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ÉTICA EN LA INGENIERÍA:

LOS CÓDIGOS MORALES NO BASTAN 1

DANIEL RESÉNDIZ Investigador emérito, UNAM

Un poco de historia

En la práctica de la ingeniería es muy claro que la profesión sirve sobre todo a la sociedad y no sólo a sus clientes, y que la capacidad cuantificadora (matemática) del ingeniero contribuye a hacerlo mejor; por tanto también lo es que las decisiones ingenieriles tienen un fuerte contenido ético. Sin embargo hay en el gremio (como en el de los médicos) una larga tradición, quizá de raíz elitista, que supone en sus miembros una sólida formación ética adquirida de modo esencialmente tácito, es decir, por el ejemplo histórico y de maestros y pares. El grado en que ese supuesto se cumple varía en la geografía y con el tiempo; pero la tradición subsiste, casi siempre para bien, principalmente en la ingeniería civil, origen del resto de las ingenierías de hoy. Ejemplo: la American Society of Civil Engineers (ASCE), la de mayor cobertura internacional en el gremio, desde 1852 hasta 1914 declinó proponer a sus miembros un código de conducta por considerarlo impropio para quienes saben bien que su misión no puede cumplirse sino con apego a los principios morales socialmente compartidos y con plena responsabilidad individual 2 .

La iniciativa de formar ingenieros en México se fundó en el mismo supuesto; surgió para promover el bien común y el progreso” mediante la aplicación de la ciencia a la innovación técnica, según los ideales de su época, el siglo de la Ilustración. El Real Seminario de Minería, encargado de ese cometido, comienza a operar en enero de 1792 y es por tanto la primera institución de su tipo en América. Muy apropiadamente nace y se mantiene laico a pesar de presiones en contra y se propone, “la buena educación de los

colegiales en la vida cristiana y política”, haciéndolos convivir con sus educadores “para que de este modo, al tiempo que tomen instrucción de la facultad, adquieran también los modales de la sociedad”, a cuyo fin comerán regularmente con el rector, el vicerector y el mayordomo, quienes “observándolos de cerca puedan cuidar que estén con aseo y los

acostumbren a las civilidades recibidas en la sociedad

para evitar toda envidia

alternarán por semanas de una mesa a otra”. Es decir, además de altísimos estándares científicos y profesionales, se buscaba formar “sujetos educados en buenas costumbres e instruidos en toda la doctrina necesaria para dirigir con acierto las operaciones y el laborío de las minas” 3 , que por cierto constituían el grueso de la economía de la colonia y su metrópolis. La Facultad de Ingeniería de la UNAM es heredera directa de esa tradición y también lo son, indirectamente, las otras escuelas de ingeniería mexicanas.

y

Nociones similares inspiraron a los gremios y las primeras escuelas de ingeniería de Europa, que surgen en la misma época. La diversificación de modelos de país a país ocurre durante los siglos XIX y XX, hasta llegar a la Segunda Guerra Mundial que marca un parteaguas. Las atrocidades del nazismo y su fría eficacia técnica sacudieron a la civilización hasta sus cimientos, sin que se salvaran de ello la filosofía y, desde luego, la ética: dado que ésta se basa en cierto concepto de la naturaleza humana ¿era concebible que cupieran en nuestra especie a la vez Hitler y Gandhi? El hecho es que sí, y por tanto

1 Contribución del autor a la sesión plenaria sobre Ética en la Enseñanza de la Ingeniería, Quinto Encuentro Iberoamericano

de Instituciones de Enseñanza de la Ingeniería, Morelia, diciembre del 2005
2

ASCE. Standards of Professional Conduct for Civil Engineers, Appendix, p. 10, Washington, abril 3, 2000 3 Clementina Díaz y de Ovando. Los Veneros de la Ciencia Mexicana. Crónica del Real Seminario de Minería, vol. I, pp. 35- 47, Facultad de Ingeniería, UNAM, México, 1988

surgió un movimiento universal tendiente a reducir al menos la probabilidad de que científicos y profesionales deshumanizados volvieran alguna vez a seguir dictados de políticos criminales. Se pensó que para ese fin sería buena una educación profesional con contenidos expresamente humanistas. Tal movimiento cristalizó en recomendaciones prácticas apenas en 1972, en un documento de la UNESCO 4 .

Por motivos menos graves la Facultad de Ingeniería de la UNAM había establecido cinco años antes (1967) lo que hoy es su División de Ciencias Sociales y Humanidades para incorporar en cada uno de sus planes de estudio cinco cursos de estas disciplinas, en conjunto equivalentes a siete por ciento del total de créditos 5 . Con variantes menores, esto se mantiene hasta hoy, con profesores que pueden ser ingenieros o especialistas de las respectivas disciplinas (filosofía, economía, sociología, historia, etc). Inicialmente se procuró que los cursos fueran algunos de los ofrecidos en las escuelas especializadas de la UNAM, pero el gran número de estudiantes de ingeniería implicaba para ellas cargas tan altas que pronto fue preferible darlos en la propia facultad. A partir de 1995 uno de tales cursos es obligatoriamente Ética profesional 6 . Después otras escuelas de ingeniería del país hicieron lo mismo, y desde 1996 el Consejo para la Acreditación de la Enseñanza de la Ingeniería (autorizado por el Consejo para la Acreditación de la Educación Superior) lo exige para acreditar programas en este campo.

Por otra parte, la adopción de códigos morales en diversos gremios ha sido un fenómeno ligado a la globalización comercial promovida por los Estados Unidos en todo el mundo. Por ejemplo, el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (Canadá-Estados Unidos- México) dio lugar a negociaciones trinacionales que, antes que explicitar intereses y necesidades peculiares de cada país, abrieron cauce a una dispareja homologación de prácticas. La OCDE y otros organismos internacionales también han ejercido presión para adoptar códigos y prácticas que combatan la corrupción en, por ejemplo, la licitación de obras y adquisiciones típicas de los grandes proyectos de ingeniería, etc. Hoy estas y otras preocupaciones éticas se hacen públicas principalmente en los medios de comunicación, a partir de las fallas morales visibles en actividades específicas: afloran ya sea en la práctica de la ingeniería o de la medicina; ya en la conducta de las corporaciones, los sindicatos o los funcionarios públicos, etc. Los planteamientos en los medios suelen ser poco profundos y contener mucho ruido, por lo que de ellos resulta, cuando más, que cada problema pase a tratarse en el ámbito estrecho que le dio origen y, si acaso, se resuelva de modo parcial y con participación e información pública escasas. Así, se pierde de vista que los problemas de comportamiento son de carácter social muy amplio, que cada falta moral es de muchos y daña a todos aunque no parezca, y que el fin de la ética es dar la mayor felicidad al mayor número de seres humanos (cuando menos, pues también tenemos obligaciones con otros seres sensibles). Se termina, pues, por segmentar el problema en función del rol especializado que cada quien juega en la sociedad: se habla de ética para altos ejecutivos, para funcionarios públicos, para contadores, para ingenieros, etc. y se dejan de lado criterios de comportamiento que atañen a todos y cuya amplia observancia es esencial para dar sentido y valor a la buena

4 Las Ciencias Sociales y las Humanidades en la Educación de Ingenieros, Seminario internacional de la UNESCO, Bucarest, 1972 5 En Europa y los Estados Unidos el porcentaje es cercano al doble, pues sus programas son menos extensos (en México la ley que regula el ejercicio profesional dispone que la licencia de ejercicio profesional no requiere más que el título expedido por una escuela oficialmente reconocida, por lo que el egresado de ella debe tener preparación equivalente a la de quienes en otros países, para obtener su licencia, pasan previamente por cierta práctica profesional subordinada) 6 Como Apéndice se incluye el programa de dicho curso que, a pesar de su nombre, atinadamente contiene una amplia porción de ética general

conducta de cada persona o grupo. Son útiles los códigos especializados que guíen en la solución de dilemas éticos característicos de cada profesión; pero no son suficientes ni siquiera para mejorar el comportamiento en un solo gremio. Para reducir de veras las desviaciones morales hacen falta acciones educativas no sólo en cada profesión, sino a la vez en el entorno; así se lograría, entre otras cosas, devolver a la familia el rol ético multiplicador que alguna vez y por mucho tiempo tuvo. Se requiere que más y más individuos comprendan el objetivo, la motivación y las capacidades que entran en juego en una decisión ética y sepan que el camino hacia el comportamiento moralmente aceptable tiene obstáculos. Los códigos morales no bastan a tal fin, pues no son sino guías para actuar en cierto número de dilemas éticos y no ante la infinidad de los que la vida social plantea. Un código moral es como un recetario: ordenado y útil, pero finito e insuficiente; da soluciones estáticas, no interactivas, a problemas ya resueltos. Lo único de alcance universal es la ética como filosofía práctica, como sistema intelectual del que aquellos códigos se derivan y con el que puede dilucidarse cualquier dilema moral. Los instrumentos intelectuales necesarios para resolver viejos y nuevos problemas éticos han sido ideados desde variadas perspectivas por las mentes más lúcidas de cada época durante veinticinco siglos, y han convergido en una doctrina laica y coherente (con aportaciones vigentes de Sócrates, Platón, Aristóteles, Aquino, Hobbes, Spinoza, Hume, Kant, Bentham, Mill, Nietzsche, Freud, Popper, Sartre, E. O. Wilson, etc.). Sólo a partir de tal doctrina puede extenderse el comportamiento moralmente aceptable.

Ética: objetivo, motivación y capacidades necesarias

Moral no es sino lo socialmente aceptable. La ética supone libertad y responsabilidad personales. Hacer el bien bajo coerción no es obrar con ética. No hay decisión ética sin libre elección entre opciones de conducta, ni si se exime al sujeto de responsabilizarse por su elección. La ética tiene un aspecto formal y otro práctico: en lo formal, es un sistema de axiomas y reglas de inferencia que permite deducir códigos morales, es decir, reglas o normas de conducta aceptables; en su lado práctico, es la aptitud de actuar de modo que se logre la mayor suma de felicidad entre todos los seres sensibles a los que el sujeto está ligado directa e indirectamente 7 .

A partir de estos conceptos, cada escuela filosófica da su propia definición operativa; por ejemplo, la del utilitarismo dice que entre todas las opciones posibles, la decisión éticamente correcta es la que maximiza la utilidad (felicidad) futura de quien toma la decisión, según su propia visión de las felicidades de los demás. Como es impráctico determinar sobre la marcha la suma de felicidades que produciría cada opción de conducta en todos los seres afectados durante todo el tiempo futuro, cada comunidad adopta un conjunto de normas de conducta, esto es, cierto código moral, en principio derivado de la definición operativa de ética. Aprendemos tal código en la vida social misma y luego lo aplicamos espontáneamente. De cada ética puede derivarse más de un código moral, según la escala de valores que se adopte, y por eso las normas de conducta cambian con el tiempo y de una comunidad a otra. Por lo demás, de la propia definición operativa se colige que:

7 Por sencillez omito en esta definición dos acotaciones: a) que todas las corrientes filosóficas proponen o aceptan ponderar con un peso mayor la felicidad de los seres más cercanos al afecto del sujeto, en concordancia con el mayor interés que todo ser (humano o no) tiene por su familia, sus amigos, sus compatriotas, etc., y b) que cabe aplicar cierta tasa de descuento a las felicidades futuras, pues tiene más valor un bien ahora que el mismo bien algún tiempo después

1. Una decisión ética puede no ser moral, si el código del decisor no coincide del todo con el de la sociedad en que actúa. Casos así plantean los dilemas más difíciles, pues a menos que se logre compatibilizar dichos códigos mediante la aplicación iterativa de la definición operacional de ética, conducen al sujeto a sufrir el reproche social o bien el de la propia conciencia.

2. Dado que la decisión éticamente correcta maximiza la felicidad del decisor, el que alguien escoja otra no puede explicarse como un acto voluntario, sino como una falla de la inteligencia, pues nadie actúa en contra de su interés a sabiendas. De aquí que sea crucial comprender por qué cualquier curso de acción distinto del que la ética indica que es correcto implica dañarse a sí mismo. A esto y obrar en consecuencia se reduce la sabiduría: persona sabia (virtuosa, ética) es la que sabe lo que está bien, sabe por qué está bien y lo hace.

3. Atinar a la opción éticamente correcta exige al menos tres atributos: a) capacidad prospectiva para identificar las consecuencias que con el tiempo tendría cada posible comportamiento; b) capacidad de aceptar la incertidumbre y lidiar con ella, pues no cabe ignorar que las consecuencias de nuestros actos son muy inciertas, ni por esto inhibirnos de actuar, y c) empatía (imaginación moral, en el lenguaje de Kant) para prever los sentimientos y reacciones (la felicidad) de los demás ante nuestros actos (por las dudas, la regla de oro fija un mínimo a la empatía: tratar a los demás como quisiéramos ser tratados).

Estos corolarios confirman que sólo en los casos más simples son eficaces los códigos morales socialmente adquiridos; y aun en esos casos, si el individuo no comprende el por qué profundo de las normas contenidas en tales códigos, no se sentirá movido éticamente

y será un seguidor mecánico de recetas, carente de empatía, perplejo ante la

incertidumbre, incapaz de prever las consecuencias de sus actos y sin código moral propio; por tanto, incapaz de enfrentar y resolver los dilemas inesperados que la vida plantea continuamente. Para no ser así, todo ser humano necesita motivación y brújula,

que sólo pueden provenir de la tradición filosófica. No hay sustituto para la cultura.

Obstáculos al comportamiento ético

La

sobrevaloración del lucro es la falta moral más extendida y quizá el mayor obstáculo de

la

ética; por eso en todas las culturas el robo ha pasado a ser el delito con más

modalidades tipificadas. Pero también hay obstáculos no culposos; el principal que enfrenta quien busque comportarse con moralidad es la nada trivial tarea de identificar y evaluar bien las conductas alternativas y sus probables consecuencias para él y los demás. Otro obstáculo muy difícil de superar es la eventual contradicción de nuestro código personal de conducta con el socialmente aceptado; este reto suele surgir ante cuestiones emergentes poco discutidas con anterioridad, y por ello no consensuadas, que con frecuencia tienen que ver con la ingeniería o la ciencia, como el cuidado de los bienes vitales comunitarios (aire limpio, selvas y mares propicios para la diversidad, paisajes naturales, reservas de agua, etc.); o como la proliferación nuclear o la manipulación genética; o como el valor de la vida humana y el instante en que ésta comienza o termina; o como la justicia social (¿cuánto debe lograrse mediante más producción y más consumo y cuánto con modos de vida más sencillos?). Es obvio que no hay reglas simples para dilemas tan diversos; lo que se requiere es aptitud ética del sujeto, es decir, de todos.

Otro obstáculo es la propia diversidad humana y social, que puede conducir a una creciente variedad de códigos morales e impedir reacciones generalizadas de condena

inequívoca ante conductas dañinas. Una desigualdad que ya suele propiciar diferencias de moralidad es la que hoy existe entre ricos y miserables, atenuable sólo mediante un esfuerzo universal que desencadene un círculo virtuoso: disminuir tal desigualdad en aras de la ética y fomentar la ética en aras de la igualdad de códigos. Cualquier diferencia social o personal puede generar códigos morales incompatibles; para mantener la convivencia en esos casos se requiere negociar ajustes mutuos. La base común de negociación puede ser el humanismo, raíz de nuestra tradición ética, pues ninguna peculiaridad entre personas tiene más peso que el atributo común a todos los humanos: la dignidad innata de ser la única especie con libre albedrío y responsabilidad individual. La educación filosófica generalizada es lo único capaz de lograrlo.

Hay cierta tendencia a legislar o regular en exceso y de modo irreflexivo la conducta de ciudadanos o grupos sociales como supuesto medio preventivo de la corrupción, sobre todo en la administración pública. Esto es criticable, pues la maraña de leyes y disposiciones administrativas con delitos vagamente definidos, penas desmesuradas, superposición de órganos de control contradictorios, medios de detección de culpas que fomentan el espionaje, la delación y la infidencia, etc. está pasando a convertirse en otro obstáculo para la ética. Estas medidas no sólo son inefectivas sino contraproducentes, por razones que Bentham señaló hace casi dos siglos 8 . En efecto, está probado que tales falsas soluciones con frecuencia castigan a inocentes, inhiben la toma de decisiones oportunas y prudentes y crean confusión o alarma social de amplias repercusiones, cuya suma es mucho peor que los males evitados: precisamente lo contrario de lo que busca la ética. Pero la incultura filosófica de legisladores y funcionarios simplemente lo ignora.

Conclusiones

De los razonamientos precedentes se fueron desprendiendo las siguientes conclusiones principales:

1. Por válidas razones durante los últimos decenios se han incluido expresamente temas de ética profesional en la educación de ingenieros y se han adoptado códigos de conducta especializados en este y otros gremios.

2. No obstante, abundan indicios de que esas medidas no bastan, en vista de la complejidad intrínseca de las decisiones éticas y los obstáculos que las dificultan o inhiben.

3. A la luz de la tradición filosófica occidental, reforzar el buen comportamiento moral no es asequible segmentando el problema por actividades especializadas, sino promoviendo una cultura ampliamente compartida de lo que dicha tradición enseña sobre los criterios de decisión ética.

Tomado de: http://www.anfei.org.mx/v_encuentro/plenaria_10.pdf

8 J. Bentham. “De los límites que separan la moral y la legislación”, Tratados de Legislación Civil y Penal, tomo I, pp. 196209, París, 1823 (edición facsimilar del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, México, 2004)