La revista literaria

Noche de Brahúnda
‘4
Conmemorar el día de las brujas
(Barba Negra)
Poema de Roxana Pinilla D.
Poemas de Andés R. Verdugo
Bruma en Zapatoca
(Katherine C. García)
Perra vida
(Ipatia)
¿Duende se esconderán los duendes?
(Jhon Monsalve)
Disfraces
(Roxana Pinilla Duarte)
Carta de un suicida
(Miguel Ángel Pérez)
Saisissement
Inrico Dangelo Néard
Traducción
Miguel Pérez
Barba Negra
Conmemorar el día de las brujas:
Más de una razón para hacerlo
“No dejarás con vida a la hechicera.”
Éxodo 22:18
Hablemos claro: más de medio
millón de mujeres fueron torturadas y
quemadas en Europa por la iglesia
católica y la protestante, en lo que se
conoció como la manía de las brujas.
Otras tantas fueron acusadas en
América por la incomprensión de los
colonos hacia los ritos de los africanos e
indígenas. ¿Y creen ustedes que
deberíamos seguirle el juego a la iglesia
católica de vestir a nuestros hijos ese
día de curas, santos o monjas?
Preferible es, entonces, continuar
con el rito milenario, y honrar la
memoria de las inocentes caídas.
(Les prometo que al terminar de
leer este artículo, sean bebés, niños,
adultos, viejos o muertos, van a
entender por qué deberíamos
conmemorar el día de las brujas).
Historia: Para los que piensan
que solo se trata de una festividad
gringa que alimenta el consumismo;
esperen y lean, que la razón es mucho
más profunda de lo que creen.
Todo comienza con el “samhain”,
una festividad celta celebrada desde
hace más de tres mil años, en el
equinoccio de otoño, cada noche del 31
de octubre al 1º de noviembre. Esta
fecha, que es el inicio de la temporada
invernal, no solo significa para ellos el
fin de la cosecha sino el inicio de un
nuevo año. Además, en su credo
pagano, se estrecha el velo con el otro
mundo y las gentes se ponen máscaras,
para honrar a sus muertos. Aún hoy en
la cultura gallega, en España, hay
secuelas de esta celebración aislada de
la influencia del “Halloween” americano.
Sobre el Halloween:  Casi toda la
parafernalia cristiana resulta ser de
origen pagano por el choque cultural
entre oriente y occidente; a esa
aceptación se le llama sincretismo, y, de
ese modo, mucha de la iconografía
cristiana se basó en los dioses y ritos de
otros pueblos. Como ejemplo está el gran
parecido entre la virgen María y la diosa
egipcia Isis. Así pasó, entonces, entre los
pueblos celta y romano; si bien el dominio
imperial se sobrepuso a la cultura
indoeuropea, no se liberó de absorber
muchos de sus ritos, entre ellos el
“samhain” que siglos después, cuando el
emperador romano Constantino decretó
como religión oficial el cristianismo, para
que no se desmoronara el imperio,
muchos de los ritos paganos se colaron a
la religión del nazareno, entre ellos el de
rendir culto a los muertos, el 31 de
octubre.
No obstante en los siglos VIII y IX
los  papas  Gregorio III  y Gregorio IV
intentaron suplantar esta celebración por
el “Día de Todos los Santos”, que fue
trasladado del 13 de mayo al 1 de
noviembre sin mucho éxito, en realidad;
porque, incluso, la palabra Halloween
que aparece en el siglo XVI resulta de la
contracción de All Hallows Even o All
Hallow’Eve, que significa: “día anterior al
de todos los santos”. En el inglés antiguo
no se usaba la palabra saint, sino Hallow,
y mientras que la iglesia celebraba el All
Hallows Day el 1º de noviembre; la
víspera, el pueblo celebraba el
Halloween.
Fueron los inmigrantes
irlandeses quienes llegaron con esta
festividad a los Estados Unidos y
también fueron ellos los que
difundieron la costumbre de tallar una
calabaza hueca con una vela adentro.
Los jack-o'-lantern, (Jack el de la
linterna), inspirado en la leyenda de
“Jack el tacaño”, que no pudo entrar
al cielo por sus fechorías, ni al infierno
por haber engañado a satanás, en
vida. Entonces quedó vagando entre
los dos mundos con una brasa dentro
de un nabo hueco, que el diablo le dio
para que alumbrara a los muertos en
su paso al otro mundo. Cuando los
irlandeses, en Norteamérica, se dieron
cuenta que la calabaza era más
abundante que el nabo, cambiaron de
hortaliza para adornar sus casas. De
esta misma tradición viene el “dulce o
travesura” Trick-or-treat, que Jack
pedía en las casas que no estuvieran
arregladas con formas horrendas para
burlarlo a él y los demás espíritus
errantes.
¡Conmemórelo!
Al igual que se conmemoran las
muertes de nuestros seres queridos, de
artistas, matemáticos o presidentes, de
catástrofes naturales o actos terroristas,
¿por qué no elegir una fecha para honrar
la memoria de centenares de miles de
mujeres que fueron víctimas de la fe
cristiana?
Las pesaban como a la carne, las
atormentaban con todo tipo de
instrumentos macabros, las echaban a
lagos atadas de manos y pies, para
determinar si eran brujas o no… las que
se ahogaban demostraban su inocencia y
las que se salvaban eran lanzadas a la
hoguera. ¡Caramba! Y nadie se acordó en
toda la historia de regalarles un día para
conmemorar su dolor y sufrimiento. Yo
propongo qué esa fecha sea la misma que
nuestros antepasados eligieron para
honrar a todos los muertos. Por eso yo
este 31 me disfrazo de chamán, ¿y usted?
Ojalá los católicos lo conmemoren
también, pues qué diferencia hay entre el
día de las Brujas inocentes y el día de los
Santos inocentes, el 28 de diciembre,
que conmemora la matanza de todos
los niños menores de dos años
nacidos en Belén.
Amén, regale dulces y
¡disfrácese!
La prueba de la flotación. Si la acusada era una bruja, el agua, como elemento
puro e inocente, la rechazaba manteniéndola a flote, y por tanto era conducida
a la hoguera. Si el agua la aceptaba y se ahogaba, su inocencia quedaba
demostrada. Con las extremidades atadas en esta posición, era casi
Imposible que no se ahogase. Xilografía alemana del siglo VXI.
Aquí estoy yo, hundida en la espesa noche.
Me cobija la niebla,
y me arrulla los extraños alaridos
que provienen de lo más profundo de este bosque.
Tengo una idea para la madrugada,
idea sangrienta y formidable,
que se pasea por mi mente asesina.
Quiero inyectar veneno en sus labios rojos y atractivos,
quiero condenarlo a muerte
en este día que se apaga.
Quiero ofrecer su vida
y usar su piel sensual y provocativa,
como alfombra de mi oscura heredad.
Salgo a las calles, y la gente piensa que llevo un disfraz.
Pero es mi traje diario, que resalta mi excéntrica locura,
mi cuerpo ileso y bello,
como el de un ave negra que acaba de romper su cascarón.
Deseo su cuerpo, como su sangre.
Deseo sus besos,
es sed y hambre.
Ganas tengo de oírlo gritar con el dolor en el alma.
Quiero amarlo, mientras grite que suelte mi arma.
Quiero matarle, porque le amo.
Y amar repugna…
deseo matarle porque eso hago,
soy asesina, desgarro mentes,
hoy es mi día. Día de brujas.
Hoy mi alma se regocija,
pobre y demente…
R
O
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Poesía
Andrés Rueda Verdugo
MI DISFRAZ
Mi disfraz es incognoscible.
Mi disfraz no esta en la tele
ni en los diarios, ni en el cine.
No aparece en la moda
ni en los sueños del ayer.
Mi disfraz no tiene telas
Ni remiendo, ni papel.
Mi disfraz no tiene líneas
de brocha o de pincel.
Mi disfraz es la desnudez,
la transparencia del real ser.
Mi disfraz es el ánimo oculto
que al mostrarlo, gritan de pánico
¡Un loco, un loco!
Mi disfraz, me lo pongo
cada noche
y me lo quito
cada mañana.
Poemas de la noche
AJENA MÍA.
¡Ajena noche!
No es mía.
Es mío el aire invisible,
es mío el suspiro, por esta
noche ajena.
Absurda esa diversión de miles…
no tengo nada en contra.
Es envidia,
porque no es mía esta noche.
Aun veo, en mis cavilaciones,
tus piernas calienticas.
Salen rezongando por la puerta,
dando el portazo definitivo,
llevándote las noches mías.
Pero la noche no es mía.
Es de la poesía.
Maldita poesía que lastima
más que esas piernas calienticas.
Piernas que tienen todo y nada de
pecado.
Yo, culpo a la poesía
de que esta noche
no sea mía.
Cuando llegamos, una espesa
bruma recubría las casas. Desde lo alto
solo eran visibles las torres de la iglesia;
hacía frío y olía a tierra húmeda.
Recuerdo que una extraña paz me
inundaba, y las montañas al frente
parecían imponentes protectoras de un
sol cansado. Descorchamos un merlot
cualquiera y la morada, ya armada, nos
albergó de los fuertes vientos que
comenzaban a correr junto a la noche.
Todo era perfecto. Un tenue
sereno toqueteaba nuestra carpa y la
soledad de una montaña, compartida
con mi amante, me hacía sentir la mujer
más feliz en un espacio de varias
galaxias a la redonda. En un principio,
solo me molestaba una pequeña cosa:
una corriente de aire que me dispuse a
acabar cerrando la cremallera. No
obstante, en vez de reír juntos, como lo
hacíamos sobre ciertas nimiedades, tuve
como respuesta a mi risa un reproche…
Manuel, habiéndose percatado de la
gravedad del asunto, una gran
rasgadura en un vértice de la carpa, me
dijo – No reirás tanto por la mañana
cuando tengas los pies congelados –.
El problema se agravó cuando
fuertes ventarrones comenzaron a
sacudir la tienda y, mientras que la
abertura se hacía mayor, todo
comenzaba a humedecerse adentro. No
pudimos idear una estrategia para
sellarla rápidamente y ello desembocó
en una fuerte sacudida que nos empapó
la cara, cuando los hilos de la parte
superior cedieron y una especie de
bandera quedó a merced del viento.
Rápidamente nos vestimos, con la ropa
mojada, y salimos para recoger las
cosas.
Mi angustia se hizo evidente,
porque los truenos, el ruido del viento y
la lluvia nos hacían comunicar gritando.
Mi novio preocupado por mi actitud me
abrazó para decirme que todo estaría
bien, que debíamos encontrar la
carretera y así hallaríamos cualquier
portezuela para entrar y escampar en
Bruma en Zapatoca
Katherine C. García
Cuentos
un toldillo o, en su mejor caso,
conseguir un alojamiento en casa de
algún lugareño. Así que recogimos todo
y salimos a prisa para encontrar la
carretera. Jamás pensé que algo peor
nos pudiese ocurrir…
De repente, Manuel cayó en una
zanja lo bastante profunda para que se
hubiera roto un hueso. Mi susto fue tal,
que sabía que no temblaba del frío sino
de miedo; porque lo vi inmóvil, sin reír,
llorar o gritar de dolor. No sé, aún, de
dónde saqué tanta fuerza para sacarlo
de ahí, aunque le raspé la espalda
intentándolo. No podía, siquiera, saber
si ya estaba muerto; lloraba a gritos de
ver en ese estado al amor de mi vida. Un
rayo me dejó ver los mangos de una
carretilla, y así fue como pude
trasportarlo sin que sufriera, en caso de
tener algún hueso roto.
Vislumbré una luz en una
pequeña casa y me dirigí hasta ella
cuidando de que Manuel no se mojara
más, al ponerle la carpa encima… sin
embargo, fue arrancada de un ventarrón
y dio a parar a unos arbustos.
Proseguí mi camino y me costó
pasar el montículo entre la carretera y la
portezuela, a causa del barro que me
hacía resbalar. Cuando llegué a la
casita, procuré calmarme para no
asustar a los habitantes de ella. Cuando
toqué, nada adentro se inmutó… ni
siquiera los ladridos de un perro.
Minutos después, un anciano abrió la
puerta y al ver que llevaba a alguien en
hombros me ayudó a ponerlo en un
bulto que servía como cama. El anciano
entró en otra habitación y enseguida
Manuel recobró la conciencia. La alegría
me inundó y lo abracé; él alcanzó a
balbucir dónde estábamos, pero una tos
se adueñó de él y comenzó a luchar por
conseguir bocanadas de aire profundas,
mientras que su cara se ponía morada y
sus ojos se desorbitaban. Yo no salía de
mi estupor al tener que ver morir a mi
amado por segunda vez en una crisis de
asma.
El anciano regresó con dos
mantas de lana, roídas… me invitó a
quitarme la ropa mojada pero, lejos de
ello, desnudé a Manuel y lo sequé con
una para arroparlo con la otra. Intenté
buscar agua pero no había vasos en el
fregadero… cuando me di la vuelta para
preguntar al anciano, lo vi parado junto
al cuerpo inerte de mi novio. Tenía una
mano sobre su frente y esbozaba unas
palabras. Temerosa, me acerqué y vi
que el color normal había regresado a su
rostro y que respiraba con normalidad.
Estaba dormido, parecía inconsciente,
pero al menos respiraba. El anciano me
miró con sus profundos ojos negros y
aseveró que él estaría bien… que yo
debía cambiarme la ropa mojada y él
estaría en la otra habitación para no
verme. Cerró un viejo portón sin aldaba,
pero pude quitarme la ropa con
tranquilidad. Me arropé con el manto
húmedo y miré a mi alrededor… no
había donde poner la ropa mojada. Me
recosté junto a la puerta, temiendo que
el anciano entrara. Me quedé dormida.
El alba llegó a prisa y antes que
oyera los pájaros o los gallos, escuché a
Manuel asustado preguntándome qué
hacíamos desnudos, yo recostada en la
pared, y él encima de un bulto de fibra
de fique… tenía picores. Desperté con
síntomas de gripe, pero mi sorpresa fue
enorme al darme cuenta de que
estábamos en una casucha abandonada
de una sola pieza. No había indicios de
que alguien hubiese vivido allí en mucho
tiempo. No dije nada, ni siquiera a
Manuel, por temor a que me tildaran de
loca; aunque mi miedo fue profundo
cuando en el bus, de regreso a la ciudad,
él me preguntó con quién había hablado
esa noche. ¡Oh por Dios! Quedé muda y
fría sin saber qué responder.
Perra vida
Ipatia
Por la carretera que conduce de
Bucaramanga a Barrancabermeja,
transitaba siempre, en un Chevrolet de
placas “BFI 334”, don Esteban Rodriguez
Cancino. Su carga generalmente era de
verduras, frutas, cajas o cualquier
cachivache que necesitara ser llevado de
un destino a otro. Su entretenimiento, en
la vía, que le producía un placer de
fuerza, masculinidad y brutalidad, era
destripar perros callejeros en la carretera.
Argumentaba que les hacia un favor, ya
que - estos adorables seres- debían estar
sufriendo, para estar situados en un
lugar evidentemente suicida.
El juego consistía en seleccionar los
animales por tamaños y colores. Si era
posible matar dos en un solo lance, pues
mejor. Se dice que en esta sangrienta
tarea duro mucho tiempo; hasta que un
día, por gracia divina, se le atravesó una
chandita de mediana dimensión, de color
negro y de movimientos sagaces y
ágiles. Ella esquivó el camión y
Esteban, al quererla atropellar,
terminó chocando con una tractomula
que apareció intempestivamente, al
tiempo que terminó la vida del
perricida personaje.
Cuentan los moradores de la
zona, entre la Renta y el peaje de
Tienda Nueva, que en las noches de
los miércoles y sábados, días en que
Esteban transitaba por allí con su
vehículo de muerte, se escucha una
jauría ladrando, gruñendo y
desgarrando lo que parece un
espíritu, que con voz masculina y
gruesa grita desaforados auxilios,
socorros y lamentos. Todos saben de
quien se trata, y todos conocen ese
horror…
No creo en brujas. Dejo claro ese
punto, y cuando lo niego no estoy
afirmando que ellas existen, como lo
suponen cada vez que digo que soy
ateo (ser ateo va más allá de creer o no
en dios; es una práctica, es un amar al
otro, es una comprensión constante, es
un actuar que marca diferencia en el
mundo). Pero, maldita sea, creo que
creo en duendes. Y esto sí lo pongo en
duda. Pero voy a exponer las razones
que me llevan a sacar semejante
conclusión. Y ruego que, si alguien
tiene una explicación razonable en
torno a lo que voy a escribir, me lo haga
saber para borrarme estas ideas de la
cabeza y volver a ser el de antes.
La primera vez que se me desvió
la razón fue en el mes de abril del año
2006. Justo un año antes, sentado en
un viejo mueble de mi casa, perdí mi
billetera con todos los papeles. Sí:
dentro de mi propia casa, donde solo
vivíamos mi papá, mi mamá y yo, se me
perdió la cartera, así, de un momento
a otro, como si alguien la hubiera
tomado prestada para asustarse o
asquearse con mis fotografías de
adolescente venoso, grasoso, barroso.
Pero no. Nadie, nada, se esfumó la puta
cartera frente a mis ojos: se cayó, no la
recogí por pereza, luego había mucho
tiempo, todo el del mundo… cuando
uno está joven lo que le sobra es
tiempo. Al otro día hubo oficio en la
casa en pro de mi cartera, en pro de
ahorrarme unos pesos en las tareas
que demanda la pérdida de algún
documento. Bueno, en fin, qué carajos,
se perdió la cartera, y como tenía
tiempo pero también pereza dejé que
los días pasaran y ni siquiera puse el
denuncio correspondiente. En la
adolescencia el tiempo sobra para las
chicas, para las fantasías, para los
¿Duénde se esconderán los duendes?
Jhon Monsalve
Artículos
momentos a solas, a solas, a solas,
nunca llegan las chicas… siempre
miran a otros: a los más fuertes, a los
más grandes, a los de mayor poder, a
los del arete, a los pirobos más pirobos
del barrio, y nunca se fijan en uno, ala,
mierda… en la adolescencia el tiempo
sobra para llorar, para temer, para
descubrir los primeros fracasos. ¡Ja!,
dizque yo había botado la cartera en el
colegio o en la calle, que dizque mis
amigos me la habían robado, que
dizque la había guardado en mi caja
secreta (la de todo adolescente) y que
no me acordaba, que dizque nunca
tuve billetera, que dizque ni papeles
tenía… Les tapé la boca a todos el día
en que, justo un año después de la
pérdida, la cartera apareció ahí, en el
piso, junto al mueble, como por arte de
magia, como si alguien la hubiera
puesto para que yo recuperara la
tranquilidad que nunca perdí… Lo que
a uno le sobra en la adolescencia es la
tranquilidad. Donde se perdió, donde
recuerdo haberla oído y sentido caer,
apareció de un momento a otro, así no
más, como por arte de duendes.
Luego conté el cuento y nadie lo
creyó… Mi mamá y yo seremos testigos
para la eternidad de semejante suceso.
Duendes, duendes… Y lo duendes los
protagonistas. El otro suceso es más
reciente. Cursaba el décimo semestre
de mi carrera universitaria y leía
algunos libros sobre educación para mi
proyecto de grado. La biblioteca de la
universidad me había prestado dos
libros, de los cuales uno de ellos no se
encuentra ni en la casa del autor. Y yo,
de distraído, dizque los boté, dizque los
perdí, dizque los vendí para comprar
cervezas. ¡Ja!, de nuevo los malditos
duendes me escondieron los libros, lo
sé, fueron ellos, o bueno, al menos eso
creo, aunque me digan loco, estúpido,
marica, chiflado, infantil… en la niñez
el tiempo sobra para sufrir. Un puto
año después, como si los duendes
tuvieran noción del tiempo y de su
cronometrización aparecieron los libros
que perdí y por los cuales pagué cerca
de 180000 pesos. Mierda. No hallaron
otro lugar para esconderlos que mi
propio bolso, donde los busqué una y
otra vez, donde escarbé hasta el
cansancio, donde debieron estar y
estuvieron siempre… Un año después,
como decía, cuando iba a lavar el bolso
(de lo cochino hablamos luego) sacudí
fuerte, más fuerte y luego más fuerte
porque algo me pesaba de más, y
cayeron los libritos, intactos,
completos, limpios… Se metieron, o los
metieron, en un hueco que iba directo
al culo del bolso, donde jamás ponía
las manos… En la adolescencia uno
aprende a mirar y no comer… ay, ay,
ay, duendes, duendes… ¿duénde se
esconderán los duendes?
El 31 de octubre, más conocido
como el día del disfraz, día de
“Halloween” y ahora llamado la noche de
las brujas sofisticadas, experimentadas
y novatas también.
Primero tenemos al tan agraciado
alcohólico vestido de botella de “Jack
Daniels” de la cabeza a los pies,
acompañado de su mejor amigo envuelto
en la silueta de una cajetilla de cigarros
americanos.
Por otro lado, tenemos a las
mujerzuelas de faldas cortas con
lentejuelas, medias de malla y tacas de
medio metro. Entonces, le saco punta a
mi lengua y cuestiono -¿será que tanta
minifalda es causa de la escasez de tela?
En fin… las vampiras ya no
desfilan por las calles si no se califican
atractivas. Ya no caminan, ahora levitan
a unos cuantos centímetros del
pavimento, enseñando sus piernas y
tragando caramelos como maniático
desesperado.
Los queridos “Brothers Grimm” no
inventaron a la caperucita para que las
rubias se ajusten los vestidos de rojo
escarlata hasta el punto de cortar su
propia respiración. No crearon a la niña
de capa roja para que hoy se tiñan los
labios con cuanta maricada encuentren,
y se pinten los ojos con crayones de sus
hermanos menores.
Disfraces
Roxana Pinilla Duarte
Ahora la madrastra es mucho más
bella que blanca nieves. Salen las dos
agarradas de la mano gritando “Dulce o
truco” de forma “sexy”, babeando una
manzana toda la noche y brincando
como conejos en tiempo primaveral.
Ya nada queda… solo alegrémonos
por que llegó el “triqui triqui Halloween”.
Estamos en la feria de la máscara y el
antifaz. Los hipócritas, que se visten de
amigos, matan su cabeza consiguiendo
un buen antifaz, y los políticos invierten
el 30% de sus campañas comprando una
hermosa y tierna máscara.
En conclusión, los disfraces de hoy
en día no tienen ni madre, “Halloween”
se ha convertido en otro tipo de
celebridad, unos lo hacen por pedir
dulces, otros por ganar dinero, otros por
las antiguas creencias y “otras” ah, otras
por putas…
Mares insondables, montañas imponentes, llanuras inmortales y auras boreales,
No desconozco su belleza, no blasfemo ante su grandeza, pero por favor… ¡libérenme
de esta prisión que llevo a cuestas!
Cierto es que los días diáfanos y alegres, cuando las mariposas de colores remueven
aromas de frescos rosales, son para mí como la espesa y triste bruma que de lejos
amenaza desenterrar a los cadáveres.
Y... pena me da anunciar al mundo mi vida, pues ella me ha dado todo lo que cualquier
miserable anhela día tras día.
No tengo ningún sufrimiento, lo tengo todo... hasta un amor verdadero. Y pena me da
este egoísmo absurdo de querer quitarme la vida.
Soy un cobarde, porque no afronté esta vida con valentía. ¿Pero cómo caminar al frente
de Rosita, la de la esquina, si ni pies tenía?
P.D.: A mi madre, a mi hermana y a mi amada les pido perdón por abandonarlas en el
próximo tren, para el cual he reservado ya una plaza. -Una voz me ha susurrado que
el día en que todos se pongan una máscara, yo me quite mía-.
Carta de un suicida
Miguel Ángel Pérez
Epistolar
Ce n’est pas au petit bonheur d’une idée ou d’un soir de 31 octobre qu’on crée
une fête appelée «  Halloween  ». Ça requiert des mises en place de tous les diables
ajoutées à une histoire, une coutume, une économie. Ça requiert une disposition
d’esprit mêlée d’une prévenance propre à acheter des bonbons, des déguisements et
un grand air de fête. On ne badine pas avec « Halloween ». Donc, peut-être qu’il ne
fallait pas qu’il prenne sur lui de maquiller en bon démons quelques garnements du
voisinage, peut-être encore qu’il ne fallait point qu’il ose porter le masque ultra
sophistiqué d’un python de la dernière horreur. Si c’était drôle, ça ne l’était que pour
lui.
En bon vivant, il était marié à sa femme depuis quoi…cinq ans ; oui il voyait de
temps en temps une autre fille puis une autre fille mais il leur disait toujours au
prologue : j’ai un foyer. Et ça c’est assez honnête, quoiqu’il dosait un peu en oubliant
en toute nonchalance de signaler qu’il aimait sa femme et en faisant un peu semblant
de n’être pas en grande symbiose de couple. Mais, on peut lui rendre ça, il était quand
même sur l’écran de l’honnêteté.
Des cadeaux, il en faisait de temps en temps à sa femme. Cette femme qui
s’appelait Kensta, cette femme qui avait une mine aussi réussie que tous les matins
du monde. Lui qui avait rencontré cette femme à l’Université à l’occasion d’un cours
tronc commun de psychologie sociale. Elle qui faisait une licence en sciences de la
communication lui qui faisait la sienne en sociologie. Elle qui lui disait tout le temps
avoir les serpents en grande phobie, lui qui faisait un peu toujours les pas de danse
qui coloraient l’atmosphère. C’était entre les deux, au départ du moins, une histoire
de baise chez tous les amis qui avaient un studio, ça a pris de la vigueur par le temps,
c’est devenu un couple en rapport avec d’autres couples, ils ont improvisé on ne sait
combien de films (ainsi qu’ils appelaient leurs ébats collectifs). Et comme parce que
tous les couples sont toujours dans une magie de l’émotion et du corps et que dans
Inrico Dangelo Néard
nricodangelo@gmail.com
(Haïti)
Saisissement
Traducción
ces cas là l’excès n’est jamais loin, ils ont tenu le projet de se marier et d’habiter
ensemble. Alors que les couples amis criaient au scandale, à la bonne blague à
l’annonce de la nouvelle ; l’un a pris femme, l’autre a pris homme. Faut s’en rappeler
et même il y avait des photos ; il avait un costume luisant de grâce et une coiffure
correcte, sa Kensta avait une robe rouge comme il ne peut faire rouge ; définitivement,
à la voir on se disait voici que la beauté ose maintenant avoir un corps. Ils ont pris
les services privés d’un officier d’état civil et bidibou badabou ils étaient mari et
femme.
Ce qui fait qu’en ce soir du 31 octobre à Port-au-Prince, jour de « Halloween »
au sein des cultures qui ont l’imaginaire pour ça, il n’avait rien à faire sinon rentrer
chez lui en bon jeune homme marié. C’est donc quoi cette histoire que de mobiliser
un budget pour acheter des costumes pour une bande de gamins, c’est donc quoi
cette histoire que lui il s’en est allé se mettre en mode python. Mais non, pensait-il
que la vie est un quartier d’Hollywood ? Mais rien n’y fait, il venait d’avoir son salaire
et comme jeune il aimait bien savoir parler- il disait même être dans un certain éros
de l’élocution- dans le voisinage, porte à porte, il a fait le travail de celui qui
réquisitionnait carrément tous les enfants en dessous de 12 ans pour faire à sa
femme ce qu’il appelait un petit saisissement pour « Halloween ». Il sautait d’allégresse
rien qu’en visualisant la peur envahir tout le visage de sa Kensta jusqu’à ce qu’elle
ait sur le visage beaucoup plus de peurs que de visages. Pour lui, c’était tout drôle. Il
se disait que sa femme – autant que tout le monde ici - ne fête pas « Halloween » et
qu’en lui faisant ce petit saisissement, ça mettrait de l’adrénaline dans les veines de
la relation. Après tout, que devient un couple avec des yeux bourrés d’habitudes, une
gorge faite de routine et un nez qui ne respire que des clichés  ? Il achetait les
déguisements en pensant à tout ça et de temps en temps il souriait, de temps en
temps il faisait un mouvement brusque des bras. La chose a même pris des élans
sexuels, il imaginait sa femme au début de la nuit se refuser à lui comme pour lui
signifier qu’elle avait déprécié le tour, il s’imaginait sortir à sa femme sa voix de ciel
triste et plaintif, une voix qui surement dirait : « mademoiselle mon amour, je suis
désolé, je ne voulais que te faire plaisir. Et puis tu sais bien que je t’aime avec un
appétit démesuré » Et il s’esclaffait à un tel point que les gens autour de lui au super
marché l’ont regardé avec dans les yeux une question : que lui arrive t-il celui-là ?
Le compte y est, il avait les enfants, espèces de monstres, avec lui, il avait eu
sa femme au téléphone qui lui a dit être en train de préparer du poulet. Tout était en
bonne logique de « Halloween ».
Avec les enfants devant lui, il a sonné à sa porte. Sa femme, en ce moment,
sortait de la cuisine  ; pensant que c’était son mari qui rentrait, elle ouvra la porte
quand ses yeux ont eu pour seul horizon un parterre de petits zombis horriblement
sinistres avec derrière eux un python grand comme ça. Prise dans la plus grande
épouvante que l’on puisse vivre dans une seule vie, elle poussa un cri tonitruant et
par comble d’un mauvais reflexe de survie, elle lança sur le visage découvert du
python la casserole d’eau bouillante qu’elle avait en main. Les petits zombis d’avant-
garde, par dommage collatéraux, avaient eux aussi une belle vague de chaleur sur le
corps.
Pour un saisissement alors là, c’en était un.
No es por la casualidad de una idea o de una tarde de 31 de octubre que se
crea una fiesta llamada “Halloween”. Ello requiere situar todos los diablos
incorporados a una historia, una costumbre o una economía. Requiere, también,
una disposición de ánimo, mezclado a una obsequiosidad susceptible de comprar
caramelos o disfraces en un aire festivo. No bromeamos con el “Halloween”. Así que,
hubiese bastado con que él agarrara algunos pilluelos del vecindario para
maquillarlos en buenos demonios… probablemente… aunque no hacía falta, en
todo caso, que se atreviera a portar la máscara ultra sofisticada de un engendro del
último horror. Si era divertido, no lo era más que para él.
De buen vivir, él estaba casado con su mujer desde hace cuanto… ¿cinco años? Sí. Él
veía de cuando en cuando una chica y después otra, pero a todas les decía siempre al
comenzar: tengo un hogar. Y eso es bastante honesto, aunque lo dosificaba un poco
olvidando, con indolencia, señalar que amaba a su mujer, y fingiendo, un poco, no tener una
gran armonía marital. Pero podemos dispensarlo. Estaba, en todo caso, en el plano de la
honestidad.
Él le hacía regalos de vez en cuando a su mujer, llamada Kensta, la cual tenía un
aspecto tan increíble como todos los amaneceres del mundo juntos. Se conocieron en la
universidad en ocasión de un curso de sicología social, que era de núcleo común. Ella hacía
una carrera en ciencias de la comunicación y él en sicología. Kensta, le manifestaba todo el
tiempo tener mucho miedo y él, casi siempre, le coloreaba la atmósfera con sus pasos de
baile. Al inicio era solo, entre los dos, una historia de relaciones sexuales en casa de todos los
amigos que tenían un apartaestudio. Con el tiempo, se hizo más intenso y se convirtió en una
pareja que, en relación con otras, improvisó no se sabe cuantas películas (en eso que
llamaban, sus jugueteos colectivos).
Inrico Dangelo Néard
Traducido por:
Miguel Ángel Pérez
susto
No obstante, el exceso no llega tan lejos en las parejas que se encuentran aún en la
magia de las emociones y del cuerpo. Así que llevaron a cabo el proyecto de casarse y vivir
juntos; mientras que las parejas de amigos pegaban el grito en el cielo, bromeando y
anunciando la notica: “El uno amarró mujer y la otra enlazó hombre”. Hay que recordarlo…
incluso hay fotos. Él tenía un traje distinguido y un peinado perfecto, y su mujer tenía un
vestido tan rojo como no puede haber otro. Definitivamente, al verla, nosotros nos decíamos
que la belleza ahora sí se atrevía a tener un cuerpo. Tomaron los servicios privados de un
registrador del estado civil y tantán tarán, eran marido y mujer.
Lo que hace que esa noche del 31 de octubre en Puerto Príncipe, día del “Halloween”,
en el seno de una cultura que no tiene el imaginario para celebrar eso, él no tuviera nada
más que hacer, sino entrar en su casa como buen marido joven… pero, entonces ¿qué es esta
historia de gastar dinero para comprar trajes a un grupo de niños? ¿A qué viene el
disfrazarse como un engendro? ¿Acaso pensaba él que la vida es un barrio de Hollywood?
Pero nada, venía de recibir su salario. Y como todo buen joven, le gustaba hablar bien -
incluso decía ser un cierto Eros de la elocución- así que, puerta a puerta, comandó en la
barriada a todos los niños menores de doce años para hacer a su mujer lo que él llamaba un
sustico para “Halloween”.
Saltaba de alegría al visualizar el miedo invadiendo la cara de su Kensta, hasta que
ella tuviera en su rostro más miedos que caras. Para él, era simplemente divertido. Decía que
su mujer – como todo el mundo aquí- no celebraba el “Halloween”, y que haciéndole ese
sustico pondría adrenalina en las venas de la relación. Después de todo, ¿en qué se convierte
una pareja con los ojos llenos de costumbres, una garganta hecha de rutina y una nariz que
no respira más que clichés?
Él pensaba en todo esto mientras compraba los disfraces y, de vez en cuando, sonreía
y hacía un movimiento brusco de brazos. La cosa, hasta tomó impulsos sexuales; él
imaginaba a su mujer, al inicio de la noche, rechazándolo, como queriéndole decir que había
despreciado la broma. Entonces, se imaginaba hablándole a su mujer con su voz de cielo
triste y lastimero; una voz que seguramente diría : “señorita de mi amor, lo lamento. Tan solo
quería complacerte; además sabes que te amo con un apetito desmesurado”. Él soltó la
carcajada a tal punto que las personas a su alrededor, en el supermercado, lo miraron como
preguntándose: ¿y qué le pasa a éste?
Todo estaba planeado. Tenía a los niños, especies de monstruos, con él. Había hablado
con su esposa por teléfono y ella le había dicho que estaba preparando pollo. Todo estaba en
buena lógica de “Halloween”.
Con los niños delante de él, tocó a su puerta. Kensta salió en ese momento de la
cocina, pensando que era su marido que entraba… y, cuando abrió la puerta, sus ojos se
encontraron, por solo horizonte, a una banda de zombis siniestramente horribles y, tras ellos,
un gigantesco engendro. Presa del más grande terror que pueda vivirse en esta vida, dejó
escapar un grito atronador y, colmada de un mal reflejo de supervivencia, lanzó sobre la cara
descubierta del engendro la cacerola de agua hirviendo que tenía en la mano. Los pequeños
zombis de adelante, por daño colateral, recibieron también una buena oleada de calor sobre
el cuerpo.
¿Quería un susto?… entonces, allí, tenía uno.
Ilustración portada:
Sonia Serrano Díaz
Un agradecimiento especial a los escritores y
colaboradores que hacen posible este proyecto literario.
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Revista Coito
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