9

Una noche de mil novecientos setenta y pico mi abuelo salió
a caminar por los alrededores de Derqui para aliviarse de una
borrachera, y se perdió.
Estábamos en la casa de mi tío Pancho, celebrando no re-
cuerdo qué.
Era una festa increíble. Más de cien invitados, una banda
en vivo que tocaba lo que se le pidiera, mucho cotillón, barriles
de vino, cerveza tirada, miles de cajones de gaseosas para no-
sotros, los más chicos.
La estábamos pasando tan bien que recién a las dos de la
mañana nos dimos cuenta de que mi abuelo no estaba.
La música se detuvo.
Mi tío Pancho, en un estado deplorable, llamó a la policía y,
como pudo, explicó que no tenía idea de qué había pasado con
su hermano.
Mi mamá se puso a llorar.
Yo también.
Mi abuela no.
—Se debe haber ido con alguna —dijo.
Tambaleándose, mi tío Armando fue hacia su Dodge pla-
teado y le pidió a mi primo Enrique que lo acompañara:
—Gamos a guscarlo…
Pero apenas subieron al auto, mi abuela dijo:
10
—Esperen —y agregó—: Ahí viene, ¿no?
Era cierto. En la otra cuadra, del lado de la vereda de en-
frente, había una mancha oscura, con forma de aceituna, que
por alguna razón todos relacionamos con mi abuelo.
—Sí —dijo mi mamá.
Y fuimos hacia él. Todos menos mi abuela, que se quedó
esperándolo junto a la puerta marrón.
—Me perdí —dijo mi abuelo, que parecía recién salido de
una pileta llena de alcohol—. No sé por dónde anduve… Qué
sé yo. Estuve por ahí, por donde está lleno de yuyos… Por lo
de la japonesa…
—¿Qué japonesa? —preguntó mi tío Pancho.
—Una japonesa, no sé de dónde apareció. Una pibita. Le
salían cosos de las manos, bichitos de luz…
La escena me gustó, una japonesa que lanzara insectos lu-
minosos de la mano como si se tratara de rayos láser no podía
no atraerme.
—¿Pero era una japonesa japonesa, o parecía japonesa,
como la Gladys?
—No, japonesa japonesa japonesa —mi abuelo rió como si
hubiera dicho un chiste—. No estaba vestida con esos ponchos
que usan ellos, pero era una japonesa.
—¿Qué ponchos? —le preguntó mi abuela.
—Los ponchos esos de los samuráis. Esos que usa Kung Fu.
Mi abuela negó con la cabeza. No tenía sentido seguir con
las preguntas.
—Pero igual tenía ropa japonesa —continuó mi abuelo—.
Un quinoto rojo y con otros colores que ahora no me acuerdo.
—Kimono —corrigió mi abuela.
—Sí, kimono… Pobre japonesa, no sé cómo no le daba
miedo. No hay un alma por ahí… Encima, me pareció que le
faltaba el…, el…, el coso…
—¿Qué coso?
11
—El coso este —mostró el pulgar de su mano derecha.
—¿El dedo gordo?
—Sí… —mi abuelo volvió a reír, con una risa que parecía
de doble sentido, como si quisiera darle un matiz atrevido, pí-
caro, a sus palabras— el gordito…
—Bué… —dijo mi tío, ya sin paciencia—. Volvamos a la
casa, entonces. La noche todavía está en pañales...
Todos gritamos, algunos al estilo sapucay, y seguimos con
la festa.
La increíble festa.
Que duró hasta el amanecer.
Cuando nos estábamos yendo, apareció un patrullero.
Bajó un policía morrudo, retacón, morocho.
Preguntó si mi abuelo estaba bien.
—Sí —dijo mi tío Pancho—. Yo llamé para avisar.
—Sí, lo atendí yo. Pero por las dudas queríamos asegurar-
nos de que todo sigue en orden.
—Sí, gracias por preocuparse.
—Anduve por lo de la japonesita —dijo mi abuelo, como
si brotara.
—¿Qué japonesita? —preguntó el policía.
—La de los bichitos de luz…
Mi tío le hizo una seña al policía, dándole a entender que
mi abuelo había bebido y estaba diciendo cualquier cosa. El
policía entendió:
—Nos retiramos —dijo—. Que tengan un buen día.
El patrullero se alejó y nosotros (mis abuelos, mi madre y
yo) empezamos a caminar hacia la estación de trenes. Todavía
teníamos por delante más de una hora de viaje para llegar a casa.
Mi abuela no tocó el tema de la japonesa de los bichitos de
luz. Odiaba que mi abuelo dijera disparates.
Hablamos de la festa.
Y de otras cosas.
12
Pero mi abuelo, a pesar de la borrachera, tenía razón.
No había mentido.
Allí, por los alrededores de Derqui, donde todo era barro,
oscuridad y yuyos, se había cruzado con una japonesa.
Y la japonesa tenía puesto un kimono jade con fores rojas
y un obi azul.
Y llevaba en sus manos varias luciérnagas que, al igual que
ella, brillaban fríamente, como de pena.
Mi abuelo había visto esa imagen.
Pero nosotros le creímos recién unos meses después, cuan-
do el tío Pancho nos contó lo que había sucedido en Derqui.
—Es de no creer —dijo—. Pero lo creo porque una parte la
vi con mis propios ojos y la otra me lo contó directamente el
capo del destacamento, que es amigo mío. Y no anda con cuen-
tos. Así que le creo. Pero es de no creer.
—Pero qué es lo que pasó.
—Mirá, por donde vos anduviste perdido la vez pasada hay
una casa que hace años que está abandonada.
—¿Ahí por los yuyos?
—Sí.
—Yo no la vi.
—Es una casa vieja, que nadie la ocupa porque ¿viste cómo
es?, se cuentan pavadas, y la gente las cree.
—¿Está embrujada?
—Dicen, pero no. Esto que pasó no tiene nada que ver con
fantasmas —mi tío Pancho sacó los cigarrillos, y prendió uno
para agregarle suspenso al relato—. Tiene que ver con guerri-
lleros.
—¿Guerrilleros?
—Sí, no sé si Montos o qué, pero guerrilleros. Y los tipos
estaban en esa casa que te digo. La tenían como aguantadero.
Nadie se daba cuenta porque vivían a oscuras. Para los vecinos
más cercanos, que son cinco o seis, la casa parecía igual de des-
13
habitada que siempre. Pero anteayer a la noche pasó una cosa
increíble. De la casa esa empezaron a salir bichitos de luz, un
montón, cientos, y se quedaron como fotando sobre el techo…
Imaginate el espectáculo, se veía hasta de mi taller, que está
lejísimos de ahí. Y bueno, la gente se empezó a acercar. Yo tam-
bién. Y apenas llegué a la casa, salieron de adentro cinco per-
sonas, cinco sombras, y salieron disparando a campo traviesa,
como si alguien los estuviera persiguiendo. En un segundo,
chau, se esfumaron, y los que estábamos ahí nos miramos des-
orientados, mientras los bichitos de luz seguían sobre la casa
como si nada. No sé cómo se enteraron los canas, pero a los
cinco o diez minutos apareció un patrullero. Le contamos que
vimos salir a unas personas, pero que no pudimos identifcar si
eran hombres o mujeres. Uno de los policías fue al patrullero,
habló por la radio y regresó. Golpearon la puerta. Esperaron.
Golpearon otra vez. Y como no obtuvieron respuesta, sacaron
los chumbos y abrieron la puerta de una patada…
—¿Sin orden de allanamiento?
—No existe la orden de allanamiento. Eso es una gilada de
las series gringas.
—¿Y adentro encontraron armas?
—No. Lo que encontraron fue lo más increíble de todo. Más
que las luciérnagas. El interior de la casa estaba todo decorado
como si fuera una casa japonesa. Yo no sé mucho de muebles
y adornos, pero vi la casa y era como una casa japonesa. Había
biombos, un altarcito, almohadoncitos, cosas así, japonesas.
Muy lindo.
—¿Y eso qué tiene que ver con los guerrilleros?
—Bueno, ahora viene. Además de todo lo japonés, los canas
encontraron otras cuestiones: documentos de política, unos
frasquitos raros que andá a saber para qué los usaban, proyec-
tos de un golpe a un banco, cosas por el estilo…, y además,
14
en una de las habitaciones encontraron indicios de que tenían
secuestrada a una mina.
—¿A la japonesa?
—No, una mina que parece que secuestraron hace unos
días, la hija de un empresario. El capo del destacamento me
confrmó que encontraron cosas que eran de ella.
—¿Y se la llevaron?
—Sí, sospechan que sí, pero eso lo van a saber cuando los
agarren. Por ahora, y esto me lo aseguró él, no tienen idea de
por dónde andan.
Recién entonces yo participé de la conversación:
—¿Y los bichitos de luz?
Mi tío se rió. Le causó gracia que mi interés pasara por las
luciérnagas.
—Se fueron. Se quedaron un rato, una o dos horas, y des-
pués qué sé yo. Aparentemente, los loquitos estos eran criado-
res de luciérnagas, y las liberaron porque se ve que tuvieron
que salir de raje y no les quedó otra que deshacerse de ellas.
Dejé de prestar atención a lo que decían. No me interesaba.
Para mí, la historia se reducía a dos imágenes: la japonesa per-
dida en un yuyal de Derqui y la casa envuelta por luciérnagas.
Lo demás se me escapaba. Era demasiado chico como para
saber en qué tipo de país estaba viviendo. La dictadura militar
no era ni siquiera un rumor molesto, un mal susurro para mí.
Videla me caía bien porque me caían bien todos los hombres
que tuvieran bigotes o barba. Y los uniformes no me causaban
náuseas, como ahora.
Varios años después, muchos, más de veinte, me puse de
novio con una chica de Derqui, María José, y le mencioné la
historia de los bichitos de luz.
—Mi abuela me contó esa historia —me dijo—. Ella estuvo
esa noche en la casa. Pero no me dijo nada de los montoneros.
15
Me puse a investigar. Hablé con la abuela de mi novia, con
gente del barrio que había presenciado la escena.
Pero no obtuve mucho, hasta que conocí a Gervasio Nievas,
un ex periodista de Derqui que tenía bien presente lo que había
sucedido en “el rancho de las luciérnagas”.
—En una época yo quise escribir un libro sobre esa historia.
Por algunos policías conocidos sabía que la piba esta, Merce-
des, había estado secuestrada en la casa, y que la comisaría de
Pilar se había hecho cargo del caso y había inventado cualquier
cosa para la prensa. Investigué. Durante mucho tiempo. Pero a
medida que investigaba me iba dando cuenta de que sabía me-
nos, de que me perdía, y que tampoco podía demostrar nada.
Todo lo que tenía, en suma, no eran más que conjeturas que
carecían de documentación que las avalara. Y me harté. Me sa-
qué ese libro de la cabeza, me dediqué a otra cosa, y toda la
información que junté quedó archivada al pedo.
Gervasio fue generoso conmigo. No solo me facilitó su ar-
chivo, sino que me dedicó tiempo, tuve con él por lo menos
cinco encuentros, y ninguno duró menos de dos horas.
Gracias a su información supe de Maeko, de Kaede, de
Dantori, de Silvano, de Mercedes Iribarren, y supe también de
armas, de bombas caseras, de historia argentina, de peronis-
mo, de marxismo, y de las geiko, del Gion Kobu, del origami,
del Libro de la almohada, de las novelas del mundo fotante
de Ihara, las novelas de Kawabata, de Junichiro, de los haiku
de Basho, de la ceremonia de los inciensos, del ikebana, de la
crianza de luciérnagas…
Me sentí eufórico. Tenía bastante como para lanzarme a es-
cribir, pero yo necesitaba saber cómo fue que Dantori y Kaede
se habían conocido, cómo fue que sus vidas se cruzaron, y esa
información no estaba en los archivos de Gervasio.
—Ella vivió en Buenos Aires, en Caballito, desde los dos
años hasta los doce, que fue cuando regresó a Japón —me dijo
16
Gervasio en uno de nuestros encuentros—. Por eso hablaba
bien el castellano. Fue a la misma escuela que Dantori. De esa
forma se conocieron, y fueron noviecitos un tiempo. Después
de que ella se volvió a Japón se siguieron escribiendo durante
años. Ninguno de los dos tenía posibilidad de viajar, así que
tenían que conformarse con esas cartas. Pero cuando la abue-
la y la madre de Kaede fallecieron en un accidente aéreo, ella
quedó devastada, al borde de la depresión, y entonces decidió
iniciar su aprendizaje para convertirse en geisha, o en geiko, que
es como se dice en Kioto. Y Dantori no respaldó su decisión, al
contrario: se desilusionó de ella, se decepcionó, y ya no volvió a
escribirle. Kaede había tomado esa decisión porque no sopor-
taba a su padrastro (a su padre biológico no lo conocía) ni a sus
hermanas, a ninguna de las tres, y quería estar lejos de ellos.
Pero Dantori no entendió esa razón, y por más que Kaede le
aseguró que el mundo de las geishas nada tenía que ver con la
promiscuidad o la prostitución, no hubo caso. Dantori dejó de
escribirle, aunque siguió leyendo las cartas que ella le enviaba...
Creo que fue en el setenta y siete que él viajó a Tokio para par-
ticipar en un festival de música latinoamericana. Fue como gui-
tarrista, no como cantante. No sé a quién acompañó, creo que
a Mercedes Sosa. Y aprovechó que estaba allá para ver a Kaede.
Sabía dónde ubicarla por los datos que ella le daba en sus cartas.
Viajó a Kioto, al barrio de las geishas, y allí se reencontraron...
Después de esa charla con Gervasio decidí que ya era hora
de encarar la historia. Aunque la información con la que con-
taba no fuera sufciente, aunque nada cerrara, aunque me per-
diera, como le había sucedido a Gervasio.
Así que llegué a mi casa, prendí la notebook y empecé a
escribir una novela.
Una novela incierta, medio japonesa, como yo, que soy in-
cierto y medio japonés.
Una novela mía, sobre esos años de horror.
PRIMERA PARTE
19
Cuando Carlos Dantori le dijo por teléfono que por un tiempo
tenía que permanecer escondido en su país, al otro extremo
del mundo, y que por lo tanto no viajaría a Kioto a fn de mes
como le había prometido, Kaede cortó la comunicación y de-
cidió, para acompañar el dolor de su amado, el calvario de su
amado, cerrar los ojos, clausurar sus párpados hasta que vol-
viera a tener a Dantori frente a ella.
Maeko, que para ese entonces ya había perdido su dedo pul-
gar y se dedicaba a asistir a Kaede en todo lo que Kaede necesi-
tara, no le dio importancia. Tomó esa ceguera voluntaria como
si no fuera más que un llanto que tarde o temprano tendría
que detenerse. La sola idea de imaginarlo le resultaba ridícula.
Kaede estaba por encima de cualquier hombre. Por encima del
sufrimiento de amor, que era algo tan terrenal como un pedazo
de leña o una huella en el barro.
Pero las horas, los días pasaron, y los párpados de Kaede
persistieron en la clausura.
Ni siquiera al despertar cedía. Iniciaba la jornada con los
ojos cerrados, y así continuaba.
—¿Qué ves? —le preguntó una vez Maeko.
Kaede dijo, en tono melancólico, que veía cosas pequeñas,
que podían ser guardadas en una vasija: agua, moscas, humo,
1. Vasija
20
fores de ciruelos, uñas negras, bocas, manos, prímulas amari-
llas, pájaros.
—Y nada más —agregó.
—¿Estás triste?
—No —respondió Kaede—. La vida es peor que la tristeza.
Si antes su fama como geiko podía compararse con un mur-
mullo que se apagaba en los alrededores de Kioto, ahora se di-
fundía como una música hasta en Okinawa. Kaede despertaba
la curiosidad de cualquier hombre que acudiera al Gion Kobu
en busca de los servicios de una artista.
La ceguera no afectó su ductilidad, al contrario. Se movía
sin torpeza, con la lentitud de algo lejano, y blanco, que se hun-
diera en nieve.
No obstante, muchos hombres no podían resistir la tenta-
ción de profanarla. Un empresario inglés llegó a ofrecerle cinco
mil dólares a cambio de que abriera los ojos tan solo un segun-
do, pero Kaede se negó. No le importaba el dinero. Nunca le
había importado de veras.
Cuando cumplió veinticuatro años, Kasumi, la okasan de la
okiya, en un intento de obsequio, le trajo un hombre que imitó
la voz de Dantori, y que le dijo en castellano:
—Ya estoy aquí.
Kaede, al escucharlo, lloró. Dos surcos se desprendieron
desde sus párpados cerrados.
—No es él —dijo—. No traten de engañarme. No necesito
verlo para saber que se trata de un farsante.
Esa noche hubo tormenta.
Ella pudo mantener los ojos cerrados a pesar de los truenos.
Vio prímulas amarillas, humo, pájaros, hasta que se durmió.
21
Una semana después del intento de engaño de la okasan, Kae-
de recibió un paquete que contenía una grabación de Dantori
acompañada de una foto.
—Tengo miedo, mi amor, de que tus ojos enfermen —decía
Dantori—. Son días difíciles para mí. Debo estar encerrado,
comiendo en forma salteada, a oscuras, extrañándote. Puedo
soportarlo, pero para eso necesito saber que estás bien. Que
tus ojos van a poder verme cuando estemos juntos. No conci-
bo que sufras conmigo. Quiero que te cuides, que estés fuerte,
sana, para cuando todo esto termine. Te envío una foto que me
sacó un amigo hace unos días. Quiero que mires esa foto, te lo
pido por favor. Quiero que me mires... Te amo.
Por la noche, a solas, Kaede sacó la fotografía de Dantori
del sobre blanco.
Abrió los ojos lenta, viscosamente.
La luz era escasa, liviana, pero igual hería su visión. El re-
trato de Dantori no era más que una mácula parecida a un
fruto silvestre. De todos modos, ella permaneció con los ojos
abiertos, esperando acostumbrarse nuevamente a la luz, con el
retrato frente a ella.
Tuvieron que transcurrir veinte minutos hasta que la foto-
grafía dejó de ser una imagen empantanada y se convirtió en el
retrato de Dantori.
2. El retrato
22
Y entonces Kaede comprendió realmente las palabras que
había escuchado.
Dantori había dejado de ser el Dantori que ella había visto
la última vez, hacía un año. Estaba muy delgado, con los cabe-
llos largos, la barba crecida, la mirada rota.
Pero era él, no se trataba de otro engaño.
—Mi amor... —dijo Kaede, en el dialecto de Gion Kobu.
Y dos días después le dijo a Maeko que viajaría a la Ar-
gentina.
—Este ya no es mi lugar. No puede ser más mi lugar...
Pero Maeko no tenía intenciones de abandonarla.
—Si no es tu lugar, tampoco es el mío. Quiero seguir a tu
servicio.
Kaede no insistió.
No quiso insistir.
Le resultaba más difícil imaginarse sin Maeko a su lado.
—El viaje va a ser largo, de dos meses, porque después del
accidente de mi abuela y mi madre prometí no volver a viajar
nunca más en un avión… Desprecio con toda mi alma los avio-
nes…
—Sí, yo también. Los odio…
Esa noche Kaede llamó al número telefónico de un tal Sil-
vano que Dantori le había dado hacía unos meses. Silvano sabía
perfectamente quién era ella, y le habló con amabilidad. Ella le
contó lo que tenía planeado.
—No es una idea sensata —le dijo él—. Pero la comprendo,
y cuente conmigo para lo que necesite.
Cuatro días después Kaede y Maeko subieron a un buque
de bandera inglesa, que tenía como destino fnal el puerto de
Buenos Aires.
23
En sus ratos libres, los pocos ratos libres que su trabajo en la
okiya le dejaban, Maeko tenía el pasatiempo de las hotaru (las
luciérnagas), que era un pasatiempo habitual entre las niñas,
las adolescentes y las ancianas del vecindario.
Las encontraba ocultas debajo de las hojas y de las piedras,
brillando entre el barro, al borde de un riachuelo que se había
formado cerca de la okiya.
Y también compraba larvas de especies foráneas.
Sus preferidas eran unas africanas que le vendía el viejo
Taru, para quien las luciérnagas se habían convertido en una
perdición.
Las africanas, que eran las más buscadas, vivían en estado
larval hasta seis meses.
Maeko las colocaba en pequeños frasquitos de vidrio que re-
llenaba con tierra humedecida con agua y algunas gotas de miel.
En cada frasquito podía colocar solo una larva.
A diferencia del viejo Taru, Maeko prefería las luciérnagas
en estado larval. Para ella, a pesar del vuelo y de la reproduc-
ción, que eran estallidos de vida, cuando las larvas se trans-
formaban iniciaban la agonía. Volaban y se reproducían, en sí,
para morir.
Una vez que las liberaba, después de que pusieran sus hue-
vos, se desentendía de ellas.
3. Doscientos frasquitos
24
Que se fueran lejos.
No quería verlas más.
—¿Puedo llevar mis larvas? —le preguntó a Kaede mientras
preparaban su equipaje.
—Sí, por supuesto. Pero no sé si van a poder sobrevivir al
viaje.
—Sí, van a poder. Sobreviven a todo.
Antes de partir, Maeko le compró a Taru ochenta larvas
africanas, que se sumaron a las otras ciento veinte que ya te-
nía. Las ubicó en los frasquitos. Doscientos frasquitos, tan pe-
queños que todos juntos ocupaban el mismo espacio que una
valija.
25
Maeko cumplió diecinueve años en altamar, en el día tercero de
un viaje que les llevaría dos meses y cuatro días.
Kaede le entregó como obsequio dos horquillas, una de jade
y la otra de ópalo, un obi carmesí y un amuleto (un daruma del
tamaño de una manzana, hecho en papel maché).
—Es… —le dijo Maeko, que solía avergonzarse, volverse un
poco tonta, cuando recibía un regalo de Kaede—, es…
Maeko había llegado a Gion Kobu hacía cinco años, por
indicación de Fumiko, su madre, que le había dicho:
—Tu padre es una persona miserable, hija mía, que no me-
rece ni tu amor ni tu interés. Cuando supo que yo estaba emba-
razada me insultó, me rechazó, dijo que yo no servía ni siquiera
para arruinarle la vida, eso me dijo, y a partir de entonces casi
no pude tener contacto con él. Fui a verlo varias veces a su tra-
bajo, para no traerle complicaciones con su esposa y sus hijas,
pero siempre me agredió, tanto física como verbalmente… No
lo busques, Maeko. No tiene sentido que te expongas a lo mis-
mo… Pero Kaede, una de tus hermanas, o mejor dicho: una de
tus medias hermanas, es una geiko de refnado arte, muy admi-
rada por poetas, novelistas y músicos del mundo de los elegi-
dos, que es el mundo al que está destinada tu cocina... Averigüé
dónde vive, cuál es la okiya en la que se la puede encontrar. Ella
4. La travesía
26
odia a su padre, y estoy segura de que va a comprender tu situa-
ción de inmediato, y que va a ayudarte. Quizá puedas trabajar
en su misma okiya, o quizás ella pueda recomendarte a otra. Tu
talento va a ser valorado allí, y te va a abrir puertas que te alejen
para siempre de toda esta pobreza…
Maeko hizo caso a su madre, y unas semanas después aban-
donó Kamagasaki y se dirigió hacia Kioto, hacia la okiya de
Gion Kobu en la que trabajaba su media hermana.
Llegó manchada por el atardecer, sudorosa, exhausta a cau-
sa de las dos horas de caminata constante, y fue recibida por
Karumi, la okasan de la okiya.
A diferencia de lo que le había indicado su madre, no pre-
guntó por Kaede. No quiso que el modo de presentarse ante su
hermana fuera ese. Así que no la nombró, y le dijo a Karumi
que quería una oportunidad para trabajar allí, en la okiya, como
cocinera.
Karumi la miró pensativa unos segundos, y luego dijo:
—Nuestra cocinera, Shizuka, es muy anciana… No está
bien. Ya perdió la visión y creemos que también el olfato, aun-
que ella lo niegue… Sin embargo, no hemos encontrado hasta
ahora a nadie que pueda reemplazarla. Kaede, nuestra geiko
principal, opina que no hay otra persona que cocine como ella,
como Shizuka.
Karumi se quedó en silencio. Parecía estar a punto de pro-
ponerle algo, pero Maeko se le anticipó:
—¿Cuál es la comida favorita de Kaede? —dijo.
Karumi esta vez no pensó. Le respondió como si se tratara
de una respuesta automática:
—El gyūdon que prepara Shizuka. Es único. Una obra
maestra...
Maeko sonrió: el gyūdon era una de sus especialidades. Uno
de los platos que más había preparado y consumido.
27
—Me gustaría entonces que ella probara mi gyūdon —
dijo—, y que luego juzgue si puedo o no reemplazar a Shizuka.
Karumi aceptó, y unos minutos después Maeko conoció la
cocina de la okiya, conoció a Shizuka, que la trató con amabi-
lidad, como si deseara, y necesitara, ser reemplazada por ella;
conoció los utensilios, se maravilló con la vajilla de porcelana
azul, y mientras preparaba todo lo necesario para su gyūdon,
trató, por primera vez, de imaginar a su hermana.
¿Sería parecida a ella?
¿O se parecería a su padre?
¿Tendría, como ella, la piel demasiado blanca, demasiado
frágil?
¿Cómo sería su voz?
Tal cual Kaede lo había solicitado, sirvieron la cena a las
ocho menos cuarto.
—Ella es Maeko —dijo Shizuka—. Este gyūdon no deja du-
das: hemos encontrado a mi reemplazante…
Kaede la miró a Maeko, luego a Shizuka, olió, con los ojos ce-
rrados, el gyūdon, y luego tomó con los palillos el primer bocado.
Maeko, que por primera vez tenía a su hermana frente a sí,
no salía de su asombro.
Había esperado que Kaede estuviera vestida, maquillada y
peinada como una geiko, que para ella era como decir: vestida,
maquillada y peinada como un hombre. Porque para Maeko las
geiko eran eso: mujeres acicaladas absurdamente, como hom-
bres travestidos.
Pero se equivocó: Kaede se había presentado a cara lavada,
con sus cabellos negros, largos, sueltos, y envuelta por una bata
de baño occidental de color blanco con bordes celestes.
Quedó, Maeko, admirada por los rasgos de su hermana,
por su aroma, su voz, y sorprendida, como toda persona que la
mirara por primera vez, tanto mujeres como hombres de cual-
quier edad, por el tamaño de su busto, más acorde a una mujer
28
obesa o embarazada que a una delgada y de cintura estrecha
como Kaede; quedó maravillada, también, por la delicadeza de
sus movimientos, que nada tenían que ver con la artifcialidad
de las geiko que ella había visto en películas, y a las cuales de-
testaba; maravillada por su modo de llevar la comida a su boca,
por su modo de masticar.
Le gustó reconocerse un poco en sus labios, sus pómulos y
su frente, que eran las únicas partes en las que podía notar un
parecido entre las dos.
Y deseó que Kaede coincidiera con Shizuka.
Que aprobara su gyūdon.
Que ella se pudiera quedar allí.
—Es cierto —le dijo Kaede a Shizuka, sonriendo como
Maeko había imaginado su sonrisa—. Ya tenemos nueva co-
cinera…
Durante los dos años que siguieron, Maeko perfeccionó su
arte de tal modo que fue más allá de la comida japonesa tra-
dicional y se convirtió en una verdadera maestra de la cocina
yōshoku, que era la cocina con infuencia occidental.
Kaede la inspiraba, la estimulaba a crecer, a probar nue-
vos ingredientes, nuevas técnicas, como una buena hermana
mayor.
Sin embargo, Maeko no se animó a confesarle nunca el pa-
rentesco que las unía.
Desde que comenzó a trabajar como cocinera en la okiya,
cada día se prometía lo mismo, decírselo, pero desistía.
¿Temía que Kaede no le creyera y la echara de la okiya?
¿Temía que le creyera y la odiara?
¿Temía no verla más después de su confesión?
29
El accidente del dedo pulgar ocurrió pocos días después de
que se cumplieran dos años de su llegada a Gion Kobu.
Maeko y Kaede estaban en la cocina, como era costumbre
después del almuerzo, hablando de distintos temas: el cine de
Hollywood, la lluvia, la moda francesa, los postres okinawen-
ses…, cuando Kaede, de pronto, le preguntó:
—¿Te hubiera gustado tener una hermana?
Maeko, que no se esperaba semejante pregunta, se puso a
buscar el cuchillo que usaba para cortar carne de cerdo, y dijo,
como si no supiera lo que decía:
—Tengo una hermana… Una media hermana…, por parte
de padre…, mayor que yo…
Y encontró el cuchillo que buscaba, el gyuto, y al tomarlo
al revés, por el lado de la hoja, se hizo un tajo en la primera
falange de su pulgar derecho.
Gritó.
No porque le doliera; tampoco porque le impresionara la
sangre, tan abundante que exageraba la importancia de un tajo
realmente mínimo y superfcial.
Gritó para borrar la tontería que acababa de decir.
Para que su grito sacara de la cabeza de Kaede su respuesta.
Para volver el tiempo unos segundos atrás.
—No te asustes —le dijo Kaede, y agregó—: Sangra mucho
pero es una herida pequeña…
Vendaron el dedo de inmediato, con fuerza para interrum-
pir el sangrado, y una vez que la sangre cesó, quitaron la venda
y curaron la herida con una pomada amarillenta.
No consultaron a un médico porque no hacía falta.
Se trataba de un tajo sencillo, de apariencia inofensiva.
Nada indicaba lo que sucedería dos días después, la vio-
lenta infección que en pocas horas convertiría su dedo en una
imagen inexplicable, violácea, que no dejaría otro camino que
la amputación.
30
La última comida que Maeko cocinó utilizando los diez de-
dos, fue un barazushi de receta propia, profundamente inspi-
rado por la cocina thai, delicioso pero tan picante que Kaede
estuvo a punto de llorar cuando lo probó.
Fue mientras se lavaba las manos que notó que el dedo em-
pezaba a deformarse.
Después de la amputación, Maeko ya no quiso dedicarse a
la cocina.
—Con nueve dedos no puedo cocinar nada digno… Mi co-
mida solo daría lástima…
Kaede la entendió. Había observado a Maeko muchas ve-
ces mientras cocinaba, y había comprobado la importancia que
cada uno de sus dedos adquiría durante las preparaciones.
Pero no quería, de ningún modo, perderla.
Habló sin rodeos:
—Aquí hay muchas cosas para hacer… Si no es como coci-
nera, hay otras tareas que seguramente van a interesarte, y que
no requieren diez dedos… —Y agregó—: No quiero que nos
abandones…
Y Maeko se dedicó entonces a asistir a Kaede.
A ocuparse personalmente de cada cosa que Kaede nece-
sitara.
—Hay más arte en servirte que en cocinar —le dijo una tar-
de Maeko—. Espero que me creas: servirte es un arte superior
a la danza, a la caligrafía, al teatro, la poesía, la música. Servirte
es el arte supremo…
Y ahora, cinco años después de aquel atardecer en el que
llegó a Gion Kobu, las dos compartían un camarote en un bar-
co que se dirigía a un país desconcertante, y Maeko se sentía
a gusto. Allí, en el barco, en ese camarote del que poco salían,
31
su arte alcanzaba la culminación, porque Kaede solo la tenía a
ella. Solo la necesitaba a ella.
—… es… mucho más de lo que merezco —pudo decir f-
nalmente Maeko, y recibió las horquillas, el obi y el daruma de
papel maché que Kaede le había dado como regalo de cum-
pleaños.
Salieron a cubierta, las dos vestidas con atuendos occiden-
tales.
Miraron.
A Maeko el mar no le pareció interminable.
Tampoco el cielo.
El mundo era pequeño.
Más pequeño que cualquier vida.
Cenaron al atardecer en el salón restaurante, en una mesa
para dos.
Brindaron con sake.
—Hoy quiero embriagarme —dijo Kaede—. Y quiero que
me acompañes.
Maeko asintió.
—Creo que va a ser mejor que probemos otra bebida —
agregó Kaede—. El sake que nos sirvieron es muy malo.
Pidieron whisky.
Pero Maeko no quería beber. Si Kaede iba a embriagarse,
ella tendría que estar más atenta de lo habitual. Debía, además
de atenderla, cuidarla. Protegerla.
—Kampai —dijo Kaede, imitando a uno de sus clientes, el
viejo Toshido.
Y brindaron.
32
Si bien ayudarla a desvestirse constituía una de sus tareas habi-
tuales, ahora era distinto, no solo porque Kaede estaba dormi-
da (el whisky la había devastado), sino porque además llevaba
atuendos occidentales (pantalón acampanado de color verde
manzana, vincha blanca, camisa azul y zapatos de plataforma
de corcho).
Le quitó, primero, la vincha.
Luego, los zapatos.
Luego, el pantalón.
Pudo haberla dejado así, pero no quiso detenerse.
Le quitó la camisa.
El conjunto azul, occidental, de ropa interior.
Se miró las manos. Siempre le parecían pequeñas cuando
veía los senos de Kaede.
Buscó un frasco de mermelada de cerezas.
Untó con la mermelada el dedo índice de su mano derecha
y lo llevó a la boca de Kaede.
No quería que la boca de Kaede oliera a whisky cuando la
besara.
—Es mermelada de cerezas —le dijo.
Kaede aceptó el dulce sin despertarse, Maeko le dio más.
Dos dedos más.
Y la besó.
5. Mermelada
33
Con un movimiento espiralado, como metiéndose en su
sueño.
Y le bastó ese beso para sentir en su cuerpo un éxtasis ex-
traño, como de musgo, como de musgo y barro, y sintió que se
quedaba sin aire, sin fuerzas, sin carne. Sintió que era musgo y
barro sobre el cuerpo desnudo de Kaede.
Cuando Kaede despertó, a la hora que era costumbre, las
diez y treinta, tenía puesto el conjunto de ropa interior azul.
Maeko no estaba en el camarote.
No le había preparado su desayuno.
No había preparado su ropa.
Intentó recordar la noche anterior, pero solo le venían a la
mente escenas en el salón restaurante.
Buscó la caja con las alhajas y luego de comprobar que no le
faltaba ninguna, salió del camarote.
Imaginó que podía encontrarla en cubierta, pero Maeko no
estaba allí.
Tampoco en el salón de juegos ni en el salón de mujeres.
En vano recorrió el barco: no pudo encontrarla.
La esperó en el camarote.
No quiso comer. No quiso bañarse.
Presentía (aunque no confaba en sus presentimientos) que
algo grave le había ocurrido a Maeko.
¿Y si se había arrojado al mar?
¿Y si la habían asesinado?
Golpearon la puerta.
Era un muchacho de unos veinte años, con ropa de grumete.
—Un caballero me pidió que le entregue este objeto —le dijo
el muchacho en inglés, y le dio un pequeño hipocampo de papel,
un origami que tenía el sello de los desparejos y brutales origami
que Maeko armaba desde que había perdido el pulgar derecho.
—Perdón, creo haber entendido mal. ¿Esto me lo envía un
caballero o una muchacha?
34
—Un caballero.
—¿Qué caballero?
—No me ha dicho el nombre. Solo me pidió que hiciera la
entrega. Buenos días.
El grumete se retiró y Kaede se quedó mirando el hipocam-
po sin entender.
Entonces recordó que Maeko, como tantas otras chicas, so-
lía esconder cartas dentro de sus origami.
Desarmó el hipocampo con paciencia, para no herir el pa-
pel, y descubrió que tenía razón.
Maeko le había dejado una esquela:
Anoche, mientras dormías, te he besado.
He acariciado tu desnudez.
Te he amado, y ya no podré olvidarlo.
Espero que puedas entenderme y perdonarme.
Yo no.
Maeko
Salió a buscar al grumete.
Lo encontró en cubierta, hablando con un superior.
—Necesito saber quién es el hombre que le dio el obsequio
para mí.
—Ya se lo he dicho: no sé su nombre.
—¿Era alguien joven?
—No, un anciano. Japonés, de pelo blanco. Me habló en
inglés.
—Necesito que me ayude a encontrarlo. He perdido a Mae-
ko, mi compañera de viaje, y ese hombre es el único que puede
saber algo de ella.
Tardaron cerca de una hora en dar con el anciano.
35
Lo encontraron en el salón de juegos, bebiendo una copa
de vino.
—Estoy buscando a Maeko —le dijo Kaede en inglés.
El hombre la miró asustado.
—¿Maeko? No sé quién es Maeko.
—Usted le pidió a este joven que me entregara un hipocam-
po de papel, ¿eso es cierto o no?
El hombre lo miró al grumete.
Transpiraba.
—Sí —dijo.
—Entonces usted tiene que saber quién es Maeko, porque el
hipocampo lo hizo ella, y en el papel escribió una nota para mí.
Kaede notó que los labios del hombre temblaban, y decidió
mentirle:
—Esa nota era un pedido de auxilio.
El hombre tuvo que sentarse para no desbarrancar.
—Necesito tranquilizarme un poco —le dijo. Acabó con la
copa de vino de un solo trago. Se secó el sudor de la frente
con un pañuelo. Exhaló—. Esta madrugada yo estaba en mi
camarote, dando vueltas en la cama porque sufro de insom-
nio, cuando me despertaron unos golpecitos en la puerta. Me
levanté, pregunté quién era: “Maeko”, me respondió una voz de
muchacha, y decidí abrir. Me pareció que estaba soñando. Que
una bella muchacha golpee la puerta de mi camarote a la ma-
drugada, no es algo que yo esté acostumbrado a esperar. Abrí,
la invité a pasar, y ella accedió. Me pidió permiso para recostar-
se en mi cama, y yo le dije que sí, que se recostara.
—¿En qué lengua hablaron? Maeko no habla inglés.
—En el dialecto de Gion Kobu, que conozco a la perfec-
ción. Soy de Kioto.
—Está bien —le dijo Kaede, siempre intimidante—. Con-
tinúe.
36
El anciano asintió:
—Después de recostarse en mi cama nos quedamos en si-
lencio un largo rato. Ella parecía estar a punto de llorar, pero
no lloraba. Le pregunté si le había sucedido algo malo, y enton-
ces me respondió que quería hacer un trato conmigo: ella me
daba doscientos dólares a cambio de que yo le hiciera el amor
—bajó la mirada al decirlo, y su voz resbaló—. Le pedí que me
repitiera su propuesta, porque creía haber entendido mal. “Sé
que no deber ser bueno para un hombre hacer el amor con una
mujer como yo, por eso le pago”, me dijo, y me dio el dinero
y me pidió que la desnudara. —El hombre volvió a secarse la
frente. Se sirvió más vino, pero no lo bebió—. Tomé el dinero
y la desnudé. Juro que lo hice sin saber lo que hacía… Ella me
dio una orden y yo no pude decirle que no.
Kaede lo miró con repulsión. La sola idea de imaginar las
manos del anciano cerca de Maeko le parecía inaceptable.
—Y luego me pidió que le hiciera el amor.
Kaede tuvo que contenerse para no darle al hombre una
cachetada. Era lo menos que ese anciano depravado se merecía.
—Y accedí, pero ella enseguida se puso a llorar. Yo no que-
ría lastimarla, así que le pregunté si le estaba haciendo daño,
si quería que me detuviera, pero la muchacha se rehusó, con-
tinuó llorando y diciendo, cada tanto, “gracias”… Finalmente
se durmió, y yo me dormí junto a ella. Cuando desperté, ella
me sirvió el desayuno y me pidió que le hiciera un favor. Acep-
té, porque ya dije que no podía rehusarme a sus pedidos, al
margen de que me pagara o no, y entonces ella me dio el hi-
pocampo y me ordenó que se lo hiciera llegar a una tal Kaede.
Y eso fue lo que hice, con la salvedad de que no entregué el
hipocampo personalmente, sino que utilicé un intermediario.
Luego regresé al camarote y hablé con ella. Le pregunté cuántos
años tenía, y cuando ella me respondió quise tenerla cuanto
37
antes lejos de mí. Juro que no sabía que era menor de edad, no
me lo imaginaba. Así que le pedí que se fuera ya mismo de mi
camarote. La eché. Sin tocarla, pero con frmeza. Y creo que la
asusté mucho, porque ella salió corriendo, como si estar en mi
camarote la quemara…
Eso era todo lo que aquel hombre sabía, y Kaede, a pesar
de la repulsión que sentía hacia él, le creyó, y decidió dejarlo
en paz:
—Quédese tranquilo —le dijo—, no es menor de edad.
—Voy a poner al tanto al capitán —dijo el grumete, y se
dirigió a Kaede—. No se desespere. Vamos a encontrarla.
Kaede asintió.
Pero ya era tarde.
Le resultaba imposible no imaginar a Maeko saltando a las
aguas desde la cubierta.
El hipocampo hacía referencia a eso.
Al salto.
Al fondo del mar.
El grumete se retiró.
Ya es tarde, insistía Kaede para sí misma. Por más que in-
terviniera el capitán, y toda la tripulación se abocara a buscar a
Maeko, ya nada podrían hacer.
Maeko había saltado.
A tal punto se convenció de eso que, cuando regresó al ca-
marote y vio a Maeko recostada en la cama, durmiendo, pensó
que se trataba de una alucinación.
O de un fantasma.
Y gritó.
38
Maeko le respondió con otro grito.
Se despertó gritando.
Y de inmediato se cubrió el rostro y se hizo un ovillo, un
ovillo trémulo, como si temiera ser castigada.
Hubo un instante de tensión, hasta que Kaede compren-
dió que no estaba viendo visiones ni fantasmas, que realmente
Maeko estaba allí, y le dijo:
—Nunca más vuelvas a desaparecer así —y se acercó a ella.
Para tranquilizarla, le acarició el pelo—. Te perdono por lo que
hiciste. No voy a castigarte por eso.
A partir de entonces, la relación entre ellas cambió.
Maeko seguía siendo igual de servicial con ella, igual de ef-
ciente, pero ahora se tomaba atribuciones que iban más allá del
trato entre una geiko y su asistente. La interrumpía o cambiaba
de conversación cuando Kaede le hablaba de Dantori. La mira-
ba sin ocultar su deseo. La acariciaba si la encontraba llorando,
y le besaba la frente.
Cuando se cumplió el primer mes en el barco, Kaede volvió
a beber whisky, y volvió a embriagarse.
Al día siguiente, como había ocurrido en la ocasión ante-
rior, llevaba ropa interior y estaba sola en el camarote.
Esta vez no se asustó.
6. El ojo del daruma
39
Junto a sus sandalias, encontró otro origami tonto y despa-
rejo de Maeko, una estrella de mar.
La desarmó:
Volvió a suceder.
Es imperdonable, no me lo perdono, pero sé que hice cuanto
estuvo a mi alcance para evitarlo, y no lo logré.
Amo verte desnuda.
Amo besarte.
Amo tocar tu cuerpo.
Pero más amo servirte, y estoy dispuesta a resignar lo que sea
con tal de que eso no cambie.
Puedo aceptar que otra persona te ame, pero no que te sirva.
Porque ese es mi lugar en tu vida.
Ese lugar es mío.
Maeko
No tuvo que buscarla mucho.
La encontró en el Salón Biblioteca, dormida con un libro de
fotografías entre las manos.
La despertó y, nuevamente, le dijo que la perdonaba.
Y Maeko, después de desayunar, sola en el baño del cama-
rote tomó el daruma de papel maché que Kaede le había rega-
lado, y mientras le pintaba el ojo izquierdo, tal cual lo decía la
tradición, pidió un deseo. Pidió olvidarse de que Kaede era su
hermana antes de que abandonaran el barco.
40
Los dos meses que duró el viaje en barco fueron para Maeko
como un sueño.
Las borracheras de Kaede se repitieron otras siete veces, y
en esas siete oportunidades volvió a desnudarla, a besarla, a
dejarse llevar por el deseo y a confesarse en ridículas fguras de
origami. Kaede la perdonaba siempre sin aceptar su responsa-
bilidad, como si esos momentos de amor fueran una travesura
de Maeko, solo de Maeko.
Pero Maeko no creía en esa explicación.
Kaede bebía a propósito.
Bebía para dejarse desnudar por ella.
Para entregarse a ella.
Eso creía.
En uno de los origami, le escribió:
No sé qué ocurriría si en esos momentos despertaras.
Si abrieras los ojos y descubrieras que te tengo en mi boca.
¿Volverías a cerrarlos?
¿Fingirías dormir?
¿Gritarías?
¿Dejarías de perdonarme?
7. El mundo
41
Y también le escribió:
No sé por qué todo me parece pequeño.
El mar, el cielo.
El pasado, el futuro.
La oscuridad, el silencio.
Es como si mis ganas de amarte lo hubieran
empequeñecido todo.
Y le escribió:
¿Y si el mar no nos dejara abandonar este barco?
¿Y si solo te quedara yo?
Llegaron a Buenos Aires al atardecer, las dos vestidas occi-
dentalmente, con jeans y suéteres.
El barco, por alguna razón que ellas desconocían, fue reci-
bido con fuegos artifciales.
Maeko sintió miedo.
Esos fuegos artifciales eran, en realidad, el mundo, que re-
gresaba a ellas de ese modo, estallando.
Quemando con sus luces inciertas.
No quería bajar.
Quería quedarse en el barco, con Kaede.
Y que el sueño siguiera para siempre.
—Fue un viaje hermoso —dijo, con los ojos húmedos.
Kaede le sonrió:
—Tenemos que bajar. Vamos.
Y Maeko la abrazó.
42
Silvano, el amigo de Dantori, estaba esperándolas en la dársena.
Las saludó con una inclinación, al estilo japonés.
—Estén tranquilas —les dijo—. Yo no corro peligro. Nadie
va a seguirnos.
Maeko, que no entendía el castellano, se sintió perdida de
inmediato, pero no le importó. Le daba lo mismo. No sentirse
perdida tampoco cambiaría demasiado las cosas.
—Ahora cargo todo en mi camioneta —les dijo Silvano,
haciendo referencia a las pertenencias de ellas—. Esto es un
biombo, ¿no?
—Sí —le respondió Kaede, que no tenía ganas de explicarle
que se trataba, en realidad, de un tatami enrollado.
Silvano cargó las cosas en la camioneta sin aceptar la ayuda
de ellas. Trabajó rápidamente, en menos de veinte minutos la
camioneta ya abandonaba la zona portuaria.
Maeko y Kaede no hablaron una palabra.
Estaban cansadas y enseguida se quedaron dormidas.
Silvano lo agradeció.
Si bien no era tímido, la situación le resultaba incómoda.
Sobre todo, lo inhibían los pechos de Kaede, que obligaban
a sus ojos a un comportamiento furtivo, de polizón.
Mejor que durmieran.
8. Derqui
43
Que se ahorraran los largos silencios incómodos.
Y que sus ojos pudieran mirar en paz.
Puso la radio, un programa de boleros.
Pensó en Carlos.
¿Qué iba a hacer con esa geisha y su amiga?
¿Qué era lo que se proponía?
Su amigo estaba loco.
Rematadamente loco.
¿Cómo haría para protegerlas si las cosas se complicaban?
¿Qué sucedería con ellas cuando el “amor” que sentía por
su “amada” Kaede se le terminara?
Porque se le terminaría, de eso Silvano estaba seguro.
Conocía muy bien a Carlos, y sabía que las relaciones du-
raderas no eran su fuerte. No recordaba un noviazgo que le
hubiera durado más de cuatro o cinco meses.
Cerca de la Panamericana unos policías estuvieron a punto
de requisarlos, pero optaron por detener a otro auto, un Fitito
negro que, aparentemente, resultaba más sospechoso que la ca-
mioneta de Silvano.
Kaede despertó poco antes de llegar a la casa, apenas ingre-
saron al centro de Derqui.
—Ya estamos por llegar —le dijo Silvano—. Estamos a unos
diez minutos.
Kaede agradeció la información y la miró a Maeko.
Le tocó el hombro.
—Ya llegamos —le dijo. Y lo primero que Maeko hizo cuan-
do despertó fue quitarse del ojo izquierdo una lágrima helada,
diminuta, que acababa de soñar.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful