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Actores sociales y

controversias en
la ingeniería genética
agrícola: el caso del maíz
transgénico en México
María de Lourdes Sánchez Gutiérrez

Investigadora del CIECAS-IPN, Doctorante en sociología,


UAM-Azcapotzalco

En México la ingeniería genética agrícola (IGA) no ha logrado total aceptación


debido a los riesgos sociales, ambientales y de salud que podrían generar sus
productos. Poco se conoce sobre estos riesgos, lo que ha suscitado un debate
polarizado entre diferentes actores sociales. Lo anterior es evidente en el caso del
maíz transgénico. Aquí cabe aclarar que distinguimos ingeniería genética agrícola
de agro-biotecnología, pues la primera implica técnicas de laboratorio para
manipular los genes, mientras que la agro-biotecnología comprende técnicas
como el cultivo de tejidos o los bioinsecticidas y biofertilizantes, en las que no hay
manipulación genética con técnicas de laboratorio

La caracterización social de los actores responsables del cambio científico y


tecnológico, la compleja actividad de los actores, y el papel decisivo que juegan
los valores morales, convicciones religiosas, intereses y las presiones económicas
son fundamentales en la generación y consolidación de nuevas tecnologías, como
lo es la IGA.

Entre los actores involucrados en la IGA en México podemos identificar: a los


interesados o favorecidos por la implementación de transgénicos:

• Algunos empresarios agrícolas, usuarios y empresas


trasnacionales, con capacidad de integrar un gran número de
actividades importantes para el desarrollo y uso de la IGA , con un
claro control sobre la generación de innovaciones y criterios muy
definidos para que sea rentable económicamente mediante sistemas
de protección tecnológica.
Las trasnacionales invierten millones de dólares en investigar y vender
transgénicos y aseguran que sus productos salvarán del hambre a millones de
personas al permitir el desarrollo de fáciles y rápidas cosechas. Argumentan que
no hay datos concluyentes para demostrar que dañen la salud y el ambiente.

Estas empresas tienen la capacidad de integrar un gran número de actividades


importantes para el desarrollo de tecnologías agroindustriales. Las innovaciones
deben ser rentables y susceptibles de ser apropiadas a través de Derechos de
Propiedad Intelectual (DPI) o por sistemas de protección tecnológica. Monsanto,
Novartis y Dupont controlan el 75 por ciento de las patentes agro-biotecnológicas
existentes.

Hasta la década de los noventa, el 32 por ciento del mercado de semillas


comerciales y todo el mercado de semillas genéticamente modificadas
(transgénicas) estaba controlado por diez empresas trasnacionales, entre las que
destacan: Monsanto (líder mundial en la fabricación de tales semillas), Du
Pont/Pionner y Calgene (esta última propiedad de Monsanto). Mientras que Cargill
y Continental controlan el mercado agroquímico y plagucidas en el mundo. A
finales de 1998, Cargill, la mayor de estas empresas, compró Continental,
convirtiéndose en la principal filial de comercio en grano.

Actualmente, las principales transnacionales biotecnológicas son Monsanto,


Syngenta (antes Novartis), Dupont (al que pertenece Híbridos Pioneer), Bayer
Crop Science y Dow. Cargill y Archer Daniel Midland (ADM). Ellas controlan gran
parte del comercio mundial de maíz.

Para tener mayor control, actúan en conjunto con semilleras, distribuidoras y


procesadoras, formando dos cárteles principales: Cargill-Monsanto y ADM-
Novartis-Maseca. Monsanto y Novartis son dos de las cinco empresas que
controlan todas las semillas transgénicas en el mundo, Monsanto con más de 90
por ciento.

Antón Novás (2005) señala que la estrategia de las trasnacionales ha traspasado


una “simbólica línea roja situada entre los ciudadanos y la seguridad alimentaria
del mundo; estrategia que podría suponer peligro para la alimentación de una
buena parte de la población”. De ahí la importancia que tiene el papel de los
gobiernos y las instituciones públicas para proporcionar en este campo un clima
más favorable a la investigación biotecnológica que redunde en beneficio de la
sociedad.

Críticos al desarrollo de transgénicos que motivan la controversia: organizaciones


ecologistas, ambientalistas y asociaciones de consumidores, quienes realizan
campañas en contra de los organismos genéticamente modificados o
transgénicos. Agreguemos las grandes movilizaciones ciudadanas a favor de la
democratización del sistema alimentario en diversos países del mundo.
Entre estas organizaciones y asociaciones está Greenpeace, la cual
tiene su propia racionalidad y refleja la incertidumbre que ha
dominado a la sociedad moderna a raíz de las crisis ambientales y el
poder de las transnacionales, lo que le atrae a dicha organización la
simpatía pública.

Entre los principales argumentos que tienen estas organizaciones


para luchar contra el desarrollo y uso de productos transgénicos es
que se podrían generar nuevas plagas y alterar las variedades de
cultivos originarios, lo que afectaría el mantenimiento de las semillas
autóctonas y de la agricultura que no es controlada por las
transnacionales y sus personeros en cada país.

• Organismos financieros internacionales: se trata de instituciones


como el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI)
y la Organización Mundial del Comercio (OMC), responsables de
introducir la liberalización comercial de la agricultura como parte del
paquete de medidas de ajuste estructural que imponen a los países
para conseguir financiamiento.

El Banco Mundial financia proyectos para introducir variedades transgénicas de


diversos cultivos. Los proyectos se llevan a cabo a través del Fondo Global para el
Medio Ambiente (GEF, por su siglas en inglés), el cual promueve proyectos de
investigación científica en bioseguridad e introduce variedades transgénicas en
cultivos como el maíz, la papa, la yuca, el arroz y el algodón.

Los proyectos del Banco Mundial suponen el riesgo de exponer a contaminación


transgénica cultivos que son fundamentales para las economías campesinas, y
beneficiar en cambio a las multinacionales que producen las nuevas variedades.
Las ganancias para el 2015 están valuadas en 182 millones de dólares, es decir
0.4 por ciento de la riqueza mundial.

En el marco normativo y regulatorio de los transgénicos, estos organismos de


alcance internacional han institucionalizado y legalizado el crecimiento empresarial
basado en el aprovechamiento de los recursos naturales y humanos, así como de
la biodiversidad de los países en vías de desarrollo. Esto lo hacen a través de
acuerdos como: el General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), sobre
Derechos de Propiedad Intelectual (DPI), el Acuerdo sobre Agricultura Legalizada,
y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Monsanto y Cargill participaron activamente en la configuración de acuerdos


internacionales de comercio, en particular en la Ronda de Uruguay del GATT, hoy
Organización Mundial del Comercio (OMC), la cual no ha sido capaz de asumir su
papel de rector mundial de las reglas de comercio. Pero en cambio ha permitido
que Estados Unidos y la Unión Europea se nieguen a aceptar los reclamos de los
países en desarrollo (Shiva Vandana, 2003).
Expertos tecno-científicos para asesoramiento y evaluación de la tecnología:
personal de instituciones de investigación o evaluación, las cuales centran sus
actividades en proyectos agro-biotecnológicos y buscan no sólo avanzar en el
conocimiento mismo de la tecnología, sino en el logro de beneficios sociales
amplios.

Sobre todo los de países en desarrollo, llevan a cabo proyectos en agro-


biotecnología destinados a impulsar marcos regulatorios en materia de
bioseguridad.

De acuerdo con Michelle Chauvet et al (2000), las preocupaciones en materia de


bioseguridad en agro-biotecnología se iniciaron en las instituciones de educación
superior y desde ahí han penetrado lentamente a los sectores gubernamentales,
empresariales y organizaciones privadas de corte ambientalista, los cuales forman
redes cada vez más complejas, en las que algunos actores sociales tienen cada
vez más poder de decisión.

Mediadores con capacidad para el seguimiento y ampliación pública del debate y


la controversia: entre estos destacan los medios de comunicación, gobiernos o
instancias con responsabilidad pública en la toma de decisiones sobre el
desarrollo y uso de los productos transgénicos.

Los medios de comunicación difunden los avances de los procesos y productos


agro-biotecnológicos, refuerzan una imagen a favor del bienestar social y luchan
en contra de transnacionales, lo que atrae la simpatía pública. En ocasiones caen
en el amarillismo y desvirtúan el conocimiento científico y tecnológico.

Los gobiernos o instancias con responsabilidad pública disminuyen cada vez más
sus funciones al grado de desregular las actividades agrícolas e industriales,
centrando sus esfuerzos en el establecimiento de reglas que faciliten el acceso a
nuevas tecnologías, sin crear contrapesos o capacidades locales que redunden en
el mejor manejo de las tecnologías.

Los cuestionamientos y rechazos que han sufrido los productos transgénicos han
dado como resultado retrocesos y replanteamientos en las estrategias de
utilización de esta tecnología. También han producido resultados constructivos y
de gran interés para la investigación social, ya que han frenado la adopción de
innovaciones, al cuestionar no sólo la utilidad para los diferentes actores en el
proceso de su desarrollo y uso, sino también por alertar sobre los posibles riesgos
que algunas de estas innovaciones podrían tener en la salud pública y el
ambiente.

Estos cuestionamientos han generado una apreciación sobre las leyes, normas,
reglamentaciones y procedimientos en el uso seguro de productos agro-
biotecnológicos. También han alertado sobre los impactos que puede tener en la
investigación, el acceso de diversos actores a estas tecnologías, el otorgamiento
de los DPI amplios sobre la materia viva, la importancia de la biodiversidad en la
generación de innovaciones y la necesidad de integrar al debate a los actores
sociales que poseen esa biodiversidad y la conservan.

En especial, han puesto de manifiesto que, al menos en sociedades desarrolladas,


es posible asimilar la base de control de una tecnología compleja al introducir
criterios que beneficien a una gama amplia de actores, así como realizar esfuerzos
concertados para detectar de manera temprana y mitigar los efectos negativos.

Los productores de alimentos orgánicos, sobre todo de países en desarrollo, se


han convertido en actores importantes en contra de los productos transgénicos y
han obtenido incrementos en el volumen, el valor y la demanda de productos
orgánicos.

En los países desarrollados, los consumidores rehúsan consumir los productos


transgénicos, pues los temores de la población sobre los posibles riesgos han
llegado hasta los consejos de administración de las empresas que los producen o
comercializan e inciden directamente sobre el mercado.

Como el mercado de transgénicos está en formación, la percepción pública


negativa ha tenido gran influencia en sus principales usuarios: empresas
alimentarias, supermercados y productores. De ahí que la percepción pública de
los actores se haya convertido en tema de gran interés.

Yolanda Massieu (2004) señala como actores sociales importantes en la agro-


biotecnología a las empresas agro-biotecnológicas. De igual forma, a aquellos
actores relacionados con la conservación de la biodiversidad y la apropiación de la
propiedad intelectual, así como el papel que tienen el Estado y algunos actores de
la sociedad civil en actividades de regulación y bioseguridad.

Comenta la citada estudiosa que los impactos que los cultivos transgénicos
pueden tener, dependen de las condiciones específicas del producto de que se
trate: no es lo mismo cómo impacta la agro-biotecnología en un producto de
exportación y sembrado por grandes empresarios (como es el jitomate), que un
producto como el maíz mexicano, un alimento básico y del cual viven miles de
pequeños productores.

La preocupación central en el debate y controversia sobre el maíz en México es


cómo defender al milenario cultivo ante la amenaza del maíz transgénico, pues si
se contamina una parcela con una semilla importada o desarrollada en el país, el
agricultor puede ser demandado por las trasnacionales dueñas de las patentes de
esta tecnología.

Más grave aun es que al contaminarse se pueden perder o modificar los maíces
híbridos o nativos resultado del trabajo genético de siglos.
El aumento reciente al precio de la tortilla y el maíz es una excelente oportunidad
para debatir a fondo el tema de la soberanía nacional y la seguridad alimentaria,
asuntos olvidados por la administración pública desde hace varios sexenios con
los resultados negativos que ya están a la vista.