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Semiología Cátedra Arnoux CBC Ciudad Universitaria Cuadernillo 2 Enunciación y polifonía Primer cuatrimestre 2014

Semiología

Cátedra Arnoux CBC Ciudad Universitaria

Cuadernillo 2 Enunciación y polifonía

Primer cuatrimestre

2014

Universidad de Buenos Aires Ciclo Básico Común Semiología – Cátedra Arnoux

Cuadernillo 2

Enunciación

1. Catherine Kerbrat-Orecchioni, “La problemárica de la enunciación”. En: La enunciación. De la subjetividad en el lenguaje. Buenos Aires, Edicial, 1997.

2. Enunciación (selección y adaptación de la cátedra).

3. Helena Calsamiglia Blancafort y Amparo Tusón Valls, “Las personas del discurso”. En: Las cosas del decir. Manual de análisis del discurso. Barcelona, Ariel, 2004.

4. Catherine Kerbrat-Orecchioni, “Subjetivemas” (adaptación de la cátedra).

5. Dominique Maingueneau, “Las modalidades”. En: Introducción a los métodos de análisis del discurso. Buenos Aires, Hachette, 1980.

6. Harald Weinrich, “Mundo comentado y mundo narrado”. En: Estructura y función de los tiempos en el lenguaje. Madrid, Gredos, 1987.

7. Elvira Arnoux (dir.) “Análisis de textos y actividades”. En: Pasajes. Escuela media -enseñanza superior. Buenos Aires, Biblos, 2009.

Polifonía (selección y elaboración de Elvira Arnoux)

Ruptura de la isotopía estilística. Intertextualidad. Enunciados referidos. Dimensión dialógica del discurso argumentativo. Transtextualidad. Un caso de polifonía: el empleo de refranes (o proverbios). Otras formas de “dar la palabra”.

LA PROBLEMÁTICA DE LA ENUNCIACIÓN

cesidades de su causa, las ambigüedades, de las que la comunicación puede hacer uso intencionalmente pero que puede también evitar, re- chaza el hecho empírico que es el uso cotidiano de la lengua, y ello en nombre del ideal mítico del que ella hace mal en alejarse" (Le Monde, 7 de julio de 1973). Por último, sucede a veces que a esta concepción del intercambio verbal se le

reprocha ser ideológicamente sospechosa e influida por una cierta visión sobre

la circulación de bienes semejantes a la que funciona en economía de mercado.

Pero además de que nunca se dijo claramente si esta crítica se dirige a la comu- nicación lingüística misma y a su funcionamiento en un sistema económico de- terminado, o al modelo que intenta explicarla - y esta confusión de los niveles lingüísticos y metalingüísticos es frecuente entre aquéllos que pretenden desmi- tificar los modelos lingüísticos—, ella supone demasiado fácilmente que entre la infraestructura económica y la superestructura simbólica existen relaciones de analogía y de determinación inmediatas, concepción simplista que Stalin mis- mo denunció en 1950: fingir creer que, según el tipo de sociedad en que se in- serta, habría comunicaciones de trueque, comunicaciones librecambistas, co- municaciones colectivas (?), etc., es recaer en las peores simplezas del "marris- mo". El único problema es saber si esta concepción del intercambio verbal, que constituye efectivamente un "modelo de realidad" desfasado respecto del objeto empírico que pretende explicar (y fundamentalmente inadecuado a ese objeto) da de él, no obstante, una "esquematización" relativamente satisfac- toria.

Por nuestra parte, creemos que la constatación que hacía Roland Barthes ha- blando de su propio status enunciativo en el "seminario", "Lo quiera o no, es- toy colocado en un circuito de intercambio", vale también, si bien en menor grado, para la actividad escrituraria; y que todos los elementos que Jakobson considera como "factores inalienables de la comunicación verbal" lo son efec- tivamente, y en particular el emisor y el receptor, que si bien no son siempre

identificables, participan siempre virtualmente del acto enunciativo: "La doble actividad de producción/reconocimiento instala las dos funciones de emisor y de receptor, complicadas por el hecho de que todo emisor es simultáneamente su propio receptor y todo receptor un emisor en potencia; es por esto que A.

Culioli prefiere designarlos como enunciadores:

dores son los términos primitivos sin los cuales no hay enunciación' "(C. Fuchs

y P. Le Goffic, 1979, p. 132): la actividad del habla implica la comunicación y la comunicación implica que algo pasa entre dos individuos* (que no obstante

.] los dos sujetos enuncia-

3. En el caso del soliloquio, el emisor y el receptor están substancialmente confundidos, pero permanecen funcionalmente distintos. Además, "con respecto a esto, es notable que

las sociedades repriman por la burla el soliloquio [

mor a ser censurado deberá encontrar un público delante del cual representará la come- dia del intercambio lingüístico (Martinet, citado por Flahault (1978, p. 24): emitir un mensaje sin destinatario es un comportamiento que se considera patológico (y el habla verbal se opone en este aspecto al canto, que puede muy "normalmente" ser una actividad solitaria).

Aquel que quiera expresarse sin te-

]

19

LA ENUNCIACIÓN

nosotros preferimos diferenciar terminológicamente: emisor frente a receptor, hablante frente a oyente, locutor frente a alocutario, enunciador frente a enun- )

1.2. CRITICA DE ESTE ESQUEMA

Dicho esto, podemos sin embargo reprochar a Jakobson no haber considera- do suficientes elementos y no haber intentado hacer un esquema algo más com-

plejo con el fin de que "el mapa" dé mejor cuenta del "territorio"

4

.

1.2.1. El código. Dentro de este esquema, el "código" aparece formulado en singular y sus-

pendido en el aire entre el emisor y el receptor. Lo cual plantea dos problemas

y sugiere dos críticas:

(a) Problema de la homogeneidad del código

Es inexacto, ya lo hemos dicho, que los dos participantes de la comunica- ción, aún si pertenecen a la misma "comunidad lingüística", hablen exactamen- te la misma "lengua", y que su competencia se identifique con "el archiespa- ñol" de un "archilocutor-alocutorio". ¿Qué amplitud pueden tener las diver- gencias existentes entre los dos (o más) idiolectos presentes? Respecto de este punto se dan dos actitudes rigurosamente antagónicas: por un lado, la de Ja- kobson, quien afirma (1963, p. 33):

"Cuando se habla a un interlocutor nuevo, siempre se trata, delibera- da o involuntariamente, de descubrir un vocabulario común, sea para agradar, sea simplemente para hacerse comprender, sea, en fin, para des- embarazarse de él, se emplean los términos del destinatario. En el domi- nio del lenguaje, la propiedad privada no existe: todo está socializado

.]; al fin de cuentas, el idiolecto no es más que una ficción un tanto perversa " 5 :

[.

.

Incluso en las prácticas glosolálicas, el hablante (que declara no comprenderse a sí mis- mo) postula en general la existencia de un destinatario divino (susceptible, él sí, de desci- frar las producciones discursivas del glosolálico).

4.

de

5.

El subrayado es nuestro. Observemos que en 1961, Jakobson (citado por Revzin, 1969,

n. 17, p. 29) consideraba que "las tentativas de construir un modelo del lenguaje sin tomar

en cuenta al hablante o al oyente" amenazan transformar el lenguaje en una "Acción esco-

lástica": en diez años laficción cambió completamente de campo reveladora de esa "mutación" de la que hablábamos en el prólogo.

Alusión a este adagio que repite incansablemente Korzybski y que vale para todo tipo

producción discursiva: "El mapa no es el territorio."

Palinodia notable y

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LA PROBLEMÁTICA DÉLA ENUNCIACIÓN

Semejante optimismo (el código común sería así el del destinatario, del cual se apropiaría el emisor miméticamente) deja de lado con demasiada facilidad las ambigüedades, las dudas y los fracasos de la comunicación. Otros, por el con- trario, demasiado atentos a esos fracasos proponen un solipsismo radical, como lo hace Lewis Carroll cuando declara en el apéndice a la Lógica simbólica:

"Yo sostengo que es absolutamente el derecho de todo escritor atri- buir el sentido que quiera a toda palabra o toda expresión que desee emplear. Si encuentro un autor que al comienzo de su libro declara:

'Quede bien entendido que con la palabra 'negro' querré siempre decir 'blanco', y que con la palabra 'blanco' interpretaré siempre 'negro', aceptaría humildemente esa regla, aún cuando la juzgara, por cierto, ca- rente de buen sentido." 6

Reglaexplícita y simple (de sustitución por antónimo), cuya aplicación permite sin demasiadas dificultades compensar lo arbitrario del decreto semántico. Pero nada de eso se da en Humpty Dumpty, cuyo idiolecto se propone ser irreduc- tible:

.], ésta significa lo que yo quiero

"Cuando

empleo una palabra f

que signifique, ni más ni menos" 7 .

Actitud provocativa, tiránica, jocosa y desesperada a la vez en la que se basa una conciencia aguda de los equívocos que Alicia sufre en el país de las maravi- llas. Nunca llegamos a hacernos comprender por los otros: que podamos, al me- nos, hacernos comprender por nosotros mismos. Mounin condena en 1951, como reaccionaria y burguesa, esa actitud solip- sista:

.] sabían por instinto que,

entre las propiedades de la lengua, se contaba, por una parte, su gran es-

tabilidad y, por otra, su unidad, ambas necesarias para que la lengua siga siendo un medio de comunicación entre los hombres. En tanto que to- das las manipulaciones formalistas que la burguesía decadente inflige a su lengua hacen de ella, según sus mismos teóricos —los Paulhan, los Blanchot, los Sartre 8 — un medio de soledad entre los hombres."

Bourdieu (1975) estima, por el contrario, que el empleo de ese artificio teó-

"Esos simples camaradas parisienses

6. Citado por Jean Gattégno en su introducción a Logique sans peine ["Lógica sin es-

fuerzo"] de Lewis Carrol, Hermann, 1966, p. 32.

7. De l'autre cóté du miroir ["Del otro lado del espejo"], Marabout, 1963, p. 245.

8. Curiosamente, en esta declaración de Mounin (citada por D. Baggioni, 1977, p. 106),

no acude Michel Leiris al llamado, no obstante ser quien da en el prefacio del Glosario la fórmula más radical de la tesis solipsista:"Una monstruosa aberración hace creer a los hombres que el lenguaje nació para facilitar sus relaciones mutuas. Es con esa meta de utili- dad que redactan los diccionarios, donde las palabras se catalogan dotadas de un sentido bien definido (creen ellos), basado sobre la costumbre y la etimología. Ahora bien, la eti- mología es una ciencia completamente vana que no informa nada sobre el sentido verda- dero de una palabra, es decir la significación particular, personal, que cada uno debe asig- narle, según complazca más a su espíritu."

21

LA ENUNCIACIÓN

rico que es la noción de "lengua común" desempeña un papel ideológico bien preciso: sirve para enmascarar bajo la apariencia euforizante de una armonía imaginaria la existencia de tensiones, enfrentamientos y opresiones muy rea- les; negar la existencia de esas tensiones y mecerse en "la ilusión del comunis- mo lingüístico", significa de hecho un intento de conjurar, por el desvío del lenguaje, las diferencias sociales. Vemos, pues, que las opiniones difieren, tanto respecto del fenómeno mis- mo como de su interpretación ideológica. Nos guardaremos muy bien de tomar posición sobre el segundo punto. Eñ cuanto al primero, diremos prudentemen- te que la verdad está en el medio. Por un lado, para tomar el caso del compo- nente léxico en el que se reúnen más masivamente las divergencias idiolectales, es, sin embargo, innegable que se establece un cierto consenso sobre las signi- ficaciones que hace posible una intercomprensión al menos parcial (y la for- mulación de los artículos de diccionario); y que las palabras tienen, en la len- gua, un sentido, o más bien sentidos relativamente estables e intersubjetivos:

"si ubicamos mil personas delante de mil sillas", declara un poco imprudente- mente B. Pottier (puesto que nosotros mismos hemos constatado algunas des- viaciones denominativas respecto de esto, que son todavía más espectaculares cuando se trata de otros tipos de campos semánticos), "podemos obtener un millón de veces el término 'silla'. En lingüística, esta coincidencia de subjetivi- dad es lo que se llama objetividad." Esta observación, en todo caso, señala el hecho de que los signos son "necesarios" al mismo tiempo que arbitrarios: 9 aunque no haya ninguna razón "natural" para llamar a un gato "un gato", los usuarios de la lengua española aceptan jugar el juego de las denominaciones, y la historia no nos depara ningún ejemplo de Humpty Dumpty (cuando Alicia, ante el enunciado de la "paradoja" antes citada, protesta, desconcertada, que "la cuestión es saber si usted puede hacer que las mismas palabras signifiquen tantas cosas diferentes", Humpty Dumpty replica con soberbia: "La cuestión es saber quién es el amo, eso es todo", fórmula que enuncia inmejorablemente el hecho de que en el intercambio verbal se juegan relaciones de poder y de que muy a menudo es el más fuerte quien impone al más débil su propio idiolecto. Sin embargo, esto no impide que nadie lleve nunca su dominio hasta pretender liberarse de la tiranía de las normas y de los usos y Considerarse único deposi-

una tesis próxima a la de Humpty Dumpty ¡ la Lógica de Port-Royai té-

conoce (p. 129) que la intercomunicación se funda sobre la "necesidad" de los signos:

"A cada uno le es permitido servirse del sonido que le plazca para expresar sus ideas, con }tal que lo haga saber. Pero como los hombres no son dueños más que de su lenguaje y no del de los otros, cada uno tiene derecho de hacer un diccionario para sí, pero no tiene de- recho de hacerlo para otro, ni de explicar sus palabras por las significaciones qué les habrán

, sido atribuidas. Es por éso que cuando no se tiene la intención de hacer conocer simple- mente en qué sentido Se toma una palabra, sino que se trata de explicar aquél en el cual es usada comúnmente, las definiciones que se dan no son de ninguna manera arbitrarias, sino que están ligadas y sujetas a representar, no la verdad de las cosas, sino la verdad del uso" (observemos que aquí "arbitrario" se opone a "necesario", y no a "motivado" como en la tradición saussuriana).

9. Defendiendo

•22

LA PROBLEMÁTICA DE LA ENUNCIACIÓN

taño legítimo del "buen" sentido). Es verdad, "toda palabra quiere decir lo que yo quiero que signifique", pero al mismo tiempo "toda palabra quiere decir lo que quiere decir" (hay un sentido en la lengua). Hablar es precisamente procu- rar que coincidan esas dos intenciones significantes, esos dos "querer decir". Pero los dos enunciadores, aun si están dispuestos a conformarse al sentido- en-la-lengua, no tienen necesariamente de e'l la misma concepción. Por esta ra- zón, después de haber admitido en primer lugar que la comunicación verbal au- torizaba una intercomprensión parcial, a continuación debemos insistir sobre el hecho de que esa intercomprensión no puede ser sino parcial. Hay que tomar partido: la intercomunicación (los dialectólogos lo han mostrado hace mucho y lo que es verdad de las confrontaciones de dialectos lo es también, guardando las debidas proporciones, de las confrontaciones de idiolectos)es un fenómeno relativo y gradual. No hay ninguna razón para favorecer los casos de comunica-

y considerar como "rebabas" fenómenos tan frecuentes como

los malentendidos, los contrasentidos, 11 los quid pro quos. Bien por el contra-

rio, como lo afirman C. Fuchs y P. Le Goffic (1979, p. 133) siguiendo a Antoi- ne Culioli,

"la disimetría entre producción y reconocimiento, la falta de coinci- dencia entre los sistemas de los enunciadores obligan a colocar en el centro de la teoría lingüística fenómenos hasta ahora rechazados como 'fallas' de la comunicación". Desde un punto de vista metodológico ello quiere decir que esta "idealiza- ción teórica que implica el hecho de identificar la competencia del hablante con la del oyente" (postulado del "m'odelo neutro") no es tan "legítima" co- mo lo estima Lyons (1978, p. 71); y que, por el contrario, es preciso admitir que la comunicación (dual: no hablamos por el momento más que del caso más sencillo) se funda sobre la existencia, no de un código, sino de dos idiolectos; por consiguiente, el mensaje mismo se desdobla, al menos en lo que concierne a su significado. En efecto, si se define a la competencia como un conjunto de re- glas que especifican "cómo los sentidos se aparean a los sonidos" (Chomsky) y si asumimos que esas reglas de correspondencia Ste-Sdo varían de un idiolecto a otro, y dado que el significante de un mensaje permanece invariable entre la

ción "lograda"

10

10.Estas expresiones connotan el ideal de una comunicación total y transparente (restitu- ción integral en la decodificación de los significados). Pero, ¿por qué sería grave o lamenta- ble que fuese de otra manera? Por el contrario, se puede aplicar a todos los lenguajes es- ta verdad que Barthes descubre durante una sesión del I.R.C.A.M. (cf. Le Monde, 2 de marzo 1978, p. 15): "Pensábamos tener que afrontar una dificultad, la de tener que aproximar lenguajes considerados diferentes, provenientes de competencias desiguales. Pe- ro creo que lo que hemos afrontado es sólo nuestro miedo de sentirnos excluidos del len- guaje del otro: lo que hemos comprendido es que este miedo es en gran parte ilusorio:

la separación de los lenguajes deja de ser fatal, a partir del momento en que no se le pide al habla que lleve a cabo toda la comunicación."

11.Este concepto, así como el de "decodificación aberrante" (U. Eco) tiene, por supuesto, relación con el proyecto significante* del emisor.

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LA ENUNCIACIÓN

codificación y la decodificación, es preciso admitir que en el intervalo que sepa-

ra ambas operaciones el sentido sufre muchos avatares:

Sdo! codificado^

Ste dej mensaje

•"•Sdo 2 reconstruido en la decodificación

No es verdad, pues, como parece decirlo Jakobson (siempre según Fuchs

y Le Goffíc) que el mensaje pase en su totalidad "de mano en mano sin sufrir alteraciones en la operación".

(b) Problema de la exterioridad del código

Aun cuando la modalidad de existencia del código en la conciencia de los enunciadores áigue siendo misteriosa, es seguro —y la presentación chomskyana mejora en este punto la de Saussure y lá de Jakobson— que sólo funciona como "competencia implícita" de un sujeto (conjunto de aptitudes que éste ha inter- nalizado).

Habiéndose así multiplicado por dos el constituyente "código" los genera- dores individuales que se obtienen deben insertarse uno en la esfera del emisor

y el otro en la del receptor. Se podría incluso considerar que cada uno de los

dos idiolectos incluye dos aspectos: competencia desde el punto de vista de la producción frente a competencia desde el punto de vista de la interpretación 12 (con la primera incluida en la segunda ya que nuestras aptitudes de codificación

son más restringidas que nuestras aptitudes de decodificación 13 ), pero es nece- sario especificar que la primera es la que figura en la esfera del emisor, en tanto que la segunda lo hace en la del receptor (el mismo sujeto hace funcionar una

u otra de sus dos competencias según su papel enunciativo). Pero nosotros pre-

ferimos la siguiente presentación: llamaremos "competencia de un sujeto" ala suma de todas sus posibilidades lingüísticas, al espectro completo de lo que es susceptible de producir y de interpretar. Esta competencia, concebida muy ex- tensivamente, se encuentra restringida en el caso en el cual el sujeto, cuando funciona la comunicación, se encuentra en posición de codificador, y también por la acción de diversos filtros. 14

12.Que a veces se llaman "competencia activa" frente a "pasiva" -pero la expresión es bastante desafortunada, pues la operación de decodificación está lejos de reducirse al regis- tro puro y simple de significaciones evidentes (éstas, por el contrario, son reconstruidas al término de un trabajo sobre el significante).

13.Así, "Koko el gorila" posee activamente 300 palabras; pero pasivamente 200 o 300 más.

14.Por ejemplo, supongamos el caso de un sujeto que maneje una lengua extranjera más fácilmente en el laboratorio que en la vida real. Llamaremos "competencia" lingüística de ese sujeto a su competencia de laboratorio y diremos que la situación de comunicación normal funciona como un filtro que limita sus aptitudes lingüísticas.

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1.2.2.E1 universo del discurso

LA PROBLEMÁTICA DE LA ENUNCIACIÓN

Es inexacto, en efecto, representarse al emisor como alguien que para con- feccionar su mensaje elige libremente tal o cual ítem léxico, tal o cual estructu- . ra sintáctica, tomándolos del stock de sus aptitudes lingüísticas y abreva en es- te inmenso depósito sin otra restricción que "lo que tiene que decir". Aparecen limitaciones suplementarias que funcionan como otros tantos filtros que res- tringen las posibilidades de elección (y orientan simétricamente la actividad de decodificación); filtros que dependen de dos tipos de factores:

(1)

las condiciones concretas de la comunicación;

(2) los caracteres temáticos y retóricos del discurso, es decir,grosso modo, las restricciones de "género". Por ejemplo: para analizar el discurso de un profesor de lingüística hay que tener en cuenta:

(1) la naturaleza particular del locutor (donde entran en juego numerosos parámetros); la naturaleza de los alocutarios (su número, su edad, su "nivel"; su comportamiento); la organización material, política y social del espacio en que se instala la relación didáctica, etc; (2) el hecho de que se trata de un discurso que obedece a las siguientes res- tricciones: discurso didáctico (restricción de género) que se refiere al lenguaje (restricción temática).

Del mismo modo, para analizar las producciones infantiles es necesario con- siderar:

(1) si se trata de enunciados orales o escritos, monologados o dialogados, emitidos en situación escolar o no, etc.;

si se trata de enunciados narrativos, descriptivos, poéticos (naturaleza

(2)

de la consigna estilístico-temática). Llamaremos "universo del discurso" al siguiente conjunto:

(1) (situación de comunicación); (2) (limitaciones estilístico-temáticas). Finalmente proponemos, con respecto al modelo de Jakobson, las dos me- joras o, más modestamente, los dos principios siguientes de enriquecimiento:

1.2.3. Las competencias - no lingüísticas

A las competencias estrictamente lingüísticas (y paralingüísticas), en las dos

esferas del emisor y del receptor, agregamos:

— sus determinaciones psicológicas y psicoanalíticas, que desempeñan evi-

dentemente un papel importante en las operaciones de codificación/decodifí- cación, pero de las cuales hablaremos poco por falta de competencia en la ma- teria (el funcionamiento de los deícticos nos dará sin embargo un ejemplo de la incidencia del factor "Psi-" 15 sobre las opciones lingüísticas);

15.Este morfema (obtenido por la intersección de sus significantes) funciona como un ar- chilexema que neutraliza cómodamente (intersección correlativa de los significados) la oposición semántica existente entre psicológico/psicoanalítico/psiquiátrico

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LA ENUNCIACIÓN

— sus competencias culturales (o "enciclopédicas", el conjunto de los cono-

cimientos implícitos que poseen sobre el mundo) e ideológicas (el conjunto de los sistemas de interpretación y de evaluación del universo referencial) que mantienen con la competencia lingüística relaciones tan estrechas como os- curas y cuya especificidad contribuye todavía más a acentuar las divergencias idiolectales.

1.2.4.Los modelos de producción y de interpretación

Los modelos de competencia lingüística explicitan el conjunto de conoci- mientos sobre su lengua que tienen los sujetos;pero cuando esos conocimientos se movilizan con vistas a un acto enunciativo efectivo, los sujetos emisor y re- ceptor hacen funcionar reglas generales que rigen los procesos de codificación y decodificación y cuyo conjunto, una vez explicitado (lo que todavía dista de ser el caso), constituiría los "modelos de producción y de interpretación". Ad- mitimos provisoriamente la hipótesis de que, a diferencia del modelo de compe- tencia lingüística, esos modelos son comunes a todos los sujetos hablantes, va- le decir que todos utilizan los mismos procedimientos cuando emiten/reciben los mensajes (procedimientos que incluso serían, según J, Pohl, universales y pancrónicos). Mencionemos además, entre esos dos tipos de modelos, las si- guientes diferencias:

— En el modelo de competencia, el orden de las reglas no es en principio relevante; 16 por el contrario, en los modelos de producción/interpretación ese orden desempeña un papel primordial, puesto que se trata de describir proce- sos genéticos efectivos y efectivamente ordenados en el tiempo. — Los modelos de producción/interpretación se apoyan sobre el modelo de competencia y su propósito es hacerlo funcionar. Pero todos los hechos que son pertinentes en la competencia no son recuperados de la misma manera por aquellos dos modelos. Por ejemplo, en tanto todos los sujetos poseen una "competencia sinonímica" y una "competencia polisémica" (conciencia de la existencia de esos fenómenos y conocimiento de los casos en los que aparecen), el problema de la sinonimia (opción en la búsqueda onomasiológica) es esen- cialmente de naturaleza "productiva", en tanto que el problema de la polisemia (opción en la. búsqueda semasiológica) es esencialmente de naturaleza interpre- tativa. —. A la inversa, otros factores, distintos de la competencia lingüística, en- tran en juego en la constitución de los modelos de producción/interpretación:

competencia cultural e ideológica, datos situacionales, etc.

16. Se sabe que es sobre esto que Chomsky funda su argumentación tendiente a probar que la semántica generativa no es más que una "variante notacional" del modelo standard.

26

LA PROBLEMÁTICA DE LA ENUNCIACIÓN

1.3. REFORMULACION DEL ESQUEMA DE LA COMUNICACIÓN

Presentamos a continuación, tras estos comentarios anticipados, la refor- mulación del esquema de Jakobson que aquí proponemos:

17

competencias

lingüística y

REFERENTE

paralingüística

EMISOR

codifi-

MENSAJE-

decodi-

cación

canal

ficación

competencias

lingüística y

paralingüística

RECEPTOR

competencias

competencias

ideológica

\~

-j

ideológica

y cultural

y cultural

determinaciones

"psi"

4 determinaciones

"psi"

restricciones

restricciones

del universo

del universo

del discurso

del discurso

modelo de

modelo de

producción

interpretación

Observaciones:

(a) Nos parece imposible disociar las competencias lingüística y paralingüís- tica (mímica y gestos) en la medida en que, por lo menos oralmente, la comu- nicación es "multicanal": para transmitir las significaciones, los apoyos fone- máticos y paralingüísticos —que.por lo demás se intersectan a nivel de los he- chos prosódicos- se prestan mutuamente su concurso. En un estudio que tiene el mérito de partir de la observación de hechos concretos (y en particular de perturbaciones patológicas), consagrado al funcionamiento del circuito de la comunicación, A. Borrell y J. L. Nespoulous comprueban que hablar es, en pri- mer lugar,

17.Esta presentación incluye la "competencia ideológica" de Slakta y las diferentes "ba-

ses" (ideológica, lingüística, analítica, textual) de D. Maldidier, C. Normand y R. Robín,

1972.

27

LA ENUNCIACIÓN

"proceder a la selección de las diversas categorías de apoyos formales de

.)• Esta operación no se pro-

pone favorecer uno de los sistemas semióticos en detrimento de los otros; por el contrario, nos parecen posibles distintas disposiciones. Es por ello que observamos a veces la co-ocurrencia de los diferentes sis-

temas en el marco del discurso. Ej.: Mensaje lingüístico +Gesto +Mí- mica. En otros casos, esos elementos aparecerán alternativamente, to- mando esta vez un gesto el lugar de una palabra o de un sintagma" (1975, p. 103).

La importancia de los comportamientos paraverbales se manifiesta, entre otros, en el hecho de que es la dirección de la mirada del hablante 18 lo que de- fine prioritariamente al oyente en la comunicación oral y aún de manera más decisiva que el empleo del "tú" lingüístico, pues los pronombres personales pueden dar lugar a usos "desfasados" (es el problema de los "tropos" particu- lares que consideraremos más adelante bajo el término de "enálages"). Cuando a una persona presente en la situación de comunicación se la denota mediante un pronombre de tercera persona, llegamos, en efecto, a la conclusión.

la comunicación (lengua, gesto, mímica

— de que esa persona está excluida de la relación de alocución, si la mirada

del hablante no se dirige hacia ella;

— de que esa persona tiene efectivamente el papel de oyente, en el caso con-

trario (la tercera persona se explica entonces como un "tropo", que aparece en los enunciados "hipocorísticos" del tipo " ¡Qué elegante que está mi chiquita

hoy!

" ) .

Llamamos "universo del discurso" a algo extremadamente complejo

y heterogéneo, que abarca:

— Los datos situacionales, y en particular la naturaleza escrita u oral del canal de transmisión, y la organización del espacio comunicacional, objeto de la reflexión "proxémica" (Hall, Moscovici). Conviene precisar que todos estos da- tos no son pertinentes más que bajo la forma de "imágenes", de representacio- nes, que los sujetos enunciadores construyen a partir de ellos, y que es necesa- rio en particular admitir en su competencia cultural las imágenes (I) que el emi- sor (A) y el receptor (B) se forman de ellos mismos y de su interlocutor, es decir, los cuatro elementos que Michel Pécheux(1969) simboliza de la siguien- te manera:

(b)

IA ( A ) (Imagen

IA (B) (Imagen de B para A): "¿Quién es él para que yo le hable así?"

IB ( B ) : "¿quién

Ig (A): "¿quién es él para que él me hable así?"

de A para A): "¿quién soy yo para hablarle así?"

soy yo para que él me hable así?"

18. Sobre las reglas que rigen el "contacto ocular" (eye-contact), véanse los trabajos de Hall y de Schegloff.

28

LA PROBLEMÁTICA DE LA ENUNCIACIÓN

Las restricciones temático-retóricas que pesan sobre el mensaje que se va

a producir. 19

Estos diferentes factores, tal como lo muestra Philippe Hamon (1974, p. 119), tienen un carácter relativamente 20 restrictivo, carácter que, dice él,

.] conciben muy pronto, cuando se dan cuenta de que su

construcción de un mensaje está mediatizada (futrada, predeterminada) por una serie de imágenes implícitas o explícitas que ellos se forman, retomando el esquema hexafuncional de Jakobson,

de ell,os mismos; de su discurso del soporte de su discurso; de la lengua que utilizan; del destinatario; de la realidad social y física. Estas imágenes pueden estar además, más o menos desmultiplicadas:

yo escribo en función de la imagen que mi público se hace de mí mismo -problema de la "imagen de marca" del escritor, que funciona igual-

mente como una norma restrictiva

.] A cada imagen corresponderá

una serie de restricciones o de servidumbres (de normas) que orientarán el trabajo del emisor".

"los niños

1.4.(AUT0)CRITICAS

Nos parece que nuestro modelo de la comunicación verbal, al darle un lugar

a las otras competencias a las cuales se incorpora la competencia lingüística, y a los diferentes factores que mediatizan la relación lengua/habla y permiten la conversión de una en otra, hace ciertos arreglos positivos al modelo de Jakob- son. Pero aún no es más que un esquema —demasiado esquemático y demasiado estático.

1.4.1. Las propiedades de la comunicación verbal

Esta presentación no muestra ciertas propiedades características de la comu-

19.Es decir que este componente da cuenta a la vez de lo que Todorov (1973, p. 135) lla- ma restricciones "enunciativas" y "discursivas", por oposición a las restricciones estricta- mente lingüísticas.

20. Relativamente, pues las restricciones situacionales permiten, sin embargo, en español un "juego" bastantefluido,a diferencia de la lengua Dyirbal hablada en North Queenland, de la cual Dixon (1971, p. 437) nos enseña que comprende dos variantes con vocabularios totalmente diferentes: el Guwal, habla cotidiana no marcada, y el Dyalnuy, lengua espe-

cial usada

obligatoriamente en presencia de ciertos parientes "tabú": "The use of one

language or the other was entirely determined by whether or not someone in proscribed relation to the speaker was present or nearby; there was never any chotee involved." ["Lo que determinaba enteramente el uso de una lengua o la otra, era el hecho de que alguien, en relación prohibida con el hablante, estuviese o no presente o próximo; una elección no era posible nunca"].

29

LA ENUNCIACIÓN

nicación verbal (y que permiten oponerla a otros tipos de comunicaciones se- mióticas), 21 a saber:

— la reflexividad:

ceptor; 22

el emisor del mensaje es al mismo tiempo su primer re-

- la simetría: el mensaje verbal pide generalmente una respuesta, es decir

que todo receptor funciona al mismo tiempo como un emisor en potencia (es- ta propiedad se aplica sobre todo a los mensajes orales, si bien algunos de ellos

excluyen el derecho de respuesta: ciertos tipos de discurso profesoral, 23 el dis- curso teatral— el público puede por cierto "responder" mediante ciertos com- portamientos verbales o mímico-gestuales, pero la simetría implica que la res-

puesta se efectúe con la ayuda del mismo

cación epistolar, aunque de naturaleza escrita, autoriza y solicita una respuesta diferida).

Observación: Nuestro esquema supone que cuando uno habla el otro escu-

cha en silencio y viceversa, es decir que los dos enunciadores desempeñan alter- nativamente los papeles de emisor y de receptor. Esta simplificación abusiva (pues ocurre frecuentemente que los diversos participantes de una conversa- ción "hablen todos a la vez") es en rigor aceptable en lo que concierne a los comportamientos verbales propiamente dichos en los que tal situación suele ser

Pero es en cambio inadmisible cuando se trata de comporta-

la más normal.

código; M inversamente, la comuni-

25

21. Por ejemplo, la comunicación entre abejas no es ni simétrica, ni transitiva, ni reflexi- va (?); lo mismo ocurre con los mensajes que se leen en los carteles de señalización de las rutas: un cartel no se habla a sí mismo, y el receptor no responde al emisor mediante el mismo código.

22. Es incluso el más importante para A. Tomatis, quien repite y demuestra en L 'Oreille et le langage ["El oído y el lenguaje"] que "hablar es ante todo escucharse hablar".

23.Es interesante constatar que, aplicada a un alumno, la fórmula "contesta" arroja sobre él el descrédito y connota insolencia: ciertamente hay muchas maneras de "contestar", pe- ro la polisemia de la expresión atestigua el hecho de que, fundamentalmente, la comunica- ción didáctica se concibe como obligatoriamente asimétrica. El hombre, en efecto está constituido de tal manera que está "por naturaleza" más do- tado para la escucha muda que para ponerse a hablar. Zénon de Eleas nos lo demuestra de manera irrefutable: "La naturaleza nos ha dado una lengua y dos orejas para que escuche- mos más y hablemos menos".

24.Es, por cierto, el caso del happening, que corresponde precisamente a la preocupación por hacer simétrica la comunicación teatral.

25.Durante una emisión de Apostrophes ["Apostrofes", ciclo de la T.V. francesa], consa- grada al problema de la "modernidad" en literatura (8 de diciembre de 1978), como la confusión de las voces trababa el debate por su "ruido" excesivo, Bernard Pivot restableció el orden mediante esta oportuna ocurrencia (lo citamos en forma aproximada): "Escu- chen, sé bien que en la literatura moderna hay a menudo varias voces mezcladas, no se sabe bien quién habla y eso, por otra parte, no tiene ninguna importancia, pero en la televisión "

estamos todavía en la edad clásica, hay uno que habla y los otros que escuchan

30

LA PROBLEMÁTICA DE LA ENUNCIACIÓN

mientos paraverbales, pues los usos conversacionales requieren, por el contra- rio, que mientras que H habla, O reaccione en forma mímica y gestual (mímica de aprobación, mueca escéptica, etc.), reacciones cuya ausencia total y prolon- gada acaba por inhibir completamente el discurso de H. Para dar cuenta de ese funcionamiento, el esquema debería, pues, afinarse de la siguiente manera:

• del lado del emisor, entran en funcionamiento:

su competencia verbal de codificación; su competencia paraverbal de codificación y decodificación (de los compor- tamientos "activos" del receptor);

• del lado del receptor:

su competencia verbal de decodificación ("pasiva")

su competencia paraverbal de decodificación y ciertos elementos de su com-

petencia de codificación (unidades de función

"fática");

- la transitividad: consiste en que si un emisor* transmite a un receptor .y

una información i, y tiene la posibilidad de transmitir a su vez i a z, sin ha- ber experimentado él mismo la validez de i. Esta propiedad fundamental per- mite al lenguaje humano (a diferencia, por ejemplo, del de las abejas) funcionar como el instrumento privilegiado de la transmisión del saber.

1.4.2. La complejidad de las instancias emisora y receptora

Por otra parte, esta presentación sólo da cuenta del caso más simple, y final- mente el más raro, de la comunicación: el de la comunicación dual ("cara a ca-

ra"). Ahora bien, sin hablar siquiera del caso espinoso del discurso literario, en

el cual las instancias emisora y receptora se encuentran desdobladas (autor/na-

rrador, por una parte; lector/narratario, por otra), numerosos casos de comuni- cación "corriente" se desvían de este esquema canónico, y sería urgente esta- blecer una tipología de las situaciones de alocución que tome en cuenta el nú- mero y el status de los miembros del intercambio verbal:

(a) En la fase de emisión, se pueden encontrar superpuestos muchos niveles

de enunciación (problemas del discurso referido, de la transcodificación, 26 etc.),

y Jakobson mismo es bien consciente de ello, al declarar a propósito de un

"fragmento de conversación" escuchado en el tren: "Hay una cadena de emiso- res y de receptores, tanto reales como ficticios, de los cuales la mayor parte tie- ne una simple función de relevo y se contenta con citar (en gran parte volunta- riamente) un solo y único mensaje que (al menos para un cierto número de ellos) es conocido desde hace tiempo" (1973, p. 206). Así, cuando un anun- ciante encarga a una agencia una campaña publicitaria, el esquema de la comu- nicación se complejiza de la siguiente manera:

26.Sobre este problema ver J. Pohl (1968, p. 50), quien propone una clasificación de los diferentes tipos de "intermediarios humanos": mensajero, escribano público, secretario, telegrafista, intérprete, traductor, divulgador, etc.

31

LA ENUNCIACIÓN

. anunciante

-+

agenci a. ->• mensaje

emisor complejo

(la agencia misma comprende di-

ferentes roles emisores: jefe de publicidad, redactor creativo,

fotógrafo, diagramador

.).

-*• "blanco" (objetivo)

Otro ejemplo: también la comunicación teatral obliga a admitir la existencia

de una cadena de emisores, en la que el emisor original (el autor) es reemplaza- do por una serie de emisores "interpretantes" (director, decorador, luminotéc-

nico, actores

).

(b)

En cuanto a la categoría del receptor conviene también afinarla, hacien-

do intervenir un cierto número de ejes distintivos.

(1)

Introduciremos primero la siguiente distinción:

alocutario

receptor

no alocütario

alias: "addresse" 21

"receptor apuntado" 28

destinatario directo

previsto por L:

no previsto por L

• "auditorio" • o "audiencia" 27

receptores adicionales

destinatario

indirecto

El destinatario propiamente dicho, o alocutario (que puede ser singular o plural, nominal o anónimo, real o ficticio), se define por el hecho de que es ex- plícitamente considerado por el emisor L (lo que atestigua el empleo del pro- nombre de segunda persona y/o la dirección de la mirada) como su compañero en la relación de alocución. Por lo tanto, las operaciones de codificación están parcialmente determinadas por la imagen de ellas que se construye L.

27.En Fülmore ("Deixis I", p. 3) se encuentra esta oposición de "addresse" frente a "au- diencia", definiéndose esta última como "persona que puede consideraise parte del grupo

conversacional pero que no

28.Es la expresión que utiliza Lyons (1978, p. 34).

es miembro del par. SpeakerI addresse.

32

LA PROBLEMÁTICA DE LA ENUNCIACIÓN

El emisor puede preocuparse, además, por la presencia en el circuito de la comunicación de destinatarios indirectos que, sin estar integrados en la rela- ción de alocución propiamente dicha, funcionan como "testigos" del intercam- bio verbal e influyen a veces en él de manera decisiva (ejemplos de chistes, dis- cursos polémicos, defensas de tesis, efe).

— Es necesario, finalmente, admitir para todo mensaje la existencia de re- ceptores adicionales y aleatorios, cuya naturaleza el emisor no podrá prever ni tampoco, en consecuencia, la interpretación que darán al mensaje producido. Es así que una carta puede caer en otras manos que las de su destinatario inten- cional, o que un curso puede ser escuchado en el vano de una puerta por al- guien que pasa; sobre ello el emisor no tiene posibilidades de actuar para con- trolar la manera en que "pasa" su mensaje.

(2) Para cada una de esas tres categorías de receptores, es extremadamente variable el número de elementos que pueden comprender y, en consecuencia, varían las propiedades internas del mensaje.

(3) Los destinatarios directos e indirectos pueden estar físicamente presen-

ausentes 29 (estando por defi-

tes en la situación de comunicación o bien estar

nición excluidos de esta situación los receptores adicionales).

(4) Pueden tener o no la posibilidad de responder (comunicación simétrica/

unilateral), y este eje (que domina a otro: la respuesta puede ser inmediata o di- ferida, como en el intercambio epistolar) no se superpone con el precedente, de ahí la posibilidad de fundar sobre los ejes (3) y (4) cuatro clases de receptores:

— presente

— presente + no-locuente (conferencia magistral);

— ausente

— ausente + no-locuente (en la mayoría de las comunicaciones escritas).

+ "locuente" 30 (intercambio oral cotidiano);

+ locuente (comunicación telefónica);

(5) En ciertos casos complejos de comunicación, los destinatarios se clasifi- can en varios "estratos" de recepción que no tienen el mismo status enuncia- tivo, es decir que este eje precisa e ilustra las distinciones introducidas en (1).

Véanse algunos ejemplos:

— En el transcurso de entrevistas radiofónicas a personalidades políticas o

29.Es por esto que es importante no confundir (1) la situación de comunicación con (2) la relación de alocución:

el alocutario forma parte por definición de (2), pero no necesariamente de (1) (co- municación escrita o telefónica); — inversamente, el no-interlocutor fdélocuté) excluido de (2), puede ser incluido en (1).

30.Tomamos este término de M. Maillard, 1974.

33

LA ENUNCIACIÓN

científicas, se constata que los apelativos puntúan el discurso con una frecuen- cia inusitada. Es que, además de sus funciones conativa y fática corrientes, sir- ven para informar a los oyentes, cuyo conjunto no cesa de renovarse en el curso de la emisión, de la identidad del entrevistado. No se puede, pues, describir ade- cuadamente el funcionamiento de esos términos, que acumulan las funciones apelativa y designativa, si no se tiene en cuenta la superposición de dos niveles distintos y heterogéneos de alocución.

- En la comunicación teatral, el actor dialoga con otros actores, presentes

en la escena y capaces de responder, y también, en otro nivel", con el público

pero en la sombra y en silencio; y puede, según los ca-

sos, privilegiar la relación intra-escénica, o la relación con la concurrencia. Llamemos n a y n p respectivamente a los dos niveles de recepción. Si se acep- ta la oposición terminológica que propone P. Lavoreal (1973- pp. 146-147), y se admite que el "monólogo" cómico y melodramático se efectúa, a espaldas del locutor, con la presencia en el escenario de un receptor indiscreto, mientras que en el "soliloquio" trágico el actor no tiene otro receptor más que el públi- co, se puede describir así el funcionamiento enunciativo de esas dos categorías retóricas:

igualmente presente,

31

• existencia en los dos casos del nivel n p ;

• en cuanto a n a , se trata de un conjunto vacío en el caso del soliloquio y consistente en uno o muchos "receptor(es)adicional(es)" en el caso del mo- nólogo.

Notemos que:

• Fuera de esos dos casos, toda tirada admite en n a uno (o varios) destina-

tarios^) directo(s), duplicado(s) eventualmente por destinatarios indirectos.

• El nivel n p puede asimilarse a la categoría de los destinatarios indirectos (que se convierten en directos en el caso de dirigirse al público).

• Cuando en el teatro un actor habla con alguien que se supone está entre

en n a de un destinatario directo, pero ausente del

espacio escénico), vale decir que habla sin que parezca dirigirse precisamente a nadie, nos encontramos ante la ausencia de destinatario directo, pero ante la presencia de destinatarios indirectos.

bastidores (existencia, pues,

31.El discurso fílmico se opone desde este punto de vista a la comunicación teatral, y es por eso que las interpelaciones al espectador (que se encuentran, por ejemplo, en Pierrot le Fou ["Pierrot el loco"] de Godard) están ahí más claramente "marcadas". Observación anexa: en una secuencia de esta obra, Marianne y Ferdinand-Pierrot, sen- tados juntos en el asiento delantero de un auto, dialogan amorosamente:

"

-

Pongo la mano sobre tu rodilla.

-

Yo también Marianne.

-

Te beso todo

" (pero no hacen nada).

Y ese tropo de comportamiento produce un efecto más violento que el "un beso" con- vencional de la comunicación telefónica: la diferencia reside, con toda seguridad, en el status del destinatario (presente/ausente -* posibilidad/imposibilidad de pasar al acto).

34

LA PROBLEMÁTICA DÉLA ENUNCIACIÓN

- Analizando en una revista femenina el dispositivo enunciativo en el que

se inscribe el correo de lectoras, Chabrol observa (1971, p. 100), sin explicitar lamentableente las modalidades de su inscripción en el enunciado, que en reali- dad Marcelle Segal se dirige a la "lectora ideal" más que a una corresponsal par- ticular:

"La lectora 'ideal' está inscrita en el discurso. Ese rasgo explica el carácter 'sesgado' de las respuestas de Segal. No es a la corresponsal a quien le habla, sino a la lectora ideal. La corresponsal se convierte en la tercera persona de ese diálogo".

- Ultimo ejemplo de la pluralidad posible de los niveles de recepción: La

Couleur orange ["El color naranja"], novela de Alain Gerber (Laffont, 1975) está dedicada a una cierta María José, a la que se interpela desde la primera frase ("Lo que yo amaba era, sabes, el color naranja"). Pero sin duda Gerber es- pera otros lectores fuera de ese interlocutor privilegiado: conviene, pues, tam- bién aquí, tener en cuenta, en la descripción del dispositivo alocutorio que en- cuadra este texto, dos niveles heterogéneos de receptores. Observación: Sucede a veces (y esto es particularmente claro en el ejemplo de Marcelle Segal, y es un recurso cómico sumamente explotado por Moliere) que la jerarquía efectiva de los niveles de recepción se invierte en relación con la jerarquía esperada, es decir que aquél que se inscribe literalmente en el enun- ciado como su destinatario indirecto funciona de hecho como el verdadero alo- cutario: en este caso se puede hablar de tropo comunicacional.

(6) El receptor puede también ser real, virtual o ficticio -se convierte en ficticio gracias al subterfugio que consiste en prestar al lector virtual las apa- riencias y los poderes exclusivos de un ser real, como el don de la palabra. Cuando Diderot supone objeciones, cansancio, incertidumbre, de parte del lec- tor ("Yo lo entiendo a usted, ya tiene bastante, y su consejo sería el de reunir- nos con nuestros dos viajeros") le conserva su status real de ser virtual. Pero desde el momento en que toma la palabra ("Mientras que le contaba esta histo-

ria, que usted toma por un cuento

- ¿Y la del hombre de librea que tocaba

el contrabajo? —Lector, yo te lo prometo"), 32 el lector, accediendo a la exis-

tencia se encuentra al mismo tiempo arrojado a la ficción. Más allá de ciertos límites la inscripción del otro en el enunciado del "yo" cae en una irrealidad perfectamente asumida, por otra parte, por Diderot, según S. Lecointre y J. Le Galliot.

(7) En la definición del receptor conviene, por fin, hacer intervenir la rela- ción social y afectiva que mantiene con el locutor. Esta relación se define a par- tir de diferentes parámetros (según el grado de intimidad que exista entre los dos miembros del intercambio verbal, la naturaleza de las relaciones jerárquicas

32. Extractos de Jacques Le Fataliste (Ouvres de Diderot, Gallimard, 1951, pp. 528 y 544) citados por S. Lecointre y J. Le Galliot, 1972.

35

LA ENUNCIACIÓN

que eventualmente los separen y la del contrato social que los una), pero se re- ducirá según Delphine Perret (1968) a un archi-eje gradual. distancia/no distancia que subsumiría a la vez el eje de la intimidad y el de la dominación social (y que interviene, por ejemplo, de manera determinante en la utilización de los pronombres "usted" frente a "tú" o "vos").

1.4.3. Las interacciones que se dan entre estos diversos componentes

Pero el inconveniente esencial de nuestro esquema es que no ubica, en sus respectivas casillas, más que términos (en los dos sentidos de esta palabra):

(a) No son más que palabras a las que se trata de dar un contenido referen- cial preciso. ¿Qué realidad abarcan exactamente esas etiquetas descriptivas? El único elemento que hasta el momento ha sido objeto de investigaciones deteni- das es la competencia lingüística (concebida, por otra parte, en forma bien res- trictiva). En cuanto a los otros componentes de la comunicación, siguen siendo tierras desconocidas o casi desconocidas.

(b) Son términos de relaciones: los diferentes elementos de este modelo es-

tán yuxtapuestos los unos a los otros y fijados en el lugar que se les ha destina- do, como si entre ellos no existiera ningún problema de definición de límites ni ninguna clase de interacción. Algunos ejemplos mostrarán que la situación es otra:

(1) En este esquema el emisor y el receptor se enfrentan y sus "esferas" res- pectivas son como dos burbujas impermeables que se cuidan bien de intersec- tarse. Ya hemos introducido algunas correcciones a esta presentación diciendo que todo receptor es al mismo tiempo un emisor en potencia, y que en la com- petencia cultural de los dos miembros de la comunicación es necesario incorpo- rar la imagen que se forman de ellos mismos, que se hacen del otro y la que se imaginan que el otro se hace de ellos: no se habla a un destinatario real, sino a aquello que se cree saber de él, mientras que el destinatario decodifica el men- saje en función de lo que él cree saber del emisor. Pero estas reservas son aún demasiado débiles. Pues los dos interlocutores no se contentan con tomar por turno la palabra, teniendo en cuenta las imágenes que se han formado de una vez para siempre el uno del otro: hay una modifi- cación recíproca de los protagonistas del discurso a medida que se desarrolla lo que ciertos teóricos como Watzlawick denominan justamente una "interac- ción". Por otra parte, aún cuando sus competencias no sean tan perfectamente idénticas como lo supone Jakobson, presentarlas como totalmente disyuntas es caer en el exceso inverso: se interseccionan tanto más cuanto que tienden a adaptarse una a la otra en el curso del intercambio verbal, cada una modelando, es cierto que en proporciones extremadamente variables, su propio código so- bre el que, según presume, posee el otro. Por otra parte, algunos generativistas lo reconocen y tratan de ajustar la concepción standard del "hablante-oyente

36

LA PROBLEMÁTICA DE LA ENUNCIACIÓN

ideal" postulando la existencia de una "competencia comunicacional" (Lakoff:

conciencia de la existencia de ciertas variaciones "-lectales"), o incluso de una "metacompetencia" (Wunderlich, 1972, p. 47):

"Forma igualmente parte de la competencia lingüística una especie de metacompetencia, es decir, la capacidad de reorganizar una gramáti- ca ya interiorizada, de modificar las reglas existentes de producción de oraciones y de percepción lingüística, de admitir nuevos elementos en el léxico, etc. Esto se produce cada vez que un oyente [convendría

' y que un emisor'] acepta la competencia lingüística di-

ferente de uno de sus interlocutores en la comunicación y trata de asi- milarla." Cualquiera sea el lugar que uno le conceda en el modelo a este fenómeno (y el uso de los deícticos nos proporcionará el ejemplo) es de todos modos seguro que todo acto de habla exige un cierto gasto de energía para "colocarse en el lugar del otro" (gasto que en general, como nos lo demuestra también el fun- cionamiento de los deícticos, es considerablemente mayor para el receptor que para el emisor), y que

"la comunicación se basa en este ajuste más o menos logrado, más o me- nos anhelado, de los sistemas de referencia de los dos enunciadores" 33 (A. Culioli, 1973, p. 87).

(2) El problema de la competencia ideológica será retomado más adelante. Pero digamos desde ya que la ideología, aunque constituya un sistema de contenidos autónomo y susceptible de manifestarse en toda clase de compor- tamientos semiológicos, inviste en todas partes y en forma preferencial los contenidos lingüísticos, y que el límite entre las dos competencias, que he- mos representado por una línea llena, es en realidad "porosa".

agregar:

(3) El status del referente es igualmente complejo. Por una parte, es exte- rior al mensaje y envuelve a la comunicación. Pero al mismo tiempo se inserta allí en la medida en que una parte de ese referente está concretamente presen- te y es perceptible en el espacio comunicacional, y esto es en general lo que se entiende por situación de discurso. Se inserta también en la medida en que otra parte del referente, que puede coincidir parcialmente, en el "discurso de situación", con la precedente, se convierte en contenido del mensaje. Finalmen- te se refleja en la "competencia ideológica y cultural" de los sujetos, es decir,

33. La película de Jean Schmidt Commc les auges déchus de la planete Saint-Michel [Co- mo los ángeles jaidos del planeta San Miguel"] (documental sobre los "orilleros" y otros sub- proletarios urbanos) nos proporciona un ejemplo, en la persona del "educador" que, bajo pena de quedar incomprendido ("y la lucha que han realizado juntos, ¿no ha modificado la imagen que te hacías de los inmigrantes?" -"¿la que?, ¿¿la imagen??"). í^ca permanen- temente sobre un dobie teclado y se cree obligado a traducir er. el lenguaje del otro las fór- mulas que le vienen espontáneamente a los labios (lo que, por ejemplo, produce: "El pro- blema es que ustedes están completamente fuera de los circuitos de producción- bueno, que no laburan, eh").

37

A ENUNCIACIÓN

en el conjunto de conocimientos que poseen y de representaciones que se han construido de él. Su lugar de inserción es pues múltiple.

(4) El canal es ante todo el soporte de los significantes, soportes éstos a su vez de las significaciones. Pero al mismo tiempo funciona como un filtro suple- mentario puesto que la naturaleza del canal no carece de incidencia sobre las elecciones lingüísticas. Es un hecho bien sabido que en publicidad la naturaleza del "mensaje" varía con la del "soporte". 34

(5) En cuanto al "universo del discurso", integra a la vez, ya lo hemos di- cho, los datos situacionales y las restricciones de género. Ahora bien, sus lími- tes internos son tan borrosos como sus límites externos, dado que:

- las restricciones retóricas están en parte determinadas por los datos si-

tuacionales;

- se puede considerar que el emisor y el receptor son parte integrante de la situación de comunicación:

- finalmente, la situación integra una parte del referente. Pero ¿cuál? ¿Lo

que ven el hablante y el oyente? ¿Lo que pueden ver si modifican su campo vi- sual sin desplazarse? ¿O desplazándose? Pero entonces, ¿dónde fijar el referen- te de la situación? No podríamos responder a todas estas preguntas. Nuestro esquema (puesto que "modelo" sería una palabra demasiado importante, tratándose de un obje- to tan débilmente estructurado) tiene al menos el mérito de plantearlas, de mostrar que los diferentes parámetros extralingüísticos no ocupan aquí de nin- gún modo un lugar marginal, y de permitir circunscribir las tareas que le espe- ran a la lingüística "de segunda generación", como dice Benveniste: investigar cómo se articulan entre ellas las diferentes competencias; cómo actúa, en la co- dificación y en la decodificación, ese filtro complejo que es el universo del dis- curso; cómo se efectúa, en una situación detenninada, la puesta en referencia del mensaje verbal; tratar, en fin, de elaborar esos modelos de producción y de interpretación que permiten la conversión de la lengua en discurso.

2. LA ENUNCIACIÓN

Ya es hora de circunscribir el campo de nuestro estudio, es decir, de dar una respuesta a la pregunta ¿qué es pues la enunciación? ¿cuál debe ser, cuál puede ser, el objeto de una "lingüística de la enunciación"? Es ahora cuando se ma- nifiesta la distancia que separa ese "poder" de ese "deber", y la ambigüedad ligada al concepto de enunciación.

34.Es conocida la célebie fóiinuia de Mac Luhan: "El mensaje es el medio". Para un ejem- plo (el de la "comunicación de masas') -Je la incidencia del canal sobre las propiedades in- ternas del mensaje, véase Eco, 1972, p. 19.

38

ENUNCIACIÓN

(selección y adaptación de la cátedra)

Enunciación y enunciado

Debo distinguir, en primer lugar, la oración y el enunciado. La oración es un objeto teórico, entendiendo por ello que no pertenece para el lingüista al domi­ nio de lo observable sino que constituye una invención de esa ciencia particular que es la gramática. Lo que el lingüista puede tomar como objeto observable es, en cambio, el enunciado, considerado como la manifestación particular o la ocurrencia hic et nunc de una oración. Supongamos que dos personas diferentes digan “hace buen tiempo", o que una misma persona lo diga en dos momentos diferentes: se trata de dos enunciados diferentes, de dos observables distintos, observables que la mayoría de los lingüistas explican diciendo que constituyen dos ocurrencias de una misma oración, que se describe como una estructura lé­ xica y sintáctica que supuestamente subyace en ellas. Pero, además, distingo del enunciado y la oración, la enunciación de un enunciado. La realización de un enunciado es, en efecto, un acontecimiento his­ tórico: algo que no existía antes de que se hablara, adquiere existencia, para dejar de existir después de que se deja de hablar. Llamo “enunciación" a esa aparición momentánea.

Oswald Ducrot, El decir y lo dicho, Buenos Aires, Hachette, 1984.

La lingüística de la enunciación se propone delimitar y describir las huellas del acto en el producto, de la enunciación en el enunciado. Concebida en forma amplia, la lingüística de la enunciación tiene como meta describir las relaciones que se tejen entre el enunciado y los diferentes elemen ­ tos constitutivos del marco enunciativo: los protagonistas (emisor y destinata­ rio) y la situación de comunicación (circunstancias espacio-temporales y condi­

56

ciones generales de la producción/recepción del mensaje: naturaleza del canal, contexto sociohistórico, restricciones del universo del discurso, etc.). Llamaremos hechos enunciativos a las unidades lingüísticas que funcionan como índices de la inscripción en el seno del enunciado de uno y/u otro de los parámetros que acabamos de señalar, y que son por esa razón portadoras de un archi-rasgo semántico específico al que llamaremos enunciatema. A la lingüística de la enunciación le corresponde identificar, describir y es­ tructurar el conjunto de esos hechos enunciativos, es decir, hacer un inventario de sus soportes significantes, y elaborar una grilla que permita clasificarlos. Considerada en sentido restrictivo, la lingüística de la enunciación no se in­ teresa más que por uno de los parámetros del marco enunciativo: el hablante/escritor. dentro de esta perspectiva, los hechos enunciativos que se es­ tudian son las huellas lingüísticas de la presencia del locutor en el seno del enunciado, los lugares de inscripción y las modalidades de existencia de “la subjetividad en el lenguaje". A estos puntos de anclaje los llamaremos subjeti­ vemas (caso particular de enunciatema). La lingüística de la enunciación (en sentido restringido) se centra entonces en la búsqueda de los procedimientos lingüísticos (shifters, modalizadores, tér­ minos evaluativos, etc.) con los cuales el locutor imprime su marca al enuncia­ do, se inscribe en el mensaje (implícita o explícitamente) y se sitúa respecto de él (problema de la “distancia enunciativa").

Adaptación de Catherine Kerbrat-Orecchioni, L'énonciation. De la subjectivité dans le langage, París, Armand Colin, 1980. [Trad.: La enunciación:

la subjetividad en el lenguaje, Buenos Aires, Hachette, 1986.]

La teoría del discurso es una teoría de la instancia de enunciación que es al mismo tiempo e intrínsecamente un efecto de enunciado. Que la instancia de

enunciación sea un efecto de enunciado no significa que ese efecto esté presente en el enunciado bajo la forma de marcadores o indicadores morfosintácticos o semántico-sintácticos sino que debe ser reconstruido o “descubierto" por un es­ fuerzo de interpretación. Este esfuerzo de interpretación que nos hace descubrir la instancia de enunciación se reduce, de hecho, a una transposición de sentido:

se trata en cierta medida de llenar un espacio elíptico gracias a una operación de paráfrasis o catálisis. Si bien existen ciertas marcas convencionales de la enunciación que pueden ser inventadas, estas marcas “empíricas" son sólo una ínfima parte del iceberg enun­ ciativo. No es contradictorio afirmar al mismo tiempo que el lingüista no debe inte­ resarse por la enunciación más que en su dimensión discursiva (instancia de enun­ ciación / efecto de enunciado) y, por otra parte, que la enunciación, aunque marca­ da en el enunciado, no es enunciada: la enunciación transpuesta a partir del enun­ ciado es la elipsis que se abre “en abismo" por paráfrasis o catálisis. Como decía Kant, hay conceptos que se pueden llamar “paralógicos" desde el momento en que no hay ningún predicado que agote su contenido. El concepto de enunciación es uno de estos conceptos y por eso es más conveniente desplazar la discusión al nivel de las estrategias operacionales o metodológicas. Ahora bien, si se trata de formular una metodología, el concepto de enunciación tiende inme­ diatamente a dispersarse en dos direcciones que se llaman deictización y modali­ zación de la enunciación. Se trata evidentemente de una doble reducción pero las dos metodologías son, felizmente, complementarias. Una buena buena metodolo­ gía deictizante presupone necesariamente una organización egocéntrica de la dei­ xis, mientras que una buena metodología modalizante presupone en cambio una organización interactancial y por lo tanto “ego-fugal": la organización de la dei­ xis se hace a partir del yo (de la subjetividad egocéntrica) mientras que la organi­ zación de las modalidades está orientada a partir de una comunidad enunciativa (se podría decir también a partir de la subjetividad comunitaria).

Adaptación de Herman Parret: “L'énonciation en tant que déictisation et modalisation", Langages, 70, 1983.

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El aparato formal de la enunciación

En tanto que realización individual, la enunciación puede definirse, respecto de la lengua, como un proceso de apropiación. El locutor se apropia del aparato formal de la lengua y enuncia su posición de locutor tanto por índices específi­ cos como por medio de procedimientos accesorios. Pero inmeditamente, desde el momento en que se declara locutor y asume la lengua, implanta al otro frente a él, cualquiera sea el grado de presencia que atribuya a ese otro. Toda locución es, explícita o implícitamente una alocución, postula siempre un alocutario. La condición de esta movilización y de esta apropiación de la lengua es, en el locutor, la necesidad de referirse por el discurso al mundo, y, en el otro, la posibilidad de co-referir idénticamente el consenso pragmático que hace de cada locutor un co-locutor. La referencia es parte integrante de la enunciación. Cada instancia del discurso constituye un centro de referencia interna. Esta situación se va a manifestar por un juego de formas específicas cuya función es poner al locutor en relación constante y necesaria con su enunciación. En primer lugar, la emergencia de los índices de persona (la relación yo-tú) que no se produce más que en y por la enunciación: el término yo denota al in­ dividuo responsable de la enunciación, el término al individuo que está pre­ sente en ella como alocutario. En segundo lugar, los numerosos índices de ostención (este, aquí, etc.), térmi­ nos que implican un gesto que designa al objeto al mismo tiempo que se pro ­ nuncia la instancia del término. Una tercera serie de términos correspondientes a la enunciación los constitu­ ye el paradigma de las formas temporales, que se determinan respecto del ego, centro de la enunciación. De la enunciación procede la instauración de la cate­ goría de presente, y de la categoría de presente nace la categoría de tiempo. El presente formal no hace más que explicitar el presente inherente a la enuncia ­ ción, que se renueva con cada producción de discurso.

Además de estas formas que genera, la enunciación da las condiciones nece­ sarias a las grandes funciones sintácticas. Desde el momento en que el enuncia ­ dor se sirve de la lengua para influir de alguna manera en el comportamiento del alocutario, dispone para ello de un aparato de funciones. Primeramente la interrogación, que es una enunciación construida para suscitar una respuesta, por un proceso lingüístico que es al mismo tiempo un proceso de comporta­ miento de doble entrada. Todas las formas léxicas y sintácticas de la interroga­ ción (partículas, pronombres, secuencia, entonación, etc.) dependen de este as­ pecto de la enunciación. A ella remiten también los términos formales que llamamos de intimación:

órdenes, apelaciones concebidas en categorías como el imperativo, el vocativo, que implican una relación viviente e inmediata del enunciador con el otro. Menos evidente tal vez, pero tan cierta como las otras, es la pertenencia de la aserción a este mismo repertorio. En su construcción sintáctica como en su entonación, la aserción tiende a comunicar una certeza, es la manifestación más común de la presencia del locutor en la enunciación; ella tiene incluso instru­ mentos específicos que la expresan o la implican: las palabras y no que aser­ tan positivamente o negativamente una proposición. La partícula asertiva no, sustituto de una proposición, se clasifica como la partícula , cuyo estatuto comparte, entre las formas que dependen de la enunciación. También, aunque de manera menos categorizable, se ubican aquí todo tipo de modalidades formales, algunas pertenecientes a los verbos como los “modos" (optativo, subjuntivo) que enuncian actitudes del enunciador respecto de lo que enuncia (esperanza, deseo, temor), las otras a la fraseología ("tal vez", “sin duda", “probablemente") que indican incertidumbre, posibilidad, indecisión, etc., o, deliberadamente, rechazo de asertar.

Adaptación de Émile Benveniste, “L'appareil formel de l'énonciation", en Problemes de linguistique générale II, Gallimard, París, 1974.

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Deícticos (shifters, embragues)

Los deícticos son las unidades lingüísticas cuyo funcionamiento semántico-

referencial (selección en la codificación, interpretación en la decodificación) im­ plica tomar en consideración algunos de los elementos constitutivos de la situa­ ción de comunicación:

el papel que desempeñan los actantes del enunciado en el proceso de la enunciación;

la situación espacio-temporal del locutor y, eventualmente, del alocutario.

El término deixis proviene de una palabra griega que significa “mostrar" o “indicar", y se utiliza en lingüística para referirse a la función de los pronombres personales y demostrativos, de los tiempos y de un abanico de rasgos gramatica­ les y léxicos que vinculan los enunciados con las coordenadas espacio-tempora­ les del acto de enunciación. Los términos “ostensivo", “deíctico", “demostrativo" se basan en la idea de identificar o de hacer ver mostrando (para Peirce son sím­ bolos indiciales). Los términos “shifter" o “embrague" ponen el acento en el hecho de que estas unidades vinculan el enunciado con la enunciación.

Adaptación de John Lyons, Semantics II, Londres, Cambridge UP, 1977.

Personas Los pronombres personales (y los posesivos, que amalgaman en la superficie un artículo definido y un pronombre personal en posición de complemento del nombre) son los más evidentes y mejor conocidos de los deícticos.

En efecto, para recibir un contenido referencial preciso, los pronombres per­ sonales exigen del receptor que tome en cuenta la situación de comunicación de manera:

necesaria y suficiente en el caso de “yo" y de “tú" (tú/vos/usted), que son deícticos puros;

necesaria pero no suficiente en el caso de “él", ellos", “ella" y “ellas", que son a la vez deícticos (negativamente: indican simplemente que el indivi­

De allí el procedimiento que consiste en utilizar yo, nosotros, él o ella en lugar de la segunda persona: “Qué elegante que estoy", “¡No sabemos

nada todavía!", “Es tan dulce mi chiquito”. Lo esencial es subvertir la reci­ procidad, ya sea haciendo asumir sus palabras por el alocutario (empleo de la primera persona), ya sea hablando del alocutario en tercera persona como si fuera exterior a la esfera de la locución. Un uso paralelo del nosotros aparece cuando un superior se dirige a un inferior: “¡Andamos mejor hoy!” (médico a enfermo), “¿Otra vez llegamos tarde?” (profesor a alumno).

Vos/usted: el vos se opone al usted como una forma de familiaridad, de igualdad a una forma de distancia, de cortesía. El empleo de vos o de us­ ted no es, sin embargo, unívoco y debe ser referido a contextos sociales determinados, a las convenciones del grupo social en el cual se inscribe el enunciado.

Personas y tipos de discurso: cuando se aborda el dominio de los diferen­ tes tipos de discurso se encuentran sistemas más o menos rígidos de res ­ tricciones específicas para el empleo de las personas. Un caso interesante es el nosotros “de autor” utilizado particularmente en las obras didácticas:

El nosotros permite

“Tenemos que demostrar ahora

integrar al destinatario: enunciador y enunciatario asumen en común el texto del manual. Pero también permite que el enunciador no aparezca como un individuo que habla en nombre propio sino como representante de la comunidad científica, como delegado de una comunidad investida de la autoridad de un saber.

Adaptación de Dominique Maingueneau, Approche de l’énonciation en linguistique française, París, Hachette, 1981.

“Ya hemos visto

”,

”.

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L o s

a p e l a t i v o s

Cuando un término del léxico es empleado en el discurso para mencionar a una persona, se convierte en apelativo. Existen apelativos usuales: los pronom­ bres personales, los nombres propios, algunos sustantivos comunes, los títulos (“mi general”), algunos términos de relación (“camarada”, “compañero”), los tér­ minos de parentesco, los términos que designan a un ser humano (“muchachita”). Otros términos, empleados metafóricamente para designar a un ser humano constituyen igualmente apelativos usuales (“mi gatito”); también algunos adjetivos son empleados con la misma función (“mi querido”). Los ape­ lativos se usan como la primera, segunda y tercera persona del verbo para de­ signar la persona que habla (el locutor), aquella a quien se habla (el alocutario)

y aquella de la cual se habla (el delocutor). Se los llama, respectivamente, locu­ tivos, alocutivos (o vocativos) y delocutivos. Todo apelativo:

tiene un carácter deíctico, ya que permite la identificación de un referen­ te, con la ayuda de todas las indicaciones que puede aportar la situación;

tiene un carácter predicativo, pues el sentido del apelativo elegido, inclu­ so si es pobre, permite efectuar una segunda predicación, sobreentendida, que remite a la relación social del locutor con la persona designada;

manifiesta las relaciones sociales, y por eso permite efectuar una segunda predicación, sobreentendida, que remite a la relación social del locutor con la persona designada. El vocativo en particular:

Llama la atención del alocutario por la mención de un término que le de­ signa, y le indica que el discurso se dirige a él. Por el término elegido, el locutor indica también qué relación tiene con él y le atribuye una carac ­ terización y un rol que tienden a hacerle interpretar el discurso de cierta manera: “compañeros”, “argentinos”, “ciudadanos”, “hijos valientes de la patria”. A veces el vocativo constituye un “enunciado”: “El que toca el bombo”.

La predicación efectuada con la ayuda del sentido de la palabra constitu­ ye un juicio acerca del alocutario. El juicio es fácilmente reconocible en las injurias vocativas, donde constituye la principal motivación de la enunciación del vocativo. La riqueza semántica varía en función de la ri­ queza del léxico de los apelativos usuales. Pero apelativos inusuales son también posibles, ya que el léxico injurioso constituye una serie léxica abierta.

La enunciación de un vocativo predica una relación social que puede ser conforme a la relación considerada determinante, como no serlo, y puede tener entonces como única motivación la predicación de esta relación. Se llama en general constitutiva toda predicación de una relación que no ha sido nombrada antes, incluso si se espera que sea predicada de esa manera.

Adaptación de Delphine Perret, “Les appellatifs”, Langages, 17, 1970.

Localización espacial Se pueden distinguir dos casos principales:

1. Los demostrativos espaciales, estructurados según un sistema ternario:

aquí/acá (próximo al hablante)

ahí (próximo al oyente)

allí/allá (en el campo de referencia de la 3ª persona, el no-interlocutor)

2. Los adverbios, de los que analizaremos algunos casos importantes.

a) Cerca (de X) / lejos (de X): cuando no está expresado en el contexto, el lugar que representan es el que coincide con la ubicación del ha­ blante (“¿Está lejos tu casa?”).

b) Delante de / detrás de - a la izquierda / a la derecha: pueden tener referencia deíctica y no deíctica; la referencia deíctica ocurre cuan­ do el objeto no tiene una orientación definida. “El sillón está delan­ te de la mesa” significa que el sillón está ubicado entre el hablante y la mesa; en cambio, “La locomotora está delante del tren” significa que se encuentra (lógicamente) precediendo al primer vagón y en la

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dirección en que el tren se desplaza, sin importar la ubicación del hablante en este caso: es una referencia no deíctica. “Colocate a la izquierda de Juan” es no deíctico, significa ‘del lado del brazo iz­ quierdo de Juan’. A la inversa: “Colocate a la izquierda del árbol” es deíctica, en tanto la ‘izquierda del árbol’ se sitúa en referencia a la posición del hablante.

3. Una tercera posibilidad existe en el empleo de los verbos ir y venir. En al­ gunos casos, se oponen por los rasgos de acercamiento/alejamiento. Por ejemplo: “Juan va/viene al centro todos los días”. En este caso, el hablan­ te no está (va) o está (viene) en el centro en la instancia de enunciación. Es distinto cuando estos verbos se combinan con una referencia tempo­ ral y/o una indicación de lugar que no sean simultáneas con la instan­ cia de enunciación. Es posible decir: “Venga acá”, “Vas a venir acá”, “Voy a tu casa”, “Viniste aquí ayer”; pero no: *“Vaya acá”, *“Vas a ir acá”, *“Vengo hacia tu casa”, *”Fuiste aquí ayer”. Son intercambiables cuando el lugar en que se encuentra el locutor en el tiempo indicado por el verbo es el mismo que el que contiene la emi ­ sión: “Vino/fue a la conferencia” (a la que fui yo). En resumen, ir se puede emplear en todas las situaciones, excepto cuan­ do el oyente se desplaza (en cualquier tiempo) hacia el lugar en que se encuentra el hablante en el momento de la enunciación. Venir se em­ plea en el caso en que el oyente se desplaza hacia el lugar en que se en ­ cuentra el hablante en el momento de la enunciación o se encontraba/encontrará en el momento del hecho enunciado.

Localización temporal Expresar el tiempo significa localizar un acontecimiento sobre el eje antes/después con respecto a un momento (T) tomado como referencia. Según los casos, T puede corresponder a:

Tiempos del indicativo y tipos de enunciación

Discurso / relato Los tiempos verbales se distribuyen en dos sistemas distintos y complemen­ tarios. Estos dos sistemas manifiestan dos planos de enunciación diferentes: el del relato (o historia) y el del discurso. La enunciación histórica caracteriza el relato de los acontecimientos pasados. Se trata de la presentación de hechos ocurridos en cierto momento, sin inter­ vención del locutor en el relato. Definiremos el relato histórico como el modo de enunciación que excluye toda forma lingüística “autobiográfica”. El historia­ dor no dirá ni yo, ni , ni aquí, ni ahora, que forman parte del aparato formal del discurso. En un relato histórico puro aparecerán sólo las formas de la tercera persona. Los tiempos que corresponden a este tipo de enunciación son: el inde­ finido, el imperfecto, el condicional, el pluscuamperfecto y, accesoriamente, un tiempo perifrástico sustituto del futuro que llamaremos “prospectivo” (“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar cuando su padre lo llevó a conocer el hielo”). El presente está excluido, salvo el caso –muy raro– de un presente atemporal como el “presente de definición”. Llamaremos discurso a toda enunciación que supone un hablante y un oyen­ te, y en el primero la intención de influir en el otro de alguna manera. Primera­ mente se incluyen aquí los discursos orales de todo tipo tipo y de todo nivel, desde la conversación más trivial a la arenga más sofisticada. Pero también la masa de escritos que reproducen discursos orales o que toman de ellos sus giros y fines: correspondencias, memorias, teatro, obras didácticas; es decir, todos los géneros en los que alguien se dirige a alguien, se enuncia como locutor y orga ­ niza lo que dice en la categoría de la persona. Cada vez que dentro de un relato histórico aparece un discurso, cuando el historiador, por ejemplo, reproduce las palabras de un personaje o interviene para juzgar los hechos referidos, se pasa a otro sistema temporal, el del discurso. (La enunciación histórica y la correspon­

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diente al discurso pueden reunirse en un tercer tipo de enunciación. Es el caso del “discurso indirecto”, en el cual el discurso es referido en términos de acon ­ tecimiento y transpuesto al plano histórico.) Por la elección de los tiempos verbales, el discurso se distingue claramente del relato, y de las personas. El discurso emplea libremente todas las formas personales del verbo, tanto yo/tú como él. Explícita o no, la relación de persona está presente siempre. Por eso la tercera persona no tiene el mismo valor que el relato histórico. En este el narrador no interviene, la tercera persona no se opo­ ne a ninguna otra, ella es en realidad una ausencia de persona. Pero en el dis­ curso, un locutor opone una no-persona (él) a una persona (yo/tú). Los tres tiempos fundamentales del discurso (presente, futuro y perfecto)están excluidos del relato histórico. El imperfecto es común a los dos planos.

Adaptación de Émile Benveniste, “Les relations de temps dans le verbe français”, en Problemes de linguistique génerale, París, Gallimard, 1966.

O b s e r v a c i o n e s

Cuando asocia la primera persona con el pretérito indefinido el locutor da a

ese yo el estatuto de una “no-persona” del relato, de un yo narrativo distinto de su yo de enunciador actual.

La elección del indefinido y del relato no está intrínsecamente ligado a la narración de hechos pasados, aunque para ello sirva en general el relato. Este se define antes que nada como un plano de enunciación “cortado” de la instancia de enunciación: estarán entonces en indefinido no sólo las narraciones históricas sino también las obras de ciencia-ficción que sin embargo supuestamente se desarrollan en un futuro lejano.

Los conceptos de discurso y de relato han sido construidos para dar cuen­ ta del funcionamiento de la lengua, lo que ha llevado a una necesaria abstracción. En un texto a menudo alternan los dos tipos de enunciación. Es difícil encontrar un relato de cierta longitud que no incluya elementos

de discurso. El caso inverso, si bien es menos frecuente, se percibe tan claramente como el anterior.

El discurso epistolar. La carta constituye un caso interesante ya que es un discurso que verbaliza la situación de enunciación e instaura un juego de correspondencias muy precisas entre el mensaje propiamente dicho y las indicaciones “externas” suministradas por el entorno textual. El yo es in­ terpretado por la firma (si la escritura no es reconocible) y/o por el enca­ bezamiento y/o por la parte posterior del sobre. El es interpretable gra­ cias a la indicación, en el sobre y a veces en el encabezamiento, del nom­ bre del destinatario. Los deícticos espaciales y temporales se decodifican, en general, correctamente gracias a la fecha y el lugar de enunciación in­ dicados en la parte superior de la carta.

El discurso científico. Los textos teóricos son discursos que no parecen presentar, en la mayoría de los casos, huellas de operaciones de determi­ nación situacional. Puede aparecer un yo (que remite al autor), predomina el nosotros (o autor + lectores, o la comunidad científica, o el autor) que alterna con construcciones impersonales; la segunda persona en general está ausente. Los deícticos espaciales y temporales frecuentemente remi­ ten a textos: fragmentos anteriores o posteriores de la misma obra, otras publicaciones, etc. (La situación de enunciación se define fundamental­ mente en este tipo de discurso como un “campo de textos”; de allí la equivalencia entre referencia temporal y espacial.) Como “tiempo” verbal predomina el presente con valor genérico. Un presente con valor deíctico remite al momento mismo de la exposición, un futuro a la continuación de la exposición y un pasado a lo anteriormente expuesto (o a obras con­ temporáneas, posteriores o anteriores).

Adaptación de Dominique Maingueneau, Approche de l’énonciation en linguistique française, París, Hachette, 1981.

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Mundo comentado / mundo narrado Las formas temporales son signos “obstinados” (los valores de recurrencia, expresados en términos de frecuencia por línea son elevados), mientras que las localizaciones temporales (fechas, adverbios, etc.) son débilmente recurrentes, es decir, “no obstinadas”. Las formas verbales integran constelaciones donde pre­ domina un tiempo o grado de tiempos. Podemos afirmar, entonces, que el fenó­ meno general de la obstinación es acompañado por el fenómeno más específico del predominio temporal. Si examinamos textos correspondientes a diversos gé­ neros podremos comprobar que el tiempo dominante es o el presente o el inde ­ finido asociado con el imperfecto. En relación con el presente aparecen el preté­ rito perfecto y el futuro; los tres integran así un primer grupo de verbos. El se ­ gundo está compuesto por el indefinido, el imperfecto, el pluscuamperfecto, el pretérito anterior y el condicional. Los tiempos del grupo I pueden caracterizar­ se como tiempos comentativos, y los del grupo II como tiempos narrativos. La obstinación de los morfemas temporales en señalar comentario o relato permiten al locutor influir en el alocutario, modelar la recepción que desea para su texto. Al emplear los tiempos comentativos hago saber al interlocutor que el texto merece de su parte una atención vigilante (grado de alerta I); con los tiempos del relato, en cambio, advierto que otra escucha, más distendida, es po­ sible (grado de alerta II). Es esta oposición entre el grupo de tiempos del mundo narrado y el del mundo comentado la que caracterizamos globalmente como actitud de locución (por supuesto que la actitud del locutor exige del alocutario una reacción correspondiente, de tal manera que la actitud de comunicación así creada les es común). Géneros representativos de los tiempos del mundo comentado son el diálogo dramático, el memorándum político, el editorial, el testamento, el informe cien­ tífico, el ensayo filosófico, el comentario jurídico y todas las formas del discur­ so ritual, codificado y realizativo. Todo comentario es un fragmento de acción; por poco que sea, modifica siempre la situación de los interlocutores y los com­ promete mutuamente.

A los tiempos del mundo narrado corresponden otras situaciones de locu­

ción: una historia de juventud, un relato de caza, un cuento inventado por uno mismo, una leyenda piadosa, un cuento muy “escrito”, un relato histórico o una novela; pero también una información periodística acerca del desarrollo de una conferencia política, aunque esta tenga gran interés (lo que cuenta no es que el

objeto de la información sea importante en sí, sino que el locutor, por la mane­ ra como la presenta, haya querido o no provocar en el alocutario reacciones in­ mediatas).

El tiempo del texto y el tiempo de la acción pueden coincidir o no. Los tiem­

pos verbales son en general los encargados de señalar la coincidencia o diver ­ gencia entre los dos. En el grupo de los tiempos comentativos, el pretérito per­ fecto representa la retrospección y el futuro marca la prospección. En el grupo de los tiempos narrativos, el pluscuamperfecto y el pretérito anterior expresan la retrospección y el condicional es el que permite anticipar una información no sancionada aún por la realización de la acción. Retrospección y prospección (información referida e información anticipada) son reunidas bajo el concepto de perspectiva de locución. Esta incluye igualmente en los dos grupos tempora­ les un grado cero: el presente en el comentario y el imperfecto y el indefinido en el relato. En ambos casos el locutor renuncia a su poder de atraer la atención del alocutario sobre la separación entre los dos tiempos. El futuro y el condicio ­ nal compuesto, por su parte, combinan retrospección y prospección; se los pue­ de definir, cada uno en su grupo, como los tiempos de la retrospección anticipa­ da.

A las dos dimensiones hasta ahora señaladas en el sistema de los tiempos

hay que agregar una tercera: la puesta en relieve. Este concepto intenta dar cuenta de la función que a veces los tiempos cumplen de proyectar a un primer plano algunos contenidos y empujar otros hacia la sombra del segundo plano. El imperfecto es, en el relato, el tiempo del segundo plano, y el indefinido el del primer plano. En el comentario, gestos, deícticos y diversos datos situacionales permiten diferenciar el primer plano. Cuando estos están ausentes, las palabras se alejan del primer plano y retroceden hacia lo general.

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PERSPECTIVA DE LOCUCIÓN

Retrospección

Grado cero

Anticipación

Narración

(alerta II)

pretérito

pluscuamperfecto

pretérito anterior

pretérito

imperfecto

pretérito

indefinido

condicional

puesta en relieve

ACTITUD

DE

LOCUCIÓN

Comentario

(alerta I)

pretérito perfecto

pretérito perfecto

simple

presente

futuro

2º plano

1º plano

Adaptación de Harald Weinrich, Estructura y función de los tiempos en el lenguaje, Madrid, Gredos, 1975.

El presente: tiempo de base del “discurso” y “forma cero”

El “presente” es a la vez “tiempo” de base del discurso definido por su coin­ cidencia con el momento de enunciación, y término no marcado del sistema del

indicativo. Por eso es polivalente: posee tanto un valor deíctico que lo opone a los otros tiempos, pasados y futuros, como un valor no-temporal, ligado a su estatuto de forma “cero” del sistema. En tanto forma no marcada del indicativo, el presente es susceptible de inte­ grar enunciados que expresan el pasado o el futuro (los adverbios suministran la información temporal): “Mañana viajo”.

El presente genérico es una forma “atemporal” (no se opone al pasado ni al futuro) propia de enunciados correspondientes a ciertos tipos de discur­ so: máximas, textos teóricos, textos jurídicos, etc. Este “presente” permite

construir un universo de definiciones, de propiedades, de relaciones ex­ trañas a la temporalidad o planteadas como tales.

El presente histórico es el empleado en un relato, en lugar del pretérito indefinido, con el cual alterna sin dificultad. El locutor narra como si co ­ mentara. El inconveniente que presenta es que, como no puede explotar la alternancia indefinido/imperfecto, “achata” el texto y pierde la posibili­ dad de todo escalonamiento “en profundidad”.

Valores modales del futuro

La combinación de la primera persona con el futuro es a menudo inter­ pretable como un acto de promesa. El locutor no sólo informa de su in­ tención de hacer algo, sino que asume la obligación moral de hacerlo. Cuando un político dice en un discurso electoral “Construiré escuelas”, asume cierto compromiso.

La combinación de la segunda persona con el futuro es generalmente comprendida como una orden, a veces como una predicción. Esto deriva

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de las relaciones entre enunciador y alocutario: la posibilidad de decir a alguien “Harás tal cosa” remite ya sea a un poder (orden), ya sea a un sa­ ber (predicción) del enunciador.

La asociación de la tercera persona con el futuro recibe en general tres ti ­ pos de interpretación modal: necesidad, probabilidad y, a veces, posibili­ dad. La necesidad puede corresponder según los casos a una predicción o a una orden: “La decisión se tomará en este recinto”. Expresada por las formas del futuro la modalidad de lo probable no tiene el valor deíctico de un futuro, sino de un presente: “Ahora estará ganando lo mismo”, “Se­ rán las ocho”. La modalidad de lo posible puede también ser expresada por el futuro, aunque se trate de una modalidad menos frecuente que las otras: “La aparición de ese fenómeno obedece a leyes mal conocidas: se lo observará muchas veces durante un mes y no se lo verá más durante dos años”.

Adaptación de Dominique Maingueneau, Approche de l’énonciation en linguistique française, París, Hachette, 1981.

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S u bje ti vema s

El sujeto de la enunciación, cuando debe verbalizar un referente cualquiera (real o imaginario), seleccionando ciertas unidades del repertorio de la lengua, se enfrenta a dos opciones:

el discurso objetivo, que intenta borrar toda huella del enunciador indivi­ dual.

el discurso subjetivo, en el que el enunciador:

asume explícitamente su opinión: “Me parece horrible”.

se reconoce implícitamente como fuente evaluativa de la información:

“Es horrible”. Los rasgos semánticos de los elementos léxicos que pueden considerarse sub­ jetivos son los siguientes:

afectivo

evaluativo, que puede dividirse en dos:

axiológico, un rasgo bueno/malo, que afecta el objeto denotado y/o a un elemento asociado cotextualmente.

modalizador, que atribuye un rasgo del tipo verdadero/falso, también, en cierta forma, axiológico, ya que verdadero implica bueno.

Consideraremos los elementos léxicos en sus clases tradicionales, para mos­ trar cómo se realizan estos rasgos.

Sustantivos

La mayor parte de los sustantivos afectivos y evaluativos son derivados de verbos o adjetivos, por lo que los consideraremos en el análisis de estos (amor/amar, belleza/bello, etc.). Hay, sin embargo, un cierto número de sustanti­ vos no derivados, que se pueden clasificar dentro de los axiológicos como pe­ yorativos (desvalorizadores) / elogiosos (valoralizadores):

El rasgo puede estar representado en un significante, mediante un sufijo:

-acho: comunacho -ete: vejete -ucho: pueblucho

El rasgo axiológico está en el significado de la unidad léxica; no son fi­ jos, sino que dependen de varios factores: fuerza ilocutiva, tono, contex­ to, etc. Por ejemplo:

“La casa de José es una tapera”. “Tapera” tiene, casi siempre, el rasgo peyorativo, lo que no impide que al­ guien muestre su casa y diga: “¿Te gustó la tapera?”, donde el rasgo pue­ de ser elogioso mediante la ironía. Por lo general, en todas las lenguas los sustantivos relacionados con lo escatológico o lo sexual tienen un rasgo peyorativo, aunque puede variar en ciertos contextos.

Adjetivos

Se pueden dividir según los siguientes rasgos:

Afectivos: además de una propiedad del objeto enuncian una reacción emocional del hablante:

“Fue una escena terrible”

Evaluativos no axiológicos: implican una evaluación cualitativa o cuantitativa del objeto, sin enunciar un juicio de valor o un compromiso afectivo del locutor. Su uso es relativo a la idea que tiene el hablante de la norma de evaluación para la categoría de objetos. “Esta casa es grande.” “El camino es bastante largo.”

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Evaluativos axiológicos: además de la referencia a la clase de objetos al que se atribuye la propiedad, al sujeto de la enunciación y sus sistemas de evaluación, aplican al objeto un juicio de valor. “Se dirigió a mí un hombre ambicioso.”

de valor. “Se dirigió a mí un hombre ambicioso.” Adverbios Los más importantes de los adverbios

Adverbios

Los más importantes de los adverbios subjetivos son los modalizadores. Se pueden clasificar en los siguientes términos:

I) Modalizadores de la enunciación o del enunciado.

a) de la enunciación: remiten a una actitud del hablante con respecto a su enunciado:

Francamente, no sé si vendré mañana.”

b) del enunciado: remiten a un juicio sobre el sujeto del enunciado:

Posiblemente Juan no lo sepa.”

II) Modalizadores que implican un juicio.

a) de verdad:

“Quizá pueda curarse pronto.” “Sin duda me casaré con ella.”

b) sobre la realidad:

“En efecto, Juan no vino ayer.” “De hecho estuve totalmente equivocado.”

Finalmente, se pueden mencionar los adverbios restrictivos y apreciativos:

“Apenas me alcanzó para hacer la torta.” “Resultó casi perfecto.”

Verbos

Algunos verbos están marcados subjetivamente de forma muy clara (por ejemplo “gustar”). Su análisis implica una distinción triple:

I) ¿Quién hace el juicio evaluativo? Puede ser:

a) El emisor: es el caso de verbos del tipo pretender.

b) Un actante o participante del proceso, por lo general el agente, que en algunos casos puede coincidir con el sujeto de la enunciación (“Deseo que…”). En esta medida, los verbos del tipo desear, querer, se incorpo­

ran en esta clase como subjetivos ocasionales.

II) ¿Qué es lo que se evalúa?

a) El proceso mismo y, al mismo tiempo, el agente: “X chilla”.

b) El objeto del proceso, que puede ser:

1. una cosa o un individuo: “Detesto”.

2. un hecho, expresado mediante una proposición subordinada:

“x desea que p”.

III) ¿Cuál es la naturaleza del juicio evaluativo? Se formula esencialmente en términos de:

a) bueno/malo: en el dominio de lo axiológico.

b) verdadero/falso/incierto: es el dominio de la modalización.

Verbos subjetivos ocasionales

No implican un juicio evaluativo más que cuando están conjugados en pri­ mera persona (o cuando el agente del proceso coincide con el sujeto de enun­ ciación).

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I) Tipo bueno/malo.

a) Verbos de sentimiento: expresan una disposición favorable o desfavo­

rable del agente del proceso frente a su objeto y, correlativamente, una evaluación positiva o negativa de este objeto: apreciar, ansiar, amar, odiar, detestar, temer, etc.

b) Verbos que denotan un comportamiento verbal: alabar, denotar, cen­ surar, elogiar.

II) Tipo verdadero/falso/incierto. Se trata aquí de los verbos que denotan la manera como un agente

aprehende una realidad perceptiva o intelectual: a esta aprehensión puede presentársela como más o menos segura o, al contrario, como más o me­ nos discutible (a los mismos ojos del agente cuya experiencia se narra).

a) Verbos de percepción:

“A Juan le parecía que el sol quemaba.” “Me parece que el sol quema.”

b) Verbos de opinión (aprehensión intelectual):

“Creo que tiene razón.”

Verbos intrínsecamente subjetivos

Implican una evaluación cuya fuente siempre es el sujeto de la enunciación.

I) Tipo bueno/malo. La evaluación se refiere en primer lugar al proceso denotado (y, de contragolpe, a uno y/u otros de sus actantes):

“Dejate de rebuznar.”

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Un verbo de este tipo implica una evaluación hecha por el emisor sobre el proceso denotado (y de rebote sobre el agente que es responsable de este proceso). II) Tipo verdadero/falso/incierto.

a) Verbos de decir:

1. Cuando el emisor no prejuzga de la verdad/falsedad de los conteni­ dos enunciados encontramos verbos del tipo decir, afirmar, decla­ rar. Por ejemplo: “Juan afirmó que Pedro tenía razón”.

2. Cuando el emisor toma implícitamente posición encontramos ver­

bos del tipo pretender, confesar, reconocer. Por ejemplo: “Juan pre­ tendió que Pedro tenía razón”.

b) Verbos de juzgar:

1. Cuando el emisor emplea la estructura “Juan critica a Pedro por lo que hizo” está admitiendo como verdadera la proposición “Pedro es responsable de haberlo hecho”.

2. Cuando el emisor emplea la estructura “Juan acusa a Pedro de ha­

berlo hecho” no se pronuncia sobre la verdad de esta imputación.

c) Verbos de opinión: enuncian una actitud intelectual de X frente a P, por ejemplo: imaginarse.

Adaptación de Catherine Kerbrat-Orecchioni, L'enonciation. De la subjetivité dans le langage, París, Armand Colin, 1980.

P A S A J E S . E s c u e l a
P A S A J E S .
E s c u e l a
m e d i a
-
e n s e ñ a n z a
s u p e r i o r
P r o p u e s t a s
e n
t o r n o
a
l a
l e c t u r a
y
l a
e s c r i t u r a
E
l v i r a
N a r v a j a
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( d i r e c t o r a )
B
u e n o s
A i r e s ,
B i b l o s ,
2 0 0 9

Análisis de textos y actividades

Tema: Historia de la universidad Problema: Cómo leer textos narrativos/discurso histórico

LA UNIVERSIDAD Y SUS RELATOS. LOS TEXTOS DE LA HISTORIA

Las instituciones educativas y los espacios destinados a la producción de co­ nocimiento integran los proyectos sociales y políticos que los sostienen; es de­ cir, no pueden pensarse independientemente de ellos. La universidad hace visible esa particularidad: ha sido escenario de disputas que dan cuenta de hasta qué punto los proyectos pedagógicos, científicos y culturales responden a posi­ cionamientos en determinados contextos, muchas veces conflictivos. En este ca­ pítulo abordamos distintas fuentes que relatan momentos claves de la historia de la universidad, no exentos de disensos internos y tensiones con otros poderes o sectores. A partir de esa temática, nos proponemos reflexionar sobre ciertos aspectos de la lectura: ¿cómo determinar la información relevante para reconstruir la historia de la universidad?, ¿cómo distinguir la información de las opiniones que los diversos textos ofrecen sobre los temas que tratan?, ¿qué explicación de los hechos brindan los historiadores? Estas preguntas nos permitirán detenernos en varias cuestiones centrales: el modo en que se construyen los relatos históri­

cos, la perspectiva desde la que se cuenta la historia, su orientación argumenta­ tiva y los comentarios de los eventos relatados. En síntesis, presentaremos diversos textos con un doble propósito: acercar a los lectores distintas fuentes que permiten conocer momentos y cuestiones cen­ trales en relación con la universidad, y sugerir la realización de algunas activi­ dades de lectura y escritura muy frecuentes en el nivel superior de estudios, que atienden, entre otros, a los temas enumerados en el párrafo anterior.

El relato en la enciclopedia

Una enciclopedia (del griego, ‘educación en círculo o panorámica’) es una obra en la que, en artículos separados y generalmente dispuestos en orden alfa­ bético, se expone el conjunto de los conocimientos humanos o de los conoci ­ mientos referentes a una ciencia o arte. Las enciclopedias han sido los espacios de formación de muchas generaciones. Los fragmentos que siguen han sido ex­ traídos de una enciclopedia.

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Actividad 1 1. Lea el siguiente texto 2 y luego responda las preguntas señalando con una cruz la opción correcta, cuando corresponda.

Las universidades medievales

En el siglo XIII surgieron las universidades medievales, en el marco del gran movi­ miento corporativo: cada oficio reunía un número importante de miembros y se or­ ganizaba para defender sus intereses. La corporación universitaria no obedecía en principio a otros móviles. Había nacido lentamente, de manera muy oscura, pero ma ­ nifestó enseguida un poderío inquietante para los otros poderes. La cohesión y la de­ terminación de que dieron prueba sus miembros le permitieron cobrar autonomía. Los obispos sostenían que los universitarios eran súbditos suyos. Así, en París, había sido delegado a partir del siglo XII “un canciller”, encargado por la iglesia de supervi­ sar a los maestros 3 . En 1213, esta prerrogativa se le escapó prácticamente de las ma­ nos al canciller; en 1219, perdió sus últimos derechos de intervención. Lo mismo ocurrió en Oxford, donde el canciller fue elegido por la universidad y pasó a depender de esta en lugar de hacerlo del obispado.

Seguidamente, el deseo de independencia de la universidad iba a enfrentarse con otro poder: el rey. Por otra parte, el poder comunal se irritaba al ver que la población universitaria escapaba a su jurisdicción, y se indignaba por los escándalos nocturnos, las rapiñas y los crímenes de algunos estudiantes. Las riñas entre estos y los burgue­ ses eran frecuentes, y, a raíz de una de ellas, la policía real intervino bruscamente en París, en 1229. Varios alumnos fueron muertos por los guardias reales. La mayor par ­ te de los universitarios se declaró en huelga, retirándose a Orleáns. San Luis y Blanca

1 El texto en el que se centra esta actividad inicial será retomado reiteradamente para explicar características presentes también en otros textos que integran el capítulo.

2 Agradecemos al profesor Rubén Padlubne sus valiosos aportes y su colaboración en la selección de este y otros textos para este capítulo.

3 Para recibir el título de maestro (magister), los profesores debían obtener previamente una licenciatura (licencia docendi) a la que accedían dictando clases durante más de dos años bajo la guía de otro maestro y aprobando una prueba final frente a un jurado. Seis meses después de obtenida la licenciatura, se alcanzaba el grado máximo en una disciplina en particular, lo que permitía tomar posesión de una cátedra y llevar el nombre de magíster, antepuesto al nombre propio. (Cf. Silvia Magnavacca, La universidad medieval. Breve crónica de un estudiante del siglo XIII. San Martín, UNSAM Edita, 2008).

de Castilla reconocieron solemnemente, dos años después, la independencia de la universidad. En Oxford, dos estudiantes fueron ahorcados injustamente por los obis­ pos. La lucha entre las facultades y los laicos se desencadenó y terminaría en 1240, con la capitulación de Enrique III. En Bologna, la comuna gobernaba la ciudad e im­ ponía a los profesores una residencia a perpetuidad, interviniendo en la colación de los grados. Las huelgas y las marchas de numerosos universitarios a Vicenza, Padua y Arezzo debilitaron la situación del poder civil, hasta que la universidad no tuvo ya que sufrir la intervención comunal.

En esta marcha hacia la libertad, maestros y estudiantes encontraron un aliado poderoso en el Papado. Los pontífices de la primera mitad del siglo XIII, Inocencio III sobre todo, deseaban sustraer a los intelectuales de las jurisdicciones laicas a fin de colocarlos sobre su autoridad directa. Por eso, el papa apoyó las reivindicaciones de los universitarios parisinos; creó en Italia las universidades de Roma, Siena y Piacen ­ za, y, en el sur de Francia, protegió la de Montpellier y fundó la de Tolosa. En Inglate ­ rra, por último, la Iglesia favoreció el desarrollo de Oxford: de esa forma los intelectuales quedaron sometidos al poder apostólico, y acabó para ellos la indepen­ dencia espiritual.

El bachiller del siglo XIII

A mediados del siglo XIII, la universidad de París estaba dividida en cuatro facul ­ tades: teología, derecho canónico, medicina y “artes” (estas correspondían a una for­ mación literaria y científica básica). Resulta difícil saber a qué edad ingresaban los estudiantes a la universidad. En términos generales, puede decirse que la enseñanza de base era impartida de los 14 a los 20 años. La medicina y el derecho se estudiaban hasta los 25. La teología, en fin, exigía grandes esfuerzos: su aprendizaje duraba de 15 a 20 años y para conseguir el doctorado había que tener un mínimo de 35.

La enseñanza era primordialmente oral, pues los estudiantes no podían adquirir todos los textos que tenían que estudiar. Se sentaban en el suelo y tomaban notas. Sin embargo, el libro se había convertido en la base de la enseñanza, y los textos de­ bían ser publicados y difundidos ampliamente antes del examen. Las obras no eran ya los admirables manuscritos de los siglos anteriores: las hojas de los pergaminos eran menos gruesas, las dimensiones de los volúmenes habían disminuido, para per­

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mitir su transporte y su consulta. La “minúscula gótica”, más rápida, había reempla­ zado la letra antigua y los clérigos utilizaban la pluma de ave, ligera y fácil de mane­ jar, con preferencia al cálamo. La ornamentación de los libros era menos rebuscada que en las épocas anteriores; las letras floreadas y las minúsculas se hacían en serie. A la sombra de las universidades, pululaba todo un pueblo de copistas, compuesto generalmente por estudiantes pobres. La enseñanza era animada por controversias públicas entre profesores, alumnos y visitantes ilustres. La discusión seguía común­ mente una marcha regular, la disputa escolástica: se planteaba una cuestión y uno de los oradores emitía una opinión contraria, defendiendo su posición con citas de las Escrituras, de los Padres de la Iglesia y con sutiles razonamientos; otro entonces se le enfrentaba, apoyándose en argumentos distintos. Esta escolástica determinó la forma definitiva de la filosofía de Santo Tomás de Aquino. Por otra parte, los comen­ tarios de los textos constituían lo esencial de los cursos. [ ]

Historama, Hachette, París, 1965.

1.1.

La finalidad del apartado “La universidad medieval” es:

ofrecer la definición usual de un concepto.

narrar acontecimientos.

opinar sobre un tema polémico.

1.2.

La finalidad del apartado “El bachiller del siglo XIII” es:

caracterizar un aspecto de un período.

narrar acontecimientos.

opinar sobre un tema polémico.

1.3.

La expresión “la corporación universitaria no respondía a otros móviles” del

primer párrafo del texto significa:

La universidad respondía a la defensa de sus propios intereses.

La universidad respondía a los intereses de diferentes corporaciones.

La universidad no respondía a ningún interés ajeno a la producción de conocimiento.

1.4.

En la oración del mismo párrafo “La cohesión y la determinación de que

dieron prueba sus miembros le permitió cobrar autonomía”, sus miembros se refiere a:

Los miembros de cada oficio.

Los miembros de la universidad.

Los miembros del obispado.

1.5. ¿Qué función cumplen los casos del canciller de París y de Oxford (primer

párrafo) en relación con la afirmación “La cohesión y la determinación de que

dieron prueba sus miembros le permitió cobrar autonomía”?

La relativizan.

La objetan.

La justifican.

1.6.

En el apartado “El Bachiller del siglo XIII ”, la expresión “artes” figura entre

comillas en el texto porque:

el autor usa las comillas para citar la caracterización de otro autor.

el autor destaca el término mediante el uso de comillas.

el autor señala que el significado del término es diferente del actual.

1.7.

El autor utiliza el conector “sin embargo” (subrayado en el texto) para:

corregir una posible conclusión del lector sobre la enseñanza oral.

agregar un aspecto positivo a otros aspectos positivos sobre la enseñanza oral.

introducir un tema nuevo, diferente del que ha tratado hasta el momento.

2. Busque el significado de la palabra “cálamo” e infiera sus características atendiendo al segmento del texto en el que se integra.

3. Averigüe cuándo se introduce la imprenta en Europa.

El relato histórico

Los cuentos, las películas, las historietas, las novelas y los textos históricos tienen cierto “aire de familia”: en todos los casos se despliega un relato o una narración, una serie de acciones que se suceden en el tiempo. El discurso histórico busca, a través de la narración, representar el pasado –los procesos históricos y las estructuras– y lo hace desde la visión o la perspectiva desde la que el historiador concibe la historia. En la narración histórica, los hechos se tratan como partes de un proceso en el que se propone un origen, un medio y fin. Algunos sucesos –según señala el historiador norteamericano contemporáneo Hayden White– se presentan como “motivos inaugurales”, como causas o antecedentes y otros, como “sucesos ter­ minales”, consecuencias o desenlaces de los hechos 4 . Para armar este tipo de

4 Hayden White, El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica, Barcelona, Buenos Aires, Paidós, 1992, pp. 18-32.

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discursos, el investigador se pegunta: ¿cómo sucedió?, ¿por qué pasó eso y no otra cosa?, ¿qué factores lo permitieron?, ¿qué ocurrió luego? Los historiadores tratan de explicar los acontecimientos, darle un sentido o un significado a lo ocurrido. A partir de los mismos datos, pueden ofrecer dis­ tintas explicaciones de la historia. Estas surgen en muchos casos a través de la intriga que es “la forma en que una secuencia de hechos se revela gradualmente como una historia de un tipo particular”. White, por ejemplo, registra distintos modos de construir la historia entre los historiadores del siglo XIX. En algunas de ellas, la intriga puede explicar la historia como el triunfo de los héroes que se liberan del mal y obtienen una victoria sobre el mundo; en otras, la historia no concibe a los hombres como conductores del devenir, sino más bien como cautivos del mundo o del destino. En esta segunda forma de la historia, la cons­ ciencia y la voluntad humanas no son suficientes para superar los obstáculos. Finalmente, otras intrigas explican la historia como una serie sucesiva de supe­ ración de los obstáculos, pero de carácter provisorio. La intriga relatada en la enciclopedia leída procura explicar la historia mos­ trando las victorias de la corporación universitaria –héroe del relato– sobre otros poderes que intentan arrebatarle su autonomía y su libertad. Esas victorias resultan parciales, y los héroes deben enfrentarse a nuevas fuerzas en el devenir histórico.

H i s t o r i a

y

f i c c i ó n

Aunque los historiadores y los novelistas difieren en los tipos de hechos que narran y en los tipos de verdades –estéticas, históricas– que buscan, los relatos de historia y los de ficción emplean las mismas matrices, las mismas formas y las mismas figuras. El historiador francés contemporáneo Roger Chartier advier­ te que, aun cuando el relato histórico se sirva de series estadísticas, sigue de ­ pendiendo de categorías que comparte con la ficción, por ejemplo, en la manera de hacer actuar a los participantes –ya sean individuos de carne y hueso o enti­

dades abstractas–, en la manera de construir la temporalidad histórica o en la concepción de las relaciones de causalidad 5 . En efecto, las relaciones temporales que se desarrollan en los diferentes rela­ tos construyen relaciones causales: lo que se presenta como anterior se erige también en causa de lo que ocurre después. Asimismo, en la serie de aconteci ­ mientos narrados, historiadores y novelistas destacan algunos hechos como fac­ tores decisivos, les asignan una fuerza aclaratoria o los erigen como causas que explican la serie. También privilegian determinados participantes de los aconte­ cimientos –técnicamente denominados “actantes” porque son personas, cosas o entidades que intervienen en una acción–, que son caracterizados según sus apreciaciones. Por todo lo señalado, la primera operación de lectura de una narración es ponderar la construcción de esta “intriga”: cuáles son los hechos seleccionados, qué elige el narrador para incluir en su relato, cuál es el conflicto que se desen­ cadena y el modo en que este se resuelve, quiénes son los participantes de las acciones, si se los presenta como instituciones, como sujetos individuales, como grupos o colectivos sociales, con qué valores se los asocia; cuál es la perspecti ­ va desde la que se narran los sucesos.

Actividad 1. Lea el siguiente fragmento del apartado “Las universidades medievales” y responda a las consignas que figuran debajo:

En el siglo XIII surgieron las universidades medievales, en el marco del gran movi­ miento corporativo: cada oficio reunía un número importante de miembros y se or­ ganizaba para defender sus intereses. La corporación universitaria no obedecía en principio a otros móviles. Había nacido lentamente, de manera muy oscura, pero ma ­ nifestó enseguida un poderío inquietante para los otros poderes. La cohesión y la de­ terminación de que dieron prueba sus miembros le permitieron cobrar autonomía. Los obispos sostenían que los universitarios eran súbditos suyos. Así, en París, había

5 Noemí Goldman y Oscar Terán, “Entrevista a Roger Chartier”, en Ciencia Hoy, vol. 6, Nº 31. Disponible en http://www.cienciahoy.org.ar/hoy31/RogerChartier.htm.

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sido delegado a partir del siglo XII “un canciller”, encargado por la iglesia de supervi­ sar a los maestros. En 1213, esta prerrogativa se le escapó prácticamente de las ma ­ nos al canciller; en 1219, perdió sus últimos derechos de intervención. Lo mismo ocurrió en Oxford, donde el canciller fue elegido por la universidad y pasó a depender de esta en lugar de hacerlo del obispado.

1.1.

El motivo inaugural de la historia narrada es

la organización de la corporación universitaria en defensa de sus intereses.

el enfrentamiento de los gremios con la corporación universitaria.

la organización de la iglesia y los obispados.

1.2.

El conflicto se produce entre

los gremios de los distintos oficios y las universidades.

los gremios de los distintos oficios y los obispos.

las universidades y los obispos.

1.3.

La causa que se le atribuye al enfrentamiento es

la autonomía y el poder que cobra la corporación universitaria.

el carácter corporativo de los distintos gremios.

la sumisión de la corporación universitaria a los distintos poderes.

1.4.

El suceso terminal se presenta cuando

las universidades logran consolidar su autonomía y su poder respecto de los obispos.

los obispos logran consolidar su autonomía y su poder respecto de las universidades.

los obispos se desligan voluntariamente de las universidades.

1.5.

En este fragmento, la intriga explica la historia como

el sometimiento de hombres e instituciones a un destino del que no pueden

escapar.

el triunfo de hombres e instituciones frente a obstáculos que impiden su realización.

el proceso de logros parciales y provisorios de los hombres y las instituciones.

1.6.

Tomando en cuenta la construcción de la intriga, la historia de la universidad

puede ser interpretada como:

una lucha por la autonomía.

un encuentro con el conocimiento.

una curiosidad histórica.

2. Indique los actantes o participantes en los sucesos narrados en el fragmento

anterior. Agrúpelos según sean sujetos colectivos o individuales.

2.1. ¿Qué imagen se construye de los participantes de los sucesos?

2.2. ¿Qué cambios observa en el modo de nombrar a los universitarios en el

segundo párrafo del apartado “Las universidades medievales”?

2.3. ¿Qué efectos de sentido producen?

3. Los sucesos narrados en el apartado “Las universidades medievales” se cuentan desde la perspectiva de:

el obispado.

la universidad.

el rey.

3.1.

Dé una razón de la elección efectuada.

4. A partir de lo leído y de las tareas realizadas comente alguno de los siguientes

recuadros incluyendo ejemplos de la enciclopedia Historama:

Las entidades manejadas por los historiadores (sociedades, clases, mentalidades) son “quasi personajes”, dotados de propiedades que son las de los héroes singulares o las de los individuos normales que componen los colectivos que designan catego ­ rías abstractas. Por otra parte, las temporalidades históricas mantienen una gran de­ pendencia del tiempo subjetivo; a lo largo de unas magníficas páginas, Ricœur muestra cómo El Mediterráneo en tiempos de Felipe II de Braudel, se basa, en el fon­ do, en una analogía entre el tiempo del mar y el del rey, cómo su larga duración no es más que una modalidad derivada de la narración novelada del acontecimiento. Fi­ nalmente, los procesos explicativos de la historia siguen sólidamente ligados a la ló­ gica de la imputación causal singular, es decir, al modelo de comprensión que, en lo cotidiano o en la ficción, permite dar cuenta de las decisiones y de las asociaciones de los individuos.

Roger Chartier, “Narración y verdad”, El País, Suplemento Especial Temas de Nuestra Época, Madrid, 20 de febrero de 1993.

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El relato

La línea del relato es la de las series lineales y la de la explicación por las causas. Poco importa que uno retroceda en el tiempo o que avance y remonte un período: la inteligibilidad se organiza según la diacronía. Ciertamente, la narración se organiza de acuerdo a un orden temporal, de las causas a los efectos. La “diacronía lógica”, para retomar las palabras de Nicole Lautier, produce el sentimiento de la mayor ne­ cesidad [en el sentido lógico del término] pues enmascara los encadenamientos fal­ tantes que corresponde al crítico descubrir.

Antoine Prost, “Argumentation historique et argumentation judiciaire”, en M. Forner y C. Passeron (dirs.), L´argumentation, preuve et persuasión, Paris, École de Hautes Études en Sciences Sociales ed., p. 38.

Historia y ficción

En un texto al que siempre se debe volver, Michel Certeau formuló esta tensión fundamental de la historia. Esta es una práctica científica, productora de conoci­ mientos, pero una práctica cuyas modalidades dependen de las variaciones de sus procedimientos técnicos, de las limitaciones que le imponen el lugar social y la insti­ tución de saber en la que se ejerce, o incluso de las reglas que necesariamente man­ dan en su escritura. Enunciado de otro modo: la historia es un discurso que crea construcciones, composiciones, figuras que son las de la escritura narrativa, por tan­ to las de la ficción, pero que, al mismo tiempo, produce un cuerpo de enunciados científicos, si por ello se entiende “la posibilidad de establecer un conjunto de reglas que permitan controlar operaciones proporcionadas a la producción de objetos de­ terminados”.

Roger Chartier, “Narración y verdad”, El País, Suplemento Especial Temas de Nuestra Época, Madrid, 20 de febrero de 1993.

El mundo narrado y el mundo comentado

La construcción de un relato histórico implica, fundamentalmente, la presen­ tación de sucesos insertos en una temporalidad determinada, anterior al mo­ mento de la escritura. Esa característica de la narración histórica –la de ser escrita una vez que han ocurrido los sucesos de los que da cuenta– le permite al historiador un doble juego: por una parte, referir acontecimientos distantes temporalmente del momento en el que escribe, y, a la vez, asumir respecto de ellos una posición, fuertemente vinculada con el momento de la escritura. La lengua tiene mecanismos para distinguir el relato del comentario –mundo na­ rrado y mundo comentado respectivamente– a través de formas verbales que ex­ presan la temporalidad.

E l

m u n d o

n a r r a d o

El relato histórico clásico, como el que presenta la enciclopedia Historama, se construye sobre el sistema verbal del pasado. La narración de los aconteci­ mientos pasados apela a lo que el lingüista francés Émile Benveniste llama la enunciación histórica: se trata de la presentación de hechos acaecidos en un de ­ terminado tiempo sin ninguna intervención del locutor en la narración. La na­ rración histórica imprime su temporalidad al relato 6 . Este toma como tiempo eje el pretérito perfecto simple del modo indicativo (“El 5 de mayo de 1977 se cortó la luz”) para señalar acciones puntuales, mientras que el imperfecto (“En el mes de mayo se cortaba la luz con frecuencia”) se emplea para marcar acciones en su duración o reiteración. A su vez, entre estos tiempos verbales puede estable­ cerse una diferencia en cuanto a la puesta en relieve de las acciones: el pretérito perfecto simple se emplea para mencionar las acciones que se ponen en primer plano, mientras que el pretérito imperfecto designa aquellas que ocupan un pla­ no secundario (“observó las pinturas cuando caminaba por la sala”). Finalmente, se usa el pretérito pluscuamperfecto para señalar una acción anterior a otra en

6 Émile Benveniste, “De la subjetividad en el lenguaje”, en Problemas de Lingüística general. Madrid, Siglo XXI. Tomo I.

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el pasado, las retrospecciones (“había salido temprano, sin embargo no llegó a tiempo”) y el condicional o el futuro perifrástico (imperfecto de ir + a + infiniti­ vo) para señalar las acciones posteriores (“Aquel día llegó temprano y continua­ ría con esa conducta durante el siguiente mes”/ “En las vacaciones conoció al hombre con el que se iba a casar unos meses después”). En la enunciación histórica, “los acontecimientos parecen contarse ellos mis­ mos […] son enunciados tal y como se han producido en el horizonte de la his­ toria”, señala Benveniste. Esta organización de la enunciación forma parte del “mundo narrado”: en él el locutor y el receptor no están implicados. Es una enunciación que excluye el presente y cualquier tipo de modalización, y que presenta lo referido en el texto como “objetivo” y “verdadero”, tal como señala el investigador alemán Harald Weinrich 7 . Es un mundo en el que discursiva­ mente el foco está puesto en la historia y en el que domina la tercera persona.

Actividad 1. Señale con una cruz las opciones correspondientes para caracterizar el uso de los tiempos verbales en cada fragmento de la enciclopedia (marque más de una opción cuando lo considere necesario).

Así, en París, había sido delegado a partir del siglo XII “un canciller”, encargado por la iglesia de supervisar a los maestros. En 1213, esta prerrogativa se le escapó prácticamente de las manos al canciller.

1.1.

“había sido delegado” se usa para señalar

un hecho puntual en el pasado.

acciones en su duración o reiteración.

un hecho anterior a otro en el pasado.

un hecho posterior a otro en el pasado.

1.2.

“se escapó” se usa para señalar

un hecho puntual en el pasado.

acciones en su duración o reiteración.

un hecho anterior a otro en el pasado.

un hecho posterior a otro en el pasado.

7 Harald Weinrich, “Mundo narrado, mundo comentado”, en Estructura y función de los tiempos en el lenguaje, Madrid, Gredos, 1975.

Seguidamente, el deseo de independencia de la universidad iba a enfrentarse con otro poder: el rey.

1.3. “iba a enfrentarse” se usa para señalar

un hecho puntual en el pasado.

acciones en su duración o reiteración.

un hecho anterior a otro en el pasado.

un hecho posterior a otro en el pasado.

2.

Tomando en cuenta los distintos aspectos considerados en los ítems anteriores,

lea nuevamente el apartado “Las universidades medievales” y elabore una lista de los principales sucesos narrados. Agrúpelos según correspondan a la situación inicial (o motivos inaugurales), al conflicto o a la situación final (o suceso

terminal).

3. A partir de lo resuelto en el punto anterior, elabore un resumen del primer

apartado. Utilice las formas propias de la “enunciación histórica” o del “mundo

narrado”, para mostrar las relaciones temporales, la puesta en relieve, etc. (Extensión máxima: entre cinco y siete líneas.)

El cuadro de época: una detención del relato

Una segunda forma de desarrollar un discurso histórico consiste en abando­ nar el relato para privilegiar la sincronía y así realizar una pintura, un cuadro de época. En estas partes, el historiador, que trabaja sobre el eje del tiempo, des­ broza los elementos del contexto, se esfuerza por mostrar una totalidad que dé cuenta de la originalidad del período que ha recortado.

Las diferentes líneas de trabajo del historiador

Si bien está metodológicamente fundamentada la distinción entre relato y cuadro de época, resulta imposible disociarlas en la construcción del discurso histórico. Cuando el historiador argumenta según una línea diacrónica, su atención al contexto global y a la pluralidad de causas lo obliga a sostener simultáneamente una interro ­ gación sincrónica. Cuando argumenta según una línea sincrónica, son las diferencias

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diacrónicas las que fundan, al menos implícitamente, y a veces en forma explícita, las afirmaciones de solidaridad entre los fenómenos.

Antoine Prost, “Argumentation historique et argumentation judiciaire”, en M. Forner y C. Passeron (dirs.), L´argumentation, preuve et persuasión, Paris, École de Hautes Études en Sciences Sociales ed. p. 41.

Actividad 1. Relea el siguiente fragmento de la enciclopedia Historama:

El bachiller del siglo XIII

A mediados del siglo XIII, la universidad de París estaba dividida en cuatro facul ­ tades: teología, derecho canónico, medicina y “artes” (estas correspondían a una for­ mación literaria y científica básica). Resulta difícil saber a qué edad ingresaban los estudiantes a la universidad. En términos generales, puede decirse que la enseñanza de base era impartida de los 14 a los 20 años. La medicina y el derecho se estudiaban hasta los 25. La teología, en fin, exigía grandes esfuerzos: su aprendizaje duraba de 15 a 20 años y para conseguir el doctorado había que tener un mínimo de 35.

La enseñanza era primordialmente oral, pues los estudiantes no podían adquirir todos los textos que tenían que estudiar. Se sentaban en el suelo y tomaban notas. Sin embargo, el libro se había convertido en la base de la enseñanza, y los textos de­ bían ser publicados y difundidos ampliamente antes del examen. Las obras no eran ya los admirables manuscritos de los siglos anteriores: las hojas de los pergaminos eran menos gruesas, las dimensiones de los volúmenes habían disminuido, para per­ mitir su transporte y su consulta. La “minúscula gótica”, más rápida, había reempla­ zado la letra antigua y los clérigos utilizaban la pluma de ave, ligera y fácil de manejar, con preferencia al cálamo. La ornamentación de los libros era menos rebus­ cada que en las épocas anteriores; las letras floreadas y las minúsculas se hacían en serie. A la sombra de las universidades, pululaba todo un pueblo de copistas, com­ puesto generalmente por estudiantes pobres. La enseñanza era animada por contro­ versias públicas entre profesores, alumnos y visitantes ilustres. La discusión seguía comúnmente una marcha regular, la disputa escolástica: se planteaba una cuestión y uno de los oradores emitía una opinión contraria, defendiendo su posición con citas

de las Escrituras, de los Padres de la Iglesia y con sutiles razonamientos; otro enton­ ces se le enfrentaba, apoyándose en argumentos distintos. Esta escolástica determi­ nó la forma definitiva de la filosofía de Santo Tomás de Aquino. Por otra parte, los comentarios de los textos constituían lo esencial de los cursos. [ ]

Historama, Hachette, París, 1965.

2. Señale los verbos que aparecen en “El bachiller del siglo XIII”. ¿Cuál de los siguientes tiempos predomina?

Pretérito perfecto simple.

Pretérito imperfecto.

Pretérito pluscuamperfecto.

2.1. ¿Por qué se emplea especialmente ese tiempo verbal?

Porque se trata de un segmento básicamente descriptivo.

Porque se trata de un segmento básicamente narrativo.

3. ¿Cuáles son los elementos de este cuadro de época que le resultan sorprendentes desde su condición actual de estudiante?

Descripción, efecto de realidad y verosimilitud

Algunos segmentos descriptivos tienen por función caracterizar una época, el funcionamiento de una institución o los rasgos de una práctica como la del estudiante del siglo XIII de la enciclopedia Historama. Sin embargo, existen en los relatos elementos descriptivos que poseen otras funciones. El semiólogo francés Roland Barthes ha estudiado la singularidad de la descrip­ ción y, en particular, del detalle inútil en la trama narrativa –tanto ficcional como histórica–. Barthes se preguntó por el significado que tienen descripciones superfluas como la ubicación de una puerta en el relato que hace el historiador francés Michelet de la muerte de Carlota Corday después de haber sido retratada por un pintor o la presencia de un barómetro sobre el piano de un personaje de una novela de Flaubert. Explica que la presencia del piano puede interpretarse como un índice de la vida bur­ guesa de su propietaria; en cambio, los elementos prescindibles como el barómetro que está sobre el piano tienen otra función: crean un “efecto de realidad”.

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Ninguna finalidad parece justificar la referencia al barómetro, objeto que no es ni incongruente ni significativo y no participa, pues, a primera vista, del orden de lo no­ table; idéntica dificultad presenta la frase de Michelet para dar cuenta estructural­ mente de todos los detalles: solo el hecho de que el verdugo suceda al pintor es necesario a la historia: el tiempo que duró la pose, la dimensión y la situación de la puerta son inútiles (pero el tema de la puerta, la suavidad de la muerte que golpea tienen un valor simbólico indiscutible). Aun cuando no son numerosos los detalles inútiles, parecen, pues, inevitables: todo relato, al menos todo relato occidental de tipo corriente, posee algunos. […] Estos “residuos” tienen en común denotar lo que corrientemente se llama “lo real concreto” (pequeños gestos, actitudes transitorias, objetos insignificantes, palabras redundantes). […] Ese mismo real se vuelve la refe­ rencia esencial en el relato histórico que, se supone, refiere “lo que realmente ha pa­ sado”: qué importa entonces la no funcionalidad de un detalle desde el momento en que denota “lo que ha ocurrido”; lo “real concreto” se vuelve la justificación suficien ­ te del decir. […] El barómetro de Flaubert, la pequeña puerta de Michelet no dicen fi­ nalmente sino esto: nosotros somos lo real; dicho de otro modo, se produce un efecto de realidad fundamento de ese verosímil inconfesado que constituye la estéti­ ca de todas las obras corrientes de la modernidad.

Roland Barthes, “El efecto de realidad”, en AA.VV. Lo verosímil, Buenos Aires, Editorial Tiempo Contemporáneo, 1970, pp. 95-100. (Adaptación.)

Actividad 1. Lea el siguiente texto en el que la historiadora y filósofa Silvia Magnavacca relata parte de una disputa escolástica en la que intervino Tomás de Aquino. Señale los segmentos portadores de un efecto de realidad.

La disputatio estaba por comenzar

La figura de fray Tomás encabezaba el grupo de los dominicos. Altísimo, gordo, calvo en las entradas, permanecía impasible, sumido en su ya proverbial concentra­ ción. Frente a él, y con los franciscanos detrás, como respaldándolo, John Peckham, rubio, menudo y movedizo, trataba de erguirse lo más posible.

Enseguida se perfilaron las posiciones opuestas: Tomás sostenía que la imposibili ­ dad de que el mundo sea eterno no es demostrable; Peckham pretendía mostrar que sí lo es. Recordando lecciones que ya había escuchado, recordando, sobre todo, afir ­ maciones textuales de Boecio –Juan había insistido en que se detuvieran en ellas-, Teobaldo no encontró dificultad en comprender que en este caso sólo se hablaba de “eternidad del mundo” de manera impropia, analógica, para agilizar el título de la cuestión, puesto que la eternidad, al ser una suerte de omnipresente simultaneidad, no es de este mundo, transido de lo contrario: de tiempo. Lo que se planteaba, en realidad, era si el mundo –con su dimensión temporal propia, de sucesión- existe desde siempre o si ha tenido un comienzo en y con esa dimensión.

Durante el desarrollo de la disputa, un nombre estaba constantemente en danza, por encima de cualquier otro: Aristóteles.

Silvia Magnavacca, La universidad medieval. Breve crónica de un estudiante del siglo XIII, San Martín, Universidad Nacional de San Martín, 2008, p. 32.

El mundo comentado

Cualquier curiosidad histórica, hasta la más desinteresada, se organiza a par­ tir de cuestiones de nuestro tiempo. Antoine Prost, un investigador francés que ha estudiado la argumentación en los discursos históricos, señala que toda his­ toria implica al menos la posibilidad, y generalmente la certeza, de una inter­ pretación en forma de juicio moral. “Toda historia dice de alguna forma algo sobre los buenos y los malos” 8 , sentencia. Pero, a la vez, el discurso histórico descansa sobre cierta distancia indispen­ sable para dar cuenta de los cambios. El ayer es diferente del hoy, por lo que no es posible pensarlo en su especificidad sin poner distancia a través de un movi­ miento constante que va y viene entre el pasado y el presente.

8 Antoine Prost, “Argumentation historique et argumentation judiciaire”, en M. Forner y C. Passeron (dir) L´argumentation, preuve et persuasión, Paris, École de Hautes Études en Sciences Sociales ed., p. 33.

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Como hemos anticipado, en los relatos sobre sucesos pueden leerse comenta­ rios que realiza desde su presente el narrador que evalúa lo que cuenta, estable­ ce relaciones, reflexiona sobre las dificultades que encuentra, entre otras intervenciones. Cuando esto ocurre se producen modificaciones en los tiempos verbales: mientras que para relatar los hechos se emplea el sistema verbal del pasado, para introducir un comentario se recurre al tiempo presente. En el si­ guiente fragmento de “El bachiller del siglo XIII” se observa un uso del presente en el que se hace evidente la intervención del historiador:

A mediados del siglo XIII, la universidad de París estaba dividida en cuatro facultades: teología, derecho canónico, medicina y “artes” (estas correspondían a una formación literaria y científica básica). Resulta difícil saber a qué edad ingresaban los estudiantes a la universidad.

El lector debe estar alerta a los cambios para distinguir información de opi­ nión ya que –como explica Weinrich–, en los textos narrativos “está permitido pasar del narrar al comentar o del comentar al narrar” 9 .

Los usos del presente

El presente del indicativo “expresa la coincidencia con el presente de la realidad o momento en el que se enuncia el discurso. Pero este presente real comprende una extensión variable de tiempo que está determinada por el contexto o la situación, de modo que puede abarcar desde un momento (ahora) hasta horas, días, meses, años, etcétera. Esta circunstancia, junto a las características de modo y aspecto, determina los numerosos usos y valores secundarios de este tiempo.

a) Presente actual: indica coexistencia total o parcial entre la acción verbal y su enunciación, es decir, se llama así al presente que realmente expresa una acción o proceso cuya realización efectiva es simultánea al momento en que se habla. (“¿Qué hay de comer, mamá? Tengo hambre.”)

9 Harald Weinrich, Op. Cit.

b) Presente permanente o general: se toma como presente todo el eje temporal

[…]. Desaparece el contraste explícito con el pretérito y el futuro. Se utiliza para ex ­ presar acciones o situaciones de carácter general o inmutable: definiciones, enuncia­ dos científicos, máximas, aforismos, entre otros usos (“Toda historia dice de alguna forma algo sobre los buenos y los malos”).

c) Presente habitual o cíclico: indica acciones que se reiteran o que se producen

cíclicamente. Expresa que la acción se viene realizando cíclicamente y se seguirá lle ­ vando a cabo en el futuro (“Duerme seis horas diarias”).

d) Presente histórico: presenta hechos pasados pero que el hablante enuncia en

presente, confiriéndoles desde el punto de vista expresivo mayor realismo (“San Mar­

tín y su ejército cruzan los Andes y llegan a Chile”)

e) Presente con valor futuro: Se refiere a acciones o sucesos que aún no han tenido

lugar y que, por lo tanto, se sitúan en un futuro objetivo. En general se lo emplea para

indicar acciones inminentes o inmediatas, o cuya realización está planificada de ante­ mano, o bien hechos que son inevitables (“Esta noche viajamos a Mar del Plata”).

f) El presente de mandato: Puede usarse con valor imperativo. En este caso repre­ senta un uso neutralizado del presente (“Se ponen de pie, por favor”).

María Marta García Negroni (coord.), El arte de escribir bien en español, Buenos Aires, Edicial, 2001, pp. 245-247. (Adaptación.)

En los casos en los que, según hemos señalado, se lo emplea para introducir los comentarios del narrador sobre lo narrado, el presente del indicativo es el presente de enunciación; es decir, el de la escritura (cfr. “Resulta difícil saber cuántos estudiantes concurrían a la universidad”). Ahora bien, como se indica en el cuadro anterior, no todos los usos del presente remiten al momento de producción del discurso.

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Actividad

1. Lea las siguientes entradas de diccionario y responda a las preguntas que

figuran debajo.

Mayéutica (nombre femenino). En la filosofía socrática, diálogo metódico por el que el interlocutor interpelado descubre las verdades por sí mismo. Diccionario Vox de uso del español de América y España, Barcelona, Ediciones Vox, 2003. Accesible en http://www.babylon.com/spa/index.php

Mayéutica f. FILOS. Método de enseñanza que consiste en hacer descubrir al alumno, por medio de preguntas dirigidas, nociones que ya tenía en sí, sin él saberlo: la mayéutica fue utilizada por Sócrates. Diccionario Espasa Calpe de la lengua española, Madrid, Espasa-Calpe, 2005.

1.1.

La finalidad de los textos es

definir conceptos.

narrar acontecimientos ocurridos.

opinar sobre un tema.

1.2.

El presente del indicativo utilizado es

un presente genérico que adquiere un valor atemporal.

un presente de la enunciación que remite al momento en que se escribe.

un presente histórico que permite narrar como si se comentara.

2.

En el apartado “El bachiller del siglo XII” se describe el tipo de enseñanza que

las universidades ofrecían. El texto comienza señalando que la enseñanza era fundamentalmente oral. ¿Cómo caracteriza esa práctica? Relea el apartado buscando información sobre el concepto de “disputa escolástica.”

3. Escriba, tomando en cuenta la información del apartado “El bachiller del siglo

XIII”, una definición de disputa escolástica que pueda figurar en alguno de los diccionarios citados al comienzo de estas actividades. (Extensión máxima: cinco líneas.)

El enunciador y el sujeto empírico

Tanto los estudiosos de la lengua como los que han puesto énfasis en el aná­ lisis del discurso se han interrogado sobre el sujeto que produce los enunciados. Su reflexión sobre el lenguaje ha puesto en evidencia la no unicidad del sujeto

hablante, desde una perspectiva diferente de la que ha encarado la psicología o la sociología. En efecto, los lingüistas han objetado la creencia generalizada de que detrás de cada enunciado hay uno y solo un sujeto que habla. Esta idea de un sujeto hablante –que parece evidente– remite, en realidad, a varias funciones muy di­ ferentes. En primer lugar, remite al sujeto empírico, que es el autor efectivo, el productor de un enunciado. Este sujeto a veces es fácilmente identificable pero en otros casos no es sencillo establecer de quién se trata. Como señala el lin­ güista francés Oswald Ducrot (1988), en una circular administrativa, por ejem ­ plo, es difícil determinar si el productor del enunciado es la secretaria administrativa, el funcionario que dictó la circular, su superior que tomó la de­ cisión. En una enciclopedia como Historama se produce una situación similar, por lo que se suele considerar al sujeto empírico como una “cadena” de produc­ tores: el director de la enciclopedia, los especialistas consultados, el jefe de re ­ dacción, los redactores, para nombrar solo algunos de los integrantes de esta instancia. En el estudio del sujeto empírico, el análisis del discurso comparte su objeto con la sociología y con la psicología, entre otras disciplinas. Cuando el lector universitario se interroga sobre esta instancia, identifica al productor real, lo ubica en su contexto y en el campo cultural, político, científico en el que se inserta para procurar explicarse por qué dijo lo que dijo. En otras palabras, in­ daga sobre las condiciones de producción del enunciado. Ahora bien, al estudioso del lenguaje –y a todo lector que encare una inter­ pretación crítica– le interesa, además, lo que el enunciado dice. Para compren­ der el sentido del enunciado es necesario detenerse en el que lleva adelante el discurso, el que se erige como responsable del decir y del punto de vista desa­ rrollado. Se trata de un sujeto que está implícito en el enunciado mismo, que está modelado en el propio enunciado y que existe solo en el enunciado. Ese “sujeto de papel”, esa “voz”, adquiere su presencia en la escena enunciativa de diferentes formas: a través de los deícticos de primera persona, a través de una perspectiva o un foco presente tanto en los discursos en primera como en terce­

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ra persona. Esa instancia puede mostrarse como una figura sensible y emotiva o portadora de una mirada científica, puede reflejar la perspectiva de los hechos de algún participante o grupo o procurar una visión neutra de los asuntos que aborda. Se denomina “enunciador” a esa figura que el enunciado construye como responsable del punto de vista que manifiesta. La teoría literaria ha dife­ renciado así en los discursos autor y narrador. Ahora bien, en un mismo enunciado puede intervenir más de un enunciador. Estos otros enunciadores tampoco son personas sino que son los orígenes de otras palabras o de otras perspectivas que se presentan en el enunciado. Cuando se quiere marcar el carácter dominante de un enunciador frente a otros se habla de “enunciador básico”. En una enciclopedia, como Historama, ese enunciador básico se presenta como el portador de un saber legitimado e indiscutible –es el punto de vista del divulgador –. Sin embargo, este enunciador coexiste con otro que presenta la perspectiva del investigador historiador que duda, que plantea los problemas en la investigación de algunas cuestiones, como hemos visto en el segmento comentativo. 10

Cuando pensamos en la palabra enunciador nos hacemos la idea de que se trata del productor del enunciado. Pero este no es en absoluto el sentido que quiero darle a la palabra. […] El productor del enunciado es el sujeto empírico y por otra parte lla­ mo locutor a la persona presentada como responsable del enunciado. El enunciador no es ni el presunto responsable ni el productor real del enunciado, es el responsable de los puntos de vista presentados en el enunciado.

Por consiguiente, el primer elemento de sentido de un enunciado es la presenta ­ ción de los puntos de vista de los diferentes enunciadores.

Osvald Ducrot, Polifonía y argumentación. Cali, Universidad del Valle, 1988, p. 66.

10 El hecho de que se emplee el presente de la enunciación –“Resulta difícil saber cuántos estudiantes concurrían a la universidad”– permite construir la hipótesis de que este segundo enunciador se identifica con el locutor.

Tomando en cuenta los aportes de las teorías lingüísticas, algunos investiga­ dores que se ocupan de elaborar teorías sobre la historia han intentado determi ­ nar cómo diversos historiadores movilizan de forma muy diversa las figuras de la enunciación, la proyección del yo en el discurso del saber, el sistema de tiem­ pos verbales, la personificación de las entidades abstractas o las modalidades de la prueba 11 . Al lector universitario estos elementos le permiten caracterizar al enunciador de un discurso histórico, determinar desde qué perspectivas constru­ ye el pasado y enriquecer sus conclusiones sobre la lectura de un texto.

Actividad 1. Lea el siguiente texto.

Tomás López sabe que quiere estudiar Filosofía en una Universidad. Pero ignora que esa Universidad es hija de otras concebidas para contener a jóvenes, semejantes a él en lo esencial, hace 800 años. Más aún, ignora que esos pasos suyos trazarán un laberinto no demasiado distinto sustancialmente del de un tal Teobaldo, nacido en Reims a mediados del siglo XIII.

Corre el mes de mayo de 1268. Teobaldo acaba de cumplir 15 años. Su infancia fue inquieta. Tanto que se contó entre los díscolos alumnos que en una escuela mu­ nicipal causaron el despido del maestro contratado por la comuna: su autoridad era tan escasa que no lograba impedir que los alumnos lo tomaran como blanco de los estilos que despiadadamente arrojaban contra él (Pernoud). […]

En Teobaldo ese temperamento asumía otros escorzos. También su mente era in ­ quieta y se alborotaba ante cuestiones de las que no lograba desprenderse. […] Las reflexiones siempre inconclusas de Teobaldo se vieron interrumpidas por una noticia para él inesperada: al año siguiente la familia iba a trasladarse a París. Sus inquietu ­ des –filosóficas aunque él no lo supiera– cedieron temporalmente ante la angustia de abandonar su casa y sus amigos, ante la perspectiva de no ver más a Hildegarda, la hija del talabartero, ante la zozobra de enfrentar peligros como los bandidos que

11 Roger Chartier, “Roger Chartier, “Narración y verdad”, El País, Suplemento Especial Temas de Nuestra Época, Madrid, 20 de febrero de 1993.

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podían interceptarlos por el camino. Pero también lo estimulaba la perspectiva de co ­ nocer la ciudad de la que tanto se hablaba.

Llegado a París, y pasado el primer deslumbramiento, Teobaldo merodeaba por las puertas de las tabernas. Había escuchado mencionar, aún en términos que no siem ­ pre comprendía, los mismos problemas que él se había planteado y hasta otros in­ sospechados. Supo entonces que su destino era la Universidad y que París lo había convocado a ella.

La universidad medieval era ante todo una corporación, para decirlo en términos contemporáneos y más generales, un gremio que tuvo su origen en las scolae, orga­ nizaciones que reunían a maestros y estudiantes en una suerte de fraternidad. Ejem ­ plos de ello son las escuelas de Nôtre Dame o Sainte Geneviève. Su objetivo era el de enseñar o aprender, por lo que podía tratarse de una unversitas magistrorum o bien de una universitas scholarium, primeras organizaciones jurídicas que tuvieron París y Bologna, respectivamente. Como en el caso de todo gremio, su inicio, esto es la fecha de su fundación como Universidad, corresponde a la aprobación del estatuto que tal corporación se da a sí misma, aun cuando no se trata de un criterio unánimemente compartido por los historiadores. Así, queda vinculada primariamente, no con un edi­ ficio –que es lo último que la caracteriza– sino con un esquema jurídico que regula sus actividades, la elección de un cuerpo de profesores, la renovación de autoridades, los derechos y deberes de sus miembros, etc.

Silvia Magnavacca, La universidad medieval. Breve crónica de un estudiante del siglo XIII, Universidad Nacional de San Martín, San Martín, 2008, pp. 5-6.

1.1. ¿Encuentra diferencias entre el enunciador de la enciclopedia y el de la

crónica leída. ¿Cuáles?

1.2. ¿Observa algún desplazamiento en el enuciador del texto? ¿Qué segmentos

del texto presentan un enunciador más valorativo y emotivo? ¿Con qué puntos de

vista se identifica?

1.3. ¿Hay marcas de un enunciador divulgador del conocimiento histórico? ¿En

qué segmento del texto se hacen evidentes? Deténgase en los distintos usos del presente para justificar su respuesta.

Los comentarios

El análisis del surgimiento de la universidad a partir de la construcción del relato que presentan la enciclopedia Historama y la crónica permite afirmar que, si bien alternan la narración y el comentario, en el relato histórico predo ­ mina claramente la primera. Cuando ocurre lo contrario; es decir, cuando la in­ tervención del enunciador prevalece sobre los sucesos narrados, el lector se encuentra frente a un comentario, frente a un texto en el que el enunciador opta por mostrar explícitamente su juicio acerca de los sucesos que refiere, sean éstos presentes, pasados o futuros.

Actividad 1. Lea el siguiente texto y responda las preguntas que figuran debajo marcando con una cruz la opción correcta.

Universidades: su origen

Si no fuera un error, podría decirse que las universidades están de moda. En ver ­ dad, desde que emergen las primeras de estas instituciones –en los siglos XII y XIII; en Bolonia, París y Oxford– ellas ocupan un lugar central. Reúnen bajo un mismo te­ cho el incipiente poder intelectual europeo, dotándolo de fueros especiales; en pri­ mer lugar, de una autonomía siempre disputada entre los poderes del rey, la comuna, los papas y obispos locales. Desde su origen, además, la universidad es una institu­ ción internacional. Sus profesores gozan de la licentia ubique docente; esto es, del derecho de enseñar en cualquier parte del mundo cristiano, sin estar limitada su do­ cencia a un solo lugar. ¿Qué esperan de las universidades los poderes establecidos que con tanto interés se disputan su control y favores? Según los historiadores, los papas buscaban el apoyo de las universidades para racionalizar la doctrina cristiana y combatir intelectualmente las herejías, fortalecer el poder central de la iglesia frente a las fuerzas centrífugas de los obispos, y formar el personal eclesiástico especializa­ do en asuntos dogmáticos y jurídicos. Los monarcas, a su turno, cortejan la asisten­ cia de las universidades en su esfuerzo por centralizar el poder real frente a la belicosa aristocracia feudal y el emergente poder de la burguesía comercial urbana. A su vez, las ciudades protegen a las universidades por el servicio que ellas pueden

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prestar para mejorar las regulaciones comunales, resolver intrincados y novedosos problemas legales y formar las capas superiores de funcionarios municipales. Como ha dicho tersamente Le Goff: “La Universidad de París es inseparable del acrecenta ­ miento del poder de los Capetos, la de Oxford está vinculada con el fortalecimiento de la monarquía inglesa, la de Bolonia aprovecha la vitalidad de las comunas italia­ nas”. En cuanto a su importancia para la iglesia, baste recordar que desde el siglo XIII en adelante, en la mayoría de los casos los papas se han formado en estas institucio ­ nes y se rodean de cardenales eruditos. En suma, desde el comienzo se reconoce a la universidad un valor intelectual y utilitario para la sociedad y sus poderes estableci­ dos. Desde entonces ella queda situada en un campo de fuerzas entrecruzadas y su autonomía se halla sometida a tensiones. Conquista el monopolio del poder intelec­ tual a cambio de negociar los límites de su independencia y ponerse al servicio de in ­ tereses ajenos a su pura misión espiritual. Desde que aparece en el paisaje urbano debe encargarse de formar el personal especializado para las funciones superiores del campo cultural, administrativo, eclesiástico y profesional. Y, por este concepto, se convierte también en la principal avenida para la movilidad de los jóvenes más talen­ tosos o mejor apadrinados de la comunidad. Dentro de las ciudades, ella genera un nuevo espacio, como ya observó Tomás de Irlanda a fines del siglo XIII. Escribe: “La ciudad de París es como Atenas, está dividida en tres partes: una es la de los merca ­ deres, de los artesanos y del pueblo que se llama la gran ciudad; otra es la de los no­ bles donde se encuentra la corte del rey y la iglesia catedral y que se llama la Cité; la tercera es la de los estudiantes y de los colegios que se llama la universidad”. Nunca, pues, ha dejado la universidad de estar de moda. Nunca, tampoco, ha dejado de estar al centro de los conflictos de su época. Nunca, por último, ha podido eludir las res­ ponsabilidades que le encomienda la sociedad ni sustraerse a las fuerzas que residen en los otros espacios de la ciudad: el estado llano, el mercado, la política y el poder cultural.

José Joaquín Brunner, en El Mercurio, Santiago de Chile, 31 de julio de 2005.

1.1.

El texto que acaba de leer es:

un artículo de opinión en una revista o periódico.

una entrada de un diccionario.

un capítulo de una enciclopedia.

1.2.

La finalidad del texto es:

ofrecer definiciones de conceptos.

narrar acontecimientos ocurridos.

opinar sobre un tema.

1.3.

Los acontecimientos vinculados con el origen de la universidad se presentan

como:

acciones que se integran en una intriga.

acciones que fundamentan una opinión.

instrucciones para organizar acciones futuras.

1.4. La representación del tiempo en el texto se realiza predominantemente mediante

el sistema del mundo narrado.

el uso del presente con distintos valores.

el uso de formas del imperativo.

2. La historia relatada en la enciclopedia Historama pone en escena dos secuencias narrativas: los conflictos entre las universidades y el obispado; los conflictos entre las universidades y el rey y los poderes comunales. Sin embargo, en este texto no se expone explícitamente el motivo de la alianza entre las universidades y el papado. Tomando en cuenta los datos del comentario de Brunner, explique por qué el papado busca aliarse con la universidad.

3. Para privilegiar su análisis en función de conclusiones que puedan extraerse

para el presente, en el texto de Brunner los comentarios desplazan el lugar de los acontecimientos, centrales en las crónicas y en los relatos históricos. ¿Cuál es la conclusión que se extrae del origen de la universidad en el comentario leído?

4. ¿Qué información buscaría ampliar para hacer una lectura más rica del tema

que presenta el texto? ¿A qué fuentes recurriría?

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POLIFONÍA

Ruptura de isotopía estilística. Intertextualidad. Enunciados referidos. Límites y retorno. Contaminación de voces. Dimensión dialógica del discurso argumentativo. Citas. Transtextualidad. Empleo de refranes. Otras formas de “dar la palabra”.

El término polifonía recubre las variadas formas que adopta la interacción de voces dentro de una secuencia discursiva o de un enunciado. La situación de diálogo que toda producción verbal supone, su orientación hacia el otro, apare­ ce siempre con mayor o menor grado de explicitación en el tejido textual. Pero también en éste, y de múltiples maneras: está presente lo ya dicho, los otros textos, así como las diversas voces sociales con sus peculiares registros.

Ruptura de la isotopía estilística

La isotopía estilística, es decir, la pertenencia de un discurso o una lengua, a un lecto, a un determinado estilo o género, es a menudo quebrada por la irrup­ ción de fragmentos que remiten a variedades distintas. Su presencia en un mis­ mo espacio textual genera por contraste diversos efectos de sentido y pone de manifiesto los juicios de valor asociados a las variedades en juego. Al referirse al contacto entre dos lenguas en un texto literario, Bajtin señala que éste “su­ braya y objetiva precisamente el aspecto –concepción del mundo– de una y otra lengua, su forma interna, el sistema axiológico que le es propio”. En West Indies Ltd, por ejemplo, del poeta cubano Nicolás Guillén, la presencia de términos en inglés reactiva las connotaciones asociadas a las dos lenguas:

Aquí están los que piden bread and butter y coffee and milk.

Aquí está lo mejor de Port-au-Prince, lo más puro de Kingston, la high life de La Habana Pero aquí están también los que reman en lágrimas, galeotes dramáticos, galeotes dramáticos.

Los efectos específicos de estas rupturas, cuyas marcas pueden ser rasgos fó­ nicos, prosódicos, gráficos, sintácticos o léxicos, dependerán del funcionamien­ to global del texto considerado, del entorno verbal en el que aparecen. En algunos textos narrativos apuntará a caracterizar al personaje, en otros una si­ tuación, en algunos discursos argumentativos funcionará como símbolo de prestigio o como índice de una pertenencia cultural. Pero siempre el contraste patentizará a partir del juego connotativo que instaurará la aprehensión ideoló­ gica de una u otra lengua o variedad. En muchos casos, la ruptura de la isotopía estilística se debe a la presen­ cia de unidades que remiten a distintos estados de la lengua, a sincronías dife­ rentes (presencia de arcaísmos, por ejemplo). En otros casos estos desajustes evocan no la comunidad lingüística como totalidad sino grupos diferenciados geográficamente (dialectos), socialmente (sociolectos), por edad (cronolectos), o según su actividad, profesión o pertenencia política. Es importante señalar que la “norma” textual no coincide necesariamente con la norma social. En el tango “Cambalache”, por ejemplo, la ruptura de la homogeneidad discursiva la produ­ cen términos como “problemático” y “febril”:

Siglo Veinte Cambalache, Problemático y febril

El

que no llora no mama

Y

el que no afana es un gil

Dale nomás…

También el contraste puede darse entre registros situacionales diferentes (lo coloquial en un texto formal, rasgos de la oralidad en la escritura) o entre dis­

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tintos tipos de discursos: En el siguiente fragmento del Libro de Manuel de Julio Cortázar, la isotopía, sostenida por las alusiones a las letras de tango es quebra ­ da por la presencia de una canción infantil:

copetín del recuerdo, mezcla rara de Museta y de Mimi, salud, Delfino, camarada de infancia, ser argentino en un suburbio de París —Caracol, col col, saca los cuernos al sol—

La presencia de géneros intercalados alcanza su máxima expresión en la no­ vela, que es como señala Bajtin, un “fenómeno pluriestilístico, plurilingual y plurivocal”. Esta integra, esterilizándolos o en forma de parodia, tanto géneros primarios, corrientes (diálogos, relatos orales, cartas, diarios íntimos) como lite­ rarios o extraliterarios (textos filosóficos descripciones etnográficas, discursos morales, fragmentos periodísticos). En algunos textos, como el de Cortazar, al que hemos referido, la integración de otros tipos de discursos se realiza conservando la materialidad que les es propia: las crónicas y comentarios periodísticos aparecen en forma de recortes con lo que se refuerza el valor documental que el narrador les adjudica.

Intertextualidad

Con el nombre de intertextualidad se designa, en sentido restringido, la rela­ ción que se establece entre dos textos (que pueden ser o no isótopos estilística­ mente) a partir de la inclusión de uno en otro en forma de cita o de alusión. Este juego intertextual apela, particularmente en sus formas menos explícitas, a la competencia cultural e ideológica de los receptores. Su decodificación es más fácil cuanto más estereotipado y “universal” es el enunciado aludido o citado. Así muchos textos contemporáneos integran mensajes publicitarios o consignas políticas difundidas por los medios de comunicación de masas. Cambalache 1982, por ejemplo, de Osvaldo Rosslex, se va armando a partir de los títulos de

programas televisivos y de los eslóganes más comunes en la Argentina de la guerra de las Malvinas.

Argentina en video, en caos, en salsa Se perdió una batalla, no la guerra Pero eso sí, con muchos asesores Con mundial campeonato por el medio Con 60 minutos de noticias Con “argentinos a vencer” en coro

En los casos en los que la alusión remite a universos culturales más restringi­ dos la “recuperación” del enunciado puede plantear dificultades, e incluso se pue­ de llegar a no percibir la alusión como tal. El diálogo intertextual que propone el título del cuento de García Márquez “Muerte constante más allá del amor”, al evocar, permutando sus términos, el soneto de Quevedo sólo puede ser percibido por un lector más o menos informado acerca de la literatura española. En algunas obras estas dificultades se resuelven con la aparición, en forma de cita, del enun­ ciado aludido en otro momento del texto. Así, en el mismo cuento de García Márquez el protagonista pronuncia un discurso electoral (“Estamos aquí para de­ rrotar a la naturaleza. Ya no seremos más lo expósitos de la patria…”) “por oposi­

ción a una sentencia fatalista del libro cuarto de los recuerdos de Marco Aurelio”.

Y

la sentencia aludida aparece en la parte final del cuento: “Recuerda que seas tú

u

otro cualquiera, estaréis muerto dentro de un tiempo muy breve y que poco

después no quedará de vosotros ni siquiera el nombre”.

Enunciados referidos

Discurso directo e indirecto Las gramáticas reconocen dos modelos morfosintácticos de inclusión de un discurso en otro: directo e indirecto. En el primer caso la frontera entre el dis­

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curso citado y el citante es nítida; en los textos escritos está marcada a menudo por los dos puntos, comillas o guiones y en los enunciados orales por rasgos su­ prasegmentales como juntura o tono; el discurso citado conserva además las marcas de su enunciación. En el segundo caso, el discurso citado pierde su au­ tonomía, se subordina sintácticamente al discurso citante y éste borra sistemáti­ camente las huellas de la otra enunciación; esto se manifiesta en particular por los cambios de embragues y tiempos verbales, la neutralización de los giros ex­ presivos que remiten directamente al locutor del discurso citado, la normaliza­ ción de las oraciones, el “relleno” de las elipsis y la unificación de las repeticiones. El discurso directo (D.D.) produce un efecto de fidelidad al original, la ilu­ sión de “reproducir” el discurso del otro. El Esbozo de la Nueva Gramática de la Lengua Española de la Real Academia Española lo expresa al decir: “Llámase directo al estilo cuando el que habla o escribe reproduce textualmente las pala­ bras con que se ha expresado el autor de ellas”. Este enfoque deja de lado no sólo la importancia del entorno verbal y de la nueva situación de enunciación en la que el discurso citado se inscribe, sino también las limitaciones de la me­ moria en los casos de discursos orales. Pero es indudable que el D.D. da la im ­ presión de constituir un documento veraz, un fragmento verbal auténtico. De allí que sea explotado tanto por el periodismo como, en la conversación coti­ diana, por aquellos hablantes que quieren presentar los hechos “tal cual” redu­ ciendo su intervención al máximo para dar la impresión de objetividad. El discurso indirecto (D.I.), en la medida en que no conserva la materialidad del enunciado, supone una interpretación del discurso del otro, una versión del mismo; y da lugar a síntesis o despliegues según los casos. Al hacerse cargo del discurso citado, al integrarlo al suyo, el hablante se muestra, poniendo de mani­ fiesto sus posiciones ideológicas o afectivas. Por eso es siempre interesante comparar las distintas formas de referir en estilo indirecto un mismo enunciado. D.D. y D.I. constituyen dos estrategias discursivas distintas con sus exigen­ cias propias. Los hablantes prefieren una u otra por razones psicológicas o res­

tricciones temáticas o situacionales. Cuando Guillermo Patricio Kelly narra su secuestro a un periodista del diario Tiempo Argentino refiere de esta manera lo que le habían dicho sus secuestradores: “¡Qué pescado gordo es usted! ¿Sabe el bolonqui que hay en el mundo con esto?”. Más adelante, en el mismo texto re­ cuerda el episodio en estos términos: “Presté atención cuando me dijo que había un revuelo mundial por mi asunto y que no se imaginaban que yo era un pez tan gordo”. Las modalidades de enunciación exclamativa e interrogativa del D.D. desaparecen en el D.I. que solo posee la modalidad del discurso citante, en este caso declarativa. La exclamación es interpretada “No se imaginaban que…”; “¡Qué pescado grande es usted!” se transforma en “que yo era un pez tan gor­ do” donde a los cambios de pronombre personal y tiempo verbal y al remplazo de “qué” por “tan”, al alterarse el orden de las palabras por el cambio de moda­ lidad, se agrega la sustitución de “pescado” por “pez”. Este último parece ser para el locutor el término no marcado estilísticamente o tal vez, en la medida en que el sujeto del discurso citado coincide con el sujeto de enunciación del discurso citante, el término connotado axiológicamente, en forma más positiva que “pescado”. Manifestación de un proceso similar es el cambio de “bolonqui” por “revuelo”. En la sustitución de “esto” por “mi asunto” parecen haber interve­ nido otras razones: al cambiar la situación de enunciación, el demostrativo “eso” resultaría insuficiente, además el locutor quiere señalar que la importancia acordada al hecho se debe a que él era el afectado.

El entorno verbal: los verbos introductores Si bien la actividad interpretativa a la cual da lugar la transposición de un enunciado resulta más evidente en el discurso indirecto, no está en absoluto au­ sente en el discurso directo. Tanto en un caso como en otro se retoma un enun­ ciado producido en otra situación comunicativa, para finalidades distintas, se lo recorta y se lo inserta en un texto que despliega sus propias redes semánticas. Como ya lo señalaba Voloshinov en El signo ideológico y la filosofía del len­ guaje (1930), “el discurso referido es discurso dentro del discurso, enunciado

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dentro del enunciado, y al mismo tiempo discurso acerca del discurso y enun ­ ciado acerca del enunciado”. Este trabajo del discurso citante sobre el citado, su recepción activa de las palabras del otro, las marcas de su distancia o las formas de su adhesión se muestran particularmente en el entorno verbal en el que el enunciado se ubica. De allí la importancia de las fórmulas introductorias, de los verbos de decir que lo anuncian y sus modificadores. La distancia que el locutor establece respecto del enunciado referido es por cierto mayor cuando dice “X se ”

que cuando simplemente señala “Según X”. También la

adhesión es más fuerte en “Respondió lúcidamente que…” que en “Dijo que… ” Los verbos, que remiten al dominio semántico del habla, no sólo introducen el enunciado referido sino que también orientan respecto de cómo deben ser en­ tendidas las palabras del otro. Aportan así informaciones diversas: pueden ex­ plicitar la fuerza ilocutoria (“aconsejó que no se dejaran provocar”), presuponer la verdad o falsedad de lo que el discurso citado afirma (“reveló que el ministro había renunciado”), especificar el modo de realización fónica del enunciado (“gritó que estaba harto”), caracterizarlo a partir de una tipología de los discur­ sos (“lo que pasa” –argumentó–…”) situarlo dentro de una cronología discursiva (“eso dependerá –replicó– de las posibilidades…”). Respecto del discurso directo pueden ubicarse en distintas posiciones: inicial (“Dijo: ‘Es necesario superar la discusión estéril’”), intercalado (“Los argentinos –señaló– vamos a estar a la al­ tura de las circunstancias”) o pospuesto (“tenemos que ser protagonistas, recal­ có”). Estas posibilidades de articulación entre el discurso citante y el citado no dejan de tener incidencia semántica ya que implican modalidades de mensaje distintas.

atreve a afirmar que

Los límites: las comillas Las comillas constituyen una de las marcas más habituales para señalar, en los textos escritos, una secuencia directamente referida. En el discurso directo no re­ gido, es decir, en aquel que no hay verbo introductor, funciona como único límite entre las dos voces: “pasaron unos cinco minutos de que aparecieran ‘Vaya una

comitiva’. Venían su hijo menor y su hijo mayor” (Guillermo Cabrera Infante, Así en la paz como en la guerra). En los enunciados referidos indirectamente las co­ millas permiten mantener y realzar los rasgos verbales propios del enunciador del discurso citado. Voloshinov habla en este caso de modificación analítica de la textura: “Las palabras y locuciones que se incorporan caracterizan la fisonomía subjetiva y estilística del mensaje considerado como expresión”. En algunos casos en los que se resumen los enunciados de otro se integran fragmentos “textuales” que refuerzan el efecto de fidelidad al original. Es lo co ­ mún en algunos discursos periodísticos que sintetizan discursos o respuestas a entrevistas: “El presidente instó a un ‘esfuerzo’ como única forma de ‘salir rápi ­ damente de la crisis’”. Las rupturas de isotopía estilística como, por ejemplo, la introducción de tér­ minos técnicos o pertenecientes a otras lenguas o a otros subsistemas pueden ser marcadas por las comillas. Su presencia dependerá de cómo sea percibido por el sujeto de enunciación (¿Es para él un cuerpo extraño?) y de la estrategia discursiva en la que se inscriba. En los textos de Roberto Arlt, por ejemplo, el uso bastante arbitrario de este recurso gráfico permite en un mismo gesto la aceptación y violación de la norma: “En cuanto te ‘retobabas’ te fajaban”; “El otro cayó seco y Arévalo rajó, fue a esconderse en la casa de mi hermana que era planchadora pero al otro día lo ‘cacharon’”. Las comillas pueden también se­ ñalar las reservas del hablante respecto de un término que considera aproxima­ tivo, discutible, pero que utiliza a falta de otro mejor: “Estas ‘citas’ no explícitas…”. Pero las comillas sirven también para que el sujeto de enunciación establez­ ca distancias respecto de un término o sintagma que remite a una instancia enunciativa con la cual no se identifica, o porque forma parte de los estereoti­ pos culturales no compartidos (“No debemos olvidar ‘las bondades del estilo de vida británico’ durante sus cien años de dominación en la India”) o porque per­ tenece a otro grupo política o ideológico. En un artículo de Descartes (seudóni­ mo de Juan Domingo Perón) en el diario Democracia, las comillas señalan los

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términos desvalorizadores del discurso adjudicado al adversario: “El pacto polí­ tico regional sucumbió abatido por los trabajos subterráneos del imperialismo empeñado en dividir e impedir toda unión propiciada o realizada por los ‘nati­ vos’ de estos países ‘poco desarrollados’, que anhela gobernar y anexar pero como factorías de ‘negros y mestizos’”.

Los límites inciertos: contaminación de voces Con los nombres de “conjunción discursiva” o “hibridación” se designan las distintas formas que adopta la “contaminación” de voces dentro de una secuencia discursiva. La ausencia de signos gráficos o de las marcas de subordinación habi­ tuales permite un contacto fluido entre el discurso citado y el citante, llegando incluso a integrarlos dentro de un mismo enunciado. El caso más extremo es el discurso indirecto libre que se define por la imposibilidad de reconocer una fuen­ te enunciativa única ya que, y este es su rasgo más específico, narrador y perso­ naje hablan a un mismo tiempo: “Así era la ley: Rosendo Maqui despreciaba la ley. ¿Cuál era la que favorecía al indio? La instrucción primaria obligatoria no se cumplía. ¿Dónde está la escuela de la comunidad de Rumi? […] ¡ Vaya, no quería pensar en eso porque le quemaba la sangre!” (Ciro Alegría, El mundo es ancho y ajeno). Este discurso a dos voces que en general conserva los rasgos expresivos del discurso citado y los tiempos y personas del citante, fusiona en una sola construcción lingüística actos de habla con distinta orientación. Así como segmentos del discurso del otro pueden aparecer con sus acentos propios diseminados en el discurso del narrador, así también pueden irrumpir enunciados enteros en discurso directo no regido, sin comillas que separen los dos registros: “Aquel pobre diablo que yacía bien muerto era el sacristán de la iglesia, pero tonto… la culpa ha sido suya… ¿Pues a quién se le ocurre, señor, vestir pantalón, chaqueta y gorrita?” (Mariano Azuela, Los de abajo). Pero también el discurso citante puede penetrar en el citado bajo la forma de una construcción incidental. La presencia de un verbo de decir intercalado per­ mite al discurso indirecto, por ejemplo, articularse sin subordinación sintáctica

previa pero al mismo tiempo no puede perder su carácter de referido: “su suegro le daba lecciones esquemáticas. Los liberales, le decía; eran masones, gente de mala índole, partidaria de ahorcar a los curas… Los conservadores, en cambio, que habían recibido el poder directamente de Dios, propugnaban por la estabili­ dad del orden público y la moral familiar” (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad).

La dimensión dialógica del discurso argumentativo

La argumentación supone, más allá del encadenamiento lógico propio de todo razonamiento, un alocutario al cual se busca convencer, en el cual se trata de provocar una adhesión a las tesis presentadas o de impulsarlo a una determi­ nada acción. Las preguntas, objeciones, críticas, formuladas explícitamente o supuestas por el locutor, las evidencias compartidas van a determinar la articu­ lación de sus partes y su ritmo. Voloshinov señala que incluso “detrás del recurso de dividir el texto en uni­ dades llamadas párrafos se encuentra la orientación hacia el oyente o el lector, el cálculo de sus posibles reacciones”. En los textos didácticos o en las clases la exposición se organiza como respuestas a preguntas que en muchos casos apa­ recen formuladas por un enunciador que se identifica con el alocutario. En otros discursos se teatraliza la recepción ya que aparecen presentadas otras vo­ ces que señalan contradicciones o manifiestan sus reservas respecto del discurso del locutor: “¡Mitología! Acaso, pero hay que mitologizar respecto a la otra vida como en tiempos de Platón… ¡Y sin embargo! Sin embargo sí, hay que anhelar la vida eterna por absurdo que nos parezca…” (Miguel de Unamuno, Del senti­ miento trágico de la vida).

También el llamado discurso interior adopta la forma de un diálogo. Bajtin, en “Estructura del enunciado”, al referirse a esa segunda voz que aparece, señala que puede desempeñar distintos papeles. En general, el de representante típico del grupo social al cual el individuo pertenece: el conflicto entre las dos voces es el

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que éste vive al enfrentarse con su propia norma. En algunos casos, las dos voces tienen el mismo estatus; el conflicto, no resuelto todavía por la historia, entre dos clases sociales se manifiesta en el discurso interior por una polémica en la que no hay voz dominante. Finalmente cuando esa segunda voz no ocupa ninguna posi­ ción estable, cuando se manifiesta en una serie incoherente de reacciones deter­ minadas por las circunstancias del momento “se asiste entonces a una escisión de naturaleza ideológica de la individualidad con su medio social”. En muchos de los textos argumentativos que “reflejan” el discurso interior, la segunda voz, la de la “conciencia”, delimita el lugar del lector, instala a éste en el seno mismo de la norma y lo lleva a través de deslizamientos sucesivos a aceptar las tesis propuestas. Dentro de las estrategias de persuasión es tal vez una de las más eficaces ya que utiliza la retórica de lo cotidiano. En un texto de Unamuno, “Sobre la europeización de España” (Ensayos, I), el paso de lo íntimo del cuestionamiento a lo impersonal de la norma se muestra particularmente en el cambio de las personas gramaticales (de la primera a la segunda del singular, luego el nosotros inclusivo y finalmente el “se” impersonal): “y me pregunto a solas con mi conciencia ¿soy europeo?, ¿soy moderno? Y mi conciencia me res­ ponde: no, no eres europeo, eso que se llama ser europeo; no, no eres moderno, eso que se llama ser moderno. Y moderno ¿arranca acaso de ser tú español? ¿Somos los españoles en el fondo irreductibles a la europeización y a la moder ­

si así fuera ¿habríamos de acongojarnos por ello? ¿Es que no se

puede vivir y morir, sobre todo morir bien fuera de esa dichosa cultura?”.

nización?

La presencia del otro es particularmente evidente en las formas más públicas del discurso político como la arenga, la proclama o el discurso electoral. El alo ­ cutario aparece designado de una determinada manera y este apelativo lo cons­ tituye en sujeto de la interacción verbal que el discurso postula. En la proclama al Ejército del Norte, por ejemplo, San Martín al llamar a sus soldados “Hijos valientes de la Patria” y “Vencedores en Tupiza, Piedras, Tucumán y Salta” les ofrece una imagen positiva donde puedan reconocerse y fijarse.

Pero es tal vez en las interrogaciones y negaciones donde el diálogo con el otro aparece con mayor claridad. En su manifiesto de 1810, Miguel Hidalgo se expresa en estos términos: “¿Creéis que al atravesar [los gachupines] inmensos mares, exponerse al hambre, a la desnudez, a los peligros de la vida insepara­ bles de la navegación, lo han emprendido por venir a haceros felices? Os enga­ ñáis, americanos… El móvil de todas estas fatigas no es sino su sórdida avaricia”. La pregunta inicial pone en escena una supuesta afirmación de los in­ terlocutores, muestra el asombro del locutor frente a semejante opinión y anti­ cipa la respuesta negativa que introduce “Os engañáis”. El juego dialógico se completa en la última oración del fragmento donde el locutor niega todas las otras interpretaciones posibles y afirma la suya como única respuesta válida (“no es sino…”). También la afirmación explícita funciona como operador polifónico. Así en el discurso de Primo de Rivera al fundarse la Falange española (“Yo quisiera que este micrófono que tengo delante llevara mi voz hasta los últimos rincones de los hogares obreros para decirles: sí, nosotros llevamos corbatas, sí de nosotros po­ déis decir que somos señoritos. Pero traemos el espíritu de lucha por aquello que no nos interesa como señoritos…”), el peso argumentativo lo soporta el “pero” y el juego dialógico el “sí ” que precede a los enunciados afirmativos. En la primera ocurrencia, el “sí” funciona como la marca de una operación que retoma un enunciado previo y lo muestra. En la segunda, la operación se despliega a través de las formas propias del estilo indirecto: “podéis decir que somos…”. En muchos casos el orador retoma las palabras efectivamente pronunciadas por el público y las integra a su propio discurso, “vamos a hacer el país que nos merecemos y lo vamos a hacer no por obra y gracia de gobernantes iluminados sino porque esta plaza está cantando, porque el pueblo unido jamás será venci­ do” (Raúl Alfonsín, 10 de diciembre de 1983).

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Las citas El discurso argumentativo no sólo presenta las huellas del diálogo con el otro y “consigo mismo” sino que también muestra el trabajo con los otros tex­ tos. Los fragmentos que se insertan pueden cumplir diversas funciones. Las citas epígrafes señalan la pertenencia a un determinado universo discursivo o las grande orientaciones del texto. Así, si un trabajo de lingüística comienza con esta frase de Nietzsche “Temo que no nos desembaracemos nunca de Dios, ya que seguimos creyendo en la gramática”, posiblemente el lector tendrá tenden­ cia a esperar un cuestionamiento de las líneas institucionalmente aceptadas de la disciplina. En algunos casos la cita tiene como función primera “antificar” el texto: Raúl Alfonsín terminaba sus discursos electorales confundiendo su voz con la de los constituyentes de 1853 al introducir fragmentos del Preámbulo de la Constitución. Otras citas, reconocidas como evidencias en una cultura y que, por lo tanto, están al alcance de todos, permiten establecer acuerdos fáciles que estimulen adhesiones futuras: “Recordando aquello de ‘por sus frutos los cono­ ceréis’ no es difícil admitir que…”. En ciertos textos las citas funcionan como “pruebas” dentro de un desarrollo argumentativo; cuando lo fundamental es la firma nos encontramos frente a las llamadas citas de la autoridad: “La única forma de tratar que se remedien ciertos males ciudadanos es ‘volver sobre ellos oportuna e inoportunamente’ como dice San Pablo en sus Epístolas”. En el discurso polémico, particularmente en sus variedades más violentas, la manipulación de las palabras del adversario puede adoptar diversas modalidades. Se puede así prolongar una cita para descalificarla: “‘Llegaremos al año próximo con una economía consolidada’… si no nos morimos antes”. Se pueden introducir pequeñas reflexiones discordantes: “Repiten: ‘Rosas como estanciero (algo imper­ donable para algunos pequeñoburgueses) no supo defender…’”. O se pueden utili­ zar las palabras del otro en su contra, de allí el nombre de cita boomerang:

“Quienes intentan la defensa de la figura del tirano no ignoran, porque ellos mis­ mos lo han señalado, que la ‘interpretación histórica se hace desde la actuación política presente’. ¿Qué puede entonces esperar la democracia de tales ideólogos?”.

Transtextualidad

Gérard Genette en Palimpestes (París, Seuil, 1982) define la transtextualidad,

o trascendencia textual del texto, como “todo aquello que lo relaciona, manifiesta o secretamente, con otros textos”. Se reconocen cinco tipos de relaciones transtextuales:

1. Intertextualidad: Relación de copresencia entre dos o más textos. Su forma más explicita y literal es la cita, pero también se incluyen el plagio (préstamo no declarado pero literal) y la alusión (cuando la comprensión plena de un enunciado supone la percepción de su relación con otro).

2. Paratextualidad: relación que el texto en sí mantiene con su “paratex­ to”: títulos, subtítulos, prólogos, epílogos, advertencias, notas, epígrafes, ilustraciones, faja, etcétera. También pueden funcionar como paratexto los “pretextos”: borradores, esquemas, proyectos del autor.

3. Metatextualidad: relación de “comentario” que une un texto a otro del cual habla y al cual incluso puede llegar a no citar. La crítica es la ex­ presión más acabada de esta relación metatextual.

4. Hipertextualidad: relación de un texto con otro anterior del cual deriva por transformación (El Ulises de Joyce respecto de la Odisea de Homero) o por imitación (La Eneida respecto de la Odisea, el Guzmán de Alfara­ che respecto de El Lazarillo de Tormes).

La transformación que lleva de la Odisea al Ulises es simple o directa: con­ siste en transponer la acción al Dublín del siglo XX. La imitación es también

una transformación pero más compleja e indirecta: Virgilio en la Eneida cuenta otra historia pero inspirándose en el tipo genérico (es decir, formal y temático) establecido por Homero. La imitación exige la constitución previa de un modelo

de competencia genérica (en este caso épico) capaz de engendrar un número in­

definido de realizaciones miméticas. Para transformar un texto puede bastar un

gesto simple y mecánico (arrancar unas hojas: transformación reductora); para

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imitarlo hay que adquirir un dominio al menos parcial de los rasgos que se ha decidido imitar. La diferencia aparece con mayor claridad en ejemplos elementales:

Transformación:

Volverán las ilusas profesoras De su saber frutos a mostrar…

Imitación:

Jerónimo Luís Cabrera, que aquesta ciudad fundades que en necios es la primera Entre todas las ciudades ¿Por qué non resucitades? ¿Por qué no la desfundades o fundáis otra cualquiera? Jerónimo Luis Cabrera. (Estudiantes universitarios, Córdoba, 1918)

Genette considera solo aquellos casos en los que la derivación de un texto a otro es a la vez masiva (B deriva en su totalidad de A) y declarada de una manera más o menos oficial. Propone así la siguiente clasificación general de las prácticas hipertextuales.

Régimen

Lúdico

Satírico

Serio

Relación

Transformación

Parodia “Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se llena”

Travestimento

Transposición

Virgilio travesti

Vida de Don Quijote y Sancho

(S. Carron)

(Unamuno)

Imitación

Pastiche

Caricatura (charge) A la manera de

Continuación

L’Affaire Lemoine

(falsificación

(Proust)

/forgerie)

 

Segundo tomo del Ingenioso Hidalgo

(Avellaneda)

Parodia: “desvío” de un texto con transformación mínima. El ejemplo más simple es la deformación de los refranes: “Cuando la razón no está los ratones bailan”. Travestimento: transformación estilística con función degradante, su forma ejemplar es la escritura en octosílabos y en estilo “vulgar” de un texto épico:

escritura de la Eneida, por ejemplo conservando su acción, es decir su conteni­ do fundamental y su movimiento pero imponiéndole otro estilo. Uno de los blancos del travestismo popular es la fábula. Trasposición: esta “transformación seria” es la más importante de todas las prácticas hipertextuales. En ella la amplitud textual y la ambición estética y/o ideológica llevan a ocultar o hacer olvidar su carácter hipertextual (Doctor Fausto de T. Mann, Ulises de Joyce). Las formas más habituales de esta práctica son la traducción y el resumen. Un caso interesante, en el marco de la literatura española, es el de Vida de Don Quijote y Sancho, de Miguel de Unamuno, en el cual el autor conserva las aven­ turas del héroe pero las interpreta a su manera, pretendiendo mostrar las verda­ deras razones y el verdadero sentido de las mismas:

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Pero el generoso león más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió de espaldas y enseñó sus partes traseras a Don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula […]

¡Ah condenado Cide Hamete Benengeli o quienquiera que fuese el que escribió tal hazaña, y cuán menguadamente la entendiste…! No, no fue así, sino lo que en verdad pasó es que el león se espantó, se avergonzó más bien al ver la fiereza de nuestro caballero, pues Dios permite que las fieras sientan más al vivo que los hombres la presencia del poder incontrastable de la fe [ ]

No, el león no podía ni debía burlarse de Don Quijote, pues no era hombre sino león, y las fieras naturales, como no tienen estragada la voluntad por pecado original alguno, jamás se burlan los animales son enteramente serios y enteramente sinceros, sin que en ellos quepa socarronería ni malicia.

Pastiche: imitación de un estilo, desprovista de función satírica. Una vez constituido el modelo de competencia, o idiolecto estilístico que se viene a imitar, el “pastiche” puede prolongarse indefinidamente. Caricatura: pastiche satírico cuya forma canónica es “A la manera de…” Continuación: “imitación seria” de una obra que tiende a prolongar la obra complementaria. Por ejemplo, La segunda parte del Lazarillo de Tormes publicada un año después del “auténtico” Lazarillo y también anónima.

5. Arquitextualidad: relación del texto con el conjunto de categorías ge­ nerales a las que pertenece, como tipos de discurso, modos de enuncia­ ción o géneros literarios. A veces esta relación se manifiesta en una mención paratextual (Ensayos, Poemas, La novela de dos centavos), pero en general es implícita, sujeta a discusión y dependiente de las fluctua­ ciones históricas de la percepción genérica.

Un caso de polifonía: el empleo de refranes (o proverbios)

Al enunciar un refrán “el hablante abandona voluntariamente su voz y adopta otra para preferir un segmento de habla que no le pertenece realmente, que no hace más que citar” (Greimas). Se puede incluso decir que este es el dis­ curso referido por excelencia. No se retoman las palabras de otro sino de todos los otros, fundidos en la “impersonalidad” del refrán. No solo como en la poli­ fonía corriente, la responsabilidad de la aserción de un refrán se atribuye a un personaje distinto del locutor, sino que también en ella se entremezcla la voz del locutor con todas las veces que lo han proferido antes que él. El locutor del refrán es también su enunciador, es decir que lo es personal­ mente, pero lo hace borrándose detrás de otro enunciador, “se”, que es el verda­ dero garante de la verdad del refrán y que representa la opinión común. La interpretación polifónica del refrán, es decir, el simple hecho de percibir el ocultamiento del locutor detrás de la voz de un enunciador distinto, identificado como se, depende de factores lingüísticos y extralingüísticos. Extralingüísticos porque el refrán pertenece a un stock de enunciados conocidos por los hablantes de una lengua. Lingüísticos porque el refrán posee propiedades específicas: esta­ tuto genérico de las figuras del enunciador y el alocutario, embragues temporales (presente genérico o realización cero: “Quien mal anda, mal acaba”, “En casa de herrero, cuchillo de palo”), referencia de los grupos nominales a clases y no a in­ dividuos. El refrán mantiene también relaciones estrechas con la función poética jakobsoniana; esto se debe por una parte a la necesidad de estabilizar y de me­ morizar el enunciado (estructuras breves, simetrías fonéticas y prosódicas), y por la otra a la estructura binaria que privilegian los refranes. El desvío es un procedimiento discursivo que consiste en producir un enun­ ciado que posee las marcas lingüísticas de la enunciación de los refranes, pero que no pertenece al stock de refranes reconocidos. Este procedimiento puede te­ ner un objetivo lúdico o militante. En este último caso el desvío tiende a otor­ gar autoridad a un enunciado o a invalidar la del refrán en nombre de intereses de distinto tipo.

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Se podrá hablar así de estrategia de captación o de estrategia de subversión. El desvío puede afectar a las condiciones genéricas de la enunciación de los refranes: condiciones formales (sintácticas, prosódicas,…) y condiciones de em­ pleo (exigen que se trate de una verdad de “sentido común” dirigida a un alocu­ tario universal). El desvío puede también afectar a un refrán reconocido (cuanto menor sea la modificación operada mayor será el éxito): “Al pan, pan y al vino, Toro”; “Hay que golpear a la madre mientras sea joven” (Hay que golpear el hierro mientras está caliente). En algunos casos el significante no se modifica, pero el contexto propone otra isotopía: “De carne somos” en una propaganda de hamburguesas.

Adaptación de A. Gresillen y D. Manguenau, “Polyphonie probe et detourment”, Langages, 73

(1984).

Otras formas de “dar la palabra”

Dos pares de nociones (locutor/enunciador y alocutario/destinatario) son ne­ cesarias para dar cuenta de la permanente posibilidad que ofrece el lenguaje, y que el discurso explota constantemente, de “dar la palabra” a personas que no son la persona que habla, es decir, a personas distintas de la que produce efecti ­ vamente el enunciado, y que recibe el nombre de locutor. Supongamos que A, locutor, dirige a B, alocutario, un enunciado E. Llamare­ mos enunciador a la persona a quien A atribuye la responsabilidad de lo que se dice en E, y destinatario a aquella quien se dice, según él, lo que se dice en E. En el caso (el más simple, aunque no el más frecuente) de un discurso no dis­ tanciado, el enunciador es el locutor y el destinatario es el alocutario. En cam­ bio, cuando se cita lo que se dice, el enunciador puede ser a veces el alocutario o un tercero y el destinatario puede ser el locutor o también un tercero. Daremos algunos ejemplos. Puede ocurrir que un locutor formule él mismo las preguntas a las que tiene ganas o se cree obligado a responder. Así, algunos psicólogos han observado que algunos niños –que quieren hacer saber a sus pa­

dres que han realizado una acción virtuosa– tienen tendencia a “hacer como si” los padres le pidieran que la relataran. Un niño que va a sentarse a la mesa, pregunta a su madre: “¿Qué hacía yo hace un rato, mamá? Me lavaba las ma­ nos”. La madre es el alocutario del enunciado interrogativo, tal como lo prueba el vocativo “mamá” y el niño es su locutor, ya que el “yo” remite a él. Pero re ­ presenta a su madre como si ésta le formulara la pregunta: “¿Qué hacías?”. En el discurso del niño, por lo tanto, el alocutario es la enunciadora del primer enun ­ ciado, y el niño, locutor, es su destinatario. La misma repartición de roles per ­ mite describir un discurso en que A tendría la impresión de que B se asombra de su presencia, le dice: “¿Por qué estoy aquí? Porque me gusta”. El locutor de la pregunta es su destinatario, y el alocutario es el enunciador de la pregunta:

encontramos el mismo procedimiento en el discurso universitario. Para anunciar las partes principales de su próxima exposición el autor formula una serie de preguntas, es decir, se las hace formular un lector interesado (y por lo tanto, fic­ ticio) que accede de ese modo a la condición de enunciador. El doble sentido de la palabra “question” es significativo a este respecto: se trata de una cuestión (que se considera como tema del discurso) pero se la formula (considerándola como una interrogación). ¿Pero el tema del que alguien habla es caso otra cosa que la interrogación imaginaria de un alocutario o auditor transformado en enunciador? La negación nos proporciona otro ejemplo del mismo fenómeno (más para­ dójico aún, en la medida en que en ella la imbricación de los discursos de los interlocutores es mayor). Razones diversas nos incitan a comprender muchos enunciados negativos como si fueran refutaciones de los enunciados afirmati­ vos correspondientes, que se atribuyen a un enunciador ficticio. Un ejemplo de ello son las estructuras rectificativas como: “No es francés, sino belga”. Si ob­ servamos sus condiciones de empleo, vemos que, para utilizarlas, tenemos que imaginar que alguien habría afirmado lo que nosotros negamos. El enunciado que tomamos como ejemplo constituye, de este modo, una especie de diálogo cristalizado en que un enunciador diferente del locutor afirma que alguien es

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francés, y en que un segundo enunciador (que puede ser asimilable en este caso al locutor) lo contradice y lo corrige. Si la rectificación es introducida por “al contrario”, esta interpretación se impone con mayor fuerza aún: “Juan no está de viaje, al contrario, me dijo que no se movería en toda la semana”. El segundo enunciado se presenta como siendo contrario a algo, pero ¿a qué? No al conte­ nido global del primero, que en realidad se corrobora. La relación de contrarios se da con la afirmación que se niega en el primero

y que conserva por lo tanto una especie de presencia a pesar de la negación de que es objeto. También en este caso obtenemos una buena explicación de los

hechos si describimos el enunciado negativo como conteniendo a la vez una afirmación, cuyo enunciador es a veces el alocutario, a veces un tercero y un “¡No!” que replica el locutor-enunciador. La idea de que una afirmación subyace al enunciado negativo es una idea

motivada desde el punto de vista lingüístico pero, además, es aclaradora desde

el punto de vista psicológico.

Para reconocer esto, no es necesario sostener, con Freud, que esa afirmación constituye la verdad del enunciado, que expresa el deseo inconsciente, y que la negación es solamente una formalidad superficial impuesta por la censura para que la afirmación pueda hacerse. Aun limitándose a la superficie, es suficiente tratar de explicar el modo como los enunciados se encadenan en el discurso. Se verá a menudo que la negación no sigue un desarrollo que, en virtud de ciertos principios de “buen sentido” podría llegar a la conclusión A. En la primera égloga de Virgilio, Melibeo compara su lamentable suerte con la prosperidad de su amigo Titiro, y agrega: “Non equidem invideo” (“no siento envidia en abso ­ luto”). Para dar una coherencia interna al discurso de Melibeo hay que aceptar que la negación en este caso refuta la conclusión “sin duda, sientes envidia” que Melibeo atribuye a su amigo Titiro.

Los ejemplos anteriores demuestran que la posibilidad de hacer hablar al otro dentro de nuestro propio discurso desborda el campo de lo que se llama habitualmente “discurso referido”. Otras formas, cuya importancia argumentativa es innegable, son la apela­ ción a la autoridad, la ironía y la concesión. Un recurso de autoridad como “como dice Platón”, “como todos saben”, interca­ lado en la exposición de un argumento, permiten deducir una conclusión de ese ar­ gumento mismo sin necesidad de demostrar su verdad (ya que no lo enunciamos por nosotros mismos sino que lo hacemos enunciar por Platón o por “todos”). La ironía opera del mismo modo pero en sentido inverso. Para demostrar que una tesis es falsa, se utilizan a favor de ella argumentos absurdos, que se atri ­ buyen a sus defensores, de modo que el carácter absurdo de su discurso termina para hacer revelar la absurdidad de la tesis. La concesión se integra también en el mismo esquema. El enunciado conce­ sivo, que introducimos a menudo por medio de aunque o seguido de pero, es a menudo el de un adversario, real o ficticio, al que damos la palabra, y al cual incluso permitimos por un momento que argumente en dirección opuesta res­ pecto de aquella que corresponde a la conclusión que quisiéramos extraer. Es así que siguiendo una estrategia esencial al liberalismo podemos presentar el derecho a la palabra, que reconocemos al otro, como un refuerzo de la conclu­ sión que nos va a oponer a él, conclusión que va a parecer más “objetiva” aún, ya que no ha temido hacer frente al discurso del adversario. Estas relaciones in ­ tersubjetivas pueden realizarse en la actividad lingüística porque la enunciación no se confunde con la mera emisión de palabras, ya que el locutor puede ceder el lugar de enunciador de palabras al alocutario o a un tercero y ocupar el lugar de destinatario.

Adaptación de Oswald Ducrot, “La enunciación”, en El decir y lo dicho, Buenos Aires, Hachette, 1984.

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