Está en la página 1de 521

•«.

341 á
OBRAS SELECTAS
J. B. ALBERDI
OBRAS SELECTAS
N U E V A E D I C I Ó N
ORDENADA, REVISADA Y PRECEDIDA DE UNA INTRODUCCIÓN
POR EL
DR. JOAQUÍN V. GONZÁLEZ
SENADOR NACIONAL
TOMO V
D I S C U S I Ó N H I S T Ó R I C A Y P O L Í T I C A
BUENOS AI RES
Librería « LA FACULTAD» de Juan Roldan
4 3 6 , Florida, 4 3 6
1920
Lmp de A. üa r / . o . - Sa i a Herm^n&grl dü, 32 dnp<1.
CONTESTACIÓN
AL
VOTO DE AMÉRICA"'
(i) El Sr. Rivera Indarte había publicado un cuaderno, pre-
tendiendo demostrar que debíamos buscar la alianza de la Es-
paña y el reconocimiento de la independencia argentina, evitan-
do así una nueva reconquista.
A ese propósito dio el epígrafe de "Voto de América".
El Dr. Alberdi refuta ese escrito en las páginas que van a
leerse.
1835
OBRAS SBLBOTAS.—Tomo V
1
CONTESTACIÓN AL VOTO DE AMÉRICA
Pues que un individuo tiene derecho para levantar
su voz entre nosotros en favor de la España, que aun
es nuestra enemiga, porque quiere. serlo, creemos que
unos americanos no le tendremos menos para tomar la
defensa de su Patria, injustamente culpada.
Desde luego declaramos que son cosas que no com-
prendemos: i." Cómo el Sr. Rivera llama Voto Ame-
ricano a un escrito que no es más que la censura de
este voto. 2° Que estimulado principalmente por amor
a España, cuyos intereses sólo mira, pueda creerse el
órgano del Vot o de América, cuyos intereses olvida
casi completamente.
Así, pues, nosotros no podemos ver en semejante
escrito el Voto de América, sino el voto del Sr. Rivera
Indarte. Y pues que somos movidos a escribir por el
amor a la América, tenemos derecho a creer que ex-
presaremos mejor su voto que el Sr. Rivera, inducido
por el amor a la. España.
Trataremos de contestarlo con más sinceridad y ra-
pidez que elegancia.
4
ALBERDI
I
El entredicho en que nos en-
contramos con la España es fo-
mentado y sostenido por los
agentes de algunos potentados
extranjeros.
Ignoramos los datos especiales que posee el señor
Rivera para producir esta aserción. Pero si quiere ha-
blar de la Inglaterra, cuyos agentes son los que más
frecuentan nuestros Estados, se equivoca, a nuestro
juicio. Todo el mundo sabe que la Inglaterra no se re-
solvió a tratar con nosotros sino después de las reite-
radas e inútiles instancias del ministro Caning al Ga-
binete de Madrid para que lo verificara él antes; lo' que
prueba, al menos, que el potentado británico no . fué
capaz de fomentar semejante entredicho, ni tiene mo-
tivo para ello, porque decir que el comercio inglés
puede recelar del comercio español, es hacer mofa de
la desgracia de España. Suponiendo que los potentados
extranjeros fomentasen realmente el entredicho, éste
no sería sino un testimonio más de que t'odo el mundo
reconoce la justicia de nuestra causa, porque es me-
nester suponer, como acabamos de decirlo, que el co-
mercio español no puede inspirar celos al más pobre
del mundo. Pero estamos persuadidos de que no hay
más autor de semejante entredicho que la España. Ella
sola es quien prolonga la guerra, negándonos el dere-
cho de gobernarnos.
OBRAS SELECTAS
5
II
No es la España, sino sus dés-
potas los que aborrecen nuestra
independencia. Su parte ilustra-
da jamás la negó.
' El 19 de mayo -de 1822 dirigió el ministro de Estado
D. Francisco Martínez de la Rosa una circular a los
ministros de las naciones aliadas, no sólo para disua-
dirlas del reconocimiento de los Nuevos Estados, sino
manifestando el peligro que semejante ejemplo ofrecía
a la legitimidad.
En 29 de Julio de 1821 el ministro de Estado Bar-
daxi dirigió una fuerte nota al encargado de Negocios
portugueses en Madrid sobre el reconocimiento de la
independencia de Buenos Aires por la corte de Río
Janeiro.
El conde de Calderón, que anegó en sangre la plaza
de Guanajato, presentando al mundo un espectáculo
nunca visto; Morillo, cuyas atrocidades mencionare-
mos adelante; Canterac, que mandaba incendiar los
pueblos del Perú; Valdez, que acabó de cebarse en la
sangre peruana; el act'ual ministro Toreno, furioso
enemigo de los americanos, que decía chistosamente
que no sabía en qué clase de animales clasificarlos, to-
dos estos hombres figuraron siempre entre la parte
6 ALBERDI
ilustrada de España, y los más de ellos figuran todavía
en el actual Gobierno liberal.
Sin embargo, no queremos sostener que estos libe-
rales piensen aún del mismo modo, pero ninguna prue-
ba tenemos de lo contrario. ¿Desean la paz? ¿Por qué
no la proclaman? Olvídense de nosotros, y la paz está
hecha.
I I I
Hoy la España es libre y
fuerte.
Dividida por la más voraz guerra civil, ni lo uno ni
lo otro puede ser. Tan naciente es su prosperidad, que
su sofocación es lo más fácil.
¿Qué tantos miles de hombres podrá repartir desde
Buenos Aires a Méjico? ¿De cuántos buques puede
disponer? ¿Qué valen sus fondos? Y nosotros, ¿cuán-
tas fuerzas y elementos no podríamos poner en acción ?
Calcule usted de este modo la fuerza de España, y la
verá desaparecer de entre sus manos como un átomo.
¿Piensa usted, sobre todo, que necesitaría de los mis-
mos medios para comenzar una obra destruida desde
los cimientos, que los que no le fueron bastantes para
conservar su dominación en América? Parece que us-
ted no quiere creer que la España está vencida defini-
tivamente.
OBRAS rS.ELECTAS
7
,Y:-. I V
Curarse poco de que la Es-
paña nos reconozca libres, es
despreciarla, es irritarla, es pro-
longar los males.
No nos importa su reconocimiento, en cuanto no nos
perjudica su no reconocimiento; pero sin duda que no
nos sería indiferente. No hay, pues, lugar a semejante
desprecio, y de ella sola serían los males, provenientes
de su intolerancia caprichosa.
¿Qué nos importaría su irritación? ¿No se irritó
también cuando nos declaramos independientes en
1816? ¿Qué nos importó el manifiesto que entonces
dio Fernando VI I ? Mayor razón tiene usted para irri-
tarse contra un poder que tantos males ha causado a
su patria desde la primera Isabel; pero nada tema de
unos enojos que no saldrán probablemente de Madrid.
V
Pero, ¿por qué este menos-
precio...? Los que nos abren los
brazos, ¿son acaso los monstruos
que decretaban nuestro extermi-
nio...? ¿Por qué aborrecer a los
que nos brindan su amistad?
Si lo ignora usted y quiere saberlo, sin tomarse el ]
trabajo de leer la historia de la conquista del Perú y
8
ALBERDI
Méjico, lea solamente la de los hechos de Morillo, que
en 1816, en la toma de Bogotá, fusiló, ahorcó y prendió
más de mil personajes que habían figurado en los Con-
gresos y ejércitos independientes. Nosotros no esta-
mos obligados a distinguir unos españoles de otros
sino por sus procederes (1). Y desde la conquista has-
ta nuestros días, el Gobierno español, más o menos fué
siempre uno respecto de nosotros. Si usted piensa que
los liberales de hoy nos abren sus brazos por filantro-
pía, yo pienso que lo hacen por conveniencia, y que no
lo harían si fuesen capaces de invadimos.
Y, sobre todo, ¿quién ie ha dicho a usted que nos
abren sus brazos, porque nos brindan a tratar, sin anun-
ciarnos bases? Nosotros, vencedores, somos los que se
los abrimos cuando les proponemos una paz decorosa,
como lo tenemos hecho tiempo ha. Tiemble usted, señor
Rivera, de que una figura retórica no nos haga recoger
sino vergüenza y oprobio. Mientras más se apresure a
tratar, menos partido sacará; y advierta que esa fra-
ternidad que tanto decanta usted no es tanta como se
imagina. Observe, si no, lo que dice respecto de Améri-
ca, en la actual Corte, el partido que dirige el Ministro
Martínez, y calcule las miras de que es capaz un hom-
bre que hasta hoy ha pronunciado la palabra Indepen-
dencia.
(1) Por de contado que solo hablamos de los españoles que
forman la nación española, pero no de nuestros padres y ciu-
dadanos : éstos hacen clase aparte, o más bien, nuestra causa es
la suya, porque su felicidad está en la nuestra. Si allá tienen su
patria y sus padres, aquí tienen sus intereses y sus hijos; y el
hombre ama más su sucesión que su ascendencia, y aquella es
su patria donde es dichoso.
OBRAS SELECTAS
9
VI
¿Qué se pretende conseguir
con la prolongación de la gue-
rra ?
Pregúnteselo usted a la España, que ella es quien"':
la prolonga; pero no injurie usted a su patria, que ja-
más quiso la guerra sino hasta que consiguió ser libre.
El 9 de diciembre de 1824 colgamos nuestra espada. •
Lo que hay es que la España no quiere ver los hechos.
Lo mismo la pasó con la Holanda, ex colonia suya, que
después de cien rodeos tuvo que reconocer indepen-
diente; y más tarde con Portugal. Esta es su táctica
característica: no descender de su orgullo, aunque sea
mil veces derrotada.
VI I
Fúndase esta prolongación só-
lo en sofismas; el primero es
éste:
"América nada gana con que
la España le reconozca indepen-
diente, y ésta, por el contrario,
tiene en ello un marcado in-
terés. "
De esta aserción que usted llama sofística concluí-
mos nosotros, no la necesidad de hacer la guerra, que
no buscamos, sino la inutilidad de buscar un reconoci-
miento de que no necesitamos.
10
ALBERDI
¿ Y cree usted que nada perdemos con ir a llamar las
puertas de la" España? Que diga el señor Martínez,
¿ por qué la España no viene a tocar las nuestras ? Nos-
otros de nada necesitamos y nada pretendemos. Somos
dueños del campo de batalla: estamos en nuestra Pa-
tria. ¿Quiere usted conceder algo? Espere que se lo
pidan, tal es el orden regular: el que necesita ha de
hablar primero.
VI I I
La primera ventaja de la paz
es que el reconocimiento por
parte de la España da a nuestra
independencia la doble seguridad
de hecho y de derecho.
Dispénsenos usted de entrar en la cuestión del dere-
cho, cuya resolución tendríamos por un nuevo insulto
a nuestra patria a más del que usted la ha inferido al
proponerla. Por lo que mira al hecho, no tenemos ne-
cesidad de ir a buscarle a Madrid, pues ya le encontra-
mos en Maipo, Ayacucho, Pichincha, etc. Y si la Es-
paña cree que aun de hecho no somos libres, que se-
ñale un solo punto en nuestro continente donde no
haya sido arrastrado su pabellón. ¡ De suerte que a Ma-
drid sólo tenemos que ir a buscar el derecho, y con
este objeto se han de nombrar ministros! Resuelva us-
ted, Sr. Rivera, esfe solo caso: suponga que la España
desapareciese repentinamente por un terremoto, ¿adon-
de deberíamos ir en busca de nuestro derecho? Pues
OBRAS SELECTAS I I
señor, para nosotros el volcán reventó ya en los mon-
tes de Condorkanki (i ).
I X
Suponiendo a la España efec-
tivamente incapaz de invadirnos,
no es imposible ni raro que esta
incapacidad desaparezca.
Supóngala usted en el estado en que la dejó Car-
los V, y aun será incapaz de invadirnos, y advierta que
no son los hombres que piensan en colonias los que la
han de volver a aquella época. Hace más de un siglo
que el más interesante punto de su territorio es una
colonia inglesa; y los que no han podido restaurar a
Gibraltar ¡cree usted de buena fe que podrán recon-
quistar todas las Repúblicas de América?
(i) Montaña inmensa y pendiente que domina el llano de
Ayacucho por su extremo oriental.
12
ALBERDI
X
España está en camino de
adelantar su marina y su ejérci-
to : sólo necesitan del impulso
de un genio los inmensos recur-
sos de que ella puede disponer:
y si triunfasen en Europa los
principios absolutistas, no falta-
rían monarcas que la prestasen
soldados y dinero.
América lo está infinitamente más, y de poner mejor
marina y mejor ejército. Acredita usted que no conoce
su país cuando hace caso de los recursos de la España
comparados con los nuestros. "¿Qué puede hacer la
España contra un país tan vasto, tan lejano y mil veces
más fuerte que ella ? El América no es cosa que se pue-
de tomar dos veces; se podía prolongar la duración de
su lucha, pero el Universo entero no tendría bastante
poder para volverla a tomar. " Abochórnese usted, un
europeo es quien dice esto: es M. De Pradt.
" La reconquista de nuestras antiguas colonias—dice
también el español Mendivil—es un funesto pensamien-
to, una lamentable terquedad, característica e incurable,
de los que están tocados de la infección del despotismo."
Y semejante empresa ¿cree usted, por otra parte, que
se pueda intentar con empréstitos? ¿ Y quién prestaría
dinero a la España? Los ingleses suplieron al Gobier-
no constitucional más de 30 millones de pesos, de que
hasta hoy han vuelto a ver un real. La Rusia le prestó
OBRAS SELECTAS
13
buques para una expedición a Chile; llegaron y fueron
tomados por el almirante chileno. La España en Euro-
pa no pesa nada. A nadie le importa su amistad como
para darle millones para buscar aventuras. Pregunte
usted lo que valen sus fondos en Londres, y deduzca
el crédito de que goza. ¿Habrá Monarca tan estúpido,
por otra parte, que le preste sus recursos para que pre-
tenda formar una colonia de lo que hoy es un mundo
abierto al mercado de todas las naciones?
XI
Con el reconocimiento de Es-
paña, desterraríamos un motivo
de zozobra y de gastos. Cada lo-
cura de los absolutistas nos cues-
ta caro.
No conocimos zozobras cuando en 1816 los argenti-
nos solos nos declaramos independientes, siendo aún
realistas los demás Estados, y hemos de tener hoy que
no hay en América un soldado español.
¿ Y lo que a ellos les cuestan sus locuras piensa us-
ted que no acabará por enseñarles a no ser locos y ne-
cios tanto tiempo ?
Extraño es, por otra parte, que usted tema las locu-
ras de los absolutistas habiendo sentado que ya la Es-
paña es libre.
ALBERDI
XI I
r < /'_ Las banderas americanas fla-
mearían con seguridad en todos
los mares... Y si la España au-
mentase su marina, ningún bu-
que americano podría viajar a
Europa.
Otro tanto sucedería con la bandera española si reco-
nociera nuestra independencia; y si la marina america-
na se engrandeciese, como es demasiado fácil y pro-
bable, en ningún mar del mundo buque alguno español
estaría seguro. Por lo que mira al momento presente,
nuestro poder marítimo aun es mayor que el de Espa-
ña, cuya marina es la más atrasada del mundo. Entre
los años 15 y 20, los buques colombianos y argentinos
bloquearon a Cádiz, sin que los españoles hayan jamás
hecho con nosotros cosa semejante. La América Meri-
dional está destinada por el que la colocó entre ambos
océanos a ser el trono de los mares.
Claro es que si la España tuviese buques para blo-
quear la Europa, nuestros buques no podrían arribar
a ellas. ¡ Pero la España bloqueando el Atlántico! ¡ Ni
a sus caballeros ocurrió tal disparate! Aumentar la ma-
rina quiere decir mucho, Sr. Ri vera; y la nación que
hoy no tiene un navio de guerra es imposible que ya
pueda hacerse señora de los mares.
OBRAS SELECTAS
15
XIII
. . . El comercio español sería otra
• ' ventaja, que nos traería el reco-
"' nocimiento de la independencia.
Y el comercio nuestro, más fecundo y rico que el
de España, ¿no sería mayor veníaja para ella? Los
hombres instruidos tienen que reírse grandemente al
ver a un hijo del suelo más pingüe y feraz del mundo
lleno de interés por el comercio de una nación gastada
y decrépita. No quiere creer que los productos de Es-
paña nos importan poco, y para refutarlo nos habla
de sus vinos, cuyo tinte es dado con el campeche de
Méj i co; de sus azogues, cuyas principales minas no
están en España, sino en Alemania; y hasta de sus me-
tales: ¡qué insulto a la patria favorita de la plata y
del oro!
Una de las fuertes razones de que el Sr. Rivera infie-
re que el comercio español nos interesa es la de que su
industria es superior al estado en que la pintan, sin em-
bargo de que no admite parangón con la industria de
las naciones que principalmente comercian con nos-
otros.
Nos habla de sus fábricas de curtidurías y paños
finos, que confiesa no ser superiores, sino iguales a las
de las naciones amigas nuestras, sin acordarse de que la
más abundante y rica peletería del mundo es nuesj'ra.
Nos halaga también con sus fábricas de cristales, pa-
i 6 ALBERDI
peí, nanquines, zarazas, sombreros, seda, encerados,
que él propio confiesa distan siempre algo de la per-
fección.
¿ Y este miserable catálogo de pequeneces que tene-
mos en cualquier punto de Europa quiere ponerse en
parangón con las innumerables, ricas y originales pro-
ducciones de nuestro suelo? ¿Olvida el defensor de Es-
paña el cacao, de que a principios de este siglo se ex-
portaba anualmente de sólo Colombia más de 228.000
fanegas; del añil de Guatemala; del café de Colombia,
rival del de Moka; de la quina, cochinilla, oro, plata,
platino y cien mil producciones no menos caras que se
recomiendan en los importantes escritos de los señores
Clabijero, Hunboldt, Arenales, Núñez, etc. ?
XI V
El reconocimiento de la inde-
pendencia nos traería el libre uso
del patronato.
Precisamente es el modo por el que no podemos ob-
tenerle. Porque si la España, por sus leyes, no puede
enajenar ni dividir el derecho de patronato, de nin-
gún modo puede transmitírnosle. Decir que le adqui-
riríamos por el reconocimiento de España, como suce-
sores de ¡los reyes en la soberanía española, es proferir
un absurdo que excede las fuerzas de toda crítica. Fe-
lipe V podía recibirle del último rey de la casa austría-
ca, porque sucedía a éste en la corona de España, a la
OBRAS SELECTAS
17
cual pertenece el patronato. Pero nosotros ¿a quién su-
cedemos en la corona de España ?
Como pueblos independientes, le tenemos, y cuando
más, sólo nos restan concesiones pontificias. ¿Oyó us-
ted decir jamás que el Portugal hubiese pedido su pa-
tronato a España cuando se hizo independiente de ella ?
XV
El comercio con la España au-
mentaría considerablemente nues-
tra población.
Pueden venir y vienen diariamente a nuestro país
cuantos españoles gustan sin necesidad de un orden de
cosas diferente del actual.
XVI
Segundo sofisma:
"Aun dado caso de que convi-
niese a la América la paz con
España, no debe aquélla enviar
diputados a Madrid para nego-
ciarla. "
Esta exacta proposición que el defensor de España
llama sofística es una rigurosa consecuencia de cuanto
llevamos dicho; porque aun cuando la paz de España
OBRAS SELECTAS. —Tomo V . 2
ALBERDI
nos trajese ventajas, infinitamente más la traería a ella,
y desde luego toca a la España el procurársela. En esta
razón se funda únicamente lo que el defensor llama
sofisma, y no en aquellas cuatro que jamás oí mencio-
nar sino a él.
No por punto de honor, sino por no alejar el térmi-
no de la cuestión, debemos abstenernos de enviar di-
putados. Los que fuesen hoy no obtendrían resultado
favorable, porque hay todavía exigencias en la terque-
dad española. Las cosas vendrán espontáneamente, y
entonces vendrán en su orden natural. El ejemplo de
Felipe I I con las provincias unidas de Holanda debe
reglar nuestra conducta.
X V I I
La cuestión está resuelta, des-
de que Méjico y Colombia han
enviado comisionados.
No, señor; porque no formando los nuevos Estados
americanos un solo cuerpo político, bien pueden los
principales resolverse, sin que por ello los restantes
queden obligados. Hoy concluyen ellos, mañana nos-
otros. Si aciertan, los imitaremos; si yerran, conocere-
mos el escollo.
Fuera de esto, suponiendo a usted noticioso de que
han ido realmente semejantes comisiones, ¿de dónde
sabe usted si han ido en busca del reconocimiento dé
su independencia? ¿Por qué no hemos de creer que fue-
OBRAS SELECTAS
1 9
ron en pretensiones de la Habana y Puerto Rico, sitúa
dos enfrente de Méjico y Colombia, en gran desventaja
de ambos Estados mientras sean posesiones españolas?
¿ Por qué no será el reconocimiento de la independencia
de éstas y la propia la base que propongan ?
¡ Y Colombia tan luego que aun no ha capitulado con
los españoles, ha de ir a pedirles su reconocimiento de
que para nada necesita! Los torrentes de sangre colom-
biana que ayer no más hicieron correr Morillo, Torres,
Monteverde, etc., ¿quiere usted que estén olvidados ya?
XVI I I
España tiene derecho a que la
envíen ministros... Ella quizá
cree ser la señora de la cosa.
Esto ni es razón ni sofisma: es la señal más clara de
la esterilidad de una mala causa.
XI X
Ella es una y los nuevos Esta-
dos muchos; luego es más natu-
ral que éstos se aproximen.
Como usted mira por los intereses de España, lo
juzga así; nosotros, que abogamos por América, cree-
mos lo contrario; en lo cual es raro que usted no con-
20
ALBERDI
venga después de haber probado que ella es más rica
que nosotros.
Para la España no somos muchos, sino un solo Es-
r-* tado. Ni reconoce ni tiene noticia tal vez de la nueva
j demarcación de sus antiguos virreinatos. No mira más
que una vasta colonia sublevada. Diríjase una vez a
ella, y ha tratado con todos nuestros Estados.
X X
El derecho de gentes la asig-
na mayor categoría que a las
Repúblicas.
Pero será en Europa donde la forma dominante es
la monárquica, y no en América donde no hay un trono.
¿Por qué nosotros no hemos de adoptar una diploma-
cia peculiar? ¿ Y por qué el que nos busque no ha de
someterse a ella ?
Pero ¿por qué el derecho de gentes le da esta pre-
rrogativa? ¿Por su población? Ella tiene once y nos-
otros veinte millones de habitantes. ¿Por sus riquezas?
No vafe la décima parte de nosotros. ¿Por su rango?
Entre nosotros el rango viene de la población, de la ri-
queza, de la justicia y la victoria; cuatro títulos que
por fortuna nos asisten. ¿Por haber sido Metrópoli?
Este es un delito que debe expiar, no un título de pre-
ferencia.
Sobre todo, ¿quién le ha dicho a usted que la catego-
ría entre las naciones es para determinar la primacía
OBRAS SELECTAS
21
eñ el deber de enviar ministros? La Alemania tiene ma-
yor categoría que la Francia; pero esto no quitó que
en la guerra de Italia ella mandase ministros al campa-
mento mismo de Napoleón.
Resulta de todo lo que llevamos dicho hasta aquí, no
que debemos prolongar una guerra inconducente que
hemos concluido, sino que no debemos apresuramos en
buscar un reconocimiento que tenemos de todo el mun-
do, y que la España misma nos presentará espontánea-
mente, más o menos tarde, arrastrada por su propia
conveniencia; tal es el voto de América, que el Sr. Ri-
vera hubiera expresado sin trabajo si no amara más a
un suelo extraño que a su propia patria.
Cuatro palabras sobre la peti-
ción de los procuradores de Es-
paña.
La renovación de ¡las relaciones mercantiles por par-
te de la España sin esperar el arreglo definitivo de la
cuestión política, es una cosa por la cual no tendríamos
embarazo en pasar con cualquiera otra nación que no
fuese la España, que pretende señorío sobre nosotros.
Así, pues, mientras ella no renuncie absolutamente este
señorío, es decir, mientras no reconozca nuestra inde-
pendencia, que es el punto de la cuestión política, no
podremos entrar en relaciones de comercio y de familia
con una nación que se pretende ama nuestra.
Este reconocimiento es un negocio completamente
unilateral; en la cuestión presente corresponde exclusi-
vamente a fla España, la cual puede hacerlo o no si gus-
22
ALBERDI
ta, sin que tenga derecho, en caso de resolverse por lo
primero, a exigirnos por ello cosa alguna.
Por lo que respecta a los tratados mercantiles con
ella, ¿puede comprenderse esto en la cuestión general
sobre si nos conviene o no formar tales tratados con
las potencias extranjeras? El ejemplo del tratado con
la Inglaterra debe contestarnos. Lo que se puede ase-
gurar es que las ventajas comerciales que de semejan-
tes tratados nos vienen podemos obtenerlas sin ellos:
así como sucede con el comercio de Cerdeña, que se
desenvuelve muy cómodamente sin el menor convenio.
De lo cual nos reporta la inmensa ventíaja de hallarnos
completamente desobligados: lo que no sucede con la
Inglaterra. Inmensa discreción necesitan nuestros jó-
venes Estados para entrar en negociaciones con los
europeos, porque las circunstancias de los nuestros res-
pecto de los Estados europeos son muy diferentes de
las de éstos entre sí.
La España comienza a conocer que necesita de nos-
oíros; pero aun no ha dejado de creer que nosotros no
necesitamos de ella. Cuando la España, por medio de
sus procuradores, dice "que extranjeros y americanos
se han convencido de que si ella, en medio de su even-
tual decadencia, no les dirige una palabra de paz (a los
americanos discordes) correrán siglos enteros sin cons-
tituirse y sin gozar reposo ni tranquilidad", cuando la
España se expresa de este modo, mueve a compasión.
La España es precisamente la menos capaz de seme-
jante prodigio. Pero cuando tal cosa piensa, no hay
por qué dudar de que aun concibe la esperanza de una
reconquista. ¡ Pobre España! ¿ No quiere creer que es
tan incapaz de ponernos en paz como en guerra?
OBRAS SELECTAS 2
3
Nosotros tenemos ya 20 millones de habitantes. Po-
seemos por campo de batalla un hermoso suelo de cerca
de dos mil leguas, sobre el cual podemos poner un mi-
llón de soldados.
Aunque cansados de discordia, no queremos servi-
dumbre, y pelearíamos mil años antes que volver a la
esclavitud. No somos felices, muy bien; pero somos
dueños de serlo; y alta dicha es la de no tener que es-
perar de ajena mano ni la felicidad ni el infortunio.
El día que la desgracia y la experiencia nos ilustren y
corrijan, ese día habrán concluido nuestros males; ha-
biéndonos quedado la incomparable ventura de poder-
nos gobernar como nos diere gana.
Poseemos el más rico suelo del mundo: nos favore-N
cen con su amistad las primeras naciones de la tierra:
¿qué nos importan las relaciones de la España, tan atra- '
sada y más infeliz y dividida que nosotros? ¿Acaso !
desconocemos su presente estado con toda su revolu-
ción y liberalidad tan decantadas? ¿Bajo qué aspecto
no es hoy más pobre que rica? ¿Qué clase de relación
con ella no nos traería más inconvenientes que ven-
tajas?
Que la España frecuente nuestras playas, enhora-
buena ; hoy que la guerra no existe no seremos menos
generosos que io fuimos cuando ella nada era menos
que esto. Habiéndonos dejado su religión, sus leyes y
su lengua, nuestra simpatía será pronunciada. Pero es-
tos son títulos para acogerla con gusto, no para buscar-
la con interés.
Parece que un asunto de tanta gravedad debería tra-
tarse con más extensión de la que hemos dado a este
«scrito; pero nosotros sólo nos propusimos contestar
24
ALBERDI
o¿ro no menos corto, aunque más voluminoso. Habien-
do llenado, pues, este propósito, a nuestro juicio, cree-
mos oportuno no entrar en nuevas consideraciones has-
ta que un segundo escrito nos muestre la necesidad de
hacerlo.
O O O O O
II
ACCIÓN DE LA EUROPA EN AMÉRICA
NOTAS DE UN ESPAÑOL AMERICANO
A PROPÓSITO DE LA INTERVENCIÓN AN&LO-FRANCESA EN EL PLATA
Publicadas en El Mercurio de Valparaíso, de 10 y r i de Agosto de 1S45.
La América está poblada de
naciones nuevas, que presentan
ya un pábulo considerable a los
especuladores europeos. Estos
vastos países, tan ricos en ma-
terias primeras que no se en-
cuentran en nuestro clima, ne-
cesitan de todo lo que nuestra
civilización produce. Nos heñios
acostumbrado a no ver más que
las turbulencias que ha susci-
tado su independencia, y olvida-
mos que esa independencia es la
que ha creado tales riquezas...
(SALVANDY. Informe de la Co-
misión, relativa a la navegación
trasatlántica.)
Tenemos a la Europa en estos momentos delante del
Río de la Plata, no ya como en el siglo xv, para some-
ter hordas salvajes ni recomenzar una esclavitud des-
hecha por la Europa misma, sino para iniciar conquis-
26 ALBERDI
tas de otro orden, si conquistas pueden llamarse los
j avances y progresos que el espíritu de orden, de indus-
I tria, de paz, de prosperidad, que distingue a la Europa
i de este siglo y que ella lleva a todas partes hace en estos
\ países.
'*- La Europa, el solo nombre de la Europa, despierta
antipatías en ciertos corazones; en otros produce temo-
res de perdición y esclavitud.
Estos sentimientos son dignos de examen. Ellos cons-
tituyen un estado de enfermedad en nuestros países
que es aciago a la causa de su prosperidad.
Es hora de entrar en este examen,
í * Los reyes de España nos enseñaron a odiar bajo el
nombre de extranjero a todo el que no era español.
Los libertadores americanos de 1810, comprendiendo
a la España en la Europa, .nos enseñaron a odiar bajo
el nombre de enemigo de América a todo el que era
europeo. La cuestión de guerra se estableció en estos
términos: EUROPA Y AMÉRICA.
Aquel odio se llamó lealtad. Este, patriotismo. En su
tiempo uno y otro fueron resortes oportunos.
Pero su tiempo pasó. El odio no es ley de eterna
vigencia. Sin embargo, ellos mantendrán hondas raíces,
porque fueron establecidos por las leyes y los usos. En
esta vida artificial y falsa se conservan con el nombre
de preocupación y error, como en efecto lo son.
¿Qué nos enseña entretanto la luz de la razón des-
embarazada del influjo del error rutinario?
Que la patria no es el suelo. Suelo tenemos hace tres
siglos; pero no tenemos patria sino desde 1810. La pa-
feria es da libertad, el orden, la riqueza, la civilización
OBRAS SELECTAS
27
en el suelo nativo, organizados bajo la enseña y en
nombre del mismo suelo.
Todo esto nos ha traído la Europa; es decir, nos h*
traído la nación del orden, la ciencia de la libertad, el
arte de la riqueza, los principios de la civilización. Es-
tas cosas no conocían los indígenas.
La Europa, pues, nos ha traído la patria, si agrega-
mos que nos trajo hasta la población que constituye el
personal y cuerpo de la patria.
Todo en la civilización de nuestro suelo es europeo."
Podríamos definir la América civilizada diciendo que es
la Europa establecida en América. *
Si en esta parte de América se ofrece una línea capaz
de separar lo europeo de lo americano, esta línea es el
Bio-Bio: todo lo que está al otro lado, es americano
neto; todo lo que a éste, es europeo.
Este examen es curioso. Seguidme en él con un poco
de paciencia, caro redactor.
La América es un descubrimiento europeo. El euro-
peo Colón la descubrió; la europea Isabel fomentó el
descubrimiento; los europeos Cortés, Pizarro, etc., la
poblaron de esta gent'e que hoy la posee, que no es in-
dígena ciertamente. El europeo Valdivia y no un chile-
no fundó a Chile.
El nombre que América lleva es europeo. El europeo
Américo Vespucio se lo dio. Echad una mirada por su
geografía. Sus ríos, sus lagos, sus montes, sus cabos,
istmos y rasgos más notables llevan nombres europeos.
Todas sus ciudades son levantandas por la mano del
europeo, desde la piedra más fundamental hasta el úl-
timo de sus monumentos de arte, y apellidadas con
r.ombres europeos. A este respecto la obra de la Euro-
28 ALBERDI
pa en América se mantiene sin rival hasta hoy. Los
europeos, llamados americanos por haber nacido en
América de padres españoles, nada han hecho en el
tiempo de su independencia que merezca compararse
a lo que dejó 'la Europa.
Hemos historiado con mucho talento el mal que nos
dejó. Pero hemos silenciado, no sé si con talento, el bien
que también nos hizo por la mano de la España.
Quiero ceñirme a Chile, para ser mejor comprendi-
do, y hablar de sus monumentos y obras más notables.
La catedral, edificio español, hecho en tiempo del go-
bierno español.
Sanio Domingo, edificio español.
Los palacios, trabajos españoles.
La Casa de Moneda, monumento español.
El puente, el tajamar, robustos trabajos que descu-
bren la mano de Carlos IV, cuyo nombre llevan.
El camino de Valparaíso, soberbio trabajo de inge-
nio civil, debido al antiguo gobierno español.
El canal de Maipo, pensamiento y plan de concep-
ción española.
Esto es todo el Chile monumental.
Últimamente, Santiago entero fué trazado y edifica-
do por los españoles europeos; como lo fueron todos
los pueblos del reino chileno.
Comparad su geografía de este momento a su geo-
grafía de 1810, y mostradme las grandes mudanzas.
Me mostraréis líneas administrativas, calcadas aun
ésas sobre líneas españolas; pero no ciudades nuevas.
Al contrario; Osorno, Valdivia, Villarrica, la Imperial,
son datos geográficos que borró la mano del indígena.
OBRAS SELECTAS
2
9
En vez del nombre español que aquí he usado, poned
europeo, y me tenéis en mi tesis.
A las cosas, a los objetos, agregad las personas, los
hombres que constituyen la América actual. Toda su
población, o la población que la representa, es europea.
El indígena no figura ni compone mundo en nuestro
orden político.
Nosotros, los que nos llamamos americanos, no so-
mos otra cosa que europeos nacidos en América. Nues-
tro cráneo, nuestra sangre, son de molde europeo.
El indígena nos hace justicia: nos llama españoles
hoy mismo.
Nuestros nombres son europeos. No conozco perso-
na distinguida en nuestras sociedades de apellido pe-
huenche o araucano.
Nuestro idioma es europeo. Para humillación de los
que reniegan de la influencia europea, tienen que mal-
decirla en lengua europea. El idioma español lleva con-
sigo el nombre.
Nuestra religión es europea. Sin la Europa, hoy la
América estaría adorando al sol, a los árboles, a las
"bestias; quemando horrtbres en sacrificio, y no conoce-
ría el matrimonio.
La mano del europeo planto la cruz del Cristo en
América, antes gentil. ¡Bendita sea la mano de la Eu-
ropa !
Nuestas leyes civiles son europeas; lo son hasta hoy
en toda su pureza, no obstante los treinta y cinco años
llamados de América.
Nuestra administración económica e interna es euro-
pea, es española.
30
ALBEKDI
Nuestras constituciones .políticas son adopción de le-
yes, de sistemas europeos.
Entrad al Instituto, y dadme ciencia que no sea
europea; a la Biblioteca, y dadme libro que no sea
europeo.
Reparad en el traje que lleváis, y será raro que la
suela de vuestras botas sea americana. Fuera de eso,,
¿qué no es europeo, incluso el corte, y mil veces inclu-
sa la obra misma de manos ?
¿Qué llamamos buen tono? Lo que es europeo.
¿Quién lleva la soberanía en nuestras modas, usos
elegantes y cómodos? Cuando decimos confortable,
león, dandy, petimetre, fashionable, no aludimos a co-
sas de los araucanos ciertamente.
| Somos, pues, europeos por la raza y por el espíritu,.
\ y nos preciamos de ello. !>¿o conozco caballero ninguno
que haga alarde de ser indio neto. En cuanto a mí, yo
amo mucho el valor heroico de los americanos cuando
los contemplo en el poema de Ercilla; pero a fe mía
que al dar por esposa una hija o hermana mía no daría
de calabazas a un zapatero inglés por él más ilustre de
los príncipes de las monarquías habitadoras del otro
lado del Bio-Bio.
"" Somos, pues, lo que llamamos América independien-
| te, la Europa establecida en América. Nuestra revolu-
""ción es la desmembración de un poder europeo en dos
mitades, que hoy se manejan por sí.
No maldigamos al europeo, porque el europeo y nos-
otros somos la misma cosa.
- A la Europa debemos todo lo bueno que poseemos,
\ inclusa nuestra raza, mucho mejor y más noble qus la».
OBRAS SELECTAS
31
indígenas, aunque lo contrario digan los poetas, que )
siempre se alimentan de la fábula.
¿Cómo hizo la Europa para acarrearse en este con-
linente lo bueno que dejó?
Lo trajo en sus hombres, en sus colonos.
En efecto: a excepción del caso de la Europa del
siglo v, vemos que los dogmas no se infunden en ei sal-
vaje. El salvaje muere con su culto.
Ni las leyes, ni las religiones, ni las ideas viajan so-
las. El hombre es el mejor conductor. O mejor, la ley
que no está encarnada en un uso o costumbre, no es ley.
Su texto escrito es un papel cadavérico. La Europa de-
bió venir con el europeo. La conquista fué necesaria.
Sin ella, hoy sería bárbara la América de punta a cabo. ^
Lamente Hunboldt cuanto quiera la pérdida de la
civilización primitiva de los mejicanos. El gran Mote-
zuma, al fin, era un gran salvaje, monarca de salvajes
como él, sin religión verdadera, sin ciencias, sin leyes,
sin instituciones cultas. El mejor de sus monumentos
arquitectónicos no vale una cornisa o un arco griego o
arabesco de los que debemos a España.
Acriminamos a los españoles de que nos gobernaron "
por tres siglos, de que nos llevaron nuestros tesoros.
¡ Nimiedades, pobrezas!
No se descubre, conquista y puebla un mundo para
botarlo a la calle. El poseedor debía conservar su teso-
ro, y para conseguirlo, esconder del poseído el secreto
de su emancipación.
¡ Se llevó nuestro oro! ¿ Y olvidamos que nos trajo el
cristianismo, el derecho romano, la lengua española, las
ciencias y las artes de la Europa; nos dio, en fin:, el
mundo que habitamos? ¿Todo esto no vale más que el
32
ALBERDI
oro descubierto y por descubrirse? ¡Grande España,
nada te hemos dado en comparación de lo que mereces!
Culpamos tu atraso, tus errores, y lo singular es que
sin haber hecho nada mejor que tu.
No necesito más que atravesar la plaza de Santiago
y observar las bellas formas de su catedral para admi-
rar el descaro con que hemos llamado nulos a los espa-
ñoles. Em^ cien años de progresos no seremos capaces
de hacer obras semejantes.
El atraso, por otra parte, no es peculiar de España.
Yo abro su Constitución en el capítulo que dice son es-
pañoles, y no encuentro el atraso declarado subdito de
-aquella nación.
En el siglo xv, la España trajo todo lo mejor que
había en Europa. Trajo la última expresión de la Edad
Media y el Renacimiento. En. ese estado han permane-
cido por tres siglos la metrópoli y las colonias. Duran-
te este tiempo no ha tenido un bien ni un mal que no
haya dividido con sus hijos. ¿Por qué culparla, pues,
de males sufridos en común ?
Con la revolución acabó en- América da Europa espa-
ñola, que nos presentó la civilización naciente del otro
continente.
¿ Quién fué el triunfador ? La Europa inglesa y fran-
cesa, que representaba la civilización de los últimos
siglos.
Esa civilización, después de triunfar en el otro con-
tinente, pasó a éste, donde hoy lucha por conquistar
victorias, pero de otro género y por otros medios que
los pasados.
P Los americanos de hoy no somos sino europeos que
OBRAS SELECTAS 33
hemos cambiado de maestros; a la iniciativa española j
ha sucedido la inglesa y francesa. j
Pero siempre es la Europa la que impera en Améri-,
ca, siempre es europeo cuanto aquí existe. j
En este nuevo período todo ha cambiado. Todo es
nuevo y diferente: los medios, el sistema; el terreno.
La Europa contemporánea viene hoy a completar en
América la obra de la Europa de la Edad Media.
Porque la obra de nuestra civilización está incom-
pleta, está recién a la mitad, y es la Europa, la autora
de la primera mitad, la que debe serlo de la segunda.
¿Por qué medio? ¿'Por la conquista militar?
No.
Ya la América está conquistada. Ya es europea, y
por lo mismo, ya es inconquistable.
La guerra de razas y conquista supone civilizaciones
inconciliables, estados opuestos: el salvaje y el europeo,
por ejemplo.
Este antagonismo no existe. El salvaje está vencido.
Aquí no tiene dominio ni señorío. Nosotros, europeos
de casta y de civilización, somos los dueños de Améri-
ca. Somos invencibles. La América es una fortaleza
con un foso de mil leguas de ancho, que es el mar que
la rodea. Esta es la obra de Dios.
Tiene además una guarnición de 40 millones de hom-
bres. Tiene el caballo árabe, máquina de guerra que no
montó Motezuma; la pólvora y el arte militar. La Eu-
ropa la pertrechó así. Es tarde, pues, para que piense
ei: ícumeter lo que ella misma hizo intomable.
¿Qué son, pues, sus pretensiones actuales?
No son bélicas ciertamente, no son de su misión.
¿Cómo ni a qué someter un mundo civilizado? La Eu-
OEEAS SELECTAS.—Tomo V. 3
34
ALBERDI
ropa de este siglo no será-la plagiaría del siglo xv. - Ya
los cerros de Méjico y Potosí están agotados. Ya el
oro no es ¿oda su riqueza. No se descubre ni conquis-
ta lo descubierto y conquistado.
Además, la Europa sabe que nada es más caro que
el esclavo. Los brazos atados no pueden producir. La
Inglaterra ¿no pacta la abolición de los esclavos por
todas partes ? Los Estados Unidos le dan hoy .el doble
de lo que le daban siendo colonia inglesa.
—¿Qué quiere, pues, la Europa hoy día en estos
países ?
—Civilización también. Luego la Europa y la Amé
tías, paz, libertades.
—¿Qué ambiciona lia América?
—Civilización también. Luego la Europa y la Amé-
rica están de acuerdo.
—Sí , ciertamente.
—¿Qui én se opone a ello?
—Los que no quieren la civilización, los que repre-
sentan el espíritu pasado y viejo, los egoístas, los que
quieren el mando personal, los que no quieren que
haya garantías, orden, libertad para los ciudadanos.
Esos niegan a la Europa lo que niegan a la Améri -
ca. ¿Qué extraño es, pues, que la Europa abrigue ha-
cia ellos las mismas quejas que tiene la América?
La América, impotente y vencida por sus tiranos,,
se entrega a su dominación.
La Europa, fuerte y dotada de medios de resistir,
no se rinde, sino que se opone y resiste.
He aquí el sentido general de sus reclamaciones.
Ellas son las mismas que la América abriga. Paz, or-
den, libertad, prosperidad: es el voto común.
OBRAS SELECTAS
35
Los egoístas, esos ladrones del poder público llama-
dos tiranos, los verdaderos conquistadores, porque no
es preciso venir de fuera para conquistar, fingen que
Hernán Cortés y Pizarra están de vuelta; y tomando
(as vestiduras primitivas de Motezuma y los Incas,
invocan, en lengua española, a Chaeabuco y Maypo,
icomo si estos triunfos hubiesen sido obtenidos por
pehuenches o indios salvajes!
Las ficciones de nuestros guerreros de 1810 eran
justificables, porque al fin levantaban del campo de sus
victorias estandartes europeos y ofrecían listas de
muertos que no habían sido bautizados en las parro-
quias de América.
Pero el Motezuma del Plata, ese salvaje apócrifo,
¿qué estandartes quita en sus guerras que llama con-
tra el europeo ? Estandartes americanos.
¿Qué sangre es la que derrama? Sangre americana.
Singular modo de defender la América asesinando
y humillando a los americanos.
Jamás quitó una cucarda ni derramó una gota de
sangre europea.
Mientras el Gobierno inglés colonizaba el archipié^
lago argentino de las Malvinas, el Grande Americano
bebía en la misma copa con el representante del Go-
bierno usurpador. Hoy que la Inglaterra le estorba de
matar a los americanos, grita al momento: "¡ Conquista,
conquista!" El asesinato es para él inmunidad america-
na. Estorbarle el ejercicio de este crimen es atacar la
América.
Este miserable, sin embargo, tiene defensores en
hombres rectos. Démonos cuenta de esta anomalía
36
ALBERDI
Veamos cómo el error inocente es cooperador del es-
píritu culpable.
Los guerreros de 1810, por quienes tengo la vene-
ración que el pueblo por los mártires revestidos de la
canonización papal, no son, sin embargo, para mí los
que poseen ideas más acertadas sobre el modo de hacer
prosperar la América que con tanto acierto supieron
substraer al poder español.
Las ficciones de patriotismo, el artificio de una causa
puramente americana de que se valieron como medios
de guerra convenientes al momento, los dominan y
poseen hasta hoy. Después de haber representado una
necesidad real y grande de la América en un momento
dado, hoy desconocen hasta cierto puntb las nuevas
exigencias de nuestro Continente. La gloria militar los
preocupa aun sobre el interés de progreso.
Para ellos el ideal de la grandeza americana está en
este cuadro de circunstancias: coronada su sien de lau-
reles y el león a sus plantas rendido. La actitud es
bella, pero su perpetuidad la haría impertinente.
A la necesidad de gloria ha sucedido la necesidad
i el provecho y de la comodidad; y el heroísmo guerre-
ro no es el órgano más competente para representar
las necesidades prosaicas del comercio y la industria.
La América está llamada a la industria, no a las
armas. Pero la industria tiene un honor peculiar que
difiere del honor militar. El honor moderno es menos
susceptible, menos asustadizo que el honor antiguo o
feudal, tipo del honor guerrero.
Así, en la pendiente de progreso que remonta la
América, nuestros padres, fatigados, han quedado más
abajo que nosotros; y nuestros ojos, sin ¿anta expe-
OBRAS SELECTAS
37
rienda y saber como ellos tienen, ven, no obstante,
más lejos y más claro en lo que toca a las nuevas con-
veniencias del mundo americano. Enamorados de su
obra, se asustan de todo lo que puede comprometerla.
Nosotros, más fijos en la obra de la civilización que
en la del patriotismo de cierta época, vemos venir sin
pavor todo cuanto la América puede producir en acon-
tecimientos grandes. Penetrados de que su situación
actual es de transición, de que sus destinos futuros
son tan grandes como desconocidos, nada nos pasma y
en todo fundamos sublimes esperanzas. Ella no está
bien; esa es nuestra fe. Está desierta, solitaria, pobre.
Pide población, prosperidad.
¿De dónde le vendrá esto al presente? De donde la
primera vez le vino: de la Europa; es nuestra fe tam-
bién.
¿Cómo? ¿En qué forma? Como en la primera vez.
vino. Ella nos traerá su espíritu nuevo, sus hábitos de
industria, sus prácticas de civilización en las poblacio-
nes, en las emigraciones que nos envíe.
Cada europeo que viene nos trae más civilización en
sus hábitos, que luego comunica en estos países, que el
mejor libro de Filosofía. Se comprende mal la perfec-
ción que no se ve, toca y palpa. El más instructivo Ca-
tecismo es uní hombre laborioso.
¿Queremos plantear en América la libertad inglesa,,
la cultura francesa? Traigamos pedazos vivos de ellas
en los hábitos de sus habitantes y radiquémoslos aquí.
¿Queremos que los hábitos de orden y de industria
prevalezcan en nuestra América? Llenémosla de gente
que posea hondamente esos hábitos. Ellos son pegajo-
33
ALBERDI
sos; al lado del industrial europeo pronto se forma el
industrial americano.
La planta de la civilización difícilmente se propaga
por semilla.
Es como la viña, que prende y cunde de gajo.
La actual población es una rama trasplantada de la
Península española. Para que el huerto sea completo
plantemos a su lado árboles de ot'ros países, que den
otros frutos más sabrosos y variados.
He aquí el modo cómo la América, hoy desierta,
debe ser un mundo opulento alguna vez.
Esta verdad es experimental; sale de lo que se ob-
serva en Norte-América. La reproducción natural es
un medio imperfecto y lento.
¿Queremos grandes Estados en poco tiempo? Trai-
gamos sus elementos, ya preparados y listos, de fuera.
Sin grandes poblaciones no hay grandes cosas. Todo
es mezquino y pequeño.
Aviso a los hombres de Estado americanos:
Las escuelas primarias, los caminos, los Bancos, son
por sí solos mezquinísimos medios sin las grandes em-
presas de producción, hijas de las grandes porciones
de hombres.
Haced pasar al roto, unidad elemental de nuestras
masas, por todas las transformaciones del mejor sis-
tema de educación; en cien años no haréis de él un
obrero inglés que trabaja, consume y vive digna y con-
fortablemente.
Poned el millón que forma la población media de
cada una de nuestras Repúblicas en el mejor pie de
educación posible. ¿Tendréis con eso un grande y flo-
reciente Estado? Ciertamente que no. Un millón de
OBRAS SELECTAS
39
hombres en un grande territorio es miserable pobla-
ción. " '
Es que educando nuestras masas tendremos orden;
teniendo orden vendrá población de fuera, me diréis.
Os diré entonces que invertís el verdadero método
de progreso. -
No tendréis orden ni educación, popular sino por el
influjo de masas introducidas con arraigados hábitos
de ese orden y buena educación.
Multiplicad la población seria y veréis a los vanos
agitadores, desairados y solos con sus planes de revuel-
tas frivolas, en medio de un mundo absorbido de ocu-
paciones graves.
¿Cómo obtener todo esto? Más fácilmente que gas-
tando millones en tentativas-mezquinas de mejoras in-
terminables.
Comenzad por comprenderlo y creerlo así. Firmad
tratados con el Extranjero en que deis garantías ée
que sus derechos naturales de propiedad, de libertad,
de seguridad, adquisición y tránsito les serán respeta-
dos. Esos tratados son la más bella parte de la Cons-
titución.
Y cuando en el desorden en que vivimos se haya
faltado a esto, y el Gobierno nacional del perjudicado
reclame lo pactado, no os enfadéis por eso al momento
ni gritéis: ¡Conquista, ofensa!
No va bien tanta susceptibilidad a pueblos nacientes,
•que para prosperar necesitan de todo el mundo. Para
cada edad y situación hay un honor especial. Compren-
der el que conviene a nuestra edad y situación es im-
portante deber. Seamos mirados para desnudar la es-
pada. No porque somos debites, sino porque nuestra
40
ALBERDI
inexperiencia, desorden y violencia normales nos dan
la presunción de culpabilidad ante el mundo en todos
nuestros conflictos y disputas.
El coraje y la victoria nos darán laureles. Pero el
laurel es planta estéril para América. No produce fruto-
de sólido provecho. Vale más la espiga modesta de la
paz. Esa espiga es de oro, no en la lengua del poeta,
sino en 'la lengua del economista.
La República Argentina, cubierta de laureles y de
andrajos es de mal ejemplo.
Los Estados Unidos tienen en sus templos menos
estandartes quitados al vencido que nosotros, menos
glorias militares; pero valen algo más que nosotros.
Ellos no aborrecen al europeo. Al contrario, le atraen,
no generosa, sino diestramente, y le asimilan a su po-
blación. Así, en veinte años improvisan Estados nue-
vos, porque toman las piezas hechas para su formación.
La bandera estrellada no por eso es menos grande y
brillante.
Dejemos a los héroes con. los tiempos semibárbaros
a que pertenecen.
El tipo del héroe americano en lo futuro no es Na-
poleón, sino Washington. A los héroes de la guerra
han sucedido los héroes del orden y la paz.
Reducir ocho mil hombres ai dos horas al número
de mil por la acción de la espada: he ahí el heroísmo
militar y pasado.
Por el contrario. Hacer subir en veinticuatro horas
dos mil hombres al número de ocho mi l: he aquí el
heroísmo del hombre de Estado moderno.
El censo de la población es la mejor medida de la
capacidad de un ministro americano. Sin población no.
OBRAS SELECTAS
41
habrá nada en América. ¿Para qué los caminos si no
hay caminantes ni qué transportar? Sin abundante
peaje las grandes rutas son imposibles.
Bolivia es cuerda en abandonar la exploración del
Pilcomayo. Esa no es empresa suya por ahora. Que la
América abra sus entrañas a'l comercio libre del mun-
do, y sus desiertos ríos se verán navegados y florecien-
tes instantáneamente sin esfuerzo ni sacrificio.
He aquí la gran cuestión, y su hora ha sonado por
fortuna.
Desde la mitad del siglo xvi la América interior y
mediterránea ha sido un sagrario impenetrable para la
Europa no peninsular. Está por sonar la hora de su
franquicia absoluta y general. En trescientos años no
ha ocurrido un momento más solemne para el mundo
de Colón.
La Europa del momento no viene a tirar cañonazos
a esclavos. Quiere sólo quemar carbón de piedra en
lo alto de los ríos, que hoy corren para los peces. Cuan-
do la campana del vapor haya sonado delante de la
solitaria y virginal Asunción, la sombra de Suárez que-
dará atónita a la presencia de estos nuevos misioneros,
que visan empresas desconocidas a los jesuítas del si-
glo XVIII. Las aves, poseedoras hoy de los encantados
bosques, darán un vuelo de espanto. Y el salvaje del
Chaco, apoyado en el arco de su flecha, contemplará
con tristeza el curso de la formidable máquina, que le
intima el abandono de aquellas márgenes. Resto infeliz
de la criatura primitiva: decid adiós al dominio de
vuestros pasados. La razón despliega hoy sus banderas
sagradas en el país que no protegerá más con asilo in-
merecido la bestialidad de la más noble de las razas.
.)( > ALBERDI
Os quedan dos caminos de salvación en lo fuái ro: o d
altar del cristiano, por donde se monta al cielo, o el
abismo de los ríos, por donde se pasa a la nada de los
brutos. Elegid uno, porque no hay término medio.
COCO
III
LA REPÚBLICA ARGENTINA
3 ? S K D E S P U É S D E S i l R E V O L U C I Ó N D E M A Y O
1847
Toutes les aristocraties, san-
glaise, russe, allemande, n'ont
besoin que de montrer une cho-
se en témoignage contre le Frail-
ee : — les tableaux qu'elle f ait
d'elle méme par la main de ses
grans écrivains, amis la plupart
du peuple et partisans du progrés.
Neul peuple ne résisterait á
ane telle épreuve. Cette manie
singuliére de se dénigrer soi-
méme, d'étaler ses plaies, et com-
me d'aller chercher la honte,
serait mortelle á la longue.
J. MICHELET.
Hoy más que nunca, el que ha nacido en el hermoso
país situado entre la cordillera de los Andes y el Río
de la Plata tiene derecho a exclamar con orgullo: Soy
argentino.
En el suelo extranjero en que resido, no como pros-
cripto, pues he salido de mi patria según ¡sus leyes, sino
por franca y libre elección, como puede residir un in-
glés o un francés alejado de su país por conveniencia
propia; en el lindo país que me hospeda y tantos goces
brinda al que es de fuera, sin hacer agravio a su ban-
4
6 ALBERDI
dera, beso con amor los colores argentinos y me sient'o
vano al verles más ufanos y dignos que nunca.
La verdad sea dicha sin mengua de nadie: los colo-
res del Río de la Plata no han conocido la derrota ni la
defección. En las manos de Rosas o de Lavalle, cuando
no han patrocinado la victoria han presidido a la li-
bertad. Si alguna vez han caído en el polvo, ha sido
ante ellos propios; en guerra de familia, nunca a la
planta del extranjero.
Guarden, pues, sus lágrimas los generosos llorones
de nuestras desgracias; que, a pesar de ellas, ningún
pueblo de esta parte del Continente tiene derecho a
tributarnos piedad.
La República Argentina no tiene un hombre, un su-
ceso, una caída, una victoria, un acierto, un extravío
en su vida de nación de que deba sentirse avergonzada.
Todos los reproches, menos el de villanía. Nos viene
este derecho de la sangre que corre en nuestras venas:
es la castellana; es la del Cid, la de Pelayo.
Lleno de efusión patriótica y poseído de esa impar-
cialidad que da el sentimiento puro del propio nacio-
nalismo, quiero abrazarlos todos y encerrarlos en un
cuadro; cegado alguna vez del espíritu de parñdo he
dicho cosas que han podido halagar el oído de los celos
rivales; que me oigan ellos hoy algo que no les pare-
cerá tan halagüeño: ¿no habrá disculpa para el egoísmo
de mi patriotismo local, cuando la parcialidad en favor
del propio suelo es un derecho de todos ?
Me conduce a más de esto una idea seria; y es Ja de
la necesidad que todo hombre de mi país tiene de reca-
pacitar hoy sobre el punto en que se halla nuestra fa-
milia nacional,-qué medios políticos poseemos sus hi-
OBRAS SELECTAS
47
jos, qué deberes nos cumplen, qué necesidades y votos
forman 4a orden del día de la afamada República Ar -
gentina.
No sería extraño que alguien hallase argentino este
panfleto, pues voy a escribirlo con tintas de colores
blanco, y azul
Si digo que la República Argentina está próspera en
medio de sus conmociones, asiento un hecho que todos
palpan; y si agrego que posee medios para estarlo más
que todas, no escribo una paradoja.
No habrá hombre que me niegue que su estado es
respetable y que él nada tiene de vergonzoso. ¿ Por qué
no decirlo alguna vez con la frente descubierta? La
República Argentina ha podido conmover la sensibili-
dad extraña con los cuadros de su guerra civil; ha po-
dido parecer bárbara, cruel; pero nunca ha sido el ri-
dículo de nadie; y la desgracia que no llega hasta la
befa, está lejos de ser la última desgracia.
En todas épocas la República Argentina aparece al
frente del movimiento de esta América. En lo bueno y
en ilo malo su poder de iniciativa es el mismo: cuando
no se arremeda a sus libertadores, se imita a sus ti-
ranos.
En la revolución, el plan de Moreno da la vuelta a
nuestro Continente.
En la guerra, San Martín enseña a Bolívar el cami-
no de Ayacucho.
Rivadavia da a la América el plan de sus mejoras e
innovaciones progresivas. ¿Qué hombre de Estado an-
tes que él puso a la orden del día las cuestiones de ca-
minos, canales, Bancos, instrucción pública, postas, li-
bertad de cultos, abolición de fueros, reforma religiosa..
48
ALBERDI
y militar, colonización, tratados de comercio y navega-
ción, centralización administrativa y política, organi-
zación del régimen representativo, sistema electora!,
aduanas, contribuciones, leyes rurales, asociaciones
útiles, importaciones europeas de industrias descono-
cidas? La compilación de los decretos de su época es
un código administrativo perfecto; como los decretos
de Rosas, contienen el catecismo del arte de someter
despóticamente y enseñar a obedecer con sangre.
De aquí a veinte años muchos Estados de América
se reputarán adelantados porque estarán haciendo lo
que Buenos Aires hizo treinta años ha; y pasarán cua-
renta antes que lleguen a tener su respectivo Rosas.
Digo su Rosas porque le tendrán. No en vano se le
llama desde hoy hombre de América. Lo es en verdad,
porque es un tipo político que se hará ver alrededor de
América como producto lógico de lo que en Buenos
Aires lo produjo y existe en los Estados hermanos.
En todas partes el naranjo, llegando a cierta edad, da
naranjas. Donde haya Repúblicas españolas formadas
de antiguas colonias, habrá dictadores, llegando a cier-
ta altura el desarrollo de las cosas.
No se aflijan ellas por esta idea. Esto es decir que
avanzarán tanto como hoy lo está la República Argen-
tina, no importa por qué medios. Rosas es un mal y un
remedio a la vez; la América lo dice así respecto de
Buenos Aires, y yo lo reproduzco como verdadero,
respecto de ila América, para más adelante.
No es éste un maligno y vengativo presagio de un
mal deseado. Aunque opuesto a Rosas como hombre
de partido, he dicho que escribo esto con colores ar-
gentinos.
OBRAS SELECTAS
49
Rosas no es un simple tirano, a mis ojos. Si en su
mano hay una vara sangrienta de fierro, también veo
en su cabeza 4a escarapela de Be'lgrano. No me ciega
tanto el amor de partido para no conocer lo que es
Rosas bajo ciertos aspectos.
Sé, por ejemplo, que Simón Bolívar no ocupó tanto
el mundo con su nombre como el actual Gobernador
de Buenos Aires.
Sé que el nombre de Washington es adorado en el
mundo, pero no más conocido que el de Rosas.
Los Estados Unidos, a pesar de su celebridad, no
tienen hoy un hombre público más expectable que el
general Rosas. Se habla de él popularmente de un cabo
al otro de la América, sin haber hecho tanto como
Cristóbal Colón. Se le conoce en el interior de Europa
más o menos como a un hombre visible de Francia o
Inglaterra, y no hay lugar en el mundo donde no sea
conocido su nombre, porque no hay uno adonde no
llegue la Prensa inglesa y francesa, que hace diez años
le repiten día por día. ¿Qué orador, qué escritor céle-
bre del siglo x i x no le ha nombrado, no ha hablado de
él muchas veces? Guizot, Thiers, O'Connell, Lamarti-
ne, Pailmerston, Aberdeen, ¿cuál es la celebridad par-
lamentaria de esta época que no se haya ocupado de él
hablando a la faz de la Europa? Dentro de poco será
un héroe de romance; todo está en que un genio joven,
recordando lo que Chateaubriand, Byron y Lamartine
deben a los viajes, se lance a través del Atlántico en
busca del inmenso y virginal terreno de explotación
poética, que ofrece el país más bello, más espectable
y más abundante en caracteres sorprendentes del Nue-
vo Mundo.
OBRAS SELECTAS.—Tomo V .

ALBERDI
Byron, que alguna vez pensó en visitar a Venezuela,
y tanto ansió por atravesar la línea equinoccial, habría
sido atraído a las márgenes del inmenso Plata, si du-
rante sus días hubiese vivido el hombre que más colo-
res haya podido ofrecer, por su vida y carácter, a los
cuadros de su pincel diabólico y sublime: Byron era el
poeta predestinado de Rosas; el poeta del Corsario,
del Pirata, de Mazzepa, de Marino Falieío. Sería pre-
ciso que el héroe como el cantor pudieran definirse
ángel o demonio, como Lamartine llamó al autor de
Childe-Harold.
Sería necesario no ser argentino para desconocer la
verdad de estos hechos, y envanecerse de ellos, sin
mezclarse a examinar la legitimidad del derecho con
que ellos ceden en honra de la República Argentina,
bastando fijarse en que la gloria es independiente a ve-
ves de la justicia, de la utilidad y hasta del buen sen-
tido común.
Así , yo diré con toda sinceridad una cosa que con-
sidero consecuente con lo que dejo expuesto: Si se
perdiesen los títulos de Rosas a la nacionalidad argen-
tina, yo contribuiría con un sacrificio no pequeño al
logro de su rescate. Me es más fácil declarar que ex-
plicar el motivo por que me complazco en pensar que
Rosas pertenece al Río de la Plata.
Pero, cuando hablando así, se nombra a Rosas, se
habla de un general argentino, se habla de un hombre
del Plata, o, más propiamente, se habla de la Repú-
blica Argentina. Hablar de la espectabilidad de Rosas,
es hablar de la espectabilidad del país que representa.
Rosas no es una entidad que pueda concebirse en abs-
tracto y sin relación al pueblo que gobierna. Como to-
OBRAS SELECTAS
51
dos ios hombres notables, el desarrollo extraordinario
de su carácter, supone el de la sociedad a que pertene-
ce. Rosas y la República Argentina son dos entidades
que se suponen mutuamente: él es lo que es porque es
argentino i su elevación supone la de su país; el temple
de su voluntad, la firmeza de su genio, la energía de su
inteligencia, no son rasgos suyos, sino del pueblo, que
él refleja en su persona. La idea de un Rosas boliviano
o ecuatoriano, es un absurdo. Sólo el Plata podía dar
por hoy un ¡hombre que haya hecho lo que Rosas. Un
hombre fuerte supone siempre otros muchos de igual
temple a su alrededor. Con un ejército de ovejas, un
león a su cabeza sería hecho prisionero por un solo
cazador.
Suprimid Buenos Aires y sus masas y sus innume-
rables hombres de capacidad, y no tendréis Rosas.
Se le atribuye a él exclusivamente la dirección de la
República Argentina. ¡ Error inmenso! El es bastante
sensato, para escuchar cuando parece que inicia; como
su país, es muy capaz de dirigir cuando parece que
obedece.
Rosas no es Pedro de Rusia. La grandeza argentina
es más antigua que él. Rosas es posterior a Liniers en
cuarenta años; a Moreno, a Belgrano, a San Martín,
en treinta; a Rivadavia, en veinte. Bajo su dirección,
Buenos Aires lia lanzado un no altanero a la Inglate-
rra y a la Francia coaligadas; en 1807 hizo más que eso,
sin tener a Rosas a la cabeza: despedazó en sus calles
15.000 soldados de la flor de los ejércitos británicos y
arrebató los cien estandartes que hoy engalanan sus
templos.
En 1810, sin tener a Rosas a su cabeza, hizo rodar
52
ALBERDI
por el suelo la corona que Cristóbal Colón condujo aí
Nuevo Mundo.
En 9 de Julio de 1816 la República Argentina es-
cribió la página de oro de su independencia, y el nom-
bre de Rosas nú está al pie de ese documento.
En ese mismo año, los ejércitos argentinos treparon,
con cañones y caballería, montañas dos veces más altas
que el Monte-Cenis y el San Bernardo, para ayudar
a Chile a hacer lo qué se había consumado al otro iado;
pero no es Rosas el que firma los boletines victoriosos
de Chacabuco y Maypo, sino el argentino D. José de
San Martín.
Toda la gloria de Rosas, elevada al cuadrado y mul-
tiplicada diez veces por sí misma, no forma un trofeo
comparable en estimación al estandarte de Pizarro ob-
tenido por San Martín, en su campaña del Perú,
de 1821.
Esto no es apocar el mérito de Rosas. Esto es agran-
dar el mérito de la República Argentina; esto es decir
que no es Rosas el que ha venido a enseñarle a ser
brava y heroica.
De aquí se sigue una conclusión muy lógica y natu-
ral, a saber: que no bien nabrá dejado Rosas de figu-
rar al frente de la República Argentina, cuando ya
otro hombre tan notable como él y otras escenas tan
memorables como las suyas, estarán llamando la aten-
ción hacia la República, que desde los primeros días
de este siglo nunca dejó de hacerse espectable, por sus
hombres y sus hechos.
Pero, hoy mismo, ¿es acaso Rosas y su partido lo
único que ofrezca ella de extraordinario y digno de
admiración ?
obras selectas
53
Eso sería ver vina mitad de la verdad, y no ta verdad
entera.
Nadie es grande sino midiéndose con grandes. Se
alaba mucho la heroica constancia de Rosas;; pero la
constancia de su acción, ¿no supone ia de la resisten-
cia que él trata de extinguir? Si la pertinacia con que
Rosas persigue a sus enemigos hace veinte años ofre-
ce ese interés de una voluntad que no cambia jamás,
no es menos digna de admiración la invariable' tenaci-
dad con que ellos reaccionan su poder por el mismo
espacio de tiempo.
No es mi ánimo entablar aquí un paralelo compa-
rativo del mérito de los dos partidos en que se divide
la República Argentina. Mitades de mi país, igualmen-
te queridas, uno y otro, yo quiero hacer ver el heroís-
mo que les asiste a los dos. En ambos se observan los
caracteres de un gran partido político: la América del
Sur no presenta en la historia de sus guerras civiles
dos partidos más tenaces en su acción, más consagra-
dos a su idea dominante, más bien organizados, más
leales a su bandera, más claros en sus fines, más lógi-
cos y consecuentes en su marcha.
Estas cualidades no presentan tanto relieve en el
partido unitario porque no ha tenido un hombre solo
en que él se encarne. No ha tenido ese hombre porque
nunca le tienen las oposiciones que se pronuncian y or-
ganizan militarmente en el seno de las masas popula-
res; ha tenido infinitas cabezas en vez de una, y por
eso ha dividido y perturbado su acción, haciendo es-
tériles sus resultados.
Pero ¿no es tan admirable como la constancia de
Rosas y los suyos la de esos hombres que en k patria,
54
alberdi
en el Extranjero, en todas partes luchan hace veinte
años, arrostrando con firmeza de héroes todas las con-
trariedades y sufrimientos de la vida extranjera, sin
•doblegarse jamás, sin desertar su bandera, sin aposta-
tar nunca bajo el manto de esas flojas amalgamas, ce-
lebradas en nombre del derecho parlamentario ?
Se han hecho reproches a uno y otro, unas veces
merecidos, las más veces injustos. El reaccionario, te-
niendo que luchar con masas sin disciplina, improvi-
sando sus soldados, sus jefes, su arreglo y sus recur-
sos, ha sido objeto de desagradables imputaciones.
Pero ¿en qué reacción no se vieron excesos de ese
género? La santa guerra de la Independencia contra
ia España, ¿no presentó infinitos rasgos de esos que el
brillo del suceso y la justicia han dejado en el silencio?
¿ No se oyen hasta hoy murmuraciones secretas contra
los grandes nombres de San Martín y Bolívar, Carrera
y O' Higgins, Monteagudo y La Mar, por actos inaper-
cibidos, que en el laberinto de una gran guerra prac-
ticaron las masas de su mando?
Revelad, a ver, con justicia o sin ella, algún acto de
cobardía, algún proceder de crapulosa indignidad que
manche la vida de los Rivadavia, Agüero, Pico, Al-
sina, Várela, Lavalle, Las Heras, Olavarría, Suárez y
tantos otros alistados como jefes en las filas nobles
del partido unitario.
Este elogio no es un rasgo de esa rutinera declama-
ción de los partidos. Es la justa vindicación de una
mitad de la República Argentina.
Se imputan faltas y extravíos a uno y otro. Los tie-
nen tal vez, los han cometido, y el primero de ellos es
el de haberse lanzado a las armas para desgarrarse
OBRAS SELECTAS
55
mutuamente. Pero una vez metidos en guerra—último
extravío de la pasión y del calor—, ¿ha podido pare-
cer extraño que incurriesen en algunos otros? ¿A cuál
no conduce la fiebre de una contienda de sangre, en que
están empeñados el honor, la fe política, el interés de
una causa considerada como la de la patria misma?
El partido federal echó mano de la tiranía; el uni-
tario, de la Liga con el Extranjero. Los dos hicieron
mal. Pero los que han mirado esta Liga como crimen
de traición, ¿por qué han olvidado que no es menor
crimen el de la tirania? Hay, pues, en ello dos faltas
que se explican la una por la otra. Digo faltas, y no
crímenes, porque es absurdo pretender que los partidos
argentinos hayan sido criminales en el abuso de sus
medios.
Rosas tiene quienes comprendan sus miras, porque
es vencedor. Los unitarios, no, porque están caídos.
Así es el mundo en sus fallos. Llama traidor a Lavalle
porque murió derrotado en Jujuy. Si hubiese entrado
victorioso en Buenos Aires le habría llamado Liber-
tador. Si O'Higgins y San Martín hubiesen sido de-
rrotados en Maypo, capturados y colgados al otro día
en la plaza de Santiago; si otro tanto hubiese sucedido
a los revolucionarios de Septiembre y subsistiese has-
ta hoy la dominación de los españoles, aquellos gran-
des de primer orden estarían olvidados como obscuros
insurgentes, dignos del patíbulo en que expiaran su
traición.
La pasión, en su idioma de embuste y de hipérbole,
ha podido sólo dar el nombre de traición a la simple
alianza militar de los unitarios con las fuerzas de la
Inglaterra y de la Francia.
56
AL BERDI
La traición es un crimen; pero no hay crimen cuan-
do no hay intención de obrar el mal. Es, pues, algo más
que un proceder ligero; es un acto de imbecilidad el
presumir que hombres de la sinceridad, del calor, del
patriotismo de Layalle, Suárez, Olavarría, etc., hayan
podido abrigar la intención de deshonrar los colores
que defendieron desde niños en cien combates de glo-
ria y de honor, exponiendo su vida ante las balas ex-
tranjeras. Si lo hubiesen hecho otros hombres, sin los
antecedentes de aquéllos, el sofisma sería menos ma-
nifiesto. ¡ Pero imputar traición a la patria a los que
han creado y fundado la patria con su espada y con
su sangre I ¡ Lavalle, Paz, Rodríguez, que no tenían más
fortuna que sus gloriosos trofeos, obtenidos en la gue-
rra de la independencia de América, habían de tener la
intención de pelear para después del triunfo entregar
al Extranjero la patria, su independencia, sus insig-
nias y hasta su honor y libertad personales! Los tira-
nos han gastado el sentido de la palabra traición, abu-
sando de ella; de modo que es raro que alguna vez, so-
bre todo en países jóvenes y guerreros, se aplique con
justicia. Pero cuando se usa de ella contra los unita-
rios de la República Argentina se comete algo más que
un error común; se comete, como he dicho, un acto de
imbecilidad inexcusable. Tiberio, el tenebroso y san-
griento Tiberio, llegó a ver él crimen de traición hasta
en un verso, en una palabra indiscreta y confidencial,
en una lágrima, en una sonrisa, en ¡as cosas más in-
significantes (i ). Dionisio el Tirano hizo condenar a
muerte a un hombre que soñó que le había asesinado.
(i) Tácito, Anales, lib. 6 y I I .
OBRAS SELECTAS
57
"Alterad un poco el sentido de la palabra traición—
decía Montesquieu—y tendréis el Gobierno legal con-
vertido en arbitrario."
"''Un reproche grave—dice Chateaubriand:—se li-
gará a la memoria de Bonaparte: hacia el fin de su rei-
nado tomó tan pesado su yugo, que el sentimiento hos-
til ai extranjero se amortiguó; y una invasión, hoy de
doloroso recuerdo, tomó, en el momento de consumar-
se, el aire de una campaña de libertad. . . Los Lafa-
yette, los Lanj uníais, los Camilo Jordán, los Ducis, los
Lemercier, los Chenier, los Benjamín Constant, er-
guidos en medio de la multitud impetuosa, se atrevie-
ron a despreciar la victoria y protestar contra la tira-
nía. . . " "Abstengámonos, pues, de decir que aquellos
a quienes la fatalidad conduce a pelear contra un po-
der que pertenece a su país sean unos miserables; en
todos los tiempos y .países, desde los griegos hasta -nos-
otros, todas las opiniones se han apoyado en las fuer-
zas que podían asegurarles su triunfo. Algún día se
leerá en nuestras Memorias las ideas de Mr. De Ma-
lesherbes sobre la emigración. No conocemos en Fran-
cia un solo partido que no haya tenido hombres en el
suelo extranjero, mezclados con los enemigos y mar-
chando contra la Francia. Benjamín Constant, ayu-
dante de campo de Bernadotte, servia en el ejército
aliado que entró en París, y Carrel fué tomado con las
armas en la mano en las filas españolas" (i ).
(i) Congreso de Verona, por Chateaubriand, cap. XXXI y
XXXVI I . Bastaría traer, en apoyo de lo que dice este historia-
dor, el recuerdo de la gloriosa revolución de los ingleses, pro-
movida y apoyada por una escuadra y trece mil bayonetas ho-
landesas.
58
ÁLBEEDI
Inútil es decir que Lafayette, Ghenier, Constant, Ga-
rre!, son nombres que todos los partidos en Francia se
vanaglorian de contar entre sus hombres célebres. ¿De
qué nace este modo de verlos, a pesar de aquellos ac-
tos, que un sofista habría apellidado de traición? Del
convencimiento universal de que sus intenciones, al
ejecutarlos, eran enteramente francesas y patrióticas, y
que sólo una situación del todo excepcional podía ha-
berles colocado en el caso de buscar el bien de la patria
por un camino semejante.
Los unitarios en Buenos Aires 'han hecho menos que
Constant, Carrel y Lafayette en Francia: ellos no han
marchado jamás contra una cosa que pudiera decirse
su país. Han marchado con su bandera, con su cucar-
da, con sus jefes, por su camino, a su fin aparte y pe-
culiar, después de haber exigido y obtenido declara-
ciones escritas y solemnes que ponían al abrigo el ho-
nor y la integridad de la República contra toda mira
perniciosa de parte del extranjero. Era imposible em-
plear ese medio delicado de reacción con más discre-
ción, reserva y prudencia que lo hicieron ellos. Son
bien conocidos los documentos que lo prueban, a más
del justificativo que nace de los resultados.
Otras miras altas y nobles explican también la con-
ducta de los argentinos que en 1840 se unieron a las
fuerzas francesas para atacar el poder del general Ro-
sas. Esa unión tenia miras más lejanas que un simple
cambio de gobernador en Buenos Aires. Dirélas con la
misma sinceridad y franqueza con que entonoes se ma-
nifestaban. Podrán ser erróneas; eso depende del modo
de pensar de cada uno { pero jamás se mezcló el dolo a
su concepción. Pertenecían generalmente a los hambres
OBRAS SELECTAS
59'
jóvenes del partido reaccionario, y éstos las debían a
sus estudios políticos de escuela. Sospechar que la trai-
ción se hubiese mezclado en ellas, es suponer que hu-
biese habido gentes bastante neoias para iniciar a es-
tudiantes de Derecho público en los arcanos de esa di-
plomacia obscura que, según algunos, tiende a cambiar
el principio político del Gobierno en América.
La idea trascendente de 'os jóvenes defensores de
esa Liga era la de introducir, conciliando con la nacio-
nalidad perfecta del país, el influjo de la acción civili-
zadora de la Europa, por medios honorables y admiti-
dos por el derecho de gentes, a fin de hacer practicable
en América un orden de cosas político, en el que las
ideas más adelantadas y liberales contasen con una ma-
yoría de población ilustrada, desenvuelta bajo el influjo
de leyes e instituciones protectoras de tal dirección de
cosas. Querían, en una palalabra, buscar una fórmuia.
de solución para el problema del establecimiento de ¡a
libertad política en América: de ese problema que aún
permanece sin solución, pues no lo son, de ningún mo-
do, esas Constituciones escritas que, por lo inadecua-
das e impracticables, sólo sirven las más veces para,
fomentar ia hipocresía de la libertad, tan opuesta a la
libertad verdadera. ¿Ignora alguno que la América del
Sur, desde la proclamación de la democracia ilimitada,
se halla en una falsa posición? ¿Que el orden ensayado
hasta aquí es transitorio, porque es inadecuado, y que
es necesario traer las cosas a bases más normales y
verdaderas? ¿Quién que medite con sinceridad sobre
lo que son nuestras Constituciones actuales no com-
prende toda la importancia y dificultad de esta materia,
y la necesidad profunda de ocuparse de ella?
ALBERDI
Bien; pues esos jóvenes, abordando esa cuestión,
que es l a de la vida misma de esta parte _del Nuevo
Mundo, pensaron que mientras prevalezca el ascen-
diente numérico de la multitud ignorante y proletaria,
revestida por l a revolución de la soberanía popular, se-
ría siempre reemplazada la libertad por el régimen del
despotismo militar de un solo hombre; y que no había
más medio de asegurar la preponderancia de las rni-
norías ilustradas de estos países que dándoles ensan-
chamiento por vínculos y conexiones con influencias
civilizadas traídas de fuera, BAJO CONDICIONES COMPA-
TIBLES CON LA INDEPENDENCIA Y DEMOCRACIA AMERI-;,
CANAS, PROCLAMADAS POR LA REVOLUCIÓN DE UN MODO
IRREVOCABLE.
Absurdo o sabio, este era el pensamiento de los que
en esa época apoyaban la Liga con las fuerzas euro-
peas para someter el partido de la multitud plebeya,
capitaneada y organizada militarmente por el general
Rosas. Los partidarios de esas ideas las sostenían pú-
blica y abiertamente por la Prensa con el candor y el
desinterés que son inherentes al carácter de la ju-
ventud.
Esa cuestión es tan grave, afecta de tal modo la
existencia política de los nuevos Estados de América,
es tan incierta y obscura, cuenta con tan pocos pasos
dados en su solución, que es preciso hallarse muy atra-
sado en experiencia y buen sentido político para cali-
ficar de extraño este o aquel plan de solución ensaya-,
•do. Ese punto ha llamado la atención de todos los hom-
bres que han pensado seriamente en ios destinos po-
líticos del Nuevo Mundo / y en él han cometido erro-
res de pensamiento Bolívar, San Martín, Monteagudo,
OBRAS SELECTAS
Rivadavia, Alvear, Gómez y otros no menos especta-
bles por su mérito y patriotismo americano. Mil otros
errarán tras ellos en la solución de ese problema, y no
serán las cabezas menos altas y menos distinguidas..
pues los únicos para quienes la cuestión está ya. re-
suelta son los demagogos, que engañan a la multitud, y
los espíritus limitados, que se engañan a sí mismos.
Si, pues, los partidos argentinos han podido padecer
extravío en la adopción de sus medios, en ello no han
intervenido el vicio ni la cobardía de los espíritus, sino
la pasión, que, aun siendo noble y pura en sus fines, es
casi siempre ciega en el uso de sus medios, y la inexpe-
riencia de que adolecen los nuevos Estados de este con-
tinente, en lo tocante al sendero por donde deben con-
ducir los pasos de su vida pública.
No; la República Argentina no es un país depravado.,
como lo suponen los que la juzgan por los dictados que
ella propia se ha dado en el delirio de la fiebre revolu-
cionaria. Son sus partidos políticos los que la han difa-
mado en el exterior, exagerando mutuamente, en el
calor de la pelea, sus defectos, y suponiendo otros, co-
mo medio ordinario de ataque y destrucción. Juzgar de
la República Argentina por la Prensa de sus partidos
en armas, es juzgar de la Francia por los cuadros lú-
gubres que de ella hace la impaciente misantropía de
algunos de sus grandes escritores, que viviendo en la
perfección del porvenir sólo ven en el presente vicios,,
desorden, iniquidad y mentira.
Cada partido ha tenido cuidado en ocultar o desfigu-
rar las ventajas y méritos de su rival. Según la prensa
de Rosas, la mitad más culta de la República Argen-
tina es igual a las ordas meridionales de Pehuenches y
ALBERDI
Pampas; se compone de los salvajes unitarios (como
quien dice los salvajes progresistas, siendo la unidad el
término más adelantado, la idea más alta de la ciencia
política). Los unitarios, por su parte, han visto muchas
veces en sus rivales a los caribes del Orinoco. Cuando
algún día se den el abrazo de paz, en que acaban las
más encendidas luchas, qué diferente será el cuadro
que de la República Argentina tracen sus hijos de am-
bos campos.
¡Qué nobles confesiones no se oirán alguna vez de
boca de los frenéticos federales! ¡ Y los unitarios, con
qué placer no verán saür hombres de honor y de cora-
zón de debajo de esa máscara espantosa con que hoy
se disfrazan sus rivales cediendo a las exigencias tirá-
nicas de la situación!
Entre tanto, no hay que hacer un delito a los escri-
tores que involuntariamente dañan al país, dañándose
ellos, por más que diga Michelet que eso disminuya
su lustre a los ojos del extranjero. Los pueblos repre-
sentativos tienen que vivir hoy como ese romano que
.quería habitar una casa de cristal para ostentar la dia-
fanidad de su vida privada. Es necesario hacer una
vida de verdad, y mostrarla al mundo tal cual es, con
sus faltas y méritos. Para remediar el mal es preciso
decirlo en alta voz: la sociedad y el Poder son sordos;
para que oigan es preciso hablarles con la bocina de la
Prensa y la tribuna. Pero es imposible levantar la voz
en la casa, sin que la escuche el vecino. No queda otro
remedio que refugiarse bajo el consolador axioma que
dice: '"'Hombre soy, y de nada me reputo ajeno. " Si
algunos pueblos no tienen errores que lamentar, es por-
que no han empezado a vivir. Las grandes naciones
OBRAS SELECTAS
6
3
tienen sus manchas a la espalda; los pueblos muy atra-
sados las tienen en el porvenir. En el pueblo, como en
el hombre, la enfermedad es un estado anormal y tran-
sitorio ; nuestro país se aproxima al fin de sus achaques.
Se oye también que la República Argentina padece
atraso general por consecuencia de su larga y san-
grienta guerra. Este error, el más acreditado fuera de
sus fronteras, viene también de las mismas causas que
el otro. Sin duda que la guerra es menos fecunda en
ciertos adelantos que la paz; pero trae consigo ciertos
otros que le son peculiares, y los partidos argentinos
los han obtenido con una eficacia igual a la intensidad
de los padecimientos.
La República Argentina tiene más experiencia que
todas sus hermanas del Sur, por la razón de que ha pa-
decido más que ninguna. Ella ha recorrido un camino
que las otras están por principiar.
Como más próxima a la Europa, recibió más pronto
el influjo de sus ideas progresivas, que fueron pues-
tas en ejecución por la revolución de Mayo de 1810, y
más pronto que todas recogió los frutos buenos y ma-
los de su desarrollo, siendo por ello en todos tiempos
futuro para los Estados menos vecinos del manantial
trasatlántico de los progresos americanos lo que cons-
tituía el pasado de los Estados del Plata. Así, hasta en
lo que hoy se toma como señal de atraso en la Repú-
blica vecina, está más adelantada que las que se repu-
tan exentas de esos contratiempos, porque no han em-
pezado aún a experimentarlos.
Un hecho notable, que hace parte de la organización
definitiva de la República Argentina, ha prosperado al
través de sus guerras, recibiendo servicios importantes
6
4
ALBERDI
hasta de sus adversarios. Ese hecho es la centralización
del Poder nacional. Rivadavia proclamó la idea de la
unidad; Rosas la ha realizado. Entre los federales y
los unitarios han centralizado la República i lo que
quiere decir que la cuestión es de voces, que encubren
mera fogosidad de pueblos jóvenes, y que en el fondo,
tanto uno como otro, han servido a su patria, promo-
viendo su nacional unidad. Los unitarios han perdido;,
pero ha triunfado la unidad. Han vencido los federa-
les; pero la federación ha sucumbido. El hecho es que
del seno de esta guerra de nombres ha salido formado
el poder, sin el cual es irrealizable la sociedad, y la
libertad misma, imposible.
El poder supone, como base de su existencia firme,
el hábito de la obediencia. Ese hábito ha echado raíces,
en ambos partidos. Dentro del país, Rosas ha enseñado
a obedecer a sus partidarios y a sus enemigos; fuera
de él, sus enemigos ausentes, no teniendo derecho a
gobernar, han pasado su vida en obedecer, y por uno
y otro camino ambos han llegado al mismo fin:
A este respecto ningún país de América meridional
cuenta con medios más poderosos de orden interior
que la República Argentina.
No hay país de América que reúna mayores cono-
cimientos prácticos, acerca de los Estados hispanoame-
ricanos, que aquella República, por la razón de ser el
que haya tenido esparcido mayor número de hombres
competentes fuera de su territorio, y viviendo regu-
larmente ingeridos en los actos de la vida pública de
los Estados de su residencia. El día que esos hombres,
vueltos a su país, se reúnan en Asambleas deliberantes,
¡qué de aplicaciones útiles, de términos comparativos,,
OBRAS SELECTAS
65
de conocimientos prácticos y curiosas alusiones no
sacarán de los recuerdos de su vida pasada en el Ex-
tranjero !
Si los hombres aprenden y ganan con los viajes,
¿•qué no sucederá a los pueblos? Se puede decir que
una mitad de la República Argentina viaja en el mun-
do de diez y veinte años a esta parte. Compuesta es-
pecialmente de jóvenes, que son la patria de mañana,
cuando vuelva al suelo nativo, después de su vida flo-
tante, vendrá poseedora de lenguas extranjeras, de le-
gislaciones, de industrias, de hábitos, que después son
lazos de confraternidad con los demás pueblos del
mundo. ¡ Y cuántos a más de conocimientos, no trae-
rán capitales a la riqueza nacional! No ganará menos
la República Argentina, dejando esparcidos en el mun-
do algunos de sus hijos ligados para siempre en países
extraños, porque esos mismos extenderán los gérmenes
de apego al país que les dio la vida que transmitan a sus
hijos.
La República Argentina tenía la arrogancia de la
juventud. Una mitad de sus habitantes se ha hecho mo-
desta, sufriendo el despotismo que ordena sin réplica:
y la otra mitad, llevando fuera la instructiva existen-
cia del extranjero.
Las masas plebeyas, elevadas al poder, han suavizado
su fiereza en esa atmósfera de cultura que las otras
dejaron, para descender en busca del calor del alma,
que, en lo moral como en lo geólogo, es mayor a medida
que se desciende. Este cambio transitorio de roles ha de
haber sido provechoso al progreso de la generalidad del
país. Se aprende a gobernar obedeciendo, y viceversa.
Si la República no ha avanzado en gloria, lo ha hecho
OBK AS SELECTAS.—Tomo V. 5
66
AL BERDI
al menos en celebridad y nombradla; y en este punto
es deudora de tales resultados a los dos partidos en
igual medida. Si ha merecido asombro Rosas por halber
repelido a los poderes extranjeros, no le han merecido
menos sus enemigos por haber movido en su favor esos
poderes. El primer partido en América que haya repe-
lido a los Estados de Europa es el de Rosas; y el pri-
mero que haya sido capaz de moverlos a tomar una
parte activa en su apoyo es el unitario. La República
Argentina es, pues, el Estado de América Meridional
que más haya hecho sentir su acción en sus relaciones
con las primeras potencias de Europa.
Los negocios del Plata atraen hace muchos años la
atención de las Cámaras de Francia y del Parlamento
de Inglaterra.
El Times de Londres—primer papel del mundo—
se ha ocupado quinientas veces de Rosas, no importa
en qué sentido. La Revista de los dos mundos, El Cons-
titucional, La Prensa, El Diario de Debates, y todos los
periódicos políticos de París, se ocupan del Plata hace
ocho años con tanta frecuencia como de un Estado eu-
ropeo.
Los primeros oradores de este siglo han empleado
cien veces su calor en tratar del Río de la Plata, y es-
tán familiarizados con sus asuntos.
El oro argentino es el primero que se haya empleado
por Estado alguno de América para comprar escritores
extranjeros, en Europa y en este continente, con el fin
de que se ocupen favorable y sistemada-mente de Rosas.
No hay Prensa más conocida en toda la América del
Sur que la de Buenos Aires, habiendo existido en los
Estados circunvecinos a él infinitos periódicos destina-
OBRAS SELECTAS 6
7
dos a vivir ocupados de los negocios del Río de la Plata,
ya en pro de un partido o de otro. Esos papeles extran*-
jeros, cuando no han sido unitarios, han sido resistas;
pero siempre argentinos. Ocupándose de algo del vedino-
país, ellos le han hecho homenaje de atención y respeto.
Rosas ha dado tanta atención a su Prensa como a sus
ejércitos: ha hecho ricos tmluchos impresores y escrito-
res. Le gouvernement espagnol se fait journaliste, decía
una vez Girardin: qué tiempo hace que el de Buenos
Aires vive hecho Gaceta, British Pocket y Archivo
Americano.
Todo esto es tanto más capaz de lisonjear a la Repú-
blica Argentina, cuanto que, por el número de su po-
blación, es el Estado más pequeño de toda la América
española, si se exceptúa el de la República del Uruguay.
Difícilmente se hallará familia más corta y imás bulli-
ciosa en el mundo que la tal familia argentina. Se la
llamaría con razón vocinglera y chanlataina, si no fuese
el Estado americano español que haya obrado cosas más
numerosas y extraordinarias. Es el único en que haya
sucumbido entero un ejército europeo respetable, sin
escapar un solo hombre, ni un solo estandarte. Es el
único donde la reacción contra el Gobierno español no
fué vencida ni por un solo día, después del 25 de Mayo
de 1810 en que dio principio. Es el único que haya im-
puesto al Imperio del Brasil, ganándole batallas, qui-
tándole una escuadra entera, infinidad de banderas y
obligándole a renunciar, por Tratados gloriosos, dere-
chos que pretendió tener toda la vi da; el único que po-
sea el estandarte de la conquista española en este con-
tinente; el que hoy reciba mayores señales espontá-
neas um poco más que de respeto y consideración de
68 ALBERDI
parte de los Estados americanos que le rodean; el úni-
co que en su guerra interior y exterior recientes haya
excitado el asombro de todos, por su constancia, heroís-
mo, habilidad y fuerza, sea que se le juzgue en la per-
sona de un partido u otro.
Al pensar en todo esto, puede, pues, un argentiino,
donde y como quiera que se halle en el mundo, ver lucir
la luz de Mayo, sin arrepentirse de pertenecer a la na-
ción de su origen.
Sin embargo, todo esto es poco: todo esto no satisfa-
ce el destino verdadero de la República Argentina.
Todo esto es extraordinarlio, lucido, sorprendente. Pero
la República Argentina tiene necesidad, para ser un
pueblo feliz dentro de sí mismo, de casos más modestos,
más útiles y reales que toda esa brillantez de triunfos
militares y resplandores'inteligentes. Ella ha deslumhra-
do al mundo por la precocidad de sus ideas. Tiene glo-
rias guerreras que no poseen pueblos que han vivido
diez veces más que ella. Tiene tantas banderas arran-
cadas en combates victoriosos, que pudiera ornar su
frente con un turbante compuesto de todos los colores
del Iris j o alzar un pabellón tan alto como la Columna
de Vendóme, y más radiante que el bronce de Auster-
litz.—Pero todo* esto a qué conduce, sin otras ventajas
que, la pobre ¡ ha menester todavía en tanto número ?
Ha hecho ya demasiado para la fama: muy poco para
la felicidad.
Posee inmensas glorias; pero ¡ qué lástima!, no tiiene
una sola libertad. Sean eternos, muy enhorabuena, los
laureles que supo conseguir, puesto que juró no vivir
sin ellos. Pero recuerde que las primeras palabras de
OBRAS SELECTAS 6g
su génesis revolucionario, fueron aquellas tres que for-
irrian unidas un código santo y un verso sublime, di-
ciendo: libertad, libertad, libertad.
Por fortuna, ella sabe ya, a costa de llanto y de san-
gre, que el goce de este beneficio está sujeto a condi-
ciones difíciles y graduales, que es menester llenar. Así,
si en los primeros días fué ávida de libertad, hoy se
contentaría con. una libertad más que moderada.
En sus primeros cantos de triunfo, olvidó una pala-
bra menos sonora que la de libertad, pero que represen-
ta un contrapeso que hace tenerse en pie a la libertad:
el orden.
Un orden, una regla, una ley; es la suprema necesi-
dad de su situación política.
Ella necesita esto, porque no lo tiene.
Puede poseerlo, porque tiene los medios conducentes.
No hay una ley que regle el gobierno interior de la
República Argentina y el ejercicio' de las garantías pri-
vadas. Este es el hecho más público que ofrezca
aquel país.
No tiene una Constitución política; siendo en esto la
única excepción de todo el contenente.
No hay cuestión ya sobre si ha de ser unitaria o fe-
deral : sea federal enhorabuena; pero haya una ley que
regle esa federación: haya una Constitución federal.
Aunque la Carta o Constitución escrita no es la ley o el
pacto, sün embargo, ella la prueba, la fija y la mantiene
invariable. La letra, es una necesidad de orden y armo-
nía. Se garante la estabilidad de todo contrato impor-
tante, escribiéndolo:—¿ qué contrato más importante
que el gran contrato constitucional?
Tampoco hay cuestión sobre que haya de ser liberal.
7o
ALBERDI
Sea despótica, sea tiránica, si se quiere, esa k y ; pero
haya una ley. —Ya es un progreso que la tiranía sea
ejercida por la ley en vez de serlo por la voluntad de
un hombre. Lo peor del despotismo no es su dureza,
sino su inconsecuencia. La ley escrita es inmutable como
ia fe.
Decir que la República Argentina no es capaz de go-
gernarse por una Constitución, aunque sea despótica o
monárquica, es suponer que la República Argentina no
está a la altura de ninguno de los Estados de América
del Sur, sino más abajo que todos; es suponerla menos
capaz que Bolivia, que el Ecuador, que el Paraguay, que
bien o mal poseen una Constitución escrita, y pasable-
mente observada.
Esto pasa de absurdo.
¿Cuál de ellos posee un poder más real, eficaz y reco-
nocido? Quien dice tener el poder, dice tener la piedra
fundamental del edificio político.
Ese poder necesita una ley, porque no la tiene. Se
objeta que con ella es imposible el hecho de su existen-
cia.—Désela en tal caso tan despótica como se quiera:
pero dése una ley. Sin esa ley de subordinación interior,
la República Argentina podrá tener un exterior muy
bello; pero no será por dentro sino un panteón de vivos.
De otro modo es mejor ser argentino desde lejos, para
recibir el reflejo honroso de la gloria, sin sentir en los
hombros los pies del héroe.
¿Cuál Estado de América meridional posee respecti-
vamente mayor número de población ilustrada y dis-
puesta para la vida ocupada de la industria y del tra-
bajo, por resultado del cansancio y hastío de los distur-
bios anteriores ?
OBRAS SELECTAS
71
Hay quien ve un germen de desorden en el regreso
de la emigración. Pero eso es temer la conducta del pe-
cador, justamente porque saáe de ejercicios. La emigra-
ción es la escuela más rica en enseñanza: Chateaubriand,
Lafayette, madame Staél, el rey Luis Felipe, son dis-
cípulos ilustres formados en ella. La emigración argen-
tina es el instrumento preparado para servir a la orga-
nización del país, tal vez en manos del mismo Rosas.
Sus hombres actuales son saldados, porque hasta aquí
no ha hecho sino pelear: para la paz necesita gente de
industria; y la emigración ha tenido que cultivarla para
comer en el extranjero.
Lo que hoy es emigración era la porción más indus-
triosa del país, puesto que era la más instruida, puesto
que pedía instituciones y las comprendía. Si se conviene
en que Chile, d Brasil, el Estado Oriental, donde prin-
cipalmente ha residido, sen países que tienen mucho
bueno en materia de ejemplos, se debe admitir que la
emigración establecida en ellos, ha debido aprender,
cuando menos a vivir quieta y ocupada.
¿Cómo podría retirarse, pues, llevando hábitos pe-
ligrosos? El menos dispuesto a emigrar es el que ha
emigrado una vez. No se emigra dos ocasiones en la
vi da; con la primera basta para hacerse circunspecto.
Por otra parte: esa emigración que salió joven, casi
toda ella, ¿no ha crecido, en edad, en hábitos de re-
poso, en experiencia? Indudablemente que sí ; pero
se comete el error de suponerla siempre inquieta, ardo-
rosa, exigente, entusiasta, con todas las calidades que
tuvo cuando dejó el país.
Se reproduce en todas las provincias lo que a este
respecto pasa en Buenos Aires. En todas ellas existen
72
ALBERDI
hoy abundantes materiales de orden; como todas han.
sufrido, en todas ha echado raíz el espíritu de modera-
ción y tolerancia. Ya ha desaparecido el anhelo de cam-
biar las cosas desde la raíz; se han aceptado muchas-
influencias, que antes repugnaban, y en las que hoy se
miran hechos normales con que es necesario contar para
establecer el orden y el poder.
Los que antes eran repelidos con el dictado de caci-
ques, hoy son aceptados en el seno de la sociedad de
que se han hecho dignos, adquiriendo hábitos más cul-
tos, sentimientos más civilizados. Esos jefes, antes ru-
dos y selváticos, han cultivado su espíritu y carácter en
la escuela del mando, donde muchas veces los hombres
inferiores se ennoblecen e ilustran. Gobernar diez
años es hacer un curso de política y de administración.
Esos hombres son hoy otros tantos medios de operar en
el interior un arreglo estable y provechoso.
Nadie mejor que el mismo Rosas y el círculo de hom-
bres importantes que le rodea, podrían conducir al
país a la ejecución de un arreglo general en este mo-
mento.
¿Qué ha hecho Rosas hasta aquí de provechoso al
país, hablando con imparcialidad y buena fe? Nada.
Un inmenso ruido y un grande hacinamiento de po-
der; es decir, ha echado los cimientos de una cosa que
todavía no existe, y está por crearse. Hacer ruido y
concentrar poder, por el sólo gusto de aparecer y man-
dar, es frivolo y pueril. Se obtienen estas cosas, para
operar otras reales y de verdadera importancia para
el país. Napoleón vencía en Jena, en Marengo, en
Austerlitz, para ser Emperador y promulgar los cinco
códigos, fundar la Universidad, la Escuela Normal y
OBRAS SELECTAS
73
otros establecimientos que lo perpetúan, mejor que el
laurel y el bronce, en la memoria del mundo.
Rosas no ha hecho aún nada útil para su país; has-
ta aquí está en preparativos. Tiene como nadie el po-
der de obrar bien; como el vapor impele el progreso dé-
la industria, así su brazo pudiera dar impulso al ade-
lanto argentino.
Hasta aquí ne es un grande hombre, es apenas un
hombre extraordinario. Sólo merece el título de gran-
de el que realiza cosas grandes y de utilidad durable
y evidente para la nación. Para obtener celebridad bas-
ta ejecutar cosas inauditas, aunque sean extravagantes-
y estériles. Si Rosas desapareciese hoy mismo, ¿qué
cosa quedaría creada por su mano, que pudiera excitar
el agradecimiento sincero de su patria? El haber re-
pelido temporalmente las pretensiones de la Inglate-
rra y la Francia?
Eso puede tener un vano esplendor; pero no im-
porta un beneficio real, porque las pretensiones repe-
lidas no comprometen interés alguno grave de la Re-
pública Argentina.
¿El haber creado el Poder? Tampoco. El Poder no
es esa institución útil, que conviene a la libertad mis-
ma, cuando no es una institución organizada sobre
bases invariables. Hasta aquí, es un accidente: es la
persona mortal de Rosas.
Es inconcebible cómo ni él ni su círculo se preocu-
pen de esta cuestión ni hagan por que las terribles co-
sas realizadas hasta aquí den al menos el único fruto
benéfico que pudiera justificarlas a los ojos de la pos-
teridad, cuyas primeras filas ya distan sólo un paso de
esos hombres.
Ai BES ni
¿Qué esperan, pues, para dar principio a la obra?
El establecimiento de la paz general, se responde.
¡Error! La paz no viene sino por el camino de la
ley. La Constitución es el medio más poderoso de pa-
cificación y orden interior. La dictadura es una pro-
vocación constante a la pelea; es un sarcasmo, es un
insulto a los que obedecen sin reserva ni limitación.
La dictadura es la anarquía constituida y convertida
en institución permanente. Chile debe la paz a su
Constitución; y no hay paz durable en el mundo que
no tenga origen en un pacto expreso que asegure el
equilibrio de todos los intereses públicos y personales.
La reputación de Rosas es tan incompleta, está tan
expuesta a convertirse en humo y nada; hay tanta
ambigüedad en el valor de sus títulos, tanto contraste
en los colores bajo que se ofrece, que aquellos mis-
mos que por ceguedad, envidia o algún mal senti-
miento preconizan su gloria cuando juzgan la conducta
de su política exterior, enmudecen y se dan por bati-
dos cuando, vuelto el cuadro al revés, se les ofrece el
lado de la situación interior.
Sobre este punto no hay sofisma ni engaño que
valga. No hay Constitución escrita en la República Ar-
gentina; no hay ni leyes sueltas de carácter funda-
mental que la suplan. El ejercicio de las que hubo en
Buenos Aires está suspendido, mientras el general Ro-
sas es depositario indefinido de la suma del Poder pú-
blico.
Este es el hecho. Aquí no hay calumnia, pasión, ni
espíritu de partido. Reconozco, acepto todo lo que en
el general Rosas quiera suponerse de notable y digno
de respeto. Pero es un dictador, es un jefe investido de
OBRAS SELECTAS
75
poderes despóticos y arbitrarios, cuyo ejercicio no re-
conoce contrapeso. Este es el hecho. Poco importa que
él use de un Poder conferido legalmente. Eso no qui-
ta que él sea dictador; el hecho es el mismo, aunque
el origen sea distinto.
Vivir en Buenos Aires, es vivir bajo el régimen de
la dictadura militar. Hágase cuanto elogio se quiera
de la moderación de ese Poder, será en tal caso una
noble dictadura. En el ¡tiempo en que vivimos las
ideas han llegado a un punto en que se apetecen más
las Constituciones mezquinas que las dictaduras ge-
nerosas.
Vi vi r bajo el despotismo, aunque sea legal, es una
verdadera desgracia.
Esta desgracia pesa sobre la noble y gloriosa Re-
pública Argentina.
Esta desgracia ha llegado a ser innecesaria y es-
téril.
Tal es el estado de la cuestión de su vida política y
social. La República Argentina es la primera en glo-
rias, la primera en celebridad, la primera en poder, la
primera en cultura, la primera en medios de ser feliz,
y la más desgraciada de todas, a pesar de eso.
Pero su desgracia no es la de la miseria. Ella es des-
graciada al modo que esas familias opulentas, que en
medio del lustre y pompa exteriores, gimen bajo el
despotismo y descontento domésticos.
Ahora cuarenta años, afligida por una opresión me-
nos brillante, tuvo la fortuna de sacudirla, reportando
por fruto de su coraje victorioso los laureles de su
Revolución de Mayo.
AL BERDI
Ella ha hecho posteriormente esfuerzos mayores,
por deshacerse del adversario que abriga en sus entra-
ñas; pero nada ha conseguido, porque entre el despo-
tismo extranjero y el despotismo nacional, hay la di-
ferencia en favor de éste del influjo mágico que añade
a cualquier causa la bandera del pueblo. ¿Cómo des-
truiríais un poder que tiene la astucia de parapetarse
detrás de la gloria nacional y alza en sus almenas los
colores queridos de la patria? ¿Qué haríais en pre-
sencia de una estratagema tan feliz? Invencible por
la vanidad del país mismo, no queda otro camino que
capitular con él, si tiene bastante honor para depo-
ner buenamente sus armas arbitrarias en las manos
religiosas de la ley.
Rosas, arrodillado por un movimiento espontáneo de
su voluntad, ante los altares de la ley, es un cuadro
que deja atrás en gloria al del león de Castilla rendi-
do a las plantas de la República, coronada de laureles.
Pero si el cuadro es más bello, también es menos
verosímil; pues menos cuesta a veces vencer una Mo-
narquía de tres siglos, que doblegar una aberración
orgullosa del amor propio personal.
Con todo, ¿a quién, sino a Rosas, que ha reportado
triunfos tan inesperados, le cabe obtener el no menos
inesperado, sobre sí mismo?
El problema es difícil, pues, y la dificultad no pe
quena.
Pero cualquiera que sea la solución, una cosa hay
verdadera a todas luces, y es que la República Argen-
tina tiene delante de si sus más bellos tiempos de ven-
tura y prosperidad. El sol naciente que va en su es-
OBRAS SELECTAS
77
cudo de armas, es un símbolo histórico de su destino:
para ella todo es porvenir, futura grandeza y pinta-
das esperanzas.
Valparaíso, Mayo 25 de 1847.
CARTAS SOBRE LA PRENSA
Y
LA POLÍTICA MILITANTE
DE LA
REPÚBLI CA ARGENTI NA
ADVERTENCI A
Bueno será que el lector empiece por instruirse de la
siguiente carta que ha motivado la presente publica-
ción :
Dedicatoria de la campaña en el ejército grande
Yungai, Noviembre 12 1852.
Mi querido Alberdi:
Consagróle a usted estas páginas, en que hallará
detallado lo que en abstracto le dije a mi llegada de
Río Janeiro, en tres días de conferencias, cuyo resul-
tado fué quedar usted de acuerdo conmigo, en la con-
veniencia de no mezclarnos en este período de tran-
sición pasajera, en que el caudillaje iba a agotarse en
esfuerzos inútiles por prolongar un orden de cosas de
hoy más imposible en la República Argentina. Esta
convicción se la he repetido en veinte cartas por lo
menos, rogándole por el interés de la patria y el suyo
propio que no se precipitase, aconsejándole atenerse al
bello rol que "sus Bases" le daban en la regeneración
argentina. Si antes de conocer al general Urquiza, dije
OBK AS SELECTAS. —Tomo V. 6
82 AL BERDI
desde Chile "su nombre es la gloria más alta de la
Confederación (en cuanto a instrumento de guerra
para voltear a Rosas), lo hice, sin embargo, con estas
prudentes reservas: "¿Será el único hombre que ha-
biendo sabido elevarse por su energía y talento, llegado
a cierta altura (el caudillo), no ha alcanzado a medir el
nuevo horizonte sometido a sus miradas, ni compren-
der que cada situación tiene sus deberes, que cada es-
calón de la vida conduce a otro más alto ? La Historia,
pos desgracia, está llena de ejemplos, y de esta pasta
está amasada la generalidad de los hombres... ¿ Y des-
pués?. . . Después la Historia olvidará que era gober-
nador de Entre-Ríos un cierto general que dio batallas
y murió de nulidad, obscuro y obscurecido por la po-
sición de su pobre provincia." Ya está en su provin-
cia. La agonía ha comenzado, y poco han de hacer los
cordiales que desde aquí le envían y le llegan fiam-
bres, para mejorarlo.
Óigame, pues, ahora que habiendo ido a tocar de
cerca aquel hombre y amasado en parte el barro de
los acontecimientos históricos, vuelvo a este mismo
Yungai, donde escribí Argirópolis, a explicar las cau-
sas del descalabro que ese hombre ha experimentado.
Como se lo dije a usted en una carta, así compren-
do la democracia: ilustrar la opinión y no dejarla ex-
traviarse por ignorar la verdad y no saber medir las
consecuencias de sus desaciertos; usted, que tanto ha-
bla de política práctica, para justificar enormidades que
repugnan al buen sentido, escuche primero la narra-
ción de los hechos prácticos, y después de leídas estas
páginas, llámeme detractor y lo que guste. Su con-
tenido, el tiempo y los sucesos probarán la justicia del
OBRAS SELECTAS
83
cargo o la sinceridad de mis aserciones motivadas.
¡Ojalá que usted pueda darle este epíteto a las suyas!
Con estos antecedentes, mi querido Alberdi, usted
me dispensará que no descienda a la polémica que
bajo el transparente anónimo del Diario, me suscita. No
puedo seguirlo en los extravíos de una lógica de posi-
ción semioficial, y que no se apoya en los hechos por
no conocerlos. No es usted el primer escritor inven-
cible en esas alturas, y sin querer establecer compa-
raciones de talento y de moralidad política, que no
existen, Emilio Girardín, en la Prensa de París, lo-
gró probar victoriosamente que el pronunciamiento de
Urquiza contra Rosas era un cuento inventado por
los especuladores de la Bolsa, y la Europa entera es-
tuvo por un mes en esta persuasión, que la Embajada
de Montevideo apenas pudo desmentir ante los Tri -
bunales. Mi ánimo, pues, no es persuadirlo ni comba-
tirlo; usted desempeña una misión, y no han de ser
argumentos los que le hagan desistir de ella.
El público argentino allá y no aquí, los que sufren
y no usted, decidirán de la justicia. No será el timbre
menor de su talento y sagacidad el haber provocado y
hecho necesaria esta publicación, pues cónstale a usted,,
a todos mis amigos aquí, y al Sr. Lamas en Río Ja-
neiro, que era mi ánimo no publicar mi campaña has-
ta pasados algunos años. Los diarios de Buenos Aires,
han reproducido el ad memorándum que la precede, el
prólogo y una carta con que se lo acompañé al Diario-
de los Debates. Véalas usted en El Nacional, y obser-
ve si hay consistencia con mis antecedentes políticos,
nuestras conferencias en Valparaíso y los hechos que
le vov a referir.
8
4
AL BERDI
He visto con mis propios ojos degollar el último
hombre que ha sufrido esta pena, inventada y apli-
cada con profusión horrible por los caudillos, y me han
bañado la cara los sesos de los soldados, que creí las
últimas víctimas de la guerra civil. Buenos Aires está
libre de los caudillos, y las provincias, si no las ex-
travían, pueden librarse del último, que sólo ellas, con
su cooperación, levantarían. En la Prensa y en la gue-
rra, usted sabe en qué filas se me ha de encontrar siem-
pre, y hace bien en llamarme el amigo de Buenos
Aires, a mí, que apenas conocí sus calles, usted que
se crió allí, fué educado en sus aulas, y vivió relacio-
nado con toda la juventud.
Hablóle de Prensa y de guerra, porque las palabras
que se lanzan en la primera se hacen redondas al cru-
zar la atmósfera, y las reciben en los campos de ba-
talla otros que los que las dirigieron. Y usted sabe, se-
gún consta de los registros del sitio de Montevideo,
quién fué el primer desertor argentino de las murallas
de defensa al acercarse Oribe. El otro es el que decía
en la Cámara: " ¡ Es preciso tener el corazón en la
cabeza!" Los idealistas le contestaron, lo que todo
hombre inocente y candoroso piensa: "Dejemos el co-
razón donde Dios lo ha puesto. "
Es esta la tercera vez que estamos en desacuerdo
en opiniones, Alberdi. Una vez disentimos sobre el
Congreso Americano, que en despecho de sus lucidas
frases, le salió una solemne patarata. Otra sobre lo
que era honesto y permitido en un extranjero en Amé-
rica, y sus Bases le han servido de respuesta. Hoy, so-
bre el Pacto y Urquiza, y como el tiempo no se para
donde lo deseamos, Urquiza y su pacto serán refu-
OBRAS SELECTAS 85
OCXDO
tados, lo espero por su propia nulidad, y al día si-
guiente quedaremos usted y yo tan amigos como cuan-
do el Congreso Americano, y lo que era honesto para
un extranjero. Para entonces y desde ahora, me sus-
cribo, su amigo, SARMIENTO.
PRIMERA CARTA
Motivos y tendencias conservadoras de esta publicación.—
La nueva situación reclama nueva Prensa.—Caracteres de
ambas.—La Prensa de guerra ha concluido su misión libe-
ral.—Conatos de restauración.—El caudillaje en la guerra.
Quillota, Enero de 1853.
Sarmiento:
Sea cual fuere el mérito de su Campaña en el ejérci-
to grande aUado de Sud-América, probable es que no
hubiera yo leído ese escrito, por escasez de tiempo para
lecturas retrospectivas de ese género, ni me hubiera
ocupado de contestarlo.
Pero usted ha querido ofrecerme sus páginas como
comprobantes de la justicia con que usted ataca al
hombre que destruyendo a Oribe y a Rosas, se ha he-
cho acreedor a nuestra simpatía y apoyo, y dádonos
una prueba práctica de su capacidad de repetir hechos
iguales de libertad y progreso.
Con ello me ha puesto usted en la necesidad de es-
cribir, pues si yo callase, mi silencio sería tomado, por
usted al menos, como señal de asentimiento. Y como
88
AL BERDI
lejos de hallar en su Campaña la justicia de su resis-
tencia al nuevo orden de cosas, descubro el origen per-
sonal y apasionado de ella, tengo necesidad de pro-
testar contra la obra que usted me ha dedicado, con
el derecho que me confiere el honor de su dedicatoria,
contra la dirección que en ella pretende usted dar a la
Prensa argentina de la época que ha sucedido a Rosas,
y contra ese silencio hostil, que ha dado usted en lla-
mar abstención, y que no es más que la sedición pa-
siva y desarmada.
La Prensa de combate y el silencio de guerra son
armas que el partido liberal argentino usó en 1827, y
su resultado fué la elevación de Rosas y su despotis-
mo de veinte años. Usted y sus amigos, volviendo a
la exaltación bisoña de aquel tiempo, no hacen más
que repetir los desaciertos del antiguo partido unita-
rio, que usted mismo condenó en Facundo, en días
más serenos, y que hoy, después de veinte años de lec-
ciones sangrientas, pretenden repetir, sin tener la
excusa de sus modelos.
La guerra militar y de exterminio contra el modo
de ser de nuestras poblaciones pastoras y sus repre-
sentantes naturales, tuvo su fórmula y su código en el
Pampero y el Granizo, imitaciones periodísticas de la
Prensa francesa del tiempo de Marat y Danton, ins-
piradas por un ardor patriótico, sincero, si se quie-
re, pero inexperto, ciego, pueril, impaciente, de los
que pensaban que. un par de escuadrones de lanceros
de Lavalle bastarían para traer en las puntas de sus
lanzas el desierto y el caudillaje, que es su resultado,
en la desierta República Argentina.
OBRAS SELECTAS
89
Posteriormente se convino en que no había más me-
dio de vencer el desierto y los hombres, las cosas y los
usos, que el desierto desarrolla, que la inmigración, los
caminos, la industria y la instrucción popular; pero
repentinamente hemos visto caer la política argentina
en el círculo vicioso, y resucitado el programa del
Granizo y del Pampero en formas rejuvenecidas y
acomodadas a los usos del día.
Tras esto vemos también asomar la abstención se-
diciosa, que dejó todo el poder en las manos inexpertas
de Dorrego, para arrancárselo por las bayonetas el
1 de Diciembre de 1828.
No estoy por el sistema de esos escritores, que nada
tienen que hacer el día que no tienen qué atacar.
Aunque usted, Sarmiento, me dedica su Campaña
con algunos denuestos, que no son de buen tono en un
escritor de sus años y dirigiéndose a persona que pre-
tende estimar, debo decirle que no son ellos el estímu-
lo reprobado de estas cartas. En la misma obra y en
otros lugares usted me ha regalado elogios que com-
pensan y anulan, cuando menos, sus dicterios.
Otro, muy general y desapasionado, es el interés
que motiva esta publicación. Ni usted ni yo como per-
sonas somos bastante asunto para distraer la atención
pública.
Quiero hablar de la Prensa, de su nuevo rol, de
los nuevos deberes que le impone la época nueva que
se abre para nuestro país desde la caída de Rosas, a
propósito de usted y de sus recientes escritos.
Aunque usted nunca ha sido toda la Prensa de Chi-
le, ni mucho menos la argentina, usted ha hecho cam-
go
ALBERDI
pañas en ambas, que le hacen un apropósito digno de
este estudio. López, Bello, Pinero, Frías, Peña, Gó-
mez, Mitre, Lastarria y otros muchos representan co-
lectivamente esa Prensa de Chile, en que usted no ha
visto sino su nombre.
Usted posee un crédito legítimo, que debe a sus
nobles esfuerzos de diez años contra la tiranía derro-
cada por el general Urquiza. Ese crédito le ha dado
imitadores y sectarios antes de ahora; y tanto como
era provechosa su iniciativa cuando usted combatía
lo que detestaba de corazón toda la República, sería
peligroso que usted atrajese a la juventud, que co-
noce sus antiguos servicios, en el sentido turbulento
y continuamente agitador de sus publicaciones poste-
riores a la caída de Rosas.
Con esta mira de orden y de pacificación, voy a es-
tudiarlo como escritor.
No espere usted de mí sino una crítica alta, res-
petuosa. Nada tengo que hacer con su persona, sino
tributarle respeto. Voy a estudiarlo en sus escritos, en
lo que es del dominio de todos. Usted que tanto defien-
de la libertad de examinar, de impugnar, de discutir;
usted que mide a otros con la vara de la crítica, ejer-
ciendo un derecho innegable, no podrá encontrar ex-
traño que ese mismo derecho se ejercite para con
usted, considerándole como representante de una ten-
dencia y de una faz de la Prensa argentina.
Hablar de la Prensa es hablar de la política, del Go-
bierno, de la vida misma de la República Argentina,
pues la Prensa es su expresión, su agente, su órgano.
Si la Prensa es un poder público, la causa de la liber-
OBRAS SELECTAS
9
1
tad se interesa en que ese poder sea contrapesado por
sí mismo. Toda dictadura, todo despotismo, aunque
sea el de la Prensa, son aciagos a la prosperidad de la
República.
Importa saber qué pedía antes la política a la Pren-
sa, y qué le pide hoy desde la caída de Rosas.
Desconocer que ha empezado una época enteramen-
te nueva para la República Argentina, después y con
motivo de la caída de Rosas, es desconocer lo que ha
sido ese hombre, confundir las cosas mas opuestas y
dar prueba de un escepticismo sin altura.
Sin dictadura omnímoda, sin mazorca, representado
el país por un Congreso que se ocupa de dar una
Constitución a la República; cambiados casi todos los
Gobiernos locales en un sentido ventajoso para su li-
bertad; abiertos los ríos interiores al libre tráfico de
la Europa, que Rosas detestó; abolidos los lemas de
muerte; devueltos los bienes secuestrados por moti-
vos políticos; en paz la República con todo el mun-
do, ¿se ocuparía hoy la Prensa de lo mismo que se
ocupó durante los últimos quince años? No, ciertamen-
te ; eso sería ir contra el país, y contra el interés nuevo
y actual del país. El escritor liberal que repitiese hoy
el tono, los medios, los tópicos que empleaba en tiem-
po de Rosas, se llevaría chasco, quedaría aislado, y
sólo escribiría para no ser leído.
Por más de diez años la política argentina ha pe-
dido a la Prensa una sola cosa: guerra al tirano Ro-
sas. Eso pidió al soldado, al publicista, al escritor, por-
que eso constituía el bien supremo de la República Ar-
gentina por entonces. Esa exigencia de guerra ha sido
9
2
AL BERDI
servida por muchos; usted es uno de ellos, no el úni-
co. Una generación entera de hombres jóvenes se ha.
consumido en esa lucha. Por diez años usted ha sido
un soldado de la Prensa, un escritor de guerra, de
combate. En sus manos la pluma fué una espada, no
una antorcha. La luz de su pluma era la luz del acero
que brilla desnudo en la batalla. Las doctrinas eran
armas, instrumentos, medios de combate, no fines. No
le hago de esto un reproche, establezco un hecho que
cede en honor suyo, y que hoy explica otros hechos.
Comercio, inmigración, instrucción, navegación de los
ríos, abolición de las Aduanas, sólo eran proyectiles-
de combate en sus manos; cosas que debían presentar-
le un interés secundario después del triunfo sobre el
enemigo de ese comercio, de esa navegación de los ríos,
de esa inmigración de la Europa que usted defendía,
porque el otro atacaba.
Desgraciadamente, la tiranía que hizo necesaria una
Prensa de guerra ha durado tanto, que ha tenido tiem-
po de formar una educación entera en sus sostene-
dores y en sus enemigos. Los que han peleado por
diez y quince años han acabado por no saber hacer
otra cosa que pelear.
Por fin ha concluido la guerra por la caída del ti-
rano Rosas, y la política ha dejado de pedir a la Pren-
sa una polémica que ya no tiene objeto. Hoy le pide la
paz, la Constitución, la verdad práctica de lo que an-
tes era una esperanza. Eso pide al publicista, al ciu-
dadano, al escritor.
¿Le dan ustedes eso? ¿Sus escritos modernos res-
ponden a esa exigencia? ¿Representan ustedes los
OBRAS SELECTAS
93
nuevos intereses de la República Argentina en sus pu-
blicaciones posteriores al 3 de Febrero? El mal éxito
que usted ha experimentado por la primera vez entre
sus antiguos correligionarios de la lucha contra Rosas,
le hace ver que su pluma, tan bien empleada en los
últimos años, no sirve hoy dia a los intereses nuevos
y actuales de la República desembarazada del despo-
tismo de Rosas.
Ante la exigencia de paz, ante la necesidad de orden
y de organización, los veteranos de la Prensa contra
Rosas, han hecho lo que hace el soldado que termina
una larga guerra de libertad, lo que hace el barretero
después de la lenta demolición de una montaña. Acos-
tumbrados al sable y a la barreta, no sabiendo hacer
otra cosa que sablear y cavar, quedan ociosos e inacti-
vos, desde luego. Ocupados largos años en destruir, es
menester aprender a edificar.
Destruir es fácil, no requiere estudio; todo el mun-
do sabe destruir en política como en arquitectura. Edi-
ficar es obra de arte, que requiere aprendizaje. En
política, en legislación, en administración, no se puede
edificar sin poseer estas ciencias (porque estas cosas
son ciencias), y estas ciencias no se aprenden escri-
biendo periódicos, ni son infusas.
La nueva posición del obrero de la Prensa es pe-
nosa y difícil, como en todo aprendizaje, como en todo
camino nuevo y desconocido.
En la paz, en la era de organización en que entra el
país, se trata ya, no de personas, sino de instituciones;
se trata de Constitución, de leyes orgánicas, de regla-
mentos de administración política y económica; de
94
ALBERDI
código civil, de código de comercio, de código penal,
de derecho marítimo, de derecho administrativo. La
Prensa de combate, que no ha estudiado ni necesitado
estudiar estas cosas en tiempos de tiranía, se presenta
enana delante de estos deberes. Sus orgullosos servi-
dores tienen que ceder los puestos, en que descolla-
ban cuando se trataba de atacar y destruir, y su amor
propio empieza a sentirse mal. Ya no hay ruido, glo-
ria, ni laureles para el combatiente; empieza para él
el olvido ingrato que es inherente a la República.
El soldado licenciado de la vieja Prensa vuelve con
dolor su vista a los tiempos de la gloriosa guerra (i ).
La posibilidad de su renovación es un dorado ensue-
ño. De buena gana repondría diez veces al enemigo
caído, para tener el gusto de reportar otras diez glo-
rias en destruirlo. Pelear, destruir, no es trabajo en
él; es hábito, es placer, es gloria. Es, además, oficio
que da de vivir como otro; es devoción fiel al antiguo
oficio; es vocación invencible otras veces; es toda una
educación, finalmente.
Al primer pretexto de lucha, ¿qué hace el soldado
retirado de la antigua Prensa? Grita a las armas, se
pone de pie. ¿No hay un verdadero Rosas? Finge un
Rosas aparente. Le da las calidades del tirano caído,
establece su identidad, y así legitima el empleo ínte-
gro de sus antiguos medios. La política de la Prensa
(i) "Para mí no hay más que una época histórica que me
conmueva, afecte e interese, y es la de Rosas. Este será mi
estudio único en adelante, como fué combatirlo, mi solo es-
timulante al trabajo, mi solo sostén en los días malos."—Sar-
miento, en Abril de 1852.
OBRAS SELECTAS
95
queda reinstalada en su antiguo terreno. Los códigos,
la organización, es decir, el estudio de lo que se ignora,
queda postergado para después. Es preciso antes alla-
nar el terreno, destruir el obstáculo. El obstáculo son
los caudillos, es decir, una cosa tan indeterminada y
vaga como los unitarios, que se puede perseguir cien
años sin que se acabe la causa de la guerra, que es
útil al engrandecimiento del guerrero.
Se hizo un crimen en otro tiempo a Rosas de que
postergase la organización para después de acabar con
los unitarios; ahora sus enemigos imitan su ejemplo,
postergando el arreglo constitucional del país hasta la
conclusión de los caudillos. Siempre que se exija una
guerra previa y anterior para ocuparse de constituir el
país, jamás llegará el tiempo de constituirlo. Se debe
establecer como teorema: Toda postergación de la
Constitución es un crimen de lesa patria, una traición
a la República. Con caudillos, con unitarios, con fede-
rales, y con cuanto contiene y forma la desgraciada
República, se debe proceder a su organización, sin ex-
cluir ni aun a los malos, porque también forman par-
te de la familia. Si establecéis la exclusión de ellos, la
establecéis para todos, incluso para vosotros. Toda
exclusión es división y anarquía. ¿Diréis que con los
malos es imposible tener libertad perfecta? Pues sa-
bed que no hay otro remedio que tenerla imperfecta
y en la medida que es posible al país, tal cual es, y no
tal cual no es. Si porque es incapaz de orden constitu-
cional una parte de nuestro país, queremos anonadar-
la, mañana diréis que es mejor anonadarla toda y traer
en su lugar poblaciones de fuera acostumbradas a vi-
96
AL BERDI
vir en orden y libertad. Tal principio os llevará por la
lógica a suprimir toda la nación argentina hispano-co-
lonial, incapaz de República, y a suplantarla de un
golpe por una nación argentina anglorrepublicana, la
única que estará exenta de caudillaje. Ese será el úni-
co medio de dar principio por la libertad perfecta;
pero si queréis constituir vuestra ex colonia hispano-
argentina, es decir, esa patria que tenéis y no otra, te-
néis que dar principio por la libertad imperfecta, como
el hombre, como el pueblo que deben ejercerla, y no
aspirar a la libertad que tienen los republicanos de
Norte-América, sino para cuando nuestros pueblos val-
gan en riqueza, en cultura, en progreso, lo que valen
los pueblos y los hombres de Nueva York, de Boston,
de Filadelfia, etc.
El día que creáis lícito destruir, suprimir al gaucho,
porque no piensa como vos, escribís vuestra propia
sentencia de exterminio y renováis el sistema de Ro-
sas. La igualdad en nosotros es más antigua que el 25
de Mayo. Si tenemos derecho para suprimir al candi •
lio y sus secuaces porque no piensan como nosotros,
ellos le invocarán mañana para suprimirnos a nosotros
porque no pensamos como ellos. Writh decía que en
el uso de los medios violentos, los federales de Ro-
sas no habían sido sino la exageración de los unitarios
de Lavalle. El día que este general fusiló a Dorrego
por su orden, quedó instalada la política que por vein-
te años ha fusilado discreciona.lmente. El Granizo y el
Pampero inauguraron la Prensa bárbara que acabó con
él y con los suyos.
No hay más que un medio de admitir los principios,
OBRAS SELECTAS
97
y es admitirlos sin excepciór para todo el mundo, para
los buenos y para los picaros. Cuando la iniquidad
quiere eludir el principio, crea distinciones y divisio-
nes; divide los hombres en buenos y malos, da dere-
chos a los primeros y pone fuera de la ley a los se-
gundos, y por medio de ese fraude funda el reinado de
la iniquidad, que mañana concluye con sus autores
mismos. Dad garantías al caudillo, respetad el gaucho,
si queréis garantías para todos.
La Prensa que subleva las poblaciones argentinas
contra su autoridad de ayer, haciéndoles creer que es
posible acabar en un día con esa entidad indefinible, y
pretende que con sólo destruir a este o aquel jefe es
posible realizar la República representativa desde el
día de su caída, es una Prensa de mentira, de igno-
rancia y de mala f e: Prensa de vandalaje y de des-
quicio, a pesar de sus colores y sus nombres de civi-
lización.
Facundo Quiroga invocaba en sus proclamas la li-
bertad perfecta, el odio a los tiranos cuando devastaba
la República Argentina en 1830 (1).
No es el color lo que hace el rojo, sino el furor de
destrucción. Hay rojos azules más terrribles que Bar-
(1) "ARG ENTI NOS: OS juro por mi espada que ninguna
otra aspiración me anima que la de la libertad. Libre por
PRINCIPIOS y por propensión, mi estado natural es la liber-
tad: por ella vertiré mi sangre y mil vidas, y no existirá es-
clavo donde las lanzas de la Rioja se presenten.—Oprimidos:
los que deseéis la libertad o una muerte honrosa, venid a
mezclaros con vuestros compatriotas y con vuestro cama-
rada.—JUAN FACUNDO QUIROG A. "—(Proclama auténtica de
este caudillo.)
OBRAS SELECTAS.—Tomo V .
7
98
AL BERDI
bes. Con el color rojo se ha triunfado de Rosas; con
el azul se trabaja por restablecerlo.
Es la mala Prensa, la venenosa Prensa de guerra
civil, que tiene la pretensión necia de ser la Prensa
grande y gloriosa, que en otro tiempo luchaba contra
el tirano, objeto de escándalo de un siglo y de dos
mundos.
He ahí la Prensa degenerada y bastarda que he-
mos visto anhelosa de reaparecer después de la caída
de Rosas, no solamente por sus partidarios disfraza-
dos, lo que no era extraño, sino por sus enemigos uni-
dos con los otros.
Hemos visto realizada por los combatientes de los
dos campos de la antigua Prensa, una fusión de lu-
cha y de combate, en que los unos y los otros, cedien-
do a la ley común de sus antecedentes belicosos, han
proseguido juntos la vida, de pelea que llevaron en-
contrados por diez años.
He ahí el terreno en que los escritos de los últimos
meses, en que los antiguos y nuevos enemigos de Ur-
quiza han querido echar la Prensa y la política argen-
tina, más por mal hábito que por mala intención.
Rosas ha dejado ese mal a la República Argentina.
Le ha dejado la costumbre del combate en que hizo
vivir todas sus clases por largos años. El soldado, el
escritor, el comerciante, haciendo del combate su vida
normal, hoy tocan una verdadera crisis al entrar en
la vida de paz y de sosiego. No conocen el mecanismo,
los medios de la vida de tranquilidad y de trabajo pa-
cífico, o mejor, no se avienen a dejar las formas y
condiciones que habían dado a su antiguo modo de
existencia.
OBRAS SELECTAS
99
La vida de paz pide una Prensa de paz, y la Prensa
de paz pide escritores nuevos, inteligentes en los in-
tereses de la paz, acostumbrados al tono de la paz, do-
tados de la vocación de sus conveniencias, enteramen-
te opuestas a las de la guerra.
Ese rol es imposible para los escritores de guerra.
No hay ejemplo de que el soldado veterano se haga
comerciante perfecto, y se necesitan fuerzas sobre-
humanas para que un hombre acostumbrado a predi-
car la guerra por quince años, se vuelva un predicador
de concordia y de sosiego de un día para otro.
Así, al toque de alarma en Buenos Aires el n de
Septiembre, incitados por sus viejos hábitos, todos los
escritores de guerra han vuelto a su terreno favorito
del ataque.
El objeto personal no existía; pero se convino en
que Urquiza sería peor que Rosas, y con sólo esa ti-
ranía de convención fué posible restablecer íntegra-
mente la antigua argumentación, el pasado programa,
las mismas palabras de orden, el mismo tono y los
mismos medios, de la Prensa y de la política de otro
tiempo.
En esta posición nueva los antiguos escritores de
pelea desconocieron las condiciones que la nueva vida
política imponía a la polémica argentina.
Estas condiciones nacían del personal y de las mi-
ras de los nuevos partidos en lucha.
La división tenía hoy lugar en el seno del partido li-
beral, en el seno del partido que acababa de destruir a
Rosas. Eran los antiguos compañeros de armas que
se dividían en dos campos rivales. La libertad tenía
creyentes y soldados en uno y otro campo; caballeros v
I OO AL BERDI
hombres de honor había en los dos terrenos. Y, sin
embargo, fué atacado el que acababa de dar libertad a
la República Argentina, con las mismas armas con
que antes se combatía al que ensangrentó y encadenó
por veinte años; el tacto de estos escritores no supo
discernir la diferencia que debe existir entre el modo
de atacar al que siempre fué enemigo, y al que ayer
fué amigo y prestó a la libertad servicios que duran
hoy y durarán eternamente.
Gutiérrez, la primera notabilidad literaria de la Re-
pública Argentina; Peña, el viejo amigo de Rivada-
vi a; el querido de Florencio Várela, el antiguo direc-
tor del Colegio de Ciencias Morales, que tiene discípu-
los ilustres en cada provincia argentina; López, Pico,
Alberdi, Mármol, el bardo de la libertad; Seguí, el
que autorizó el grito inmortal de guerra al tira-
no el i.° de Mayo de 1851, han sido tratados con los
mismos dictados que se dirigían a los degolladores de
Buenos Aires en tiempo de Rosas. La flor de la so-
ciedad culta de Mendoza ha sido apellidada mashorca.
Los gobernadores provinciales salidos ayer del seno
de la primera sociedad argentina, han sido insultados
con el dictado de caudillos y tiranos.
Esa aberración de la vieja Prensa es imperdona-
ble y funesta en resultados. Usando contra hombres de
honor y de patriotismo el tono y las palabras que se
emplearon contra Cuitiño, Salomón y otros matadores
insignes, esa Prensa se muestra torpísima, desnuda de
tacto y modelo abominable de intolerancia y de opre-
sión intelectual. Para legitimar el empleo de ese tono
brutal, finge que sus adversarios actuales son iguales
a los pasados; es decir, se hace culpable de calumnia
OBRAS SELECTAS I OI
contra sus hermanos de causa y de padecimientos, y
todo por excusar su pereza, su falta de estudio, de
educación y de inteligencia práctica en las leyes caba-
llerescas de los debates de libertad.
Viene forzosamente para en adelante la vida re-
presentativa y de libre discusión; habrá divisiones de
opiniones, habrá lucha, habrá debates más ardien-
tes que nunca, porque serán más libres; habrá todo
eso, porque todo eso constituye la vida de libertad y
una condición de toda sociedad de hombres. ¿Qué
piensa hacer la vieja Prensa en ese tiempo? ¿Piensa
emplear siempre las mismas armas que cruzaba en
otra época con los cuchillos de la mashorca? ¿Piensa
siempre llamar venal, corrompido, servil al escritor o
al orador que por desgracia no vea las cosas como las
ve el antiguo combatiente contra Rosas? No teniendo
don de infalibilidad, es creíble que encuentre a menu-
do preopinantes de honor y de capacidad; ¿pensará
siempre sacarlos a la vergüenza pública, ponerlos en
la picota, flagelarlos por la espalda, según las leyes de
Felipe II y de la Inquisición, por el crimen de tener
una opinión diferente
0
En las edades y países de caudillaje, hay caudillos
en todos los términos. Los tiene' la Prensa lo mismo
que la política. La tiranía, es decir, la violencia, está
en todos, porque en todos falta el hábito de some-
terse a la regla.
La Prensa sudamericana tiene en sus caudillos sus
gauchos malos, como los tiene la vida pública en los
otros jamos. Y no por ser rivales de los caudillos de
sable, dejan de serlo ¡os de pluma. í.c-s semejantes ce
repelen muchas veces por el hecho de serlo. El cau-
102
AL BERDI
dillo de pluma es planta que da el suelo desierto y la
ciudad pequeña, producto natural de la América des-
poblada.
La Prensa como elemento y poder político, engen-
dra aspiraciones lo mismo que la espada; pero en nues-
tras poblaciones incultas, automáticas y destituidas de
desarrollo intelectual, la Prensa que todo lo preparara,
nada realiza en provecho de sus hombres, y sólo alla-
na el triunfo de la espada, que al instante haya en su
contra la ambición periodística, que antes tuvo por
apoyo.
Este carácter de la Prensa sudamericana es digno
de particular estudio en la época que se abre, de reac-
ción del espíritu culto de la Europa contra el espíritu
campesino, contra los hábitos de aldea, que prevale-
cen en todos los momentos de la sociedad naciente de
Sudamérica, sin excluir la Prensa, la tribuna, ni las
ciudades.
Tenemos la costumbre de mirar la Prensa como te-
rreno primitivo de la libertad, y a menudo es refugio
de las mayores tiranías, campo de indisciplina, de vio-
lencia y de asaltos vandálicos contra todas las leyes
del deber. La Prensa, como espejo que refleja la so-
ciedad de que es expresión, presenta todos los defec-
tos políticos de sus hombres.
Aunque nuestras gacetas no se escriben en los cam-
pos, se escriben en ciudades compuestas de elementos
campesinos, ciudades sin fábricas, sin letras, de vida
civil incompleta y embrionaria, simples mansiones de
agricultores, de pastores, de mineros ricos, que acu-
den a disfrutar de lo que han adquirido en la vida de
los campos, que es la vida sudamericana por esencia.
OBRAS SELECTAS
1 03
De aquí es que la Prensa, como el salón, como la tri-
buna, como la academia misma, están llenas de gau-
chos o guasos de exterior inglés o francés.
El escritor de este género, el caudillo de la Prensa
como el gaucho de los campos, se distingue por su
amor campestre a la independencia de toda autoridad,
a la indisciplina, a la vida de guerra, de contradicción
y de aventuras. Detesta todo yugo, aun el de la ló-
gica, aun el de los antecedentes. Libre como el cen-
tauro de nuestros campos, embiste a la Academia Es-
pañola con tanto denuedo como a las primeras auto-
ridades de la República.
Es el tipo de escritor que prevalece en nuestra Pren-
sa, medio civilizada en usos de libertad, como la so-
ciedad sudamericana, de que es expresión. Predica el
europeísmo, y hace de él una arma de guerra contra
los caudillos de espada; pero no toma para sí el tono y
las costumbres europeas al Times o al Diario de Deba-
tes parisiense en la impugnación y el ataque. Defiende
las garantías privadas contra los ataques del sable;
pero olvida que el hogar puede ser violado por la plu-
ma. Estigmatiza al gaucho que hace maneas con la
piel del hombre, y él saca el pellejo a su rival político,
con pretexto de criticarlo. Espíritu tierno y suscepti-
ble (porque al fin es de Sudamérica), equivoca la obs-
tinación presuntuosa con el carácter, la concesión ci-
vilizada del inglés, con la cobardía que se rinde a dis-
creción.
Si los gauchos en el Gobierno son obstáculo para la
organización de estos países, ¿los gauchos de la Pren-
sa, podrán ser auxiliares y agentes de orden y de go-
bierno regular? Todo es obstáculo para el establecí-
1 04
ALBERDI
miento del gobierno en esta América inconmensura-
ble, en que la ley es impotente, porque está a pie, sin
caminos, sin dinero, sin armas y el desierto protege, lo
mismo a sus defensores de espada que a sus ofensores
de pluma. Y, sin embargo, es menester caminar en la
obra de la organización contra la resistencia del gau-
cho de los campos y de los gauchos de la Prensa. Si
los unos son obstáculos, no lo son menos los otros;
pero si ellos son el hombre sudamericano, es menester
valerse de él mismo para operar su propia mejora o
quitar el poder al gaucho de poncho y al gaucho de
frac, es decir, al hombre de Sudamérica, para entre-
garlo al único hombre que no es gaucho, al inglés, al
francés, al europeo, que no tardaría en tomar el pon-
cho y los hábitos que el desierto inspiró al español
europeo del siglo xv, que es el americano actual:
europeo degenerado por la influencia del desierto y de
la soledad.
SEGUNDA CARTA
Extravío de la Prensa liberal después de la caída de Rosas.
Campaña y escritos del Sr. Sarmiento.—Son acusación, no
historia; él es parte, y no testigo ni juez.—Motivos de su
oposición personal acreditados por sus obras.—Base de su
crítica militar.—Importación indiscreta de la ciencia fran-
cesa en guerra como en política.—Esa obra sirve al desor-
den, distrae la opinión de los asuntos serios y compromete
la gloria argentina.—Caricatura de la batalla de Caseros.
Propaganda de resistencia anárquica.
Ouillota, Enero de 1S53.
He hablado en mi carta anterior de las condiciones
nuevas de la Prensa; en la presente me ocuparé de
examinar sus últimas publicaciones, con arreglo a los
principios allí sentados.
Esos principios explican, en parte, los escritos de
usted; pero no los explican del todo. En política es
rnro el arto que reconoce un sólo motivo y no varios.
El interés de este estudio es impersonal y desapa-
sionado. No intento defender a Urquiza y atacar a
usted; escribo en obsequio del orden la bibliografía
de un trabajo destinado a perturbarlo. Escribo la bi-
i o 6
ALBERDI
biiograíía de su Campaña, que andará unida con el re-
cuerdo de la campaña contra Rosas, para hacer recti-
ficaciones que importan a la verdad histórica y a la
paz de la República Argentina.
Ahora dos años, cuando el general Urquiza no ha-
bía destruido a Rosas, y sólo tenía el antecedente de
haberle servido por muchos años, el interés de la pa-
i r a nos reunió a todos los amigos de la libertad en
derredor de aquel hombre, que se hizo simpático desde
el día en que renegó la causa del tirano, prometió un
Congreso y una Constitución a la República. Usted se
hizo adicto suyo, y yo también. No es de hoy mi de-
cisión por él, usted lo sabe. El Mercurio de 1851 in-
sertó muchos artículos míos en su apoyo, que usted
reprodujo en el último número de Sudamérica. Cuan-
do usted se fué al Plata me dejó escribiendo en favor
de Urquiza, a quien yo no conocía, ni había escrito, ni
tenía interés de agradar personalmente. No tenía yo
el don de adivinación para saber que llegaría tiempo
en que podría dar empleos diplomáticos.
Hoy que tiene la gloria de haber acabado con Ro-
sas, reunido un Congreso Constituyente, dado a la Re-
pública Argentina diez puertos accesibles a la Europa
e internado en las soledades de nuestro desierto país
el frac, las embarcaciones, las banderas, las lenguas
vivas y los hombres de la Europa, que son símbolo de
la civilización, hoy con doble motivo debemos apoyar-
lo, porque esos hechos son prendas que nos aseguran
su capacidad de multiplicarlos.
Regresado usted a Chile, me halló escribiendo en el
mismo sentido que antes de su viaje; pero yo encon-
tré que usted había cambiado en su manera de consi-
OBRAS SELECTAS
1 0 7
derar las cosas que veíamos de un mismo modo en
1851, y que hasta hoy persisto yo en considerarlas
como entonces.
Separados de nosotros, usted ataca el hombre y la
política que estamos apoyando desde 1851 en el inte-
rés de miras que ha realizado en parte de un modo
espléndido.—Tenemos que defenderle hoy de los ata-
ques de usted, como antes le defendimos de los ata-
ques de Rosas..—Usted me ha dedicado su Campaña
para demostrarme por ella que su cambio es resultado
de faltas que atribuye al general Urquiza, y yo voy
a demostrarle por su propia Campaña, sin pretender
santificar a su adversario, que su separación no apare-
ce allí con más origen que el interés de su propio en-
grandecimiento, interés que sin excluir él patriotismo
de usted, explica enteramente su actitud de agitador.
Hablando seriamente, usted concibió esperanzas de
encabezar el partido liberal contra Rosas, y la dejó
traslucir más de una vez. Rosas contribuyó a darle esa
ilusión más que el éxito de sus escritos lucidos y pa-
trióticos. Usted publicó su propia biografía, en un
grueso volumen encomiástico, que no dejó duda de que
se ofrecía al país para su futuro representante. Usted
escribió a publicistas de Francia, pidiéndoles que apo-
yasen esa aspiración. Cuando estalló la revolución mi-
litar en Entre-Ríos, usted fué al Plata y buscó la in-
mediación de su jefe, que no le dio la importancia
que Rosas le había dado. Decepcionado, contrariado
en su ilusión de mando y dirección, quedó, sin embar-
go, en el ejército grande, en la posición doble que
consta de su mismo escrito.
!08
ALBERDI
En el ejército grande emprendió usted dos campa-
ñas: una, ostensible, contra Rosas; otra, latente, con-
tra Urquiza; una, contra el obstáculo presente; otra
contra el obstáculo futuro. Su arma contra Rosas fué
el Boletín; su espada contra Urquiza fué el Diario de
la campaña, destinado a ver la luz después de caído
Rosas (son sus palabras). El Diario era la refutación
del Boletín, y por eso Rosas lo halló bueno cuando
leyó el manuscrito caído en sus manos antes de la ba-
talla del 3 de Febrero.
Que su Campaña en el ejército grande ha sido es-
crita contra el General Urquiza, usted mismo lo con-
fiesa en su epílogo y en su prólogo, y no hay página
de su escrito que no lo descubra a las claras.
Declara usted también que la escribió durante la
marcha del ejército y antes de la batalla de Febrero,
en que ella dio fin; luego usted confiesa que conspi-
raba desde entonces contra su general en jefe. Bien
hace, pues, de distinguir su campaña personal, de la
campaña general del ejército grande: la de éste era
dirigida contra Rosas, la suya contra Rosas y contra
el general Urquiza. Usted conspira en la nave en que
hacía el viaje para amarrar al capitán llegando al puer-
to. Según eso, la revolución contra Rosas venía al mun-
do preñada de otras nuevas, cuando precisamente era
ésta la desgracia vergonzosa que interesaba prevenir
a todo trance.
En esa posición, representaba usted la tendencia de
un círculo de liberales, que decía: "Usemos de Urqui-
za para librarnos de Rosas; que caído éste, nos será
fácil librarnos del vencedor."
El I I de Septiembre hizo explosión esa política, que
OBRAS SELECTAS
buscaba el Poder por segunda mano. El n de Sep-
tiembre venía preparado desde la campaña del ejérci-
to grande. La sabiduría de Franklin y el acierto de
Washington no hubiesen librado de él al general Ur-
quiza. Antes que existiera el pacto de San Nicolás,
que le ha servido de pretexto, ya estaba formulada y
escrita la protesta; usted mismo lo confiesa.
El I I de Septiembre era la segunda intención de
ciertos liberales coaligados con Urquiza, y la primera
intención de los rosistas, porque la primera intención
del caído es levantarse. Aquéllos creían poder emplear
a Urquiza como instrumento efímero y desechable. Ex -
plicaban sus desastres de veinte años por accidentes
casuales, y creían que no necesitaban más que vencer
una vez, para quedar dueños perdurables del poder,
que perdieron diez veces: idea estrecha y pobre, pues
no sucumbe jamás por casualidad todo un partido, si-
no por una cadena de triunfos, que supone otras cau-
sas normales de buen éxito.
Nada hay común entre su Campaña parásita y la del
ejército grande; pasiones, objeto, fines, todo es distin-
to. La campaña encabezada por el general Urquiza
representaba la causa de la libertad, la esperanza de
un Congreso, el deseo de una Constitución, el odio a
Rosas y el entusiasmo por Urquiza, su brillante ad-
versario. En la campaña de usted, en vez de amor, hay
odio al vencedor de Rosas; en vez del odio a Rosas
se ve casi un olvido completo de su nombre y de sus
errores; la libertad, la Constitución, el Congreso, que
eran los grandes fines de la campaña de Urquiza,
apenas aparecen mencionados en la de usted.
; Oué nos presenta, qué podía ser su campaña per-
I 10
ALBERDI
señal dentro de la campaña del ejército grande? Us-
ted era teniente coronel, no podía mandar una ala, ni
una división del ejército; no podía tener, ni tuvo, par-
te importante en sus hechos de armas; es decir, en
ios actos que constituyen propiamente la campaña del
ejército grande. Redactor del Boletín, usted nos da
la historia de su trabajo literario. ¿Pero qué vale ese
trabajo? ¿A quién hizo notable? ¿A quién dio dere-
cho de escribir su campaña personal? ¿Conoce alguien
al redactor de los Boletines del ejército grande de Na-
poleón I? ¿Quién conoce a los que redactaron los
boletines de las campañas de San Martín, de Bolívar,
de Belgrano? ¿Publicaron esos soldados de pluma sus
campañas personales en los ejércitos de la inmortal
guerra contra España?
Si San Martín y Bolívar hubiesen llevado a su la-
do redactores que al tiempo de escribir el boletín de
sus jornadas llevasen diarios secretos, para desmentir
más tarde al Boletín oficial, la gloria americana se-
ría hoy la mitad de lo que es, y el Conde de Toreno se
habría ahorrado el trabajo realista de achicar nues-
tros triunfos. ¿Al lado de qué general, grande o chi-
co, hubiese permanecido un redactor de boletines que
pretendía colaborar con el general en jefe de las ope-
raciones del ejército?
Su campaña personal, en vez de ser un diario de
las marchas del ejército, es la historia psicológica de
sus impresiones de emulación contra su general en
j ef e; la historia de su desacuerdo contra el general
Urquiza, desacuerdo antiguo y profundo, que usted
se afana en atribuir a faltas del general, pero que us-
ted mismo revela ser fruto de sus decepciones de as-
OBRAS SELECTAS
I I I
piración y de amor propio. Obrando como Alejandro,
venciendo con más brillo que Napoleón, lo habría us-
ted aborrecido doblemente por lo mismo.
No entraré a contestar su Campaña; yo no he mi-
litado a su lado, ni soy testigo de los actos que usted
refiere. Otros cuidarán de apoyarlo o combatirlo con
más autoridad. Pero puedo juzgar de su obra por lo
que arroja ella misma, y de los actos de usted por su
propia confesión. Le diré, desde luego, que su cam-
paña es el proceso de sus miras demagógicas, de su
ambición contrariada, la historia completa de su des-
calabro y de su segunda proscripción. Esta es mi ma-
nera ingenua y leal de entenderla.
Le diré también que usted no es testigo de los ac-
tos que relata, ni tiene en su favor la autoridad del
que puede decir sin interés y sin pasión: yo vi, yo oí,
yo hice.
No lo es, por supuesto, de lo que no ha visto, y, sin
embargo, usted nos refiere la obra diplomática, prepa-
ratoria de la campaña, que tuvo lugar en aquellos paí-
ses antes que usted saliera de Chile.
También nos refiere usted en su Campaña, toda la
campaña del Uruguay, hecha y completada por el ge-
neral Urquiza mucho antes que la Médicis hubiese
llevado a usted a Montevideo; y, sin embargo, usted
la refiere con la autoridad de testigo. Testigo de oídas,
porque el que refiere lo que ha oído, no refiere lo que
presenció: es eco de un testigo, no testigo. En esa
parte da usted como historia, argentina lo que le contó
un ministro extranjero que tenía interés inmediato en
disminuir la gloria de nuestro país en provecho del
suyo (página 70 de su Campaña).
I 12
AL BERDI
Después del triunfo, sólo estuvo usted diez días
en Buenos Aires, que pasó usted en sus calles y plazas,
según su confesión. Al cabo de ellos, se fué usted a
Río Janeiro, y de allí se vino a Chile. Usted, sin em-
bargo, reclama la autoridad de testigo contra los que
se han criado en los lugares que usted habitó diez días
(literalmente), cuando refiere también en su Campaña
los actos del general Urquiza posteriores a la salida
de usted, los negocios de Junio, la revolución de Sep-
tiembre, y lo que es Buenos Aires hoy mismo. Excu-
sado es decir que usted dejó el Río de la Plata el
20 de Febrero de 1852. En todo ello, es usted testigo
de oídas, eco literal de la Prensa de Buenos Ai res; es
decir, la de la parte interesada, narrador fiel de lo que
no ha visto y de lo que sabe por boca del fiscal.
En lo que usted ha visto, tampoco es testigo, ni
merece la fe de tal sino en su contra.
¿ Cómo ha podido usted creer que el público se com-
ponga de necios ? ¿ Quién le creería a usted, aunque fue-
se más honrado que el honor? ¿Quién sería juez tan
inicuo para oir al acusador sin oir a los testigos? ¿La
parte agraviada tiene autoridad probatoria? Usted es
parte acusadora, no testigo imparcial. Su Campaña es
un libe'o de acusación, no un testimonio histórico. Es
una arma de guerra, como usted mismo la ha califica-
do, lanzada en apoyo de la revolución del 11 de Sep-
tiembre y escrita para prepararla.
Si lo que dice usted que vio desde su llegada a Entre
Ríos, fuera cierto, usted debió regresar a Montevideo
y abstenerse absolutamente de buscar la caída de Rosas
por medios tan inmorales. Lo contrario era rehabilitar,
rejuvenecer la tiranía ya caduca de Rosas; era etnpren-
OBRAS SELECTAS
der una campaña de opresión nueva contra la opresión
vieja. ¿Por qué la emprendió usted?—o usted dice lo
que no vio, o usted ayudó a sabiendas a levantar una
nueva tiranía.
Su Campaña muestra que usted habla por heridas
abiertas a su ambición o a su amor propio. No indagaré
si las mereció, ni si son reales o aparentes. Sólo haré
ver que son confesadas, y que habla como herido el
que se considera herido aunque no ilo esté—. Voy
a señalar brevemente en su propio escrito los motivos
y síntomas del odio que le impide ser juez y narrador
imparcial de los actos del general Urquiza, cuya glo-
ria en la campaña contra Rosas es gloria argentina, y
cuyo prestigio actual es elemento de orden para la re-
pública libertada por él.
Bien hace usted de negar ese odio, que se escapa en
sus propias páginas, despojándolas de toda autoridad
de verdad. Dice usted que no hubo escena entre el ge-
neral y usted, y que no tiene, por tanto, motivo per-
sonal de queja contra él. ¿Pero cree usted indispensa-
ble una escena para engendrar odios a muerte en co-
razones no vuigaies? ¿Una mirada, un gesto, una
omisión, el silencio mismo, no han sido causas mil ve-
ces de rencores eternos y desastrosos?
Voy a señalar los orígenes que usted mismo asigna
a su odio implacable contra el hombre que nos ha li-
brado de Rosas, y el único que sería capaz de estorbar
hoy su regreso al Poder. Usted ve, según esto, si hay
utilidad pública en rectificar escritos, que sólo podrían
servir al restablecimiento de la tiranía vencida en Fe-
brero.
El general Urquiza no satisfizo las miras de in-
OBBAS SELECTAS. — Tomo V . 8
AL BERDI
flujo que llevó usted al Ejército y este fué el primer
motivo de su odio contra él. ¿Cuáles eran sus miras?
¿Qué iba usted a hacer? ¿Qué llevaba usted al Ejér-
cito? Su pluma; usted no era soldado. La pluma en
un ejército no es una arma. Un ejército supone ago-
tada la misión de la palabra. Es la solución del proble-
ma entregada al cañón. La pluma del secretario es su-
ficiente. El general Urquiza tenía de secretario en cam-
paña al que había refrendado los pronunciamientos in-
mortales de i.° de Mayo.
Otra aspiración llevó usted que la de escribir bole-
tines. Usted aspiraba a dirigir los acontecimientos que
creía haber preparado. "Otras funciones, empero (que
las del Boletín, escribía usted de Montevideo el 2 de
Diciembre), me están reservadas, y asociado a P. . . de-
bemos formar el Estado Mayor del Ejército. "
Cuenta usted mismo su primera conferencia con
Urquiza: "Presénteme al fin en casa de gobierno a las
horas de costumbre y a poco fui introducido a su pre-
sencia... Mi recepción fué política... Después de sen-
tados en un sofá (con el general Urquiza) y pasadas las
primeras salutaciones, nos quedamos ambos callados.
Yo estaba un poco turbado, creo que él estaba lo mis-
mo. Yo romipí el silencio diciéndole: el objeto de mi
venida, que era conocer al hombre en quien estaban
fijas nuestras miradas y nuestras esperanzas, y para
poderle hablar de mis trabajos en Chile, de mis anti-
cipaciones sobre el glorioso papel que le estaba des-
tinado..."
¿Ese era el objeto de su viaje a Entre-Ríos? ¿Había
usted doblado el Cabo de Hornos, sólo para ir a co-
nocer al futuro libertador y para hablarle de sus tra-
OBRAS SELECTAS
bajos en Chile? ¿Qué importaba eso a la campaña?
Pero no es todo. "Tras este exordio—dice usted—,
entré a detallarle lo que era el objeto práctico de mi
venida, a saber: instruirle del estado de las provincias,
la opinión de los pueblos, la capacidad y elementos de
los gobernantes, los trabajos emprendidos desde
Chile..."
¿Era eso todo su contingente? ¿Para eso emprendía
usted su viaje? Usted no había estado en las provin-
cias; sabía usted de ellas lo que sabíamos todos: que
el pueblo detestaba a Rosas y que sus Gobiernos lo
apoyaban por miedo y por su interés propio. ¿Tenía
usted trabajos de conspiración? ¿En qué quedaron,?
¿Quién ha visto sus efectos? Las provincias de que
usted fué a dar cuenta no han hecho nada, no han
cooperado con un hombre a la caída de Rosas. Iba us-
ted a hablar de un elemento siempre negativo y secun-
dario. Sin embargo, usted había dado seguridad Se
cooperación y simpatía de parte de las provincias al
general Urquiza. ¿Con qué antecedentes? "Según las
seguridades que de ello me habían dado en San Juan",
dice usted (i ). Se vio que ningún efecto había tenido
la seguridad dada por usted; ni San Juan, ni otra pro-
vincia cooperaron a la caída de Rosas. ¿ Qué debió pen-
sar el general de los trabajos de usted en Chile y de su
influjo en las provincias? Con diez años de publicacio-
nes nunca pudo usted precipitar una contra Rosas, y en
los últimos meses, con 500 páginas, no ha conseguido
usted quitar una sola al general Urquiza.
Usted llevó la esperanza de dirigir por el consejo
(1) Campaña, pág. 66.
n 6
ALBERDI
al hombre que sin usted había organizado el plan de
conspiración contra Rosas, formado el ejército mayor
que había visto América y resuelto en cuatro días la
cuestión oriental que duraba diez años. Usted no fué
interrogado ni consultado como esperaba, y ese fué un
delito de Urquiza, para usted. "Esta (la primera) es la
única vez que he hablado con el general Urquiza en
dos meses que he estado cerca de él. Después es él
quien ha hablado, haciéndome escuchar en política, en
medidas económicas a su manera, en proyectos o en su-
gestiones de actos, para en adelante. Aquí está, a mi
juicio, el secreto y la fuente de esa serie de errores que
hacen imposible su gobierno si no es en el Entre-
Rí os. . . "
". . . De estos datos, y de muchos otros que iba reco-
lectando... yo empecé a ver confirmados los recelos que
traía desde Chile, y resuelto a seguir el plan de vida
que he seguido siempre, que consiste en conservar ilesa
la dignidad de hombre, como la única arma que puede
oponerse al despotismo personal."
". . . Habí a, pues, en eso (en lo relativo a la cinta) esa
perseverancia brutal, que huye de ser ilustrada, que in-
siste en despecho de todo y que reduce a la condición
de siervos a los que por sus luces o su posición quieran,,
por lo menos, ser consejeros."
Pero ¿qué luces, qué consejos quería usted hacer es-
cuchar? Se trattaba de cosas militares, hablaba usted
con un soldado; se trataba de guerra y no de política;,
iba usted a un Ejército, no a un Congreso. Usted no
es militar, no podía ofrecer luces, consejos estratégicos,
los únicos que convenían antes de la venida de los
congresos deliberantes o del Gobierno civil represen-
OBRAS SELECTAS
U 7
tativo. Usted sólo llevaba provocaciones en esas exi-
gencias intempestivas de dignidad personal. Un escri-
tor, un publicista no va a buscar respetos y miramien-
tos por sus luces entre soldados que habitan en el
vivac.
¿ Quería usted pelear por la libertad ? Magnífico pen-
samiento. Pero debió usted tomar el fusil, la subordi-
nación y el silencio automáticos del soldado que sabe
serlo, en vez de ir a discutir la cucarda que debía
llevar el ejército y las medidas económicas que debían
adoptarse para después de concluida victoriosamente la
campaña, que no había dado principio. Cuando no se
lleva un contingante de diez mil soldados o una gloria
militar que lo valga, no se va a discutir esas cosas, de
poder a poder.
¿Se puede leer sin asombro el siguiente párrafo de
usted ?
" Lo que más me sorprendió en el general es que,
pasada aquella simple narración de hechos con que
me introduje, nunca manifestó deseo de oír mi opinión
sobre nada, y cuando con una modestia que no tengo,
con una indiferencia afectada, con circunloquios que
jamás he usado hablando con Cobden, Thiers, Guizot,
Montt o el Emperador del Brasil, quería emitir una
idea, me atajaba a media palabra, diciéndome: yo lo
dije, lo vi, lo hice, etc. Nadie sabe, nadie podrá apre-
ciar jamás las torturas que he sufrido, las sujeciones
que me he impuesto para conciliarme, no la voluntad
de aquel hombre, sino el que me provocase a hablar,
que me dejase exponerle sus intereses, la manera de
obviar dificultades, el medio de propiciarse la opinión."
Pero ¿qué empeño tenía usted en hablar? ¿Quería
I. I 8
ALBERDI
usted ofrecer soldados, plata, conspiraciones organi-
zadas ? Eso era lo único que necesitaba en esos momen-
tos. Consejos políticos son un contingente intempesti-
vo que de ordinario llevan los estudiantes a los ejérci-
tos. ¿Necesitaba el general Urquiza que le expusiese
usted sus intereses? El que había formado el Ejército
grande y concluido la campaña oriental sin usted, el
que acabó la de Rosas, a pesar de usted; que se movía
en un terreno y con elementos para usted desconqcidos
¿necesitaba de un tutor para que le dirigiese sus in-
tereses? El que había sabido obviar dificultades inven-
cibles para tantos poderes, ¿podía necesitar que se la
diese un escritor de periódicos, que jamás había figu-
rado como hombre de Estado?
" Yo noté luego una cosa'—dice usted—y los hechos
posteriores me la confirmaron, y es que mi reputación
de hombre entendido en las cosas argentinas me con-
denaba a no poder estar cerca del general. . . " "Desde
muy luego comprendí, pues, que mi papel natunl de
consejero, de colaborador en la grandiosa obra de cons-
tituir una nación de aquellos países tan favorecidos...
estaba concluido, y debía volverme a Montevideo, lo
que habría dado un escándalo... o exponerme a esta
lucha diaria conmigo mismo, por un lado, y por otro,
con aquellas pretensiones que rechazaba." Sucedió esto
último, desgraciadamente; pero queda establecido por
usted que fué al Ejército tras de algo más que la es-
pada de teniente coronel y la redacción del Boletín.
Al acabar la primera entrevista, que se redujo a
simple conversación, el general Urquiza le preguntó
naturalmente: " —¿Qué piensa usted hacer? —No sé,
señor—le contesté para derrotar la mente de aquella
O B R A S S E L E C T A S
" 9
pregunta oblicua—. Probablemente regresaré a Monte-
video. "
Pero ¿qué oblicuidad podía haber en la mente de
semejante pregunta dirigida al que decía que sólo iba
al ejército para conocer al general Urquiza y para de-
cir lo que sabía de las Provincias? ¿Qué otra cosa
podía preguntarse al que no era soldado ni ofrecía sus
servicios de tal? " El hecho es que de esa entrevista
me quedaba—dice usted—un sinsabor indefinible y
casi no motivado aparentemente."
Frustado su papel natural de consejero y colabora-
dor de la grande obra, ¿qué hizo usted? " En la tercera
entrevista con el general le ofrecí mis servicios, no te-
niendo plan fijo ninguno... Entonces me indicó encar-
garme del boletín del ejército, llevar prensa, etc., lo
que acepté gustoso, tomando a poco el servicio militar
por ponerme a cubierto de la cinta y por no hacer la
triste figura de los paisanos en los ejércitos. Recomen-
dé eficazmente a Paunero, Mitre y Aquino, mis com-
pañeros, y pedí licencia para ir a Montevideo a prepa-
rarme y marché a poco desencantado en cuanto a mí."
Tenemos hasta aquí que usted fué sin ser llamado;
que usted fué sin plan fijo; que usted no halló el gran
papel que esperó desempeñar; que ofreció sus servicios
y le aceptaron el de escribir el boletín y llevar una
imprenta; que tomó la espada por ponerse a cubierto
de la cinta y por evitar el ridículo de un paisano en un
ejército. Ponerme a cubierto de la cinta quería decir
llevarla como soldado y no como paisano; como militar
me la pondré, como ciudadano nunca, dijo usted. Esta
idea de dos cucardas, una para el ciudadano soldado
y otra para el ciudadano civil; esta idea de que una
120
AL BERDI
misma divisa, un mismo color es de gloria en el ciu-
dadano militar y de vilipendio en el ciudadano paisano,
es tan poco seria como toda la cuestión del cintillo de
que hablaré más tarde. Tenemos también que usted
quedó desazonado, desconcertado de sus primeras im-
presiones en el Ejército.
Llegado a Montevideo, usted declaró a sus amigos:
" El general persiste en ser quien es y nadie en la tierra
lo hará variar de su modo de ser. " ¿Usted había lleva-
do, pues, la idea de cambiar en tres conversaciones al
general Urquiza? ¿ Y le hacía usted un defecto de que
tuviese una voluntad, un carácter, una fe suyos, y no
tomase, como la cera, el sello que quería darle un
escritor que se creía hombre de Estado porque había
escrito periódicos? No estaría Rosas fuera del Poder
si hubiese tenido un rival de cera de virgen; que to-
mase la figura de general romano o general francés,
según los deseos de este o aquel escritor que se pro-
pusiera amoldarle a su gusto.
En Montevideo concibió usted por sí mismo la espe-
ranza de figurar en el Estado Mayor con un rol activo.
Vuelto a Entre-Ríos, presentó usted al general Ur-
quiza a sus amigos Paunero y Mitre, que se recomen-
daban por sus conocidas aptitudes militares, mejor que
por el auspicio de usted, que sólo tres veces había con-
versado con el general en jefe.
El coronel Paunero fué hecho jefe del detall de una
división en lugar de ser nombrado Jefe de Estado Ma-
yor, como usted creyó; el esperado Estado Mayor que-
dó sin efecto, y usted sin la parte activa que había es-
perado tener en él; nuevo motivo personal de desazón
contra el general que dispuso esa reclusión.
OBRAS SELECTAS 121
Al dar usted cuenta de su comisión, el general Ur-
quiza le "dirigió un reproche por haber traído una im-
prenta pesada contra sus órdenes. . . " Esta r-ecepción
tan poco cordial le dejó a usted turbado... Seguí no
procuró verlo', cosa que le hizo sospechar que había
algo de real en aquella frialdad del general; porque esos
palaciegos son termómetros (i ).
Bajo esas impresiones de desagrado personal ya em-
pezó usted a fijarse en la vida privada del general Ur-
quiza, en el régimen de sus haciendas, etc.
El Entre-Ríos se presentó entonces a su espíritu
agriado, no ya como Argirópolis lo había descrito, sino
como una grande hacienda con ganados y hombres...
reglamentada para producir ciertos resultados; como
la administración de Mehemet-Alí; pero sin altura, sin
el concurso de la ciencia y de la industria europea. Esas
buenas impresiones del libertador empezaba usted a
consignar en su Diario, que con razón debió agradar
a Rosas cuando lo tomó y leyó. Si él hubiese triunfado
de Urquiza, hoy su Campaña estaría inserta en el Ar-
chivo Americano. Halló usted mal que el general Ur-
quiza castigase el robo con rigor. " No se roba, pues
—dijo usted—; pero el hombre ha dejado de ser hom-
bre perdiendo toda espontaneidad y toda idea de jus-
ticia... ¿Qué importa el robo de un cerdo, que remedia
una necesidad, en cambio de un castigo espantoso que
destruye toda idea de justicia?" (2) Sólo la aversión
personal que empezaba a nacer en usted pudo dictarle
esa absolución inaudita del comunismo.
(1) Campaña, pág. 93.
(2) Campaña, pág. 97.
122
ALBERDI
Abierta Ja campaña, empleado usted en el Ejército
y sujeto a la rigidez de la ordenanza militar en esos
casos, se permitió en el Rosario dirigir arengas impre-
sas, en su nombre, a sus habitantes, y enviarlas al
mismo general en jefe, con los boletines 7 y 8, dicién-
dole entre otras cosas que usted nos calla: "Los veci-
nos del Rosario esperaban a S. E., y como no viniese,
han descargado su entusiasmo en el primero que se ha
presentado. Ahí le mando una carta con que he con-
testado a estas gentes, por no saber otra cosa qué de-
cirles. Estoy contento con el boletín. Distrae los ocios
del campamento, pone en movimiento a la población,
anima al soldado, asusta a Rosas, etc., etc. "
La disciplina militar no reconoce notabilidades lite-
rarias. Usted era en el Ejército un simple teniente co-
ronel; no tenía intimidad personal con el general en
jefe. Admitir ovaciones populares en reemplazo de la
persona ausente del general en jefe, era una insolencia
de parte de un oficial secundario. En el ejército en
campaña no hay más que una voz, y todo impreso de
un subalterno dirigido al pueblo en su nombre propio,
desde las filas del ejército, es un acto escandaloso de
insubordinación. Estuviese o no contento con su rol,
¿qué tenía que hacerlo saber al general? Atribuir ese
placer a distracción y rao a pena era poco espartano.
Decir que el Boletín, y no un Cuerpo de 30.000 hom-
bres, es lo que pone en movimiento a la población, ani-
ma al soldado, asusta a Rosas, etc., y decírselo al ge-
neral en jefe del ejército, era una impertinencia que,
naturalmente, debía enfadarlo. Todos pueden presu-
mir la respuesta que habría dado un Napoleón, Bolívar
o San Martín a un desacatante semejante; el general
OBRAS SELECTAS 123
Urquiza se contentó con hacer responder lo siguiente
por medio de su secretario: " S . E. el señor general ha
leído la carta que ayer le ¡ha escrito usted, y me encar-
ga le diga respecto de los prodigios que dice usted que
hace la imprenta asustando al enemigo, que hace mu-
chos años que las prensas chillan en Chile y en otras
partes y que hasta ahora D. Juan Manuel Rosas no se
ha asustado; que antes al contrario cada día estaba
más fuerte."
Esa respuesta hizo en usted la herida más grande de
las que hasta hoy dan salida a su voz. " Yo me repuse
de mi conciencia—dice usted—, me levanté del asiento,
di dos o tres pasos... afectando la mayor compostura...
salí y me dirigí al Paraná en busca de la serenidad que
necesitaba para obrar. . . " " Yo me senté en las barracas
y dejé vagar mis miradas sobre la superficie de las
aguas, y media hora después mi espíritu estaba rehecho,
mi partido tomado, mi respuesta acordada conmigo
mismo ante este tribunal de la dignidad personal, de
la justicia hollada y ante la necesidad de no dejar en
mi persona el diputado al Congreso, el publicista" (1).
Al día siguiente solicitó usted carreta para conducir
la imprenta al paso de la artillería volante, y el gene-
ral contestó, según usted: " —¡ Qué sujeto! Díganle
que no" delante de muchos circunstantes, y es usted
quien lo dice.
"¿Hubo realmente (pregunta usted en vista de ello)
el propósito de abandonar el Boletín, precisamente por-
que era la única novedad, la única fuerza activa del
campamento?"
(1) Campaña, pág. 110.
I 2
4
ALBERDI
Y yo pregunto: ¿podía dejar de chocar con el jefe
del ejército, el que creía de buena fe que el Boletín era
la única novedad, la única fuerza activa de un campa-
mento de 30.000 hombres, del que cada cambio era una
peripecia nueva y grandiosa de la República Argen-
tina? ¡ Un boletín la única fuerza activa en medio de
una fuerza militar de 30.000 soldados en acción!
Yo pregunto si un escritor que atribuía la popularidad
del boletín al nombre y prestigio literario de su redac-
tor y no a los avances que la libertad argentina hacía
en cada paso del Ejército grande aliado, ¿podía de jal-
de estrellarse con el general en jefe menos susceptible?
Otro día dijo usted all general: " He preparado dos
Boletines, el 2 que ya está publicado con la carta del
Arroyo Pavón sobre los pasados. —Es t o es falso y yo
00 quiero que mientan en mi nombre. —Señor, es un
parte del comandante Ceballos al juez de paz. —No
es cierto el hecho. . . "
Sea de esto lo que fuere, esté la justicia por él o por
usted, esos choques tuvieron lugar; ellos dejaron heri-
das profundas en usted. Usted mismo consigna los he-
chos y confiesa las heridas. Pues bien, eso basta para
que la narración que usted hace de la campaña no sea
un testimonio veraz, sino un acto vindicativo de recri-
minación contra su general en jefe, objeto de su enco-
no acreditado y confesado.
Pero no sólo carece usted del carácter y de la auto-
ridad de testigo, sino que tampoco es juez ni voto en
materias militares. ¿Con qué título se constituye usted
juez de una campaña militar ? Usted no es soldado;
no conoce la estrategia, que no ha estudiado ni es cien-
cia infusa. Su grado de teniente coronel es gracia que
OBRAS SELECTAS I 25
usted debió al general Urquiza, antes de dar principio
la campaña, no después de la batalla. Su saber militar
sólo prueba la generalidad de sus lecturas y conoci-
mientos teóricos que le permitirían! disertar con igual
gracia sobre Medicina. Usted, que no habría podido
mandar una división; usted, que no había hecho nin-
guna campaña, que no conocía la ciencia militar, ¿cómo
pudiera ser juez competente del que ha mandado el
ejército más grande que en lo antiguo y moderno haya
visto la América del Sur, con un éxito tan completo
que dejaría en ridículo la censura de la Escuela Poli-
técnica francesa?
¿ Y cuál es la base de su criterio militar? El clasi-
cismo más rudimental y más rancio de la estrategia
europea, cuya aplicación ha producido siempre la de-
rrota de sus importadores en esta América desierta.
Usted leía por la noche manuales de estrategia fran-
cesa, y cuando a la mañana siguiente veía usted gau-
chos y no soldados europeos a su alrededor, exclamaba
usted: Barbarie, atraso, rudeza. Y repetía las murmu-
raciones de nuestros oficiales clásicos.
¿Qué es la ciencia militar de nuestros oficiales clá-
sicos ? El producto de lecturas francesas sobre arte mi-
litar, como es la ciencia de nuestros publicistas el re-
sultado de algunas lecturas de libros europeos. Estaba
ya admitido que en política era errado el sistema de
nuestros viejos liberales de aplicar a estos países, de-
siertos hoy y ayer esclavos, la últimas prácticas de la
Europa representativa. Pero en materia militar, cree-
mos todavía que no se debe hacer concesiones al de-
sierto, y que nuestros gauchos, que no saben ser ciu-
1 2 6
AL BERDI
danos en la paz, deben ser ciudadanos literalmente in-
gleses en la guerra.
¿Qué han obtenido en guerra los importadores in-
discretos de ese sistema? Lo que han obtenido en polí-
tica y gobierno: derrotas, descalabros y nada más.
Todas nuestras brillantes reputaciones militares han
sido chicoteadas por los gauchos. El gaucho López se
burló de Viamont. Facundo Quiroga, caudillo sin lec-
tura ni saber militar, derrotó a Pedernera, Pringles,
Alvarado, Videla, Castillo y Lamadrid, brillantes jefes
del tiempo de la guerra de la independencia. El gaucho
Rosas dio cuenta de Rauch, Lavalle, Alvear, Vega,
Suárez, Martínez, Iriarte, Olazabal, Acha, Díaz, Medi-
na, etc., la flor de nuestros tácticos veteranos.
Todos estos brillantes soldados, llenos de saber mili-
tar, comparados con sus rústicos vencedores, eran gau-
chos a su vez sin instrucción militar respecto de Ta-
cón, Pezuela, Laserna, Canterac, Vaidés, Ramírez,
Montr, Espartero, Maroto, generales europeos de alta
capacidad; y, sin embargo, esos pobres oficiales nues-
tros del tiempo de la guerra de la Independencia,
echaron de este suelo a los vencedores de Napoleón
en España. Bolívar, su caporal, ¿fué otra cosa que
un caudillo, como lo ha calificado usted mismo en Fa-
cundo ?
¿Cree usted qué Liniers, Elio, Balbiani, Saavedra,
Urien, Belgrano, conociesen el arte de la guerra tan
profundamente como Witelok y Beresford?
Sin embargo, esos militares, desnudos de instruc-
ción, derrotaron completamente a los brillantes gene-
rales ingleses invasores de 1806 y 1807. Es el triunfo
del saber práctico sobre el saber incompleto del que
OBRAS SELECTAS 127
viene de fuera: es la ventaja del que conoce el terreno
y emplea los medios de acción que él ofrece, sobre el
que trae conocimientos y medios de otro terreno di-
ferente.
San Martín decía no ha mucho que con diez mil
gauchos se reiría de la Francia entera en los desiertos
argentinos. San Martín desechó a Brayer, general de
Napoleón, porque no sabía hacer la guerra americana
contra los españoles, cuando el sitio de Talcahuano.
Sin embargo, usted veía la más completa desorgani-
zación (1) en el ejército que ha triunfado de Oribe y
de Rosas, porque no había en él ni Estado Mayor, ni
jefe de día, ni ronda, ni rondín, ni patrullas, ni avan-
zadas, ni orden: del día, ni estado general del ejército,
ni edecanes reconocidos, según usted refiere. Lo que
ha de admirar usted es que sin todo eso el general Ur-
quiza ha obtenido en cuatro meses lo que en quince
años no han podido conseguir nuestras celebridades
•militares con Estados Mayores, jefes de día, rondas y
rondines, patrullas y avanzadas; y que el general Ur-
quiza haya podido decir con razón después de la vic-
toria de Caseros: "Ahí tienen una batalla y una cam-
paña hecha sin Estado Mayor."
Pero ya se ve, usted se lamenta que haya sido pre-
ciso dar la batalla del 3 de Febrero. Usted cree que
Rosas hubiese podido caer por sí solo; tan sazonado
creía su desprestigio en el ejército que peleó por él
sin que lo defeccionase un hombre: creencia que de
ningún modo hace honor al buen juicio de los que con-
sideran necesario enviar contra él un ejército aliado de
(1) Campaña, pág. 120.
128
ALBERDI
So.ooo hombres, pues tanta fuerza no se envía para
destruir un poder que se está cayendo por sí mismo.
Comprendo que usted no gustase de la batalla: evi-
tar la batalla habría sido evitar la victoria y ahorrarse
un libertador. Si no hubiese habido batalla, el general
Urquiza no sería el vencedor de Caseros ni el Direc-
tor provisorio de la Confederación.
¿Por qué fatalidad hubo batalla? Porque no hubo
Estado Mayor, responde usted (i ). La falta de Estado
Mayor originó la defección de la división Aqui no; este
desastre frustró la defección del Ejército" de Rosas, y
de ahí vino la necesidad de destruirlo por una batalla
campal. " La sublevación de la división Aquino—dice
usted—es el nudo del drama de esta campaña." ¿Qué
conexión tiene esto con la falta de Estado Mayor?
" La división Aquino—dice usted—se sublevó porque
cada jefe acantonaba donde creía convenirle, aquellos
soldados ausentes de su país catorce años, no podían
resistir al deseo de volverlo a ver. La vista de la Pam-
pa sin obstáculo y la proximidad de los caballos, fué
la única causa de la sublevación." Según esto, un error
de Aquino en la elección del lugar de su acantona-
miento y la nostalgia de los soldados fueron causa de
ese desastre. Si hubiese habido Estado Mayor, Aquino
habría sabido el lugar en que debía acantonar, y ha-
bría conocido mejor el estado moral de los soldados
de su inmediato mando. Y como en ese Estado Mayor
debía usted tener un rol activo, probablemente le hu-
biera cabido la dicha de salvar a ese brillante jefe con
( i ) Campaña, pág. i za.
OBRAS SELECTAS 129
reglas y consejos en el arte y acerca del terreno que él
conocía y usted no.
Con Estado Mayor habría caído Rosas sin batalla;
y la gloria que hoy es del vencedor de Caseros, sería
en gran parte de los que hubiesen vencido con órdenes
del día y simples boletines. ¡ Qué distintos serían hoy
los roles de las personas! Se podría agregar que por
falta de Estado Mayor ha habido pacto de San Nico-
lás, escenas de Junio, revolución de 11 de Septiembre,
Congreso, campaña de Entre-Ríos, sitio, etc.
¿Esa era la única falta del ejército? "Yo era—dice
usted— el único oficial del Ejército argentino que en la
campaña, ostentaba una severidad de equipo estric-
tamente europeo. Silla, espuelas, espada bruñida, le-
vita abotonada, guantes, quepi francés, paletot en lu-
gar de poncho, todo yo era una protesta contra el
espíritu gauchesco... Esto que parece era una pequenez,
era una parte d.e mi plan de campaña contra Rosas y
los caudillos, seguido al pie de la letra, discutido con
Mitre y Paunero y dispuesto a hacerlo triunfar sobre
el chiripá si permanezco en el Ejército. Mientras no
se cambie el traje del soldado argentino ha de haber
caudillos. Mientras haya chiripá, no habrá ciudada-
nos... y para acabar con estos detalles de rni propa-
ganda culta, elegante y europea en aquellos ejércitos
de apariencia salvajes, debo añadir que tenía botas de
goma para el caso, tienda fuerte y bien construida,
catre de hierro, velas de esperma, mesa, escritorio y
provisiones de boca. . . " (1).
Si ese plan de campaña contra el propio ejército
(1) Campaña, pág. 108.
OBRAS SELECTAS.—Tomo V .
9
130
AL BERDI
había de desplegarse desde la altura del Estado Ma-
yor, compuesto de sus iniciadores, digo yo que el ge-
neral Urquiza mostró mucha prudencia y mucho tino
en contraer sus operaciones a Rosas, y no al traje de
sus propios soldados. Un oficial del traje que usted
llevaba en un ejército de Sudamérica, es una figura
curiosa, que debía entretener a la tropa; pero todo un
ejército sudamericano, compuesto de nuestros gauchos,
vestidos de levita, quepi francés, paletot, etc., etc., sería
una comedia que les haría caer las armas de las manos
de risa al verse en traje que el europeo mismo se
guardaría de emplear en nuestros campos. Esas cam-
pañas contra los usos del desierto antes de haber aca-
bado con el desierto; contra los usos que engendra la
pobreza antes de haber acabado con la pobreza, son de
mala táctica. No es dado a un sastre distribuir con
su tijera la civilización europea o asiática. Con quepi
o con pWetot, nuestro gaucho siempre sería el mismo
hombre. Traed la Europa por el libre comercio, por
los ríos, por los ferrocarriles, por las inmigraciones,
y no por vestir de paletot al que sólo es digno de
poncho.
Y con esas ideas de que probablemente no hizo us-
ted misterio, ¿ hallaba usted extraño que el general Ur-
quiza no le admitiese a su consejo?
Sin negar su brillante aptitud periodística, de que he
sido y soy sincero apreciador, le diré que, lejos de me-
recer siquiera el reproche que usted le hace de hom-
bre incapaz de consejo, por haber rehusado el suyo, yo
oreo que habría dado muestra evidente de poco juicio,
entregando parte de la dirección de la guerra a cual-
quier periodista, por espiritual y elocuente que fuese.
OBRAS SELECTAS
Si la Prensa hiciese generales, Emilio Girardin, Thiers,
Lamartine y otros ciudadanos franceses que saben ha-
cer libros, periódicos y panfletos admirables, andarían
al frente de los ejércitos franceses, de jefes de Es-
tado Mayor, dirigiendo la guerra a la par de los gue-
rreros.
"Se engañan—'dice usted—los que creen que por me-
dio de concesiones discretas y oportunas puedan atraer-
se a Urquiza a la adopción de la buena causa. " ( i )
¿ Funda usted ese juicio en que nada consiguió por ese
sistema? Pero usted que se precia de estar de punta
contra todo lo que es prudencia, blandura y concesión,
¿cómo podía usted obtener cosa alguna manejando
medios que hace alarde de desconocer? Incapaz de
concesión, como usted mismo se dice, ¿qué extraño
era que chocase con Urquiza?
He demostrado que la narración de usted no es la
historia de un testigo desapasionado, ni la voz de un
juez competente en la materia militar, que le es ex-
traña.
¿Le queda al menos la autoridad de parte acusado-
ra? Tampoco, porque la autoridad de toda acusación
reside en los documentos justificativos de los hechos
imputados.
La Campaña de usted es una historia sin documen-
tos; es la aseveración desnuda de la parte agraviada,
que jamás merece fe.
Los documentos de que consta el memorándum., que
precede a la Campaña, son documentos contraprodu-
centes, que contradicen la Campaña en vez de apo-
( i ) Campaña, pág. 8o.
132
ALBERDI
yarla. Por eso es que usted ha usado de ellos al expo-
ner los hechos.
Veamos ahora cuál es la utilidad de su Campaña.
¿Qué servicio, qué necesidad nacional satisface esa
publicación? Ningunos. No sirve a la paz, ni a la glo-
ria nacional, ni a la gloria del Ejército grande aliado.
Aparecida después de la revolución de n de Sep-
tiembre, viene a prestar apoyo a ese movimiento. Es
un escrito de conspiración contra el nuevo Gobierno
provisorio de la Confederación argentina. Su autor dice
abiertamente en el Epílogo, que su objeto es dañar al
general Urquiza, justificar su caída... "No diremos
nada del carácter y elementos de la guerra en perspec-
tiva... Para mí la guerra posible y deseada... es una
guerra... tan premiosa, tan significativa, tan conclu-
yente, que vale la pena de desearla, aunque el patriotis-
mo imponga el deber de estorbarla, si es posible." (i ).
Abrir una nueva guerra, de duración incierta, al fin
de una guerra de veinte años, ¿era lo que necesitaba
la República Argentina? ¿Con guerras interminables
se dará a ese país las poblaciones, el comercio, los ca-
minos, que deben salvarlo del desierto, de la pobreza y
del atraso que es su resultado?
Libre de Rosas, la República entraba a ocuparse de
su constitución, de su comercio, de sus finanzas, de
sus códigos nacionales, etc.; pero en vez de escritos
útiles para ilustrar y servir estos intereses, se le en-
vían panfletos políticos de carácter incendiario contra
sus nuevas autoridades, del mismo género de los que
antes se enviaban contra Rosas; convirtiendo la cons-
( i ) Campaña, pág. 249.
OBRAS SELECTAS
133
piración en costumbre y manera normal de vivir, y
confirmando el juicio afrentoso que de nosotros ha-
bía formado el mundo cuando nos creía incapaces de
vida seria, ordenada y estable.
La persona del general Urquiza, su prestigio de li-
bertador, su presencia en el Poder, la aceptación que
de él hacían todas las provincias, eran preciosos ele-
mentos de orden y de gobierno, que era menester ro-
bustecer y no debilitar. Catorce provincias que jamás
se han entendido sobre nada, aunadas en el propósito
de reunir un Congreso y dar una Constitución, era una
coyuntura afortunadísima y casual de organización,
que no debía malograrse por nada. ¿Había sombra de
juicio en precipitar de nuevo el país en la discordia,
tras otro Congreso, tras otro jefe, tras otras influen-
cias que las que existen por la obra de los aconteci-
mientos ?
"Señor—le decía usted mismo al general Urquiza
antes de la campaña—, no me parece prudente tener
una idea fija sobre la conducta que haya de guar-
dar S. E. después de la victoria. La victoria misma
impone deberes y forma situaciones nuevas. Los su-
cesos y los hechos lo llevarán fatalmente más allá de
donde quisiera ir. El Poder es una cosa que se vincula
a los hombres. Su excelencia será el poder real por los
prestigios de la victoria, por las necesidades del mo-
mento. Supóngase que se forme un Gobierno, que éste
tire decretos; la opinión ha de buscar, ha de esperar la
sanción real, que estará fuera del Gobierno, en el hom-
bre que posee en poder de influencia... Saben en Chile
que este pensamiento, a más de exacto en sí, es sincero
de mi parte; pero había al emitirlo con calor el deseo de
134
AL BERDI
hacerle sentir hasta donde tomaba yo como un hecho,
una necesidad y un bien público su elevación perso-
nal. . . " (i ).
Creo, sin duda,, que había más sinceridad de parte
de usted, cuando emitía esas ideas ahora un año, que
cuando las combatía de hecho hace dos meses en su
Gomipaña. El talento no falta entre nosotros; rara es
la verdad política, la exigencia pública que se oculte a
nuestros escritores. Eo que nos falta es el juicio y la
capacidad de persistir en las opiniones emitidas, cuan-
do una contrariedad de amor propio viene a poner a
prueba la sinceridad. Todas las publicaciones de usted,
del último tiempo, toda la Prensa y la política de la
revolución de n de Septiembre en Buenos Aires, son
la infracción inconsecuente de esas verdades que usted
exponía al general Urquiza un día en que él le recibió
con cordialidad y expansión, al principio de la cam-
paña (2).
Su Campaña, que así perjudica la tranquilidad pú-
blica, ¿sirve a la gloria nacional? Tampoco. El Ejér-
cito grande que obtuvo la gloria de acabar con Rosas
constaba de aliados argentinos, brasileros y orientales.
El general Urquiza representaba inmediatamente el
elemento argentino. Pues bien, el afán de usted en su
Campaña es probar que este elemento fué nulo y se-
cundario, y que el cambio liberal de la República Ar-
gentina fué debido al extranjero. Por quitarlo a Ur-
quiza, da usted al Brasil el laurel de la caída de Ro-
sas.
(1) Campaña, pág. 83.
(2) Campaña, pág. 81.
OBRAS SELECTAS l
35
No sé el motivo porque el general Urquiza llevase
a cabo la campaña oriental contra Oribe sin esperar la
cooperación de los brasileros. Pero si en ello hubo fal-
ta, no le tocaba a un argentino reprochar a un gene-
ral de su país el que tomase esa gloria exclusivamen-
te. Usted hace un cargo al general Urquiza de que
pronunciase esta palabra que honra su egoísmo pa-
tri o: ¿Por dónde iba yo a consentir que ellos tuviesen
parte en la rendición de orientales y argentinos? (i ).
El hecho grande y supremo de ese Ejército es la vic-
toria del 3 de Febrero. Y bien, ¿cómo presenta usted
esa victoria? Como una farsa indigna, como una ba-
talla de comedia, que es para burla, no para honor de
los vencedores.
Treinta mil hombres tenía el Ejército libertador, y
el vencido se componía de diez y seis mil, dice usted,
apoyándose en el dicho del general Mansilla; la pala-
bra con que el enemigo vencido excusa su derrota es
historia argentina para usted. Eran, pues, dos hom-
bres contra uno, ¿qué gloria podía haber en vencer?
Y de esos hombres de Rosas, sólo dos mil eran sol-
dados ; los demás eran hombres que fusilaron a jefes
en el campo de batalla, recogidos por la fuerza; el ba-
tallón de Policía de Buenos Aires, los serenos, más
de dos mil muchachos, los sirvientes, los presos, hom-
bres atormentados veinte años, que habían jurado de-
jar caer a Rosas (y que, sin embargo, ninguno se pasó
al enemigo). He ahí el Ejército de Rosas, según usted:
el Ejército que por veinte años había esclavizado a la
República Argentina. Contra esos dos mil soldados,
(i) Campaña, pág. 68.
136
AL BERDI
aumentados con presos, muchachos, domésticos, sere-
nos, etc., venían treinta mil hombres, compuestos de
la flor de los Ejércitos brasilero, oriental y entrerriano.
No había batalla posible, según usted.
" El combate—dice usted—se redujo a la casa de
Caseros, embestida por el frente y por el costado de
la derecha por diez batallones brasileros y orientales...
Lo repito, no había enemigo que combatir, y todo se
acabó así que nos acercamos por la izquierda, y aun an-
tes de acercarnos por la derecha."
"Esta fué la batalla de Caseros para los de casa
—di ce usted—. La batalla para el público puede leerse
en el boletín número 26, novela muy interesante que
tuvimos él honor de componer entre Mitre y yo, con
algunos detalles que a su tiempo se verán" (1).
Lo que entonces fué para los de casa, hoy lo hace
usted para el público. A ser cierto eso, sabe Dios qué
utilidad, ni qué honor habría para la causa triunfado-
ra en revelar semejantes misterios ni dentro de cien
años.
Sin embargo, esa batalla de Caseros, que usted pre-
senta como farsa cuando la considera como obra de
Urquiza, la presenta usted como batalla inmortal a
renglón seguido, cuando se acuerda que usted tuvo
parte en ella.
Después de la batalla... "llegamos al hospital de Ro-
sas, el general rodeado de todo su séquito, ebrios de
dicha nosotros, y felicitando al hombre para quien la
República debía tejer coronas..." "Nunca lo creímos
digno de la gloria de tan señalado triunfo. A poco de
(1) Campaña, pág. 108.
OBRAS SELECTAS J
37
pasar por los Santos Lugares divisé a Mitre, que de su
parte me buscaba. Bajamos ambos de los caballos para
abrazarnos en nombre de esta patria que habíamos con-
quistado, y nos aplaudimos de la felicidad de haber
tenido parte en acontecimiento tan memorable. Pa-
samos la noche en aquella inagotable revista de las
mil hadas, de los incidentes y pormenores de una gran
batalla. Las emociones del día habían sido para nos-
otros vivísimas. Las masas enormes de jinetes y de
tropas regulares, "sin ejemplo en la historia de Amé-
"rica, la inmensidad de las consecuencias de la bata-
"11a, aquella exposición teatral... todo era para pro-
l ongar las impresiones y tenemos en vela esperando
"el día siguiente para lanzarnos adelante en aquel
"ancho camino que habíamos abierto a cañonazos." (i ).
Esto no pertenece a la novela o boletín núm. 26, que
usted compuso de la batalla, sino a su Campaña, pu-
blicada en Chile.
Eso era el 3 de Febrero. Rosas ya no existía en el
Poder. El obstáculo de ayer había desaparecido, que-
daba el obstáculo de hoy, y el 4 de Febrero empeza-
ba usted a conspirar de frente contra él.
"¿Cree usted que Buenos Aires resista la cinta co-
lorada del Ejército libertador?—preguntó usted al se-
ñor Gorostiaga. —Resistirá, señor"—le dijo él—. " En-
tonces aproximé mi caballo—escribe usted—, tomé la
mano del chicote y, apretándosela y con mirada firme y
voz decidida, le dije: "Resistan, y se salvan. De esto
depende, créamelo, la salvación del país. " (2). He ahí
(1) Campaña, pág. 161.
(2) Campaña, pág. 162.
ALBERDI
una proclama de rebelión expresada con gestos y pa-
labras terminantes. Era la misma doctrina que sirve
de prólogo a su Campaña:
' ' Tengo contra los males de mi pobre y decaída pa-
tria una receta eficaz, cuyo uso me atrevo a aconse-
jar a los que se sientan con voluntad de aplicarla: No
bebáis de la hiél y del vinagre que os pasen en la es-
ponja, cuando sólo pedíais agua por caridad a vuestros
verdugos. Volved la cabeza a un lado, y seréis sal-
vos " (i).
He ahí la rebelión convertida en receta curativa de
los males de Sudamérica. Se sabe que para pueblos
educados en la anarquía y el despotismo, toda discipli-
na sabe a hiél y vinagre; todo Gobierno que no pros-
tituye el Poder a la licencia, huele a verdugo. ¡Volved
la cabeza, dice vuestra buena política, y seréis salvos!
Es el capricho inveterado, que dice no cuando el pue-
blo dice sí; es la voluntad sin ley, es el despotismo.
No es la resistencia, Sr. Sarmiento, lo que deben en-
señar los buenos escritores a nuestra América espa-
ñola, enviciada en la rebelión: es la obediencia.
La resistencia no dará la libertad; sólo servirá para
hacer imposible el establecimiento de la autoridad,
que la América del Sur busca desde el principio de su
revolución como el punto de partida y de apoyo de su
existencia política. Sin la autoridad que da y hace res-
petar la ley, es imposible la libertad, que no es más que
la voluntad ejercida en la esfera de la ley. El principio
de autoridad es el símbolo actual de la civilización en
( T ) Campaña, pág. 7.
OBRAS SELECTAS
I
39"
Sudamérica; todo lo que se opone a su establecimien-
to, barbarie y salvajismo dorado.
La autoridad no se funda por la discusión ni por la
resistencia. Ella presupone y envuelve esencialmente la
obediencia. En 1845, cuando el partido radicalista de
Chile proclamaba las doctrinas, que usted sigue hoy,
las refutaba en Facundo, con las siguientes máximas
sobre el origen y naturaleza de la autoridad:
"Cuando la autoridad es sacada de un centro para
fundarla en otra parte, pasa mucho tiempo antes de
echar raíces. El Republicano (periódico pipiólo) decía
el otro día que la autoridad no es más que un con-
venio entre gobernantes y gobernadores. ¡Aquí hay
muchos unitarios todavía! La autoridad se funda en el
asentimiento indeliberado que una nación da a un he-
cho permanente. Donde hay deliberación y voluntad
no hay autoridad." {Facundo, pág. 139.)
Compare usted esta doctrina suya en 1845, a las
máximas de resistencia que usted propalaba en Buenos
Aires después de la caída de Rosas.
Asegurando usted a la juventud de Buenos Aires
que la salvación del país dependía de la resistencia a
la divisa colorada que había traído Urquiza, usted
achicaba, degradaba la gran cuestión argentina, que
era una cuestión de inmigración, de libertad de los
ríos, de tratados de comercio con todas las naciones,
basados en la más completa libertad; de abolición de
las Aduanas interiores, de la creación de un Gobier-
no nacional y de una Constitución, que le sirviese de
regla, de garantía protectoras de la vida, de la pro-
piedad, de la libertad, del pensamiento, etc.; no se
había triunfado para vestir cinta azul en lugar de co-
140
ALBERDI
lorada, sin© por salir del atraso,, del aislamiento, de la
soledad, de la barbarie que Rosas había dejado en las
cosas, en los hombres, en las instituciones, no en los
colores. Usted empezaba por el fin, por lo externo, por
lo superficial. Jamás la salvación de la patria podía
depender de un color. Un color es cuestión de vida o
muerte, cuando es signo de un sistema, cuando signifi-
ca tiranía o libertad. No sucedía tal en Buenos Aires
con el color punzó. Este color representaba el sistema
federal. A.doptado el sistema, ¿podía ser tan esencial
la abolición del símbolo? Federales en uno y otro
campo, era el color común de vencedores y vencidos;
si con él había tiranizado Rosas, con él se le había des-
truido; con ese color se había luchado y triunfado de
Oribe en la Banda Oriental; lo habían llevado Ola-
varría, Suárez y Lavalle, en el Palmar, y con él se or-
ganizó la defensa del sitio de Montevideo, anteceden-
tes de la resistencia contra Rosas, que han sido ori-
gen de su caída.
A esto estaba reducido el cintillo; despojado ya por
Urquiza del lema de muerte que le había puesto Rosas.
No traigo esto en defensa de ese color, que no quie-
ro, sino por notar las circunstancias que concurrieron
para no hacer de esa cuestión frivola una cuestión de
vida o muerte. Era traer la cuestión argentina al te-
rreno en que Rosas la había tenido; veinte años había
peleado para sustituir la cinta colorada a la celeste, y
ustedes iniciaban una nueva guerra para sustituir la
celeste a la colorada.
Somos eximios en el arte de voltear gobernantes, y
eso es nuestra vergüenza, no nuestra honra. ¡ Qué me-
nos, cuando en cuarenta años no hemos hecho otra
OBRAS SELECTAS
I 4 I
cosa! Es la industria que hemos cultivado. El toque
de alarma, el grito de guerra, son melodías que nues-
tros muchachos de la calle ejecutan como maestros
consumados, con un éxito que hace el vilipendio cTe
nuestros pueblos.
Lo que es raro en Sudamérica, lo que es preciso y
digno de admiración y respeto entre nosotros, es el
arte de poner en paz, el arte de tranquilizar, el arte de
disponer la sociedad al respeto y sostén del Gobierno,
que es tan esencial a la libertad como al orden, y sin
el cual la sociedad es una horda. Wáshijngton repre-
senta la causa del Gobierno nacional en América, no
de la insurrección. Rivadavia jamás fué sansculote ni
opositor armado; fué siempre el hombre del Gobierno.
San Martín detestó a los demagogos. Sucre fué víc-
tima de ellos; Monteagudo es mártir glorioso del prin-
cipio de autoridad. Eso es digno de respeto y de imi-
tación en América, y no la canalla, que sólo sabe ape-
drear sus reyes en las capitales de Europa, que comien-
za la revolución democrática de que estamos saciados
en América.
Ninguno de los escritos de usted posteriores a la
caída de Rosas sirve a la causa de este gran princi-
pio. Aquella carta que usted escribió en la habitación
y con la pluma de Rosas, el 4 de Febrero, debió ser,
como dijo, el punto final al alegato de bien probado
abierto desde 1848 (1). El 3 de Febrero era el término
de la Prensa de guerra de que había sido usted uno
de los primeros agentes.
Pero acabada la guerra contra Rosas, usted ha em-
(1) Campaña, pág. 163.
142
ALBERDI
pezado nueva guerra contra Urquiza. La América está,
saciada de guerra; necesita de la paz, que hace falta a
la plantificación y desarrollo de las instituciones. Us-
ted, que escribió su Argirópolis para pacificar el país
agitado perennemente por la ambición de Rosas, aca-
ba de escribir, después de caído este perturbador, su
Campaña y otros panfletos, que no son más que aunas
de guerra y sublevación de ese país embrutecido por
la guerra perdurable.
Usted que hablaba tanto de colonización, de inmi-
gración, de ferrocarriles, de educación popular, de in-
dustria, de comercio, de navegación interior, no ha es-
crito una sola palabra sobre estas materias después de
la caída del tirano que contrarió todos esos intereses.
Todos sus últimos escritos son de simple política per-
sonal. Su Campaña, en vez de un diario de las jorna-
das del Ejército que destruyó a Rosas, es un panfleto
político contra el general en jefe del Ejército liberta-
dor, destinado a mirar su crédito, crearle desafectos y
destruir su autoridad.
Su carta-panfleto del 13 de Octubre, dirigida des-
de Chile al general Urquiza, es un escrito de guerra
destinado al mismísimo fin, de suscitar obstáculos y
resistencias al nuevo Gobierno argentino.
Su panfleto San Juan, sus hombres y sus actos es
otro ataque político al vencedor de Rosas, con motivo^
de las desavenencias domésticas de esa provincia.
Su opúsculo sobre la Convención de San Nicolás de
los Arroyos, es un grito de alarma lanzado a las pro-
vincias interiores para que rompan y despedacen esa
Convención de 14 provincias, sancionada por trece le-
gislaturas, que se hizo con el objeto de marchar acordes
OBRAS SELECTAS
y uniformes a la reunión de un Congreso y a la san-
ción de una Constitución.
He ahí todo lo que ha publicado usted después de
la caída de Rosas, fuera de algunos artículos más in-
cendiarios todavía insertos en periódicos, escritos de
guerra, política de sublevación, no ya contra Rosas,
sino contra el vencedor de Rosas.
¿Hasta cuándo, Sarmiento, piensa usted vivir pe-
leando y combatiendo? ¿Cree usted que a punta de
dicterios y de bayoneta conseguiremos alguna vez que
de los elementos que nos ha legado la vida colonial, de
la anarquía habitual que nos ha dado la República, de
la falta completa de inteligencias y prácticas consti-
tucionales, que nunca hemos tenido, salga una orga-
nización política intachable desde el primer día, por
una elección tan libre y pura como si fuese hecha en
Norteamérica por electores envejecidos en las prác-
ticas de la libertad? Cuando ustedes ambicionan eso,
¿están en su juicio, o quieren reírse de nuestros po-
bres pueblos?
El Presidente de los Estados Unidos de Norteamé-
rica condenaba ahora poco las doctrinas subversivas
de ustedes del modo siguiente:
"Acordémonos de que las revoluciones no siempre
establecen la libertad. Nuestras propias instituciones
libres no fueron obra de nuestra revolución. Existían
antes. Fueron introducidas en las Constituciones li-
bres del Gobierno popular, bajo las cuales crecieron
las colonias inglesas, y nuestra revolución sólo nos
libró del dominio de una potencia extranjera, cuyo
dominio se oponía a aquellas instituciones. Pero las
naciones de Europa no han tenido semejante escuela
i
4
4
ALBERDI
de Gobierno popular, y todos los esfuerzos para esta-
blecerlo por medio de sangrientas revoluciones, serán
nulos, y continuarán siéndolo sin aquel preparativo."
La libertad no regulada por la ley degenera en anar-
quía, que pronto se convierte en el más horrible de
todos los despotismos.
Esas palabras del Presidente Filmore, dichas el 6
de Diciembre de 1852, en su último Mensaje al Con-
greso, eran dirigidas a las naciones europeas que no
se educaron en el Gobierno popular, por lo cual son
mayormente aplicables a la América española, cuyo
gobierno de trescientos años fué menos popular que el
de muchas Monarquías representativas de la Europa.
O O O O
CARTA TERCERA
Rol de la Prensa en la caída de Rosas.—Ambiciones impoten-
tes surgidas de su seno.—Escritos del Sr. Sarmiento ante-
riores al 3 de Febrero.—Facundo, escrito conservador, y
el proceso de las ideas exaltadas.—Los caudillos son el de-
sierto.—La sociedad argentina, su gobierno y política, son
expresión del suelo extenso y despoblado.—Fuentes nor-
males de la autoridad.—Desconocidas por los unitarios de
•otro tiempo y por sus imitadores de 1853.—Errores de
ambos.—Rol de las campañas en el gobierno y civilización
argentina.—Por qué el diarismo no da hombres de estado.
Biografías de caudillos.—Por qué la Prensa contra Rosas
era superior a illa actual. — ArgirópoUs, o el asiento y la
posibilidad de un Congreso independiente.
En la refutación de su Campaña he querido servir a
los intereses del orden, de la Constitución y de la crea-
ción de una autoridad general, que usted contraría y
resiste en la persona del agente y promotor más im-
portante de esos intereses. En el examen de sus es-
critos anteriores a la caída de Rosas, voy a servir los
mismos intereses de orden y progreso.
Sus anteriores trabajos de usted contra Rosas son
nobles, generosos, brillantes, y le dan título indispu-
OBBAS SELECTAS. —Tomo V. 10
146
AL BERDI
table al respeto de los argentinos. Usted es el único
que ha venido a comprometer su mérito por su exage-
ración y mal uso.
Mi propósito no es negar, obscurecer ese mérito; se-
ría iniquidad sin objeto, por más que usted abuse hoy
con daño de la paz, del prestigio que le dan sus anti-
guos servicios a la libertad.
Usted que se ha dicho apóstol de la libertad de exa-
men, no podrá menos que reconocer y aplaudir el
derecho y el ejercicio que de él hago, examinando las
obras de un publicista, que pretende hacer de ellas un
pedestal de autoridad y un título de dirección. ¿Qué
privilegio tendrían los libros de usted para quedar eter-
namente al abrigo de la crítica lícita y útil, que han
tolerado los más ilustres escritores del mundo?
Tiempo hubo en que esa crítica hubiera sido per-
niciosa. Cuando usted servía a los intereses de todos
atacando a Rosas, el mayor tirano que haya existido,
todos lo ayudamos, todos lo aplaudimos.. A todo lo
que aparecía de su pluma, nuestra palabra de orden
era ¡bravo, estupendo! Lo aplaudíamos sin leerlo. A
mí me sucedió eso de ordinario. Había en ello de esas
injusticias del espíritu de secta y propaganda. Por
violento y rudo que fuese su lenguaje, ¿qué importa-
ba?, caía sobre degolladores. La pluma debía ser una
espada, cuanto más sangrienta, más propia de su mi-
sión justiciera contra la mashorca.
Pero hoy que han cambiado las condiciones de la
polémica; hoy que la lucha tiene lugar- entre caba-
lleros y amigos de la libertad por uno y otro partido,
no es posible tolerar que usted siga empleando con-
tra hombres iguales a usted en amor y en servicios a
OBRAS SELECTAS
H7
la civilización el tono y el lenguaje que en diez años
se acostumbró a dirigir contra los asesinos de nuestros
hermanos y de nuestras libertades.
Hoy ataca usted al vencedor de Rosas con la vio-
lencia con que atacó en otro tiempo a sus sostenedores;
atacaría usted, probablemente, al hijo del sol, si es-
tuviese en lugar de Urquiza; a Várela, a Rivadavia,
porque serían a los ojos de usted usurpadores del
puesto que considera usted pertenecerle con el dere-
cho que a sus ojos le dan sus antecedentes de escritor.
Para ponerle en paz con el país y consigo mismo,
p'-.ra que deje de agitar por ocupar el Poder que con-
sidera de su pertenencia, desde luego que se reputa un
vnto, es necesario probarle que no tiene títulfb para
serlo y probárselo con toda la publicidad de la críti-
ca leal y franca, a fin de hacer de cada lector un juez
o un testigo, y del público un cooperador en esta mi-
sión de paz. Semejante crítica es la reforma del Ejér-
cito después de la guerra: una necesidad de la paz.
Después de una larga lucha, la Prensa, como las ca-
sernas, quedan llenas de soldados peligrosos.
¿Por qué se considera usted un mito político o un
candidato al Gobierno argentino? ¿Por haber escrito
diez años contra Rosas? No hay duda que haber es-
crito diez años contra el tirano de la República es un
título de gloria; pero es mucho mayor el de haberle
volteado en campo de batalla. ¿Quién confundiría la
gloria de madame Staél con la de Wellington, como
vencedores de Napoleón? ¿Quién diría que mil volú-
menes de crítica tenían la eficacia de la batalla de
Waterlóo, en la caída de Napoleón I ? ¿ Quién ha igua-
lado la gloria de la palabra a la gloria de la acción ?
148
ALBERDI
Pues bien; usted que atacó a Rosas de palabra sin
bajarle del Poder, usted ha olvidado en un instante
la gloria del que le derrocó, no de palabra, sino de
obra, y hollando con el mayor menosprecio esa gloria
real y positiva como la verdad material, usted mismo
ha creado la regla para que se estime en nada su com-
bate decenio de palabras, que tomó a Rosas sin un
soldado y le dejó con treinta mil.
La guerra de la Prensa no ha tenido general en
jefe por parte de la oposición a Rosas; si la Prensa hu-
biese derrocado al enemigo por una revolución popu-
lar (única victoria que la Prensa puede llamar suya),
la gloria del triunfo no habría sido de usted solo, sino
de veinte escritores iguales a usted en servicios. Car-
los X en Francia, sí que fué destronado por la Pren-
sa. ¿ Y qué escritor tuvo el coraje de arrogarse exclu-
sivamente la victoria de tantos? Como le ha dicho a
usted Frías, con la sensatez que le distingue, habrían
sido Indarte, Várela, Alsina, Mármol, en tal caso, más
acreedores que usted a la palma del éxito, como sol-
dados de la Prensa, que más ha labrado el poder de
Rosas, por la ventaja de, su inmediación.
Por haber escrito diez volúmenes, ¿sería usted mito
político en su país? Alejandro Dumas ha escrito 700
volúmenes, y si se pretendiese mito por esa causa, ex-
citaría la risa de sus paisanos. ¿Ha disputado por eso
el Gobierno de la Francia a Luis Napoleón, que ape-
nas es autor de una o dos malas obras contra la Mo-
narquía ?
El nombre de un escritor puede ser un mito en la
imaginación del pueblo, pero ¿la gloria literaria es
antecedente de gobierno en ninguna parte? ¡ No han
OBRAS SELECTAS
H9
tenido ese ascendiente mitológico o fabuloso en nues-
tro país Belgrano, Moreno, San Martín, que liberta-
ron la América, y lo tendría un escritor de la Prensa
periódica!
Alguna vez creo haberle dicho: muchos siglos fal-
tan para que los Presidentes de países tan poco inte-
lectuales como los nuestros, salgan del terreno de la
Prensa. ¡ No los da la Prensa de Norteamérica! El es-
critor prepara, pero nada concluye. La víspera es su
día; el día siguiente siempre es su descalabro en todas
las empresas de ambición política.
¿Qué son sus servicios de diez años en la Prensa?
Voy a estimarlos, no con el fin de negar su mérito, sino
con el de estimarlo tal cual es, para sacar una con-
clusión de justicia y de paz, a saber, que sus escritos
no lo hacen a usted Presidente de la República Argen-
tina por derecho natural.
Las nueve décimas partes son escritos de Prensa pe-
riódica. Esos periódicos se han publicado en Chile.
Como expresión de los intereses del país de su publi-
cación, se han ocupado de Chile principalmente, y del
extranjero secundariamente. Teniendo un periódico
que ocuparse de todo, no podían hacerse un deber, los
que usted ha escrito, de guardar silencio sobre el Pla-
ta, al mismo tiempo que hablaban de Rusia y de Po-
lonia. Representaría una quinta parte de la redacción
colectiva, la parte consagrada a los asuntos argentinos.
De los diez años hay que deducir los que ha viajado
usted en Europa. Tenemos, según esto, que los diez
años de trabajos periodísticos de usted, sobre la Re-
pública Argentina, largamente computados, se redu-
cen a dos. Y como esos dos años han sido remunera-
150
AL BERDI
dos por los editores y empresarios con sueldos que per
toda la redacción pagaban, se deduce que ya están pa-
gados por los editores chilenos y que la República Ar-
gentina no debe empleos a cuenta de ellos, sino un
cortés y sincero agradecimiento.
¿Los diez años de redacción expresan la constan-
cia de su patriotismo ? No negaré su patriotismo; pero
no me negará usted tampoco que siempre ha escrito
periódicos por su sueldo, como medio honesto de ga-
nar el sustento de su vida. Ellos expresan, pues, a la
vez que patriotismo, necesidades satisfechas.
Sus trabajos de diez años contra Rosas, son hoy do-
cumentos que obran contra usted. Cuanto más reve-
lan ellos la iniquidad del tirano destruido por el ge-
neral Urquiza, más prueban la ingrata inconsecuencia
con que usted trata al libertador, con peores colores
que al tirano derrocado por él.
¿Qué son sus libros y escritos políticos de usted?
Permítame estimarlos uno a uno, con una rapidez que
no dañará la justicia.
El Mercurio, El Nacional, El Heraldo, El Progreso,
fueron los papeles periódicos que usted escribió en los
primeros años de su llegada a Chile en 1841. Periódi-
cos chilenos, menos El Heraldo, servían a intereses y
cuestiones de Chile. ¿Qué interés, qué partido polí-
tico de Chile abrazó usted? El partido y los intereses
del Poder, representado entonces como un tirano,
como el obstáculo para el progreso del país. Solicitado
por los liberales chilenos, por órgano del general Las
Heras, se negó usted a su solicitud, porque sacó en
limpio, después de ocho días de deliberación, que el
partido liberal chileno no tenía elementos de triunfo,
OBRAS SELECTAS
era una tradición, no un hecho. Prefirió usted el par-
tido del Poder, para alejar el dictado de perturbador,
sedicioso y anarquista (dado por Rosas a sus enemi-
gos), que -en Chile se hubiera visto justificado, viéndo-
le en oposición siempre con los Gobiernos. Quiso usted
probar a la América que no era utopía lo que nos hacía
sufrir persecución, y que dada la imperfección de los
Gobiernos americanos, estábamos dispuestos a acep-
tarlos como hechos con ánimo decidido de inyectarles
ideas de progreso (i ).
En vista de eso se acercó usted entonces al Minis-
tro de Gobierno, que lo era D. Manuel Montt, y no se
separó hasta hoy de la causa del Poder, como escri-
tor en Chile, sino cuando el Sr. Montt figuró en la
oposición de 1848, razón que dio a La Crónica y a sus
publicaciones de entonces ese tinte liberal que le po-
nía más en armonía con su liberalismo argentino.
Muy lejos estoy de reprocharle que adoptara en
Chile ese partido, aunque hubiese querido verle de-
terminado a él por motivos más elevados, que los
que usted mismo asigna a su conducta en sus Recuer-
dos de provincia; pero lamento que esos motivos que
le hicieron gubernamental en Chile no le hayan hecho
serlo también en el Plata, después de caído Rosas, pa-
ra impedir que Chile y la América nos llamasen per-
turbadores, sediciosos y anarquistas, viéndonos en opo-
sición siempre a los Gobiernos.
En El Progreso, periódico de Santiago, redactado
por usted en 1845, apareció como folletín el Facundo
o civilización y barbarie, reunido más tarde en un li-
(1) Recuerdos de provincia, pág. 176.
AL BERDI
bro, que lo representa a usted más completamente que
ninguno de sus escritos. Es su publicación más cé-
lebre en la realidad y a los ojos de usted mismo.
El Facundo es más oportuno hoy que en la época de
su publicación. Usted lo escribió contra Rosas, y viene
a servir hoy contra usted por haberse puesto en opo-
sición con su libro.
Facundo es, no solamente la historia de la barbarie
y el proceso de los caudillos argentinos, sino también
la historia y el proceso de los errores de la civilización
argentina, representada por el partido unitario.
Como estos errores vuelven hoy a disputar la direc-
ción del país, y lo que es raro, a impulsos del juez que
los condenó, el estudio de Facundo se hace hoy del
más vivo y palpitante interés.
La obra ha sufrido una mutilación en esta última
parte, que interesa conocer.
La primera edición de Facundo tenia una introduc-
ción en que se daba la teoría del caudillaje, presen-
tándolo como una expresión normal de la vida argen-
tina, y dos capítulos finales sobre el Gobierno unitario
y el presente y porvenir argentino, en que hacía usted
justa acusación al liberalismo destituido de sentido
práctico, que hoy reaparece en la lucha.
Esa introducción y esos dos últimos capítulos han
desaparecido en la segunda edición de Facundo, por
consejo del Dr. Alsina, representante actual del anti-
guo partido unitario. M. de Mazade, más hábil crítico
que el Dr. Alsina, no halló de más en la obra esos tro-
zos suprimidos; pero el Dr. Alsina, más hábil que Ma-
zade en el conocimiento de los intereses de partido,
hizo bien de hallar concluida la biografía de Quiroga
OBRAS SELECTAS
con su muerte, y superfino el proceso de sus ideas uni-
tarias. Esa supresión cambió el sistema y el carácter
del libro, despojándole de su imparcialidad en gran
parte, no del todo.
Ese libro es el más irnparcial de cuantos ha escri-
to el Sr. Sarmiento. Debió su inspiración a los desas-
tres estériles en resultados y fecundos en lección, de
las guerras civiles de 1830 y 1840. La nueva genera-
ción, extraña en cierto modo a las luchas de unitarios
y federales, aprovechó de la lección, y más imparcial,
por su edad, pudo elevarse por la reflexión hasta ver
claro y darse cuenta desapasionada del carácter y cau-
sas de los males sufridos. La juventud del Plata, en
1837, había ya visto algo de normal en el ascendiente
de Rosas y demás caudillos argentinos; algo que ha-
bía de aceptable en el hecho de su existencia en cier-
to modo imprescindible, y algo que había de intempes-
tivo en el sistema de sus rivales. La juventud se des-
prendió de unitarios y federales, y se hizo juez impar-
cial de unos y otros.
Los esfuerzos del partido unitario, malogrados por
segunda vez en 1840, justificaron las ideas imparcia-
les que la juventud debía a la experiencia de la prime-
ra lucha, y el Sr. Sarmiento, adoptando el punto im-
parcial del criterio político de la juventud argentina
de 1837, explicó en su Facundo, a Rosas, por medio de
Quiroga, y a Quiroga por el modo de ser normal de la
vida argentina (1).
Llevó la exageración el Sr. Sarmiento hasta definir
(1) Facundo, prim. edición., páginas 5, 6 y 14 .—Me refe-
riré en todas las citas a la primera edición.
154
ALBERDI
a Quiroga: " El tipo más ingenuo del carácter de la
guerra civil de la República, la figura más america-
na de la revolución." El cree explicar la revolución ar-
gentina con la vida de Facundo Quiroga, porque cree
que él explica suficientemente una de las dos tenden-
cias, una de las dos faces diversas que luchan en el
seno de aquella sociedad singular... En Quiroga no ve
un caudillo simplemente, sino una manifestación de la
vida argentina, tal como la han hecho la colonización
(trescientos años) y las peculiaridades del terreno (el
Sr. Sarmiento llama peculiaridad al desierto, que es
accidente del terreno argentino). Facundo, expresión
fiel de una manera de ser de un pueblo, de sus preocu-
paciones e instintos... es el personaje más singular
que pueda presentarse a la contemplación de los que
comprenden "que un caudillo que encabeza un gran
movimiento social no es más que el espejo en que se
reflejan en dimensiones colosales las creencias, las ne-
cesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en
una época dada de su historia.
Por esto (dice el autor de Facundo) nos es necesario
detenernos en los detalles de la vida interior del pue-
blo argentino, para comprender su IDEA, SU PERSONIFI-
CACIÓN. "
Presentar a Facundo Quiroga—uno de los mayores
malvados que presenta la historia del mundo—como
la personificación, como el ideal, como el espejo fiel de
la República Argentina, es el mayor insulto que se
pueda inferir a ese país, honesto y bueno, que tiene la
desgracia de perseguir .la realización de la República
representativa sin tener para ello sino elementos im-
perfectísimos. Pero el insulto está solamente en la
OBRAS SELECTAS J
55
exageración de un hecho que tiene algo de verdadero
en el fondo. Quítese la exageración del autor de Fa-
cundo, y quedará una verdad histórica que otros antes
que él habían señalado ya, a saber, que el caudillaje y
su sistema son frutos naturales del árbol del desierto y
del pasado colonial.
El Sr. Sarmiento explica esta verdad hutórico-
política, que él desconoce hoy, con un éxito de expre-
sión y de sentido, que lo hacen digno de reproducción
textual.
"Muchos filósofos han creído que las llanuras pre-
paraban las vías al despotismo... Esta llanura sin
límites constituye uno de los rasgos más notables de
la fisonomía interior de la República (Argentina)...
En materia de caminos la naturaleza salvaje dará la
ley por mucho tiempo, y 'la acción de la civilización
permanecerá débil e ineficaz.
"Esta extensión de las llanuras imprime, por otra
parte, a la vida del interior, cierta tintura asiática que
no deja de ser bien pronunciada.
"Hay algo en las soledades argentinas que trae a la
memoria las soledades asiáticas; alguna analogía en-
cuentra el espíritu entre la Pampa y las llanuras que
median entre el Tigris y el Eufrates..." (Bueno es re-
cordar que el autor no conocía entonces ni la Pampa
ni la llanura asiática.)
" . . . Es el Capataz un caudillo, como en Asia el jefe
de la caravana; necesítase para este destino una volun-
tad de hierro, un carácter arrojado hasta la temeridad,
para contener la audacia y turbulencia de los filibuste-
ros de la tierra que ha de gobernar y dominar él solo
en el desamparo del desierto. . . " " Así es como en la
AL BERDI
vida argentina empieza a establecerse por estas pe-
culiaridades el predominio de la fuerza brutal, la pre-
ponderancia del más fuerte, la autoridad sin límites y
sin responsabilidad de los que mandan, la justicia ad-
ministrativa sin formas y sin debates."
" Por aquella extensión sin límites, tal como la hemos
descrito, están esparcidas aquí y allá catorce ciudades
capitales de provincia.
" . . . La clasificación (de dichas ciudades) que hace a
mi objeto es la que resulta de los medios de vivir del
pueblo de las campañas, que es lo que influye en su ca-
rácter y espíritu... Todos los pueblos argentinos, salvo
San Juan y Mendoza, viven de los productos del pas-
toreo.
". . . La ciudad capital de las provincias pastoras
existe algunas veces ella sola sin ciudades menores y no
falta alguna en que el terreno inculto llega hasta li-
garse con las calles. El desierto las circunda a más o
menos distancia, las cerca, las oprime; la naturaleza
salvaje las reduce a unos estrechos oasis de civilización
enclavados en un llano inculto de centenares de millas
cuadradas.
"...Estudiemos la fisonomía exterior de las extensas
campañas que rodean las ciudades y penetremos en la
vida interior de sus habitantes.
" . . . Ya la vida pastoril nos vuelve impensadamente
a traer a la imaginación el recuerdo del Asia, cuyas
llanuras nos imaginamos siempre cubiertas aquí y allá
de las tiendas del kalmuco, del cosaco o del árabe. La
vida primitiva de los pueblos, la vida eminentemente
bárbara y estacionaria, la vida de Abraham, que es la
del beduino de hoy, asoma en los campos argentinos,
OBRAS SELECTAS
*57
aunque modificada por la civilización de un modo ex-
traño.
" . . . El progreso está sofocado, porque no puede ha-
ber progreso sin la posesión permanente del suelo, sin
la ciudad, que es la que desenvuelve la capacidad in-
dustrial del hombre y le permite extender sus adqui-
siciones.
". . . Imaginaos una extensión de dos mil leguas cua-
dradas, cubierta toda de población, pero colocadas las
habitaciones a cuatro leguas de distancia unas de otras,
a ocho a veces, a dos las más cercanas.
" La sociedad ha desaparecido completamente; queda
sólo la familia feudal, aislada, reconcentrada; y no
habiendo sociedad reunida, toda clase de gobierno se
hace imposible; la municipalidad no existe, la política
no puede ejercerse y la justicia civil no tiene medios de
alcanzar a los delincuentes. Ignoro si el mundo mo-
derno presenta un género de asociación tan monstruo-
so como éste... La tribu salvaje de la Pampa está or-
ganizada mejor que nuestras campañas para el des-
arrollo moral.
" El progreso moral, la cultura de la inteligencia des-
cuidada en la tribu árabe o tártara es aquí no sólo des-
cuidada, sino imposible. ¿Dónde colocar la 'escuela
para que asistan a tomar lecciones los niños disemina-
dos a diez leguas de distancia en todas direcciones?
Así, pues, la civilización es del todo irrealizable, la
barbarie es normal... La religión sufre las consecuen-
cias de la disolución de la sociedad: el curato es nomi-
nal, el pulpito no tiene auditorio, el sacerdote huye de
la capilla solitaria.
" La vida del campo desenvuelve en el gaucho las
i
5
8
AL BERDI
facultades físicas, sin ninguna de las de inteligencia.
Su carácter moral se resiente de su hábito de triunfar
de los obstáculos y del poder de la naturaleza: es
fuerte, altivo, enérgico. Sin ninguna instrucción, sin
necesitarla tampoco, sin añedios de subsistencia como
sin necesidades (i ).
"De las condiciones de la vida pastoril, tal como la
ha constituido la colonización y la incuria, nacen gra-
ves dificultades para una organización política cual-
quiera, y muchas más para el triunfo de la civilización
europea, de sus instituciones, y de la riqueza y libertad
que son sus consecuencias.
"Con esta sociedad en que la cultura del espíritu es
inútil e imposible, donde los negocios municipales no
existen, donde el bien público es una palabra sin senti-
do, el hombre dotado eminentemente se esfuerza por
reproducirse y adopta para ello los medios y los ca-
minos que encuentra. El gaucho será un malhechor o
un caudillo...
"Costumbres de este género requieren medios rigu-
rosos de represión y para reprimir desalmados se ne-
cesitan jueces más desalmados aún. Lo que al princi-
pio dije del capataz de carretas, se aplica exactamente
al juez de campaña. Ante toda otra cosa necesita valor:
el terror de su nombre es más poderoso que los castigos
que aplica... Por supuesto, que la justicia que adminis-
tran es de todo punto arbitraria... A veces suele haber
jueces de éstos que lo son de por vida y que dejan una
memoria respetada. Pero la conciencia de estos medios
ejecutivos y lo arbitrario de las penas, forman ideas
(i) Facundo, cap. I, parte i."
OBRAS SELECTAS I59
(1) Facundo, capítulos I y II.
en el pueblo sobre el poder de la autoridad, que más
tarde vienen a producir sus efectos. El juez se hace
obedecer por su reputación de audacia terrible, su au-
toridad, su juicio sin formas, su sentencia, su yo lo
mando y sus castigos inventados por él mismo."
No olvidemos que el autor ha considerado ese juez
y esa judicatura como una necesidad de las costum-
bres creadas por la vida pastoril argentina.
" Lo que digo del juez—prosigue—es aplicable al
comandante de campaña... El Gobierno de las ciudades
es el que da el título de comandante de campaña; pero
como la ciudad es débil en el campo, sin influencia y
sin adictos, el Gobierno echa mano de los hombres que
más terror le inspiran... Es singular que todos los cau-
dillos de la revolución argentina han sido comandantes
de campaña... Es el punto de partida para todos los
ambiciosos.
"Doy tanta importancia a estos pormenores, porque
ellos servirán a explicar todos nuestros fenómenos so-
ciales y la evolución que se ha estado obrando en la
República Argentina.
" La vida de los campos argentinos tal como la he
mostrado, no es un accidente vulgar: es un orden de
cosas, un sistema de asociación, característico, moral,
único, a mi juicio, en el mundo, y él solo basta para ex-
plicar toda nuestra revolución" (i ).
He ahí la pintura que el Sr. Sarmiento hace del sue-
lo, del hombre, de la vida, de la sociedad normal de la
República Argentina.
No respondo de la exactitud de las apreciaciones;
i 6o
ALBERDI
perc reconozco que hay un infinito talento y mucho de
verdadero en ellas. No son concesiones que el autor hi-
ciese a Rosas, como pretende hoy que son sus aprecia-
ciones de Urquiza en Argirópolis. El autor escribía lo
que creía una verdad filosófica.
Por el suelo extenso y desierto, por la colonización
española mal establecida, por los restos de razas indí-
genas, por esos hechos que él llama normales, y lo
son, explica la existencia y la manera de ser de la so-
ciedad política y de los caracteres que son su resultado
normal. El caudillo, en todas las jerarquías de la vida
argentina, es la autoridad discrecional e irresponsable,
y es así por una necesidad derivada del modo de ser
de esa nación pastora.
El Sr. Sarmiento no trata de esos hechos para absol-
ver ni justificar el caudillaje, sino para demosftrar por
la filosofía la raíz normal del poder arbitrario en la Re-
pública Argentina, y establecer como medio único de
extirparlo la supresión gradual y lenta de las causas
naturales que lo hacían existir. Esa filosofía conducía
derecho a la adopción de una política tolerante, pacien-
te, moderada, en la República Argentina, como la que
servía en Chile de lección y ejemplo en esa época el
autor de Facundo.
De esa doctrina resultaba que el caudillaje es un mal,
pero que ese mal es un hecho y un hecho arraigado,
profundo y normal; que era necesario combatirlo gra-
dualmente, combatirlo en sus causas, no en un resulta-
do aislado.
Combatir el caudillo y el caudillaje quiere decir aca-
bar con el poder discrecional, o lo que es igualmente,
el derecho y la libertad. Pero si el caudillo es una ex-
OBRAS SELECTAS l 6l
presión necesaria y útil de la vida pastoral, tal cual
hoy existe, no hay medio de acabarlo (según el sis-
tema de Facundo) que concluir con el desierto, con
las distancias, con el aislamiento material, con la nu-
lidad industrial, que hacen existir al caudillo como
su resultado lógico y normal. He ahí la política de la
razón, la política sensata, que parte de donde debe
partir, del estudio imparcial del suelo, del hombre, de
la sociedad peculiares de su aplicación.
¿Esa era la política de progreso y de mejora que
se había seguido hasta entonces? No.
Enfrente de ese mal que nos dejó la colonia, y que
nos conserva y nos conservará el desierto, hemos te-
nido otro mal, que también estudió el autor de Fa-
cundo en 1845 y que hoy ha olvidado enteramente:
Es la política del partido liberal exaltado, que desco-
nociendo lo que había de normal en el hecho del cau-
dillaje, quiso* suprimirlo de un golpe, ya sancionando
bruscamente las instituciones más adelantadas de la
Europa del siglo XI X, ya fusilando o suprimiendo a
los caudillos. Delante del poder irresponsable, se alzó
la libertad omnímoda, y se quiso remediar el despo-
tismo del atraso con el despotismo del progreso: la
violencia con la violencia.
En la República Argentina se ven a un tiempo dos
civilizaciones distintas en un mismo suelo (decía el
Sr. Sarmiento): una naciente, que sin conocimiento
de lo que tiene sobre su cabeza, está remedando los
esfuerzos ingenuos y populares de la Edad Media;
otra que, sin cuidarse de lo que tiene a sus pies, in-
tenta realizar los últimos resultados de la civiliza-
ción europea; el siglo XI X y el siglo XI I viven jun-
OBK AS SELECTAS. —Tomo V. 11
IÓ2 ALBERDI
tos: el uno, dentro de las ciudades; el otro, en las
campañas (i ).
La idea de dos civilizaciones intempestivas en
presencia, tiene mucho de cierto; pero el autor se
equivoca en la localización que hace de ellas, fijando
una en las ciudades y otra en las campañas. Más ade-
lante haré ver las consecuencias prácticas de este
error contra los intereses de la paz y del orden en
la América del Sur.
Pero tenemos ya clara y terminantemente estable-
cido por el autor de Facundo que el partido opuesto
a lo que él llama caudillaje representaba una civili-
zación irrealizable por inadecuada a la manera de ser
presente y normal del país, y que su rival no era me-
nos utopista en sus canatos de retrogradación. Se-
gún eso, la verdadera civilización, es decir, la civili-
zación que convenía a las condiciones peculiares del
país no existía, no tenía servidores ni representantes
en la República Argentina hasta 1825, según el autor
de Facundo.
Un partido estaba un siglo atrás, el otro un siglo
adelante; ninguno estaba en su siglo. Faltó el buen
sentido, que no está ni adelante ni atrás: está siem-
pre donde debe estar. Y el buen sentido en Sud-Amé-
rica está más cerca de la realidad inmediata y palpi-
tante que de I03 libros que nos envía la Europa del
siglo x i x que será el siglo x x i de Sud-América.
Así, el gaucho argentino, el hacendado, el negociante,
son más aptos para la política práctica que nuestros
(1) Facundo, pág. 56.
OBRAS SELECTAS
163
alumnos crudos de Quinet y Miohelet; maestros que
todos conocen, menos Sud-América.
Y en efecto, sobre esas llanuras, que según los
filósofos preparaban las vías al despotismo, que en
materias de camino recibirán por largo tiempo la ley
de la naturaleza salvaje, cuya extensión imprime a la
vida cierta tintura asiática y hace pensar en la lla-
nura del Tigris y del Eufrates; sobre esas 14 ciuda-
des esparcidas aquí y allá en la extensión sin límites,
circundadas, cercadas, oprimidas por el desierto; en
esa soledad argentina, imagen viva del Asia, en que
el progreso está sofocado, porque no puede haber pro-
greso sin la posesión permanente del suelo; en que
la civilización es del todo irrealizable y la barbarie
normal; en que el hombre, independiente de toda ne-
cesidad, libre de toda sujeción, sin ideas de Gobierno,
porque todo orden regular y sistemado se hace de
todo punto imposible, y en que esa vida no es un ac-
cidente, sino un orden de cosas, un sistema de aso-
ciación normal, único en el mundo; ¿intentó el par-
tido hostil al caudillaje establecer un Gobierno que
tuviese algo de asiático, como el suelo de su aplica-
ción, y en que las reglas del Gobierno representativo
inglés o norteamericano cediesen de su rigor a las pe-
culiares de ese suelo y de esa sociedad, que nada tie-
nen de inglés ni de francés del siglo x i x f Nada
de eso.
¿Qué hicieron los liberales argentinos? Dígalo el
Sr. Sarmiento mismo: "Ved lo que ha sucedido. .Las
doctrinas políticas de que los unitarios se habían ali-
mentado hasta 1829 eran incompletas e insuficientes
para establecer el Gobierno y la libertad; bastó que
164
ALBERDI
se agitase la Pampa—esta Pampa rebelde, que hace
cuarenta años lanza jinetes a desmoronar, bajo el pie
de sus caballos, las instituciones civilizadas de las
ciudades (1)—bastó que se agitase la Pampa para
echar por tierra su edificio, basado sobre arena" (2).
"Rivadavia renuncia, en razón de que la voluntad
de los pueblos está en oposición''... ¡Hizo bien en re-
nunciar! Rivadavia tenía por misión presentarnos el
constitucionalismo de Benjamín Constant, con todas
sus palabras huecas, sus decepciones y sus ridicule-
ces. Rivadavia ignoraba que... "Los pueblos, en su
infancia, son unos niños que nada prevén, que nada
conocen, y es preciso que los hombres de alta previ-
sión y de alta comprensión les sirvan de padres" (3).
"Dorrego, que ha llegado al Gobierno por la opo-
sición parlamentaria y la polémica, trata de atraerse
a los unitarios, a quienes ha vencido. Pero los parti-
dos no tienen caridad ni previsión. Los unitarios se le
ríen en las barbas, se complotan y se pasan la pala-
bra: "Vaci la—di cen—, dejémosle caer" (4).
" El i.° de Diciembre amanecieron formados en
ia plaza de la Victoria los Cuerpos de línea desembar-
(1) Campaña, pág. 105. — El Sr. Sarmiento confunde la
Pampa con las campañas. La Pampa es habitada por indíge-
nas ; nunca los indios han hollado nuestras capitales.—San
Nicolás, Areco, Lujan, el Monte, etc. no son la Pampa, pero
son la campaña de Buenos Aires, que nunoa se movió sino
por influencias salidas de la capital. La campaña es instru-
mento, no un poder que inicia.
(2) Facundo, pág. 312.
(3) Facundo, pág. 163.
(4) Facundo, pág. 167.
OBRAS SELECTAS 165
cados. El gobernador Dorrego había tomado la cam-
paña; tos unitarios llenaban las plazas, hendiendo el
aire con sus vivas y sus gritos de triunfo. Algunos
días después, 700 coraceros, mandados por 14 oficia-
les generales, salían por la calle del Perú con rumbo
a la Pampa, a encontrar algunos millares de gau-
chos..., encabezados por Dorrego y Rosas. Un mo-
mento después estaba el campo lleno de cadáveres, y
al día siguiente un bizarro oficial, que hoy está al ser-,
vicio de Chile, entregaba en el cuartel general a Do-
rrego prisionero. Una hora más tarde el cadáver de
Dorrego yacía traspasado a balazos" (1).
Los que así aniquilaron una autoridad que les
disgustaba, con el fin de establecer la verdadera au-
toridad, ignoraban las verdades contenidas en la si-
guiente página del Sr. Sarmiento: "Cuando el mal
existe es porque está en las cosas, y allí 'solamente ha
de ir a buscársele: si un hombre lo representa, ha-
ciendo desaparecer la personificación, se le renueva.
César renació más temible que Octavio". "Este sentir
de L. Blanc—prosigue Sarmiento—, expresado an-
tes por Lerminier y otros mil, enseñado por la His-
toria tantas veces, sería un anacronismo objetarlo a
nuestros partidos hasta 1829, educados en las exage-
radas ideas de Mably, Raynal, Rousseau, sobre los
déspotas, la tiranía y tantas otras palabras que aun
vemos, quince años después, formando el fondo de
las publicaciones de la Prensa. Lavalle no sabía por
entonces que matando él cuerpo no se mata el alma,
(1) Facundo, pág, 168.
i 6 6 ALBERDI
y que los personajes políticos traen su carácter y su
existencia del fondo de las ideas, intereses y fines del
partido que representan." " Aun fusilando a Rosas, la
campaña no habría carecido de representantes, y no
se habría hecho mas que cambiar un cuadro histórico
por otro" (i ).
Por fin usted caracteriza del modo siguiente el
partido que en 1825 no acertó a fundar la autoridad r
" El antiguo partido unitario sucumbió hace muchos
años. Pero en medio de sus desaciertos e ilusiones
fantásticas tenía tanto de noble y grande, que la ge-
neración que le sucede le debe los más pomposos ho-
nores fúnebres. Muchos de aquellos hombres quedan
aún entre nosotros (en 1845); pero no ya como par-
tido organizado; son las momias de la República Ar-
gentina"... "Estos unitarios del año 25 forman un
tipo separado, que nosotros sabemos distinguir por la
figura, por los modales, por el tono de la voz y por
las ideas". . . "Las fórmulas legales con el culto exte-
rior que rinde a sus ídolos, la Constitución, las ga-
rantías individuales. Su religión es el porvenir de la
República, cuya imagen colosal, indefinible..., no le-
deja ocuparse de los hechos que presencia... Es im-
posible imaginarse una generación más razonadora,
más deductiva y que haya carecido en más alto grado
de sentido práctico. Llega la noticia de un triunfo de
sus enemigos; todos lo repiten; el parte oficial lo de-
talla ; los dispersos vienen heridos. Un unitario no-
cree en el triunfo, y se funda en razones tan conclu-
(1) Facundo, pág. 169.
OBRAS SELECTAS 167
yeñtes, que vuestros ojos no creen aunque estén vien-
do" (1).
¿Podía un partido tan razonador comprender la
autoridad en su origen filosófico e histórico tal como
lo expresó usted con tanto talento en las siguientes
líneas: "Cuando la autoridad es sacada de su centro
para fundarla en otra parte, pasa mucho tiempo antes
de echar raíces. El Republicana (periódico pipiólo) de-
cía el otro día (en 1845) 1
u e
¿
a
autoridad no es mas
que un convenio entre gobernantes y gobernados.'*
"Aquí hay muchos unitarios todavía—exclamaba us-
ted—. La autoridad se funda en el asentimiento in-
deliberado—decía usted—qué una nación da a un he-
cho permanente. Donde hay deliberación y voluntad
no hay autoridad" (2).
Se ve, pues, que, como nosotros los jóvenes de
Buenos Aires en 1838, usted vio en 1845 dos políti-
cas erradas, en las que seguían los dos antiguos par-
tidos argentinos: la de la Edad Media en el federal
y la del siglo x i x de Europa en el unitario, que no
sabe lo que tiene a sus pies en Sud-América.
Explicó usted los males del país por los errores
de uno y otro partido.
Separándose de ambos, indicó la política que con-
vendría en el porvenir: la de moderación (3), que edu-
(1) Esta alusión del autor de Facundo, pág. 137, se di-
rigía al Dr. Alsina, que en 1840 probó por el razonamiento
que no había tenido lugar la conocida batalla de "Quebracho-
errado ".
(2) Facundo, pág. 319.
(3) Facundo, pág. 139.
i 6 8 AL BERDI
ca, y no la exaltada, que suprime (i ). " Ni creo impo-
sible'—decía usted—que a la caída de Rosas se su-
ceda inmediatamente el orden..., por lo mismo que
las pretensiones exageradas de libertad que abrigaban
los unitarios han traído resultados tan calamitosos,
los políticos serán en adelante prudentes en sus pro-
pósitos, los partidos medidos en sus exigencias (2).
Caído Rosas y llegada la oportunidad de fundar
la autoridad, de crear el Gobierno regular de la Re-
pública, ¿qué ha hecho usted? Olvidar sus máximas
de 1845, para ir más lejos en atraso político que los
•unitarios de 1829, condenados por usted en ese tiempo.
La autoridad argentina surgió de los hechos en
Febrero de 1852, su fuente ordinaria y normal. Me-
recía su existencia, puesto que emanaba de un hecho
de libertad (usted mismo había contribuido a crearla).
Pero después de nacida, ¿qué hizo usted? Se enroló
en las ñlas del Dr. Alsina, unitario de 1829, y lo ayu-
dó a combatir esa autoridad naciente por vicios de
forma, porque no era conforme a las reglas consti-
tucionales de Benjamín Consitant, porque la discusión
y la deliberación más libres y más completas no ha-
bían precedido a su sanción.
El acuerdo de. San Nicolás, instituido para cua-
tro días, fué examinado como un contrato de Dere-
cho civil, y la política argentina fué reducida a un
pleito de nulidades, en que se apuró la chicana del
foro. Se reinstaló la Prensa, el sistema electoral y
todo el gobierno inexperto ensayado por Rivadavia
(1) Facundo, pág. 169.
(2) Facundo, pág. 319. . ;
OBRAS SELECTAS I69
después del año 20, que había sido origen de la inun-
dación democrática que engendró a Rosas; y al hom-
bre que suspendió esas instituciones en presencia de
la tempestad que nacía de ellas por segunda vez se le
atacó como tirano, en defensa de esas herramientas
perpetuas de inquietud. Y usted, que había calificado
de inadecuados ese Gobierno y esas instituciones de
Rivadavia, se convirtió en su más caluroso defensor,
para estorbar el establecimiento de la autoridad, que
es imposible, según usted, donde no hay deliberación
y voluntad (1).
¿Era la persona de Urquiza el motivo de esa re-
sistencia, ilógica o inconsecuente? ¿Creía usted que se
necesitaba hombre más puro para dejarle por elec-
ción la autoridad que le habían dado las cosas?
Pero usted debió ver que lo que dan a luz las co-
sas no es fácil anonadarlo por elección. En segundo
lugar, que Urquiza era digno del Poder
Oigo repetir a buenos hombres, que nada han he-
cho ni fundado: " Yo no creo en Urquiza; nada espe-
ro de él".
A ese pirronismo conviene este lenguaje: ¿Cree us-
ted que Rosas ha caído del Poder, o lo supone gober-
nando todavía en Buenos Aires?
¿Cree usted que los ríos argentinos son libres y
que la Europa y sus luces pueden entrar en ia Repú-
blica Argentina por diez puertas diferentes? ¿Cree
usted que esto es un hecho o es un cuento árabe?
¿Cree usted que hay un Congreso reunido para dar
(1) Facundo, pág. 139.
ALBERDI
una Constitución, o piensa usted que es sueño la pre-
sencia de ese Cuerpo?
¿Le parecen a usted fecundos esos hechos? ¿El par-
tido unitario ha realizado jamás los primeros, ni de
veinte años a esta parte el último?
Pues bien, todo eso es obra del hombre en quien
no creen los que tienen fuerzas de Hércules para
creer en la nulidad y en la impotencia, acreditadas
por veinte años de desaciertos.
El carácter personal, como objeción a la autoridad,
es pobre y ridículo sofisma. ¿Cree usted que Santo
Domingo fuese un mal hombre? Todo lo contrario,
era algo más que hombre bueno: era un santo, y sin
embargo, inventó la Inquisición, para quemar vivos
a los hombres que pensaban con libertad.
¿Cree usted que los soldados que nos dieron la in-
dependencia americana eran personalmente más mo-
rales, más sobrios, más buenos que los reverendos
padres jesuítas, que hubieran eternizado nuestra su-
jeción a la España si no se van? Su ejemplo nos en-
seña que no basta saber las matemáticas y el griego
para ser soldado de la libertad, ni basta ignorar esas
cosas para serlo del atraso. Con la mejor intención
se puede desolar el mundo, y mientras quede al error
la excusa de la sinceridad será más temible que el
dolo, porque será más excusable.
Volviendo a Facundo, y con este motivo al fondo
de la cuestión argentina—que se reduce de cuarenta
años a esta parte a indagar cómo se ha de formar la
autoridad—haré notar el grave error que usted pa-
dece cuando explica toda la revolución democrática y
civil argentinas, por el influjo de la Pampa.
OBRAS SELECTAS
El aislamiento colonial había tenido a estos países
a trescientos años de la Europa representativa. La re-
volución, que acabó el aislamiento político de un día
para otro, puso en presencia la sociedad española del
siglo xvi y las ideas del siglo x i x de la Europa no
peninsular.
La guerra de la revolución no consistió en el cho-
que armado de esas sociedades. Ningún defensor ame-
ricano tuvo la sociedad realista española. Fué la gue-
rra entre americanos y españoles. Entre colonos que
querían emancipación y metropolitanos que querían
dominarnos. El principio republicano no tuvo un solo
opositor americano. No teniendo adversarios, él no po-
día ser causa de lucha. Los partidos fueron perso-
nales.
La diversidad y oposición entre lo antiguo y lo nue-
vo pudo ser un auxilio de la lucha; pero sólo acceso-
riamente, pues, lo repito, el antiguo régimen no tuvo
defensores argentinos. Anchorena, Medrano y otros
federales son signatarios del acta de la Independen-
cia, firmada en Tucumán en i 8i ó.
Pero supóngase que tal diversidad constituyese el
fondo de la guerra civil argentina; por lo menos, us-
ted se extravía de la verdad histórica al localizar esas
ideas como lo hace.
Usted pone en los campos la Edad Media y el an-
tiguo régimen español, y en las ciudades el siglo x i x
y el moderno régimen.
La vista nos enseña que no es así. La colonia, es
decir, la Edad Media de la Europa estaba en los cam-
pos y estaba en las ciudades, lo mismo que había exis-
tido en Europa. La revolución a su vez, es decir, el
Í72
ALBERDI
siglo xi x de la Europa, invadió todo nuestro suelo,
abrazó los campos y las ciudades. De ambas partes sa-
lieron los ejércitos que conquistaron la independencia.
Las ciudades dieron infantes; los campos, caballerías.
Los gauchos nunca han sido realistas después de 1810.
Los campos fueron siempre el baluarte de nuestra
independencia, y el paisano, el gaucho, su primer sol-
dado. Catorce escuadrones de Caballería estrecharon y
precipitaron a Witelot en la derrota.
San Martín, Suárez, los Necocheas, Lavalle, La-Ma-
drid, Pringles, etc., fueron oficiales de gauchos, porque
fueron jefes de Caballería, que se componía de cam-
pesinos, y no de zapateros y sastres.
Las victorias de San Lorenzo, Tucumán, Chacabuco,
Río-Bamba, Pichincha, Junín e Ituzaingó, son victo-
rias que se deben a nuestros campesinos, pues se obtu-
vieron principalmente por la Caballería, pudiendo muy
bien decirse que la España fué echada de estos países
a lazo y bola.
De los campos es nacida la existencia nueva de esta
América; de ellos salió el poder que echó a la España,
refugiada al fin del coloniaje en las ciudades, y de ellos
saldrá la autoridad americana, que reemplace la suya,
porque ellos son la América del Sud, que se define:
" ü n desierto por regla, poblado por excepción."
La política que no sepa apoyarse en nuestros cam-
pos para resolver el problema de nuestra organización
y progreso, será ciega, porque desconocerá la única pa-
lanca que hace mover este mundo despoblado. ¿Domi-
nar el desierto sin el hombre del desierto, es cosa que
tenga sentido común? Siempre que veáis en Sud-Amé-
OBRAS SELECTAS J
7 3
rica otra cosa que un mundo despoblado, incurriréis
en error.
No achaquéis a dos campos ia anarquía. Ella ha sido
hija de la revolución, que ha dividido campos y ciu-
dades.
La localización de la civilización en las ciudades y
la barbarie en las campañas, es un error de historia y
de observación, y manantial de anarquía y de antipatías
artificiales entre 'localidades que se necesitan y com-
pletan mutuamente. ¿En qué país del mundo no es la
campaña más inculta que Has ciudades?
El catecismo de esa falsa doctrina es el Facundo.
Si fuese preciso localizar el espíritu nuevo y el espí-
ritu viejo en Sud-América, la simple observación nos
haría ver que la Europa del siglo xi x, atraída pol-
la navegación, el comercio y la emigración, está en las
provincias del litoral, y el pasado más particularmente
en las ciudades mediterráneas- Esto se comprende,
porque se ve, toca y palpa.
He ahí su publicación más célebre de cuantas ha
dado a luz contra Rosas. Facundo es Rosas con otro
nombre.
Pero si sus trabajos de diez años en la Prensa no
representan sacrificios que le hagan merecedor deJ Po-
der, ¿representan al menos la ciencia política y la ins-
trucción en cosas públicas, que dan da competencia de
hombre de estado?
He hecho notar que sus trabajos políticos no pasan
de gacetas. La ciencia pública no le debe un libro dog-
mático, ni un trabajo histórico de que pueda echar
mano el hombre de Estado o el estudiante de Derecho
público.
ALBERDI
La Prensa periódica desempeñada por largos años,
lejos de ser escuela de hombre de Estado, es ocupación
en que se pierden las cualidades para serlo. La razón
es obvia. La reserva, la meditación detenida, la espera,
que son las cualidades del estadista, serían la ruina de
un periodista, que tiene que pensar al paso que escribe,
por no decir después. Hombre protocolo, .máquina de
divulgación y publicidad, hablar ante él es hablar ante
escribano y dos testigos, es dictar artículos editoriales,
disposición eficacísima para enajenar la confianza de
que tanto necesita el hombre de Estado. Por otra parte,
la Prensa, como el proscenio, desarrolla la vanidad, que
es enemiga del secreto, y sin el secreto se puede gober-
nar por una hora de asonada el p ipulacho de la calle,
pero no una República. Esta observación no se aplica
a usted particularmente, sino al periodista consuetudi-
nario de nuestra Prensa sudamericana, en que el direc-
tor y redactor en jefe es a la vez cronista y compilador
de cuentos y rumores. Un hombre de Estado puede ser
periodista en un momento dado, pero rara vez el pe-
riodista de oficio se hace hombre de Estado, por la ra-
zón que he dado arriba.
El Facundo no es un libro de política ni de historia.
Es una biografía como usted mismo lo llama; casi es
un romance por lo que tiene de ideal, a pesar de su
dosis de filosofía, que no falta hoy ni a los dramas.
Es la vida de mi caudillo con pretensiones de ser ex-
plicación teórica del caudillaje argentino—teoría in-
completa, pues deja en blanco los caudillos de la Pren-
sa y de la tribuna, que también calificó el padre Casta-
ñeda con el nombre de gauchi-políticos.
La vida de Aldao es la vida de otro caudillo. Yo no
OBRAS SELECTAS
175
llamaría caudillos a Quiroga y a Aldao, porque caudillo
fué Simón Bolívar, como usted lo dice en Facundo.
Robar y asesinar no son actos de caudillaje, sino de
vándalos. Si el historiar la barbarie y los bárbaros no
es medio de doctrinar a las ciudades cultas, tampoco
es medio de aprender el gobierno de libertad. Guizot
no aprendió política escribiendo la historia de la bar-
barie, sino la historia de la civilización. Historiando a
Belgrano, a Rivadavia, a San Martín, a Moreno, etc.,
se habría podido educar la juventud en el amor a la li-
bertad, más bien que en el odio personal a los malvados.
Plutarco no historió a picaros para servir a la educa-
ción. Las vidas de Washington y de Franklin han dado
más amigos a la República que las de Nerón y Domi-
ciano. El cristianismo civiliza por las vidas de los san-
tos, no de los impíos. Educa mucho el ejemplo, es ver-
dad, pero el ejemplo bueno y no el malo, que es conta-
gioso como todo ejemplo, bueno o malo.
Sus Recuerdos de Provincia son su biografía, no un
libro de política. Historiándose a sí mismo no ha podi-
do aprender más de lo que usted sabe. Ese trabajo no
es un servicio hecho a la República Argentina, y dudo
que lo sea para usted mismo. Es el primer ejemplo que
se ofrece en nuestro país, tan abundante en hombres
notables, de un republicano que publica doscientas pá-
ginas y un árbol genealógico para referir su vida, la de
todos los individuos de su parentela y hasta de sus
criados. San Martín no quería que se tomase su retra-
to. Rivadavia, Monteagudo, Passo, Alvear y cien hé-
roes argentinos, están sin biografía, y la misma Repú-
blica, que es toda gloria y heroicidad, está sin histo-
ria. Várela dejó de sí unos pocos renglones biográficos,
ALBERDI
que no vieron la luz sino después de su muerte. Pero
su biografía de usted no es un simple trabajo de vani-
dad, sino el medio, muy usado y muy conocido en polí-
tica, de formar la candidatura de su nombre para ocu-
par una altura, cuyo anhelo legítimo, por otra parte, le
hace agitador incansable.
Sus escritos ajenos a la política, sus escritos sobre
la instrucción, que son los más serios y más dignos, ¿ le
darían la competencia de hombre de Estado? Lo que
es ajeno a la política no puede hacer hombres políticos.
Esos trabajos le hacen merecedor de su asiento en. la
Facultad de Humanidades de la Universidad de Chile,
pero la pedagogía no es la ciencia del publicista, ni las
humanidades hacen ministros de Estado.
La enseñanza ha dado a luz más de un hombre pú-
blico, es cierto; pero es la alta enseñanza política, la
profunda enseñanza histórica, que dio a Guizot el de-
recho de gobernar esa Francia tan bien explicada por
él, no la instrucción primaria, que apenas es la prepa-
ración a la enseñanza. Saber leer y escribir es ponerse
en aptitud de empezar a educarse. La instrucción pri-
maria es a la educación lo que es tener un escoplo a
saber la carpintería. Usted mismo ha reconocido que
su libro de educación primaria llevaba impropiamente
el ponderativo título de educación popular.
Su libro es la obra de un hombre de bien, pero no el
trabajo de un hombre de Estado. Costeado por el Go-
bierno de Chile, nada le debe por él la República Ar -
gentina; y hasta hoy no ha producido una institución
práctica ni allá ni aquí. Debiendo ser la conducta del
autor el mejor comentario de su obra, recuerde usted
O B R A S S E L E C T A S
I77
que la agitación demagógica no es la educación que re-
quiere la juventud de estas infelices repúblicas.
Por lo demás, observaré, no en perjuicio de usted,
sino en bien de nuestro país, que más necesita de es-
colares que de escuelas nuestra América desierta; y
más bien medios de emplear el tiempo sobrante que
métodos para abreviarlo sin necesidad. Mucho podrá
deber al alfabeto, pero 'más falta le hacen hoy la ba-
rreta y el arado. Esta es la educación popular que nece-
sitan nuestras repúblicas, y por cierto que ella no se
toma en la guerra civil.
La Crónica y Sud-América, periódicos hebdomada-
rios de buena inspiración, de excelentes materiales y
bien impresos por Belin y Compañía, ocuparon a Ro-
sas más que a la República Argentina, y su persecu-
ción pueril dio al autor más espectabilidad que sus es-
critos menos populares que los de Várela e Indarte.
La diplomacia y el ejército que han destruido a Ro-
sas no tuvieron inspiración en esos escritos aparecidos
a este lado del desierto, y de la cordillera de los An-
des, sino en intereses vivísimos, que palpitaban en
las márgenes del Plata inflamadas por la Prensa de
Montevideo, de Entre-Ríos y del Brasil.
En esas publicaciones no está usted solo; está una
emigración entera, que lo apoyaba, no sólo por la sus-
cripción, sino por la inspiración. Pero sucede que en la
Prensa, como en la guerra, el jefe da su nombre a la
columna.
Especie de epílogo o recapitulación de la Prensa ar-
gentina de veinte años, esas publicaciones le pertene-
cen a usted más por la forma que por la inspiración.
El cambio de cuestión ha dejado enanas muchas inte-
OBRAS SELECTAS. —Tomo V 12
ALBERDI
ligencias que antes descollaban. Escritos que aparecían
tan luminosos cuando combatían contra Rosas se han
mostrado abyectos y pequeños después de su caída.
¿Por qué razón? Porque antes vestían lo ajeno, y hoy
aparecen con lo propio.
En efecto: la acusación y €1 juicio que pesaban con-
tra Rosas y su sistema eran la obra de veinte años de
discusión de todas las inteligencias argentinas, de la
Prensa y de los oradores de Inglaterra, de la Francia
y del Brasil. Todo el mundo culto había dado su pala-
bra sobre Rosas. El proceso arrojaba luz por todas
partes. Todos lo sabían de memoria, y los que repe-
tían sus medios de acusación conltra el tirano repetían
a Várela, Rivera Indarte, a Abrantes, a Martigny, a
Thiers, a los primeros escritores de la Prensa inglesa
y francesa. ¿ Qué gracia era hablar bien contra Rosas ?
Después de su caída, las pobres cabezas no han cono-
cido la originalidad de la situación, ni sabido sentar de
nuevo las cuestiones, y han hecho aplicaciones plagia-
rías y ridiculas contra los vencedores de Rosas, de los
medios que la conciencia del mundo usó contra la tira-
nía que había eclipsado las atrocidades de Domiciano
y Calígula.
Si Facundo tiene actualidad hoy día, doblemente la
tiene Argirópolis. En ambos se tratan las cuestiones del
momento. Facundo, o la raíz normal de la autoridad
en la República Argentina; Argirópolis, o el sitio y la
posibilidad de un poder legislativo independiente en la
República Argentina.
Argirópolis es la revelación candorosa del error en
que gravita la política de los opositores al nuevo orden
de cosas.
OBRAS SELECTAS
La substancia, el meollo de Argirópolis, se reduce a
lo siguiente: ¿Cómo tener patria? Teniendo un Con-
greso libre que nos dé una Constitución liberal; es de-
cir, teniendo la libertad legislativa en el hecho, no sólo
en el nombre. Esto es todo en efecto; hace cuarenta
años que no buscamos otra cosa; y esta friolera es lo
que persigue la Europa representativa hace tres siglos.
¿Cómo (tener un Congreso libre e independiente de
los Gobiernos de nuestro sudo, o bien sea del caudilla-
je f Colocándolo en el aire, sin duda; pero como eso es
imposible, se le podría colocar en una isla, que siendo
argentina, no estuviese en poder de los Gobiernos ar-
gentinos : en Martín García, v. gr., que entonces se ha-
llaba en poder de los franceses. Este fué el descubri-
miento político que usted hizo: colocar el Congreso le-
gislativo fuera del país, para que no lo pudiesen do-
minar los gobernantes del país.
El remedio es eficaz; pero ¿de qué serviría la obra
de ese Congreso en el país que debía recibirla? ¿Quié-
nes la harían cumplir y observar? Las influencias loca-
les, temidas como opresoras del legislador, ¿no lo se-
rían de la ley, venida de suelo independiente ?
Quiero decir que el país tendría la cabeza en liber-
tad, y el cuerpo en cadenas.
Buscando un Congreso libre de las influencias de Ro-
sas, del Paraguay y del Uruguay, quería usted depo-
sitarlo en manos de la Francia, tenedora entonces de
Martín García, que debía ser, según usted, capital de
esos Estados refundidos en uno solo. Hoy que lo bus-
ca usted libre de la influencia de Urquiza y del caudi-
llaje (gobiernos provinciales), y que Martín García no
está en poder de la Francia, ¿dónde colocaría el Con-
i 8o
AL BERDI
greso constituyente? No ¡hay donde colocarlo, porque
todo el territorio argentino está dominado por los cau-
dillos. ¿Qué hacer en tal caso? Suprimir los caudillos
y su influjo para tener un lugar donde poner un Con-
greso constituyente fuera de su alcance.
He ahí el pensamiento de Argirópolis y el de la po-
lítica que posterga la organización para después de aca-
bar con el caudillaje. Pues bien, yo digo que eso no es
original, sino imitación libre de la política de! Pampe-
ro de 1829; y que la libertad de los organizadores a la
bayoneta vuelve a echar el país en el círculo vicioso,
quedando estéril y sin fruto el largo período de doa
Juan Manuel de Rosas.
OOOO
CARTA CUARTA
De la personalidad que interesa a las ideas.—Del yo en polí-
tica.—Ataques contestados, sobre pacto de abstención, so-
bre cambios de propósitos.—Pretendidas provocaciones.—
Posición semi oficial ¡—Comparación con Girardin.—Empleo
culpable del sentimiento en materias que exigen calma.—
•Ganancias de los exaltados y pérdida de los calculadores.
Los exaltados no tienen ideas fijas sobre forma de gobier-
no.—Nuevos amigos de Buenos Aires y sus pruebas.—In-
sultos contestados. — Desacuerdos consigo, llamados des-
acuerdos con otros.—Política atacada y después recogida.
Si Argirópolis es copia o es original. — Ideas viejas so-
tire libertad de los ríos, inmigración, ferrocarriles, aboli-
ción de aduanas interiores, política exterior, etc.
Valparaíso, Febrero de 1853.
Andaré breve en esta carta para cumplir cuanto an-
tes con usted; porque espero que en mi crítica seria y
respetuosa de su persona y talento reconozca el ejerci-
cio de un derecho, que el talento verdadero respetó
siempre cuando se ejerció en su contra. Ocupaciones
mayores que mi tiempo y mis fuerzas me han obligado
a emplear el feriado, pasado en Quilloita, en esta redac-
ción de mero interés político. Usted me lleva la ventaja
i8a
AL BERDI
de vivir en la Prensa, mientras yo apenas puedo rega-
larle los instantes que me deja eil foro.
Rara vez o nunca hablo de mí. Tengo por ridículo
el yo, como dice Pascal. El yo es odioso, ha dicho La-
bruyére, y permítame agregar que el yo es culpable
cuando la agonía de la patria impone a sus hijos el de-
ber de olvidarse de sí para pensar en ella.
Al hablar siempre de sí parece necesidad emanada
del sentimiento de una reprobación universal. Tengo
la vanidad de creer que no necesito vivir vindicán-
dome.
Robespierre y Marat hablaban constantemente de sí
mismos. Tenían razón, lo necesitaban; ¡debía hablarse
tanto mal de ellos!
¿ Y sabe usted por qué hablo hoy de mí? Por la ne-
cesidad de defender las doctrinas orgánicas que usted
ha podido dañar con su anhelo de desconsiderar la
persona de su autor. Después de su odio y de sus ata-
ques al que ha volteado a Rosas, no podía sorpren-
derme su prevención contra el autor de las Bases de
la organización para la República Argentina. Sus in-
sultos a mi persona son la bibliografía que le debe mi
libro y el apoyo a su doctrina. No lo ha mencionado
sino para decir que era hijo de sus escritos. Ahora le
haré ver que usted padece una equivocación crono-
lógica.
Habla usted de un acuerdo tenido conmigo para no
mezclarnos en la política actual de nuestro país. Un
compromiso de usted, obtenido por mí en su obsequio,
lo supone usted común. Las veinte cartas en que dice
usted haber pedido mi abstención, son veinte pruebas
de que no la había prometido; y mis contestaciones a
OBRAS SELECTAS
I83
•ellas son dtros veinte documentos justificativos de que
jamás prometí tal abstención.
Pactando abstinencia, mi falta no (habría estado en
escribir, sino en prometer el silencio. Tal promesa ha-
bría sido un abandono de mi puesto; escribir era rni
deber, y yo no podía estipular una defección.
¿De qué tenía que abstenerme? Mis ideas eran; las
de todos. ¿Había escrito yo mi libro para obtener aplau-
sos como un artista? Era un libro de acción; yo debía
perseguir la ejecución de sus doctrinas prácticas, que
son el anhelo que me hizo salir de la paltria esclaviza-
da hace doce años. ¿Debía yo combatir lo que era eje-
cución de las ideas de mi libro? ¿Debía oponerme al
pacto de San Nicolás, aconsejado por mi libro en sus
principales disposiciones? (1) Habría merecido la risa
de todos. La contradicción no es mía, sino de los que
hallaron bueno mi libro y detestable lo que era deduc-
ción práctica de él. Relea usted mis Bases: todo lo es-
crito por mí después de ese libro es simple desarrollo
de la doctrina que uslted llamó su credo (2).
¿Había entre mis ideas prácticas y las de usted al-
guna identidad de que emanase el deber de esa abs-
(1) Véase Bases y puntos de partida, etc., páginas 131,
!33» 148, 169, 180, 183, 184, 189, 192, 217.
(2) En carta particular de 16 de Septiembre, me escribía
el Sr. Sarmiento lo que sigue:
" Su Constitución es un monumento; usted halla que es la
realización de las ideas de que me he constituido apóstol. Sea;
pero es usted el legislador del buen sentido, bajo las formas
de la ciencia."
"De todos modos, su Constitución es nuestra bandera, nues-
tro símbolo. Así lo toma hoy la República Argentina. Yo
creo que su libro va a ejercer un efecto benéfico."
184
ALBERDI
tención común ? Usted debía abstenerse porque pen-
saba sobre los hechos al revés de todo el mundo, y co-
nociendo eso le aconsejaba yo el silencio, en obsequio
de su tranquilidad. Para usted, escribir era reñir con
todos sus compatriotas. ¿No se lo probó su carta al
general Urquiza?
Un amigo común me pidió él acercamiento con us-
ted, no en mi obsequio (yo no estaba aislado), sino en
obsequio de usted, que era el de posición excepcional.
Ese común amigo no me pidió el abandono de una sola
idea, porque en Itodo pensaba él como yo y yo como
todos. Me aconsejó muchas veces que no me limitase
a la publicación de las Bases, que agregase a esa dos,
tres y más publicaciones.
Desapruebo hoy su política de usted, por las mis-
mas razones que me la hicieron desaprobar de ante-
mano en mi libro: que yo siempre he creído que usted
aplaudió por bondad más que por convicción.
Tampoco es de hoy que desapruebo la política de
Buenos Aires, de n de Septiembre, tan recomendada
por usted. Desde antes que existiera la había ya des-
aprobado en las páginas 140 y 141 de mis Bases. Si
usted no encuentra oposición entre el sistema político
"Es posible que su Constitución sea aceptada; es posible
que sea alterada, truncada; pero los pueblos, por lo supri-
mido o alterado, verán el espíritu que dirige las supresiones:
su "libro", pues, va a ser el Decálogo argentino; y salvo la
supresión del párrafo indicado, la bandera de todos los hom-
bres de corazón."
Yo devuelvo a su autor estos cumplimientos; no los acep-
to, porque no sé cómo pueda aplaudirse con sinceridad la doc-
trina de mi libro y apoyar al mismo tiempo una política de
insurrección y de guerra.
OBRAS SELECTAS l 8
5
de mi libro y el proclamado por el Gobierno de 11 de
Septiembre, vuelvo a expresarle mi Ifeemor de que no
conoce a fondo mi libro. .
Yo no he provocado sus insultos ni su polémica,
como usted pretende. La última publicación de que es
responsable mi nombre ante el público es mi libro de
las Bases; y ese. escrito de ciencia impersonal sólo po-
día ser provocación para idiotas o envidiosos, en cu-
yas dos categorías no puedo colocar a usted. De las
ideas que hace suyas un periódico responde su redac-
ción, no el sospechado autor, que no está obligado a
suscribir, como no está el redactor mismo de un pe-
riódico. Faltando al buen uso, usted ha dado mi nom-
bre a la redacción anónima de los periódicos de Val-
paraíso, atribuyéndome un disimulo de que estas car-
itas son una rectificación.
¿Dice usted con seriedad que a mí se debe la pu-
blicación de su Campaña? En ella se lee que fué es-
crita para ver la luz después de caído Rosas. Aunque
se hubiese escrito para publicación postuma o de ultra-
tumba, ¿después del 11 de Septiembre la hubiese usted
tenido inédita? ¿Qué publicista saca a luz lo que ha
de dormir muchos años por una provocación de pe-
riódico ?
Dice usted que mi lógica es de posición semioficial;
que mis escritos son el desempeño de una misión y
que un empleo diplomático es el móvil de mis opi-
niones conservadoras. Dos años antes que usted de-
jase la República Argentina me había expatriado yo
voluntariamente por no sufrir la tiranía. He pasado
en suelo extranjero lo mejor de mis años; y este an-
tecedente no me libra de que usted vea en el interés
186 AL BERDI
de empleos toda mi moral política. Traduciendo mi
celo como simple interés egoísta, ¿no teme usted que
su afán de hablar de patria sea interpretado del
mismo modo ? ¿ O (tiene usted un sexto sentido aparte
para amar la República con otro amor que el de sus
compatriotas ?
Cuando me felicitó usted por el empleo diplomáti-
co que me ofreció el Gobierno argentino y me brindó
usted su cooperación para desempeñarlo, le expresé
mi indecisión a tomarlo. Hoy le revelo a usted que
nunca estuve indeciso, y más tarde sabrá usted si lo
admití. No soy empleado, no lo he pretendido, no
quiero serlo. Mi presencia en la Prensa debe probár-
selo mejor que nada. Sé lo que un empleado diplo-
mático debe a su rango para ocuparse de hacer pan-
fletos. Cuando yo me decida a servir a la patria en un
empleo, contestaré a la Prensa con hechos y no usaré
otro lenguaje.
Tampoco he escrito nunca que me hallase en el caso
de merecer empleos a ese título. No defenderé mi
competencia para ellos; pero sí haré justicia a la pro-
moción. Convendrá usted en' que no estoy tan a Cie-
gas sobre Derecho público internacional, Derecho co-
mercial y todo lo que en conocimientos doctrinarios y
relaciones personales con negociantes y hombres pú-
blicos puede ser útil para desempeñar Tratados de
comercio y amistad entre Chile y nuestro país. No me
hallo implicado por haber defendido a favor de Chile
derechos territoriales, que a ser legítimos en mi opi-
nión, habría ido a declararlo en la legislatura de mi
país, no en el país extranjero de mi hospedaje
Si esperase yo admitir el empleo, sería una razón
OBRAS SELECTAS
I87
de más para anticipar esta crítica de sus obras de opo-
sición, pues por las instrucciones que ya conozco, des-
empeñándolas leaümenlte, a cada publicación: suya ten-
dría que ofrecerle mi correo diplomático para difun-
dirla en nuestro país, lejos de perseguirla; hoy nadie
es más fuerte contra usted que usted mistao. Por hoy
no deseo empleos que me aten la mano de escritor.
¿ Qué me haría anhelar ese empleo, en que usted ve
el móvil de mis escritos? ¿El rango? Yo creo que es
mayor el de un abogado de una República en paz que
el de un ministro de una República en anarquía. ¿La
luz? ¿Cree usted que la diplomacia la dé a la cien-
cia? ¿El sueldo? Aceptando ese empleo tendría que
disminuir mis comodidades y mis entradas, usted lo
sabe. Tengo medios de servir a la patria menos su-
jeto a la calumnia, y miras muy serias en mis escri-
tos para dar a la calumnia un pretexto de man-
charlos.
En su Campaña y en los periódicos de Buenos Ai -
res me compara usted a Girardin, con
1
el fin sin duda
de acreditar la doctrina de mis Bases. Yo soy abo-
gado de profesión, Girardin es impresor y gacetero de
oficio. Comparar un abogado con un periodista es poco
espiritual.
Yo no debo ni he debido mi pan cotidiano a la
Prensa o a la política; él vive de la Prensa y de la
política. Yo paso mis días contraído a la Hucha del
foro; Girardin pasa su vida en ligas y peleas con los
ministros.
Yo visito la Prensa por accidente y regalo mis ma-
nuscritos a los editores; Girardin se titula La Presse,
i88
ALBEEDI
como oltro se ha dicho la prensa de Chile por muchos
años, y vende sus renglones al público.
Girardin tiene adoración de sí mismo, y el yo no
se le cae de la pluma; es muy raro que yo hable de
mí mismo.
Yo soy conservador aquí y conservador allá (allá,
en acción; aquí, por simpatía); Girardin recorre en
un año los bandos contrarios, y tan pronto es rojo
como conservador; siendo a veces lo uno y lo otro a
un tiempo.
Girardin ayuda a subir a Napoleón, y luego que
está arriba lo combate; yo apoyé a Urquiza cuando
se levantaba contra Rosas; pero no lo ataco por ha-
ber dado en tierra con ese tirano.
Ahora pregunto: ¿soy yo el que se parece a Emilio
Girardin ?
Los que sufren allá, y no yo—dice usted—decidi-
rán de la justicia,. En más de un lugar me ha su-
puesto usted gobernado por un cálculo frío. Al que
no grita frenético, al que raciocina, lo supone usted
insensible. No trafico yo con el calor, es cierto; no
vendo entusiasmo. Nunca he creído que Jos poetas que
fabrican versos ardientes sean más capaces de afec-
ción que el resto de los hombres. El calor no es el
patriotismo ni la sinceridad. Cuando no viene de es-
trechez de espíritu, es signo evidente de mala fe. Es
el. resorte de los seductores del pueblo. Apasionar
cuestiones que necesitan de la reflexión tranquila es
crueldad imperdonable; es vendar los ojos del pue-
blo para que vea el camino por donde debe i r; es em-
briagar las vírgenes para que amen sus deberes. El
corruptor que ve una ramera en la esposa que sujeta
OBRAS SELECTAS
su conducta a la razón, ve un pueblo corrompido y
servil en el pueblo que modera sus deseos y se so-
mete a la necesidad. Esos embriagadores de oficio
perderían los Estados Unidos de Norte-América si
a la calma que preside los negocios de ese país pu-
diesen ellos sustituir la pasión con que enardecen y
ciegan a nuestros noveles pueblos. ¿Quién no conoce
el arte de inflamar? Basta no tener corazón para ejer-
cerlo. Yo he buscado la calma y la frialdad por sen-
timiento; he buscado la frialdad sin ser frío, porque
ella es lo único que falta a nuestros negocios sudame-
ricanos; esa calma que usted ha usado en Argirópolis
y Sud-América; trabajos de economía y de estadística,
y que después ha dejado por el calor belicoso del Pam-
pero. La sensibilidad no resolverá el problema de
nuestro atraso. El entusiasmo nos llevará a la muer-
t e; nos dará la vanagloria, laureles fratricidas y odio-
sos ; pero no nos sacará del desierto y de la barbarie.
Ni la sinceridad excusa ese calor corruptor; el amor
a la patria de nuestros demagogos es como el de esos
seductores que hacen madres a las niñas honestas:
sincero como sensación, pero desastroso para el ob-
jeto amado.
¿Dónde está el resultado del cálculo frío que se
atribuye a mi conducta de doce años? ¿Está en dejar
la patria y vivir extranjero antes que esclavo lleno de
ventajas; en dar a una política estéril el tiempo que
vale oro empleado en mi oficio; en rehusar empleos
ofrecidos y jamás solicitados? Esto es lo que yo, frío
y calculador, saco de la política conservadora, en tan-
to que nuestros héroes de la libertad a sangre y fue-
go, de esa libertad que tiene asco al interés, toman
i go AL BERDI
por asalto los empleos, ejercen el Poder, que siempre
es lucrativo (según Sancho) y reciben sueldos, que
disfrutan al son de sus melodías contra los caudillos.
Este es el hecho: los héroes de n de Septiembre no
se fueron a su casa; ocuparon los empleos y tomaron
los sueldos de sus predecesores, por elección popular,
se entiende; el paltriotismo da, no alquila, sus servi-
cios. Yo no he percibido un -medio real de sueldo de
la República Argentina; no ahora, en mi vida. Jamás
he sido empleado de .ninguno de sus Gobiernos, fe-
derales o unitarios, y hace doce años que pertenezco
a la política militante contra la tiranía. Mi último tra-
bajo ha sido el proyecto de una ley constitucional
para un Gobierno de progreso; después he defendido
el Congreso que debe sancionar sus principios y a la
autoridad que ha reunido ese Congreso, estorbado
hace veinte años por los tiranos.
Me pide usted que repare la consistencia de sus
opiniones. La ingenuidad de la provocación no la
dudo; pero hay memorias que necesitan auxilio para
ser modestas. No hablaré de su consistencia para con
las personas ni en' los asuntos secundarios; eso no
puede exigirse racionalmente al que haya ejercido lar-
gos años la Prensa periódica, que como el viento de
la opinión, de que es eco, anda toda la rosa náutica
en el espacio de un quinquenio. Ese es defecto de la
Prensa, no de usted.
Hablaré de su opinión sobre forma de gobierno,
punto fundamental en que no es permitido abrigar
opiniones vacilantes. "La República Argentina es una
e indivisible—dijo usted en Facundo, a los diez años
OBRAS SELECTAS
191
de haberlo dicho los unitarios de 1826" (1). Y no lo
decía usted por rutina o al acaso; era convicción, que
desarrollaba en otra página del modo siguiente: " La
República Argentina está geográficamente constitui-
da de tal manera, que ha de ser unitaria siempre, aun-
que el resultado de la batalla diga lo contrario. Su lla-
nura continua, sus ríos, confluentes a un puerto único,
la hacen fatalmente una e indivisible" (2).
Seis años después, en Argirópolis y Sud-América,
usted ha reconocido que la opinión y la Geografía im-
ponían el sistema federal a la República Argentina, y
se ha proclamado usted federal por convencimiento.
En dos años, pues, usted ha tenido dos opiniones con-
trarias y opuestas sobre el sistema de gobierno de
su país.
En ese punto grave y fundamental yo no he teni-
do mas que una opinión' desde la Escuela de Derecho.
Desprendido de federales y unitarios, ajeno a las dos
fracciones, vi la solución del problema constitucio-
nal argentino en la fusión de los dos principios riva-
les, en la adopción de un sistema mixto de uno y otro.
Hallé esa solución, no en la inspiración de una polí-
tica ambigua, sino en el sentimiento de la historia y de
los hechos. El sistema mixto que he propuesto en las
Bases es la repetición literal de un capítulo de mi plu-
ma, inserto eti el Credo, que adoptó una reunión de
jóvenes en Buenos Aires, en 1838. De ahí y no de
Argirópolis he tomado mi teoría. Traigo esto, no en
mi defensa ni apología, sino para demostrar que tiene
(1) Facundo, pág. 25.
(2) Facundo, pág. 140.
I 9 2
AL BERDI
doce años, lejos de ser opinión casual, la del sistema
aconsejado en mis Bases. No olvide usted que todo
mi anhelo es defender el prestigio de la obra y de la
doctrina, que usted presenta como producto de la ve-
leidad y de. un. cálculo de circunstancias.
En otro punto decisivo de nuestra cuestión orgá-
nica fie he conocido a usted dos opiniones opuestas en
el espacio de un año. " Si la violencia ha de emplearse
para compeler a una transacción, que sea la que im-
ponga la voluntad del mayor número al menor. Nues-
tro derecho escrito así lo establece. El Gobierno de
Buenos Aires prometió solemnemente ponerse al ni -
vel de las Provincias, respetar religiosamente lo que
sancionase la mayoría de los pueblos que reintegran
la República... Las Provincias argentinas, reunidas
en Congreso, pueden, pues, compeler con sus armas a
someterse a la decisión del Congreso general a cual-
quier Gobierno que, abusando de su fuerza y de su
posición, se negase por intereses particulares, suyos o
de su provincia, a entrar en un arreglo definitivo de
este triste estado de cosas, que ha hecho del Río de
la Plata la fábula del mundo y un caos de confusión
y de desastres."
Eso decía usted en Argirópolis (cap. 2°) en 1850.
Visible y realmente aludía usted a Buenos Aires. Y
en 1852 ha publicado usted su panfleto sobre el acuer-
do de San Nicolás, para demostrar, en derecho, que
sin la asistencia de Buenos Aires sería imposible l e-
galmente tener Congreso ni Constitución de la Re-
pública.
Pretende usted que le he llamado amigo de Buenos
Aires. Podía usted señalar el lugar en que le he dado
O B R A S S E L E C T A S
193
ese título. Podrá usted serlo, pero no conozco las
obras que lo acrediten, y sí conozco antiguas palabras
suyas que lo hacen dudoso, y modernas que lo hacen
más dudoso todavía. Permítame copiárselas, para que
su memoria no crea que invento.
Creía usted en la perfectibilidad de Rosas; pero
sin que eso estorbe que Buenos Aires venga a ser
como la Habana, el pueblo más rico de América, pero
también el más bárbaro y degradado (1).
En vano le han pedido a Buenos Aires las Provin-
cias que les dejase pasar un poco de civilización, de
industria y de población europea; una política estú-
pida y colonial se hizo sorda a estos clamores. Pero
las Provincias se vengaron mandándole en Rosas mu-*
cho y demasiado de la barbarie que a ellas les sobra-
ba. Harto caro la han pagado los que decían: la Re-
pública Argentina acaba en el Arroyo del medio (2)..
Tucumán tiene hoy una grande explotación de azú-
cares y licores, que sería su riqueza si pudiese sacar-
los a poco costo de flete a las costas, o permutarlos
por las mercaderías europeas en esa ingrata y torpe,
Buenos Aires, desde donde le viene hoy el movimiento
barbarizador.-.. Pero no hay males que sean eternos,
y un día abrirán los ojos esos pobres pueblos". . . (3)
" ¡ Eh, vergüenza de Buenos Ai res; os habéis he-
cho la guarida de todas las alimañas, que Paz hace
huir del interior! Sin vos, sin vuestros caudillos, la
(1) Facundo, pág. 16.
(2) Facundo, pág. 23.
(3) Facundo, pág. 233.
OBRAS SELECTAS. —Tomo V . 1 3
194
ALBERDI
civilización europea triunfa entonces definitivamen-
t e" (i ).
"Diréselo a usted al oído, a fe de provinciano, por-
que el pueblo de Buenos Aires, con todas sus venta-
jas, es el más bárbaro que existe en Améri ca" (2).
Sus escritos de doce años abundan de estos concep-
tos, con cuya reproducción no molestaré al lector de
estas cartas.
Tampoco da usted prueba de amistad a ese pueblo
lisonjeando hoy día sus mallas disposiciones de guerra
que debe a Rosas, para echarlo contra las Provincias,
como anltes empujaba a éstas sobre Buenos Aires.
Algún día se verá quién ha sido en esta época más
amigo de Buenos Ai res: si usted, aconsejando que lle-
vase la guerra alrededor de la República, o yo, a que
encerrada en su suelo local, pidiese el respeto de sus
autoridades provinciales en cambio del suyo al Direc-
torio y al Congreso de la República.
En mis Bases he probado mi alta preocupación en
favor de Buenos Aires. Después he sentido que fuese
ella la promotora de la resistencia al nuevo orden de
cosas, pues si en lugar suyo hubiera sido Tucumán,
la habría juzgado con doble severidad. Yo no me debo
a esta o aquella provincia, sino a todas juntas, porque
sólo juntas componen la República. Y en prueba de
mi amor a Buenos Aires, le debo verdades, aunque
sean amargas, y. no mentiras, aunque sean dulces.
Como yo han juzgado los hechos infinitos porteños
de honor y de lealtad, a quienes ha disputado usted el
(1) Facundo, pág. 195.
(2) Sarmiento, Sudamérica, tomo 2, número 2.°.—Mayo, i."
de 1851.
OBRAS SELECTAS
!95
amor al sudo en que ellos nacieron y (tienen sus ho-
gares, y en que usted estuvo apenas veinte días.
¿Qué motivo de mi parte había legitimado ni po-
dido legitimar jamás este insulto gratuito de usted?
" ¿ Y usted sabe—me dice?—, según consta de los regis-
tros del sitio de Montevideo, quién fué el primer de-
sertor argentino de las murallas de defensa al acer-
carse Oribe. El otro es el que decía en la Legislatura:
Es preciso tener el corazón en la cabeza" (i ).
¿Esperó usted a que pasaran doce años y a que yo
escribiera el libro de las Bases para hacerme ese re-
cuerdo? Se lo agradezco, porque me da ocasión de
romper un arma oculta de la emulación.
El sitio se entabló en Febrero de 1843; yo partí de
Montevideo en el mes de Abril, dos meses después de
entablado, no al acercarse Oribe. Los registros de su
memoria, y no de Montevideo, andan malí en este
punto. Mi ausencia no podía constar de ellos; era un
hecho muy insignificante para registrarlo en ninguna
parte. Yo dejaba e>l puesto de soldado en la milicia
pasiva, que ocupaba como abogado y como enfermo.
Lo dejaba porque tenía el derecho de dejarlo Usted
debe saber que soy nativo de la República Argentina
y no de Montevideo, donde estaba accidentalmente.
La presencia de Rosas en el Gobierno argentino me
tenía allí. Tampoco debe serle desconocido el derecho
de todo extranjero de ausentarse del país que no es
el suyo cuando quebranta contratos o deberes priva-
dos o públicos. ¿Cuál es el derecho con que podía
Montevideo retenerme allí? ¿Yo recibía sueldo? Te-
(1) Campaña, pág. -j'j
196
ALBERDI
nía el fusil voluntariamente y podía dejarlo por mi
voluntad. Lo dejé por no desertar la causa contra Ro-
sas. Yo no salí de Montevideo para venir a Buenos
Aires, como otros de sus actuales compañeros de ar-
mas, sino para alejarme de la tiranía hasta hoy. En
ninguna parte es desertor el soldado que cambia de
reducto o fortaleza. En vez de atacar al tirano desde
Montevideo, lo ataqué de todas partes. Si mi presen-
cia en Chile fuera una defección, otro tanto pudiera
decirse de la suya. Por esa regla, cuando se pelea en
defensa de la libertad es desertor (todo el que no está
en el campo de batalla.
El otro es el Sr. Gutiérrez, a quien cansado usted
de hacerle elogios y tributarle su respeto por doce
años, lo ataca hoy día por haber sido consecuente en
la República Argentina con las ideas conservadoras
que sostuvo en Chile; su delito es no tener dos bande-
ras: una de conservador y otra de exaltado. Toda su
larga relación de usted con él y conimigo es posterior
al hecho, de ahora doce años, que recién presenta
usted como tilde a los que colmó de respetos y elo-
gios.
Para contestar el siguiente párrafo necesito repro-
ducirlo: " Es esta la tercera vez—dice usted—que es-
tamos en desacuerdo de opiniones, Alberdi: una vez
disentimos sobre el Congreso Americano, que en des-
pecho de sus lucidas frases, le salió una solemne pa-
tarata. Otra sobre 5o que era honesto y permitido en
un extranjero en América, y sus Bases le han servido
de respuesta. Hoy sobre el pacto y Urquiza, y como
el tiempo no se para donde lo deseamos, Urquiza y su
pacto serán refutados, lo espero, por su propia nuli-
OBRAS SELECTAS
197
dad; y al siguiente día quedaremos usted y yo tan
amigos como cuando di Congreso Americano y lo que
era honesto para un extranjero" (1).
En esas tres veces usted no ha estado en desacuer-
do conmigo, sino consigo propio. Sobre el Congreso
Americano, usted me refutó quince días, para adop-
tarme a los seis años en Argirópolis. Usted me sos-
tuvo que el extranjero tenía derecho político de in-
gerirse en las disensiones civiles del país ajeno, y des-
pués adoptó mis Bases, en que desconozco al extran-
jero ese derecho odioso, al paso que le reconozco to-
dos los derechos civiles sin excepción. Pedir que la idea
sea fácil para dar ciudadanía al extranjero no es pedir
que le dé derechos políticos antes de ser ciudadano.
Darle todos los derechos civiles no es concederle un solo
derecho político. Sobre el pacto de San Nicolás estu-
vimos de acuerdo cuando usted aprobó mis Bases, en
que ese pacto es propuesto y aceptado: propuesto so-
lamente en mi) primera edición; propuesto y aceptado
en la segunda edición, que fué la leída y aplaudida
por usted, para impugnar más tarde su sentido.
En mi Memoria de 1844 propuse una política ame-
ricana, y como medio de acordarla, un Congreso. El
Congreso era un accidente, la política era el fondo.
Una política se acuerda, o por un Congreso o por ac-
tos o Tratados parciales. Usted atacó el accidente, y
guardó el fondo para desenvolverlo en Argirópolis
como suyo. Pudo, haber paralogismo en lo accidental
de mi escrito; es decir, en lo relativo al Congreso;
pero yo hacía una tei'j universitaria para tomar un
(i ) Campaña, pág. 50.
ALBERDI
grado en Ha Facultad de leyes y ciencias políticas. El
paralogismo es la sal de la tesis. Sin embargo, Chile
pedía un Congreso Americano. El Sr. Bello, publicis-
ta eminente, lo apoyaba. Frías defendió mi Memoria,
atacada por usted, y Florencio Valera la aplaudió.
¿ Qué política pedía yo en mi Memoria para la Amé-
rica del Sur? La política económica, en vez de la po-
lítica de derechos abstractos; ¡la política que gobierna
y mejora por la libre navegación de los ríos, por la
abolición de las Aduanas interiores, por el Zolverein
al estilo germánico, por la inmigración, por los ferro-
carriles, por la paz, él comercio y la industria. Esa es
la política que proponía yo en 1844 y la misma que
he propuesto en 1852 en mis Bases.
¿ Qué Congreso pedí entonces ? No Congresos de po-
lítica y guerra, como el de Panamá, suscitado por Bo-
lívar contra Europa, sino Congresos económicos, Con-
gresos comerciales é industriales, como los suscitadas
por Cobden, en da Europa contemporánea; Congresos
para atraer la Europa y no para alejarla. Lo que pe-
día entonces a un Congreso americano pido ahora al
Congreso argentino y a todos los Congresos nacio-
nales de la América española.
No reclamaré a Argirópolis; pero vindicaré mi Me-
moria, o más bien la antigüedad de mis convicciones,
consignadas en mis Bases; y no por jactancia pueril,
sino con el fin de procurarles el respeto debido a toda
idea largamente elaborada y sostenida.
En Argirópolis hay dos cosas: ideas principales,
ideas accesorias. Las principales son la idea de co-
locar la capital de la República en una islita desier-
ta, situada a diez leguas de la costa argentina y a tres
OBRAS SELECTAS
199
de la costa extranjera; otra es la idea de reunir un
Congreso bajo Rosas, a pesar de Rosas y para des-
truir a Rosas; y otra es la de refundir en un solo país
político el Paraguay, la República Oriental y la Con-
federación Argentina. Estas ideas principales le per-
tenecen a usted, y así lo declaró, sin perjuicio de los
derechos de Rosas a la invención de la última.
Las ideas accesorias de Argirópolis no diré que
sean mías, sino que yo las escribí seis años antes de
escribirse Argirópolis en la Memoria que usted refu-
tó, y de la cual reproduciré los siguientes párrafos, no
por vía de litigio, sino de propaganda de doctrinas,
que se deben repetir en todas partes, a propósito de
todo y en toda ocasión, para que no se olviden de tal
modo que parezcan inventadas cada seis años.
TERRI TORI OS
" El terreno está de más entre nosotros, y la Amé-
rica no podrá entablar contiendas, por miramientos a
él, sin incurrir en el ridículo de esos dos locos a quie-
nes Montesquieu supone dueños solitarios del orbe y
disputando por límites.
En América el vasto territorio es causa de desorden
y atraso: él hace imposible la centralización del go-
bierno, y no hay estado ni nación donde haya más de
un solo gobierno. El terreno es nuestra peste en Amé-
rica, como lo es en Europa su carencia. Chile, el más
pequeño de los Estados de América, es más rico, más
fuerte y más bien gobernado que todos. Más chico que
él es el Estado Oriental del Uruguay, y resiste a la
grande y anarquizada República Argentina. "
200 ALBERDI
NAVEGACI ÓN I NTERI OR
"Nuestra navegación se dividirá en oceánica, que es
base del comercio exterior, y mediterránea o riberana,
que es el alma del comercio interior para ciertos Esta-
dos, y para otros de todo su comercio externo y cen-
tral "Regular la navegación es facilitar el movimiento
de nuestra riqueza, cuyo más poderoso vehículo de des-
ahogo y circulación es el agua. " Se habla mucho de
caminos en este tiempo: no olvidemos que los ríos son
caminos que andan, como dice Pascal. Para hacer tran-
sitables estos caminos caminantes es preciso ponerlos
bajo el amparo del derecho. Su propiedad aparece du-
dosa para ciertos Estados, y su uso está sujeto a difi-
cultades. Estos puntos exigen esclarecerse y determi-
narse cuanto antes; y nadie más competente que un
Congreso general para ejecutarlo. La navegación de los
ríos de Sudamérica envuelve grandes cuestiones de in-
terés material entre las Repúblicas de la América occi-
dental y las que ocupan su litoral de Oriente. "
LI BERTAD DE LOS RÍ OS
" La ciencia internacional enseña que la nación pro-
pietaria de la parte superior de un río navegable tiene
derecho a que la nación que posee la parte inferior
no le impida su navegación al mar, ni le moleste con
reglamentos y gravámenes que no sean necesarios para
su propia seguridad..." " El Congreso de Viena sentó
esta doctrina por base de los reglamentos de navega-
ción del Rhin, el Neckar, el Mein, el Másela, el Mensa
OBRAS SELECTAS 201
y el Escalda; hizo más todavía: "declaró enteramente
libre la navegación en todo el curso de estos ríos (son
las palabras del Acta de Viena), desde el punto en que
empieza cada uno de ellos a ser navegable hasta su
embocadura..." " El Vístula, el Elba, el Pó, han sido
sucesivamente sometidos, en el uso de sus aguas nave-
gables, al mismo derecho marítimo, por actos firma-
dos en 1815 y 1821. Puede, pues, sentarse que la Euro-
pa ha reconocido la libertad casi completa de sus ríos
navegables. La América del Norte consagró este mis-
mo principio a propósito de ra navegación del Missis-
sipi en la época (1792) en que poseedores los Estados
Unidos de la parte superior de este río y su orilla iz-
quierda, la España era dueña de la boca y ambas ribe-
ras inferiores." " No habría razón, pues, para que la
América del Sur no consagre esta misma doctrina en
sus leyes de navegación mediterránea. Ella debe dar
absoluto acceso al tráfico naval de sus ríos en favor
de toda bandera americana y con cortas limitaciones
de cualesquiera otra bandera, sin exclusión."
" La frecuencia de la Europa en nuestras costas ma-
rítimas ha sido benéfica para la prosperidad america-
na : ¿ por qué no lo sería también su internación por el
vehículo de nuestros ríos? Yo veo todavía en nuestros
corazones fuertes reliquias de la aversión con que
nuestros dominadores pasados nos hicieron ver el in-
greso de la Europa en el suelo de nuestro continente
monopolizado por ellos: prohibiciones odiosas estable-
cidas en oprobio nuestro y para provecho del tráfico
peninsular, que queremos mantener como leyes eternas
de nuestro derecho de gentes privado. "
202
ALBERDI
COMERCI O I NTERNACI ONAL
"Este punto conduce a otro de los serios asuntos de
que deba ocuparse el Congreso americano: el derecho
internacional mercantil. He aquí el grave interés que
debe absorber el presente y el porvenir de la América
por largo tiempo: el comercio consigo mismo y con el
mundo transatlántico. " A su protección, desarrollo y
salvaguardia, es que deben ceder las Ligas, los Congre-
sos, las uniones americanas en lo futuro. " Antes de 1825
la causa americana estaba representada por el princi-
pio de su independencia territorial; conquistado ese he-
cho, hoy se presenta por los intereses de su comercio y
prosperidad material." " La actual causa de América es
la causa de su población, de su riqueza, de su civiliza-
ción y provisión de rutas, de su marina, de su industria
y comercio."
CONGRESOS COMERCI ALES
" No es el programa de Panamá el que debe ocupar
el nuevo Congreso; no es la liga militar de nuestro con-
tinente, no es la centralización de sus armas lo que es
llamado a organizar esta vez. Los intereses de Amé-
rica han cambiado: sus enemigos políticos han des-
aparecido. No se trata de renovar puerilmente los votos
de nuestra primera época guerrera." " La época política
y militar ha pasado: la han sucedido los tiempos de las
empresas materiales, del comercio, de la industria y ri-
quezas. Se ha convenido en que es menester empezar
OBRAS SELECTAS
203
por aquí para concluir por la completa realización de
las sublimes promesas de orden político contenidas en
los programas de la revolución." El nuevo Congreso,
pues, no será político "sino accesoriamente. Su carác-
ter distintivo será el de un Congreso comercial y marí-
timo, como el celebrado modernamente en Viena, Stut-
tgard", con ocasión de la centralización aduanera de la
Alemania" (Zolverein).
ENEMI GOS I NTERNOS DE AMÉRI CA
"Los actuales enemigos de la América están abriga-
dos dentro de ella misma; "son sus desiertos sin rutas, •
sus ríos esclavizados y no explorados; sus costas des-
pobladas por el veneno de las restricciones mezquinas,
la anarquía de las aduanas" y tarifas; la ausencia del
crédito; es decir, de la riqueza artificial y especulativa,
como medio de producir la riqueza positiva y real. He
aquí los grandes enemigos de la América, contra los
que el nuevo Congreso tiene que concertar medidas de
combate y persecución a muerte. . . "
" La unión continental de comercio debe, pues, com-
prender la uniformidad aduanera, "organizándose poco
más o menos sobre el pie de la que lia dado principio,
después de 1830, en Alemania y tiende a volverse euro-
pea". Ella debe comprender la abolición de las aduanas
interiores, ya sean provinciales, ya nacionales, dejando
solamente en pie la aduana marítima o interior."
"Hacer de estatuto americano y permanente la uni-
formidad de monedas, de pesos y medidas que hemos
heredado de la España. La Alemania está ufana de
ALBERDI
haber conseguido estos intereses, cuya anarquía hacía
imposible el progreso de su comercio.'"
CAMI NOS, POSTAS
" La construcción de un vasto sistema de caminos
internacionales a expensas recíprocas, que, trazados
sobre datos modernos, concillen la economía, la pron-
titud y todas las nuevas exigencias del moderno régi-
men de comunicación y roce interior; la posta exterior
o de Estado a Estado, consecuencia precisa del esta-
blecimiento de nuevos vínculos e intereses generales,
sometida a un impuesto único y continental; he aquí
•dos objetos más dignos de particular atención por par-
te del Congreso."
POLÍ TI CA CON LA EUROPA
" En cuanto a la política con la Europa, ella debe
ser franca, porque no está en el caso de temer; "más
propia para atraerla que para contenerla"; paciente y
•blanda, más que provocativa; modesta como su edad;
parlamentaria más bien que guerrera; "la civilización
y no la gloria militar es su gran necesidad, y en ello
ganará con el roce inalterable de la Europa"; no debe
abusar de su derecho de excomunicación, de su poder
de resistencia negativa hacia el europeo, que el mismo
«europeo generosamente le ha dado a conocer, pues en
tales excomuniones ella no pierde menos que el ex-
clui do. "
OBRAS SELECTAS
205
NEUT RAL I DAD DEL COMERCI O
"Volviendo a los objetos de mero interés america-
no de que el Congreso deba ocuparse, no bastará pre-
vc -ir la guerra, desterrarla en lo posible; "será nece-
sario sujetarla a un derecho y a formas nuevas en los
casos en que fuere inevitable". Si es necesario que por
largo tiempo sea ella un rasgo característico de la vida
americana, "démosle a lo menos una forma que la
haga menos capaz de destruir el progreso del comercio
y la riqueza de los nuevos Estados; hagamos hasta
cierto punto conciliable su presencia con la de la pros-
peridad mercantil e industrial, dando a estos intereses
cierta neutralidad que los sustraiga a los malos efec-
tos de la guerra. "
"Uno de los medios de llegar a este fin en la gue-
rra será la supresión del corso, declarado piratería con
tanta razón por los poderes marítimos más respeta-
bles. El comercio es el grande aliciente que estos paí-
ses ofrecen al extranjero y su más grande instrumento
de población; hagamos, pues, de modo que él subsista
"inviolable", como un medio reparador de las devas-
taciones operadas por la guerra. "
POBLACI ÓN, COLONI ZACI ÓN
"Los pueblos de América habitamos un desierto in-
conmensurable. Es necesario escapar a la soledad,
poblar nuestro mundo solitario. La colonización es un
gran medio de llegar a este resultado; pero un medio
206 ALBERDI
que despierta recuerdos dolorosos. Sin embargo, como
quiera que haya sido el carácter del empleado por la
Europa en los pasados siglos, a él le debemos nuestra
existencia, y a él es posible que deban su ser en lo fu-
turo millares de pueblos americanos. No le excluya-
mos, pues, de nuestros medios de civilización y p o-
greso. Si no le podemos emplear nosotros, dejémosle
usar por los que puedan hacerlo. Propongamos modi-
ficaciones en su ejecución; esto entra en nuestro de-
recho; pero no la pongamos trabas absolutas, porque
esto sale de nuestro poder."
"Tengamos prudencia y tratemos de promover lo
que tal vez puede obrarse a nuestro despecho. El mun-
do social necesita espacio; nosotros lo tenemos de so-
bra: ¿podremos rehusárselo impunemente?"
POLÍ TI CA EXTERI OR, I NMI GRACI ÓN, CAMI NOS DE HI ERRO
Otros pueblos podrán tener en su seno los gérme-
nes de su prosperidad; los de América, desgraciada-
mente, los poseen fuera, y de fuera deben entrar los
manantiales de su vida. La metrópoli no plantó en
ellos semillas de progreso, sino de estabilidad y obe-
diencia. La vida exterior nos debe absorber en lo fu-
turo. En ella somos inexpertos, porque hemos sido
educados en la domesticidad colonial y para la vida
privada y de familia. Dejemos que nuestros pueblos
empiecen su grande aprendizaje. La necesidad de esta
nueva tendencia se revela por el movimiento normal
de las cosas. La América, de íntima y mediterránea
OBRAS SELECTAS
207
que antes era, ahora se hace externa y litoral. Había
sido hecha para vivir en reclusión, y se la hizo habi-
tar lo más central de nuestro suelo; desde su entrada
en el mundo, ha salido a las puertas para recibirle.
" Los pueblos mediterráneos si quieren prosperidad en
adelante, que aguarden a los tiempos de los caminos
de hierro; por ahora, bienaventurados los que habi-
tan las orillas de los mares, porque sólo ellos pueden
ver la cara del mundo y recibir con su contacto el es-
píritu de su vida moderna.'' Veamos lo que pasa en
Chile, lo que pasa en el Plata: Santiago apenas se
acrecienta, en tanto que Valparaíso se duplica; Potosí,
Córdoba se despueblan, en tanto que Montevideo se
hace capital de Estado y Buenos Aires recibe de las
aguas del Plata barcadas de hombres, que cubren en
el acto los claros que hace el cañón de la guerra civil.
A la vista exterior y general, sí; que el feudalismo,
que el espíritu de aldea nos ahoga por todas partes. "
Estas ideas que dejo trascritas no son tomadas de
Argirópolis, ni de Sudamérica, ni de la Crónica, sino
de la Memoria sobre el Congreso americano, que es-
cribí ocho años antes de esas publicaciones de usted,
y que usted atacó con tanto encarnizamiento como si
fueran ideas inquisitoriales, y que no eran, como se
ve, sino las ideas que usted ha adoptado más tarde y
que son el fondo de mis Bases.
La navegación de los ríos de Sudamérica, pensa-
miento que ha ocupado de largo tiempo a ios Gobier-
nos de América y de Europa, a publicistas y viajeros
de ambos mundos; que ha sido objeto de discusiones
y exploraciones científicas y de guerras civiles en nues-
tro mismo país, ha sido disputado por usted al gene-
208 ALBERDI
ral Urquiza como idea original suya, dando el primer
ejemplo de un escritor que acusa a un Gobierno de
que realice lo bueno que él'propone.
Habrá mucho de usted en mis Bases. Tomando lo
que había en el buen sentido general de esta época,
habré tomado ideas a todos, y de ello me lisonjeo, por-
que no he procurado separarme de todo el mundo,
sino expresar y ser eco de todos. Pero creo no haber
copiado a nadie tanto como a mi mismo. Las fuentes
y orígenes de mi libro de las Bases son: Preliminar al
estudio del Derecho, de 1837; mi palabra simbólica, en
el Credo de la Asociación, Mayo de 1838; El Nacio-
nal, de Montevideo, de 1838; Crónica de la Revolu-
ción de Mayo, de 1838; El Porvenir, de 1839; Memo-
ria sobre un Congreso americano, 1844; Acción de la
Europa en América, de 1845; Treinta y siete años
después, de 1847. He ahí los escritos de mi pluma,
donde hallará usted los capítulos originales que he
copiado a la letra en el libro improvisado de mis Ba-
ses. A eso aludí cuando llamé a ese libro ''redacción
breve de pensamientos antiguos". Recuerdo esto, no
en mi defensa, sino en defensa de las ideas que me
dominan y poseen hace quince años; ideas que nada
ganan en los ataques que en mi persona hace usted a
uno de sus primeros sostenedores.
He visto venir al general Urquiza a estas ideas, y
por eso he abrazado su autoridad. La fusión política,
adoptada por él como base de su Gobierno y de la
Constitución, es principio que pertenece al Credo de
la Asociación, Mayo de 1838; y sería irracional de mi
parte atacar un Gobierno que adoptaba mis princi-
pios. Es el general Urquiza el que ha venido a núes-
O B R A S S E L E C T A S
209
tras creencias, no nosotros a las suyas, y lo digo así
en honor de ambos. Digo nosotros porque los tres re-
dactores de esa creencia se hallan en el campo que
usted combate, Echeverría no vi ve; pero su espíritu
está con nosotros, no con usted, y tengo de ello prue-
bas postumas.
O O O O
OBRAS SELECTAS. —Tomo V.
14
V
COMPLICIDAD DE LA PRENSA
EN LAS
G U E R R A S C I V I L E S
DE LA
REPÚBLICA ARGENTINA
ADVERT ENCI A
Se han empleado tres medios para replicar a mis
Cartas sobre la Prensa y la política militante en la Re-
pública Argentina.
El primero consiste en prescindir del raciocinio y
del examen del asunto general.
El segundo en aseveraciones calumniosas.
El tercero en insultos personales.
A estos medios contesto:
Prosiguiendo mi estudio de la Prensa de desorden.
Rectificando las calumnias con respeto.
Obligando al detractor a que me haga enmienda ho-
norable con sus palabras de otro tiempo.
De aquí las tres partes en que se distribuye la mate-
ria de este escrito, provocado por el uso de medios
nunca vistos, contra el propósito que había formado
de abandonar mis Cartas a la crítica, no al atropella-
miento vandálico.
I
Terroristas de la prensa.—Si los que atropellan
la ley estando abajo, pueden respetarla
estando arriba.
Prosigo con la serenidad que al principio, sin sacar
un pie de la ley, mis estudios de la Prensa, que hace
imposible a la libertad, imposibilitando el Gobierno, y
que levanta los tiranos sirviendo al desorden de que
son hijos
Si sus golpes, de que soy objeto gratuito hace seis
meses, no me han impedido ser respetuoso en las an-
teriores cartas, menos me lo impedirán los ataques re-
cientes, que he motivado por la emisión de la verdad
austera.
Con la calma con que el naturalista examina la es-
coria que el volcán arroja a sus pies, yo estudiaré, en
el interés del progreso y de la libertad, el fango echado
sobre mis vestidos por el carro de la Prensa bárbara.
Procuraré caracterizar y entregar personificados a
la reprobación de los buenos la Prensa de desquicio,
el fraude en la polémica, el delito en el debate, el
chisme infidente que disuelve la sociedad; esa Pren-
2 l 6 AL BERDI
sa, en fin, en que los tiranos sedentarios e impotentes
enseñan por el ejemplo de sus violencias a los caudi-
llos a desnudar su espada y a hollar las leyes protec-
toras de la libertad.
Mi objeto no es personal; no haré de la cuestión de
todos una cuestión de mi persona. Cuando la defensa
alguna vez me alcance, será en servicio de la bandera,
que no debe aparecer apoyada por soldados indignos
de su causa.
Sirvo en este debate al principio de orden, al inte-
rés de la paz de la República Argentina. El éxito de
la mentira es de un momento; él pasará, y yo seré
vengado sin ejercer venganza.
Ataco una escuela, un sistema, una manera de en-
tender y de ejercer la Prensa política. Si un escritor
se constituye el modelo y personificación de ella, me-
jor para mí, mejor para la idea que sirvo; peor para
él, porque todo estudio aplicado y experimental, todo
pensamiento realizado en un hecho material adquiere
cuerpo, entra por los ojos y dispensa del examen.
La Prensa bárbara ha puesto su cuerpo en la mesa
del anfiteatro; hagámosle su autopsia. La libertad sa-
cará doctrina útil a su causa.
¡Espectáculo serio y triste para la República Ar -
gentina el que esa Prensa acaba de presentarnos a la
vista del extranjero. Todo un sistema, todo un pro-
grama, todo un orden de ideas se ha revelado, vivo y
palpitante, en la actitud que la hemos visto tomar de-
lante de la crítica ajustada a la ley.
No hay dos justicias, dos legalidades, dos probida-
des en la práctica del derecho público: una de gober-
nante, otra de gobernado, no.
OBRAS SELECTAS
2I 7
No pueden ser amigos de la ¡libertad los que ejercen
el libertinaje de la Prensa.
No pueden ejercer fielmente el Poder quienes ejer-
cen infielmente la libertad.
Los que atropellan la ley estando abajo no pueden
respetarla estando arriba.
No podrán respetar la persona, el hogar, la vida pri-
vada, como ministros de Estado, los que atropellan
criminalmente por la pluma siendo particulares.
No pueden realzar el Poder quienes prostituyen la-
Prensa a la detracción culpable.
¿Podría respetar la vida como gobernante el que
descuartiza el honor como aspirante al Gobierno?
¿Podrían servir a la causa y a los intereses del co-
mercio y de la industria los que fomentan revolucio-
nes, campañas, guerras de desolación y de empobre-
cimiento ?
¿Podrá sufrir la oposición como ministro el que no
puede soportarla como ciudadano?
El que insulta la justicia ajena estando desarmado,
¿la respetaría teniendo bayonetas?
Los que imponen su opinión, su nombre, su perso-
na con vara de hierro, ¿respetarían como ministros las
opiniones ajenas?
El que no teme la opinión cuando aspira, ¿la teme-
ría estando en el Poder?
¿Podrán dar respetabilidad a la autoridad los que
ponen la libertad en ridículo?
¿Podrán ser Franklin en el Gobierno los que son
Quiroga en la Prensa?
La libertad dé la Prensa tiene dos enemigos capi-
tales: el tirano y el detractor, o más bien uno solo,
21 8
AtílSEHXJl
porque el detractor no es más que el tirano desar-
mado.
¿Qué es el detractor? El que rompe la ley con su
pluma, infligiendo por sí la infamia que sólo el juez
puede imponer en nombre de la ley. El tirano no hace
otra cosa con la espada. El detractor, como el tirano,
degüella créditos, sin juicio ni proceso; es un vándalo
de tinta y papel.
A cada modelo de Prensa va unido un modelo de
Gobierno: la violencia es una; se llama detracción en
la Prensa, tiranía en el Gobierno. Quiroga en la Pren-
sa sería detractor; en el Gobierno, el detractor sería
Quiroga.
Vanidad pobre es confundir la Prensa con la liber-
tad. Ella es campo de caudillaje y de tiranía, lo mis-
mo que el Gobierno. La tiranía de pluma es el prefa-
cio de la tiranía de espada.
El atentado en la palabra es precursor del atentado
en la acción; el libelista es precursor del insurrecto,
heraldo del desorden y centinela avanzado del despo-
tismo. Es el mismo ente con distintas armas, según
los tiempos.
En la República, todos los tiranos trepan al Poder
por la estatua de la libertad: es la escalera de orden.
Lo mismo los tiranos de pluma que los tiranos de es-
pada. Si queréis conocer la fe de este último presen-
tadle de frente la libertad: la hará pedazos.
En la primera época de la revolución de América
las armas eran la única fuente de los caudillos: hoy
son las armas y la Prensa. La España fué arrojada
por la espada, no por la pluma. La pluma es arma
que vino con la discusión de forma de Gobierno, y
OBRAS SELEgTAS
219
entonces tuvimos dos clases de caudillos y dos instru-
mentos de elevación. Y así como la espada hizo creer
a más de un soldado que el Gobierno era su propie-
dad, más de un escritor servidor de la buena causa ha
caído por el mismo hecho en igual equivocación.
Fatuidades infinitas se abrigan en Ja Prensa bár-
bara.
El fraile de la Edad Media decía: la religión soy yo.
Y la menor objeción a su conducta os valía el título de
impío.
El tirano Luis XI V decía: el Estado soy yo. Y la
desafección de su persona os valía el dictado de trai-
dor a la patria.
El demagogo dice hoy: la libertad soy yo. Y no po-
déis leer con vuestro criterio una de sus obras sin que
os apellide esclavo del tirano.
Poned el Gobierno en manos de esa fatuidad y su-
cederá lo siguiente: ejerciendo la oposición liberal,
atacaréis un decreto de su mano. En posesión de la
pluma de ministro no replicará con artículos de ga-
ceta, replicará con la cárcel; ¿y qué menos merecerá
el malvado que tenga la perfidia de encontrar malas
las obras del ministro? El hombre-justicia, el hombre-
liberal, verá naturalmente en cada ataque hecho a su
persona pública un atentado inferido a la libertad per-
sonificada, y el castigo será naturalmente su resultado.
Una cosa ¡hay imposible en la tierra, y es que el es-
critor que mancha sus manos en lodo (nombre huma-
no dado al crimen en la Prensa bárbara) pueda dejar
de ser un ministro carcelero. Enlodar es injuriar; in-
juriar es delinquir. El que delinque como uno estando
desarmado, delinquirá como mil teniendo bayonetas.
220 ALBERDI
La Prensa bruta abriga otra ilusión, y es la de creer
que no 'hay delito donde hay fango, ni fango ni delito
donde no hay proceso ni sentencia. A esa ley el ma-
tador impune sería hombre honrado. No es la senten-
cia la que infama, sino el crimen; y el crimen es "an-
terior y puede existir sin el proceso. Los jueces no
hacen la justicia: la declaran; cuando ellos no la de-
claran porque nadie lo pide, la conciencia pública la
aplica a su modo, que no es el menos temible.
Esa Prensa cree que ama la libertad porque com-
batió la tiranía, y en ese sentido puede alguna vez es-
tar de buena fe, sin que en realidad sus héroes dejen
de ser tan tiranos como sus émulos de espada. La rivali-
dad, la competencia de intereses toma el aire de opo-
sición de principios.
Esa Prensa cree que ama el progreso porque pide
caminos, navegación, población y progresos materia-
les cuando no está en el Poder; y en ello no hace más
que hablar a la opinión que quiere propiciarse él len-
guaje que halaga a esta época de vocación económica;
como el niño maligno que habla a la abuela de plan-
tas, de rapé y de novenas cuando quiere sacarle al-
gún favor.
Esa Prensa cree que en el insulto hay otro infame
que el delincuente. Ella olvida que en la injuria escri-
ta, como en la injuria de hecho, la ignominia es del
delincuente, no del ofendido. Una puñalada es un in-
sulto de hecho, en lugar de ser un insulto de palabra;
¿a quién mancha la sangre derramada, al herido o al
delincuente? ¿Hacia cuál va la simpatía pública y tras
de cuál va el juez del crimen?
Esa Prensa cree que un adjetivo es un argumento
OBRAS SELECTAS 221
y que un ultraje es una razón; que la fuerza del es-
critor está en el poder del dicterio, y que cuanto más
grita más persuade; no sabe que los insultos del reo
no ahogan la voz de la justicia.
Esa Prensa cree que hoy puede escandalizar la so-
ciedad y mañana convertirse en cátedra de moral po-
lítica; que hoy puede firmar saínetes y mañana leyes
para la República; que hoy puede dar un curso de in-
surrección y mañana un curso de disciplina; que se
puede escribir el lenguaje de la recoba y pertenecer a
Corporaciones literarias, y que se puede reunir a la vez
el desenfado del cómico y el decoro del ministro.
Esa Prensa cree poder merecer la opinión de pro-
bidad, ejerciendo al mismo tiempo la calumnia y la in-
juria, como si estos dos actos perteneciesen a las be-
llas artes y no all Código penal.
Esa Prensa cree que hay talento en emplear el lodo,
porque de cualquier modo algo desdora el lodo; y ol-
vida que un cerdo puede voltear de un encontrón a
una dama en el barro, y desprestigiarle en cierto modo,
sin que el chanoho tenga el talento que se arroga esa
Prensa.
Esa Prensa cree que toda brutalidad es del panfleto
de Fon f red y Cobbet, y no repara que sólo en Londres
y París pueda haber brutos de esa díase, siendo sos-
pechosísimo de tener más afinidad con la pampa que
con ia Europa el panfleto aldeano de Suramérica.
Esa Prensa cree que toda victoria y toda arma es
lícita, y no sabe que hay triunfos mal habidos, como
hay reputaciones usurpadas. Triunfar por la calumnia
es triunfar para un día. Restituir la victoria es peor
que una derrota.
222 ALBERDI
Por ñn, cree esa Prensa fatua que puede pasar por
culta y elegante vistiendo bota de potro y oliendo a
charquican, y que puede hacer la guerra al gaucho in-
culto, siendo ella un dechado de gauchaje, como si pu-
diese haber Prensa inculta del partido culto!
O C X D C
II
Del delito en la polémica.
—Yo pensaba dar razones im-
probar.
—No, señor; no pruebe usted
nada... Diga usted: ¿Qué señas
tiene el adversario de usted? ¿Es.
alto?
—Pero... ¿qué tiene que ver eso
con la cuestión de tabacos?
—¿No ha de tener? Empiece
usted diciendo que su artículo es
bueno porque él es alto.
—¡ Hombre!
—¿Qué más tiene el adversa-
rio ? ¿ Tiene alguna berruga en
las narices, tiene moza, debe a
alguien, ha estado en la cárcel,
gasta peluca, ha tenido opinión
mala?
—Algo, algo hay de eso.
•—Pues bien; a él: la opinión,
la berruga: duro en sus defectos.
Fígaro.
Si deseara su mal agradecería sus respuestas, por-
que completan mi trabajo, sirviéndole de piezas justi-
ficativas; pero él ha hecho en su contra lo que yo no
intenté ni deseo.
224 ALBERDI
Extranjero casi a mi país, de donde salí harto tem-
prano; desconocido allí por no haber tenido el trabajo
de otro, de hablarle de mí mismo por diez años, ne-
cesito rectificar algunos hechos que él asevera como
ciertos sabiendo que no lo son. Si él creyera en ellos
no habría querido humillar su país proponiéndome tres
veces como primer diputado para el Congreso consti-
tuyente. Lo haré sin acrimonia: sus gritos de cólera
pueril me dan lástima, no enfado. Son gritos de do-
lor; ni su risa me ofende, porque es la risa dolorosa
del amputado, que ríe bajo la acción del cloroformo.
Tampoco lo rectificaré en el interés de mi egoísmo, sino
en honor de la bandera que me tiene por soldado. Yo
no aspiro, y su plan de defenderse con recriminacio-
nes es trabajo perdido.
¡Recriminación! ¿Quién ha recriminado al señor
Sarmiento? ¿Qué he hecho yo contra él? He criticado
sus escritos de sedición y de desorden en el interés de
l a paz argentina.
Podía hacerlo. Las leyes y los usos de la Prensa me
lo permitían. " No es injurioso—dice la ley de Chile,
que es un dechado de libertad—, no es injurioso el im-
preso en que se critica, examina o analiza una obra de
literatura, ciencia o artes, o en que se expresa juicio
u opinión sobre las calidades, méritos o defectos del
autor con relación a su obra, aunque tal crítica, exa-
men, análisis u opinión sea infundada y desfavorable
u ofensiva al autor en su carácter de t al " (i ).
El mismo había puesto en manos del público los
renglones de su Campaña con estas palabras: "Léalos
(i) Ley vigente de Imprenta, art. n.
OBRAS SELECTAS 225
el que quiera, critíquelos el que guste" (1). A mí par-
ticularmente me había él comprometido a hablar de
su Campaña, dedicándomela en desmentido de mis opi-
niones. Hablé provocado, y hablé mal de esa campaña
de desorden y de rebelión; y en apoyo de mis ideas
de orden traje sus antiguos escritos de él, que son el
proceso de sus escritos actuales. En todo ello no sa-
qué un pie de la ley y del buen tono de la Prensa;
apelo a sus amigos.
Lo ataqué sólo en su carácter de escritor; es decir,
en su carácter público; lo ataqué en sus obras, en lo
que es del dominio de todos. Lo ataqué en obras que
nunca aprobé; es decir, en sus escritos recientes, res-
petándolo en su pasado de lucha contra la tiranía. Para
ello puse a un lado su intención y su persona (que
nunca es permitido tocar, no por homenaje individual,
sino por respeto a la fe de la Prensa). La Prensa no
es escalera para asaltar la familia y su secreto; no es
llave falsa para violar la casa protegida por el dere-
cho público; no es el confesonario católico que des-
ciende a la conciencia privada. El que así la emplea
prostituye su ejercicio y la degrada más que los ti-
ranos.
Yo ejercí la libertad de la Prensa, porque la liber-
tad es la crítica y el examen sin traba. Y él, que se
dice apóstol de esa libertad, ¿qué hizo conmigo? Peor
que Rosas, peor que el doctor Francia, peor que Tor-
quemada hubiesen hecho. Gracias a las leyes de Chile
y a que no es él ministro, yo no estoy en la cárcel de
los malvados, por haber encontrado contradictorios y
(1) Campaña, pág. 51.
OBRAS SELECTAS.—Tomo V . 16
226 AL BERDI
anarquistas los escritos del liberal Sarmiento. Jamás
hubo un tirano tan atrasado que pusiera en mayor ri-
dículo la libertad de escribir; ¡y es él el que aspira a
plantificar las libertades en la República Argentina!
Sería curioso verle definir la libertad de la Prensa.
Estando a sus últimos escritos, nos diría que es el de-
recho de embaucar a los tontos que creen en prefacios
de este género: "Léalos el que quiera, critíquelos el
que guste". Faltaba añadir por su cuenta y riesgo.
Ha puesto a un lado mis escritos y la cuestión pú-
blica, y se ha apoderado de mi persona, de mi vida
privada, hasta de mis facciones. No hay flaqueza, no
hay violencia con que no haya manchado su pluma,
esa pluma con que aspira a firmar leyes de cultura y
de libertad para su país.
"¿Usted me reconoce buena fe?—me ha dicho—,
pues yo se la niego a usted; ¿ usted ha 'tenido la debi-
lidad de eludir la ley penal por el decoro?, pues yo
tendré la gentileza de degradar mi rango de escritor y
de insultar la ley y la sociedad, poniendo escritos in-
mundos contra usted." Y como lo ha dicho, lo ha
hecho.
¿Qué título de excepción, qué inmunidad protegía
los escritos de Sarmiento ? ¿ En Chile es lícito atacar al
Presidente y no es permitido hallar malos los escritos
de un autor?
En Francia, Lerminier escribió sus Cartas, dirigi-
das a un berlinés, en que hizo pedazos a Thiers, a Gui-
zot, a Cousin, como escritores. ¿ Salieron a la calle es-
tos autores, como enajenados, a dar escándalo con in-
sultos y obscenidades de un ebrio ? No, ciertamente; y
OBRAS SELECTAS
227
la crítica, soportada con dignidad, no les impidió ser
lo que son.
Sarmiento se ha arruinado como, escritor digno. Se
le presentó un caso nuevo en la Prensa argentina de
luchar, no ya en el tono y con los hombres de Rosas;
y en vez de lidiar con la gallardía de un soldado de
libertad—es decir, rindiendo honor al contendor, como
los hidalgos de la República—, se muestra el castella-
no viejo de la Prensa y santifica el Desmascado y el
Lobera con exageración; ¡y lo que no se vio en esos
libelos, suscribiendo los suyos con su nombre acadé-
mico !
¿Lo había yo provocado? Aunque así hubiese sido,
¿la provocación autoriza jamás el insulto culpable?
Pero en cuanto a provocaciones, Sarmiento tiene su
secreto de aparecer provocado, y a fe que es eficaz.
Toma entre ojos un hombre que no piensa como él.
"Ese hombre tiene misión de atacarme—dice". In-
sulta desde luego al pretendido emisario, y ante la re-
presalia natural de éste: —¿ Lo ven ustedes?—repli-
c a —; ¿no dije yo que ese hombre tenia encargo de
.criticarme? He ahí la historia de su división conmigo.
Provocada por él, es un simple arbitrio de su amor
propio.
Para defender su persona, respetada por mí, ha re-
criminado mi vi da; ¡como si mis faltas pudiesen! ser
su excusa! Por única defensa de sus escritos, atacados
por mí sin un insulto, ha fingido estipendiada mi plu-
ma, como si el sueldo de fiscal pudiera desmentir la
verdad del error acusado.
Defendiéndose por la impostura ha servido mi cau-
;sa y empeorado la suya.
228
AL BERDI
Inventar hechos para defenderse es confesar que se
carece de defensa; es algo peor: es agravar la acusa-
ción, añadiendo a la inconsecuencia política la mentira.
Verle a usted faltar a la verdad para atacarme es-
una victoria para mí, porque el terreno del delito es-
peor que el de la derrota.
No se puede atacar a los hombres de bien desde otro
terreno.
No lo acusaré ante el juri porque no necesito de su
castigo material. El de opinión ya lo tiene por el pú-
blico, que es el juri de los juris. No iré al Jurado a
pedir que declare mi derecho: lo siento, lo toco. Sería
pedirle que declarase que poseo dos brazos y dos pies.
Demandar honor ante el juri sería admitir que ha.
podido usted quitármelo; el error del que ultraja es
creer que haya otra afrenta que la de su delito. Pue-
do estar enfatuado-; pero creo que la injuria de su ra-
bia cae sobre mi vida como la lluvia en el mármol,
para blanquearla. Gracias le di-era si el mal deseo pu-
diera merecerlo alguna vez.
La vergüenza para un escritor procaz no está en i r
a la prisión, sino en merecerla. La incuria del fiscal
o el orgullo que se siente superior a la injuria impo-
tente no limpia de su afrenta al detractor.
O C X D C
III
RECTIFICACIONES
Empleos diplomáticos, sueldos, contratos
oficiales para difamar a Sarmiento.
Sarmiento cree humildemente que la política argen-
tina en Chile no tiene más objeto serio que perseguir
sus escritos, y que a esta mira ceden todos los esfuer-
zos de los argentinos partidarios de la política consti-
tucional, residentes a este lado de los Andes..
He aquí el modo como establece los hechos. Copiaré
sus palabras para rectificarlas con más precisión.
" ¿De qué se trata en sus cartas quillotanas?—me
dice a mí . —De demoler mi reputación. ¿Quién lo in-
tenta? Alberdi. "
"¿Qué cosa lo estimula? Ser empleado para ello."
"¿Cómo le vino ese empleo? Negociándolo por me-
dio de Gutiérrez, a trueque de escribir en Chile. "
La mitad de sus cartas está reducida a desenvolver
ese plan de acriminación.
¿Cómo lo establece? He aquí sus palabras. Las co-
AL BERDI
pió para entregarlo a la justicia del público argentina
con las amias de su culpa.
"Cuando en Agosto de 1852 empezó a escribir pe-
riódicos en Valparaíso se iba a negociar su empleo de
embajador en Buenos Ai res; sesenta días después de-
principiar la obrita le llegó el nombramiento.
A propósito del empleo que recibió para escribir las
cartas de Quillota le prevendré que. . . " "Cuando se
supo la revocación de Mármol, a cuantos preguntaban
quién le sustituirá dije sin titubear: Alberdi. Cuando
de Copiapó me preguntaron qué significaban las mani-
obras de Valparaíso (en Agosto), contesté: es Alberdi
que se rebulle para reemplazar a Mármol. "
"¿Qué hace el serio, el circunspecto Alberdi? Mo-
vido por una cuerda que nadie ve, el 11 de Agosto,
dos días después de llegada la noticia, publica eni el
Diario su artículo primero, y el 13, el segundo; es de-
cir/que apenas llegado el correo hizo el manuscrito, el
10 se imprimió y apareció el 11. Tres días después-
se reunió un Club (espontáneamente, por supuesto) de
los que suscribieron un acta insidiosa, puesto que sólo
exigía adherir a toda tendencia que contribuyese a la
organización nacional, y sólo en una circular a los
agentes se declaraba que aceptaban el golpe de Estado
de Buenos Aires. El correo partió el 15, llevando los
artículos del Diarip y el acta del Club; y el 8 de Oc-
tubre, cincuenta y cuatro días después, le llegó al doc-
tor Alberdi el nombramiento de enviado plenipoten-
ciario. Es decir, a vuelta descorreo.
"Las fechas condenan sin apelación. El 11 de Agos-
to, la causa; el 8 de Octubre, el efecto. Nada antes,
ni una palabra, ni un indicio. ¿Qué sucedió, pues, el
OBRAS SELECTAS 23I
9 de Agosto? ¿Qué envió Alberdi en respuesta a una
proposición? Envió una iguala, un contrato, un cam-
balache. Yo doy dos diarios chilenos en apoyo de Ur-
quiza, y un Club agente en cambio de una Embajada.
Mandó las muestras de la mercadería en los dos ar-
tículos del Diario y el acta del Club, y le mandaron
los títulos."
Ahí está Sarmiento; esas palabras son de él; ser"
un hecho que no calificaré, para que el público lo haga
por sí ; responderé con otro hecho.
Este otro hecho es el decreto que sigue, cuyos tér-
minos ponen a Sarmiento en la actitud que merece:
"Departamento de Relaciones Exteriores.
Buenos Aires, Agosto, 14 de 1852.
En el deber en que se halla el Gobierno argentino
de cultivar las mejores relaciones de amistad con las
Repúblicas vecinas, y animado de un vehemente deseo
por estrechar los vínculos de fraternidad que la ligan
con el Gobierno de la República de Chile, ha acordado
y decreta:
Artículo i.° Queda nombrado Encargado de Nego-
cios de la Confederación Argentina cerca del Gobier-
no de Is República de Chile D. Juan Bautista Alberdi,
con la asignación señalada a los de su clase en Amé-
rica en la ley de 9 de Abril de 1826.
Art. 2.
0
Publíquese, comuniqúese a quienes corres-
ponda y dése al Registro oficial.
Ur q u i z a ,
Luis José de la Peña."
23?
AL BERDI
El lector puede ahora tomar de la oreja al menti-
roso y subirle al banco de la risa, en que ha querido
ponerse él.
El 16 de Agosto, no el n , se instaló el Club: el acta
de su instalación está desparramada en los dos paí-
ses. El I I y 13 aparecieron los artículos del Diario;
sea en buena hora.
Leed la fecha del decreto que dejo copiado. El 14
de Agosto fui nombrado Encargado de Negocios en
Buenos Ai res; es decir, dos días antes de la instala-
ción del Club. Aunque hubiese telégrafo eléctrico en-
tre el Plata y Chile, el acta del Club de 16 de Agosto
no habría podido producir el nombramiento del 14.
Ese decreto está firmado en Buenos Ai res; cuando
llegó a esa ciudad el correo que salió de Chile el 15
de Agosto, ya no estaban allí ni el general Urquiza ni
su ministro Peña, que habían salido el 9 de Septiem-
bre para San Nicolás, a la instalación del Congreso.
Por este motivo y por el que sigue no se puede per-
mitir a su malicia que suponga una alteración de
fechas.
El decreto concluye diciendo: "Publíquese, comu-
niqúese a quienes corresponda y dése al Registro
oficial".
Se publicó, en efecto, en todos los diarios de Bue-
nos Ai res; se reprodujo en el de Mendoza, y por fin
en todos los diarios de Chile. Sarmiento puede hacer
después que ha escrito la verificación que debió ha-
cer antes de escribir.
El decreto me nombra Encargado de Negocios, no
Ministro Plenipotenciario. Eso lo sabe nuestro hom-
bre de la Campaña, porque lo ha visto; pero cambia
OBRAS SELECTAS
233
los títulos intencionalmente; ¿por qué? Porque el En-
cargado de Negocios tiene 3.500 pesos de sueldo anual
y el Plenipotenciario 7.000.
Como Sarmiento reduce a pesos fuertes el interés
que me atribuye en la adquisición) de ese empleo, ese
cambio de títulos conviene a su plan, pues todos sa-
ben que no hay abogado humilde que no gane en Val-
paraíso más de 3.500 pesos al año.
El decreto de 14 de Agosto me nombra Encargado
de Negocios, "con la asignación señalada a los de su
clase en América en la ley de 9 de Abril de 1826".
Esta ley de 1826 asigna a "los Encargados de Ne-
gocios 4.500 pesos en Europa y 3.500 en América".
(Artículo 1.°, inciso 3.
0
)
"Las asignaciones que expresan los artículos ante-
riores (dice el art. 7.° de esta ley) serán abonadas
desde ei día de la aceptación ded nombramiento."
Ahora bien: es público y notorio que yo no he acep-
tado hasta hoy el nombramiento ofrecido por el Go-
bierno argentino. Digo público, porque si lo hubiese
aceptado sería para ejercerlo, no simplemente para re-
cibir sueldo. Si no he aceptado ese empleo no puedo,
por la ley, recibir sueldo. El Gobierno que me lo abo-
nase contra* la ley cometería un robo, y yo sería cóm-
plice de él. Además, en cualquier tiempo, al Gobierno
argentino que me nombró, a mí, nos preguntarían qué
fué del encargo en que el país gastó tanto dinero.
Para ejercer el empleo tendría que presentar mis cre-
denciales al Gobierno de Chile y obtener su reconoci-
miento. ¿ Lo he hecho ? El Gobierno puede decirlo. No
hay Embajadas invisibles.
¿Por qué no he presentado mi credencial? ¿Por te-
2
3 4
AL BERDI
mor de su rechazo ? Sarmiento parece insinuarlo así, y
debo rectificarlo en obsequio de la armonía de los dos
países. Tengo certeza de que si me acercase al Go-
bierno de Chile, tanto la credencial del Director argen-
tino como mi persona, seríamos acogidos honrosamen-
te. ¿El Gobierno de Chile rehusaría un agente de un
Poder cerca del cual residen los agentes de Inglate-
rra, Estados Unidos y Francia? El Sr. Beeche, te-
niendo las credenciales del general Urquiza y del Go-
bierno de Buenos Aires, ha presentado la primera úni-
camente, y ha sido recibido por el Gobierno de Chile
en su carácter de Vicecónsul argentino en Valpa-
raíso.
¿No tendréis sueldo?—diréis. Entonces, ¿cuál es el
aliciente que me hace desear el empleo?
¿Decís que espero el desenlace de Buenos Aires
para que el empleo y su sueldo sean realidad? Espero,
en verdad, el restablecimiento de la autoridad nacio-
nal en todo el territorio; pero no para admitir el em-
pleo, sino para dimitirlo dignamente. Esta declaración
no es para vos, sino para el público argentino, ante
quien la hago por mi honor.
El decreto de 14 de Agosto, que me nombra Encar-
gado de Negocios, trae la firma del Ministro Peña, no
del Ministro Gutiérrez. Sarmiento dice que este últi-
mo promovió mi nombramiento. Gutiérrez fué Minis-
tro desde fines de Mayo hasta fines de Junio, como es
público: un mes. Fué Ministro del Gobernador López,
nunca del Director Urquiza. En Agosto, en que fui
nombrado por el Sr. Peña (Ministro del Exterior, en-
tonces y antes), el Sr. Gutiérrez estaba retirado en su-
casa, lejos del Gobierno. Si Sarmiento conociese mejor
OBRAS SELECTAS
235
las cosas de Buenos Aires, sabría que el Ministro doc-
tor Peña, me conoció y estimó muchos años antes que
yo conociese a Gutiérrez.
" El Club de Valparaíso—dice Sarmiento—fué crea-
do para obtener empleos." Atended: en la misma fe-
cha, 14 de Agosto, dos días antes de formarse el Glub
de Chile, fueron nombrados a la par mía D. Francisco
Peña (que aceptó su empleo) para Cónsul general en
Chile, D. Mariano Sarratea y D. Gregorio Beeche, el
primero Cónsul y el segundo Vicecónsul en Valpa-
raíso. El Sr. Sarratea estaba en los Estados Unidos.
Tanto él como el Sr. Peña no son partidarios del ge-
neral Urquiza. El Gobierno revolucionario de Buenos
Aires ratificó todos esos nombramientos, menos el
mío, que revocó con respeto de mi persona, en virtud
de la ley que hizo cesar la delegación diplomática que
Buenos Aires había hecho en el general Urquiza y
toda política exterior por entonces. A pesar de eso, el
Sr. Beeche presentó sólo su credencial de Urquiza, y
los Sres. Peña y Sarratea no han presentado ni una
ni otra. ¿Cómo explicar, pues, esos nombramientos
con miras interesadas o de partido?
El Sr. Sarmiento liga a mi nombre el del Sr. Mon-
guillot, secretario de la Legación para Chile, desde que
se nombró al Sr. Mármol. Diré lo que hay sobre esto.
Cuando el Sr. Monguillot me avisó desde Mendoza
el rol en que venía, yo le pedí que esperase allí la dis-
posición de su Gobierno, a quien avisé confidencial-
mente (por respeto a la posición crítica en que se ha-
llaba) que no admitía el empleo. Ajeno de esto el se-
ñor Monguillot, pasó la cordillera por un acto suyo,
cuando creyó arreglado lo de Buenos Aires. En Chile
236 AL BERDI
le saludé como paseante y le -di a conocer mi resolu-
ción. Recomendado personalmente por muchos ami-
gos, tuve el placer de ofrecerle mi hospedaje. Se fué
por su voluntad cuando quiso; yo aprobé su resolu-
ción, que adoptó él por consejo de otro amigo.
Si él trajo libramientos, si tomó dinero en Chile no
me consta; pero pudo hacerlo como empleado. Ligar
mi nombre a esos libramientos y a esos pagos es per-
fidia soez. Autorizo a quien quiera a que publique cual-
quier dato contrario de este aserto.
De todo esto resulta:
Que no he buscado empleo.
Que no he aceptado el qpe me vino sin buscar.
Que no lo ejerzo porque no lo deseo.
Que no gano sueldo ni puedo ganar sueldo por un
empleo que no desempeño.
Y por fin, que la fábula de un contrato para escri-
bir, por el precio de un empleo, es una simple impos-
tura de D. Domingo Sarmiento.
I V
RECTIFICACIONES
¿Por qué escribo? ¿Para qué he escrito las Cartas,
preguntáis ? Os lo diré.
No para demoler la reputación de Sarmiento, como
pretende él con más jactancia que razón, sino para des-
armar a un agitador; para inutilizarle sus armas de des-
orden, dejándole la gloria que adquirió antes con sus
armas de libertad.
He escrito mis Cartas por el mismo estímulo que me
hizo escribir mis Bases. Ambos escritos son conserva-
dores; el mismo espíritu de orden y disciplina preva-
lece en los dos. En uno y otro son servidos el pensa-
miento y plan de organización del vencedor de Rosas,
y el pacto de San Nicolás, que lo hace ser jefe de la
República libertada por él.
Usted realzó mis Bases; las llamó el Decálogo ar-
gentino.
Usted dijo que mis Bases eran! un golpe atroz a Ur-
quiza. No podrá decir hoy que las escribí para agradar
a ese jefe. Hace doce arios que una sociedad de jóvenes
en Buenos Aires me señaló el plan de organización para
la República como objeto especial de estudio. Mientras
2
3
8 AL BERDI
duró el obstáculo, no escribí de eso, dejé a la vocación
de usted el rol de demoledor. Destruido Rosas, ¿quién
no vio llegado el día de la organización? Escribí en el
sentido del pensamiento nacional.
Si con esa mira de patriotismo escribí las Bases, que
representan diez veces más trabajo que las Cartas (es-
crito ligero, hecho en veinte días de ocio en el feriado),
¿por qué pretende usted que no he podido escribir lo
menos sino por un empleo ?
¿ De qué tratan mis Cartas? El asunto le dice a usted
que no he recibido
1
misión para escribirlas. Tratan de
su Campaña; episodio imperceptible de la campaña del
general Urquiza. Como usted sabe, yo no hice esa cam-
paña, no la conozco, y creo que nadie la conoce en Chi-
le. ¿Es|tá usted en su juicio cuando piensa que para re-
futar esa publicación el general Urquiza había de en-
cargar el trabajo a Chile, donde el asunto no es cono>-
cido, y a persona que ignora enteramente esa campaña?
¿No tenía diez escritores a su lado provistos de todos
los documentos? ¿Ve usted en ¡mi crítica que poseyera
yo más documentos que los mismos que usted me ofre-
ce? ¿No está impresa su Campaña? ¿No era más fácil
que la obra fuera en la balija del correo a buscar el
crítico, no que el crítico viniera al través- de los Andes
con el tren de una embajada en busca de la obra ?
He criticado también otros impresos de usted, es cier-
to ; pero pregunto: Argirópolis y Facundo ¿no están en
el caso de su Campaña? ¿ No están esos impresos eo el
Río de la Plata ? ¿ No se contraen exclusivamente a co-
sas del país argentino? ¿A qué, pues, habían de buscar
en el extranjero' la crítica y examen de cosas que mejor
se conocen allí ?
OBRAS SELECTAS
239
Más de dos años escribió usted con ardor infatigable
en favor del generad Urqui za: todo Sudamérica es el
pro de ayer del contra de hoy. Ahora escribe usted como
el Tostado en contra del que antes apoyó. Dígame, pues:
¿quién le pagó entonces y quién le paga hoy para es-
cribir?
¿ Dirá usted que su organización tiene un sentido es-
pecial para amar la patria y que la mía no lo tiene?
No lo diga usted, porque se le reirán como reirán si le
oyeran decir que sólo usted ama a sus padres, que sólo
usted ama a sus herntanos e hijos.
Escribo en 1853 por el mismo móvil que me hizo es-
cribir en 1851, antes que Urquiza fuera el vencedor de
Rosas. Lo que recibía entonces recibo hoy; digo mal,
recibo hoy día más de lo que no recibí entonces: hoy
tengo de renta al mes nueve mil insultos del señor
Salimiento, de un género desconocido en la época de
la Gaceta, Mercantil. Justicia sea hecha a los caídos: Ro-
sas no degradó la Prensa hasta la detracción privada.
Escribo hoy por el móvil que excita mi pluma de opo-
sición a la tiranía de doce años a esta parte, y no por
sueldos, por subvenciones y contratos del género de los
que ahora examinaré.
Escribo para realizar él pensamiento y los propósitos
de un círculo de argentinos ilustrados y patriotas, al que
tengo el honor de pertenecer. Movidos por el patriotis-
mo, que los hizo abandonar su patria esclavizada hace
largos años, han reunido sus esfuerzos el día de la
emancipación, para apoyar desde la distancia la grande
obra de su organización iniciada por el que destruyó el
poder de Rosas.
Mis escrfes son la expresión leal de sus votos; por
240
a l b e r d i
eso los apoyan-; no son el eco de mi egoísmo. Con su di-
nero preparan lo que yo escribo, no lo que imprimo, que
no soy editor como algún tribuno, que resarce como im-
presor lo que da como escritor. ¿ Lo veis ? No estoy ais-
lado. En mis ideas insultáis las de muchos de vuestros
antiguos compañeros de aranas.
Escribo, no para ganar, sino para regalar a los edi-
tores los escritos que consagro a la patria. ¿ Lo dudáis ?
Mis Cartas se venden por la imprenta de El Mercurio
y para su exclusivo provecho. Mis Bases, las dos edicio-
nes, fueron regaladas a El Mercurio, y su imprenta las
dio a luz por su cuenta. Preguntad a los editores de
ambos diarios cuánto me pagan por los artículos, que
una vez que otra he dado.
Tengo dos obras serias entre manos en que 00 se ha-
bla de vos, y ése será vuestro tormento; también rega-
laré sus manuscritos.
No he mandado al otro lado de los Andes dos mil
ejemplares de mis Cartas, como decís. Habré mandado
por mi parte seis ejemplares. Tengo noticia de que el se-
ñor Tornero envió por su cuenta unos doscientos. Hay
semillas felices de que no es preciso sembrar mucho:
mandé unos pocos ejemplares de mis Bases, y al punfto
hubo tres mil en el Río de la Plata. Hoy mis Cartas re-
ciben en el patriotismo de Mendoza la multiplicación
que atribuís a Monguillot.
Entre los móviles inmobles que atribuís a mis escri-
tos colocáis la envidia de los vuestros. ¿A qué escritos
aludís? ¿A los futuros o a los pasados? La obra jefe
de estos últimos es Argirópolis, y protesto que ninguna
envidiáfengo por la idea de colocar la capital de la Re-
pública Argentina en una islüta desierta, situada a diez
O B R A S S E L E C T A S
241
leguas de la costa argentina y a tres de la costa extran-
jera.
En lo futuro, ¿ qué podríais escribir que me diese en-
vidia? Los trabajos que en lo venidero reclama la Re-
pública Argentina son sus reglamentos de administra-
ción interior, su Código civil, su Código de comercio,
su sistema judicial, de sus finanzas, de su crédito, de sus
trabajos de utilidad nacional. En esas materias, desco-
nocidas para vos, ¿haríais algo que pudiese excitar mi
envidia? El estilo y talento que acabáis de lucir en los
últimos escritos ¿sería objeto de mi envidia?
OBRAS SELECTAS.—Tomo V.
16
V
RECTIFICACIONES
Contrata de suscrición a periódicos con
el Gobierno de Chile.
Para probar que no tengo razón en mis Cartas en lla-
mar sedicioso el escrito de su Campaña, que me dedica
e)l Sr. Sarmiento, y en decir que sus obras no do hacen
acreedor al Poder, trae a discusión este señor un con-
trato de suscripción oficiad a un periódico, que firmé
en 1847 como propietario (no como escritor) de la im-
prenta que lo daba a luz. Si no es de Condillac esta ló-
gica, es al menos de Fígaro, que es la familiar a nues-
tros polemistas de Sudamérica, que hacen sus humani-
dades en Larra.
Sarmiento dice que conoció ese contrato en 1849. Si
tanto me desdoraba a sus ojos, ¿por qué ahora poco ha
pedido tres veces un asiento para mí en el primer Con-
greso constituyente de la República Argentina ?
Porque sabía en conciencia que ningún desdoro me
infiere ese contrato.
Yo diría que en este punto ha querido reírse del pú-
OBRAS SELECTAS 2
43
blico, si la rabia que lo domina no le hubiese sugerido
aturdidamente el uso de ese medio en que ha hecho su
propio proceso.
En efecto, un hombre que ha subsistido diez años del
apoyo indirecto de un Gobierno extranjero por los ser-
vicios de su pluma, y que de buena fe se reputa honra-
do, no puede tener sinceridad cuando afea en otro un
acto de los que formara/ la costumbre y el oficio de su
vida propia.
En el día llama la atención oír hablar de suscripción
del Gobierno a periódicos. Importa recordar cómo ha
sido la Prensa de Chile antes de ahora.
Por veinticuatro años, la Prensa de Chile ha tenido
el apoyo del Gobierno y éste el de la Prensa. Un prin-
cipio de administración creó esta diga recíproca en el
interés de la paz y del progreso de las luces. Un decreto
de 23 de Noviembre de 1825 autorizó al Gobierno para
suscribirse a todos los periódicos por doscientos ejem-
plares. Otro de 13 de Marzo de 1827 confirmó el ante-
rior, limitando la protección en jaifor sólo de aquellos
periódicos que por los principios luminosos que conten-
gan o ideas útiles que en ellos se promuevan merezcan
circularse a los pueblos.
En honor de Chile, es preciso notar que ese apoyo ofi-
cial dado a la Prensa tuvo un fin moral y de progreso,
no de corrupción como sostienen, sin juicio, los que más
lo disfrutaron.
Ese sistema ha regido hasta 1849, en que el Gobierno
quitó por primera vez la suscripción a los periódicos.
Antes de 1849, toda la Prensa de Chile mantuvo con-
cesiones oficiales por la suscripción, y no se concebía
que pudiera vivir un papel independiente del Gobierno.
ALBERDI
Bajo ese sistema existieron largos años El Mercurio,
El Progreso, La Gaceta del Comercio, El Araucano, La
Gaceta de los Tribunales, eftc.
Bajo ese sistema escribieron Pinero, Sarmiento, Bello,
López, Frías, Peña, Gómez, Tejedor, Mitre, etc.; to-
dos escribieron en lo que se ha dicho impropiamente
Prensa subvencionada, sea que los escritores tuvieran o
no compromiso directo con el Gobierno. Escrito o táci-
to, todos los propietarios lo tuvieron. Era entendido que
el Gobierno no se suscribía para ser atacado si se sus-
cribía a la sedición.
En ese tiempo, bajo ese sistema, estipulé la suscrip-
ción al Comercio, como propietario de la Imprenta Eu-
ropea, que lo daba a luz.
Firmé ese contrato como propietario (en parte) de la
Imprenta Europea, no como escritor, para hacer escri-
bir, no para escribir. Invoco sus términos, que habéis
reproducido.
No fui redactor de El Comercio. Contribuí con mis
pesos a pagarlo. Fueron redactores primeramente el se-
ñor Irisarri y D. Demetrio Peña, el primero con sueldo
de ocho onzas, el segundo con sueldo de tres onzas.
Puede este caballero, aliado hoy día a la hostilidad que
me hace Sarmiento, atestiguar el hecho. El Sr. Irisa-
rri, amigo mío y del Sr. Vial, trepidaba naturalmente en
venir a Valparaíso por seis onzas, único sueldo que la
Imprenta Europea podía darle; y el Sr. Vial consintió
entonces en añadir dos onzas destinadas a aumentar e!
sueldo del Sr. Irisarri, de que sólo éste disfrutó. Como
ni él ni yo hicimos nada para que quedase privado, dígo-
lo hoy que lo exige la verdad, hecha necesaria por la
malicia de usted. Dejando mi firma en una oficina pú-
OBRAS SELECTAS
245
blica, sabía que la dejaba para ver la luz, y -se hecho
prueba mi sinceridad en vez de excluirla. La prostitu-
ción huye del papel y de la tinta en los contratos, por-
que los contratos escritos son la luz, y sólo el ddlo teme
la luz.
Al Sr. Irisarri sucedió como redactor de El Comercio
el Sr. Mitre, acompañado siempre por el Sr. Peña, am-
bos a sueldo de la Empresa.
Al Sr. Mitre reemplazó el Sr. Valencia, que tuvo
siempre de colega al Sr. Peña.
En ese tiempo vendí mi parte de la imprenta a los se-
ñores Ezquerra y Gil. Entre aquellos caballeros se dis-
tribuyó todo el dinero de que dispuso la Imprenta Euro-
pea para gastos de redacción de El Comercio. Yo cola-
boré, como lo hice toda mi vida, por manía de escribir,
sin más estipendio que el insulto envidioso. El Sr. Peña,
conocedor de esos hechos, puede decir si falto a la
verdad.
¿Con quién estipulé el contrato de suscripción? ¿A
quién prometí el apoyo de El Comercio? Al Presidente
de esa época, al señor general Bulnes, mi amigo hono-
rable de años atrás. A mi llegada a Chile hallé a todos
mis compatriotas y amigos a su rededor. Ligado él a
una familia brillante de mi país, amiga de la mía, obtu-
ve de su parte una acogida generosa de que me honro
hasta hoy. Había merecido de él la oferta espontánea
de un empleo honroso, que dimitía a pocos meses. Ha-
bía escrito con su biografía la reseña de su brillanlte ad-
ministración de cinco años, cuando se trató de su reelec-
ción en 1845. ¿Debía yo tener embarazo en hacer apo-
yar al Gobierno del general Bulnes? No era yo más
246 ALBERDI
consecuente en eso que los que atacaron su Gobierno
después de haberlo creado?
Traté con él, no con el Sr. Vial, que sólo intervino
en el arreglo material como ministro.
¡Habláis de Ministerio Vial! Pobres palabras que hoy
dan risa. Cuando los conservadores subimos al Poder,.
decís, aludiendo a 1849. No quiero discutir si estáis en el
Poder, vos extranjero, sin ciudadanía en Chile. Pero
¿ sabéis desde cuándo ocupan el poder los conservadores
de Chile (a) pelucones? Desde Lircai, desde 1829. De
ahí a 1833, en que se dio la Constitución conservadora,
que hoy rige, todos han gobernado por ella y según ella
hasta él día; todos han sido conservadores.
Por ella han gobernado los presidentes, no los secre-
tarios. Ministerio Montt, Ministerio Vial, Ministerio
Pérez, son palabras sin sentido, inventadas para dorar
evoluciones de ambición o de inconstancia en la adhe-
sión al Presidente, único depositario del Gobierno de
Chile por l a Constitución. Los cambios de secretarios
no son cambios de gobierno ni de administración. Con
ninguno de sus secretarios fué jamás pipiólo el general
Bulnes; y su Gobierno, al principio, al medio y al fin,
fué siempre pelucón, fué conservador.
Adhiriéndome por simpatía a la administración Bul-
nes, adherí a su política conservadora, que rige en Chile
hace veinte años, y que deseo hoy día para la República
Argentina; política que apoyáis aquí, y que combatís
allá, al revés de lo que hace Gutiérrez, conservador allá
y aquí.
¿ Qué admití en cambio del apoyo ofrecido a la más
noble administración de la América del Sur, digo al
Gobierno ejemplar de Chile ?
OBRAS SELECTAS
Voy a demostrarlo para vergüenza del que ha queri-
do dar a este mezquinísimo asunto una importancia ri-
dicula, de pura mixtificación.
El Gobierno daba a la Empresa de El Comercio nue-
ve pesos tres reales diarios; y la Empresa daba al Go-
bierno 150 números de El Comercio, que tenían de prin-
cipal más de nueve pesos tres reales; tenía de costo cada
númiero 6 y medio centavos: el Gobierno los compraba
a medio real, es decir, a menos del costo.
¿ Qué más daba el Gobierno a la Empresa de El Co-
mercio? ¿Datos oficiales para su inserción?
Por -los datos de aduana, El Comercio pagó siempre
al Sr. Montiel 58 pesos mensuales.
Por el despacho del tribunal del consulado pagó siem-
pre un estipendio mensual ai Sr. Elizalde.
¿ Impresiones sueltas ? Las daba por precio menor que
el pagado por los parroquianos ordinarios de la Em-
presa. Una imprenta de Valparaíso no podía esperar
jamás el encargo de trabajos frecuentes del Gobierno
que reside en Santiago.
Bl Sr. Ezquerra me asegura con los libros a la vista,
que la cuenta formada al periódico arrojaba una pérdi-
da de 3.000 pesos el día que me separé de la sociedad;
en la que, sabiendo yo que eso sucedería, persistí dos
años por cumplir el contrato de sociedad que suscribía,
rogado por el Sr. Ezquerra, y sin conocer lo bastante el
negocio de imprenta en que me metía. Una vez firmado
el contrato de sociedad, cerré los ojos y no atendí más
que a cumplirlo. Fundé El Comercio; la Empresa pudo
andar, esperé a que pasara la crisis electoral de 1849,
para separarme honorablemente, y lo hice antes de que
248 ALBERDI
cesara la suscripción, no después, como decís contra
una verdad de notoriedad.
Calculando en globo, aplicad si queréis una ganancia
de 30 por 100 a lo que producía la suscripción del Go-
bierno a El Comercio.
El 30 por 100 aproximado de nueve pesos, son tres
pesos. Los socios de la Empresa de El Comercio éramos
tres: D. Javier Rodríguez, D. Pascual Ezquerra (admi-
nistrador) y yo (comanditario). Tres pesos entre tres
personas dan una ganancia de 30 pesos al mes. Venga
usted a Valparaíso y busque si puede un buen cocinero
que le sirva por este sueldo.
Entretanto, por esa misma época yo ganaba como abo-
gado en un salo asunto cuatro mil pesos; en otro, dos
mil; en otro, tres mil, sin contar otros varios.
Le cito por testigo acerca de esto a cierto caballero
que hoy sostiene y distribuye en Valparaíso los escritos
en que usted difama a su antiguo amigo.
¿Había de aceptar dos onzas para escribir en diarios,
yo que muchas veces rehusé diez por la redacción de El
Mercurio? ¿Cuántos periódicos no se me han ofrecido
para redactar? ¿Me pusieron limitación para la redac-
ción de El Orden ein 1845, que rehusé escribir? ¿Quién
puso a Gómez y a Peña en El Mercurio sino el empeño
y la recomendación mías? Interrogúese al Sr. Tornero,
que es sabedor de esto. ¿ Quién sino yo puso a Mitre y
a Valencia en El Comercio?
Decís que yo comprometí a Mitre en la carrera que
le costó la prescripción de Chile. Adulación que hacéis
hoy al que entonces combatíais, sin que él haya cam-
biado de las opiniones que vos le combatíais entonces.
(Aquí rogaré al Sr. Mitre, a quien estimo a pesar del
OBRAS SELECTAS
disentimiento de opiniones políticas, que se haga mos-
trar las publicaciones mías en que están las ofensas que
Sarmiento me atribuye.) Mitre tomó El Comercio meses
después que lo escribiese Irisarri. Mitre sabía lo que el
último cajista de la imprenta: que el periódico apoya-
ba al Gobierno. Irisarri y Mitre correspondieron con el
Sr. Vial más de una vez. ¿Yo pude inducir a Mitre a
que nos dejase El Comercio sin redactor para que fuese
a .Santiago a escribir El Progreso, en cuya redacción
contrajo los compromisos que ¡o hicieron sufrir en
Chile?
Ahora vengamos a cuentas. ¿Cuál era la elección de
Presidente que debió apoyar El Comercio, según el con-
venio de 1847? La que ha tenido lugar en 1851.
—¿ Qué papel apoyó esa elección ?—La Tribuna.
—¿Quiénes publicaron La Tribuna?—Belin y Com-
pañía.
—¿Quiénes son Belin y Compañía?—Belin y Sar-
miento.
—¿ Cómo se fundó y existió La Tribuna?—En virtud
de un contrato electoral con los propietarios de la im-
prenta editora.
—¿Celebrado cuándo?
—Dos años antes de la elección y para dos años.
—¿Sabíase al principio quién sería elegido?
—No ; luego se firmó un apoyo en blanco: se hizo una
previa abjuración de la justicia.
—¿Por quién?
—Por el editor, por el propietario de la imprenta de
La Tribuna, más capaz de conocer el peso de esos com-
promisos, por el Sr. Sarmiento, que acaba de decir:
250
ALBERDI
los propietarios son los editores, el redactor es el ins-
trumento bajo la dirección del editor.
¿No está el contrato en los registros del Gobierno?
Os diré por qué: porque se había derogado ya el decre-
to que hacía lícitos y honestos esos contratos; porque,
debéis saberlo, no hay contrato autorizado que sea des-
honroso. De otro modo, el Gobierno contratante sería
cómplice del acto de desdoro.
Escrito o no, el contralto existió, todo Santiago lo
sabe, y el Sr. Belin dijo aquí que existía. Para el vulgo
3^ para el dolo un contrato es un papel: ante la ley es
un acuerdo de voluntades que se estipula hasta por el
silencio. ¿ Lo ocultáis ? Peor para vos.
—¿ No fué con el Gobierno?
—Fué con un club del Gobierno, para apoyar el can-
didato del Gobierno. Abjuración a un club del Gobier-
no o al Gobierno, todo es uno.
He ahí en la cabeza del Sr. Sarmiento la sentencia
que ha querido poner sobre la mía. El vino a hacer en
realidad lo que yo estipulé (cuando eran lícitas esas es-
tipulaciones) y que no hice cumplir porque deje de ser
propietario de la imprenta contratante, y porque el Go-
bierno rescindió el contrato posteriormente. ¿A quién,
pues, sino al Sr. Sarmiento se podrían aplicar sus pro-
pias glosas sobre el tema: Hay un hombre en la tierra?
Pero más generoso que vos en este debate, os diré
•que ni vos ni yo merecemos la sentencia que os ha ins-
pirado la bilis, sin reparar que la hacíais para vos mis-
mo ; ni yo porque una vez firmé un contrato para hacer
escribir por quien en Conciencia quisies^ escribir; ni vos
por los repetidos contñitos que tenéis firmados en Chile
para escribir vos mismo, no sólo para hacer escribir.
OBRAS SELECTAS 251
l Contralios celebrados con los Viales, dueños de El Pro-
greso; con Rivadeneira, dueño de El Mercurio, diréis?
Bien; pero después de entenderos con el ministro, para
escribir en papeles apoyados por el ministro y sostene-
dores del ministro, que os hace después director de la
Escuela Normal, y os costea un viaje a Europa, siem-
pre agradable, aunque sea a estudiar la educación.
Pues bien: estos hechos no hacen su desdoro, por la
misma razón- de que no hace el mío aqud antecedente
de menos valor que un día de rabia ha querido usted
presentar como crimen nefando sin serlo a los ojos de
usted, habituado a esos arreglos, y valiéndose de un lujo
de artificio y de malicia que hacen de ese trabajo suyo
un modelo inimitable de chicana.
No he dicho a usted periodislta por vilipendio, porque
lejos de serlo, es brillante y lucida ocupación. Honre
usted más esa vocación que tiene afinidad química, por
decirlo así, Con su esencia (según su expresión) (1). Le
he dicho sólo que el diarismo, que habilita para tantas
cosas ejercido largos años, lo inhabilita para ejercer el
Poder que usted cree pertenecerle en razón de sus an-
tecedentes de periodista precisamente.
Decirle que ha escrito, que escribe usted periódicos,
no es hacerle ofensa sino como candidato; es reconocer-
le una ocupación. Usted se dice maestro de escuela por
oficio; pero como El Monitor es un periódico y no una
escuela, yo no he creído faltar a la verdad aludiendo a
•su ocupación' actual.
No me he dicho abogado con el pensamienlto de apo-
car su oficio de escritor, ni he negado con esa ni otra
(1) Recuerdos de Provincia, pág. 175.
252
ALBERDI
mira haber escrito periódicos. Digo solamente que el
diarismo no es ni ha sido mi oficio, sino la abogacía cu-
yos títulos no poseo cid honorem, sino ganados en toda
regia por estudios hechos en ese colegio de ciencias mo-
rales de Buenos Aires, que usted tanto apeteció y que
yo lamento no hubiese logrado, porque su polémica de
hoy sería de otro tono. ¿Falto a la verdad en decir que
mi profesión es la de abogado? ¿De cuál papel soy re-
dactor en Chile? ¿De cuál he sido? Escribí en el folle-
tín de El Mercurio unos cuantos días a mi llegada al
país, y dos meses en la Gaceta de los Tribunales, papel
técnico de jurisprudencia. El Sr. Tornero diga si fui
redactor de El Mercurio alguna vez como pretende oí
Sr. Sai-miento con el aplomo de aseveración, cierta o no,
que le distingue. ¿ Que no soy abogado en Buenos Aires ?
Es cierto. Estudié en sus aulas en el tiempo de Alcorta,
de Salas, de Mossoti, de D. Valentín Gómez; pero no
quise prestar allí mi juramento de abogado con el de
abnegación a la tiranía de Rosas, como se exigía. Pres-
té mi examen de abogado en la Academia de Montevi-
deo, presidida por el doctor D. Gabriel Ocampo, a
quien tenéis al lado por testigo. Lo que me faltó apren-
der en la de Buenos Aires lo completé batiéndome en
el foro del Estado oriental con Várela, Agüero, Vélez
Sarsfield, Alsina, Somellera, Pico Agrelo, etc., etc., que,
como sabéis, no son los últimos abogados de la Amé-
rica del Sur.
¿Contestaré al fuego sagrado de acriminaciones y
diatribas personales de que consta una mitad de las
ciento y una? ¿Conduce a la discusión de la política
general argentina, tratada en mis Cartas, el defender
mi persona?
OBRAS SELECTAS
2.53
No haré mis recuerdos de provincia; pero lo que no
sería lícito traer en mi favor para defenderme de ata-
ques sueltos por la Prensa, creo que se me excusará
de que haga para defender mi bandera, en mi persona,
contra los ciento y un ataques sistemados del que ha
puesto a un lado la República Argentina para ocupar-
se de mis defectos personales por dos meses.
¿Me llamáis mal abogado, después de haberme reco-
mendado tantas veces al público de clientes, porque he
criticado vuestras obras? Quiere decir que me habríais
llamado Papiniano si las hubiese encomiado. En abo-
gacía es vuestro voto como en arte militar: de ama-
teur. Prefiero, no obstante, ser mal abogado a no te-
ner profesión.
¿Que defiendo malas causas? Servicio que mis clien-
tes deben a vuestra buena índole; honor que hacéis al
doctor Ocampo, que me las defiende en segunda ins-
tancia, y a los Tribunales de Chile, que hasta aquí nos
han dado la victoriv. en los dos tercios de ellas.
¿Perro de todas bodas me llamáis? ¡Si dijerais de
todos entierros! ¿Que entendéis por bodas? ¿Emplees,
pitanzas? Chile me ofreció uno que dimití al instante.
Otro me ofrece hoy mi país que no quiero aceptar. En
doce años no he sido fiel sino a la expatriación por
causa de la libertad.
También me afea el tocar piano, usted, que amó
tanto el dibujo. El piano no estorbó a Rousseau hacer
el Contrato social, ni a Bentham los Tratados de le-
gislación, ni a Belgrano ser miembro del Gobierno de
Mayo. Sin embargo, yo no lo sabría si hubiese tenido
su dicha de pasar mi niñez en San Luis, donde no se
enseña el piano porque perjudica al publicista.
2
54
ALBERDI
¿Me ofrecéis los cimientos de mis Bases? Os pa-
garé el favor con las bases de vuestros cimientos. ¿Os
creéis padre de mi obra por el billete en que os regalé
ese honor? Sabed que otro igual tiene Gutiérrez, otro
igual Cañé y otro igual varios amigos correligiona-
rios en principios; la verdad es que mi libro es eco de
las opiniones de todos, en gran parte; me felicito de
ello; jamás quise atacar el sentido común. A ios hom-
bres ilustrados no se ofrece un libro can pretensiones
de originalidad; pero los hombres de talento no tra-
gan, como los pavos, los granos de perlas por granos
de maíz.
Que abogué por privilegios en las cuestiones de va-
pores y fui vencido por Ventas. Tres ingenios cola-
boraron a los escritos de este nombre; demos la jus-
ticia a cada uno; pero no permitiré que a una persona
de mi estimación haga usted responsable de la priva-
ción que el Sur de Chile ha tenido por tres años de la
navegación por vapor. Motivos menos literarios que la
oposición de Veritas al pensamiento de Valparaíso, de
que fui eco, influyeron en que la Cámara de ese tiem-
po negase la subvención
1
, que hoy se ha dado a la Com-
pañía del Pacífico; todo el mundo lo sabe. No tuve el
honor de patrocinar en ese negocio a la benemérita
Compañía, sino al Sr. Wheelwrigt, importador en Chi-
le del vapor, del ferrocarril, del telégrafo eléctrico y
de otras excedentes cosas. Dupin y Chaix d' Extange
se habrían engreído de un cliente semejante. Pedí para
el vapor en Chile el favor que aconsejé a mi país en
las Bases derramase a manos llenas en beneficio de
ese vehículo. Usted, que ha recibido la doctrina como
su génesis, la ve hoy de mal ojo, porque la ve al tra-
OBRAS SELECTAS
255
vés del color amarillo que han dado a sus ojos mis
Cartas. Pedí el privilegio a la industria, no al linaje,
que concede una ley de Chile, imitación de una ley de
libertad, vigente en Inglaterra y Estados Unidos, cuya
aplicación frecuente se cuenta entre las causas de pros-
peridad industrial en aquellos países.
Alguien que hoy se asocia a la persecución con que
usted me da la importancia que no tengo, me salió al
encuentro en la cuestión de vapores, hallándonos en
plena paz. Entonces, como hoy, su mano hacía mover
otra mano; pero el público no le perdía de vista. Todo
estaría bueno si la oposición que se hace hoy en nom-
bre de la libertad a la organización encabezada por los
vencedores de Rosas, diese resultados más felices y
positivos que las líneas de vapores que se anunciaron
en 1850 de un modo tan afirmativo para el siguiente
de la extinción del privilegio.
Me hacéis un reproche de que siendo abogado fre-
cuento la Prensa.—Hacéis bien de celar vuestros do-
minios; pero estáis engañado en creer que rija la ley
de la Novísima Recopilación, que prohibía a los abo-
gados saber Derecho público y algo más que el Có-
digo civil. Si creéis que sea desventaja para mí el pa-
sar del foro a la Prensa cuando me da gana y cruzar
mi pluma con el panfletera más pintado, mejor para
vos, peor para mí ; ¿no es verdad?
Me recordáis que ataqué a Lavalle en un tiempo.
¿A qué viene eso? Os estimo el recuerdo. Una vez
presté a usted una carta de mi propiedad, en que el
noble general Lavalle, al embarcar en Montevideo para
Martín García, me pedía que le defendiese en la Pren-
sa. Lo hice con el coraje de un soldado, y tengo sus
256
ALBERDI
gracias generosas en una brillante carta, que mil han
leído. Dije verdades amargas a los primeros hombres
de Montevideo, que así correspondían a los servicios
de Lavalle, y tuve el honor de ser arrastrado a un
juri, de que desistieron los promotores en presencia
del rechazo de Rosas a la paz ofrecida por Rivera.
Así serví a Lavalle cuando estaba en infortunio. ¿Sa-
béis cuándo censuré su conducta pública? Cuando es-
taba al frente de 4.000 hombres y disponía de millo-
nes. ¿Sabéis lo que en él censuré? El plan de cam-
paña, que nos dio la derrota. ¿Sabéis cuándo? Cuando
era tiempo de adoptar otro. Várela adoptó mi censu-
ra; pero fué después de la retirada de Morón, apres
coup. Una vez Gómez, estando yo en Quillota, alteró
estos hechos en la polémica; no quise rectificarlo des-
pués de tiempo con infinitas cartas de Lavalle que po-
seo del tenor de una que nunca se me devolvió.
¿Me recordáis el panfleto de 1847? Lo veréis re-
impreso bajo mi nombre el día que reúna mis publi-
caciones dispersas, y ya lo esté en parte en mis Bases,
aplaudidas por vos. Lejos de renegar, acepto hoy día
con doble convicción el fondo de ese escrito, que un
solo amigo rechazó como intempestivo, que sus actua-
les aliados cubrieron de aplauso y que Tejedor, ene-
mistado conmigo antes de eso, atacó en el estilo que
es común a ustedes dos, dando ocasión a que Frías lo
rectificase en mi defensa. Ese escrito pedía en 1847 1°
que pidió Argirópolis en 1850: una Constitución, una
ley, bajo el auspicio de un 'Poder fuerte, que la hiciese
respetar en su interés propio y en eil del país, porque
la ley tiene esa virtud de salvar a todos, aun a sus
enemigos; la pedía en el idioma insinuante y pacífico
O B R A S S E L E C T A S 2
5 7
de que más tarde se valió el autor de Argirópolis, al
dirigirse a gobernadores que detestaba. Hoy mismo, si
tuviese que elegir entre una Constitución dada por Ro-
sas en 1847, sin sangre y sin guerra civil, o la Cons-
titución actual, buscada al precio de tantos obstácu-
los y tantos horrores, yo estaría por la primera. En
mis Bases, aplaudidas por vos, digo como en el pan-
fleto de 1847: " El mayor crimen de Rosas es haber
malogrado la aptitud, que nadie como él tuvo, para
organizar la República Argentina". La política de
concesión que aconsejé en ese opúsculo es la que ha
salvado la República por el brazo de Urquiza, en
quien se inoculó la chispa de civilización rechazada
por Rosas.
A este propósito ha vertido usted una especie que
a mis ojos lo rebaja muchísimo. Habla usted de que
yo hubiese escrito alguna vez al Sr. Arana, Ministro
de Rosas. Hoy no está en el Poder ni bajo el terror
ese caballero, y puede decir, como puedo yo decir de
usted, que no dice verdad en este punto. En mi vida
he cambiado- una palabra ni una letra con el señor
Arana. Al señor general Guido tengo el honor de co-
nocerle desde Buenos Ai res; a la vuelta de Europa
recibí en Janeiro atenciones de su parte, y en Chile,
algunas cartas ajenas a la política.
No le daré la palma que anhela de traernos a la
política que le es peculiar, de nombres y apellidos, de
pullas y rechiflas, de cuentos y chismes.
Solamente dejaré aquí consignados tres textos para
marcar la altura y profundidad de su instrucción en
la cuestión argentina, que se reduce de cuarenta años
OBHAS SELECTAS. —Tomo V. 17
AL BERDI
a esta parte en averiguar cuál es la forma de Gobier-
no que conviene al país:
. 1845. —"La República Aigentina es una e indivisi-
ble. La República Argentina está geográficamente
constituida de tal manera, que ha de ser unitaria
siempre, aunque el rótulo de la botella diga lo con-
trario. Su llanura continua, sus ríos, confluentes a un
puerto único, la hacen fatalmente una e indivisible."
—Sarmiento (1).
1850. —"La naturaleza del país y la colocación re-
cíproca de las Provincias indica cuáles deben ser sus
relaciones. La voluntad nacional, la violencia, los he-
chos han dado al Estado la forma federal. "—Sar-
miento (2).
1852.—"Solución constitucional, base de la que no
se puede salir sin crimen, a saber: la Constitución de
la República bajo la mejor forma que estime la ma-
yoría de los argentinos, representada en Congreso so-
berano constituyente, en un solo cuerpo de nación una
e indivisible."—.Sarmiento y otros (3).
(1) Facundo, primera edición, páginas 25 y 140.
(2) Argirópolis, pág. 141.
(3) Nota de la Comisión dirigida al Club de Valparaíso el
3 de Noviembre de 1852, firmada, entre otros por Sarmiento.
VI
ENMIENDA HONORABLE
Yo ataqué los escritos y al escritor en su carácter
de tal; y él, para probar su costumbre de la vida de
libertad y cultura que proclama, ha creído deber ata-
car mi persona por el insulto y la detracción.
No me defenderé de sus insultos dirigiéndole otros.
Pero haré que me tribute enmienda honorable, y re-
pare así con su propia mano los ultrajes que ha he-
cho a la verdad, a la ley y a la antigua amistad.
A sus injurias no daré, pues, más castigo que re-
producir sus elogios. El me ha dado un ejemplo, que
aceptaré con dos limitaciones: primera, la de no re-
velar cosas que comprometan a tercero; segunda, la
de publicar elogios solamente, revelación única que
jamás trae daño.
No lo haré por jactancia; no quiero sus elogios; se
los devuelvo todos; es decir, los doy como no tribu-
tados ni recibidos. Pero los daré a luz para hacer ver
que mo se equivoca en sus ataques, y que a sabiendas
presenta como indignos a los que están lejos de me-
recerle desdén. Cuando menos, se sabrá que sus ul-
trajes valen tanto colmo sus elogios, y que unos y
a6o ALBERDI
otros son medios que él emplea, no según su concien-
cia, sino según su interés.
Extractos de cartas de Sarmiento a Alberdi.
San Juan, Enero i.° de 1838.
"Aunque no tengo el honor de conocerle, el brillo
de su nombre literario, que le han merecido las bellas
producciones con que su poética pluma honra a la Re-
pública, alientan la timidez de un joven que quiere
ocultar su nombre a la indulgente e ilustrada crítica
de usted la adjunta composición... En su escasez de
luces y de maestros a quienes consultar, el incógnito
ignora aún si lo que ha hecho son realmente versos.
¿ Qué extraño es, pues, que acuda a quien pueda pres-
tarle sano consejo?... Es, pues, por esto que se atre-
ve a esperar que consagrándole algunos de sus ocios,
le instituya y note los defectos de su débil ensayo...
Su obsecuente admirador, que quiere apellidarse por
ahora García Román.—Sarmiento.
San Juan, Julio 6 de 1838.
" He recibido con la mayor satisfacción' su favore-
cida de Abril 14 en que se digna hacer a la efímera
producción que bajo el nombre de García Ramón di-
rigí a usted, las indulgentes observaciones que su pru-
dente crítica le ha sugerido, y animado por tantas mues-
tras de benevolencia, no he trepidado en aprovechar
la invitación que se digna hacerme de ponerme en re-
OBRAS SELECTAS 26l
lación con usted, no obstante no considerarme califica-
do para sostenerla."
"Naci do en es¡ta provincia remota de ese foco de
civilización americana (Buenos Aires), no he podido
formarme un género de estudios a este respecto, y si
no fueran- algunas pequeñas observaciones sin regula-
ridad hechas en la lectura de algunos poetas franceses
que han llegado a mis manos y la luz que puede su-
ministrar las observaciones de La Harpe en su Curso
de literatura, cuando no hay suficiente caudal de ins-
trucción para aprovecharlo, diría que las reglas del
arte me son absolutamente desconocidas."
" En cuanto a la gloriosa tarea que se proponen los
jóvenes de ese país, y que usted me indica, de dar una
marcha peculiar y nacional a nuestra literatura, lo creo
indispensable, necesario y posible."
"Cuando como yo no ha podido un joven recibir una
educación regular y sistemada; cuando se han bebido
ciertas doctrinas ha que uno adhiere por creerlas in-
contestables ; cuando se ha tenido desde muy temprano
el penoso trabajo de discernir, de escoger por decirlo
así los principios que debían formar la educación, se
adquiere uina especie de independencia, de insubordi-
nación, que hace que no respetemos mucho lo que la
paciencia y el tiempo han sancionado, y este libertina-
je literario que en mí existe me ha hecho- observar con
ardor las ideas que apuntaron en algunos discursos del
Salón literario de esa capital.—Sarmiento."
Santiago.—El Progreso del 25 de Agosto de 1845.
" La causa de Peña será célebre en los anales del
crimen, no sólo por las circunstancias que han rodeado
2Ó2 ALBERDI
este acto, sino por el interés que sabrán darle los abo-
gados encargados de la defensa y de la acusación. El
Dr. Ocampo es el acusador...
"Los reos, padre e hija, han nombrado para su de-
fensa al Dr. Alberdi, jurisconsulto joven, lleno de vi-
vacidad y de movimiento en sus escritos, y muy capaz
de abrazar con celo y entusiasmo una causa que sólo
trabajo, esfuerzos y un poco de gloria forense puede
ofrecerle. Pero el Sr. Alberdi, por laudable modestia,
no ha querido dejar que gravite sobre sus hombros todo
el peso de la responsabilidad de las dos vidas que antes
de inclinarse ante la cuchilla de la ley le han pedido
socorro y amparo. El Dr. Carvallo ha respondido gus-
toso a la invitación que el Sr. Alberdi le dirigió para
asociársele en la defensa, lo mismo* que el Dr. Barros
Pasos, que también ha tomado parte en esta ruda tarea.
Sarmiento."
En El Progreso del 25 de Septiembre de 1845 :
"PROCESO DE JUSTO PEÑA Y SU HIJA
"Tenemos, por fortuna, un documento curioso que
presentar a su avidez, y, entre nosotros, único en su
género. Tal es la carta biográfica que Carmen Peña ha
escrito a uno de sus abogados para ponerlo en aptitud
de avalorar, como ella misma lo declara en la introduc-
ción, el origen de los acontecimientos desgraciados que
tan terrible papel vienen a hacerse en su vida. "
" La lectura de esta carta, singular por su estilo y
OBRAS SELECTAS 263
los acontecimientos que refiere, nos trae a la imagina-
ción, sin poderlo
1
evitar, uno de esos tipos que ha traza-
do Eugenio Sué. "
" La carta que publicamos ha sido escrita toda de
mano de Carmen Peña; no es menos lucida su dicción,
no son más brillantes sus pensamientos, que su escri-
tura es delicada, su ortografía esmerada 3' correcta has-
ta la minuciosidad, como podrá inspeccionarla el que
pueda echar una mirada sobre los autos en que se halla
la carta autógrafa. Rasgos contiene este escrito que ha-
rían honor a un autor, a un novelista."
Santiago, 29 de Mayo de. 1831.
"Celebro haber acertado a complacerlo en la réplica
del Archivo... Continúeme de vez en cuando sus con-
sejos y no me deje, como Morel, encorvarme al lado
de la pluma a fuerza de no hacer otra cosa.—Sar-
miento."
Río Janeiro, Abril 10 de 1852.
"Estoy en Río Janeiro y vengo de Petrópolis, colo-
nia alemana y residencia del Emperador, con quien he
pasado horas y horas en conversación familiar casi so-
bre nuestras cosas, nuestros .hombres y nuestras cos-
tumbres. Ha reunido cuanto papelucho argentino ha
podido y los nombres de Echevarría, Alberdi, Mármol,
Gutiérrez, de ciento y la madre mar los conoce y esti-
ma. Me ha preguntado por usted como por muchos
más.—Sarmiento."
AL BERDI
Yungai, s de Julio de 1832.
"Deseara que usted fuese" (de diputado al Congreso
Constituyente).
Santiago, Agosto 13 de 1852.
"Deseara para llevar a cabo mi empresa (de hacer
servir El Monitor de las Escuelas a la política argen-
tina) que míe indicase los títulos de las leyes españolas
que hablaín de educaciórí primaria y a que hizo alusión
una vez. Si usted quisiera encargarse de un articulillo
haría una buena obra. Propicíeme al redactor de El
Mercurio, a fin de favorecer el intento de El Monitor.
Este acuerdo de la Prensa puede dar resultados aquí y
prestigios allá. "
" ¡ Y usted sabe lo que dan los acontecimientos hu-
manos! Puede ser que Urquiza y la opinión tengan
razón. Tan preparado estoy a ello, que me ocupo de-
refaccionar mi casa de Yungai e instalarme como si tu-
viese el pensamiento de no moverme jamás. "
"Necesito un buen retrato suyo al lápiz de 12 cen-
tímetros de desenvolvimiento la cara, en un marco de
37 centímetros de alto y 31 de ancho, de color paja, que
sea dibujado a dos lápices y en papel de marquilla, todo
de 50 centímetros por 40. Estoy haciendo una colección
de mis amigos, y usted entra en primera línea (ni se
pensó en la remisión de tal pedido).
1
—Sarmiento."
Yungai, Septiembre 16 de 1852.
" Su Constitución es un monumento. Usted halla que
es la realización de las ideas de que me he constituido
OBRAS SELECTAS 265
apóstol. Sea; pero es usted el legislador del buen sen-
tido bajo las formas de la ciencia. Usted y yo, pues,
quedamos inexorablemente ligados, no para los mez-
quinos hechos que tienen lugar en la República Ar-
gentina, sino para la gran campaña sudamericana
que iniciaremos, o más bien, terminaremos, dentro de
poco. "
". . . De todos modos su Constitución es nuestra ban-
dera, nuestro símbolo. Así lo toma hoy la República
Argentina. Yo creo que su libro va a ejercer un ejem-
plo benéfico."
" Sentiría por su gloria que su persona de usted se
pusiese en oposición con su libro. Es posible que su
Constitución sea adoptada: es posible que sea trunca-
da, alterada; pero los pueblos por lo suprimido o alte-
rado verán él espíritu que dirige las supresiones. Su
libro, pues, va a ser el Decálogo Argentino; y, salvo
la supresión del parágrafo indicado, la bandera de to-
dos los hombres de corazón. Arcos lo lee con intención
hostil y ya concluye (y en eslte mismo momento excla-
ma: Cosas muy buenas hay aquí), sin encontrar dónde
hincar el diente. Por estas razones, por la inmensa no-
toriedad que le dará a usted y por el talento y princi-
pios que revela, temo que el general Urquiza no se lo
perdone a usted. A mí me tiene en cuenta Argirópolis,
del cual jamás me habló ni para decir lo he visto... Us-
ted ha hecho peor: ha didtado una Constitución y de-
jado frustradas las pretensiones candorosas a la ori-
ginalidad y absorción de toda iniciativa.—Sarmiento."
Habiéndolo invitado a asociarse a los trabajos deí
Club de Valparaíso, contestó:
366 ALBERDI
Santiago, Septiembre 18 de 1852.
"Lej os, pues, de complacerlo en el deseo de que yo
tome parte en lo que creo extraviado, le suplico que no
toquemos este punto entre nosotros, para evitar inúti-
les y perjudiciales disentimientos.
"Por lo que hace a personas, no anticipe nada, no
toque nada. No salga del bellísimo rol que ha tomado.
El legislador de la federación. Su Constitución es un
programa, a que adhieren todos los hombres sinceros.
Si se publica en Buenos Aires, tanto mejor; si se hace
una edición numerosa, entonces triunfamos por el sen-
timiento público.—Sarmiento."
Yungai, Septiembre 24 de 1832.
" No he entrado en la discusión de su obra, que, en
general, acaso en detalle hallo perfecta y digna de obrar
una revolución en América.
". . . Con respecto a escribir yo un artículo bibliográ-
fico, escribiría ciento y escribiré mil un día. Pero ¿ aho-
ra quiere usted que se adopte su Constitución? El me-
dio seguro de excitar los celos de Urquiza es que yo
la apruebe. Parece que usted no quiere convencerse de
la verdad real de las cosas. El mérito singular que ella
tiene es que no la he escrito yo, y q' ie siendo una con-
tinuación y una codificación de las ideas que hoy abri-
ga el partido civilizado de la República Argentina, sean
federales o unitarios antiguos, han sido sistemadameii-
te rechazadas con las ciudades para continuar el siste-
ma militar de Rosas. "
OBRAS SELECTAS 267
" . . . Yo he escrito a San Juan, a Río Janeiro, a Bue-
nos Aires, a Copiapó, poniendo su trabajo de usted
como el código de nuestras ideas.—Sarmiento."
Septiembre 27 de 1852.
"Usted puede, pues, mantener una de esas lucidas
teorías del desencanto aquí, pero guarde su persona
de ponería en práctica. Con sus maneras cultas, con
su figura noble y fina sería usted puesto a los dos días
en la picota del ridículo. Yo que nada de eso tengo en
mis exterioridades, sólo pude mantenerme en medio de
aquellas naturalezas torvas enseñando la punta de la
espada. Salvé mi persona, pero no mi posición.
"Su libro de usted (las Bases) no se lo perdonará
jamás Urquiza. Lo ha herido en todos sus flancos: ha
arrancado la máscara de mentiras oficiales; ha mostra-
do que los unitarios no se oponen a la federación; le
ha robado el lauro de ser el otorgador de una Consti-
tución ; si adopta algunas de sus conclusiones no le per-
donará haberle forzado la mano; si no las adopta ella
es un espejo en que se verán de bulto las supresiones
y las escatimaduras. Por eso convenía esperar; por eso
no quiero hacerle a usted el mal servicio de ponderar
la belleza de su trabajo, barrera opuesta contra el des-
potismo. ¡ Y vea usted lo que es la fragilidad humana!
Ni Mitre, ni yo, ni Vélez, ni toda la Prensa de Buenos
Aires ha herido como usted tan de frente ni con tanto
acierto la cuestión. ¡ A que no halla en la Prensa de
Buenos Aires nada sobre extranjeros, sobre atraso,
sobre barbarie más claro que en su libro! ¿ Qué resul-
268 ALBERDI
ta de todo ese conjunto? Que los bárbaros son el azote
de América.—Sarmiento."
Santiago, Octubre 9 de 1852.
" He visto en los diarios su nombramiento de repre-
sentante de la República Argentina aquí, y le felicito
de todo corazón.
Cuando venga usted para acá o cuando lo desee le
comunicaré lo que él Presidenlte me ha indicado como
conveniente arreglar entre las dos Repúblicas—Tra-
tado postal, Aduanas, etc., etc. Yo escribí a Mendoza
pidiéndoles datos sobre algunos puntos, ele, etc.; todo
lo que si viene estará a su disposición.—Sarmiento.''
1850.—Recuerdos de Provincia.
"Educado por medio de la palabra por él presbítero
Oro, por el cura Albarazin; buscando siempre la so-
ciedad de los hambres instruidos, entonces y después
mis amigos Aberastain, Pinero, López, Alberdi, Gu-
tiérrez, Oro, Tejedor, Fragueiro, Monitt y tantos otros
han contribuido sin saberlo a desenvolver mi espíritu,
transmitiéndome sus ideas. . . "—Sarmiento.
I
Sudamérlca del 9 de Junio de 1851.
"Puede ser la pasión la que me alucine; pero de
sólo los argentinos que están en el Pacífico, desde Con-
cepción a California, hay tela de dónde cortar un buen
Congreso, de cuya idoneidad Chile, Bolivia y el Perú
OBRAS SELECTAS
269
se darían por muy satisfechos. Los nombres que si-
guen justificarán el aserto:
Dr. D. Gabriel Ocampo, jurisconsulto.—RIOJA.
Dr. D. Domingo Ocampo, miembro de la Corte de
Apelaciones de Concepción.—RIOJA.
Dr. D. Ramón Ocampo, jurisconsulto.—RIOJA.
Dr. D. Juan Bautista Alberdi, jurisconsulto, publi-
cista, ex secretario del Gobierno de la Intendencia de
Concepción.—Ttjcuman.
Dr. D. Martín Zapata, jurisconsulto.—Mendoza.
D. Juan María Gutiérrez, ingeniero del Departamen-
to Topográfico.—Buenos A i r e s .
D. Antonio Aberastain.
D. Francisco Delgado.
D. Carlos Lamarca.
D. Gregorio Beeche.
D. Gregorio Gómez.
Dr. D. Javier Villanueva, etc., etc.,".—Sarmiento.
1852.—'CARTA AL GENERAL URQUIZA
" Si ha entrado, pues, el general Urquiza en Buenos
Aires, mande disolver ese Congreso sin libertad, sin
dignidad, sin prestigio, para que no figuren en él sus
sirvientes, Elias, Seguí, Leiva, Huergo, Gorostiaga,
que están diciendo a gritos lo que hay en el fondo, y
convoque un nuevo Congreso, elegido libremente, en
que entren los Sres. Alberdi, Guido, Alsina, Ancho-
rena, López, Mitre, Lagos (el coronel), Pórtela, Vé-
lez, Carril, Pico, etc.; hombres de saber, de prestigio,
de autoridad, de conocimientos."—Sarmiento.
270
ALBERDI
Campaña en el ejército grande, pág. 244.
" A mi regreso a Valparaíso tuve el gusto de ver-
consignado en el precioso escrito del Dr. Alberdi: Ba-
ses para la Constitución de la República Argentina,
aquellas ideas madres que me había esforzado en doce
años de trabajos en hacer populares, sirviendo de
constitución... El libro del Sr. Alberdi era, a mi jui-
cio, un acontecimiento político. Nadie habría podido
desenvolver en la República Argentina las ideas que
contiene... La Prensa argentina reprodujo el trabajo
del Sr. Alberdi: unos, en abono de Urquiza; otros, en
vía de ironía; pero todos difundiendo y popularizando
las ideas que contiene. Yo provoqué una reunión de
argentinos en Santiago, para que hiciéramos una ma-
nifestación en favor de las Bases."—Sarmiento.
Muchos más elogios que debo al Sr. Sarmiento ha-
bría podido reunir en este trozo, si yo tuviese costum-
bre de compilar y guardar elogios. Pero bástanme y
prefiero los de fecha más reciente, para no dejar su-
poner en el intervalo un cambio de mi conducta o de
mis ideas, que legitime el de la pluma que hoy me
hiere.
Muy necio y ridículo es reproducir elogios en favor
de uno mismo; pero la acción tiene disculpa cuando
es un medio de represalia empleado en lugar de recri-
minaciones e insultos destemplados. En lugar de vol-
ver fango, ¿no es mejor que yo arroje al Sr. Sarmien-
to sus propias ñores secas? Poniendo sus elogios de-
lante de sus dicterios, he querido que el panegirista
desacredite al detractor. Cuando esto es obra de uno
OBRAS SELECTAS
271-
mismo, ¿ a quién echar 'la culpa ? ¿ El castigo de sí mis-
mo no es el más soportable?
P. S.—Habiendo sido objeto de imputaciones des-
agradables de parte del Sr. Sarmiento, creo tener de-
recho a reproducir las siguientes piezas, venidas a mi
poder después de escrito lo anterior, como comproban-
tes del valor que tiene el testimonio histórico del au-
tor de la Campaña en el Ejército grande.
Una casa de comercio respetabilísima, ajena a la po-
lítica, inclinada más bien al partido opuesto del gene-
ral Urquiza, juzga el escrito del Sr. Sarmiento como
lo he juzgado yo. No dirá él que esa casa ha recibido
encargo de Urquiza para refutarlo, en Buenos Ai res,
el 4 de Marzo de 1853, más de un año después de la-
revolución de 11 de Septiembre.
En el número 240 de El Nacional de Buenos Aires,,
se lee la carta que sigue:
"Señor redactor de El Nacional:
En el número 235 de su acreditado periódico hemos,
leído las siguientes líneas, escritas por D. F. Sarmien-
to, en su obra titulada Campaña en el Ejército grande-
aliado de Sudamérica:
"Por la casa de Llavallol supe que se habían entre-
gado el 1.° de Febrero a D. Fermín Irigoyen 2.000 on-
zas de oro para remitir a Benavides por cuenta de Ro -
.272
ALBERDI
sas. ¿ Alcanzó a mandar las onzas D. Fermín ? ¿ Las re-
cibió Benavides, etc.?
No poca sorpresa nos ha causado semejante alusión,
destituida, por otra parte, de toda verdad. ¿Qué mo-
tivo habrá habido para que el Sr, Sarmiento se acuer-
de de nosotros ? Una vez única le vimos en Palermo, a
principios del mes de Febrero del año próximo pasado;
no alcanzamos a estar diez minutos con él, y por su-
puesto que éstos se emplearon en el cambio de cum-
plimientos usuales y en hablar generalidades, como su-
cede entre personas que se ven por la primera vez en
su vida y que no tienen asunto especial de conferen-
cia. No entramos a tratar de materia determinada, ni
aun tiempo había habido para ello. Todavía es menos
cierto el que hubiésemos dicho cosa referente a don
Fermín Irigoyen ni a las mencionadas 2.000 onzas. No
teníamos !la menor idea sobre el particular, y si tal hu-
biésemos dicho, no habría sido de nuestra parte sino
un embuste. Creemos, pues, deber declarar del modo
más formal que el escritor ha padecido una equivoca-
ción en esa alusión relativa a nosotros. Lo creemos un
deber, repetimos, principalmente por mediar un com-
patriota como el Sr. Irigoyen, cuyas recomendables
cualidades conocemos y apreciamos, y porque nuestro
silencio podría autorizar hasta cierto punto alguna
mala interpretación.
Sensible es que el Sr. Sarmiento no se muestre más
exacto en sus citas; puede ser que la memoria no sea
en él una facultad descollante; mas así el crédito de
sus narraciones puede hacerse problemático. Las re-
glas de la crítica severa exigen en el historiador exac-
titud y veracidad como primera y vitales condiciones.
OBRAS SELECTAS
273
Mucho agradeceremos, señor redactor, que se sirva
tisted insertar estas líneas en su ilustrado periódico.
En ello, sobre contribuir a cumplir con un acto de jus-
ticia, hará un particular obsequio a sus atentos servi-
dores.—Jaime LlavaUol e hijos."
Btjetmos Aires, Marzo 4 de 1853.
' OBRAS SBLBOTAS.—Tomo V. 18
VI
( 1875- 77)
La democracia de Buenos Aires y su papel en los
destinos de la democracia argentina.
El antiguo régimen difiere del régimen moderno,
proolamado por ila revolución de la independencia, en
las piovincias antes españolas del Río de la Plata en
este hecho capital:
En el antiguo régimen, era un país hecho y formado
para el Gobierno; en él nuevo régimen, es un Gobier-
no hecho y formado para el país.
Cuando digo es, quiero decir debe ser, por el prin-
cipio nuevo, que todavía no es un hecho.
Tal es la diferencia radical que los distingue y se-
para.
El cambio del uno por el otro ha sido la revolución.
Ella ha consistido en la inversión completa del modo
como estaba colocado el cuerpo social. Lo que estaba
arriba ha sido puesto abajo y viceversa.
276
AL BERDI
Pero como ta'les cambios no se improvisan; como la
cabeza no puede convertirse en pies ni los pies en ca-
beza con sollo un yo lo quiero; como un árbol no pue-
de desarraigarse para plantarse de nuevo por las ra-
mas y seguir viviendo y siendo el mismo árbol, la re-
volución tiene que durar tanto como ha durado la obra
de la formación del régimen antiguo, que se confundía
con la existencia y modo de ser del Estado mismo.
Todavía el nuevo régimen será de formación más
lenta que lo fué el antiguo, por estas razones.
La formación del nuevo es un doble trabajo de de-
molición del viejo y de reconstrucción del nuevo a la
vez. El antiguo fué la obra de otro Poder ya forma-
do. El nuevo (tiene que ser la obra de sí mismo, obra
difícil, pero que lucha con la resistencia de las luchas
anteriores y contrarias, que el viejo régimen no tuvo
que vencer. Obra del instinto y del poder de las cosas,
más bien que de una voluntad inteligente, experimen-
tada.
La república o el nuevo régimen es, a la vez, la au-
tora y la obra, el constructor y el edificio, el productor
y el producto de sí mismo, hecho para sí mismo.
La colonia que precedió a la república fué la obra
del monarca, que la edificó para su utilidad y conve-
niencia exclusiva.
La colonia o el antiguo régimen fué el país hecho
para el Gobierno; la república fué el Gobierno hecho
para el país; es decir, para ser instrumento, órgano,
servidor del pueblo proclamado nuevo soberano, de
vasallo que antes era.
No hay república, no hay régimen moderno donde
quiera que el país se constituye, vive y obra para el
OBRAS SELECTAS 27 7
Gobierno y para sus gobernantes. Es república en el
nombre; es la antigua colonia con el nombre de repú-
blica en la realidad.
Pero éste es el hecho natural. La república nacida
de una colonia; o una colonia formada y viviendo en
la obediencia absoluta de un Gobierno extraño a su
formación, proclamada república libre, es decir, de-
biendo gobernarse a sí misma de un día para otro,
es una violencia hecha a ley natural de la formación
de todo organismo. Tiene que ser por mucho tiem-
po una república nominal.
Es decir; un país libre nominalmente, pero en rea-
lidad viviendo y-obrando para su Gobierno y en pro-
vecho de sus gobernantes.
Tal es la condición política y social de las repúbli-
cas que fueron colonias de España hasta principios
del siglo xi x, en la América que fué española.
Estado de transición, pero estado real e inevita-
ble; estado contradictorio, doble, de fermentación y
de lucha, de composición y de descomposición con-
tinua.
Esto es lo que no sucede en la América del Norte,
por la revolución de la América republicana que fué
colonia de Inglaterra, porque en su vida colonial su
régimen de gobierno fué el mismo que después de he-
cha independiente.
La América inglesa no tuvo antiguo régimen, en
el sentido de un gobierno diferente y opuesto al ac-
tual y moderno. Ella fué libre antes de ser indepen-
diente, en el sentido que se gobernó a sí misma y se
legisló a sí misma, y, naturalmente, para su provecho
propio, no para el de otro país o monarca.
278
ALBERDI
La libertad en los Estados Unidos no es un nuevo
régimen; es el mismo régimen en que existieron desde
su fundación originaria, en que vivieron como parte
integrante de la libre Inglaterra, o a lo menos como
pueblos libres.
Por eso es que toda reacción contra su régimen
actual de libertad, es desconocida. No tendría razón de
ser volver al pasado; en la vida interior, sería volver
o quedar siempre en la vida de libertad.
El trabajo de la revolución, no es doble: no se com-
pone la mitad de él de la obra de demoler un anti-
guo régimen de dependencia y esclavitud, al paso que
la otra se ocupa de fundar y crear.
Al venir al mundo de las naciones no tuvieron que
gri tar: Oid, mortales, el grito sagrado: libertad, li-
bertad, libertad. No tuvieron que cantar: Oid el ruido
de rotas cadenas, porque no tuvieron cadenas que
romper.
Su política, la tendencia, la dirección de su vida
no tiene ni tuvo dos rumbos: uno, hacia el pasado;
otro, al porvenir. No tiene más que una sola direc-
ción: toda ella hacia adelante.
En la América que fué española, hay dos fuerzas,
que gobiernan a sus sociedades en dos direcciones
opuestas: una tiende a restablecer la vida del pa-
sado; otra, hacia la creación de la vida nueva y mo-
derna.
Como esta última es la legítima y permitida, ni si-
quiera cuida la otra de tomar su nombre y su exte-
rior.
Así se explican las reformas y reacciones que en
nombre de la libertad, no restablecen otra cosa que
OBRAS S ELECTAS 2
7 9
«el régimen de tiranía y despotismo de la vida pasada;
la costumbre secular y los intereses de la cual for-
man un Poder que gobierna a los Gobiernos mismos,
Í IO digo a los gobernados.
Un ejemplo de ello es el hecho tratado en el párra-
fo que sigue, que pertenece a la historia argentina
contemporánea.
Dos ex Presidentes de la República, invocando la
causa de la libertad, Mitre y Sarmiento, han vengado
a la nación argentina de la reacción humillante, que
•ellos mismos le han infligido. Los dos han sido el azo-
te de Buenos Aires, a cuya provincia pretendieron ser-
vir. Razón tienen en ese sentido, el uno de intitular
a su periódico La Nación, y el otro, El Nacional. Los
dos han sido a la vez que de la nación, el azote
de Buenos Aires, supuesto antagonista de la nación
(como quien dice de sí mismo), restaurando por su re-
forma reaccionaria de 1860 el régimen económico de
gobierno con que Rosas empobreció y despotizó al
pueblo de Buenos Aires durante veinte años; por el
mismo sistema con que los virreyes españoles, de que
fué restaurador, como lo demostró Florencio Vare-
la, lo habían empobrecido y vejado antes de 1810; es
decir, nutriendo a su gobierno personal con la nutri-
ción y riqueza del pueblo argentino; es decir, de Bue-
nos Aires y de las provincias, que unidas forman la
nación.
Por ese triste régimen, como en los dos tristes
períodos de la historia argentina, todo el producto
anual del suelo y del trabajo de la nación fué con-
280
ALBERDI
vertido en rédito y entrada del erario de Buenos
Ai res; es decir, de su Gobierno, no de su pueblo, que-
de todos los pueblos argentinos, como el más rico, fué
el que más tributo pagó al tesoro absorbente de stt
gobierno, omnipotente por esa misma absorción.
Restaurando de ese modo la absorción que el Go-
bierno de Buenos Aires hacía desde el tiempo de su,
origen realista, y en virtud de ella, toda la suma del
peder rentístico de la nación, sus reformadores li-
berales de 18Ó0, dejaron a Buenos Aires y a la na-
ción sin su poder económico, es decir, sin su libertad,,
y la entregaron toda al Gobierno de que eran deposi-
tarios los reformadores.
Este fué el móvil determinante de esa restitución;
o restaurasión. Ellos tomaron ese Poder entre sus ma-
nos con motivo de estar en el Gobierno. No fué el de
enriquecer al pueblo de Buenos Aires, en cuya rique-
za no tenían papel, sino al gobierno de Buenos Ai -
res, de que se hallaban tenedores y poseedores. Ellos,
nada tenían que ver con la riqueza de Buenos Aires.
No eran hacendados, ni comerciantes, ni agriculto-
res, ni miembros de gremio alguno de los producto-
res industriales de esa provincia. La operación les t o-
caba únicamente en su calidad de hombres de polí-
tica y de gobierno.
¿Cómo emplearon, según eso, el poder financiero,
retirado de su destino constitucional, que era el de
servir y llenar las necesidades de la nación? Como
lo había empleado el general Rosas: en enriquecer
a Buenos Aires en gloria militar por medio de gue-
rras de patriotismo; y en renovar y perpetuar sus ser-
vicios de gobernantes patriotas, lo que quería decir
OBRAS SELECTAS 2 8 i
de disfrutar indefinidamente de los puestos y suel-
dos ganados por sus servicios a la patria.
Uno de los jefes de la reforma disfrutó de los be-
neficios que ella produjo a sus autores, los seis años
del período de su presidencia, después de los años que
duró su gobernación provincial, en aumento de cuyo
poder fué hecha la reforma.
El otro jefe de la reforma y sucesor en la presi-
dencia, logró disfrutarlo hasta hoy, como más hábil
o menos escrupuloso. Como cuando Rosas y los virre-
yes, el consumo improductivo hecho en pago del tra-
bajo improductivo de su gobierno, fué todo el bene-
ficio que recogía la provincia de su residencia: bene-
ficio estéril que degeneró en empobrecimienjto, por
esa ley natural que Adam Smith señala y demuestra,
sobre los efectos del trabajo improductivo de los fun-
cionarios.
Posesionado del Gobierno, enriquecido con el fon-
do del trabajo y de la tierra del país, Sarmiento ca-
lifica de lírico el pensamiento de Mitre de volver a
ocupar la presidencia de la nación por la elección li-
bre de su pueblo: el otro, trata da cínico al hecho de
perpetuarse en el goce del poder quitado a la na-
ción, mediante los recursos facilitados por la pose-
sión del poder mismo para retenerlo, después de ha-
berle servido para ganarlo.
Entre el quijotismo lírico de Mitre y el tartufismo
cínico del otro, es natural que el mundo esté por este
último (que un gran político economista, J. B. Say,
calificó del más grande de los hipócritas).
Pero él también pagará por donde peca, a manos
de la pobreza crónica, que será el resultado natural
282
AL BERDI
del restablecimiento del régimen económico de go-
bierno que España dio a sus colonias de América,
para que sirviesen a su real erario de máquinas de
renta fiscal, para enriquecer sus cajas, no el bolsillo
de sus pueblos y para fortalecer el poder delegado de
sus virreyes, no la libertad de sus colonos ameri-
canos.
Lo triste es que agravando el mal de Buenos Aires,
sus equívocos amigos que le prueban su amistad por
el método de Rosas, han dañado a la nación de que
Buenos Ai res es diadema y ornamento complementa-
rio, empobreciendo a su pueblo.
Lo que sucede en la República Argentina sucede en
toda la América que fué española, porque toda ella
formó una o muchas colonias de España, que recibie-
ron la misma organización, para obtener los mismos
resultados de renta fiscal y de obediencia pasiva, me-
diante un Gobierno omnipotente y omnímodo. Basta
leer su Código general de Las Leyes de Indias, con-
firmado al fin del siglo X V I I I por la Ordenanza de
Intendentes, que fué la única constitución dada al
gobierno absoluto, ilimitado y omnímodo de esas co-
lonias. Estas palabras no fueron inventadas por el Go-
bierno de Rosas. El las restauró con las leyes del
régimen colonial español, como las han restaurado
sus sucesores liberales, pero virtualmente y sin
r
el
nombre, como convenía a su papel de liberales. Ellos
han copiado el régimen del despotismo ilustrado o
letrado con que gobernó veinte años el Estado del
OBRAS SELECTAS
Ecuador un presidente realista por índole, republicano
exteriormente por bien parecer.
Pero aunque el régimen fuese el mismo en toda la
América colonizada por España en cuanto a sus fines
fiscales, las mismas instituciones produjeron diferen-
tes resultados, según la ayuda que les dio el clima, la
situación y calidad del suelo, la configuración geográ-
fica de sus costas y los productos de que el suelo
respectivo fué capaz.
El despotismo hispano-argentino fué constituido pol-
la misma geografía política a que se prestó su geo-
grafía física y natural. De ahí su persistencia excep-
cional bajo el sistema republicano, derivado de la caí-
da del Gobierno realista.
Pero en la misma Europa meridional, latina y ca-
tólica, no sucede otra cosa que lo mismo que ocurre
en la América del Sur, derivada de esa Europa, y
constituida con sus elementos y condiciones de go-
bierno económico, religioso y político.
La revolución o transformación política intelectual
y religiosa, por que pasan los estados de la Europa
latina y católica, difiere de la revolución del mismo
género operada en la Europa septentrional y sajona
por la misma causa y en los mismos hechos que sepa-
ran la revolución de Sur América de la del Norte.
En los países sajones del Norte de Europa, la re-
volución ha sido la restauración de la libertad tradi-
cional, que el despotismo naciente pretendía descono-
cer o destruir. La revolución no ha introducido un
nuevo régimen de libertad, sino un nuevo régimen
de despotismo, que intentaba establecer en detrimen-
to del pasado de libertad. Así en Holanda, como en
284
ALBERDI
Inglaterra y la América antes inglesa o Estados
unidos.
En la Europa latina, meridional y católica, la re-
volución ha sido la inversión y abrogación del antiguo
régimen de opresión y despotismo, por un régimen de
libertad. El doble cambio ha requerido un doble tra-
bajo de demolición y descomposición de lo pasado, y
fundación y reconstrucción de un nuevo régimen des-
conocido de libertad.
La revolución ha sido naturalmente la lucha de dos
regímenes, de dos sociedades, de dos principios anta-
gonistas y rivales. Esa lucha se ha distinguido por
alternativas de victoria y de derrota del uno sobre
el otro de los dos órdenes de sociedades beligeran-
tes. Aunque ya secular, está lejos de verse termi-
nada.
En la Europa del Sur, el antiguo régimen no se
niega a sí mismo, no disimula sus principios y preten-
siones; en la América del Sur no es así. El antiguo
régimen, no tiene bandera ni pretendientes de restau-
ración. No hay un partido que pretenda reinstalar el
régimen colonial, ni volver a la obediencia y depen-
dencia de España, ni reconstruir el despotismo en que
se fundaron y vivieron sus estados, antes españoles.
Todos confiesan y profesan querer y quieren el cam-
bio, pero a condición de vivir libres como vivieron
colonos. Vi vi r bajo el nuevo régimen escrito, conser-
vando el antiguo régimen existente de hecho y vir-
tualmente. De aquí también una vida de lucha de dos
OBRAS SELECTAS
métodos de vida, como en Europa; pero no en las
mismas condiciones.
El antiguo régimen tiene partidarios y pretendien-
tes a su restablecimiento en la Europa latina, porque
tuvo grandezas, que le dan derechos a esa pretensión.
A él debe Europa su civilización moderna. En Sud-
América no los tiene ni puede tenerlos, porque su pa-
sado fué un régimen de sujeción y vasallaje inepto y
vergonzoso, que nada fundó por si, ni en su nombre
propio de Gobierno americano, sino como instrumen-
to pasivo del Gobierno exótico de España, y para su
grandeza y provecho exclusivos.
Arrojada España del nuevo mundo, los que fueron
provechos y beneficios para su corona, pasaron a ser-
lo para las ciudades, localidades y funcionarios que
tuvieron el papel de administrarlos y explotarlos en
nombre y en provecho de España, y que han conti-
nuado teniéndolos y disfrutándolos en nombre y pro-
vecho de las mismas localidades, sin dar cuenta de
ellos a la nación argentina como nueva soberana, así
como las daban a su antiguo soberano el Rey de Es-
paña.
De ahí la lucha que vive en el fondo de la moder-
na historia contemporánea de Sur América, no entre
dos órdenes de principios, sino entre dos órdenes de
hechos; no entre dos sistemas, sino entre dos intere-
ses, a saber: el público y moderno, y el local y ru-
tinario.
Los centros capitales del- Poder español en Améri-
ca continuaron siéndolo después de la independencia,
con esta particularidad, de que siendo la autoridad
general nueva un Poder desconocido todavía aun de
286
AL BERDI
los mismos miembros de la nación, los centros capi-
tales se encontraron en cierto modo como poderes
dueños absolutos de países, de cosas y de poblaciones,
de que sólo eran centros.
Así es como de cada una de las grandes secciones
coloniales, se formó un nuevo estado alrededor de su
antiguo centro colonial; y la razón por qué cada cen-
tro capital encontró resistencias para hacerse admi-
tir capital y centro de la moderna nación, como lo
había sido de la antigua, es decir, de España. Ert
todas partes hubo antagonismo entre las capitales
de los nuevos Estados soberanos y las provincias in-
tegrantes de cada uno de esos estados.
Ese fué otro motivo de lucha que perturbó la obra
de la organización de las nuevas repúblicas en Estados
compactos, dotados de la unidad que debía dar vigor
y fuerza a sus nuevos Gobiernos. De ahí la divisióa
en muchos de ellos entre federales y unitarios.
La analogía de la revolución de la América meri -
dional latina y católica con la revolución de la Euro-
pa meridional, latina y católica, no deja de existir-
porqué los Estados de Europa no hubiesen sido colo-
nias de otros Estados como fueron los de Sudamé-
rica. En una cosa coincidían sus condiciones de exis-
tencia, bajo el antiguo régimen, y es la dependencia
absoluta, en que los pueblos americanos estaban res-
pecto del Gobierno de España, que los fundó como sus
colonias, y los pueblos de Europa, de sus propios-
Gobiernos absolutos, ilimitados y omnipotentes.
OBRAS SELECTAS 287
En ambos continentes, la revolución proclamó ca-
beza lo que era extremo inferior, y colocó el Poder
soberano y supremo en las manos que no habían te-
nido otro oficio y función orgánica, en lo pasado, que
ejecutar la voluntad y el pensamiento de los que pa-
saban a ser iguales a sus inferiores en el régimen in-
verso creado por la revolución.
De ahí el estado permanente de lucha entre los res-
tos y tradiciones de los dos regímenes, que presenta
el desarrollo y la marcha de la organización social
moderna en ambos mundos católicos y latinos; y que
no tiene ni puede tener lugar en la marcha de los
Estados septentrionales y sajones, de Europa y Amé-
rica, sino en un grado apenas perceptible.
La América latina y católica tiene, sin embargo,
una ventaja en este punto sobre la Europa latina y
católica: es que no tiene dinastías, ni pretendientes
dinásticos al Gobierno de los Estados emancipados de
España, que defiendan y mantengan como suyo el an-
tiguo régimen de su gobierno.
La soberanía del pueblo o la democracia es el re-
sultado normal y lógico de la ausencia y de la impo-
sibilidad de restablecer o crear dinastías representa-
tivas del viejo régimen, condenado, desconocido, más
que destruido por la revolución, que lo ha reempla-
zado por un nuevo régimen de Gobierno democrático,
proclamado es verdad, escrito, sancionado, más bien,
que establecido. La democracia o la soberanía y el
Gobierno del pueblo es un hecho que no se produce
de improviso por un decreto. Su creación es obra lar-
ga y lenta; obra del tiempo, de la fuerza de las co-
sas y de la razón y conveniencia de las personas de
288
AL BERDI
que se compone el pueblo, llamado a la soberanía de
sí mismo.
El inconveniente que debilita esta ventaja de la
América latina de no tener dinastías ni monarcas, que
defiendan como suyo el antiguo régimen despótico y
omnipotente de gobierno; es que por la fuerza natu-
ral de las cosas, los reyes y monarcas absolutos que
faltan son reemplazados de hecho y por la necesidad
de un Gobierno y de un orden cualquiera, por los
hombres culminantes como guerreros, como propie-
tarios, como sabios, como aventureros audaces, que
invocando la autoridad misma del pueblo soberano, se
apoderan de sus medios de gobierno, reconstruyen
con ellos el absolutismo del Gobierno realista abolido, y
en nombre de la república y de la democracia del pue-
blo, mantienen al pueblo soberano en la misma con-
dición que tenía siendo pueblo-colonia de España, es
decir, obediente y sumiso al Gobierno de la patria,
en que el soberano pueblo no tiene más que una par-
ticipación nominal, aparente e irrisoria.
La mayor o menor facilidad de que este desvío se
produzca, viene del modo de ser del pueblo, de la for-
ma del suelo y de los lugares que concurren a la pro-
ducción y contribución de los recursos de poder eco-
nómico con que la autoridad existente gobierna. Esos
recursos constituyen su poder o gobierno de hecho,
que, naturalmente, tiene que ser omnipotente e ili-
mitado como era cuando era monárquico, si los re-
cursos de poder y gobierno entregados a un goberna-
dor republicano son los mismos que entregaban al rey
o a su virrey, para ejercer su gobierno absoluto y om-
nímodo, sobre el pueblo de colonos.
OBRAS SELECTAS
El nuevo gobernador democrático tendrá los mis-
mos recursos de poáer omnipotente y omnímodo, que
tenía el virrey monarquista, si habita y gobierna en la
ciudad y con las mismas instituciones que fueron con-
cebidas con el fin de hacer traer y concentrar en las
manos del Gobierno general omnímodo del virrey, los
recursos económicos del Poder del país entero.
Esto es lo que se verifica en la República Argentina,
por ejemplo, donde el Gobierno monárquico en cuan-
to absoluto y omnímodo que ejercía bajo el antiguo
régimen el gobernador general y virrey de todas las
provincias, ha seguido existiendo bajo el nuevo régi-
men, en manos del Gobierno o gobernador de Buenos
Aires, capital o centro político, puerto, aduana, te-
sorería, Banco de todas las provincias, conservando,
a pesar de la generalidad de su poder en todas las
provincias que forman el virreynato, el simple nom-
bre de gobernador y Gobierno de la provincia de Bue-
nos Aires.
La generalidad de su poder de hecho sobre toda
la nación, reside en la generalidad de los recursos
nacionales de poder que concentra en sus manos, co-
mo los concentraba el gobernador virrey, por resulta-
do de la complexión y contextura que el país recibió del
Gobierno de España, para beneficio exclusivo de su
corona, no para el de sus colonos del Río de la Plata.
El resultado de esa organización o disposición, que
el nuevo régimen ha dado a las cosas hasta hoy, es
que el nuevo Gobierno continúa teniendo todos los re-
cursos de poder, que originariamente recibió para go-
bernar despóticamente a una colonia, que después ne-
cesitó conservar para sacudir la dominación de Es-
OBIÍAS SIÍ LIÍ CIAS. —Tomo V . 1!)
2go
ALBERDI
paña y conquistar su independencia, que después de
obtenida la independencia o libertad exterior, conser-
vó, bajo Rosas, para dominar al país en nombre de la
libertad, como lo dominaban los virreyes, en nombre
del Rey de España.
El Poder conquistado a España no lo tiene el país,
sino el Gobierno. Y siendo ese poder el mismo que
antes era en exorbitancia la libertad individual, es de-
cir, la del ciudadano respecto del Gobierno, está tan
ausente del país bajo el nuevo régimen, como lo es-
tuvo bajo el antiguo. Los recursos de poder de la na-
ción entera continúan en manos, no del pueblo de Bue-
nos Aires, sino del Gobierno de Buenos Aires, o más
bien, de la porción gobernante de esa provincia ex me-
trópoli de derecho en lo pasado y metrópoli de hecho
en la actualidad.
Ya se ve que aplicamos las consideraciones gene-
rales y americanas que preceden a la República Ar-
gentina y su condición presente. La condición del pue-
blo de Buenos Aires no es distinta de la condición del
pueblo de las provincias, en presencia del Gobierno de
Buenos Aires, poseedor exclusivo de los recursos que
el viejo régimen le creó y organizó para él, como re-
presentante del Rey de España.
No basta que el pueblo o la democracia de Buenos
Aires sea la más ilustrada, la más patriota, la más
liberal de todo el país argentino; si ella deja toda la
suma de sus recursos de poder en manos de su Go-
bierno inmediato y local, viene a ser una democracia
tan ajena y desnuda de libertad, como lo era ese mis-
mo pueblo cuando era colonia de España.
OBRAS SELECTAS 291
La democracia o el pueblo de Buenos Aires es real-
mente un fenómeno del todo excepcional en Sud-
América; como es excepcionalmente incomparable su
situación geográfica, que por sí sola le asegura en to-
dos tiempos una población adelantada, culta, laborio-
sa, y un progreso tan seguro que es a prueba de des-
potismo, de guerras y de anarquía casi permanente. La
razón principal de ello es que se compone, en su mitad
casi, de inmigrantes que proceden de la Europa más
cuita, ni más ni menos que a Nueva York, la cual edu-
ca o edifica a la otra mitad nativa, en la práctica y
ejercicio de la vida civilizada.
En este sentido, y por esta causa, la democracia de
Buenos Aires es una perla, una preciosidad política,
capaz de hacer la prosperidad de todas las otras pro-
vincias argentinas, en riqueza, en gobierno y en ci-
vilización, a esta condición sitie qua non, a saber: la
de no confundir a la democracia de Buenos Aires con
el Gobierno de Buenos Aires, ni a este Gobierno con
el pueblo, cuando se trata de la producción y distri-
bución del fondo general y periódico del suelo y del
trabajo del pueblo de Buenos Aires y del pueblo de las
otras provincias que, juntas todas, componen lo que
se llama el pueblo argentino.
La solidaridad de intereses del pueblo de Buenos
Aires con el pueblo de las otras provincias es com-
pleta; no así con su Gobierno, que tiene una suerte
aparte y privilegiada, por su constitución tradicional
y de origen colonial, mediante la cual el pueblo vive
y funciona para utilidad y beneficio del Gobierno, pero
no viceversa.
Buenos Aires no puede ser rico sin que lo sean los
2g2
AL BERDI
otros pueblos argentinos, ni puede ser pobre sin que
lo sean los otros. No hay antagonismo entre ellos. Pero
sí lo hay entre el pueblo que produce todos los re-
cursos y el Gobierno, que los absorbe todos, dejando
al pueblo empobrecido, impotente y sometido. El Go-
bierno es rico y fuerte con la fortuna del pueblo; el
pueblo, que la produce, lucha a menudo con las pe-
nurias de la escasez.
Esto sucede en fuerza, no de que los gobernantes
de Buenos Aires sean malos, sino de la contextura or-
gánica y originaria de su Gobierno, que es, en subs-
tancia, la del régimen heredado a España, por el cual
existía el pueblo para beneficio y provecho del Gobier-
no colonizador, no el Gobierno para el pueblo colono
y tributario. Las instituciones son las malas, no los
hombres, no las personas de los que gobiernan o son.
gobernados por ellas aun en el Poder mismo.
Los hombres mismos, con sus defectos, son el pro-
ducto de esas instituciones, como gobernantes. Este es
el sentido de la regla que explica a los hombres de
esos países por las cosas, no las cosas por los hom-
bre. Es cumplimentar a los hombres políticos el atri-
buirles el poder creador de formar a las cosas; son
las instituciones políticas de Buenos Aires las que po-
nen en manos de su Gobierno la suma de los recursos
económicos de poder político y rentístico, no sólo del
pueblo de las provincias argentinas, sino del pueblo
mismo de la provincia de Buenos Aires. No hay mayor
error que el que padecen los que piensan que Buenos
Aires, es decir, su población, aprovecha y percibe lo
que esas viejas instituciones heredadas a urT tiempo
y régimen de opresión, quitan a las provincias argén-
OBRAS SELECTAS 293
tinas. La primera, cuyo pueblo padece ese despojo
o vejamen, es la misma provincia de Buenos Aires,
es decir, su pueblo, y todo lo que ella pierde con las
demás, va a manos de su Gobierno.
El mal no sería un mal si los recursos del pueblo
argentino viniesen al pueblo de Buenos Ai res; porque
la riqueza del pueblo de Buenos Aires haría la del
pueblo argentino, de que es su miembro integrante y
solidario en fortunas prósperas y aciagas.
Esa absorción y concentración es un mal público,
porque la riqueza y poder fiscales de las provincias
todas, y de la misma provincia de Buenos Aires, pasa
enteramente a manos de su Gobierno local, que viene
a ser por resultado de ello, el Gobierno omnipotente,
ilimitado y absoluto, no sólo del pueblo de Buenos Ai -
res, sino del pueblo argentino todo entero, como se
vio de manifiesto en el período en que Rosas ejerció
de frente todo el poder de que es capaz el Gobierno lo-
cal de Buenos Aires.
Esas son las instituciones que es preciso cambiar,
no sólo en provecho de la nación, sino de la misma
Buenos Aires, que es su primera víctima, como más
inmediatamente sometida a ellas, y sujeta a sus efec-
tos desastrosos sobre la libertad y la riqueza del país.
Es de necesidad operar ese cambio con la paz, res-
peto y convicción que hacen fecundos y eficaces esos
cambios, para que la revolución o sustitución de un
régimen antiguo, de opresión y pobreza, por uno nue-
vo de opulencia y libertad, se vuelva un hecho real,
en lugar de ser una promesa, como lo es actualmente.
Pero para cambiarlos es preciso señalarlos, expli-
carlos, conocerlos.
2
9
4
AL BERDI
Es la primera parte del trabajo de la reconstruc-
ción de régimen de gobierno en el Plata republicano
y moderno. La segunda, después de conocer lo que
debe ser cambiado y por qué debe serlo, viene a ser
el estudio de las instituciones que deben reemplazar a
las viejas.
Pero este último trabajo de reconstrucción exige dos
cosas: Primera, inteligencia en las cosas de estado,
ciencia y estudio de sus fundamentos esenciales, lar-
gos estudios de administración; en fin, el saber que
no han tenido hasta hoy sus hombres poiídcos. Segun-
da, la espera, tiempo y paciencia que exige la forma-
ción de los hábitos de gobierno y la transformación
de las reglas en costumbres arraigadas.
Nosotros hemos comenzado por el fin, es decir, por
la política; es decir, la aplicación del régimen que de-
bimos comenzar por fundar, en lugar del régimen abo-
lido solamente en teoría.
La iniciativa de estos trabajos pertenece al pueblo,,
en cuyo provecho y mejoramiento son necesarios y
deben operarse.
Los gobernantes no deben poner la mano en ellos,
porque su interés está ligado al mantenimiento de las
viejas instituciones, que construyen al país al pala-
dar del Gobierno y para su beneficio exclusivo.
De los hombres salidos del pueblo más escogido, los
que aspiran o esperan ser Gobierno, son tan incompe-
tentes como los gobernantes, porque una vez entrados
al Gobierno, las instituciones viciosas les darían todo
lo que arrebatan al país.
Los ex gobernantes son una resistencia para toda
reforma tendente a disminuir la exorbitancia del Po-
OBRAS SELECTAS 2
95
der. Todo el que ha estado en el Gobierno, aspira a
volver a él, con más vehemencia que el que nunca
lo ocupó.
Si la democracia ha de quedar definitivamente en
las provincias argentinas, dueña y soberana de sí mis-
ma, la de Buenos Aires ha de ser el principio, modelo
y eje de ese cambio, a la condición dicha de no con-
fundir, cuando se trata de Buenos Aires, a su pueblo
con su gobierno, pues deben a la constitución natural
de su origen colonial el ser antípodas y antagonistas
en destino el uno y el otro.
Si su pueblo puede ser el mejor modelo de demo-
cracia argentina, por los elementos modernos de su
composición, que son los mismos de Nueva York o
Filadelfia, por ejemplo, el Gobierno de Buenos Aires
es y será el peor modelo de provincia, por la ley de
su origen, que nada tiene de holandés ni sajón, como
el de Nueva York y Pensilvania; como Gobierno ab-
sorbente de las fuerzas de todo el país, que debía te-
ner sometido para la corona de España, constituido
con ese propósito de su propio enriquecimiento y po-
der, conforme al pensamiento oficial y fiscal con que
fué organizado por España para servicio y provecho
de su Corona, no del pueblo de sus colonos. Para ese
propósito y destino le dio España la constitución o
complexión orgánica más propia y adecuada al desem-
peño de su papel fundamental. Esa complexión ha so-
brevenido a la dominación española, y continuando sir-
viendo al nuevo Gobierno, en beneficio de sus deposi-
tarios, no del pueblo de su mando.
La democracia de Buenos Aires, con todas sus be-
llas cualidades, está gobernada y representada por la
2g6 ALBERDI
institución de un Gobierno local, esencialmente im-
perial y omnipotente por la naturaleza y alcance de sus
facultades de hecho, una de las cuales basta para ha-
cerlo merecedor de ese nombre, y esa es la facultad
o poder de levantar empréstitos nacionales, de carác-
ter forzoso, sin veto, limitación, ni control de la na-
ción, por la emisión de su deuda-papel-moneda-legal o
liberatoria, es decir, que todos están forzados a com-
prar con su fortuna, si quieren tener con qué comprar
su pan, su ropa, vender el producto de su trabajo.
Asi, todo habitante de la República Argentina pue-
de ser forzado a prestar su fortuna al Gobierno de
Buenos Aires, sin que el Congreso nacional mismo
pueda embarazar ni ejercer ese poder.
Con esa y otras facultades por ese orden, el Go-
bierno de Buenos Aires tiene en sus manos toda la su-
ma del Poder público, no sólo del pueblo de Buenos
Aires, sino del pueblo argentino todo entero, con lo
cual todo el pueblo unido queda privado de su poder
inmediato de gobernarse a sí mismo, lo que vale de-
cir de su riqueza y de su libertad, convertida toda en
riqueza y poder fiscal del Gobierno, que en otro tiem-
po fué ejercido por un virrey absoluto.
Otro de los inconvenientes o resistencia con que tie-
ne que luchar la solución del problema democrático
en Buenos Aires, viene de que los depositarios y tene-
dores del Gobierno, son personas que salen y forman
parte del pueblo de Buenos Aires, en que cuentan con
el apoyo natural de sus mil relaciones y vínculos de
familia, de intereses, de amistad, de conveniencia pri-
vada, etc.
Por gobierno de Buenos Aires entiendo la admi-
OBRAS SELECTAS 2
97
nistración toda entera de esa provincia, considerada en
el conjunto de todas sus ramas, y en todos los grados
de su jerarquía administrativa; a que se agrega el
ejército local, los pensionados y todos los que viven
de algún modo del Gobierno.
Y aunque así considerado, todo ese Buenos Aires
oficial y gubernamental, por numeroso que sea, no es
más que una minoría comparado con la totalidad del
pueblo de la provincia de Buenos Aires, que, sin em-
bargo, conduce a la mayoría, porque la gobierna, no
sólo porque le tiene su autoridad delegada, sino por-
que le tiene sus medios y recursos económicos de po-
der efectivo, mediante la complexión orgánica de la
antigua colonia armada y montada en república; sin
embargo, un antagonismo radical y profundo divide
a sus intereses y los mantiene en una lucha sorda y
latente, que se traduce por un malestar indefinido, pues
el uno gravita en un sentido diametralmente opues-
to al que sigue el otro: el Gobierno tiende a fortifi-
carse y enriquecerse a sí mismo con la riqueza y el po-
der del pueblo; el pueblo tiende a conservar la rique-
za y poder que le pertenece, como producto de su tra-
bajo, de su tierra y de su capital propios. La esperan-
za del porvenir democrático descansa en que esa lucha
tiene, al fin, que terminar por el triunfo y ascendien-
te del pueblo, fuerte de todo Poder y de todo Gobier-
no. Si no en un solo día, al menos día por día, en el
curso ulterior de su vida política.
Mientras viene el día de la victoria, esa lucha será
la de la vida misma del pueblo de Buenos Aires. Todo
Gobierno fundado en la base del antiguo régimen de
absorción absoluta de la vitalidad y poder del pueblo
298
ALBERDI
de su mando, caerá como cayó el de España en 1810;
como cayó el de Rosas, que era su restauración, en
1852; como están cayendo y caerán los Gobiernos re-
construidos ulteriormente sobre su plan y sistema de-
crépito, violento y ruinoso de todo progreso sólido y
permanente del pueblo de Buenos Aires y del pueblo
argentino, cuyos destinos son idénticos y solidarios.
El pueblo de Buenos Aires es la expresión de la
democracia argentina, su vanguardia, su locomotora;
en tanto que el Gobierno de Buenos Aires, como ins-
titución tradicional, es y tiene que ser la remora de la
democracia del Plata, es decir, del nuevo régimen de
existencia libre de esos pueblos.
Pero se dirá: ¿Qué podrá hacer el pueblo, desar-
mado, contra un Gobierno establecido, arraigado y ar-
mado?
No se trata de una lucha militar, ni de una guerra
material, sino de una lucha desarmada, pacífica, legal,
de progreso natural y gradual. Se trata de una evo-
lución, no de una revolución, en el sentido moderno
que la sociología da a esa palabra, que es el desarrollo,
progreso.
En esa lucha vital, el pueblo es más poderoso cuan-
to más desarmado, pacífico y paciente. Su causa está
en manos de la naturaleza. Sus soldados son los pa-
dres de familia, los que aspiran a serlo, todos los in-
dividuos del orden social, cuyo instinto y móvil que
determinan su conducta son los de vivir, mejorar, en-
grandecerse, prosperar. En la gran campaña del pro-
greso general y común, cada uno conspira en favor de
sí mismo, del engrandecimiento, del mejoramiento, del
enriquecimiento y bienestar de su persona y familia.
OBRAS SELECTAS
Ese egoísmo natural, indestructible, moral, es la base
e instrumento natural del progreso humano y el obrero
de todos los adelantos sociales, a prueba de malos Go-
biernos y de todo género de resistencias artificiales.
La moral lo consagra, pues tiene la comunión de la
misma religión cristiana, que prescribe al hombre amar-
se a sí mismo, a la par de su prójimo. No se puede, fe-
lizmente, satisfacer su propio egoísmo, sino por la
satisfacción del egoísmo de los otros. Es este egoísmo
honrado, no el patriotismo, que las más veces no es sino
el egoísmo sin honradez, el que ha engrandecido a los
pueblos grandes y el que está llamado a salvar los des-
tinos del pueblo argentino, como de toda Sudamérica,
contra todos los vicios de sus instituciones atrasadas y
absurdas, y los vicios de sus Gobiernos más que de sus
gobernantes. Es el que ha producido la grandeza de la
América del Norte, poblada de esa raza sajona que se
distingue por ese cuidado prudente y frío de su per-
sonal mejoramiento, no sólo sin perjuicio, sino con la
ayuda del mejoramiento ajeno. Los que en la indus-
tria trabajan por su propio aprovechamiento, hacen más
por el bien de la patria que los patriotas de profesión,,
que en el Gobierno sólo hacen su propio bien personal,
en detrimento de la patria, a veces so pretexto de ser-
virla. Por eso el patriotismo exaltado es sospechoso,,
como la caridad ferviente.
Todos los Gobiernos d'el mundo fueron de esa índo-
le y condición en todos tiempos en que el pueblo dejó
de intervenir en la gestión de su vida social y colecti-
va en protección de su derecho privado. El que pasa
por el mejor de los Gobiernos, y lo es tal vez—el Go-
bierno inglés—, fué, según Adam Smith, el más disi-
300
ALBERDI
pador y destructor de la fortuna pública que el mundo
ha conocido; pero el pueblo inglés, engrandecido por
la energía de su propia labor inteligente y sostenida,
reparó sus estragos, y le impuso los cambios de con-
ducta que le han dado al fin la ingerencia suprema y
soberana que ejerce en la conducta política de ese país
libre, rico y feliz como ninguno.
El progreso de Inglaterra no es la obra de sus Go-
biernos, sino de la mano laboriosa de su pueblo mismo;
es decir, de los individuos de que el pueblo está for-
mado, al común de los cuales pertenece el honor de las
grandes iniciativas del Gobierno mismo.
El pueblo de Buenos Aires tiene una ventaja espe-
cial en esta lucha de emulación con su Gobierno, y es,
que por su complexión repulsiva de todo engrandeci-
miento popular, que debe a su origen colonial, su Go-
bierno traba y hostiliza a todos los intereses más esen-
ciales de su progreso, de un modo inconsciente, instin-
tivo, cediendo solamente a su vocación radicalmente
fiscal y gubernamental antes de todo, y después de eso,
solamente patriota o popular algunas veces.
Eso pone las simpatías y el favor cooperativo de
todo el mundo civilizado, de parte del pueblo de Buenos
Aires, en oposición a su Gobierno colonial, de un ori-
gen más viejo que el origen revolucionario, montado
y armado en república libre, sin cambiar su armazón
de colonia absolutista de España. Un Gobierno repu-
blicano, que puede todo lo que podía cuando era realis-
ta, por las fuerzas y órganos económicos y financieros
con que está o se mantiene formado, no deja lugar
a que sea libre y rico el pueblo impotente de su mando
omnipotente por la omnipotencia de sus medios de go-
bierno.
VII
LA CONSTITUCIÓN ARGENTINA
Y LA DE LOS ESTADOS UNIDOS
"Whan will republicans acknowledge that the end of
all good government is the same, though the means may
indeñnitely vary? The end is happinass, liberty, order
and progress; the means depend of the history and
character of the conntries to be governed" (i ).
Sarmiento no es de la opinión del Times en materia
de Gobierno libre. ¿Los fines de la Constitución argen-
tina son idénticos a los de la Constitución de los Esta-
dos Unidos? Luego los antecedentes históricos de Ma-
sachussetts, de Main, de Conecticut deben ser las re-
glas de Gobierno de San Juan, de Córdoba, de Santa
Fe, de Buenos Aires.
En ese razonamiento está fundado todo el sistema
de su Comentario de la Constitución argentina de 1853;
y esa es, en parte, la causa del profundo desorden y
desarreglo que reinan en el Gobierno argentino, que él
ha organizado por ese método.
(1) Del Times del 6 die Octubre de 1876.
302
ALBERDI
Nada más falso que su aserto, por el cual pretende
que la Constitución argentina es copia de la Constitu-
ción de los Estados Unidos. Como la ley argentina no
es obra suya, nunca entendió su sentido, y he aquí la
prueba.
Toda la originalidad, todo lo que forma el carácter
distintivo de la Constitución argentina, reside en seis
u ocho de sus artículos, que son la expresión de los
antecedentes históricos del país y de las necesidades de
su vida moderna.
Por esos artículos es realmente una Constitución ar-
gentina y no de otro país. Ellos responden a las necesi-
dades peculiares del progreso de la República Argen-
tina, de tal modo que toda Constitución en que ellos
falten, será una ley ineficaz y nula, aunque sea copia
de la más perfecta del mundo, considerada en abstracto.
El primero de esos seis artículos es el que da por
capital a la nación Argentina la ciudad de Buenos
Aires, separada de su provincia. Ese solo artículo cons-
tituye el Gobierno nacional, porque le da su poder más
esencial—el de ser exclusivo, local y directo Gobierno
de la ciudad de su residencia—. Y como el Poder ar-
gentino, que consiste en el Tesoro, reside en la ciudad
de Buenos Aires, cuyo puerto contiene la Aduana de to-
dos los argentinos—poner la capital en otra parte que
en Buenos Aires es dejar al Gobierno nacional sin su
poder más esencial, y es dejar este poder en manos del
Gobierno inmediato y local de Buenos Aires, que es
su Gobierno provincial. Este es el hecho, que todas las
palabras y declaraciones escritas del mundo no podrían
alterar.
¿Han visto algún artículo semejante en la Constitu-
OBRAS SELECTAS
303
ción de los Estados Unidos los que pretenden que es
copia de esa ley la actual Constitución argentina?
Así, la capital de la nación en Buenos Aires es la
solución original y propia de ese país, que resuelve las
dos grandes cuestiones que lo han dividido por se-
senta años y producido sus célebres guerras entre uni-
tarios y federales, o porteños y provincianos.
Una de ambas cuestiones es política, la otra es eco-
nómica, y su solución por la capital en Buenos Aires
resuelve el problema de la distribución o división equi-
tativa del Tesoro argentino entre todas las provincias
que forman ese país.
Si tal solución no es copiada de los Estados Unidos,
¿es una novedad paradojal inventada por algún teóri-
co ? Nada de eso. Ella es tomada de la historia del pue-
blo argentino. Es un hecho, que existió durante los úl-
timos treinta años del virreinato de Buenos Aires, des-
de 1776 hasta 1820, es decir, hasta diez años después de
empezada la República. Es una tradición de ambos sis-
temas de Gobierno argentino. La Constitución de 1853
lo restableció y consagró de nuevo; pero los recons-
tructores de la nación lo quitaron de la Constitución
de 1853, porque no estaba en la Constitución america-
na, donde no estaba porque jamás estuvo en su histo-
ria. Uniéndose en un cuerpo de nación que no existió
en la época colonial, los Estados Unidos tuvieron que
crear una capital que tampoco existió. Las provincias
argentinas, confirmando la nación que habían formado
bajo el Gobierno español colonial, no necesitaron crear
su capital, pues ya la tenían desde muchos años.
3°4
A L B E R D I
Otro de los artículos originales de la Constitución
argentina y conexo con el relativo al que establece la
capital en Buenos Aires, es el que consagra la libre na-
vegación de los afluentes del Río de la Plata para to-
das las banderas del mundo (art. 26). Ese artículo abre
todos los puertos argentinos, todos los fluviales hasta
hoy, para el comercio directo, que antes monopolizaba
el puerto de Buenos Aires. Multiplicando las Aduanas,
contribuye a dividir y distribuir esa renta entre todos
los argentinos, no en perjuicio de Buenos Aires, sino en
bien de toda la nación. Abrir los ríos, únicas vías de
comunicación del país, fué llevar el comercio y la in-
migración a las provincias interiores del país. Mante-
ner la clausura de los ríos y de sus puertos, era man-
tener el sistema colonial económico, del que era con-
secuencia la sumisión política de la nación a una sola
localidad, que seguía armada de un privilegio colonial.
¿Han visto en la Constitución de los Estados Uni-
dos artículo alguno semejante, los que pretenden que
de ella es copia fiel la Constitución argentina vigente ?
Para que ese principio fecundo no quedase escrito
meramente, ni fuese revocado por otra Constitución,
la de 1853 cuidó de establecer por otro artículo espe-
cial y nuevo de la Constitución, este principio de que
no hay ejemplo en la Constitución de los Estados
Unidos:
" El Gobierno argentino está obligado a consignar en
Tratados con las naciones extranjeras los principios
que establece esta Constitución." (Art. 37.)
Consecuente con ese artículo la libertad de navega-
OBRAS SELECTAS 305
ción fluvial es objeto de Tratados perpetuos de la Re-
pública con todas las naciones marítimas del mundo,
desde el 10 de Julio de 1853.
¿Dónde está en la Constitución de los Estados Uni-
dos el artículo de que sea imitación o copia del que en
este punto forma la novedad más original de la Cons-
titución argentina?
Otra grande novedad se establece por la Constitu-
ción argentina en el derecho público de Sudamérica,
por la siguiente garantía de progreso, de regeneración
y de transformación de la sociedad que dejó el régimen
colonial español.
"El Gobierno federal—dice el art. 25—fomentará la
inmigración europea, y no podrá restringir, limitar o
gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio
argentino de los extranjeros que traigan por objeto la-
brar la tierra, mejorar las industrias e introducir y ense-
ñar las ciencias y las artes. "
Si es verdad que en Sudamérica gobernar es poblar,
todo el problema argentino está contenido en ese ar-
tículo fecundo, sin precedente en el Derecho ameri-
cano.
Obligando al Gobierno a fomentar la inmigración
europea, y no la asiática, ni la africana, la Constitución
argentina reconoce que la única población capaz de
educar al país en la práctica de la civilización es la in-
migración europea; la única civilización que conviene
al país es la civilización europea.
¿ Contiene la Constitución de los Estados Unidos una
OBRAS SELECTAS. —Tomo V. 20
306
ALBERDI
palabra de que sea repetición ese precepto nuevo y fe-
cundo? Ella prohibe al Congreso restringirla; pero no
le hace un deber de fomentar la inmigración europea.
La Constitución argentina prohibe, es verdad, al
Congreso restringir la entrada de los extranjeros que
traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las indus-
trias e introducir y enseñar las ciencias y las artes;
pero le deja entera la facultad de restringirle a los ex-
tranjeros ociosos, vagabundos, ignorantes, que sólo en-
tran en el territorio del país para empobrecerlo, atra-
sarlo y embrutecerlo.
Si la Constitución de los Estados Unidos contuviere
palabras tan explícitas como éstas, el Congreso habría.
podido restringir la entrada de negros y de chinos en.
el territorio de la Unión.
En la Constitución de los Estados Unidos no son los.
extranjeros objeto especial de una disposición como >a.
que consagra la Constitución argentina, por el art. 20,.
que dice lo siguiente: "Los extranjeros gozan en el
territorio de la nación de todos los derechos del ciuda-
dano, etc. " No están obligados a admitir la ciudadanía,
que pueden obtener, si quieren, con la residencia de
dos años, en cuyo caso pueden no servir en la milicia
por diez años, si lo quieren.
Bien sabido es que en los Estados Unidos disfrutan
los extranjeros de esos derechos, sin que la Constitu-
ción lo declare; pero es un hecho que la Constitución
argentina no ha copiado, en ese punto, el texto de la
Constitución americana, y que por la Constitución ar-
OBRAS SELECTAS
3°7
gentina no podría existir en caso alguno sociedad del
género de la que con el nombre de los know notking se
vio ejemplo en Norteamérica, en 1855, para excluir a
los extranjeros del país.
Todo ciudadano es soldado para la defensa del país,
según la Constitución argentina, excepto el ciudadano
por naturalización, es decir extranjero, en cuanto es
exento de todo servicio militar por diez años.
Sería inútil buscar el modelo de esos artículos de la
ley argentina en el texto de la Constitución de los Es-
tados Unidos.
He aquí otra de esas disposiciones peculiares de la
Constitución argentina que. puede bastar a la salvación
del país, por su naturaleza y trascendencia, que no ha
sido tomada de la Constitución americana. El artícu-
lo 67 atribuye al Congreso la facultad de proveer lo
conducente a la prosperidad, adelanto y cultura del
país. ¿Por qué medios? Ella misma los señala en estos
términos: promoviendo la instrucción general, la in-
dustria, la inmigración (otra vez), las vías de comuni-
cación, la colonización, la introducción de nuevas in-
dustrias y la importación de capitales extranjeros.
Sin duda que a eso tiende toda la legislación de los
Estados Unidos, aunque la Constitución no lo diga;
pero eso no- quita que la Constitución argentina, pres-
cribiéndolo explícitamente, no es una espía de la Cons-
titución de los Estados Unidos.
Todos los artículos de la Constitución argentina po-
drían perecer en el naufragio de sus libertades políti-
3
o8
ALBERDI
cas. Si tal calamidad ocurriese, bastaría que quedaran
en pie los pocos artículos que dejamos citados, para
que el país salvase su civilización entera y viese garan-
tidos sus destinos venideros.
¿En qué se funda, entonces, la pretensión de los
que se empeñan en negar toda originalidad a la Cons-
titución argentina, es decir, toda sensatez y buen jui-
cio, porque el mérito entero de una Constitución no
está en ser copia de un bello ideal perfecto, sino res-
ponder a las necesidades del país que debe gobernar-
se por ella, aunque sea la más incompleta y defectuosa?
¿Los preámbulos en que están expresados los fines
de ambas Constituciones, son los mismos? Luego son
idénticos los dos Gobiernos que ellas establecen, con-
cluye el empirismo de los que interpretan y comentan
en consecuencia el texto argentino, por los comenta-
rios y por la historia de los Estados Unidos.
Repudiando ese sofisma peligroso, dijimos hace mu-
chos años en un libro, lo que el Times de estos días con-
tiene sobre la misma cuestión, y que va citado ya al
principio, etc.
El Congreso que sancionó la Constitución de 1S53
no se gobernó, para concebirla, por la idea de incitar a
los Estados Unidos, de cuyo nombre no hizo mención
siquiera al darla. Toda su mira fué revolver los pro-
blemas de organización interior que habían dividido
medio siglo a los argentinos, por soluciones previstas
OBRAS SELECTAS
309
en los Tratados o pactos preexistentes, en virtud de
los cuales era dada. Ella misma lo declara en su pre-
facio. En esos pactos, nuevos y viejos, no hay una pa-
labra que se refiera a la Constitución de los Estados
Unidos.
" El Congreso queda profundamente convencido de
que la Constitución sancionada, con las leyes orgáni-
cas que la completan, encierra en sí la Solución propia
de nuestros más difíciles problemas sociales."
La ley orgánica, complementaria de la Constitución,
era la que designaba a Buenos Aires como capital de
la Confederación.
Esa ley, en que está toda la Constitución argentina,
no era ni podía ser una copia de la Constitución o de
ley alguna de los Estados Unidos.
Aceptando la Constitución con exclusión de esa ley
que la completa, los reformistas de 1860 dejaron la
obra inacabada e incompleta; tomaron por Gobierno la
mitad de un Gobierno; un fragmento de edificio, por
el edificio entero; en una palabra, un disparate, un
absurdo de organización, que nada resolvió; que dejó
abiertos y pendientes todos los problemas que se tra-
taba de resolver, y que el Congreso de 1853 resolvió en
la Constitución que sancionó.
Esos problemas son nada menos que los del crédito
púbUco, la deuda nacional, la aduana, en que consiste
todo el Tesoro nacional, el Banco, la moneda unitaria
o uniforme, y por fin, el gran problema de geografía
política interior que tiene por objeto dejar al país su
capital histórica y hacer del Gobierno directo, exclu-
sivo y local la parte más esencial de los poderes na-
cionales.
3i o
ALBERDI
Con la sola sanción de esa ley y su aceptación por
toda la nación, el Estado argentino "habría sido el pri-
mero de Sudamérica, sin excluir a Chile y al Brasil.
El crimen de su rechazo estúpido y abyecto, deja en
nada todos los crímenes de la dictadura de Rosas, con-
tra el progreso de la República Argentina.
Al menos bastó ese rechazo para reponer y dejar en
pie la idea capital de Rosas, que fué tener a Buenos
Aires separada de la nación, y a la nación destituida de
capital, y al Gobierno nacional bajo la tutela y depen-
dencia del Gobierno local inmediato y exclusivo de la
ciudad de Buenos Aires, residencia común de ambos,
cuando no están ambos acumulados en el Gobierno pro-
vincial de Buenos Aires, como en tiempo de Rosas. De
estos dos modos de existir, el menos abswrdo era el que
Rosas siguió.
Estado de la cuestión argentina,
por dentro y fuera, es decir interior y exterior,
a propósito de la muerte de Gutiérrez.
Dos fueron los objetos con que el país argentino
constituyó su nuevo régimen de Mayo, en 1810 y 1853:
uno interior, la constitución de un Gobierno nacional
para toda la República Aygentina; otro externo, la in-
dependencia de ese Gobierno y del país, respecto de Es-
paña y de todo otro poder extranjero o no extranjero,
que no fuese el Gobierno supremo creado para la na-
ción.
Esos dos objetos están consignados: el primero, en
la Constitución de i.° de Mayo de 1853 y en todas sus
leyes orgánicas; el segundo, en el Tratado en que Es-
paña reconoce la independencia argentina, y en los Tra-
tados con las demás naciones que hacen, por ese he-
cho mismo, ese reconocimiento.
Cambiar esos dos hechos, en sentido opuesto a su
fin, fué el objeto de la reacción que por la reforma de
la Constitución de Mayo y del Tratado de 9 de Julio,
restauró el estado de cosas, anterior a 1852, en que la
nación argentina estaba bajo la tutela de su provin-
3 I 2
ALBERDI
cia de Buenos Aires, en otro tiempo su capital, más
tarde su metrópoli, como lo era España.
Para dar a la tutela de Buenos Aires sobre la nación
argentina el apoyo extranjero que recibía de los Bor-
bones de España, caducado en 1810, se le dio el apoyo
extranjero de los Borbones del Brasil, parientes de los
otros, en la forma de una alianza internacional perma-
nente.
Esta alianza era un sofisma que cubría el doble va-
sallaje de los Borbones del Brasil sobre Buenos Ai res,
y de Buenos Aires sobre las provincias argentinas.
Su resultado es que, por ella, Buenos Aires queda
bajo la tutela del Imperio del Brasil, a condición de que
la nación argentina, odiada por los Boroones, a quienes
echó en Mayo de 1810 y en Julio de 1816, quede bajo
la tutela de la provincia de Buenos Aires.
El hecho es que la República Argentina, nominal-
mente independiente y libre, está gobernada por esos
dos tutores: el Imperio y Buenos Aires, aliados o liga-
dos a ese fin.
Los Presidentes argentinos son elegidos al paladar
del Brasil, por el órgano de Buenos Aires, que lo hace
en el común interés del tutor y subtutor.
Esa política de restauración de los Borbones en el
Plata, se ha formado poco a poco, por las disensiones
de los mismos argentinos, ayudados, naturalmente, por
los Borbones, interesados en cambiar su mansión de la
zona tórrida por la del Río de la Plata.
El poder y los planes anexionistas de estos Prínci-
pes se han fortificado y extendido por el progreso de
las mismas disensiones argentinas, y por la unión cre-
ciente de los Borbones de Francia (de la rama menor),
OBRAS SELECTAS
con los Borbones de origen portugués y napolitano, que
ocupan el Trono del Brasil.
Se puede hoy decir que la base de la dominación bor-
bónica en el Plata, está en Francia más que en el Bra-
sil mismo.
De ahí viene que la política del Brasil, ha dejado de
ser americana en sus relaciones con las Repúblicas de
su vecindad, y se ha vuelto francesa o europea por sus
inspiraciones, propósitos, objetos y medios.
El Brasil mismo ha dejado de pertenecerse del todo
a sí propio, y D. Pedro II, el padre nominal de la
familia reinante en el Brasil, es instrumento, a su vez,
y está en la tutela del orleanismo francés. Sabido es
que hay tres Príncipes franceses de la familia de Or-
leans, emparentados con la familia reinante del Brasil,
uno de los cuales es nada menos, que el Príncipe impe-
rial o futuro Emperador del Brasil.
Es un asunto llamado a tener un día, tal vez cercano,
una grande espectabilidad por su relación con el equi-
librio político de los dos mundos, como sucedió con la
cuestión de Méjico.
El día que un evento ruidoso abra los ojos del mun-
do político, sobre el alcance trascendental de esa cues-
tión francobrasileroargentina que hoy se desenvuelve
silenciosamente, los partidos franceses y Gobiernos
europeos, que tuvieron razón de cruzar las expedicio-
nes napoleónicas en Méjico, tendrán igual motivo para
impedir las empresas borbónicas y orleanista de igual
tendencia perturbatriz en las Repúblicas del Plata.
La guerra y la alianza contra el Paraguay, en 1865,
hizo dar pasos de gigante a los planes del Brasil en
esas regiones, pues el resultado de ella fué el tutelaje
ALBERDI
en que quedaron, tanto el vencido como los aliados ven-
cedores, respecto del Imperio del Brasil. Basta decir
que un Príncipe de la rama menor de los Borbones de
Francia—el Conde d' Eu—fué el que terminó, como
generalísimo de los Ejércitos aliados, la campaña con-
tra el Paraguay, o mejor dicho, contra los republicanos
del Plata, en honor y provecho de los Borbones del
Brasil.
Por fortuna, el imperial patrón no salió ni quedó
mejor parado en esa aventura.
Iba el Brasil a tener un nuevo pretexto de proseguir
esas proezas militares, en el conflicto en que Chile de-
bió ser empleado como aliado nuevo contra sus viejos
aliados de la vecindad, para aumentar su predominio
entre éstos.
Pero sus mismos viejos aliados, necesitando otra vez
de la protección imperial para imponer, con su ayuda,
a las provincias argentinas, el Gobierno que debe re-
novarse próximamente, se han puesto anticipadamen-
te en manos del Brasil, evitándole el trabajo de alcan-
zar ese predominio por la espada de Chile, a quien han
inducido a someter su cuestión de límites con el Plata,
al arbitraje de otro Príncipe de la familia de Orleans,
que es el que reina en Bélgica. No es preciso ser adi-
vino para saber cómo será el laudo.
La señal de que esta maniobra estaba concertada fué
la formación del Ministerio de conciliación, integrado
por los antiguos aliados del Brasil de 1864; y la casua-
lidad de quedar casi a la vez fuera de combate tres per-
sonajes de la política argentina desafectos al Brasil.
Un tedeum y grandes festejos oficiales celebraron,
bajo el nombre de reconciliación, la reconstrucción de
OBRAS SELECTAS
315
la alianza de 1863 (sin Tratado) con los Borbones del
Brasil, para imponer un Gobierno de su elección y de
su interés común a las provincias argentinas, que em-
pezaban a dar señales de vida propia, incompatibles con
la autoridad tutelar de Buenos Aires.
Para disimular esta entrega indirecta de la Repú-
blica Argentina a los Borbones—¿qué podían sus auto-
res imaginar de más feliz que un centenario personal
en honor del que venció a los Borbones en Chacabuco y
Maipú ?—Así, San Martín, que nunca vio recordado ni
saludado el día de su nacimiento, al fin de cada año
de su vida, como todos los 15 de Agosto de Napoleón I,
lo vio recordado al cabo de un siglo, como Napoleón I
mismo no ha sido recordado.
Lo que agrava el peligro de las empresas borbóni-
cas en el Plata, respecto de las empresas napoleóni-
cas de otro tiempo en Méjico, es que los Borbones de
Francia obran por mano de los Borbones americanos
del Brasil, y los Borbones del Brasil, por mano de alia-
dos argentinos que, lejos de estar proscriptos de su
país, como estaban Almonte y Gutiérrez Estrada, es-
tán en el seno del Gobierno mismo argentino, especie
de cautivo de Buenos Aires, como el Papa lo es del
Vaticano.
¿Qué medios de defensa y de escapada le quedan
a la nación argentina? ¿Los tiene en realidad? Como
en 1810 y 1852, los tiene en realidad: unos internos,
otros externos.
Contra los aliados o vasallos de los Borbones en Bue-
3*6
AI . BERDI
nos Aires, el mismo recurso que ellos emplearon en
1852 para desconocer y sacudir la autoridad del Go-
bierno nacional argentino del Paraná; desconocer por
ruinoso de la nación el presente orden de cosas, sepa-
rarse* momentáneamente y pacíficamente de Buenos
Aires, hasta la reconstrucción pacífica de toda la na-
ción, con una capital propia y complementaria del Po-
der nacional, como quiere la Constitución vigente, que
está desconocida y violada en este punto.
Separada provisoria y pacíficamente la nación, sacar
su Gobierno de la residencia que hoy hace en una ciu-
dad que no es capital de la nación, y traerlo a residir
en una capital de su seno. Única arma de combate: el
voto firme y legal, pero pacífico.
Contra los Borbones unidos de Francia y del Bra-
sil, que representan el sistema monárquico en Améri-
ca, el auxilio simpático de la República, invocado en
ambos mundos y de la libre Monarquía inglesa, aliada
vieja de la República universal, reclamado en nombre
de los interés económicos de ambos mundos, compro-
metidos por el viejo régimen colonial restaurado por
los Borbones.
La Monarquía, con las condiciones con que la bus-
can los Borbones en el Plata, no representa solamente
un cambio radical de la forma republicana de go-
bierno por la forma monárquica, sino también la su-
plantación de pueblos de raza española por otros de
raza portuguesa, de razas blancas por raza de color, y
muy principalmente, una revolución geográfica, funes-
ta al comercio y a la navegación, que tienen hoy por
garantía de sus libertades e intereses la geografía po-
lítica, que las Repúblicas amenazadas han recibido de
OBRAS SELECTAS
Tratados internacionales con las primeras potencias co-
merciales del mundo, sobre bases calculadas para sa-
tisfacer sus necesidades de poblamiento, de enriqueci-
miento y de progreso. Representan la restauración in-
directa y cubierta del viejo régimen colonial económi-
co, que esterilizaba los países mas ricos del nuevo
mundo.
Entrando en ese camino de salud en que los echa
una coalición de atraso, las provincias argentinas no
darían el ejemplo de un expediente nuevo y descono-
cido, pues ya existieron años en ese estado de separa-
ción pacífica, que les permitió realizar cambios que
fueron provechosos más tarde para la misma Buenos
Aires.
¿Con qué recursos? ¿Con qué fuerza? Con los que
tuvieron en 1853, multiplicados hoy día en todos los
ramos, tanto en las provincias como en Buenos Aires.
¿Con qué derecho? Con el del libre voto, proclamado
por el nuevo régimen.
Esa separación temporal haría cesar la emulación
de dispendio que parece dividir a los dos Gobiernos
rivales coexistentes en Buenos Aires en esta forma
absurda: el Gobierno supremo y nacional, bajo la tu-
tela virtual del Gobierno local o de provincia, pres-
tando a su pupilo soberano para que gobierne, los
mismos medios que pertenecen en propiedad a su ma-
jestad la nación, en pupilaje.
IX
Constitución nominal y Constitución reai.
Puede decirse que todo el mal presente de la Repú-
blica Argentina nace de que su Constitución nominal
está sin cumplirse en la parte en que esa inejecución
o inobservancia significa estar el país sin Gobierno, o
lo que es igual, que el Gobierno que tiene lo es mera-
mente de nombre, desde que le falta el poder más ca-
racterístico y esencia de todo Gobierno que no es un
mero nombre, a saber: el poder o jurisdicción inme-
diato, directo y exclusivo de gobernar la ciudad capital
de Buenos Aires, en que reside.
¿ Por qué no se cumple la Constitución en ese punto ?
Porque el país no entiende ni se da cuenta de lo que
ese punto significa en la existencia del Gobierno na-
cional.
El país está en esa ignorancia porque la Constitu-
ción no es conocida ni comprendida.
Veinticuatro años desde su sanción ha vivido de ese
modo, es decir, como mero papel escrito, sin comen-
tario ni luz de ningún género.
Sancionada contra la voluntad y con la resistencia de
320
AL BERDI
un partido ha sido minada por ese partido y descono-
cida durante toda su existencia.
Tres medios de destrucción se han empleado para
ello: el comentario de guerra, la revolución o la guerra
civil, de que el comentario fué programa, la reforma
que del comentario de guerra convirtió en ley defini-
tiva de la nación.
O más bien dicho, la reforma que de la ley que era
definitiva hizo una Constitución indefinida e inerte,
como es la Constitución actual de 1860.
Para reducirla a letra muerta, la reforma de guerra
hizo dos cosas: anuló al Gobierno que debía ejecutar-
la, quitándole todo poder o jurisdicción directa, local y
exclusiva en la ciudad de su residencia, que fué Bue-
nos Aires. Era lo bastante para convertir la residencia
en cautiverio y al Gobierno nacional en prisionero de
Buenos Aires.
El segundo medio de anular la Constitución fué
privarla de sus comentarios y luces naturales, que eran
los libros que la habían inspirado, y darle en su lu-
gar por comentario el de la Constitución federal de los
Estados Unidos, con motivo de que la Constitución ar-
gentina copiaba su título, su nombre y su preámbulo.
Darle un comentario, que no era el suyo, era oscu-
recerla, tergiversarla y eludirla. Es lo que se hizo.
Tal jurisprudencia tenía por objeto y resultado, no
el cumplir la Constitución, sino el impedir que se cum-
pla, y mantener al país sin Gobierno efectivo bajo la
apariencia de un Gobierno modelo, o copiado del gran
modelo de los Estados Unidos.
El maestro de esa escuela argentina de jurispruden-
cia constitucional invocó el ejemplo de los Estados Uni-
OBRAS SELECTAS 321
Tomando al gran modelo de los Estados Unidos la
apariencia exterior de su Gobierno, se cuidó de evi-
tar su jurisprudencia o modo de poner en práctica su
Constitución anglosajona de ese Gobierno modelo.
Se imitaron los textos americanos, pero no se imitó
la vida, la realidad de la vida política de los Estados
Unidos. ¿A ver si no, en los Estados Unidos, el modelo
de que sea imitación el Presidente Sarmiento?
Remedando a los Estados Unidos su Constitución
escrita, se ha imitado a la República del Ecuador, sus
Presidentes y la política de sus Presidentes fraudulen-
tos y despóticos.
Dígalo si no el que lea esta página de la historia
OBRAS SELECTAS. — Tomo V . 21
dos, con el objeto real y efectivo de evitar y eludir en
el hecho ese mismo ejemplo. Si no fué esa su intención,
esa fué la consecuencia práctica.
Asi fué, que citando los textos de sus leyes y las
doctrinas de sus legistas, se cuidó de alejarse de los
usos y costumbres políticas de sus Gobiernos y gober-
nantes.
Imitarlas con verdad habría sido atarse las manos
para proceder como lo han hecho, apoderándose del Go-
bierno por el fraude y la violencia y convirtiéndolo en
su propiedad perpetua, empobreciendo al país por gue-
rras quijotescas, endeudándolo para gastos de disipa-
ción, hasta tener que absorber toda su renta nacional
en el pago de los intereses de lo que adeuda.
322
AL BERDI
de la más oscura y atrasada de las Repúblicas hispano-
americanas del Pacífico.
" Un de ees lieutenants de Bolívar (dice Alexandre
Holinski, en su libro l'Equateur) était Flores, qui avait
déployé de la bravoure et une certaine capacité mili-
taire dans la guerre de l'indépendanee. II réussit á de-
venir presidente de l'Equateur. Ayant pris un goüt ex-
treme á l'exercice du pouvoir il eluda par un ingénieux
subterfuge, la clause de la constitution qui fixe a qua-
tre ans la durée de la presidente et ne rend rééligible
son dépositaire qu'aprés quatre ans d'intervalle. H s'en>-
tendit pbur cela avec Vicente Roca Fuerte, qu'il se
donna pour succeseur, á condition que celui u luí ren-
drait le rnérne service. Pour rnieux amener cette réélec-
tion periodique le gouverniement militaire de Guaya-
quil devait toujours appartenir au magistrat 'en vacan-
ce, et lui assurait, au moment venu, l'appui de larmée.
Cette singuliére convention s'exécuta á la lettre. On
vit pendant nombre d'années Flores et Roca Fuerte
échanger les deux places les plus importantes de la
république, corrompre le suffrage populaire l'un au
profiit de l'autre et se transmettre mutuellement une
autorité despotique. Si du moins le pensée du bien
public avoit éclairé les ténebres de ileur longue adimi-
nistration! II n'en füt rien. Egoistes, froids el calcu-
lateurs, ils songérent seulement á s'inféoder les f a-
milles riches du pays, qu'ils perpétuaient dans les
hauts 'emplois comme eux mémes se perpétuaient au
timlon des affaires. Ceci leur valut une clientelle peu
nombreuse mais puissante dont le dévouement fút
d'autant mieux assuré qu'elle s'habitua á regarder ses
intéréts comme solidaires de la fortunne de Flores et
OBRAS SELECTAS
3
2
3
de son substitut Roca Fuerte. "—L' Equateur, chap. II,
p. 37. —París. —Amyot, 8 rué de la Paix.
Ese ingénieux subterfuge, ha tenido su ingenioso
y feliz imitador en el Río de la Plata, en un político
argentino, que hizo su educación de tal en el Pacífi-
co, donde tomó sin duda ese precedente, de que ha pre-
tendido darse el mérito de inventor, cuando le basta-
ba el de copista realmente admirable. Solamente el ex-
perimento está reciente a la mitad de su ejecución.
La copia, sin embargo, tiene esto de original: que
el copista pretende haber copiado la Constitución de
los Estados Unidos en la Constitución que tiene la Re-
pública Argentina; dando, sin embargo, a esa Consti-
tución de origen sajón, por jurisprudencia, la mane-
ra de aplicar la Constitución del Ecuador, que nada tie-
ne que ver con la de los Estados Unidos.
De lo que resulta probado que el Gobierno actual
de la República Argentina, lejos de ser imitación de
los Estados Unidos, es copia textual del Gobierno de
la más despótica y atrasada de las Repúblicas sudame-
ricanas del Pacífico, siendo su atraso el de la peor es-
pecie, pues consiste en el fraude y la estafa del Go-
bierno.
Si por su texto no es una copia semejante, lo es por
la jurisprudencia o aplicación vivaz que ha recibido
del presidente Sarmiento, el promotor de su reforma.
3M
AL BERDI
Por el texto, la Constitución argentina es copia ca-
si textual de la Constitución del Ecuador, en un punto'
de importancia decisiva para el sistema republicano
de gobierno, y es el relativo a la reelección del Presi-
dente con intermedio de un período.
Hemos visto que por una interpretación capciosa
de ese artículo, o por su aplicación infiel, la jurispru-
dencia del general Flores fundó el Gobierno vitalicia
de la República del Ecuador.
Esa es la jurisprudencia a que se presta la Consti-
tución argentina, y que ha encontrado en Sarmienta
el imitador de Flores.
Es el sistema del caudillaje o de los gobernantes que
se perpetúan en el Poder, matando de ese modo el sis-
tema republicano, cuya esencia reside en la amovili-
dad periódica y continua de los depositarios del Go-
bierno.
Rosas se perpetuó de ese modo, por veinte años, co-
mo Flores, y a su ejemplo lo hicieron los caudillos;
de las provincias interiores, sus confederados o cóm-
plices.
Combinar con ese sistema, en la misma Constitución,
el de intervenir en las provincias para proteger el sis-
tema republicano de gobierno, es la burla más cínica
de la república, pues no es sino extender al interior la
dominación federal de un modo perpetuo, como está
en el centro.
Era el sistema de Rosas, que, invocando la federa-
ción, ejercía el poder más unitario que existió j amás
en las provincias argentinas.
X
Reelecciones presidenciales.
Yo escribí el artículo de la Constitución argentina
que dice: "Art . 77. El presidente y vicepresidente du-
ran en sus empleos el término de seis años; y no pue-
den ser reelegidos sino con intervalo de un período."
Lo escribí de este modo en el proyecto anexo a las
Bases: " El presidente dura en su empleo el término
de seis años, y no puede ser reelecto sino con interme-
dio de un período."
El Congreso constituyente de Santa Fe adoptó este
artículo, respetado por la reforma de 1860, con sólo
la agregación de un vicepresidente.
¿Cuál fué mi mente al proponerlo? Evitar los in-
convenientes de las reelecciones para la paz y para
la libertad del país.
Admitir la reelección (dice una nota en que comen-
té ese artículo) es extender a doce años el término de
la presidencia. El presidente tiene siempre medios de
hacerse reelegir, y rara vez deja de hacerlo. Toda re-
elección es agitada, porque se lucha con prevenciones
nacidas del primer período; y el mal de la agitación
no compensa el interés del espíritu de lógica en la
326
ALBERDI
administración, que más bien depende del ministe-
ri o. " (Organización, tomo I, pág. 186.)
Pero el mayor inconveniente de la reelección, es
otro. Es que ella desnaturaliza al Gobierno republi-
cano, introduce de un modo tácito y tal vez algo del
Gobierno monárquico, es decir, de la perpetuidad del
Poder en las manos del mismo gobernante. Admitir
la reelección indefinida es cambiar la forma de go-
bierno, es una revolución sin ruido, hecha por la mis-
ma ley fundamental.
Me tocó a mí preparar esa revolución o germen de
revolución, sin saberlo, admitiendo la reelección con
intervalo de un período. Ese intervalo no excluía la
reelección, admitida como principio, por las palabras
mismas de la constitución. No puede ser reelecto sino
con intervalo de un período—quiere decir que puede
ser reelegido el presidente indefinidamente con inter-
valos alternativos de seis años.
La reelección, admitida en esa forma, ha sido la
causa de las disensiones y trastornos, que han traído
guerras, revoluciones, gastos, empréstitos, deudas, cri-
sis y empobrecimiento.
Si en vista del comentario, que los hechos nos han
dado de ese artículo, tuviese yo que escribirlo de nue-
vo o reformarlo, lo redactaría en esta forma: " El
presidente y vicepresidente durarán en sus empleos el
término de seis años, y no pueden ser reelegidos en
ningún caso ni en ninguna forma. Ni el ex presidente
puede ser elegido vicepresidente, ni el ex vicepresi-
dente puede ser elegido presidente. Toda reelección
presidencial, en una forma más o menos encubierta^
es un ataque contra el principio republicano, cuya
OBRAS SELECTAS
327
esencia consiste en la amovilidad periódica y conti-
nua del personal del Gobierno."
Todos los trastornos de 1874, todos los trastornos
presentes y próximamente venideros se habrían evi-
tado con sólo quitar al que ha sido presidente la es-
peranza y el derecho de volver a serlo, después de
un intervalo de seis años. Usando de su influjo du-
rante su período, cuidará de darse un sucesor apro-
piado, no a la importancia del primer puesto de la na-
ción, sino a la mira de emplearle como instrumento
para subir de nuevo, después de él, a la presidencia.
Esa es la jurisprudencia que ensayó sin éxito el pre-
sidente Mitre cuando, al fin de su presidencia, apoyó
la candidatura del Dr. Elizalde; y que el presiden-
te Sarmiento ha establecido con el éxito más completo
para él y para el desorden.
Los ex presidentes han venido a ser el mal princi-
pal de la República Argentina.
¿Qué fué la revolución de 1874? La guerra entre
dos ex presidentes, de los cuales quería el uno ser
reelegido presidente, habiendo pasado el intermedio
de un período desde que dejó de serlo; y el otro, que
ya se consideraba ex presidente, por estar pasado el pe-
ríodo de su presidencia, darse un sucesor que le ase-
gurase el regreso a la presidencia para después de pa-
sado el intervalo de un período. El uno buscó su elec-
ción por las armas; el otro, por la violencia hecha
a la Constitución.
Los dos ex presidentes que en 1874 se pelearon por
su ambición al goce perpetuo del primer puesto de la
república, se han reconciliado en vísperas de fenecer
la actual presidencia, con la mira de dividirse la pre-
328
AL BERDI
sidencia próxima a venir, bajo el patronato del pre-
sidente próximo a ser ex presidente.
Tenemos, según esto, que los factores del problema
electoral que se aproxima son tres, y que esos tres
son los tres ex presidentes que han gobernado los diez
y ocho años de la Constitución, que hizo reelegible al
presidente con intervalo de un período.
El problema, por lo tanto, es hoy de más difícil so-
lución que en 1874. Tres candidatos no podían conci-
liar sus aspiraciones a la reelección del mismo puesto,
sino con intervalo de dos períodos, para el menos fa-
vorecido, que en este caso fuera el ex presidente Mi-
tre, á quien nada debe el futuro ex presidente, que
fué candidato oficial de su predecesor.
Este gusto que deja el ejercicio del Poder, en los
que han gozado una vez de éi por espacio de seis
años, y el deseo de continuar en su posesión indefini-
damente, son los sentimientos más naturales de la
condición humana, bajo todas las formas de gobier-
no. La naturaleza del hombre no deja de ser la mis-
ma porque el Gobierno de un país, en vez de ser mo-
nárquico, sea republicano. Los sentimientos y propen-
siones, los instintos y aspiraciones son los mismos, en
una forma que en la otra; y lo primero que desea el
que ha gozado del Poder algunos años, sea como rey
o emperador, o presidente, o gobernador, es seguir
siéndolo indefinidamente; o volver a serlo, si la po-
sesión ha sido interrumpida.
No hay que pedir el remedio a un cambio de la
naturaleza humana, sino a un cambio de la institu-
ción que da facilidades al desarrollo de esas aspira-
ciones naturales al Poder.
OBRAS SELECTAS
329
Es preciso abolir del todo el principio de la reelec-
ción. Que el que ha sido presidente no pueda volver
a serlo en su vida. Continuará el abuso del influjo ofi-
cial en otra forma, pero será menor y menos capaz
de dañar a la paz pública.
Una sola elección y nunca dos; o para toda la vi-
da, y entonces la monarquía, franca y libremente acep-
tada, como en el Brasil; o por un período perentorio
de seis años, y no más en la existencia de un hom-
bre, y entonces la república, entera y genuina.
Una república con muchos ex presidentes, tiene los
mismos inconvenientes que una multitud de dinas-
tías aspirando concurrentemente al trono de una mo-
narquía. La sociedad entera viene a quedar dividida
en tantos partidos como candidatos. Todos los que
han gozado de los beneficios del Poder alrededor de
cada ex presidente, son otros tantos ex en grado menor,
y el sueño dorado en que viven es el de volver a los
goces pasados del Poder o del empleo que les per-
mitía vivir y gozar al favor del tesoro público; y el
modo de obtenerlo es ayudar a subir a la presidencia
a su antiguo jefe.
Ese mal se ha hecho más grave y extenso, desde que
cada presidente ha dado en seguir el ejemplo del pre-
sidente Jackson, cambiando todos los empleados sub-
alternos de su dependencia por otros de su elección
propia y directa.
XI
Crisis económica y política.
El Japón contemporáneo (de que se ocupa la Revuc
des Deux Mondes, del 15 de Septiembre y 1.° de Oc-
tubre de 1876), como la Turquía, como el Egipto, en
regeneración o reforma, presenta curiosas y admira-
bles analogías con la América antes española, refor-
mada por la revolución de la independencia contra
España, llamada por Canning la Turquía de Occi-
dente.
Casi a un mismo tiempo, todos esos países, que-
riendo sacudir su pasado retrógrado para iniciarse en
la civilización de la Europa occidental, han presentado
por resultado de sus esfuerzos en este sentido, un es-
tado de prosperidad que por un momento les ha dado
el semblante exterior de países verdaderamente civi-
lizados a la europea; pero la realidad del natural
atrasado no ha tardado en reaccionar, y las más te-
rribles crisis económicas han estallado casi a un tiem-
po en todos ellos, sembrando de víctimas los merca-
dos monetarios de Europa, más' que los suyos pro-
pios.
La deuda pública del Japón (1876) sube a 142.287.580
3 3
2
AL BERDI
yen. Siendo el yen de valor de dos pesos fuertes o
10 francos, el total de la deuda en moneda france-
sa asciende a francos 1.422.895.800.
Ella se descompone así:
Deuda extranjera, por empréstitos levantados en
Londres al 7 y 9 por 100, yen 14.480.912, ó 29 mi-
llones de fuertes aproximativamente.
Deuda interior: yen 33.004.848, ó 60 millones fuer-
tes más o menos.
Deuda flotante, representada por el papel moneda,
que es la sola moneda corriente del país en yen:
94.803.819.
La población del Japón es de 20 millones de habi-
tantes.
El tesoro del Japón tiene un déficit anual de fran-
cos 10 millones.
Para equilibrar sus gastos públicos no tienen más
que un recurso: el empréstito extranjero (pues el país
carece de dinero hasta para pagar sus contribuciones).
¿Con qué hipoteca? Ya no le queda sino la que re-
posa en ese elemento multíplice, imperceptible, in-
cierto, que consiste en el desarrollo del porvenir, se-
gún la expresión de Mr. George Bousquet.
De la fortuna de todo país que se descompone en
estos tres elementos: el suelo, el hombre y la riqueza
acumulada, o el capital; el suelo es grande y rico o
incapaz de serlo, en la agricultura especialmente.
¿Qué es el japonés como trabajador? Inteligente,
ingenioso, suave; pero no trabajador ni ahorrativo. Es
más indolente que el español. Tal es el pueblo llamado
a hacer valer económicamente el suelo japonés.
A falta de un capital en natura, ¿tiene el país un
OBRAS SELECTAS
333
capital en numerario que lo puede reemplazar ? La pla-
ta falta de la circulación, y tal vez del país. Sus Go-
biernos locales emitieron siempre papel, y el arroz en
sacos fué la moneda o instrumento de los cambios.
Una balanza, siempre contraria en su comercio ex-
terior, ha barrido con cuanto metal precioso contenía
el Japón.
La importación excede en muchos millones a la ex-
portación.
¿Cómo, entonces, no tiene el oro una gran prima
sobre el papel? Por la costumbre y confianza de si-
glos que el pueblo tiene en el papel imperial, o del
Estado; estado de cosas antieconómico insostenible,
que acabará en una crisis horrible.
Se ha buscado y creído encontrar un remedio a es-
te mal de la creación de Bancos al estilo de los Ban-
cos americanos, como si la producción japonesa pu-
diera compararse con la inmensa y continua produc-
ción americana, y las finanzas de un pueblo aventu-
rero y libre convinieran a una nación tímida, igno-
rante y reglamentada.
Los japoneses, como los paraguayos y otros, han
creído que los Bancos son manantiales de oro y pla-
ta, cuando son más bien aljibes o estanques de esos
metales, cuyos manantiales están en otra parte que
en los Bancos. Es como creer que los barriles produ-
cen el vino. Lo que menos piensan es que los Ban-
cos son el efecto, no la causa, de las riquezas pecu-
niarias; que el oro y la plata que los Bancos prestan
al público, es el oro y la plata del mismo público a
quien los Bancos le prestan lo suyo propio por esta
razón sencilla; que los Bancos no tienen más dinero
334
ALBERDI
que el dinero que el público deposita en sus cajas, o
que les presta en cambio de los billetes en que los
Bancos prometen devolverlo al portador y a la vista.
Aunque el Banco puede tener capital propio, tam-
bién puede existir sin capital, c'on la sola garantía de
su rectitud, como un corredor o agente de cambio. El
papel de intermediario entre los que dan a préstamo
y los que reciben prestado, es el mismo en el banque-
ro, que en el comisionista o en el corredor. Es un
simple mandatario público que hace circular el dine-
ro ajeno.
Es fácil calcular el abuso que los Bancos pueden
hacer de la ignorancia del vulgo, que los mira como
pozos artesianos de oro y plata, cuando lo único que
producen (cuando producen) es papel, ese papel sim-
bólico de un oro que a menudo transmigra en el sím-
bolo para siempre, a los ojos de su dueño, que no
vuelve a verlo.
Ese papel es el instrumento mágico con que se le
saca al público el oro que busca en los Bancos que
lo emiten.
Emitir billetes es tomar dinero prestado. El verda-
dero prestamista es el que recibió el billete; el verda-
dero deudor es el que lo emite.
Los Bancos son deudores públicos de todo el oro
que representan los billetes que han emitido.
Así, tiene razón Mr. Bousquet cuando dice que los
Bancos nacionales de Francia, de Inglaterra y de Amé-
rica, no son sino reguladores del crédito y del precio
del dinero, que ellos no han creado ni producido.
OBRAS SELECTAS
335
Sin duda que el papel, llámese o no de Banco, que
emite un Estado, representa siempre un valor tan
real y efectivo como las rentas y las propiedades del
Estado, que le sirve de gaje.
Pero el valor de ese papel no puede servir para
medida de los otros valores; porque es incierto y
variable, aunque sea positivo y real.
Luego ese papel emitido por el Estado no puede
ser moneda o instrumento de cambio, porque le fal-
ta la calidad esencial de la moneda, que es la fijeza
de su valor, sin lo cual no puede ser la moneda una
medida de valor.
El Estado puede fijar y declarar el valor; pero no
puede crearlo. El oro tiene un valor que no es obra
del Gobierno. Una ley puede declararlo sin valor: el
oro se reirá de la ley, y todo el mundo dará la ra-
zón al oro, dándole el valor que no dará a la ley.
La facultad soberana de fijar o declarar que una
onza de oro es una onza de oro, unida a la facultad
que el Estado tiene de obligar sus rentas inagotables,
ha hecho nacer la tentación en que los Estados han
caído, de convertir en moneda equivalente al oro y
la plata, el papel en que se obligan a pagar o devol-
ver lo que el tomador les presta en cambio.
Ese expediente puede ser legitimado por una su-
prema necesidad de un día, y nada más; porque le-
jos de ser la creación de una moneda, es la supre-
sión de la moneda y la restauración del trueque o
cambio de una cosa por otra, a falta de moneda.
El Gobierno que, al día siguiente de pasada esa ne-
cesidad crítica, lo conserva y lo emita es un Gobierno
criminal, que mantiene al comercio de su país en
336
ALBERDI
estado de barbarie, y que no piensa sino en conser-
var una máquina de levantar empréstitos sobre el pue-
blo de su mando, sin la voluntad del pueblo y sin que
el pueblo se aperciba de que cada emisión de papel
moneda es un empréstito, y que ese papel no tiene más
de moneda que lo que tienen los bonos y títulos de
la deuda pública más ordinaria.
Tan cierto es esto, que los Gobiernos con pudor y
respeto de su propio decoro, no han osado jamás emi-
tir papel moneda en su nombre, sino indirectamente,
por intermedio de Bancos, de Compañías comerciales,
tales como los de Inglaterra, Francia, Bélgica, Esta-
dos Unidos.
Los Bancos de Estado o de Gobierno, que han
emitido papel moneda del Estado, representando su
responsabilidad y su deuda directa, han sido siempre
la obra de Gobiernos dudosos por su respeto a la li-
bertad y el derecho común; tales han sido los de Ru-
sia, Austria, Brasil, Buenos Aires, en los actos dicta-
toriales por los que han fundado casas u oficinas pú-
blicas para endeudar a viva fuerza a sus gobernados.
El problema por resolver es éste: cuál tipo de go-
bierno es el que tiende a prevalecer, según los tiem-
pos que corren: ¿el de los Gobiernos de plata y oro,
o el de los Gobiernos de papel moneda?
Es el tiempo y sus necesidades lo que lo decidirán.
Si la ley de la dirección del trabajo desenvuelve de
más en más el comercio internacional o exterior de
las naciones, en fuerza de la variedad natural de sus
O B R A S S E L E C T A S
337
aptitudes productivas, las alteraciones u oscilaciones
de los cambios serán más frecuentes, el oro se volve-
rá más cosmopolita y viajero, las crisis serán más
frecuentes por resultado de sus ausencias naturales,
y la presencia de esas crisis dará más frecuentes oca-
siones a los Gobiernos, de justificar sus emisiones de
papel moneda con las necesidades públicas.
¿No son síntomas de este movimiento las nuevas
leyes americanas y belgas sobre Bancos?
Los proyectos de Ricardo en esta dirección, ¿no jus-
tifican en cierto modo las ideas de Napoleón I sobre
Bancos?
¿Las repúblicas de la América del Sur, destituidas
de industria fabril y limitadas a producir las materias
primas con que compran a la Europa industrial los
artefactos necesarios a su vida civilizada, no están
por el modo de ser de su economía internacional, su-
jetos a continuos cambios en la balanza de sus im-
portaciones y exportaciones, y a frecuentes crisis pro-
ducidas por las emigraciones del oro y la plata, na-
cidos de los cambios contrarios?
Si las emisiones del papel moneda del Estado, al
estilo japonés, deben ser el suplente necesario del di-
nero ausente, como instrumento de los cambios, no
es sino de temer que los Bancos de Estado, como los
de Buenos Aires y el Brasil, se extiendan a todas las
Repúblicas de la América del Sur, lejos de desapa-
recer en los dos países que hoy los tienen.
Volviendo al Japón contemporáneo, no podemos de-
jar de citar las curiosas observaciones siguientes de
OBRAS SEIJECTAS.—Tomo V.
338
ALBERDI
M. George Bousquet, por las que vemos que no to-
dos los japoneses de este mundo están en el Japón,
o que, al menos, hay más de un país viejo que se
transforma en país moderno y europeo por el mé-
todo que sigue el Japón y en la misma forma; no
sólo en Asia y África, sino en América; no sólo en
Turquía y el Egipto, quiero decir, sino también en la
América antes española, por no decir asiática y afri-
cana o arabesca. Es del maestro Sarmiento esta com-
paración de la América con Asia y África, como pue-
de verse en su Facundo o la civilización y la barbarie
de su país.
" Un viajero (dice M. Bousquet) que después de
diez años de ausencia viniese hoy a Yedó, tendría
pena en reconocer bajo el moderno nombre de Tokio
a la antigua capital. De todos lados chocarían sus
ojos las construcciones de formas exóticas, chime-
neas de fábricas (usines), exposiciones (etolages) de
mercaderías extranjeras, trabajos de toda clase, ejecu-
tados según reglas y para fines desconocidos al Japón
antiguo... Lo que lo confundiría, sobre todo, es la
cantidad de nombres nuevos que oiría emplear para
designar ciertas funciones, ciertas instituciones, y
hasta divisiones territoriales. Pero si, vuelto de su pri-
mer asombro, iba al fondo de las cosas y se pregun-
taba qué cambios reales se han verificado, bajo esas
metamorfosis exteriores, descubriría, tal vez, que, en
resumidas cuentas, bajo otros trajes, se ocultan los
mismos corazones, bajo otro nombre funcionan las
mismas cosas, y que encuentra a los japoneses, con
corta diferencia, tales corno los dejó. Hay en ello una
verdad muy natural para que sea motivo de enojo, pe-
OBRAS SELECTAS
339
ro que los pueblos en transformación no gustan de es-
cucharla. El progreso verdadero no es la obra de un
día ni de un decreto; necesita tiempo, mucho tiempo,
una nación para darse una educación enteramente
nueva, y si el esfuerzo y la actividad pueden ayu-
dar a la acción de los años, ellos no bastan para re-
emplazarlos. La civilización se compone, ante todo,
de materias intelectuales, que no se forman de un
día para otro en una nación, sino que vienen lenta-
mente y como por aluvión.
"Si se tratase de referir a un móvil dominante to-
dos los cambios a que asistimos, se le encontraría, sin
duda, en esa necesidad de parecer, en esas exigencias
de la vanidad, que forman el rasgo sobresaliente del
carácter japonés. De ahí ese gran número de innova-
ciones cuya causa no se comprende, ni su fin eficaz,
y que cuestan al país más caro que sería preciso pa-
garlas...
"Se pregunta, por ejemplo, ¿por qué la construc-
ción de caminos de hierro precede a la construcción
de rutas ordinarias; por qué se hacen a tanto costo
cosas que no serían menos útiles si se hicieran en un
pie más modesto? La respuesta que se impone a es-
tas cuestiones es que conviene deslumhrar los ojos y
mostrar a la Europa, cueste lo que cueste, la deco-
ración de la civilización. . . "
La Turquía de Abdul Agis y los Estados Unidos
de Sarmiento en el Plata, no han sido otra cosa que
eso mismo que se pasa en el Japón.
Para mayor analogía, el modelo que el Japón ha
querido imitar, al menos en Su civilización económi-
ca, ha sido la República de los Estados Unidos de
340
ALBERDI
América, más que la Europa. Bancos americanos, fe-
rrocarriles y telégrafos americanos, colegios america-
nos, el idioma inglés de les Estados Unidos, damas
americanas empleadas en la Escuela Normar de se-
ñoritas y en otros colegios; todo ese furor de ame-
ricanismo haría creer que Sarmiento estaba a la ca-
beza del Gobierno japonés; sobre todo, por lo que
todo ello no es sino aparato externo, reclamo y men-
tira de civilización europea y americana.
Eso es la crisis o la causa de la crisis actual econó-
mica, no sólo en la nación, sino especialmente en Bue-
nos Aires, el sitio de la congestión.
Asi , la República Argentina es víctima de su cons-
titución económica, es decir, del estado en que se en-
cuentran colocados y dispuestos sus intereses econó-
micos de comercio exterior (o riqueza general), de na-
vegación (o puertos), de aduanas (o renta nacional),
de tesoro público (o financiero), de crédito y deuda
pública (o Bancos y empréstitos).
Todo eso está como estaba bajo eLrégimen colonial
y bajo el régimen de Rosas, que no era sino restaura-
ción del sistema colonial, según Florencio Várela.
¿Quién ha constituido el país de ese modo? ¿Quién
ha puesto sus intereses económicos en ese estado?
El antiguo régimen colonial español, fundado en
la geografía política que sus miras dieron al país, y el
régimen de la revolución contra España, iniciada por
la capital del antiguo virreinato.
Los dos sistemas, combinados y mantenidos por
rutina y por interés mal entendido forman la consti-
tución de hecho que hoy tienen los "intereses econó-
micos del país, y puede definirse; una agravación del
OBRAS SELECTAS
sistema económico de la ex colonia de España, por la
revolución abierta contra ella y no terminada hasta
ahora.
Esa agravación ha empeorado los destinos económi-
cos de la mayoría del país, situado menos ventajosa-
mente para el comercio exterior, en provecho de la
parte mejor situada, que es la que inició el cambio
contra España.
De esa desigualdad en la distribución de los me-
dios y recursos económicos del país argentino, resul-
ta la lucha permanente en que ha vivido desde 1810.
Acabada la guerra contra España, el país ha vivido
en guerra contra sí mismo, por las mismas causas, a
saber: la distribución injusta y desastrosa de los re-
cursos económicos de la nación, en perjuicio de la
mayoría de sus provincias, y en el provecho mal en-
tendido de la que reúne en su suelo los recursos de
las otras, por la acción de la geografía política del ex
virreinato de que fué capital y centro comercial y ad-
ministrativo.
De ahí la división del país en los dos partidos geo-
gráficos, que se han disputado sesenta años el goce
de esos recursos económicos; el partido de Buenos
Aires y el partido de las provincias.
Los nombres de unidad y federación, cubrían la cau-
sa disimulada, por sistema, y no era otra que la ma-
la distribución de los recursos económicos de la na-
ción, concentrados en el antiguo centro comercial del
país.
Ese estado de verdadera guerra intestina y orgá-
nica ha sido defendido por la violencia, por sus be-
3 4
2
ALBERDI
neficiarios, con la ventaja de la posesión de hecho, a
que ha debido su buen éxito constante.
A esa guerra interior de carácter económico, estu-
vo reducido todo el Gobierno de Rosas; a ella el de
sus sucesores.
La guerra que devasta y empobrece a las dos regio-
nes del país, hará la vida y ocupación de todos los
Gobiernos venideros, que gobiernen por la Constitu-
ción económica que de hecho rige a la nación argen-
tina. Una Constitución de guerra, no podrá dejar de
tener al país en guerra permanente y orgánica, mien-
tras ella exista.
Esa guerra es la misma que la de la revolución con-
tra el sistema colonial español comenzada en 1810, la
cual no está concluida ni cerrada todavía, porque está
en pie la causa misma que la produjo, que fué la ex-
plotación de un vasto país por un centro metropo-
litano, que vivía de sus recursos. El instinto de la
vida, hará que el país luche incesantemente por la rei-
a
vindicación de sus medios de vivir la vida civilizada
y confortable que merece por las condiciones de su
rico y vasto suelo, hasta conseguirla.
Entretanto, el actual Gobierno, poseedor de todos
los recursos de ese país, constituido y montado en
guerra por esa misma posesión que a otros deja des-
poseídos, y teniendo que hacer de la guerra la condi-
ción de su existencia, tal Gobierno no podrá dejar de
empobrecer al país todo, lejos de enriquecerlo. El me-
ro hecho de gobernar, será, para él, despoblar, debi-
litar, disminuir al país, como ha sucedido hasta aquí,
desde el principio de la revolución, según el testimo-
nio de su historia.
OBRAS SELECTAS
343
Mientras Chile y el Brasil, que viven en paz con-
sigo mismos, porque no tienen esa causa interna de
discordia, han aumentado o conservado su territorio,
la República Argentina ha perdido poco a poco casi
la mitad del suyo en setenta años. Primero, sus cua-
tro intendencias del Alto Perú Argentino, que hoy
forman la República de Bolivia. Después, el Para-
guay. Luego la Banda Oriental. Más tarde, las islas
Malvinas. Ahora, Magallanes y el sud de Patagonia.
Mañana, la mejor parte del Gran Chaco.
Y lo que hoy queda del antiguo virreinato de Bue-
nos Aires, falto del Gobierno regular y definitivo, que
no ha podido constituir desde 1810, sigue gobernado
por el mismo estado de cosas económicas que sirvió
de fundamento al Gobierno awtieconómico de los virre-
yes, al Gobierno antieconómico de Rosas, y al no me-
nos antieconómico de los Presidentes, que han res-
taurado ese régimen de guerra por la reforma reac-
cionaria de 1810.
Régimen de guerra en permanencia, la pobreza y
atraso del país será su consecuencia inevitable, como
en el tiempo colonial, como en el tiempo de Rosas,
como en el tiempo actual.
II
La federación, tal como está organizada en la Repú-
blica Argentina, es el nombre prestigioso del sistema
de Washington puesto al fraude más odioso, al em-
brollo más torpe que se haya urdido jamás en los ne-
gocios políticos de un pueblo joven, por lo que hace
344
AL RERDI
a su autonomía nacional, eterna de la vieja, por lo que
hace a sus hábitos de subordinación automática.
Desde el Dr. Moreno, que en 1810 resistió la incor-
poración de los representantes de la nación en el Go-
bierno local de Mayo, creado por el Cabildo de Bue-
nos Aires (Municipalidad), hasta Dorrego, que en 1827
deshizo el Gobierno nacional creado por Rivadavia;
hasta Rosas, que persiguió más tarde a los nacionalis-
tas y probó a Juiroga, en 1833, por una carta, que la
nación no tenía medios de constituir un Gobierno ge-
neral; hasta Mitre y Sarmiento, que en 1860 han casi
deshecho el Gobierno nacional de 1823, en servicio
siempre de la provincia de Buenos Aires, en que se
apoyaron para eso mismo el Dr. Moreno, Dorrego,
Rosas; todos los servidores del egoísmo de esa pro-
vincia han invocado el sistema federal de los Esta-
dos Unidos para encubrir y ocultar la muerte y el
entierro del Gobierno tradicional centralista de la Re -
pública Argentina, supremo del de Buenos Aires, me-
diante el cual en otro tiempo tenía más peso en la
balanza americana la República Argentina, que todos
los cinco países unitarios que la rodean, a saber: Chi-
le, Bolivia, el Paraguay, el Estado Oriental, el Brasil.
Para coronar esta obra de desqui'cio, el partido de
Buenos Aires ha mandado a Sarmiento a los Estados
Unidos, para traer de allí dos cosas que se destruyen
lógicamente entre sí : la educación, o el arte de for-
mar al hombre; la federación, o el arte de deshacer la
República Argentina, en el interés de Buenos Aires
desde luego, en el del Brasil en seguida y definitiva-
mente.
Sopla también, en apoyo de esa corriente de des-
OBRAS SELECTAS
345
tracción, la brisa liberal de la Europa, que nos va por
la mano de M. Laboulaye, el federalista de París, que
no podría sino mirar con doble simpatía el federalis-
mo argentino, tan apto para ensanchar la preponde-
rancia de Orleáns en el Brasil, cuyo trono muchos
esperan ver caer en sus manos.
Los provincianos de Buenos Aires, que deberían
ser nacionalistas natos, son más porteños que los por-
teños, de temor de ser tomados como enemigos, es de-
cir, como nacionalistas. Ellos son lo que los habaneros
en Madrid, lo que los húngaros en Viena: los instru-
mentos naturales de la confiscación de sus provincias
nativas.
En Buenos Aires son los eunucos de esa Sultana
del Plata; de la provincia unitaria, por excelencia, es
decir, indivisa de hecho e indivisible por la ley cons-
titucional, que ella ha hecho aceptar a las otras pro-
vincias.
Es verdad que desde 1820 ella se ha impuesto a
sus hermanas como su modelo constitucional {tratado
cuadrilátero, de 1822, art. . . ) De ese modo, la unidad
de la nación ha desaparecido en servicio de la unidad
de provincia.
De temor de un despotismo nacional (como se lla-
ma al Gobierno central, por liberal que sea), se han
creado catorce despotismos locales. Es así como ha
sido entendida la libertad. Ella ha sido confundida con
la independencia o autonomía.
346
AL BERDI
La libertad de la nación ha consistido en no de-
pender del extranjero.
La libertad de la provincia es no depender del Go-
bierno de la nación.
La libertad individual, que es la libertad por exce-
lencia, es desconocida del todo como hecho palpitan-
te y vivo en la República Argentina. Entiendo por li-
bertad, como Montesquieu, la seguridad individual, la
inviolabilidad personal del hombre con todo lo que
constituye su valer.
Cuando digo Montesquieu, digo Inglaterra, pues él
es el exponente francés de la Constitución inglesa, co-
mo Tocqueville, el Montesquieu moderno, lo es de la
Constitución angla-americana. En la raza sajona, que
es la raza libre, por excelencia, todas las libertades re-
posan en la libertad individual.
Y como Buenos Aires no ha sacudido la autoridad
del Gobierno nacional, sino para sustituirla por la del
suyo de provincia, las otras provincias han podido te-
ner razón en entender por libertad su independencia
respecto de Buenos Aires, sin cometer un absurdo.
Es en ese sentido, que los gobernadores locales han
tomado la separación federalista, como equivalente de
libertad y liberalismo. Quiroga, López, Ramírez, Bus-
tos, Ibarra, Güemes, Aldao, etc., creían servir a la li-
bertad de sus provincias respectivas apoyando esa fe-
deración, que consistía en emanciparlas de la autori-
dad centralista, que Buenos Aires quería usurpar.
Pero si las provincias eran libres en ese sentido, na
OBRAS SELECTAS
347
lo eran los individuos, que quedaban más despotizados
que nunca, pues quedaban bajo el despotismo local,
que es el peor de todos.
Si el centralismo nacional quedaba suprimido o li-
mitado, el centralismo o unitarismo de provincia que-
daba sin límites.
Cada gobernador era un dictador o emperador de
su provincia, que reunía en sus manos toda la suma de
su poder público.
La unidad indivisible de la provincia de Buenos
Aires era y es el etalon de ese sistema.
Y como esa indivisión o indivisibilidad provincial
es constituida y mantenida con el objeto de impedir que
la autoridad de la nación penetre en la provincia y se
establezca allí como la autoridad suprema de su Go-
bierno local, la unidad absoluta de cada provincia vie-
ne a ser, por sus efectos, la supresión de la nación y de
su autoridad colectiva en el dominio de cada una de
sus mal denominadas provincias, convertidas en reali-
dad en Estado soberano o naciones domésticas, por de-
cirlo así.
Desde que la nación no es bastante soberana para
penetrar en lo interior de la provincia soberana, los
individuos de cada provincia quedan enteramente a la
discreción de su Gobierno local, que dispone de sus
personas y derechos, sin apelación y de un modo ili-
mitado.
Así, lo que los gobernadores ganan en libertad, pier-
den en libertad los ciudadanos argentinos, por ese bello
sistema que tiene por autor y modelo a Buenos Aires.
348
AL BERDI
En los Estados Unidos no reproduce la federación
el mismo resultado, porque cada Estado es, dentro de
sí mismo, una Federación en miniatura, en cuanto la
comuna y el condado, en que se subdividen, son espe-
cie de soberanías departamentales, que sirven de lí-
mite y barrera a la autoridad local del Estado.
Esas subdivisiones infinitas del Poder son otras tan-
tas de las subdivisiones infinitas de la libertad que, en
el pueblo de los Estados, vive en los hábitos, en las cos-
tumbres y en el modo de ser de cada hombre.
Allí la libertad y el poder parten del individuo hacia
la generalidad; en los pueblos de la América del Sur
la libertad y el poder parten de la generalidad hacia
el individuo.
Si la generalidad no tiene bastante poder para ha-
cerse obedecer de los individuos, quiere decir que no
lo tiene para proteger la libertad individual. Así , la
constitución de un Gobierno realmente nacional, es
decir, que gobierne dentro de cada provincia de la na-
ción, es el único y soberano medio de servir y prote-
ger la libertad individual de los argentinos.
El Gobierno nacional es la limitación, la barrera, la
palanca, contra el absolutismo de los Gobiernos de pro-
vincia.
Y ese Gobierno nacional no se puede constituir de
un modo eficaz y poderoso, sino por la división o subdi-
visión de los Gobiernos de provincia.
Pero ninguna provincia consentirá en subdividirse,
mientras la provincia modelo que gobierna a las otras
por su ejemplo, imponga por condición, para vivir en
unión con las otras, el permanecer indivisa e indivisi-
OBRAS SELECTAS
349
ble. Esto es lo mismo que unirse, pero a condición de
quedar desunido.
III
Si hay un país en que esté probado que la riqueza
es el poder, ese es la República Argentina.
¿Dónde está allí el Poder? En Buenos Aires, es de-
cir, donde está la riqueza del país todo concentrada:
la pública, que consiste en la Aduana, que la nación
paga en su puerto; la privada, que es producida por
sus dos grandes industrias; el comercio que se hace
en su puerto, los frutos rurales del país, que produ-
cen sus campañas, y que su comercio exporta en cam-
bio de las manufacturas europeas, que su Marina trans-
porta o introduce.
Los más ricos hacendados, comerciantes y propie-
tarios son los más pudientes o poderosos. Ellos son la
aristocracia del país, ellos son el Poder real y el Go-
bierno verdadero, que ellos delegan y dan, cuando no
quieren ejercerlo. Son los grandes electores. Si el Po-
der es la fortuna, los aspirantes al Poder, es decir, los
patriotas de oficio y profesión, hacen bien de no bus-
car otra cosa que la riqueza, como meollo y sustancia
del Poder .que ambicionan, y como manantial de goces
y comodidades, que sólo con la riqueza se obtienen.
Pero eso es lo que su hipocresía esconde, lejos de
confesar. A creerles sus palabras, la plata y el Poder
les repugnan; y todo el móvil de su conducta es el amor
a la patria, a la libertad, a la gloria, al honor de la na-
ción.
350
ALBERDI
Esos fanáticos a secas sólo se inclinan, sin embargo,
ante los más ricos y pudientes, que a sus ojos son los
únicos nobles, buenos, honrados y sensatos, mientras no
se empobrecen. No los acatan por ricos, según ellos,
sino por respetables; pero no son respetables sino por
ricos.
Pero ¿cuándo y dónde n ofué lo mismo? Los no-
bles y grandes señores, depositarios del Poder y del
influjo, en tiempos pasados de la Europa, ¿fueron otra
cosa que los más ricos propietarios de tierras y ha-
ciendas ?
¿Qué es lo que primero perdió o abdicó la nobleza
en Francia, antes de perder el Poder ? Sus grandes pro-
piedades territoriales.
¿Qué es lo que primero se dividió en partes igua-
les, antes de fundar el nuevo régimen de la igualdad
política y social? La propiedad, la herencia, los bie-
nes, la riqueza. Igualdad política y social, significa el
Poder en todos por igual, es decir, la libertad en todos
por igual, porque la libertad es .poder: es el gobierno
de sí mismo.
La Iglesia Romana vinculó siempre su poder espi-
ritual en su poder temporal, es decir, material, econó-
mico, como la renta, la tierra, la propiedad. -
Así, los más hábiles de sus sacerdotes, los jesuítas,
fueron los que más valor dieron al poder de la rique-
za y más se ocuparon de su adquisición. No por vana
codicia, no por apetito de los goces que la riqueza pro-
porciona, sino porque la riqueza es la influencia, la
autoridad, el Poder mismo en todos sus aspectos, ma-
terial e inmaterial.
OBRAS SELECTAS
351
¿Cómo se formó ese estado de cosas por el cual la
riqueza de toda la nación se encuentra acumulada y
absorbida en Buenos Aires?
Desde luego, por la organización que ese país reci-
bió de España siendo su colonia, para regirse por un
sistema de Gobierno absoluto y omnímodo, basado en
el cimiento económico del monopolio comercial. Esa
organización de despotismo metropolitano y de mono-
polio de las fuerzas económicas de todo el país, hizo de
la geografía política el primer elemento de concentra-
ción y de absorción monopolista.
En seguida por la obra de la revolución de la inde-
pendencia contra España, iniciada y conducida por la
vicemetrópoli territorial, que era la provincia de Bue-
nos» Aires, en manos de cuyo Gobierno local se encon-
tró colocada la masa de poder nacional, allí reunida
para imponer sin control, a todo el virreinato, el po-
der absoluto de España.
El poder allí acumulado con los recursos económi-
cos para dominar al pueblo de la colonia fué empleado
por Buenos Aires con dos objetos: primero, de expul-
sar a España del suelo argentino por la guerra de la
independencia; segundo, de seguir gobernando a la
provincia del virreinato, erigido en República indepen-
diente, mientras se constituía un nuevo Gobierno pa-
trio y nacional, en cuyas manos debía pasar el depósi-
to del Poder general argentino, puesto por la indepen-
dencia en las manos exclusivas de Buenos Aires.
Este es el Gobierno que no ha acabado de consti-
tuirse hasta ahora en setenta años, en que han se-
guido las provincias argentinas gobernadas por la pro-
352
ALBERDI
vincia que les absorbía todos sus recursos económicos
de Poder y Gobierno.
La iniciativa que Buenos Aires usó para sacudir la
autoridad española y tomarle su Poder era natural y
comprensible.
Lo es igualmente la incompetencia de Buenos Aires
para iniciar la obra de un Gobierno nacional, a cuyas
manos debía pasar el Poder económico de la nación,
que sólo provisoriamente y por razón de su ausencia
retenía.
En esta segunda iniciativa para la creación de un
Gobierno nacional patrio, el interés local de la provin-
cia de Buenos Aires estaba en oposición con la ejecu-
ción de la obra que debía retirarle el caudal de poder
nacional de que era depositaría solamente.
Su interés provincial, al contrario, estaba en dife-
rir y postergar la creación del Gobierno nacional, cuya
existencia debía poner fin al depósito provincial en
que tenía los intereses de ese Poder nacional.
La posesión del Poder mismo de las provincias con-
centrado en Buenos Aires facilitó a la ex metrópoli te-
rritorial los medios de eludir y postergar la creación del
Gobierno que debía ser sucesor del suyo, en el goce de
los recursos nacionales de Gobierno aquí reunidos por
la Constitución que tuvo el virreinato, el día que el
Gobierno nacional viniese al mundo.
Dos caminos tenía Buenos Aires para salir de este
conflicto, que no podía ser definitivo y permanente, sin
exponer la integridad de la República a romperse en
dos mitades, a fin de dar a cada una el Gobierno res-
pectivo de que necesitaba para reemplazar al de España.
El uno consistía en entregar a la nación argentina
O B R A S S E L E C T A S
353
sus recursos, que Buenos Aires le retenía por la vieja
geografía política, con sólo hacer de la ciudad de Bue-
nos Aires la capital de la nación, lo que era equivalen-
te a restituir a la nación todos los elementos nacionales
de poder, que Buenos Aires contenía.
La otra salida consistía en mantener a la provincia
de Buenos Aires en independencia doméstica respecto
de las otras, conservando para sí, en nombre de su in-
tegridad provincial, la ciudad de Buenos Aires como
capital de la provincia, y como provinciales y suyos to-
dos los elementos de poder nacional, allí concentrados
por la Constitución despótica del virreinato colonial.
En esta actitud de Buenos Aires, que era la que Es-
paña había tenido respecto de su colonia, le bastaba
abstenerse de formar nación compacta y común con las
otras provincias, para absorberles todos sus recursos
y gobernarlas con ellos, sin que las provincias gober-
nasen a su metrópolj territorial.
Dividida Buenos Aires en dos partidos, abrazó el
uno de ellos la primera solución, y el otro la segunda.
Inútil es decir que el primero fué unitario. El otro
llamó a su separatismo capcioso y antipatriótico siste-
ma federal.
A los sesenta años de una lucha sin resultado, el
problema está resuelto en apariencia, pero vivo y pal-
pitante en realidad.
Dos Gobiernos, uno de Buenos Aires y otro de la na-
ción, coexistiendo en Buenos Aires, son el testimonio
visible del dualismo persistente.
El Gobierno provincial de Buenos Aires tiene el Po-
der real de la nación, porque posee bajo su inmediata y
OBRAS SELECTAS. —Tomo V . 23
ALBERDI
exclusiva autoridad la ciudad que encierra todos los
elementos nacionales del Poder.
El Gobierno nacional lo es sólo en el nombre, y su
poder es meramente espiritual y platónico, porque no
tiene poder exclusivo y local en la ciudad que reside.
Ese estado de los intereses argentinos en que con-
sistió durante setenta años la división del país en dos
países, sigue manteniendo dividida a la nación, bajo
los dos Gobiernos, en dos países, de los cuales uno sólo
es tenedor de los elementos rentísticos de poder del
otro, que sigue despojado.
Un manto de unión cubre y disfraza la división la-
tente y real, en que sigue existiendo el viejo achaque
de ese país, tan bien dotado y tan digno de la organi-
zación obvia y natural, que lo haría ser el más fuerte y
opulento de Sudamérica el día que la recibiese.
Vencidas por las armas, en Pavón, con sus propios
elementos y recursos financieros, las provincias tuvie-
ron que soportar la apariencia de unión, que llamó el
vencedor unión definitiva.
No hay tal unión. El abismo que la impedía sigue
abierto, y no ha desaparecido de la vista, sino porque
ha sido cubierto con papel pintado.
Esa reabertura del abismo, que ya estaba definitiva-
mente cerrado por la Constitución de 1853, que declaró
a Buenos Aires capital de la nación y residencia de sus
autoridades nacionales con jurisdicción inmediata, lo-
cal y exclusiva en ella, es lo que llamó reconstrucción
de la unión definitiva, la reforma que dejó a la nación
sin Buenos Aires y sin capital, dejando a estas dos
fuera del control de la nación de que hacían parte, se-
gún el texto escrito de la Constitución.
XII
( 1 8 7 8 )
I
Patria, Estado y libertad.
Los patriotas sinceros de Buenos Aires tienen que es-
coger entre el tipo de las Repúblicas de Grecia y de
Roma, anteriores al Cristianismo, en que la patria era
todo y el individuo nada, o la República moderna del
tipo anglo-sajón, en que la libertad del ciudadano es
todo y la patria poca cosa cuando no sirve de paladium
y protección de la libertad.
Los principios y reglas por los cuales se han gober-
nado las sociedades griega y romana son radicalmente
diferentes de los que rigen la sociedad moderna y cris-
tiana de estos tiempos.
Nuestro sistema de educación, que nos hace vivir
desde la infancia entre griegos y romanos, nos acos-
tumbra a compararlos con nosotros, a juzgar su his-
ria por la nuestra, y a explicar nuestras revoluciones
por las suyas, dice con razón M. De Coulanges.
3 5
6
ALBERDI
De ahí han venido muchos errores. Pero los errores
en esta materia son peligrosos. La idea que se ha for-
mado de Grecia y de Roma ha perturbado a nuestras
generaciones. Por haber observado y comprendido mal
las instituciones de la Cité antique, se ha querido ha-
cerlas revivir entre nosotros, dice el gran profesor de
la Escuela Normal de Francia. Nos hemos alucinado-
sobre la libertad de los antiguos, y por esa sola causa
la libertad entre los modernos ha sido puesta en pe-
ligro.
Una de las grandes dificultades, según él, que se opo-
nen a la marcha de la sociedad moderna, es la costum-
bre que ha contraído de tener siempre a la vista la an-
tigüedad griega y romana.
Lo que M. De Coulanges y M. Taine atribuyen a la
Francia y a la revolución se aplica doblemente a la
sociedad y a la revolución americanas, modeladas siem-
pre a las imitaciones francesas de Grecia y Roma.
El resultado de ello es que las nociones de patria y
de libertad, entre nosotros son a menudo errores absur-
dos y nocivos a nuestros progresos.
Las nociones de patria y libertad entre las antiguas
Repúblicas de Grecia y de Roma eran las más estre-
chas, ridiculas y absurdas, comparadas a las de nuestro
tiempo; y nos dañamos horriblemente cuando quere-
mos revivirlas y adoptarlas.
" La palabra patria (dice el sabio autor de la Cite
antique, libro III, cap. XIII) entre los antiguos signi-
ficaba la tierra de los padres, térra patria. La patria de
cada hombre era la parte del suelo que su religión do-
méstica o nacional había santificado, la tierra en que
estaban depositadas las osamentas de sus antecesores y
OBRAS SELECTAS
357
que estaba ocupada por sus almas. La patria diminuta
era el recinto de la familia, con su tumba y su fogón
{foyer). La gran patria era la ciudad, con su prytaneo
y sus héroes, con su recinto sagrado y su territorio mar-
cado por la religión. Tierra sagrada de la patria—decían
ios griegos—. No era una vana palabra. Este suelo
era realmente sagrado para el hombre, porque estaba
habitado por sus dioses. Estado, ciudad, patria, estas
palabras no eran una abstracción, como entre los mo-
dernos; representaban realmente todo un conjunto de
divinidades locales, con un culto de cada día y creen-
cias poderosas en el alma.
Por ahí se explica el patriotismo de los antiguos,
sentimiento enérgico que era para ellos: la virtud su-
prema y en que todas las demás virtudes venían a ter-
minar. Todo lo que el hombre podía tener de más caro
se confundía con la patria. En ella encontraba su bien,
su seguridad, su derecho, su fe, su dios. Perdiéndola,
todo lo perdía... Para los antiguos, Dios no estaba en
todas partes. Los dioses de cada hombre eran los que
habitaban su casa, su cantón, su pueblo... La religión
era la fuente de que emanaban todos los derechos ci-
viles y políticos. El desterrado perdía todo esto per-
diendo la religión de la patria. Excluido del culto de la
ciudad, se veía arrebatar del mismo golpe su culto do-
méstico, y debía extinguir su fuego sagrado (foyer).
Perdía su derecho de propiedad, su tierra, todos sus
bienes, como si hubiese muerto pasaban a sus hijos. "
" El desterrado—dice Genofonte—pierde hogar, li-
bertad, patria, mujer, hijos. Si muere, no tiene dere-
cho de ser enterrado en la tierra de su familia, porque
es un extranjero. "
¿Qué razón de ser tenía este fanatismo de patria?
La religión de ese tiempo, que se confundía con la pa-
tria, y a la cual debían esas sociedades toda su noción
de patria.
Con las falsas religiones del paganismo pasaron na-
turalmente esas nociones de patria y patriotismo, en-
tre los antiguos mismos al favor de la nueva religión
cristiana, que cambió con las nociones de Dios, las de
la patria y de la libertad, en un sentido vasto y grande.
" En medio de los cambios que se habían producido
en las instituciones, en las costumbres, en las creencias,
en el derecho, el patriotismo mismo había cambiado de
naturaleza, y es una de las cosas que más contribuye-
ron a los grandes progresos de Roma. Hemos dicho
cuál era el sentimiento de patria en la primera edad
de las ciudades. El hacía parte de la religión, se ama-
ba a la patria, porque se amaba a sus dioses protec-
tores, porque en ella se encontraba su altar, su sagra-
do fuego, sus fiestas, sus rogaciones, sus himnos, y
porque fuera de ella no había dioses ni culto. Tal pa-
triotismo era la fe y la piedad. Pero cuando se arran-
có la dominación a la clase sacerdotal, esta especie de
patriotismo desapareció con todas sus viejas creencias.
No pereció el amor de la ciudad, pero tomó una forma
nueva.
Ya no se amó la patria por razón de su religión y
de sus dioses; se la amó solamente por sus leyes, por
sus instituciones, por los derechos y la seguridad que
ella acordaba a sus miembros. Ved en la oración fu-
OBRAS SELECTAS
359
nebre que Tucidides pone en boca de Pericles, cuáles
son las razones que hacen amar a Atenas: es que esta
ciudad quiere que todos sean iguales ante la ley; es que
ella da a los hombres la libertad y abre a todos la vía
de los honores; es que ella mantiene el orden público,
asegura a los magistrados la autoridad, protege a los
débiles, da espectáculos y fiestas que forman la educa-
ción del alma. "
Ahora bien; este nuevo patriotismo no tuvo exac-
tamente los mismos efectos que el de las viejas edades.
Como el corazón no se apegaba ya a la prytanea, a los
dioses protectores, al suelo sagrado, sino únicamente a
las instituciones y a las leyes instables como las ciuda-
des, el patriotismo vino a ser un sentimiento variable
e inconsistente que dependió de las circunstancias y
que estuvo sujeto a las mismas fluctuaciones que el
Gobierno mismo. Se amó la patria en tanto que se
amaba el régimen político, que en ella prevalecía; el
que encontraba malas sus leyes, nada tenía que lo ape-
gase a ellas.
Así se debilitó el patriotismo municipal, y pereció
en las almas. La opinión de cada hombre le fué más
sagrada que su patria, y el triunfo de su facción vino
a serle más caro que la grandeza o la gloria de su ciu-
dad. Cada uno vino a preferir sobre su nativa ciudad,
si no encontraba en ella las instituciones que amaba,
tal otra ciudad en que veía esas instituciones en vigor.
Se empezó entonces a emigrar más gustosamente; ya
no se temía al destierro... Ya no se pensaba en los dio-
ses protectores del hogar, y se pasaba fácilmente de
la patria. Se hizo alianza con una ciudad enemiga para
hacer triunfar a su partido en la suya.
360
ALBERDI
En Italia no se pasaban a este respecto las cosas de
otro modo que en Grecia. El amor de la ciudad desapa-
recía. Como en Grecia, cada uno se ligaba gustoso a
una ciudad extranjera, para hacer prevalecer sus opi-
niones o sus intereses en la suya.
Estas disposiciones de los espíritus hicieron la for-
tuna de Roma. " (Cité Antique, libro V, cap. II.)
" La victoria del Cristianismo marca el fin de la so-
ciedad antigua—dice Foustel de Coulanges. en su her-
moso libro Cité Antique, libro V, cap. I I I —. Para sa-
ber hasta qué punto los principios y las reglas de la
política fueron cambiados entonces, basta recordar que
la antigua sociedad había sido constituida por una vie-
j a religión, cuyo principal dogma era que cada dios pro-
tegía exclusivamente a una familia o a una ciudad, y
no existía sino para ella. Era el tiempo de los dioses do-
mésticos y de las divinidades poliades. Esta religión ha-
bía engendrado el derecho de ese tiempo...
Todo había venido de la religión, es decir, de la opi-
nión que el hombre se había formado de la divinidad.
Hemos tratado de demostrar ese régimen social de
los antiguos en que la religión tenía el señorío absolu-
to de la vida privada y de la vida pública, en que el
Estado era una comunidad religiosa, el Rey un Pon-
tífice, el magistrado un sacerdote, la ley una fórmula
santa; en que el patriotismo era la piedad; el destie-
rro una excomunión; en que la libertad individual era
desconocida; en que el hombre estaba subyugado al
Estado por su alma, por su cuerpo y por sus bienes;
OBRAS SELECTAS 3
6 l
en que el odio era obligatorio contra el extranjero; en
que la noción del derecho y del deber, de la justicia
y de la afección, se detenían en los limites de la ciu-
dad. . . Tales fueron los rasgos característicos de las
ciudades griegas e italianas durante el primer período
de su historia.
Pero hemos visto que poco a poco la sociedad se
modificó. Se produjeron cambios en el Gobierno y en
el derecho al mismo tiempo que en la creencia.
Con el Cristianismo, no solamente revivió el senti-
miento religioso, sino que tomó una expresión más alta
y menos material. Mientras que en otro tiempo se ha-
bían tomado como dioses el alma humana o las gran-
des fuerzas físicas de la naturaleza, se empezó a con-
cebir a Dios, como diferente y ajeno por su esencia a la
naturaleza humana, de una parte, al mundo de la
otra.
Mientras que en otro tiempo cada hombre se había
formado su dios y que había tenido tantos dioses como
familias y ciudades, Dios apareció entonces como un
Ser único, inmenso, universal, animando sólo todos los
mundos y debiendo absorber solo la necesidad de ado-
ración que existe en el hombre.
El Cristianismo traía otras novedades. El no era la
religión doméstica de ninguna familia, la religión na-
cional de ninguna ciudad ni de ninguna raza. No perte-
necía ni a una casta ni a una corporación. Desde su
principio llamaba cerca de sí a la humanidad toda en-
tera. Jesucristo decía a sus discípulos: Id a instruir to-
dos los pueblos...
Para este Dios no había ya extranjeros.
Esto tuvo grandes consecuencias, tanto para las re-
302
ALBERDI
¡aciones entre los pueblos, como para el gobierno de
los Estados.
Entre los pueblos la religión no impuso el odio; no
hizo ya al ciudadano un deber de detestar al extran-
j ero; fué de su esencia, al contrario, enseñarle que te-
nía deberes hacia el extranjero, hacia el enemigo, de
justicia y aun de benevolencia.
Por lo que hace al Gobierno, se puede decir que el
Cristianismo lo ha transformado en su esencia, preci-
samente porque no se ocupó de él. En las viejas eda-
des, la religión y el Estado formaban una sola cosa;
cada pueblo adoraba a su dios, cada dios gobernaba a
su pueblo.
El Cristianismo acabó por derribar los cultos locales.
Este principio fué fecundo en grandes resultados.
Si se tiene presente lo que hemos dicho sobre la
omnipotencia del Estado entre los antiguos, si se
piensa hasta qué punto la ciudad en nombre de su ca-
rácter sagrado y de la religión que era inherente a la
ciudad, ejercía un imperio absoluto, se verá que este
principio nuevo ha sido la fuente de donde ha podido
venir la libertad del individuo. Una vez emancipada el
alma, lo más difícil estaba hecho, y la libertad vino a
ser posible en el orden social.
Los sentimientos y las costumbres se han transfor-
mado entonces del mismo modo que la política. La idea
que se hacía de los deberes del ciudadano se ha debili-
tado. El deber por excelencia no ha consistido ya en
dar a su tiempo, sus fuerzas y su vida al Estado. La
política y la guerra no han sido ya el todo del hombre,
todas las virtudes no han estado ya encerradas en el
patriotismo, porque ya el alma no tenía patria. El hom-
OBRAS SELECTAS
3
6
3
bre ha sentido que tenía otras obligaciones que la de
vivir y morir por la ciudad. El Cristianismo ha distin-
guido las virtudes privadas de las virtudes públicas.
Descendiendo a éstas ha enaltecido a las otras; él ha
puesto a Dios, a la familia, a la persona humana arri-
ba de la patria, al prójimo arriba del conciudadano.
El derecho ha cambiado así de naturaleza. Entre las
naciones antiguas, el derecho había estado sujeto a la
religión y recibido de ella todas sus reglas. Cada reli-
gión había hecho el derecho a su imagen. El Cristia-
nismo es la primera religión que no haya pretendido
que el derecho dependiese de ella." (Cité Antique, li-
bro V, cap. III.)
Estas nociones de la patria, del Estado, de la liber-
tad individual, enseñadas hoy por la filosofía de la his-
toria, en las cátedras de la Escuela Normal de Francia,
por el órgano de sus más eminentes profesores, no son
las que prevalecen en la América del Sur, que se con-
sidera libre, sólo porque ha dejado de ser colonia de
España, y lo es con razón por causa de su independen-
cia; pero en que el individuo sigue siendo más bien
el subdito que el ciudadano de su patria omnipotente,
en medio de su independencia, como lo era bajo la de-
pendencia colonial de la madre patria.
Derivación e imitación de la revolución francesa de
1789, no es extraño que la de Sudamérica incurra so-
bre esto en los errores de la revolución modelo, nota-
dos con razón por Taine en su libro célebre de los Orí-
genes de la Francia contemporánea.
3
6
4
ALBERDI
En Francia, como en todo el mundo latino y romano,
reformado por la revolución social de fines del último
siglo, la patria o el Estado siguen siendo omnipotente
sobre el individuo y su libertad que es la unidad de
que se compone el Estado.
Sucede lo contrario en las naciones del Norte, de
origen sajón, en que el individuo y su libertad pesa tan-
to como el Estado en la balanza de la justicia. No por
el capricho de una ley escrita, sino por el desarrollo que
ha recibido el poder del individuo al favor de la tri-
ple revolución religiosa o de conciencia social o de la
voluntad, y política o de acción y conducta.
La sociedad se ha modificado, como la religión, en
el sentido de su reforma.
En el mundo católico y no reformado, el Estado ha
existido a imagen de la Iglesia, especie de monarquía
intelectual o espiritual, en que la autoridad de la ra-
zón y de la conciencia individual es nula o está some-
tida a la autoridad absoluta e infalible de la Iglesia.
De ahí viene que el mundo católico es el terreno fa-
vorito de los hombres de Estado, eclesiásticos, letrados
e iniciados en las tradiciones históricas de la antigüedad
griega y romana, como Mazarin, Richelieu, Alberoni,
Talleyrand, que, manejando las cosas públicas, resol-
vieron todos los conflictos por el ascendiente del Esta-
do sobre el individuo.
A su ejemplo se entendió por hombre de Estado el
político que no conocía respeto a la libertad indivi-
dual.
Los censores de ese orden de cosas olvidan que las
nociones de la patria y de la libertad han cambiado ra-
dicalmente con los progresos del espíritu humano.
OBRAS SELECTAS
365
Hoy es absurdo y pernicioso aplicar las que tuvie-
ron antes del Cristianismo las Repúblicas de Grecia
y de Roma. Es estar veinte siglos atrás de su tiempo.
Todo ha cambiado por y con la religión cristiana,
bajo el influjo de su espíritu vasto y superior.
Con la idea de un Dios único y universal, la patria
ha dejado de ser una familia, una tribu, una casta, una
nación, y en dondequiera que el hombre se encuentre
sobre la tierra, está entre los suyos, con sus hermanos,
con sus prójimos, con sus iguales, con sus correligio-
narios, en su familia y con los suyos. Tal es la idea
cristiana de la patria, inmensa, ilimitada, como la hu-
manidad, como el mundo civilizado, patria única de que
son muestras todos los Estados de la tierra.
Haciendo de cada hombre el hermano de todo hom-
bre, igual en todo a su hermano, a quien debe el res-
peto y amor de hermano, el Cristianismo ha creado la
igualdad, es decir, la libertad de todos por igual; ha
abolido la esclavitud del hombre y de la raza, toda ser-
vidumbre, todo vasallaje.
La patria, desde entonces, ha tenido por objetivo el
hombre. El Estado ha sido hecho para el hombre, y no
viceversa. La autoi/idad del Estado ha dejado de ser
omnipotente. Ella ha tenido por límite la autoridad o
libertad del hombre, porque la libertad es la autoridad,
Gobierno y soberanía del hombre sobre sí mismo.
La patria, en el sentido moderno, significa la liber-
tad constituida en ley del orden social, es decir, el hom-
bre individual en objetivo del Estado.
La patria moderna y verdadera es la sociedad en que
se nace, de que cada patriota es miembro, y al amparo
y protección de la cual cada patriota o cada miem-
3
6(5
ALBERDI
bro goza de su libertad individual, es decir, del señorío
y dominio de sí mismo, de su persona, de sus cosas, de
la libertad de sus actos.
Sólo en este sentido el amor a la patria se resuelve
en amor a la libertad.
En el sentido primitivo y greco-romano, el amor a
la patria es compatible con el servilismo. Puede ser ex-
plotado y utilizado por los tiranos, colocándolo más
arriba de la libertad. El colono y el esclavo pueden ser
patriotas en el sentido de amantes del suelo nativo.
Como ese modo de entender el patriotismo es com-
patible con la gloria y el heroísmo, los tiranos, es decir,
los enemigos de la libertad, saben servirse de él como
del mejor instrumento para agrandar su poder despó-
tico, y ahogar la libertad en daño de sus mismos ado-
radores.
No hay tirano que no invoque la patria y la libertad
del ciudadano, porque ésta contiene y limita la suya.
La libertad de la patria no es la libertad del indivi-
duo. Lejos de ser idénticas, están a menudo en contra-
dicción, por la razón dicha.
La patria es libre cuando no depende de un Poder
extranjero. Puede ser libre la patria y no serlo el in-
dividuo, que es miembro de esa patria.
El individuo es libre cuando no es siervo ni depen-
diente servil de su patria, ni del Estado, del Gobierno
de su patria. Sólo entonces está organizado el país.
La patria es hecha para garantir la libertad de sus
OBRAS SELECTAS
367
individuos, no para apropiársela, ni dejarla sin protec-
ción ni seguridad.
No puede la institución de la patria o del Estado te-
ner un objetivo más alto y digno de ella, que la liber-
tad individual, en la cual se comprende el goce, pose-
sión y seguridad de cada hombre, en su persona, en
su vida, en sus propiedades, en los actos, internos y ex-
ternos de su voluntad.
Todo esto deja de existir bajo el Estado omnipoten-
te, pues la omnipotencia del Estado o de la patria es
la supresión de la libertad individual en que todo eso
se comprende.
La inviolabilidad del individuo y de su libertad es el
límite del poder de la patria en cada uno de sus miem-
bros.
Donde el Estado es omnipotente, lo es el Gobierno,
por cuya conducta obra el Estado en su forma moder-
na. La omnipotencia del Estado se resuelve siempre en
la de su Gobierno o de sus gobernantes, es decir, en un
puñado de hombres, que toma el nombre de todo el
país, en cada uno de sus actos de gobierno.
Pero la omnipotencia o libertad omnímoda del Esta-
do o de la patria no se produce ni establece por la mera
virtud de las palabras de una ley escrita, cuando ella
no existe de hecho por la fuerza de los hechos.
Tal omnipotencia sólo es un poder real, cuando es un
hecho real, establecido por hechos reales, es decir, por
cosas, medios e intereses vitales, cuya fuerza natural
constituye el Poder que gobierna y dirige, no sólo a
los gobernados, sino también a los gobernantes, verbi-
gratia: las finanzas, el Tesoro, las rentas, el crédito o
el dinero de los otros, el territorio y su forma geográ-
3
68 ALBERDI
rica, que determinan y operan su acumulación, como su-
cede en el Estado omnipotente de Buenos Aires, anti-
gua capital y antiguo centro de un Gobierno colonial
omnipotente y absoluto, que recibió la complexión y
organización de tal para responder a su mandato, que
era el de tener al país de su mando sometido absolu-
tamente a la omnipotencia del Poder metropolitano de
España, sin dejar nacer el menor germen de libertad
individual de los colonos; es decir, de limitación del
poder del Estado colonial.
Emancipado el Estado colonial de la dominación de
España y convertido en nación libre y soberana, con-
servó, sin embargo, en su nueva condición, la omni-
potencia orgánica de su origen, 'como un precedente de
su historia.
El Estado fué libre, en efecto; la patria fué inde-
pendiente desde que no dependió del poder de España
ni de otro poder extranjero; pero el hijo de esa pa-
tria, el individuo, el ciudadano, continuó sujeto a la
omnipotencia del libre Estado, en la misma forma, más
o menos, que lo había estado al Estado colonial omni-
potente.
Obra de la historia y de un largo pasado, la omni-
potencia del nuevo Estado no tuvo motivo de dismi-
nuir por la sola acción de su independencia.
Lejos de eso, los hechos de la historia de la revo-
lución de su independencia aumentaron la omnipoten-
cia que le habían dado los hechos de su historia co-
lonial, y si el Estado quedó del todo libre de España,
el individuo de ese Estado fué menos libre en propor-
ción del aumento de poder que el Estado recibió de
los hechos de la revolución.
O B R A S S E L E C T A S
369
Me reñero, sobre todo, a los hechos económicos, que
son los más capaces de acrecentar y mantener el poder
real del Estado, respecto del extranjero y respecto de
sus propios miembros.
La omnipotencia del Estado de Buenos Aires, au-
mentada por los desarreglos económicos de la revo-
lución, es la disminución correspondiente de la liber-
tad de los ciudadanos, no solamente en las provincias
argentinas del interior, subordinadas por la fuerza de
las cosas al predominio del centralismo de Buenos Ai -
res, sino de la provincia misma, donde esa omnipo-
tencia tiene su centro y asiento.
Resulta de ese estado de cosas que los porteños son
los más libres y poderosos cuando están en el Poder;
los menos libres y más débiles cuando están fuera del
Poder.
Todo el trabajo de la reforma liberal de ese Esta-
do consiste en la disminución. gradual, sucesiva y pa-
cífica del Poder omnipotente, por la disminución de
los elementos materiales de carácter económico, que
constituyen su omnipotencia real, no obstante las leyes
escritas, que sólo de palabra la restringen y sólo de
palabra instituyen y protegen la libertad individual.
Así, el poder que importa disminuir en el interés
de la libertad individual de Buenos Aires no es un
poder escrito, desgraciadamente para la misma Bue-
nos Aires, sino real y efectivo, pues está constituido
en los intereses más vitales y activos, como son los
de carácter económico y rentístico.
Si de un lado la riqueza nacional aglomerada en
Buenos Aires es un bien para su localidad, ella es un
mal para la libertad de sus ciudadanos; es decir, para
OBRAS SELECTAS. —Tomo V . 24
370
AL B E RDI
el mayor número, porque todos no pueden disfrutar
del suculento Poder a la vez.
De ahí vino y de ahí puede venir todavía que mien-
tras un partido de Buenos Aires goza del Poder y quie-
re conservarlo por los medios que le sugiere su mis-
ma exorbitancia, el otro tiene que gemir en la mis-
ma condición en que el partido unitario y liberal, com-
puesto de los mismos porteños, arrastró veinte años
de miseria alrededor de América, hasta que lo sucedió
en el mismo infortunio el que usó y abusó de la omni-
potencia que encontró constituida y "formada en el
estado de cosas, que dura todavía". —(Times, de Di-
ciembre de 1878.)
Mientras el despotismo exista sin un déspota, los
efectos de ese estado de cosas no se harán sentir en
los gobernados por las crueldades personales del Go-
bierno, como en tiempo de Rosas; pero su resultado
infalible será la pobreza y la crisis de empobrecimiento.
Es un hecho, entretanto, que la omnipotencia del
Estado de Buenos Aires mantiene a los porteños sin
libertad y a los argentinos sin Gobierno nacional. A los
unos y a los otros, en el empobrecimiento que forma
la crisis económica de carácter crónico en que viven.
A los unos, porque no tienen lo que necesitan; a los
otros, porque tienen más que lo que necesitan. ¿Puede
el exceso de riqueza ser causa de malestares?, pregun-
tará respecto de Buenos Aires. Pero es lo que se deja
ver en cada crisis: empobrecimiento siempre precedido
y causado por un desborde anormal de riqueza.
OBRAS SELECTAS
3 7 1
Disminuir, reducir, limitar ese poder omnímodo, es
la gran tarea, el gran deber del patriotismo liberal de
ese país, lejos de aumentarlo.
Es remediar los tres males que afligen al país: dar
a los porteños la libertad individual, que no les deja
tener la omnipotencia del Estado; dar a los argentinos
un Gobierno nacional con los medios de asegurar efi-
cazmente la paz y el orden que necesita su progreso;
dar a los unos y a los otros la riqueza que les arre-
bata el estado vicioso en que viven sus intereses eco-
nómicos, concentrados en Buenos Aires para hacer el
Poder ilimitado de ese Estado en detrimento suyo pro-
pio y de las provincias de su dependencia geográfica.
¿A quién pertenece la tarea de cambiar ese estado
de cosas? A todos los perjudicados por él hecho dé su
existencia, es decir, a todos los argentinos. Pero en
especial a los porteños, que son los argentinos más
dañados en ello. Son los porteños mismos las prime-
ras víctimas de la absorción de los intereses argenti-
nos de su provincia omnipotente por esa causa.
¿Quién lo dice? Toda la historia de Rosas, cuyo
Gobierno tiránico formó el goce de sus pocos posee-
dores y la desgracia de casi todos los porteños, sobre
quienes pesó directamente su despotismo sangriento.
Fué por esta razón que los porteños lo combatieron
y derrocaron por conducto de los provincianos, mero
instrumento del partido de Buenos Aires, refugiado
en Montevideo, en Chile, en Bolivia y el Brasil.
Pero derrocando al déspota, sus opositores dejaron
en pie el edificio del despotismo, constituido y armado
como estaba antes de Rosas, en esa aglomeración vi-
ciosa de los elementos económicos y rentísticos del Po~
37
2
ALBERDI
der argentino, que se produce y forma en Buenos Ai res
por la corriente tradicional del viejo régimen, mante-
nida en la disposición geográfico-política del país, y en
los vicios económicos derivados de la constitución geo-
gráfica.
Víctimas de un despotismo vacante de un déspota
por el momento, los porteños liberales que están fuera,
del Poder sólo gozan de una libertad platónica, que se
exhala en palabras, sin ejercer intervención eficaz al-
guna en la conducta y gestión de la cosa pública.
Como toda la libertad está concentrada en el Esta-
do, sin dejar ninguna al ciudadano, sólo vienen a ser
libres los porteños que ocupan el Poder, mientras los-
que están fuera sólo son libres de nombre, porque la
libertad es Poder, es Gobierno; el poder de gobernarse,
a sí mismo; y cuando ese Poder está absorbido en el
Estado, el Gobierno sólo es libre, pero no hay libertad
individual.
Desarmad al ciudadano del poder real y efectivo'
de intervenir en la gestión oficial de la cosa pública,
en que consiste la libertad que es realmente libertad,
y no le dejáis más que una libertad de nombre.
Además, cuando el despotismo existe organizado en
las cosas y en los intereses que gobiernan, la aparición,
del déspota es el peligro de cada instante. Lo asombro-
so no es que aparezca, sino que deje de aparecer. La.
máquina llama al maquinista; el cañón, al artillero.
Antes de que ese déspota se produzca por el estado-
despótico de cosas, es el momento oportuno de cam-
biar de despotismo; es decir, de disminuir y reducir
•la omnipotencia del Estado, sin lucha, sin resistencia,
sin violencia.
OBRAS SELECTAS
373
La violencia tiene dos defectos: primero, es cara,
pues como guerra o revolución cuesta sangre y cau-
dales; segundo, es ineficaz, pues deja el mal subsisten-
te como estaba antes de la lucha, según lo ha demostra-
do la experiencia de la guerra que derrocó a Rosas
sin derrocar el rosismo.
Los reformadores de Buenos Aires en ese sentido,
tendrán por cooperadores o colaboradores naturales di
esa reconstrucción de libertad común a los que la ne-
cesitan tanto como ellos, que son los provincianos.
La cooperación que éstos son llamados a dar a los
porteños es la de un derecho, no la de sus armas.
Toda política argentina que no se ocupe de esta re-
forma por las vías de la paz es pura pérdida de tiem-
po en cuestiones vanas y pueriles.
Con todos los cambios de personas, el país no cam-
biará de suerte, mientras no cambie el orden vicioso
en que se encuentran colocados sus intereses econó-
micos de que depende su vida, su bienestar y pro-
greso.
La libertad de Buenos Aires, entretanto, sólo será
una verdad en cuanto ese Estado no depende del ex-
tranjero ni de su propia nación, ni de España, ni de
la Confederación, sino de sí misma. Pero su libertad
será del antiguo tipo greco-romano, no del moderno
tipo de la República sajona. Será una República libre
del género de libertad de las viejas Repúblicas de
Atenas y de Roma, en que la patria era omnipotente
y la libertad individual desconocida.
374
AL BERDI
Es la forma de República para la cual venía pre-
parada por la constitución del régimen colonial en que
se formó, educó y vivió bajo un Gobierno omnipoten-
te e ilimitado.
Rota su dependencia del país extranjero a que per-
teneció como colonia, fué, sin duda, país libre en el
sentido de país independiente. Su Gobierno fué libre
en cuanto emanó del país y no dependió del extranjero.
Pero su poder dentro de sí mismo no fué menor que
antes de ser independiente. Fué siempre ilimitado- y
absoluto, sin que el ciudadano tuviese el poder de re-
sistirlo, ni el derecho de limitar su autoridad respecto
de su persona, de sus cosas y de sus actos, en que
consiste el dominio de la libertad individual del tipo
sajón, completamente desconocido de las Repúblicas
antiguas.
La libertad individual moderna no existe donde el
ciudadano no tiene derecho de contradecir a su país,
de no tener su opinión y de ser el opositor de su Go-
bierno, sin riesgo de su seguridad personal.
No es este el tipo de las nuevas Repúblicas de la
América antes española. Inspiradas y preparadas por
la revolución francesa, constituidas a su ejemplo gre-
co-romano, la patria y la libertad de la patria, la glo-
ria y los laureles de la patria, han eclipsado a la liber-
tad individual.
Ese origen y sentido está expresado y documentado
en las armas simbólicas de la República Argentina y
en sus himnos patrióticos.
Figura en ellas la lanza de Palas y el gorro frigio
de los manumitidos romanos; en las sienes de la pa-
tria, los laureles mitológicos de la victoria.
OBRAS SELECTAS
375
Oid, mortales, el grito sagrado,
libertad, libertad, libertad.
Oid el ruido de rotas cadenas,
ved en trono a la noble igualdad.
La libertad se anuncia al oído, al ojo, como ruido,
como grito, y la igualdad, que toma el trono del rey
caído, es la noble igualdad, no la igualdad plebeya de
todo el mundo.
Los iguales o libres, en Atenas, componían una pe-
queña y escasa nobleza, que tenía el monopolio de la
libertad. Todo ateniense no era libre. Lo eran sólo los
iguales; es decir, unos pocos.
Tales símbolos, tales cantos, no habrían podido re-
presentar la república ni la libertad sajona de los Es-
tados Unidos, No les convenía el gorro, porque no
habían sido esclavos ni siervos manumitidos. Ellos fue-
ron libres desde su cuna, como los ingleses; así, sus
revoluciones han sido confirmaciones de viejas liber-
tades. Al revés de la francesa y americanas del Sur, que
han desconocido y revocado el pasado, partiendo del
derecho natural, teórico y abstracto, en cuanto al prin-
cipio; y al ejemplo greco-romano, por la forma.
Como la primera República francesa, fundada en el
Contrato social, de Rousseau, las de Sudamérica han
sido imitaciones de las Repúblicas de Grecia y Roma,
anteriores al cristinismo, en que la patria, él Estado,
era todo; la libertad individual, como límite del poder
de la patria, nada.
Han sido repúblicas libres, en cuanto independien-
tes ; pero sin libertad, en cuanto repúblicas omnipoten-
376
ALBERDI
tes o de poder ilimitado sobre el derecho individual en
conflicto con el del Estado.
Así lo son hoy mismo. El primero de sus liberales
se sentiría escandalizado al oir decir que libertad es
el derecho de discutir, de desagradar, de contradecir
al Poder de su país sin riesgo de su seguridad perso-
nal : que la libertad del ciudadano es el límite de la li-
bertad del Gobierno del Estado.
Yo temo que el gran partido de la libertad de Bue-
nos Aires ignore, por órgano de su jefe, lo que es
realmente la libertad moderna, entendida a la inglesa.
Y como Buenos Aires fué, desde el origen de su
revolución, iniciada por él, la escuela liberal de los
argentinos, es urgente para éstos que en la escuela em-
piece la reforma, que a nadie interesa más que a la
misma Buenos Aires.
El día que un partido de esa provincia se ponga a la
cabeza de esa reforma—que no sería sino el desarro-
llo de la revolución de Mayo de 1810—, yo sería el
primero en seguirlo en mi calidad de provinciano, y a
honor tendría en seguirlo, como lo tuve siempre de se-
guir a Moreno, a Pazos, 2. Belgrano, a Rivadavia, a
Florencio Várela,, a Gutiérrez, a Echevarría y a tantos
otros ilustres porteños, iniciadores y servidores de la
verdadera libertad argentina, que todavía, sin embar-
go, no es un hecho positivo.
XIII
Política y riqueza.
A los que pretenden que el actual Gobierno argen-
tino está organizado como el de Estados Unidos, pre-
guntamos : ¿ Hay dos Senados en Washington ? ¿ Hay
dos Cámaras de Diputados? ¿Hay, enfrente uno de
otro, dos Ministerios? ¿Dos ejecutivos? ¿Dos Gobier-
nos, en una palabra, en la misma ciudad de Washing-
ton, como los hay en la ciudad de Buenos Aires?
Es que Buenos Aires no es Washington, se respon-
de; es decir, no es capital de la República Argentina,
cuya nación, estando sin capital, su Gobierno carece
de jurisdicción inmediata y exclusiva en la ciudad en
que reside como mero huésped.
No por un momento, ni provisoriamente, sino inde-
finidamente. Lleva ya doce años este estado de cosas,
y es general la opinión entre las gentes más sensatas
del Plata que el medio de resolver esa cuestión capi-
tal es no resolverla y dejar indefinida su solución has-
ta que se resuelva por sí misma.
A ese estado de cosas, sin embargo, ha llamado Mi-
tre organización definitiva de la República Argentina.
La Constitución que en 1853 le daba al Gobierno
378
AL BERDI
nacional una capital, no era definitiva. Lo fué desde
que la Constitución reformada de 1860 se la quitó.
•• 1 > •
Los que han organizado este estado de cosas, lo han
hecho en el interés de Buenos Aires, según ellos; en
la realidad, en su perjuicio enorme, pues haciéndola
residencia de dos Gobiernos, la han poblado de asala-
riados y de gentes que viven de las rentas del Estado.
Los empleados públicos a sueldo, llamados por A. Smith
trabajadores no productivos, son asimilados en esto, por
ese grande economista, a los domésticos, que viven de
la renta de sus amos, sin producir, por sus servicios
fugaces, valor alguno que quede para aumento del pro-
ducto general del país.
"Las naciones—dice A. Smith'—no se empobrecen
jamás por la prodigalidad y la mala conducta de los
particulares, sino a veces por la de su Gobierno.
" En la mayor parte de los países, la totalidad o casi
totalidad de la entrada o renta pública es empleada en
sostener gentes no productivas. Tales son las gentes
que componen una corte numerosa y brillante, un gran-
de establecimiento eclesiástico, grandes cuadras y gran-
des ejércitos, que no producen nada en tiempo de paz,
y que, en tiempo de guerra, no ganan nada que pue-
da compensar el gasto que cuesta su sostén, aun duran-
te el intervalo de la guerra. Las gentes de esta especie
no producen nada por sí mismas; son todas manteni-
das con el producto del trabajo de otros. Así, cuando
se multiplican más allá del número necesario, pueden
en un año consumir una parte tan considerable de esr
OBRAS SELECTAS
379
producto que no dejan de él un resto bastante capaz
para el sostén de los obreros productivos, que deberían
producirlo para el año siguiente.
" La proporción que se halla entre estas dos especies
de fondos (los reproductivos, que forman los capita-
les, y los no reproductivos, que son Jos consumidos
en vivir, y son la renta), determina forzosamente en
un país el carácter general de sus habitantes, en cuan-
to a su tendencia a la industria o la pereza... En las
ciudades manufactureras y cjpmevciantes, donde las
clases inferiores del pueblo subsisten principalmente
por capitales empleados, el pueblo es, en general, labo-
rioso, frugal y económico, como en muchas ciudades
de Inglaterra y en la mayor parte de las de Holanda.
Pero en las ciudades que se sostienen principalmente
por la residencia permanente o temporal de una corte,
y en que las clases inferiores del pueblo sacan, sobre
todo, su subsistencia de gastos de renta o entrada, el
pueblo es, en general, perezoso, disipado y pobre, como
en Roma, Versailles, Fontainebleau y Compiegne (del
tiempo de Smith). Si se exceptúa a Rouen y Burdeos,
no se encuentra en todas las ciudades del departamen-
to, en Francia, sino escaso comercio e industria, y las
clases inferiores del pueblo que allí viven principal-
mente del gasto de los oficiales de las Cortes de Jus-
ticia y de los que allí vienen a pleitear, son, en gene-
ral, perezosos y pobres. Rouen y Burdeos parecen no
deber sino a su situación geográfica su gran comercio,
como puertos forzosos de un gran comercio que se
hace por su intermedio. Situaciones tan ventajosas lla-
man necesariamente un gran capital por el gran em-
3
8o A L B E R D I
pleo que ellas ofrecen, y el empleo de ese capital es la
fuente de la industria que reina en esas ciudades. La
misma cosa puede decirse de París, Madrid y Vi ena;
de estas tres ciudades, París es, sin duda, la más in-
dustriosa ; pero París es él mismo su propio mercado
de todas sus manufacturas, y su propio consumo es el
grande objeto de todo el comercio que allí se hace.
"Londres, Lisboa y Copenhague son tal vez las
únicas tres ciudades de Europa que siendo residencia
permanente de una Corte, pueden al mismo tiempo ser
consideradas como ciudades comerciantes. La situación
de las tres es en extremo ventajosa y propia para hacer
de ellas (des entrepots) el intermedio para gran parte
de las mercancías destinadas al consumo de los países
lejanos.
"Había en Edimburgo, antes de la Unión, poco co-
mercio e industria. Desde que el Parlamento de Es-
cocia no se reunió más en esa ciudad; desde que ella
dejó de ser la residencia necesaria de la alta corte y
de la pequeña nobleza escocesa, Edimburgo comenzó
a tener algún comercio y alguna industria. Sigue, en-
tretanto, siendo la residencia de las principales Cortes
de Justicia de Escocia, de las oficinas de la Aduana y
del impuesto. Allí se gasta, pues, todavía una masa
considerable de renta o de rédito del Estado; y de ahí
viene que es muy inferior en comercio y en industria
a Glasgow, cuyos habitantes viven principalmente del
empleo de sus capitales. Se ha notado a veces que los
habitantes de un gran villorrio (bourg), después de ha-
cer grandes progresos en la industria manufacturera,
habían caído en seguida en la ociosidad y la pobreza,
OBRAS SELECTAS
3
8 l
porque algún gran señor había establecido su perma-
nencia en su vecindad.
"Es, pues, la proporción existente entre la suma de
los capitales y la de los réditos, o revenus, lo que de-
termina en todas partes la proporción en que se en-
cuentran la industria y la ociosidad: donde los capi-
tales predominantes la industria la que prevalece; don-
de son los réditos los dominantes, la ociosidad predo-
mina.
"Todo aumento o disminución en la masa de los ca-
pitales tiende naturalmente a aumentar o disminuir
realmente la suma de la industria, ei número de gentes
productivas y, por consiguiente, el valor cambiable del
producto anual de las tierras y del trabajo del país, la
riqueza y el rendimiento real de todos sus habitantes.
"Los capitales aumentan por la economía; ellos dis-
minuyen por la prodigalidad y la mala conducta." (1).
Buenos Aires es la residencia, no sólo de un Go-
bierno, sino de dos Gobiernos, compuesto cada uno
de tres Poderes, y cada Poder, de numerosos emplea-
dos. La silla de un Arzobispado; el centro de una pla-
na mayor militar; la residencia del Cuerpo diplomá-
tico extranjero, y de un numeroso Cuerpo consular;
todos los elementos de una corte se encuentran allí
reunidos, rio obstante la forma republicana del Go-
bierno, o, por mejor decir, a causa de la forma en que
el Gobierno republicano se encuentra allí constituido.
Si Buenos Aires no fuese el puerto forzoso por cuyo
intermedio se hace todo el comercio exterior del país,
sería, como Madrid, una ciudad de empleados, de di-
(1) Riquezas de las naciones, lib. II, cap. III.—Adam Smith.
3
8
2
AL BERDI
sipación de tiempo y de dinero, de lujo, de elegancia,
de goces y disipación.
Su actividad y régimen comercial no quita que todo
esto último exista, de modo que la ganancia que le deja
el empleo del capital comercial se la lleva el consumo
de rentas que hace su población improductiva de fun-
cionarios.
Así son París y Londres, es verdad, pero con esta
diferencia: que lo que consumen las Cortes de que son
residencia, lo produce la misma industria y comercio
de que son centros productores.
Lejos de existir razón de interés público para traer
a la ciudad comercial de Buenos Aires la residencia
del Gobierno nacional, la habría muy grande para sacar
de esa ciudad no solamente al Gobierno nacional, sino
al mismo Gobierno provincial de Buenos Aires.
La prosperidad de esa ciudad entraría en camino de
ser la Nueva York el día que eso sucediese, por la
razón económica a que Nueva York debe su opulen-
cia, que es la de no ser residencia de Gobierno alguno,
ni de la Unión, ni del de su mismo Estado, el cual re-
side en Albany.
Así, en él federalismo que han organizado y man-
tienen Sarmiento y Compañía en el Plata, Buenos Ai -
res no responde por su papel ni al de Washington ni al
de Nueva York, en los Estados Unidos, cuyo modelo
pretenden, sin embargo, haber imitado en la Constitu-
ción argentina, que han echado a perder.
Ese estado antieconómico y vicioso de cosas es uno
de los manantiales del empobrecimiento permanente del
país en medio de toda su actividad.
OBRAS SELECTAS
383
La crisis que consiste en ese empobrecimiento cró-
nico, tiene, pues, un origen político en el estado inaca-
bado y embrionario del organismo de nuestro Gobierno
nacional.
De un lado, es causa de decadencia de nuestra rique-
za comercial; y de otro, lo es de nuestra riqueza ru-
ral y territorial, por la falta de seguridad consiguiente
•a la ausencia de un Gobierno capaz de garantizarla efi-
cazmente.
Toda la extensión y fertilidad de nuestro vasto y
hermoso suelo no añaden nada a la riqueza del país,
porque la tierra y la propiedad rural son sin valor don-
de falta la seguridad, que no puede dejar de faltar
donde no hay Gobierno serio-, eficaz y fuerte.
Es curioso ver figurar el producto de la venta de las
tierras públicas entre las fuentes del Tesoro nacional,
cuando esas tierras no valen nada, porque carecen de
la condición que las hace ser una fuente del Tesoro en
los Estados Unidos, donde la seguridad de la persona,
de la vida y de la propiedad son tan completas en lo
interior del país americano como en la misma Ingla-
terra.
Mientras no tengan esa seguridad las tierras argen-
tinas, no sólo de Patagonia, de la Pampa y del Chaco,
desiertos poblados de salvajes indómitos, sino las mis-
mas tierras de las campañas pobladas, no valen mucho
más que las tierras de África y de Syria, como riqueza
cambiable por dinero.
Luego la existencia de un Gobierno real y efectivo
es la primera de las necesidades y conveniencias eco-
nómicas del país, y el único remedio eficaz de la crisis
de inseguridad, que es sinónimo de crisis de pobreza.
3«4
ALBERDI
De esa inseguridad no está excluida Buenos Aires,
pues sus campiñas rurales son cabalmente las más ex-
puestas a las irrupciones de los salvajes que habitan
sus fronteras, siempre amenazadas.
La debilidad del Gobierno embrionario e incompleto
del país, que no sabe suprimir ese peligro semiexterior,
le obliga a vivir ocupado en defender su existencia
contra los que conspiran constantemente para reem-
plazarlo.
" El Gobierno civil—dice Adam Smith—, en tanto
que tiene por objeto la seguridad de las propiedades,
es, en realidad, instituido para defender a los ricos
contra los pobres, o bien a los que tienen alguna pro-
piedad contra los que no tienen ninguna."
Conforme a esta gran verdad histórica, la provincia
de Buenos Aires, que es la que más propiedades y pro-
pietarios contiene de todas las provincias argentinas,
es la más interesada en que el Gobierno exista como
institución regular y eficaz para defender la seguridad
de sus fortunas.
Nadie comprendería, sin embargo, que esa pobla-
ción, la más rica del país, sea la causa de que la nación
esté sin Gobierno, por la falta de su cooperación y con-
curso, mediante la cual se mantiene en cierto modo se-
parada de la nación en una especie de autonomía que
no llega a ser una independencia completa.
Hubo un tiempo en que ese estado de cosas cedía en
provecho de Buenos Ai res: cuando la autonomía era
casi completa y absoluta. Era bajo el sistema de Rosas,
O B R A S S E L E C T A S
385
en que el Gobierno nacional faltaba del todo, o, mejor
dicho, estaba todo él en sus manos, por un servicio
que él prestaba a la nación sin gravamen ni responsa-
bilidad.
Hoy la semiautonomía cede toda en perjuicio de Bue-
nos Aires, porque en virtud de la semi-unión, combi-
nada con la casi-autonomía, por la Constitución fede-
ral presente, la provincia de Buenos Aires participa de
las cargas y desventajas que gravitan sobre la nación,
sin que la seguridad de sus intereses locales y provin-
ciales esté más garantida que lo estaba bajo el aisla-
miento de otro tiempo.
Tal es el resultado real de la autonomía, que defien-
de hoy por mera rutina, de un tiempo que ha pasado.
En el estado en que han venido a parar las cosas,
por la evolución natural de la vida argentina, la ins-
titución de un Gobierno nacional, armado de todo el
poder unido de la nación, ha venido a interesar más a
la provincia de Buenos Aires, como la más rica, que a
todas las demás reunidas. La razón de ello es muy sim-
ple : es la que más tiene que perder; es la que más in-
tereses tiene que ver protegidos y asegurados.
Felizmente, no necesita más que comprender y re-
conocer esta verdad para llegar a la institución del Go-
bierno de que tanto necesita la seguridad de su riqueza
y el desarrollo de esa riqueza por la simple virtud de
la seguridad.
La razón de ello es que todo el problema de la crea-
ción definitiva de ese Gobierno que falta a la nación,
depende de Buenos Aires, y en su mano está el verlo
instituido el día en que la ciudad de Buenos Aires se
constituya en capital de la República Argentina y re-
OBRAS SELECTAS. —Tomo V. 25
386
AL BERDI
sidencia de sus autoridades, con jurisdicción exclusiva,
directa y local en su capital. Todo el significado prác-
tico de ese cambio consistiría en que el pueblo y los
recursos todos de la nación argentina tomarían a su
cargo el deber de defender y asegurar las propiedades
de los argentinos de Buenos Aires, como los de la ge-
neralidad de los argentinos, pero con una eficacia que
no ha podido tener hasta hoy la acción incompleta de
un Gobierno incompleto.
Este simple mecanismo es el de todo Gobierno na-
cional serio, eficaz y capaz de hacer grande, rico y
próspero al país.
Eso es el Gobierno inglés, el Gobierno en Francia, el
Gobierno nacional en el Brasil, en Chile, y por eso vi-
ven y progresan esos países sin tener las dotes natu-
rales que la nación argentina ve malogradas, en medio
de su pobreza, por falta del Gobierno nacional que bus-
ca desdé el 25 de Mayo de 1810.
¿A quién sino al pueblo, que inició ese movimiento
inmortal, tocaría llevar a cabo el no menos memorable
de constituir el Gobierno patrio, que debe reemplazar
al que derrocó la gran revolución americana de 1810?
Mientras esa solución no se produzca, la responsabi-
lidad del actual estado de cosas y del empobrecimiento
general de todo el país argentino será, en su mayor
parte, de Buenos Aires, por la simple razón de ser la
•única provincia capaz de dar al mal la solución que
tiene y que reclama, y de ser la causa de que él dure
por su abstención en removerla.
OBRAS SELECTAS
387
No es que su voluntad o su intención lo gobiernen
en esa actitud. No puede querer arruinar sus intere-
ses propios teniendo esa conducta por rutina y menos
por placer. El secreto de su conducta es la preocupa-
ción rutinaria que le impide darse cuenta del origen
y naturaleza del malestar y de la inercia tradicional,
ayudada por el interés egoísta y el sofisma de unas
pocas docenas de hombres, que explotan ese desorden
en beneficio propio y en daño de la misma Buenos
Aires, cuyos intereses dicen sirven cuando, en realidad,
los arruinan por el mismo o peor método de servirlos
con que los arruinaba Rosas.
Peor es, sin exageración, el estado actual de cosas,
en el orden económico, que lo era bajo Rosas. Las con-
tribuciones serán más bajas y menos numerosas. Nin-
guna de ese tiempo se ha suprimido. La deuda pública
era menor y tenía más valor en el mercado. Siete pe-
sos papel valían un peso fuerte. La seguridad de las
propiedades, de las personas y vidas en las campañas
no tenía más peligro que el del color político. Hoy no
existe ese peligro, pero en cada ladrón queda un dicta-
dor, que dispone de lo ajeno en vidas, propiedades y
personas, sin que haya color político que lo evite.
La tiranía de Rosas tenía el mérito de ser franca,
"brutal, abierta, en sus propósitos y en sus atentados,
y dejaba medios de precaverse de sus estragos. La ti-
ranía de Tartufo, que lo ha sucedido, invisible, oculta,
veneciana, misteriosa, anónima, irresponsable, bien ha-
"blada, ladina, buena cara, cortés, es, con todo eso, más
aciaga, en sus efectos, que la de Rosas, y, sobre todo,
más irremediable, porque, lejos de residir en la perso-
na visible de un tirano, es la tiranía misma que reside
3
88 ALBERDI
en las cosas y en su modo de existir. Es una tiranía
sin tirano, o con un tirano oculto, invisible y secreto,
que, desde un rincón obscuro de la Casa Rosada, ti-
raniza al país entero y a su mismo Gobierno aparente.
XIV
Genealogía política sudamericana.
Los orígenes de la Francia contemporánea, según
Taine, no son seguramente los de la América del Sur
contemporánea, aunque los resultados de la revolución
francesa del siglo X V I I I hayan ocasionado la nuestra
por el cautiverio del Rey de España con que Napo-
león I dejó acéfalas sus colonias de América. Quitarles
su Rey fué darles la república, en el sentido de vice-
monarquías vacantes.
En ese sentido mismo la revolución francesa deter-
minó la de España, en principios de este siglo; y esas
dos revoluciones tuvieron más influjo en la de Sud-
américa que la revolución de la independencia de Nor-
teamérica.
Los que se pusieron a la cabeza del cambio de Sud-
américa no procedieron de los Estados Unidos. Vinie-
ron de la misma España, entrada ya en su crisis revo-
lucionaria. Fueron Bolívar, Miranda, Sucre, San Mar-
tín, Belgrano, O'Higgins, Arenales, los Carrera, Al-
vear, Pueyrredón.
Trajeron de España las doctrinas de la revolución
390
ALBERDI
francesa, que recién entraban allí mismo, exabrupto
y sin los precedentes que en Francia.
Ninguno vino dé los Estados Unidos. Ninguno de
ellos sabía inglés siquiera. Moreno tradujo y propagó,
después de hecha la revolución de Mayo de 1810, no
antes, el Contrato social, de Rousseau. Mi padre, en
Tucumán, tenía ese libro, y lo comentaba en confe-
rencias amigables (según se lo oí al deán Zabaleta, en
Buenos Aires), como también El Emilio, las obras de
Raynal y otros libros franceses del siglo XV I I I .
Asi, los que fueron orígenes y antecedentes de la re-
volución francesa del 89, eran consecuencia y postula-
dos de la nuestra, que nació, no de propio impulso, sino
de impulso ajeno. En esto difiere de la revolución de
los Estados Unidos. Como la revolución inglesa, la de
Norteamérica fué la confirmación de viejas libertades,
de originarias tradiciones de libertad sajona.
Como libertades de ese género no fueron jamás la
tradición de los americanos del Sur, su revolución
adoptó por fundamentos de su edificio independiente
y por puntos de partida de su existencia moderna, los
principios abstractos y libertades teóricas que prepa-
raron la revolución francesa.
Hoy mismo, a los setenta años, viven todavía en el
reinado de la libertad abstracta, de los principios teó-
ricos del derecho, sin saber entender ni practicar lo
que nuestra educación secular no nos enseñó jamás.
¿No parecen dirigidas a nuestros políticos actuales
estas palabras irónicas con que Taine describe a los
liberales franceses de los tiempos que precedieron a
la revolución del 89?:
"Para ellos (los revolucionarios de la víspera, los
OBRAS SELECTAS 391
Así son nuestros políticos actuales de Sudamérica,
sobre todo los liberales o radicales. Obedecen a dos
doctrinas de gobierno: la tradicional o histórica, que
políticos de la revolución, salidos de la filosofía del si-
glo x v n i ) ; ellos son arquitectos y tienen principios
que son la fazón, la naturaleza, los derechos del hom-
bre, principios simples y fecundos, que cada uno puede
entender y de que basta sacar las consecuencias para
sustituir a las deformes bases del pasado, el edificio
admirable del porvenir. La tentación es grande para
los descontentos... Ellos adoptan fácilmente las má-
ximas que parecen conformes a sus secretos deseos;
las adoptan, al menos, en teoría y de palabra. Las gran-
des palabras libertades, justicia, felicidad pública, dig-
nidad del hombre, ¡ son tan hermosas y además tan
vagas! ¿Qué corazón puede dejar de amarlas?
" Si el que las profesa sin realizar—dice Taine-—,
gobernado por hábitos establecidos, intereses o instru-
mentos anteriores y más fuertes, que estorban la apli-
cación, no está en ello de mala fe y es hombre; cada
uno de nosotros profesa verdades, que no practica.
Una noche, el obeso abogado Torget, habiendo tomado
tabaco de la tabaquera de la Maríscala de Vauban, esta
dama, cuyo salón era un club democrático en pequeño,
quedó sofocada al ver una familiaridad tan monstruo-
sa. Más tarde, Mirabeau, vuelto a su casa, después de
votar la abolición de los títulos de nobleza, toma a su
sirviente por la oreja y le grita riendo con voz tenan-
te : •—j Eh! Diablo, yo espero que para ti soy siempre
el señor Conde. " (Orígenes, pág. 375.)
39
2
ALBERDI
es aquella en que se han criado, y la filosófica o teórica,
que es la que han aprendido en el Contrato social y en
los escritores franceses de 1789. Su punto de partida,
en este último aspecto, la base de sus teorías de go-
bierno, es el derecho filosófico y abstracto: la perfec-
ción ideal absoluta. Están, en materia de gobierno, a la
altura de los revolucionarios franceses del tiempo de
Sieyés. Es para ellos atrasado y retrógrado todo lo
que no es perfección absoluta y filosófica. La Consti-
tución inglesa no tiene todo el liberalismo que ellos
profesan teóricamente tener.
Es la razón por que no pueden fundar Gobierno inte-
rior. Más atrasado el pueblo que el de Francia en 1879;
sin los antecedentes científicos, literarios y económicos
que la Francia de la revolución, son incapaces, natu-
ralmente, del Gobierno abstracto y filosófico, que era
una utopia aun para los franceses del siglo x v i n.
Sin embargo, esos radicales, que están sin libertad,
porque no la quieren sino perfecta y filosófica, en pun-
to a gobierno interior, acuden al derecho histórico y
tradicional para buscar la regla de solución de sus con-
flictos internacionales.
Después que su revolución contra España pisoteó el
derecho histórico en 1810, hizo tabla rasa de todo su
derecho colonial español, y fundó su nuevo derecho
patrio en los principios abstraotos y filosóficos del Con-
trato social, de Rousseau, traducido y popularizado en
Buenos Aires por el Dr. Moreno, corifeo de la revolu-
ción de Mayo de 1810, y secretario del nuevo Gobierno
patrio fundado en ese día; después de todo eso, el
nuevo Gobierno, que no conocía otro derecho históri-
co que la revolución radical, invoca hoy las leyes y los
OBRAS SELECTAS
393
tratados españoles como razones capitales para resol-
ver y decidir sus cuestiones territoriales, de límites en-
tre los Estados que fueron provincias del vasto domi-
nio colonial de España en América.
Es estar a dos sistemas: con el principio histórico,
en gobierno exterior; y con el filosófico y abstracto, en
gobierno interior.
Esta política inconsecuente y doble daña a los inte-
reses de su organización moderna. España deduce de
ella dos razones para creer posible la restauraución de
su antigua dominación en Sudamérica, cuando ve in-
vocada y respetada la autoridad de su vieja legislación
en materia de Derecho internacional, de una parte; y
cuando de otra, ve que la revolución que desconoció su
autoridad no está concluida ni cerrada todavía al cabo
de setenta años, entre los argentinos, por la acción y
actitud nada menos que del pueblo de Buenos Aires,
que tomó la iniciativa de ese cambio, el cual excluye
en la práctica el principio teórico de la autoridad so-
berana de la mayoría nacional.
La revolución está tan lejos de terminar que Buenos
Aires llama Constitución definitiva del Gobierno del
país a la misma que mantiene a la nación sin Gobierno
completo y eficaz, manteniéndola sin una capital en que
el Gobierno tenga su residencia y ejerza su jurisdicción
propia, directa y exclusiva en su residencia. La Cons-
titución reformada de 1860, que dejó al país y al Go-
bierno en estado precario e indefinido, es la que Bue-
nos Aires llama Constitución definitiva; y a su Go-
bierno, destituido de residencia propia y de jurisdicción
exclusiva en la ciudad en que se hospeda, Gobierno de-
finitivo.
394
ALBERDI
Mantener la revolución abierta e inacabada, es un
acto de imprevisión política que asombra; es mantener
al país en estado permanente de guerra, pues no es
otra cosa ese estado de revolución, no ya con España
ni con el pasado, sino con su propio principio racional
y filosófico de Gobierno, fundado en el dogma de la
voluntad nacional del mayor número, como ley supre-
ma de la autoridad moderna y patria.
Los Borbones que ocupan en parte el Trono del Bra-
sil, tienen razón de creer en la posibilidad de ver vol-
ver a su dominación esos países, que no acaban de dar-
se un Gobierno propio regular, fundado en el nuevo
principio.
Viendo reconocida en política exterior la autoridad
tradicional e histórica del Gobierno pasado español en
América por los mismos americanos independientes, los
Borbones se sentirán autorizados para esperar traer a
los independientes por el camino de su mismo sistema
de política exterior, al restablecimiento, cuando menos
relativo y parcial (bajo el nombre de alianzas y protec-
torados), de su independencia anterior a la perturba-
ción que produjo en los dominios españoles la inva-
sión de Napoleón I en la Península y la conquista mi-
litar, que la siguió.
XV
Causas económicas de fenómenos políticos.
Los que se ocupan de política en el Río de la Plata,
no se aperciben o aparentan no apercibirse, de que sólo
deben ocuparse de cuestiones económicas, de intereses
materiales, de comercio, de rentas, de tesoro, de crédi-
to público, de tráfico, en que toda la política de ese
país se resuelve sin parecerlo, por el cuidado natural
que los intereses prosaicos de orden material toman de
ataviarse con apariencias de motivos generosos y pa-
trióticos.
Pero es un hecho que los partidos no dan un solo paso
que no tenga por objeto y resultado enriquecer o em-
pobrecer al país, de cuyos intereses materiales son ins-
trumentos, los unos en el sentido de su mejor distri-
bución entre toda la nación, los otros en el sentido de
su concentración en el viejo centro metropolitano, crea-
do y legado por el antiguo régimen colonial.
Esa es la historia de la vida política del país en úl-
timo análisis.
La caída de Rosas y la restauración del orden de
cosas que lo produjo y que él sustentaba, no han sido
396
AL BERDI
en el fondo sino meros cambios económicos; el uno,
en sentido de la libertad contra el monopolio represen-
tado por Rosas; el otro, en favor del monopolio sin Ro-
sas, representado por sus sucesores en la ocupación del
centro metropolitano, que él ocupó.
La prueba auténtica de lo primero está escrita y con-
signada en la Constitución de 1853, que sancionaron
los vencedores del dictador de Buenos Aires.
Y la prueba no menos auténtica de lo segundo está
en la reforma que la provincia de Buenos Aires exi-
gió de la Constitución de 1853, como condición de su
reincorporación en la unión de las provincias. Esa es
la reforma que inspiró Sarmiento en sus Comentarios
a la Constitución.
Se ve que en la reforma, como en la Constitución,
que fué objeto de ella, no se trató sino de cuestiones y
de cambios económicos, de cosas y de intereses de co-
mercio, de navegación, de rentas, de crédito, de puer-
tos, de Aduanas, etc.
Ese, al menos, fué el meollo de la Constitución de
1853 y el de su reforma reaccionaria de 1860.
Pero tales cambios no se producen sólo porque se
decretan y se escriben. Decretar cambio de ese género
es apenas deslindar los planos de un edificio. Viene en
seguida el trabajo lento de construir la obra, que es
siempre secular para lo que es cambiar los intereses y
hechos que afectan intereses.
Los intereses económicos, y el orden bueno o malo
en que existen por largo tiempo, son hechos tanto más
OBRAS SELECTAS
397
poderosos y difíciles de cambiar, cuanto mayor es el
tiempo que han vivido en un orden dado, porque más
ha crecido su poder con su mera duración.
Y como los intereses económicos, es decir, la ri-
queza, son el poder, porque ellos pagan los salarios y
sueldos de sus servicios al soldado, al político, el pan,
el vestido y la casa de la lista civil y militar, esos in-
tereses no se dejan cambiar en el sentido de su dis-
minución ; resisten el cambio y rompen las leyes que lo
decretan, con los medios de poder que ellos poseen y
que las nuevas leyes no tienen todavía.
Basta que conserven su poder natural y tradicio-
nal de intereses dominantes, para que, en vez de obe-
decer a sus vencedores insolventes, les den ellos su
ley y los reduzcan a su obediencia propia.
La riqueza establecida es un Poder que nunca ca-
rece de servidores, de agentes, de soldados, de abo-
gados, de cantores y de cortesanas fieles, porque como
riqueza que es, tiene con qué pagar el salario de sus
servicios.
Los hombres gobernados por el cálculo de su propia
conveniencia, que son los más, no vacilan entre ser-
vir al interés que paga, o servir al mejor derecho des-
poseído, es decir, que no puede pagar.
Entonces los intereses existentes, en tal o cual orden,
dan a luz y producen agentes, que son fuertes porque
representan y ejercen el Poder supremo de esos inte-
reses gobernantes.
Tales agentes son la obra, la criatura, el producto
de los intereses así dispuestos, no los creadores de esos
intereses ni del orden en que existen radicados de
hecho.
398
AL BERDI
Cuando esos intereses están concentrados en un pun-
to por la acción de un monopolio secular, su poder es
absoluto y omnímodo.
Y, naturalmente, absoluto y omnímodo es el poder
del hombre que representa y sirve de instrumento a
los intereses así concentrados.
En las colonias, ese punto reside en el centro metro-
politano, y el instrumento y brazo de ese centro es el
Gobierno omnipotente, absoluto y omnímodo del país
colonial o tributario.
Un centro metropolitano de ese género es en el Pla-
ta, Buenos Aires, y un instrumento y brazo de ese gé-
nero fué el Poder que Rosas ejerció como gobernador
de Buenos Aires, sobre los países interiores, que for-
maron esa colonia de España, en otro tiempo.
Rosas no creó el Poder que ejerció como dictador,
sino que ese Poder lo produjo a él como dictador omni-
potente. El despotismo fué su causa y origen, no su
efecto. Residía en el estado de cosas económicas que
lo produjo a él como dictador.
Derrocado el efecto, es decir, el dictador, y dejada
en pie su causa, es decir, la dictadura de los inte-
reses generales concentrados en Buenos Aires, sucum-
bió el dictador, pero no la dictadura, que estaba cons-
tituida en las cosas p intereses económicos, que vivía
radicada en el Poder dictatorial de la riqueza de todo
un vasto país, allí concentrada, la cual sobrevivió na-
turalmente a Rosas, como a su símbolo transitorio que
era.
El Poder sobreviviente de la riqueza no tardó en res-
taurar y reasumir su autoridad y ascendientes natura-
les sobre sus mismos vencedores, armados de derechos
OBRAS SELECTAS
399
abstractos, de poderes nominales, de libertades escri-
tas y de intereses teóricos y platónicos.
Los intereses son grandes vividores, que tienen más
que nadie el instinto de conservarse. Son insignes di-
plomáticos, acomodaticios, dóciles a todas las fuerzas,
que saben poner de su parte. Saben acomodarse a los
tiempos, y cambiar de gesto, de tono, de traje, de con-
signa, sin cambiar de naturaleza y condición de Poder
soberano.
En lugar de ponerse a restaurar a su viejo dictador
desacreditado, los intereses lo dejaron caer en su des-
tierro de Southampto^, y se dieron nuevos instrumen-
tos y agentes vestidos a la moda, hablando el lengua-
je de la libertad, pero cuidando de guardar el Poder
absoluto que Rosas ejerció; Poder absoluto que que-
dó intacto en el poder de los intereses y riquezas de
toda la nación Argentina, que quedaron como estaban
concentrados y acumulados en el centro metropolita-
no del comercio, de la riqueza del Gobierno de todo
el país.
Ese movimiento natural de restauración del Poder
económico, atacado en Monte Caseros el 3 de Febrero
de 1852, y vencido solamente en su representante per-
sonal, se inauguró con sus nuevos instrumentos y en
su segunda manera de dominación, el 11 de Septiem-
bre de 1852, a los siete meses de su efímera derrota
militar, y desde ese día abrió la campaña reaccionaria,
que en diez años de lucha acabó por triunfar mediante
el poder de sus recursos rentísticos y económicos, y la
Constitución reformada en el sentido de su restaura-
ción económica.
Toda la reforma de 1860 se redujo, en efecto, a un
400.
AL BERDI
cambio económico de cosas. De las veintidós enmien-
das en que la reforma consistió, diez y seis fueron di-
recta y esencialmente económicas. Todas tuvieron por
objeto restaurar la suma del Poder público de la nación
y de la provincia de Buenos Aires, a la forma y con-
dición que habían tenido cuando dieron a luz como su
producto y resultado, al Poder omnímodo y dictato-
rial de Rosas.
XVI
Uno en dos, no dos en uno.
§ 1
No es la doctrina de Adam Smith la que ha formado
la educación económica de los estadistas de Buenos
Aires. No es siquiera la de los españoles. Estos com-
prendieron lo que sus vencedores de Buenos Aires no
han alcanzado a comprender hasta hoy: que el me-
jor medio de agrandar el poder y la riqueza de la pro-
vincia de Buenos Aires era agrandar la riqueza y po-
der de las demás provincias.
Supongamos que la política económica actual. de
Buenos Aires, que fué la de todos sus Gobiernos des-
de la caída del Gobierno español en 1810 (según la afir-
mación o confirmación de Florencio Várela), se hu-
biese visto en lugar de la del Gobierno español cuando
empezó la fundación de los pueblos del Virreinato de
Buenos Aires, ¿existirían hoy esos pueblos de Salta,
Jujuy, Córdoba, Tucumán, Catamarca, Mendoza, y ta.
general todos los que hoy forman la República Argen-
tina, el Paraguay, Bolivia, que fueron partes de ese
OBRAS SELECTAS. —Tomo V. 26
402
ALBERDI
virreinato hasta 1812? ¿La actual política económica de
Buenos Aires hubiera sido capaz de esas creaciones o
fundaciones ?
Luego el Gobierno colonial español, derrocado por
atrasado, fué más inteligente y capaz en sus concepcio-
nes y operaciones, al desenvolver de ese modo la pros-
peridad de los pueblos interiores argentinos, que no han
hecho más que decaer bajo el Gobierno que reemplazó
al de España en 1810 (según lo confirma Florencio Vá-
rela, hijo de Buenos Aires).
El Gobierno español era atrasado, tiránico; pero era
un gran Poder, capaz de vastas miras generales, de que
son testimonios los pueblos de su raza que figuran en
todos los ámbitos del mundo, fundados y constituidos
por su mano.
Era natural que una vez demolido por la fuerza de
las cosas, sus mil sucesores localistas y municipales
no acertasen a formar un Poder unido para reempla-
zar al suyo en nombre de América.
Con su caída faltó el espíritu general.
Las partículas de su dominación disuelta se erigie-
ron en soberanas, y gobernaron sus intereses munici-
pales o provinciales.
Buenos Aires, Méjico, Guatemala, Lima, los más
fuertes centros municipales perdieron los países de su
dependencia de cuando todos dependían de España, es
decir, cuando esos centros eran mangos de que se va-
lía la mano del Gobierno central o metropolitano espa-
ñol para manejar todos los pueblos, que habían sido
su obra y creación en el nuevo mundo, descubierto y
conquistado por el vasto y grande imperio de que des-
cendemos.
OBRAS SELECTAS
403
Incapaz de un gran Gobierno general, que Buenos
Aires no condujo sino como instrumento de España,
así que dispuso de sí mismo y obró por sí mismo, dejó
de conducirlo con el sistema general del régimen pasa-
do, y su Gobierno patino e independiente de España no
comprendió sino sus intereses y asientos (?) municipa-
les o provinciales, y aun esos los comprendió mal. La
prueba es que Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, que
eran porciones de su provincia, se erigieron en provin-
cias separadas.
¿Qué extraño era que el Alto Perú, el Paraguay,
Montevideo, dejaran de ser provincias del nuevo Esta-
do argentino, concebido y dirigido por el Gobierno
esencialmente provincial y municipal de Buenos Aires?
Este Gobierno entendió mejor el patriotismo porte-
ño, es decir, provincial y local, que el argentino o na-
cional. La idea de nación sobrepasaba la altura y alcan-
ce de su aptitud política y gubernamental.
Así ha quedado hasta hoy, como lo hizo su historia.
Y si ha podido extenderse fuera de su provincia
para dominar a las otras, no lo ha hecho por su poder
de expansión, sino por su poder de resistencia y de
inercia, ayudado y servido por la constitución geográ-
fica y comercial, que el Gobierno español dio a su co-
lonia, de que fué centro y capital la provincia de Bue-
nos Aires.
Con sólo conservarse municipal, provincial y autóno-
mo, ha visto quedar bajo su dependencia geográfica y
tradicional a todas las provincias interiores, que Espa-
ña dominó por conducto de su provincia-capital de
Buenos Aires.
ALBERDI
§ 2
Es de ese modo como se ha encontrado, sin saberlo
ni quererlo, colocado en el lugar que tenía España res-
pecto de las provincias que dependían de su goberna-
nor y virrey, cuando todas dependían de Madrid.
Es decir, así se ha encontrado a la cabeza de la vieja
colonia o virreinato español, que el antiguo régimen
denominó (?) de Buenos Aires, y gobernó por inter-
medio de Buenos Aires.
Apercibido de las ventajas y provecho que esta s i -
tuación de cosas le dejaba (que no eran otras qu<e las
que España derivaba de su virreinato colonial de la
Plata), Buenos Aires ha mantenido ese estado de cosas
que le daba el goce de vastos recursos que antes explotó
España, y para cuyo monopolio España había consti-
tuido ex profeso ese vasto país.
Seducido por ese interés, Buenos Aires hizo de ese
estado de cosas un sistema de Gobierno permanente, un
régimen constante y definitivo, que no era más que el
viejo régimen colonial, con el nombre moderno de nue-
vo régimen patriótico. Buenos Aires fué la nueva Espa-
ña de los argentinos.
Así, se encontró a la cabeza de los do3 sistemas (del
viejo y del nuevo). En su provincia se organizó el nuevo
régimen de la revolución. Para las otras quedó vir-
tualmente el antiguo régimen de Gobierno colonial.
Buenos Aires desempeñó el doble papel de capital de
su provincia, constituida por el nuevo régimen de Go-
bierno independiente de España, y metrópoli virtual y
tácita del resto del país conservado bajo el antiguo ré-
OBRAS SELECTAS
405
gimen económico y geográfico, en la dependencia, no
ya de España, sino de Buenos Aires, quedando trans-
formada la vieja dependencia colonial en vínculo fe-
deral o liga de dos países libres, pero sujeto y tribu-
tario el uno del otro como en otro tiempo.
Repito que Buenos Aires no inventó ni creó ese sis-
tema de cosas; se lo dio hecho la historia y la evolu-
ción o desarrollo americano de sus acontecimientos ul-
teriores, a que dio lugar la revolución de la indepen-
dencia, evolución también ajena de su voluntad más
que lo piensa ella.
La falta comprensible y natural cometida por Buenos
Aires es haberlo conservado y erigido en sistema per-
manente.
Por esa falta ha dañado sus propios intereses econó-
micos locales, creyendo servirlos, y en ese sentido su po-
lítica ha sido y merecido el nombre de una falta.
¿ Cómo se explica que Buenos Aires fué capaz de con-
cebir la idea general de destruir la autoridad de España
en todo el virreinato de que era capital, y no ha sido ca-
paz de elevarse y realizar la idea de un Gobierno ge-
neral para todo el país argentino después cambiado de
virreinato colonial español en la República Argentina in-
dependiente?
Por esta circunstancia de todos conocida:
Los hombres que iniciaron la revolución de 1810 con-
tra España eran americanos, que se habían educado en
Europa, y debieron a su educación, relativamente libe-
ral y europea, la aptitud que les permitió elevarse a la
idea de la independencia de su país respecto de España.
Esos fueron Belgrano, Larrea, Thompson, Matheü.
De esa misma condición de americanos educados en
ALBERDI
Europa fueron los que se elevaron a la concepción ge-
neral de una guerra de todo el continente para llevar a
cabo la revolución de la independencia, a la cabeza de
cuya guerra se pusieron ellos mismos. Esos fueron Bel-
grano, San Martín, Pueyrredón, los Carrera, Arena-
les, O'Higgins, Bolívar, Sucre, Alvear, etc.
Todos esos campeones que hicieron y llevaron a
cabo la guerra de la independencia, fueron america-
nos educados en Europa.
Pero esa guerra se gastó y consumió en la ejecución
de su grande obra, que duró quince años.
El tiempo y trabajo que emplearon para crear la na-
ción, lo perdieron para hacer su fortuna propia y per-
sonal, al revés de otros que emplearon el tiempo y tra-
bajo, que no dieron al país, en hacerse ricos.
Cuando acabó la guerra y estuvo hecha la indepen-
dencia de la patria, que había venido el día de cons-
tituir bajo el Gobierno americano republicano y mo-
derno, los hombres capaces de ideas generales se en-
contraron sin el poder personal que da la fortuna, y los
que se encontraron ricos y poderosos, no tenían ideas
generales, ni más capacidad que la de comprender y
conducir cosas y negocios de un Gobierno de provincia.
De esta condición fué la mayoría de los políticos de
Buenos Ai res: patriotas americanos de Municipio y de
provincia, que a su poder de hombres ricos, reunían su
emulación envidiosa contra el prestigio y gloria de los
héroes sin influencia por su pobreza.
Cuando otros argentinos educados en Europa se ele-
varon a la idea de un Gobierno general para toda la
nación, y trataron de realizarla, como realizaron la re-
volución y la guerra, su pensamiento tropezó en la re-
OBRAS SELECTAS
407
sistencia del mayor número, que no lo entendía, y su-
cumbió ante el número y ante la riqueza de los repre-
sentantes de esa resistencia. Tal fué la posición de los
Rivadavia, de los Alvear, de los Pueyrredón, ante los
Anchorena, los Medrano, los Cavia, los Moreno, y tan-
tos excelentes y honrados ciudadanos de Buenos Aires,
que resistieron la organización del Gobierno general,
que debía centuplicar el valor de sus fortunas y de su
provincia, lejos de dañarlos, por la institución de un
Gobierno civil y político, esencialmente necesaria a la
seguridad de las personas y de las propiedades, y a la
armonía y solidaridad de todas las fuerzas producto-
ras del país y de sus intereses económicos y rentísticos.
Mantenidos en desorden y en guerra civil y social
esos intereses económicos de Buenos Aires con los de
las provincias, ¿qué ha resultado? La pobreza de to-
dos, la crisis presente y permanente, cuyos estragos
hacen más daño a Buenos Aires que a las provincias,
por la simple razón que ella, como la más rica, es la
que más tiene que perder.
Si el Gobierno civil, como dice Smitt, es instituido
para defender a los que tienen propiedades contra los
que nada tienen, a nadie interesa más la existencia de
un Gobierno nacional que a Buenos Aires.
La inseguridad que su ausencia determina hace va-
ler menos sus tierras, sus ganados, sus productos, su
crédito.
§ 3
Si Buenos Aires, a quien más interesa la institución
de un Gobierno nacional, no lo promueve, las cosas pro-
408 ALBERDI
meten quedar como están ya por setenta años, otro pe-
ríodo igual, con lo que quedarían definitivamente cons-
tituidos en dos países independientes los que hoy si-
guen ligados, a lo menos por un vínculo que los daña
más que los sirve. Sólo Buenos Aires tiene el poder de
evitar esa desmembración, que vendrá por las cosas,
porque sólo Buenos Aires puede constituir el Gobierno
nacional, que mantendría la unión de la nación con sólo
consentir en que la ciudad de su nombre sea capital de
la nación en lugar de serlo de su provincia autónoma e
independiente. -
Poner la capital argentina fuera de Buenos Aires es
hacer de la nación dos naciones.
Esa es la evolución que tiene que producirse natu-
ralmente por el poder soberano de las cosas y de los
intereses, si la prudencia de Buenos Aires no la evita
con tiempo.
Cuanto más se dilate en resolver la cuestión de una
capital para la República Argentina, más firmeza to-
mará la institución que tiene constituida a Buenos
Aires en capital de su provincia.
Dejar al tienipo la obra de esa solución es dejar a la
acción de las cosas el libre trabajo en que están ya de
dividir el país en dos naciones, a fin de que una de ellas
encuentre por la separación absoluta, la capital que no
puede encontrar por la casi unión en setenta años co-
rridos desde 1810, y sin la cual no puede tener el Go-
bierno suyo y propio que la seguridad de sus intereses
de progreso reclama.
Cuanto Inás se engrandezca y hermosee la ciudad
de Buenos Aires, mayor dificultad sentirán los porte-
ños en cederla a la nación, sin que ese progreso prue-
OBRAS SELECTAS 409
be que su aislamiento es su causa. Enfermo o sano, todo
cuerpo crece, y todo órgano se agranda, no por la
acción del Gobierno, sino por el principio vital que ani-
ma a todo cuerpo orgánico. La peor tiranía no impi-
de crecer; no por eso la tiranía es causa de progreso.
Las cosas no pueden quedar como están. A nadie
dañan más que a Buenos Aires, sin que por eso dejen
de dañar a las provincias, y grandemente.
Un suelo vasto, rico de facultades productivas, he-
cho para la locomoción, dotado de ríos navegables, ri-
vales del Missisipí, del Danubio, del Nilo, clima sin
igual en lo fértil y bello, hecho y dotado para la opu-
lencia, no puede quedar indefinidamente secuestrado
del mundo, por la aberración de obscuras y absurdas
resistencias legadas por un régimen de atraso.
La evolución natural que trajo a Buenos Aires su
derrota del 3 de Febrero de 1852 se ha de repetir una
y cien veces, por el poder de las cosas, en su prove-
cho, pues Rosas no cayó en su daño. En efecto, ese
triunfo de los intereses nacionales, lejos de dañarlo, fué
toda la razón de ser de sus progresos ulteriores a la dic-
tadura de Rosas; peí o hubiesen sido mucho mayores
si su revolución reaccionaria del 11 de Septiembre no
los hubiese disminuido, como disminuyó los que repor-
taron las provincias, sin que esa reacción desgracia-
da y estéril hubiese devuelto a Buenos Aires las venta-
jas que su autonomía absoluta le dejaba bajo Rosas.
OOOOO
XVI I
PROBLEMAS POLÍTICOS NACIONALES
(1879)
a) La candidatura presidencial.
Del nacionalismo inteligente y patriótico del gober-
nador de Buenos Aires depende la solución del pro-
blema pendiente sobre el modo de restituir a la na-
ción los elementos que falten a la constitución de su
Gobierno federal, porque él es su tenedor y detentor.
Pero el estímulo capaz de determinar al gobernador de
Buenos Aires para hacer esa restitución, es el interés
de ser Presidente de la República, si ella le impone esta
condición para darle su voto.
Luego el solo gobernador capaz de iniciar y ejecu-
tar ese cambio es aquel cuyo período coincide con los
últimos años del período presidencial.
Hoy, por ejemplo, sería el doctor Tejedor.
Si, en efecto, aspirase al puesto de Presidente, hoy
sería el momento de dar a la nación la prenda de su na-
cionalismo, empleando su influjo de gobernador actual
412
ALBERDI
para determinar a la provincia de su mando a renun-
ciar y devolver los intereses que tiene absorbidos a la
República, por el vicio del régimen económico hereda-
do al gobernador Rosas.
Desde que deje de ser gobernador habrá perdido ese
poder, aunque pase a ser Presidente.
Si el gobernador de Buenos Aires es el Príncipe de
Gales o Presidente nato, por los medios que tiene de
hacerse elegir, empiece por hacer entrega de esos me-
dios al puesto de Presidente, que desea ocupar, pues si
lo ocupa antes de esa entrega, ya será tarde para ha-
cerla.
El único que puede devolver a la nación sus elemen-
tos económicos de fuerza y de gobierno, es el Gobier-
no que los tiene actualmente, es decir, el de Buenos
Aires. El Presidente, desarmado de esos elementos, no
puede arrancarlos del que es fuerte por su posesión.
La solución de la cuestión no depende del Presiden-
te. El Presidente no puede no desear recibir los re-
cursos nacionales de poder que le retiene el gobernador
de Buenos Aires.
El gobernador no puede desear entregarlos a la Pre-
sidencia, sino a condición y con la mira de continuar
teniendo como Presidente los mismos elementos de po-
der que tenía como gobernador.
Pues bien: la hora de poder entregar esos recursos
a la Presidencia es, en el gobernador, cuando todavía
es gobernador, es decir, cuando todavía los tiene en su
poder.
La promesa de entregarlos para cuando sea Presi-
dente no es bastante, porque después que deje de ser
gobernador habrá dejado de tener a su disposición los
OBRAS SELECTAS
41 3
recursos nacionales, y no podrá entregar lo que no
tiene.
Es natural que después de ser Presidente, el ex go-
bernador desee la posesión de esos medios nacionales
de poder; pero nada importa su deseo, si no los tiene
ya en sus manos.
Y no es el nuevo gobernador que lo haya sucedido en
su posesión el que ha de querer desprenderse de ese
poder en obsequio del Presidente ex gobernador.
Entonces, todo el interés de la Presidencia, para el
que la ha obtenido con sus medios y recursos de go-
bernador, que poseyó y que ha perdido, consiste en el
sueldo y los honores de Presidente que ha obtenido por
seis años de la nación, a quien no ha dado nada.
Y las provincias de quienes se ha hecho elegir con
sus recursos de ellas y sin su voluntad, quedan como
antes estaban, a la discreción, no de su Presidente no-
minal, sino de su Presidente sin el nombre, que es el
gobernador de Buenos Aires.
Es el círculo vicioso en que gira la nación hace cua-
renta años, sin salir de la pobreza y del despotismo que
le impone el tenedor de sus recursos económicos y finan-,
cieros de Gobierno, que es el Poder de Buenos Aires.
Ella tiene la culpa si ese estado de cosas se prolonga,
porque ella tiene el remedio de impedirlo, sin salir de
la Constitución ni del uso de los medios legales y cons-
titucionales de resistirlo.
El gobernador de Buenos Aires no tiene autoridad
4 i 4
ALBERDI
legal sobre todas las provincias ni sobre todos los ar-
gentinos; pero tiene un poder, cuya jurisdicción se ex-
tiende a .todas partes, y es el dinero. El absorbe el po-
der financiero de la nación. Y como los votos se com-
pran, y no se imponen ni arrancan donde el terror no
gobierna, se sigue que el gobernador de Buenos Aires
es el que realmente tiene todo el poder de hacerse ele-
gir Presidente.
Es poder que abunda en él, falta del todo en el del
Presidente, que sólo tiene el de ordenar, pero no el de
comprar y pagar los votos, porque el Tesoro de la na-
ción está casi todo entero concentrado en manos del go-
bernador de Buenos Aires.
Hay, así, dos Poderes en el Plata, como en el Ja-
pón : uno efectivo, que es el del gobernador de Buenos
Aires, como poseedor del Tesoro argentino; otro pura-
mente legal, abstracto y espiritual, que es el del Presi-
dente.
El uno es Presidente de hecho como tenedor del Po-
der de hecho, que reside en el Tesoro nacional; el otro
es Presidente de derecho o nominal, como desposeído
que está del Tesoro nacional, que constituye el Poder
real.
Es verdad que el Presidente no puede ser reelecto
por la Constitución; pero no lo sería tampoco aunque
la Constitución se lo permitiese, porque le falta el Po-
der real de hacerse reelegir, que es el del dinero.
Pero la elección del gobernador de Buenos Aires para
Presidente legal es una verdadera reelección virtual, en
cuanto es en realidad el Presidente de hecho de toda
la nación, como tenedor que es del poder financiero y
económico de toda la nación. En este sentido, la elec-
OBRAS SELECTAS
41 5
ción de gobernador para Presidente, como verdadera
rtelección que es, es contratia al espíritu de la Cons-
titución nacional, según la cual el Presidente no puede
ser reelegido.
Ese poder del Presidente de hecho cesa de existir
el día que es elegido Presidente legal o de derecho, por-
que el Tesoro nacional queda en manos del goberna-
dor que lo sucede.
Por ese régimen, que es el actual, los dos Poderes
de hecho y de derecho, el financiero y el legal, están
en manos de un sólo Gobierno. Cada Poder tiene su de-
positario ; el que tiene el título no tiene el hecho, que es
el dinero, y el que tiene el dinero no tiene el título.
Como poseedor exclusivo del Poder nacional finan-
ciero, el gobernador de Buenos Aires es el candidato
natural para Presidente de la República, porque es el
poseedor exclusivo de los medios de comprar el voto
nacional.
El órgano o agente natural para esa compra es el
Presidente saliente o cesante. Es por su mano que el
gobernador compra los votos. Y es con el dinero que
recibe del gobernador, que el Presidente tiene algún
poder real y efectivo en las elecciones compradas.
Así , la inteligencia y el acuerdo de los dos, es el
requisito previo y necesario para arrancar al país su
voto por la doble autoridad del dinero y de la ley.
El Presidente es el primero que se vende al gober-
nador-tesorero; pero no se vende por su cuenta, sino
por cuenta de los electores y de sus subagentes, que son
los gobernadores de las otras provincias.
Los otros gobernadores no son jamás candidatos a
la Presidencia, porque sólo el gobernador de Buenos
416
ALBERDI
Aires es poseedor exclusivo del Tesoro nacional, con-
centrado en la provincia de su mando.
Si fuese dudoso que el gobernador de Buenos Aires
absorbe todo el poder financiero de la nación, basta-
ría notar ese hecho curioso de que jamás otro gober-
nador que el de Buenos Aires ha sido candidato para
la Presidencia en tiempo normal y pacífico, sino cuan-
do la nación ha asumido su autonomía, respecto de
Buenos Aires, para oponer autonomía contra autono-
mía, egoísmo contra egoísmo.
Ante esa maquinaria de poder complejo en que la
forma externa del Gobierno constitucional sirve de
máscara del despotismo colonial latente, conservado en
nombre del sistema federal de la República de los Es-
tados Unidos de América, la posición del pueblo argen-
tino no es cómoda ciertamente.
Pero como no se puede comprar el voto a toda una
nación, ni hay autoridad que la pueda forzar a dar un
voto contra su voluntad cuando una Constitución ga-
rantiza el libre derecho de votar, ni el gobernador de
Buenos Aires, ni el Presidente, ni los gobernadores de
las otras provincias unidas y completadas para iniponer
un candidato oficial a la nación, pueden imponérselo, si
ella no lo quiere.
Le bastaría encerrarse en un no rotundo y tenaz para
salvar su derecho soberano de darse el Presidente de
su confianza.
Ella puede decir al candidato más poderoso, que es
el gobernador de Buenos Ai res:
OBRAS SELECTAS
41 7
"¿Usted solicita el voto de la nación para ser su
Presidente, én reconocimiento del amor que pretende
tener a su causa? Pruébelo usted trayéndole todos los
elementos de su Poder nacional, que usted retiene como
gobernador de Buenos Aires. Induzca usted a la pro-
vincia de su mando a devolverlos a la nación, sancio-
nando una ley que separe a la ciudad de Buenos Aires
de su provincia y la declare capital de la nación, con
todos los establecimientos que contiene, Puerto, Adua-
na, Banco, Deuda pública, Palacios, Oficinas, Archi-
vos, Museos, Bibliotecas, etc., etc.
"Si usted trae consigo en dote a la nación todo eso,
es usted reconocido el primer patriota nacional y es
usted proclamado Presidente. . . . .
"Pero si después de dejar todo eso a la proYÍncia vie-
ne usted con.las manos vacías, a pedirnos con el títu-
lo de Presidente, un palacio por habitación y un sueldo
de veinte mil duros, usted viene desnudo, como un men-
digo, a pedir que le demos casa y comida y rango por
seis años.
" ¿ Y en mérito de qué? De habernos tenido des-
poseídos de nuestros recursos nacionales de Gobierno,
como gobernador de Buenos Aires, y de venirse, de-
jándolos, en poder de su sucesor, para tomar el mando
nominal de-la nación, y seguir, como Presidente legali-
zando la entrega de los recursos nacionales a la pro-
vincia autónoma que los retiene y absorbe por medio
de esa autonomía.
"Luego usted viene a continuar haciendo como Pre-
sidente el mismo papel que ha estado haciendo como
gobernador, que es poner los intereses de la nación en
manos de una provincia, dañando en ello a la vez a la
OBRAS SK LBCTAS. —Tomo V . 27
4i8
AL BERDI
nación como a la provincia, que se pretende servir como
la servía Rosas, hinchándola y empachándola con todo
el alimento de la nación, y dejando a ésta hambrienta y
exánime.
"¿ Dirá usted que no está en su poder de gobernador
trasladar a la nación lo que está en manos de Buenos
Aires, sino de la provincia toda interpelada por su
Parlamento autónomo y local?
"Dé usted al menos una prueba oficial y auténtica
de que desea esa traslación de justicia y de orden, pro-
poniendo una ley por la cual consienta Buenos Aires
en que el Presidente tenga por residencia la ciudi' l de
Buenos Aires con jurisdicción directa, inmediata y -in-
clusiva en ella y en todos los establecimientos públicos
contenidos en ella, por ser todos nacionales."
La provincia no dará jamás ese paso mientras no ten-
ga un gobernador eminente y nacional que le propon-
ga esa medida como el remedio de su empobrecimien-
to y de su falta de libertad (pues la libertad falta del
todo donde el Gobierno tiene todo el poder de hacerse
reelegir).
" Que el gobernador de Buenos Aires, Presidente
de hecho, tome el título y el puesto de Presidente le-
gal y de derecho, sea enhorabuena; pero que, como Pre-
sidente legal de la nación entera, tome posesión de todo
lo que poseía como Presidente de hecho o gobernador
de Buenos Ai res. "
Y el modo simple de operar ese cambio de orden y
de salud es. dar, por una ley de Buenos Aires, al Pre-
sidente, como residencia, la ciudad de su nombre con
la jurisdicción directa y exclusiva que la Constitución
OBEAS SELECTAS 4 1 9
nacional le acuerda también, por todos sus numerosos
artículos relativos a la capital de la República.
Fuera de la consolidación de los intereses, recursos
y destinos de todos los argentinos, operada en esa
forma y por ese medio: tráfico exterior, comercio,
Aduana, crédito, deuda, moneda, no habrá jamás reme-
dio eficaz para la crisis, que es más bien crónico empo-
brecimiento, no sólo de la nación, sino de Buenos Aires,
la más vejada, como la más rica provincia argentina.
Diréis: "¿Qué será de la provincia si queda sin su
capital? ¿No perderá con eso solo toda su riqueza?"
¡ Grosero error económico de que sus hombres han
sido víctimas!
La riqueza de la provincia de Buenos Aires no con-
siste en las finanzas nacionales, situadas en su ciudad,
sino en la producción del trabajo de sus dos grandes
industrias territoriales: la ganadería y el comercio.
Toda la riqueza fiscal o financiera, es decir, la rique-
za del Gobierno, la riqueza política, por decirlo así, no
del país, consiste en el producto del impuesto (Adua-
na) y del crédito o la facultad de levantar emprésti-
tos públicos (Banco). Eso es lo que la Constitución
llama Tesoro público nacional. Esa es la riqueza que la
ciudad de Buenos Aires encierra. Toda ella se gasta y
consume en pagar el salario de un trabajo improduc-
tivo de riqueza propiamente dicha. Ese trabajo es el
de los empleados en el servicio público. Es el rédito (re-
venu) de la riqueza nacional, no la riqueza misma. En
todo caso es la riqueza del Gobierno, no la del país.
La riqueza de la provincia de Buenos Aires, propia-
mente dicha, está fuera de su ciudad. Está en su cam-
paña, es decir, en el producto rural y agrícola de su
420
AL BERDI
suelo. Aunque el comercio está situado dentro de la
ciudad,, la riqueza, que produce no nace de la ciudad
misma, la cual no tiene industria fabril propia, ni otras
manufacturas quej as que recibe de Europa, por lo que
el comercio, de Buenos Aires viene a ser una indus-
tria intermediaria, que produce solamente cambiando
los productos de los Otros.
El comercio de la ciudad produce haciendo produ-
cir a las industrias territoriales del país (rural y agrí-
cola), y a la industria fabril extranjera, cuya-produc-
ción introduce en cambio de la que trae o exporta, del
país. , •-,">•-;•
Esta riqueza de Buenos Aires, producida; por su
suelo y por su comercio,, seguiría en aumento, aunque
la otra^—la riqueza fiscal o financiera, que está en la
ciudad—pasase de manos del Gobierno provincial a las
del Gobierno nacional, capitalizando la ciudad de Bue-
nos Aires en que ella se produce y concentra.
Y más crecería todavía la riqueza verdadera de Bue-
nos Aires desde el' día que su campaña tomase otra ca-
pital que la ciudad de Buenos Aires, en que no resi-
diese ningún Gobierno, ni el suyo ni el de la-nación.
La nueva Buenos Aires crecería de improviso^ como
creció el Rosario, sin que residiesen en él ni el Go-
bierno de Santa Fe ni el Gobierno de la Confederación.
El Gobierno es un residente que esteriliza la rique-
za del lugar en que reside, por la razón ya dada de que
srfc ¡población vive de la renta, en vez de vivir del ca-
pital: género de vida qué fomenta la ociosidad del país,
el lujo y la disipación. La razón de ello és que el mun-
do oficial que la habita consume la renta pública, que
recibe como salarió de su trabajo improductivo.
OBRAS SELECTAS
421
Capitales que, aplicados a la industria, podrían re-
producirse y desenvolver la riqueza del común de los
habitantes, se consumen y desaparecen aplicados al
trabajo improductivo de una población de empleados y
funcionarios públicos.]
Adam Smith cita en prueba de esa verdad los ejem-
plos de Madrid, Viena, Moscou y Versailles.
Si Londres y Lisboa son excepciones, es porque su
posición geográfica en los puertos de grandes vías
de transporte, les sirve de compensativo de su rango de
resistencia del Gobierno.
Buenos Aires está en el caso de Londres, es verdad,
pero su progreso sería tan grande y rápido como el dé
Nueva York, si como esta ciudad, dejase de ser man-
sión de su Gobierno provincial y del Gobierno nacional.
Amsterdam, situado en la embocadura del Rhin, se
guardó de ser capital y residencia del Gobierno de la
Holanda, que tuvo por mansión la ciudad de La Haya.
Edimburgo empezó a prosperar el día que por la in-
corporación de Escocia en el Reino Unido' de la Gran
Bretaña, dejó de ser residencia de su Gobierno esco-
cés regional.
La provincia de Buenos Aires ganaría en libertad,
lo mismo que en riqueza, el día que la ciudad de su
nombre fuese constituida en capital de la nación y de-
jase de serlo de la provincia.
Su Gobierno inmediato dejaría de ser un Gobier-
no elector, y su pueblo reivindicaría su derecho sobe-
rano de elegir y darse el Gobierno de su gusto."
422
AL BERDI
Todo lo que hoy no sucede, porque el poder ren-
tístico y financiero de la nación entera está en sus ma-
nos, y bajo su poder ilimitado como sus recursos, la
libertad del pueblo es impotente y nula en materia elec-
toral.
Ninguna otra aplicación tiene el fenómeno del Go-
bierno ilimitado de Rosas, que la posesión en que
estuvo de la suma del poder rentístico y financiero de
la nación, concentrado por la constitución económica,
que el país heredó al régimen colonial, en la ciudad de
su mando y residencia.
Ese fué el origen de su poder omnímodo, no las pa-
labras de la ley 1835, que parecieron dárselo, y no fué
sino la confirmación del hecho económico, que se lo
daba en realidad.
El origen de esa concentración del poder financiero y
rentístico de toda la nación en Buenos Aires, fué la
Constitución que España dio a su virreinato colonial de
Buenos Aires, con la mira de hacer ilimitado y omni-
potente el poder del virrey, no meramente por las pa-
labras de una ley, sino por la concentración de los re-
cursos rentísticos en que consiste el Poder real y efec-
tivo en la ciudad y provincia de su residencia.
Ese origen es inconciliable con el fin del Gobierno
instituido el 25 de Mayo de 1810, para hacer la rique-
za y el poder del Gobierno.
No es libre un pueblo sino cuando es poseedor del
poder de gobernarse a sí mismo; y no es poseedor de
ese poder, sino cuando está en posesión de su hacienda
y tesoro, en que todo poder consiste.
La libertad de las libertades, la grande y soberana
libertad electoral, deja hoy de existir en el Plata, jun-
OBRAS SELECTAS
4
2
3
to con la riqueza del país, por las mismas causas que
las tenían ausentes bajo el Gobierno de los virreyes y
bajo el Gobierno de Rosas, su restaurador económico.
Esas causas eran económicas, y residían en la cons-
titución fiscal y rentística dada al país por la España
cuando era su colonia, mediante la cual su riqueza y
poder económicos había sido concentrados en la resi-
dencia designada al Gobierno omnímodo y omnipoten-
te de los virreyes.
Ese es el estado de cosas que hoy existe en lo to-
cante a intereses económicos del país.
Derrocado con Rosas en 1852, ha sido restablecido
virtualmente por la reforma reaccionaria del Gobier-
no libre, que sanciona la victoria de Caseros.
Y la revolución o cambio de libertad, que había con-
sistido en la sustitución de un régimen por otro, que-
dó reducida al cambio personal de un Gobierno por
otro. Desapareció Rosas, pero quedó en pie la aglo-
meración del poder rentístico y económico, en que su
poder omnímodo de perpetuarse en el Gobierno con-
sistía.
Ante esa dificultad, se encuentra hoy la nación pa-
ra elegir un Gobierno de su gusto.
¿Le queda algún medio de impedir que los gobernan-
tes se perpetúen en el Poder, sin recurrir a la fuerza,
como en 1852 ? La Constitución se lo sugiere feliz-
mente. Es el de abstenerse de la facultad que ella da
al pueblo de reelegir al presidente con intervalos de
períodos pasados.
ALBERDI
Hay para ello una razón suprema.
Toda reelección es destructora de la esencia del
sistema republicano de gobierno, garantido por la
Constitución, no sólo contra los gobernadores, sino
contra los presidentes; cuya esencia consiste en la re-
novación continua, periódica y sincera del personal del
Gobierno.
Autorizar la reelección del presidente con interva-
lo de un período, es autorizar la reelección.
Pero la Constitución no la. ordena cuando la auto-
riza. Al país le toca abstenerse de lo que la Consti-
tución le permite, cuando la experiencia le muestra
el peligro de perpetuar los gobernantes en sus pues-
tos, con daño del principio republicano.
El modo de evitar ese peligrp, es evitar o eludir
a los ex presidentes para candidatos a la presidencia,
aunque hayan pasado dos y más períodos interme-
dios,
No hay interregno, por largo que sea, que haga
olvidar el gusto de haber sido presidente y el deseo
de volver a serlo.
Si se fomenta esa propensión natural, reeligiendo a
los ex presidentes, de cada uno de ellos se hará un
candidato natural y peligroso para la paz pública en
lo futuro. Habrá tantos aspirantes como ex presiden-
tes, y la República caerá en la condición de esas Mo-
narquías que no pueden tener Gobierno, pero que tie-
nen tantos candidatos al trono como dinastías destro-
nadas. La esperanza de volver a ser presidente con in-
tervalo de uno o más períodos, hará que el presiden-
te próximo a cesar asegure su puesto a un sucesor,
en cambio de la promesa de retribuírselo a su tiem-
OBRAS SELECTAS
4
2
5
po, como sucedió en el Ecuador, donde el presidente
Flores, al favor; de la Constitución, que permite la re-
elección con intervalo de un período, se alternó en
el Gobierno con un ministro por cerca de veinte años.
Introducir la costumbre de la reelección, con inter-
valos o sin ellos, es crear el Gobierno vitalicio o di-
nástico, más o menos disimuladamente. Es revolucio-
nar el Estado, cambiar el principio fundamental de
su Gobierno, en perjuicio de la libertad. El caudillaje
no fué otra cosa que la presidencia dinástica y mo-
narquista. . ,
Hemos visto que siendo el gobernador de Buenos
Aires un verdadero presidente de hecho de la Repú-
blica, su elección es una verdadera reelección sin in-
tervalo de un período: más inconstitucional, en el fon-
do, que la de cualquier otro ex presidente.
Sin embargo, es el solo ex presidente que la na-
ción podría admitir por candidato, por la razón y ba-
jo la condición que hemos indicado en otra parte.
En cuanto a los demás ex presidentes que aspiran
a/r ser reelectos, el pueblo argentino podría preguntar-
se, si el mérito de la reforma que puso todos los re-
cursos económicos del Gobierno nacional en manos
del Gobierno provincial de Buenos Aires es un título
que recomiende al candidato para ocupar el Gobier-
no que él mismo redujo a mero nombre. El que dejó
a la institución de la presidencia sin poder ni recur-
sos, ¿puede traer a ella otras miras que las de conser-
varla en esa condición para asegurarse otro apoyo en
vista del cual hizo la reforma, y con cuyo auxilio es-
pera subir de nuevo a la presidencia para seguir sir-
viéndolo ?
426
ALBERDI
El ex presidente que no haya renegado la reforma
de 1860, sería un candidato a la presidencia peligroso
para la nación.
El que, lejos de renegarla, aspira a la presidencia
nacional con el título de autonomista de Buenos Aires,
es un candidato que se ríe de sus compatriotas en
cambio del más serio de los honores que le demanda.
No hay más que un camino para cambiar ese esta-
do de cosas: es el de la voluntad propia, determina-
da por el convencimiento de que es el único medio
de escapar a la pobreza, a la decadencia y al régimen
de los Gobiernos injustos y elegidos por los Gobier-
nos.
Y el camino más seguro, por el contrario, de per-
petuar ese estado de cosas, es atacarlo por las armas.
La violencia lo exaspera y afirma. Toda la Historia
argentina de setenta años a esta parte, es una compro-
bación de esto. Veinte años de guerra contra España
para cambiar su régimen de gobierno colonial, y cin-
cuenta años de guerra contra nosotros mismos para
cambiar la complexión económica que nos dio Espa-
ña, han sido estériles, y dejado las cosas como esta-
ban, más o menos, antes de 1810, y antes de 1852.
Hemos cambiado la superficie; los colores, el traje, el
lenguaje, los nombres; pero hemos dejado el fondo
de las cosas, como el Gobierno colonial las coordinó
para sus miras de poder, no de libertad; de reposo
inmóvil, no de labor y riqueza; de clausura, no de ex-
pansión.
O B R A S S E L E C T A S
El vicio en que el mal reside tiene su asiento en las
dos cosas más difíciles de cambiar en este mundo,
a saber: las costumbres rutinarias, y los intereses
arraigados. Son un poder que no se destruye a ca-
ñonazos. La sola fuerza capaz de matar a la costum-
bre es la fuerza de la costumbre .misma, y no hay
poder más eficaz para destronar un interés, que el
de un interés mayor. Afortunadamente, son fuerzas
vivas, dotadas por su naturaleza del poder de renovar-
se y crecer, es decir, de alimentarse y vivir. La nece-
sidad de vivir y de vivir mejor hará la reforma o
evolución pacífica y gradual de ese estado económico
de cosas en el sentido de su progreso y mejoramiento.
Pero ese mejoramiento no marcha a ojos cerrados.
Quiere ver su camino para andarlo más breve y con
mayor seguridad. De ahí los deberes patrióticos del
examen crítico, de la discusión, del estudio público
del mal y de los recursos que su curación reclama.
Ese estudio es la humana condición requerida por la
metamorfosis de las costumbres y de los intereses
arraigados que paralizan el progreso de la sociedad.
Ponerle obstáculos y restricciones, es emplear una
violencia que tiene siempre por resultado la apelación
a la fuerza bruta de las armas.
Es como emplear esa violencia, como impedir la dis-
cusión, el calificar de odio a Buenos Aires la manifes-
tación de toda opinión crítica sobre esa absorción de
los intereses nacionales que se produce en esa provin-
cia, con más daño de ella misma que de la nación,
como lo ha probado la historia del país más de una
vez, pues nunca absorbió Buenos Aires los intereses
nacionales más completamente que en el tiempo de
428
AL BERDI
los virreyes y en el tiempo de Rosas, y fueron las
épocas de su mayor pobreza fuera de la actual.
Es, al contrario, probar odio a Buenos Aires, el
amarla y servirla por los medios y como Rosas y los
virreyes la amaron y sirvieron: empachándola en vez
de engordarla.
Que la política es idéntica, los hechos desastrosos,
efectos de ello, se lo dirán aunque lo callen las pa-
labras.
Si nada pueden los cañones contra las costumbres
y los intereses antieconómicos, tampoco los cañones
pueden nada contra la pobreza, la crisis, la depresión,
el descrédito, la miseria, la enfermedad, que son
médicos y reformadores que dejáis encargados de la
reforma, si no queréis hacerla voluntariamente.
Esta
:
es la violencia de la naturaleza, peor y más
dura que la violencia de los hombres. El medio segu-
ro de provocarla es sofocar y violentar la libertad del
examen, que ilustra y abre el camino de la reforma
voluntaria y convencida.
Otro medio de eternizar el mal y de alejar el re-
medio, es personalizar el mal y el remedio en los
hombres que los representan. Cuando la lucha aban-
dona el terreno de los hechos y de las cosas, y se tras-
lada al de las personas, corre el riesgo de hacerse in-
acabable.
Terminado el símbolo por la cosa, los partidos creen
suprimir el mal y el remedio con sólo suprimir las
personas, que son su encarnación y personificación.
Así, cuando el vicio económico en que consiste la
omnipotencia de Buenos Aires se personificó en el Go-
bierno omnipotente de Rosas, la persona del dicta-
OBRAS SELECTAS
42.9
dor fué tomada como la causa y substancia del mal;
y para destruir de raíz el mal, la oposición se puso
a demoler el poder personal de Rosas.
Rosas cayó; pero el mal quedó en pie, porque no
estaba en su persona, sino en la aglomeración de los
recursos económicos de gobierno, absorbidos en la
provincia que era la de su mando. Rosas no era el
despotismo, sino el déspota.
Rosas, por sü lado, para defender el despotismo,
de que era depositario, contra la opinión liberal que
quería demolerlo, personificó el remedio en los médi-
cos y tomó al principal de ellos, que era Florencio
Várela, corrió la substancia y cuerpo mismo de la resi s-
tencia liberal. Várela fué suprimido, pero la resisten-
cia no acabó con él, sirio qué siguió trabajando hasta
que destruyó al déspota sin destruir el despotismo.
Los dos partidos se equivocaron en táctica. Los
dos tomaron el signo por la substancia, y para cam-
biar la substancia se pusieron a suprimir el signo. To-
da su obra quedó estéril y el país perdió su tiempo,
quedando su Condición in stat'u quo ante belum.
Siempre que se renueve la guerra en él terreno de
los símbolos y de las personas, el estado de cosas que-
dará el mismo después de todas las supresiones per-
sonales. És preciso cambiar las cosas mismas, no los
hombres' que son su personificación y resultado. No
se explican las cosas por los hombres, sino todo lo
contrario. Las cosas, es decir, los intereses, los usos
rutinarios, son los que gobiernan a los hombres con
el poder que reside en ellos, no en los hombres, me-
ros instrumentos del poder fuerza de las cosas; es de-
cir, de las necesidades y de los medios de llenarlas
ALBERDI
para conservar y mejorar la vida, que es la fuerza
de la fuerza.
Si el hombre que tiene las ideas de Florencio Vá-
rela es llamado enemigo de Buenos Aires, es lógico y
natural que el hombre que tiene las ideas de Rosas,
sea llamado enemigo de la nación Argentina. Várela
comprendía el bien de Buenos Aires, su provincia, en
el abandono de la autonomía por medio de la cual esa
provincia absorbía a la nación sus recursos y elemen-
tos de gobierno y de riqueza. Rosas lo llamaba por
eso enemigo de Buenos Aires; y Várela llamaba a
Rosas enemigo de la nación y de Buenos Aires, por
razón de esa autonomía o aislamiento de guerra, que
dañaba tanto a Buenos Aires como a las provincias
argentinas.
El tiempo ha dado la razón a Várela, pero no basta
reconocer que Várela tenía razón. Es preciso no hacer
lo que Rosas hacía. Hablar como Várela y obrar co-
mo Rosas, es dañar a la nación, protestando servirla,
sin servir a Buenos Aires ni a la manera de Rosas.
Los hombres son a los hechos y a las cosas, lo que
las palabras son a las ideas: meros signos. Y como no
se suprime una idea con solo borrar del Diccionario
una palabra, tampoco se suprime un hecho con sólo
extinguir al hombre que lo simboliza.
Cuando un hombre se hace verbo, su nombre es to-
do un sistema, aunque no hable.- Si el país lo toma en
boca, quiere decir que está por sus ideas, y que sus
ideas están con la verdad de ios hechos.
OBRAS SELECTAS
431
Si un hombre tiene dos sentidos y significa dos co-
sas contrarias en un mismo país, quiere decir que el
país está dividido en intereses y en ideas, y que sus
divisiones forman dos causas, dos banderas, dos re-
particiones más bien que dos partidos.
Ese hombre es la piedra de toque del significado
político de cada uno de los demás.
En un sentido, es cierto que el gobernador de Bue-
nos Aires es el príncipe de Gales, es decir, el candida-
to obligado para la presidencia de la República Ar-
gentina, cuando el gobernador acaba su período con
el del presidente. Pero es un príncipe sui géneris: a
término fijo, desde luego, es un príncipe real que pier-
de el Poder el día que toma la corona. Es un príncipe
que gobierna antes de reinar. Desde que ocupa el trono
de la noble igualdad, es decir, la presidencia de la Re-
pública, el príncipe reina, pero no gobierna.
El Gobierno, que le sirvió para alcanzar la corona,
se ha quedado en casa del gobernador, desde donde
sigue gobernando de hecho a la República por actos
que el presidente refrenda, como los ministros na-
cionales refrendan los del presidente.
La corona del ex príncipe no es precisamente de
metal, pero es de papel metálico: corona fiduciaria o
simbólica, que representa el Poder supremo, pero que
no es sino el Poder subordinado de un Gobierno go-
bernado.
No es un Poder que está en la sangre, sino en la ro-
pa. Desde que cambia de traje, muda de autoridad. De
poder real y efectivo que antes era, se convierte en
4 3
2
AL BERDI
poder ideal y nominal, el día mismo que deja de ser
príncipe. Es un príncipe, como el insecto, qué deja
de ser gusano el día que se hace mariposa. Dés*dé que
tiene alas, toma el vuelo de Icaro, cuidando de ño ele-
varse mucho, para que no se le derritan con el calor
del sol, por ser de cera. Su poder, desde entonces, «s
un poder del aire; como el de papel moneda, y el
suelo huye de su pie, que no tiene más punto de apoyo
que la atmósfera.
Ese es el Poder supremo que la República se dá el
día que elige para su presidente al qué' deja de ser
gobernador de Buenos Aires.
Es un príncipe que deja el principado pata- entrar
descalzo y desnudo de poder en la Casa Rosada dé su
augusta novia la República Argentina.
Puede decir, en verdad, que ese día abdica su po-
der propio, y queda en poder ajeno, en poder del go-
bernador con jurisdicción directa, exclusiva y local en
la ciudad encantada que habitat! cautivos el tráfico, el
puerto, el impuesto aduanero, el crédito y el tesoro,
pertenecientes al Gobierno nacional, cautivo él mismo
con todo su parque, en la encantadora Buenos Aires.
El gobernador de Buenos Aires sería en realidad
1
el
príncipe de Gales en áehtido de candidato'natural ,iaia
presidente de la República Argentina, si trajese a la
presidencia todo el poder que tiene como
:
goberna-
dor, es decir, todo el poder nacional que de hecho
ejerce. Y esa tradición o entrega de salud quedaría
hecha y consumada con sólo las palabras de una
1
ley
de Buenos Aires, que así lo sancionase, sin necesidad
de alterar ni cambiar nada materialmente 'del modo
como están hoy las cosas en Buenos Aires.
O B R A S S E L E C T A S
433
El gobernador tomaría el título de presidente, y que-
daría gobernando a Buenos Aires con la jurisdicción
exclusiva y directa que hoy tiene, sin que la provin-
cia pierda su autonomía, que seguiría reteniendo co-
mo cualquiera otra provincia argentina, y sin que su
autonomía pierda como su representante a su goFer-
nador, situado en su nueva capital provincial, con la
misma jurisdicción directa exclusiva en ellas, con que
los demás gobernadores gobiernan sus respectivas
provincias autónomas, como son todas.
Por ese cambio glorioso, la mano de Buenos Aires
pondría sobre la cabeza de la República Argentina la
corona que levantó de la cabeza del rey de España,
en el Plata, el 25 de Mayo de 1810.
De ese modo, vendrían a ser suyos el honor de ha-
ber principiado la revolución de la independencia ar-
gentina, y el honor de haber coronado su grande obra.
La ocasión natural de abordar y resolver ese pro-
blema en que se encierra toda la política argentina, es
el momento de la cuestión electoral.
La oportunidad le viene de que el solo candidato
capaz de servir a su solución, es el gobernador de
Buenos Aires, o el que cuente con su patrocinio. Ni
habría hombre de Estado argentino, fuera de esa posi-
ción, que tuviese el poder de servir a la solución de
ese problema. ¿Por qué razón?
El gobernador de Buenos Aires es el grande elec-
tor de todo el país, porque es omnipotente, aunque
no es todo el poder electoral. Lo que le falta para ser-
lo todo, no es el sufragio del país, sino el del poder
OBRAS SELECTAS. —Tomo V . 28
434
AL BERDI
legal o nominal del Gobierno dicho nacional, que es
su hechura, sin embargo. Son dos Gobiernos que se
provocan mutuamente.
Los dos Gobiernos entendidos, son los verdaderos
electores del presidente de la República.
No hay otra elección posible por la Constitución que
hoy tienen los elementos económicos del Gobierno del
país entero. Ella ha creado los Gobiernos electores,
dando al de Buenos Aires todo el poder económico y
rentístico de la nación. Es el gran partido de la liber-
tad argentina (como se llama a sí mismo) el que ha
puesto toda la libertad electoral de la nación en ma-
nos de ese gobernador, entregándole por la reforma
de 1860 todos los recursos económicos de su Gobier-
no. Era entregar al gobernador de Buenos Aires la
candidatura natural y permanente para la presidencia
de la República Argentina. Otro gobernador de pro-
vincia no tiene esa competencia, porque ningún otro
retiene a la nación los recursos económicos de su
Gobierno nacional que el de Buenos Aires le retiene.
No sólo es el candidato obligado y forzoso a la pre-
sidencia, sino el único candidato capaz de traer a la
presidencia los elementos de su poder, que están hoy
en manos de Buenos Aires.
Si no se hace servir a ese objeto, la cuestión elec-
toral viene a ser una cuestión de nada; la más insig-
nificante de las cuestiones.
Su solución dejará todo como está, es decir, al país
sin la más grande de sus libertades, que es la de
elegir su Gobierno, y en brazos de la pobreza general,
nacida de la misma causa, que es el desarreglo en que
se encuentran colocados sus intereses económicos.
OBRAS SELECTAS
435
El país vive hoy bajo Gobiernos electores, que lo
son por causa del arreglo que tienen los intereses y
recursos rentísticos de gobierno, en cuyo mismo vi-
cio tiene origen y razón constante de existir la crisis
económica en que se arrastra todo el país.
Quienquiera que salga electo presidente, tendrá
que gobernar como la Constitución que hoy tienen los
intereses económicos lo fuercen a gobernar: es decir,
como han gobernado hasta hoy los presidentes A, B,
C, D, arrastrados por la corriente que lleva al país a
su designio y decadencia.
No importará toda promesa, todo juramento, todo
pacto, todo programa, en sentido contrario. Estos ma-
nifiestos no tienen otro objeto que alcanzar el puesto
en que se espera ganar un gran sueldo, un gran ran-
go y una gran mansión.
En el estado actual de cosas, no será el pueblo
argentino el que elija a su presidente. Le será nom-
brado, no electo, por los Gobiernos en cuyas manos
ha sido puesta toda su libertad el día en que la re-
forma constitucional de 1860 hizo al gobernador de
Buenos Aires, que la promovió, depositario exclusivo
de todos los recursos nacionales de poder rentístico
que se quitaron a la presidencia de la nación.
Lo que se llamará elección, será promoción, nombra-
miento de un candidato oficial, oficialmente hecho. La
nación, por eso, no dejará de hacer su papel, pero
será el papel de acompañamiento, de séquito, de pro-
cesión de corte. La fiesta tendrá lugar con acompaña-
miento o sin él, pero todo su poder electoral está re-
ducido al de acompañar o no acompañar al grande
elector, que es el Gobierno, en la augusta ceremonia.
436
AL BERDI
Sin embargo, como el acompañamiento es de grande
efecto, y sin él la fiesta es como un baile sin música,
el poder electoral del pueblo no es del todo insignifi-
cante; y no faltarán agentes electorales que se en-
carguen de negociar su cooperación de simple mímica.
Sentido neto de la situación económica y política
de la República Argentina:
Toda la libertad de la nación está entregada al Go-
bierno de Buenos Aires, como en tiempo de los virre-
yes y en el tiempo de Rosas.
Es decir, le está entregado todo el poder de la na-
ción; que el poder es sinónimo y equivalente de esa
libertad.
Libertad es poder, y viceversa. La república se d i p
ser libre, el día que tomó en sus manos el poder de
gobernarse a sí misma, que antes le ejercía España.
Esa doble entrega del Poder y de la libertad de la
nación, hecha al Gobierno de Buenos Aires, se opera
por la del elemento en que consiste la libertad y el
Poder, que es el elemento financiero, el Tesoro, la Ha-
cienda.
Las finanzas son el Poder y la libertad en el pue-
blo, lo mismo que en el hombre.
De esa triple entrega de tres elementos que forman
uno solo, resulta que la nación está sin libertad y sin
riqueza.
Esa situación es una doble crisis política y econó-
mica.
O B R A S S E L E C T A S
437
Esa situación es común a Buenos Aires y a la na-
ción de que forma parte.
Esa triple entrega no está hecha al pueblo de la
provincia de Buenos Aires, sino a la parte del pue-
blo que compone su administración o Gobierno.
Es hecha para la misma Buenos Aires en gran
parte, y de ahí la situación de esa provincia en igual
crisis que la de la nación: Buenos Aires está privada
de su libertad, de su Poder y de su tesoro, todo lo
cual está absorbido en manos de su Gobierno y en
sostén de su Gobierno.
Si no lo estuviese, tendría libertad de elegir a sus
autoridades propias y nacionales; tendría un Gobier-
no de su hechura, y no del Gobierno mismo. Estaría
rico el pueblo, en vez de estarlo el Gobierno sola-
mente.
Es que la pobreza nacional resulta de que toda su
riqueza, nacida de su trabajo industrial, está conver-
tida en riqueza financiera, es decir, fiscal, en riqueza
del Gobierno, en renta pública, en crédito público, en
producto del impuesto, en tesoro público.
El gobernador es todo, en. libertad o poder, y en
riqueza o recursos.
Este sistema está así arreglado porque así fué
1
or-
ganizado por España para el fin y objeto de su go-
bierno de dominación colonial en el Plata.
Es el mismo antiguo régimen virtualmente conser-
vado en daño de la nación Argentina, incluso Bue-
nos Aires.
Proclamada su abolición en Mayo de 1810, Rosas
se halló a la cabeza de una restauración producida es-
438
A L B E R D I
pontáneamente por el poder rutinario de las cosas, de
los intereses oficiales y de la costumbre.
Proclamada segunda vez su abolición el 3 de Fe-
brero de 1852, los sucesores de Rosas en su Gobierno
local se encontraron al frente de una segunda res-
tauración producida, como la primera, por las mis-
mas causas explicativas del advenimiento de Rosas.
Por la reforma de la Constitución liberal de 1853,;
fueron restituidos todo el Poder, toda la libertad, toda
la Hacienda de la nación, no a Buenos Aires, sino al
Gobierno de Buenos Aires, que es desde entonces el
poseedor exclusivo de la suma de esos elementos y
fuerzas nacionales.
Y por eso es que Buenos Aires está como la nación,
sin el uso de sus grandes libertades; sin un Gobierno
de su hechura y de su gestión continua, en una po-
breza que contrasta con los enormes medios y gastos
dispendiosos del Gobierno, que todo lo posee: libertad
electoral, poder arbitrario, recursos ilimitados, extra-
ordinarios y omnímodos.
El país no puede quedar de ese modo. No se se-
paró de España con ese objeto. Su situación actual
no es la del tiempo de Rosas, en exigencias y deberes
de pueblo civilizado. Hoy es peor en muchos puntos.
Su deuda pública es cien veces mayor.
Ya sus intereses absorben la mitad de la renta
pública.
La otra mitad absorbe el rédito o ganancia de los
particulares contribuyentes.
El país vive para alimentar a su Gobierno, en lu-
gar de existir el Gobierno para el bienestar del país.
Nación libre y soberana en el nombre, es la anti-
OBRAS SELECTAS
439
gua colonia tributaria de su Fisco, como en tiempo de
España, que lo organizó para eso. Es simple máquina
de renta fiscal. Cuando se le dice, para consolarla,
que esta condición de cosas es copia textual de la
Constitución de los Estados Unidos de América, en
nombre de cuyo ejemplo ha sido recolonizada la na-
ción Argentina en el molde español, se agrega la bur-
la y el insulto al atentado de felonía y de traición a la
causa de su libertad.
Dejar a una nación sin una de sus libertades, sin
adarme de su poder, sin pan y sin recursos, por vía
de imitación a la nación más libre, más rica, más po-
derosa que conoce el mundo entero.
De lo que precede se deduce, que cuando decimos
que toda la libertad de la nación ha sido puesta en
manos del Gobierno de Buenos Aires, queremos decir
que todo el poder de la nación le ha sido entregado,
porque la libertad es el poder de elegir y darse su
gobierno; y ella deja de existir donde y cuando es el
Gobierno el que se elige a sí mismo, o al Gobierno
sucesor.
Y cuando decimos que todo el poder nacional ha
sido entregado al Gobierno de Buenos Aires, enten-
demos decir, y decimos, que le han sido entregados
todos los recursos económicos y elementos rentísticos
de poder nacional.
Y cuando decimos la nación, queremos decir, y de-
cimos, Buenos Aires y las provincias, porque de to-
das ellas se compone la nación, que hace esas pér-
didas.
440
ALBERDI
El resultado de esa triple pérdida, es que la nación
Argentina, es decir, Buenos Aires y las provincias,
conjuntiva y solidariamente, están sin libertad, sin
Gobierno de su propia elección y hechura, sin los fru-
tos de su riqueza, absorbida en casi la totalidad de esos
frutos en las finanzas que consume el Gobierno de
Buenos Aires.
Si no se hace esta separación, si no se distingue
la parte dé Buenos Aires que forma su administra-
ción pública, la parte gobernante, por decirlo así, de
la parte que forma la generalidad del pueblo gober-
nado, todo lo que dejamos dicho es ininteligible, de-
ja de ser aplicable a la realidad del caso.
Cuando se toma a Buenos Aires, por su Gobierno,
en la función económica de la distribución y consumo
de la renta nacional, se emplea una figura de retórica,
una metonimia; se toma la parte por el todo. Se con-
funde la sociedad tributaria con el Gobierno que vive
del tributo; el pueblo que paga con el pueblo que
goza.
Eso es lo que han perdido de vista los patriotas de
Buenos Aires, que han creído beneficiar al pueblo de
esa provincia con los beneficios y recursos retirados
a la nación, y entregados, no al pueblo de Buenos
Aires, sino al mundo que lo administra o gobierna por
el método con que fué gobernado por la autoridad
realista antes de la revolución, y por la autoridad om-
nímoda de Rosas después de ella.
Han empobrecido a la provincia, queriendo enri-
quecer a su Gobierno; han disminuido el poder de su
pueblo, queriendo aumentar el poder de su adminis-
tración.
U5RAS S E L E C T A S 4 4 1
Han obrado sin entender lo que es riqueza, poder,
libertad; en su esencia-y naturaleza.
Como simples empiristas, no como hombres de Es-
tado: haciéndoles en esta calificación un cumplimien-
to a su sinceridad, si no a su ciencia y experiencia.
¿ Y quién puede Jactarse de tenerlos entre nosotros?
¿ A qué título? ¿Como ex colonos de España? ¿Fué su
objeto en América enseñarnos a dispensarnos de ella
y de su Gobierno ? •.
Aun los opositores a la reforma, que señalaban los
malos efectos que debía traer, no los conocían en toda
su extensión y tales como la experiencia de veinte
años los ha dado a conocer. ¿Qué extraño fuera que
sus partidarios interesados y apasionados dejasen de
verlos y de preverlos, y esperasen, al contrario, los
resultados más benéficos para Buenos Aires?
Preocupados del lado político y apasionado de la
reforma, muchos hombres sinceros dejaron de ver o
comprender su lado económico y social, por donde ella
envolvía la suerte de la riqueza de Buenos Aires y de
la nación entera, en sentido adverso al que ella tenía
para la suerte de los Gobiernos de Buenos Aires, que
debían tomar posesión de los recursos fiscales y finan-
cieros sacados del Gobierno de la nación.
Hoy que la crisis o empobrecimiento general de
Buenos Aires y de las provincias, nacida en gran par-
te de la reforma, pone ante los ojos el error de ese
cambio, no habría disculpa en sostenerlo.
Hoy que la crisis política, es decir, el empobrecí-
442
AL BERDI
miento del pueblo de Buenos Aires y de la provincia
en materia de libertad; la ausencia del derecho sobe-
rano de elegir su propio Gobierno, entregado con el
Poder financiero al Gobierno de Buenos Aires, que
inició la reforma; hoy que la existencia de los parti-
dos políticos se ha hecho ilusoria e imposible, como la
libertad de opinar contra el Gobierno y de controlar
eficazmente su acción, en las Cámaras y fuera de ellas,
los mismos reformadores sinceros tienen que recono-
cer, que su reforma ha sido un suicidio, por el que
han muerto su propio poder y su propia libertad.
No hay partidos políticos donde la porción del país
que disiente del Gobierno no está dentro del Parla-
mento, ocupando gran parte de sus sillas, colaborando
en la legislación y en la marcha del Poder, en su rol
mismo de opositor. Lo que se llama entonces partido,,
es una escuela, una secta, un círculo de creyentes; pe-
ro no un Poder, pues el partido, como libertad que es,
constituye y es un Poder en los países libres de hecho
y de derecho.
Los partidos platónicos no son partidos políticos;
son como los Gobiernos platónicos o abstractos.
Todo el programa del progreso argentino se encie-
rra hoy día en reponer substancialmente las cosas co-
mo estaban antes de la reforma; es decir, en hacer de
la ciudad de Buenos Aires la capital de la República
Argentina, y residencia de sus Poderes nacionales,
con jurisdicción directa, local y exclusiva, en todos los
establecimientos públicos, situados dentro de Buenos
Aires, que son cabalmente nacionales todos por su na-
turaleza.
Guardando, sin perjuicio de ello, la autonomía de
OBRAS SELECTAS
443
la provincia de Buenos Aires, con otra capital y resi-
dencia, para su Gobierno local y autónomo, ni más
ni menos que las otras provincias hacen.
Nosotros mismos hemos ayudado a producir esa
confusión en las cuestiones argentinas, por una locu-
ción incorrecta que hemos usado habitualmente Flo-
rencio Várela y yo, siguiendo el lenguaje usual de las
provincias, cuando hemos atribuido al pueblo de Bue-
nos Aires la responsabilidad de la mala política de
sus Gobiernos: hemos dicho la política de Buenos
Aires, en vez de decir la política de los Gobiernos de
Buenos Aires.
Esto último era evidentemente lo que quisimos de-
cir, pero la ambigüedad de nuestra locución general
se prestó a un sentido adverso de que no dejarán de
prevalecerse los Gobiernos, que desembarazábamos
de la responsabilidad que nuestro lenguaje incorrecto
echaba sobre Buenos Aires.
El hecho es que por ese error de locución hemos
atacado la Causa que queríamos servir, la del pueblo
de Buenos Ai res; hemos servido la causa que quería-
mos atacar, la de sus malos Gobiernos.
Nuestra arma tenía dos filos, y yo lo declaro tan
pronto como me apercibo de ello, en honor de Bue-
nos Aires, que jamás ha podido inspirar ni dictar la
política de que era víctima Várela, sin embargo, se
le aplicó aún bajo Rosas.
444
ALBERDI
b) Federación.
Nada es tan fácil, para comprender un maL como
el verlo nacer y seguirlo desde su origen por toda la
vida.
Desde su origen, federación significó autonomía, in-
dependencia, separación, aislamiento relativo y domés-
tico de la provincia de Buenos Aires, respecto de las
otras. Nació en Buenos Aires, y sus padrinos, que pri-
mero pronunciaron su nombre, fueron el doctor Mo-
reno y el doctor Pazo, hijos de esa provincia y secre-
tarios del primer Gobierno que allí se formó el 25 de
Mayo de 1810, en lugar del del virrey de España, que
cesó ese día.
Explicada de muchos modos, formulada de muchos
modos, revestida de muchos y varios colores"y formas,
en la substancia significó siempre la misma cosa, auto-
nomía provincial de Buenos Aires respecto de las otras
provincias de la nación argentina; y sü efecto y sig-
nificado práctico, fué la adjudicación a Buenos Aires
de todos los recursos, intereses y medios de Gobierno,
que la nación tenía en esa provincia, como su capital
política y su centro comercial habilitado, que había
sido durante el régimen colonial español.
Empezó el día que dejó de existir el Gobierno gene-
ral de España, y se trató de reemplazarlo por un Go-
bierno general argentino. ¿Será uno o serán varios
Gobiernos?, se preguntaron los de Buenos Aires. ¿Nos
unimos o quedamos separados? Un solo Estado o tan-
tos Estados como provincias? Es decir, ¿unidad o fe-
deración? Como la cuestión surgió, se discutió y re-
O B R A S S E L E C T A S
4 4 5
solvió en Buenos Aires, naturalmente se decidió por
la federación, cuidando de hacerla sostener y triunfar
por jefes de provincias interiores, interesados en se-
guir el ejemplo, que, en vez de darles el mismo Poder
que a Buenos Aires, las ponía bajo la autoridad del
Gobierno autónomo de Buenos Aires, como sucede
hasta el día presente.
No fué jamás otra cosa en substancia, la federación
de Moreno y Pazo, de los Anchorena y Medrano, de
Dorrego y Rosas, de Mitre y Sarmiento, con todos los
nombres y orígenes y anales que les dio el espíritu de
partido y la astucia de la política.
La federación de Artigas, de Ramírez, de López,
de Bustos, de Ibarra, de Quiroga, de Rosas, invocó
siempre el ejemplo de los Estados Unidos; y, como
esos caudillos, la han invocado más tarde los de las
ciudades. Lo que los fundadores empíricos defendie-
ron en globo, sus sucesores han defendido con la au-
toridad del Federalista de Hamilton y Madison, de
Tocqueville, de Story, de Kent, etc.
El meollo, la substancia es la misma: el legado del
absolutismo colonial español, revestido y disfrazado
con los trajes y formas del Gobierno federal de los
anglosajones de Norte-América.
El fondo, es la vieja España; el exterior, es la mo-
derna Inglaterra, en América. El despotismo español,
en la realidad; el liberalismo sajón en la superficie.
De la federación del Plata a la federación de los
Estados Unidos, hay la diferencia que va de un hue-
vo a una castaña. El papel político de Buenos Aires
se parece al de Nueva York, como...
¿Es Nueva York la residencia del Gobierno fede-
4 4 6
ALBERDI
ral? ¿Abriga dos Gobiernos? ¿Ejerce Poderes o fun-
ciones o comisiones nacionales? ¿Es siquiera residen-
cia de su Gobierno local?
El ejemplo de nuestra independencia, no fué la de
Estados Unidos, sino la de España misma respecto de
la Francia de Napoleón I.
El Times del 10 de Enero de 1872, hablando de
Espartero, dice: "Las colonias sudamericanas que re-
pudiaron al soberano que Napoleón había impuesto
a España, se levantaron contra la madre patria y asu-
mieron su independencia. La resistencia había, sido
alentada por los patriotas españoles solamente contra
el usurpador francés; pero algunas de las colonias,
habiendo gozado del lujo de la independencia y pro-
bado la posibilidad de existir sin ser gobernados por
virreyes españoles, siguieron en su propia causa, el
ejemplo que les fué dado por la madre Patria. Cuan-
do España estuvo libre de toda dominación extranje-
ra, sus colonias rehusaron reasumir su dependencia y
fidelidad a la corona, y se proclamaron Estados in-
dependientes con instituciones republicanas."
Esta es la verdad histórica, según estos datos. Nin-
guna, excepto Méjico, tuvo presente el ejemplo políti-
co de los Estados Unidos. San Martín, Belgrano, Al -
vear, Bolívar, Sucre, O' Higgins, vinieron de España,
no de Estados Unidos, con sus ideas de independen-
cia, que allí mismo habían sostenido contra Napo-
león.
¿Qué extraño es que hayamos entendido la libertad
individual como la entendió España y no como la en-
tendían los Estados Unidos?
El alma de la independencia española fué el patrio-
OBRAS SELECTAS
447
tismo, no la libertad. Por libertad no entendían los
españoles otra cosa que la independencia de la patria
respecto de Francia. A su ejemplo, nosotros no en-
tendimos por libertad sino la independencia de nues-
tra patria respecto de España.
En cuanto a la libertad individual, que es el lujo
de Inglaterra, y que el pueblo inglés conquistó y arran-
có a sus propios Gobiernos, no a extranjeros, nosotros
no la tenemos ni conocemos hasta hoy mejor que Es-
paña.
Los Estados Unidos, que ya tenían esa libertad in-
dividual desde su origen y aun siendo colonos, la rei-
vindicaron por esa otra libertad que se llama indepen-
dencia, y su revolución contra Inglaterra tuvo por ob-
jeto esas dos grandes libertades, la del hombre, que ya
tenían, y la del país, que era una novedad.
Puesta la verdad histórica en estos términos, ¿ a cuál
de ambos ejemplos ha imitado nuestra revolución, al
de Estados Unidos o al de España?
La utilidad de estas verdades, es curar nuestra va-
nidad, que nos expone al ridículo de enmascarar nues-
tra opresión con mentidos trajes de libertad; y a sa-
ber que esta libertad nos falta, porque no la hereda-
mos, ni la aprendimos de nuestros antecesores, ni he-
mos hecho nada para adquirirla desde que somos in-
dependientes, porque no la conocemos en su natu-
raleza.
A ejemplo de España, siempre, nuestros partidos li-
berales tienen por jefe y maestro a un hombre de es-
pada.
" En España—dice el Times citado—ningún partido
se considera completo sin un jefe militar a la cabeza,
448
ALBERDI
y los más avanzados liberales o progresistas, como se
llamó por oposición a los conservadores o moderados,
tuvieron a orgullo darse por su campeón al más pro-
minente hombre de guerra. " Que era Espartero en-
tonces.
¿Son guerreros los jefes del partido liberal en In-
glaterra, en Estados Unidos, en Suiza, en Holanda, en
Bélgica? ¿Lo son siquiera en Francia?
c) Consecuencias políticas de una locución
errónea.
Ha llegado a ser de absoluta necesidad señalar, co-
rregir y abandonar una locución usada por la mejor
Prensa argentina, que ha contribuido mucho a extra-
viar y obscurecer la discusión de las cuestiones más
vitales de la política argentina.
Ese error, no de pensamiento, ni de intención, sino
de mera locución y estilo, se ha cometido cada vez
que se ha atribuido a Buenos Aires la responsabili-
dad de la política de sus Gobiernos para con las pro-
vincias argentinas.
Esa locución errónea ha obscurecido la naturale-
za, el origen, sitio y efectos de un mal capital de ese
país, que reside en un vicio de su organismo econó-
mico y político, mediante el cual todos los recursos
económicos de poder público pertenecientes al Go-
bierno de la nación Argentina se encuentran concen-
trados y retenidos en manos del Gobierno de la pro-
vincia, que, desde su origen colonial, fué organizada
para servir de residencia y cuartel general del virrey,
O B R A S S E L E C T A S
449
gobernador omnímodo de toda la colonia argentina ba-
jo la dominación de España. Es decir, que los recursos
del Poder se encuentran hoy donde los puso España
para asegurar su dominación en todo el país argen-
tino.
Lo que hoy llamamos vicio orgánico de nuestro ré-
gimen moderno de libertad, era una perfección para el
antiguo régimen de dominación colonial española.
Como los vicios orgánicos no desaparecen por de-
cretos, la constitución o complexión colonial según la
cual colocó a España en manos del Gobierno realista de
Buenos Aires la suma de los recursos económicos de
Poder de todo el país argentino, ha continuado exis-
tiendo después de la independencia, combinada con ella;
y esa complexión o constitución originaria del país ha
seguido dando a los Gobiernos patrios y moderados
la misma suma de poder argentino que daba a los
Gobiernos realistas de Buenos Aires antes de 1810, en
provecho de sus depositarios, no en provecho del pue-
blo porteño, para el cual nunca fueron destinados.
No queremos decir que los gobernantes de Buenos
Aires se apropiasen esos recursos, sino que ellos que-
daron en las arcas del tesoro general confiado a su
administración, y situado en la provincia submetró-
poli de su mando inmediato y exclusivo.
Este hecho que venía del Gobierno colonial, y en
que los Gobiernos patrios no tuvieron más parte que
el conservarlo en beneficio de su Poder local; ese he-
cho fué imputado al pueblo de Buenos Aires, prime-
ra víctima del mismo hecho, por un error de lengua-
je convertido en locución habitual de los partidos que
han luchado, el uno por dar todo el Poder argentino
OBRAS SELECTAS. —Tomo V. 29
450
AL BERDI
al Gobierno de Buenos Aires, el otro por darlo al de la
nación entera, incluso Buenos Aires.
A los que más hemos usado de esa locución errónea,
nos toca iniciar su rectificación y abandono.
Como todos los errores de lenguaje, el de atribuir
a Buenos Aires la responsabilidad que pertenece a
su Gobierno, ha venido del pueblo de las provincias
argentinas, que no es más gramático ni más filósofo
que todo pueblo en materia de lenguaje, pero que es
legislador en ello, como todos los pueblos.
Los liberales que han representado los deseos y los
intereses de los pueblos argentinos, han empleado su
lenguaje y han errado como ellos, no de intención ni
de pensamiento, sino de lenguaje.
No hay uno sólo que no haya creído y dicho que
la responsabilidad de la política antinacional de Bue-
nos Aires era de su Gobierno, y no de su pueblo.
Su pueblo no podía ser autor ni partidario de un
sistema, que había sido concebido por el Gobierno de
España para mantener a su colonia de Buenos Aires,
sin libertad y en dependencia absoluta del Gobierno
omnímodo y extraordinario del virrey. Y como medio
de mantenerla impotente y sumisa le había impedido
enriquecer, por ser la riqueza un arma de libertad.
El primer escritor de Buenos Aires, el más patriota,
el más puro de los porteños (pues lo probó con su vida),
Florencio Várela, es el que más usó de esa locución,
que la autoridad de su estilo clásico difundió en la
Prensa liberal del Plata.
O B R A S S E L E C T A S
451
Ya fuese por hablar al pueblo de las provincias ar-
gentinas en su lenguaje, o ya porque, escribiendo en
el extranjero prefirió la locución más general para ser
mejor entendido, el hecho es que Florencio Várela
atribuyó a Buenos Aires la política que era exclusiva-
mente del Gobierno de Buenos Aires, precisamente
cuando el pueblo de esa provincia se perteneció menos
a sí mismo, que fué bajo Rosas.
"Sólo Buenos Aires tiene interés (interés, según el
sistema anti-económico y estrecho que hasta ahora se
ha seguido) en que buques extranjeros no suban el Pa-
namá, porque mientras el término final de las expedi-
ciones de Ultramar sea la rada de Buenos Aires, ella
sola hace todo el comercio de tránsito en las demás pro-
vincias. Estas, por el contrario, tienen el más alto in-
terés mercantil, económico-político en hacer el comer-
cio directo con el extranjero; en no pagar a Buenos
Aires los derechos y gastos del comercio de tránsito,
en participar de las rentas de las Aduanas, y en no per-
manecer en impotente dependencia de la voluntad del
Gobierno de Buenos Ai res. . . "
"Haber desconocido Buenos Aires esos intereses y
esos sentimientos, ha sido en todos tiempos una de
las primeras causas de la desavenencia y rompimiento
de parte de las provincias. . . " (Florencio Várela, Co-
mercio del Plata de i.° de Enero de 1846.)
" Si todo lo que hemos dicho es, como creemos, fun-
dado en razón, en justicia, en buenos principios de po-
lítica y de economía, no vemos por qué el hecho de ser
porteño nos imponga el deber de renegar de esos prin-
cipios, de obrar contra estas convicciones, y de predi-
car que el engrandecimiento de nuestra provincia con-
45
2
AL BERDI
siste en el empobrecimiento de las otras que componen
nuestra República. No, mil veces no. En nuestro moda
de concebir el amor a la patria, de buscar su prosperi-
dad y su lustre, no entran los elementos cordobés, en-
trerriano o porteño; entra sólo la idea colectiva de ar-
gentinos. . . " (Comercio del Plata, del 19 de Marzo
de 1846.)
"Trabajamos por el triunfo de un sistema perma-
nente (decía Florencio Várela), por el triunfo de la.
libertad de navegación y del comercio en las provincias
argentinas; por el establecimiento de un sistema con-
trario enteramente, en este punto, al que había seguido
el Gobierno colonial, y al que continuaron después de-
él todos los Gobiernos patrios desde 1810. De ese sis-
tema, continuado por tantos años, por tantos Gobier-
nos, bajo tan diversas circunstancias, no han recogido-
hasta ahora las provincias argentinas sino imperfec-
ción en su industria, pobreza en todas las clases, enemis-
tades y celos recíprocos entre las provincias, guerra
civil interminable y sangrienta. . . "
" Su larga duración de treinta y siete años (hoy se-
tenta y siete años) muestra bien que no depende de vi-
cios accidentales o pasajeros, que hay una causa fun-
damental, permanente, independiente de los varios
sistemas de organización política ensayados en esos paí-
ses y más poderosa que esos sistemas. Esa causa no es
otra que el régimen estúpido del aislamiento... es de-
cir, la autonomía provincial." (Comercio del Plata del
6 de Octubre de 1847).
Ese era el lenguaje que tenía para con Buenos Aires
el más patriota de los porteños en la época misma en*
OBRAS SELECTAS
453
que el pueblo de Buenos Aires se pertenecía menos a
sí mismo, pues era la del Gobierno de Rosas.
A pesar de ese lenguaje, no hay la menor duda de
que Várela imputaba a ese y los demás Gobiernos de
Buenos Aires la política colonial de absorción de los
intereses argentinos, no al pueblo de Buenos Aires, en
perjuicio del cual se producía.
Pero Rosas, que no era mejor amigo de Buenos
Aires que el redactor del Comercio del Plata, llamaba
a Florencio Várela enemigo de Buenos Aires, mal por-
teño, abusando por sofisma, del error de locución en
que incurría el elegante y culto escritor, por no pare-
cer personal, cuando tomaba el nombre de Buenos
Aires por el de su Gobierno. Los que hemos empleado
más tarde el lenguaje de Várela, cuando Buenos Aires
pretendía ser libre y dueña de su conducta, hemos sido
llamados por los poseedores del Gobierno, que Rosas
ejercía, como éste había llamado a Várela, enemigos de
Buenos Aires, inspirados por el odio a esa provincia
argentina, que sufría más que nosotros.
Sin embargo, no hubo escrito nuestro en que no pro-
testásemos que, empleando la locución habitual de Vá-
rela, imputábamos al Gobierno de Buenos Aires, a su
clase gobernante, no a su pueblo, la política de absor-
ción y monopolio de los intereses argentinos, incluso el
de Buenos Aires. Basta notar que la asimilábamos con
la de Rosas, calificándola como su restauración disi-
mulada. A nadie ha podido ocurrirle qué Buenos Aires
era autor del sistema y de la política del Gobierno de
Rosas, de que su pueblo mismo era la primera víctima.
Pero como no es preciso que la sangre y la crueldad
sean inseparables del sistema de absorción de una na-
454
AL BERDI
ción en provecho del Gobierno de una provincia, no por-
que los sucesores de Rosas en el Gobierno de Buenos
Aires hayan sido más humanos y cultos, ha dejado el
sistema de su Gobierno de ser la continuación del de
Rosas, como Poder absorbente de los intereses y re-
cursos, no sólo de las provincias argentinas, sino de la
misma provincia de Buenos Aires.
Así, no hubo jamás un sofisma más peligroso que el
de llamar enemigos de Buenos Aires a los adversarios
del régimen económico y político por el cual el Gobier-
no, no el pueblo de Buenos Aires, absorbe todos los
elementos rentísticos de Gobierno, que pertenecen a la
nación toda entera, incluso Buenos Aires, como pro-
vincia integrante de ella.
Es el medio de constituir a Buenos Aires en víctima
indefensa del sistema de gobierno que la tiene en po-
breza y sin libertad, es decir, bajo un Gobierno elector,
porque su Gobierno le absorbe sus recursos de poder
y sus libertades.
Siempre hemos dicho, que atacado ese régimen de
Gobierno de que Buenos Aires ha sido víctima bajo
Rosas (y sigue siéndolo con apariencia de libertad, bajo
los actuales ocupantes de los puestos que ocupó Ro-
sas), servíamos y entendíamos servir los intereses de
Buenos Aires mejor que los que los entendían y ser-
vían, como Rosas los había entendido y servido.
Si odiásemos a Buenos Aires, no le desearíamos otro
régimen económico y político de Gobierno que esa es-
pecie de reconstrucción con que el error de sus ami-
gos lo ha colocado bajo el sistema que la España con-
cibió y construyó en su colonia de Buenos Aires, no
para enriquecer a ese pueblo, sino para enriquecer a
OBRAS SELECTAS
455
su fisco, cuando éste era la Real Hacienda de España;
no para desenvolver su libertad, sino para comprimir-
la, en el interés de su dominación absoluta; no para
beneficio del pueblo, sino para el de su Gobierno, cuan-
do su Gobierno era el de España.
Cuando Rosas restauró ese sistema en nombre de la
causa americana, lo hizo, no para aumentar el poder,
la riqueza y la libertad del pueblo de Buenos Aires, sino
en servicio de su Gobierno personal y propio, cuando
era él gobernador de Buenos Aires, y por esa causa
personal.
Cuando sus sucesores lo han restaurado a su tur-
no, lo han hecho con la mira principal de aumentar su
poder propio, de que se encontraban poseedores como
gobernadores de Buenos Aires, no para agrandar la
riqueza y la libertad del pueblo; y la prueba es que de
resultas de ese sistema, el pueblo está pobre y sin li-
bertad, al mismo tiempo que su Gobierno abunda en
medios de disipación.
Organizado por y para los que mandan, y no por y
para los que obedecen, Buenos Aires no puede conser-
var el régimen económico que le viene de su origen
colonial español, sino para beneficio exclusivo de sus
gobernantes y de la Hacienda pública, que ellos admi-
nistran y consumen, y en perjuicio exclusivo de sus go-
bernados y de la hacienda privada de sus habitantes.
Los que han restaurado o reconstruido ese sistema en
nombre de la libertad, han cometido un monstruoso
error, por el cual han reconstituido el despotismo, que-
riendo organizar la libertad.
Dando al Gobierno de Buenos Aires todo el poder
rentístico, retirado al Gobierno de la nación por la re-
456
AL BERDI
forma de 1860, han hecho al primero el grande elec-
tor de los Gobiernos argentinos al favor de la suma
del Poder nacional financiero que absorbe en sus ma-
nos exclusivas. Ellos han hecho que sea imposible or-
ganizar la libertad de oponerse y controlar al Gobierno
como partido político. Han sumido al pueblo de Buenos
Aires en la pobreza colonial, que contrasta con la opu-
lencia pródiga y dispendiosa del Gobierno, que todo lo
absorbe y posee, en materia de recursos.
Ahora veinte años, la generación que vino después
de Rosas pudo caer en ese error. Hoy que la triste ex-
periencia de veinte años lo ha puesto de bulto, no tiene
disculpa la política que tarda en modificarlo bajo la ins-
piración de los ilustres porteños, que la muerte ha
rehabilitado lejos de disminuir—los Rivadavia, los
Agüero, los Martín Rodríguez, Florencio Várela, Ma-
nuel Belgrano, Valentín Gómez, Dr. Andrade—, que
fueron los nobles enemigos del sistema restaurado por
la reforma de 1860.
El hecho es que el estado presente de cosas for-
ma un proceso contra la revolución de la independen-
cia argentina. Todo lo que ella ha producido, como or-
ganización, en setenta años que van transcurridos des-
de 1810, es una mera refacción del antiguo Gobierno
colonial, en forma y con apariencias de Gobierno nue-
vo. En el fondo y funcionamiento es siempre la vieja
máquina construida para producir poder omnímodo.
Toda la diferencia es que el nuevo producto se llama
libertad, porque es dedicado al país; como si el Poder
OBRAS SELECTAS
457
omnímodo no fuese en sí la negación de toda libertad,
por el hecho de ser omnímodo, ya sea del país o de
fuera. Es una máquina para agrandar el poder del Go-
bierno y disminuir el poder del pueblo, es decir, su li-
bertad; para aumentar la renta pública o fiscal, sin
aumentar la renta privada de los particulares; para
beneficio de los que mandan, y en perjuicio de los que
obedecen.
Felizmente no hay máquina que no se deteriore con
el tiempo y con el uso, si no se restaura a medida que
se envejece y descompone. Gracias a su creciente inefi-
cacia, el progreso del país no deja de producirse por
el esfuerzo individual que hace cada miembro de la
sociedad argentina para mejorar su condición y su po-
sición privada.
Lejos de ser un producto de los Gobiernos, las so-
ciedades humanas se producen y agrandan, a pesar de
sus Gobiernos y de sus servidores oficiales.
Lo que se ha llamado hasta aquí la causa de Bue-
nos Aires, es la causa de sus Gobiernos, no la de su
pueblo.
Y como su Gobierno guarda la complexión original
con que fué construido por España para representar su
causa de ella, no la de Buenos Aires, el Gobierno que
esa provincia recibió de ese origen exótico y antipa-
triota, representa la causa contraria y opuesta a la del
pueblo de Buenos Aires.
Sólo por vía de lisonja o por cumplimiento se puede
hacer a Buenos Aires responsable de la conducta de su
Gobierno. Es como llamarle creador y motor de sus
autoridades, según mienten sus leyes escritas. Hay po-
cos países en el mundo que merezcan ese honor. Del
458
AL BERDI
pueblo inglés, del pueblo de los Estados Unidos, podría,
concebirse que se diga el país, cuando se trata de res-
ponsabilidades de sus Gobiernos, porque, esos Gobier-
nos son obra del pueblo, y su conducta es inspirada y
dirigida por el pueblo.
Pero ese no era el caso de Buenos Aires bajo Ro-
sas, cuando Florencio Várela atribuía a Buenos Aires
la política de Rosas, favoreciendo, por esa locución
equivocada, más a Rosas que a Buenos Aires. En efec-
to, que sus Gobiernos atribuyan al pueblo la mala po-
lítica que ellos tienen en su nombre, se comprende. Ro-
sas nunca pronunciaba el yo. Sus vocablos favoritos
eran: Buenos Aires, la Confederación argentina, el
continente americano. Y el candor de los Guizot c lía
en la red, llamando americanismo a la causa de Rosas.
Buenos Aires, sin embargo, ha tomado la imputa-
ción como agravio, no como cumplimiento, y ha teni-
do razón, en cierto modo, en negar como suya la polí-
tica de que era víctima.
Sin hacerle agravio, por otra parte, puede asegu-
rarse que nunca fué suya la política con que sus Go-
biernos dañaron sus libertades y sus intereses.
Un pueblo no es responsable de su Gobierno, sino-
cuando su Gobierno es su obra, su expresión, su brazo,,
su instrumento. El Gobierno de Buenos Aires (como
institución, no como personas) no está en ese caso.
Como colonia de España, que nunca se gobernó a sí
misma, Buenos Aires recibió hecho y construido el
Gobierno que le dio la metrópoli extranjera, la cual
cuidó de organizado y concebirlo, no para servir los
intereses y las libertades de Buenos Aires, sino los in-
tereses y poder propio de España, que, lejos de ser idén-
OBRAS SELECTAS
459
ticos a los de la colonia argentina, eran opuestos y con-
trarios.
Y si así no hubiese sucedido en verdad, la colonia
no habría tenido razón de romper con la metrópoli y
separarse de ella, en el interés de su propia libertad y
progreso, de que no disfrutaba bajo el Gobierno que
le impuso España (como institución, no como per-
sonas).
Pero un pueblo de ese origen se encuentra, aun des-
pués de emancipado, bajo un Gobierno cuya índole y
complexión no responde del todo al espíritu y tenden-
cias del pueblo de su mando. Entre ellos dos queda
siempre algo del antagonismo original. Queda siempre
en el Gobierno, después de su adaptación al país hecho
independiente, algo de extranjero y de incoherente, que
impide atribuir al país la responsabilidad de la política
de su Gobierno.
Sin entrar en todas esas razones, hay otra que basta
por sí sola para demostrar que el pueblo de Buenos
Aires no puede ser responsable del régimen político y
económico por el que es gobernado, y es que ese ré-
gimen hace más daño a Buenos Aires que a todas las
provincias, aunque también esté constituido en de-
trimento de ellas. Fiel a su origen y destino colonial, el
organismo de ese Gobierno es hecho para llenar el pa-
pel que hoy desempeña, sin pensarlo ni quererlo, man-
teniendo a Buenos Aires sin su libertad soberana de
elegir a sus gobernantes, y obligándole a aceptar el Go-
bierno que le impone la voluntad del presente. Dando,
460
AL BERDI
además, lugar a la crisis de empobrecimiento perma-
nente en que Buenos Aires vive a causa de que el pro-
ducto anual de su trabajo se distrae y absorbe princi-
palmente en enriquecer al fisco y proveer a su gasto pú-
blico, dispendioso y pródigo por su índole colonial.
Dar como prueba de amor a Buenos Aires la vigen-
cia y conservación de un régimen de Gobierno, que fué
concebido en su origen para explotar a Buenos Aires,
es la más grande y burlesca de las inconsecuencias.
Se diría, al contrario, que es preciso detestar a Bue-
nos Aires para desearle un sistema de Gobierno como
el que hoy le tiene sin su libertad más esencial, que es
la de elegir a sus gobernantes, la cual está entregada
toda, por ese régimen, al Gobierno existente, constituí-
do en grande y soberano elector de sus sucesores; vi-
viendo sin partidos políticos, que no pueden existir en
el sentido de libertades, donde el Gobierno es omnipo-
tente, en virtud de la absorción que hace a la nación de
la suma de su poder financiero y rentístico; de cuya
causa resulta, además, la crisis económica en que el
pueblo vegeta, contrastando su pobreza con la opulen-
cia dispendiosa de un Gobierno investido del poder de
forzar al pueblo a prestarle su fortuna, en cambio de
su deuda, emitida en forma de papel moneda con po-
der liberatorio o curso forzoso.
Se comprende que yo haya sido calificado de ene-
migo de Buenos Aires, por haber combatido ese régi-
men de Gobierno,, si se toma en cuenta que esa cali-
ficación me ha venido siempre, como vino a Florencio
Várela, del mismo Gobierno que explotaba a Buenos
Aires.
Nosotros mismos le dimos el arma de esa acusación
OBRAS SELECTAS
4
6 l
calumniosa, usando la locución errónea por la cual to-
mábamos el nombre de Buenos Aires por el de su Go-
bierno, para atacar la política de que la misma Buenos
Aires era víctima, lejos de ser autora y beneficiaría.
Esta es la grande equivocación, que ha llegado el día
de desvanecer en nombre de la verdad, de la paz y de
la buena política, que tanto a Buenos Aires como a la
nación interesan.
¿Por qué podía yo tener cdio a Buenos Aires? Yo
no fui jamás agraviado en lo más mínimo, ni por su
Gobierno, ni por su sociedad. Lejos de eso, le debo
tanta y tan fina hospitalidad en mi juventud, pasada
toda en Buenos Aires, que el odio a ese pueblo sería en
mí, no simplemente maldad, ni ingratitud, sino demen-
cia, locura.
¿Desde cuándo y con qué motivo me vino ese dic-
tado? Desde el primer asomo de restauración del régi-
men que había explotado Rosas, en daño de Buenos
Aires y de la República, durante veinte años. Yo ata-
qué la política reaccionaria de la Constitución de 1853,
que inspiré desde Chile, porque vi en ella la resurrec-
ción disfrazada del sistema con que la dictadura de
veinte años había sumido al país en el atraso, en la
pobreza y en el desorden.
Mi defensa o mi vindicación está hecha por el cua-
dro que presenta la República entera, de resultas de
esa restauración desgraciada.
Los mismos que la promovieron son hoy las víctimas
de su propia obra.
Mis escritos mismos, lejos de probar mi odio pre-
tendido a Buenos Aires, leídos ahora, en pos de los
hechos, son mi mejor refutación de ese dictado.
462
AL BERDI
En la primera edición de mi libro de las Bases (Mayo
de 1852), yo propuse a Buenos Aires como capital de
la República, en términos y por razones que me hubie-
sen hecho pasar por un partidario fanático de esa pro-
vincia. Un porteño acérrimo no habría tenido mi len-
guaje en favor de Buenos Aires. ¿Quién me acusó de
ser su enemigo, a pesar de ese testimonio ? Argentinos
de provincias, que ni de vista habían conocido a Bue-
nos Aires hasta después de caído Rosas. Me llamaban
enemigo de Buenos Aires, porque seguía atacando la
política económica y separatista con que Rosas dañó a
Buenos Aires más que a otra provincia. Y ellos se con-
sideraban liberales porque reconstruyeron virtualmente
la máquina de poder omnipotente con que había gober-
nado Rosas; y se decían amigos de Buenos Aires, dán-
dole por pruebas de su amor las mismas con que Rosas
le había probado el suyo. La diferencia entre ambos
amores es la que separa el color rosa del colorado: un
semi-tono, un medio color, un matiz.
Pero ya pasó el tiempo de las recriminaciones. Ha'
llegado el día en que la indulgencia mutua es un deber
de orden y de patriotismo.
¿Quién no ha errado entre nosotros?
Los pretendidos amigos de Buenos Aires lo han de-
jado sin libertad y sin riqueza, poniendo todo el poder
y todo el haber de su pueblo en manos de sus Gobier-
nos.
Los llamados enemigos de Buenos Aires hemos da-
ñado a su causa con la intención de servirla, y servi-
OBRAS SELECTAS
403
do la de sus Gobiernos que queríamos atacar, emplean-
do un lenguaje ambiguo cada vez que hemos atribuido
a Buenos Aires la política de sus Gobiernos de que ese
mismo pueblo era víctima.
Tomando el nombre de Buenos Aires, en lugar del
nombre de sus Gobiernos, hemos atacado lo que que-
ríamos servir, hemos servido lo que queríamos atacar,
por el uso de una locución incorrecta, que era un arma
de dos filos.
Florencio Várela y yo hemos hecho un gran servi-
cio a los malos Gobiernos de Buenos Aires, eximién-
dolos, por ese error de locución, de la responsabilidad
que echábamos sobre la noble víctima de su mala po-
lítica.
Los Gobiernos servidos por nuestro error de lengua-
je, se han prevalido de él para lavarse las manos del
mal que hacían a Buenos Aires, señalando nuestras pa-
labras en que lo atribuímos a la misma víctima, y lla-
mándonos por ello, con viso de razón, enemigos de ese
mismo Buenos Aires, a quien queríamos servir.
De ese modo se ha visto ayudado el mal por los mis-
mos que querían evitarlo.
Atribuyendo a Buenos Aires la mala política de sus
Gobiernos, le hacíamos el honor de suponerlo el dic-
tador soberano de sus mandatarios, y a éstos, el de ex-
cusarlos del mal de que eran los únicos responsables.
Lo cierto es que Buenos Aires no podía ser respon-
sable de una política de que era la primera víctima, ni
sus Gobiernos merecían la irresponsabilidad en que se
les dejaba del mal que hacían a Buenos Aires por
egoísmo.
Este feliz modus vivendi viene a reconciliarnos de
464
AL BERDI
todo corazón con la causa de Buenos Aires, que ha sido
víctima a la vez de sus malos gobernantes y de sus
ineptos defensores.
No tenemos que cambiar de pensamiento ni de inten-
ción, sino de lenguaje. O más bien, nos bastará definir
el sentido real de nuestro lenguaje incorrecto y am-
biguo.
Ni queremos lisonjear a Buenos Aires por estas rec-
tificaciones de justicia y de interés público.
En el pueblo de Buenos Aires deseamos ver y servir
la causa del pueblo argentino, de que el suyo es una
porción integrante.
¿Por qué la buena intención no estaría también de
parte de los Gobiernos que han dañado a Buenos Aires
con la mejor intención de servirlo?
Ellos han podido creer que lo servían entregando a
su Gobierno la suma de los recursos de poder que re-
tiraban al Gobierno de la nación.
La experiencia ha venido a revelarles que entregan-
do a un Gobierno, sea cual fuere, todo el poder y todos
los recursos de la nación, dejaban a la nación sin li-
bertad y en pobreza.
De ahí la doble crisis política y económica por que
pasa la nación toda entera, sin excepción de su me-
jor parte, que es Buenos Aires.
Y como ese estado de crisis le viene de sus leyes
fundamentales, a la vez que de otras causas accidenta-
les y colaterales, su situación más que sus crisis, es una
dolencia tan crónica y permanente, como las leyes equi-
vocadas en que tiene origen y razón de ser.
O B R A S S E L E C T A S
405
Entregando al Gobierno de Buenos Aires todo el po-
der del país, el primero que ha quedado sin libertad es
el pueblo de Buenos Aires, sujeto inmediatamente a la
jurisdicción de ese Gobierno omnipotente.
Entregándole la suma de los recursos económicos del
país, el primero que ha quedado empobrecido por esa
entrega es el pueblo de Buenos Aires, por haber con-
tribuido a ella más que otra provincia, siendo la más
rica de la nación.
Que su riqueza está en manos de su Gobierno, no cabe
duda alguna, desde que su Gobierno puede forzarle a
prestársela por la emisión de su deuda en forma de
papel-moneda de curso forzoso, que el país está obli-
gado a comprar con su fortuna privada.
La supresión fundamental de la riqueza del país y
de su libertad o poder de gobernarse a sí mismo, es tan
absoluta y completa, que si una gran reforma no con-
vierte en verdad de hecho las miras con que la na-
ción se emancipó de España en 1810, podría decirse que
el Gobierno que precedió a la revolución de la indepen-
dencia era más patriota y más argentino que los Go-
biernos decorados más tarde con estos nombres.
St. André, Marzo 1879.
o o o o
OBRAS SELECTAS.—Tomo V.
3 0
XVIII
CUESTIÓN RELIGIOSA ARGENTINA
El doctor Alberdi nos ha remitido la siguiente co-
municación, que habíamos anunciado anticipadamente
en respuesta a la Revista Católica. Es una réplica digna
del eminente publicista, y cuya lectura se recomienda
por sí misma a nuestros lectores por el nombre que la
suscribe y la importancia de los principios que sostie-
ne, que deseamos ver triunfantes a este lado también
para gloria y prosperidad de nuestro país (i ).
Estado de la libertad religiosa en las Provincias
Argentinas, según sus leyes y sus tratados.
He aquí, señor editor del Mercurio, el breve estudio
que usted ha tenido la generosidad de prevenir por un
anuncio digno de trabajo más considerable. No tengo'en
mira replicar victoriosamente, sino exponer con respe-
to los antecedentes que me han suministrado las ideas
(i) El Mercurio de Valparaíso, Septiembre, 28 de 1853.
468
AL BERDI
que ha refutado la Revista Católica. Con este papel no
estoy ni procuro entrar en lucha; lejos de eso, el de-
coro de su tono, digno del asunto y de sus cultos re-
dactores, ha sido precisamente el estímulo que me ha
decidido a escribir este artículo único, no de discusión,
sino de simple exposición del estado de la cuestión re-
ligiosa, según las leyes y tratados de la República Ar-
gentina. Si la Revista no hubiese hablado de un trabajo
mío y de una ley de mi país, me habría abstenido de to-
car asunto en que tengo profundo respeto a los que no
piensan como yo.
En mi proyecto de Constitución de provincia, sim-
ple deducción de la Constitución general argentina san-
cionada en el último Mayo, proponía yo la confirmación
local de la libertad de cultos, consagrada por la Cons-
titución general.
Comentando ese punto, dije lo siguiente en una nota
que ha venido a ser origen de esta discusión:
"Consagrando la libertad de cultos, ni esta Cons-
titución, ni la Constitución de Mayo, innovan cosa al-
guna. Ambas ratifican lo que existe hace veintisiete
años, no sólo en Buenos Aires, sino en toda la Repú-
blica. Desconocer esa libertad sería introducir una no-
vedad. Primero existió para toda la República en vir-
tud del Tratado con Inglaterra de 2 de Febrero de 1825.
Estipulado ese pacto en nombre de las Provincias Uni-
das, y ratificado el 19 de Febrero por el Supremo- Poder
Ejecutivo de las mismas, reunidos entonces en Congre-
so, con aprobación de este Cuerpo, en virtud de la ley
fundamental de 23 de Enero de 1825, en todas y en cada
una de las provincias argentinas quedó establecida la
libertad de cultos, desde ese día, por tiempo indefinido
OBRAS SELECTAS 469
como es el Tratado con Inglaterra. Negar al protestan-
te alemán la libertad de cultos concedida al protestante
inglés, sería injusto y absurdo. El 13 de Octubre del
mismo año de 1825, la provincia de Buenos Aires ex-
pidió una ley que consagró como principio de Derecho
público en su territorio, la libertad religiosa que la Re-
pública había creado por el Tratado de Febrero con In-
glaterra. Sólo violando la fe de ese Tratado, es decir,
manchando el nombre argentino con una infidencia, po-
drían suprimir las provincias lo que concedieron hace
veintisiete años. Felizmente esa concesión traerá su pro-
greso material y religioso."
He ahí las palabras de mi nota, que han hecho decir
a la Revista Católica del 10 de Septiembre, lo que en
seguida extracto textualmente:
"Aunque no nos es conocido el documento a que alu-
de el doctor Alberdi, ni el modo y forma en que se
promulgó, sin embargo, nos ocurre que las provincias
no tienen obligación de someterse a lo estipulado con
la Gran Bretaña y mucho menos de elevarlo a la cate-
goría de ley fundamental. Prescindiendo de que esa
obligación fué rechazada por todas las provincias de la
República Argentina, a excepción de la de Buenos
Aires, nos fijaremos tan sólo en que han transcurrido
ya veintiocho años sin que la Gran Bretaña haya recla-
mado por la infracción de esa parte del Tratado, y sin
que las provincias hayan jamás consentido en llevarlo
a efecto. ¿Nada dice el doctor Alberdi del silencio ob-
servado por S. M. B., en un asunto que pasaba a vista
y paciencia de sus agentes diplomáticos? Si la Gran
Bretaña se hubiera creído, en virtud del Tratado, con
el derecho de exigir en las provincias argentinas la li-
470
ALBERDI
bertad de cultos para sus subditos, ¿se habría portado
tan pasiva e indiferente, que ni siquiera le hubiera ocu-
rrido hacer un ligero reclamo para ponerlo en planta ?
"Sobre todo, aparece en el folleto del doctor Alber-
di el empeño de convertir en ley fundamental el artícu-
lo de un Tratado con una potencia extranjera. Ambas
cosas son muy distintas, para que se pretenda confun-
dirlas o amalgamarlas. Una Constitución debe ser co-
locada al abrigo de los vaivenes y variaciones, para que
consiga formar los hábitos nacionales y revestirse de la
autoridad y respeto que le dan el tiempo y la expe-
riencia.
"Dice también el doctor Alberdi que concedida la
libertad de cultos a los srtbditos británicos, sería injus-
to y absurdo negársela al alemán, etc. Preguntamos,
¿por qué sería injusto? Si la justicia tiene por obje-
to dar a cada uno su derecho, ¿cuál es el derecho que
se quita al subdito alemán, por ejemplo, no permitién-
dole el ejercicio público de su culto? ¿Con qué título
podría fundarlo? ¿En la convención con la Gran Bre-
taña? Pero ésta no da derechos a los que no son bri-
tánicos.
"Tampoco sería absurdo negar a todo extranjero la
libertad de cultos que se permite en virtud de un Tra-
tado a los subditos de la Gran Bretaña. La razón dicta
a cualquiera que tenga una ligera tintura de sentido
común, que una vez hecho un mal no se ha de pre-
tender ensanchar su esfera, sino, por el contrario, re-
ducirlo a su menor expresión. Ahora, ¿podrá el doctor
Alberdi negar que la mayoría de sus compatriotas es-
timan como un mal la libertad de que se trata? Si lo
O B R A S S E L E C T A S
471
negase, nosotros le preguntaríamos ¿ cómo se explica que
en ninguna provincia argentina, si se exceptúa Buenos
Aires, se ha establecido la libertad de cultos, a pesar de
tener el ejemplo vivo de la capital, y un célebre Trata-
do que tanto se invoca, para probarles la obligación de
establecerla?" (Revista Católica del 10 de Septiembre
de 1853.)
He dicho que mi objeto no es discutir, sino exponer.
Sin embargo, para que mejor se comprenda mi expo-
sición haré antes de entrar en ella, cuatro observacio-
nes a las palabras de la Revista Católica que dejo co-
piadas.
La Revista confiesa que no conoce el texto ni la his-
toria del Tratado argentino con la Inglaterra; y, sin
embargo, lo discute. Sin conocer el Tratado, le ocurre,
sin embargo, que las provincias no tienen obligación de
cumplirlo, y sin más q:;¿ por una ocurrencia tan libre
como cualquiera otra, allá va un consejo de rebelión a
pobres pueblos despedazados por la guerra civil.
La Revista habla el 10 de Septiembre, ¿ignora ella
que el 9 de Julio se han comprometido por un juramen-
to solemne las provincias a respetar y obedecer la Cons-
titución, que ratifica la libertad de cultos? ¿Tampoco
estarían obligadas a respetar el juramento, si el Trata-
do no las obligase de antemano ?
Ahora veremos que jamás las provincias han recha-
zado la libertad de cultos desde que fué consagrada por
las leyes y Tratados.
El silencio observado por la Inglaterra me dice una
cosa, y es que Inglaterra nada ha tenido que reclamar,
porque nada se le ha denegado. Si no ha exigido el de-
recho de ejercer su culto en las provincias interiores, ha
472
AL BERDI
sido porque ellas no contienen moradores ingleses que
lo ejerzan. ¿Para qué querría, por ahora esa libertad en
la Rioja, en Catamarca, en Jujui, etc., donde no hay
un solo inglés? Buenos Aires, único puerto de mar
hasta el año pasado, y por lo mismo la provincia úni-
ca que encierra una población inglesa considerable, tie-
ne tres templos de cultos disidentes, no en virtud de
la ley local, que Rosas hubiese destruido mil veces por
su gusto, sino en fuerza del Tratado con Inglaterra,
que nunca pudo derogar por más que quiso.
No he dicho que la libertad de cultos debe consignar-
se en la Constitución argentina por razón de estarlo en
el Tratado, sino en vista de la doctrina política que
llena todo el libro de mis Bases. He apoyado esa liber-
tad en el interés de la moral, de la población y de la
riqueza. La he deseado en la Constitución, como base
fundamental de progreso en Sudamérica.
He pedido esa libertad para todos los disidentes, de
cualquiera nación extranjera que fuesen, no en virtud
de la justicia del Tratado con Inglaterra, sino de esa
justicia anterior y superior a los Tratados, que no se
hizo por los diplomáticos, sino por el supremo legisla-
dor, que con la libertad religiosa, dio a todos los hu-
manos los derechos de propiedad y de industria, que la
vieja política anticristiana desconoció en su creación
divina, puesto que los otorgó en Tratados, como si fue-
sen creación su.ya.
Si en el sentir de algunos la libertad de cultos sea un
nial, es doctrina que no por ser diferente de la mía dejo
de respetar con todo el respeto que tengo a las opinio-
nes ajenas en materias de religión. Jamás se habrá visto
de mi mano una línea irrespetuosa contra ningún dog-
OBRAS SELECTAS
473
ma cristiano. Educado en el Catolicismo, que no cam-
biaría por ninguna otra religión, abrigo por las demás
el respeto que deseo para la mía.
Paso a demostrar que la libertad religiosa existe con-
sagrada hace treinta años en las leyes y en los Tratados
de la República Argentina, y forma a más de ello, una
de las tradiciones de su gran revolución política empe-
zada en 1810.
Desde muy temprano conoció la revolución argenti-
na que sus destinos americanos exigían un cambio de
la política colonial en materia de religión.
El 31 de Agosto de 1814 expidió la Asamblea gene-
ral un decreto sobre dispensas de matrimonios, conce-
bido en estos términos:
" La Asamblea general ordena que todas las autori-
dades, civiles y eclesiásticas, tengan en especial consi-
deración para las dispensas de matrimonios, la nece-
sidad del aumento de población en que se haya la
Améri ca. "
Al año siguiente, en Mayo de 1815, se promulgó
el Estatuto Provisional para la dirección del Estado.
Su capítulo segundo dispone lo que sigue: "Art . i.°
La religión católica, apostólica, romana es la religión
del Estado. " No excluye ninguna otra.
El Reglamento provisorio sancionado por el Con-
greso nacional de 1817, capítulo segundo, art. di-
ce lo que sigue: " La religión católica, apostólica, ro-
mana, es la religión del Estado. " Ni una palabra en-
cierra que excluya el ejercicio de otras religiones.
La religión del Estado (dijo también el art. i.° de
la Constitución general de 1819). " La religión católica,
apostólica, romana es la religión del Estado. El Go-
474
ALBERDI
bierno le debe la más eficaz y poderosa protección; y
los habitantes del Estado todo respeto, cualesquiera que
sean sus opiniones privadas." Ningún artículo de esa
Constitución recibida por toda la República, excluía el
ejercicio de otros cultos.
Abolida esa Constitución y caído el país en el pro-
vincialismo, Entre Ríos se dio un estatuto constitu-
cional en Marzo de 1822, en el cual nada dispuso so-
bre materia religiosa.
A los dos años se dio Corrientes su Constitución pro-
vincial de Septiembre de 1824, y por el art. i.° dis-
puso lo siguiente: " La religión del Estado es la cató-
lica, apostólica, romana." Ni ese articulo, ni ningún
otro excluyó el culto libre de otras religiones.
Ese era el estado del derecho constitucional argen-
tino, cuando se celebró el Tratado con la Gran Breta-
ña en 1825, que, como se ve, nada nuevo introdujo es-
tipulando una libertad, que por ninguna ley anterior,
•del tiempo de la revolución, había sido denegada.
Ese tratado fué estipulado en nombre de todas las
provincias argentinas, por autoridad reconocida en to-
das ellas.
El Congreso nacional de ese tiempo abrió sus se-
siones a fines de 1824.
El 23 de Enero de 1825, expidió una ley fundamen-
tal, por cuyo artículo 7.
0
dispuso lo que sigue: "Por
ahora y hasta la elección del Poder ejecutivo nacional,
queda éste provisoriamente encomendado al Gobier-
no de Buenos Aires, con las facultades siguientes:
"Segunda. Celebrar Tratados, los que no podrá rati-
ficar sin obtener previamente autorización del Con-
greso. "
OBRAS SELECTAS
475
El 2 de Febrero de 1825, usando de esa facultad na-
cional, el Gobierno de Buenos Aires, entonces ejerci-
do por el general D. J. G. de las Heras firmó el co-
nocido Tratado de amistad, comercio y navegación con
Inglaterra, del cual extractaré los lugares que hacen
a la cuestión.
"Habiendo existido por muchos años—empieza el
Tratado—un comercio extenso entre los dominios de
S. M. B. y los territorios de las Provincias Unidas del
Rio de la Plata, parece conveniente a la seguridad y
fomento del mismo comercio, y en apoyo de una
buena inteligencia entre S. M. y las expresadas Pro-
vincias Unidas, que sus relaciones ya existentes sean
formalmente reconocidas y confirmadas por medio de
un Tratado de amistad, comercio y navegación.
"Con este fin, han nombrado sus respectivos pleni-
potenciarios, a saber:
" S . M. el Rey del Reino Unido de la Gran Bretaña
e Irlanda al Sr. Woodbine Parish, Cónsul general de
S. M. B., en Buenos Ai res; y las Provincias Unidas
del Río de la Plata al Sr. D. Manuel J. García, Mi-
nistro secretario en los departamentos de Gobierno,
Hacienda y Relaciones Exteriores del Ejecutivo Na-
cional de las dichas Provincias.
"Quienes, habiendo canjeado sus respectivos pode-
res, hallándose éstos extendidos en debida forma, han
concluido y convenido en los artículos siguientes:
"Art . XII. Los subditos de S. M. B. residentes
en las Provincias Unidas del Río de la Plata, no serán
inquietados, perseguidos ni molestados por razón de
su religión; mas gozarán de una perfecta libertad de
476
ALBERDI
conciencia en ellas, celebrando el oficio divino, ya den-
tro de sus propias casas, o en sus propias y particula-
res iglesias o capillas, las que estarán facultados para
edificar y mantener en los sitios convenientes, que sean
aprobados por el Gobierno de las dichas Provincias
Unidas; también será permitido enterrar a los subdi-
tos de S. M. B. que muriesen en los territorios de las
dichas Provincias Unidas, en sus propios cementerios,
que podrán del mismo modo establecer y mantener.
Asimismo, los ciudadanos de las dichas Provincias Uni-
das gozarán en todos los dominios de S. M. B. de
una perfecta e ilimitada libertad de conciencia y del
ejercicio de su religión pública y privadamente en las
casas de su morada o en las capillas y sitios de culto
destinados para el dicho fin, en conformidad con el
sistema de tolerancia establecido en los dominios de
S. M. B. "
El 19 de Febrero del mismo año de 1825, obtuvo ese
Tratado siguiente:
RATI FI CACI ÓN DEL GOBI ERNO DE LAS PROVI NCI AS UNI DAS
DEL RÍ O DEL PLATA
"Sea notorio: que habiendo sido concluido y firma-
do en debida forma un Tratado de amistad, comercio y
navegación, el día 2 del presente mes de Febrero, por
D. Manuel José García, plenipotenciario de parte del
Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Pla-
ta, y el Sr. Woodbine Parish, plenipotenciario de par-
te de S. M. B. de cuyo Tratado la que sigue es copia
literal:
{Aquí.el tratado?)
OBRAS SELECTAS
477
"Nos, Juan Gregorio de las Heras, capitán general
y gobernador de la provincia de Buenos Aires, encar-
gado del Supremo Poder ejecutivo de las Provincias
Unidas del Río de la Plata, reunidas accidentalmente
en Congreso, habiendo, en cumplimiento de la ley fun-
damental de 23 de Enero de 1825, comunicado el dicho
Tratado al Congreso Constituyente para su consenti-
miento y obtenido su pleno poder y aprobación para
ratificar y confirmar dicho Tratado; por el presente
acto lo ratificamos y confirmamos en toda forma, com-
prometiéndonos y obligándonos en nombre de las di-
chas Provincias Unidas del Río de la Plata a que to-
das las estipulaciones hechas, y obligaciones contraí-
dos en él serán fiel e inviolablemente cumplidas. En fe
de lo cual firmamos de nuestra mano el presente ins-
trumento de ratificación, y hécholo refrendar por nues-
tro ministro secretario de Estado, en los departamen-
tos de Guerra y Marina, sellándole solemnemente con
el sello de la nación, en Buenos Aires, a diez y nueve
días del mes de Febrero del año de Nuestro Señor de
mil ochocientos veinticinco.
J UAN GREGORI O DE LAS HE R A S .
Francisco Cruz."
Así se estableció a principios de 1825, por Tratados
internacionales en todas las provincias, la libertad de
cultos, que por todas las Constituciones argentinas ha-
bía sido implícitamente admitida.
Veamos lo que sucedía a fines de ese mismo año,
en la provincia de Buenos Aires.
En el mes de Octubre, el Gobierno de la provin-
4 7
8
AL BERDI
cía dirigió un Mensaje a ia legislatura, que contenía lo
siguiente:
" . . . La paz ha disipado las tinieblas y destruido la
impostura; la libertad ha triunfado en todo; la invio-
labilidad de las personas y de las propiedades ha sido
reconocida como el principio vital de la sociedad. Pa-
rece, entretanto, no haberse reconocido suficientemen-
te la más absurda, la más espantosa de las tiranías,
pues que todavía se aplauden leyes que pretenden elu-
dir el derecho de pensar y de obrar según las impul-
siones de su conciencia. Esta provincia parecería des-
cender del punto de civilización que ha conquistado,
si no estableciera una ley de tolerancia, o pretendie-
se otorgar una libertad que la autoridad pública ha
estado siempre obligada a proteger; pero supuesto
que las viejas leyes necesitan de un acto auténtico pa-
ra su abolición, y para dar una garantía solemne a los
individuos que piensan residir en medio de nosotros,
el Gobierno no ha encontrado otro medio de obrar
con dignidad que proponiendo la ley que tiene el ho-
nor de someter a la consideración de los representan-
tes. Este acto, que completará la libertad de los ciu-
dadanos, no será menos glorioso que el que ha decla-
rado solemnemente la independencia de la República.
L A S HE R A S .
Manuel José García."
PROYECTO DE L EY DE LI BERTAD DE CULTOS
"Artículo único. Es inviolable en el territorio de
la provincia el derecho que todo hombre tiene para
dar culto a Dios Todopoderoso, según su conciencia."
OBRAS SELECTAS
47£
El 12 de Octubre de 1825, la Cámara de represen-
tantes adoptó y sancionó como ley ese proyecto, con.
adición del siguiente:
"Art . 2° El uso de la libertad religiosa que se
declara por el artículo anterior, queda sujeto a lo que
prescriben la moral, el orden público y las leyes exis-
tentes del país. "
La discusión no fué atropellada, ni la ley dada con
ligereza. Ella es expresión de la opinión general en
el Río de la Plata. Muy notable es el informe que la
Comisión de Negocios constitucionales dio el 7 de Sep-
tiembre a la Sala sobre el proyecto del Gobierno. No
lo transcribiré todo por demasiado extenso; pero to-
maré de él las palabras que hacen ver la perfecta in-
teligencia que se tenía ya en esa época, de las necesi-
dades del nuevo régimen americano:
"Los miembros de la Comisión de Negocios cons-
titucionales, han tomado en consideración el proyecto
de ley presentado por el Gobierno de la provincia so-
bre libertad de los cultos religiosos, y encontrándole
fundado en principios de sabiduría, de política y de
justicia, han creído de su deber adoptarlo, agregando
un artículo que consideran como natural consecuencia
del presentado por el Gobierno.
"Entrando en materia tan delicada, la Comisión ob-
serva que desde que la América del Sur ha roto sus
cadenas y se ha constituido nación libre e independien-
te, la naturaleza misma de este sistema invocaba des-
de su origen la destrucción de la intolerancia, que lar-
go tiempo privó a los cultos el uso de este derecho con-
solador de los más caros sentimientos del hombre."
48o A I B E R Ü I
" El tiempo, por fin, ha destruido del corazón de
nuestros ciudadanos los odios antiguos y los sentimien-
tos de desprecio con que se trataba a los extranjeros,
sobre todo a causa de su creencia. Hoy día se busca
en ellos la industria y el comercio; se contrae con
ellos amistades íntimas; ellos simpatizan por los prin-
cipios; en una palabra, ellos forman con nosotros una
sola familia ilustrada, unida, pacífica, exenta de las
discordias que alimentaban ante el error y la inexpe-
riencia. . . "
" . . . La Comisión cree que la libertad de cultos exis-
te de una manera positiva en el derecho que pertene-
ce a todo hombre de seguir la religión que le dicte
su razón; este derecho inherente a su naturaleza mis-
ma es absoluto e ilimitado."
". . . Cada individuo debe poseer la entera libertad
de ejercer públicamente el culto que profesa. Por otra
parte, la Comisión no puede olvidar que en la actua-
lidad es del más grande interés para Buenos Aires
que todos los diferentes cultos se ejerzan públicamen-
te, conforme a sus ritos y bajo la garantía de la ley;
nuestro país ha admitido en su territorio un concurso
de diferentes naciones que tienen un culto diferente, y
algunos de entre ellos podrían persuadirse que un
Estado que aprecia tanto las luces como las libertades
del hombre, tolere solamente su culto por gracia,
cuando debería hacerlo por justicia. Además, que la
práctica o ejercicio público de todos los cultos es sin
contradicción da base más firme de la moral, porque la
emolución recíproca trae un mejoramiento general. "
Así apoyaba el proyecto del general Las Heras la
Comisión de la Sala, compuesta de los diputados Vé-
OBRAS SELECTAS 4 81
lez, Rojas, Vela, Palacios y Lezica. La ley fué san-
cionada por unanimidad; y en los veintisiete años que
van corridos desde su sanción, ningún partido políti-
co ha pensado en derogarla.
Ese estatuto que la provincia tomaba de un Trata-
do de la República, recibía la tercera confirmación
implícita en la Constitución nacional de 24 de Diciem-
'bre de 1826, cuyo artículo 3.
0
declaraba religión del
Estado la católica, apostólica, romana, sin expresar ex-
clusión de ningún género.
Bajo el Gobierno de Balcarce, en 1833, se trató de
sancionar una Constitución para la provincia de Bue-
nos Aires. El proyecto fué redactado y presentado
oficialmente a la legislatura por una Comisión de su
seno, el cual quedó sin efecto, como se sabe, por cau-
sa de la revolución de Octubre, fomentada por Ro-
sas, alma de la política que nunca quiso Constitu-
ción.
El artículo 3.
0
de ese proyecto de Constitución para
Buenos Aires declaraba religión de la provincia la
-católica, apostólica, romana. Pero el artículo 4.
0
dis-
ponía lo que sigue: " Es , sin embargo (conformé a la
ley de 12 de Octubre de 1825), inviolable en el terri-
torio de la provincia * el derecho que todo hombre tie-
ne para dar culto- a Dios Todopoderoso, según su con-
ciencia. " La ley -no podía imponer opiniones al legis-
lador constituyente; sin embargo, los federales dé ese
tiempo confirmaban lo que habían establecido los"uní-
•faríos de
:
1825; o por mejor decir, lo que estaba esta-
blecido por toda la tradición constitucional de la Re-
pública Argentina. -En éste puntó, pues, lo que ha-he-
cho él Congreso de Santa Fe, lo que se ha propuesto
OBRAS SELECTAS. —Tomo V. 31
482
AL BERDI
por la provincia de Mendoza, no es otra cosa que l e
propuesto en 1833, en el proyecto de Constitución para
Buenos Aires.
La reseña que antecede, compuesta toda de docu-
mentos, demuestra la exactitud de mi aserto, desco-
nocido por la Revista Católica, en que dije que la
Constitución de 25 de Mayo y la proyectada por mí
para Mendoza no introducían variación alguna en el
derecho argentino, consagrando la libertad de cultos;
y que lejos de eso, toda sugestión dirigida a desviar
los pueblos del Plata de esa senda en que caminan ha-
ce más de treinta años, sería precipitarlos en noveda-
des imprudentes, en la felonía y en la guerra, su na-
tural resultado.
Se ha querido ver el mal espíritu, en el modo de re-
dacción del artículo 3.
0
de la Constitución de Mayo,
que impone al Estado el sostén de la religión católica,
apostólica, romana, sin hablar de adopción, como si el
Estado pudiese tomar a su cargo el sostenimiento de
un culto que no fuese el suyo.
Las palabras de la Comisión redactora del proyecta
promulgado el 25 del último Mayo, a las puertas de
Buenos Aires, son el mejor comentario del sano y re-
ligioso espíritu que preside a la moderna Constitución.
Hacen honor al Congreso de Santa Fe las palabras de
ese informe, en que aparece confirmada íntegramente
la tradición argentina del nuevo régimen en materia
religiosa. Dice así:
" El artículo del proyecto acuerda la protección úni-
ca posible al hombre sobre la religión que hemos he-
redado. Por ese artículo, es obligación del Gobierno
federal mantener y sostener el culto católico, apostó-
OBRAS SELECTAS 4 83
lico, romano a expensas del tesoro nacional. Concien-
cias timoratas han aplaudido el pensamiento de la Co-
misión, por cuanto esencialmente constitucional se li-
mita a imponer una obligación, sin la cual se debili-
taría el culto, aunque estuviese, por otra parte, amu-
rallado con intolerantes barreras. Es necesario que la
solemnidad y decoro de nuestro rito, que la dotación
del clero, sean deberes ciertos y obligatorios para el
tesoro federal. Al conceder a todo habitante de la
Confederación el ejercicio público de su culto, no se
hace más que escribir en el proyecto lo que está so-
lemnemente escrito en nuestro derecho obligatorio pa-
ra con las naciones extranjeras. El Tratado de 2 de Fe-
brero de 1825, acuerda a los subditos británicos la
libertad de la conciencia y el derecho de concurrir a
sus ritos públicamente; y tanto esta facultad como las
demás que encierra aquel Tratado, se han realizado sin
interrupci