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Tema 3
La legitimidad de la Administración Pública: legitimidad
institucional y legitimidad por rendimiento. La Administración
democrática y la participación de los ciudadanos.

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soporte, sin permiso previo y por escrito del titular del copyright
©: Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Consejería de Administraciones Públicas. Escuela de
Administración Regional

TÍTULO: Documentación sobre gerencia pública, del Subgrupo A1, Cuerpo Superior, especialidad de Administración
General, de la Administración de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Tema 3.
AUTOR: Escuela de Administración Regional
ISBN: 978-84-7788-550-4
DEPÓSITO LEGAL: TO-720-2009



Sumario

1. LA LEGITIMIDAD INSTITUCIONAL DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA: LEGITIMIDAD
INSTITUCIONAL Y LEGITIMIDAD POR RENDIMIENTO.
1.1. Introducción
1.2. Legitimidad institucional y legitimidad por rendimiento
1.3. Niveles de gobierno, políticas públicas y legitimidad
1.4. La crisis de legitimidad en las Administraciones Públicas
2. LA ADMINISTRACIÓN BUROCRÁTICA Y LA PARTICIPACIÓN DE LOS CIUDADANOS
2.1. Ciudadanía democrática y Administración Pública
2.2. El fomento de la participación en la Administración Pública
2.3. Descripción de algunas medidas de participación ciudadana desarrolladas por algunas
Administraciones Públicas

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1. LA LEGITIMIDAD INSTITUCIONAL DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA: LEGITIMIDAD
INSTITUCIONAL Y LEGITIMIDAD POR RENDIMIENTO.

1.1. Introducción
La legitimidad es la capacidad de un poder para obtener la obediencia sin necesidad de recurrir a
la coacción que supone la amenaza de la fuerza. Un modelo de Estado es legítimo si existe un
consenso entre los miembros de su comunidad política para aceptar su autoridad.
El poder político concebido por su ciudadanía como legítimo tiende a ser obedecido. En caso de
quiebra de la legitimidad también quebrará todo el sistema de dominación.
La legitimidad posee dos vertientes. Por una parte, la legitimidad es de origen, en el acceso al
poder. En segundo lugar, la legitimidad también se produce en el ejercicio de ese poder, en el
cumplimiento de los requisitos de actividad que los administrados consideran adecuados.
La Administración Pública se legitima por origen en el sistema político, que le confiere una
legitimidad de carácter institucional. Por otra parte, se legitima por la generación de bienes y
servicios, que son rendimientos en el ejercicio de su actividad.

1.2. Legitimidad institucional y legitimidad por rendimiento.
1.2.1. Concepto de legitimidad institucional y por rendimiento.
La legitimidad se remite a los valores de aquellos que han de percibirla, en este caso los
ciudadanos. Por tanto, la Administración será legítima si el sistema de valores socialmente
aceptado la considera como tal.
La legitimidad institucional hace referencia a la valoración ciudadana de la Administración por
sus características institucionales en el marco de un Estado social y democrático de derecho en
evolución. En función del comportamiento de la Administración en relación con los ciudadanos y
del comportamiento en general de los poderes públicos, la legitimidad institucional quedará
reforzada o debilitada.
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La legitimidad por rendimiento se refiere a la aceptación social de la Administración por su oferta
de políticas, servicios y bienes públicos, respondiendo su actividad a unos criterios de valoración
socialmente aceptados.
1.2.2. Valores que afectan a la legitimidad institucional
Para analizar el grado de legitimidad institucional de la Administración Pública es necesario
observar bajo qué sistema de valores se va a percibir dicha legitimidad. Si se toman los
principios constitucionales observamos que la Administración ha de ajustarse a los valores
propios de un Estado social y democrático de derecho.
Los valores del Estado de derecho nos llevan directamente al principio de legalidad reconocido
en el artículo 9.1 de la Constitución y, en el caso concreto de la Administración Pública al artículo
103. Además del sometimiento pleno a la ley y al derecho, el principio de legalidad hace
referencia a la igualdad de los españoles ante la ley y la no discriminación, la interdicción de la
arbitrariedad de los poderes públicos y a la objetividad en el ejercicio de las funciones
administrativas. Todas estas exigencias constitucionales, además de vincular a las
Administraciones Públicas desde un punto de vista jurídico, enlazan con los valores que van a
percibir más o menos legitimidad institucional entre la ciudadanía. Las Administraciones cuando
cumplen el mandato constitucional del principio de legalidad ya están sumando a favor de su
legitimidad ciudadana. Los valores constitucionales coinciden con los de la ciudadanía, primero,
porque ha sido esta ciudadanía la que ha aprobado la Constitución en un referéndum, pero,
además, porque son los valores socialmente aceptados en general, por los españoles.
El principio de legalidad lleva, además, la necesidad de un referente ético, que lleva a la
búsqueda de la transparencia, la honestidad, la lucha contra el fraude y la corrupción. La
legitimidad de la Administración dependerá también, en buena medida, de su actitud ética.
También ligado a la ética aparece el principio de la responsabilidad. La idea de responsabilidad
hace referencia a la competencia administrativa, a la ética profesional, a la rendición de cuentas,
a la orientación a las demandas ciudadanas. La responsabilidad o irresponsabilidad de la
Administración en el ejercicio de su actividad afecta a su imagen institucional entre los
ciudadanos.
En lo referente al Estado social, constitucionalmente se reafirma el valor superior de la igualdad,
reconocido como igualdad formal ante la ley en el artículo 14 de nuestra norma fundamental y,
como igualdad efectiva en el artículo 9.2. Este valor superior de nuestra Constitución y, por tanto,
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de nuestro ordenamiento jurídico es uno de los valores también socialmente aceptados y, a
través de los cuales, se va a valorar la legitimidad de la Administración. Sin embargo, cada
sociedad posee una perspectiva propia de la igualdad.
Finalmente, en la referencia al Estado democrático observamos que institucionalmente la
Administración se ve afectada por las tensiones y evolución de la democracia, es decir, las
demandas de participación de la ciudadanía, la apatía de una parte de los colectivos sociales, la
aparición de nuevos mecanismos de participación social y los cambios habidos en las formas de
actividad pública. Todas estas nuevas tendencias afectan a la Administración que, no olvidemos,
constitucionalmente está obligada a dar participación a los ciudadanos y sus colectivos en los
procedimientos y actos administrativos, tal como establece el artículo 105.
1.2.3. Valores que afectan a la legitimidad por rendimiento
La legitimidad por rendimiento requiere identificar unos criterios de valoración socialmente
aceptados. En este tipo de legitimidad son posibles unos criterios de evaluación válidos para otro
tipo de organizaciones, a diferencia de la legitimidad institucional. Así se comparten los valores
de la eficacia, es decir, el cumplimiento de objetivos; la eficiencia, el cumplimiento de objetivos
con una maximización de los recursos disponibles y la calidad, satisfaciendo las expectativas de
los usuarios. Sin embargo, a diferencia de las organizaciones privadas, las Administraciones han
de tener en cuenta en sus rendimientos el principio de equidad, es decir, el reparto social de los
costes y beneficios de cada política o servicio público.
La prioridad de los valores en los rendimientos es diferente en las organizaciones públicas y
privadas. Así, en las organizaciones privadas la prioridad sería eficiencia, eficacia y calidad. Sin
embargo, en las organizaciones públicas el orden de prioridades sería equidad, calidad, eficacia
y, por último, eficiencia.
1.2.4. Importancia de cada tipo de legitimidad en la Administración Pública
Es difícil analizar cuál de las legitimidades es más importante para la Administración Pública. Se
afirma que en el sector privado la legitimidad principal es la de los rendimientos, mientras que en
las Administraciones Públicas la situación suele ser la inversa.
En general, el comportamiento del consumidor en el mercado consiste en la compra de los
productos o servicios a un precio cierto y la valoración de la empresa se basa en la valoración
del producto en relación con sus propias expectativas. La legitimidad institucional correspondería
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a la imagen de marca de la empresa. Por tanto, la mayor parte de la legitimidad del sector
privado es legitimidad por rendimiento.
Sin embargo, en la Administración pública no se dispone de un precio cierto, ya que muchos
servicios se proporcionan gratuitamente o a precios inferiores al coste de producción. En
ocasiones el beneficiario del servicio no es el mismo que quien sufraga el servicio. El consumo
de un servicio no ofrece por sí mismo una legitimidad.
Por este motivo, la legitimidad por rendimiento no es tan tangible en la Administración como en
las organizaciones privadas. De este modo, la legitimidad institucional es una legitimidad más
fiable y tangible que la legitimidad por rendimiento.
La legitimidad institucional en la Administración Pública es mayor que la de rendimiento. Desde
el punto de vista de los ciudadanos, la eficacia del rendimiento se atribuye a las empresas,
presuponiendo la ineficacia de la Administración. Sin embargo, la fuerza de la legitimidad
institucional es la que aporta un valor añadido a la Administración frente al mercado. La
preocupación social de la Administración cuando aporta determinados servicios públicos cuya
provisión no existe en el mercado le otorga legitimidad.
Sin embargo, es necesario matizar que la dinámica entre legitimidad institucional y por
rendimiento varía dependiendo del tipo de organización pública analizada, del tipo de política
pública implementada y del tipo de servicio público provisto.

1.3. Niveles de gobierno, políticas públicas y legitimidad.
1.3.1. Diferencias en la legitimidad según los niveles territoriales de gobierno y el tipo de
unidades públicas.
La legitimidad varía según el nivel territorial de gobierno y, por tanto, afecta a la Administración
de cada uno de esos niveles territoriales. En general, la legitimidad aumenta ante la visibilidad.
Aquellas políticas más visibles son más valoradas. Por el contrario, se desconfía de las políticas
y servicios que no se ven. Desde este punto de vista, las Administraciones más próximas al
ciudadano contarían con una mayor posibilidad de legitimación. Por el contrario, aumentarían los
problemas de legitimidad a medida que ascendemos en el nivel de gobierno.
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Por tanto, los niveles de gobierno sub-nacionales tienen más facilidad para ganar legitimidad por
la implantación de políticas visibles, incluso iniciadas o financiadas desde otros niveles de
gobierno superiores.
Sin embargo, en los niveles superiores de gobierno el tipo de legitimidad cambia. Su función no
consiste tanto en la provisión de servicios tangibles, sino en la defensa de intereses generales o
en el reparto de recursos financieros de forma equitativa. Se observa que a medida que el nivel
de gobierno es superior territorialmente, aumenta la legitimidad institucional. Por el contrario,
cuanto más próximo es el nivel de gobierno al ciudadano, más peso tiene la legitimidad por
rendimiento.
Del mismo modo, existen diferencias en la legitimación de las unidades generales y las que
poseen una especialización y un propósito bien definido. Los organismos públicos y las agencias
con misiones bien definidas, poseen una mayor facilidad para la legitimación por rendimiento.
Las unidades de carácter interdepartamental o de contenido general no tienen la posibilidad de
legitimarse por el rendimiento, centrándose en la legitimación institucional.
1.3.2. Diferencias en la legitimidad según el tipo de políticas públicas.
Los costes y beneficios de las políticas públicas afectan al tipo de legitimidad de las
Administraciones Públicas. Así, las políticas distributivas poseen unos costes muy dispersos y
unos beneficios muy dispersos. El grado de individualización de estas políticas dificulta la
identificación de los colectivos. No existe, por tanto una imagen social de juego de vencedores y
perdedores. Tienen una gran visibilidad social. Son desarrolladas por unidades administrativas
con objetivos claros. Aportan una buena legitimidad por rendimiento.
Las políticas regulatorias consisten en la aplicación de normas generales que pueden beneficiar
a unos grupos sociales en contra de otros, aunque por lo general las decisiones se reparten de
forma idéntica entre todos los individuos sujetos a la ordenación. Según el grado de controversia
que conlleven, será mayor la necesidad de legitimidad institucional. Esta legitimidad institucional
se consigue, en este tipo de políticas, con el marco más pluralista posible en la elaboración de la
regulación y la participación de los colectivos sociales implicados.
Las políticas redistributivas transfieren recursos entre grandes grupos sociales, generando
conflictos. Por este motivo es importante la legitimidad institucional. Por el hecho de que los
beneficios se vayan a percibir individualmente, también es importante la legitimidad por
rendimiento.
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1.4. La crisis de legitimidad en las Administraciones Públicas.
1.4.1. Relaciones entre la legitimidad de la Administración y la legitimidad del sistema
político
Para que exista una legitimidad por parte de la Administración tiene que existir una legitimidad
del sistema político legítimo. Los sistemas políticos ilegítimos no pueden contar con una
administración legítima.
Pero un sistema político legítimo por sí solo no hace que una Administración sea legítima. Se
trata de una condición necesaria pero no suficiente. Pueden producirse pérdidas de legitimidad si
el funcionamiento administrativo es negativo, no cumpliendo con sus rendimientos. Este mal
funcionamiento continuado podría suponer una erosión, a largo plazo, del sistema político.
Por el contrario, una pérdida de legitimidad institucional no puede compensarse exclusivamente
con mejoras en la legitimidad por rendimientos.
1.4.2. La crisis de legitimidad de las Administraciones Públicas
La crisis del Estado de Bienestar ha afectado a la legitimidad de los Estados y, por tanto de sus
Administraciones.
En primer lugar, la crisis financiera del Estado de Bienestar, con exigencia de presupuestos
tendentes al déficit cero, obliga a la Administración a atender a los problemas sociales con unos
recursos limitados. Con este fin la Administración ha importado numerosos valores, formas y
técnicas de gestión propias del sector privado. Esta tendencia ha supuesto que las
Administraciones Públicas hayan centrado más su énfasis en la legitimidad por rendimiento.
En segundo lugar, se ha producido una modificación de los valores sociales respecto de lo
público que afectan a la legitimidad de los gobiernos y de sus Administraciones. Ha cambiado la
actitud del ciudadano en relación con sus instituciones públicas. Se ha evolucionado desde el
esquema de ciudadano-administrado al de usuario-cliente y de ahí al de un ciudadano-
democrático que desea ser participante activo en la conformación de las decisiones públicas y
que, tiende a ser cada vez más exigente con las instituciones públicas.
Por este motivo, la Administración tiende a gestionar por resultados, priorizando claramente la
legitimidad por rendimientos, tomando los propios del sector privado comercial, que son los que
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utiliza el ciudadano al valorar a las Administraciones Públicas. En ocasiones, este modelo ha
dificultado la consecución de la legitimidad institucional, ya que se ha llegado a prescindir de las
instituciones originarias para alcanzar los resultados, con la construcción de un sector público
bajo formas societarias privadas o cuasi privadas y con numerosos conciertos con el sector
comercial.
En cambio, como resultado final se observa una cada vez peor valoración de las instituciones
públicas aunque se constate que los servicios públicos han mejorado y atienden a las
preferencias ciudadanas. Este hecho se debe a que la legitimidad de los rendimientos es una
condición necesaria pero no suficiente para la legitimidad de las Administraciones. El origen de la
legitimidad también es de naturaleza política y no sólo de eficacia administrativa.


2. LA ADMINISTRACIÓN DEMOCRÁTICA Y LA PARTICIPACIÓN DE LOS CIUDADANOS

2.1. Ciudadanía democrática y Administración Pública
2.1.1. Importancia de la legitimidad institucional de la Administración Pública.
La legitimidad institucional requiere un ejercicio del poder adecuado por parte de las
instituciones. De lo contrario se producirá un distanciamiento del ciudadano con la acción
pública. En el momento actual se observa un doble fenómeno que, combinado, dificulta la
legitimidad institucional. Por una parte, se produce una pérdida de legitimidad institucional por
parte de las Administraciones y, por otra parte, no se aborda la vertiente política de la
Administración por parte de las instituciones.
a) Pérdida de legitimidad institucional. Aunque los resultados de la gestión pública en
diversos casos son bien valorados por la ciudadanía, este hecho no redunda en una mejor
valoración institucional. Los ciudadanos valoran positivamente el servicio concreto y valoran
negativamente a la Administración. Eficacia y legitimidad no son términos sinónimos.
b) Falta de aceptación de la vertiente política de la Administración No parece que la
solución para mejorar la legitimidad de la Administración consista en centrarse tan sólo en la
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consecución de resultados. Se hace preciso encaminar la acción pública hacia los referentes de
verificación de la ciudadanía.
2.1.2. El concepto de ciudadanía democrática.
El ciudadano, desde los orígenes de los sistemas liberales y democráticos a finales del siglo
XVIII y principios del XX ha visto evolucionar sus roles. En un primer momento el ciudadano lo
era desde un punto de vista formal, sujeto de un conjunto de derechos formales y de una
igualdad formal ante la ley (constituciones de los EE.UU. de 1787, Francia de 1791 y España de
1812), apareciendo el Estado de Derecho. Posteriormente, el ciudadano conquista sus derechos
de participación política con la extensión del sufragio universal masculino (Francia en 1848 y en
la Constitución española de 1869) y femenino (Reino Unido en 1928 y en la Constitución
Española de 1931), haciéndose cierto el Estado Democrático. Además, tras la Segunda Guerra
Mundial se generalizan los derechos sociales y la implantación del modelo del Estado de
Bienestar, consolidándose el Estado Social (Constitución italiana de 1947 y Ley Fundamental de
Bonn de 1949).
Si bien la idea del ciudadano democrático nos retrotrae a los orígenes de los sistemas
democráticos modernos, en su acepción más reciente, se refiere a un concepto que equilibra y
supera al del hombre económico inserto en la sociedad de mercado, con un modelo de persona
comprometida con la colectividad, participante en unas instituciones públicas adecuadas.
El actual concepto de ciudadanía permite al ciudadano integrar sus diferentes roles: votante,
contribuyente, usuario de servicios públicos y productor/consumidor en la economía de mercado.
La ciudadanía moderna implica la conciliación de los intereses individuales y los colectivos. En
relación con las instituciones públicas conlleva la capacidad del individuo para influir en la vida
política.
2.1.3. Aceptación de la ciudadanía democrática por la Administración Pública
La mayor implicación de los ciudadanos en la actividad pública es deseable para las
Administraciones ya que:
-Permite la mejora de las decisiones políticas.
-Facilita la adaptación de las iniciativas de las instituciones a las necesidades de un mayor
número de ciudadanos.
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-Incrementa las posibilidades de éxito en la implementación de las políticas públicas.
-De gran importancia: mejora la legitimidad institucional de los gobiernos y de sus
Administraciones.
La legitimidad de la Administración Pública se basa en la adecuación de sus metas y valores a
los referentes de verificación que el ciudadano desea para la acción administrativa y pública en
general. Así, la acción administrativa ha de orientarse al ciudadano, consiguiendo una mayor
aceptación social.
La aceptación de los principios de la ciudadanía democrática por parte de las Administraciones
Públicas requiere por parte de éstas un conjunto de medidas que pueden resumirse en las
siguientes:
- desarrollo de criterios y medidas de equidad,
- impacto de los servicios públicos en la dignidad y el bienestar de los ciudadanos,
- acuerdos con la ciudadanía para establecer el más amplio sistema de gobernanza,
- ver a los ciudadanos como ciudadanos antes que como meros votantes, clientes o
usuarios,
- compartir la autoridad y reducir el control,
- confianza en la eficacia y la colaboración,
- búsqueda de una mayor responsabilidad y un incremento en la confianza en los
ciudadanos,
- construcción de relaciones de colaboración entre ciudadanos y grupos de ciudadanos
- fomento de las responsabilidades compartidas;
- difusión de la información para enriquecer el debate público,
- promoción de una visión compartida de los asuntos públicos,
- construcción de redes sociales más fuertes, abrir nuevas formas de diálogo y debate y
educar a los ciudadanos en la gobernanza democrática,
- implicación a los ciudadanos en las decisiones públicas.
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2.1.4. Efectos de la ciudadanía democrática sobre la gestión pública
Los nuevos valores culturales de la ciudadanía democrática pueden tener un efecto sobre la
gestión pública, que modifican sus esquemas de valores tradicionales.
En primer lugar, la gestión pública incrementa su enfoque, entendiendo que su resultado no se
limita a la eficacia por sí misma, sino el logro del interés público y de la legitimidad institucional.
En segundo lugar, se puede producir una superación de la visión instrumental de la
Administración, a favor de una Administración más comprometida con sus propios fines. La
neutralidad técnica de la Administración en ocasiones degenera en abulia e indiferencia hacia las
políticas que se ejecutan. Se hace necesaria una mayor identificación de la Administración con
las decisiones políticas y con los actores sociales participantes en dichas decisiones.
En tercer lugar, en los supuestos de acciones innovadoras se requiere el compromiso de los
niveles de impulso superiores en el complejo gobierno-administración y en las primeras fases de
ejecución. Este hecho es así porque es necesario remover valores y grupos de intereses dentro
de las organizaciones públicas. Este plus de energía no se requiere para las actuaciones más
rutinarias en la Administración.
Con el énfasis en los resultados, la Administración se ha centrado en el “cómo” y no en el “para
qué”. En cambio, desde un enfoque de orientación de la gestión pública centrada en el
ciudadano, se observaría que algunas actuaciones y procedimientos de gestión no muestran
clara conexión con la dimensión social. Serían actuaciones que se realizan por inercia
presupuestaria o por mera imitación.

2.2. El fomento de la participación en la Administración Pública
2.2.1. El derecho de los ciudadanos a participar en los asuntos públicos
La participación de los españoles en los asuntos públicos es un derecho que les reconoce la
Constitución Española en su artículo 23. En este precepto se alude a la participación directa o
por medio de representantes y al derecho a ser oídos en los asuntos que les afecten. No se
trata, por tanto, de un mero acto de voluntad de los dirigentes políticos, sino un verdadero
derecho ciudadano. Máxime cuando el artículo 9.2 del texto constitucional exige a los poderes
públicos un comportamiento activo con el fin de facilitar la participación de todos los ciudadanos
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en la vida política, económica, cultural y social. Esta capacidad de participación en los asuntos
públicos se ha limitado en España, tan sólo, a los procesos electorales. Sin embargo, en los
últimos años, en el ámbito local, se han puesto en marcha algunas iniciativas de participación
ciudadana, incorporando a los vecinos, de modo individual o a través de sus asociaciones, en la
elaboración y en la gestión de las políticas públicas.
Estas fórmulas de participación no se han extendido al resto de las Administraciones Públicas y
no porque las políticas de éstas no afecten claramente a los ciudadanos.
2.2.2. Clasificación de las técnicas de participación ciudadana en la Administración
Pública.
Las técnicas de participación ciudadana pueden clasificarse atendiendo a diversos criterios.
a) En función de su grado de innovación
En función del grado de innovación se puede distinguir entre iniciativas de participación
ciudadana tradicionales o innovadoras. Son medidas tradicionales aquellas relacionadas con la
información y transparencia, que no suponen innovaciones jurídicas ni técnicas excesivas en su
puesta en práctica, pero de gran importancia, ya que responden a imperativos legales. Tal es el
caso del derecho y el acceso a la información de los ciudadanos reconocido en el artículo 35 de
la Ley 30/1992 de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del
Procedimiento Administrativo Común. Por el contrario, las medidas innovadoras suponen
mecanismos novedosos de participación tanto desde el punto de vista jurídico como desde el
punto de vista técnico.
b) En función de su carácter individual o colectivo
En función del carácter individual o colectivo de los ciudadanos y actores sociales participantes
en las actuaciones públicas, las medidas de participación ciudadana pueden ser individuales o
colectivas. Los mecanismos individuales de participación se hallan más próximos a los
tradicionales y suelen tener más relación con la información y la transparencia. En ocasiones, se
introducen en otros ámbitos más complejos de la participación como un elemento corrector de la
excesiva presencia asociativa en los foros de participación ciudadana.
c) En función de su rigidez
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Esta clasificación se refiere al carácter rígido o flexible de los mecanismos de participación
ciudadana. Los mecanismos rígidos de participación suelen consistir en órganos estables de
participación, con carácter permanente y unas funciones definidas. Las medidas participativas
más flexibles tienen un carácter más informal y directo, incorporando habitualmente las nuevas
tecnologías de la información.
d) En función de la intensidad participativa
Las técnicas de participación ciudadana pueden clasificarse en función de la intensidad de la
medida participativa. La escala más básica de la participación consiste en la provisión de
información a la ciudadanía por parte de las Administraciones Públicas. Se trata de un proceso
dirigido en una sola dirección, sin que el ciudadano pueda interactuar con las Administraciones
emisoras de los contenidos informativos.
En un nivel superior se situarían las medidas relativas a la consulta al ciudadano. En este
siguiente escalón participativo, se solicita la opinión de los ciudadanos sobre el funcionamiento
general de los servicios o bien ante cuestiones puntuales muy concretas. Se produce una
interacción entre Administración y ciudadanos en dos direcciones.
En un tercer nivel de desarrollo participativo se encontrarían los mecanismos de concertación.
Generalmente, este tipo de participación se basa en instrumentos jurídicos de colaboración con
la ciudadanía en diversas materias. Casi siempre la concertación se va a llevar a cabo con las
asociaciones y organizaciones ciudadanas. Se trata, claramente, de un mecanismo de
participación colectiva.
Por último, en el cuarto nivel y más elevado de desarrollo participativo consiste en la implicación
de los ciudadanos en la toma de decisiones, ya sea contando con la opinión ciudadana en el
diagnóstico de las situaciones sobre las que van a operar las políticas o bien contando con los
ciudadanos en la elaboración y formulación de las políticas.
Estas medidas de participación no han de considerarse aisladas unas de otras, ya que suelen
aparecer de forma interdependiente. En algunos casos, la información, aunque sea la escala
más básica de la participación, ha de estar presente en todos los niveles participativos,
dotándoles de transparencia.
Generalmente, los mecanismos de participación ciudadana tienden a ser más sencillos de aplicar
en las escalas más básicas, en las que se observan más ejemplos en la práctica. En cuanto se
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asciende en las escalas de la participación, se produce una mayor dificultad para desarrollar
mecanismos participativos, siendo menor el número de buenas prácticas.
2.2.3. Elementos críticos en la participación ciudadana
La participación y sus técnicas no pueden ser generalizadas sin más, sin tener en cuenta las
características institucionales, culturales, ideológicas y económicas de una sociedad.
Determinadas fórmulas de participación ciudadana que resultan viables en ciertos ámbitos
culturales no lo son en otros.
En otros casos la exigencia de participación ciudadana puede generar todavía más apatía en un
ciudadano que paga impuestos, que vota y que observa por razón del mundo laboral, que su
tiempo dedicado a su ámbito individual y personal o de pertenencia a grupos no formalizados,
cada vez se ve más acortado.
Por otra parte, la participación varía según las características de la organización y del tipo de
política y servicio público provistos. Así, en las organizaciones y entornos igualitarios, la
participación es más fácil. Sin embargo, en entornos jerárquicos y muy competitivos la
participación se ve muy distorsionada por estas condiciones de partida. Por otra parte, no todos
los servicios o políticas se prestan del mismo modo a la participación. No ofrecen el mismo
campo a la participación ciudadana la política cultural que la investigación de los delitos de
terrorismo.
Además, es muy difícil medir la participación y sus efectos sobre la mejora de la legitimidad
institucional. La puesta en práctica de estos mecanismos no ha supuesto necesariamente una
mejora efectiva de la percepción que los ciudadanos tienen de sus instituciones públicas. En
algunas ocasiones, este hecho se produce por un intento de paliar, a través de la participación
ciudadana, las carencias de la democracia representativa, sin realizar mejoras en esta
democracia representativa. Puede observarse un desprestigio de la clase política y una falta de
identificación de los ciudadanos con ésta.
En el concreto caso de la Administración Pública, se corre el peligro de que la participación no
deje lugar a los ciudadanos no participativos. Es preciso asegurar que los servicios públicos han
de ser tan buenos para unos como para otros. Es necesario conocer las preferencias de los
ciudadanos no participativos, aunque no hayan hecho valer su voz en los foros de participación
ciudadana.
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2.3. Descripción de algunas medidas de participación ciudadana desarrolladas por
algunas Administraciones Públicas.
Algunas Administraciones Públicas han introducido algunas medidas de participación ciudadana.
Concretamente, las Entidades Locales son las que han mostrado un mayor dinamismo en este
sentido.
2.3.1. Reconocimiento de derechos de los ciudadanos en materia de participación.
a) Derecho de información
El derecho de información se garantiza desde el punto de vista jurídico, siguiendo lo dispuesto
en el artículo 35 de la Ley 30/1992, de 27 de noviembre, de Régimen Jurídico de las
Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común, con referencia a la
información general sobre el funcionamiento de todas las estructuras y servicios administrativos
y a la información particular, acerca de los procedimientos en curso que afectan a un ciudadano.
Estos derechos de información tienen su reflejo documental, a través del derecho de acceso a
los archivos y registros. Las limitaciones a este derecho son los marcados por la Constitución y
las leyes.
Más allá de la exigencia legal de informar, algunas Administraciones informan acerca de los
resultados de su gestión, con carácter periódico, a través de los diversos canales de
comunicación a los que el ciudadano pueda tener acceso.
Algunas Administraciones Públicas integran en un solo servicio los diversos canales de
información y comunicación con los ciudadanos: presencial, telefónica y telemática.
También es destacable, en un intento de establecer una Administración “orientada al ciudadano”,
la elaboración de portales de Internet multiadministrativos, organizados por materias y trámites,
con participación de las diversas Administraciones que operan sobre un mismo nivel territorial.
b) Derecho de petición
Se pretende dar cumplimiento al derecho fundamental reconocido en el artículo 29 de la
Constitución Española. Se ejerce por escrito e, incluso, por vía electrónica en los casos que
establezca la Entidad, cumpliéndose las exigencias legales de autenticación de la personalidad
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del peticionario y de su firma. Este derecho se someterá en su ejercicio a las características y
limitaciones de su normativa reguladora.
c) Derecho de iniciativa y propuesta ciudadana
Algunas Entidades Locales admiten la iniciativa normativa popular para los ciudadanos con
derecho de sufragio activo en las elecciones municipales, fijando un porcentaje mínimo de firmas
sobre el total de los vecinos. En algunos Municipios se admite que la iniciativa popular lleve
aparejada una convocatoria de consulta popular. La iniciativa normativa popular se somete al
debate y votación del órgano plenario.
En algunos casos se acepta la figura de “la iniciativa ciudadana de interés público”. A través de
ésta, las asociaciones vecinales pueden solicitar al Ayuntamiento el llevar a cabo determinadas
actividades de interés público y de competencia municipal y, para hacerlo, aportan algunos
medios económicos, bienes, derechos o trabajo personal. Como contrapartida, la Administración
puede destinar una partida presupuestaria para sufragar las actividades que se realicen
mediante la iniciativa ciudadana. En algunos casos, estas medidas se plasman en cauces
formales de cooperación, siendo el convenio de colaboración el más habitual.
Las propuestas ciudadanas se aproximan a las sugerencias y comentarios, que la Administración
se compromete a responder en un plazo determinado.
d) Derecho de consulta ciudadana
Algunas Entidades Locales regulan en sus reglamentos orgánicos la figura de la consulta
popular, reconocida por el artículo 71 de la Ley 7/1985 de 2 de abril, Reguladora de las Bases de
Régimen Local.
Además de la consulta popular o referéndum, se emplean otras formas de consulta menos
solemnes y formales, pero de interés para la elaboración y la evaluación de las políticas públicas
y la gestión pública, como son las encuestas, sondeos de opinión, consultas sobre asuntos
concretos y similares.
e) Derecho de audiencia pública
Consiste en la introducción y debate de un asunto monográfico de interés especial para la
ciudadanía. El órgano político correspondiente realiza la convocatoria a iniciativa propia o a
propuesta de un porcentaje de los ciudadanos del ámbito territorial correspondiente.
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2.3.2. Mecanismos de defensa de los derechos de los ciudadanos
Consisten en órganos especializados en la defensa de los derechos de la ciudadanía y en la
supervisión de la actividad de la Administración. Adoptan la forma institucional de comisiones
especiales o de comisionados unipersonales con estructuras administrativas de apoyo.
2.3.3. Mecanismos de participación colectiva.
a) Registros de asociaciones y entidades ciudadanas
Los registros facilitan el aseguramiento de las garantías de las entidades, así como de sus datos
estadísticos, datos relativos a su representatividad en un ámbito sectorial o territorial, el grado de
utilidad de sus actividades, su autonomía y la posible percepción de cantidades a recibir de otras
entidades públicas y privadas. Algunas Administraciones exigen el registro como elemento previo
a la participación de las asociaciones en los órganos de participación colectiva.
b) Declaraciones de utilidad pública
En algunos supuestos las asociaciones pueden recibir la mención “de utilidad pública” del
ámbito territorial correspondiente, disfrutar de los beneficios y exenciones fiscales que se
reconozcan en las leyes; e, incluso, de posibles beneficios económicos.
En general se tratará de entidades con fines estatutarios de carácter cívico, educativo, científico,
cultural, deportivo, sanitario, de promoción de valores constitucionales, de promoción de
derechos humanos, de asistencia social, de cooperación al desarrollo, de defensa de
consumidores y usuarios, de defensa del medio ambiente y de naturaleza similar.
2.3.4. Medios de información y comunicación
Además de utilizar los medios de comunicación habituales, tales como los tablones de anuncios
de las instalaciones y equipamientos centrales y de proximidad, se impulsan otros medios de
información y comunicación: radios y televisiones locales, el desarrollo de las herramientas web
con los mayores niveles de interactividad y de tramitación posibles y la apertura de Internet a la
participación ciudadana, a través de las denominadas redes informáticas cívicas y de los fórums
informáticos abiertos a todos los ciudadanos.
2.3.5. Mecanismos de participación en la gestión.
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Se facilita la participación a determinadas entidades ciudadanas en la gestión de los
equipamientos de proximidad. Suele tratarse de los centros culturales, las casas de la juventud,
las instalaciones deportivas de barrio, los centros de igualdad de oportunidades y los centros de
recursos para inmigrantes. Esta participación en la gestión conlleva la colaboración en el diseño
de las actividades de los centros y en su evaluación, a través de los denominados consejos de
participación.
2.3.6. Impulso de las buenas prácticas
Se intenta impulsar las buenas prácticas en materia de participación ciudadana, favoreciendo la
presencia de la entidad en los foros y conferencias organizadas a nivel nacional e internacional.
2.3.7. Los órganos de participación
La participación orgánica ha conocido un fuerte impulso en la Administración Local merced a la
Ley 57/2003 de 16 de diciembre, de medidas para la modernización del gobierno local, que
añade el Título X a la Ley Reguladora de las Bases de Régimen Local, consistente en el régimen
de organización de los municipios de gran población. La participación orgánica responde a tres
grandes dimensiones de la actuación pública: la territorial, la sectorial y la estratégica.
Un gran número de municipios de gran población españoles, además de aprobar sus
correspondientes reglamentos de participación ciudadana en donde se contempla la
participación en órganos territoriales, sectoriales y estratégicos, han desarrollado la regulación
específica de cada uno de estos órganos.
Los órganos de participación territorial tienen como base la figura del distrito. Los órganos de
participación sectorial pretenden canalizar la participación de los ciudadanos y sus asociaciones
en las grandes áreas o sectores de actividad administrativa. La participación en la planificación
estratégica se lleva a cabo en los consejos sociales de las ciudades. Corresponde a los
Consejos Sociales, además de las funciones que determine el Pleno mediante normas
orgánicas, la emisión de informes, estudios y propuestas en materia de desarrollo económico
local, planificación estratégica de la ciudad y grandes proyectos urbanos.