Gustavo Torner, es pintor y escultor, colaboró en los años sesenta con Zóbel y Gerardo Rueda en la

creación e instalación en Cuenca del Museo de Arte Abstracto Español. Además de su obra pictórica
y la escultura monumental, ha realizado montajes de exposiciones en la Fundación Juan March,
renovación de salas del Museo del Prado, decorados y figurines para el teatro y diseño de tiendas.
"El arte no existe", dijo el nuevo académico, que centrará sus actividades en la sección de escultura.
"El arte no existe como cosa, cosa física, y creo que ni siquiera como concepto, al menos como
concepto claro. Lo que existe son las obras de arte. Y las obras de arte son ante todo, o al menos
primariamente, objetos físicos. El arte, para existir, para manifestarse, necesita encarnarse. Necesita
un objeto físico que lo soporte".
Opina que una característica de nuestra época "es la paulatina desaparición de las diferentes
grandes culturas por sus crisis internas, y el comienzo de una nueva basada en los restos de aquéllas
y sin el soporte estructural de los valores de las religiones que las sustentaban". "El arte puede ser
todo; algunos dicen que el arte es todo. Y aquí empiezan las innumerables dificultades. Y la primera y
fundamental es que no sabemos qué es el arte. Por ello no tenemos ninguna norma, referencia o
unidad de medida para poder calibrar qué cantidad de arte contiene una obra de arte, o si no tiene
ninguna y conviene rechazarla como tal". Bonet Correa dijo que Torner es "un sujeto pensante, de
aguda y penetrante mente, de clarividente e intuitiva inteligencia. Muy dado a la especulación, es un
raro ejemplo de artista contemporáneo que se mueve a sus anchas en el terreno del pensamiento".






¿Qué es Verdaderamente el Arte?
El Arte (con mayúsculas) es un medio de comunicación entre el artista y el Señor, Supremo Creador,
mediante el cual le expresa su mensaje de adoración, reverencia, agradecimiento o petición personal.
Medio que el artista respetuosamente expone ante el público, no con el fin de lucimiento o
enriquecimiento personal, sino como una forma de transmitir a este público lo sublime de esta
comunicación, de modo que éste también pueda utilizar ese medio para conectarse con Dios. Esta
forma de Arte lo observamos en todas las culturas milenarias, particularmente de la India (con su
sabiduría védica) y de Abya Yala o América precolombina (por su cosmovisión originaria) y, por los
paralelismos y semejanzas de ambas culturas enunciados por el Movimiento Indoamérica, podemos
afirmar que el Arte es un medio de expresión universal. Podemos afirmar así que el Arte contiene una
sabiduría que de alguna forma se ha transmitido a la humanidad pero el tiempo, las conquistas e
invasiones en la India y en América, han ido borrando la esencia de su mensaje.
En este sentido el origen del Arte es sagrado, para el disfrute personal de Dios en el momento de la
comunicación con el ser humano, cuando éste lo ejecuta como artista o lo aprecia como observador.
Luego el Arte es un vínculo de comunicación de persona a Persona, cuya característica y estética
depende de la capacidad de comunicación trascendental del ser humano participante. Medio de
comunicación vedado para el animal, como entidad viviente en la cual también se encuentra el Señor
como Paramatma (Sabiduría Védica).
Con este concepto de Arte, podemos afirmar que el Arte natural es toda aquella manifestación del
hombre hacia su creador, ejecutada y ofrecida, desde el corazón, con sentimiento y conciencia de si
mismo. Por eso decimos que es Arte Consciente con un valor trascendente, medido por el Supremo.
En la actualidad, conocemos de la existencia de las obras de arte contemporáneo con diversas
tendencias, cuya valoración se hace considerando:
1. Su procedencia, verificada por la autenticidad de la firma del autor y su trayectoria.
2. Su calidad artística, correspondiente al óptimo desempeño técnico del artista a la fecha de su
realización
 Su condición o estado de conservación.
 La moda o movimiento del gusto colectivo.
 Su rareza o novedad.
El Arte Consciente va más allá de eso, puesto que lo único que importa es su trascendencia, es decir,
la forma en que facilita la comunicación del ser humano con el Supremo y sus expansiones, la Madre
Tierra, la Naturaleza, los Semidioses. Luego, si hubiera que definir algún criterio de evaluación de
una obra de Arte, éste debería considerar:
• Contenido simbólico de la sabiduría del mensaje, de fuentes védicas y originarias
• Biografía y currículo del servidor-artista, como modelo de ser humano consciente
• Reportajes, entrevistas, CD, etc., que demuestren la trascendencia del mensaje
La manifestación primigenia del Arte es el Arte Culinario, a través del cual el ser humano se comunica
con el Señor Supremo, presente también en si mismo y en todo ser viviente como Paramatma,
ofreciendo el alimento preparado para Él, que después agradece su consumo como remanente:
Prasadam. De esta forma, se justifica que el Arte Culinario esencialmente es vegetariano (Sabiduría
Védica).
Este ofrecimiento de alimentos es un acto ceremonial común en la cultura de los pueblos originarios
de América que brinda la oportunidad para que el ser humano esté permanentemente en alegre
contacto con el Señor. Basta tener un mínimo grado de recogimiento para comenzar a preparar el
alimento pensando en el Señor para que, gradualmente, con el paso del tiempo, días y meses se
vaya tornando en un diálogo trascendental, en el cual el ser humano comienza a comprender la
riqueza de este Arte primigenio.
El permanente contacto con el Señor, en su conciencia, permite comprender otras leyes de la
naturaleza, donde el amor y el respeto constituyen la base para el establecimiento de ambientes de
paz y armonía, lo cual se resume en el advenimiento de la Cultura de la Dulzura,
El Arte Consciente entonces es el Arte de vivir. Es la emoción de vivir, sabiendo que el Señor
Supremo es el amigo bienqueriente que interviene en el mundo físico y espiritual, y expresando cada
uno de nuestros actos como manifestación superior del alma en contacto con Dios y con el hombre.
Arte que es el modo de vida del ser humano consciente, en contacto con la Madre Tierra, Chaw
Guenechen, Ajaw, Krishna o como quiera que se lo nombre en Indoamérica.






“El público, en general, se ha aferrado a la teoría de que el artista es un semejante suyo que debe
producir Arte del mismo modo que un zapatero zapatos. Con esto quiere dar a entender que debe
producir la clase de pintura o escultura que ha visto que antes fue señalada como Arte. Puede
comprenderse esta extraña exigencia, pero no apoyarla, pues es lo único que el artista no puede hacer.
Lo que ya ha sido hecho una vez, no vuelve a ofrecer problemas. No constituye ninguna tarea que
pueda estimular al artista. Pero también los críticos y los intelectuales son a veces reos de una
incomprensión análoga. También ellos dicen al artista que produzca arte; también ellos se inclinan a
considerar los cuadros y las estatuas como exponentes de museos futuros. La única tarea que ofrecen
al artista es crear algo nuevo: si tiene su personalidad, cada obra representará un nuevo estilo, un
nuevo ismo. En ausencia de alguna ocupación más concreta, hasta el más dotado de los artistas
modernos se somete en ocasiones a estas exigencias. Sus soluciones al problema de cómo ser original
son a veces de un ingenio y una brillantez que no pueden despreciarse; pero, a la larga, difícilmente
será una tarea que valga la pena proseguir.
La primera idea, la del público que exige al artista que se acomode a su idea del Arte, y que Gombrich
mismo dinamita con su famosa frase “no hay Arte sino artistas”, no requiere ninguna explicación. O sí,
si esta frase se confunde con una declaración de relativismo artístico, al que Gombrich combate
siempre. De hecho, en la decimosexta edición española, publicada en 1997, se vio obligado a explicar el
sentido adecuado de su solemne comienzo (y verdaderamente revolucionario, en la primera edición) “no
existe realmente el Arte, sólo hay artistas”. En las pp. 601 y ss. el historiador confiesa que no pudo
prever entonces hasta qué punto el retorno a la mentalidad infantil -a la pura espontaneidad
creativa- acabaría por esfumar la diferencia entre las obras de arte y otros objetos hechos a
mano:
“el artista francés Marcel Duchamp (1887-1968) adquirió fama y notoriedad en base a (sic.) coger
cualquier objeto (al que llamaba ready made -ya hecho) y firmarlo; otro artista mucho más joven,
Joseph Beuys (1921-1986), que siguió sus pasos en Alemania, sostenía que él había ampliado la noción
de arte. Espero sinceramente no haber contribuido a esta moda -pues pronto se puso de moda-
abriendo estas páginas con el comentario de que no existe realmente el Arte. Lo que yo quería decir,
claro está, es que la palabra arte ha significado cosas distintas en épocas distintas”.
Gombrich defiende que no hay una idea universal sobre Arte (con mayúscula), pues lo que entendemos
por arte cambia en el tiempo y según las culturas. Pero habría un modo de ser artista que parece
universal, como si perteneciera a la naturaleza humana (de los artistas), y que consiste entre otras cosas
en que esas personas peculiares no se conformen con lo recibido, y lo intenten cambiar; y aspiren
además a la perfección, al dominio de la técnica necesaria para hacerlo y tengan el carácter fuerte de no
conformarse con soluciones a medias.
Habría un modo de ser artista que parece universal, como si perteneciera a la naturaleza humana
Ilustra magníficamente ambas ideas con ejemplos visuales al final de cada capítulo, donde aparecen
trabajando artistas, representados con estilos artísticos muy diversos, los de la época de la que trata cada
capítulo. Pero estos artistas trabajando, recogiendo la herencia anterior para modificarla según el
espíritu de su propio tiempo, constituyen la unión entre todas las formas de hacer arte, un hilo conductor
del collar de perlas que forma la cultura artística mundial, cuando no se dejan llevar demasiado por las
influencias externas y los condicionamientos de su propio tiempo.
Aquí es donde entra en juego la segunda idea, que habla de cómo los críticos de la vanguardia y los
intelectuales que justifican sus teorías, acaban imponiendo a los artistas una cierta idea de lo que debe
ser el Arte, aunque esta idea pasa por la “tradición de lo nuevo”. Esta idea resultaba muy innovadora en
su momento, y sesenta y tres años después, nos puede interesar revisitarla, para ver si verdaderamente
esa nueva tarea que se les exigía a los artistas desde el mundo del arte (la high culture de críticos e
intelectuales que menciona Gombrich) valía o no la pena. Creo que es el momento de empezar a
plantearse cuántos de los experimentos que han llenado las páginas de nuestros manuales del siglo
XX perdurarán en el siglo XXII. Ya se vende a precio de saldo mucho arte que acumularon los
museos de arte contemporáneo tan prolíficos a finales de siglo. A precio de chatarra incluso cuando no
hay mejor postor.
Gombrich sabía ya entonces que los mejores logros artísticos no son individuales, sino
generacionales, y tienen mucho que ver con la competencia de los propios artistas para conseguir
lograr unas determinadas metas que interesaban a toda la sociedad, y no sólo a unos pocos. Por eso
denuncia que tanto el exceso de individualismo en el artista como el peligro de doblegarse ante la moda
del ser original a cualquier precio atenta seriamente a la calidad del arte que produce una sociedad. Por
esta causa, invitaba a los artistas a no caer en manos de los recursos publicitarios que amenazan
constantemente con “perder la carrera del arte”, y a ser conscientes de que esta “tradición de lo nuevo”
es algo pasajero, que no ha sido compartido en otras épocas ni en otras culturas, en las que hacer las
cosas bien está mejor visto que ser original: “¿No sería una bendición -termina diciendo- que esta
actitud estuviera algo más extendida entre nosotros?”.
Gombrich, terminaba la primera edición de su libro cediendo al público la responsabilidad de cara a lo
que vaya a ocurrir en el futuro del arte occidental:
Los artistas, creemos, existirán siempre. Pero si también el arte ha de ser una realidad depende en no
escasa medida de nosotros mismos, su público. Por nuestra indiferencia o nuestro interés, por nuestros
prejuicios o nuestra comprensión, nosotros decidiremos su continuidad. Somos nosotros quienes
tenemos que mirar que el hilo de la tradición no se rompa y que se ofrezcan oportunidades a los
artistas para que acrecienten la preciosa sarta de perlas que constituye nuestra herencia del pasado.
Efectivamente, Gombrich sabe que el público tiene la última palabra, y así lo estaba demostrando al dar
su confianza a nuevos lenguajes como la historieta, el cine y la arquitectura, en los que el trabajo de
equipo y la maestría del oficio es fundamental. Desde el punto de vista creativo, hace mucho tiempo que
las artes “convencionales” van a la zaga de estos nuevos lenguajes de comunicación social. Pero
también en las artes convencionales hemos asistido a cambios muy interesantes que el propio Gombrich
anunciaba en su manual, cuando habla de que esa unión entre arte y escritura que se daba en Oriente, se
estaba imponiendo también poco a poco en Occidente gracias al expresionismo abstracto. Gombrich no
habla todavía del graffiti (los graffiteros se consideras encritores), pero está anunciando el enorme
desarrollo de esta idea de volver a escribir con imágenes, en la misma era de la reproducción
audiovisual. Y también anunciaba la idea de un arte que sale a la calle, e intenta escapar de los circuitos
cerrados de museos y galerías, donde el mercado de la especulación se ha impuesto de un modo muy
poco artístico, demasiado interesado. Quizás en el siglo XXII sigamos viendo intuiciones interesantes
que ya dijo Gombrich, en su edición número 222. Pero espero que para entonces algún editor osado y
responsable nos ofrezca ya una traducción decente al castellano.
Gombrich sabe que el público tiene la última palabra, y así lo estaba demostrando al dar su confianza
a nuevos lenguajes como la historieta, el cine y la arquitectura, en los que el trabajo de equipo y la
maestría del oficio es fundamental