Revista científicas y editoriales universitarias.

La difusión como función básica de la universidad
María Pía Vera T.
Editora Íconos. Revista de Ciencias Sociales
Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Sede Ecuador

Alexander Amézquita
Editor revista Chasqui
CIESPAL

Los mecanismos de acreditación y evaluación de las universidades ecuatorianas incentivan la
publicación pero no a las publicaciones, me explico mejor: valoran positivamente las publicaciones que
los académicos de universidades ecuatorianas posicionan revistas certificadas por las dos bases de
datos dominantes en el campo: la Web of Science (WoS) y Scopus, pero no valora suficientemente la
producción de libros académicos y no valora en modo alguno la producción de revistas científicas por
parte de las universidades.
Tal vez esto se deba a que se ve a estas publicaciones como no fundamentales, pues para hacer
visible la ciencia ecuatoriana no hay mejor manera de hacerlo que a través de la publicación en revistas
de gran prestigio, alto impacto y una supuesta alta calidad; revistas generalmente asociadas a las bases
dominantes que mencioné. Incluso los libros no requieren ser necesariamente producidos por
editoriales universitarias ecuatorianas, pues podría hacérselo a través de las grandes firmas editoriales
como Taurus, Paidós, Blackwell o, paradójicamente, las editoriales universitarias de otros países –lo
que en la lógica que hemos venido reseñando sería prueba de altísima calidad–.
Pero en esta premisa hay varios supuestos que contradicen aspiraciones con las que creo estarán
de acuerdo tanto el Consejo de acreditación y aseguramiento de la calidad de la educación (Ceaaces)
como la Secretaria Nacional de Ciencias y Tecnología (Senescyt) y las universidades mismas: el
derecho humano al conocimiento, la soberanía sobre la producción científica, el desarrollo de una
economía social del conocimiento, la idea de los procomunes inclusive. Sin embargo, no creo necesario
desarrollar por ahora estos complejos conceptos e ideales para estar de acuerdo en una idea más
sencilla. Se trata de la responsabilidad de la universidad en la promoción o difusión del conocimiento:
responsabilidad que debe ser incentivada y valorada por la política pública, más si busca asegurar la
calidad o los beneficios que produce esta institución o, en otras palabras, si se aspira al beneficio social
directo que puede provocar la producción científica.
Como sostiene Brubacher en Basis for Policy in Higher Education, un libro considerado básico
en las discusiones sobre calidad y ética académica: “Ya se ha mencionado que dos de las principales
funciones de la universidad es la transmisión del conocimiento y el avance del conocimiento. Estamos
tan acostumbrados a aceptar esta premisa como un hecho dado que no logramos ser sensibles a algunas
de sus más sutiles implicaciones” (1965, 78, citado por Alperin 2011, 2, traducción nuestra). Veamos
entonces qué es aquello que sí se toma en cuenta o a lo qué la política pública es sensible, qué supone y
qué deja de lado.
Estas dos funciones esenciales y complementarias de la universidad, producir y transmitir
conocimiento
1
, han sido disociadas al introducir una perspectiva dicotómica que ha privilegiado lo
primero por sobre lo segundo. Así, por ejemplo, lo demuestra la categoría de investigación bajo el
indicador producción científica, desarrollado en el modelo de evaluación del Ceaaces, mientras no
existe ningún indicador específico para la transmisión, promoción y difusión del conocimiento, con una
sola excepción: la biblioteca –colocada bajo la categoría de infraestructura–, pero que si bien alcanza a
ser pensada como soporte para la investigación escasamente es reconocida como plataforma para la
difusión del conocimiento.
Sostenemos esta falta de valoración de la función de difusión del conocimiento porque si bien
se valoran los libros arbitrados y publicados por las universidades, se lo hace en tanto muestra o
indicador de la producción científica. Esto es tan claramente así que otro tipo de publicaciones de las
editoriales universitarias no son tomados en cuenta. Y no nos referimos únicamente a materiales de
cursos, compilaciones y traducciones, libros culturales y de divulgación científica –que efectivamente
creemos deben ser valorados
2
– sino a un tipo de publicación que tal vez más que ninguna demuestra
esta falta de valoración por el trabajo de difusión de conocimiento realizado por las universidades: las
revistas académicas.
Es cierto que en muchos países las revistas científicas son producidas por asociaciones
profesionales y centros de investigación independientes además de las universidades; sin embargo, en
nuestro país y en Latinoamérica en general son sobre todo estas últimas instituciones las que han
llevado adelante esta labor. De hecho, las revistas académicas sintetizan y tal vez son el ejemplo más
acabado del esfuerzo por la difusión del conocimiento realizado por las editoriales universitarias, pues
ellas son en sí mismas un espacio para la publicación y difusión de la ciencia. Por un lado, en su labor

1
Elementos que son parte del principio de calidad de la universidad como se señala en Ley Orgánica de Educación Superior
(LOES) en su artículo 93: “E el principio de calidad consiste en la búsqueda constante y sistemática de la excelencia, la
pertinencia, producción óptima, transmisión del conocimiento y desarrollo del pensamiento mediante la autocrítica, la
crítica externa y el mejoramiento permanente”(Asamblea Nacional de la República del Ecuador 2010, 17, cursivas
añadidas).
2
Probablemente no como muestras de producción científica, que como hemos visto es solo uno de los elementos que
constituyen el principio de calidad de la LOES, pero sí afín, por ejemplo, a la trasmisión de conocimientos y desarrollo del
pensamiento y, además, directamente vinculado con un indicador específico del modelo actual de evaluación como es el de
vinculación con la comunidad (donde también debería entrar las bibliotecas, los museos universitarios, los servicios y
asesorías a la comunidad, los programas de educación –talleres o cursos– para la comunidad etc.)
editorial concurren tanto los centros de investigación, las facultades o departamentos universitarios que
intentan garantizar la calidad de aquello que se publica
3
como todo un aparato editorial técnico
4

ambos necesarios también para otro tipo de publicaciones–. Por otro lado, es un esfuerzo concreto en la
búsqueda de hacer público y disponible el conocimiento, no ya únicamente a la comunidad académica
sino a la ciudadanía en general.
Consecuentemente, las editoriales universitarias con sus publicaciones (revistas científicas,
libros académicos, de divulgación de la ciencia y culturales así como con compilaciones y
traducciones, etc.) constituyen uno de los dispositivos universitarios que hace posible la transmisión del
conocimiento; siempre y cuando esta transmisión sea entendida en su real dimensión –y no
simplemente en su forma más sintética y ortodoxa: relación profesor-alumno–. Su valor, insistimos,
está relacionado con esto último, una función de difusión claramente asignada a la universidad y a cuyo
valor deberíamos ser especialmente sensibles; en especial cuando la dicotomía entre producción y
difusión y un modelo de evaluación sesgado hacia lo primero
5
no nos deja ver algunas de las
implicaciones más sutiles de esta lógica, lo que a continuación intentamos reseñar.
La preocupación por la calidad de los resultados de la investigación como la despreocupación
por la difusión de esos mismos resultados en el modelo de evaluación del Ceaaces ha favorecido la
confianza ciega del estado en las grandes empresas de gestión de la información (Thompson Reuters) o
como otros prefieren llamarse proveedores de información y servicios científicos (Elsevier) y la
abundante cantidad de repositorios comerciales como EBSCO, JStore, Sage, entre muchos otros.
Seducidos por los servicios de indexadoras dominantes y sus indicadores de impacto y citación –que
hay que decirlo, han sido ampliamente criticados y discutidos por la propia academia de los países
centrales– se han invisibilizado los esfuerzos de difusión realizados por las universidades para poner
esta función casi exclusivamente en manos de terceros.
Pero siguiendo está lógica, que no se pregunta nunca por una geopolítica del conocimiento, se
busca asegurar la calidad de la producción científica no a través de criterios específicos de calidad sino
bajo el supuesto de legitimidad de calificación de las empresas indexadoras, razón por la cual se exige

3
Un trabajo que implica lecturas, evaluaciones, búsqueda de lectores especializados en la comunidad académica más amplia
observaciones y comentarios, relecturas y nuevas evaluaciones y que funciona única y exclusivamente dentro del campo
académico, precisamente en el entendimiento que tienen todos los que pertenecen a él de contribuir a la validación de los
conocimientos producido.
4
Para un desarrollo en extenso de la estructura editorial universitaria y sus procesos podría referirse, dentro de este mismo
ciclo de conferencias, a la ponencia de Quinche Ortiz y a la ponencia de María Cuvi para lo relativo al cuidado editorial y la
labor de editores con relación al cuidado de la palabra.
5
Este énfasis en la producción del conocimiento que se encuentra en el modelo mismo de evaluación, también ha sido
puesto de relieve por Nelson Medina, representante del Ceaaces en su ponencia. Un sesgo o “una ponderación” que podría
resultar no problemática siempre y cuando otras funciones de la universidad sean adecuadamente dimensionadas y
ciertamente, no se encuentren ausentes, pues así lo dispone la propia ley.
que los académicos publiquen en las revistas mejor ubicadas en los rankings de publicaciones. Ese
proceso, en apariencia transparente, debería garantizar la calidad de las publicaciones y por lo tanto, la
calidad de la ciencia que se produce a nivel nacional.
En resumen, la transmisión de conocimientos, su difusión y el acceso garantizado a mayores
públicos en el menor tiempo posible cae por fuera de cualquier preocupación de política pública de
educación superior actual. Se premia el prestigio como un sinónimo de calidad y los incentivos
promueven esa idea, que en cambio deja por fuera la posibilidad de garantizar el acceso al
conocimiento. Contradictorio, de todas formas, con la intención de una política de economía social del
conocimiento, pues el capitalismo cognitivo que promueven las más grandes indexadoras encuentra su
renta justamente en el valor dado al prestigio académico y no en el valor social del conocimiento
compartido, socializado y de libre acceso.
Las prácticas estatales de acreditación se sostiene además en otros supuestos. Las publicaciones
iberoamericanas (es decir, entre España, Portugal y toda Latinoamérica) no alcanzan el número de 1200
en Scopus e ISI, lo que implica que representamos como región menos del 4,7% del total de las
publicaciones en estas bases (Rodrigues y Abadal 2014, 56). Lo que sumado a la barrera del idioma
configura nuestra experiencia como marginal en estas bases, desventajosa e incluso negativa.
Asimismo el índice con el que estas bases construyen sus rankings y las métricas de revistas: el
factor de impacto, es también problemático. Definido a través del número de citas que consiguen los
artículos publicados en una revista, el factor de impacto encubre un segundo nivel de marginalidad. Las
únicas citas que son tomadas en cuenta por las indexadoras más reconocidas son aquellas realizadas en
revistas pertenecientes a sus propias bases. Si las revistas iberoamericanas tienen una presencia inferior
al 5% en dichas bases, la probabilidad de que un artículo publicado por tales revistas sea citado por
artículos en otras revistas de estas mismas bases es 15 veces menor a la de revistas publicadas en los 4
países más representados en las bases mencionadas, lo que se potencia si tenemos en cuenta la barrera
idiomática.
Finalmente, la evaluación de la calidad es un problema mucho más complejo que la selección de
rankings con los cuales clasificar a las publicaciones y mediante ello clasificar a los docentes y
universidades. Starbuck ha mostrado, por ejemplo, que “la creencia de que las revistas de alto estatus
publican excelentes artículos mientras que las de bajo estatus publican artículos de mala calidad puede
ser un impedimento para el desarrollo del conocimiento” (2005, 197). Ese mismo estudio establece que
en el quintil más alto de publicaciones, que deberían, por ende, representar el 20% superior de las
mejores publicaciones científicas, entre el 29% y el 77% de los artículos no cumplen los más altos
estándares de calidad. De esta forma, en el campo más estudiado por Starbuck, que son las ciencias
sociales, los académicos estarían siendo influenciados muy probablemente por artículos mediocres.
A esta falta de calidad en las publicaciones más prestigiosas se suma la endogamia de las
calificaciones; y las restricciones regionales, idiomáticas y económicas hacen muy cuestionable el tener
como único criterio de calidad de las publicaciones científicas a las indexaciones y rankings globales y
dominantes. Esto nos lleva a la pieza faltante del rompecabezas de la promoción de la producción
científica, que es precisamente el apoyo a la creación, sostenimiento y gestión de publicaciones
científicas.
Hablando de países como China, India, países Nórdicos, Africanos y Asiáticos, Rodríguez y
Abadal sostienen que sus publicaciones comparten algunas características: “ellas están primariamente
publicadas en idiomas locales más que en inglés, encuentran dificultad para llegar a audiencias fuera de
sus países, tienen equipos editoriales que trabajan a tiempo parcial y tienen bajos factores de impacto”
(2014, 56). La situación en Ecuador no difiere mucho, y se ve acentuada porque las políticas públicas
existentes promueven la publicación fuera de las fronteras en ausencia de revistas indexadas en el país,
lo que implica además que la producción científica realizada en el país infla los indicadores de
publicaciones externas, muchas de las cuales no facilitan el acceso a colegas en el Ecuador.
Esto pone de manifiesto la necesidad de una política clara de apoyo a la publicación de revistas
especializadas en el país. Entre las principales carencias podemos enumerar las siguientes:
1. No existe un catálogo nacional de revistas en el que puedan identificarse publicaciones
científicas, culturales y de divulgación, y en el que se evalúen las condiciones de producción de
las mismas, sus formas de evaluación de la calidad, la gestión editorial y los equipos con los
que cuentan, el cumplimiento de sus cronogramas, etc
6
.
2. Los procesos de acreditación no toman en cuenta de forma directa la existencia de
publicaciones, por lo que no hay incentivos para su creación y mantenimiento en el ámbito de
las universidades e instituciones académicas. Muchas publicaciones no logran salir a tiempo, o
simplemente desaparecen por falta de recursos o cambios administrativos. Se requiere una
política clara que promueva la creación de revistas especializadas, que las regule y que imponga
criterios de calidad, pero que reconozca su existencia y su rol en la difusión del conocimiento.
Métricas alternativas como las desarrolladas por Redalyc, han mostrado que no es negativo que
exista un porcentaje de artículos provenientes de miembros de la institución que edita una
publicación, lo mismo que publicaciones de autoría nacional. Con las respectivas diferencias,

6
La falencia en tal ámbito lleva incluso a que las revistas científicas en términos tributarios –lo que no sucede con los
libros– sean cargadas con el 12% del IVA, al igual que las revistas de farándula y entretenimiento.
una publicación en este tipo de ediciones debería aportar de modo diferencial en las
acreditaciones institucionales así como en las decisiones sobre personal docente y de
investigación.
3. Se requiere mayor flexibilidad en los aspectos que se toman en cuenta para calificar la labor
docente e investigativa en términos de publicaciones:
a. Más bases y plataformas tomadas en cuenta (Redalyc, SCielo, Latindex, catálogos
nacionales, bases de datos especializadas por disciplinas, regiones, etc.)
b. Más tipos de producciones (las revisiones por pares, las reseñas de libros, las
traducciones). Este tipo de producciones no solo son trabajos académicos, sino que son
gestiones claves para sostener publicaciones nacionales especializadas. Si se brindan
incentivos por la realización de este tipo de producciones académicas no solo se le
brindan más posibilidades a los investigadores, sino que también se fortalece a las
publicaciones locales.
c. En la medida en que los sistemas de incentivos actuales favorecen la producciones de
revisiones de literatura, cuya probabilidad de obtener citas es mayor y en menor tiempo,
se deben crear incentivos mayores para la publicación de investigaciones originales, así
como para la cenicienta de las publicaciones académicas que vienen a ser el desarrollo
de herramientas pedagógicas, las cuáles son menos citadas pero procuran un beneficio
social que no proveen otro tipo de publicaciones.
d. Métricas alternativas. Combinar las citaciones, la mayoría de las veces limitadas por
accesos restringidos y por lo tanto contribuyentes a la endogamia académica de la
medición de impacto, con mediciones como el número de descargas, lo que si se acerca
más a una medición de acceso, en muchos casos abierto.
4. Finalmente un cambio en las expectativas y motivaciones de los investigadores. Las mediciones
de impacto como único criterio, sumado a posiciones dicotómicas como las que hemos venido
criticando en este texto, promueven una visión individualista del éxito académico. Cuando
importan tanto las citaciones, poco importan los aportes, las críticas y los comentarios. Las
citaciones no son esencialmente positivas, y es imposible, o al menos poco práctico a la vez que
requiere demasiados recursos, evaluar si una citación es un reconocimiento de la calidad de un
trabajo, una crítica o incluso una forma de invalidar una propuesta. Como la publicidad,
importan por su acumulación y no por su contenido. Una política de acceso abierto, en el menor
tiempo posible, por el contrario, promueve una mayor discusión, mejores y más rápidos
comentarios de colegas, debates académicos e incluso sociales. Una política de acceso abierto,
de promoción de publicaciones y de nuevas métricas de calidad abrirá el debate a más actores
en más plataformas, como las redes sociales. Hoy en día hay métricas de comentarios en redes
sociales sobre publicaciones, posibilidades de contabilizar las citaciones no por plataformas
endogámicas sino por su uso real en herramientas de gestión bibliográfica, es decir, por la
citación hecha no solo por autores de publicaciones indexadas, sino por estudiantes, tesistas e
investigadores. Estar dispuestos a compartir una producción para que sea procesada colectiva y
masivamente y no solo consumida es lo que realmente configuraría una economía social del
conocimiento.
La propuestas es entonces ampliar las perspectivas y romper las dicotomías, pensar en términos de
academia (universidad), sociedad y estado, y no solamente de académicos y plataformas de
divulgación, de intercambio y construcción colectiva y no de citación y rankings. Cumplir con los
requerimientos de las mayores indexadoras del mundo puede ser una excelente prueba de calidad y
eficiencia, pero suponer que son el paradigma de producción y difusión del conocimiento es una afrenta
a una soberanía científica flexible, que se inserte y se promueva en lo global, pero se fortalezca en lo
local.

Bibliografía
Alperin, Juan Pablo. 2011. «Bringing Open Access to Academic Ethics». Access to Knowledge: A
Course Journal 3 (1). http://ojs.stanford.edu/ojs/index.php/a2k/article/viewFile/405/231.
Asamblea Nacional de la República del Ecuador. 2010. Ley Orgánica de Educación Superior LOES.
Rodrigues, Rosângela Schwarz, y Ernest Abadal. 2014. «Ibero-American journals in Scopus and Web
of Science». Learned Publishing 27 (1): 56-62. doi:10.1087/20140109.
Starbuck, William H. 2005. «How Much Better Are the Most-Prestigious Journals? The Statistics of
Academic Publication». Organization Science 16 (2): 180-200. doi:10.1287/orsc.1040.0107.