra
en su lucha intestina por beberme
pero nunca me tendrá, nunca
y voy trepando las espinas
gigantes grisáceas de los árboles
para buscar la última
la que crece mirando al cielo
y punzarme con ella el dedo anular
porque desconfío de mi sangre
tan carmín ¿cómo es que el verano aún no la ha
convertido
en azul verdeagua índigo?
¡debería llenárseme de las estrellas abandonadas
en la playa
y nacerme espuma en lugar de sangre
y caracoles de bordes rotos
y algas entre los cabellos!
¡debería caérseme para siempre esta piel
y su tatuaje con hollín y vértigo de las ciudades que he dejado!
Dónde estaré cuando el verano se acabe
aquí el solsticio dice: otra vez verano
dice: sed
y comprendo que el estío puede tener
además de océano y almendros
con flores blancas hamacándose en el aire
todos los inviernos que llevo conmigo donde sea
Creo que ya es la hora
ya es el día, ya el momento
tengo algunas preguntas que encerrar en cofrecitos
para enterrarlos cuando la marea baje
y tirar la llave cuando la marea suba
después
hay que sorber toda el agua salada
de los agujeros porosos de las rocas
hasta que la piel nueva sea rosada gelatina
y me crezcan salados también los cabellos
y sea la medusa poseidón con mi corona de conchilla
que arrastró el mar desde sus reinos
majestuosos como yo
que estaré aquí sentada
guardando en una red traslúcida olas para mi propio océano
mientras los pececitos me lamen los pies en el cénit.
TEJIENDO FLORES en mi pelo de almendras
meciéndome en mis propios brazos
espero que algún pez dé su salto curvilíneo hacia mi
falda
y me pregunte
los ojos tan abiertos
retorciéndose en el charquito de mis ropajes
si quiero irme como se va uno de paseo
No sé cómo irme ni cómo llegar —le diré
cada vez que intento cruzar un espejo
el mundo del otro lado me dice que es demasiado
tarde
¡Pez, si yo hubiera llegado primero que Alicia!
Bebí todas las botellas de colores esfumados
que encontré
recostada entre margaritas y agujas
vi a todos los días bajar
lo miré de tantas maneras distintas como pude
de frente de reojo fijo
con los ojos cerrados sin pestañear
conspiré con los ojales de su ropa
y con la hiedra que cubre el sopor del trópico
para saber dónde es que corren sus miradas
cuando los párpados se le encierran tras pequeños
patios moros
en albercas inventadas
Yo no sé si existe el mundo acá afuera, pez
no sé dónde queda la línea ecuador
entre lo que voy a pedirle
y lo que él va a darme
—y en el espejo no me dejan entrar
¡Ábranme!
¿no escuchan que ya he leído todos los libros y estoy
triste?
¿no ven que me canso de habitar en las excusas
y cuando me doy vuelta de súbito las palabras
susurran otras cosas?
Y si no las pronuncio me golpean
maúllan a la noche en el alféizar de mi ventana
pero si les abro es el peligro
parecen doblarse sobre mí; como juncos, y amenazan
¿Qué hago, pez, con las palabras o el ardor?
¿Será verdad que alguien en algún lugar dio un paso?
¿Será cierto que la palabra «encontrar» dice lo que dice?
Yo huelo a vainilla y a fiestas antiguas
tengo secretos hundidos en profundidades acuosas
y te lo daría todo
hasta mi destino avaro
si vinieras como el pez a buscarme.
DANIEL RODRÍGUEZ MOYA
Granada (España), 1976
Es licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Granada y
periodista. En 2001 obtuvo el Premio Federico García Lorca de Poesía, por el libro Oficina de
sujetos perdidos. Además, ha publicado El nuevo ahora, en la editorial Cuadernos del Vigía. Con su
último libro, Cambio de planes, obtuvo en 2007 el VI Premio Vicente Núñez en Córdoba, publicado
por la editorial Visor en 2009. Desde 2004 codirige el Festival Internacional de Poesía de Granada.
De su obra crítica y de investigación literaria destaca el volumen La poesía del siglo XX en
Nicaragua, publicado por la editorial Visor en 2010.
TRAS LA PUERTA
Para David, Clara y Paula
He llamado a esa puerta muchas veces
y ya nadie de entonces me contesta.
Pero puedo escuchar las voces desde fuera
como un rumor de juegos infantiles.
Mi voz de niño,
un hilillo que apenas se distingue,
no la puedo entender,
no sé qué dice.
Es otoño. Ha empezado el colegio.
Ahí estoy jugando con mi hermano.
Los juguetes están tirados en el suelo
como piezas futuras de la vida.
Él construye los puentes
sobre unos precipicios que no existen aún.
Imagina trazados imposibles
que alguna vez serán
un camino seguro para Clara y David.
En la calle la lluvia golpea las uralitas
de una ciudad del sur
y dentro, tras la puerta a la que siempre llamo,
una niña repeina a su muñeca,
la llena de cuidados,
le pone un nombre: Paula.
He llamado también hoy a esa puerta.
Otro rumor distinto, que es el mismo,
intuyo desde fuera:
David juega en el suelo a desarmar mil veces
el castillo que intento
con las piezas de un viejo dominó.
Mi hermano sigue a Clara
en sus primeros pasos.
Mi hermana ya no peina a una muñeca,
arrulla en el salón a la pequeña Paula
mientras mis padres
le buscan parecidos en las antiguas fotos.
Se escuchan en sordina,
como en caída lenta hacia un abismo
la voz de mis abuelos:
unos rostros extraños, unos nombres lejanos
que estos niños que quiebran la quietud,
el hueco silencioso de la casa,
no reconocen
en la solemnidad de los portarretratos.
He llamado de nuevo, he insistido en la puerta
y alguien me ha dicho «pasa,
de aquí sale tu voz, no temas escucharla».
EL ÁRBOL
Todavía me duele
la herida de la tierra que anegada
pisabas hasta ayer,
las casas y el olor de la hojarasca.
El miedo que a los niños ya no asusta
es un volcán acostumbrado.
La noche se convierte en continente
y sabes que a este cielo
le faltan más estrellas que miradas.
Si rechazas las voces que amenazan tu sueño
y descubres que ahora
la lluvia sólo sirve de pretexto
para vivir un tiempo con ese diapasón
verás que a las tormentas
yo las miro de lejos,
como se mira a un niño y su tristeza.
No temas dar la espalda a las contradicciones,
vivir consiste en eso.
Hay un árbol que crece sin temor a la altura.
Abracémoslo.
No impide la maleza acariciar el cielo.
GUARDADO EN LOS BOLSILLOS
Te dije que el océano
es un minuto azul sobre una eternidad,
un lento respirar,
una brecha en el tiempo del que espera.
Aún llevo en los bolsillos
un fragmento de abrazo y de silencio,
una voz que es tu nombre,
un puñado de arena que escapa entre los dedos.
Te dije que el invierno
es un camino blanco y un andar en luz tibia,
los rumores de un puerto,
el viajero que aguarda las llamadas.
Aún llevo en los bolsillos
el sabor de los mangos y el jocote,
la mirada de un niño,
un temblor como un beso, un billete de vuelta.
JUGUETES ROTOS
Broken Bicycles
(Tom Waits)
En esos muros blancos de la que fue mi infancia
se amontonan las ruinas de la felicidad,
complejos engranajes
con el polvo de un tiempo casi intacto,
soledad detenida de mis juguetes rotos.
Pasaron tantos marzos sobre mi piel ingenua
y cuántas vueltas ciegas dio la rueda
de aquella bicicleta,
desarmado esqueleto que ahora duerme
el sueño de lo injusto
y de la vida cierta.
Quién sabrá que esos ejes oxidados
rodaron a la misma
velocidad que un sueño.
Imposible escuchar la voz del tiempo
que se ha quedado atrás.
Imposible correr, sentir el aire tibio
del final del verano sobre el rostro,
entonces con asombro ante el camino.
REGLAS DEL JUEGO
Take it as it comes.
(The Doors)
De las cosas que nunca
tendrán un tacto estéril de ceniza,
un desaparecer inevitable,
prefiero quedar lejos.
Me quedo con los días que no niegan
su frágil levedad de calendario,
la luz tenue y antigua de una vela
que sabe que camina hacia lo oscuro
y con todo lo acepta.
El temblor de una torre reflejada en el agua,
las promesas que tienen al tiempo por testigo.
ATARDECE EN ULLAPOOL
Hay costas que dibujan trayectorias,
imaginadas líneas sobre playas
siempre invernales, siempre luz opaca,
y el olor a petróleo que se obstina
sobre todas las brisas.
Y es así que las piedras, las castigadas piedras,
aprendieron del agua y su constancia.
Puede que el Mar del Norte no distinga
las luces, los pequeños barcos intermitentes
en la quietud salada de Ullapool.
Calcular la distancia es como una renuncia.
Es mejor no pensarnos.
Mientras atardecemos,
que la brizna encendida del último minuto
se retenga en mis ojos.
Así podré gozar para siempre esta pérdida.
CAMBIO DE PLANES
No sirven los pronósticos pactados
si al abrir la maleta
encuentras mucho menos equipaje,
un hueco inesperado.
Qué lleva a deshacer un libro casi escrito,
a firmar un final que inicie un nuevo párrafo,
a tener la certeza de que es hora
de la huida adelante,
y de un cambio de planes.
Los días se suceden como alondras
y de pronto un disparo destroza esa cadencia.
Lo sabe en su rumor el viento de la tarde.
Hay un lago que puede reflejar
la angustia y la esperanza de su orilla,
del que todo ha perdido,
del que todo lo espera.
MANAGUA, PLAZA DE LA REVOLUCIÓN
Qué suerte la tuya de estar muerto Carlos Fonseca,
que la tierra te proteja y te ciegue.
GIOCONDA BELLI
Se mira bello el cielo esta tarde de julio.
No amenazan las nubes, nos respeta la lluvia.
La vieja catedral en pie como un milagro
ya no sirve de fondo para los noticieros:
Nadie lanza consignas, nadie eleva banderas.
Los hombres que descansan bajo los chilamates,
los niños que se acercan para pedir monedas.
El calor y los buses amarillos,
el vendedor de fresco en la parada,
los taxis sempiternos con paciencia de siglos.
Managua sin canciones,
sin himnos que ya son
vencidas partituras de la historia.
Pasa un carro a lo lejos y un parlante recuerda
una gran bacanal de aniversario:
Es mejor el silencio que los sueños que un día
parecían posibles.
Las palabras que pierden el calor y la vida
no sirven esta tarde.
Digo revolución y me respondes:
No fue más que un destello,
una noche de fuego, tantos años de humo.
«LA BESTIA»
(The American way of death)
Somewhere over the rainbow
Way up high,
There’s a land that I heard of
Once in a lullaby.
E.Y. HARBURG
Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.
DÁMASO ALONSO
Para Claribel Alegría.
Tan filoso es el viento que provoca
la marcha de la herrumbre
sobre largos raíles,
travesaños del óxido…
Y qué difícil es
ignorar el cansancio, mantener la vigilia
desde Ciudad Hidalgo
hasta Nuevo Laredo,
sobre el ‘Chiapas-Mayab’ que el sol inflama.
Nadie duerme en el tren,
sobre el tren.
Agarrados al tren
todos buscan llegar a una frontera,
a un norte que a menudo se distancia,
a un sueño dibujado como un mapa
con líneas de colores:
una larga y azul que brilla como un río
que ahoga como un pozo.
Atrás quedan los niños y su interrogación,
las manos destrozadas de las maquiladoras
que en un gesto invisible
dicen adiós,
espérenme,
es posible que un día me encarame a un vagón.
Queda atrás Guatemala,
Honduras, Nicaragua, El Salvador,
un corazón de tierra que late acelerado.
Las gentes congregadas muy cerca de la vía
con un trago en la mano,
el olor a fritanga y a tortilla
como si fueran fiestas patronales,
esperando el momento para subir primero,
y no quedarse en el andén del polvo,
montar sobre ‘la bestia’, en el ‘tren de la muerte’
o esperar escondidos adelante,
en los cañaverales,
con un rumor inquieto.
Y esquivar a la migra
para poder entrar
en la parte delgada de los porcentajes,
en el cuatro por ciento que, aseguran,
llega al fin del trayecto
más o menos con fuerza para cruzar un río.
Después habrá silencio durante todo el día,
un silencio asfixiante,
como un arco tensado que no escogió diana
y una tristeza de funeral sin cuerpo
y paz de cementerio.
Es mejor no pensar en las mutilaciones,
en la muerte segura que hay detrás de un despiste.
O en los rostros tatuados
que igual que los jaguares amenazan,
aprovechan la noche y sus fantasmas
y ya todo es dolor y más tragedia.
Muchos cuentan historias de los que no llegaron,
de los que no volvieron,
pero no hay deserciones:
No existe un precio alto si al final del camino
se alcanza la promesa de un futuro mejor.
Aunque haya que bajar a todos los infiernos
merecerá la pena.
Es tan lenta la noche mexicana…
Bajo la luna inquieta
una herida de hierro y de listones
traza un perfil oscuro,
un reguero de sangre que seguir.
El olor de la lluvia sobre la tierra seca
se corrompe mezclado con sudor y gasóleo.
Es agua que no limpia, que no calma la sed,
que sucia se derrama
entre las grietas de la vieja máquina,
una oscura metáfora del animal dormido.
Con el amanecer llega el aviso.
Hay que saltar a un lado,
la última estación ya queda cerca.
Escrito en un cartel: «Nuevo Laredo,
¡Lugar por explorar!»
Pero no queda tiempo
el coyote ya espera
para cruzar el río,
atravesar desiertos,
y burlar el control, la border patrol,
los perros, helicópteros,
¿aquello tan brillante es San Antonio?,
el sol de la injusticia que percute las sienes.
Sopla el viento filoso en la frontera
y otro tren deja atrás el río Suchiate,
los niños, las maquilas,
la arena de un reloj que se hace barro.
Transitan los vagones por los campos
donde explotan las más extrañas flores.
Pasan noches y días
como sogas del tiempo en marcha circular.
Cada milla ganada a los raíles
aleja en la llanura otra estación del sur.
Marcha lenta la máquina
con racimos de hombres a sus lados.
El humo del gasóleo
difumina un perfil que se pierde a lo lejos.
Ha pasado «la bestia» camino a la frontera.
Avanza hacia el norte
el viejo traqueteo de un tren de
mercancías.
FRANCISCO RUIZ UDIEL
Estelí (Nicaragua), 1977 - Managua (Nicaragua), 2010
Ha publicado los poemarios Alguien me ve llorar en un sueño (Managua: Anama Ediciones,
2005) y Memorias del agua (Managua: Foro Nicaragü ense de Cultura, 2010). En 2005 obtuvo el
Premio Internacional Ernesto Cardenal de Poesía Joven. Parte de su obra aparece reunida en la
antología La poesía del siglo XX en Nicaragua (Editorial Visor, España 2010).
DEJA LA PUERTA ABIERTA
A Claribel Alegría
Deja la puerta abierta.
Que tus palabras entren
como un arco tejido por cipreses,
un poco más livianas
que la ineludible vida.
Lejos está el puerto
donde los barcos de ébano
reposan con tristeza.
Poco me importa llegar a ellos,
pues largo es el abrazo con la noche
y corta la esperanza con la tierra.
Dondequiera que vaya
el mar me arroja a cualquier parte,
otro amanecer donde la imaginación
ya no puede convertir el lodo
en vasijas para almacenar recuerdos.
Me canso de despertar,
la luz me hiere cuando ver no quiero.
El viaje a Ítaca nada me ofrece.
Si hubiera al menos un poco de vino
para embriagar los días que nos quedan,
embriagar los días que nos quedan,
que nos quedan.
EL CORAZÓN DE LOS REMOS
A Pablo Antonio Cuadra
No navegué en la isla
ni vi caballos erguirse
sobre la arena
como sucedió días después.
Sólo vi tu sombra
sobre aquella barca con olor a muelle.
La tarde cubrió de púrpura
el corazón de los remos.
Dicen que es preferible
no alzar la mirada
cuando los hombres parten,
pero los pescadores aquel día
vieron cómo la música
cubrió de óleo tus hombros.
Desde entonces
—durante la lluvia—
se escuchan ecos de tu nombre
entre las bocas de las ranas.
No esperan que vuelvas;
sin embargo, los pescadores
—más pobres que nunca—
hunden sus redes en el agua.
CADA CUATRO AÑOS NACE UNA POETA SUICIDA
A Sexton, Plath y Pizarnik
Nacidas en 1928, 1932 y 1936
Cada cuatro años la muerte
abre la llave del gas de una cocina,
se fuma un cigarrillo en el sofá y espera.
Otras veces enciende el motor de un automóvil
dentro del garaje
y canta Chair in the Sky,
un poco de jazz no despertará
a las muñecas recién maquilladas, piensa.
Cada cuatro años la muerte toma
anfetaminas para adelgazar,
pero se le pasa un poco la mano
y ya no despierta.
No se pone triste, ni alegre, ni neurótica, no,
pero cada cuatro años
la muerte amanece lúgubre
y observa la tarde roja
desde una ventana.
Alguien trata de invocarme, dice,
y cierra amargamente los ojos.
A mí me da pesar, no sé, es como si ella quisiera
decirnos
o contarnos algo desde su delgado rostro blanco,
como si estuviera cansada de estrangular mujeres.
Yo la conozco muy poco,
pero me consta aborrece su funéreo oficio.
Últimamente la han visto respirar
cierto aire suicida.
Cada cuatro años a la muerte
se le irritan los ojos,
sabemos que ha llorado, lo sabemos,
pero callamos,
sabemos también que busca algún vientre
y como ella no tiene el privilegio de la carne materna
aferra entonces sus fríos y delgados dedos
en el primer ombligo que encuentra.
Por eso cada cuatro años algunas niñas
ya vienen muertas.
EL POETA Y LOS SIGNOS
A Álvaro Urtecho
Uno deja de reconocer
al hombre en las palabras,
aquellas palabras que un día se levantaron
tras el peso de las piedras.
Las palabras desprenden signos
que el hombre cierne
sobre la persistente luz,
sobre la melodía que desiste en la hierba.
El olvido se filtra en cada signo,
y ese balbuceo final
—inaudible para todos—
son palabras que el hombre devuelve al mundo;
palabras que le fueron dadas al nacer,
convertidas ya en puentes, cavernas,
en hilos de arena y humo.
Algún día las palabras volverán a ser hombres,
otra vez puentes,
huellas contra el temblor de la vida,
túneles hacia la libertad.
ENCONTRÉ EL POEMA
que anduve buscando;
es como tu rostro que lava su imagen en un aguacero.
En la lluvia va tu nombre arrastrando al mío
y mi voz tropieza en un grito que lo engulle ciego.
Lo encontré en la muerte que está en los dos,
en el agua que nos lleva a todas partes
y en las piedras que nos surcan la herida.
Luego me pregunto en qué lugar de esta corriente
alcanzará fin nuestro efímero eco,
si la corriente es uno mismo que se arroja ya sin vida,
leve, en el corazón seco de la hojas.
Pero el agua no responde
y el poema se vuelve a perder, oscuro,
como un sueño asediado por amargos peces.
A Tania María
EN QUÉ LUGAR bordará su vestido
la muchacha que soñaba
con jarrones verdes,
su amargura deshecha en la escritura.
Dónde y junto a qué árbol amarra su sombra;
¡ay!, animal de cada uno en la sangre del otro,
gota de soledad, hoja cetrina
que guardaba como escapulario
en sus cabellos, la historia,
los desamores náufragos en sus ojos.
Cuál era su nombre asido a la hierba,
qué sustancia disuelta creció en la tempestad del arco.
Cómo se hacía llamar la muchacha que caminó
junto a mí con el semblante absorto,
callando, ahora sé, la lluvia tras sus párpados.
Cómo se hacía llamar la que se olvidó de sí,
la huella desprendida, cigarra enmudecida.
Yo, que aprendí a guardar sus dolores,
no pude despertarla de su tiniebla,
por temor, por no saber
que era mi nombre lo que buscaba.
Y llegué a escuchar la huida del ciervo, el vaso roto
y la llama que va quemando el paso de las flores secas.
De ella sólo me queda la cicatriz del agua,
la columna de cera
y un olor que adormece junto a las limonarias.
DESPERTAR DEL AGUA
El agua ha sido cortada del río de este mundo.
YALAL AD-DIN RUMÍ
Como diáfanas cometas guiadas por el hilo
de un ovillo, que al soltarlo, deshace nuestra imagen:
así quedarán las aves suspendidas en el aire
cuando cruces la plaza
y tus cabellos dibujen arabescos en mis labios.
Después de nuestro encuentro,
el rumor de la catedral revelará los secretos que
guardamos.
Otros llegarán al lugar, preguntarán por nosotros.
Allá dejaron escritos sus nombres, dirán luego,
señalando un obelisco.
Los mercaderes de espejos contarán la historia:
Nosotros los vimos,
ella iba de negro, llevaba un rostro de lirios;
él fabricaba migajas de pan entre sus dedos.
En este sitio de la plaza se eleva un hilo púrpura,
un pez ígneo lo entrelaza:
hidra de la penumbra,
¿dónde se unirán los abrazos
que hicieron falta?
En este mismo lugar,
donde los faros esparcen su neblina
y donde las palabras rozan la aflicción del agua,
en este mismo lugar,
volverá a repetirse
nuestro amor.
LLUVIA
A Urania Prado
La lluvia cuando cae no sabe que será imagen de otros, gruta de silencio. Su lenguaje se
asienta en la tierra y engendra figuras de lodo. Caminar es andar, adentrarse en el agua, ser
unidad en la huella, pero ¿de quién es la huella?
Cae la lluvia, cae uno mismo bajo un chorro que se vuelve pozo, légamo. Negar el agua es
negarse a uno mismo, negar su corona que se divide en pequeños imperios, golpe necesario,
tránsito hacia otros dominios.
La humedad es su prolongación; es la forma de resguardarnos, bálsamo en la herida del
elequeme, cuya flor cerrada es espada, anguila roja, penumbra de la caída; ¿será aquella frase
«tocar fondo» la suspensión del agua? El fondo en sí, lo que nos dice —voz del interior, voz
corpórea de la imaginación—, ¿hacia qué misterio descendemos para tocar? Y cuando tocamos
el brillo cristalino, música de arena, escarcha de los vientos, ¿a quién iluminamos siendo agua
que a ciegas toca?
La lluvia no se sabe; su senda es el aire. Su destino —dicen algunos— es el río, o el mar,
dicen aquellos que contemplan los flecos de las naves.
Ver el agua nos llevaría años, entender incluso su geometría. Y la lluvia, palabra que
empieza con dos líneas melancólicas que caen suicidas sobre nuestros ojos; líneas que se
repiten cual red y cuya urdimbre construye, dibuja su claridad y nos devuelve al oblio: tiempo
que todo lo arrastra. Es la lluvia en sí, insistencia de fantasmas, bridas sueltas, ritual perpetuo
de las ánforas donde removemos los dolores asidos a la infancia.
Cuando nombramos la lluvia, sin embargo, nombramos su partitura, cuya tensión está en la
mirada. Es la lluvia que, siendo ya no solitaria, cae sobre la sombra de uno y remueve el polvo
de los incensarios. Inexorablemente, sin pensarlo, somos lluvia, agua; ¿no es acaso la primera
palabra que aprendemos a invocar frente a la sed?
Llo-ver es la imagen doble de sí, del yo en el filo de la vida, es verse a uno mismo en la
tristeza del agua.
GESTO DESVANECIDO EN ESQUINA DE UNA ESTACIÓN
Esta estación no será más una estación,
quedará únicamente mi gesto desvanecido
en el polvo de alguna ventana,
si acaso hay ventanas,
si acaso decido en las estaciones
desamparar algún gesto.
Esperaré junto a las cabinas telefónicas
a que las horas se desvanezcan azules
en mi cigarrillo encendido
de mirada triste e inclinada,
me verán apretar la mandíbula
para masticar, como las aves
que emigran de una tierra a otra,
cualquier bocado de aire
sin saber qué les espera.
El aire se ha vuelto amargo
y aún no sé en qué otras estaciones
abordará mi soledad otro cuerpo.
FERNANDO VALVERDE
Granada (España), 1980
Publicó con veinte años Viento favorable en la colección Juan Ramón Jiménez. Madrugadas y
Razones para huir de una ciudad con frío (Visor, 2004) fueron sus siguientes libros. Con Los ojos
del pelícano (Visor, 2010) obtuvo el prestigioso premio Emilio Alarcos del Principado de Asturias.
A lo largo de su trayectoria ha sido reconocido con distintos premios entre los que destaca el
Federico García Lorca. Doctor en Filología Hispánica y licenciado en Filología Románica, es
periodista cultural del diario El País y co-dirige el Festival Internacional de Poesía de Granada.
LA CAÍDA
A mi madre
¿Recuerdas cómo mueren los pelícanos?
Bajo el sol de la tarde
que golpea la costa del Pacífico
el agua los engulle como al plomo.
Nada puede salvarlos.
Hay tanta dignidad en el vacío,
tanto amor en sus vuelos,
que en el último instante escogen el silencio.
Sólo queda
el golpe de sus cuerpos contra el agua
como un rumor de viento imperceptible.
Desde esta habitación no puede verse el mar,
no existen altas rocas y no queda horizonte
que no hayan destruido.
No importa,
intuyes un rumor en esta noche negra,
puedes tocar su brazo.
Recordarás entonces, al percibir el frío,
que en otoño ese mar que tanto amas
se vuelve gris y deja
los nombres del pasado escritos en la arena.
Te has sentado a mirarlos.
Frente a ti,
torciendo el horizonte,
un niño se sumerge entre las olas.
El levante, tan cálido y perfecto,
lo traiciona y lo empuja.
Has venido a salvarme.
Tus brazos,
tan frágiles ahora,
cubren el cuerpo de mis nueve años
hasta tocar la orilla.
Es cierto,
desde esta habitación no puede verse el mar
pero tiemblan mis manos igual que aquella tarde.
Ahora cojo las tuyas,
siente cómo te amo,
cómo salvas mi miedo con tus gestos,
cómo tienes la vida sujeta entre los dedos.
Deja a un lado la carne,
has golpeado tanto tu rostro contra el agua
que la luz se ha quebrado.
No hay estrellas debajo del océano.
Abre los ojos,
es tan ciega la muerte que el temor te confunde.
Abre los ojos,
búscame ahora en medio de este océano,
voy a agarrarte fuerte con mis brazos,
siente cómo te aprieto,
busquemos nuestra orilla,
el mar no ha dibujado nuestros nombres,
es hoy, no somos el pasado,
es salado el sudor,
es la espuma del mar contra las rocas
este miedo en tus labios.
Nos espera la vida.
LOS PÁJAROS
Los niños de Managua venden pájaros.
Saben cantar en medio del invierno,
no conocen el frío,
imaginan la nieve como un momento hermoso
imposible en sus vidas,
conocen el temblor bajo los pies,
cuentan historias tristes mientras la gente huye,
hacen silbar sus pájaros de arena,
hacen sonar el viento
como quien pide ayuda en un naufragio.
Pero todo es naufragio.
Los ahogados, sentados en las plazas,
reconocen la paz que el tiempo ha sometido
con balas que mordieron en la espalda
a algunos hombres tristes.
Los niños de Managua sueñan con ser pelícanos
y buscan un océano,
y golpean sus rostros contra el agua
hasta perder la vista.
Los niños de Managua
tienen las manos llenas de colores,
miran al cielo y vuelan hasta San Juan del Sur,
logran ser como pájaros
que abandonan las manos de la muerte,
las sucias manos pobres del desierto.
SOMBRAS
Nada he podido hacer para evitar la sangre
que llena tus pisadas sobre un campo de Módena
como un volcán herido bajo el cielo.
Ahora estás en Praga
y confías tu suerte al corazón del río.
— Esos troncos que flotan
tienen la mordedura de la brisa,
dices mientras escuchas sus quejidos
que recuerdan a ti
como un lugar cerrado advierte de una araña.
Todo el mundo hace daño alguna vez,
incluso yo,
que creí sostener entre mis manos
el bien y el mal.
Pero hay plagas que mojan los barcos y los árboles
igual que un cazador llena de plomo un rifle.
No entiendes las razones de quien levanta un muro
ni calculas la altura de las torres
para no sospechar su sombra o su caída.
— Quiero volver contigo a esta ciudad,
susurras en Varsovia esperando que nieve.
En un hotel de Amsterdam
pienso que es imposible volver a las ciudades
que son como una espada que atraviesa un deseo.
Puedo verte dormida
mientras los petroleros atraviesan el Bósforo.
En tus sueños,
son inmensas ballenas que convierten el mar
en cascadas de humo.
Sólo yo sé el secreto:
consiste en repetir tus pasos en la nieve
y evitar en la arena mis huellas quebradizas.
Hoy quiero pasear bajo el cielo de Módena
y recoger las uvas que escoltan los insectos
para salvar tu boca de la fruta podrida.
MADRUGADA
Y recorrer al niño
que quiso parecerse
al hombre que no ha sido.
Y cada noche verle
llorar en los rincones.
Y cada noche oírle
decir que lo sabía.
EL LAGO
Esta nieve que pisas va a convertirse en barro
y en el lago veré mi rostro sin el tuyo.
He transitado el borde de la orilla,
he querido cruzarlo sin mojarme los pies
y he tropezado tanto que me duelen las manos.
Debajo de la hierba esperan piedras
que reciben mi piel como una encrucijada.
Pero no se la apropian,
los cuerpos son tan bellos cuando el tiempo los toca
que no nos pertenecen,
son un bosque prohibido.
Quedará para siempre la marca de un reflejo
porque no van los brazos a olvidarlo todo
aunque se hagan más grandes nuestras dudas.
Las canciones que olvidas son huellas en la nieve
y en la piel de los lagos se deshace el futuro.
EL BOSQUE
Alguien entra en el bosque mientras grito.
No puedo detenerlo.
Sólo existe mi voz
tan rota y tan cobarde
que cada noche vuelve a repetirse
sin que logre hacer nada.
Hay tanta incertidumbre allí en el bosque,
es tanta su espesura,
que es mejor estar quieto,
aunque la misma angustia suceda cada noche,
aunque el bosque sea yo y alguien huya de mí.
UN LOBO
Dentro de este poema pasa un lobo
que deja sus pisadas en la nieve.
Sigiloso y hambriento,
recorre una ciudad
que miró confiada hacia el futuro.
Hoy han bajado todas las persianas.
Es tarde,
trato de no hacer ruido
y que avancen los versos como pasan los días
para que el lobo escoja
un camino que lleve a otro lugar,
una presa más débil.
Pero en este poema espera un lobo
que ha venido a buscarme.
Aunque intente estar quieto y no hacer ruido
salta por las palabras un recuerdo
que me arranca un aullido y me devora.
LA APARIENCIA
Una ciudad enferma es un invierno frío,
un invierno tan frío como el dolor sin viento,
un rincón es un verso,
un huracán un águila,
agosto una mentira.
Las cosas nunca son lo que parecen.
Lorca es la luna quieta
sobre el estanque rojo,
Neruda un animal
que se retuerce y llora.
Tampoco los poetas.
Borges cogió del tiempo su descaro,
Vallejo jamás leyó a Cernuda,
Cernuda nunca quiso una mirada
que pudiera salvarle,
Miguel Hernández tuvo
en su mano un fusil,
y Alberti que fue un pájaro
azul como las olas…
Los poemas que duelen son de todos,
la razón de los días está en ti,
el tiempo no comprende la existencia,
y la ciudad aún duerme,
todos duermen…
La noche es un lugar para el olvido.
La niebla nunca suele acomodarse,
los barcos que se hunden son ciudades
en el fondo del mar,
la música es el eco de un lugar muy profundo,
las palabras son cofres que contienen
una parte de ti que pretende ser pájaro.
Y hay un lugar que tiembla,
los lugares que tiemblan son paisajes,
paisajes parecidos a septiembre,
cartas que son espera,
direcciones de viento que procuran
recibir un adiós cuando es octubre
y nada se parece al equilibrio
de aquello que has amado.
La muerte es un instante que ya es nuestro,
el frío una razón para sentir
el calor de los otros.
Nada aquí se parece a su contrario,
este dolor tan simple es un desierto.
EL ÚLTIMO MINUTO
A mi abuelo
Ahora que no recuerdas las tardes de mi infancia,
déjame que perfile la luz de tu memoria
arañando del tedio y de la noche
la pasión insolente de los días felices.
El invierno, que devora los rostros
y convierte los labios en heridas,
nos pasó inadvertido.
Nada pudo atrapar
aquel domingo intacto de febrero
que pareció invencible por más que se anunciaran
la niebla y el vacío.
Agarrado a tu brazo
no existía dolor capaz de deslizarse
por las frágiles piernas
del niño que creía en la inmortalidad.
Nunca más ha podido ser posible,
las llagas que dejaron los inviernos
se han llenado de hielo.
No sentiré aquel viento nunca más,
no volverá aquel frío como un pájaro
capaz de seducir al mundo con su canto.
Porque todos los sueños
mantenían su pulso al despertar
a pesar de que a veces llegasen las derrotas,
aunque llegasen siempre.
Porque siempre he contado con tu brazo
y tu barba afilada.
No va a ser diferente.
El tacto guarda heridas que nadie le reprocha
como el mar se percibe en la brisa salada.
Iba a ser tan feliz que escocería
muchos años después,
cobrando la alegría con lágrimas e insomnios
tan largos como un río.
Al entrar al estadio,
entre una multitud que nos hacía
anónimos y eternos,
intuí que un instante justifica el vacío,
que no caben mentiras donde habitan
los más nobles propósitos de un hombre.
Y pasó la tristeza inadvertida,
al contrario que Schuster con su melena rubia
o el regate imposible de Futre ante el portero
para hacer de las redes un destino
donde nunca estorbaron el miedo y la distancia.
Aquellos dos asientos
sobre la fría piedra del invierno,
modestos como el hombre que construye un futuro,
son el lugar más cálido posible,
las más lujosas sábanas
y la ilusión más plena satisfecha.
Ahora que no recuerdas
aquel febrero inmóvil
que me mira, y me escuece, y me provoca
un vacío tan denso como el aire,
y me devuelve el verde de tus ojos
cuando me siento hundido,
y me persigue atento a mis fracasos
y a las desilusiones;
aquel febrero inmóvil será como tus manos,
y el tacto de tu barba
volverá cada vez que un balón acaricie
las redes del futuro en un minuto
que siempre será el último
por mucho que los años me pretendan.
ANDREA COTE
Barrancabermeja (Colombia), 1981
Estudió la carrera de literatura. Publicaciones: Puerto Calcinado (2003) Premio Nacional de
Poesía Universidad Externado de Colombia. Premio Internacional de poesía Puentes de Struga
(2005). Otras publicaciones: Una fotógrafa al desnudo (2005), Blanca Varela o la escritura de la
soledad (Ensayo, 2004), Cosas frágiles (selección del libro inédito A las Cosas que odié que
pareció publicado en Transmutaciones). Formó parte del comité organizador del Festival
Internacional de poesía de Medellín. Actualmente adelanta estudios de PhD en Lenguas Romances en
la Universidad de Pennsylvania.
LA MERIENDA
También acuérdate, María,
de las cuatro de la tarde
en nuestro puerto calcinado.
Nuestro puerto que era más bien una hoguera
encallada
o un yermo
o un relámpago.
Acuérdate del suelo encendido,
de nosotras rascando el lomo de la tierra
como para desenterrar el verde prado.
El solar en donde repartían la merienda,
nuestro plato rebosante de cebollas
que para nosotras salaba mi madre,
que para nosotras pescaba mi padre.
Pero a pesar de todo,
tú lo sabes,
habríamos querido convidar a Dios
para que presidiera nuestra mesa,
a Dios pero sin verbo
sin prodigio
y sólo para que tú supieras,
María,
que Dios está en todas partes
y también en tu plato de cebollas
aunque te haga llorar.
Pero sobre todo
acuérdate de mí y de la herida,
de antes de que pastaran de mis manos
en el trigal de las cebollas
para hacer de nuestro pan
el hambre de todos nuestros días
y para que ahora,
que tú ya no te acuerdas
y que la mala semilla alimenta el trigal de
lo desaparecido
yo te descubra, María
que no es tu culpa
ni es culpa de tu olvido,
que es éste el tiempo
y éste su quehacer.
CASA DE PIEDRA
Era corriente
y deslucido
y mohíno
el ademán,
con que dábamos la espalda a la casa de piedra de
mi padre
para ondear faldas floreadas
y de luz
en nuestro puerto desecado.
Por primera vez
y sin nodriza,
bordeábamos la arcada de la tarde,
todo para no ver
las manos de piedra de mi padre
oscureciéndolo todo,
apresándolo todo,
sus palabras de piedra
y cascarrina
lloviendo en el jardín de la sequía.
Y nosotras en fuga hacia calles blanqueadas
y farándula de mediodía
y ellos repitiendo
en la puerta de piedra:
catorce años,
falda corta,
zapatos rojos sin usar.
Éramos en avidez musical
y de fasto
y malabares,
ante la lustrosa acera,
antes de quedarnos paradas
y sin voz
para ver la desolada estampa,
la ruina.
Pues el silencio,
que no el bullicio de los días,
atraviesa.
El silencio,
que es que son treinta y dos los ataúdes
vacíos y blancos.
PUERTO QUEBRADO
Si supieras que afuera de la casa,
atado a la orilla del puerto quebrado,
hay un río quemante
como las aceras.
Que cuando toca la tierra
es como un desierto al derrumbarse
y trae hierba encendida
para que ascienda por las paredes,
aunque te des a creer
que el muro perturbado por las enredaderas
es milagro de la humedad
y no de la ceniza del agua.
Si supieras
que el río no es de agua
y no trae barcos
ni maderos,
sólo pequeñas algas
crecidas en el pecho
de hombres dormidos.
Si supieras que ese río corre
y que es como nosotros
o como todo lo que tarde o temprano
tiene que hundirse en la tierra.
Tú no sabes,
pero yo alguna vez lo he visto:
hace parte de las cosas
que cuando se están yendo
parece que se quedan.
DESIERTO
también las cosas que odié
las quiero de mi lado
1
La tierra que jamás quiso tocar el agua
es el desierto que al norte está creciendo como un
estrago de luz.
Pero los hombres que han visto el despoblado
—su amplitud sin sobresaltos—
saben que no es cierto que la tierra esté reseca por
capricho,
o sin ninguna bondad;
es nada más su manera de mostrar
lo que transcurre bellamente sin nosotros.
2
Es para el dios de lo deshabitado
que se alzan templos invisibles
en la borrasca del desierto.
Es para él
que los árboles enanos inclinan en la arena
sus ramas
humildes,
fervorosas.
Es para que no te aferres
que existe un dios de la ausencia,
señor del desierto
que sabe
que,
como la sombra,
hay cosas que existen
con la fuerza de la luz
que las rechaza.
3
Nuestra tierra es desigual
abre surcos
avanza,
se interrumpe.
Sabe romperse.
Nuestra tierra
tiene brevísimos puntos
en que la luz
se colma
o se deshace
y una grieta
brillante
donde tiembla
UNA MUJER
que sabe
que todo
será el desierto
un día
al fin
desierto,
señor de los marchantes.
Verás,
no digo que el paisaje
fuera eso
pero supe de una tierra desprovista
en la que todo hacía ruido
e incluso
la existencia discreta de la rama,
pretendía un rumor,
un sonido,
un traqueteo vegetal.
Digo que he oído,
que las cosas no existen en la tierra;
existen como ella,
que todo
será el desierto
un día y
sabrá romperse
LECCIÓN ÚNICA SOBRE COSAS VIEJAS
Ya dije
no sé quién inventa el olor de las casas,
no sé.
Más aún si lo que te gusta es mirar desde arriba
la vista ruinosa de los tejados
y la pared deslucida
y los muros
y las sucias puertas de las casas viejas de aquí.
Más aún,
si ya no recuerdas que
no es el olor
sino la bondad de la cosas
al exhibir su derrota.
LAS HUESTES
Salgo al gran viaje cada cierto número de años.
Me voy llevándome un nombre
y una parte en él se humilla,
irremediable.
Me voy en huestes
y en oscuros rebaños;
y lo hago para poder hablar de ti
y lo hago para no hablarte.
Salgo al gran viaje.
Me muevo en tu joven raíz,
Me muevo en tu amada marcha.
Viajo para poner un poco de la ruta en mí,
un poco de la ruta en ti.
Salgo en esta ceremonia
y lo hago para creer en ti,
y lo hago para que vuelvas a creer en algo
Me muevo porque existe una cosa incomunicable
y porque he visto cuánto amas las cosas
que regresan.
LA RAÍZ
La tierra
la insistencia,
y la flaqueza
también son cosas que odié
y hubo cuando
incluso
yo no quise esta luz,
la misma
inconmovible
intensa
luz que adoro ahora.
Muchacho,
hubo un mal tiempo:
se agotó la templanza de los montes,
se doblegó abril,
y fue entonces
que pensamos
que esa fuerza
era impura.
Odiamos la riada
y el agua que insiste
y las ganas que todo tuvo
de ser río
y de arrancarse.
Odiamos las aves que migraron
y las mujeres bellísimas
que murieron temprano
y las guerras diluviales
sin tiempo fijo
qué no saben cuánto arrastran.
Entiende,
hubo un tiempo muy malo.
Las riadas rindieron la materia
removieron en lo hondo
y te dieron
a ti
una palabra terrible;
dijiste el nombre
de cada cosa que odié
y la lluvia insistió
y el agua fue
la materia más pesada
y salió a flote
por milagro
—por descuido—
la raíz del río,
la savia del agua,
la raíz del amor.
Supe que fue cierto
porque dijiste a tiempo
Ven,
que también las cosas
que odié las quiero de mi lado.
EL PERRO
Con el perro,
amor,
hubo la casa,
el jardín,
la verja,
el ciudadano,
medianoche,
el recorrer,
dar la vuelta
y pasear
—la vida esa
sí,
el ruido del vecino,
la nobleza que tuvo
su dar la mano
matinal—.
Claramente,
amor,
con el perro
hubo animal
que espera
y muerde
y pasta,
como todo
animal,
que si se enferma
y pesa
y muere
y tiene nombre
es animal de fondo,
si le da rabia
y miedo
y si no es hombre
ni es monstruo
para nadie.
Con el perro
amor,
hubo la casa
y cartas de él:
Garúa mía,
que te espero,
manera suya
decir:
Garúa mía
si no vienes,
ten bondad;
no avises.
Manía mía,
pedir que venga
con la misma frase
con que pido que se vaya.
NADIE ENCENDÍA
Así es la casa cuando uno entiende
que el tintinear incesante,
el sonido sordo de la bombilla eléctrica,
es todo eso que la luz tiene de mejor.
Es la luz que suena si se topa ruin con los ojos abiertos,
heridos de claridad;
también cuando los rayos del mediodía,
rendido en la hierba de este lugar sin nombre
—en el que en todo caso yo habría de caminar sin ti—
anuncian:
que apenas haya noche encenderé las luces, lento y
ruidoso,
como ese terco y melancólico dios
que enciende luz por no decir de la lluvia que alimenta las ganas
de estar dormidos
y caer derruidos,
pardos,
donde no nos toque esta luz eléctrica
que se riega de noche por las colinas
e inventa el tiempo y la voluntad.
Porque estas gentes esperan lo oscuro y encienden las
luces con simetría
—juegan a eso—
las apagan con desarreglo.
Es una ciudad enorme y siempre hay alguien que
no puede dormir.
ALÍ CALDERÓN
Ciudad de México (México), 1982
Es poeta y crítico literario. En 2007 recibió el Premio Latinoamericano de Poesía Benemérito de
América. Fue merecedor, en 2004, del Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde. Becario de
la primera generación de la Fundación para las Letras Mexicanas (2003-2004) y del Fondo Nacional
para la Cultura y las Artes (2009-2010). Es autor de los poemarios Imago prima (2005) y Ser en el
mundo (2008); del libro de ensayos La generación de los cincuenta (2005) y coordinador de las
antologías La luz que va dando nombre 1965-1985. 20 años de la poesía última en México (2007) y
El oro ensortijado. Poesía viva de México (2009). Es cofundador de la editorial y la revista Círculo
de Poesía (www.circulodepoesia.com).
[POLE POSITION]
Y mi pecho una supercarretera
de ocho, dieciséis, treinta y dos carriles
con miles y millones de caballos de fuerza
vertiginosos corriendo
y derramando lumbre en mis arterias.
Aquellas peligrosísimas curvas
impostergables y letárgicas
y particularmente inabordables
cada vez que tú, Lesbia, no me miras.
Ese imperioso arrancar en segunda
cuando tus sí se vuelven indecibles,
impronunciables,
inminentemente pospuestos
turbiamente y con perfidia
por tus no unánimes e inconmovibles.
Sólo tú echas a andar este Ferrari rojo,
incalculablemente insaciable,
impaciente por recorrer solemne
las largas calles de tus piernas
siempre prodigiosas, siempre proféticas
y en lo que a mí respecta,
absolutamente litúrgicas,
plenas de infinitud.
Que la batería desbarate su potencia
en tu cintura inenarrable
porque finalmente y después de todo:
este bólido, Lesbia, no carbura
sin tus estrechos jeans a la cadera.
[POBRE VALERIO CATULO]
A quién darás hoy tus versos, infeliz Catulo?
sobre qué muslos posarás la mirada? Qué cintura rodeará tu brazo?
cuáles pezones y cuáles labios habrás de morder
inagotable hasta el hastío?
Termine ya la dolorosa pantomima: fue siempre
Lesbia,
exquisito poeta, caro amigo,
un reducto inexpugnable.
A qué recordar su mano floreciente de jazmines
o aquellos leves gorjeos
sonando tibios en tu oído?
para qué hablar del amor o del deseo si ella es su
imagen misma?
por qué evocarla y consagrarle un sitio perdurable en
la memoria? por qué Catulo?
por qué?
Que tus versos no giren más en torno a sus jeans, a su
blusa sisada,
que tu cuerpo se habitúe a esa densa soledad absurda
y prematura,
que su nombre y su figura de palmera y su mirada de gladiola
se pierdan, poco a poco,
ineluctablemente y de modo irreversible,
en el incierto y doloroso
ir y venir de los días.
Y que a nadie importe si se llamaba Denisse, Clodia o Valentina
qué caso tiene pobre Valerio Catulo? qué caso tiene?
POSTALES
1
KENTUCKY
Las luces cambiaron en West Vine y Broadway Street
el viento helado amortajó la tarde
volando un grajo sajó la transparencia
y la luz en las hojas
el trazo de finos pinceles parecía
En el aire altísimo
la claridad del día
supuso una presencia.
2
LAGO LUCERNA
Gélido
el lago,
espejo
del cielo:
Inmaculada
imagen
de la transparencia.
3
DE LA CEIBA más alta, del guano más salvaje,
de la más verde parvada de loros y pitorreales vivos,
del graznido punzante de la urraca y las hojas
solemnes
del cedro.
De la hojarasca y los pasos tras las huellas, de la
iguana
en el agua y su ramal camuflaje, de la flor acuática
y los herbazales enlamados…
De la mañana y su cáliz de inminente blancor,
de los rayos albos y todo aquello que su claridad
alcanza,
oh tristes,
leve y ligera se extiende una caricia.
4
HE VISTO las alas de luz que extendió el halo creador sobre la tierra. He visto sus plumas leves
albas y el candor de la claridad en su pureza. Sentí la densidad entre mis manos y el peso de la
vida en sus cuencos: todo era transparencia.
5
LAS ALAS del pelícano sajan la claridad del lago.
Filamentos de luz en el agua deslumbran al sol en su
templanza.
Un viento ligero mueve las velas de las barcas
agitando los bordes de la felicidad.
Todo lo contemplo nuevo bajo el azul dovelaje
de Panajachel.
[MADRUGADA EN TONINÁ]
Derrama el viento
de la selva la música
Aquel bramar de monos
entre el ramaje
el flamígero vuelo
de la libélula
a través de la oscuridad
del trópico
los balbuceos del niño tojolabal
que con caracoles
juega entre los lirios
Todo
forma una sinfonía de humus
y agua
y musgo
y espesura.
Se alegra una guacamaya
tras las ceibas
Devoran la noche
las plantas
trepadoras
Las raíces
helicoidales
el limo
la flor de piedra
son testigos silenciosos
del jaguar
que sigiloso
acecha.
El viejo de monte
se esconde
entre los árboles
rompe los bejucos
respira la humedad
añora la sensualidad
de la guanábana
y del zapote
Y en la selva
a pesar de la
soledad
el
tiempo
transcurre
Se desgaja la noche
y leve el aire acaricia las palmeras
El tinte matinal del agua
anuncia del día la transparencia
En las hojas del guayacán
y en las flores del flamboyan
la diafanidad percibe su reflejo.
Tots mos desigs sobre vós los escamp;
tot és dins vós lo que m fa desijar.
AUSIAS MARCH
HOY QUE UN PAR DE MILES DE MILLAS
un muro crecen infranqueable
y que rondan mi habitación a oscuras
los días aquellos
cuando edificamos el recuerdo y modelamos lo que
somos
no puedo sino argüir
que en tu cuerpo encontré un componente
primordial y muy caro al mío
que mis palabras son en virtud sólo de tus labios
que cada una de mis acciones se realiza no porque yo
quiera
y más bien porque me son dictadas
desde algún punto irreflexivo ignoto
que precise tal vez confundir aquí
con el corazón
Porque donde fueron una vez sonrisas y tardes plenas
la tibieza de unos pechos afilados y dulces
o el perfume del acto impregnado por doquier
queda sólo esta oquedad en la palma
esta tensión que descoyunta uno a uno los huesos
todos
esta impaciencia que aletarga el transcurso de los días
y me muestra lejana
imperceptible casi
la hora de tu regreso.
ALGUIEN QUE NO SOY YO
y en todo idéntico es a mí mismo
ronda mis pasos y me sigue.
Otro es el que enuncia mis palabras
y rubrica mis actos
mi memoria es recordada por otro
otro es quien tras mi ojo atisba.
Alguien de quien soy alternativa
me acecha en el espejo
y calca uno a uno
aún los más imperceptibles rictus.
A semejanza y preciso reflejo
no soy yo sino del otro imagen.
Ahora que la noche es una flor carnívora de sombra
y que todo destello en la negrura
invoca antiguas llagas que humillaron la carne
ahora que silencio y día son
la ceniza que me habita estarás
collar de flores y rasguño
atemperada
ignota en otras manos
Deslazado por el viento y esparcido
un escándalo descenderá por tu cabello
Se agitarán tus pendientes al terso ritmo de tu risa
y ahora será un punto en el tiempo
plegado para siempre entre nosotros
Ahora tus tacones de alta aguja inundarán la casa con
su eco
ensayarás el gloss de escarlata tono el escote sport
las fragancias de discreto dulce
La distancia será el ahora que se extienda hasta más allá
de lo tocado por la vista
y ahora
mientras me consumo en el aire enrarecido
y desmaquillas en lento espiral tu rostro
arde tu desnudez bajo mis párpados
Ahora que tu nombre está rodeado de polvo y de
mutismo
que no mudarán en carne mis palabras nominándote
que presagio serás inacabado
y no habrás de aparecer de pronto si te pienso
ahora justo ahora
ahora
me quiebro
Cuando cieno bruma y nada uno son
y ayuso arriba y todo ha fragmentado
cuando aquel que fuiste un día parece
otro un extraño pérfido a los ojos
y brama bruñe la penumbra en rostros
incognoscibles acres uno mismo
o si el terror la imagen
trastoca y envilece
y aún malogra corrompe por dentro
o si llegar a ser ha sido desasirse
de aquello que se fue y no se recuerda
si un accidente y no lo perentorio
somos un dato inocuo
sarcoma carcinoma la derrota que soy que contamina
Si desierto de mí depauperado
soy muchos a la vez y todos miserables
si dios que da la llaga
oculta niega tarda medicina
si sangre leucocitos
y carne apoptosada
soy apenas los despojos
de un miedo que me lacra y trisca y lepra
al viento frágil flama que oscurece
o consume el susurro en luz ceniza
andadura y camino hacia la x
troverme so far y ostro en a punto
mutis hambre gozo gozne de la destrucción
Porque en sentido estricto nunca nada
fue tan todo jamás sino en mi ausencia
nunca ocupé el espacio
estuve siempre fuera
de lugar necrosado a la vista de la gente
en mí no hay nada mío
sólo descort y sombra y un crujido
que en oscur me perfuma de aspereza
un quebrar de cristales tras el pecho
que degrada mi condición de nadie
Y entonces desespero: me olvida la memoria de las
cosas
soy lentas negras lágrimas y sangre
soy mácula y desprecio encabronamiento oprobio
y la ceguera soy la rabia contenida inoculada
Nada fui sino muerte entre las manos
Nunca podré colmar este silencio

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