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EDITOR

ASOCIADO

JUAN

GRANICA

TRADUCCION DE

IRENE

AGOFF

REVISION TECNICA

NELIDA

HALFON

DE

Diseño de la colección Rolando & Memelsdorff

CATHERINE MILLOT DEPARTEMENT DE PSYCHANALYSE, VINCENNES (PARIS)

FREUD

ANTI-PEDAGOGO

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México — Buenos Aires — Barcelona

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Título original:

Freud anti-Pédagogue La Bibliothéque d'Ornicar?, París, 1979

I a . edición en México, 1990

.© Lyse - Ornicar?, 1979

© de todas las ediciones en castellano, Editorial Paidós, SAICF; Defensa, 599; Buenos Aires; Ediciones Paidós Ibérica, S.A., Mariano Cubi, 92; Barcelona; Tel.: 200 01 22

© de esta edición

Editorial Paidós Mexicana, S.A. Guanajuato 202-302 06700 Col. Roma

México, D.F. Tels.: 564-7908 • 564-5607

ISBN: 968-853-160-X

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Impreso en México Printed in México

Facultad da Psieotogi

CLASIF.

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Portada: reproducción de un dibujo de Grandville

I - SEXUALIDAD Y CIVILIZACION

Prefacio

1.

La moral social:

palabra prohibida y so juzgamiento

sexual

2.

Lucifer-Amor

3.

Perversión y civilización

 

4.

Los excesos del sojuzgamiento sexual

5.

El imposible goce

II - EDUCACION Y DESARROLLO

6.

La sexualidad infantil

 

7.

La crítica freudiana de la educación

8.

Algunas propuestas para una educación de orientación analítica: Juanito

9.

El Yo y la realidad

10.

Tótem y tabú

11.

El narcisismo

III - LO REAL Y LO IDEAL

12.

La pulsión de muerte y lo real.

/

13.

La educación para la realidad

^

14.

El malestar en la civilización

13

17

23

29

35

43

49

55

61

71

89

105

123

129

141

IV - PSICOANALISIS Y EDUCACION

INTRODUCCION

Prefacio

155

15.

L^ts críticas pos-freudianas .

159

16. i^yoceso educativo y proceso psicoanalítico

165

17. El análisis de niños: ¿psicoanálisis o pedagogía?

177

18. ¿Es posible una pedagogía analítica?

189

Conclusión

207

Bibliografía

209

No encontramos en la obra de Freud ningún tratado de edu- cación, y sería inclusive inútil buscar elementos del mismo. Es cierto que Freud se empeña en una severa crítica de las prácticas educativas de su época, pero en cambio sobre este dominio no es pródigo en consejos. ¿Se trata de negligencia o de una falta de interés personal? En este caso habría que acudir a otros autores para indagar en las relaciones del psicoanálisis con la educación y su aportación a esta última. Creemos, por el contrario, y esperamos demostrarlo, que la carencia de prescripciones pedagógicas en Freud tiene causas ligadas más esencialmente a los propios descubrimientos del psicoanálisis, en particular aquellos referidos, por una parte, a los procesos del desarrollo individual y al funcionamiento psí- quico, y vinculados, por otra, a la posición del psicoanalista. No nos proponemos, pues, elaborar un tratado de pedagogía freudiana. Antes bien, nos consagramos a mostrar de qué modo esos descubrimientos conducen a un cuestionamiento de la pe- dagogía misma como ciencia de los medios y fines de la educa- ción. Indagamos en la obra de Freud para tratar de responder a la cuestión de la posibilidad de basar en los hallazgos del psicoaná- lisis una pedagogía que extraería las consecuencias respectivas, tanto a nivel de los fines que deben asignarse a la educación, como al de los métodos. ¿Es posible una «educación analítica», en el sentido, por ejem- plo, de que la educación se propondría un objetivo profiláctico con respecto a las neurosis, extrayendo así una lección de la experiencia psicoanalítica en lo que atañe al valor patógeno de la

9

INTRODUCCION

coartación de las pulsiones, generadora de represión? Veremos que Freud, quien por un tiempo creyó posible orientar sus espe- ranzas hacia semejante función profiláctica de la educación, ulte- riormente fue llevado a enterrarlas. ¿Se puede concebir una pedagogía «analítica», en el sentido de que se propondría los mismos fines que la cura de igual nombre: resolución del complejo de Edipo y superación de la «roca de la castración»? ¿O bien en el sentido de que se inspiraría eri el método analítico para transponerlo a la relación pedagó- gica? ¿Puede haber en este sentido una aplicación del psicoaná- lisis a la pedagogía? Estas son las preguntas a las que intentaremos dar respuesta a partir de la relectura de los textos de Freud. La enseñanza de Jacques Lacan nos sirve aquí de guía, por lo cual frecuentemente hemos de recurrir a su interpretación de los textos freudianos.

JO

 

I

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

PREFACIO

El problema de la educación en la obra de Freud debe ser abordado mediante el otro, más general, de las relaciones entre el individuo y lo que Freud llamó «la civilización». En efecto, cro- nológicamente es a ésta a la que dirige primero sus críticas, imputándole buena parte de responsabilidad en la génesis de las neurosis, sobre todo en lo que califica como su extensión al siglo XIX. En cuanto a este último punto, Freud se sitúa en la misma línea que buen número de sus contemporáneos, especia- listas en enfermedades nerviosas. Ehrenfels, por ejemplo, a quien cita en La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna, también atribuía a los daños producidos por la civilización industrial mo- derna el aumento del número de enfermedades mentales. En Francia, a finales del siglo XIX, los Annales médico-psychologiques 1 dan fe de la existencia de una polémica sobre las relaciones entre civilización y enfermedades nerviosas. La agitación de la vida moderna, la competencia económica, la rivalidad, la precariedad de la vida material en el proletariado, las ansiedades debidas a la inseguridad y el surmenage son frecuentemente incriminados. Donde Freud innova es en el hecho de dirigir sus críticas, opues- tamente a sus contemporáneos, a la moral sexual civilizada y no al género y ritmos de vida impuestos por la civilización industrial. Fue esto lo que le condujo a abordar el problema de la educa- ción. En efecto, si la responsable de las neurosis es la actitud moral frente a la sexualidad, la educación que hace de vehículo a dicha moral pasa a ser el agente directo de la propagación de la

1. Cf. nuestra bibliografía.

155

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

neurosis. Y una reforma de la educación constituiría así el cami- no más corto hacia una transformación de la moral sexual. La profilaxis de las neurosis está en manos del educador, quien puede acusar la influencia de la enseñanza del psicoanálisis. Si bien la introducción del problema de la educación a través del de la civilización está justificado desde un punto de vista cronológico, también encuentra su fundamento lógico en las concepciones de Freud sobre los vínculos entre el desarrollo del individuo y el desarrollo de la especie: entre ontogénesis y filo- génesis. Según Freud, la historia del individuo reproduce la his- toria de la humanidad. En ambos niveles aparecen los mismos conflictos, las mismas soluciones y los mismos atolladeros y an- tinomias. Las fuerzas que presidieron la evolución de la huma- nidad también se encuentran en el origen del desarrollo del individuo. Fuera de ello, la relación que Freud establece entre ontogénesis y filogénesis permite definir en qué consiste para él la educación: hacer que el niño vuelva a cumplir la evolución que condujo a la humanidad hacia la civilización. Aquí se apoya en la «ley biogenética fundamental», formulada por vez primera por Haeckel, y que Comte y Spencer habrán de retomar por su lado. 2 La educación es un proceso de desarrollo y maduración parcial- mente inscrito en el patrimonio genético del niño, que es el producto de la historia de la humanidad. De este modo, la antinomia que Freud cree descubrir entre sexualidad y civilización reaparecerá en el interior de la relación educativa. El problema de esta antinomia a nivel de la civilización habrá de desplazarse, y Freud aspirará a verlo resuelto mediante una reforma de la educación; ello, hasta que por un movimiento inverso se vea inducido a renunciar, en gran parte, a sus esperan- zas de reforma, y a justificar los límites de la acción educativa por la existencia de una renuncia original, fundadora de toda socie- dad humana, a una parte esencial del goce sexual. El problema planteado por Freud a nivel de la civilización, vale decir, cómo conciliar las exigencias egoístas del individuo con las de la renuncia, impuestas por la civilización, el mismo que la educación tiene que resolver concretamente: cómo conci- liar el desarrollo del niño hacia la civilización con la conservación

2. Cf. J. Ulman, La pensée éducative contemporaine, París, 1976.

14

PREFACIO

de su aptitud para la felicidad. No obstante, al mismo tiempo que critica la coartación sexual excesiva por parte de la civilización, Freud señala la posibilidad de que exista un elemento que haga fracasar la mira hedonista a nivel de la civilización. Ya en esa época surge la sospecha de que en el seno de ésta podría existir una dimensión diferente a la del principio del placer y al cálculo utilitarista del menor sacrificio de placer compatible con las necesidades de la supervivencia. Esta otra dimensión también se encuentra en el centro del funcionamiento psíquico del indivi- duo y modifica, a la vez, la problemática de la civilización y de la educación. Agreguemos que en la obra de Freud la noción de civilización resulta fluctuante y poco definida. Unas veces se trata, en La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna por ejemplo, de lo que podríamos llamar, con idéntica imprecisión, civilización in- dustrial occidental, o sea lo que en otro discurso recibiría el nombre de sociedad capitalista y su ideología; otras veces, el término civilización es tomado en un sentido mucho más amplio y designa el conjunto de instituciones que una comunidad hu- mana se da con vistas a su conservación, así como el conjunto de sus obras. En suma, el término civilización se refiere en ciertos casos a la civilización occidental de finales del siglo XIX, la de sus enfermos, ella misma enferma del desarrollo de un germen que Freud sitúa míticamente en el momento del pacto primordial que siguió al asesinato del padre primitivo, pacto que constituye el acto de nacimiento de la civilización considerada en el sentido amplio del término. 3 Así, pues, la noción de civilización acabó convirtiéndose en Freud en casi un sinónimo de la Ley correlativa a la renuncia al goce.

3. «El término civilización (Kultur) designa la totalidad de las obras y organi- zaciones cuya institución nos aleja del estado animal de nuestros antepasados, y que sirven a dos finalidades: la protección del hombre contra la naturaleza y la

reglamentación de las relaciones de los hombres entre sí.» Malaise dans la tivilisa- tiort, p. 37 (PUF, 1971). «[Por cultura (Kultur)] entiendo todo aquello mediante lo

cual la vida humana se ha elevado por encima de las condiciones animales

desdeño separar la civilización de la cultura», Avenir d'une illusion, p. 8 (PUF, 1971). «El malestar en la cultura», O.C., III (p. 3017). «El porvenir de una ilusión», O.C., III (p. 2961).

y

15

11

LA MORAL SOCIAL

Palabra prohibida y sojuzgamiento sexual

«Es interés de todos que se acabe por considerar como un deber, entre los hombres y las mujeres, el logro de un más alto grado de honestidad respecto de las cosas sexuales del que hasta el presente se ha esperado de ellos. Con esto, la moral sexual no puede sino salir gananciosa. En materia de sexualidad, hoy en día somos todos hipócritas. Si, como efecto de esa honestidad general, alcanzáramos cierta tole- rancia en el terreno sexual, ello no nos traería más que ventajas.» La sexualidad en la etiología de las neurosis

(1898)

En 1893, Freud formuló sus primeras críticas respecto de la civilización en nombre de la etiología sexual que creyó posible asignar a la neurastenia y a la neurosis de angustia. Estos dos tipos de neurosis, a las que calificó de «neurosis actuales» —por oposición a las «psiconeurosis de defensa», de origen esencial- mente psíquico—, resultaban, a su parecer, de la insatisfacción sexual derivada de prácticas tales como el onanismo y el coitus interruptus, que el malthusianismo impuesto por las condiciones sociales y económicas habían vuelto inevitables. De este modo, las exigencias de una sexualidad sana entran en contradicción con las de la sociedad de su época. «La tarea del médico, escribe a Fliess, es enteramente de orden profiláctico. La primera parte de esta tarea, que consiste en prevenir los trastornos sexuales del primer período, se confunde con la profilaxis de la sífilis y la

123

sexualidad

ycivilizacion

blenorragia, peligros que amenazan a todos aquellos que re- nuncian a la masturbación. El único otro sistema consistiría en autorizar la libertad de relación entre muchachos y jovencitas de

buena familia, pero esto sólo podría alcanzarse si se dispusiera de

«En ausencia de toda

métodos anticonceptivos inofensivos.» [

solución posible, la sociedad parece condenada a ser víctima de

]

neurosis incurables que reducen al mínimo la alegría de vivir, destruyen las relaciones conyugales y, por obra de la herencia, traen aparejada la ruina de toda la generación venidera.» 1

una

En

el texto

que acabamos

de citar,

Freud

se sitúa en

perspectiva estrictamente médica, y no moral o política. En este nivel, la contradicción entre sexualidad y sociedad no le parece insoluble. Orienta sus esperanzas hacia el descubrimiento de métodos contraconceptivos eficaces e inofensivos que permiti- rían conciliar las exigencias de la sexualidad con las de la econo- mía. Incluso cuando preconiza las libres relaciones entre «mu- chachos y jovencitas de buena familia», no lo hace en nombre de una moral nueva sino en el de la higiene. Su preocupación inicial es de índole profiláctica: cuando diagnostica las causas del mal y preconiza remedios, lo hace en su carácter de médico.

Con posterioridad, al atacar más directamente la moral social y la educación de su tiempo, lo hará también a partir de su posición de terapeuta y de los problemas particulares que en- frenta como clínico. La marcha de su reflexión acerca de estas cuestiones seguirá siempre estrechamente ligada a los descubri- mientos de su práctica de analista. Y cuando asuma posiciones enseñado. éticas, siempre será en nombre de lo que el psicoanálisis le ha

El problema del malthusianismo y de su solución preocupará a Freud durante largo tiempo. Lo evoca aún en 1908, en La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna, y en 1898 desarrolla am-

pliamente este tema en La sexualidad en la etiología de las neurosis,

época en la que mucho

amigo Fliess sobre este terreno.

esperaba de las investigaciones de su

Dentro del contexto definido por la etiología de las neurosis actuales, la profilaxis de las neurosis parece, a mayor o menor

1956, 1. Manuscrito PUF, p. 66. B del 8 de febrero de 1893, La naissance de lapsychanalyse,

188

París,

LA MORAL SOCIAL: PALABRA PROHIBIDA

Y SOJUZGAMIENTO

SEXUAL

plazo, posible. Asimismo, la antinomia entre sexualidad y socie- dad, engendrada por las exigencias del malthusianismo, parece

capaz de ser superada gracias a los progresos de la ciencia, lo que traería aparejado, por la fuerza de las cosas, un cambio en las costumbres. A cambio de esto, la etiología específica de la histeria y de la neurosis obsesiva (psiconeurosis de defensa) transforma los da- tos del problema y lleva a Freud a abordarlo bajo un ángulo diferente. En la misma época en que intenta referir la etiología de la neurastenia y de la neurosis de angustia a trastornos actuales de la función sexual, les opone el grupo de las «psiconeurosis de defensa» 2 —que comprenden la histeria y la neurosis obsesiva—, así llamadas en virtud del mecanismo que preside su formación. En efecto, Freud les atribuye como causa un conflicto psíquico resultante de la defensa del sujeto contra representaciones, par- ticularmente de naturaleza sexual, incompatibles con su ideal de pureza. La conciencia se niega a tomarlas a su cargo, y ellas sucumben a la represión; el conflicto psíquico en su conjunto permanece inconsciente y encuentra su expresión en los sínto- mas, que constituyen un compromiso entre las fuerzas actuantes. Esta etiología particular condujo a Freud a abordar la cuestión de la moral social. En efecto, en este caso lo patógeno, a diferencia de lo que sucede en las neurosis actuales, ya no es solamente la falta de satisfacción sexual, sino el mero hecho de la represión de las representaciones sexuales, represión imputable a la morali- dad del sujeto. Esta, fruto de su educación, muestra estar operando en las neurosis, cuya frecuencia Freud cree constatar en las clases socia- les donde la educación en el plano sexual es más estricta. En 1896

observaba: «Dado

esfuerzo de defensa del Y o depende de

todo el desarrollo moral e intelectual de la persona, hallaremos ahora menos incomprensible que la histeria sea mucho más rara en las clases bajas de lo que su etiología específica debería per- mitir». 3

que el

2. Cf. «Les psychonévroses de défense» (1894), Nívrose, psychose etperversions,

París, 1973, PUF. «Las psiconeurosis de defensa», O.C., I (p. 169).

3. «L'Etiologie de l'hystérie» (1896), Névrose, psychose et perversión, p. 102. «La

etiología de la histeria», O.C., I (p. 299).

19

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

¿Puede la necesidad económica, que impone la práctica del malthusianismo, explicar por sí sola la existencia de una moral que estigmatiza como vergonzosos no sólo la actividad sexual sino también los pensamientos a ella vinculados? La acción del educador, que apunta a prohibir a los adolescen- tes la manifestación de la sexualidad, ¿puede explicarse entera- mente a partir de exigencias contingentes de naturaleza social? En la sociedad burguesa occidental los jóvenes se ven forzados, por razones económicas, a alcanzar una edad avanzada para po- der casarse y tener relaciones sexuales; por tanto, la educación

debe esforzarse en enseñarles a ser pacientes. Pero, ¿justifica esto que para lograr tal fin la sexualidad sea objeto de una condena moral que la estigmatiza como vergonzante? ¿Es para precaverse mejor contra el paso al acto de los adolescentes por lo que se les prohibe incluso pensar en él? ¿A esto se debe que lo que atañe a

la sexualidad esté condenado a la represión, y a permanecer en el

inconsciente al precio de la neurosis? Tal es el problema que Freud comenzó a plantearse entonces,

y también él chocó con la moral sexual de su época: cuando

intentó hacer conocer su descubrimiento de la etiología sexual de las neurosis vio que se le opuso una indignada no acepta- ción por parte del ambiente médico. Los tabúes que afectan a la sexualidad obstruyen igualmente la investigación científica. La prohibición que pesa sobre el sexo pesa también sobre el pensa- miento. ¿Los medios puestos en práctica, no desbordan los fines per- seguidos? Si Freud vuelve a cuestionar la moral sexual de su

tiempo es en nombre de una ética de la honestidad y del respeto a

la verdad. Esta ética, base de toda actividad científica, se impone

más todavía en la práctica analítica: la prohibición que pesa sobre

el pensamiento está en el centro de la neurosis. Ambas, la activi-

dad científica y la profilaxis de las neurosis, exigen una transfor- mación de la moral social.

«Habría que cambiar muchas cosas. Es necesario vencer la resistencia de una generación de médicos que se han vuelto incapaces de recordar su propia juventud, triunfar sobre el or- gullo de padres que no quieren rebajarse a un nivel humano frente a sus hijos, combatir la gazmoñería insensata de las ma- dres, esas madres que actualmente consideran como un incom-

21

LA MORAL SOCIAL: PALABRA

PROHIBIDA

Y SOJUZGAMIENTO

SEXUAL

prensible e inmerecido golpe del destino el que sus hijos sean los únicos en volverse neuróticos. Pero, sobre todo, hay que dar un espacio en la opinión pública a la discusión de los problemas de la vida sexual. Tendrá que hacerse posible hablar de estas cosas sin ser considerado como factor de trastornos o como un explo- tador de los más bajos instintos. Y aquí también queda mucho por hacer para que durante los próximos cien años la civilización aprenda a contemporizar con las exigencias de nuestra sexua- lidad.» 4 Más allá de una liberalización de las costumbres sexuales, lo que debe lograrse es una liberación de la palabra y del pensa- miento. En la misma época de la concepción catártica elaborada por Breuer para dar cuenta de los efectos terapéuticos de la talking-cure, según expresión de Anna O., y a la que se consideró causante de una descarga de las excitaciones, de una abreacción, Freud señalaba ya que la explosión de los afectos observada en los pacientes debía ser seguida por la expresión verbal del re- cuerdo traumático, donde la palabra podía incluso reemplazar a la expresión emocional. En efecto, «el ser humano encuentra en el lenguaje un equivalente del acto, equivalente merced al cual el afecto puede ser abreaccionado poco más o menos en la misma forma» . 5 El psicoanálisis opera por medio de la palabra. El trabajo de la cura analítica consiste en hacer posible el advenimiento de una palabra al lugar de'un síntoma. De este modo, el progreso de la cura tendría su prototipo en el desarrollo mismo de la civiliza- ción, si es cierto, como sugiere Freud en 1893, que «el primer hombre que arrojó contra su enemigo una injuria en lugar de una lanza fue el fundador de la civilización». 6 Aquello que pone obstáculos a la palabra se opone de este modo al progreso de la civilización y aun de la humanidad. Ve- mos delinearse aquí las bases de la ética impuesta a Freud por su

4. Standard Edition, T. III, p. 278, Etiologie sexuelle des ne'vroses. «La sexualidad

en la etiología de las neurosis», O.C., I (p. 317).

5. Etudes sur l'hystérie, PUF, París, 1956, pp. 5 y 6. «Estudios sobre la histeria».

O.C., I (p. 39).

6. Standard Edition, T. III, p. 36, On the PsychicalMechonism ofHysteria

(1893).

«El mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos (comunicación prelimi-

nar)», O.C., I (p. 41).

4?

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

íctica- de analista. Si el lenguaje es consubstancial a la humani-

j

j ésta encuentra en él el fundamento de su vocación ética. La

x

ensió" k palabra cuyo advenimiento los hombres deben 'biH tar e s Reparable de la dimensión de la verdad. El psico- : s demuestra que es la falta de una palabra verdadera lo que

A

oríg en

síntoma, que viene a ocupar su lugar. El síntoma

h

bía Y sa ^ emo s desde que Freud se consagró a descifrarlo;

e 'a la verdad por causa, pero nace de una mentira. «Proton

f

seduoSi la primera mentira de la histérica»: 1 así califica Freud a «falsa asociación», consecutiva a la represión, que da naci-

síntoma. Una ética basada en la palabra es una ética de

n t o al

verdad. La neurosis es el fruto de una mentira que no es otra

falta de una

cosa q

uw

nil É

falta de palabra, que no nace sino por

r

.

r

alabra» y casi siempre es una mentira piadosa, aquella que im-

n ja hipocresía general y la educación bienpensante, es de-

P

cir, la q u e P rohíb e

P ensar -

Freud, pues, es llevado a denunciar aquí los abusos de una oral sexual que no se contenta con vedar los actos, eventual- ente perjudiciales para la sociedad, sino que llega incluso a rohibif las intenciones, y aun el mero pensamiento, trayendo P , a p a rejada la inhibición de la actividad intelectual. Vemos qué

cosa

hostiga incluso los «malos pensamientos». Sobre este punto hará sar Freud las críticas más acerbas cuando, en Un recuerdo infantil ¿e ^ en El porvenir de una ilusión, acuse a la religión

¿e atentar contra el libre ejercicio del pensamiento. Sin embar- fieud no se limita a la crítica, sino que además intenta dar una interpretación analítica que alcanza en su centr o al problema de la s relaciones entre civilización y sexualidad.

d e ^ e

a

^

e n particular la cristiana, esta moral que

7 . Cf. «L'Esquisse dune psychologie scientifique», Naissance de la psycbanalvse

363. «Proyecto de

una psicología para neurólogos» , O.C , I (p. 209) .

22

2

LUCIFER-AMOR

«En mi opinión, debe existir en la sexualidad una fuente independiente de displacer.»

Manuscrito K, 1 de enero de

1896.

¿Por qué razón duplica la sociedad la prohibición impuesta al acto sexual —y que podrían justificar las necesidades económi- cas— con la prohibición moral aplicada a la palabra y al pensa- miento? Dicho de otro modo, ¿cuál es el origen de la hipocresía social respecto a la sexualidad? Freud procuró brindar una expli- cación analítica del rechazo de la sexualidad por parte de la moral y la educación, y a ello le condujeron los problemas teóricos que le planteó su práctica de analista.

¿Basta la conciencia moral del sujeto para explicar el hecho

de que la represión sólo afecta a las representaciones de carácter sexual?

En el origen de las psiconeurosis Freud creyó descubrir en un principio la constancia de un acontecimiento de orden sexual sobrevenido en la primera infancia, y que cobraría en la pubertad todo su valor traumático, generador de neurosis. Así, pues, para que aparezca una neurosis, «es preciso que el incidente provoca- dor haya sido de orden sexual, y además que se haya producido antes de la madurez sexual (condiciones necesarias de sexualidad

e infantilismo)». 1

El primer problema que esta etiología plantea reside en la paradoja de un recuerdo que produce un efecto mucho más

1. Manuscrito K, del 1 de Enero de 2896, La naissance de lapsychanalyse, p. 130.

23

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

considerable que el propio acontecimiento. Sólo lo que perte- nece al registro sexual es susceptible, según Freud, de un efecto semejante de aprés-coup, en tanto que la aparición tardía de la

pubertad suministra la condición de posibilidad de esta clase de fenómenos. 2 Así se explicaría que «sólo representaciones de con-

tenido sexual pueden ser reprimidas [

correspondiente es mucho más intenso que el producido en oportunidad de la rememoración. Pero cuando la experiencia sexual tiene lugar en la época de la inmadurez sexual y su recuer- do es despertado durante o después de la época de la madurez sexual, entonces el recuerdo actúa mediante una excitación in- comparablemente más intensa que la que en su momento habría presentado la experiencia; en efecto, en el ínterin, la pubertad ha incrementado enormemente la capacidad de reacción del aparato sexual. Ahora bien: es esta relación invertida entre la experiencia real y el recuerdo lo que parece entrañar las condiciones psicoló- gicas para una represión. La vida sexual, a causa del retardo de la madurez pubertaria en relación con las funciones psíquicas, ofre- ce la única posibilidad de que se produzca tal inversión de la eficacia relativa. Los traumas infantiles actúan aprés-coup como experiencias nuevas, pero entonces de manera inconsciente». 3

Sin embargo, esto no basta para resolver el problema: para que haya represión tiene que haber displacer. La cantidad de excitación no puede explicar por sí sola el displacer. «Buscando el origen del displacer engendrado por una excitación sexual precoz, sin la cual no sería explicable represión alguna, penetra- mos en el meollo mismo del problema psicológico. La respuesta que de inmediato se presenta en nuestra mente es la que sigue:

las fuerzas represoras son el pudor y la moralidad. La vecindad que la naturaleza ha conferido a los órganos sexuales debe susci- tar inevitablemente, en el momento de las experiencias sexuales, un sentimiento de repugnancia. Allí donde el pudor falta (como en el individuo macho), allí donde la moralidad está ausente (como en las clases bajas de la sociedad), allí donde la repugnan- cia se ve debilitada por las condiciones de existencia (como en el

]

En general, el efecto

2. Cf. «Esquisse d'une psychologie scientifique» y «Manuscrit K», La naissance

de la psychanalyse.

3. «Les Psychonévroses de défense», Ne'vrose, psychose et perversión, p. 65, n. 2.

24

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LA MORAL SOCIAL: PALABRA PROHIBIDA Y SOJUZGAMIENT

campo), la represión no se produce, y entonces ninguna excita- ción sexual infantil trae aparejada represión ni, por consiguiente, neurosis. Me temo, no obstante, que esta explicación no podrá resistir un examen detenido. No puedo creer que¿una produc- ción de displacer durante las experiencias sexuales pueda derivar de la intromisión fortuita de ciertos factores de displacer. La experiencia cotidiana nos enseña que cuando la libido alcanza un nivel suficientemente elevado no se produce ningún sentimiento de repugnancia. La moralidad entonces se calla. Creo que el pudor debe depender enteramente del incidente sexual. En mi opinión, debe existir en la sexualidad unafuente independiente de displacer. Si esta fuente existe, ella puede estimular las sensaciones de repugnancia y conferir su fuerza a la moralidad,» 4 Freud opera aquí una inversión total del problema. No es que en el origen de la represión de la sexualidad se hallaría la morali- dad, sino que ésta provendría de la naturaleza de la pulsión sexual. La causa de la neurosis no estaría en la moral, que pertur- ba la vida sexual, sino que la moralidad posee la fuerza demos- trada por la neurosis porque la sexualidad es, por esencia, per- turbadora. La moralidad no es más que una, entre otras, de las armas utilizadas por los hombres para defenderse de su sexuali- dad: «Cuando sospechamos que la moralidad es tan sólo un pretexto, esta idea se justifica con el hecho de que la resistencia se sirve, en el curso del tratamiento, de todos los motivos posi- bles con vistas a una defensa». 5 El pasaje que acabamos de citar, extraído de un manuscrito de 1896 dirigido a Fliess, da testimonio de lo que consideramos como la experiencia germinal de Freud. En él vemos perfilarse lo

que Freud llamará «la silueta

cunscrito lo esencial de la problemática planteada por la neurosis y revelada por la experiencia analítica. También vemos expresar- se ahí lo que calificamos de intuición central de Freud en lo que atañe al carácter problemático de la sexualidad, intuición que hasta el fin constituirá el eje de su búsqueda. Freud enfrenta aquí algo que la experiencia analítica atestigua de manera privilegia-

de

Lucifer-Amor». 6 Allí queda cir-

4." La naissance de la psychanalyse, p. 131. El subrayado es nuestro.

5. Ibíd., p. 135.

6. Ibíd., p. 287.

4?

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

da, algo que se presenta con la forma de una paradoja, de una imposibilidad lógica y que, siguiendo a Lacan, podríamos deno- minar «lo Real»: esto es, que la fuente principal del placer en el ser humano es de tal naturaleza que éste se ve forzado a defen- derse de ella al precio del sufrimiento de la neurosis. Freud no cesará de habérselas con este nudo. De él está suspendida la cuestión de la educación, hallando, como Freud demostrará, en la aberración de la sexualidad humana las condiciones de su posibilidad y también las de su vocación para el fracaso. Freud multiplicará las hipótesis encaminadas a dar cuenta de la naturaleza del displacer que acompaña a la sexualidad humana. Tempranamente emite una de ellas, que retomará después en El malestar en la cultura, y cuyo surgimiento es una y otra vez marca de su desconcierto y de su impotencia para explicar el enigma de la sexualidad en forma satisfactoria. El carácter mítico de esta hipótesis no deja de evocar el asesinato del padre primitivo de Tótem y tabú. También aquí se trata del origen de la humanidad y de la supervivencia en el individuo de las huellas de la filogénesis. En 1897 Freud comunica a Fliess la hipótesis de una represión orgánica primaria, contemporánea de la aparición de la posición vertical —es decir, de la humanidad misma—, que afectaría a ciertas zonas sexuales, las zonas bucal y anal, así como al placer olfativo, vedando con ello el retorno al estado anterior de la posición horizontal. Debido a la vecindad de los órganos genita- les con la zona anal, también la sexualidad genital habría sido parcialmente afectada por la represión inaugural. La conquista de la posición vertical por el animal humano sería, pues, con- temporánea del daño sufrido por su sexualidad. ¿No equivale esto, al menos metafóricamente, a enlazar el disfuncionamiento de la sexualidad del hombre con la «desnaturalización» del ani- mal humano? En la misma época de estas primeras elaboraciones procuró Freud dar cuenta de la represión y de las particularidades de la sexualidad humana reveladas por las neurosis, a partir de la exis- tencia de una bisexualidad, hipótesis que Fliess le había sugerido. Primeramente intentó explicar la represión por el rechazo en uno y otro sexo de la componente femenina de la sexualidad. 7

7. Naissance de la psychanalyse,

p. 180. Esta hipótesis fue rechazada ulterior-

26

LA MORAL SOCIAL: PALABRA PROHIBIDA Y SOJUZGAMIENTO

Esta idea recibió ulteriormente una elaboración conceptual más precisa dentro del marco del complejo de castración, pero en El malestar en la cultura 8 Freud aún consideraba que la bisexualidad en el hombre constituía uno de los obstáculos esenciales para una plena satisfacción sexual, dado que el ser humano no podría satisfacer ambas componentes de su sexualidad con el mismo objeto sexual. Pero lo que permitió esclarecer la naturaleza de la sexualidad humana y reactivar el problema de las relaciones entre sexuali- dad y civilización, fue el descubrimiento de la sexualidad infantil, que arrojó una nueva luz sobre la naturaleza del proceso educa- tivo e indujo a Freud a ocuparse de este problema.

mente por Freud en el artículo «On bat un enfant» (cf. Névrose, psychose etperversión). «Pegan a un niño», O.C., III (p. 2.465). 8. Malaise dans la civilisation, p. 58, n. 1.

4?

!í,J

PERVERSION Y

11

CIVILIZACION

«Esta disposición a todas las perversiones es algo profundo y generalmente humano.» Tres ensayos para una teoría sexual (1905)

Si bien Freud consideró desde el inicio de su práctica que los trastornos de la función sexual se hallaban en el origen de las neurosis, necesitó algún tiempo para comprobar que la represión afectaba esencialmente a las componentes perversas de la sexua- lidad, y reconocer la universalidad de estas tendencias perversas en el ser humano, así como su origen infantil. El concepto de sexualidad, tal como la experiencia analítica le condujo a elabo- rarlo, emergió progresivamente de la noción común de sexuali- dad, para recibir una comprensión y una extensión diferentes que por otra parte no dejaron de trastocar la opinión corriente. El concepto de sexualidad descubierto por la experiencia psicoanalítica no corresponde a un comportamiento instintivo que tendría un objeto y un fin relativamente fijos y preformados. Aquí la propia noción de perversión es ciertamente inadecuada, pues implica la idea de una desviación, de una anomalía en rela- ción con una norma de comportamiento que, en el marco de la sexualidad humana, no podría ser natural y sólo puede incumbir a la ética. La definición corriente de la sexuelidad, como comporta- miento instintual orientado a la unión de los órganos genitales entre dospartenaires de sexo opuesto con vistas a la reproducción de la especie, sólo parcialmente recubre la extensión del concep- to de sexualidad en psicoanálisis. La experiencia psicoanalítica

141

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

demuestra que la sexualidad no se reduce a la genitalidad. Las zonas genitales están lejos de ser las únicas zonas erógenas. Los fines y objetos de la pulsión sexual son, por lo demás, eminente- mente variables. Freud fue inducido a reconocer la existencia de una sexuali- dad, en sentido amplio, en el niño, después de haber tenido que renunciar a la teoría de la seducción como única explicación de las neurosis. La concepción de su origen traumático quedó par- cialmente abandonada en favor de la que veía su fuente en la supervivencia inconsciente de las tendencias sexuales infantiles. El hombre padecería de un infantilismo de su sexualidad. Infan- tilismo, es decir, predominio de las tendencias perversas de ésta, y, por lo tanto, de las zonas erógenas no genitales. En la neurosis, son esencialmente estas tendencias perversas las que sufren la represión y constituyen el origen de los síntomas: «La neurosis es el negativo de la perversión». 1 El descubrimiento de la sexualidad infantil posee una doble significación: por una parte, se trata del descubrimiento en el nifio de una actividad sexual espontánea, por ejemplo de tipo masturbatorio, que corresponde a la concepción corriente, geni- tal, de la sexualidad. Por otra parte, significa el descubrimiento de la existencia de pulsiones sexuales no genitales, y de su impor- tancia en la formación de la neurosis y en el desarrollo del individuo. Mientras que la sexualidad genital responde a una función biológica, las pulsiones no genitales, parciales, se carac- terizan no sólo por su independencia respecto de tales funciones biológicas sino también por su capacidad para obstruir dichas funciones, como se observa en la anorexia o en la ceguera psíqui- ca. Muestran ser básicamente generadoras de conflictos, suscep- tibles de venir a contrariar el ejercicio de las funciones biológicas necesarias para la conservación del individuo. Son pues, podría- mos decir, doblemente aberrantes: con respecto a la sexualidad genital y a la función de reproducción, y con respecto a las funciones biológicas de conservación del individuo. Antes del descubrimiento de la sexualidad infantil, Freud veía en el origen de la represión un conflicto psíquico entre las ten-

1. Trois essais sur la théorie de la sexualité, París, Gallimard, 1962, p. 5 3. «Tres ensayos para una teoría sexual», O.C., II (p. 1.169).

30

LAMORALSOCIAL:PALABRAPROHIBIDAYSOJUZGAMIENTOSEXUAL

dencias sexuales y la conciencia moral del sujeto, de modo que la responsabilidad de la neurosis sería imputable a la educación y a la moral social. Sin embargo, había sospechado que la moralidad del sujeto bien pudiera ser, antes que la causa de la represión, un medio de defensa contra un displacer inherente al registro sexual. Los nuevos datos aportados por el descubrimiento de la natura- leza de la sexualidad infantil permiten poner en claro las causas de la índole conflictiva de la sexualidad. Las pulsiones sexuales ponen en peligro al organismo y comprometen la conservación del individuo. Esto llevará a Freud a elaborar la primera teoría del dualismo pulsional, que opone las pulsiones del Yo (o pulsiones de conservación) a las pulsiones sexuales. La concepción de un antagonismo simple entre la sexualidad del individuo y la civilización merece ser revisada, si el conflicto es ante todo intrapsíquico. La contradicción entre lo biológico y lo sexual en el ser humano es quizá, por el contrario, la fuente de la existencia misma de la civilización, aunque no se pueda excluir la hipótesis según la cual la civilización sería responsable de la desnaturalización de la sexualidad humana. Al problema que de este modo se plantea, y que es un pro- blema insoluble, como todo aquel que apunte al origen, Freud se esforzará por darle respuesta en Tótem y tabú. De cualquier forma, la existencia de las neurosis no podría ser explicada únicamente por la restricción que actualmente ejerce la civilización sobre la sexualidad. Fuera de ello, la cuestión de las relaciones entre sexualidad y civilización se ve reactivada por la elucidación de las característi- cas de la sexualidad humana. Si la pulsión sexual no posee nin- guna de las fijezas del instinto, si el objeto mediante el cual se satisface le es indiferente, si este objeto es intercambiable, si el fin de la pulsión sexual puede ser alcanzado por los caminos más diversos, si se trata de una pulsión desviadora por naturaleza y en cierto modo errante, entonces es susceptible de escoger rum- bos socialmente útiles. «Las mismas vías por las cuales los trastornos sexuales re- percuten sobre las otras funciones somáticas deben servir en el normal para otra actividad importante. Por tales vías de- bería perseguirse la atracción de las pulsiones sexuales ha- cia fines no sexuales, es decir, la sublimación de la sexuali-

4?

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

dad ,» 2 Las pulsiones sexuales parciales, no genitales, tanto pue- den dar nacimiento a actividades de carácter «elevado», social- mente estimadas, como a síntomas neuróticos. La civilización y sus obras son el fruto de ese destino particu- lar de las pulsiones al que Freud dio el nombre de sublimación. Lejos de que esta orientación de la pulsión pueda ser considerada como resultado de un forcing, de una violencia ejercida por la civilización, ella muestra ser conforme a la naturaleza misma de la pulsión, cuyo destino es transformarse, cambiar de objeto y de fin. La pulsión anal dará así nacimiento a la economía, el orden y el aseo, que son cualidades eminentemente «civilizadas»; la pul- sión escópica se transformará en deseo de saber por la vía de la curiosidad sexual, fuente de la investigación científica. 3 Es verdad que Freud ve en el desvío de la pulsión respecto de su fin, primitivamente sexual, el efecto de la coartación impuesta al modo primitivo de satisfacción de la pulsión. «Las fuerzas

utilizables para el. trabajo

por la sofocación de estos elementos de la excitación sexual que

llamamos "perversos".» 4 El problema es saber si esta

es el fruto de la evolución espontánea del sujeto o si encuentra su causa en las condiciones sociales y en la educación. Hemos visto que la pulsión sexual entra en contradicción con los fines del organismo en cuanto éste apunta a su conservación; el conflicto entre el instinto de conservación y la pulsión sexual podría ha- llarse, pues, en el origen de una yugulación espontánea de esta última. Pero es difícil determinar la parte respectiva de la educa- ción y de la evolución natural. El destete, por ejemplo, que cumple un papel capital en el destino de la pulsión oral, está determinado a la vez biológicamente, por su enlace con el fenó- meno de la lactancia, y culturalmente, en cuanto al momento.

cultural son adquiridas en

gran part e

sofocación

Freud discute

el problema

en Tres ensayos a propósito

del

período de latencia y de la génesis de los sentimientos de ver- güenza y pudor. En la desaparición o, cuando menos, en la decli- nación de la actividad sexual a partir de los seis años, y en los

2.

3. Ibíd., p. 90 en particular.

Ib id., p. 107.

4. «Morale sexuelle civilisée et maladies nerveuses des temps modernes», La

vie sexuelle, París, PUF, 1969, p. 34. «La moral sexual "cultural" y la nerviosidad moderna», O.C., II (p. 1.249).

PERVERSION

Y

CIVILIZACION

sentimientos de vergüenza y repugnancia que se elevan entonces contra los placeres perversos de la primera infancia, ¿debe verse el efecto de la coerción educativa o bien el de una evolución biológicamente determinada, acaso producida por el naciente conflicto entre pulsión sexual y pulsión de conservación? En Tres ensayos, Freud decide en favor de la espontaneidad «biológi- ca», dice entonces, del proceso. Posteriormente reconocerá la importancia del complejo de Edipo tanto para la instauración del período de latencia como para la transformación de las pulsiones parciales en el sentido de la formación reactiva, de la sublimación y de la represión. Así, pues, el complejo de Edipo fue progresivamente promovido por Freud a la función de verdadero organizador de la evolución libidinal del individuo. Por consiguiente, la cuestión de la antinomia entre sexuali- dad y civilización debe ser revisada tras el ahondamiento en la naturaleza de la sexualidad humana. Cuando Freud vio en el cambio de actitud respecto a la sexualidad y en la transformación de la moral sexual, la solución al problema planteado por la profilaxis de las neurosis, le pareció que con ello podía resolverse la contradicción entre sexo y civilización. Con el esclarecimiento del papel desempeñado por las pulsiones parciales perversas en la elaboración de la civilización, la contradicción parece a la vez más radical y menos decidida. En todo caso, cambia de sentido. En efecto, si el fundamento de la civilización reside en la maleabi- lidad de las pulsiones perversas, hay que contar con que el medio social se consagre cuanto sea posible a poner estas pulsiones al servicio de los fines culturales, y con ello a coartar las manifesta- ciones no acordes con sus miras: en este sentido, la civilización es por esencia restrictiva en lo que atañe a la libre manifestación de las pulsiones perversas. Pero, por otra parte, en la misma medida en que son las pulsiones sexuales las que se hallan en la fuente del trabajo cultural, en el cual se satisfacen al mismo tiempo que se «subliman», ya no se puede hablar de una oposición radical entre sexo y civilización. En Múltiple interés delpsicoanálisis (1913), Freud señala las con- secuencias que entraña para la educación el descubrimiento de tendencias «perversas» en el niño —o, para ser más precisos, el de su importancia en la evolución de éste— porque, en su opi-

33

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

nión, los educadores que por lo común se dedican a sofocarlas en verdad no pueden ignorar su existencia. Al igual que el pedagogo tradicional, 5 Freud reconoce, en contra de los seguidores de Rousseau y de la «nueva» pedagogía, la existencia del «mal» en el niño. Pero considera que, lejos de que deba procurarse la extirpación de las «malas inclinaciones» del niño —de todos modos indestructibles—, hay que dejarlas derivar hacia una salida socialmente aceptable. No hay sublima- ción sin perversión. Precisamente porque la sexualidad humana no está fijada a ningún fin ni a ningún objeto instintivamente determinados, es susceptible de satisfacerse en actividades social- mente valoradas. Los educadores, espera Freud, «no correrán el riesgo de sobrestimar la importancia de las pulsiones perversas que se manifiestan en el niño. Por el contrario, se esforzarán en no tratar de suprimir estas pulsiones por la fuerza si aprenden que intentos de esta clase producen no menos resultados inde- seables que el opuesto, tan temido por los educadores, de dejar libre curso a la «maldad» de los niños. El sojuzgamiento de las pulsiones enérgicas en el niño mediante la coerción por medios exteriores, no conduce ni a la desaparición de tales pulsiones ni a su dominio. Conduce a la represión que predispone a las enfer- medades ulteriores. El psicoanálisis tiene frecuentes ocasiones de observar el papel cumplido por una severidad inoportuna e in- discriminada, entre las causas que favorecen las neurosis, o el precio pagado en pérdida de eficacia y de capacidad de placer por una normalidad que tanto aprecian los educadores». 6

La «severidad inoportuna» de éstos, ¿proviene sólo del error o de la ignorancia? ¿Cómo explicar la orientación generalmente coercitiva de la educación?

5. Llamamos «tradicional» a la educación de origen cristiano en que el educa-

dor, convencido de la existencia del pecado original, desconfía ante todo de lo «natural» como fuente de una malignidad que sólo espera la ocasión de manifes-

tarse. El pedagogo tradicional es aquel que pretende «enderezar, trastocar, arran- car de cuajo los deseos del niño» (Snyders, Lapédagogte au dix-septieme stecle).

6. «Múltiple interés del psicoanálisis», O.C., II (p. 1.851). S.E.XIII,p. 189-190.

Sobre la sublimación, no obstante, no se manda. Es un proceso que escapa tanto al dominio del educador como al del sujeto (no es cuestión de voluntad). Esto es lo que la pedagogía del pastor Pfister, pretendidamente analítica, desconoce. Cf. al respecto la correspondencia Freud-Pfister y las advertencias de Freud al analista que se viera tentado de incitar a su paciente a sublimar sus pulsiones. Cf. igual- mente el trabajo de O. Pfister, ¿apsychanalyseau servicedes éducateurs, Sass Fée, 1921.

34

4

LOS EXCESOS DEL SOJUZGAMIENTO SEXUAL

«Cabe preguntarse si la moral sexual de nuestra civilización vale los sacrificios que nos impone.» La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna (1908).

Las características de la sexualidad humana bastan, parece ser, para dar cuenta de la represión y de la formación de síntomas neuróticos. Freud, sin embargo, en La moral sexual «cultural» y la nerviosidad modefka, texto posterior a Tres ensayos para una teoría sexual, ataca vivamente, siempre dentro de una perspectiva profi- láctica, la moral sexual de su época, a la cual sigue haciendo responsable de la extensión numérica de las neurosis. Si bien la posibilidad misma de estas últimas está inscrita en las caracterís- ticas de la sexualidad humana, el incremento del número de neuróticos, que en ese tiempo muchos autores pudieron consta- tar (Erb, Binswanger, Krafft-Ebing, citados por Freud), debe ser imputable a la vida social moderna. Pero Freud se separa de estos autores, que veían en el agitado carácter de la vida actual la causa de la extensión de las neurosis. Si su etiología es sexual, su aumento debe responder al mismo origen, y Freud sitúa la fuente de tal extensión de las enfermedades nerviosas en el exceso de sojuzgamiento sexual de la época moderna. El entiende que en el curso de la historia de la humanidad, la moral sexual habría sufrido una evolución comparable a la de la pulsión sexual en el individuo, de modo que la ontogénesis reproduciría la filogéne- sis: «Remitiéndonos a la historia de la evolución de la pulsión sexual, podríamos distinguir tres estadios de civilización: una

35

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

primera fase en la cual la actividad de la pulsión sexual, indepen- dientemente de los fines de la reproducción, es libre; una segun- da, donde se refrena todo lo perteneciente a la pulsión sexual, excepto aquello que sirve a la reproducción; y un tercer estadio donde la reproducción legítima es el único fin sexual autorizado. Este tercer estadio corresponde a nuestra "moral sexual cultu- ral" presente». 1

Freud nada nos dice acerca de la primera fase. 2 La segunda, donde la moral sexual se contenta con coartar la sexualidad calificada de perversa, puede ya producir neurosis en aquellos individuos cuya potencia sexual es singularmente intensa. La capacidad de sublimación, es decir, de desplazamiento de la pul- sión hacia fines no sexuales, es susceptible de importantes varia- ciones según los individuos. Por otra parte, tal proceso de des- plazamiento no puede cumplirse indefinidamente: «como tam- poco puede hacerlo, en nuestras máquinas, la transformación del calor eií trabajo mecánico». 3 La pulsión exige cierta dosis de satisfacción directa sin la cual se exterioriza en síntomas neuróti- cos. Freud entiende, pues, que las exigencias de la moral sexual en el segundo estadio de la civilización deben ser desigualmente soportadas por los individuos, e imponen a algunos de ellos una carga demasiado pesada: «una de las flagrantes injusticias de la sociedad es la de que el standard sexual exige de todo el mundo la misma conducta sexual, que unos alcanzan sin esfuerzo gracias a su organización 4 mientras que otros deben someterse para ello a los más graves sacrificios psíquicos». 5

1. «Morale sexuelle civilisée

»,

La vie sexuelle, p. 34.

2. Freud no volvió a retomar la hipótesis de un primer estadio de la civiliza-

ción en que habría reinado la libertad sexual. Esta hipótesis nos parece contraria al conjunto de sus desarrollos sobre la sexualidad. Si Freud llega a la suposición de un estadio comparable en la historia de la humanidad es por analogía con la emergencia de la pulsión sexual en el individuo. Tal estadio nos parece provisto de un carácter mítico inherente a la tentativa de elucidar los orígenes de la humanidad. Debe apuntarse que en ese otro mito del origen de la humanidad que es el del asesinato del padre primitivo, Freud no retoma la idea de una edad de oro de la sexualidad humana. En cambio, ¿no podría decirse que W. Reich, y tras él H. Marcuse, hicieron suyo este tema al proyectar sobre el porvenir el mito de una sexualidad libie y sin trastornos que por un momento Freud cedió a la tentación de situar en el origen?

3. Ibíd., p. 34.

4. Es decir, su constitución. Freud define la constitución en términos cuanti-

36

LOS EXCESOS DEL

SOJUZGAMIENTO

SEXUAL

Mientras que la moral sexual del segundo estadio perjudica a aquellos cuyas pulsiones parciales no están sometidas a la hege-

monía de la genitalidad, en el tercer estadio de la civilización, donde la abstinencia sexual es exigida al menos hasta el matri- monio, y para algunos durante toda su vida, las exigencias de la moral comprometen el equilibrio psíquico de la mayoría. «No es aventurado afirmar que la tarea de dominar un impulso tan poderoso como el de la pulsión sexual por medios distintos de la

satisfacción puede exigir todas

La actividad sexual en el ámbito del matrimonio, única que la moral autoriza, jio puede garantizar, debido a las exigencias del malthusianismo, una compensación bastante a todas las restric- ciones que por otra parte se imponen. Además, la coartación de la sexualidad hasta el matrimonio «llega con frecuencia demasia- do lejos, lo cual provoca el indeseado efecto de que, una vez liberada, la pulsión sexual parece presentar daños duraderos». 7 Impotencia en el hombre, frigidez en la mujer, aumento de las perversiones (a causa de la prohibición impuesta a las relaciones sexuales normales) y de las neurosis: 8 tales son los efectos de la moral sexual moderna, que compromete la función de reproduc- v

las fuerzas

de un ser humano.» 6

tativos. La constitución de un individuo depende de la mayor o menor cantidad de libido de la que está afectado. Cf. por ejemplo la discusión de Freud acerca de los límites de la influencia del psicoanálisis en Análisis terminable e interminable.

5. «Morale sexuelle civilisée», La vie sexuelle, pp. 36 y 37.

6. Ibíd., p. 37.

7. Ibíd., p. 41.
8.

La tesis de Freud de que en su época habría un incremento del número de

neurosis y perversiones podría ser objeto de controversia. El problema fue mu-

cho más debatido en

el siglo XIX , como atestiguan en Francia los Amales médico-

psychologiques. Sin que sea posible zanjar la cuestión, dado que las primeras estadís- ticas datan del siglo XI X y además fueron establecidas en función de criterios elaborados en la misma época, la noción de perversión, concebida como aberra- ción de la naturaleza, vicio constitucional que incumbe a la patología, data del siglo XIX . Antes de esta época la cosa carecía de existencia en el discurso médico, y sólo la tenía en el de la teología. Incluso podría afirmarse que ciertas perver- siones no existían, por falta de nombre. Lo que llamaríamos el «tiavestismo» del abad de Choisy recibía la bendición de su obispo, y sus contemporáneos lo consideraban una inocente fantasía de muchacho. En este sentido, puede soste- nerse que las «perversiones» crecieron en número. Se confeccionó su nomencla- tura, y gracias a esto quizá fueron más perseguidas en el curso del siglo XI X que en los precedentes, aun cuando ciertas formas (como la sodomía) gozaron de una relativa indulgencia en relación con la hoguera que las sancionó durante largo tiempo.

37

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

ción y, por consiguiente, la propia supervivencia del grupo so- cial. También por otra vía entra la moral sexual en contradicción con sus propios fines: la coartación de la sexualidad, que va minando las fuerzas del individuo, desvía a éstas de su utilización con fines culturales. Las facultades intelectuales, cuya potenci a emana de la pulsión sexual, quedan dañadas debido a los excesos de la coerción ejercida sobre esta última. Despilfarro de energía sin provech o par a el individuo ni para la sociedad : ta l es el balance de la moral sexual civilizada.

Freud culpa enérgicamente a la educación de su tiempo, so- bre la cual gravita la responsabilidad de la situación de hech o que denuncia. Una coerción puramente exterior erraría en efecto su objetivo suscitando esencialmente la rebeldía. La única sofoca- ción eficaz de la sexualidad pasa por la internalización de las exigencias y prohibiciones morales, que la educación apunta a asegurar. Pero la nocividad de la restricción se acrecienta, pues la repre- sión es casi siempre la consecuencia de dicha internalización. Ahora bien, el impulso sexual reprimido se vuelve culturalmente inutilizable, dado que la represión se opone a la sublimación y moviliza además, para mantenerse, grandes cantidades de energía. Freud critica acerbamente la educación dada en particular a

las mujeres, a las qu e se impone , en mayo r medid a qu e a los hombres, la exigencia de la castidad. Además del mayor rigor de las prohibiciones qu e pesan sobr e su sexualidad , la ignoranci a d e las cosas sexuale s e n la que se mantien e a las muchacha s muestr a ser de las más perjudiciales para su vocación de esposas y madres. Por otra parte, la prohibición de interesarse po r la sexualidad tiene como resultado obstruir en ellas toda curiosidad intelec- tual: según Freud, la vida sexual es «el prototipo del ejercicio de las otras funciones». 9 La inhibición del pensamiento impuesta

por los educadores es el

sión de la sexualidad y la sumisión moral de las mujeres, pero

que, como afirmó Moebius en un trabajo

muy discutido , l a "debilida d menta l fisiológica " d e l a muje r s e explique por la oposición entre trabajo intelectual y actividad sexual. Pienso, por el contrario, que la inferioridad intelectual de

medio más seguro para obtene r la repre -

¡a qué precio! «N o cre o

9.

Ibíd., p. 42.

38

LOS EXCESOS DEL

SOJUZGAMIENTO

SEXUAL

tantas mujeres, que constituye una realidad incontrovertible, debe ser atribuida a la inhibición del pensamiento, inhibición requerida por el sojuzgamiento sexual.» 9 Neurosis, disminución del placer de vivir y procrear, despil- farro de inteligencias y energías: el balance es pesadamente nega- tivo, y Freud proclama la urgente necesidad de reformar la moral sexual civilizada. Es indudable que la civilización está basada en la yugulación de las pulsiones. Al igual que en otros textos, aquí justifica Freud por las necesidades económicas de la superviven- cia del grupo social la coerción ejercida sobre la sexualidad de los

individuos. Sin embargo, los excesos de esta coerción, denuncia- dos en La moral sexual«cultural» y la nerviosidad moderna, no quedan con ello explicados, pues lo que una coerción excesiva amenaza es precisamente la supervivencia del grupo. Así, pues, la antino- mia sexualidad-civilización no puede ser enteramente reducida a la necesidad de fuerza de trabajo que acucia a la sociedad, esto es, la de la energía pulsional de sus miembros; dicha antinomia no recubre la existente entre la sociedad por un lado y, por el otro, el individuo obligado a sacrificarle una parte de su libertad para

gozar de las

Más bien parece que la hostilidad de la civilización hacia el sexo se asemeja a la defensa que el Yo infantil erige tan precoz- mente contra la pulsión sexual. El conflicto psíquico, que a menudo se resuelve con la formación de un síntoma neurótico en detrimento del sujeto y a veces de su conservación, en cierto modo estaría operando igualmente en la civilización, con los mismos efectos. Una humanidad socavada por la desmesura, empeñándose, a través de la guerra contra el sexo, en su propia destrucción y en la de sus obras: tal es la visión apocalíptica que presenta este texto, escrito en 1908, mucho antes de la elaboración de la pulsión de

ventajas que le ofrece. 10

10. Introduction á la psychanalyse, PBP, Payot, París, 1973, p. 291: «La base sobre

la cual descansa la sociedad humana es, en última instancia, de índole económica:

no poseyendo medios de subsistencia suficientes para permitir a sus miembros

vivir sin trabajar, la sociedad está obligada a limitar el número de éstos y a desviar

», La vie

sexuelle, p. 33: «Cada individuo ha cedido una porción de su propiedad, de su poder soberano, de las tendencias agresivas y vindicativas de su personalidad, y de estas aportaciones proviene la propiedad cultural común en bienes materiales y en bienes ideales». «Lecciones introductorias al psicoanálisis», O.C., II (p. 2.123).

su energía y actividad sexual hacia el trabajo». «Morale sexuelle civilisée

39

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

muerte por Freud. La idea de una neurosis de la civilización, como tal sólo ulteriormente expresada por éste (en El malestar en la cultura, por ejemplo), ya aparece implicada en la denuncia del carácter antieconómico, en el sentido libidinal, de los medios utilizados en comparación con los Fines que la cultura parece llamada a perseguir. Lo absurdo del método, así como la tenden- cia autodestructiva que manifiesta, rubrica su carácter neurótico. Cuando Freud expresa su anhelo de unas reformas que califica de urgentes, en ello puede verse tanto un optimismo de su parte como la expresión de su inquietud respecto a una situación cuya gravedad ha demostrado. Le quedará por intentar, en Tótem y tabú, la elucidación teórica de una vocación de la humanidad por la neurosis, que se expresa en los rasgos propios de la civilización moderna, más de lo que ésta explica las neurosis individuales. Si la causa de las neurosis individuales reside en la sexualidad, es del lado de las características de la vida pulsional donde también se encuentra sin duda la clave de aquella vocación. Sin embargo, en La moral sexual«cultural» y la nerviosidad moder- na ha podido verse la expresión del optimismo de un Freud humanista y reformista, que encuentra en la liberalización de las costumbres y en la suavización de los rigores de la moral, una esperanza en la lucha contra las neurosis, por el aumento del bienestar general y los progresos de la propia civilización. Opti- mismo del que habría desistido con la promoción, en la teoría analítica, de la pulsión de muerte, cuya razón algunos (entre los mismos analistas a quienes esta clase de hipótesis chocaba) qui- sieron encontrar en las experiencias de duelo y enfermedad que Freud debió padecer entonces. Una amplia vertiente de la opi- nión contemporánea, que cree apoyarse en Freud, reclama a voz en cuello la abolición de las prohibiciones y el derecho al goce. Así, Wilhelm Reich, rechazando las elaboraciones posteriores de Freud, se sirvió de este texto para justificar las esperanzas que le inspiraba, tanto en materia político-social como en cuanto a la profilaxis de la neurosis, la «liberación sexual». Reich veía en la coartación de la sexualidad el arma capital de la opresión política, en tanto que la represión sexual ofrecería la mejor ga- rantía de la sumisión de las masas. Freud le habría inostrado aquí el camino al denunciar el vínculo existente entre las prohibicio- nes sexuales, la de pensar, y la lealtad «ciega de los buenos suje-

to

LOS EXCESOS DEL

SOJUZGAMIENTO

SEXUAL

tos» 11 con que se asegurarían los gobernantes. Reich vio el reme- dio al malestar de la civilización en una revolución tanto política como sexual que debía suprimir todos los obstáculos para la ex- pansión individual y colectiva. Sin embargo, ¿es posible explicar los excesos que Freud de- senmascara en el seno de la civilización sólo por las necesidades de la causa burguesa (deberíamos remontarnos, como lo hizo Reich, a la instauración del patriarcado), 12 sólo por el deseo de una clase social de asegurar su dominación? Parece innegable que la neurosis de la civilización garantiza algunos «beneficios se- cundarios» a las clases sociales en el poder, pero los beneficios secundarios no son la causa de los síntomas. Si bien la civilización moderna puede dar parcialmente cuenta del aumento de las neurosis individuales, aún queda por explicar la neurosis que la afecta a ella misma, y que Freud denuncia cuando muestra el carácter antieconómico, en el sentido libidinal, de su modo de funcionamiento. Es cierto que el psicoanálisis puede acabar con las neurosis individuales; pero la tarea de curar a la civilización es más ardua, en la medida en que lo que se revela en el malestar moderno es la vocación de la humanidad para la neurosis. También fue sobre este texto, entre otros de la misma época, donde muy pronto se fundó la esperanza de una reforma educa- tiva que apuntaría a prevenir los excesos de la coerción sexual y evitaría con ello las nocivas consecuencias de la represión sobre el desarrollo del individuo. Toda una generación de educadores se consagró a promover una educación inspirada en el descubri- miento del psicoanálisis. El optimismo de A. Neill, por ejemplo, se basa en el tipo de reflexiones desarrolladas por Freud en La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna. El propio Freud escribía, en 1913, que la profilaxis de las neurosis descansaba entre las manos de una educación iluminada por el psicoanálisis. 13

11. La vie sexuelle, p. 42.

12. Cf. W. Reich, L'irruption de la morale sexuelle, París, 1972.

13. Prefacio a La Me'thodepsycbanalytique, de O. Pfister, S.E. XII. «Prefacio para

un libro de Oskar Pfister», O.C., II (p. 1.935).

41

11

EL IMPOSIBLE GOCE

«Por extraño que esto parezca, creo que se debería considerar la posibilidad de que algo en la propia naturaleza de la pulsión sexual no esfavorable a la realización de la entera satisfacción.» Sobre una degradación general de la vida erótica (1912).

La moral sexual«cultural» y la nerviosidad moderna dejaba vislum- brar la esperanza de un remedio a la extensión de las neurosis mediante una reforma de las costumbres y la educación. Aunque los excesos en que incurre la civilización no parecen aptos para ser reducidos por la buena voluntad, como tampoco se cura una neurosis con buenos consejos, Freud no dejaba de lanzar una llamada en la que puede verse una marca de optimismo. En efecto, puesto que las exigencias de la civilización no siempre fueron tan draconianas, ¿no es legítimo esperar, gracias a una toma de conciencia, su mitigación para el porvenir? Si bien a partir de 1920, Freud, como veremos, hizo mayor hincapié en la necesidad de afrontar con lucidez la desagradable realidad de una configuración pulsional poco hecha para garantizar al hombre la felicidad y que deja escasas esperanzas de un mejoramiento de su condición, muchos son hasta esa fecha los textos en los que Freud parece entender que un cambio de mentalidad podría aligerar el fardo de la humanidad previniendo las neurosis. En esta perspectiva, la tarea del educador consiste en hallar el

justo equilibrio entre el «Caribdis del dejar-hacer y el Escila de la

prohibición»,

como enuncia Freud en las Nuevas lecciones, vale

141

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

decir, abandonarse a una suerte de cálculo utilitarista del menor sacrificio de placer compatible con las necesidades de la vida social; dicho de-otro modo, asegurar esa modificación del princi- pio del placer que es el principio de realidad. Como indica la lectura de muchos de sus textos, e incluso los más tardíos —en El malestar en la cultura es todavía en esos térmi- nos como abre el debate— Freud parece consagrarse a una pro- blemática de tipo hedonista: ¿cómo conciliar la búsqueda indivi- dual de satisfacción con las exigencias de renunciamiento im- puestas por la civilización? Problemática que abre el camino al reformismo al auspiciar la esperanza de un mejoramiento, un «plus-de-gozar», por retomar un término de J. Lacan, una mejor dosificación de las obligaciones. Pero no se detiene ahí. La experiencia analítica de las neurosis le fuerza a demostrar la existencia, en el seno de la civilización y también en el del psiquismo individual, de una dimensión dife- rente a la del principio del placer, de una fuerza que hace fracasar a este principio y con ello vuelve incluso caducas toda perspec- tiva hedonista así como la problemática inicial. La existencia de un más allá del principio del placer trae aparejadas para la educa- ción consecuencias que trataremos de desentrañar. Ya hemos citado algunos textos donde, desde el comienzo de su práctica, Freud evocaba la existencia paradójica de un displa- cer inherente a las manifestaciones de la pulsión sexual. En Sobre una degradación general de la vida erótica (1912), y a p artir de los nuevos elementos provistos por la experiencia analítica, Freud aporta precisiones sobre las particularidades de la sexuali- dad humana y a este respecto expone sus dudas en cuanto a las esperanzas que una reforma de las costumbres puede inspirar. Cree posible afirmar que la impotencia psíquica, lejos de consti- tuir una anomalía accidental, en diversos grados está universal- mente extendida y caracteriza la vida sexual civilizada. Para ex- plicarlo menciona las causas reveladas por el análisis como habi- tualmente existentes en el origen de este síntoma: la fijación incestuosa de la infancia y la abstinencia impuesta a la adolescen- cia. Así, pues, la familia, la moral, las condiciones económico- sociales burguesas serían responsables de este disfuncionamien- to general de la sexualidad, y en particular de la sexualidad genital.

44

LA MORAL SOCIAL: PALABRA PROHIBIDA Y SOJUZGAMIENTO SE

Sin embargo, Freud no se queda con eso, y expresa por vez primera la duda de que reformas especialmente orientadas a una liberación de la sexualidad puedan traer consigo un mejoramien-

to. A esto lo lleva la consideración de las particularidades, bien conocidas, del deseo sexual, cuyo carácter enigmático subraya. «Si la frustración inicial del goce sexual se manifiesta en el hecho de que éste, libre después en el matrimonio, ya no produce

efectos tan satisfactorios, [

dida desde el principio no lleva a un resultado mejor.» 1 La satis- facción fácil mata el deseo, que crece con los obstáculos. Para explicarlo podrían invocarse las propiedades generales de la ne- cesidad, cuya importancia psíquica aumenta con la privación, pero su aplacamiento no trae aparejado un desprecio tan marca- do hacia su objeto. La facilidad de la satisfacción no suprime la necesidad, y podríamos añadir que la periodicidad fisiológica- mente determinada de su retorno es independiente de dicha facilidad. Para tener hambre no es indispensable que esté prohi- bido alimentarse. En cambio, «para que la libido ascienda hace falta un obstáculo, y allí donde las resistencias naturales a la satisfacción no bastan, los hombres siempre introdujeron resis- tencias convencionales para poder gozar del amor». 2 La condi- ción del deseo es la prohibición —a diferencia de la necesidad, podemos agregar. Esta prohibición, indica seguidamente Freud, se confunde con la que golpea al incesto. También alude a la que debió erigirse para imposibilitar al hombre el retorno a la posición horizontal del animal, prohibición que, con la represión de lo excremencial, arrastró la de las funciones genitales. Posición vertical, prohibición del incesto: vale decir que las aberraciones de la sexualidad del ser humano son imputables a su humanidad misma. Y cuando Freud añade que «la insatisfacción traída con- sigo por la civilización es consecuencia de ciertas particularida- des que la pulsión sexual hizo suyas bajo la presión de la civiliza- ción», 3 debe restituirse a este último término el sentido amplio

]

la libertad sexual ilimitada conce-

1. «Le plus général des rabaissements de la vie amoureuse», La vie sexuelle, p.

63. «Sobre una degradación general de la vida erótica», O.C., II (p. 1.710).

2. Ibíd.

3. Ibíd., p. 65.

4?

SEXUALIDAD

Y

CIVILIZACION

que posee el vocablo alemán Kultur. No debe entenderse que esto se refiera al carácter dañino de la civilización moderna, sino a la esencia misma de lo que separa al humano de la animalidad, y que constituyen las leyes sociales del intercambio cuya condición vio Lévi-Strauss en la prohibición del incesto. Por esta vía, Lacan demostró que la imposibilidad del goce

está enlazada a la condición puesta a los deseos del hombre de tener que pasar por el desfiladero de la palabra que los constituye como tales. Lejos de que la prohibición se oponga al deseo, éste sólo encuentra su soporte en la ley, es decir, en el lenguaje donde el goce queda interceptado. Al demostrar el vínculo entre el lenguaje, el inconsciente y el sexo, y lo que el deseo —por oposición a la necesidad— debe a la palabra, Lacan puso en claro

lo que se hallaba en juego en el término Kultur, que Freud evoca

siempre a título de explicación última de la disfunción de la sexualidad humana. Bajo esta luz conviene considerar el pronóstico con que Freud pone fin a su análisis: «Tal vez habría que familiarizarse con la

idea de que conciliar las reivindicaciones de la pulsión sexual con las exigencias de la civilización es una cosa totalmente imposible,

y de que el renunciamiento, el sufrimiento, así como en un

remoto futuro la amenaza de ver extinguirse el género humano a causa del desarrollo de la civilización no pueden ser evitados». 3 Pero, añade, si el hombre pudiera satisfacerse con su goce, desde ese momento nada podría ya desviarlo de él. La civilización se ha edificado, precisamente, sobre el defecto en el seno del goce humano.

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EDUCACION

II

Y

DESARROLLO

11

LA SEXUALIDAD INFANTIL

«A la edad de cuatro o cinco años elpequeño sujeto ya ha alcanzado su completa formación, y en ade- lante se limita a manifestar lo que hasta esa edad se habta depositado en él.» Introducción al psicoanálisis (1915).

Antes de los descubrimientos vinculados con el de la sexuali- dad infantil, Freud había exhortado a una reforma de la educa- ción movido por la importancia que atribuía a la influencia de la moral en la génesis de las neurosis. Si la internalización de las prohibiciones morales por las cuales la sociedad asegura el refre- namiento de la sexualidad se lleva a cabo a través de la educación, ésta muestra ser la responsable directa de la neurosis. Es por medio de la educación, y del anatema que ella arroja sobre la sexualidad, como la familia se asegura, conforme a las exigencias de la sociedad burguesa, la castidad de los adolescentes, con el riesgo de neurosis y de las consecuencias sobre la vida sexual ulterior que esto implica. Lo que sería deseable transformar ante todo es, por lo tanto, la educación. Las críticas que Freud le dirige en La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna partici- pan de la misma concepción, al tiempo que se apoyan en el descubrimiento de la importancia ejercida en la sexualidad del adulto por las tendencias perversas, es decir, las pulsiones par- ciales, para demostrar la nocividad de la prohibición de relacio- nes sexuales genitales impuesta a los adolescentes. Hallándose forzada entonces la sexualidad a escoger otros rumbos, las pul- siones parciales amenazan con escapar definitivamente a la he-

6

EDUCACION

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gemonía de la genitalidad, y a no encontrar más salidas que en la perversión o la neurosis. 1 Por otra clase de razones, el descubrimiento de la sexualidad infantil llevó el problema de la educación a un primer plano en el interés de Freud. En efecto, tal descubrimiento es paralelo a la revelación de la importancia de los años iniciales de la vida para el desarrollo del individuo y también para la etiología de las neurosis. Por otra parte, la claridad obtenida con los resultados de la investigación analítica sobre el proceso de desarrollo del niño, ilumina al mismo tiempo las vías por las que la educación ejerce su influencia. El psicoanálisis se halla de este modo en condiciones de revelar al educador los principios de su poder, y tal vez con ello de incrementarlo, al mismo tiempo que encuen- tra ser capaz de mostrarle sus errores y permitirle así una acción mejor concertada. Saber lo que se está haciendo cuando se educa, ya que no hacer lo que se quiere: tal es la esperanza que Freud suscitó. Ya hemos dicho que él mismo creyó en la misión de la educación para la prevención de las neurosis, antes de recordar, en el prefacio al trabajo de Aichhorn, que la tarea de educar ocupaba un sitio entre las profesiones imposibles. 2 Recordemos brevemente la forma en que Freud, en la época de los Tres ensayos, describía la evolución de las pulsiones sexuales durante el desarrollo del individuo. La experiencia psicoanalítica reveló el pluralismo de las componentes de la sexualidad y su origen infantil, así como la existencia de zonas erógenas diferen- tes a las de los órganos genitales. Esas componentes no genitales, las pulsiones parciales, se encuentran casi siempre operando en los síntomas neuróticos. El autoerotismo, o, para decirlo de otro modo, la capacidad del cuerpo propio para constituirse en objeto de la satisfacción sexual, es la segunda característica de la sexua- lidad infantil. Tal característica reaparece igualmente en los sín- tomas neuróticos, y en particular los histéricos. En el segundo y tercero de los Tres ensayos para una teoría sexual, Freud describe el destino de estas características de la vida infantil durante la evo- lución del individuo hasta la edad adulta. En el mejor de los casos,

1. La vie sexuelle, pp. 38 y 41.

2. Prefacio a A. Aichhorn,

Verwahrloste Jugend,

1925,

Berna.

Cf. S.E.,

XIX,

pp. 273-275. «Prefacio para un libro de August Aichhorn», O.C., III (p. 3.216).

50

LA SEXUALIDAD

INFANTIL

es decir, cuando no encuentra obstáculos, el desarrollo conduce

a la sumisión de las zonas erógenas no genitales a la primacía de

los órganos genitales, esto es, a la subordinación de las pulsiones parciales a la función de reproducción, así como al paso del autoerotismo al aloerotismo, donde la satisfacción requiere un objeto ajeno. Tal evolución se cumple en dos tiempos, sufriendo la actividad sexual, desde los cinco-seis años hasta la pubertad, una interrupción que Freud denominó período de latencia. Al término de la primera fase, la relación objetal ya se encuentra establecida (de quien el niño espera la satisfacción de sus deseos sexuales es de las personas que le cuidan, en particular la madre),

y la erogeneidad de los órganos genitales ha quedado revelada

para el pequeño. Pero es en la etapa de la pubertad cuando las pulsiones parciales deben subordinarse definitivamente a la fun- ción de reproducción, al mismo tiempo que el adolescente re- nuncia a sus primeros objetos de amor y busca satisfacción junto

a personas extrañas a la familia. Las concepciones de 1905 ponen el acento, por un lado, en las tendencias perversas del niño, es decir, sus pulsiones parciales, y por el otro, en la importancia del período de latencia, o sea de la instauración de la sexualidad humana en dos tiempos. Estos dos puntos constituyen el eje de la reflexión de Freud sobre la educación hasta alrededor de 1915. En 1905, la primera fase de la evolución de la sexualidad se concibe como esencialmente mar- cada por la emergencia del pluralismo de las corrientes pulsiona- les, cada una de las cuales tiende aisladamente a la satisfacción que le es propia. La ausencia de enlace entre estas corrientes, es decir, su falta de organización, caracteriza a esta fase. El niño es entonces un «perverso polimorfo». Un estado de libertad en el que reina la anarquía pulsional: tal parece ser la primera concep- ción de Freud sobre este período de la vida infantil. La vida sexual descrita sufre hacia los cinco-seis años una brusca deten- ción que señala la entrada en el período de latencia. Surgen entonces los sentimientos de repugnancia, vergüenza y pudor, y el de piedad, sobre los que va a edificarse la moralidad. La activi- dad sexual parece quedar prohibida. Sin embargo, Freud no parece considerar que la educación sea la principal responsable de la detención de la actividad sexual ni de las formaciones morales que entonces surgen: «Ante el niño nacido en una socie-

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DESARROLLO

dad civilizada, se tiene la impresión de que sus diques son obra de la educación, y es indudable que la educación contribuye a ellos. En realidad, esta evolución condicionada por el organismo y fijada por la herencia puede producirse a veces sin intervención alguna de la educación». 3 El período de latencia estaría orgánicamente determinado (¿al igual que la pubertad?), y la educación sólo vendría a reforzar el proceso. Pudor, repugnancia y piedad cons- tituirían las manifestaciones de fuerzas autónomas que surgirían en un momento dado del desarrollo fisiológico para oponerse a la actividad sexual del individuo. En esta época, Freud no ha atribuido todavía el período de latencia al complejo de Edipo. Pero todavía en 1915 seguía considerando que «las fuerzas que refrenan el desarrollo sexual, como la repugnancia, el pudor y la moral, son como depósitos históricos de las inhibiciones exterio- res que la pulsión sexual vio imponerse en la psicogénesis de la

humanidad

cusión de estas inhibiciones se hace sentir espontáneamente en el desarrollo del individuo cuando la educación y otras influen- cias exteriores la provocan». 4 Estorbadas en su manifestación, las pulsiones sexuales no por ello han desaparecido, y durante el período de latencia sufrirán transformaciones cuyo desenlace será su organización bajo la primacía de la genitalidad. Los diques psíquicos, que se oponen a su satisfacción, tendrán por función canalizarlas, hacerlas con- verger para asegurar la fuerza de la corriente genital, y ponerlas al servicio de la función de reproducción. La educación, al vedar las actividades sexuales perversas a lo largo de este período y contribuir a la formación de los sentimientos morales, favorece la instauración de la genitalidad, y se convierte así en auxiliar de la naturaleza.

Pero no todas las corrientes perversas se funden en la sexuali- dad genital. Cierta cantidad de ellas quedará sometida a otro destino. La pulsión parcial podrá ser sublimada, es decir, desviada de su fin sexual primitivo hacia otros, no sexuales y socialmente valorizados. También podrá ser transformada en su contrario (formación reactiva) para dar nacimiento a las «virtudes». Las

Puede observarse fácilmente, añade, que la reper-

3. Trots essais sur la tbéorie de la sexualité, p. 70.

4. Ibíd., nota 29, p. 174.

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LA SEXUALIDAD

INFANTIL

formaciones psíquicas más estimadas por la sociedad han salido, pues, de las mismas tendencias que la sociedad condena cuando se expresan directamente. Pero también pueden producirse sali- das socialmente menos favorables: si la pulsión parcial sufre una fijación en el transcurso del desarrollo, a causa de una disposi- ción constitucional o bien debido a acontecimientos accidentales (seducción, por ejemplo) acaecidos durante la primera infan- cia, podrá, ya sea dar directamente nacimiento, al llegar a la madurez, a una perversión sexual, ya sea, si padece una repre- sión, exteriorizarse en forma de síntoma neurótico. De este esquema del desarrollo del individuo tal como Freud lo trazó en 1905, va a desprenderse la tarea de la educación: «la transformación de la sexualidad infantil representa uno de los fines de la educación», dice Freud en los Tres ensayos, 5 e igualmen- te en Introducción al psicoanálisis: 6 «Una de las más importantes tareas educativas es restringir y someter la pulsión sexual a la reproducción y a una voluntad individual acorde con los fines sociales». La educación debe, por una parte, asistir y eventual- mente reforzar el proceso natural que conduce a la organización de las pulsiones parciales bajo la dominación de la genitalidad y, por la otra, velar por que las pulsiones parciales que escapan a este primer destino se orienten hacia las salidas socialmente favorables de la sublimación y la formación reactiva; por último, y principalmente, «la educación es una profilaxis que debe pre- venir las dos salidas, la neurosis y la perversión». 7 Con vistas a ello, condenará y hostigará (cosa que siempre ha hecho) las manifestaciones de la sexualidad durante el período de latencia, primero porque a esta edad, habida cuenta del desarro- llo fisiológico del niño, las manifestaciones no pueden sino ser de naturaleza perversa y amenazan con traer aparejada una fijación de la pulsión que resultará nociva para el desarrollo, y después, porque las condiciones de educabilidad de un niño residen, pre- cisamente, en la latencia de la sexualidad: «Los educadores, en la medida ett que prestan alguna atención a la sexualidad infantil, se conducen como si compartieran nuestros puntos de vista sobre

5. Ibíd., p. 71.

6. Introduction a la psychanalyse, p. 291.

7. Prefacio a O. Pfister, La méthodepsychanalytique, S.E. XII, p. 330.

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Y DESARROLLO

la formación, a expensas de la sexualidad, de las fuerzas morales defensivas, y como si supieran por otra parte que la actividad sexual convierte al niño en un ser ineducable. Persiguen en efecto, considerándolas un vicio, todas las manifestaciones se- xuales del niño, sin poder gran cosa contra ellas». 8 Así como la civilización se construye sobre el refrenamiento de las pulsiones, la educación, cuya tarea es poner al niño al servicio tanto de la especie como de la colectividad social, alcanzará sus fines me- diante la coartación de la sexualidad. Pero si la sexualidad consti- tuye un obstáculo para la educación, ello sólo ocurre cuando se exterioriza en la busca de una satisfacción directa. Si este fin se encuentra inhibido, ella provee las fuerzas que servirán a la socia- lización y aculturación del niño. Pero ya hemos dicho que la inhibición misma es concebida entonces por Freud como el efec- to, también, de una evolución natural biológicamente deter- minada. Sin embargo, la educación «deberá, para permanecer dentro de su ámbito, limitarse a reconocer las huellas de lo que está orgánicamente preformado, profundizarlo y depurarlo». 9 En 1905, y en los años subsiguientes, las concepciones de Freud respecto de la educación descansarán en la idea de que debe contentarse con el papel de auxiliar de la naturaleza, fijándole de este modo los límites de su acción. Lo que Freud critica son sus excesos, su desmesura (así como los de la moral sexual). No es una educa- ción negativa lo que él preconiza, al estilo de Rousseau, ya que la evolución naturalmente preformada del niño requiere, de todos modos, el sostén de la educación, la cual, por otra parte, debe favorecer la sublimación. Freud no demanda al educador abste- nerse, sino velar por no excederse en sus derechos y su función mediante una restricción desmedida de la vida sexual infantil, lo cual contravendría los fines mismos de la educación al compro- meter el desarrollo del niño.

8. Trois essais sur la théorie de la sexualité, p. 72.

9. Ibíd., p. 70.

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7

LA CRITICA FREUDIANA DE LA EDUCACION

En La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna, de 1908, Freud acusaba a la educación y a la moral sexual civilizada de comprometer inclusive uno de los fines de la educación, al pro- hibir no sólo la manifestación de las tendencias perversas sino también las de la sexualidad genital en la etapa de la adolescen- cia, forzando así a la sexualidad a elegir vías colaterales condu- centes a una satisfacción perversa o neurótica, y dañando defini- tivamente la función reproductiva. La otra gran crítica de que hizo objeto Freud a las prácticas educativas se refiere al perjuicio que, en su opinión, producen éstas en el desarrollo de las facultades intelectuales. La yugula- ción de la sexualidad por la educación resulta excesiva cuando afecta a la curiosidad sexual infantil, amenazando llevar a su represión y a la ulterior extinción de la curiosidad intelectual normalmente resultante. El ejercicio de la facultad de pensar está íntimamente ligado al destino de las pulsiones parciales. En La ilustración sexual del niño (1907), así como en Teorías sexuales infanti- les (1908), Freud se pronuncia en favor de la educación sexual de los niños y critica la actitud que comúnmente adoptan al res- pecto los padres y educadores, actitud en la que distingue los efectos de la mala conciencia que éstos deben a sus propias represiones. Para Freud, nada justifica el negarse a satisfacer la curiosidad sexual del niño con explicaciones. El temor frecuen- temente invocado de atentar contra la inocencia del niño, des- pertando su interés hacia las cosas sexuales, no resiste a la obser- vación. En efecto, tal objeción se apoya en el postulado de la inexistencia en el niño de una curiosidad sexual espontánea,

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Y

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correlativa a la supuesta ausencia de toda vida sexual infantil. La propia ceguera de los padres y educadores respecto a aquello de lo cual la observación más cotidiana debería convencerlos, re- quiere una explicación. Freud ve en ella la consecuencia de la amnesia infantil, es decir, de la represión, que cobra la forma del olvido de las impresiones sexuales vividas durante los primeros años de la vida, «olvido» que hace al adulto extraño tanto a su propia infancia como a la infancia en general. 1 Efectivamente, al reconocimiento de la existencia de una sexualidad infantil se oponen las barreras encargadas de mantener la represión en el propio educador. Posteriormente Freud hará notar que tal des- conocimiento no impide al educador perseguir severamente las manifestaciones de la sexualidad infantil que por otra parte nie- ga. 2 Así, pues, los excesos de la coerción educativa parecen pro- porcionales a la intensidad de las represiones del educador, lo cual permite a Freud aconsejar a quienes ejercen el oficio de educar que se sometan a un psicoanálisis personal. Tendremos ocasión de volver sobre este punto. «En cualquier caso estoy convencido, dice Freud en otro texto, de que ningún niño, al menos ninguno mentalmente sano, y aun menos ninguno que esté bien dotado intelectualmente, puede dejar de preocuparse por los problemas sexuales en los años que preceden a la pubertad.» 3 Por lo demás, la experiencia demuestra que precocidad sexual y precocidad intelectual suelen estar asociadas. Sin embargo, a las preguntas formuladas por el niño (si no está ya demasiado «intimidado» para atreverse a interrogar), el adulto responde casi siempre con una fábula, cuando no lo hace con una reprobación. Freud considera esta actitud sumamente dañosa, en varios aspectos, para el desarrollo del niño. Configura a sus ojos «la primera ocasión de un conflicto psíquico, en la medida en que opiniones por las que los niños experimentan una preferencia de carácter pulsional, pero que no están "bien" a los ojos de las personas mayores, entran en oposición con otras

1. «Les droits de la psychanalyse á l'intérét scientifique», 1913, S.E. XIII,

p. 189. («Múltiple interés del psicoanálisis», véase la nota 6, p. 34).

2. Introduction a la psychanalyse, S.E. XV, p. 312.

3. «Les théories socuelles infantiles», La vie sexuelle, p. 15. «Teorías sexuales

infantiles», O.C., II (p. 1.262).

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LA CRITICA

FREUDIANA

DE LA

EDUCACION

basadas en la autoridad de las personas mayores, pero que a ellos no les convienen. Este conflicto psíquico muy pronto puede convertirse en una escisión psíquica. Una de las dos opiniones, concomitante con el hecho de ser un buen chico pero también con la detención de ia reflexión, pasa a ser la opinión consciente dominante; la otra, que mientras tanto ha recibido nuevas prue- bas por obra de la labor de investigación, pruebas que no tienen derecho a ser tomadas en cuenta, se convierte en la opinión yugulada, "inconsciente". Por esta vía queda constituido el com- plejo nuclear de la neurosis». 4 En otro aspecto, la confianza del niño en la palabra de sus padres resultará así definitivamente quebrantada, y con ella su autoridad, paso al que atribuimos una gran importancia. En él se percibe con la mayor claridad uno de los aspectos del mecanismo psíquico de la represión, y en espe- cial su relación con la palabra. Lo que se encuentra en el origen de la represión no es tanto la prohibición impuesta al actuar como la impuesta al decir. Lo que no puede ser dicho, tampoco puede ser conscientemente pensado, porque para el niño el otro conoce todos los pensamientos y éstos se vuelven tan culpables y peligrosos como las palabras o los actos. Pero los pensamientos no se dejan suprimir con facilidad. No por ser desterrados de lo consciente dejan de subsistir. De este modo, lo Inconsciente sería aquello que el otro no tiene que saber, y el modo más seguro de lograrlo es además disimulárselo a uno mismo. Pero lo que hay que esconderle al otro es aquello de lo que éste no quiere saber nada, de manera que el niño se ve forzado a reprimir sus pensamientos porque el adulto desconoce su propia sexualidad, y en particular sus raíces infantiles. La censura ejercida sobre la palabra —es decir, la ocultación de la verdad, la mentira por omisión— constituye así el error educativo de más gravosas consecuencias, ya que provoca la formación de síntomas neuróticos por los cuales retornará la verdad reprimida, y además compromete la independencia del pensamiento, es decir, el ejercicio mismo de la función intelec- tual: «No hay duda de que si la intención del educador es ahogar lo antes posible toda tentativa del niño por pensar en forma independiente, en provecho de la tan valorada "honestidad",

4.

Ibíd., p. 18.

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EDUCACION

Y

DESARROLLO

nada le ayudará mejor a ello que desorientarlo en el plano sexual e intimidarlo en el terreno religioso». 5

solitaria, el niño se topará co n el.

enigma, para él insoluble, de la naturaleza del acto de procrea- ción, y esto por no poder reconocer la existencia de la diferencia de sexos. Los obstáculos opuestos por los adultos a su investiga- ción no son los únicos en juego. También la angustia de castra- ción hace fracasar la búsqueda: reconocer la ausencia de pene en la mujer equivaldría, para el varón, a confirmar la posibilidad de verse despojado de él, y para la niña, a renunciar a la esperanza de adquirirlo alguna vez. Sin embargo, la ignorancia en la que per- manece el pequeño respecto de la existencia de la vagina, que lo conduce a mantener incólume su teoría de la identidad sexual entre el hombre y la mujer, es a fin de cuentas responsable del fracaso definitivo de su esfuerzo por pensar. Ahora bien, «la incesante cavilación y la duda son, sin embargo, los prototipos de todo el trabajo de pensamiento ulterior volcado a la solución de problemas, y el primer fracaso ejerce ya, para siempre, un efecto paralizante». 6

Condenado a la investigación

En Un recuerdo

infantil de Leonardo de Vinci, Freud describe las

tres consecuencias posibles del fracaso de las primeras investiga- ciones del niño. La primera vía consiste en una inhibición neuró- tica del pensamiento, en una «debilidad adquirida». La segunda desemboca en la erotización de las operaciones intelectuales, que cobran de este modo un carácter obsesivo y están condenadas a repetir el primer fracaso y a quedar sin conclusión. En la tercera, una parte de la pulsión y del deseo consigue sublimarse, ya desde el origen, en curiosidad intelectual, y escapa a la represión: es la salida más afortunada pero también la que se presenta más rara- mente. 7

Fuera del porvenir intelectual de los niños, que la ausencia de sinceridad e incluso de honestidad de los adultos amenaza com- prometer, lo que estas prácticas educativas promueven es su actitud general respecto de la sexualidad. El secreto en el que los adultos envuelven la realidad sexual no puede sino llevarlos a

5. «Les explications sexuelles

del niño», O.C., II (p. 1.244).

»,

La vie sexuelle, p. 11. «La ilustración sexual

6. «Les théories sexuelles infantiles», La vie sexuelle, p. 21.

7. S.E. XI, pp. 78-80.

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LA CRITICA

FREUDIANA

DE LA

EDUCACION

pensar que algo «vil y abominable» está enlazado a ella. «La mayoría de los niños pierden la única actitud correcta frente a los problemas relativos al sexo, y muchos no la recobrarán nunca.» 8 Los efectos de la moral sexual denunciados por Freud hallan así una de sus raíces en los tapujos de los educadores respecto a la sexualidad. Según Freud, a la escuela le corresponde dispensar las expli- caciones sexuales, dentro del marco de la enseñanza sobre el mundo animal. La sexualidad debe ser tratada en el mismo plano que las otras materias, de forma tal que el niño no tenga la sensación de que a estas cuestiones se les otorga un lugar aparte. Pero el hecho de que sea preferible la asunción de esta tarea por la escuela se debe, en gran parte, a la torpeza de que habitual- mente dan prueba los padres en la formación sexual de sus hijos. 9 La educación sexual debería tener un valor preventivo respecto a las neurosis, y preservar el buen funcionamiento intelectual del niño. Su introducción en el programa educativo es, por lo demás, una de las reformas de las que Freud espera la transformación de la actitud global respecto a la sexualidad. Jones comenta que Freud volvió sobre el tema durante una sesión de la Sociedad de Viena en 1909, en la que «subrayó el particular riesgo que el descuido de su necesidad de explicacio- nes puede implicar para el niño. En caso semejante, la sexualidad entera puede resultar inextricablemente mezclada con la idea de una prohibición de la que emanan consecuencias fatales para la vida conyugal». 10 Observemos sin embargo que más adelante, en Análisis termi- nable e interminable, Freud confiesa haber sobrestimado el efecto preventivo de las explicaciones de orden sexual dadas a los niños. Estos, en efecto, aunque se haya aumentado sus conocimientos, conservan sus propias teorías sexuales, más conformes con su organización libidinal. La escisión psíquica, cuya responsabili- dad atribuía Freud a la censura educativa, no se produce me- nos cuando se suministran explicaciones sexuales: «Los niños se comportan como primitivos a los que se ha inculcado el cris-

8. «Explications sexuelles

9. Ibíd., p. 12.

»,

La vie sexuelle, p. 12.

10. E. Jones, La vie et l'oeuvre de Freud, París, PUF, 1970.

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EDUCACION

Y

DESARROLLO

tianismo y que a escondidas siguen adorando a sus antiguos ídolos». 11 Pero Freud no repudió por ello la educación sexual. Aunque no siempre basta para permitir al niño la superación de sus dificultades, no le hace correr el mismo riesgo que los tradiciona- les tapujos, cuyo más claro efecto era introducir la desconfianza en las relaciones entre niños y adultos. 12 De todas formas, en la época de La ilustración sexual del niño y de Teorías sexuales infantiles, Freud vuelca sus esperanzas de preven- ción de las neurosis en los progresos de la clarificación. El respe- to de la verdad por el educador, la libertad de expresión y de pensamiento otorgada a los niños le parecen el camino más seguro para lograrlo. Si el poder de la palabra hace al principio de la cura analítica, también habrá de apoyarse en él la educación para ayudar al niño a superar sus conflictos psíquicos. Además de la represión de la curiosidad sexual, Freud condena igualmente la excesiva severidad hacia la actividad sexual infantil: «El refrena- miento mediante la constricción de instintos poderosos a través de medios exteriores nunca culminó en un niño en la desapari- ción de ese instinto ni en su dominio. Conduce a la represión que predispone a las enfermedades nerviosas ulteriores». 13 Entre los peligros de la coartación y su necesidad, afirmada pese a todo por Freud, la tarea del educador no revela apenas hallarse facilitada.

11. Analyse terminée, analyse interminable,

S.E. XXIII,

pp. 233-234.

«Análisis

terminable e interminable», O.C., III (p. 3.339).

12. Sobre la educación sexual de los niños, consultar Minutes de la

société

psycbanalytique de Vienne, T. II, París, Gallimard, 1978. Informe de la sesión del 15-

12-1909, pp. 347-358.

13. Les droits de la psychanalyse

,

S.E., XIII, p. 189.

54

8

ALGUNAS PROPUESTAS PARA UNA EDUCACION DE ORIENTACION ANALITICA: JUANITO

Freud extrajo básicamente sus descubrimientos acerca de la sexualidad infantil de su experiencia analítica con neuróticos adultos. Deseoso de una confirmación procedente de la observa- ción directa, pidió a los miembros de su círculo que recogieran para él observaciones sobre la vida sexual de sus hijos. Este fue el interés teórico que dio nacimiento a la práctica del análisis de niños, del cual fue Juanito el conejillo de Indias. Este análisis de una fobia en un niño de cinco años no fue conducido directa- mente por Freud sino, bajo su control, por el padre del chiquillo. Freud no practicó el análisis de niños, pero fueron muchos los que, tomando el camino inaugurado con Juanito, se consagraron a lo que luego pasó a ser una especialidad. Entre ellos, como se sabe, la propia hija de Freud. Con el análisis de niños, la aportación del psicoanálisis a la educación deja de ser únicamente teórica. No sólo esclareciendo al educador sobre la naturaleza del desarrollo pulsional del niño puede el psicoanálisis ser útil a aquél; además le aporta una técnica que le permite ayudar al niño a superar dificultades fren- te a las cuales las simples medidas educativas muestran ser impo- tentes. Rara vez escapa el niño a una ola de síntomas que por lo común hace su aparición al final de la primera infancia, antes de la entrada en el período de latencia. Es lo que Freud llama neurosis infantil, que puede desaparecer espontáneamente sin dejar huellas, pero que también puede servir de fundamento a una neurosis ulterior. Disolver estos primeros síntomas ya en su eclosión equivale, por así decir, a suprimir los gérmenes de las neurosis de la edad adulta. En términos ideales, una orientación

61

ED UCA CION Y DESARR OLLO

auténticamente analítica de la educación implicaría el tratamien- to analítico de la neurosis infantil. En su comunicación de la cura de Juanito, Freud no se limitaa señalar las ventajas de un tratamiento analítico precoz y a echar las bases del psicoanálisis del niño; también da a conocer algunas reflexiones sobre la orientación educativa deseable, según la perspectiva que la experiencia analítica sigue adoptando. Su en- foque del problema está determinado aquí por la preocupación profiláctica, en cuyo nombre Freud se lanza, como hemos vis- to anteriormente, contra las prácticas educativas demasiado coercitivas. Juanito fue, podríamos decir, uno de los primeros hijos del psicoanálisis. Sus padres formaban parte del medio analítico que empezaba a constituirse; la madre había sido paciente de Freud y el padre mantenía con él relaciones de trabajo. Su conocimiento de las teorías freudianas les incitó a utilizar con Juanito métodos educativos inspirados en las adquisiciones del psicoanálisis. Así fue como «convinieron en educar a su primer hijo sin más res- tricciones que las absolutamente necesarias para el manteni- miento de una buena conducta» y hacer «la prueba de dejarlo crecer lejos de toda intimidación». 1 El desarrollo del texto muestra sin embargo que los padres, y especialmente la madre, no siempre estuvieron a la altura de tan buenas intenciones, como lo atestiguan la amenaza de castración y las prohibiciones impuestas a la masturbación que Juanito vio oponérsele como cualquier otro niño. De todos modos, parece haberle sido asegurada la libertad de expresión, así como la atención parental a sus dichos. Freud atribuye a esta educación el mérito de haber permitido al niño la comunicación de su angus- tia y de sus dificultades psíquicas, cosa que una educación co- rriente tal vez le habría vedado. «Cuando educamos a los niños, simplemente queremos que se nos deje en paz y vernos libres de dificultades; en síntesis, queremos hacer de él un "niño modelo", sin preguntarnos si este modo de actuar es bueno o malo para él.» 2 Por el contrario, «todas las consideraciones y las mínimas

1. Cinqpsychanalyses, París, PUF, 1966, p. 94. «Análisis de la fobiá de un niño de cinco años (caso "Juanito")», O.C., II (p. 1.365).

2.

Ibíd., p. 185.

62

ALGUNAS

PROPUESTAS

restricciones posibles» 3 caracterizarían la educación deseada por Freud: liberalismo y respeto hacia el niño. La perspectiva analítica parece aquí asociarse, confundién- dose con ella, a una perspectiva puramente ética. Pero esto se produce en la medida en que de la empresa analítica se desprende una dimensión indiscutiblemente ética: ella enseña el peso de la verdad (verdad que si es desconocida, reprimida, conduce a la enfermedad) y el poder apaciguador de la palabra verdadera mediante la cual los deseos se hacen reconocer. Al psicoanálisis

le es difícil separarse de una ética de la verdad. Sin embargo, no

es a un culto desinteresado de ésta a lo que se Consagra. La perspectiva analítica sería más bien de orden económico. Freud se expresa casi siempre én términos de balance. La represión es en todo sentido ventajosamente suplida por la condena cons- ciente: die Urteilsverwerfung.* El respeto por la verdad es más compensatorio que «la política del avestruz», 5 rédito que Freud enlaza a lo que él llama función biológica de la conciencia, la cual, por su independencia relativa respecto al principio del pla- cer, permite un mejor ajuste a lo real. Cuando más adelante (lo veremos a propósito de El porvenir de una ilusión), ya no encuentre en el respeto por la verdad la garantía de la felicidad, no por ello

dejará de considerar más onerosa la ilusión que apunta a preser- var la comodidad que el enfrentamiento lúcido de lo real. Al intentar levantar la represión, el tratamiento psicoanalítico busca incrementar la extensión del poder de la conciencia y, con ello, su control finalizado sobre los procesos psíquicos. Esta es también una de las metas que Freud asigna, como veremos, a la educación. 6 «La educación para la realidad», que Freud preconiza en El porvenir de una ilusión, consiste en inducir al niño a considerar no sólo la realidad exterior, material y social, y sus exigencias, sino también la realidad psíquica, es decir, la realidad del deseo. Pero la mejor garantía para el educado de tener él mismo acceso

a ella es, sobre todo, el reconocimiento de esta última realidad por parte del educador. La voluntad del educador de no querer

3. Ibíd., p. 194.

4. Ibíd., p. 196.

5. L'interprétation des réves, París, PUF, 1967, p. 511. «La interpretación de los

sueños», O.C., I (p. 343).

6. Cf. El porvenir de una ilusión.

63

ED UCA CION

Y DESARR OLLO

ALGUNAS

PROPUESTAS

saber nada, da origen a sus esfuerzos por refrenar las manifesta- ciones de los deseos del niño. Cuando alcanza su fin, su coar- tación permite, aprés coup, creer en su inexistencia. La educación «no se ha propuesto hasta el presente otra tarea que la domina- ción o, para ser más exactos, la coartación de los instintos: el resultado no es nada satisfactorio, y allí donde este proceder ha

valiosa contribución a la formación del carácter que las pulsiones perversas y asocíales del niño aportan, si no se ven sometidas a la represión y desviadas de su fin primitivo hacia fines más válidos gracias al proceso conocido con el nombre de sublimación». 10 No es mediante la restricción como un fin semejante puede_ ser alcanzado, y aun menos coartando las pulsiones por la fuerza:

triunfado no lo hizo sino en provecho de un pequeño número de hombres privilegiados a los que no se exigió la yugulación de sus instintos. Tampoco ha indagado nadie por qué caminos y al precio de qué sacrificios se cumplió tal yugulación de los instin- tos molestos». 7 Las prácticas educativas, por lo tanto, se han dado hasta ahora por único fin la coartación de las pulsiones. Su carácter irracio- nal, sus raíces pasionales, quedan con ello denunciadas: estas prácticas no toman en consideración ni el interés del educado ni el de la colectividad. «Estar en paz», es decir, no ver cuestionado el propio equilibrio libidinal por tener en cuenta los deseos del niño: ésta parece ser la principal motivación para el educador, quien ya no quiere saber nada del niño que fue. 8 El reconoci- miento de los deseos del niño, de su sexualidad, amenazaría comprometer la conservación de sus propias represiones, prote- gidas por el velo de la amnesia infantil. «Si se sustituye esta tarea por la de volver al individuo capaz de cultura y socialmente útil, reclamándole para ello el mínimo sacrificio posible de su actividad propia, las aclaraciones que el

«Nuestras más altas virtudes se han elevado, mediante formacio- nes reactivas y sublimaciones, desde nuestras peores disposicio- nes. La educación debería evitar con todo cuidado el ahogo de tan preciosos resortes de acción, y limitarse a alentar los procesos mediante los cuales estas energías se encauzan por rumbos más sanos». 11 La definición dada aquí por Freud a los fines de la educación no tiene nada de original. La idea de que toda empresa educativa tiene que lograr la conciliación de los derechos del individuo y las exigencias de la sociedad no es exclusivamente suya. A la educa- ción le incumbe tratar de resolver las contradicciones eventuales entre sus miras respectivas. Encargada ante todo de llevar a buen puerto la aculturación del pequeño sujeto dentro del marco de una ética que acuerde su lugar al individuo, la educación no puede tomar solamente en consideración los fines sociales. Por otra parte, su posición de terapeuta no es ajena al hecho de que Freud haga justicia a las reivindicaciones del individuo de no ver limitar más allá de lo necesario sus posibilidades de acción y satisfacción. Son los individuos los que acuden a él para obtener

psicoanálisis nos ha aportado acerca del origen de los complejos

el

alivio de sus sufrimientos. La salud no puede serle indiferente,

patógenos y del núcleo de toda neurosis, podrán aspirar a ser

y

ello aun cuando, por razones en definitiva técnicas, alerte a

consideradas por el educador como inestimables indicaciones

los analistas contra el «orgullo terapéutico», esto es, la obsesión

sobre la conducta que debe tenerse para con los niños.» 9 Si se asigna a la educación el objetivo de asegurar al individuo un

de la curación. 12 Pues bien, la definición que en otra parte da de la salud psíquica no carece de relación con las metas que propone a

desarrollo máximo dentro del marco de la colectividad social,

la

educación: ser capaz de gozar y de actuar. 13 El goce es un fin

entonces los datos de partida del psicoanálisis podrán revelar su utilidad. Gracias a ellos, el educador podrá ante todo reconciliar- se con la infancia, y en particular con las manifestaciones perver- sas de ésta. En efecto, el psicoanálisis pone de manifiesto «la

individual, y la acción puede ser puesta al servicio de éste tanto como al de la colectividad. Cuando Freud, en el prefacio a la obra de Pfister, define a la educación como una «profilaxis que debe

7. Cinq psychanalyses, p. 197.

8. Droits de la psychanalyse

9. Cinq psychanalyses, p. 197.

,

S.E., XIII, p. 189.

62 64

10. Droits de la psychanalyse, S.E. XIII, p. 189-

11. Ibíd., p. 190.

12. Cf. «Conseils aux médecins», La techniquepsychanalytique, París, PUF, 1967,

p. 65. «Consejos al médico en el tratamiento psicoanalítico», O.C., II (p. 1.654).

13. Introduction a la psychanalyse, p. 435.

ED UCACION Y DESARR OLLO

prevenir las dos salidas, la neurosis y la perversión», 14 el enfoque médico parece todavía más manifiesto. No obstante, examinemos esto más detenidamente. La per- versión no puede ser asimilada de ningún modo a una enferme- dad. En sí misma no es peligrosa para el individuo desde el punto de vista de su conservación, porque el problema de la reproduc- ción sólo concierne a la especie; y únicamente va acompañada de sufrimientos si suscita un conflicto psíquico, es decir, en definiti- va, si se asocia a rasgos neuróticos. Por lo demás, es perfectamen- te compatible con la capacidad de acción y de goce que caracte- rizan para Freud a la salud. Si la perversión debe ser evitada por la educación, de hecho ello sucede en la medida en que es incompa- tible con las exigencias de la sociedad, que la considera pernicio- sa. Por otra parte, resiste a todos los esfuerzos terapéuticos, incluido el psicoanálisis, cuando el individuo no entra en conflic- to con ella. Así, pues, neurosis y perversión representan dos polos que corresponden, uno, al punto de vista del individuo, y el otro, al de la sociedad. Son los «Caribdis y Escila» de la educa- ción, 15 que debe abrirse una vía entre el riesgo que las exigencias de la aculturación hacen pesar sobre la salud del individuo, y por otra parte los que el individuo puede hacer correr a la sociedad con la búsqueda de satisfacciones desviantes. Freud lo dice de manera explícita en el mismo texto: «La educación debe cumplir la tarea de velar por que nada perjudicial resulte, tanto para el individuo como para la sociedad, de ciertas disposiciones de las tendencias del niño». 16 Definición en cierta forma negativa de la tarea educativa: evitar lo peor. La salud, indudablemente, no puede constituir un valor pura- mente individual. La sociedad está igualmente interesada en que las energías de sus miembros no sean malgastadas por la enfer- medad. La neurosis es costosa para la colectividad, como subraya Freud en La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna. La perversión también puede ser perniciosa para el individuo: aun en ausencia de conflicto psíquico, puede acarrear conflictos con

14. Prefacio a La méthodepsychanalytique

15. Nouvelles conférences sur la psychanalyse, París, Gallimard, 1936,p.

de O. Pfister, S.E. XII, p. 330.

196.«Nue-

vas lecciones introductorias al psicoanálisis», O.C., III (p. 2.101).

16. Prefacio a La méthode psychanalytique de O. Pfister, S.E. XII, p.

62

330.

ALGUNAS

PROPUESTAS

el medio ambiente que sólo harán padecer al sujeto. Parece así indudable que la noción de salud psíquica no puede ser conside- rada con independencia de todo criterio social. En Introducción al psicoanálisis, Freud destaca la relatividad de la noción de normali- dad psíquica: entre la salud y la neurosis sólo hay grados. El sufrimiento individual no es el único criterio de la enfermedad mental; en este dominio, el veredicto de la sociedad pesa muchí- simo. Es indudable que a la idea de salud psíquica no puede sino asociársele la de una armonía entre el individuo y su medio; armonía que, por lo que incumbe al ser humano, está condenada a resultar absolutamente relativa si, como Freud, se tiene por irreconciliables las exigencias de la sexualidad y las de la civiliza- ción. En esta perspectiva no puede esperarse más que una limita- ción de los estragos. Y ésta es la única tarea que se pueda asignar tanto a la terapéutica como a la educación. El hecho de que la salud psíquica sea una norma fundamental- mente social permite explicar que su definición pueda englobar la de los fines de la educación. La convergencia de estos dos regis- tros, el médico y el educativo, se debe también a otros motivos que el psicoanálisis, precisamente, reveló al descubrir la etiología de las neurosis. La neurosis, y también la perversión (lo vimos a propósito de Tres ensayospara una teoría sexual), resulta de los fallos del proceso de desarrollo psíquico por los que el niño se hace adulto. Ahora bien, si definimos a mínima la educación como el conjunto de las prácticas que apuntan a favorecer este proceso, la neurosis debe ser considerada, con la perversión, como su fraca- so más patente. Por otra parte, el psicoanálisis como terapéutica de las enfermedades mentales puede ser considerado como una pos-educación, y ésta es la forma en que Freud lo define en muchos lugares. 17 La terapia analítica consiste, en efecto, en ascender hasta la fuente infantil del trastorno, es decir, hasta las fijaciones libidinales que obstaculizaron el desarrollo, a fin de liberar de la represión a las fuerzas psíquicas, que entonces podrán entrar en el proceso de maduración al que hasta ese momento habían

17. Cinq leqons sur la psychanalyse, PBP, Payot, París, 1971, p. 57. Introduction a la

psychanalyse, p. 451. Prefacio a La méthode psychanalytique de O.

Pfister, S.E. XII, pp.

331-333. Prefacio al trabajo de A. Aichhorn, S.E. XIX, p. 274. «De quelques caracteres rencontrés en psychanalyse», S.E. XIV, p. 312. «Varios tipos de carác-

ter descubiertos en la labor analítica», O.C., III (p. 2.413).

67

ED UCA CION

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escapado: «La terapia se propone hacer dar marcha atrás a lo que, en estas dos salidas, las de la neurosis y la perversión, se presta a ello, e instituir una suerte de pos-educación». 18 Si la educación puede ser definida en términos de profilaxis, o sea en términos de salud, el tratamiento psicoanalítico puede ser definido a su vez como una segunda educación. Educación y tratamiento analítico persiguen efectivamente los mismos fines. Las consideraciones de Freud acerca de los poderes respectivos del educador y del psicoanalista indican los límites que querría ver respetar a la acción educativa: «En un solo punto la respon- sabilidad del educador será mayor aun quizá que la del médico. El médico se enfrenta en general con estructuras psíquicas ya rígi- das, y en la personalidad acabada del enfermo encontrará un límite para su propia acción, pero también la garantía de la autonomía del paciente. El educador, por su parte, trabaja sobre un terreno maleable, accesible a todas sus impresiones, y deberá forjarse el deber de no modelar el joven espíritu según sus ideales personales sino, antes bien, según las disposiciones y posibilida- des que él encierra». 19 Educación y psicoanálisis han alcanzado el objetivo de su acción si garantizaron a las componentes pulsionales su apertura hacia una organización libidinal satisfactoria. Ni el educador ni el psicoanalista pueden arrogarse el derecho de imponer fines y objetos a las pulsiones del paciente o del educado. Hasta se podría hablar de educación negativa. No se trata ciertamente de dejar hacer a la «naturaleza», contentándose con protegerla de toda influencia corruptora: Freud no es de ningún modo un seguidor de Rousseau. Sin embargo, en los años siguientes a los Tres ensayos, parece haber considerado que el proceso de desarro- llo de las pulsiones hacia la organización genital está biológica- mente determinado. La educación deberá limitarse, por una parte, a no obstruir ese proceso, y por otra, a evitar las fijaciones perversas susceptibles de bloquearlo; por último, tendrá que orientar hacia fines culturales las pulsiones parciales que no se integran en la corriente genital, esto es, favorecer su sublima- ción. Donde el educador se halla más expuesto a abusar de su

16.

Prefacio

a La méthode psychanalytique de O. Pfister, S.E. XII, p. 330.

19.

Ibíd., p. 331.

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ALGUNAS

PROPUESTAS

poder es en esta tercera tarea, que constituye la función propia- mente civilizadora y a cuyo respecto Freud quisiera ver al educa- dor limitarse a favorecer las virtualidades propias del educado. Tan sólo se trata de permitir el advenimiento de aquello que en el niño se encuentra en estado de germen. En sus Consejos al médico en el tratamiento psicoanalítico (1912), Freud no considera resguardado al psicoanalista de la tentación de abusar de sus poderes como educador: «Otra tentación emana de la función educativa que incumbe al médico aun cuando éste no lo quiera. Puede ser que al liquidar las inhibiciones que afec- tan al desarrollo, el médico acabe dando a las pulsiones liberadas nuevos fines. Se entiende que vea entonces como una cuestión de honor el convertir al sujeto cuya neurosis requirió tantos trabajos en alguien particularmente destacado, y que le propon- ga apuntar alto. Pero también aquí debe saber el médico domi- narse y considerar menos sus propios deseos que las aptitudes de su paciente». 20 En suma, educador y psicoanalista deben someterse ambos a la regla de abstención que consiste en no desear por o en el lugar del educado o del paciente. La sublimación, que es la salida más deseable para las pulsiones parciales fuera de su integración en la genitalidad, en circunstancias favorables se efectúa de hecho de un modo espontáneo. Como hemos visto, la educación «deberá limitarse a alentar los procesos mediante los cuales estas energías se encauzan por rumbos más sanos». 21 Así, pues, Freud enuncia, de un lado, la necesidad del refrenamiento sexual en la educa- ción, y afirma, del otro, la nocividad de un refrenamiento por la fuerza y la ineficacia de la coerción como método educativo. ¿Pero qué otros caminos pueden llevar a tal refrenamiento de las pulsiones? El desarrollo de Freud en lo relativo al otro aspec- to de la tarea educativa, aquel que concierne no ya solamente a las pulsiones sexuales sino a las pulsiones del Yo , tal vez ha de permitirnos responder a esta pregunta. En efecto, si bien Freud asigna a la educación la misión de favorecer el acceso a la genita- lidad, así como la orientación socialmente útil de las tendencias perversas, su papel no se limita a esto. La educación debe permi-

20. La techniquepsychanalytique, París, PUF, 1967, p. 63.

21. Les Droits de la psychanalyse a l'intérét scientifique, S.E. XIII, p. 190.

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EDUCACION

Y DESARROLLO

tir asimismo el acceso a lo que Freud llama la realidad, y aquí las pulsiones del Y o cumplen un rol esencial. Este es un aspecto de la educación que Freud no delimitó de entrada. Todavía en 1910 dirige principalmente su atención a la relación entre la educación y la sexualidad. Es la elaboración de la teoría del dualismo pul- siones sexuales - pulsiones del Yo la que aporta los nuevos ele- mentos con los que enriquece su concepción de la educación. Con posterioridad, no cesó de poner el acento en la necesidad de esa «educación para la realidad» que preconiza en El porvenir de una ilusión.

54 70

9

EL YO Y LA REALIDAD

«Puede describirse a la educación como una incita- ción a la dominación delprincipio delplacer y a su reemplazo por el principio de realidad.» Los dos principios del funcionamiento men- tal (1911).

El problema de la represión, sus causas y mecanismo, es cen- tral para la cuestión de la educación tanto como para la teoría analítica. El tratamiento analítico apunta a levantar las represio- nes que intervienen en el origen de los síntomas. Dentro del marco de su misión profiláctica, la educación debe esforzarse por evitar que la represión se produzca. El problema de su origen, fuera del interés teórico que inspira, es de una gran importancia práctica para su prevención. Ya en los Estudios sobre la histeria, la represión es considerada como el producto de un conflicto psíquico, noción que seguirá siendo central en la teoría analítica. Pero antes de la elaboración de la primera teoría de las pulsiones, entre 1910 y 1915, el conflicto es concebido como esencialmente producido entre re- presentaciones incompatibles: la conciencia rehúsa admitir las representaciones de carácter sexual a causa de su oposición con las concepciones morales del sujeto, con la idea, podríamos de- cir, que éste se forja de sí mismo y de lo que tiene que ser, eso que Freud llama por entonces el Yo. Las críticas de Freud respecto de la moral sexual civilizada y la educación que la transmite se sitúan en el marco de esta primera concepción de la represión. No obstante, y ya lo hemos apuntado, Freud se hallaba lejos

ED UCA CION Y DESARR OLL O

de contentarse con esta explicación, sospechando tempranamen- te que las formaciones morales bien pódríá.n ser los efectos de las defensas del sujeto frente a la sexualidad más que sus causas, y esto le condujo a suponer la existencia de una fuente de displacer inherente a la sexualidad. En un principio intentó explicar por la aparición tardía de la pubertad el hecho de que la represión sólo afecte a representaciones vinculadas a la sexualidad. Al estar relacionados con la sexualidad, los recuerdos infantiles se volve- rían patógenos con el empuje sexual de la pubertad, y entonces solamente sucumbirían, aprés coup, a la represión. Contrariamente a las experiencias de índole no sexual que el Yo del sujeto integra de manera progresiva a lo largo de su desarrollo, las experiencias sexuales pueden escapar al proceso de ligazón de las excitaciones —característica del sistema secun- dario— gracias a su escasa intensidad en la época infantil, y permanecer así sometidas a la sola ley de la descarga inmediata del proceso primario. Al verse incrementada su intensidad con la pubertad, la inesperada violencia de su irrupción sorprende a las defensas del sistema secundario, suscita el displacer y fuerza a recurrir a la represión, mecanismo arcaico de defensa contra el dolor, equivalente a la fuga ante las excitaciones externas. El descubrimiento de la sexualidad infantil volvió parcial- mente caduca esta explicación. La aparición tardía de la pubertad no alcanza para dar cuenta del hecho de que la represión se dirige a la sexualidad. La hipótesis de un desajuste entre la experiencia sexual infantil y el surgimiento, sólo al llegar la pubertad, de la excitación sexual, es invalidada por el descubrimiento de la exis- tencia de excitaciones de índole sexual durante la primera infan- cia. Freud hizo intervenir entonces mucho más tempranamente, en la historia del sujeto, la represión de la sexualidad: en la instauración del período de latencia y bajo los efectos conjuga- dos de la educación y de un proceso espontáneo biológicamente determinado. Y a en La interpretación de los sueños, la instauración tardía de la pubertad deja de ser para Freud responsable de la represión, que ahora se debe al hecho de que el sistema secun- dario se constituye tan sólo progresivamente a partir del sistema primario. Segundo en el tiempo, no llega a establecer por com- pleto su dominación sobre el primer sistema, del que emanarán, a lo largo de la vida, los impulsos de deseo que constituirán para

72

EL YO Y LA

REALIDAD

él otras tantas constricciones: «A este retardo se debe el hecho de que una parte de nuestro material mnémico permanezca inacce- sible a la investidura preconsciente». 1 Así, pues, para que haya represión es preciso que un caudal de recuerdo infantil haya escapado a la vigilancia del Preconsciente, es decir, del sistema secundario, que desde ese momento revela ser impotente para inhibir la liberación de los afectos a él enlaza- dos. Freud no explica aquí por qué motivo son particularmente los deseos infantiles de carácter sexual los que escapan al domi- nio del Preconsciente. Sólo indica que la realización de algunos de estos deseos pertenecientes al sistema primario «sería contra- ria a las representaciones-fines del pensamiento secundario» 1 y provocaría un sentimiento de displacer. «Precisamente, esta transformación de afectos constituye el sentido de lo que hemos denominado "represión".» 1 Aquello cuyo cumplimiento es fuen- te de placer para un sistema se convierte en displacer para el otro. El problema de la represión permanece aquí intacto. Freud no da ninguna explicación de esa transformación del placer en dis- placer con el paso de un sistema al otro. Pero tampoco dice por qué ella afecta específicamente a lo que pertenece al dominio de la sexualidad. Apunta simplemente que dicha transformación está enlazada a la actividad del segundo sistema, se produce a lo largo del desarrollo y la aparición de la repugnancia en el niño da fe de ella. Todo cuanto se puede decir es que el registro de las representaciones sexuales parece estar más específicamente so- metido al proceso primario, es decir, a las leyes del Inconsciente, mientras que el Yo se vincula, por el contrario, con el sistema secundario, o Preconsciente. La incompatibilidad del modo de funcionamiento propio del sistema primario con el del sistema secundario hallaría su expresión en la repulsión particular del Y o ante lo que corresponde al registro de la sexualidad. De este modo, la oposición entre el Y o y la sexualidad pasa a ser, en el marco de la teoría del aparato psíquico, oposición entre proceso primario y proceso secundario, entre Inconsciente y Precons- ciente.

¿Qué se gana con esta traducción? Freud subraya ciertamente, merced a lo que él mismo llama ficción teórica del aparato psí-

1. L'interprétation des réves, p. 513.

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quico, la extrañeza, la alteridad radical de la sexualidad con respecto al Yo, su carácter funcionalmente antinómico, cosa que la idea de un conflicto psíquico de índole moral no destaca en forma alguna. El Yo. y la sexualidad son, en un sentido, tan extraños el uno al otro, al decir de Freud, como el oso blanco y la ballena: no son del mismo mundo. A lo que tiende la cura analíti- ca es a hacer que se reúnan, a fin de cumplir las condiciones de posibilidad de una solución del conflicto. ¿Por qué razón tal división entre dos dominios radicalmente diferentes se instaura en el seno del aparato psíquico? Dicho de otro modo, ¿qué es lo que preside el surgimiento del segundo tipo de funcionamiento? En el Proyecto, y en La interpretación de los sueños, Freud responde: la necesidad. En el marco del funciona- miento primario del aparato, 2 la tensión psíquica suscitada por las excitaciones internas (necesidades fisiológicas, por ejemplo) tiende a descargarse inmediatamente en forma alucinatoria, vale decir, reactivando la huella mnémica dejada por la experiencia anterior de satisfacción. En ausencia del objeto, la satisfacción real no se produce, y bajo la tensión creciente de la necesidad el dolor aparece. El aparato psíquico se ve entonces forzado a co- rregir su propio funcionamiento, a modificarse inhibiendo el mecanismo alucinatorio, y a utilizar una cierta cantidad de la energía provista por la tensión en busca, a través de la motilidad, de una aparición de la percepción real del objeto de satisfacción. De este modo, el aparato psíquico se ve forzado, bajo la presión de la necesidad, a hacerse cargo de las informaciones suministradas por la realidad y a operar una discriminación con respecto al recuerdo. Se constituyen así procesos nuevos, corres- pondientes al pensamiento, por los cuales el aparato psíquico prepara y anticipa la acción. Puesto que tales procesos requieren cierta cantidad de excitaciones, el aparato psíquico debe inhibir su fluencia y elevar el potencial global hasta que el encuentro con el objeto de satisfacción permita la descarga. El segundo sistema implica, pues, una modificación del principio de displa- cer debido a que el aparato psíquico está obligado a tolerar cierta tensión. Pero en el interior del aparato psíquico, modificado así a

2. Retomamos aquí la descripción del funcionamiento del aparato psíquico del Proyecto de una psicología para neurólogos.

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EL

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REALIDAD

causa de las necesidades y de la exigencia de recurrir al mundo exterior para satisfacerlas, subsisten procesos correspondientes

al modo primitivo de funcionamiento. En el Proyecto, el Y o desig- na la instancia inhibidora que obstruye la fluencia de la excita-

ción y permite

sería otra cosa que la totalidad de las investiduras en el sistema secundario, correspondiente a la energía «ligada». Vemos perfilarse así las relaciones entre el Yo, las necesidades y la realidad. Fueron las necesidades fisiológicas las que, bajo la presión del displacer, forzaron a los procesos psíquicos a evolu- cionar, diferenciarse y hacerse cargo de la realidad. El Yo, como función inhibidora, está al servicio de esta tarea, que consiste en mantener la integridad del aparato psíquico, amenazado por el dolor, y asegurar la conservación del organismo. Pero lo que hace que la sexualidad escape en gran parte al proceso secundario no queda con ello aclarado, como tampoco la amenaza que parece constituir para el Yo. Se comprende que la irrupción de un proceso primario en el interior del sistema se- cundario pueda provocar displacer en el seno de este sistema, que sólo tolera el paso de pequeñas cantidades de energía, y que éste se defienda de ello (a lo cual correspondería la irrupción de una representación sexual en el preconsciente). Pero cuesta en- tender de qué modo el sistema secundario sería capaz de inhibir el desarrollo de displacer ligado al recuerdo de una experiencia dolorosa (que corresponde a la irrupción de un proceso prima- rio) y de investir la representación correspondiente (como lo atestigua el hecho de que los recuerdos de experiencias desagra- dables en general no se ven afectados por represión), y sería impotente para efectuar la misma labor en lo que concierne a las representaciones sexuales. 3 La sexualidad sería menos domina- ble por el Yo que el dolor físico, y, en cierto modo, más dolorosa que el dolor.

la instauración del proceso

secundario. El Y o no

El artículo Los dos principios del funcionamiento mental, de 1911, intenta aportar una solución a este problema. Aquí Freud reanu- da en términos cercanos a los del Proyecto, la descripción de la génesis del aparato psíquico, con la diferencia de que ahora prefiere el término principio de placer al de principio de displa-

3. L'interprétation des réves, pp. 512-513.

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EDUCACION

Y DESARROLLO

cer, y de que introduce el de principio de realidad, al que erige como principio de funcionamiento del proceso secundario, cuya descripción, por otra parte, no modifica: ligazón de la energía, elevación de la cantidad de excitación tolerada en el sistema, emergencia de la atención, la memoria y el pensamiento con vistas a reencontrar, mediante una acción apropiada en la reali- dad, el objeto de la satisfacción. A la instauración de este principio de realidad corresponde la necesidad, para el aparato psíquico, de disponer de un máximo de informaciones sobre el mundo exterior, lo que lleva al aban- dono, al menos parcial, del principio del placer: «Lo que enton- ces se presentó en mi espíritu ya no fue lo agradable sino lo real, aunque fuese desagrable». 4 En La interpretación de los sueños, Freud ya había indicado la necesidad de una relativa independencia del pensamiento con respecto al principio del placer, pero sin em- bargo consideraba que éste regía igualmente el proceso secun- dario. 5 La aportación de este texto reside en la luz que proyecta sobre las causas de la insumisión al principio de realidad de aquello que pertenece al dominio de la sexualidad. Freud pone aquí en relación la dinámica de las pulsiones sexuales y de las pulsiones del Yo (que hacen ahora su primera aparición) con el desarrollo del aparato psíquico y sus leyes económicas. Las pul- siones del Yo, que comprenden esencialmente las de autocon- servación, se dejan someter fácilmente al principio de realidad a causa de su dependencia respecto de los objetos exteriores nece- sarios para la satisfacción. Las pulsiones sexuales, por el contra- rio, prescinden originariamente de todo objeto exterior y se satisfacen de manera autoerótica, lo cual les permite escapar al proceso de desarrollo que afecta a las pulsiones del Yo y perma- necer, dentro del marco del proceso primario, bajo la domina- ción del principio del placer. Por otra parte, en el momento en que las tendencias sexuales comienzan a orientarse hacia un objeto exterior, este proceso es interrumpido por el período de latencia, que suspende el desarrollo sexual hasta la pubertad. De la dependencia de las pulsiones del Y o con respecto a la

4.

S.E. XII, p. 219.

5.

L'interprétation des réves, p.

512.

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realidad, de la posibilidad de la satisfacción autoerótica unida a la existencia del período de latencia, resulta «una relación más estrecha, por un lado, entre la pulsión sexual y los fantasmas y, por el otro, entre las pulsiones del Yo y las actividades de la conciencia». 6 Ahora bien, «en el reino del fantasma, la represión subsiste omnipotente: comporta la inhibición de ideas, in statu nascendi, antes de que puedan ser observadas por la conciencia, si la energía que les es adjudicada resulta capaz de suscitar displa- cer. Este es el punto débil de nuestra organización psíquica; y puede ser empleado para reinstalar bajo el dominio del principio del placer procesos de pensamiento que ya se habían vuelto racionales. Una parte esencial de la predisposición psíquica a la neurosis reside, de este modo, en la educación retardada de las pulsiones sexuales en comparación con la toma en consideración de la realidad y, correlativamente, en las condiciones que hacen posible dicho retardo». 1 La transformación del «yo-placer» en «yo-realidad», «es decir, la capacidad del Yo para soportar el displacer», se cumple bajo la presión de las pulsiones del Yo. Una parte de los procesos psíquicos —los vinculados a las pulsiones de autoconservación— sufre así un desarrollo que los coloca bajo la dominación del principio de realidad, mientras que la otra parte, separándose de la primera, conserva su independencia, escapa al proceso de desarrollo de la precedente y queda «inedu- cada», vale decir, insometida al principio de realidad. Esto lleva a Freud a dar una nueva definición de la educación:

«Puede describirse a la educación como una incitación a la do- minación del principio del placer y a su reemplazo por el princi- pio de realidad, o sea que ella busca aportar su ayuda al proceso de desarrollo que afecta al Yo. Con tal finalidad se sirve del amor como de una recompensa por parte de los educadores, y por eso fracasa cuando el niño mimado piensa que posee este amor en todos los casos y que, pase lo que pase, no puede perderlo». 7 Según esta nueva definición, la influencia de la educación se ejercería principalmente gracias a las pulsiones del Yo. Sólo ellas serían educables, mientras que las pulsiones sexuales quedarían sustraídas a toda influencia debido a su independencia con res-

6. S.E. XII, p. 222.

7. S.E. XII, p. 224.

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pecto al mundo exterior así como a su adormecimiento durante el período de latencia. Freud desarrollará este punto de vista en Introducción al psico- análisis-. «Las tendencias sexuales y el instinto de conservación no se comportan en la misma forma con respecto a la necesidad real. Los instintos cuyo fin es la conservación y todo lo a ella vincu- lado son más accesibles a la educación; tempranamente aprenden a plegarse a la necesidad y a adecuar su desarrollo a las indicacio- nes de la realidad. Esto es comprensible, dado que no pueden procurarse de otro modo los objetos que necesitan y sin los cuales el individuo corre el riesgo de perecer. Las tendencias sexuales, que al comienzo no tienen necesidad de objeto e igno-

ran esta necesidad, son más difíciles de educar. Llevando, por así decir, una existencia parasitaria asociada a la de los otros órganos del cuerpo, susceptibles de hallar una satisfacción autoerótica sin salirse del propio cuerpo del individuo, escapan a la influencia educativa y a la necesidad real y, en la mayoría de los hombres, conservan en ciertos aspectos durante toda la vida ese carácter

arbitrario,

Las pulsiones del Yo, o pulsiones de autoconservación, no son sometidas de entrada al principio de realidad. El niño y la madre que provee a sus necesidades realizan inicialmente un sistema autárquico que Freud compara con el huevo, y gracias al cual el niño se halla a resguardo de la realidad exterior. Las exigencias de la realidad, los renunciamientos que ésta impone se encarnan primeramente para el niño en las exigencias parentales, que consisten, precisamente, en medidas educativas. Estas deben ser dosificadas en función de las posibilidades del niño, que no está en condiciones de afrontar directamente la realidad. La educa- ción, dice Freud, debe ser un «juego de vida», 9 pero ha de preser- var al niño del enfrentamiento brutal con la existencia. Las me- didas educativas consisten básicamente en exigir al niño la tole- rancia de cierta dosis de displacer que constituye el renuncia- miento a las satisfacciones pulsionales inmediatas, a fin de obte- ner un placer diferente. El amor como recompensa, es decir, una

caprichoso, refractario, "enigmático".» 8

8. Introduction a la psychanalyse, p. 334.

9. Contribution a une discussion sur le suicide, S.E. XII, p. 232. «Contribuciones al

simposio sobre el suicidio», O.C., II (p. 1.636).

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satisfacción de carácter sexual, 10 representa ese placer en cuyo, nombre el niño aceptará el displacer impuesto. Así, pues, una parte de las pulsiones sexuales favorece el proceso educativo. Se renuncia a satisfacer ciertas componentes de la sexualidad para conservar el beneficio de otras satisfacciones igualmente libidi- nales. Estas últimas acaban siendo preferidas, en la medida, muy probablemente, de que al mismo tiempo favorecen las pulsiones del Yo . Como señala Freud: «No se tarda en comprobar que ser amado es una ventaja a la que se puede y se debe sacrificar muchas otras». 11 Ambas, la libido y las necesidades, participan pues del proceso educativo. El hecho de que el paso del principio del placer al principio de realidad se efectúe mediante una prima de placer no es más que una paradoja aparente, si se considera, como apunta Freud más adelante, que el principio de realidad consiste precisamente en la aceptación del displacer con vistas al placer mismo. Pero, según Indica Freud, el temor de perder el amor entra también en juego. Para el niño, el amor no representa únicamente una satisfacción de índole libidinal, sino también la garantía de estar protegido del mundo exterior, y por eso intere- sa a las pulsiones del Yo. En último extremo, sería el temor por la autoconservación lo que conferiría su poder a la influencia educativa. Así, pues, las pulsiones del Yo serían los motores de la educación. La mira de la educación es apoyar el desarrollo del Yo, vale decir, en definitiva, reforzar las pulsiones del Yo. Estas mismas pulsiones servirían después para refrenar las pulsiones sexuales, que no son directa- mente influenciadles por la educación. 12 El hecho de que sean los

10. Aunque inhibida en cuanto al fin, cf. Psicología de las masas y análisis del Yo.

11. S.E. XIV, p. 282.

12. Las relaciones entre lo que Freud denomina Yo (en la expresión yo-placer

yo-realidad) y las pulsiones de autoconservación, a las que igualmente llama pulsiones del Yo, no son fáciles de precisar. Las pulsiones del Yo corresponden al punto de vista de la dinámica de las fuerzas obrantes en el psiquismo, mientras que el Yo atañe al punto de vista tópico sobre el aparato psíquico. En este último sentido, puede decirse que corresponde al conjunto del proceso secundario o preconsciente. Las pulsiones de autoconservación constituirían el sustrato diná- mico del Yo, el cual correspondería al modo de funcionamiento del aparato psíquico orientado a dar satisfacción a las pulsiones de conservación. El Yo como instancia, dentro del marco de la segunda tópica, sería así «la agencia psíquica destinada a la conservación del individuo» (Vocabulaire de la psychanalyse, París, PUF, 1967, J . Laplanche y J.B. Pontalis, artículo Moi), {Diccionario de Psicoanálisis,

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padres, con sus exigencias, quienes constituyen para el niño la primera encarnación de la realidad, lleva a interrogarse sobre el sentido que debe otorgarse a la noción de realidad en Freud, especialmente en lo que él denomina «principio de realidad». Las exigencias parentales son difícilmente asimilables a los datos brutos del mundo exterior. La realidad a la cual el niño debe aprender a someterse, y con la cual debe contemporizar en su

búsqueda de satisfacción, es, ante todo, la voluntad de los padres.

O

pura, con lo que el niño se ve confrontado es con una realidad humana. Más aun que la brutal necesidad de transformar la natu- raleza para sonsacarle aquello que puede satisfacer las necesida- des, lo que los padres representan para los niños son las exigen- cias nacidas de la vida en sociedad, es decir, las de adecuar su comportamiento a normas sociales. En este sentido, la «realidad» del «principio de realidad» se confunde con la réalidad social.

sea que, muy lejos de que tenga que vérsela con la necesidad

En esta perspectiva, parece difícil separar las exigencias socia- les de los imperativos morales cuyo carácter patógeno Freud

denuncia en otra parte. Para el niño, la realidad son los otros y sus exigencias, sus demandas, sus deseos; o sea que está tejida por

el lenguaje y la palabra. 13 Más tarde, Freud dirá que la realidad

exterior es considerada por el adulto según el modelo de su

relación de hijo con sus padres. 14 En Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte, 15 Freud identifica además de manera explícita la presión de la realidad con la presión educativa. El medio circundante, es decir, la realidad social, viene simplemen- te a reemplazar para el adulto lo que para el niño eran las exigen- cias educativas. El factor externo que preside la transformación

de las «malas inclinaciones», «consiste en la presión ejercida por

la educación, que se constituye en portavoz de las exigencias del ambiente civilizado y cuya influencia queda reemplazada después

Ed. Labor, Barcelona, 1971, artículo Yo), y «el yo-realidad no tiene otra cosa que hacer que tender hacia lo útil y asegurarse contra los daños» («Le double principe de fonctionnement psychique», S.E. XII, p. 223). «Los dos principios del funcio- namiento mental», O.C., II (p. 1.638).

13. Casi se podría decir que para el niño la realidad social es la realidad

psíquica (die psyschiche Realitát)

del Otro (parental).

14. Malaise dans la civilisation, p. 83.

15. Essais de psychanalyse, p. 244, París, Payot, 1963.

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por la acción directa de este ambiente». La presión exterior se interioriza y forma la moralidad del sujeto. Sin embargo, aunque ello no aparezca con claridad en el texto

Los dos principios delfuncionamiento mental, no es posible

principio de realidad el sentido único de principio de conformi- dad con las exigencias de la sociedad. Lo que Freud pone de relieve en el paso del principio del placer al principio de realidad

es la nueva capacidad del aparato psíquico para hacerse cargo no

ya solamente de lo que da placer, es decir, las representaciones

agradables, sino también de lo que es verdadero, es decir, la conformidad de las representaciones con la realidad, aunque sean

displacenteras. La capacidad de soportar el displacer es necesaria para el pensamiento, que funciona a partir de criterios de verdad

y falsedad. La liberación del pensamiento frente al displacer

apunta a posibilitar la integración del máximo de informaciones concernientes a la realidad exterior. Pero el pensamiento no sólo se enfrenta con esta realidad, sino que está al servicio de las necesidades y de los deseos, que constituyen para él otra realidad. Y si bien el período de latencia quita su fuerza a los deseos sexuales, éstos se imponen brutal- mente al llegar la pubertad. Integrarlos constituye entonces para el pensamiento, o sea para el proceso secundario, una pesada tarea en la que a menudo fracasa. La represión es la marca de e&te fracaso. Para el pensamiento, la realidad exterior no es la única fuente de displacer a superar. Los deseos constituyen otra, que ' también debe ser asumida. Una de las tareas del pensamiento es reconocer los deseos a fin de examinar su compatibilidad con las exigencias de la realidad exterior. La condena por el juicio, die Urteilsverwerfung, vale decir, un proceso de pensamiento cons- ciente, debe reemplazar a la represión, en el caso de que ambas revelaran ser incompatibles. Esto es lo que procura obtener el tratamiento analítico, y es aquí, precisa Freud, donde éste resulta comparable a un proceso educativo, puesto que se esfuerza en lograr que el sujeto reconozca, a pesar del displacer que a ellos se asocia, sus deseos.

También el mundo de los deseos constituye, pues, una reali- dad a la que Freud da el nombre de «realidad psíquica». Si la meta de la educación es adaptar al niño a la realidad exterior, enseñán- dole a hacerse cargo de ella, el tratamiento analítico lleva al

conferir al

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adulto a reconocer esa otra realidad que son sus deseos. Sin embargo, hay una relación entre la negativa a reconocer la reali- dad psíquica en la represión y la imposibilidad de integrar los elementos de información provistos por la realidad exterior. De este modo, la amnesia infantil del educador, es decir, la represión de su propia sexualidad infantil, le impide reconocer sus manifes- taciones en los niños a los que educa. Aquí, la realidad interior se une a la realidad exterior. Tiempo después, Freud preconizará una educación para la realidad, que no le parece asegurada por el método educativo corriente en la medida en que éste descuida, o más bien niega, precisamente, los deseos, esto es, esa realidad que la sexualidad humana constituye, y no prepara a los niños para hacerse cargo de ella y afrontarla. La subsistencia de un mecanismo psíquico como la represión marca, pues, el fracaso de la educación en la tarea de asegurar la completa dominación del principio de realidad sobre el principio del placer. El proceso secundario muestra ser impotente para superar el displacer suscitado por las representaciones sexuales, así como para integrarlas. En descargo de la educación tradicio- nal, Freud señala las dificultades específicas inherentes a la labor de integración que constituye, hablando con propiedad, la edu- cación de las pulsiones sexuales. En efecto, a todo lo largo del período de latencia éstas se encuentran adormecidas, por lo que las representaciones a ellas asociadas quedan desinvestidas y per- manecen apartadas de los procesos de desarrollo que afectan al Yo y a las pulsiones que se le atribuyen. Así, pues, la irrupción de representaciones sexuales reinvestidas, en el período de latencia, constituye una sorpresa para el proceso secundario, forzado en- tonces a recurrir a la represión. Podría considerarse en consecuencia que Freud de algún mo- do vuelve a las hipótesis formuladas en el Proyecto acerca del origen de la represión. Sin embargo, esto no es tan sencillo. Freud pone igualmente el acento sobre el autoerotismo y la capacidad de la pulsión sexual para satisfacerse de manera fan- tasmática. Lo que caracterizaría sustancialmente a la sexualidad sería su independencia respecto a la realidad, independencia que debe al modo de satisfacción que le es propio, o más bien a los modos de satisfacción que le son propios.

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En efecto, no cabe en absoluto confundir las satisfacciones ligadas al autoerotismo con las proporcionadas por la actividad fantasmática. Si bien presentan la característica común de pres- cindir de un objeto exterior, no se reducen la una a la otra. La actividad fantasmática surge con ocasión de las primeras mani- festaciones masturbatorias del niño, y las acompaña. A partir del renunciamiento a la masturbación, los fantasmas asociados a ella se vuelven inconscientes. Se expresan después en los sueños o en las ensoñaciones diurnas, y eventualmente en los síntomas. El acto autoerótico como tal pone en juego el cuerpo propio y puede considerarse que éste es el objeto por medio del cual la pulsión sexual alcanza una satisfacción cuyo lugar es la zona erógena. A cambio de esto, la actividad fantasmática parece co- rresponder a otro tipo de satisfacción. El diferenciado empleo que hace Freud de los términos Befriedigung y Erfüllung (en Wuns- cherfüllung) correspondería a esta dualidad. El deseo obrante en el fantasma se satisface de alguna manera con su propia expresión, como lo prueba el sueño. El deseo equivale a su cumplimiento, dice Freud a propósito de la culpabilidad inconsciente. La satis- facción fantasmática se acercaría al modo primario de satisfac- ción por alucinación del objeto. Al contrario de la necesidad, el deseo sexual se satisfaría con una ilusión. 16 Parecería que la existencia de una satisfacción sexual fantas- mática constituyera la característica esencial de la sexualidad humana. El surgimiento de una Wunscherfiillung que acompaña a la Befriedigung de la pulsión, y que,luego se hace autónoma, muestra ser capital en el destino de la sexualidad humana. La pulsión sexual quedará sometida, para su satisfacción, a las condiciones creadas por el fantasma. El yo se sublevará no tanto contra las

16. En Fantasmes hystériques et bisexualité: «El acto masturbatorio (en el sentido más amplio: onanista) se componía entonces de dos elementos: la evocación del fantasma y, en el punto culminante de éste, el comportamiento activo orientado hacia la autosatisfacción. Este compuesto, como se sabe, es en realidad una soldadura. Originariamente, la actividad era una práctica puramente autoerótica para obtener la ganancia de placer a partir de una zona corporal determinada que debe calificarse de erógena. Más tarde, esa actividad se fusionó con una represen- tación de deseo procedente del dominio del amor de objeto, y sirvió a la realiza- ción parcial de la situación en la cual el fantasma culminaba.» (Névrose, psychose et perversión, p. 151). «Fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad», O.C., II (p. 1.349).

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exigencias de las pulsiones sexuales como contra las representa- ciones fantasmáticas. La actividad sexual poseería, entonces, dos registros, dos caras podríamos decir, una de las cuales, la activi- dad propiamente pulsional, concerniría más al cuerpo y echaría raíces en lo biológico, y la otra, la actividad fantasmática, aunque tomando su fuerza de la primera y determinando de rebote las modalidades de su actividad, parece pertenecer al registro del lenguaje, como indican los análisis efectuados por Freud sobre el fantasma Pegan a un niño. 17 Al poner de relieve la existencia de una satisfacción fantasmá- tica, Freud destaca netamente la radical diferencia entre las pul- siones sexuales y las necesidades que él asocia a las pulsiones del yo. Diferencia de naturaleza que puede convertirse en oposición cuando, por ejemplo, el fantasma reprimido toma cuerpo en el síntoma, desviando al órgano implicado del cumplimiento de sus funciones orgánicas. La satisfacción del fantasma por medio del síntoma pone entonces en peligro la conservación del organis- mo, como puede verse, por ejemplo, en la anorexia mental. La insumisión de la sexualidad respecto al principio de reali- dad tendría, pues, su fundamento en la indiferencia de la sexuali- dad respecto a la conservación del individuo: lo que es placer para un sistema es displacer para el otro. Pero lo que sin duda ocurre es que el placer de uno es de un orden muy diferente al placer del otro. La naturaleza del placer en el sistema primario, suscitada por el fantasma sexual y que provoca el displacer del yo, parece emparentarse con lo que Freud creyó leer en el rostro del «Hombre de las ratas», y que describió con estas palabras: «El horror de un goce por él mismo ignorado». La oposición pulsión sexual - pulsión del Yo o de autoconservación, por la cual Freud, a partir de la década de 1910, cree poder explicar la represión, introduce la idea de que la función sexual encarna para el indivi- duo una amenaza de muerte. Los placeres a que apunta corren el riesgo de ser mortales, y la represión responde a esta amenaza. Así, la repulsión moral del sujeto con respecto a la sexualidad, como bien había vislumbrado antes Freud, no es sino la máscara de una angustia de muerte. 18

17. Névrose, psychose etperversión.

18. Las relaciones entre deseo y pulsión no son en Freud fáciles de determi-

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La existencia de una satisfacción fantasmática de la pulsión sexual, fuera de las cuestiones suscitadas por la extrañeza de semejante modo de satisfacción, plantea ciertos problemas que el texto de Freud deja en suspenso. Si bien da cuenta de las causas de la relación privilegiada entre sexualidad y proceso primario inconsciente, y de la resistencia de la sexualidad a verse integrada en el proceso secundario bajo la dominación del prin- cipio de realidad, no explica la repulsión particular de los proce- sos secundarios respecto a las representaciones sexuales, que Freud coloca en el origen de la represión. Dicho de otro modo, la atracción que el Inconsciente ejerce sobre lo sexual se explica por la indiferencia de lo sexual con respecto a la realidad, pero la repulsión, el rechazo activo por parte del yo, queda sin ser ex- plicado. ¿Por qué se defiende el yo del fantasma? «En los casos en que un grupo de representaciones permanece en el Inconsciente, el psicoanálisis no deduce de ello una incapacidad constitucional para la síntesis, qu,e se manifestaría precisamente en esa disocia- ción. Por el contrario, afirma que es la rebelión activa de otro grupo de representaciones lo que ha causado la aislación y la inconsciencia del primer grupo.» 19 ¿Por qué el proceso secunda- rio, íntegramente al servicio de las necesidades de conservación, manifiesta una resistencia particular a integrar las representacio- nes sexuales fantasmáticas? ¿De qué modo contraría la actividad fantasmática, por 'la que se satisfacen los deseos sexuales, las

nar. Si se distingue en la pulsión, como él lo hace, el empuje, la fuente, el fin y el objeto, quizá podría decirse que el deseo toma su potencia del empuje, pero es el fantasma por el cual se expresa lo que determinará el fin y el Objeto de la pulsión. Lacan hizo observar que los destinos de la pulsión descritos por Freud correspon- den a las diferentes variaciones de que es gramaticalmente susceptible una frase:

inversión del sujeto y el objeto, paso de la voz activa a la voz pasiva. Los fantasmas inconscientes y sus transformaciones corresponden también a una frase y a las transformaciones de que ésta es gramaticalmente susceptible, como demostró Freud respecto del fantasma: un niño es pegado. La pulsión parte del cuerpo, donde tiene su fuente, para volver a él en la satisfacción, en la que Freud veía su fin. Pero es el lenguaje el que determina su trayecto, es el fantasma el que determina las modalidades de su satisfacción; así, pues, pulsiones y deseo estarían anudados como lo están el cuerpo y el lenguaje.

de la visión», Névrose, psychose et perversión,

p. 169. «Concepto psicoanalítico de las perturbaciones psicopatógenas de la vi-

sión», O.C., II (p. 1.631).

19. «Les

troubles

psychogénes

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representaciones del Preconsciente? ¿No podría concebirse una suerte de coexistencia pacífica de los dos sistemas, uno de los cuales, enteramente independiente de la realidad, sería la sede de los deseos sexuales y de la satisfacción alucinatoria, y el otro, sometido a la realidad, aseguraría la satisfacción de las necesida- des? ¿Por qué viene el sistema primario a perturbar al segundo, como cabe inferir de la repulsión de éste respecto a lo que emana del primero? En un texto posterior, Freud suministra una res- puesta, aunque incompleta, a estas interrogantes: «Una parte de las pulsiones sexuales es apta, como sabemos, para la satisfacción autoerótica, y se presta entonces a los desarrollos descritos más adelante, que se operan bajo la dominación del principio del placer. En cuanto a las pulsiones sexuales que exigen de entrada un objeto, y a las necesidades de las pulsiones del Yo, que jamás pueden satisfacerse de manera autoerótica, ellas no pueden sino trastornar ese estado y preparar la progresión». 20 Así, pues, ciertas componentes de la sexualidad impiden una satisfacción exclusivamente autárquica. También las pulsiones que presiden el desarrollo de la sexualidad bajo la primacía de la genitalidad, con vistas a la reproducción, ponen en juego a la realidad. La separación total entre proceso primario y pulsiones sexuales por un lado, y proceso secundario y pulsiones del yo por el otro, no puede ser mantenida de un modo riguroso. Freud indica este desarrollo en Los dos principios delfuncionamiento mental-. «Mientras que el Yo pasa, a través de estas transformaciones, del Yo-placer al Yo-realidad, las pulsiones sexuales emprenden los cambios que las conducen desde el autoerotismo original, y a través de fases intermedias variadas, hacia el amor de objeto y la procreación». 21 El acceso a la genitalidad implica el acceso a la realidad, es decir, la integración de la sexualidad en el proceso secundario. ¿Por qué es tan difícil esta integración? Valiéndonos de lo que Freud desarrolla en Los instintos y sus destinos, propondremos la hipótesis siguiente. En el aparato psíquico las pulsiones deben hacerse representar por una representación. En la época de la

20. «Pulsions et destins des pulsions», Métapsychologie, París, Gallimard, 1976,

p. 37. «Los instintos y sus destinos», O.C., II (p. 2.039).

21. S.E. XII, p. 224.

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pubertad, la corriente genital estaría forzada a asociarse a las representaciones sexuales existentes en el inconsciente y que corresponderían a los fantasmas infantiles, que entonces el Yo ya no podría aceptar debido a su incompatibilidad con sus propias representaciones-fines. La experiencia analítica demuestra que casi siempre se trata de fantasmas incestuosos que chocan, no con la renegación de la realidad, sino con la prohibición del incesto. También aquí el principio de realidad parece remitir más a las leyes sociales fundamentales —que son las de la palabra— que a las leyes de la naturaleza. El displacer suscitado por el fantasma y que trae aparejada la represión por parte del yo, correspondería a la angustia de castración provocada por el ries- go que se correría si se transgrediera esa prohibición. Así, pues, el principio de realidad designaría, por una parte, el efecto de la integración por el aparato psíquico de los datos del mundo exterior y la constitución de un criterio que permitiría distinguir lo real de lo que no lo es; por otra parte, significaría aquello en cuyo nombre ha tenido lugar este proceso, es decir, la exigencia de autoconservación: a saber, que para cierta parte del aparato psíquico, para el Yo, la inquietud por la conservación habría podido más que el apetito de goce.

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«Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo.» Tótem y tabú (1913)

Con Tótem y tabú, Freud vuelve a abordar el problema de la antinomia entre sexualidad y civilización, problema que nunca renunció a juzgar fundamental. Es indudable que las exigencias de la propia conservación explican en parte la represión, en la medida en que las pulsiones sexuales amenazan comprometer este objetivo. Ello llevaría a considerar que la oposición manifes- tada por la civilización respecto a la sexualidad es, en alguna medida, una expresión de la organización colectiva de defensa contra los riesgos mortales que la sexualidad hace correr al hom- bre. Si el goce está prohibido, es porque sería mortal. Pero Freud no llegó al extremo de hablar explícitamente del carácter mortífero de la sexualidad para el sujeto, aunque su oposición pulsiones sexuales - pulsiones del Y o parezca implicar tal carácter. Se mostró más bien inclinado a referir a las pulsiones del Yo las tendencias destructivas, bajo la forma del odio: «El Y o odia, detesta, persigue con la intención de destruirlos a todos aquellos objetos que son para él fuente de sensaciones de dis- placer y que significan una frustración de la satisfacción sexual o de la satisfacción de las necesidades de conservación». 1 Aquí está aludiendo Freud a lo que por otra parte denomina Yo-placer, antes de que su transformación en Yo-realidad lo condujera a

1. «Pulsions et destins des pulsions», Métapsychologie, p. 41.

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sublevarse contra las exigencias de la pulsión sexual. «Puede incluso sostenerse que los verdaderos prototipos del odio no provienen de la vida sexual sino de la lucha del Yo por su conser- vación y afirmación.» 1 Las pulsiones del Yo pueden apuntar a la destrucción de lo exterior, pero lo que amenaza al Yo mismo es la sexualidad. En Introducción al psicoanálisis, Freud concibe el de- sarrollo de la humanidad según el mismo modelo que el desarro- llo del individuo: «En cuanto a la fuerza que ha impuesto el desarrollo a la humanidad, y cuya acción sigue ejerciéndose en la misma dirección, sabemos cuál es, se trata también de la priva- ción impuesta por la realidad o, para llamarla por su verdadero gran nombre, la necesidad que emana de la vida, la Ananke». 2 Freud no llegó, pues, a dar el paso que habría constituido el reconocer algo fundamentalmente mortífero en la sexualidad humana. En Introducción alpsicoanálisis, lo que percibe en el origen tanto de la evolución de la humanidad como del desarrollo del individuo es la necesidad de adaptarse a la realidad para sobre- vivir: a la hostilidad de la naturaleza debe el hombre su evolu- ción. La causa de la represión que afecta a la sexualidad en la civilización sería la necesidad del malthusianismo por un lado y del trabajo por el otro, y no el peligro que representa en sí misma la sexualidad. Freud vuelve aquí a un tema ya desarrollado, y sin embargo agrega la hipótesis de una herencia filogenética que determinaría la evolución del individuo. Las influencias actuales no le parecen suficientes por sí solas para explicar las caracterís- ticas de la evolución que se observa en el niño: «Ambos desarro- llos, el de la libido y el del Yo, en el fondo no son más que legados, repeticiones compendiadas de los desarrollos que la humanidad entera ha recorrido a partir de sus orígenes y que se extiende a lo largo de un extenso período». 3 Pero aquello que el individuo hereda, de todos modos tiene que adquirirlo de nuevo. «Debido, probablemente, a que las condiciones que antaño im- pusieron la adquisición de una particularidad dada siguen persis- tiendo y ejerciendo su acción en todos los individuos que se suceden.» 3 Pero «estas condiciones, que antaño fueron creado- ras, se han tornado provocadoras». 3 El carácter excesivo de la

2.

P. 334.

3.

Introduction a la psychanalyse, p. 334.

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restricción sexual en la civilización y en la educación, que Freud continúa denunciando, quizá se debería a la existencia de esa herencia filogenética que forzaría al individuo a imponerse re- nunciamientos en otro tiempo necesarios pero hoy perimidos, y que desbordan sus fines. El modo mismo según el cual se lleva a cabo la autorrestricción de la sexualidad, la represión, constitui- ría un residuo arcaico de las fases de desarrollo por las cuales debió pasar la humanidad. El hecho de que la ontogénesis repro- duzca la filogénesis proporcionaría una explicación del carácter inadaptado de ciertas peculiaridades de la evolución del indi- viduo. Freud volverá con frecuencia a esta hipótesis de una herencia filogenética para dar cuenta de las aberraciones que constata en el seno de la civilización y también en el desarrollo individual. Pero si bien no alude a ella en Introducción alpsicoanálisis, que data de 1915, fue en Tótem y tabú, escrito en 1912, donde precisó la índole de ese «legado» que aún pesa sobre la humanidad de hoy. Es la hipótesis que invocará en última instancia en El malestar en la cultura para explicar los rigores del Superyó. En cierto modo constituye el símbolo de la insuficiencia de toda tentativa de explicación para dar cuenta de nuestro malestar. Freud no se limitó a denunciar los excesos de la coartación de la sexualidad por la civilización y en particular por la educación. Su carácter inadaptado, que acaba chocando con sus propios fines, rubrica la naturaleza sintomática de esa coartación y, en tal carácter, in- cumbe a la interpretación analítica. La moral civilizada y la edu- cación parecen obrar en favor de la represión, provocándola y reforzándola, y llegando así a chocar con el objetivo de adapta- ción a la realidad que en principio les es propio. Su influencia se presenta, pues, como una traba para el progreso del proceso secundario en el aparato psíquico, progreso inseparable del de la humanidad y que, por el contrario, deberían proponerse asegu- rar. Así, la civilización y las prácticas educativas parecen hacer causa común con la represión. Las prácticas educativas en par- ticular, como hemos dicho, están determinadas por las propias represiones del educador referidas a la parte infantil de su sexua- lidad; Freud declara que si la represión hace al meollo de nuestra civilización, de su moral, de sus prácticas educativas, es que hace al fundamento de la civilización misma. Esta se ha edificado

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sobre una primera represión, y la humanidad está obligada, de generación en generación, a repetirla. Tótem y tabú forma parte de los ensayos de Freud en psicoaná- lisis aplicado. Intenta allí la elucidación analítica de ciertas for- maciones de la psicología colectiva cuyo testimonio fue recogido por la etnología. Dos de tales formaciones retuvieron particular- mente la atención de Freud a causa de su relación con la expe- riencia analítica: los tabúes, por la semejanza que presentan con ciertos síntomas de la neurosis obsesiva, y el totemismo, por sus relaciones con la exogamia, es decir, con la prohibición del in- cesto. Tanto desde el punto de vista sociológico como desde el psicológico, esta prohibición, de la que Freud descubrió que corresponde a un deseo inconsciente común a todos los hom- bres, es un enigma: ¿por qué se prohibe el hombre lo que consti- tuye su deseo más antiguo y profundo? Ni la sociología de su época, ni la psicología, ofrecían una respuesta. «Mientras que para la explicación del miedo al incesto también se podía contar con la elección entre causas sociológicas, biológicas y psicológi- cas, donde a su vez los factores psicológicos eran tan sólo modos de manifestación de las fuerzas biológicas, al final del análisis se ve uno obligado a suscribir la resignada admisión de Frazer:

ignoramos el origen del miedo al incesto y tampoco sabemos en qué dirección debemos buscarlo. Ninguna de las soluciones del enigma propuestas hasta ahora nos parecen satisfactorias.» 4 El problema es capital para los psicoanalistas. La prohibición del incesto está en el centro tanto de la neurosis como del desarrollo normal del individuo. Ya en Sobre una degradación general de la vida erótica, Freud le atribuía la responsabilidad de las limita- ciones de la capacidad de goce sexual en el hombre. El problema del disfuncionamiento de la sexualidad humana, que Freud no cesa de enfrentar, parece pender de ella. Freud empieza por esclarecer la relación entre totemismo y exogamia a partir de la analogía entre el totemismo —es decir, la existencia de un animal que representa al clan rodeado de prescripciones y prohibiciones— y las fobias infantiles de anima- les en las que el psicoanálisis aprendió a ver el efecto de un

4.

Tótem et tabou, París, Payot, 1973, pp. 144-145. «Tótem y tabú»

(p. 1.745).

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desplazamiento del miedo inspirado por el padre. «Si el animal totémico no es otra cosa que el padre, obtenemos en efecto lo siguiente: los dos mandamientos capitales del totemismo, las dos prescripciones tabú que constituyen su núcleo, a saber, la prohi- bición de dar muerte al tótem y la de desposar a una mujer perteneciente al mismo tótem, coinciden en cuanto a su conte- nido con los dos crímenes de Edipo, quien dio muerte a su padre y desposó a su madre, y también coinciden con los dos deseos primitivos del niño, cuya represión insuficiente o su despertar configuran quizás el núcleo de todas las neurosis.» 5 De este modo, las causas que determinan el complejo de Edipo individual serían asimismo origen de ciertas instituciones sociales. Confrontando estos primeros resultados con la hipóte- sis de Darwin según la cual la humanidad primitiva habría vivido en hordas dominadas por el macho más viejo, monopolizador de las mujeres en detrimento de los machos jóvenes, Freud a su vez emitirá, sobre el estado primitivo de la sociedad, una hipótesis que, según dice, «puede parecer caprichosa pero presenta la ventaja de realizar, entre series de fenómenos aislados y separa- dos, una unidad hasta entonces insospechada». 6 Los hermanos miembros de la horda, rebelados contra la tiranía del padre, se habrían asociado para matarlo y después comerlo, realizando a través de este último acto su identificación con él, al incorporar- se su fuerza. Este acto, del cual la comida totémica, la primera fiesta de la humanidad, sería conmemoración, habría significado el punto de partida, dice Freud, de las organizaciones sociales, las restricciones morales y las religiones. Este asesinato condujo a los hijos a imponerse como expia- ción el mismo renunciamiento que el padre imponía por la fuer- za, vale decir, el renunciamiento a la posesión de las mujeres de la horda. La ley tom ó así el lugar cíe la coerción. El padre muert o «pasó a ser más poderoso de lo que nunca lo había sido en vida». 7 Por otra parte, el mismo arrepentimiento llevó a crear un susti- tuto del padre, el tótem, encarnado por un animal al que estará prohibido dar muerte. La creación del tótem representa una

5. Ibíd., p. 152.

6. Ibíd., p. 162.

7. Ibíd., p. 164.

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repudiación del acto asesino, que con ello queda reprimido, al mismo tiempo que la comida totémica —el levantamiento ritual de la prohibición de matar al tótem y la consumición colectiva de éste— representa la conmemoración del asesinato y el retorno de lo reprimido. Sin embargo, el arrepentimiento no debió ser la única fuente de la instauración de estas prohibiciones. La rivalidad de los hombres de la horda por la posesión de las mujeres y el ejercicio del poder arriesgaba no tener salida, y debió dejar sitio a un pacto entre los hermanos —posibilitado justamente por su común re- mordimiento— según el cual cada uno renunciaba a sus deseos de omnipotencia, a la posesión de todas las mujeres y a acaparar el poder: «Nunca más podía ni debía nadie alcanzar la omnipo- tencia paterna, que era el fin primitivo de cada uno». 8 Este pacto culminó en el reemplazo del padre real y todopoderoso por la Ley, que hereda esta omnipotencia, Ley ante la cual todos son iguales. La prohibición del asesinato se extendió a todos los miembros del grupo, cada uno de los cuales adquiría el derecho a la vida mediante su renuncia a las mujeres del grupo. Las leyes así instituidas a partir del asesinato primordial, leyes de prohibición del incesto y del asesinato, y que reglamentan el ejercicio del poder, son el fundamento de todas las sociedades humanas, inducidas de este modo a imponer la renuncia a los deseos más poderosos de cada uno y en particular a la elección incestuosa de objeto, lo cual constituye «la mutilación más san- grienta impuesta quizá con el correr del tiempo a la vida amorosa del ser humano». 9 La civilización sería de algún modo la organi- zación colectiva de la expiación de ese asesinato primordial, el intento de saldar la deuda así contraída, pero intento destinado al fracaso: cada generación estaría forzada a transmitir este legado negativo a la generación siguiente. Pero Freud subraya, por otra parte, que no puede haber sociedad sin el pacto de renuncia- miento que la Ley instituye. El conjunto de los fenómenos psí- quicos que la teoría psicoanalítica designa como complejo de Edipo, y por el cual pasa todo niño a lo largo de su desarro- llo, correspondería a la reminiscencia en el individuo de aque-

8. Ibíd., p. 170.

9. Malaise dans la civilisation, p. 55.

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líos acontecimientos fundadores de la historia de la humanidad. Así, pues, la humanidad, a través de sus instituciones, perpe- tuaría lo que está en su fundamento. La sociedad sería de algún modo la memoria viva del crimen cuyo recuerdo fue reprimido. Cada ser humano tendría que habérselas con esa deuda original, y debería aceptar a su vez los renunciamientos que se impusieron los hermanos de la horda. Cada cual es inducido a ello a través de su paso por el complejo de Edipo, sufriendo una doble determi- nación. Por un lado, la de una herencia filogenética que formaría parte de su patrimonio genético —la «memoria» de estos aconte- cimientos originales, que lo obligaría a repetirlos; por el otro, las condiciones de actualización de este programa «innato» serían provistas por la estructura familiar en la que el niño es introduci- do, estructura que formaría parte del retorno de lo reprimido, siendo ella misma una conmemoración de tales acontecimientos primitivos: «La familia se ha convertido en una reconstitución de la horda primitiva de antaño en la que los padres han recuperado gran parte de los derechos de que gozaban en esa horda». 10 La estructura familiar, transmitida de generación en generación por el complejo de Edipo, perpetuaría el argumento original. La existencia, postulada por Freud, de una transmisión here- ditaria —en el sentido biológico— de lo atinente al aconteci- miento, es a todas luces problemática. Freud no lo niega, pero los propios hechos, dice, fuerzan a esta suposición, ya que la trans- misión directa por la tradición no la explica en grado suficiente. En efecto, el recuerdo del asesinato del padre primitivo cayó bajo el golpe de la represión; lo que la tradición transmitió son forma- ciones sintomáticas constituidas a partir del retorno de lo repri- mido, y si bien perpetúan su huella, lo hacen a la manera de la re- negación. Lo que la religión, por ejemplo, transmite, es la imagen de un padre omnipotente y eterno. La propia existencia de una estructura familiar que recordaría la organización de la horda primitiva no puede explicar, por sí sola, la constancia y fijeza de las reacciones psíquicas observadas. La intensidad que éstas presentan, su carácter desmesurado en relación con las circunstancias reales, exigen una explicación suplementaria que Freud no cree poder hallar de otro modo que

10. Tótem et tabou, p. 171.

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formulando la hipótesis de una herencia filogenética. Tiempo después, en Moisés y la religión monoteísta, rehúsa dejar a un lado esta hipótesis, aun cuando tenía conocimiento de la negación, por la biología, de la herencia de caracteres adquiridos. 11 «Cuan- do estudiamos las reacciones a los traumas precoces suele sor- prendernos comprobar que no se deben exclusivamente a los acontecimientos sucedidos, sino que derivan de éstos de una manera mucho más acorde con el prototipo de un acontecimien- to filogenético; sólo se explicarían por la influencia de aconteci- mientos de esta clase. El comportamiento de un niño neurótico para con sus padres, cuando sufre la influencia de los complejos de Edipo y de castración, presenta una multitud de reacciones semejantes que, consideradas en el individuo, parecen irrazona- bles, y sólo se tornan comprensibles si se las considera bajo el ángulo de la filogénesis, enlazándolas a las experiencias vividas por las generaciones anteriores. 12 En Tótem y tabú Freud considera sin embargo la existencia de otro modo de transmisión, distinto a la tradición oral o a la herencia biológica, y que resultaría de la comunicación directa de los inconscientes entre sí, de suerte que «no hay procesos psíqui- cos más o menos importantes que una generación sea capaz de hurtarle a la que le sigue». 13 El inconsciente de cada cual sería capaz de descifrar el sentido oculto de las costumbres e institu- ciones, es decir, de corregir las deformaciones que ocasionan en la verdad histórica. Así, pues, el inconsciente de cada individuo estaría formado en alguna medida a partir del inconsciente de las generaciones anteriores; conservaría en cierto modo intacto su contenido, para transmitirlo a la generación siguiente. Este patri- monio sería entonces tanto más inalterable cuanto que perma- necería inconsciente: como demostró el psicoanálisis en el caso de las neurosis, las representaciones que se hallan en el origen de los síntomas son inaccesibles a toda influencia, e indestructibles en cuanto que permanecen inconscientes. Curiosamente esta hipótesis, que se apoya en un fenómeno de- bidamente constatado en el marco de la experiencia analítica, no

11. Moise et le monothéisme, París, Gallimard, 1967, p. 135. «Moisés y la religión

monoteísta: tres ensayos», O.C., III (p. 3.241).

12. Ibíd., p. 134.

13. Tótem et tabou, p. 182.

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parece haber incitado a Freud a ahorrarse la de una herencia bioló- gica del complejo de Edipo. Freud tampoco extrajo en ese momen- to todas las consecuencias, principalmente en cuanto a la educa- ción, de la existencia de una comunicación entre inconscientes. Dado el poder de las representaciones inconscientes en la determinación de los comportamientos, tal comunicación de inconscientes debe revestir una importancia capital para com- prender las modalidades de la influencia de los padres y educado- res sobre el niño. El inconsciente de los educadores puede consi- derarse más determinante para el desarrollo del niño que la acción e'ducativa concertada. Lo esencial del proceso educativo escapa, así, al dominio de los educadores, en la misma medida en que éstos son gobernados por motivaciones inconscientes. No es sólo que la salida del complejo de Edipo, a causa de su relativa independencia respecto a las circunstancias reales, no puede ser eficazmente controlada por el educador; además este último, por lo que respecta a su influencia en la evolución del niño, no es dueño de sus elementos más determinantes. Estos hechos limitan en igual medida las esperanzas que pue- de inspirar una reforma de la educación. Cualesquiera que sean los métodos educativos utilizados, parecen tener escasa impor- tancia frente a la parte incontrolable que cumple la influencia del inconsciente. Esto justifica la aspiración de Freud de que los educadores reciban una formación analítica que les permita, de un lado, comprender mejor al niño y, del otro, ejercer, emplean- do el método psicoanalítico, una acción correctiva sobre su desa- rrollo psíquico. Pero sólo a partir de 1925, en su prefacio al trabajo de A. Aich- horn, 14 hace Freud hincapié en el valor profiláctico de un psico- análisis para el propio educador, más aun que para el niño. Freud detalla este punto en las Nuevas lecciones introductorias al psicoanáli- sis; por entonces había puesto de relieve la importancia que ejerce el Superyó del educador, o sea de un elemento en gran parte inconsciente de su personalidad, en su comportamiento respecto al niño. «En general, estos últimos [padres y educado- res] obedecen, para la educación de los niños, a las prescripcio- nes de su propio Superyó. Cualquiera que haya sido la lucha

14.

S.E. XIX, p. 274.

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trabada entre su Superyó y su Yo, frente al niño se muestran severos y exigentes. Han olvidado las dificultades de su propia infancia, y les satisface poder ahora identificarse con sus propios padres, aquellos que en otro tiempo los sometieron a duras restricciones. El Superyó del niño no se forma, pues, a imagen de los padres, sino a imagen del Superyó de éstos; se colma del mismo contenido, se convierte en el representante de la tradi- ción, de todos los juicios de valor que de este modo subsisten a través de las generaciones.» 15 El Superyó inconsciente sería entonces uno de los más efica- ces vehículos de la tradición. Siendo el Superyó el heredero del complejo de Edipo, la forma en que los padres vivieron su pro- pio complejo no puede carecer de efecto sobre las modalidades del paso de sus hijos por éste. Se podría emitir la hipótesis de que no son únicamente las modalidades particulares de este complejo las que inconscientemente se van transmitiendo de una genera- ción a otra, sino que sus características esenciales, inmutables, se transmiten igualmente por la misma vía. Freud rechaza no obstante esta hipótesis, y mantiene hasta el final la condición de una herencia biológica. Es indudable que la sola transmisión de Inconsciente a Inconsciente del recuerdo del acontecimiento primordial, el asesinato del padre, prototipo del complejo de Edipo, no le parece apta para explicar la fijeza de estas modalidades ni la intensidad de las reacciones afectivas que la acompañan. En efecto, el Inconsciente sufre, a pesar de todo, la influencia de las circunstancias exteriores. El argumento ori- ginal que el complejo de Edipo reproduce no habría podido conservarse en toda su pureza a través de las generaciones su- cesivas. La inverosimilitud de la hipótesis de una transmisión genética de las huellas mnémicas dejadas por acontecimientos ocurridos hace milenios, no es el único problema suscitado por la hipótesis freudiana del asesinato del padre primitivo. También el valor histórico de semejante argumento es altamente discutible. La hipótesis darwiniana de una humanidad primitiva que habría vivido en hordas estuvo lejos de ser confirmada por los estudio- sos de la prehistoria. Sin embargo, Freud sostuvo hasta el final la

15. Nouvelles confe'rences sur la psychanalyse, pp. 90-91.

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necesidad de su hipótesis; incluso con el tiempo fue expresando cada vez menos dudas acerca de la realidad histórica de ese asesi- nato original, como lo atestiguan Moisés y la religión monoteísta y El malestar en la cultura. Tótem y tabú, uno de los trabajos más critica- dos de Freud, también fue de aquellos hacia los que mayor apego demostró. Incluso consideró, mientras lo redactaba, que era la mejor obra que hubiese escrito nunca, según lo prueba la carta dirigida a Ferenczi el 4 de mayo de 1912. 16 Esto nos impone la tentativa de comprender el lugar de algo que consideramos es un mito en la teoría freudiana. Como ya dijimos, lo que impone a Freud la formulación de esta hipótesis es la existencia en el niño de una fase de su evolu- ción durante la cual desarrolla sentimientos tiernos respecto a su madre, acompañados por hostilidad y miedo respecto al padre. El conjunto de estas reacciones afectivas que constituyen el com- plejo de Edipo hallan su expresión en ciertos fantasmas típicos (escena de seducción, escena primaria de coito entre los padres, amenaza de castración), omnipresentes cualesquiera que sean los acontecimientos realmente vividos por el niño: fantasmas in- conscientes que sólo la investigación analítica pone al descubier- to. Según Freud, únicamente la herencia puede dar cuenta del carácter estereotipado, inmutable, de estas manifestaciones. En El hombre de los lobos, Freud hace derivar el complejo de Edipo de los «esquemas filogenéticos que el niño trae al nacer, esquemas que, semejantes a "categorías" filosóficas, cumplen el papel de "clasificar" las impresiones aportadas luego por la vida». 17 «Me inclino a pensar, añade, que son precipitados de la historia de la civilización humana.» 17 El complejo de Edipo correspondería al a priori, al mismo título que las categorías kantianas de la razón pura. Freud sin embargo, como buen empirista, hace derivar aquello que la experiencia vivida no alcanza para explicar a nivel individual, de las marcas dejadas por la experiencia vivida por la especie; el a priori en el individuo sería la herencia de lo que para la especie fue aposteriori. Esta postura es discutible. Si se hubiera atenido a Kant, Freud tal vez hubiese errado menos. En estas categorías filosóficas que imponen al niño la ordena-

16. E. Jones, La vie et l'oeuvre de Freud, T. II, p. 372.

17. Cinq psychanalyses, p. 418.

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ción de su experiencia ¿cómo no reconocer lo que Lacan llamará el orden simbólico que constituye el lenguaje? No hay necesidad alguna de que el niño lo traiga consigo al nacer. Está apresado en él, en efecto, desde antes de su llegada al mundo. Pero será a través de la relación triangular edípica como accederá a él en cuanto sujeto, al precio de su división. Hacen falta tres términos para que se instaure un orden simbólico, «y puede decirse que al insistir para que el análisis de la neurosis fuera siempre devuelto al nudo del Edipo, Freud no aspiraba a otra cosa que a asegurar lo imaginario en su concatenación simbólica, porque el orden sim- bólico exige tres términos por lo menos». 18 Pero a propósito del complejo de Edipo, Freud evoca también la analogía con la fijeza de un comportamiento instintivo. Cual- quiera que fuese su origen, la experiencia analítica pone en evi- dencia la pregnancia de este esquema con respecto a lo vivido, tal que «allí donde los acontecimientos no se adaptan a él, éstos

sufren en la imaginación

colman las lagunas de la realidad. La comparación entre las modalidades del trabajo analítico en el transcurso de la cura individual, y el desarrollo por el cual desemboca Freud en la hipótesis del asesinato del padre original, quizá pueda aclararnos la función de dicha hipótesis en la teoría freudiana. En el transcurso de la cura el trabajo analítico consis- te, a partir del material provisto por los síntomas, recuerdos y asociaciones del paciente, en reconstruir la historia de éste, que se ha vuelto lacunaria a causa de las represiones, en especial la de los comienzos de su desarrollo. El análisis culmina en la recons- trucción de los acontecimientos infantiles, cuyo recuerdo even- tualmente podrá no ser recuperado nunca sin que ello pueda poner en tela de juicio la validez de la reconstrucción. Freud compara este trabajo con el del arqueólogo, que deduce las partes faltantes de un edificio a partir de los vestigios que de él subsisten. 20 En El hombre de los lobos, se expone en detalle este trabajo de reconstrucción que desemboca en el establecimiento

una reestructuración». 19 Los fantasmas

18. J . Lacan, Ecrits, París, 1966, p.

19. Cinq psychanalyses, p. 418. «Historia de una neurosis infantil (caso del

414.

"Hombre de los Lobos")», O.C., II (p. 1.941).

20. Cf. en particular «Constructions dans l'analyse» (1937), S.E. XXIII,

p.

255. «Construcciones en psicoanálisis», O.C., III (p. 3.365).

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de una sucesión cronológicamente rigurosa de acontecimientos de la niñez de su paciente, de los que Freud señala que poco importa si no han sido reales. 21 Aunque hayan sido puramente fantasmáticos, sin embargo no pudieron producirse más que en las fechas determinadas por la construcción, y sólo pudieron poseer tal contenido determinado, no otro. Para la evolución del individuo, la realidad psíquica tiene el mismo valor que la reali- dad material. En Tótem y tabú Freud se dedica, respecto a la historia de la humanidad, a un trabajo de reconstrucción análogo al que se efectúa durante la cura individual. Él mismo emplea el término construcción. «El establecimiento del estado primitivo siempre resulta ser, pues, asunto de construcción.» 22 Las mismas exigen- cias que en la cura del «hombre de los lobos» lo conducen a suponer que determinado acontecimiento tuvo que ocurrir en determinada fecha, lo llevan a postular la existencia de un parri- cidio en los orígenes de la humanidad. Se podría decir que, también aquí, poco importa que ese acontecimiento fuese real o no: todo sucedió como si efectivamente hubiera tenido lugar. Es necesario postularlo, en tanto que sólo esta hipótesis permite llenar las lagunas de la historia de la humanidad. Es la única pieza que permite completar el rompecabezas, por retomar una ima- gen utilizada por el propio Freud. Pero también se podría decir que el mito del asesinato del padre original tiene por función, más que colmar un vacío, mar- car sencillamente el lugar de un agujero. Freud siempre recurre a esta hipótesis cuando todas las demás fallan en cuanto a explicar la impotencia del hombre para gozar de su vida. En El malestar en la cultura, por ejemplo, 23 Freud imputa en última instancia al parricidio original los rigores de los renunciamientos exigidos tanto por la civilización como por el Superyó individual, respon- sables de la insatisfacción y a la vez de la culpabilidad que pesa sobre el conjunto de los hombres. La insatisfacción remite a la prohibición del incesto, al imposible goce de la madre, al senti- miento de la transgresión, al inconsciente anhelo de muerte

21. Cinq psychanalyses, p. 419.

22. Tótem et tabou, p. 119, nota 2.

23. P. 89.

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hacia el padre, por el cual el sujeto contrajo una deuda que jamás podrá saldar: doble aspecto de la misma falta que engendra el orden simbólico. El mito de Tótem y tabú puede ser considerado como la ilustra- ción simbólica de lo que el ser humano debe pagar como precio de su humanidad. «Lo que has recibido de tus padres, adquiérelo para poseerlo.» Esta adquisición exige un sacrificio: el del goce y el de la omnipotencia simbolizada por el falo, como indica el complejo de castración. Pero el sacrificio de que se trata es simbólico, y se refiere a algo imaginario. No por prohibido es imposible el goce para el hombre: «No es la ley misma lo que le traba al sujeto el paso hacia el goce, ella hace solamente de una traba casi natural un sujeto trabado. Pues es el placer el que aporta al goce sus límites». 24 «Es la mera indicación de ese goce en su infinitud la que implica la marca de su prohibición, y, por constituir esa marca, implica un sacrificio: el que cabe en un único y mismo acto con la elección de su símbolo, el falo.» 25 Es el orden simbólico el que engendra la perspectiva de ese goce infinito, que no es otro que la imagen de aquello que colmaría el lugar de la hiancia propia del deseo.

Así como el mito de Tótem y tabú pretende reconstituir histó- ricamente el paso del estado de naturaleza a la cultura, el comple- jo de Edipo utiliza una referencia mítica para dar cuenta del proceso de aculturación del pequeño ser humano. El interés de Tótem y tabú estriba en la revelación de la función formadora, estructurante, del complejo de Edipo, aprehendido por Freud primeramente a través de sus efectos nocivos y generadores de neurosis. A través del complejo de Edipo el niño accede a un mundo específicamente humano, es decir, en términos lacanea- nos, al orden simbólico. 26 Cuando Freud enuncia 27 que la ontogé-

24. J . Lacan, Ecrits, p. 821. Escritos 1, Ed. Siglo XXI , México, 1978, p. 333.

25. Ibíd., p. 822. Escritos 1, p. 333.

26. Ibíd., p. 277: «La ley primordial es pues la que, regulando la alianza,

sobrepone el reino de la cultura al reino de la naturaleza entregado a la ley del emparejamiento. La prohibición del incesto no es sino su pivote subjetivo» [

«Esta ley se da pues a conocer suficientemente como idéntica a un orden de lenguaje. Pues ningún poder sin las denominaciones de parentesco tiene alcance de instituir el orden de las preferencias y de los tabús que anudan y trenzan a través de las generaciones el hilo de las estirpes». Escritos 1, p. 97.

27. En El malestar en la cultura (por ej.), p. 100.

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nesis reproduce la filogénesis, es decir, que el proceso de desarro- llo o de educación del individuo reproduce el proceso de civiliza- ción, lo que está expresando es la necesidad, para el hombre en ciernes, de pagar el precio de su integración en el orden simbóli- co donde se encuentra apresado. Si esta integración se cumple a través del complejo de Edipo, le esencial del proceso educativo depende de él. Su éxito estará condicionado a la salida del complejo. En la medida en que el educador tiene la misión de favorecer el acceso del niño a la humanidad, es decir, su integración en el orden simbólico, su tarea es precisada por el descubrimiento de la función del com- plejo de Edipo. Pero ello no la facilita. En efecto, las condiciones que determinan la buena o mala salida de la prueba edípica quedan en la sombra. Es más bien aquí donde se sella la impoten- cia del educador: lo esencial escapa a su control. El complejo de Edipo es la piedra de toque de la empresa educativa. Tótem y tabú no aspira sólo a dar cuenta de las modalidades del desarrollo individual, sino también a poner en claro lo que Freud llamaba incompatibilidad entre sexualidad y civilización. Si se lo toma en serio, ya que no al pie de la letra, es preciso concluir que no puede haber sociedad que promulgue el derecho al goce, pues ella no se funda sino en la ley que lo prohibe. Pero siguiendo al mito de cerca es imposible no advertir que la prohibición de la ley viene a ocupar el lugar de una imposibilidad, representada míticamente por la fuerza coercitiva del padre. La prohibición no hace más que fijar su marca significante en el lugar de lo imposi- ble que la muerte del padre pone al desnudo. Desde este momen- to, ninguna reforma, así como ninguna mitigación de las costum- bres, puede abrir la esperanza de una reconciliación. La antino- mia es fundamental.

103

11

EL NARCISISMO

Nuevos elementos aportados por la experiencia psicoanalíti- ca conducirán a Freud a formular apreciaciones nuevas sobre las modalidades del desarrollo del niño y a elaborar una nueva «me- tapsicología», en cuyo marco la oposición entre pulsiones sexua- les y pulsiones del Y o es sometida a revisión.

A partir de 1906, los descubrimientos de los discípulos de

Freud en Zurich, resultantes de la aplicación de la técnica psico- analítica a las psicosis, a los que se agregan los que el propio Freud realizó al estudiar el caso Schreber, le llevaron a la elabora- ción del concepto de narcisismo, al que correspondería un modo particular de investidura libidinal que surgiría en un momento dado del desarrollo del individuo para constituir, a través de diversas transformaciones, una de las constantes de su organiza- ción pulsional. En la psicosis este tipo de investidura sería par-

ticularmente manifiesto, en la medida en que, habiendo desapa- recido todos los otros modos de investidura, éste sería el único subsistente.

El concepto de narcisismo, que apareció por vez primera en la

obra de Freud con Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de para- noia autobiográficamente descrito (1911), es objeto de una más amplia

elaboración en el artículo Introducción al narcisismo (1914), donde también se examinan sus implicaciones teóricas. El narcisismo designa la investidura libidinal del Yo en tanto que es tomado como objeto por la pulsión sexual. Correspondería, en la historia del desarrollo individual, a un estadio intermedio entre el auto- erotismo y la elección de objeto, y Freud lo denomina narcisismo primario u originario. La investidura ulterior del objeto por la

105

ED UCA CION

Y DESARR OLL O

pulsión sexual resultaría de un desplazamiento del Y o como objeto hacia un objeto exterior. Sin embargo, sólo una parte de esa investidura es cedida a los objetos: «Fundamentalmente, la investidura del Yo persiste, y se comporta respecto a las investi- duras de objeto como el cuerpo de un animálculo protoplasmáti- co respecto al seudópodo que ha emitido». 1 Por otra parte, la libido puede separarse del objeto y retornar al Yo. En este senti- do, el objeto exterior y el Yo serian intercambiables. Sin embargo, el narcisismo primario —es decir, la relación entre el Yo y la porción de libido que sigue estándole afectada— padece modificaciones a lo largo del desarrollo. A la investidura primaria del Yo corresponde el sentimiento de omnipotencia del niño. 2 Este es severamente cuestionado por la experiencia vivida, las comparaciones que es movido a efectuar, las críticas de los padres y educadores. Por último, el complejo de castración desa- loja al niño de esta posición. 2 Su Yo no puede pretender ya a la perfección en virtud de la cual se ofrecía como objeto de satis- facción para la libido. Para reemplazarlo, el sujeto formará un ideal por el cual intentará recobrar la perfección narcisística primera. Se esforzará en satisfacer su narcisismo en tanto que Yo- ideal, pero este ideal le acarrea al mismo tiempo la exigencia de conformarse a él esforzándose por llenar la distancia con respec- to a su Y o real. En efecto, dicho ideal no hereda únicamente las perfecciones del Yo primitivo (al que corresponde el Yo-ideal:

Idealich), sino que se construye a partir de las críticas y exigencias de los padres y educadores (a lo cual corresponde el Ideal-del-yo:

Ich-ideal). Bajo este aspecto, incita al yo a realizarlo. Mientras se cumple esta diferenciación en el interior del yo, surge la concien- cia moral encargada de preservar al Yo-ideal y de apreciar la diferencia entre el Yo y el Ideal-del-yo. Esto mueve a Freud a reconsiderar el mecanismo de la repre- sión. A partir de ahora deja ésta de ser concebida como resultan- te de un conflicto entre las pulsiones sexuales y las de autocon- servación, y se la entiende como efecto de la formación del ideal, es decir, de un conflicto entre la libido narcisista (la parte de

1. «Pour introduire le narcissisme», La narcisismo», O.C., II (p. 2.017).

2. Ibíd., p. 97.

106

vie sexuelle, p. 83.

«Introducción al

EL

NARCISISMO

investidura de las pulsiones sexuales que se fijó originariamente sobre el Yo ) y la libido objetal (la parte de investidura de las pulsiones sexuales que no tienen al Yo por objeto). «La repre- sión, hemos dicho, proviene del Yo, y podríamos añadir: de la autoestimación del Yo.» 3 En nombre de su ideal será conducido

el Y o a reprimir las representaciones incompatibles con él a

de preservar la satisfacción narcisista. Si la represión puede explicarse a partir del solo juego de las pulsiones sexuales, ¿es ahora necesario mantener la existencia de las pulsiones de autoconservación, cuyo rol en la dinámica psí- quica ya no es posible distinguir? ¿No habrá que suponer, a la manera de Jung, un solo tipo de energía psíquica indiferenciada que no sería originariamente sexual pero que estaría en condi- ciones de ponerse al servicio de fines diversos, entre ellos los sexuales? La pregunta es doble: por una parte remite a la posibi- lidad de reemplazar el dualismo de las pulsiones por un monis- mo pulsional, con la perspectiva final de una armonía psíquica que al menos la teoría analítica ya no vendría a interceptar; por otra parte, la pregunta apunta a la importancia que cabe acordar al rol de la sexualidad en el psiquismo. En el caso de que fuera posible minimizarlo, y ésta es la esperanza de Jung, el carácter escandaloso del psicoanálisis, que hace derivar de la sexualidad los intereses psíquicos más «elevados», se vería con ello propor- cionalmente reducido. Lo que aquí sé halla en juego es el sentido del descubrimiento analítico. Freud dirigió todo su esfuerzo a tratar de preservarlo. En Introducción al narcisismo reafirma la necesidad de mantener una concepción dualista de las pulsiones, y para ello se apoya en consideraciones biológicas: el individuo es al mismo tiempo un fin para sí mismo y un medio para la supervivencia de la especie, simple «eslabón de una cadena a la cual está sujeto». 4 La sexuali- dad es uno de sus fines, pero por otro lado se lo puede considerar como simple apéndice de su plasma germinativo, «como el por- tador mortal de una sustancia quizá inmortal». 5 Los fines de la

fin

3. «Introduction au narcissisme», La vie sexuelle, p. 98. «Introducción al narci-

sismo», O.C., II (p. 2.017).

4. La vie sexuelle, p. 85.

5. Ibíd., pp. 85-86.

107

EDUCACION

Y

DESARROLLO

especie no son los del individuo, e incluso pueden ser contrarios a ellos. El dualismo pulsiones de autoconservación - pulsiones sexuales en la teoría analítica, responde a esa dualidad de función biológica susceptible de transformarse en una oposición. La pul- sión sexual es la fuerza psíquica que encarna, en el fondo del individuo, aquello que lo supera y que puede forzarlo a hacer caso omiso de los intereses de su conservación. Aunque Freud ya no explique la represión por un conflicto de esta índole, no quiere renunciar a ponerle un nombre, en la teoría analítica, a aquello que desgarra al sujeto, tironeado entre su bien y algo que es «más fuerte que él». Lo que Freud intentó conservar, para seguir siendo fiel a lo demostrado por la experiencia psicoanalíti- ca, es la idea de una diferencia de naturaleza entre las fuerzas que obran en el psiquismo, de tal modo que no tendrían en común terreno de encuentro (lo que expresó al hablar del oso blanco y la ballena) donde poder equilibrarse y hasta armonizarse. De esta alteridad radical, que torna imposible la relación entre aquellas fuerzas, resulta ese algo irremediablemente cojo en el psiquismo humano que Freud trató de explicar con 3a oposición proceso primario-proceso secundario. La oposición libido del Yo-libido de objeto nos pone frente a una fuerza única de la cual sólo sus fines pueden entrar en contradicción. Freud muestra a propósito del amor que el narci- sismo saca provecho en ello: el objeto exterior es puesto simple- mente en el lugar del Yo o del Ideal-del-yo. El conjunto funciona según el principio de los vasos comunicantes: lo que el narcisis- mo pierde de un lado lo recupera del otro. Es verdad que las relaciones entre libido del Y o y libido de objeto no siempre funcionan de una manera tan armoniosa. 6 Pero en lo que atañe a la naturaleza del conflicto entre la libido del Yo y la libido objetal el texto de Freud no resulta claro. Si se asimila libido de objeto y amor, desaparece toda posibilidad de conflicto. El propio Freud nos lo dice, 7 se ama ya sea a lo que se nos asemeja o se asemeja a nuestro ideal —en cuyo caso el objeto viene a ocupar el lugar del Yo, en espejo, y la satisfacción sigue siendo narcisística—, ya sea a quien nos cuida y nos protege, y en

6. Ibíd., pp. 102, 103.

7. Ibíd., p. 95.

108

EL

NARCISISMO

este caso el término del amor es todavía el Yo: el objeto de amor tiene por misión satisfacer los intereses del Yo. Parecería enton- ces que lo que entra en contradicción con la libido del Yo no es el amor. Es necesario suponer, para que haya conflicto, otra forma de libido de objeto, otro tipo de relación erótica con el objeto distinto al de la relación amorosa, la cual nunca apunta a otra cosa que al Yo o a su imagen: una relación capaz de atentar contra esta imagen. La relación entre autoerotismo y narcisismo primario quizá sea susceptible de esclarecer la naturaleza de esa libido no narci- sista. En el autoerotismo que precede al narcisismo primario las pulsiones sexuales se satisfacen, con independencia las unas de las otras, en el cuerpo propio, que aún no se halla constituido como unidad. 8 En cuanto al narcisismo primario, éste supone que tal unidad que constituye el Yo está realizada. 8 Así, pues, el Y o sería la imagen que unifica las partes del cuerpo que están en juego en el autoerotismo. Esto es lo que da a entender Freud en Duelo y melancolía (1916), donde parece hacer derivar la formación del Yo de una identificación cón el otro. «El Yo es ante todo un Yo corporal; no es solamente un ser de superficie, sino que él mismo es la proyección de una superficie.» 9 «En última instancia el yo es un derivado de sensaciones corporales, principalmente de las que nacen de la superficie del cuerpo. Puede ser conside- rado como una proyección mental de la superficie del cuerpo, paralelamente al hecho de que representa la superficie del apara- to psíquico.» 10 Existiría así, por un lado, la investidura libidinal de lo que en último extremo no sería sino la imagen de una totalidad, y, por el otro, una forma de investidura que pone en juego a las partes del cuerpo, disolviendo la unidad imaginaria de éste. El conflicto entre las dos clases de investidura consistiría en la amenaza de destrucción que representa la investidura corres- pondiente a la pulsión parcial, amenaza que pesa sobre el Yo en cuanto unidad imaginaria del cuerpo. A esta amenaza correspon- derían los fantasmas de fragmentación cuya constancia la expe- riencia psicoanalítica puso al descubierto.

8. Ibíd., p. 84.

9. «Le Moi et le (Ja», Essais de psychanalyse, p. 179. «El Yo y el Ello», O.C., III

(p. 2.701).

10.

«Le Moi et le Qa», S.E. XIX, p. 26, nota

109

1.

EDUCACION

Y

DESARROLLO

La interpretación que acabamos de dar de lo que Freud desig- na como conflicto entre libido del Yo y libido objetal, fue toma- da del desarrollo de Lacan a partir del estadio del espejo. En Freud no encontramos una rigurosa distinción entre la libido de objeto como amor narcisista del otro, y el modo de investidura del objeto exterior por la pulsión parcial que implica la disolu- ción de su totalidad. Fue esencialmente la elaboración posfreu- diana del concepto de objeto parcial (Abraham y Melanie Klein) lo que permitió la elucidación de la naturaleza del conflicto entre estas dos especies de investidura gracias a la distinción entre el objeto de amor —constituido por una persona como totalidad— y el objeto de la pulsión —representado por una parte del cuerpo. No obstante, si bien el término objeto parcial no aparece en Freud, la idea se halla presente cuando estudia los objetos a que se dirigen las pulsiones parciales (senos, heces, pene) y las equiva- lencias entre dichos objetos. 11 Asimismo, cuando habla de elec- ción de objeto o de amor de objeto se trata explícitamente de persona «total». Sin embargo, la oposición entre el todo y la parte no es expresamente deslindada por Freud. En la expresión libido de objeto, el término objeto debería tomarse más bien en el sentido amplio de objeto exterior (parte del cuerpo o persona como totalidad), con exclusión del Yo, y esto obliga a Freud a distinguir el caso en que la libido de objeto satisface al narcisismo, es decir, se halla conforme con el Yo, y aquel en que le es contraria, sin elucidar más la naturaleza de esta oposición. 12 Parecería que, sin traicionar el pensamiento de Freud, pode- mos reemplazar tal oposición entre una investidura libidinal con- forme al Yo y otra que lo contradice, por la existente entre el amor (que, como Freud muestra a las claras, se reduce al amor propio) y el deseo. Lo que se observaría en la represión es el renunciamiento a un deseo por amor a una imagen de sí mismo (como indica el término Idealich) más conforme al anhelo de la instancia parental, que el sujeto busca complacer.

l a vie sexuelle, pp. 106 y sig. «Sobre

las transmutaciones de los instintos y especialmente del erotismo anal», O.C., II

(p. 2.034).

11. «Sur les transpositions des pulsions

»,

12. La vie sexuelle, p. 103.

110

EL

NARCISISMO

Si, como enuncia Freud repetidamente, el amor es uno de los principales motores de la educación, ello responde al hecho de que preserva la satisfacción narcisista. Freud, sin embargo, no renunció a mantener entre los móviles de la represión el juego de las pulsiones de autoconservación, vale decir, las exigencias de satisfacción de las funciones vitales. El niño, desarmado ante el incremento de la tensión nacida de las necesidades no satisfechas, busca en el amor de los padres la garantía de una protección ante este peligro. Aquí el amor no es solamente aquello que satisface al narcisismo, sino también aquello que preserva del desasosiego orgánico creado por la necesidad. El ejemplo del amor por apo- yo, que se dirige al que alimenta y protege, echa un puente entre el elemento narcisista de la libido y las pulsiones del Yo, y justifica la no eliminación de las pulsiones de autoconservación, que corresponden a las necesidades fisiológicas, del juego de fuerzas psíquicas. El narcisismo y la presión de la necesidad pueden conjugarse para producir la represión de las mociones de deseo que no están al servicio del Yo. Los deseos serían sacrifica- dos al amor propio en sentido amplio. En la época de Introducción al narcisismo, el dualismo pulsiones

abolido (Freud, por otra

parte, lo mantendrá siempre). Pero su importancia aparece dis- minuida por la atención prestada a una oposición, determinante para la represión, entre dos orientaciones de la libido. Se está frente a una doble división: entre pulsiones sexuales y pulsiones del Y o por un lado, y por el otro libido del Y o y libido de objeto. Las relaciones que mantienen unas y otras atenúan su oposición, pero no explican suficientemente la escisión entre los modos de funcionamiento radicalmente heterogéneos que se observan en el psiquismo. Si Freud colocó del mismo lado —el de las pulsio- nes de vida— a las pulsiones sexuales y a las del Yo, y les opuso la pulsión de muerte, fue para describir mejor la extraña índole de los fenómenos inconscientes. La pulsión de muerte está encarga- da de representar en la teoría analítica lo que, del inconsciente, revela pertenecer a un registro radicalmente ajeno a toda función vital. A estos motivos cabe añadir la consideración de fenómenos que ponen en cuestión el principio de placer: los que Freud engloba bajo el concepto de automatismo de repetición.

del Y o - pulsiones sexuales no ha sido

¿Cuáles fueron las aportaciones de la introducción del con-

í i i

ED UCA CION

Y DESARR OLL O

cepto del narcisismo al conocimiento del proceso educativo? He- mos visto que en Introducción al narcisismo, Freud hacía derivar de las transformaciones padecidas por el narcisismo primario la constitución de un ideal que reemplaza al Yo primitivo como objeto de satisfacción. La formación de ese ideal está determina- da, añade, por las críticas y exigencias de los padres y educadores, que le conferirán sus características. Constituirá después el mo- delo que el Yo se esforzará en realizar para la satisfacción de la libido narcisista. La conciencia moral nacerá de la diferencia en- tre el Yo y su ideal. Las modalidades presentadas por la influencia de la educación en la formación del individuo aparecen aquí en su aspecto positi- vo y no ya únicamente negativo. Para el educador ya no se trata exclusivamente de coartar las tendencias molestas, de empujar al abandono del principio del placer, sino de proponer al niño un modelo con cuya realización pueda satisfacerse. Parecería que el educador pudiese, al menos en este dominio, dar a los aconteci- mientos el cariz deseado. De cualquier forma, las precisiones que Freud aportó ulteriormente sobre las modalidades de la forma- ción del Ideal-del-yo, muestran que aquí también los procesos escapan en gran parte al dominio del educador. En relación con Los dos principios del funcionamiento mental, el texto sobre el narcisismo añade la precisión del papel que cum- plen las pulsiones sexuales, con la forma de libido narcisista, en la formación del individuo. Las pulsiones del Y o no son las únicas fuerzas determinantes para el desarrollo: el narcisismo es un factor poderoso de evolución, y está en el centro de la formación de lo que llamamos personalidad. Es igualmente un poderoso agente sojuzgador de las pulsiones sexuales parciales. Esta cons- tituye además su cara negativa, que aparece en el análisis bajo la forma de la resistencia. El descubrimiento del narcisismo desemboca en la teoría freu- diana en la constitución de la segunda tópica y en la descripción de los diferentes tipos de identificación en los que se basan la

formación del Y o y del

al Ello. Freud hace derivar la formación del Yo de una primera identificación al padre, previa a toda elección de objeto, identifi- cación asimilable a una incorporación oral. Esta identificación no es todavía de tipo narcisista, pero es fundadora del narcisismo. La

Superyó por diferenciación con respecto

106 112

EL

NARCISISMO

libido narcisista que entonces se constituye pasará a ser libido de objeto al separarse en parte de ese Yo nuclear. Las identificacio- nes ulteriores resultarán del retorno de la libido sobre el Yo, y la condición de este retorno residirá en la asimilación por el Yo de los rasgos tomados, ya sea al objeto de amor, ya sea al rival en la relación amorosa. El objeto es reemplazado por una identifica- ción: «La identificación ha tomado el lugar de la inclinación erótica; ésta se ha transformado, por regresión, en identifica- ción». 13 La constitución del Yo resulta, pues, de la historia de sus elecciones de objeto, debido a la propiedad de la libido narcisis- ta de transformarse en libido objetal e inversamente. El Yo se constituye por préstamos heteróclitos tomados a los objetos de amor o a los rivales, y Freud subraya su carácter combinado. 14 Freud atribuye a identificaciones incompatibles entre sí los casos de doble personalidad, que no son más que la exageración de las características normales del Yo. " Freud también describe en términos de identificación los efectos estructurantes del complejo de Edipo y de la formación del Superyó. En el mejor de los casos, la investidura erótica de la madre por el niño es abandonada en provecho de una identifica- ción al padre, rival de éste, identificación que viene a reforzar la identificación primitiva, que había estado en el origen de la formación del Yo. Pero esa identificación presenta rasgos pecu- liares: no consiste solamente en una asimilación, por el Yo del niño, de rasgos tomados del padre, sino que culmina en la forma- ción de una instancia distinta del Yo: el Ideal-del-yo, a imagen del padre, ideal que por lo demás supone un carácter imperativo, forzoso respecto al Yo, que Freud designa con el término de Superyó, y que se expresa bajo la forma de un mandamiento: «Sé así» (como tu padre), duplicado en la prohibición: «No seas así» (como tu padre), «dicho de otro modo, no hagas todo lo que él hace; hay muchas cosas que sólo a él le están reservadas», 16 lo que corresponde a la prohibición del incesto. Esta identificación posee además un valor normativo sobre el

13. «Psychologie collective et analyse du Moi», Essais de psychanalyse, p. 128.

«Psicología de las masas y análisis del Yo», O.C., III (p. 2.563).

14. «Le Moi et le (Ja», Essais de psychanalyse, p. 198.

15. Ibíd., p. 199.

16. Ibíd., p. 203.

EDUCACION

Y

DESARROLLO

plano sexual: corresponde a la asunción por el niño de su sexo biológico, condición de su acceso ulterior a la sexualidad genital. Si bien la formación del Ideal-del-yo y del Superyó presenta una faz narcisista, marca igualmente la entrada del niño en el registro de la Ley. La función del narcisismo en el complejo de Edipo no se limita a la constitución del Ideal-del-yo; ante todo juega un papel esencial en el abandono de la relación erótica con la madre. Precisamente, el niño es conducido a ello a través del complejo de castración, vale decir, por la inquietud de preservar la integri- dad de su órgano fálico, en el que se concentra su libido narcisis- ta. El amor narcisista por la parte de su Cuerpo considerada más valiosa prevalece sobre el apego erótico a la madre y lleva a renunciar a él. 17 De este modo el psicoanálisis permite elucidar la bien cono- cida función de modelo, de ejemplo, que desempeñan los padres y educadores. Sólo a partir del juego de transformaciones de la libido de objeto y de la libido narcisista asimila el niño los rasgos de las personas que le rodean y se apropia sus exigencias. Duran- te el período de latencia, son los profesores y generalmente las personas encargadas de educar al niño quienes ocuparán para él el lugar de los padres, en particular del padre, y quienes hereda- rán los sentimientos que el niño experimentaba hacia éste a la salida del complejo de Edipo. Los educadores, investidos de la relación afectiva primitivamente dirigida al padre, se beneficia- rán con la influencia que éste ejercía sobre el niño y así podrán contribuir a la formación de su Ideal-del-yo. En Sobre lapsicología del colegial (1914), Freud apunta por añadi- dura que la adquisición de conocimientos depende estrechamen- te de la relación del alumno con sus profesores, que reproduce el tipo de relación con el padre instaurada por el niño a la salida del período edípico: «Para muchos, dice, el camino que llevaba a la ciencia pasaba por el profesor». 18 Así, pues, las técnicas pedagó- gicas de transmisión de conocimientos quedan relegadas a un segundo plano con respecto a la relación personal heredada del complejo de Edipo. Freud señala en este texto que dicha heren-

17. «La disparition du complexe d'Oedipe», 1924, La vie sexuelle, p, 120. «La

disolución del complejo de Edipo», O.C., III (p. 2.748).

18. S.E. XIII, p. 241.

114

EL

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cia, que incluye aspectos positivos, no carece de inconvenientes. Los sentimientos de admiración y apego transferidos del padre al profesor se acompañan de sentimientos de hostilidad antaño di- rigidos al padre en razón de su rol de aguafiestas de la vida pulsional del niño. Al conmemorarse el cincuentenario de su antiguo liceo Freud dice, hablando de su relación y la de sus condiscípulos de antaño con sus profesores: «De entrada nos hallábamos igualmente inclinados al amor y al odio, a criticarlos

y a respetarlos». 19 Los profesores heredan los residuos de la

situación edípica. En este texto Freud hace hincapié en la impor- tancia decisiva de la salida del complejo de Edipo para la prose- cución de la educación: «La naturaleza y cualidad de las relacio- nes de un niño con las personas de su sexo y del sexo opuesto ya han sido fijadas en el curso de los seis primeros años de su vida. Ulteriormente puede desarrollarlas y orientarlas en determina- das direcciones, pero ya no puede desembarazarse de ellas». 20 Así, pues, por obra del complejo de Edipo, lo esencial del proce- so educativo se juega en la relación del niño con sus padres, y esto mismo limita el papel ulterior de los educadores. La suerte está echada, ya no se trata sino de utilizar lo mejor posible el turno de dar las cartas, a saber, lo que llaman los dones del niño.

El conocimiento que el psicoanálisis aporta al educador sólo

le permite medir los límites de su poder

sar las reacciones con que tropieza. «Si no se tiene en cuenta nuestra vida infantil y familiar, nuestra conducta respecto a los maestros es no sólo incomprensible sino también inexcusable», 21 dice Freud alegando por el perdón a favor del niño.

Otros textos dan a entender sin embargo que la influencia de que dispone el educador después de los padres no es desdeñable, ya que Freud cree útil ponerlo en guardia contra la tentación de modelar al niño en función de sus propios ideales y le prescribe respetar sus disposiciones y posibilidades 22 (también dirige la misma alerta a los psicoanalistas). Las exigencias desmesuradas por parte del educador amenazan ser desfavorables para el niño,

y comprender y excu-

19. S.E. XIII, p. 242.

20. Ibíd., p. 243.

21. S.E. XIII, p. 244.

22. S.E. XII, p. 331.

113

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Y

DESARROLLO

que va a acentuar, para tratar de adecuarse a ellas, la diferencia entre su Yo y un ideal que se ha vuelto inaccesible. El Ideal-del- yo, que requiere la sublimación, no puede obtenerla por la fuer- za, y tan sólo puede traer como consecuencia la represión y la neurosis. Parecería que el poder del educador nunca se manifies- ta tanto como cuando es nocivo; ¿o será que, al menos en materia de educación, sólo hay poder para perjudicar? Pero el aviso de Freud puede ser entendido de otro modo si se atiende al hecho de que él lo profiere precisamente a propósito del ideal. Freud bien podría estar apuntando al narcisismo del propio educador, y su advertencia consistiría en remarcar que el educador (como el psicoanalista) no debe buscar satisfacer su propio narcisismo tratando de realizar su ideal a través del niño al que tiene la tarea de educar. Así, pues, Freud buscaría refrenar al educador en la pendiente de una identificación narcisista al niño. Por otra parte, en Introducción al narcisismo, es ya en ese lugar del Yo-ideal de los padres donde Freud sitúa al niño (His Majesty the babyj, n quien será investido por ellos de la tarea de realizar el ideal al que ellos mismos debieron renunciar. Sin duda, uno de los perjuicios de la educación reside particu- larmente en esa investidura narcisista del niño: en el hecho de que éste ocupe un lugar en el deseo del educador y de los padres, lugar alienante en todos los sentidos del término. El niño es amado y querido por sus padres y por el educador como otro, no como él mismo. No sólo como alter-ego de la relación narcisista, como Yo-ideal, sino también como objeto de goce para la pul- sión anal, o como apéndice por el cual la madre trata de satisfacer su envidia del pene (como lo atestigua la ecuación inconsciente:

niño=pene=heces, indicada más tarde por Freud). 24 Que el niño pueda ser para su madre una fuente de satisfacciones compensa- torias, y que este tipo de relación sea nociva para él, esto Freud ya lo había señalado en 1907, en La moral sexual «cultural» y la nerviosi- dad moderna. Los padres y educadores no son, por lo tanto, seres desencar- nados preocupados por el exclusivo bien-del niño. Sus deseos y

fantasmas gravitan con todo su peso en la práctica

23. La vie sexuelle, p. 93.

educativa.

24. «Les transpositions des pulsions

»,

La vie sexuelle, p. 106 y sig.

116

EL

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Además, Freud indica en otra parte que la severidad educativa suele poseer el valor de una revancha sobre la sufrida en otro tiempo por el propio educador. 25 Es sin duda por la alienación del niño en el deseo de sus padres y educadores por lo que deben explicarse las exigencias morales excesivas que el niño hace suyas y bajo las cuales sucumbe en su esfuerzo por satisfacer los anhelos parentales. Desde el comienzo produjo el psicoanálisis un escándalo al revelar el papel de la sexualidad en la formación del niño, destruyendo con ello el mito de la pureza infantil. Pero lo que también puso al descubier- to es que la relación sexual entre el niño y sus padres y educa- dores tiene un doble sentido: que las intenciones de estos últi- mos no son más «puras» que el niño que les sirve de objeto sexual. En este sentido, la teoría de la seducción, en los comien- zos del psicoanálisis, nunca perdió toda actualidad. Ella contiene una parte irrebasable de verdad en tanto que los fantasmas de los niños, que ponen en escena intentos de seducción por parte de sus padres, responden a su posición efectiva en el deseo de éstos. Sin embargo, debe observarse que si bien Freud ofreció todos los elementos que permiten descubrir la importancia que cumple en la educación y el desarrollo del niño el valor erótico que representa para sus padres y educadores, en ninguna parte extra- jo explícitamente las consecuencias que ello trae en la educación. Es cierto que recomienda el psicoanálisis como medida profilác- tica para los educadores, y esto más expresamente en sus últimas obras. Pero casi siempre invoca, para justificar este consejo, el interés que implica para el adulto comprender al niño al que está educando. En cambio es sorprendente ver con qué insistencia alertó Freud, tanto a los educadores como a los analistas, contra el ideal, y más precisamente contra la tentación de encarnar ellos mismos ese ideal a expensas del educado o del analizado, o de querer que éstos adopten su propio ideal. «El orgullo educativo es tan poco deseable como el orgullo terapéutico.» 26 «Hemos rehusado categóricamente considerar como un bien propio nues- tro al paciente que demanda nuestra ayuda y se pone en nuestras

25. Nouvelles confe'rences, pp. 90-91.

26. «Conseils aux médecins», 1912, La techniquepsychanalytique,

117

p. 70.

ED UCA CION

Y DESARR OLL O

manos. No buscamos edificar su destino ni inculcarle nuestros ideales, ni tampoco modelarlo a nuestra imagen con el orgullo de los creadores, lo cual nos resultaría muy agradable», 27 precisa más adelante a propósito de la tarea del analista. Que el analista pueda ocupar, así fuese a su pesar, el lugar del Ideal-del-yo de su paciente, constituye a los ojos de Freud «un obstáculo más a la acción del análisis, cuyo fin consiste no en volver imposibles las reacciones mórbidas sino en dar al Yo la libertad de decidirse en un sentido o en otro». 28 Leyendo textos tan poco equívocos, puede sorprender que ciertas tendencias del psicoanálisis hayan creído poder respaldar- se en Freud para fijarle a la cura la meta de la identificación del paciente con el analista. Ni siquiera cabe decir que semejante interpretación descanse en una confusión entre la labor analítica y la labor educativa, ya que Freud también pone en guardia al educador contra una tal concepción de su misión. El fin que Freud asigna a la educación implicaría más bien una destitución de esta función del ideal. En Sobre la psicología del colegial, Freud muestra que el primer desprendimiento del niño con respecto al padre, es decir, su destitución del lugar del ideal, lo abre a la influencia de personas exteriores a la familia que podrán venir a ocupar el lugar dejado libre por la «caducidad» paterna. Indica por otra parte que el niño sólo es definitivamente adulto cuando ha llegado a despren- derse de todos los sustitutos del padre, lo cual significa que nadie puede venir a ocupar ya para él el lugar del ideal, que nadie puede ser idealizado por él. 29 Pero a este desprendimiento respecto al padre y sus sustitutos corresponde una caducidad de la función del ideal mismo (para Freud la ética no es una ética del ideal sino de lo real). La verdadera moral no consiste para Freud en la promoción de un ideal elevado, destinado por definición a per- manecer tanto inaccesible como irrealizable, y que no conduce más que a una relación engañosa con uno mismo y con el otro. El ideal, y la idealización de la realidad que él implica, son resorte de

27. «Les voies nouvelles de la thérapeutique psychanalytique», 1918, ibíd.,

p. 138. «Los caminos de la terapia psicoanalítica», O.C., III (p. 2.457).

28. «Le Moi et le Qa», Essais de psychanalyse, p. 223, nota

29. S.E. XIII, p. 244.

106 118

1.

EL

NARCISISMO

la ilusión e incluso del desconocimiento. Mueve al Yo a imaginar- se mejor de lo que es o a exigir de sí más de lo que puede, y, en definitiva, a la hipocresía. 30 Puede culminar en la represión si se revela necesario para el sostén de la ilusión de la moralidad; es decir, a fin de cuentas, puede culminar en la neurosis. En la relación con el otro, que el sujeto puede estar tentado de colocar en el lugar de su ideal, esto conduce también a una sobrestima- ción engañosa puramente imaginaria. La satisfacción narcisista descansa desde el inicio en una ilusión. Primeramente la de la omnipotencia del Yo primitivo, y después sobre una imagen de perfección puramente imaginaria, el Yo-ideal. El mismo Ideal- del-yo se elabora a partir de las cualidades prestadas al padre o a sus sustitutos, y resulta de una sobrestimación basada en la ilusión. Cuando Freud, en sus Consideraciones de actualidad sobre la guerra

a la

educación a renunciar al apoyo en la ilusión y dejar sitio a la realidad, en ello puede verse el deseo de que la educación cese de conferir la primacía al narcisismo, hasta el presente utilizado, y reforzado, como principal sostén de una educación que hasta entonces se había orientado a la supresión de las pulsiones sexua- les consideradas molestas. El paso del Yo-placer al Yo-realidad consistiría precisamente en esa superación de cierto modo de satisfacción narcisística. También contra el narcisismo debe lu- char el analista cuando procura levantar la represión, con la cual choca el tratamiento psicoanalítico bajo la forma de la resisten- cia. Así, pues, ideal y narcisismo deberían ser situados de un mismo lado, aquel que Freud designa con el término ilusión, por oposición a lo que llama unas veces verdad, otras realidad, y en ocasiones necesidad, y cuya significación en su obra aún tenemos que poner en claro.

y la muerte, y después en

El porvenir de una ilusión, exhorta

30. Cf. «Considérations sur la guerre et sur la mort», Essais de psychanalyse,

p. 247.

(p. 2.101).

«Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte», O.C., II

LO REAL

III

Y LO

IDEAL

11

LA PULSION DE MUERTE Y LO REAL

«La teoría psicoanalítica admite sin reservas que la evolución de los procesos psíquicos está regida por el principio del placer.» 1 Así comienza Más allá del principio del placer. Sin embargo, dos páginas más adelante Freud pone esta hipótesis en tela de juicio:

«¿Pero es acaso exacto hablar del papel predominante del prin- cipio del placer en la evolución de los procesos psíquicos? Si así fuera, la enorme mayoría de nuestros procesos psíquicos ten- drían que verse acompañados de placer o conducir al placer, mientras que la mayor parte de nuestras experiencias están en flagrante contradicción con esta conclusión. Estamos así forza- dos a admitir que una fuerte tendencia a adecuarse al principio del placer es inherente al alma, pero que ciertas fuerzas y circuns- tancias se oponen a esa tendencia a tal punto que el resultado final puede perfectamente no ser siempre conforme con el prin- cipio del placer». 2 Si la búsqueda de su bienestar es la meta del ser vivo, como parecen probarlo, además de la filosofía a partir de Aristóteles, «los hechos de nuestra observación cotidiana», 3 ¿cómo es posible que corrientemente se observe el fracaso de tal empeño? Esta es la paradoja que Freud encontró perpetuamente en el seno de su experiencia y que, en 1921, intenta una vez más elucidar. La teoría analítica ya trató de dar cuenta, en efecto, de dicha

1. «Au-dela du principe de plaisir», Essais de psychanalyse, p. 7. «Más allá del principio del placer», O. C, III (p. 2.507).

2. Ibíd.,

3. Ibíd., p. 7.

pp. 9 y

10.

123

LO REAL

Y LO IDEAL

paradoja: el principio del placer puede ser desbaratado por las exigencias del mundo exterior. La realidad no se presta siempre a la satisfacción directa e inmediata de las pulsiones que, en ciertas circunstancias, amenazarían con poner en peligro al organismo. El principio del placer debe ceder la plaza al principio de reali- dad, en cuyo nombre las pulsiones de autoconservación propor- cionarán la energía necesaria para la contención de las pulsiones peligrosas (en particular las pulsiones sexuales). Aquí sólo se trata, dice Freud, de una limitación «normal» del principio del placer: no puede darse por descontada una armonía constante entre el ser vivo y su medio. En segundo lugar, entre las pulsiones obrantes en el psiquis- mo algunas muestran ser incompatibles, durante el desarrollo del individuo, con la evolución del conjunto. Sacrificadas (reprimi- das), tales tendencias seguirán buscando satisfacción, pero habi- da cuenta de la represión de que han sido objeto, dicha satisfac- ción se traducirá en displacer. Aquí nos encontramos no ya con un conflicto ante una realidad hostil, sino con un conflicto in- trapsíquico que, aunque resulte parcialmente de la presión de la realidad exterior, no se reduce a ella. Freud da varias interpretaciones teóricas de este conflicto:

oposición de las pulsiones del Yo a las pulsiones sexuales, y des- pués oposición entre libido narcisista y libido objetal. En este contexto, la falta de armonía no afecta únicamente a las relacio- nes del hombre con el mundo, sino que parece inherente al propio funcionamiento psíquico del ser humano. En este caso, no obstante, el displacer es la consecuencia del conflicto de fuerzas que tienden a satisfacciones incompatibles entre sí, lo cual no invalida el predominio del principio del placer. La salida del conflicto puede ser considerada como un mal menor, es decir, como una solución más o menos económica conforme al principio del placer. Pero esta concepción no satisface a Freud. En efecto, no explica suficientemente un conjunto de fenómenos atestiguados por la experiencia analítica y que parecen aberrantes desde una concepción económica del funcionamiento psíquico: la existen- cia de comportamientos orientados a la repetición de experien- cias desagradables, que no suponen ninguna forma de satisfac- ción. Algunos juegos de niños, los sueños de los neuróticos de

124

LA PULSION DE MUERTE

t ?

Y LO REAL

U-

A.

Q.

¿fe

guerra, ciertos aspectos de la transferencia durante la cura analí- tica, las neurosis de destino, dan fe de esa tendencia a la repeti- ción que se afirma de manera independiente del principio del placer. Ello conduce a Freud a emitir la hipótesis de una pulsión de muerte, más primitiva que las pulsiones sexuales o las pulsio- nes de conservación, y que corresponde al retorno a un estado anterior a la vida, estado que ésta habría perturbado y que la tendencia a la repetición apuntaría a restablecer, haciendo poco caso del principio del placer que rige al ser vivo. Con esta hipótesis queda aislado el aspecto destructor y co- rrosivo que durante largo tiempo atribuyó Freud a la sexualidad, y desde ahora Eros será concebido como una fuerza de cohesión

y de unión. El conflicto entre las fuerzas no reside ya en la

oposición entre pulsiones sexuales y pulsiones del Yo, o entre libido de objeto y libido narcisista, sino entre Eros y Tánatos. Sin embargo, la pulsión de muerte jamás se manifiesta en estado puro, sino siempre a través de su alianza con las pulsiones de vida, matiza Freud en El problema económico del masoquismo (1924). Se hace manifiesta en el dolor, señal de la transgresión del prin- cipio del placer, guardián de la vida, dolor que el sujeto parece perseguir como si fuera un goce. La pulsión de muerte es aquella tendencia que culmina en el forzamiento del principio del placer, concebido como principio homeostático de conservación del ser vivo.

¿Qué lugar conceder, en relación con el conjunto del pensa- miento de Freud, a esta última modificación de la teoría de las pulsiones, y cuál es el alcance de esta nueva elaboración en lo que atañe a la educación? Recordemos que los principales textos de

Freud sobre la educación y la civilización (Elporvenir de una ilusión

y El malestar en la cultura) son posteriores a la hipótesis de la

pulsión de muerte, y probablemente consecuencia de ella.

Al referirnos a Introducción al narcisismo, vimos que Freud fue inducido a cuestionar, tras el descubrimiento del narcisismo, esto es, de la existencia de una libido del Yo, la oposición pulsio- nes del Yo - pulsiones sexuales. El Yo y la sexualidad ya no po- dían considerarse como radicalmente opuestos, y no se podía rechazar enteramente la hipótesis de un monismo pulsional. Sin embargo, ésta es una hipótesis que Freud nunca estuvo dispuesto

a admitir. Sólo el dualismo, correspondiente a la hipótesis de

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LO REAL

Y LO

IDEAL

fuerzas antagónicas obrantes en el psiquismo, le parecía propio para dar cuenta del carácter dividido, desgarrado de la psique humana. La hipótesis de la pulsión de muerte permite a Freud mantener la concepción dualista y preservar, en particular con respecto al junguismo, la esencia de su descubrimiento. En Más allá del principio del placer, Freud recuerda que «el inconsciente como tal no puede ser alcanzado, y se hace oír de una manera paradójica, dolorosa, irreductible al principio del placer. Vuelve a poner así en primer plano la esencia de su descubrimiento, que se tiende a olvidar». 4 Según Lacan, lo que Freud promueve con la pulsión de muer- te es la existencia de la autonomía de lo simbólico, la dimensión del lenguaje en el hombre, que actúa como parásito en su ser de viviente e introduce en él el registro de un más allá de la vida. Aunque nuevo, el concepto de pulsión de muerte pone en claro fenómenos observados por Freud desde hacía mucho tiem- po. La introducción de este concepto le permite acentuar con nuevo vigor cierto número de fenómenos que la experiencia psicoanalítica revela más que cualquier otra, y que dan fe de la existencia en el comportamiento humano de algo extraño, abe- rrante, paradójico en relación con su ser biológico, en relación con el hecho de que el hombre es un ser vivo; algo que no puede ser explicado sino recurriendo a un orden de determinación que se sitúa fuera de lo que determina al ser vivo: más allá de la vida. Este más allá de la vida es lo que Freud denomina pulsión de muerte, con lo que quedan aliados dos términos contradictorios; dicha alianza designa una realidad en sí misma inconcebible, contradictoria, o, dicho de otro modo, «imposible». La pulsión de muerte como concepto es un monstruo lógico que, por ello mismo, resulta apto para designar a la propia realidad humana como monstruosa con respecto a la de los otros seres vivos. Lacan caracteriza ese más allá de la vida como lo simbólico. Es el lenguaje lo que constituye este orden que determina al ser ha- blante, al ser humano, más allá de su condición de viviente; y él instituye esa desgarradura, esa división que marca a la vez la relación del ser humano con el mundo y consigo mismo, que

4. J. Lacan, Séminaire II, Le moi dans la théorie de Freud et dans la technique de la psychanalyse, París, Ed. du Seuil, 1978, p. 84.

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LA PULSION

DE MUERTE

Y LO

REAL

engendra esa hiancia que nada puede venir a colmar, de un deseo confrontado a un imposible goce, imposible por hacer causa común con la muerte. Lacan especificó esa falla, esa hiancia producida por el injerto del lenguaje sobre el ser vivo, como la inexistencia de una «rela- ción sexual» en el ser hablante. Por obra del lenguaje, entre el hombre y la mujer no hay complementariedad esperable de su conjunción, no cabe esperar ninguna armonía de su unión. Son inconmensurables. Freud atribuía a la prohibición del incesto el hecho de que la pulsión sexual no se preste «a la realización de la plena satisfacción», 5 es decir, a la unión con el único partenaire que podría colmar el deseo. La única relación «posible» está prohibida. ¿No será que la prohibición del incesto, fundamento de todas las sociedades humanas, es lo que viene a marcar el lugar de la imposible relación del hombre y la mujer? Lo vimos a propósito de Tótem y tabú: en el lugar mismo de lo imposible, el discurso enuncia una prohibición. Lo imposible es el agujero horadado en lo Real por lo simbólico. En El problema económico del masoquismo, 6 Freud escribe que la libido encuentra a la pulsión de muerte, que le hace de obstáculo; en términos lacaneanos, podría decirse que la sexualidad encuentra en el ser humano a lo simbó- lico, que la desgarra, obstruyendo la relación entre los sexos, y que, desde ese momento, lo imposible de esta relación es lo Real con que tenemos que habérnoslas. A este Real intenta dar alcance la teoría analítica. En efecto, todos los días la experiencia analítica confronta al analista con este Real. Se puede decir que el psicoanálisis, como discurso, constituye la tentativa de circunscribir los bordes de lo que podría compararse a un agujero. En cuanto al agujero, a lo Real, éste escapa a lo simbólico. Lo Real es «lo que no c