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TESIS DE LICENCIATURA EN HISTORIA ARGENTINA Y AMERICANA

Krausismo y política en el
orden conservador de
Mendoza.
Aportes para el estudio del pensamiento
político-filosófico de Julián Barraquero desde
el análisis de sus obras y su actuación en el
periódico El Ferrocarril


12/12/2012




Director: Dr. Dante Ramaglia
Alumno: Manuel Díaz Márquez
N° Registro: 18122
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Índice
INTRODUCCIÓN
Estado de la cuestión, formulación del problema, objetivos generales y específicos,
hipótesis, metodología, desarrollo temático y delimitación del corpus..……………………pág.3
1.- CONFIGURACIONES POLÍTICO-IDEOLÓGICAS DEL ORDEN CONSERVADOR
ARGENTINO
Consenso y divergencias en las elites liberales-conservadoras argentinas (1853-
1890)......................................................................................................................pág.17
Ideas políticas y filosóficas en el proceso de consolidación del Estado nación argentino; la
introducción del krausismo……………………………………........................……………………...pág.20
2.- JULIÁN BARRAQUERO Y EL KRAUSISMO. LOS FUNDAMENTOS DE SU TESIS
DOCTORAL: ESPÍRITU Y PRÁCTICA DE LA LEY CONSTITUCIONAL ARGENTINA
Una interpretación iusnaturalista de la Constitución nacional argentina: la soberanía
“absoluta” y el derecho a la representación política………………………………………………pág.26
La política en la mira: instituciones, sistemas políticos y sociedades en el examen de la
filosofía jurídica de Barraquero……………………………………………………………….………………..pág.28
3.- INTERVENCIONES EN EL ESPACIO PÚBLICO: LA PRENSA, LAS ASOCIACIONES Y
LEY DE IMPRENTA.
La prensa de América Latina en el siglo XIX; un nuevo medio de hacer
política………………………………………………………………………………………………………..…pág.33
La consolidación de un nuevo actor político: la prensa en el orden conservador
mendocino……………………………………………………………………………………………………..pág.34
Las prácticas políticas conservadoras de Mendoza a la luz de la prensa: el periódico
El Ferrocarril……………………………………………………….…..…………………………….……...pág.38
Los “artesanos” y el rol de la opinión pública provincial y
nacional…………………………………………………………………………………………………………pág.44
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¿Clerical o liberal? El Ferrocarril en las tensiones ideológicas de la reforma laica del
Estado argentino (1880-1888)...........................................................................pág.48
Prácticas políticas y doctrina krausista en la discusión sobre una nueva esfera
pública ……….…………………..…………………………………..……………….……………....………pág.52
Reforma de la Ley de imprenta de la Provincia de Buenos Aires
(1890)…………………………………………………………………………………………………………….pág.59
4.- LA NOCIÓN DE SUFRAGIO EN EL PENSAMIENTO POLÍTICO-FILOSÓFICO DE
JULIÁN BARRAQUERO
Reforma electoral nacional de 1902……………………………………...………………………………….pág.65
Contexto político de la Ley de reforma electoral Sáenz Peña (1912)..........................…pág.70
Reforma electoral para el proyecto de la nueva Constitución de Mendoza de
1916………………………………………………………………………………………………………………………….pág.72
CONSIDERACIONES FINALES…..................................................................................pág.76












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INTRODUCCIÓN
A finales del siglo XIX fue cobrando cuerpo en Argentina una sociedad civil cada vez
más compleja, que se organizaba de manera relativamente autónoma respecto del
Estado, también en construcción. El surgimiento y desarrollo de un conjunto cada vez más
grande y variado de instituciones asociativas eran la expresión más visible de este
proceso. Sociedades de ayuda mutua, clubes sociales y deportivos, asociaciones de
inmigrantes y círculos culturales, daban muestra de ello. Hilda Sábato sostiene que estos
nucleamientos fueron surgiendo en el país desde principios del siglo XIX, pero fue después
de mediados del siglo que esas nuevas formas de sociabilidad se expandieron acelerada y
sostenidamente, creando una red institucional densa y visible (Sábato, H. 1998). En
Mendoza al mismo tiempo que surgen ese tipo de nucleamientos se expandía la prensa
escrita y un número creciente de diarios, periódicos y revistas de diversa índole circulaban
en la ciudad (Roig, A. 1963).
Dentro del panorama político nacional de fines del siglo XIX la década del `80 ha sido
presentada por la historiografía como la década del consenso entre un periodo anterior –
que, desde la generación del 37, aparece como el más rico en cuanto a personalidades y
debates en torno al diseño de nación- y otro posterior iniciado en 1890, fecha que
pareciera reabrir las discusiones sobre las transformaciones sociales, institucionales y
económicas que se desplegaban a los ojos de los protagonistas (Alonso, P. 2003).
En cuanto al análisis político del periodo se ha considerado a esta década en doble
rango; por un lado, ha sido entendida como el periodo germinal del sistema partidario en
la Argentina es decir, el inicio de la lenta formación de los partidos modernos. Por otro los
conflictos políticos solo han sido encontrados en las rivalidades existentes dentro del PAN.
Las luchas por los espacios de poder dentro del partido eran las contiendas existentes
dentro de la política nacional.
En términos ideológicos la década del 80 es también considerada como de marcada
homogeneidad apenas perturbada por los debates religiosos. Esta homogeneidad
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descansaba en el consenso sobre el que se construyó el “orden conservador” (Botana, N.
2012). Este consistió en la estructuración de un aparato estatal e institucional con una
participación política restringida de otros sectores sociales que no pertenecían a la élite
oligárquica y la persistencia de las ideas liberales que impulsaron un proyecto de
modernización nacional relativamente exitoso en el plano económico, a partir de un
modelo agroexportador que supuso la incorporación a un mercado mundial en expansión.
El otro componente ideológico principal son las doctrinas positivistas, o más propiamente
el cientificismo de la época, que en líneas generales prevalece como orientación de
sentido en el plano intelectual, en distintas prácticas relacionadas con el conocimiento y
en ámbitos institucionales (político-jurídico, médico, criminológico, educacional, etc.).
La última razón por la que esta imagen de consenso político ideológico ha persistido es
el grado de acuerdo amplio, alrededor de la Constitución del 1853. Sus preceptos eran
aceptados por todos los partidos (activos o pasivos) y no había significativas disidencias
sobre temas como la inmigración o el modelo económico (Alonso, P. 2003).
Existieron dos dimensiones por las que se vieron perturbados, el escenario de
homogeneidad ideológica y el consenso operado en torno a la teoría constitucional
argentina. La primera fue la polémica ideológica generada frente a las leyes de laicización
estatal. La segunda se focalizó en las distintas formas de interpretar y aplicar los principios
constitucionales. En estas divergencias críticas la dimensión ética y el derecho aparecieron
intrínsecamente relacionados lo que implicaba en el discurso un cuestionamiento ético del
estado y la necesidad de un planteo de una reformulación del sistema político y sus
prácticas. Este cuestionamiento ético se hará manifiesto durante el gobierno de Juárez
Celman, con la revolución de la Unión Cívica de 1890.
Dentro de las doctrinas filosóficas políticas en las que se realizó un cuestionamiento
ético al estado encontramos al krausismo que si bien no se aparta de las doctrinas
liberales va a revisar su sesgo individualista, al incorporar una dimensión social al ámbito
jurídico-político (Biagini, H. 1989). Su particular concepción natural del derecho, de la
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personalidad humana y de las asociaciones intermedias, produjo una reformulación
teórica de la relación entre el estado y la sociedad civil.
El pensamiento filosófico krausista fue analizado desde la historia de las ideas por
Arturo Andrés Roig en su trabajo: Los krausistas argentinos. Los estudios de Roig sobre el
krausismo han sido fundamentales para mostrar la incidencia que tuvieron sus ideas en
los ámbitos político, jurídico y pedagógico, evaluando su significación intelectual y
sociopolítica en nuestro país durante una etapa que frecuentemente se englobaba bajo la
hegemonía ejercida por el positivismo.
Representante principal de esta línea de pensamiento fue Julián Barraquero nacido en
Mendoza en 1856. La tesis de Barraquero de 1879, Espíritu y práctica de la Constitución
Argentina, es considerada como uno de los primeros trabajos intelectuales del krausismo
argentino (Roig, A. 2006).
Barraquero ocupó durante más de 50 años bancas legislativas, ministerios, cargos
judiciales, cátedras en colegios secundarios y en universidades. Fue hombre de consejo
para muchos de los miembros de su generación y jefe de fracciones políticas, además de
difundir públicamente sus ideas en la prensa escrita. En 1882 fundó y editó el periódico El
Ferrocarril de Mendoza, considerado de tendencia conservadora y clerical en algunos
periodos (Ponte, R. 2006).
De esta experiencia surgió en Barraquero la necesidad de encontrar un marco jurídico,
que ordenara las competencias de los distintos poderes en relación con la prensa. Como
legislador de la provincia de Buenos Aires elaboró la Ley de Imprenta de 1890, donde se
prestó principal atención a delimitar cuales son las competencias propias de la prensa y
cuál es la competencia real de los poderes del Estado respecto a ella. A través de esta ley
se impidió ejercer censura tanto al Poder Ejecutivo como al Legislativo, estas censuras se
realizaban mediante ejercicios opresivos previos a las publicaciones y también en forma
de leyes que imponían censuras especiales.
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Ocupó también los cargos de Juez del Crimen y Juez en lo Civil y Comercial de la
provincia. En 1888 fue elegido senador provincial por la Provincia de Buenos Aires, ocasión
en la que proyectó la Ley de Municipalidades Autónomas. En 1890 fue Ministro de
Hacienda de la provincia de Mendoza; entre 1892 y 1898 ocupó bancas en la Legislatura
de Mendoza, como diputado y senador. Entre 1898 y 1904 se incorporó al Congreso de la
Nación. Desde su cargo como Ministro de Gobierno de la provincia colaboró en la
elaboración de la Constitución de Mendoza de 1916.
Participó del elenco inicial de la Unión Cívica de Mendoza aunque luego colaboró con
gobiernos ajenos y muchas veces opuestos a la fracción que se agrupó en torno a esta
formación política.
La línea de pensamiento krausista significó un aporte fundamental a las bases políticas
e ideológicas del primer partido moderno argentino, la U.C.R. El radicalismo se inició en el
contexto de la crisis de 1890, ocasión de las manifestaciones disidentes frente al régimen
conservador hegemónico en particular por la implementación de un sistema de
ciudadanía restringida. El krausismo también influenció doctrinalmente a referentes de
otras fracciones políticas que apoyaron el régimen oligárquico desde posiciones liberales
reformistas, como es el caso citado del autor que estudiamos, Julián Barraquero, y se ha
destacado también esta influencia en miembros destacados del roquismo como es el caso
de Joaquín V. González (Cfr. Ramaglia, 2008).
Como hemos observado en aquel escenario histórico se expandieron nuevas formas de
sociabilidad política creando una red institucional densa y muy visible conformada
principalmente por las nuevas formas de asociación y por la difusión que alcanza la prensa
con la ampliación del público lector. Este desarrollo puede interpretarse como el síntoma
de una esfera pública en construcción durante el período que comprende la primera
modernización nacional a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX.
Protagonista de los principales movimientos asociativos de aquella etapa, el
desempeño de Julián Barraquero en la prensa adquiere dimensiones propias de las
prácticas políticas de las sociedades civiles modernas. Retomando el concepto de
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Habermas acerca de las asociaciones como instituciones decisivas en la conformación de
la esfera pública burguesa, Hilda Sabato muestra como diarios y asociaciones no
solamente actuaron en el campo limitado de la representación, defensa o protección de
los intereses y opiniones de sus bases, sino que constituyeron una trama de vínculos e
intercambios entrecruzados. El estudio de las prácticas políticas en la esfera pública nos
proporciona, entonces, acercamientos a la relación gobernantes-gobernados y a la
formación de nuevos sujetos políticos.
Estado de la cuestión
Las ideas político-filosóficas de Julián Barraquero han sido abordadas por Arturo Roig y
Alejandra Masi en sendos trabajos. Masi analizó el pensamiento político-constitucional de
Barraquero en el siglo XIX, dándole centralidad en su estudio a la tesis doctoral del autor y
algunas reformas de carácter institucional, como por ejemplo la Ley de Municipalidades
Autónomas de la provincia de Buenos Aires de 1890 (Masi, A.1999). Arturo Roig examinó
desde la historia de las ideas las teorías filosóficas de Barraquero mediante dos principales
obras: Los krausistas argentinos (Roig. A, 2006) y Julián Barraquero: krausismo y economía
política (1881) (Roig. A, 1968).
Rescatamos de estos dos trabajos; por un lado la propuesta de análisis de Roig que
destaca a la corriente de pensamiento krausista como dimensión ideológica fundamental
en las obras de Barraquero; y por otro el aporte realizado por Massi para dimensionar el
pensamiento político-constitucional del autor en el siglo XIX.
En el comienzo del presente estudio también abordaremos la tesis doctoral de Julián
Barraquero con la intención de rastrear las inquietudes filosóficas que acompañaron el
comienzo de su trayectoria política. Consideramos que este primer enfoque nos permitirá
profundizar luego en el examen sobre cuál fue el trasfondo ideológico, que pudo haber
existido al momento de su participación en la prensa escrita provincial de fines de siglo
XIX. Teniendo en cuenta los trabajos mencionados anteriormente sobre Barraquero,
consideramos que la investigación realizada en el presente estudio sobre su desempeño
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en la prensa escrita provincial representa un aporte original para el estudio de su
pensamiento político-filosófico.
En la segunda parte de esta tesis de licenciatura intentaremos indagar cual fue la
concepción que tuvo Barraquero sobre el sufragio. Comenzaremos revisándola tanto en su
tesis doctoral como en el periódico El Ferrocarril para luego analizar dos proyectos de
reforma electoral propuestas por el autor para los años 1902 y 1916. Si bien Roig y Massi
consideraron en sus trabajos cual fue el pensamiento de Barraquero sobre el sufragio,
pensamos que se detuvieron en el examen sobre lo que podríamos denominar la
“concepción original” de este. Tomando en consideración estos precedentes entendemos
que representa una colaboración original para el estudio del pensamiento del autor, la
observación sobre cómo fueron desarrollándose estas teorías a lo largo de décadas
posteriores, que alcanzan al principio del siglo XX. Creemos que este enfoque completa los
primeros análisis realizados sobre una noción central del pensamiento de Barraquero,
como lo fue la de sufragio.
Teniendo en cuenta las líneas investigativas presentadas se ha seleccionado para el
análisis de las obras del autor el ciclo histórico-político de la República Argentina
comprendido entre 1880 y 1916 el cual converge con lo que numerosos investigadores
han definido como el correspondiente al “orden conservador”.
Formulación del problema
Consideramos de importancia para la elaboración del presente trabajo el enlace entre
las perspectivas que ofrecen la historia de las ideas, los aportes de la historia intelectual y
la nueva historia política. Esperamos que este cruce disciplinar nos ayude a responder
algunas inquietudes además de contribuir a nuestra formación en esos campos de
investigación de las disciplinas históricas. En particular nos proponemos desarrollar un
trabajo que aborda lo local desde el estudio de un caso específico sin perder de vista sus
vinculaciones con lo macro, es decir la inserción en la historia política y la historia de las
ideas a nivel nacional.
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Entre las aproximaciones a nuestro objeto de estudio que se desprenden de estos
enfoques, se destaca la posibilidad de indagar: ¿quiénes son estos actores políticos
caracterizados como intelectuales y cuáles eran sus formas de sociabilidad? De ese
interrogante se desprenden una serie de cuestiones como el interés de precisar: ¿cuáles
eran las influencias que ejercen los intelectuales y la prensa en el momento de transición
que se verifica con la modernización de esa etapa? De allí también se puede analizar: ¿qué
grado de sistematización registran las ideas y proyectos que se proponen respecto a la
dirección asumida por el país y de qué manera inciden en dar forma a la opinión pública?
Otras cuestiones se relacionan directamente con el escenario político y filosófico en el
que se desempeñó Julián Barraquero, en este sentido nos preguntamos: ¿cuáles fueron
las ideas filosóficas y políticas que sirvieron de sustento a la reforma política de fines de
siglo XIX y principios del siglo XX?;¿fue la prensa un instrumento efectivo para la difusión
de esas nuevas corrientes de pensamiento que pretendían reformular las prácticas
políticas existentes?; ¿de qué naturaleza eran las prácticas políticas en una sociedad civil
en formación como Mendoza a fines del siglo XIX?
En el ámbito de la construcción del estado nación argentino, encontramos la polémica
ideológica generada frente a las leyes de laicización estatal. Teniendo en cuenta este
contexto y las formación jurídico ideológica del autor, indagaremos: ¿qué tipo de
divergencias político ideológicas, pudieron existir dentro del consenso hegemónico en
torno a modelo de construcción de la nación argentina?; ¿cuál fue la influencia de las
ideas político filosóficas, en la formación de los discursos divergentes y/o opositores al
régimen conservador?
En cuanto al debate jurídico-político del periodo, nos parece interesante preguntarnos:
¿existió una dimensión crítico-social en las concepciones de Julián Barraquero sobre la
aplicación práctica de la constitución argentina de 1853?


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Objetivos generales
• Considerar los alcances que tuvo el pensamiento político-jurídico argentino de
fines del siglo XIX respecto a la formación de la sociedad civil, haciendo foco en particular
en la obra de Julián Barraquero.
• Rastrear en la producción periodística provincial de la década de 1880 las
expresiones político-filosóficas que dentro del espacio público sustentaron un
determinado modelo de nación.
• Responder mediante las herramientas teórico-metodológicas de la historia política
las formas en las que prensa intervino en la difusión de ideas políticas.
Objetivos específicos
• Analizar los artículos periodísticos de Julián Barraquero en la prensa escrita de
fines del siglo XIX para mostrar sus proyecciones políticas.
• Revisar la tesis doctoral de Julián Barraquero para dimensionar la crítica jurídico-
política de su obra.
• Utilizar herramientas metodológicas referidas al análisis discursivo en los textos
periodísticos de El Ferrocarril para señalar sus configuraciones ideológicas dentro de los
discursos políticos provinciales de fines de siglo XIX.
• Visualizar en la obra de Barraquero la presencia de concepciones correspondientes
al pensamiento de la Argentina moderna, en que se confrontarían las líneas procedentes
del espiritualismo humanista con las doctrinas del cientificismo introducido en las dos
últimas décadas del siglo XIX.
Hipótesis principales
Como primera hipótesis consideramos que la doctrina jurídica del krausismo fue una de
las concepciones que contribuyó a replantear las relaciones entre el Estado y la sociedad
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civil en función de los cambios profundos ocurridos durante la formación de la Argentina
moderna. Desde esta corriente pensamos que se intentaron llevar adelante propuestas de
reforma del régimen político conservador para dar lugar a una apertura democrática.
El krausismo tuvo como característica naciente la esencial relación entre moralidad y
derecho bajo exigencia de juzgar siempre al hombre por entero y en cada uno de sus
actos. Teniendo en cuenta estos preceptos podemos consideramos como segunda
hipótesis, la existencia de un área de encuentro creciente entre el krausismo y el
humanismo moderno caracterizada por puntos conectivos como:
• La consideración del concepto de naturaleza humana como explicativo de los
fenómenos socio-históricos y fundante del derecho.
• La concepción de la historia como proceso teleológico, cuyo sentido se orienta
según la visión armónica del mundo de las relaciones sociales y hacia la realización de la
humanidad.
• Una concepción ética de lo político, asociada a la ampliación de los derechos
humanos, tal como fue formulada según las doctrinas liberales reformistas de la época
para incluir derechos sociales que se concibieron como condiciones para la vida humana.
Como última hipótesis consideramos que la visión moral de la política presente en las
teorías filosóficas krausistas condicionó parte de las prácticas políticas de la oposición al
orden conservador, al observar la dinámica política desde un marcado eticismo. A nuestro
entender esto pudo traducirse en la presencia de ciertos límites a la hora de comprender
los procesos de transformación socio-económicos operados en Argentina a fines del siglo
XIX y principios del XX.
Desarrollo temático y delimitación del corpus
Para dimensionar la crítica jurídica y el pensamiento político filosófico en la obra de
Julián Barraquero se ha procedido en la primer parte de este presente trabajo a dar un
panorama de cómo era el escenario ideológico de fines del siglo XIX en la Argentina. En
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este sentido también se indagaron cuáles fueron las bases del consenso político-
ideológico del régimen liberal y conservador observado por la historiografía política para
el periodo que abarca entre 1853 y 1890. Tomando como referencia el estudio de Roig
(2006) ya se ha mencionado que el krausismo ejerció una importante influencia en el
pensamiento de Barraquero. Partiendo de esta base se ha intentado en el presente
trabajo rescatar cuales fueron los orígenes de esta filosofía y cómo fue su llegada al Rio de
la Plata. También se han considerado en el análisis las etapas de esta doctrina y la
influencia de la misma en las primeras obras del autor.
Teniendo en cuenta que la mayor parte de la actuación política de Barraquero se
produjo en el escenario político provincial y nacional, hemos intentado acercarnos a
caracterizar cuáles fueron las prácticas políticas predominantes en la elite gobernante
tanto de Mendoza como de Argentina a fines del siglo XIX.
Pensamos que el análisis de los artículos periodísticos de Julián Barraquero en la prensa
escrita provincial de fines del siglo XIX nos puede servir de aporte para rastrear sus
proyecciones en el campo político y en la constitución de una sociedad civil más compleja.
De esta manera se procedió en el segundo capítulo de la presente tesis de licenciatura a
introducir brevemente cómo fue el origen y qué rol tuvo la prensa en América Latina en el
siglo XIX, haciendo foco en las formas en que ésta se estructuró en la provincia de
Mendoza a fines de la centuria. Dentro de este capítulo se ha transcripto un fragmento del
discurso de Julián Barraquero, que se refiere a la reforma de la Ley de Prensa de la
Provincia de Buenos Aires de 1890. Pensamos que este texto nos permite aproximarnos al
modo en que el autor dimensionó una posible reforma de los medios de la época
partiendo de una concepción particular de la historia de la prensa nacional. Esta
conceptualización creemos que nos puede brindar herramientas de análisis para entender
como Barraquero definía nociones claves de la sociedad civil de aquel momento, como lo
son la opinión pública, la prensa y la relación de éstas con los poderes del Estado.
Considerando que el análisis de la noción de sufragio en el pensamiento de Barraquero
nos puede acercar al núcleo de su pensamiento político filosófico, se han seleccionado (en
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la última parte de este trabajo) las reformas electorales propuestas por el autor a lo largo
de su trayectoria, principalmente las relativas las reformas que se impulsan y debaten en
los años 1902 y 1916. Creemos que mediante este enfoque también podremos llegar a
saber cuál fue su concepción sobre categorías claves para entender algunos procesos
políticos de la época. Estas son las de sujeto, ciudadanía, ciudadanía política y sociedad
civil. Para el análisis de la reforma electoral de 1916 propuesta por Julián Barraquero se ha
privilegiado la explicación del contexto desde un enfoque historiográfico que analiza
cuales fueron las causas posibles de la Ley Sáenz Peña de 1912. De esta manera pensamos
que alcanzaremos a comprender cuál fue la coyuntura político-ideológica que sirvió de
trasfondo para la reforma electoral propuesta por el autor unos años más tarde.
Metodología
De acuerdo al desarrollo temático mencionado anteriormente, se procedió en forma
inicial a una lectura y selección de las obras de Julián Barraquero que conformaron el
corpus principal de nuestro estudio:
• Artículos del periódico El Ferrocarril, comprendidos entre los años 1883 y 1889.
• Introducción y los primeros cuatro capítulos de la tesis doctoral de Barraquero,
titulada Espíritu y práctica de la Ley Constitucional Argentina de 1889.
• Ley de Imprenta de la provincia de Buenos Aires de 1890.
• Reforma electoral nacional de 1902.
• Proyecto de reforma Constitucional de Mendoza de 1916.
Se procedió a indagar el corpus seleccionado desde distintas perspectivas
metodológicas que confluyen en el análisis histórico.
Se realizó un análisis crítico interpretativo de los textos de Julián Barraquero desde dos
campos. Primero desde la historia de las ideas, teniendo en cuenta los aportes de José
Gaos, su revisión crítica por parte de Augusto Salazar Bondy y Leopoldo Zea, y la
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ampliación metodológica propuesta por Arturo Andrés Roig a partir de la incorporación
del giro lingüístico.
Dentro de estos trabajos destacamos el aporte que Roig hace desde su obra: Para una
lectura filosófica de nuestro siglo XIX (Roig, A. 2008). El autor plantea que para llevar a
cabo una buena lectura de los discursos político-filosóficos no sólo se debe realizar una
descripción de los contenidos filosóficos de los mismos sino preguntarse por el fin
perseguido en la elaboración de éstos, en los cuales se pone en juego una voluntad de
fundamentación aun cuando no sean textos considerados formalmente como filosóficos y,
al mismo tiempo, es necesario ubicarlos en su contexto social y político.
En cuanto al modo de aproximación al momento de la producción discursiva, Roig
afirma que hay que tener en cuenta que a través de los discursos de una época puede ser
reconstruido lo que identifica como “el sistema de contradicciones que atraviesa la
totalidad de la realidad social”. Este sistema se corresponde con lo que denomina el autor
como “universo discursivo”, que abarca la totalidad de los textos, actuales o posibles, que
se presentan en un momento determinado. En esa totalidad se reconocen las diferentes
estructuras categoriales y valorativas de las formaciones discursivas que es posible
confrontar en la interpretación de las mismas, en que se alude por medio de ellas a
distintos sujetos sociales (Roig, A.1993). En este sentido, la forma en que un discurso se
refiere a otro, al mismo tiempo que se remite al contexto, permite analizar cómo son
asumidos los sujetos y enunciaciones dentro de una relación intertextual, desde la
perspectiva que su presencia pone de manifiesto la conflictividad existente en el periodo
analizado (Roig, A.2008).
En segunda instancia se trabajó a partir de los aportes de la nueva historia política.
Desde esta perspectiva se ha puesto foco recientemente a algunas zonas poco transitadas
de ese campo, en que a los estudios clásicos sobre la actuación de líderes y partidos, se
han agregado análisis que involucran a sectores más amplios de la población. Así por
ejemplo cuestiones referidas a las prácticas electorales, las formas de acción y
movilización de la sociedad civil se han convertido en centrales para la historiografía
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reciente, no únicamente para el caso de la Argentina. El estudio de las prácticas políticas
en la esfera pública nos proporciona, según pensamos, acercamientos a la relación
gobernantes-gobernados y a la formación de nuevos sujetos políticos.
Dentro de estas nuevas temáticas también se ha abordado el estudio de la constitución
del movimiento asociativo y la expansión de la prensa escrita. Es uno de los objetivos
centrales de esta tesis de licenciatura revisar estas dos temáticas combinándolas con
preguntas más clásicas sobre las elites y sus organizaciones políticas.
Con respecto a la producción discursiva, se consideraron los discursos como formas de
objetivación práctica, recurriendo a los aportes de la teoría del discurso. Asimismo se
trabajaron los artículos de los periódicos seleccionados desde la teoría de las
representaciones (Van Dijk, T. 2000) en particular desde la categoría de convergencia
discursiva (Glaser y Strauss, 1967), la misma alude a aquellos textos que construyen
objetos y que proponen modelos de interpretación y de legitimación con características
similares, que pertenecen a la misma formación discursiva y que fueron producidos en el
mismo o similar periodo de tiempo.
Se procedió en la elaboración de la tesis según los siguientes momentos:
1. Etapa exploratoria: en un primer momento se realizó un rastreo bibliográfico y una
delimitación del corpus, es decir, la selección de las obras del autor a ser estudiadas,
según los criterios de pertinencia temática. También se trabajó en la lectura de
bibliografía epistemológica y metodológica.
2. Etapa analítica: los textos seleccionados fueron interrogados desde su inscripción
histórica pero sin olvidar las inquietudes del presente, su interpretación se abordó desde
la construcción de un marco teórico. Se tuvo en cuenta el análisis según las categorías
propias del humanismo crítico latinoamericano y según las relaciones programáticas con
situaciones concretas. También se llevó a cabo el análisis desde diversas categorías que
abordan el fenómeno histórico político, entre algunas de ellas destacamos las de sujeto,
ciudadanía, asociaciones, opinión pública, etc. Se procedió mediante la confección de
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fichas, la elaboración de cuadros analíticos y comparativos, al estudio crítico y la
elaboración de informes parciales.
3. Etapa de síntesis: se sistematizaron los resultados del análisis y se organizaron de
modo que resultaron configuraciones aprensibles y demostrativas de las relaciones que
pudieran haberse establecido entre las distintas perspectivas de análisis.
Queremos destacar que esta tesis de licenciatura es también resultado y continuación
del proyecto de investigación aprobado por Secyt (para el periodo bienal 2011-2012)
titulado: Aportes para el estudio del pensamiento político-filosófico de Julián Barraquero
desde la Historia de las Ideas y la Nueva Historia Política.












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1
CONFIGURACIONES POLÍTICO-IDEOLÓGICAS DEL ORDEN
CONSERVADOR ARGENTINO
Consenso y divergencias político-ideológicas, en las elites
liberales conservadoras argentinas (1853-1890)
La elite liberal conservadora argentina se instaló hegemónicamente en el poder político
y económico después de la batalla de Caseros (Romero, J, L. 2011). En los comienzos la
conducción estuvo en manos de la generación del 37, quienes le dieron a esta elite su
contenido ideológico original.
En el plano de la organización política esto se tradujo en la formula alberdiana de
“República posible” que fue diseñada en el momento del establecimiento del orden
constitucional del país luego de la caída de Rosas. Bajo la idea de constituir a una sociedad
civil hasta entonces inexistente se concedían garantías para los derechos individuales pero
al mismo tiempo se restringía la participación política de la ciudadanía, al no definir
ningún medio práctico para hacer efectiva la representación (Botana, N.2012). En Bases y
puntos de partida para la organización política de la República Argentina, Alberdi
conjugaba las libertades civiles con un estricto control del acceso a las funciones
gubernamentales. El acto de seleccionar los medios para regular las prácticas políticas
quedaría en manos de los individuos y las clases que detentaban posiciones de poder, esto
terminó reflejándose en el manejo del poder electoral, que residía en los recursos
económicos o coercitivos de los gobiernos y no en la participación de sectores amplios de
la población. Los electores eran de esta manera siempre los gobernantes. Las elecciones
consistían en la designación del sucesor por el funcionario saliente y el control del proceso
era ejercido por los magistrados sobre los gobernados (Cfr. Botana, N. 2012).
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El proceso se profundizó adquiriendo centralidad en 1880 con sucesos políticos claves
como la capitalización de Buenos Aires, la eliminación de milicias provinciales y el control
territorial extensivo del territorio nacional. Con los cambios operados a partir de este
momento, se consolidó el poder económico de un grupo social, cuyos miembros fueron
naturalmente aptos para ser designados gobernantes. En este sistema los únicos que
podían participar en el gobierno fueron aquellos habilitados por la riqueza, la educación y
el prestigio. Esto implicaba que el poder económico coincidiera con el poder político,
desde allí parte la definición de estos grupos como oligarquía.
Según Natalio Botana hay tres puntos de vista que se entrecruzan cuando se emprende
el análisis del fenómeno oligárquico en la Argentina: 1) la oligarquía es una clase social
determinada por su control económico; 2) la oligarquía es un grupo político que se
corrompe por motivos diversos; 3) la oligarquía es una clase gobernante con espíritu de
cuerpo y con conciencia de pertenecer a un estrato político superior, integrada por un tipo
específico de hombre político: el notable (Botana, N. 2012). El autor sostiene que para
explicar la total dimensión política de esta clase hegemónica hay que hacer foco en dos de
los principales supuestos del fenómeno oligárquico. El primero es que este grupo de
actores calificados por su riqueza y prestigio se ponen de acuerdo respecto de un conjunto
de reglas que garantizan el derecho de la oposición política a suceder pacíficamente a los
gobernantes, el segundo es que en reemplazo del primero (el derecho de la oposición a la
sucesión) se instaura la supremacía del grupo gobernante sobre la minoría disidente.
Mientras en el primer caso la hegemonía no es percibida como tal por los miembros de la
minoría oligarquía, en el segundo el dominio gubernamental se despliega tanto sobre la
mayoría de la población, pasiva y no interviniente, como sobre los miembros
pertenecientes al estrato superior que emprende una actividad opositora.
Este proceso de supremacía de una parte de la elite tuvo mayor intensidad hacia 1880
con la presidencia de Julio Argentino Roca, acentuándose entre 1886 y 1890 con la
presidencia de Juárez Celman, lo que tuvo su correlato a nivel de disidencias en las elites
conservadoras provinciales, como por ejemplo la de la provincia Mendoza. En 1890 el
proceso de crisis oligárquica llego a su desenlace con la revolución de la Unión Cívica.
19

Una de las características del orden político del periodo 1880-1890 que ha sido
frecuentemente destacada por especialistas es el alto grado de acuerdo entre los
principales actores sobre los fundamentos políticos y económicos de la sociedad
argentina; en palabras de Federico Pinedo: “hombres de los distintos partidos tenían el
mismo concepto de la vida colectiva y parecidas concepciones en cuanto a la organización
económica” (Pinedo, F. citado en Zimmerman, E. 1995. Pág. 41). Esta visión de la cultura
política del periodo como ideológicamente homogénea no debe ser exagerada. Si bien el
liberalismo y el conservadurismo ejercieron influencias en todas las fuerzas políticas del
momento sobre este piso ideológico común se levantaron con frecuencia la diversidad y el
disenso ya que el liberalismo latinoamericano del siglo diecinueve abarcaba una variedad
de temas que excedían la identificación con el liberalismo económico. Según Eduardo
Zimmerman los liberales latinoamericanos debieron conciliar su preocupación por los
límites del poder estatal con las exigencias de construcción de las naciones Estados
respectivas, lo que no siempre produjo posiciones doctrinarias o políticas totalmente
coherentes (Zimmerman, E. 1995).
Se ha argumentado que en América Latina del siglo diecinueve, “conservador” y
“liberal” fueron observados como características complementarias más que opuestas,
dado el dilema que planteaba a las nuevas naciones la dicotomía entre orden y libertad.
En Argentina tanto la Constitución de 1853 como las reformas institucionales de 1880
reflejaron la coexistencia de fuertes principios liberales y de una aceptación del “espíritu”
conservador como reaseguro contra la tendencia a las luchas internas y a la anarquía. La
constitución de 1853 había sancionado esa fórmula al seguir la receta imaginada por
Alberdi: la extensión de amplias libertades civiles y económicas junto a una estructura de
poder político centralizada y concentrada en el Ejecutivo nacional (Botana, N. 2012). En
esta vertiente el conservadurismo significada la oposición a cambios bruscos en el orden
político.
La corriente doctrinaria contraria a este liberalismo fue la oposición católica. En
particular se oponía a las transformaciones institucionales secularizadoras impulsadas por
el roquismo a partir de 1880. Las reformas institucionales introducidas –la creación del
20

Registro civil, la secularización de los matrimonios y del registro de nacimientos y
defunciones, el establecimiento de un sistema nacional de educación primaria laica-
enfrentaron al Estado liberal con la Iglesia, dando lugar a la confrontación ideológica más
importante del periodo (Zimmerman, E. 1995).
Existió otra corriente que podría identificarse también como conservadora, que tenía
varios puntos de contacto con la oposición católica contraria a las transformaciones
inspiradas por el liberalismo. Esta tendencia tuvo como uno de sus principales puntos la
argumentación de que la centralización de poder del Estado liberal culminaría con la
muerte de “los derechos municipales” y del localismo, en definitiva con la extinción de
toda protección de derechos y libertades que no fueran otorgados por el Estado central.
Está línea se acercó, durante los procesos de laicización estatal y de reforma estatal, a las
posiciones doctrinarias católicas. En esta corriente se pueden identificar entre otros a
Leandro Alem, José Matienzo y también a Julián Barraquero.
Para Arturo Roig las divergencias político-ideológicas estuvieron ligadas al hecho que la
oligarquía liberal conservadora “cayó en las más desvergonzadas prácticas políticas y el
más descarado fraude con tal de sostenerse en el poder”, esto obligaría al “despertar de
muchos de sus miembros integrantes” (Roig, A. 2006. Pág.20).
Las ideas políticas y filosóficas en el proceso de consolidación
del Estado nación argentino; la introducción del krausismo
El proceso que lleva a la formación de la Argentina moderna tuvo su correlato en el
campo cultural, del cual haremos referencia especialmente a las ideas políticas y
filosóficas. Hacia 1880 la corriente intelectual predominante fue el positivismo, el cual se
relaciona con la incorporación de una “cultura científica” en la mentalidad de la elite
dirigente y en distintos ámbitos institucionales. Sus orígenes están relacionados con la
difusión de una nueva concepción del conocimiento que se basa en la observación y el
método experimental, dejando de lado toda especulación metafísica que no pudiera ser
comprobada. En la educación argentina su influencia se hizo sentir primero en la Escuela
21

Normal de Paraná y la Universidad de Buenos Aires, en particular en las carreras de
Derecho y Medicina, para dar lugar posteriormente a un desarrollo notable de las ciencias
naturales y sociales, producidas a través de las instituciones y publicaciones científico-
educativas creadas en esa etapa. Por otra parte, este movimiento ejerció gran influencia
en la esfera pública, ya sea porque conformaría la mentalidad predominante en el terreno
político e intelectual, así como daría sustento a la acción sobre la sociedad desplegada a
través de diversas prácticas institucionales que se vincularon al positivismo jurídico, la
criminología y la psiquiatría, la medicina y el higienismo, la educación basada en la ciencia
experimental, entre las principales. En el plano ideológico puede observarse que en
cuanto sustenta el progreso a partir de una racionalidad científica resultó funcional al
proyecto de modernización, al contribuir a la implementación de políticas que buscaban
diseñar un determinado modelo de sociedad y de los sujetos aptos para la misma, a la vez
que fue ciertamente selectiva respecto a sectores que se consideraron no posibles de
integrar (Terán, O.2000). Las doctrinas políticas derivadas del cientificismo se presentaron
como convergentes con el liberalismo, particularmente a través de la síntesis que
proponía el pensamiento de Herbert Spencer, quien fue uno de los autores más
difundidos, en lugar del positivismo ortodoxo representado por Comte. Asimismo las
influencias de corrientes cientificistas y autores de la época fueron múltiples, incluyendo
un desarrollo propio que seguiría este movimiento en nuestro país con figuras destacadas
como José Ingenieros (Soler, R.1968).
Sin embargo existieron otras vertientes ideológicas y filosóficas menos estudiadas y
que tuvieron antecedentes en la primera mitad del siglo XIX y que se mantuvieron
vigentes a lo largo de este siglo hasta las primeras décadas del siglo XX. Entre ellas se sitúa
lo que Juan Bautista Alberdi llamó espiritualismo o lo que corresponde al «período
espiritualista» en términos de Arturo Ardao. Los aspectos comunes a todos los
espiritualistas eran entre otros: valor metafísico de la razón, eternidad de la verdad,
existencia de principios innatos, inmutabilidad de la naturaleza humana, existencia de
Dios o de un espíritu supremo y una visión filosófica de la historia. El romanticismo social
de la generación del 37 se inició desde este trasfondo espiritualista, el cual sigue un
22

desarrollo en distintas expresiones y deriva en un momento posterior hacia el
racionalismo, visible en la lucha a favor de la enseñanza laica contra pensadores y políticos
católicos. Pugna que por cierto, según asevera Arturo Andrés Roig, no se instauró con
positivistas sino entre racionalistas y católicos. Tanto Domingo Faustino Sarmiento como
Juan Llerena fueron expresión de este movimiento (Roig, A.1968).
A partir de la década del cincuenta del siglo XIX tuvo lugar un período de generalización
del espiritualismo que se expresó en el “eclecticismo de cátedra”, cuyo mayor esplendor
se presentó hacia la década del setenta del mismo siglo, predominando en las
instituciones educacionales hasta 1890. La difusión del eclecticismo de cátedra coincide
con la estructuración de la enseñanza media y superior en Argentina. Producto de ese
clima fue la creación del Colegio Nacional hacia 1864, en los años en los que Amédée
Jacques tuvo a cargo la reorganización de los colegios nacionales. La base de este
eclecticismo será el racionalismo de la generación del ’37, que -según señala Roig- no
tendrá un carácter agresivo como el que tuvo el de la llamada generación del ‘80.
Coinciden todos sin embargo en la lucha contra los pensadores y políticos católicos, a
favor de la enseñanza laica y del matrimonio civil (Roig, A. 2006). Roig analiza como el
racionalismo sufrió una diversificación en manos de la generación del ’80. Este fue para el
autor un fenómeno interesante dentro de la filosofía espiritualista argentina. La tendencia
es visible en algunos integrantes de la elite conservadora como Victorino de la Plaza,
quien asimila el método eclético al estudio del Derecho y afirma un deísmo sobre el que
funda su defensa de la enseñanza neutra.
El krausismo se ubica dentro de las corrientes filosóficas espiritualistas de mediados del
siglo XIX que llegan hasta principios del siglo XX. Se trata de una doctrina que surge en
Alemania como intento de abrir una vía intermedia entre las dos grandes líneas de
pensamiento germánico: el Idealismo (espíritu, ideas, teoría) y el Materialismo
(naturaleza, hechos, práctica). El krausismo se funda en una conciliación entre el teísmo y
el panteísmo según la cual Dios, sin ser el mundo ni estar fuera de él, lo contiene en sí y de
él trasciende. Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832) concebía el mundo como una
23

totalidad espiritual y postulaba una “Liga de la Humanidad” como instrumento práctico
para la realización de su ideal.
El krausismo expandió y profundizó la filosofía jurídica a través de la obra de Heinrich
Ahrens (1808-1874), autor de gran influencia en el ámbito hispánico y americano. Ahrens
elaboró una filosofía jurídico-política que tenía como principal eje la deducción de todos
los derechos a partir del concepto de persona, esto implicaba entender al concepto de
derecho como “condición para la vida” (AAVV. 1984). Se entramaban de manera esencial
en su pensamiento, la moral y el derecho. Conceptos como los de “soberanía” y “sufragio”
eran entendidos como derechos naturales.
Alrededor del año 1840 un grupo de juristas españoles buscan una doctrina política que
dentro del liberalismo iniciara el proceso regenerador que necesitaba España para su
modernización como Estado nación y contuviese en sí un elemento espiritual que no se
existía en la formulación doctrinaria del liberalismo clásico. Estos principios van a ser
ubicados en la principal obra de Ahrens: Curso de Derecho Natural o Filosofía del Derecho
(AAVV. 1984). A partir de la traducción de las principales obras krausistas por españoles
como Julián Sanz del Río, estas llegaron hasta América Latina y ejercieron gran influencia
en Argentina y Uruguay. Uno de los capítulos más notables de esta difusión en el Río de la
Plata fue su influencia en el terreno de las ideas y de la acción política.
Según Roig el krausismo tuvo la virtud de haberse adecuado a las necesidades
intelectuales y sociales de la época y en particular a las exigencias de la burguesía liberal
conservadora argentina de carácter progresista. Esto explica el hecho de haber
sobrevivido como filosofía hasta entrado el siglo XX (Roig, A. 2006).
En cuanto a las etapas del krausismo argentino, se consideran tres principales. La
primera que consistió en la introducción y difusión de la corriente, va desde 1850 hasta
1870. La segunda corresponde a un periodo de asimilación, que se cierra alrededor del
año 1900, en esta etapa predomina el krausismo jurídico. Existe una tercera, que se
extiende hasta 1930, en la que el krausismo en cuanto filosofía política y pedagógica se
lanza a la acción en amplia escala. La primera etapa se reduce al uso de manuales dentro
24

de las facultades de derecho y a la publicación de algunas tesis doctorales. En la segunda
se da una formulación del krausismo en la que aproxima al deísmo propio del
racionalismo, con el cual se lo confunde en muchos aspectos. En la tercera las ideas
krausistas toman contacto con el positivismo, dando lugar al nacimiento de krauso-
positivismo argentino (Roig, A. 2006).
El racionalismo moderado de los krausistas argentinos los llevó a un cierto
entendimiento con los grupos católicos, sin quebrar por eso la tradición liberal argentina.
Roig entiende esta relación como una forma de transacción en la polémica entre católicos
y racionalistas, en la que intervino Julián Barraquero. Según Roig la vitalidad del krausismo
derivó de una visión de la realidad nacional que pretendía colocarse sobre lo
verdaderamente propio de nuestras tradiciones (Roig, A. 2006. Pág. 19). En el terreno
jurídico se llevó a cabo una interpretación filosófica –llevada a cabo por Barraquero- de la
Constitución Nacional de 1853 que buscó con intensidad conectar la realidad social e
histórica de la que provenían nuestras instituciones y en lo pedagógico se afirmó con
fuerza que la metodología krausista era escuela pedagógica nacional. En contraste con el
racionalismo moderado que hizo del krausismo una ideología no combativa respecto a lo
religioso, en lo político el krausismo incitó una activa militancia. Un fuerte eticismo, le
impulsó a una lucha a la que se adhirieron sectores masivos de la población, estos luego
se identificaron con el naciente partido de la Unión Cívica Radical.
Roig enumera algunas de las características del krausismo argentino que explican por
qué no alcanzó en su momento la notoriedad que había alcanzado el español. Asegura
que mientras en España el krausismo se presentó como una voluntad de reintegrarse en lo
europeo o de europeizar España, en Argentina no tuvo tal sentido en ningún momento. La
tarea de europeización ya había sido impuesta por la generación del ‘37. El krausismo no
fue en cuanto ideología de base de gran parte de los miembros del “Régimen” el que le
dio estructura neutra al estado y a la educación sino que esta tarea fue llevada a cabo por
el positivismo, que también asumió darle forma a la ciencia argentina, reclamando para sí
de modo exclusivo toda la tarea científica. Al krausismo le quedó reservado entonces el
conocimiento ético y pedagógico (Roig, A. 2006. Pág. 23).
25

2.-
JULIÁN BARRAQUERO Y EL KRAUSISMO. FUNDAMENTOS
DE SU TESIS; ESPÍRITU Y PRÁCTICA DE LA LEY
CONSTITUCIONAL ARGENTINA
Julián Barraquero nació en Mendoza en 1856. Su padre fue Francisco de Borjas
Barraquero y su madre Gertrudis Gutiérrez, hija del General Albino Gutiérrez. Según
Lacoste la elite provincial mendocina estaba conformada en aquel momento por 35
familias, entre éstas se encontraba la familia Barraquero cuyas actividades económicas
principales estaban relacionadas con la industria vitivinícola (Lacoste, P. 1990).
Barraquero realizó sus estudios primarios y secundarios en la provincia, los últimos en
el Colegio Nacional. En 1873 viajó a Buenos Aires, donde se graduó como Doctor en
Jurisprudencia en 1879, su director de tesis doctoral fue José Manuel Estrada. La carrera
de abogacía era en aquel momento una escala exigida en la trayectoria de muchos
políticos, según queda reflejado en la proporción que había de abogados en el total de
legisladores. En este periodo comienzan a ser relevantes la influencia de centros
universitarios en la formación y evolución de la corriente reformista, sobre todo en el
plano intelectual (Zimmerman, E. 1995).
La tesis doctoral de Barraquero Espíritu y práctica de la Constitución Argentina fue muy
comentada, entre los que la elogiaron estuvieron Manuel Goyena, Montes de Oca y
Malaver, por otra parte fue criticada por Domingo Faustino Sarmiento. La crítica de
Sarmiento se focalizó en la reforma propuesta por Barraquero para el régimen carcelario y
su postura frente a la aplicación del estado de sitio. Según Arturo Roig esta tesis
representa el más antiguo testimonio krausista de valor dentro del pensamiento argentino
(Roig, A. 2006. Pág. 26). Las razones que impulsaron a Barraquero a la redacción de su
tesis fueron las de la regeneración moral de la vida política de la nación, punto de partida
para el cual el krausismo le ofrecía sólidos recursos intelectuales.
26

En su formación jurídica Barraquero estudió el romanticismo jurídico de Savigny y su
obra Historia del Derecho Romano, que había sido fundamental para la concepción de
Alberdi. Barraquero afirma en la introducción de su tesis “la ley debe apoyarse en la
realidad histórica de cada país para adecuarse de esta manera a las costumbres de cada
pueblo” (Barraquero, J. 1889. Pág. 28). En esto no se apartó de un planteo básico que era
respetado por tanto por eclécticos como por krausistas.
Una interpretación iusnaturalista de la Constitución nacional
argentina: la soberanía “absoluta” y el derecho a la
representación política
De acuerdo a la posición filosófica krausista Barraquero defiende y justifica la presencia
del preámbulo de la Constitución de 1853. Alberdi había hablado de los fines del derecho
en su Fragmento preliminar y de los medios por cual aplicarlos en Las Bases (Alberdi, J. B.
1852), la Constitución responde -para Barraquero- a dicho esquema rigurosamente “el
preámbulo abarca los fines, el texto contiene los medios” (Barraquero, J. 1889. Pág. 52).
Barraquero dice por otra parte que: “La Constitución argentina es la única en el mundo
que haya sido dada sólo para un pueblo y sus ciudadanos, sino para el hombre en su
calidad de tal, cualquiera sea su condición y el suelo donde haya nacido” (Barraquero, J.
1889. Pág. 61). En otras palabras la Constitución Argentina aparecía desde el punto de
vista krausista no como pensada exclusivamente para una determinada “cultura histórica”
sino primero para la sociedad fundamental humana. La dimensión ética y el derecho
aparecen intrínsecamente relacionados en estas concepiones ya que el krausismo
entiende al derecho como condición para la vida, la principal influencia en esta filosofía
del derecho de Barraquero era la obra de Ahrens, principalmente Curso de Derecho
Natural de 1873.
La interpretación krausista de la carta de 1853 llevada a cabo por Barraquero,
aparecerá claramente a través de numerosos aspectos desarrollados en el análisis de
aquella. La deducción de todos los derechos a partir del concepto de persona; el concepto
27

de derecho como “condición” para la vida; la relación esencial entre la moral y el derecho;
el concepto de soberanía y el de sufragio entendido este último como derecho natural; la
doctrina de la representación de las distintas esferas sociales y, en fin, la fundamentación
y defensa del federalismo (Barraquero, J. 1889). A partir de los fundamentos krausistas
que Barraquero reconoce en la constitución, va a afirmar: “Si es evidente que hay
derechos inherentes al hombre, en su calidad de tal, anteriores a toda ley positiva, las
constituciones deben reconocerlos y rodearlos de todos los respetos que merece la
personalidad humana”. Y más adelante agrega: “La existencia de los derechos absolutos
no puede ser controvertida” (Barraquero, J. 1889, pág.34).
El punto de partida se encuentra siempre en el concepto de persona; de él surgen
racionalmente los demás principios que constituyen la forma política perfecta,
denominada por Barraquero como democracia republicana representativa. El término
democracia implicaba una soberanía, que no radica propiamente en el gobierno sino en la
sociedad. Ahora para Barraquero, como para todo krausista, esta soberanía no es una
propiedad difusa y abstracta de un ente indeterminado, tal como podría entenderse el
término sociedad, sino una realidad articulada y orgánica que compete tanto a la persona
individual como a la colectiva (Roig, A. 2006). Resultan soberanas todas las esferas, cada
una en su nivel y dentro de los límites de sus funciones propias: el ciudadano, la familia, el
municipio, el pueblo, la nación, sin olvidar que todas estas formas de soberanía son
relativas en cuanto en última instancia la soberanía absoluta reside en Dios, de este modo
para Barraquero aunque la carta constitucional no exprese de modo explícito la doctrina
cristiana, la contiene (Barraquero, J. 1889).
Otro de los principios derivados del concepto de persona es el de sufragio. Como todo
derecho goza de valor absoluto, que recibe de su origen, no se trata de algo convencional
sino primitivo que exige por eso mismo la participación de todos. Si el sufragio es la
soberanía en acción resulta claro para Barraquero que debe ser ejercido por todos los
miembros de la comunidad social. Retoma a Madison para agregar que un gobierno
republicano representativo es aquel que deriva todo su poder directa o indirectamente de
la gran masa del pueblo. De acuerdo con esto afirmará que a las mujeres también les
28

compete el derecho electoral. Estas teorías afirmadas por Barraquero deberían sonar en
su época como utópicas, frente a las viciosas prácticas electorales de los gobiernos
oligárquicos. El mismo Barraquero años después llegaría a poner en duda el principio del
sufragio entendido como derecho inherente a todo hombre en calidad de tal, mostrando
con ello una fluctuación ideológica que creemos derivaba en él de su origen en cuanto
miembro de las familias que integraban la oligarquía. Sin embargo en aquellos momentos
el sufragio para Barraquero no implicaba un simple electoralismo, en esto no difería de la
opinión que tomará a partir de 1890 Hipólito Yrigoyen, quien llegó a sostener, “Si el
sistema republicano consiste en el gobierno de la sociedad por sí misma la verdadera
representación será aquella que comprenda a todos las aportes que constituyen el
organismo social. La anarquía habrá desaparecido cuando estén representados en el
gobierno todos los intereses, todos los centros autónomos y esferas de actividad social
que concuerdan con los fines principales de la vida humana” (Yrigoyen, H. citado en Roig,
A: 2006, pág. 30).
Tanto Barraquero como Yrigoyen consideraban que el sufragio debía organizarse de
manera en que sea expresión de los principales aspectos de la vida humana y de las
esferas de la cultura; no son los partidos políticos los que han de tener fundamentalmente
representatividad, sino antes que nada los intereses sociales. Es en este sentido en que
Yrigoyen habla de “la causa” que portaba el movimiento político radical y Barraquero
sostenía que los diputados no representaban a agrupaciones políticas sino al pueblo y los
senadores estaban en la misma condición, en contra de la tesis que los pone como
representantes de las provincias (Barraquero, J. 1889).
La política en la mira: instituciones, sistemas políticos y
sociedades en el examen de la filosofía jurídica de Barraquero
En la introducción de Espíritu y Práctica de la Ley Constitucional Argentina Julián
Barraquero orientó una crítica ética (que pensamos que todavía tiene vigencia) hacia el
funcionamiento del sistema político constitucional argentino, poniendo el eje del análisis
29

en el sistema representativo y el funcionamiento de los poderes. “Son los vicios del
sistema representativo los que no permiten llevar a cabo el ideal del gobierno republicano
de la sociedad” (…) “La verdadera representación será aquella que comprenda a todos los
aportes que constituyen el organismo social” (Barraquero, J. 1889, pág.38). El modelo
democrático republicano ideal residía para el autor en que la estructura social se gobierne
por sí misma y los poderes sean elegidos y ejercidos por todos los intereses y órganos
autonómicos que se desenvuelven en su seno. El krausismo puede verse nuevamente
como el trasfondo ideológico de esta concepción ya que desde él se hacía una
consideración central de las instituciones primarias como la familia, la iglesia y los
gremios, estas confluían en el análisis en una asociación más amplia como el municipio.
Al considerar los poderes del Estado argentino, Barraquero se enfoca en el
funcionamiento del poder legislativo. Afirma que el Congreso no puede servir con eficacia
a todos los intereses sociales porque sólo están representados en él los intereses políticos.
Esto se refleja en la proporción (mayor) de tiempo destinado a tratar asuntos políticos
(intervenciones a provincias, interpelaciones, etc.) frente a las sesiones reservadas a tratar
asuntos que representen intereses sociales. La causa principal de estas imperfecciones en
el funcionamiento de los poderes se debía -según Barraquero- a una función corporativa y
no social de la política manifestada en la aplicación elástica de los criterios que
pertenecían, a lo que Barraquero denominaba “moral política”. El eje de la crítica a estos
vicios del sistema será aplicado siempre en esta dimensión, no se observaba a las
instituciones políticas como reproductoras de las diferencias sociales. Para Barraquero en
el Congreso argentino no eran los intereses de tipo económico los que obstaculizaban el
debate sobre temas de interés social amplio, sino que el principal obstáculo residía en las
prácticas políticas inmorales de los legisladores (Barraquero, J. 1889).
Barraquero intentaba una superación de la teoría mecánica de la clásica división de los
poderes en el Estado desarrollando una interpretación orgánica de ellos: “Todo nuestro
mecanismo constitucional - dice al finalizar su tesis- marchará dislocado si no logramos
que los hombres que ejercen los poderes del gobierno sean verdaderos representantes de
los intereses sociales; mientras tengamos un sistema electoral que solo dé representación
30

al partido político más hábil o más numeroso mientras los funcionarios públicos sean
irresponsables ante el pueblo y tengan dos órdenes distintos de moralidad a que sujetar
sus acciones y por fin, mientras hagamos de la política la única misión del hombre en el
mundo y profesemos la sacrílega doctrina que hemos nacidos para gobernar y no para
desenvolvernos” (Barraquero, J.1889. Pág. 397).
Arturo Roig revisaría sus posiciones iniciales sobre el krausismo en un trabajo titulado:
La cuestión de la eticidad nacional y la ideología krausista, en el cual afirma que el
eticismo derivado de este tipo de crítica eludía sistemáticamente la función histórico-
social de una moral objetiva, poniendo el acento en lo subjetivo. De esta manera la
sociedad capitalista y clasista y el Estado que la aseguraba como culminación, no eran
culpables de males. No había entonces injusticias derivadas de estructuras, sino que la
moralidad se ubicaba sólo en el plano individual (Roig, A. 2006, Pág. 173). Hemos de
observar que Barraquero si encontraba la base económica de la desigualdad política en
otras sociedades, como la chilena. Al respecto sostuvo: ”Las instituciones republicanas han
degenerado en Chile, en una aristocracia disfrazada con un unitarismo que concluirá por
ahogar las pocas libertades que quedan en pie. Su paz no es natural, sino el resultado de
un mal social: la clase menesterosa, que es inmensa, vive en completa dependencia de la
clase rica porque ambas tocan los extremos. El sentimiento de libertad, de independencia,
del gobierno propio no es patrimonio de esa mayoría desgraciada del pueblo chileno“
(Barraquero, J. 1889. Pág.44). En este punto insistía Barraquero, ahora repasando el
sistema electoral chileno: ”La restricción de saber leer y escribir no es en Chile la madre de
ese ciudadano roto o paria, sino la estructura social y civil de aquel pueblo y la ignorancia
en que se ha tenido sumidas a las clases inferiores; ignorancia que sofoca a todas las
espontaneidades de la libertad política. La propiedad raíz está en manos de una inmensa
minoría de ciudadanos y como no votan sino los propietarios o los que tienen alguna
profesión o industria, resulta verdadera aristocracia con tintes de
republicanismo“(Barraquero, J. 1926. pág. 595).
La visión organicista en su pensamiento político filosófico llevará a Barraquero a
reivindicar el carácter federalista de la Constitución de 1853. El tema se relaciona con la
31

defensa del régimen municipal. El municipio es uno de los ejes en donde gira la acción
humana: “El municipio tiene su fundamento en la naturaleza del hombre, porque es uno
de los medios adecuados para alcanzar los fines de la vida” (...) “El municipio debe
conservar su carácter y originalidad en la vida nacional, en cuanto la individualidad es la
fuente donde brotan el movimiento y la vida” (Barraquero, J. 1889. pág. 21). El individuo,
la familia y otros centros autonómicos de la sociedad sólo son libres y soberanos en su
propia esfera, en cuanto la libertad consiste en el ejercicio de esas soberanías absolutas.
No existe por tanto un Estado con un poder central absoluto, sino una sociedad en la que
el poder se encuentra distribuido en las diversas esferas naturales. “La libertad y el
derecho –dice Barraquero- no se afianzan centralizando el poder, sino desparramándolo
para que alcance a todas las partes del cuerpo social sin aglomerarse en ninguna”
(Barraquero, J. citado en Roig, A. 2006. pág. 28). De acuerdo con Arhens dirá que las
provincias que han delegado obligaciones en el gobierno nacional, se podrán dedicar a
trabajar en sus asuntos domésticos al modo de grandes municipios, especie de poder
intermedio entre las municipalidades y el poder central.
Como hemos observado la interpretación que Barraquero hace de la Constitución de
1853 le permitió mostrar en qué grado todos los grandes principios sostenidos por el
krausismo han sido contemplados por la misma, la carta constitucional sólo quedaba
desvirtuada por las pasiones políticas. Barraquero también afirmaba en su tesis que
nuestra Constitución no fue una mera copia de la norteamericana sino que sostenía que el
genio práctico de los argentinos ha servido para adecuar grandes principios a “condiciones
propias de desarrollo” (Barraquero, J. 1889. pág. 78).
Entendemos que el autor adhería con intensidad a algunas pautas de desarrollo socio-
económico esbozadas en la Constitución Nacional, de esta manera no ve en la deficiente
implementación de la república representativa argentina motivos de tipo económico sino
que las razones deben encontrarse en las prácticas políticas degradadas de aquel
momento. Las exclusiones a la ciudadanía política fueron explicadas por él, desde el
interés egoísta de la clase política que resolvió corporativamente sus conflictos en los
ámbitos propios de la representación ciudadana. Los derechos constitucionales que
32

Barraquero consideraba como los que debían ser puestos en práctica son generalmente
políticos, estos comprendían principalmente el derecho al sufragio sin restricciones y la
defensa de instituciones como las municipalidades.
Para algunos estudiosos de la corriente krausista, la misma constituye un antecedente
del Estado de Bienestar ya que promueve nuevos derechos en el terreno social y laboral.
Consideramos que Barraquero entendió al krausismo como la posibilidad jurídica para
contribuir a la reforma del régimen político conservador, pero esta reforma debía llevar a
un Estado que promoviera derechos exclusivamente políticos, no se esbozan en sus
reflexiones consideraciones sobre una amplitud del Estado en ámbitos como el
económico.


33

3.-
INTERVENCIONES EN EL ESPACIO PÚBLICO: PRENSA,
ASOCIACIONES Y LEY DE IMPRENTA
La prensa de América Latina en el siglo XIX: el nuevo medio de
hacer política
La prensa irrumpió con fuerza en América Latina con los conflictos políticos e
ideológicos que rodearon a la Independencia y continuó siendo a lo largo del siglo, y aun
entrando en el siguiente, uno de los principales ámbitos de discusión pública y una de las
principales formas de hacer política. Además de protagonista en la vida política del siglo
XIX, la prensa también se convirtió en una de las principales varas con las que se midió el
grado de libertad de un gobierno y el nivel de “civilización” de una sociedad, siendo
computada junto con cifras de población, alfabetización, en los primeros censos
nacionales.
La prensa del siglo XIX y principios del XX comprendía un género de escritura pública
que incluía panfletos, diarios, periódicos y revistas. Los primeros fueron de uso más
frecuente en la primera mitad del siglo XIX, con una aparición intermitente hasta la
segunda mitad (especialmente cuando la libertad de prensa era censurada) para
prácticamente desaparecer en el siglo XX. Los periódicos y diarios, aunque presentes en la
colonia a través de las publicaciones que llegaban de Europa, vieron expandir su
crecimiento aceleradamente una vez lograda la Independencia por medio de los
materiales impresos en América. Dicha expansión se mantuvo con el tiempo, llegando a su
auge bajo nuevas modalidades con el desarrollo de una prensa comercial de mayor
difusión a finales del siglo XIX. Por sus características las revistas fueron emprendimientos
más tardíos que comenzaron incipientemente a mediados del siglo XIX y llegaron a su
esplendor en las primeras décadas del siguiente (Alonso, P. 2003).
La mayoría de aquellos medios eran de corta vida, de poca tirada, de lenguaje polémico
y apasionado, y producidos por quienes hacían política. La importancia de la prensa no
34

radicó en la cantidad de impresos ni el número de lectores sino en que la prensa era el
vehículo de proyectos, el instrumento de debate, el propulsor de valores, uno de los
principales medios de hacer política, de reproducir y de construir imágenes de la sociedad
en esa etapa fundacional de la nación.
Los debates de la prensa constituyen, por lo tanto, una fuente primordial para analizar
las disputas ideológicas en el escenario nacional de fines de siglo XIX. Tanto los periódicos
oficiales como los opositores de aquel periodo fueron el principal medio para difundir
estas ideologías y competir en la lucha por la jerarquización de valores, la creación de
identidades y la distribución de roles. También fueron los principales instrumentos de las
administraciones de 1880 para construir legitimidad de sus gobiernos, ya que las
elecciones no bastaban para otorgárselas, debían entonces ser construida por otros
medios.
La consolidación de un nuevo actor político: la prensa en el
orden conservador mendocino
La actuación política de Barraquero comenzó con la gobernación de Elías Villanueva en
1879. Los Villanueva son considerados como una de las familias más importantes de la
elite gobernante en la provincia de Mendoza ya que conservaron junto a los Civit el
control del poder político durante más de 50 años. El poder de estas familias arranca en el
periodo de las luchas por la independencia, luego la mayoría se ubicó dentro de las filas
del partido unitario, que después pasó a ser el partido liberal. Después de Pavón estas
familias comenzaron a hegemonizar el poder político, finalmente con la formación del
Partido Autonomista Nacional (P.A.N) terminaron integrando el sector roquista de esta
nueva agrupación. Todos los que integraban estos círculos son miembros de la oligarquía
política provincial también llamada “gobiernos de familia”.
La elite provincial según Lacoste estaba conformada por 35 familias, entre estas se
encontraban los Barraquero cuyas actividades económicas principales se orientaban hacia
la industria vitivinícola. Esta elite era la que elaboraba y ejecutaba las políticas
35

provinciales. Sus orígenes sociales eran comunes, entre sus principales posibilidades
contaron con la de preparar intelectualmente a sus hijos, por lo tanto, sus carreras en la
mayoría de los casos se desarrollaron profesionalmente. Recordemos que en aquel
entonces las universidades cumplían el papel de reclutamiento de líderes políticos.
Los miembros de esta elite mantuvieron entre ellos una red de potentes conexiones,
poseían el acceso y el manejo de las estructuras y mecanismos para acceder al poder
político. Además de alcanzar la enseñanza universitaria, participaron en la mayoría de las
asociaciones consolidadas de aquel momento como clubes, claustros y la prensa. Estos
espacios fueron muy importantes para la consolidación del Estado.
Un afiche mural de 1870, escrito en ocasión de una campaña electoral y titulado “El
Círculo”, fue analizado tanto por Roig como por Pérez Guilhou. Dicho análisis presentaba
una caracterización de los sectores dominantes mendocinos, a los que se nombraban
como “familias de más lustre”, “gente de primera categoría” “individuos distinguidos por
su cuna, talento, ilustración y fortuna” y “gente decente a quienes con justicia
corresponde la dirección de la cosa pública”. Fuera de este acotado sector dirigente
estaba el sector mayoritario de la sociedad al que el mencionado afiche llamaba “el
populacho”, “los corrompidos”, “los de baja ralea o mediana esfera”, “los sirvientes”, “los
artesanos” o como “el servicio doméstico” (Perez Guilhou, D. Roig, A. 1960).
En Mendoza la vinculación entre las condiciones socio-económicas de la elite y el
control del Estado era directa ya que desde el gobierno estatal se ejercía influencia en las
condiciones para la generación de riquezas, mediante el crédito agrario y las políticas
sobre irrigación. En un estudio sobre la política provincial, George Heap Nelson ha
señalado que puede haber habido una relación directa entre la intervención del gobierno
en las economías regionales y el grado de participación de la población en la política.
Según esta interpretación en la provincia de Mendoza, donde había un riguroso control
gubernamental de la irrigación y el crédito agrario, la abstención política podía tener
costos más altos y la política y las condiciones socioeconómicas quedaron estrechamente
vinculadas mucho antes que en otras provincias como Buenos Aires (Nelson, G. H. 1993).
36

El régimen político provincial de esta manera aseguró su estabilidad a través de
acuerdos con los grupos que conforman la elite, el instrumento que utilizó fue el control
electoral garantizado por el manejo hegemónico del poder político.
En el periodo que va desde 1862 a 1880, esta elite había logrado mantener los
conflictos internos en términos manejables. El periodo que incluye la gobernación de
Villanueva (1878-1880) es considerado dentro de la etapa denominada como
“Conciliación”. Julián Barraquero inició su trayectoria en la función pública en este
gobierno como Ministro de Hacienda y Gobierno. En 1881 asume en la gobernación José
Miguel Segura, es a partir de aquí cuando comienzan a existir conflictos entre las
fracciones de la elite local, los mismos continuarán hasta 1895. Estas exclusiones
coyunturales del poder político dominante, generaban en los sectores desplazados el
apoyo a alternativas contra-elites que surgían en la sociedad mendocina. Gran parte de
estas fueron expresadas a través de la prensa del periodo.
Para conocer el panorama del periodismo mendocino de fines del siglo XIX y avanzar en
el análisis de fuentes es necesario recurrir a los trabajos de Arturo Roig sobre la prensa
local. A partir de su estudio sobre el diario mendocino El Debate, señala que hasta 1890
los periódicos mendocinos eran eminentemente políticos, en la mayoría de los casos
surgían para apoyar alguna candidatura política. Pero a partir de ese momento surgen
medios de prensa que desarrollaron una política de periodismo de empresa. El caso del
diario Los Andes es arquetípico de este nuevo escenario. Las enemistades y rivalidades
fueron desplazadas en pos de una política empresarial que privilegió una neutralidad
política en pos de un negocio editorial. Los Andes fue en la década de 1890 el diario de
mayor tirada llegando a dos mil ejemplares diarios (Ponte, R. 2006).
Respecto de otro tipo de periodismo, que surgiera en el seno de una comunidad
extranjera, una organización de trabajadores o uno de tipo francamente literario, señala
Roig que es muy difícil saber bien cuales fueron los periódicos extranjeros más antiguos.
Se conoce un periódico de la colectividad italiana llamado II Citadino. Es probable que
haya habido –según Roig- algún periódico francés durante la época en que esta
37

inmigración tuvo volumen e importancia (Roig, A. 1963). El periodismo obrero al parecer
surgió a principios del novecientos.
En Mendoza existió casi como tradición la presencia de un diario que reflejaba la
opinión del gobierno de turno. Esto no quería decir que el propietario de ese diario fuera
necesariamente del gobierno, como ocurrió en el caso de El Constitucional. Los otros
periódicos fueron El Ferrocarril, El Debate y El Diario. La oposición periodística tenía
matices. Generalmente existía un opositor moderado y uno más radical. Los diarios que
eran oficiales y pasaban a ser opositores no resistían la mayoría de las veces a los cambios
de gobierno.
La aparición del Boletín Oficial de la Provincia se orientó a suprimir las contribuciones a
los diarios políticos que publicaban decretos oficiales. Igualmente siguieron existiendo
diarios que recibían favores particulares, ya que nadie tenía como lectura cotidiana el
Boletín Oficial. Los gobernantes siguieron publicando avisos en los diarios particulares y
usando este recurso como arma de presión política. No era raro que después de un
editorial a favor de las compañías ferroviarias inglesas, observar la aparición de páginas
completas de publicidad del ferrocarril.
Hasta 1880 rigió en Mendoza la Ley de Imprenta sancionada por el gobierno del fraile
Aldao que establecía la censura previa de la policía y del Ministerio Fiscal para la
publicación de diarios y revistas. En enero de 1880 fue sancionada la Ley de Imprenta que
Julián Barraquero promovió desde su cargo de Ministro de Gobierno, una ley que
terminaba con la imposición censura previa previamente.
Según un artículo publicado en el periódico El Ferrocarril cerca de mediados de 1880
existían en la República Argentina 30 diarios y 70 periódicos (El Ferrocarril. 19 de enero de
1883). En cuanto a los índices de alfabetización generales del periodo, del 71 % de
analfabetos registrado en el Censo Nacional de 1869, se pasó al 54% en el de 1895 y al
34,1% en el de 1914.
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Las prácticas políticas conservadoras de Mendoza a la luz de la
prensa: el periódico El Ferrocarril
El periódico El Ferrocarril fue fundado en el escenario político conservador de
Mendoza, desde sus páginas se ejerció una fuerte crítica a las prácticas políticas de los
gobiernos provinciales de la década de 1880. La relación entre estos y el periódico fue
larga y conflictiva, ya que mezcló rivalidades políticas con divergencias ideológicas. Su
primer ejemplar aparece el 18 de enero de 1883 y las últimas publicaciones son de 1889,
la dirección del mismo estuvo a cargo de Julián Barraquero. La redacción política estaba
encabezada por Barraquero, José Néstor Lencinas y Moisés Lucero. La publicación del
periódico se sostenía principalmente con los aportes de éstos, los cuales eran miembros
de familias de poder económico aunque también existieron aportes de algunas empresas
o particulares que publicaban sus avisos en el periódico.
El Ferrocarril tenía formato ordinario, su tipografía, diagramación e ilustraciones
respondían a la de corrientes artísticas que se iniciaban en aquella época. Estaba
estructurado en pocas páginas (cuatro o cinco) y contaba con un sistema de subscripción
promocionado en el mismo diario. Las publicidades ocupaban la mitad del periódico y
abarcaban desde avisos sobre ventas de mulas y pomos de carnaval hasta el ofrecimiento
de asesoramiento jurídico profesional de los propios propietarios del diario (Julián
Barraquero y José Néstor Lencinas). No se cuenta con datos precisos para saber la tirada
del periódico, pero esta oscilaría entre los quinientos y mil ejemplares diarios.
Las críticas a la gestión gubernamental de la provincia comienzan con la salida misma
del periódico, la amplitud de éstas iban desde análisis negativos sobre políticas
económicas, la mala relación del gobierno con la prensa y la opinión pública, hasta
denuncias concretas sobre casos de corrupción. Las formas discursivas abarcaban notas
editoriales, crónicas periodísticas y denuncias anónimas. El periódico se destacó por la
forma extrema en que utilizó en sus columnas la ironía y la mordacidad, rasgos típicos de
la prensa política de esos años. Esto quedó reflejado en que fue considerado como el
39

periódico “más temido por los dirigentes de la época” (Barraquero, J. 1926, pág. 12).
Creemos que muchas de las temáticas trabajadas en el periódico mantienen vigencia
hasta el día de hoy.
Fueron innumerables las columnas dedicadas a tratar la falta de ética en las prácticas
políticas de la clase dirigente provincial. Entre estas denuncias se destacaban las referidas
a la utilización de canales informales para el reclutamiento político, la superposición de
cargos, los delitos contra el erario público y principalmente acusaciones de fraude
electoral. El Ferrocarril se asumía como fiscal ético sobre todos los actos realizados por la
administración provincial, tal como lo declaraba en sus páginas: “Nuestro deber es
censurar todo lo malo y denunciar todos los abusos que cometan los funcionarios”. Frente
a la posible indiferencia por parte de éstos, el periódico sostenía: “(…) no nos importa que
estos no lean ni atiendan nuestros juicios, escribimos más para el público que para ellos”.
El costo de cualquier infracción o delito moral sería siempre penado ya que “aunque sigan
cometiendo toda clase de desaciertos, más tarde o más temprano, la fuerza de la opinión
pública ha de juzgarlos” (El Ferrocarril. 18 de febrero 1883).
La mayoría de las veces los cargos fueron dirigidos hacia los integrantes del Poder
Ejecutivo provincial, gran parte de los artículos relegaban a un segundo plano el carácter
genérico de la denuncia y apuntaban a inculpar individualmente a los acusados. Así, por
ejemplo, en un artículo titulado “La política práctica” se denunciaba al Ministro Martín
Zapata de utilizar a la política como medio para “mejorar su fortuna” (El Ferrocarril. 24 de
enero de 1883). Concretamente se hablaba de una supuesta derivación de fondos del
erario provincial para financiar a una asociación política de apoyo al gobierno, “El club de
los artesanos”. Dadas las características de la vida política del periodo, estas asociaciones
fueron muy importantes para el reclutamiento de militantes políticos, recordemos que en
este tiempo los partidos políticos no contaban con una organización moderna (comités,
unidades básicas, etc.).
Las críticas más duras de las realizadas contra la clase dirigente, fueron las dirigidas
hacia el gobernador Segura. El periódico se burlaba constantemente de él y lo llamaba “un
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hombre de escasa inteligencia que apenas sobrepasa el nivel de los brutos” (El Ferrocarril.
7 de enero 1883). Tampoco este se salvaba de las denuncias por corrupción: “el mismo
Señor Gobernador se ha encargado de demostrarnos la inmensa facilidad que tiene para
robar el tesoro público sin responsabilidad alguna” (El Ferrocarril. 7 de enero 1883). En
otra columna del periódico se denunció el nombramiento de “capataces y personal de la
estancia del Sr. Segura” como funcionarios del departamento de San Martín. Esto era
tomado por El Ferrocarril como un hecho grave por dos motivos, por un lado porque
alejaba de la gestión municipal a “las personas aptas que se encontraban en el
departamento” y por otro lado porque se afirmaba que “con estas gentes como
funcionarios solo se logrará la vejación de la fundamental institución” (El Ferrocarril. 24 de
enero de 1883). Esta consideración de la municipalidad como institución “fundamental”
consideramos que tenía un trasfondo krausista; el municipio era considerado en esta
doctrina como central porque en él confluían las instituciones primarias como la familia, la
iglesia y los gremios. En Espíritu y práctica de la constitución argentina Julián Barraquero
afimaba que si el poder político no estaba organizado en el ámbito de los municipios, el
único que podría detentarlo sería el gobernante, perdiendo así el “pueblo” toda
autonomía política (Barraquero, J. 1889).
Como hemos observado uno de los objetivos centrales del periódico fue llevar a cabo
un control de gestión de las políticas públicas del poder político de la elite local, este
comprendió desde informes sobre déficit fiscal hasta denuncias concretas de corrupción.
Las denuncias también se hacían en torno a las designaciones por parte del poder
provincial de “familiares y allegados” a la clase política, en cargos que eran de suma
importancia para la época. Como ejemplo de esto muchas de las denuncias del periódico
entre 1883 y 1884 se direccionaron al “Sr. Rodolfo Zapata” que fue nombrado por el
gobernador Segura como Sub-Delegado de Las Heras. Este cargo revestía mucha
importancia en el control social y político de aquel momento ya que policía y sus castigos
eran la herramienta utilizada por los sectores dominantes para poder ejercer la vigilancia,
la previsión y la resolución de los conflictos (Cfr. Gascón, M. 1989). En una denuncia
anónima se describía como éste realizaba funciones judiciales que no eran de su
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competencia en numerosos conflictos entre vecinos. Según las notas periodísticas siempre
favorecía a los vecinos cercanos a la línea política gubernamental. Los conflictos que se
enunciaban en las notas iban desde problemas con caballos, cocheros y otros como el
exceso en las penas a contrincantes políticos.
En el artículo titulado “¿Dónde está el secreto de nuestros malos gobiernos?” se
repasaban cuáles eran para el periódico las causas de las “plagas gubernamentales”;
“Según las leyes escritas el pueblo tiene el derecho de elegir libremente, pero en la
práctica, son los gobernantes, que se adueñan de todo”. Luego la crítica se amplía: “(…)
dado el estado de corrupción moral y política, el pueblo tiene una parte de
responsabilidad, hay poca virtud y nada de patriotismo en los ciudadanos” (…) ”todo es
pequeño y no alcanzamos a ver más allá del individuo, el pudor ha desaparecido” (El
Ferrocarril.23 de agosto 1886). Frente a esta situación la opción siempre será para el
periódico la vigencia de una república que haga posible “la aplicación práctica de leyes
escritas”. (El Ferrocarril. 23 de agosto 1886). En sus análisis sobre la causa principal de
degradación de las prácticas políticas de aquella época, El Ferrocarril reproducía uno de
los fundamentos del krausismo que se refiere a la relación entre el derecho y la moral,
entendida esta última como ciencia que determina los fines y aquél como conjunto de las
condiciones para realizarlo. Esto llevaba a pensar a los procesos socio-históricos desde un
marcado eticismo. También se ve claro cómo esto se basa en otro principio krausista que
sostiene que el sujeto motor y generador del gobierno reside en el cuerpo social y no en
personas en particular.
En muchos de los artículos del periódico las causas de las prácticas de corrupción
política de la época eran encontradas en las conductas individuales de los ciudadanos; “la
moral pública y la moral privada vienen resentidas desde hace tiempo, la práctica de
nuestras instituciones políticas está tan distante de una verdadera democracia como la luz
de las tinieblas” (El Ferrocarril. 10 de octubre de 1884). En otros artículos se reflexionaba
sobre otros posibles orígenes de estas prácticas políticas, se resaltaba de entre varias
explicaciones a la asimétrica relación entre los poderes del Estado; esta problemática era
considerada desde el periódico como grave ya que se consideraba que el poder político
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ubicado en el poder ejecutivo avanzaba hacia los demás. Se denunciaba en sus páginas:
“(…) hoy en día hay un solo poder que nombra a los otros dos”. El poder del Estado que
sufría más esta injerencia era para el periódico el poder judicial, el cual “es el único capaz
de hacerle frente al gobierno” (El Ferrocarril. 23 de agosto 1886).
Esta problematización acerca de la interferencia entre los poderes estatales y la
posibilidad de pensar un sistema político equilibrado habían estado presentes en la tesis
de Julián Barraquero. En su concepción político-filosófica sostenía que el Estado no debía
sostenerse mediante la existencia de un poder central absoluto, sino que debía asentarse
en una sociedad organizada. El Estado se debía encontrar distribuido en las diversas
esferas naturales y en la equilibrada relación entre los poderes del Estado (Barraquero, J.
1889. pág. 24). Por otra parte, podría observarse que la problemática sobre la relación
entre los poderes del Estado continúa vigente en los debates políticos actuales.
Otros temas que pensamos tienen una dimensión actual, se representan con claridad
en el artículo titulado “¿Es posible un buen gobierno en Mendoza?” (El Ferrocarril. 13 de
enero 1884). Desde éste se proponía analizar una vez más las causas del “mal gobierno”
provincial. Para El Ferrocarril la principal era que, “en Mendoza ha habido una
centralización que choca con las instituciones, se ha incrustado en el hábito de sus
habitantes la manía de esperarlo todo de un solo hombre. Y no obstante jamás se ha
buscado mayor ilustración y mayor inteligencia para el primer puesto”. La crítica se
direccionaba directamente al gobernador; “El Sr. Segura tiene la décima parte de la
inteligencia de la Ilustración que adquiere hoy un niño de diez años. Un hombre de escasa
inteligencia apenas sobrepasa el nivel de los brutos. Todo tiene que preguntarlo. El infeliz
gobernante se rodeó de parientes y de pícaros” (El Ferrocarril. 13 de enero 1884). El
Ferrocarril dejaba claro cuál debía ser el rol de los gobernantes; “Los gobernantes no son
los amos sino los sirvientes del pueblo. Son elegidos para administrar los tesoros
generados por el pueblo”. El freno posible a todo el proceso podía encontrarse
nuevamente en la opinión pública: ”Donde quiera que hay libertad de prensa, donde
quiera que hay libertad de reunirse y de peticionar, hay facilidad para conocer la opinión
pública, es decir los deseos de la mayoría de los habitantes del país, que son los que
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poseen los deseos y la aspiración de un pueblo. Todo gobernante que prescinda de las
manifestaciones de la opinión pública es desleal a su mandante y no hará sino que
irritarlo” (El Ferrocarril. 10 de octubre de 1884). En este artículo encontramos varias
problemáticas que pensamos que hoy en día no han perdido presencia. Entre ellas se
destacan algunas como: la denuncia a la centralización del poder en una sola persona, un
pedido de reformulación en la relación entre el Estado y la sociedad civil, el
cuestionamiento ético del Estado y el planteamiento de una reformulación del sistema
político y sus prácticas.
Hay que destacar también que el periódico fue muy crítico con las prácticas electorales
llevadas a cabo a nivel nacional y provincial, sin embargo en ningún momento veía a los
gobiernos (previos a la consolidación del Estado nacional con el roquismo) como signos de
moral política. En aquel momento muchos opositores coincidían en afirmar la conciencia
cívica y el estilo que caracterizaron a los primeros gobiernos de la organización nacional.
A partir de 1886 El Ferrocarril comenzó a criticar al periódico oficial (del gobierno de
Juárez Celman) Sud América, por su reivindicación de la eliminación del debate político
privilegiando el desarrollo económico. Esta publicación representaba linealmente el
pensamiento del presidente Juárez Celman que consideraba que “la verdadera y sana
política” consistía simplemente en la administración, sin dedicarle mayor reflexión a la
vida política e institucional del país (Alonso, P. 2003. pág.227). En esta concepción la
dimensión económica restringía la actividad política transformándola en simple acto
administrativo. En cambio desde El Ferrocarril se entendieron los procesos económicos y
políticos en planos más diferenciados ya que si bien existió una valoración positiva del
modelo económico del periodo, este no fue postulado como estructurante de la actividad
política nacional. La valoración positiva del modelo económico se refleja tanto en el título
de la publicación como en las numerosas columnas dedicadas a temas como la
inmigración y los cambios económicos del periodo. Así, por ejemplo, cuando llegan a la
provincia un grupo de 145 italianos, el periódico concluía una crónica comentando que
“encontrarán en esta provincia muchas familias dispuestas a ayudarlos para posibilitar su
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instalación definitiva” (El Ferrocarril. 16 de enero de 1884). En otro artículo se critica a
Honduras por haber elaborado una ley que limitaba el ingreso de extranjeros al país.
Los “artesanos”, la prensa y el rol de la opinión pública
provincial y nacional
En un apartado publicado en el año 1886 el periódico El Ferrocarril se preguntaba: “¿Es
halagador el estado moral del pueblo?”; y contestaba esta pregunta afirmando que sólo
en la ciudad existían ciertas libertades para que el “pueblo” tenga las condiciones de llevar
cabo una buena vida moralmente “digna” pero la campaña estaba regida por las
arbitrariedades de los subdelegados, es decir, los jefes de policía departamentales (El
Ferrocarril. 23 de agosto 1886). Esta última pregunta y su respuesta nos acercan a
reflexionar sobre la concepción que se tenía desde la publicación sobre los sectores
populares de aquel tiempo. En la mayor parte de las columnas estos fueron representados
como víctimas de las actividades de los gobernantes, cuando se denunciaba la
participación del “pueblo” en algunos actos de corrupción la misma pasaba a un lugar
secundario casi relegado, la justificación de esto era la denigración total que sufría
permanentemente este sector por parte de las autoridades; ”Es conveniente que el
pueblo aproveche la buena voluntad en que se hallan los caballeros de la política en
distraer un poco la atención, de paso se alivian de lo mucho que les ha producido a ellos la
política en estos dos años del Dr. Segura” (El Ferrocarril. 24 de enero de 1883). El pueblo
era presentado de esta manera como un cómplice pasivo de los gobernantes, recordemos
que los sectores populares en aquel momento eran llamados entre otras maneras como
“los corrompidos” (Perez Guilhou, D. 1960).
Frente al cuadro de corrupción presentado por el periódico, y la total degradación de la
clase dirigente en su conjunto, nunca el periódico se concibió a los sectores populares
como capaces de tomar un rol más activo en la conducción del proceso político. Quedaba
implícito en los artículos que no podrían tener un rol político activo en los procesos
políticos del momento. El medio para que el proceso político de entonces tuviera buen
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destino no lo encontraba el periódico en un recambio de la clase dirigencial
(perteneciente a la elite económica) por integrantes de otros sectores sociales. La solución
residía fundamentalmente en modificar leyes e ingeniería institucional para poder llevar a
cabo una progresiva corrección en las conductas de esta clase dirigente.
El reclamo ético a las prácticas políticas de la elite no fue representada desde el
periódico como una demanda de los sectores populares, éstos eran solamente quienes
padecían o no la gestión del gobernante. Los sectores sociales sub-alternos fueron
representados en la mayoría de los artículos de El Ferrocarril o bien como víctimas de la
acción corrupta de ciertas elites políticas o bien como minorías cívicas que debían ser
modeladas. “Sabemos que para costear el banquete realizado últimamente por el Club de
los artesanos se les ha sacado a los pobres hasta 50 centavos. Los autores del banquete
son mozos que tienen el uno 300 mil y el otro 100 mil pesos, además de empleos
lucrativos y pichinchas varias; porque han consentido arrebatarles a esos infelices
artesanos el pan de sus hijos para colocarlo en la mesa de un festín público”; y a
continuación remarcaban el papel pedagógico que correspondía asumir: ”(…) la prensa
puede ayudar a la elevación de la ilustración del pueblo” (El Ferrocarril. 19 de enero
1883). Entendemos que en artículos periodísticos como este el interlocutor o interpelante
era siempre la misma clase dirigente. Recordemos que en aquel momento Barraquero y
Lencinas (redactores políticos del diario) tuvieron entre otras funciones de carácter
público la de ser convencionales constituyentes provinciales. Igualmente es necesario
aclarar que desde periódico se hacía el esfuerzo en diferenciar a la redacción política del
mismo de la oligarquía política provincial, definida en numerosos artículos como dinastía.
Términos y nociones como “pueblo”, “pobres”, “artesanos”, “infelices“ fueron también
manejados frecuentemente en el lenguaje de otros periódicos de la época. Creemos que
esta convergencia discursiva se estructuraba en la prensa en la consideración secundaria
de la existencia de una dimensión económica en los conflictos sociales de la época. Arturo
Roig en ese sentido sostenía que la noción de pueblo fue muchas veces utilizada para
ocultar una heterogeneidad real, sobre la base de una pretendida homogeneidad irreal,
con lo que se disimuló la lucha de clases. ”Es evidente que si hacemos abstracción de la
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heterogeneidad y conflictividad de la vida social, utilizando categorías conceptuales como
pueblo, sin cuidarnos de señalar su ambigüedad, nos será imposible cualquier intento de
determinar las políticas filosóficas. Es legítimo analizar y hablar de pueblo, pero siempre y
cuando lo hagamos reconociendo su naturaleza dialéctica de unidad-multiplicidad, como
asimismo la conflictividad que muestra” (Roig, A. 2008. pág.245).
Así todo El Ferrocarril “concedía” a estos sectores la posibilidad de organizarse, siempre
y cuando esta organización se corresponda con su situación socio-económica; “Creemos
que el artesano hace bien en organizarse, que hace bien en formar un club que debiera
ser social también a fin de procurar a sus familias un centro de distracción apropiado a sus
recursos de vida” (El Ferrocarril. Martes 19 de enero 1883). Estas afirmaciones acerca de
lo que debía ser lo apropiado para este sector social nos lleva a reflexionar hasta en qué
punto las prácticas asociativas de aquel momento pudieron implicar un sentido de
horizontalidad e inclusión social, si se discutía el origen y formación de las mismas, desde
legitimidades diferenciables condicionadas por dimensiones socio-económicas. Podemos
decir que los sectores populares aparecen en el esquema discursivo de El Ferrocarril en
una condición de minoría cívica, a la que habría de proteger de manera paternalista y
ejercer de alguna manera su representación.
La referencia a la opinión pública apareció frecuentemente en las páginas del
periódico, en su consideración esta debía cumplir dos tareas centrales en el proceso
político de entonces; por un lado, mediante la denuncia llevada a cabo en nombre de ella
se podía poner freno a prácticas como la corrupción y, por otro lado, se concebía que su
intervención era capaz de jugar el rol de reguladora de los excesos del poder político.
Inicialmente se ejercieron críticas sobre la política del gobierno provincial hacia la prensa,
poniendo el eje en la poca valoración que este hacía de la opinión pública. En una serie de
crónicas se resaltaba como modelo la política de libertad de prensa del gobierno nacional
y la atención que direccionaba este a la opinión pública. Se reconocía que aun teniendo el
gobierno nacional diarios oficiales, “(…) la mayor parte de las impresiones las toma de la
prensa de la oposición mediante el honrado sistema de licitación”. En contraposición se
criticaba al gobierno provincial, afirmando que el gobernador leía solamente “las
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laudatorias que se pagan con fondos del tesoro provincial” (El Ferrocarril. Domingo 7 de
enero 1883). Una característica que tuvo las líneas editoriales del periódico fue la marcar
un fuerte contraste entre ambos gobiernos (provincial y nacional), poniendo el eje de la
crítica en los provinciales.
El rol fundamental asignado por El Ferrocarril a la prensa en su conjunto se contraponía
a la del periódico oficial roquista La Tribuna Nacional. Desde éste se afirmaba que la
prensa “ha sido entre nosotros instrumento de acusación más que de enseñanza, arma de
combate brutal, más que de contradicción y de luz” (Alonso, P. 2003. pág.225).
En las páginas de El Ferrocarril se transcribieron numerosas editoriales del diario La
Nación sobre el rol de la prensa y la opinión pública. Sin embargo el periódico se ocupó de
dejar sentada su postura respecto a la relación económica que tenía este diario con el
gobierno de Roca. Se acusaba al diario de Bartolomé Mitre de sacar provecho de
licitaciones y créditos oficiales mientras que desde sus páginas criticaba fuertemente la
política nacional, en temas como el sistema representativo y el fraude electoral.
En muchos de los artículos se referenciaba la presión, la censura y la fiscalización
ejercida sobre la opinión pública por los diferentes poderes del Estado. En cuanto a la
relación entre prensa y opinión pública se sostenía que: “(…) la prensa es el indicador de la
conducta de los gobiernos porque ella es el reflejo de la opinión pública” (El Ferrocarril. 10
de octubre de 1884), en este sentido El Ferrocarril se asumía en la mayor parte de los
artículos como representante de la opinión pública. El rol asumido por el diario estaba
íntimamente ligado a la concepción que tenía su fundador sobre la relación entre la
opinión pública y el poder político. Para Barraquero era necesario instalar mecanismos
efectivos para la delimitación del poder político, y en esta tarea la opinión pública tenía un
papel muy importante que cumplir.
En nuestra consideración destacamos que si bien desde El Ferrocarril se realizaron
reclamos de mayor ética a las prácticas políticas de aquel momento histórico, habría
evaluar el significado real de la opinión pública y su identificación con el papel de la prensa
de aquel momento, considerando que la misma no dejó de ser un medio de expresión de
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las disputas dentro de la elite dirigente aun cuando pudo haber ampliado sus demandas
hacia otros sectores sociales.
¿Clerical o liberal? El Ferrocarril en las tensiones ideológicas de
la reforma laica del Estado argentino (1880-1888)
Como antecedente para el análisis del tema debemos dejar presente que Julián
Barraquero elaboró en 1880 desde su cargo de Ministro de gobierno de Mendoza un
proyecto de Constitución que aseguraba una educación de carácter moral-religioso. Este
proyecto incluía los principios católicos en la educación y también la necesidad de que se
enseñen artes y oficios.
Por otra parte El Ferrocarril intentó desde su discurso la difícil tarea de apoyar por un
lado las medidas de modernización del estado, y por otro apuntalar el rol de la iglesia
como garante ético frente a las prácticas políticas del periodo. Según Di Stefano el empuje
laicista ni siquiera puede extenderse a la década de 1880 en su totalidad sino que conoce
dos momentos de agudización de los conflictos: 1882-1884, cuando se discuten y
promulgan las leyes de educación y de registro civil, y 1888, cuando se debate y sanciona
la ley de matrimonio civil (Di Stefano, R. 2011, pág. 80). Este encuadre temporal converge
con la línea editorial planteada desde el periódico, ya que fue en el primer momento del
conflicto (1882-1884) cuando desde las columnas de El Ferrocarril comenzaron a surgir
reflexiones en torno a los debates de esa época sobre la reforma laica del Estado. Lo que
abrió definitivamente la opinión del periódico sobre este proceso fue el intento de
organización política por parte de los grupos católicos contrarios a la promulgación de la
Ley 1420 (de Educación Común) que introducía la enseñanza laica en las escuelas. La
consecuencia de esto fue la formación en 1884 de la Unión Católica, formación política
surgida de un congreso que el catolicismo realizó en Buenos Aires en agosto y septiembre
de ese año (el primer presidente de este partido fue José Manuel Estrada, director de la
tesis doctoral de Julián Barraquero). Frente al panorama político de fraude electoral y las
prácticas políticas denunciadas por el periódico, el rol de la iglesia católica y sus
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agrupaciones debía limitarse para El Ferrocarril a un papel tutelar en la defensa de
derechos civiles, esto no debía llevar a la institución a implicarse como un actor político
activo en el proceso. Este papel secundario se debía a dos razones; primero, si la iglesia se
incorporaba en política, ésta avanzaría sobre la esfera de la familia y sobre la misma
institución eclesiástica, tal como lo afirmaban desde su línea editorial: “La religión no se
debe mezclar para el periódico con la política porque esta lucha penetra en el hogar de las
familias y en la Iglesia” (El Ferrocarril. 31 de agosto 1884). Segundo, teniendo en cuenta el
juego político existente en el periodo el partido católico no tendría oportunidad alguna de
realizar algún logro: “En el estado actual de las libertades políticas el partido católico no
tiene chances contra el gobierno” (El Ferrocarril. 31 de agosto 1884).
Creemos que la lamentación principal de El Ferrocarril frente a estas reformas provenía
de la idea de que la centralización del poder efectuada por el Estado liberal sobre otras
instituciones sociales culminaría también con la muerte de los derechos municipales y del
localismo y, en definitiva, con la extinción de toda protección de derechos y libertades que
no fuera la del Estado central. Esta postura reflejaba la concepción del director del
periódico sobre el rol de relevancia que le cabía a las municipalidades en el sistema
republicano representativo nacional.
A principios de 1883 se convocó en Mendoza a una Convención Constituyente. El
gobernador Segura consultó a Domingo Faustino Sarmiento sobre algunas
consideraciones importantes que se iban a tratar en la convención. La crónica del
periódico que cubrió este el tema, concluía diciendo: “(…) el gobernador en vez de
confesarse y asistir a los templos la semana pasada, se ha ocupado en hacer consultar al
Mazón y gran opositor Sarmiento para desobedecer a la Convención Constituyente” (El
Ferrocarril. 18 de febrero 1883), como dato a tener en cuenta hay que recordar que la
tesis doctoral del director del periódico fue duramente criticada por el sanjuanino. Este no
fue el único caso de acusaciones de pertenencias a logías, ya que desde El Ferrocarril se
dedicaron numerosas columnas asociando la masonería a los principales opositores
político-ideológicos de la redacción política del periódico. Recordemos que importantes
figuras políticas de la época fueron miembros de estas, entre otros pueden mencionarse a
50

Juárez Celman, Pellegrini, Quintana, Figueroa Alcorta, R. Sáenz Peña, V. de la Plaza; líderes
de la oposición como Mitre, L. N. Alem, H. Yrigoyen y gran número de ministros,
legisladores y militares (Cfr. Lappas, A. 1958).
En el segundo momento del conflicto (1888-1890) en torno a las leyes laicas se
profundizan desde el periódico algunas diferencias con el gobierno nacional de Juárez
Celman. En una nota se proporcionaba un supuesto diálogo entre un liberal y un clerical.
Clerical: Al fin el pueblo de la República da señales de vida. El partido católico está
formado ya y tomará por bandera la Cruz que ha servido para domar a los bárbaros y
civilizar el mundo.
¡Su generación será perseguida desde el nacimiento hasta la muerte y todavía los
llevaremos al infierno en esta vida!
Liberal: No es la bandera de la cruz la que han levantado sino la del syllabus, que
maldice la libertad de conciencia. Ustedes nos han acusado de ser enemigos de Cristo y de
la libertad y nosotros vamos a tener que acusarlos de ser enemigos de la independencia
de la patria, protestantes del progreso y las libertades del siglo.
Clerical: Se ha pervertido tanto el Gobierno y la sociedad que hoy no se sabe cuál es la
religión del pueblo argentino. El niño crece sin religión ni fe y llega a ser un ciudadano
degradante sin otro ideal que el placer. La moral del crucificado ha desaparecido.
Un pueblo descreído sin Dios no puede ser grande porque no comprende la noción de
patria y no puede ser patriota.
Liberal: Los culpables de esto no son otros que los hijos de Cristo. En vez de enseñar a
las masas, internarse en el desierto, redimir al indígena, se han quedado haciendo vida
ociosa en las ciudades, ni siquiera se han dedicado al estudio para enseñar verdades al
pueblo. Los liberales tuvieron que mediante el rémington domar al indígena. No pueden
ser partido político porque el gobierno les saca la ración y se mueren de hambre” (El
Ferrocarril. 24 de junio de 1888).
51

Creemos que mediante la ironía el periódico seguía intentando desde su discurso que la
iglesia preservara los roles y las funciones propias de la institución sin que éstos
retrasasen por ello la modernización del Estado. Como contraparte desde el diario juarista
Sud América en lugar de reproducir los debates o emitir alguna reflexión acerca de los
alcances políticos que podía llegar a tener la Iglesia en sus relaciones con el Estado y la
sociedad civil, las apreciaciones se reducían a afirmar que “él clero es por regla general,
ignorante y de un nivel intelectual más que mediocre”, al tiempo que se refería al diario
católico La Unión como “los maricones de la unioncita” (Cfr. Alonso, P. 2003, pág.226).
Las crónicas escritas sobre la campaña del desierto, que se llevaba a cabo en aquel
momento en el sur de la provincia, dejaban claro cuál era la línea ideológica presente en
las editoriales del periódico. Se veía clara una orientación católica-conservadora ya que se
festejaban las políticas de erradicación de indígenas en la Patagonia, desde una postura
cristiana que denotaba algunos rasgos positivistas. En un artículo podía leerse: “La raza
araucana empezó su disminución con la acción redentora de la España católica. Es una
raza que la que dentro de poco sólo darán testimonio de su pasada existencia los
esparcidos huesos que dejaran en los campos en los que éstos habitaran” (El Ferrocarril.
16 de enero de 1884).
Era usual también encontrar artículos en los que se agradecía a Dios por diversos
motivos: “Hay que reconocer la grandeza de la inteligencia humana e inclinarse ante el
Supremo Dispensador de los bienes cuando se reflexiona en la inmensidad de papel
gastado en todos los periódicos en un solo siglo” (El Ferrocarril.19 de enero de 1883).
Consideramos que estas representaciones correspondían también a la orientación
filosófica-política de Julián Barraquero ya que una de las características del pensamiento
krausista fue el panteísmo, que consideraba que Dios contiene y está presente en todo. Si
bien el krausismo no respondió siempre a la ortodoxia católica, en el plano práctico se
dieron distintas formas de conciliación con los postulados espiritualistas de la religión
cristiana. Por otra parte cabe destacar que desde el periódico se promocionaban en
pequeñas notas las misas de capellanes y curas.
52

Prácticas políticas y doctrina krausista en la discusión sobre una
nueva esfera pública
Acentuando un fenómeno que había surgido a mediados del siglo XIX, a finales de éste
se multiplicaron y se desarrollaron en el país asociaciones voluntarias de orientación
diversa como sociedades de fomento, clubes y sociedades económicas y profesionales.
Dadas las características de la vida política del periodo no es exagerado otorgarles a estas
distintas formas de sociabilidad política como los clubes, las logías masónicas, las
universidades y la prensa política un papel de tanta relevancia como el que tuvieron en
corto tiempo las organizaciones partidarias o electorales. La importancia de este tipo de
asociaciones voluntarias estuvo en que muchas veces funcionaron como escuelas de
participación y ciudadanía, fortaleciendo a la sociedad civil. Esta interpretación atiende a
la consolidación de lo que Jurgen Habermas ha llamado “esfera pública”, formada por
ciudadanos privados que conforman un público, uniéndose entre sí a través de redes de
sociabilidad para participar activamente en los asuntos públicos.
Algunos autores como Tocqueville han entendido a las asociaciones como plataformas
en la que los intereses y esfuerzos particulares pasan a responder a una lógica de acción
colectiva, por la cual las asociaciones ofician de grandes escuelas gratuitas en las que se
van puliendo cotidianamente los ciudadanos. “Éstos, que han comenzado a agruparse a
partir de los pequeños asuntos, naturalmente se desplazan hacia los más relevantes: de
las asociaciones civiles a las políticas” (Tocqueville, A. 1985, pág. 87).
Hacia 1880 estos nuevos vínculos organizados eran considerados de gran importancia
en un momento en que los partidos políticos modernos argentinos no estaban aún
organizados. El valor de estos nucleamientos también residía en la concepción de que no
sólo el Estado podía proteger derechos y libertades.
Julián Barraquero consideraba a las asociaciones como un factor fundamental para la
construcción del Estado Nación y el fortalecimiento de la sociedad civil. En su opinión las
prácticas asociativas facilitaban la construcción y el desarrollo de espacios sociales activos.
53

Estos nucleamientos debían poseer una dimensión cultural relevante, necesaria para
estudiar todas las cuestiones que se relacionan con “la revolución en las ideas que se
viene operando” (El Ferrocarril. 10 de octubre de 1884). Para el autor el mayor riesgo en la
construcción de estos nuevos ámbitos residía en la manera en como éstos se originaban.
Cuando era el poder político el generador de una nueva asociación, ésta pasaba
automáticamente a funcionar de manera utilitaria, degradadando el funcionamiento de
toda práctica. El nivel de legitimidad de origen condicionaba moralmente el tipo de
prácticas que se realizarían.
La denuncia a este tipo de asociaciones degradadas se realizaba frecuentemente desde
las páginas de El Ferrocarril, donde se analizó en particular el surgimiento y desarrollo del
“Club de Artesanos”, una agrupación de soporte político del antiguo Partido Liberal
mendocino. Para el periódico en el Club se condensaban todas las prácticas políticas
inmorales posibles. Se partía para el análisis de la conformación inicial del mismo evaluada
como negativa por su marcada “heterogeneidad” ya que incluía la presencia en su grupo
dirigente “del funesto circulillo de consanguíneos del poder” y en los grupos militantes a
“máquinas y carneros” (El Ferrocarril. 19 de enero 1883). Asimismo se denunciaban las
conductas privadas del director del Club (Dr. Calle) quien era definido como “socio de
bailes” de otros integrantes y a otro grupo de personas por dedicarse al “arte del juego,
los naipes, las borracheras” (El Ferrocarril. 19 de enero 1883). Podemos observar como el
eje de las denuncias de imperfección social se centraban en el hombre y su conducta
privada. Esta tendencia a juzgar la conducta desde una moral subjetiva fue compartida por
muchos pensadores de la época, parte importante del trasfondo de estas concepciones
provenía de la doctrina krausista. En cuanto a la financiación de estas agrupaciones el
periódico describía como mediante mecanismos de clientela política, se reclutaban
militantes entre los sectores populares para conseguir los aportes monetarios necesarios
para el funcionamiento de las mismas. Frente a este panorama, la crónica periodística
describe cómo debería ser una “verdadera asociación de artesanos”. Esta debería contar
con personas que vivan de su profesión, cualquiera sea la misma y sus dirigentes no
54

deberían ser otros que “lo mejor de su gremio, por su laboriosidad, seriedad y honradez”
(El Ferrocarril. 19 de enero 1883).
En otro artículo se sostenía que “Las asociaciones vienen a quitar al Estado la obligación
de hacer todo. Tenemos que saludar la aparición de una nueva idea para una futura
organización. Hemos creído que ya es tiempo que en Mendoza se despierte el gusto por
las letras y la juventud. Los hombres se junten para estudiar todas las cuestiones que se
relacionan con la revolución que se viene operando. Esto supone la realización de un
órgano científico” (El Ferrocarril. 10 de octubre de 1884). Se hacía referencia en este caso
al primer centro de investigación de la provincia; el Instituto Geográfico Argentino
fundado en 1884, al cual perteneció Julián Barraquero.
Barraquero destacaba también el aporte que pueden hacer asociaciones como
empresas comerciales y organismos de investigación para la modernización del Estado. En
los artículos de El Ferrocarril se repasaba la creación y posterior actividad de nuevas
asociaciones, como las que generaban las colectividades recién llegadas a la provincia. La
importancia dada a estos nuevos vínculos organizados también residía en la concepción
de que no sólo el Estado podía proteger derechos y libertades, sino también estas nuevas
instituciones sociales. El pensador krausista Ahrens contrapuso las asociaciones
puramente políticas a todos los otros géneros de asociación (empresas comerciales,
organismos religiosos, corporaciones universitarias, etc.). Frente a estos últimos, los
partidos políticos no son más que asociaciones de opiniones más o menos fundadas y que
pueden degenerar fácilmente. Su justificación sólo será posible, el día en que los partidos
abandonen sus pretensiones de cumplir con un fin político general y se constituyan en
asociaciones transitorias al servicio de reclamos muy concretos, satisfechos los cuales ya
no tiene sentido la sobrevivencia del partido.
En pos de visualizar nuevas instituciones que puedan defender los derechos y las
libertades de la comunidad, El Ferrocarril reclamaba abiertamente por un
redimensionamiento del protagonismo de los partidos políticos en la nueva etapa política
abierta a partir de 1880. Recordemos que hasta 1890 no existieron organizaciones
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partidarias con una definida estructura institucional y los distintos grupos tendían a
confiar más en el liderazgo de una fuerte personalidad política que en una sólida
organización partidaria o un programa político detallado. La principal acusación que se
hacía desde el periódico a las nuevas asociaciones políticas que se iban generando, era la
de que sus miembros habían pertenecido con anterioridad a partidos políticos
confrontados. También se criticaba a los canales de reclutamiento informales que
utilizaban los grupos conservadores para atraer partidarios y líderes potenciales. Muchas
de estas ideas se centraban en la concepción krausista sobre las agrupaciones políticas,
este consideraba que los partidos políticos en cuanto han abandonado aquella vocación
por lo genérico, aquel sentido de lo solidario, generan la exigencia de afiliaciones
excluyentes: o se es de un partido, o del otro (Roig, A. 2006, pág. 77).
Frente a la situación visible en el periodo de inexistencia de partidos, El Ferrocarril
hacía hincapié en la necesidad de que el presidente de la nación Julio Argentino Roca le
diera homogeneidad al P.A.N. en pos de que sea posible la construcción (legítima) a partir
de esto, de un polo opositor homogéneo. Esta oposición no estaría entonces
exclusivamente organizada para sacar provecho de las luchas internas entre las fracciones
del poder político, ni organizada en torno a las oligarquías políticas (llamadas
frecuentemente por el periódico) como dinastías. A diferencia de algunos diarios
opositores de época que criticaban la centralización de poder existente, El Ferrocarril
subrayaba que el vigor del gobierno nacional estaba contemplado en la Constitución de
1853 (El Ferrocarril. 7 de marzo de 1883). Esta posición doctrinal se relacionaba en el
pensamiento jurídico-constitucional del director del periódico, quien destacaba a la
estructuración del Poder Ejecutivo como uno de los más preceptos más importantes de la
Constitución de 1853. Desde el periódico se insistió en el valor positivo del liderazgo
político de Roca, planteado como una solución para “extinguir el egoísmo de las dinastías;
ese mismo egoísmo que hizo fracasar el patriotismo de Rivadavia” (El Ferrocarril. 7 de
marzo de 1883). Dado que la existencia y la competencia partidaria eran elementos
centrales en la vida republicana, El Ferrocarril sostenía que al Presidente le cabía un rol
fundamental en ella, tanto por su rol como el dirigente partidario más importante de la
56

nación como “poder colocado fuera de los partidos o sobre ellos, alejado de las
contiendas, dispuesto a hacerles justicia y acordarles una protección igual” (El Ferrocarril.
7 de marzo de 1883). Estos conceptos sobre el Presidente y los partidos políticos fueron
compartidos por La Tribuna Nacional, diario roquista. Como contrapunto discursivo de
éstos desde el diario juarista Sud América se comenzó a exigir la desaparición de los
partidos políticos. Se trataba de un rol que cuadraba cómodamente con la concepción del
Presidente Juárez Celman. El diario oficial definió constantemente a los partidos políticos
como “la ley fatal de la democracia” (Alonso, P. 2003, pág. 229).
La importancia dada a los partidos políticos por El Ferrocarril, se reflejaba también en el
pensamiento de Julián Barraquero para quien serían los nuevos partidos políticos los que
podrían llevar a cabo el ideal del gobierno republicano de la sociedad, el cual implicaba
para él la puesta en práctica de un verdadero sistema representativo. La verdadera
representación entonces sería aquella que comprendiera a todos los aportes que
constituyen el organismo social (Barraquero, J. 1889). Según Arturo Roig el radicalismo
argentino significó un paso desde el liberalismo individualista hacia una nueva forma, que
entendía a la sociedad como un ente constituido por ciertas estructuras orgánicas. En este
esquema el sujeto del derecho había dejado de ser el individuo, tomándolo como una
fuerza volitiva privada, haciendo abstracción de las demás esferas que se reducían por
esto mismo a personas ficticias, a simples figuras jurídicas sin sustancialidad. El nuevo
derecho funda su organicismo precisamente en la valoración de esas distintas esferas
como sujeto propio y sustantivo (Roig, A.2006, pág.70). Barraquero participó en la
organización de la Unión Cívica de Mendoza, en representación de esta agrupación pasó a
formar parte como Ministro en la gobernación de Guiñazú (1890-1891). Antes de aceptar
el ministerio dirigió una carta abierta al Doctor Guiñazú donde afirmaba que sólo
aceptaría el cargo con la condición de que el gobernador estuviese de acuerdo con las
ideas y el programa de la Unión Cívica. Este documento político fue comentado por los
principales diarios provinciales y nacionales. Su primera iniciativa como Ministro fue la
formación de un padrón cívico que amplió considerablemente el porcentaje de inscriptos.
Después de renunciar al ministerio por considerar que el gobernador no cumplía el
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programa de la Unión Cívica, participó en la histórica convención cívica de Rosario, que
fuera organizada por Leandro N. Alem, donde se proclamó la fórmula presidencial Mitre-
Irigoyen. Barraquero también mantuvo un vínculo personal y profesional con José Néstor
Lencinas, que permaneció por décadas.
El krausismo, que constituyó la base doctrinal del radicalismo, asegura Roig que fue “en
efecto una forma de pensar compartida por diversos sectores, y más aún asumida por
importantes intelectuales que integraban el movimiento liberal conservador al que el
radicalismo llamó posteriormente El Régimen” (Roig, A.2006, pág. 78). Tomando en
cuenta esto, el autor entiende que las diferencias entre el krausismo de un Yrigoyen o de
algunos miembros de este grupo como Barraquero deben buscarse más en la praxis que
en el desarrollo teórico de sus posiciones. En el debate del Congreso nacional sobre la Ley
para la intervención de la provincia de Mendoza de 1898, Julián Barraquero dejó en claro
algunos puntos claves que nos acercan a las razones por las que se alejó de la línea cívica
radical. Primero hizo referencia a que los miembros de la oposición en la provincia (U.C.R)
fueron los que ocuparon por más de 15 años la administración, en ese periodo (1880-
1895) existieron en la provincia “luchas fratricidas por el poder y derramamientos de
sangre” (Barraquero, J, 1926, pág. 593). En este discurso también afirmó que hasta la
formación en el año 1895 de los Partidos Unidos (frente conservador de Emilio Civit) no
fue posible la instalación de un orden que hiciera posible generar prosperidad en la
provincia. Fue a partir de este acuerdo político leal entre sectores conservadores desde
donde -según Barraquero- se inició una política de concordia. La política construida por el
civitismo constituyó para Barraquero el marco posible para el desarrollo económico
provincial. Este desarrollo posibilitaba según el autor la extinción de luchas políticas
ilegítimas, ya que el progreso implicaba una acción civilizadora (Barraquero, J. 1926, pág.
594).
Entre otras de las razones que explican su alejamiento, está sin duda la importante
participación del “Club de los Artesanos” en la conformación de la U.C.R. provincial. Fue
este agrupamiento el que le dio a la U.C.R de Mendoza un modelo de organización de las
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bases sociales que participarían en el movimiento. Los dirigentes de este grupo habían
confrontado fuertemente con Julián Barraquero y El Ferrocarril en la década de 1880.
Por último es necesario hablar de la composición interna del radicalismo para ver hasta
qué punto ésta, influyó en la decisión de Barraquero de apartarse del movimiento. El
radicalismo agrupó en sus filas elementos dispares provenientes de diversos estratos de la
sociedad, pero su mayor fuerza vino de la naciente clase media argentina que emergía en
aquel momento como consecuencia del desarrollo económico, del crecimiento de la
burocracia administrativa y del proceso de urbanización de las zonas rurales. En la
constitución de esta clase hubo elementos provenientes de las antiguas familias criollas, e
inmigrantes europeos ingresados en enorme volumen al país. Al lado de ellos se
encontraron ejerciendo presión y papeles dirigentes antiguos ganaderos y propietarios de
origen federal, desplazados por los grupos gobernantes, constituidos éstos
preferentemente por grupos de extracción unitaria. Aquellos granaderos ingresaron a su
vez con sus peonadas, proletariado en su mayoría de origen criollo que vino de este modo
a participar en las mismas luchas políticas junto con los núcleos de proletariado urbano y
suburbano formado principalmente por inmigrantes. De acuerdo con esto existía en el
movimiento una fuerte heterogeneidad en lo que se refiere a ubicación social y a
intereses económicos entre los diversos grupos.
Esta composición confronta con la concepción de homogeneidad que tenía Julián
Barraquero sobre quienes debían integrar un movimiento u asociación política, esta se vió
reflejada en las columnas periodísticas de El ferrocarril. Por su origen social y afinidades
ideológicas podría decirse que Barraquero pertenecía a la burguesía liberal de aquel
momento. Después de la división de la Unión Cívica en 1891, Barraquero se vinculó a la
Unión Cívica Nacional, opositora a la línea radical de Alem e Yrigoyen. Una de las
principales razones para explicar esta decisión estuvo vinculada a que en este grupo
político quedaron instaladas algunas tendencias conservadoras en materia económica e
ideológica. Estos grupos políticos participaron en el consenso conservador de 1891 para
después integrar en 1893 la elite política dirigente de la presidencia de Luis Sáenz Peña. A
59

pesar de estas divergencias Julián Barraquero fue en su vejez objeto de homenajes por
parte de legisladores radicales y también por militantes socialistas.
Reforma de la Ley de imprenta de la Provincia de Buenos Aires
(1890)
Hasta 1880 regía en Mendoza la Ley de imprenta sancionada por el gobierno del fraile
Aldao que establecía la censura previa para la publicación de diarios y revistas, esta fue
ejercida en su momento por la policía y el Ministerio Fiscal. En enero de 1880 fue
sancionada la Ley de imprenta que Julián Barraquero promovió desde su cargo de
Ministro de Gobierno de la provincia de Mendoza, esta terminó con la censura previa
existente hasta aquel momento. Entre sus puntos principales se destacan la garantía de
que todos los habitantes de la provincia tuviesen derecho de emitir libremente sus
opiniones, sin existir ninguna ley ni disposición estableciendo medidas que restrinjan este
derecho. La ley consideraba que toda publicación diaria o periódica debería aparecer con
el nombre de un editor responsable, éste podría ser cualquier habitante de la provincia.
Por último dejaba claro que sólo a los tribunales ordinarios les correspondería llevar cabo
procesos judiciales contra los acusados de abusos en los derechos de prensa. Recordemos
que en esta época funcionaban Instituciones como los Tribunales de Opinión para atender
querellas por calumnias, difamaciones o informaciones infundadas.
Para Barraquero el constitucionalismo brindaba como principal herramienta la
posibilidad de instalar mecanismos efectivos para la delimitación del poder político. El
poder político era concebido como el que desequilibraba a los demás poderes u
asociaciones mediante la aplicación unilateral de normas jurídicas que posibilitaban la
injerencia en los ámbitos de actuación de éstos. Dentro de estos marcos legislativos
elaboró la Ley de imprenta de 1890 para la provincia de Buenos Aires, que brindaría
entonces las herramientas y medios necesarios para sancionar a los funcionarios cuando
no respetaran la legalidad. Impulsó el proyecto desde su banca como senador provincial
de Buenos Aires. Se trataba de un proyecto reglamentario de prensa, en la presentación
60

de este Barraquero realizó un discurso repasando parte de la historia de la prensa
nacional.
Cabe citar un párrafo extenso en que ofrecía su visión sobre el desarrollo de la prensa
en el país y las leyes que regían la misma:
“En muy pocas palabras sintetizaré la evolución operada desde 1811 hasta la fecha en
nuestra legislación sobre la prensa, y entonces se verá con naturalidad surge la luz que
desvanece confusiones, dudas y errores y como habilita a cualquier lego o juez de
conciencia para pronunciar su fallo certero en todas esas cuestiones que parecen
reservadas a los grandes sacerdotes de la ley y del derecho.
La prensa periódico como instrumento de propaganda apareció en el Río de la Plata a
principios del siglo, y ya en 1801 El telégrafo mercantil y en 1802 el Semanario de la
agricultura eran perseguidos en la capital del virreinato como elementos perturbadores
del inicuo monopolio mercantil que combatían. Y una prueba elocuente de la esclavitud
de la prensa en aquella época es que no hablaba de política, a tal extremo que El correo
del comercio, redactado por Belgrano, no dijo una palabra sobre el movimiento
revolucionario del 25 de mayo de 1810, en el número aparecido en este glorioso día.
El primer periódico de carácter político que combatió el coloniaje proclamó
abiertamente la revolución y definió a la prensa argentina su rol del porvenir, fue La
estrella del Sud, publicado por los ingleses en Montevideo, durante la ocupación de esa
ciudad.
Por esta rara coincidencia cupo en gloria a la Inglaterra, cuna de libertad de la prensa
proclamada a la faz del mundo en 1688, que fueran sus hijos los primeros que nos
enseñaran a ejercitarla contra poderoso freno contra opresiones y tiranías.
Desde el momento de que la Revolución de Mayo dio al pueblo sus autoridades,
emanadas de su soberanía, éstas se preocuparon de garantir la libertad de la prensa, y el
25 de octubre de 1811 se expidió un decreto que regiría hasta nueva resolución del
Congreso. Sus declaraciones respecto a la absoluta libertad para publicar las ideas, sin más
61

límites que la responsabilidad por el abuso y la definición de éste, dejándolo sujeto a la
penalidad común, constituyen en principio la teoría americana que es la adoptada por
nuestro régimen constitucional.
Viene después la ley del 8 de mayo de 1828, constituye un Jurado que entenderá en el
hecho y en el derecho, y define los abusos de la prensa, comprendiendo como tales los
ataques a la religión del estado, la excitación a la sedición o a trastornar el orden público,
a desobedecer las leyes o las autoridades del país, y los impresos que aparezcan obscenos,
contrarios a la moral, los que ofendan con sátiras al honor o reputación de algún
individuo, etc. Y exime de responsabilidad a los impresos que sólo se dirijan a denunciar o
censurar los actos u omisiones de los funcionarios públicos en el desempeño de sus
funciones.
En este repaso pasaré por alto la inicua ley de Rosas de 1832, que prohibía toda
publicación periódica sin previo permiso de la autoridad y que tomó por modelo la
Constitución del Paraguay de 1844.
Después de la batalla de Pavón, que constituyó la nacionalidad argentina y que la
provincia quedó bajo el imperio de la Constitución federal de 1853 reformada en 1860,
surgieron para la legislación de la prensa nuevas dificultades y confusiones que han
continuado por falta de una ley que interprete las declaraciones de aquella constitución”
(Barraquero, J.1926, pág. 571-573).
El proyecto de reforma de Barraquero quedó estructurado en doce capítulos y ochenta
y nueve artículos. En el primero se afirmaba que los habitantes de la provincia de Buenos
Aires tienen derecho a “publicar sus pensamientos y opiniones sin más límites ni
restricciones que los abusos de prensa que cometan” (Barraquero, J.1926, pág. 553). Los
principales delitos que se enumeraban eran los de injurias, amenazas, descubrimiento y
revelación de secretos. En la reforma la responsabilidad ante estos casos recaería sólo en
los autores de los artículos, no en los dueños o ni los editores del diario. El juzgamiento de
las causas por delitos de prensa se realizaría por parte de los tribunales ordinarios y no de
cámaras especiales.
62

En las conclusiones sobre su proyecto Barraquero afirmaba que la libertad de prensa
consiste no en “declarar la irresponsabilidad en su abuso” sino en prohibir a los gobiernos
que impongan a los medios de la época trabas que restrinjan la libertad de opinión
(Barraquero, J.1926, pág. 576). Entre las principales restricciones se consideraba la
censura previa ejercida por el Poder Ejecutivo y las leyes que establecían penas emanadas
del Poder Legislativo.
Barraquero examinó desde su escaño otros proyectos de reforma de imprenta
presentados por legisladores, analizaba y detectaba en uno de sus discursos cual fue el
“pecado original” de todos estos (Barraquero, J.1926, pág. 577). Este residía en que no se
respetaban las penas fijadas por el Código Penal de la nación; para justificar jurídicamente
su posición Barraquero afirmaba que por “jurisdicción” debía entenderse la forma de
aplicar el derecho y no confundirlo con el momento de creación del mismo. Para
Barraquero la verdadera garantía de libertad de prensa reside en que la justicia garantice
este derecho. Pero esta justicia no debe “emanar” del poder político sino de la opinión
pública. Apoya esto en la visión de que cuando la justicia tiene su origen en la opinión
pública “la conciencia” del tribunal “penetra hasta los movimientos que guían al
periodista” (Barraquero, J.1926, pág. 581).
En 1886, unos meses antes de que Juárez Celman asumiera la presidencia, el diario
oficialista Sud América se dedicó a defender un proyecto de ley de imprenta presentado
en la legislatura de Córdoba por el ministro de Gobierno Ramón J. Cárcano que tenía
como fin “terminar con las exageraciones de la prensa facciosa” a través del
establecimiento de tribunales populares. El ministro recomendaba que un proyecto
similar fuera enviado al Congreso de la Nación para que pudiera aplicarse una Ley de
Imprenta que limitase sus excesos a nivel nacional (Alonso, P. 2003, pág. 227). Barraquero
frenará la aplicación de este proyecto a nivel nacional y defendió la sanción de estos
delitos por parte de tribunales ordinarios ya constituidos y no por otros conformados
especialmente para el juzgamiento de estos procesos. El proyecto reglamentario de
imprenta de Barraquero fue finalmente aprobado en 1890, rigiendo en la provincia de
Buenos Aires hasta mediados del siglo XX.
63

4.-
LA NOCIÓN DE SUFRAGIO EN EL PENSAMIENTO
POLÍTICO-FILOSÓFICO DE JULIÁN BARRAQUERO
El krausismo tuvo como grandes planteamientos la deducción de todos los derechos a
partir del concepto de persona; el concepto de derecho como “condición” para la vida; la
relación esencial entre la moral y el derecho; el concepto de soberanía y el de sufragio,
entendido este último como derecho natural y la doctrina de la representación de las
distintas esferas sociales. Estos temas fueron encarados por Julián Barraquero desde su
tesis y en su actuación en el periódico El Ferrocarril, siguiendo fielmente el espíritu del
tratado krausista de Arhens. En tal sentido afirmaba Barraquero: “Si es evidente que hay
derechos inherentes al hombre, en su calidad de tal, anteriores a toda ley positiva, las
constituciones deben reconocerlos y rodearlos de todos los respetos que merece la
personalidad humana” (…) “La existencia de los derechos absolutos no puede ser
controvertida” (Barraquero, J., 1889, pág. 59). Con relación a este tema recordemos que
Barraquero consideraba al sufragio como otro de los principios derivados del concepto de
persona. Como todo derecho gozaba para el autor del valor absoluto, que recibe de su
origen. No se trata de algo convencional sino primitivo, que exige por eso mismo la
“participación de todos” (Barraquero, J. 1889, pág. 38). Esta manera de entender al
sufragio determinaba que la soberanía debiese ser ejercida por todos los miembros de la
comunidad social. Barraquero sostenía en aquel entonces, hacia las décadas de 1870 y
1880, que un gobierno republicano representativo es aquel que deriva todo su poder
directa o indirectamente de la gran masa del pueblo (Barraquero, J. 1889, pág. 39). De
acuerdo con esto afirmará que a las mujeres también les compete el derecho electoral.
Estas teorías deberían sonar en su época como “utópicas” frente a las viciosas prácticas
electorales de los gobiernos oligárquicos.
El reclamo por la libertad de sufragio fue también central en el discurso del El
Ferrocarril, mientras que los dirigentes de la política nacional (principalmente Roca y
64

Pellegrini) proponían una reforma política gradual desde las páginas del periódico se
exigía a la administración la decisión de implementar la libertad de sufragio. Ésta era
considerada como el único logro que le faltaba al gobierno, ya que contaba “con el apoyo
de la opinión pública y había logrado llevar a cabo grandes logros económicos” (El
Ferrocarril. 7 de marzo de 1883). Lo que restaba para que la legitimación del gobierno
fuese plena era la garantía del ejercicio en toda la República de las libertades sostenidas
por la Constitución, es decir hacer que estas fueran ampliamente respetadas y que los
derechos constitucionales se hallaran en pleno ejercicio. La libertad de sufragio era para el
periódico el núcleo del sistema representativo, si éste funcionaba bien podría defender los
intereses de todos los órganos que componen la nación y transformarse de esta manera
en un reaseguro ético para que se puedan llevar a cabo los principios de la constitución
nacional.
Esta manera de entender la política en clave ética privilegiaba la potencial dimensión
de las libertades políticas frente al reparo de que el proceso de ampliación de la
ciudadanía implicara un retorno de las luchas civiles o una situación de desestabilización
generalizada. La dicotomía tan extendida en la época entre orden y libertad se superaba
ya que la libertad política significaría la puesta en marcha de un sistema democrático
republicano en donde estarían representadas las distintas esferas sociales. Sin dudas parte
de estas posturas filosóficas hicieron que Barraquero iniciará una activa militancia a favor
de la libertad de sufragio. Este fuerte eticismo le impulsó en la década de 1880 a una lucha
contra las prácticas políticas del momento, a la que no se adhirieron sectores mayoritarios
de la elite conservadora gobernante. Veremos ahora cómo fue el posterior desarrollo de
sus teorías a través del análisis de dos reformas electorales propuestas en años
posteriores a los de la producción de su tesis doctoral y su participación en el periódico El
Ferrocarril.


65

Reforma electoral nacional de 1902
A principios del nuevo siglo la corrupción administrativa, la especulación financiera, el
fraude electoral, el materialismo y algunas modificaciones en las costumbres sociales
aparecieron intensamente denunciadas por algunos de los integrantes del ambiente
político e intelectual del país. Esto se tradujo en un movimiento reformista que tuvo como
plataforma principal la transformación de las instituciones y los hábitos políticos
nacionales. Las alternativas promovidas comprendieron aspectos político-institucionales,
como la revisión del funcionamiento del régimen federal, proyectos de reforma electoral y
del régimen presidencialista. La mayoría de estas ideas de reforma apuntaban a una
modificación de la cultura cívica. Desde un diagnóstico del sistema político, el movimiento
consideró también la promoción de estas transformaciones desde nuevas instituciones.
Este periodo liberal reformista converge con el segundo gobierno de Roca (1898-
1904).En estos años se promovieron desde el Estado algunas iniciativas progresistas,
sobre todo desde la gestión en el Ministerio del Interior de Joaquín V. González. Se
elaboraron leyes referidas a la reforma electoral y la organización del trabajo. Sin embargo
estas iniciativas tuvieron límites muy rígidos, establecidos por la necesidad de mantener el
control político y el poder de represión frente a los conflictos sociales. En este momento
también se eligen los primeros diputados socialistas al Congreso de la Nación, empezaba a
existir desde entonces una representación más directa de algunos sectores de la sociedad,
como por ejemplo la clase obrera. A principios de siglo estos sectores se estructuraban
socialmente de manera novedosa, por la presencia en ellos de inmigrantes europeos
recién llegados al país.
Con este escenario socio-político de fondo, Barraquero asumió como diputado nacional
por Mendoza en 1898. Desde la organización constitucional de 1853 hasta esa fecha
ningún otro senador o diputado por la provincia de Mendoza había conseguido ser autor
de alguna ley sancionada por el Congreso. Barraquero consiguió transformar en ley un
proyecto derogatorio del impuesto interno a los vinos y de reglamentación de la
producción industrial vitivinícola. Entre otras de sus iniciativas parlamentarias figuraron
66

como los más trascendentales sus proyectos sobre reorganización de los Bancos de la
Nación e Hipotecario, creación de las Cámaras Federales de Apelación, organización del
Registro Nacional de la Propiedad, reorganización del Tribunal de Cuentas, creación de
viveros regionales y pavimentación de la Capital Federal (Barraquero, J. 1926).También
presentó un proyecto para la adquisición de perforadoras, con el propósito de que la
Dirección de Geología hiciera exploraciones en todo el territorio nacional. Con una de
estas maquinarias se descubrió el primer pozo petrolífero del país en Comodoro
Rivadavia.
Uno de los proyectos de ley más importantes presentados en su periodo como
legislador nacional fue el proyecto de Ley electoral de 1902. El mismo establecía como
puntos fundamentales el voto secreto y el sistema de circunscripciones para las elecciones
de diputados nacionales, el proyecto fue presentado a la Cámara tres meses antes del
presentado por Joaquín V. González. Ambas reformas impulsaban la institucionalización
de un nuevo procedimiento electivo consistente en la subdivisión del territorio nacional
en circunscripciones electorales, con una regla de candidatura individual y adjudicación
uninominal de los escaños por cada circunscripción. Recordemos que hacia 1902 el
sistema electoral era el de lista completa, donde cada una de las catorce provincias
argentinas constituía un distrito electoral único y cada elector tenía derecho a votar
tantos candidatos como bancas en disputa existieran. El resultado más habitual de este
procedimiento era que el partido que obtenía la mayoría ganaba la totalidad de los cargos
y las minorías quedaban sin representación.
Los debates parlamentarios para tratar las leyes promovidas tanto por Barraquero
como por González nos acercan a todo el fenómeno que provocaba el control electoral en
el pensamiento político de la época. En este sentido afirmaba Joaquín V. González: “(…)
según mis convicciones después de un estudio prolijo de nuestra historia, este país no ha
votado nunca” (Botana, N. 2012). Barraquero hacía un recorrido sobre la historia
electoral, destacando el rol que jugaba la opinión pública en el proceso; “(…) en los
primeros tiempos de nuestra organización nacional, las elecciones en todo el territorio de
la República eran ardientes, apasionadas, tumultuosas, y en muchos casos el atrio se
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convertía en verdadero campo de batalla, donde quedaban muertos y heridos. Pero la
opinión pública, los mismos partidos beligerantes se inclinaban ante el voto que salía de
esa urna ensangrentada, porque si no era la verdad genuina de la mayoría, era por lo
menos un reflejo de la voluntad popular” (Barraquero, J. 1926, pág. 286). En su análisis,
Barraquero revisaba las adulteraciones operadas en el nivel más visible del sistema y
también el soporte científico-jurídico que lo justificaba teóricamente. Sostenía que la
adulteración no sólo se daba a nivel micro, como por ejemplo en las falsificaciones del
registro electoral o la supresión de la concurrencia de los votantes a las atrios, sino
también en la presencia de legisladores provinciales que llegaban a sus cargos sin haber
obtenido un solo voto, y que sin embargo estaban avalados por “la ley y ciencia que
llaman coeficiente electoral” (Barraquero, J. 1926, pág. 285).
Estas prácticas que implicaban vicios y violaciones a la ley hicieron que las elecciones
presentaran una dualidad, ya que legitimaban y deslegitimaban a la vez. El acto electoral
ponía en manos de los victoriosos el argumento de haber sido elegidos por el pueblo, los
vicios de ese acto ponían en manos de los perdedores el argumento de que la voluntad
había sido violada (Alonso, P. 2004, pág. 212). En el discurso parlamentario de defensa de
su proyecto, Barraquero afirmaba que en el fraude electoral “no hay pecadores ni
impecables” (Barraquero, J, 1926. pág. 285). Ningún partido político tenía derecho a
realizar denuncias sobre prácticas electorales, ya que estas fuerzas cuando accedían al
poder político efectuaban los mismos abusos denunciados. Por otra parte, entendía la
reforma electoral “como un deber que se impone a todos los poderes públicos”. Asimismo
se refería a la Ley Sáenz Peña como una reforma de reacción frente a la situación política
nacional, esta reforma debía llevarse a cabo para Barraquero únicamente desde los
poderes de la nación sin participación “ni de las filas del pueblo ni de las leyes
provinciales” (Barraquero, J. 1926, pág. 288).
Su proyecto de 1902 no establecía requisitos ni condiciones para la categoría de
elector. Barraquero afirmaba en su discurso: “(…) he descartado la prohibición del voto a
los analfabetos”. Iba más allá y clarificaba cual era el papel que jugaba este sujeto en el
proceso político electoral; “(…) el analfabeto es la carne, el elemento que sirve de base
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para el fraude en las elecciones; en una palabra es incapaz de desempeñar la función
trascendental del sufragio”. Sin embargo, agregaba: “(…) como nuestro último censo
arroja una cifra aterradora de analfabetos me ha parecido que debía descartarla de mi
proyecto” (Barraquero, J. 1926, pág. 289). Estas sentencias implicaban un giro en la
concepción político-filosófica original de Barraquero sobre el sujeto de la soberanía. Desde
numerosos escritos y actuaciones públicas este había sostenido la libertad de sufragio. El
punto de partida para esto, se encontraba en que todos los derechos estaban incluidos en
el concepto de persona; de él surgen racionalmente los demás principios que constituyen
la forma perfecta denominada por Barraquero como “democracia republicana
representativa” (Barraquero, J. 1889, pág.41) En este sentido el término democracia
implicaba una soberanía, que no radica propiamente en el gobierno sino en la sociedad.
Para Barraquero, esta soberanía no era una propiedad difusa y abstracta de un ente
indeterminado, tal como podría entenderse el término sociedad, sino una realidad
articulada y orgánica que compete tanto “a la persona individual como a la colectiva”.
Resultan entonces en este esquema soberanas todas las esferas, cada una en su nivel y
dentro de los límites de sus funciones propias: el ciudadano, la familia, el municipio, el
pueblo, la nación.
Otro de los principios fundamentales derivados del concepto de persona era el de
sufragio. Como todo derecho gozaba del valor absoluto, que recibe de su origen. No se
trata de algo convencional sino primitivo que exige por eso mismo la participación de
todos. Para Barraquero el sufragio es entendido como “la soberanía en acción” de esto se
deduce que debía ser ejercido por todos los miembros de la comunidad social
(Barraquero, J. 1889, pág.42).
En cambio en la argumentación de defensa de su proyecto de reforma electoral de
1902, este sujeto ya no es soberano, sino simplemente “puede” votar, y esto se debe
solamente a que es el sector mayoritario de la población. Era una coyuntura socio-política,
algo en el orden de lo convencional, lo que determinaba su participación y no un derecho
inherente a su condición de persona. Así todo Barraquero entendía que la transformación
de la organización social exigía la existencia de aptitudes para practicar las leyes y las
69

constituciones, entendiendo que el pueblo argentino (a diferencia de los otros pueblos
latinoamericanos) contaba con esas aptitudes. Lo que faltaba en este esquema era la
presencia de leyes adecuadas para llevar a cabo esta transformación. No existe entonces
otra vía reformista para el autor que no sea la de “una ley completa, que abarque desde el
proceso electoral hasta la aprobación final de las elecciones” (Barraquero, J. 1926, pág.
287).
En este sentido Barraquero elaboró un proyecto de ley que constaba de veintiocho
capítulos y ciento setenta y tres artículos. En el mismo se trataba de eliminar lo que
Natalio Botana ha denominado como “los siete momentos que culminan con la
producción del voto” (Cfr. Botana, N. 2012). Éstos eran; el estudio de las comisiones
empadronadoras, la formación del registro, el comicio doble, el vuelco de los padrones, la
repetición del voto y la compra de sufragios. También el proyecto se organizó para
terminar con la ausencia del secreto en la expresión del voto y la aplicación plurinominal o
sufragio de lista.
Los puntos más polémicos del proyecto fueron el derecho a reunión incluido por
Barraquero y la sanción a los electores que ya empadronados no asistían a la elección,
este último punto fue muy criticado por Joaquín V. González, quien sostenía que se debía
sancionar a los no empadronados.
Finalmente el veintinueve de diciembre de 1902 se sancionó la Ley 4.161 que
estableció el sistema minoritario uninominal por circunscripciones derogando las leyes
electorales anteriores, el proyecto elegido fue el elevado por Joaquín V. González en
representación del Poder Ejecutivo nacional.


70

Contexto político de la Ley de reforma electoral Sáenz Peña
(1912)
En cuanto al complejo tema de la relación entre regímenes políticos y legitimidad,
según Natalio Botana existen dos interrogantes que un régimen político debe responder.
En primer lugar, dejar claro qué vínculo de subordinación establecerá el poder político con
el resto de los sectores de poder presentes en la sociedad y, en segundo lugar, qué reglas
garantizarán el acceso y el ejercicio del poder político de los futuros gobernantes (Botana,
N. 2012).
Creemos que desde estas dos dimensiones podemos acercarnos a la comprensión del
contexto político en el que se llevó a cabo la reforma electoral de 1912. Trataremos
entonces de indagar cuáles fueron las razones fundamentales que determinaron la
voluntad política reformista de aquel momento.
La ley de reforma electoral fue impulsada por el sector reformista del Partido
Conservador (Alcorta, Pellegrini, Sáenz Peña) y contó con el apoyo y aprobación del líder
del Partido Radical, Hipólito Yrigoyen. La idea de estos reformistas era crear un partido
político conservador organizado que pudiera contar con un apoyo más amplio dentro de
toda la sociedad. Un partido orgánico cuya consigna inicial sería el establecimiento de un
verdadero gobierno representativo.
Según Waldo Ansaldi la reforma había sido impulsada por lo que él denomina “sector
transformista” con la intención de disminuir la presión de los grupos excluidos por el
régimen oligárquico. Al mismo tiempo tenían como objetivo más amplio propiciar la
competencia entre partidos y construir así un régimen representativo (Ansaldi, W. 2000,
pág.45).
Tulio Halperín Donghi plantea una hipótesis similar, la reforma se proponía reconstruir
a la elite política conservadora al verse obligada a competir con sus adversarios en una
abierta lucha electoral; "Lo que la reforma requiere es la integración de las demasiadas
71

numerosas máquinas electorales al servicio de carreras personales en partidos
doctrinarios, o –como se dice más frecuentemente- de ideas. Quienes dominan aún los
poderes del Estado confían en que un sistema político esencialmente oligárquico será
vigorizado y no aniquilado por la instauración de una auténtica democracia de sufragio
universal" (Halperín Donghi, T. 2007, pág.16).
David Rock afirma, sobre la reforma electoral: "La solución de Sáenz Peña era, en líneas
generales, la misma que había ofrecido Pellegrini algunos años atrás. Creía que la élite
debía democratizar las instituciones del país y organizar un partido conservador popular
mayoritario, legitimando así su control y suprimiendo las expresiones más inquietantes de
descontento popular, como las que formulaba la clase obrera inmigrante" (Rock, D. 1977,
pág.56).
Pese a alguna diferencia, los tres autores sostienen similares hipótesis a la hora de
encontrar los motivos de la reforma. Entre éstos se destacan dos: 1) captar a la oposición
por medio de la inclusión y participación electoral, frenando así el peligro que
representaba el radicalismo y sobre todo el cada vez más organizado sector de la clase
obrera; 2) la formación de partidos doctrinarios, que posibilitaran al espectro político-
ideológico conservador convertirse en la fuerza partidaria más importante.
El mismo diseñador de la reforma Indalecio Gómez, ministro del Interior de Sáenz Peña,
reconoció durante los debates parlamentarios de la nueva ley electoral que el sistema que
estaba por ser transformado había al menos tenido éxito en conformar una clase
conservadora de una voluntad y energía capaces de resistir la anarquía, la revolución y el
desorden.
Finalmente la que se conoce como Ley Sáenz Peña (Ley 8.871, ley General de
Elecciones) fue sancionada por el Congreso de la Nación Argentina el 10 de febrero de
1912. Estableció el voto secreto y obligatorio a través de la confección de un padrón
electoral, aunque seguía siendo exclusivo para nativos argentinos y naturalizados
masculinos y mayores de 18 años.
72

Reforma electoral para el proyecto de la nueva Constitución de
Mendoza de 1916
En la década del noventa, fue el radicalismo el que levantó la bandera de la moral
electoral frente a lo que ellos llamaban el fraude y la corrupción de “El Régimen”. Veinte
años después, los hombres que habían participado en cargos políticos decisivos en el
sistema político conservador retomaban los mismos temas y coincidían con sus antiguos
adversarios. Esta situación se invertirá totalmente en el caso de Julián Barraquero,
funcionario de gobiernos conservadores, quien desde 1878 venía reclamando por una
reforma electoral que garantice un sistema de participación a toda la ciudadanía y sin
embargo presentó en 1916 un proyecto de reforma electoral que restringía la ciudadanía
política.
Barraquero asumió el cargo de ministro de Gobierno de Mendoza en 1914. Durante su
ministerio se realizaron las primeras elecciones presidenciales después de la aprobación
de la ley Sáenz Peña. Su obra principal impulsada desde este cargo fue un proyecto de
Constitución provincial. Este tenía como principales objetivos: fortalecer la autonomía de
las municipalidades; darle una nueva reglamentación al Poder Judicial de la provincia;
constituir un régimen autonómico para el Departamento de Irrigación y restablecer la
restricción del sufragio para todos aquellos que sepan leer y escribir.
Barraquero consideraba que a pesar de la sanción de la ley Sáez Peña, el régimen
electoral de todo el país necesitaba ser nuevamente reformado. Las razones para esto las
veía en que “la ley en vigor es inconstitucional, y si ha sido aceptada por la opinión
pública, es por considerarla menos mala que la anterior” (Barraquero, J. 1926, pág.587).
La inconstitucionalidad se asentaba en que los intereses de todo el pueblo no estaban
representados en el Congreso sino sólo los de dos “mayorías relativas” (Barraquero, J.
1926, pág.588). Barraquero estaba aludiendo al sistema de lista incompleta incluido en la
ley; éste se basaba en que dos terceras partes de la cámara de diputados eran para la lista
que obtuviese la mayor cantidad de votos en la elección y sólo el tercio restante para la
73

lista que obtenga la segunda cantidad de votos. La representación de los verdaderos
intereses sociales estaría garantizada para Barraquero en la implementación del “sistema
proporcional”. Este sistema implicaba la elección indirecta de algunos cargos, como el de
senador nacional.
Su proyecto de reforma constitucional estaba encabezado por una ley electoral que
establecía un tipo de sufragio que calificaba al elector según su capacidad cultural, en
particular la de saber leer y escribir. Para justificar la restricción Barraquero hacía en su
discurso una diferenciación entre las diferencias esenciales entre los “gobierno libres y los
gobiernos liberales”. El contraste residía en que para el autor los gobiernos libres tenían
sus fundamentos “en sabias constituciones escritas” que no siempre se cumplen y los
gobiernos liberales, aun dentro de su unitarismo, “suelen hacer la felicidad de los pueblos,
ya que obedecen más a la fuerza de la cultura y al patriotismo de los ciudadanos, que a la
sabiduría de las leyes” (Barraquero, J. 1926, pág.590).
Entonces –según Barraquero- no había que confundir “causas con efectos”. La clave
para entender “el difícil y largo momento de gestación” de las instituciones republicanas
en Sud América estaba en que “los pueblos de la América española” creían que bastaba
darse constituciones liberales para “reputarse constituidos y que los pueblos eran para las
instituciones y no éstos para aquellas”. Es decir se trazaron planes de gubernamental de
en un plano teórico, ignorando los medios de hacerlos prácticos, nunca hubo por parte de
“los pueblos” la preocupación por saber si estas nuevas instituciones estaban “arraigadas
en las costumbres y los espíritus” (Barraquero, J. 1926, pág.592).
Barraquero sabía que en el proceso político de entonces, la reforma que promovía
podría ser criticaba entre otras cosas porque dejaba afuera del proceso político a la mayor
parte de la población; en tal sentido decía: “Se sostiene que siendo enorme la cifra de los
que no saben leer y escribir, la reforma propuesta atentaría contra el principio de la
igualdad política, porque seríamos gobernados por una minoría” (Barraquero, J. 1926,
pág.595). Frente a estas posibles acusaciones afirmaba que es siempre el interés político
el único que elige y gobierna, y que no por esto se ha destruido el principio de igualdad
74

política, “esta minoría que elige y gobierna representa la razón del pueblo y legitima el
origen de los poderes constituidos” (Barraquero, J. 1926, pág.597). En esta afirmación de
Barraquero encontramos el reconocimiento de la inexistencia en el plano del poder
político de una legitimación de origen basada en el consenso popular, lo que realmente
legitima al poder político es la incapacidad cultural (“la razón”) del pueblo. La razón en
realidad no puede ser representada porque no existe en abstracto, y en todo caso si
llegase a existir debería ser modelada. Se explicitaba de este modo un sistema invertido
de la representación, en la cual ésta se encuentra garantizada por la capacidad para el
ejercicio de gobierno y no por la legitimidad de origen de los representantes.
Por otra parte, en su argumentación Barraquero afirmaba que la igualdad en absoluto
sólo existía en el orden civil, porque en el político es un principio declarativo, sujeto a las
restricciones convenientes y racionales que la autoridad impone al ejercicio de los
derechos inherentes a la ciudadanía.
En contraposición a la base de justificación jurídico-ideológica de su reforma de 1902,
donde concebía que el pueblo argentino contaba con aptitudes políticas pero le faltaban
leyes, Barraquero argumentaba en 1916 que se debía hacer una reforma gradual y
prudente, anteponiendo la necesidad de un proceso de mejora de hábitos y costumbres a
cualquier reforma drástica. La base de esto era que suponía en 1916 que el sufragio
implicaba una función “meramente mecánica”, desde este rol nunca podría ayudar
entonces a la implementación de un verdadero sistema representativo republicano. La
función del sufragio para el autor debía estar como “toda función social” sujeta a una ley
de orden moral. De esta manera no podían tener el derecho al sufragio los que carezcan
de “voluntad, discernimiento y libre albedrío”. Estos eran definidos en el discurso con
términos como “mono sabio”, “máquinas”, “mayoría ciega” (Barraquero, J. 1926,
pág.598).
Lo que estaba en la base del esquema político ideológico de Barraquero era su
concepción de la soberanía. Ésta “no es arbitraria, ilimitada, ni surge de ninguna
convención humana, como lo pretendía Rousseau, sino que está regida por las leyes de la
75

moral universal” (Barraquero, J. 1926, pág.598). Al surgir la soberanía de la moral
universal, el sufragio ya no era pensado por Barraquero como un derecho natural anterior
a toda ley positiva, sino que era concebido como un derecho social emanado de la
voluntad política minoritaria. La voluntad política debía ser ejercida por una minoría
porque los sujetos que antes habían sido soberanos han perdido, para el autor, la
condición de persona por causa de la corrupción moral. Esta concepción se asentaba en la
visión antropológica de Barraquero quien consideraba que por contener un principio
divino, el hombre “es fin en sí mismo” y no puede ser tratado como cosa, como “medio”
(Barraquero, J. 1889, pág.26). La condición socioeconómica de los ciudadanos no aparece
para Barraquero como estructurante de este proceso.
Esta visión moral restrictiva de lo político por parte del autor, relegaba la potencial
dimensión social de las libertades políticas frente al reparo de que el proceso de
ampliación de la ciudadanía implicaría la participación de sectores incapacitados
culturalmente para ejercer estos derechos.
Creemos que la concepción krausista original de Barraquero no pudo reformularse en
1916 para integrar en un proyecto político y filosófico inclusivo, como había sido el
krausismo de fines de siglo XIX, a nuevos sectores que emergían del proceso histórico y
social argentino de aquellos años.
Posiblemente tanto el radicalismo como su líder Hipólito Yrigoyen estructuraron
también una visión de los procesos sociales con limitaciones propias de estas doctrinas
filosóficas del siglo XIX. Esto quizás sea observable en momentos socio-políticos claves del
primer gobierno de Yrigoyen como la Semana Trágica de 1919 y los sucesos ocurridos en
la Patagonia en 1921.
Finalmente el proyecto de reforma constitucional de Julián Barraquero fue aprobado
por la legislatura provincial en 1916, pero numerosas reformas del mismo fueron
descartadas, entre ellas la electoral.

76

CONSIDERACIONES FINALES
A partir de lo anteriormente expuesto en este estudio puede vislumbrarse el rol
relevante otorgado en las ideas políticas de fines del siglo XIX, a la prensa y la opinión
pública como promotoras de reformas consideradas fundamentales para la consolidación
de un régimen republicano representativo en la Argentina. Sin embargo, teniendo en
cuenta índices de alfabetización y la direccionalidad del discurso de El Ferrocarril,
consideramos que la difusión de las ideas políticas por parte de la prensa estuvo
encuadrada dentro del ámbito de la elite gobernante.
Consideramos haber encontrado, mediante el análisis de las primeras obras del autor,
la existencia de un área de encuentro creciente entre el krausismo y el humanismo
moderno, que ofrecieron una concepción alternativa al positivismo hegemónico en la
época. Es central en el discurso de Julián Barraquero de aquel momento, la consideración
del concepto de naturaleza humana como explicativo de los fenómenos socio-históricos y
fundante del derecho.
En cuanto a la pregunta e hipótesis inicial planteada sobre si en los núcleos asociativos
de fines de siglo XIX primaban prácticas solidarias y de acervo cultural, consideramos a
esto como posible. Lo que también resulta evidente es que existió una dimensión limitada
en cuanto a quienes podían integrar estos nuevos nucleamientos.
Las diferencias entre el desarrollo político de las posiciones de Julián Barraquero y
otros krausistas de fines de siglo XIX como Yrigoyen fueron planteadas por Roig, desde las
prácticas políticas divergentes adoptadas por éstos a lo largo de sus trayectorias. También
consideramos como determinante en esta separación una concepción opuesta en torno a
cómo debían ser las bases sociales de los nuevos movimientos políticos. Recordemos que
para Barraquero el principio integrador de éstos debía operar en torno a la noción de
homogeneidad social.
Esperamos haber contribuido mediante este trabajo a ofrecer algunos aportes para
tratar de acercarnos a cómo se concibió el sufragio en parte de la elite de fines de siglo
77

XIX. Pensamos que hubo etapas diferenciadas en esta concepción que se vislumbran de
forma particular en el pensamiento de Barraquero. Consideramos que el trasfondo último
de sus concepciones divergentes en cuanto al sufragio reside en que no pudo reformular
su doctrina krausista inicial, que veía en la moral la explicación definitiva de los procesos
socio-políticos del momento.
El krausismo y su manera de entender a la moral y a la política fueron, a nuestro
entender, la base ideológica de las principales críticas a las prácticas políticas del régimen
conservador argentino que se desarrolla entre 1880 y 1916. Teniendo en cuenta
principalmente que tanto en los ámbitos de divergencias internas de los partidos
conservadores como en la U.C.R la concepción moral de esta doctrina fue el piso ético
sobre el que se construyó el discurso crítico.
Pensamos también que la perspectiva krausista de entender la política en clave ética
privilegió, hacia fines de siglo XIX en la Argentina, la potencial dimensión de las libertades
políticas frente al reparo de que el proceso de ampliación de la ciudadanía implicara un
retorno de las luchas civiles o una situación de desestabilización generalizada. La
dicotomía tan extendida en la época de orden y libertad se superaba, ya que la libertad
política significaría la puesta en marcha de un sistema democrático republicano en donde
estarían representadas las distintas esferas sociales.
También creemos haber vislumbrado mediante el análisis del periódico El Ferrocarril
como el racionalismo moderado de algunos krausistas argentinos como Barraquero los
llevó a un cierto entendimiento con los grupos católicos, sin quebrar por eso la tradición
liberal argentina. Arturo Roig entendió esta relación como una forma de transacción en la
polémica entre católicos y racionalistas.
Para finalizar consideramos como tema de notoria vigencia en la actualidad la
búsqueda por parte del autor de instalar mecanismos efectivos para la delimitación del
poder político. El poder político fue concebido en su pensamiento como el que
desequilibraba a los demás poderes o asociaciones mediante la aplicación unilateral de
normas jurídicas que posibilitaban la injerencia en los ámbitos de actuación de éstos.
78

Pensamos que esta manera de pensar al poder ha sido retomada con fuerza en los
debates políticos de la última década en la República Argentina. Entre ellos se destacan
algunos como: la denuncia a la centralización de poder en una sola persona, el rol de la
opinión pública y de los medios frente al poder político, un pedido de reformulación en la
relación entre el Estado y la sociedad civil, el cuestionamiento ético del Estado y el planteo
de una reformulación del sistema político y sus prácticas.
















79

BIBLIOGRAFÍA
*Fuentes.
Barraquero, Julián (1889), Espíritu y práctica de la Ley Constitucional Argentina. Tesis
doctoral presentada en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Buenos Aires, Imprenta
de la Tribuna.
Barraquero, Julián (1881), Memoria para el año 1880, Mendoza, Tipografía Bazar
Madrileño.
Artículos publicados en el periódico El Ferrocarril (1883- 1889).
- “Un poco de política local…” Domingo 7 de enero 1883.
- “El Club de los artesanos”. Martes 19 de enero 1883.
- “Contestaciones….”19 de enero de 1883.
- “El brindis del General Roca y la oposición”. 21 de enero 1883
- “La política práctica…” 24 de enero de 1883.
- “El General Roca debe ser jefe del partido imperante”. 7 de marzo de 1883.
- “Progresar es reformar”. 18 de febrero 1883
- ¿Es posible un buen gobierno en Mendoza? 13 de enero 1884.
- “145 inmigrantes”. 16 de enero de 1884.
- “Los araucanos y los pehuenches”.16 de enero de 1884.
- “Charla entre un liberal y un clerical”. 29 de agosto 1884.
- “El partido católico y la oposición”. 31 de agosto 1884.
- “El espíritu de asociación”. 10 de octubre de 1884.
- “La justicia de paz”. 12 de junio 1885.
- “¿Dónde está el secreto de nuestros malos gobiernos?”. 23 de agosto 1886.
- “Las reformas del Estado”. 24 de junio de 1888.
80

Barraquero, Julián (1926), Su labor parlamentaria y jurídica. Publicación ordenada por Ley
894 de la H. Legislatura de Mendoza. Buenos Aires: Talleres Gráficos de L. Gutiérrez.
Barraquero, Julián (1965), “La filosofía”. Reedición en Cuyo. Anuario de Historia del
pensamiento argentino. Mendoza: Instituto de Filosofía.
*Bibliografía general.
AAVV (1984), El krausismo y su influencia en América Latina, Madrid, Calatrava.
Alberdi, Juan Bautista (1852), Bases y puntos de partida de la organización política de la
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