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A
ntofagasta,
1903- 2003
Hijos del Corazón de María
(claretianos):
Cien años de Misión
en el Norte Grande
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rimera parte: 1903-1912
I. ntecedentes
Amanece sobre el mar. Desde arriba es lo
único bello que abarca la mirada que busca
algo para ayudar a la sonrisa, entre molduras
de cerros ennegrecidos por los años y las sales
mineras.
Es el norte: ancho, severo, duro. El bus do-
bla a la izquierda, pasadas las chimeneas de la
planta “Inacesa”, la que prepara el cemento, la
cal y el hormigón para edificar Chile.
Entonces nos recibe “La Negra”, alargada
y sinuosa, y nos lleva como de la mano hasta
besar el mar. “La Quebrada de la Negra” es el
camino tradicional hasta la entrada sur de la
ciudad de Antofagasta.
Pero antes, mucho antes de ahora, cuando
la ciudad era apenas un poblado de casas he-
chas de madera y calamina, la única ruta era
el mar. Porque, aunque había tren que traía
minerales y gentes desde el interior, siempre
era preferible el camino del mar. Una razón era
cierta rapidez. La otra, para no morirse de pena.
Por el mar llegaron un día de1877 los mi-
sioneros claretianos Mariano Avellana y José
Coma, acompañando al cura don Joaquín Ruiz
Tagle, quien no había tenido en menos ser un
P
A
limosnero aunque era hijo de un presidente
de la República. En efecto, el colegio de pá-
rrocos de Santiago había comisionado a los
tres valientes para que llevaran ayuda a los
amplios territorios que habían padecido el
feroz terremoto de ese año; llevaban siete
fardos con víveres, además de 8.097 “pesos
fuertes” y, sobre todo, consuelo, voz de ánimo
y esperanza cristiana.
Don Joaquín y los dos claretianos reco-
rrieron todos los pueblos costeros desde
Chañaral de las Animas hasta Arica. En la zona
que historiamos, predicaron misión formal en
Antofagasta, Cobija, y dos veces en Mejillo-
nes, tanto a la ida como a la vuelta del norte.
Siete u ocho años más tarde, de nuevo
andaban los misioneros Hijos del Corazón de
María subiendo montes ariscos, espantando
el frío de las nevazones a fuerza de rosarios,
predicando la Palabra a hombres duros como
los minerales que le escarbaban a la madre
tierra, llegando hasta las arenas del mar para
humedecer los ojos y la vida después de
haber mirado de cerca las estrellas y haber
convivido con las peñas.
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¿ uién fue Policarpo Sepúlveda?
Lo más seguro es que Ud. nunca supo de
don Policarpo Sepúlveda. Yo tampoco, hasta
que me topé con él al escribir esta historia.
El bueno de don Policarpo fue el primer
funcionario con rango de “Corregidor” que el
gobierno de Bolivia puso en Antofagasta allá
por 1869.
Es que el asunto se le estaba escapando de
las manos al gobierno de entonces. Hasta ese
momento todo había sido dar concesiones,
otorgar permisos, firmar documentos a unos
cuantos aventureros que andaban rastreando
minas de plata que nunca encontraban.
Pero cuando el trabajador Juan Zuleta, que
trabajaba para el industrial José Santos Ossa,
dejó su cigarrillo sobre algo que creyó una
piedra, y el suelo empezó a arder, todos
supieron que se trataba de algo grande:
allí había caliche, es decir, salitre, dicho así
para los de la casa; “nitrato de
Chile”, para los extranjeros.
Sustancia sólida, arenosa,
cristalina, higroscópica,
excelente fertilizante,
como dicen los que
leen libros gordos.
Entonces se desató
la locura: mineros y
Q
buscadores de piedras venidos de todas
partes empezaron a levantar tiendas que se
convirtieron en habitaciones y después en
casas rústicas, en toda la explanada junto al
mar que se conocía como La Chimba. Unos
años antes, allí sólo habitaba Juan “Chango”
López, el “cateador de minas” reconocido
como el padre de Antofagasta. Después llegó
José Santos Ossa. Y después...llegaron tantos
y tantos, que el gobierno boliviano envió con
timbres y membretes a don Policarpo para
que cobrara los impuestos de extracción y
embarque.
La Chimba se convirtió en población, y
ésta en una ciudad incipiente pero en crecida.
Se la llamó alternativamente Peña Blanca,
pero el gobierno la fundó oficialmente con el
nombre de Antofagasta ya el 22 de octubre de
1868, en recuerdo de una pequeña población
en la Puna de Atacama donde el
dictador Melgarejo tenía
una propiedad agrícola.
En 1871 se la declaró
puerto menor de
comercio, y poco
después contaba ya
con 3.000 habitantes.

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a guerra y la paz
Habiendo riqueza, siempre se despiertan los intereses, las pasiones
y las sospechas. De ahí a trenzarse a puñetazos no hay más que un paso.
Así somos de egoístas los terrícolas. Chilenos, peruanos y bolivianos no
teníamos por qué ser de otra raza. Lo malo fue que bajo las banderas
del patriotismo nos hicimos zancadillas, nos metimos tiros de fusil y
nos enemistamos por cien años, mientras los industriales ingleses a
los que se habían aliado los
oligarcas de la nación, se
quedaron con la minería, los
trenes, los barcos y el dinero.
En breve: Chile se anexó
un territorio, multiplicó
industrias salitreras (las
“oficinas” que nacían, trepi-
daban, sudaban, reían y
morí an), organi zó a su
modo el mundo nuevo que
le cayó entre las manos. La
Iglesia empezó a organizar
t ambi én sus huest es;
había que hacerlo todo.
Antofagasta era sólo una
parroquia pobre, cuyo cura
recién se había instalado en la ciudad. Pero con la nueva situación que
dejó a la zona bajo bandera chilena, don Juan José Pizarro Mendoza
tomó la decisión de dejar la parroquia en manos de los capellanes
militares, temiendo atentados a su vida por parte del populacho y “por
estar su espíritu abatido por la invasión del suelo patrio y el sentimiento
de ver ultrajada la soberanía nacional” (carta del 2 de marzo de 1881 a
D. Florencio Fontecilla).
L
Un alto en las duras
faenas de los calicheros, a
principios del siglo XX.
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a Iglesia antofagastina
En 1896 llega como vicario apos-
tólico don Felipe Salas Errázuriz.
La situación religiosa en todo el
Vicariato era bien triste: no había más
clero residente que el cura francés
Dupras en San Pedro de Atacama, el
español Pedro Durango en
Calama, el chileno David
Basaure en Tocopilla.
Con el vicario Salas
vivían los curas
Francisco Herrera,
secretario, Tomás
Contreras, que
era cura de Cobija,
e Hilario Velasco,
cura de Caracoles,
todos ellos antiguos
religiosos exclaustra-
dos de sus congregaciones.
Tan alborotadas estaban las cosas,
que el papa León XIII erigió el Vicariato
Apostólico de Antofagasta en fecha
que “no ha sido posible averiguar” (¡lo
dice don Carlos Oviedo Cavada, his-
toriador y arzobispo que fue en esa
arquidiócesis!).
De hecho, por 1882
apareció don Raimun-
do Cisternas, cura
de carácter inde-
pendiente y poco
ami go de com-
promisos estables,
quien se tituló “go-
bernador eclesiástico
de Antofagasta”. Ese
mismo año, aparecen
otros dos con el mismo
L
título: don Juan Luis Mon-
tes Solar y don Florencio
Fontecilla.
En 1887 entra en escena don Luis
Silva Lezaeta, a quien se le dan títulos
variados y confusos: párroco y vicario
foráneo interino, administrador apos-
tólico, administrador eclesiástico y, por
fin, vicario apostólico.
Por eso, cuando el Vicario vio
bajar de un bote al padre Ramón
Genover, quien aprovechaba la
estadía del barco para saludar a su
leal amigo, se le abrieron los ojos y
las esperanzas.
D. Felipe Salas E., el Vicario
que acogió con afecto a los
primeros claretianos.
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a opción por el desierto nortino
Con razón dicen que Dios escribe derecho a pesar de los renglones torcidos.
El superior de los claretianos en Chile, P. Ramón Genover, llegó a Antofagasta
a saludar a su amigo el vicario Salas casi de rebote. Le había ido mal, muy mal,
en Iquique.
La historia era ésta: la Dominguita Aldunate Montes, señorita de la sociedad
de Santiago, heredó de su papá muchos bienes. Y se le ocurrió destinar unos
80.000 pesos de la época para que los misioneros que iban a su casa a celebrar
la misa todos los días, fundaran una comunidad
en Viña del Mar.
El P. Genover logró convencerla
de que era mucho más necesaria
una comunidad en la pampa
salitrera, donde empezaban a
surgir pueblos sin Dios ni ley.
El norte llamaba a los
misioneros. Ya en 1892 el P.
Antonio Dalmau, superior
mayor de los claretianos en
Chile, había tratado de establecer
una comunidad en Iquique. Era
ésta una ciudad importante, bullente
de vida y llena de problemas obreros y
de pianos de concierto. Contaba con unos 28.000
habitantes y pasaba por ser la ciudad más rica de Chile. Un dato ilustrativo
que cuenta el mismo padre Dalmau es que en la ciudad había centenares de
pianos, “porque la música es el bello ideal de todas las familias de Iquique”.
Ahora, en 1902, y después de muchos titubeos, doña Dominguita Aldunate
prometió dar la mitad de la suma inicial para una fundación en el norte, y la
otra parte la ofreció a los redentoristas para que se instalaran en Viña del Mar.
L
La actual Basílica
descollada sobre la ciudad
al comienzo de los ´30.
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l Señor los quería en Antofagasta
De inmediato el P. Genover se embarcó ha-
cia Iquique para hablar con el vicario apostólico
y obispo de Antédone don Guillermo Cárter, tío
de uno de los misioneros claretianos. Pero allí
se topó con los terciarios franciscanos.
Resulta que franciscanos españoles de Lima
habían realizado predicaciones en Iquique y
Antofagasta, y dejaron establecida
su Tercera Orden “agrupan-
do las pocas personas de
buena voluntad que
en ellas había”, dice
el libro de Crónicas
de la comunidad
claretiana. La idea
era preparar sendas
fundaciones de los hijos
de san Francisco. Así los ter-
ciarios empezaron a construir un
templo en cada ciudad, ideados
por un mismo arquitecto.
Cuando el P. Genover llegó a Iquique a ofre-
cer fundación claretiana, los de la Tercera Orden
le dijeron al obispo: queremos franciscanos,
o nada. El obispo Cárter llamó entonces a los
franciscanos belgas.
Por su parte, los de Antofagasta se entu-
siasmaron cuando el P. Genover mostró, como
que no quiere la cosa, los dineros de doña
Dominguita; a ellos se les habían terminado
los recursos para construir el templo casi antes
de empezarlo.
El vicario Salas Errázuriz y el P. Genover
llegaron rápidamente a un acuerdo y firmaron
papeles con las cuatro manos.
Antofagasta era, además, puerto con
buenas conexiones de rutas para cubrir gran
parte de la pampa salitrera, entonces en
ebullición. La ciudad contaba ya
con unos 18.000 habitan-
tes muy trabajados por
la masonería, era de
tinte absolutamente
materialista y de po-
breza generalizada:
calles sin pavimen-
to, casas de madera
y calamina, con un solo
templo, el vicarial, y donde
el clero se reducía de hecho al
Vicario y su secretario. No había
escuela católica y existía una
furibunda prensa anticlerical.
Además era, a su modo, una experiencia de
«frontera»: el sucesor de Salas Errázuriz, don
Luis Silva Lezaeta, afirmaba que Antofagasta
era «una población de aventureros que están
creando una ciudad netamente industrial en la
que dominan las clases obreras muy democráti-
cas, por lo que se necesitan elementos religiosos
cercanos al pueblo, para que vea que somos sus
amigos».
Una de las antiguas bien
dotadas comunidades
misioneras
E
9
II. egan los misioneros
Para que se instalaran los misioneros,
hasta la Ilustre Municipalidad antofagastina
hizo un ofrecimiento: un terreno en la Plaza
Sotomayor. Pero al no hacerse a tiempo
los trámites y al subir el valor del terreno,
el municipio vendió a otros el espacio que
había ofrecido. Entonces todos se fijaron en
el templo que habían empezado a construir
los terciaros de san Francisco: estaba en una
cuadra aislada, en las afueras de la ciudad. Un
cronista dice: “era pura pampa”.
Cuando lo vio el P. Genover, el templo
tenía ya el esqueleto, como también las ha-
bitaciones de una casa adjunta: un patio y un
corredor con seis piezas, comedor, biblioteca
y cocina.
El 11 de mayo de 1903, a las 7 A.M.,
desembarcaron en Antofagasta los padres
Cristóbal Soteras como superior interino,
Ambrosio García y el hermano Sixto Carni-
cer, para fundar la nueva casa misión. Unos
meses después se agregaron los padres Pe-
dro Constansó e Isaac España, y el hermano
Mariano Herrero.
Claro que no todos en Antofagasta
estaban contentos por la llegada de los mi-
sioneros. Eran los tiempos en que los libre-
pensadores se agrupaban en organizaciones
anticlericales, y las logias masónicas eran
fuertes y combativas. Por su parte, el clero
L l
católico y la gente de iglesia no lograban
entender los cambios históricos.
Dice el cronista: “No estaba el pueblo de
Antofagasta en disposición de recibir una co-
munidad religiosa y quizá hubieran pasado
un mal rato los recién llegados, si no fuese
por la prudencia del Sr. Salas que ocultó la
llegada de los padres....”
“Desembarcaron sin ser notados y en
medio del silencio más grande de la prensa
y de la ciudad...”.
El vicario Salas les ofreció su propia casa,
mientras seguían los trabajos de construc-
ción del templo y la casa, allá, donde “era
pura pampa”.
Por los años ´20, la tradicional
fachada que ha perdurado hsta hoy.
10
os primeros trabajos apostólicos
L
Apenas pudieron, los misioneros dejaron la
casa del Vicario y se fueron a vivir en las pocas
habitaciones levantadas junto al templo en
construcción.
Don Felipe Salas designó secretario de la
Vicaría al P. Soteras y dio el nombramiento
de vicarios parroquiales a los PP. Soteras
y Ambrosio García, para que recibieran el
sueldo de tales como empleados del Estado.
Poco tiempo después de su llegada, los
misioneros ya empezaron a ser conocidos en la
ciudad y la zona salitrera. Los medios fueron por lo
menos tres:
*la atención del hospital y de la cárcel;
*la catequesis de los niños y visitas a los colegios;
*la salida a las oficinas salitreras de la pampa.
Dice una carta del padre Pedro Constansó, primer superior oficial de la
comunidad, en 1903:
“En la ciudad no hay más templos que el nuestro y el de la Vicaría. Visitamos
las escuelas, pero como está contra la ley, puede ser que no lo podamos hacer más
cuando salga el Sr. Vicario; visitamos el hospital, donde no se nos permite predicar
a los enfermos sino sólo preguntar si alguno se quiere confesar, lo que raras veces
sucede. También se visita el lazareto, la cárcel, el cuartel de policía.
“En todo el Vicariato hay cinco parroquias, en dos de las cuales no reside el párroco
porque están desiertas; las otras tres están: una a un día de tren, otra a un día de mar y
otra a tres días de a caballo por el desierto, viaje que se hace no sin peligro de la vida”.
11
a llamada del desierto
Las primeras salidas a la pampa que hizo la nueva
comunidad fueron en 1904.
Salieron hacia Tocopilla y la región del Toco.
El desierto estaba en ebullición. Por todas partes
se levantaban chimeneas, surgían campamentos,
se abrían caminos y se escuchaban los dinamitazos
que rompían las piedras. Las compañías, muchas
de ellas inglesas, otras chilenas y alemanas,
explotaban conjuntamente el caliche y al obrero.
Con las facultades dadas por don Felipe Salas, y
a partir de 1904 por el nuevo vicario apostólico don
Luis Silva Lezaeta, los misioneros se constituyeron en
vicarios parroquiales del mismo templo vicarial de San José, y
en párrocos, sin obligación de residencia, de las poblaciones mineras que
iban surgiendo. “La parroquia de Mejillones
se fundó en 1906 y su primer párroco fue el P.
Ambrosio García; por eso se le dio por titular al Inmaculado
Corazón de María. Las molestias fueron muchas, no había
ni capilla ni donde reunir a la gente; a fuerza de paciencia se
consiguió una pieza en una casa particular, muy lejos, hasta
que se organizó un poco y entonces se dio la parroquia a D.
Eduardo Millas”.
El P. Ambrosio logró construir el templo parroquial,
que bendijo el 10 de enero de 1909 el vicario apostólico.
Tenía tres naves, 35 mts. de largo por 22 de ancho. Todo un
templo.Fue construido a expensas del Supremo Gobierno.
Con el tiempo, los misioneros asumieron las parroquias
de Rica Ventura, Cobija, Gatico, Sierra Gorda, Caracoles,
Tocopilla, Salinas, Boquete, Pampa Alta, Baquedano,
Oficina Castilla y Pampa Unión.
También fueron los primeros curas de Coloso, que a la
sazón tenía más de 4.000 almas.
L
Templo cordimariano original,
destruído por el incendio de 1912.
Eran los más necesitados
de evangelización y
afecto.
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III. tención religiosa en el Hospital
Las religiosas de Santa Ana, que ponían
la bondad y el servicio distintivos del
cristiano para atender a los enfermos
del hospital, dieron gracias al cielo y
al Sr. Vicario por haber llevado a los
misioneros al norte. Así tuvieron
los servicios normales de una
capellanía que tanto habían
esperado.
Allí surgiría el servicio de los
misioneros en el hospital, uno
de los grandes sellos históricos
de su presencia evangelizadora en
Antofagasta, que perdura hasta hoy
sin haberse suspendido jamás.
l Hospital del Salvador
E
“Hospital del Salvador”. En realidad, un
buen nombre para un centro asistencial.
Había sido fundado por el gobierno
boliviano en 1872, y se ubicaba en la
actual Avenida Manuel A.Matta (¡mal
nombre para ubicar un hospital; además,
construido frente al cementerio!). Los
vecinos donaron algunos fondos. Se
levantaron unas barracas de madera mal
ajustada, sin comodidad alguna.
“El hacinamiento de hombres
y las pestes que cada cierto tiempo
aparecían en estos lugares, hacían
que el Hospital prestara una valiosa y
humanitaria ayuda a toda las personas
que carecían de recursos y de un
lugar de albergue”.
(Nota de un cronista)
A
13
La Guerra del Pacífico que estalló en
1879 obligó a su completa renovación. Se
construyó una sección anexa denominada
Hospital de Sangre, destinada exclusivamen-
te al cuidado de los heridos. A medida que la
población aumentaba por la instalación de
varias oficinas salitreras, el servicio hospita-
lario se hizo estrecho e incapaz de afrontar
el cuidado y la salud de miles de personas.
El estado de miseria que presentaba el
establecimiento fue observado por el pre-
sidente Germán Riesco, quien señaló: « en
efecto, esto no es otra cosa que la antesala del
Cementerio». Así, a partir del año 1905
se inició una importante campaña
encabezada por el vicario don
Luis Silva Lezaeta, destina-
da a lograr la construc-
ción de un nuevo centro
asistencial. El fruto de
esos esfuerzos se vio
coronado el 30 de
marzo de 1913 en
el sector que hoy
ocupa el Hospital
Clínico Regional. La
inversión superaría
el millón de pesos
de la época, lo que
permitió la edificación
de un moderno edificio
con capacidad para 300
enfermos.
Atención del Lazareto
“¿Quien no ha oído hablar de las enfermedades
epidémicas que han azotado a Antofagasta?
“Los años 1903 y 1904 llamó a sus puertas por primera vez
la terrible peste bubónica. Durante ocho meses fueron renovándose
en el Lazareto infinidad de enfermos, muchos de los cuales pagaron
con su vida el ataque de esa enfermedad.
“El Vicario Don Felipe Salas pidió la ayuda de los misioneros para
atender el servicio espiritual de los pobres enfermos. Sacrificio grande era
meterse con peligro de contraer la enfermedad en aquel lugar de infección;
pero uno de los claretianos tomó a su cargo el Lazareto y asistió todos los
días durante la epidemia a cuantos necesitaron su ayuda.
“Otra enfermedad domina siempre a los trabajadores en
Antofagasta: es la viruela, enfermedad más repugnante a la vista
que la misma peste bubónica, y , por lo mismo, requiere del
misionero no menor sacrificio para la asistencia de los
atacados. A ellos se extendió también la asistencia”.
(Crónica de la comunidad).
En 1920 se construyó el pabellón de la
maternidad y de medicina interna, además
de una sala de pediatría. También fue parte
de la formación de la primera Escuela de Obs-
tetricia de la zona norte, en la que numerosas
religiosas dedicaron sus vidas a la atención
de enfermos, destacándose entre ellas Ana
Giglia Zappa. Igual papel cumplieron los
médicos, quienes día a día entregaron sus
capacidades para forjar la historia del centro
hospitalario, entre los que se sobresale el
doctor Leonardo Guzmán, quien alcanzaría
fama mundial en la especialidad
de cancerología.
14
IV. abor educativa
En 1904, un año después de su llegada a la ciudad, ya estaban los misioneros
preocupados por establecer una escuela. Lo planteaba el P. Constansó al superior
general: “hemos pensado en el bien inmenso que haría un colegio al que acudirían
los centenares de niños que vaguean sin determinación alguna cerca de nuestra casa.
Haríamos una obra de regeneración popular”.
Por fin, el P. Anselmo Santesteban, siendo superior en Antofagasta y meses
antes de ser elegido superior mayor de los claretianos en Chile, abrió en 1909 una
escuela nocturna, “contra el parecer de toda la comunidad. Hizo que funcionase en un
salón que llamaban Patronato cuya entrada era por los patios que dan al ferrocarril,
calle oscurísima y desierta. Mandó que todos los misioneros ayudaran y puso al frente
de la escuela al P. Antonio Parera, que era el más paciente. Para mantener la escuela
que tenía una matrícula de 40 niños, ayudaban las señoras de la Archicofradía del
Corazón de María”.
El P. Santesteban había salido con la suya. Pero al ser nombrado superior mayor
a mitad de ese mismo año, tuvo que trasladarse a Santiago, quedando como
superior de la comunidad el buen P. Florencio de Andrés.
A este misionero se debe el haber creado el colegio diurnoen 1911, abrir
espacios para que funcionara, titularlo Colegio
Lord Cochrane para que fuera ubicado por la calle
en que estaba la entrada principal, y para
lograr cierta ayuda del Estado.
L
15
Casi al mismo tiempo en que el colegio diurno abría sus puertas, marzo de 1911,
moría su verdadero creador, el P. Florencio de Andrés, de un ataque al corazón.
En 1912 el colegio se ampliaba a cursos de tipo parvulario, quedando al frente
de ellos el hermano Eustaquio Belloso.
Poco después se cambiaba el nombre oficial por el de Colegio Corazón de María.
Todas esa realidad que iba creciendo y madurando como brote nuevo, quedó
sepultada entre las cenizas con el incendio del templo, el colegio y parte de la casa
de la comunidad, el 7 de diciembre de 1912.
Dice el cronista de la comunidad:
“El Colegio fundado en 1911 fue el primer colegio católico de la ciudad, con fuerza en lo
comercial, ya que era necesidad en la ciudad ese aspecto. Funcionó bien hasta 1915 y decayó
por atender los misioneros la pampa. En 1920 se intentó mejorar y no se pudo. En 1925, hay
cambios y personal dedicado al colegio. Se lamenta que sea solamente primario porque
al pasar a otros colegios para la secundaria viene el desastre moral. Debe ser comercial,
con inglés e internado. Es necesidad para las oficinas de la pampa que no tienen escuelas
secundarias.
“Con la escuela nocturna sufrió mucho el P. Andrés, porque el P. Parera se cansó del colegio
y empezó a trocha y mocha a los niños y mozos, y a quejarse constantemente de que eran
niños intolerables. En medio de todo no le
faltaba razón; pero el P. Superior, Florencio
de Andrés, se puso al frente y aguantó todo
un año, que fue mucho aguantar.
“Por razón de la soledad y oscuridad
de la calle y por la clase de muchachos,
los más “rotos” (cocheros, carretoneros,
vendedores de diarios,etc) promovieron
algunos alborotos y rompieron algunos
faroles, quejáronse los vecinos, escribieron
sus articulitos en el diario, y todo esto
afectó mucho al malogrado P. Andrés.”
Fachada del primitivo Colegio Lord Cochrane.
16
V. tención religiosa en la cárcel
El horror de la antigua cárcel
“Quiero pintar los horrores que sufren esos
pobres hermanos nuestros que están privados
del bien más apetecible cual es la libertad;
están aherrojados en húmedos, oscuros y fríos
calabozos, pagando a veces con meses y años
de sufrimientos una falta ligera que se cometió
sin premeditación.
“Si duras son todas las prisiones, si mala
impresión causan todas las cárceles, hay
algunas que podríamos llamar “de primera
clase” por ser muy parecidas a las prisiones
de los tiempos bárbaros de la historia. Una
de éstas es la de Antofagasta.
“Hubo en tiempos pasados, a 2 kms. de
la ciudad, un establecimiento y fábrica
de azufre; para conservar debidamente el
azufre, se trabajaron unos subterráneos
que se cubrieron de piedra en sus cuatro
paredes y piso; su cielo está sostenido con
gruesas vigas y entre viga y viga hay arcos
de ladrillo y mezcla. En esos subterráneos
adonde no entra luz sino por unos portillos
abiertos a barreta en el techo, por donde
entra también el frío de las heladas noches
de la pampa, yacen más de 200 reos,
criminales unos, con mala suerte otros,
pues en todas las cárceles se podría escribir
lo que un loco escribió en la pared de su
celda: “no son todos los que están ni están
todos los que son”.
“Esta es una verdad que muchos no pueden
comprender : que muchos reos no son
criminales; por haber caído en manos de la
justicia y haber sido encerrados en una prisión,
los creen bandidos, malvados, pero no es así.
“La acción del misionero tiene un campo
muy grande en las cárceles: es una obra que
exige virtud y sacrificios. Desde que llegaron
los misioneros a Antofagasta han servido con
empeño en la cárcel, no sólo dando misión todos
los años, sino también pidiendo ayuda para los
reos en la ciudad, visitándolos semanalmente,
dándoles conferencias morales. Esto es lo que
cambia el corazón: la instrucción religiosa que
les habla de Dios, pues el hombre que se siente
hijo de Dios no puede ser un criminal.”
(P. Ambrosio García en La Estrella de Andacollo, 30 de mayo de 1908.)
A
17
VI. os templos
Ya hemos dicho que a la llegada de los misioneros el vicario Salas les
ofreció el templo y la casa en construcción que estaban preparando los
terciarios franciscanos. Tomaron posesión en mayo de 1903 y lograron la
terminación de ambos edificios.
“ El 8 de diciembre de este mismo año se bendijo solemnemente la nueva
iglesia, aunque sin altar mayor, en cuyo lugar se colocó un gran pabellón
blanco y azul con un cuadro del Corazón de María. Se bendijo la advocación
de la Inmaculada. Nombráronse muchos padrinos y madrinas y siguiendo
el consejo del Sr. Vicario Salas no se invitó a ningún ´lunch´, contra lo que
opinaban algunos”.
En los inicios de la construcción
de la imponente Basílica.
El P. Anselmo Santesteban, quien llegó como supe-
rior de la comunidad en 1905 cuando el an-
terior, P. Constansó, tuvo que radicarse
en Santiago con el cargo de secretario
de los misioneros en Chile, “a fuerza
de rifas consiguió construir el altar
mayor que se bendijo en agosto
de 1905; y por encargo de varias
familias encargó a España cinco
altares laterales para el S. Corazón
de Jesús de la Buena Esperanza,
N.S. del Carmen, de Andacollo y de
Sta. Filomena, ésta última se vendió
a la parroquia de Mejillones, pues las
familias que las pidieron no las pagaron;
solamente D .Luis Lacalle pagó $3.000 para
su altar del Carmen.
L
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“Con la apertura de la iglesia al público creció el número de
concurrentes, aumentóse el culto, empezaron las procesiones
de Purísima y Corpus y desarrollóse el catecismo hasta contar
con más de 300 niños”.
Ya tenían los misioneros una actividad creciente con las
organizaciones piadosas en el templo, cuando unas chispas
que saltaron al paso del tren que llevaba minerales al puerto,
cuya línea pasaba por la actual Avenida Argentina, desataron el
desastre. La línea férrea quedaba a escasa distancia del templo.
Todo ardió como yesca. Era el 7 de diciembre de 1912, el día
anterior a la finalización del Mes de María.
Hablar de incendios en Antofa-
gasta es hablar de una situación
que todo cristiano debe conside-
rar en serio: en 1906 se había
incendiado nada menos que el
mismísimo templo vicarial de la
plaza principal. El fuego arrasó
también con una manzana y
media en el centro de la ciudad.
Todas las actividades litúrgicas
fueron centralizadas entonces en el
templo de los misioneros.
Ahora les tocaba el turno a ellos. Del templo sólo
logró salvarse la muy hermosa imagen del Corazón de María
Pero de las cenizas surgieron las esperanzas, las ganas y las
realizaciones. El incendio de 1912 dio paso a la construcción de
uno de los templos más capaces, hermosos y artísticos de todo
el norte del país.
En pleno trágico incendio,
el 7 de diciembre de 1912.
19
En diciembre de 1913 se bendijo su
primera piedra. Quince años después,
en 1928, el obispo claretiano de Oruro,
Bolivia, don Abel Antezana, lo consa-
graba oficialmente para el culto.
Los entendidos dicen que es un
templo de arquitectura románica-
bizantina, con una longitud de 50 mts.
de largo por 15 de ancho y 18 de alto
en la nave central. La cúpula se eleva
sobre el presbiterio a una altura de 45
mts. y está coronada por una imagen
del Corazón de María.
La imagen original quedó desplazada pe-
ligrosamente de su centro por un terremoto,
el 30 de julio de 1995. Al tratar
de reparar el daño, una
mala maniobra hizo
saltar en cien trozos
de cemento la efi-
gie de María. Otra
parecida, hecha
en fibra plástica y
cobre, fue colocada
nuevamente el 15 de
agosto de 1997, mediante
una verdadera hazaña de ingeniería aérea.
Últimamente, con la iluminación especial
del exterior del templo, todos pueden mirar
y sentir al Corazón maternal de María,
quien ha vuelto a abrir sus brazos
sobre la ciudad.
Presidiendo el altar mayor, he-
cho en mármol de Carrara, está
también la sonriente y maternal
imagen de María, la misma que
fue salvada providencialmente
del incendio de 1912.
Con razón el entonces obis-
po mexicano de Puebla de
Los Angeles, de visita por estos
parajes del sur del continente,
pudo decir en 1928 que éste era “el
templo más hermoso que había visto
en toda la costa del Pacífico”.
La Basílica hoy,
bellamente iluminada.
20
VII. ersonajes y situaciones
A don Luis Silva Lezaeta, vicario
apostólico y obispo titular de Oleno,
Dios le amarró la vida al desierto del
norte.
Había nacido muy lejos de allí: en las
tierras de Tunca, en la zona central; una
tierra reverdecida cada año a fuerza de
maizales y regada por el río Cachapoal.
Ordenado presbítero a los 23 años, en
1882, al año siguiente ya estaba por el
norte. En 1887, a los 27 años, fue
nombrado vicario apostólico de
Antofagasta y ejerció hasta 1896.
En esa fecha y con problemas de
salud, se trasladó a Pica y
posteriormente a Copiapó.
Pero en 1905 volvió a
asumir como vicario apos-
tólico de Antofagasta.
Los Hijos del Corazón
de María habían llegado
dos años antes.
En 1912, Silva Lezaeta
fue investido obispo
titular de Oleno, perma-
neciendo como vicario
l Vicario Apostólico don Luis Silva Lezaeta
P
apostólico de Antofagasta. Al crearse la
diócesis, en 1928, fue don Luis su primer
obispo. Falleció un año después, el 21 de
mayo de 1929.
Era hombre de enorme cultura,
preocupado por los temas sociales y de
abrir el corazón de la institución Iglesia
al pueblo obrero. Hombre de visión,
ya en 1927 había establecido como
ordenanza que ningún cura celebrara
misa si no estaba dispuesto a leer el
evangelio en castellano y a predicar al
pueblo. Fue investigador de la historia
patria y americana, temperamento
un tanto nervioso, de carácter
cambiante y poco amigo de
los españoles.
Los misioneros tuvieron
como primer superior de
la comunidad al P. Pedro
Constansó, hombre de-
cidido, fuerte defensor
de los derechos de la
comunidad religiosa, y
un tanto arrebatado has-
ta lindar en la imprudencia.
E
21
Con dos hombres
así, era de esperar que
más de algún encon-
trón iba a producirse.
Así por lo menos lo
temía el P. Genover en
carta al superior gene-
ral de la congregación:
“En Antofagasta se
ha cambiado al Vicario
Apostólico. Me escribe
el P. Constansó que el
nuevo Vicario es poco
amigo de misiones y de
españoles, que gusta
mucho de los alema-
nes; que pr et ende
gobernar en la comu-
nidad, que teme con-
flictos desagradables.
Por mi par te, temo
más los arrebatos y las
palabras inconside-
radas del Padre Cons-
tansó. Di os nos dé
prudenci a y cal ma
según las circunstan-
cias”.
(23 de marzo de
1905: Archivo general,
F-E 1.7.1-23).
os necesarios nubarrones en la vida
Al revisar la historia, necesariamente hay que comprobar que
no todo es regalo, refrigerio, goce, solaz o jolgorio. Siempre se van
combinando las risas con las penas, y así se arma la canción de la
existencia. Ya lo dijo la Violeta Parra: “Gracias a la vida que me ha
dado tanto: me ha dado la risa y me ha dado el llanto; con ellos distingo
dicha de quebranto, los dos materiales que forman mi canto...”
Y si bien las relaciones de los misioneros con el vicario Salas
Errázuriz fueron de amor a primera vista, con la llegada de Silva
Lezaeta se empezó a vivir otra situación. Algo a veces tenue, otras
veces más visible, se interponía entre el Vicario y los misioneros.
Apenas llegado de nuevo a Antofagasta, don Luis se encontró
con que los misioneros habían fundado el Círculo Católico para
hombres. El Vicario empezó a terciar en el asunto. Le cambió el
nombre por el de “Círculo de Orden Social nº 2”, porque él se
reservaba el derecho de fundar el nº 1.
El plan era muy amplio: que fuera un
sistema permanente, que se edi-
tara un periódico semanal
y gratuito que llevara al
corazón del obrero
los ideales del aho-
rro, de la morali-
dad, hablara de
las relaciones pa-
trones-obreros,
de la organiza-
ción familiar, del
estímulo de los sen-
timientos patrióticos.
L
22
Los misioneros no lograron seguirle
el ritmo a don Luis, porque su propia
planificación comunitaria estaba
demasiado atada a la predicación
misionera; las otras respuestas pasto-
rales debían pasar primero por el
cedazo de la propia estructura mental
de cada claretiano, al mismo
tiempo que debían quebrar
un esquema demasi ado
estructurado a nivel congre-
gacional.
En mayo de 1906 surgió la
famosa cuestión del Lazareto.
Los misioneros eran ya cape-
llanes del hospital y atendían
también el lazareto de apesta-
dos, yendo diariamente, aun-
que no tenían la obligación
de hacerlo.
“En el presupuesto para
1906,la Junta de Beneficencia
señaló la suma de $100 para el
Capellán del Hospital y del Lazareto;
el P. Superior protestó de la inclusión
del Lazareto al cargo de Capellán del
Hospital, pues eran cargas distintas y se
había hecho sin consultárselo; pero el Sr.
Vicario insistía. Entonces los misioneros
presentaron la renuncia de Capellanes
del hospital que no fue aceptada por la
Junta de Beneficencia y separó el servicio
del Lazareto...
“Al fin, todo se arregló cuando los
misioneros se ofrecieron, sin compromisos
ni firmas, a asistir al lazareto, y así lo
hicieron y la prueba fue que en la gran
peste de viruela y bubónica el P. García iba
todos los días y después ha ido siempre que
ha habido enfermos”.
El día de la consagración del nuevo templo: entre los obispos
claretianos Font y Antezana, D. Luis Silva Lazaeta. Atrás, dos
sacerdotes diocesanos, los P.P Chalezquer y Arrieta.
Pese a sus asperezas, Silva Lezaeta sabía
que tenía en los misioneros una ayuda
colosal. Por eso les dio responsabilidades
parroquiales, les pidió ayuda para situaciones
especiales, combinó una cierta distancia que
le exigía el cerebro con un acercamiento
cariñoso que le imponía el corazón.
23
egunda parte: 1912-1967
Entre 1912 y 1967 corren más de cincuenta años de gran
actividad apostólica.
El incendio de la casa y templo en 1912 no sepultó entre
cenizas la obra claretiana. Antes bien, fue acicate para empezar
de nuevo con bríos como en la primera hora.
S
Las llamas no lograron
sepultar la obra claretiana.
A partir de esa fecha, realmente se puede
hablar de una segunda época para la vida de los
misioneros en Antofagasta.
1912 fue el año de la consagración
episcopal, con el título de Oleno,
del vicario Silva Lezaeta. Don
Luis quiso que la predicación
de ese día memorable
estuviera a cargo del
superior de la comunidad,
P. Crescencio Urbiola. “Un
discurso magistral, lleno de
sentimiento y elocuencia,
lo cual le valió el aprecio del
Sr.Obispo que desde entonces
le llamó siempre su amigo”.
Fue el año de la ampliación de la
Escuela y la creación de los cursos para
párvulos.
Fue el año en que los rectores del Liceo y del Instituto
Comercial ofrecieron a los misioneros dar clases de religión, para
lo cual llegaron a Antofagasta los PP. Nicolás Alduán y Faustino
González.
Fue el año del incendio.
24
I. odo en llamas
Entre los integrantes de la comunidad
para el tiempo de esa tragedia estaba el P.
Abel Antezana, quien con el P. Casimiro Mo-
rales habían sido los primeros claretianos
bolivianos. El P. Antezana había ido a Anto-
fagasta para misionar en la pampa salitrera.
Pero el obispo Silva Lezaeta estaba en una
de sus crisis nerviosas y le negó los permi-
sos necesarios para ejercitar el ministerio
sacerdotal; según dice el cronista, por el mero
hecho de ser boliviano. Al parecer,
don Luis recelaba de posibles
manifestaciones nacionalistas
en pueblos que habían pade-
cido la guerra más de treinta
años atrás.
Quizá por esa circuns-
tancia de no poder salir a
predicar a la pampa, el P. An-
tezana estaba en casa el día del
incendio. Fue providencial: él con
otros amigos que llegaron a prestar
ayuda, fue quien salvó la imagen del Corazón
de María del altar principal.
Cosas de la vida: con el tiempo, aquel
misionero al que el obispo Silva Lezaeta le
negó los permisos, fue a su vez investido
como obispo de Oruro, Bolivia, y como tal
acompañó a don Luis en la consagración del
monumental templo nuevo, en 1928.
Más tarde el P. Antezana llegó a ser arzo-
bispo de La Paz y Primado de Bolivia.
T
Dice el cronista:
“Sin habitaciones donde poder descansar,
sin capilla donde ejecutar los actos piadosos,
ni casa propia donde comer; parecía la comu-
nidad una colonia errante. La primera noche
descansaron todos en el hospital del Salvador
que todavía no estaba habilitado para los
enfermos, siendo nosotros los primeros indi-
viduos moradores; las Reli-giosas de Santa
Ana se esmeraron en hacernos confortable
la estancia; en dicho hospital acu-
mulamos también todo cuanto
pudi-mos salvar del incendio.
Algunos durmieron en el co-
legio vigilando las ruinas.
“En esa noche y en las
siguientes sentíamos con
frecuencia no pequeños so-
bresaltos pues corría la voz
por el pueblo que entre los
escombros teníamos entierros.
Varios valientes y avaros, en favor
de las sombras saltaron el cerco de calami-
nas que dicho sea de paso quedó cerrado el
mismo día del incendio para evitar el paso
al interior del colegio; y fueron necesarios
varios tiros de rifle para ahuyentarlos. Otros
sobresaltos venían de los borrachitos que
en mitad de la noche se asomaban a las
ventanas del colegio y decían cualquier
impertinencia; en realidad no ganábamos
para sustos.”
25
II. l Colegio Corazón de María
Las oficinas salitreras entraron en crisis
tras la primera guerra mundial; muchas se
fueron cerrando, y una juventud obrera
deambulaba sin saber qué hacer, cuando
los misioneros crearon en 1931 un sistema
de clases nocturnas de contabilidad, caste-
llano, matemáticas, redacción, inglés...Fue
una buena propuesta, pero total-
mente desenfocada para ese
momento de la ciudad. Más
que redacción o inglés,
los obreros necesitaban
aprender oficios y tec-
nologías. La idea fraca-
só antes de cumplir un
año de su inicio.
En 1961 se celebra-
ron los cincuenta años
del colegio.
“Esta fecha hace acree-
dores a los claretianos de una
profunda gratitud no sólo de parte
de su Congregación,sino
también de la santa Iglesia
y de Chile”, dijo en su saludo el arzobispo de
Ancira y Nuncio Apostólico D. Opilio Rossi.
“¡Que maravillosa siembra de verdad, de
belleza y de bien, en cincuenta años!”, señaló
el obispo diocesano D. Francisco de Borja
Valenzuela.
“El nombre del colegio Corazón de María es
garantía de buena labor y de las muchas bendi-
ciones que allí se irradian sobre las familias de
Antofagasta”, escribió desde Roma el superior
general de los misioneros, P. Pedro Schweiger.
“Este colegio, adentrado en el alma misma
de nuestra ciudad, ha entregado por me-
dio siglo instrucción y formación:
la labor más grande y noble.
Agradezco esto en nombre
de la ciudad”, escribió el
Alcalde don Santiago
Gajardo.
Entre las realiza-
ciones del aniversario,
el colegio publicó un
excelente testimonio
escrito y gráfico que re-
señaba el historial. Quien
presidió las celebraciones
fue el director P. José Manuel
García Bellés, y quien organizó
la revista, la fiesta y los
aplausos fue el entonces
seminarista claretiano Alfredo Barahona
Zuleta, actual presidente del Círculo de
Periodistas de Chile y director de la revista
claretiana TELAR.
Antigua fachada previa a la reconstrucción.
E
26
irectores del colegio:
D
1911
2004
P. Félix Bruno Alba: 1911-1912
P. Nicolás Alduán: 1913-1916
P. Máximo Lasheras: 1917-1923
P. Joaquín Alabert: 1924-1929
P. Salvador Badía: 1930-1933
P. Joaquín Alabert: 1934-1935
P. Paciano Alonso: 1936-1939
P. Pedro Martínez: 1940-1941
P. Fernando Vega Pizarro: 1942- 1953
P. José Manuel García Bellés: 1954-1974
P. Iván Herrera Maturana: 1975-1983
P. Alfonso Marcos Soriano: 1984-1991
P. Eduardo Zamora Alarcón: 1992-1993
Sra. Leonarda Rojas Quintero: 1994-2002
Sr. Jorge Eduardo Villalobos Pérez: 2003-2004.
P. José Manuel García Bellés,
director durante 20 años.
P. Alfonso Marcos Soriano
27
III. a pasión y la muerte en la Pampa
Entre comienzos del siglo XX y los años ’30 se vio crecer y morir la mayor parte
de las oficinas salitreras. Los misioneros continuaron como párrocos ambulantes
de pueblos que cambiaban de nombre y de geografía: Caracoles pasó a llamarse
Sierra Gorda; Boquete se convirtió en Baquedano; la Oficina Castilla pasó a de-
pender de Aguas Blancas; Salinas fue después Chacabuco.
Pero no sólo había cambios externos a la comunidad claretiana. También los
hubo, y notables, al interior de ella. Una mayor dedicación al colegio que iba en
crecimiento; la creación de la parroquia de la Inmaculada, con sede en el propio
templo del Corazón de María; el servicio más o menos fijo a parroquias más
cercanas o las que se iban creando en la misma ciudad; el envejecimiento de los
misioneros clásicos y las responsabilidades en otros campos de parte de los más
jóvenes que llegaban al norte... Todo indicaba un cambio no sólo de óptica, sino
también de posicionamiento.
El P. Emilio Iñiguez, al finalizar su período como superior mayor en Chile en
1936, escribe al obispo renunciando a la atención de la pampa salitrera. El nue-
vo superior mayor, en 1937, limita las salidas: permite
acudir a la pampa sólo los primeros y terceros
domingos de mes.
L
El obispo responde diciendo que es
muy dolorosa esa decisión, y pide que
si van a ir dos veces al mes, lo hagan
de viernes a martes siguiente. Los
misioneros atienden Chacabuco, Ba-
quedano, Mejillones, Pampa Unión,
Sierra Gorda y Oficina Cecilia. Al
año siguiente sirven también como
suplentes el enorme mineral de Chu-
quicamata.
En 1943, el obispo don Alfredo Cifuentes,
al retirarse de la diócesis, escribe carta a la iglesia
antofagastina: los claretianos, dice, son “los más antiguos
en la diócesis; como párrocos,como maestros en la ciudad
Chacabuco, hoy. Así murieron
las antiguas bullentes oficinas salitreras.
28
episcopal y como peregrinos apostólicos en la dilatada
pampa, han llevado la semilla evan-gélica por
todas partes”.
Lo que significó ese duro aposto-
lado, sólo Dios lo sabe. Generaciones
de grandes misioneros emplearon
lo mejor de sus vidas para evange-
lizar al pueblo minero.
Un recorte de prensa de la
época nos habla, por ejemplo, del
pueblo de Pampa Unión, del que los
misioneros eran párrocos:
“Pampa Unión está indicado como un
foco de vicios y corrupciones en que la prosti-
tución y el alcoholismo desempeñan el papel más
importante .La buena lógica nos indica la necesidad de exterminar
un mal que puede tener funestas consecuencias para el trabajo normal de las
oficinas salitreras.
Obreros y empleados van a ese centro de corrupción a perder dinero y salud. Es toda
la población salitrera de los alrededores de Pampa Unión la que acude a embriagarse y a
contagiar sus organismos con enfermedades sociales que llevarán a la tumba a nuestra
raza” (El Abecé, 17 de diciembre de 1923).
Con el paso de los años, el servicio misionero en la pampa murió de muerte natural.
La causa principal fue que también se murió el salitre; el “caliche”, que era nuestro,
pero que tuvo la mala suerte de caer en manos mercenarias.
El golpe de gracia contra la industria salitrera chilena —única en el mundo— lo dio
la primera guerra mundial, cuando investigadores alemanes lograron fabricar salitre
sintético a un costo mucho menor que el hasta hoy conocido como “nitrato de Chile”.
Las oficinas salitreras vivieron con la guerra su último fogonazo de esplendor. En
1915 se organizó la Federación Regional del Salitre, con la participación de los obreros
de las oficinas Negreiros, Pozo Almonte, Huara, Zapiga, Alto de San Antonio y otras. En
octubre realizó un congreso donde plantearon sus demandas. Pero ya la suerte estaba
echada. Diez años más tarde, los obreros de la pampa, abatidos, transhumantes en
busca de trabajo para ganar el pan, se volvían al sur con todas las esperanzas rotas.
Un rincón de Chacabuco,
durante su esplendor.
29
IV. a parroquia
En 1925 se crea la parroquia, con el nom-
bre de la Inmaculada, “en la parte sur de la
ciudad”, como dice el documento oficial. Es
que ya tenía el de Corazón de María la de
Mejillones, obra de los propios misioneros.
Pero el templo anto-
fagastino del Corazón
de María ya funciona-
ba como viceparro-
quia desde varios años
antes. El obispo Silva
Lezaeta le dio estos
límites: al sur con la
Quebrada de la Negra
o de Mateo. Al oriente
con las altas cumbres;
al poniente con el mar.
Al norte: desde un pun-
to subiendo desde el
mar en las obras del
puerto, subiendo por
calle Matta hasta Orella
y continuando por ésta hasta la punta del
cerro que limita la ciudad por el oriente.
Con la creación de la parroquia, todas
las actividades de culto, de catequesis, de
grupos organizados y de ayuda social que
ya se venían haciendo por ser un templo de
mucha vida, se acentuaron.
La población fue aumentando. El Centro
de Hombres de la Acción Católica tuvo la feliz
ocurrencia de mirar el cerrito que se elevaba
en el sector de la nueva población La Favo-
recedora. Allí don Alonso Campusano Núñez
quería hacer una ré-
plica del Cerro Santa
Lucía de Santiago. El
Centro de Hombres ca-
tólicos lo convenció de
construir una capilla,
ya que los pobladores
no cabían en la sala de
la escuelita de doña
Ester v. de Loyola.
La capilla se convir-
tió en un templo gran-
de y capaz. Junto a él
se construyó un poli-
clínico que fue aten-
dido por los doctores
Sebastián Alarcón y
Julio Zamora, acompañados de la dentista
Dra. Vinka de Schneider y la enfermera María
Teresa Gómez. Llegó a atender, en los prime-
ros años de la década de 1950, a unos 5.000
pobladores de escasos recursos.
L
30
En 1955, el obispo don
Hernán Frías Hurtado fir-
maba los documentos
creando allí una nueva
parroquia. Y dejaba cons-
tancia “que los misioneros
del Corazón de María, con la
ayuda de los devotos de N.
S. de Fátima y muy especial-
mente de los feligreses de la
parroquia de la Inmacula-
da Concepción y el Centro
de Hombres de la Acción
Católica de esa misma pa-
rroquia, han venido levan-
tando un templo para
la atención religiosa
de los vecinos de
La Favorecedora
y preparando
futuras obras
anexas, todo
lo cual significa
una inmensa
ayuda a la or-
ganización reli-
giosa de nuestra
diócesis...”
La nueva parro-
quia llevó el título de
Fátima. Y de nuevo fue una
hermosa experiencia para
la Inmaculada haberse
convertido en madre.
onsagración del templo nuevo
En diciembre de 1928 hubo fiesta, y en grande, en la parro-
quia de los misioneros. Se consagraba con todas las solemnida-
des y humaredas de la liturgia romana, el enorme y grandioso
templo del Corazón de María.
El programa contempló el día 7 de diciembre la misa de
consagración, celebrada por el obispo claretiano de Oruro don
Abel Antezana. Esa tarde, a las 20 horas, se realizó el solemne
traslado de la imagen del Corazón de María desde la capilla
provisional hasta el altar mayor del templo nuevo.
El día de la Inmaculada, a las 6 de la mañana, celebró la misa
el superior mayor de los misioneros en Chile, P. Silvestre Alvarez.
El templo estaba colmado de personas de toda condición.
A las 7 hubo misa de comunión general, y a las 8, misa de
primeras comuniones; 500 niños y niñas se acercaron al
altar. A las 10, gran misa pontifical, celebrada por los
obispos Antezana y Silva Lezaeta. Predicó el obispo
claretiano de Tarija, Bolivia, don Ramón Font. La
orquesta tocó la misa del maestro Rivera.
A las 12.30 fue el almuerzo para el clero, los
obispos y los misioneros. Asistieron todos, menos
uno: el P. Julián Arrieta estaba atendiendo enfer-
mos en el hospital. Al volver a casa, cuando todos
ya se servían el postre, el obispo Silva Lezaeta lo
hizo sentar en la presidencia, como un homenaje
a su servicio pastoral.
A las 15.30 se realizó la gran procesión que acom-
pañó la banda del Regimiento. A las 17 hubo misa de
confirmaciones presidida por el obispo Font.
Tuvieron que pasar muchos años para que el templo anto-
fagastino conociera un movimiento tan espectacular. Sólo las
fiestas por la declaración de Basílica otorgada por el papa Juan
Pablo el año 2000, pueden igualarse a las de 1928.
C
31
V. l teatro
Por 1919 los misioneros crearon el Centro Excelsior. Estaba muy
de moda el organizar estos centros de actvidad y difusión cultural
que, junto con motivar a la juventud, ofrecían al pueblo formación,
entretención y educación. Las bibliotecas, las “veladas” teatrales,
las conferencias, el mismo cine, que estaba en su etapa de pañales,
fueron los medios más concurridos.
La capilla provisoria que sirvió como centro de culto entre 1912 y
1928, se convirtió luego en un salón-teatro para
la juventud. Fueron los años en que un grupo
de misioneros jóvenes y animosos, con ideas
nuevas, los padres Salvador Badía, Juan Porta,
Joaquín Alabert, Apolonio Crespo..., trabajaron
con dedicación por el colegio Corazón de María,
el esplendor del culto en el templo y crearon
propuestas culturales a través del centro cultural.
Después de unos primeros años de gran
entusiasmo, el Excelsior había decaído con la
partida del P. Máximo Lasheras. Pero en 1928
empieza de nuevo la actividad. Las crónicas
de esos años hablan del Centro, que tiene
una directiva, comisión artística masculina y
femenina (las cosas claras desde un principio:
bien separadas las damas de los varones). Había
además comisión de prensa, etc.
En 1944 el Excelsior celebró bodas de
plata con la presentación a toda orquesta de
la obra “Lazaro, el mudo” en el teatro Imperio
de la ciudad. La gran velada la ofreció el primer
misionero chileno que asumió responsa-
bilidades en la comunidad nortina: el P. Fernando
Vega Pizarro.
Capilla habilitada tras el incendio y
transformada más tarde en salón-teatro.
E
32
Con el paso del tiempo, el Excelsior
envejeció y las cremas no pudieron revertir
la situación. Soplaron otros vientos. El cine
terminó con las “veladas culturales”, los
intereses ciudadanos se fueron tras otras
pistas, y las distracciones se multiplicaron.
Así, en 1953 el teatro se convirtió en cine
para generar recursos y construir el templo
parroquial de Fátima. En 1956 se arrendó al
empresario de cine don José Daire. Eso sí: con
la recomendación de respetar la calificación
de películas que hacía la Acción Católica y
que dividía los filmes en siete categorías:
todo público, adolescentes, adultos, con
reparos, inconveniente, inmoral y mala.
Más tarde se fue ensanchando l a
tolerancia. Y si en la primera época se
daba “El Zorro Jalisco”,
unos años después se presentaba “A través
de un vidrio oscuro”, de Ingmar Bergman, y
más tarde “Las masajistas”, protagonizada
nada más ni nada menos que por Silvia
Koschina.
Por esos años la sala empezó a llamarse
“Teatro Rex”.
En 1976 se finiquita el compromiso con
José Daire, y el teatro es entregado a la
Universidad del Norte. Cuatro años después,
en 1980, el P. Iván Herrera pedía que de
todos modos se acordara un arriendo por
ese servicio. En 1983, es arrendado a otra
empresa: Films Norte. Diez o doce años
más tarde, el viejo teatro, que ya apenas
se sostenía, estaba convertido en depósito
de una vidriería. En 2001, todo fue
demolido.
Cuando aún
campeaba sobre
los techos chatos de
Antofagasta la capilla
provisoria, después salón -teatro.
33
VI. onsagración al Corazón de María
El obispo don Hernán Frías Hurtado con-
sagró la diócesis de Antofagasta al Corazón
de María. Había llegado a ese obispado en
1945, después de haber sido por cinco años
obispo de San Carlos de Ancud. En 1949 reali-
zó la solemne consagración, y con tal motivo
escribió una carta pastoral al pueblo cristiano
y a la ciudad.
En ella hace un recuento breve
de la devoción al Corazón de
María en Chile. Afirma que ya
en 1818 el Instituto de Cari-
dad, que fue compromiso
de los patriotas desde
1815, tenía como práctica
de piedad familiar unas
oraciones al “doloroso
Corazón de María”.
Después, en 1834, con la
llegada de la congregación
de los Sagrados Corazones, se
acrecienta la devoción. Se esta-
blece en Valparaíso la Archico-fra-
día, que ya antes se había erigido
en el templo de la Compañía, en Santiago, por
el canónigo Parreño.
En Antofagasta, los misioneros claretianos,
recién llegados, celebraron en 1903 la novena
al Corazón de María en el único templo que
entonces existía: el de la Vicaría. Como no ha-
bía imagen propia, se llevó al templo una de la
Virgen prestada por las religiosas del hospital.
El mismo año de la consagración, 1949, el
obispo Frías hizo visita pastoral a la parroquia
de la Inmaculada y dejó anotadas en un acta
sus buenas impresiones: el colegio contaba
con 400 niños, la parroquia tenía ya 25.000
habitantes, se celebraban 7 misas dominica-
les, y 600 niños se preparaban en catequesis.
Recomendó también que el cine
parroquial exhibiera solamente
películas catalogadas en los
cuatro primeros grupos
del listado de la Acción
Católica.
El obispo terminaba
diciendo que la clare-
tiana “es una de las me-
jores parroquias de la
diócesis en lo espiritual
y lo temporal: tiene junta
directiva parroquial que
coordina todo el trabajo”.
Felicita también por las tareas
evangelizadoras en la pobla-
ción obrera La Favorecedora.
Quince años después, en 1963, otro in-
forme señala que la parroquia cuenta con
escuela, policlínico parroquial, ropero de
los pobres, Academia Claret, programa de
construcción de las capillas de Villa Esmeralda
y Chango López. Existen cuatro centros de
catequesis, y es un prestigio contar con la
excelente banda instrumental del colegio.
C
La preciosa imagen patronal
34
ercera parte: 1968-2003

a renovación
T
L
Hemos querido dejar en un apartado especial estos últimos años. 1968
no es una fecha al azar. Para los claretianos en Chile es dar vuelta una página
histórica y empezar, como la semilla, a germinar con brotes renovados. En la
tierra quedaron los elementos nutricios que alimentaron una vida distinta.
En efecto, el mundo estaba como en primavera cuando París se al-
borotó entonces con la “revolución de las flores”; la Iglesia salía del
Concilio Vaticano II con un lenguaje y un
rostro renovado; la congregación
de misioneros había tenido
el año anterior la magna
asamblea mundial que le
cambió la vida. También
en Chile los claretianos
se sintieron unidos a
una obra mayor a nivel
continental, y empeza-
ban a inventar nuevas
respuestas.
Esa renovación llegó tam-
bién a Antofagasta, aunque, evi-
dentemente, no tuviera un efecto inme-
diato.
En los primeros años de este período la parroquia de la Inmaculada
volvió a sentirse creadora de vida, porque de su seno salió otra parroquia
más en la ciudad, que llevó el nombre de “Madre de Dios”. Al mismo tiempo
se empezaron a construir las capillas de las poblaciones entonces perifé-
ricas, y, en especial, se comenzaron a formar las comunidades de base en
los sectores populares.
35
La comunidad claretiana abrió nuevamente el horizonte misionero,
y se empezó a atender con presencia estable las dos parroquias de
Tocopilla.
Esa apertura misionera, como sucede siempre, redundó en frutos
vocacionales. De las comunidades juveniles surgió el llamado
vocacional del actual diácono religioso Carlos Vargas Urquieta, hoy
día en la comunidad del Carmen de Curicó; y de la experiencia
en Tocopilla nació la vocación presbiteral del P. Jorge Ramírez
Yáñez, actual rector del Colegio Claretiano de Santiago. Por el
benéfico influjo del buen ejemplo y la cercanía cordial del P. José
Luis Olarte surgió también la vocación misionera del P. José Miguel
Valenzuela, actualmente al servicio apostólico de la población La
Pintana, en Santiago.
El Colegio Corazón de María continuó su ritmo de crecimiento y
siguió gozando del prestigio a todo nivel al que lo había llevado su
director el P. José Manuel García Bellés, quien después de más
de veinte años y ya agotado en sus fuerzas, dejó la dirección en
manos más jóvenes.
El hospital, cada vez más grande y con más movimiento,
continuó siendo atendido religiosamente por diversos misioneros
que hicieron de ese centro asistencial una verdadera parroquia.
La cárcel, por su parte, no tuvo la atención que en los períodos
anteriores se le había dado. Si por 1940 los misioneros anotaban
como algo normal en sus crónicas “este año se ha dado misión en la
cárcel, siempre en el mes de julio, como todos los años hemos hecho”,
en la década de los ´70 ya no pudo decirse lo mismo. Pero no por
eso se abandonó la preocupación por los privados de libertad.
Incluso más: dada la situación política vivida a partir de 1973, la
preocupación abarcó a los detenidos, a los desaparecidos, a las
familias de los asesinados.
Finalmente, se realizó un servicio de gran importancia que
redundó en toda la diócesis: uno de los misioneros asumió
responsabilidades a nivel de gobierno del Obispado.
De todo esto diremos algo.
Hermano Carlos
Vargas Urquieta
P. Jorge Ramírez Yáñez
P. José Miguel
Valenzuela Miranda.
36
I. ervicio eclesial
hombre de confianza del obispo, el que hace
sus veces, el que tiene facultades especiales
que le concede el Derecho. Digamos, el se-
gundo hombre de la diócesis.
Por su parte, el vicario capitular es aquél
que hace las veces del obispo
durante el tiempo que media
entre la muerte o traslado
del que ejercía, y el nom-
bramiento del sucesor.
Ese tiempo puede ser
breve, o prolongarse,
como de hecho ha su-
cedido en Antofagas-
ta más de una vez.
Entre la muerte del
obispo Silva Lezaeta
y el nombramiento del
sucesor pasaron cuatro
años. Entre el traslado del
obispo don Alfredo Cifuentes y
la llegada de don Hernán Frías
hubo un lapso de casi dos años.
Otros misioneros, en diversas
épocas, fueron consultores del
Obispado, integrantes de consejos de go-
bierno y del consejo de presbiterio.
S
En 1974 el P.Juan Escalona González, su-
perior de la comunidad antofagastina, fue
llamado por el arzobispo don Carlos Oviedo
Cavada, quien lo nombró vicario general del
Arzobispado. Antes ya había sido vicario
para la vida religiosa. Después,
siendo vicario general, estuvo
también unos años como
párroco de la Catedral
y vicario de la Solida-
ridad.
Ciertamente no era
el P. Juan el primer
misionero en ser lla-
mado para responsa-
bilidades superiores en
Antofagasta.
Ya en 1928 el P. Pri-
mitivo Chalezquer había
sido vicario general, pero
cubriendo un interinato. Fue tam-
bién vicario capitular, igualmen-
te interino, en 1930. Este mismo
cargo desempeñó en 1944 el P.
Demetrio San Román.
Para comprensión del siempre trenzado
vocabulario eclesial, un vicario general es el
P. Juan Escalona González,
recientemente fallecido, uno de
los claretianos que más han
descollado en Antofagasta.
37
II. l actual colegio Corazón de María
especialmente ellas: porque hoy son mayoría
en el claustro de profesores.
Qué bueno que estén lejanos los tiempos
en que el superior mayor de los misioneros en
Chile, P. Antonio Hernández, escribía al director
del colegio: “no le puedo enviar más misioneros
para la escuela. Eso de contratar mujeres, no
me gusta para nada. Pero, en fin...a
la fuerza, ahorcan”.
Ciertamente, la moder-
nización del colegio no es
cosa de ahora. Se vino
tejiendo, como en los
buenos chamantos,
poco a poco y con
diversos colores.
Durante la direc-
ción del P. Fernando
Vega Pizarro, 1942-
1953, el alumnado
sube de unos 160 a cer-
ca de 500. Se funda la
brigada de scouts Ramón
Freire, gracias a la iniciativa
del hermano David Jiménez. Y la
brigada creó su banda de guerra.
El patio principal fue pavimentado.
Se fundó el centro deportivo con la sigla CO-
DEMA, bajo la dirección del profesor y músico
don Juan Mizunuma.
Si el P. Félix Bruno Alba recorriera estos días
la calle Lord Cochrane buscando la entrada
al colegio que dirigió en 1911, se encontraría
perdido. Lo mandarían, como en el juego, “a
la otra esquina”. Y de allí, a la otra. Ya no es lo
mismo que en sus años.
Pero tampoco reconocería el colegio: un
bien cuidado edificio de dos y tres
pisos —debido a las sinuo-
sidades del terreno— lo
dejaría pasmado. Los
patios de tierra que él
conoció tienen aho-
ra un piso embaldo-
sado; los escolares
pueden proteger-
se de los rayos del
sol, que en el norte
son de cuidado; po-
dría ver biblioteca,
sala de computación,
comedores, salón de acti-
vidades...
Y podría ver, además de
unos 450 niños, otras tantas niñas,
¡cosa inaudita en su tiempo! Y en
lugar del clásico religioso de hu-
milde sotana negra generalmente gastada, se
encontraría con maestros en traje formal, ellos
de corbata, y ellas hermosas y elegantes. Ellas,
E
La fachada actual, tras la
completa reconstrucción.
38
En el período del director P. José Manuel
García Bellés, 1954-1974, se agrandaron los
patios, debiendo nivelar el terreno y bajar un
espacio en más de un metro, con un tesonero
trabajo que duró casi un año. El director con-
venció a la comunidad de que era mejor tener
niños jugando fútbol que gallinas poniendo
huevos, y se anexó el antiguo gallinero más
la conejera donde el P. Julián de Pablo había
hecho una verdadera granja. Todo el espacio
quedó convertido en cancha; se renovó todo
el mobiliario, se hizo nueva instalación de
servicios higiénicos, se levantó un hermoso
y bien dimensionado monumento al Corazón
de María.
Con la dirección del P. Iván Herrera Matura-
na, 1975-1982, el colegio tuvo una inteligente
apertura a un profesorado seglar de excelente
nivel académico. De modo particular el P. He-
rrera se relacionó con FIDE y otros estamentos
educativos de importancia, y ubicó al colegio
en el sitial de prestigio que le ayudó a supe-
rar en años posteriores una cierta crisis de
crecimiento.
Durante la dirección del P. Alfonso
Marcos Soriano, se hizo la tentativa de
crear cursos de enseñanza secundaria
y se levantó un pabellón especial para
tal efecto.
Por breve tiempo estuvo a cargo de
la dirección don Eduardo Zamora Alarcón,
entonces misionero claretiano. A él le tocó
enfrentar la dura realidad de suprimir, por
falta de proyecto real, la experiencia de la
segunda enseñanza.
Cuando la dirección del colegio pasó a
manos de la Sra. Leonarda Rojas, se pudo
reorganizar el colegio, que sin duda estaba
en una crisis seria. En su tiempo se saneó la
administración, y el colegio recobró presen-
cia en la ciudad.
En los años finales del P. Mario Calvo Gon-
zález como superior mayor de los misioneros,
y secundado con fuerza por el P. David Gó-
mez Juárez, encargado de la administración
en Chile, el colegio logró levantar una nueva
estructura que cambió totalmente su fisono-
mía un tanto pueblerina; se transformó en un
colegio con edificación moderna, apropiada,
capaz para mil alumnos, con todas las ven-
tajas que ayudan a una buena formación en
valores y a una educación académica.
Disponiendo el nuevo patio,
en una de las últimas etapas
de la reconstrucción.
39
En esta época, y con el P. Iván Herrera
como “sostenedor” llevando la represen-
tación legal y los clásicos sinsabores y
preocupaciones de toda construcción, se
levantaron las últimas 9 salas de la fachada
poniente,el salón de actos, los baños nuevos
y toda la fachada que da a la calle Copiapó.
No se puede olvidar la solidaridad ejem-
plar de los otros colegios claretianos de Chile
en el nuevo rostro del colegio antofa-
gastino. Tanto el Instituto
Claret de Temuco como
el Colegio Claretiano
de Santiago supieron
dar l a mano que
ayuda a ponerse
de pie para mirar
el horizonte con
nuevas ganas.
Actualmente
lleva la dirección
el Sr. Jorge Eduar-
do Villalobos Pérez,
profesor de matemá-
ticas y física con par-
ticipación en numerosos
cursos de perfeccionamiento,
talleres y seminarios. Su labor se ha cen-
trado en mantener la excelencia académica,
las buenas relaciones entre la familia educa-
tiva, y la integración del colegio en la amplia
comunidad parroquial y claretiana.
Los misioneros tienen allí como “soste-
nedor”, es decir, como representante legal
de la Congregación ante el Ministerio de
Educación, al P. Pompeyo Corada Fernández.
El P. Pompeyo llegó a Antofagasta recién
el año 2002, y en poco tiempo se ha captado
la simpatía, el cariño y la adhesión tanto en el
colegio como en la parroquia, en el hospital
y en las capillas. Actualmente es el superior
de la comunidad. Hombre de amplia
cultura, de mente abierta,
titulado en teología y
en educación, fue por
muchos años rector
del Colegio Clare-
tiano de Santiago,
al que conduj o
con sabiduría y
con la aprobación
de toda la familia
escolar, que tenía
en él a un padre, un
hermano y un amigo.
Ahora en Antofagas-
ta, junto con su servicio
como “rector” en el colegio
—dada su condición de sostene-
dor—, emplea gran parte de su tiempo en
la visita continuada y sacrificada al enorme
hospital regional. En las capillas empieza
también a ser conocido, y son ya muchos
los que pueden decir que han encontrado
en él un misionero amigo.
40
III. as cárceles
Mil trecientos internos tienen las cárceles de
Antofagasta. Sí, las cárceles, en plural. Porque
en la actualidad se trata de la atención religiosa
de los centros penitenciarios de hombres y de
mujeres en Antofagasta, y la responsabili-
dad de supervisar ese servicio en los
de Calama, Tocopilla y Taltal. Con
la llegada del P. René Durán Moli-
na, quien ya había sido capellán
de la cárcel de Linares, esta ac-
tividad pastoral retomó su po-
sición, se acrecentó y mejoró en
todos sus aspectos.
Desde el comienzo los misione-
ros tuvieron la preocupación por aten-
der a los privados de libertad. Ese dato aparece
en las primeras crónicas, y a lo largo de los cien
años se repite tal servicio como algo normal. En
la década de 1960, estando en la comunidad el
P. Eduardo Allendes, lo que era una atención ru-
tinaria cobró nueva vida. Después decayó nue-
vamente, hasta la llegada del P. René Durán.
Lo que el P. René aprendió en su propio ho-
gar, allá entre los viñedos de Portezuelo, pro-
vincia de Ñuble, lo fue preparando para un
apostolado de tolerancia y de misericordia. A
su casa campesina llegaban algunos derrota-
dos por la vida para recibir siempre acogida,
bondad y comprensión. La señora María Mer-
cedes y don Pedro Crisólogo tenían siempre
abiertas las puertas de su hogar. Los hijos mi-
raban y aprendían.
Actualmente el P. René ha organizado un
equipo de pastoral penitenciaria integrado
por unos 20 laicos que estudian propuestas,
atienden las catequesis de los internos, reali-
zan las celebraciones de la fe, cuidan de
modo particular a los internos lle-
gados de puntos lejanos. El gran
desafío es humanizar las cárce-
les; trabajar por una valoriza-
ción de la dignidad personal
del interno.
El equipo de pastoral car-
ce-laria está empeñado tam-
bién en lograr una casa de aco-
gida para servicio de toda la Segun-
da Región, donde recibir y reubicar a los que
salen en libertad vigilada o definitiva, ya que
muchos de ellos no tienen donde ir ni logran
encontrar el apoyo de una especie de hogar.
El plan pastoral que han creado abarca tan-
to a los internos como a gendarmes, profesio-
nales y administrativos.
Los misioneros claretianos, como comu-ni-
dad, han decidido asumir ese compromiso que
tiene un buen historial familiar: el Venerable
P. Mariano Avellana dedicó su vida a consolar
y a anunciar el amor de Dios a través de Jesu-
cristo, en hospitales y cárceles del país. Otros
misioneros siguieron esas huellas. Hoy día les
toca a ellos, y lo hacen con la alegría de quien
sirve una buena causa.
L
41
IV. os años duros
Si bien por 1973 los misioneros no tenían grandes responsa-
bilidades en la capellanía de la cárcel de Antofagasta, de todos
modos estuvieron atentos a cuidar y defender a aquellos
que fueron declarados enemigos. En esa oportu-
nidad el P. Juan Escalona, como vicario general
y especialmente de la Solidaridad en el
Arzobispado, fue quien debió enfrentar
una situación tan dolorosa como injus-
ta. Los demonios andaban desatados
también en el norte.
El 19 de octubre de1973, el grupo
que la historia llamará siempre “la
Caravana de la Muerte” aterrizó en
el Regimiento de Infantería Nº 15
de Calama y sacó de la cárcel a 26
detenidos a quienes dieron muerte
en el sector de Topater.
El mismo día el general Sergio
Arellano Stark y sus fusileros lle-
garon al Regimiento Esmeralda de
Anto-fagasta —el histórico “Sépti-
mo de Línea”—, y de la cárcel pública
sacaron a 14 prisioneros que fueron
ejecutados en la Quebrada El Way. El
general Joaquín Lagos Osorio, jefe de la
I División de Ejército en Antofagasta, afir-
maría más tarde que sintió vergüenza al ver
los cadáveres de los ejecutados por la Caravana
de la Muerte: «estaban hechos pedazos, no eran cuerpos
humanos», dijo.
L
Cristo doliente tallado por presos
políticos en un árbol de la ex
Oficina Chacabuco, transformada
en campo de prisioneros tras el golpe
militar de 1973.
42
Poco después el general Lagos Osorio, en
cuya jurisdicción los «consejos de guerra»
ya habían fusilado a 16 detenidos, pidió su
baja del ejército. Era un hombre creyente, a
quien el P. Juan Escalona consideró siempre
honesto, como lo afirmó hasta el final de
sus días.
En ese período ingrato trabajaron muy
unidos el arzobispo Oviedo Cavada y su
vicario para la Solidaridad. No tenían más
armas para enfrentar la brutalidad que la
fuerza de su palabra y su testimonio de
cercanía con los que estaban sufriendo.
Ambos visitaron repetidas veces el
campo de concentración de Chacabuco, se
hicieron manos y corazón de Cristo
para consolar a las familias
y acompañarlas en sus
búsquedas de los seres
queri dos. Ambos
dieron una lucha
i nc l a udi c a bl e
por l a i nde-
pendencia de la
Universidad Ca-
tólica del Norte,
que se había con-
vertido, como to-
das las del país, en
cautiva del poder ar-
mado.
Desde el comentari o
al evangelio dominical, escrito
semana a semana en l a prensa y
firmado con su característico y en esos días
hasta peligroso seudónimo de JOTA, y las
predicaciones en la misa de la Catedral, el P.
Juan repetía sin cansarse que jamás el odio
y la violencia son remedio para algo.
“Se pretende combatir al mal, pero se
emplea en ello la venganza; se quiere poner
un orden, y se hace sin respeto a los derechos
inalienables del ser humano; se disparan
armas contra los que no están conformes
con las formas establecidas, y se les somete
a apremios que no se compadecen con la
dignidad humana. ¡Nunca el odio será el
remedio!”
La desolación de la actual Chacabuco
hace aún estremecer el alma.
43
V. l hospital
El vertiginoso aumento de la pobla-
ción gatillado por el auge de la activi-
dad minera y empresarial, hizo impres-
cindible la construcción, entre 1950 y
1966, de un nuevo y más amplio recinto
asistencial, el que recibiría
el nombre de Hospital
Regional de Antofa-
gasta Dr.Leonardo
Guzmán.
Cada año el recin-
to asistencial atien-
de más de 3 mil 800
partos y cesáreas, 118 mil
prestaciones en la Unidad de
Emergencia, 35 mil intervenciones qui-
rúrgicas de distinta complejidad, 557 mil
exámenes de laboratorio y más de 120
mil consultas de especialidades.
Actualmente es un establecimiento
de tipo 1, es decir, de alta complejidad.
Su dotación de personal, compuesto
en su gran mayoría por profesionales
médicos y paramédicos, alcanza a las
mil personas, mientras que el número
de sus camas llega a 733. El estableci-
miento no es sólo el más grande de la
región, sino también el único centro
E
de referencia y derivación de todos
los hospitales del Sistema Nacional de
Servicios de Salud desde la primera a
la tercera regiones, para especialidades
como oncología y neurocirugía.
Atender religiosamente a un
establecimiento tan complejo
requiere de una dedicación
casi absoluta. Los misio-
neros, al igual que en los
comienzos, continúan hoy
con este servicio, que les
hace estar atentos día y noche
a las necesidades de los enfer-
mos y muchas veces de sus familias.
La pastoral de la escucha, de la cerca-
nía, de la misericordia, abarca también al
personal médico, paramédico y adminis-
trativo. Este servicio, por ser sacrificado,
es un constante testimonio de la caridad
cristiana que, saliendo de los buenos de-
seos, se convierte en realidad concreta.
Desde el hospital los misioneros ven
pasar a toda la población antofagastina,
y siguen siendo para ella los ojos, las
manos y el corazón de Cristo, que com-
prende, acompaña, consuela y conduce
a la Vida.
44
VI. as capillas
Cuatro son las capillas que atiende actual-
mente la comunidad de misioneros: Santa
Ana, del hospital regional; Ascensión del
Señor, en Villa Esmeralda; Jesús Obrero, en
la población Ricardo Mora, y San Antonio M.
Claret, en la población Chango López.
La primera fue, ciertamente, la de Santa
Ana. Porque, como ya está dicho, las reli-
giosas del hospital pidieron muy temprana-
mente que los misioneros se hicieran cargo
de la capellanía y de la atención de la capilla
del establecimiento. Hoy funciona como un
oratorio semipúblico para el sector.
Por 1963 la junta vecinal de Villa Esmeral-
da pidió un terreno a Bienes Nacionales; los
pobladores deseaban una capilla
y centro comunitario. No les
fue muy bien; el terreno
solicitado pertenecía
al Club de Tenis. Poco
después obtenían
otro, y en 1964 se
colocó la primera
piedra de lo que
sería la capilla As-
censión del Señor.
L
Ahí empezaron también las rifas, la venta
de empanadas, las colectas, en fin, todo lo
que siempre ayuda en las poblaciones a unir
a los vecinos para levantar centros comuni-
tarios. El párroco de la Inmaculada, P. Juan
Porta, animaba a todos con su alegría y su
apoyo incondicional, y el entonces misione-
ro claretiano P. Amador Vargas subía con la
camioneta atorada de materiales, y bajaba
con un cargamento de chiquillos que hacían
de “lastre” para no desbarrancarse “por esos
caminos de Dios” en donde el P. Amador
“corría como diablo”, por decir lo que sostiene
el refrán.
45
Así se levantó la capilla y después se
construyeron el salón comunitario, los
servicios higiénicos, se puso buen sistema
de alumbrado, etc.
Por esos mismos años, en la población
Chango López estaba organizándose la
comunidad cristiana, que se reunía en
diversas casas del vecindario, particularmente
en la casa de la familia Donoso. Una pieza
prefabricada se instaló, por fin, en calle
Colocolo esquina con Tegualda.
Cuando tan precaria construcción no
soportó el paso del tiempo, se armó una
carpa gigante que podía cobijar a unas 150
personas y que fue donada por la comunidad
El Buen Pastor de la población Lautaro.
Finalmente, con un aporte del P. Fernando
Vega Pizarro, exdirector del Colegio Corazón
de María radicado desde hace años en USA,
el 29 de junio de 1985 se bendice la nueva
capilla, de concreto y material firme, en el
mismo sitio de las experiencias anteriores.
Era párroco entonces el P. Eduardo Garrido
Salinas.
Finalmente, por 1975 se empezó a
construir la capilla de Jesús Obrero en
la población Ricardo Mora. El asunto
partió con la labor misionera de una
religiosa del Instituto Santa María.
La primera comunidad de base
se reunía en la casa de unos vecinos;
después se compró en el Hogar de
Cristo una pieza que se instaló en el patio
de la casa de otra vecina. Por fin la capilla se
hizo realidad, gracias a la cesión de un terreno
por parte de Bienes Nacionales.
Fue el 1 de mayo de 1981 cuando el
arzobispo don Carlos Oviedo Cavada inau-
guraba la capilla, con el nombre de Jesús
Obrero. Era párroco el buen P. José Luis Olarte
López.
Hoy día, las “capillas de los cerros” gozan
de vida propia. Los misioneros atienden la
parte religiosa y, como párrocos del sector
—de modo particular el P. René Durán—,
cuidan de la organización global, siendo los
vecinos participantes en las comunidades de
base quienes llevan adelante la obra evange-
lizadora, las catequesis, la ayuda solidaria, las
reuniones de culto.
Allí han surgido los grupos juveniles, los
conjuntos musicales, los talleres de aprendi-
zaje y de formación, las experiencias misio-
neras, los comedores solidarios.
Enaramándose a los cerros la parroquia fue
necesitando capillas sectoriales.
46
VII. a Basílica del Corazón de María
El grandioso y artístico templo levantado
al Corazón de María —hoy sede central de la
parroquia de la Inmaculada, encargada a los
misioneros claretianos—, tiene des-
de 1999 un título de honor que
lo distingue entre los templos
de Chile: fue declarado Ba-
sílica por el papa Juan Pa-
blo II. El arzobispo don
Patricio Infante ideó
la prop-uesta, trabajó
la posibilidad y logró
este título glorioso
para Antofagasta.
Hay sólo nueve
basílicas en nues-
tro país. Seis de
ellas están en la
Región Metropo-li-
tana: El Salvador, El
Carmen de Maipú,
La Merced, Corazón
de María, Lourdes
y San Alfonso. En la
Sexta Región está San-
ta Ana de Rengo; en la
Cuarta Región, el templo
grande de la Virgen chinita
de Andacollo, y en la Segun-
da Región, el hermoso templo
del Corazón de María. Los misioneros
L
claretianos tenemos la responsabilidad de
tres de esos nueve templos-monumentos:
las basílicas Corazón de María de Santiago,
Nuestra Señora del Rosario de Andacollo,
y Corazón de María de Antofa-
gasta.
El título de Basílica (del
griego “basiléos”, rey)
no sólo otorga distin-
ción y relevancia a
un templo. Por sobre
todo, compromete
a un servicio reli-
gioso más intenso:
que se tenga en
él un culto digno
y con la participa-
ción activa de la
comunidad cristia-
na; que disponga
de un coro musical
organizado y afiata-
do para las liturgias;
que existan agentes
pastorales para la ce-
lebración del culto y los
sacramentos; que haya
predicación y organización
de las devociones populares;
que se cuente con presbíteros y
diáco-nos suficientes; que se promue-
47
va la formación cristiana y la celebración de
la fe y de la caridad.
El párroco, en su caso, lleva también el
título de rector de la basílica. De la anto-
fagastina lo es el P. Iván Herrera Maturana,
quien fue gran propulsor de la idea de lo-
grar tal distinción para el hermoso templo
cordimariano.
El P. Iván llegó a Antofagasta siendo
un muy joven seminarista clare-
tiano. Estuvo primero en la
actividad escolar secun-
dando al director P. José
Manuel García, y asumió
posteriormente él mismo
la dirección del colegio.
Trasladado para el ser-
vicio apostólico a otras
comunidades del país, es-
tuvo en Temuco, Santiago,
Talagante, y en Curicó, donde
fue párroco de Cordillerilla,
capellán de la Clínica del
Buen Samaritano para enfermos indigen-
tes en la ciudad de Molina, y rector del
santuario del Carmen. En esa zona des-
plegó una gran actividad misionera que
aún recuerda muchísima gente.
Ya peinando canas, regresó a Antofa-
gasta como superior de esa comunidad
y párroco. Desde 1996 ha sido así el alma
de numerosos adelantos de todo tipo en
la parroquia claretiana:
Enfrentó con sabiduría las consecuen-
cias del terremoto que hizo colapsar la co-
losal imagen de María que por casi 70 años
extendiera sus brazos sobre la ciudad; con
empeño y buenas relaciones repuso una
imagen nueva de similares características;
construyó a un costado del templo una
necesaria y bien terminada rampa para
el acceso de personas inválidas; logró la
declaración de basílica; la organi-
zación del excelente coro basi-
lical; la pintura del templo;
su iluminación exterior
gracias al proyecto “Ilu-
minando iglesias del sur
del mundo”, etc.
Siendo representante
legal del colegio, el P. Iván
llevó a cabo con el apoyo
del P. Mario Calvo, entonces
superior mayor, y del P. David
Gómez, la construcción del
nuevo establecimiento. Y
como entregó muchos años de su vida al
apostolado educacional, no podía estar
ajeno a la preocupación de muchas fami-
lias por una buena formación desde los
primeros balbuceos de sus hijos; así ha
fundado el kinder parroquial, con el auxilio
de algunas excelentes “tías”.
Bueno, algunos todavía los llamamos
“kinder”. Ahora dicen que son cursos
de “transición menor”. ¡Cómo cambia el
mundo!
P. Iván herrera Maturana.
48
1925
árrocos de la Inmaculada Concepción
P
2004

1925-1930: P. Primitivo Chalezquer
1931-1933: P. Joaquín Alabert
1934-1936: P. Salvador Badía
1937-1940: P. Rogelio Lorenzo
1940-1942: P. José Pou
1943-1945: P. Demetrio San Román.
1946-1948: P. Apolonio Crespo
1949-1951: P. José Pou
1952-1954: P. Juan Guerricagoitia
1955-1959: P. José Luis Olarte
1960-1963: P. Eduardo Garrido
1964: P. Juan Porta
1965-1966 (mayo): P. Epifanio Ramos
1966 (junio)-1969: P. Demetrio San Román
1970-1975: P. Juan Escalona
1976-1981: P. José Luis Olarte
1982-1984: P. Alfonso Marcos
1985-1990 (junio): P. Eduardo Garrido
1990 (julio)-1992: P. Alfonso Marcos
1993-1995: P. Luis Tapia
1996-2004: P. Iván Herrera
P. Eduardo Garrido
P. Joaquín Alabert
49
VIII. os nombres queridos
A través de cien años son muchos los nombres que perma-
necen en el recuerdo. Debiéramos anotar a todos los misio-
neros que de una u otra forma dieron parte de su vida
a Antofagasta. Sin embargo, por ciertas actuaciones,
por personalidad más llamativa, por cargos o trabajos
especiales, por situaciones de la vida, hay algunos que
destacan más que otros.
En la primera época, ciertamente los padres Ambro-
sio García, Pedro Constansó, Isaac España, el hermano
Sixto Carnicer, merecen especial reconocimiento.
El P. Florencio de Andrés dio prácticamente su vida en
el colegio que recién se iniciaba. Los primeros contratiempos le
afectaron la salud, y un ataque al corazón privó a Antofagasta y
a los claretianos de Chile de un misionero a carta cabal.
El P. Anselmo Santesteban fue el pionero que abrió el
colegio aun contra la opinión de su propia comunidad,
como queda señalado en esta misma historia.
Los PP. Máximo Lasheras, Joaquín Alabert, Sal-
vador Badía, Nicolás Alduán, Juan Porta, Eduardo
Urriola, Narciso Domínguez, y el muy recordado
hermano David Jiménez, supieron combinar el
trabajo educativo con los espacios culturales a
través del Centro Excelsior.
Los PP. Luis Santamaría, Arturo Vicente, Gastón
Flores, Alberto Chang, Gabriel Benavides, fueron
profesores por varios años, dedicando esfuerzo,
competencia y visión renovada al establecimiento.
Entre los directores de la etapa de la consolidación
del colegio, por cierto hay que señalar a los PP. Fernando
Vega Pizarro, Julián de Pablo, José Manuel García, Fernando
Llanos, Iván Herrera, Alfonso Marcos, y a la Sra. Leonarda Rojas.
L
2004
Hermano David Jiménez
En los años ´70: padres Juan Escalona y
José Plaja. Atrás, José M. García, Jesús
Eraso, Lorenzo Núñez y Domingo
Ballester.
50
Todos ellos fueron una bendición por lo que significaron en ade-
lanto material, cultural y académico para el estable-cimiento.
Entre los laicos comprometidos con la obra educativa,
hay que destacar a don Seizo Mizunuma y a las maestras
que han dado lo mejor de su vida en esas aulas entre-
gando sabiduría, bondad y ejemplo: Milena León, Ana
Alvarez, Ema Baeza, Teresa Cerda y muchas más.
Entre los misioneros más dedicados a la labor misional
en la pampa y después a la obra parroquial, destacamos
a los PP. Crescencio Urbiola, Apolonio Crespo, Julián Arrie-
ta, Primitivo Chalezquer, Abel Antezana —más tarde obispo
de Oruro, arzobispo de La Paz y Primado de Bolivia—, Teodoro
Martín, Arturo Díez, Lorenzo Núñez, José Luis Olarte, Epifanio Ramos,
Eduardo Garrido, Juan Escalona, Luis Tapia, Cristian Peña, Jesús
Eraso, hermano Germán Jiménez... En fin, podríamos llenar
un par de páginas con nombres queridos y recordados.
No podemos dejar afuera a don Eduardo Allendes,
don Amador Vargas, don Ignacio Rocuant y el presbítero
Renato Torres, en un tiempo pertenecientes a esa comu-
nidad como misioneros, quienes entregaron sus energías
juveniles y su colaboración leal a la obra claretiana en las
poblaciones de la parroquia.
Hoy día son tres los nombres que la historia va a registrar:
Iván Herrera Maturana, René Durán Molina y Pompeyo Corada Fernán-
dez. Ellos llevan la tarea de servir en el templo basilical con sus
liturgias y cultos, la parroquia con sus cuatro capillas y la aten-
ción de catequesis, pastoral juvenil, coro basilical, acción
social, ayuda solidaria, colaboración con las parroquias de
la ciudad, asesoría de las catequesis diver-sas, animación
de grupos, la atención de las cárceles, del inmenso hos-
pital regional, y la responsabilidad del Colegio Corazón
de María con sus 900 alumnos.
¿Alguien duda de que la historia va a registrar sus
nombres?
P. Iván Herrera
P. René Durán
P. Pompeyo Corada
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