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LITERATURA SONORENSE.

ESCRITORES Y POETAS DE SONORA

LA OTRA HERENCIA
(CUENTO)

Carmen Alonso Paz

Los avisos siempre fueron claros: cansancio, infecciones


recurrentes, alta presión, sed, vista nublada, frecuentes deseos de
orinar. Pero Lucía ignoraba las señales de su cuerpo.
Ahora estaba ahí, postrada en aquella camilla angosta de terapia
intensiva; antesala de la muerte, en el primer día de lucha por la
vida; el enemigo 700 de glucosa. Los 50 años se presentaban con
furiosos reclamos al cuerpo. El trabajo docente en las universidades
quedaba truncado, la familia desconcertada y los alumnos
universitarios a la expectativa.
Las enfermeras y los médicos pululaban a su alrededor, revisando
los signos vitales, corroborando el descenso en los niveles de azúcar
y las dosis exactas en las transfusiones de potasio.
La prohibición de ingesta de alimento y agua se asemejaba a la
agonía del migrante, atrapado en el desierto de Sonora.
-Enfermera, deme agua, por favor
-Lo prohibe el médico, con el suero es suficiente -contestó con ese
tono de sargento avinagrado, sabedora de su omnipotencia sobre el
enfermo.
-Por favor, una gasa con agua para los labios. Me siento
deshidratada, me muero de sed, tengo la boca salada.
-Lo siento, son órdenes del doctor - repitió con tono burlesco
equivalente a una bofetada, “voy a buscar su insulina”.
- Maldita- pensó-, pero esperaré el otro turno para pedir agua ¿acaso
disfrutará esta vieja fea viéndome sufrir?, por cierto tiene un viso
medio lésbico, capaz que para colmo me viole.
Miró su brazo atado al suero y por vez primera concientizó la
pérdida de su libertad.

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-Ni chance de protestar-pensó- mejor me calmo y pongo todo lo que
esté de mi parte para recuperarme.
Pasada la media noche atravesó el umbral de la puerta de vidrio,
una mujer vestida con propiedad a la moda sureña provinciana de
los 40’s; caminó presurosa la enorme sala y se dirigió a Lucía , sin
mirar siquiera por curiosidad a Juanito, el niño silencioso,
penosamente entubado, colocado en la esquina opuesta de la
enorme habitación, que ligeramente tembló al sentirla pasar.
Lucía se extrañó al verla llegar, debido a la severa prohibición de
visitas, ni siquiera a su hija mayor se le permitía visitarla por esos
días.
La mujer se acercó sigilosa a la camilla y la miró con familiaridad,
arrimó una silla y se sentó a su lado sin decir palabra.
Ésta la miró de reojo y pudo apreciar mejor el atuendo de la
desconocida: vestido negro con fino estampado de flores, cuello
alto y mangas largas que ocultaban sus brazos delgados, gruesa
cadena con medallón de oro y dos pendientes de perlas que
adornaban sus pequeñas orejas. La blancura de su tez contrastaba
con el sedoso cabello negro recogido en gruesa trenza enroscada
que adornaba por atrás cuello y espalda. Mirada brillante, labios
rojos sin carmín, nariz recta: una española de otro tiempo.
¿Quién era? ¿Dónde había visto Lucía a esa mujer que no le era
del todo desconocida?
La mujer sacó su rosario de cuentas blancas y lo ofreció por la salud
de la enferma.
Señor, te ofrezco este rosario por Lucía … .sánala, Señor.
Sus delgadas manos blancas apenas si asomaban, tímidas, por las
angostas mangas rematadas de encaje.
La enferma fijó la mirada en los dedos alargados, que presurosos y
concentrados brincaban de una cuenta a otra del rosario. Hasta su
cama, sólo escuchaba el rítmico murmullo del rezo de la mujer.
-¿Quién es usted, señora? ¿Cómo logró entrar hasta aquí?
-Tranquila, Lucía, se me permitió acompañarte estas noches.
La enferma pensó que sería alguna desvelada Dama de la Caridad
Nocturna, que le habían enviado de la iglesia de su colonia.

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- ¿Sabe?, resulté diabética sin siquiera imaginarlo. Los médicos
de emergencia no me creían que lo ignoraba. Llegué
cayéndome, me vine después de una clase en la universidad,
donde trabajo. Dicen que llegué con 700 de glucosa.
- ¿Diste clase con esa cantidad de azúcar?
- Sí, sólo que en el receso vomité y llamé a mi hija para que me
llevara al hospital.
- Valiente mujer eres, Lucía.
- ¿Cómo sabe mi nombre? - preguntó asombrada.
- Me lo dijo la jefa de enfermeras.
- ¡Ah!, -contestó confiada; y sin ánimo de pedir más
explicación- dormitó unas horas.
Al despertar la encontró leyendo un libro de oraciones y le
preguntó intrigada.
- ¿Qué lee, señora?
- Una bella oración de Santa Teresa de Jesús, te la leo ?
- Sí, por favor, la necesito.
La entonación melodiosa y perfecta dicción, llamó
profundamente su atención.

NADA TE TURBE
Santa Teresa de Jesús.

Nada te turbe
nada te espante,
Dios no se muda
todo se pasa,
con la paciencia
todo se alcanza
quien a Dios tiene
nada le falta
sólo Dios basta.

Por nada te acongojes,


nada te turbe

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a Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
nada te espante.
¿Ves la gloria del mundo?
es gloria vana;
nada tiene de estable
todo se pasa.

Aspira a lo celeste
que siempre dura;
fiel y rico en promesas
Dios no se muda.

Ámala cual merece


bondad inmensa,
pero no hay amor fino
sin la paciencia.
confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
todo lo alcanza.

Del infierno acosado


aunque se viere,
burlará sus furores
quien a Dios tiene.
Véngale desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro
nada le falta.

Al terminar su oración buscó un tema de conversación entre sus


recuerdos para entretener a la enferma.
- Yo me casé a los 28 años, un poco grande para la época,
Francisco tenía 40, era viudo y con hijas casaderas. Cuando me
las presentó sentí un miedo indescriptible, pues eran apenas

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menores que yo. Las tres me miraron con recelo; Blandina, la
mayor, me preguntó en tono burlesco "¿tiene usted alguna
afición?"
_ Sí, les respondí -aparentando serenidad- el piano, la cocina y la
iglesia.
Blandina bajó la cabeza en señal de desconcierto, pues ella nunca
pudo preparar los Chiles en Nogada que tanto gustaban a su
padre viudo.
- ¿Y cómo conoció a Francisco?- preguntó intrigada la enferma.
- Fue una mañana después de misa, de regreso a casa, recordé de
pronto el encargo de mi madre para el mole que se le prepararía
al tío Felipe, sacerdote de San Agustín del Palmar que se
encontraba de visita en la ciudad.
Las tiendas del Barrio de Analco, que me eran familiares, me
sorprendieron con la nueva bodega “La reforma” y entré curiosa
a conocerla. Allí lo miré por primera vez, afanoso y concentrado,
explicaba a su ayudante la diferencia entre el mayoreo y el
menudeo, que era como se vendía en su tienda. Saludé y me dispuse
a mirar los enormes sacos de maíz que descargaban de una carreta
dos indígenas de los pueblos cercanos. Mucho llamó mi atención
que Francisco les hablara en náhuatl a la vez que les indicaba el
lugar donde apilaran los sacos, jóvenes y robustos, para ser
consumidos en la capital poblana.
Finalmente guardaron el dinero en el morral, besaron su mano y se
fueron sonriendo. .
- Hasta la vista, Don Francisco.
-Hasta la vista, saludos en el pueblo.
Sin más volteó a mirar a la joven que, disimulada, trataba de
hacerse una idea de lo acontecido hacía unos minutos.
-Perdón, ¿les habló usted en náhuatl?
- Sí, señorita, es la lengua de mi región.
- ¿Pues, de dónde es usted, si no es indiscreción?
-Nosotros somos oriundos de Huatlatlauca, de tierra caliente-
contestó sonriente.
¿Y a usted no tenía el gusto de haberla visto por aquí.

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- No me conocía porque pocas veces acompaño a mi nana a realizar
las compras, pero esta ocasión es especial, pues tenemos visitas
importantes y quise personalmente escoger los chiles para el mole.
Francisco no quiso ser imprudente preguntando más de la cuenta y
le señaló los sacos boquiabiertos con las diferentes especies de
chiles.
La joven se dispuso a escogerlos mientras tarareaba “O sole mío”,
canción que le tocaría al piano al tío sacerdote, después de la
comida.
De pronto, muy asustada, la misteriosa mujer interrumpió el relato,
besó la frente de Lucía y le dijo al oído:
- Bueno, me tengo que retirar, descansa, mañana vendré otro rato a
acompañarte.
- Gracias, contestó somnolienta, y cerró los ojos cargados de
sueño.
*

El segundo día resultó agobiante para Lucía; revisiones,


transfusiones, abstinencia de alimento y prohibición de visitas.
Pasada la media noche, nuevamente la misteriosa mujer, cruzó la
sala de terapia intensiva, vestida en forma similar al día anterior.
Teniéndola cerca pudo apreciar un cambio en la joyería; sobre su
pecho pendía un hermoso collar de perlas que hacían juego con sus
aretes.
- ¿Como te sientes Lucía?
- Horrible, no me dan comida ni agua, sólo suero, hasta tuve
alucinaciones; al mediodía se asomó un médico de guardia,
apenas sacó la cabeza y le juro que se me figuró un ratón pero
con cuerpo humano.
Las dos sonrieron por la alucinación glicémica.
Te traigo escondido un pedazo de pan de centeno, es el único que
te autorizarán los médicos de hoy en adelante y este rosario de
cuentas de plata, regalo de mi madre en mi casamiento.
- Gracias –contestó muy agradecida.
- Siéntese a mi lado y sígame contando de su familia.

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- Pues cuando me casé puse dos condiciones a Francisco que,
por cierto, era mayor que yo 15 años.
- ¿Qué condiciones?
- La primera fue la compra de un piano; y la segunda,
permitirme continuar con mis actividades en la iglesia.
- ¿Y qué le contestó?
- Inmediatamente asintió y celebramos la boda
- Durante el noviazgo me contó la historia de su familia, de su
prematura viudez y de aquella noche fría cuando salió
huyendo de los zapatistas, de los centenarios de oro que
escondió en su cinturón, y del pesar por el ajusticiamiento de
sus hermanos Reynaldo y Ricardo en la plaza pública, cuando
estos, ingenuamente, quisieron exigir sus derechos a los
revolucionarios. Solapados por la neblina, subió a sus dos
pequeñas hijas a los burros que habían dejado los zapatistas,
los hombres irían a pie hasta Puebla para iniciar una nueva
vida. Dejaba atrás un pueblo construido en 1700 por sus
antepasados españoles, el escudo de armas resguardado en la
iglesia, reliquia ya colectiva de los habitantes de Huatlatlauca
y el poder ejercido por la familia durante generaciones en la
comunidad.
A su favor, el joven Francisco llevaba consigo a los suyos, su
historia familiar, los centenarios de oro, la experiencia en el
mando y la formación en el comercio, así como el orgullo
silencioso de su origen.
Orgullo que ella tuvo que educar en sus hijos , como cuando los
mandó a pedir limosna por el barrio de Analco para las
actividades de la iglesia; todos lloraban por la vergüenza y
humillación que según ellos pasarían, siendo los hijos de uno de
los comerciantes más conocido del lugar. Pero volvieron
contentos con las pequeñas cajas de madera aseguradas con un
pequeño candado y la inscripción: Iglesia del Santo Ángel; los
niños orgullosamente las entregaron a su madre.

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Ésta los premió llevándolos a comprar dulces al “Parián”, en
especial las chirimoyas, cocadas y camotes que tanto gustaban a
sus hijos.
Al final del relato, Lucía dormitó por unos segundos y pudo
distinguir, al abrir nuevamente los ojos, los pasos apresurados de
la mujer que recorría la sala buscando la salida.
*

La tercera noche apareció puntual la misteriosa mujer, se acercó


a la enferma y la miró profundamente, como queriendo adivinar
sus pensamientos.
-¿Tuviste un mal día, verdad?
- Muy malo, señora, sentía que ardía mi cuerpo por dentro, que
me ahogaba en un mar salado, me puse muy inquieta y sentí
deseos de bajarme de la cama y terminar con este martirio. Los
médicos me explicaron que me encontraba muy delicada y que
el azúcar salía de mi cuerpo muy lentamente por la orina, que
tratara de dormir. En ese momento recordé el rosario que me trajo
usted el día de ayer, se lo pedí a la enfermera y lo empecé a
rezar con mucha angustia; pero a medida que avanzaban los
misterios empecé a sentir como baños de agua tibia sobre mi
cabeza que recorría mi cuerpo hasta los pies, me puse en un
estado de paz total, al finalizar me quedé profundamente
dormida.
- La virgen te ayudó ¿qué madre no acude al llamado de sus
hijos?
Pues esa fue nuestra vida; el comercio en la Catorce Sur, el hogar
y la iglesia.
- Y por qué el nombre La Reforma?
- Pues por las ideas de Francisco, con las que yo no estaba muy
de acuerdo ¿qué es eso de quitarle a la iglesia sus
pertenencias? El admiraba a Juárez, a los políticos y escritores
de la Reforma. En los estantes del librero familiar encontrabas
literatura de Ignacio Ramírez, “El Nigromante”; Juan Bautista
Morales, “El Gallo Pitagórico; Joaquín Fernández de Lizardi,

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Riva Palacio, Manuel Ignacio Altamirano, Guillermo Prieto.
Yo sí admiraba a Margarita Maza de Juárez, los demás, como
dijo mi confesor, eran una runfla de masones. También por
eso quemé los libros.
- Disculpe que me ría, señora, pero yo soy maestra de literatura
y me parece muy graciosos cómo lo dijo.
- - No hay cuidado, si hasta en una ocasión hice una pira con
todos sus libros y los quemé en el patio de la casa con la ayuda
y complicidad de mis tres pequeños hijos. La discusión no era
por política sino por problemas familiares. Francisco conoció
entonces mi carácter, en realidad yo tenía razón y él no quería
escucharme.
- - ¿Y Francisco qué dijo?
- Primero me miró con mucho enojo, pero después comentó
muy convencido “mujer, sólo porque te quiero te perdono lo
que hiciste. Mira que quemar mis libros, hubieras quemado
también tus biblias y biografías de santos.”
- Después me arrepentí, pero ya era tarde. Al final volvió uno
por uno a comprarlos, aumentados ahora, con las biografías
de Francisco Zarco, Ignacio Comonfort, Santos |Degollado
Jesús González Ortega, Luis de la Rosa, Manuel Negrete, de
quien aseguraba era el verdadero vencedor del Cinco de Mayo.
Acordamos no interferir más en nuestras lecturas futuras y,
desde entonces, vivimos en sana paz.
- ¿O sea que su esposo era un Juarista de hueso colorado?
- Sí, hablaba de Ignacio Zaragoza, Santiago Vidaurri, Leandro
Valle, Ramón Corona, Antonio Rosales, Ignacio Pesqueira,
Gabino Barreda, Melchoro Ocampo, Miguel Lerdo de Tejada
con gran conocimiento y entusiasmo de sus obras y acciones,
a todos los conocía. De tanto escucharlo me familiaricé con
ellos.
- Dos ideologías compartiendo la misma cama habrá sido difícil.
¿Verdad?
- No, en muchas casas sucedía lo mismo.

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- Bueno, llegó la hora de marcharme. Mañana será el último día
que me permitirán visitarte.
- Hasta mañana.
*
Por la tarde se escucharon fuertes taconazos en el pasillo que
conectaba la sala de terapia intensiva. Súbitamente aparecieron
sonrientes pero preocupadas, sus dos amigas maestras de la
universidad: Alba Frock y Beatriz Gonzáles. Al verlas entrar muy
altivas y decididas, la enfermera en turno las encaró.
- ¿Cómo lograron entrar a esta sala?
Alba, su amiga desde la carrera de Letras y en ese momento líder
sindical del SNTE, le respondió:
- Venimos del sindicato a corroborar si la compañera maestra se
encuentra bien atendida. En la sala de espera, sus alumnos
preguntan por su estado actual y no reciben información
fidedigna.
- ¿Cómo te encuentras, Lucía?
- Aquí toda amolada, compañeras, que alegría que vinieron,
¿tuvieron asamblea sindical? vienen muy elegantes, parecen
“las Mujeres de Negro” (película en cartelera) -comentó
sonriente-, hasta la enfermera salió corriendo, nomás les
faltaron las metralletas. Las tres soltaron la carcajada y Lucía
sintió olvidar los malos ratos que había pasado momentos
antes.
Alba con casi dos metros de estatura por los tacones altos, rubia,
siempre atractiva y salerosa le comentó.
- Cualquier cosa que te falte nos lo comunicas; tus alumnos
preguntan por ti abajo, casi hacen una manifestación, ya les
diremos que estás bien.
Finalmente salieron y cuando se disponía a descansar, apareció su
viejo amigo el maestro Miguel Norzagaray. Al mirarlo muy serio
y compungido se dijo” ¿Pues qué de veras me iré a morir?”, ya
que corría el rumor entre la masonería magisterial que él
realizaba las últimas visitas a los moribundos.
- Pero su visita fue, también, muy refrescante y sanadora.

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- Tienes que cuidarte mucho, le dijo en tono paternal, lo tuyo es
muy serio. Atiende todo lo que te digan.
- Después de la insulina, la cena y los medicamentos de rigor, se
dispuso a descansar, aunque en el fondo esperaba ansiosa la
visita nocturna.
- Dormitó unos minutos y la voz de la extraña señora la terminó
de despertar.
- -Lucía, despierta.
- Señora, por fin llegó, hoy comí muy bien, me bañaron y me
permitieron recibir a mis parientes y amistades. Siéntese más
cerca, casi no la escucho. En su primera visita mencionó un
tío suyo sacerdote del cual seguramente tuvo usted mucha
influencia religiosa, ¿verdad?
- Así es, se llamaba Felipe. Era párroco de San Agustín del
Palmar. Fíjate que cuando sintió la muerte se vino a Puebla
con nosotras, fueron días muy aciagos pues en cuanto falleció
empezaron a llegar las agrupaciones de su iglesia reclamando
su cuerpo. Mi madre y yo queríamos enterrarlo con los
familiares para estar visitando su tumba. Rotundamente nos
negamos a sus peticiones y tuvo que intervenir el Señor obispo
que al final falló a favor del pueblo, y entre lágrimas y
congojas tuvimos que dejarlo regresar con su feligresía. Todo
aconteció en medio de una lluvia torrencial que cedió en el
momento que salió de nuestra casa y emprendió el regreso a
San Agustín del Palmar.
- ¿Por qué lo querían tanto sus feligreses?
- Bueno, es que además de sacerdote era médico homeópata, no
sólo curaba el alma sino también el cuerpo. Pues con estos
penosos acontecimientos, olvidamos revisar sus pertenencias.
Al segundo día nos mandó llamar la Sagrada Mitra para
exigirnos un cofre con monedas que seguramente entregaría el
tío antes de su sorpresiva muerte, amenazándonos con quitarnos
la comunión si inmediatamente no lo entregábamos.
- Buscaron entre los baúles y, efectivamente, al fondo del más
grande, como asustado por los acontecimientos, encontraron

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un cofre repleto de monedas, fuertemente asegurado con
grueso candado de hierro, que entregamos sin más miramiento.
- Bonita anécdota familiar-comentó la enferma.
- Bien, llegó la hora de despedirme y quiero pedirte un
encargo.
- Pero extrañaré sus historias. No se vaya.
- Mañana saldrás del hospital. Todo volverá a la normalidad,
quedarás muy bien, te lo aseguro. Mi encargo consiste en
decirle a mi familia que no se olviden de nosotros, que no nos
borren de su memoria y que se mantengan siempre unidos.
- Pero ¿quién es su familia, señora?
- ¿No te has dado cuenta? Yo soy tu abuela poblana Lucía
Tovar de quien heredaste la diabetes, mi amor al arte, el gusto
por cocinar, pero sobre todo, mi devoción a Dios.
- Abuela, le respondió angustiada, usted murió hace 70 años.
- Así es, pero vine a apoyarte en representación de toda tu
familia sureña. Eres poblana y sonorense, nunca lo olvides.
La abuela cruzó de prisa la sala de terapia intensiva y el niño
intubado, siempre inmóvil, tembló al sentirla pasar.

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