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BOSQUEJ O DEL COMERCIO DE ESCLAVOS

José María Blanco White
BOSQUEJO DEL
COMERCIO DE ESCLAVOS
Y REFLEXIONES SOBRE ESTE TRÁFICO
CONSIDERADO MORAL, POLÍTICA Y
CRISTIANAMENTE
Edición de Manuel Moreno Alonso
ediciones.
a l f ä t t
Sevilla, 1999
Colección “El mapa y el calendario”, 11
Cubierta: Silueta de J osé María Blanco White por
Auguste Edouart. Oxford 1828 (Bodleian
Library, Oxon C 106)
Esta obra ha sido publicada con la ayuda de la Dirección
General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio
de Eduación y Cultura.
© Manuel Moreno Alonso
© Ediciones Alfar
Polig. “La Chaparrilla”, 36. 41016 Sevilla
I.S.B.N.: 84-7898-157-8
Dep. Leg.: SE-1759-99
Imprime: J. de Haro Artes Gráficas, S. L.
Mairena del Aljarefe •Sevilla
Para Claro Fernández-Carnicero, Letrado de
las Cortes Generales, que, como otros tantos
españoles de hoy, se ha dado cuenta con ad 
miración de hasta qué punto fueron acertadas,
y escritas con la mejor intención, algunas de
las críticas de don José María Blanco, que
tanto tiempo hemos tardado en reconocer.
INTRODUCCIÓN
En 1814, cuando parecía que un mundo nuevo se
abría lo mismo para España que para América tras el
final de la Guerra de la Independencia, aparece pu­
blicado en Londres un extraño libro en español, cuyo
título era el de Bosquejo del Comercio en Esclavos,
y Reflexiones sobre este tráfico considerado moral,
política, y cristianamenteY cuyo autor no era otro
que el sacerdote sevillano J osé María Blanco White,
que, residente en Inglaterra desde 1810, había em­
prendido a partir de entonces la edición de su famo­
so periódico El Español, que, precisamente, después
de cuatro años de aparición ininterrumpida, finali­
zaba ese mismo año de 1814, fecha de la tremenda
involución política que sufriría la nación española2.
Dentro de las preocupaciones del autor, y en la
línea de compromiso político de éste asumida en los
' Londres, Impreso por Ellerton y Henderson, J ohnson’s Court,
Fleet Street, 1814, 144 págs.
2 Vid. Manuel Moreno Alonso, Las ideas políticas de «El Español»,
Revista de Estudios Políticos (Madrid, 1984), núm. 39, págs.
65-106.
11
últimos años, la nueva obra de Blanco, que hasta
ahora ha permanecido prácticamente desconocida3,
es de un gran interés tanto por haber salido de la
pluma de quien salió como por ser una aportación
fundamental al debate sobre la esclavitud por parte
española. Un libro como éste, aparecido en una fe­
cha como aquélla, y encima publicado en español y
en Londres, no dejaba de ser, por otra parte, de una
extraordinaria originalidad. Originalidad realzada
con la distancia del tiempo, que hace de esta obra, a
pesar de sus limitaciones, un punto de referencia
fundamental, y por otra parte excepcional, sobre la
cuestión de la esclavitud.
En la “Advertencia” que precede al Bosquejo,
como por otra parte es frecuente en el estilo de su
autor, éste daba ya algunas claves para la inteligen­
cia de un libro tan sorprendente como aquél. Tan
sorprendente como que, presentándolo con una mo­
destia a todas luces excesiva, decía que “gran parte”
del libro estaba “casi traducido” de la Carta que
Wilberforce había dirigido al Parlamento inglés
cuando se había tratado la cuestión sobre el tráfico
de esclavos. A lo que añadía incluso, dentro de esta
línea de modestia de su presentación, que “valiera
mucho más, si fuese una traducción completa de
aquella Carta”, por más que reconozca al mismo
tiempo que, publicada como tal, ésta “no sería tan
propia para el objeto con que se publica”. De donde,
3 Verdaderamente desconocido y raro, y tanto que ni siquiera se
encuentra en los fondos de la British Library de Londres; el
ejemplar que manejamos se encuentra en la University Library de
Cambridge, Syn. 5. 81. 20.
12
evidentemente, se desprende implícitamente el reco­
nocimiento del propio autor ante sus lectores de su,
mayor o menor, creación o aportación. Si bien, e
incluso dentro de estos límites, es evidente cuando
menos su indiscutible originalidad.
A la altura de 1814, con las dificultades con las
que había tenido que pechar su autor tras la expe­
riencia de El Español, es evidente que aquel quería
presentar su obra sin calor y, presumiblemente, ale­
jada de toda originalidad. Pero naturalmente, y como
el propio autor del Bosquejo reconoce desde el
principio, una obra como la Carta de Wilberforce, al
margen de sus valores intrínsecos, no tenía valor
para la causa de España y de los españoles, pues
“[...] sería fuera de todo propósito dirigir las mismas
razones al pueblo español que se halla en muy diver­
sas circunstancias”. De donde la implicación, lógica
y comprensible, del autor español en la misma, y las
diferencias de la obra española respecto de la inglesa
del autor mencionado.
Pero, aparte de estas consideraciones, había otra
fundamental que, sin duda alguna, está en el origen
inmediato de ella. Y que, dentro también de la pecu­
liar manera de moverse el autor, está en el hecho de
la necesidad de dar una respuesta contundente a los
argumentos dados sobre el particular por entonces en
las Cortes de Cádiz. Pues como éstas decretaron (el
2 de abril de 1811) la abolición del tráfico de escla­
vos, y luego suprimieron este decreto, había que
decir algo importante, y ni tanto, sobre el particular.
De donde la urgencia de una respuesta como ésta,
que es lo que en sí mismo pretende el Bosquejo, al
13
presentar el problema desde un punto de vista funda­
mentalmente español.
En aquel momento, el siempre bien informado
editor de El Español contaba con una copia de la
Representación que la ciudad de La Habana había
dirigido a las Cortes (con fecha de 20 de J ulio de
1811) para la anulación del decreto de supresión de
la abolición del tráfico. Pues la ciudad de La Habana
había sido la única que había levantado la voz contra
aquella medida. Y como en tal Representación iban
los argumentos contra el decreto de supresión, de
aquí las razones expuestas por el autor del Bosquejo.
De donde la originalidad de éste, que tiene en cuenta
por encima de todo la “españolidad” del problema
específico, su debate y sus soluciones. Y de aquí,
también, las limitaciones del mismo, pues, en su
modestia extremada, el autor reconocía también la
premura de la obra y sus defectos más evidentes.
Razón por la cual llega a pedir “perdón” a los lecto­
res por “los defectos de ejecución de que irá plagado”.
Por todo ello, y dentro de la misma línea de
modestia, el autor presenta su trabajo como “lejos de
ser una obra literaria”. Pues, según él, es un “Memo­
rial dirigido a cada español en nombre de las vícti­
mas que la codicia de algunos de sus paisanos está
arrancando todos los días de la costa de África”.
Razón ésta que si, por la rapidez en la concepción y
redacción de la obra, incide negativamente en el
estilo de ésta —en “lo inculto y desaliñado de su
composición y estilo”— lo hace, y bien positiva­
mente, en su viveza y en su espontaneidad que, entre
otras cosas, como el autor también reconoce, le quita
14
“toda sospecha de artificio oratorio”. “La causa de
que se trata —reconocerá el autor finalmente en la
Advertencia— es demasiado importante y sagrada
para que sus abogados no escrupulizasen de recurrir
a semejantes medios”4.
El autor del Bosquejo firmaba éste en Londres, en
marzo de 1814. Una fecha ésta muy reveladora del
grado de preocupaciones que en los últimos tiempos
le tenían obsesionado sobre los temas de España5.
De todo lo cual había venido dando cuenta en los
meses precedentes en los distintos números de El
Español. Pues ya desde 1811 —poco más de un mes
después de la propuesta de las Cortes— Blanco ha­
bía venido mostrando su satisfacción por el hecho de
que pudiera debatirse un tema como aquél. E incluso
insertó ya una traducción de la “célebre” carta de
Wilberforce con el contenido de sus discursos en el
Parlamento británico, que había publicado la
“African Institution”. Así como ofreció otras traduc­
ciones sobre la situación de las exploraciones en
África en busca de esclavos y su posterior tráfico.
Todo lo cual habría de recoger después en la redac­
ción del Bosquejo.
Pero, aparte de estas referencias, por otra parte
fundamentales, al problema de la esclavitud, el
Bosquejo se presenta como una obra monográfica
sobre el tema; y como tal con una entidad suficiente
4 Bosquejo, «Advertencia», p. IV.
3 Sobre este particular, con la acción del propio Blanco White, me
ocupo ampliamente en mi libro, La Forja del Liberalismo en
España. Los amigos españoles de Lord Holland (1793-1840),
Madrid, Congreso de los Diputados, 1997.
15
como para incidir directamente en el asunto de for­
ma directa y exclusiva. Sin tiempo como para poder
haber seguido el tema desde los últimos meses de
1811 en El Español es evidente que a Blanco le
hervía la sangre y, al final, dispuesto ya a terminar
para siempre con la aventura de El Español, no
quiso que se quedaran para siempre en el tintero sus
observaciones sobre una cuestión tan importante
como era la de la esclavitud. De aquí que, finalmen­
te, se lanzara, también quijotescamente, a la realiza­
ción de esta empresa, por más que fuera de forma
urgente y precipitada. Y es evidente que así tenía
que ser, por la sencilla razón de que, a la altura de
marzo de 1814, no podía ser sencillamente de otra
manera.
En esta fecha el editor de El Español, y autor del
Bosquejo, se encontraba hastiado y al borde de arro­
jar definitivamente la insignia de lo que hasta enton­
ces había sido su obsesión: la lucha por la libertad en
España y fuera de ella, y particularmente en las co­
lonias6. De donde la urgencia con que emprende la
6 La carta, contenida efectivamente en el ejemplar de la Universidad
de Cambridge (Syn.5.81.20) es del tenor siguiente: «I was deeply
engaged in the composition and monthly publication of a Spanish
periodical entitled ‘El Español’, when a most influential and
active Member of the African Association, Mr. Wis haw, asked me
whether I would undertake a translation into Spanish, of Mr.
Wilberforce’s Letter on the Slave Trade. The African Association
were desirous to enlighten the Spanish public upon this important
subject, at the same time that the British Government were
endeavouring to induce the Government of Spain to pass a Decree
against the nefarious Trade in which many Spaniards were deeply
engaged. I did not hesitate one moment in offering my gratuitous
services proud indeed and grateful for the opportunity which was
16
acción de romper una lanza por la abolición de la
esclavitud, fuera como fuera. Pues bastantes proble­
mas había tenido ya el editor del periódico si en
offered to me of helping however slightly the cause of humanity.
In spite of my fatiguing and never ending occupation, in whicht I
had no assistance whatever, I began my translation of Mr.
Wilberforce ’s work, but even perceved the character and style of
that excellent composition was too title to the Spanish taste, and
inmediately began to study every work which might furnish me
with ‘facts' relating to the Slave-Trade, in order to address my
countrymen in the language of my own heart, and not as a mere
interpreter. The following pages were the result of that
determination. It was written in the course of a fornight. Among
the documents which I consulted was one in Manuscript, which
has been drawn up in Cuba, and which I received from an
unknown hand, attended with the request had I would take it into
consideration and notice it in the Español. A document so recent
and so direct from the principal Spanish Slave Market was
extremely welcome; for in spite of a thousand disguises, the ho 
rror of the abominable traffic in human beings, transfered in every
page. I deposited this document among the Papers of the African
Association. And now the effect of my little book was found to be
very favourable among the Spaniards. Several Members of the
Association who underdstood Spanish made a report to the
Society concerning its character, which induced that body in a full
meeting. His Royal Highness the late Duke of Gloucester in the
Chair, to vote ¡00 pounds as an acknowledgment for my services,
I protest with the utmost sincerity that, grateful as I felt for that
kindness, it deprived me of the highest satisfaction, that of having
my labour for my only reason. But though I tried to decline the
money, I was dissuaded by my best friends, who thought that my
refusal could not take plan without some impropriety.
For the space of twenty six years I had not seen a copy of this
work, till, having received the unexpected honour of being made
by the 'Instituí d ’Afrique' one of its honorary Vice-Presidents, !
was requested by my excellent collegue monsieur Hippolyte de
Saint-Anthoine a copy of this little work for the Instituí, and was
fortunate enough to obtain i f this every morning from the
Collection of the late African Association. (Liverpool March 26 th.
1840).
17
aquellos últimos años de la lucha por las libertades
en España y en sus colonias introducía en él el de­
bate del abolicionismo, sobre todo cuando ni éste era
el tema más urgente ni el interés general en España
lo necesitaba ante el peso de otros más graves y
directos. De donde la necesidad de aprovechar como
fuera la oportunidad que le deparaba la African
Institution para dar rienda suelta, de forma más o
menos ordenada, a sus ideas sobre el tema, que serán
las que exponga, precisamente, en el Bosquejo.
1
En verdad no conoceríamos bien los detalles de la
gestación del Bosquejo si su autor, de forma autó­
grafa y manuscrita, no hubiera escrito de su puño y
letra en el ejemplar que hemos manejado, y que se
conserva en la biblioteca de Cambridge, una noticia
del máximo interés sobre el particular. Noticia que,
al comienzo de aquél, en tres páginas en blanco del
mismo, él titulaba: “A Short Notice ofthe nature and
origen o f this work; by its author the Rev. Joseph
Blanco White”. Noticia ésta fundamental sobre el
libro, y que el autor fechaba en Liverpool, el 26 de
marzo de 1840, a menos de un año de su muerte.
En esta “breve noticia”, escrita sobre uno de los
ejemplares del Bosquejo tantos años después, seña­
laba el autor cómo él se hallaba “profundamente
comprometido” en la composición y publicación
mensual de El Español, cuando un “muy influyente
y activo” miembro de la African Association, de
18
nombre Mr. Wishaw, le pidió si él podía hacerse
cargo de la traducción al español de la Carta de
Wilberforce sobre el comercio de esclavos. Pues la
mencionada Asociación estaba “deseosa” de ilustrar
a los españoles sobre tan importante asunto, al mis­
mo tiempo que el Gobierno Británico trataba de in­
ducir al español a presentar un decreto sobre el
nafarious comercio en que muchos españoles esta­
ban “profundamente” comprometidos.
Ofrecimiento éste ante el que el editor de El Es 
pañol, don J osé María Blanco no dudó un momento,
según sus propias palabras, en prestar sus servicios
de forma gratuita, “proud indeed and grateful for the
opportunity which was offered to me of helping
slightly the cause of humanity”. Así que, a pesar de
su “cansancio e incesante ocupación” de la edición
del periódico, en que no tenía ninguna ayuda, él
empezó la traducción de Wilberforce, aunque dándo­
se cuenta de que, por su carácter y estilo, la obra
pudiera ser de “too little to the Spanish taste”, de
aquí que, inmediatamente, empezara a interesarse
por los hechos relativos al comercio de esclavos “m
order to address my countrymen in the language of
my own heart, and not as a mere interpreter1'. De
aquí que las páginas siguientes fueran el resultado de
su determinación. Con la particularidad de que éstas
fueron escritas en el curso de dos semanas. Y, para
ello, según su propia narración, entre los documen­
tos que manejó se encontraba, en manuscrito, la ya
referida Representación que se había levantado en
Cuba, y que él recibió de una mano desconocida,
“attended with the request that I would take it into
19
consideration and notice in the Español'. Y, evi­
dentemente, un documento, “tan reciente y tan direc­
to, proveniente del principal mercado español de
esclavos” fue “extremadamente” bien recibido apar­
te de por su interés informativo acerca de ‘‘the
horrors o f the abominable traffic in human beings”.
Y, en efecto, ante el interés del documento, el
propio Blanco lo depositó entre los papeles de la
African Association. Y leído por “varios” de sus
miembros, que comprendían español, hicieron un
informe a la Sociedad que, reunida bajo la presiden­
cia del Duque de Gloucester, votó el pago de cien
esterlinas como reconocimiento por los servicios de
Blanco. Y, aunque él trató de oponerse al pago, fue
disuadido de hacerlo por sus mejores amigos, que
pensaban que su negativa podría ser mal entendida.
Pues bien, después de todo, transcurrieron veinti­
séis años sin que el propio Blanco, según éste, hu­
biera visto ni siquiera un ejemplar de este trabajo
hasta que, habiendo recibido el “inesperado honor”
de ser hecho por el Instituí d ’Afrique uno de sus
Vicepresidentes honorarios, le fue pedido por uno de
su miembros, Mr. Hippolyte de Saint-Anthoine,
procurarse una copia de esta “obrita” para el Instituto,
teniendo la suerte de conseguirla aquella misma maña­
na —la de la fecha mencionada de 26 de marzo de
1840— de las colecciones de la African Assotiation.
Desde luego, en aquellos quince días en que el
editor Blanco White se entregó por entero a la redac­
ción del Bosquejo —terminado en marzo de 1814—
su actividad y lucha por la causa española siguió
siendo incesante. En el número de enero y febrero de
20
El Español acababa de publicar sus “Ensayos sobre
la educación en España”, sobre la educación de la
clase jornalera1. Ensayos, por cierto, concebidos
desde un punto de vista igualmente aplicable al del
abolicionismo de la esclavitud, pues, insistiendo en
el hecho de que “tan inútil sería el empeño de disi­
mular este atraso como estéril el declamar contra su
origen”, Blanco insistía en que “no hay cosa más
fácil que formar un plan de educación nacional que
aparezca un prodigio en el papel” mientras la reali­
dad seguía siendo bien diferente. Acusación que,
como en el caso del decreto contra la esclavitud, era
achacable también a los redactores de la nueva cons­
titución española, que “estaban bien persuadidos de
esta verdad, y manifestaron [...] un gran celo por esta
importantísima de la educación popular; pero a su
celo, aunque laudable, le faltó, en éste como en otros
puntos, la condición de discreto”. Pues para el autor
de los Ensayos, el objeto de la ley estaba claro, pero,
“aunque en él sí sea excelente, el medio con que se
quiere lograr es injusto”8.
Cuando a todas luces se vislumbraba, con la de­
rrota de la causa napoleónica, el triunfo de la liber­
tad, al tiempo que combatía por la educación y el
abolicionismo, Blanco atiborraba el periódico de
posibles modelos de conducta para los españoles.
Así lo mismo daba cuenta de los nuevos escritos de
7 Cfr. Diálogos argelinos y otros ensayos de J osé María Blanco
White, edición de Manuel Moreno Alonso. Sevilla, Ediciones
Alfar, 1992.
8 El Español, VIII, núm. enero-febrero 1814, p. 8
21
Bentham9, que de los pensamientos morales sobre la
tolerancia del Dr. Paley10, o del estado, “cada día
más horrible” de la América española". Todo lo
cual, unido fundamentalmente a la evolución de los
acontecimientos en España, con la aparición de los
partidos Liberal y Servil le lleva a demostrarle que
“la experiencia empieza a confirmar mucho de lo
que he dicho sobre la constitución y forma de Go­
bierno que se halla establecida en España, y que en
virtud de la infalibilidad política de las Cortes Ex­
traordinarias, debe continuar sin la menor reforma,
hasta que sus errores la destruyan, o ella aniquile
cuantas semillas de felicidad se han regado con la
sangre vertida en la revolución española”12. De la
misma manera que condena a los que “bajo el nom­
bre de libertad y constitución defienden y promue­
ven este horrible desorden, quieren ver a su infeliz
patria en la situación que estuvo la Francia en los
peores tiempos de su revolución”13.
Cuando en marzo de 1814 el editor de El Español
terminaba el Bosquejo, en ese mismo mes y en el
siguiente —el número de marzo y abril de 1814—
aquél publicaba en el periódico londinense, entre
otros trabajos, los “Principios político-económicos
5 El Español, VIII, pp. 23-27. «Noticia de la obra titulada Theorie
des Peines et des Recompenses. Par Mr. J éremie Bentham, Lon­
dres, 1811.
10 El Español, VIII, 37-51. «Pensamientos sobre la tolerancia reli­
giosa sacados de la Filosofía del Dr. Paley».
11 El Español, VIII, 68-73. Política, América Española.
12 El Español, VIII, 82-96. Reflexiones sobre los asuntos de España.
13 El Español, VIII, 105-108. Epílogo.
22
sobre las colonias” según Bentham14. Principios que
partían de la base de que la colonización era una
medida “muy conveniente” cuando existía o se pre­
veía un exceso de población respecto al territorio;
pero, por el contrario, era “muy inconveniente”
como medio de acrecentar la riqueza general del
país, o de aumentar las rentas de la metrópoli. Y,
desde luego, por encima de todo, el sistema colonial
era “funesto a los pueblos que están bajo su influ­
jo”... porque la destrucción de una clase de habitan­
tes por el odio de otra, “por ejemplo la de los hom­
bres libres a manos de los esclavos, o la de los es­
clavos a manos de la de los libres” puede hacerse
hasta habitual15.
Todo esto quiere decir que cuando Blanco redacta
el Bosquejo estaba muy influenciado por cuestiones
teóricas o de principios muy próximas al sistema
colonial o al tema de la opresión o falta de libertad
en términos generales. Sin perder de vista que la
guerra entre España y sus antiguas colonias seguía
“con los más horribles síntomas”16. Por todo lo cual
Blanco paraliza su aventura, e incluso dejará ya de
interesarse con posterioridad a 1814, y hasta 1820,
de los asuntos de España hasta que, con el retorno
del Absolutismo y la abolición de la nueva constitu­
ción, se da cuenta irremisiblemente de que, bajo la
época siguiente, nada de por lo que había luchado
hasta el último instante tenía sentido ni valor. Para
14 El Español, VIII, 109-123
15 El Español, VIII, 123
16 El Español, VIII, 193
23
entonces el editor de El Español y autor de el
Bosquejo había llegado a la conclusión de la “casi
imposibilidad de mejora en que veo a la España”17.
Y, en efecto, en el último número de El Español —el
de mayo y junio de 1814— publicado después de
haber terminado el Bosquejo, Blanco había llegado a
la conclusión de que por el momento, y quizás por
mucho tiempo, nada de por lo que había luchado
sería posible.
2
La primera vez que Blanco se ocupó del tema de
la esclavitud con anterioridad a la publicación del
Bosquejo en 1814, tuvo lugar, en las páginas de El
Español, tres años antes, en 1811, cuando, con mo­
tivo del debate existente en las Cortes de Cádiz so­
bre el particular, publicó un editorial con el título de
Abolición de la Esclavitud™. En él acogía con el
mejor calor la propuesta del diputado Argüelles, por
la cual llegó a materializarse un decreto para la abo­
lición de aquélla, decreto que, según Blanco, era
“sumamente glorioso para la nación española, y muy
especialmente para el ilustrado ministro que lo pro­
puso”. Pues, según el editor del periódico londinen­
se, “la unanimidad con que fue adoptado es una
evidente prueba de las excelentes intenciones del
Congreso”. A lo que agregaba: “Un noble amor de
17 El Español, VIII, 296
18 El Español, III, 149-154 (Mayo, 1811).
24
gloria hizo al promovedor de tan hermoso proyecto
no aguardar a más tarde a recomendarlo a la aten­
ción de las Cortes, no fuese que la España perdiese
el prez y honor de haberlo adoptado de movimiento
propio. Digno sin duda, es de la mayor alabanza
quien con tanta delicadeza sabe aprovechar los mo­
mentos de acumular glorias a su nación; y justo es
hacer ver a todo el mundo que el decreto de las
Cortes de España contra el comercio de esclavos, no
es una estéril imitación de otros anteriores, sino una
medida efectiva que va a dar el último golpe, y a
extinguir de una vez ese oprobio de la humanidad”.
En el editorial, el autor comenzaba señalando de
antemano que si “a la buena fe y excelentes deseos”
de las Cortes acompañase “igual despreocupación
sobre ciertas materias, y no menor energía” no había
duda que hasta los mismos invasores debieran te­
merlas más que cuantos esfuerzos se habían hecho y
se estaban haciendo por el “valeroso e inflexible
pueblo español”. Pues, según sus palabras, las Cor­
tes “no han desechado ninguno de los principios li­
berales abstractos que se les han propuesto, y tal es
su deseo de hacer lo mejor que tal vez suelen pecar
por llevar las cosas buenas al exceso”.
Y, en este sentido, el editorial se refería a los años
que ya habían pasado desde que los “defensores de
la humanidad” vieron coronado sus esfuerzos sobre
este punto en Inglaterra, sin que su decreto se viera
“plenamente” ejecutado. Hasta el punto de que los
“protectores de la causa de los negros” tenían que
promoverla de nuevo en el Parlamento. Pues la rea­
lidad era que, olvidándose de los “principios de hu­
25
manidad”, se seguían burlando las “benéficas” miras
del gobierno y, valiéndose de buques españoles, se
continuaba el tráfico “bárbaro de carne humana”. De
donde la maravillosa decisión y acción del Parla­
mento español, pues “[...] no alcanzaba el poder de
Inglaterra a impedir esta evasión de sus decretos
cuando España, dígase para su eterna gloria!, Espa­
ña, no impedida, no solicitada, movida sólo por el
amor al bien que caracteriza a sus habitantes, acude
a coronar los deseos de la Inglaterra, y hace efectiva
una mejora del género humano”.
Para El Español, “el placer y predilección con
que los españoles deben mirar esta verdadera gloria
nacional, y el esmero con que la fomentarán los que
han agregado este timbre a los muchos que ha gana­
do España en esta revolución, hará que no se conten­
ten con la mera aprobación del decreto, sino que
añadan todas las declaraciones y órdenes que han de
darle eficacia”. Pues, para Blanco, cualquier español
a quien se le probara que había armado buque para
*
ir a la costa de Africa con el objeto de coger o com­
prar negros debía sufrir una pena grave, que precisa­
mente debería señalar la ley. Y señalaba: “Debe
declararse que es infractor de la ley, y como tal sujeto
al castigo que ésta señale, el que de cualquier modo
auxilie semejantes expediciones; y el buque en que se
conduzcan fuera de la protección de la bandera nacio­
nal. Hecho esto, ni terrores, ni desgracias podrán os­
curecer la gloria y el renombre que las Cortes españolas
han ganado. Su nombre no quedará jamás limitado a
historias particulares y habrán de mentarlo con vene­
26
ración y agradecimiento cuantos hagan un bosquejo de
los progresos del género humano”.
Ahora bien, para el editor de El Español, el “buen
deseo” había llevado a las Cortes “más allá de los
límites convenientes en esta materia”. Porque, según
su opinión, habían emancipado “de una vez” a los
esclavos negros; y este paso, que, por otra parte, “tan
halagüeño” podría parecer a cualquier corazón hu­
mano, era “directamente contrario al bien que se
intenta, según una reflexión detenida, y la experien­
cia de los últimos tiempos lo demuestran”. Pues era
evidente, como por otra parte no tardaría en compro­
barse, que la libertad de la población de negros en
América, realizada de inmediato, podría traer con­
secuencias “sumamente funestas”. Porque, en primer
lugar, contaría con la oposición cerril de los mismos
blancos cuyas riquezas provenían del sudor de los
esclavos; y que, naturalmente, se sublevarían contra
tal mudanza, “contraria a la sensación de superiori­
dad que les ha adquirido la costumbre, y al interés de
su subsistencia, que tan unida y dependiente está de
la esclavitud de los negros”. Y precisamente para
evitar esta oposición que podría resultar fatal para la
causa abolicionista, Blanco proponía, con un sentido
de la realidad francamente extraordinario, que “a la
verdad, los que bajo la protección de las leyes
existentes han empleado su caudal e industria en una
especie de comercio, por más injusto que sea (y
ninguno puede serlo tanto como el de que hablamos)
no deben ser arruinados de repente o por un nuevo
error de los legisladores”.
27
Rebelándose contra esta misma línea de pensa­
miento y acción tan contraria evidentemente a sus
deseos, Blanco señala en su periódico que “bien sabe
Dios que mi corazón rehuye los consejos que estoy
dando, y que si hubiera de seguir su impulso volaría
hacia el bien sin miramientos o restricciones, y de­
jaría que cayeran las consecuencias sobre los que
injustamente tratan de impedirlo”. Pero, siendo bien
consciente de ello, él reconocía que “este amor al
bien en general suele tener mucho de imaginario, y
se mezcla frecuentemente con pasiones destructoras,
cuales son la ira y la venganza”. Pues, en verdad,
nada podía haber tan hermoso a los “ojos del entu­
siasmo de la humanidad que domina en los corazo­
nes honrados” como el decreto expedido por la
Convención Nacional a favor de los esclavos. Pero
la verdad también era que había que volver los ojos
a Santo Domingo... y ver cuáles podían ser las con­
secuencias reales de ello.
Por ello, en el caso presente, el remedio más con­
veniente era justamente el que contenía la primera
parte del decreto de las Cortes: la abolición del
comercio de esclavos, con la prohibición de que
pudieran introducirse de nuevo. Pues de esta forma
los dueños de esclavos veían cerrada para siempre la
puerta a este “infame lucro” con la protección de la
ley a los esclavos. Para Blanco el reglamento a su
parecer, además, debía estar fundado sobre el princi­
pio del “aborrecimiento a la esclavitud, movido sólo
por los dos motivos que impiden la manumisión: I o.
La incapacidad moral de los esclavos de recibir la
libertad todos a la vez y repentinamente; 2o. El deseo
28
de evitar la ruina de una gran porción de propieta­
rios, de que resultaría una desolación y trastorno
universal”.
Y estos principios “combinados” podrían inspirar,
entre otras leyes a las que su reflexión no alcanzaba,
las siguientes:
I a) Que los hijos de los esclavos no eran esclavos;
porque éstos pueden ser educados de modo que se
hagan útilísimos y felices ciudadanos.
2a) Que siendo la industria el principal requisito,
o disposición para la libertad, se aumente el tiempo
que se solía dar a los esclavos para que trabajen para
sí propios, dándoseles dos días a la semana en lugar
de uno, y se fije una cuota moderada con Ja que
pudieran comprar su libertad; “así los que fueran
industriosos aprenderán a ganar su subsistencia, da­
rán un resarcimiento a su dueño, y al estado una
prueba de que siendo libres no se convertirán en
polilla de su felicidad”.
De esta forma, según el editor de El Español, la
propiedad y la industria irían tomando entretanto un
rumbo que en el curso de cincuenta años podría
hacer que “los propietarios lo sean de tierras con que
puedan pagar la labor; y no suceda como ahora, que
con horror de la humanidad, son dueños del trabajo
de otros para con él comprar nuevas tierras y nuevos
esclavos”.
Pocos meses después del escrito anterior (que tan
bien recoge el sentir de don J osé María Blanco), en
el mes de septiembre de 1811, El Español publicaba
un Extracto de una carta sobre la abolición del Co 
mercio de Negros, dirigida a los propietarios y ha-
29
hitantes de Yorkshire; por W. Wilberforce Esq. su
representante en el Parlamento de Inglaterra19.
Extracto que comenzaba con la confesión por parte
del editor, y muy propia suya, de que “desde que las
Cortes de España tocaron el punto de la esclavitud
de los negros, tomé el más vivo interés en esta im­
portante materia, y aún me atreví a presentar al pú­
blico las reflexiones que de paso me ocurrieron so­
bre ella”. Y así, viendo que las Cortes, “ocupadas en
otras cuestiones aún no han decidido ésta”, el editor
se lanzaba a la palestra, creyendo, según sus propias
palabras, que, con ello, hacía “un servicio a la hu­
manidad y a mi patria, en dar un ligero extracto de
una obra que tuvo grandísimo influjo en la feliz
abolición que del bárbaro tráfico en esclavos, se hizo
en Inglaterra”.
Por otra parte, la obra de la que El Español daba
noticia era tanto más representativa de la cuestión
cuanto mayor había sido el papel de la propia Ingla­
terra tanto en el comercio de esclavos como en el
debate de su extinción. Pues como no dejaba de re­
conocer el propio Blanco, por entonces tan anglóma-
no, “sin duda pertenecía a esta nación ilustrada y
humana ser la primera en dar este ejemplo al mundo,
puesto que si no había sido la que empezó tan abo­
minable comercio, era la que por muchos años lo
había hecho con la mayor extensión, empleando en
él un capital considerable, y un número crecido de
buques”. En otras palabras, que Inglaterra había sido
la nación que “más había poblado de víctimas infe­
19 El Español, XVIII, 467-480 (30 Septiembre 1811).
30
lices sus colonias”; y, por consiguiente, había sido
después la que, “con una contradicción inconcebible
de su carácter y principios, las había hecho ser más
infelices en sus dominios, que lo eran en ninguna de
las posesiones ultramarinas de los europeos”.
Y, quizás precisamente por ello, había hecho
cuanto podía por “dar a la humanidad satisfacción de
los anteriores agravios”. Y, en efecto, su ejemplo no
fue del todo en vano. Porque, por ejemplo, los Esta­
dos Unidos lo siguieron; de tal manera que, a la
sazón, el comercio de esclavos no podía hacerse en
el día sino bajo las banderas de España y Portugal;
con la particularidad de que hasta el gobierno del
Brasil había empezado a ponerle trabas, “manifes­
tando su decidida determinación de extinguirlo”.
Algo parecido a lo que había sucedido en España, en
donde, “aunque oprimida bajo la esclavitud más
pesada, y batallando por sacudirla”, acaban de oírse
en las Cortes los primeros “gritos de la humanidad
en favor de los negros” por parte de “uno de sus más
ilustrados miembros”.
Pero tal como, evidentemente, muchos temieron,
y en primer lugar el propio editor de El Español en
su primera llamada de atención sobre la cuestión de
la abolición de la esclavitud, muchos propietarios
que dependían del trabajo de los negros en las pose­
siones españolas, habían comenzado a alarmarse.
Como, de hecho ocurrió, con los “últimos papeles”
de La Habana, en que se insinuaban “algunas” voces
de descontento sólo con el rumor de que las Cortes
habían hablado del asunto. Razón por la cual El
Español intervenía de nuevo en la cuestión, con la
31
advertencia, por parte de su editor, de que “la mul­
titud de objetos que las ocupan (a las Cortes), y la
falta de riguroso orden con que los tratan, juntamen­
te con los recelos que pueden inspirarles el estado
precario de sus colonias, acaso impedirá que la ma­
teria vuelva a tomarse en consideración tan pronto
como debiera, o hará que se olvide el expediente
sobre ella, en poder de alguna de las comisiones”. A
lo que aquél añadía: “Yo juzgo que si las Cortes
hallan tiempo y sazón para ocuparse largo tiempo en
cuestiones abstractas como se ve por sus debates,
con razón se les podrá recordar la presente, en que
pueden hacer infinito con un solo decreto”.
Pues, en opinión del editor del periódico español
en Londres, de tan reconocida audiencia lo mismo
en Cádiz que en las colonias de América20, nada más
se necesitaba, como ya se había indicado con ante­
lación, que el gobierno español y el portugués decla­
rasen ilícito el tráfico de negros, y le negaran la
protección de sus respectivas banderas. Y así, según
el editor de El Español, “semejante declaración sería
un timbre de honor para las Cortes —como es una
mancha en el nombre de las dos naciones el que
sirva de sagrado a los bárbaros que trafican en lágri­
mas, y sangre humana”. Porque, por el momento, no
era la abolición de la esclavitud lo que la humanidad
exigía de los gobiernos europeos sino que, tal como
20 Vid. edición de Manuel Moreno Alonso de Conversaciones
americanas y otros escritos sobre España y sus Indias de J osé
María Blanco White. Madrid, Cultura Hispánica, 1CI, 1993.
32
se había debatido en el Parlamento de Inglaterra, y
en este sentido se había pronunciado principalmente
Wilberforce, se siguiera permitiendo una “barbarie
indigna de pueblos civilizados”. Pues consciente de
todo el problema, el Parlamento inglés había dado
un primer paso fundamentalmente para impedir que
el “mal de la esclavitud” creciera y se perpetuara en sus
horrores, y, así de esta forma, sin abolir de un plumazo
todo el sistema esclavista, mejorar “indirectamente” la
suerte de los infelices que habían caído en ella.
Que justo esto era lo que, de acuerdo, con el
editor de El Español, debían de hacer las Cortes
españolas, pues, según él, “el pueblo español y ame­
ricano se hallan en el mismo estado respecto a esta
materia que el Parlamento y pueblo inglés se hallaba
algún tiempo hace”. De donde la conveniencia, se­
gún aquél, de ocupar las páginas de “su” periódico
con una breve idea de las “excelentes” reflexiones
que Wilberforce había dado en el Parlamento inglés
en 1807. Pues, según el editor de El Español, “jamás
se ha tratado cuestión más interesante, ni en que con
más justicia pudieran los defensores de la humani­
dad dirigirse a mover con declamaciones; pero se
engañaría cualquiera que esperase hallar semejante
cosa en la obra presente”. Pues, según decía don
J osé María Blanco, el autor se había empeñado en
tratar la cuestión “sin amargura; y el tono de mode­
ración que reina en toda la carta, el suave calor que
anima sus razones, es a mi entender la imitación más
perfecta de la voz con que se debe hacer hablar a la
razón y la justicia”.
33
Por otra parte, y según Blanco, la certeza de cuan­
tos datos sentaba Wilberforce no admitía la más
pequeña duda. Pues todas constaban de las declara­
ciones tomadas en el Parlamento, de las cuales exis­
tía un voluminoso expediente. Y aunque el partido
que se opuso a la abolición fue muy fuerte, la evi­
dencia de las declaraciones fue manifiesta. Además
el abolicionista inglés se había basado en las narra­
ciones más directas y verídicas de cuantas existían
sobre la caza y captura de los esclavos en África: las
de Parke, cuyo viaje por aquellas tierras era tan re­
ciente y cuyo conocimiento de África era tan grande.
Con la particularidad de que, cuando éste hablaba de
la ansiedad de aquellas naciones de adquirir cono­
cimientos, el español recordaba cómo seguramente
aquél se olvidó, cuando sugería este pensamiento,
que “la razón y la experiencia nos enseñan que antes
de tratar de difundir entre los africanos lecciones de
amor y paz, es preciso que se prohiba el comercio de
negros. A no ser así nos podrían hacer la bien sabida
pregunta del americano, que atormentado por los
españoles, cuando seguían allí el mismo sistema que
aquí se recomienda, de destrozar y convertir”, ¿hay
españoles en el cielo? dijo al fraile que se lo pro­
metía si se hacía cristiano: Y respondiéndole que sí,
contestó: pues no quiero ir allá".
En el número siguiente de octubre de 1811, El
Español continuó ocupándose del asunto de los ne­
gros21, publicando, en continuación del extracto an­
21 El Español, XIX,3-25 (30 octubre 1811). «Sobre las facultades in­
telectuales de los negros». En continuación del Extracto de la carta
del Dr. Wilberforce, interrumpido en la pág. 479 t. 3 del Español.
34
terior, la carta de Wilberforce en que éste hablaba de
Las facultades intelectuales de los negros22. Utili­
zando un lenguaje periodístico realmente sorpren­
dente, se daba cuenta en él de la llegada a Liverpool
de un barco americano, mandado y tripulado por
negros, que fue publicado en los papeles públicos
como un “fenómeno notable e interesante a la huma­
nidad”. Pues se trataba de un negro que, habiendo
comprado su libertad y habiéndose hecho cuáquero,
desempeñó una gran actividad abolicionista desde el
momento que, siendo capitán del barco en cuestión,
leyó La historia de la abolición de la esclavitud
escrita por Clarkson, que despertó en él “todos los
afectos de su alma, respecto al pueblo de su origen,
y combinándose con los que le había inspirado su
creencia religiosa, ansió por esparcir entre los pue­
blos negros los bienes que la humanidad y cristianis­
mo de los ingleses se esfuerzan por introducir en
África”.
Y convirtiéndose esto en él en una pasión, fue
llamado por los directores del establecimiento bri 
tánico de África23para que el Capitán, de nombre
Cuffee (nombre que por ser el de la esclavitud que
tuvo su padre era el que el capitán prefería) viniese
a Inglaterra con la licencia oportuna, confiando en lo
útil que podía serles su celo y sus servicios. Hecho
éste que fue muy comentado por la prensa inglesa, y
22 A Letter on the Abolition of the Slave Trade. By William Wil­
berforce.
23 El Español, XIX, p.5. De este Centro, que también llama «Ins­
tituto Africano» dice Blanco en este lugar que, lo mismo del Insti­
tuto, como de la Colonia que protege, dará cuenta en otro número.
35
que demostraba las posibilidades de desarrollo de la
raza negra. Lo que permitía a Wilberforce criticar
severamente las ideas equivocadas sobre el particu­
lar de Gibbon, un escritor “tan ilustrado, tan filósofo
y tan profundamente versado en la historia” que
adoptó la opinión de la “obvia” inferioridad intelec­
tual de los negros. Ante lo cual señalaba el crítico
que Gibbon debiera haberse acordado de que las
naciones más cultas de Europa habían estado por
siglos en el mismo estado de rudeza e ignorancia; así
como debiera haber considerado que hubo tiempo en
que los griegos, que luego dieron indistintamente el
nombre de bárbaros a todos los pueblos del mundo,
“vivían en los montes, disputando el sustento a las
fieras, y que si en lugar de haber llegado a sus costas
expediciones de hombres ilustrados que les enseña­
ron los rudimentos de la vida civil, hubiesen sido
visitados por nuestros traficantes en negros, acaso
habría en el día quien hablase con más razón de su
obvia inferioridad respecto de los demás europeos”.
Consideraciones éstas como muchas otras (tal por
ejemplo la cuestión del estado en que se hallaba la
Gran Bretaña cuando llegaron a ella por vez primera
los romanos) que llevaban a decir al editor de El
Español a modo de conclusión que “Sería exceder
los límites de un extracto el traer los testimonios que
comprueban el estado de adelantamiento en que se
hallan las naciones del interior de África. Mr. Wil­
berforce hablaba con un público en que había mu­
chos interesados en descubrir falsedad en sus propó­
sitos; así es que no hay una que no esté fundada en
las pruebas más auténticas. Sobre este punto en par­
36
ticular forma como un compendio del resultado de
las declaraciones juradas que tomó el Parlamento”.
A lo que agregaba, refiriéndose a las declaraciones
que tomó el Parlamento británico a varios viajeros,
que como los viajes del célebre Mungo Parke eran
poco conocidos en España, no sería desagradable “a
varios de mis paisanos” el leer algunos pasajes de su
obra sobre el carácter y talentos de los negros”, que
el editor promete publicar en el número siguiente. A
lo que añadía que, para darles su “verdadero valor”
convenía no olvidar que Mungo Parke dependía de
“uno de los más fuertes contrarios” de la abolición
del tráfico, y que sus viajes estaban redactados por
éste su patrono.
Y, en efecto, en el número siguiente de El Es 
pañol se concluía el Extracto de la carta de Wilber-
force sobre la esclavitud24. Con la advertencia inicial
por parte del editor del periódico que seguía siendo
conveniente, por sorprendente que pudiera parecer,
escribir disertaciones para probar la racionalidad de
los negros. Pues según él, la compasión, “que sin
duda es la virtud más celestial de cuantas pueden
adornar el corazón del hombre, es al mismo tiempo
la que más depende de la razón, para producir bienes
reales, y no ser suplantada por una falsa sensibili 
dad, muy de moda en nuestros tiempos; que como
todas las virtudes fingidas, es la mayor enemiga de
la verdadera cuya semejanza imita”.
Razón por la cual, según el editor español, “a esta
compasión contrahecha se debe en mucha parte la
14 El Español IV, 109-125 (30 Noviembre 1811).
37
indiferencia con que se han mirado los males de la
esclavitud entre las gentes cultas que pueblan las
Américas”. Pues, según él, “no hay ley más constan­
te en la naturaleza que la que produce aflicción y
congoja a la vista de las señales de dolor en otros”;
porque “¿cómo, pues, —se preguntaba— es posible
que tantos horrores como ofrece el tráfico en escla­
vos, se miren con total indiferencia por gentes bien
educadas, por hombres que se precian de sensibles,
por mujeres que se desmayan al leer las desventuras
de una novela?”. A lo que aquél responde con las
siguientes razones: “porque la reflexión no dirige en
ellos la compasión natural; porque la educación la
extravía; y la costumbre la adormece en los casos
que más debiera excitarla”.
Ante la injusticia de la situación, Blanco se que­
jaba amargamente de que la humanidad estuviera a
veces clamando “inútilmente a su puerta, en tanto
que estas personas sensibles van a buscar objetos de
compasión a los países imaginarios”. De donde la
necesidad como “medio más eficaz” de llamar la
atención “hacia los verdaderos objetos que merecen
nuestra lástima, y presentar una pintura exacta de su
miseria”. Y que, en su opinión, no es otra que la que
hizo Wilberforce de la infelicidad de los negros a fin
de destruir el comercio de esclavos; que es, por otra
parte, el extremo que Blanco pone en su periódico “a
la vista de los españoles, para excitarlos a que den la
última mano a la grande obra de aniquilar la raíz de
semejantes males”.
Y así, para tomar el hilo desde el principio de la
“desgraciada” historia de los esclavos negros empe­
38
zara por dar una idea del modo en que eran condu­
cidos desde el interior del África a la costa, por sus
mismos paisanos, a quienes los europeos excitaban
por todos los medios posibles a ser instrumentos de
su “bárbara codicia”. Y sobre lo que daba noticia
bien puntual el famoso viajero Mungo Parke, am­
pliamente utilizado como testimonio sobre el parti­
cular por Wilberforce entre otros25. A lo que el pro­
pio Blanco, que es mucho más que el traductor del
relato, agrega que “cualquiera conocerá, por poca
imaginación que tenga, que no obstante que el mo­
desto estilo de Mr. Wilberforce no aspira a exaltar la
indignación por medio de las infinitas pinturas que
ofrece la materia, basta su narración sencilla para
conmover el corazón más insensible”. Y añade: “pero
aún no hemos llegado a lo que, a mi parecer, debe
hacer impresión más profunda en los que estimen en
algo la dignidad de la naturaleza humana. Hasta
ahora no hemos visto más que tormento y aflicción;
réstanos considerar la degradación a que sometemos
a nuestra especie, en las personas de esos infelices a
quienes no podemos negar el nombre de hermanos”.
Y para lo cual Blanco traduce la descripción de un
mercado de esclavos que Wilberforce copiaba de
una obra del Dr. Pinkaird intitulada Notes on the
West Indies, en la que el propio autor advertía que él
no era de los enemigos del tráfico. A lo que agre­
25 «Report of the Conmittee of the House of Assembly of J amaica,
in the Privy Council Report». Vid. Long’s History of Jamaica. O
los testimonios de Newton y Claxton.
39
gaba también el extracto de una carta del Procurador
General de Barbada al Gobernador de la Isla.
La publicación de El Español, que concluye en
forma de apéndice con otro extracto de la Carta de
Wilberforce con pasajes sacados del Viaje de Mungo
Parke al interior de África26, termina con el deside­
rátum por parte de Blanco de “Gracias al Cielo que
ya se ha dado el golpe mortal al tráfico indigno que
conducía cada año doscientos mil racionales a ser
tratados peor que bestias, a ser degradados a un
abismo de abatimiento, cual no alcanzan la imagina­
ción a pintar”. Y aunque, refiriéndose a la suerte de
los esclavos de los españoles, él reconoce que éstos
han tenido “mejor suerte”, no obstante señala que
“los españoles deben coronar esta gloria, contribu­
yendo a la completa extinción del tráfico. No permi­
tan que un falso interés, o la costumbre les ciegue en
materia tan importante. El buen trato puede aliviar la
suerte de los que están ya en esclavitud, por su
desgracia. Por su desgracia: sí: así lo sienten todos y
cada uno de los que la sufren. La esclavitud, a pesar
de los fríos cálculos de los que quieren tener es­
clavos, es un verdadero mal, que pesa sobre el co­
razón de los que están en ella...”. Tras lo que termina
diciendo si “¡Habrá español que no se abochorne de
ver su bandera ondear sobre el buque que viene
cargado de tanta infelicidad y miseria! ¡Lo habrá que
no se indigne al ver a la nación interponer su nombre
en defensa de los bárbaros que lo armaron!”27.
26 El Español, IV, 125-132.
27 El Español, IV, 124-125.
40
Dos años después de haberse ocupado del proble­
ma de la esclavitud y de las tesis de Wilberforce en
1811, y también en las páginas de El Español, Blanco
vuelve sobre el mismo tema28. En esta ocasión,
abundando en la cuestión del tráfico, lo hacía publi­
cando un extracto del informe que sobre el particular
había dado la African Institution', así como una breve
noticia sobre el objeto de esta Asociación abolicio­
nista. El editor del periódico, traductor de ambos
escritos, comenzaba diciendo en su periódico que
“en ninguna parte del mundo se emprenden más ni
mayores cosas que en Inglaterra”, y esto, decía, sin
que fuera necesario que el gobierno tomara ninguna
parte en ellas. Lo cual se debía, según él, al “espíritu
de asociación que reina aquí, y que yo quisiera ver
introducido, si es posible, en España”. Pues, según
sus palabras, “no hay objeto de beneficencia que no
esté promovido aquí por alguna asociación volunta­
ria”29, mientras que, por el contrario, en España,
según Blanco, “se hacían reglamentos y se organiza­
ban oficinas hasta para los carros de basura: todo era
plan y sistema; y en el mundo ha habido reino más
desorganizado”. Pues el gobierno quería entender en
todo, y apenas se reunían tres o cuatro personas para
promover algún objeto útil “cuando, como un es­
pectro, se aparecía en medio de ellas para disper­
sarlas, o hacerlas arrepentir de sus buenos deseos”.
28 El Español, VII, 144-148 (Agosto 1813), Tráfico en Esclavos.
Extracto del Informe de la Asociación llamada African Institution;
y una breve Noticia del objeto de esta Asociación.
M El Español, VII, 145 (Agosto 1813).
41
Y como el tiempo presente —el tiempo de la
revolución española— las cosas parecía que estaban
cambiando en España por más que “la libertad no ha
tomado todavía su verdadero equilibrio, (pero) está
intentando dar vida a la España con los indispensa­
bles vaivenes que deben preceder a aquella época
apetecida”, Blanco propone como “una de las cosas
que los españoles debían empeñarse más en natura­
lizar en su tierra”, precisamente, ese espíritu de aso­
ciación que producía cosas tan extraordinarias como
en Inglaterra, Pues, según él, “aunque no fuese más
que aplicado a los objetos políticos, podía ser de
grandísima utilidad en las actuales contiendas de los
partidos que empiezan a dividir a los españoles”.
De aquí, precisamente, que Blanco proponga a
sus compatriotas esta costumbre asociativa de los
ingleses que había dado lugar, en este caso, a la
African Institution. Pues, según él, “cuando en In­
glaterra se aspira a conseguir un objeto, sea de la
clase que fuere, lo primero que se hace es establecer
una asociación o club, cuyos trabajos reunidos se diri­
jan a su logro”. Porque, como era costumbre entre los
ingleses, cuando, por ejemplo, éstos sostenían y propa­
gaban los principios políticos de Pitt o los de Fox se
reunían, haciéndose todo así “directa y varonilmente,
evitándose de este modo el que se recurra a medios
tortuosos, como en los países en que la libertad práctica
es desconocida”. Pues, según decía el editor de El
Español así se inspiraba “una dignidad y firmeza de
carácter que hace que los hombres aparezcan lo que
son, y que no digan sus opiniones a medias”.
42
Y así, según decía el autor de estas líneas, “el día
que yo supiese que en España se habían establecido
dos asociaciones una para ‘promover el restableci­
miento del Santo Oficio’ y otra para ‘establecer la
tolerancia religiosa’, con tal que una y otra lo hicie­
sen por medios legales, esto es, usando con digni­
dad, de las armas del raciocinio; y no de las mezqui­
nas intrigas con que se aspira a estos objetos en el
día; creería que España estaba en el camino real de
la libertad...” Pues justo esto era lo que había suce­
dido en Inglaterra para propagar las ideas abolicio­
nistas: la constitución de una asociación de varios
individuos, que se reunió por vez primera el día 11
de abril de 1807, aquélla, que cada año publicaba un
Informe sobre sus trabajos. Y aunque todos los da­
dos en los seis años anteriores eran del máximo in­
terés para “todo hombre benéfico”, El Español daba
cuenta del último Informe porque “en no poca parte
concierne a los españoles”.
Basándose en el Informe, Blanco daba cuenta, en
efecto, de lo “abominable” que era el “robo” de
hombres en la costa de África; con la particularidad
de que gran parte de ese tráfico de negros era reali­
zado por ingleses y americanos cubiertos con las
banderas española o portuguesa, aunque en realidad
“la parte que en la exportación tienen los españoles,
si existe, es muy pequeña”. Lo cual se había puesto
de manifiesto en el caso de varios buques apresados
últimamente, que navegaban bajo una y otra bande­
ra, y que sin embargo los esclavos eran propiedad
inglesa o de los Estados Unidos. Realidad ésta ante
la que Blanco se manifiesta con las siguientes pala­
43
bras: “Como mi objeto en hacer este extracto no es
apacentar una vana curiosidad, sino excitar los sen­
timientos de humanidad que nacen con todo corazón
verdaderamente español; lo concluiré con las si­
guientes líneas que se hallan en la noticia que la
J unta da del estado del interior de África”. Y que era
del tenor siguiente: “Según los informes recibidos
creen los directores que el tráfico está bastante conte­
nido en el interior de aquel continente, y si se pudiera
persuadir a los españoles y portugueses que abando­
nasen este abominable comercio... Todo presenta el
más favorable aspecto para su completa extinción”.
Tras lo cual, el editor de El Español, termina
exclamando: “¡Y será posible que los españoles se
desentiendan de este deber de humanidad y Cristia­
nismo! Si tuviera España un grande interés en con­
tinuar el tráfico, podría entenderse de algún modo en
que consistía una insensibilidad tan horrible. Pero el
que se está haciendo bajo su bandera, se ha visto que
sólo sirve para proveer de esclavos a ingleses y
americanos del Norte; es decir, que tan lejos está de
contribuir a los intereses de España, que por el con­
trario aumenta el de los colonos vecinos a quienes
pudiera mirar con celos. Las colonias españolas que
han mostrado su opinión independientemente de la
madre patria, todas han declarado que renuncian al
infame comercio en hombres. Caracas, Buenos Aires
y Chile han manifestado sentimientos dignos de la
humanidad, sobre este punto; y España sola, España
es la que permanece insensible, sin otro interés que
el de conservar a su bandera el derecho de ser al 
quilada para proteger a verdugos! ¡Habrá en España
44
quien pare su atención sobre esta verdad, sin lágri­
mas o vergüenza! ¿Y por qué los hombres piadosos
que abundan en ella, por qué los individuos ejem­
plares de su clero, no establecen una asociación
dirigida a promover la abolición de tan cruel y estéril
infamia? Pudiera esto hacerse a muy poca costa, sólo
con llamar constantemente la atención del gobierno
y del público a este importantísimo objeto; insistien­
do siempre en estos dos puntos cardinales, la infamia
y la inutilidad de que la bandera española proteja el
tráfico en esclavos”30.
3
Antes de los artículos de El Español sobre la es­
clavitud —los primeros aparecidos en un periódico
español— y, por consiguiente, antes de la publica­
ción en 1814 del Bosquejo del Comercio de Escla 
vos y Reflexiones sobre este tráfico considerado mo 
ral, política y cristianamente, J osé María Blanco
estaba más que predispuesto en favor del abolicio­
nismo. Hombre de tan grande sensibilidad como él,
que además había nacido en la misma ciudad del
Padre Las Casas con todo lo que había significado
Sevilla en la colonización de América31, no dudó en
combatir desde el primer momento por el abolicio­
30 El Español, VII, 148.
31 Cfr. Manuel Moreno Alonso, La política americana de las Cortes
de Cádiz (Las observaciones críticas de Blanco White), «Cua­
dernos Hispanoamericanos» (Octubre 1988), núm. 460, pp. 71-90.
45
nismo por más que la ocasión no se presentara hasta
que las Cortes de lo que parecía una nueva España
abordaron el problema en 1811.
En su juventud sevillana el futuro editor de El
Español había leído las Cartas marruecas del co­
ronel Cadalso, una obra tan valorada por él hasta el
punto de inspirarle años después sus sorprendentes
Diálogos argelinos32, y en donde, si no de la escla­
vitud y menos del abolicionismo, en particular, se
ocupó críticamente de los excesos cometidos por los
españoles en América tras su conquista33. Pues, tal
como escribió en sus Cartas, se había lanzado a ello
después de “leer algo” de lo escrito por los europeos
no españoles, porque del lado de los españoles no se
oía sino religión, vasallaje y otras voces dignas de
respeto. Mientras del lado de los extranjeros —seña­
laba— “no suenan sino codicia, tiranía, perfidia y
otras no menos espantosas”. A lo que añadía, no
obstante —y en ello coincidiría con las tesis poste­
riores de Blanco sobre el tráfico de esclavos según
las reflexiones de El Español y el Bosquejo— que
“[...]los pueblos que tanto vocean la crueldad de los
españoles en América son precisamente los mismos
que van a las costas de África a comprar animales
racionales de ambos sexos a sus padres, hermanos,
amigos, guerreros victoriosos, sin más derechos que
ser los compradores blancos y los comprados ne­
gros; los embarcan como brutos; los llevan millares
32 Cfr. Introducción a la ed. citada de M. Moreno Alonso.
33 Cfr. Manuel Moreno Alonso, Blanco White. La obsesión de Es 
paña. Sevilla, Ed. Alfar, 1998, 678 págs.
46
de leguas desnudos, hambrientos y sedientos; los
desembarcan en América; los venden en público
mercado como jumentos, a más precio los mozos
sanos y robustos, y a mucho más las infelices muje­
res que se hallan con otro fruto de miseria dentro de
sí mismas; toman el dinero; se lo llevan a sus huma­
nísimos países, y con el producto de esta venta
imprimen libros llenos de elegantes inventivas, re­
tóricos insultos y elocuentes injurias contra Hernán
Cortés por lo que hizo”34.
Por otra parte, no era casual que varios de los
amigos de Blanco de los años de Madrid, y hasta el
desencadenamiento de la Guerra de la Independen­
cia, tuvieran una sensibilidad bien que demostrada
sobre el tema de los negros y de la esclavitud. Bien
conocida es la relación de Blanco en Madrid con don
Manuel J osé Quintana y su círculo de amigos de
aquella famosa tertulia. Y no en balde el famoso
poeta escribió una oda “A una Negrita protegida por
la duquesa de Alba”, en la que, abiertamente, denun­
ciaba cómo fue presa de la esclavitud y de la sed del
oro, que hicieron que sus padres la vendieran a la
“bárbara Europa”, quedando huérfana de todo ampa­
ro. No obstante lo cual, la fortuna hizo que, en su
caso, de esclava pasara a ser libre gracias a la duque­
sa que, si bien “tantas almas esclavizó a su belle­
za...”, a ella le dio la libertad35.
Y en este ambiente, que constituye en buena parte
el centro de preocupación de no pocos hombres in­
34 Cartas marruecas, carta IX.
35 Obras completas de Quintana, ed. BAE, 1946, t. XIX, p. 14
47
quietos de aquella generación36, otro de los grandes
amigos de Blanco, Antillón, fue el primero que ade­
lantándose a todos, rompió una lanza por el tema. Y
en la temprana fecha de 1802 (2 de abril) leyó en la
Real Academia Matritense de derecho español y
público una Disertación sobre el origen de la escla 
vitud de los negros31, que, en 1811, cuando las Cor­
tes se ocuparon del tema lo mismo que Blanco, pu­
blicó en Mallorca38. Admirador como éste del Padre
Las Casas salió en su defensa sobre el particular,
cuando se decía que había sido éste el “primer
promovedor” del comercio de los negros para culti­
var las islas y tierra firme de América cuando, según
el testimonio de los primeros historiadores se hallaba
ya introducido y propagado antes de las cortes de
Valladolid y de los escritos en que abogó por los
indios el obispo de Chiapas39. Compañero de Blanco
en el Instituto Pestalozziano de Madrid con anterio­
ridad de 1808, ambos se encargarían un año después
36 Cfr. Manuel Moreno Alonso, La Generación española de 1808,
Madrid, Alianza Editorial, 1989.
37 Vid. Ricardo Beltrán y Rózpide, Discursos leídos ante la Real
Academia de la Historia, Madrid 1903, pp. 135-136.
38 Disertación sobre el origen de la esclavitud de los negros, motivos
que la han perpetuado y medios que podrían adoptarse para
hacer prosperar nuestras colonias sin la esclavitud de los negros.
Año 1811. Un vol. de VI1-125 p. Obra de la que se hizo otra ed.
en Valencia, imp. de Domingo Mompié, 1 vol. 12° de 144 p.
39 Según la Disertación sobre el origen de la esclavitud de los ne 
gros (nota 42), Antillón tradujo y anotó con idea de publicarla la
Apología de Bartolomé de las Casas de Mr. Gregoire sobre la base
de la Memoria que éste había leído en el Instituto nacional de
Francia. Traducción que se perdió con motivo de su huida en
J unio de 1808.
48
de la redacción en Sevilla del Semanario Patrióti 
co40, en donde los dos amigos lucharon frente a todo
tipo de adversidades por la libertad; sin que, poste­
riormente, en medio de la guerra y de las tensiones
políticas, se olvidaran, antes al contrario, del tema de
la esclavitud cuando, a su parecer, resultaba ineludi­
ble una postura oficial por parte de las Cortes. Coin­
cidencia ésta que demuestra de forma contundente
que la postura proabolicionista de Blanco no fue flor
de un día ni fruto de un comentario en su periódico
al decreto de las Cortes o del estímulo recibido de la
African lnstitution. Pues claramente se advierte que
desde mucho antes Blanco, lo mismo que alguno de
sus amigos como Quintana o Antillón, se encontra­
ban preocupados por el infame comercio de escla­
vos. Aunque fueran ellos dos solamente los que, con
la mayor valentía, y en medio del desierto salieran
quijotescamente en su defensa apoyando la iniciativa
de Argüelles41.
Pero, con todo, el espíritu abolicionista de Blanco
se robusteció en Londres cuando, en el círculo de
Lord Holland, aquél se dio cuenta verdaderamente
40 Manuel Moreno Alonso, «El ‘Semanario Patriótico’ y los orígenes
del liberalismo en España», en Anuario de Historia de Facultad de
Ciencias de la Información, Universidad Complutense, 1991, III,
167-182.
41 De una manera bastante más suave y menos comprometida puede
decirse que se interesó por el tema Alvaro Flórez Estrada, asturia­
no como Argüelles y exiliado en Londres como Blanco, cuya
amistad cultivó en Inglaterra. Su actitud ante el tema puede
adivinarse en escritos suyos como el Examen imparcial de las
disensiones de América con España, y en Obras, ed. BAE, 1958,
t. II, 152 y ss.
49
de la magnitud del problema y se percató de su gra­
vedad42. El propio Lord en los años anteriores se
había ocupado de la cuestión de la esclavitud43,
consciente como era de la gravedad del problema; y
que él conocía por estar casado con la hija de uno de
los más grandes propietarios de plantaciones de J a­
maica44. Todo lo cual hizo que haciendo profesión
de radical en la línea de su tío Charles Fox comba­
tiera por todos los medios el comercio de esclavos y
se convirtiera en un sincero abolicionista.
Y no tiene nada de particular que en el círculo de
Lord Holland, y en la Holland House, Blanco, con
su predisposición al tema desde los años anteriores,
entrara en relación con los círculos abolicionistas en
torno a la African lnstitution. De donde su relación
bien temprana con Wilberforce, quien, reverencian­
do el nombre de Charles Fox o por la causa abolicio­
nista (pues fue él quien movió la resolución para
declarar el comercio de esclavos como “contrary to
the principies of justice, humanity and sound poli-
cy”) fue fiel aliado en ella de su sobrino lord
Holland45. Todo lo cual explica claramente la dispo­
42 Sobre la gran influencia de Lord Holland en los liberales españo­
les, y entre otros en Arguelles, Blanco, Antillón y el mismo Flórez
Estrada, vid. Manuel Moreno Alonso, La Forja del Liberalismo en
España. Los amigos españoles de Lord Holland. Madrid, Con­
greso de los Diputados, 1997.
43 Con anterioridad a 1807, Lord Holland se ocupó del tema en el
Parlamento.
44 La sensibilidad abolicionista de Lord Holland tenía mucho que ver
con las plantaciones de J amaica, que empleban gran cantidad de
esclavos, de la familia de su mujer Lady Holland.
45 Wilberforce entabló relaciones con Lord Holland cuando, desde
los debates del Parlamento de 1799 en torno a la abolición de la
50
sición de Blanco, tan influido por el Lord, a dar
acogida a sus ideas en las páginas de su periódico, y,
después, a escribir el Bosquejo. Con Wilberforce
Blanco se relaciona casi nada más que llegar a Lon­
dres, y cuando el famoso tribuno, en los escaños del
Parlamento, se había convertido en el abanderado
principal de los abolicionistas. Y por su parte éstos
encontraron en el español, que, por otra parte conta­
ba con la amistad y el favor de Holland, la persona
apropiada para divulgar los principios de la causa en
el mundo hispánico. El propio Blanco, tal como él
recordaría en sus Memorias, mantuvo amistad con el
mismo Wilberforce, a quien él le participaba ideas e
inquietudes, tan propias suyas, de carácter religioso
pues hasta se le ofreció en 1817 a desempeñar un
puesto de pastor en la isla Trinidad46. Con poste­
rioridad el propio Blanco verá con frecuencia al pro­
pio Wilberforce cuando, ya fuera él de Holland
House, iba a saludar al Lord y a sus hijos. Allí le
encontró, por ejemplo, en enero de 1818, y cuando
el inglés se mostró “contento” de verle, aprovechó
para “in de course of our conversation, I mentioned
the melancholy State of all the Spanish countries in
point of religión”..., al tiempo que el inglés le anima­
ba a traducir al español algunas obras inglesas sobre
el particulai47.
esclavitud, contó claramente con su ayuda. Vid. Robin Furneaux,
William Wilberforce, Londres, 1976, pp. 194, 250, 339, 388, 445.
46 The Life of the Rev. Joseph Blanco White written by himself with
portions of his correspondence. Edited by J ohn Hamilton Thom,
London, 1845, vol. I, 316.
41 The Life, III, 353.
51
4
Con estos antecedentes se comprende perfecta­
mente que J osé María Blanco, aun cuando en aque­
llos momentos se encontrara tan ocupado con la re­
dacción de El Español, emprendiera la publicación
del Bosquejo del Comercio en Esclavos, y Re 
flexiones sobre este tráfico considerado moral, po 
lítica y cristianamente. La causa de que se trataba
era, en efecto, “demasiado importante y sagrada”
como para rehuir las responsabilidades. Y, por su
parte, se entregaba a ella con el mismo celo e interés
con que lo hizo en las páginas de su periódico por la
causa de la libertad. Además, por lo publicado en El
Español en los años anteriores, el editor de éste
estaba al tanto de los debates del abolicionismo
como de la acogida difícil que la propuesta tendría
en las Cortes. Pero de cualquier manera allí estaba él
predicando una vez más en el desierto.
Partiendo del hecho de que los negros de África
habían sido mirados por los europeos como objeto
de una “especulación mercantil muy lucrativa”, el
autor del Bosquejo señalaba al comienzo del libro
que los españoles insistían en que tenían derecho a
continuar este comercio. De donde su disposición a
alquilar su bandera para ir por cargamentos de escla­
vos precisamente para los súbditos de las otras na­
ciones que lo habían prohibido; cuando no los con­
ducían “bajo la salvaguardia nacional” a sus propias
colonias de América. De aquí, por consiguiente, el
interés de exponer ante los españoles una “sucinta
52
historia” de este ramo de su comercio, que es de lo
que precisamente tratará el Bosquejo.
Por supuesto el autor de éste insiste desde el prin­
cipio en que “todos los hechos” de que constará esta
historia están comprobados del “modo más induda­
ble”. Con la particularidad de que el que estos he­
chos fueran relativos en su mayor parte al tráfico que
hacían los ingleses no impedía que fueran aplicables
al que hacían otras naciones. De donde la reflexión
“más ligera” bastaba para persuadir al lector de que
“los que aquí se referirán no son abusos accidenta­
les, sino cosas que están en la misma esencia de este
comercio en hombres”. Pues, según sus palabras,
“españoles o ingleses —nada importa para el caso—
unas mismas causas producirán constantemente unos
mismos efectos, aunque la apliquen diversas ma­
nos”. De acuerdo con este propósito el Bosquejo
comienza con la narración, bien detallada por cierto,
de cómo los europeos se procuraban los esclavos en
África, muchos de los cuales eran prisioneros de
guerra. Pues el deseo de lograr prisioneros que ven­
der a éstos era un “vehementísimo” incentivo a la
guerra entre los africanos. Y para describirla, el
Bosquejo se basa en el testimonio de Mungo Parke,
que había viajado más por aquella parte del mundo
que ninguno otro hombre blanco; y a quien se debía
como a ningún otro las mejores descripciones sobre el
carácter de aquellas guerras africanas.
Pero, según su autor, no contentándose los trafi­
cantes con incitar a los mismos africanos a que fue­
ran instrumentos de su codicia, muchos otros hechos
atroces están “autenticados” en los documentos de
53
donde se saca este Bosquejo, que “prueban la parte
activa que suelen tomar los europeos, cuando la
fuerza o la casualidad se lo proporciona”. Pues, en
su opinión, los europeos eran los culpables no sólo
de la esclavitud sino de las guerras que se producían
entre los propios africanos, como mil episodios de­
mostraban de forma indudable48. Y así, según el
Bosquejo, de setenta a ochenta mil negros fueron
arrancados de la costa occidental de África en el año
1810. Y para lo cual, el autor de aquél remitía a las
Relaciones de la Institución Africana “con los do­
cumentos que prueban la gran parte que en esto ha
tenido la bandera española, aunque casi siempre alqui­
lada para ello por ingleses y americanos del norte”49.
Pues en la misma Representación de La Habana
(dada a las Cortes en 20 de julio de 1811, y de que
tanto eco se hizo el autor del Bosquejo), se seguía
todavía defendiendo el derecho de comprar hombres
en África. Y semibrutos llamaba el Ayuntamiento de
la capital de Cuba a los africanos, pues tan acostum­
brados estaban a mirarlos como bestias que se les
escapaban expresiones como aquellas en una repre­
sentación como la de aquellos hacendados de La Ha-
48 Bosquejo, p. 21. Según aclaración del propio Blanco en nota a pie
de página del Bosquejo, la pintura que se hace en éste de los
medios de promover el mercado de esclavos, y de los efectos que
el tráfico causaba en Africa era casi una «traducción literal» de la
que hizo Wilberforce a sus constituyentes en una «elocuente»
carta publicada al tiempo que se debatía la cuestión en el Parla­
mento, con la particularidad de que cuanto se decía en esta des­
cripción era tan cierto y verdad que «ninguno de los contrarios se
atrevió a impugnarla» (p. 21).
49 Bosquejo, p. 22.
54
baña “escrita con una afectación de humanidad y
ternura, de que no se puede formar idea sino leyén­
dola”. Pues refiriéndose a los semibrutos los fir­
mantes de la representación decían que “sólo de sus
madrigueras nos pudimos y podemos proveer con
igual abundancia, prontitud y economía”. De donde
el embrutecimiento de aquellos hombres como de
todos los negreros europeos que defendían aquel trá­
fico alegando que los negros eran semibrutos. Pero,
por el contrario, basándose en testimonios impar­
ciales, y contraponiendo los argumentos de los de­
fensores del tráfico con sus contrarios, el Bosquejo
concluye que los negros no eran una raza de semi 
brutos “nacidos para nuestro servicio” a pesar del
tráfico que hacían de ellos los europeos, y las tesis
equivocadas de los hacendados de La Habana50.
Pues, contrariamente a lo que señalaban éstos en
su Representación a las Cortes, el autor del Bos 
quejo, rompiendo una lanza en favor de la Institu­
ción Africana de Londres, a la que aquellos se ha­
bían referido, señalará que la “fermentación que dio
ser a ésta no está apagada gracias al Cielo; ni lo
estará en tanto que haya quien haga hervir la sangre
en las venas, reclamando el derecho de robar hom­
bres para venderlos”. E insistiendo en el engaño en
que estaban los firmantes de la Representación de
La Habana respecto a cuanto decían acerca de la
African Institution [“...Esa asociación filantrópica
para endulzar sus costumbres nada ha adelantado en
Sierra Leona ni en parte alguna de África...”], el
50 Bosquejo, pp. 31-32.
55
autor del Bosquejo señalaba que el número de sus
subscriptores, y su ardor en promover la civilización
en África crece; y todos los años publica una rela­
ción en que da noticia al público del estado de su
empresa. Sería imposible presentar aquí lo que ha
hecho en siete años que lleva de establecida; pero lo
que no deben ignorar los lectores es que cada buque
negrero que llega a la costa de África, es bastante a
inutilizar los mayores esfuerzos de la filantropía,
como se dirá más adelante”.
Y en ese sentido el Bosquejo recuerda una vez
más cómo la African Institution era una asociación
de “sujetos particulares” que se reunieron por vez
primera en 1807, acabada de pasar el Acta del Par­
lamento que abolió el tráfico de esclavos en Inglate­
rra. Una Asociación que nació con el objeto de pro­
mover la civilización en África “por vía de indemni­
zación de lo mucho que la han atrasado los trafican­
tes en negros”. Y para lo cual no perdonaban medios
de enseñar a aquellos naturales el cultivo de las pro­
ducciones que se daban mejor en aquellos países, y
hasta habían establecido escuelas para enseñar a los
niños negros que enviaban a ellas sus padres. A lo
que agregaba: “¡Qué cosa tan horrible es que en
tanto que el African Institution emplea allí comi­
sionados para tan benéfico objeto como es el suyo,
tengan los traficantes habaneros un agente para en­
viarles hombres, mujeres y niños comprados como
bestias. Este agente se hallaba en abril de 1811 estable­
cido en Sherbro, y se llama J. N. Dolz”51.
51 Bosquejo, p. 46.
56
Después de describir con detalle los distintos as­
pectos del tráfico ejercidos por los europeos, como
la forma en que se conducían los esclavos, una vez
capturados, desde el interior a la costa, el Bosquejo
relata con detención tanto el carácter general de los
capitanes de buques negreros y de los conductores
de esclavos como las peripecias terribles de su pasa­
je a las colonias. Y en su descripción no deja de
aplaudir la conducta del famoso Charles Fox, líder
del partido radical inglés y tío de lord Holland,
quien, en el mismo debate del Parlamento en que se
hizo mención de los horrores del tráfico, apoyó la
determinación de los miembros que los habían rela­
tado, “a pesar de que la Cámara toda se había estre­
mecido al oírlos”52.
Después, tras la descripción de los distintos as­
pectos del tráfico, el libro, y en él se ve claramente
la mano de su autor español, considera el “comercio
en negros” según las leyes de la moral humana. Y en
particular en cuanto el asunto concernía a la nación
española. Pues, según sus propias palabras, “mezcla­
da con la idea de las mejoras que sus primeras Cor­
tes le preparaban, ocurrió a sus más ilustres miem­
bros la memoria del tráfico en negros que su nación
estaba haciendo. La sola idea de esta abominación
exaltó sus ánimos; y bastó recordar a las Cortes la
existencia de este horrible abuso para que unáni­
memente declarasen su determinación de abolirlo.
Oyolo el interés, y levantó tal alarido que las Cortes
atemorizadas y confusas, sepultaron su primera de­
í2 Bosquejo, p. 63.
57
terminación en el silencio”. Pues como era evidente
el Memorial que el Cabildo, Sociedad Patriótica y
Cuerpo de Hacendados presentaron sobre este punto
a las Cortes fue suficiente para parar el “noble
propósito” de los legisladores de España.
Y para ello, el autor del Bosquejo analiza con su
destreza acostumbrada el contenido de este docu­
mento, que fue el culpable de que las Cortes dieran
marcha atrás en su resolución abolicionista. Y para
ello recuerda el sarcasmo y la burla empleados por
el Memorial, pues refiriéndose al diputado en Cortes
que propuso la abolición del tráfico de negros al
mismo tiempo que la de la tortura, decía que habló
“adormeciendo al Congreso con el humo filantrópi 
co que adormecía sus sentidos”. Y agregaba: “su
primer desliz (del diputado que propuso la abolición
de la tortura y del tráfico de negros) es el haber
hermanado y amalgamado en cierto modo dos cosas
tan diferentes como la tortura de un criminal y la
traslación de esclavos de su país nativo a otro extra­
ño. ¿Qué conexión pueden tener asuntos tan diferen­
tes? ¿Con qué objeto puede unirse uno de los más
sencillos y menos trascendentales axiomas del de­
recho público con un problema muy intrincado y
difícil de derecho de gentes, de derecho civil público
y privado, de política y de moral también?” De
donde la observación, por parte del autor del Bos 
quejo, de que los autores de la Representación mos­
traban su moral de traficantes de negros al pretender
distinguir una cosa de la otra cuando una y otra no
eran sino fruto de la injusticia y de la falta de moral.
58
Por más que para los representantes de la ciudad
de La Habana fuera “punto indiferente” el que se
aumentara algo más el número de bozales que eran
entre las gentes de color “los menos identificados
con los blancos, los menos temibles y menos dignos,
por fin, de nuestro compasivo esmero”. Y al final el
resultado —que visto desde el punto de la falta de
justicia y de la moral tiene sus consecuencias— fue
el de que las Cortes de España habían privado a los
descendientes de africanos, hasta las generaciones
más remotas, del derecho de ciudadanía, aun cuando
ellos y sus antepasados hubieran sido libres por
muchos años, según la Constitución aprobada en
1812. Pero, ante tan gran injusticia, el autor del
Bosquejo no dejaba de denunciar ante la nación es­
pañola: “I o. Que la justicia no permite que a ningún
hombre se le despoje de la propiedad de su persona,
que es el origen natural de toda propiedad. 2o. Que
la moral no consiente que para cometer esta injusti­
cia se le haga sufrir a un hombre la miseria y dolor
que hemos visto ser inseparables del tráfico en escla­
vos. 3o. Que la moral hace responsables a los trafi­
cantes en esclavos del número de muertos que se
verifican en las guerras y hostilidades que la compra
de esclavos fomenta, etc.”.
Para establecer en sus justos términos el alcance
de la esclavitud entre los españoles, el autor del
Bosquejo se refiere en particular a las circunstancias
en que se hallaban las colonias españolas. Pues, en
primer lugar, debía tenerse en cuenta que “ninguna
nación europea ha tenido menos esclavos, atendida
la extensión de sus colonias, y que ninguna ha fun­
59
dado menos su prosperidad en el trabajo de estos
infelices, que la nación española”. Pues, por ejem­
plo, en el “gran reino” de Nueva España el número
de esclavos era “cortísimo”, y ninguna especie de
trabajo, comercio ni industria dependía de sus bra­
zos. Lo mismo que ocurría en el “continente meri­
dional” en donde sólo “tal cual establecimiento”
había fundado parte de su industria en la esclavitud
como Caracas. De tal manera que, en propiedad,
sólo Puerto Rico y La Habana eran los dos puntos en
que los negros constituían la fuente principal de la
riqueza de la población.
Y no obstante esta realidad, todos los gobiernos
revolucionarios de estos lugares que luchaban por su
independencia habían abolido en sus territorios la
introducción de esclavos. Con la particularidad de
que cuando se supo en América el decreto pasado
por aclamación en las Cortes y luego suprimido para
abolir el tráfico, sólo La Habana reclamó contra esta
medida. De donde la conclusión del autor de que
“tenemos, pues, que en la balanza política de España
no hay otro interés que pese contra las razones de
humanidad y moral que se oponen al comercio en
negros, sino la conveniencia e intereses de la ciudad
de La Habana”. A lo que el autor español agregaba
que las reclamaciones de esta ciudad eran muy se­
mejantes a las de los colonos ingleses cuando trató
el Parlamento de abolir el tráfico de negros, aunque
con la diferencia de que entre éstos se trataba de un
inmenso capital y en aquélla de un interés “respec­
tivamente pequeño”.
60
Ahora bien, en las circunstancias del momento, al
autor del Bosquejo no se le escapaba el principal
fundamento de la realidad, según la cual los autores
de la Representación de La Habana “aglomeraron en
ella cuanto podía deslumbrar, y atemorizar a un
gobierno nuevo, e intimidado con las recientes revo­
luciones de las colonias españolas; y en lugar de
limitar sus argumentos a las circunstancias de su
isla, copiaron aquellos que en tiempo de los debates
del Parlamento inglés, contribuyeron más a retardar
la abolición”. Con el agravante, después de que el
autor detalle la evolución de la esclavitud en Cuba
en los últimos años, de que en semejantes circuns­
tancias La Habana implora la compasión de las
Cortes para que “después de haber aumentado el nú­
mero de esta población con más de ciento diez mil
esclavos en pocos años; se le permita continuar ha­
ciéndolo lo mismo hasta que el abismo de la codicia
individual diga basta”.
Después para combatir finalmente el comercio de
esclavos el Bosquejo apela al sentimiento cristiano,
dada la imposibilidad de “conciliar la profesión del
cristianismo con el tráfico en esclavos”. Tras lo que
agrega, ciñéndose al documento de La Habana:
“toda la habilidad y destreza del redactor de la Re­
presentación (que en el discurso de aquel escrito se
manifiesta no escasa) no basta a salvarlo de este
paso, sin abismarse en un mar de contradicciones”.
De donde la reflexión final, de acuerdo con la moral
cristiana, que “todo cristiano que haya leído el bos­
quejo de la historia del tráfico, condene su continua­
ción como un pecado gravísimo”. Pues la religión de
61
Cristo jamás podía extenderse o arraigarse a la som­
bra de la violencia.
5
En el “epílogo y conclusión” del Bosquejo,
Blanco apela al “juicio individual de la nación espa­
ñola” para la condena del tráfico de esclavos tenien­
do en cuenta —dirá— que “los contrarios suelen
usar de los artificios más sutiles, para confundir a los
imparciales, ya distrayéndoles la atención a fin de
que no se fijen sobre los males esenciales e inevita­
bles del tráfico; ya atemorizando su imaginación con
pinturas vagas de consecuencias funestas, en caso de
abolirlo; y, últimamente, evadiendo el efecto de la
indignación y compasión pública, con la súplica de
que se deje el remedio de estos males para más ade­
lante”. De donde el objeto del libro en cuestión, en
donde “una breve recapitulación de los males esen 
ciales e inevitables que causa y causará la continuación
de expediciones por negros a la costa de Africa, será
contraveneno eficacísimo a todos estos artificios”.
Pues, “a la hora misma que esto se escribe —agrega—
o a cualquiera que se lea, se puede asegurar que se está
verificando la misma serie de horrores, en algunos
de sus diversos períodos. Y no obstante se insiste en
que el atajarlos de una vez sería causa de mayores
malesl”.
Y dirigiéndose a los “hombres sensibles” y “espa­
ñoles generosos”, el Bosquejo les recuerda que cua­
tro años habían transcurrido desde que se declaró en
62
las Cortes que la introducción de esclavos africanos
debía prohibirse; y, sin embargo, un “corto número
de individuos está haciendo a vuestro nombre el
comercio de sangre, que habéis visto; reflexionad
que vuéstra bandera ondea sobre estos cargamentos
de dolor y de lágrimas que atraviesan todos los días
el océano; que el nombre de la nación española es la
salvaguardia que llevan sus verdugos; y que ese ilus­
tre nombre no sólo protege la iniquidad, y servicios
de algunos de sus bastardos hijos, sino que encubre
a los piratas de otras naciones que bajo la bandera
española cometen iguales o mayores excesos”. Y,
finalmente, aludiendo a las circunstancias por las
que atravesaba la patria, mancillada por los ejércitos
extranjeros, Blanco apelaba a los “¡Mártires del
patriotismo español! Vosotros los que habéis perdi­
do las prendas más queridas de vuestras entrañas,
sacrificadas a la ambición de un extranjero que quiso
esclavizar vuestra patria... por vuestro dolor, y amar­
gura, no permitáis que españoles vayan, de hoy más,
y
a la costa de Africa a exceder en crueldad e injusticia
a esos invasores que os han destrozado el alma.
Dejad al padre sus hijos, al marido su esposa, vo­
sotros que sabéis lo que es verlos arrancar de sus
hogares por soldados extraños”.
Los manifiestos abolicionistas de J osé María
Blanco expuestos entre 1811 y 1814 en el Español y
en el Bosquejo tienen una importancia fundamental,
por cuanto, coincidiendo con la voz apagada de las
Cortes de Cádiz, se erigieron en verdad en las únicas
voces conscientes de haber podido convertir a Espa­
ña en una de las primeras naciones abolicionistas del
63
mundo. Y si a las Cortes gaditanas y a sus hombres,
con la excepción de Arguelles, no les cupo la gloria
de ello, a J osé María Blanco sí le cupo el honor de,
predicando en el desierto, haberse erigido de manera
contundente en el primero de los abolicionistas espa­
ñoles. Y esto a costa de un grandísimo desengaño,
porque, en medio de los aires liberales de las Cortes,
él fue uno de los primeros en darse cuenta de su
verdadera iliberalidad, tal como denunció en sus
Cartas de Juan Sintierra refiriéndose, precisamente,
a la no concesión de la ciudadanía española a los na­
cidos en África53.
El debate por el abolicionismo que tuvo lugar en
las Cortes el día dos de abril de 1811, con las pro­
posiciones a favor de Guridi Alcocer y Argüelles,
son poca cosa, si tratáramos de compararlas, con la
obcecación de Blanco por la causa del abolicionis­
mo. Máxime cuando las Cortes en seguida cedieron
ante las presiones cubanas y la amenaza de una
mayor agitación colonial, que en modo alguno silen­
ciaron la voz libre de Blanco, por más que en al­
gunas ocasiones éste tenga que adoptar una postura
callada y resignada ante determinados extremos de
la cuestión esclavista como mal menor. Ahora bien,
por el ardor con que está escrita, y del que se resiste
negativamente el estilo de la propia obra por su vehe­
mencia, las ideas abolicionistas de Blanco constituyen
un hito fundamental en la lucha contra la esclavitud.
53 Cfr. Cartas de Juan Sintierra ( Crítica de las Cortes de Cádiz), ed.
Manuel Moreno Alonso, Universidad de Sevilla, 1992, pp. 96-99.
64
Nota final sobre la presente edición.
El Bosquexo del Comercio en Esclavos y Re 
flexiones sobre ete tráfico considerado moral, polí 
tica y cristianamente es una obra de Blanco en ver­
dad rara. En los fondos de la British Library de
Londres no existe. Y tan sólo se encuentra en ella la
traducción al portugués, realizada por el mismo im­
presor, en 1821 (En British Library 9130. ccc 5(5).
Edición que lleva el epilogo dirigido a los “Espan-
hoes generosos” y a los “Martyres do Patriotismo
Espanhol”.
La rareza de la obra era ya manifiesta en los úl­
timos años de vida del autor, que tuvo dificultades
en conseguir un ejemplar un año antes de su muerte.
De su autoría, sin embargo, se sabía por la vaga
referencia de Thom en la Life del propio Blanco,
cuando éste, en respuesta al Rev. William Bevan
escribió, al saber de su elección como miembro ho­
norario del Commettee o f the Liverpool Anti-slavery
Society: “[...] Recuerdo haber escrito en español un
libro que fue publicado por la Institución Africana
para la propaganda en España, y tan vivamente me
afectaron los conmovedores sucesos que yo estudia­
ba, para que su relato despertase la compasión de
mis compatriotas, que las páginas de mi manuscrito
se empaparon de lágrimas” (The Life of the Rev.
Joseph Blanco White, writen by himself. Edited by
J ohn Hamilton Thom, London 1845, III, 174).
65
En nuestra edición nos hemos tomado la libertad
de corregir la ortografía y los signos de puntuación.
También hemos omitido la publicación de la lámina
plegada que va al frente de la edición de 1814, y que
fue grabada en el tiempo que se agitaba la cuestión
del tráfico de negros en el Parlamento. Y a cuyas
dimensiones se alude en alguna ocasión en el texto
al efecto de dar una idea del hacinamiento del trans­
porte, puesto que a cada hombre se le daba un espa­
cio de seis pies de largo y una y cuarto pulgadas de
ancho; y a cada mujer cinco pies de largo y una y
cuarto pulgadas de ancho, etc. Pues como el propio
autor señalaba sobre la lámina: “[...] Aunque en el
presente Opúsculo no se entra en el pormenor de las
dimensiones del barco que la lámina representa, no
se ha creído necesario variarla, borrando las llama­
das, porque aunque no se conducen, no estorban
para el fin con que aquí se inserta, como se verá en
el lugar en que se trata de la conducción de los es­
clavos”.
66
BOSQUEXO
DEL
COMERCIO DE ESCLAVOS
Y
R E F L E X I O N E S
SOBRE ESTE TRÁFICO
CONSIDERADO MORAL, POLÍTICA Y CRISTIANAMENTE
ADVERTENCIA
Gran parte del siguiente Bosquejo está casi tradu­
cida de la Carta que el célebre defensor de los afri­
canos Mr. Wilberforce dirigió a sus constituyentes,
cuando se agitaba la cuestión sobre el tráfico de es­
clavos en el Parlamento de Inglaterra. Valiera mu­
cho más, si fuese una traducción completa de aquella
Carta; pero no sería tan propia para el objeto con que
se publica. Mr. Wilberforce debía discutir y tratar su
asunto por todos los aspectos que tenían relación con
la nación inglesa; pero sería fuera de propósito diri­
gir las mismas razones al pueblo español que se
halla en muy diversas circustancias. Como las Cor­
tes Extraordinarias decretaron en 2 de abril de 1811,
la abolición del tráfico de esclavos, y luego supri­
mieron este decreto (a lo que se entiende) por con­
sideración a las reclamaciones de la ciudad de La
Habana, que es la única que levantó la voz contra
aquella medida; es indispensable hacer ver a la na­
ción, la clase de argumentos en que se fundan los
interesados en el tráfico, para pedir su continuación
a la sombra de la bandera española. Los editores de
69
este Bosquejo poseen una copia ms. de la represen­
tación de la ciudad de La Habana a las Cortes, en 20
de julio de 1811, y en este documento van fundadas
muchas de las reflexiones que contiene este bosque­
jo. Inútil sería hablar más del modo en que va hecho,
ni pedir perdón a los lectores de los defectos de eje­
cución de que irá plagado. La presente está lejos de
ser una obra literaria: es un Memorial dirigido a cada
español en nombre de las víctimas que la codicia, de
alguno de sus paisanos está arrancando todos los
días de la costa de África. Lo inculto y desaliñado de
su composición y estilo, podrá, desde luego, quitar
toda sospecha de artificio oratorio. La causa de que
se trata es demasiado importante y sagrada para que
sus abogados no escrupulizasen de recurrir a seme­
jantes medios.
Londres, Marzo de 1814.
70
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I
Modo de proveer el mercado.
Efectos morales del tráfico en Africa
Los habitantes negros de África han sido mirados
por los europeos como objeto de una especulación
mercantil muy lucrativa. Los españoles insisten en
que tienen derecho a continuar este comercio, y su
bandera unas veces se alquila para ir por cargamen­
tos de esclavos para los súbditos de las otras nacio­
nes que lo han prohibido, y otras, lo conduce bajo la
salvaguardia nacional a sus propias colonias de
América. J usto, pues, será darles una sucinta historia
de este ramo de su comercio.
Todos estos derechos de que constará esta historia
están comprobados del modo más indudable y pasa­
dos en juicio contradictorio, en que la multitud de
interesados en el tráfico de negros que había en In­
glaterra, procuró, por todos medios, debilitar los
fundamentos sobre que estribaban los amigos de la
abolición de este comercio. Por otro lado, el que
estos hechos sean relativos, en parte, al tráfico que
hacían los ingleses, no quita que sean aplicables al
que hacen otras naciones. La reflexión más ligera
Exposición
Autenticidad
y verosimili­
tud interna de
los hechos que
contiene el
Bosquejo.
73
bastará a persuadir al lector, que los que aquí se
referirán no son abusos accidentales, sino cosas que
están en la misma esencia de este comercio en hom­
bres. Españoles o ingleses, nada importa para el caso:
unas mismas causas producirán constantemente unos
mismos efectos, aunque las apliquen diversas manos.
Es esto tan cierto, que bastaría una mediana pene­
tración y tal cual conocimiento de los hombres para
formar la historia de este comercio, y de los efectos
que causa en los países que le dan pábulo, sin nece­
sidad de recurrir a deposiciones de testigos. Refle-
xiónese cómo la demanda de un género hace que se
llene el mercado. En el presente caso el género con­
siste en hombres, mujeres, y niños: ¿Podemos, pues,
dudar que los que venden a los europeos usarán
cuantos medios son inimaginables para hacer suficiente
acopio? Aun cuando hubiese títulos legítimos para
vender a una criatura humana, y con ella a toda la
generación que produzca: ¿Podríamos creer que un país
tan poco civilizado, y tan dividido en pequeñas nacio­
nes como lo está África junto a sus costas (que es
donde está el mercado) se usarían sólo medios legales
para tener esclavos que vender a los traficantes?
Más, los hechos exceden a cuantos pudieran abra­
zar las conjeturas. Veamos, pues, de qué modo se
procuran los esclavos en África, y por una conse­
cuencia inmediata sabremos los efectos que seme­
jante comercio debe tener en aquel continente1.
1 El lector no debe olvidar que aquí no se trata de los agra­
vios, males y miserias que el tráfico negrero pueda causar a los
que ya están hechos esclavos, y en poder de los que los han
comprado en América.
74
Muy gran parte de los esclavos que compran los
europeos son prisioneros de guerra. En África, como
en todas las partes del mundo, aun cuando el estado
inculto de sus habitantes no los dispusiese mucho a
mutuas hostilidades, bastarían las pasiones comunes
a la humanidad para causarlas. Pero el deseo de lo­
grar prisioneros que vender a los europeos, es un
vehementísimo incentivo a la guerra entre los africa­
nos. Mungo Parke, que ha viajado más por aquella
parte del mundo que ningún otro hombre blanco, y
cuyo testimonio es del mayor peso y autoridad en
estas materias, nos describe del modo siguiente las
guerras de África, sus clases, y principios.
Dos son (según este viajero) los géneros de gue­
rra que hay en aquellos países. Una, como las nues­
tras de Europa, es guerra abierta y declarada: ésta
generalmente se acaba en una sola campaña. “Dase
una batalla; el vencido no piensa en reunir sus tropas
dispersas; la masa de los habitantes se entrega a un
terror pánico; y los vencedores no tienen otra cosa
que hacer que maniatar prisioneros, y conducir los
despojos y las víctimas”. Éstas son transportadas a la
tierra del vencedor, donde las llevan en tiempo opor­
tuno, al mercado de esclavos. Pero el otro género
llamado Tegria (palabra que significa Robo) y que
sólo consiste en expediciones de latrocinio; es el que
provee principalmente al mercado, y el que presenta
más a las claras los efectos del comercio en negros.
Se sabe por los testimonios más auténticos que el
grande objeto de toda Tegria, y su verdadera causa
El comercio
de esclavos,
gran incentivo
de guerra en
África.
Carácter de
las guerras
africanas.
75
Descripción
de las Tegrias
o expediciones
para hacer
esclavos.
es el deseo de adquirir esclavos; lo cual se hace de
esta manera.
“Estas expediciones (nos dice Mungo Parke) son
de más o menos extensión, y las hay desde 500 hom­
bres a caballo capitaneados por el hijo del rey del
país, hasta un solo individuo armado de arco y fle­
cha, que escondiéndose entre las ramas, aguarda que
pase alguna persona joven o desarmada. Entonces
con una ligereza de tigre, acomete a la presa, la
arrastra al bosque, y por la noche se la lleva hecha
esclava”... “Estas correrías (continúa más adelante)
se ejecutan con el mayor secreto: un corto número
de hombres resueltos, guiados por algunos de cono­
cido atrevimiento y valor, atraviesan calladamente
los bosques, sorprenden por la noche a un pueblo
indefenso, y se llevan a sus habitantes y cuanto hay
en él, antes que los pueblos vecinos puedan venir a
socorrerlo”... “Una mañana durante mi residencia en
Kamalia, nos puso en gran susto una de estas parti­
das. El hijo del príncipe de Folado, con una tropa de
a caballo, atravesó secretamente los bosques, un
poco hacia el sur, y saqueó, a la mañana siguiente,
tres pueblos que pertenecían a un jefe poderoso de
J ollonkados. El éxito de esta expedición incitó al
gobernador de otro pueblo a emprender una seme­
jante en otra parte de la misma provincia. Habiendo
reunido como doscientos de los suyos, pasó el río
por la noche y se llevó gran número de prisioneros.
Varios de los habitantes que habían escapado a estos
ataques, fueron después cogidos por los mandingos
(otro pueblo diferente) en tanto que vagaban por los
76
bosques o procuraban ocultarse en los valles o en la
maleza”... “Estas correrías son muy frecuentes y los
habitantes de varias provincias acechan la ocasión de
renovarlas. Ninguna de ellas deja de ser correspon­
dida bien pronto con otra; y en caso de no poderse
reunir partidas considerables, se juntan algunos ami­
gos y se internan en el país con el objeto de robar y
llevarse los habitantes”. De este modo se excitan y
perpetúan querellas hereditarias entre las naciones,
tribus, pueblos y aun familias por la vehemente ten­
tación que el mercado de esclavos ofrece a los habi­
tantes; y tal es la pintura de Africa según el testimo­
nio de un hombre que ha recorrido gran parte de
ella; y de quien es preciso decir que no se hallaba
dispuesto a exagerar los malos efectos del comercio
de esclavos2.
Otro de los medios que se usan para proveer a los
europeos, es lo que llaman forzar pueblos. Esta ope­
ración es semejante a la que acaba de describirse;
sólo con la diferencia de que, aunque se le da el
nombre de guerra, todos saben que no tiene otro
pretexto ni fin que coger esclavos para venderlos.
Ejecutase esto, unas veces por partidas sueltas: otras
por los soldados de los reyezuelos y jefes, quienes,
en ocasiones de embriaguez, que al efecto les causan
los factores europeos, son incitados a destruir sus
pueblos y robar las personas de sus vasallos. El
2 Mungo Parke dependía de uno de los más violentos con­
trarios de la abolición del tráfico negrero, y sus viajes están
redactados por éste su protector.
Descripción
de lo que
llaman
Panyar.
77
Otros medios
de los que se
valen los
traficantes
europeos para
hacer
esclavos.
pueblo es acometido de noche: pónenle fuego si se
juzga necesario para aumentar la confusión; y los
infelices habitantes que huyen de las llamas desnu­
dos, son cogidos y llevados por esclavos. Esto, cuan­
do se hace en pequeño, se llama panyar, y el tener
un nombre propio prueba cuán frecuente cosa es, y
cuán bien conocida. Estas correrías se hacen por los
mismos naturales, y son ora más, ora menos consi­
derables y frecuentes a proporción del número de
buques que acude a la costa.
Mas no se contentan los traficantes con incitar a
los mismos africanos a que sean instrumentos de su
codicia. Hechos atroces están autenticados en los do­
cumentos de donde se saca este bosquejo, que prue­
ban la parte activa que suelen tomar los europeos,
cuando la fuerza, o la casualidad se lo proporciona.
En efecto, nadie podría creer que los que sin otro
objeto que hacer dineros, van desde países remotos
hasta el África, para cargar esclavos, serían escrupu­
losos en cuanto a los medios de aumentar su ganan­
cia. Como ésta consista en la abundancia del género,
que es origen infalible de su baratura, y mucho más
en poderlo lograr de balde, los traficantes y los ca­
pitanes de buques negreros procuran lo uno y lo otro
de cuantos modos son imaginables. Pudiéramos in­
cluir en esta parte activa —los licores que embriagan
a los más atrevidos y fuertes para que apresen a los
más débiles— las armas de que los proveen, y otros
medios semejantes de que haremos mención. El co­
ger a toda mujer, niño, o hombre desarmado que
encuentran, cuando suben río arriba los botes es,
78
cosa muy común entre todos los europeos que van a
este comercio; pero todo esto se puede llamar virtud
e inocencia, si se compara con los medios más acti­
vos, y eficaces de que el mercado esté abundante y
barato, que se han solido usar por los interesados en
el tráfico. Sirva de ejemplo el caso de dos pueblos
considerables a orillas del río Calabar. Estos pueblos
habrían estado en enemistad por algún tiempo; mas
cansados ya de los males de la guerra trataban de
hacer paz y confirmarla por casamientos de las per­
sonas jóvenes de entrambos, cuando por su desgra­
cia llegaron a la costa unos buques negreros. Los
capitanes venían confiados en la abundancia de es­
clavos que la guerra de aquellas dos tribus debía
producir, según la costumbre general en que están de
comprar a los prisioneros de ambos partidos. El nom­
bre de paz desesperó a los capitanes; y al momento
trataron de estorbarla. Incitaron por los medios más
diabólicos ambos pueblos, y tomando parte con uno de
los dos mataron a un gran número de habitantes, y se
llevaron a los otros en premio de sus servicios3. Sirva
este caso de una pequeña muestra, hasta que en otro
capítulo hablemos de propósito de lo que son capaces
de hacer los traficantes en negros.
Y antes que pasemos a los otros medios de adqui­
rir esclavos, permítase que nos paremos un instante
a cerrar la boca al interés de los que desfiguran estos
hechos, asegurando que las guerras africanas nacen
1Clarkson’s, History o f the Slave Trade, vol I, p. 306.
Pruebas de
que estos
males nacen
directamente
del tráfico.
79
más del carácter feroz de aquellos naturales que del
deseo de hacer prisioneros para venderlos. Aun
cuando concediéramos que las guerras abiertas y
nacionales no se emprenden directamente con este
objeto; ¿quién podrá negar que las correrías de que
se ha hablado y que tan comunes son en Africa, se
hacen sólo por coger esclavos? Pues estas correrías
nacidas inmediatamente del tráfico, son origen de las
guerras nacionales que destrozan el país: ellas son la
causa fecunda y cierta de que los bandos y odios
hereditarios que tan comunes dicen ser entre aque­
llas gentes —odios que los agravios mutuos que de
ellos mismos nacen no pueden menos de perpetuar,
en unos países en que no se conocen los medios que
el derecho de gentes da a los pueblos de Europa para
terminarlos o contenerlos. Vemos, al mismo tiempo,
que las guerras en África son en extremo crueles y
destructivas por el modo peculiar en que se hacen.
Así es que aunque no podamos atribuir todas las
guerras de toda aquella parte del mundo al tráfico de
esclavos, podemos decir con razón que a las causas
generales que producen este azote, el tráfico añade
una enteramente nueva, que al paso que es en extre­
mo fecunda y poderosa, da a las guerras de África,
aunque nazcan de otra causa distinta, un carácter
particular de desolación y malignidad. ¡Feliz África
(podríamos decir según lo que va expuesto) si no
sufriese otros males que los de la guerra abierta! La
guerra que es uno de los mayores azotes en otros
países, es sólo un ligero mal en la lista de las mise­
rias de África. Las guerras decididas sólo pueden
verificarse de tiempo en tiempo según se combinan
80
las circunstancias; y entre naciones incultas no duran
por lo común más de una campaña. Por muchos que
sean sus horrores, la idea de que un mal ha de durar
poco, mitiga siempre el dolor que causa. Mas no son
ligeras ni accidentales las miserias de que África se
queja. A la crueldad extremada que en sí tienen,
añaden el horror de no esperar intermisión ni alivio.
El mercado de esclavos no se abastece solamente
por medio de hostilidades. La administración de jus­
ticia, se ha hecho otra de sus fuentes. Según los
antiguos escritores4, los castigos en África eran su­
mamente ligeros; pero, poco a poco se han ido aco­
modando al interés de ganancia que ofrece el merca­
do de hombres, en especial cerca de la costa. Las
faltas más ligeras se castigan con multa de uno o
más esclavos, que debe pagar el acusado, so pena de
ser él mismo vendido, y muy frecuentemente en
beneficio del juez que da la sentencia5. Al paso que
se aumenta el incentivo de hacer esclavos, se inven­
tan nuevos delitos, y se multiplican las acusaciones
y condenas, seduciendo a los incautos con artificios
4V ide Nyendael, y A rtus de Dantzic, en la India Orientalis
de De Bry, &c. — Bosman— Barbot.
5Moore, que fue factor de la Compañía de Á frica mucho
tiempo por los años de 1730, dice: “Desde que este tráfico está
en uso, todos los castigos se han reducido a esclavitud, porque
en ella hay provecho, el empeño es encontrar delito, para poder
vender al delincuente. No sólo muerte, robo y adulterio, sino
cualquier falta leve es castigada vendiendo por esclavo al que
la comete”.
La adminis­
tración de
justicia
convertida en
instrumento
de hacer
esclavos.
81
a incurrirías. El delito imaginario de hechicería es el
que más produce, porque la imputación es más fácil
en lo que no es capaz de verdaderas pruebas, y por­
que la pena que le corresponde es vender la familia
entera del acusado.
Lo cierto es que en algunas partes de África cer­
canas a la costa, esta acusación es el medio más
eficaz que tienen, especialmente los jefes, de lograr
géneros europeos. La persona acusada de este delito
debe estar a la prueba de lo que llaman el agua
colorada. Si el acusado la bebe sin mal efecto queda
declarado inocente; pero si, como es frecuente
(porque el agua es venenosa) le resulta alguna in­
disposición o muere, toda, o parte de su familia, se
vende a los europeos. Un testigo de vista que expuso
ante el Parlamento los efectos de este sistema, de­
claró que había visto al rey Sherbro, jefe del río de
este nombre, matar seis personas de este modo, en
una sola mañana. En algunos dilatados distritos
cercanos a la costa occidental de África, creen los
naturales que casi cuantos mueren, son víctimas de
alguna operación mágica. En estos distritos se
computa que dos tercios de la exportación de es­
clavos, son vendidos por hechiceros. Cualquiera que
se ha enriquecido, o que tiene una familia numerosa,
cuya venta puede dar ganancia considerable, excita
en el jefe más vecino los mismos movimientos que
la vista de una presa en la bestia carnicera —aun el
mismo jefe tiene que vivir en un estado de inquietud
perpetua.
82
A este catálogo deben añadirse otras dos fuentes:
el hambre y la insolvencia. En tiempo de extrema
escasez (calamaidad que debe ser muy frecuente en
un país en que ninguno goza de seguridad personal)
suelen algunos venderse a sí mismos a cambio de
algo que comer; y aún más frecuentemente, los pa­
dres venden a sus hijos para mantener al resto de la
familia. Estas hambres, según nota Mr. Parke indi­
cándolas como fuentes de esclavitud, son efectos de
las guerras. Pero al reflexionar que estas hambres
son nacidas del modo asolador con que se hace la
guerra en África, según hemos notado, ¿no será tam­
bién justo inferir que al tráfico de esclavos, y a las
disposiciones morales que produce, debe atribuirse
el que en estas épocas de aflicción nadie quiera dar
a su vecino un bocado para que no muera de hambre
o se muera en la necesidad de entregar a sus hijos a
perpetua esclavitud? Con respecto a deudas e insol­
vencia, las leyes que rigen África presentan un ejem­
plo notable del modo en que bajo la influencia del
tráfico de esclavos, se amoldan y acomodan a este
objeto todos los usos y costumbres del país, y se
convierten en medios de abastecer el mercado. Los
acreedores gozan del derecho de apoderarse no sólo
de la persona del deudor para venderlo, sino que, en
su defecto, pueden hacer otro tanto con cualquiera
de su familia: si no puede lograr ni uno ni otro puede
hacerse el pago con algún habitante del mismo pue­
blo, y, según Mr. Parke, basta que sea del mismo
reino. Lo cierto es que rara vez el deudor es quien
sufre, sino sus vecinos o conciudadanos. De aquí es
que no se detienen en contraer deudas; porque lo­
EI hambre y
la insolvencia,
fuentes de
esclavitud en
Africa
83
Efectos de
todo lo dicho
en el carácter
moral de
África.
Diferencia
entre el
interior y la
costa de aquel
país, en este
punto.
grando así los géneros europeos que les hacen falta,
no tienen probablemente que pagar su imprudencia
en sus personas. Los capitanes de los buques del
tráfico no dudan tampoco en dar géneros al fiado a
los factores negros, ni éstos a sus marchantes, por­
que saben que de un modo u otro se han de cobrar
en esclavos.
Los efectos que semejante circunstancia deben te­
ner sobre los habitantes del continente de Africa,
aunque fáciles de inferir por su evidencia, son muy
difíciles por su magnitud —la imaginación apenas
puede abarcar tan inmenso cúmulo de infelicidad y
de crímenes. Es de notar, no obstante, la diferencia
de estos efectos en los países interiores y los cerca­
nos a la costa. En el interior del país los reinos,
aunque también se hallan divididos en varios Esta­
dos independientes, son por lo general de mayor ex­
tensión que la costa, adonde comúnmente y en espe­
cial hacia Barlovento y la Costa del Oro, todo está
dividido en pequeñas tribus, al mando de sus respec­
tivos jefes o gobiernos aristocráticos. Se debe tam­
bién notar que en una parte muy extensa de la costa

de Africa, que está dividida en un gran número de
estados, todo factor blanco, o negro que ha adquirido
algún caudal, forma un establecimiento o pueblo, y
se convierte en un pequeño jefe, manteniendo contra
sus vecinos una guerra predatoria que naturalmente
provoca a hostilidades recíprocas. En el interior, nos
aseguran que estas correrías contra pueblos diversos,
aunque muy comunes, pudieran llamarse raras, com­
paradas con las de la costa. En los límites de unos y
84
otros reinos son bastante más frecuentes; y aún por
esto nota Mr. Parke que las fronteras de los países
más populosos están muy poco habitadas. Otra nota­
ble diferencia consiste en que estas piraterías, aun­
que son frecuentes entre los miembros de una misma
tribu, lo son mucho menos que en la costa; y esto
por varias razones. En el interior sería más difícil el
hacer furtivamente estos cautiverios, y mucho más el
tener ocultos a los esclavos todo el tiempo que suele
pasar antes de que se presente ocasión de venderlos.
Los Reyes, o J efes, tienen allí más rentas y recursos,
y no se ven tentados a recurrir al medio ruinoso de
vender a sus vasallos con tanta frecuencia como en
la costa, donde los traficantes europeos los instigan
a esta barbarie embriagándolos para el efecto. Por
esta misma razón se nota que en el interior no se
recurre tan comúnmente al pretexto de acusaciones
judiciales con el objeto de hacer esclavos.
Mas donde se ven los incentivos a este robo de
hombres obrar en toda su violencia, es en la costa.
Allí están reunidos y brindando a cuantas pasiones
más perversas y violentas tiene el hombre salvaje:
allí se ve todo lo que puede mover a estas pasiones,
y dar medios de satisfacer su furor —licores pólvora,
armas de fuego, todo está allí convidando el delito.
La afición a los licores fuertes, crece satisfaciéndola,
hasta hacerse una pasión casi invencible. Los capi­
tanes de los buques negreros que son profundos fi­
lósofos prácticos, y perfectamente instruidos en el
manejo de cuantos muelles malignos tiene el cora­
zón humano, saben bien el poder de esas inclinacio­
nes y el provecho que pueden sacar de ellas. Así es
85
que generalmente empiezan su expedición haciendo
un regalo de aguardiente al reyezuelo o jefe, y saben
que esta generosidad les será recompensada abun­
dantemente en carne y sangre humana. Casi puede
mirarse como un bien el que el reyezuelo tenga
medios de hacer la guerra y quiera vengar alguna
antigua injuria, o invadir algún territorio vecino, y
hacer cautivos a sus habitantes; porque a no ser así,
hace presa de sus miserables e indefensos súbditos.
Entre tanto el factor de esclavos, mira tranquilo la
contienda, porque sabe que sea vencedor quien
fuere, la guerra resulta en su provecho. Da armas de
fuego y munición a ambos partidos, y recibe en pago
los prisioneros que unos y otros hacen. Bajo este
supuesto, no es muy difícil de adivinar lo que, por
otro lado, es un hecho indudable —que el factor es
promovedor de estas guerras cuanto está en su mano.
El lector se acordará del ejemplo horrible del río
Calabar que citamos poco ha.
A estos incentivos malignos debemos incluir
otros de no poco influjo. Tales son, la afición a los
licores fuertes que tan general es en los pueblos
bárbaros, y la utilidad que reconocen en los géneros
europeos. Sea para ofender, o para defenderse, la
armas de fuego y la pólvora son muy apetecibles. En
semejante estado de sociedad, todos tienen alguna
mala voluntad que satisfacer, o alguna injuria que
vengar. Así es como la sensualidad, la avaricia, la
enemistad, la venganza y cuantas pasiones horribles
hay en el corazón humano, se ponen en acción en
tanto que está anclado en la costa un buque, pronto
a recibir a grandes y pequeños, a hombres y mujeres,
86
y a cuantos se presenten de venta, sin distinción ni
examen, y ofreciendo por ellos cuanto puede alagar
más a los que quieran traerlos. Los capitanes de
buques negreros que fueron examinados ante el Par­
lamento dijeron franca e invariablemente, que según
práctica universal, basta que se convenga en el pre­
cio, para que se compre a todo género de personas,
sin hacer ninguna averiguación acerca del modo en
que han sido hechas esclavas, ni sobre el derecho del
vendedor a disponer de ellas. Cuando se les preguntó
sobre esto, pensaron que el que los examinaba quería
burlarse.
Está pues claro que el presentarse un buque
negrero en la costa, es lo mismo que si se publicase
un premio para todos los actos más horribles de frau­
de y de violencia. Cualquier niño o mujer a quien se
pueda echar mano, es ganancia segura. No es extra­
ño, pues, lo que nos asegura uno de los testigos más
respetables, diciendo que los habitantes de aquellos
desgraciados países no se atreven a salir de sus casas
sin ir armados. Preguntándole a uno de ellos la razón
de esta costumbre, contestó muda pero expresiva­
mente, señalando a un barco negrero que estaba
anclado en la costa.
Ni aun dentro de sus propias casas encuentran
aquellos infelices seguridad cuando está uno de estos
buques a la vista. La avaricia persigue con artificio
a los que escapan a la fuerza. Las acusaciones son
frecuentes y las prácticas supersticiosas o pruebas
por agua y fuego se multiplican. Y es de notar que
al paso que estas prácticas se han ido aboliendo en
el interior del África, ante la turbia luz del maho­
87
Notable
artificio de los
traficantes
europeos para
tener seguros
los cargamen­
tos al tiempo
que apetecer...
metismo, en la costa son tanto más frecuentes cuanto
más acuden a ella los europeos —¡los cristianos!—.
Éstos son los que ofrecen ocasión a los padres, a los
maridos para que en un momento de cólera les ven­
dan a sus hijos y mujeres; y luego se burlan de su
desesperación, cuando vueltos a su razón lloran en
balde su pérdida. Éstos son los que no perdonan
medio, ni artificio alguno a fin de que toda África
contribuya a su avaricia, valiéndose de la superiori­
dad de su saber, para inundarla de males y crímenes.
Entre estos artificios no se debe pasar en silencio
uno que por su maligna astucia puede bien cerrar
esta horrenda aunque compendiosa relación de in­
quietudes.
Es práctica general de los capitanes negreros lle­
var un cargamento de géneros que trocar por escla­
vos. Apenas llegan, acuden los factores negros a
tomar géneros al fiado que llevar a vender dentro del
país. Los capitanes no admiten otras prendas por el
valor de las mercancías, que las personas de los hijos
o parientes más cercanos de los factores. Fíjase el
día en que éstos han de estar de vuelta con el número
de esclavos estipulado, bajo la condición de que si
no están allí con ellos, el capitán se quedará con las
prendas. De este modo se convierten los afectos más
tiernos del corazón en instrumento de crueldad e
injusticia; porque los factores que van al interior del
país a vender su ancheta, no perdonan medio alguno
para volver a pagarla a tiempo, con el número de
esclavos en que la han ajustado; siendo el amor de
su familia el más fuerte incentivo que lleva a causar la
infelicidad de otras por los medios más criminales6.
Interminable sería la relación de todos los delitos
y males que abastecen el mercado de esclavos. De
este modo se compraban de ochenta a cien mil cria­
turas humanas, antes que la Inglaterra renunciase a
tan abobinable tráfico; y de este modo se está com­
prando en el día un número de que seguramente no
tiene idea la nación española, no obstante que el trá­
fico se hace a la sombra de su bandera. De setenta
a ochenta mil negros fueron arrancados de la costa
occidental de África en todo el año de 1810; y en el
pasado no ha sido mucho menor número.
6Esta pintura de los medios de proveer el mercado de escla­
vos, y de los efectos que el tráfico causa en África, es casi una
traducción literal de la que hizo Mr. Wilberforce a sus consti­
tuyentes en una elocuente carta publicada al tiempo que se deba­
tió la cuestión en el Parlamento. L a verdad de cuanto se dice en
esta descripción es tal, que ninguno de los contrarios se atrevió
a impugnarla. Tan al contrario fue, que Mr. Bryan Edwards, uno
de los más hábiles, y decididos protectores del tráfico, dijo ha­
blando de esta parte de la carta de Mr. Wilberforce, en un discur­
so a la Asamblea colonial de J amaica, estas memorables palabras.
“L os efectos del tráfico en África son exactamente como Mr. W.
los pinta: el todo o la mayor parte de aquel vasto continente es
un campo de batalla y desolación; una selva en que los habitantes
son lobos, unos para otros; una escena de opresión, de fraude, de
traición, y de sangre”. “L a aserción de que una gran parte de los
esclavos son criminales convictos, es un verdadero insulto y es­
carnio”.
Continuación
de todos estos
males que
causa en el
día el
comercio de
esclavos que
hacen los
españoles.
CAPÍTULO I I
Carácter de los negros
¡Ochenta mil criaturas humanas arrancadas de su
tierra, privadas de sus padres, hijos, y hermanos, y
transportadas a una región remota, sin esperanza de
volver al país donde nacieron, y destinadas a trabajar
toda su vida a discreción, y en provecho de otros,
ellas, sus hijos y los hijos de sus hijos, para siempre!
Si hay algo en ellas semejante a lo que nosotros
sentimos; si no pertenecen absolutamente a otra es­
pecie, si sienten y piensan como los europeos, pre­
sentan un cuadro de dolor y miseria de que la ima­
ginación se atemoriza. Pero ¿es posible que quepa la
duda más pequeña en esto? Al escuchar los aullidos
de un animal que sufre, no podemos dejar de sentir
cierto dolor y simpatía, cierto movimiento poderoso
que nos dice que hay analogía entre su dolor y el
nuestro; y al ver correr las lágrimas de esos esclavos,
de esas víctimas de la codicia europea, ha de ser
preciso recurrir a argumentos para probar que la
aflicción que se las hace verter es tan amarga como
la nuestra!
91
La necesidad
de probar a los
patronos del
tráfico, que los
Negros son
hombres como
nosotros,
prueba de la
injusticia
sensible que a
su pesar
reconocen en él
Recursos de
los interesados
para embotar
la sensibilidad
del público en
la cuestión
presente
Tal es el efecto de la costumbre unida al placer de
la ganancia; o, más bien, tal es el poder del remor­
dimiento interior de la conciencia, que así obliga a
esos hombres duros, que comercian en la sangre de
sus hermanos, a confesar su delito cuando los deja
sin otra excusa que el absurdo recurso de pintar a los
negros como hombres de otra especie. ¿Qué es esto
sino decir claramente que el tráfico que se hace en
africanos sólo puede ser lícito hecho en bestias?
Pero bien pronto vuelven en sí del sobrecogi­
miento que la luz de la verdad les causa, y recurren
a efugios más artificiosos que si no alcanzan a
cohonestar su injusticia, pueden a lo menos, embotar
la sensibilidad del público en la cuestión presente.
Tal es el recurso que tomaron los interesados en el
tráfico cuando el punto se trató en el Parlamento de
Inglaterra; y al que, siguiendo sus pasos, se han aco­
gido los únicos españoles que han levantado la voz
para defender lo que llaman su derecho de comprar
hombres en Africa. Semi-brutos llama a los africa­
nos el Ayuntamiento de La Habana: “Sólo de sus
madrigueras (dice al Congreso Español) nos pudi­
mos, y podemos proveer con igual abundancia, pron­
titud, y economía”1. Y véase aquí cómo los defenso­
res e interesados en la esclavitud, aunque por cierta
especie de vergüenza, no dan a los negros el nombre
de brutos sino modificado; están tan acostumbrados
1 Representación de L a Habana, a las Cortes en 20 de jul io
de 1811. De esta representación se hablará más adelante con
particularidad.
92
a mirarlos como bestias, que se les escapan expresio­
nes propias, sólo cuando se habla de los animales
más monteses2.
Al comparar esta opinión de los traficantes y
dueños de negros con las descripciones de los que
han viajado por el centro del África, y en especial
del célebre Mungo Parke, el amigo y protegido de
uno de los más acérrimos defensores del comercio
en esclavos, se ve claramente que el corazón del
hombre es capaz de defender la mayor de las injus­
ticias con el mayor de los agravios. Los europeos
embrutecen a los negros por el tráfico que hacen de
ellos, y sus inevitables consecuencias, y luego de­
fienden este tráfico alegando que los negros son
semi-brutos. Ésta es la verdadera explicación de
noticias y opiniones tan contradictorias. El lector
imparcial, el lector que jamás haya tomado el gusto
a ganancias que son precio de sangre, se convencerá
bien pronto de que los negros no ceden en racio 
nalidad y humanidad a los demás hombres; y cuan­
do, más adelante, haya visto parte de lo que se hace
con ellos, acaso se sentirá movido a creerlos privile­
giados en estos puntos por la naturaleza, cuando a
pesar del tratamiento que sufren no aparecen más
que semi-brutos, a sus opresores.
Mas, prescindamos, ahora, del carácter de los que
pretenden que los negros han sido formados por la
mano de Dios, inferiores a ellos, y destinados a servir­
2 Es tanto más de notar este modo de hablar, cuanto se
escapa a los hacendados de L a Habana en una representación
escrita con una afectación de humanidad y ternura de que no se
puede formar idea sino leyéndola.
93
Pintura del
carácter
natural, y
general de los
africanos,
sacada de los
viajes de
Mungo Parke.
los como las bestias del campo. Examinemos el hecho;
oigamos a testigos imparciales, pensemos los argumen­
tos de los defensores del tráfico y sentencie cada uno,
si los negros son una raza de semi-brutos nacidos para
nuestro servicio, o si el estado de incivilización en que
se hallan es efecto de las circunstancias, y en particular
del tráfico que hacen los europeos en ellos.
Mr. Parke pinta a los africanos del interior, como
superiores tanto en sus dotes intelectuales como
morales, a todas las demás naciones incivilizadas
que existen en el mundo. De su invención y habili­
dad, de su viveza y amabilidad, del ansia con que
aprenden, y el aprecio que hacen de lo que se les
enseña, del talento que muestran en los artefactos
que ejecutan, están llenas las narraciones de este
célebre viajero. Pero lo que más cede en elogio de
aquellos infelices pueblos, son las virtudes morales
que, a pesar de la ignorancia y falta de cultura en que
viven, observó Mr. Parke generalmente en ellos. Sería
injustísimo pasar adelante en esta materia, sin tomarse
el trabajo de traducir algunos pasajes de su interesante
obra.
“El carácter ardiente y soberbio de los negros está
templado por muchas cualidades amables. Su grati­
tud a los que les hacen algún beneficio, no tiene
límites; y la fidelidad con que guardan cualquier
depósito, es inviolable. Durante la presente guerra
han tomado las armas, varias veces, para defender a
los barcos mercantes ingleses, contra los corsarios
franceses; y en muchas ocasiones se han dejado en
Vintain por tiempo considerable, géneros de mucho
94
valor al cuidado de los Feloops (tribu que vive en los
bosques, y es más feroz que las otras) y jamás se les
ha visto faltar a la buena fe en este encargo”3.
“Es muy notable que un africano perdona más
fácilmente una bofetada que una injuria dicha contra
sus padres: ‘Hiéreme; pero no maldigas a mi madre’;
es expresión muy común entre los esclavos”4.
El amor entre padres, hijos y hermanos es tierno,
en extremo entre los negros. Vean los lectores este
ejemplo de ello, entre muchos. “A eso de las dos de
la tarde avistamos a J umbo, pueblo del herrero (un
negro que iba en compañía de Mungo Parke) de
donde había estado ausente más de cuatro años. A
poco de esto, un hermano suyo que, no sé como,
sabía su venida, vino a nuestro encuentro, acompa­
ñado de un cantor, y trajo un caballo para que el
herrero hiciese su entrada con toda decencia; y nos
pidió que pusiésemos una buena carga de pólvora en
las escopetas. El cantor iba delante, seguido de los
dos hermanos; y bien pronto se nos reunieron una
porción de gentes del pueblo, manifestando todos
grande alegría de ver a su antiguo conocido, el he­
rrero, y dándola a entender con los saltos y cancio­
nes más extravagantes. Al entrar en el pueblo, el
cantor empezó una canción de repente, en elogio del
herrero, ensalzando su constancia en los trabajos, y
en vencer tantas dificultades; concluyéndola con re­
comendar a sus amigos que le preparasen una buena
comida. Llegando al pueblo, nos desmontamos y
3 Viajes de Mungo Parke, p. 16.
4Ibid. p. 47.
95
descargamos las escopetas. El recibo de sus parien­
tes fue muy tierno, porque estos incultos hijos de la
naturaleza, libres, como se hallan de miramientos,
manifiestan sus afectos del modo más fuerte y ex­
presivo. En medio de estos transportes apareció la
anciana madre del herrero, conducida por otra perso­
na, y apoyándose en un báculo. Todo el mundo le
hizo lugar, y ella alargó la mano para saludar a su
hijo. No pudiendo verlo, por hallarse totalmente cie­
ga, tocaba las manos de su hijo con las suyas,
pasábaselas detenidamente por los brazos y la cara,
y manifestaba el mayor placer de haber sido tan di­
chosa, que en sus últimos días lograba tenerlo a su
lado, y ya que no verlo, podía gozar el eco de su voz.
Esta escena (continúa Mungo Parke) me convenció
enteramente de que por grande que sea la diferencia
de las formas de la nariz y del color entre el negro
y el europeo, los afectos y sensaciones característi­
cas de la naturaleza son absolutamente iguales en
unos y otros5.
En cuanto a la hospitalidad de los africanos
¿quién que ha leído los viajes de Parke se ha olvida­
do jamás de la escena de desolación en que una
pobre negra le salvó la vida?... “Había pasado todo
el día a la sombra de un árbol sin tomar bocado, y
la noche amenazaba ser muy mala, porque el viento
crecía y las nubes se aglomeraban: las bestias fero­
ces son tantas en aquellas cercanías que me hubiera
visto en la necesidad de subirme a un árbol, y dormir
entre las ramas. Mas, al ponerse el sol, cuando me
5Pág. 121.
96
preparaba a pasar la noche de este modo, y había
soltado mi caballo para que pastase en libertad, una
mujer que volvía de trabajar en el campo, se paró a
mirarme, y notando que estaba fatigado y abatido,
me preguntó ¿qué tenía? lo cual le dije en pocas
palabras. Apenas lo oyó cuando con el rostro más
compasivo, cargó con mi silla y freno, y me dijo que
la siguiese. Llevóme a su choza y habiendo encendi­
do luz, extendió una estera en el suelo, diciéndome
que allí podía pasar la noche. Al oír que estaba muy
hambriento me ofreció ir a buscar algo de comer;
salió, y habiendo vuelto con un excelente pescado,
lo medio asó sobre el rescoldo, y me lo dio. Cumpli­
do de este modo los deberes de la hospitalidad con
un extranjero abandonado, mi excelente bienhechora
(después que señalando la estera me dijo que podía
pasar allí la noche sin recelo) llamó a las hembras de
su familia, que habían estado mirándome con gran
atención durante todo esto, y las hizo seguir en su
ocupación de hilar algodón, en lo que pasaron la
mayor parte de la noche. Aligeraban el trabajo can­
tando. Yo fui objeto de una de las canciones que las
muchachas componían. Una de ellas cantaba las
coplas y las demás respondían en coro el estribillo.
El tono era dulce y melancólico, y las palabras tras­
ladadas a la letra eran éstas. “El viento bramaba, la
lluvia caía -el pobre hombre blanco, cansado y ren­
dido, sentóse a la sombra de un árbol- No tiene aquí
madre que leche le traiga, ni esposa querida que
muela los granos del trigo (Estribillo) “¡Ah pobre
hombre blanco! No tiene aquí madre, que leche le
traiga, ni esposa querida, que muela los granos de
97
trigo!” Por pequeñas que aparezcan las circunstan­
cias de esta narración, no podían menos que enterne­
cer a una persona que se hallaba en mi estado. Al
recibir un favor tan inesperado, el corazón no me cabía
de ternura en el pecho y el sueño huyó de mis ojos
para toda la noche. A la mañana siguiente, presenté
a mi compasiva patrona dos de los dos botones de
metal de los cuatro que me quedaban en el chaleco;
y era la única cosa que tenía que darle en prueba de
gratitud”. Reflexione el lector que acaso alguna de
estas infelices fue después arrancada de su choza por
los hombres blancos; tal vez estará en La Habana
donde, a título de semi-bruto, será víctima de la
sensualidad y la codicia de alguno de sus habitantes!
Argumento de ¡y[as . cómo es (dicen) que con todas esas buenas
los contrarios .
sacado dei cualidades, sabemos que los africanos han permane-
estado salvaje cj (j 0 siempre en un estado salvaje, sin que ia civili-
siempre se ha zación haga entre ellos el mayor progreso? “Imagi-
narios (dice la ya citada representación de La Haba­
na) han sido en todos los siglos pasados, imaginarios
serán, con toda probabilidad en los siglos venideros
los bienes que a los negros resulten de dejarlos en su
suelo. Esa asociación filantrópica para endulzar sus
costumbres (la llamada African Institution en Lon­
dres) nada ha adelantado en Sierra Leona ni en punto
alguno de Africa. Igual suerte tuvo otra que desde
mucho antes existía en Londres con el propio objeto;
y apagada, como está la fermentación que dio el ser
a ese establecimiento pío, todo indica, todo dice que
los negros seguirán en su inmemorial barbarie o su
98
destino infeliz, y que este será el grande fruto de la
abolición decantada”6.
Imaginarios serían todos los adelantamientos y
bienes de las sociedades humanas, si al rayar sobre
ellas las primeras luces, empezasen piratas y ladro­
nes más astutos que fuertes a infectar su suelo, sedu­
ciendo, por su mayor saber, a la mitad del país para
que destruyese a la otra mitad; corrompiendo las ins­
tituciones sociales en su mismo principio, y convir­
tiéndolas en instrumentos de opresión e injusticia;
armando a los padres contra los hijos, a éstos contra
sus padres; y esparciendo el terror, la violencia, la
inseguridad y la sospecha, en todo el país, sin dejar
un asilo a sus habitantes. “Imaginarios serían los
bienes que a los negros resultaría de dejarlos en ese
suelo”, si ese infeliz suelo hubiese de ser mirado
siempre “como un madriguera” adonde hayan de
mandar por hombres los hacendados de La Habana,
y los demás que trafican en ellos, cuando quieran
aumentar sus haciendas, porque “sólo de esta madri­
guera se pueden proveer con abundancia, prontitud y
economía”. En vano se cansaría la “Asociación fi­
lantrópica” de Londres, tratando de endulzar las cos­
tumbres de los africanos, si otra Asociación (a quien
no daremos el nombre que le corresponde) ha de
estar al mismo tiempo mandando expediciones al
Africa para convertir a sus habitantes en fieras, de
modo que se devoren unos a otros. “La fermentación
6 Representación del Cabildo, &c. de L a Habana a las Cor­
tes, en 1811, Capít, 2o.
Respuesta
preliminar a
este argumen­
to.
99
Solución del
problema
porque no se
ha civilizado
jamás el
África.
que dio ser a la Institución Africana de Londres” no
está apagada, gracias al Cielo; ni lo estará en tanto
que haya quien haga hervir la sangre en las venas,
reclamando el derecho de robar para venderlos7. La
asociación, y todos los que no han manchado sus
manos en sangre de africanos, están persuadidos ín­
timamente de que la causa principal del atraso de
aquella parte del mundo, no nace de mala disposi­
ción de sus habitantes sino de las circunstancias en
que se ha hallado desde los tiempo más remotos
hasta que los europeos fueron a convertirla en un
mercado de carne humana.
Que el África, esa parte del globo que es casi un
tercio de lo que hay en él habitable, nunca haya
salido de un estado que debe llamarse barbarie, com­
parado con el de otras regiones, es verdaderamente
un fenómeno que confunde a primera vista. Pero sin
detenernos a examinar las faltas de exactitud del
argumento que se quiere deducir de aquí, como si
7 L os hacendados de L a Habana se engañan en cuanto dicen
acerca de la A sociación llamada African Institution. El número
de sus subscriptores y su ardor en promover la civilización de
A frica crece; y todos los años publica una relación en que da
noticia al público del estado de su empresa. Sería imposible
presentar aquí lo que ha hecho en siete años que lleva de
establecida; pero lo que no deben ignorar los lectores, es que
cada buque negrero que llega a la costa de A frica, es bastante
a inutilizar los mayores esfuerzos de la filantropía, como se
dirá más adelante. L a otra asociación de que hablan los ha­
baneros, era una compañía de comercio que nada tenía de co­
mún con esta institución.
100
esto autorizase a los europeos para hacer cacerías de
los habitantes de aquella parte del mundo, desde lue­
go podemos asegurar que meditando la historia del
origen y progreso de la civilización y las artes, en
todas las épocas y países, no sólo hallaremos la
solución del problema, sino que podremos inferir
por analogía, que los pueblos del interior de África
están tan civilizados, como lo estaría otra cualquier
raza de hombres puesta en sus mismas circunstancias.
¿Cómo crecen las artes y la civilización en los
pueblos? El reino de las leyes, y del orden civil debe
precederles. De las leyes nace la seguridad, de la
seguridad la curiosidad, y de la curiosidad, el saber.
Al paso que se acumulan riquezas se excita la indus­
tria, y se adquiere el gusto de nuevos placeres, se
multiplican las comodidades de todas clases, y las
artes y ciencias brotan y florecen en el terreno que
está preparado de este modo a recibirlas. Aun así,
serían probablemente muy lentos los progresos de
las artes y ciencias en el pueblo que nada participase
de los adelantamientos de tiempos y naciones ante­
riores. La experiencia de todos los siglos nos autori­
za a sentar como un axioma indudable que aún no se
ha hallado país alguno en que las artes y ciencias, el
saber y la civilización, se pueda decir que han na­
cido, sino que se ven difundirse de nación a nación
de las más a las menos civilizadas. Se podrá, pues,
decir, ¿de quién había de recibir África estos apre-
ciables dones?
Sin entrar en pormenores dificultosos de historia,
se sabe que la Asiria y el Egipto fueron las dos na­
ciones primeras que subieron a un alto grado de ci­
101
vilización. Síguenle los fenicios, colonia egipcia si­
tuada en las costas de Siria, cuyos adelantamientos y
opulencia comercial son considerables. Ellos fueron
los que llevaron los rudimentos de civilización y es­
pecialmente el arte de escribir a Grecia, cuyos habi­
tantes se hallaban entonces, aún más rudos y bárba­
ros que ninguna nación africana del día. Dícese que
comían carne humana e ignoraban el fuego. Y en
verdad que aun cuando su barbarie no estuviese pro­
bada por testimonios positivos, bastaría para inferir­
la, el verles tributar honores divinos al que los sacó
de mantenerse de bellotas y otros frutos groseros, y
les enseñó a cultivar la tierra.
Después que los griegos, por las circunstancias
favorables en que se hallaban, llegaron al grado ex­
traordinario de civilización que todo el mundo sabe,
Grecia fue subyugada 150 años antes de Cristo, y los
romanos, sus señores, llevaron las semillas de civi­
lización hasta las regiones más remotas a donde lle­
garon sus armas. Pero aunque las conquistas de los
romanos se extendieron como nadie ignora, por Eu­
ropa y Asia, en África sólo ocuparon las costas del
Mediterráneo, que estaban antes pobladas por colo­
nias de pueblos civilizados. Por lo que hace al inte­
rior de aquel país, se puede decir que estaba tan
separado del mundo culto, como la América misma.
Un mar de arena de cerca de novecientas millas de
norte a sur, y casi al doble de oriente a poniente,
estaba de por medio. Si acaso algunos aventureros se
atrevieron a pasarlo, su número debió ser tan corto,
como lo demuestran las fábulas que corrían entre los
escritores romanos que hablan de aquellos países.
102
Los seguidores de Mahoma desolaron en el siglo
quinto, las fértiles provincias romanas de la costa de
África, y parece que algunas partidas de ellos, inter­
nándose en aquel continente, ocuparon, en más o
menos número, las orillas de uno de los ríos más
hermosos del lado allá del inmenso desierto que
forma, al norte, los límites del interior del África.
Pero es de notar que mientras los mahometanos, al
modo que los romanos con la conquista de Grecia,
se civilizaban por el influjo del saber de la naciones
a quienes dominaron; las tribus que se establecieron
en África, mezclándose con naciones tan ignorantes
y groseras como ellas, debieron permanecer en su
particular barbarie. Por otra parte, estos mahometa­
nos, según sus costumbres feroces, y dogmas intole­
rantes, conservaron a los negros a quienes conquis­
taron, en una opresión que es enteramente opuesta al
desarrollo de las facultades intelectuales. Mas, acaso
esta es la primera ocasión en que una débil vislum­
bre de cultura penetró las tinieblas de aquellas nacio­
nes; y es muy de notar que no obstante la barbarie de
los primeros conquistadores mahometanos, y lo
enemiga que es su religión de todo adelantamiento,
tal es el influjo de cualquier gobierno fijo, que en los
distritos de África donde estos dominan, o en que
tienen mucho influjo, existen, siglos ha, ciudades
populosas, provincias no mal cultivadas, y un orden
y civilización social no despreciables.
Pero aun puede asegurarse que los africanos, ca­
reciendo de las ventajas que produce el trato con
naciones civilizadas, han adelantado en el camino de
la cultura más, acaso, que ningún otro pueblo de los
103
que están por civilizar. Considérense los más de los
habitantes primitivos de ambos continentes de Amé­
rica al tiempo de su descubrimiento: véase la Nueva
Holanda, país tan extenso como la Europa; véase a
Madagascar, Borneo, Sumatra, y las demás islas del
archipiélago de la India, y las del mar Pacífico. ¿No
están los africanos mucho más civilizados que nin­
guno de aquellos pueblos? El hecho es incontestable.
En vez de una raza de salvajes miserables, esparci­
dos en corto número por un terreno inmenso, sin el
menor conocimiento de artes y manufacturas (tal es
la situación de la mayor parte de las naciones que
acabamos de nombrar) vemos que los africanos del
interior se hallan en aquel estado que, según nos
enseña la historia, precede inmediatamente al com­
pleto goce de los bienes de la sociedad humana; es
decir, cuando los habitantes de las ciudades y la
campaña, se auxilian mutuamente: cuando se empie­
zan a reconocer los derechos políticos y civiles, tan­
to por la leyes como en la práctica; cuando se notan
las ventajas que presenta la naturaleza, y saben
aprovecharse; cuando la agricultura, y aún más que
ella las manufacturas van estando bastante adelanta­
das; cuando la población es muy numerosa en varios
parajes; últimamente, cuando se reconocen las ven­
tajas de la instrucción, y se nota un ansia grandísima
por adquirirla9.
9 L os siguientes pasajes de la relación de Parke podrán dar
alguna idea del presente estado de la civilización de A frica.
“L os habitantes del reino de Woolli son mandingos y como los
más de esta nación están divididos en dos grandes sectas: ma-
104
Pero estaba reservada al África la desgracia de
que las naciones más civilizadas, hallándola en el
estado que se ha dicho; en lugar de producir en ella
los efectos que pudieran esperarse del comercio de
hometanos a quienes llaman Bushreens, y paganos, que son
llamados, sin distinción Kafirs (incrédulos) y Sonakies (hom­
bres que beben licores). L os paganos son muchos más en nú­
mero, y ellos son los que tienen el gobierno del país, porque
aunque los más respetables de los bushreens son consultados
en asuntos de importancia, no les es permitido tomar parte en
el gobierno ejecutivo, el cual está en manos del Mansa, o so­
berano, juntamente como los grandes funcionarios de Estado.
El primero de esta jerarquía es el heredero presuntivo de la
corona a quien llaman el Farbanna. Síguensele los Alcaides, o
gobernadores de provincia, a quienes se da más frecuentemente
el nombre de Keamos... Por muerte del monarca, el hijo mayor
(si ha llegado a la edad viril, le sucede en el trono. A falta de
heredero, o en caso de ser menor de edad, se reúne un congreso
de los principales del reino para llamar a la corona al pariente
más cercano del difunto (generalmente su hermano) no como
regente, sino con exclusión del Menor. L os gastos públicos se
pagan por medio de tributos que se imponen al pueblo, según
la ocasión se ofrece, y de los derechos sobre las mercancías que
pasan por el reino. L os viajeros que van del río Gambia hacia
el interior pagan derechos en géneros europeros. Al volver los
pagan en hierro, y manteca vegetal, que se llaman Sheatolu.
Estos derechos se pagan en cada ciudad.” Viajes de Mungo
Parke, p. 50.
“L a industria de los Foulahs en ganados, y agricultura, es
notable en todas partes. Aun a las orillas del Gambia, la mayor
parte de los granos son cultivados por ellos, y sus ganados son
más numerosos, y se hallan en mejor condición que los de los
mandingos; pero en Bondon son opulentos en alto grado, y gozan
de los artículos de primera necesidad en gran profusión. Mani­
fiestan mucha habilidad en el manejo del ganado, haciéndole
extremadamente dócil con cariño y familiaridad”. Ibid. p. 90.
105
un pueblo culto con otro que lo es menos, en vez de
comunicarle su saber y sus ventajas, en lugar de
despertar en él las facultades humanas adormecidas,
“Estuve alojado en casa de un negro que fabricaba pólvora.
Me enseñó un saco de nitro muy blanco, pero cuyos cristales
eran mucho más pequeños que lo son generalmente. L o sacan,
en gran cantidad, de las lagunas que se forman durante la es­
tación de las lluvias”. Ibid. p. 187.
Según las mejores noticias que pude obtener tengo razón de
creer que L ego contiene sobre treinta mil habitantes. L a vista
de esta gran ciudad, el gran número de canoas que navegan por
el río, la multitud de habitantes y el estado de cultivo de los
campos en derredor, forman una perspectiva de civilización y
magnificencia, que yo estaba muy lejos de esperar en el centro
de Á frica”. Ibid. p. 195.
“A eso de las ocho pasé por un pueblo considerable lla­
mado K abba, situado en medio de un país hermoso, y suma­
mente cultivado, más semejante al centro de I nglaterra, que lo
que yo creía que debía ser el centro de A frica”, ibid. p. 202.
“L os negros en general, y en particular los mandingos, son
tenidos por los blancos en la costa, por una raza indolente y
perezosa; y yo estoy seguro de que no tienen razón para ello.
Poca gente hay que trabaje con más actividad que los mandin­
gos; pero teniendo pocos medios de sacar utilidad del superfluo
de su industria, se contentan con cultivar el terreno que basta
para mantenerlos. L os trabajos del campo los ocupan bastante
en la estación de las lluvias, y durante la seca, los que viven
junto a los grandes ríos se emplean en pescar. Otros se ocupan
en la caza. Son tiradores muy diestros, y aciertan a un lagarto,
o otro cualquier objeto pequeño, a una distancia enorme. En
tanto que los hombres se emplean en estas ocupaciones, las
mujeres se ocupan, con grande industria, en hacer paño de
algodón. El hilo no es fino; pero está muy bien torcido, y hace
un paño muy durable. Una mujer, con mediana aplicación, hila
y teje tela para nueve vestidos, al año. El telar está formado
según los mismos principios que en Europa; pero es tan peque-
106
de excitar el estímulo de la industria, dirigiéndolo a
una no interrumpida serie de necesidades, deseos, y
gustos; a la adquisición de propiedad y de capital; al
ño y estrecho que la tela es rara vez de más de cuatro pulgadas
de ancho. L as mujeres tiñen este paño de un azul subido, muy
bello y durable, con un viso muy fino de púrpura, que no cede
al mejor tinte de la I ndia o de Europa. Este paño se corta a
pedazos, y se cose para hacer vestidos, con agujas que los
mismos negros fabrican”. Como las artes de tejer, teñir, coser,
etc. son fáciles de adquirir; no se consideran en Á frica como
oficios; porque casi todo esclavo sabe tejer, y todo muchacho,
coser. L as únicas ocupaciones que son tenidas por oficios ver­
daderos entre los negros, y cuyos maestros se consideran como
hombres de una profesión conocida, son los curtidores, y los
herreros. L os hay en casi todos los pueblos. Curten y tunden
los cueros muy expeditamente. Se toman gran trabajo en poner
los cueros sumamente suaves y flexibles. De los de buey hacen,
generalmente, sandalias, y así no los tunden con tanto cuidado
como los de carnero, y cabra, de los cuales hacen vainas para
cuchillos y espadas, cintos, bolsas, y una porción de adornos.
L os fabricantes de hierro no son en tanto número como los
curtidores; pero han aprendido su oficio no menos bien que los
otros. En el interior de África, los negros funden este útil metal
en tan gran cantidad que no sólo se proveen con él de todas las
armas e instrumentos que necesitan, sino que hacen comercio
de él, con las naciones vecinas. Casi todos los herreros afri­
canos conocen el método de fundir el oro. L o reducen también
a alambre, y hacen de él una multitud de adornos de mucho
gusto y primor. A penas me deberé parar a deci r que en
Bambarra y K aarta, los negros hacen preciosos canastos, som­
breros y otros objetos de utilidad y de lujo, con juncos que
tiñen de diversos colores, y tejen del mismo modo fundas para
las calabazas en que llevan licor”, lbid. p. 281-285. Aunque
parezca larga esta nota, no contiene más que una pequeñísima
parte de los testimonios que hay sobre esa materia; tanto en los
viajes de Parke, como en los de Astley, Winterbottom, y otros
107
África
civilizada a
proporción
que es menos
frecuentada
por los
europeos.
aumento de comodidades, y, por medio del estable­
cimiento del orden y las leyes, a aquella seguridad y
tranquilidad en que crecen y se propagan el saber y
las artes; en vez de dirigirlo a todo esto, ha sido tal
la desgracia de las naciones africanas que cuando los
adelantamientos de la navegación les ha hecho tener
trato con los pueblos civilizados, ha sido para mejo­
rarlas, no para aumentar los progresos que han debi­
do a la naturaleza, sino para depravarlas y oscurecer
sus entendimientos; y si puede usarse una palabra
nueva cuando la desgraciada novedad del hecho nos
obliga a ello, diremos, que para barbarizarlas.
Con estos datos bien podemos explicar un fenó­
meno que a pesar de ser contra la experiencia de
todos los siglos, es evidente y constante en el Africa.
Si se recorre la historia moral de los hombres, y se
examinan sus progresos desde la ignorancia y la
barbarie hasta el saber y la cultura de una sociedad
perfecta, se hallará que las orillas del mar y de los
ríos navegables, por ser los parajes más frecuentados
de otras naciones, han sido también más tempranos
en civilización. En ellos antes que en otros han rei­
nado el orden civil, y las ventajas de la sociedad, con
la agricultura y la industria; en ellos han florecido
primero las artes y ciencias, y de ellos han penetrado
a los pueblos de tierras adentro. Mas, todo lo contra­
varios. L os citados son indispensables para que los lectores
formen alguna idea de las madrigueras africanas.
108
rio sucede en África. Allí se ve que los pueblos de
la costa están en un estado de absoluta ignorancia y
barbarie, siendo así que son los que han tenido más
trato y por más tiempo con los europeos; en tanto
que los pueblos del interior, donde jamás se ha visto
la cara a un hombre blanco, se hallan más adelanta­
dos en cuanto a los bienes y comodidades de la vida
social.
Éste es un fenómeno tan extraordinario, y mani­
fiesta tan claramente los perniciosos efectos que el
tráfico en negros tiene en la prosperidad de África,
que él solo bastaría a condenarlo. En cuanto a la
certeza del hecho, si no nos negamos a dar crédito a
los testimonios más auténticos, sostenidos por lo
que, aun sin ellos, dictaría la razón sola, nada puede
estar más fuera de duda. Concluyamos, pues, que
lejos de tener motivos para sospechar incapacidad de
civilización en los negros, los tenemos muy grandes
para creerlos muy dispuestos para ella, por la natu­
raleza, como otro cualquier pueblo del mundo. De
que junto a la costa donde no hay seguridad ni or­
den, hayan los habitantes degenerado hasta sumer­
girse en la más profunda ignorancia y barbarie, no
nos podemos admirar a causa del mucho tiempo que
han estado en circunstancias incompatibles con los
progresos de la civilización; el objeto de nuestra ad­
miración es ver que no obstante el pernicioso influjo
del comercio de esclavos, se hallan en el interior de
África reinos con tantos adelantamientos, como he­
mos visto. Pero el cielo ha dispuesto benignamente
que el cuerpo moral, a semejanza del físico pueda
existir en circunstancias muy duras y bajo influen­
109
cias muy dañosas: sufre es verdad, en su salud y
vigor, mas no perece del todo. Así sucede que las
provincias del interior de África, aunque padecen
infinito por el tráfico en esclavos, no es tanto como
en la costa, donde estos males llegan a disolver los
lazos primitivos de la sociedad, y a destruir sus fun­
damentos. El tráfico en esclavos puede mirarse
como un mal gravísimo respecto del interior del
África; pero en la costa es donde aparece tan horri­
ble en sus efectos, que no puede dudarse un punto en
darle la más espantosa preeminencia sobre cuantos
sufre el mundo. Por trescientos años ha estado esta
peste devorando a esos pueblos; aún no ha pasado
uno en que su influjo se haya interrumpido; siete
años ha, no más que la Institución Africana se
fundó; y en ellos mismos se ha estado La Habana
llenando de nuevos esclavos; los hombres benéficos
no hacen más que empezar a contrarrestar el influjo
de siglos en aquellos infelices pueblos; apenas han
tenido tiempo para echar las primeras semillas de
civilización entre ellos: ¡y hay valor para que los que
con huellas de sangre las están ahogando ahora mismo,
se burlen de este noble empeño, y traten de semi-brutos
a los que ellos no permiten ser hombres!10
10 El African Institution es una A sociación de sujetos parti­
culares que se reunieron el año de 1807, acabada de pasar el
acta del Parlamento que abolió el tráfico en esclavos, en I ngla­
terra. Su objeto es promover la civilización de Á frica, por vía
de indemnización de lo mucho que la han atrasado los trafican­
tes en negros. Para esto no perdonan medios de enseñar a aque­
llos naturales el cultivo de las producciones que se dan mejor
110
en aquellos países, y hasta han establecido escuelas para ense­
ñar a los niños negros que envían a ella sus padres. Estos se
volverán al interior, instruidos, y esparcirán los bienes de la
civilización entre sus paisanos. L a operación de estas luces
necesita mucho tiempo. Pero ninguno bastará si al mismo paso
que se trata de esparcirlas, se continúa por otra parte el tráfico
que ha conservado y aumentado la barbarie de Á frica. ¡Qué
cosa tan horrible es que en tanto que el African Institution
emplea allí comisionados para tan benéfico objeto corno es el
suyo, tengan los traficantes habaneros un agente para enviarles
hombres, mujeres y niños, y comprados com bestias!. Éste
agente se hallaba en Abril de 1811 establecido en Sherbro, y se
llama J . N. Dolz.
111
CA P Í T UL O III
Cómo se conducen los esclavos,
del interior a la costa.
“Ya por lo menos (podremos aquí exclamar como
uno de los más nobles defensores de los negros lo
hizo en el Parlamento de Inglaterra) ya por lo menos
hemos ganado una victoria en favor de estas infeli­
ces criaturas: hemos hecho que se reconozcan por
individuos de la naturaleza humana, dignidad que
sus contrarios no se abochornaban de negarles”'.
Mas, lejos de que esto pueda servir de algún alivio
a la imaginación de las personas sensibles que
leyeren esta dolorosa historia, sólo podrá servir de
aquí adelante de agravar la congoja que les espera, al
ver que esas criaturas racionales, esos hombres,
mujeres y niños, con quienes un innegable parentes-
1 Mr. Wilberforce, en el debate del 13 de abril de 1791.
Vide Clarkson’s History o f the Aboliíion o f the Slave Trade,
vol. ii, p. 212.
En efecto, aunque al principio se empezó a alegar la infe­
rioridad de los negros, las deposiciones de los testigos fueron
tantas y tales, que en los debates que siguieron, ninguno de los
contrarios se atrevió a tocar este punto.
113
Relación del
viaje que hizo
Mungo Parke
con una
caravana de
esclavos.
co de humanidad los enlaza, son víctimas de una
crueldad, que las estremeciera si la oyeran referir
como ejecutada en bestias. La historia que va a
empezar, aunque desaliñada y diminuta, no se podrá
leer sin lágrimas, a no ser por los comerciantes de
esclavos. Pero la humanidad las exige: la noticia de
estos horrores es lo que únicamente puede acabarles
de poner remedio.
Las costas del África no pueden proveer el núme­
ro de esclavos que los europeos han acostumbrado a
transportar por tan larga serie de años. En ellas ha­
bitan principalmente aquellos a quienes la codicia y
crueldad europea ha convertido en instrumentos de
esclavitud de sus paisanos. En el capítulo primero se
ha dicho cómo estos factores negros van al interior
para traer esclavos cuando llegan barcos por ellos; y
ahora daremos la descripción de uno de estos viajes,
casi con las palabras mismas de un testigo de vista.
Cuando el desgraciado Mungo Parke volvía de su
primer viaje del interior de África, se agregó a una
caravana de Slatees o factores de negros, que lleva­
ban algunos esclavos para venderlos en la costa.
Varios de ellos había estado en grillos tres años,
esperando quien los comprase. “Todos manifestaban
gran curiosidad (dice Parke) acerca de su suerte;
pero al principio me miraban con horror y me pre­
guntaban repetidas veces si mis paisanos comían
carne humana. Estaban ansiosos de saber qué se
hacía de los esclavos que pasaban el agua salada.
Yo les dije que se empleaban en cultivar la tierra,
pero ni querían creerme; y uno de ellos tocando el
114
suelo con la mano, dijo con gran sencillez ¿es posi­
ble que tengáis por allá un terreno como éste que
pisar? La arraigada persuasión en que están de que
los blancos compran a los negros para comérselos, o
para venderlos a otros que los devoran, hace que los
esclavos miren con indecible horror el viaje a la
costa; tanto que los Slatees se ven precisados a te­
nerlos constantemente en grillos, y a estar alerta con­
tinuamente para que no se escapen. Comúnmente los
aseguran poniendo la pierna izquierda de uno y la
derecha de otro en un mismo par de grillos que sus­
pendidos de una cuerda, los dejan caminar aunque
muy despacio. Cada cuatro esclavos van atados tam­
bién por el cuello con correas retorcidas; por la
noche se le añaden esposas a las manos, y algunas
veces les pasa una cadena de hierro de ellas a la
garganta”.
“A los que manifiestan descontento los aseguran
de otro modo. Cortan un pedazo grueso de madera
como de tres pies de largo, y le abren en un lado una
muesca en que encajan la garganta de la pierna, y
luego la encierran con una fuerte argolla de hierro”.
“En lo demás, el trato que dieron a estos esclavos,
durante nuestra detención en Kamalia no era nada
cruel o riguroso2. Todas la mañanas los sacaban, con
sus grillos, a la sombra de un tamarindo, adonde los
excitaban a jugar juegos de suerte, y a cantar can­
ciones divertidas, para mantenerlos de buen ánimo;
porque aunque algunos de ellos llevaban los trabajos
2 De aquí se puede inferir cuán dispuesto estaba Mungo
Parke a no exagerar nada en punto a esclavos.
115
Trágico fin de
una esclava
en este viaje.
de su situación con una fortaleza admirable, por la
mayor parte se hallaban muy abatidos, y se estarían
sentados todo el día llenos de una sombría tristeza,
y clavados los ojos en el suelo. Por la tarde se re­
gistraban los grillos y se les ponían las esposas;
después de lo cual los encerraban en dos chozas
donde estaban custodiados toda la noche”.
“Cierto día una de las esclavas se manifestó muy
emperrada, y no quiso beber lo que le daban. Cuan­
do amaneció nos pusimos en camino y anduvimos
toda la mañana por una maleza escabrosa, que me
lastimó mucho los pies; cosa que me dio gran temor
de no poder seguir con la caravana; pero se sosegó
mi aprehensión al ver que los otros estaban aún más
fatigados que yo. En especial la esclava que no había
querido tomar nada por la mañana, empezó a que­
darse atrás, y a quejarse mucho de dolores en las
piernas. Quitáronle la carga, pusiéronsela a otro es­
clavo, y a ella la mandaron al frente. A eso de las
once, estando descansando a orillas de un arroyuelo,
algunos de nuestra gente descubrieron una colmena
en el hueco de un árbol, y habiéndose acercado a
tomar miel, nos acometió el mayor enjambre que he
visto en mi vida... La pobre Nilí (este era el nombre
de la esclava) no tuvo fuerzas para huir, y se fue
arrastrando hacia el riachuelo, pensando defenderse
en el agua; pero esto no le valió, y las abejas la
pusieron hecha un monstruo”.
“Los Slatees le sacaron los aguijones que pudie­
ron, la lavaron con agua, y la refregaron con yerbas;
pero la infeliz se negó obstinadamente a seguir ade­
116
lante, protestando que quería más bien la muerte que
andar un paso más. No valiendo ruegos ni amenazas,
se recurrió al látigo; sufrió algunos crujidos con
paciencia, y luego se esforzó a andar, caminando
cuatro o cinco horas, a un paso regular. A este tiem­
po quiso huirse de la caravana, pero estaba tan débil
que dio consigo en tierra. Aunque no se hallaba
capaz de ponerse en pie, se recurrió de nuevo al
látigo, pero sin efecto. Viendo esto Karfa mandó a
dos de los Slatees que la montasen sobre el borrico
que llevaba las provisiones; pero no podía mantener­
se en él; y el animal que era indómito, no sufría la
nueva carga de modo alguno. Los Slatees no querían
perderla, porque ya estaba casi concluida la jornada
del día; y así, hicieron una especie de andas de cañas
de bambú a que la ataron con tiras de corteza. Dos
esclavos la llevaban en hombros, y otros los seguían
para relevarlos. De este modo fue conducida hasta
que se hizo oscuro, tiempo en que llegamos a una
corriente de agua, al pie de un cerro llamado
Gankarankorú, donde nos paramos a pasar la noche,
y nos pusimos a preparar la cena. Como no había­
mos comido más que un bocado la noche antes,
caminando todo el día bajo un sol ardiente, varios de
los esclavos que venían cargados se hallaban suma­
mente rendidos; y algunos de ellos empezaron a
hacer castañetas con los dedos, cosa que entre los
negros es señal segura de desesperación. Viendo
esto los Slatees, les pusieron los grillos, y , además,
ataron las manos a los que se manifestaban más
impacientes, poniéndolos separados de los otros. Por
la mañana se hallaron mejor... Despertaron a la po­
117
Frecuencia de
semejantes ho­
rrores.
bre Nilí al amanecer pero tenía todos sus miembros
tan pasmados y dolorosos que ni tenerse en pie po­
día. Pusiéronla como un cadáver, sobre el burro; y
para que no se cayera le ataron las manos abrazando
el pescuezo del animal, y las piernas por debajo de
la barriga, con tiras de corteza; pero no hubo cómo
sosegar a la bestia; y como la infeliz Nilí no podía
sujetarse, bien pronto vino a tierra, con una pierna
horriblemente maltratada. Viendo que era imposible
seguir con ella adelante, todos los de la caravana
gritaron a una Kang tichai, cortarle el pescuezo',
operación que no quise ver; y seguí adelante. No
habría andado una milla, cuando uno de los esclavos
domésticos de Karfa vino a mí, trayendo el vestido
de la pobre Nilí en la punta de su arco, y exclamó
Nilí affilita (Nilí es perdida). Pregúntele si los
Slatees le habían dado el vestido por el trabajo de
degollarla; y me respondió que Karfa... no había
consentido en ello, sino la había dejado en medio del
campo, donde seguramente moriría bien pronto y
sería devorada por las fieras”.
No se necesitan muy poderosas autoridades para
creer que de estos casos sucederán muchos; porque
si bien se consideran las circunstancias del viaje, la
gran distancia, lo desierto del camino, el cansancio,
y la desesperación de los esclavos, la dureza natural
de los conductores y la que podemos llamar indis­
pensable, supuesto el objeto de su empresa, se puede
discurrir que no habrá un sólo viaje en que no se
repitan escenas semejantes a la que (no sin estreme­
cimiento) acabamos de relatar. El mismo Mungo
118
Parke cuenta de otro esclavo a quien le faltaron las
fuerzas antes de llegar a la costa; y no bastando el
látigo para hacerlo andar, fue entregado a otro negro
que, dentro de poco, volvió sin el enfermo, quien, en
la creencia de todos, había perecido a sus manos.
Mas, concluyamos el imperfecto bosquejo del
infeliz viaje a que dan motivo los que fomentan
aunque sea indirectamente, el tráfico en esclavos,
concluyámoslo con otra escena, si no tan horrible,
seguramente más tierna y dolorosa, con la que Parke
acaba su narración.
“Uno de los esclavos de la caravana, había cami­
nado los tres últimos días con gran trabajo, y se vio
que no podía seguir. Su amo (que era un cantor)
trató de cambiarlo por una muchacha que pertenecía
a uno de los vecinos del pueblo (adonde la caravana
había hecho noche). La infeliz no supo nada de esto,
hasta que estando ya hechos los fardos, por la maña­
na, y todos para ponerse en marcha, vino ella con
otras mujeres a vernos salir; entonces su amo tomán­
dola de la mano se la entregó al cantor. J amás se vio
mudanza más repentina de un rostro sereno, en sem­
blante del dolor más profundo; el terror que manifes­
tó al ponerle la carga sobre la cabeza y atarle la soga
al cuello; la pena con la que se despidió de sus com­
pañeras, no habría pecho a quien no enterneciera”.
“... Aunque ya se acercaba el fin de mi cansado y
trabajoso viaje, y aunque al día siguiente esperaba
hallarme entre mis paisanos y amigos; no pude sepa­
rarme para siempre de mis desgraciados compañeros
sin enternecimiento, al considerar que estaban desti­
nados a una vida de esclavitud y cautiverio, en tierra
119
extranjera. Durante una penosa peregrinación de más
de quinientas millas, expuestos a los rayos del ar­
diente sol de los trópicos, estos infelices esclavos se
compadecían de mí, olvidándose de sus trabajos,
infinitamente mayores que los míos; y de motu
propio, solían con frecuencia traerme agua con que
apagar mi sed, y por la noche recogían ramas y hojas
de árboles para hacerme una cama en el desierto.
Separámonos con mutuas expresiones de bendición
y sentimiento. Nada tenía que darles, sino la bendi­
ción del cielo, y mis buenos deseos; y seguramente
me consoló el oírles decir que iban satisfechos de
que no estaba en mi mano otra cosa”.
120
CA P Í TULO IV
Carácter general de los capitanes de
buques negreros, y de los conductores
de esclavos: miserias del pasaje a
las colonias.
Parecerá injusto a primera vista el emprender una
descripción general del carácter de una multitud de
hombres que no tienen más de común entre sí que
hallarse empleados, cuales por más, cuales por me­
nos tiempo en la conducción de esclavos para ven­
derlos en los mercados de América. Pero si se re­
flexiona que todas las ocupaciones de la vida produ­
cen ciertos hábitos comunes a cuantos las ejercen, y
se nota, al mismo tiempo, que hay algunas que por
su naturaleza producen más pronta y profundamente
que otras, ciertas impresiones en el ánimo, el lector
imparcial no condenará de antemano, la intención de
describir los rasgos generales que la parte activa del
tráfico de esclavos debe imprimir en los que la to­
man; y, al fin, es de esperar que apruebe la pintura
por verdadera y exacta, cuando escuche a la razón
dictarla, y a la experiencia reconocerla.
La observación constante y universal de los hom­
bres conviene en que hay ciertos oficios, que aunque
sean indispensables a la sociedad, suponen un cierto
mal carácter en el que los toma; y de esta íntima
Razones
generales que
hay para
hacer esta
pintura
121
persuasión es prueba el horror con que se mira en
toda sociedad civilizada a los verdugos, a los comi-
tres, y a todos aquellos que, por salario, se hacen
cargo de castigar a otros hombres, causándoles dolor
corporal por sus manos; sin que este horror, y abo­
minación, se disminuya por la consideración de que
el castigo que se ofrecen a dar, será bien merecido
en los que hayan de sufrirlo.
Si el hombre que se halla dispuesto a ser instru­
mento del dolor que la justicia ordena, es mirado con
horror, porque se supone que carece de la sensibili­
dad característica de todo corazón bueno, ¿quién
podrá creer que haya uno solo que, dotado de cuali­
dades compasivas, se ofrezca a capitanear una expe­
dición que va a la costa de África, aunque no tenga
más idea de las miserias que causa el tráfico, sino la
que no puede ocultarse a ninguno, es decir, que va
a traer hombres, mujeres y niños forzados? Debe­
mos, pues, sentar como cosa indudable que no puede
haber ningún capitán ni jefe de barco negrero, que
sea compasivo y humano por la naturaleza.
Nótese, en segundo lugar, que nada se embota
tanto con la costumbre como la sensibilidad compa­
siva. Los ojos se acostumbran a la sangre, los oídos
a los quejidos más lastimeros, con una facilidad
extraordinaria. Póngase al hombre más sensible en la
necesidad de ver escenas dolorosas, y si la fuerza de
la impresión no lo abruma, pronto llegará, cuando
menos, a verlas con indiferencia. Las damas roma­
nas veían con entusiasmo los combates de los
gladiadores, y lo mismo sucedería a todas las del
mundo si se criasen llevándolas al anfiteatro.
122
Adviértase, en tercer lugar, que es ley constante
de la naturaleza del hombre, el que procure ahogar
todo sentimiento moral que le molesta o le inquieta;
y tal es el poder de la voluntad en este punto que
convierte en verdaderas bestias feroces a cuantos se
empeñan en ejercerlo. Esto sucede siempre que cier­
ta especie de necesidad nos obliga a proceder cons­
tantemente contra la voz de la compasión, o el dic­
tamen de la conciencia. El que por su malos pasos se
halla reo de ciertos delitos y forzado por las cir­
cunstancias a echarse, por ejemplo, a bandolero, se
desnuda por precisión de todos los sentimientos de
humanidad hasta tal punto, que la lengua castellana
lo expresa con la verdadera y filosófica expresión
de, echarse el alma atrás.
No hay hombre que no pueda echarse el alma
atrás: y unos con más facilidad que otros. De esta
clase debe ser todo capitán o jefe de expedición que
va por esclavos; porque, como queda probado, debe
ser cruel e insensible por naturaleza. Todo hombre
pierde la sensibilidad compasiva por la costumbre de
ver objetos dolorosos: el capitán del buque negrero
no ve otra cosa durante su viaje. Todo hombre ahoga
su sensibilidad cuando no tiene otro recurso para
acallarla: el capitán del buque negrero y cuantos le
acompañan y ayudan en su expedición, serían, moral
y físicamente, víctimas de su compasión si, tenién­
dola por naturaleza, no se empeñaran con el mayor
esfuerzo en ahogarla. Si la disposición natural, la
costumbre y la necesidad se combinan para despojar
a una clase de personas de todo sentimiento humano
¿qué serán sino verdaderas fieras? Así es que todo el
123
que se emplea activamente en la conducción de ne­
gros es un monstruo, por oficio.
Hechos
horrendos de
los Capitanes
negreros que
resultaron
probados en
el Parlamento
británico.
Al que tenga presente estos infalibles principios
no le podrán sobrecoger, aunque lo estremezcan, los
hechos que resultaron probados ante el Parlamento
británico contra los capitanes empleados en el tráfi­
co. Si no referimos más que dos, es porque tememos
que haya pocas personas sensibles que pudieran se­
guir adelante y la humanidad les exige muchas lágri­
mas antes que acaben de recorrer este bosquejo.
Sabida es en todo el mundo la generosidad de los
marineros ingleses, y llenos están los libros de casos
en que por salvar la vida a otros han expuesto, sin la
menor consideración, la suya. Pero el efecto de la
conducción de esclavos, es tal como se verá en el
hecho siguiente citado por Mr. Wilberforce, en el
debate de la Cámara de los Comunes del 18 de abril
de 1791. “Un barco negrero encalló en unos bajos
llamados Morant Keys a pocas leguas de la punta
más oriental de J amaica. La tripulación escapó en
los botes, con armas y provisiones, dejando a los
esclavos a bordo como estaban, en grillos. Esto
aconteció de noche. Al amanecer se vio que los
negros habían rotos sus prisiones, y estaban emplea­
dos en hacer balsas; sobre la cuales cuando estuvie­
ron concluidas, pusieron a las mujeres y a los niños.
Los hombres se echaron a nado alrededor de las
balsas en que habían puesto a los niños, para que el
mar no se los llevase, y para dirigirlas a la orilla. La
tripulación que los vio venir de este modo a tierra,
discurrió que las provisiones y agua que habían sal­
124
vado no bastarían por muchos días para todos, y de­
terminaron matarlos en cuanto se fuesen acercando.
De este modo, asesinaron de tres a cuatro cientos.
De todo el cargamento sólo salvaron treinta y tres
que fueron llevados a Kingston y vendidos allí1.
El otro buque negrero2, según consta de las de­
posiciones de testigos ante la Cámara de los Comu­
nes, venía un niño negro de diez meses, con su
madre. Cierto día la pobre criatura no quiso comer lo
que le daban. El capitán lo supo, y juró que lo había
de hacer comer o lo iba a matar, y lo azotó cruel­
mente con unas disciplinas. El efecto de este cruel
tratamiento fue que se le hincharon las piernas en
extremo. El capitán mandó que le trajeran agua ca­
liente para bañárselas. Trajéronla como estaba hir­
viendo en la chimenea, y diciéndole el cocinero que
era menester enfriarla, respondió con un juramento,
que como estaba había de bañar al muchacho en ella.
Hízolo así, y las uñas y el pellejo de los pies se
quedaron en el agua. Pusiéronle unos paños empapa­
dos en aceite sobre las llagas, y lo ataron a un pesa­
do tarugo de madera. Dos o tres días después, el
capitán lo cogió otra vez, jurando que lo había de
hacer comer, o lo había de matar. Azotólo de nuevo,
y habiéndolo dejado, al cuarto de hora expiró el
niño. No cesó con esto aquel monstruo. Llamó a la
madre para que lo echara al mar. La infeliz se rehu­
saba a hacerlo; pero el capitán la mandó azotar hasta
que lo ejecutase. Al fin esta desgraciada madre, aga-
' Clarkson’s History o f the Slave Tradey vol. ¡i., p. 242.
2 Discurso de Mr. William Smith, en el debate de 1791.
125
rró al cadáver de su hijo, y volviendo la cara a otro
lado, lo dejó caer en el agua.
¡Pluguiera al cielo que nos quedase el alivio de
sospechar exageración en las circunstancias de estos
casos! Pero en vano lo busca la imaginación horri-
zada. De nada serviría (dijo Mr. Wilberforce al
acabar de referir el primero de ellos en presencia de
todos los defensores del tráfico) de nada serviría el
empeño de negarse a creer los horrores de un caso
particular: uno y otro, y otro se presentan en suce­
sión no interrumpida, y ninguno cede al anterior en
barbarie. Las minutas de las deposiciones son un
tejido de ellos3. Pero, recordemos los principios que
dejamos sentados, y hallaremos que semejante ca­
rácter de fiereza, tan lejos está de ser inverosímil,
que sería un milagro no hallarlo en más o menos
grado, en los conductores de negros. Las miserias
esenciales, e inevitables del viaje que llevan a su
3 Mr. Fox en el mismo debate en que se hizo mención de
éste y otros horrorosos hechos, aplaudió la determinación de
los miembros que los habían relatado, a pesar de que la Cámara
toda se había estremecido al oírlos. “Nadie ha habido (dijo
aquel hombre célebre) que los ponga en duda. L a historia del
niño negro, han dicho algunos, que es demasiado horrorosa
para ser verdadera; pero habiendo recorrido el examen de tes­
tigos, a ver si se descubría algún rastro de falsedad en ella,
aparece que el que J a relató, sufrió el interrogatorio más menu­
do, de un modo muy honroso para su veracidad; y que habién­
dose empeñado los individuos más hábiles de la cámara en ver
si podían descubrir alguna contradicción, o inconsecuencia en
sus respuestas, no pudieron descubrir otra duda que la de si el
hecho había acontecido en el mismo día y mes del año de 1764,
o en el de 1765”. Clarkson, vol. ii, p. 321.
126
cargo, no les permite ser otra cosa que lo que hemos
visto, porque no pudiendo evitarlas, aunque quisie­
ran, ni apartarlas un instante de su vista, es indispen­
sable que se hagan insensibles a toda impresión
compasiva. Una brevísima descripción del viaje de
mar nos convencerá de esto.
Un buque destinado a hacer un largo viaje, debe Mlsena delos
~ o j ’ negros
naturalmente cargarse cuanto pueda del género que durante ei
ha de pagar con su producto los gastos, y dejar ade- v,aje por mar'
más una ganancia proporcionada a los riesgos. Sien­
do el cargamento de hombres, mujeres y niños, es
indispensable que se estiben en los barcos que los
traen, de modo que dicte el deseo de ganancia de los
armadores e interesados. Cuando por la primera vez
se averiguó en la Cámara de los Comunes el número
de negros que traían los barcos empleados en este
tráfico, fue tal la indignación general, que aunque la
sesión de aquel año estaba para concluirse, se pre­
sentó y pasó un Bill limitando el número que cada
buque había de traer, fijando tantos por tonelada.
Esto se hizo con atención a los informes que se to­
maron y a los datos que presentaron los comercian­
tes en negros, por los cuales se veía que limitando el
número más que lo hizo el Bill, las expediciones
resultarían ruinosas para los armadores. Sentado
esto, de lo cual inferirá el lector que ningún armador,
sea de la nación que fuere, querrá llevar menos es­
clavos por tonelada que los que concedía aquel bilí
a los cargadores ingleses, podrá tomar en considera­
ción los siguientes hechos.
127
En el año de 1789 envió el gobierno inglés al
capitán de la Marina real Parrey, a Liverpool para
que tomase medidas exactas de los buques negreros
que se hallaban en aquel puerto. Volvió con ellas, se
dieron al público; y la Asociación que en aquel tiem­
po se había formado para promover la causa de la
abolición del tráfico, fijándose sobre el primero de
los buques que venía en la lista, llamado el Brookers,
hizo grabar la lámina que iba al frente, dibujada on
exactitud matemática según las medidas de dicho bu­
que, y las proporciones siguientes. —Dese para cada
hombre el espacio de seis pies de largo, y cuatro pies
y cuatro pulgadas de ancho— a cada mujer cinco
pies de largo y cuatro pulgadas de ancho— a cada
muchacho cinco pies de largo, y una y dos pulgadas
de ancho— a cada muchacha cuatro pies de largo y
un pie de ancho. Tómese el compás, y divídase, se­
gún la escala, el espacio del buque conforme a estas
medidas y (deduciendo las mujeres estibadas en el
espacio Z de las fig. 6 y 7, cuyo espacio debía reser­
varse para los marineros según el Bill de que hemos
hecho mención) se hallará que este buque sólo podía
traer cuatro cientos y cincuenta esclavos, en la forma
que presenta la lámina; y si el lector quiere tomarse
el trabajo de contar las figuras, deduciendo las que
hemos dicho, verá que suben exactamente a ese
número. Después de haber imaginado cuál será el
estado de estas criaturas estibadas de semejante
modo para un viaje tan largo; note que dicho buque
podía (según el acta del Parlamento destinada al ali­
vio de los infelices negros, y formada conforme a las
declaraciones de los comerciantes respecto al núme­
128
ro que era indispensable para que la expedición fue­
se útil) note, le suplicamos, que a ese mismo buque
cuya pintura exacta está mirando, se le permita traer
cuatro cientos y cincuenta y cuatro esclavos; es
decir cuatro más que los que ve pintados en la lámi­
na4.
4 Esto es tanto más aplicable al tráfico que están haciendo
ahora los españoles y portugueses, cuanto que no se hallan su
buques sujetos a reglamento ninguno. En efecto, uno de los
buques que bajo bandera de una de estas dos naciones se dio
por buena presa en Sierra L eona el año de 1811, por haberse
hallado que era propiedad de un A mericano del Norte, bajo
papeles fingidos, llevaba doscientos y ocho esclavos de ambos
sexos. Había además en el buque diez y nueve personas entre
tripulación y pasajeros, y de quinientos a seis cientos sacos de
arroz en la bodega. —El barco era de setenta y tres toneladas;
es decir de 247 toneladas menos que el que está en la lámina.
“L a Thais, Capitán Scoble llegó ha poco a Portsmouth ha­
biéndose hecho a la vela desde Sierra L eona, en 4 de Agosto...
L a Thais ha estado diez y ocho meses cruzando sobre aquella
costa. A unque por desgracia de la humanidad y de las mejoras
de A frica, el tráfico en esclavos continúa extensamente bajo las
banderas española y portuguesa... tenemos la satisfacción de
saber que, en juni o pasado la Thais destruyó la última factoría
de súbditos británicos que quedaba, en Masuredo. L os propie­
tarios de este establecimiento eran Juan Bostock y Thomas
M'Quin, que han sido conducidos en la Thais sentenciados a
trasportación por 14 años. L a Thais desembarcó 40 hombres de
su tripulación mandados por el teniente Wilkins para ejecutar
este acto de humanidad. L os factores hicieron resistencia al
avanzar para el asalto, matando a un hombre, y ahogándose
otro. En la factoría se hallaron 230 esclavos, que fueron pues­
tos en libertad. L a Thais apresó sobre la costa varios buques,
con bandera portuguesa y española, cargados de esclavos. Uno
de ellos presentó otra de las escenas horrorosas que son propias
129
Éste es el descanso que espera a los infelices
negros después del viaje que hacen desde el interior
de África, en los términos que se han descrito.
Para la seguridad del buque es preciso que se les
pongan grillos y cadenas; es indispensable encerrar­
los en la bodega por la noche, y aun de día, en tiem­
po borrascoso. En casos de epidemia, si se contagian
como suele suceder, de disentería, viruelas, u otras
enfermedades de esta clase, se verifican tales esce­
nas que no pueden imaginarse sin náusea5. Pero sin
esto, la desolación y miseria es infinita en cualquier
barco negrero. Aquellos infelices hombres de diver­
sas naciones, lenguas y carácter, desnudos, apiñados,
esposados unos con otros, y tirados sobre las tablas,
se desuellan contra ellas en tiempo tempestuoso, se
atormentan unos a otros sin querer, y los grillos les
llagan las piernas. No la compasión, sino el deseo de
que no mueran antes de llegar al mercado, hace que
los conductores los obliguen a comer, y a tomar al­
gún ejercicio. Muchos de ellos cobran hastío a la
comida; otros se rehúsan a comer por desesperación
y deseo de morir; los más aborrecen el ejercicio a
causa del mareo y caimiento de ánimo. A todo esto
es preciso que acuda la insensibilidad de sus con­
ductores, con remedios adaptados al caso. Al que no
del tráfico. El buque era de 183 toneladas, surto para el
Brasil; llevaba 375 esclavos. Al tomar la Thais posesión del
buque, tres de ellos se hallaron sofocados p o r f a l ta de respi 
ración". —Morning Chronicle del 6 de diciembre 1813.
5Todo esto consta de las deposiciones jurídicas.
130
quiere comer o bailar cuando le toca (se supone que
siempre con grillos) se le obliga a latigazos. Si se
resisten a tomar alimentos, a pesar del castigo, se les
abre la boca y se les echa la comida haciéndosela
tragar por la fuerza. Las pasiones de estos infelices
irritadas por estos tratamientos, irritan a proporción
a las de sus opresores. La cólera del capitán o ma­
rinero crece al ver la irritación y resistencia del ne­
gro; y el furor apaga hasta la más pequeña chispa de
compasión que pudiera quedarle. Los esclavos son
mirados como unos animales indómitos, que es un
placer dominar con el castigo. Cuál será la congoja
interior, qué peso de desesperación infernal, o de
mortal abatimiento se apoderará de aquellas criatu­
ras tratadas de este modo, y atormentadas con la idea
de la separación de cuanto aman, o con la vista de
sus hijos y mujeres, si van como sucede, no rara vez,
en el mismo barco —¡aquéllos maltratados, éstas
violadas ante sus mismos ojos!— No es, pues, extra­
ño que los negros se hallen, durante el viaje, tan
ansiosos de darse la muerte, que apenas baste el in­
cesante desvelo de la tripulación para evitarlo.
Casos se han visto de negros que, habiendo logrado
tirarse al mar, han estado algunos momentos hacien­
do, con las manos, ademanes de triunfo, e insultando
a sus opresores antes de calarse a fondo, saboreando
el placer de haber escapado a su barbarie. —Infiera
ya el lector cuál será el carácter de los que están
prontos a vivir dos y tres meses entre las escenas que
presenta un cargamento de negros; a mandar y eje­
cutar la serie de operaciones diarias que requiere;
volviendo satisfecho con el bien ganado fruto del
131
abismo de maldición y dolor que han conducido en
su barco. Un salteador de caminos ¿no será imagen
de la sensibilidad y la inocencia, comparado con
tales hombres?
132
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO I
El comercio en negros considerado según
las leyes de la moral humana
Al vernos obligados a tratar esta materia como si
fuese una controversia oscura en que se necesitase
de todo el arte del raciocinio para llegar desde el
punto en cuestión hasta los primeros principios que
deben decidirla, no podemos desechar una reflexión
melancólica que nos pinta el abismo de error y de­
pravación de que el entendimiento y corazón huma­
no son capaces. El ligero e imperfectísimo bosquejo
que hemos presentado de las miserias, tormentos y
horrores que produce el tráfico en negros, parece
que, por sí mismo, y por una especie de convenci­
miento intuitivo, debiera excitar la indignación de
todos los hombres civilizados y que para quedar
unánimemente condenado, no sería menester otra
cosa que ser generalmente conocido. Pero la voz del
interés es tan poderosa, y esta pasión, con quien
todas las demás toman parte, y casi se identifican, sabe
producir tal confusión con sus clamores, que el dulce
eco de la razón y la humanidad, aunque se hace oír en
toda su pureza en el primer momento, casi viene luego
a perderse entre la feroz algazara de sus contrarios.
135
Términos de
la presente
cuestión
moral.
Ejemplo muy palpable y doloroso de esto, nos
ofrece el caso presente, en cuanto concierne a la
nación española. Mezclada con la idea de las mejo­
ras que sus primeras Cortes le preparaban, ocurrió a
sus más ilustres miembros la memoria del tráfico en
negros que su nación estaba haciendo. La sola idea
de esta abominación exaltó sus ánimos: y bastó re­
cordar a las Cortes la existencia de este horrible
abuso para que unánimemente declarasen su deter­
minación de abolirlo. Oyólo el interés, y levantó tal
alarido que las Cortes atemorizadas y confusas, se­
pultaron su primera determinación en el silencio. Ya
hemos hecho mención del Memorial que el Cabildo,
Sociedad Patriótica y Cuerpo de Hacendados de La
Habana presentó sobre este punto a las Cortes; y
supuesto que el tal escrito contiene las únicas recla­
maciones que hicieron cejar de su noble propósito a
los legisladores de España, justo será que al presen­
tar a aquella generosa nación las razones que deben
moverlo a abolir el tráfico en esclavos, tengamos
presentes los únicos argumentos que han sido causa
de que aún continúe haciéndolo.
La cuestión puesta en el punto de vista en que
vamos a tratarla, se reduce a estos términos. Sabien­
do, como sabemos con la mayor evidencia, cómo se
procuran en Africa los esclavos que compran los
europeos, y cuáles son los efectos que produce este
tráfico en aquel continente —cómo se traen estos
esclavos a la costa— en manos de qué clase de hom­
bres son entregados allí —y cuáles son los males
inevitables del pasaje que tienen que hacer por mar
136
antes de llegar a las colonias— ¿se puede continuar
ese tráfico, sin quebrantar las leyes de la moral y sin
cometer un grave delito contra la humanidad?
Permítanos el lector que le supliquemos no olvide
ni por un momento el conjunto de males inevitables
que van bosquejados en la primera parte de este
escrito. La imaginación los pierde de vista, a no estar
sostenida por un esfuerzo repetido de la memoria;
pero este esfuerzo es indispensable para que la razón
no se confunda con los sofismas y artificios de los
traficantes en carne humana.
El primero que usaron en España, cuando se pro­
puso allí esta cuestión, fue el sarcasmo y la burla.
Hablando la representación de La Habana del dipu­
tado en Cortes que propuso la abolición del tráfico
en negros, al mismo tiempo que la de la tortura, dice
que habló “adormeciendo al Congreso con el humo
filantrópico que adormecía sus sentidos”. Si la com­
pasión natural que excita la memoria de ochenta mil
africanos que aquel mismo año se habían arrancado
de su país del modo horroroso que hemos visto se
llama humo filantrópico, seguramente es difícil adi­
vinar cuál es la sólida filantropía en que se funda la
moral de los autores de semejante escrito. Así es
que, a renglón seguido continúan de este modo. “Su
primer desliz (del diputado que propuso la abolición
de la tortura y del tráfico en negros) es el haber
hermanado y amalgamado en cierto modo dos cosas
tan diferentes como la tortura de un criminal y la
traslación de esclavos de su país nativo a otro extra­
ño. ¿Qué conexión pueden tener asuntos tan diferen­
Efugios y
artificios de
los contrarios.
137
Principios
morales que
limitan contra
el tráfico en
negros.
tes? ¿Con qué objeto puede unirse uno de los más
sencillos y menos transcendentales axiomas de dere­
cho público con un problema muy intrincado y difí­
cil de derecho de gentes, de derecho civil público y
privado, de política y de moral también?”1. Los au­
tores de la Representación, sin dejarse ofuscar por
los humos de esa embriaguez filantrópica que miran
con tanto desdén, dan por cosa clara y sentada, que
no se debe atormentar a un criminal en el potro; en
tanto que miran como un problema dificultosísimo,
el decidir si tenemos o no derecho a atormentar a un
número ilimitado de inocentes de el modo que he­
mos visto en la pintura que del tráfico va hecha. Este
un problema en la moral de los traficantes en negros.
Pudiera, por desgracia, considerarse como un pro­
blema oscuro el de determinar qué es lo que la moral
dicta respecto de los esclavos que están ya reducidos
a ese estado. Y nuestros lectores deberán tener pre­
sente que el intento de este papel no es hacer parar
su consideración sobre estos desgraciados, y aún por
esto, el bosquejo que antecede, concluye con el pa­
saje de los negros al país de su cautiverio. Mas,
nadie que crea en la existencia de la virtud, y en su
verdadera distinción de la injusticia, podrá hayar
oscuridad ni problema alguno en la cuestión del
tráfico en negros.
La justicia es el deber de dar o dejar a cada uno
lo que es suyo. Si consideramos al hombre fuera de
1Representación de L a Habana, Parte I.
138
sociedad, y en el estado que se llama de naturaleza,
cada individuo es libre; es decir, es dueño absoluto
de su persona, y por consiguiente, de todo el fruto de
su trabajo personal. Por otro lado, la sociedad tiene
por principal objeto el defender este derecho natural
del hombre; de modo que en cualquier aspecto en
que miremos a una criatura humana, ya en el estado
natural, ya en el de sociedad; el privarla de su li 
bertad personal, es un crimen, una injusticia.
/
Este es un axioma tan evidente para cualquiera
que no niegue la existencia de todo género de de 
beres, que ninguno de los defensores del tráfico en
negros se ha atrevido jamás a impugnarlo directa­
mente. La única salida que buscan cuando se ven
acosados por este argumento es... (¡apenas pudiera
creerse!) que la esclavitud es un bien para los ne­
gros, comparada con el estado en que se hallan en
África.
Difícil sería adivinar por los principios de filoso­
fía moral, el derecho de un hombre para apoderarse
de otro, arrancarlo de su tierra, y condenarlo a escla­
vitud perpetua, a él y a toda su generación, sólo
porque a juicio del primero es mucho mejor trabajar
a discrección de otro en América, que vivir libre en
una choza de Africa. Semejantes razones más pare­
cen burlas, que argumentos. Empero, añaden para
darles algún colorido, que en Africa hay muchos es­
clavos; y que supuesto que no varían de suerte,
mejor lo pasarán en un país civilizado que no en
poder de los amos que tienen en su tierra.
139
Respuestas al
argumento de
que en África
hay también
esclavos, y
que lo pasan
mejor en las
Colonias que
en su tierra
A este nuevo pretexto no es más difícil la res­
puesta que al anterior. Lo primero que hay que notar
es que entre los negros que se compran en la costa
de África, vienen muy pocos que hayan sido escla­
vos en ella. Hemos visto los medios de que se valen
los europeos y los mismos negros a quienes emplean
en estas horribles expediciones, para coger gentes de
que llenar los buques. Libres y esclavos, personas
que respecto al estado de África, son ricas y gozan
de consideración entre sus mismos paisanos, hijos de
jefes y reyes de aquellos pueblos, todos son envuel­
tos frecuentemente en la misma ruina; todos están en
continuo riesgo de ser arrastrados de sus casas, y
sepultados en la bodega de un barco negrero. Ridí­
culo sería el esperar que los capitanes y sobrecargos
de semejantes buques, entrasen en un menudo exa­
men de la condición anterior del negro que le pre­
sentan de venta: el precio, y las condiciones perso­
nales es todo a cuanto se extiende su atención y su
cálculo.
Aun cuando pudiera esperarse el imposible de
que los buques del tráfico no cargasen más que ne­
gros que fuesen anteriormente esclavos en su tierra,
de ningún modo podría compararse la miseria que se
les hace sufrir arrancándolos de su país, ni la suerte
que les espera en las colonias, con el género de es­
clavitud que se conoce y practica en el África. Según
los informes indudables de cuantos se han internado
en aquellas regiones, la esclavitud africana es sólo
una especie de vasallaje menos pesado, acaso, que el
que ha estado en uso por tantos siglos en varias
partes de Europa. Los esclavos, en África, no pueden
140
ser vendidos sino en castigo de algún delito, y en
consecuencia de una sentencia que en muchas pro­
vincias es dada de un modo muy semejante a los
yuris ingleses. El amo y los esclavos no se diferen­
cian en el género de vida que hacen, y viven y co­
men todos juntos, en verdadera y primitiva sencillez
de costumbres. “En las labores”, dice Mr. Parke,
“sucede lo mismo, y ya sea en el campo, ya en el
taller, amo y esclavos trabajan mezclados, sin nin­
guna distinción visible de superioridad”. El amo
(según el mismo viajero) es mirado por sus esclavos
como padre, y sus mutuas relaciones y deberes están
fundados en esta suposición.
“¿No os he servido (decía un negro que había
viajado con Parke como esclavo doméstico) no os he
servido como si fueseis mi padre y amo?” Tal es la
suerte de los esclavos domésticos en África, y tal la
pintan los mismos testigos que los defensores del
tráfico presentaron en el Parlamento. Querer compa­
rar semejante estado con el de los infelices que están
esperando en grillos, que llegue el barco que los ha
de llevar a una tierra enteramente desconocida, y en
donde a buen librar van a ser mirados como poco
mejores que las bestias del campo, es una maligni­
dad o un delirio.
Prescindamos, ahora, del mal tratamiento que
sufren algunos de estos infelices en las colonias; fi­
gurémonos que todos los amos, y los sobrestantes de
las haciendas en que van a trabajar para toda su vida,
son unos modelos de humanidad, empeñados en li­
bertar a sus negros de toda especie de molestia, a no
ser las inseparables de su estado: aun en esta supo­
141
sición imaginaria, la esclavitud africana es un paraí­
so comparada con la de las colonias. Esclavos, al
modo que los africanos en su tierra, son los paisanos
rusos; y no obstante eso, la Europa ha visto con
admiración los prodigios de valor que han hecho en
prueba del amor que tienen a su patria. ¡Cuál sería,
pues, su dolor, y cuán amarga su suerte, si fuesen
sacados por fuerza de esa patria cuya posesión de­
fienden a costa de su sangre, y llevados a trabajar
para otros en una región distante! Si se dice que esos
paisanos están más civilizados que los negros, eso
mismo obra en favor de nuestro argumento. Porque
si hombres más civilizados tienen por nada el ser
mirados como bienes del señor del terreno en que
nacieron, y nada les impide esta idea para amar con
ardor a ese mismo suelo, origen de su esclavitud,
si esos rusos civilizados, llevan tan alegremente su
suerte en un país en que hay tan enorme distinción
de clases, porque en él tuvieron su cuna— ¿cuánto
más amará a su patria el africano, que trabaja, vive,
y come en compañía de sus señores, sin ninguna
distinción visible que lo humille?
Considérese ahora a un africano trasladado a las
colonias europeas; déjese a un lado el cúmulo de
miserias que se le ha hecho sufrir hasta llegar a
aquellas regiones tan distintas de las suyas, la impre­
sión que debe hacerle la incertidumbre de su suerte,
lo que debe sentir al verse puesto en venta en un
corralón, en cueros, manoseado y examinado por los
compradores, como si fuese una bestia; el terror y
amargura que le ha de producir el hecho de separarlo
de todos sus compañeros de infortunio, y acaso, de
142
su mujer, hijos y hermanos a quienes otro comprador
ha escogido; dejamos todo esto a un lado, y fijemos
la vista en un africano, que ha llegado al término de
su horrible peregrinación. Su color, su lenguaje, su
aspecto, todo lo condena a sentir, cada instante de su
vida, el peso de su humillación y su abatimiento. El
más oscuro de los habitantes blancos, el hombre más
soez de la plebe, se indigna al pensar que no se le
distingue como muy superior al africano y la lengua
española le provee, en prueba de esto, de una frase
que nadie extraña, ni en la boca del verdugo, eso es
tratarlo como a un negro.
¡Qué ley ni que reglamento puede contrarrestar el
efecto de opinión tan arraigada! Al paso que el negro
tiene que bajar los ojos, y llamar mi amo al hombre
más vil del pueblo, no hay blanco alguno que no
tome este tratamiento a la letra. El efecto que esta
persuasión general de superioridad tienen en el trato
que sufre la clase abatida, es doloroso en extremo.
Nuestra compasión natural nace de lo que se llama
simpatía; es decir, de la semejanza que hallamos
entre la naturaleza y sensaciones de otra cualquier
criatura con las nuestras. Este influjo de la semejan­
za es tan indispensable para la compasión, que, sin
él, las personas más sensibles están expuestas a ser
en extremo crueles. ¿Se atreverán algunas de éstas a
atravesar por medio del cuerpo y clavar contra una
tabla a un animal que expresase su dolor con aulli­
dos? ¿Y no lo hacen con una mariposa porque su
forma, y la expresión de su dolor es del todo dese­
mejante a la nuestra?
143
A este modo sucede con lo negros. Lo que no se
hiciera con el más despreciable europeo, en quien
todo nos recuerda que es hombre como nosotros, se
hace con el infeliz africano, porque los ojos y los
oídos están continuamente diciendo que pertenece a
una raza degradada por la opinión general, durante
siglos.
Esta consideración debería bastar (aun sin los
hechos citados) para convencer a todo hombre racio­
nal y desapasionado, de que por mala que fuese la
suerte de los esclavos africanos en su propia tierra,
jamás podría compararse con la que sufren entre
unos hombres que se creen tan superiores a ellos,
que aun cuando por una serie de generaciones se
haya mezclado la sangre africana con la suya, hasta
el punto de que en blancura, civilización, y talentos
los exceda un descendiente de negro, todavía insis­
ten en que debe ser mirado como inferior a la perso­
na más despreciable que no haya tenido ningún an­
tepasado africano2.
Comparación
de la esclavi­
tud moderna
con la de los
griegos y ro­
manos.
2 L as Cortes de España han privado a los descendientes de
africanos, hasta las generaciones más remotas, del derecho de
ciudadanía, aun cuando ellos y sus antepasados, hayan sido
libres, por muchos años. Véase la Constitución.
Los que pretenden defender la esclavitud de los
negros con el ejemplo de los griegos y romanos
(como lo hace la representación de La Habana) si
hallan alguna fuerza en este débil argumento y no lo
traen sólo con el intento de ofuscar y distraer con la
multitud y variedad de sus alegaciones, hallarán más
144
que suficiente razón para abandonar semejante sofis­
ma, sólo con que atiendan a lo que acabamos de
notar sobre el influjo que la semejanza de color entre
amo y esclavo, debe tener en el carácter de la escla­
vitud. Verdad es que ni griegos ni romanos, son
modelo de moralidad que puedan formar regla para
el género humano; y que si el empeño de defender
el tráfico en negros nos trae a los romanos por nor­
ma, los mismos que usan este argumento no estarían
libres de probar algún día la suerte que destinan a
esos infelices africanos. Pero aun cuando, por seguir
su doctrina, se imitase la conducta de Roma, y se
hiciesen esclavos a todos prisioneros de guerra; la
semejanza de los dueños y sus siervos, el riesgo de
que se cambiase la suerte, y otras mil circunstancias
que excitan la simpatía, harían infinitamente distinta
la esclavitud de esta clase, de la que sufren los ne­
gros.
Pero no cansemos la atención de los lectores, ni
la nuestra por ocurrir a todos los efugios que en una
perversa causa toman siempre sus defensores. Si el
infeliz africano a quien se arranca de su suelo nativo
no es acreedor a la compasión europea —si es “pun­
to indiferente (como dice la ciudad de La Habana) el
que se aumente algo más el número de bozales que
son entre nuestras gentes de color los menos iden 
tificados con los blancos, los menos temibles y
menos dignos, por fin, de nuestro compasivo esme 
r o tengamos presentes a lo menos, que no debe ser,
punto indiferente (ni aun en la doctrina de los defen­
sores del tráfico) el aumentar el número de esos
Contradicción
notable en re­
presentación
de La Habana.
145
Relato del
delito de
traficar con
negros
hombres de color que a pesar de que están más
identificados con los blancos, y de que Jos hacenda­
dos de La Habana les muestran entrañas tan com­
pasivas, son más temibles que sus abuelos africanos.
Cuán verdad sea esto último, y lo mucho que debe
temer la Habana de esta clase de gentes, se tratará en
otro capítulo; pero mirándolos aquí como objetos
para quienes reservan los traficantes la compasión de
que se dispensan con los bozales, no puede menos
de notarse la ceguedad de los que no advierten en
esta misma compasión futura que prometen, la razón
más fuerte contra la medida en cuyo favor la alegan.
“Déjenos (significa su argumento) déjenos traer
negros de África: sus hijos serán más sensibles que
ellos a las miserias de la esclavitud a que nacerán
condenados; mucho más lo serán sus nietos. Nuestra
isla se poblará de una generación de desgraciados, a
quienes la mancha indeleble de su origen amargará
toda su vida. Nuestra será la culpa de su infelicidad;
nuestro delito crecerá a proporción que se aumente
el número de estos objetos más dignos de nuestra
compasión', pero déjenos traer a los que han de pro­
pagar esta raza de miserables: a nuestro cargo queda
el tenerles lástima”.
Ésta es la moral de los comerciantes en negros; y
siendo como la vemos, no es extraño que los más
sagrados deberes de la justicia sean un problema.
Cualquiera que no ha perdido absolutamente el tacto
mental que distingue lo justo de lo injusto, está ín­
timamente persuadido de que cuanto más trascen­
dental e irremediable es una injuria, tanto más culpa-
146
ble es el que la hace a otro. El falsario que por la
suplantación de un instrumento público, entrega a la
pobreza y abatimiento a una familia entera por dos
o tres generaciones, es según la moral humana, casi
peor que un asesino. El que por algún arte o medio
(que gracias al cielo no está en manos del hombre)
pudiese corromper de tal modo la sangre de un cierto
número de individuos, que en el discurso del tiempo
produjesen una raza de leprosos, sería mirado como
un monstruo del infierno. Pero he aquí a una porción
de hombres reclamando la protección de las leyes,
para que los dejen corromper moralmente la sangre
de millares de individuos, y hacer que produzcan
una serie de generaciones que jamás podrán salir de
su abatimiento, en tanto que exista en el mismo país
la casta de gentes que arrancó del África a sus pa­
dres. Pero decidles que cometen en ello un delito, y
los veréis burlarse de la moral que os lo dicta:
veréislos llamar al compasivo ardor con que queráis
atajar esa cadena interminable de injusticias, cuyo
primer eslabón está en sus manos, humos de
filantropía con que los hombres se adormecen.
Recapitula­
ción de los
principios
morales que
condenan ei
tráfico en
negros
Por fortuna, es imposible que el interés haya
despertado de tal modo a la nación española, que
tenga por sueños las siguientes verdades de la moral,
que son el fundamento de lo que va dicho en este
capítulo, y de otros infinitos argumentos con que
pudiera probarse su objeto. I o. Que la justicia no
permite que a ningún hombre se le despoje de la
propiedad de su persona, que es origen natural de
toda propiedad. 2o. Que la moral no consiente, que
147
para cometer esa injusticia se le haga sufrir a un
hombre la miseria y el dolor que hemos visto ser
inseparables del tráfico en esclavos. 3o. Que la moral
hace responsables a los traficantes en esclavos, del
número de muertos que se verifican en las guerras,
y hostilidades que la compra de esclavos fomenta, y
que no lo son menos de las vidas que se pierden por
las enfermedades, y desesperación que el pasaje por
mar produce. 4o. Que la moral acusa a los traficantes
en negros, del retardo que trescientos años de este
horrible comercio ha producido en la civilización de
*
Africa, y cuyo funesto influjo continuará infalible­
mente hasta que los africanos se persuadan de que
no pueden sacar provecho de la venta de hombres,
porque no hay quien vaya a sus costas a comprarlos.
5o. Que así como son culpables de todas las miserias,
muertes y delitos que causa el tráfico por su inme­
diato influjo, lo son también de todos los males que
tienen que sufrir los hijos y descendientes de esos
esclavos que cogen en África, igualmente que de las
funestas resultas que algún día debe producir en la
colonia la existencia de una multitud de hombres
degradados que sienten el peso de la injusticia que
los condena a un abatimiento perpetuo. Pero esto ya
pertenece al objeto siguiente.
148
CA P Í TULO II
Sobre el tráfico en esclavos
considerado políticamente.
Los traficantes en carne humana, después de ha­
berse empeñado en confundir con sus sofismas y
cortar con su mofa a los españoles que, acaso, pudie­
ran sentirse movidos a cierta compasión de los infe­
lices negros de África, se dirigen a los J efes del
Estado para darles algunas lecciones de Política, no
menos peculiares del comercio negrero que la moral
de que hemos visto una muestra.
De los que no encuentran estorbo en las leyes de
la moral para seguir trayendo esclavos del África,
mal se pudiera esperar que los encontrasen en las de
la política. ¿Qué es la política para los que ponen a
un lado la consideración de lo justo, y lo injusto,
sino el arte de obtener todas las ventajas posibles
contra los demás pueblos, sea por los medios que
fuere? Sentada esta horrible base, no ya los negros
de África, sino los habitantes más cultos de Europa
estarían expuestos a la suerte que sufren los negros,
a no ser porque sus fuerzas militares los defienden.
Quitado este obstáculo a la política negrera ¿qué
inconveniente hallaría en comprar algunos centena-
149
Los trafican­
tes en esclavos
quieren
probar por
razones
políticas que
el gobierno
español les
debe permitir
continuarlo
hasta que
llenen de
negros sus
haciendas —
Injusticia de
esta preten­
sión.
res de artífices, menestrales y fabricantes de los más
adelantados de otras naciones para que enriquecie­
sen con su saber y trabajo, a esos mismos que ahora
se ceban con el sudor y la sangre de los africanos?
No es esto una suposición imaginaria: cuando la
política estaba tan separada de la moral como la
ponen ahora los defensores del tráfico en negros, y
tenía de su parte la fuerza, filósofos se vieron escla­
vos en Roma, y esclavos enseñaron, y ejercieron
todas las artes en aquella capital del mundo. No es,
pues, la diversidad de principios, sino la de fuerza,
lo que confína las expediciones negreras a la costa
de África.
Es esto tan evidente, y son tan abominables los
pretextos políticos en que el tráfico de esclavos se
funda, que sus protectores no se atreven a defenderlo
ilimitadamente, ni a pedir a sus Gobiernos que les
mantengan el privilegio para siempre. Todos los ar­
gumentos políticos que se atreven a usar, están redu­
cidos a que se les debe permitir traer negros de
África hasta que hayan llenado las haciendas a su
satisfacción.
La respuesta general a todos los argumentos po­
sibles de este género es en extremo obvia, y fácil, si
tenemos presente cuál es la esencia del tráfico cuya
continuación se pide. Del mismo modo pudiera una
colonia de piratas, pedir a las naciones marítimas de
Europa que les permitieran continuar sus robos y
asesinatos contra un pueblo determinado, hasta que
hubiesen enriquecido su establecimiento a satisfac­
ción de cada individuo. Las circunstancias (podría
150
decir un salteador de caminos) me han puesto en este
género de vida: déjenme seguir un cierto número de
años; en ellos me daré prisa a completar mi fortuna,
y cuanto la tenga asegurada, yo prometo no matar ni
robar a ningún pasajero por lo que me reste de vida.
—Si la comparación tiene alguna inexactitud, no es
otra sino que en nuestro caso, los salteadores son
muchos, y los gobiernos de Europa, por una cegue­
dad inexplicable, han ido a la parte en los robos.
Esta sola respuesta bastaría, si pudiera suponerse
que la mayor parte de los hombres estuviesen dis­
puestos a sentir todo el peso de las memorables pa­
labras de Mr. Fox en el debate del año 1792: “El
tráfico (dijo) es contrario, en mi opinión, a la buena
política. Pero sé de cierto que es inhumano —estoy
seguro de que es injusto— y en tanto grado lo es uno
y otro, que si las colonias no pudieran cultivarse de
otro modo, deberían dejarse totalmente incultas”1.
Mas siendo, por desgracia, muy cierto que no todos
se hayan dispuestos a sacrificar los que se llaman
intereses políticos, a la virtud y la humanidad, es de
nuestro deber tomar en consideración las circunstan­
cias en que se hallan las colonias españolas, respecto
al comercio de esclavos, y demostrar que muy lejos
de que la abolición inmediata del tráfico pueda pro­
ducir su ruina, nada las puede poner en mayor riesgo
que su continuación.
1Clarkson, Hist, o f the Slave Trade, vol. ii, p. 416.
151
Males que
amenazan a
los pueblos de
la América
española que
quieren
aumentar el
número de
sus esclavos.
Poco interés
que tiene la
América
española en
este infame
tráfico.
En primer lugar se deberá tener presente que nin­
guna nación europea ha tenido menos esclavos, aten­
dida la extensión de sus colonias, y que ninguna ha
fundado menos su prosperidad en el trabajo de estos
infelices, que la nación española. En el gran reino de
Nueva España, el número de esclavos es cortísimo,
y ninguna especie de trabajo, comercio ni industria
depende de sus brazos. El continente meridional se
halla, por la mayor parte en las mismas circunstan­
cias. Sólo tal cual establecimiento había fundado
parte de su industria en la esclavitud como Caracas.
Puerto Rico y La Habana son los dos puntos en que
los negros constituyen la fuente principal de la ri­
queza de la población.
Aun cuando no fuese cosa tan sabida que la pros­
peridad de la América española no depende del bár­
baro tráfico en carne humana, las circunstancias en
que aquellos pueblos se han visto últimamente, nos
han proporcionado una prueba indudable de esta
verdad. Tales son los decretos que todos los gobier­
nos revolucionarios han dado sobre este punto. Ca­
racas (cuyo interés en la importación de negros no
cedía sino al de La Habana), Buenos Aires y Chile
han abolido en sus territorios la introducción de
esclavos. Cuando se supo en América el decreto pa­
sado por aclamación en las Cortes y luego suprimi­
do, para abolir el tráfico, sólo La Habana reclamó
contra esta medida. Tenemos, pues, que en la balan­
za política de España no hay otro interés que pese
contra las razones de humanidad y moral que se
oponen al comercio en negros, sino la conveniencia
e intereses de la ciudad de La Habana.
152
Las reclamaciones de aquella ciudad son muy se­
mejantes a la de los colonos ingleses cuando trató el
parlamento de abolir el tráfico en negros. La diferen­
cia entre unas y otras es que en aquéllas se trataba de
un inmenso capital, y aquí de un interés relativamen­
te pequeño. Por lo demás, toda la reclamación se
reduce que el Gobierno que ha favorecido la intro­
ducción de esclavos, haciendo, por tanto, que varios
particulares embarquen sus capitales en especulacio­
nes cuyo resultado depende del trabajo de los ne­
gros, no debe impedir la introducción de nuevos
esclavos poniendo a los hacendados en riesgo de
perder sus caudales. —El modo de pensar y dar su
verdadero valor a esta reclamación será, considerar:
I o qué especie de protección y fomento han dado los
antiguos Gobiernos españoles a las empresas que
están fundadas en la confianza de poder traer escla-
*
vos de Africa, y en qué modo puede esto imponer a
los presentes una obligación de continuar su licencia
para mantener este tráfico: 2o averiguar si no hay
medio alguno de evitar las pérdidas que anuncian los
habaneros, fuera de continuar el tráfico; 3o examinar
si puede haber esperanza de que continuándolo por
tiempo limitado, desaparezca el riesgo que dicen que
ahora amenaza a los propietarios de negros en La
Habana.
No nos pararíamos a hablar de la conducta de los
antiguos Gobiernos españoles respecto a la importa­
ción de negros, a no ser porque este punto nos hará
ver la poca buena fe que reina en la reclamación de
Argumento de
La Habana,
fundado en la
protección
que el
gobierno
español ha
dado al
comercio en
esclavos.
Examen de
esta alegación.
Falta de
buena fe en
esta reclama­
ción.
153
La Habana, en lo que dice tocante a la ruina de sus
empresas, en cuyo temor fundan su derecho político
a la continuación del tráfico. Los autores de la repre­
sentación aglomeraron en ella cuanto podía deslum­
brar, y atemorizar a un gobierno nuevo, e intimidado
con las recientes revoluciones de las colonias espa­
ñolas, y en lugar de limitar sus argumentos a las
circunstancias de su isla, copiaron aquéllos que en
tiempos de los debates del Parlamento inglés, con­
tribuyeron a retardar la abolición. Hallaron que los
colonos ingleses habían amenazado al Gobierno con
traspasar a sus manos las haciendas, pidiéndole los
capitales que habían embarcado en ellas en fe de la
decidida protección que las anteriores legislaturas
habían dado al comercio en negros; y creyeron que
podían acomodar esta misma razón a su caso. “V.M.
debe reconocer (dijeron a las Cortes) que el arrancar
de su país los infelices negros y mantenerlos aquí en
la esclavitud en que se hallan, no es obra de los
particulares sino de los soberanos que nos pusieron
en tal caso, y de él no puede sacársenos precipitada­
mente decretando nuestra ruina, y olvidando en un
momento todo lo que se nos ha mandado por más de
trescientos años”2.
Si los autores de la Representación se hubieran
reducido a expresar con candor las circunstancias de
su caso, débiles hubieran sido los argumentos en tan
perversa causa, pero no incurrirían en tan notables
contradicciones como lo hacen. —Tenían que pintar
2 Representación de L a Habana.
154
por otro lado el corto número de negros que en su
concepto tiene la isla de Cuba. Para esto comparan
su extensión con la de J amaica y Santo Domingo:
traen estados del número de esclavos que hay en
ellas, y para que las Cortes tengan compasión de la
Habana y le concedan el privilegio de colmar la
medida de sus delitos contra la humanidad, siquiera
hasta el punto que sus vecinos, tratan muy natural­
mente de pintar el número de sus esclavos como
pequeño. Aquí es donde la memoria hizo traición a
los autores. Ese mismo gobierno español que por
más de trescientos años, estuvo mandándoles traer
negros, tiene ahora que cargar con la culpa de la
escasez de este género en que se halla la isla de
Cuba. En una serie de documentos justificativos de
la misma Representación de La Habana, se encuen­
tra un tanteo de los negros introducidos en la isla
desde la conquista; y en él se sientan los siguiente
datos3. “Prevaleció en la corte el sistema de la
prohibición absoluta, siempre que no fuese con real
licencia: y vista la serie de reglamentos que se suce­
dieron desde 1526 hasta 1580 y trataron hasta de
tasar en Indias el precio de los esclavos, se conoce
que no hubo provisión formal”. ...Cita después todas
las contratas que hizo el gobierno hasta el año de
1616; y dice estas palabras. “Por aquí se infiere cuán
mezquinas y escasas eran estas contratas para todas
las Indias”. “Hasta que los franceses, durante la
Guerra de Sucesión comenzaron a despertar nuestra
industria con sus especulaciones para permutar ne­
1Documentos Anejos. N° 6.
155
gros y efectos por tabaco, no hubo motivo ni estímu­
lo para comprar esclavos”. “... Ganaron los ingleses
por la paz de Utrecht la contrata del Asiento. La
primera factoría y los varios contratistas que sucesi­
vamente se obligaron proveer el estanco de España,
hubieron de repartir algunos negros”. “...Siguió en
1740 la compañía de La Habana”. “...Un historiador
patricio que escribió en 1761 asienta que la Compa­
ñía hasta entonces había expendido 4986 esclavos
entre grandes y chicos, y los ingleses durante su
dominio que no pasó de un año trajeron bastantes”.
Atendidos estos cálculos suponen que hasta el año
1763, habrían entrado en la jurisdicción de La Haba­
na 25.000 esclavos: que desde entonces hasta 1766
se introdujeron 4957; desde 1773 hasta 1779 el nú­
mero fue de 14.132. Desde 1786 a 1789, fueron in­
troducidos 5.786. “Siguióse luego (concluye la nota)
el libre comercio establecido por la Real Cédula de
este año (1789) y prorrogado hasta ahora, han entra­
do por él hasta fin de 1810, ...cabezas 110.136”. —
Y aquí tenemos que el Gobierno que, según la Re­
presentación de La Habana, les “había mandado por
más de trescientos años” introducir negros, resulta
haber estado por cerca de tres siglos coartando la
introducción, y permitiéndola sólo por licencias da­
das cada vez a un solo individuo, y por un corto
número de años. El año de 1789 cuando ya la nación
que más había manchado sus manos en este horrible
comercio empezaba a abrir los ojos, y trataba de
abolirlo, con el mayor empeño; en el año de ochenta
y nueve cuando el gobierno español se había sumer­
gido en la corrupción más abominable de que hay
156
memoria; en el año de ochenta y nueve cuando ya el
favorito Godoy era el alma de aquella desgraciada
Monarquía; en el año de ochenta y nueve, y bajo
tales auspicios, dio el gobierno español por vez pri­
mera licencia absoluta para robar africanos. Sus
vasallos de La Habana aprovechándose de esta be­
nigna ley, han introducido en 21 años, 110.136 ca 
bezas (es decir, criaturas humanas a quienes cuentan
como a sus ganados) y éste es el título de justicia en
que fundan la obligación que tienen las Cortes de
España (consideradas sin duda, como imitadoras y
representantes de Carlos IV) de continuarles el mis­
mo privilegio siquiera por medio siglo.
Medio siglo decimos por usar de una expresión
que note limitación de tiempo; pero si atendemos a
la razón en que los traficantes de La Habana se fun­
dan, jamás podrá ponerse término a este abominable
comercio; por el contrario, cuanto más crezca el
número de los esclavos en la isla, tanto más ilimita­
da deberá ser la introducción. El argumento de la
Representación es éste: El gobierno español nos dio
licencias para traer negros a medida de nuestro de­
seo. En esta inteligencia emprendimos grandes des­
montes, y plantíos de tierra. Los negros se mueren;
y si al paso que nos van faltando, no nos permiten
traer otros para suplir su falta, estas haciendas que­
darán incultas; y nuestros capitales se verán destrui­
dos. —Es, pues, evidente que el traer nuevos negros
no hará más que perpetuar o aumentar la necesidad
del tráfico. Luego la política deberá mirar a este
Atendidas las
razones de La
Habana jamás
se podría
poner fin a la
introducción
de negros
157
La propaga­
ción natural
de los esclavos
que ya están
en las
colonias, debe
ser más que
suficiente
para evitar
los perjuicios
que figuran
los habaneros,
en la
prohibición
inmediata del
tráfico.
comercio como necesario para siempre, si lo es para
un solo año.
Consecuencia tan horrible y tan contraria a la
experiencia de las naciones que han abolido el tráfi­
co después de haberlo hecho una parte esencialísima
de su industria, nos indica que la alegación de los
interesados, o es falsa absolutamente, o si los males
con que amenaza tienen alguna verosimilitud, debe
hallárseles remedio de otro modo que con la conti­
nuación del tráfico: esto es lo que propusimos ave­
riguar en segundo lugar.
¿No se propagan los negros en la misma propor­
ción que los demás hombres? En mucho más núme­
ro según experiencia indudable. ¿Por qué, pues, los
negros con que los habaneros han emprendido sus
cultivos necesitan reponerse con otros traídos del
África? Y aquí es preciso que no confundamos las
nuevas empresas que su codicia les dicte, con la
pérdida de las ya emprendidas, que es en lo que
fundan su reclamación. Ahora bien, cuando mil
hombres libres (por ejemplo) han desmontado una
porción de terreno, jamás se ve que tengan que
mandar por nuevos colonos para mantener el cultivo;
por el contrario, se ve que la población crece de
modo que al morir los primeros cultivadores es ya
preciso aumentar las suertes con nuevos demontes.
¿Cómo explicarán, pues, los habaneros esta singular
anomalía, esta excepción de la regla general de la
naturaleza, en que fundan la necesidad de continuar
el tráfico? Desde 1789 hasta 1810 habían introduci­
do (según su cuenta) 110.136 negros; desde 1810
158
hasta el presente año no se habrán dormido en este
punto, y mucho más hallándose sobresaltados con la
determinación que manifestaron las Cortes de abolir
el tráfico4. Con los que, según la representación,
existían al llegar estas nuevas remesas, La Habana
tenía un cuerpo de esclavos de 212.000, cabezas, en
julio de 1810. Según Padrones anexos a la Represen­
tación sabemos que en aquella ciudad y sus arrabales
se habían aumentado los libres de color, desde 1791
hasta 1810 en razón de 171 por ciento: en el barrio
de la Salud a 295 por ciento; en Holguin a 353 por
ciento; en Bayamo a 128; en Puerto Príncipe a 131.
Aunque hayan contribuido algunas causas accidenta­
les, y de mera agregación para aumentar la razón
proporcional en algunas partes, más de lo que debie­
ra ser por mera propagación; ésta, confiesan los mis­
mos autores, que “ha sido asombrosa”5, y que “a ella
contribuye más que nada la benignidad del clima”6.
4 Extracto del I nforme de los Comisionados por el African
Institution en la Costa de Africa, en el año de 1810. “L a grande
escena del tráfico en esclavos está en la costa de Whydaw, a la
derecha de Benim Gaboom, y los establecimientos portugueses
de Angola. No tenemos medios de asegurarnos a punto fijo del
número de esclavos que se extraen; pero según la opinión ge­
neral de los españoles y portugueses empleados en el tráfico
que han sido traídos a este puerto (Sierra L eona), la importación
anual era a principios de 1810, según un cálculo moderado, de
40.000 para el Brasil y 40.000 para la isla de Cuba”. 6th Report
o f the African Institution, Appendix A. Esto tiene la confirma­
ción de personas que residían en L a Habana en dicho tiempo.
5L etras B, C, D, E.
6 “Circunstancias particulares, locales o accidentales, pue­
den haber contribuido a estas variaciones... Sobre todo el estí-
159
En este clima benigno, la raza negra que es natu­
ralmente fecunda, más que otra, debiera aumentarse
de un modo prodigioso, y en efecto se ve que sus
descendientes, apenas salen del estado de esclavos
suelen triplicar su número en el espacio de veinte
años7. Por otro lado la proporción más baja del au­
mento de la población sin obstáculos, la da doblada
en 25 años. La propagación de los esclavos no puede
tener otros impedimentos, que los que le pongan sus
amos. ¿Cómo, pues, se atreven los hacendados de La
Habana a aclamar al gobierno para que les dejen
traer negros de África, alegando que no pueden tener
completo, de otro modo, el número de brazos que
necesita el cultivo de las haciendas en que han em­
barcado sus capitales? ¿Quién tiene la culpa de que
los esclavos de La Habana no se propaguen siquiera
para mantener estacionario su número?
Por fortuna la misma Representación nos presen­
ta, sin que lo imaginasen los autores, los datos más
satisfactorios para explicar este enigma. Irritados
mulo que ofrecen las ciudades a sus vicios o a su aplicación
preferente a las artes mecánicas, son causas que explican en
gran parte su asombrosa propagación. Confesamos que a ella
también contribuye más que nada la benignidad del clima que
exime a nuestra plebe de las muchas miserias y calamidades
que afligen al pobre e impiden su propagación en los climas
fríos”. —Documentos anexos a la Representación de L a Haba­
na. N° 0.
7 En la proporción de 353 por ciento, que es la del aumento
de los libres de color de Holguin, dejamos 53 por ciento en
consideración a las causas accidentales que puedan haber con­
currido.
160
con la proposición de un diputado en Cortes que
atribuyó a los dueños de esclavos el deseo de que
sus negros se propagarán, sin atender a la legitimi­
dad de los medios, descubren la verdadera causa de
que sea necesario suplir con negros africanos los que
mueren en las haciendas de América. La razón es
que la propagación de los negros no tiene cuenta a
sus dueños en tanto que haya medios de traerlos de
Africa. “La esclava preñada y parida (dice la Repre­
sentación) es inútil muchos meses, y en este largo
periodo de inacción su alimento debe ser mayor y de
mejor calidad. Esta privación de trabajo y aumento
de costo en la madre, sale del bolsillo del amo. De
él salen también los largos y, las más veces, estériles
gastos del mismo recién nacido, y a esto se unen los
riesgos que se corren en las vidas de madre e hijo,
y todo forma un desembolso de tanta consideración
para el dueño, que el negro que ha nacido en casa
ha costado más cuando puede trabajar, que el que
de igual edad se compra aquí en pública feria. De
aquí se infiere que de parte de los amos no hay ni
puede haber interés en promover los partos de sus
esclavas ”8.
Este mismo interés que tan satisfactoriamente nos
explican los hacendados de La Habana, les dicta que
no compren hembras. Un varón trabaja tres veces
más y no puede causarles desembolsos. “No hay una
hacienda (continúa la Representación) que tenga las
hembras que corresponden al número de sus varo­
8Representación de L a Habana, parte 2a.
161
Respuesta a la
alegación de
que no hay
esclavas
bastantes para
la propaga­
ción
nes. Hasta ahora quince años, venían muchísimas
menos hembras que varones, y viniendo tan pocas
que apenas eran las necesarias para el desordenado
servicio doméstico de las familias blancas, se ven 
dían por un tercio menos que los varones. De quince
años acá han empezado a variar las ideas en esta
parte, y el precio de las hembras ha subido (aunque
nunca ha igualado al de los varones) porque se han
llevado a los nuevos establecimientos; pero ni aun
allí han ido las suficientes y los antiguos se mantie­
nen sin mujeres”9.
¡Tan poderosa es la voz del interés inmediato y
presente en todos los hombres, y en especial en los
que desnudándose de las entrañas de tales, comer­
cian y especulan, contando las ganancias que les
dará la esclavitud no sólo de las personas sino de las
inclinaciones, y afectos de sus hermanos! ¡Y éstos
son los que acusan al Gobierno de que los arruina
cuando trata de cortar de pronto el tráfico horrible de
negros! —No tienen mujeres bastantes, y los negros
no pueden propagarse. Pero ¿creerá nadie que si se
les permite el tráfico por un cierto número de años,
emplearán sus capitales en traer sólo hembras, y que
esperarán a reembolsarse de aquí a quince años,
cuando empiecen a trabajar sus hijos? Semejante
esperanza es ridicula.
En 1795 celebró el consulado de La Habana una
junta en que entre otros puntos relativos al tráfico de
9 Representación, parte 2a.
162
esclavos, se trató de los medios de aumentar su pro­
pagación en la isla. Uno de los miembros10propuso
“que para animar la introducción de las hembras
africanas se impusiese, a imitación de los ingleses,
un derecho de seis pesos por cada cabeza de negro
varón, eximiendo de él a las hembras, y exhortando
a los hacendados a introducir en sus haciendas un
tercio de ellas”. En otra junta celebrada el mismo
mes “tuvo mucha oposición el pensamiento de un
derecho sobre la introducción de negros varones, y
mucho más la proposición que se sustituyó (por el
mismo miembro que hizo la propuesta original) de
imponer una capitación proporcional sobre las ha­
ciendas que no tuviese una tercera parte de hembras;
inclinándose la pluralidad de votos a que no conve­
nía emplear para la propagación de esclavos criollos,
medio alguno coercitivo, respecto a que habían pro­
visto suficientemente nuestras leyes a la libertad que
tienen los esclavos de casarse cuando les parece”.
Los hacendados deberían haber añadido para que el
escarnio de las leyes fuese completo “aunque no
tengan hembras con quién”. En diciembre del propio
año se nombró una comisión para que propusiese
medios de fomentar la propagación de los negros.
Ésta informó al Consulado y sus propuestas “en­
contraron igual oposición que las demás”. Los ha­
cendados se resistieron a toda especie de limitación
sobre este punto, de modo que fue preciso abando­
narlo. Últimamente en 1804 expidió el gobierno es­
pañol una cédula concediendo libre introducción de
10El oidor síndico Dr. Francisco de Arango.
163
negros por doce años, y mandando “que en los inge­
nios y haciendas donde sólo hay negros varones se
pongan negras, limitando el permiso de la introduc­
ción en tales establecimientos a sola esta clase o
sexo, hasta que estén casados todos los que deseen
este estado; haciendo entender a los hacendados que
sobre ser ésta una obligación de justicia y de con­
ciencia les resultará la utilidad de aumentar el núme­
ro de sus esclavos y de mejorar la clase de ellos sin
el continuo expendio de caudales en la compra de
bozales para reponer a los que mueren”11. Pero el
que procuró esta Real Orden conocía poco la dificul­
tad de hacer entender a los hacendados las ventajas
remotas que les produciría el cumplimiento de sus
obligaciones de justicia y de conciencia. El cálculo
ciego e inhumano de lo que les cuesta el tener
hembras, y criar a sus hijos será siempre un obstácu­
lo insuperable a la propagación de los negros escla­
vos, en tanto que la prohibición absoluta de traer
otros nuevos, no los obligue al medio más humano
de reponerlos, que la naturaleza, aunque doliente, les
ofrece. La abolición inmediata y absoluta, es lo que
puede corregir el abuso; las órdenes y leyes sobre
este punto serán siempre tan ilusorias, como la que
hemos citado. En 1804 se mandó que no se permi­
tiese aumentar el número de esclavos en ninguna
hacienda, hasta que estuviesen provistos de mujeres
los existentes en ellas: en 1810, habiéndose introdu-
11 Documentos anejos a la Representación de L a Habana,
n° 6. Real Orden Reservada fechada en A ranjuez a 22 de abril
de 1804.
164
cido en estos años los esclavos en mayor número
que nunca12, representa la ciudad de La Habana “que
en los nuevos establecimientos... no hay las suficien­
tes, y los antiguos se mantienen sin mujeres”.
Nunca, nunca se espere que reglamento alguno
pueda remediar unos abusos que están en la misma
esencia del mal que se quiere modificar. Los dueños,
y los comerciantes de esclavos no sacrificarán la
menor parte de su interés inmediato, mientras que la
inflexible necesidad no los obligue. Ya se ha visto la
oposición que encontraron en el Consulado de La
Habana todos los planes para aumentar el número de
hembras esclavas en las haciendas: las medidas más
suaves se llamaban coercitivas, y los que no se paran
en condenar a esclavitud a millones de hombres, se
resisten furiosamente a la menor limitación en el uso
de su injusticia.
Pero apenas se podría imaginar hasta qué punto Multitud de
llega el intratable egoísmo de los protectores del trá- ha^en La”*
fico en La Habana, si no se les hubiese caído de la Habana,
pluma otro hecho que al paso que muestra cuán lejos ^poMa'3
se hallan de sacrificar la menor parte de interés multiplicación
momentáneo y del día presente, hace ver que se gentede
exponen a sí propios y a sus descendientes a los
mayores peligros sólo porque la ganancia del tráfico
12 Tenga presente el lector que la introducción de esclavos
desde 1789 hasta 1810 es de 110.136 cabezas según la Re­
presentación de L a Habana, que seguramente no exagerará el
número.
165
es inmediata, y los riesgos de continuarlo, aunque
enormes, aparecen algo remotos. Sepa, pues, que en
tanto que la ciudad de La Habana clama por la con­
tinuación del tráfico en hombres, y llora a las Cortes
su ruina a no ser que les dejen continuar la importa­
ción de nuevos negros; en tanto que protesta que la
propagación de los esclavos es imposible por falta
de hembras; en tanto que funda en estas extrañas
razones la necesidad de ir a África a causar la deso­
lación y horrores que hemos visto, La Habana y
todas las ciudades de la Isla están “plagadas de es­
clavas”, que tienen una sucesión tan numerosa, que
ya excede al número de los blancos. Pero dejemos a
los interesados que nos hagan la pintura.
“Sabe V. M. (dicen a las Cortes) dónde se multi­
plican ahora y se han multiplicado siempre con el
mayor daño nuestro, esto es dentro de las poblacio­
nes y más en las grandes que en las pequeñas. Por el
más funesto descuido de nuestra soñolienta policía,
por el más culpable olvido de todos nuestros inte­
reses, nuestras casas, en todas épocas, han estado
plagadas de esclavos sirvientes de ambos sexos, y
principalmente de hembras que viven comodísima-
mente, y por lo mismo contraen todo género de vi­
cios, siendo los más seguros la pereza y liviandad.
Todos tienen sucesión y muy numerosa los más, y
todos facilidad de libertarse a sí mismos, de lo cual
ha resultado en todas nuestras poblaciones esa infi­
nidad de gentes de color que con tanto cuidado
como nosotros, habrá V. M. observado en los padro­
nes que enviamos. El daño en esta ciudad llega a tan
alto punto que casi están a la par los libres de color
166
con los esclavos, y que unidas ambas clases, llegan
a la asombrosa suma de 55.077 que es mucho más
que los blancos, cuyo mal a cada paso toma tan
grande incremento que en el número de bautismos
de los dos años anteriores, casi subimos a dos de
éstos por uno blanco”.
En semejantes circunstancias La Habana implora
la compasión de las Cortes para que después de
haber aumentado el número de esta población temi­
ble con más de ciento y diez mil esclavos en pocos
años, se le permita continuar haciendo lo mismo
hasta que el abismo de la codicia individual diga
basta. ¿No es esto un delirio incomprensible? Así lo
parece, porque su explicación se calla. Los hacenda­
dos no intentan ni intentarán fácilmente la propaga­
ción de sus esclavos. Quieren brazos para las hacien­
das, negros varones, que condenarán a perpetuo ce­
libato, y a los desórdenes que deben seguírsele en
hombres nacidos bajo el sol ardiente de África. Estos
trabajarán hasta que mueran, y morirán sin sucesión
que aumente el número de la población de color a
quien temen. Vendrán otros en su lugar de África.
En este tiempo las cosas habrán tomado su rumbo;
los esclavos y libertos urbanos se habrán cuadru­
plicado en los cuarenta años siguientes —y la ge­
neración futura de blancos verá la suerte que le
toca— la presente se habrá hartado de lujo y de ri­
queza, y cuando llegue el día de la venganza, ya
estarán fuera de su alcance en este mundo.
Estos son cálculos que el egoísmo puede, en
malhora, hacer a su sabor, y sostener con todas sus
fuerzas; pero que la sana política no puede pasar por
167
alto, sin incurrir en un error funesto. El Gobierno
español tiene a la vista en estos hechos, los datos
más seguros para dirigir su conducta en el punto
importante del tráfico de negros. Aun cuando pudie­
ra prescindir de las consideraciones de humanidad y
justicia que van expuestas, no podría de modo algu­
no cerrar los ojos a los peligros que amenazan a esa
importante isla, cuyos necios clamores lo arredraron
en la determinación que únicamente puede salvarla.
La proporción en que crecen las gentes de color en
las ciudades de la isla de Cuba es enorme, según se
ha visto; y conforme a todas las reglas y observacio­
nes que hay sobre esta materia, en vez de que esta
enorme propagación se disminuya, debe crecer más
y más cada día. La plebe (como nota uno de los
documentos anejos a la Representación de La Haba­
na) no padece en aquel clima los males que la pobre­
za produce en otros. El mismo abatimiento en que
está la clase de color, le quita todas las aprehensio­
nes que impiden a las clases más altas el contraer
matrimonios desde temprano. La robustez de los
negros y mulatos, los hacen en extremo prolíficos:
todo, en fin, prueba que en breve deben crecer de un
modo extraordinario. La esclavitud doméstica en
aquellos países es origen de infinitos vicios; como el
abatimiento de la clase de esclavos y libertos lo es
de una perversidad de corazón, que los dispone a la
crueldad y venganza. La experiencia confirma lo que
la razón recela sobre este punto; y La Habana tiene
en Santo Domingo el ejemplo de lo que le amenaza.
El único remedio y preservativo que le queda, es
cortar el funesto origen del mal que está para
168
oprimirla. Mientras que haya introducción de escla­
vos, todo seguirá en la isla, el mismo rumbo que
ahora. El interés de tener una multitud de criados los
aglomerará en las ciudades; porque si las Haciendas
proporcionan mercado a ocho mil, por ejemplo, los
cargadores tendrán cuidado de traer dos mil más
para la demanda de las poblaciones. Hembras ven­
drán en la carga, pero serán para satisfacer a la
molicie de un sexo, y a la corrupción del otro, en las
ciudades. Los hacendados no las comprarán para sus
negradas, hasta que no vean cerrado el conducto que
les proporciona esclavos a menos costa, y con inme­
diato reembolso. El Gobierno español tiene a la vista
la inutilidad de toda especie de leyes y reglamentos
cuando se dan a un pueblo lejano, en que el interés
general es quebrantarlos. La Real Cédula de 1804 es
prueba evidente de esto; pero aun cuando faltara este
dato, la misma Representación de que tanta luz he­
mos sacado, lo expresa de un modo evidente aunque
indirecto. Después de hacer tan clara y enérgica pin­
tura de los riesgos a que la población de color, que
inunda sus ciudades, expone a aquella isla; atemori­
zados los que representan, no de su riesgo, sino de
la idea de que los obliguen a ponerle remedio, con­
cluyen de este modo. “Pensar en medidas violentas
para echar de las ciudades y transportar a los campos
estas gentes, en lo general corrompidas, es pensar un
imposible, que tal vez será motivo de mayores injus­
ticias y mayores desastres”. Con esta vaga y confusa
respuesta, con el nombre de medidas violentas, y la
oscura mención de mayores injusticias y mayores
desastres, dejan emplastado el cáncer mortal que
169
Excelentes
consecuencias
que tendría la
prohibición
inmediata y
absoluta del
tráfico
antes descubrieron, y pasan a clamar por aquello
mismo que sirve de pábulo a la enfermedad que los
consume. Toda medida que saca una línea de su
rumbo al hacendado, es “c o e r c i t i v a todo regla­
mento que pueda inquietar al soñoliento lujo de los
habitantes ricos, puede “producir mayores injusticias
y mayores desastres”. ¡Mayores injusticias que las
del horrible tráfico! ¡Mayores desastres que los que
están produciendo cada día esas expediciones que
van a cazar hombres! ¡Mayores males que los que
esa población pobre, ociosa, y corrompida causará
dentro de pocos años si no se le da otro rumbo que
el que hasta ahora lleva!
En buena hora no se usen medidas violentas.
Adóptese una sola, que respira dulzura. Prohíbase
por el Gobierno español la introducción de negros,
bajo las más graves penas, y se verá a ese mismo
interés individual que ahora está tan ciego, abrir los
ojos y poner el más eficaz remedio a todos los males
que preparan la ruina y desolación de la isla de
Cuba. Esclavos de ambos sexos se hallan en las
poblaciones de aquella isla, en tal número, y con
tanta rapidez se multiplican, que sus habitantes pre­
ven las más funestas consecuencias. Prohíbase, pues,
la introducción de africanos, y los que necesiten
esclavos en el campo, hallarán interés en comprarlos
en las ciudades, igualmente que sus dueños en ven­
derlos a buen precio. La disminución de los sirvien­
tes esclavos irá progresivamente introduciendo los
asalariados, y esto dará empleo a muchos libertos
que ahora pasan el tiempo en una ociosidad corrom­
170
pida. El interés de propagar los esclavos campestres
hará que se trasladen a las haciendas parte de esa
multitud de esclavas que están en los poblados, y en
vez de dar vida a una generación temible, producirán
agricultores, cuya multitud no amenaza inmediato ries­
go en una isla que tiene tanto despoblado.
En fin; no nos cansemos en pintar por menor, ni
en probar la seguridad de los buenos efectos de esta
medida. La causa que defendemos está ganada en el
tribunal de la Política, a no ser que ésta sea tan ciega
como el interés individual que quiere ofuscarla. La
introducción de africanos tiene a la isla de Cuba en
el inminente riesgo que pintan sus habitantes. Enho­
rabuena se niegue que la abolición del tráfico pueda
causar los bienes positivos que prevemos; mas, ¿po­
drá por eso desentenderse la buena política de la
obligación que tiene de evitar el aumento de esos
males que no pueden negar sus mismos patronos?
171
CAPÍTULO III
El comercio en esclavos considerado
cristianamente
“Según se nos decía, y dicen todavía, muchos li­
bros de respetables autores (habla la Representación
de La Habana), era (la religión) muy interesada en
liberar esas almas, de eterna condenación; y... no
puede ser justo dejar burlados y expuestos a los
blancos que obedecieron esos preceptos:... no puede
ser bueno condenar a celibato y mayor trabajo a los
que vinieron, y en ningún sentido puede ser acertado
el causar estos males infalibles por un bien que antes
se llamaba mal, y siempre será bien dudoso o bien
pequeño”.
Si aún queda en los corazones un grano de aque­
lla fe cristiana que mudó la faz de la Europa, que
civilizó a sus pueblos, y que abolió la esclavitud en
ella; si aún resta alguna especie de respeto a la moral
pura y benéfica del Evangelio, difícil será que se
lean las expresiones que anteceden sin indignación y
dolor. Los mismos que las usaron, percibieron bien
pronto el efecto que habían de producir en muchos
y no pudieron menos que condenarse a sí propios en
las palabras siguientes con que quisieron modificar
Alusión de la
ciudad de La
Habana a este
punto; y
contradiccio­
nes en que
incurre
173
las anteriores. “Dios no permita (continúan) que
nosotros profanemos nuestra moral santísima, cu­
briéndonos con el velo impío con que se pudo cubrir
la desenfrenada codicia. Dios no permita, decimos,
que ahora defendamos nosotros como un acto de
piedad la violencia de traer y de traer en cadenas
desde países tan remotos a criaturas humanas; pero
pues no somos autores ni aun instrumentos siquiera
de semejante violencia; pues nos hallamos por ella
rodeados y por todos lados de graves inconvenien­
tes, y autorizados para escoger los que menores
sean, huimos de las extremidades, y con igual cuida­
do procuramos evitar las del sórdido interés que las
del loco entusiasmo”.
Difícil será entender lo que los autores de la
Representación quieren decir en este laberinto; mas
su examen nos servirá como de una demostración
práctica de lo imposible que es conciliar la profesión
del cristianismo con el tráfico en esclavos. Toda la
habilidad y destreza del redactor de la Representa­
ción (que en el discurso de aquel escrito se manifies­
ta no escasa) no basta a salvarlo de este paso, sin
abismarse en un mar de contradicciones.
Los libros que en los siglos de ignorancia dijeron
que se debía extender la religión cristiana haciendo
la guerra a los que no la profesaban, no sería extraño
que aprobasen las expediciones a la costa de África
como medio de convertir a los negros. Si los que
claman ahora por la continuación de este tráfico cre­
yeran de buena fe que lo dicta el Cristianismo, sa­
bríamos bien cómo argüir contra este falso supuesto.
Pero ¿qué podemos decir en el caso presente, en que
174
se sienta aquella doctrina, se fundan en ella argu­
mentos, y luego se le da el nombre de velo impío de
la codicia, sin que por eso se desista de afirmar la
misma consecuencia? En la suposición primera, se
arguye diciendo que no es justo (según los principios
del Cristianismo, que es aquí el eje del argumento)
dejar burlados a los blancos, que obedeciendo como
precepto lo que decían aquellos autores, fueron por
negros a la costa de África; que no es justo
(cristianamente) “condenar a celibato y mayor traba­
jo a los negros que vinieron”, impidiendo ahora que
vengan más. En la segunda suposición (que es la que
adoptan los hacendados de La Habana) la moral de
Cristo se profana con la suposición de que sea acto
meritorio, y mucho menos precepto, el ir por negros
a África, usar de violencia para arrancarlos de allí, y
traerlos desde países tan remotos en cadenas. ¿Cómo
creerá nadie que se puede inferir de este segundo
supuesto, que se debe continuar comentiendo esa
violencia y trayendo negros en cadenas? ¿No se ve
en esto la pugna que resulta del empeño de sacar una
consecuencia predeterminada, a pesar de la luz de la
razón y el remordimiento de la conciencia? El in­
térprete de los hacendados de La Habana viéndose
sin salida en el caso presente, rompe por medio de
las razones en que él mismo se había enredado, y
disculpándose con que los habaneros “no son auto­
res, ni instrumentos siquiera de semejantes violen­
cias”, dice que quieren escoger los menores incon­
venientes, huyendo de las extremidades, y evitando
“las del sórdido interés con igual cuidado que las del
loco entusiasmo”. ¿Y cuál es este prudente y cris­
175
tiano medio? Continuar trayendo negros con vio 
lencia y en cadenas.
Pruebas
directas de la
incompatibili­
dad de la
moral
cristiana con
el tráfico en
negros
Absurda como es la suposición de que en conti­
nuar el tráfico de negros se hace un servicio al
Cristianismo, si hay aún alguien que de buena fe la
mantenga, su error tendría más disculpa, que no este
vano y artificioso juego de palabras con que se quie­
re implicar a la religión cristiana en un crimen e
injusticia que ella misma condena, según los autores
de la Representación lo confiesan enseguida. Pero ya
que con una visible falta de buena fe han querido
dejar ese cabo suelto, como dicen, valga lo que
valiere, aunque sea una especie de irreverencia a la
religión cristiana el suponer por un instante, que
aprueba lo que la Ley natural condena, según hemos
ya visto; los bien intencionados nos disculparán de
que nos detengamos a vindicar al Cristianismo, de
esta acusación con que los comerciantes en negros
(bien que al soslayo) han tiznado su venerable nombre.
Pero antes de emprender este argumento, permí­
tasenos repetir lo que siempre es necesario que ten­
gan presente nuestros lectores: que no tratamos de la
posesión y propiedad de los esclavos que ya han sido
transportados de África, y de sus descendientes que
nacen en esclavitud. Respecto de estos, el Cristianis­
mo, la moral y la política dictan cosas muy diversas
de las que mandan con relación a los que se hallan
en su país nativo y su libertad natural. La religión de
Cristo no puede mandar que se ocasione mayores
males por deshacer los que ya se han causado. Segu­
ramente, la religión no dicta a los gobiernos que
176
obliguen a sus vasallos a dar inmediata e ilimitada
libertad a sus siervos. Esto es un imposible moral, y
político: la religión lo mira como tal, y lo pone a
cargo de los que aprobando y ejerciendo el tráfico,
cometieron y cometen un delito cuyas funestas con­
secuencias apenas podrán atajarse de aquí a siglos.
Esto supuesto veamos si la religión cristiana puede
permitir que se continúe haciendo esclavos.
La propagación del Cristianismo es un bien: muy
lejos estamos de negar este principio; pero no es un
principio menos fundamental de la moral crisitiana,
que no se puede hacer mal con objeto de que resul 
ten bienes. Esta sola reflexión debe bastar para que
todo cristiano que haya leído el bosquejo de la his­
toria del tráfico, condene su continuación como un
pecado gravísimo. Decir que el Cristianismo debe
propagarse a costa de las guerras, desolaciones, ro­
bos y homicidios que el tráfico produce en Africa, a
costa de la desesperación, suicidios y muertes que
causa el pasaje por mar a la América, a costa de los
delitos que produce el desenfreno de las tripulacio­
nes a cuya discreción vienen por muchos meses las
esclavas, decir que todo esto lo aprueba el Cristianis­
mo, porque algunas de estas víctimas recibirán el
bautismo, es un verdadero insulto a la religión que
profesamos. Doctrina es de los Santos Padres, y
punto indudable entre todos los moralistas cristianos,
que una acción pecaminosa en sí misma, no sería
excusable aún cuando de ella se hubiera de seguir la
conversión de todo el género humano; ¿cómo pues,
podría el Cristianismo aprobar el abismo de delitos
que son inseparables de las expediciones para escla­
177
vizar negros, y sus consecuencias escandalosas des­
pués de esclavizados, sólo porque algunos de ellos
se catequizan en las colonias?
Aun cuando todos los que allí reciben el bautismo
hubieran de ser tan fieles a su nueva religión que por
sus virtudes se viesen colocados después en los al­
tares, esto probaría que la providencia sabe sacar
bienes de los mayores males; mas nunca disculparía
la acción criminal que fue ocasión de este bien.
Mayor delirio sería disculpar la violencia de un
apresador de esclavos, porque de ellos pueden for­
marse cristianos verdaderos, que el proteger el adul­
terio y la disolución, por la razón de que pueden
producir santos. En verdad que hay infinita más pro­
babilidad de que un bastardo sea virtuoso, que no
que un negro apresado sea buen cristiano.
Pero el tráfico en negros, en vez de propagar el
Cristianismo, y las virtudes que son su consecuencia,
es uno de los más funestos contrarios. Él cierra la
entrada a la luz de la revelación en el África; y ex­
tiende el vicio y la corrupción por la América toda.
Los que imaginan que la religión de Cristo puede
jamás extenderse o arraigarse a la sombra de la vio­
lencia, porque ven que varias víctimas de la fuerza
se someten a las ceremonias exteriores que la reli­
gión prescribe, deberían siempre tener presente
aquel terrible dicho del cacique que puesto en tor­
mento por los españoles conquistadores de América,
y ofreciéndole el cielo, si recibía el bautismo, pre­
guntó si entraban en el cielo los españoles; al res­
ponderle que sí, contestó con un gemido; “£n tal
caso no quiero ir al cielo”. Lo mismo, y con más
178
razón dirán los africanos a quien se les predique la
religión de Cristo. ¿Cómo puede ser buena, dirán,
siendo la religión de los traficantes en esclavos?
No es ésta una mera suposición, o conjetura.
Antes de que se agitase la cuestión que al presente
tratamos, y antes que las opiniones sobre ellas pudie­
sen excitar sospechas de parcialidad, Mr. Smith,
agente de la compañía inglesa que traficaba en escla­
vos, escribía las siguientes palabras en el año de
1722. “Los negros reflexivos cuentan por su mayor
desgracia la llegada de los europeos a aquellas tie­
rras. Dicen que nosotros los cristianos introdujimos
el tráfico y que antes de nuestra llegada vivían en
paz. Pero se ve, dicen ellos, que donde quiera que va
el Cristianismo va con él la espada, el cañón, la pól­
vora y las balas”.
Esta preocupación contra el Cristianismo es tanto
más fuerte en África cuanto que, con vergüenza
nuestra, la religión mahometana comparada con la
que muestran allí los europeos aparece muy superior
a los ojos de los infelices negros. Hablando Mr. Parke
de la nación Fonlah, en que es muy común el maho­
metismo, dice que “no reconoce entre ellos la perse­
cución religiosa, ni tampoco es necesaria, porque el
sistema mahometano tiene medios mucho más efica­
ces de extenderse. Por medio del establecimiento de
escuelas en que los muchachos gentiles, igualmente
que los mahometanos, aprenden a leer por el Alco­
rán, y se instruyen en los dogmas del Profeta, los
sacerdotes mahometanos los imprimen en sus discí­
pulos, y forman su carácter de tal modo que ningún
acontecimiento puede hacerlos titubear en lo restante
179
de sus vidas. Muchas de esas escuelas he visitado en
el curso de mis viajes por el país, y he observado
con placer la gran docilidad y obediente deporte de
los muchachos, ansiando en mi corazón que tuviesen
mejores maestros y religión más pura”. En otra par­
te, hablando del país de Mandingo, habla Mr. Parke
aún más expresamente a nuestro intento. “Aunque
los negros (dice) tienen generalmente grande idea de
la riqueza y poder de los europeos, temo que los
adeptos mahometanos tienen en mucho desprecio a
nuestros principios religiosos. Los traficantes blan­
cos de los distritos marítimos, cuidan muy poco de
contrarrestar esa triste preocupación. Considerando
esto no me causó tanta admiración como sentimiento
el observar que mientras que ha podido la supersti­
ción mahometana esparcir este crepúsculo de saber
entre aquellos pobres pueblos, se hallen cerrados a
las luces del Cristianismo. Ni podía dejar de dolerme
de que estando los europeos frecuentando las costas
del África por más de doscientos años, los negros se
hallen aún enteramente ignorantes de las doctrinas
de nuestra religión santa.”...“El pobre africano a
quien nosotros damos el nombre de bárbaro, temo yo
mucho que nos mira como a una raza de paganos
ignorantes, aunque muy temibles”.
De este modo se ha cerrado la puerta a la predi­
cación del Evangelio en la mayor parte de un conti­
nente inmenso; dejándosela abierta, y con todas las
ventajas posibles, al mahometismo, que se halla
extendido por un territorio inmenso en el que si se
ha oído alguna vez el nombre de Cristo, ha sido
sirviendo de apelación general a los traficantes de
180
esclavos. Los mahometanos deben aparecer ángeles,
respecto de los cristianos que se han conocido en
África hasta ahora.
Al fin, si hubiera probabilidad de que los esclavos
que se arrancan del África, recibiesen los bienes del
Cristianismo en la servidumbre a que los llevan; al­
guna, aunque muy desatinada disculpa pudiera darse
al silencio con que los ministros del Evangelio en
España, ven hacer este bárbaro tráfico. Pero conside­
ren los hombres piadosos, ¿cuál puede ser la mejora
que la profesión exterior del Cristianismo puede
causar en aquellos infelices agobiados con el peso de
las aflicciones y tormentos que les causan los cristia­
nos? Un negro bozal destinado a una hacienda a tra­
bajar bajo el látigo, ¿qué instrucción puede recibir?
¿cómo la oirá, cansado del trabajo, emperrado con la
opresión, y lleno de odio a cuanto venga por mano
de los blancos? Esto es suponiendo que se trate de
catequizarlos, y que se pongan capaces de entender
la lengua en que se les haya de dar la instrucción
necesaria. Pero lo cierto es, que según lo que dicta la
razón, y lo que atestiguan todos los hombres impar­
ciales que conocen a las colonias, no hay uno entre
todos los negros bozales que se pueda decir que es
cristiano verdaderamente. Pero ¿a qué nos cansamos
en probar esto cuando, según la confesión de los
patronos del tráfico en España, ni aún el bautismo se
administra a muchos de los esclavos bozales? “No­
sotros toleramos y hemos tolerado siempre (dice la
ciudad de La Habana) que vengan negros infieles, e
infieles se mueren muchos”. Lejos de nosotros el
entrar a examinar los altos juicios de Dios, y las
181
leyes de su justicia respecto a estas víctimas de la
avaricia europea; pero, si atendemos a las máximas
de la Teología, ¿no se podrá decir que traemos esos
infieles negros para que recibiendo el bautismo, les
sean más imputables los delitos a que los expone la
especie de vida en que han de pasar sus días? Paren
su consideración los ministros del Evangelio en las
costumbres que reinan generalmente en las colonias
donde son numerosos los esclavos. Infórmense de
los que han vivido en ellas, y se estremecerán del
abismo de corrupción y de pecados, de que estos
infelices son ocasión e instrumento. ¡Y se seguirán
trayendo del África estas criaturas con tanta crueldad
como hemos visto, para que el catequista les impon­
ga en que es delito lo que todos los demás le ense­
ñan, y aun casi obligan a hacer! ¿Cuál es la esclava
que no viene a discreción de cuantos europeos la
conducen, y que no lo está a la de cuantos la rodean
en América? ¿Qué honor, que resistencia se puede
esperar en una raza tan ignorante y abatida? Digan
los que conocen a los pueblos de la América espa­
ñola donde los esclavos abundan, si hay intriga por
infame que sea, en que los negros no sean los instru­
mentos y confidentes principales de sus amos. Pero,
la pintura de la corrupción que los esclavos ocasio­
nan en América es tal que ni la pluma puede fácil­
mente ejecutarla, ni el pudor parar sus ojos en ella.
Baste lo dicho para excitar el celo de los españoles
amantes de su religión, contra un abuso que ocasiona
más ofensas del cielo que acaso ningún otro de cuantos
atraen su indignación sobre los hombres1.
1Que el emplear la esclavitud bajo pretexto de extender el
182
Últimamente, si después de todo lo dicho hay
algún cristiano de corazón que dude que el ir a apre­
sar negros al África es un delito que el Cristianismo
condena: si profesando la ley que dice no matarás,
no hurtarás', amarás a tu prójimo como a ti mismo,
todavía cree que el tráfico que causa tantas muertes,
tantos robos, tantos tormentos a criaturas humanas,
puede conciliarse con la profesión de cristiano, por
medio de alguna distinción o efugio; sepa que la
acción de apresar hombres está prohibida expresa y
nominalmente por autoridad divina, y puesta entre
los delitos más horribles e infames que el Cristianis­
mo condena. Ministros del Evangelio que con tanto
ardor y celo alzáis vuestra voz contra toda especie de
crímenes en España, ¿cómo no paráis vuestros ojos
cristianismo es contra los intereses de la religión, está declara­
do por el Papa Paulo I I I en los dos breves que expidió en 1537,
condenando bajo gravísimas censuras a los que esclavizaban a
los indi os bajo pretexto de hacerlos cristianos... “Humani
generis aemulus modiim excogitarit hactenus inauditum, ne
verbum Dei gentibus, ut sal vae fierent, praedicaretur, ae
quosdam suos s a t e l l i t e s commovit qui suarn cupidi tat em
adimplere cupientes, Occidentales ac Meridionales Indos, et
ALIAS GENTES... sub pretextu quod fi d e i Catholicae expertes
e x i s t a n t , tamquam b r u t a a n i m a l i a ac n o s t r a o b s e q u i a
r edi gendos esse pass im as s er er e presumant... Nos ig i tur
attendentes Indos ipsos, licet extra gremium ecclesiae existant,
non tamen sua libertóte privatos vel privandos esse” &c &c.
(A pud Torquemada). L a razón es tan idéntica, y el caso es tan
igual en los negros, además de que el Breve habla expresa­
mente de cualquiera otro pueblo (alias gentes) que se hallen en
iguales circunstancias, que se puede decir, sin la menor duda,
que las expediciones destinada a traer negros están condenadas
por la Silla de Roma.
183
sobre esta expresa declaración de San Pablo, en su I a
Epístola a Timotheo, cuando enumera las clases más
horribles de malvados, de este modo: Sabiendo que
la ley no está puesta para el justo, sino contra los
rebeldes, impíos y pecadores, contra los malvados e
impuros, los parricidas y matricidas, los homicidas,
fornicarios, pecadores nefandos, APRESADORES
DE HOMBRES2, embusteros, perjuros, y cualquiera
otra cosa que sea opuesta a la sana doctrina
“Sciens hoc, quia justo lex non est posita, sed
injustis et non subditis, impiis et peccatoribus,
sceleratis, et contaminatis, parricidis & matricidis,
homicidis, fornicariis, masculorum concubitoribus,
PLAGIARIIS, mendecibus, perjuriis, & si quid aliud
sanae doctrinae adversaturT3.
¿Admite esta sentencia evasión alguna? ¿Hace
acaso al Apóstol distinción entre los plagiarios o
apresadores de hombres, o disculpa a los que roba­
ban gentes bárbaras, o poco civilizadas? No: el que
se emplea en apresar hombres para hacerlos escla­
vos, es contado por el Apóstol entre los más infames
deliquentes. ¡Y aún hay reinos que profesando la fe
de Cristo protegen el tráfico en negros!
2 L a palabra L atina Plagiarius expresa exactamente la
ocupación que en uestros días exercen los apresadores de ne­
gros (V éanse los Di cci onari os). A presador de hombres,
correponde a la palabra original del texto Griego Andrapodíses,
que viene dsAner andrós? 1 hombre y Podísiu echo grillos,
apreso.
3 1 ad Timotheum, c. i. v. 9 et 10.
184
EPÍ LOGO Y CONCLUSIÓN
Cuando se hubo expuesto ante la Cámara de los
Comunes de Inglaterra el conjunto de miseria y do­
lor, que es efecto inevitable de las expediciones por
negros a la costa de África, el célebre Mr. Pitt pro­
testó en uno de sus más elocuentes discursos, “que
de cuantos males prácticos han afligido a la humani­
dad en el discurso de los tiempos, ninguno iguala al
tráfico en esclavos”.
La brevedad con que ha sido preciso pasar por los
puntos más principales de la historia de este cruel
comercio, y más que ella el débil colorido que ha
podido prestarle nuestra pluma, podrán, acaso, haber
dejado impresiones mucho más imperfectas en nues­
tros lectores, que las que en aquel hombre extraordi­
nario debió producir la masa inmensa de pruebas
que se presentó a su vista en las declaraciones de los
testigos que examinó el Parlamento.
Pero es tal la naturaleza del objeto presente, que
su más rudo bosquejo bastará a causar el efecto de­
seado en todo aquel que se digne prestar una media­
na atención a lo que va expuesto. El único riesgo
185
que corre la causa del África, en el juicio individual
de la nación española, a que apelamos en su nombre,
es que los contrarios suelen usar de los artificios más
sutiles, para confundir a los imparciales, ya distra­
yéndoles la atención a fin de que no la fijen sobre los
males esenciales e inevitables del tráfico, ya atemo­
rizando su imaginación con pinturas vagas de conse­
cuencias funestas, en caso de abolirlo; y, últimamen­
te, evadiendo el efecto de la indignación y compa­
sión pública, con la súplica de que se deje el remedio
de estos males para más adelante.
Una breve recapitulación de los males, esenciales
e inevitables que causan y causarán la continuación
de expediciones por negros a la costa de África, será
contraveneno eficacísimo a todos estos artificios.
Empezando por África; —jamás deben olvidarse
los males que el tráfico produce en ella. Imagine­
mos, si es posible hacerlo, con suficiente viveza, las
miserias que sufren cada uno de los esclavos que
forman la carga de los barcos negreros; añadamos el
sentimiento, el abandono en que deben quedar sus
padres, sus mujeres, y parientes cercanos; agregue­
mos la devastación, las desgracias que infaliblemen­
te deben causar las excursiones predatorias, a una
infinidad de personas, además de las que son efecti­
vamente cogidas para esclavos en ellas. Unamos a lo
dicho, las guerras perpetuas, los odios, las vengan­
zas, y sus inmediatas consecuencias, los incendios
de pueblos, la destrucción de las labores, las ham­
bres, las pestes y la demás multitud de horrores que
la guerra lleva en pos de sí, en los países poco civi­
lizados; sumemos todo este cúmulo, si alcanza la
186
imaginación a ello; y aún no habremos comprendido
los males que la avaricia europea está causando, ha
más de doscientos años en el continente de Africa;
porque después de todo esto, aún queda agregar la
aflicción, el terror, la agitación perpetua de cada
habitante, y en especial los débiles e indefensos,
deben, por necesidad sufrir cada día, cada hora, cada
instante que dure el riesgo de que los arranquen de
sus casas, para transportarlos a América. Póngase
cada cual en el lugar de estos infelices, figúrese que
vive en un país donde todos los que sean más fuertes
que él, pueden apresarle cuando quieran: que si él es
capaz de defenderse, no lo son su mujer, ni sus hijos;
que su casa puede ser incendiada de noche, y que su
familia puede ser cautivada de día. Imagínese el que
esto lea, en semejante estado, y vea si cada respira­
ción no debe ser un gemido en tan infeliz situación;
si los lazos más dulces de la naturaleza no deben
convertirse en tormento, y el hogar doméstico en un
lugar de congoja! Acuérdese por último de que todo
esto recae sobre criaturas humanas, iguales a él en
los sentimientos naturales, con imaginación que an­
ticipa los males, e inclinaciones que le hacen cono­
cer la felicidad y apetecerla. Ninguna de las naciones
incultas aman tanto el mundo de la quietud y los
placeres de su hogar, como los negros1; y no hay
choza en toda la extensión del África en que se ejer­
ce el tráfico, cuyos habitantes puedan gozar ni un
momento de seguridad y sosiego!
1A sí lo atestiguan Mungo Parke, y todos los viajeros.
187
Volvamos ahora la vista al barco que leva el ancla
y empieza a alejarse de la costa. Allí va el marido
que ha sido arrancado de los brazos de su mujer, la
mujer que ha sido robada al marido, el padre que
deja a sus hijos sin apoyo, el hijo que pierde para
siempre a sus padres. Allí van sin saber adonde. Allí
van estibados en una bodega pestífera, en grillos, y
prisiones, llagados, maltratados, enfermos del ma­
reo, atemorizados de una multitud de objetos que
deben ser horribles en extremo para quien no tiene
idea de la navegación. Veámoslos atormentados, e
irritados unos con otros, hasta que el abatimiento
viene en pos de la ira, y empieza a devorar lenta­
mente el corazón, sin que, las más veces, tenga
fuerzas bastantes para acabar sus tormentos con una
muerte apetecida. Allí la imaginación los devora, el
tratamiento brutal de los marineros los irrita. No, no
son semi-bárbaros los que esto sufren; aunque bastará
una centella de racionalidad para que fuese intolerable
su tormento. Muchos de ellos son, según el verídico y
desapasionado Mungo Parke, hombres de cierta educa­
ción; algunos gozaban autoridad y consideración en su
tierra. “Mas, todos (diremos con un escritor tan huma­
no como elocuente2) todos los que componen ese car­
gamento, puesto que le hemos de dar ese odioso
nombre, —todos son padres, o hijos, maridos o espo­
sas— todos tenían un hogar, todos tenían una familia”.
“Pero las enormes dimensiones (continuaremos
con el mismo escritor) de esta masa de miseria son
tales que nuestra capacidad no puede abarcarlas.
2Mr. Wilberforce. Letter on the Slave Trade.
188
Nuestros afectos se pasman con la grandeza de los
males; nuestra imaginación se pierde en la inmensi­
dad de la escena; y nuestra atención se distrae con la
multitud de objetos que se le presentan a una. Razo­
nes muy poderosas podemos descubrir del porqué la
eterna sabiduría nos crió más sensiles respecto de un
caso lastimoso cuyas menudas circunstancias sabe­
mos, que a una grande acumulación de males cuando
la vemos en globo. Si yo pudiera presentar una por una
las partes de que se compone este inmenso cúmulo; si
os las pudiera pintar con sus desgraciadas circunstan­
cias, seguramente podríais formar una completa idea
del mal que queremos cortar radicalmente. Esto no es
posible ahora. Empero al acabar el tristísimo cuadro
que hemos bosquejado, empleemos siquiera un mo­
mento, en entresacar a uno de esos negros, o a una
familia cautiva, y seguirlos con la imaginación, desde
que fueron apresados en su casa, en uno de los ataques
nocturnos que hemos descrito; o desde que fueron sen­
tenciados a esclavitud a beneficio de los que los conde­
naron, hasta el fin de su miserable vida. Yo no intentaré
hacer la descripción de sus tormentos. J uzgad vosotros
por vosotros mismos, lo que debe sufrir en las varias
situaciones en que sucesivamente ha de hallarse”.
“Imaginaos, si podéis, el ansia, con que al ser
arrastrado por sus apresadores, volverá los ojos a su
pueblo nativo, donde deja a su mujer e hijos; o si
suponemos que van con él, la congoja con que los ve
padecer, y con que mira el terrible porvenir que le
espera. Seguidlo en su larga y penosa marcha a la
costa, vedlo cómo, exhausto de fuerzas con el can­
sancio y la aflicción, lo hacen caminar cual si fuese
189
una bestia, a latigazos; o si va en compañía de su fa­
milia, juzgad lo que sentirá al ver a su mujer o su hija,
es obligado a seguir adelante y sacar fuerza de su
flaqueza, usando el mismo brutal recurso3. Observadlo
al embarcarse, viéndose entregado a gentes cuyo color,
aspecto y lenguaje le son enteramente nuevos; y
rodeado de objetos que le deben llenar de terror. Si
la infeliz familia de este desgraciado no va esclava
con él, la idea de que queda abandonada y de que
jamás ha de volver a verla, debe ahogarle el corazón.
Si su mujer o su hija le acompañan en su desgracia,
pronto las arrastran a otra parte del navio. Allí están;
mas no puede verlas; la certeza del maltrato que su­
fren en común con él, lo acongoja; la imaginación de
lo que más puede llenar de furor a un padre o a un
marido, que sabe que su hija o su mujer está a dis­
creción de la tripulación del barco, le destroza el
alma; una tabla los separa, y ella basta a impedirle
que alivie su miseria, o defienda su flaqueza”.
“Pero ved a nuestra desdichada familia que llega
al puerto de un destino, e imaginad las abominacio­
nes de un mercado de negros. Ved a ese infeliz o a
esa familia, puestos en cueros como bestias, y como
tales manoseados, y examinados para ver si están
sanos y fuertes. Vedlos saltar y bailar para mostrar
su agilidad; o, lo que es más lastimoso, vedlos que
temiendo el ir con diversos dueños, se empeñan to­
3 Se suplica al lector que se acuerde de la narración del
viaje de los esclavos que hace Mungo Parke, y va inserta en
este bosquejo.
190
dos en manifestar animación y fuerzas, para captar la
aprobación de un mismo comprador, en cuanto que
su corazón está devorado de pena. Probablemente
los individuos de esta familia son comprados por
diversas personas; acaso son llevados a diversas tie­
rras; y ved aquí desvanecidas la triste esperanza de
cosumir sus vidas en un mismo cautiverio; o si son
comprados para una misma hacienda, vedlos cómo
son llevados a ella, y cómo empiezan el interminable
trabajo en el que han de pasar sus años; la carrera de
degradación que los ha de conducir al sepulcro;
ellos, sus hijos, los hijos de sus hijos; sí, ni un rayo
de esperanza luce en sus corazones; el mismo traba­
jo, la misma opresión hasta la muerte! ...Pero un
negro no muere tan fácilmente. Por su mayor desgra­
cia le queda una larga vida; probablemente tendrá
que sufrir durante ella la brutalidad de otra y otras
muchas ventas, y ser otras tantas veces separado de
lo que ama, si aún le queda algo que dar en su es­
clavitud. ...Feliz él si es llevado a desmontar un
terreno inculto adonde el trabajo y lo malsano de la
tierra, ponga pronto fin a sus tormentos! Cuánto más
apetecible es esta suerte que la del que llega a una
vejez en que, separado de cuanto le fue caro en sus
mejores días, le faltan aquellos dulces apoyos que el
benigno autor de la naturaleza ha destinado a soste­
ner la flaqueza, y a consolar la aflicción de nuestros
cansados años! Volver a todas partes la vista, y no
hallar el rostro de un pariente, ni de un amigo, ni de
una mirada que dé consuelo -ni una mano que ofrez­
ca apoyo-, es situación tan en extremo triste que
aunque los anteriores años de la vida del negro traí­
191
do del África presenten escenas infinitamente más
horrorosas, por la intensidad del dolor que ha sufrido
en ellas, ninguna puede compararse al término de su
carrera por la desolación que le acompaña. La pro­
fundísima tristeza, y desconsolado abandono con
que la muerte se acerca a soltar de sus grillos al
africano esclavo, puede decirse que es la más me­
lancólica escena que presenta la historia de las
desgracias del hombre”.
Ahora bien; sólo en la isla de Cuba, sabemos
positivamente que en estos últimos veinte años, han
entrado cerca de doscientas mil criaturas, cuya histo­
ria es igual a la que acabamos de oír. A la hora
misma que esto se escribe, o a cualquiera que se lea,
se puede asegurar que se está verificando la misma
serie de horrores, en algunos de sus diversos perío­
dos. Y no obstante, se insiste en que el atajarlos de
una vez, sería causa de mayores malesl Sí, ya los
hemos oído: el epílogo y suma de todos ellos es que
cuesta más criar un negro que mandar por él al Áfri­
ca!4.
No se contentan los interesados en el comercio de
negros, con que la humanidad cubriéndose los ojos
les abandone las víctimas que ya han sido condu­
cidas a las colonias; no les basta que las impasibles
leyes declaren que los hijos de esclavos son pro­
piedad de sus dueños por generaciones sin término.
No se satisfacen con que les dejen acrecentar la
infeliz grey de sus siervos como aumentan sus ga­
nados. No: quieren que muerto un esclavo, esté ya
4V éase el cap. ii de la 2a parte de este bosquejo.
192
otro pronto en el mercado para sustituirlo, sin más
trabajo, ni cuidados que pagar el precio que se es­
tipule. Todo lo que no sea esto, producirá según los
traficantes, males mayores que las crueldades, robos,
incendios y desolaciones que causan sus barcos en el
Africa. En verdad que males bien graves se podían
temer de las disposiciones que muestran, si ese mis­
mo interés que les hace no tener compasión de los
negros por quieríes envían, no los hubiese de forzar
a ser compasivos con los que actualmente tienen,
luego que pierdan la esperanza de hallar otros en el
mercado. Para neutralizar la sensibilidad que pueden
excitar los abogados de la abolición del tráfico, di­
cen que este sería el medio de que los esclavos
actuales tengan más trabajo que el que sufren sus
fuerzas5. Como si los que confiesan que pueden ser
tan crueles por el deseo de ganancia, hubieran de
aliviar a sus esclavos cuando tuviesen muchos, a
quienes atarear de muerte. Tiempo ha que está cal­
culado ¡y jamás se ha hecho cálculo más horrendo!)
que un negro a quien se hace morir a fuerza de
trabajo, produce más ganancia, aunque haya que
comprar otro, que dejándolo vivir el tiempo que
naturalmente viviera de otro modo. Quien es capaz
de amenazar a los pocos, como lo hacen los de La
Habana ¿qué escrúpulo tendrá en seguir este cálculo
respecto de cuantos esclavos compre, aunque se
cuenten por miles?.
Hombres sensibles, españoles generosos, desen­
gañaos de una vez: interés tan violento como el que
5 Representación de L a Habana.
193
se necesita para desentenderse del cúmulo de mise­
rias que presenta el tráfico de esclavos, a nada cede­
rá sino a una necesidad absoluta. Para que los escla­
vos que existen en vuestras Américas sean bien tra­
tados cuanto su situación lo permite, impedid el que
puedan traerse otros. Para que se propague esta raza
desgraciada, y se les conceda a los infelices negros
el amargo placer de verse rodeados de hijos que han
de pertenecer a otro, cerrad la puerta al aumento de
esclavos por importación. Cerradla y sea luego, sin
detención alguna. Si os dijeren que Inglaterra tardó
veinte años en efectuar la abolición, acordaos de que
vosotros habéis tardado, en el mismo sentido, más
de treinta. Aquellos veinte años de lucha entre la
humanidad más desinteresada, y el interés más feroz
y atrevido, no deben ser perdidos para los demás de
Europa. Querer emplear tanto tiempo como Inglate­
rra en la abolición de una cosa que ella demostró ser
“el mayor de cuantos males prácticos ha conocido el
mundo”, sería hacer lo mismo que el que quisiera
continuar vendiendo una droga venenosa por tantos
años cuantos en otro reino se hubiesen gastado en
demostrar que causaba la muerte. No el Gobierno,
sino los interesados en el tráfico lograron el horrible
triunfo de mantener este borrón del hombre británico
veinte años más de los que hubiera durado sin sus
esfuerzos. Si éste es el modelo que se le propone a
la nación española; si se le quiere obligar a que cal­
cule sobre esta base los años que debe permitir a sus
vasallos ser piratas y asesinos', consideren que ya
han tomado de antemano la cuota que les pertenece.
Cuatro años que van desde que se declaró en sus
194
Cortes que la introducción de esclavos africanos
debía prohibirse, son más a proporción del interés
que España tiene en el tráfico, que veinte, respecto del
que tenía Inglaterra.
Pero no concluyamos con cálculos tan odiosos, ni
dejemos infestadas la imaginación de nuestros lecto­
res y la nuestra con los abominables regateos de la
inestabiliad y la avaricia. Acordaos, españoles, que
un corto número de individuos está haciendo a vues­
tro nombre el comercio de sangre que habéis visto;
reflexionad que vuestra bandera ondea sobre estos
cargamentos de dolor y de lágrimas que atraviesan
todos los días el océano; que el nombre de la nación
española es la salvaguardia que llevan sus verdugos:
y que ese ilustre nombre no sólo protege la iniqui­
dad, y se vicia de algunos de sus bastardos hijos,
sino que encubre a los piratas de otras naciones que
bajo la bandera española cometen iguales o mayores
excesos. Acordaos de que esto se verifica con gran
frecuencia, y que los gemidos de esos pobres africa­
nos a quienes en vuestro nombre se martiriza, se
exhalan a cada hora; y que aunque no lleguen a
vuestros oídos, ascienden ante el trono del padre
común de los hombres. Su mano paternal os ha li­
brado del yugo de vuestros opresores: acordaos de
que también vosotros habéis visto a extranjeros aso­
lar vuesta patria; dejad pues, en paz a la ajena; dejad
a esos infelices africanos la escasa porción de bienes
que el cielo les ha concedido en su tierra; dejadlos
en paz adelantar poco a poco en el camino de la
civilización, y no porque sean pobres e ignorantes
queráis tratarlos peor que las bestias del campo. Po­
195
bres son e ignorantes; pero corre en sus venas la
misma sangre que en las vuestras; el dolor que arran­
ca sus gemidos, no es de otra naturaleza que el vues­
tro; iguales a las vuestras, las lágrimas que vierten
sus ojos. Como vosotros, son padres e hijos, y her­
manos. ¡Mártires del patriotismo español! ¡Vosotros
los que habéis perdido las prendas más queridas de
vuestras entrañas, sacrificadas a la ambición de un
extranjero que quiso esclavizar vuestra patria! ...Por
vuestro dolor, y amargura, no permitáis que espa 
ñoles vayan, de hoy más, a la costa de África a
exceder en crueldad e injusticia a esos invasores que
os han destrozado el alma. Dejad al padre sus hijos,
al marido su esposa, vosotros que sabéis lo que es
verlos arrancar de sus hogares por soldados extra­
ños.
196
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
(Manuel Moreno A l onso)..................................................................... 9
BOSQUEJO DEL COMERCIO DE ESCLAVOS Y RE 
FLEXIONES SOBRE ESTE TRÁFICO CONSIDERADO
MORAL, POLÍTICA Y CRISTIANAMENTE
A dvertenci a................................................................................................69
PRIMERA PARTE
Capítulo I
Modo de proveer el mercado. Efectos morales
del tráfico en Africa..........................................................................73
Capítulo I I
Carácter de los n e g r o s ....................................................................91
Capítulo I I I
Cómo se conducen los esclavos, del interior a la costa .113
Capítulo I V
Carácter general de los capitanes de buques negreros
y de los conductores de esclavos: miserias del pasaje
a las colonias.....................................................................................121
197
SEGUNDA PARTE
Capítulo I
El comercio en negros considerado según las leyes
de la moral humana...................................................................... 135
Capítulo II
Sobre el tráfico en esclavos considerado
políticamente...................................................................................149
Capítulo III
El comercio en esclavos considerado cristianamente.... 173
EPÍ L OGO Y CONCL U SI ÓN...................................................... 185