Informe Te cnico

La posible participación política
de los desmovilizados de las FARC
La expresión participación política pueda aludir a realidades muy diversas, la
mayor parte de las veces la encontramos, tanto en contextos académicos como
cotidianos, haciendo referencia a participación electoral. En este caso se hará
referencia al caso colombiano, enmarcándose en el contexto sobre el cual se
hace una de las exigencias que manifiesta el grupo Farc al estado colombiano.
Éste informe puede contemplar otros mecanismos para participar en política
dentro de la sociedad más a allá de la acción electoral, según las fuentes que se
citan. La situación de esta participación se convierte en un problema político con
dimensiones éticas, que implica a toda la sociedad, la cual está potencialmente
afectada y debe someter el caso a criterios morales y socio-políticos.
13-5-2014


UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA
MAESTRÍA EN POLÍTICAS PÚBLICAS
SEMINARIO: ANÁLISIS DE POLÍTICAS PÚBLICAS
y DEMOCRACIA

Luis Fernando Alarcón Urrutia
Informe técnico Mayo 13 de 2014
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La participación política de los desmovilizados de las FARC, implica revisar diversas
dimensiones y traer las variadas posiciones o miradas desde las cuales se construyen los
argumentos sobre éste problema político entre las FARC y el estado colombiano. Es necesario
poner argumentos morales sobre la situación y analizar hasta dónde el sistema de gobierno,
las esferas de poder y justicia, la sociedad colombiana y otros actores potencialmente
afectados están dispuestos a facilitar los mecanismos para que pueda llevarse a cabo la
petición de participación política que reclama el grupo denominado Farc. Así mismo, es
necesario tener en cuenta, la posición de quienes puedan cuestionar la realidad de éste
problema y atribuyan otro tipo valores
1
o intereses por parte de los involucrados al
considerarlos únicamente como victimarios.

Desde los aspectos morales o éticos la información que se encuentra y que está basada
en fuentes reconocidas es reducida. Lo anterior no puede considerarse como un
desconocimiento a dicha dimensión, sino que en su mayoría el marco de referencia para el
análisis de la situación se basa en aspectos normativos de tipo jurídico.

Se espera entonces, tratar de definir la naturaleza de la situación problemática. Luego
se procederá a desarrollar los demás puntos del esquema analítico: identificación de las
consecuencias y de los beneficiarios o víctimas; identificación de las causas (Roth, 2014:141-
142) y finalmente una propuesta argumentada de solución.

1. Presentación / Definición del problema

La situación problemática enfrenta puntos a favor y en contra sobre la participación de las
FARC en la política. Se debe por una parte al escenario de polarización política alimentado
desde el Gobierno anterior, que se manifiesta ahora en el veto que figuras públicas plantean a
la participación política de guerrilleros que se desmovilicen, juicios basados en criterios
éticos y morales. Este problema y los factores que lo rodean requieren una explicación para
su comprensión, en una sociedad anestesiada frente a la violencia y radicalizada en medio de
odios, privilegios e insensibilidad ante los problemas sociales en el país (Buitrago, 2013: 177).

Por otro lado, un aspecto que es necesario analizar es el programa de reinserción y
reintegración política (participación política) de los antiguos combatientes a la vida pública.
La idea de los programas de Desarme, Desmovilización y Reinserción (DDR) es que los ex
combatientes desmovilizados se organicen políticamente y participen en las contiendas
electorales luego de reinsertarse a la vida civil. En Colombia esta participación política ha
tenido muchos problemas pues los desmovilizados que han intentado no han tenido la
capacidad de desarrollar un proyecto político plenamente democrático (Espinal, 2008: 13).
En este sentido, se requiere dar una real reintegración y reinserción política a los
desmovilizados para que puedan desarrollar su acción política normalmente desde luego bajo

1
Los valores: según MULLER son las representaciones más fundamentales sobre lo que es bien y lo que es mal,
lo deseable o lo que está por descartar. El debate equidad vs. igualdad es, típicamente, un debate sobre los
valores, como lo era el debate sobre “crecimiento” o preservación del ecosistema en los años 90 (Muller,
2006:99).
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las reglas del Estado de Derecho. Pensar, si es moralmente aceptable la participación política
de los desmovilizados.

Existen dificultades jurídicas con las que habrá que lidiar. Mientras avanzan los
procesos de negociación para que esto se dé, el país deberá definir cuáles delitos considerar
conexos al delito político, qué hacer con los guerrilleros que tengan condenas, cuya
participación en política prohíbe la Constitución, y qué tratamiento dar a quienes hayan
cometido graves violaciones del derecho internacional.

También, una parte de la sociedad no está dispuesta a perdonar sus crímenes a
cambio de su desmovilización. Así las cosas, el problema no estaría exclusivamente en hacer
modificaciones a la institucionalidad democrática, sino en modificar sustancialmente la
cultura, elemento que parece se discute poco y mucho menos, hace parte de los debates
públicos y privados en Colombia. (Ayala, 2013: 61). Se requiere avanzar hacia una sociedad
posconflicto, eliminar una de las grandes causas señaladas, las prácticas ilegales de
financiamiento y avanzar a un estado de verdad, justicia y reparación en cuanto a las víctimas
y victimarios.

2. Identificación de las consecuencias y de los beneficiarios o víctimas

Durante la última década, tanto la Política de Seguridad Democrática como el Plan Colombia
han priorizado el fortalecimiento del Estado en términos de seguridad, control territorial y
fortaleza militar. Ello se debe a la idea de concebir la superación de la violencia armada en
términos de ausencia de conflicto (Sierra, Escobar, & Pirón, 2013:6). Mientras avanza dicha
superación de la violencia emergieron diálogos para tratar de darle solución y garantías a los
derechos civiles y políticos en un marco del posconflicto luego de los acuerdos.

Sin embargo hay temas bastante complicados. Algunos actores afirman que los
diálogos de paz también son una ocasión para los desmovilizados tratar de lograr impunidad
para sus crímenes de lesa humanidad y sus crímenes de guerra. (El Colombiano, ob. cit. por
Núñez, 2013: 18). Desde el punto de vista normativo, la ley denominada Marco Jurídico para
la Paz ha sido criticada por muchas entidades de derechos humanos porque garantiza a la
guerrilla que no todos sus delitos de lesa humanidad serán investigados y que no todos los
autores de los crímenes investigados serán procesados judicialmente; adicionalmente, esa
misma ley establece que los autores de los crímenes que sean investigados, procesados y
condenados al final podrán ser beneficiarios de la suspensión de las penas. Esta ley ha sido
calificada por organizaciones defensoras de derechos humanos como una ley de impunidad
(Núñez, 2013: 18).

En el mismo sentido, otra crítica señala que el propósito de las Farc es que la firma de
un acuerdo de paz al final de los diálogos de La Habana tenga como requisito esencial que el
Estado acepte que ninguno de sus integrantes sea objeto de ningún tipo de persecución o
investigación judicial, por ningún tipo de delito. Es decir, ni siquiera aceptan comparecer
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ante los jueces con la garantía de que no cumplirán las condenas a las que eventualmente
puedan ser objeto, como lo establece el Marco Jurídico para la Paz (Núñez, 2013: 18).

Pero hoy, más allá de las pretensiones particulares de los grupos guerrilleros, no se
trata solamente de dictar sentencias condenatorias y privativas de la libertad, sino de buscar
mecanismos alternativos que faciliten poner fin a conflictos armados, sin llegar a la
impunidad. Reconocer los derechos de las víctimas, olvidados en indultos y amnistías
pasados, y los derechos de los desmovilizados, son ahora la prioridad (Buitrago, 2013: 181).
Esto incluye que muchos de los jefes de los grupos guerrilleros puedan aspirar a cargos
públicos a través de nuevos movimientos y ejercer oposición política. En teoría se dejan las
épocas del bipartidismo excluyente y de intolerancia política.

Por lo anterior, se hace necesario analizar los intereses de las partes y superar todos
los prejuicios personales en contra para entender el juego que se resuelve luego de una
negociación de beneficios adquiridos, en la que pareciera se estaría otorgando privilegios. Sin
embargo, esta consideración sobre los desmovilizados no es tan sencilla cuando se está
tomando en cuenta la posición de una víctima, quien no podrá despojarse tan fácil de una
concepción negativa, al llevar consigo una serie de secuelas e imágenes personales de
violencia que se deben reparar antes de tomar una posición reconciliable. Con un sentir así, la
víctima no estaría dispuesta a ver, y le parecería injusto que en un escaño del Congreso o en
cualquier otro escenario de representación popular estén quienes le hicieron daño.

Quizás con la mira puesta en la anterior posibilidad, el Congreso de República expidió
el acto legislativo 1 de 2012, denominado, “Marco jurídico para la paz”, en el cual, entre otros
aspectos, se facultó al Congreso de la República para que mediante Ley Estatutaria
estableciera “cuáles serán los delitos considerados conexos al delito político para efectos de la
posibilidad de participar en política”. Cabe anotar que el mencionado acto legislativo, dejó
claro que no podrían ser considerados conexos al delito político los delitos que adquieran la
connotación de crímenes de lesa humanidad y genocidio cometidos de manera sistemática
(Álvarez, 2013: 9).

No obstante, como señala Álvarez “ya hay voces que desde algunos sectores de la
opinión se levantan para afirmar que el “Marco jurídico para la paz” habría implicado una
sustitución de la Constitución y que por tanto la Corte Constitucional podría, si
eventualmente acogiera esa tesis, declararlo inexequible, lo cual daría al traste con la
posibilidad de revivir jurídicamente la conexidad”. No obstante lo anterior, es preciso
recordar que la terminación del conflicto armado supone la instauración de mecanismos de
justicia transicional, que como su nombre lo indica, están encaminados a facilitar los
procesos de paz y reconciliación, lo que supone asegurar a quienes renuncian a seguir
confrontando al Estado por la vía armada, condiciones que les faciliten su reincorporación a
la vida democrática y su participación en la misma (Álvarez, 2013: 9-10).

La paz y la reconciliación son metas deseables para nuestra sociedad, conviene
señalar que en este caso, el derecho penal, en vez de convertirse en un obstáculo, debe por el
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contrario facilitar esos caminos y en esa dirección la posibilidad de que se establezca la
conexidad para algunos delitos, sin que ello signifique impunidad. Álvarez cita al el profesor
Reyes Echandía diciendo que “en el fondo no se está consagrando impunidad alguna, sino
que se está aceptando una realidad y es la que el combate, para que sea tal, conlleva otros
resultados”. Además, cabe agregar que en virtud de tratados internacionales que obligan a
Colombia y a lo previsto en el Marco Jurídico para la paz, no podrán ser objeto de este
tratamiento privilegiado “los delitos que adquieran la connotación de crímenes de lesa
humanidad y genocidio cometidos de manera sistemática” (Álvarez, 2013:10).

La reintegración política está asociada también con las condiciones que facilitan la
participación política por parte de los desmovilizados y han logrado convertirse en
interlocutores ante la sociedad y los grupos que representan. Los componentes básicos de la
reintegración política son: fortalecimiento de la gobernabilidad y liderazgos políticos; el
reconocimiento como sujeto político; competencia y participación política y repartición del
poder (Joaquín, 2010: 6).

La experiencia colombiana de la reintegración de ex mandos medios de las Farc
muestra como consecuencia la invisibilidad en la participación política por parte de los ex
mandos medios, que está asociada con las dificultades para lograr espacios de reconciliación
con las comunidades receptoras y parece estar enmarcada en un ámbito de sometimiento en
sociedades urbanas ajenas, las cuales parecen estar lejos del conflicto y esto se refleja en un
proceso que se lleva a cabo en territorios y comunidades sobre los cuales no ejercieron
control, no sufrieron el efecto de sus acciones en el pasado, y donde han optado por
permanecer en la invisibilidad. Esta invisibilidad y el hecho de que se encuentran lejos de sus
comunidades de origen han dificultado verdaderos procesos enmarcados en los elementos
considerados en la literatura como exigidos en los procesos de reintegración económica,
social y política. Por tanto es difícil alcanzar una plena reconciliación cuando los ex mandos
medios tienen que abandonar sus comunidades para llevar a cabo su reintegración en
comunidades ajenas a sus costumbres y modos de vida. (Joaquín, 2010: 8).

3. Identificación de las causas (cadenas de causalidad)

En Colombia la política ha generado numerosos conflictos, que con frecuencia sobrepasan la
capacidad de la sociedad para controlarlos. Esta tendencia se agravó, por cuanto su
recurrencia facilitó el surgimiento de grupos de delincuencia organizada, como las guerrillas,
los narcotraficantes y los paramilitares, que se mantienen y reproducen por la facilidad con
que delinquen frente a los pocos riesgos que corren. Persisten factores sociales que generaron
condiciones favorables para que los procesos históricos desembocaran en la situación
mencionada. La permanencia de esos factores fue facilitada por la forma como evolucionó la
sociedad, en especial por el papel que desempeñaron los grupos dirigentes en la
modernización capitalista, ocurrida desde mediados de los años cuarenta del siglo pasado. Al
respecto, Buitrago señala seis factores que son sobresalientes:

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1. Regionalización acentuada, dispersa y con tendencia endógena, que ha dificultado
una integración política para la formación de una nación claramente definida. En este
ambiente, no se han creado referentes nacionales fuertes y estables. Esta debilidad
política de la nación ha impedido el fortalecimiento de estructuras nacionales, como el
Estado, los partidos políticos y la sociedad civil.

2. Debilidad política del Estado, que se expresa en la poca capacidad para generar
credibilidad en sus instituciones, es decir, legitimidad. Esta situación se concreta en la
limitada posibilidad de administrar los conflictos sociales para que no desemboquen
en violencias. La debilidad estatal se ocultó durante más de un siglo en un
bipartidismo premoderno, absorbente y sectario. La Iglesia católica, también
absorbente y premoderna, sirvió de complemento a la sustitución distorsionada de
funciones estatales.

3. Fragilidad de la sociedad civil, con pocas organizaciones hasta hace unas seis
décadas, casi todas en representación de intereses de las élites. La proliferación
posterior de esas organizaciones ha sido dispersa, y además tienen escasa capacidad
de expresarse para crear efectos destacados. Las dificultades para ejercer liderazgos,
debido a amenazas derivadas de la delincuencia organizada, han limitado también el
fortalecimiento de la sociedad civil.

4. Concentración extrema de la riqueza y el ingreso, y consecuente polarización entre
pobreza y riqueza sin cambios significativos. Esta situación fue amortiguada por el
crecimiento de clases medias producto de la tardía modernización capitalista y la
urbanización acelerada. Pero esta amortiguación tendió a estancarse desde los años
noventa. La exclusión social de gran parte de la población es el corolario de este
factor.
5. Reproducción permanente del campesinado pobre y excluido, debido a la existencia
de amplias fronteras agrarias, aisladas y dispersas, que mediante colonizaciones
espontáneas, consecuencia de la presión de los terratenientes, cumplieron el papel de
válvula de seguridad para los conflictos sociales hasta hace pocas décadas. Esa clase
campesina facilitó, al menos entre 1965 y 1985, la existencia de guerrillas.

6. Incapacidad de formular políticas sociales integrales —pero también de
implementar las aprobadas— para incorporar a sectores excluidos y romper la
tendencia de concentración de la riqueza y el ingreso. Esto ha facilitado la continuidad
de acumulación de capital sin regulaciones y la permanencia de privilegios, entre los
que sobresalen los de los terratenientes. Su representación política
sobredimensionada, frente la población diversificada, ha contribuido a esta
incapacidad de integración.

En un ambiente que incluía los seis factores mencionados, a mediados del siglo
pasado comenzó un tardío y caótico proceso de modernización capitalista en la sociedad. Sus
dos décadas iniciales exhibieron el sectarismo bipartidista, en el período conocido como “La
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Violencia”, que provocó masacres e inesperados cambios sociales, además de alimentar la
debilidad del Estado. Comenzó entonces una dispersa, rápida y desorganizada urbanización,
y una inestable diversificación de la sociedad (Buitrago, 2013: 178).

En medio de la violencia, y con el fin de acabar con ese caos, sectores liberales de las
clases dirigentes forzaron un proyecto de modernización del Estado a través del régimen del
Frente Nacional, entre 1958 y 1974. Esta modernización política
2
se apoyó en un bipartidismo
excluyente, que careció de proyecto de nación al reflejar los intereses de unas élites cobijadas
aún por el exclusivo modelo oligárquico latinoamericano ahora agotado (Buitrago, 2013:
178).

Este modelo de integración social supuso, además, que al suprimir la oposición
democrática se limaban las asperezas políticas del bipartidismo y se disminuían los
conflictos. Pero la diversificación social creció por fuera de un establecimiento limitado en su
influencia a partir de la pérdida de las ideologías de pertenencia al bipartidismo, creando sus
propios medios de protesta y oposición. La inestabilidad social desbordó así el control de las
normas legales, a medida que su aplicación equiparó las protestas sociales con la subversión
nacida de los rezagos de “La Violencia”, los estímulos de la Guerra Fría y la ausencia de una
oposición regulada. La estabilidad formal de las instituciones sirvió de amortiguador, e hizo
pensar que los problemas sociales eran controlables con la continuidad de facto del Frente
Nacional y la improvisada pero persistente represión oficial (Buitrago, 2013: 178-179).

La Violencia bipartidista entre liberales y conservadores fue el marco de la primera
desmovilización masiva de combatientes ilegales que contó con la intervención del Estado.
En las guerras civiles del siglo XIX las tropas se disolvían o se integraban a las fuerzas
vencedoras y los estragos, fruto de los enfrentamientos, eran “reparados” por autogestión de
la población civil (Vargas & Rubio, 2004:190).Tras la profundización de los enfrentamientos,
el gobierno en cabeza del general Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), expidió el decreto 1823
de 1953 para amnistiar a los insurgentes, lo que llevó al desarme y desmovilización de 3.540
guerrilleros de los Llanos y de 3.000 guerrilleros de otras zonas del país. Este proceso no fue
el fruto de una negociación o de un pacto de paz sino de presiones militares o, como lo
advierte el maestro Orlando Fals Borda, “engaños que llevaron a los frentes campesinos a
deponer las armas (Llanos y Tolima)” (Sarrias, 2006:54).

Por esta razón, no se contemplaron expresamente programas en beneficio de los
desmovilizados, aunque se impulsó el Instituto de Colonización e Inmigración y se organizó
la Oficina de Rehabilitación y Socorro para ejecutar el decreto y subsanar las regiones

2
El proceso de modernización social y política integró y transformó antiguos problemas no resueltos en la
sociedad —en particular el de tierras—, a los que se les agregaron los producidos por los nuevos cambios, sin
que se plantearan soluciones efectivas. En búsqueda de soluciones, los grupos dirigentes trataron de incorporar
sin éxito los conflictos sociales al nuevo régimen, para articular los intereses dispersos en la sociedad. Mediante
este régimen, la burocratización y el clientelismo sustituyeron al sectarismo como motor de reproducción del
bipartidismo, al expandir el aparato del Estado como medio de integración frente a la diversificación de intereses
y el aumento de conflictos (Buitrago, 2013: 178).
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afectadas. Los gobiernos siguientes continuaron las medidas represivas frente a las
organizaciones irregulares, contemplando únicamente mecanismos jurídicos como la
amnistía y el indulto para propiciar desmovilizaciones individuales. Este fue el caso de la
administración de Alberto Lleras Camargo (1958-1962), quien impulsó el decreto 2582 de
1958 como una medida unilateral para amnistiar e indultar a los subversivos y de Julio César
Turbay (1978- 1982), quien siguió la misma política (Sarrias, 2006:54).

Los gobiernos siguientes continuaron las medidas represivas frente a las
organizaciones irregulares, contemplando únicamente mecanismos jurídicos como la
amnistía y el indulto para propiciar desmovilizaciones individuales. Este fue el caso de la
administración de Alberto Lleras Camargo (1958-1962), quien impulsó el decreto 2582 de
1958 como una medida unilateral para amnistiar e indultar a los subversivos y de Julio César
Turbay (1978- 1982), quien siguió la misma política (Sarrias, 2006:54).

La situación cambió con el presidente Belisario Betancur (1982-1986), quien con su
“proyecto de paz y apertura democrática”, consiguió la aprobación de la Ley 35 de 1982 para
amnistiar a los combatientes de las diversas organizaciones guerrilleras, tras el
reconocimiento de su carácter político. Además, los decretos 3286 y 3289 permitieron la
creación del Plan Nacional de Rehabilitación (PNR) para promover obras públicas en zonas
afectadas por los enfrentamientos armados. Bajo estas circunstancias, se desmovilizaron
aproximadamente 700 guerrilleros de las Farc-EP, el EPL y el M-19 de forma individual, con
subvenciones que incluyeron dotación de tierras, apoyo para vivienda rural, créditos y
algunos compromisos en atención social como educación y salud.

En 1989, la administración de Virgilio Barco (1986-1990) decidió hacer una paz
negociada en donde “el perdón jurídico, amnistía e indulto, no era lo primero sino lo último y
lo subsidiario, siendo lo principal el contenido político de los acuerdos” (Pardo, 200, p.11).
Así, el gobierno nacional y el Movimiento 19 de abril (M-19), suscribieron el “Pacto Político
por la Paz y la Democracia” bajo el cual se desmovilizaron alrededor de 900 combatientes.
Para su ejecución se aprobó la Ley 77 de 1990 que otorgaba amnistías e indultos, y el decreto
314 de 1990 que creaba el Consejo Nacional de Normalización. Este fue el inicio de una serie
de acuerdos de paz entre los distintos gobiernos y algunas guerrillas y milicias que se
desmovilizaron entre 1990 y 1998. Fueron alrededor de 4891 desmovilizados de 11 de los
grupos. Cada uno de estos grupos estableció un acuerdo de paz particular con el gobierno
nacional, que incluía diversos beneficios jurídicos, políticos y socioeconómicos para
garantizar su regreso a la vida civil. (Sarrias, 2006:55-57).

Por otro lado, el contexto social y político en el que confluyó el país en los años
ochenta estimuló el crecimiento del narcotráfico, mediante las necesidades campesinas en las
zonas de colonización, su protección interesada por parte de la subversión y la penetración
mafiosa en la economía nacional. El narcotráfico se convirtió en potenciador de problemas
existentes, como la debilidad del Estado y la consecuente impunidad, la corrupción
estimulada por el clientelismo y el aumento del gasto público, la acumulación capitalista
desregulada y la diversificación de la violencia (Buitrago, 2013:179).
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La ineficacia militar frente a la subversión indujo a los terratenientes a organizar
grupos de paramilitares, con la anuencia del Ejército. Surgieron alianzas según regiones e
intereses de grupos y sectores sociales, legales e ilegales, y aumentaron la delincuencia y las
acciones terroristas, entre las que sobresale el exterminio de la Unión Patriótica
3
. Las
confrontaciones resultantes desembocaron en la ambivalente coyuntura de 1989 a 1991, que
culminó con una nueva Constitución que reconoció una sociedad emergente, afirmó la
descentralización y permitió la apertura del modelo de desarrollo (Buitrago, 2013:179).

En el plano de los acuerdos generales, el Pacto Político por la Paz y la Democracia,
entre el gobierno y el M-19, fue la base para la Asamblea Nacional Constituyente y la
Constitución de 1991 en la que participaron representantes de todos los grupos
desmovilizados hasta ese momento. Además, se estableció el voto obligatorio y el reemplazo
de las papeletas por un tarjetón electoral suministrado de forma igualitaria. Asimismo, se
crearon mecanismos de “favorabilidad política” –para todos los grupos- que les permitieran
acceder a Circunscripciones Especiales de Paz (Sarrias, 2006:55-59).

El temor por parte de quienes detentan privilegios, a que el nuevo régimen de la Carta
del 91 se tradujera en un sistema político más democrático, indujo el inicio de cambios
constitucionales e hizo resurgir los conflictos políticos en el establecimiento, el cual se
reacomodó de acuerdo con las condiciones creadas por la apertura económica y el
narcotráfico en expansión. La injerencia de Estados Unidos se hizo más ostensible, motivada
por el fin de la Guerra Fría y su concepción prohibicionista y represiva contra las drogas. Así,
este problema se volvió prioritario para la seguridad hemisférica (Buitrago, 2013:179).

Paralelo a los procesos de negociación y desmovilización colectiva, se desarrollaron
algunas medidas para favorecer la deserción de más guerrilleros. César Gaviria (1990-1994)
decretó el estado de conmoción interior permitiendo así que los “desertores” se acogieran a
programas de protección a testigos y obtuvieran perdones judiciales. Estas disposiciones
fueron formalizadas posteriormente en el decreto 1385 de 1994, el cual reglamentó las
desmovilizaciones individuales al establecer la posibilidad de conceder indulto a la persona
que resolviera abandonar voluntariamente las armas. Igualmente, en el gobierno de Andrés
Pastrana (1998- 2002) se estimularon fuertemente las deserciones –en especial de menores-
de los frentes de combate, llegando a 1.650 personas desmovilizadas en su administración
(Vargas & Rubio, 2004: 205).

A partir de 1990 se crearon los mecanismos para facilitar a las organizaciones
armadas desmovilizadas las condiciones sociales, económicas y de seguridad para que
puedan dejar efectivamente las armas y hacer tránsito a la vida civil. Se han llegado entonces
a procesos de desarme, desmovilización y reinserción que tienen básicamente tres objetivos:
uno político que implica la participación política de miembros de los grupos desmovilizados;

3
Ese partido nació precisamente tras los acuerdos de La Uribe en 1984, y en su primera incursión electoral, en
1986, alcanzó seis senadores, nueve representantes, 18 diputados y más de 300 concejales. Pero a partir de 1986
una ‘mano negra’ comenzó a asesinar a sus miembros incluidos dos candidatos presidenciales.
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uno de seguridad ciudadana y convivencia; y uno económico, con el cual se busca el retorno
de los excombatientes a la vida productiva (Borrego, 2003:2).

Pero, la debilidad del Estado se expresó entonces en confusas alianzas para doblegar
al grupo más desafiante de narcotraficantes, el cartel de Medellín, incluso con el apoyo de sus
competidores, el cartel de Cali, lo cual confluyó en una confrontación indiscriminada del
Gobierno con narcos y guerrillas. Ese enfrentamiento trajo consigo la dispersión del
narcotráfico, a medida que el establecimiento disimulaba sus vínculos con los
narcotraficantes y éstos buscaban la protección de guerrillas y paramilitares, sus nuevos
socios antagónicos. Estos últimos grupos se expandieron a la sombra de la incapacidad
estatal para confrontar a una subversión ya degradada (Buitrago, 2013:179).

La fragilidad política del gobierno de Samper, entre 1994 y 1998, derivada del
descubrimiento de vínculos del establecimiento con los narcotraficantes, inhibió la
posibilidad de retomar los intermitentes procesos de paz iniciados en 1982 y de buscar el
control civil sobre la política militar de orden público intentado en el Gobierno anterior. Esta
situación fortaleció las guerrillas, al amparo de los réditos brindados por el narcotráfico, el
secuestro y la extorsión, y además, los partidos de izquierda mostraron incapacidad para
definir una oposición democrática. Por su parte, los paramilitares también se fortalecieron,
secundados por sectores empresariales y la permisividad de la Fuerza Pública. El Ejército
sufrió entonces sus mayores derrotas frente a la subversión. Se impulsó así el sometimiento
del control territorial y de las autoridades locales a la competencia entre guerrillas y
paramilitares. La disyunción política entre el Gobierno Nacional y los gobiernos regionales y
locales adquirió mayor visibilidad (Buitrago, 2013:179).

El final de la larga estabilidad macroeconómica y la expansión del conflicto armado
interno reforzado por el desastre del Caguán mostraron que la violencia había dejado de ser
funcional para muchos intereses dominantes. En el proceso del Caguán entre Gobierno y
guerrilla, la arrogancia de las Farc les hizo creer que eran invencibles frente a la escasa
capacidad política oficial, arruinando la mejor oportunidad de su larga historia para alcanzar
una paz. Pero en ello influyó también la desconfianza estimulada por el exterminio de la
Unión Patriótica. Con ello, la sociedad asumió enormes costos en vidas y recursos, y aumento
de la delincuencia y el narcotráfico, además de frustrarse la posibilidad de fortalecimiento de
la democracia (Buitrago, 2013:179).

En estas circunstancias, la dirigencia del país, inmersa en una sociedad atomizada y
con organizaciones políticas con poca legitimidad, amedrentada por el terrorismo y con
escaso liderazgo, claudicó ante el modelo de intervención del Plan Colombia liderado por la
política hemisférica de Estados Unidos. La presión oficial de este país obligó a la Fuerza
Pública a reorganizarse y adquirir mayor capacidad operativa, aunque con distorsiones
derivadas de la política punitiva contra las drogas (Buitrago, 2013:180).

Entre 2000 y 2010 el fortalecimiento del poder público, como urgencia en pos de
aspirar a la superación del escenario de conflictos violentos, ha sido una constante de los
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diferentes gobiernos colombianos. El desprestigio del proceso del Caguán influyó en el
contundente triunfo del candidato presidencial que ofrecía mano firme contra la subversión.
El prolongado gobierno de Uribe, inaugurado en 2002, se enfrentó con decisión pero con
poca claridad a los problemas políticos, económicos y de seguridad del país (Buitrago,
2013:180).

Tanto la Administración Pastrana (1998-2002) como, sobre todo, la Administración
Uribe (2002-2010), han incorporado en sus diferentes mandatos políticos la prioridad que
supone el fortalecimiento institucional del Estado como vector fundamental en la superación
de la cruenta realidad que azota a Colombia. (Sierra, Escobar, & Pirón, 2013:7). La cifra de
combatientes desmovilizados de manera colectiva e individual entre 2002 y 2006 fue colosal:
casi 40.000 (Sarrias, 2006:60).

En el campo de la seguridad, pese a la falta de precisión en la publicitada “Política de
seguridad democrática”, el Presidente supo aprovechar los cambios operativos anteriores
para arreciar la ofensiva militar en contra de las Farc y confrontar sus medios terroristas,
bandoleriles y de sabotaje. La obsesiva presión presidencial por resultados medidos en
muertes enemigas indujo a actos delictivos por parte de la Fuerza Pública. Por su parte, los
paramilitares recibieron trato preferencial frente a las guerrillas, amparados por sus alianzas
con dirigentes políticos regionales. La improvisación oficial en el largo y publicitado proceso
de su desmovilización hizo más visibles sus alianzas políticas y provocó la fragmentación y
posterior reproducción de antiguos grupos, aumentando la inseguridad en comarcas y
ciudades (Buitrago, 2013:180).

El recuento anterior, de un país que ha llevado su historia en medio de violencias,
sirve de apoyo para tratar el de la participación política por parte de eventuales
desmovilizados de la guerrilla (Buitrago, 2013:180). Sin embargo, problemas tales como
inequidad social, pobreza, parapolítica, connivencias de sectores políticos y del Estado con
narcotráfico y actores armados, persistencia de la violencia guerrillera, paramilitarismo
creciente, violaciones a los Derechos Humanos (DDHH) y el Derecho Internacional
Humanitario (DIH) y/o desplazamiento forzado, ha surgido y persisten como desafíos por
superar, más allá de la seguridad, si se pretende aspirar a una verdadera consecución de la
paz en Colombia (Sierra, Escobar, & Pirón, 2013:6).

Por otra parte, otros autores observan que las Farc no han entrado a los diálogos de
paz de manera desinteresada y resueltas a llegar a un acuerdo asumiendo los costos
necesarios, derivados tanto a su casi nula representatividad social y política, como a su
insignificancia militar estratégica. Están creando, un juego calculado y metódico para sacar el
mayor provecho de los diálogos de paz, y resueltas a continuar la lucha armada si no se les
satisface en su integridad las demandas que exigen (Núñez, 2013: 19).

Parece ser que desde la anterior mirada, hasta ahora las Farc no han tomado la
decisión de abandonar la lucha armada. No se sienten derrotadas, al contrario, se sienten
victoriosas porque el Estado, según ellas, ya hizo su máximo esfuerzo, y no las pudo derrotar.
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En consecuencia, para las Farc la urgencia de hoy es recuperar la parte que perdieron, antes
de tomar en serio la decisión de abandonar la lucha armada en un futuro hipotético. Por ello
se niegan a hablar de “negociación” e insisten en que solamente son “diálogos” de paz. Claro,
la negociación implica que cada parte cede un poco en aras de llegar a un acuerdo; pero para
las Farc el único que está obligado a entregar en estos diálogos es el Estado, mientras que
ellas se niegan a adquirir cualquier compromiso. Su interés es recuperar terreno, más no
entregar ni comprometerse a nada (Núñez, 2013: 19).

Con respecto a la debilidad de la democracia, la precariedad del Estado, la fuerza de la
violencia política, la corrupción, el clientelismo y en general a las prácticas cotidianas en
amplios sectores sociales de este país, tienen un profundo arraigo cultural que hace que los
cambios institucionales excepcionales y transitorios que hoy exigen las Farc, resulten inocuos
sino entendemos que Colombia, como país y como nación, deberá hacer ingentes esfuerzos
para modificar sustancialmente las prácticas, los referentes y los valores culturales sobre los
cuales se ha legitimado tanto la violencia ejercida por las Farc durante más de 50 años, como
la que ejercen de tiempo atrás, contra las grandes mayorías, quienes han cooptado el Estado y
los partidos políticos para profundizar los privilegios de una clase dominante (Ayala, 2013:
61).

5. Propuesta argumentada de solución

En la hora actual, en que el Gobierno Nacional y la guerrilla de las FARC se encuentran
negociando un eventual acuerdo de paz, uno de los temas que se ha puesto de nuevo sobre la
mesa es la posibilidad de que los comandantes guerrilleros que hagan parte del acuerdo y
firmen la paz con el gobierno, se integren a la vida civil y eventualmente participen
activamente en política, con miras a acceder cargos de elección popular o a otros cargos
dentro de la estructura del Estado colombiano. En este escenario aparece el tema de la
conexidad en materia penal como una posible salida jurídica para que los delitos conexos
queden subsumidos en el delito político y por tanto reciban el tratamiento privilegiado que al
mismo le brinda la Constitución política de 1991, lo que abriría la posibilidad de que los
guerrilleros desmovilizados puedan participar en política, elegir y ser elegidos, en fin, de
ocupar cargos dentro de la estructura del Estado colombiano (Álvarez, 2013: 9).

Como ya se ha citado, el Congreso nacional aprobó un Acto Legislativo –también
conocido como el Marco Jurídico para la Paz
4
– diseñado para facilitar las negociaciones de
paz mediante el establecimiento de instrumentos jurídicos de justicia transicional. El tercer
artículo del Marco Jurídico para la Paz que abre la puerta a la participación en política de
miembros desmovilizados de aquellos grupos armados que acuerden un cese al fuego y
suscriban un acuerdo para la terminación del conflicto. Así, para una transición exitosa, es
evidente la necesidad de que la ley estatutaria que desarrolle el Marco Jurídico para la Paz
evite definir una vinculación mediante el establecimiento de una lista exhaustiva de delitos.

4
El acto legislativo, Marco Legal para la Paz, ha sido avalado por varios organismos nacionales consultados y a
pesar de las fuertes críticas que ha recibido por parte de otros actores, parece apropiado como mecanismo para
lograr un equilibrio entre la búsqueda de una paz negociada y la satisfacción de los derechos de las víctimas.
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Se debe proponer la adopción de una serie de criterios que permiten un análisis caso por caso
de la posibilidad de participar en política. De cualquier modo, debe tenerse en cuenta que, a
diferencia de las experiencias de Sudáfrica e Irlanda del Norte, el entendimiento tradicional
del delito político en el contexto colombiano es especialmente relevante para efectos de la
concesión de amnistías o indultos. Si bien la idea de la participación en política de las Farc es
difícil de asimilar, y ha sido ampliamente criticada por sectores de la opinión pública, lo
cierto es que este aspecto constituye un elemento esencial para una transición exitosa hacia la
paz (Delgado, 2013: 269).

Hace poco más de una década, la expresión “justicia transicional” era desconocida en
la sociedad colombiana. Se trataba de un concepto de reciente elaboración en la academia
internacional, que en el medio nuestro generaba curiosidad entre algunos expertos en temas
de derechos humanos y estudios de paz. Además, la justicia transicional podía resultar
extraña debido a que, dadas las características del contexto social en Colombia, el cambio
político se asociaba a la idea de una “negociación del conflicto” que permitiera hacer un
tránsito de la guerra a la paz a través de mecanismos como las amnistías y los indultos. Sin
embargo, en pocos años la sociedad colombiana pasó de la esperanza de un proceso de paz
con las Farc durante el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002), a la frustración generada
por el fracaso de tales negociaciones, y más aún, al ascenso de un discurso de seguridad y
guerra contra el terrorismo en virtud del cual se transformaron las representaciones sociales
sobre el conflicto político, los actores en contienda, y las respuestas estatales a las
necesidades políticas percibidas. Una década después de que el gobierno de Alvaro Uribe
(2002-2010) iniciara los acercamientos que llevaron a la desmovilización de las Autodefensas
Unidas de Colombia (AUC), las expresiones “justicia transicional” y “derechos de las
víctimas” se han constituido en elementos del lenguaje corriente en el escenario político en
Colombia (Sánchez, 2013: 138).

Para la superación sostenible de la violencia armada en Colombia, con o sin
negociaciones, la noción de “paz positiva” es imprescindible. El éxito militar muestra su
precariedad frente al necesario fortalecimiento del Estado de Derecho en un escenario de
urgencias sociales, políticas y económicas (Sierra, Escobar, & Pirón, 2013:6). La participación
política es una condición para una paz duradera y estable en Colombia (Delgado, 2013: 267).
De lo que se trata ahora es de entender que la guerra es el fracaso de la política en su
búsqueda de paz, pues hoy su objetivo central es evitar la guerra institucionalizando los
conflictos y negociando los intereses presentes en la sociedad. Esta premisa debería ser el eje
de las conversaciones en La Habana en un marco de negociación y no sólo de diálogos
unilaterales, ya que dicha negociación no debería ser un sometimiento por parte de las Farc
sino un proceso de negociación con todos los actores y un marco renovado se justicia y paz.
De ahí la necesidad de buscar la participación política de quienes se desmovilicen, pero no
mediante amnistías o indultos, sino a través de recursos internacionales y nacionales
expresados en modelos de justicia transicional (Buitrago, 2013:180).

Las perspectivas constructivistas, y concretamente la sociología del campo social,
brindan herramientas que permiten explicar procesos históricos, así como comprender
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conflictos asociados con el diseño y uso de mecanismos de justicia transicional en Colombia.
En segundo lugar, estas perspectivas teóricas permiten tener en cuenta la agencia de los
actores sociales, así como las limitaciones estructurales, los marcos institucionales y las
expresiones culturales en la vida cotidiana, como parte de la construcción de sentidos y
prácticas de justicia transicional (Sánchez, 2013:148).

De manera similar a lo que ocurre en los campos sociales (Bourdieu, 2000 cit.
Sánchez, 2013:148). la justicia transicional es un espacio de disputa complejo en el que
diferentes actores, con diferentes intereses, discursos y recursos, luchan alrededor de la
conceptualización, el diseño y aplicación de mecanismos orientados a promover la paz y
responder a las demandas de justicia, en el contexto de una transición política (Teitel, 2000;
Hagan y Levi, 2005; McEvoy, 2008). Pero las implicaciones sociales de los procesos de
transformación política van más allá de los simples diseños institucionales, pues las tensiones
políticas y culturales continúan presentándose, tanto en espacios institucionales como no
institucionales (Sánchez, 2013:148). Sánchez hace énfasis en un modelo de abajo hacia arriba
bottom-up con el fin de observar y contemplar todas las perspectivas en estos procesos entre
las esferas organizacionales y las esferas institucionales; reconociendo el rol de actores no
estatales en la construcción de un discurso democrático sobre los derechos de las víctimas y
responder a las demandas de rendición de cuentas luego de violaciones masivas de derechos
humanos en épocas de cambio político.

El actual panorama internacional es diferente al de hace poco más de dos décadas,
cuando Colombia apareció ante el mundo por causa del narcotráfico y la violencia. En ese
tiempo, las élites continuaban con indultos y amnistías cada vez que se agotaba uno de los
tantos conflictos armados (Buitrago, 2013: 180). El objetivo de la participación es abrir
nuevos espacios que permitan controlar los factores de inseguridad que subsistan en el país.
Esta meta responde a la necesidad de fortalecer el Estado, para que adquiera la capacidad de
institucionalizar los conflictos y negociar los intereses, en lugar de ser un factor más de
conflicto (Buitrago, 2013: 177).

Lo anterior implica reconocerlos, mediante la divulgación de la verdad y la búsqueda
de reparación por parte de los victimarios, hace parte de los medios transitorios de justicia.
También debe haber garantía de no repetición, incluida una rendición de cuentas por parte
de las Farc. Así mismo, entre la multitud de casos que hacen imposible su investigación,
seleccionar algunos destacados es imprescindible para llegar a una justicia razonable, en aras
de una paz. Esto hace parte de una labor pedagógica de humanización del conflicto, no sólo
para las víctimas sino para una sociedad anestesiada ante las tragedias, en la que priman
ideologías radicales y vendettas (Buitrago, 2013: 181).

Pero como señala Buitrago el problema más grave no es jurídico, sino político e
ideológico. Si bien las Farc se han ganado un repudio generalizado por sus desmanes y
crímenes, y por su descaro al negar hechos repudiables en contra de las leyes, éste se ha
acrecentado por conveniencia política del Gobierno anterior y por la del ahora expresidente y
sus huestes. Quienes repudian esta guerrilla sin que medien intereses políticos, y
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comprendan la trágica situación de la sociedad colombiana, su reacción frente a un eventual
éxito en las negociaciones sería de tranquilidad y de aceptación a la participación política de
desmovilizados.

Además de formas de participación política
5
y otras medidas que serían refrendadas
por la voluntad popular mediante mecanismos adecuados previstos en la Constitución, sería
conveniente una reforma de fondo para inducir un sistema de partidos efectivo y
democrático, que es inexistente. Habría que incluir allí un nuevo sistema electoral, así como
reformas al régimen político para hacer más funcional la democracia. Sin esos cambios no
tendría presentación abrir las puertas a una participación de guerrilleros desmovilizados en
un campo minado por el clientelismo, la corrupción, las alianzas con criminales, y, lo peor,
por ciertos delincuentes que ejercen la política. En ese caso, sería ofrecerles en bandeja de
plata a los exguerrilleros la tentación de continuar delinquiendo (Buitrago, 2013: 181).

Es necesario abrir la caja negra e indagar que opinión tienen otros actores que no han
sido convocados al escenario de acción. Sin duda para que llegase por lo menos a iniciar un
proceso legítimo de política pública sobre dicha participación de los desmovilizados se
requiere que se integren al proceso.

Siguiendo lo anterior, otro artículo presenta una reflexión sobre los vacíos existentes
en la garantía de los derechos de las mujeres víctimas del conflicto armado y la necesidad de
incluir el análisis de género en las medidas para garantizar los derechos a la verdad, la
justicia, la reparación y la no repetición. Se sostiene que pese a los estándares internacionales
y a las experiencias de otros países en Colombia el proceso de justicia transicional no ha
tenido en cuenta las realidades, las representaciones, las necesidades y transformaciones de
los roles de las mujeres como víctimas sobrevivientes del conflicto armado. Este estado de
ceguera ha llevado a que en el momento actual de dialogo de paz con una de las guerrillas
colombianas, la participación de las mujeres y el reconocimiento de sus afectaciones
diferenciales estén ausentes. Se concluye afirmando que, de continuar esta ausencia, que
lleva a la impunidad, Colombia no podrá alcanzar una paz sostenible y duradera, porque
reproducirá la misma lógica de dominación que durante siglos ha reprimido la voz de las
mujeres (López, 2013:124).

La participación política de las Farc, en el contexto de unos acuerdos de paz firmados
y refrendados en el Congreso de Colombia, demandará de los colombianos un exigente
cambio cultural, en aras de aceptar que ex guerrilleros de las Farc lleguen a la máxima
corporación legislativa, para desde allí, luchar por hacer los cambios que no lograron hacer
con las armas (…),Un cambio cultural que podría entenderse como una verdadera revolución
cultural, que por supuesto incluiría a los propios desmovilizados de las Farc, pero también a
quienes hoy hacen parte del Estado. El respeto al otro, a la Otredad, a la diferencia, es un

5
Las formas de una posible participación política son muy diversas y podrían caber en los recursos que brinda la
justicia transicional. Unos pocos ejemplos sobre la materia: nuevos movimientos y partidos; cupos transitorios en
órganos de representación popular; conmutación de penas por beneficios a las víctimas o a la sociedad; penas
cortas con posibilidades posteriores de participación; e indultos a penas por delitos menores.
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principio y valor democrático que no sólo ha sido violentado por las propias Farc, sino por
actores de la sociedad civil, interesados en mantener las históricas condiciones de
ilegitimidad del orden social establecido (Ayala, 2013: 59).

Que las Farc hagan política, más allá de las circunstancias y de los hechos jurídico-
políticos previamente definidos en el marco para la paz (Acto Legislativo 1, 2012) y los que se
logren consensuar a través de los mecanismos de justicia transicional, demandará una
verdadera revolución cultural en el pueblo colombiano, en especial en aquellos sectores que
aún desconocen las condiciones en las que se dio el levantamiento armado y en aquellos
ciudadanos que se resisten a examinar, con juicio, la legitimidad de un estado débil, violento
y excluyente como el que hemos construido todos los colombianos, bien por acción o por
omisión; de igual manera, el esfuerzo cultural va dirigido hacia aquellos que aún desestiman
los problemas que ofrece tener una sociedad desordenada, indisciplinada y con graves
dificultades en lo que alude a procesos de socialización. El marco en el que se configure el
referencial para lograr el propósito que aquí se ha expuesto, puede variar en relación con los
actores y redes que se conformen durante el proceso de diseño institucional de una política
pública.

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