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Quisiéramos hacer de todos los momentos de nuestra vida, “momentos de
Dios”, instantes en los que tomáramos conciencia de quién nos habita; un retiro, y
este retiro del OMC, no tiene por qué ser un momento especial, todos los
momentos lo son; pidamos que sea un “momento de escucha-mirada”, apaguemos
tantos ruidos que nos han invadido y que son como nuestros propios latidos, y
miremos con fe este momento de nuestra vida, el momento para descubrir lo
bueno que nos viene de Él.
La alegría es un don del Espíritu Santo, que nos hace pobres y
sencillos, serenos y contemplativos, serviciales y misioneros. En una
palabra, es el Espíritu de la santidad -que es la única alegría inalterable y
verdadera– que engendra en nosotros el amor hecho oración y testimonio,
presencia y apertura, donación y martirio.
La alegría serena del evangelizador es la fuerza que acompaña el mensaje, lo que
le da credibilidad.

La alegría supone una experiencia profunda del inalterable amor del Padre,
de su fidelidad, de su misericordia. Es la fuente de la alegría en Cristo: el Padre me
ama. Cristo tiene conciencia del amor del Padre. Por eso hay que redefinir al
cristiano como al hombre que, por haber experimentado que Dios es Amor, sabe
descubrir cotidianamente la alegría de las cosas y anunciar a sus hermanos la Buena
Noticia de la presencia de Jesús y la llegada de su Reino. En definitiva, un cristiano
es aquel que ha conocido y cree en el amor que Dios nos tiene (1Jn 4). Por eso es
inconmoviblemente alegre: con una alegría muy honda e imperdible, muy serena y
contagiosa, muy nacida en el silencio y la cruz.
“La alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que
se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del
pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo
siempre nace y renace la alegría” (Evangelii Gaudium, 1).




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“Alégrate” es el saludo del ángel a María (Lc 1,28).
La visita de María a Isabel hace que Juan salte de alegría en el seno de su
madre (cf. Lc 1,41) En su canto María proclama: “Mi espíritu se estremece de
alegría en Dios mi salvador” (Lc 1,47)
Jesús mismo se llenó de alegría en el Espíritu Santo (Lc 10,21). Su mensaje es
fuente de gozo: “Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y
vuestra alegría sea plana” (Jn 15,11).
Él promete a los discípulos: “Estaréis triste, pero vuestra tristeza se convertirá en
alegría” (Jn 16,20). E insiste: “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón, y
nadie os podrá quitar vuestra alegría” (Jn 16,22)
Cuando Jesús se va al Padre los discípulos se entristecen; pero el Señor les
advierte: “Si me amarais de veras, os alegraríais: porque me voy al Padre” (Jn
14,18)
Los discípulos se llenan de alegría en el cenáculo cuando se hace presente Cristo
resucitado (Jn 20,20). Para las mujeres que van al sepulcro de madrugada la
manifestación de Jesús es una extraña mezcla de alegría y temor (Mt 28,8).
El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que en la primera comunidad
“tomaban el pan con alegría” (2,46). Por donde los discípulos pasaban, había “una
gran alegría” (8,8). El carcelero de Filipos “se alegró con toda su familia por haber
creído en Dios” (16,34).

La exhortación del Papa Francisco tiene por finalidad abrir una nueva etapa
evangelizadora marcada por la alegría. Esta alegría brota del encuentro (o
reencuentro) personal con Jesucristo. El Papa nos invita a recobrar y acrecentar el
fervor y la confortadora alegría de evangelizar, de manera que nuestra vida irradie
el entusiasmo de quienes han recibido en sí mismos la alegría de Cristo.







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a) ¿Crees que es posible, en medio de las frecuentes contradicciones y
dificultades, de experiencias de finitud y de muerte, de miseria y de fracaso, de
desilusión y de sufrimiento, hablar de alegría, esperar la alegría?
b) ¿Tenemos los cristianos la experiencia de la alegría honda, y transformadora,
que necesitan hoy los hombres: la alegría verdadera es fruto del amor, se
engendra en la cruz y se expresa en serenidad, gozo y esperanza?

La acción evangelizadora debe estar contextualizada, por eso partimos de un
análisis del contexto en que vivimos. Miramos la realidad como el discípulo
misionero, “que se alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo”. Porque es
preciso esclarecer aquello que pueda ser un fruto del Reino y también aquello que
atenta contra el Proyecto de Dios. La exhortación atiende a aspectos de la realidad
que puedan detener o debilitar los dinamismos de renovación misionera de la
Iglesia. (EG, 53-75)
Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la
audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera! (EG,
102-109)
¿Qué desafíos del mundo actual nos resultan más cercanos debido a nuestra c)
inserción en el barrio, a la realidad más cercana? ¿Qué invitaciones de Dios, a
través de la exhortación, recibimos?
d) ¿Qué aspectos de nuestro carisma conectan de forma más directa con los
desafíos y tentaciones que presenta la exhortación apostólica, o pueden
constituir una respuesta a los mismos?
La motivación principal de la evangelización: que arda en los corazones el
fuego del Espíritu.
Evangelizadores con espíritu quiere decir evangelizadores que oran y
trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las
propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los
discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme
el corazón (EG 262)
La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que
hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a




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amarlo siempre más. Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de
hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el
intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en la oración para
pedirle que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su
gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y
superficial (EG 264).
e) ¿Cómo podemos, personalmente y en comunidad, contemplar con amor el
Evangelio, detenernos en sus páginas y leerlo con el corazón y así decidirnos a
comunicar el Evangelio a los demás?
f) ¿Habitualmente tenemos conciencia de que Jesús está junto a mí en tu tarea
misionera?

De este encuentro con Jesús, la Virgen María ha tenido una experiencia
completamente singular y se ha convertido en “causa nostrae laetitiae” (causa de
nuestra alegría). Y los discípulos han recibido la llamada a estar con Jesús y a ser
enviados por Él a predicar el Evangelio (Mc 3, 14), y así se ven colmados de alegría.
¿Por qué no entramos también nosotros en este río de alegría?
El Papa incide en que “la misión” es el corazón del pueblo cristiano,
iluminado por el Espíritu Santo, y “con el Espíritu Santo, en medio del pueblo
siempre está María” porque “ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin ella
no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización”.
Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia.
Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario
de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son
virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros
para sentirse importantes (EG 288)
g) ¿Cómo podemos, personalmente y en comunidad, incorporar más claramente
en nosotras la dimensión mariana del Evangelio?





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[Podemos rezar en común los salmos de la hora litúrgica que corresponda al
momento del retiro]
Lectura breve (Lc 10, 20-24)
No os alegréis tanto de que los espíritus malignos os obedezcan como de que
vuestros nombres ya estén escritos en el cielo.
En aquel mismo momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo:
Padre, Señor del cielo y de la tierra, te doy gracias porque has ocultado todo esto
a los sabios y entendidos y se lo has revelado a los sencillos. Sí, Padre, así lo has
querido tú. Mi Padre lo ha puesto todo en mis manos. Nadie sabe quién es el Hijo,
sino el Padre; y nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el
Hijo quiera revelárselo.
Luego se volvió a sus discípulos y les dijo aparte: “¡felices los que puedan ver todo
lo que vosotros estáis viendo! Os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo
que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.
(Lc 10, 20-24)

Peticiones
Pidamos por los que formamos la Iglesia, para que seamos testigos alegres 
de nuestro encuentro con Jesús Resucitado que nos concede su Espíritu.
ROGUEMOS AL SEÑOR
Por los que lloran, son perseguidos, ignorados… para que puedan vivir 
apoyados en la promesa de que “…de ellos es el Reino de los Cielos”.
ROGUEMOS AL SEÑOR
Por los que anunciamos que Jesús da la luz, para que en “los duros trabajos 
del Evangelio”, no nos falte la alegre esperanza de que Él nos envía y
acompaña. ROGUEMOS AL SEÑOR
Por las comunidades cristianas que sufren persecución, para que 
experimenten el consuelo que da el espíritu de fortaleza y a nosotros su
fidelidad nos comprometa a trabajar por la paz y la justicia. ROGUEMOS AL
SEÑOR
Por los que han perdido la salud, el trabajo, la vivienda, la familia, la 
identidad… para que nuestra cercanía y apoyo, les ayude a descubrir que
nuestra única norma es el amor concreto. ROGUEMOS AL SEÑOR
María estuvo atenta a las necesidades de los demás, ella nos enseña que el 
Evangelio solo se vive a través del servicio; pidamos estar también atentos a
las carencias de los más cercanos. ROGUEMOS AL SEÑOR




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ORACIÓN FINAL
Ser presencia, Señor, es hablar de Ti sin nombrarte;
callar cuando es preciso que el gesto reemplace la palabra.
Ser luz que ilumina el lenguaje del silencio y voz,
que surgiendo de la vida, no habla.
Es decirles a los demás que estamos cerca,
aunque sea grande la distancia que separa.

Es intuir la esperanza de los otros y simplemente, llenarla.
Es sufrir con el que sufre y desde dentro, mostrarle que Dios cura nuestras llagas.
Es reír con el que ríe y alegrarse del gozo del hermano porque ama.
Es gritar con la fuerza del Espíritu la verdad que desde Dios siempre nos salva.
Es vivir expuestos y sin armas,
confiando ciegamente en tu Palabra.

Es llevar el “desierto” a los hermanos, compartir tu Misterio
y decirles que los amas. Es saber escuchar tu lenguaje en silencio.
Y “ver” por ellos cuando la fe pareciera que se apaga. “Ser presencia”, Señor,
es saber esperar tu tiempo sin apresuramientos y con calma.

Es dar serenidad con una paz muy honda.
Es vivir la tensión del desconcierto en una Iglesia que, porque crece, cambia.
Es abrirse a los “signos de los tiempos” manteniéndose fiel a tu Palabra.
Es, en fin, Señor, ser caminante en el camino poblado de hermanos,
gritando en silencio que estas vivo y que nos tienes tomados de la mano.

(Retiro adaptado de los materiales del Octubre Misionero Claretiano
Ofrecidos por los Claretianos de Bética:
http://claretianosbetica.org/octubre-misionero/)

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