Los crímenes

que estremecieron
a Chile
Las Memorias de La Nación para no olvidar
Jorge Escalante
Nancy Guzmán
Javier Rebolledo
Pedro Vega
Diagramación : Gloria Barros Olave
Correción de prueba : Juan Álvarez de Araya
Diseño de portada : Alfonso Gálvez Caroca
Inscripción ISBN : 978-956-9071-43-0
Los crímenes que estremecieron a Chile
©Jorge Escalante
Nancy Guzmán
Javier Rebolledo
Pedro Vega
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Impreso por Productora Gráfica Andros
Santiago de Chile, septiembre de 2013
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La familia Prats- Cuthbert veranea
en la costa central a comienzos de
los años 50. El Mayor de Ejército
Carlos Prats, junto a su esposa Sofía
Cuthbert y sus hijas mayores Sofía
y Angélica, cuando aún no nacía
Cecilia, la menor. En esa época ya
había cumplido el curso regular de
ofciales para el Estado Mayor en la
Academia de Guerra, ocupando el
primer lugar de su promoción. En
tanto, en 1954 realiza el Curso de
Estado Mayor en el Ejército de los
Estados Unidos.
General Prats: La Primera Bomba de la DINA
Eran cerca de las diez de la mañana del domingo 29 de septiembre
de 1974 en Buenos Aires, cuando el ex cónsul de Chile en esa capital,
Eduardo Ormeño, llegó en su auto Fiat 124 a buscar al general Carlos
Prats y su esposa Sofía Cuthbert. Con el general como su copiloto y su
esposa en el asiento posterior, el diplomático condujo a la casaquinta del
matemático Andrés Stevenin en las afueras de la ciudad, donde estaban
invitados a un asado campestre.
Como hacía varias semanas no lo estaba, el ex comandante en jefe del
Ejército chileno, esa mañana lucía de buen ánimo y varias veces sonrió du-
rante el viaje, incluso conversó animadamente, dejando de lado el momento
duro de exilio que vivía junto a su esposa y que le atormentaba el alma.
Dos días antes del festivo paseo, había llegado sigilosamente hasta su
departamento en el tercer piso de calle Malabia 3359, en el barrio Paler-
mo, el agente de la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA), Michael
Townley. Ese viernes el enviado de la policía secreta chilena, de naciona-
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lidad norteamericana, logró entrar al garaje del edifcio, aprovechando un
descuido de los residentes encontró la puerta abierta y se escabullo. La
noche comenzaba a caer y en la calle lo esperaba su mujer, Mariana Callejas
en un auto Renault.
Townley se dirigió hasta el fondo del garaje y se cercioró que no había
nadie. Cuando se aprestaba a ejecutar su misión, sintió ruidos y se ocultó.
El portero del edifcio entró, dio un par de miradas y al no encontrar nada
raro cerró la puerta. Entonces el gringo se acostó en el suelo, dejó a un
lado su pistola y se aprestó a colocar los explosivos que llevaba consigo en
el auto del general Prats. Fijó la bomba con dos cartuchos de C4 y tres de-
tonadores bajo el Fiat 125. Una vez concluida la primera parte de su tarea,
tuvo la suerte de que unas personas salían del edifcio para buscar sus autos
y logró salir sin llamar la atención.
La oportunidad tan buscada había llegado después de varios intentos
fracasados. Días antes Townley tuvo casualmente al general casi al frente
suyo en un parque, pudo haber sido el momento para sacar su pistola y ba-
learlo prácticamente a quemarropa, pero en segundos decidió no dispararle
porque había luz de día y circulaban personas por aquel lugar.
Ya de visita en la casaquinta de los Stevenin-Muratorio, mientras avan-
zaba el medio día y el perfume de las carnes dorándose aflaba el paladar
alentado por buenos mostos y tentenpies, el ánimo del general Prats parecía
vencer la tristeza de sus días y distendidamente entregaba al ameno grupo
sus opiniones sobre la naturaleza, la pintura y otros temas que bien domi-
naba como soldado culto. Tanto era así que el ex cónsul Ormeño estaba
verdaderamente sorprendido de que la sonrisa reapareciera en los labios del
desencantado militar. Bien sabía él acerca de la herida que lo castigaba desde
el 11 de septiembre de 1973, más ahora lejos de su patria.
Otro amigo, que sabía muy bien por lo que estaba pasando el ex co-
mandante en jefe del Ejército y su esposa Sofía Cuthbert, era el ex emba-
jador del Presidente Salvador allende en Buenos Aires, Ramón Huidobro,
con quien el general mantenía una estrecha amistad y, sobre todo, era leal
compañía indispensable en los momentos que vivían.
Exactamente un año después del golpe militar del general Augusto Pi-
nochet, el 11 de septiembre de 1974, Huidobro y su esposa visitaron en
su departamento bonaerense a los Prats-Cuthbert para acompañarlos en
Los crímenes que estremecieron a Chile
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ese día, donde el dolor se volvía más lacerante y el futuro les angustiaba, el
general, que no acostumbraba a ventilar su pena, lo dijo todo en una bre-
ve pero estremecedora dedicatoria: “A mi noble amigo Ramón Huidobro,
reconocido de su valioso apoyo moral en un año de desolación. Buenos
Aires, 11 de septiembre de 1974”. Así le dedicó ese día, como un regalo,
su libro “Benjamín Vicuña Mackenna y las Glorias de Chile”. Con él y
bajo el seudónimo de Aristarco, Prats había obtenido en 1957 el Premio
de Honor en el concurso “Memorial del Ejército de Chile”.
Nueve días antes, cerca de las cuatro de la madrugada sonó el teléfono
en su departamento. Al levantar el auricular una voz de hombre le dijo:
“Si antes de salir a Brasil usted no hace una declaración pública diciendo
que en Buenos Aires no está realizando actividades en contra del gobierno
militar de Chile, usted va a morir”.
Muy temprano ese lunes 2 de septiembre el general Prats llamó a Hui-
dobro para contarle de la amenaza, la que identifcó claramente como la
voz de un chileno con una pésima imitación de acento argentino. Todo re-
sultaba coherente, los seguimientos, los falsos agentes de seguridad argen-
tinos que preguntaban por sus movimientos en el edifcio y en su ofcina
de la empresa Fate, donde ejercía una gerencia, y la anterior llamada que
había recibido alertándolo de que un comando croata se preparaba para
asesinarlo. Esta vez había llamado directamente un chileno anónimo que
le dio el trato de “mi general”.
-Anda por favor, Ramón, de inmediato a hablar con el embajador, y dile
que me han amenazado de muerte y que llevo meses tratando de que me
den los pasaportes para poder salir de aquí con mi esposa. Dile por favor
que le informe de todo a Pinochet-, le pidió Prats al teléfono.
Huidobro habló con el embajador René Rojas Galdámez y éste infor-
mó por telex al canciller, el vicealmirante Patricio Carvajal. Pero no hubo
reacción. A partir de las amenazas, la interminable espera para obtener los
pasaportes y el imperturbable silencio de Santiago, hizo entrar al general y
su esposa en una suerte de carrera desesperada por lograr los documentos
para salir de Buenos Aires.
Aunque en la solicitud dijeron que viajarían a Brasil, no era ese el desti-
no. El matrimonio lo informó así en el consulado para mantener la reserva
de que se irían a España –lo que luego si mencionaron– donde Prats tenía
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A fnes de noviembre de 1972 el
Presidente Salvador Allende realiza
una gira al exterior, dejando en el cargo
de Vicepresidente del país al General
Carlos Prats. Como máxima autoridad
de la República le tocó recibir al poeta
Pablo Neruda como Premio Nobel de
Literatura, a quien felicita durante la
ceremonia en su homenaje en el Estadio
Nacional.
una invitación por un año para dictar unos cursos en la Universidad Com-
plutense de Madrid. Allí –pensaban–, estarían más seguros.
Por esos días, estando el general Prats almorzando con Ormeño, en un
restaurant, levantó la vista, guardó silencio, y le dijo: “ese que acaba de
entrar es un agente chileno...”.
El 12 de agosto de 1974 el cónsul general de Chile en Buenos Aires,
Alvaro Droguett, escribió al subsecretario de Relaciones Exteriores, capitán
de navío Claudio Collados, pidiendo la autorización para entregar los pa-
saportes al matrimonio, pero la cancillería continúo muda. En los últimos
días de septiembre el cónsul adjunto Eugenio Mujica, viajó a Santiago para
conocer las razones del silencio del régimen militar. Obtuvo sólo insinua-
ciones negativas no ofciales.
El lunes 30 de septiembre llegó fnal-
mente la respuesta ofcial del capitán Co-
llados: “Inconveniente otorgar pasaportes a
personas indicadas”. Esa misma madrugada
el general Carlos Prats y su esposa Sofía
Cuthbert fueron brutalmente asesinados.
“Así, se vigilaron sus movimientos, fue-
ron amenazados de muerte y, por último se
retardo la entrega de los pasaportes que hu-
bieran permitido al matrimonio abandonar
el país, salvando sus vidas”, redactó la jueza
argentina, María Servini de Cubría, en el
proceso que se le siguió al ex agente y en-
lace de la DINA en Buenos Aires, Enrique
Arancibia Clavel, condenado a reclusión
perpetua por el doble crimen.
Advertencia al General
En junio de 1974 el atentado al ex comandante en jefe del Ejército y su
señora comenzaba a tomar forma. La operación criminal llegó por esos días
a oídos del ex secretario general del partido Socialista, Carlos Altamirano,
quien vivía su exilio en la ciudad de Berlín del Este, donde el servicio de in-
teligencia de la República Democrática Alemana se encargó de informarle.
Los crímenes que estremecieron a Chile
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Luego de realizar una brillante
carrera militar, en 1970, el general
Carlos Prats González, es nombrado
comandante en Jefe del Ejército
por el Presidente Eduardo Frei
Montalva, meses antes de concluir su
mandato. Tras asumir el gobierno, el
Presidente Salvador Allende lo ratifca
en su cargo. Como férreo militar
Constitucionalista repudió el golpe
militar de 1973.
Altamirano llamó rápidamente a Buenos Aires al abogado chileno
Manuel Valenzuela y le dijo que debía avisar de inmediato a Prats. El di-
rigente socialista había recibido la misma información por los servicios de
inteligencia francés.
Valenzuela no demoró en informar a Prats los reveladores antecedentes
que le habían sido comunicados desde Europa. La información no sorpren-
dió al general. Agradeció la advertencia a Valenzuela y le dijo que tenía los
mismos antecedentes, que sabía que el atentado se planifcaba en Santiago.
En ese escenario, el Ejército argentino le había ofrecido al general Prats
pasaportes de ese país para él y su señora, pero Prats había rechazado la
oferta: “un general chileno no puede viajar con pasaporte de otro país”, les
dijo a Valenzuela y Huidobro, en un almuerzo
en el departamento de este último, a fnes de
agosto. Incluso Prats contaba con pasaporte
diplomático pero no estaba dispuesto a usarlo.
Los servicios de inteligencia le insistieron
a Altamirano respecto de la información. Esta
vez el dirigente socialista habló con el abogado
Waldo Fortín y le pidió que viajara desde Eu-
ropa urgente a Buenos Aires para convencer al
general Prats de que saliera de Argentina luego
y como fuera.
El abogado Fortín se embarcó hacía Bue-
nos Aires con la misión encomendada por Al-
tamirano, pero llegó tarde. Coincidentemente
arribó el mismo día del crimen perpetrado por
agentes de la DINA.
Meses después, el propio Carlos Altamirano
se salvaría de morir asesinado en Madrid por
la misma mano dirigida por el departamento
exterior de la DINA.
Un Soldado Constitucionalista
Cuatro días después del golpe militar del 11 de septiembre de 1973,
el ex comandante en jefe del Ejército, general Carlos Prats González salía
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abruptamente del país hacía argentina. Algunos días después lo siguió su
esposa Sofía Cuthbert, quien no dudo en irse con él. “Porque si algo le
pasa, prefero que nos suceda a los dos”, había manifestado.
Se conocieron con Sofía Cuthbert en Iquique cuando el joven teniente
participaba en ejercicios militares. Cuando el debió partir hacia el sur la
porfía de ambos pudo más, y mantuvieron un noviazgo a la distancia. En
1944 se casaron en la ciudad donde se habían conocido,
Su perseverancia, inteligencia y sobresalientes habilidades humanas, lo
hicieron avanzar rápidamente hacia una ejemplar carrera militar.
La flosofía, la literatura y las matemáticas fueron materias que cultivó
con agrado y disciplina. Asimismo, destacó en lo humanístico y lo científ-
co. Sus escritos se hicieron conocidos en las revistas internas. A todo ello se
unió la afabilidad y rectitud de un soldado que daba confanza y seguridad,
tanto en sus superiores como en sus subalternos.
Fue el portavoz que dio a conocer la reorganización del ejército a me-
diados de los 40 y recorrió todas las unidades del país, delineando una
institución profesional en defensa de la paz.
En 1970, meses antes de concluir su mandato, el Presidente Eduardo
Frei Montalva lo nombró comandante en jefe del Ejército. Tras asumir el
gobierno de la Unidad Popular, el Presidente socialista Salvador Allende,
lo ratifcó en su cargo. Pidió entonces respetar la posición apolítica de las
Fuerzas Armadas, con el fn de preservar el profesionalismo militar.
Su llegada al máximo cargo del ejército había sido acompañado de un
gran dolor. Su amigo de toda la vida y antecesor en el cargo de coman-
dante en Jefe del Ejército, el general Rene Schneider, había sido asesina-
do en octubre de 1970, tras sufrir un certero atentado de manos de un
grupo ultraderechista.
La posición de respeto irrestricto a la profesión militar y a la Constitu-
ción Política de Chile, expuesta por el general Prats, era una piedra en el
zapato para todos aquellos que pedían un pronunciamiento de las Fuerzas
Armadas y la intervención militar, en el convulsionado clima político y la
presión de la derecha para que el gobierno socialista dimitiera.
En medio de ello Prats no se amilanó e impulsó la reforma que modifcó
el artículo 22 de la Constitución vigente en ese momento, estableciéndose
que las Fuerzas Armadas son “profesionales, disciplinadas, jerarquizadas,
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obedientes y no deliberantes”, por medio de la Ley N 17.398 del 9 de
enero de 1971.
En octubre de 1972 se produjo un paro general de camioneros con el
propósito de boicotear y desestabilizar al gobierno. Allende llamó a las Fuer-
zas Armadas a integrar un gabinete de “paz social”. El 2 de noviembre, Prats
como comandante en jefe del Ejército fue nombrado ministro del Interior.
Durante una gira que emprendió el Presidente Allende al exterior, el
general Prats asumió como vicepresidente del país el 29 de noviembre. En
su calidad de máxima autoridad de la República de Chile, organiza y enca-
beza una celebración al poeta Pablo Neruda por su obtención del Premio
Nobel de Literatura.
Carlos Prats y los ministros militares permanecieron en el gabinete has-
ta marzo de 1973. Se acercaban las elecciones parlamentarias y los militares
constitucionalistas regresaron a sus funciones profesionales.
El 27 de junio de 1973, aproximadamente a las 3 de la tarde, el general
Prats era conducido por su chofer a su ofcina. La hostilidad y politización
del país en bandos encontrados era tal, que al ser reconocido, es insultado
por automovilistas que circulaban junto a su vehículo. Al detenerse en una
intersección de Las Condes, un auto Renault rojo se colocó al lado del ge-
neral y dentro de éste dos personas comenzaron a insultarlo y burlarse de
él, haciendo gestos obscenos. Prats abrió su ventanilla lateral, y apuntando
el revolver al automóvil rojo, ordenó al conductor se detuviera, pero éste
no obedeció. Prats disparó a su guardabarros delantero izquierdo. Ambos
vehículos se detuvieron de inmediato y los conductores se bajaron. Prats
se percató que el Renault era manejado por una mujer de pelo corto. El
general pidió disculpas ante la muchedumbre que se juntó y comenzó a
insultarlo nuevamente. Su vehículo fue bloqueado y sus neumáticos desin-
fados. Prats debió salir del lugar raudo en un taxi.
Durante la tarde, Carlos Prats llegó hasta La Moneda y presentó su
renuncia al Presidente, pero Allende se la rechazó y logró convencerlo que
se quedara en su cargo.
El 29 de junio de 1973, el Regimiento Blindado n°2 de Santiago, a cargo
del teniente coronel Roberto Souper, produjo una intentona golpista, cono-
cida como el tanquetazo. La sublevación fue sofocada con éxito por militares
leales al gobierno y constitucionalistas al mando del general Carlos Prats.
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El 9 de agosto Allende llama nuevamente a las Fuerzas Armadas a for-
mar parte del gobierno. En su calidad de comandante en jefe del Ejército,
Prats asume el ministerio de Defensa.
12 días después se produce un nuevo incidente que a diferencia del
anterior apena al general Prats, ya que venía indirectamente de sus propias
flas. Un grupo de esposas de ofciales protestaron frente a la casa del ge-
neral por su participación en el gobierno. También llegan ofciales de civil.
Su segundo al mando, el general Augusto Pinochet, entrega su apoyo a su
Comandante en jefe y al Presidente Allende.
El 23 de agosto de 1973 el general Carlos Prats González presenta su
renuncia indeclinable a la comandancia en jefe del ejército y a su cargo de
Ministro de Defensa.
El general Prats confía en el profesionalismo y respeto a la Constitución
de su subalterno Augusto Pinochet, y lo recomienda ante el Presidente Sal-
vador Allende para asumir como comandante en jefe del Ejército chileno.
El 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas se sublevaron en un
golpe militar que tuvo como principal general al mando a Augusto Pino-
chet. Con el bombardeo al Palacio de La Moneda y la muerte del Presiden-
te Salvador Allende en su interior, comienza una sangrienta persecución en
contra de todo aquel que no acepte la ruptura de la democracia y rechace
a los militares golpistas.
Antes de un año, Augusto Pinochet Ugarte, comandante en jefe del Ejér-
cito y presidente de facto de la Junta Militar de gobierno, ordenaría a uno
de su más feles militares encargado de la represión militar, el coronel Ma-
nuel Contreras Sepúlveda, director de la DINA, solucionar el problema lla-
mado general Carlos Prats, quien vivía su exilio en Buenos Aires, Argentina.
Pinochet da Orden a Contreras
El coronel Pedro Ewing no pudo pasar por alto el enterarse que Pinochet
había manifestado que el general Carlos Prats era “peligroso”. Si bien era el
secretario del gobierno militar, apreciaba a su ex comandante en jefe. Entró
muy agitado a la ofcina del asesor de prensa Federico Whilloghby, en el edi-
fcio Diego Portales, desde donde la Junta Militar tenía su cuartel central y
gobernaba al país, tras haber sido bombardeado el palacio La Moneda.
Ewing le dijo a Whilloghby que se acababa de enterar de que el general
Los crímenes que estremecieron a Chile
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Carlos Prats corría peligro, porque lo vigilaban y se había creado un am-
biente muy peligroso para él. Que Pinochet estaba furioso por sus buenas
relaciones con el Ejército argentino y que éste opinaba que eso era un peli-
gro porque el ex comandante en jefe del Ejército tenía una gran infuencia
en la ofcialidad chilena. –Hay que ver la forma de avisarle– le dijo el coro-
nel al asesor de prensa de la Junta Militar.
De alguna manera había trascendido de las herméticas y vigiladas pare-
des del Diego Portales la intención de la conversación sostenida con ante-
rioridad entre el general Augusto Pinochet, que encabezaba la Junta Mili-
tar golpista, y el director de la Dina, Manuel Contreras Sepúlveda.
Una mañana de junio de 1974 Pinochet llamó al jefe de la DINA, co-
ronel Manuel Contreras y su segundo hombre, el mayor Pedro Espinoza.
Les manifestó que Prats se convertía en un hombre peligroso. Su temor
era que, de alguna manera, comenzara a minar desde Buenos Aires el
apoyo al régimen militar.
Eran los mismos temores que meses después tendría Pinochet respecto del
ex canciller Orlando Letelier, que vivía su exilio en Washington y del ex vice-
presidente de la República, Bernardo Leighton, quien se encontraba en Roma.
Pinochet ordenó a Contreras resolver la situación que le preocupaba
en relación al ex comandante en Jefe del Ejército, de quien había sido su
compañero de armas y subalterno.
El coronel Contreras encargó la misión a su segundo hombre en la
DINA, Pedro Espinoza, y le entregó 20 mil dólares.
Inicialmente la misión ideada por la DINA para eliminar al general
Carlos Prats, iba a ser encargada a un comando argentino a cargo del ul-
traderechista Martin Ciga Correa, de los servicios de inteligencia del Es-
tado Argentino, SIDE. Pero los argentinos no fueron capaces de armar la
operación, y Contreras ordenó a Espinoza que se la encargara a los propios
agentes del departamento Exterior de la DINA.
El subdirector de la DINA tenía plena confanza en Townley. El gringo
era fel y admiraba a Pinochet, al coronel Contreras y a Espinoza. Los jefes
de la DINA le habían prometido otorgarle el grado de capitán de Ejército.
Por esos días la agente de la DINA, Ingrid Olderock, también había
obtenido la misma información: al general Carlos Prats lo iban a matar.
Se lo había contado la agente femenina Ana María Rubio de la Cruz, que
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actuaba con el nombre falso de “Carmen Gutiérrez”. También se lo había
confrmado la secretaria de Contreras, Nélida Gutiérrez, quien por la rela-
ción afectiva que sostenía con el jefe de la DINA, era una de las personas
de mayor cercanía y confanza del coronel.
En mayo de 1996, en una entrevista concedida al diario “La Nación”,
en su casa de Nuñoa, la mayor de Carabineros Olderock, confrmó lo que
había revelado varios años antes en sus declaraciones al ministro del caso
Letelier, Adolfo Bañados: el mayor Eduardo Iturriaga Neumann, jefe del
Departamento Exterior de la DINA, “fue felicitado” por los agentes que
trabajaban en el cuartel central de la DINA, “por haber cumplido con el
objetivo de eliminar al general Prats”.
Olderock, que en 1981 había sufrido un atentado que casi le cuesta la
vida, pero que le signifcó vivir con una bala alojada en la cabeza, a sus 53
años se encontraba sola, abandonada, al igual que la casa donde habitaba,
la que había heredado de sus padres. Vivía en medio de más de una docena
de perros y gatos, con la incertidumbre de que la fueran a matar por haber
“hablado más de la cuenta” ante el ministro Adolfo Bañados, según dijo al
periodista de “La Nación”.
La entrevista duró más de dos horas y se hizo bajo tensión. Luego de ser
recibidos, la mayor cerró la reja con llave, mostró un arma que tenía escon-
dida en el horno de la cocina y puso otra sobre la mesa del comedor. Una
pistola que manipuló, antes de comenzar la conversación. Se negó por un
buen rato a hablar de lo que sabía del asesinato al general Prats y le había
confesado al ministro Bañados. Tras mostrar orgullosa– por estas ironías
de la vida – una foto en la cual el general Prats la está felicitando, contó
su vida en la DINA y lo mucho que admiraba a Contreras, a quien visitó
varias veces en Punta Peuco e incluso tocó el acordeón para él un año nue-
vo. Finalmente la ex agente DINA, señaló: “Aunque me maten, lo único
que sí le puedo decir es que lo que dije al ministro Bañados es la verdad”.
Townley Asume La Misión
Luego de que la DINA defniera la forma de atentado en contra del
general Carlos Prats, la misión fue ordenada al agente norteamericano Mi-
chael Townley, según las propias instrucciones de Contreras.
El Mayor Pedro Espinoza le entregó a Townley un tipo de explosivo
Los crímenes que estremecieron a Chile
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determinado para llevar a cabo la operación, pero luego de probarlo al
gringo no le gustó y pidió que se lo cambiaran. También le fue entregado
tres pares de transmisores portátiles y detonadores.
El 10 de septiembre Townley viajó a Buenos Aires con su esposa, Ma-
riana Callejas. Salió desde el aeropuerto de Pudahuel con un pasaporte
estadounidense a nombre de Kenneth Enyart. Allá lo esperaba el jefe del
Departamento Exterior de la DINA, Eduardo Iturriaga Neumann.
Luego de instalarse en el hotel Victory junto a su esposa, Iturriaga
(quien se encontraba en Buenos Aires), le mostró a Townley el edifcio
donde vivía el general Prats y su esposa. Una vez constatada en terreno
dicha información, el “tio Kenny”, como a veces le llamaban los hijos de
Callejas a Townley, se instaló en el hotel a armar la bomba. Utilizó dos
cartuchos C 4 y los tres detonadores.
El día 29 de septiembre, Townley y Callejas llegaron temprano hasta el
edifcio del matrimonio Prats-Cuthbert y se percataron de que iban saliendo.
Los Prats-Cuhtbert llegaron de invitados al asado a las afueras de Buenos
Aires. En la casaquinta, increíblemente el general se puso a jugar bridge, otra
muestra de lo contento que lo había puesto la distendida convivencia ese día.
Junto a Ormeño hacían planes para formar un grupo que todos los miércoles
se juntara a jugar. Acordaron que comenzarían el miércoles próximo.
Cerca de las 16 horas, el matrimonio le pidió a Ormeño que los llevara
de vuelta a su departamento. Habían convenido ir al cine con Huidobro y
su esposa Panchita. Cuando llegaron al edifcio se despidieron en la puerta
de Ormeño, no sin antes recordarse mutuamente lo del próximo miércoles
para jugar bridge.
El general Prats y Sofía Cuthbert subieron al departamento, se cam-
biaron de ropa, por otra más formal para el cine, y bajaron para sacar el
auto. Se fueron en el automóvil, que ya tenía la bomba adherida, a buscar
a los Huidobro. Townley y Callejas, que estaban en vigilia, los siguieron a
distancia prudente.
Una vez con los Huidobro, vieron la película “Pan y Chocolate”. Fina-
lizada la función, ya de noche, se fueron al departamento del ex embajador
chileno a comer. Prats volvió a entristecerse y sobre todo a inquietarse.
–Cómo irá a ser esto Ramón, por dónde vendrá. Pero yo ando armado, así
es que no les será tan fácil–, comentó en la sobremesa el general.
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No había sido solo un encuentro social con los amigos, los Huidobro
habían tratado en la velada de convencer a los Prats que abandonaran Bue-
nos Aires, con pasaporte argentino, ante la amenaza cierta que se cernía
sobre sus vidas. A esas alturas Ramón Huidobro había agotado todo trá-
mite para lograr que la embajada chilena entregara al matrimonio Prats los
documentos necesarios para el viaje del exilio.
Eran pasadas las doce de la noche cuando los Prats-Cuthbert se des-
pidieron de los Huidobro y se subieron al auto en la avenida Figueroa
Alcorta para dirigirse hacia su departamento en el barrio Palermo.
Faltaban 20 minutos para la una, el general Prats disminuyó la veloci-
dad y enfló lentamente hacia la puerta del garaje. Descendió para abrirla
y regresó al auto. Las luces de la calle estaban coincidentemente apagadas.
A menos de cien metros se encontraban al interior de un Renault vigi-
lantes, Mariana Callejas y Michael Townley. La esposa del ex agente nor-
teamericano de la DINA tenía entre sus piernas el detonador de la bomba
que había permanecido durante todo el día bajo el auto.
¡Ahora!-, le dijo Townley a Callejas, pero el sistema no funcionó. El grin-
go nervioso, le quitó rápidamente el detonador y lo activó manualmente.
La potente explosión remeció todo el sector, producto de la fuerza ex-
pansiva, y destrozó el auto, causando la muerte inmediata de Sofía Cuth-
bert, en tanto que el general Carlos Prats murió minutos después, víctima
de las heridas sufridas.
La primera misión de la DINA para asesinar en el exterior había sido
llevada a cabo con éxito. El “peligroso” general Carlos Prats González es-
taba extinguido.
La noticia corrió por Buenos Aires y ya en la madrugada, quienes de-
bían saberlo, estaban todos notifcados. El ministro consejero de la emba-
jada de Chile, Guillermo Osorio, llamó esa misma madrugada a Santiago
al Subsecretario de Relaciones Exteriores subrogante, general Enrique Val-
dés Puga, para pedir un avión de la Fuerza Aérea chilena que repatriará los
restos del general Prats y su esposa. – Déjelo ahí no más, ¡que se pudra en
Buenos Aires! Fue la respuesta de Valdés desde Santiago.
A las 14 horas del 30 septiembre aterrizaron en el aeropuerto Ezeiza en
Buenos Aires, Sofía, Angélica y Cecilia Prats Cuthbert. Las hijas del gene-
ral llegaron acompañadas de Isidoro Cuadrado (esposo de Sofía); Víctor
Los crímenes que estremecieron a Chile
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Castro (esposo de Angélica), Pedro Nolasco Prats y Harold Martin Cuth-
bert (hermanos de los esposos Prats-Cuthbert).
En el cuartel central de la policía Federal reconocieron los restos de sus
padres y debieron arrendar una casa para velarlos.
Al otro día, en medio del dolor y del sufrimiento, las hijas del general
se dirigieron al departamento donde vivían sus padres, en la calle Malabia
en el barrio Palermo, con una misión precisa: recuperar las memorias del
general Prats. El ex comandante en jefe del Ejército había terminado de es-
cribirlas hacía tan solo 10 días (20 septiembre 1974). En el departamento
descerrajaron una caja de fondos, se hicieron de ellas y el 2 de octubre Isi-
doro Cuadrado y Cecilia Prats fotocopiaron los originales y los guardaron
en una bóveda de un banco en Buenos Aires.
El jueves 3 de octubre las hijas del general Prats, junto a sus acom-
pañantes, abordaron un avión Lan de regreso a Santiago, con los restos
fúnebres de sus padres. Bajo el horror que vivían y la tensión que había
generado la noticia en Santiago, a las 19 horas aterrizaron en el aeropuerto
de Pudahuel con los féretros. Se dirigieron a una Iglesia en Las Condes,
donde se realizó una misa y el viernes 4 de octubre fueron sepultados los
restos del ex comandante en jefe del Ejército, General Carlos Prats y su
esposa Sofía Cuthbert en el Cementerio General.
El mismo lunes 30 de septiembre, cuando las hijas del general Prats lle-
gaban a la capital argentina en busca de los restos de sus padres asesinados
por la DINA, los agentes autores del crimen, Michael Townley y Mariana
Callejas salían de Buenos Aires, tomando rutas diferentes. Con el nom-
bre en el pasaporte de “Ana Pizarro Avilés”, ella abordó un avión directo
a Santiago. Mientras que él, con el nombre en el pasaporte de “Kenneth
Enyart”, viajó con destino a Montevideo.
Desde la capital uruguaya, Townley se comunicó con sus jefes en la
DINA, Pedro Espinoza y Eduardo Iturriaga. “La misión está cumplida”,
les informó.
Justicia Argentina antes que la Chilena
El lunes 22 de enero de 1996, temprano por la mañana, una noticia
procedente desde el otro lado de la Cordillera, recorrió los telex de las salas
de prensa en Santiago. Al ritmo del sonido de la máquina de teletipo que
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arrojaba el cable sorprendió a los medios chilenos. “Urgente. El presunto
asesino del general chileno Carlos Prats fue detenido el pasado viernes y está
consignado en la sede central de la Policía Federal argentina, anunció este
lunes el Presidente Carlos Menen”, informó Agence France Presse (AFP).
Renglón seguido el cable señalaba: “es un ciudadano chileno identif-
cado como Enrique Lautaro Arancibia Clavel, y se lo considera autor del
atentado contra el general y su esposa, ocurrido en 1974 en Buenos Aires,
añadieron los voceros”.
El silencio y la censura informativa de tantos años bajo la mano del régi-
men militar daban cuenta de una noticia que tenía imprecisiones sobre el rol
del chileno en el atentado, sin embargo el personaje del cual se daba cuenta
su captura alteró rápidamente la rutina de los departamentos de prensa.
Sin perder tiempo, el diario La Nación ordenó de inmediato el envío
de un periodista a Buenos Aires. La noticia había causado impacto en el
mundo político chileno. Pasado el mediodía los periodistas de tribunales
de los principales medios chilenos ya se encontraban apostados en el pa-
lacio de los tribunales Bonaerenses. El caso Prats no solo se reactivaba en
Argentina, sino también se abría una puerta sin retorno para lo que sería
en el futuro el caso judicial en Chile.
Quienes también dejaron de inmediato sus rutinas en Santiago y viajaron
de forma rauda hasta Buenos Aires, fueron las hermanas Sofía y Angélica Prats
Cuthbert, junto a la abogada Pamela Pereira. Se hospedaron en el hotel Co-
lón, en pleno centro Bonaerense, a pocos cuadras del palacio de los tribunales.
Desde ahí colaborarían, solicitarían y alentarían con todo lo que estuviese en
sus manos para que la justicia argentina lograra lo que aún estaba vedado en
Chile: esclarecer los hechos, encontrar a los asesinos y hacer justicia.
La abogada Pamela Pereira y el abogado Hernán Quezada, incansables
defensores de los derechos humanos de muchos chilenos, al igual que un
puñado de abogados de la Vicaría de la Solidaridad, habían comenzado
a fnes de los años 80 a acompañar a las hermanas Prats Cuthbert en la
peligrosa y difícil tarea de buscar antecedentes y allanar el camino para que
algún día la justicia chilena investigara el asesinato del ex comandante en
jefe del Ejército y condenara a los culpables.
Pereira y Quezada habían realizado en varias ocasiones diversas diligen-
cias ante la justicia y la policía argentina con el fn de que se pudiera dar
Los crímenes que estremecieron a Chile
195
con el paradero del agente DINA, Enrique Arancibia Clavel. Todo hacía
indicar que el agente chileno aún vivía en Buenos Aires, por lo que podía
resultar ser el único que podría ser alcanzado por la justicia argentina, y
que permitiera llevar adelante un juicio en contra de los responsables del
doble crimen perpetrado en territorio argentino.
Enrique Arancibia Clavel, integraba el departamento exterior de la
DINA. El agente de la policía secreta chilena había vivido entre 1971 y
1973 en Buenos Aires, luego de que tuviera que huir de Chile por razones
políticas y judiciales. En ese tiempo había cultivado numerosos contactos
con los servicios de inteligencia y de la Policía Federal en Buenos Aires; y
grupos nacionalistas de extrema derecha.
Tras el golpe militar de 1973 Arancibia retornó a Chile. Y en marzo
o abril de 1974 regresó nuevamente a Buenos Aires, pero esta vez, como
agente del Banco del Estado de Chile, en calidad de miembro en cubier-
to de la DINA.
Si bien la investigación judicial se había iniciado el mismo día del aten-
tado con el acta suscrita por el jefe de la comisaria 23 de la Policía Fede-
ral, comisario Andrés Brizio, durante muchos años el caso no tuvo mayor
avance, e incluso debió ser cerrado en más de una ocasión debido a la falta
de información y antecedentes.
Ahora, después de más de dos décadas, la justicia argentina tenía preso
a uno de los agentes de la DINA, que permitiría a la jueza María Servini
de Cubría investigar hasta concluir quienes fueron los asesinos del general
Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert.
El 27 de noviembre de 2000, después de 26 años de perpetrado el doble
crimen, el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N 6 de Buenos Aires dictó
sentencia condenatoria por el asesinato del general Carlos Prats y su esposa
Sofía Cuthbert.
Enrique Lautaro Arancibia Clavel fue condenado a reclusión perpetua,
por los delitos de homicidio agravado y asociación ilícita agravada, por el
Tribunal Oral en Lo Criminal N° 6, con el voto de los jueces argentinos
María del Carmen Roqueta y José Valentín Martínez
En un fallo dividido de 173 páginas, los jueces dieron cuenta detallada
de una asociación ilícita para cometer crímenes, conformada por militares
chilenos pertenecientes a la DINA, y con un departamento exterior, cuyos
196
tentáculos alcanzaron hasta Argentina, entre otros países como inclusive
Estados Unidos e Italia.
Se estableció que el responsable de la Dirección Operativa del Depar-
tamento Exterior de la DINA fue hasta 1978 el mayor Raúl Eduardo Itu-
rriaga Neumann, secundado por el Mayor Pedro Espinoza.
Entre el grupo de selectas personas que reclutaron, entre militares y ci-
viles, para perseguir de forma secreta a opositores a Pinochet en el exterior,
se constató que contaron entre fnes de 1973 y mediados de 1976, con Ar-
mando Fernández Larios, Michael Townley Vernon, Enrique Lautaro Aran-
cibía Clavel, Jorge Iturriaga Neumann, Víctor Hugo Barría Barría, Cristoph
Georg Paul Willike, Mariana Callejas, Ana Rubio y Eugenio Berrios Sagredo.
Respecto de Enrique Arancibia Clavel, el tribunal sostuvo que tomó
parte desde el mes de marzo de 1974 de una asociación ilícita de más de
tres personas, integrada al menos por Manuel Contreras, Raúl Iturriaga
Neumann, Pedro Espinoza , todos de la plana mayor de la DINA y por
Michael Townley, el ex agente norteamericano.
Se logró establecer la responsabilidad de mando de cada uno de ellos
en el atentado explosivo. No obstante lo anterior, solo se pudo condenar
al agente Arancibia Clavel, ya que los militares chilenos pertenecientes a
la plana mayor de la DINA se encontraban en territorio chileno, algunos
de ellos, Contreras y Espinoza, cumpliendo condena por el asesinato del
ex canciller Orlando Letelier y su asistente Ronni Moft, muertos bajo el
mismo modus operandi, de una bomba puesta en el auto de Letelier el 21
de septiembre de 1976. En tanto, Townley y Fernández Larios vivían en los
Estados Unidos, donde habían cumplido condena por los mismos delitos.
Según consta en el fallo, Arancibia Clavel desarrolló “… las tareas logís-
ticas y necesarias para el estudio de las costumbres y los horarios de las víc-
timas, facilitando además la labor operativa de Michael Townley, a través de
sus contactos en este país, todo lo cual lo convierte en un partícipe necesario
en el doble homicidio califcado que se investiga en estas actuaciones”.
Los representantes en el juicio de las hijas del matrimonio Prats-Cu-
thbert fueron aún más precisos respecto de la participación del agente de
la DINA en el crimen perpetrado. Los abogados Guillermo Jorge y Luis
Moreno Ocampo, lograron acreditar que Arancibia Clavel “se encontra-
ba en la ciudad de Buenos Aires al momento de cometerse el crimen del
Los crímenes que estremecieron a Chile
197
general Prats y su esposa Sofía Cuthbert; que el nombrado pertenecía a la
DINA que fue la asociación ilícita que, según sostienen, ordenó y planifcó
el atentado y que aquél, como jefe de información clandestina de dicha
organización, proporcionó el domicilio el domicilio de las víctimas a los
autores, y con los contactos necesarios que a la fecha tenía, hizo cortar el
teléfono de Ramón Huidobro (amigo del general Prats), y consiguió que
dejara de funcionar el alumbrado público en la calle Malabia, entre Seguí
y Libertador la noche del atentado; además eliminó la custodia que tenía
el general Prats, gracias a sus contactos con el comisario Gattei encargado
de la seguridad de la víctima”, según consta en la parte resolutiva del fallo
de la justicia argentina, que logró después de dos décadas determinar judi-
cialmente quienes fueron los responsables del asesinato del ex comandante
en Jefe del ejército chileno y su esposa Sofía Cuthbert, situación que aún
resultaba esquiva en Chile.
Tendría que pasar una década más para que la justicia chilena, fnal-
mente realizara un acucioso proceso judicial y condenara a los militares de
la DINA responsables de la muerte del matrimonio Prats-Cuthbert.
Enrique Arancibía Clavel no alcanzó a estar más de 12 años en una
cárcel argentina. Una controvertida ley, aplicada por el juez trasandino
Axel López, le otorgó la libertad condicional en julio de 2007. Se le aplicó,
erróneamente según la familia del general Prats, la ley denominada 2 por 1,
la cual establece que el condenado debe haber cumplido al menos 20 años
para solicitar se revise su situación de reclusión. En ese marco la condena a
la pena única era del 10 de noviembre del 2006. La ley del 2 por 1 decía
que la prisión preventiva razonable no podía exceder de más de dos años.
Si la persona está detenida sin sentencia a frme más de dos años, todo el
tiempo restante se computa a doble.
Y el mismo tribunal que lo condenó realizó el computo en marzo del
2007, fecha a la cual arrojó que tenía cumplidos 19 años y 8 meses. El 15
de julio cumplió los 20 años que marcaba la ley.
Tal como cuando fue encontrado y arrestado por la policía en 1996,
una información periodística proveniente desde Buenos Aires el 28 de
abril de 2011 informó que “el ex agente secreto de la DINA, Enrique
Arancibia Clavel, quien fue condenado por el asesinato del general Carlos
Prats y su esposa Sofía Cuthbert en Buenos Aires, falleció este jueves, a
198
los 66 años en la capital trasandina”. Su cuerpo fue encontrado en el inte-
rior de su departamento en el 1400 de calle Lavalle, por personal de la 3
Comisaría de la Policía Federal. Presentaba entre 15 a 20 puñaladas en su
cuerpo. La puerta de su domicilio no estaba forzada.
La Esquiva Justicia Chilena
El retorno a la democracia el año 90 no fue sufciente para que la justi-
cia chilena abriera una investigación judicial por el doble crimen perpetra-
do en Buenos Aires.
Los abogados Pereira y Quezada, en representación de las hermanas
Prats-Cuthbert iniciaron las gestiones ante el recién instalado Congreso en
busca de iniciar un proceso en Chile. Como resultado de ello la Cámara de
Diputados solicitó en 1993 al Poder Judicial iniciar la tan esperada inves-
tigación judicial. Sin embargo, la Corte Suprema rechazó dicha petición.
Con la denegación de justicia de parte del Poder Judicial, los abogados
chilenos se concentraron en obtener justicia ante los tribunales argentinos.
Casi 10 años después y con una sentencia condenatoria dictada en Argen-
tina, Pereira y Quezada volvieron a la carga, pero esta vez desde el otro lado
de la Cordillera. La jueza argentina María Servini de Cubría solicitó el 2002
la extradición del general Augusto Pinochet y la plana mayor de la DINA.
En primera instancia el Ministro de la Corte Suprema, Jorge Rodríguez
rechazó las extradiciones, resolución que fue apelada por los abogados de
la familia Prats-Cuhtbert. Luego de conocer de la apelación interpuesta, la
Sala Penal del máximo tribunal del país revocó la sentencia anterior y dictó
una peculiar resolución que permitió – al fn – abrir en chile el proceso
judicial, esperado por décadas.
La Segunda Sala Penal de la Corte Suprema ordenó así el 2 de diciem-
bre de 2002 abrir un proceso en nuestro país por los delitos de asociación
ilícita y homicidios califcados del general Carlos Prats y su señora Sofía
Cuthbert, en contra de Juan Manuel Contreras Sepúlveda, Pedro Espi-
noza Bravo, Raúl Eduardo Iturriaga Neumann, José Zara Holger y Jorge
Iturriaga Neumann. Si bien los magistrados estimaron que se cumplían
los requisitos para la extradición de estos cinco requeridos por la justicia
argentina, decidió hacer uso de una facultad conferida a los Estados Par-
tes por el Tratado de Montevideo sobre extradición, de no entregar a sus
Los crímenes que estremecieron a Chile
199
nacionales al país requirente, pero quedando obligados a juzgarlos por sus
propios tribunales.
Dicha resolución no incluyó a Augusto Pinochet, ya que la solicitud de
desafuero solicitada con anterioridad, había sido rechazada debido a que
este imputado se encontraba sobreseído defnitivamente por “una supues-
ta” demencia incurable en el caso “Caravana de la Muerte”.
En enero de 2003, el ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago
Alejandro Solís, fue nombrado por sus pares como ministro de fuero para
investigar judicialmente, luego de que la Corte Suprema ordenara a esa
instancia nombrar un juez especial para ello.
Todo lo investigado por la justicia argentina fue crucial para el minis-
tro Solís en los comienzos de su acuciosa y detallada investigación judi-
cial. Así lo confrmaría él mismo al diario “La Nación”, antes de culminar
su investigación.
A medida que el juez Solís se iba adentrando en la investigación no
solo encontraría complicaciones para avanzar, sino también advertiría
lo “bastante forzado” que le resultaba trabajar en el caso, “dado que hay
gente de muy alto nivel jerárquico militar implicado en esto”, como re-
conocería al diario “La Nación”.
Luego de 6 años de arduo trabajo, por primera vez un juez chileno
lograba establecer la calidad de asociación ilícita de la DINA y bajo esta
convicción determinar que dicho grupo de militares se habían confabula-
do para cometer el doble homicidio en Buenos Aires.
A esas alturas del trabajo realizado por el ministro Solís, la forma-
lización de la acusación no solo alcanzaba a los cinco requeridos en un
comienzo de la investigación, sino que se había extendido a otros 4 agentes
más de la DINA.
El 30 de junio de 2008, el ministro de fuero Alejandro Solís dictó sen-
tencias condenatorias en contra de ocho militares y civiles por los delitos
de asociación ilícita y doble homicidio del ex comandante en jefe del Ejér-
cito, general Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert. Cada uno recibió dos
condenas del mismo tenor.
Manuel Contreras, Director de la DINA, fue condenado a dos ca-
denas perpetuas por los homicidios califcados y a 20 años como jefe de
Asociación ilícita.
200
Pedro Espinoza, subdirector de la DINA, condenado a dos penas de 20
años de presidio por los homicidios y 20 años por asociación ilícita; Eduar-
do Iturriaga Neumann a dos penas de 15 años de presidio por homicidios
y 541 días por asociación ilícita; José Zara, Cristoph Georg Paul Willeke y
Juan Morales Salgado a dos penas de 10 años de presidio y un día por el
doble homicidio y 541 días por asociación ilícita; Mariana Callejas a dos
penas de 10 años de presidio por el doble homicidio califcado; Jorge Itu-
rriaga Neumann a dos penas de 5 años de presidio y un día como cómplice
de homicidio califcado y Reginaldo de la Cruz Valdés Alarcón a dos penas
de 541 días como cómplice de homicidio califcado.
El 29 de enero de 2009 la Novena Sala de la Corte de Apelaciones de
Santiago confrmó las altas condenas dictadas por el ministro de fuero Ale-
jandro Solís y fue aún más allá, califcando a la DINA de “organización de
carácter terrorista”.
Si bien las hermanas Prats-Cuthbert se emocionaron con la resolución
dictada en forma unánime por los ministros Jorge Dahm y Mario Rojas y
la ministra Dobra Lusic, sabían que aún faltaba una etapa resolutiva. No
dejaba de preocuparles como actuaría la Segunda Sala Penal de la Corte
Suprema ante las contundentes y duras sentencias dictadas por el juez Ale-
jandro Solís y confrmada por los otros tres magistrados. Junto a sus aboga-
dos Pamela Pereira y Hernán Quezada esperaron con cierta preocupación
la última etapa del proceso judicial.
La preocupación de las hijas del general Prats y sus abogados tenía algo
de premonitorio. El 8 de junio de 2010, la Corte Suprema dictó la senten-
cia de término, rebajando signifcativamente las penas de los principales
jefes de la DINA.
En fallo dividido, los ministros de la Segunda Sala del máximo tribunal
del país, Rubén Ballesteros, Hugo Dolmestch, Carlos Künsemüller,
Haroldo Brito y Guillermo Silva, anularon la cadena perpetua dictada en
contra del director de la DINA, Manuel Contreras Sepúlveda y en cambio
lo condenaron a 17 años sin benefcios por su responsabilidad como autor
de los homicidios califcados, más 3 años y un día de presidio por su
responsabilidad como jefe en el delito de asociación ilícita en concurso real
con el doble delito de homicidio califcado.
Al subdirector de la DINA, Pedro Espinoza, también se le rebajó
201
El ex agente de la
Dina en Buenos Aires,
Enrique Arancibia
Clavel fue el único
detenido y condenado
a reclusión perpetua
por la justicia
Argentina, por los
homicidios del ex
comandante en Jefe
del Ejército, general
Carlos Prats y su
esposa Sofía Cuthbert.
El ex agente norteamericano de
la DINA, Michael Townley y su
esposa Mariana Callejas. Ambos
autores materiales del asesinato
del general Carlos Prats y su
esposa Sofía Cuthbert
signifcativamente la pena. Fue condenado a 17 años de presidio por los
homicidios de Carlos Prats González y su esposa Sofía Cuthbert, y 3 años
y un día de presidio como jefe en el delito de asociación ilícita.
A Eduardo Iturriaga Neumann, José Zara Holger, Cristph Georg Paul
Willeke Floel y Juan Hernán Morales Salgado, se les condenó a 15 años
y un día de presidio por el doble homicidio y 100 días como miembro
de asociación ilícita en concurso real con el doble delito de homicidio
califcado. En estos caso, a los tres últimos, la Corte Suprema les aumentó
la pena en 5 años por el doble homicidio.
Mariana Callejas Honores, esposa de Michael Townley, y Jorge Iturriaga
Neumann fueron condenados a 5 años de presidio por su responsabilidad
como cómplices de homicidio califcado. Se les concedió el benefcio de
la libertad vigilada. Por último, Reginaldo de la Cruz Valdés Alarcón
fue condenado a dos penas de 541 días de presidio como cómplice del
homicidio califcado. Se le concedió la remisión condicional de las penas
(cumplir en libertad las condenas impuestas).
36 años después del atentado con una bomba perpetrado en Buenos
Aires un 30 de septiembre de 1974, a manos de la DINA, la justicia
chilena condenó a los criminales que dieron muerte al ex comandante en
jefe del Ejército, general Carlos Prats y su esposa Sofía Cuthbert. 36 años
después el Ejército de Chile daba a conocer públicamente su posición y
repudiaba a los militares que habían participado en el “cobarde asesinato”.
36 años después las hijas del general Prats lograban que el Ejército como
institución solidarizara con ellas y expresara su pesar por su ex comandante
en jefe del Ejército chileno.

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