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La inseguridad

ciudadana

Jaume Curbet

P08/930377/00001
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Índice






1. Inseguridad social e inseguridad ciudadana ........................5
1.1. La localización de la inseguridad ................................ 10
1.2. Inseguridad objetiva e inseguridad subjetiva ........... 12
1.3. Indicadores de la inseguridad ciudadana .................... 16

2. Seguridad, territorio y población ....................................... 19
2.1. El caso Barcelona .............................................................. 20
2.2. La dimensión objetiva de la inseguridad ciudadana: el
riesgo real ............................................................................ 23
2.2.1. Victimización y delincuencia ............................ 23
2.2.2. Riesgo real y vulnerabilidad ............................ 30
2.2.3. Evolución de la victimización .......................... 34
2.2.4. Victimización y territorio ................................ 39
2.3. La dimensión subjetiva de la inseguridad: el riesgo
percibido ............................................................................... 44
2.3.1. La percepción de inseguridad y de incivismo en
barrios y ciudades .................................................... 45
2.3.2. La relación entre inseguridad objetiva e inseguridad
subjetiva ..................................................................... 53
2.3.3. El territorio y la percepción de seguridad . 55
2.4. La demanda de seguridad ................................................... 57
2.4.1. El servicio policial ........................................... 58
2.4.2. Las políticas públicas de seguridad ............... 66

Bibliografía ....................................................................................... 69
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1. Inseguridad social e inseguridad ciudadana






"Aquellos que están dispuestos a ceder libertades esenciales para obtener un
poco de seguridad temporal no se merecen ni la libertad ni la seguridad."
Benjamin Franklin

La globalización contemporánea, ciertamente, presenta rasgos que ya estaban
presentes en otras etapas anteriores, pero se distingue por algunos
elementos específicos y da lugar a un mundo cada vez más condicionado por
las tecno-logías de la información y la comunicación (TIC), la dimensión
mundial de la economía, el desarrollo de estructuras de gobernanza
regionales y globales o las nuevas formas de regulación internacional.

Pero también, en lo que vendría a constituir la globalización negativa, por el
despliegue mundial de un capitalismo que, liberado de todo compromiso con la justicia y
la ecología, estaría desatando las fuerzas del caos social y el desastre ecológico a
través de la diseminación planetaria de los riesgos más graves de la industrialización
y del consumo energético, así como por la producción de problemas sistémicos
planetarios: desigualdades crecientes, volatilidad de los mercados, blanqueo de
capitales, tráfico internacional de drogas, terrorismo a gran escala, calentamiento
global y el sida, entre otros (Held, 2005). De ma-nera que, en el marco de este
capitalismo global, las dinámicas sociales con-tradictorias de la inclusión y la
exclusión favorecen la alienación y el conflicto y la emergencia de un sentimiento de
inseguridad ontológica (Young, 2003).

Asimismo, otro de los rasgos característicos de esta globalización
negativa es que, tal y como lo expresó Graham (Bauman, 2007), cada vez
somos más de-pendientes de sistemas complejos y distanciados para el
sustento de la vida y, debido a ello, hasta los pequeños trastornos y
discapacidades pueden tener enormes efectos en cascada sobre la vida
social, económica y medioambiental, sobre todo en las ciudades, donde
la mayoría de nosotros vivimos la mayor parte de nuestra vida, y que
son lugares sumamente vulnerables a los trastor-nos externos.
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"La mitad de los habitantes del planeta vive actualmente en ciudades de más de 500.000
habitantes. 300 ciudades superan el millón de habitantes. Las más grandes ciudades oc-
cidentales acumulan riquezas, recursos e innovaciones, dirigen el planeta y se benefician
de la internacionalización de las economías, de los flujos financieros y de los crecimien-
tos de todo tipo que de ellos se originan. La mundialización –en el sentido amplio del
término, referido a los cambios en las comunicaciones y la información, a las nuevas re-
laciones de poder en las ciudades y entre las ciudades, así como al estrechamiento de los
contactos internacionales– no sólo actúa en el ciberespacio. Bien al contrario, la mundia-
lización requiere infraestructuras, centros de dirección y de planificación concentrados y
enraizados en un mismo espacio a fin de obtener economías de escala y beneficios en
términos de tiempo y de riquezas.

Las ciudades globales, las megaciudades, constituyen centros de decisión política y eco-
nómica, así como emplazamientos estratégicos para las industrias de punta, para las re-des
financieras y para la subcontratación especializada destinada a las empresas multi-
nacionales. Estas megaciudades son entre ellas más complementarias que rivales, lo cual
explica la imagen de un archipiélago mundial de metrópolis vinculadas entre sí a través de
eficaces redes entrelazadas. Sin embargo, esta centralidad conlleva la contrapartida de
nuevas marginalidades, fuentes potenciales de desórdenes, de violencias, de desafíos a
este nuevo orden planetario. (...) Bajo los efectos de fuertes presiones centrífugas, la
ciu-dad se deshace, se aleja de su centro. Las familias más afortunadas se alejan, se
refugian y agrupan en residencias fuertemente protegidas."
Sophie Body-Gendrot (2001)

Y, por si todo ello fuera poco, la humanidad, como bien lo describe Dupuy
en sus estudios más recientes (2004, 2005), ha alcanzado, en el transcurso
del último siglo, nada menos que la capacidad de la autodestrucción.

Lo que amenaza actualmente al planeta, por consiguiente, no es una ronda
más de daños autoinfligidos (una característica, por cierto, bastante
constante de la historia humana) ni otro eslabón más de la larga cadena de
catástrofes que ha sufrido reiteradamente la humanidad en el camino que ha
recorrido hasta su situación actual, sino un desastre que ponga fin a todos
los desastres: una catástrofe que no dejaría ningún ser humano tras de sí
para documentarla, para reflexionar sobre ella ni para extraer lección
alguna de la misma (ni, por supuesto, para aplicar dicha lección).

Efectivamente, la humanidad dispone hoy en día de todos los recursos nece-sarios
para perpetrar (ya sea deliberadamente o bien por defecto) un suicidio
colectivo: es decir, para aniquilarse a sí misma llevándose consigo el resto de
la vida sobre el planeta. Por consiguiente, en el mundo contemporáneo la paz se
ve amenazada de una forma nueva aunque no por ello menos inquietante.

Indudablemente, la paz civil se ha visto amenazada, en todas las épocas,
por tiranos, dictadores o demagogos de todo tipo. Sin embargo, antes era
posible identificar al verdadero o supuesto causante del desorden y
combatirlo. Ac-tualmente, la paz se ve amenazada por el sistema mismo. Este
anonimato del sistema y la ausencia de una alternativa viable convierten
esta amenaza ances-tral en sustancialmente más peligrosa.

El hombre moderno se siente amenazado por circunstancias externas difusas e
inaprensibles. Basta con considerar las desigualdades humanas existentes, las
injusticias espantosas, la inseguridad individual, social y política, cosas que
no han mejorado en los últimos treinta años. De este modo, fenómenos in-
deseables como puedan ser el terrorismo, pero también el crimen organizado
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o la inseguridad ciudadana son acogidos –aunque por razones muy
distintas– por los defensores del statu quo como los responsables que
se pueden nombrar de un mal anónimo, endémico y mucho más profundo. Y
lo hacen, ni siquie-ra necesariamente por mala fe, sino por exigencia
intrínseca del sistema de defenderse desplazando la atención hacia
problemas que suscitan un mayor consenso social (Panikkar, 2002).

Esto mismo apunta Renner (2005) al considerar el terrorismo como un mero
síntoma de una serie más amplia de preocupaciones que han desembocado en
una nueva era de desasosiego. De manera que los actos de terrorismo, pero
también las peligrosas reacciones que desencadenan, debieran ser
descifrados como los efectos trágicamente visibles de profundas presiones
socioeconómi-cas, ambientales y políticas, unas fuerzas que en conjunto
crean un mundo más tumultuoso y menos estable. Pero no es así como los
gobiernos occiden-tales han querido entender el llamado terrorismo.

Así pues, la guerra contra el terror amenaza con dejar de lado la
lucha contra la pobreza, las epidemias en el campo de la salud y la
degradación ambiental, y sustrae los escasos recursos económicos y el
capital político de las causas que están en la base de la inseguridad
social global. Ahora bien, precisamente estos factores subyacentes –y
la forma como se traducen en dinámicas y tensiones políticas– son los
desencadenantes clave de buena parte de la inestabilidad en el mundo.

"Ahora vemos, con una claridad espeluznante, que un mundo en el que muchos millones
de personas padecen una opresión brutal y una miseria extrema no será nunca del
todo seguro, ni siquiera para sus habitantes más privilegiados."
Kofi Annan, ex secretario general de las Naciones Unidas

Así pues, la inseguridad propia de esta era de globalización no sólo se
mani-fiesta a través del conflicto violento sino también mediante desastres
de to-do tipo. Renner aporta un dato revelador al respecto: si bien en el
año 2000 murieron 300.000 personas en conflictos armados, por ejemplo, cada
mes se produce la misma cifra de muertes debidas a la contaminación del
agua o por la falta de condiciones de salubridad.


La guerra moderna contra los temores humanos parece producir más bien
una redistribución social de éstos que una reducción de su volu-men.
De este modo, sea cual sea el lugar en el que aterricen, los riesgos
y conflictos globales se instalan allí como desastres y violencias
locales y arraigan con rapidez, se interiorizan y, como no vienen
precedidos de solución global alguna, buscan blancos locales en los
que descargar la frustración resultante.


Sin embargo, los peligros que más tememos son los inmediatos y, por consi-
guiente, no admitimos otra cosa que no sea soluciones rápidas que nos apor-
ten un alivio instantáneo (aunque inevitablemente efímero) a unos síntomas
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enojosos. No nos importa que las causas del peligro puedan ser
complejas, lo único que deseamos es que los remedios sean
simples y estén disponibles para ser empleados de inmediato.

Este hecho conlleva que, como dice Bauman, nos irrite cualquier solución
que no prometa efectos rápidos y fáciles de alcanzar y que, en cambio,
precise de mucho tiempo antes de que puedan apreciarse sus resultados.

"Más aún nos molestan las soluciones que requieren que prestemos atención a
nuestros propios defectos y faltas, y que nos instan –al más puro estilo
socrático– a conocernos a nosotros mismos. Y aborrecemos por completo la idea
de que, en ese sentido, son pocas o nulas las diferencias entre «nosotros»,
los hijos de la luz, y «ellos», la camada de la oscuridad."
Z. Bauman (2007)

Tampoco el miedo es, por supuesto, un rasgo exclusivo de la época actual: en una
secuencia larga de traumatismo colectivo, Occidente ha vencido la angus-tia
nombrando, es decir, identificando, incluso fabricando miedos particulares
(Delumeau, 2002) que puedan resultar, tanto en el plano psicológico como en el
social, manejables. Aunque sí llama poderosamente la atención que, a pe-sar de
que vivimos (al menos en los países desarrollados) sin duda en algunas de las
sociedades más seguras que jamás hayan existido, aún así, contra toda prueba
objetiva, también seamos nosotros –las personas más consentidas de todos los
tiempos– los que nos sentimos más amenazados, inseguros y asus-tados, los más
inclinados a ser presa del pánico y los más apasionados por to-do lo relacionado
con la protección y la seguridad, de todos los miembros de cualquier sociedad de
la que se haya tenido noticia jamás (Bauman, 2007).

Hasta el punto que esa obsesión por la seguridad termina generando, paradó-
jicamente, justo lo contrario de lo que pretende: máxima inseguridad
(Trías, 2005). De esta forma, nuestra intolerancia a admitir la más mínima
inseguri-dad no asumida voluntariamente acaba constituyéndose en una
auténtica, y quizás la principal, fuente autoabastecida del temor y la
ansiedad que tan insi-diosamente nos afligen. No hubiera cabido esperar que
esta masa autopropul-sada de inseguridad global no cristalizase en las
correspondientes expresiones en el ámbito de la política y de la economía.

En el plano político, Pavarini (2006) advierte de que la inseguridad se
convierte en la preocupación política central cuando una cultura neoliberal de
gobierno se impone hegemónicamente; de tal forma que el gobierno de la seguridad
está estructuralmente conectado con el gobierno de los nuevos procesos de
exclusión social. Incluso para Bauman queda más allá de toda duda razonable que
la especial atención recientemente centrada en la inseguridad asociada, de forma
directa y exclusiva, a la delincuencia predativa y la violencia interper-sonal
está estrechamente relacionada con la creciente sensación de vulnerabi-lidad
social, y que sigue muy de cerca el ritmo de la desregulación económica y de la
sustitución (paralela a dicha desregulación) de la solidaridad social por la
independencia individual (Bauman, 2007).
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En este mismo sentido, Lagrange (2003) remarca el desarrollo importante del
recurso al encarcelamiento en aquellos países en los que el Estado social
se ha desarrollado en menor medida (España, Portugal, Grecia) o bien está
más debilitado (Reino Unido y estados del sur y el oeste de los Estados
Unidos). De manera que, en Europa, las tasas de detención en 2001, en tanto
que expresión del fuerte aumento del encarcelamiento registrado a finales
del siglo XX, se correlacionan inversamente con la proporción de
prestaciones sociales inde-pendientes del mercado e inversamente también
con el porcentaje de dichas prestaciones con relación al PIB.

Prestaciones sociales y tasas de detención en Europa

Tasa de deten- % de prestaciones Porcentaje de gasto
ción por 100.000 sociales independientes socialen % del PIB
habitantes(Consejo del Mercado
de Europa)

1983 2001 1980-1990 1995

Dinamarca 61 59 38,1 33,5

Noruega 46 59 38,3 –

Suecia 54 69 39,1 34,5

Países Bajos 28 95 32,4 30,0

Alemania 100 96 27,7 28,0

Francia 70 77 27,5 29,0

Italia 73 95 24,0 23,5

Inglaterra y Gales 87 126 23,4 26,0

España 35 117 20,0 21,0

Grecia 36 80 – 19,0

Portugal 62 132 – 18,0

Fuente: Lagrange (2003)


Por lo tanto y de forma casi inevitable la inseguridad y su correlato –la
obsesión por la seguridad– acaban monopolizando la agenda política mundial tanto
como la de los estados y, progresivamente también, la de los gobiernos locales.

"La agenda mundial la dicta el miedo, lo que genera inseguridad, intolerancia y el
menos-cabo de los derechos humanos en nombre de la seguridad. El miedo al otro, al
terrorista, a las armas de destrucción masiva, fomentado por dirigentes sin
escrúpulos, nos aboca al callejón sin salida de la conculcación del Estado de
derecho y los derechos humanos, de las desigualdades, de la xenofobia y de la
violencia. La política del miedo se justifica por la amenaza de grupos armados que
también conculcan los derechos humanos. Unos y otros se retroalimentan y el miedo
paraliza las mentes y otorga el poder a quienes lo saben manipular."
Irene Khan, secretaria general de Amnistía Internacional
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Aunque no sólo está clara la sinergia perversa que, en el plano político,
con-vierte a la inseguridad social en el mejor combustible para la
locomotora neo-liberal. También, en el ámbito económico, el mercado
prospera cuando se dan condiciones de inseguridad; saca buen provecho de
los temores humanos y de la sensación de desamparo (Bauman, 2007).

Efectivamente, la economía de consumo depende de la producción de
consu-midores y los consumidores que hay que producir para el consumo
de produc-tos contra el miedo tienen que estar atemorizados y
asustados, al tiempo que esperanzados de que los peligros que tanto
temen puedan ser eliminados y de que ellos mismos sean capaces de
hacerlo (con ayuda pagada de su bolsillo, claro está).


Reconfigurar y dar un enfoque nuevo a los miedos nacidos de la inse-
guridad social global para convertirlos en preocupaciones locales por
la seguridad personal parece ser la estrategia más eficaz y,
prácticamente, infalible; cuando se aplica sistemáticamente, reporta
grandes beneficios con relativamente muy pocos riesgos asociados.


1.1. La localización de la inseguridad


Las preocupaciones locales por la seguridad ciudadana –centradas casi exclu-
sivamente en el riesgo de ser víctima de la delincuencia predativa y de la vio-
lencia interpersonal– han copado, en las dos últimas décadas, los primeros
puestos en las encuestas de opinión sobre las cuestiones que más preocupan a la
opinión pública y han obtenido el tratamiento más espectacular en los me-dios de
comunicación y, por consiguiente, también la prioridad en las agendas políticas
de los gobiernos, ya sean estatales, regionales o locales.

Sin embargo, nuestro competir, nuestra tendencia a pensar siempre en solu-ciones
mejores sin considerar siquiera la posibilidad de enfrentarnos a las cau-sas del
problema para eliminarlo (Panikkar, 2002) relega, con demasiada fre-cuencia, el
análisis del problema y, por consiguiente, su debida comprensión. Esto ocurre
hasta el punto que, en la práctica, el llamado problema de la inse-guridad
ciudadana se ha convertido en uno de los recursos más usados, cuan-do no en el
principal, en las batallas políticas (por los votos) y mediáticas (por las
audiencias), sin excluir la demagogia más descarnada. De manera que se hace
difícil, cuando no simplemente imposible, el debate informado y sereno sobre las
dimensiones del problema, sus causas y, sobre todo, las soluciones realmente
disponibles. Los efectos de esta carencia injustificable, lejos de cons-tituir
una simple anomalía técnica, adquieren una relevancia política colosal.

El caso de Sao Paulo

Brasil es considerado como uno de los países más violentos del mundo y Sao Paulo, una de
las capitales más violentas de América Latina. El indicador principal que permite sostener
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este dudoso privilegio, como es sabido, es la tasa de homicidios consumados: 57 por cada
100 mil habitantes, en 2001, en la ciudad de Sao Paulo (20 millones de habitantes).

Sobre la base de ese dato, juntamente con la tasa de robos (995 por cada 100 mil habi-
tantes, en 2002), se sustenta, en buena medida, la creencia colectiva generalizada que
afirma que las víctimas predilectas de los homicidios son los miembros de los sectores más
acomodados de la población, principalmente de sexo femenino, la causa principal los
atracos con violencia y el perfil del homicida un desconocido.

No puede sorprender, pues, la reacción de los sectores sociales afectados: la inseguridad ante el
delito se constituye en problema social de primer orden; se intensifica la segrega-ción urbana
entre barrios acomodados (fortificados) y barrios excluidos; la obsesión por la seguridad acapara
el primer lugar en la agenda política y, consecuentemente, surge el fenómeno de políticos que
construyen su carrera sobre la base de la promesa de ser duros contra los delincuentes; la
industria privada de la seguridad progresa de una forma inau-dita; y los medios de comunicación
dedican una atención sistemática a todos aquellos hechos que vienen a confirmar el imaginario
colectivo sustentado en el miedo al delito.

Sin embargo, un estudio de los homicidios consumados en 2001 (57 por cada 100 mil
habitantes) vino a desvelar una realidad bien distinta a la configurada por el
imaginario colectivo: el 93% de las víctimas son hombres pertenecientes a las capas
sociales más bajas; la mitad de esos homicidios ocurren durante los fines de semana
y, en más de la mitad de esos casos, la víctima había ingerido una cantidad
sustancial de alcohol o de estupefacientes.

De manera que, ni las clases acomodadas son las víctimas predilectas de los homicidios, ni
son las mujeres las más vulnerables, ni son perpetrados por desconocidos, ni están
asociados a la comisión de un robo (Sabadell y Dimoulis, 2006). Es decir, todo el edificio
construido sobre la base del mito del rico como víctima de la criminalidad callejera de-
bería venirse abajo de no ser por la inusitada fortaleza que muestran las creencias –espe-
cialmente cuando están forjadas en el miedo, alimentadas por intereses económicos co-
losales, magnificadas por los medios de comunicación y manipuladas por la demagogia
política–, ante las pruebas que pretenden, en vano, desmentirlas.

Ya sea como resultado de la existencia de importantes intereses (corporativos,
políticos y económicos) vinculados directamente a la existencia de unos nive-les
sostenidos de inseguridad ciudadana, o bien como consecuencia de la pre-
disposición psicosocial a descargar las ansiedades difusas y acumuladas sobre un
objeto visible, cercano y fácilmente alcanzable (efecto del chivo expiato-rio),
o aún con una mayor probabilidad, como la sinergia perversa de ambos factores
(es decir, la conjunción entre los intereses creados en la inseguridad y la
necesidad psicosocial de descargar la ansiedad acumulada), la cuestión es que el
llamado problema de la inseguridad ciudadana constituye, ante todo, un problema
mal formulado y los problemas mal formulados, como es bien sabido, no tienen
solución. Entonces, advertir que nos estamos enfrentando (inútilmente, pues) a
un problema mal formulado se convierte en la condi-ción previa y del todo
necesaria para poder hallar el camino de salida de este auténtico cul de sac.


A mi entender, las razones principales que explican este
despropósito (sólo en apariencia) son dos.

• En primer lugar, como hemos visto, el problema de la inseguridad
ciuda-dana se construye –debido a la falta de compromiso económico
y social por parte del Estado (Wacquant, 2006)– desgajando una
parte específica de las preocupaciones por la seguridad (la
inseguridad ciudadana, que se materializa en la esfera local) del
resto (la inseguridad social, que se genera a escala global).
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• En segundo lugar, la formulación del problema de la inseguridad ciudada-na
se sustenta en la confusión (en buena parte interesada) entre la dimen-sión
objetiva (la probabilidad de ser víctima de una agresión personal) y la
dimensión subjetiva (el temor difuso a la delincuencia); de manera que, sin
apenas necesidad de distinguir entre el riesgo real y el percibido –que, a
pesar de sus evidentes interconexiones, aparecen claramente diferencia-dos–,
las demandas de seguridad (la solicitud, por parte de los ciudadanos, de
servicios de protección ya sean públicos o bien privados) se apoyan en un
temor difuso a la delincuencia que, a pesar de contener el riesgo real a ser
víctima de una agresión, adquiere vida propia al margen de la evolu-ción
real de los índices de delincuencia.


Sin un incremento real de la actividad delictiva, la percepción
de inse-guridad no parece aumentar significativamente. Sin
embargo, una vez que la victimización incrementa la sensación de
inseguridad, ésta ad-quiere una dinámica autónoma y diferenciada
en la que pueden inter-venir muchos más elementos que,
únicamente, la expansión real de la delincuencia.


En una encuesta Gallup de 1998 se reveló que la violencia homicida seguía
ocupando el primer lugar entre las preocupaciones de los norteamericanos, a
pesar del descenso sostenido de las tasas de criminalidad en los últimos años
(Body-Gendrot, 2001). Cabe, pues, insistir en la aparente obviedad: una cosa es
el hecho (dimensión objetiva) y otra la percepción (dimensión subjetiva).

1.2. Inseguridad objetiva e inseguridad subjetiva


La dimensión objetiva del fenómeno de la inseguridad ciudadana se basa en la
probabilidad estadística que tienen las personas de ser víctima de alguno o de
varios tipos de delito, es decir en el riesgo real. De este modo, puede ha-
blarse, en puridad, de la existencia de una vulnerabilidad –es decir una exposi-
ción al peligro– que no siempre ni necesariamente se corresponde con nuestro
temor a la delincuencia (basado en el riesgo percibido).

A diferencia de lo que ocurre en la dimensión objetiva del fenómeno de la in-
seguridad ciudadana, lo que prevalece en la dimensión subjetiva es el temor a la
delincuencia, es decir el riesgo percibido. Este temor a la delincuencia puede
presentarse, por un lado, en una relación razonable entre el miedo que
experimenta el ciudadano y su nivel de exposición cierta y directa a una o di-
versas formas concretas de agresión delictiva, es decir, como temor a un riesgo
real, pero, por otro lado, también como un miedo difuso a la delincuencia que no
necesariamente se corresponde con el riesgo real al que se halla expuesto el
ciudadano que experimenta esta inseguridad. Tanto en un caso como en el
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otro, aunque el malestar en el sujeto que experimenta alguna de estas
formas de temor resulta evidente y, en muchos casos, traumático, no se
trata, de nin-guna manera, de una distinción intranscendente.

• La primera vertiente de la inseguridad –el temor a un riesgo real–
se en-tiende sin una mayor dificultad: la alerta instintiva que nos
anticipa un peligro inmediato para nuestra integridad (en una
función vital equipara-ble a la que cumple el dolor), en la medida
que nos dicta acciones inme-diatas y apropiadas de prudencia,
constituye un elemento imprescindible para nuestra supervivencia.

"En el sentido estricto y restringido del término, el miedo (individual) es una emoción-
choque, frecuentemente precedida de sorpresa, provocada por la toma de conciencia de un
peligro presente y agobiante que, según creemos, amenaza nuestra conservación. (...)
Manifestación exterior y experiencia interior a la vez, la emoción de miedo libera, por
tanto, una energía inhabitual y la difunde por todo el organismo. Esta descarga es en sí
una reacción utilitaria de legítima defensa, pero que el individuo, sobre todo bajo el
efecto de las repetidas agresiones de nuestra época, no siempre emplea en el momen-to
oportuno. (...) Los comportamientos multitudinarios exageran, complican y transfor-man las
desmesuras individuales. Entran, en efecto, en juego factores de agravamiento. El pánico
(...) será tanto más fuerte cuanto más débil sea la cohesión psicológica entre las
personas dominadas por el miedo. (...) El miedo tiene un objeto determinado al que se
puede hacer frente. La angustia no lo tiene y se vive como una espera dolorosa ante un
peligro tanto más temible cuanto no está claramente identificado: es un sentimiento global
de inseguridad. Por eso es más difícil de soportar que el miedo. (...) La angustia,
fenómeno natural en el hombre, motor de su evolución, es positiva cuando prevé ame-nazas
que, no por ser todavía imprecisas, son menos reales. Estimula entonces la movili-zación
del ser. Pero una aprensión demasiado prolongada también puede crear un estado de
desorientación y de inadaptación, una ceguera afectiva, una proliferación peligrosa de lo
imaginario, desencadenar un mecanismo involutivo por la instalación de un clima interior
de inseguridad."
Jean Delumeau (2002)

• Por el contrario, la segunda vertiente de la inseguridad –ese miedo difu-so
a la delincuencia que no se corresponde con el riesgo real– depende de un
esquema explicativo más complejo. Y es que el hecho de anunciar públicamente
esta preocupación por el problema de la inseguridad ciuda-dana forma parte
de una estructura ideológica muy estable, que incluye también otros
elementos como la adhesión al mantenimiento o el resta-blecimiento de la
pena de muerte, así como el sentimiento de un exceso de inmigrantes,
inquietud por el orden o por lo menos preocupación por el desorden,
reivindicación punitiva, xenofobia, o, por lo menos, miedo a perder la
identidad colectiva (Robert, 2003).

No es raro, pues, que quienes más experimentan esta sensación de inseguri-dad
ciudadana no sean, necesariamente, aquellos sectores sociales que se ha-llan más
directamente expuestos al riesgo real a la agresión personal, sino aquellos que
no disponen ni de los recursos ni de la expectativa de tiempo de vida requeridos
para adaptarse a los vertiginosos cambios económicos, so-ciales y culturales que
sacuden la denominada era de la globalización. Así se explica que en la
configuración de este sentimiento de inseguridad aparezcan
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mezclados, con el miedo difuso a la delincuencia, otros temores
(propios, en definitiva, de la inseguridad social global) que nada
tienen que ver con el riesgo real para la seguridad personal.

En cualquier caso, resulta indudable que el problema de la inseguridad ha ad-
quirido una importancia crucial en la agenda de las cuestiones que más preo-
cupan a la ciudadanía y, por consiguiente, contribuye decisivamente a alimen-tar
el clima de incertidumbre y malestar que perturba, en las últimas décadas, la
vida social de nuestras sociedades. Más grave aún: la persistencia de este clima
de incertidumbre, asociado con mayor o menor razón, a la existencia de unos
altos niveles de delincuencia, parece reflejar –a los ojos de los ciuda-danos–
ya sea una falta de voluntad de acometer el problema o, peor quizás, una
incapacidad para hacerlo. De manera que la extensión de los signos de desorden
social lleva a los individuos a sentirse en riesgo (real o percibido) en el
territorio en el que viven e, incluso, a tomar medidas particulares con el fin
de protegerlo.

Llegados a este punto, parece operar un doble mecanismo de adaptación:

• Por una parte, los sectores sociales que disponen de recursos para
hacerlo abandonan los lugares que amenazan con entrar en la espiral
del desorden social y el declive urbano (Skogan, 1990).

• Por otra parte, entre los sectores que no disponen de esa capacidad, el
crecimiento del sentimiento de inseguridad alimenta no sólo las quejas
sino también las actitudes y las reacciones punitivas.

El desarrollo de los sentimientos de seguridad o bien de inseguridad en una
persona respondería pues, básicamente, a su posición social o, mejor dicho,
a su nivel de vulnerabilidad ante la inseguridad social global.

En el estadio actual del proceso de globalización, como observa
Hebberecht (2003), la población se divide en tres partes:

• Una parte competitiva (un 40% aproximadamente). El sector de pobla-ción que
mantiene una posición competitiva en la economía global tiene la posibilidad
de desplegar nuevas formas de relacionarse socialmente, se siente muy
identificado con la nueva cultura global; en el plano ideoló-gico, está muy
influido por la moral neoliberal y se siente políticamente integrado. Esta
parte competitiva experimenta, como regla general y en diferentes planos,
sentimientos de seguridad y raramente sentimientos de inseguridad y,
asimismo, puede obtener protección, tanto ante los efectos negativos de la
globalización como ante los delitos que éstos generan, al comprar en el
mercado privado de seguridad. Por ello, percibe los delitos como riesgos que
se pueden controlar.
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• Una parte amenazada con la marginación (un 30%). Otra parte de la po-blación
se halla en una posición amenazada por la marginación económi-ca y también
por la social, cultural, política e ideológica. Ésta experimenta, en
diferentes planos, sentimientos de inseguridad y afronta los efectos ne-
gativos de la globalización con una creciente sensación de vulnerabilidad
ante diversos tipos de delitos. Sus sentimientos de inseguridad respecto a
su posición económica, social y política vienen provocados por estos dife-
rentes tipos de delincuencia. Esta parte de la población se siente abando-
nada por el Estado y, en concreto, por la policía y la justicia, que ya no
le pueden garantizar la seguridad ante la delincuencia

"Casi todos añoran seguridades pasadas, claman por atajos que les
permitan sentirse me-nos inseguros y buscan en la autoridad y la policía
respuestas que sólo de manera colec-tiva y paciente podremos conseguir."
Subirats (2007)

• Una parte marginada (un 30%). Finalmente, la tercera parte de la
pobla-ción se halla marginada y excluida en los planos económico,
social, cul-tural y político. Este tercer sector es el que recibe
el mayor impacto de los efectos negativos de la globalización.
Además, una parte de esta población resulta aún más marginada por
la intervención de la policía y de la justicia penal.

A pesar de ello, la demanda de seguridad constituye una cuestión social que no
puede, finalmente, ser reducida a la mera agregación de experiencias indi-
viduales o grupales y que, por consiguiente, requiere una respuesta política –en
el contexto de una gestión integrada de la ciudad y de sus disfunciones; lo cual
nos corresponderá examinar más adelante– que sea capaz de trascender las
respuestas meramente técnicas y represivas (Chalom y Léonard, 2001).

Llegados a este punto, todo indica pues que las demandas de seguridad, en
nuestra sociedad, se configuran a partir del riesgo percibido de la delincuencia
considerada como un todo indiferenciado –más que en función del riesgo real de
ser víctima de un tipo específico de agresión–, prioritariamente, por parte de
aquel sector de la población que se halla amenazado por la marginación económica
y también por la social, cultural, política y ideológica.

Tipologías de la delincuencia

Al hablar de delincuencia, inevitablemente, incurrimos en una generalización poco es-
clarecedora. No hay duda de que poco tienen que ver los homicidios (si es que tiene algún
sentido explicativo juntar en una misma categoría los ajustes de cuentas de la cri-
minalidad organizada y los crímenes pasionales) con los robos en automóviles: ni en las
causas que los originan, ni en los efectos que se derivan de cada uno de ellos, ni
tampoco, por consiguiente, en las correspondientes estrategias de prevención (situacional
o bien social). Por lo tanto, puede ser de utilidad distinguir, como hace Robert, entre
las depre-daciones (conjunto de robos y hurtos que se caracterizan, en la mayor parte de
los casos, por la ausencia de enfrentamientos entre autor y víctima y que amenazan a todos
por igual) y la violencia física (Robert, 2003). La distinción resulta relevante,
especialmente, porque las instituciones penales parecen interesarse cada vez más por las
agresiones que por las depredaciones.
© FUOC • P08/930377/00001 16 La inseguridad ciudadana

Esto explica que las políticas públicas se orienten, prioritariamente, a respon-
der a las demandas de seguridad de una población atemorizada (políticas de
seguridad) más que a desactivar los distintos conflictos que se hallan en el
origen de las diferentes manifestaciones de delincuencia (políticas sociales).

El círculo vicioso está servido: conflictos desatendidos que generan
inseguri-dad en los sectores sociales más vulnerables; demandas de
seguridad que res-ponden al riesgo percibido antes que al riesgo real;
políticas de seguridad que pretenden tranquilizar a la población
atemorizada sin modificar las condicio-nes de producción de estos
temores; y, por consiguiente, inseguridad cronifi-cada.

1.3. Indicadores de la inseguridad ciudadana


El problema de la inseguridad ciudadana resulta indisociable de la ausencia
generalizada de indicadores fiables que permitan dimensionar correctamente las
distintas formas de delincuencia y de violencia, seguir su evolución com-
parándola con la de otras ciudades, países o regiones y, finalmente, medir el
impacto real de las distintas políticas de seguridad. Entonces, la necesidad de
disponer de indicadores fiables
1
de la evolución de la delincuencia y la inse-
guridad, más que un reto exclusivamente metodológico, se ha convertido ya en una
exigencia política de primer orden.

En la actualidad se dispone, como describe Torrente (2007), de tres
fuentes de información para dimensionar los riesgos para la seguridad
ciudadana que afectan a una comunidad: los controladores (policía,
tribunales, inspecciones, etc.), las víctimas y los transgresores.

• Los controladores ofrecen, claro está, exclusivamente datos
relativos a los problemas que gestionan y normalmente se
trata de cifras sobre infraccio-nes o delitos procesados.

• Las víctimas pueden relatar sus experiencias, sus temores y
sus demandas de seguridad; ofrecen, por tanto, un abanico
de datos acerca de la insegu-ridad tal y como es vivida.

• Finalmente, los transgresores y los delincuentes pueden hablar
de sus ac-tividades, visiones e intenciones; siempre, claro
está, tratándose de trans-gresiones o delitos reconocidos.

Para recoger datos de cada una de ellas se puede recurrir a
distintas técnicas. Entre las más comunes, respectivamente,
podemos encontrar las estadísticas policiales y judiciales, las
encuestas de victimización y las encuestas de autoin-culpación.























(1)
Se considera fiable un indicador
cuando la medida utilizada es in-
tersubjetiva y reproducible, lo que
significa que la medición debe po-der
ser repetida, incluso por perso-nas
distintas, y producir el mismo
resultado.
© FUOC • P08/930377/00001 17 La inseguridad ciudadana

Encuestas de victimización

En estos estudios se trata, básicamente, de entrevistar a una muestra representativa de la
población acerca de sus experiencias de victimización y opiniones en materia de seguri-dad
ciudadana, ya que las técnicas de encuesta permiten inferir, con un margen de error
conocido, los valores correspondientes para el conjunto de la población. Las encuestas de
victimización facilitan: la cuantificación de los ilícitos a partir de las experiencias de
los ciudadanos, el estudio de las experiencias de victimización no denunciadas, los
cambios de comportamiento o de opinión inducidos por la victimización, la valoración de
los servicios públicos de seguridad, el estudio de los sentimientos de inseguridad, la
opinión ciudadana sobre las causas de la delincuencia y las medidas aplicables y las
correlaciones sociodemográficas de todas estas variables.

Encuestas de autoinculpación

En las encuestas de autoinculpación los participantes explican a un entrevistador, anó-
nimamente y como respuesta a un cuestionario cuantitativo, los actos delictivos que han
cometido. Dado que estas condiciones de anonimato no les hacen incurrir en riesgo al
desvelar sus comportamientos ilegales, se considera que son mucho más sinceros que ante un
policía o bien un juez. Este método, iniciado a mediados del siglo XX y utilizado
principalmente con los adolescentes escolarizados (aunque sea utilizado, también, con
estudiantes universitarios e incluso con adultos), permite comparar la frecuencia de los
delitos en diversos medios sociales y, por consiguiente, se ha convertido actualmente en
uno de los métodos principales de investigación criminológica de ámbito internacional.

Por supuesto, cada una de las fuentes y las técnicas empleadas, en
tanto que miden cosas distintas, presenta sus propias limitaciones.

• Así, más de la mitad de los ilícitos penales no se denuncian y las
senten-cias condenatorias posiblemente no lleguen siquiera al 8% de
las denun-cias; además, las estadísticas policiales tienden a
sobrerrepresentar delitos de calle –en detrimento de los de cuello
blanco– cometidos por jóvenes, hombres y de clase social baja.

• Por su parte, las encuestas de victimización encuentran dificultades para
captar los sucesos con víctima colectiva; pongamos por caso, los delitos
contra el medio ambiente, los cometidos por organizaciones y profesiones.

• Finalmente, las encuestas de autoinculpación presentan
problemas graves de no respuesta.

En su conjunto, las distintas fuentes tienden a sobrerrepresentar las infraccio-
nes y los delitos cometidos en la vía pública y a infrarrepresentar los demás,
por lo que no existe una fuente ni una técnica ideal para evaluar la seguridad
ciudadana. Por esta razón, tanto los sociólogos como los criminólogos acos-
tumbran a utilizar, en sus análisis, diversas fuentes.

Sin embargo, las encuestas de victimización son, aun con las limitaciones se-
ñaladas, la técnica que ofrece una visión más cercana a la realidad de la po-
blación y por eso tienden a ser utilizadas como base de los indicadores de in-
seguridad subjetiva, es decir, para medir el riesgo percibido.
© FUOC • P08/930377/00001 18 La inseguridad ciudadana

Una dificultad añadida en el análisis de la inseguridad ciudadana
radica no sólo en la falta de indicadores adecuados (como ya hemos
dicho), sino tam-bién en sus propias limitaciones, dado que su
elección siempre implica una selección y, por consiguiente, no
puede quedar exenta de controversias teóri-cas y políticas.

A pesar de todas esas limitaciones, por otra parte inevitables, cabe entender que la
tarea prioritaria consiste en reformular la problemática de la inseguridad ciudadana
(asociada exclusivamente al peligro de la criminalidad callejera), en el contexto de la
inseguridad social global, en unos términos que hagan posible afrontarla sin costes
insostenibles para la libertad y la justicia.

"Sólo si se saben explicar los miedos sociales se podrán implementar políticas y acciones
colectivas destinadas a satisfacer lo que tienen de legítimo y a destruir todo lo que pue-
dan contener de autoritarismo e intolerancia. Hay que reducir los miedos a sus mínimas
expresiones o a lo más misterioso y profundo. De no hacerse así, los miedos demasiado
explícitos o las demandas de orden muy urgentes harán desaparecer las libertades."
Borja (2003)
© FUOC • P08/930377/00001 19 La inseguridad ciudadana

2. Seguridad, territorio y población






El estudio de la sensación de inseguridad (riesgo percibido) resulta funda-
mental, como hemos visto, para el análisis de la inseguridad ciudadana y,
para dicho estudio, la estructura social y el territorio constituyen dos
dimensiones básicas, dado que inciden en la distribución desigual de esta
dimensión sub-jetiva del fenómeno entre la población.


La construcción del fenómeno de la seguridad ciudadana no se
relaciona sólo con el riesgo real que experimenta la población
de ser víctima de la delincuencia, sino que depende de muchos
otros factores. De entre estos factores de riesgo, uno de los
más importantes es la posición social de los individuos, que los
hace más o menos vulnerables ante la inseguridad social.


La necesidad de seguridad ciudadana se agudiza en aquellos grupos con una
situación social más vulnerable, que experimentan una mayor sensación de
inseguridad en todos los ámbitos de la vida y que disponen de menos
recursos para afrontar los riesgos. En cambio, las personas dotadas de
mayores protec-ciones otorgan una menor importancia a la seguridad
ciudadana. Se trata de la población que disfruta de una posición
competitiva en la economía global, está políticamente integrada, tiene
capacidad para desplegar nuevas formas de relación social y es consciente
de que dispone de recursos suficientes para controlar los riesgos.

En cuanto respecta al territorio, las ciudades y sus barrios son mucho más
que simples estructuras urbanas, dado que allí es donde se desarrollan las
relacio-nes sociales de los ciudadanos, se materializan los aspectos
positivos y negati-vos de la convivencia y también son el lugar en el que
se plasman los temores y las seguridades de la población.


La percepción de inseguridad en los barrios acostumbra a ser
menor que en la ciudad, lo que se explica por el hecho que el
barrio es el espacio próximo y conocido, en tanto que la
ciudad es vivida como más lejana y desconocida.


Los dos argumentos principales que confieren seguridad o inseguridad a un
espacio son el lugar en sí y las personas que lo frecuentan. Ambos factores
se traducen en una única variable: el uso social del espacio, elemento
básico para explicar el riesgo percibido en los distintos territorios.
© FUOC • P08/930377/00001 20 La inseguridad ciudadana

Otro factor que puede incidir en la percepción de inseguridad en el espacio
público es el incivismo porque la estructura de relaciones y la convivencia
en el propio barrio es uno de los ámbitos privilegiados de la búsqueda de
seguri-dades. El incivismo es, además, un factor que interviene en la
percepción de inseguridad ciudadana a través del deterioro de los espacios
públicos que sue-le conllevar. Aunque, como ya vimos, el problema del
incivismo pueda tam-bién quedar reducido a mero chivo expiatorio de un
problema mayor y más inquietante: la inseguridad ciudadana.

2.1. El caso Barcelona


En la bibliografía especializada, la apelación al caso Barcelona se ha
converti-do ya en un recurso habitual cuando se trata la evolución del
fenómeno de la inseguridad ciudadana en las sociedades industrializadas en
el último cuarto del siglo XX y, asimismo, cuando se buscan referentes
(buenas prácticas) que ilustren un proceso pionero de aplicación de nuevas
políticas públicas (estra-tegias comunitarias) de control del delito.

Dos elementos deberían resultar cruciales para que, finalmente, el
caso Barce-lona adquiriera esta significación especial:

• La creación, a finales de 1983, de la Comisión Técnica de
Seguridad Urba-na (Comisión Socías), que presentó su informe
final a mediados de 1985 (Ayuntamiento de Barcelona, 1986).

• La implantación –a partir de 1984 y con sucesivas ediciones anuales hasta la
fecha– de la Encuesta de victimización de Barcelona y que posteriormen-te se
ampliaría, primero, al Área Metropolitana de Barcelona y, después, al resto
de Cataluña con la Encuesta de seguridad pública de Cataluña.

El término municipal de Barcelona, en la actualidad, es una realidad
adminis-trativa más que social. El modelo de crecimiento caracterizado por
la elevada concentración de población –la densidad de la ciudad es de
15.842 hab./km
2
– y de actividades y servicios ha perdido protagonismo en
los últimos años, de-bido sobre todo a los cambios demográficos (el
envejecimiento de la pobla-ción y los flujos migratorios) y económicos
(economía de servicios y encare-cimiento de la vida).

El nuevo modelo de crecimiento es el de la ciudad dispersa, debido especial-
mente a la urbanización de las periferias metropolitanas. Se trata de crecimien-
tos urbanos que han implicado un elevado consumo de territorio, han frag-mentado
los usos del suelo (especialización y fragmentación) y han contribui-do a la
aparición de espacios de novísima centralidad. Barcelona se ha conver-tido así
en un municipio más –aunque, ciertamente, de muchísima importan-cia– en el seno
de una densa trama de relaciones y de movilidades, que afectan al conjunto de la
población metropolitana.
© FUOC • P08/930377/00001 21 La inseguridad ciudadana

La extensión de los distintos tipos de delincuencia (riesgo real) y la
percepción de inseguridad (riesgo percibido) pueden asociarse a las diferencias
sociales y de localización espacial de ambas dimensiones del fenómeno de la
inseguri-dad ciudadana. Por esta razón, la perspectiva metodológica de la
Encuesta de victimización del Área Metropolitana de Barcelona (a partir de ahora
EVAMB) –que viene realizándose anualmente desde el año 1990, cuando se decidió
am-pliar la Encuesta de victimización de Barcelona iniciada en 1984)– consiste
en estudiar tanto el riesgo real como el riesgo percibido precisamente con un
tra-tamiento analítico que evite la denominada falacia ecológica, que consiste
en examinar el territorio como si éste formara un todo homogéneo. El territorio
no es, por supuesto, una realidad homogénea; muy al contrario, resulta una
estructura compleja que presenta diferencias bien significativas que pueden
incidir en la distribución diferencial del riesgo real y del riesgo percibido.

La actividad delictiva se produce en un territorio concreto; también las vícti-
mas viven en un territorio específico. Actualmente, la EVAMB se realiza en un
total de 31 municipios del Área Metropolitana de Barcelona (a partir de ahora
AMB), si bien cada uno de ellos con un desigual peso de población que afec-ta,
lógicamente, a la distribución de la muestra. Así pues, los análisis se reali-
zan para un total de diecinueve territorios, que incluyen los diez distritos de
Barcelona, los municipios con más población de la AMB (L'Hospitalet de Llo-
bregat, Badalona, Santa Coloma de Gramanet, Cornellà, Sant Boi y El Prat de
Llobregat). El resto de municipios se han agrupado en función de su tamaño de
población (municipios de más de 50.000 habitantes, municipios de entre 25.000 y
50.000 habitantes y municipios de menos de 25.000 habitantes).

Se trata de un total de 19 unidades territoriales que presentan diferencias muy
significativas en lo concerniente a las condiciones de vida de su población. Por
esta razón, coincidiendo con la quinta edición de la Encuesta de condiciones de
vida y hábitos de la población de Cataluña 2006 (a partir de ahora ECV-HPC), el
Instituto de Estudios Regionales y Metropolitanos de Barcelona (a partir de
ahora IERMB) realizó un análisis específico de estos territorios, consi-derando
diferencias significativas en función de diferentes factores socioeco-nómicos y
de habitabilidad. Los resultados de este análisis permiten distinguir, en cuanto
a los territorios, cuatro grupos diferenciados:

1) Un primer grupo de territorios se caracteriza por un nivel elevado de pre-
cariedad laboral (tanto por lo que se refiere a la temporalidad como al ti-
po de contratación) y un alto porcentaje de población que afirma haber
sufrido dificultades económicas en los últimos años. Asimismo, aunque la
mayoría de sus vecinos afirman disponer de un nivel adecuado de infraes-
tructuras y equipamientos, las valoraciones sobre su estado de conserva-ción
son bajas. Forman parte de estos territorios el distrito barcelonés de
Ciutat Vella y el municipio de Santa Coloma de Gramanet.

2) El segundo grupo reúne a los grandes municipios de la AMB y está carac-
terizado por unas condiciones de habitabilidad medias. En este grupo en-
© FUOC • P08/930377/00001 22 La inseguridad ciudadana

contramos el distrito de Nou Barris, así como los municipios de
Badalona, L'Hospitalet de Llobregat y Cornellà.

3) El tercer grupo incluye a la mayoría de los distritos barceloneses, que son
los que parecen ofrecer unos mayores niveles de bienestar a sus habitan-tes.
Así, encontramos los distritos barceloneses de Sants-Montjuïc, Horta-
Guinardó y Gràcia, así como los distritos de Sant Andreu, Sant Martí, Ei-
xample, Les Corts y Sarrià-Sant Gervasi, que es donde sus habitantes ma-
nifiestan haber padecido dificultades económicas o laborales con menor
frecuencia y están entre los que afirman disponer de una dotación adecua-da
de infraestructuras y equipamientos.

4) Finalmente aparecen los municipios más pequeños de la AMB (que tam-bién son
los que resultan menos accesibles desde el centro metropolitano), así como
El Prat de Llobregat y Sant Boi de Llobregat. Se trata de munici-pios que
cuentan con un elevado porcentaje de viviendas relativamente nuevas y en los
que se percibe una baja densidad de servicios y equipa-mientos –aunque sí se
valora positivamente el estado de conservación de los existentes–, por lo
que resulta especialmente significativo que los ve-cinos de estos municipios
se encuentren entre los que afirman realizar la mayoría de las actividades
cotidianas fuera de su lugar de residencia (ya se trate de compras, visitas
médicas, ocio...).

Como puede verse, el modelo de crecimiento metropolitano introduce
impor-tantes diferencias en cuanto a la calidad de vida de sus
habitantes. Así, en un extremo, se halla la ciudad céntrica, bien
equipada y comunicada (aunque con sus propias contradicciones, como
ocurre, por ejemplo en Ciutat Vella) y la ciudad emergente de las
periferias (los municipios más pequeños, menos densamente poblados,
segregados y con insuficiencias en los equipamientos y los servicios).
© FUOC • P08/930377/00001 23 La inseguridad ciudadana

Los municipios de la AMB y los distritos de Barcelona


























2.2. La dimensión objetiva de la inseguridad ciudadana: el
riesgo real

Tal y como hemos visto en el apartado anterior, las encuestas
de victimiza-ción se aproximan al dimensionamiento de la
extensión de la delincuencia recogiendo las informaciones que
aportan las personas que la han sufrido: sus víctimas.

Por tanto, a diferencia de otras fuentes de información (como los datos judi-
ciales, las encuestas de autoinculpación o las estadísticas policiales), es la
mis-ma población la que informa sobre las violencias interpersonales de la que
ha sido objeto y la que decide, en función del sufrimiento experimentado, cuáles
de estas agresiones deben considerarse delictivas y cuáles no.

De esta forma, las encuestas de victimización permiten aproximarse
al estudio de la dimensión objetiva de la inseguridad ciudadana
desde una doble pers-pectiva: la de las personas que han resultado
víctimas y la de los hechos delic-tivos que les han ocurrido.

2.2.1. Victimización y delincuencia



Las inseguridades objetivas de la población aparecen
básicamente vin-culadas a los hechos que conforman la llamada
delincuencia conven-cional o pequeña delincuencia.
© FUOC • P08/930377/00001 24 La inseguridad ciudadana

En el año 2006 el índice de victimización del AMB se situó en el 20%; lo que
significa que uno de cada cinco de sus habitantes padeció al menos un hecho
delictivo. Se trata de una victimización más elevada que la del conjunto de
Cataluña (16,9%), pero menor que la de la ciudad de Barcelona (21,1%).

Por consiguiente, en el AMB –y, específicamente, en la ciudad de Barcelona–
es donde se detecta una mayor proporción de personas víctimas de la
delincuen-cia y, además, es donde se producen más hechos delictivos. En
efecto, durante el año 2006 se registraron 29 hechos delictivos por cada
100 habitantes en la ciudad de Barcelona, 26 hechos delictivos en el AMB y
24 hechos delictivos en el conjunto de Cataluña.

Índice global de victimización e índice de hechos
delictivos (AMB, Barcelona y Cataluña, 2006)


























Fuente: ESPC y EVAMB (2007), IERMB

Hasta aquí nos hemos referido a la delincuencia en términos
globales, expre-sando a través de un único índice un conglomerado
de hechos o conductas de muy diversa naturaleza, que puede incluir
desde el hurto de bienes (delin-cuencia predativa) hasta las
violencias interpersonales (delincuencia expre-siva).

El elemento común a todas estas manifestaciones es el carácter delictivo que les
han atribuido las personas que las han sufrido, si bien se trata de acciones y
de relaciones suficientemente diferentes como para que pueda resultar útil es-
tablecer algún tipo de distinción entre ellas, tanto en términos metodológicos
de análisis como en términos sociales de diseño de políticas de prevención.
© FUOC • P08/930377/00001 25 La inseguridad ciudadana

Por esta razón, la EVAMB agrupa estas diferentes manifestaciones
delictivas en torno a categorías que abarcan sus correspondientes
ámbitos de vulnerabilidad ante la delincuencia:

1) El ámbito de la seguridad personal estudia todos aquellos hechos delictivos
que, por una parte, tienen como objetivo apropiarse de alguno de los bienes más
comunes y valiosos del equipo personal (el bolso, la cartera, el teléfono
móvil...) y, por otra parte, las agresiones dirigidas contra la integridad
física (violencia física) o moral (violencia simbólica) de las personas. Se
trata, por tanto, de hechos que pueden incorporar diferentes dosis de violencia,
dado que incluyen desde los hurtos en los que la víctima no se da cuenta de la
sustracción del bien hasta agresiones físicas y verbales, pasando por los
atracos y los tirones (por tanto con fuerza o con la amenaza su uso).

Los delitos contra la seguridad personal

En el ámbito de la seguridad personal, como hemos visto, es donde se produce la
mayor victimización en el AMB. Los hechos más frecuentes en dicho ámbito son el
robo del bolso o de la cartera (3,5%) y el robo del teléfono móvil (1,8%). Se
trata, por regla general, de acciones rápidas, furtivas, que rehúyen, en la medida
de lo posible, el contacto entre la víctima y el delincuente.

La apropiación de bienes mediante alguna dosis de violencia es menos frecuente. Más
concretamente, durante el año 2006, el 1,1% de la población del AMB fue víctima de un
tirón, un porcentaje muy similar al de las personas que fueron víctimas de un atraco.

La incidencia de las agresiones físicas (sin apropiación de bienes) y de las
amenazas ver-bales es menor. La violencia, a pesar de ser objeto de tan gran
preocupación pública, paradójicamente resulta excepcional, casi residual, en sus
expresiones delictivas hasta el punto que son más frecuentes las amenazas de uso de
la fuerza (1,1%) que su realización efectiva mediante agresiones físicas (0,5%).

Asimismo, el ámbito de la seguridad personal es el que genera unos menores costes
psi-cológicos entre la población afectada, dado que la cantidad de bienes que se
acostumbra a llevar encima es limitado, por lo que los daños económicos que causan
estos hechos son relativamente reducidos y raramente se denuncian.

Así, si bien el ámbito de la seguridad personal es el de mayor
extensión delictiva en el AMB, sus hechos son los menos conocidos
por la policía y en consecuencia por el sistema penal.

Así pues, es posible concluir que la mayor parte de las acciones delictivas que afectan a
la población metropolitana corresponden a la delincuencia predativa, es decir utilitaria,
que busca apropiarse de un bien de consumo semidurable u obtener un beneficio económico
sin violencia y con los menores costes posibles para el infractor.

Así, en términos generales, puede decirse que este tipo de delincuencia constituye
una estructura racional que funciona, aunque utilizando procedimientos ilegales,
con la mis-ma lógica que el resto de relaciones sociales utilitarias: se trata de
obtener el máximo beneficio con el menor coste posible.

En esa forma de delincuencia hay un objetivo (el beneficio económico), por lo que, nor-malmente,
se utilizan los medios que se consideran más apropiados. Esto se expresa en las sucesivas
elecciones a las que debe enfrentarse el delincuente, en lo que se refiere a la se-lección del
lugar, del horario o del modus operandi e incluso de las víctimas (Sabaté, 2005).

La mayoría de los delitos contra la seguridad personal ocurren en la vía pública, en lugares muy
concurridos (prácticamente un tercio de los delitos contra la seguridad personal se producen en
calles transitadas, el 19,8% en los transportes públicos de uso colectivo y el 12,7% en alguno de
los cada vez más frecuentados centros lúdicos y comerciales). En estos espacios transitados y
masificados se concentra una importante masa crítica de personas y de bienes y las posibilidades
de control social topan frecuentemente con dificultades –debido al anonimato que resulta de la
masificación–, por lo que el delincuente puede actuar con una relativa impunidad y, a su vez,
obtener economías de escala.
© FUOC • P08/930377/00001 26 La inseguridad ciudadana

Índice de victimización de los hechos contra la seguridad personal (AMB 2006)

Ámbito de la seguridad personal %

Índice de victimización de la seguridad personal 10,1

Robo del bolso o de la cartera (sin violencia) 3,5

Robo del teléfono móvil 1,8

Tirón 1,1

Amenazas 1,1

Atraco 1,0

Intento de atraco 1,0

Intento de robo del bolso 0,9

Agresiones físicas 0,5

Intento de tirón 0,4

Intento de agresión física 0,4

Intento de robo del teléfono móvil 0,2

Fuente: EVAMB (2007), IERMB

Localización de los delitos contra la seguridad personal (AMB 2006)















Fuente: EVAMB (2007), IERMB

2) En las últimas décadas el parque de vehículos de uso privado se ha
incre-mentado de forma espectacular. Asimismo, en este mismo periodo
los vehícu-los se han convertido en uno de los ámbitos preferentes de
la actividad delicti-va. Así, en el ámbito de los vehículos se
incluyen tanto los robos de vehículos como el robo en los mismos (robo
de accesorios o de los objetos personales depositados en su interior).

Los delitos contra los vehículos

El índice de victimización de los vehículos constituye el segundo más elevado del
AMB, si bien los hechos más frecuentes en dicho ámbito son los que revisten una
menor gra-vedad: el robo de objetos en el interior del vehículo (3,7%) y el robo de
accesorios del automóvil (2,7%). Por consiguiente, hay un predominio de las formas
predativas de la delincuencia, que se llevan a cabo mediante acciones rápidas y
relativamente sencillas, que buscan apropiarse no tanto de los vehículos en sí como
de los cada vez más nume-rosos bienes de consumo con los que se revisten.
© FUOC • P08/930377/00001 27 La inseguridad ciudadana

Los robos de vehículos (del vehículo en sí) resultan menos frecuentes, en gran
medida debido a que estas acciones se encuentran, normalmente, con dificultades
operativas (por ejemplo, cuando se trata de reintegrar estos productos al mercado,
lo que frecuentemente requiere la participación de la criminalidad organizada).

Una muestra de estas dificultades la hallamos en el hecho que los intentos de robo de
vehículos (que afectan al 1,4% de la población metropolitana) superan a los robos con-
sumados (el índice de victimización por robo de automóvil es de 0,4% y de 0,3% para el
robo de motos). Por lo tanto, existe una primacía de las depredaciones de los bienes de
consumo asociados a los vehículos más que sobre los propios vehículos. De este modo, los
costes económicos que suponen para las víctimas no se hallan entre los más altos, como
tampoco lo están los daños psicológicos que este tipo de hechos delictivos les provocan.

Índice de victimización de los delitos contra los vehículos (AMB 2006)

Ámbito de los vehículos %

Índice de victimización de los vehículos 7,9

Robo de objetos del interior del vehículo 3,7

Robo de accesorios del vehículo 2,7

Intento de robo del vehículo 1,4

Robo del coche 0,4

Robo de otros vehículos 0,3

Robo de la moto 0,3

Fuente: EVAMB (2007), IERMB

3) La encuesta estudia también la delincuencia que afecta a
los comercios, en particular los robos y los atracos, tanto
los consumados como los que quedan en intento.

Los delitos contra los comercios

Los comercios constituyen un ámbito central en la vida cotidiana de la seguridad
ciuda-dana, dado que su particular ubicación en el entramado de las relaciones
sociales, espe-cialmente en ciertos barrios, los convierte en auténticas cajas de
resonancia de la insegu-ridad objetiva; tanto más cuanto se trata de uno de los
ámbitos prioritarios de la actividad delictiva, puesto que los comercios –debido a
la concentración de bienes de consumo semidurables que concentran– resultan un
objetivo muy rentable para la delincuencia predativa. Este hecho explica que, en
contrapartida, estos establecimientos acostumbren a estar especialmente protegidos.

El índice de victimización de los comercios es relativamente bajo: en el
año 2006 se situó en el 0,8%, dato lógico si se considera que sólo una
pequeña parte de la población es propietaria de un comercio.

Asimismo, se trata de un ámbito que ofrece un alto riesgo estructural (los comercios
trabajan de cara al público, están abiertos durante todo el día, su emplazamiento es fijo,
etc.), por lo que las medidas de seguridad son de una eficacia relativa.

De este modo, los robos y los atracos consumados llegan a triplicar, en este ámbito delic-
tivo, a los intentos (0,3% frente a 0,1%), lo que explica que las pérdidas económicas para
sus propietarios acostumbren a ser muy elevadas (en el año 2006, el coste económico medio
de los hechos delictivos contra los comercios fue de 3.781 €).

Estos riesgos, por regla general, están cubiertos por una póliza de seguro, de
manera que el índice de denuncia en este ámbito resulta bastante alto: se
denuncian, aproximadamente, el 80% de los hechos delictivos contra los comercios.
© FUOC • P08/930377/00001 28 La inseguridad ciudadana

Índice de victimización de los delitos contra los comercios (AMB 2006)













Fuente: EVAMB (2007), IERMB

4) El ámbito de los domicilios y el de las segundas residencias agrupa
los robos en estas viviendas, tanto los consumados como los intentos.

Los delitos contra los domicilios

La vivienda constituye un bien de consumo que, debido a su elevado coste,
acostumbra a ser el elemento central del patrimonio de la mayoría de personas.
Asimismo, es objeto de inversiones económicas, en trabajo, en tiempo y en afectos,
especialmente importan-tes. Como el domicilio es algo más que un espacio físico,
remite invariablemente a las personas que en él habitan. El domicilio es el bien
más vinculado a la intimidad de los individuos, la frontera que (al menos
simbólicamente) nos preserva del exterior y de sus amenazas, por lo que las
agresiones sufridas en este ámbito producen el mayor impacto emocional entre sus
víctimas y pueden llegar a ser vividas con unas grandes dosis de crispación.

El riesgo real de robo en domicilios constituye, pues, uno de los factores de inseguridad
objetiva que más influyen en el riesgo percibido de inseguridad ciudadana, incluso a pesar
de que el volumen de la actividad delictiva en este ámbito es relativamente bajo (en 2006
afectó solamente a dos de cada cien vecinos del AMB).

Una muestra de la importancia que este ámbito tiene en la percepción de la
(in)seguridad resulta del elevado número de personas que se autodefinen como
víctimas de un intento de robo en el domicilio (1,1%), que llega a sobrepasar
al de las personas afectadas por robos consumados (0,8%).

En todo caso, independientemente de si los intentos terminan consumándose o
de si quedan en intento, no cabe duda de que el impacto emocional de estas
agresiones sobre los miedos de la población no deja de ser menos real, tal y
como se desprende de las reacciones que estas agresiones llegan a provocar.

La primera de estas reacciones es la decisión de denunciar el hecho delictivo ante la
poli-cía o la justicia. Resulta significativo que el índice de denuncia de los robos en
domicilios sea muy elevado. En 2006 se denunciaron casi dos de cada tres de estos hechos
delictivos (más concretamente, el porcentaje de denuncia llegó al 60,6%). La denuncia
constituye, con frecuencia, el requisito indispensable para, en su caso, percibir la
correspondiente prima del seguro. Sin embargo, una explicación utilitaria de este tipo no
parece suficien-te para explicar las manifestaciones de preocupación, incluso de alarma
social, que se derivan de la delincuencia contra los domicilios. Esta explicación no sería
posible, como hemos visto anteriormente, sin una referencia al proceso de producción del
problema de la inseguridad ciudadana, así como de su correlato: la demanda de seguridad.

El elemento desencadenante de este proceso se halla en un incremento (real) de la de-
lincuencia en alguna esfera de la vida bastante importante como para que se considere
necesaria su protección. Esta demanda de seguridad viene expresada, en un primer mo-mento,
a través de la denuncia, que es el principal instrumento de que disponen los ciu-dadanos
para solicitar la movilización del poder coercitivo de las administraciones. Sin embargo,
el problema se agrava cuando se constatan las dificultades de la policía para garantizar
esta protección. Entonces, exasperados por una violencia de la que lo ignoran todo y de un
sistema represivo al que consideran inactivo o demasiado condescendiente, ciertos sectores
sociales, como hemos visto, se saben, ahora sí, vulnerables.

La inseguridad es, por consiguiente, el resultado de una situación que se vive como in-
sosteniblemente amenazadora y, a su vez, es la causa principal de la búsqueda individual
de soluciones reales o bien imaginarias, que pueden traducirse en actos de autodefensa,
© FUOC • P08/930377/00001 29 La inseguridad ciudadana

la demanda de más efectivos y poderes para la policía o la
adquisición de servicios en el mercado de la seguridad.

Índice de victimización de los delitos contra los domicilios (AMB 2006)














Fuente: EVAMB (2007), IERMB

5) Finalmente, se examinan las agresiones contra la economía agraria,
es de-cir, los delitos de apropiación de productos del campo,
maquinaria agrícola o ganado (aunque éste sea un sector minoritario en
el AMB, con una estructura predominantemente urbana y una estructura
económica basada en la indus-tria y los servicios).

Los delitos contra la economía agraria y las segundas residencias

Las segundas residencias son un bien de consumo relativamente escaso en el territorio del
AMB. Asimismo, por regla general, acostumbran a estar menos provistas de bienes. Así pues,
el índice de victimización en este ámbito no podría sino ser menor que el de los
domicilios habituales (1,9% frente a 0,8%). A pesar de todo, se trata de un índice bas-
tante elevado debido a que, como la ocupación de las segundas residencias es estacional,
acostumbran a estar más desprotegidas que los domicilios habituales.

Más infrecuentes son los hechos delictivos contra la economía agraria en un
territorio predominantemente urbano y que concentra la mayor parte de su
actividad económica en la industria y los servicios. Este hecho explica que,
en este ámbito, el índice de victi-mización no supere el 0,1%.

Índice de victimización de los delitos contra la economía
agraria y las segundas residencias (AMB 2006)

















La forma en la que la delincuencia cristaliza en cada uno de estos ámbitos es
desigual. Así, la victimización (es decir, la exposición de la población a la
actividad delictiva) es mayor en aquellos hechos que afectan a la seguridad
personal y a los vehículos. También resultan menos frecuentes los hechos de-
© FUOC • P08/930377/00001 30 La inseguridad ciudadana

lictivos contra los domicilios y es todavía menor la victimización
ante aquellas formas de delincuencia que afectan a los comercios,
las segundas residencias o la actividad agrícola.

De esta manera, durante el año 2006 uno de cada diez habitantes del AMB sufrió
alguna agresión delictiva contra su seguridad personal (10,1%). A con-tinuación,
el ámbito de mayor extensión de la delincuencia fue el de los vehí-culos, con un
índice de victimización del 7,9%. El índice de victimización de los domicilios
fue del 1,9% y mucho menor resultó la proporción de personas que padecieron
alguna experiencia delictiva en los demás ámbitos delictivos.

La inseguridad objetiva: indicadores principales (2006)

Indicadores Barce- AMB Cata-
lona luña

Índice de victimización 21,1 20,0 16,9

Índice de victimización de la seguridad personal 11,5 10,1 7,8

Índice de victimización de los vehículos 8,2 7,9 7,2

Índice de victimización de los domicilios 2,3 1,9 1,9

Índice de victimización de las segundas residencias 0,9 0,8 0,7

Índice de victimización de los comercios 1,0 0,8 0,9

Índice de victimización de la economía agraria 0,1 0,1 0,4

Índice de hechos delictivos 29,08 26,03 23,7

Fuente: ESPC y EVAMB (2007), IERMB


2.2.2. Riesgo real y vulnerabilidad



La exposición de la población a la delincuencia es desigual, dado que
ciertas manifestaciones delictivas resultan más frecuentes que otras
y no todas afectan por igual a la totalidad de los bienes atacados.

Lógicamente, la probabilidad de resultar víctima de un delito se halla
directa-mente relacionada con la posesión del bien amenazado. Así, si bien
todo el mundo es, en principio, susceptible de sufrir una agresión contra
su seguridad personal y casi todos lo somos de convertirnos en víctimas de
un robo en el domicilio, sin embargo no todo el mundo dispone de vehículo,
de una segun-da residencia, de un comercio o –aún con menor probabilidad en
el AMB– de cultivos o ganado.
© FUOC • P08/930377/00001 31 La inseguridad ciudadana

Por consiguiente, conviene aclarar que los índices de riesgo calculan la inci-
dencia de cada ámbito delictivo únicamente con relación al grupo de pobla-ción
que resulta específicamente vulnerable a la respectiva forma de agresión.

De la misma forma, la delincuencia afecta a ciertos bienes de forma
esporádica, en tanto que otros bienes pueden llegar a ser objeto de
agresiones reiteradas. Esta multivictimización está en función tanto de la
diferente rentabilidad que cada tipo de bienes ofrece a la actividad
delictiva como de las posibilidades que halla el delincuente a la hora de
acceder a ellos (el coste de oportunidad del delito). La EVAMB se aproxima
a esta realidad calculando el promedio de hechos ocurridos en cada ámbito.

En buena medida lógica, una primera constatación en este sentido
podría for-mularse de la siguiente forma: a medida que el riesgo de
exposición a la delin-cuencia es mayor, se incrementa la probabilidad
de sufrir más de una agresión delictiva (multivictimización).

El ámbito que presenta un mayor riesgo de victimización es el de los comer-
cios: una quinta parte de sus propietarios han padecido algún hecho
delictivo contra su establecimiento (el 20,1%) y, a su vez, es el ámbito en
el que las po-sibilidades de ser víctima de más de un episodio delictivo
son mayores (cada víctima padece un promedio de 1,4 hechos delictivos). Y
todo esto a pesar de que, después de una experiencia de victimización, los
comerciantes puedan incrementar las medidas de seguridad.

El riesgo para los propietarios de comercios es tan elevado porque, como
he-mos visto anteriormente, se trata de un ámbito que por sus
características es-tructurales resulta especialmente atractivo para la
delincuencia: los comercios tienen un emplazamiento fijo, los robos pueden
efectuarse tanto cuando están abiertos como cuando se hallan cerrados
(entonces la operación puede durar más tiempo y se pueden seleccionar los
bienes a sustraer) y los beneficios eco-nómicos que pueden obtenerse de los
atracos son también mayores que los que resultan, por ejemplo, de los
atracos personales, ya que los comercios van acumulando dinero a lo largo
de todo el día y están llenos de productos de consumo.

Después de la seguridad personal, los vehículos son el segundo ámbito de
ma-yor extensión de la delincuencia. Sin embargo, para un vecino del AMB y
en términos de riesgo, resulta más probable para el propietario de un
vehículo resultar víctima de un delito contra dicho vehículo que contra su
seguridad personal. Asimismo, es mayor la posibilidad de resultar
victimizado en más de una ocasión. En efecto, los vehículos permanecen
aparcados con frecuencia en los mismos lugares y a las mismas horas, por lo
que son fácilmente loca-lizables. Por el contrario, la actividad delictiva
contra la seguridad personal presenta unas mayores dosis de aleatoriedad,
por lo que el riesgo de victimi-zación se diluye.
© FUOC • P08/930377/00001 32 La inseguridad ciudadana

El riesgo de victimización de las segundas residencias es mayor que el del do-
micilio habitual. Durante el año 2006, el 3,7% de los propietarios de segundas
residencias sufrieron algún hecho delictivo, mientras que el índice de victi-
mización del domicilio habitual fue del 1,9%. Lógicamente, la población de
referencia es menor, aunque también influyen las diferencias en cuanto a la
ocupación y a la desigual protección de estas viviendas, razones por las cuales
la segunda residencia se convierte en un bien de mucho más fácil acceso para el
delincuente que el domicilio particular.

Finalmente, en el ámbito de la economía agraria encontramos una
gran dife-rencia entre lo que representa la extensión de la
delincuencia (que se mide mediante los índices de victimización) y
el riesgo que tienen sus propietarios de ser víctimas de un hecho
delictivo, dado que este grupo de población es realmente reducido.

Riesgo de victimización en los ámbitos delictivos (AMB 2006)

Ámbitos Índice de vic- Victimización de Número prome-
timización los propietarios dio de hechos

Seguridad 10,1 - 1,2
personal

Vehículo 7,9 13,0 1,3

Domicilio 1,9 - 1,1

Segunda resi- 0,8 3,7 1,1
dencia

Comercio 0,8 20,1 1,4

Economía 0,1 8,9 1,2
agraria


Fuente: EVAMB (2007), IERMB


La dimensión objetiva de la inseguridad ciudadana se basa en la probabilidad
estadística que tienen las personas de sufrir un hecho delictivo (riesgo real). A fin
de conocer cuáles son los principales factores que pueden influir sobre esta
vulnerabilidad, la EVAMB utiliza la técnica de la regresión logística. De esta forma,
se puede observar que la exposición a la delincuencia varía en función del nivel de
estudios y de ingresos de la población, su edad y la ocupación. En cambio, factores
como el sexo, el lugar de nacimiento o la profesión resultan significativos solamente
en determinadas manifestaciones delictivas.

Por tanto, una primera constatación resulta de la gran homogeneidad que pre-
sentan los indicadores socioeconómicos (nivel de estudios y de ingresos) en la
mayoría de ámbitos delictivos. En efecto, las personas de unos mayores ni-veles
socioeconómicos son las que resultan más vulnerables a la delincuencia predativa
por el hecho, claro está, de poseer más bienes y más valiosos, así son las más
rentables para este tipo de actividad delictiva.