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LENGUAJE: UNA METARREALIDAD CONTINUA

Entendemos por lenguaje, entonces, cualquier tipo de código significativo estructurado


para el que hay un contexto de uso y modos de posibles relaciones entre sus
elementos. Como hemos visto, existen múltiples contextos naturales o artificiales
donde aparecen lenguajes. Estudios recientes han señalado que el lenguaje natural y
los formales (como matemática o programación) serían de naturaleza básicamente
diferente. Tal distinción, empero, debería entenderse como operacional y/o contextual,
aunque no respecto de su cualidad ontológica, fundamentos neuropsicológicos e
históricos de aquellos. En los hechos, Russell intentó asimilar los modos de vínculos de
la matemática a los de la lógica, sin resultados.

Similares afirmaciones pueden hacerse respecto de la geometría como lenguaje de


interregno, donde lo conceptual se reúne con lo figural, según normas axiomáticas que
emparentan el modo de generación de las ideas geométricas con las del lenguaje
natural. También en el lenguaje musical, cuya evolución histórica y posibles relaciones
muestran con clara evidencia la complejización creciente de su estructura, partiendo
de sistemas simples de dos o tres sonidos, la posterior pentafonía, los formulados
sobre siete tonos naturales y cinco medios tonos clásicos; la dodecafonía, de doce
medios tonos iniciada a comienzos del siglo XX, para llegar en la actualidad modelos de
relaciones en escalas que suenan casi como glisandos, de hasta 16 avos de tono,
intervalos indistinguibles por el oído humano.

Los sistemas de signos no son comprensibles pues, sino desde su estructura,


contextos, y sus posibles relaciones, donde cada componente se opone a otro,
respondiendo según propias y peculiares reglas internas. Estos códigos son difícilmente
comprensibles si se les describe mediante una suma de definiciones atómicas de cada
uno de sus elementos, porque sustantivamente se trata, desde una perspectiva
neurobiológica, de conjuntos de “reflejos” condicionados socialmente, que operan
sistémica y contextualmente, mediante señales materiales “irritadoras”, auditivas o
visuales, con objetivos específicos de ajuste inter-sistémico para una
intercomunicación intencional de ideas, deseos y/o emociones.

El lenguaje natural constituye pues una “realidad” simbólica sui generis, que emerge
como un “segundo sistema de señales” que es más extenso, como lengua, que el
instalado en el individuo que lo integra siconeurobiológicamente en su habla como un
conjunto de “objetos mentales” de comunicación y coordinación con su comunidad
lingüística.

El lenguaje natural es, en definitiva, un sistema de signos fonéticos comunitario que se


expresa individualmente en las hablas, pero que es independiente en su completitud
de cada sujeto que la conforma y de la propia comunidad, en un momento dado, y que
funciona dialécticamente entre su existencia virtual interna nodal y una red externa, en
la que las señales consensuadas que lo hacen posible, circulan materializándose y
desmaterializándose en el momento de la comunicación, haciéndose interpretables
para un otro –con mayor o menor éxito-, gracias al sustrato cultural-neurobiológico de
los sujetos pertenecientes al grupo que lo utiliza y mediante el cual el colectivo va
construyendo y de-construyendo realidades que posibilitan, en un permanente proceso
de ajuste al entorno, usar las divergencias de información detectadas, al servicio de la
rectificación homeostática del sistema.

Tanto lenguaje natural, como matemáticas, geometría, álgebra, música u otros


códigos, con sus particulares reglas, conforman metarrealidades continuas interno-
externa, que aunque pueden operar sólo basadas en el cerebro humano, están
dialécticamente imbricadas con fenómenos y procesos que histórica y socialmente el
hombre ha ido discriminando, evaluando y categorizando, en un juego persistente e
infinito de develamiento y reordenamiento interno y externo de una realidad que es
más extensa que la almacenada, más compleja y multireactiva, que se transforma y
nos transforma en esa acción, en un ir y venir de significantes y significados que se
construyen, destruyen, reconstruyen para ir adecuándose como elementos eficaces y
en permanente cambio para nuestro ajuste estructural con los dinámicos entornos
natural y social.

Este “imperfecto” y progresivo continuo de frecuencias físicas interno-externa que


define al hombre, su orden psicológico y el de su entorno ecosocial conocido,
vinculando ambos sistemas, tiene, empero, limitaciones que neurológica, cultural y
epistemológicamente restringen nuestras posibilidades de conocimiento de la realidad.
No obstante, aquello no implica que leyes de funcionamiento del mundo aún por
conocer no puedan seguir siendo “develadas” mediante la investigación de relaciones
lineales causa-efecto de los fenómenos observables o no en el ámbito del curso
específico de penetración vectorial de la realidad de que se trate, aún sin conocimiento
del infinito conjunto de relaciones y reacciones que tal sistema tiene como
potencialidades a descifrar. Discernir entre un fenómeno y otro, categorizar, establecer
causalidad, aún so pena de determinismos, le ha permitido al ser humano un mejor
conocimiento y manejo de diversos aspectos de su entorno y, por consiguiente, mayor
capacidad de intervenirlo cada vez más equilibradamente, si hemos de creer en el
concepto de “progreso”.

Los lenguajes cumplen una función clave en el desarrollo del conocimiento. Y más
especialmente, los leguajes escritos, que nos plantean pasado y comparación. Los
lenguajes nos permiten distinguir, nominar y categorizar, acciones indispensables a la
hora de comprender y comunicar el entorno a otros en comunidad, así como la propia
estructura de la lengua, a través de una suerte de metalenguaje que discierne sobre
sus estructuras, aún cuando aquella operación pueda desembocar en paradojas,
sinsentidos o círculos viciosos sobre los cuales nos alertaba Wittgenstein. (“Es
imposible que una frase se proclame a sí misma como verdadera”)

Entender que todo lenguaje es más un sistema de relaciones posibles que de términos,
palabras o símbolos en sí mismos es determinante para conseguir una más eficiente
comunicación y colaboración, así como para comprender la capacidad autopoiética
histórico-social de todo sistema de símbolos, sincrónica o diacrónicamente y, en
consecuencia, mejorar la especial habilidad humana para adecuarse a diferentes
entornos sociales o naturales. Estos últimos tampoco son neutrales en la conformación
de los lenguajes, porque el propio cerebro, de modo filogenético, se ha ido ajustando
antropológicamente a sus requerimientos, generando mutaciones culturales y
biológicas (supervivencia de la mejor adaptación) que posibilitan su permanencia. Los
inuit, habitantes de los hielos árticos, son capaces de discriminar cientos de sonidos-
señales de los hielos, así como gran número de tonalidades de blanco, códigos que si
no son conocidos pueden provocar la muerte. Como éste, hay, por lo demás, cientos
de ejemplos similares de adaptación a los diferentes ecosistemas del globo.

En definitiva, el proceso de desarrollo de la abstracción lingüística en el hombre, tanto


en su eje sincrónico como en el diacrónico, desde lo nominal-ostensible a lo esencial-
universal de las cosas y fenómenos categorizados, parece responder, como mecanismo
de adaptación, a la complejización creciente de las necesidades de la especie y el
desarrollo de las fuerzas de producción que las satisfacen.
Es esta dialéctica la que ha generado léxicos adecuados a los entornos, que crecen y
se expanden a partir de las exigencias de coordinación lingüística a que obligó primero,
la rudimentaria recolección; luego, la más planificada caza, transhumancia y
ganadería, seguida por las sofisticadas agricultura, astronomía, religión y comercio,
fuerzas productivas que obligaron históricamente a nuevas competencias psicológicas,
como consecuencia del continuo aumento de la información a decodificar y almacenar
en un cerebro que realiza más y más conexiones neuronales, siguiendo y procesando
las novedades que surgen del avance de las fuerzas de producción y supervivencia.

Las innovaciones aparejadas a la acción en el mundo, unida dialécticamente a la


capacidad autopoiética1 del lenguaje como “base de datos” dinámica y en permanente
autocreación, expansión y profundización, van resignificando el orden de las cosas
desde las imparables nuevas constataciones, las que son re-codificadas internamente
por cada cerebro individual como nodo de una red intercomunicada y que genera
conocimientos y nuevos paradigmas sociales, reordenadores del mundo, según los
modos de relaciones sociales, la ubicación del sujeto en el aparato de producción y la
organización de los poderes en los que aquellos se desenvuelven.

La necesidad y conocimientos, en tándem infinito del hombre con su medio, impulsan y


guían la acción, instintiva, emocional y cognitivamente, buscando hacer coincidir las
novedades que surgen de su actuar en el medio, con las estructuras sociales
sustentadas en las ideas-palabras que las hicieron posible y viceversa. Dicho equilibrio
inestable tiende a homeostasis precarias que nunca se consolidan y que terminan en
cambios, más o menos radicales, estimulados por nuevos discursos, más ajustados a
las reclamaciones de aquellos que se integran a lo nuevo, porque las fuerzas de la
producción no se detienen nunca.

La percepción sustantivamente humana de la “equidad”-“inequidad” que, por natural


empatía con-duele, constituye un acicate emocional para la pregunta de por qué unos
sufren y otros gozan, al tiempo que, en la plasticidad del lenguaje, imaginamos-
proponemos mundos alternativos posibles o utópicos que posibilitarían salir de aquella
posición que incomoda, mediante la reinterpretación de los significados de las
palabras, conceptos e imágenes con las que el modo de producción, de relaciones
sociales y de poder que aparentemente las suscita, se ha sostenido ideológicamente.

1 Francisco Varela & Humberto Maturana. De Máquinas y Seres Vivos. 1995 Editorial Universitaria. Santiago
de Chile.
En la Sociedad del Conocimiento, este fenómeno se ampliará exponencialmente, con
efectos de enormes consecuencias.