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EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ

Una visión no estatolátrica

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JOSÉF.DURÁNVELASCO

EL CONFLICTO ÁRABE-ISRAELÍ

Unavisión

noestatolátrica

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Prólogo de

ALBERTO ARCE

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©JoséF.DuránVelasco2009

©delPrólogo:AlbertoArce

©delafotografíadeportada:AmirFarshadEbrahimi

Primeraedición:agostode2009

©deestaedición:BósforoLibros,S.L.

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ISBN:978-84-936189-4-0

DepósitoLegal:B-35331-2009

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A la memoria de Alejandra García Aguado, que fundó y presidió la Plataforma por Palestina de Sevilla.

A todos los palestinos e iraquíes que rechazan el sionismo y la ocupación de Iraq.

A todos los judíos antisionistas de Israel y de fuera de Israel.

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Los políticos

Los políticos son estériles. Sólo engendran hernias y prostatitis. «Los achaques que he tenido», dice uno, «hacen de mí un candidato a la Casa Blanca». «Mi calva», dice otro, «demanda una corona». «Me haré estirar la piel de la cara», dice el tercero, «para que la joven generación vea en mí a su líder».

Lo que necesita la joven generación es un tractor o, quizás, una escoba.

En consecuencia, escupamos al rostro de los viejos políticos.

Reza Baraheni* 1

* Reza Baraheni es un escritor iraní, nacido en 1935 en Tabriz. Pertenece

a la minoría turca azerí (la etnia más numerosa de Irán después de los per-

sas). En su obra más famosa, Los caníbales coronados (traducida al español como Persia sin máscara) incluye diversos ensayos («Historia masculina», «Memorias de prisión», etc.) y un poemario titulado «Máscaras y palabras», del que forma parte el poema «Los políticos». Los caníbales coronados es una durísima requisitoria contra la monarquía, el patriarcado, el chovinismo persa (opresor de las otras lenguas, como el turco azerí, idioma materno de Baraheni), el imperialismo occidental y el «orientalismo» (en sus dos varian-

tes: estalinista y colonialista capitalista). En 1973 fue detenido, interrogado

y torturado por la Savak (la gestapo del shah). En 1981 fue detenido bajo el

régimen de Jomeini y al salir de la cárcel en 1982 se le prohibió volver a la enseñanza en la universidad. En la actualidad reside en Canadá y da clases de literatura comparada en la Universidad de Toronto. Ha escrito más de cincuen-

ta libros en persa o inglés, que han sido traducidos a varios idiomas. También

ha sido traductor al persa de Shakespeare, Fanon y otros autores.

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Índice

Prólogo

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IntroduccIón

19

caPítulo PrImero: El estado

25

Estado y estatolatría: razón de estado e intereses de clase

25

El estado: dirigentes y dirigidos

28

Las ideologías justificadoras del orden establecido

33

Oriente Medio antes del estado-nación: estados imperiales confesionales y minorías confesionales autónomas

42

caPítulo segundo: El estado en el mundo moderno:

nacionalismo y estado-nación

55

El nacionalismo y el estado-nación

nacionalismo laico y nacional-confesionalismo

55

La actitud del nacionalismo y del estado-nación hacia «los elementos extraños» y «las minorías nacionales»

61

Nacionalismo aconfesional y nacionalismo confesional:

64

Cómo el nacionalismo convierte un determinado factor en eje de la identidad, es decir, en eje de la nacionalidad

67

Victimismo nacionalista y rechazo de la lucha de clases

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José F. Durán Velasco

Capítulo terCero: Los judíos y el sionismo

73

Judaidad y judaísmo

73

¿Han sido los judíos un pueblo-clase?

80

Las etnias judías

91

Del judaísmo al sionismo

98

Sionismo y antisemitismo

106

El sionismo como nacionalismo ashkenazi: judío como ashkenazi, los judíos no ashkenazis como «judíos exóticos» marginales

111

Los judíos y «la tierra de Israel»

114

El sionismo lingüístico: hebreo versus «lenguas diaspóricas»

121

El falso socialismo sionista

126

Sionismo y nacional-confesionalismo judío

130

El sionismo utópico: la fraternidad entre Israel y su «pariente pobre» Ismael

133

El sionismo real: la entidad sionista como colonialismo antiárabe

137

Actitud del sionismo respecto a los judíos

142

Actitud del sionismo hacia los palestinos y los otros árabes no judíos

145

Actitud del sionismo hacia los judíos del mundo árabe

149

Ciudadanía, religión y nacionalidad étnica en el estado de Israel Apartheid y asimilación forzosa en aras del nacionalismo

166

de los opresores

y de los oprimidos

170

El Holocausto y el sionismo: lo peor es el mejor aliado de lo malo

172

La «democracia» israelí y las dictaduras de los países árabes

182

«El sionista bueno» al estilo de Amós Oz

192

Judíos antisionistas: desde Neturé Qartá hasta Anarquistas contra el Muro

201

Liberar al pueblo israelí del sionismo

204

Capítulo Cuarto: Los árabes y el nacionalismo árabe

215

el conflIcto Árabe-Israelí

9

Las minorías en el mundo árabe: las minorías árabes no musulmanas, las minorías musulmanas no árabes, las minorías que no son ni árabes ni musulmanas y las minorías árabes musulmanas

no sunníes

220

Los judíos del mundo árabe: diferencias entre el Mashriq

y

el Mágreb

229

Religión, endogamia, confesionalismo

y

nacional-confesionalismo

236

Nacionalismo árabe laicista y nacionalismo árabe nacional- confesionalista islámico (o sunní)

239

Los acuerdos de Sykes-Picot: la taifización del Creciente Fértil Las ideologías del mundo árabe: nacionalismos (árabe

242

y

«locales»), socialismo e islamismo

244

Nacionalismo árabe y nacionalismos locales

251

El sionismo como alentador del nacional-islamismo árabe

y

de los enfrentamientos internos árabes

258

Cómo la judeofobia del chovinismo árabe y del fanatismo islámico ha servido y sirve a la causa sionista

263

Declive y ruina del nacionalismo árabe: de la derrota de Náser en 1967 a manos del estado de Israel a la destrucción de Iraq

a

manos de Bush

276

La sombría situación actual del mundo árabe

282

caPítulo quInto: Los palestinos: consecuencia del colonialismo sionista y resistencia a la colonización de las víctimas primarias del sionismo

287

Los acuerdos de Sykes-Picot y la declaración de Balfour hacen surgir al pueblo palestino en lo que hasta entonces había sido parte del sur de Siria

287

Pueblo palestino versus estado sionista

294

La resistencia palestina: derecha e izquierda palestinas

297

¿Se puede hablar de una «revolución palestina»?

308

Las ideologías vertebradoras de la resistencia de los oprimidos:

nacionalismo árabe, nacionalismo palestino, socialismo

e

islamismo

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La fragmentación del pueblo palestino: «árabes israelíes», cisjordanos, habitantes del gueto de la Franja de Gaza y palestinos que viven fuera de Palestina

325

La explosión demográfica palestina

330

El mito del «estado palestino»: del maximalismo demagógico de los comienzos de la OLP a la aceptación de la «bantustanización» por la burguesía compradora palestina

335

La imposibilidad del proyecto sionista, la imposibilidad de los sueños del nacionalismo árabe y la imposibilidad del proyecto nacionalista palestino

346

La vía no nacionalista como única alternativa al callejón sin salida

362

bIblIografía

367

colofón: Al Campo de la Paz israelí, sin el debido respeto

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Prólogo

Nunca me interesé especialmente por Palestina mientras estudiaba Ciencias Políticas y cuando miro atrás, con impotencia ante el pre- sente, tratando de entender cómo ha sido posible deshumanizar a un pueblo para llegar a aceptar su colonización y asedio medievales con la indiferencia con la que se aceptan, veo con claridad que el mismo error de apreciación que yo cometía hasta que realmente «supe lo que estaba pasando» continúa cometiéndose hoy en día y se encuentra en la base del problema que los palestinos aún no han sido capaces de afrontar con éxito. La narrativa dominante sobre Palestina ha generado, a través de los medios de comunicación de masas y los mensajes de nuestros políticos, un «buenismo» pacifista del diálogo y la convivencia, que funciona como cortina de humo sobre el lento proceso de limpieza étnica con características genocidas que está terminando con la exis- tencia de los palestinos. El Estado de Israel desarrolla su plan de colonización, desplazamiento y encarcelamiento del pueblo palestino mientras los «honrados ciudadanos de occidente» miran hacia otro lado y pretenden que no «saben lo que está pasando», tal y como los alemanes que vivían junto a los campos de exterminio repetían y repiten una y otra vez. Y también mientras muchos de los ciudadanos de ese mismo Estado de Israel, que saben perfectamente lo que está pasando, callan y justifican, no sólo con su silencio, sino con sus votos, cada vez más radicales, la continuidad de la limpieza étnica de los palestinos.

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La responsabilidad por dicho comportamiento no se encuentra sólo en la actitud abiertamente colaboradora del conjunto de la población israelí (salvando cada vez menos excepciones) o la contemporiza- ción de la comunidad internacional, aplicando el doble rasero y la vergüenza de las decisiones políticas que continuamente normalizan al Estado de Israel como uno más entre las «naciones civilizadas». Se fundamenta también el modo de narrarlo desde la academia y el perio- dismo, asemejándose cada vez más muchos de los cursos y textos al respecto a actitudes como la de Winston Churchill, cuando dijo sobre Neville Chamberlain que era «un hombre animado por la esperanza de pasar a la historia como fundador de la paz», cuando en realidad se trataba del impotente ministro de Asuntos Exteriores que le dio a

Hitler el tiempo que necesitaba para preparar su política de ocupación

y exterminio.

Recuerdo de aquella época de estudiante en la que no me interesaba Palestina (1993-1998) una lamentable jaculatoria en bucle –que se re- pite lastimeramente aún hoy en día con menos vigor y credibilidad que

el «ave maría purísima, sin pecado concebida» de los rosarios de mi abuela–: «La paz es posible, es necesario apostar por el diálogo y el proceso de paz». Quince años después, mientras la situación empeora sin límites, la mayoría de nuestros políticos, académicos, periodistas

y diplomáticos siguen repitiendo y quizás hasta creyéndose la misma estupidez.

Entonces y ahora, siempre según ellos, no sólo la paz es posible y se encuentra amenazada sólo por los radicales de ambos bandos, sino que el conflicto es complejo, cada vez más repleto de mapas con líneas de muchos colores, zonas de autonomía limitada, control limitado y control exclusivo, nombres de conferencias de paz y calendarios de

aplicación de los acuerdos, guerras y, ante todo, la necesidad original

y fuera de cuestionamiento de garantizar la seguridad de un pueblo perseguido en la historia.

Si a eso se le suma que cuando, ya hace quince años, oía hablar de sionismo mascullaba en silencio, con rechazo: «Ya están estos ra- dicales otra vez utilizando terminología pasada de moda», puede en- tenderse el motivo por el cual el conflicto palestino-israelí no calaba entre las preocupaciones ni el interés de aquel estudiante, hastiado de la misma imagen, la misma noticia, y la misma frase de su padre

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diciendo ante el telediario «esos se matarán toda la vida, eso no tiene arreglo». Como siguen pensando la mayoría de nuestros contempo- ráneos.

Libros como el que aquí se presenta permiten que eso no suceda más a partir de un enfoque omitido durante muchos años y que se encuentra en la base de una comprensión real de lo que allí sucede. Ojalá hubiera caído en mis manos cuando adolescente. Palestina ha sido narrada como un conflicto. Un conflicto eterno, de base reli- giosa, trufado de fundamentalismo y, ante todo, un conflicto en el que las víctimas por antonomasia de la historia europea luchaban por su supervivencia en un entorno hostil que busca su destrucción. Sí, empatía con los palestinos, pero ante todo una negativa de raíz a

cuestionar la legitimidad del Estado de Israel. Los judíos han sufrido

y han sido perseguidos. Tienen, por tanto, derechos. Aunque quizás

no lleven toda la razón, al menos, que se negocie, y que los árabes acepten.

A todos nos ha llevado mucho tiempo llegar a cuestionar el axioma de base a partir del cual se presenta este conflicto. ¿Por qué? Porque la narrativa real, más ajustada a los hechos, no se nos ha presentado de manera correcta debido a una suerte de conjunciones de censura

y

complejo de culpa que es necesario superar. Este texto lo supera

y

se dirige directamente a la tarea de generar la narrativa necesaria

urgente para comprender de qué hablamos cuando hablamos de Israel.

y

Israel no tiene derecho a existir en su formulación actual, la de un Estado judío para los judíos. Y asegurarlo no es una afirmación antisemita. Se trata de una suma de historia y teoría del Estado mo- derno. Israel no tiene derecho a existir porque Israel es una entidad colonial, de ocupación beligerante. Israel mantiene un régimen se- gregacionista y de discriminación efectiva contra la población origi- naria del territorio en el que se estableció a partir de un proceso de limpieza étnica, «la Nakba», que comenzó en 1948 y continúa, sin prisa pero sin pausa, en la actualidad. En Jerusalén Este y en tantos otros lugares donde la población originaria del territorio se ve cada vez más encerrada y comprimida en auténticos «bantustanes a la su- dafricana» o «reservas indias» en los que además, de tanto en tanto, y no siendo suficiente con la extorsión de la ausencia de suministros

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o libertad de movimientos, se los bombardea indiscriminadamente

desde tierra, mar y aire como hemos visto en Gaza los pasados meses de diciembre y enero.

Israel es un Estado que se aproxima cada vez más, si no lo es ya,

al fascismo en su estado más puro. Que viola sistemáticamente el de-

recho internacional y que además se pavonea de hacerlo, insistiendo en que continuará comportándose de la misma manera mientras le plazca.

Por tanto, leyendo las páginas de este libro, uno comprenderá de dónde surge históricamente esta percepción, ya sin miedo a ser comunicada en público. Israel es una entidad política basada en una ideología y un movimiento político, denominado «sionismo», que no tienen lugar entre las naciones democráticas y «civilizadas» con las que pretende interactuar. El problema es Israel. El problema es el

sionismo. Y este libro permite formarse, entender, aprender historia y razonar para perder el miedo. Es un libro «quitamiedos». Es un libro que informa de la verdad y que debe generar que, en el momento en que se cierre, uno quiera pasar a la acción. Un libro de historia para

la acción.

La casualidad y la intención me llevaron a presenciar la campaña militar «plomo fundido» que Israel desarrolló contra Gaza entre el 27 de diciembre de 2008 y el 20 de enero de 2009. La penúltima de sus masacres. Tras mi regreso de Gaza, pienso en 1937 cuando el poeta peruano, varias veces exiliado, César Vallejo, escribió: «Si cae –digo,

es un decir– si cae/ España, de la tierra para abajo,/ niños, ¡cómo vais

a cesar de crecer!/ ¡cómo va a castigar el año al mes!/ ¡cómo van a

quedarse en diez los dientes,/ en palote el diptongo, la medalla en llanto!/ ¡Cómo va el corderillo a continuar atado por la pata al gran tintero!/ ¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto/ hasta la letra en que nació la pena!».

Eric Blair, conocido más tarde como George Orwell, no había leído este poema cuando en 1936 llegó a España y terminó por convertirse en miembro de la milicia del POUM en el frente de Aragón, pero com- prendió rápidamente, en aquella época y en aquel contexto, que la caída de Belchite no era más que el comienzo de la caída de París, de Varsovia o de Praga. El fascismo se cernía entonces sobre Europa y

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aquellas luchas –que parecían locales y civiles– se comprenden ahora como una mera continuidad de derrotas que terminaron por sembrar el camino al Holocausto nazi. El «nunca más» del siglo xx se construyó sobre un conjunto de valores que posteriormente fundamentarían la Declaración Universal de Derechos Humanos, una serie de principios que no deberían ser vulnerados.

Palestina es hoy Belchite. Palestina es hoy, cualitativamente, la Varsovia del Ghetto, un bantustán a la sudafricana. Israel es el régi- men de apartheid que la destruye. Palestina cae, irremediablemente, en un blanco y negro que remite a la Europa Central de principios de los años 40. Poblaciones desplazadas por la fuerza de sus hogares, concentradas y encerradas por muros y vallas, a las que se cortan sumi- nistros y posibilidades de supervivencia material, se identifica étnica y religiosamente, se extermina aleatoria e indiscriminadamente desde el aire, se humilla sistemáticamente, se discrimina, anula y deshumaniza, se elimina y expulsa en un lento, pero que viene sin pausa, proceso que ha sido definido por el prestigioso académico judío norteameri- cano Richard Falk, relator de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en los Territorios Palestinos Ocupados, como «preludio al genocidio».

Como ciudadano, informador, cooperante, votante, si cae Palestina, «Si cae –digo, es un decir– si cae», y no he colaborado a su defensa, habré renunciado a esa pulsión que nos exige no permanecer en silen- cio ante la destrucción de los valores de la civilización y la democracia a partir de los cuales fui educado.

Hace apenas dos décadas, un régimen que desplazaba, segregaba, encerraba, empobrecía, humillaba y asesinaba a sus ciudadanos, de manera similar, aunque sin llegar al nivel de crueldad y sofisticación del que somos testigos en Palestina, fue derribado. Se llamaba la Su- dáfrica del Apartheid y la supremacía blanca. Contra su injusticia se luchó desde dentro. Pero también desde fuera. Y se venció. Sudáfrica, sin ser hoy un país justo, ya no es un régimen de apartheid y segrega- ción. Palestina y Sudáfrica. Un ejemplo exitoso a seguir y un espacio por construir. Luchas por los derechos civiles. Contra un triunfo de la violencia donde la justicia pierde cualquier espacio y posibilidad, la resistencia civil, no violenta, masiva, creativa, de los ciudadanos sin fronteras. La sociedad civil palestina ha convocado a desarrollar, en

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justicia, y por Palestina, una campaña de Boicot, Desinversiones y Sanciones contra el régimen de apartheid de Israel. Tras Gaza, tras los muros de Cisjordania, no nos queda más opción que arrimar el hom- bro. Yo me apunto y os convoco, con Gaza en la memoria, a que todos y todas, comencéis el Boicot al Estado de Israel. Para que Palestina no caiga.

Este libro despeja dudas. Para levantar Palestina y levantarnos todos con ella.

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Nota del editor

Siguiendo el criterio original del autor, así como un criterio editorial que tiene como objeto evitar una saturación de mayúsculas en el texto, se ha optado por escribir siempre con minúscula el término ‘Estado’ en su acepción política, que aparece con profusión a lo largo de todo el libro.

Asimismo, se ha respetado el criterio original del autor en sus trans- literaciones del árabe y del hebreo al castellano.

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Introducción

Todos los judíos israelíes saben (aunque la mayoría prefieren igno- rarlo y sobre todo que se ignore) que su «estado judío» se construyó sobre las ruinas de una Palestina mayoritariamente no judía, que las ciudades, pueblos y kibutzim se establecieron sobre ciudades y aldeas palestinas destruidas, cuyos habitantes fueron expulsados o huyeron aterrorizados en una limpieza étnica llevada a cabo en 1948. En la actualidad, los periódicos israelíes ignoran las matanzas de palestinos llevadas a cabo por el ejército, sólo hablan de «terroristas» palestinos y de «nuestros soldados», pobres chicos inmaculados que «cumplen con su deber». Sin embargo, la población judía israelí debe de conocer muy bien las matanzas y las atrocidades llevadas a cabo por su ejército, pues la casi totalidad de los judíos israelíes sirven en ese ejército. No es que no sepan, es que no quieren saber. No les in- teresa, prefieren la versión oficial y oficiosa del sionismo, del mismo modo que los alemanes del Tercer Reich preferían creer las versiones oficiales y oficiosas del nazismo. Si los medios extranjeros hablan de atrocidades israelíes contra la población palestina, los sionistas se li- mitan a acusar de «antisemitismo» a todo el que emita la menor crítica al estado de Israel, de una manera muy similar a como toda crítica al Tercer Reich se catalogaba como «antigermanismo» y «conspiración judía» contra «la raza aria» y «el pueblo alemán». El sionismo, ideología oficial del estado de Israel, pretende que los judíos –y sólo los judíos– en virtud de ser judíos tienen derechos preferentes, si es que no exclusivos, sobre el país de fronteras inde- terminadas que llaman «la tierra de Israel», de manera que sus otros habitantes son sólo «inquilinos» temporales que pueden ser desahu- ciados de inmediato en cuanto los «propietarios» exijan el «retorno»

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al territorio en el que supuestamente vivieron sus antepasados hace dos milenios. Estas absurdas pretensiones se justifican en virtud de un derecho divino otorgado hace unos 3.500 años por el Dios de Is- rael a su «pueblo elegido» para convertir lo que había sido «la tierra de Canaán» en «la tierra de Israel», con genocidio de sus habitantes incluido. Como todo esto es demasiado impresentable propagandísti- camente fuera de medios de fanáticos religiosos (judíos y cristianos sionistas), 1 el sionismo «secular» utiliza versiones suavizadas, en las que se han eliminado los aspectos más atroces y supersticiosos en aras de una versión más aceptable: los judíos simplemente «retornarían», se «repatriarían» a su tierra ancestral, que sería «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra», y todas sus guerras, matanzas y expoliacio- nes serían «legítima defensa» contra unos árabes fanáticos empeñados en emular a los nazis. En esta versión «secular», exportable, de la ideología sionista, el asesinato de seis millones de judíos a manos de

1 Es un hecho poco conocido en Europa que en Estados Unidos existen millones de fundamentalistas cristianos protestantes que interpretan literal- mente la Biblia y creen a pie juntillas que la realización del proyecto sionista es condición necesaria para el segundo advenimiento de Cristo y el cumpli- miento de las profecías apocalípticas. Por ello, estos cristianos fanáticos, que en principio tienen bien poco de filojudíos, son partidarios más acérrimos del sionismo que muchos judíos sionistas. Una parte de estos fanáticos funda- mentalistas son islamófobos furibundos que sostienen que el Dios del islam es distinto del Dios de judíos y cristianos y que es una entidad satánica. En los delirios fundamentalistas de estos individuos, «el choque de civilizaciones» de Huntington se convierte en una cruzada estadounidense-israelí contra «el eje del mal» formado por el resto del mundo, especialmente los árabes y los musulmanes, pero también otros pueblos afroasiáticos y hasta los europeos. Aunque todo sea una colección de disparates grotescos, este sionismo cristia- no de los fundamentalistas protestantes es una fuerza considerable en Estados Unidos, donde varios presidentes han sido lo que ellos llaman «cristianos renacidos», entre ellos Reagan y Bush hijo. Cuando a Reagan trataron de concienciarlo de los peligros ecológicos y nucleares, contestó que no se pre- ocuparan, porque la segunda venida de Cristo estaba al caer y esos problemas ya no importarían. Bush hijo ha justificado sus guerras con el argumento de que había recibido mandatos divinos que le ordenaban invadir tal o cual país. Pero, por muy peligroso que sea que el gobierno de la primera superpotencia mundial esté en manos de visionarios de esa calaña, estas ideas alucinadas son simplemente el catalizador de una política orientada por intereses económicos de una minoría muy rica y poderosa, que ha encontrado en esos disparates la ideología a la medida de sus intereses.

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los nazis durante la segunda guerra mundial otorga al estado sionista una «licencia para matar» a todo el que se oponga a sus designios, y quien no esté de acuerdo es que es «antisemita». Toda esta sarta de sandeces ha sido aceptada con más o menos entusiasmo por las grandes potencias, sobre todo por Estados Unidos. No sólo por la grandísima influencia del «lobby (grupo de presión) sionista» en ese país, como pretenden algunos, sino porque el estado de Israel desde hace décadas se ha convertido en un pilar de la política imperialista de Estados Unidos en Oriente Medio. En estas condicio- nes, que las dos justificaciones del sionismo, la yahvista o la «laica», caigan por su propio peso, importa poco, habiendo poderosos intereses en juego. En esas condiciones, poco importa que todos los historiadores se- rios sepan que hace dos mil años gran parte de la población de «la tie- rra de Israel» no era judía o que la mayoría de la población judía vivía fuera de «la tierra de Israel» ya antes de la destrucción del segundo Templo. Que todos los historiadores serios sepan que el judaísmo ganó una inmensa multitud de prosélitos durante la antigüedad, como se ve claramente en el Talmud. Que todos los historiadores serios sepan que el origen de los judíos ashkenazis, que constituyen la mayoría de la población judía actual, se encuentra esencialmente en los jázaros, un pueblo turco que se judaizó en el siglo vIII, y no en los hebreos del rey David. Hasta el punto de que, cuando el historiador israelí Shlomó Sand publicó en el año 2008 su libro Cómo y cuándo se inventó el pueblo judío, en el que señala todos estos datos archiconocidos y ar- chisabidos por los historiadores israelíes serios, esos historiadores, que a la vez son sionistas, no se han atrevido a acusarle de falsedad en los datos, sino de haber escrito un libro «antinacional» y (paradó- jicamente) de que las informaciones reunidas en ese libro son datos conocidos «que no aportan nada nuevo». Lo que sucede es que esos historiadores sionistas consideran negativo y «antinacional» que el gran público conozca lo que ellos saben. Shlomó Sand no es el único de los recientes historiadores israelíes que se ha atrevido a escribir una historiografía no sionista, antisionista o, como muchos dicen, post-sionista. En los años noventa, cuando el proceso de paz entre Israel y los palestinos parecía permitir más liber- tades en el estado de Israel, una minoría de investigadores israelíes judíos se atrevió a cuestionar la versión oficial sionista y a desvelar lo que siempre había sido tabú para la razón de estado del sionismo. El más destacado de estos historiadores no sionistas o «post-sionis- tas» ha sido Ilan Pappé, autor de magistrales estudios sobre historia

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palestino-israelí: Historia de la Palestina moderna. Un territorio, dos pueblos, La limpieza étnica de Palestina y Los demonios de la Nakba.

Las libertades fundamentales en la universidad israelí

no están escritas desde un punto de vista nacionalista ni estatolátrico, sea desde el nacionalismo sionista o desde el nacionalismo árabe u otro cualquiera, ni desde el culto a la razón de estado, sea del estado sionista o de un estado palestino, pues no oculta su desacuerdo con absolutos estatolátricos como «la identidad nacional» que pretenden anular factores que no cuadran con la razón de estado:

Estas obras

Concibo la identidad nacional como reduccionista, ignorante ante factores como el estatus social, el género, la situación política y la distribución de medios económicos y tecnológicos que han influido en la vida humana de Palestina e Israel. Así pues, el pasado aparece en esta historia como un arma coercitiva empleada por los movimien- tos nacionales para manipular a la gente. Como tal, está en manos de unos pocos que quieren que sus acciones egoístas parezcan haber sido hechas en beneficio del reprimido. 2

Ilan Pappé tampoco oculta su posición a favor de los oprimidos y en contra de los opresores, independientemente de su etnia y por encima de los imperativos del nacionalismo y la estatolatría:

Al tiempo que uno desearía escribir una historia imparcial y neutral, perviven las propias simpatías y filias. El lector encontrará en este libro ejemplos y descripciones que coinciden con muchas de las aseveraciones de una de las versiones nacionales, la palestina, menos con la israelí. Ello no se debe a que el autor sea palestino, no lo soy. Mi inclinación es evidente, pese al deseo de mis pares de que al reconstruir las realidades me ajuste a los hechos y a la «verdad». En mi opinión, tal intento sería vano y presuntuoso. El libro es obra de alguien que admite sentir compasión por el colonizado, no por el colonizador; que simpatiza con los que sufren bajo la ocupación, no con los ocupantes; y que se pone de parte de los obreros, no de los patrones. Se solidariza con la angustia de las mujeres, y siente escasa admiración por los hombres que las dominan. No puede permanecer indiferente ante los malos tratos en los niños o renunciar a condenar a sus mayores. En una palabra, mi enfoque es subjetivo y a menudo, aunque no siempre, estoy de parte de los vencidos frente a los victo-

2 Ilan Pappé, Historia de la Palestina moderna. Un territorio, dos pueblos (Madrid: Akal, 2007), p. 35.

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riosos. En la mayor parte de las coyunturas históricas, los palestinos estaban en la posición más débil, y el sionismo, y después los israelíes, en posición ventajosa. 3

La novedad de esta minoría de historiadores israelíes no sionistas es que unos israelíes judíos se atrevan a cuestionar los dogmas fun- dacionales del sionismo, a hablar abiertamente de la limpieza étnica contra los palestinos el año 1948, de cómo el estado de Israel no ha querido la paz sino que ha buscado sistemáticamente la confrontación para colonizar nuevos territorios y mantener la cohesión interna israelí entre los judíos a costa de la hostilidad contra «los árabes», de manera que la hostilidad mutua se retroalimente perpetuamente en beneficio del estado sionista y de su clase dominante, en una espiral permanente de violencia, de la que el beneficiario es siempre el más fuerte militar- mente, o sea, el estado de Israel, patrocinado por Estados Unidos. La verdadera novedad de esta historiografía israelí crítica con el sionismo es que cuestiona el absoluto nacionalista estatolátrico del sionismo oficial. Estos historiadores israelíes no son sólo humanistas altruistas que sienten indignación por el trato infligido a los palestinos, sino que también desean para sus hijos y nietos algo mejor que un sistema de apartheid y una sucesión de guerras y violencias demen- ciales que terminen para los judíos israelíes en una catástrofe similar a la que sufren ahora los palestinos o en algo peor. Se dan cuenta de que la única salida aceptable para unos y otros es que Israel deje de ser sionista para ser israelí, es decir, que se deshaga de su ideología fundacional (por ello se habla de post-sionismo) etno-confesionalista chovinista para ser capaz de afrontar el reto que supone la convivencia con los palestinos en pie de igualdad. Sin embargo, se trata de una minoría exigua sin gran influencia en el conjunto de la sociedad israelí. Una minoría tolerada porque es inofensiva y porque sirve para dar una imagen de pluralidad y de tole- rancia útil para la propaganda israelí. Es una minoría irritante para la mayoría patriotera, pero que no puede cambiar nada. El consenso sio- nista es tan fuerte en la sociedad israelí, los intereses creados son tan poderosos, que esos historiadores no resultan peligrosos. Lo que más irrita de ellos es su repercusión exterior, donde el patrioterismo israelí no tiene intereses creados entre la gente corriente y el filo-sionismo es cuestión de propaganda de influyentes grupos de presión de gente

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muy rica y poderosa, judía y no judía. De ahí que se haya dicho que un libro como el mencionado Cómo y cuándo se inventó el pueblo judío vaya a tener muchos más problemas de publicación y de distribución

en Estados Unidos que en Israel. En un mundo cada vez más homogeneizado por la globalización, se da la paradoja de que los mismos que abogan por la globalización capitalista sean los que más hincapié hacen en unas diferencias cultu- ralistas supuestamente insalvables, basadas en identidades confesiona- les, étnicas, etno-confesionalistas y en civilizaciones «incompatibles»

y «enfrentadas». Pero tan absurdo discurso es acorde a los intereses

de quienes desean el flujo de capitales y mercancías para su lucro, a

la vez que encierran a los pueblos dentro de cárceles estatales, por no

hablar de guetos como el de la Franja de Gaza, a los que se pretende convertir en campos de concentración. De ahí que la globalización capitalista más feroz y la ideología neoliberal del «estado-mínimo» vaya muchas veces de la mano de la potenciación de las estatolatrías más fanáticas y de los nacionalismos que les sirven de justificación, nacionalismos étnicos, confesionales o etno-confesionales, siempre,

claro está, que no sean de signo anticolonialista ni antiimperialista y vayan dirigidos contra el vecino, siguiendo la vieja consigna colonial de «divide e impera». Este tipo de nacionalismos y estatolatrías son los que florecen por doquier apoyados por Estados Unidos: esloveno,

La taifización está a la orden

del día: la antigua Yugoslavia, el mundo árabe, Iraq, Palestina En lugar de otorgar derechos civiles y políticos idénticos a todas las personas del mundo, independientemente de su identidad étnica, lingüística, confesional o cualquier otra, se recluye a las personas en estados o estadículos de base cada vez más excluyente, en los que el capital dominante tiene todos los derechos y la población los menos

o ninguno. El caso palestino es un caso extremo de esa lógica inhumana: una población expulsada de su tierra en beneficio de un proyecto colonial etno-confesionalista, convertida en una población de parias en aras de la estatolatría sionista y de los estados árabes constituidos, víc- tima del sionismo, de un supuesto maximalismo nacionalista árabe, del egoísmo de cada estado árabe, del propio proyecto estatal de la clase política palestina, de los intereses de las potencias imperialistas del momento

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Capítulo

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El estado

Estado y estatolatría: razón de estado e intereses de clase

Existe una dualidad en el concepto del estado que se presta a muchas confusiones, pues por estado se entiende a la vez dos cosas diferentes:

1. El estado como organismo político instrumento de dominación de clase y de mantenimiento de la desigualdad social.

2. El aparato administrativo, que como estructura administrativa de una sociedad compleja no se puede abolir; se puede desmon- tar y reconvertir pero no se puede suprimir, so pena de sumir la sociedad en el caos.

Errico Malatesta, consciente de la segunda acepción del término estado, prefería decir que el anarquismo no está por la abolición del es- tado sino del gobierno, es decir de la abolición del estado en su primera acepción, pero no en la segunda. En esta línea, muchos distinguen entre gobierno –como dominación sobre las personas (necesariamente oligárquica)– y la administración de las cosas. Tampoco hay que perder de vista que cuando los actuales demagogos neoliberales hablan de «menos estado» o «estado mínimo» o incluso «contra el estado», no están en absoluto en contra del estado sino contra su «desviación» social; su objetivo de «estado mínimo» es volver al viejo estado, enteramente desprovisto de cualquier función redistribui- dora de la riqueza, de cualquier control democrático de la economía, de cualquier función mediadora entre los conflictos de clase, para que sea «puro estado», es decir, que esté totalmente alineado con las clases po-

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seedoras, reducido a las funciones originales del estado como gestor de los intereses de la clase dominante y como puro aparato de represión in- terna y externa. Igualmente, el estado como instrumento de dominación de clase no es incompatible con su privatización: un estado en el que la policía, el ejército o la recaudación de impuestos están privatizados no es menos estado (menos aparato de dominación de clase) que otro en el que los policías, los militares o los publicanos sean funcionarios del estado. De la misma manera, no hay que confundir estatismo con socialismo, pues la estatalización de la economía no es igual a socialización de la economía, cuestión que se prestó a grandes confusiones en el siglo xx. Pero la dominación no se ejerce exclusivamente mediante la fuerza bruta, pues la violencia y la intimidación policial o militar no son garan- tía suficiente de control sostenible y mantenible. Para que la domina- ción sea sólida, es necesario el control ideológico de los subordinados. Cuanto mayores son las desigualdades y la explotación que el estado ha de mantener, mayores han de ser la represión policiaco-militar y el control ideológico. Pero los estadistas 1 inteligentes evitan la utilización innecesaria del «poder duro» en forma de brutalidad policiaco-militar y prefieren «el poder blando», prefieren ser «amados» antes que «te- midos», pues si les aman, si consiguen que los siervos y subordinados crean que son sojuzgados y esquilmados por su propio bien, su domi- nio es mucho más perfecto y mucho más seguro que si sus súbditos los ven como sus enemigos. El perfecto esclavo es el que trabaja para su amo y le obedece sin necesidad de cadenas ni látigo. El poder brutal que necesita de la violencia permanente y hace gala constantemente de su crueldad y su terror es en realidad un poder débil, que se siente amenazado e inseguro. La razón de estado está en función de los intereses de los amos del estado. La razón de estado es la sacralización de esos intereses, haciendo pasar los intereses egoístas de los detentadores del poder y la riqueza por intereses colectivos sagrados. Esa razón de estado se

1 En árabe, siyâsa (‘política’) etimológicamente significa ‘el arte de domar caballos’, es decir, de tratar al pueblo como ganado. Un sâ`is (en plural sâsa) es lo mismo un ‘político’ o un ‘estadista’ que un ‘palafrenero’ o un ‘domador de caballos’. El primer califa omeya, Mu´âwiya, que era un consumado esta- dista (y un consumado granuja), solía decir: «No utilizo la espada donde me basta la fusta, ni utilizo la fusta donde me basta la lengua». La etimología de la palabra árabe para ‘política’ se aproxima a la definición anarquista clásica de la política como «el arte de engañar y sojuzgar a los pueblos».

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justifica en nombre de argumentos variados: teocráticos, de necesidad o de mal menor. El mismo aparato represor se justifica en nombre de la defensa contra enemigos reales o imaginarios. 2 También el orden establecido con «el orden» a secas. Con el estado-nación, la razón de estado se justifica en nombre del patriotismo y el nacionalismo, identificando la obediencia más servil a la clase dominante con «el amor a la patria», la nación, el pueblo, merced a la ecuación: identi- dad = nacionalidad = estado. En la actualidad se justifica incluso en

2 Aun cuando muchas veces la debilidad del estado y de su aparato mi- litar es lo que permite la resistencia del pueblo contra el invasor. La derrota de Napoleón en España se debió a los guerrilleros, no a un ejército que era mucho más insignificante que el de los países conquistados o vencidos por el emperador francés. Durante la segunda guerra mundial, la resistencia antinazi en los países ocupados no fue obra de militares profesionales, que en su gran mayoría se resignaron a la sumisión al vencedor tras su derrota en la guerra convencional, sino de partisanos movilizados por ideologías de izquierda. Los ejércitos de los estados árabes han sido repetidamente derro- tados por el ejército israelí y no han conseguido liberar ni un palmo de tierra conquistada por los sionistas; sólo el Líbano logró derrotar y expulsar al ejército israelí precisamente por tener un estado débil e inoperante. Gracias

a la debilidad de su estado, los libaneses consiguieron lo que jamás consi-

guieron ni Egipto, ni Siria, ni Jordania, ni Iraq. Hamâs obtuvo en menor medida una victoria similar en la Franja de Gaza unos años después merced

a la debilidad del proto-estado palestino, precisamente por la negativa israelí

a crear un estado palestino y sobre todo un estado palestino mínimamente

viable. En Iraq, las guerrillas tienen en jaque a la mayor superpotencia mun-

dial desde hace años, mientras que el ejército iraquí fue incapaz de resistir ni un mes. La función de la mayoria de los ejércitos no consiste en defender el país, ni su soberanía, ni a su pueblo, sino de tenerlos bien sujetos, intimidar

a estados extranjeros enemigos o someter a otros pueblos. Esto explica que

cuando un ejército es derrotado en una guerra convencional, los militares profesionales, lejos de ser los primeros en negarse a aceptar la derrota y seguir la lucha optando por la guerra de guerrillas, suelan ser los primeros en asumir una «actitud realista» aceptando la derrota a cambio de conservar sus privilegios corporativos, en nueva condición de ejército subordinado al vencedor, pues, normalmente, los vencedores suelen ser lo suficientemente inteligentes como para aceptarlos en ese papel, conscientes de que los ne- cesitan para meter en cintura al pueblo del país vencido; cuando no es así (caso de Iraq tras la invasión en 2003), los vencedores se encuentran con que el vacío de un aparato represor interno es aprovechado por la resistencia popular contra los invasores.

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nombre de «la democracia», identificando el orden vigente (plutocrá- tico 3 o burocrático) 4 con «la democracia».

El estado: dirigentes y dirigidos

La clase dominante hegemoniza el estado, que está a su servicio. Pero el gobierno no siempre está en manos de los miembros de la clase dominante, ya que los gobernantes pueden ser los mismos miembros de la clase dominante o una «clase política» a su servicio. Gobernar es tener poder, pero tener el gobierno no es tener el po- der. 5 Unas elecciones cambian un gobierno por otro, pero cambiar una clase dominante por otra implica una revolución. A veces surge el conflicto, cuando hay una contradicción entre la clase dominante y los gobernantes, cuando el gobierno no está al servicio de la clase dominante sino en conflicto con ella; esa es una situación que no puede durar mucho tiempo y que termina, ora en revolución (el gobierno o una clase subordinada derroca a la clase dominante), ora en derroca- miento del gobierno. 6

3 La «democracia» burguesa como «democracia» por antonomasia. Sin embargo, en realidad, el poder de la burguesía es incompatible con el del pueblo, de manera que si un régimen es burgués no puede ser democrático y si es democrático no puede ser burgués.

4 El término ‘democracia popular’ es ya en sí mismo un pleonasmo absur- do, dado que democracia significa ‘poder del pueblo’; el añadido ‘popular’ sobra, pero resulta muy revelador de lo poco versados en democracia que estaban los que inventaron y han utilizado el término, o quizás de cómo nece- sitaban insistir en términos para compensar con las palabras aquello que era sumamente deficitario en la realidad.

5 En 1982, cuando el PSOE ganó las elecciones en España, dijeron a Fe- derica Montseny: «Los socialistas se han hecho con el poder». A lo que ella contestó con clarividencia: «No, es el poder el que se ha hecho con los so- cialistas».

6 Casos del Chile de Allende a principios de los años setenta del siglo xx o de España en los años treinta del mismo siglo. El gobierno de Unidad Popular sólo pudo gobernar de 1970 a 1973. Tras un acoso exterior e interior, que incluyó sabotajes permanentes con la esperanza de que UP perdiera las elec- ciones en 1973 –inútilmente, ya que volvió a ganarlas–, la reacción recurrió al golpe de estado liderado por el general Pinochet. En España, la inestabilidad durante la II República fue extrema porque, a pesar de su moderación, los partidos parlamentarios de izquierda estaban en una evidente contradicción con la clase dominante (especialmente con sus sectores terrratenientes y finan-

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Las clases explotadas habitualmente no luchan por la supresión total de la explotación, sino sólo por su mantenimiento dentro de lí- mites «razonables», «moderados». Como decía el historiador romano

Tácito, pocos son los que aspiran a la libertad, la mayoría se conforma con un amo «bueno». De ahí el mito popular del «rey justo» que haga de árbitro «imparcial» entre explotadores y explotados («¡Viva el rey y abajo el mal gobierno!» o «el rey es bueno, los malos son sus con-

Es la ideología del «rey bueno», «el buen gobierno», que

cuestiona lo que se considera abuso de poder, «mal gobierno», pero no cuestiona en ningún momento la dicotomía entre gobierno y rebaño, gobernantes y gobernados, rey y regidos, porque tampoco cuestiona las desigualdades económicas y de poder ni la explotación como tales. Las versiones modernas de tales ideologías conciben a la clase po- lítica como árbitro «imparcial» entre capitalistas y trabajadores, dentro de un sistema socio-económico capitalista indiscutido y con un sistema político en el que el pueblo elige a «sus gobernantes». En la jerga de este sistema, «democracia» no significa «poder del pueblo», ni demo- cracia se contrapone a oligarquía, sino que «democracia» se contra- pone a dictadura y significa simplemente elección de los gobernantes en elecciones entre partidos (normalmente dos) que son dos versiones políticas del mismo sistema económico. Pese a que teóricamente el pueblo podría elegir a partidos antisistema, en la práctica tal cosa no se da, pues las fuerzas dominantes sólo aceptan ese sistema cuando están seguras de que el pueblo no votará a partidos que propugnen cambios amenazadores. Dado que los gobernantes no son los amos sino simple-

sejeros»)

cieros), que se sentía amenazada por el avance de la izquierda revolucionaria anarquista y socialista; esta contradicción terminó en un golpe de estado lide- rado por los generales Mola y Franco. Allí donde triunfó, la clase dominante obtuvo gobernantes a su gusto y medida, allí donde fracasó, este fracaso se debió a una vigorosa reacción de la clase obrera revolucionaria, que no se conformó con aplastar a los golpistas sino que aplastó a la clase dominante y llevó a cabo una revolución social proletaria, aunque esta fue desmantelada en su mayor parte antes de un año por la alianza entre los partidos republicanos burgueses y el partido comunista estalinista, hasta que, finalmente, la victoria de los reaccionarios en la guerra civil restableció la hegemonía de la clase dominante anterior en toda España, con un gobierno a su gusto y medida. Los casos chileno y español son paradigmáticos de una situación de conflicto entre clase dominante y gobierno, que rápidamente termina en aniquilamiento del gobierno mediante reacción golpista o mediante aplastamiento de la clase dominante por medio de revolución.

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mente los gestores al servicio de los amos, en la práctica el pueblo no sólo no gobierna sino que tampoco elige a sus amos; a quienes elige es a los capataces, por supuesto entre dos listas de capataces fieles ambas a los amos. En estas condiciones, la dictadura es una forma especial- mente dura que la clase dominante tiene de ejercer el poder cuando se siente amenazada, mientras que, cuando no se siente amenazada, esa dureza no tiene ningún sentido. Por ello, la «democracia» burguesa es la forma favorita de gobierno de la burguesía, puesto que presupone que no se cuestiona su poder y el pueblo acepta sumisamente el orden existente y se limita a votar a dos partidos que se alternan en el go- bierno. En el mundo capitalista moderno, la clase dominante es la pluto- cracia. A ella están subordinadas «la clase política» y el ejército. El poder lo tiene la plutocracia. La clase política y en su caso los militares tienen cierto poder, pero no es lo mismo tener cierto poder que tener el poder, o mejor aún, que los demás poderes estén a su servicio. La clase política es cada vez menos autónoma de la clase plutocrática; en Esta- dos Unidos se llega al caso de que los plutócratas, en lugar de utilizar a políticos testaferros, gestionan directamente sus intereses siendo a la vez políticos y empresarios; ese es el caso del millonario petrolero George Bush, que es un plutócrata presidente y gestiona políticamente sus intereses sin necesidad de intermediarios. En un caso muy similar están muchos de sus allegados, la mayoría de ellos plutócratas del petróleo y negocios vinculados con el ejército y el gasto militar del estado. En los estados (mal) llamados socialistas, la clase política, o sea, la nomenclatura del partido y la más alta burocracia, no tienen la propiedad de los medios de producción pero sí de los medios de deci- sión. Constituyen un mandarinato que decide y «quien parte y reparte se lleva la mejor parte». En este caso la clase política es la clase dominante, nunca el proletariado, aunque la ideología que sacralice el poder de «la nueva clase» sea el marxismo-leninismo y se designe al sistema como «democracia popular» y hasta se hable de «estado obrero». Nada de esto tiene mucho que ver con la democracia en el sentido prístino helénico, que implicaba mucho más que «elegir a los gober- nantes» y significaba gobierno por parte del propio pueblo, tal como se describe en uno de los diálogos de Platón:

– El gobierno se hace democrático cuando los pobres, consi- guiendo la victoria sobre los ricos, degüellan a los unos, des-

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tierran a los otros y reparten con los que quedan los cargos y la administración de los negocios, reparto que en estos gobiernos se arregla de ordinario por la suerte. 7 – Así es en efecto, como la democracia se establece– dijo él–, sea por la vía de las armas, sea que los ricos, temiendo por sí mismos, tomen el partido de retirarse. 8

La democracia, tal como la entendían los griegos y tal como es en el sentido prístino, es indisociable de la lucha de clases y supone una victoria del pueblo sobre la oligarquía. Implica la eli- minación de la dicotomía entre gobernantes y gobernados. Nada tiene que ver con la sustitución de la dictadura oligárquica por un sistema electivo al servicio de esa misma oligarquía. Si la demo- cracia griega no eliminó el estado como aparato de dominación y explotación es porque en la democracia griega el dêmos estaba limitado a la población originaria del país, excluyendo a los ex- tranjeros y a los residentes de origen extranjero, aceptando la es- clavitud de esclavos importados, practicando el hegemonismo con los aliados, 9 manteniendo las desigualdades sexistas 10 y en última

7 Nótese que no se habla por ningún lado de que democracia consista en que el pueblo «elija a sus gobernantes» sino que la democracia consiste en que el pueblo mismo gobierna. En la democracia griega, por ejemplo la ateniense, el poder decisorio siempre estaba en la asamblea popular, en la que todos los ciudadanos tenían voz y voto, mientras que las personas encargadas de la administración ordinaria (el consejo de los 500) se designaban por sorteo, no por elección, procurando que todos los ciudadanos participaran alguna vez en su vida en el consejo administrativo.

8 Platón, La República (Madrid: Gredos, 1986), 557 a.

9 Excluidos de una condición de igualdad con los ciudadanos atenienses y sometidos a tributos en beneficio de Atenas y a discriminaciones varias. Sin embargo, aun en estas condiciones, las clases populares de los estados aliados de Atenas preferían la hegemonía ateniense a la espartana y al dominio de sus propios oligarcas, pues la hegemonía ateniense aseguraba la democracia en los estados aliados. 10 La raíz de las desigualdades sexistas en los estados democráticos grie- gos hay que buscarla en la vinculación entre democracia y participación en la guerra. La primera democratización fue que los varones de la clase media obtuvieran derechos políticos, cuando la infantería hoplítica (pesada) se con- virtió en el cuerpo militar decisivo en las guerras griegas; la segunda demo- cratización se produjo con la extensión de los derechos políticos a los varones de la clase baja cuando estos tuvieron en la marina ateniense tanta o más

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instancia no llevando la democracia política a la plena democracia económica. 11 En la actualidad, la idea de la «democracia participativa» 12 implica la idea de democratizar la política y la economía. La eliminación de la dicotomía gobernantes-gobernados en lo político es indisociable de la eliminación de la desigualdad de clases en lo económico.

importancia que los varones de clase media en la infantería hoplítica. Pero las mujeres griegas habitualmente no participaban en la guerra, al contrario que las mujeres de pueblos iranios ecuestres que fueron el referente real que dio lugar al mito griego sobre las amazonas. Es significativo en cualquier caso que Platón vinculara la participación de las mujeres en la política con su participa- ción en la guerra, mientras que Aristóteles rechazara por igual la participación de las mujeres en la política y en la guerra. 11 Las razones por las que ni siquiera en las póleis griegas más democrá- ticas se llevó a cabo una democracia radical, que abarcara transformaciones radicalmente igualitarias en lo económico parejas a las transformaciones ra- dicalmente igualitarias en lo político, hay que buscarlas en dos causas fun- damentales:

1) Las limitaciones antes aludidas de la propia democracia política (exclu- sión xenofóbica y sexista, esclavismo), que no fueron cuestionadas. 2) Que mientras la clase media (pequeños propietarios agrícolas, sobre todo) fue suficientemente fuerte, la fuerza de esta clase, unida a la del pro- letariado, hizo posible la democracia política, deseada por la clase media y por el proletariado, pero impidió la democracia económica, que podía ser deseada por el proletariado pero no por la clase media. Cuando, posterior- mente (a partir del siglo iv a.C.), la clase media se hundió en su mayor parte y aumentaron las desigualdades, hubo tendencias a una democracia más radical, que incluyera un igualitarismo económico, pero estos movimientos fueron contenidos por el reino de Macedonia y más tarde completamente aplastados por el imperio romano. 12 Hablar de «democracia participativa» es un pleonasmo, pues no puede haber más democracia que la participativa, pero se utiliza para distinguirla de la «democracia» degradada semánticamente. Hay una contradicción radical entre quienes pretenden elevar la realidad existente a lo que es la democracia y los que pretenden degradar la democracia hasta hacerla sinónima del orden existente. O lo que es lo mismo, entre quienes conciben la democracia como una exigencia a priori y los que utilizan esa palabra como una justificación a posteriori.

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Las ideologías justificadoras del orden establecido

El sometimiento a un sistema de desigualdad y de explotación no se obtiene sólo con la violencia estatal y para-estatal. Hace falta además un consenso social, obtenido mediante una mezcla de intimidación e ideo- logía. La intimidación se obtiene usando la violencia sólo lo preciso, aunque la violencia permanezca como espada de Damocles en caso de in- sumisión. La ideología trata de legitimar el orden establecido tratando de convencer a la gente de la necesidad y la bondad del sistema existente. En las sociedades clasistas precapitalistas, la explotación econó- mica es absolutamente transparente: la clase dominante improductiva extorsiona a las clases sometidas productivas imponiéndoles tributos o sometiéndolas a la esclavitud. 13 En este tipo de sociedades, la mayor parte de la población está constituida por campesinos, productores primarios, mientras que la clase dominante extorsionadora puede ser estatal, esclavista o feudal. En esas sociedades, si existen una clase comercial y el trabajo asalariado, son fenómenos secundarios menores. Por ello, resulta bastante exacto incluir, como hace Samir Amin, todos los modos de producción clasistas precapitalistas en una categoría de- nominada «modos de producción tributarios». En tales sociedades precapitalistas, con modos de producción tri- butarios, la ideología que justifica el orden establecido ha de ser pura- mente metafísica: la religión. Sin embargo, existen diferencias entre las ideologías metafísicas justificadoras, que pueden ser de tres tipos:

1) Religiones que remiten a la voluntad divina (providencia) de unas entidades superiores más o menos antropomórficas: los

13 Sin embargo, la esclavitud es un fenómeno periférico en los modos de producción tributarios, en ningún caso se puede hablar de un estadio esclavis-

ta del desarrollo económico en la historia, menos aún decir que sea universal.

A lo sumo se puede hablar de hegemonía del modo de producción esclavista

en algunas zonas del mundo griego y del imperio romano durante algunas

épocas, pero incluso en esos lugares la mayor parte de la población trabajado-

ra no era esclava, salvo quizás en algunas pocas ciudades griegas, en Sicilia

en el siglo ii a.C. y tal vez la península Itálica en el siglo i a.C. En la mayor parte de los países de la antigüedad, la esclavitud fue un fenómeno marginal. Incluso en algunas extensas regiones de Grecia, el campesinado estaba some- tido a servidumbre de la gleba, como era el caso de Tesalia, Esparta y Creta, donde la esclavitud era marginal o ni siquiera existía, verbigracia, en Esparta los ilotas eran siervos de la gleba, no esclavos propiamente dichos.

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en Esparta los ilotas eran siervos de la gleba, no esclavos propiamente dichos. Libro5_bosforo.indd 33 27/8/09

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dioses, cuya voluntad es el garante del orden social y de su justicia. En un proceso de depuración teológica, de los dioses se pasa a Dios, 14 pero el concepto de divinidad unido al de provi- dencia es común a las religiones monoteístas y a sus antecesoras politeístas. 15 2) Las religiones que remiten a la concepción de dharma-karma- samsâra, propia de las religiones índicas. En el ámbito índico, los dioses y su providencia, aunque no desaparecieron, perdie- ron importancia ante las nociones más abstractas e impersonales de karma-samsâra, que explicaban la realidad y justificaban el orden existente en términos de causa-efecto. En el budismo, el jainismo y varias escuelas filósoficas brahmánicas, los dioses quedaron reducidos a entidades más poderosas que los seres humanos pero sin ningún valor soteriológico, muy inferiores en virtud y sabiduría a los budas y jainas, esto es, a los «ilumina- dos» de estas religiones; de ahí que a menudo se califique al bu- dismo y al jainismo de religiones «ateas», lo que sólo es cierto en el sentido de que niegan radicalmente cualquier idea de Dios en el sentido de ser todopoderoso cuya voluntad rija el universo, pero no es cierto en el sentido de que nieguen a los dioses, siem- pre que se entiendan como seres muy superiores a los humanos en virtud de su buen karma, aunque sometidos como todos los demás a las vicisitudes del samsâra. En el hinduismo devocio- nal, al lado de la noción de karma-samsâra, hubo una tendencia moderadamente «monoteísta» a convertir a uno de los dioses (Shiva, Vishnu o Devi) en Dios, reduciendo a los demás dioses a servidores suyos o a manifestaciones de su poder.

14 A partir de la monolatría yahvista, lo que dio un carácter exclusivista muy peculiar al monoteísmo judío, cristiano y musulmán. En Irán el mono- teísmo mazdeísta tuvo otra génesis, vinculada al imperio persa. 15 De ahí la perfecta continuidad entre la filosofía romana más conserva- dora y la patrística cristiana. Pensadores del estoicismo tardío, como Séne- ca, fueron perfectamente asimilables por los pensadores cristianos. Epicteto (siglo ii) podría ser definido como el eslabón perdido entre un filósofo estoico extremadamente conservador y un cura, aunque mucho más cerca del cura. Los estoicos fanáticos enemigos de los epicúreos que aparecen en los diálogos de Luciano de Samosata son figuras casi medievales e incluso inquisitoriales. La Inquisición aparece prefigurada en Las leyes de Platón, cuya tripartición social (filósofos, guardianes y productores) es casi la misma que los tres esta- dos (eclesiástico, nobiliario y llano) del sistema europeo precapitalista.

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3) La idea de un orden inmanente al universo: es la forma más laica y menos metafísica de justificación. Era la propia del mundo chino, donde los dioses quedaron reducidos a muy poca cosa, menos aún que en la India, y donde la idea de Dios no se desarrolló, como tampoco la idea de una providencia divina 16 externa al mundo. El confucianismo era casi agnóstico en la

práctica: si las entidades sobrenaturales existen, cosa que no ne- gaba, el confuciano puro renuncia a entrar en contacto con ellas

y a la idea de manipularlas. En China, en lugar de una religión

tenían una filosofía civil casi laica, 17 que se correspondía bien

con una clase dominante constituida por una burocracia civil. 18

La tendencia de las personas cultas chinas era a valorar positiva- mente los contenidos éticos (especialmente si eran acordes con

la moral confuciana) y a despreciar los contenidos metafísicos.

Los misioneros cristianos, sorprendidos por la situación de la religión en China, decían: «En China, las personas cultas no creen en nada y las personas incultas creen en todo».

16 En los primeros siglos antes de la era cristiana, los moístas abogaron por la idea de una providencia de las divinidades, pero esta idea fue rechazada por las demás doctrinas chinas y se extinguió con la completa desaparición del moísmo. Cuando el cristianismo llegó a China con los misioneros en la edad moderna, los chinos y los propios misioneros subrayaron las similitudes entre el moísmo y el cristianismo, los chinos viendo el cristianismo como el ho- mólogo bárbaro de una doctrina antigua descartada, los misioneros cristianos lamentando que las ideas moístas no hubieran triunfado y en su lugar hubieran triunfado las doctrinas inmanentistas y «ateas».

17 El carácter no religioso de la ideología imperante en China y en el mundo confuciano favoreció que, cuando se vio que el confucianismo resul- taba inútil para afrontar los retos modernos, China y los pueblos de su órbita cultural (Corea, Vietnam y Japón) fueran más proclives que otras sociedades

a adoptar el capitalismo o las ideas socialistas. Esa facilidad se debió a la falta de rigidez religiosa y a que el ateísmo anarquista y marxista no podia inquietar

a los chinos o ser utilizado por los reaccionarios, dado que entre los chinos no

existía el concepto de Dios.

18 En China la clase dominante no era una clase militar o de origen militar como en el resto de las sociedades clasistas precapitalistas, tampoco existían ni una hierocracia ni una clerocracia (al modo de los rabinos judíos o los ulemas musulmanes). El ejército estaba subordinado a la burocracia literaria civil y los tao-se taoístas y los monjes budistas no gozaban de ningún prestigio entre la élite ni de ningún rango oficial.

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Pero la historia no es lineal. En la antigüedad, el relativo primi- tivismo de la religión griega, mucho menos evolucionada que su so- ciedad, fue un desnivel que permitió el desarrollo de un pensamiento crítico racionalista indisociable de un movimiento democrático y del cuestionamiento de los privilegios de la oligarquía. Pese a ello, la

sociedad griega entró en una crisis de la que no supo salir, al no ser capaz de llevar a cabo una segunda revolución democrática aún más radical que la anterior, con una correspondiente revolución ideoló- gica aún más igualitaria y libertaria. En la medida que esta se llevó

a cabo, desvinculada de aquella, su manifestación fueron escuelas

filosóficas que hacían hincapié en la igualdad, la libertad y la fra- ternidad humana (como fue el caso de las escuelas cínica, epicúrea

y los primeros estoicos) pero limitadas al mundo de una conciencia

cada vez más alienada, con cada vez menos implicaciones socioeco- nómicas y políticas. Tras la conquista romana, las tradiciones re- publicanas (por no hablar de las democráticas) se fueron diluyendo hasta extinguirse con el Dominado instaurado por Diocleciano y la cristianización iniciada por Constantino. La idea de Dios único se correspondía admirablemente con el poder despótico imperial, 19 con criaturas sumisas homologables terrenalmente a la concepción de súbditos y ya no de ciudadanos. Las religiones étnicas o nacionales eran propias de los estados pequeños, mientras que las grandes religiones universalistas se adecuaban a los intereses ideológicos del estado imperial, especial-

19 No es casual que el título que Diocleciano asumió en latín, Dominus, fuera la misma palabra que los cristianos de lengua latina utilizaban para Dios. La palabra dominus en latín era la habitual para amo respecto a sus esclavos, por ello los emperadores anteriores, como Augusto, formalmente apegados a la tradición romana republicana, la habían rechazado para sí mismos cuando se la aplicaron sus aduladores, a los que solían replicar que sólo eran dominus de sus propios esclavos, en ningún caso de personas libres y menos aún de ciudadanos romanos. Significativamente, unos siglos antes, cuando se tradujo la Biblia hebrea al griego, los traductores tradujeron al griego ‘Señor’ como Kyrios y no como despotês, palabra esta última con un sentido idéntico al de dominus en latín y que todavía conservaba entre los griegos unas connotacio- nes que cuadraban mal con su recientemente perdida tradición democrática; el nombre propio de Filodéspoto (‘amigo de su amo’) era un nombre de esclavo entre los griegos, pero muy mal habría sonado aplicado a hombres libres, incluso en su relación con la divinidad.

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mente si tenía pretensiones de dominación universal. 20 La primera religión de tales características fue el mazdeísmo, en paralelo al imperio persa y sus pretensiones de dominación mundial; 21 pero la religión mazdeísta se topó con los mismos límites que el imperio persa 22 y se hundió con él finalmente ante el asalto de los árabes musulmanes. En la parte occidental del Viejo Mundo fueron las metafísicas po- pulares (cristianismo e islam) surgidas del judaísmo las que se convir- tieron en religiones de estado. Aunque estas religiones fueron rapidí-

20 De la misma manera, modernamente las superpotencias con voluntad de hegemonía y dominio más allá de sus fronteras estatales han utilizado ideo- logías universalistas como «la democracia», «el socialismo» o incluso «los derechos humanos» como coartada ideológica para su imperialismo, mientras que las potencias y los estados más modestos, que sólo aspiraban a contro- lar a sus súbditos y las riquezas de su territorio, han apelado a la soberanía nacional, la no intromisión en los asuntos internos y la inviolabilidad de la soberanía estatal.

21 Los reyes asirios precedieron a los soberanos persas en sus afanes de do- minación universal. Pero fracasaron en su empeño y fueron destruidos porque su proyecto imperial excedía sus posibilidades por varios conceptos:

1) Asiria, al ser el primer imperio con tales pretensiones, se encontró con una oposición feroz por parte de pueblos acostumbrados a la indepen- dencia que no se resignaban a perderla. 2) En consecuencia, el dominio asirio hubo de ser atroz, lo que provocó un odio general incompatible con la dominación ideológica necesaria para sostener el imperio. 3) Los asirios carecían de una ideología adecuada. El monoteísmo con pre- tensiones éticas era la ideología acorde con un proyecto imperial univer- sal, pero los asirios sólo tenían una religión nacionalista centrada en un dios que tenía el mismo nombre que su pueblo; un dios tan identificado con la nación opresora no tenía nada que ofrecer a los otros pueblos (salvo un yugo feroz) y no podía servir de ideología vertebradora y ho- mogeneizadora del nuevo orden imperial.

22 Ni el imperio aqueménida ni el sasánida fueron capaces de realizar sus designios. La religión mazdeísta no pudo llegar a ser siquiera la de la mayor parte de la población del imperio persa y los soberanos persas pronto se dieron cuenta de que tratar de convertir a sus súbditos a la fuerza era contraprodu- cente políticamente, por lo que instauraron un sistema de tolerancia multi- confesional que fue precedente y sirvió de modelo al que luego existió en el mundo islámico.

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simamente integradas como sendas ideologías de estado, conservaron cierto carácter subversivo más visible desde fuera que desde dentro. 23 Con el capitalismo, la explotación se vuelve algo más opaca. Los modos de producción tributarios se fundamentaban en el valor de uso, mientras que el modo de producción capitalista se basa en el valor de cambio. No sólo la producción se convierte en mercancía sino que los mismos trabajadores (asalariados) son mercancía que se autovende temporal y «libremente» a un amo. Por ello, la explotación, a menudo sin perder la mistificación religiosa anterior, se vuelve economicista, se seculariza. Pero la nueva alienación no es incompatible con la anterior, ambas pueden coexistir, al modo calvinista. 24 En algunas sociedades, como Francia, el triunfo de la burguesía se hizo con grave quebranto de la religión, porque se hizo en nombre de la Ilustración y con la cooperación activa de las clases inferiores, campesinado y proletariado

23 Moisés aparece en el Éxodo como un Espartaco victorioso; Jesús fue crucificado por el poder imperial romano, con gran satisfacción de la oligar- quía sacerdotal judía; Muhammad en sus orígenes fue un huérfano pobre cuyos primeros seguidores eran las gentes más humildes de La Meca. La polémica medieval de la «tesis de los tres impostores» contra los fundadores de las tres re- ligiones «abrahámicas» tuvo un origen mazdeísta y se cebaba especialmente en la condición social humilde de esos tres personajes. Para personas que han cre- cido en el seno de sociedades en las que estas religiones son poderes alienantes

es difícil apreciarlo, pero para personas de fuera es indudable el carácter social- mente subversivo originario de estas religiones. Nada similar se encuentra en los fundadores de otras religiones como el zoroastrismo, el budismo, el jainismo

o el maniqueísmo, de orígenes mucho más acomodados o incluso principescos,

cuyos mensajes no tuvieron contenido socialmente subversivo comparable, ni siquiera en sus más prístinos orígenes. La actual teología de la liberación ha encontrado elementos alentadores para sus tesis en aquellos fragmentos vete- rotestamentarios y neotestamentarios que expresan el descontento social y la

rebeldía contra el orden establecido de las clases oprimidas de la antigüedad; los mismos elementos habían servido de inspiración a las herejías socialmente inconformistas de la edad media, y en la edad moderna a los anabaptistas.

24 De facto, todas las religiones «modernas» tienden a calvinizarse para adaptarse a los imperativos de la sociedad capitalista. El Opus Dei es el ejem- plo más acabado de calvinismo católico hoy en día, pero lo mismo sucede en el budismo (en Japón, especialmente), el judaísmo, el hinduismo, el jainismo

y el islam. Aunque el islam rechaza teóricamente la usura, los capitalistas

musulmanes –medievales y modernos– se limitan a triquiñuelas para eludir el

nombre de usura pero no su realidad.

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urbano. En otros lugares la religión mantuvo su poder casi intacto, como en Estados Unidos, aunque sea de una forma diferente a la de las viejas religiones oficiales exclusivistas. Es más: cuando las cosas se ponen difíciles, hay una tendencia de los partidarios del orden establecido a utilizar la religión, incluso en los países occidentales secularizados, bien en su versión de voluntad divina al modo cristiano tradicional, bien en la idea de karma-samsâra, idea esta última importada pero cada vez más extendida en las socie- dades occidentales, donde la decadencia del cristianismo favorece la introducción de una nueva metafísica de inspiración «oriental». Todos los conservadores y reaccionarios, incluidos los más incrédulos, 25 co- inciden en «las bondades» morales y sociales de la religión. 26

25 Lo que no tiene nada de nuevo. En la antigüedad los oligarcas griegos y romanos ya fueron conscientes de la utilidad de la religión como superstición organizada para atemorizar al pueblo y mantener el orden oligárquico. Critias, tío de Platón y líder de los 30 tiranos, opinaba que la religión fue obra de alguien inteligente y astuto para atemorizar al pueblo y tenerlo sometido. Su sobrino Platón, en su República y sus Leyes, ideó un sistema legal que castigaba severísi- mamente el ateísmo y el cuestionamiento de la religión oficial, concebida como «noble mentira» para mantener el poder del estado y el orden social. El histo- riador romano Tácito, aunque al parecer era agnóstico, consideraba muy útil la superstición para controlar a la plebe. La mayor parte de los oligarcas antiguos, griegos y romanos helenizados, no parece que fueran muy supersticiosos perso- nalmente, pero consideraban la superstición como su mejor aliado para mantener sus privilegios. En la actualidad, incluso los sionistas ateos son partidarios de honrar al judaísmo como garantizador de la cohesión del «pueblo judío».

26 El ejemplo más reciente lo tenemos en el presidente francés Sarkozy, que contra toda la tradición de laicismo francés, ha ensalzado la religión al modo estadounidense y ha puesto la labor de los clérigos por encima de la de los profesores de la escuela laica francesa. Evidentemente, sus loas a la religión son inseparables de su proyecto neoliberal de desmantelamiento del estado del bienestar; lo que ofrece el proyecto sarkoziano al pueblo francés es tan insatis- factorio que se impone el retorno al viejo «opio del pueblo»: el bienestar que el capitalismo salvaje no puede ofrecer, que lo espere el pueblo en «la otra vida». La canción de «el predicador y el esclavo» vuelve por sus fueros:

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Trabaja y suda y come forraje, que cuando te mueras te espera un pastel en el cielo.

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No obstante, con la modernidad se impone cierta secularización de las ideologías justificadoras del orden establecido. El nacionalismo del estado-nación es la ideología dominante, muy por encima de la religión, hasta el punto de que la religión propiamente dicha queda reducida a un papel subalterno. El nacionalismo del estado-nación se adecúa maravillosamente a los intereses de la clase dominante, al identificarse los intereses de esta clase con los de «la nación». Sólo en los países de la periferia 27 esta ecuación no funciona: es demasiado evidente que los intereses de las clases dominantes y los de la nación divergen, pues las clases dominantes de las periferias son «vendepa- trias», «burguesías compradoras» 28 sin otro proyecto que enriquecerse a costa de la dependencia de su propio país y de la sobre-explotación de la mayoría de sus compatriotas; en este caso la ideología de las cla- ses dominantes es el «desarrollismo» dependiente y la utilización ma- siva de la religión y el odio xenófobo contra vecinos. El renacimiento de los fanatismos religiosos en muchos países de la periferia se ins- cribe en este contexto, pensemos en el fenómeno islamista potenciado

27 Los términos ‘periferia’ (o ‘periferias’) y ‘centro’ (o ‘centros’) pare- cen los más adecuados para referirse, respectivamente, al llamado «tercer mundo» y a los países capitalistas dominantes, pues explican mucho mejor las relaciones entre los países capitalistas-imperialistas y el mundo colonizado dependiente que términos como Norte y Sur, «países desarrollados» y «países subdesarrollados» o «países ricos» y «países pobres». Hablar de centros y periferias implica la relación de dependencia, dominación-sometimiento y desigualdad que existe entre ambas partes del mundo, cómo ambas partes son los dos polos de un mismo sistema global. 28 Por «burguesía compradora» se entiende a la clase dominante de los países de las periferias, que actúa como intermediaria entre sus países y los estados imperialistas del centro, a cambio de una parte de los beneficios. Esta burguesía compradora es una clase tan claramente anti-nacional que no puede beneficiarse de la coartada «patriótica» de sus homólogas no compradoras de los centros capitalistas. Sólo allí donde la renta petrolífera genera enormes beneficios y el trabajo duro recae sobre trabajadores extranjeros, como es el caso de las monarquías petroleras de Arabia, la burguesía compradora goza de amplio apoyo entre la mayoría de la población autóctona, que se beneficia de la situación y obtiene su parte de los beneficios de la explotación de los ex- tranjeros, de una manera similar a como la población corriente de los centros capitalistas se beneficia de la explotación de las periferias, aunque sea mucho menos que sus clases dominantes.

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por Arabia Saudí y Pakistán, en el odio mutuo indo-pakistaní, en el nacional-hinduismo indio y en la ofensiva de las iglesias protestantes en Latinoamérica para convertir esta área del mundo en una colonia ideológica de la derecha protestante fundamentalista de la metrópoli estadounidense. 29 Mención última merece la situación existente en países que han hecho del marxismo-leninismo su ideología de estado, pero sin supri- mir las clases sociales y donde, es evidente, la clase dominante no es el proletariado sino la alta burocracia del partido y del estado. Recapitulando, podría decirse que las ideologías o modos de alie- nación para justificar el inicuo orden existente pueden clasificarse en cuatro tipos:

1) Alienación religiosa: especialmente en los modos de producción tributarios, pero adaptada al modo de producción capitalista. La desigualdad y la explotación se justifican apelando a la voluntad (providencia) de los dioses o de Dios, al karma-samsâra o, de una manera más «laica», a un orden inmanente del mundo. 30 2) Alienación economicista: específica del capitalismo, con su alie- nación mercantil basada en la «relación libre» entre empresario y empleado, «la economía de mercado» como la mejor, única y «natural», «la mano mágica», etcétera.

29 Frente a la teología de la liberación, desarrollada por los medios progre- sistas católicos latinoamericanos, se encuentran no sólo la ofensiva reacciona- ria del catolicismo conservador sino también estas iglesias fundamentalistas protestantes, sucursales del fundamentalismo estadounidense, con su teología política reaccionaria filoestadounidense y fanáticamente prosionista.

30 Esta versión «laica» de la ideología de la clase dominante es propia del estoicismo tardío en la civilización greco-romana y del confucianismo chino. El estoicismo romano no aguantó la crisis del siglo iii, que propició el surgimiento de la metafísica neoplatónica en filosofía y llevó a la instauración del cristianis- mo como religión oficial, que llegaría a sobrevivir al propio imperio romano como ideología metafísica de los estados que le sucedieron. En China, la crisis «medieval» fue más breve y el confucianismo pudo recuperar su posición destro- nando al budismo (no es casual que «el gran fervor budista» en China coincidiera con el corto «medievo chino»); esto fue posible porque la magnitud del imperio chino y de la economía china permitieron un nivel de secularización ideológica sin parangón con ninguna otra civilización conocida, ni siquiera la griega anti- gua. El imperio chino pudo permitirse tener una filosofía civil «casi laica» en lugar de una religión, un caso único en las civilizaciones premodernas.

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1) Alienación nacionalista: identificación del interés de la clase dominante con el interés de «la nación», «la patria», e iden- tificación del patriotismo con la devoción al estado y su clase dominante. 2) Alienación pseudo-socialista: 31 propia de los regímenes auto- proclamados «socialistas» pero en los que la propiedad de los medios de producción no ha sido socializada sino estatalizada 32

y el control de estos está en manos de una nueva clase, que si

bien no posee jurídicamente la propiedad de los medios de pro- ducción, posee los medios de decisión y una posición de poder

y riqueza muy superior a la de sus súbditos.

Oriente Medio antes del estado-nación: estados imperiales confesionales y minorías confesionales autónomas

El paso de los reinos étnicos a los imperios con pretensiones de dominación universal fue acompañado de un proceso de cambio religioso, por el que las antiguas religiones locales fueron reempla- zadas por religiones con pretensiones de universalidad. En la parte occidental del Viejo Mundo esto supuso el paso del politeísmo al monoteísmo. Los dioses fueron simplificados en una sola divinidad omnipotente y omnisciente, mucho más abstracta y trascendente que

31 En formas todavía más burdas ha sido la justificación de regímenes dictatoriales árabes de tipo nacionalista, dirigidos por pequeñas burguesías populistas, rápidamente reconvertidas en burguesías de estado, que justifica- ban su poder en nombre de un «socialismo árabe» estatista. De una forma aún más burda que la de las dictaduras nacionalistas árabes, ha formado parte del mito sobre un supuesto «socialismo israelí», fundamentado en el hecho de la gran importancia que durante muchos años tuvieron en Israel el sector estatal y la Histadrut (el gran sindicato empresario sionista). 32 La confusión entre «estatalización» y «socialización» y entre «estatis- mo» y «socialismo» hubiera sido algo impensable antes de la revolución rusa para cualquier marxista, pero se ha generalizado tanto que ha hecho estragos. Ha sido utilísima para los capitalistas en su tarea de desacreditar cualquier idea de socialismo y utilísima para los mandarines de «la nueva clase» para justificar ideológicamente su mandato, en nombre del socialismo. También ha permitido hacer pasar por «socialistas» a las más ramplonas burguesías de estado, como ha ocurrido en varios estados árabes y en el estado de Israel.

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los antiguos dioses. 33 No es difícil ver en esta deidad omnipotente sin igual el equivalente celeste y trascendente del emperador uni- versal. La primera religión imperial más o menos monoteísta, 34 el maz- deísmo o zoroastrismo, surgió como la religión del primer verdadero imperio con pretensiones mundiales: el imperio persa aqueménida (entre los siglos vi y iv a.C.). No obstante, la variedad de pueblos sometidos por los monarcas persas, con sus respectivas tradiciones religiosas milenarias, exigió que los monarcas persas fueran en gene- ral tolerantes con sus súbditos de otras religiones; otra política habría sido imposible de aplicar, dada la enorme variedad de pueblos y de cultos que existía en un imperio de una inmensidad desconocida hasta

33 El proceso de transformación que llevó del politeísmo al monoteísmo no fue «rectilíneo» ni simple. Las religiones monoteístas surgieron de una convergencia de factores complejos y a menudo contradictorios:

1) La tendencia antes aludida de que a un soberano terrenal único le corres- pondiera un único señor divino. 2) Las especulaciones teológico-filosóficas de las élites intelectuales, como los sacerdotes egipcios y los filósofos griegos. 3) Cultos exclusivistas como el yahvismo israelita. En principio, unos factores podían estar en contradicción con otros. El afán monoteísta de un soberano (Ajenatón, por ejemplo) podía estar en con- tradicción con los intereses corporativos de una clase sacerdotal, o un ex- clusivismo monoteísta como el judío podía convertirse en una bandera de combate contra el imperio romano. El islam, monoteísmo estricto surgido en la periferia árabe de Oriente Medio, asestó un golpe mortal al imperio persa, cuyo soberano encarnaba aún más que el emperador romano el carácter de «sombra de Dios en la tierra». El monoteísmo «desde arriba» (al estilo ajena- toniano) fracasó rotundamente, las religiones monoteístas que acabaron por triunfar surgieron en la periferia e inicialmente contra los poderes imperiales (Moisés como enemigo del faraón, Jesús crucificado por el poder imperial romano, Muhammad como enemigo del «rey de reyes»), sólo más tarde estas religiones se convirtieron en ideología de estado y se utilizaron para justificar el orden establecido: el cristianismo para sacralizar el poder imperial romano, el islam para servir de soporte ideológico a unas formas de estado muy simi- lares a las del imperio persa desdeñado por Muhammad, el judaísmo como religión de los jázaros 34 Digo «más o menos» por el fuerte contenido dualista presente en el mazdeísmo, pese a lo cual, debido a la superioridad de Ahura-Mazda sobre Ahrimán, puede clasificarse el mazdeísmo como monoteísmo.

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de Ahura-Mazda sobre Ahrimán, puede clasificarse el mazdeísmo como monoteísmo. Libro5_bosforo.indd 43 27/8/09 18:53:06

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entonces. Cuando Alejandro Magno conquistó el imperio persa, adoptó una política similar de tolerancia y respeto por los cultos y las devo- ciones de sus súbditos. Los soberanos helenísticos 35 y los emperadores romanos precristianos 36 continuaron esta política de tolerancia con los cultos de todos los pueblos sometidos. 37

35 El conflicto entre Antioco IV Epífanes y los macabeos por la heleniza- ción del culto judío no fue provocado por el afán helenizador del soberano seléucida sino por la propia hierocracia judía, empeñada en un sincretismo radical entre «el dios de Israel» y el Zeus Olímpico griego; la aristocracia sacerdotal judía filohelena fue demasiado lejos y demasiado rápido en sus afanes helenizadores y eso provocó la violenta reacción de los enemigos de la helenización y del sincretismo.

36 El enfrentamiento entre Roma y los judíos no lo deseaba la mayoría de la clase alta judía, que era prorromana; el alzamiento religioso fue la ex- presión del descontento de las clases populares judías, que encontraron en el celotismo la ideología que encauzaba sus ansias de rebelión contra el odioso poder romano y contra las clases altas colaboracionistas. Pese a lo irritante que resultaba para los romanos el exclusivismo judaico, Roma, mientras fue pagana, respetó el derecho de los judíos a seguir su religión ancestral, pues era inherente al paganismo la idea de que los seres humanos debían honrar a sus dioses según sus tradiciones étnicas. Lo que no obsta para que los romanos reprimieran durísimamente las rebeliones judías y las utilizaran como pretexto para imponer sobre los judíos cargas fiscales abrumadoras (como el fiscus iudaicus) en concepto de castigo por la rebelión. Por lo demás, las medidas antijudías en general se debieron a motivos políticos, no a un «odio teológi- co». Los romanos trataron bastante peor que a los judíos a los druidas galos y britanos, a los que tenían por un gran peligro para su dominio.

37 La clase dominante romana era consciente de que las oligarquías sacer- dotales eran sumisas y que tenerlas como amigas y aliadas era provechoso para su dominio. Esto tuvo consecuencias a la larga funestas para las religio- nes locales, que terminaron desprestigiadas ante los ojos del pueblo; el ejem- plo más elocuente es el caso egipcio: la mayor parte de la población egipcia fue sometida a una explotación brutal por parte de Roma, pues el trigo egipcio alimentaba a la plebe romana, mientras que los sacerdotes egipcios seguían gozando de una situación privilegiada bajo el poder romano. Esta situación fue decisiva en la conversión masiva de los egipcios al cristianismo, hasta el punto de que el odio popular egipcio contra el orden existente, canaliza- do por los monjes egipcios en forma de odio teológico, se desencadenó en destrucciones de templos y agresiones contra los adoradores de los antiguos dioses. De todas las formas de expresión que podría haber tenido el descon- tento popular, esta era la más inocua para el poder romano, al que en realidad reforzaba, puesto que una vez que el emperador era cristiano y el imperio era

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Los soberanos arsácidas (siglo iii a.C.-iii), iranios pero no persas, que no pretendían la soberanía universal, estuvieron mucho menos apegados al zoroastrismo que sus sucesores, los persas sasánidas (si- glos iii-vii), que retomaron la idea de imperio universal a la vez que el mazdeísmo. Durante algún tiempo, bajo Sapor I (240-272), segundo de los monarcas sasánidas, existió la posibilidad de que una nueva religión más sincrética y con mayor capacidad de atracción, el maniqueísmo, 38 sustituyera al mazdeísmo como religión universal del imperio con pretensiones universales. Sapor I tanteó esa posibilidad patrocinando a Mani, de manera que si su predicación tuviera éxito dentro y fuera de Persia pudiera utilizarla para sus propósitos políticos; sin embargo, tras la muerte de Sapor, su hijo Bahram, zoroastriano fanático que estaba apoyado por el clero mazdeo, abortó cualquier posibilidad en ese sentido. Algunos soberanos sasánidas, mazdeístas especialmente fanáticos, persiguieron a sus súbditos de otras religiones, lo que les valió un lugar de honor en la historiografía de los fanáticos sacerdotes del zoroastrismo, 39 pero la mayoría de los soberanos sasánidas tuvieron la lucidez política de rendirse a la evidencia de que no podían imponer el mazdeísmo a todos sus súbditos, que esa pretensión, lejos de dar solidez a su imperio, le enajenaría la voluntad de sus vasallos. Así, los soberanos sasánidas aceptaron la pluralidad religiosa en su imperio, dándose el caso de que el cristianismo nestoriano llegó a ser, de facto, la segunda religión oficial del imperio, después del mazdeísmo. 40

un imperio cristiano, el paganismo ya no se identificaba con el sistema y los paganos habían pasado a ser disidentes ideológicos; de esta manera, lo que tenía como raíz el malestar popular se desvió en pogromos contra disidentes religiosos y en actos vandálicos contra edificios de venerable antigüedad y notable valor artístico.

38 El maniqueísmo, fundado por Mani, fue una forma radical del dualis- mo iranio, que participaba de un amplio sincretismo entre ideas mazdeas, cristianas, gnósticas e índicas. Los musulmanes alto-medievales (como Ibn an-Nadîm en su Fihrist) daban por sentado que el maniqueísmo era un híbrido de mazdeísmo y cristianismo.

39 El fanatismo de los sacerdotes zoroástricos era tan grande que su odio incluso se extendía a los judíos, tradicionalmente amigos y aliados de los persas.

40 La propaganda bizantina trató de convertir la guerra entre el emperador bizantino Heraclio y el rey de reyes persa Cosroes Parviz en una guerra santa entre la cristiandad y los mazdeístas. Nada más lejos de la realidad: Cosroes

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El imperio persa sasánida fue el modelo del imperio musulmán y de los sucesivos reinos del mundo islámico. El monarca persa preis- lámico Cosroes Anushirawán (conocido en la tradición musulmana como «Cosroes el bueno» o «Cosroes el justo») 41 se convirtió en el prototipo modélico de soberano en el mundo musulmán, continuador de la tradición persa. El lema de Cosroes era: «La monarquía depende del ejército; el ejército del dinero; el dinero viene de los impuestos te- rritoriales; y los impuestos provienen de la agricultura. La agricultura depende de la justicia; la justicia de la integridad de los funcionarios; y la integridad de los funcionarios de la perpetua vigilancia del rey». 42 Cosroes puso fin al fanatismo zoroastriano institucionalizado, pues, aunque el zoroastrismo siguió siendo la religión oficial, el patriarca nestoriano figuraba en el protocolo de la corte inmediatamente detrás del jefe de los magos o sacerdotes mazdeos. El reinado de Cosroes fue muy fecundo en el aspecto cultural y no tiene nada de exagerado decir que el esplendor árabe-islámico de la época ´abbâsí es una con-

no tenía nada contra los cristianos e incluso su esposa favorita, Shirín, y su visir financiero, Yazden de Kirkuk, eran cristianos nestorianos. Desde el impe- rio persa el cristianismo llegó a China, donde se conoció al cristianismo como «la religión de los textos sagrados de Persia».

41 Cosroes (531-579) se ganó esos epítetos tan elogiosos y el de Anushi- rawán (en persa ‘espíritu eterno’) por el agradecimiento de la nobleza persa, ya que Cosroes aniquiló el movimiento mazdakista, movimiento religioso fundado por Mazdak, que propugnaba el comunismo económico y sexual. Cosroes, que aborrecía el mazdakismo, consiguió aplastar a los mazdakistas de manera harto traicionera: hizo venir a Mazdak y a sus principales seguido- res haciéndoles creer que los recibiría amistosamente, pero llevó a cabo una represión extremadamente sangrienta. Según el historiador árabe al-Mas´ûdî, los mazdakistas muertos fueron ochenta mil; según el historiador árabe Ibn al-Atîr, Cosroes ordenó crucificar a Mazdak y a cien mil mazdakistas. La no- bleza quedó completamente sometida a Cosroes, que implantó la monarquía absoluta, pero estuvo tan agradecida a su amo por la eliminación del mazda- kismo que le dedicó toda clase de epítetos elogiosos. Esta tradición nobiliaria tan favorable a Cosroes pasó más tarde a la tradición historiográfica árabe y musulmana, lo mismo que el odio que la clase dominante persa preislámica sentía por Mazdak, a quien a menudo mencionan autores musulmanes adju- dicándole el calificativo de «maldito».

42 Peter Brown, El mundo en la antigüedad tardía. De Marco Aurelio a Mahoma (Madrid: Taurus, 1989), p. 197.

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tinuación del esplendor sasánida de Cosroes. Cosroes patrocinó tra- ducciones tanto del griego como del sánscrito. Muchas obras capitales de la prosa árabe son traducciones de obras indias traducidas al persa pahlevi bajo el reinado de Cosroes; este es el caso de Calila y Dimna, del Sendebar o incluso de los orígenes de Las mil y una noches. En el año 532, Cosroes acogió a los últimos filósofos neoplatónicos de Atenas, cuya Academia, fundada por Platón, había sido clausurada por el fanatismo cristiano del emperador Justiniano. En el periodo de Cosroes y en lo sucesivo, la vida de la corte se hizo mucho más refi- nada, preludiando lo que serían los hábitos de las cortes ´abbâsíes y musulmanas de oriente: a la caza se añadió el polo, la música de cuerda y el ajedrez. El nombre de Cosroes se convirtió más tarde en sinónimo del poder y la gloria para los musulmanes. En gran medida sirvió de modelo a la dinastía ´abbâsí, que en cierto modo fue su heredera, 43 así como a los sultanatos persas y turcos posteriores. El estado musulmán es esencialmente la continuación de las tra- diciones del antiguo estado persa preislámico, cosa de la que eran muy conscientes los mismos musulmanes. 44 También la civilización musulmana fue una continuación de las tradiciones del imperio persa tardío cosroiano: imperio confesional con amplio respeto a la autono- mía interna de las confesiones distintas de la religión oficial, soberano absolutista, traducciones de obras griegas e indias, recepción de la filosofía griega y de la ciencia helénica e india En la cuestión que nos ocupa, lo interesante es saber que la toleran- cia religiosa de los imperios iranios (aqueménida, arsácida y sasánida) fue el precedente de la tolerancia de los estados musulmanes con sus súbditos no muslimes.

43 Los francos de Carlomagno llamaban al califa Hârûn ar-Rashîd, «el rey de los persas». El elefante que Hârûn ar-Rashîd regaló a Carlomagno respon- día a una vieja tradición persa por la que el rey de reyes regalaba animales a los reyes vasallos (matiz que no captaron los francos). 44 Pese a una resistencia inicial árabe e islámica a las tradiciones mo- nárquicas, que repugnaban a los árabes y a los musulmanes piadosos de los primeros tiempos (Muhammad había dicho que «el título más afrentoso el día del juicio sería el de rey de reyes», considerado una usurpación de una dig- nidad exclusiva de Dios), los gobernantes musulmanes más pronto que tarde adoptaron la administración, el boato, los títulos y la filosofía política de los soberanos sasánidas tardíos.

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Ya en vida de Muhammad, los musulmanes habían acordado esta - tutos de tolerancia para los cristianos y mazdeístas de Arabia. 45 Pos- teriormente, al producirse las grandes conquistas musulmanas fuera de Arabia, se acordaron estatutos de tolerancia similares para la gran mayoría de los seguidores de las religiones de los países conquistados. En muchos casos los conquistados se beneficiaron de una tolerancia

de la que no disfrutaban antes, como fue el caso de los cristianos mo- nofisitas, los samaritanos y los judíos en los territorios conquistados

a los bizantinos. En las zonas conquistadas a los persas, los cristianos nestorianos y los judíos conservaron el estatuto de tolerancia del que ya disfrutaban antes. Los árabes musulmanes también fueron toleran- tes con los hindúes y budistas del Sind, cuando a principios del siglo viii conquistaron esta región de la India. El islam, pese a sus pretensiones de superioridad sobre las reli- giones anteriores, respetaba a los seguidores de las revelaciones que le habían precedido y les acordó un generoso estatuto de tolerancia sin equivalente en otros ámbitos político-religiosos mucho más in- tolerantes como la cristiandad. Además, mientras que el estatuto de tolerancia para las otras religiones en el imperio persa preislámico estaba motivado por exigencias de política realista y mal visto por el fanatismo del clero mazdeo, en el islam la tolerancia con las re- ligiones anteriores, aunque supeditada a ciertas condiciones restric- tivas, era una obligación religiosa para los musulmanes, de modo que quebrantarla, lejos de ser un acto piadoso, constituía una acción nefanda contraria a las propias leyes sagradas del islam. Mientras que el monarca mazdeísta que perseguía a sus súbditos no mazdeos

y trataba de imponerles la religión zoroástrica por la fuerza era con- siderado por los sacerdotes mazdeos como un soberano piadoso y ejemplar que cumplía fielmente con su deber religioso, el soberano musulmán que tratara de convertir a sus súbditos no musulmanes por la fuerza o la intimidación era un pecador que atentaba contra la ley musulmana. Además, la ley islámica no aceptaba la validez de las conversiones forzadas, por lo que el no musulmán convertido

45 También en principio para los judíos de Medina, pero en esa ciudad las relaciones judeo-musulmanas fueron muy tensas y acabaron de manera catastrófica para los judíos: las tribus judías de los Banû Qaynuqâ´ y los Banû- n-Nadîr fueron expulsadas y la tribu de los Banû Qurayza sufrió el exterminio de sus varones adultos y la esclavización de sus mujeres y niños.

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por la fuerza al islam tenía perfecto derecho a volver a su religión originaria. 46 Las comunidades no musulmanas gozaban de autonomía interna y tenían instituciones propias, a menudo paralelas a las de la comunidad musulmana dominante. Por ejemplo, en Bagdad, junto al califa ´abbâsí, líder religioso del islam sunní desde 750 hasta 1258, residía el exilarca judío 47 como una especie de rey judío en el exilio. El exilarcado existió desde el siglo ii hasta 1393 y se suponía que los exilarcas eran descendientes del rey David. Sobrevivió más de cien años al califato de Bagdad, aunque su importancia debió de reducirse mucho desde la devastación de Bagdad por los mongoles en 1258, porque el último exilarca del que se ha conservado el nombre fue Samuel ben David, que ejerció el exilarcado entre 1240 y 1270, precisamente por la época en la que los mongoles tomaron Bagdad. Durante el periodo ´abbâsí el exilarca residía en Bag- dad, se sentaba junto al califa y desempeñaba las funciones de califa de los judíos. Durante gran parte de la época islámica, el exilarca judío tuvo más poder efectivo entre los judíos que el califa ´abbâsí entre los musulmanes. El exilarca era la instancia judicial suprema de los judíos mesopotámicos y el responsable de la seguridad y la conducta de sus súbditos, designaba jueces y controlaba las actividades comerciales de los judíos, incluso llegó a designar rabinos y funcionarios fuera de Iraq. En el imperio otomano, cada comunidad religiosa reconocida estaba bajo la jurisdicción de sus propias autoridades religiosas. La palabra

46 Cosa que no ocurría en el mundo cristiano, donde el bautismo, incluso el forzado y contraviniendo la tolerancia acordada, tenía plena validez, de manera que el no cristiano bautizado a la fuerza tenía que ser cristiano y si volvía a su religión originaria era condenado a muerte en castigo por su apos- tasía del cristianismo. Por ello, los judíos convertidos a la fuerza durante las persecuciones almohades del siglo xii o las safavíes de la edad moderna en Irán fueron autorizados luego a volver al judaísmo, mientras que los judíos bautizados por el terror en la España cristiana a finales del siglo xiv debieron seguir siendo cristianos so pena de ser condenados a la hoguera, lo mismo que los musulmanes de la corona de Aragón, obligados a convertirse al cristianis- mo por la fuerza durante la rebelión de las germanías.

47 En hebreo rosh ha-galut, en arameo resh galutá, en árabe ra`s al-ÿâlût, que en los tres idiomas significa literalmente «cabeza de la diáspora».

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turca millet (en plural milletler) designaba a cada una de las comunida- des religiosas dotada de autonomía para asuntos internos. Así, existía el millet musulmán (conocido también como millet-i hâkime, ‘millet gobernante’), el millet de los rûm (o sea, de los ‘romanos’, 48 que era el de los cristianos ortodoxos), el millet de los armenios 49 y el millet de los judíos, todos ellos regidos por sus autoridades religiosas respectivas. Al margen del sistema se encontraban las sectas musulmanas di- sidentes y las religiones no reconocidas como revelaciones anteriores al islam. En esta última categoría se encontraban religiones como el maniqueísmo o el yazidismo. 50 El maniqueísmo fue objeto de una per-

48 Téngase presente que lo que comúnmente llamamos los europeos occiden- tales «imperio bizantino» era el imperio romano sin más, pues tras la desapari- ción del imperio romano de occidente el año 476 no había más imperio romano que el de oriente. Los llamados «bizantinos» siempre se llamaron a sí mismos «romanos»; el hecho de que hablasen griego no cambiaba el hecho de que polí- ticamente fuesen romanos, e incluso ellos mismos llamaban a su idioma griego «lengua romana». Consecuentemente, primero los árabes y luego los demás pue- blos musulmanes llamaron rûm («romanos») a los bizantinos y, por extensión, a los correligionarios cristianos occidentales de los «bizantinos». De todas formas, en el mundo musulmán siempre existió una cierta confusión terminológica entre romanos antiguos, griegos, bizantinos y cristianos ortodoxos y occidentales. El geógrafo Ibn Hawqal (siglo x), para aclarar la confusión, distinguía entre «rûm puros» (los bizantinos) y rûm en el sentido amplio, categoría esta última que incluía tanto a la cristiandad bizantina como a la latina occidental.

49 Los armenios en aquel tiempo, más que una etnia o la comunidad de hablantes del idioma armenio, eran los pertenecientes a la iglesia armenia gregoriana; aunque también existiera una iglesia armenia católica y más tarde comunidades armenias protestantes. En la época final del imperio otomano muchos armenios hablaban turco como lengua materna y su pertenencia a la armenidad era más confesional que etno-«nacional».

50 El yazidismo es una religión fruto del más extraordinario sincretismo de las religiones de Oriente Medio: islam normativo y sufí, mazdeísmo, mani- queísmo, mazdakismo, gnosticismo, cristianismo, judaísmo, paganismo astral

En Oriente Medio se conoce vulgar e impro-

mesopotámico, chamanismo

piamente a los yazidíes como «adoradores del diablo» por la veneración que profesan al ángel caído, al que no tienen por maléfico sino por el mejor de los ángeles de Dios, que prefirió la condenación eterna por amor a su crea- dor (creencia compartida con muchos sufíes musulmanes), cuyas lágrimas apagaron el fuego del infierno, que por ello ya no existe. Los yazidíes llaman al diablo Malak Tâwûs («el ángel pavo real») y lo veneran bajo esa imagen;

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secución inquisitorial en la época ´abbâsí y terminó por desaparecer. 51 El yazidismo, religión producto de un amplio sincretismo, llegó a estar muy extendido por el Kurdistán al final de la edad media, pero ha quedado reducido a una minoría exigua en la actualidad. El estado imperial del mundo islámico era despótico y su monar- quía era patrimonial, pero ese estado despótico interfería poco en la vida de sus súbditos –mucho menos que el estado-nación moderno–, pues, aparte de cobrar impuestos, les dejaba margen a una amplia auto- nomía. Esto lo ha expresado muy bien el intelectual marroquí Abdallah Laroui al advertir el diferente sentido de la palabra ‘libertad’ en el mundo islámico premoderno y en el pensamiento liberal moderno:

En la sociedad árabe tradicional, 52 Estado y libertad individual son cosas completamente contradictorias; cuando el alcance de aquél

en la creencia yazidí, Malak Tâwûs es uno de los siete ángeles sostenedores del mundo. Su libro sagrado, El libro negro, está escrito en árabe, aunque la mayoría de los yazidíes son kurdos. 51 El maniqueísmo fue rechazado en el imperio ´abbâsí por razones meta- físicas fundamentales y por razones de proselitismo. Las autoridades musul- manes consideraron a Mani un falso profeta (al contrario que a Zoroastro, a quien muchos musulmanes consideraban uno de los profetas no mencionados en el Corán) porque su dualismo puro estaba en contradicción con el riguroso monoteísmo musulmán. Pero lo que le ganó la inquina institucional y motivó una persecución inquisitorial contra los maniqueos bajo el califato ´abbâsí fue que el maniqueísmo parecía sumamente peligroso por su activísimo proselitis- mo en Iraq (centro del imperio), fundamentado en doctrinas que se pretendían mucho más «científicas» y racionales que las de las otras religiones; por ejem- plo, en la cuestión de la contradicción entre la existencia de Dios y del mal en el mundo, los maniqueos argumentaban que Dios es infinitamente bueno pero no omnipotente, con lo que salvaban la cuestión de una manera satisfactoria racionalmente, pero radicalmente opuesta a la idea de absoluta omnipotencia de Dios en el islam. Las obras de Mani fueron traducidas al árabe y gozaron de gran difusión. El término zindîq (en plural zanâdiqa), sinónimo de mani- queo, en árabe llegó a significar disidente religioso en general, fuera realmente maniqueo o no, y la acusación de zandaqa (que en principio significaba ma- niqueísmo y luego pasó a ser sinónimo de librepensamiento) costó la vida a más de un distinguido intelectual del mundo islámico. 52 Abdallah Laroui se refiere concretamente al mundo árabe, que es lo que le interesa, mas entiéndase que la descripción es extensible a la realidad estatal de todo el mundo islámico premoderno.

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es amplio, el de ésta es pequeño. Es un hecho indiscutible; lo que hace falta subrayar es que si el Estado es tiránico, su alcance es muy limitado, a la inversa del Estado liberal, cuyo peso sobre el individuo es, desde luego, leve, si bien controla casi todos los aspectos de la vida civil. Si analizamos el Estado islámico en comparación con el Estado liberal –cosa que se hace de modo inconsciente– constatamos que, efectivamente, aquél contradice desde su principio la libertad indivi- dual; pero volviéndolo a situar en su marco histórico descubrimos de inmediato que sólo controlaba una parte muy limitada de la vida so- cial. Por lo demás, el individuo se sentía y se declaraba libre. A fin de cuentas los orientalistas se limitan a probar que el Estado islámico no es liberal en el sentido del siglo xix; ¿acaso algún historiador dudaba de ello? En la estructura islámica tradicional la libertad política es limitada, por no decir que es desconocida; pero el campo político, que en modo alguno se confunde con el campo social, es por sí mismo muy restringido. El individuo, al no estar asediado por el Estado, puede ser libre más allá de la política. 53

La situación podía ser muy diferente según las regiones y según la fortaleza o la debilidad del poder imperial en las distintas épocas. Había regiones que escapaban parcial o completamente al poder es- tatal, regiones de montaña o de desierto, por ejemplo. Las tribus del Kurdistán (musulmanas, yazidíes, cristianas 54 o judías) podían vivir

53 Abdallah Laroui, El islam árabe y sus problemas (Barcelona: Península, 1984), p. 76. 54 Durante mucho tiempo, los cristianos nestorianos de Hakkari fueron prácticamente independientes e incluso tuvieron a tribus kurdas musulmanas como subordinadas. Los misioneros protestantes británicos difundieron entre ellos la idea de que eran el remanente de los asirios de la antigüedad, por lo que desde entonces se hicieron llamar «asirios» y surgió entre ellos la idea de crear un estado-nación «asirio». En la primera guerra mundial se imaginaron que bajo la hegemonía rusa e inglesa se harían con un estado propio en su territorio natal, pero sólo consiguieron perder su tierra nativa y tener que exiliarse en Iraq, donde, no escarmentados con la experiencia de haber sido las marionetas del imperialismo europeo, muchos de ellos se enrolaron en las tropas coloniales y participaron en la brutal represión británica contra los levantamientos anticoloniales árabes y kurdos, esperando que los colonialistas ingleses, a cambio de su colaboracionismo, les dieran un pedazo de Iraq para asentar su estado-nación «asirio», cosa que los ingleses no hicieron. Cuando Iraq accedió oficialmente a la independencia formal, aunque sin perder la

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al margen del poder estatal, y lo mismo sucedía con los habitantes de la montaña libanesa, fuesen maronitas o drusos, por no hablar de las tribus beduinas, algunas de las cuales eran de religión cristiana. 55

dependencia real del imperio británico, la venganza contra estos colaboracio- nistas fue terrible: muchos «asirios» fueron exterminados y un tercio de ellos se refugió en Siria, donde fueron bien acogidos. 55 En lo que actualmente son los territorios de los estados de Jordania y Siria han existido hasta hoy tribus nómadas de religión cristiana; estas tribus, independientemente de su religión, musulmana o cristiana, tenían el mismo tipo de vida y sus relaciones intertribales dependían de factores distintos de los confesionales.

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Capítulo

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El estado en el mundo moderno:

nacionalismo y estado-nación

El nacionalismo y el estado-nación

El estado-nación y la ideología del nacionalismo en sentido estricto no surgieron hasta la Revolución Francesa y sobre todo en el siglo xix. En la Revolución Francesa, «la nación» emergió como concepto revolucionario en contraposición al sistema político del antiguo régi- men: «nación» y «ciudadanos» frente a «rey» y «súbditos». Frente al lema del despotismo monárquico de Luis XIV («el estado soy yo»), los revolucionarios lanzaban la consigna de «¡Viva la nación!». La idea de «ciudadanos» frente a súbditos estaba influida por las viejas tradi- ciones republicanas de la antigüedad greco-romana sobre ciudadanía

y república, 1 pero la idea de ‘nación’ era en gran medida nueva, una

creación de la burguesía emergente. En muchos aspectos, la ilustración

y los revolucionarios más radicalizados iban mucho más allá de la

ciudadanía democrática griega, al universalizar la idea de ciudadanía

1 Para muchos ardientes republicanos radicales, Bruto se convirtió en el supremo héroe tiranicida y César en el tirano justamente asesinado. Muchos de esos republicanos no reparaban en el hecho de que la república romana defendida por Bruto era un régimen oligárquico y que el odio a la idea de rex de la oligarquía romana no se debía a ideales igualitarios sino que temían en el rex al tirano al estilo pisistrático que quebrara el poder oligárquico en beneficio del pueblo y abriera la vía democrática, como habían hecho algunos tiranos en Grecia.

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y extenderla a todos los seres humanos; 2 aunque, por otra parte, en la práctica las limitaciones eran casi las mismas que en la antigüedad (clasismo, sexismo, esclavismo en las colonias, xenofobia) e incluso

la idea de la democracia «representativa» parlamentaria tenía un conte-

nido mucho menos representativo y menos democrático que la antigua

democracia griega. 3

2 La idea democrática en Grecia raras veces superó los egoísmos de la autoc- tonía y de la más estrecha etnicidad. Los filósofos que universalizaron las ideas de ciudadanía (el cosmopolitismo cínico y de los primeros estoicos, próximos a los orígenes cínicos del estoicismo) no consiguieron que sus ideas se plasmaran en un orden político, pues las monarquías helenísticas eran hostiles a la democra- cia clásica y Roma se encargó de destruir las democracias existentes y de abor- tar los intentos democráticos que pretendían ir aún más allá. En la Revolución Francesa, la proclamación de los derechos del ciudadano fue indisociable de la proclamación de los derechos del hombre. Olympe de Gouges emitió la decla- ración de «los derechos de la mujer y la ciudadana», pues, aunque hubiera sido de esperar que el término «hombre» incluyera al varón y a la mujer y «ciudada- no» fuera un término génerico, de facto, para la mayoría de los revolucionarios franceses el ser humano al que hacía referencia su declaración de derechos era exclusivamente varón; su idea de ciudadanía apenas alcanzaba a las mujeres, a las que se llamaba «ciudadanas» pero no se les reconocían los correspondientes derechos políticos ni los demás derechos inherentes al ciudadano. 3 Como es bien sabido (o debería serlo), en la democracia griega, ate- niense, por ejemplo, las decisiones se tomaban por votación en la asamblea popular, en la que tenían voz y voto todos los ciudadanos, mientras que la gestión de la cosa pública recaía en el consejo de los quinientos, elegido por sorteo. Los griegos nunca hubieran reconocido como «democracia» el sistema parlamentario actual en el que la ciudadanía no sólo no participa directamen- te en las decisiones sino que ni siquiera está representada por delegados, y donde el pueblo, en lugar de gobernar, «elige a sus gobernantes». Si bien es cierto que la idea ateniense de democracia («poder del pueblo») era limitada en tanto que el dêmos («pueblo») era mucho más limitado que el actual, su kratía («poder») era mucho más real que la del actual pueblo, que no go- bierna sino que, al elegir a sus «gobernantes», cede de hecho y de derecho la decisión; nótese además que no se trata de delegados sino de «gobernantes», idea intrínsecamente contradictoria con la de democracia. A duras penas la mayoría de las «democracias» actuales tolerarían traducirse como «poder del pueblo», hasta el punto de que el helenismo «democracia» (vaciado de su sentido original y etimológico) se ha convertido en un término perfectamente aceptable para la gran mayoría de las oligarquías contemporáneas, mientras que su traducción («poder del pueblo»), que no se utiliza, mantiene el sentido subversivo del término griego original.

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Desde entonces, los reaccionarios tratarán de rechazar el contenido revolucionario de las ideas de ciudadanía y de su universalización, bien rechazándolo abiertamente, bien, como sucede actualmente, reseman- tizando palabras como ‘democracia’, ‘libertad’ o ‘derechos humanos’, 4 limitando los derechos ciudadanos a los habitantes de los países ricos,

lo que en un sistema mundial globalizado es lo mismo que excluir de las decisiones políticas a la mayoría de la población mundial. Por su parte, las personas progresistas radicalizaron las ideas de la Ilustración

y de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad para toda

la humanidad, incompatibles con la explotación (incluyendo la escla- vitud asalariada) y cualquier tipo de discriminación clasista, sexista, racista, colonialista o culturalista. Las ideas de los derechos de ciudadanía y de la humanidad eran demasiado peligrosas para las clases dominantes, detentadoras de la riqueza y el poder. La idea de ciudadanía, unida a la de humanidad, es letal para cualquier oligarquía. Las oligarquías necesitaban una nueva ideología que negase la universalidad humanista y que supeditase los intereses populares a los suyos en nombre de un ego imaginario «in- terclasista» y antihumanista. La encontraron en el nacionalismo, que sirvió a las clases dominantes, fueran la burguesía emergente o las

clases anteriores aliadas a ella (como los terratenientes), para limitar o neutralizar el contenido revolucionario de las ideas revolucionarias de ciudadanía y de humanidad. Así, el nacionalismo, la parte más burguesa de los ideales de la Revolución Francesa, se disoció pronto de los elementos de esa revo- lución que trascendían con mucho los intereses burgueses. El nacio- nalismo se disoció cada vez más de la idea de ciudadanía y se asoció cada vez más estrechamente a la estatolatría, el culto a la razón de estado, a poner factores como el estado existente, la raza, un idioma o cualquier otra cosa similar por encima de cualquier idea de ciudadanía

y de humanidad. El nacionalismo podía ser aceptable para cualquier oligarquía, burguesa o no, pues es la ideología moderna que sostiene el estado y los intereses de estado. Es fácilmente conjugable con cualquier otra ideología reaccionaria, vieja (confesionalismo) o nueva (racismo, o

4 Hasta el punto de que se justifica la oligarquía en nombre de la democra- cia, la represión en nombre de la libertad y la tortura en nombre de la defensa de los derechos humanos.

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culturalismo), al tiempo que ha demostrado ser un obstáculo de pri- mera magnitud para unir a los pueblos contra sus dominadores. 5 Todo nacionalismo tiene por objetivo crear o sostener un estado- nación, esto es, un estado (la estructura de poder de una clase domi- nante) justificado ideológicamente en nombre de la nación. La ideología nacionalista llegó a ser tan hegemónica en el siglo xx que hasta las luchas de liberación anticoloniales o de pueblos sojuzga- dos se plantearon en términos nacionalistas como «liberación nacio- nal» para crear sus propios estados-nación, calcados de los estados- nación de las potencias colonizadoras. Por ello, hay que distinguir en principio entre el nacionalismo de un estado-nación consolidado y el nacionalismo de un pueblo sojuz- gado; igual que no es lo mismo un nacionalismo de colonizados que el nacionalismo de los colonizadores, no es lo mismo el nacionalismo de un centro imperialista que el de una periferia colonizada que lucha contra el colonialismo. No puede negarse que exista un componente progresista en el na- cionalismo de los pueblos oprimidos, pero no debe perderse de vista que ese componente progresista no radica en el nacionalismo como tal sino en su lucha contra la opresión colonial. El carácter progresista de ese nacionalismo no está en tanto que nacionalismo (o sea, en tanto que su objetivo sea dotar a una clase dominante de un aparato de poder propio) sino en tanto que rechaza a unos opresores extranjeros. Pero

5 La primera guerra mundial fue la materialización más pavorosa del poder del nacionalismo y de la debilidad del internacionalismo. La inmensa ma- yoría de los partidos socialistas europeos traicionaron la causa del interna- cionalismo proletario y del socialismo para abrazar «la unión sagrada» del nacionalismo con sus respectivas clases dominantes. Después de algo así, se comprende bien la facilidad con la que más tarde los fascismos se impu- sieron en la mayor parte de los países europeos. Pero si se observa con más detenimiento, se verá que la oposición internacionalista dentro de los países capitalistas del centro a las políticas imperialistas siempre ha sido mínima: en las guerras coloniales, la solidaridad con los pueblos de la periferia colonial ha pesado siempre menos que el coste en bajas propias producidas por la re- sistencia anticolonialista de las periferias. En los países llamados «socialistas» del siglo xx, el internacionalismo se entendía como sumisión a los intereses de Unión Soviética o más exactamente a las directrices de su equipo gobernante («construir el socialismo en un solo país»), y cuando esto cambió fue porque cada partido comunista «nacional» aspiró a su propia versión nacionalista de «socialismo en un solo país».

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incluso en este caso, la trampa mortal del nacionalismo es no rechazar

a los opresores como tales, sean extranjeros o indígenas, sino sólo

cuando se trata de extranjeros. La visión nacionalista, incluso cuando

se trata de pueblos oprimidos por un poder extranjero, es muy limitada

y convierte a las masas en instrumento de una clase arribista resuelta a

dotarse de un aparato de dominación. Por su propia dinámica, el objetivo de las «élites» políticas naciona- listas es dotarse de un estado. Aunque hagan uso de la etnicidad como fundamento de la ideología, como su objetivo esencial es su propio poder, dotarse de su propio estado una vez obtenida la independencia, sólo les interesa el irredentismo o la unificación con otras regiones de su misma etnia si esa unificación es extensión de su dominio a los territorios «irredentos», no si amenaza o daña su dominio. 6 Los nacionalismos surgen en función de intereses de «élites» polí- ticas y económicas, pero en su elaboración también intervienen inte- lectuales más o menos vinculados a esas «élites» que les dan forma. La población en general y las clases populares pueden participar de los nacionalismos en función de varios factores:

1) En los países capitalistas del centro, habrá una complicidad im- perialista frente a la periferia colonial y en la competencia entre centros capitalistas. La socialdemocracia contribuirá no poco a las tendencias chovinistas de las clases populares, al no cues- tionar el sistema y buscar mejorar las condiciones de las clases

6 Los ejemplos de esta actitud son innumerables. La clase dominante de la RFA rechazó durante toda la Guerra Fría cualquier idea de reunificación de Alemania que no fuese fagocitación de la RDA por la RFA en el marco no sólo del capitalismo, sino de la hegemonía estadounidense y de la OTAN; es decir, la clase dominante de Alemania occidental siempre sacrificó el nacionalismo alemán a sus intereses de clase. Lo mismo puede decirse de las flamantes cla- ses dirigentes de estados como Kosovo o Moldavia, que no han tenido ningún interés en incorporarse o unificarse con Albania o Rumanía respectivamente. La clase dominante de Somalia estuvo empeñada en la unificación de «las cinco Somalias» cuando tal objetivo implicaba extender su dominio al Oga- dén y tierras de Yibuti y Kenia; mientras tuvo esperanzas de hacerse con el Ogadén, rechazó ardientemente las propuestas soviéticas de una unificación pansomalí en el marco de una federación con Etiopía. Más tarde, Somalia se ha desintegrado y las «élites» antes pansomalistas ahora incluso hablan de di- vidir la misma Somalia en dos estados siguiendo las demarcaciones de reparto del país entre los antiguos colonialismos británico e italiano.

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populares a costa del internacionalismo y de las clases popula- res extranjeras. Este es el caso de Israel, en tanto que centro ca- pitalista frente a la periferia colonial árabe circundante y frente a palestinos que están bajo su dominio, bien como sub-ciudada- nos de Israel, caso de «los árabes israelíes», bien como simples súbditos pero no ciudadanos (ni siquiera sub-ciudadanos), caso de los palestinos de los territorios ocupados en 1967. 2) En los países de la periferia colonial, neocolonial y recolonial, 7 la lucha anticolonialista, al menos hasta la independencia, puede estar dirigida por una burguesía que se supone «nacional» y que apelará a una «unión sagrada» contra los colonizadores extran- jeros. Este ha sido el caso del Fath palestino.

Actualmente, el rechazo al nacionalismo por parte de la globaliza- ción, especialmente al de los pueblos recolonizados, no es rechazo del estado (la estructura de poder de la clase dominante) ni del naciona- lismo como tal, sino rechazo de todo lo que se oponga al macro-estado global, puesto que lo que se propugna no es destruir el estado sino la creación de un estado globalizado, es decir, una estructura de poder de una clase dominante mundial. El culturalismo, con su monserga de «choque de civilizaciones», es de facto un macro-nacionalismo de los centros capitalistas (bajo hegemonía de Estados Unidos) contra la periferia: contra los países neocoloniales y contra los intentos de algu- nos de ellos (como China o Irán) de desarrollar un proyecto nacional burgués no subordinado.

7 Llamo «recolonialismo» a lo que el profesor Martínez Montávez ha llamado en alguna ocasión «neo-paleo-colonialismo» para referirse a la in- vasión y recolonización de Iraq a partir del año 2003. En todas partes el co- lonialismo fue sustituido por el neocolonialismo (o colonialismo encubierto de independencias estatales) a partir de la segunda guerra mundial. La única excepción han sido Palestina y algunos otros territorios árabes ocupados por Israel, donde el colonialismo no terminó e incluso volvió de manera directa. El colonialismo y recolonialismo israelíes han sido en este sentido pioneros

y precursores del recolonialismo surgido a partir de la caída del bloque so-

viético y bajo el pretexto de los atentados del 11-S. Durante la Guerra Fría, Israel fue una mezcla de la Suráfrica del apartheid (rémora colonial en un medio internacional neocolonial) y del nuevo recolonialismo que surgiría tras

la Guerra Fría.

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La actitud del nacionalismo y del estado-nación hacia «los elementos extraños» y «las minorías nacionales»

La lógica del estado-nación supone que toda la población del estado- nación, o al menos la mayor parte, se identifique con el nacionalismo y la nacionalidad del estado. ¿Qué sucede entonces con la población que no encaja con la defi- nición de ciudadano-étnico de un determinado nacionalismo o con la población que se identifica con otra etnicidad u otra nacionalidad? La lógica del nacionalismo y del estado-nación lleva a tratar a los elementos «extraños» de tres maneras:

1) En el mejor de los casos reconociéndolos como «minorías na- cionales» dotadas de cierta autonomía para sus asuntos propios, en igualdad con los no «extraños» para todo lo demás. 2) Como elementos inferiores, en condiciones de franca discrimi- nación. Incluso el carácter «diferencial» puede utilizarse para la discriminación; por ejemplo, en nombre del «respeto» a sus identidades nacionales y culturales diferentes, la Suráfrica racista justificaba la profundización en el apartheid, arguyendo que los pueblos bantúes debían tener sus estados nacionales, los llama- dos bantustanes. 8

8 Se conoce como «bantustanes» a las «reservas» creadas por el estado racista surafricano a partir del año 1959, en las que pretendía acantonar a la población negra. Algunos de los bantustanes (como Transkei, Bophuthatswa- na y Venda) recibieron una «independencia» aparente. El pretexto del régimen racista surafricano era que cada etnia bantú era una nacionalidad diferenciada que debía ser dotada de su propio estado-nación. Con esta política de división

y acantonamiento, el gobierno surafricano pretendía dividir a la población

negra y despojarla de la ciudadanía surafricana, haciéndola súbdita de minús- culos y fragmentados «estados-naciones» bantúes desprovistos de recursos,

que serían satélites políticos y económicos de la Suráfrica de hegemonía blan- ca. De haber conseguido el objetivo perseguido, el estado racista surafricano

se habría desembarazado de la mayoría negra convirtiéndola jurídicamente en

extranjera pero quedándose con la mayor parte del territorio y los recursos del país, ya que los bantustanes nunca supusieron más del 16% de la superficie del país, aunque la población negra de Suráfrica era ampliamente mayoritaria. La estrategia de la bantustanización perseguía que Suráfrica mantuviera la supre-

macía blanca sin ser formalmente un estado racista, al convertir a los negros del país en «extranjeros», aunque los bantustanes fueran de facto reservas

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3) Tratando de eliminarlos total o parcialmente, de una manera u otra.

En este último caso caben tres métodos para conseguir la elimina- ción de los «elementos extraños»:

1) La asimilación forzada.

2) La expulsión total o parcial de la población «extraña».

3)

La eliminación por asesinato: el genocidio es el caso extremo por sus pretensiones de exterminio total, pero este caso extremo no

es lo más corriente, lo habitual es que las matanzas tengan como objetivo la sumisión o la expulsión más que el exterminio.

La expulsión y las matanzas son los métodos habituales de lo que se conoce tristemente como «limpieza étnica», es decir, la eliminación de los elementos «extraños» para conseguir un territorio étnicamente «puro», «limpio», a la medida del estado-nación que busca el naciona- lismo. De una manera más culta se ha hablado del «lecho de Procusto 9 del nacionalismo». 10 La cosa es especialmente grave (hablando en términos cuantitativos) cuando, como en el caso del sionismo, la población víctima del estado- nación no es una minoría sino una mayoría, de la que el nacionalismo en cuestión quiere deshacerse para sustituirla por «los suyos». Pero no hay que olvidar que el caso sionista no es original en absoluto y se inscribe en una larga historia de expulsiones y matanzas llevadas a cabo por

miserables de mano de obra barata y mercados cautivos para la economía su- rafricana. Lógicamente, la mayoría de la población negra surafricana rechazó la bantustanización y siempre demandó el derecho a la ciudadanía plena de Suráfrica, sin discriminación racial. 9 En la mitología griega, Procusto era un bandido que vivía en el camino entre Megara y Atenas y tenía por costumbre ofrecer su hospitalidad a los viajeros y

hacerles dormir en un lecho, con la particularidad de que si la talla de los huéspe- des no se adaptaba exactamente a la longitud del lecho, si eran bajos los alargaba mediante tortura, y si eran altos, les cortaba las extremidades que sobresalían; Procusto ofreció su hospitalidad al héroe ateniense Teseo, pero este estaba preve- nido y mató a Procusto. La imagen del lecho de Procusto se ajusta perfectamente

a los designios del nacionalismo y su estado-nación, con sus secuelas de inter-

cambios forzados de población, expulsiones, matanzas y genocidios para adaptar

la población a la razón de estado del nacionalismo y su estado-nación. 10 Roland J. L. Breton, Las etnias (Barcelona: Oikos-Tau, 1983), p. 98.

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1 0 Roland J. L. Breton, Las etnias (Barcelona: Oikos-Tau, 1983), p. 98. Libro5_bosforo.indd 62 27/8/09

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el colonialismo europeo en otras partes del mundo en las colonias de poblamiento europeo, es decir, en las colonias donde el objetivo no era tanto explotar el trabajo de los indígenas como eliminarlos para dejar el sitio a los colonos europeos. En este sentido Israel es un caso más de co- lonia de poblamiento, similar a Estados Unidos, Argentina o Australia. Sin embargo, en el caso palestino no puede hablarse propiamente de «genocidio». El objetivo sionista no ha sido el exterminio físico de la mayoría de la población palestina no judía sino expulsar a la mayoría árabe no judía y reducir a la población restante a la condición de minoría subordinada inferior. Los métodos para inducir a la po- blación no judía a abandonar el país han incluido los asesinatos y las matanzas, 11 pero el objetivo sionista (al menos hasta ahora) no ha sido el genocidio de la población árabe no judía sino eliminar a esta por la expulsión a través del terror de las matanzas. A este respecto conviene recordar que el objetivo inicial del na- zismo no era el genocidio de los judíos europeos sino reducirlos a una situación de inferioridad y subordinación en Europa 12 o expulsarlos del continente europeo. El proyecto nazi abiertamente declarado era deportar a todos los judíos a Madagascar, e incluso hubo nazis que simpatizaron abiertamente con el sionismo. Sólo durante la guerra

11 Menahem Begin, que fue líder del Irgún, luego del Likud y primer mi- nistro israelí, siempre justificó la matanza de Dayr Yâsîn arguyendo que sin ella no habría habido estado de Israel. Quería con ello decir que la matanza de Dayr Yâsîn tuvo un papel decisivo en la campaña de terror para expulsar a los palestinos de su tierra durante la primera guerra árabe-israelí en 1948. Sin matanza no habría habido terror, sin terror los palestinos no habrían huido y sin huida de los palestinos no habría sido posible un estado-nación judío sobre una mayoría palestina no judía.

12 Lo que no era muy diferente ni peor que la situación de los negros en Estados Unidos durante la misma época, con la diferencia de que el alemán medio de la época de entreguerras hubiera visto con horror que se quemasen vivos a judíos en las calles, espectáculo que no era infrecuente en Estados Unidos, donde los linchamientos de negros eran cosa corriente y espectáculo jaleado por la chusma blanca estadounidense. Naturalmente, Estados Unidos nunca entró en la guerra contra la Alemania nazi porque esta fuera racista, sino indirectamente al entrar en guerra con Japón. El racismo legal no fue abolido en Estados Unidos hasta los años sesenta del siglo xx (¡cien años después de la abolición de la esclavitud!) y la condición legal de los negros en muchas partes de Estados Unidos en nada era mejor que la de los judíos de Alemania bajo las leyes de Nühremberg.

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en nada era mejor que la de los judíos de Alemania bajo las leyes de Nühremberg.

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mundial los nazis pusieron en marcha una maquinaria planificada para exterminar a todos los judíos que cayeran en sus manos; pero incluso entonces, el genocidio de los nazis contra los judíos fue vergonzante y nunca declarado abiertamente; era algo demasiado infame para pro- clamarlo a los cuatro vientos. 13 En este sentido, la actitud sionista hacia la población árabe no judía era muy similar al proyecto nazi original respecto a los judíos: expul- sarlos en masa, no exterminarlos, «limpieza étnica» no por genocidio sino por expulsión.

Nacionalismo aconfesional y nacionalismo confesional:

nacionalismo laico y nacional-confesionalismo

Aunque el nacionalismo y la idea del estado-nación sean concepciones más o menos seculares, modernas, diferentes de las concepciones de estado premodernas y en concreto de las concepciones estatales confe- sionales premodernas, en la práctica, sobre todo en sus versiones más reaccionarias y atrasadas, los nacionalismos suelen combinarse con un determinado confesionalismo, dando lugar a lo que se podría llamar «nacional-confesionalismo». El ejemplo más próximo que tenemos en España de nacional-con- fesionalismo es el nacional-catolicismo español. Pero no es el único ni mucho menos. Incluso no es el único nacionalismo articulado como nacional-confesionalismo católico, puesto que también existen los nacio- nal-catolicismos irlandés, polaco o croata, por poner sólo unos ejemplos. En esos casos, el nacionalismo se identifica con el confesionalismo cató- lico hasta el punto de que apenas se concibe que se pueda pertenecer a la nacionalidad en cuestión sin pertenecer a la confesión católica, cuando menos «sociológicamente», si es que no como creyente convencido. 14

13 A diferencia de los genocidios llevados a cabo por los europeos y euro- peos de ultramar en las colonias de poblamiento europeo, que frecuentemente se realizaron abiertamente y sin vergüenza alguna. Así fueron exterminados la mayor parte de los amerindios de Estados Unidos, Brasil y el Cono Sur (es- pecialmente Argentina y Uruguay), los aborígenes australianos y más aún los tasmanios. Ninguno de estos genocidios ha cubierto de ignominia universal a sus perpetradores y sus herederos. En esos países recordar todo esto habitual- mente se considera «indigenismo» masoquista de mal tono. 14 O como hipócrita por nacional-confesionalismo, caso de los falangistas españoles, que podían aceptar en sus filas a ateos, siempre que lo fueran en

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españoles, que podían aceptar en sus filas a ateos, siempre que lo fueran en Libro5_bosforo.indd 64

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Nacional-confesionalismos similares se dan en muchos países con otras religiones: nacional-confesionalismo protestante unionista en el Ulster, nacional-confesionalismo ortodoxo en Grecia y muchos países eslavos, nacional-confesionalismo islámico en muchos países mu- sulmanes, nacional-hinduismo en la India, nacional-confesionalismo budista entre los separatistas tibetanos partidarios del dalai-lama, nacional-confesionalismo judío en el caso sionista, etcétera. El nacionalismo francés, a pesar de ser el pionero en nacionalismo laico, también tiene una facción retrógrada nacional-católica que aúna con igual fanatismo catolicismo integrista y chovinismo francés. Por motivos de conveniencia de la burguesía francesa, el estado francés ha jugado con las dos barajas, la laicista y la católica, en función de sus interereses internos y externos: laica, para someter al clero y desman- telar el «antiguo régimen», y católica, para utilizar a las minorías ca- tólicas de la periferia colonial como quintas columnas de los intereses imperialistas franceses, caso del Líbano, por ejemplo. Incluso sin tener una determinada religión oficial, un nacionalismo puede hacer de la religión su bandera. Es el caso de Estados Unidos, donde el nacionalismo y la ideología de estado están muy lejos de ser laicos, aunque no exista ninguna religión oficial, o más bien, una única y exclusiva religión oficial, sino que en ese país «toda religión –o incluso

toda secta– es oficial», 15 hasta el punto de que en Estados Unidos un pre- sidente ateo confeso resulta inimaginable. La cosa llega al extremo de que los presidentes estadounidenses justifican su política, sus guerras y sus invasiones apelando a mandatos y exhortaciones provenientes de Dios, aunque sin aludir expresamente a una concreta confesión religiosa. El antisemitismo europeo ha sido un nacional-confesionalismo a

la vez a escala nacional y paneuropea. Los judíos, tradicionalmente la

única comunidad confesional europea no cristiana (salvo en la Europa

oriental balcánica y algunas zonas periféricas de Rusia), al surgir los nacionalismos en Europa, fueron vistos por muchos nacionalistas como un cuerpo extraño a la vez a escala nacional y europea. El corolario de este planteamiento, en versión puramente nacional-confesionalista

o en la versión racista, era que si Europa era «cristiana» o «aria», los

secreto y en público profesaran el catolicismo por razones «patrióticas». El líder de la ultraderecha francesa, Charles Maurras, era ateo confeso y a la vez partidario del nacional-catolicismo francés más intransigente. 15 Samir Amin, Por la Quinta Internacional (Mataró: El Viejo Topo, 2007), p. 97.

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judíos eran «extraños» desde un punto de vista confesional o «racial», un «cuerpo extraño» que debía ser devuelto al gueto o expulsado de Europa (a Asia o África). 16 El nacional-hinduismo o «hindutva» tiene una posición similar respecto a los musulmanes de la India, al hacer de la indianidad y del hinduismo 17 algo indisociable. Lo mismo puede decirse del pa- kistanismo, que hizo surgir Pakistán 18 como patria confesional de los musulmanes indios. Esta forma de pensar puede ser interiorizada por los miembros de las minorías confesionales, que pueden acabar viéndose como

16 Obsérvese la similitud entre antisemitismo y sionismo, que no sólo com- partían la idea del carácter extraño de los judíos en Europa y la inevitabilidad de la judeofobia sino también su corolario: la emigración de los judíos fuera de Europa a Asia o África. Muchos antisemitas no eran hostiles al sionismo sino que compartían la idea sionista de crear un «estado judío» en Palestina o en algún lugar de África. La idea original nazi de enviar a los judíos europeos a Madagascar se parece bastante a un proyecto sionista de crear un estado judío en Uganda.

17 Paradójicamente, ‘hinduismo’ es un término creado en el siglo xviii por los europeos por descarte. Llamaron «hindúes» a los indios que no eran musulmanes, sijs, cristianos, judíos, jainistas, budistas o zoroastrianos. Para homologar a estos «hindúes» con las demás religiones, a la palabra ‘hindú’ le añadieron un -ismo y crearon el «hinduismo». Pero lo que llamaron «hinduis- mo» apenas era homologable a los otros «ismos» puesto que ese «hinduismo» incluía al menos media docena de religiones y concepciones filosóficas cuyas diferencias entre sí eran mucho mayores que las existentes entre las otras reli- giones. Esto no ha sido obstáculo para que muchos hindúes aceptaran la idea del «hinduismo» y para que lo amalgamaran con el nacionalismo para crear la «hindutva» o nacional-confesionalismo hindú.

18 Pakistán significa ‘país de los puros’, con lo que los que inventaron y adoptaron este nombre estaban diciendo implícitamente que los indios no musulmanes eran impuros. Pakistán, creado por el colonialismo inglés el mismo año que se fundó el estado de Israel, fue una especie de «Israel indo- musulmán» y su creación provocó una tragedia no menor que la fundación del estado sionista: un millón de personas perdieron la vida y millones de hindúes y sijs hubieron de emigrar a la Unión India, a la vez que millones de musulmanes emigraron (de buen grado o expulsados) a Pakistán. Las simili- tudes entre Pakistán e Israel son considerables y ambos estados, creados para sendos «pueblos elegidos», se convirtieron en estados etno-confesionalistas en conflicto con el medio en el que habían surgido (indio o árabe), alineados con la superpotencia mundial y dotados de armas atómicas.

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«extraños» y aceptando la lógica del gueto interior o exterior, en forma de exigir un estado-nación propio. Este ha sido el caso del sionismo, el unionismo protestante ulsteriano, muchos cristianos maronitas libaneses, etc. Así, el nacional-confesionalismo tiende a las profecías autocumplidas, que se han dado en el caso de los judíos del mundo árabe: a base de mirarlos con sospecha y colocarles el sambenito de sionistas o prosionistas, los han terminado por con- vertir en sionistas o prosionistas o cuando menos en israelíes; 19 al mismo tiempo, el sionismo, al generar un sentimiento antijudío en

el mundo árabe, ha sido otra profecía autocumplida contra los judíos

del mundo árabe. En todo caso el nacionalismo es ambiguo y proteico. El naciona- lismo puede concebirse como una forma de salir del confesionalismo, como una forma de secularización e incluso como un laicismo mili- tante, pero también puede impregnarse de confesionalismo o hacer suyas las banderas confesionalistas, incluso literalmente: véase si no

cuántas banderas de «naciones cristianas» incluyen el signo de la cruz

y cuántas «naciones musulmanas» incluyen el signo de la media luna

en su enseña nacional, por no hablar de la bandera israelí, que incluye la estrella de David, símbolo judaico confesional.

Cómo el nacionalismo convierte un determinado factor en eje de la identidad, es decir, en eje de la nacionalidad

Los nacionalismos, para establecer o enfatizar su estado-nación, han de insistir en la vinculación de una determinada población a una de- terminada «identidad nacional», por encima de cualquier otro tipo de

19 Pues no es lo mismo ser sionista o prosionista que ser israelí. Se puede ser prosionista sin ser siquiera judío (incluso sin sentir simpatía alguna por los judíos), mientras que se puede ser judío e israelí sin ser sionista e inclu- so siendo antisionista. Esta última opción ideológica no significa tendencias suicidas ni masoquistas sino más bien todo lo contrario; el antisionismo de un judío israelí puede tener su fuente principal no en un sentimiento de culpa hacia los árabes no judíos sino en un razonable sentido de la supervivencia y la autoconservación individual y colectiva: la consciencia de la manipulación de los judíos por el sionismo y de que los intereses de la política sionista no coinciden con los de los judíos israelíes como personas y como pueblo, la consciencia de que hay que acabar con el sionismo en beneficio de los judíos y con el estado sionista en beneficio de los ciudadanos israelíes, no sólo de los palestinos sino también de los judíos.

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pertenencia o identidad. Esta «identidad nacional» suele basarse en varios factores, con el objetivo de presentar a esa determinada pobla- ción como homogénea, a la vez que se desechan sin más otros factores

que no encajan con el propósito nacionalista. En los casos en los que el estado precede a la nación, es decir, cuando el estado ya está constituido y para fijarse como estado-nación necesita convencer a sus súbditos de que es una nación, el nacionalismo será especialmente estatalista, haciendo de la existencia del estado el eje fundamental de la nacionalidad, la nación y el nacionalismo, de manera que el estado y la nación serán prácticamente sinónimos en ese nacionalismo de estado. Es el caso de Francia, Gran Bretaña, España, Estados Unidos, la totalidad de los estados del continente americano

y la gran mayoría de los estados surgidos de la descolonización, en especial los africanos.

En los casos en los que el nacionalismo precede al estado-nación, los nacionalismos apelan a factores distintos del estado para la existen- cia de la nacionalidad y la nación. Aunque el objetivo de los naciona- listas sea el estado-nación, distinguen netamente entre estado y nación, consideran que la existencia de la nación es disociable de la del estado

y llaman nación a lo que los otros nacionalistas llamarían «etnias»,

«conglomerados étnicos», «grupos etnoides» o –como mucho– «na- cionalidades» pero nunca «naciones». En España, por ejemplo, se ve bien la diferencia entre esos dos tipos de nacionalismos:

1) Los nacionalistas españolistas apelan al estado, el estado es- pañol es el único que existe, ergo, para ellos, sólo hay una na- ción, la española, lo demás son «regiones» o –como mucho y a regañadientes– «nacionalidades». Su nacionalismo está tan arraigado y lo ven tan «natural» que ni siquiera muchas veces se consideran «nacionalistas», usan el término «nacionalismo» con sentido despectivo (sin darse cuenta de que ellos también son nacionalistas) y sólo para referirse a los nacionalismos cen- trífugos rivales del suyo. 2) Para los nacionalistas catalanistas, vascos, gallegos u otros, la existencia de la nación catalana, vasca, gallega u otra es in- dependiente del factor estatal, que desean para su nación (su objetivo es crear otro estado-nación) pero que no consideran esencial para la existencia de su hecho nacional, que insiste en otro tipo de factores: hecho diferencial lingüístico, historia an- terior al estado español, etcétera.

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Los problemas a los que se enfrentan ambos tipos de nacionalismos son distintos pero a la vez similares. Podría pensarse que el primer tipo de nacionalismo sería más libe- ral e integrador que el otro, que supuestamente sería igualitario para todos los súbditos del estado y aceptaría la diversidad cultural del estado y que su idea de la identidad nacional sería la suma igualita- ria de las partes, pero no hay tal: el nacionalista del estado-nación ya constituido, que considera que es la existencia del estado la que hace la nación, también profesa un exclusivismo no sólo al estado sino a su idioma oficial, su mitología nacional, su territorio y demás. Por ejem- plo, el estado francés nunca ha concebido que la nación francesa sea el conjunto en pie de igualdad de los franceses, o que sean igualmente idiomas franceses los idiomas que se hablan en Francia, sino que ha impuesto el idioma francés sobre los otros, a los que pretendía hacer desaparecer en aras de la deseada «unidad nacional». El nacionalismo español ha sido una versión desmejorada del nacionalismo francés, pues no es lo mismo construir un nacionalismo sobre el cimiento de una gran revolución burguesa que fue más allá de lo que los propios burgueses hubieran querido, que construir una nación a partir de ma- teriales deleznables: borbonismo desechado en Francia, un liberalismo de «papanatas que imitaban la revolución francesa», 20 desamortizacio- nes en beneficio de especuladores, una mitología nacional reaccionaria nacional-católica Cuando un nacionalismo se siente fuerte, puede llegar incluso a la noción de «nacionalidad electiva», donde la nación es un conjunto de personas que la eligen y (teóricamente) podrían desvincularse de ella si lo desean. Pero el nacionalista de la nación sin estado, que quiere construir su nacionalismo sobre factores no estatales, hablará de los derechos de los pueblos antes que de los del estado. Sólo que su concepto de pueblo es igual de absoluto y totalitario, no habla de «razón de estado», pues su nación carece todavía de estado, pero habla de la «razón (de estado) de la nación» para construir su estado y «normalizarla» como estado- nación. Hace hincapié en factores como el idioma (nacional), la tierra, la raza o incluso la religión. Pero todo esto supone una elección muy clara entre los factores. El nacionalismo, aunque procure fundamentarse en el máximo posible de factores, elegirá siempre algunos o alguno como el eje de su idea

20 Como bien definió Marx a los liberales decimonónicos españoles.

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de nación, infravalorando los demás. Mientras que los factores que definen la identidad de una persona pueden ser múltiples y una persona puede participar de varias identidades distintas, el nacionalismo exige una homogeneización primando un factor sobre todos los demás. Así, el sionismo convierte la judaidad, antes una categoría esen- cialmente religiosa, confesional, en una nacionalidad y en el culto al estado-nación judío. El sionismo busca y potencia su estado-nación israelí, «el estado judío». Además, en aras de su nacionalismo, el sio- nismo no concibe las múltiples pertenencias, las identidades comple- jas, para el sionismo judaidad es religión y nacionalidad, vinculada exclusivamente a «la tierra de Israel» y al idioma hebreo, no concibe que un judío pueda ser judío (entendiendo la judaidad como religión o como vago sentido de pertenencia étnica) y participar de otras identi- dades dadas o elegidas que sean tanto o más importantes que la propia judaidad, tampoco que conciba la judaidad de manera diferente de como la entiende el sionismo. El nacionalismo árabe, por su parte, hace otro tanto con el idioma:

para el nacionalismo árabe todos los hablantes de árabe no son so- lamente árabes, sino que pertenecen a una «nación árabe» que debe constituirse en estado-nación, y esa identidad nacional/ista árabe debe estar por encima de cualquier otro factor.

Victimismo nacionalista y rechazo de la lucha de clases

Se ha definido sarcásticamente una nación como «un grupo unido por un error común sobre su origen y una hostilidad colectiva hacia sus vecinos». Esta definición pone el dedo en la llaga de dos elementos fundamentales de todo nacionalismo:

1) La mistificación: la identificación con un colectivo étnico opuesto a otros colectivos humanos, ignorando los continuos que existen entre colectividades étnicas, la participación simul- tánea en varios tipos de identidad, por no hablar de las fracturas de intereses de clases en el seno del colectivo nacional reivindi- cado por el nacionalismo. 2) El victimismo de esa colectividad.

Los nacionalismos crean su propio victimismo, ignorando las realidades de clase. Para el nacionalismo no existen clases sociales ni injusticias internas, la sagrada unidad nacional está por encima de cualquier división interna de ese tipo. El nacionalismo desvía las ten-

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siones internas buscando enemigos externos. Frente al viejo adagio

revolucionario «ni guerra entre pueblos ni paz entre clases», el nacio- nalismo hace suyo el adagio reaccionario «ni guerra entre clases ni paz entre pueblos». Incluso las naciones todopoderosas, que subyugan a otros pueblos, invaden países y agravian sin ser agraviadas, no por ello carecen de su propio victimismo lacrimógeno. El ejemplo más reciente es el de Estados Unidos, un país que ha invadido infinitos países, ha llevado la guerra y la destrucción a innumerables pueblos, que en doscientos

años de existencia jamás ha sufrido una invasión de su territorio

por ello carece de victimismo en grado sumo. 21 Los contadísimos casos

de ataques en su territorio son hipertrofiados hasta la alucinación en un contraste psicopático con la absoluta falta de sentido de culpa respecto a las innumerables agresiones contra otros países: el ataque japonés de Pearl Harbour («el día de la infamia» en la terminología patriótica es- tadounidense) es objeto de insistencia permanente; las 3.000 víctimas del 11-S han causado más lamentaciones y autocompasión 22 que los millones de víctimas del imperio estadounidense. Un nacionalismo, por definición, no puede consentir que la sacro- santa unidad nacional se rompa hablando de clases, opresión de clase, lucha de clases o liberación de clase. La sacrosanta unidad nacional exige que las realidades sociales, económicas, sean ignoradas en aras de un concepto ilusorio de nacionalismo homogéneo y sin fisuras. En la práctica se trata de obtener un rebaño sumiso a su clase dominante, que demoniza a los «extraños» y les echa la culpa de todos sus males. Para el nacionalismo árabe, los árabes son un pueblo oprimido,

Pero esa realidad, aunque cierta en el

explotado, pobre, subyugado

no

caso del conjunto árabe, no es cierta cuando se tiene en cuenta que unos árabes son ricos (una minoría) y otros pobres (una mayoría), que algunos estados árabes tienen algunas de las rentas per capita mayores del mundo y que sus ciudadanos explotan desvergonzadamente a otros árabes inmigrados y a extranjeros no árabes. A los nacionalistas árabes

21 La Alemania nazi también fue sumamente victimista. El nazismo hacía de los alemanes un pueblo-víctima para justificar su designio de dominación universal. Todo esto recuerda bastante a la observación que se ha hecho a me- nudo sobre la antigua historiografía patriótica romana: leyendo a Tito Livio se imaginaría uno que Roma conquistó el mundo en defensa propia. 22 Y de lo que podría denominarse «compasión servil» por parte de sus «aliados».

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les gusta mucho hablar de la maldad foránea y les disgusta sobrema- nera hablar de «lucha de clases». Sâti´ al-Husrî, uno de los mayores ideólogos del nacionalismo árabe, desdeñaba hablar de cuestiones sociales. Incluso Michel ´Aflaq, fundador del Ba´t, aunque hablaba de socialismo, 23 insistió hasta la extenuación en que su socialismo era «espiritual» y no tenía nada que ver con la lucha de clases. El nacionalismo judío crea también su victimismo: el mito de los judíos milenariamente oprimidos por el odio de «los otros», los malva- dos gentiles, colectivo tan amplio que incluye al resto de la humanidad siempre que no secunde incondicionalmente la política sionista.

23 El nombre completo del partido Ba´t es Hizb al-Ba´t al-´Arabî al-Is- htirâkî (Partido de la Resurrección Árabe Socialista).

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Capítulo

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Los judíos y el sionismo

Judaidad y judaísmo

La tribu de Judá fue una de las tribus de Israel. Cuando el reino is- raelita se fragmentó en el siglo x a.C., la mayor parte correspondió al reino del norte, conocido como Israel, mientras que el reino meridio- nal, regido por la dinastía davídica, se conoció como reino de Judá, puesto que, aunque no todos sus habitantes pertenecían a la tribu de Judá –también había benjaminitas y levitas–, esta era ampliamente mayoritaria en el reino. Tras la destrucción del reino del norte por los asirios, el remanente, los samaritanos, fue menor que los judíos, cuya diáspora era mayor y practicó un activísimo proselitismo. Ambas etno-confesiones, la sa- maritana y la judía, se consideraban a sí mismas el verdadero Israel y despreciaban a la otra, en la que veían una desviación herética y una etnia espúrea. El judaísmo quedó a medio camino entre la religión étnica de cuño antiguo y la religión universalista de cuño moderno. Esto se explica por el hecho de que el judaísmo no llegara a convertirse en re- ligión de ningún gran imperio de pretensiones mundiales y que nunca perdiera del todo sus vinculaciones con la etnia de la que había sur- gido. Sin embargo, del judaísmo surgieron religiones universalistas del nuevo tipo, tales como el cristianismo y el islam. 1 El cristianismo

1 Si fuéramos capaces de salir de la cerrada perspectiva eurocéntrica, nos daríamos cuenta de que hay más similitudes entre judaísmo, cristianismo e

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incluso se considera «el nuevo Israel» y por ello los cristianos distin- guían netamente entre judíos, cristianos y gentiles. Para los cristianos premodernos Jerusalén era el centro del mundo tanto como para los judíos. Una consecuencia de esa concepción parcialmente étnica del ju- daísmo es que, aunque en muchas épocas los judíos hayan practicado un proselitismo activo y exitoso, el judaísmo nunca se ha concebido como una religión que deba ser profesada por todos los seres humanos. Los judíos siempre han aceptado prosélitos y en algunas ocasiones han forzado las conversiones, pero el judaísmo no entiende que su propó- sito sea convertir a todos los no judíos al judaísmo. Es más, según la creencia judía, incluso un no judío que crea lo mismo que creen los judíos, no tiene necesidad de convertirse al judaísmo, aunque puede hacerlo si lo desea. Téngase en cuenta que el judaísmo no se concibe como religión universal sino como la ley de un pueblo concreto, Israel; según la concepción religiosa judía, los seres humanos no israelitas no están obligados a guardar la ley de Moisés sino sólo los mandamientos dados a Noé para todos sus descendientes, a saber:

1) No matar. 2 2) No ser cruel con los animales ni comer animales vivos. 3 3) No robar.

islam que entre las religiones y doctrinas filosóficas de lo que desde el siglo xviii los europeos han dado en llamar «hinduismo». Si, valga la ucronía, la India hubiera colonizado Europa y el mundo islámico en lugar de ser Inglate- rra la que colonizara la India, quizás los «occidentalistas» indios habrían lla- mado «abrahamismo» a esas tres religiones y «abrahamistas» a los seguidores de esas religiones, sin entrar en excesivas disquisiciones sobre sus diferencias, de una manera similar a como hicieron los «orientalistas» con las creencias de la India cuando inventaron el neologismo «hinduismo» para una realidad religiosa mucho más compleja que la de las tres religiones «abrahámicas». 2 Se sobreentiende que salvo a personas que cometan actos criminales según la misma ley de Noé, pues en la legislación judía existe la pena de muerte para un buen número de delitos. 3 El judaísmo y el islam proscriben la crueldad con los animales, motivo por el que sólo se pueden comer aquellos animales que hayan sido sacrificados siguiendo un ritual y unas prescripciones de degüello que se supone que es como menos sufren. En ese aspecto ambas religiones han demostrado más sensibilidad hacia los animales que la que ha existido generalmente en el cristianismo.

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4) No cometer adulterio ni actos sexuales antinaturales. 4

4 Habría que ver qué se quiere decir con esto. Quizás no se refiera sólo a la homosexualidad masculina o la zoofilia, penadas con pena de muerte en la Torá, sino que tal vez se refiera a otras cosas. Por ejemplo a posturas copula- torias heterosexuales que no cuadran con el rígido machismo de la tradición rabínica. Según la tradición judía, Adán, antes de que fuera creada Eva, tuvo otra esposa, Lilith, que abandonó a Adán porque este le exigía practicar el coito colocándose debajo de él, postura que indicaba sumisión y que Lilith rechazaba, porque se consideraba igual que Adán, creada del mismo barro; cuando Adán quiso forzarla a adoptar esa postura, Lilith pronunció el nombre divino y en virtud de ello salió por los aires y abandonó a Adán. La tradición rabínica hizo de Lilith la madre de demonios, que engendraba seduciendo a los varones en sueños eróticos nocturnos (el nombre de Lilith en hebreo puede entenderse como ‘Nocturna’); la tradición rabínica posterior, en su afán por denigrar a Lilith, paradigma aborrecible para ellos de protofeminis- ta, pretendió que mientras que Adán había sido creado del barro más puro, Lilith lo había sido de inmundicias. Los judíos medievales escribían sobre el lecho conyugal la inscripción «Lilith, fuera de aquí». Según la tradición midráshica, el pecado que motivó el castigo del diluvio universal fue que los seres humanos y los animales copulaban con la hembra encima del macho. Por lo que se refiere al adulterio, en la época bíblica los hombres simple- mente tomaban a una mujer en propiedad, de manera que el esposo era el ba´al (‘amo’, ‘señor’) de la esposa; todavía en hebreo moderno ba´al es el término corriente para ‘esposo’, mientras que esposa es simplemente ishshá (voz emparentada con el árabe untà, ‘hembra’, pero que en hebreo significa ‘mujer’); en la etapa mishnaica se instituyeron los esponsales (qiddushim, literalmente ‘santificaciones’ o ‘sacralizaciones’), que consistían en que el hombre «santificaba» o «consagraba» a la mujer, y así el varón pasó de ser sólo ba´al a ser también meqaddesh (‘consagrador’), lo que significa que la mujer queda consagrada para el hombre pero no este para su esposa (uno era el «consagrador» y otra la «consagrada»), de manera que, por ejemplo, el delito de adulterio sólo se daba cuando el marido tenía relaciones sexuales con la esposa de otro hombre (o sea, con la mujer «consagrada» a otro) o cuando la esposa tenía relaciones sexuales con otro hombre, pero no cuando un hombre casado tenía relaciones sexuales con otra mujer que no estuviera casada («consagrada») con otro. Por este motivo, en el judaísmo se siguió aceptando la poliginia (pero en ningún caso la poliandria), que sólo fue abo- lida en la edad media entre los judíos ashkenazis por un dictamen del rabino Gershom, conocido como «la luz de la diáspora». Esto significa que en el judaísmo (ortodoxo) ningún tribunal puede obligar al marido a divorciarse de su esposa; la Mishná dice que «un hombre que se divorcia no es lo mismo

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5) No practicar la idolatría. 5

que una mujer que se divorcia, ya que la mujer deja el matrimonio bien sea queriendo o contra su voluntad, mientras que el marido sólo abandona a su mujer cuando así lo desea». La mujer, en el judaísmo, no tiene derecho al divorcio ni siquiera cuando existe una ausencia prolongadísima del esposo

o cuando se supone que ha muerto pero no se ha encontrado el cadáver. Las

mujeres en esta situación –su marido ha desaparecido pero no se sabe si ha muerto– se conocen como ´agunot; si una mujer en esta situación se casase con otro hombre y apareciese el primer marido, los hijos de la segunda unión serían considerados bastardos (mamzerim), con todos los terribles problemas legales que acarrea esa condición según la ley judía, pues los mamzerim son

una especie de parias en el judaísmo y su condición es hereditaria, con lo que se ha dado lugar a una especie de casta, que sólo se puede desposar entre sí

o con prosélitos, hasta que el Mesías venga y los libere de su impureza here-

ditaria. En el estado de Israel no existe el matrimonio civil y la ley rabínica regula las cuestiones de derecho matrimonial entre los judíos, sean creyentes

o no, con lo que se puede imaginar cómo estas leyes absurdas y retrógradas

influirán en la vida cotidiana de muchas personas y las repercusiones de- sastrosas que tendrán, por ejemplo en el estatuto legal de las mencionadas ´agunot y de los mencionados mamzerim. 5 Los judíos han distinguido entre los gentiles no idólatras y los idó- latras. Maimónides y muchos rabinos opinaban que los musulmanes eran gentiles no idólatras, mientras que los cristianos eran gentiles idólatras, lo que tenía graves repercusiones en la actitud hacia unos y otros, por ejemplo que las mezquitas fueran oratorios respetables y las iglesias antros de abo- minación, que el Corán fuera un libro corriente y el Nuevo Testamento un libro aborrecible. Todavía hoy, en los sellos israelíes en los que aparecen monumentos en los que figuran cruces, estas están borradas para no ofen- der a los judíos fanáticos, para los que la cruz cristiana en un sello israelí sería una abominación. Evidentemente, terminajos modernos como ‘judeo- cristiano’ en oposición a un islam demonizado son creaciones recientes de una política interesada de acercamiento judeocristiano y una islamofobia común. Tradicionalmente el judaísmo y el cristianismo se han considerado tan alejados entre sí como del islam, sin contar con que el aborrecimiento mutuo entre judíos y cristianos era mucho mayor que el que los judíos y cristianos sentían por los musulmanes. Para los judíos el cristianismo era una abominación y para los cristianos los judíos eran «el pueblo maldito», mientras que los musulmanes se limitaban a ver a unos y otros con una tolerancia despectiva. El odio teológico que los judíos profesaban a los cristianos y los cristianos a los judíos era mucho mayor que el que unos y otros sentían por el islam.

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6) No blasfemar. 6 7) Fomentar la creación de tribunales de justicia. 7

El no judío que cumpla estos mandamientos se supone que tendrá un lugar en «el mundo venidero» al lado de los israelitas que hayan cumplido la ley de Moisés. El carácter etno-confesional de la judaidad se manifiesta en las dos formas en las que según la ley judía se puede llegar a ser judío: por

nacimiento (si se nace de madre judía) o por conversión de una persona no judía. Nótese que el mismo nombre de ‘judío’ o ‘israelita’ remite

a una tribu o una etnia y no a un fundador o una doctrina. Además, el

término judaísmo no encuentra una traducción exacta en hebreo, pues yahadut es más ‘judaidad’ que propiamente ‘judaísmo’ y esa palabra hebrea no se utilizó hasta la edad media. 8 El equivalente de judaísmo

sería dat Yisrael (‘la ley de Israel’), una ley teocrática que abarca tanto lo propiamente «civil» como lo teológico. Por ello, mientras que un cristiano, un musulmán o un budista dirán que son cristiano, musulmán

o budista por profesar el cristianismo, el islam o el budismo, un judío

creyente dirá que no es que sea judío por profesar el judaísmo sino que practica el judaísmo porque es judío. 9

6 Recuérdese que la ley judaica prescribe la pena de muerte por la blasfe- mia y que el nombre de Dios (Yahweh) era impronunciable, de manera que se sustituía por Adonay (‘mi Señor’, literalmente en hebreo ‘mis Señores’), hasta que llegó a olvidarse cuáles eran las vocales de Yahweh, pues el nombre nunca se pronunciaba y el texto hebreo era consonántico y no incluyó las vocales hasta mucho más tarde, como grafemas auxiliares, no como letras propia- mente dichas. Los judíos normalmente se refieren a Dios como ha-Shem (‘el Nombre’), evitando pronunciarlo.

7 Un conocido dicho talmúdico afirma que el mundo se sostiene sobre tres cosas: la verdad, la justicia y la paz.

8 André Paul, El mundo judío en tiempos de Jesús. Historia política (Ma- drid: Ed. Cristiandad, 1982), pp. 90-91.

9 Idea bastante insólita en las religiones universalistas pero muy corriente entre los hindúes y su idea de dharma: el dharma del brahmán no es el mismo que el de las personas de otras castas. Esta similitud se debe a que tanto el judaísmo como el hinduismo no conciben un dharma humano universal, pues son religiones étnicas. La idea es insólita para quienes están acostumbrados a las concepciones cristianas o musulmanas, pero no eran extrañas en el mundo antiguo. Los romanos respetaban la religión judía como obligación religiosa

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Esta concepción de la judaidad como algo distinto de profesar el judaísmo va a tener consecuencias en la actualidad, cuando muchos judíos no creyentes consideran su identidad judía como algo diferen- ciado y disociable del judaísmo. Así, actualmente en Israel se habla de yehudim datiyim (‘judíos religiosos’) y de yehudim hiloniyim (‘judíos laicos’). Muchos judíos religiosos pueden lamentar la existencia de los yehudim hiloniyim y considerarlos réprobos merecedores del castigo divino, pero no por ello ponen en duda su judaidad, pues la ley judía ha considerado siempre que el judío sigue siéndolo aun cuando no profese el judaísmo o incluso si se convierte a otra religión. Esto es así porque, primariamente, los judíos, como su nombre indica, no son los creyentes en el judaísmo (dat Yisrael o ‘religión de Israel’) sino los miembros de la tribu de Judá. Aunque en puridad no todos los judíos son exactamente judíos, pues los kohanim (los levitas de más alto rango, de linaje aarónico) y los levitas en general no pertenecen a la tribu de Judá sino a la de Leví. A algunas poblaciones judías tenidas por «exóticas» por sus corre- ligionarios, a veces se les ha atribuido un origen israelita no judío, se les ha hecho descendientes de alguna de «las tribus perdidas de Israel». En los años setenta, los grandes rabinos de Israel dictaminaron que los judíos etíopes eran descendientes de la tribu de Dan. Algunas organi- zaciones judías pretenden haber hallado a los descendientes de la tribu de Efraím en los maggadim y los maimadim de Andhra Pradesh. 10 En la edad media había quienes creían que los jázaros eran descendientes de la tribu de Simeón… 11 Nótese en cualquier caso la tendencia a hacer entroncar a los conversos o los «judíos exóticos» con alguna rama «perdida» o «exótica» de las tribus de Israel, o sea, a etnicizarlos como israelitas de origen, aunque no como judíos (miembros de la tribu de Judá) propiamente dichos. En cualquier, caso, resulta innegable que es la religión judía lo que ha hecho pervivir durante siglos la identidad judía. Los descendien-

particular de los que habían nacido en esa religión y seguían el dharma reli- gioso de sus mayores, aunque las leyes romanas trataban de obstaculizar el proselitismo judío y que esas obligaciones religiosas se extendieran a quienes no eran judíos de nacimiento.

10 Xabier Zabaltza, «Onomástica, genealogía e ideología en Oriente Próxi- mo», El Viejo Topo, mayo de 2005, n.º 207, p. 55.

11 C. del Valle Rodríguez, La escuela hebrea de Córdoba (Madrid: Editora Nacional, 1981), p. 362.

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tes de los judíos que abandonaban la religión judía, al cabo de unas cuantas generaciones solían perder la identidad judía, mientras que los descendientes de los conversos al judaísmo solían acabar identificán- dose con la etnicidad judía hasta el punto de perder la conciencia de sus orígenes étnicos no judíos. Herman Wouk lo expresó muy acerta- damente cuando escribió:

Casi todos los judíos que viven actualmente descienden, a una distancia no mayor de cuatro o cinco generaciones, de judíos practi- cantes. Históricamente, los israelitas que dejaron de observar la ley de Moisés se han disuelto en la comunidad que les rodeaba, perdiendo su identidad en un siglo o dos. El desgaste sufrido en el curso de los siglos ha sido enorme, por supuesto. Los judíos que quedaron son en su mayoría los hijos y nietos de aquellos que conservaron su antigua fe, preservando la continuidad de la cadena a través del tiempo, cadena que va ininterrumpidamente desde el siglo xx hasta los albores de la inteligencia humana. 12

Y al mismo tiempo, a la vez que el pueblo judío perdió a la descen- dencia de muchos, incluso la mayoría de sus componentes antiguos, ganó otros muchos más elementos nuevos por medio del proselitismo, tal como explica igualmente Herman Wouk:

La sangre no tiene una importancia decisiva en este parentesco, pero sí la fe. Cualquier hombre o mujer que se proponga rendir culto al Dios de Abraham, y seguir las leyes que Él nos dio por medio de Moisés, puede formar parte de nuestra antigua casa. De esta manera, aunque nuestra fe no emprende cruzadas para convertir infieles, 13 nuestro número ha aumentado extraordinariamente, y hemos obtenido así algunos de nuestros más famosos jefes y sabios. Las Santas Escri- turas también se refieren a estos hijos adoptivos. Contrariamente, a través de la apostasía, hemos perdido a muchos judíos. Tan fuerte es, sin embargo, la fuerza de la estirpe, que un judío convertido a otra fe

12 Herman Wouk, Este es mi Dios (Barcelona: Plaza & Janés, 1963), pp. 22-23. 13 El judaísmo se ha impuesto por la fuerza en algunas ocasiones: los reyes asmoneos obligaron a judaizarse a los galileos, idumeos y otros pueblos. En el siglo VI, el rey del Yemen, Dû Nuwâs, se convirtió al judaísmo y persiguió a los cristianos de su reino. Algunos sionistas abrigaban la esperanza de una judaización de los palestinos si no por la fuerza, sí bajo presión.

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José F. Durán Velasco

sigue siendo judío converso, y nada más, a los ojos del mundo. Por lo tanto, lo que determina la identidad de un judío es su linaje o su fe. Esto es lo que nos asegura nuestra tradición. 14

¿Han sido los judíos un pueblo-clase?

Algunos estudiosos marxistas de «la cuestión judía», como Abraham Leon, 15 han planteado la cuestión de la supervivencia judía a través de la historia como un fenómeno basado en la posición socio-económica peculiar de los judíos en el medio mayoritariamente no judío en el que vivían, cuya situación sería similar a la de otros pueblos como los armenios de la diáspora, los chinos de ultramar, los comerciantes musulmanes en China, los usureros hindúes en Birmania, las minorías alemanas en los países eslavos hasta la segunda guerra mundial, los sirio-libaneses en el África subsahariana o los gitanos. Plantear la cuestión en estos términos resulta sugerente y no anda lejos de la realidad histórica. Sin embargo, el término «pueblo-clase» no es del todo correcto, no sólo porque puede sugerir que esa ha sido la situación de todos los judíos a lo largo de toda la historia, sino porque puede sugerir la idea, aún más errónea si cabe, de que todos los judíos han pertenecido a una misma clase social, cosa que nunca ha sido así, pues las comunidades judías estaban divididas en clases sociales y las diferencias socio-económicas entre los judíos podían ser inmensas, desde una oligarquía plutócrática comensal de los reyes y los grandes no judíos, hasta pobres de solemnidad, que a duras penas sobrevivían de la caridad de sus correligionarios, y entre ambos extremos todo tipo de posiciones sociales. Lo que sí es cierto es que el cautiverio babilónico 16 en el siglo vi a.C. transportó a una élite urbana judía a Mesopotamia, mientras que la población judía rural permaneció en el país. 17 Esta élite, debido a

14 Herman Wouk, op. cit.