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¿Estás luchando como Ulises o como Jasón?

¿Estás luchando como Ulises o como Jasón? En la mitología griega encontramos dos relatos relacionados entre

En la mitología griega encontramos dos relatos relacionados entre sí que nos proveen una poderosa ilustración de la vida cristiana.

El primero gira en torno a un personaje muy conocido que algunos llaman Ulises y otros

Odiseo. Según el relato de Homero, Ulises era un esposo modelo felizmente casado con Penélope, con quien vivía en la isla de Ítaca.

Pero un turbio incidente habría de enviarlo lejos de su esposa amada por unos 20 años. Resulta que un príncipe de Troya llamado París, se enamoró perdidamente de Elena, la esposa de Menelao, el rey de Grecia, y se la llevó consigo. Así que para limpiar su honor, los griegos enviaron un gran ejército para atacar Troya. Ulises era parte del grupo.

Para hacer la historia larga corta, el asedio de Troya duró 10 años, hasta que los griegos lograron penetrar la ciudad escondidos en el vientre de un gran caballo de madera. Ulises y sus hombres conquistaron la ciudad y libertaron a Elena. Pero el viaje de regreso, que también duró 10 años, resultó ser más peligroso que la guerra contra los troyanos.

Uno de los momentos más peligrosos de su travesía fue cuando Ulises tuvo que bordear la isla de las sirenas. Estas malvadas criaturas tenían un canto tan hermoso que atraían a sus marineros a la costa, y cuando sus barcos se estrellaban en los escollos, ellas aprovechaban para acabar con ellos sin misericordia.

Advertido ya de este peligro, pero lleno al mismo tiempo de curiosidad, Ulises ordenó que todos sus marineros se taparan los oídos con cera y mantuvieran en todo momento la vista

al frente, para que no pudieran ser atraídos por su canto o por su hermosura. Pero al mismo

tiempo pidió a los marineros que lo ataran al mástil de la embarcación, para poder escuchar

el canto de las sirenas sin correr ningún peligro. “No importa lo que yo diga o haga; no me

suelten hasta que estemos a una distancia segura”.

Y tal como se le había advertido, Ulises quedó totalmente hechizado por lo que vio y

escuchó. Incluso una de las sirenas tomó la forma de Penélope, para que Ulises pensara que había vuelto a casa. De no haber sido porque estaba atado al mástil, con gusto Ulises habría

sucumbido a la tentación.

Lamentablemente, la vida práctica de muchos que profesan ser cristianos se asemeja a este episodio de la vida de Ulises. De no ser por la soga de reglas humanas y por el temor a ser mal vistos dentro del círculo eclesiástico en que se mueven, sucumbirían contentos a las tentaciones de este mundo. Su cristianismo no se caracteriza por el gozo, sino por el temor

y la vergüenza. Estos creyentes luchan con el pecado, pero por una motivación pecaminosa:

el temor a los hombres. Ese es el resultado del legalismo.

El otro relato gira en torno a Jasón que, al igual que Ulises, tuvo que enfrentarse con la isla de las sirenas. Pero su táctica fue muy diferente. Entre los tripulantes de su embarcación se encontraba Orfeo, un artista de talento incomparable, cuya música era reconocida como la más hermosa y melodiosa del mundo antiguo.

Así que en vez de ponerle cera a los marineros, o de pedirles que lo ataran en el mástil del barco, Jasón le pidió a Orfeo que tocara las canciones más hermosas y encantadoras de su repertorio, y de esa manera el canto de las sirenas quedó completamente opacado.

Las sirenas no habían perdido su capacidad de seducir, pero estos hombres habían sido completamente cautivados por un sonido infinitamente superior. Como alguien ha dicho muy sabiamente: Ulises sobrevivió al sonido de las sirenas, pero Jasón triunfó sobre ellas; y es esa victoria la que Dios nos provee en el evangelio.

Como dice Tim Chester: “A menudo pensamos en la santidad como renunciar a los placeres del pecado por una vida digna y aburrida. Pero la santidad significa reconocer que los placeres del pecado son vacíos y temporales, mientras que Dios nos invita a disfrutar de placeres extraordinarios, verdaderos, plenos y ricos que duran para siempre”.

La música del evangelio opaca por completo cualquier oferta que este mundo pasajero puede ofrecer y nos provee los recursos que necesitamos para seguir corriendo nuestra carrera, no con los ojos puestos en los hombres, sino en Jesús, el Autor y Consumador de nuestra fe (comp. 2Cor. 5:14-15).

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

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