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La lucha contra la discriminación

Artículo de opinión en ocasión del Día Internacional de los Derechos


Humanos (10 de diciembre e 2009)
Por Navi Pillay, Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los
Derechos Humanos

Total de palabras (versión en español): 814

Antiguas y nuevas formas de discriminación e intolerancia continúan


dividiendo comunidades alrededor del mundo. Los sentimientos de
xenofobia van en aumento. A menudo son manipulados con propósitos
demagógicos o incluso por agendas políticas siniestras. Día con día, sus
corrosivos efectos socavan los derechos de innumerables víctimas. Es por
eso que hoy, Día de los Derechos Humanos, las Naciones Unidas instan a
todas las personas, en todas partes del mundo, a vivir la diversidad y
terminar con la discriminación.

La discriminación puede tomar muchas formas, encubiertas o manifiestas,


públicas o privadas. Puede aparecer como racismo institucionalizado, como
conflicto étnico, o manifestarse en episodios de intolerancia y rechazo que
escapan del escrutinio. Sus víctimas son los individuos o grupos más
vulnerables a los ataques – todos aquellos que, debido a su raza, color,
género, idioma, religión, opinión política o de otra índole, nacionalidad u
origen social, propiedad, ascendencia, estatus, discapacidades y orientación
sexual, son percibidos como diferentes.

La discriminación a menudo tiene múltiples dimensiones. Los grupos que son


marginados debido a su origen o situación, encuentran más exclusión y una
restricción a sus derechos cuando intentan tener el acceso que el derecho
internacional les otorga a la vivienda, la alimentación, la salud y la
educación.

Las personas con discapacidad conforman la minoría más grande y más


desfavorecida del mundo. Por ejemplo, el 98% de las niñas y los niños con
discapacidad en países en desarrollo no asiste a la escuela. Los pueblos
indígenas representan el 5% de la población mundial, pero el 15% de sus
habitantes más pobres. Las mujeres aportan dos terceras partes de las horas
de trabajo en el mundo y producen la mitad de los alimentos, pero debido a
la discriminación y los estereotipos de género, sólo ganan el 10% del ingreso
mundial y son dueñas de menos del 1% de las propiedades en el mundo.

La historia ha demostrado una y otra vez que cuando se les permite


arraigarse, la discriminación, la desigualdad y la intolerancia pueden
quebrantar las bases mismas de las sociedades y dañarlas por generaciones.
Sin control, puede desbordarse a través de las fronteras y envenenar las
relaciones entre naciones.

La historia también ha probado que estas aborrecibles prácticas no tienen en


absoluto aspectos beneficiosos. La discriminación socava la cohesión social y
económica de las sociedades. Mina sus recursos. Desaprovecha sus talentos.
Margina a individuos y grupos productivos, y desalienta su creatividad e
iniciativa.

Debemos luchar contra la intolerancia y los intereses que engendran


discriminación, y así lo hemos hecho. La visión de quienes promueven y
defienden los derechos humanos, su clara determinación y energía, han
dado frutos al elevar el nivel de conciencia entre el público y al producir
diversos tratados de derechos humanos que dan lugar a disposiciones sobre
igualdad y contra la discriminación. Estos tratados crean una red protectora
de obligaciones que los Estados deben cumplir. Restauran la dignidad
previamente negada a millones de mujeres, hombres, niñas y niños.

Para ampliar este cuerpo normativo, en 2001 la Conferencia Mundial contra


el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de
Intolerancia, en Durban, y su Conferencia de Examen realizada en Ginebra el
pasado abril, fueron convocadas para abordar algunos de los aspectos más
amenazantes de la discriminación. La Conferencia de Examen de Durban
concluyó con un amplio acuerdo en el que 182 Estados se comprometieron a
prevenir, prohibir y atacar todas las manifestaciones de racismo e
intolerancia. El acuerdo revigorizó la determinación y el propósito
expresados en Durban para borrar la enraizada vergüenza del racismo y
proporcionó una plataforma para un nuevo comienzo en el combate a la
discriminación a gran escala.

Es innegable que el progreso ha sido notable, pero no debemos detenernos.


La discriminación no desaparece por sí sola. Debe ser desafiada a cada
instante. Debemos avanzar y movernos rápidamente.

No debemos perder de vista que el disfrute de los derechos humanos nos


enriquece a todos. Por el contrario, cuando se coarta o se niega la dignidad
humana a causa de violaciones a los derechos humanos, tales abusos nos
afectan a todos. Esto es particularmente cierto en nuestras sociedades, cada
vez más multiétnicas y multiculturales. Es especialmente urgente combatir
la discriminación en tiempos de crisis, tales como la actual crisis económica
que ha impactado desproporcionadamente en los medios de vida de los
grupos más vulnerables y ya marginados de la sociedad, dado que la
competencia por los recursos cada vez más escasos expone a las minorías a
la desconfianza y los ataques.

En este mismo día, en 1948, la Declaración Universal de los Derechos


Humanos estableció inequívocamente que todos los seres humanos nacen
iguales en dignidad y derechos. Más de 60 años después, estas palabras
resuenan con inalterable intensidad. Hagamos de los principios de igualdad,
libertad y dignidad plasmados en la Declaración Universal de Derechos
Humanos una realidad en todas partes. La tolerancia universal y el respeto
por la diversidad son nuestra meta.