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EUGENIO D.

MARTÍNEZ HURTADO
LA SENDA DEL DRAGÓN
LA GUERRA DEL FIN DEL TIEMPO: DIARIO DE GUERRA / I

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Nº M- 007929/2006 Registro de la Propiedad Intelectual.

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Tres son los elegidos.
Dos los guardianes y uno el sabio,
dos los cometas y uno la estrella,
como dos son las lunas y uno el planeta.
Dos los luceros y uno el fuego.
Tres son los elegidos.
Dos serán los protectores y escoltas,
pura su alma y fuerte su brazo,
y uno será el maestro,
iluminado en la paz y fiero en sus creencias.
Pues tres son los elegidos.
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PRELUDIO
LA CONJURA

Ocho oscuras figuras miraban atentamente a las estrellas. El


firmamento titilaba a través del agujero de la torre mientras los
ocho pares de ojos lo escudriñaban en busca de signos y
augurios. Allí estaban los mensajes de los Dioses, y sólo aquellos
instruidos en los antiguos conocimientos podían descifrarlos.
Pero esa noche hasta los mismos Dioses parecían expectantes,
observadores pasivos de lo que los simples mortales iban a hacer,
de lo que sus humildes criaturas iban a intentar lograr.
El grupo estaba formado por humanoides de diversas formas
y tamaños, todos diferentes pero a la vez iguales, pues cualquiera
se hubiera percatado de que todos ellos vestían las mismas
túnicas. Negras y con runas en la espalda. Runas rojas, como la
sangre. Runas caóticas.
Dos de ellos portaban en sus manos oscuras dagas rituales.
Las hojas, fabricadas con un metal negro, emitían un haz de
oscuridad que ensombrecía a la misma tela de las túnicas. Otros
dos llevaban en las manos grandes cálices de azabache,
fabricados de una sola pieza cada uno, y ornamentados con el
mismo metal negro que las hojas de las dagas. Otros dos
portaban oscuros libros, con las hojas creadas a partir de la
emponzoñada piel de demonios olvidados tiempo ha y lomos
reforzados con el mismo ominoso metal. Los dos últimos
escondían sus manos entre los pliegues de la túnica y se
mostraban a la espera.
Cada uno de ellos estaba de pie en cada una de las puntas del
arcano grabado que decoraba el suelo de la torre desde hacía
milenios. Cada cual miraba a su homólogo, situado enfrente. Se
encontraban intercalados de manera ordenada; el portador del
Conocimiento en la punta izquierda, a continuación el portador
de la Muerte, luego el portador de la Vida y, por último, el
portador del Cáliz. Tal era lo estipulado para el sacrificio.
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En el centro de la sala, dentro del grabado, un enorme
quemador refulgía con llamas añiles. Las llamas provenían de
unos carbones al rojo blanco sobre los que goteaba regularmente
una sustancia oscura, de aspecto viscoso, desde un pequeño
depósito situado en lo alto de ocho finos brazos. Apenas
iluminaban la sala, produciendo sombras engañosas a los
mismos pies del misterioso grupo.
La luz azulina parecía menguar, retroceder sobre si misma,
cada vez que siquiera rozaba los pies de alguno de ellos, y nunca
sobrepasaba los límites del grabado, evitándolo con verdadera
desesperación. Cada vez que caía una gota de aquella sustancia
un siseo llenaba la sala, rompiendo el silencio, y una pequeña
espiral de humo negruzco ascendía para escapar por el hueco del
techo.
Después de su lenta y pausada danza cósmica, por fin las
estrellas terminaron de alinearse en el cielo. Por fin Dieter Etzel
estaba en su apogeo, rodeado por su tenebroso linaje. Por fin
Orm y Herálion se encontraban en su ocaso y Lanval miraba
desde lejos sin poder hacer nada. Por fin los Dioses menores
estaban ocultos bajo los límites de la esfera celeste, esperando su
turno para participar. Por fin el Gran Padre estaba decayendo y
los cuatro Clanes estaban aun iniciando su ascenso al
firmamento.
Por fin los Dioses Oscuros estaban en concordancia en el
cielo. Los Dioses Grises no podía hacer nada y los Dioses de la
Luz estaban dispersos, separados y lejos del cenit de su poder.
Después de más de un siglo y medio de espera, el cielo estaba
en la disposición adecuada.
Por fin era el momento.

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CAPÍTULO I
LA MEJOR ESPADA

Desde que abrió sus puertas, hacía ya muchos años, los


clientes llamaban a aquella taberna “La Rata Sonriente”. Nadie
recordaba cuál fue el nombre original, pues al dueño le gustó el
nuevo y lo cambió. “Lo cierto es que el nombre es de lo más
acertado, las ratas deben cebarse generosamente con los
abundantes desperdicios del suelo”, pensó para sí una oscura
figura detenida delante de la puerta de entrada. No era el tipo de
hombre que frecuentaba esos lugares, pero sus criados le habían
indicado que le encontraría allí aquella noche. Y le necesitaba.
Haciendo de tripas corazón abrió la puerta y, tras casi caer al
suelo desmayado por los olores que le golpearon salvajemente el
rostro, entró con paso firme.
El buen gusto en las formas estaba fuera de lugar en aquel
antro, así que apartó de un manotazo al borracho que tenía
delante y avanzó decididamente hacia el tabernero. La altiva
figura avanzaba enfundada en una capa negra, cuidadosamente
cerrada al frente, con la abertura ligeramente desviada hacia la
derecha. El oscuro individuo sabía que aquella zona de la ciudad
era muy peligrosa, más aún durante la madrugada, pues la
guardia hacía años que rehuía el Dédalo.
El Dédalo era el barrio más bajo y decadente de todo
Nublada. Estaba compuesto de casas a medio caer, que
conformaban calles estrechas y sinuosas, sin ningún diseño
previo. Además, allí sólo había ladrones, prostitutas y asesinos,
que no se merecían que la guardia arriesgase su vida por ellos; y
menos unas horas tras el ocaso. Así, al menos, lo había
decretado el Endenable Bagham, gobernador de la ciudad.
En cualquier momento podía serle necesario desenvainar su
espada, y aquella manera de vestir le permitiría hacerlo de la
manera más rápida. Bajo la capa se ocultaban los brazos, la daga
y la espada, en cuyo pomo descansaba la mano izquierda.

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Por fin llegó a una especie de barra. Hacía muchos años que
la madera había empezado a resquebrajarse, pero aún se
mantenía en pie. Más que suficiente para sostener las bebidas de
aquel atajo de animales sudorosos y malolientes. Con cuidado,
evitando el contacto con un par de borrachos que discutían sobre
algún tema sólo inteligible para ellos mismos, golpeó la barra
con el puño derecho. Gotas de vino barato saltaron bajo sus
golpes y le mancharon el guante de cuero negro. Estaba
limpiándolo cuando una voz llamó su atención.
– Qué se supone que quieres, señor “Don Importante”. Dime,
¿has venido por una mujer acaso?..., ¿quizás por un muchacho?
– No necesito de tus servicios para calentar mi alcoba, viejo
estúpido –aquél hombre no debía tener más de cuarenta años, y
aún así había perdido gran parte de su dentadura y casi todo el
pelo–. Dime, ¿conoces a Tharek Driss?, me han dicho que esta
noche iba a venir a este cuchitril.
Pareció dudar unos instantes. Una sombra de desconfianza se
perfiló en sus labios, que se adelgazaron y torcieron hacia un
lado en una tentativa de sonreír.
– Hace meses que no le vemos. De todos modos podrías
decirme quién le busca y para qué. Quizás pueda encontrarle y
darle el mensaje.
– Mira, no tengo ganas de jugar. Sé que su actual amante
tiene la noche libre y que va a venir a encontrarse con él. Dime –la
mano izquierda salió un instante de debajo de la capa y,
rápidamente, volvió a desaparecer entre los pliegues. Una
pequeña bolsa de monedas descansaba ahora sobre la barra–,
¿podrías indicarme donde se encuentra Tharek Driss y dejarnos de
tonterías?
Los ojos del tabernero se abrieron como platos ante la visión
de la bolsa; decididamente había acertado al juzgar a aquel
sujeto.
– Pregunta en aquella mesa del fondo..., es cuanto puedo
decirte –con una rapidez asombrosa para su apariencia cogió la
bolsa, la sopesó y la guardó tras su delantal. En aquel mismo

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instante alguien requirió sus servicios en el otro extremo de la
barra, adonde acudió presurosamente–.
– Otra ronda, tabernero –gritaba alguien desde la mesa que
le había indicado. Una mujer joven, de piel blanca y pelo negro,
subió a la mesa–. Así Melchái, baila para nosotros esta noche.
La negra figura avanzó resuelta hacia la mesa. La bella
morena comenzaba a danzar atrevidamente en lo alto. Mientras
tanto, un grupo de hombres la animaban con jarras de cerveza
danzando al aire entre gritos y silbidos. Una vez llegó a su altura
apoyó ambas manos sobre la mesa y, desafiante, miró a los
hombres. La mujer, cogida por sorpresa, se trabó los pies y cayó
a un lado. Incapaz de mantener el equilibrio, su espalda hubiera
dado contra el suelo de no ser por un hombre que, rápida y
ágilmente, la cogió entre sus brazos.
– Debes tener más cuidado al bailar Melchái. Si te hubieras
caído nos hubieras estropeado la velada..., además de lastimar este
maravilloso cuerpo –mientras decía estas palabras dirigió una
mirada helada a la figura de negro–. Y bien, ¿quién se supone que
sois vos que nos molestáis mientras disfrutábamos del baile de la
moza? –era un joven de unos veinte años el que le hablaba con
actitud despreciativa–, ¿acaso creéis que vuestros asuntos nos van
a interesar más que sus firmes piernas?
La gente había dejado de gritar, los hombres no bebían ya y
las mujeres ya no tonteaban con los clientes buscando fortuna.
Era como si todos estuviesen expectantes por ver qué sucedía en
aquél sucio rincón.
– Busco a Tharek Driss. Me han asegurado que aquí podría
encontrarlo –fueron las únicas palabras del oscuro personaje–.
– ¿Y para qué se supone que desearía hablar contigo?
Contesta, quien quiera que seas –dijo desafiante otro muchacho
joven, mientras sus mejillas comenzaban a enrojecerse por una
creciente excitación–.
– Vengo a ofrecerle un trabajo. Necesito de sus... ¿cómo
decirlo?, habilidades. Será sólo una noche, cobrará generosamente,

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una parte por adelantado y el resto al finalizar su trabajo... tenga o
no éxito la faena.
En otro lugar, con otros hombres, aquella promesa de dinero
fácil hubiera sido razón suficiente. Pero no buscaba a un hombre
normal, así que esperó pacientemente a que le dieran una
respuesta evasiva, puede que incluso despectiva.
– Poseo más dinero del que podríais ofrecerme –dijo el
hombre que había recogido a la mujer antes de caer. Su manera
de hablar era algo tosca, forzada y brusca, indicando que era
extranjero–, y ahora estoy reunido con unos “viejos” camaradas.
No tenéis nada que me pueda interesar –se dejó caer sobre el
respaldo de su silla y, con aire distraído, cogió su jarra–, os ruego
que os vayáis.
– No sólo os ofrezco dinero, también poseo cierta
información que os puede ser útil. ¿No os interesaría conocer el
nombre de quién asesinó a vuestra hermana?
Aquella era su última esperanza. Sabía muy bien que la fibra
familiar era muy importante para Tharek, y había guardado una
última carta con la que jugar. Y, por cómo se le quedó mirando,
en silencio, el hombre de negro juzgó que la había jugado bien.
– Vosotros, idos. Dejadme a solas con nuestro misterioso
“amigo” –dijo secamente a sus acompañantes, que se levantaron
en silencio y fueron a sentarse a otra mesa, a escasos metros–. ¿Y
vos, no tomáis algo? ¡Tabernero, otra jarra!
Cogiendo una silla, el personaje de negro se sentó. Mientras
esperaban la jarra ambos hombres se miraron detenidamente,
estudiándose, en silencio. La mujer permanecía sentada al lado
de Tharek, firmemente aferrada a su brazo y con la cabeza
reposando sobre su hombro. El tabernero tardó apenas un
minuto en servir la mesa, trayendo un par de jarras de cerveza.
– ¿Y bien?, ¿qué sabéis de la muerte de mi hermana? Ese es
un suceso que muy pocas personas conocen. Tenéis mucho que
explicar antes de hablar de negocios, como quiera que os llaméis.
– Oh, estáis en lo cierto. Disculpadme, las toscas maneras de
éste ambiente se me deben de haber pegado. Mi nombre es Tadàin
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de Rous –y levantándose hizo un saludo pomposo y sonoramente
aplaudido por toda la taberna. Él pareció no darle importancia–.
Debéis de saber que pertenezco al consejo de la ciudad y, como
miembro, tengo acceso a gran cantidad de información. La corte
no es más que un nido de viejas cotorras y sus chismorreos llegan
incluso aquí, a la periferia. No sólo sé todo lo referente a la muerte
de vuestra hermana, sino que sé más de vos de lo que podéis
imaginar. Es, por ello, por lo que he venido a buscaros.
– ¿Qué creéis saber de mí? Sólo soy un mercenario hábil en el
manejo de la espada, que pone su brazo al servicio de quien pueda
pagarlo y se lo merezca.
– Oh, no, sois más que eso. Lo sé todo sobre vos, como ya he
dicho. Dejadme que os cuente una pequeña historia que seguro que
os interesa.
El mercenario aceptó con un elegante movimiento de su
cabeza y, mientras Tadàin de Rous se disponía a iniciar su relato,
comentó unas palabras al oído de la mujer, que se levantó con
aire enfadado. Fulminando con la mirada al noble, les dejó a
solas. Con una sonrisa en el rostro, Tharek Driss bebió un lento
sorbo de su jarra mientras evaluaba a su interlocutor. Luego
adoptó una posición más elegante sobre la silla, dispuesto a
escuchar qué tenía aquel individuo, oscuro como su
indumentaria, que contarle.
– La historia comienza hace unos años, no demasiados.
Existió en Isbandem un noble caballero llamado Lord Theron Driss
de la casa McDrisshegar, que desde muy joven había dedicado su
vida a servir a la casa Real. Aunque su vida le hacía permanecer
ciertas temporadas en la corte, su verdadero placer se desarrollaba
en el campo de batalla. Luchando contra las hordas de la
Oscuridad obtuvo el reconocimiento de su patria como uno de los
más bravos guerreros, y de sus hombres como el mejor de los
Generales. Lord Theron Driss tuvo sólo un hijo, su primogénito y
heredero del apellido familiar y de la fortuna de la casa
McDrisshegar, al que desde muy pequeño educó para sucederle.
Por lo que podía apreciar, había logrado captar la atención de
su interlocutor. Ahora, mientras contaba la historia, Tharek

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Driss estaba apoyado sobre sus codos, mirando pensativo a su
jarra. Su mente estaba lejos.
– Durante la eterna guerra contra las hordas de Horreid,
Lord Theron Driss, vuestro padre, sirvió valerosamente a la causa
de los Dioses Grises. Pero en Isbandem, mientras sudaba sangre
para defender los derechos de su rey, alguien conspiró contra él,
poniendo en entredicho su honor y el de su familia ante un monarca
fácilmente embaucable. Lavar la afrenta le hubiera resultado fácil,
pero la muerte en el frente le impidió limpiar su nombre y, debido a
ello, vuestra familia cayó en desgracia. El dinero se acabó en pocos
meses y, convertido en un caballero sin propiedades, tuvisteis que
alquilar la espada para poder mantener a vuestra madre y
hermana. Finalmente, una prima de vuestra madre consiguió un
puesto de doncella para vuestra hermana aquí en Nublada, una de
las principales ciudades del Imperio y, por ello, vinisteis
atravesando el Mar Interior en un barco que pagasteis con vuestros
últimos fondos. De eso hace ahora dos años. Al poco de llegar
vuestra madre cayó enferma y murió, y hace escasamente seis
meses vuestra hermana cayó muerta con un cuchillo clavado en el
corazón. Nadie fue nunca culpado de su muerte.
El noble khardesita hizo un alto para intensificar el
dramatismo de sus palabras. Sin duda su interlocutor estaba muy
afectado, pues no abrió los labios, ni siquiera levantó la cabeza
de su jarra.
– Además, sé que en estos momentos no tenéis dinero encima.
Es más, me han informado que desde hace dos días vivís de
prestado gracias a los diversos favores que la gente del Dédalo os
debía.
El otrora noble y ahora mercenario levantó por fin la vista.
Sus ojos estaban húmedos, pero alrededor de sus labios una
perilla del color negro de su pelo enmarcaba una amplia sonrisa.
– Verdaderamente –dijo el asombrado oyente mientras se
dejaba caer de nuevo sobre el respaldo de la silla– me habéis
asombrado. Nadie en toda Nublada conoce mi verdadera historia.
Ni siquiera Melchái, con quien comparto mi cama desde hace casi
un año. ¿Quién...?

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– ¡Eso no importa! –dijo tajantemente Tadàin de Rous–
Ahora decidme, ¿escucharéis mi oferta?
– Sí, decididamente me habéis intrigado. ¿Qué queréis de mí?
Debéis de saber que no asesino a nadie, al menos si la causa no me
parece apropiada. Después de todo, tengo un honor que cuidar,
como acabáis de demostrar que sabéis. Aunque algunas veces deba
usar pequeños “trucos legales”...
Tadàin de Rous rió. ¿Realmente había creído que iba a
proponerle un asesinato? No era que no hubiera planeado la
muerte de otras personas. Incluso algunas las había llevado a
cabo personalmente. Al fin y al cabo era un noble, y estaba en su
derecho. Lo que le hacía gracia era que aquel ingenuo joven
pensase que iba a implicarse en persona. Para eso estaban sus
criados de confianza.
– No se trata de asesinar a nadie, ni mucho menos. Con un
poco de suerte es posible que no tengáis ni que desenvainar la
espada. Lo que necesito es un hombre de confianza que me ayude a
“obtener” algo que no es de mi propiedad… pero debería serlo.
Decidme si os interesa, pues si no es así no puedo contarte ya más.
– Un robo, ¿eh? –bien, aquello ya no intefería con sus
creencias sobre el derecho a la vida de los inocentes–. De acuerdo,
pero sólo si la víctima es un rico acaudalado. Mi honor no sufrirá
ningún peligro con ello.
– Creedme si os digo que nunca hubo un hombre más rico en
todo Târríen. Por eso no os preocupéis.
– Entonces acepto. Tenéis mi palabra de honor de que
cumpliré mi parte del trato lo mejor posible. Y mi palabra es
sagrada, bien lo saben los Dioses Grises.
Ahora era Tadàin de Rous el que miraba pensativo su jarra,
ya casi vacía.
– No temáis. Esa fue la segunda razón por la que pensé en
vos –dijo, tragándose los últimos restos de vino–.
– ¿Y cuál fue la primera?, si puede saberse –preguntó
intrigado Tharek Driss–.

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– Simplemente busqué al mejor espadachín del Imperio, y
varios de vuestros viejos “jefes” os recomendaron –Tadàin de Rous
sonrió alegremente a su oyente al decir estas palabras–, incluso
vuestros más enconados y jurados enemigos coincidieron en ello.
El joven pareció enrojecer, levantó su mano derecha y dando
unos pases descuidados al aire con gesto despreocupado, como
tratando de borrar las palabras, rió.
– ¿El mejor?..., ¿yo? Me temo que me habéis valorado en
exceso. Quizás sea más hábil que la mayoría, pero hay en la misma
Nublada al menos..., bueno, en vuestro Imperio quizás haya varios
espadachines mejores que yo.
– Bien, como deseéis. Ahora tengo que irme. Mañana
recibiréis un carruaje que os llevará a mi casa. Intentad descansar,
al menos unas horas –mientras se ponía de pie sacó la mano
derecha de dentro de su capa. Había cogido una gruesa bolsa
llena de monedas y la arrojó a la mesa–. Espero que encontréis el
pago satisfactorio. En todo caso el resto, junto con el nombre que
debéis conocer, os los daré cuando finalicemos el trabajo. Buenas
noches.
El isbandio recogió la bolsa con un intencionado gesto de
descuido. Valoró rápidamente el peso y, por el tacto, el tamaño
de las monedas. “Sí, puede que sea suficiente”, pensó. En cuanto
Tadàin de Rous hizo ademán de levantarse Melchái, que había
permanecido sentada en una mesa apartada, se levantó y se
dirigió rápidamente a los brazos de su fogoso isbandio. En el
cruce la mujer empujó deliberadamente, aunque con gesto
ingenuo, al noble. Poco le faltó para acabar en el suelo debido a
un golpe de cadera de aquella mujer.
– Mi noble señor –Tadàin de Rous ya se había
recompuesto–. Ahora que hemos formalizado un contrato verbal os
está permitido tutearme según las reglas del Dédalo.
– Bien –el noble apenas giró la cabeza y le miró con gesto
altivo–. Tú sigue tratándome como hasta ahora.
Sin decir más se dirigió hacia la puerta. En el otro extremo de
la sala los hombres con los que había encontrado sentado al

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isbandio, comenzaron a levantarse para retomar la fiesta donde
la habían dejado. Antes de abandonar, por fin, aquella asquerosa
taberna, aún llegó a escuchar sus bromas y, nítidamente sobre el
resto de las voces, pudo escuchar unas palabras en isbandio.
– Toma cariño, cómprate un collar con éste dinero –la mujer
se lanzó a por la garganta de Tharek Driss, dándole ardorosos
besos. Se fue acercando a su oído y, tras darle un beso, le susurro
algo–. Sí, yo también te deseo. Chicos –ahora volvía a hablar en
un común lleno de matices– me temo que debo dejaros por esta
noche.
La propuesta fue vitoreada por el grupo de hombres.
La mañana se presentaba gris. Las nubes en lo alto
presagiaban tormenta, pero no era tiempo de lluvias. El viento
corría entre los callejones del Dédalo, silbando como un hombre
rabioso. Un hombre alto y bien formado, embutido en su capa
negra, abrió la puerta de una vivienda situada en un segundo
piso. Lentamente, evitando que los vientos le arrastrasen, fue
bajando por la destartalada escalera hasta llegar al nivel de la
calle. Allí, tal y como le habían prometido la noche anterior, le
esperaba un carruaje. Estaba tirado por cuatro caballos de color
gris oscuro y lo conducía un viejo cochero. “De confianza, sin
duda”, pensó para sí Tharek. En la puerta lateral pudo observar
el escudo de la casa de Rous. Tras saludar cortésmente al
cochero subió al carruaje y se acomodó para disfrutar del paseo
por Nublada.
La cabeza aún le dolía un poco, por lo que decidió aprovechar
los mullidos cojines del coche y descansar durante el viaje. La
fiesta en sí había acabado pronto, y no le había dado tiempo de
beber en exceso. Sin embargo, Melchái era una mujer ardorosa y
le había mantenido despierto hasta altas horas de la madrugada.
Le dolían los brazos y la espalda, sentía una opresión en la nuca
y las piernas aún parecían estar dormidas. Definitivamente
aquella mujer era demasiado para cualquier amante.
Tras lo que le pareció un breve instante el coche se detuvo. El
cochero, que debía de haberle visto dormir, dio varios golpes en
el techo para desperezarle. Antes de que se hubiera recompuesto

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una mano abrió las cortinillas que había cerrado para impedir el
acceso a la luz matutina. Tras ella apareció la cabeza de Tadàin
de Rous, serio y preocupado.
– ¿Estáis bien? Espero que te encuentres en plena forma, pues
en éste trabajo no nos podemos permitir ni un solo error.
Antes de que Tharek Driss pudiera contestar el rostro de
Tadàin de Rous desapareció de la ventanilla. Su voz se oyó
entonces fuera.
– ¡Venga salid!, que tenemos trabajo.
Una vez bajó el cochero golpeó a los caballos y el carruaje se
puso en marcha. En apenas unos minutos desapareció en la
lejanía. Ahora podía observar que no se encontraban en la
ciudad. Durante el tiempo que había dormido habían
abandonado la ciudad y se habían dirigido a un pueblo con un
pequeño puerto.
– ¿Vamos a robar en un barco? Vaya, esto es una novedad…,
nunca había actuado de pirata en tierra.
– Ni mucho menos. Vamos a tomar uno de esos barcos.
Nuestro destino está aún a unos días de camino.
– ¿Cómo decís? Eso debe de ser una broma. Nadie me avisó
de que saldríamos de Nublada. No he avisado a nadie; ni siquiera
me he despedido. Además dijisteis que elñ trabajo sería cosa de una
noche.
– Oh, descuida, ella te esperará... Además, ¿creías que la
suma de dinero que te he dado sería por un trabajo sencillo? El
trabajo te llevará no más de una noche, tal como dije… pero
primero debemos llegar a nuestro destino –y tras eso comenzó a
subir por la pasarela del barco más cercano–. Bueno, venga,
¿subes o no?
– Y ¿a dónde se supone, “oh, jefe”, que nos dirigimos? –le
preguntó mientras subía, a regañadientes–.
Tadàin de Rous guardó silencio mientras observaba cómo los
marineros terminaban de subir los bultos, los guardaban en la
bodega y levaban anclas. Poco a poco, el puerto fue quedando en
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el horizonte y, en unos minutos, sólo el mar rodeaba al navío.
Tras aspirar el aroma a salitre, le miró pensativo.
– Bien, creo que ya es un buen momento para saber hacia
dónde nos dirigimos. Es justo, ¿no crees?
– También era justo informarme anoche de éste inesperado
viaje y, sin embargo, no lo hicisteis –replicó con amargura el
isbandio–.
– Quizás tengas razón, pero ¿quién soy yo para juzgar si el
destino ha discurrido de manera equívoca? Mejor sigamos mirando
hacia delante, viendo que nos depara el futuro. Y ese futuro, amigo
mío, nos lleva directamente a través del Mar Interior, hasta
Horreid.
– Ahora sé que estáis de broma, si no loco –por fin algo le
hacía sonreír y, ese día, era complicado lograrlo–. ¿Sabéis acaso
algo de ese lugar? Ese minúsculo país al suroeste de Isbandem no
ha servido nunca ni para conquistarlo y dedicarlo a ser una
provincia satélite sin valor.
– Ya conozco esa cantinela. No eres el primero que me lo
dice –señaló Tadàin de Rous–. Al igual que sé que su nombre
deriva de las antiguas leyendas que narran la entrada a través de
los bosques del norte, que lo separan de vuestra orgullosa
Isbandem, de los “horrores nacidos de la Oscuridad”.
– Sí, bueno, eso fue antes de que nos asentásemos los nobles
isbandios y taponásemos la Gran Brecha Norte. Incluso durante la
Guerra pocas fueron las alimañas que lograron pasar, sólo para
morir en tierras de Isbandem.
El noble khardesita sonrió para sí; tal y como imaginaba, el
orgullo de su acompañante era más fuerte que su deseo de no
acompañarle, y pronto se había olvidado de Nublada, de la
moza y del vino del Dédalo.
– ¿Y qué demonios se os ha perdido en esa tierra de nadie?
No me puedo imaginar qué estamos buscando..., ni siquiera puedo
imaginar quien está tan loco como para vivir en ese país muerto, ¡y
menos si tiene dinero!

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– Mi joven compañero, ¿no comprendes después de todo? No
es quien, sino qué. Y ahora, lamentándolo mucho, debo excusarme.
El mar me... ¿cómo decirlo?..., me indispone. Esta noche nos
veremos en el camarote del capitán.
Y dicho esto, haciendo un gesto con la mano, se alejó hacia
una puerta situada bajo el castillo de popa, y comenzó a bajar
por unas escalerillas.
– ¡Ah, se me olvidaba! –le dijo sin girarse, mientras se
adentraba en las entrañas del buque–, tu camarote es el primero
que encontrarás al bajar. Espero que te agrade. El mío es el
siguiente. Hasta luego.
Y desapareció en la oscuridad.
Sin más que hacer que observar el cielo o a los marineros
trabajando sobre la cubierta, Tharek Driss decidió descansar
unas horas. “Esta vez me ha matado”, pensó, no sin una sonrisa,
al recordar a su dulce y salvaje amante. La moza se merecía el
esfuerzo, sin duda, pero él también se merecía un descanso.
El camarote era sencillo. Una mesa con una pequeña silla,
enfrente la cama, y una palangana con agua al fondo. No era
peor que muchos de lo sitios donde había tenido que dormir
desde que comenzara su vida de mercenario. Con estas
reflexiones y, tras recolocar la cama, se quedó dormido.
Seis horas después llamaron a su puerta. Primero fue
suavemente, pero luego los golpes fueron aumentando en
intensidad. Con tranquilidad se dispuso a abrir. Apartó la cama
para poder abrir ligeramente la puerta. En ese momento el rostro
de Tadàin de Rous asomó por la abertura.
– ¿Te encuentras bien? No podía abrir la puerta y creí que
algo os habría sucedido.
– No es nada, sólo una costumbre de antaño –dijo mientras
señalaba a la cama que impedía la apertura de la puerta–.
– Vayamos arriba. El capitán ha divisado otro barco y está
intentando evitarlo.

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El khardesita subió rápidamente, pero a él no le corría tanta
prisa. Sabía perfectamente que dados los ataques del Imperio
contra la flotilla de Acrotiria y contra la costa, era normal que se
produjesen incidentes. Unas veces eran los barcos de Acrotiria
los que atacaban, en un intento de mantener su poder marítimo
en la zona; otras, el Imperio luchaba por un territorio que
juzgaban era suyo; y, a veces, eran los piratas los que salían de
sus escondrijos en las islas de la Desolación, y atacaban a todos
los barcos que navegaban por aquellas aguas.
El resultado era un mar donde el avistamiento de un barco
normalmente traía malas noticias. Por eso se trataba siempre de
evitar los contactos, y cuando eran inevitables, los capitanes
solían soltar velas y rogar a sus Dioses, fuesen del panteón que
fuesen, por unos vientos favorables.
Sin embargo, a él aquello no le preocupaba demasiado. Si
algo había aprendido era que si se iba a plantear una batalla,
poco podía hacer un simple soldado de a pie para evitarlo. Otra
cosa que sabía era un consejo que había oído a su padre en
innumerables ocasiones. “Si vas a luchar, estate preparado para
todo. Ten el cuerpo dispuesto para el choque. Ten preparadas las
armas para el combate. Pero, sobre todas las cosas, ten preparado
el espíritu para la muerte”... Una sonrisa recorrió su rostro
mientras apretaba los cordajes de sus botas. “Un buen consejo”,
pensó.
Despacio, casi litúrgicamente, terminó de vestirse, se colocó la
espada a la cintura, rezó a los Dioses Grises, encomendándoles
su alma. Por fin, salió hacia la cubierta.
Tadàin de Rous atisbaba el horizonte con semblante
preocupado. No parecía que los marinos tuviesen mucha
inquietud, así que juzgó que seguramente habían dejado lejos al
otro navío.
– Así que no ha sido nada después de todo. ¿Y ese rostro de
preocupación? No parece que nos vayan a abordar esta tarde –rió
sonoramente mientras golpeaba a su patrón en un hombro–.
Puede que nos arrepintamos… nos habría venido bien un poco de
ejercicio.

21
El khardesita permaneció callado, mirando al mar. Por fin
pareció salir de un trance y, sin hacerle mucho caso, le indicó que
le acompañase a ver al capitán.
Este era un hombre moreno de unos cincuenta años, barba
negra como el tizón y pelo ausente. Los años no habían sino
remarcado sus rasgos, y parecía más un pirata que un capitán
mercante, lo cual no era malo del todo, ya que nadie mejor que
un pirata para evitar a otros piratas. Tras unas explicaciones
sobre el rumbo, la velocidad del viento, las mareas y demás
asuntos, calculó que llegarían en unos seis días a Shang–Chan, el
puerto de Acrotiria donde desembarcarían. Desde allí, le explicó
más tarde Tadàin de Rous, partirían a caballo hacia su destino.
Al final el viento no fue tan abundante como creían, ni las
corrientes tan favorables, y tardaron ocho días en atisbar el
puerto. Durante éstos, sin otra cosa que hacer, Tharek Driss
aceptó practicar en cubierta con su acompañante. El noble
khardesita resultó ser un tirador de primera, y los días pasaron
entre fintas y paradas como si sólo hubiesen sido dos.

22
INTERLUDIO
GASTO Y AHORRO

Se movía nerviosa por la habitación. Hacía ya tres días que


no sabían nada de las topas enviadas al Sur, a luchar contra los
khardesitas. ¿Tendría razón aquel extraño mercenario? Lady
Byermain, Emperatriz de Jadalsi, estaba reunida con el senescal
Framinder, consejero de la Familia Imperial desde los tiempos de
su padre, y con varios representantes del gremio comercial.
Llevaban hablando tres horas y le parecía que no lograrían llegar
a ningún punto.
– Lancemos a los Dragones de Acero contra ellos.
– Mi señora… no podemos –Framinder estaba tras ella. La
seguía como una sombra en su caminar por la habitación–.
– ¿Por qué dices eso?
– Hace ya un año que el Consejo Imperial llegó a la
conclusión de que los Dragones nunca más serían utilizados. ¿No os
acordáis?
– No lo recordaba –le miró con un atisbo de duda en el
rostro–. ¿Y por qué tomamos esa decisión?
– Decidimos que eran demasiado costosos para mantenerlos
operativos –el consejero Yrestius, joyero de profesión y uno de
los miembros más ricos de la ciudad, la observó con
detenimiento y, cuando vio que la Emperatriz no daba muestras
de recordar de qué estaba hablando, suspiró–. Recordad lo que se
dijo. Hacía ya más de un siglo que no volaban. Eran un gasto inútil.
– Sí… creo recordarlo… alguien lo expuso con mucha
vehemencia. El cuerpo de cuidadores y jinetes fue disuelto por el
coste que conllevaba para el Estado –empezaba a recordar…
¿sería posible que…?–. Ahora lo recuerdo –se giró y señaló
acusadora a Framinder con su dedo–. Fuiste tú quien nos
convenciste a todos. Tú y los mercaderes.

523
– Sí… –el senescal agachó la cabeza y se miró la punta de
los pies–. Y ahora he de reconocer que puede que me equivocase.
– ¿Que puede?, ¡¿que puede?!
Trató de calmarse. Dejarse llevar por la rabia, abandonarse a
la ira y gritar a aquellos consejeros no serviría para nada. No,
ella era Lady Byermain, Emperatriz de Jadalsi, descendiente
directa de la línea de sangre Imperial. Trató de pensar en una
forma de salir de aquel problema. De alguna manera podrían
defender la ciudad. Rogó al Gran Padre para que la iluminara.
En caso contrario moriría mucha gente inocente.
– ¿Entonces, qué vamos a hacer? ¿Cuáles son las
posibilidades que proponéis?
– Mi Señora, no debéis preocuparos. Vuestro marido ya se
está encargando de esta crisis.
La habían estado tratando como a una niña durante toda la
audiencia. Durante toda su vida. “Si sólo hubiese nacido con una
polla entre las piernas”, pensó con amargura. La miraban con
condescendencia, la adulaban y reían alegremente sus
comentarios, pero no la tenían en cuenta. Nunca le había
gustado, pero tenía que aguantarlo porque no tenía otra forma
de hacerse oír. Hasta ahora. Se giró y les miró con gesto
enfurecido.
– ¡Crisis! –agarró a Framinder del cuello de la túnica y le
arrastró hacia el balcón. El senescal jamás habría imaginar que
un cuerpo tan delicado pudiera generar aquella fuerza–. ¡Crisis! –
su mano libre abarcó el exterior con un amplio arco–. ¡Estamos
siendo asediados! ¡Imbéciles!, ¿es que de verdad no lo veis?
– Mi Señora –se adelantó uno de los comerciantes–, la
situación puede parecer adversa, pero…
– ¡Callad!
Soltó con desprecio al senescal, que dio dos pasos hacia atrás.
Estaba pálido. Por un momento había temido que le arrojase al
vacío.

524
– ¡Marchaos! ¡Dejadme sola! ¡Id a arreglar esta crisis con mi
querido marido!
Salieron de la alcoba casi corriendo, dejándola sumida en sus
dudas. Se sentó en un sillón y miró pensativa a través de la
balconada. Llamó a una de sus damas de alcoba. Reclamó la
presencia del Petrarco Karbaçön en sus dependencias. Él la
escucharía. Al menos eso esperaba.
Dirigió su atención a los fosos. Deberían de estar llenos, pero
el agua no llegaba. ¿Qué habría pasado en los canales del
Madaraêna? ¿Habría tomado su marido alguna medida al
respecto?
Dos horas después llamaron a su puerta. Le dijo que pasase y,
cuando el Petrarco entró, cerró con llave siguiendo sus
indicaciones. Le había preparado un asiento junto al suyo. Una
butaca de primera fila para ver el fin de la gloria Jadalsi.
– Me habéis llamado, mi Señora –estaba de pie junto al
sillón. Parecía cansado–. Siento no haber acudido antes.
– Se de vuestras obligaciones, mi buen Karbaçön. No os
preocupéis y tomad asiento.
– Mi Señora.
– Y llámame Byermain. Por favor. Por los viejos tiempos.
El Petrarco Karbaçön era un primo lejano de la Emperatriz.
Se conocían desde niños. Ambos habían crecido juntos, se
habían hecho heridas mutuas y habían peleado tantas veces
como se habían abrazado. En aquel momento, viendo la tristeza
que reflejaban sus ojos, el soldado dejó a un lado su cargo y
volvió a ser su primo, el amigo fiel de la infancia. Tomó asiento,
le agarró una mano y le sonrió con cariño.
– Como quieras. ¿Qué tal estás?
– Mejor que nuestro país. Dime, ¿estamos tan mal como
parece? Tú estás en el consejo, eres el jefe de los Petrarcos, y sabes
los movimientos enemigos y los nuestros.

525
– Lo cierto –la soltó y se inclinó hacia delante. Miró
fijamente hacia la ciudad, con los codos sobre sus rodillas y las
manos sujetándole la barbilla. El ceño fruncido no presagiaba
buenas noticias–, es que la cosa no pinta nada bien. Me temo que
no podremos pararles.
– ¿Tan mal está?
– Peor. Tu esposo les ha mandado un mensajero con las
condiciones de la rendición.
– ¿La nuestra? –aquello le extrañó. Si de algo podía
presumir Rhaleon era de ser terco. Nunca se rendiría si había
dicho antes que no lo haría–. ¿Va rendir la ciudad?
Un asomo de esperanza iluminó sus ojos. El general enemigo
había enviado sus condiciones días antes. Les había jurado por
su honor y su alma que si rendían la ciudad no habría represalias
contra el pueblo. Ni muertes ni saqueos.
– No, la suya. Pretende que el general enemigo se vaya por
donde ha venido. ¡Es una locura!
El que Karbaçön dijese aquel último comentario era lo último
que necesitaba Lady Byermain para convencerse de que estaba
todo perdido. Si el dirigente de los Petrarcos se cuestionaba los
actos de su Emperador significaba que no había esperanza.
– Pero podremos utilizar las antiguas armas contra ellos.
– Sabes que hace años que nadie las usa. Incluso algunas han
sido desmanteladas.
– Si –le vino a la memoria la reciente reunión con
Framinder–. Lo sé. ¿Y los cañones?
– Ya no tenemos cañones –la miró con gesto azorado–. Tu
señor esposo decidió fundirlos. Decía que tanto metal podría ser
útil en otras partes.
– ¿Y en donde lo empleo?
– Bueno… –parecía que a Karbaçön le daba vergüenza
seguir hablando–, lo cierto es que se han levantado muchas
estatuas y monumentos durante su reinado…
526
– Ya veo…
Durante unos segundos miró en silencio a la ciudad y, a lo
lejos, los campamentos khardesitas. Maldijo a sus ancestros. Si
hubiesen permitido a las mujeres gobernar el país no estarían en
aquella situación. Se acercó a su primo y le cogió las manos.
– Mi querido Karbaçön, ¿escucharás las ideas de una simple
mujer si con ello podemos salvar la ciudad?
– Byermain –él la miró con dudas. Dudaba que se pudiese
hacer algo a esas alturas para evitar la aniquilación, dudaba que
ella pudiera proponer una idea que se les hubiese pasado por alto
a los estrategas militares. Y, sobre todo, dudaba que el
Emperador escuchase las ideas de su esposa. Sin embargo, no
tenía nada que perder–. Dime qué se te ha ocurrido.
El Petrarco salió de la habitación con paso decidido. Le había
jurado que le propondría las ideas al Emperador diciéndole que
eran suyas. Sin embargo, le quedaba poco tiempo, si no lograba
poner el plan en marcha sería tarde incluso para tomar nuevas
decisiones.
Se vistió rápidamente, sin la ayuda de sus damas. Se puso
unos pantalones de caza de cuero, y una camisa de algodón
cómoda. Sobre ella vistió un chaleco de cuero. Estaba lista.
Cogió algunos objetos que le serían útiles y los guardó en una
pequeña mochila de viaje. Se echó por encima una capa de viaje
y salió. La capucha ocultaría su cara como el resto de la ropa
ocultaba sus formas.
Se escabulló por los pasillos del palacio siguiendo las rutas
que empleara en su infancia. Cuando llegó a las calles la
Ciudadela Imperial se tapó la cabeza con la capucha. No podía
permitirse que la viese la guardia Imperial del quinto anillo,
puesto que sus Dragones Dorados la reconocerían en cuanto le
viesen la cara. Atravesó las puertas y se adentró en la Ciudadela
Noble. Los soldados de la Fuerza del Alba, la guardia del cuarto
anillo, estaban muy atareados y no la prestaron atención. Siguió
caminando a buen paso y atravesó sus puertas. Volvía a entrar
en zona peligrosa.

527
En el tercer anillo, la Ciudadela de los Sacerdotes, era donde
estaban las escuelas de esgrima de Jadalsi. Se aseguró la capucha,
no fuera a ser que la reconociesen. La superficie de aquella
ciudadela era enorme, pero ella sabía bien donde iba. Cuando su
objetivo estuvo al fin a la vista se detuvo sobrecogida. Casi no
podía creer el lamentable estado en el que estaba. Hacía años que
no visitaba aquel edificio, pero de niña había sido uno de sus
lugares favoritos. Se preguntó si el viejo “chamusquina” seguiría
vivo.
Zigzagueando entre las casas, tratando de evitar a los
curiosos, por fin llegó a las puertas de un enorme edificio de seis
plantas. Era de piedra gris, aunque las plantas superiores estaban
negras, manchadas de humo y carbonilla de más de mil años de
antigüedad. Tocó con fuerza la puerta por tres veces, pero
pasaron varios minutos hasta que escuchó al otro lado lo que
parecían pasos y una tos. Al fin se abrió una mirilla. Tras ella
unos ojos ancianos, en una cara sucia y sin cejas, la miraban con
curiosidad.
– ¿Si?, ¿en que podemos serviros, mi noble señora?
– Busco al maestro “chamusquina”.
– ¿A quien decís?
Le llevó unos instantes recordar el nombre completo del
anciano.
– Al Magíster Ignis`in Brio “chamusquina”
– Me temo que llegáis con diez años de retraso. Murió.
– ¿Y está el maestro “carbonilla”?
– ¿Quien decís?
Le dio la impresión de que el anciano se estaba divirtiendo
con aquello. Pero no había tiempo para estupideces. ¿Cuál era el
nombre? Retorció los guantes entre las manos. De niña nunca se
había tenido que preocupar de aprender los nombres de los
ancianos. Simplemente les llamaba por sus sobrenombres, eran
muchos más fáciles y divertidos…

528
– El Magíster Umbrae Tempestas “carbonilla”.
– No. Muerto.
– ¿Y Abominabilis Explotus “retumbo”?
– Muerto.
– ¿Y Aegrimonia Voxis “quejumbroso”?
– No. Muerto también.
– Pero alguien seguirá vivo. Alguno de los Magíster seguirá
con vida.
– Oh, si, por supuesto. Los que aún no han muerto.
– Pues tengo que hablar con alguno de ellos.
– ¿Con quién?
Aquello estaba volviéndose estúpido por momentos, así que
se presentó como la Emperatriz de Jadalsi, le enseñó el sello
imperial y exigió audiencia con el Magíster que estuviera al
mando.
– Pasad, pasad, excelencia. Hacía años que no gozábamos de
su presencia.
La puerta se abrió con un lento chirriar. Tras ella apareció un
anciano achaparrado. Apoyaba sus nudosos huesos en un
bastón. El pelo hacía décadas que había abandonado su cabeza,
en algunas zonas por la edad y en otras por motivos ajenos a la
naturaleza.
– Mi señora, ¿no me recordáis?
– Lo siento, pero hace ya mucho tiempo.
– Soy el Edecán “menteconfusa”. Yo auxiliaba al Magíster
“retumbo” cuando vos veníais a verle.
– Lo siento, pero no –recordaba los fuegos de artificio de
“retumbo”, las llamas y las chispas, pero no al edecán que
cargaba con los petardos. No obstante, le dirigió una cálida
sonrisa. Luego comenzó a andar. Aún recordaba cómo llegar al
salón principal–. ¿Quién es ahora el Gran Magíster?
529
– Pues, tras diversas muertes, todas ellas naturales por la
ancianidad, no vayáis a pensar lo contrario, el Gran Magíster es
Sempervivire Flammae “peloquemado”.
Aguardó en la sala durante uno minutos. Cuando el Gran
Magíster “peloquemado” apareció venía acompañado de tres
edecanes. Tomó asiento y ordenó que les llevasen algo para
beber. Era un anciano de barba oscura. Tenia el rostro
manchado de negro, la piel aparecía chamuscada en algunas
zonas, y en otras reseca y requemada. No tenía pelo ni en las
cejas ni en el cráneo. Había perdido la oreja derecha, al parecer
por el fuego, y su ojo izquierdo era blanco, en apariencia ciego.
– Mi señora, cuantos años sin veros.
– En efecto, las obligaciones del trono me han impedido venir
antes.
– Una suerte entonces que en estos momentos gocéis de
tiempo. Sin duda el ataque khardesita ha traído un descenso en las
solicitudes de audiencias.
– En efecto.
Les trajeron té y pastas. El edecán sirvió primero a la
Emperatriz y luego al Magíster. Para alivio de Lady Byermain, al
menos no habían olvidado las reglas de cortesía.
– Nosotros tampoco tenemos ahora problemas de tiempo.
Quizás hace años esta reunión no se hubiera podido realizar con
esta presteza. Es una suerte que vuestro esposo nos liberase de
nuestras cargas.
– Si, una suerte –bebió un poco de té para evitar la
conversación con el anciano–.
– Ya veis. Antes os hubiéramos tenido aquí, esperando,
mientras nos dedicábamos a… ¿cómo era?... –el anciano hizo un
teatral gesto, simulando que oía una voz en el aire de la sala–.
Ah, si. A nuestras “estúpidas bobadas con fuegos de artificio, sólo
aptas para un público infantil o descerebrado”.
La Emperatriz tosió al oír aquellas palabras, atragantándose
con el té, y casi lo derramó sobre sus piernas. Tuvo que dejar la
530
taza en una pequeña mesita que habían colocado ante los
sillones. No había estado en la reunión que mantuviera años
atrás su esposo con los Magíster del Gremio de Alquimistas
pero, mientras trataba de recuperar la compostura,
aprovechando para ganar un tiempo que apaciguase el tono que
estaba adoptando el anciano, rezó al Gran Padre pidiéndole que
nadie hubiese mencionado aquellas palabras.
Durante más de veinte tediosos minuto el Gran Magíster no
hizo más que lanzar indirectas y sarcásticos comentarios. Le dejó
hacer. En parte tenía razones para estar furioso. El Gremio de
Alquimistas había pasado de ser un pilar sobre el que reposaba
la protección del reino, a un triste remedo de lo que fue. Y todo
por el gobierno de su esposo y los consejos de sus asesores. Y ella
no había hecho nada al respecto. De niña, su padre le había
llevado allí en innumerables ocasiones, pues les tenía en gran
aprecio. Pero tras su muerte los consejeros comenzaron a
quejarse de los costes de fabricación, del poder que atesoraban, y
el Emperador Rhaleon, su “amado esposo”, les había ido
cortando los ingresos, anulando los pedidos y echándolos de la
corte.
– Mi querida señora, ¿por fin le somos útiles al Imperio?
– Eso creo, si podéis darnos algo con lo que defendernos.
– Dejadme ver… quizás podríamos usar contra los invasores
a los Dragones de Acero… Pero no, resulta que se cerraron las
cuadras, se disolvió al cuerpo de cuidadores y jinetes, y a los
Magíster encargados de mantener viva su sangre se les despidió…
una lástima, ¿no creéis?
– Ha sido una gran perdida de la que sólo ahora nos damos
cuenta. Pero no es tiempo de reproches. Estoy aquí para pediros,
no, para suplicaros vuestra ayuda.
– ¿Suplicar? ¿Y donde estabais vos cuando nosotros os
suplicamos ayuda para nuestro gremio, cuando os pedimos que no
nos despojaseis de nuestras propiedades y que no nos echaseis del
consejo? –la voz no mostraba rencor ni resentimiento. Tan sólo
revelaba dolor y lástima–. ¿Quién tuvo en cuenta la afrenta a
nuestro honor, a nuestra reputación? ¿Sabéis lo difícil que es que
531
nos compren productos explosivos si no se tiene una sólida
reputación?
– Esas desafortunadas decisiones fueron tomadas por mi
esposo.
– Y, como él nos dijo, la voluntad del Emperador es la
voluntad de Jadalsi.
Lady Byermain se puso en pie, y se arrodilló ante el Gran
Magíster. Lloraba, pero su rostro sereno, su mirada, era el reflejo
de la determinación.
– Os lo pido no como vuestra Emperatriz, sino como la hija
de alguien que fue vuestro amigo. Más aun. Como una de vosotros,
una jadalsita que tiene miedo.
El Gran Magíster la miró con dureza durante unos instantes,
pero su gesto fue haciéndose cada vez más cálido, tornándose su
mirada fría y distante en otra de cariño y aprecio. Tendió sus
manos, sucias por el humo de los alambiques y con quemaduras
en diversos grados de curación, hacia su cabeza.
– Mi niña, por supuesto que te ayudaremos. ¿Qué es lo que
quieres?
– ¿Tenéis aún fulminato de hydrargento? –recordaba las
exhibiciones del viejo maestro “chamusquina”. Aquello le sería
útil–.
– Si.
– ¿Y oro destilado? –“peloquemado” comenzó a entender
por donde iban las necesidades de la Emperatriz–.
– Si, y polvo argenteo si lo deseáis –el Gran Magíster volvió
a adoptar un tono y una actitud acorde a su invitada–. Pero, mi
Señora, debéis saber que todos ellos son muy peligrosos y deben
conservarse en frío.
– No tengo pensado mantenerlos guardados mucho tiempo.
¿Y tenéis por casualidad “Cristales de la Tormenta”?
– En efecto, disponemos de algunas reservas, y podemos
fabricar más si así lo queréis.
532
– ¿Y pólvora?
– Tenemos todo eso y más. Los explosivos siempre han sido
parte de nuestras inquietudes. Pero… ¿cómo vais a pagar por todo?
Debéis saber que los costes si iniciamos el abastecimiento del
ejército serán… –se calló y echó cálculos mentales–. Sólo el coste
de los materiales será enorme.
La Emperatriz se levantó. Había dejado de llorar. Por fin veía
una posibilidad. Se dirigió hacia su asiento y cogió la mochila. Se
acercó de nuevo al Gran Magíster y la vació a sus pies.
– Con esto podréis comenzar la fabricación, espero. Mañana
recibiréis más.
– Perfecto –“peloquemado” miró las joyas de la familia
Imperial. Tiradas a sus pies, seguían brillando con el fuego de los
rubíes, la lánguida calma de los diamantes, la nívea gracia de las
perlas y el etéreo añil de los zafíros–. Comenzaremos de
inmediato.

533
Í NDICE

Preludio …………... La Conjura ……………………………….... 7


Capítulo I ……........ La Mejor Espada ……………………...…... 9
Capítulo II ……….. El Pantano ……………………………….… 23
Interludio ……........ El Sacrificio …………………………..……. 40
Capítulo III ……..... El Emprendedor …………………………… 42
Capítulo IV ……..... Lo que Piensan los árboles ...……………... 66
Interludio ……….... Los Libros Gemelos ……………………..... 92
Capítulo V ………... El Lago Salado ……………………….…… 95
Capítulo VI ……..... El Unhèmainar ………………………..…... 117
Capítulo VII …....... La Venganza ……………………………..... 142
Interludio ……….... Ataque Nocturno ………………………..... 150
Capítulo VIII …….. Una Vieja Herida ………………………….. 154
Capítulo IX ……..... Rivelos, Ciudad de Tinieblas ……………... 189
Interludio ……….... El Viaje Sagrado …………………………... 225
Capítulo X ………... La Muerte de un Amigo ………………...... 229
Capítulo XI ……..... El Arte de la Diplomacia …………………. 258
Interludio ……….... Restauración .……………………………… 282
Capítulo XII …....... La Gran Meitshedai Roja ……………….... 284
Capítulo XIII …….. Un Compañero, Un Amigo …………….… 310
Interludio ……….... La Mano de Dios ………………………….. 323
Capítulo XIV …….. El Aliento de la Vida …………………...…. 330
Capítulo XV …....... El Consejo Imperial ….………………….... 343
Interludio ……….... El Arte de Destilar ...…………………….... 368

594
Capítulo XVI …….. Ojo por Ojo ……………………………..…. 376
Capítulo XVII ….... Aliados y Amigos ………………………..... 397
Interludio ……….... Es duro ser Rey ……………………………. 415
Capítulo XVIII ....... La Traición …………………………..……. 421
Capítulo XIX …….. ¿Traición o herejía? …………………..….... 449
Interludio ……….... El Círculo Negro de Dieter ……………..… 479
Capítulo XX …....... Sangre de Dragón ………………………..... 484
Capítulo XXI …….. La Conjura de los Malditos …………........ 506
Interludio ……….... Gasto y Ahorro ……………………………. 511
Capítulo XXII …..... Arde Jadalsi ……………………………….. 522
Capítulo XXIII ....... El Camino del Empíreo …………………… 552
Capítulo XXIV …... A Sangre y Acero ………………………….. 567
Epílogo ………….... Menwy ….….….……....….….….….….….. 581
Apéndice ................. Quién es Quién .......................................... 584

595
RESEÑA DE LA NOVELA “LA SENDA DEL DRAGÓN”

El libro consta de 36 capítulos, divididos entre 3 historias que


discurren paralelas y que se entrelazan una y otra vez hasta fusionarse
finalmente en una conclusión común. El grueso del volumen no lastra
la narración que es lo bastante fluida como para no hacer decaer la
atención del lector en ningún momento. Una historia donde lo
sobrenatural y lo fantástico pasean de la mano de la brutal realidad de
la guerra y la ambición humana. Donde la magia lucha contra la
ciencia, aunque en muchas ocasiones se nos ofrezca una visión confusa
de lo que es mágico o tecnológico y lo que no lo es. Una historia donde
los nobles ideales muestran su aspecto más sórdido, donde el
individualismo se torna en compañerismo desinteresado, donde la
humildad se muestra como ocultas ambiciones, y donde la codicia
puede desdibujarse bajo actos de desinteresada bondad en función de
las necesidades y los peligros a los que se ven sometidos los personajes.

La trama se inicia en los páramos del pantano maldito al Norte de


Jadalsi con SineHard, uno de los protagonistas perteneciente a la
Antigua raza, huyendo de unos sacerdotes que le dan caza. En su huida
conocerá a Eyna, una joven con una visión que debe viajar hacia la
Ciudad Vieja, una suerte de santuario sagrado. Juntos emprenderán un
viaje no exento de riesgos y peligros en el que se les unirá Tharek Driss,
un hidalgo sin dinero, poseedor de un brazo diestro y una descarada
actitud. Tres personajes que llevarán a cabo un viaje de iniciación en
busca de la verdad oculta tras la paulatina desaparición de la magia del
mundo.

Por otro lado, se nos presentará la historia del General Regio


Valerio Audax, adalid de una Santa Cruzada, general invicto líder del
Ejército de Khardesia que se prepara para caer sobre la Ciudad Vieja
tras años de guerra. A su lado tendrá como asesor a Axenius, erudito
que actuará como enlace con el Emperador, cuando no por motivos
personales poco claros. Dos protagonistas que vivirán la guerra desde
puntos radicalmente diferentes, sin que ninguno de ellos crea realmente
en los motivos por los que luchan. Forzados a mantener una tensa
lucha entre sus opiniones personales y su sentido del deber.

Y, como tercer actor en la historia, Ibelgharan “el Ilustrado”, líder


del “Círculo Negro de Dieter”, formado por una élite de hechiceros que
se preparan para culminar, tras años de preparativos, un hechizo que
cambiará para siempre la historia. Seremos testigos de excepción de los
preparativos, de las intrigas y de los sacrificios que supondrá tanto
para los oficiantes como para aquellos que se encuentren en su camino.
Y sólo al final del libro nos asomaremos al sombrío desenlace en la
Ciudad Vieja.

Seis protagonistas que desarrollan sus historias sin que ninguno se


muestre claramente como bueno o malo. La filosofía ambigua con que
se les dota permite que unas veces el lector se sienta cercano a un
personaje que, capítulos después, despertará su animadversión o
rechazo. Como en la realidad, cada uno de sus actos estará basado en
las circunstancias que les rodean más que en simples conceptos
morales. Todo ello permite que, a pesar de que a priori el libro parece
no diferenciarse de otras sagas de espada y brujería, con dragones,
guerreros y dioses en conflicto, la historia no caiga en la simplicidad y
nos permita conocerla desde los diferentes puntos de vista de los
personajes. Unos puntos de vista que a veces coincidirán en la
narración, otras veces aparecerán referenciadas de forma elíptica, y
otras simplemente nos permitirán ver los efectos que las decisiones
tomadas por unos personajes tienen en la historia de los otros. Estos
constantes cambios de rumbo al pasar de una historia a otra originan
que se enfrente el deseo de regresar a la historia de un personaje con el
de continuar leyendo la de otro.

Amplia y ambiciosa, la historia nos introducirá de lleno en un basto


mundo fantástico, centrándose en el continente que la gente llama
Târríen. Una tierra a la que la raza de los Heniäe, la Antigua raza,
llama Kharría Tarríen, los eruditos del Imperio Khardesita, versados
en las ciencias y el redescubrimiento de la tecnología, se refieren como
Therría Kherrhiia Tarríen, y los adeptos a la brujería y nigromancia de
la Tierra de Arkhem llaman Thenrrhía Kharrhíen Tarríen. Una tierra
regida por tres cultos bien diferenciados que tendrán un peso específico
sobre cuanto les ocurra a los hombres. Una teogonía formada por los
Dioses de la Luz, protectores de la ciencia y la tecnología, los Dioses de
la Oscuridad, guardianes de las antiguas fuerzas mágicas del mundo, y
los Dioses Grises, patrones de la humanidad, punto de equilibrio entre
las otras dos fuerzas con un papel activo ante los peligros de sus
seguidores. Unos dioses que actúan a través de sus fieles más que
directamente, un poder en la sombra que controla cuanto ocurre en La
Senda del Dragón.
Si te gustaron los Capítulos Promocionales de

LA SENDA DEL DRAGÓN


LA GUERRA DEL FIN DEL TIEMPO: DIARIO DE GUERRA / I

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<SineHard@gmail.com>

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