José Ramón Hernández Correa

La Hoja Desnuda
Novela





























A Juan Daniel Fullaondo,
in memoriam




















































La trascendencia de la obra de Frank Lloyd Wright (a quien, como Bruno Zevi, muchos
consideramos el mayor arquitecto desde las cavernas), junto con su apasionante vida, le ha
elevado a la categoría de mito. Ante ella, insoslayable, caen rendidos aun sus biógrafos y
críticos más escrupulosos.
En este libro yo también he sucumbido gozosa y voluntariamente a la tentación
hagiográfica-mítica, ante la figura colosal, sobrehumana, de nuestro héroe.
He de advertir que no he escrito una biografía, sino una novela, y, por lo tanto, me he
permitido tantas licencias e invenciones como he creído convenientes, pero casi siempre
respetando los datos biográficos que conocía, aunque no convinieran a mi intención,
estructura y ritmo narrativos.
Al conocedor del arquitecto que se acerque a este libro con la curiosidad de hallar nuevos
datos, le advierto que los históricos están alterados a menudo, y mezclados con los
inventados. Al que, sin conocerle, lo lea por el placer de la novela, espero satisfacerle, y le
aseguro que, al menos, esta es mi visión sincera del personaje.






CANTO AL TRABAJO. FRANK LLOYD WRIGHT

Viviré
Como trabajaré
¡Como soy!
No trabajaré a la moda ni fingiré.
Ni por todos los favores, rendido,
Me pondré máscara, escudo ni aguijón.
Mi trabajo es el que conviene a un hombre.
Mi trabajo.
El trabajo que conviene al hombre.

Trabajaré
Como pensaré
¡Como soy!
No pensaré a la moda ni fingiré.
Ni por todas las riquezas del mundo
Seré vil siervo de los dioses del comercio.
Mi pensamiento es el que corresponde a un hombre.
Mi pensamiento.
El pensamiento que corresponde al hombre.

Pensaré
Como actuaré
¡Como soy!
No actuaré a la moda ni fingiré.
Ni por toda la fama que se pueda conseguir
Envainaré la blanca hoja desnuda.
Mis actos son los que le cuadran a un hombre
Mis actos.
Los actos que cuadran al hombre.

Actuaré
Como moriré.
¡Como soy!
No esclavo de la moda ni del fingimiento.
Orgulloso de mi libertad
La mantendré y defenderé hasta la muerte.
Mi vida es la que vive un hombre.
Mi vida.
¡Siempre! Todo lo que vive el hombre.


Declaración de Independencia. Versos de escuadra y regla T.
Taller de Oak Park. 1896.
5
Primera parte

La voz de la pradera

1

Los desocupados estuvieron toda la mañana mirando el horizonte ondulado de
suaves lomas verdes, hasta que divisaron la manchita. El tortuoso camino transcurría
paralelo al río Wisconsin, abriendo una abrupta grieta de tierra en el verdor de la
pradera; una hendidura que, molida una y mil veces por las ruedas de los carros y los
cascos de los caballos, aparecía como una inexplicable interrupción de aquel vergel. Esa
línea de tierra embarrada conectaba Ricland Center con el mundo.
Era la media mañana de un jueves de septiembre en el que, desusadamente, se
prolongaba el calor del verano, que ese año –1868– tardaba en extinguirse; y era ese día
de la semana cuando llegaba el viejo Perry con su mercadería. Era el único contacto
regular que tenía el poblado con el mundo exterior.
Cuando aparecía la manchita aún faltaba una hora para que Perry llegara al
pueblo, y durante ese tiempo se corría la voz y la gente se iba congregando en el centro
de la avenida principal (y única) que, a falta de plaza, era el foro en el que tenían lugar
los actos públicos, de los que, sin ninguna duda, el más importante era la visita semanal
del mercachifle.
Madison, la capital del Estado, no quedaba demasiado lejos, ni tampoco
Milwaukee, aún mayor; pero los granjeros no viajaban hasta allí a no ser que no
tuvieran más remedio, para hacer algo realmente importante. Así que cuando uno de
ellos anunciaba su partida –con muchos días de antelación– recibía toda clase de
encargos de sus convecinos. Como tal cosa no era frecuente, el suministro al poblado
–ropa, medicinas, libros, aperos de labranza– dependía casi exclusivamente del viejo
Perry, un hombre de edad indefinida que, a juzgar por su cháchara, había derrochado
heroísmo combatiendo al lado del general Grant contra los rebeldes, y había sido
licenciado al finalizar la guerra –tres años atrás– con toda clase de condecoraciones, que
exhibía perennemente colgadas en su astroso gabán, sucias, oxidadas, mugrientas.
Presumía de haberse ganado más del doble de las que ostentaba; el resto decía haberlas
perdido en la cárcel, donde había ido a parar, según los días, por haber robado un tonel
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de ron, o por haberse liado a tortas con un indeseable, o por haber insultado a un alcalde
renegado y traidor. (Esto dependía del humor de Perry, que se enfrascaba en sus relatos
y a veces no tenía más remedio que rematarlos de forma inverosímil).
Aquel jueves, los críos que solían adelantarse a la llegada de Perry yendo a su
encuentro para volver con él y anunciarle corriendo a su lado a lo largo del último
tramo, venían fuera de sí. El buhonero traía esta vez el objeto más increíble que pudiera
imaginarse.
–¡Un piano!; ¡un piano!; ¡un piano!; ¡un piano!; ¡un piano! –canturreaban los
niños con frenesí, en una letanía sofocante que llenaba todo el espacio y todo el aire
abrasador. Como chicharras impertinentes, con un zumbido monótono y chillón,
repetían mil veces: –¡Un piano!; ¡un piano!; ¡un piano!; ¡un piano!
Perry, imperturbable desde lo alto del pescante, atizaba a su jamelgo para que
hiciera ese último tramo con algo de gracia. Desde arriba miraba al infinito, mascando
tabaco, ignorando majestuosamente a los muchachos y escupiendo de lado bolas de
saliva negra, pringosa y maloliente que, de haberle acertado, habrían sacado un ojo a
algún crío,
tan sólidas eran.
Cuando llegó al centro de la calle, detuvo al animal y su cara cambió
bruscamente de expresión. Dibujó una sonrisa de oreja a oreja, tan falsa y exuberante
que, más que una muestra de deferencia y simpatía hacia su clientela, era ya una señal
convenida y arbitraria del rito que iba a comenzar. Se ponía de pie sobre el pescante, se
echaba las manos al cinto, con los pulgares metidos entre éste y el pantalón; miraba de
derecha a izquierda a la concurrencia, girando todo el cuerpo, como si los fuera a orinar
o, al menos, a escupir, y se apeaba tranquila y solemnemente. Puesto el pie a tierra,
comenzaba su retahíla:
–¡Buenos días, señoras y caballeros! Aquí ha llegado el viejo Perry, y si no ha
podido llegar antes ha sido porque unos bandoleros le han asaltado. ¡Menos mal que
Perry llevaba este magnífico Winchester a su lado, que dispara doce balas seguidas y
del que ninguna familia debería carecer! ¡Buenos días, señora O'Henry! ¿Se le curó ya
ese resfriado? ¡Seguro que sí, si tomó, como le prescribí, mi licor de genciana! ¡Hagan
todos como la encantadora señora O'Henry, Dios la bendiga! ¡Compren el licor de
genciana! ¡Cura el dolor de muelas, las molestias del embarazo, las picaduras de
serpiente, escorpión y otras alimañas! ¡Hace fértiles aun a las ancianas y aclara las
orinas más oscuras! A veinticinco centavos el envase pequeño, a cincuenta el grande y
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a... ¿cinco dólares el galón? ¡Qué va! ¿Tal vez a tres dólares? ¡No! En un inexplicable
rapto de locura lo dejo en... ¡un dólar! ¡A dólar! ¡A dólar el galón! Quita, niño. ¡Mi
querido señor Wilson! ¡Buenos días! ¿Acabó usted con el pulgón? ¿Cómo que no?
Insista con el elixir del doctor Appelmann. ¿Quiere usted otro frasco? Ah, que todavía le
queda. Pues eche más; gaste usted el frasco, hombre de Dios. (Mejor cambio de tercio;
el doctor Appelmann no vende hoy). ¡Vestidos a la última moda, para señoras de toda
edad! ¿De Madison? Por favor, señorita, no ofenda mi gusto estético ni mi
sensibilidad... ¡Niños, no toquéis más el órgano!
¡No es un piano; es un órgano, pandilla de animales! ¡No son de Madison, queridas
señoras y señoritas! ¡Son de Washington! ¡De Washington! De la capital de esta grande
y próspera nación que ha dejado de ser un inmenso campo de batalla y se prepara a vivir
como un país civilizado. ¡De auténtica seda natural! ¡Y de terciopelo, raso y franela!
Hechos en Washington por las mejores modistas, con patrones traídos del mismísimo
París, Europa. ¿No aprecian la finura de estos volantes, la galanura de estos bordados al
realce? ¿Acaso no es evidente que ésta es una obra de arte y de cultura? ¡París a nuestro
alcance! De París a Washington, de Washington a Madison y de Madison aquí en pocos
meses. ¡Claro que sí! Sólo unos meses tarda ya la civilización en cruzar con sus
refinados y sutiles... eso, lo que sea, la mar océana. ¡Ahí está! Y ropa de faena, de
franela y lona, siguiendo también modelos europeos. Los parisinos labran sus campos y
ordeñan sus vacas con estos elegantes monos de lona. No, señor Wilson, no es
afeminamiento; es elegancia y comodidad. (Este señor Wilson se ha propuesto chafarme
la mañana). Y, además, está científicamente demostrado que las vacas dan más leche si
son ordeñadas en un ambiente suave y estético, selecto y refinado, en el que la ropa de
los granjeros es elemento principalísimo. No me crean; arruinen su ganado haciendo
oídos sordos a la voz de la sabiduría, que yo no hago sino transmitirles. ¿Está por ahí el
señor Wright? ¡Le traigo el órgano que me pidió para la iglesia! ¡Señor Wright! ¡Que
alguien avise al reverendo William Wright! Señora Harrison, qué gusto me da verla.
Aquí le traigo sus lentes. Tome: unas finas, otras medianas y otras gruesas; alguna le ha
de valer. Pruébeselas. ¿Qué tal? ¿Se queda con todas? No, mujer; las tres por cinco
dólares. Use las gruesas para coser y las finas para presumir. ¡Gracias! ¿Dónde está el
señor Wright? ¡Ah; por fin! Mire, mire qué hermoso órgano. Tóquelo, reverendo;
pruebe.
Tímidamente se abrió paso entre los asistentes un hombre de unos cuarenta y
tantos o cincuenta años. El pastor de Richland Center era discreto y reservado. Cohibido
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y a la vez estirado, poseía todas las cualidades necesarias para que nadie congeniara con
él. Distante desde su intelectualidad malgastada en aquellas tierras de granjeros, ejercía
su ministerio con desgana creciente, sumido en solitarias y estériles disquisiciones
teológicas. Sólo encontraba placer suficiente para resarcirse de tantos sinsabores con su
verdadera vocación: la música. Siempre había compaginado su actividad religiosa con el
magisterio ambulante de la música, y tanto su desgastada Biblia como su no menos
sobado violín le habían llevado sin rumbo desde su amada y civilizada Costa Este natal
hasta el Medio Oeste americano, en el que vivía dando tumbos sin objeto, tratando de
barnizar los toscos caletres de los colonos con algunas nociones ociosas.
El reverendo William Wright no sentía apego por las gentes ni por los lugares
por los que su desazón itinerante y su desarraigo le habían hecho pasar. Esta vida
nómada y sórdida le impedía hacerse realmente querer por sus vecinos, que le veían,
excepto cuando tocaba el violín animadamente en los bailes de las fiestas, distanciado,
entregado a una pasión incomprensible, enfrascado en sus sermones demasiado
intelectuales y en su absurda ilusión de enseñar música a los hijos de los granjeros.
Se subió al carro, se sentó incómodamente ante el órgano, sobre un bidón de
aceite, pero levantando los faldones de su levita como si se posase sobre una banqueta
de terciopelo. Pidió a un crío que accionara el fuelle –todos quisieron hacerlo y hubo
sus más y sus menos, con tortas y todo– y comenzó a tocar con una actitud mucho más
respetuosa y solemne que la que nunca tuvo Mozart ante el Emperador de Austria.
Se hizo el silencio. La calle mayor de Richland Center, polvorienta, costrosa,
sucia, poblada de moscas abrasadas, se inundó de una música sobrenatural. La gente
quedó boquiabierta. A algunas mujeres se les inundaron los ojos y a algunos hombres se
les hizo un nudo en la garganta por el profundo sonido de aquel inexplicable
instrumento que nunca habían oído. Una fuga de Bach, enredándose y persiguiéndose
por el aire caliente, nota a nota, en cascada de sonido mágico e irreal, imposible en
aquel paraje, deshacía los duros contornos de las cosas, esculpidos a la dura luz que
ahora se ablandaba, diluyéndose. Perry miraba complacido al público; sabía que ya tenía
el órgano vendido. Ahora que la habían escuchado, nadie se resistiría a que su iglesia
careciera un solo día más de aquella música beatífica.
Aquel órgano cerraba una época histórica, de lucha fiera por la tierra, de
emigración y supervivencia, e inauguraba definitivamente la época de la paz y de la
prosperidad. El órgano demostraba, con su vibrante sonido, que las cosechas crecían,
que el indio y la Guerra Civil eran cosas pasadas, que los hombres de Richland Center
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habían dejado de ser aventureros desesperados y ya eran, por fin, ciudadanos pacíficos y
cristianos satisfechos y agradecidos.
Cuando William Wright terminó de tocar, se apeó del carro casi avergonzado
por haber acaparado durante tanto tiempo –no siendo en el púlpito– la atención de sus
convecinos. éstos le tributaron un aplauso encomiástico que le avergonzó aún más. No
adivinaba que su música era más elocuente que sus solemnes e indescifrables sermones.
–Perry –dijo el pastor–, perdóneme por no haberme sabido expresar
correctamente la otra semana, pero yo sólo quería que se enterara de cuánto podía costar
un órgano. No le encargué que me lo trajera. Lamento el malentendido.
–No se preocupe, señor Wright. Le entendí perfectamente. Pero vi esta ganga en
Madison y no pude permitir que algún otro se la quitara de las manos. Es tan barato que
me decidí a traérselo.
–¿Cuánto cuesta?
–¡Sólo trescientos dólares!
–¡Uf!
–Es un precio ridículo, reverendo.
–No se lo discuto, pero me temo que no puedo pagarlo. Lo siento; no sé por qué
le he hecho perder el tiempo. La verdad es que no puedo pagar ni eso ni mucho menos.
–¡Pero, hombre de Dios! ¡Sería usted el primer pastor que pagara el órgano de la
iglesia con su propio dinero! ¡Organice una colecta!
–No. No sería honrado. Yo quería utilizar el órgano también en mis clases y para
mi solaz particular, y no puedo permitir que sea sufragado. En fin; lo siento.
El viejo Perry sonrió con la suficiencia de un experimentado adulto ante la
ingenuidad de un niño pequeño. Haciendo oídos sordos a las débiles protestas de
Wright, improvisó una emotiva arenga en la que recalcó ante todos la deshonra y la
mezquindad que suponía que un pueblo tan próspero como el de Richland Center, con
esas tierras tan fértiles en las que se apreciaba la bendición de Dios, no tuviera la
suficiente fe, ni el agradecimiento necesario para aportar unas monedas que sirvieran
para cantarle al Padre sus alabanzas con un instrumento digno de él. Picó el amor propio
de sus oyentes preguntando al aire si acaso ese pueblo iba a ser menos que los otros.
Entonces Wright intentó una protesta más enérgica por este argumento innoble, pero en
ese momento fue acallado por su esposa, que, en contra de su estilo señorial, se acercaba
presurosa, alzándose ligeramente las faldas con las manos y llamando a su marido para
evitar la catástrofe.
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–William, por favor –le dijo cuando llegó por fin a su lado, conteniendo la voz,
venciendo las ganas de gritarle–; ven a casa.
–Pero, Anna, mujer, ¿qué te ocurre?
–Vente, William. Por–fa–vor –dijo la señora, casi mordiendo las sílabas–. Es
urgente.
–Espéreme un momento, Perry. Ahora vuelvo.
–¡Cómo no, señor Wright! –Perry se llevó la mano derecha al pecho e insinuó
una reverencia a la señora, que ya se alejaba llevando literalmente en volandas a su
marido. La concurrencia estalló en una carcajada al ver al respetable clérigo siguiendo
como un corderito a su esposa.
La señora Wright, de soltera Anna Lloyd–Jones, era lo que, por decirlo
suavemente, llamaríamos una mujer de carácter. Diecisiete años más joven que su
marido, se había casado con él por un espontáneo enamoramiento que, más que causado
por las dotes y cualidades de William Russell Cary Wright, había surgido de las
expectativas y suposiciones que ella misma se había forjado. Anna había sido educada
en una familia disparatada de predicadores y maestros patriarcales y aventureros, de
Biblia y rifle; hombres de feroces barbas y largos cayados de pastor; apóstoles de una
religión inventada sobre la marcha, que se bifurcaba inacabablemente en sectas
inverosímiles; nuevos druidas transplantados al nuevo mundo desde su Gales natal.
Inconformistas e independientes, forjadores de una nueva civilización, los Lloyd–Jones
enarbolaban orgullosos el lema de su clan: “La Verdad Contra el Mundo”.
El padre de Anna, Richard Lloyd–Jones, había ejercido simultáneamente la
agricultura, la enseñanza, la oratoria herética y la fabricación de sombreros cónicos
como cucuruchos de bruja: altos, negros y con pequeñas alas redondas; todo ello como
una sola actividad complementaria e indivisible. Harto de la hostilidad de sus
compatriotas hacia su
mensaje encendido, emigró a América como un apóstol iluminado. Engendró cinco
hijas y cinco hijos, que prolongaron la vocación familiar de enseñar y predicar. Los
hombres del clan se proclamaban clérigos; las mujeres, maestras. Anna enseñaba a los
niños a leer y a escalar tremendas montañas que simbolizaban leyendas mágicas de su
tierra druídica. Sumida en esta pasión casi militar, que inculcaba a sus alumnos
exhaustos, Anna asustaba a los jóvenes de su edad, y alcanzó la de los veintinueve años
sin casarse, cosa que tampoco le preocupaba en exceso a no ser por su anhelo de tener
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hijos, a los que se veía educando como hombres perfectos, verdaderos legionarios de su
fe inquebrantable en un mundo rico y enérgico.
Anna vio en William a un hombre culto y prudente, suficientemente maduro
como para haber superado las tonterías y prevenciones de los jovencitos ineptos, y
viudo, lo que, lejos de desanimarla, le pareció que le daba una experiencia conveniente.
Pero el predicador músico no terminaba de complacer al predicador sombrerero, pues
los dos eran igualmente testarudos y heterodoxos en su fe, y era imposible que dos
predicadores, en aquella tierra en la que cada pastor instauraba una religión distinta,
pudieran ponerse de acuerdo. Pero ambos eran cultos y buenos conversadores, y
disfrutaban llevándose la contraria. Por otra parte, el patriarca ya desesperaba de casar a
su hija, y bajó el listón de sus heroicas pretensiones, conformándose con el modesto
historial literario, surtido de varias celebridades provincianas, de la familia de su futuro
yerno, quien, educado en tan refinado ambiente, lejos de enfocar su misión apostólica
como la desaforada aventura guerrera de los Lloyd–Jones, la ejercía nutrido del
trascendentalismo de Emerson.
Se casaron en seguida, y William se llevó a su esposa de Spring Green a
Richland Center, un pueblo lo suficientemente alejado como para que el nuevo
matrimonio tuviera independencia, pero no tanto como para que Anna perdiera la
relación con sus padres.
En su aún corto matrimonio, William había llevado siempre la voz cantante,
pero aquella mañana de septiembre su esposa sacó por primera vez la energía que había
estando sofrenando y fue capaz de humillarle en público.
–Anna, ¿cómo te atreves a...?
–William. Hay algo que debo decirte. No puedo consentir que, en nuestra
situación económica, cometas la locura de comprar ese órgano.
–Pero, mujer, si yo no pretendía comprarlo.
–¿Ah, no? ¿Entonces por qué llevas todo este tiempo suspirando por él?
–Sólo quería saber cuánto podía costar. Pero no te preocupes. Vale trescientos
dólares, así que ya ves.
–Sueñas con él desde hace tiempo, y si no lo puedes comprar hoy lo harás tarde
o temprano. Incluso eres capaz de empeñar lo poco que tenemos.
–¡Qué cosas tienes! No hace falta que te pongas así. Además, a lo mejor
podemos ahorrar algo. Tal vez Perry me deje pagárselo poco a poco.
–¿Lo ves? ¿Ves cómo eres capaz de todo?
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–¡Bueno, y qué! Anna, estoy muy sorprendido por tu actitud.
–William, tengo que decirte algo. Me hubiera gustado decírtelo de otra manera,
más tranquila y más contenta, pero veo que has de saberlo urgentemente o cometerás
una locura. Tenemos que hacer economías, pero no para comprar el órgano. Vamos a
tener un hijo.
–¿Cómo? ¡Oh, Anna! ¡Qué alegría!
–¿De verdad te alegras? Tenía el temor de que no le quisieras.
–¡No digas eso! Ya sabes que entonces estaba destrozado. Te lo he contado
muchas veces.
–Sí. Lo sé. Pero nunca lo he entendido.
–Ahora todo será distinto.
–Vamos a tener un hijo. Y sólo tenemos ochenta dólares. Todo el mundo te debe
dinero, William, y tú no haces nada por cobrarlo. Das las clases de música por puro
placer, y nunca estás pendiente de cobrarlas.
–Sí. Tienes razón, querida. Tienes razón... ¡Un niño! ¡Otro pastor! No. No será
pastor. ¡Será músico!
–No, William. No va a ser ni lo uno ni lo otro. Va a ser arquitecto.
William Wright se echó a reír.
–¡Arquitecto! ¡Qué cosas tienes! ¿Cómo te ha dado por ahí?
–Es una profesión muy bella. Y un oficio respetable. Y tiene muchas
posibilidades.
–Sí. Sin duda –El señor Wright sonreía mirando a su esposa como a una
chiquilla–. Y ahora déjame volver con el viejo Perry. No te preocupes; no pienso
comprar el órgano. Es sólo que me he ido de mala manera, sin despedirme y sin dejar
las cosas claras.
Se separaron. Ella se fue a casa y él volvió a la Calle Mayor, sonriendo de
nuevo. “Arquitecto; je, je. Arquitecto. ¡Qué cosas tiene!”.
Cuando llegó, vio a la gente descargando el órgano, y a Perry feliz.
–Reverendo, ya tiene órgano su iglesia. Sus fieles han dado doscientos veintitrés
dólares. Los otros setenta y siete se los regala el viejo Perry. ¡Ah; casi se me olvida!
Aquí tiene las láminas que me encargó su esposa. Dos dólares.
William Wright, confuso y sin hacer preguntas, sacó los dos dólares y recibió un
envuelto de papel. Se dirigió a la iglesia con los demás, señaló el sitio donde instalar el
órgano, se despidió de todos dándoles las gracias y se marchó a casa. Por el camino no
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pudo resistir la curiosidad y desenvolvió el paquete. Eran unos grabados de edificios:
catedrales neogóticas inglesas, palacios renacentistas, torres, cúpulas.
–¿Arquitecto?
Cuando llegó a casa, su mujer estaba esperándole.
–¡Ah!; traes las láminas. ¿A ver? No están mal.
–¿Por qué le pediste esto a Perry? Para decorar la casa preferiría escenas bíblicas
o, al menos, paisajes.
–No son para decorar. Es una teoría que he leído hace poco. Lo que se lee, o se
contempla, o se escucha durante el embarazo puede influir durante el desarrollo del
niño.
–¿Eh? ¡Oye! ¿Desde cuándo sabías...? ¿Arquitecto?
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2


William Wright, contra su voluntad y a instancias de su insistente esposa, había
conseguido finalmente recabar la atención de la comunidad hacia su situación
económica, que sus expectativas familiares iban a agravar. Sus corderos, reunidos en
asamblea, decidieron asignarle un sueldo a tanto por sermón y a sermón por domingo,
como era uso que se hiciera con los pastores fijos, a diferencia de los ambulantes, que
llegaban a un pueblo, se subían a lo primero que veían cuando no a su propia maleta,
soltaban su discurso encendido de horrores y pasaban el sombrero. De esta manera, con
la asignación de unos honorarios, se acabó –provisionalmente– el nomadeo del pastor
Wright. Su esposa logró también que los vecinos de Richland Center se acostumbraran
a pensar que los progresos que hacían sus hijos con la notación musical debían
retribuirse con dinero.
Anna Wright dejó las clases cuando su embarazo avanzó, y se dedicó a leer con
fervor todo lo que caía en sus manos sobre educación y sobre arquitectura, y a
contemplar atentamente su creciente colección de láminas de edificios, convencida de
que, a través de sus ojos, de su sangre y de su placenta, llegarían a la sensibilidad latente
de su hijo.
Así nació Frank Lloyd Wright, el día ocho de junio de 1869, en el seno de una
familia ya asentada en un hogar estable, con un padre que se deshacía en palabras doctas
y en notas esquivas y una madre férrea entregada a su forja; predestinado a ser el mayor
arquitecto de la historia quién sabe por qué inexplicable capricho de su madre.
La familia Wright contrapesaba su precaria situación económica con una altivez
y un sentimiento de la dignidad que formaban una mezcla explosiva. Pobres y
orgullosos, los Wright vivían inmersos en su mundo, sin apenas tratarse con sus
vecinos. Anna era feliz recluida en casa con su hijo–experimento y William se
reconcentraba cada vez más en su música. Los alumnos hacían progresos, pero no
dejaban de ser unos aficionados con más buena voluntad que dotes artísticas. El pastor
se aburría. La orquesta que había querido formar no era más que una rústica banda apta
tan sólo para amenizar las fiestas. La verdadera música, la gran música, le estaba
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reservada sólo al maestro, quien se encerraba en la sacristía a tocar su violín o, cuando
podía disponer de algún crío que le diera al fuelle, en el coro con el órgano.
La señora Wright había tomado bajo su personal responsabilidad la educación de
su hijo, de la que el marido quedaba excluido. El taciturno pastor ansiaba que Frank
creciera un poco, lo suficiente como para que pudiera empezar a responder a sus
influencias. Quería enseñarle música, pero música de verdad. También quería inculcarle
a Emerson, a Whitman. Ya le veía de jovencito, encarnando todos sus ideales: íntegro,
honesto, culto, amante de la naturaleza entendida como armónica composición del
Creador, fundiéndose con ella y, al mismo tiempo, capaz de domeñarla; valiente,
generoso, inteligente, sensible. Estos ideales eran compartidos por su mujer, pero ella
los subordinaba todos al de que su hijo fuera el constructor de ese nuevo mundo idílico,
de su paisaje, de las moradas de sus hombres y de los templos en que se consagraran a
Dios. Frank empezaba a decir sus primeras palabras, y ya se empeñaba su madre en
mostrarle los grabados que inundaban las paredes y enseñarle a decir: “cúpula”,
“bóveda”, “columna”, “capitel”. William no se explicaba la razón de esa manía. él no
podía concebir que su hijo fuera arquitecto; a quién se le podía ocurrir ese disparate.
Tanto él como la familia de su esposa eran clérigos. Tenían una misión que cumplir en
aquella tierra ignara, y sus descendientes debían continuar esa labor. La evangelización
de los granjeros iba aparejada a su enseñanza, a su cultivo; así que cualquier destreza
que acompañase a la Biblia era necesaria: la música, las letras, la medicina... Pero la
arquitectura, ¿a santo de qué? Un pastor debía ser no sólo el guía espiritual de su
comunidad, sino también su consejero, su maestro. Ningún conocimiento estaba de más,
e incluso era bueno saber cómo construir una casa o un establo; pero eso no justificaba
concentrar toda su educación a ese solo fin. Saber construir una casa era, para el pastor,
algo mucho menos relevante que saber administrar una granja y, desde luego,
completamente insignificante ante el ejercicio de la música o de la religión.
William Wright esperaba impaciente a que su hijo creciera y, mientras tanto, se
resignaba a no pintar nada en la familia: Como educador del niño era anulado por su
esposa; como proveedor del sustento familiar era una calamidad. Frustrado y
decepcionado, se escondía en su sacristía a tocar a Bach. Sólo le quedaba la esperanza
de que cuando Frank creciera entrara en su mundo solitario.
Por su parte, la señora Wright estaba también decepcionada. El pastor con quien
se había casado no tenía nada en común con los de su familia. éstos eran hombres
fuertes, arrolladores y de gran carácter; temibles y capaces de dominar el mundo. Aquél,
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por el contrario, era bastante pusilánime, habitado por una cultura inútil que, no
habiendo fructificado en un carácter decidido, sólo servía para sumirlo en raras
cavilaciones y llenarle la cabeza de sueños etéreos e inalcanzables. Su única esperanza
era que su hijo siguiera la línea de la familia materna. “Frank Lloyd–Jones”, lo llamaba
a veces para sí. Ella se encargaría de que fuera uno de ellos en su espíritu y en su
carácter. Además, su marido se había quedado sin familia, incluso sin aquellos primeros
hijos (¿por qué los habría abandonado así?), mientras que la de ella vivía a pocas millas
y se visitaban a menudo. De manera que el niño gozaba de la sana y fuerte influencia de
su abuelo y de sus tíos.
Anna Wright, a pesar de todo, amaba a su marido. Era un hombre bueno,
amable, sensible. Su falta de fuerza la compensaba con una serenidad respetable y
digna. Sólo que ella había sido educada en el lema de su familia: “La Verdad Contra el
Mundo”, mientras que su marido, de tener un lema, habría adoptado resignadamente el
de “la verdad a pesar del mundo”, carente de la belicosidad y de la capacidad de los
Lloyd–Jones para enfrentarse a las circunstancias y vencerlas.
La señora Wright tenía un peculiar sentido del honor, exacerbado por su penuria.
Frank asistía gratuitamente a la escuela, como hijo del pastor, y la familia gozaba de
algunas prerrogativas similares, según costumbre, que eran perfectamente admitidas por
ella, incluso con orgullo, como señal de reconocimiento y distinción. Pero, sin embargo,
y de forma arbitraria, rechazaba firmemente por vejatorios otros usos igualmente
habituales, ante el asombro y la incomprensión de sus vecinos.
Así, cuando la señora Laura Callaghan se presentó en la rectoría con una cesta
llena de pasteles de calabaza, la esposa del pastor la recibió, muy digna, con gran
frialdad.
–Señora Callaghan, quiero hacerle saber que, aunque nuestra situación
económica no es desahogada, aún no hemos llegado a pasar hambre.
La buena vecina se quedó estupefacta.
–Pero, señora Wright; yo... yo no pretendía... de ninguna manera...
–Bien, bien –atajó la señora Wright–. Le agradezco, en nombre de mi marido, su
buena intención. Pero no podemos aceptar su... dádiva.
Laura Callaghan no sabía qué quería decir dádiva, pero se imaginó lo peor. A
medida que pudo irse recuperando del susto, pasó a considerar su orgullo también
herido, y le dijo, conteniendo su ira como mejor pudo:
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–Yo no he pensado que ustedes tuvieran hambre. Vamos, es que ni se me ha
pasado por la cabeza. Es sólo que he hecho unos pasteles, que, por cierto, y aunque me
esté mal el decirlo, me salen como a nadie, y he pensado que ustedes deberían
probarlos.
–Le reitero nuestra gratitud, pero he de decirle que para darnos a probar sus
pasteles, de cuya virtud no dudo, habría bastado con traernos dos o tres, o invitarnos, si
es que usted lo considerara oportuno, a degustarlos en su casa. Pero venir aquí con esta
cesta tan escandalosamente llena no está bien. Eso es caridad o, lo que es peor,
desfachatez, ¡y no lo voy a consentir! Mi marido trabaja como cualquier otro y se basta
para mantenernos a su hijo y a mí.
–¡Basta ya! Yo sólo he venido como buena vecina, sin pensar en todas esas
monsergas. ¡Allá ustedes! ¡Adiós!
La señora Callaghan estuvo a punto, por un momento, de tirarle los pasteles a la
cara a la engreída esposa del pastor. “¿Qué se habrá creído esa tipeja con aires de gran
señora? Con lo buenazo que parece el reverendo, haberse casado con semejante mujer.
Y el niño. Hay que ver cómo lleva al pobre niño. No pasarán hambre, pero casi, casi; a
mí que no me digan. Y, sin embargo, el niño va como un príncipe, con sus trajes de
terciopelo y el cuello de encaje, enorme, cayéndole sobre la espalda y la pechera, con su
botonadura dorada. Y los bucles. El pobre parece una niña, con su melenita rubia llena
de tirabuzones y ricitos. No juega con los demás, ni corre por la calle detrás de los
caballos. Bueno, claro, es que todavía es muy pequeño; pero da igual; seguro que
tampoco lo hace cuando tenga edad. Pobre niñito, esa especie de engendro afeminado”.
Embebida en estos pensamientos, la señora Callaghan se sorprendió, como si
despertara bruscamente, caminando hacia su casa con la cesta menguada y un pastel en
la boca.
Por su parte, Anna Wright, tan pronto como perdió de vista a la vecina, se dejó
caer sobre una silla y se sumergió en hondas reflexiones: Su marido, el hombre más
culto de Richland Center (bueno; tampoco tenía mucho mérito ser el hombre más culto
de aquel pueblo), vivía casi de la caridad. Estaba desperdiciando su talento en ese rincón
perdido del Medio Oeste. Ella tenía que ponerse manos a la obra. Hasta entonces había
evitado pedir favor alguno a su familia, pero había llegado la hora de hacerlo. Su padre
gozaba de aprecio y de influencia en los círculos baptistas, y su hermano Jenkin se
estaba granjeando más y más prestigio como predicador unitario. En los múltiples
18
laberintos de la religiosidad americana los Lloyd–Jones eran alguien. Y su marido,
oscuro y olvidado, no tenía menos talento que ellos, e incluso les superaba en formación
y cultura. El único problema era su carácter; inquieto, sin terminar de asentarse en
ningún sitio, inadaptado y resignado a su suerte incierta. William necesitaba
urgentemente un empujoncito de su suegro y de su cuñado, y ella debía irles preparando
a todos: a unos para que se lo dieran y al otro para que lo aceptara.
A William, la idea fue penetrándole con interés creciente. Cada vez más
desalentado por la infertilidad de su actividad religiosa en Richland Center, consideró,
aun a pesar de perder su independencia y su libertad, las ventajas de formar parte de una
iglesia grande, poderosa y organizada, capaz de apreciar sus dotes intelectuales y
confiarle misiones más importantes. Al fin y al cabo, los baptistas no estaban muy lejos
de sus convicciones personales, y, si le destinaban a una ciudad, podría desarrollar su
ministerio religioso tal y como él lo entendía, con fieles cultos, con tertulias interesantes
y debates de alto nivel, y, sobre todo, podría llevar a cabo con mayor dignidad –e
incluso con éxito, quien sabe– su actividad musical, que era ya a esas alturas lo que más
le importaba.
El patriarca de los Lloyd–Jones recibió la noticia con alborozo. Su yerno había
sentado por fin la cabeza. Inmediatamente le fue ofrecida una iglesia en Weymouth,
Massachusetts, su tierra natal, a la que se mudaron en el año 1874. El pequeño Frank
tenía cinco años de edad. En Richland Center quedó una capilla vacía y un órgano mudo
que ni el próximo pastor ni los siguientes sabrían hacer sonar de nuevo en muchos años.
La Costa Este era un paisaje mucho más apropiado para William Wright, que se
encontraba en su ambiente. Aunque Weymouth era una ciudad pequeña, la diferencia
con Richland Center era abismal. Además estaba muy cerca de Boston, la ciudad más
europea de América.
Por otra parte, la vida en Weymouth no difería mucho de la de Richland Center.
Si acaso, de la mayor envergadura de la ciudad y de la mayor importancia de su cargo se
desprendió una más respetable existencia y una mayor facilidad para desenvolverse en
el mundo de la cultura. Allí había más personas con las que intercambiar ideas, y
mejores alumnos de música. Y. sobre todo, la iglesia baptista de Weymouth tenía un
órgano excelente, muy superior al del viejo Perry.
Pero el carácter taciturno del rector siguió imponiéndose. William dejaba en
seguida las tertulias, se aburría, buscaba cualquier excusa para irse a casa y dejaba a sus
agradables amigos con la palabra en la boca. Entraba en su hogar y tampoco encontraba
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allí lo que quería; besaba apresuradamente a su mujer y a Frank y se refugiaba en la
sacristía. Allí veía su violín y su órgano, callados, fieles, esperándole como los únicos
amigos con los que realmente se podía contar en todo momento.
William llamaba al coro a su hijo Frank, y le hacía manejar el fuelle. Frank
crecía saludable y feliz; tenía los mejores padres que habría podido desear, y vivía
absorto en ellos, venerándolos. Mientras el niño daba aire con el fuelle, su padre exhibía
su música, dedicándosela a él y enseñándole, pero en seguida se enfrascaba en ella y le
olvidaba. Frank gozaba cuando su padre le llamaba para que le ayudase con el órgano.
Entonces disfrutaba del privilegio de su atención durante los cinco o diez minutos
iniciales, y en las horas siguientes, cuando ya William estaba ajeno a él y a todo, le
observaba sin disimulo con una admiración infinita. Anna oía desde la casa las notas del
órgano, y se afanaba alegremente en las ingratas tareas del hogar, a las que daba
también un sentido específico para la formación estética de su hijo. Las cortinas
blancas, desnudas, las alfombras crudas, las mesas vacías y limpias, eran acentuadas con
toques de color: un pequeño centro de mesa aquí, una flor silvestre allá, un par de
cojines colocados en un rincón, como tirados descuidadamente. La casa tenía una
apariencia espartana y pura, con unos pocos detalles que denotaban una sensibilidad
sencilla y limpia.
Frank progresaba rápidamente con la música; también con el dibujo. Aún era
muy pequeño para decantarse por una u otra disciplina, así que, aunque cuando llegara
el momento sus padres tuvieran que discutir, por ahora ambos eran partidarios de que
aprendiera todo lo que estuviera en su mano enseñarle. El pulso entre ellos era firme y
enérgico, pero todavía flexible.
Cuando William Wright se sentaba ante el órgano, el pequeño Frank le miraba
con delectación, tomaba el ástil del fuelle y empezaba su labor con ritmo regular,
intentando adivinar qué pieza acometería su padre. éste solía tocar a Bach y a
Beethoven con preferencia sobre los demás compositores.
–Escucha, Frank. ¿Notas la armonía?
–Sí. Sí, padre. ¡Qué bonito!
–No es sólo bonito. Escucha. ¿Lo notas? Es una estructura. Es una construcción.
El orden controla y, sin embargo, es sutil. Ésta es la nota tónica. ¿Lo entiendes? Otra
vez. Y ésta es la sensible. ¿Ves? Un semitono. Una predisposición para resolver en la
tónica. ¿Lo entiendes? En Do mayor, la sensible es Sí. Síiii–Dooo. Síiii–Dooo. ¿Y en Fa
mayor?
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–¡Mi!
–¡Muy bien!
Frank se reía y se jaleaba orgulloso.
–¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Es muy fácil! ¿Puedo probar?
–Claro. Espera que te suba el taburete. ¿Cuál es el orden en que aparecen los
sostenidos en la armadura?
–Fa, Do, Sol...
–Venga. Qué más.
–Fa, Do, Sol... ¡ReLaMiSí!
–Muy bien. Pero te lo sabes de memoria. No entiendes por qué. Bueno. Eres
pequeño aún.
–¡No soy pequeño! ¡Ya me lo sé todo!
–¡Ja, ja! Perdona, hombre. Venga; empieza con las escalas mayores: Do, Sol,
Re... Y los arpegios.
El niño repetía los ejercicios de rutina insoportable con buen ánimo, y entonces
su padre le premiaba dejándole, por fin, ejecutar alguna pieza. Frank se alegraba de
llegar a lo divertido, y tocaba concentrándose en lo que hacía. Sacaba la punta de la
lengua y trepaba con los deditos por el teclado. Tenía un sentido natural y corregía sus
errores improvisando puentes hasta tocar la tecla acertada.
–Muy bien, Frank. Oído, oído. Lo captas. Entiendes la estructura, aunque aún no
lo sepas. Tienes un músico dentro, hijo mío.
Ese “hijo mío” encerraba todas las ambiciones frustradas de William, todas sus
espectativas e ilusiones. Frank tenía que ser un gran músico para que el pastor pudiera
entender su propia vida.
–Escúchame, muchacho. La música es un edificio de sonido. Una sinfonía posee
una estructura arquitectónica, una construcción tan sublime de orden y de acentos
múltiples subordinados, que ningún edificio de ladrillo o piedra ha logrado nunca
igualar. La arquitectura que tu madre se obstina en inculcarte no podrá compararse
nunca a la perfección de la música.
–Pero las catedrales son también muy bonitas.
–Sí, hijo. Sí lo son.
William tomaba entonces el teclado, proseguía la ejecución que su hijo había
dejado inconclusa y le daba indicaciones. En seguida dejaba de prestarle atención y se
sumía en su propia ejecución mientras que Frank, ignorado pero feliz pese a todo,
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accionaba el fuelle durante horas, soñando con tocar así de bien cuando fuera mayor y
su papá le enseñara del todo, y tratando al mismo tiempo de imaginarse qué edificios
podría hacer él –su padre le acababa de decir que nunca se habían hecho, y eso excitaba
su imaginación– que fueran tan sublimes como aquella música. Cuando él construyera
una catedral que no desmereciera de Bach, su padre se sentiría orgulloso de él. Frank,
con su obra magnífica, reconciliaría la arquitectura con la música, y así a sus padres. él
colmaría las ambiciones de ambos.
Una vez William tuvo a su hijo tantas horas seguidas de pie dando aire, que éste
cayó desmayado. El padre despertó como de un profundo sueño; tuvo conciencia, de
golpe, del tiempo transcurrido desde el inicio de la sesión, y se asustó de sí mismo como
de un ser monstruoso, que había sido capaz de torturar a su hijo hasta provocar su
desfallecimiento. Se asustó mucho. Lo tomó en brazos y apareció así con él por la
puerta que unía la iglesia con la vivienda. Anna gritó despavorida, pero ya el niño
volvía en sí. Lo acostaron en su cama, le refrescaron la frente con un pañuelo húmedo.
La madre, reconcentrada, mordiéndose los labios de pura rabia, no decía nada a su
marido. éste, por el contrario, avergonzado de sí mismo, se deshacía en excusas, en
explicaciones innecesarias, en autorreproches, en manifestaciones de su culpa.
Temblaba, sudaba, estaba a punto de llorar. No por el alcance del mal, que
afortunadamente ya se veía que no había sido nada, sino por su negligencia, que ahora
entendía como síntoma de un mal mucho más profundo que le estaba minando, como un
signo de su egoísmo, de su despego del mundo, de su desprecio hacia todos, incluso
hacia su propio hijo. Se veía incapaz de querer a nadie, de velar por nadie. Solo, inmune
a su propia familia, egoísta, egoísta, egoísta, incapaz de vivir una vida normal. Maldita
sea. ¡Oh, Dios mío! ¡No soy digno de Ti! ¡Ni de mi familia! Soy un monstruo. ¡Dios!
¡Dios! Nunca he querido a nadie, ni a Frank ni a mis otros hijos. Pobrecitos míos.
¿Dónde estarán ahora? ¿Qué será de ellos? ¡Ay de mí!
Aquí se consumó la destrucción del matrimonio Wright.
22


3


William, obsesionado tras el episodio lamentable, intentaba a menudo hablar con
su esposa, asegurarle que aquello no volvería a suceder, que cambiaría a partir de ahora.
Ella le esquivaba, y él, acallado por las lágrimas que pugnaban por asomar por sus ojos
y por su garganta, desistía y se quedaba solo. Ella no le ayudaba; cruelmente, creía justo
que su marido siguiera torturándose.
William se refugió, aún más enfermizamente, en la música, como otro podría
hacerlo en la bebida. Se exigió el inmenso esfuerzo de no echar a perder su vida.
Recurrió a un último resto heroico de dignidad para no hundirse, y dejó que pasara el
tiempo para que la rutina y el no preguntarse nada cauterizaran las heridas. Si no la
armonía, al menos en su casa volvió a aparecer la serenidad. Hubo un acuerdo tácito
entre los esposos para no hacer de su convivencia un infierno, y poco a poco la vida fue
haciéndose más apacible. William seguía enfrascado en sus cosas, pero de vez en
cuando se mostraba más expresivo. Entonces Frank se sentaba en sus rodillas para
escuchar cómo le leía, entonando como un actor, la Historia de la Decadencia y Caída
del Imperio Romano, de Gibbon. Su padre aderezaba la lectura con explicaciones más
asequibles: torcía el gesto y con voz cavernosa de mucho miedo daba vida a
emperadores de nombres impronunciables, y Frank se reía, y eso daba sentido a la vida
del infeliz matrimonio, la madre cosiendo viendo reír a su hijo.
William Wright se esforzaba todo lo que podía, pero tenía altibajos, momentos
de euforia y otros de recaída. Su personalidad inestable, unida a la tan férrea de su
esposa, eran las más indicadas para transmitir a su hijo toda suerte de problemas
emocionales, de inseguridades, miedos y frustraciones. Pero Frank Lloyd Wright debió
de nacer con algún tipo de coraza indestructible. Estas cosas a veces pasan. Frank se
enriquecía con los buenos momentos de sus padres, y era insensible a los malos.
Cuando su padre estaba de buen humor, le transmitía la visión de Whitman sobre
el mundo y la naturaleza, y Frank se henchía de ideales de grandeza y de gloria. Su
padre le mostraba la América de los pioneros y de los conquistadores, entre los que
estaba el abuelo Richard, y entre los que también había querido estar William, aunque
23
sin otra aptitud que la del nomadismo. No obstante, más por una posición intelectual
que por un hábito de vida, el pastor inculcó en su hijo la conciencia de la naturaleza, de
pertenencia a ella como hombre libre, como criatura suma y, sobre todo, como
americano.
William Wright no pescaba, no paseaba por los valles ni por los bosques, no
distinguía los nombres de los árboles ni de los pájaros. Pero había aprendido a amar la
naturaleza en los libros. Convencido por sus lecturas, William le reiteraba a su hijo la
perfección del mundo como obra de Dios y la estructura –también, cómo no, musical–
de las leyes naturales, de la astronomía, del paisaje y de las criaturas que lo poblaban.
En la oscuridad insana de su gabinete, su padre le hablaba de la luz del sol y de los
brillos verdes de los prados. Citaba párrafos de Emerson, transido de trascendentalismo,
iluminado y traspasado por la emoción.
Frank crecía leyendo a Whitman (incluso las partes más indecentes, en eso sus
padres eran también muy raros), escuchando las peroratas sobre trascendentalismo
emersoniano o las crónicas romanas de su padre, y dibujando con los lápices de colores
o ayudando a su madre a componer un centro de mesa. Vivía retraído de las compañías
de su edad. Aparte de los compañeros de escuela, no tenía trato con más niños, ni con
aquéllos fuera de las horas de clase. Sus padres procuraban que tuviera el menor roce
posible con ellos. Le inculcaron que la dignidad sacerdotal de su padre le salpicaba
también a él, que siempre debía dar ejemplo de seriedad y decencia, y no podía
permitirse las gozosas pero perjudiciales travesuras de esas monstruosas compañías de
seis o siete añitos. El ser pobres agravaba la situación. A sus padres les costaba un gran
esfuerzo tenerlo como un pincel, (y por la cabezonería de su madre, Frank iba relamido
hasta la ridiculez), y le estaba rigurosamente prohibido ensuciarse, despeinarse, hacerse
arañazos, ajarse la ropa o –¡cielos!– rompérsela. En casa, sin más vestido que un blusón
viejo o un saco de lona con agujeros para las piernas y un cordel atado al pecho, podía
estar sucio y revolcarse por el barro del patio (ahora como actividad educativa; era para
volverse loco), pero en las escuela estaba arreglado, iba con la ropa nueva y no podía
permitirse ninguna licencia, bajo ningún concepto. Además, en la escuela, por estar en
público, debía comportarse como un caballero. él representaba a sus padres, y cualquier
negligencia suya recaería sobre el reverendo como un deshonor. Todos los ojos de la
comunidad estaban puestos en el hijo del rector. Era muy duro ser el hijo del rector.
Su madre le recogía de la escuela y le llevaba de la mano por el paseo que,
flanqueado de rododendros exuberantes y álamos desgarbados, conducía a la oscura
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rectoría. En primavera, la señora Wright cogía algunas flores del paseo y, nada más
llegar a casa, componía con su hijo algún adorno con ellas. Frank tomaba con su madre
algunas decisiones nimias sobre las combinaciones cromáticas de las flores y, aun en
esos detalles tan triviales, era alentado entusiásticamente por ella, que consideraba todo
esto como parte de su formación estética, y la yuxtaposición de una flor azul con otra
amarilla como la prueba fehaciente e incontestable del talento del niño.
Le inculcó que la estética debía ser lo más importante en su vida, y que consistía
fundamentalmente en la sencillez y en la sobriedad. Sin más criterio que éste, la casa de
los Wright era seca, pero no insípida. Tenía un carácter duro, muy a tono también con el
del padre, de hogar rústico y puro, propio de los pioneros del oeste que William tanto
admiraba, pero a los que no había podido entender nunca ni de los que nunca había
sabido hacerse entender.
Aparte de su pasión irreal y arbitraria por los pioneros, el pastor tenía otras
aficiones insólitas. La última consistía en aprender sánscrito. Como lengua muerta y
sagrada, le producía un vértigo casi místico la posibilidad de entenderla, de leer los
Vedas y estudiar las posibles conexiones de las religiones hindúes con la cristiana. Cada
vez más cerca de la Iglesia Unitaria, William empezaba a considerar que todas las
manifestaciones de la religiosidad surgían de la misma raíz, y eran básicamente la
misma, que, para cada época y cada pueblo, emanaba de diferentes revelaciones de una
misma divinidad. En una librería de Boston descubrió una mala versión inglesa de la
obra de Panini y una recopilación de los Vedas en su lengua original, y se consagró a su
estudio y traducción durante meses interminables. El descubrimiento del monismo
vedanta le llenó de entusiasmo. Era muy similar a lo que él mismo estaba empezando a
creer.
Incapaz de darse cuenta de que su pasión no era compartida por sus fieles, en el
púlpito se adentraba por laberintos inextricables ante el aburrimiento de los cada vez
más escasos asistentes. En casa, su hijo le veía sentado a su mesa, enterrado en papeles
garabateados de jeroglíficos incomprensibles, mordiendo el extremo del lápiz
llevándose la mano izquierda a la frente y frunciendo los ojos y la boca en una mueca
desconcertante.
–Padre, ¿qué te pasa? ¿Te duele algo?
–¿Eh? Mmm... ¡Ah! Espíritu, espíritu. Alma o espíritu.
–Padre. ¡Eh!
25
–¡Pero alma y espíritu no es lo mismo! Claro; lo de siempre: panteísmo o teísmo.
¿Eh? ¿Qué?
–Oye, William –dijo Anna–. Aquí anuncian la Exposición de Filadelfia. Sí, la
del Centenario. ¿No crees que deberíamos ir? A Frank le gustaría.
–¡Ah! Sí; claro, querida. ¿Filadelfia?
–Sí. No está lejos.
–Pero yo no puedo abandonar mi parroquia. Idos el niño y tú.
Al final fue Anna sola. Decidieron que el niño era demasiado pequeño para
disfrutar de la Exposición, y que las pocas cosas que pudiera apreciar en ella no
compensarían las molestias y fatigas del viaje. Pero para Anna sí era muy importante
asistir. En la Exposición del centenario se podrían contemplar los últimos avances de la
ciencia y las más modernas corrientes del arte y de la pedagogía. Ella lo vería todo por
su hijo, y se lo traería a casa.
Frank y su padre se defendieron como pudieron durante un par de semanas. El
pastor tuvo que luchar a diario contra una plancha caliente a la que arrojaba huevos y
tocino. Para el niño, los estragos causados por aquella cocina feroz, de la que salían
unas incalificables masas pringosas, fueron muy superiores a los que habrían resultado
del viaje con su madre, incluso superiores a un viaje al lejano oeste con indios y todo.
Pero sobrevivió.
Al cabo de esas dos semanas de huevos, tocino y Beethoven, llegó Anna. Venía
muy contenta y, aun antes de apearse de la diligencia en la posta de Weymouth, adonde
habían ido William y Frank a esperarla, agitaba nerviosa un paquete, indicándoles por la
ventanilla, con gestos expresivos, que ahí dentro estaba el elixir de la felicidad.
Al apearse, corrió a besar a su marido con una ya olvidada efusividad, y tomó al
niño en sus brazos.
–Frank, esto es para ti.
–¿Qué es, madre?
–Unos juegos.
–¡Bien!
–Son unos juegos educativos de un pedagogo alemán. Mira, William; son unas
cajas con piezas geométricas de cartón y de madera de arce. Traen un manual de
instrucciones que vale más que todos los libros de pedagogía que he leído en mi vida.
–¿Cuánto? –preguntó William sonriendo.
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–No, tonto; no digo dinero. Los ha diseñado Friedrich Fröbel. Y también ha
escrito este libro: La Educación del Hombre. Mantiene la teoría de que hay que
fomentar en el niño el deseo de actividad, y proponerle juegos cada vez más complejos,
según su nivel de desarrollo, y a la vez divertidos, para que fomente sus capacidades.
me lo he leído de un tirón durante el viaje de vuelta. Es formidable. Este libro y estos
juegos son más importantes para un arquitecto que toda la Academia de Bellas Artes.
–Bueno, mujer. Ya me lo contarás en casa.
–Fröbel fundó el Kindergarten.
–¿El qué?
–El Kindergarten, el Jardín de Infancia. Una escuela para niños pequeños,
basada en estos juegos para la comprensión de las formas y del espacio. La fundó en el
año cuarenta, en Blankenburg...
–Sí, querida. Venga; vámonos a casa.
–..., y ha dado resultados sorprendentes. Los niños del Kindergarten se orientan
en el espacio y construyen formas, combinan colores y desarrollan su creatividad mucho
antes y mucho mejor que los demás. Está demostrado. Es tan evidente que ya se están
creando kindergarten en toda Europa, y muy pronto, gracias a la Exposición de
Filadelfia, empezarán a instaurarse aquí.
–Estupendo.
–Y basta ya de charla, querido. Vámonos a casa. ¿Qué tal os habéis defendido
sin mí? ¿Qué tal os habéis defendido? Estoy deseando prepararos un guisito.
–¿De carne, con unas zanahorias y un poquito de cebolla? Querida mía. Ahí me
has tocado en mi fibra más sensible.
–Pues vámonos. Frank, ¿te gustan estos juegos?
Frank había ya deshecho la envoltura de una caja y tenía en una mano un cubo,
en la otra un paralelepípedo muy alargado; con la barbilla, la garganta y un hombro
sujetaba la caja abierta y otra más, y con dos dedos libres de su mano derecha intentaba
extraer un semicilindro azul, brillante, procurando que no se le cayera todo al suelo.
Estaba feliz de poseer esas magníficas piezas de colores y de ser testigo de esta insólita
escena de ternura entre sus padres.
–Sí, madre. Sí que me gustan. Esto es muy bonito.
–Me alegro. Venga; vamos a casa. William, mira a tu hijo. Parece que los juegos
hubieran sido inventados para él. ¡Frank, déjalo ya! ¡No te sientes en el suelo! Te vas a
manchar y además no es correcto. Guárdalo todo y en casa podrás jugar.
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William y Frank rebañaron sus platos con migas de pan hasta dejarlos
relucientes. Tras la comida, con su espíritu más reconfortado por ella que por todos los
textos védicos, William se encendió una pipa y tomó el folletito de instrucciones de los
juegos.
–Oye, Anna. Aquí dice que estos juegos son para niños de tres a cinco años, y
Frank ya tiene siete.
–Sí, William; lo sé. Es una pena. Pero nunca es tarde. Además, con estas piezas
se pueden hacer construcciones muy complejas; depende del desarrollo de cada uno.
Incluso para un adulto son recomendables.
–Bien, bien, querida. No se hable más. Hablas tan convencida que me recuerdas
al viejo Perry. ¿Te acuerdas del viejo Perry? ¿Qué habrá sido de él? Te podrías dedicar
a vender estos juegos por aquí. Convencerías a todo el mundo. Harías fortuna.
–Lo he pensado. Sí; ya lo había pensado –dijo misteriosamente–. Aunque mejor
que venderlos sería abrir un kindergarten.
–Oye, Anna: ¿Y has visto instrumentos musicales?
–¿Eh? No. No me he fijado. ¡Pero te he traído una corbata!
–Vaya.
Frank tenía esparcidas sobre la estera de la sala todas las piezas. Colocaba unas
sobre otras hasta formar una torre que indefectiblemente se caía con gran regocijo del
niño.
–Frank; no. Aquí dice que lo primero es reconocer las formas y agruparlas por
colores y tamaños.
–Pero, madre; eso es muy aburrido.
–Anna; déjale que juegue a su aire. El manual sirve sólo para niños más
pequeños, y todo eso ya lo tiene Frank más que superado. ¡Si ya hasta conoce las
escalas menores melódicas y armónicas! ¿A que sí?
–Está bien. Tienes razón. Pasaremos a las lecciones más avanzadas.
Cada día, durante meses, durante años, Frank se encontraba con su tarea
fröbeliana cuando volvía de la escuela. En su cuarto había una mesa dedicada a ese fin
exclusivo. Sobre el tablero se iban forjando estructuras cada vez más complejas. Había
unos alambres que servían para atar unas piezas a otras, y Frank ya los utilizaba con
soltura para realizar construcciones en las que no se limitaba a apilar piezas, sino que las
sacaba en voladizo y las atirantaba y contrapesaba con otras. Aquello empezaba a
parecer un mecanismo de relojería; las composiciones que resultaban eran muy bellas y
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misteriosas, telarañas geométricas, redes tridimensionales, pirámides invertidas, cada
vez con menos apoyo en la base y más juego de tirantes, empotramientos y
articulaciones. Otras veces Frank jugaba a lo contrario, a construir las estructuras más
simples, en las que no hubiera nada gratuito. Hacía un gran cubo vacío, construido sólo
por aristas engarzadas, y probaba a hacerlo cada vez más grande con aristas más finas.
Los alambres y accesorios, e incluso alguna herramienta sencilla, como mordazas y
bridas simples, se los fabricaba ya él mismo, pues los de las cajas no eran suficientes ni
habían sido pensados para tan complejos experimentos.
Frank Lloyd Wrght llevó los juegos de Fröbel a un grado de perfección y
desarrollo que el alemán nunca habría soñado. Les dedicó horas y horas de incansable
labor, años de esfuerzo y de concentración. Cuando conseguía alguna construcción
satisfactoria, llamaba a sus padres para que la admiraran.
–¡Padre, mira! ¿A que ésta es como una sinfonía?
–Esta muy bien, muchacho. Pero no te confundas. Nunca será posible hacer una
estructura de arquitectura o de ingeniería que tenga la complejidad y la armonía de la
música.
Frank tenía esas observaciones de su padre como lo más frustrante y, al mismo
tiempo, era lo que más le picaba su amor propio. Se había propuesto conseguir algún
día, cuando fuese mayor, lo que su padre tantas veces le daba por imposible. él lo
lograría, y, mientras tanto, se pasaba la vida probando nuevas combinaciones,
desechándolas y satisfaciéndose de vez en cuando con alguna construcción afortunada.
Entonces pedía la aprobación de sus padres, que su madre le daba siempre,
indefectiblemente, con entusiasmo, y su padre le negaba sin excepción y sin piedad.
Frank percibía oscuramente una fisura, una falla entre sus padres, y no podía
saber si él actuaba como puente entre ellos o si, por el contrario, era el motivo de todos
los problemas. Sus padres estaban de acuerdo en inculcarle ciertas cosas, pero en otras
tiraban de él en direcciones opuestas. Su padre era insensible a su formación estética, y
su madre lo era en la musical, y cada uno era obsesivo en lo que el otro despreciaba. él
quería hacerles felices a ambos porque –qué otra cosa podía creer– ellos le hacían muy
feliz a él. Dependía mucho más de su madre, y a su padre le admiraba hasta la idolatría
y lo respetaba hasta el temor. Los dos, tan opuestos, tan complicados, eran sus padres, y,
para peor, cada uno quería salvar sus desastres proyectando una justificación vital
enfermiza y mesiánica en su hijo. Algo no iba bien, y, al mismo tiempo, Frank los veía
como los mejores padres que uno pudiera imaginar. Su cabecita iba fraguando imágenes
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desconcertantes, pero afortunadamente tenía una tarea dura y absorbente que le distraía
de ellas.
Así como tenía encantada a su madre con sus progresos en la plástica, también
anhelaba de todo corazón serle grato a su padre. Para ello se esforzaba en seguir
progresando en su adiestramiento musical. Pero el pastor veía cómo su hijo se alejaba
de él y caía en las garras de la arquitectura (o sea, de su madre). En vez de llegar a ser el
gran músico que él sabía que hubiera sido, su hijo terminaría por ser arquitecto, un
oscuro y anodino arquitecto por culpa de la cabezonería de Anna, a quien él ya no
perdonaba haberle privado de su ilusión y haberse apoderado de ella, sin derecho
alguno, para destruirla.
Reconcentrado en su depresión, incubando ideas cada vez más torvas, como no
podía, por más que se esforzara, reconocer ningún motivo razonable en la obstinación
de su esposa para con el niño, William acabó atribuyéndolo todo a maldad. A ella le
daba igual que su hijo fuera arquitecto, médico o abogado, y sólo pretendía darle en las
narices a él y a su pasión musical, destrozando, incluso, la vida de su propio hijo en una
vocación inalcanzable.
Mientras su padre decaía ya irremisiblemente, haciéndose cada vez más irritable
e inasequible, y su madre disimulaba el fracaso de su matrimonio volcándose en él,
Frank, demasiado lúcido, no quería enterarse de nada y seguía concentrándose
férreamente en los juegos de Fröbel. Su dedicación a ellos fue tan intensa y prolongada
que, cuando en el año 1957, con ochenta y ocho años de edad, escribió su Testamento,
evocando su infancia relató su absorbente tarea con aquellas piececitas y dijo –ochenta
años después–: “todavía las siento aquí, en las puntas de mis dedos”.
30


4


Aquella tarde, William Wright entró en casa con paso firme y decidido; se
dirigió a su mujer, que estaba sentada al lado de la chimenea, leyendo un libro de
poemas, y le dijo de sopetón:
–Haz las maletas, querida. Nos vamos a Madison.
Anna, tranquilamente, tomó la tarjeta que usaba para señalar las páginas, la
colocó sobre la hoja, cerró el libro, lo dejó en el brazo del sillón y levantó, por fin, la
mirada hacia su marido.
–¿Y eso?
–Nos vamos de aquí. Ya no aguanto más.
–¿Pero qué te ha pasado? Estabas aquí tan contento...
–¿Yo, contento? Mentira. Nunca he estado contento. Tú no te has dado cuenta
porque nunca reparas en mí, y yo he aguantado, intentando convencerme a mí mismo de
que todo cambiaría, de que yo cambiaría. Pero ya no puedo más.
–Pero, ¿de qué estás hablando?
–Mi vida ha sido un fracaso hasta ahora, pero aún tiene remedio. Ni he
conseguido dignidad alguna en esta iglesia de Weymouth (y no digamos renombre o
gloria) ni siquiera he ayudado a mis fieles a encontrar un camino, ni he velado por ellos,
ni les he guiado o acompañado en sus deseos, ni en sus desgracias, ni en sus venturas.
¿Y sabes por qué? Porque no me importan. Yo no tengo vocación de pastor. En estos
últimos tiempos mi tarea eclesiástica se me ha hecho cada vez más ardua. Tan sólo
esperaba cada día el momento en que mis deberes acabaran para quedarme solo y tocar
el órgano, acariciar el violín. En esas pocas horas de libertad y de soledad me
encontraba de nuevo a mí mismo, a mi ser más auténtico. Era dueño de mí y hacía lo
único que de verdad quería. Si entraba entonces en la iglesia alguna beata buscando mi
consejo o mi paciencia, yo la despachaba lo más de prisa que podía para
desembarazarme de la molestia y seguir tocando.
–¡Has perdido la fe!
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–No. Creo que no. Sólo he perdido la vocación sacerdotal. No. Sólo me he dado
cuenta, por fin, de que nunca he tenido vocación religiosa. Mi única vocación, mi vida
entera, es la música. Y no estoy dispuesto a seguir perdiendo un solo minuto más en
este engaño.
–William, William. Jamás en tu vida has tenido el más mínimo sentido de la
realidad. Tú y tus locos y vanos sueños de músico genial. ¡El nuevo Bach! ¡Oh, Dios
mío! ¿Qué va a ser de nosotros?
–Escúchame, Anna. Escúchame bien. Yo no tengo vanos sueños de músico
genial. Sólo quiero tocar música y enseñarla. Ser un músico, uno más, y vivir
(modestamente, de acuerdo) de la música.
–Pero, William; de la música no se puede vivir. Ya lo has comprobado muchas
veces; cada vez que lo has intentado.
–No. Siempre me he planteado las clases como una afición, como un
complemento a mi actividad religiosa, pero nunca lo he intentado en serio. Las cuatro
perras que me pagaban mis alumnos eran como una propina, pero ahora viviremos de
ello. Ya lo verás. Madison es la capital del Estado. Ya no daré clases a hijos de
granjeros ignorantes. Allí hay comerciantes ricos, industriales, banqueros, gente
adinerada y culta. Ya lo verás.
–¿Pero cómo puedes pensar así? ¿Cómo puedes ser tan inconsciente? ¿Es que no
piensas en mí, ni en Frank?
–¡Frank! ¡El gran arquitecto Frank Lloyd Wright! ¡El constructor del nuevo
Templo de Salomón! ¿Y soy yo el loco? Tú has pensado siempre, y sólo Dios sabrá por
qué, que nuestro hijo estaba llamado a ser el nuevo Bernini, el nuevo Borromini
revivido. ¡Eso te ha cegado! No has querido vivir como una esposa normal, en una
familia normal. Entiéndelo, querida. Yo quiero ser un modesto profesor de música, no
un alto dignatario eclesiástico; y nuestro hijo, sea arquitecto, pastor o músico, es el hijo
de dos personas grises, insignificantes y honradas. ¿No lo puedes entender? ¡Míralo!
Ahí está, jugando con sus malditas piezas de galimatías, soñando por ti en construir la
Nueva Babilonia. ¡Déjale que tenga sus propios sueños! Déjanos tener nuestra propia
vida, oscura, dulce.
–Veo, William, que esta vez has tomado una decisión irrevocable.
–Así es.
–Sea. Hagamos como quieras. Pero he de advertirte que esa decisión tuya es tan
arriesgada como irresponsable. Además, estaba esperándote para decirte algo, y no
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podía sospechar que iba a tener que decírtelo en unas circunstancias tan desalentadoras.
Vamos a tener un nuevo hijo.
William se quedó parado, boquiabierto, con el rostro petrificado en una
expresión estúpida de felicidad. Por la mente le pasaron imágenes de un futuro deseable,
hecho a su voluntad y poblado de señales benévolas.
–¡Anna! ¡Qué alegría! ¿Te das cuenta? Este nuevo hijo es un símbolo de nuestra
nueva vida. él ya no me conocerá como pastor, sino como músico. Verá en mí a un
nuevo hombre, más feliz y más bueno que el que ha conocido hasta ahora nuestro pobre
Frank. Pero Frank me verá cambiar también. Anna, ¡vamos a ser muy felices a partir de
ahora!
–Dios te oiga, William. Tendremos más gastos. ójala seas capaz, como dices, de
ganarte la vida con tu música y de mantenernos con ella.
–¡Claro que sí, mujer! ¡Ya lo verás!
William Wright quemó así sus naves, que eran las de su familia, y tuvo su última
–quizá su única– oportunidad. Se marcharon a Madison y alquilaron allí un pequeño
piso, que quedó reducido a la mínima expresión cuando William habilitó la mejor
habitación como conservatorio. De manera que la familia se replegó a la cocina y a dos
exiguos dormitorios.
Con el pago por adelantado de las primeras dos semanas de alquiler, los ahorros
de la familia Wright sufrieron un duro revés, y aún había que amueblar el conservatorio.
William se enteró en seguida de que tres manzanas más abajo había una casa de
empeños, y decidió que, como la mayor parte de los muebles que habían traído de
Weymouth no cabían en su nuevo hogar, lo mejor sería llevarlos para allá.
En la prendería se llevó una sorpresa. Tras el mostrador descubrió al viejo Perry,
el antiguo mercachifle ambulante de los tiempos de Richland Center.
–¡Hombre, señor Wright! ¡Qué alegría!
–¡Perry, viejo amigo! ¿Qué haces por aquí?
–Ya lo ve usted. He sentado la cabeza. Me he hecho demasiado viejo como para
seguir yendo de un pueblo a otro. Además, esos pueblos crecen muy deprisa y ya, el que
más, el que menos, todos tienen sus tiendas y almacenes. Se acabó el tiempo de los
pioneros; ya no hay negocio en la venta ambulante. ¿Y ustedes? ¿Qué hacen por aquí?
¿Regenta usted alguna iglesia en Madison?
–No, Perry. He dejado mi ministerio. Acabamos de llegar, y voy a abrir un
conservatorio. Ahora me dedicaré a la música exclusivamente.
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–¡Ah!
–¿Qué te parece?
–¿Eh?... ¡Bien! ¡Muy bien! Madison está creciendo mucho..., y hay mucha cosa
cultural... Sí; a lo mejor le va bien y todo.
–Pues ya lo sabes. Si conoces a alguien que pueda estar interesado, te
agradecería que le hablaras de mí.
–Descuide, señor Wright. Pero, no sé. No sé si... En fin; no se preocupe. Seguro
que le va bien. Bueno, ¿y su esposa?, ¿y su pequeño?
–Bien. Todos bien; gracias. Ahora estamos esperando otro.
–¡Madre mía! ¿Y ella sigue trabajando con sus clases?
–No. Ya no. Ahora se dedica sólo a nuestro hijo. Bueno, a nuestros hijos.
–O sea, que van a vivir todos de su música.
–Exacto.
–¡Madre mía!
–¿Qué pasa?
–No; nada. ¡Seguro que les irá a ustedes muy bien!
–Seguro que sí. Oye, Perry. ¿Y tú? ¿Te has casado?
–¿Yo? ¡Vamos, reverendo! Digo... señor Wright. Bueno, ahora que ya no es
usted cura le podré hablar con más desparpajo. Yo soy ya muy viejo para casarme;
además, me apaño bien con las mujeres sin tener que aguantar a una esposa. ¡Soy un
hombre libre y estoy bien servido! Aunque hubo una jovencita morena... Pero me libré.
Me libré por los pelos, ya lo creo.
–Está bien; está bien. Oye, vamos al grano. ¿Compras muebles usados?
–Yo lo compro todo, señor Wright.
–Pues necesito desembarazarme de una mesa grande de comedor, unas sillas y
un par de sillones.
–Tráigalo todo y veremos cuánto le puedo dar.
–Ahora mismo te lo traigo. Hasta ahora.
–Adiós, señor Wright. Aquí le estaré esperando. Adiós. ¡Hmmm! Presiento que
los Wright serán clientes fijos. ¡La música! ¡Pobrecillos!
Perry tenía razón. Poco a poco, la casa de los Wright se fue despoblando de
enseres. Si antes se tenían por pobres, ahora se extrañaban de haber podido poseer tantas
cosas prescindibles. La clasificación de sus propiedades de menos a más necesarias se
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fue haciendo de forma natural semana a semana según iban marchando en procesión
continua a la tienda del viejo Perry.
Jane nació en medio de este marasmo. Como había predicho su padre, la niña no
le conoció como pastor, sino que, desde su primer día de vida le aprendió a amar como
a un oscuro y fracasado profesor de música que a duras penas podía sobrevivir.
Anna hacía esfuerzos sobrehumanos para mantener su dignidad, pero a veces se
sentía desfallecer. Había conseguido incluir entre los objetos imprescindibles los
manteles bordados y algún adorno del atuendo de sus hijos, y se aferraba a ellos como al
último resto de su decencia. Frank ya no llevaba bucles dorados ni terciopelos. No era
ya el hijo del pastor y no tenía que estar, como antaño, a la altura de la posición de su
padre. Su padre ya no tenía posición, así que mamá empezó a vestirle como a un niño
normal. Pero Frank no ganó con el cambio. Si ya no tenía que llevar sobre sus hombros
la dura carga de ser el hijo del reverendo, ahora, más que nunca, su madre exageró sus
aspiraciones respecto a él. Algún día sería el gran arquitecto americano, la antorcha del
mundo, y tenía que irse acostumbrando a vivir como tal. De su dignidad, herida por la
sólida conciencia de su pobreza, Anna hizo virtud irreductible y fanática. Las
habitaciones desnudas más que nunca, la sencillez espartana en los vestidos, se
convirtieron en profesión de fe, y los ideales de simplicidad entendidos como elegancia
desorbitada y soberbia se convirtieron en un credo.
Frank y Jane asistían a la escuela pública, donde recibieron una educación severa
y razonable. Pronto les acompañaría su nueva hermana, Maginel, a la que nadie había
hecho mucho caso y que había venido al mundo casi de incógnito, sin recabar atención
alguna. Maginel había nacido con la lección aprendida, sabe Dios en qué gen ignoto, de
que en casa pintaban bastos y lo mejor era espabilarse y no andar mareando. Maginel
fue un prodigio innato del sentido de la supervivencia y de la sensatez en medio del
fragor que se desencadenaba.
A William Wright le salió la aventura musical tan mal, tan rematadamente mal,
que la escasa energía que le quedaba y de la que había hecho acopio para salir de
Weymouth se agotó completamente, y él quedó fulminado y deshecho. Su mujer no
perdía ocasión de hacerle notar, sin decírselo directamente, que todas las desgracias
familiares estaban causadas por su locura.
Y el caso es que los niños se criaban bien y crecían sanos, y no faltaba en su casa
lo imprescindible, siendo este concepto todo lo estricto que se quiera. Pero Anna nunca
se conformó con eso y no se adaptó a vivir con lo poco que había. Sus delirios de
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grandeza la hacían muy desgraciada, y su decepción y su rabia irradiaban un pestilente
hedor que contaminaba a toda la familia.
Frank leía todo lo que caía en sus manos. En casa se aislaba hundiendo los ojos
en los libros. No tenía un cuarto para él solo y tenía que hacer vida en común, a todas
horas, con su tensa familia, a la que adoraba (siempre, hasta su muerte, se refirió a ella
como a la familia ideal), pero a la que no soportaba ver discutir, lo que ocurría casi
constantemente.
William, desquiciado, se refugiaba como su hijo. Volvió al sánscrito, y se
encerraba en su dormitorio a tocar el violín y a recitar a voces El Cuervo, de Allan Poe.
–¡William! ¡La cena! Frank, ve a llamar a tu padre, que no nos oye.
Frank iba al cuarto de sus padres y llamaba a la puerta muy flojito.
–Padre.
–“¡Oí de pronto un crujido, como si alguien llamase quedamente a la puerta de
mi habitación!”
–Soy yo, padre. La cena –Frank ya se sabía de memoria el poema, pero se
quedaba tras la puerta escuchándolo una vez más con atención y respeto, muy asustado
por el tono que empleaba su padre.
–“Cada tizón proyectaba en el suelo el reflejo de su agonía. Ardientemente
deseé que amaneciera; y en vano me esforcé en buscar en los libros un lenitivo de mi
tristeza”. ¡Qué pasa!
–La cena.
–¡No me interrumpas! “Escudriñando con atención estas tinieblas, durante
mucho tiempo quedé lleno de asombro, de temor, dudando, soñando con lo que ningún
mortal se ha atrevido a soñar”.
–¡Frank! Dile que se enfría la cena.
El niño volvía a la cocina muy triste, con los ojos brillantes, y anunciaba,
desanimado:
–Está con El Cuervo.
–¡Ay; este hombre!
El tono histriónico de las declamaciones de su padre sumían a Frank en confusos
sentimientos. Por una parte, era impresionante escucharle, con esa voz tan bien timbrada
y tan expresiva, como cuando le leía la Roma de Gibbon y Frank cerraba los ojos y veía
el senado romano, la corte imperial, la grandeza de la metrópoli y la podredumbre de
sus intrigas y corrupciones. Por otra, el niño percibía vívidamente el alejamiento de su
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padre, ajeno a todo, enfermo de fracaso, solitario, recitando ya para nadie, hundido sin
solución y sin esperanza.
Frank le espiaba, fascinado, hasta que no podía resistirlo más y se refugiaba él
también tras su libro. En la escuela tampoco estaba a gusto. Sus compañeros, excepto
Robie Lamp, eran bastante zafios y se burlaban de su pobreza. Le gustaban más los
pocos alumnos de su padre, que tenían sensibilidad y una agradable conversación.
Lamentablemente, pertenecían a clases algo más altas, y fuera de sus lecciones de
música era imposible tratar con ellos. Pero en casa tenía unas pocas horas de placer
durante las clases, después de las cuales merendaban juntos y charlaban de música y de
libros, aunque también los otros comentaban entre sí cosas que a él le estaban vedadas.
A las chicas las miraba de reojo, y no se atrevía a hablar con ellas abiertamente.
Le atraían mucho, pero era incapaz de comportarse ante ellas de un modo sensato.
Había sobre todo una que tocaba muy bien el violín y que tenía una cara angelical.
Frank la amaba con toda su alma, pero no aprovechaba ninguna ocasión para hablar a
solas con ella; al revés, la evitaba recurriendo al auxilio de alguien más para poder
hablar en grupo y no tener que soportar la mirada de aquella beldad.
Para los chicos era un líder, siempre contando cosas interesantes y derrochando
imaginación, relatando sus experiencias –casi todas inventadas– de granjero en Spring
Green, sus aventuras con el toro y con los caballos del tío James, proponiendo juegos y
dirigiendo en todo momento la conversación. Las niñas, para su deliciosa vergüenza,
también le encontraban muy interesante, pero ante ellas enmudecía. Cuando terminaban
las clases de música, a las que él asistía como alumno aventajado, su madre les
preparaba a cada uno un tazón de leche con cacao y una buena ración de bizcocho (que,
naturalmente, incluía en la cuota semanal que cobraba ella personalmente a sus padres
porque no se fiaba de que su marido se acordara de hacerlo), y allí, todos en la cocina,
Frank comenzaba a hablar de música, de arquitectura y de aventuras aparatosas,
dirigiéndose con la vista sólo a los varones. Las chicas también le escuchaban atentas,
pero cuando sus ojos se tropezaban con los de alguna de ellas, sobre todo con los de su
amor, se trabucaba y terminaba de hablar de cualquier manera: “Bueno, y eso... en fin...
no sé”.
Luego se recriminaba su torpe actitud, y se juraba que no le iba a pasar más.
Inventaba alguna historia para el día siguiente y se prometía que la contaría mirando
sólo a los ojos de su amor. Ensayaba miradas insinuantes y apasionadas, e imaginaba
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escenas propicias y confortadoras. Pero a la hora de la verdad no se atrevía, bajaba los
ojos y se atragantaba, y sólo recuperaba el dominio de sí dirigiéndose a los chicos.
Aparte de esas meriendas y de las modestas veladas musicales que a veces tenían
lugar en su casa –a las que incluso asistían de vez en cuando algunas de las pequeñas
celebridades locales– Frank sólo estaba a gusto con su amigo Robie Lamp.
Robie era el único muchacho sensible de la escuela, y tenía una imaginación
desbordante. Era cojo, lo que le acarreaba duras burlas de sus compañeros, y, hasta la
llegada de Frank a Madison, había estado siempre retraído de todos. Su soledad le había
llevado a desarrollar su imaginación, a inventarse, para compensar, aventuras enormes.
Siempre estaba soñando, y esto acrecentaba las burlas.
Frank, también apartado de sus compañeros de clase, reparó en el siempre
absorto Robie–Patapalo–Lamp y se acercó a él con curiosidad. Robie vio a un nuevo
compañero que, en vez de venirle con hostilidad, le atendía, y le abrió la gran caja de
sorpresas de su cabecita solitaria.
–¿Cómo te llamas?
–Frank Lloyd Wright.
–¡Jo, qué nombre! ¡Qué suerte tienes! Es nombre de campeón del mundo de los
pesados. Yo me llamo Robie Lamp; bueno, Robert Lamp. Tampoco está mal, pero con
esta pierna... ¡Pero puedo ser tu entrenador!
–No pienso ser boxeador. Voy a ser arquitecto.
–¡Bah! ¡Tonterías! Es mejor ser boxeador. Además, para ser arquitecto hay que
llamarse Louis Fitzgerald Carmichael, o algo así, y dejarte una barbita estrafalaria. ¡Ja,
ja, ja!
–A mí me suena bien mi nombre para arquitecto.
–Como quieras. ¿Sabes dar un upper cut cruzado?
–No.
–Mira. La izquierda en guardia, plegada; así. El brazo derecho sale así, girando.
Se proyecta, rompiendo la guardia del contrario, y entonces, con el izquierdo... ¿ves? El
secreto del boxeo es la izquierda. Oye, tú no serás zurdo.
–No.
–Perfecto. Un boxeador zurdo es peor que uno cojo, te digan por ahí lo que te
digan. Estoy desarrollando una variante de ajedrez para cuatro jugadores, dos contra
dos, por parejas. Se colocan las piezas en los cuatro lados del tablero, cada ejército en
ele. Las esquinas de unión blanco–negro, dos torres, cuatro caballos y dos peones, son
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mixtas: los traidores. El ajedrez reproduce intelectualmente una guerra, y en una guerra
tiene que haber traidores; son los que le dan salsa.
Robie Lamp se desahogaba con su nuevo amigo, en cinco minutos, de toda una
vida de ostracismo y silencio.
–Yo voy a ser médico, ya sabes, me operaré a mí mismo y dejaré de ser cojo,
pero para entonces voy a ser mayor para el boxeo. Esta pierna me la secó un cocodrilo;
me pegó aquí la dentellada y me absorbió toda la sangre.
–¡Robie; basta ya! ¡Deja de decir estupideces!
–Perdona Frank. A veces pienso cosas de niño pequeño. ¡Pero lo del boxeo lo
decía en serio!
Robie era un experto con el trineo. Se los fabricaba él mismo con materiales de
desecho, y los hacía tan resistentes y suaves a la nieve que los niños ricos se los
envidiaban. Frank le propuso fabricarlos en mayor número y venderlos; él los pintaría.
Robie nunca se había preocupado de decorarlos. Un trineo era para deslizarse sobre la
nieve, no para tontear. Frank se indignó y le dijo que eso no era en ningún modo
tontear. Se enfadaron. Se reconciliaron.
Frank sondeó a los niños de papá –las cuestas nevadas eran de los más
democrático; allí se juntaban niños de toda clase y condición– y supo que el precio
medio de un trineo de niño rico era de veintidós dólares. Y esos lujosos trineos eran
despreciados por sus dueños, que deseaban uno Lamp–Wright con todas sus fuerzas, sus
ansias y sus envidias.
Frank y Robie calcularon que cada trineo que construyeran (utilizando tablas y
correas que encontraran entre la basura) les costaría entre setenta centavos y un dólar,
para pintura y acabados, y cuatro días de trabajo, por lo que sería muy rentable
venderlos a doce dólares. Y se pusieron manos a la obra.
No previeron una cosa importante. Los trineos los compran los padres, los tíos o
los padrinos en las tiendas, no a la puerta de la escuela regateando directamente con los
fabricantes, y los niños, por muy ricos que sean, no llevan doce dólares en el bolsillo
para comprar su ansiado Wright–Lamp.
Así que sólo salieron cuatro trineos del taller, relucientes, ligeros, sólidos,
invendibles. Cada socio se quedó con uno en concepto de “dividendos a cuenta” y los
otros dos los pusieron a trabajar para la empresa, alquilándolos a veinte centavos la
hora. La cosa fue estupendamente durante todo el invierno, y con los beneficios
quisieron emprender la construcción de una barca–trineo que diseñaron con todo lujo de
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detalles y precisiones pero que nunca construyeron. Finalmente, su capital fue invertido
–y perdido definitivamente– en un nuevo negocio: un periódico.
Compraron unos juegos de tipos y se hicieron una imprenta rudimentaria que
consistía en unas tablas con guías de madera en las que colocaban, una a una, las letras,
y una prensa de torno que les costó muchísimo trabajo porque la rosca no había forma
de calibrarla bien. Cada semana imprimían una gran hoja por las dos caras, y la
repartían por la escuela, a dos centavos. La tirada de los dos primeros números fue de
cien ejemplares, pero a partir del tercero sólo tiraban quince, que a duras penas podían
vender.
El periódico tenía una sola sección rentable, de anuncios por palabras y correo
del amor (“P.L.G. ama a B.M.T.” “Te esperaré domingo 11 h. estanque. L.H.”), alguna
colaboración –casi todo poemas– y ecos de sociedad y noticias locales (“El señor Lamp
padre ha estrenado una pipa nueva”), y también alguna noticia importante de ámbito
estatal o nacional –casi siempre boxeo–, que era copiada textualmente de los periódicos
“de verdad” con algún comentario intercalado de Robie.
Así fue dando trompicones El Imparcial Heraldo de Madison, saliendo unas
semanas sí y otras no, y resistió heroicamente hasta el final del curso. En las vacaciones
los dos amigos se separaron. Frank tenía que ir, como todos los veranos, a pasarlas en la
granja de su tío James.
40


5


Desde que cumplió los diez años, Frank pasaba los veranos en la granja de su tío
James Lloyd–Jones, en Spring Green, el feudo de su familia materna.
Ante el progresivo deterioro de su matrimonio, Anna había encontrado esta
fórmula del veraneo campestre para salvar a Frank del espectáculo de las riñas crónicas
de los Wright cuando no del bochornoso autismo de su marido, y, de paso, para afianzar
aún más la benéfica influencia de su querida familia sobre el niño. Todavía más; la
descarga del niño durante los meses de verano suponía a los Wright un alivio
económico.
William estuvo de acuerdo con esa decisión. Porque ya todo le daba igual y
porque sólo quería que le dejaran tranquilo de una dichosa vez.
La “benéfica influencia” de los Lloyd–Jones consistió en someter a un crío de
diez años a una dureza inhumana, rayana en la esclavitud.
La primera vez que Frank visitó a sus tíos ni siquiera sabía que iba allí a
quedarse. Acudió con sus padres a lo que él creía que iba a ser una visita de un fin de
semana. Les recibieron los tíos, alborozados, y salieron a pasear por la granja. El tío
James les enseñó los maizales, las gallinas, los cerdos, el toro, los caballos, y les explicó
en qué consistía el trabajo y la vida cotidiana en la granja, para que vieran lo saludable
que era todo aquello.
Terminado el paseo, entraron a la casa a merendar un bizcocho casero con un
tazón de leche recién ordeñada. Anna quedó muy satisfecha al comprobar que su hijo
estaría bien alimentado. Luego subieron todos a la buhardilla con la tía para examinar el
cuarto destinado a Frank, que era un desván habilitado de prisa y corriendo, tan exiguo e
incómodo que la madre casi lloró de alegría. En ese momento, al ver el camastro y la
expresión feliz de su madre, Frank empezó a intuir algo muy vagamente, y rompió a
llorar por si acaso.
El tío James recordó de pronto que una yegua acababa de parir y, festejándolo
mucho, le preguntó a Frank si quería ver el potrillo. Frank dijo que no, y el tío le tomó
del brazo y le arrastró a la cuadra hablándole con tonito de gran fiesta y jubilosa
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verborrea para niños de dos años. Frank miraba hacia atrás, aterrorizado, suplicando
ayuda a sus padres, con una mirada patética, mientras veía cómo se alejaba de ellos ante
su imperturbable despreocupación.
Cuando volvieron de la cuadra, sus padres ya se habían ido.
Así empezó su primer verano en la granja del tío James. Fue terrible. Esa tarde
se la pasó llorando, y por la noche se negó a cenar. La tía insistía dulcemente, y el niño
se afianzaba en su negativa. El tío James se hartó. “Déjalo. Si no quiere cenar, que no
cene. Ya le dará el hambre”.
Frank subió a su cuarto. Se lanzó vestido a la cama y se echó a llorar
desconsoladamente hasta quedar dormido.
Le parecía que apenas había tenido tiempo de cerrar los ojos cuando, poco antes
de amanecer, a las cinco de la mañana, su tía le despertó. Se desayunó con un vaso de
leche y se negó a ingerir ningún otro alimento. Tenía el cuerpo revuelto y estragado, y el
olor, a esa hora intempestiva, de los torreznos braseados, le provocaba náuseas.
El tío James le presentó a los empleados fijos, Tommy y Johnie, como uno más
de entre los trabajadores eventuales que, en número variable, contrataba según las
labores que hubiera que realizar en cada momento. En verano eran muchos; había
mucho trabajo. Le encargó a Tommy que le enseñara, en esa primera mañana, a ordeñar
las vacas y las ovejas, a echar de comer a las gallinas y a limpiar los cobertizos. Con tan
corta edad su sobrino sería incapaz de tareas más duras, así que le sometió a la tarea
justa para extenuar a un niño de diez años sin acabar con su vida.
Pararon una hora para comer. Frank devoró todo lo que le pusieron a su alcance,
ante la complacida mirada de sus compañeros y de sus tíos, y con la boca aún llena de
postre, hubo de seguir a Tommy a los corrales. En una sola mañana, Frank ya había
esbozado un plan de fuga. Debía de tener paciencia, familiarizarse un poco más con la
granja y con las costumbres de sus tíos, encontrar un fallo en su vigilancia y asegurar el
golpe para irse de una vez de aquel infierno. Y, sobre todo, tenía que madurar su plan.
Encontrar un globo aerostático, esconderlo e inflarlo en el momento oportuno no
parecía fácil.
Por la tarde, su tío le enseñó el resto de los animales que había de cuidar. Los
caballos eran animales hermosos, demoníacos, inmensos, que le asustaban con su piafar
espeluznante y con sus saltos nerviosos y parecía que se le iban a venir encima. El toro,
un bicho gordísimo y pacífico, era el epítome de la fealdad, y, cuando días después le
llevaran una vaca a ese viejo semental, el espectáculo de su ciega y feroz lascivia sería
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más de lo que el pequeño Frank podría soportar. Para mayor escarnio, Tommy y los
demás se reirían de su miedo y harían chistes y comentarios tan verdes como crueles,
que él no entendería aún y que le darían más susto todavía. Finalmente, los cerdos
malolientes, revolcándose en el charco inmundo de sus purines, le produjeron un asco
horrible.
Aprendida su misión de alimentar y limpiar a toda esa caterva, le dejaron solo
ante aquel trabajo infinito, y ellos se fueron a los campos.
Al atarceder, su tío, que venía del maizal, le recogió y le llevó a la casa, a cenar.
Los empleados cenaban y dormían aparte, en un barracón. Nada más terminar de
devorar todo tipo de alimentos que nunca antes se habría creído capaz de probar, le
invadió el cansancio de golpe, como un mazazo que le deshiciera los huesos. El tío
James se encendió una pipa, se echó azúcar en su café y lo removió con gran
parsimonia. Antes de mandarle a la cama le dijo:
–Querido Frank: Aquí encontrarás una vida sana y te harás fuerte. Aprenderás el
lema de esta casa, que es: “Añade cansancio al cansancio”. Quiero decir que aprenderás
a superarte. Cuando creas que ya no puedes más y aún te quede tarea por hacer, serás
capaz de sacar fuerzas de flaqueza y de seguir trabajando. Cuando comprendas esto
tendrás la más grande satisfacción que hayas experimentado nunca, y, escúchame bien,
te sentirás invencible. Esta granja te servirá de escuela para la vida. Estoy satisfecho
contigo. Has trabajado bien para ser tu primer día, y aún trabajarás mejor y llegarás a
estar orgulloso de ti mismo. Y, como has trabajado como un hombre, es justo que seas
pagado como un hombre. Toma; este es tu primer medio dólar de hombre. Ahora vete a
dormir.
Frank subió las escaleras ya dormido. Iba pensando –o mejor, soñando– que su
familia era muy aficionada a los lemas, y que él prefería sin duda el del abuelo Richard,
adoptado por su madre, de “la verdad contra el mundo” a éste espurio de su tío de añadir
cansancio al cansancio. Y también soñaba que esto de ser retribuido era bueno para sus
planes de fuga, y que cuánto costaría un globo. Y se vio ya volando sobre los campos,
sobre los cerdos y los caballos, y volando, volando, flotó sobre su cama toda la noche.
Pasaron siete días, durante los cuales maduró su plan de evasión –terrestre,
descartada la aérea–. Atesoró cada noche su medio dólar, y en la octava, con sus tres y
medio, se tendió en la cama sin desnudarse, luchando por no quedarse dormido, y
esperó a oír los ronquidos de su tío. Entonces se levantó sin hacer ruido, salió por la
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ventana y gateó por el tejado hasta encaramarse al gran roble. Se descolgó por él y
corrió como un desesperado. El caballo estaba descartado porque hacía ruido.
Pasó toda la noche corriendo, y llegó desfallecido hasta el río Wisconsin. Quiso
sacar un billete para el transbordador, pero el barquero le retuvo y mandó aviso al
sheriff. Frank lloraba mostrando su dinero y exigiendo su billete; tenía derecho a un
billete. Así acabó su fuga.
Cuando llegó el sheriff, Frank declaró que había sido entregado como esclavo
blanco por un tratante sin escrúpulos al señor James Lloyd–Jones, y que se había
escapado porque no podía soportar más latigazos. El sheriff le oía estupefacto,
haciéndose cruces de la labia que tenía el jodido crío, que en esos momentos declaraba
acogerse al tratado de la Unión y a la abolición de la esclavitud por el llorado presidente
Lincoln –mano derecha al pecho e inclinación de cabeza–, y que adoptaba a partir de
ahora el nombre de Frank Freeman. El sheriff estuvo a punto de lanzar una carcajada,
pero le soltó un guantazo que le tiró de espaldas.
Tras meterle en el cuerpo más miedo que el necesario, amenazándole con toda
suerte de castigos y profetizándole un poco esperanzador futuro carcelario, el sheriff le
devolvió a la granja.
Su tío estaba silencioso y reconcentrado; su tía, deshecha en lágrimas, le abrazó
con fuerza. El sheriff les advirtió:
–Tengan cuidado con este condenado muchacho. Es un condenado embustero, y,
por mi condenación les juro...
–Basta, Peter, haga el favor de no maldecir más. En esta casa no consentimos ese
tipo de expresiones. Tenga en cuenta el mal ejemplo que le está dando al niño.
–Perdonen. No he querido ofenderles. Pero para mí que el jod... crío ya sabe lo
suyo.
–Está bien. Le agradecemos mucho lo que ha hecho.
–No importa. Es mi obligación. Pero átenle corto al conde... al muchacho.
¿Huele a café?
–Sí. Siéntese. ¿Quiere unas tortitas?
–¡Ya lo creo!
No le castigaron. Ni siquiera le regañaron. La tía le mimaba más, pero el tío,
imperturbable, ocultando su ira y su decepción, le siguió asignando día a día su ración
de trabajo extenuante, como si nada hubiese pasado. Y Frank se resignó a cumplir con
44
su tarea y a soportar su secuestro hasta que encontrase mejor ocasión de huir. Sólo le
pesaba por su tía, por lo que iba a sufrir.
Mientras maduraba su plan, cada vez con menos convicción, y se acostumbraba
al trabajo y a la vida de la granja, y se iba haciendo más amigo de Tommy, de Johnie y
de los demás, fue pasando el verano. De vez en cuando, Frank volvía a compadecerse de
su infausta suerte, pero cada vez tenía menos tiempo para eso.
El verano siguiente fue igual de abrumador, y el otro, y el otro. Frank crecía
sano y fuerte, y cada vez se daba más maña para hacer su trabajo, pero éste seguía
pareciéndole igual de insoportable. Cuando su tío le recordaba el dichoso lema –diez o
doce veces diarias– de “añadir cansancio al cansancio”, a Frank se le llevaban los
demonios.
Pero de repente ocurrió el milagro. En su cuarto o quinto veraneo, Frank sufrió
un acceso de orgullo y de competencia. Era capaz de ordeñar tan deprisa como Tommy,
podía cargar con dos cajones de patatas de una vez, montaba cada vez mejor a caballo, e
incluso se atrevió a hacerlo a pelo. Una tarde se sorprendió a sí mismo y a los demás al
reír una burrada que dijo Tommy sobre la cópula del toro, y él mismo rubricó su
carcajada diciendo una obscenidad salvaje e inocente, y se sintió feliz.
Como le había vaticinado su tío, Frank se sintió orgulloso de sí mismo. Terminó
su tarea y fue a buscarle para que le asignara más. El tío James se sorprendió al verle de
tan buen humor y pidiendo más trabajo, y le dijo que, si había terminado todo, cosa que
dudaba, estaba libre hasta mañana. Frank le desafió, alegre, a que comprobara su tarea,
y el tío la repasó escrupulosamente sin poder objetar ninguna falta. Le felicitó
sinceramente. Le dijo que por fin había entendido su lema y que a partir de ahora sería
invencible. Podía hacer lo que quisiera durante el resto de la tarde. Frank le preguntó
con sorna si es que ya en esa casa no se añadía más trabajo al trabajo, y el tío se rió con
él y le dio un capón.
–Anda, barbián; monta un rato a Cebada.
Frank montó el caballo pardo, su favorito, y galopó por la finca dando gritos y
llamando la atención de sus compañeros. Estaba frenético, cantaba y reía como un loco
y obligaba a Cebada a hacer cabriolas. Los demás hacían un alto en su tarea para decirle
cosas jocosas. Era feliz. Se sentía el rey del mundo.
A partir de entonces siguió extenuándose con el trabajo, pero al mismo tiempo
éste le divertía y le daba la oportunidad de sentirse satisfecho y feliz. Se sentía como en
el Paraíso Terrenal. Los amaneceres y las puestas de sol, los vientos, el calor, los olores,
45
todo había sido diseñado por Dios para que él lo disfrutara. Los animales mostraban la
bendición de la naturaleza: La majestad del toro y la agilidad del caballo no eran menos
admirables que el plumaje del gallo o que la suave redondez del verraco, un bicho
tremendo. También la obra del hombre cantaba maravillas: La segadora exhibía su color
rojo, sus aspas amarillas y su toldo azul contrastando con el inmenso horizonte verde
amarillento de los campos y el azul limpio del cielo. Las cercas de madera curada, recia
y áspera, geometrizaban el campo abierto. La casa se erguía poderosa y acogedora, y de
su chimenea salía un humo apacible. El aire estaba perfumado por el olor a hierba y a
trigales, mezclado con el aroma agrio de los animales y el dulzón de la paja y del heno.
La comida era tan deliciosa que cuando su tía empezaba a hacerla y el olor a grasa
tostada invadía la granja, Frank sentía en su insaciable estómago la fuerza arrolladora de
una vida plena y feliz.
Su paga era ya de un dólar diario y, como en la granja no tenía ningún gasto,
volvía a casa en otoño con una verdadera fortuna. Daba una parte a su madre y con el
resto se compraba libros y ropa e invitaba a su amigo y socio Robie Lamp hasta que se
quedaba sin blanca, con la satisfacción de poder permitirse satisfacer sus caprichos con
el fruto de su propio y honesto trabajo.
Fue una pena que esto durara tan poco. Le había costado mucho llegar a alcanzar
la satisfacción del trabajo, tras los primeros veranos de desesperación, y, cuando al fin
lo logró, le quedaba sólo un verano más. Al siguiente ya no fue a la granja, y lloró con
pesar deseando haber sido hijo de sus tíos, haber podido vivir con ellos para siempre.
Por culpa de sus padres tuvo que quedarse en Madison para llevar a cabo una tarea no
tan agotadora físicamente como la de la granja, pero muchísimo más dura. Tuvo que
hacerse adulto prematuramente.
Cuando volvió tras su último verano granjero, vio a sus padres peor que nunca.
Discutían cada vez más, y en casa no había quien parara. Frank seguía dividido por el
amor que les profesaba a ambos, y las circunstancias le exigían constantemente que
eligiera entre ellos. A su padre siempre le había admirado por su obstinación ante el
fracaso, que era ya crónico e imparable, y le dolía que a menudo se desahogara diciendo
que no era un hombre libre para seguir su camino, sino que estaba atado a su familia, a
la que había sacrificado su vida y su libertad. Le admiraba y le temía, e incluso le
compadecía. A su madre la adoraba, y cuando ella le tomaba bajo sus alas y le inoculaba
el veneno de sus reproches matrimoniales, él quería más que nunca poder hacer algo
46
grandioso que la llenara de orgullo y que, aunque fuera indirectamente, rehabilitara a su
padre.
Jane y Maginel, medrosas, no se separaban de las faldas de su madre, y huían de
su padre, que tampoco les hacía el menor caso.
William estaba ya irremisiblemente alejado de su familia, en un constante
encierro, ansiando otro futuro, otro destino, viéndose libre y feliz en sus ensueños,
rememorando el músico ambulante que fue, rodando de pueblo en pueblo, tocando su
violín y viviendo al día como los lirios del campo y los pajarillos. Mientras tanto, Edgar
Allan Poe seguía haciendo mella en su ánimo débil, y Walt Whitman le exigía que se
liara la manta a la cabeza y que no reparase en nada.
Con un último resto de decencia cobarde quiso obtener la aprobación de su
esposa para llevar a cabo su propósito. Le habló de su vida desgraciada y le propuso una
separación provisional, durante unos meses, tal vez un año, en el que intentaría
establecerse como músico, rehacerse, encontrar su camino, y después, tuviera o no
tuviera éxito, volver por ellos. Era su última oportunidad, pero bastaría con que ella se
negara para que abandonase la idea.
Le decía todo esto mirándola con ojos de loco, febriles y enrojecidos, en los que
se leía su desesperación.
Anna estaba también cansada, decepcionada, aburrida, y no le quedaban más
energías para continuar con aquel engaño.
–Me pides que te consienta la huida; incluso que te anime a escapar. No te
importamos ni tus hijos ni yo; nunca te hemos importado un comino. Lo único que te
importa es que deje tu conciencia tranquila con mi bendición. Pues bien, márchate.
Vete.
–Anna, siempre has sido injusta conmigo. Eso que dices no es cierto. Yo
siempre he hecho lo posible para adaptarme, para ser un buen marido y un buen padre...
–¡Oh; basta ya! No resisto más explicaciones ni más excusas. Si has de
marcharte, hazlo ya; pero no me vengas con discursitos ni sermones.
–Me iré, Anna. Os mandaré todo el dinero que pueda, y volveré cuanto antes.
–No, William. No volverás. Nos abandonarás igual que abandonaste a tus
primeros hijos.
–¡No, no! ¡No digas eso!
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–¡Es verdad! Cuando enviudaste huiste de tus hijos. Los dejaste con tu cuñada y
pusiste tierra de por medio. En todos estos años no les has visto ni una sola vez, ni
siquiera sabes si están vivos o muertos; y con nosotros harás lo mismo.
–¡Anna, cállate! Eres una mujer perversa. No he visto a mis pobres hijos por tu
culpa.
–¡Eso! ¡échame la culpa, cobarde!
–Tú no tolerabas vivir con mis hijos. No los admitiste. Iban a perturbar nuestra
vida familiar. No eran tuyos y no los querías.
–Cuando te conocí ya los habías abandonado.
–Cuando me conociste acababa de perder a mi esposa, e intentaba organizar mi
vida. No podía ir cargado con niños pequeños y se los dejé a Martha para que los
cuidara. Pero cuando nos casamos quise recuperarlos y tú no me dejaste.
–¡Oh, Dios mío! ¿Cómo puedes ser tan cínico? ¿O es que has terminado por
creerte tus propias mentiras? ¡Vete! ¡Vete! Lo has conseguido. Te vas con la conciencia
tranquila, cargado de razón y echándome a mí la culpa de todo. Vete y no vuelvas más.
–Esta bien.
William adoptó un digno aire de despecho, tomó su violín bajo el brazo, se
colocó su sombrero, se dirigió a la puerta y, desde ella, miró por última vez a Anna.
–Adiós, querida.
Ni su mujer ni sus hijos volvieron a verle ni a saber de él nunca más.
48
Segunda parte

La Metrópoli de barro

1

La familia Wright se quedó sin su única fuente de ingresos, que, aunque de
caudal irregular y nunca abundante, por lo menos les había garantizado hasta entonces
la supervivencia. Tras la huida del padre, los Wright subsistieron con los envíos
periódicos de víveres de las granjas de los Lloyd–Jones. Anna volvió a dar clases,
recibiendo en casa a niños del vecindario. Primero quiso crear un colegio privado
estable, pero tuvo que conformarse sólo con unos cuantos niños pequeños, que le
llevaban más para que cuidase de ellos que para que los educara. Además, dado su
escaso número, tuvo que aceptar tanto los alumnos fijos, hijos de madres trabajadoras o
de padres solos, como eventuales que venían sólo de forma esporádica y fuera de horas,
cuando sus padres tenían algún compromiso o decidían salir una noche a cenar o a ir al
teatro. Así que Anna acabó por fundar su propio kindergarten, y hubo juguetes
froebelianos –que construían Frank y Jane con la “ayuda” de Maginel– para todos.
Anna prescindió de sus métodos pedagógicos de antaño. Ya no podía llevar a los
niños de excursión, a escalar montañas para lanzar desde su cima el grito de guerra: “La
Verdad Contra el Mundo”, y se dedicó a rememorar sus pasadas experiencias de madre
joven, con juegos de construcciones y papeles de colores por doquier, repitiendo con sus
alumnos todo el implacable programa de formación estética al que había sometido a
Frank, aunque sin obtener jamás ningún otro arquitecto.
Frank tenía ya dieciséis años, y comenzó a estudiar ingeniería en la Universidad
de Madison. Era una universidad muy modesta, en la que no había Facultad de
Arquitectura –la arquitectura era algo mucho más refinado, que sólo se podía estudiar en
las grandes metrópolis–, y su madre escogió para él la de Ingeniería Civil por
encontrarla lo más parecida posible a lo que quería, aunque esta carrera carecía de
asignaturas de composición, historia del arte, dibujo artístico... Anna se lamentó mucho
por ello. No sabía el favor que a Frank le iba a hacer esta “desafortunada” circunstancia.
Porque Frank Lloyd Wright tuvo así el privilegio de librarse del método de
L’École des Beaux Arts, y de estudiar sólo construcción, geometría descriptiva, dibujo
49
técnico, cálculo de estructuras... La gran revolución de la arquitectura para la que Frank
estaba llamado exigía el dominio de la técnica y, al mismo tiempo, el rechazo (en su
caso la ignorancia) de la estética y los métodos compositivos académicos, ya viciados
para el mundo moderno.
Frank comenzó a estudiar el primer curso y, en seguida, llamó la atención del
director de la Facultad, Allen D. Conover. Frank dibujaba infinitamente mejor que sus
compañeros, incluso los de los cursos más altos, y se podía medir con cualquier
profesional medio. Frank dibujaba desde que nació, y tenía una mano asombrosa.
El señor Conover compaginaba su cargo de Director de la Facultad con el
ejercicio de la profesión y con una pequeña empresa constructora. Se dedicaba a
proyectar y construir modestos edificios industriales y agrícolas. En seguida le ofreció a
Frank un puesto de delineante y de auxiliar en la dirección de las obras. Frank respondió
a la perfección, y aprendió mucho, tanto a proyectar estructuras (muy sencillas) como a
resolver cualquier problema en la obra y, además, cobraba un pequeño sueldo que
ayudaba a mantener a la familia.
El primer día en que Frank acudió al trabajo lo hizo acompañado por su madre;
fue incapaz de impedirlo. Anna se interpuso entre su hijo y el ingeniero, tomó las
riendas y negoció duramente con el señor Conover las condiciones del empleo.
Acordado el salario, le pidió que se lo entregase a ella personalmente cada sábado. Así
Frank tuvo un motivo más para añorar sus pasadas estancias en la granja del tío James,
cuando cobraba él mismo su jornal y tenía la potestad de quedarse con una parte para
sus gastos.
Pero el trabajo con el señor Conover era gratificante por sí solo. La primera vez
que le llevó a una obra, Frank se quedó profundamente impresionado. Sobre la tierra
explanada se levantaba la estructura desnuda. Por todas partes había montones de
tablones, barriles de agua, cajas de clavos, masas de mortero, barro, carretas y grúas
movidas por mulas invadiéndolo todo. Los distintos oficiantes, carpinteros, albañiles,
fontaneros, trabajaban por equipos, cada uno en su tajo perfectamente acotado. Nadie se
estorbaba, ninguno de los innumerables montones de materiales y de escombros
obstaculizaba a nadie. Aquello debería haber sido un caos, y sin embargo era una
sinfonía orquestada. Y todo porque había alguien que lo sabía coordinar: el compositor
de la partitura y director de orquesta. Cada uno de los trabajadores conocía
perfectamente su oficio, pero el más admirable era el del que los organizaba a ellos.
¿Era el ingeniero, el encargado, el jefe de obra? Daba igual cuál fuera su título o su
50
empleo; era, se llamase como se llamase, el antiguo maestro constructor de las
catedrales, el ARQUITECTO. Él lo coordinaba todo; tenía planeada la intervención de
cada oficio en la obra; preveía en qué momento se iba a necesitar cada material y en qué
cantidad, para que ni se acumulara innecesariamente ni escaseara nunca; atendía al
presupuesto de cada detalle y ordenaba el pago a cada suministrador; administraba el
dinero, el espacio y el tiempo de su cliente y le entregaba un edificio sólido y hermoso,
una obra honrada.
Esta visión le subyugó.
Frank aprendía cada día; a eso le dedicaba apasionadamente todas sus energías y
todo su anhelo. Lo preguntaba todo, hablaba con todos, inquiriendo los secretos de sus
oficios; se hacía insoportable. “¿Por qué se taladra así esta viga?”. “Pues por esto y por
esto”. “¡Ah! ¿Y si se hiciera así no quedaría más fuerte?”. “No, porque entonces se
debilitaría esta unión”. “Ah, ya. Pero entonces se podría reforzar aquí y aligerar aquí”.
“No. Entonces saltaría el remache”. “Pero yo creo...”
Se sintió orgulloso cuando el señor Conover empezó a mandarle solo a la obra,
sin su tutela. Desde entonces fue adquiriendo mayor soltura. Poco a poco, a medida que
sabía más, sus observaciones se iban haciendo menos ingenuas y más autoritarias.
Y fue completamente feliz el día que tuvo que discutir con los carpinteros la
armazón de madera para la cubierta de una gran nave. El carpintero jefe era un oficial
de unos cincuenta años, listo y malicioso como una rata. Se las sabía todas, y sostenía
que aquello que reflejaban los planos era inconstruible, y que quien lo hubiera dibujado
no tenía ni puñetera idea de lo que era un tejado. Frank se picó porque fue él quien
había diseñado aquella techumbre, abusando de la confianza de su jefe, que había
delegado en él para hacer una estructura tradicional y rutinaria y no se había preocupado
de supervisar los planos ante la facilidad del cometido.
El aprendiz había aligerado las cerchas trianguladas de madera disminuyendo el
número de barras verticales y diagonales y disponiendo unos tirantes de hierro que
abarataban la estructura y simplificaban su montaje. Esto no era una novedad, pero
tampoco era la solución habitual y, desde luego, no era la que el carpintero pensaba
construir.
–Mira, muchacho; dile a tu jefe que revise estas cerchas.
–Esas cerchas están bien calculadas y han de hacerse según se indica en este
plano –le contestó Frank con un tono de superioridad.
51
–¡Oye, mocoso! No quiero gastar mi saliva contigo. Dile al señor Conover que
venga. Tengo que hablar con él personalmente.
–El señor Conover está ocupado en obras más importantes. ésta la llevo yo por
orden suya. Ha debido pensar que para esta tontería contaríamos con un carpintero
profesional que supiera su trabajo.
–¡Oye, oye! ¡A que te voy a tener que..!
–Pero si usted necesita que él se lo explique, yo le llamaré.
–¡Yo no necesito que nadie me explique nada! De sobra sé lo que dice el plano.
Lo que quiero es que repare el ingeniero en que estos tensores no valen.
–¿Por qué?
–Porque no se pueden anclar a estos largueros. Los van a desgarrar.
–¿Y no ve usted estos palastros de aquí?
–Claro que los veo, pero no son suficientes. El palastro va a fallar por aquí. Y si
se suelta ahí el tirante, que se soltará, la cercha hace pum.
Frank tuvo un instante de duda, pero la desechó porque no se la podía permitir.
–Este palastro está bien así. El tirante va roscado en sus extremos. La tuerca
hace tope con el palastro y asegura la barra para que no se vaya.
–¡Ajá! O sea, que para ahorrarnos cuatro palos hay que hacer un tirante por
cercha, roscarlo en cada extremo, meterle dos palastros, hacer dos tuercas y aún así
rezar para que no salte todo. ¡Hay que joderse!
–Primero: no nos ahorramos cuatro palos, y usted lo sabe. Nos ahorramos más
de la mitad de la madera y eso es lo que a usted le duele. Segundo: el tirante es una
barra de hierro de media pulgada de diámetro, que se puede encontrar en cualquier sitio
a cinco centavos el pie, y las tuercas de media pulgada salen a veinte centavos la unidad.
Tercero: lo único que hay que hacer es roscar los extremos de cada tirante, y si usted no
sabe...
–¡Yo no soy herrero!
–¡Pues que lo haga el herrero!
El señor Conover no supo nada hasta que toda la cubierta estuvo montada.
Cuando la vio, supo que él no había proyectado aquello, no porque fuera difícil o raro,
sino porque él no acostumbraba a utilizar aquel sistema, que exigía una supervisión muy
atenta de la delicada ejecución. Pero ocultó su consternación ante el alarmado
propietario de la nave.
–¿Y esto no se caerá?
52
–Descuide. Son cerchas aligeradas. Son muy seguras, y mucho más baratas.
–Si usted lo dice...
–No se preocupe. Yo respondo por ellas.
El ingeniero solicitó discretamente los planos y los miró como de rutina. Analizó
en silencio el detalle de las cerchas y se quedó tranquilo. Aquello estaba bien diseñado,
pero le indignó que su ayudante hubiera tomado aquella iniciativa sin consultarle. Se
aguantó su ira sin decir nada. Felicitó a todos por lo bien que habían hecho el tejado –el
jefe de los carpinteros se esponjó como un pavo y dijo que él ya sabía perfectamente...–,
y se llevó a Frank a la oficina.
Le hizo pasar a su despacho, cerró la puerta y le miró detenidamente, de arriba a
abajo.
–Siéntate, muchacho.
Frank se sentó despreocupadamente, esperando una felicitación.
–Fue una buena idea la de atirantar las cerchas.
–Sí, señor. Usted mismo nos lo explicó en clase, y nos enseñó el método de
cálculo.
–Sí, lo sé. ¡Pero da la casualidad de que yo no empleo nunca ese sistema! ¡No
me gusta!
–¿Por qué, señor Conover? Yo creo que es más barato y tan seguro como...
–El hierro es menos fiable que la madera –dijo el jefe conteniéndose y dando
paso a su condición de profesor–. Su proceso de fabricación no está perfeccionado, y no
se sabe nunca cómo va a comportarse una barra. Además tiene muy mala vejez.
–Claro. Hay que pintarlo periódicamente. Pero también la madera...
–¡Basta! Cuando tengas otra idea genial no quiero ser tu conejillo de indias.
Cuando seas ingeniero, si es que algún día lo eres, harás lo que te plazca con tus
proyectos, si es que tus clientes te lo consienten, y asumirás tu propia responsabilidad.
Pero ahora soy yo el que expone la suya por tus ganas tontas de jugar a ser un genio. No
puedo fiarme ya más de ti. Estás despedido.
–Pero...
–Dile a tu madre que venga a cobrar tu liquidación. Ahora vete. Adiós.
Frank se levantó y se dispuso a marcharse. Fue lentamente hacia la puerta. No se
explicaba lo que había pasado. él sólo había querido ahorrarle algún dinero al cliente (o
a su jefe; no conocía el tipo de contrato de obra) diseñando una estructura más ligera
que la habitual. él no había inventado nada. No habría conocido aquel sistema si el
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mismo señor Conover no hubiera hablado de él en clase y no hubiera explicado a sus
alumnos los fundamentos de su cálculo, por otra parte elemental. Bien es verdad que
Conovan sólo había dado en clase una esquemática descripción, sin definir en detalle la
solución constructiva, que Frank ideó como la podía haber ideado cualquiera, de la
única forma razonable y segura. Frank no había visto nunca antes una de esas cerchas,
pero seguro que se construían como él las había proyectado; no podía haber otra
manera. En cualquier caso, él no había pensado en ningún momento que estaba
haciendo algo que pudiera incomodar al señor Conover, y su reacción le sorprendió
mucho, tanto que apenas podía creerlo. Se iba muy despacio del despacho, sin poder
entender que le habían despedido. Cuando al fin abrió la puerta, el señor Conover le
dijo:
–He visto que diseñaste las dos roscas de cada tirante como contrarias.
–Sí.
–No era necesario.
–Ya. Pero así se podía tensar el tirante directamente, girándolo, en vez de apretar
las tuercas. Es más cómodo y pensé que más seguro.
–Bien hecho. Las tuercas quedan casi inaccesibles para posteriores tensados. Y
los palastros de media pulgada...
–Para repartir la tracción y no desgarrar la madera.
–Pero yo no lo dije en clase. ¿Lo has visto en algún libro?
–No. Lo hice así porque pensé que era la mejor manera.
–Es cierto. No es difícil, pero tú estás en primero. Me extraña que con tus pocos
conocimientos hayas llegado a eso.
–Ya ve.
–Me gusta la gente emprendedora y con ideas. Tú vales para esto, chico. Lo
llevas dentro, no sé cómo. Pero la próxima vez que tengas una idea me la consultas o te
deslomo a palos.
–¡Sí, señor Conover! ¡Gracias, señor Conover!
Frank siguió compaginando sus estudios con su trabajo. En seguida se cansó de
las dos cosas. Los estudios le aburrían, y, aunque casi todas las asignaturas eran
prácticas, no estaban organizadas ni relacionadas entre sí, y no se adivinaba ni su
alcance ni su finalidad. En el trabajo, Frank dominó en seguida el escaso campo que su
jefe le confiaba. No hacía más que cobertizos, naves siempre iguales, sin ninguna
pretensión estética ni desafío estructural alguno. Era siempre lo mismo.
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Y en Chicago, a sólo ciento y pico millas de distancia, se estaba haciendo la
arquitectura más avanzada del mundo. Edificios altísimos cuyas cornisas se perdían
entre las nubes y a cuyas plantas era impensable llegar por escaleras. Un tal Otis había
inventado el ascensor, una especie de cabina que, accionada por un motor, trepaba por
aquellos colosos de hasta quince y veinte plantas. Y esos monstruos se construían con
acero, una especie de hierro endurecido que se había usado desde sabe Dios cuándo para
hacer armas y herramientas, pero que nunca se había empleado en construcción. Se
armaba un esqueleto espeluznante con perfiles laminados que se remachaban entre sí
mediante roblones y, por fin, se construían las paredes, que ya no eran resistentes. La
estructura se anclaba en el lodazal de Chicago mediante unas complejas cimentaciones a
base de pilotes de hormigón (otro material desconocido para Frank) o de losas flotantes.
Aquellas torres de babel no habían existido nunca antes. Sus arquitectos no
sabían con qué estilo hacerlas porque no había precedentes, y ensayaban, perplejos y
desamparados, el gótico, el románico, el renacentista, el barroco... Aquellos edificios
parecían palacios o catedrales estirados hacia arriba, distorsionados hacia una altura
inacabable. Frank quiso con toda su alma construir una de aquellas catedrales.
Frank devoraba cada folleto, cada revista que llegaba al estudio de Conover y
que su jefe apenas hojeaba. Chicago comenzaba, poco a poco, a dar a aquellos edificios
sin precedentes un carácter propio, moderno, que abandonaba paulatinamente los estilos
históricos. Todo hacía pensar que la revolución arquitectónica era inminente; pues, si ya
lo era la ingenieril, ésta exigiría urgentemente su propia expresión formal. Frank no
hacía más que soñar. Se le iba el santo al cielo y la mano al lápiz, y dejaba su tarea para
dibujar rascacielos en los márgenes de sus manidos planos de naves y cobertizos.
Se armó de valor y se decidió a dejarlo todo y a irse a Chicago a probar fortuna.
Su madre no quiso ni oír hablar de ello.
–Pero, madre. Si tú siempre has querido que fuera arquitecto. Si sigo así no lo
conseguiré nunca.
–Eres muy joven. Eres un niño todavía. No tengas prisa.
–¡Tengo ya diecisiete años!
–¡Ya ves!
–¡A los diez ya trabajaba como un hombre!
–Ya está bien. No seas impaciente. Madison es una ciudad próspera que crece
deprisa. Va a haber mucho que construir por aquí.
–¡Naves para cerdos!
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–¡Lo que sea! Aprende el oficio. Termina tu carrera, y ya tendrás tiempo para
abrir tu propio estudio.
–No quiero ser ingeniero dentro de cinco o diez años para pasarme el resto de mi
vida haciendo barracones.
–Se hace igual una casa que un barracón. Cuando te hayas establecido
construirás casas, y escuelas, y bibliotecas...
–Madre, tengo que ir a Chicago. Cualquier estudiante italiano o francés estaría
deseando de cruzar el mundo para ir a Chicago; no sabes lo que se está cociendo allí. ¡Y
yo lo tengo a cien millas!
–Ni lo sueñes. ¿A qué vas a ir? Una vez que llegues a la estación, con la maleta
en la mano, ¿hacia dónde vas a encaminar tus pasos? ¿Te crees que va a haber un
comité de bienvenida esperándote? No encontrarás nada. Sabe Dios si no morirás de
hambre.
–No te preocupes por eso. Sé dibujar bien y tengo experiencia. Iré a Chicago con
una carpeta de dibujos y me pasaré con ella por los estudios, hasta que alguien me
contrate. Cualquier arquitecto necesita delineantes, y yo soy bueno. Tengo que aprender
de un arquitecto de verdad. Además, os mandaré más dinero del que gano aquí ahora.
–Pero, hijo mío. Si, aunque consigas algo, apenas vas a poder sobrevivir allí,
pagando pensión y comida. ¡Como para mandar dinero encima! Anda, anda; no digas
más tonterías. Lo que tienes que hacer es tener paciencia y esperar.
–¿Cómo que esperar? ¿Qué futuro podemos esperar aquí? Vamos a estar año tras
año pudriéndonos en la miseria para que, al fin, yo termine mi tonta carrera y me siga
pudriendo haciendo cochiqueras.
Esta conversación se repitió muchas veces, y Anna la zanjaba siempre sin
transigir.
Pero Frank no estaba hecho para la espera. Esperar qué. Le habían educado para
ser un inconformista, para salirse de la norma y para sentirse destinado a algo, quién
sabía qué, superior. No encajaba en aquella vida provinciana que no ofrecía ningún
futuro. Frank se puso tan pesado que al final su madre accedió a ver al tío Jenkin.
De todos los patriarcales tíos de Frank, el más impresionante, heredero de la
personalidad del abuelo Richard, era Jenkin, uno de los más influyentes y autoritarios
predicadores unitarios del Medio Este. Jenkin era conocido, respetado y temido por toda
la comunidad de la Iglesia Unitaria, y particularmente admirado por su hermana Anna,
que veía en él –como había visto antaño en su padre– el oráculo de Dios.
56
Anna recurrió a su hermano, que tenía varias iglesias en Chicago y muchas
influencias, y conocía a varios arquitectos, para pedirle ayuda y consejo sobre el futuro
de Frank, e incluso –si aprobaba el proyecto– alguna recomendación para presentarlo
ante uno de aquellos ilustres arquitectos metropolitanos. De los que tenían relación con
el tío Jenkin, el más prestigioso era Joseph Lyman Silsbee, que estaba construyendo en
aquel tiempo una iglesia en Chicago para él, y a quien, si hubiera querido, podría haber
hablado con éxito en favor de su sobrino.
El tío Jenkin, con sus largas barbas blancas y su voz temible, tonante como
Júpiter, descargó su veredicto, y la tierra tembló, y el rayo de su cólera fulminó a su
hermana.
–¡Chicago es la nueva Sodoma! ¡Una ciudad de vicio y perdición! Frank no debe
ir. Está en una edad muy tierna. Todas las tentaciones harán posada en él y todos los
vicios pugnarán por dominarlo.
Anna salió despavorida, imaginando toda clase de aberraciones alucinantes de
las que su hijo sería víctima. Frank, por su parte, tomó nota de un nombre: Silsbee, a
quien no debía acudir bajo ningún concepto so pena de que su tío le descubriera.
Frank seguía alimentando su sueño sin desistir, sin rendirse a las negativas de su
madre, que tras la entrevista con su hermano eran ya inapelables, y volvía a la carga una
y otra vez.
–¿No has querido siempre que yo fuera arquitecto? En Chicago hay arquitectos,
no aquí. Chicago es el único sitio en donde puedo llegar a ser algo. ¿Qué pasó con tus
ideas? ¿No decíais siempre que el individuo era capaz, con su perseverancia, de forjar
su destino?
–¡La vieja monserga trascendentalista de tu padre!
–¡Y la tuya!
–¡Eres igual que él, y acabarás igual que él! ¿Es que no vas a aprender de su
triste ejemplo?
–¡Lo que tú quieres es que nos muramos de hambre y de aburrimiento! ¡Y todo
porque los Lloyd–Jones tenéis ideas estrafalarias sobre la vida y sobre la educación!
Frank se ponía furioso y le echaba en cara la estupidez y la soberbia arrogancia
de la familia, especialmente del tío Jenkin, a quien no perdonaba que no hubiera hecho
nada por él. Su madre componía entonces un aire de dignidad herida y se negaba a
seguir hablando, y Frank se sentía entonces más furioso y, al mismo tiempo, culpable e
57
indigno, y aguantaba otro poco, no mucho, sin protestar, hasta que el hastío le asfixiaba
y volvía a lo mismo.
La empresa de marcharse a Chicago con el consentimiento de su madre se hizo
imposible, así que no quedaba más remedio que escapar. Frank dijo adiós a Madison y a
su carrera de ingeniero, en la que estaba por la mitad del segundo curso –aunque
muchos años más tarde, tal vez acomplejado por su falta de estudios superiores, escribió
en su Autobiografía que estaba terminado el cuarto curso cuando se fue.
Un día vino a casa a comer, como siempre, pero no fue por la tarde al estudio del
señor Conover. Mientras almorzaba echó una ojeada a su hogar, despidiéndose de él y
buscando algo que empeñar. Recorrió con los ojos las estanterías de los libros de su
padre, ahora silenciosos y olvidados, y tomó la Roma de Gibbon, tal vez
inconscientemente, tal vez añorando aquellos tiempos en que el viejo William se lo
escenificaba, y las Vidas Paralelas de Plutarco. Salió a la calle con su carpeta de
dibujos y los dos libros bajo el brazo, y fue a la prendería del viejo Perry.
Perry no acostumbraba a negociar con libros, aunque aquéllos parecían de valor.
Frank le ensalzó sus cualidades literarias e históricas, y ponderó lo codiciados que
serían por cualquier estudioso. El viejo Perry le aconsejó que acudiera a un librero, que
sabría apreciar mejor que él las bondades de aquellas ediciones, pero Frank no conocía a
ninguno ni tenía más tiempo. El prendero sólo ponderó la encuadrenación en piel, que
era muy vistosa y pensó que, aunque estaban muy sobados, los libros podrían ser
vendidos como complemento de algún mueble. Alguna vez sus clientes le habían pedido
libros por colores y por longitudes de estantería, y él no había podido complacerles.
Esos dos libros gordos de aspecto tan distinguido podrían venderse para eses fin. Le
ofreció una miseria. Frank calculó que con eso no podría comprar ni el billete a
Chicago. Tampoco podía volver a casa a por más cosas, así que tuvo que repasar en un
momento todo lo que llevaba encima, buscando algo que pudiera interesarle al viejo
buitre. Lo único que valía algo era su chaquetón de cuero, forrado interiormente con
lana y tela, y que tenía un cuello de armiño.
En Chicago haría muchísimo frío, así que no podía prescindir del chaquetón;
pero sí del cuello. Se lo ofreció a Perry.
–A ver. Déjame que lo vea... Sí, es buena piel, pero qué quieres que haga yo con
esto. Si al menos fuese una estola... Pero esto no sirve para nada.
–¡Pero si usted mismo se lo vendió a mi madre! Ella lo compró aquí y me lo
cosió al chaquetón. Podría servirle a cualquiera para un arreglo parecido –y Frank se
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quitó la prenda con prisa y nerviosismo, tomó unas tijeras del mostrador y empezó a
cortar la costura del cuello.
–Oye, Frank: No estarás en un apuro. No te habrás metido en un lío.
–¿Yo? No, no. ¡Que va!
–Una cosa es que me quieras vender unos libros para sacar un par de dólares y
otra es que te me desnudes aquí delante. Cuéntame qué problema tienes.
–Ninguno, de verdad. No es nada de eso. Es sólo que... que quiero hacerle un
regalo a mi madre por su cumpleaños y, claro, es una sorpresa y no puedo pedirle a ella
el dinero.
–Ya. En fin; si es por eso seré generoso. Cinco dólares.
–¡Pero si sólo cada libro vale más de diez!
–Para el que los entienda. Para mí no valen nada. Yo no le puedo colocar a nadie
ni los libros ni el cuello. No recuperaré mi dinero a no ser que vengas tú mismo a
rescatarlos.
–Déme diez dólares por todo, y lo rescataré en seguida por quince.
–Seis, a rescatar por ocho cincuenta.
–Siete, por diez.
–Tómalos. Y ven pronto a por esto, que aquí se me va a pudrir.
Frank se fue derecho a la estación. Sacó su billete. El tren estaba ya situado en la
vía y, aunque faltaba bastante para que saliera, subió a su vagón y se acomodó en su
asiento para no estar deambulando por la estación, no fuera a verle alguien.
Por un momento se le ocurrió hacerle llegar a su madre una nota, pero no vio la
forma. Además, era innecesaria. Había anunciado tantas veces sus intenciones que su
madre se diría simplemente que al fin había llegado el momento.
Le quedaban cinco dólares con ochenta centavos para empezar su nueva vida. Su
padre se había ido de casa con menos. Su padre... Su padre. ¿Dónde estaría ahora? ¿Qué
andaría haciendo? ¿Habría alcanzado al fin su objetivo? ¿Sería feliz? Frank se dio
cuenta entonces de que tenía un agujero en el sitio que había ocupado su padre, como un
vacío, y de que nada de eso le importaba ya. En absoluto.
59


2


La sucia tarde de vidrios empañados había dado paso a la noche. Las praderas
habían ido poblándose de fábricas de una forma gradual, casi imperceptible, a medida
que el tren penetraba en la metrópoli. No se apreciaba un límite preciso, una frontera
desde la que decir: “Aquí está Chicago”. Frank había esperado encontrar una ciudad,
notar con emoción cómo se aproximaba a ella desde lejos y cómo llegaba al fin, pero no
hubo nada de eso. Los verdes llanos se habían ido salpicando de tapias, de chimeneas
humeantes, de desperdicios y chatarra. El paisaje se había ido ensuciando
paulatinamente, y cada vez más tapias, más chatarra, más humo y más neblina. El lago
Michigan empapaba todo con una humedad brumosa en aquella noche de primavera
incipiente y aún muy fría, y los resplandores de las fábricas inundaban el vaho con una
luz espectral.
Frank tenía las narices apretadas contra el cristal de la ventanilla, intentando
descubrir los rascacielos, pero sólo veía siluetas de chimeneas tras la niebla y un cielo
de color chocolate.
Las márgenes de la vía estaban salpicadas de muelles desordenados, vagones
muertos, andenes varados y barracones, y el tren hacía innumerables paradas en estas
subpoblaciones, en las que vivían miles de personas amontonadas en barracones a los
pies de las fábricas.
–Por favor. ¿Es esto ya Chicago?
–Psss... Sí y no. Son las afueras.
–Gracias.
El tren recorrió estos cinturones industriales durante una eternidad, sin terminar
nunca de entrar en Chicago. No se veían casas, ni edificios públicos, ni iglesias. No se
veían calles ni avenidas. Sólo tapias, y chimeneas, y basura, y barro.
Paulatinamente, sin saber cómo, la ciudad fue tomando forma. El tren atravesó
barrios con calles y árboles; luego se vieron edificios grandes, y entró por fin en una
estación enorme.
60
Frank se apeó y miró hacia arriba, con la boca abierta, hacia la gran bóveda de
hierro forjado y vidrio. Bajo ella había decenas de vías, innumerables trenes resoplando
humo y vapor, cientos de viajeros apresurados. Frank comenzó a andar hacia el
vestíbulo central, donde le acosaron mozos ofreciéndole habitaciones. La más barata
que pudo encontrar era de setenta y cinco centavos por noche; se la ofreció un chico
más joven que él, de dientes amarillos y desiguales y gorra de visera sebosa y fláccida.
Frank le siguió a una pensión de mala muerte, cuya dueña, en bata, acodada sobre un
aparador que hacía las veces de mostrador, le espetó, a modo de saludo:
–No admitimos maricas. Setenta y cinco centavos por noche, y una semana por
adelantado.
–¡Una semana! No. No puedo. Sólo estaré esta noche... quizá dos. Y no soy
marica.
–Son noventa centavos por noche si estás menos de una semana.
–¿Noventa? ¿Por qué?
–¡Anda, éste! ¿De dónde te has caído?
–Está bien. Tome. Cinco veinticinco por la semana. ¿Está incluida la comida?
–¡Ja, ja! Sí, hombre. ¡Y una esclava negra para tus desahogos! ¡Ja, ja!
–¿Puedo ver mi habitación?
–Pues claro –dijo la dueña con voz burlona de remilgo–. Ugly
1
, enséñasela al
“caballero”. La cuatro.
Frank atravesó el pasillo con el chico de la gorra, y se asomó al infecto cuchitril.
Era abominable, pero no podía permitirse otra cosa. Tenía razón la dueña: qué más daba
verla.
–¿Le ha gustado al señor? A ver; firma aquí.
Puso: “Frank Lloyd Wright. Arquitecto”. La dueña soltó un “joder” y otra
risotada.
–Hasta mañana. Buenas noches –se despidió Frank.
La patrona permaneció acodada a su aparador viendo cómo el muchacho recorría
el pasillo hasta su cuarto. “Palurdo”, se dijo al echar otro vistazo a la firma
rimbombante y al título inverosímil. Se rascó un sobaco mientras intentaba adivinar la
historia, por otro lado transparente, de aquel recién llegado. La patrona se tiró un pedo
feroz. No; aquel paleto no le gustaba nada.

1
Feo
61
Frank se desnudó a pesar del frío. Hubiera preferido dormir vestido, pero no
podía arrugarse la ropa, no quería causar mala impresión a la hora de buscar trabajo. Se
metió en la cama tiritando. Las sábanas estaban húmedas. No podía dormir por el frío y
porque le quedaban cincuenta y cinco centavos. Se pasó la noche calculando cuánto
tiempo sería capaz de aguantar sin comer.
Por la mañana salió armado de valor y de optimismo a buscar trabajo. Tenía
tanta hambre que se convenció de que lo iba a obtener en aquel primer día y de que no
necesitaba, por tanto, administrar su calderilla. Olía a huevos fritos, así que le iban a
contratar en el acto; y a mantequilla, le darían un sueldo buenísimo; y a tortitas, no le
negarían un anticipo en cuanto lo pidiera. Confortado por tan insensatas esperanzas,
entró en un bar y preguntó el precio de un café con huevos fritos y tostada.
–Treinta centavos.
Y con la misma heroica decisión con la que cuentan que Hernán Cortés mandó
quemar sus barcos, dijo:
–Pues póngamelo.
Frank se desayunó como un príncipe y salió a la calle sonriente. Preguntó por el
centro –el Loop– y anduvo millas y millas por el lodazal de aquella ciudad interminable.
Vio por fin edificios gigantescos, tan altos como los había imaginado, pero más sucios,
parduscos. Se elevaban orgullosos sobre las calles embarradas, que ningún alcalde había
sido hasta entonces capaz de pavimentar porque cualquier cosa que se les echara encima
se la acababa tragando el barro.
Esto fue lo que más le sorprendió a Frank: que hubiera tan claras muestras de
opulencia y de desarrollo mezcladas con aquella inmundicia y aquel desorden. Los
carros y los caballos circulaban alocadamente, chocando muy a menudo en los cruces de
forma aparatosa, provocando discusiones y gritos constantes, e incluso heridos, y
siempre chapoteando y salpicando agua y barro a los viandantes.
Frank vio en un portal la chapa de bronce de un arquitecto, y subió confiado.
Cuando le abrieron la puerta vio algo que nunca podía haber imaginado. Aquello no se
parecía nada a la oficina del señor Conover; no era el estudio apacible y casi familiar
con dos o tres tableros de dibujo y unos muchachos trabajando con su jefe. No era eso
que conocía ni eso mismo multiplicado por diez o por veinte que había imaginado. Lo
primero que vio fue un chico vestido de uniforme que le miró despectivamente, ya que
Frank no tenía aspecto de cliente, sino de chico de los recados o de aprendiz de alguna
obra.
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–¿Qué quieres?
Frank miró por encima del botones, descubriendo una sala de espera con plantas
y sillones y, al fondo, una enorme nave en la que trabajaba un ejército de delineantes. El
despacho del jefe debía de estar varias millas más allá.
–Me llamo Frank Lloyd Wright. Soy delineante proyectista y jefe de obra.
–Y qué.
–Busco trabajo. Tengo mucha experiencia en proyectos y en cálculo de
estructuras, y también a pie de obra.
–No necesitamos a nadie. Márchate.
–¿Puedo ver al jefe?
–¿Al jefe–jefe? ¿Al arquitecto? Yo llevo aquí tres meses y no le he visto jamás.
–¿Puedo ver a algún superior tuyo? ¿Al delineante jefe?
–Es muy feo.
–Oye, imbécil. Llama al jefe de estudio. Si entiende algo, cuando vea mis
dibujos me contratará. Soy muy bueno.
–No te pongas chulo o te echaré a patadas.
–¿Ah, sí?
Frank reparó en que su traje, ya bastante ajado, no podría soportar una pelea.
Estaba visto que en aquel sitio no iba a poder trabajar, y era una tontería presentarse en
el siguiente hecho una facha. Se aguantó las ganas de sacudirle a aquel idiota
uniformado y se fue dando un portazo.
Siguió deambulando por las calles hasta que vio otra placa. Subió al estudio y se
repitió la decepción, sólo que ahí no había botones y le trataron con amabilidad.
–No necesitamos a nadie más. Lo siento.
–Pero mis dibujos son buenos. Mírelos.
–Ya los veo. Están bien, pero no nos hace falta más gente.
–De acuerdo. Gracias.
–Suerte, chaval.
–Oiga, por favor. ¿Podría usted darme la dirección de algún otro arquitecto? Es
que no conozco a ninguno, y no sé por dónde buscar.
El jefe de delineantes se compadeció de él.
–Sí que debe ser difícil. En fin, no debería. Se trata de la competencia –dijo, y le
guiñó un ojo.
63
–Si soy tan malo, deberían de estar contentos de endosarme a algún competidor
–dijo Frank sin humor.
–¡Ja, ja! Espera. Voy a apuntarte en un papel los nombres de algunos, a ver si
tienes suerte.
–Gracias.
No tuvo suerte. En algunos estudios le recibieron al menos con educación; en
otros, ni eso. En ninguno tenían trabajo para él. Frank se alarmó. La cosa iba para largo
y sólo le quedaban veinticinco centavos, y ese primer día ya había despilfarrado
bastante desayunando. Resolvió no comer ni cenar aquel día, y aguantar todo lo que
pudiera sin gastar ni un centavo. Al menos ahora tenía una buena lista de arquitectos.
Mañana seguiría su búsqueda y alguno le daría trabajo.
El segundo y el tercer día fueron iguales. Y el cuarto día, sábado, desalentado y
en ayunas, echó a andar resignada y cansinamente a pedir ayuda a su tío Jenkin. No
podía permitirse todo un domingo de inactividad, de espera y de hambre. Su tío le
cogería por las orejas y le mandaría a Madison de una patada en el culo, pero Frank
añoraba ya las tortitas de harina de su madre. Pero, ¡alto! ¿Qué estaba pensando? No;
eso jamás. ¿Iba a rendirse tan pronto? Le quedaban aún algunos nombres en la lista, y
un largo sábado por delante. Los tenía que ver a todos. Si se desmayaba en la calle,
alguien le recogería y le llevaría a alguna institución de caridad donde le darían sopa, o
al calabozo, donde igualmente le alimentarían. Pero no iba a desmayarse. Hacía sol, y el
día, frío aún, parecía prometedor.
No hubo suerte, y a última hora de la mañana todos los nombres estaban
tachados menos uno: Joseph Lyman Silsbee, el arquitecto de su tío Jenkin, el único que
le estaba prohibido.
Pero ya no había más remedio. Llamó a la puerta y le abrió un joven muy
agradable. Tendría unos veinte años; era alto y bien parecido, y le sonrió afablemente.
–Hola.
–Buenas tardes. Me llamo Frank Lloyd Wright, y soy dibujante proyectista.
Tengo experiencia en proyectos y en dirección de obras. Solicito trabajo.
–Está bien, está bien. Lo has dicho de carrerilla; apuesto a que ya te lo sabes de
memoria. Qué; has llamado a muchas puertas, ¿eh?
Frank resopló expresivamente.
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–Yo me llamo Cecil Corwin. No soy el jefe de delineantes, pero soy de los
veteranos y a veces me encargo de entrevistar a los nuevos. Supongo que eso que llevas
ahí son dibujos.
–¿Eh? ¡Ah, sí!
Corwin se sentó tras una gran mesa e hizo sentarse a Frank al otro lado.
Extendió los dibujos y los examinó, pero examinaba con mayor atención al aspirante.
Vio en él una arrogancia noble, muy debilitada tras los fracasos y el hambre, pero aún
resistente. Tenía ojeras moradas formando medias lunas bajo los ojos duros, que le
miraban con desesperación y casi con estupor, pero que mantenían un hilo acerado de
rabia. Era una especie de héroe vencido que no sabe cómo convivir con la derrota ni qué
hacer sino rugir. Y Frank rugía además literalmente: de vez en cuando le salía un
borborigmo de sus tripas vacías.
Frank componía una figura patética, con un resto indomable. Se le veía agotado,
pero parecía de ésos que nunca se rinden.
–No eres de Chicago, ¿verdad?
–No. Soy de Madison. Bueno, vivo... vivía en Madison.
–¿Qué edad tienes?
–Voy a cumplir veinte.
–¡Ja! Dentro de unos años.
–Está bien. Diecisiete. Cumpliré dieciocho en junio.
–Ya. Oye, perdona la indiscreción, ¿eres hijo de clérigo?
–¿Eh? Sí... ¿Cómo lo has sabido? –Frank lo vio claramente: su madre y su tío
Jenkin le habían descubierto. Claro; ¡qué tonto había sido! Al notar su falta, su madre
habría telegrafiado al tío Jenkin, y éste habría avisado a Silsbee. Le estaban esperando,
sin duda. Por eso le retenía ahí este joven. Era una encerrona. ¡Y había dado su
verdadero nombre! ¡Imbécil!
–Soy buen observador.
–¿Me... esperaban ustedes? –preguntó Frank, buscando el modo de escapar.
–¿A ti? ¿Por qué? –la expresión de Cecil Corwin le tranquilizó.
–No sé... Nada... Es que, como...
–Yo lo soy también; hijo de religioso, quiero decir. Y el señor Silsbee, y otros
dos dibujantes. Se nos nota. No se sabe bien en qué, pero se nos nota. Por lo menos yo
lo noto. Si consigues entrar ya seremos cinco; buen número, aunque seguimos en clara
65
minoría. Claro, que estar en la minoría a la que pertenece el jefe no es malo, ¿eh? –Cecil
se echó a reír con simpatía, y Frank también sonrió.
–¿Quieres decir que tengo alguna... posibilidad de entrar?
–Alguna. Veamos estos dibujos –Cecil volvió a examinarlos, pero ahora con más
atención, tras haber quedado satisfecho con el muchacho. Los observó en silencio, con
mirada inteligente, acercando la vista a los detalles más imbricados y mordiéndose el
labio inferior con gesto de concentración. Al fin dijo:
–Tienes buena mano. Te falta mucho que aprender, pero el oficio se adquiere.
Tienes cualidades.
–¿Qué quiere decir eso?
–Que has pasado la primera prueba. Ahora espera un minuto.
Al rato apareció un señor de aspecto muy distinguido y elegante. Era el
mismísimo Joseph Silsbee. Frank se puso de pie y casi se cuadró ante él. El arquitecto le
miró de arriba a abajo, por encima de sus anteojos. Tenía cara de vinagre.
–Tómelo como calcador. Que empiece el lunes. Ocho dólares por semana.
Frank había esperado por lo menos el triple, pero no tuvo fuerzas para protestar.
Ya había visto durante cuatro días que la cosa no estaba nada fácil. Pensó que en todo
Chicago no habría una pensión más barata que la suya, y si se gastaba en ella cinco
dólares con veinticinco sólo le quedarían dos setenta y cinco semanales, que apenas le
permitirían desayunar a diario. Frank estaba muy desalentado, y ahora que había
conseguido por fin un trabajo fue cuando estuvo a punto de derrumbarse.
–Gracias, señor.
Silsbee volvió a meterse en su despacho y de nuevo quedaron Frank y Cecil a
solas. Cecil vio la cara anonadada de Frank y se echó a reír.
–Enhorabuena, chico. Ya eres un miembro más de la factoría Silsbee. Acabas de
ser nombrado último mono de la profesión. ¡Bah! No te preocupes. Todos hemos
empezado por los ocho dólares de calcador. Son algo simbólico, una especie de número
mágico. Ocho dólares. Quiere decir: “vamos a ver qué pasa”.
–Claro. Pero yo esperaba...
–Nada. Ya verás cómo, si te espabilas, sólo cobrarás eso las primeras dos o tres
semanas. ¿Tienes algo de dinero ahora?
–Cuatro centavos. Pensaba pedir un anticipo, pero ya veo que es inútil. Si se me
concediera el que estaba dispuesto a solicitar, no podría devolverlo en toda mi vida, con
ese sueldo.
66
–¡Ja, ja! ¿Dónde te alojas?
–En una pensión, al lado de la Estación Central.
–¡Fiuuu! ¡Estupendo! Si no comes podrás ahorrar un par de centavos por
semana.
–No te burles. En buen apuro estoy.
–¡Ja! Eso le pasó a Martin, ya le conocerás. Estuvo tres meses quedándose el
último a terminar sus planos, hasta que descubrimos que se quedaba aquí a dormir.
Podías hacer lo mismo.
–No veo otra solución.
–Salgo dentro de una hora. Ve a dar un paseo por ahí y luego espérame abajo. Te
invito a almorzar.
–¿Me invitas? ¡Gracias! Te espero en el portal. Ahí estaré como un clavo. ¡Ni un
huracán me moverá!
–¿Tanta hambre tienes? He sido un imprudente al invitarte.
–Te voy a arruinar.
Cecil le llevó a comer al restaurante de Kinsley, que era un lugar muy conocido
y cuyo picadillo de cecina tenía justa fama en toda la ciudad. Era un sitio acogedor,
siempre abarrotado, y allí se veían tipos pintorescos y variados, desde el orador callejero
al joven poeta que acababa de publicar por primera vez en una hojilla parroquial y,
sobre todo, grupos de estudiantes que discutían sobre Darwin, Emerson, Poe...
demócratas y republicanos, metodistas, unitarios, baptistas, seguidores y detractores de
cada moda, ideología o corriente, puritanos y disolutos, deportistas... En fin, todo lo que
Frank necesitaba para olvidarse de su mísera pensión y de su mísero sueldo.
Frank comió por fin decentemente y, con la tripa llena, observó a su alrededor.
Chicago le fascinaba y le horrorizaba por igual. Le estimulaba aquella aglomeración de
gente, de ideas y de edificios, pero al mismo tiempo se rebelaba contra el caos que todo
aquello suponía. Le parecía inhumano ser un número entre la multitud, una hormiga
más en el hormiguero. Acostumbrado a la vida libre y salvaje, en Madison despotricaba
contra el provincianismo y la falta de oportunidades, pero en Chicago estaba fuera de
sitio. La sordidez de la pensión, la insolidaridad y la hostilidad de la gente, la crueldad
de aquella vida artificial y sin esperanza, yendo cada uno a lo suyo sin reparar en nadie,
el “ir tirando” anónimo sin más horizonte que sobrevivir, la ferocidad de la civilización
urbana, todo eso, revuelto en su mente confusa, saturada de tantos estímulos e incapaz
de reflexionar por el momento, le llenaba de perplejidad.
67
Pero ya pensaría en eso. Ya vería lo que pasaba. Por ahora, con el estómago
lleno y la cabeza atontada por la cerveza, le inundó una benéfica placidez y una emotiva
sensación de gratitud.
–Oye, Cecil; tenía tanta hambre y estaba tan asustado y tan nervioso que hasta se
me ha olvidado darte las gracias.
–¡Ja, ja!
–No. En serio. Quiero decir que me lo jugaba todo. Si no me hubiera contratado
Silsbee... No sé. Si no te hubiera conocido... ¿Me entiendes?
–Que sí. Vale, vale.
–De verdad. No sé cómo podré pagarte esto. He tenido mucha suerte al
conocerte.
–Está bien. ¿Quieres algo más? ¿Una copa?
–No, no. Muchas gracias. Ya está bien.
–Bueno. Pues a trabajar. Salgo a las ocho. Te vas ahora a tu pensión, recoges tus
cosas y me esperas a la salida. Te vienes a mi casa. Ya verás cómo te gusta mi padre.
–¿Qué dices?
–No pretenderás estar de pensión con tus ocho dólares.
–¡Dios te bendiga! Eres increíble.
–Venga. Vete a por tus cosas.
–No tengo nada. Vine con lo puesto. Te esperaré paseando. O mejor, si quieres,
me voy contigo y te echo una mano, y me voy haciendo a la oficina.
–Pues vamos.
Aquella noche Frank cenó en familia, con Cecil, su hermana y su padre. La
madre había muerto años atrás. En la cena, Frank contó viejas historias de su familia.
Descubrió que ya no le dolía hablar de su padre, ni le avergonzaba contar su huida, si
bien la idealizaba y la justificaba, comparándola con la suya propia, y decía que era la
llamada del destino y de la misión que tenían que cumplir. Al padre de Cecil, un
apacible misionero congregacionista, no le gustó nada William Wright, pues adivinaba
la exageración del hijo cabal y, reduciéndola, se hizo una idea muy aproximada de la
realidad.
Conminó a Frank a que escribiera inmediatamente a su madre, y él le contestó
que llevaba días deseándolo, pero que había querido esperar hasta poder contarle algo
esperanzador, y que, por fin, gracias a ellos, había llegado el momento.
68
Tras la cena, la hermana de Cecil se dispuso a tocar el piano, y Frank se
estremeció recordando sus últimas noches en aquella lúgubre pensión, y disfrutó de
aquella velada familiar añorando los mejores momentos –tan escasos, por cierto– de su
niñez. Pidió permiso para tocar con ella a cuatro manos, pero ella le dijo que prefería
oírle a él solo, y le cedió el piano. Frank tocó la sonata Claro de Luna, de Beethoven, y
por esa música el reverendo Corwin se reconcilió un tanto con su atormentado colega.
Cecil miraba a su padre como diciéndole: “¿Ves cómo este chico merece la pena?”, y el
pastor respondía con un gesto de aprobación.
Le acompañaron al acogedor cuarto de huéspedes, y Frank pidió papel y pluma
para escribir a su madre. Por la mañana salió con su carta escrita, y le hizo a Cecil la
petición que iba a hacerse crónica desde entonces:
–Por favor, ¿podrías prestarme diez dólares? Te los devolveré a razón de dos
dólares semanales.
Su amigo sacó dos billetes de cinco y se los metió en el bolsillo. Frank les
preguntó dónde podía echar la carta, y Cecil le acompañó a la oficina de correos. Frank
introdujo los diez dólares en el sobre, lo cerró, lo besó pensando en su madre y en sus
hermanas y lo metió al buzón que había en la fachada principal. Era su primer envío de
dinero a casa, y se sintió emocionado. Aunque no tenía nada sino una deuda de diez
dólares, y sólo podía mantenerse gracias a la amistad caritativa de Cecil, sintió que su
aventura en Chicago iba camino del éxito.
69


3


El lunes por la mañana, Frank saludó a los compañeros que Cecil le había
presentado el pasado sábado, y sin más dilación, Cecil le asignó una mesa y le dio
trabajo para hacer. Frank examinó los croquis de una casa diseñada en el shingle style
(estilo tejamanil), del que Silsbee era maestro, y se dispuso a pasarlos a limpio.
Estas casas, las habituales en ese estudio, eran características por sus tejados, de
los que el estilo tomaba el nombre. Éstos eran de entramados de madera sobre los que se
claveteaban unas tablas solapando cada fila sobre la inferior, de manera que montaban
unas sobre otras como las tejas. Este sistema permitía hacer muy fácilmente tejados a
distintas alturas y con varias aguas, que se intersecaban con torreones cilíndricos o
prismáticos que a su vez se tejaban en cono o en pirámide. Salían así casas agradables y
acogedoras, con amplios porches, pintorescas al estilo de las ilustraciones inglesas de
las casitas de los cuentos de hadas. Las plantas se diseñaban con libertad y armonía, sin
esquemas rígidos, y el resultado era de volúmenes variados y simpáticos en los que la
clave de la resolución era la cubierta.
Aquella primera casa que calcó ya tenía todos los problemas resueltos en los
croquis que le dieron. Sólo había que pasarlos a limpio, y Frank, al dibujarlos
cuidadosamente, aprendió su secreto. Las complejas intersecciones de vigas en cubierta
parecían desafiar la gravedad y la geometría, pero analizándolas con detenimiento
resultaba que la cosa no era nada difícil. No tenían apoyos claros a primera vista, puesto
que no iban de muro a muro ni de pilar a pilar, sino que se apoyaban unas en otras
equilibrando sus empujes, y se arriostraban entre sí, cuando era necesario, con tirantes
de madera. Todo ello era infinitamente más complejo que la cercha atirantada que Frank
había diseñado en Madison con tanto orgullo, pero básicamente era lo mismo.
No se explicaba cómo surgía el torreón cilíndrico en medio de los faldones de
cubierta, atravesándolos e interrumpiendo su armazón sin provocar una catástrofe, y no
cejó hasta destripar completamente la estructura, pieza a pieza, viga a viga. Los detalles
que le habían suministrado eran perfectos, con todas las piezas separadas acotadas
exactamente, y sus ensamblajes representados con precisión. Los dibujos hacían
70
sumamente fácil el trabajo del carpintero, e igualmente le permitían una interpretación
cabal al joven aprendiz. Todo se explicaba tras ser analizado, y Frank, mientras los
pasaba a limpio, se empapaba de ellos.
Dibujaba con pulcritud. Era para lo que le pagaban: para ser sólo un lápiz
limpio. Pero, al mismo tiempo, emborronaba papeles de sucio con esquemas, detalles,
perspectivas de aspectos que se le resistían, hasta que llegaba a construirlos, es decir, a
forjarse una idea exacta de cómo funcionaban.
Estaba embebido en su trabajo. Los compañeros miraban de reojo al nuevo, y
atribuían su ensimismamiento al deseo de todo debutante por quedar bien. Frank no se
levantaba ni a beber agua. Se le acercó un chico alto y pelirrojo, Lewis, a ofrecerle un
cigarrillo y a darle conversación. Frank le contestó con timidez:
–No, gracias. No fumo.
–¿Cómo que no fumas? Tienes que fumar. Es distinguido.
–¿Distinguido?
–Naturalmente. Toma uno. Yo te enseñaré. Mira; se toma así...
–Perdona, pero no sigas. No quisiera adquirir el hábito. No me lo podría
permitir.
–¡Error! No digas eso nunca. Escúchame, chaval; te voy a dar el consejo de tu
vida. Porque tú quieres llegar a ser arquitecto algún día; ¿no?
–Claro.
–Pues abre bien las orejas porque este consejo vale un millón de dólares y yo,
para que veas, te lo regalo. Escucha: Nunca reconozcas que estás tieso. ¡Pero nunca! Te
pase lo que te pase, estés como estés, nunca muestres que estás a dos velas. Si llevas dos
semanas sin comer y de pronto te encuentras un billete de veinte pavos en el suelo, ¿te
agacharás a cogerlo?
–Pues...
–¡No! No si hay testigos. Primero te asegurarás de que nadie te ve.
–¡Cállate, Lewis! –dijo Martin–. Tú cogerías el billete con los dientes si fuera
necesario –todos rieron.
–Qué poco me conocéis. Tú hazme caso a mí, Wright. Pasarás de largo llorando
en tu corazón, pero altivo. Y si te agacharas a por él, porque nadie te viera, ¿en qué te
gastarás la pasta? ¡En una corbata de seda y un buen cigarro! Irás al encuentro de tu
cliente, le saludarás con suficiencia, te encenderás el puro y le comentarás tus éxitos en
la bolsa, lo contento que ha quedado el doctor Ferguson con la nueva villa que le has
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construido, lo guapísima que estaba la señorita Mitchel en el baile de la Liga
Republicana... Apréndelo. Puedes ir hambriento, eso no se nota, pero nuca mal vestido y
sin un buen cigarro.
–Te agradezco mucho tu consejo, Lewis, pero era innecesario. He vivido
así siempre. Toda mi vida he sido un pobre muy decoroso.
–¡Pues entonces fuma! ¡Es una orden!
–¡Atención; el jefe! –dijo uno, y todos saltaron a sus mesas y se pusieron al
trabajo.
Silsbee entraba con alguien cuya voz inconfundible alertó a Frank. Antes de que
asomaran por la sala de delineación las feroces barbas blancas del visitante, el aprendiz
se había refugiado en el retrete.
El arquitecto se adelantó hasta la mesa de Martin, en la que había unos planos
cuyo ángulo inferior derecho estaba rotulado: “Iglesia de Todas las Almas. Oakwood
Boulevard. Chicago. Rev. Dr. Jenkin Lloyd–Jones. Joseph L. Silsbee. Arquitecto”, y le
ordenó al delineante que los pasara a su despacho para enseñárselos a su distinguido
cliente. Cuando se giró hacia él no le vio porque éste se había separado sin decir nada y
estaba intentando entrar en el retrete, cuya puerta estaba cerrada y en cuyo interior
estaba Frank aterrado sin hacer un solo ruido, preguntándose angustiado cómo iba a
poder salir de allí sin que le viera su tío, que esperaba al otro lado de la puerta.
Ya estaba Frank pensando en salir dando voces con una toalla ensangrentada
tapándole la cara cuando oyó claramente la voz de Silsbee que decía:
–Reverendo, por favor. Pase al mío. Por aquí.
Frank salió entonces y pidió ayuda a Cecil, que le metió en el cuarto de archivo
y le dijo que esperase allí hasta que él le avisara. Por suerte, Silsbee no se acordó del
nuevo y no preguntó por él.
Pero a los pocos días no le quedó más remedio que ir a llevar unos planos a la
obra de la Iglesia Unitaria de Todas las Almas. Aunque él era calcador y no tenía ese
cometido, los demás estaban muy ocupados y al fin y al cabo él era el último mono y el
más apto para hacer de recadero, así que se le ordenó que llevara unos detalles para el
herrero. Sólo tenía que dárselos, sin más. Un cometido fácil, al alcance de su capacidad
y de su mísero sueldo.
Frank miró desde lejos la Iglesia Unitaria, un edificio grande y aparatoso, que
más que un templo parecía una casona grandota y un poco destartalada, o un casino, o
algo por el estilo. Aguzó la vista, a ver si descubría a su tío, pero no le vio por allí. Hizo
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acopio de valor y se dispuso a correr hacia la obra para preguntar por el herrero, darle
los planos y salir otra vez a escape de aquella encerrona.
Pero cuando estaba preguntando, una manaza le atenazó el cuello, y una voz
atronadora le rugió desde atrás:
–¿Te parece bonito lo que has hecho, insensato?
Era el tío Jenkin, claro; barbado y feroz, con su aspecto impresionante de
siempre resaltado ahora por una casaca roja de largos faldones. Sus ojos eran dos
agudos puñales y su boca destilaba espuma venenosa.
–¿No sabes que tu madre está loca de dolor? Me escribió diciéndome que te
habías fugado. Está desesperada. ¡Y tú aquí, en Chicago! ¡Mal hijo! ¡Perdido!
–¡Ay!
–¿No te prohibí venir a Chicago? ¿Y esos planos? ¡No estarás con Silsbee!
–Sí, tío. ¡Ay!
–¡Canalla! ¡Te has valido de mi relación con él! ¡Me has utilizado! ¡Ah,
traidorrrr! Así que te has escapado de casa y te has presentado ante él, tan pancho,
esgrimiendo la amistad que nos une.
–Que no, tío. ¡Ay! ¡Que no! ¡De verdad! El señor Silsbee no sabe nada. ¡Ay! Me
ha admitido sólo por mis aptitudes.
–¿No sabe nada? ¿De verdad?
–De verdad.
–¡Ja, ja, ja! –el rostro del tío Jenkin estalló entonces en una carcajada feroz–.
¡Muchacho! Te has fugado al estilo Wright, pero tienes las agallas de los Lloyd–Jones
–y le metió semejante capón que a poco lo descalabra–. ¿Así que has entrado en el
estudio por tus propios medios?
–Sí, tío.
–¡Ja, ja, ja! –y la expresión del clérigo volvió a ensombrecerse de repente–. ¿Y
tu pobre madre?
–Le escribí el domingo pasado. ¡Y le mandé diez dólares!
–¡Bien! ¡Muy bien!
Frank le contó sus vicisitudes y al tío Jenkin se le pasó el mal humor y se le
convirtió en orgullo por su sobrino. Era todo un hombre, todo un Lloyd–Jones. Aprobó
sin reservas que Frank estuviera viviendo en una casa respetable, en la casa de un
clérigo, y que llevara una vida decente y sobria.
–Tío Jenk, ya verás cómo muy pronto podré traerme a madre y a las chicas.
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Pero no fue así. Frank no quería abusar de la hospitalidad de los Corwin, aunque
éstos le rogaban que se quedase con ellos y le aseguraban que, lejos de ser una molestia
o un gasto, era un placer tener un huesped tan educado y que tocaba tan bien a
Beethoven. La hermana de Cecil le dijo que le echaría de menos, de veras, muy de
veras, y él no entendió o no quiso entender. Se aturullaba mucho cuando le hablaba una
chica, y más cuando lo hacía dulcemente.
Frank les dijo que se quedaría si consentían en cobrarle, pero los Corwin se
negaron, indignados.
–Pero Frank, hijo; ¿cómo pretendes que te cobremos? La hospitalidad no se
cobra ni se paga, y nosotros estamos muy a gusto contigo.
–Señor Corwin, yo les estoy muy agradecido. Ustedes lo saben. No podría haber
sobrevivido en Chicago si la Providencia no les hubiera puesto en mi camino. Pero
seguir aquí sería un abuso, y yo no lo puedo tolerar.
–¡Qué barbaridad! Eres orgulloso, muchacho, y nos estás entristeciendo con tu
actitud.
–Lo siento. Lo siento de verdad.
Frank se buscó una habitación en la Avenida Vincennes. Pidió un aumento de
cuatro dólares semanales y lo obtuvo, pero pronto se dio cuenta de que ni con los doce
dólares podía vivir. Volvió a pasar grandes apuros económicos, casi tan graves como los
de sus primeros días de vagabundeo. Apenas podía pagar el alquiler y reservarse algún
dólar para enviárselo a su madre, así que había semanas que hacía lo uno y semanas que
hacía lo otro. En el estudio era temido por su propensión crónica a pedir dinero prestado
que cada vez le costaba más trabajo devolver. Cecil, que siempre había estado
satisfecho de sus dotes de observación y de su capacidad para juzgar a las personas, y
que recordaba con cuánto acierto había hecho la disección moral de Frank el primer día
que le vio, no se explicaba ahora la contradicción que existía entre el orgullo de Wright
para no aceptar su hospitalidad y su descaro para pedir dinero al primero que se le
pusiera a tiro.
Frank no salía con sus compañeros de trabajo, para no gastar el dinero que no
tenía y para no hacerse más odioso pidiéndoles que le invitaran. Sólo cuando estaba
muy apurado atendía a las continuas invitaciones de Cecil a cenar en casa. Cuando
accedía, los Corwin le recibían con los brazos abiertos, le reiteraben su oferta de
alojamiento gratuito, le agasajaban y, tras la cena, le rogaban que tocara el piano. Frank
les complacía y, mientras sus dedos recorrían el teclado, entornaba los ojos e imaginaba
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escenas imposibles. Qué familia tan feliz; qué envidia le daban. ¿Y si su madre se
casara con el reverendo Corwin? ¿Y si él los presentara y la cosa cuajara? Pero no;
siempre se olvidaba de que su madre no era viuda, ni divorciada, ni nada. Qué pena.
Tal vez –pensaba Frank– había rechazado la hospitalidad de los Corwin porque
no resistía tanta placidez, porque esa felicidad le daba envidia. Cecil también empezaba
a sospechar eso mismo. No había otra explicación.
Frank prefirió vivir en la penuria a aceptar la amable oferta de los Corwin. Y la
penuria era muy severa. La miseria se hizo tan dura que volvió a pedir otro aumento de
sueldo. El señor Silsbee no daba crédito a las pretensiones del muchacho. Ya el acceder
a los doce dólares le había molestado. El chico era bueno, pero tenía mucha soberbia.
Un novato, un aprendiz, y le había pedido con todo desparpajo los doce dólares. Aún no
sabía por qué había accedido. ¡Y ahora pedía quince! ¿Pero qué se había creído?
¿Acababa de llegar y ya le venía con esas?
–Mire, Wright; su petición es excesiva e incomprensible. Confórmese con sus
doce dólares semanales y quizá, dentro de unos meses, pueda darle trece o catorce.
–Señor Silsbee, permítame decirle, con todo respeto, que no pretendo regatear ni
discutir con usted. Necesito quince dólares semanales. Eso es todo. Y hay otra firma que
me los ofrece.
–En ese caso, Wright, ahí está la puerta.
Frank entró a trabajar en el estudio de Beers, Clay y Dutton, donde estuvo pocas
semanas. No se acomodó. Echaba de menos a Cecil, a quien seguía viendo de vez en
cuando. La verdad era que Silsbee era mejor arquitecto y ofrecía mejores oportunidades
de aprender el oficio. Frank se lo pensó. Entre doce y quince dólares tampoco había
tanta diferencia, y merecía la pena cobrar un poco menos y trabajar más a gusto. Sólo
quedaba comprobar si Silsbee le volvía a admitir. Cecil le animó a volver. él se
encargaría de irle preparando el terreno; además, Silsbee no era rencoroso. Hablándole
un poco del asunto y dorándole la píldora, le volvería a contratar de buena gana.
Cuando Frank entró en el despacho de Silsbee, éste estaba concentrado
estudiando un plano. Tan sólo levantó la vista por encima de sus anteojos con montura
de oro y dijo:
–¡Hombre, Wright! ¿Otra vez usted por aquí? Ya sabe cuál es su mesa. Hay
mucho trabajo, póngase a ello ahora mismo. Y le pagaré dieciocho dólares a la semana;
¡ni un centavo más!
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Con ese sueldo, Frank aguantó unos meses. Lo aprendió todo, como si
exprimiera el jugo de Silsbee y, cuando lo agotó, se sintió hastiado y empezó a pensar
en un estudio de más envergadura.
El tío Jenkin, que seguía ahora con interés su carrera, le proclamó repentina y
triunfantemente como arquitecto, y las tías Nell y Jane Lloyd–Jones, que por encima del
amor a su sobrino profesaban una admiración infinita por su hermano, esperaron a este
anuncio del reverendo para encargarle inmediatamente una casa. Frank la construyó
como había aprendido de Silsbee. No hizo nada especial, y hoy nadie se fijaría en la
casa de las dos solteronas en Hillside, Spring Green, Wisconsin, si su joven arquitecto
no hubiera llegado a ser, con el tiempo, el gran Frank Lloyd Wright. También proyectó,
animado por su éxito y por la contumaz propaganda de su ahora entusiasta tío, una
capilla unitaria para Sioux City, Iowa, pero, afortunadamente, ésta no fue construida.
Sin embargo, las dos obras fueron publicadas en el Inland Architect, una revista
provinciana que no tenía mucho material y se las veía y se las deseaba para encontrar
arquitectos de “tierra adentro”. Con estas dos aventuras lamentables, pero que entonces
a Frank se le antojaron éxitos rotundos –y no era para menos: construir la primera obra a
los dieciocho años y verla publicada y celebrada, aunque fuera en una revista de
segundo orden–, el joven sintió la amargura y la frustación de seguir trabajando de
delineante por dieciocho dólares semanales, malgastando su genio.
En cuanto al dinero, la casa para sus tías fue una ayuda importante. Eran sus
primeras clientes y además las hermanas de su madre, pero el tío James le había
enseñado de niño, allá en la granja, una máxima más valiosa que todos los lemas y
consignas tan frecuentes en su familia, una sentencia más importante que todas aquellas
que los Lloyd–Jones gustaban de repetir hasta la saciedad. Era tan lacónica y evidente
que a nadie se le había ocurrido grabarla en piedra en lugar bien visible, pero a Frank se
le había fijado en lo más profundo de su conciencia: “El trabajo es duro. El trabajo se
cobra”.
Bien es verdad que no abusó de sus tías; les cobró unos honorarios muy
razonables y modestos. Pero la única forma de aparecer ante ellas como un verdadero
arquitecto y no como un sobrino mañoso y muy dispuesto (¡ay!; tenemos un sobrinito
bien listo y bien aplicado; fíjese que casita tan mona nos ha hecho) fue pedirles cien
dólares.
–Pero Frank. ¡Que somos tus tías!
–Pues ochenta.
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El tío Jenkin tuvo que intervenir para que sus hermanas se covencieran de que
había que pagar, y así, para Frank, más que el orgullo de hacer su primera obra como
arquitecto, fue el de cobrar como arquitecto por primera vez.
El tío Jenkin insistió para que Frank acudiera a su iglesia, ya que vivía en
Chicago. Así no descuidaría su espíritu y, además, no encontraría una mejor que la de
Todas las Almas. El tío le presentó a toda su feligresía, entre la que se encontraba gente
de muy buen pasar y de intachable virtud, entre los que Frank quizá pudiera medrar si
sabía relacionarse.
Además de los actos religiosos, la comunidad de Todas las Almas llevaba una
vida social interesante, organizando conferencias, excursiones, comidas campestres,
bailes, conciertos, lecturas y representaciones teatrales. Frank se integró en el grupo, y
conoció nuevos amigos. En su debut teatral le fue asignado el papel de caballo, y lo hizo
con un disfraz diseñado por él mismo que causó sensación.
–¡Qué barbaridad, doctor Lloyd–Jones! ¡Qué obra tan atrevida! ¡Un caballo
parlante!
–Mi querida señora Hatfield, ha de saber usted que a lo largo de toda la historia
de la literatura se han utilizado animales parlantes para las fábulas morales, y que es por
tanto un recurso perfectamente lícito.
–Está bien, reverendo. Si usted lo dice, me quedo más tranquila.
Frank fue un actor asiduo en estas representaciones de aficionados, y esto le
ayudó a superar su torpeza social y a desfogarse un poco dando rienda suelta a una
personalidad que le quemaba en su interior. Con las chicas seguía siendo un desastre,
pero, por primera vez en su vida, las vio como compañeras y amigas, de igual a igual;
algo que nunca había experimentado en las ya tan lejanas clases de música de su padre,
allá en Madison, en aquella casa que no añoraba. Tan fría.
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4


De todas las representaciones que hizo el grupo de teatro de Todas las Almas, la
más memorable para Frank fue la de Los Miserables, en la que hizo de oficial francés.
Llevaba un lucido uniforme con casaca roja, bocamangas y alamares amarillos,
charreteras y botonaduras doradas, botas, sable y demás pertrechos inventados y
espectacularmente estrafalarios. Gastaba bigote postizo fino, con pequeñas guías que
volaban más allá de los bordes de los labios, ligeramente encanecido, como las
abundantes patillas, con polvos de talco. Su cabellera, algo más larga de lo decoroso, al
estilo “artista”, que tantas críticas le había valido y le seguiría valiendo, aquí quedaba
muy bien, muy de la época.
Tenía dieciocho años, era esbelto y ágil, y aquel atuendo le daba un aspecto
impresionante.
Pero en el baile que siguió a la representación permaneció apartado, sin saber
suscitar el interés de nadie. Tomó un par de tazas de ponche por ver si se daba ánimos
para abordar a alguna chica, sin acordarse de que el ponche era decente y no llevaba una
sola gota de alcohol.
Se sentó en un rincón discreto, mirando bailar a los demás. Se cansó de esto en
seguida y se levantó a tomar una taza más. Con ella en la mano, deambuló
distraídamente por el salón, sorteando aquí y allá a los corros que bailaban (nada de
parejas) y estorbando a todos en su andadura de sonámbulo. El sable se le metió entre
las piernas, trabándolas, y Frank cayó abalanzándose sobre una chica que charlaba
tranquilamente con un mozo. La tiró al suelo, se cayó encima de ella, le vertió todo el
ponche y, liado con las ropas de ella y con su propio sable, aturdido por la situación, se
quedó sin reaccionar mientras la pobre muchacha pataleaba, chillaba y forcejeaba para
sacárselo de encima. La madre de la chica interpretó todo aquello poco menos que como
un intento de violación, y la emprendió a bastonazos con el agresor para que soltara de
una vez a su hija. Frank miraba a la señora con ojos estúpidos, recibiendo los golpes sin
saber qué hacer. En unos segundos, la muchacha consiguió zafarse de él y se puso en
pie, y Frank, desde el suelo, ya empezando a incorporarse, la miró por fin a la cara.
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Era una preciosidad. Tenía ojos azules y pelo castaño, que brillaba con reflejos
de miel dorada. Frank se incorporó por fin, musitó unas palabras de excusa, con una
sonrisa patética de carnero en celo y unos ojos abiertos como platos. La chica, pasado el
susto, vio cómica la situación y le sonrió, aguantando ahora la carcajada que estaba a
punto de estallar al ver a su madre fuera de sí y al torpe muchacho rojo como un tomate
y casi llorando. Era muy guapo, y tan torpe que le inspiró ternura. Tomó a su madre del
brazo y se alejó del patoso, que ahora reaccionaba haciendo mal una reverencia que
había aprendido para la representación mientras volvía a repetir sus excusas y decía que
estaba desolado.
La muchacha estaba en la obra en el coro de aldeanas, y vestía, en consecuencia,
como una especie de Caperucita Roja: corpiño rojo sobre una camisa blanca de holanda,
capa roja con capucha, falda roja de paño, corta, dejando ver unas piernas largas y
bonitas enfundadas en unos leotardos blancos y sandalias de cuero con tiras trenzadas
por las pantorrillas. Era la imagen misma de la inocencia y, al mismo tiempo, irradiaba
una sutil sensualidad.
Frank fue a toda prisa a interrogar a sus compañeros más veteranos.
–¿Quién es esa chica?
–¿La que has derribado delante de todos? ¡Que vergüenza, Wright! ¡Ja, ja, ja!
Eres un descarado. Si querías conocerla, podías haber empleado un método más
civilizado. ¡Ja, ja, ja!
–Déjate de bromas. Tengo que saber quién es.
–Se llama Catherine Tobin. A su madre creo que ya la conoces. ¡Ja, ja, ja! ¿Es
así como cortejáis en Wisconsin?
–Dime qué tengo que hacer para entablar relaciones con ella.
–¿Tan fuerte te ha dado?
–Sí.
–Pues peor no has podido empezar. Ve a ver a la señora Harper. Mira; es aquélla
de allí.
–Sí. La conozco.
Frank fue decididamente a su encuentro.
–Señora Harper, yo quisiera que usted me presentara a la señorita Catherine
Tobin, es decir... a su madre. Quiero decir... Debería ofrecerles mis excusas y... en fin,
quisiera, si fuera posible...
–¿Vas con buenas intenciones?
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–Naturalmente.
–Es que yo tengo mi prestigio, y si os presento no quiero luego tonterías. La que
queda mal soy yo.
–No se preocupe. Sólo quiero conocerla, con un propósito intachable. Haré lo
que usted diga.
La señora Harper no cobraba tarifa, pero era costumbre hacerle algún regalo en
metálico, sobre todo si la cosa acababa saliendo bien. También se le invitaba a todo en
los largos y aburridos paseos en los que consistía el noviazgo, y la casamentera se
cebaba a conciencia merendando por un regimiento.
Así comenzó el noviazgo de Frank y Catherine, paseando de tres en fondo por
los jardines con la señora Harper en medio. La mujer conocía su oficio y era discreta.
No hablaba nunca durante los paseos, y los muchachos podían hablar de lo que
quisieran mientras fueran decentes, sin temer que ella interviniera. Se sentaban en una
terraza y ella comía y bebía, y volvía a pedir más café con leche o más tarta mientras los
novios se miraban y hablaban de mil tonterías. Luego la señora Harper emitía su
informe a los padres de Catherine, sin entrar en detalles y valorando sólo la formalidad
de los novios.
En pocas semanas ya podían pasear de la mano con la celestina a un lado, y
podían cuchichearse al oído. Eran novios formales. Frank le contaba a Catherine sus
ideas y sus ambiciones, y ella le escuchaba complacida. Se besaban mientras la señora
Harper chasqueaba la lengua conminatoriamente, pero les dejaba hacer. Ella apoyaba la
cabeza sobre su hombro y él olía emocionadamente sus cabellos y los acariciaba.
Los padres de Catherine, superado el primer malentendido, y tras las puntuales
informaciones de la señora Harper y aun las solicitadas al reverendo Lloyd–Jones,
aceptaron que Frank era un chico respetable y decente, pero su situación económica no
les hacía ninguna gracia. Su trabajo era modesto y mal retribuido, y las posibilidades de
progreso, en las que tanto insistía Frank, les parecían muy inciertas. No se opusieron al
noviazgo, siempre y cuando se resignaran ambos a que fuera largo y no pensaran en
boda hasta que la situación de Frank mejorase, y tenía que mejorar mucho, desde luego.
Confiaron en esta dilación para que el aburrimiento se apoderara de su hija.
Frank consiguió traerse, por fin, a su madre y a sus hermanas. Las alojó en Oak
Park, un suburbio muy próximo a Chicago donde vivía una comunidad de burgueses
respetables en casas individuales al estilo de Silsbee o de Richardson. Era un lugar
agradable, muy ajardinado y tranquilo. Frank encontró para su familia el hogar de una
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predicadora universalista: la señorita Augusta Chapin, una mujer de fuerte carácter que
había conseguido hacerse respetar en Oak Park a pesar de su sexo, y que aceptó a las
Wright porque eran de familia religiosa. Les cobraba poco y las trataba muy bien.
Tan pronto como su familia se instaló, Frank preparó su encuentro con los
Tobin. Los presentó y, sin advertencia previa, sorprendió a todos incumpliendo su
convenio con los padres de Catherine: Allí mismo les pidió su mano.
A los Tobin no les dio tiempo a manifestar su oposición, porque antes de que
pudieran hablar lo hizo la madre de Frank. La señora Wright pidió disculpas por la
brusquedad de las palabras que iba a decir a continuación, pero manifestó que el
anuncio inesperado de su hijo no le dejaba otra opción, y lo soltó:
Que ella no sabía nada de todo esto; que su hijo no se había dignado a ponerla en
antecedentes; que todo era muy prematuro; que ella no conocía de nada ni a Catherine
ni a su familia; que su hijo Frank, un brillante y prometedor arquitecto... etcétera,
etcétera.
Ni que decir tiene que Anna, que consideraba arquitecto a su hijo antes de que
naciera, que le consagró de niño y que le tomó por un genio cuando hizo su primer
cobertizo en Madison con el señor Conover, ahora que por fin había hecho una casa él
solito y que se la habían publicado y todo, le veía como el más grande arquitecto de la
historia, superior sin duda a Brunelleschi o a Borromini. Por tanto, no había una sola
mujer digna de él en todo el planeta (exceptuándola a ella, claro).
Anna dejó a los Tobin estupefactos. Ya no cabía la duda de si el joven delineante
podría mantener a su hijita, sino la de si ella estaba a la altura del genio. Entraron al
trapo y se aplicaron a ponderarla intentando satisfacer las pretensiones de su futura
consuegra, y con ello pasaron al otro lado de la contienda, casi implorando el honor de
emparentar con los Wright. Pero su locura duró sólo unos minutos, y de nuevo el padre
manifestó sus condiciones: El matrimonio se celebraría en cuanto Frank consiguiera un
salario digno. Por su parte, la madre callaba desconfiada, dejando todos los detalles en
manos de su marido, que discutía con la señora Wright como si regatearan por la
compra de un caballo. La señora Tobin miraba con descaro a Frank, y pensaba que
aunque algún día construyera todos los edificios de Chicago, para ella siempre sería el
patán que había atropellado a su hija, seguramente llevando a cabo un plan
cuidadosamente tramado. (Tenía que haberlo sospechado aquel día: Era imposible que
nadie fuera tan genuinamente imbécil).
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Frank tomó como un desafío la imposición de su suegro, y, lleno de optimismo y
con la nunca perdida confianza en sus aptitudes, se aplicó a conseguir una colocación
más digna de él. Ya no quería seguir de delineante de Silsbee. Había construido su
primera casa y su actual jefe ya no tenía nada que enseñarle. Seguir con él era una
pérdida de tiempo.
Intentó convencer a Cecil Corwin para que se arriesgara a montar un estudio con
él. Sabían el oficio. No tenían por qué seguir siendo aprendices ni esclavos de nadie.
Podrían hacer grandes edificios juntos. Cecil le contestó que le encantaría hacerlo si eso
fuese posible, pero que Frank olvidaba el Primer Gran Principio de la Arquitectura.
–¿Sí? ¿Y cuál es?
–Conseguir clientes.
A Frank le hizo gracia la observación; tanto que luego él mismo la escribiría
muchas veces en sus libros y la pronunciaría en conferencias ante estudiantes. Era tan
obvia que no había pensado en ella.
–Pero, Cecil; los clientes vendrán solos.
–Ah, ¿sí? ¿Y qué piensas hacer para que vengan?
–Nada. Por eso digo que vendrán solos.
–Eres un iluso. ¿Quién nos conoce? ¿Quién va a venir a buscarnos al estudio
para pedirnos por favor que le hagamos una casa?
–Alquilaremos una oficina pequeña. Pondremos un buen rótulo en el portal. La
gente lo verá.
–Claro. La gente paseará por la calle, verán la chapa en el portal: “Corwin y
Wright. Arquitectos”. Me pongo delante por el orden alfabético y por la edad; no te
importa, ¿verdad?
–No. En absoluto. Aunque me gusta más: “Frank Lloyd Wright & Partner”. ¡Ja,
ja, ja!
–Como sea. Verán el rótulo y dirán: “¡Hombre! Voy a pasar a que me hagan una
casa”.
–Exacto. ¿Qué te parece?
–¿Lo dices en serio?
–Claro.
–Estás como una cabra.
–Está bien. Lo sé. Empezaremos trabajando para familiares y amigos. Quedarán
muy contentos con nosotros y nos recomendarán a más gente. Nos daremos a conocer
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poco a poco. Es como una rueda. ¿No es así? ¿Cómo empiezan, si no, los demás?
¿Cómo hacen para abrirse camino?
–Pues así, me imagino. Pero es cuestión de años. Haremos una casita de
casualidad, y luego estaremos meses y meses cruzados de brazos hasta que nos salga
otra. Muchos años hasta que empiece a rodar la rueda que tú dices.
–Entonces, qué. ¿Vamos a estar toda la vida calcando para Silsbee? Sólo nos
faltan las cadenas y los grilletes. Y cuando él muera, nos enterrarán a su lado. El faraón
y sus esclavos. ¡Quiero ser arquitecto! ¿Lo entiendes?
–Sólo llevas unos meses aquí y ya quieres tener tu propio estudio.
–No necesito un jefe. Sé hacer casas yo solito.
–Si encuentras a alguien que te las encargue.
Iban paseando por el impresionante Michigan Boulevard, a un lado poblado de
edificios magníficos, y al otro abierto a la inmensa playa del lago Michigan. Al llegar a
la esquina con la calle Congress, Frank interrumpió bruscamente la conversación y
exclamó:
–Mira, el solar del Auditorium.
–Sí. Es fantástico. A veces intento imaginarme el gran edificio que va a haber
aquí, mirando al lago, pero no consigo verlo. ¿Cómo crees que lo estará proyectando
Sullivan?
–No lo sé, Cecil, pero si lo hiciera yo, construiría un bloque limpio y desnudo,
con un gran pórtico a la avenida. Ya sabes, como una loggia. Con piedra y acero. ¡Sí!
¡Una gran marquesina de acero y vidrio!
–Vamos, Frank. Esto no está en medio de un parque. Esa loggia tuya daría a la
avenida más transitada y ruidosa del planeta. Los coches pasan sin cesar, con los
caballos trotando y las llantas chirriando. Hay un ruido brutal. Los tranvías... ¡Qué
horror! ¿Es que tú no oyes este estruendo?
–Tienes razón. Pero encontraría el modo de hacerlo. Todo es ponerse. Seguro
que me quedaba muy bien.
–Tendremos que esperar a ver cómo lo hace el maestro.
–Pues, mira. Si no puedo tener mi propio estudio, no me importaría trabajar en el
suyo –bromeó Frank.
–¡Ja! ¡Y a quién le importaría! Muy bien, Frank; ya que por ahora no puedes ser
Dios, no te importaría trabajar con él. Pues algo he oído, no me hagas mucho caso, de
que necesitaba dibujantes para ultimar el Auditorium.
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–¿De verdad? ¿Quién te lo ha dicho?
–Creo que se lo oí decir a Lewis. No hice caso.
Al día siguiente, en cuanto Lewis entró en el estudio, Frank dejó lo que estaba
haciendo y se dirigió a él.
–Oye, ¿sabes tú algo respecto a Sullivan? ¿Es verdad que necesita gente?
–Pero, Wright; no me dirás que estás tan loco como para suponer que tienes el
nivel suficiente. Sólo llevas aquí unos meses. Eres un aprendiz y ya quieres...
–¡Oh, vamos, Lewis! Déjate de monsergas. Dime qué hay que hacer.
–Te lo diré porque no eres rival. Tan sólo debes presentarte en su despacho con
una carpeta de dibujos.
–Bien. ¿Cuánto tiempo tengo?
–Hazlo cuanto antes. El plazo será hasta que reúna a la gente necesaria. Por
ahora el cupo está abierto. Yo ya estoy preparado. Quizá vaya mañana mismo.
–¿Sabes cuánto paga?
–¡Ja, ja, ja! Eres la leche. La gente como tú debería pagar dinero para trabajar
con Sullivan.
Frank corrió a ver a Cecil. Le animó a que preparara él también, a toda prisa,
unos buenos dibujos y se presentara con él ante Sullivan.
–Es nuestra gran oportunidad.
–No, Frank. Yo estoy muy bien aquí. En seguida seré jefe de delineantes. Y,
además, le debo mucho a Silsbee y le tengo cariño. No soy ambicioso y me conformo
con lo que tengo, que es mucho.
–¡Bah! No hables así. Es como si me dijeras que me consideras como una
especie de mercenario. Yo también aprecio al viejo. Pero nosotros somos jóvenes. No
podemos estarnos aquí quietos haciendo siempre lo mismo hasta que se retire o se
muera, y quedarnos entonces en la calle para pensar entonces en montar nuestro estudio.
Para eso lo podríamos hacer ahora mismo, sin perder diez o quince años más. Entonces
no sabremos más que ahora ni tendremos más contactos para conseguir clientes. Si
tengo que seguir siendo un aprendiz, prefiero serlo de un gran maestro.
–Te entiendo, Frank. Hazlo tú. Pero yo me quedo.
Frank se puso a preparar los dibujos frenéticamente. Tenía muy poco tiempo. Se
quedaba en la oficina de Silsbee por las noches y dibujaba con pasión. Imaginaba a
todos los dibujantes de Chicago preparando su admisión con más tiempo que él, y a los
grandes arquitectos, como Burnham y Root, Le Baron Jenney o Richardson
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aterrorizados ante la perspectiva de que Sullivan les quitara a sus mejores dibujantes.
Sullivan era, en ese momento, la estrella de Chicago, el mejor de entre los mejores, y
todo el mundo quería trabajar con él.
Louis Henry Sullivan tenía entonces, en 1887, tan sólo treinta y un años. Había
completado sus estudios nada menos que en Europa y, a su vuelta, trabajó durante poco
tiempo para Frank Furness y para William Le Baron Jenney. En seguida entró a trabajar
para Dankmar Adler, un ser extraordinario que tenía la corpulencia de un elefante y una
solidez moral y una personalidad semejantes a su fuerza física. Adler había luchado en
la Guerra Civil con el rango de mayor y era en todos los aspectos un personaje
impresionante. Aterrorizaba a los constructores y al mismo tiempo los mimaba. E igual
que sabía engatusar a una millonaria, tratándola con exquisita cortesía, también era
capaz de desencadenar un huracán sin alzar la voz un ápice. Hipnotizaba a su clientela
de tal manera que ésta se le entregaba sin condiciones, y, si en una obra había algo que
le desagradaba, miraba al contratista a los ojos y le decía: “Caballero, esto no es digno
ni de usted ni de mí”. Entonces el constructor, sin que nadie se lo exigiera
explícitamente, lo destruía y lo volvía a hacer con esmero, y habría tirado el edificio
entero, suicidándose después, si Adler le hubiera levantado la voz. Cuando un
constructor estaba citado con Adler para discutir algún aspecto de una obra, necesitaba
ingerir previamente cierta cantidad de whisky para atreverse a comparecer ante él.
Sullivan era todo lo contrario; su complemento perfecto. Si Adler era un gigante,
Sullivan –doce años más joven que el gran monstruo– era bajo, delgado, muy atildado y
elegante. Sullivan era un joven caballero que había estudiado en París y en Roma. Tenía
una gran sensibilidad estética y una presencia delicada y sutil. Adler le apreció desde el
primer día. A él se le daba de maravilla tratar con los clientes, pactar altos honorarios,
conseguir encargos sustanciosos, y estaba a sus anchas concibiendo desnudas
estructuras, regateando presupuestos con los contratistas, organizando y planeando la
ejecución de las obras como si dirigiera un ejército, coordinando el trabajo de todas las
cuadrillas para que cada una alcanzara su objetivo en el tiempo previsto, resolviendo
problemas, subiéndose a un andamio del piso número quince, con sus ciento veinte
quilos, para discutir el roblonado de una viga. Pero el diseño estético no le atraía. Le
daba igual. Una vez que se había concebido una estructura y ésta era la idónea, la más
económica, eficaz y segura, y además resolvía convenientemente los espacios, lo demás
le parecía superfluo. No es que lo despreciase, pero él se sentía incapaz de perder el
tiempo en esas cosas. Además, conocía sus limitaciones y sabía que no podía resolver
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con brillantez los problemas estéticos. Cuarenta años después los ideales de desnudez
triunfarían, pero entonces era obligatorio el ornamento, y él lo hacía sin convicción y sin
gusto, así que sus magníficos edificios quedaban un tanto desangelados. Sullivan, por el
contrario, era un diseñador fino y sensible, un artista, y Adler apreciaba de verdad su
talento. Lo tomó a sus órdenes y le propuso dividir el trabajo; es decir, que cada uno de
ellos se dedicaría a lo que de verdad sabía hacer bien. Adler construiría estructuras
sólidas y perfectas y Sullivan las embellecería.
La cosa fue tan bien que en poco tiempo el jefe le ofreció hacerle su socio, y esta
pareja de arquitectos dominó Chicago durante mucho tiempo. La gente valoraba a
Sullivan más que a Adler, porque entonces la arquitectura se consideraba sólo como
ornamento, hasta el punto de que muchos olvidaban al socio veterano a la hora de
celebrar la autoría de sus edificios. Ahora se hablaba ya del Auditorium de Sullivan,
pero esto a Adler no le importaba. Reconocía el arte de su socio, del mismo modo que
éste sabía que nadie más que Adler podía haber concebido con aquella limpieza una sala
diáfana para cuatro mil espectadores rodeada por un hotel y coronada por una torre de
oficinas. A él le quedaba ahora adornarla, rematarla, dar carácter a sus fachadas, pero
sabía que eso era sólo el vestido de aquel organismo prodigioso que había creado el
gran elefante.
Frank veía ante sí la serie de dibujos que había preparado para su presentación
ante el maestro. No sabía cómo complacerle, así que había hecho de todo un poco.
Había dibujado una casa inspirada en el estilo de Silsbee; después hizo una serie de
adornos abstractos siguiendo la Gramática del Ornamento de Owen Jones, que era una
especie de catálogo de filigranas, grecas y molduras; también diseñó algunos arabescos,
variaciones de temas clásicos y otros inspirados en los del propio Sullivan. Por último,
dibujó a lápiz el alzado de una gran villa en un estilo que a él le pareció que podía serle
grato al maestro.
En unos pocos días Frank había dado por terminada su carpeta de muestras.
Ahora la examinaba con satisfacción. La tomó bajo el brazo y se dirigió a la oficina de
Adler & Sullivan.
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5


Cuando anunció a lo que venía, le pasaron al despacho de Sullivan. Era él en
persona quien examinaba a los aspirantes, ya que no se trataba de un trabajo corriente.
Para dibujar los inacabables detalles del Auditorium el artista necesitaba auxiliares
sensibles y con capacidad para comprender y desarrollar sus elaborados diseños. No
servían los correctos pero rutinarios delineantes comunes.
El señor Sullivan estaba sentado ante su gran mesa. Le miró con ojos penetrantes
y le invitó a sentarse ante él.
–He oído que usted necesita dibujantes y quisiera solicitar una plaza. Traigo aquí
unos dibujos por si tiene la amabilidad de examinarlos.
–Cómo no. Veamos.
Sullivan despejó su mesa y puso en ella la carpeta. La abrió y se enfrascó en el
primer dibujo. No dijo nada. Frank evocó la escena parecida que había tenido lugar
meses atrás con Cecil en el estudio de Silsbee. Hoy estaba más nervioso. Entonces se
jugaba sólo la supervivencia; ahora, la gloria.
El maestro pasaba los dibujos sin decir palabra, y Frank se ponía cada vez más
nervioso. Por fin cerró Sullivan la carpeta y le miró a los ojos de forma penetrante, sin
decirle nada. Frank no podía aguantar ese silencio inquisitivo por más tiempo. Iba a
preguntarle ya qué le parecían cuando Sullivan habló.
–¿Son calcados?
–No, señor. Son diseños míos. Están hechos a mano alzada.
–Eso ya lo he visto.
–Perdón.
–No tiene usted mala mano.
–Gracias.
–¿Cómo se llama?
–Wright. Frank Lloyd Wright.
–¿Dónde trabaja usted actualmente?
–En el estudio de Silsbee.
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–¿Y cuánto está cobrando?
–No lo suficiente.
–¿Cuánto cree usted que sería “lo suficiente”?
–Veinticinco dólares a la semana, señor.
–De acuerdo. Empezará a trabajar aquí el lunes. A las ocho de la mañana.
–¡Gracias!
–A usted. Hasta el lunes.
Frank salió a la calle muy excitado. Fue corriendo al estudio de Silsbee para dar
la noticia a Cecil. Entró casi gritando.
–¡Me ha admitido! ¡Me ha admitido! ¡Sullivan me ha admitido!
Cecil se alegró mucho y le felicitó sinceramente. Pero Lewis le miró con odio;
Sullivan le había rechazado y estaba muy dolido. Frank estuvo a punto burlarse de él, de
restregarle su éxito. Recordaba la superioridad hiriente que Lewis siempre exhibía, y
cómo le había zaherido precisamente con el “asunto Sullivan”. Pero no lo hizo. No tenía
por qué vengarse; su victoria era demasiado patente y no hacía falta más.
Entró al despacho de Silsbee a comunicárselo. No le había dicho antes nada por
si acaso. Silsbee se ofendió mucho.
–Así que se va, Wright.
–Así es, señor Silsbee.
–¿Cuánto le paga Sullivan?
–Veinticinco dólares.
–Me traiciona por cinco dólares semanales.
–Siete, señor Silsbee. Pero no es sólo eso. Es que...
–Ya. Lo sé. Lo sé. Trabajar con Sullivan es apasionante. Es mucho mejor que
trabajar conmigo. ¿No es eso?
–Por favor.
–Está bien. Está bien. Nunca hubiera podido imaginar esto, Wright. No me
parece digno de usted. Me había forjado una idea incorrecta de su carácter; le creía
incapaz de esta traición.
–Siento que se lo tome así. Quiero que sepa que a mí también me sorprende su
actitud, y que yo tampoco esperaba esta reacción suya. Yo le aprecio sinceramente,
señor Silsbee; pero es lícito aspirar a una mejor posición. Yo no lo veo como una
traición. No creo que mi marcha le perjudique a usted en nada, sinceramente.
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–¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Pues claro que no me perjudica! ¡Estaría bueno!
¿Es que se cree usted imprescindible aquí?
–Precisamente es eso lo que le estoy diciendo.
–¡Váyase! ¡Váyase!
–Adiós, señor Silsbee. Ya ve; yo pensaba que incluso me iba usted a desear
suerte.
–No quiero volver a verle.
Wright se dirigió a la puerta con un sabor amargo en la garganta. No lo entendía,
pero, sin saber por qué, se sentía culpable, como cuando Cecil le había hablado de
lealtad. Parecía ser que se había portado muy mal con Silsbee. “Pero basta ya. ¿Así que
se siente ofendido y traicionado? ¡Pues que le zurzan! Es cierto; Sullivan me paga sólo
siete dólares más; aceptó lo que le pedí sin discutir. él estaba dispuesto a pagarme
mucho más. ¡Qué idiota he sido! Tenía que haberle pedido cuarenta. El Auditorium se lo
puede permitir”.
–Wright.
–¿Sí?
–Suerte.
–Gracias, señor Silsbee.
Frank salió del despacho y dio un último vistazo a la sala de delineantes. Se
despidió de todos y se marchó. Cecil le acompañó a la puerta.
–Te repito que me alegro mucho de ti.
–Sí.
–Silsbee te quiere. Te aprecia mucho.
–Ah, ¿sí? Pues nunca me lo ha demostrado.
–Estás ciego, Frank. No ves más allá. Parece como si nunca tuvieras en cuenta a
nadie. Ponte en su lugar –Cecil le echó la mano al hombro–. Nos seguiremos viendo,
¿no?
–Claro, Cecil. Claro que sí. Y acabaremos montando ese estudio tú y yo.
–¡Oh, sí! Por supuesto.
El lunes, Sullivan le puso a prueba. Tras presentarle a los que iban a ser sus
compañeros y asignarle un tablero de dibujo, arrancó de su cuaderno de notas una hoja
en la que había esbozado un detalle de una ménsula de piedra que iba engarzada a una
pilastra con lañas y arpones de acero y encajada en la cornisa con mortajas. El boceto
era un apunte de sucio, corregido a medida que lo había ido diseñando, muy sobado y
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trabajado, pero a la vez era un dibujo muy preciso. Le explicó cómo debía engarzarse a
la pilastra y a la cornisa, haciéndole notar que las piezas de unión eran ocultas y que,
por lo tanto, no quería un bonito dibujo de la ménsula, sino un esquema exacto que
sirviera para su ejecución. Algo que pudiera entender un cantero para tallar la pieza con
toda precisión y para encajarla en la obra sin el más mínimo error de ajuste. Le preguntó
si lo había entendido bien y Frank le contestó que sí.
–De acuerdo. Póngase a ello y presénteme los dibujos que considere necesarios
para definir la pieza.
Frank estudió el boceto con placer. La ménsula tenía una gran riqueza formal y
al mismo tiempo era muy sencilla, muy fácil de tallar y de ajustar. Con sólo ese detalle
ya se veía el talento del arquitecto. La pieza era limpia y clara, pero difícil de dibujar
para el cantero. No debía entretenerse en detalles superfluos, así que dibujó con toda
limpieza una sección axonométrica simplificada sólo para indicar los enjarjes, y luego
una secuencia de plantas, secciones y alzados más detallados, haciendo geométricos
todos los adornos para poderlos acotar y definir con precisión.
Sullivan esperaba tenerle ocupado con esto dos o tres días, tal vez una semana,
entretenido en dibujar detalles inútiles, como hacían todos los jóvenes aprendices, para
luego explicarle cómo podía haber ahorrado tiempo y esfuerzo. Siempre había pensado
que la mejor forma de enseñar a sus ayudantes era dándoles una breve explicación y
dejándoles luego equivocarse. Así, cuando les corregía su trabajo veían más claramente
lo que se pretendía y lo aprendían para siempre, mucho mejor que si se lo explicaba
primero exhaustivamente, ya que entonces nunca entenderían nada y él tendría que estar
encima de ellos con cada nuevo detalle. Pero con Wright se equivocó. En sólo cuatro
horas el joven llamó a su puerta.
–Señor Sullivan, aquí tiene lo que me ha pedido.
Sullivan examinó los detalles. Apreció la economía del trabajo; allí estaban
reflejados, con el mínimo esfuerzo y la máxima eficacia, todos los datos que cualquier
cantero podría necesitar para ejecutar la ménsula.
–Muy bien, Wright. Muy bien. Es usted el primer dibujante que entiende lo que
quiero. Estoy muy satisfecho.
–Muchas gracias. No era difícil –a Frank le asomó el orgullo una vez más.
Estaba hinchado como un pavo.
–En efecto. No era difícil. Tan sólo hay que tener sentido común y ponerse en el
lugar del cantero, y pensar qué necesita para entender la pieza.
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–Eso es lo que he hecho, señor.
El jefe sonrió. Estaba alabando al muchacho más de lo aconsejable y éste se
ensoberbecía fácilmente. Pero Sullivan había quedado encantado con Wright y no podía
disimularlo. Era el único dibujante que le entendía de verdad, el único en quien podría
confiar en adelante los trabajos más delicados. Según pasaron los días, dejó de
importarle el mantener las distancias y se le fue entregando sin reservas. Cada vez más a
menudo, por las tardes, en vez de hacerle trabajar, le llamaba a su despacho y charlaba
con él durante horas, con la consiguiente envidia de los otros dibujantes.
Sullivan le explicaba cómo concebía la arquitectura. Debido a la forma de
trabajar con su socio, él pensaba –como todos por aquella época– que lo primero era
concebir una estructura lógica, clara, sensata y funcional, y luego adornarla con
elementos decorativos. Pero a diferencia de sus contemporáneos, que no tenían reparo
en vestir el mismo edificio con varios estilos alternativos y enseñárselos a su cliente
para que eligiese, Sullivan estaba convencido de que la decoración no podía ser un mero
añadido, sino que tenía que surgir de la propia estructura, de su mismo espíritu, y ser
coherente con ella. La misma lógica y el mismo aliento que habían construido la
estructura tenían que hacer surgir de ella los acabados. Era como un ser vivo; como un
árbol de cuyo tronco nacen las ramas, y de éstas las hojas, las flores y los frutos. Todo
debía ser un ente orgánico, de manera que las molduras, los medallones, las cornisas,
tenían que responder a los ritmos y pautas marcados por la concepción global del
edificio. Lo ideal era que la estructura y la decoración fueran creadas simultánea y
armónicamente. Adler y él habían escindido en dos ese trabajo unitario, pero se
compenetraban tan bien que parecían los dos brazos de un solo hombre.
Frank le escuchaba entusiasmado. Era la primera vez que un arquitecto le
hablaba de su oficio con esa pasión y, alejando el diseño del mero capricho, le daba una
proyección vital y ética. Sullivan había acuñado una frase famosa: “la forma sigue a la
función”, y esto fue para Wright el gran hallazgo. él, con los años, siguiendo esa
primera y fundamental enseñanza, mejoró la frase y dijo: “la forma y la función son
una”. A esta concepción de la arquitectura, en la que las formas surgían adecuada y
coherentemente de la función y de la esencia inefable del edificio –tomando como
ejemplo el del árbol, las ramas, las hojas y los frutos–, Wright la llamaría años después
“arquitectura orgánica”, y fue su adalid para la historia.
Pero, aunque Frank aprendía muy rápidamente, aún faltaban muchos años para
todo eso. Por entonces era tan sólo el ayudante de Sullivan, su “mano derecha con el
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lápiz”, como éste le llamaba aun delante de todos. Para envidia de sus compañeros, la
relación entre ambos no era la de un empleado con su jefe, sino la de un discípulo con
su Lieber Meister (Amado Maestro).
Sullivan le propuso en seguida a Adler una subida de sueldo para Frank. Los
veinticinco dólares podían ser una retribución adecuada (y aun algo escasa) para un
buen dibujante, pero estaba claro que Wright era más que eso. Adler estuvo plenamente
de acuerdo, y le asignó un sueldo tan generoso que Frank fue corriendo a decírselo a
Catherine y a su familia para que prepararan la boda.
Pero ni sus suegros ni su madre accedieron. Era cierto que la firma Adler &
Sullivan era conocida incluso fuera de los círculos profesionales, y su prestigio crecía
más y más, pero Frank, por más prometedor que fuera su futuro, aún era un crío y no
tenía nada sólido.
Frank y Catherine se resignaron a alargar su noviazgo más de lo que esperaban,
viéndose tan sólo los domingos (los demás días el trabajo absorbía tan completamente a
Frank que apenas tenía tiempo de ir a dormir por la noche). La condición sine qua non
para que los padres de ambos accedieran a la boda era que, además de un buen sueldo,
Frank contara con ahorros suficientes para afrontar sus obligaciones matrimoniales, que
incluían la construcción de una casa. Frank se desesperaba explicándoles que nunca
tendría esos ahorros; que nadie los tenía; que todo el mundo se entrampaba y que
bastaba un buen sueldo para responder de todo lo que surgiera. Lo cierto era eso: que la
condición era imposible porque Anna no quería perderle, y porque los Tobin no le
apreciaban y sólo acertaban a dilatar el noviazgo para que fracasara al fin y su hija
buscara otro novio más solvente.
Frank soportaba una tensión constante entre su novia, sus suegros y su madre. Y
en el trabajo la presión era aún mayor. La envidia y los celos que despertaba entre sus
compañeros se palpaba en el ambiente, y llegó a su cénit cuando Sullivan decidió
contratar un ayudante para el recién llegado, una especie de aprendiz del aprendiz, que
fuera copiando el estilo del joven para ayudarle en su trabajo e incluso “para poder
sustituirle si alguna vez le ocurría algo”, según dijo Sullivan, quien estaba ya de tal
modo en manos de su discípulo que no podía concebir qué sería de él si el muchacho
alguna vez le faltara. El joven sub–aprendiz, contratado bajo la aprobación de Wright
–que había acompañado a Sullivan en la entrevista y había intervenido en el examen,
casi como si ya fuera socio de la firma–, se llamaba George Grant Elmslie, y llegaría a
92
ser un arquitecto de prestigio. Por entonces empezó siendo el “sobresaliente” del
jovencísimo Frank Lloyd Wright.
El ambiente en el estudio era tan denso y enrarecido que un día Adler llamó a
Frank a su despacho. Con Adler tenía poca confianza, y cada vez que se presentaba ante
su imponente figura se cuadraba como un recluta.
–Dígame, Wright. ¿Ha percibido usted algo... digamos... desagradable en la
actitud de los demás dibujantes ante usted?
–Pues... Un poco, sí, señor Adler.
–Un poco no. Un mucho. ¿Y qué piensa usted hacer?
–No sé. Nada, supongo.
–¿Nada? ¿Va a amilanarse? Usted no es de esa pasta.
–¿Y qué quiere usted? ¿Que me líe a tortas?
–¡Precisamente! ¿Sabe usted boxear?
–¿Lo dice en serio? –Frank estaba sorprendido. Recordó entonces a Robie Lamp,
el amigo de su ya lejana infancia de hacía un par de años. “Frank Lloyd Wright es
nombre de campeón del mundo. ¿Conoces el upper cut cruzado?”–. No. No sé boxear.
Pero sé defenderme.
–Vaya a este gimnasio –Adler le tendió una tarjeta–. Le enseñarán. Tómelo sólo
como un deporte; un bello deporte, pero que quizá le sea de utilidad en alguna ocasión.
–No pensaba que fuera para tanto.
–Por si acaso. De cualquier forma, le mantendrá sano y fuerte. ¡Ah! Y no lo
comente. La sorpresa es ya media victoria.
Frank acudía al gimnasio todos los días a la hora del almuerzo. Allí su instructor
le dio las primeras lecciones de boxeo y lucha libre. De todas formas, Frank no aprendió
mucho. Tan sólo explotaba sus buenas condiciones –era joven, sano y fuerte– para ser
un sparring correoso y difícil de tumbar, pero el entrenador le desestimó en seguida
como futuro boxeador. No tenía pegada.
El gimnasio le sirvió para hacer un ejercicio suplementario al que hacía casi
todos los días yendo a trabajar a pie para ahorrarse el billete del tranvía. La obsesión por
la falta de dinero se le había incrustado de tal manera en su ser que incluso ahora que
cobraba un buen sueldo hacía economías ridículas. Por esa misma razón había dejado
sus incipientes tentativas de fumar, y tampoco tenía otros vicios, de modo que seguía
siendo una especie de sanote muchacho de pueblo que contrastaba con sus compañeros
fumadores y bebedores, algo amarillentos por su escaso contacto con el aire libre y muy
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anquilosados por la falta de ejercicio. En cualquier caso, Frank no estaba en condiciones
de luchar con ellos, que tenían una gran experiencia tabernaria y se las sabían todas.
El mal ambiente fue a más y una tarde estalló. Adler y Sullivan habían salido.
Aprovechando esta circunstancia, el líder de los delineantes relegados al ostracismo vio
su oportunidad de expulsar al intruso para siempre. Wright estaba a su merced y no
tenía escapatoria. Fue muy tranquilamente a la percha, tomó el sombrero del palurdo y
lo tiró por la ventana. Los demás dejaron su trabajo para no perderse detalle de la pelea
y para intervenir en ella si había ocasión. Frank lo sabía y no reaccionó. Levantó los
ojos de su dibujo y volvió a la tarea como si no hubiera pasado nada. El matón no podía
quedarse satisfecho con esto, así que se acercó a Wright y le dijo:
–Eres un asqueroso pelota.
Los demás lo corearon entre risas. Le remedaban exagerando una actitud servil
unos con otros, por parejas, interpretando unos a Sullivan y otros al pelota. Uno de los
wrights se bajó los pantalones y le enseñó el culo a su partenaire sullivaniano. El
cabecilla se creció; tomó un lápiz de la mesa de Wright y lo partió.
–No eres más que un adulador, un mierda. ¿Me oyes, hijo de puta?
Frank recordó el primer consejo de su entrenador: “El boxeo es un deporte
noble. No lo queráis aprender para pelearos por ahí. Sois deportistas y no truhanes.
Ahora bien, si os veis envueltos en una pelea contra vuestra voluntad, olvidaos de las
reglas, pegad primero y sin que lo esperen, y machacadles como sea”. Iluminado por
este consejo, Frank cometió la cobardía de pegarle al valentón un fuerte puñetazo en la
cara rompiéndole las gafas. Esto era algo infame. Todo el mundo sabía que cuando
alguien pretendía pegarse con un gafas estaba obligado a advertírselo para que se las
quitara, ya que sus ojos estaban en gran peligro. Frank no lo hizo. No tenía más remedio
si quería tener alguna posibilidad de éxito; y además el otro ya sabía a lo que iba y no se
las había quitado.
El líder, con la cara ensangrentada por los cortes de sus lentes, se lanzó a él. Los
demás, indignados por el golpe cobarde de Wright, le secundaron. Mientras éstos le
daban patadas y puñetazos a ciegas, el matón tomó una navaja de las que se usaban para
sacar punta a los lápices y se la clavó tres veces en la pierna, mientras Frank pugnaba
por desasirse de los demás y agarrar la regla T del tablero. Cuando lo consiguió, le
asestó con ella un tremendo golpe en la clavícula izquierda, que le hizo contraerse y
quedar a su merced, y entonces, inmediatamente, le dio un segundo batacazo, esta vez
en la cabeza, que le tumbó en el suelo, inconsciente.
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–¡Wright; le has matado!
Todos estaban aterrorizados. Frank miraba estupefacto sus zapatos. La sangre
que manaba de su adversario se los estaba manchando, mezclándose con la que le
brotaba a él de la pierna. No podía dejar de mirárselos, como si en ellos viera más
claramente que en su inerte enemigo el alcance y las consecuencias de sus actos.
Su aprendiz, George Elmslie, que no había intervenido en la pelea, fue el
primero que consideró la posibilidad de que el otro no estuviera muerto. Fue al retrete y
llenó de agua un cubo de fregar, y se lo echó por encima al cadáver, que despertó de
repente, se incorporó inesperadamente de un salto y salió corriendo, tomando su abrigo
y su sombrero al vuelo, para no volver a poner los pies allí ni volver a ver a Wright en
toda su vida.
Elmslie, el único que mantenía la sensatez, agarró a Frank y lo llevó al médico.
Algunos de los dibujantes también fueron con ellos.
–A ver; díganme qué ha pasado.
–Ha sido un accidente, doctor. Tropecé y caí al suelo, tirando mi tablero
conmigo, con tan mala suerte que se me clavó una cuchilla en la pierna.
–Desnúdese y túmbese en la camilla –ordenó el médico, y cuando vio los cortes,
exclamó:– ¡Estas son heridas de arma blanca! ¡Tengo que dar parte a la policía!
Todos se pusieron muy nerviosos. Protestaban lastimeros pidiéndole al médico
que les creyera. Cada uno quería explicarlo a su modo y contradecía las versiones de sus
compañeros.
–Fue un accidente, créame –dijo Frank–. Somos dibujantes del estudio de Adler
y Sullivan. Sobre los tableros hay todo tipo de instrumentos: reglas, papeles, lápices... y
navajas para sacarles punta. Tropecé y caí encima del tablero, y lo tiré conmigo. Fue
muy aparatoso. Ni me di cuenta de que se me habían clavado las cuchillas hasta un rato
después, al ver la sangre.
–Escúcheme, joven. No soy imbécil. No me creo ni una palabra. Si lo que usted
cuenta fuera cierto, tendría pequeños cortes superficiales. Pero estas heridas son
profundas. Una cuchilla que cae no penetra hasta tan hondo por su propio peso.
–¡No! ¡Es que me las clavé al caerme encima de ellas!
–¿Se clavó usted mismo tres cuchillas que estaban en el suelo, de pie, con la
punta hacia arriba? ¿Es que se han creído todos ustedes que soy gilipollas?
–Está bien; está bien –dijo Elmslie–. Hubo una pelea. Fue una locura, una
insensatez. Pero ya ve que este joven miente para protegerme. Me ha perdonado. No
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volverá a suceder, se lo juro. No nos denuncie. Acabaríamos en la cárcel por esta
tontería.
El médico miró la expresión de sorpresa de Wright, y apreció la valentía de
Elmslie, un chico a todas luces pacíficio.
–Sigo sin creerme nada, pero esa salida merece que no les denuncie. Y ahora
escúcheme usted, muchacho; yo en su lugar me sentiría feliz de tener amigos como éste.
Si me callo es por él.
Al salir de la consulta, Frank le dijo a Elmslie:
–Gracias, George. No sé por qué has dicho eso. No lo entiendo.
–¡Bah! Ya ves. No podía consentir que te pasara nada. Sullivan me mataría. ¡Ja,
ja, ja! Si me hubieran enviado a la cárcel por esto, me habría mandado allí el sueldo más
una gratificación por dejarte a salvo.
–No; en serio. ¿Por qué? Yo no lo habría hecho por ti.
–Lo sé.
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6


Los jefes se enteraron en seguida de lo que había pasado, pero no dijeron nada.
A Adler le satisfacía que la gente supiera defenderse por sí misma, y su aprecio por el
joven Wright aumentó considerablemente. En cuanto a Sullivan, le tenía todo
completamente sin cuidado mientras que el muchacho pudiera seguir dibujando. Si el
tipo ese le hubiera herido en la mano en vez de en la pierna, Sullivan le habría
perseguido por todo el planeta para matarle con sus propias manos.
El clima se calmó. Los demás se dieron cuenta de que Wright nunca se dejaría
intimidar y de que estaba dispuesto a defenderse sin miramientos, así que le dejaron en
paz. Además, la fuga de su líder les desarboló, así que se limitaron a seguirle odiando en
silencio.
Cuando estuvo terminado el proyecto del Auditorium, le fue presentado a
Ferdinand Peck, patrocinador principal del proyecto y representante de los demás. Éste
quedó muy confuso; no esperaba nada así. Había contratado a Adler y Sullivan por sus
obras anteriores, que le gustaban mucho, así como por su prestigio –él no entendía de
estas cosas–, pero lo que le enseñaban era muy diferente a lo que él podía haber
supuesto. Ésta era una obra de impresionante solidez, muy limpia y rotunda, y con una
decoración muy abundante, pero serena y contenida, con una sobriedad magistral que la
hacía muy elegante. En cuanto a la estructura del conjunto, era sencillamente
impresionante. Pero a él, esa sobriedad y elegancia se le antojó sosez; esa solidez,
mazacote; esa rotundidad, falta de gracia.
El señor Peck convocó a sus socios promotores para que examinaran con él el
proyecto, al que previamente descalificó ferozmente. Todos quedaron descontentos,
aunque los socios menores lo estuvieron porque a Peck se le veía tan convencido y ellos
estaban, como siempre, indecisos y en sus manos. Si él, que era el más despierto, lo
decía, sin duda tenía razón. Así, no podían estar seguros de que su importante e incluso
desorbitada inversión económica pudiera rentabilizarse con algo que no era todo lo
atractivo que ellos habían esperado. El capital es cobarde, y bastó el juicio contundente
de Ferdinand Peck para que los demás se desinflaran.
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Adler les expuso las virtudes del proyecto. El gran elefante les halagó, apeló a su
inteligencia y a su refinado gusto mientras Sullivan asistía en silencio esperando el
desenlace.
Los promotores, acobardados ante el despliegue argumental del señor Adler y
ante su presencia irrefutable, no tuvieron fuerzas para rechazar su proyecto. Tan sólo se
atrevieron a decir que no se oponían a él, pero que no estaban convencidos “del todo”.
Ante ese resquicio, Adler vio una posibilidad. Les dio la razón: Era mucho dinero para
arriesgarlo sin estar completamente convencidos. él lo comprendía; la obra necesitaba
no sólo la aquiescencia sino el entusiasmo de sus promotores. Al fin decidieron nombrar
un árbitro que estudiara el proyecto. Al menos Adler y Sullivan del suspenso directo
habían conseguido una revisión de su examen, y les arrancaron un compromiso: Si el
árbitro aprobaba el proyecto, ellos lo construirían sin cambiar ni una piedra; si lo
rechazaba, Adler y Sullivan harían tantas modificaciones como fuesen necesarias hasta
complacer al juez, o incluso a realizar un nuevo proyecto, todo esto sin ningún coste
adicional.
Tras barajar muchos nombres, los promotores se decidieron por el profesor
William R. Ware, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, arquitecto de reconocido
prestigio y antiguo maestro de Sullivan. Los promotores le ofrecieron mil dólares por su
peritaje, con lo que le querían hacer notar la importancia de su misión, que requería un
estudio exhaustivo y un informe pormenorizado. El profesor Ware aceptó el encargo,
tomó el proyecto y dijo que en un mes presentaría su informe, citándose en aquel
despacho en día y hora con las dos partes.
Cumplido el plazo, los arquitectos y los promotores se volvieron a encontrar en
el mismo sitio. Faltaban unos minutos para la hora establecida. Adler estaba pétreo,
inmutable; Sullivan se retorcía en su sillón esperando el veredicto, y los promotores, a
los que aparte de los mil dólares sólo les iba el orgullo en ello, charlaban entre sí incluso
divertidos, excepto el señor Peck, que parecía muy afectado.
Al fin entró el profesor Ware con los planos enrollados bajo el brazo, una gran
cartera en la mano y una grave expresión en su cara. Dejó los planos sobre la mesa,
abrió su cartera, de la que extrajo un cuadernillo de unos cincuenta folios, se lo tendió al
señor Peck y se quedó mirando a Adler y Sullivan de forma penetrante e inescrutable.
Ferdinad Peck, nervioso e incapaz de ponerse a leer el informe en ese momento, rompió
el silencio.
98
–Díganos, señor Ware: ¿qué le ha parecido el proyecto? ¿Habría usted
concebido el edificio de un modo semejante?
–No. Yo nunca lo habría diseñado así. Yo lo habría enfocado desde un punto de
vista completamente diferente.
Peck miró a sus socios, íntimamente satisfecho.
–No habría diseñado esto ni nada parecido –continuó Ware–. Yo no soy un
genio, y los señores Adler y Sullivan lo son.
Así quedaron convencidos los patrocinadores, y Adler y Sullivan se pusieron a
construir el edificio sin la más mínima objeción. La obra fue un éxito, y la inauguración
del teatro de la ópera, la noche del nueve de diciembre de 1889, convocó al público más
selecto de Chicago y aun de los Estados Unidos. Desde Washington vinieron nada
menos que el Presidente y el Vicepresidente de la nación.
Todos felicitaban a los arquitectos en la cena de gala que siguió al estreno, en el
restaurante colgante del edificio, y les expresaban su satisfacción tanto por la limpieza
del sonido –de la que era responsable Danmark Adler, pionero también de la acústica
arquitectónica– como por la deliciosa decoración de arcos dorados en el interior de la
sala –fruto de la inspiración de Sullivan y de las pequeñas aportaciones de su discípulo.
Los arquitectos estaban pletóricos. Sullivan levantó su copa, pronunció unas
emocionadas palabras de brindis, apuró su bebida y lanzó la copa vacía hacia atrás, por
encima del hombro. El sonido del vidrio roto en añicos se fundió con el de los aplausos.
Nadie ponía en duda que la carrera de los dos arquitectos, jalonada con este brillante
edificio, proseguiría su imparable ascenso sin límites hacia quién sabía qué nuevos y
sorprendentes edificios. No podían sospechar que éste era el cénit de su carrera, el
último brindis, y que desde ahí no harían sino caer, suavemente primero y, después, en
picado hacia el abismo, rotos como esa copa que acababa de lanzar Sullivan.
Durante algunos años, aunque sin volver a conseguir ya nunca más un éxito
semejante al del Auditorium, la firma Adler & Sullivan mantuvo su prestigio e hizo
algunos edificios notables. Ahora se habían establecido en el piso más alto de la torre de
su obra maestra. Era una ilusión de Sullivan que tenía algo de simbólico, y además era
el lugar más representativo de Chicago.
De los seis años que Wright trabajó con Sullivan, los cuatro últimos lo hizo en
aquel estudio magnífico. Pasaba al despacho de su maestro cuando atardecía, y desde él
veían el crepúsculo envolviendo la ciudad en una luz dorada que se iba azulando
99
suavemente. El lago Michigan se volvía negro, y la ciudad violeta se perforaba de
puntitos de luz.
Qué buenos momentos pasaron en aquel despacho, ante aquel amplio ventanal,
hablando el maestro y el discípulo, el padre que nunca fue con el hijo que siempre le
añoró. Sullivan era muy solicitado por clubs, fundaciones y escuelas para dar
conferencias, y las ensayaba ante Wright, que le daba su opinión certera. Discutían de
arquitectura, pero también hablaban de su vida personal. Wright le contaba que los
padres de su novia la habían mandado a la isla de Mackinac a lo que ellos llamaban
unas vacaciones, pero que en realidad era un destierro para que se olvidara de él.
Sullivan le preguntaba si estaba absolutamente seguro de los sentimientos de la chica, y
él contestaba ofendido que sí, que naturalmente.
–En ese caso, Wright, no tiene usted más que esperar sin perder la paciencia.
Ella volverá. Sus padres no tendrán más remedio que aceptarlo.
Así fue. A los tres meses Catherine volvió y manifestó su amor irrenunciable por
Frank. Sus padres cedieron, y Anna, acompañada por su hermano Jenkin, les pidió
formalmente la mano de la chica. El reverendo soltó un discurso sobre el amor que
nadie hubiera esperado tras la primera reacción colérica que tuvo al conocer el
noviazgo, aprobando después más que nadie el destierro de Catherine. Ahora, sin
embargo, se deshacía en melosidades y salmos.
Frank fue a Spring Green con su madre y sus hermanas a pasar unos días con su
familia y a invitarlos a la boda. Desde allí se acercó a Madison para ver a dos amigos.
–¡Hombre, Frank! ¿Cómo estás? ¿Sabes ya boxear?
–Sí; claro. ¿Y tú? ¿Qué tal te va?
–Ya me ves. Cada día más cojo. Pero, bueno. ¿Te has vuelto ya de Chicago?
–No. Sigo allí. He venido a Wisconsin a ver a mi familia y a arreglar unos
papeles. Me caso.
–¡Hombre! ¿Es rica? ¿Es guapa?
–No y sí. Y, bueno. ¿Y tú?
–Yo no y no. ¡Ja, ja, ja!
–No seas bobo. Cuenta.
–Yo voy para médico. ¿Te acuerdas? Me iba a hacer médico para operarme yo
mismo la pierna. ¡Qué cosas! Ya ves; en el fondo lo creía en serio. Estaba como
obsesionado. Por eso empecé. Bien; me gusta. Además, es una carrera con la que
impresionas a las mujeres. ¡Ja, ja, ja!
100
–¿Tienes novia?
–Novia, novia, no. Pero todo caerá. ¿Y tú? ¿Eres arquitecto por fin?
–Sí. Trabajo para Adler y Sullivan; los mejores. Y yo también seré el mejor.
–Pues eso me interesa. Yo tengo un pequeño terrenito cerca de aquí. Voy los
fines de semana a pasear y a pescar. Me quiero hacer una cabaña, un refugio para mí.
Bueno, para mí y para quien caiga. Para pasar un par de días cómodamente. Para una
casa no, pero para una cabaña me fío de ti. ¿Me la harás?
–Por supuesto.
–¿Me la cobrarás?
–Por supuesto. Te cobraré en especie. Quiero los dos trineos de la empresa, que
tu habrás explotado durante estos años sin repartir beneficios con tu socio.
–Ah, ¿sabes? Al final los vendí. Sí. Te debo ocho dólares.
Frank le hizo su cabaña, y, años después, ya famoso, le construyó una casa en
Madison. Aquel día, después de despedirse de Robie, fue a ver a su segundo amigo de
Madison.
Vio con decepción que el local era ahora una lavandería. Le recibió un
hombrecillo de dientes amarillos que se frotaba constantemente las manos.
–Perdone. Yo venía a ver a un viejo amigo. Quizá usted pueda decirme dónde
está ahora. Esto era antes una casa de empeños. El dueño se llamaba Perry.
–Perry. Sí, hombre, sí. Con que el viejo Perry, ¿eh? ¿Quiere usted saber dónde
está ahora? ¡Pues en el infierno! ¡Ji, ji, ji!
–¿Quiere usted decir que ha muerto?
–¡Pues claro que quiero decir que ha muerto! ¡Y, por mí, que se pudra!
–Era mi amigo. No le consiento...
–Esta es ahora mi casa y usted ni me va a consentir ni a dejar de consentir nada.
¡Cretino! ¡Ya se está largando!
Frank se contuvo las ganas de darle un sopapo y se fue de allí. Todavía salió el
asqueroso hombrecillo a la puerta y le gritó:
–¡Y si ese hijo de puta era su amigo es que usted es tan hijo de puta como él!
Pobre Perry; aquel viejo egoísta y entrañable que les había mantenido durante
tantos años, siempre con cuentagotas, regateando su miseria y despojándoles de su inútil
patrimonio, que quizá hizo avío a otras familias tan miserables como la suya. ¡Pobre
viejo Perry!
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Adler y Sullivan le ofrecieron como regalo de boda un contrato por cinco años
más y un préstamo sin intereses para que adquiriera un solar en Oak Park y se
construyera una casa.
Frank y Catherine vieron una preciosa parcela en la esquina de las avenidas
Forest y Chicago. Oak Park era el sueño de Wright desde que alojó allí a su madre y a
sus hermanas. El suburbio era el sitio ideal para un matrimonio joven y ambicioso; sus
vecinos eran médicos, abogados, comerciantes, industriales. Formaban una colectividad
acomodada, pacífica y de buenas costumbres.
Todo le sonreía a Frank. Con sólo veinte años de edad tenía una bella esposa que
en seguida le dio su primer hijo, y era el dibujante mejor pagado de Chicago, lo que no
constituía para él de ningún modo una meta, sino un punto desde el que comenzar su
carrera.
Por entonces, Ellis Wainwright, un rico cervecero de San Luis, encargó a Adler
y Sullivan el proyecto de una torre de oficinas. Sullivan se concentró en ello con
entusiasmo, desentendiéndose de los encargos menores y dejándolos en manos de
Wright. Quería diseñar una torre como debía ser, no sólo un edificio alto. Le explicó a
Frank que los rascacielos de Chicago eran sólo edificios altos, pero no estaban
diseñados como tales, sino como edificios bajos estirados hacia arriba y distorsionados.
Es decir, se tomaba el ejemplo del palacio florentino, por decir uno muy utilizado, y en
vez de darle tres o cuatro plantas se le daban quince o veinte, de modo que se hacían
una o dos plantas de basamento, una o dos de coronación y todas las de en medio eran
una misma repetida. Así, el modelo renacentista, tan hermoso, era adulterado por una
arquitectura sin ideas. él no quería hacer eso; la arquitectura actual no lo podía tolerar.
Había que diseñar el edificio de manera que manifestara lo que era, no un mero
apilamiento de pisos; y, ya que los estilos históricos no servían para esa empresa, había
que inventar uno nuevo. Desde un basamento de tres plantas, levantó pilastras que
recorrían verticalmente toda la torre, estriándola y acusando su altura, y remató con una
planta–cornisa en la que las pilastras se doblaban en arcos, uniéndose cada una con la de
al lado y abriendo ventanas redondas. Nunca se había hecho nada parecido. ése era un
edificio alto de verdad; es decir, esbelto. Como una columna; como un árbol.
En 1893, cuatro años después del Auditorium, un magno acontecimiento que
auspiciaba toda suerte de bendiciones para la arquitectura fue el desencadenante de la
caída de Adler y Sullivan. Se iba a celebrar la Exposición Mundial Colombina de
Chicago, cuya planificación general fue encargada al estudio de Burnham & Root, y a la
102
que todos los grandes arquitectos de Chicago estaban llamados. La muerte de Root dejó
toda la labor a Daniel Burnham, buen arquitecto, muy conservador y clasicista, quien,
sin el contrapeso racionalista y moderno que hubiera podido ejercer su socio, diseñó un
recinto grandilocuente que daba pie al consiguiente torrente empalagoso de formas
historicistas, ampulosas y vanas. A Adler & Sullivan se le encargó el Palacio del
Transporte, una gota de agua fresca en la estancada charca de clasicismos, ejes,
avenidas radiales, pabellones neoclásicos o neobarrocos, estanques, fuentes más propias
de la repostería que de la arquitectura... Sullivan estaba asqueado. Con hondo pesar le
dijo a su discípulo que los Estados Unidos habían desaprovechado su gran oportunidad
de marcarle al mundo la pauta de la arquitectura moderna.
–Wright; no olvide usted estas palabras que en su día podrá constatar: El daño
que producirá la Feria Mundial a la arquitectura y a la sociedad americanas durará
medio siglo, si no más. Al ciudadano americano, que ha creado una sociedad
democrática y moderna, estos traidores a la arquitectura y a la nación le van a infundir
un sentimiento de inferioridad ante Europa. No tenemos historia, ¿y qué? Tal y como
están las cosas carecer de historia es lo mejor que nos podía pasar. Estos canallas
acomplejados nos van a dar historia a toneladas; una historia de cartón–piedra. Nuestro
orgullo de pioneros ha acabado. Ya lo verá: cincuenta años.
Sullivan trabajaba febrilmente entre San Luis, con las obras de su torre–torre, y
Chicago, ultimando los detalles de su Palacio del Transporte, que diseñaba con rabia,
como si fuera su testamento inútil, fracasado en su magnífica riqueza olvidada, grande
en su derrota irrevocable.
Todo lo que no fueran esas dos obras casi póstumas le tenía sin cuidado.
Desatendía el estudio y delegaba en Wright para que, además de ayudarle con el
Palacio, organizara todo lo demás.
A los clientes menores, Adler y Sullivan les recibían, charlaban con ellos
durante media hora, establecían el programa a desarrollar y las líneas generales de
diseño trazando un esbozo rápido ante ellos, y con esto terminaba su misión. Le pasaban
entonces el proyecto a su flamante Jefe de Diseño y Planificación.
–Mire, Wright. Se trata de una pequeña casa de dos plantas, con una terraza
delante. Algo así, ¿ve? Quizá con un tejado un poco así... O no... Sí, trabando aquí un
torreón con el gablete. ¿Ve? En fin, ya me entiende. Como usted mejor lo vea.
–Entendido.
103
Wright se dedicaba al proyecto sin volver a recabar la atención de sus jefes, que
consideraban que con esa primera media hora inicial tenían más que suficiente.
Posteriormente, acabaron por no dedicar a los clientes pequeños ni siquiera el privilegio
de una primera entrevista, y Frank les atendía desde el principio. Así se convirtió
definitivamente en arquitecto, ya que realizaba, desde el primer encuentro con el cliente
hasta la terminación del proyecto y la dirección de la obra, todo el trabajo de un
arquitecto. Esas nuevas responsabilidades, aunque tenía a sus órdenes a todo el personal
del estudio, le exigían una dedicación casi total, y le entorpecían para seguir
colaborando con su jefe en el gran proyecto del Palacio del Transporte. Cada vez que
Sullivan acudía a Frank para que le echara una mano le encontraba trabajando
frenéticamente, simultaneando cuatro o cinco casitas, y se indignaba por la pérdida de
su brazo derecho, desaprovechado en cometidos intrascendentes.
–Wright: Adler y yo hemos pensado en rechazar directamente ese tipo de
encargos, a no ser que nos los haga un cliente de importancia, en cuyo caso los
aceptaremos casi como un favor y, por supuesto, se los pasaremos a alguno de los
dibujantes. Es usted demasiado valioso como para dedicarse a eso. Le necesito para mí
solo.
–Pero, señor Sullivan, puedo hacer las dos cosas. Puedo trabajar más.
Contrataremos a más gente. ¿Qué le parece? Yo me llevaré los encargos a casa para
esbozarlos. En domingo; ¿eh? Luego se los pasaré a Elmslie o a algún otro y tan sólo
los supervisaré. Así me concentraré en trabajar con usted.
–No. Está decidido.
–Pero es una pena. ¿Cómo vamos a desperdiciar encargos? Si nos organizamos
bien podemos abarcarlo todo. Déjeme a mí. Soy el Jefe de Diseño y Planificación, ¿no?
Déme carta blanca y no se preocupe de nada.
–No, Wright. No insista. ¿En qué anda usted ahora?
–Estoy terminando la casa de James Charnley.
–Humm. Charnley, el maderero. Está bien. Pásesela a Elmslie.
–Pero si ya está casi.
–De acuerdo. Le doy dos días. Quiero que me ayude con la fachada del dichoso
Palacio. A partir de ahora, cuando venga un cliente a encargar una casita, le diremos que
lo sentimos mucho, pero que no podemos atenderle. ¿Está claro?
Esto abrió una interesante perspectiva para Frank. Acababa de tener su segundo
hijo y su elevado sueldo no le permitía vivir como él quería. Toda su vida había vivido
104
en la miseria, suspirando por cada centavo que gastaba, privándose incluso de lo
imprescindible, y ahora había cambiado completamente. Ganaba mucho dinero, y para
él era un placer gastárselo. Quería vivir rodeado de cosas agradables: grabados
japoneses, que le apasionaban cada vez más, un piano, ropas buenas, alfombras persas,
un ambiente agradable en el que crecieran cómodos y satisfechos sus hijos. Quería
vengarse de su pasado, de su vergonzosa miseria, y vivía por encima de sus
posibilidades. Nunca tenía suficiente dinero, y si éste sólo podía venir de su trabajo,
estaba dispuesto a trabajar más que nadie. Pensó que podía trabajar por las noches y los
domingos, llegar a un acuerdo con Adler & Sullivan para que no rechazaran ningún
encargo y hacerlo él a porcentaje. No podía tolerar que sus jefes tiraran encargos a la
basura, haciéndole a él tanta falta.
Adler y Sullivan rechazaron indignados su proposición, y Frank no volvió a
sugerirles nada parecido, aunque su cabeza no paraba de darle vueltas al asunto. Una
tarde acudieron unos clientes a encargar una casa. Sullivan les recibió en su despacho y
estuvo con ellos cinco minutos, al cabo de los cuales les acompañó a la puerta y se
despidió de ellos con la más exquisita educación. La pareja se quedó en el vestíbulo,
cariacontecida. Frank, que había visto la escena, se acercó a ellos.
–¿Querían ustedes construirse una casa?
–Sí. Pero el señor Sullivan nos ha dicho que le es imposible en este momento...
–Me llamo Wright, Frank Lloyd Wright. Soy el jefe proyectista de la firma –les
tendió su pomposa tarjeta–. Me encargo de este tipo de trabajos. Si ustedes lo desean,
yo podría hacerles la casa. La oficina está ahora muy ocupada en otros proyectos, pero
yo, a título personal, podría encargarme del suyo. Tengan en cuenta que sería como si lo
hiciera el propio Sullivan, ya que si él lo hubiera aceptado me lo habría encomendado a
mí. Y además mis honorarios, por supuesto, son muy inferiores a los suyos.
–Hmmm. ¿Qué te parece, querida?
–Creo que lo que dice este joven parece razonable.
–De acuerdo, señor... –miró la tarjeta–... Wright. Usted será nuestro arquitecto.
Así comenzó Frank a construir sus propias casas. Aunque no les robaba los
clientes, puesto que ellos los habían rechazado, se cuidó mucho de contarles nada de
esto a sus jefes.
Durante la jornada normal trabajaba para Adler & Sullivan en el Palacio del
Transporte, y por las noches y los domingos para sí mismo en estas “casas de
contrabando”. Hizo alguna en Oak Park, donde empezaba a darse a conocer, hasta que,
105
poco a poco, algunos clientes acudieron a su casa buscándole directamente, sin pasar
por el filtro de los dos afamados socios.
Una mañana, cuando entró en la oficina, Sullivan le estaba esperando.
–Buenos días.
–Pase a mi despacho.
Sullivan escribió, con mano temblorosa por la furia contenida, un nombre en una
hoja de papel, y se la tendió a Frank.
–¿Le conoce?
–Si.
–¿Le ha hecho usted una casa?
–Sí, señor Sullivan. En mis horas libres. Fuera del estudio. ¡Pero aquí he seguido
rindiendo como siempre! Por cierto, los detalles que me mandó para las enjutas ya están
listos.
–¿Ha hecho usted más casas a mis espaldas?
–Sí, señor.
–Está usted despedido.
–¿Qué?... No lo entiendo. ¿Qué he hecho de malo? No les he perjudicado en
nada ni a usted ni al señor Adler. ¿Qué queja pueden tener de mí? Son proyectos que
ustedes despreciaban y yo necesitaba hacerlos. Los he hecho en casa. No les he robado
ni un minuto aquí.
–Usted no tiene ni idea de lo que es la lealtad.
–¡No he hecho nada malo!
–Estoy consternado. Me ha hecho usted daño, se lo confieso. Nunca hubiera
podido esperar algo así.
–¡Pero, bueno!
Wright se irguió hasta ponerse de puntillas, frunció los labios con rabia y tiró al
suelo el lápiz que tenía en la mano. Con gesto de dignidad herida exclamó:
–¡Esto es intolerable! ¡Me voy!
–¡No se va! ¡Le echo yo!
Sabían que se echarían de menos, pero ninguno dijo nada más. Se separaron con
orgullo, y con un dolor incurable en el corazón.
106
Tercera parte

Oak Park. La familia Wright

1

Una extraña construcción se estaba levantando junto a la casa, un añadido
incomprensible de prismas yuxtapuestos, trazados sin orden aparente sobre la superficie
libre del solar. Aún no estaban cubiertos, así que las paredes se alzaban como murallas
incompletas, haciendo extraños recovecos y dejando rincones por todas partes. Pero no
era que la casa se ampliase –lo que se estaba haciendo necesario por el rápido
crecimiento de la familia–. No; era que papá se estaba construyendo su nuevo estudio.
La oficina que tenía alquilada con Cecil Corwin en Chicago no le bastaba.
Además, la mayoría de sus encargos eran para Oak Park, así que sería mejor trabajar
aquí, en casa.
Estaba ya más establecido que cuando se fue –o le echaron– de Adler &
Sullivan. Entonces había recurrido a la lista de clientes de la firma y les había escrito
ofreciéndoles sus servicios. Sin más que alguna vaga promesa, fue corriendo a ver a
Cecil para convencerle de que lo dejara todo por él, y Cecil se despidió de su querido
Silsbee por complacer a su querido Frank, sin sentir con él la llamada de la aventura.
Cecil se preciaba de conocer a las personas, e intuía que Frank llegaría muy alto, pero
sabía que esa carrera meteórica no era la suya y que la gloria nunca sería para él. Le
atraía participar en el arranque de la leyenda, y fue por una especie de curiosidad
mezclada por la responsabilidad del momento histórico por lo que se decidió.
Alquilaron un despacho pequeño en Chicago, en el edificio Schiller, obra –cómo
no– de Adler y Sullivan, y empezaron a trabajar. Fueron tres años intensos y
emocionantes, con poco trabajo y muchas ilusiones. Frank conseguía más encargos que
Cecil y en seguida se mostró como el socio principal. Decidieron borrar el rótulo de la
puerta acristalada y quitar el de bronce del portal: “Wright & Corwin, Arquitectos”, y
sustituirlos por: “Frank Lloyd Wright & Partners”, para colmo en plural, con lo que
Cecil quedaba reducido a la nada. éste trabajaba febrilmente para su amigo–socio–jefe
en los escasos encargos que salían; y lo hacía sin quejarse, sabiendo que él no valía nada
más que para trabajar eficazmente a las órdenes de alguien que tirara de él y le dirigiera.
107
Frank no sabía medir sus fuerzas; no lo supo nunca, y ya se veía con las de un
triunfador cuando aún no tenían ni la más mínima estabilidad en su trabajo. Así decidió,
contra toda sensatez y sin tener un dólar, construirse un segundo estudio en Oak Park.
La cubierta piramidal de la sala de dibujo estaba dando más problemas de los
previstos. Para Wright era sencillo: tan sólo había que levantar una viga de madera
desde cada uno de los ocho vértices del gran tambor, de manera que coincidieran arriba.
La sala cuadrada tenía una doble altura con un corredor alrededor, que se hacía
octógono por achaflanamiento de las cuatro esquinas y que levitaba bajo la estructura
piramidal asomándose a la sala de dibujo. Todo muy fácil. Pero el jefe de los
carpinteros no realizaba su trabajo con entusiasmo y no estaba dispuesto a ver aquello
con el mismo optimismo que su cliente. Y todo porque no había cobrado y no veía con
claridad en qué momento sería posible ese trámite insignificante. El joven arquitecto no
tenía dinero suficiente para realizar aquella obra, y el carpintero lo sabía, pero, a pesar
de todo y aun con desgana, seguía trabajando. No entendía por qué incomprensible
imbecilidad lo estaba haciendo gratis. Cuando intentaba plantear este espinoso asunto a
su cliente, éste no le dejaba, ya que en vez de actuar como tal lo hacía como arquitecto,
recriminándole la torpeza de su trabajo y explicándole por enésima vez cómo tenía que
ensamblar las ocho vigas. El carpintero se ponía entonces a la defensiva, se disculpaba,
se humillaba, y después volvía a rascarse la cabeza sin explicarse por qué seguía
afanándose en aquella maldita pirámide, preguntándose si estaba loco y desesperándose.
Éste es uno de los misterios de nuestra historia: cómo podía Frank Lloyd Wright
hipnotizar de esa manera a todo el mundo.
Wright nunca tuvo dinero, pero eso no le preocupó jamás. Siempre actuaba
como si lo tuviese, e hipotecaba su futuro con la mayor naturalidad.
–Mire, usted. Por este proyecto voy a cobrar doscientos dólares, y por éste otro,
más de trescientos. Eso es más que suficiente para pagar su madera y su trabajo, ¿no?
–Sí, señor Wright. Pero yo quiero que ponga ahora cuatrocientos pavos en mi
mano o me lo llevaré todo.
–No se ponga así. Llevárselo le va a costar más y no le va a servir para nada.
Espérese, y además de cobrar como carpintero lo hará como banquero. Póngame
intereses.
–Yo no soy banquero. Quiero mi dinero.
–Escúcheme. No le daré cuatrocientos. Le pagaré cuatrocientos veinte el mes
que viene. Además tengo entre manos un contrato con la Luxfer Prism.
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–Es que no puedo esperar al mes que viene. Yo también tengo que pagar a mis
proveedores y a mi personal.
–Que esperen. Hágales el mismo trato. ¿Es que no quiere ganar dinero extra a mi
costa? –Wright le guiñaba el ojo y el otro no tenía más remedio que reírse.
–Es usted un demonio.
Y así iba tirando, pagando a unos antes, a otros después; aunque por cada deuda
que conseguía saldar tuviera que contraer otra nueva. Estaba acostumbrado a este
sinvivir; así había construido su casa, que iba a hipotecar de nuevo para terminar el
estudio. Más tarde hipotecaría el estudio para cubrir la hipoteca de la casa. Empezaba a
tener trabajo suficiente como para afrontar con optimismo todo eso, pero se gastaba el
dinero antes de cobrarlo. A mucha gente no le importaba que estuviese siempre sin un
dólar, pues veían que le sobraba capacidad de trabajo y empuje para salir adelante, y no
eran ciegos al auge de encargos que tenía. Otros –entre ellos los Tobin, naturalmente–,
por el contrario, criticaban a Wright sin disimulo. Decían que un hombre decente,
marido y padre responsable, no haría nunca eso: exponer a su familia a la indigencia por
sus locos caprichos. La gente decente ahorraba, y sólo cuando tenía el dinero suficiente
pensaba en gastarlo. Los señoritos arruinados y calaveras eran los únicos que
hipotecaban sus posesiones.
También su arquitectura creó una fuerte división de opiniones entre las gentes
que le rodeaban. Wright provocaba pasiones tanto por su forma de vida como por sus
obras revolucionarias, y era, por unas cosas o por otras, el objeto preferido de las
conversaciones y de los cotilleos de su vecindario. A sus casas las llamaban, muertos de
risa, “las quitafaldas”, recordando a Amelia Jenks Bloomer y a su incomprendida y
vituperada lucha por los derechos civiles de las mujeres, de la que era un corolario
anecdótico su campaña para la abolición de las faldas como distintivo sexista,
humillante y antifuncional. La gente, como de costumbre, había tomado el rábano por
las hojas y muy burlonamente llamaba así a la señorita Bloomer: “Quitafaldas”. Wright
estaba encantado con esto; no porque sus casas parecieran bloomers (pantalones de
mujer que tomaron su nombre de la esforzada pionera), sino porque la polémica honraba
ideológicamente sus obras y le prestigiaba entre la población más culta.
Todo esto revistió a Wright de una aureola de revolucionario e inconformista
que acabó por decantar cuál había de ser el carácter de sus clientes, quienes se
autoseleccionaban, puesto que para encargarle una casa tenían que tomar una decisión
que, tal y como estaban las cosas, implicaba una exposición de principios. Esto fue
109
bueno para Wright, y le hizo posible hacer su propia arquitectura. Sus clientes no eran
los tradicionales biempensantes aburridos, sino los valientes, los audaces, capaces de
confiar en un joven que se salía de la norma y que al peso de los convencionalismos
oponía la aventura de lo nuevo. “¿Por qué hay que hacer esto así? ¿Sólo porque se ha
hecho siempre? ¿Y no podemos hacerlo nosotros mejor?” Al principio, estos clientes
arriesgados escasearon, pero los pocos que acudieron quedaron encantados con su
arquitecto.
Había rachas de muy poco trabajo, de perentoria necesidad, y en ellas Wright se
resignó a aceptar lo que fuese. Pero, tras hacer la casa de Nathan G. Moore, decidió ser
inflexible en adelante.
El caso del señor Moore merece ser contado aquí porque Wright lo tomó como
ejemplo de lo que no debía volver a hacer nunca más. Este abogado tenía un solar justo
enfrente de la casa del arquitecto, y esa fue la única razón por la que decidió contratarlo.
Pensó que uno que viviera al lado podría controlar las obras mejor que ningún otro. Así
que se presentó en el estudio y se mostró insensible al atractivo personal de Wright, sin
dejarse seducir por él ni atender sugerencia alguna. Fue directo al grano.
–Señor Wright: quiero que me construya una casa, pero que no sea en nada
parecida a lo que ya he visto de usted. No quiero tener que salir por la puerta de atrás
cada mañana para ir a trabajar, por miedo a que me vean los vecinos y se rían de mí.
Wright se quedó estupefacto. Nunca había visto mayor hostilidad en un cliente;
él, que basaba la eficacia de su arquitectura en la confianza que depositaban en su
trabajo y en la buena relación que establecía con ellos.
–La quiero de paredes blancas, con un tejado muy empinado y un entramado de
madera visto en las fachadas. Una especie de estilo Tudor; ¿me entiende? ¡Ah! Y con un
ventanal a base de arcos góticos en el salón.
Wright le entendía muy bien. Ya se imaginaba la casa y no le gustaba nada.
Tenía que haberle despedido de la mejor manera, pero entonces recordó que sus tres
hijos necesitaban zapatos nuevos.
La casa gustó a todo el mundo, menos a su arquitecto. Tuvo un éxito notable,
pero Frank estaba avergonzado de haberla hecho. Y para colmo la tenía que ver todos
los días, nada más asomarse a la calle, ahí enfrente, burlándose de él y acusándole. Se
juró no reparar nunca más en nada, no prostituirse aunque sus hijos se murieran de
hambre.
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La casa Moore alcanzó más renombre que todas las que había hecho antes
juntas. Venían muchos a pedirle más casas de ese estilo, a herirle con la constatación de
que su arquitectura no interesaba mientras que ese monstruo vergonzoso hacía furor.
Pero no se rindió; no les echó a patadas. Con su mejor mano izquierda les intentaba
convencer de que hicieran otra cosa, les deslizaba croquis magníficos, pero pocos dieron
su brazo a torcer. La mayoría se fue en busca de un copista menos escrupuloso. Aun
hoy, un siglo después de su construcción, y con Frank Lloyd Wright situado
indeleblemente en las páginas de la Historia del Arte gracias a su arquitectura más
auténtica, muchos de los vecinos de Oak Park siguen pensando que la casa de Nathan G.
Moore es una de las más bellas que nunca realizó.
El joven arquitecto iba poco a poco seduciendo a muchos, no a tantos como
escandalizaba, y los encargos le empezaban a caer con regularidad. Cecil Corwin estaba
ya diluido entre un buen número de dibujantes –muchos más de los estrictamente
necesarios, pero Wright hacía las cosas a lo grande–, y el estudio era una máquina bien
engrasada que escupía planos a toda marcha. Entraba dinero en casa, pero nunca había
suficiente. Los Wright tuvieron seis hijos en seis años: Lloyd, John, Catherine, David,
Frances y Llewellyn, y los criaban como a príncipes. Vivían por encima de sus
posibilidades. Catherine, al principio, estaba muy asustada, pero no tuvo más remedio
que acomodarse al modo de ser de su marido, que ahora, al empezar a tener una cierta
vida social por exigencias de relación con sus clientes, exageró aún más su tendencia al
fasto. Wright se vestía en Hutchinson, el sastre de Sullivan y uno de los mejores de
Chicago; mantenía su pelo más largo de lo sensato, impropio de un “arquitecto”, pero
apto y aun recomendable para un “artista”; organizaba fiestas y recepciones en casa, y
todos venían atraídos por el selecto ambiente y la agradable conversación del anfitrión.
Todos los asistentes se deleitaban con las sonatas de piano ejecutadas por el
arquitecto y con la pequeña orquestina familiar en la que hasta el niño más pequeño,
Llewellyn, tocaba el triángulo o el tambor. Tomaban el té en el salón, sobre manteles de
seda, ante la amplia chimenea, escuchando música, pisando mullidas alfombras y, sobre
todo, paladeando la conversación de Wright, tan culto, tan elegante, tan fino y tan
divertido al mismo tiempo. Las esposas de los médicos, abogados y hombres de
negocios disfrutaban de la compañía de Wright, tan guapo, de su levemente
escandalizadora conversación, de su audacia y de su convicción, y le comparaban
mentalmente con sus aburridos y gordos maridos. Todas sucumbían a su hechizo,
aparentando tener la cultura y el encanto que les faltaba y envidiando a su esposa, que
111
vivía en su compañía una vida tan plena y tan apasionante, con esos hijos tan guapos,
vestidos de terciopelo, como ángeles transidos de beatitud.
Poco importaba que en la tienda de comestibles debieran una fortuna, que la casa
y el estudio soportaran más hipotecas superpuestas que todo el resto de Oak Park.
Frank, Catherine y sus seis hijos estaban abonados a la temporada de la Sinfónica de
Chicago.
Catherine se avergonzaba de ir a la tienda, y Frank, cuando se enteró de que allí
debían ochocientos dólares, pidió un nuevo crédito con el que quedaron
provisionalmente en paz con el tendero y en mayor deuda con el banco. Pero el abono
de la Sinfónica no fue anulado. Papá trabajaría aún más y lo pagaría todo.
Pero cada vez que Frank cobraba un trabajo –y cada vez eran mejores– olvidaba
sus deudas y, con dinero fresco en el bolsillo, compraba cualquier chuchería irresistible
para él. Catherine se desesperaba viendo cómo aumentaba el ajuar familiar con más
instrumentos musicales, muebles, obras de arte (especialmente grabados japoneses),
pieles, joyas, mientras debían dinero a todo el mundo y nunca terminaban de liquidar las
hipotecas.
A pesar de todo, Catherine seguía teniendo una fe ciega en su marido. Siempre
había sabido sacarles adelante y, aunque con tantos sobresaltos, vivían a cuerpo de rey y
sin privarse de nada. En cuanto a sus espectativas profesionales, estaba convencida de
que Frank llegaría tan lejos y tan alto como se lo propusiera, y sabía que se lo había
propuesto con pasión irrenunciable. Era sólo que su marido no sabía esperar, y a ella
todas estas deudas la ponían muy nerviosa.
Su suegra, que cuando ellos se casaron se había mudado con sus hijas a la casa
de al lado para no dejar solo a su hijito del alma, la aconsejó que pusiera un
kindergarten. Anna Lloyd–Jones no renunciaba a su vocación pedagógica, pero estaba
cansada para volver a empezar ella sola, así que, aprovechando las quejas de su nuera
sobre su triste situación económica, se lo propuso resueltamente. Con seis hijos criados
bajo la impertinente vigilancia y supervisión de Anna, Catherine había aprendido todo
lo que había que saber sobre Froebel, sobre los kindergarten, sobre las teorías
pedagógicas y sobre todo lo demás. Así que, atenazada por las deudas, decidió que el
proyecto no era descabellado. Tenía además el sitio idóneo para montar su jardín de
infancia. La gran sala de juegos de su casa estaba en la planta de arriba, abuhardillada
bajo una bóveda de cañón en uno de cuyos hastiales había, sobre una gran chimenea, un
fresco con una escena de las mil y una noches, y, en el otro, junto al estrangulado
112
acceso, una tarima sobreelevada a media altura que hacía las veces de escenario y a la
que se accedía por una escalera recóndita.
En aquella maravillosa sala, iluminada lateralmente por ventanales corridos y
cenitalmente por un lucernario translúcido, con adornos en celosía para tamizar la luz,
se habían criado felizmente seis niños, rodeados por todo lo que su fantasía pudiera
desear. Allí acudieron los niños de la vecindad, que gozaban entre los juguetes, las
piezas froebelianas de madera y cartón, los papeles de colores con que se hacían
disfraces y monstruos, los teatritos de marionetas... Catherine animaba a quien quisiera
a que se subiera al escenario a contar un cuento, a cantar o, simplemente, a hacer el
payaso. Todos querían subir porque la escalerilla era muy estrecha y se les antojaba
vagamente peligrosa, como si fuera la de un castillo encantado o la de un galeón pirata,
y cuando estaban arriba y dominaban a los demás niños desde la altura se sentían
poderosos y cantaban o pataleaban o tocaban el tambor con gran escándalo y aplauso de
todos.
Frank, a veces, cuando oía el bullicio de arriba, dejaba sus lápices sobre la mesa
de dibujo e irrumpía en la buhardilla aparentando furia.
–¡Qué son esos gritos! ¡Habéis despertado al cíclope Polifemo! –y rugía como si
quisiera comérselos. Se tiraba al suelo y perseguía a cuatro patas a sus hijos o a los otros
niños, que corrían despavoridos con estruendo de gallinero. Se revolcaba con ellos y les
montaba en su grupa, recreando historias de caballería, cacerías de bisontes (el bisonte
solía ser la resignada Catherine) o batallas contra los indios.
Había un niño que se lo pasaba muy bien y que no sólo no se asustaba cuando
Frank hacía el monstruo sino que incluso le plantaba cara y le daba patadas.
–A ti no te conozco. ¿Cómo te llamas?
–Ernie.
–Es Ernest, Frank. El hijo menor de los Hemingway.
–¡Ah, sí! El doctor Hemingway. Tienen una casa horrible ahí.
–¡Por favor, Frank; no seas grosero!
–Si es verdad.
–Todas las que no has hecho tú te parecen horribles.
–¿Así que usted, caballero, es el señor Ernest Hemingway? –el niño reía ante la
prosopopeya de ese señor mayor–. Veamos, señor Hemingway; ¿cuántos años tiene?
–Cuatro.
–¿Te gustan los cuentos?
113
–Pfff... Me gusta el chocolate.
–¡Ja, ja, ja! Catherine, ¿tenemos chocolate? Oye, Ernest, ¿quieres que te cuente
una historia?
–No.
–¡Ja, ja, ja! ¡El señor Ernest Hemingway! ¡El enemigo de las historias! ¿Quieres
que hagamos un dibujo?
–¡Sí! ¡Dibújame un bisonte! Cuando sea mayor la otra semana voy a ser cazador
de bisontes. Mi papá me va a llevar un día o un domingo a pescar y cuando sea grande
de ocho años o doscientos años me voy a aprender yo solo a cazar.
Frank se distraía un buen rato con los niños antes de volver a sus planos. Con la
misma naturalidad con que cogía en brazos o se montaba sobre los hombros a un
desconocido, mandaba a los más mayorcitos a segarle el césped o a hacerle trabajos más
duros, prometiéndoles, en vez de una gratificación, que se lo iban a pasar muy bien con
aquellas aventuras, y contagiándoles tal entusiasmo que les tenía un buen rato
trabajando encantados para él.
Era feliz con sus hijos. Los adoraba, pero, al mismo tiempo, nunca se los tomó
en serio. Igual que cuando le apetecía se ponía a jugar con ellos, cuando estaba en sus
cosas –que era casi siempre– no les prestaba el menor caso. Su primogénito, Lloyd,
escribió: “Mi padre amaba a los niños, y estaba muy contento de haber tenido seis. Sólo
que parecía que su única misión había sido la de engendrarnos. Le emocionaba y
enorgullecía la paternidad, pero no le gustaban sus consecuencias”.
Frank era un niño grande entre sus hijos. éstos tenían completa libertad para
entrar en el estudio cuando quisieran, aunque en ese momento hubiera algún cliente
importante. Tomaban lápices de colores y papeles, y garabateaban sus dibujos a veces
sobre planos definitivos. El tío Cecil y los demás dibujantes intentaban controlarlos e
impedirles que hicieran estas cosas, pero el padre se reía y no le importaba tener que
rehacer un dibujo que sus hijos hubieran estropeado. Cuando el cliente era testigo de
esta zapatiesta, arrugaba la nariz con desagrado y le preguntaba a su joven arquitecto:
–¿Todos son hijos suyos?
–Sí. Y tengo dos más –respondía Wright despreocupadamente–. Estarán jugando
por ahí.
–¿Tiene usted... seis?
–Seis; sí, señor. ¿Qué le parece?
Al cliente le parecía mal, pero se callaba.
114
Sin embargo, junto con este sano orgullo por su paternidad, Wright mantenía su
carácter egoísta incluso con sus hijos. Su libertad era sagrada, y no la comprometía con
sus obligaciones familiares, que quedaban preteridas ante sus espectativas profesionales.
Era un padre muy divertido para jugar con él, pero ausente cuando sus hijos le
necesitaban de verdad. Su carrera profesional pujante y su ansia de gloria fue al mismo
tiempo la causa del progresivo desapego familiar.
El día tenía para Frank muy pocas horas para hacer todo lo que tenía pendiente.
Pasaba las noches trabajando en el estudio. A veces le acompañaba Catherine, desvelada
y sola, tocando alguna pieza de Bach al piano, mirándole ausente, ido, alejado,
enfrascado en sus dibujos. Catherine dejaba el piano para acercarse a su marido, para
hablar un poco con él en ese único rato que tenían al día, pero él levantaba la vista y le
decía: “¿No tocas más? Anda, sigue. Me inspiras”, y ella volvía al piano, a deslizar
lánguidamente sus manos por el teclado y a mirarle de lejos.
–David tiene un poco de fiebre.
–¿Mmmm? ¿Le has llevado al médico? –preguntaba Frank mecánicamente sin ni
siquiera levantar la vista del papel.
Sí; le había llevado al médico. Claro que le había llevado al médico. No; no era
nada. Un resfriado. Pero eso ya lo sabía ella. Ya sabía que no había que preocuparse por
unas décimas. No necesitaba para eso a su marido: “Llévale al médico. ¿No es nada?
Bien”. Esa no era su idea de un marido ni de un padre. Ella habría querido que Frank
subiera a la habitación de David, que le pusiera la mano en la frente; para nada, para
saber que no tenía importancia, para que David sintiera la mano de su padre y él la
frente de su hijo; que le acariciara, que le contara un cuento, que le trajera un vaso de
leche calentita, que le subiera el embozo y le remetiera la manta, que le besara, que
fuera su padre. Pero Frank nunca hizo nada de eso. Tenía mucho trabajo, y sus hijos
estaban sanos y no le necesitaban. Además, tenían una madre perfecta. Él no podía
perder su tiempo en esas cosas –no era su tiempo; todo el mundo tiene tiempo para un
beso. Era que ni se le ocurría.
Frank había sido muy feliz con Catherine y con sus hijos allí en su casita de Oak
Park. No se daba cuenta de que los buenos momentos se iban acabando. Estaba
perdiendo la oportunidad de vivir con su familia, de emocionarse ante la actuación de
Frances en la fiesta navideña del colegio (no había podido ir). Frank nunca estaba a
disposición de sus hijos ni de su esposa. Ya ni les conocía. Ellos, por su parte, ya ni le
contaban sus cosas. ¿Para qué? Nunca tenía tiempo ni paciencia para hacerles caso.
115
Frank se sabía llamado a un destino de gloria. Tenía una misión, y eso estaba por
encima de todo. Catherine lo aceptaba e intentaba estar a la altura de él y de su destino,
pero a veces era muy difícil tolerar ciertas cosas.
Frank quería a su mujer, pero no le prestaba ninguna atención ni se preocupaba
de mantener y alimentar ese amor, que en ella era ciego pero se iba volviendo más y
más amargo.
116


2


El restaurante de Kinsley era para Frank como un símbolo de la ciudad, un
resumen de su paso por ella. Estaba lleno de recuerdos. Ahí había hecho su primera
comida en Chicago, invitado por Cecil Corwin; luego había ido casi a diario con él en la
época de Silsbee, y después tantas otras veces con Sullivan. Ahora, como no quedaba
lejos de su estudio metropolitano, Frank iba allí a menudo a almorzar con Cecil y los
demás.
Un par de veces coincidió con Sullivan. Ni se saludaron, aunque los dos estaban
deseando hablarse. Eran orgullosos. Cada uno pedía en secreto informaciones acerca del
otro. A Sullivan le contaban que el joven progresaba y estaba haciendo casas realmente
notables; a Wright, que su amado maestro caía por la cuesta abajo en todos los sentidos:
poco trabajo, depresiones, bebida... Wright se entristecía, miraba de lejos a Sullivan, al
otro extremo del bar, bebiendo y degradándose cada vez más. Se había separado de
Adler en el noventa y cinco, dos años después de que Frank se fuera, y se había quedado
definitivamente solo.
Sin su socio, Sullivan había perdido su lugar, y sin su discípulo, su ilusión por el
futuro. Dankmar Adler acababa de morir en este turbulento comienzo de siglo, y
Sullivan bebía por impotencia y desesperación, reconviniéndose amargamente por las
ocasiones perdidas y añorando los buenos tiempos.
Con todo, Sullivan había construido su última gran obra: los almacenes Carson,
Pirie & Scott, un edificio soberbio, magnífico, que Frank había ido a visitar y que le
había producido un escalofrío de admiración y pasmo. “¿Cómo es posible –se
preguntaba– que un hombre capaz de construir esa maravilla esté como está?” No se
atrevía a pensar que era en parte culpa suya.
Tras aquellos almacenes, Sullivan se dedicó a pequeñas cosas, oficinas
provincianas de bancos, tiendecitas de pueblo, aún buenas, pero ya ignoradas por todos.
Se había replegado a estas obritas porque ya no tenía fuerzas ni ganas para luchar contra
las triunfantes tendencias conservadoras que capitaneaba Daniel Burnham, quien desde
la Feria Colombina era el gran cacique de la arquitectura de Chicago.
117
Siempre supieron el uno del otro, pero no se hablaron en veinte años, hasta
después de la tragedia. Sólo entonces reanudarían su amistad. Cuando todos los demás
rehuyeran al ahora pujante Wright, aquella sombra olvidada le tendería su mano ya
inútil, y el discípulo acudiría agradecido con el profundo cariño que siempre le había
profesado. Hasta entonces –faltaban muchos años– su terquedad no les dejaría hacer lo
que tanto deseaban.
Un día entraba Wright a almorzar en Kinsley cuando le llamó el todopoderoso
Burnham, que no solía ir allí. Estaba sentado con un señor muy estirado, y los dos
parecían fuera de lugar.
Conocía a Daniel Burnham de cuando la Feria. Wright y Sullivan habían comido
con él alguna vez para tratar del Palacio del Transporte, que Burnham, como máximo
responsable del conjunto, tenía que supervisar. No le había gustado, estando como
estaba intentando conseguir un estilo historicista falsificado para los Estados Unidos,
pero lo había consentido porque entonces Adler y Sullivan eran los más prestigiosos, y
no quería tenerlos como enemigos. Aún no podía con ellos, y había tenido que admitir
entre sus bellos edificios ese epílogo de la Escuela de Chicago a la que él había
traicionado.
Burnham se había mostrado siempre muy untuoso y amable con ellos, muy
paternalista intentando convencerles, desde su encumbrada posición, de la necesidad de
que los Estados Unidos de América –se le llenaba la boca– tuvieran por fin una
arquitectura culta y digna, inspirada en la de las esplendorosas épocas históricas que,
desafortuna– damente, los americanos no habían podido vivir. Hablaba de los indios y
también de los pioneros, aquellos hombres de gran empuje pero carentes de toda
educación, capaces de crear un imperio, pero no una civilización. Peroraba largamente,
escuchándose y, a lo que se veía, gustándose. Mostraba una gran convicción. Sullivan se
revolvía inquieto, como si el asiento de la silla le quemase, y hacía gala de su buena
educación para soportar todo aquello. él, que hacía gala de unos modales exquisitos,
cuando dejaban a Burnham se desahogaba soltando venablos por la boca. Wright se reía
con su maestro apodando a Burnham “El Tío Dan”, tanto por similitud al nombre de la
personificación del patriotismo americano como por su actitud amable y familiar, como
ese inoportuno tío que todos tenemos, como el venerable tío Jenkin y todo lo que él
significaba.
El tío Dan se levantó y les presentó.
–James Waller, Frank Wright.
118
–Señor Waller –dijo Frank–, es un placer conocerle –el otro apenas emitió un
murmullo.
James B. Waller era un importante promotor, muy conocido, del que Wright
había oído hablar a menudo. Era el mejor cliente que un arquitecto podía soñar.
–El señor Burnham me ha hablado de usted, señor Wright. Tengo entendido que
construye unas casas muy interesantes.
–Le hablé de la casa Winslow –intervino Burnham–, de la que, por cierto, no sé
si usted lo sabe, escribí un artículo elogioso.
–Sí. Lo leí. Muchas gracias.
–El caso es –terció Waller– que tanto sus casas como su ya famosa conferencia
sobre la máquina me han interesado mucho.
Wright había pronuciado en la Hull House de Chicago, en el año uno, una
conferencia que tuvo gran repercusión: “El Arte y Oficio de la Máquina”. En ella
defendía –y en aquella época eso era revolucionario– que la máquina era la herramienta
del nuevo siglo, y que estaba llamada a configurar el entorno humano. Utilizándola
adecuadamente, ya no tenía sentido hacer más barrotes torneados de balaustrada, sino
listones rectos, cortados con precisión por una sierra mecánica, ni molduras talladas a
mano con infinitos arabescos, sino piezas de hormigón o de metal hechas en serie. Pero
la labor de la máquina era adulterada habitualmente porque se empleaba en hacer
imitaciones del trabajo artesanal, impropias de su auténtico carácter.
La invitación a la Hull House provino de su amiga Jane Addams, ejemplo de
mujer trabajadora, politizada en favor de los obreros, sincera luchadora por los derechos
civiles. Wright era, por el contrario, un sibarita y un esteta, cuyo cliente tipo era rico,
culto y consentidor. Sólo era sensible a problemas espaciales, constructivos y de
creación plástica. Pensaba en la máquina como instrumento capaz de lograr la limpieza
estética de sus piezas de froebel, pero no como la que haría zapatos más baratos. Su
conferencia trató sólo de ese aspecto estético, abominando de los horrorosos adornos,
pero las implicaciones políticas y sociales no le interesaban. En la utópica e imprecisa
visión de Wright, los más pobres tenían, sencillamente, que dejar de serlo, hacerse los
trajes a medida y vivir en una de sus bellas casas. Para ello, según él, bastaba con saber
explotar los recursos de su rica nación. Su esencial modernidad arquitectónica, la más
potente de la historia, no se correspondía con su tibia modernidad “social”, difusa y
poco comprometida. Mezclando demagógicamente la máquina con la democracia,
Wright satisfacía a todos, especialmente a los más ricos –como ahora a Waller–, que
119
aceptaban encantados este vago concepto de modernidad y abrazaban la máquina como
productora de casas (o de lo que fuera), siempre que éstas siguieran siendo
irreprochablemente refinadas y selectas, y especialmente si les ahorraba costes de mano
de obra.
Aquella conferencia fue publicada y muy difundida, y su eco duró muchos años.
Al promotor James B. Waller le interesó mucho, porque vio la posibilidad de abaratar
sus obras no sólo sin disminuir su calidad estética, sino incluso mejorándola con un
aspecto más moderno y atractivo. Burnham le habló del joven arquitecto, pero había
pensado el modo de darle la vuelta a su favor.
–Señor Wright –continuó Waller–, quisiera hacerle una proposición y me
gustaría que la considerase cuidadosamente.
–Usted dirá.
–Me gustan sus casas y veo que, además de construir bien, usted piensa; tiene
ideas, escribe notablemente sobre arquitectura...
–Gracias.
–Y todo ello, según me dice el señor Burnham, sin que usted haya estudiado
nunca arquitectura.
–Bueno. Estudié ingeniería en Madison –Wright evitó decir que sólo había
hecho un curso y medio–, y luego he aprendido el oficio con grandes arquitectos.
–Sí. Bien; eso quería decir. No me malinterprete. Usted aprendió de Sullivan,
pero tenga en cuenta que él estudió en el M.I.T. y completó su formación en París y
Roma.
–¿Dónde quiere usted ir a parar?
–A esto: Si usted, tan joven y sin una preparación académica adecuada, ha
alcanzado unas cotas tan prometedoras, ¿adónde llegaría si se le brindara esa
educación? Tiene usted aún mucho por delante, y Burnham y yo estamos dispuestos a
proporcionarle la formación que le falta. Naturalmente, no somos almas benéficas
ni caritativas. Queremos invertir en usted. Vaya a París; estudie en L'École des Beaux
Arts y vuelva aquí. Le estaremos esperando.
–Entonces trabajará conmigo –dijo el tío Dan–. Podré incluso hacerle socio. Me
interesa usted.
–Construirán para mí. Haremos grandes edificios. Piénselo, Wright. Usted tiene
talento. No lo desaproveche.
–Me sorprenden –dijo Wright, pensativo–. He de confesar que me sorprenden.
120
Nunca hubiera sospechado esto –tenía ganas de hacer una escena y de salir de allí con
su orgullo crecido, pero su instinto le decía que Waller era sincero y que podía captarlo
como cliente llevándole a su campo–. Pero me es imposible. Tengo seis hijos. No puedo
permitirme pasar unos años en Europa estudiando.
Era sólo una excusa. Si lo hubiera deseado nada ni nadie le habría detenido.
–Ya lo sabemos. Conocemos su situación familiar. Le pagaremos a usted todos
los gastos y, mientras esté en Europa, mantendremos a su familia. Les pasaremos la
asignación que usted considere apropiada, a cuenta de las futuras grandes obras que
vamos a hacer juntos.
–Es una oferta muy generosa, pero no puedo aceptarla. Perdónenme. Sé que
pensarán que soy un arrogante desagradecido. No quiero comprometer por ahora mi
libertad, aunque sea con alguien tan... tan importante como ustedes.
–No responda ahora. Piénselo.
–Ya está pensado. Estoy empezando a hacer la arquitectura que quiero y en la
que creo. Sus motores son la lógica constructiva y la adecuación de las formas a las
funciones. Creo que esa es la auténtica arquitectura americana. América ha demostrado
que sabe adoptar soluciones nuevas, y eso sólo es posible por no tener precedentes
históricos. Sobre nuestros hombros no pesan los siglos del pasado, y por eso somos
libres para plantearnos los problemas y para darles solución.
–¡Bah! –saltó Burnham, muy irritado– ¡Las viejas paparruchas de Sullivan! ¡No
se deje engañar por él! Lo mejor que ha hecho Sullivan en su vida tiene el sello de la
gran arquitectura de siempre...
–¿Y el Carson, Pirie..?
–¡Una nave para vender calcetines! No se equivoque. La arquitectura
importante, incluso la mejor de Sullivan, viene de la histórica, que él conoce muy bien.
Y usted debería conocerla igualmente aunque sólo fuera para transformarla. Para
evolucionar hay que conocer la tradición. Lo verdaderamente moderno surge de lo
clásico.
–Señor Burnham, no estoy de acuerdo. Quizá haya sido así en otras ocasiones,
pero en este momento se precisa una ruptura para crear el entorno moderno. La
arquitectura clásica no tiene nada que decir ante los nuevos problemas que se nos
presentan ahora. Reconózcalo, el Carson, Pirie & Scott es una obra soberbia; lo que
pasa es que usted deplora que un arquitecto tenga que hacer almacenes. Si deplora eso
deplora nuestro tiempo. Tenemos que construir oficinas, centros comerciales,
121
industrias... Usted sólo quiere hacer palacios y catedrales. ¡Pues hasta los palacios y las
catedrales de nuestro tiempo han de ser nuevos!
Y así estuvieron discutiendo durante toda la comida y la sobremesa. Waller
quedó muy impresionado por Wright. Su punto de vista era plausible, y, desde luego, el
joven lo defendía con pasión. Si los rascacielos o los grandes almacenes no tenían
precedentes, ¿por qué inspirarse para construirlos en catedrales o palacios? Incluso las
nuevas catedrales ¿por qué habían de ser góticas? Los nuevos materiales, las técnicas
revolucionarias, y también la nueva forma de vida de la gente, la democracia americana,
exigían su propia expresión.
–Señor Wright –dijo–; lamento que rechace nuestro ofrecimiento. Pero no lo
considero un insulto. Creo entenderle. Seguiré su pista.
–¡Pues yo no le entiendo! –saltó Burnham–. Creo que está usted completamente
loco por rechazar nuestro ofrecimiento.
–Es posible que lo esté –dijo Frank, y le dedicó un pícaro guiño a Waller, que le
arrancó una carcajada. Se estrecharon la mano y se despidieron.
Mucha gente empezaba a pensar como Wright. Al leer su conferencia, muchos
descubrieron en sus palabras lo que andaban buscando sin saberlo; la expresión de un
ideal nuevo que era el de los hombres de negocios cuando estaban en sus oficinas, pero
del que, incomprensiblemente, abdicaban cuando llegaban a casa, a sus lujosas
mansiones victorianas con pórticos dóricos y habitaciones de techos inalcanzables
decorados con artesonados opresivos.
Casi al mismo tiempo de ser publicada su conferencia, en la prestigiosa revista
neoyorkina The Architectural Record salió un artículo titulado “Las Obras de Frank
Lloyd Wright” que había escrito Robert C. Spencer Jr., un joven arquitecto que
compartía alquileres y fatigas con Wright, con Corwin y con los demás.
Spencer hablaba de la destrucción de la caja y su sustitución por un espacio
fluido. Exteriormente, las casas no eran bloques cerrados y compactos, sino que
manifestaban su interior, abriéndose y plegándose a lo que pasaba dentro. Interiormente,
los salones, la biblioteca, la recepción, no estaban cerrados por tabiques; eran espacios
amplios, con ambientes diferentes por entre los que se circulaba sin obstáculos. La
inmensa chimenea central era el hito de la casa; en torno a ella se articulaban los
espacios de una forma muy orgánica y natural, ofreciendo perspectivas inesperadas y
dejando rincones e intersticios muy gratos. Los techos bajos, que casi podían tocarse
con la mano por quien midiera un metro y setenta y tres centímetros como su creador,
122
ya no eran inhóspitos como aquellos de las casas rimbombantes, llenos de molduras y
con lámparas de araña –de éstos ya no colgaban lámparas–, sino que daban la sensación
de cobijo, acogedores planos que se prolongaban más allá de la casa, volando sobre
terrazas ajardinadas, de modo que se salía de la casa al jardín imperceptiblemente.
Además, el artículo de Spencer traía grabados, lo que animó a futuros clientes,
que vieron que, en efecto, las casas de Wright parecían muy agradables y prometían una
vida plácida en su seno.
Para redondear el lanzamiento de Frank Lloyd Wright, el Club Arquitectónico
de Chicago le dedicó en 1902, y ya por tercera vez en esos pocos años, más de la mitad
de su exposición y catálogo anual. Wright era el hombre de moda. Su fama no era aún
amplia, pero crecía entre los círculos más apetecibles: los amantes de la belleza,
degustadores de nuevas tendencias, cultos y exquisitos y, además, ricos. Al estudio
acudían cada vez más clientes, ya entregados de antemano a este arquitecto milagroso,
que les hacía casas cada vez mejores.
Este auge no mejoró en nada la vida de la familia Wright. Frank ganaba cada vez
más dinero, pero también tenía cada vez más gastos “imprescindibles”, entre los que se
incluyeron ahora la contratación de una cocinera y de un mayordomo y hombre para
todo. Vivían en el lujo, pero Catherine seguía con el jardín de infancia para sacar una
calderilla, ridícula si se comparaba con lo que ganaba su marido, pero que al menos
administraba sólo ella y empleaba en pagar facturas. Y las hipotecas seguían sin ser
liquidadas.
Los niños se criaban sanos y felices, atendidos por la encantadora y abnegada
Catherine, pero el padre cada vez tenía menos tiempo para ellos. Ya apenas subía al
cuarto de juegos, se cansaba en seguida y los dejaba a su suerte para abstraerse en su
única pasión. No quería saber nada de problemas escolares, de pequeñas enfermedades,
de sus aspiraciones y temores.
Le pedían proyectos sin parar, y también artículos, conferencias, asistencias a
convenciones y a actos de todo tipo. Frank no se negaba nunca. Sólo era inaccesible
para su familia; para el resto del mundo estaba siempre dispuesto.
Su esposa lo llevaba con resignación. Estaba orgullosa de que las aspiraciones de
su marido cobraran forma tangible. Se intentaba convencer a sí misma diciéndose que
Frank era muy joven todavía y lo natural era que luchara y trabajara tanto para afianzar
su posición. Ella tenía paciencia y sabría esperar a que todo se estabilizara con el tiempo
y volvieran los días felices.
123
Pero no volvían. Frank cada vez estaba más distante y más frío con su familia, y
además, cuando estaba nervioso o agobiado por el trabajo, cometía la bellaquería de
acusar a su mujer de no estar a su altura, de no entenderle ni tener ninguna sensibilidad,
de no saber conversar con él ni tener nunca nada interesante que decir ni ningún punto
de vista sobre nada. Ella, por ejemplo, le contaba que a John se le había caído otro
diente, que los Campbell les habían prestado el rastrillo para el jardín o que Lloyd le
había confesado que le gustaba la hija de los Armstrong.
–¡Está bien; está bien! –decía Frank airado, y ella se callaba y se retiraba
discretamente, viendo que no estaba el horno para bollos. Casi nunca, cada vez menos,
estaba el horno para bollos.
Luego Frank se arrepentía de ser tan duro y tan ingrato, se acordaba de su padre
y corría al encuentro de Catherine, la abrazaba y la levantaba en alto, estaba un rato muy
tierno con ella y se volvía corriendo a dibujar.
Cecil Corwin se fue para emprender su propio camino. Frank no era ya como
antes, y él no estaba a gusto. Se fue sin decir nada, sin llamar la atención, sin discutir, a
hacer sus propias casas, mediocres, sencillas, y a llevar una vida modesta, oscura y
honrada. Se fue por eso y por otras muchas cosas; porque Frank le invitaba a todas
horas a casa; porque si se les hacía tarde trabajando en Oak Park le exigía que se
quedara a dormir con ellos; porque era buen amigo de la familia. Porque los quería
mucho; porque sabía que Catherine sufría. Porque él no soportaba verla triste. Porque
estaba a punto de hacer algo y no quería hacer nada. Porque, aunque su corazón rabiaba,
no se permitiría nunca intentar lo que, por otra parte, naturalmente, ella no aceptaría.
124


3


Wright era ya un artista consagrado. Sus clientes, hombres y mujeres
emprendedores y triunfantes, acostumbrados a hacer siempre su voluntad, en su caso
sólo la ejercían para elegir arquitecto. Una vez tomada esta decisión, abdicaban de su
desenvuelta personalidad y caían fascinados ante su artista. Ponían a su disposición una
desorbitada cantidad de dinero y le daban carta blanca para que les hiciese su casa como
quisiera. él se tomaba un tiempo para conocerlos, y luego visitaba con ellos la parcela,
les hablaba apasionadamente acerca de las posibilidades de la casa que soñaba,
integrada con el paisaje y con su propia vida, como si antes de tenerla no hubieran
podido vivir plenamente, como si la casa no fuera sólo una casa, sino el catalizador de
su felicidad futura, y ellos quedaban entusiasmados, en un éxtasis pletórico que
estallaba cuando veían por fin los dibujos. A partir de ahí, los eufóricos propietarios
sólo tenían dos frases; una dirigida al constructor, ante cualquier problema, queja o
sugerencia: “haga como el señor Wright le diga”, y la otra a su mesías: “señor Wright,
¿qué cantidad pongo en el cheque?”.
La carta blanca que le daban, los elevados presupuestos y su incomparable
talento se conjugaron para producir varias obras maestras. Sus clientes quedaban con él,
más que como amigos, como verdaderos apóstoles de esta religión recién encontrada.
Su fama crecía a la misma velocidad que su insatisfacción. Era un artista de altos
vuelos condenado a vivir en un ambiente suburbial, atado a una esposa y a seis hijos
que, por otra parte, estaban acostumbrados a no exigirle nada y a no imponerle ataduras.
Wright odiaba la ciudad; la gran metrópoli de Chicago había llegado a asquearle con sus
intrigas. El falso mundo de los arquitectos de prestigio, capitaneados por Daniel
Burnham, llenos de envidias y de mezquindades, mirándose el ombligo, era algo que le
sacaba de quicio. Pero odiaba aún más el suburbio en el que vivía, ni campo ni ciudad, y
con los inconvenientes de los dos. Un pequeño universo cerrado, lleno de chismes y de
estupidez, de vecinos pagados de sí mismos, satisfechos de haber alcanzado la meta de
sus vidas, inmóviles. En Oak Park se vivía una vida insulsa, inmersa en las pequeñas
miserias de la vecindad. No; Frank no podía darse por satisfecho; aún no había
125
alcanzado nada. Su ambición no tenía una meta definida, y seguir en Oak Park sería dar
fin a su carrera. Wright no podía vivir más que en el campo, en el desierto, solo ante el
horizonte, solo ante sí, con la Naturaleza como única oponente y cómplice, sin tener que
cruzarse por la acera con la señora Morrison que le paraba para preguntarle qué tal
estaba la pequeña Frances de las paperas. Quería estar solo, pero también quería crear y
que los ecos de su creación ensordecieran al mundo, que todos los artistas del orbe
siguieran embelesados sus hazañas y le solicitaran entrevistas. Invitaría a todo el que
tuviera un espíritu abierto y creador, instituiría una comunidad bajo su mando, una secta
de alcance internacional y cuyo centro de operaciones fuera una granja, un monasterio,
un campamento de hombres nuevos: arquitectos, pintores, escultores, poetas, músicos
trabajando para transformar el mundo, para diseñarlo como nuevos dioses. Había
conocido a un tal Hubbard, un periodista–activista– escritor que tenía una comunidad de
ese estilo, y ésa había sido su inspiración. Pero Hubbard no estaba casado ni tenía hijos.
No tenía que dejar bruscamente su misión para ponerle el termómetro a Frances.
(Wright tampoco lo hacía, pero la sola mención –tímida– de Catherine a las paperas de
Frances le ponía frenético).
“¿Me contradigo? Pues bien, me contradigo. En mí moran multitudes”, había
escrito su admirado Walt Whitman, y ahora él entendía perfectamente ese verso. él era
múltiple e insaciable, pero al revés que el poeta, él no sabía extraer felicidad de ese
desorden. Podría decirse que Frank no sabía lo que quería o que no quería ser feliz; que,
teniéndolo todo, su ambición ilimitada era fruto de una esencial insatisfacción personal.
Se sentía atosigado por su adorable familia, por sus entregados clientes, por sí mismo.
Seguía trabajando frenéticamente, construyendo casas y alguna que otra obra de mayor
envergadura. Ya iba dejando muestras de su arte en más de un estado, y Oak Park se le
quedaba pequeño.
Escribió un famoso artículo en el que resumía su credo. Se tituló “In The Cause
of Architecture” y fue publicado por The Architectural Record, ilustrado con hermosas
fotografías y dibujos. Siguieron más artículos y su fama terminó de extenderse por toda
la nación e incluso cruzó el Atlántico, al otro lado del cual el holandés Hendrik Petrus
Berlage, mientras construía la Bolsa de Amsterdam, cantaba a los cuatro vientos las
excelencias de las oficinas de la Compañía Larkin, en Buffalo, reconociéndose deudor
suyo con hondo regocijo del americano.
De todas partes acudían jóvenes que querían trabajar con él para aprender; a la
mayoría de ellos ni les importaba la retribución; algunos incluso ofrecieron pagarle por
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ese privilegio. Si sus clientes estaban fascinados con él, sus aprendices, que le veían
trabajar a todas horas y eran testigos de los mágicos momentos de la creación, le
veneraban. Contaban, pasmados, que el maestro era capaz de pensar y de diseñar, de
verdad, en el espacio, eso que se dice siempre y que tan pocas veces es cierto, y
constataban con desánimo que aquello no se podía aprender. Wright podía cerrar los
ojos y construir mentalmente una casa, por compleja que fuera, controlando todo su
interior y su exterior, solucionando desde la primera concepción todos los problemas
constructivos y espaciales. Entonces tomaba el lápiz y la dibujaba a la primera, como si
ya la tuviera entera en su cabeza. Todo lo más, hacía rápidas correcciones sobre la
marcha, en el transcurso de su feroz alumbramiento. “Era como si se la sacara de la
manga”, declaraban sus boquiabiertos discípulos. Les hacía unos rápidos croquis para
que los dibujaran en limpio, y se exasperaba al ver que no le entendían. Les regañaba y
les trataba mal, y ellos (y sobre todo ellas) sufrían por no llegarle a la altura de los
zapatos, y le amaban y se sentían muy felices.
Pero él no lo era. Se concentraba en su trabajo y se aburría de no tener igual,
ningún rival con quien competir, ningún seguidor a quien enseñar, sino sólo bobos
detractores que le criticaban sin entender nada y bobos admiradores que le alababan y le
hacían sentirse tan a gusto y tan ensoberbecido pero de repente tan hastiado.
Lo único que le compensaba y que le daba motivos para vivir era que, cada vez
más, podía hacer su arquitectura, aunque fuera secreta, sólo para él, aunque sus rendidos
clientes no se la merecieran. él les hacía casas fabulosas que ellos se limitaban a habitar
sin poder disfrutar del instante de gloria y de soberbio poderío de quien las había
inventado perfectas. Como el Dios de la creación, se gozaba en sus criaturas que, una
vez creadas, vivían por sí mismas ante su satisfecha contemplación. Sólo él las entendía
y las quería, y las había hecho a su imagen y semejanza proyectándose en ellas.
Cuando más hastiado estaba en Oak Park, le llegó un gran encargo, distinto a los
demás, procedente de unos clientes no tan convencidos como los otros. Esto le volvió a
llenar de energía. Harold McCormick le encargó una casa gigantesca y muy compleja
que debía construirse en una finca de ensueño en Lake Forest, que consistía en una
colina de abruptos desniveles que descendían hasta el lago Michigan. La casa debía de
ser “significativa”, entendiendo por esto un palacio más o menos renacentista en la
cumbre de la colina. Así al menos lo había pensado su esposa, una Rockefeller de gran
carácter, muy puesta en la idea de “dignidad” propia de su posición y de sus
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aspiraciones áulicas. Habían oído hablar mucho y muy bien de Frank Lloyd Wright, y
acudían a él para ver qué tipo de palacio se le ocurría. El arquitecto fue con ellos a ver la
finca y se entusiasmó ante las posibilidades que tenía. Utilizó todos los recursos de su
oratoria, les ponderó entusiásticamente las vistas, los amaneceres testigos de su
felicidad conyugal; les describió su dormitorio, sus salones, las terrazas. Les rogó que
no se hiciesen un palacio, un mazacote cúbico ante aquel soberbio paisaje que les
brindaba la naturaleza; les pidió que lo utilizaran, no meramente que se pusieran en él.
Ellos no terminaban de estar convencidos, pero le dijeron que bueno, que les enseñase
algo, a ver qué les parecía.
Y, entre que Wright ya no estaba acostumbrado a los clientes difíciles (porque
ya no acudía nadie a su estudio a no ser que fuera un claro partidario suyo) y que quería
a toda costa ganarse a la familia Rockefeller, se concentró especialmente en este trabajo,
tomándoselo como un desafío personal y apasionándose ante lo que iba concibiendo.
Ese paisaje magnífico no necesitaba una guinda en su cima, sino una sucesión
escalonada de bandejas en desnivel, que se fueran plegando a la ladera de la colina
como si brotaran de ella, aterrazándose bajo suaves tejados muy tendidos y volados,
abiertos, como todo el conjunto, al lago. Dibujó la casa amorosamente, y puso a todos
sus discípulos a plasmar innumerables perspectivas de cada vista atractiva, y todas lo
eran. él las terminaba con su mano prodigiosa, dando vida a aquellos dibujos. Eran tan
explícitos que casi se podía oír en ellos el rumor de las fuentes, oler la brisa saludable,
sentir la frescura de las terrazas ajardinadas, asomarse a ellas desde los salones o desde
las recónditas habitaciones privadas, y descender hasta el lago, tendido a sus pies.
El complejo programa de la casa estaba perfectamente resuelto. Miles de metros
cuadrados de superficie, decenas de salones, de cuartos de servicio, de dormitorios; todo
amorosa y sabiamente dispuesto, trabado en una estructura sutil y firme a la vez. Era la
solución ideal a las demandas de los McCormick y tenía más armonía y riqueza de la
que ellos jamás habrían podido soñar.
La casa no se construyó. Aquel prodigio no les gustó; querían algo más
“clásico”, y buscaron otro arquitecto. Wright se hundió. Aquello no debería de haberle
importado, porque la casa ya estaba ahí, concebida y resuelta, y sus dibujos mostrarían
por siempre su perfección a la humanidad. El dinero que aquel trabajo le habría
reportado tampoco fue el motivo de su depresión. Era que Wright había trabajado como
nunca, dando a aquella casa un carácter casi simbólico o emblemático, y el fracaso del
proyecto fue tomado como un fracaso personal y definitivo.
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Sufrió la humillación de ver cómo en aquel paraje idílico se construía una caja
de zapatos –muy grande, para que cupiera todo el programa– adornada con pilastras de
orden toscano y arcos renacentistas de medio punto, y colocada zafiamente en la cima
de la colina, como un gesto patán de nuevo rico, como un eructo ante el paisaje,
estropeándolo e hiriéndolo.
Wright apareció un día por la obra, escoltado por su séquito de aprendices. Lle-
vaba bajo el brazo, enrollados, los dibujos de su proyecto frustrado. Se dirigió al arqui-
tecto del palacio florentino, un tal Charles August Platt, y, sin mediar saludo, le espetó:
–Tome estos dibujos. Entérese de lo que es proyectar un edificio.
–Pero; oiga –consiguió balbucear el sorprendido Platt–. ¿Quién se ha creído
usted que es?
–¿Yo? Un arquitecto; no un mamarracho como usted. ¡Yo con usted no tengo ni
para empezar!
–¡Está loco! –dijo Platt, aterrorizado por la numerosa corte que le miraba con
hostilidad, y pensando en pedir ayuda a los obreros que trabajaban a pocos metros.
–Yo no. Los locos son esos McCormick, que no se merecen mi casa y que han
preferido hacerse construir esta indecencia por un incapaz como usted. ¡Y déme mis
planos! ¡Es usted indigno de ellos! ¡Y además no aprendería nada! ¡No se han hecho las
margaritas para los cerdos!
Tomó los planos y se fue, furioso. Sus discípulos, que no habían abierto la boca
en todo el tiempo, le siguieron dócilmente. Y Platt se quedó perplejo, y no se repuso en
un buen rato.
Wright se aburría cuando los clientes le admiraban, y se enfurecía cuando no lo
hacían. No sabía lo que quería. Estaba en una desazón irresoluble. éste no era su primer
fracaso, ni iba a ser el último, pero ninguno le pilló en un momento tan delicado y tan
difícil, en el que seguía preguntándose morbosamente qué hacía allí, en Oak Park, y qué
objeto tenía su vida, sin aclararse sobre qué futuro quería conquistar.
¿Quién le entendía? ¿A quién podía confiar su desesperanza? ¿Su madre? “No te
preocupes, hijo mío. Eres el mejor arquitecto del mundo. Yo lo he sabido siempre,
desde antes de que nacieras”. ¡Qué rigor; qué sentido crítico! ¿Catherine? “¡Oh, Frank;
amor mío. No te atormentes. Ya verás cómo pronto se soluciona todo. ¡Yo confío tanto
en ti!”. Pero eso le ponía peor todavía.
¿Es que no iba a poder escapar de aquello? ¿Es que no había nadie en el mundo?
–¡Me voy a Alemania, así se hunda el mundo! –exclamó con convicción.
129


4


Mamah Borthwick era una pequeña y tranquila muchacha de la pequeña y
tranquila ciudad de Lansing, capital del Estado de Michigan.
Sus padres no eran ricos; su pequeño comercio les permitía vivir sin apuros pero
sin lujos. Tampoco eran muy cultos; es decir, lo normal. No pertenecían, por tanto, a esa
clase de personas que mandaban a sus hijos (y menos aún a sus hijas) a la universidad.
Pero por el profundo amor que sentían por la pequeña Mamah accedieron a complacer
sus vehementes deseos de estudiar.
Era muy guapa, y entraba ya en la edad en que las señoritas encontraban un
novio formal y trabajador –como había hecho su hermana mayor– para casarse con él y
tener muchos hijos. ésta era la aspiración de los Borthwick, que deseaban ser abuelos y
eran felices contemplando a sus hijas, tan buenas, tan hermosas.
Pero a Mamah no le gustaban las diversiones normales para su edad: los bailes,
los paseos, las salidas en grupo al campo. Prefería estar en casa, con sus libros. Ni tenía
novio ni parecía que lo fuera a tener nunca. No salía con chicos ni traía a casa a chicas
divertidas, sino a muchachas como ella, modosas y aplicadas, que estudiaban con ella y
leían a los clásicos y a los poetas románticos, y que sentían más simpatía por los
personajes de la literatura que por los hombres de carne y hueso. Sus padres le repetían:
“De tanto leer se te va a estropear la vista. Necesitas aire puro y sol, y salir a nadar y a
pasear, y divertirte, que eres joven y tienes que estar siempre alegre”. “Yo estoy alegre”,
les decía ella, y era cierto.
Se licenció en la universidad y obtuvo un empleo de bibliotecaria en su ciudad, y
se encerró en su Biblioteca Municipal a coger polvo como sus libros. No iba mucha
gente, pero ella era feliz allí, sola. Cuando acudía algún lector y le pedía información o
consejo, ella le atendía solícita, y sus indicaciones eran siempre acertadas y útiles.
Una mañana apareció un forastero algo mayor que ella. Entró despistado, sin
saber muy bien dónde se había metido, mirando para los anaqueles y las bóvedas, y
cuando vio a la joven y guapísima bibliotecaria se enamoró de ella. Su timidez le
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paralizó, pero se obligó a hacer un esfuerzo ímprobo y a hablar con ella sin ninguna
esperanza.
Se llamaba Edwin H. Cheney y era fabricante de material eléctrico. Su negocio,
poco romántico, contrastaba con su carácter soñador, y su habilidad y desparpajo
profesionales se venían abajo a la hora de relacionarse con mujeres, a quienes tenía
idealizadas y de quienes se consideraba tan sólo un indigno admirador. Pero la atracción
repentina e irrefrenable que sintió por aquella señorita que le sonreía con amabilidad en
la Biblioteca Municipal de Lansing le dio ánimos para dirigirse a ella como un
náufrago.
–Buenos días.
–Buenos días. ¿En qué puedo atenderle?
–Me llamo Edwin Cheney. Soy de Oak Park, Illinois. He venido a Lansing...
–¿todo esto qué le importará a ella?, se dijo. No te aturulles. Dile que te ha traído el
destino. Dile que llevas toda tu vida buscándola y que al final la has hallado– ... He
venido a Lansing por negocios; tengo una cita para comer, pero he llegado demasiado
pronto. Fabrico material eléctrico, ¿sabe?; relés, contactores, interruptores, dínamos...
La estoy aburriendo. Perdóneme.
–¡Oh, no! Dígame –a Mammah le interesaba esa historia anodina. Le gustaban
las historias de la gente más que la gente misma. Las veía como una novela. ¿Cómo
sería la vida de un pequeño industrial de Oak Park? Le hacía gracia que ese señor
confiara en ella y le contara su vida así, sin más ni más.
–Pues he quedado a comer para tratar de vender mis productos a unos clientes,
bueno, posibles clientes, de Lansing. Pero faltaban unas horas para la cita y me he
dedicado a pasear por la ciudad... Una ciudad muy bonita, por cierto... Y me he
encontrado aquí, ya ve. Y he pensado que podía esperar leyendo algo. No sé. ¿Puede
usted aconsejarme algún libro que se pueda leer en un par de horas?
Mamah sonrió. Era la primera vez que le pedían un libro cronometrado.
–Vamos a ver... Déjeme pensar... ¿Le gusta Poe?
–¿Edgar Allan Poe? No sé. He oído hablar de él, pero nunca he leído nada suyo.
Tengo entendido que es bastante... ¿tétrico?
–¡Oh, no! Bueno; quizá un poco –y se rió, y su risa era encantadora, y Cheney
decidió leer todo el Poe que hiciera falta–. Tenemos un ejemplar de sus Narraciones
Extraordinarias, y son breves. Puede usted leer varias en estas dos horas.
–Muy bien. Perfecto.
131
Mamah fue por el libro y se lo dio, y sus dedos se rozaron. Edwin eligió una
mesa que estuviera ante ella, de modo que con sólo alzar los ojos del libro pudiera ver a
su amada bibliotecaria, y no leyó más que un par de páginas en aquellas dos horas,
releyendo y releyendo párrafos a los que no prestaba atención, sin entender nada,
mirándola secretamente todo el tiempo mientras ella leía absorta. Las dos o tres veces
que Mamah levantó la vista le sorprendió, y mientras ella le sonreía abstraída él bajaba
otra vez la cara, rápidamente, cogido en falta y ligeramente enrojecido, y se le fue el
santo al cielo con aquel excitante hurto de miradas, y casi llegó tarde a su cita de
negocios.
–Muchas gracias por el libro. Es muy interesante. ¡Tengo que irme!
–Adiós. Vuelva usted cuando quiera.
–Lo haré. Se lo aseguro.
Y volvió, claro. En Oak Park no hacía más que pensar en ella, y en que tenía que
volver a verla. La venta de sus productos en Lansing iba cuajando por fin, y él lo
celebró no tanto por el negocio como por la excusa para ir allí a menudo y volver a ver a
su bibliotecaria.
–Buenos días.
–¡Usted por aquí de nuevo!
–Sí. El mes pasado me prestó un libro de Poe y no pude terminarlo. Quisiera que
me lo volviera a dejar.
–¿Y ha venido desde tan lejos para eso? –dijo Mamah con una sonrisa que a
Edwin le dio alas–. Le advierto que puede encontrarlo en cualquier sitio.
–No –sonrió también–. No he venido sólo por el libro –¡Dile que has venido por
ella! ¡Vamos; atrévete!–. Es que mis negocios en Lansing van bien.
–Material eléctrico, ¿no era eso?
–Sí. ¡Se acuerda usted!
–¿Ha vuelto a llegar antes de tiempo?
–Sí... ¿Eh? No. Es que... –¡Vamos, vamos!–. He venido a propósito.
–¿Por el libro?
–Por usted –¡Al fin lo dije!
–¿Cómo por mí?
–Perdóneme. No quisiera que creyera... El otro día me impresionó usted mucho.
Es la criatura más adorable que he visto en mi vida. ¡No, no! Escuche. No pretendo
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nada. Sólo quisiera hablar con usted, conocerla. Charlar. ¿Me permitiría que la invitara
a comer?
–¡Por favor, caballero! No tengo por costumbre alternar con los lectores de la
biblioteca.
–¡Claro, claro! ¡Ya me imagino! Pero es que tengo tantos deseos de hablar con
usted, de pasear con usted...
–Puede hablar conmigo aquí –a Mamah le caía simpático el forastero, pero no la
atraía y, por supuesto, no estaba dispuesta a dejarse cortejar por él.
Charlaron durante muchas horas. Hablaron y hablaron sobre sus vidas y sus
ambiciones. Cheney le contó lo bien que iba su negocio, con la interesada intención de
mostrarle su solvencia y darle garantías de formalidad y solidez. Mamah le habló de sus
libros y de sus sueños, y de lo recluida que se sentía en Lansing. Entonces Cheney le
ofreció Chicago, con su excitante vida social y cultural, a la que él, por supuesto, era
completamente ajeno. Los conciertos del Auditorium, las exposiciones de arte, los libros
que allí se editaban... Oak Park era un suburbio muy agradable al lado de Chicago; la
vida allí era muy tranquila, pero cuando uno se cansaba de ella, se ponía en Chicago en
media hora. Edwin Cheney le ofreció paz, dinero y un corazón amante, y Mamah le dio
un “no” casi ensoñador y nostálgico.
Edwin volvió a Oak Park sin desanimarse, con la sensación de que se había
abierto una puerta a su esperanza. Ya había roto el hielo; por fin se había decidido a
abordar a Mamah, y sentía que ya nada le podía frenar. Volvió a ir muy frecuentemente
a Lansing, casi nunca por negocios. Volvió a pedirle muchas veces a su amada
bibliotecaria que se casara con él, y volvió siempre a ser rechazado.
Pero no era el tipo de pesado inaguantable. Mamah le apreciaba porque era tan
bueno y tan atento con ella. Aparecía con sus flores o con sus bombones fuera de lugar,
y le abría su corazón y se le ofrecía desvalido. Mamah nunca pensó en casarse con él,
pero sin darse cuenta le fue abriendo sus puertas y alimentando su amor. Ya accedía a
pasear con él por Lansing, a enseñarle su ciudad, y él recorría las alamedas abrigando
esperanzas contra todo pronóstico.
Acabó por conocer a los Borthwick. Al fin y al cabo, era un buen amigo de
Mamah y no tenía nada de extraño que ésta le invitara a su casa de vez en cuando a
merendar o a pasar un rato. Edwin fue tajante. Desde el primer momento les reveló a los
Borthwick, sin pudor ni disimulo, cuáles eran sus intenciones, cuán grande su amor. Les
dijo que era un hombre decente y bueno, les dio cuentas de sus negocios y reconoció
133
que, tal vez, podía decirse que “era rico”, aunque no estaba muy seguro de cuál era la
frontera a partir de la cual se podía aplicar ese adjetivo.
También les confesó que Mamah no le quería, al menos de ese modo, y que sólo
le consideraba un buen amigo; pero él era paciente y no quería forzar las cosas.
Esperaría a que su amor fuera tan elocuente que se le contagiara.
Los padres de Mamah no sabían qué decir, ni a qué venía tal despliegue de
oratoria para concluir en que su hija no quería a ese hombre. Pero a Mamah le parecía
algo novelesca y excitante la actitud de su amador, y lo seguía tolerando a su lado,
sintiendo cada vez más tierna simpatía por él.
Tras muchos viajes a Lansing, cosechando calabazas una y otra vez, Edwin
Cheney consiguió, al fin, que su amada le diera el ansiado “sí”.
Se casaron y se fueron a vivir a Oak Park, a la precaria casa de soltero de Edwin,
pero éste se impuso inmediatamente la obligación de construir una bonita morada digna
de su esposa y apta para los hijos que tuvieran.
Mamah oyó hablar, cómo no, del famoso arquitecto del lugar, y se interesó
mucho por su obra y por sus conferencias. La sensación que le produjo, no sólo por sus
casas, sino por su personalidad, no dio cabida a ninguna duda. Le dijo a su marido que,
ya que tenían la suerte de vivir al lado del gran Frank Lloyd Wright, ella deseaba que
fuera él quien les hiciera su casa. Edwin Cheney accedió de mil amores. El espectáculo
de su esposa contenta e ilusionada era lo más hermoso del mundo.
Wright les hizo una buena casa, de una sola planta y no muy grande, pero muy
agradable, y en ella los Cheney vivieron felices. En seguida tuvieron una niña, y a los
dos años un niño. Con esto se colmaban las aspiraciones de Edwin, que se consideraba
el más afortunado de los hombres.
Mamah había quedado muy interesada por Wright, que una vez conocido en
persona resultaba ser un hombre fascinante, mucho más atractivo e interesante de lo que
se podía imaginar, aun después de haber leído tantos comentarios elogiosos. Wright no
era sólo un gran arquitecto, sino un héroe romántico, iluminado por su propio ideal y
por su incesante lucha para materializarlo. La experiencia que tuvo Mamah Borthwick
Cheney durante el proceso de creación de su casa fue la más intensa que había sentido
hasta entonces. El señor Wright se había paseado con ellos por la parcela; les había
hecho muchas preguntas cuyas respuestas comprometían su intimidad y casi su pudor.
Le descubrieron –y en cierto modo se descubrieron a sí mismos– sus ideas y sus deseos,
sus preferencias, sus costumbres, sus manías, sus actitudes. Después se había sentado
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con ellos a trazar unos esbozos mientras les preguntaba y les explicaba; y Mamah veía
cómo su casa se estaba materializando sobre el papel, y que los trazos respondían a sus
sugerencias e indicaciones, pero al mismo tiempo le ofrecían algo que ella no esperaba.
Iban tomando forma bajo el pulso seguro del arquitecto. Visto de otro modo, había algo
vagamente obsceno en aquello, como si Wright los disecara y dispusiera su forma de
vivir de ahora en adelante, ya que configuraba cada rincón, cada espacio, cada mueble
como si ya previese sus futuros momentos de intimidad; como si conociese de antemano
todos sus secretos.
Era algo indescriptible, que la sumía en el vértigo y la excitaba. Casi le daba
vergüenza confesarle a Wright sus pequeños caprichos y sus hábitos para que él los
acomodara en su diseño, para que hiciese la casa más idónea, pero también para que la
conociese más allá de lo decente.
Cuando la casa estuvo construida, los Cheney se dispusieron a habitarla con
alegría. Vivían muy a gusto. Edwin salía temprano a trabajar, y Mamah se quedaba sola
en casa –después vinieron los niños–, recorriéndola, aprendiéndosela, descubriendo
nuevos detalles cada día, y enamorándose cada vez más de quien había sabido concebir
ese milagro.
En el permanente enfrentamiento entre arrebolados seguidores y furibundos
oponentes de Wright, Mamah militó apasionadamente entre los primeros, sintiéndose
privilegiada por poseer una de aquellas casas. Como los demás clientes, Mamah
alimentó la relación con su arquitecto aun después de haber terminado la obra; le
visitaba a menudo, casi siempre con su marido, pero algunas veces sola. Al principio
Wright no le hizo más caso que a los demás, pero su constancia y su entusiasmo le
granjeó poco a poco un trato preferente que terminó en íntima amistad. Mamah era tan
culta como bonita, y encantadoramente tierna y comprensiva, y Frank fue sensible a sus
encantos y le confió sus inquietudes, sus decepciones y sus insatisfacciones a ella antes
que a su propia esposa. La sentía a su lado, apoyándole siempre, y comprendiéndole.
Vinieron buenos y malos tiempos, y Mamah siempre estaba allí para
compartirlos. Hizo el Templo Unitario de Oak Park, que le valió reconocimiento
internacional; después, la gran residencia de Avery Coonley, y, por fin, la casa de
Frederick Carleton Robie, su obra maestra hasta el momento, y una de las viviendas
más hermosas y poderosas que se han hecho jamás, y que ya en su momento fue
aplaudida por todo el mundo.
135
Pero, aun así, el frenesí del trabajo puso a prueba la resistencia física y psíquica
de Wright. No descansaba nunca; estaba agotado, y además se deprimía sin motivo,
sintiéndose enclaustrado sin poder disfrutar del aplauso de la humanidad porque
quedaba recluido en un agujero desde el que no podía hacer nada, quedándose al
margen de todo lo que se estaba cociendo en el planeta.
Cuando al fin se echaba un rato en la cama, no podía dormir; se revolvía
inquieto. Discutía por todo; se sentía abotargado y la solicitud de Catherine le irritaba.
Para colmo, los acreedores le perseguían. Cuando llamaban a casa, Catherine,
aterrorizada, decía que no sabía nada y que su marido estaría en el estudio; y cuando
iban al estudio preguntando por él los discípulos le escondían. Los bancos amenazaban
con ejecutar las hipotecas y quedarse con todo.
¿Por qué me habré tenido que comprar un automóvil?, se decía a veces,
arrepentido de su última adquisición, pero volvía a las andadas y no había dinero en el
mundo para que Wright pagara todos sus caprichos y tapara todos sus agujeros. Al fin y
al cabo un arquitecto necesita un automóvil para visitar a sus clientes y asistir a las
obras, y no podía ser un automóvil cualquiera; tenía una posición que mantener.
Catherine le exigía, entre lágrimas, un poco de cordura. Nadie le entendía,
excepto Mamah Cheney, que siempre estaba a su lado y de su parte. Wright mandó al
cuerno el decoro y las apariencias. Paseaba ostentosamente con ella por Oak Park ante
sus escandalizados vecinos. Salían los dos en el Stoddard–Dayton rojo, descapotable,
con asientos de cuero blanco, y la gente se asomaba a las ventanas y se santiguaba con
horror. Edwin Cheney no sabía si ponerse bruto o seguir tolerando la pasión
(“platónica”) de su esposa por Wright. Las pocas veces que, desesperado, le pedía
cuentas, ella se indignaba por su torpe actitud ante lo que sólo era una amistad
intelectual y casta. Edwin nunca se había sentido en una posición muy segura ante su
esposa, siempre acomplejado por el modo como la cortejó, sin haber sabido nunca
encender su pasión y sin estar seguro de qué tipo de amor sentía ella por él. Prefirió
esperar con paciencia y no dar pábulo a las sospechas ni a las habladurías.
Catherine, por el contrario, se había hartado de esperar. Se cansó de aguantar
tanta humillación y perdió la paciencia. Discutían cada vez más, y ella le echaba en cara
constantemente su “pasión por la señora Cheney”. Esto les sacaba de sus casillas a
ambos.
Entonces le llegaron el encargo de la casa McCormick y una invitación de los
europeos.
136
El doctor Kuno Francke era profesor de Historia de la Cultura Alemana en
Harvard. Alemán de nacimiento y americano de reciente nacionalidad, mantenía
contactos permanentes con su país natal, donde sus corresponsales y doctos colegas
esperaban siempre anhelantes sus noticias del Nuevo Mundo y, a su vez, le informaban
sobre las de Europa. Francke era un admirador de la obra de Frank Lloyd Wright, a
quien aún no conocía en persona. Tanto les contó a los europeos y tantos recortes de
revistas, libros y fotografías les mandó que aquéllos se sintieron muy interesados. En el
viejo mundo, la cultura y el arte se debatían en un momento de indecisión y
desorientación. Las formas históricas, que para muchos americanos –los capitaneados
por Daniel Burnham– eran la panacea que había de redimirles de su ignorancia y de su
falta de pasado, para los europeos más avanzados eran una rémora que les impedía
respirar aire fresco. Por eso los alemanes se sintieron deseosos de conocer a Wright, en
cuya mano estaba el giro moderno y poderoso que ansiaban. Comisionaron a Francke
para que le visitara y le ofreciera una estancia en Alemania, donde querían rendirle
honores académicos y donde el editor berlinés Erns Wasmuth quería publicar una lujosa
monografía sobre su obra. Había que preparar dibujos y supervisar la edición. Los
honorarios serían considerables y, sobre todo, se le brindaba la llave que abriría la
puerta de Europa. En el campo del arte, sería el primer americano que iría a Europa para
enseñar y no para aprender. Wright liberaría así a sus compatriotas de su complejo de
inferioridad.
Pero no podía irse a Alemania; tenía demasiado trabajo aquí. Podía supervisar la
edición por correo. O tal vez no. Le vendría muy bien irse unos meses a Europa, con
Catherine. Sí; aún podía salvar su matrimonio.
No. El fracaso del proyecto McCormick le acabó de destrozar. Volvió abatido de
ver el bodrio florentino que les estaba haciendo ese Platt. Volvió a verse recluido en su
inmundo agujero mientras toda Europa le reclamaba. Vio su futuro hundido y negro.
Derrumbado por el agotamiento, por el esfuerzo malgastado, por las deudas, por
la falta de entendimiento con su mujer, se quedó por primera vez en su vida absorto,
perdido, sin saber qué hacer. Catherine estaba ya muy dolida y muy harta, pero
Mamah...
–¡Me voy a Alemania, así se hunda el mundo! ¡Me voy con Mamah!
Le pidió el divorcio a Catherine, y ella le miró a los ojos, por primera vez con
rabia, casi con desprecio, y apretando los dientes le dijo:
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–Te parí seis hijos en seis años. Te he dado mi juventud y mi vida. Soy tuya, ¿lo
oyes? Y tú eres mío. Sé que lo que sientes por la señora Cheney es una pasión de
adolescente, y sólo se debe al mal momento que estás pasando.
–No, Catherine. Es auténtico.
–¿Auténtico? ¡Qué sabrás tú lo que es amor auténtico! ¡Qué sabrás tú!
Escúchame: Te daré un año más de mi paciencia; un año más de humillación, por los
chicos y por ti mismo. Sí, por ti mismo, aunque no lo entiendas. Esa tonta chiquillada se
te pasará y yo seguiré a tu lado. Te perdonaré. Pero si dentro de un año aún te dura, te
concederé el divorcio. Ya no me importará lo que os suceda a ti ni a mis hijos. Ya no
me importará nada en el mundo.
–¡Tú quieres que me sienta culpable! ¡Pues no! ¡No tienes ningún derecho a
atarme! ¡Tengo algo aquí; un ideal; una misión que cumplir! !Todo hombre...!
–¡Basta ya, Frank! ¡A mí con esas!
138
Cuarta Parte

La gloria y la tragedia

1

El domingo siete de noviembre del año mil novecientos nueve no fue como los
demás en Oak Park, con los matrimonios paseando del brazo camino del Templo
Unitario, tras los niños juguetones, cruzándose con los vecinos y saludándose
obsequiosos. No. Aquel domingo fue como si hubiera amanecido antes de amanecer,
como si un rumor sordo se hubiera adelantado a las primeras señales de vida, a las
cafeteras humeantes y a las rebanadas de pan en el horno; como si antes de salir el
primer feligrés camino de la iglesia ya hubiera habido un ejército preparando el
ambiente de conmoción.
Aquel domingo, al amanecer, la camioneta del Chicago Tribune llegó a Oak
Park con sus periódicos, como siempre, y allí estaban los repartidores para tomar su
carga y distribuirla, como siempre. Pero ese día era distinto. Ese día, siete de noviembre
de mil novecientos nueve, ante el umbral de piedra de cada puerta, sobre el camino de
losas o el tapiz de césped, según la puntería del repartidor, el periódico, ceñido en su
faja de papel, esperaba la explosión exhibiendo en su portada un gran titular:

FRANK LLOYD WRIGHT Y MRS. CHENEY SE HAN FUGADO
El famoso arquitecto escapa de casa con la esposa de un cliente

Catherine y Edwin lo sabían desde hacía veinte días, al siguiente de la fuga, pero
no se lo habían dicho a nadie. Frank y Mamah habían planeado cuidadosamente la
huida. Ella se había ido con los niños a Colorado, a descansar una temporada con su
hermana, y él pasó un día ajetreado en Chicago, vendiendo parte de su colección de
grabados japoneses para pagarse el viaje y corriendo al estudio de Hermann von Holst,
un arquitecto amigo suyo de los primeros tiempos del Schiller, a pedirle que acudiera a
Oak Park para encargarse de su trabajo por una temporada. Con von Holst no tenía tanta
confianza como con Cecil Corwin, pero hubiera sido un disparate acudir a él.
139
Von Holst no estaba tan familiarizado con la obra de Wright como para terminar
sus proyectos empezados y hacerse cargo de la dirección de las obras, pero éste le
remitió a sus jefes de estudio: Marion Mahoney, la primera arquitecta de Illinois, y
Walter Burley Griffin, su marido, que habían empezado como aprendices de Wright en
los primeros tiempos de Oak Park. A ellos Wright no les había dicho nada por si se les
escapaba algo ante Catherine y, sobre todo, porque sabía que no iban a aprobar su fuga.
Así que von Holst aparecería en el estudio por sorpresa y les pondría al corriente. En
fin; ya se arreglarían.
Aquel día Frank no volvió a casa. Desde Chicago viajó a Nueva York, donde se
reuniría con Mamah, que habría dejado a sus hijos en Colorado mintiéndole a su
hermana. En Nueva York iban a tomar el barco para Europa.
Catherine echó de menos a Frank por la noche, pero pensó que se habría
quedado en la oficina de Chicago a terminar algo. No podía sospechar que hubiera
hablado tan en serio. No era raro que se quedara a trabajar de noche y se le olvidara
avisar.
Por la mañana, Catherine bajó al estudio por si Marion y Walt sabían algo. Allí
estaban, desorientados, hablando con un visitante cuya cara le sonaba, y a quien con
esfuerzo consiguió recordar como El Alemán de hacía tanto tiempo. Hermann la saludó
cordialmente, y le dijo con naturalidad que Frank le había pedido que se encargara de
todo hasta que él volviera de Berlín.
A Catherine le subió la sangre a la cara de pura indignación, de desamparo, de
incredulidad, pero no dejó traslucir nada. Sólo dijo: “Muy bien. Seguid trabajando”. Dio
media vuelta y subió a casa. Arriba, en su cuarto, sola al fin, rompió a llorar.
Se aferró a una última, improbable, esperanza. Sí; Frank se había ido, pero no
con esa mujer. Se había alejado una temporada para descansar, para organizarse. Claro
que sí; eso tenía que ser. Pero no con esa; pero no con esa; pero no con esa. Corrió a
casa de Edwin Cheney. “No; no está. Ya ha salido a trabajar”, le dijeron. “¿Y su
esposa?”, preguntó con temor. “Está fuera. Pero el señor está hoy aquí, en Oak Park”.
Fue a su oficina, y preguntó por él.
–Buenos días, señora Wright. ¿A qué debo el placer?
–Edwin; tengo que hablar con usted. A solas.
–Señorita Fisher, por favor... Bien; usted dirá.
–Necesito saber dónde está su esposa.
140
–¿Eh? ¿Para qué...? Está en Colorado, pasando unos días con su hermana. Se ha
ido allí con los niños –añadió, para alejar él también la sospecha.
–¡Dios!
–¿Qué pasa?
–Mi marido se ha ido.
–¿Insinúa usted...?
–Sí.
La señorita Fisher llamó a la puerta.
–Ahora no, por favor. Estoy ocupado.
–Perdone, señor Cheney. Han traído un telegrama para usted. De Colorado. Lo
remite su esposa.
–¡Traiga!
Edwin abrió el telegrama ahí mismo, delante de Catherine, y lo leyó en voz alta:

MARCHO NUEVA YORK REUNIRME WRIGHT. VAMOS BERLÍN.
HOTEL ADLON. NIÑOS QUEDAN CON MI HERMANA. NO ME
SIGAS. NO INTENTES
QUE VUELVA. PERDÓNAME.
MAMAH.

–¡Se han fugado! –exclamó Cheney, sin poder dar crédito a lo que acababa de
leer.
–¡Dios mío!
–Váyase, Catherine. Por favor. Déjeme solo.
Catherine salió a la calle. Caminó sonámbula hacia su casa. Pensaba que al
menos Mamah le había tendido un puente a su marido, dándole sus señas, con lo que
casi le sugería que le escribiera e incluso, contradiciéndose, que la buscase (¿que la
rescatase tal vez?). Frank no lo había hecho. Frank no le había dejado ni una triste nota.
El muy canalla había dispuesto que se enterara indirectamente por El Alemán, con su
estúpida sonrisa cordial. “Vengo a hacerme cargo de todo”. Vengoahacermecargodeto-
do; vengoahacermecargodetodo; vengoahacermecargodetodo. ¿Es que no lo sabías?
¿No te ha dicho tu marido? Vengoahacermecargodetodo. ¿Te pasa algo, estúpida? ¿Qué
querías? ¿Qué te habías figurado? Vengoahacermecargodetodo. ¿Y tu maridito? ¿No
supiste sujetarle? Vengoahacermecargodetodo.
141
Durante esos veinte días no se enteró nadie. Se suponía que Mamah estaba de
vacaciones en Colorado, y que Frank estaba fuera, como tantas veces, por motivos de
trabajo.
El corresponsal del Chicago Tribune en Berlín, recibió una nota informativa del
editor Wasmuth, ansioso de publicidad, sobre la llegada de su ilustre compatriota. Ni le
conocía ni había oído nunca hablar de él. Pidió instrucciones a su periódico y le
respondieron con un cablegrama dándole una breve reseña del personaje y ordenándole
que le hiciera una entrevista. Sin más datos, acudió al hotel Adlon. Como todo reportero
que se preciase, mantenía trato con el personal de todos los hoteles de categoría. Fue a
saludar a un amigo botones para que le echara una mano. Le dio una propina, como
siempre, y le preguntó sobre el insigne arquitecto; nada, algún rasgo personal, algún
detalle; qué comía, qué tal era, de qué se podía hablar con él. El botones le contó con no
poco misterio lo que se rumoreaba en el hotel: que Wright estaba allí con una mujer a
quien hacía pasar por su esposa, pero que no lo era porque había recibido alguna carta y
algún telegrama a otro nombre, Chaney, Cheny, algo así, remitidas por el señor Cheny,
evidentemente su verdadero marido.
El periodista cambió sobre la marcha el objetivo que le había llevado allí. Metió
más marcos en el bolsillo del botones y éste accedió a dejarle mirar en el casillero de
Wright. Había una carta remitida por E. H. Cheney a “Mrs. Mamah Cheney”. El sobre
estaba cerrado, naturalmente.
–¿Quién recibe el correo y lo distribuye en los casilleros?
–El jefe de conserjes del primer turno.
El periodista anotó: “Conserje compinchado”.
También había en la celdilla una tarjeta postal, en cuyo anverso figuraba la
fotografía de un extraño edificio que parecía una biblioteca o algo así. El periodista
copió el texto en su libreta:

Oak Park, 30 de Octubre.
Mi querido esposo:
Nos acordamos mucho de ti y esperamos que te encuentres bien y gozando de la
vida, como tanto lo has anhelado.
Tus hijos y tu esposa,
Catherine L. Wright

142
Luego tomó nota del pie impreso en la tarjeta: “Templo Unitario, Oak Park, Ill.
Frank Lloyd Wright, arquitecto”. La postal no tenía desperdicio. Primero, su esposa
había elegido una que mostrase un edificio de su marido. Segundo, ese edificio era una
iglesia –¡quién lo diría!–. Tercero, ella bendecía la fuga y deseaba que Wright lo
estuviera pasando bien, pero, cuarto, le recordaba por dos veces que ella era su esposa.
Quinto, apelaba a sus hijos para que se le cayera la cara de vergüenza.
–¿Puedo ver el libro de registro?
Estaban registrados, efectivamente, como Frank Lloyd Wright y señora.
Ahí había una noticia, y no en la pretendida entrevista que ya no tuvo lugar. El
corresponsal cablegrafió su artículo a Chicago.
El sábado seis de noviembre, el director del Chicago Tribune ordenó que se
averiguara inmediatamente quién era esa señora Cheney. Cuando lo supo se relamió de
gusto y decidió dar la noticia en la primera plana.
Que el director de uno de los periódicos más prestigiosos de la gran metrópoli
diera tal relevancia a esa noticia doméstica da muestras de la cortedad puritana
imperante, y también de la gran fama que tenía por entonces Wright, para muchos como
el genial arquitecto que era, pero para los más como un ser revolucionario e indecente,
estrafalario y presuntuoso como un globo lleno de aire.
El domingo se agotaron todos los ejemplares, y hubo de hacerse una edición
extra, que se volvió a agotar. No se hablaba de otra cosa, y la casa de Wright amaneció
tomada por un ejército de reporteros. Cuando Catherine asomó por la puerta con sus
hijos, dispuesta para ir a la iglesia, se encontró el jardín delantero lleno de hombres
vociferantes que le exhibían la portada del Chicago Tribune y le hacían preguntas.
Lloyd se echó hacia delante, con los dientes apretados, dispuesto a pegarse con quien
hiciera falta, pero su madre le retuvo. Con serenidad y entereza, les dijo a sus hijos que
pasaran a recoger a la abuela Anna y fueran a la iglesia con ella, y cuando se quedó sola
con los periodistas pidió un ejemplar del Tribune, lo examinó rápidamente y cometió
una imprudencia.
–Señores –dijo–; deseo hacer una declaración –todos se dispusieron a tomar
notas–. Mi esposo se encuentra en Berlín preparando un importante trabajo del que
supongo que tienen noticia, y cuya importancia trascendental creo que sabrán valorar
como se merece. La arquitectura de Frank Lloyd Wright...
–¡Al grano; al grano! –dijo uno.
143
–¡Caballero! Le recuerdo que está usted en mi casa. No me obligue a echarle.
Como decía, mi marido está trabajando en Berlín. Tengo una fe ciega en él, y sé que
regresará a casa cuando termine su trabajo. Le conozco como nadie puede conocerle, y
sé que es inocente. Lo sé más allá de cualquier comprensión racional. Respecto a su
estado emotivo, ha atravesado una fuerte depresión y ha estado sometido a un trabajo
agotador. Su estancia en Berlín le reestablecerá –risas–. Las comprobaciones parciales
que ha hecho el corresponsal de este periódico, sin entender el fondo de la cuestión ni
comprender al señor Wright ni su situación emocional, son sólo eso: parciales. Es la
verdad a medias y desvirtuada. En cuanto a mí, que conozco a mi marido y me esfuerzo
por comprenderle, todo esto no merma ni un ápice mi amor por él. Lo que ustedes han
sabido es sólo la parte externa y más visible de la tremenda lucha en la que se ha estado
debatiendo desde hace tiempo, y que aún sigue librando consigo mismo. Yo sé que
vencerá.
–Señora Wright, ¿qué opina del modo como se inscribieron su marido y la
señora Cheney en el hotel, como “Frank Lloyd Wright y señora”?
–¿Cree –contestó Catherine sin lógica– que si él fuera un libertino hubiera hecho
eso? Yo digo que no. Está desorientado; incluso se avergüenza de lo que está haciendo.
Sé que su momentánea insinceridad le tortura, pues es el hombre más íntegro que he
conocido. Nunca me ha defraudado. Su vida ha sido una incesante lucha. Cuando nos
casamos y nos vinimos a vivir aquí, él empezaba a trabajar, siempre luchando contra la
incomprensión, abriendo paso a ideas nuevas sin encontrar nada más que trabas, incluso
burlas. Pero no se desanimó jamás. Ha librado batallas que habrían aniquilado a
cualquiera, y siempre ha salido victorioso. Ahora, como he dicho, está luchando en la
más dura de todas.
–Señora Wright: En la difícil situación en la que queda ahora su esposo, ¿habrá
que añadir a sus preocupaciones alguna demanda que usted le interponga?
–No. Todo lo que soy como mujer se lo debo a Frank Lloyd Wright, a su
ejemplo y a su amor constante. ¿Por qué le habría de demandar? No tengo ningún
motivo. Mi marido siempre me ha hecho muy feliz; estoy orgullosa de él. Es un vínculo
muy estrecho, que ustedes no pueden comprender. Volverá cuando haya resuelto su
lucha. Entonces todo volverá a ser como siempre.
–En ese caso, ¿en qué situación quedaría entonces la señora Cheney?
–Eso no me importa. Yo ya me la he quitado de la cabeza. No quiero saber nada
de ella, ni de su forma de vida ni de sus turbios manejos. Ella se ha aprovechado de la
144
delicada situación actual de mi esposo. Ha apostado fuerte, intentando quitármelo. Pero
fracasará. Cuando mi marido vuelva, curado definitivamente, esa mujer quedará
cubierta de ridículo y de oprobio. Se ha comportado como una aventurera, como una
seductora, y tendrá que pagar las consecuencias de sus actos. ¡Si hasta ha abandonado a
sus hijos!
Aquella mañana, mientras la incauta Catherine daba material a los periodistas, el
pastor de Oak Park se debatía en un dilema. El doctor Arthur Johonnot, sucesor de
aquella reverenda señorita Chapin que había alojado en su casa a Anna y a sus hijas
cuando éstas llegaron a Oak Park, se disponía a celebrar los oficios religiosos en el
Templo Unitario de Oak Park, cuyo diseño había encargado él mismo a su amigo Frank
Lloyd Wright cuando la vieja iglesia se incendió. El arquitecto era el hijo mayor y
preferido de su dilecta amiga la señora Wright, inquilina de su antecesora, “viuda” de un
colega y feligresa modélica. Desde que el nuevo pastor se instaló en Oak Park surgió
una profunda amistad con los Wright. Cuando se construyó el nuevo templo, esa
amistad creció aún más. El pastor admiró aquella obra y se sintió muy feliz con ella.
El reverendo Johonnot estaba consternado. No sabía qué hacer. Había repasado
el sermón que tenía preparado para hoy, pero se había dicho que tal y como había
amanecido el día, era imposible aferrarse a él. Tenía que decir algo, pero qué. Dejó
vagar los ojos, mirando su iglesia, entreteniéndose en sus limpios detalles, demorándose
en el espacio pulsátil. Miró por fin a sus fieles. La mayoría tenían el Chicago Tribune
bajo el brazo y esperaban a que él derramara fuego líquido sobre Wright, ese fatuo, ese
embaucador que ya se les había hecho odioso a todos. Vio a los hijos y a la madre de
Wright. No estaba Catherine, la pobre.
No sabía qué hacer. No podía hacer un sermón apocalíptico ante los hijos, pero
tampoco podía callar ante aquel escándalo.
–Amados hermanos: Hoy tenía preparada una homilía sobre la parábola del Hijo
Pródigo. He pensado que ya no la iba a poder pronunciar. Los recientes acontecimientos
que han protagonizado nuestros hermanos y vecinos Frank Lloyd Wright y Mamah
Cheney nos exigen una reflexión en el día de hoy. Tan sólo quiero deciros que lo que
han hecho constituye un grave error; que nos han llenado de dolor y consternación a sus
familiares y amigos. Aquí veo a la madre y a los hijos de nuestro hermano Frank.
Acompañémosles con generosidad en su dolor.
Entonces se levantó Lloyd y salió a la calle. John le siguió. La abuela les miró
con expresión angustiada.
145
–... Es por eso que os pido una oración por Frank Wright y por Mamah Cheney,
para que nuestro Padre les haga ver la luz de la verdad, les haga comprender su error y
nos los traiga pronto a casa; y para que el marido y la esposa que quedan aquí
encuentren paz y sean capaces de perdonar. Perdonémosles y amémosles todos como
Dios, nuestro Padre nos enseña. él es amor y perdona al pecador cuando su
arrepentimiento es sincero. Lo que han hecho nuestros hermanos Frank y Mamah nos
llena de pesar, pero la caridad...
Catherine (hija) miraba hacia abajo, y Frances lloraba en silencio. Le resbalaban
mansamente las lágrimas por las mejillas. David se levantó y salió a la calle en pos de
sus hermanos. Los encontró fuera.
–¿Qué hacéis?
–Nada. Vuelve para adentro.
–No quiero. Me quedo con vosotros.
–¿Qué vamos a hacer? –preguntó John a Lloyd.
–¡Yo qué sé! ¿Qué quieres que hagamos? ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Maldita sea! –y
Lloyd se fue de allí sin saber a dónde, andando a grandes zancadas, dando patadas a los
cubos de basura, mascullando con rabia.
En la iglesia, el pastor seguía hablando.
–... Así que, en definitiva, la parábola del Hijo Pródigo es hoy oportuna. Cuando
nuestros hermanos vuelvan a casa, sinceramente arrepentidos, les acogeremos felices...
No era ese el sermón que los decentes habitantes de Oak Park querían oír. Ellos
no mantenían una iglesia para que su rector se arrugara ante un pecado tan escandaloso.
En Chicago fue distinto. Allí los clérigos –excepto el reverendo Jenkin Lloyd–Jones,
que no mencionó el caso ni para bien ni para mal– se ganaron su sueldo y su prestigio.
El escándalo les alimentó durante meses, durante los que lanzaron los esperados
venablos, aderezando un infierno cruel ante su complacida audiencia.
El desprestigio de Wright fue inmediato. Empezaban a ser mirados con malos
ojos incluso sus clientes, por haber confiado alguna vez en él. Más de uno malvendió
apresuradamente su casa y se fue a vivir de alquiler hasta que pudiera hacerse construir
otra nueva por un arquitecto más decente. Por el estudio de Oak Park aparecieron casi
todos los clientes pendientes para anular sus encargos ante el atónito von Holst. No se
atrevían, con todo, a exponer las verdaderas razones, y se deshacían en excusas idiotas
mientras ofrecían una indemnización por el trabajo ya realizado.
146
Edwin Cheney no fue localizado hasta la noche de aquel ajetreado domingo. Lo
reconocieron los críticos musicales de los periódicos –que llevaban todo el día
cotilleando la noticia y viendo su foto– en un palco del Orchestra Hall de Chicago. Era
el palco al que Mamah y él estaban abonados desde que se casaron. Estaba solo.
Salieron en pleno concierto a llamar a sus redacciones, relegando su cometido musical
ante el periodístico.
Edwin escuchaba a la Orquesta Sinfónica de Chicago, que tocaba la Heroica de
Beethoven, una de las obras más queridas por Mamah. En honor a ella, y con un deje de
crueldad hacia sí mismo, Edwin había decidido acudir a la cita oprobiosa que el destino
le había preparado en aquel fatídico día de su deshonra pública. Mascaba aquella música
antes tan grata por el amor de su esposa y ahora tan insoportable, y aún fue peor cuando
en el intermedio salió a fumar y se encontró con aquellos periodistas que le estaban
esperando y que se abalanzaron sobre él.
–Señor Cheney, ¿va a pedir usted el divorcio?
–No tengo nada que decir.
–Usted escribió a su esposa a Berlín. Conocía usted su affaire con Wright,
entonces.
–No tengo nada que decir.
–La señora Wright ha hecho duras declaraciones contra su esposa. La hace
responsable...
–No tengo nada que decir.
–Señor Cheney, ¿cómo se siente? ¿En qué situación queda usted ante el
escándalo?
–No pienso contestarles.
Se dio la vuelta y regresó a su localidad, a seguir escuchando amargamente el
concierto.
147


2


Lo primero que hizo Wright nada más conocer a Ernst Wasmuth fue, cómo no,
pedirle un anticipo. Con el dinero en el bolsillo, se dispuso a conocer Berlín del brazo
de su nuevo amor.
Aquella ciudad no tenía nada que enseñarle en materia de arquitectura, pero en
cambio tenía una música muchísmo mejor que la que podía oírse en Chicago.
Wright empezó a trabajar en el libro, decidiendo con Wasmuth el formato, la
calidad del papel, los procedimientos de dibujo y de impresión. Sería una colección de
láminas dibujadas ex profeso; nada de fotografías ni planos de proyecto. Las láminas
representarían plantas y perspectivas que Wright dibujaría a mano alzada con su
habitual y sorprendente precisión. No habría alzados; la arquitectura de Frank Lloyd
Wright no era de fachadas.
Frank pasaba las mañanas en la editorial, dibujando algunas láminas de prueba y
discutiendo detalles con los impresores, que hacían un trabajo magnífico. Tenía a su
disposición varios intérpretes, tanto de la editorial como de la Facultad de Arquitectura,
que eran conscientes de que estaban conociendo a un genio. Le invitaron a dar
conferencias (pero aún nadie se atrevía allí a encargarle un edificio). Muchos meses
antes de que saliera el libro, ya lo estaban promocionando por todas partes, y supieron
crear un clima de expectación que satisfacía mucho a Wasmuth, quien, encantado, no
hacía más que extenderle cheques a Wright. Sólo algunas migajas de éstos llegaron a
Oak Park, porque el arquitecto no se preocupó demasiado, pensando que había dejado
allí un estudio bien abastecido en manos de gente competente.
Frank se cansó pronto de Berlín, a pesar de sus grandes conciertos, sus
espléndidas avenidas y sus hirvientes salones. Así que, cuando los detalles de la
publicación quedaron definitivamente decididos, dijo que su presencia allí no era
imprescindible, y que la tarea de dibujar las láminas la podía llevar a cabo en cualquier
sitio. Mamah y él preferían aprovechar el largo viaje hasta Europa para conocer Italia.
148
Wasmuth y los nuevos admiradores berlineses se contrariaron mucho por el
desprecio a su país, pero admitieron que Wright podía dibujar donde mejor le pareciera,
con tal de que entregara las láminas convenidas en el plazo fijado.
Frank y Mamah hicieron un romántico viaje de novios por Italia. Visitaron
Milán, Florencia, Venecia y Roma como los dos enamorados que eran, disfrutando de
su nueva vida.
Se establecieron al borde de Florencia, en una quinta que alquilaron en Fiesole,
entre colinas más pardas que las del Wisconsin natal, pero tan acogedoras como
aquéllas. En vez de los feraces bosques de robles y de hayas, desde la terraza veían los
olivos, algo más tristes, que daban una sensación más pobre, pero impresionante a los
ojos de Wright. En vez de la hierba sin resquicios de la tierra natal, ésta era calva. Entre
los olivos no había nada sino terrones secos.
Frank dibujaba en la terraza, cegado por el sol inclemente de aquella patria
antigua de aceite y vino. Paseaba por el campo con un sombrero de paja, refrescado por
una brisa leve, oliendo la tierra toscana. Volvía a casa y Mamah le esperaba asomada a
la terraza, agitando un pañuelo blanco con lunares rojos que acababa de comprar en el
mercadillo. La mesa de mimbre estaba dispuesta bajo la sombra del emparrado, surtida
de racimos de uvas y de pan tierno y caliente.
Frank descubrió el café denso y espumoso y decidió que sólo eso y la luz, y la
risa de Mamah, feliz e inocente en aquella tierra en la que nadie les señalaba con el
dedo, eran razones suficientes y definitivas para quedarse a vivir allí para siempre.
Lo decidieron. Se harían una casa en Fiesole. Su hogar. Cuidarían un jardín de
olivos y de geranios, con reconfortantes parras que sombrearían las terrazas y con
rumorosas fuentecillas.
Frank trabajaba inmerso en el canto de los pájaros y en la demente salmodia de
grillos y chicharras. Rodeado por las fotos y los planos que se había traído de Oak Park
para ayudarse, que, desbordando el tablero y las mesas, se esparcían por el suelo, elegía
una casa y examinaba todo lo que tenía de ella. Entonces dibujaba sus láminas
impecables. En la terraza soleada, tomando litros de café espeso y del vino áspero de la
región, elaboraba con meticulosidad y paciencia, sin añorar aquel mundo que había
dejado atrás definitivamente, los dibujos que iban a sacudir a Europa. A veces descubría
en los planos algunas imperfecciones, detalles que ahora se le ocurrían mejorables, y no
tenía empacho en corregirlos para Wasmuth aunque ya no respondiesen fielmente a la
obra ejecutada.
149
Al principio esta rutina de mero dibujante le relajó, pero la mano quería crear,
hacer cosas nuevas. Entonces dejaba la labor, a veces durante varios días, y se
concentraba en el proyecto de su nueva casa en Fiesole, en el hogar en que quería volcar
todo su amor por Mamah.
Se carteaba regularmente con Wasmuth, quien, cada vez más nervioso, le pedía
noticias sobre sus dibujos, a pesar de que aún no se cumplía el plazo acordado. Frank le
tranquilizaba contándole lo avanzado que iba. También se carteaba con Catherine y con
su madre.
Cada vez que recibía carta de la vieja Anna Lloyd–Jones se ponía melancólico y
taciturno. Su madre exageraba el tono poniéndose ciegamente de su parte y hablándole
de la libertad a la que el hombre tiene derecho para buscar su camino, y de su insigne
misión sobre la tierra; de la lucha a la que estaba llamado y de la que tenía que salir
victorioso. Eran patéticas; contenían involuntariamente un sarcasmo cruel e insano y
resultaban elocuentes por lo que callaban. Anna ocultaba tan torpemente su
consternación que se iba al punto opuesto alabando sin objeto y sin pudor el
comportamiento de su hijo. En su terrible afán de distracción se hacía evidente su falta
de sentido. Callaba a voces la evocación de su marido. Su hijo había hecho lo mismo
que hiciera el desesperado músico tantos años antes. Había una diferencia: Anna nunca
había creído en su marido.
En las cartas se hacían tan patentes los esfuerzos de la vieja señora por encontrar
argumentos exculpatorios que Frank sufría infinitamente más que si le hubiera
recriminado. Estaban tan llenas de disparatadas razones que se le hacían insoportables.
Se veía solo, desnudo ante su culpa. Precisamente las cartas de su madre, que le
animaban a rehacer su vida en Italia, fueron las que le decidieron a volver a casa.
Era mentira. él no había huido por la incomprensión hacia su arte, ni había ido a
Europa a encontrar su verdadera expresión en aquel continente comprensivo. No; se
había fugado de un país que le aclamaba, en el que trabajaba cada vez más y sin ninguna
limitación creativa. Su madre no quería reconocer la verdad. La verdad era tal vez la de
Catherine: se había encaprichado de Mamah como un adolescente y había huido para no
afrontar sus responsabilidades. Tenía seis hijos que quedaban abandonados, perdidos a
la deriva entre las olas del oprobio y del deshonor.
Pero él amaba a Mamah; de eso estaba seguro. No era un capricho. Mamah le
quería y le comprendía, y él estaba tan contento a su lado... No sabía cómo reaccionar.
150
Escribía a Catherine preguntándole si ella o los chicos necesitaban algo, y ella
contestaba siempre lo mismo: “A ti. ¿Cuándo volverás? Te echamos tanto de menos...”
Entonces decidió que su espejismo había terminado. Por primera vez desde su
marcha quiso leer periódicos de Chicago. En Florencia no los había. Se los pidió a su
familia y a Wasmuth, y se los enviaron incompletos. Este torpe recurso le alarmó. ¿Así
que se seguía hablando del escándalo Wright? Eso no podía continuar así. No podía
seguir viviendo en la inopia, escondido en su narcótico paraíso italiano. Su sitio no era
este. Su sitio estaba en su país, y tenía la obligación de volver para rehabilitar su imagen
y su prestigio.
Terminó sus dibujos. Habló con Mamah y decidieron que ella se quedaría una
temporada sola en Fiesole, hasta que Frank la avisara desde América cuando estuvieran
las cosas aclaradas.
Frank llevó sus dibujos a Berlín. Compró todos los periódicos de Chicago que
pudo encontrar y comprobó que seguía siendo la irrisión de América. Entregó las
láminas, que entusiasmaron a Wasmuth y a los profesores alemanes. Querían que se
quedara en Berlín a recibir todo tipo de homenajes y a impartir tantos cursos de
arquitectura como quisiera.
–Señores –les dijo Frank–, les agradezco profundamente sus ofrecimientos. Son
ustedes muy generosos. Pero no puedo quedarme. Ustedes no me necesitan a mí, sino a
mi arquitectura. Aquí se la dejo. Estúdienla, y si hay algo que puedan aprender de ella
me sentiré muy feliz. Es suya. Muchas gracias por todo. Me voy a casa.
A Catherine se le iluminó la cara. Se llevó las manos a la boca para ahogar un
grito de alegría y extendió los brazos hacia su marido. Frank dejó caer al suelo la maleta
y la gabardina y evitó el abrazo tomando las manos de su esposa en las suyas. Se
miraron con ternura, Catherine con la esperanza de un retorno, Frank con la evocación
de los años pasados y la nostalgia de la despedida definitiva. Los chicos se apelotonaron
tras su madre peleándose por abrazarle, y Frank se emocionó. Había pasado casi un año
y en sólo ese tiempo los más pequeños se habían hecho mayores. El chiquitín de trece
años, Lewellyn, era ahora un mozo de catorce y estaba irreconocible. El mayor, Lloyd,
tenía ya veinte. Frank abrazó a los seis. Catherine finalmente le abrazó también, pero él
no le concedió más efusiones y no se dejó besar por ella.
–Catherine; he venido a hacer frente a mis obligaciones para con vosotros. Me
quedaré a vivir en el estudio, como vecino vuestro, y condenaré la puerta que lo une con
la casa. Os atenderé lo mejor que me sea posible, pero no viviremos bajo el mismo
151
techo. Seré un padre cumplidor, y no os faltará de nada. Pero amo a Mamah y quiero
vivir con ella.
–¡No! ¡No traerás aquí a esa mujer! Eso es un arreglo hipócrita, indigno de ti.
–¡Pues dame el divorcio!
–No te lo daré.
–¡Catherine!
–Si no quieres vivir conmigo, márchate lejos. Si necesitas el estudio para
trabajar, no puedo oponerme a que vengas sólo a eso. Pero no quiero que vivas a mi
lado, y menos con la señora Cheney. No soportaría oíros reír al otro lado de la pared,
cruzarme con vosotros en el jardín. Eso me abriría la herida.
Lloyd se dio media vuelta y se metió en casa. John le siguió.
–Está bien –contestó Frank a su esposa mientras sus ojos iban tras sus hijos
mayores–. Tienes razón. Te quedarás con la casa y con el estudio. Tienes derecho a ello.
Mamah y yo nos iremos a vivir donde tú no nos sientas. Pagaré por fin las hipotecas y te
mandaré todo el dinero que pueda.
–Yo me quedaré con los chicos.
–De acuerdo, pero vendrán conmigo a pasar alguna temporada cuando ya esté
instalado y se termine todo este jaleo.
–Bien. Son tus hijos.
–No te opondrás a que Lloyd esté más tiempo conmigo y trabaje en mi nuevo
estudio. Ya sabes que quiere ser arquitecto.
–Dice que ya no.
–Comprendo. Lo está pasando mal.
–Como todos. No te concederé el divorcio. Sigo confiando en que se te pase
tarde o temprano.
–No se me pasará, Catherine. Va en serio.
–Además, aunque nunca te recupere, no quiero ser una divorciada. Hace más de
veinte años yo era Catherine Lee Tobin, y desde entonces fui, y ya lo seré siempre,
Catherine Wright; Catherine Lloyd Wright. ¿No lo entiendes?
–No. No te entiendo.
–He renunciado incluso a mi nombre. ¡Soy Catherine Wright, y eso es lo único
que tiene sentido! Si me divorcio, ¿qué seré? No seré ya nada. Perderé el respeto por mí
misma.
–Me diste un plazo. Un año. Me prometiste que accederías al divorcio.
152
–¡Soy tu esposa! ¡Te parí seis hijos!
–¡Y dale! ¡Ya sé que me pariste seis hijos! ¡Ya lo sé! ¿Crees que lo he olvidado,
Catherine? No; nunca lo olvidaré. Nunca olvidaré mi amor por ti. Pero aquello pasó.
Entiéndelo. Concédeme el divorcio. Edwin ha accedido a concedérselo a Mamah.
–¡Porque Edwin ha encontrado otra mujer y quiere casarse! Además, su
situación es diferente. él mantiene su honor y su posición; es un hombre ultrajado y
hace público su desprecio casándose con otra. No le concede el divorcio a su esposa.
Más bien la repudia. La echa de su lado como si nunca hubiera existido, y él queda
como el triunfador. Pero yo sólo inspiro burla y compasión. Me avergüenzo de salir a la
calle; no soporto las palabras de consuelo, de conmiseración. En la tienda me ceden la
vez, como si fuera una impedida. Si te doy el divorcio no seré nada.
–Está bien. Sigue llamándote “señora Wright” si eso te complace –Frank estuvo
a punto de decirle que así les obligaba a vivir en pecado, pero se dio cuenta de que eso
era un sarcasmo intolerable.
No tenía a dónde ir. Terminó en Oak Park el escaso trabajo que quedaba después
de la desbandada general de clientes. En ese tiempo vivió en el estudio. Von Holst
cobró y se marchó. Marion y Walter se decidieron por fin a emprender su propio camino
y le ofrecieron a su maestro que trabajase con ellos en Chicago; al menos una
temporada, hasta que se arreglasen las cosas. Pero Frank se negó; sabía que eso no
solucionaría nada. Se despidieron emotivamente y Frank Lloyd Wright se quedó
completamente solo.
Se demoraba en el estudio haciendo que trabajaba, ordenando los archivos,
ojeando libros, y paraba a cada momento para asomarse furtivamente a la ventana a
espiar a sus hijos. Se desanimaba y se dejaba caer sobre un sillón. Lloyd no le
perdonaba. Hacía bien, qué coño; era igual que él. él tampoco había perdonado a su
padre. ¿Por qué era tan difícil la vida? Sólo había dos opciones, igualmente desastrosas:
o negar todos los instintos, todas las ansias, y doblegarse a un comportamiento
preestablecido, o declarar la guerra al mundo y morir luchando contra toda esperanza.
“La Verdad Contra el Mundo”, se dijo, y rió con amargura. Entonces llamaron a la
puerta.
–Hola, papá.
–¡John! Hola, hijo. ¿Qué quieres?
–Trabajar contigo. Quiero ser arquitecto. Que me enseñes.
–¡Claro que sí!
153
–Ya sé que tú siempre habías pensado en Lloyd...
–¡No, no! Yo pensaba en todos vosotros, los que quisiérais.
–Lloyd está muy triste y a veces dice cosas feas de ti. Pero no se las tomes en
serio. Te quiere mucho y sufre.
–Sí... claro.
–Todos te queremos.
–Yo también os quiero mucho a todos.
–Papá.
–Qué.
–Creo que eres el mejor arquitecto del mundo. Bueno, eso, que estoy muy
contento de ser hijo tuyo. Haces los edificios más...
–No sigas. Voy a echarme a llorar. Yo también estoy muy orgulloso de vosotros.
Tengo los mejores hijos que un padre puede soñar. Estoy triste porque no sé si me he
portado bien con vosotros. Os quiero tanto.
–Oye, papá; ¿te acuerdas cuando nos enseñabas a afilar el lápiz y a tirar paralelas
muy juntas con la regla te?
–Sí; y te regañaba porque apretabas mucho y no tumbabas el lápiz.
–¡Tumbar y girar! ¡Tumbar y girar!
–Pero tú no hacías caso y te salían unos rayajos gruesos y desiguales. Nunca te
cabían más de veinte en una pulgada y te pasabas el tiempo afilando y afilando el lápiz.
–Ya he mejorado mucho. Les ayudé a Marion y a Walter y al señor von Holst.
Mira; este dibujo es mío. ¿Eh? Ya sé dibujar. ¿Me vas a enseñar ahora a construir?
–Claro. Pero si sabes lo uno sabes lo otro. Empezaremos por diseñar un armazón
de madera para un tejado. Ponte aquí, a mi lado. Oye; espera, espera. ¿Cuánto te
pagaron por tu trabajo?
–¿Pagarme? Nada. Estaba de aprendiz y además era para mi padre.
–Pues entonces, antes de enseñarte a armar un tejado, te enseñaré la lección
primera y fundamental. Grábate esto ahí dentro: “EL TRABAJO SE COBRA”. ¿Te has
enterado? ¡Ja, ja, ja!
Frank tenía que pensar en marcharse a buscar un hogar para Mamah y él. Su
madre le veía triste y desorientado, y agobiado por el peso de haberse quedado sin
trabajo y de tener que mantener ahora a dos familias.
–Hijo, vuelve a casa. Vuelve a Wisconsin.
154
Le regaló su parte de la herencia familiar: una finca de doscientos acres en
Spring Green, en la heredad de Hillside, entre la de sus tías Nell y Jane, donde les había
construido una escuela a los pocos años de hacerles su primera casa, y la granja del tío
James, en la que había pasado los mejores días de su desdichada niñez.
–Ve a Wisconsin. Rehaz allí tu vida. Hazte una casa en nuestro Hillside, donde
los Lloyd–Jones hemos sido felices. Encontrarás la paz.
155


3


La ondulada pradera descendía sombreada por robles, hayas y olmos hasta allá,
a los lejos, donde el río Wisconsin la interrumpía y su vega la recortaba en cuadrados
dorados de maíz. El lugar hacía honor a su nombre: Spring Green, “Verde Primavera”.
Era el paisaje de su primera niñez y el de su hombría prematura. Recordaba
gozoso las brazadas de alfalfa, los ordeños y las siegas. Como antaño, se escupió en las
palmas de las manos para comenzar su colosal tarea.
Construyó un par de pabellones de la forma más sencilla, barata y rápida posible,
y llamó impaciente a Mamah para que viniera a tomar posesión de su casa, que desde
entonces seguiría construyéndose sin pausa, extendiéndose por la ladera como un
organismo vivo, abrazándola, creciendo sin parar hasta que ocurrió la tragedia. Pero
entonces la casa sería más fuerte que todo y haría prevalecer su voluntad insondable de
ser reconstruida porque había inoculado en su arquitecto un veneno más poderoso que el
amor y que el estupor y que la muerte.
Cuando aquel esbozo inicial fue plasmado y esperaba la llegada de su dueña y
señora, Wright sintió la necesidad ancestral de ponerle nombre. La familia Lloyd–Jones
bautizaba sus casas con descabelladas evocaciones poéticas de un Gales inefable e
ilusorio, y Frank llamó a la suya Taliesin, que era el nombre de un antiguo y legendario
bardo y significaba “frente radiante” o “pestaña resplandeciente” (nunca ha estado muy
claro). Sea como fuere, había algo tanto de frente noble y radiante en la loma a la que se
plegaba la casa como de pestaña luminosa, de rubia pestaña en la que brilla el reflejo del
último rayo de sol y confiere un aire inteligente y misterioso a una mirada.
Lo que había construido hasta el momento era aún muy poca cosa para lo que
tenía en su cabeza, apenas el germen de lo que podía llegar a ser algún día: un jardín,
una granja, un estudio, un taller, una universidad, un monasterio... su sueño, preparado
para hacerse realidad lentamente, extendiendo cada año más sus brazos y sus alas.
Pero por ahora era sólo una ilusión. En aquel momento Frank ya había sableado
a su familia materna y había vuelto a hipotecar su futuro, ahora más incierto que nunca.
En el límite de sus fuerzas y mucho más allá de su capacidad económica, Frank seguía
156
tan audaz como siempre. Ya veía su proyecto realizado, su taller funcionando a pleno
rendimiento y su fama restaurada.
Cuando llegó Mamah, lejos de desanimarse ante esa semillita de casa erigida
sobre un cúmulo de deudas, se entusiasmó soñando con Frank su prometedor futuro.
Wright trabajó muy poco durante aquel año (mil novecientos once), y aún eso
poco por una u otra razón salía siempre mal. Proyectos que, en el último momento y
cuando ya estaba todo a punto, no se construían; obras contratadas anteriormente y que,
ya en fase de ejecución, se resentían de una repentina falta de confianza de sus clientes
en él y eran modificadas sobre la marcha sin que nadie le consultara; encargos dudosos
que le impelían pese a todo a trazar croquis con entusiasmo y que se quedaban en sólo
esos primeros esbozos sin que el cliente volviera a aparecer... Wright estaba maldito.
Había perdido su capacidad de convicción; ya no hipnotizaba a sus clientes. El
escándalo le había marcado con un estigma indeleble y le había convertido en un
apestado.
Ganaba muy poco dinero. Apenas podía mandar a Catherine unos pocos dólares
de vez en cuando, y él no tenía nunca un centavo para nada. Pero siguió construyendo
su Taliesin, para lo que seguía pidiendo créditos sobre créditos e hipotecas sobre
hipotecas, pagando los unos con las otras y las otras con los unos y con otros nuevos,
troceando la enorme finca en segregaciones hipotecables y huyendo hacia adelante,
como era habitual en él, hundiéndose cada vez más, frenéticamente, en el abismo.
Las crónicas escandalosas, que nunca habían cesado, volvieron a enardecerse
cuando Edwin Cheney se divorció de Mamah, en agosto, alegando su abandono del
hogar y de los hijos. Mamah volvió a aparecer en el candelero como una zorra.
Edwin se mantuvo en su prudente actitud de no conceder entrevistas ni hacer
declaración alguna, pero Frank, indignado por las especulaciones insidiosas, montó un
número bastante espectacular que echó más leña al fuego, suponiendo que eso fuera
posible.
Anunció una recepción en Taliesin para cuantos periodistas quisieran asistir. Ni
que decir tiene que cada periódico mandó su correspondiente reportero y muchos
incluso un fotógrafo. Los que no mandaron a éste último se arrepintieron después,
porque la puesta en escena fue formidable.
En la entrada a la finca, un mayordomo, vestido de impecable librea, con
sombrero de copa y guantes blancos, iba recibiendo a los periodistas y reteniéndoles
mientras iban llegando más. Para entretener la espera, un cuarteto de cuerda tocaba
157
música de cámara bajo los olmos, y un grupo de camareros servía canapés, fuentes de
caviar y de salmón ahumado, bocados calientes y champagne francés. Todo el personal,
naturalmente, estaba contratado sólo para la ocasión. Pasado un tiempo, y cuando el
mayordomo consideró que ya no había de venir nadie más, hizo una señal a los
camareros. éstos se colocaron en dos filas tras él y desfilaron marcialmente hacia la
casa, escoltando al grupo de periodistas. Los músicos quedaron bajo los olmos tocando
su música etérea que sonaba cada vez más tenuemente en la distancia. Los periodistas
miraban para todas partes, atónitos, giraban la cabeza para seguir viendo a los músicos.
Alguno se quedaba un instante rezagado y luego apretaba el paso atolondradamente para
no perder la comitiva.
Cuando llegaron a la casa salió otro mayordomo.
–Caballeros, el señor Wright les espera. Tengan la amabilidad de pasar.
En el salón estaba Wright, erguido junto a una enorme chimenea con un fuego
bien alimentado que crepitaba y echaba chispas feroces, a pesar de ser verano. El
arquitecto tenía una presencia impresionante. Siempre, y especialmente en estas
ocasiones, parecía más alto de lo que era. Todo el mundo, al describirle, decía que era
un hombre alto, a pesar de que su estatura –un metro y setenta y tres centímetros– era
sólo mediana. En esta ocasión, altivo como un faraón, erguido con afectación, el brazo
derecho sobre la repisa de la chimenea y subido a la extendida base del hogar, parecía
un gigante. Llevaba una capa púrpura que le caía por su cuerpo en una cascada de
pliegues. A sus pies, una acumulación de alfombras, pieles y sedas tiradas como al
descuido, formaban un voluptuoso decorado. Era exactamente como un rey posando
para su retrato. A su lado, la reina estaba sentada en un sillón convertido en trono por la
acumulación de telas y de pieles; llevaba un kimono de seda estampado con delicados
dibujos de pájaros y flores.
Wright comenzó a hablar. Mamah, a su lado, permaneció callada. No tenía la
mirada baja ni mostraba ningún signo de vergüenza ni de arrepentimiento. Al revés:
miraba a su amante con arrobamiento y a los periodistas con dignidad y señorío.
–Caballeros: Queremos darles las gracias por haber aceptado nuestra invitación.
Es nuestra intención explicarles los motivos de nuestro comportamiento, no para pedir
comprensión a la opinión pública, que es muy libre de pensar lo que quiera, ni para
pedir disculpas ni nada parecido, sino para que termine de una vez por todas la campaña
difamatoria que se ha organizado. Hemos sufrido una intolerable intromisión en nuestra
vida privada y hemos padecido insultos y descalificaciones gratuitas y crueles.
158
Y siguió la perorata durante cuarenta minutos. Con una verborrea llena de
contradicciones, afirmó simultáneamente no haber hecho daño a nadie, no arrepentirse
de nada, amar profundamente a sus hijos, no haber perturbado el matrimonio de Mamah
–pues, declaró sencillamente, él no se había enamorado de Mamah Cheney, sino de
Mamah Borthwick–, y demostró ontológicamente que Mamah y él eran honrados e
íntegros (puesto que las personas íntegras como ellos sólo actúan con rectitud, luego
todo lo que hacen es recto, luego lo que habían hecho ellos era recto, luego ellos eran
rectos). Pasó a hablar –¡cómo le gustaba!– de su dimensión heroica y sobrehumana, de
su sagrada misión sobre la tierra, de “La Verdad Contra el Mundo”, en fin.
Les leyó entonces un poema que había escrito en los primeros años de Oak Park,
en el que hacía profesión de fe y declaración de principios de lo que había de ser por
siempre su vida y su obra. Había sido fiel a sí mismo, dijo, de modo que lo que había
escrito hacía quince años seguía siendo válido ahora: “Ni por toda la fama que se pueda
conseguir envainaré la blanca hoja desnuda. Mis actos son los que cuadran a un
hombre”.

(“¿Qué dice?”, se preguntaban unos a otros cuchicheando. “Que no se la
envaina”. “Ya, ya”. “Así que tiene su hoja desnuda”. “Cuidado, ha sacado su
blanca hoja y éste es de los que ensartan”. “Ja, ja; ya lo creo que te ensarta”.
“¡Callaos! ¿No veis que es un tipo extraordinario?” “¿Qué pasa? ¿A ti te
convence?” “Pues no sé; pero tiene algo. “¿Ha dicho la hoja desnuda?” “Sí, si; y
si nosotros no la hubiéramos envainado hace tantos años ahora estaríamos
haciendo los reportajes que siempre quisimos hacer”. “¡Atención! éste se ha
convertido; se ha hecho de la cofradía de la Santa Hoja”. “No seas gilí; no te
dejes engañar”).

Terminó el poema radiante, desafiante, pletórico. Se creía sus propios
argumentos. Si hubiera sido un hipócrita, dijo, habría pedido el divorcio
razonablemente, y lo habría obtenido. Un divorciado no era precisamente aplaudido,
pero tampoco daba motivo a escándalo. No habría perdido su clientela y estaría ahora
trabajando a todo ritmo. Pero él no era un hipócrita. Mamah y él eran sinceros y
honrados, y por eso hicieron lo que tenían que hacer.
–¿Qué es el matrimonio? ¿Sólo un contrato firmado? Dependemos de los
formalismos y olvidamos el espíritu que encierran. La vida íntegra exige unidad de fines
159
en el espíritu, en el pensamiento y en la acción, lo cual lleva a una lucha incesante por
hacer coherente la propia vida, sin otro juez que uno mismo... y Dios.
Y siguió hablando y hablando: seguir los designios del alma, llevar a cabo una
misión, enfrentarse al mundo... y siguió mintiéndose a sí mismo.
–Este es un conflicto entre cuatro personas. Pues bien, los cuatro hablaron y
comprendieron. Los dos enamorados marcharon por un año a reflexionar sobre el
carácter de su relación y de sus sentimientos antes de tomar una decisión definitiva, y
marcharon con el consentimiento y con la bendición, sí, con la bendición, de los otros
dos. Pero se olvidaron de comunicar esto a los periódicos. Grave error (guiño de Wright
y risas de los periodistas). ¿Acaso tenían que darnos permiso los periódicos? Como se
nos olvidó consultarlo con ellos, hablaron de una fuga.
Y siguió hablando, emborrachado por su propia retórica y viéndose a sí mismo
como un hombre ejemplar. Mamah compartía esta exaltación de honor y de integridad y
amaba y admiraba a Frank más que nunca.
El largo parlamento contenía una única idea, así que muchos periodistas sólo
tomaron notas al principio. Cuando vieron que no hacía más que repetirse el mismo
mensaje elemental se dedicaron a examinar mejor el escenario. La amplia chimenea que
configuraba el espacio todo de la casa, los bajos techos de madera, los ventanales
corridos a través de los cuales fluía el porche e introducía el jardín; eso sí que era
original, íntegro y valioso. Su autor, sin embargo, no dejaba de ser un iluminado, un
bocazas y un imbécil.
El arquitecto se puso todavía más pesado cuando unos pocos días después
remitió una declaración escrita a los periódicos, para puntualizar y terminar de exponer
algunos aspectos que pensaba que no habían quedado suficientemente aclarados. Tanta
insistencia contradecía su pretendido desprecio hacia la opinión pública, y lo único que
demostraba era que Wright no tenía la conciencia tranquila y deseaba que la gente, de
algún modo, le diera su aprobación. No estaba a gusto; se acordaba a menudo de su
padre y le atormentaba la culpa. Escribió a Oak Park preguntando por todos. Quería
tener noticias de Lloyd, su primogénito, que sólo había querido ser arquitecto por él,
porque le admiraba y le necesitaba tanto, y que ahora no soportaba su marcha
vergonzosa. Invitaba a John, si seguía queriendo trabajar con él, a venir a Taliesin.
John estaba entusiasmado con la idea de seguir los pasos de su padre y, cuando
le contestó diciéndoselo, Frank se emocionó. Quiso que su hijo le viera trabajando otra
vez a lo grande y, aunque no tenía nada, alquiló una oficina en el Orchestra Hall de
160
Chicago y un apartamento en North Side, en el número veinticinco de la calle East
Cedar, y todo para hacer los escasos dibujos que había estado haciendo en su cuartito de
Taliesin, que ahora amplió. Así tuvo tres estudios para no hacer nada.
Y no había perspectivas de que aquello cambiase. No le encargaban ningún
trabajo. Incluso en un pequeño periódico de la zona algún gracioso local había escrito:
“El célebre arquitecto Frank Lloyd Wright, nativo de nuestras verdes praderas, ha vuelto
al hogar. Yo me lo pensaría muy mucho antes de encargarle una casa. No quisiera que
se llevara a mi mujer”. Este artículo reflejaba un estado de opinión muy extendido. Una
cosa era que a un artista se le supusiera un cierto carácter bohemio y se le perdonara
alguna que otra excentricidad y otra muy distinta era confiar el proyecto y la dirección
de las obras de la propia casa a un tipo del que uno no se podía fiar, a un vividor, a un
sinvergüenza.
El despacho del Orchestra Hall no había sido alquilado sólo para impresionar a
John. En Chicago tenía aún algunos amigos importantes que podían darle trabajo. Les
escribió comunicándoles su nueva dirección y fue a visitarlos cuando no le contestaron.
Pasó dos años muy malos.
John aprendió, más que a construir edificios, a zafarse de los cobradores. Los
engañaba, les decía que su padre estaba fuera y que tardaría días en volver y se
inventaba mil excusas, aprendidas de su madre en su niñez. Del poco trabajo que salía,
John casi nunca veía un centavo, con lo cual violaba constantemente el primer y sagrado
principio que su padre le enseñara.
Wright vivía como un pícaro. Para mantener sus relaciones públicas invitaba a
sus posibles clientes a comidas opíparas, pero cuando llegaba la hora de pagar tomaba la
cuenta y la firmaba con todo desparpajo ante el atónito camarero. Mostraba tal
seguridad y sus modales eran tan exquisitos que el empleado no osaba dudar de que el
caballero no tuviera crédito en la casa. Wright se cuidaba mucho de repetir restaurante,
y así iba abriendo cuentas en todos.
A los pocos clientes que le encargaban algo, Wright les pedía inmediatamente un
anticipo, que empleaba en pagar a aquellos cobradores a los que ya no podía marear
más.
Pero todo cambió radicalmente al final del año mil novecientos trece, cuando
pareció por el estudio el señor Edward C. Waller, hijo de aquel James B. Waller que un
día, sentado a la mesa del Kinsley con Daniel Burnham, le había ofrecido pagarle
estudios en Europa.
161
El padre le había encargado varias cosas hacía años. De todas ellas sólo se
habían construido las viviendas Francisco Terrace, en Chicago. El hijo también le había
encargado algunos proyectos antes del escándalo, pero todos se habían quedado en el
papel.
Ahora iba a ser distinto. Edward Waller tenía una idea en la cabeza, una idea
muy buena. Relacionado con negocios de esparcimiento y diversiones, ya le había
encargado a Wright hacía años un parque de atracciones y unas instalaciones playeras;
también un conjunto de viviendas similar al que hiciera para su padre y unos pequeños
chalecitos de alquiler para veraneantes. Nada de eso se había hecho realidad. Pero ahora
quería construir en Chicago un paraíso del ocio y del espectáculo. En una manzana
inmensa quería construir unos jardines muy elegantes para cenar o tomar una copa en
las noches de verano. Al fondo, un gran escenario con orquesta ante una segunda terraza
aún más selecta y más cara. Rodeando el conjunto, una construcción con inmensos
salones, cabaret, casino, restaurante, club privado... En definitiva, sería el gran centro de
recreo de la metrópoli.
A Wright se le hizo la boca agua. Por más que se esforzó, no podía evaluar sus
honorarios así, a bote pronto. El señor Waller extendió ante él un plano del solar y le
dijo:
–Pasaré a recogerle para enseñárselo. ¿Le viene bien mañana a las diez de la
mañana?
–Veamos. Déjeme consultar mi agenda... –estaba toda en blanco, naturalmente–
... ¿Podría ser a las once?
–De acuerdo. Quiero que se ponga a trabajar en este proyecto lo antes posible.
–Está bien. Veré la forma de organizar todo el trabajo que tengo en curso para
comenzar con su proyecto en seguida.
–Perfecto.
–Señor Waller...
–¿Sí?
–La preparación de su trabajo me supondrá unos gastos importantes. Tendré que
contratar dibujantes, escultores, ingenieros... ¿Podría usted darme un anticipo?
–Claro –sacó el talonario y rellenó el cheque–. ¿Le parece suficiente esta
cantidad?
A Wright casi se le doblaron la piernas, con un hilo de voz, dijo:
–Sí. Creo que sí.
162
Cuando se fue el señor Weller y se quedaron solos Frank y John, el padre pegó
un salto y lanzó un aullido de victoria. Salieron corriendo al banco a cobrar el cheque y
volvieron a la oficina con los bolsillos llenos de billetes. Los extendieron sobre un
tablero de dibujo e hicieron cuatro montones: Esto para mamá y los chicos, esto para ti
–ya estamos en paz, ¿no?–, esto para Taliesin: dará para el porche y para la pérgola de
atrás, y esto para gastárnoslo ahora mismo. –Se le olvidó reservar un montoncito
pequeño para el fin para el que Waller creía haberle dado el dinero.
Compró un abrigo forrado de piel, un sombrero y unos guantes para John, una
docena de sillas para Taliesin, dos pianos de cola, unos jarrones y alguna otra cosilla
hasta que no le quedó ni un dólar en el bolsillo.
163


4


Wright se había gastado todo el dinero, así que no pudo contratar a nadie.
Necesitaba una legión de dibujantes, pero no se asustó. Su hijo y él, solos, se pusieron a
la descomunal tarea. Siempre se había distinguido por su incansable capacidad de
trabajo, y después de tanta inactividad estaba deseando volver a hacer gala de ella.
Padre e hijo trabajaron por las mañanas, por las tardes, por las noches, días de
diario y de fiesta, haciendo ellos solos una labor de titanes, dando forma a un plan
ambicioso que cubría todos los objetivos propuestos por su cliente. Frank volvía a los
buenos tiempos; otra vez tenía el lápiz en la mano y otra vez se obró el milagro. Las
necesidades que su cliente le detalló tomaban forma y encajaban en un esquema preciso,
como mágicas piezas de un rompecabezas espacial en el que nada faltaba ni sobraba.
Una vez más, al ver los dibujos de Wright, uno tenía la sensación de que el edificio no
podía ser de otro modo, de que era inevitablemente así y de que, buscando hacerse
forma desde el principio de los tiempos, se expresaba al fin por medio de su demiurgo.
Cuando Wright terminaba una obra, ya nadie podía recordar qué aspecto había tenido
antes el terreno sin ella. Ahora, y con sólo el esbozo de los Midway Gardens en unas
rotundas perspectivas, ya no se podía ver aquella inmensa manzana de Chicago sin
ellos.
Cuando le mostraron los dibujos, el promotor quedó muy satisfecho, rellenó otro
cheque generoso y rogó a su arquitecto que se pusiera sin pérdida de tiempo a hacer el
proyecto definitivo, pues quería emprender la obra inmediatamente.
Los Midway Gardens iban a ser la obra más grande que Wright había construido
hasta entonces. No eran tan revolucionarios como otras obras anteriores, pero eran
magníficos.
Wright volvió a destinar el anticipo al mantenimiento de su familia y a nuevas
ampliaciones de Taliesin, pero esta vez reservó una buena cantidad para los gastos
propios del proyecto. Contrató a unos pocos dibujantes y se dispuso con ellos a llevar a
cabo el trabajo colosal.
164
La inmensa construcción exigía miles de piezas, de remates, de adornos, de
detalles, de soluciones constructivas. Wright las tenía todas. Los dibujantes hacían sólo
lo que él les indicaba, siempre más lentos que el maestro, que disparaba y disparaba
bocetos a un ritmo frenético.
Buscó al escultor Alfonso Iannelli, que había cobrado fama en la Exposición de
San Diego, y tras traerlo perentoriamente a su estudio diciéndole que era el único
escultor en el mundo que podía entenderle, no le dejó tomar ninguna iniciativa y le puso
de aprendiz sacapuntos de los modelos que le dio milimetrados. Eran unas figuras
femeninas geometrizadas que se fundían en la rica ornamentación cúbica de Wright y
parecían brotar de muros y pilares haciendo una transición de los paralelepípedos de
ladrillo y hormigón a las nada sensuales formas anatómicas, resueltas por planos
intersecados de un modo parecido al cubismo europeo. Wright las tenía dibujadas en
diversos alzados y perspectivas axonométricas, acotadas como si fueran modelos para
un cantero, definitivamente construidas por él en la geométrica cárcel de su mente
prodigiosa.
–¿Cree que podrá hacerlas?
–¡Claro que sí! ¿Por quién me ha tomado? Es un trabajo de aprendiz. Ya está
todo definido.
–Pues hágalas.
–¡Pero yo soy un artista! ¡Exijo mi derecho a crear! ¡Yo puedo mejorar estos
diseños!
–No lo hará. Quizá pudiéramos discutir algún detalle si usted fuera capaz de
mejorar los míos, cosa que dudo.
–¿Y para eso me ha traído y me ha halagado? Búsquese a un cantero para eso.
Yo soy escultor. Lo único que admito es tomar estos dibujos como sugerencia. A partir
de ellos haré unos modelos en escayola. Ya verá cómo quedan.
–Hágalo –dijo Wright–. Pero perderá el tiempo.
Iannelli tuvo la prudencia de seguir los diseños de Wright, que no estaban muy
alejados de su propio estilo –por eso había sido llamado–, y Wright tuvo el buen juicio
de saber delegar en él como en un valioso colaborador, y de reconocer que los modelos
de Iannelli estaban muy bien, tanto que, con más oficio y conocimiento de la estatua que
él, había sabido combinar los diseños cubistas del arquitecto con una suave e
inexplicable sensualidad.
165
La gran obra iba muy bien. Ya estaba casi acabado lo que era propiamente el
edificio, pero aún faltaban muchas otras cosas.
Wright diseñaba el bordado de las servilletas y una legión de bordadoras se
ponía a la labor. Wright pensaba los veladores sabiendo que varios talleres de
ebanistería esperaban los dibujos. Sabía que, si de pronto decidiera que los asientos de
las sillas iban a ser de lona, Waller correría a un taller textil; si de mimbre, o de madera,
forrados o no de terciopelo, o de gamuza, o de pana, no tenía más que decirlo –y
dibujarlo– para que Waller movilizara a toda la industria correspondiente. Miles de
lamparitas de mesa, cientos de farolas para iluminar los jardines, decenas de miles de
vasos, copas, platos, cubiertos, manteles, campanillas de bronce... todo estaba en manos
de Wright, y sólo su fatiga o su desinterés le impedirían diseñarlos personalemente.
Pero Wright no se cansaba. Tenía la ocasión de realizar una obra de arte total, de
diseñar hasta la última manilla de la última puerta, y lo estaba haciendo. De sus manos
salían dibujos y dibujos, tan minuciosos como los del edificio. Nada de lo que había en
el mercado le valía; quería crearlo todo. Trabajaba como nunca, y cobraba en
consonancia.
Sólo había otro plenipotenciario además de él, que se ocupaba de los dos únicos
asuntos que le eran ajenos: el personal y el abastecimiento. Waller tenía que contratar
camareros, guardacoches, guardarropas, mayordomos, maîtres, cocineros, barmen,
relaciones públicas, croupiers... cientos de personas para que los Midway Gardens
funcionaran a la perfección, y tenían que ser los mejores. También necesitaba el mejor
champagne, whisky, caviar, carne por toneladas, pescado, legumbres, vinos españoles...
Para encargarse de todo ello había llamado a John S. Vogelsang, El Rey del Servicio, el
mayor especialista en suministros de personal, alimentos y bebidas a los mejores
restaurantes y hoteles.
John Vogelsang tenía un trabajo de tanta responsabilidad como el de Wright. Si
el arquitecto tenía que saber diseñar los espacios en los que disfrutarían miles de
personas, previendo medidas, distancias, alturas, decoración, ambiente..., el proveedor
tenía también que concentrar su imaginación y ver toda aquella obra funcionando llena
de vida, con todos los clientes pidiendo cócteles al mismo tiempo, llegando a la vez y
exigiendo que alguien se hiciera cargo de sus coches y de sus sombreros,
amontonándose en la barra del bar o yendo por cientos a los aseos pidiendo jabón y
toalla. Vogelsang recorría los jardines y los salones como un general en campaña,
calculando con exactitud la manera de que aquello funcionara bien: Aquí un
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mayordomo, jefe de esta zona, con diez hombres; aquí otro con otros diez, desde aquí
hasta aquí. Esta zona de barra, reservada. No; aquí se estorban los barmen. Dos maîtres
para esta sala, con doce camareros distribuidos así. E igualmente con las provisiones.
Vogelsang tenía que calcular sin error cuánto champagne se consumía por hora, para
saber cuántas botellas tenían que estar heladas, cuántas enfriándose y cuántas en
almacén; qué capacidad tenían que tener los refrigeradores del bar y los del restaurante,
y cuánto hielo consumirían. Decirle al arquitecto que preparara quince barras auxiliares
en el jardín, aquí una, aquí otra, otra exactamente aquí... Tenía que calcular cuántas
libras de carne había que traer al día para que ni faltara ni sobrara; cuántas barras de
pan, galones de vino y de leche... y los cálculos no eran como para un restaurante, por
grande que fuera; eran como para que una ciudad pequeña resistiera sitiada una semana.
Wright y Vogelsang congeniaron. Los dos eran grandes, si bien la actividad de
un organizador de personal y abastos es menos propensa a pasar a la historia. De aquella
amistad surgió que Wright le construyera a Vogelsang su casa y algunos restaurantes y
hoteles, y que éste le proporcionaría al arquitecto el instrumento de su desgracia.
A Wright se le ocurrió que, ahora que tenía dinero, necesitaba servicio en
Taliesin.
–Señor Vogelsang, ¿podría usted conseguirme un mayordomo y una cocinera de
confianza para casa?
–Por supuesto. ¿En su finca de Wisconsin?
–Sí. En Taliesin.
–Tengo un matrimonio que le vendrá muy bien. Julian y Gertrude Carleton. En
estos casos es mejor un matrimonio, ¿sabe? Es más... conveniente.
–Entiendo. ¡Qué horror, una pareja que conviva bajo el mismo techo sin estar
casada! ¡Ja, ja!
–¡Oh, perdóneme! No lo decía...
–Es igual; no tiene importancia. Ya estoy acostumbrado.
–Entonces le mando a los Carleton.
Julian y Gertrude Carleton habían venido de Barbados a los Estados Unidos en
busca de mejor fortuna y se habían instalado en Chicago. En ese momento estaban
vacantes y enrolados en la agencia de Vogelsang, que tenía justa fama de no tener a
nadie parado más de una semana. Vogelsang cobraba una comisión alta por colocarte,
pero era lo más seguro, y te solía encontrar buenas casas. A los Carleton les ofreció en
seguida la de un famoso arquitecto. Estaba lejos, en Wisconsin, y era una finca extensa
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con praderas, árboles, un río... Se habían acostumbrado a la gran ciudad, pero pensaron
que quizá el campo les gustase. Además, era un trabajo cómodo y bien pagado, aunque
tendrían que tratar con los señores lo del día libre. Julian pensaba que con sólo un día no
les daría tiempo de salir de allí, y que tal vez fuera posible juntarlos de tres en tres o de
cuatro en cuatro para que les mereciera la pena acercarse hasta Chicago.
–Bueno, Julian; no empieces a protestar –le dijo su esposa en el tren, camino de
Madison–. Ya veremos. A lo mejor le tomamos afición al campo y no pensamos más en
eso.
–Pero, mira. Una vez en Madison tenemos que tomar otro tren hasta ese Spring
Green. Tardaremos casi todo el día en el viaje. No podremos ir a Chicago casi nunca. Y
yo encerrado allí, no sé... no sé.
–Tómatelo con alegría. Yo casi lo prefiero, de verdad. Estoy cansada de la
ciudad. Verás como allí vivimos muy a gusto.
Wright sufría de esa misma lejanía. Sólo iba a casa los fines de semana, y no
todos, y aun los que iba los pasaba dibujando en el estudio. Aquel comienzo del verano
habían venido a Taliesin por primera vez los hijos de Mamah: Martha y John –doce y
diez años respectivamente–, a pasar unos días. A Frank le habría gustado estar más
tiempo allí para conocerlos mejor, jugar con ellos, montar a caballo, hacer mil cosas,
pero no pudo ser.
Edwin Cheney había accedido por fin a los ruegos de Mamah (naturalmente, él
tenía la custodia), aunque no estaba seguro de qué tal iba a resultar para los pequeños
aquella estancia. Los mandó de prueba, unos pocos días, a ver qué pasaba y para saber
si podía mandarlos para más tiempo en el futuro.
Los niños estaban pasando los mejores días de su vida. Aprendían a montar a
caballo, nadaban en el río, pescaban y se entusiasmaban con tantas cosas que no habían
conocido hasta entonces. Taliesin era un edén misterioso. Podían jugar a lo que
quisieran, correr bajo los árboles y elegir uno en cuyas ramas el tío Frank les construiría
un refugio secreto. Martha y John no se ponían de acuerdo y al final decidieron que
cada uno quería una casa en un árbol distinto. Resultó que tío Frank, después de
haberles animado tanto, no tuvo tiempo para hacérselas porque debía ir corriendo a
Chicago.
Se la hizo –sólo una– el señor Weston, que era el capataz de Taliesin, una
especie de encargado fijo, carpintero, pero ducho en oficios varios, que tenían los
Wright para las constantes obras y arreglos. Siempre estaba con las herramientas en la
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mano, trabajando a todas horas en aquella finca interminable en la que a cada momento
había algo que hacer, aunque sólo fuera una casita sobre las ramas de un árbol para que
jugaran los niños. Tenía un hijo de trece años, Ernest, que ayudaba a su padre en el
trabajo y soñaba con ser arquitecto un día. El señor Wright animaba al muchacho, y le
ponía a dibujar con él en el estudio, pero un día William Weston, cabizbajo y sumiso
pero inflexible, le pidió por favor que no le llenara a su hijo la cabeza de pájaros, que
Ernest no tendría nunca la suerte de poder estudiar y que él le necesitaba trabajando a su
lado. Le agradecía que le enseñara a dibujar, que era destreza muy necesaria para un
carpintero, y que, quizá, con un poco de suerte, su hijo pudiera llegar más lejos que él y
tener con el tiempo su propio taller. Pero, desde luego, nunca podría, ni por lo más
remoto, llegar a ser arquitecto, y no estaba bien alimentar falsas esperanzas que luego a
él le costaba tanto trabajo y tanto dolor frustrar. Wright le respondió que él era hijo de
un pastor y de una maestra, y que, siendo sus padres bien pobres, él se había hecho
arquitecto. William Weston, sin decir nada, lanzó una significativa mirada alrededor,
abarcando la finca de doscientos acres de la herencia de la vieja señora Wright, y
frunció los labios de modo que el amo se sintió un poco avergonzado de haber
pregonado la pobreza de su familia. Wright insistió, con menos ganas, que sólo era una
cuestión de voluntad, y que en un país democrático y moderno como los Estados Unidos
de América, cualquiera podía llegar tan lejos como se lo propusiera, arquitecto o
presidente de la nación, con tal de tener tesón y capacidad. El carpintero asintió y
cambió de tema.
Desgraciadamente, Ernest Weston no llegaría a ser ni arquitecto ni carpintero.
Por aquellos días se había hecho muy amigo de Martha y de John, los primeros
compañeros en aquellos extensos dominios donde siempre había sido el niño solo. Tan
pronto como estuvo lista la casita, subió con ellos por la escala de cuerda a tomar
posesión del refugio secreto.
Hicieron jurar al tío Frank y al señor Weston que no revelarían a nadie el
secreto. El carpintero hizo un gesto de fastidio. No le gustaban esas cosas de niños
cursis y ricos; adivinaba que su influencia sobre Ernest sería mala. Pero Frank se lo
tomó muy en serio y compuso un gesto de gran solemnidad.
–Os doy mi palabra. Si no os fiais de mí, me cortaré la lengua como el arquitecto
del tesoro del Califa de Córdoba, para no podérselo decir a nadie. El señor Weston
también se la cortará.
–¡No! ¡Mi padre no!
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–¡Además no vale! Podéis decirlo por señas, y traer a mamá y enseñársela con el
dedo.
–También lo pueden escribir, listo.
–Entonces nos mataremos como los constructores de las pirámides.
–¡No; no! ¡Nos fiamos de vuestra palabra!
–Pero tenéis que hacer un juramento de sangre –dijo John.
–¡Ya está bien! ¡Dejáos de tonterías! –zanjó Weston, y masculló algunas
palabras maleducadas que a los niños les parecieron muy eficaces y misteriosas. Ernest
se sintió muy orgulloso de su padre, a quien sus nuevos amigos admiraron ahora más
que nunca.
La vida en Taliesin transcurría plácidamente. Tío Frank estaba casi siempre
ausente, por su trabajo; pero las pocas veces que se quedaba con ellos era muy alegre y
les enseñaba muchas cosas divertidas: juegos, canciones, charadas, asegurar bien la silla
de montar, hacer nudos corredizos...
Los niños volvieron a Oak Park encantados. Contaron a su padre con entusiasmo
todo lo que habían hecho, y éste consideró que podía mandarlos sin miedo más a
menudo, puesto que los veía fuertes, morenos y muy saludables, y además le aseguraron
que la finca era muy grande y que su madre estaba muy feliz y que la casa era preciosa
y que había una cocinera que preparaba unos hojaldres deliciosos y un mayordomo muy
educado y muy bueno que se llamaba Julian que era el marido de la cocinera que se
llamaba Gertrude y que siempre los trataba como a señores mayores con mucho respeto
y que un día, ¡ja, ja, ja!, dilo tú; no, tú; no, tú mejor; es que a mí me da mucha risa, y a
mí.
–Es que John se cayó a un charco y entonces se puso perdido y entonces...
–¡Es que me resbalé! ¡No me di cuenta!
–Y entonces Julian le dijo que no podía entrar así y que lo iba a ensuciar todo y
entonces le sacó al porche un albornoz y un barreño gigante y unas zapatillas y
también...
–¡Y me hizo bañar!
–¡Sí! Pero no le quería ver desnudarse y entonces se dio la vuelta y entonces
sujetó una manta por detrás de él, así, como si fuera una cortina y entonces la tuvo en
vilo todo el rato hasta que John se terminó de bañar. Y cuando estuvo vestido le dijo:
“Julian, ya he terminado”.
–No. Le dije: “Julian, ya estoy. Ya puedes...”
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–”Ya puedes mirar”. Y entonces Julian recogió la manta y entonces le hizo los
dobleces con mucho cuidado y entonces le dijo a John: “Espero que el señor haya
disfrutado del baño. ¿Estaba el agua a la temperatura que a usted le gusta? Como no
conozco las preferencias del señor...”
–¿Qué son prefencias?
–Calla. “La he calentado a ochenta y cinco grados Fahrenheit, que creo que es la
temperatura más adecuada en verano”.
–Papá. ¿Qué son los fahrenheis?
–Calla, bobo, que no sabes nada. Y entonces, ¿sabes qué le dijo John? Le dijo:
“Julian, los fahrenheis no los he visto, pero el agua estaba muy caliente”. ¡Ja, ja, ja!
–¡Es que estaba muy caliente! A lo mejor se dejó los fahrenheis dentro de la casa
y por eso no refrescaron la temperatura.
–¡Ja, ja, ja! Y entonces Julian le dijo: “Disculpe el señor; no volverá a ocurrir”.
¡Es más majo Julian...!
Durante días no hablaron de otra cosa que de sus vacaciones, y Edwin Cheney se
convenció de que Taliesin no era tan pernicioso como él había temido. Mamah y Frank
vivían bien, rodeados de comodidades, y podían atender perfectamente a los niños.
Tanto insistieron que antes de que terminara el verano volvieron otra vez a Taliesin.
Para su desgracia.
Fueron recibidos con cariño por todos. Su madre los abrazó y los besó, Julian se
inclinó leve y elegantemente ante ellos, Gertrude les sacó una bandeja de pastelitos
recién horneados que olían a gloria. Ernest fue corriendo a su encuentro, y, con grandes
aspavientos, tirando de sus brazos, los llevó a ver el nuevo potrillo. El único que faltaba,
como siempre, era el tío Frank. A Edwin le dio rabia que preguntaran tanto por el tío
Frank, y que le llamaran así, pero disimuló. Se negó cortésmente a quedarse a comer, y
se despidió fría y educadamente de su ex–esposa. Se fue, dejando a sus hijos allí,
viéndoles a lo lejos corretear y revolcarse con el otro niño.
Corriendo de un lado para otro, entraron al estudio –instalado por fin en una
edificación independiente–, y los dibujantes les gastaron bromas y les revolvieron el
pelo. Estos dibujantes de Taliesin no trabajaban en los Midway Gardens, sino en los
proyectos pequeños de la zona, en las pocas casitas de Wisconsin.
Todo estaba tan bien como siempre. Eran felices y gozaban del verano, pescando
y bañándose en el río, que, afortunadamente, no tenía fahrenheises ni falta que le
hacían.
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Sólo había dos personas que últimamente no disfrutaban de esa placidez. En
silencio, y sin que él se enterase, Gertrude Carleton lanzaba miradas furtivas a su
marido. Le espiaba. Le veía raro y no sabía exactamente qué le pasaba, pero estaba
segura de que le pasaba algo. Seguía desempeñando su trabajo como siempre, muy
bien, y los señores estaban encantados con él. Pero había un no sé qué en Julian que
sólo percibía ella. Quizá echaba de menos Chicago, quizá fuese el calor, quizá se
aburría. Pero estaba mustio, desganado, no hablaba con ella tanto como antes. Parecía
absorto en algún pensamiento misterioso y desasosegador.
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5


El sábado quince de agosto de mil novecientos catorce, a la una y media de la
tarde, como todos los días a esa hora, los obreros, los encargados, los capataces, el
arquitecto y sus ayudantes dejaron el trabajo y acudieron al enorme bar principal, que
había sido habilitado como comedor de campaña mientras durara la obra que ya llegaba
a su fin. Al ir entrando, apreciaron el mural de detrás de la gran barra, ya por fin
terminado. Lo había diseñado John, el hijo del arquitecto. Había quedado muy bien y
todos le felicitaron. Era una composición abstracta a base de círculos de colores pardos
y azulados, con líneas rectas que los cruzaban y enlazaban, y seguía el estilo decorativo
de su padre, aunque era cien por cien suyo. John Vogelsang entró dirigiendo al personal
que traía la comida preparada, y se quedó impresionado.
–¡Coño, qué bonito!
–¿Le gusta? –preguntó Frank con orgullo– Lo ha hecho John, mi hijo.
–Sí que me gusta. ¿Qué es?
–Pues es un mural decorativo –dijo John.
–Eso ya lo veo, pero lo que digo es que qué es.
–Pues eso. Son unos círculos con unas líneas. Aquí unos rombos que enlazan...
–¡Que sí! ¡Que eso ya lo estoy viendo! ¡Que qué es!
–Lo que el señor Vogelsang pregunta, John, es qué representa el mural –le dijo
Frank sonriendo, a ver cómo salía su hijo del embrollo.
–No representa nada. Absolutamente nada. Es sólo bello. Usted mismo lo ha
dicho.
–Y lo mantengo, John; y lo mantengo. Es muy bonito, sin duda. Pero yo
esperaba que significara algo –Vogelsang intentaba disimular su decepción para no
ofender al joven.
–John –intervino Frank–, ¿qué trabajo te cuesta decirle a este hombre perplejo
que se trata de una alegoría?
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–¡Exacto! ¡Una alegoría! Explíquemela, señor Wright, ya que su hijo no quiere.
Sepan ustedes que a mí me gusta apreciar el arte que veo; no sólo decir si es bonito o
feo, como los paletos.
–Pues esto... –empezó Wright sin saber aún por dónde iba a salir– es una
alegoría de... de la creación del Universo.
–¡No me diga!
–Sí; mire. Estos son los planetas, los astros, los cuerpos celestes. Aquí los rayos
cósmicos. Al principio era el Caos.
–Esto es Júpiter –dijo John señalando un círculo azul, por seguir la broma que
tan feliz hacía a Vogelsang.
–Planetas con nombres de dioses romanos –continuó Frank–. Y el Creador
ordenó el Caos. ¡Y el Cosmos fue! ¿Entiende? Es la mitología y la vida. Nuestra
esencia.
–¡Ahora sí que lo veo! ¿Ves, John? ¿Por qué no querías soltar prenda? Ahora lo
entiendo. Este mural no es sólo bonito –dijo la palabra con desprecio–. Es profundo; y
tú, muchacho, eres un verdadero artista.
Todos los trabajadores entendieron al fin aquel maldito ringorrango de curvas y
rectas, lo apreciaron sinceramente y se dispusieron a almorzar en paz.
Hacía algunos días, Gertrude se había despertado bruscamente de madrugada. Su
marido aún no se había acostado. Estaba ahí delante, sentado ante la ventana, con los
ojos perdidos en la tenue luz que la luna llena arrancaba del valle. Era una vista
preciosa, pero Gertrude no pensaba que su marido la estuviera siquienda percibiendo.
Estaba abstraído, fumando parsimoniosamente ante la ventana, y las volutas de humo se
enroscaban perezosamente y se desparramaban al salir al exterior.
–¿Qué te pasa? ¿Qué haces? ¿Por qué no te acuestas?
–Ciertas personas me están molestando.
–¿Qué dices? ¿Quiénes?
–No sé.



Edward Waller llegó tan contento al bar que ni se fijó en el mural de John. Se
sentó a la mesa con el señor Wright, con su hijo y con el señor Vogelsang. Esta era una
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costumbre que quería mantener; cuando sus obligaciones no se lo impedían iba a comer
con la gente de la obra y charlaba con ellos animadamente.
–Los Midway Gardens van a ser un éxito. Vengo de la imprenta de recoger los
carteles, los menús, los tickets y los abonos. Aquí tengo unas muestras. Miren qué bien
han quedado. Tenía usted razón, Wright.
–¿A ver? Sí; quedan muy bien.
–¿Ven ustedes? Los tickets de acceso, con derecho a conciertos y atracciones,
son veinticinco centavos, pero el abono para toda la temporada es de diez dólares por
automóvil, no por persona. “Hágase asiduo de los Midway Gardens por diez dólares, e
invite a quien desee”.
–Está bien pensado –dijo Vogelsang–. Usted capta clientes por el abono. Lo de
menos es la entrada. De lo que se trata es de que hagan consumiciones.
–¡Claro!
–Señor Waller –interrumpió Wright–, ¿ha visto usted el mural de la barra? Lo ha
hecho John.
–¿Eh? ¡Ah, sí! Muy bonito. ¿Qué representa?

Gertrude sorprendía a su marido cada vez más frecuentemente en sus extraños
silencios y desvaríos. Vivía con el alma en un puño. Le observaba atentamente, y le veía
cumplir con su trabajo, más silencioso y distante, pero tan correctamente como siempre.
No tenían queja de él, y ni siquiera percibían nada raro, en eso ella estaba tranquila por
el momento. Pero sabía que algo le pasaba. Cuando le preguntaba, él decía que no era
nada, o se indignaba por sus insinuaciones, o decía cosas raras. Quizá fuera el calor, o la
vida apartada. Tal vez las inquietantes noticias de la guerra europea, los rumores de que
los Estados Unidos iban a participar inevitablemente; las insidias de que, en ese caso,
los negros irían al frente los primeros. Los Carleton habían conseguido al fin la
nacionalidad estadounidense, qué mala suerte, justo antes de entrar en la guerra. Negro,
pobre, recién nacionalizado, era el candidato ideal al llamamiento. Pero se lo decía a
Julian y él le decía que no. Que no era la guerra, ni la lejanía de Chicago, ni el calor, ni
nada.
–Entonces, ¿qué te pasa?
–Nada. Es tu palabrería y tu temor. Me martilleas la cabeza como una cotorra.
–Estoy muy asustada. No sé lo que tienes.
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–No te asustes. Se me pasará. Yo lo solucionaré. Son esas personas que me
molestan. Me dejarán en paz, ya lo verás.
–¿Quién te molesta, Julian?
–Los que yo me sé.
–¡Quiénes!
–¿Eh? Hmmm... Nada. ¿Quiénes qué?
–¡Ay, Julian! Vámonos de aquí. Vámonos a Chicago a descansar, ¿eh?
Pediremos unos días de permiso, o, si quieres, dejaremos a los Wright. Volveremos a
Chicago. ¿Quieres? Allí te calmarás. Allí no te molestará nadie.
–Me perseguirán para molestarme. Ya no me dejaran en paz nunca, a no ser que
yo acabe con ellos.
Gertrude, aterrorizada, le comunicó a la señora que, sintiéndolo mucho, su
marido y ella se tenían que ir de Taliesin. Mamah se sorprendió ante esta declaración
intempestiva; quiso saber la razón, que le dijera si se habían portado mal con ellos, si
tenían alguna queja. Gertrude dijo que no, que no, que ellos eran muy buenos y les
trataban muy bien, pero que no tenían más remedio que irse. La señora lo sintió mucho
y les dijo que sería una pena prescindir de sus servicios. Fijaron como fecha de la
partida el próximo sábado, quince de agosto.

–¿Tomará café, señor Wright?
–Sí. Solo.
–Tengo entendido que fue precisamente el café lo que más le gustó de Italia.
–¡Oh, sí, señor Waller! El Renacimiento no está mal, aunque no sé por qué razón
su arquitectura es tan pobre. Un gran escultor, un genio sin duda, como Miguel Ángel,
acabó, sabe Dios por qué, queriendo ser arquitecto. ¡Qué decepción! Una verdadera
pena. La cúpula de San Pedro es lastimosa. Pero, sí; tiene usted razón; el café italiano es
excelente. Después de probarlo, el nuestro parece agua de fregar.
–Estoy de acuerdo con usted, al menos en lo del café. Y me complace
comunicarle que en los Midway Gardens tendremos espresso y capuccino auténticos.
–Es una gran idea.

La comida estaba lista. Gertrude, en la cocina, miraba con alivio a su marido,
que, sabiendo que por la tarde harían las maletas y se irían por fin a Chicago, parecía
tranquilo e incluso animado. Tomaba los platos que Gertrude había cocinado y los
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sacaba al comedor, sirviendo la mesa por última vez con su habitual corrección,
recibiendo con agradecimiento las halagadoras quejas de todos por su partida.
–¿Se irán ustedes hoy? ¿Es definitivo?
–Sí, señor Brodelle.
–Es una pena, Julian. No volverá a haber en Taliesin un hombre tan eficiente
como usted, ni una cocinera tan buena como su esposa.
–Gracias, señor. Es usted muy amable.
A la gran mesa del comedor estaban sentadas seis personas: William Weston, su
hijo Ernest, los dibujantes Emil Brodelle y Herbert Fritz, y Thomas Brunker y David
Lindblom, dos hombres para todo que cuidaban los caballos, atendían el jardín y
ayudaban a Weston en las obras pequeñas. En el jardín, en una terraza que miraba al
estanque, aparte, estaban los señores: Mamah Borthwick y sus hijos Martha y John
Cheney.
Julian salió con la sopera de la cocina al jardín, y sirvió a los señores. Luego,
desde allí entró al comedor para servir la sopa a los empleados, y desde el comedor pasó
directamente a la cocina. Fritz y Brodelle gastaban bromas a Ernest delante de su padre,
riendo sus progresos en el tablero de dibujo y vaticinando su futuro como gran
dibujante. El chico estaba un poco corrido por los halagos burlones, y Weston veía
complacido cómo a su hijo de trece años lo trataban ya como a un compañero y como a
un hombre.
Herbert Fritz tuvo que contar muchas veces lo que ocurrió después. Tras
terminar la sopa, esperaron a que Julian trajera el segundo plato, pero éste tardaba en
venir. Entonces vio que bajo la puerta de la cocina salía un líquido espumoso, y por un
instante pensó que un pequeño desastre doméstico era el motivo de la tardanza. Pero el
líquido se extendía y empezaba a invadir el comedor, y su olor era inconfundible. No
era agua con jabón. Era gasolina. Los demás daban la espalda a la puerta de la cocina y
charlaban animadamente sin darse cuenta de nada. Fritz quiso señalarles el charco, pero
no le dio tiempo.
Julian tiró una cerilla y, mientras el líquido se incendiaba, salió de la cocina a la
terraza armado con un hacha. Fritz lo vio a través de las vidrieras y se levantó de un
salto. Los otros cinco lo hicieron un momento más tarde y corrieron a la puerta tanto
para huir del incendio como para auxiliar a la señora y a los niños; pero Julian Carleton
la había cerrado con llave al servir la sopa, sin que nadie reparara en ello. Tampoco
podían salir por la cocina, que era un infierno. Los seis empleados embistieron contra la
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puerta vidriera mientras veían aterrorizados cómo Julian abría las cabezas de Mamah y
de John de sendos hachazos. Martha consiguió zafarse y echar a correr con todas sus
fuerzas, pero Carleton la alcanzó y le dio muerte sobre la hierba, de otro hachazo.
Finalmente la puerta cedió a un golpe de elefante del corpulento William
Weston, que salió tropezando, aturdido, asfixiado por el humo. Tomó aire y volvió a
entrar por su hijo. Pero Julian Carleton ya había llegado a la puerta y se los quedó
esperando. Asestó un golpe formidable a Weston, que salía con su niño en brazos y no
podía defenderse. Ernest cayó abruptamente, asido al cuerpo inconsciente de su padre, y
allí mismo fue muerto. David Lindblom salía con las ropas en llamas, tapándose la cara
con los brazos; no llegó ni a ver a Julian.
Los otros tres habían optado por saltar por las ventanas, lanzándose a través de
los cristales y cortándose por todo el cuerpo. Estaban unos metros más lejos, pero tenían
las ropas incendiadas y se revolcaron por el suelo para apagar el fuego que les abrasaba.
Eso le dio tiempo a Julian para llegar antes de que huyeran y matar a Brodelle.
Fritz tuvo un reflejo que le salvó la vida. En vez de revolcarse en el jardín como
los demás, se dejó rodar ladera abajo, y así, mientras se apagaba su ropa, pudo alejarse
del infierno. Le frenaron los árboles, entre los que se quedó agazapado y escondido. Vio
cómo Carleton, tras matar a Brodelle, dio un golpe furibundo a Brunker, que quedó
inconsciente porque no le pegó con el filo, sino con la hoja algo ladeada. Sus ropas no
se habían apagado del todo y siguieron ardiendo.
Carleton huyó y desapareció tras los árboles. Herbert Fritz, cojeando y
aguantando el tremendo dolor, pudo llegar hasta Brunker y apagar sus ropas. El pobre
parecía muerto. Fritz le hizo la respiración artificial y logró reanimarle
momentáneamente.
Fritz, horrorizado, se acercó a cada uno abrigando una vaga esperanza. Excepto
Thomas Brunker, que había vuelto a quedar inconsciente (y que moriría tres días
después en el hospital), y William Weston, que recuperaba el conocimiento
trabajosamente, los demás estaban todos muertos. Toda aquella monstruosidad había
durado un par de minutos.

A lo lejos se veía una columna de humo negro. En seguida se oyó repicar la
campana de la capilla de los Lloyd–Jones. Todos acudieron corriendo. Los vecinos –los
tíos y primos de Wright y sus empleados– llegaron los primeros. Algo más tarde
comenzó a llegar la gente del pueblo. Lo evidente era el incendio, pero en seguida los
178
cadáveres encharcados de sangre les hicieron ver que aquello era otra cosa. Fritz les
contó, y muchos fueron por sus armas para hacer una batida. Jenkin Lloyd–Jones –el
ubicuo tío Jenkin– montó uno de los caballos de Taliesin y tomó el mando. Batieron
toda la ladera y todo el valle, pero no dieron con Julian Carleton.
De la casa salió llorando Gertrude, y el sheriff J. T. Williams la detuvo
inmediatamente y mandó a sus ayudantes que la llevaran a la cárcel de Dodgeville,
sobre todo para protegerla. La cocinera contó que, tras servir la sopa, su marido la echó
de la cocina, tan descompuesto y profiriendo tales amenazas que ella no se sintió con
fuerzas para oponerse a sus órdenes, aunque no sospechaba (o tal vez sí) lo que Julian
iba a hacer. Si lo hubiera adivinado (en el fondo lo había adivinado), dijo, habría dado la
alarma sin reparar en el riesgo de su propia vida. Así lo declaraba y lo juraba una y otra
vez, implorando que la creyeran y sintiéndose tan culpable que no lo podía soportar.
“¡Dios mío! ¡Si lo hubiera imaginado! ¡Si hubiera tenido valor para gritar!”

–¡Llamada para el señor Wright! ¡Señor Wright!
–Sí; ya voy. Ahora veremos los estucados, John. Te diré lo que no me gusta de
ellos.
–Pero, papá; ya los hemos visto cien veces. Están bien.
–Se pueden mejorar. Hay que cambiar...
–¡Señor Wright! ¡Al teléfono!
–¡Ya voy!
Frank fue con fastidio. No le gustaba que le sacaran de su trabajo.
–Dígame.
–¿Es usted el señor Wright?
–Sí, soy yo.
–¿Frank Lloyd Wright?
–Sí; sí. Dígame.
–Soy Frank Roth, de Madison. Oficina del Gobernador. Lo siento mucho, señor
Wright. Tengo que darle una noticia terrible.

Los que no habían ido a la caza de Carleton se habían quedado a apagar el fuego.
Todo había ardido; las estructuras de madera se habían reducido a cenizas y sólo
quedaban restos ennegrecidos de los muros de piedra o de ladrillo. El sheriff caminaba
entre las ruinas humeantes, sin poder comprender todavía, pisando con una pena infinita
179
los restos de las alfombras, de los muebles, de las mil cosas que hay en un hogar, un
trozo de fotografía, un jarrón desportillado, una cajita, un imperdible, una polvera...
Entonces oyó un quejido en la leñera. Pensó que sería un gato. Se quitó la chaqueta y
con ella se envolvió la mano para no quemarse. Abrió la puerta de chapa y vio a Julian
Carleton. Había vuelto a la casa en pleno incendio, antes de que ellos llegaran, y se
había refugiado allí.
El asesino miró al sheriff con ojos de desamparo, aterrorizado de lo que él
mismo había hecho, incapaz de comprender nada de lo que había pasado. Sólo dijo una
palabra: “ácido”, que se escapó levemente de sus labios abrasados. Su mano derecha se
abrió y dejó caer una botella de aguafuerte. El sheriff Williams lo sacó de un tirón. Su
primer pensamiento fue maldecir que se hubiera bebido aquello sin darle la oportunidad
de matarle con sus propias manos, pero ordenó que le llevaran a la cárcel de Dodgeville,
donde murió en brazos de su esposa. No tuvieron la crueldad de negarse a encerrarle
con ella.

Ya era de noche cuando llegó Edwin Cheney. Vino solo. Frank se sintió ante él
más culpable que nunca.
–No estuve con ellos, Edwin. ¡No supe cuidarlos!
–Frank...
–Tus hijos. ¡Dios! ¡Dios!
–Me los llevo. Quiero que estén en el panteón familiar.
–Quizá aquí, con su madre...
–No. Aquí no.
–...
–Quiero que sepas que no te hago responsable, Frank.
Entonces Edwin Cheney rompió a llorar y Frank ya no pudo contenerse más y
también lloró. Edwin le tendió la mano; Frank habría querido abrazarlo, pero no se
atrevió.
–La enterraré al pie de la ladera, bajo esos robles.
–Como quieras.
–¿Vendrás?
–...No.
–Está bien. Edwin, yo...
–Adiós, Frank.
180
–Adiós, Ed.
Se quedó solo, mirando el cadáver resquebrajado de su amada, velándolo. Era ya
de noche. La luna llena iluminaba el valle.
181
Quinta parte

Volver a empezar

1

Frank encargó un ataúd de pino recién cortado, sin desbastar. Tomó en brazos el
cuerpo de su amada y lo depositó en la caja limpia y blanca, olorosa a madera fresca.
Cortó las flores más bonitas de Taliesin y llenó el ataúd con ellas.
El cadáver, imposible de adecentar, con la cabeza hendida terriblemente, le
movía a una ternura infinita. Sin embargo, los de los niños le habían horrorizado, como
si le acusaran de la terrible injusticia que habían padecido. A Wright le invadía una
profunda angustia, confusa, indefinida, que flotaba en la vagarosa irrealidad.
También, cómo no, le hicieron responsable los periódicos y los predicadores,
que ni por lo más remoto habían podido esperar un desenlace tan rotundo y tan
magnífico para el “Escándalo Wright”. Era verdaderamente un broche de oro, y lo
explotaron como merecía.
Además de repetir la narración de Herbert Fritz, introducían consideraciones de
justificación ética en lo que no tenía más explicación que la fatalidad y la locura. Todos
hablaban de castigo divino, de penitencia merecida y lamentaban que, mientras el rijoso
arquitecto se había librado, los niños, “aquellas inocentes criaturas”, hubieran pagado
con su vida el atroz pecado.
La tumba estaba entre matas de flores, a la sombra de los árboles centenarios,
que parecían acogedores y comprensivos.
Al entierro acudió una multitud, pero hubo dos ausencias notables: Edwin
Cheney, que estaba enterrando a sus hijos en Oak Park, y Herbert Fritz, incapaz de
volver a pisar Taliesin.
William Weston, a pesar de haber perdido a su hijo y de no haber muerto él
mismo de pura casualidad, no quiso abandonar Taliesin. Herbert, por el contrario, no
volvió a trabajar con Wright. Tan sólo dos días después de la tragedia, marchó a
Minneapolis, al estudio de George Grant Elmslie, aquél que había sido sobresaliente de
Wright en el estudio de Adler y Sullivan, y que ahora trabajaba por su cuenta con
notable éxito, asociado con William Gray Purcell.
182
–¿Es usted el señor Elmslie?
–Sí, soy yo. ¿Qué desea?
–Me llamo Herbert Fritz. Soy dibujante. Vengo a solicitar trabajo.
–Herbert Fritz... Su nombre me resulta conocido. Discúlpeme, pero en este
momento no recuerdo... Pero me suena. ¿Dónde ha trabajado usted antes?
–En el estudio de Frank Lloyd Wright.
–¡Claro! ¡Herbert Fritz! ¡Taliesin!
–Sí. Mi nombre está saliendo mucho en los periódicos. Soy “el dibujante
superviviente”; pero, por favor, me gustaría que nadie me preguntara sobre aquello.
–Claro, por supuesto. ¡Terrible!
–Traigo unos dibujos...
–No hace falta que me los enseñe. Si ha trabajado usted para Wright es más que
bueno para mí. Venga; le presentaré al señor Purcell, mi socio.
Herbert trabajó unos años con Elmslie y Purcell, hasta que abrió su propio
estudio. él también engrosó las filas de aquellos arquitectos conocidos genéricamente
como “La Escuela de Wright” o “Del Estilo Pradera”. Fue un digno arquitecto, buen
profesional, y construyó muchas casas agradables. Vivió desde la distancia, con
admiración y respeto, la gloria creciente de su maestro, a quien nunca más volvió a ver,
y después, al sobrevivirle, fue testigo de su póstuma ascensión al paraíso de la leyenda.
Nunca, hasta la hora de su muerte, pudo librarse de que le reconocieran como “el que se
salvó de la matanza”.
Aquella tarde del entierro en Taliesin, los familiares y amigos de Frank, entre los
que estuvieron Edward Waller y John Vogelsang –que se sentía especialmente
responsable por haberle proporcionado a los Carleton–, se mostraron muy obsequiosos
con él. Nadie era capaz de asimilar aquella brutalidad sin sentido, y nadie sabía cómo
iba a reaccionar el arquitecto. No le quitaban ojo, temiendo que pudiera cometer una
locura, pero él les pidió a todos que le dejaran solo y nadie se sintió capaz de negarse.
Se fueron retirando poco a poco, remolones de abandonarle, y él se quedó ante la fosa.
Estuvo muchas horas en silencio ante su amada, con la boca seca y la garganta agria,
estragado y deshecho de dolor inútil. Ya bien entrada la noche reparó en un macizo de
peonías que pincelaban la oscuridad con su color alegre, y recordó la observación que
una vez le hiciera Mamah: había que cortarlas de noche para que duraran más. él había
dicho distraídamente que qué más daba, si al fin y al cabo las flores duran tan poco y
que son la gloria del instante; entonces ella, enigmáticamente, le había asegurado que
183
los hombres y las mujeres también duraban muy poco, que el placer era también la
gloria de un instante, pero que el amor era eterno porque estaba por encima de ellos
mismos.
Sonrió candorosamente. Había olvidado por completo aquel diálogo y ahora las
peonías, súbitamente, se lo habían traído a la memoria con toda nitidez. Pensó que era
un símbolo. Cortó unas cuantas y las esparció sobre la tumba recién removida.
–Tenías razón, Mamah.
Volvió andando a casa, cuya silueta se recortaba negra y quebrada contra el cielo
violeta reverberante de luna. Un cuartito del estudio había sufrido menos que el resto.
Entró allí e improvisó un camastro en el suelo. Se acostó e intentó dormir, sin
conseguirlo. Su presencia en los Midway Gardens era imprescindible, pensó. Ya no le
importaban. Le tenía sin cuidado su obra y su vida. Se levantó y recorrió las ruinas al
claro de luna. Las inspeccionó con atención, paladeando su desamparo.
Un joven agente vigilaba los restos de Taliesin. Según dijo a Wright, uno de los
innumerables y descabellados rumores que circulaban era el de que Carleton podía tener
cómplices. Nadie lo creía en serio, pero el sheriff Williams, por si acaso, por si alguien
volvía por allí con malas intenciones, le había mandado a vigilar.
–¡Qué tontería! –dijo Wright al oír aquello–. A Taliesin ya no le pueden hacer
más daño. En cuanto a mí, ójala me mataran.
Tenía cuarenta y cinco años y para todos, incluso para él mismo, era un hombre
acabado. Era imposible que se recuperara de aquel golpe, decretado por el mismo Dios
todopoderoso para castigar su orgullo. Tal era la opinión de muchos, y de ella se hacía
eco la prensa, que había hecho un hueco entre las noticias referentes a la Gran Guerra
Europea y a la posible entrada de La Nación en ella para difundir crueles comentarios
sobre la tragedia de Taliesin. También desde los púlpitos, muchos predicadores que ya
se habían explayado a gusto con el escándalo faldero, buscaban ahora una justificación
ejemplar a aquel desenlace. Parecía que muchos hasta se alegraban. Todo esto tuvo un
efecto muy saludable para Wright, porque le arrancó bruscamente de su postración y le
incitó a la pelea.

FRANK LLOYD WRIGHT SE MANIFIESTA
Tras unos días de silencio, con el corazón destrozado, me dispongo a hacer lo que
nunca pensé que haría: rasgarme de nuevo el alma para dar explicaciones a quienes no
184
las merecen. Pero a mi dolor irremediable se ha venido a unir otro asqueroso que
exige una respuesta y un desafío.
En primer lugar, quiero manifestar mi más profundo agradecimiento a los vecinos de
Spring Green, que acudieron desinteresadamente a prestar su ayuda y a salvar la vida
–jugándose la suya– de mis seres queridos. Lamentablemente esto fue imposible, pero
todos ellos se resistieron a aceptar la trágica realidad y lucharon y se esforzaron
heroicamente por mí y por los míos.
Con ello dieron un testimonio del cariño que siempre nos han tenido, y es por ese
cariño de quienes nos han conocido a fondo por lo que quiero dirigirme a quienes nos
han juzgado sin conocernos.
Quiero defender a una mujer buena y valiente del pestilente virus inoculado en el
hombre de la calle; un virus que se reproduce incesablemente en inicuas calumnias. Si
se ha cultivado para atacarme a mí, declaro que estoy vacunado y soy inmune a él,
pero lo peor es que se ha cebado en Mamah Borthwick
1
, salpicando de paso a sus
pobres hijos y a los amigos que compartieron con nosotros Taliesin y que encontraron
la muerte en esta casa en la que fueron felices.
Se ha dicho que Mamah abandonó a sus hijos y se despreocupó de ellos. Ójala hubiera
sido así; entonces no habrían estado ellos aquí con su madre en tan aciago día. Ella
hizo más por sus hijos mostrando su feminidad y su libertad que sacrificándolas a
ellos. [sic]
Se ha falseado todo lo que respecta a mi relación con Mamah Borthwick y ahora el
trágico final ha incitado a falsear aún más lo que se cuenta de nosotros. Es inútil tratar
de poner las cosas en su sitio, y sólo se me ocurre exhortar a las mujeres que creen
“poseer” el amor de sus esposos y a los esposos que creen “poseer” el amor de sus
mujeres a que consideren que un contrato firmado no significa “tener derechos sobre
el amor”, ni la ausencia de ese documento impide poder sentirlo, vivirlo y disfrutarlo.
Amor y matrimonio son cosas diferentes. ¡Esposas: rogad al cielo que os haga capaces
de amar tanto y de ser tan tiernamente amadas como Mamah Borthwick! ¡Padres y
madres con hijas: sentíos orgullosos si se desarrollan en un plano tan espiritual y
elevado como Mamah Borthwick!
2

Mamah duerme ahora en un fresco paraje, sombreado por los robles y alfombrado por
petunias, peonías y violetas. Está en paz. Aquí yace mi amor, y yo no puedo irme de
aquí y dejarla sola. Borraré esta negra cicatriz humeante y recuperaré la belleza y la

1
Wright seguía evitando, concienzudamente, el apellido Cheney.
2
Esta arenga, como cabe suponer, no suscitó una reacción lo que se dice entusiástica en las
esposas y esposos, ni en los padres ni madres de hijas.

185
armonía perdidas. Reconstruiré Taliesin sobre sus cenizas, por mí, que lo sigo
considerando mi hogar, y por los que vivieron felices en él, in memoriam.

Wright había reaccionado. La declaración, tan descabellada e ilógica como de
costumbre, tan disparatada, demostró al menos que seguía siendo tan testarudo como
siempre, y que se encontraba lleno de energía. En unos pocos meses se inauguraron los
Midway Gardens y se reconstruyó una buena parte de Taliesin. El arquitecto volvió a
tomar el pulso de la batalla, aunque seguía sufriendo heridas incurables, que se
encargaban de avivar las carretadas de cartas que llegaban a Taliesin y al estudio del
Orchestra Hall de Chicago.
Primero llegó una, solitaria, como la abeja exploradora que precede a sus
compañeras, que acudirán a miles tan sólo unos minutos más tarde. Esa abeja primera
tomó la forma de una carta anónima, en suave papel–tela rosado, que, con una caligrafía
excesiva de gruesos y finos, decía escuetamente:

Señor Wright: Es usted basura.

A los pocos días, Moses, el alarmado cartero de Spring Green, solicitaba
insistentemente un ayudante, y el de la manzana del Orchestra Hall de Chicago
consiguió un enchufe para que le destinaran a otra zona.
Mientras esperaba los refuerzos que nunca llegarían, Moses abandonó su
bicicleta y pidió prestado el camioncillo del lechero para subir a Taliesin con miles de
cartas y telegramas. Los nuevos ayudantes de Wright no tenían tiempo de dibujar; se
pasaban los días leyendo la abrumadora correspondencia, que el arquitecto se negaba a
quemar directamente porque de vez en cuando, más o menos una de cada cien, había
algún testimonio amable y comprensivo, que contestaba indefectiblemente. Los autores
de las otras noventa y nueve cartas lamentaban que Wright no hubiera sido víctima de
Julian Carleton, y reprobaban escandalizados sus declaraciones hipócritas. Algunos
hacían brillantes ejercicios literarios, clamando por que la sangre de los niños cayera
sobre su cabeza y formulando maldiciones espeluznantes. Otros, más cachondos, hacían
chistes obscenos sobre su verriondez.
Moses, reconociendo el incumplimiento de su sagrada obligación, y
avergonzado por ello, rogó a Wright que acudiera personalmente a la oficina de correos
186
a retirar su correspondencia, ya que el lechero no le podía prestar su camioneta
indefinidamente, y “El Servicio” hacía oídos sordos a sus súplicas.
Todas las noches, las cartas desechadas iluminaban el cielo, rindiendo su tributo
al fuego en un cruel sarcasmo. Las pocas amables eran guardadas y contestadas sin
excepción; entre éstas hubo una muy especial:

Querido Wright:
Tantos años de testarudo silencio y de orgullo torpe e inútil, y ahora las trágicas
circunstancias me mueven a escribirle.
He desaprovechado la ocasión de haber alimentado su amistad durante todo este
tiempo y de haberme puesto en contacto con usted en más gratas ocasiones que ésta, y
espero que si le comunico ahora mi consternación y mi horror usted entenderá que lo
hago con la mayor sinceridad y sensibilidad hacia usted.
Tengo muchas ganas de verle y de hablar con usted. Por favor, venga cuando pueda.
Lamento no estar en condiciones de visitarle yo, así que quedo a su disposición y en
espera de su generosidad.
Su sincero amigo,
Louis H. Sullivan

Frank leyó esta carta con emoción y con nostalgia, y fue inmediatamente a ver a
su Lieber Meister.
El gran Sullivan estaba arruinado, alcoholizado, asqueado. Pertenecía, por la
caridad de sus ya escasísimos amigos, al Cliff Dwellers Club, y aún sería más apropiado
decir que pertenecía a uno de sus mullidos sillones, del que apenas se levantaba para
otra cosa que no fuera ir a dormir a una modesta pensión de la que huía cada mañana tan
pronto como el club abría sus puertas.
Cuando Frank las traspasó aquella tarde, vio sentada a lo lejos aquella frágil
fugura, que aún pugnaba por parecer digna, pero que incluso a esa distancia hacía notar
su disolución irremediable.
Sullivan dormitaba con el periódico sobre el pecho y una copa de bourbon
apurada sobre la mesita. La barba era ya cana y estaba sin cuidar; se desparramaba por
el cuello formando bolsas irregulares producidas por los pliegues de la papada, que
oscilaba al compás de sus suaves ronquidos.
Frank le tocó dulcemente en un hombro.
–Señor Sullivan. Maestro.
187
En esta última palabra había una gran ternura. La dijo en un hilo de voz. Sullivan
abrió los ojos y no se sorprendió de verle. Quizá creyó que seguía soñando. Con voz
pastosa le dijo:
–Frank, viejo cabrón...
A Wright le sorprendió aún más que el taco, tan inesperado e inusual en él –en
los buenos tiempos de él–, que le llamara por primera vez por su nombre de pila.
Sullivan se levantó con esfuerzo y le abrazó, y Wright notó su cuerpo pequeño y débil.
El Lieber Meister le miró con los ojos brillantes y le dijo con voz trémula:
–¡Cuánto lo he sentido!
–Gracias, maestro.
Sullivan se volvió a sentar y pidió otro bourbon. Con un gesto le brindó a
Wright el sillón de al lado.
–¿Quieres una copa?
–Sí. Tomaré un martini.
–Frank, Frank, Frank –Sullivan le daba un golpecito en la rodilla a cada mención
de su nombre–. ¡Cuántos años!
–Sí, señor Sullivan.
–Por favor, llámame Louis; creo que ya va siendo hora. ¿Sabes? He seguido tu
obra siempre. Eres un maldito cabrón. ¿No te das cuenta? ¿Por qué tuviste que provocar
el escándalo? ¡Tenías a Burnham acojonado!
–Mire, señor Sullivan; no es éste el mejor momento para que nadie me eche en
cara todo aquello.
–Perdona. Tienes razón. Lo siento –se llevó la mano a la frente y la dejó volar en
vagarosa evocación–. Es que a veces no sé bien lo que digo.
–En cuanto al Tío Dan –Wright se sonrió con amargura, sin querer permitírselo,
pero acabó sucumbiendo a la comicidad de la evocación–, ¿sabe que quiso pagarme
estudios en Europa y hacerme su socio?
–¡Ja, ja, ja! Algo oí, pero no me atreví a creerlo. Era demasiado bonito.
¿Entonces era verdad? ¿De verdad le plantaste?
–Síiii. ¡Ja, ja, ja! ¿Se imagina usted al viejo buitre...?
–Hi–jo–de–pu–ta –masculló Sullivan escupiendo cada sílaba. Evidentemente,
sus hábitos léxicos habían cambiado notablemente desde los buenos tiempos–. Le
habías ganado, Frank. ¡Me habías vengado!; ¿no lo entiendes? ¿No entiendes esto? ¡Me
188
habías vengado! Pero al final nos ha ganado él. Lo echaste todo a perder, bragueta de
mierda. ¡Oh, perdona; perdóname! ¡Qué tragedia! ¡Qué pena!
Sullivan lloraba a moco tendido, más por la tragedia de su propia derrota
irremediable y definitiva que por la otra. Lloraba y bebía. Le caían velas de las narices y
se mezclaban con el licor y con la babilla que le colgaba de las comisuras de los labios.
La visión era repugnante y, sin embargo, enternecedora. Sullivan apuró su copa y pidió
otra más, sabe Dios cuántas llevaba esa tarde; y Frank le acompañó con otro martini y
otro, y otro. Hablaron durante horas. Sullivan le rogaba que se recuperase cuanto antes
para volver a sorprender a todos con la reanudación de su brillante carrera. Le confesó
que había soñado una vez, hacía muchos años, aparecer algún día en la Historia del
Arte, pero que ahora sabía que sólo sería una nota a pie de página como aquel mentor
del joven Frank Lloyd Wright. Frank tenía que rehacerse no sólo por él mismo, sino por
todos los arquitectos honestos que le habían precedido, por la Escuela de Chicago, por
la Arquitectura Orgánica. No debía, es más, no tenía derecho a dejarse vencer por la
tragedia. Sólo él podía hacer que se volviera a respetar a la generación gloriosa y se
preparara el camino para una siguiente de arquitectos modernos, rehabilitando la colosal
aventura de la arquitectura americana, corrompida y vencida desde hacía ya demasiados
años.
Sullivan lloraba borracho y derrotado, y Frank, también bebido, le frotaba la
espalda como para darle calor y transmitirle energía. Estaba impresionado: Más que las
encendidas palabras del maestro, eco de sus propios pensamientos y de aquellas
conversaciones de antaño en el último piso del Auditorium, lo que le movió
verdaderamente y le hizo despertar fue el ejemplo aterrador de la irremediable y
humillante derrota del viejo Sullivan, que una vez lo había sido todo y ahora estaba
olvidado y hundido. Wright se juró que él nunca se vería así, que lucharía con todas sus
fuerzas para evitar ese destino.
Sullivan le rogó que volviera a visitarle, y Frank se lo prometió y así lo hizo.
Desde entonces mantuvieron una relación esporádica e irregular que duró hasta la
muerte del maestro. Estas visitas ocasionales de su querido discípulo de aquella otra
vida anterior tan lejana en la que había sido el más grande fueron lo único que le quedó
a Sullivan, arrinconado contra las cuerdas de la muerte y del olvido.
189


2


Por si fuera poco el sufrimiento de Wright, ni siquiera le dejaban padecerlo en
soledad. No había ya paz para él. Le acosaban incesantemente. Ya no podía más. La
tragedia de Taliesin habría hundido a cualquiera, pero él tenía que afrontar además el
hostigamiento inmisericorde de una multitud desconocida y sórdida. “La Verdad Contra
el Mundo”, se repetía una y otra vez, pero era incapaz de sobreponerse. Sí, a veces
reaccionaba, como la tarde que habló con Sullivan, pero eran impulsos esporádicos,
respuestas casi reflejas a estímulos aislados. En seguida la losa del oprobio volvía a caer
sobre él. Estaba siendo aniquilado. Estaba a punto de envainar la blanca hoja desnuda.
En tan desesperada situación, Frank necesitaba cualquier testimonio amable,
viniera de quien viniera. Alguien que le apreciara. Un apoyo, un gesto de simpatía.
Por otra parte, de entre los pocos que le escribían para solidarizarse con él, una
gran proporción eran inadaptados, maniáticos, idos, iluminados y charlatanes excitados
por su caso. Entusiastas y fanáticos necesitados de una causa, cualquiera causa, y que
sólo por azar habían elegido su bando, pero que igualmente le podrían haber atacado
con desproporcionada fiereza.
Su jefe de estudio del Orchestra Hall, David Robinson, le saludó así una
mañana:
–Tiene usted una nueva admiradora, señor Wright. Mire: tres cartas en tres días.
Se llama Miriam Noel.
–No la conozco.
–Una disparatada. No dice más que paparruchas. Es amable, pero muy cursi, y se
las da. Dice que son ustedes almas gemelas y que le entiende porque ella también es
artista, y a partir de ahí ya se olvida de usted y sólo habla de ella, de su sensibilidad y
de sus grandes dotes. Bah; quiere promocionarse a su costa. ¿Las tiro a la basura?
–No, Robinson. No dejo ninguna sin contestar, ya lo sabe. Déjeme leerlas.
Efectivamente, esa Miriam Noel pretendía ser una gran artista. Decía
comprender perfectamente lo que Wright estaba pasando. “Nosotros, los que tenemos
una especial sensibilidad...” Ella era escultora; incomprendida, claro. “¡Qué difícil es el
190
camino para los que traemos nuevas ideas!” Pero lo que llamó poderosamente la
atención de Wright fue lo que esa mujer decía de Mamah, en la línea –no compartida
por nadie más, ni siquiera por sus otros simpatizantes– que él mismo había trazado al
resaltar la femineidad de su amada en relación con su libertad. “Por lo que sé, creo que
la relación que hubo entre ustedes dos debió de ser muy hermosa, y pienso que ella fue
su digna compañera. Como usted, como todos los verdaderos artistas, como yo misma,
ella tuvo que enfrentarse al mundo, desafiarlo y arrostrar terribles consecuencias en aras
de su libertad y de su integridad. Si el camino es arduo para los hombres, para nosotras
es terrible, y hemos de sufrir aún más la incomprensión y el odio de los imbéciles. Yo
misma, como mujer y como artista...” Terminaba por pedirle una cita.
–Quiere usarle como trampolín. Es una caradura y una vanidosa.
–No, Robinson. Es muy... Dice verdades como puños.
Había leído otras cartas amables. Gente que le animaba a seguir su carrera, que
le manifestaban su apoyo y su deseo de que superase la tragedia. Algunas señoras le
decían que estaban rezando por él. Eran encantadoras; pero nadie se acordaba de
Mamah, salvo con leves alusiones compasivas. Sólo Miriam la entendía y la admiraba.
Frank no intuyó que sus referencias a Mamah eran un reflejo evidente –si bien
probablemente involuntario– de una exaltación global de las mujeres con sensibilidad
artística, para enlazar con una autoproclamación de la suya, tan dudosa. Desde ese
primer momento, la distinguió con su especial simpatía.

Mi querida señorita Noel:
He leído sus amables cartas y le agradezco profundamente su comprensión para con
nosotros.
Usted ha sabido entender la relación que hubo entre Mamah Borthwick y yo. Sus cartas
han sido para mí un estímulo y una ayuda muy valiosa.
¿Querría usted honrarme con su visita a Taliesin? ¿Tal vez el próximo jueves uno de
octubre por la tarde? La espero.
Reciba un cordial y agradecido saludo.
Frank Lloyd Wright

El jueves apareció Miriam Noel en Taliesin. Era una señora muy llamativa. Hizo
una gloriosa entrada en la casa, como una diva. Llevaba un abrigo de piel de foca con
cuello de visón, y su cara estaba enmarcada por un sombrero de astracán. Unos guantes
191
de foca, a juego con el abrigo, abrigaban sus delicadas manos. La derecha sostenía un
bolsito minúsculo y la izquierda una larga boquilla. Dejó el bolso sobre una mesa y se
quitó el abrigo ampulosamente, mostrando entonces un vestido de seda muy escotado
por delante y aún más por detrás, sin mangas. Un largo collar de perlas le llegaba hasta
más abajo de la cintura. Volteó el abrigo en molinete y lo dejó caer para que un criado
inexistente lo recogiera, y fue Wright quien tuvo casi que tirarse en plancha por él.
Miriam, llena de pulseras enroscadas en sus brazos desnudos, se quitó los guantes dedo
a dedo y le ofreció su mano derecha de manera ambigua, para que él insinuara una
inclinación y hasta un beso, pero Wright optó por estrechársela como a un hombre.
–Soy Miriam Noel –dijo triunfalmente, y, con coquetería, añadió:– ¿Me
imaginaba usted así?
Wright, más que fascinado, estaba estupefacto.
–Nunca, en toda mi vida, he visto a nadie que se le parezca.
–París, ¿sabe?
–¡Ah!
–Yo vivo en París. Bueno, vivía. Con esa maldita guerra he tenido que volver a
América. ¡Qué desolación! ¡Qué provincianismo! Acostumbrada como estoy a Europa,
este país nuestro me parece ¡tan, pero tan, z–a–f–i–o! Chicago es a París lo que una
tonadilla a una ópera.
–Señorita Noel...
–Señora, por desgracia. Aunque al fin conseguí el divorcio. Mi marido; bueno,
mi ex–marido, era un hombre tremendo; no tenía sensibilidad alguna. No sé cómo un
día pude casarme con él. Era yo tan niña entonces... Aún hoy soy joven. Tengo dos
hijas, casadas, y un hijo, soltero, pero que ya vuela por su cuenta. No crea, es que fui
madre muy pronto, demasiado pronto. ¡Qué tonterías se hacen en la juventud! ¡Yo le
quería tanto! Pero, claro, un artista ha de seguir siempre su camino. Un artista no
debería casarse nunca, a no ser que fuera con otro artista. ¿No cree? –aquí un gesto
zalamero y mimoso–. O encontrar a alguien que te comprenda o quedarte sola. Por eso
siento, pero aquí adentro, la dolorosa pérdida que usted ha sufrido. ¡Es tan difícil
encontrar un alma gemela! Así que ya me ve usted: sola, sin nadie que me necesite... Es
mejor así. Al fin he encontrado la libertad. Soy escultora; ¿se lo he dicho? No, creo que
no se lo he dicho.
Wright miró de nuevo sus manos. No eran manos de escultora. él nunca había
conocido a ninguna, es verdad. Pensaba que ese era oficio de hombres, de forzudos con
192
manos callosas capaces de triturar el mármol de un mazazo. Las cuidadas uñas de
Miriam Noel hacían dudar de que fuera capaz incluso de modelar barro.
–Sí; lo decía usted en sus cartas.
–Acabo de terminar una deliciosa figura de niña que creo que le encantará.
Quizá se la muestre. Verá cómo le gusta.
Wright pensó por un momento que la iba a sacar de aquel minúsculo bolso en el
que apenas cabía una polvera. Pero fue un pensamiento involuntario, una mera imagen
plástica, carente de sarcasmo. Era incapaz de ver nada ridículo en esa mujer.
–¡París es tan hermoso! ¡Qué pena la guerra! Ahora, aquí, en América, no tengo
amigos. Estoy sola –y se echó a llorar–. Sola; completamente sola.
Sacó un pañuelo de encaje de su bolsito y se enjugó las lágrimas. Después, con
un gesto que mostraba, por la aparente naturalidad en lo sofisticado, una mecanización
adquirida, sacó un espejito y un lápiz de ojos y se recompuso la línea de los párpados.
Mientras gemía y daba hipidos se aplicaba fría y exactamente, con pulso firme, la punta
del lápiz a los ojos.
–Pero, ¿qué estoy haciendo? Perdóneme, señor Wright. Se supone que venía a
confortarle yo a usted y no a ponerme a llorar como una tonta –hipó un poquito más y
en seguida recuperó su aire de seguridad–. Y me permito suponer que puedo ayudarle
porque yo he pasado por algo parecido. Por eso, y por muchas otras cosas, le decía en
mis cartas que somos almas gemelas.
Le contó su vida en París, su divorcio, el alejamiento de sus hijos, quienes, como
su marido, no la comprendían y nunca se habían interesado por su arte ni por sus
anhelos. La vida libre en París, el ambiente intelectual, un amor tormentoso que le había
echado a perder su salud –Wright pensó a bote pronto, otra vez de forma involuntaria,
en una enfermedad venérea, aunque la señora Noel se refería, evidentemente, a su salud
espiritual, a su sensibilidad herida–. Todos los hombres eran unos cerdos, excepto
Wright, que había sabido enfrentarse a todos para defender a Mamah, tan parecida a ella
misma.
Ella había sufrido el amor desgraciado, y se había enfrentado a las “buenas
costumbres” para conseguir la libertad y desarrollar su vida de una manera íntegra.
Había triunfado, o, mejor dicho, estaba en vías de triunfar. Al lado de Wright lo
conseguiría definitivamente, y le ayudaría a él a conseguirlo también.
Así nació una amistad que se fue acrecentando en frecuentes citas hasta que
Miriam terminó por trasladarse a Taliesin.
193
Frank, pasada la primera fascinación, se daba cuenta de que lo poco que conocía
de Miriam era desalentador. Inestable, soberbia, banal, histérica, ansiosa de fama, con
un escaso talento artístico, se veía llamada a un destino grandioso a su lado. Pero, a
pesar de todo, podían más sus virtudes. Tenía cualidades notables: Era una mujer de
mundo, con experiencia en la desgracia, muy animosa para hacer frente a lo que fuera,
decidida y, cuando estaba de buen humor, muy ocurrente. Encontraba motivos para
hacerle reír y se burlaba con desparpajo de sus críticos. Miriam y Frank compartían esa
borrachera vigorosa de superioridad sobre los demás, que les llenaba de un inefable y
vertiginoso orgullo.
Esa fuerza ingenua que les hacía creerse capaces de vencer al mundo fue lo que
definitivamente les unió. Frank, de una forma irracional, necesitaba sentirse superior a
la plebe, armado con una moral propia más alta que la establecida para justificarse a sí
mismo que toda su vida no había sido un error, una monstruosa equivocación. Tenía que
reivindicar la memoria de Mamah para poder soportarse y respetarse, y para ello tenía
que creer, contra su formación al fin y al cabo puritana, que lo que había hecho no sólo
no era reprochable, sino que era incluso más sincero y más ético que lo que hacían los
demás. En eso Miriam le ayudó mucho; le apoyó, le demostró que no estaba solo ante
ese descabellado razonamiento, le convenció de que tenía razón.
Pero Miriam Noel pasaba de un extremo a otro con una rapidez desconcertante.
Si por una parte le ayudó a en esa lucha inútil por reconquistar la dignidad social, por
otra, de repente se derrumbaba, se ponía histérica, cogía una rabieta y exigía una
absorbente dedicación. Convivir con ella era una prueba muy dura, para la que había
que tener unos nervios muy bien templados. Con todo, en el balance global Frank
encontraba motivos para seguir a su lado.
Frank Lloyd Wright, espoleado por su nueva amante, anunció al mundo,
mediante otra de sus circulares a los periódicos, su recuperación y su nuevo estado de
ánimo, de nuevo enamorado. El anuncio fue tan inesperado, tan repentino a tan pocos
meses de la matanza, que la opinión pública terminó de forjarse definitivamente la
imagen de un Wright impresentable.
Estaba apestado ya del todo. Nadie le encargaba nada. A pesar de todas las
aciagas previsiones, hizo uso de los últimos ahorros que le quedaban de los Midway
Gardens para ampliar Taliesin y brindárselo a la nueva señora de su castillo y de su
corazón.
194
Seguían sin venir encargos, y Wright ya no tenía ni dinero –esto no era nuevo,
estaba acostumbrado– ni crédito. Se dedicó a escribir artículos sobre el grabado japonés
y a intentar vendérselos a las revistas de arte. Escribía cartas a todo el mundo
ofreciéndose como arquitecto, como conferenciante, como diseñador. Nadie le hizo
caso. Sólo le respetaban en Europa, pero allí estaban en guerra.
El único que podía haberle salvado era Edward Waller, pero por aquel tiempo él
también lo estaba pasando mal. La Gran Guerra Europea, en la que acababan de entrar
los Estados Unidos, no favorecía el clima de diversión, y los Midway Gardens estaban
de capa caída. Tras su brillante inauguración y su apoteósico triunfo, habían decaído
mucho con la maldita guerra. Tras una vida agónica, acabarían muriendo después de la
contienda al promulgarse la prohibición. Mientras los establecimientos regidos por los
gangsters ofrecían alcohol, juego y diversiones en los frenéticos años del jazz, éste sólo
podía servir refrescos y helados, y había quedado obsoleto con su música melódica y
sus manteles bordados, añorando los bellos y viejos tiempos a espaldas de una sociedad
desgarrada. Los Midway Gardens fueron demolidos finalmente en mil novecientos
veintinueve.
Edward Waller perdió mucho dinero. Lo estaba empezando a perder ya en
aquella época. Sus otros negocios de diversiones –parques de atracciones, complejos
playeros, puertos deportivos– también se resentían del clima bélico. Intentó salvar lo
que le quedaba haciendo casas rápidas, baratas y chapuceras, y para ello recurrió a otros
arquitectos menos exigentes que Wright.
Nuestro arquitecto ya no existía. La revista Western Architect hizo una lista con
los “mejores” arquitectos de los Estados Unidos. Era una lista muy complaciente y
diplomática en la que aparecían buenos, regulares y malos. Wright no. Con él no hacía
falta quedar bien. Aún más generoso que esa revista era el voluminoso libro Quién es
Quién, que se actualizaba cada año. Wright había aparecido en sus páginas por primera
vez cuando empezaba a hacer sus casitas de Oak Park, y ya no había dejado de salir año
tras año, ocupando su curriculum cada vez más espacio. En esta última edición había
desaparecido.
Wright ya no era un arquitecto. Era sólo un acontecimiento social, una fuente
constante de escándalos. Un hombre acabado, que, descentrado, fuera de sí, quería
recuperar su antigua notoriedad a fuerza de montar jaleos sonados con su vida personal.
Los morbosos seguían aún sus peripecias idiotas, pero la gente seria se cansó de tanta
payasada y le borró de su memoria.
195
Wright y Miriam se quedaron solos. Y vinieron más jaleos. Le llegaban de todas
partes, sin previo aviso, y le quitaron la poca serenidad que le quedaba.
Uno de los líos ridículos en que se vio envuelto fue el que urdió Nellie Breen,
antigua empleada suya. Había sido ama de llaves de aquel pequeño apartamento que
Wright había alquilado en el número 25 de la calle East Cedar, en North Side, cuando se
preparaba para recibir a su hijo John y quería hacerle ver lo bien que le iba. El
apartamento había seguido alquilado, casi sin uso, durante los buenos tiempos de los
Midway Gardens. Ahora estaba de más, y Miriam lo reclamó para ella.
Esta señora Breen vio un día a Miriam Noel por allí, curioseando y poniéndolo
todo patas arriba con gran autoridad. Le preguntó muy secamente quién era, qué hacía y
cómo había entrado. Ella le enseñó, triunfal, la llave, y le dijo, sin más:
–Soy la compañera sentimental y artística de Frank Lloyd Wright. Desde ahora
me haré cargo de este estudio. Creo que ya no la necesitaremos más, señora como se
llame.
La Breen inquirió, incrédula, más datos sobre ella, y la Noel, siempre dispuesta,
se los dio con todo lujo de detalles rimbombantes, sin escatimar alusiones a su gran
talento.
La señora Breen se fue entonces al juzgado a denunciar a Wright. Conocía, sabe
Dios cómo, una vieja ley en desuso, una reliquia que nadie se había molestado en
derogar. Todo apunta a pensar que sabía de esa ley porque la había padecido en su
juventud.
La ley Mann establecía duras penas para todo aquél que, con fines inmorales,
hiciera cruzar las fronteras estatales a mujeres. El diputado James Robert Mann había
trabajado durante muchos años redactándola, corrigiéndola y haciéndola aprobar por el
Congreso. Estaba impulsado por un noble ideal: acabar con el tráfico de mujeres tan
común en la historia del duro oeste. La “trata de blancas” mancillaba a la Nación: En
aquellas tierras salvajes, pobladas por hombres sin mujeres, se pagaba bien a quien se
las proporcionara. El diputado Mann había convencido al Congreso, tras arduos
esfuerzos, de que no se trataba de prostitutas, sino de mujeres decentes que eran
literalmente secuestradas por facinerosos.
La obsoleta ley Mann estaba redactada de tal modo que, técnicamente, mal
mirada, podía ser aplicada a Wright. El arquitecto había hecho cruzar muchas fronteras
de muchos Estados (nada menos que desde París, Francia) a una mujer para
amancebarse con ella en su tristemente famoso burdel de Taliesin.
196
La denuncia siguió su curso. Wright recibió una citación del fiscal del distrito y
acudió con el eminente abogado Clarence Darrow. La cosa quedó aclarada y Wright
salió de la oficina del fiscal con todas las bendiciones. Pero recibió una nueva citación,
esta vez de la Oficina Federal de Investigación. Nada menos que el FBI estaba
interesado en el caso, ya que, de existir delito, éste era federal. Era una guerra de
nervios y Wright estaba en vilo, fuera de sí. Volvió a llamar a Darrow, quien, en una
sola comparecencia, consiguió que los del FBI cerraran el caso. Pero la indignación de
Wright no se calmó con eso. Estaba siendo acosado, se sentía humillado y colérico.
Cualquiera que se aburriese y quisiera chincharle podía buscarle serias complicaciones,
y él estaba indefenso y debería acudir con las orejas gachas a responder de quién sabía
cuántas nuevas acusaciones disparatadas cada vez que a alguien le diera por ahí. Era la
diana de todos los locos, los descontentos y los violentos. Era muy vulnerable ahora;
hostigarle parecía ser el nuevo deporte nacional.
Escribió más cartas a los periódicos, hizo más declaraciones y avivó aún más el
fuego. Su imprudente compañera, creyendo defenderle y, de paso, restregando a todo el
mundo la que consideraba su flamante situación, hizo a su vez declaraciones sin
consultar a Frank, hablando de él en unos términos que le ridiculizaron y le perjudicaron
aún más, y dejando caer que ella había llegado a su vida providencialmente para
aconsejarle, serenarle y dirigirle tanto afectiva como artísticamente. Wright haría
grandes obras a su lado, decía Miriam, dejando bien palpable que ahora que el
arquitecto había tenido la suerte de unirse a ella, dejaría de hacer tonterías y comenzaría,
bajo su tutela, a hacer obras dignas por fin.
197


3


Fueron unas relaciones tormentosas desde el principio, sin un momento de paz.
La primera vez que se vieron ya supieron los dos que iban a cometer un grave error.
Pero había algo, no sabían bien qué, que los empujaba y por lo que merecía la pena
cometer errores; algo inevitable y ciego.
La oscura intuición de los primeros momentos se hizo más y más nítida. Frank
disecaba cada rasgo de Miriam: torpe, vanidosa, vacía, envidiosa... un ser insufrible.
Ella, por su parte, veía que el dios a cuyo lado había elegido vivir, y con quien había
soñado trabajar, era un ser inexpugnable, olímpico, que la miraba con desprecio desde la
infinita distancia de su divinidad. Caprichoso, egoísta, excéntrico, egoísta, inestable,
egoísta, derrochador, egoísta, insensato... egoísta.
El trascendente Wright se sentía ligado a un ser muy inferior. Nada le obligaba a
mantener esa relación; nada salvo su cabezonería puritana que pretendía demostrar a
todo el mundo (y sobre todo a sí mismo) que él era un hombre honrado y que estaba
armado con unos principios mucho más férreos que los del más ácido de sus críticos,
sólo que no convencionales. él era un hombre intachable, de perfecta moralidad, y se
había empeñado en convencer de ello a todos. No era un veleta. Había dejado a
Catherine por una extraordinaria mujer con la que había vivido un amor sincero, y su
horrible muerte no sólo no mermaba sino que acrecentaba su honorabilidad. él era un
hombre marcado por la tragedia, con una grandeza shakespeariana, arrastrado a un
destino de sacrificio y de fe, persiguiendo un ideal hasta morir. Pero ahora era distinto,
y él lo sabía. Si ahora dejaba a Miriam, entonces sí sería un libertino. No podía estar
cambiando de pareja cada dos por tres como si tal cosa. ¿Es que no sé lo que quiero?
¿Es que me va a resultar imposible llevar una vida sensata y decente?
Su autoestima y sus principios estaban en juego. Había apostado por Miriam
jugándose en el empeño todo lo que le quedaba de fe en sí mismo, y lo había pregonado
a los cuatro vientos. Ahora era una cuestión de deber y de orgullo personal mantenerla a
su lado. No tenía con ella más compromiso que el que se había establecido consigo
mismo, pero se estaba arrepintiendo y eso le dolía aún más.
198

Querido John:
Te escribo desesperado ante las imprevistas consecuencias de mis actos. ¿Cómo he
podido ser tan ingenuo? Debí de haberos hecho caso a todos los que intentasteis
abrirme los ojos, pero yo estaba ciego y loco y creí ver en Miriam a una compañera
comprensiva que aliviara mi pena y me diera de nuevo la alegría de vivir y la paz de
espíritu.
No ha sido así. En los pocos meses que llevamos juntos me ha dado sobrados motivos
de arrepentimiento por mi estupidez. ¿Por qué tuve que precipitarme de aquella
manera? ¿Por qué no me di un tiempo para reflexionar? Te repito que estaba loco de
dolor y era incapaz de pensar.
Ahora, ya tarde, me doy cuenta de que estas relaciones, basadas por mi parte en la
sinceridad más ingenua, han sido cuidadosamente calculadas por ella, que fríamente
vino a mí para hacer leña del árbol caído. Sabiendo que en circunstancias más
favorables yo no la habría hecho ningún caso, se aprovechó de mi dolor para pegarse a
mí como un parásito.
Mi vida con ella es insoportable. Soy esclavo de sus caprichos y de sus delirios de
gran artista, y ahora debo afrontar responsablemente las consecuencias de mis actos,
cometidos en unos momentos en los que no me importaba nada, ni siquiera yo mismo.
Enfrentarme a tu madre y a la opinión pública por Mamah, aunque fue doloroso,
mereció la pena, porque la amaba. Pero haberme metido en este lío por una mujer
hacia la que no siento ningún afecto ha sido la mayor tontería que he podido cometer.
Yo también empiezo a pensar que Dios me ha castigado.
No sé por qué te cuento todo esto. Tenía que decírselo a alguien para desahogarme.
No he querido alarmarte. Lo sabré afrontar; no te preocupes.
Papá

John se presentó inmediatamente en Taliesin, dispuesto a echar a Miriam a
patadas, pero cuando llegó los vio tan obscenamente acaramelados, tan empalagosos,
tan amables con él, tan besucones sin pudor, que se desconcertó, dio media vuelta y se
volvió bufando por donde había venido. Papá le daba a Miriam palmaditas en el culo y
le decía “cielín”.
Era una relación disparatada. Pasaban de los arrumacos a los gritos con tanta
facilidad que John decidió no hacer nada por ayudar a su padre a salir de los líos que él
mismo se buscaba y con los que tanto parecía disfrutar.
199
John no le dijo nada a su madre, pero sí a su abuela. ésta se presentó en Taliesin
aparentando despreocupación. Era la anciana madre que venía a ver a su hijo, sin más.
Fue muy amable con Miriam en presencia de su hijo, pero en el primer momento en que
estuvo a solas con ella le espetó:
–Señora Noel: Mi hijo necesita paz y tranquilidad para trabajar como antes, y
armonía para afrontar sus problemas y rehacer su vida. Usted puede ayudarle mucho,
pero si alguna vez vuelve a crisparle los nervios, a atosigarle con sus estupideces o a
crearle más problemas de los que ya tiene, yo, personalmente, le sacaré los ojos. Puede
usted creerme.
La anciana volvió a ser encantadora delante de los dos. Pasó un par de días con
ellos y se despidió abrazando y besando a Miriam.

qué solo y qué vacío estoy Dios mío ya no me queda nadie sólo rendirme y morir
descansar Tú lo has hecho sí tenían razón todos Tú lo has hecho sí hiciste que ese loco
me la matara y me matara a mí con ella me quedé vacío estragado desgarrado por dentro
recorrido por un gusano blando y viscoso me quedé sin corazón sin tripas sin esperanza
sin dolor solo seco acabado hundido Señor Tú me has señalado con el dedo temible el
dedo cruel para elevarme primero y dejarme caer después desde lo más alto para mayor
escarnio solo sin nadie Catherine pobre Catherine es inútil te parí seis hijos en seis años
pobre Catherine mujeres no lo puedo evitar me pueden me voy tras ellas sin pensarlo sin
pensar me pierden no me venció ningún hombre yo era el mejor mi arquitectura mis
ideas los vencí a todos al tío Dan Burnham a los prebostes vengué a Sullivan los había
doblegado era un triunfador pero las mujeres otra vez Catherine si yo pudiera de nuevo
imposible ya no te amo pero arquitecto arquitecto basta ya me rindo seré bueno
doméstico amable un hombre gris bien considerado educado los hombres grises son
felices encantador con los vecinos con todo el mundo encantador respetable haré casas
estúpidas seré el cerdo premiado buen y pacífico semental con certificado con buenos
informes tranquilo y de toda confianza rentas vitalicias abrazos palmaditas en la espalda
vejez plácida una pipa en el sillón con periódico crucigramas y chimenea encendida
perdón Catherine esposa mía santa tenías razón seré bueno y cumpliré la penitencia
imponme tu castigo y tendré mi premio y mi perdón nuestros hijitos ya mayores casi
treinta años bigardos inútiles sentados en mis rodillas papáfrank papáfrank
québienquevolviste cuéntanos un cuento besos besos quétalestásFrancesdetuspaperas
besos besos serás bueno nunca más volverás a abandonarnos no no puedo traición yo
200
soy yo non serviam nunca más no no envainaré la hoja desnuda y seguiré hacia adelante
sin rendirme sin doblegarme ante nada sin pedir perdón jamás más terco que Tú más
terco que Tú Dios Padre mátame fulmíname con un rayo lo admito lo merezco pero no
me humillaré ni siquiera ante Ti sólo Miriam maldita Miriam me entiende sólo ella no
tampoco no nadie nadie desvergonzada indecente Frank sí sí así grita sin cohibirse la
gran señora fumando larga boquilla sofisticada decadencia de Europa podrida mórbido
París de vicio hasta en la cama cursi y rebuscada bésame con un beso de oscuridad
profunda me dijo oscuridad profunda qué quiere decir vacía vacía en todo lo que dice y
en lo que hace golfa tan haciéndose la poética y luego se pone como loca pierde los
papeles y me pide eso con seis hijos y dos mujeres antes y eso yo no lo conocía no
nunca hasta ahora yo no sabía esas cosas yo seguía siendo decente nunca lo hice con
Catherine honestos revolcones ni con Mamah romántica qué pena Dios mío qué pena
Miriam ahora guarra deliciosa cohibido y por hacerme el gracioso dije con despego por
vencer mi pasmo esto es delito en más de un Estado incluso en matrimonio me reí de mi
propia ocurrencia y ella delincamos Frank delincamos y pequemos pues y que nos
metan en la cárcel decía y se reía se reía mocos babas semen flujo lágrimas oh
lágrimas oh Dios perdóname me quiero morir yo no la quiero la deseo tanto la odio
me crispa los nervios estúpida y no la puedo soportar tan idiota me avergüenzo de ella
me avergüenzo de mí mismo que disfruto tanto con ella tan lanzada para todo
tan indecente sublime oh hermosa y seductora Miriam oh maldita oh diosa amor mío

maldito Frank cerdo egoísta soberbio te crees tan grande el elegido de Dios el gran
arquitecto hombre puro nacido en las inocentes enormes virginales praderas americanas
búfalos y herejes hala a crear el mundo a ser cada uno su propia religión fuerte brutote
honesto decente chicarrón tan culto tan selecto y artista exquisito nunca dejarás de ser
un inocente hijo de clérigo un honesto granjero hediento de honesto sudor saludable con
una espiga o una pajita en la boca bocazas se enorgullece de no conocer París oh là là
París ni necesita Europa tan contento de sus praderas de sus indios tan orgulloso de ser
americano salisteis de Gales el abuelo Richard a escape haciendo fu un petardo en el
culo os querían quemar por herejes aquí sólo indios y prófugos la gente decente se
quedaba en Europa no se les había perdido nada en esta selva civilizados y urbanos pero
tú orgulloso porque Dios ha bajado del cielo en persona en visita oficial o de incógnito
en exclusiva para tocarte a ti para tocarte la frente con su dedo y decirte Frank te quiero
eres mi hijo predilecto ve y expulsa los demonios por Mí anda que Yo estoy tan cansado
201
sana a los enfermos enseña a los ignorantes señálales el camino a todos los hombres y
de paso en un descuido tírate a sus mujeres y hazles ver la verdad con tu soberbia cosa
de luz y con casas que ellos no quieren y te pagan exageradamente es un milagro es el
oráculo de Dios si no no se explica casas sacramentadas de enormes voladizos y
chulería éste es mi hijo muy amado y al que me lo toque le saco las tripas el nuevo
Mesías el gran honesto americano limpio ni un polvo comme il faut para eso los
franceses os dan mil vueltas se asustó le tembló la voz quiso hacerse el gracioso eso es
delito en muchos Estados inmoral ja pues claro que es inmoral ahora te das cuenta te las
das dejas mujer e hijos te las das tú mucho de aquí pero sigues siendo un burgués
siempre lo has sido quieres ser respetable saludos los domingos camino de la iglesia
quieres vivir a tu aire echar un polvo y que te lo bendigan te respeten te aplaudan no
hijo has cruzado el Rubicón y ya no hay vuelta atrás ven vamos a ponernos el mundo
por montera y a refocilarnos déjame que te enseñe a vivir en pecado a disfrutar con el
pecado ésta no la sabes a que no vamos ríete conmigo despreciarlos a todos no te hagas
el estrecho ni el gran hombre ofendido mamá Anna–VirgenMaría si le haces algo a mi
hijito niñodios te saco los ojos yo misma te los sacaré con mis propias manos quede
usted tranquila bruja su hijo se porta muy bien no corre peligro déjame trabajar contigo
eres el más grande el más grande el mejor nunca ha habido otro arquitecto en la historia
nadie ha tenido ese genio esa capacidad portentosa me das miedo hijo de Dios creas el
espacio lo dominas y sabes por qué primero porque tienes el talento el genio iluminado
el toque divino y segundo sobre todo porque no te importa nadie me das miedo ni tus
clientes ni tus amigos ni tu familia nadie nadie no te importamos te largaste con Mamah
y yo te entiendo y te aplaudo porque hiciste lo que se te puso y tal como lo crees lo
haces en eso eres un hombre un hombre de verdad no te importa nadie egoísta me
necesitas me desprecias qué te crees que no me doy cuenta crueldad mental maldito
cabrón me vas a volver loca cómo te odio si quisieras pero no te da la gana y yo soy
una mujer también una artista ayúdame y te ayudaré una mujer de mundo y no tengo
por qué soportar me vas a matar me vas a volver loca ven insaciable ven macho
garañón de granja sultán del gallinero tan fuerte tan simple ten entero tan inocente
te sientes tan culpable y te torturas muérete ya déjame en paz y cuécete en tu
salsa olvídame piérdete te quiero sí te comprendo hundes tu cara entre mis senos
te gustan canalla llora ah llora llora sí me vas a volver loca y sigue sigue así no te pares

202
Wright estaba desnortado, crispado. Los clientes huían, el escándalo le envolvía
y nadie quería nada con él. Cuando alguna revista, club o asociación profesional se
acordaba de él –cada vez eran menos– y le invitaba a algún acto, en vez de aprovechar
la ocasión para tender un lazo de asequibilidad y de cortesía, se ponía a desvariar, a
escupir soberbia, a quedar mal con todo el mundo y a perder los cada vez más escasos
amigos que le quedaban, como le pasó cuando el Club Gamut le homenajeó con motivo
de los Midway Gardens, que tuvo que terminar su charla adjudicándose, sin ninguna
necesidad, la autoría de las esculturas de Iannelli. Éste, que durante las obras le había
conocido en su salsa, desplegando su proverbial talento, y que por ello le admiraba aún
más que al principio, cuando leyó en una revista la transcripción de su conferencia, le
rogó por carta, con el más delicado de los respetos, que rectificara y pusiera las cosas en
su sitio. Wright le contestó con un tono de superioridad olímpica, ensalzando sus
cualidades manuales de artesano, humillándole gratuitamente, perdiéndole como
admirador y como amigo y quedando una vez más en ridículo ante lo que era fácilmente
demostrable.
Iannelli, que sabía que ésta era su obra más importante, su mayor oportunidad
–de hecho, si hoy conocemos su nombre es sólo por haber hecho las esculturas de un
edificio de Frank Lloyd Wright–, volvió a instar al arquitecto, siempre cortésmente,
pero cada vez más enfadado, a que aclarara la situación absurda, hasta que, harto, envió
a varias revistas unas colecciones de fotografías de los croquis de Wright y de los suyos,
con bocetos de todo el proceso, en donde quedaba claro que si el arquitecto había
diseñado desde las servilletas hasta los picaportes de aquel grandioso complejo, también
había marcado las pautas y dirigido la gestación de aquellas esculturas, pero Iannelli no
era un mero tallista, sino su autor.
Tanto críticos de arte como periodistas, arquitectos, profesores, artistas, clientes,
hombres y mujeres con dinero y veleidades intelectuales, organizadores de cenas,
homenajes, veladas artísticas y otros pasatiempos, constataron cuán palpablemente se
estaba denigrando su antiguo héroe, cada vez más abocado al disparate. Todos aquéllos
que podían haberle ayudado tanto a poco que Wright hubiera accedido a ser tan
encantador como antes supo, chocaron con su altivez, su orgullo herido, su antipatía, su
nerviosismo y su intratabilidad.

El que fuera gran arquitecto, Frank Lloyd Wright, antes un hombre tan fino, tan
penetrante e inteligente, nos asombra casi a diario con un nuevo despropósito. Cuando
203
por unos meses se le deja en paz y no se le acusa de tráfico de blancas o de alguna otra
monstruosidad, echa de menos el jaleo y provoca un nuevo espectáculo bochornoso. El
último ha sido declararse autor de obras ajenas.
Sólo nos cabe achacar este lamentable estado del otrora brillante señor Wright a la
horrible tragedia que todos recordamos, y de la que parece ser que ya no se recuperará
nunca.
¡Qué pena! Qué triste es ver a este hombre acabado, que pudo ser el renovador de la
arquitectura americana e incluso mundial, convertido en un showman, haciendo una
payasada tras otra y hundido sin remedio en el pozo del ridículo.
Ha muerto una trayectoria, tal vez la más pasmosa y espectacular de la historia de las
artes americanas. Me temo que no volveremos a ver ningún otro edificio de este señor,
al que quizá en adelante podamos aplaudir en los teatros de variedades.

Fue entonces cuando apareció providencialmente en la vida de Wright Su Divina
Majestad el Emperador del Japón.
Confundido entre las cada vez menos numerosas cartas –la gente ya se iba
aburriendo– llegó a Taliesin un telegrama.

INMINENTE REUNIÓN EMPRESARIOS JAPONESES STOP BUENAS
NOTICIAS STOP ASUNTO MUY IMPORTANTE GRAN EDIFICIO
JAPÓN STOP VIERNES 24 9.00 A.M. NUEVA YORK HOTEL
PLAZA SUITE 723
YANAKA

Yanaka era un comerciante de arte japonés afincado en Nueva York. Había
tenido un trato continuado con Wright desde que tantos años antes el arquitecto empezó
a interesarse por los grabados japoneses y a coleccionarlos. En los buenos tiempos le
había vendido muchos, y en los malos se los había recomprado casi todos. De esa
relación inicial puramente comercial había nacido una buena amistad.
Yanaka había hablado muy elocuentemente en favor de Wright a la comisión de
promotores japoneses que pretendían contratar a un arquitecto americano para hacer un
gran hotel en Tokio en el que tenía participación la Casa Imperial, lo que le daba a la
empresa el privilegio de poder utilizar el sagrado título, que en Japón –a diferencia de
occidente, donde miles de establecimientos se llamaban gratuitamente “Imperial”,
204
“Real” o cosas paracidas– tenía un significado preciso y no podía ser usado por nadie
más que por su dueño, el Divino Emperador.
Wright viajó muy ilusionado a Nueva York. En los tiempos de Catherine o de
Mamah habría ido solo, pero ahora fue con Miriam, que seguía considerándose, además
de su compañera y por encima de eso, su socia y colaboradora.
La pareja formada por Frank y Miriam impresionó tanto a los japoneses que a
punto estuvieron de retirar su oferta. En su país era impensable que una mujer asistiera a
ese tipo de reuniones con su marido, pero, aun en el inconcebible supuesto de que
hubiera venido, jamás habría osado abrir la boca. Y esta señora no sólo la abría; opinaba
en todo, corregía a su esposo, se arrogaba la potestad de modificar las condiciones del
encargo, decía cómo veía ella el edificio, ponía y quitaba, y, en definitiva, no dejaba
hablar a nadie. Yanaka terció para advertirles en un aparte que en este país todo era
distinto, e incluso había quienes pensaban que algún día llegarían a igualarse las
mujeres a los hombres. Sus estupefactos compatriotas no podían dar crédito a tamaña
enormidad; no podían comprender cómo una nación que no sólo dejaba hablar a sus
mujeres sino que además las escuchaba había podido llegar a ser una potencia mundial.
Pero precisamente su total desconocimiento de las costumbres occidentales fue lo que
salvó el encargo. Pensaron entonces que, desgraciadamente, todas las americanas eran
así y, sin tener elementos de comparación, no apreciaron la rara desfachatez de Miriam.
A Wright le desagradó que los japoneses no conocieran su obra, y que
ensalzaran la arquitectura americana en lo que tenía de peor. Les gustaban los edificios
neoyorquinos que habían visto. Estaban encantados con sus pilastras, sus frontones, su
clasicismo. ¿Había construido el señor Wright –Wrieto-San– algún edificio allí para que
pudieran verlo? No, lamentablemente en Nueva York no. Pero en ese mismo Estado, en
Buffalo, había construido las oficinas de la Compañía Larkin y la formidable casa del
gerente de aquella firma. “Con mucho gusto les acompañaré a visitar esos edificios”.
“Wrieto-San –intervino Yanaka– trabaja principalmente en Illinois, en Chicago.
Chicago es, arquitectónicamente hablando, una ciudad mucho más avanzada que Nueva
York”. “Sí; sí. Hemos oído” –dijeron los promotores, y quedaron encantados
suponiendo más esbeltas columnas, más depuradas molduras decorativas y estilizados
capiteles.
Wright quiso deshacer el malentendido. Les pidió que no pensaran por ahora en
el contrato, ni en sus honorarios, ni se forjaran ninguna expectativa sobre el edificio que
deseaban; que le dejaran unos días para trabajar y esperaran a ver sus primeros croquis
205
para el Hotel Imperial. Tenía confianza en que cuando se los enseñara les convencería
mejor que si ahora les lanzaba una encendida arenga sobre la arquitectura orgánica.
Pocas semanas después fue a Spring Green Aisaku Hayasi, el gerente del Hotel
Imperial. Le fascinó el carácter vagamente oriental de Taliesin, que le recordaba tanto
los palacios y jardines de su patria y, al mismo tiempo, era algo claramente moderno.
Los bocetos del hotel le entusiasmaron.
Y, además, la que él creía señora Wright estuvo realmente encantadora ese día.
206


4


Durante la travesía John tuvo que volver a sufrir el idilio de su padre con
Miriam. Ella le desconcertaba una y otra vez saltando del encanto más fascinante a la
más histérica ñoñería. John no podía evitar mirarla con la boca abierta y el ánimo en
suspenso, como a un fenómeno. Aquella mujer estaba desquiciada y era capaz de
desquiciar al más aplomado. Frank se arrastraba a sus pies, le hacía gazmoñas y zalemas
de colegial sin importarle la presencia de su hijo, y al momento salía bufando, diciendo
que aquella mujer era insoportable; pero inmediatamente volvía a ella desarbolado y se
entregaba sin condiciones a sus encantos.
Cada vez más desconcertado ante la estrafalaria pareja, agotado, incapaz de
soportarla por más tiempo, John se recluía en su camarote o paseaba solitario por la
cubierta, sumido en penosas meditaciones ante el inmenso mar.
Miriam tampoco estaba a gusto con el hijo de Frank, y celebraba sus
deserciones. A solas con su amante, a sus anchas, era la única dueña y señora. Se refería
constantemente al Hotel Imperial como al proyecto “que nos han encargado”, al
espléndido edificio “que vamos a hacer”. Ya se veía interviniendo en cada decisión,
disfrutando con Frank la gloria de la creación, los momentos de intimidad mágica y de
complicidad en los que los dos hicieran saltar la chispa milagrosa. En el papel se irían
plasmando las brillantes soluciones debidas a ambos. John, en su opinión, no pintaba
nada. Era el hijo de Frank, y sólo por eso había que transigir. No era mal dibujante, pero
tampoco ninguna maravilla, y como él, o mejores, se podrían encontrar muchos en
Japón. No se conformaba con pensar esto en silencio, sino que se lo decía así a su
amante con todo desparpajo. Entonces Frank gritaba, salía del camarote dando un
portazo, se asomaba a la borda, calmaba los nervios, tomaba aire como si se preparara
para una inmersión asfixiante y volvía a Miriam como un corderito.
–Mi vida, ¿no entiendes que John es lo único que me queda de mi familia?
–Tu familia soy yo, querido.
207
–Claro que sí, mi amor; pero él es ahora mi único hijo. De los seis es el único
que ha querido seguir mis pasos, el único que no me ha dado la espalda. Y además es
bueno. ¿Te acuerdas del mural que diseñó en los Midway?
–Sí, querido. Verás los que vamos a hacer juntos en el Hotel. Tienes razón,
Frank, mi vida; cielo mío. No te enfades conmigo. No te irrites con tu pobre Miriam.
–Si no me enfado...
–Anda; ven aquí.
–Miriam...
Frank se sumergía en ella y lo olvidaba todo. Se dejaba arrastrar y se hundía. Y
era feliz y se sentía tan desgraciado, tan dichosamente desgraciado y roto...
Sus anfitriones les prepararon una hermosa casa cerca de Tokio, atendida por
una legión de sirvientes. Dieron por sentado que John viviría con ellos, pero el joven
Wright les suplicó, casi con lágrimas en los ojos, que le alojaran con el personal
subalterno, o que le recomendaran una pensión, o que le dejaran extender un colchón en
la oficina, lo que fuese con tal de no convivir con los estremecedores truenos y las
insufribles reconciliaciones de esos dos. Así que le asignaron una plaza en una especie
de barracón de obra y él les bendijo de corazón.
El estudio que habían preparado en Tokio era una oficina gigantesca. Cuando
Wright entró el primer día, acompañado por Miriam, John, un intérprete, Hayasi y otros
dos de la comisión de promotores, un ejército de dibujantes se puso en pie, doblaron la
cintura ceremoniosamente y por último vitorearon a Wrieto–San. (Después, cada día, a
cada momento, siempre que Frank entraba o salía, todos repetían el rito suprimiendo
sólo la ovación. Era agotador). El intérprete le seguía como una sombra, pero, aun con
su valiosa ayuda, la comunicación era muy difícil. Al ser indirecta, Wright no podía
hacer valer su encanto ni su magnetismo ante sus colaboradores, ni emplear su
expresivo timbre de voz, capaz de envolver con ternura y de secar con autoridad. El
intérprete le obligaba a un discurso frío y neutro, de meras instrucciones, incapaz de
conseguir el influjo personal y la vinculación afectiva de siempre. Además, el intérprete
traducía largas frases suyas, aterciopeladas y emotivas, con tres ladridos gangosos, o
una mera instrucción de cuatro sílabas con inacabables chorros de sonido turbulento.
Por si esto fuera poco, Miriam irrumpía cada dos por tres y Frank no sabía cómo
quitársela de encima y se ponía más nervioso aún.
El arquitecto sacó los croquis que había traído de América y los puso a todos a
trabajar, incluso a Miriam. Ella en vez de ayudarle le daba más trabajo. La engañaba
208
para tenerla contenta dándole tareas de decoración que luego tenía que rehacer él
personalmente hasta dejar irreconocible la huella de la torpe mano de su amante. Por lo
menos mientras diseñaba adornitos insulsos estaba tranquila haciéndose ilusiones,
aunque entonces se le exacerbaba aún más la vanidad y tampoco había quien la
aguantara.
Pronto vio que esos bocetos que había traído de Taliesin no valían. Los
dibujantes ni le entendían ni estaban habituados a él ni a sus métodos. Con los suyos de
siempre bastaba una indicación, pero a éstos tenía que darles el trabajo mascado. Los
promotores, deseosos de tener el proyecto cuanto antes, le habían proporcionado
demasiados ayudantes. Eran tantos que coordinar el trabajo de todos era imposible. A
partir de unos esbozos no podía hacer trabajar a un ejército, porque los detalles
desarrollados por unos y por otros no eran compatibles. Por otra parte, la estructura
piramidal del estudio venía impuesta por leyes inescrutables. él la quiso modificar
haciéndola más racional, formando equipos por especialidades, con un jefe por equipo a
quien pudiera moldear, pero todo eso chocó con quién sabe qué extrañas estructuras de
disciplinas y prelaciones. Entonces solicitó traer dibujantes americanos, pero eso
desagradó a Hayasi, quien, aun sin decir nada inconveniente, dejó ver su humillación, y
Wright no insistió más.
Tuvo que trabajar él por todos. Pasaba las noches en blanco, desarrollando
esquemas para dárselos bien claritos a los dibujantes por la mañana. A veces ni pisaba
por su casa, pero cuando lo hacía daba igual; dejaba a Miriam en la cama y él, en bata,
dibujaba en el salón. Como siempre, estaba agotado y, como siempre, disfrutaba su
agotamiento. Los dibujantes le reclamaban más detalles solucionados, los promotores
más planos palpables y mayor rapidez, Miriam más atención y mayor protagonismo. En
fin: una delicia.
Miriam se despertaba de madrugaba, la cama ancha sin el cuerpo de Frank. Se
levantaba buscándole y se sentaba a su lado. Quería acompañarle y dibujar con él,
dirigir su mano y sus ideas. Frank se la quitaba de encima cada vez con peores modos y
entonces ella estallaba. Estoy postergada no me atiendes no me quieres qué vergüenza
yo soy una artista y he echado a perder mi vida y mi carrera por ti no me haces caso me
tienes abandonada. Las broncas eran espeluznantes. Los sirvientes estaban asustados. Y
ahora ni siquiera había reconciliaciones porque Frank no tenía ni tiempo ni ganas.
Miriam le insultaba, le humillaba delante de los criados, chillaba y rompía cosas; y
Frank dibujaba, dibujaba, dibujaba, dibujaba, atormentadamente dibujaba,
209
frenéticamente dibujaba, devolviendo insultos dibujaba. Sus demonios y sus mundos
revueltos dibujaba. Decoraciones magmáticas, formas retorcidas, estructuras
fantasmagóricas y al tiempo limpias dibujaba; formas que han confundido a los críticos
y a los estudiosos dibujaba. Tentaciones de rendición y de suicidio, de gloria e
inmortalidad hechas arquitectura inexplicable, inexplicablemente dibujaba.
Pasaba los días sin dormir, sin sueño y sin paz, y aún tenía que llevar una vida
social intensa sufriendo las atenciones de sus clientes. Siempre le habían interesado
enormemente las relaciones sociales; siempre había desplegado ante sus clientes un
encanto irresistible, pero ahora temblaba cada vez que le invitaban a una cena o a un
baile. Su agotamiento, las extrañas costumbres de los japoneses, su alambicado idioma
(sólo Hayasi y dos o tres más sabían inglés) que requería la constante intervención de un
intérprete cuidadoso hasta el miedo y, sobre todo, las continuas interrupciones e
impertinencias de su amada, le exigían una energía sobrehumana.
Sus anfitriones se disponían a escucharle, y él hablaba, con el intérprete por
medio, sin gestos ni modulaciones de voz. Entonces, indefectiblemente, Miriam le
interrumpía para contar sus cosas ante el desconcierto de todos. El intérprete se
confundía y, sobre la marcha, dejaba de traducir a Wrieto–San, cuyas frases se
quedaban colgando sin terminar, e intentaba seguir la imparable verborrea de la señora.
Los anfitriones escuchaban con exquisita educación, y poco a poco iban languideciendo,
y nadie más que Miriam tenía ya ganas de seguir hablando. Por fin la reunión se
levantaba para alivio de todos.
–Frank, desde luego hay que ver qué soso has estado. Yo no sé qué te pasa
últimamente, hijo, pero tengo que estar atenta en todo momento para corregirte o para
distraer la atención, cambiando de tema cada vez que metes la pata.
–¡Miriam!
–No me repliques. Reconócelo. No das pie con bola; te confundes; explicas mal
las cosas. Si no fuera por mí, que estoy en todo...
–¡Pues yo creo que es justo al revés! ¡No me dejas explicar nada! Cada vez que
intento hablar de algo me interrumpes, y tampoco dejas hablar a nadie más.
–¡Qué ciego estás! ¡Qué soberbio eres! ¿No ves cómo todos cambian de cara
cuando hablo yo? Me adoran. Cuando les hablo de París y de mis esculturas noto cómo
me admiran. Y cuando les hablo del Hotel les hago apreciar nuestro proyecto. Soy yo
quien les está haciendo ver las excelencias...
–¡Por favor! ¡Si no entiendes nada!
210
–¿Qué? ¡Bueno; esto es el colmo! ¡Eres odioso! ¡Me tienes envidia!
–¡Oh, Miriam! ¿Por qué se me ocurriría dejarte vivir conmigo?
–¿Que tú me dejaste vivir contigo? ¡Pero bueno! ¿Pero tú qué te has creído?
–¡Me estás arruinando la vida!
Llegaban a casa frenéticos. A veces –cada vez menos– había noches de amor
que compensaban de todo, y en las que la agresividad y el rencor se transformaban en
pasión feroz. Las otras noches eran de odio y de trabajo extenuante.
En el proyecto había, además de todos los problemas que ya se han dicho, uno
estructural difícil. El país era proclive a ser sacudido por terremotos. Tras estudiar
atentamente sus bocetos, los ingenieros japoneses le propusieron al arquitecto las
soluciones técnicas habituales, pero Wrieto–San no las juzgó coherentes con el espíritu
que animaba al edificio ni con su concepción de la arquitectura. ¿Qué era eso de colocar
el hotel sobre una losa? ¿Y la comunión que debe haber entre el edificio y el terreno?
Un edificio sobre una losa era como un objeto sobre una mesa; que se puede poner o
quitar, pero no es de la mesa. Su ideal esencial y orgánico le llevó a una solución
elegante y original, que los ingenieros juzgaron estrafalaria.
No entendían cómo una decisión tan estrictamente técnica no era tomada con
criterios técnicos, sino ideológicos. ¿Qué era eso del “espíritu” o la “esencia” de los
cimientos? La cimentación no se veía; no tenía sino que cumplir adecuadamente su
función, y sólo debía responder a planteamientos económicos y estructurales. Pero para
Wright la “estructura” era más que lo que suponían los ingenieros; era la vieja sinfonía
de su padre y su infantil promesa de hacer edificios dignos de aquélla.
Era más o menos lo mismo que el shintoísmo, del que Wright siempre había
estado enamorado y del que se había forjado una idea aproximada que convenía a su
propia concepción de la arquitectura. Estaba muy sorprendido de que unos japoneses
–precisamente los japoneses, a los que siempre había admirado tanto–, no le
entendieran, y de que se parecieran tanto a los occidentales con sus cálculos
matemáticos racionalistas y yermos.
Recordó entonces a Paul Mueller, el ingeniero de los viejos tiempos de Adler &
Sullivan, casi su simétrico ante Adler a no ser porque el viejo elefante nunca consintió
relación tan estrecha con un subordinado. Convenció a Hayasi y, una vez obtenido su
beneplácito, le hizo llamar.
Si alguien podía concebir una estructura satisfactoria, mano a mano con él, era el
bueno de Paul Mueller, tan competente y tan respetuoso con el criterio de los
211
arquitectos, tan cómplice. Wright le esperaba en el puerto, y, nada más verle aparecer
por la pasarela del barco, con su cara de serio, sus gafas de concha, su pajarita y su pipa,
dio el problema por resuelto. Le presentó a su hijo John y con él le acompañó al
barracón–residencia de solteros. Apremiante, apenas le concedió el tiempo
imprescindible para deshacer su maleta y tomar una ducha. Se lo llevó corriendo a la
oficina (todos se levantaron; todos se inclinaron; Mueller se sorprendió; Wright dio un
ladrido y todos se volvieron a sentar), se encerró con él en su despacho y le expuso la
cuestión ante los bocetos.
–¡Y me quieren poner una losa por cimiento!
–Es una buena solución, Frank.
–¡Bah! ¿Tú también? Mira; lo que yo quiero...
Y pasaron horas y horas. Frank le explicaba su idea, sin saberla calcular porque
eso no era lo suyo, pero sabiendo exactamente cómo funcionaba todo, qué papel
desempeñaba cada órgano en aquel organismo. Sentía el edificio, lo tenía dentro, lo veía
aquí –y se golpeaba la frente y el corazón–. Paul Mueller le escuchaba con respeto,
como siempre había escuchado a Adler y a Sullivan, convencido de que estaba
trabajando con genios divinos –a quienes por otra parte no entendía del todo– y
orgulloso de que le necesitaran para hacer realidad sus sueños. Escuchaba, y sólo
hablaba para pedir más información, para comprobar que había entendido bien una idea
sutil, para acotar el problema. Nunca para sugerir una alternativa, al menos no antes de
haberse devanado los sesos durante semanas y sólo si se sentía incapaz de hacer lo que
le habían pedido.
Básicamente, la idea de Wright era que su edificio soportara los terremotos
oscilando sobre una estructura central, como un árbol. Unas líneas de pilotes se
hincarían en el blando suelo –“el queso”– y sobre ellas se levantarían las de la
estructura, en las que se apoyarían los pisos volando largamente. Si el tronco del árbol
oscilaba, las ramas lo harían con él, sin romperse.
Buscando una imagen para transmitírsela a Mueller, Wright dio con una que se
ha hecho famosa y que todos siguen repitiendo aun sin entenderla.
–Es... Es... Como... –Frank tomó una carpeta y se la puso sobre las puntas de los
dedos de su mano izquierda–... ¡Como la bandeja que lleva un camarero! ¿Lo ves?
–Sí, lo veo. Pero el de la bandeja es un mal ejemplo. No funciona así. Entre los
dedos y la bandeja no hay más vínculo que el mero apoyo, y en este caso tiene que
haber empotramiento... ¿Me sigues?
212
–Bueno, sí. Tú ya me entiendes.
–Tal como yo lo veo, se parece más a una mesa con una sola pata.
–¿...?
–Sí. El tablero se une sólidamente a una pata central, que termina en una buena
base para impedir el vuelco. Sustituye la amplia base por un empotramiento hincando la
pata al suelo y tendrás tu estructura.
–¡Exacto! ¡Sabía que me entenderías! Es lo que yo decía: un camarero que
sostiene una bandeja con la punta de sus dedos.
–...embadurnados de pegamento.
–Bueno, como quieras. ¿Podrás hacerlo?
Amanecía y Wright seguía hablando. El ingeniero se quitó las gafas y se
presionó el arranque de la nariz y los lagrimales. Luego le miró con sus ojos acuosos de
miope enrojecidos por el cansancio.
–Los japoneses tienen razón: una losa sería más económica, y desde luego,
serviría perfectamente. Tu idea es bonita, aunque no sé si muy práctica. Déjame que me
lo estudie.
–¿Cuánto vas a tardar?
–No lo sé.
–¡No lo sabes! ¡Estupendo!
–Escúchame: El viaje ha sido largo; ayer no cené; hemos pasado la noche en
vela y estoy que me caigo. ¿Por qué no me invitas a desayunar como Dios manda?
Luego me iré a dormir quince o veinte horas seguidas, y después ya veremos si se me
ocurre algo para tu cimentación.
–De acuerdo; vamos a desayunar. Pero ahora escúchame tú. Entre los dos
tenemos que construir un edificio. Contamos con todos los ayudantes del mundo, con
todos los medios que solicitemos; pero todo eso no nos sirve para nada. Nadie nos
puede ayudar. Estamos solos; y tú y yo, los dos solos, vamos a hacerlo. Lo siento
mucho, pero de dormir quince o veinte horas, nada. A partir de hoy confórmate con
quince o veinte minutos, y no todos los días.
Así fue. Durante semanas Mueller permaneció sumergido en su mesa, bajo la luz
del flexo encendido día y noche. Cientos de papeles llenos de números y de croquis con
disposiciones de armaduras y de atados, pilotes encepados en racimos y sin encepar,
alternativas de esto o de aquello, modelos teóricos, fórmulas y fórmulas, papeles
arrebuñados con rabia y tirados a la papelera. De pronto, una línea de cálculo rechazada
213
horas antes parecía ofrecer nuevas posibilidades, y Mueller volcaba papeleras, se
arrodillaba y desplegaba una bola de papel tras otra, buscando con ansia lo que antes
había despreciado. Al cabo se daba cuenta de que aquellos cálculos habían sido
abandonados con razón, y añadía nuevas bolas de papel a las papeleras. A cada
posibilidad descartada, el ingeniero tenía que hacer un nuevo esfuerzo para volver a
empezar con nuevas energías y enfrentarse a sus colegas locales –a los que tanto había
costado poner a sus órdenes sin ofenderles demasiado–, que cada vez confiaban menos
en esa idea descabellada.
Los planos generales del edificio progresaban. Las plantas, alzados, secciones y
perspectivas estaban casi a punto. Sólo faltaban los planos técnicos, de los que un
equipo –formado completamente por japoneses– desarrollaba las instalaciones y el otro,
el de la estructura, estaba a la espera de que Mueller dejara de morder lápices y de tirar
papeles y les diera por fin la solución a desarrollar.
Al fin un día, el ingeniero se levantó de su silla, se estiró grosera y ruidosamente
y se dirigió a Wrieto–San.
–Frank, aquí tienes a tu camarero.
–¿Ya está?
–Ya está.
–¿Y funciona?
–¡Pues claro que funciona! ¡No había de funcionar!
A partir de ese momento, la estructura se desarrolló con gran velocidad y
competencia. En cuanto al diseño del edificio, aún faltaban miles de detalles decorativos
que Wright esbozaba frenéticamente y pasaba a sus colaboradores. Era como la obra de
los Midway Gardens, pero multiplicada por diez. Y el arquitecto seguía en pie,
irreductible. Viajaba a Peiping, en la China, para supervisar el tejido y los tintes de las
alfombras diseñadas para el hotel; iba a las serrerías para comprobar el corte de los
cerezos y de los castaños, escogía muestras y se las llevaba a los ebanistas. Ante un
inesperado cambio de color en los ladrillos, no se conformaba con rechazar la partida,
sino que se iba al tejar para discutir con el encargado la cocción de la arcilla o la
proporción entre las distintas tierras, y, fascinado por la lava del Fujiyama, diseñaba
adornos para que se los esculpieran en ella y elucubraba aparejos y combinaciones entre
ésta y los ladrillos. Como de costumbre, no consentía que ni el más mínimo detalle
escapara a su control, y esto, en una obra tan gigantesca, le exigía una energía
214
sobrehumana y, desde luego, muy tonificante tras tanto tiempo de ostracismo y de
aburrimiento.
Los promotores estaban aterrorizados porque el Divino Emperador les había
transmitido su preocupación por el encarecimiento de la obra respecto a las previsiones
y, con ello, por la posibilidad de que el Hotel Imperial no fuera un buen negocio, lo
cual, además de suponer un revés para la economía de la Casa Imperial, la salpicaría
con el descrédito. En ese caso, los promotores –nadie lo dudaba siquiera– se suicidarían.
Wright seguía prodigándose en detalles y acabados exquisitos mientras sus
clientes temblaban ante el chorreo de dinero que fluía incesantemente. El presupuesto
inicial de dos millones de yenes ya pasaba de ocho, y parecía imposible que la obra se
terminara con menos de nueve y medio.
Los promotores convocaron a Wright a una reunión urgente. La presidió el barón
Okura, un hombre impresionante que a sus ochenta años mantenía su cabello
completamente negro y seguía engendrando hijos. El barón era claro partidario de
Wright, aunque sólo fuera por mantener su criterio inicial. Uno por uno, perforó con su
mirada a los otros nueve miembros de la junta y les exigió que le formulasen al
arquitecto en ese preciso momento cuantas preguntas, observaciones y críticas
considerasen oportunas. Al principio nadie se decidía a hablar, pero cuando uno de ellos
comenzó a hacer tímidas objeciones los demás se fueron poco a poco envalentonando
hasta que acabaron hablando todos a la vez, indignados y fieros, echándole en cara a
Wright el encarecimiento de la obra, sus retrasos, las modificaciones sobre la marcha
sin consultarles, su insoportable perfeccionismo, lo impenetrable de sus diseños, que
ninguno de ellos sabía recrear mentalmente y, por lo tanto, nadie podía imaginarse
cómo iba a quedar el edificio al final. Las críticas eran airadas y le increpaban a voces.
Wright ya había pasado otras veces por situaciones parecidas, pero ahora el idioma era
un muro entre sus clientes y él. El intérprete no daba abasto para traducir el guirigay y
Wright no podía responder una por una cada intervención, así que se limitó a levantarse
muy tranquilamente y a decir, muy despacio, para que el intérprete le tradujera con
precisión:
–Caballeros. Les suplico que hagan venir al Emperador. Estoy seguro de que
cuando vea la obra se sentirá muy feliz y se hará cargo de su encarecimiento.
Entonces el barón Okura se levantó, y se hizo el silencio. Fulminó a todos con su
feroz mirada. Empezó hablando muy despacio y muy bajo, con rabia reconcentrada, y
fue subiendo el tono y acelerándose progresivamente, hasta acabar en un estruendoso
215
huracán. Golpeaba la gran mesa de roble con los puños y la hacía temblar. El intérprete
había enmudecido ante el espectáculo: se le había olvidado su misión, y Wright, atónito
y alucinado como él, sin entender ni una palabra, sentía el temblor emocionado de su
carne de gallina ante aquel torrente de fuego. Más tarde le explicó el intérprete que
Okura les había desafiado a todos, tanto de uno en uno como en grupo, a sangre o a
muerte, como quisieran, y les había garantizado que el Hotel Imperial se terminaría, que
ya se encargaría él de sacar el dinero de donde fuese, y que no le daría pérdidas a la
Casa Imperial, sino grandes beneficios. Lo juraba por su honor, y que se fueran todos al
infierno –para lo cual se brindaba gustoso a ayudarles con un último empujón– y
saludaran al diablo de su parte.
El Hotel Imperial estuvo construyéndose durante siete años, de mil novecientos
quince a mil novecientos veintidós. En ese tiempo Wright alimentó la amistad de Okura
y la enemistad de los otros, que no olvidaban su humillación y creaban toda clase de
dificultades para entorpecer las obras.
Esta era la delicada situación cuando –en el año veinte– la ochentona Anna
Lloyd–Jones llegó a Japón para vistar a su hijo. Fue recibida por la familia imperial,
hecho insólito y deferencia excepcionalísima hacia una occidental. Pero mamá Lloyd–
Jones no era una occidental cualquiera. Con exquisita cortesía, tomando el té con mejor
estilo que el mismo Emperador, les ensalzó el hotel, haciéndoles notar la enorme suerte
que habían tenido al poder contratar a su hijo (¿no había tenido Julio II sobre los otros
Papas de la Cristiandad el privilegio de ser coetáneo de Miguel ángel?), les afeó la
actitud hostil de sus comisionados, quienes, enemigos del Japón, intentaban sabotear las
obras y traicionar así a su Divino Emperador, y, finalmente, cómo no, les regaló a los
príncipes unos juegos de Froebel.
Estuvo unos meses con su hijo, durante los cuales:
1) comprobó cómo los traidores eran despedidos e incluso
condenados (no a muerte, como al principio se dijo)
2) volvió a enseñarle los dientes a Miriam, hasta conseguir que se
enrabietara del todo y se largara a América
3) intimó con Okura, que quedó muy satisfecho de conocer por fin a
una mujer de su talla
4) comprobó que el hotel iba para arriba, con todas sus dificultades
definitivamente superadas

216
Por lo que, finalmente:
1) se ajustó su sombrero
2) tomó su maletita
3) y se volvió a casa

–¡Hmmm! Es una gran mujer, Wrieto–San.
–Ya lo creo, barón. Ya lo creo.
217


5


Durante los siete años que duraron las obras del hotel, Wright estuvo buscando
una salida. Su vida necesitaba una dirección; no podía quedarse en Japón para el resto
de su vida.
En aquellos tiempos viajó a menudo a California. Le habían dicho que allí la
gente no era tan puritana ni tan reaccionaria como en el Medio Oeste, y tal vez le ejaran
vivir en paz como a un fugitivo sin patria.
Era un lugar cálido y soleado, muy agradable para vivir, y tenía un clima muy
bueno para la agricultura, que estaba vitalizando fuertemente la economía del Estado y
que se mostraba al resto de la nación –esquilmada y deprimida– como la panacea
salvadora, atrayendo a hordas de desesperados que veían aquí el espejismo de la
riqueza.
Wright era uno de estos moscones atraídos por el aroma de la miel. En la Costa
Este había una alta concentración de ricos deseosos de un buen arquitecto. Los más de
ellos eran agricultores y ganaderos, pero entre ellos empezaba a hacerse hueco algún
que otro saltimbanqui. La nueva atracción, el cinematógrafo, estaba conquistando al
público y empezaba a tener gran auge como industria, proporcionando sorprendentes
beneficios a quienes habían invertido su dinero. éstos, rebasadas con creces sus más
disparatadas esperanzas, se habían planteado tomarse el negocio más en serio y crear
estudios permanentes de grabación. La luz de California, tan intensa y duradera, hacía
idóneo el lugar para tal fin.
El arquitecto remoloneó alrededor de estos nuevos mercachifles; coincidió en
alguna fiesta con un tal Griffith –un endiosado director que estaba filmando por aquel
entonces una cosa incomprensible cuyos hórridos decorados acosaban al paisaje–. No se
gustaron. Para Wright toda esta caterva era un amasijo de cómicos de la peor estofa, y
aunque años más tarde se aficionara a Buster Keaton o a Charles Chaplin, por entonces
aquello no le interesaba lo más mínimo. Él tampoco interesó a los nuevos ricos de
Hollywood.
218
Otra cosa muy distinta fue cuando un incauto le presentó a un muy distinguido
ejemplar de su especie zoológica ideal: la rica heredera cultivada. Wright echó mano de
todos sus sucios trucos, tanto de sus delicadas melosidades como de su enérgica
personalidad y de sus convicciones mesiánicas, y –como se había propuesto– fascinó a
la rica riquísima solterona, tan amante del arte como heredera de numerosísimos e
inagotables pozos de petróleo. La rica señorita Aline Barnsdall presentaba –¡cómo no!–
nutrida corte de aduladores con dos o tres gallos aspirantes a mandar en el gallinero.
Wright se mostró desde el primer día como el gallo más gallo, dispuesto a picar en la
cresta a los demás y a llevarse de calle, sin despeinarse siquiera, a la gallina.
El incauto había sido el gran escenógrafo Norman Bel Geddes. Tenía amigos,
discípulos y admiradores en el cine, y él, a su vez, admiraba profundamente a Wright.
Se conocieron en una de aquellas inevitables fiestas de Hollywood. Encantado; un
placer; etcétera; ¿qué hace usted ahora?; Tokio; etcétera; yo estoy dedicado a un
proyecto de teatro experimental; no me diga, qué interesante; nuevas concepciones
escénicas, generosidad de una exquisita mecenas; etcétera, etcétera; ¿mecenas?, ¿rica?;
sí, rica, rica, rica; ¿rica?; muy rica; casas, teatros, centros de cultura y de negocios; ¡no
me diga!; un complejo teatral–cultural–comercial–residencial, escuela de arte
dramático, etcétera, etcétera, etcétera.
–Estoy deseando conocerla –dijo Wright sonriendo con gran encanto y simpatía,
intentando taparse disimuladamente con los labios los colmillos que le asomaban y
succionar la saliva que amenazaba con escapársele de la boca.
–Se la presentaré. Seguro que a ella también le vendrá muy bien conocerle a
usted.
La señorita Barnsdall estaba enamorada del teatro, y había querido con toda su
alma ser actriz. Estudió para ello, mostrando más empeño que dotes, con la gran
Eleonor Duse, quien tuvo que emplear una gran delicadeza y todo su talento
interpretativo para sugerirle que sería más útil al teatro como patrocinadora que como
actriz. Aline Barnsdall sufrió una gran decepción ante la evidencia de que era más
apreciada por sus talonarios que por sus cualidades, pero decidió que, al fin y al cabo,
para lograr su sueño de ser una figura eminente en el teatro, el ser rica no le venía nada
mal.
Esto de ser una mecenas disponible le proporcionó una nube perenne de
moscones que, con ideas escénicas más o menos extravagantes, le pedían ayuda para
montar sus obras. Además de escritores y escenógrafos, Aline Barnsdall estaba rodeada
219
de toda una caterva relacionada –más bien vagamente– con el espectáculo en general:
acróbatas, actrices, borrachos, enterados, guapos depilados, guapos sin depilar, viejas,
chillones, taxidermistas, suspiradoras, espadachines, tatuadores, plañideras, maricas,
entusiastas, políglotos, extranjeros con acento, extranjeros sin acento, pintores,
sopranos, timadores, fotógrafos, cómicos que huelen, cómicos que no huelen, mujeres
misteriosas, fumadores en boquilla, utópicos, homeópatas, anarquistas, patinadoras,
tahúres, putas, mafiosos, bailarines, lotófagos y oradores (tanto de género religioso
como de género político). Entre todos ellos había alguna (muy poca) gente de talento, y
un solo artista auténtico: Norman Bel Geddes.
La señorita Barnsdall quería hacerse en Los ángeles una casa que fuera más que
una casa, que presidiera un complejo cultural capaz de alojar en pensionado a todo el
hatajo de mequetrefes que la frecuentaban, y con un teatro modélico en el que se
pudiera representar toda suerte de obras de vanguardia. Bel Geddes estaba entusiasmado
con ese teatro, su teatro, en cuya concepción trabajaba febrilmente para hacer el espacio
escénico abierto y versátil, capaz de soportar todo tipo de innovaciones, tanto técnicas
como escénicas y literarias. Emborronaba papeles con esquemas de montajes, con
tramoyas sobre plataformas giratorias, escenarios levadizos, decorados que invadían el
patio de butacas... A Wright le necesitaba para que le diseñara un edificio en el que
pudieran desarrollarse todas esas fantasías. Carente de vanidad y de afanes de gloria, y
más pendiente de hacer realidad ese teatro que de quién lo firmaría, Bel Geddes acogió
con entusiasmo la llegada de Wright, le puso en contacto con la señorita Barnsdall y usó
toda su influencia para que ésta le tomara como su arquitecto. La admiración de Bel
Geddes por Wright le proporcionó a éste una magnífica cliente, pero el arquitecto, como
de costumbre, le pagó muy mal a su paisano. Se empleó a fondo defendiendo su
arquitectura ante todos esos listillos aficionados que tenían secuestrada la voluntad de la
dulce Aline, y utilizó su proverbial encanto para fascinarla al fin, secuestrarla él más
que nadie y brillar con su esplendor eclipsando y hundiendo a todos los demás, incluido
Bel Geddes.
Trabajaba con frenesí, luchando contra todos, atacando ferozmente a los
imbéciles que pretendían desprestigiarle ante Aline sin entender nada. Estaba
permanentemente dispuesto para saltar y morder a quien opinara sobre sus dibujos o
sobre su persona. Se le había olvidado que Norman le admiraba, que le había
proporcionado el encargo y que era su mejor aliado. Tampoco a él le dejaba opinar,
también se revolvía contra él, que no quería otra cosa que su teatro y que no veía mayor
220
bendición que tener al gran Frank Lloyd Wright para que se lo diseñara (atendiendo a
sus fundadas sugerencias). Pero Wright interpretaba las indicaciones de Bel Geddes
como críticas veladas, insidiosas, como intromisiones imperdonables en su trabajo
sacrosanto. Entre la casa palaciega de su anfitriona, el complejo residencial, el centro
comercial y la escuela–guardería, el teatro era para el arquitecto lo de menos. Hizo
rápida y descuidadamente unos bonitos dibujos, pero sin atender a las súplicas del
escenógrafo, que veía abortarse su sueño por la negligencia del intratable genio. Bel
Geddes le hablaba a Wright de mutaciones escénicas, de maquinaria teatral, de
participación del público, de tramoyas, de pasiones y de gestos y palabras: del hecho
teatral. La soberbia de Wright, su desconfianza ante los acosos de otros, no descendió a
escuchar a quien había hecho de aquello su ideal.
Aline Barnsdall también había puesto su predilección, desde el primer momento,
en el teatro, del que todo lo demás era satélite, y también veía languidecer sus
aspiraciones, y tampoco se sentía con fuerzas para pelear más con Wright. él tenía un
solo rival capaz de hacerle sombra, pero que sólo podía actuar en y desde su teatro. Si
ese teatro no se construía, su adversario quedaría desarmado. Así que, o Aline Barnsdall
levantaba un teatro convencional, desactivado, o no levantaría ninguno, al menos si él
iba a ser el arquitecto, y de eso no había la más mínima duda.
A medida de que Wright progresaba en sus trabajos –de los cuales el que más le
interesaba era la casa–, dibujando sorprendentes e inacabables perspectivas y detalles,
su encanto diabólico atrapaba a la cliente. Las reticencias iniciales de Aline Barnsdall
sucumbieron ante la arrolladora exigencia de Wright, que tan imperceptible como
progresivamente inoculaba su veneno requiriendo cada vez mayor aquiescencia y
complicidad, como el líder de una secta. Sólo que la conformidad que obtenía de Aline
era ya sólo consecuencia de su decepcionada rendición, de su agotamiento. Incapaz de
seguir discutiendo con Wright, y aún menos de despedirle, resignada a quedarse
definitivamente sin su teatro, ya todo le daba igual.
El arquitecto era inflexible y tiránico; no permitía ningún cambio sobre sus
diseños, ninguna indicación ni crítica. La cliente tenía que estarle agradecida y rendirse
a su magia, bendiciendo el privilegio que tenía, sin osar sugerir que hubiera preferido
otra disposición en los salones o quizá una fachada más... ¿cómo decirlo?
–Diga, diga. Es su casa.
221
–No sé, señor Wright... –ella, que jamás había conocido a nadie que la
contradijera en nada, buscaba ahora la palabra con miedo, para no irritar a su
arquitecto–... Más... más...
–¡Basta! ¡No disimule! ¡No le gusta! ¿Pero es que no se da usted cuenta de lo
que está viendo? Querida Aline, esto es arte. ¡Arte! El arte duele. La obra es trabajo, es
dedicación, sabiduría y talento, oficio y ansia. ¡No es un pasatiempo!
–Pero...
–Aline –ahora su boca destilaba dulzura–, mi adorable Aline: ¿No se da usted
cuenta de que no se puede juzgar frívolamente este trabajo? No se trata de hacer una
fachada más o menos... “¿clásica?”, “¿moderna?”, “¿divertida?”, “¿agradable?”. ¿Qué
se cree usted?; ¿que las tengo todas aquí, en un catálogo, y las saco para ver cuál le
gusta más? No. Se trata de hacer una casa; algo muy serio. El edificio es un todo, un
organismo complejo. No hay nada gratuito, ¿me entiende?
–Claro que le entiendo, señor Wright. Pero, por eso mismo...
–Por eso mismo...
–¡Supongo que un buen diseño tendrá algo que ver con los gustos, las
necesidades y la forma de vida de sus propietarios!
–¡Exacto!
–¡Pues da la casualidad de que esta casa no refleja mi personalidad!
–¡Usted qué sabe! –y, a veces, sólo algunas veces, un colofón tierno–: Si la
conozco yo a usted mejor que usted misma...
La mecenas agachaba la cabeza, avergonzada de su atrevimiento y de su
ignorancia, o furiosa, y a veces, sólo algunas veces, ruborizada, dulce y levemente
arrebolada.
No se construyeron ni el teatro, ni la guardería, ni el complejo comercial. Tan
sólo la mansión, nunca habitada, monumento del genio a sí mismo, una casa tan
magnífica como estéril, alejada de los ya dominados y consabidos recursos de su
creador y lanzada a la aventura de las piezas moldeadas que había empezado a intuir en
Tokio, labrando la lava, y que ahora desarrollaba aquí porque necesitaba hacerlo para
dar continuidad investigadora y creadora a su arte, dijera lo que dijera el cliente.
Norman Bel Geddes, viendo que el proyecto de teatro de Wright no tenía nada
que ver con su ilusión, ni siquiera esperó al rechazo de la anfitriona. Tomó la maleta y
se marchó a Nueva York, donde le estaba destinada una brillante carrera. Curiosamente,
222
aunque nunca olvidó la irrepetible ocasión abortada por la soberbia y la vanidad de
Wright, le siguió admirando profundamente y, las veces que a lo largo de sus vidas
volvieron a coincidir, le trató siempre con deferencia y respeto. Hay gente sensible al
talento más que a ninguna otra cualidad.
Los albañiles, sin embargo, no parecían serlo tanto, y la corte de Aline Barnsdall
tampoco. Todo eran pegas. En todo momento había alguien –no sólo el constructor, sino
también actores, modistos, maquilladores o coreógrafos (es sabido que de construcción,
como de medicina, entiende todo el mundo)– abordando a Aline Barnsdall para
transmitirle alguna nueva queja sobre la obra.
–Mire usted: Nosotros no podemos seguir con esta obra; ¿usted me entiende?
Dice su arquitecto que tenemos que colocar los bloques así; ¿usted me entiende?, y
rellenar los carambucos con la pasta así, para este lado; ¿usted me entiende?, casi, como
si dijéramos, sin escantillar; ¿usted me entiende?, con unas varillas de acero que no
sirven más que para estorbar; ¿usted me entiende? Y es lo que yo digo; mire usted, que
para eso los ponemos asosquinados. ¿Usted me entiende?
–Aline, querida: ¡Qué horror! ¡Pero qué horror! ¿Sabes lo último de tu
arquitecto? Pues que te ha diseñado una fachada ¡ho–rrrro–ro–sa! ¡Claro, hija; como no
pisas por la obra! Menos mal que nos tienes a nosotros, que velamos por ti. Les he dicho
a los albañiles que pararan inmediatamente, hasta que vieras tú el desaguisado, y se me
ha venido encima ese señor Wright, un e–nerrr–gúmeno, diciendo ¡unas palabras!, con
¡un mal estilo! Un grosero, hija, un auténtico gro–se–ro.
–Aline, vas a hacer el ridículo con esa casa. ¿Por qué no despides al gilipollas
ese y contratas a otro? La casa todavía tiene arreglo.
Aline no quería saber nada. La agobiaban entre todos, y ella sólo quería que la
dejaran en paz. No iba a ver nunca las obras, y sólo deseaba que se terminaran de una
vez. Que acabaran la casa y se fueran. Los demás proyectos, naturalmente, quedaron
abandonados. Otros clientes –y sobre todo clientas– se habían entregado a Wright y le
habían dado, con entusiasmo, libertad absoluta. En el caso de Aline, esa libertad del
arquitecto no era fruto de la admiración, sino del aburrimiento. Por su parte, el
arquitecto tampoco se sentía nada bien. Estaba acostumbrado a entusiasmar a sus
clientes, y la apatía de Aline le humillaba. Además, la libertad de que disponía, no
concedida sino consentida, era atacada y acosada constantemente por todos los demás, y
Wright no encontraba en Aline la aliada que hubiera necesitado.
223
Wright consumía más energía en defender su obra contra todos que en trabajar
en ella, aún más esforzadamente que en el hotel de Tokio. Cruzaba el Pacífico en uno y
otro sentido, descansando con cada obra de la otra, agotándose con cada una de ellas y
huyendo de nuevo a la otra. Pero mientras que a Okura le admiraba y a sus adversarios
japoneses los respetaba y casi los temía, a estos chiquilicuatros los despreciaba
completamente, y ni a su cliente le tenía cariño. Estaba tan harto de ella como de sus
mequetrefes; pero la casa ya iba mostrando su magnificencia, y merecía la pena seguir
levantándola aunque cada día le costara una nueva bronca, aunque no le diera un solo
instante de paz.
Una vez terminada –formidable, como casi todas; cruel, como casi todas–, Aline
Barnsdall disfrutó muy poco de ella. Sólo iba a pasar muy cortas temporadas de vez en
cuando, durante las que recordaba con amargura la frustración de su sueño, hallando en
cada rincón la presencia del insufrible arquitecto, del causante de todos sus pesares. No
pudo resistirlo más y decidió donar la casa, junto con sus bellos jardines, a la ciudad. El
Barnsdall Park es ahora lugar de recreo de los ciudadanos, y la casa es museo de arte
para gloria y prez de su genial arquitecto más que de su generosa y sufrida promotora.
La casita que hizo a continuación en Los ángeles –todavía mientras terminaba el
Hotel Imperial–, esta vez para una antigua cliente de Chicago, desarrollaba el sistema de
cerramientos de bloques colados y moldeados de hormigón, que en la casa Barnsdall
habían sido utilizados sólo como remates decorativos. Las obras de esta casa magnífica
–“La Miniatura”– sufrieron todo tipo de percances, incluido su progresivo
encarecimiento por la desviación de fondos del constructor, que hacía simultáneamente
su propia casa y la cargaba como incrementos injustificados en ésta, apoyado en la
favorable circunstancia de su rareza para inventar todo tipo de inconvenientes y de
pegas, rezongando siempre contra el arquitecto para engordar el presupuesto. Pero en
esta ocasión Wright contaba de nuevo con el entusiasmo de su clienta, que hizo frente a
todas las adversidades confiando siempre ciegamente en él, en sus informes y
certificaciones, hasta desenmascarar finalmente al constructor. Una vez terminada, la
casa sorprendió a todo el mundo e inauguró una serie de villas extrañas, vaciadas en
sutil encaje de hormigón, lencería de piedra pómez.
Nada más ser inaugurada, La Miniatura se inundó completamente ante la
rechifla de todo el mundo. Pero la señora Millard siguió confiando en su arquitecto. La
deficiente impermeabilización (que había proporcionado más beneficios extras al
constructor) fue reparada sin problemas, aunque todo el mundo siguió dando
224
importancia exagerada a aquel percance (al fin y al cabo era gratificante poder criticar
desahogadamente aquel bodrio aduciendo razones técnicas y objetivas, indiscutibles).
El trabajo agotador le revitalizaba. Saltaba de Japón a California sin descanso.
Resolvía problemas constructivos en un sitio, y, todavía discutiendo detalles con sus
colaboradores–aprendices o con los contratistas en la pasarela del barco, saltaba al otro.
El estudio de Chicago también seguía abierto, y todavía le sobraban energías para
aceptar encargos allí, mandar planos por correo y órdenes por cable.
En Tokio los problemas crecieron cuando los nuevos comisionados recibieron
una lacónica nota de la Casa Imperial: “Las obras de Nuestro Hotel Imperial serán
terminadas el día 1 de julio de 1922. La inauguración tendrá lugar el 4 de Julio”. Faltaba
muy poco tiempo y aún había numerosos cabos por atar. Todos se aplicaron con frenesí
a obedecer las órdenes del Divino Emperador. Trabajaron de día y de noche, y ni el
arquitecto ni los comisionados vieron a sus familias durante semanas. Vivían en la obra,
y a ratos apenas descabezaban un sueño en el jardín. No se mudaban de ropa y pasaban
días sin afeitarse. Pero estaban contentos. Sabían que iban a lograrlo.
La tarde del treinta de junio todo estaba perfecto. Wright y Okura terminaron de
recorrer el edificio en su última inspección, salieron al jardín y desde ahí fueron
girándose lentamente, abarcando con la mirada el conjunto; finalmente se miraron,
sopesándose y valorándose mutuamente, y se abrazaron emocionados.
–¡Lo hemos conseguido, Wrieto–San!
–Sí, barón.
–¡Vamos a celebrarlo!
El anciano barón condujo al arquitecto por callejuelas recónditas de barrios
secretos. Salían de un antro para entrar en otro, cada vez más borrachos. Okura miró a
Wright fijamente y, echándole una mano al hombro, le espetó:
–¡Nunca creí en usted! ¡Pero había empeñado mi palabra! Cuando le defendí
ante los comisionistas despedidos, pensaba lo mismo que ellos. ¡Pero soy leal a mi
Emperador!
–Es usted un viejo canalla, barón.
–Soy leal. Teníamos que conseguirlo.
–Conque no se fiaba usted de mí, ¿eh?
El barón negó con la cabeza, la mirada turbia por el alcohol.
–Le juzgué mal, Wrieto–San. Le ruego que acepte mis disculpas.
–¿Y si no hubiéramos cumplido?
225
–Le habría matado con mis propias manos, y luego... Ahora estaríamos muertos
los dos.
–¿Y no lo estamos?
–No.
El barón besó a Wright, y Wright besó al barón; y prorrumpieron en vítores y
cánticos. Okura propuso acabar la velada como debía ser, pero Wright le confesó que no
estaba en condiciones, y reiteró su sincera admiración por quien alardeaba de tal
potencia a sus ochenta y tantos años. Okura, indignado, declaró que no alardeaba de
nada, que era un hecho comprobable y que le retaba a hacer la prueba.
Wright no recordaba nada más. A la mañana siguiente, tras dormir tres o cuatro
horas, se levantó partido en muchos trocitos. Era el gran día, qué desastre. Una masa
gelatinosa le llenaba la cabeza y se balanceaba por dentro.
Se bebió de un trago medio litro de café solo, sin azúcar, y salió corriendo hacia
el cuarto de baño. Le faltaron muy pocos metros para llegar. Baldeó el piso
guarreándolo por encima y se duchó con agua helada. Salió disparado para el Hotel. Era
ya la hora.
Okura estaba –exultante, fresco, feliz– esperándole. Wright no pudo por menos
que redoblar su admiración por aquel superhombre. Él no podía ni con su alma. Estiró
su cuerpo cuanto pudo y, andando muy despacio, recorrió las dependencias. No sentía el
casco; la masa gelatinosa se lo impedía. Inspeccionó los patios por última vez, mirando
con satisfacción la parte inferior de los muros, pues no podía alzar la vista a la claridad
del cielo ni al vértigo de las cubiertas. Desde las cornisas, terrazas y jardineras, los
obreros, ya desocupados, asistían a la última visita del arquitecto, a su despedida.
Seguían con expectación sus pasos solemnes, esperando su aprobación, satisfechos de
su trabajo, orgullosos de su obra magmática e inverosímil. Siete años de trabajo y ocho
millones y medio de yenes.
Wright dio por terminada su última visita. Entrecerrando los ojos, hizo el
esfuerzo de mirar hacia arriba. Dijo sencillamente, con voz clara y potente, en japonés:
“gracias a todos”, y se quitó ceremoniosamente el casco, indicando con ese gesto que
aquello ya no era una obra, sino un edificio terminado. Los cientos de trabajadores le
imitaron, y al grito de: “¡Banzai, Wrieto–San! ¡Banzai!” los lanzaron al aire. Los
capataces se destacaron y se acercaron a Wright. Eran unos cincuenta que, enardecidos,
le auparon y le pasearon en volandas, a hombros, pasándoselo unos a otros, deseosos
todos de cargar con él, gritando su nombre y auspiciándole con toda suerte de
226
bendiciones. La comitiva acabó frente al estanque principal, en el que todos acabaron
zambulléndose.
Los comisionados de la Casa Imperial le agasajaron con una comida en la que
corrió el champagne, el whisky y, finalmente, el sake. Todos se emborracharon.
Después, imposible de recordar. Algo así como colores rojizos y formas esféricas, más
licor, quizá mujeres, le parecía; no sabía bien; no estaba muy seguro, y cena con más
alcohol, una cena disparatada y enfervorecida durante lo que podía haber sido una sola
noche quizás o tal vez una semana, un mes seguido de celebración ininterrumpida en la
que el tiempo se había condensado para también, a la vez, dilatarse; y el vértigo, el
vértigo incesante, y canciones y risas, y bebida; sí, definitivamente sí mujeres, y la
muerte dulce y la disolución, y de pronto el sol que entraba por el ojo de buey y le
cegaba, y todo se bamboleaba y daba vueltas, y la cama oscilaba de mar y borrachera.
Aquello parecía el camarote de un barco. ¡Qué raro! Wright, con todas sus
fuerzas, consiguió salir de aquella habitación casi hospitalaria y preguntó a la primera
especie de enfermero que vio por el pasillo.
–Por favor... ¿Qué es esto?
–¿El qué?
–Esto... Todo –hizo un gesto abarcando a su alrededor.
–Un barco, señor. Estamos en el Pacífico.
–¿Y a dónde...?
–A San Francisco. América; los Estados Unidos de América.
–Pero yo estaba en Tokio...
–Zarpamos hace dos días, señor.
–Pero yo tenía amigos en Tokio... Bueno; los sigo teniendo.
–Le felicito, caballero.
227
Sexta parte

Locura y odio

1

El Hotel Congress de Chicago se levanta sobre el inmenso Michigan Boulevard,
edificado a un solo margen y abierto por el otro al gigantesco lago. En la manzana de al
lado está el Auditorium de Adler y Sullivan. Enfrente, el parque de Lincoln se difumina
hasta las gélidas orillas del agua oscura.
Frank Lloyd Wright miraba el lago desde el bay–window
1
de su habitación,
dejando vagar sus pensamientos sobre los brillos mercuriales de las aguas, y se sentía
muy viejo. Aquel mismo hotel era una muestra conspicua de la ya olvidada generación
de sus maestros. La Escuela de Chicago, que un día –¡cuántos años hacía, Dios!–
asombrara al mundo, había muerto, y sus restos, los edificios que quedaban de aquellos
gloriosos años, yacían sobre la ciudad como cadáveres embalsamados. Él estaba de
nuevo en Chicago, la gran metrópoli dañina, madrastra y traidora de todos sus hijos.
–“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son
enviados!” –recitó con voz casi imperceptible, fascinado por los reflejos del agua
inmensa, sin fuerza para mirar a otro lado que no fuera hacia aquel enorme abismo
palpitante, y después, despertando de su ensimismamiento, se dirigió a Miriam:–
¿Vamos?
–Mejor baja tú solo. Yo no tengo ganas.
Abajo, en el salón de recepciones, le esperaban aburridos cinco o seis reporteros
que él mismo había convocado mandando una nota triunfal y extravagante a los
periódicos. Algunos jefes de redacción, más que nada por la famosa vida de escándalo
(por si salía alguna nueva picardía), aleccionaron en dos minutos al meritorio que tenían
más a mano (adulterio, incendio, asesinato, crápula) y le mandaron a que sacara algo de
jugo. Ahí estaban, esperando a que el gran divo, quienquiera que fuese, se dignara a
bajar y a soltarles su rollo.

1
Ventana salediza. Mirador prismático, de planta semiexagonal o semioctogonal, que sobresale de la
fachada. Otros lo llaman bow–window (ventana–proa). Era un elemento tradicional en la composición de
fachadas para residencias “a la inglesa”. La Escuela de Chicago lo redefinió para los edificios altos,
acuñándolo casi como un sello de identidad.
228
El mayor artista de este siglo les habló de su gran arte, y los ávidos periodistas le
preguntaron por su vida sexual. Entonces él les explicó los fabulosos cimientos del
Hotel Imperial, y un chico le preguntó si su esposa le había concedido por fin el
divorcio. él le contestó que el Divino Emperador de Japón había quedado encantado y le
había otorgado un título nobiliario: Kenchiko Ho. Después de hablar otro buen rato
sobre la fase que ahora atravesaba, de madurez y de definitiva maestría en su arte, les
declaró solemnemente: “Descansaré en Taliesin, y allí decidiré si establecerme en Los
Ángeles o en Chicago”. Pues qué bien.
La verdad era que ni en California ni en Illinois tenía tantas posibilidades como
quería creer o quería hacer creer a los demás. Más bien podría decirse que apenas tenía
alguna. Acabado el paréntesis japonés, en Chicago las cosas seguían como cuando se
marchó: nadie le tomaba en serio, y en California había construido tan sólo cinco casas
en aquellos siete años, y en todas ellas (magníficas, admirables, sorprendentes) había
tenido problemas con sus clientes.
Como siempre, aparte de sus incondicionales, el clima en su patria era de
indiferencia hacia su obra. Todo seguía igual; su pasmosa trayectoria no había
modificado nada, no había influido en nadie.
Sin embargo en Europa, acabada la Gran Guerra, le seguían aclamando. La
publicación de sus dibujos por Wasmuth seguía dando fruto. Los arquitectos europeos
divulgaban aquellas viejas láminas con entusiasmo creciente, hacían correr la voz,
escribían artículos, discutían. En el año 1911, uno después de la primera edición, al
joven arquitecto holandés Robert van't Hoff le regaló su padre un ejemplar. Aquello
había sido definitivo. Robert quedó tan sorprendido por los dibujos que tomó el primer
barco y se fue a América. Pasó –como tantos otros aprendices– un par de años en
Taliesin, en el primer Taliesin, antes de la tragedia, y volvió a su país, donde construyó
dos casas al más puro estilo wrightiano. Holanda disfrutó de la paz mientras el resto del
continente luchaba, y le quitó a Alemania la iniciativa en vanguardia artística. En 1917
se fundó uno de los grupos artísticos más importantes que han existido: De Stijl,
liderado por Van Doesburg y Mondrian, y co–fundado, como únicos arquitectos, por
Robert van't Hoff y Jacobus Johannes Pieter Oud (éste conoció a Wright a través de
aquél, quien le enseñó a admirarlo). Frank Lloyd Wright acababa de entrar en la
vanguardia europea, liderándola sin saberlo. Como oposición al geométrico y
racionalista De Stijl, en la efervescente Holanda se creó otro grupo, Wendingen,
romántico y expresionista. Si el primero admiraba el vanguardismo wrightiano, el
229
segundo aspiraba a emular la volcánica riqueza de sus diseños, y así pasó Wright a guiar
simultáneamente dos movimientos opuestos. Tras la Gran Guerra Alemania se puso al
día, y la Bauhaus de Walter Gropius recogió también el ejemplo del maestro americano,
que se convitió así en el padre de todas las tendencias arquitectónicas del siglo. “En mí
moran multitudes”, había escrito Walt Whitman, y en Wright también moraban, y todas
tenían algo grande que decir.
La revista del Wendingen le publicó siete números monográficos seguidos, como
si en todo el planeta no hubiera nada más que Wright (y no lo había), en los que vio la
luz un artículo de Sullivan que alababa su Hotel Imperial, sus casas californianas y todo
lo que De Stijl repudiaba. Oud, traidor ocasional (y después definitivo), también
escribió un artículo en Wendingen, haciendo constar su fascinación por el maestro
americano.
Los holandeses, los alemanes y los rusos –tras su revolución– tomaron a Wright
por abanderado. Lissitzky apareció en Berlín al mismo tiempo que van Doesburg, con
Gropius como anfitrión. Las discusiones fueron apasionadas y hasta se cuenta que hubo
tiros. Todos buscaban la vanguardia a su modo y todos clamaban por un “Estilo
Internacional” para el que no había acuerdo. Cubismo, expresionismo, constructivismo
querían constituir “el arte de nuestro tiempo” y se peleaban acerbamente por cuestiones
clave. Hubo artistas proteicos que militaron en todas las corrientes al tiempo y
defendieron posturas irreconciliables y simultáneas. En lo único en que todos estuvieron
de acuerdo fue en que Frank Lloyd Wright era el arquitecto del siglo
2
.
Por influencia de De Stijl, virtual ganador de la contienda, los principios de la
arquitectura de Wright fueron enfocados hacia el cubismo, haciéndole padre de una
orientación que él mismo odiaba, pero con la que haría años después el mejor edificio
del mundo.
Así pues, Europa hervía de furor por él mientras que en América nadie le hacía
caso. Desde el viejo continente le llamaban ofreciéndole todo lo que pidiera: honores,
gloria, dinero, los encargos más atractivos, carta blanca para diseñar a su gusto los
mejores edificios que pudiera construir. Pero las láminas de Wasmuth eran lo único que
conocían de él; tenían congelado en 1910 a un genio que no dejaba de evolucionar y de

2
Sé que explicar así el complejo fenómeno de las vanguardias artísticas del siglo veinte constituye una
reducción caricaturesca. Esta aventura apasionante requeriría una extensa
exposición, del todo inapropiada aquí. De todas formas he creído necesario mostrar, aun con tantas
limitaciones e inexactitudes, el ambiente que reinaba en los círculos más avanzados (que, por cierto, eran
mucho más reducidos de lo que aquí se sugiere).
230
sorprender. Le pedían por favor que se dignara a hacerles caso, que se dejara admirar,
que les permitiera rendirle alabanzas y caer a sus pies. De alguna forma le consideraban
una vieja gloria, y él estaba seguro de que no aceptarían sus planteamientos actuales.
Seguramente estaban dispuestos a oírle como a un viejo maestro, a conocerle como a un
objeto de museo, y a encargarle proyectos al viejo estilo pradera. Él no podía abandonar
su trayectoria para mirarse el ombligo, para autocomplacerse en sus pasadas
habilidades. Además, el alabancioso, soberbio, endiosado arquitecto, que moría por los
aplausos y los reconocimientos, no los quería de aquella gente tan lejana, de aquellos
pueblos siempre para él decadentes. Desde el principio había abominado de Europa, de
su cultura y de su historia; había sostenido que su nación era la nueva savia de aquel
mundo acabado. Él era americano; era la prueba viviente de que los americanos iban a
regenerar el arte y la cultura.
Pero sus compatriotas eran idiotas. Seguían fascinados por las pasadas glorias
europeas, envidiosos de ellas justo cuando en Europa ya nadie las quería. Los
americanos seguían pidiendo columnas, arquitrabes, metopas, capiteles, y los europeos
(algunos europeos) las repudiaban (por fin), pero para hacer horribles cajas de zapatos.
A su vuelta de Japón, otra vez en su hogar, se sentía inútil, vacío. Su arquitectura
no era requerida por nadie. Tenía tres alternativas: Seguir en su tierra, arraigado contra
la tempestad, aguantando contra todos, como siempre; irse a California a soportar aquel
ambiente snob y empalagoso, intentando endilgarles casas a los nuevos divos del
cinematógrafo (o a quien se dejara), o marcharse a Europa o a Japón, donde sería
recibido con entusiasmo pero donde le sería imposible seguir su camino.
Era una decisión difícil, pero, una vez más –y ésta sería la última– su madre la
tomó por él.
La vieja luchadora Anna Lloyd–Jones murió el viernes nueve de febrero de
1923, a los ochenta y cuatro años de edad. Era un día frío y luminoso. Frank llegó a
tiempo para despedirse de ella.
–Hijo mío; me voy feliz de este mundo. Orgullosa de ti.
–Madre...
–Has sido siempre la razón de mi vida, y veo que ha tenido sentido. Me has dado
más de lo que siempre esperé. Has llegado a ser el más grande arquitecto que ha dado el
mundo.
–Todo lo que soy te lo debo a ti.
231
–Tus obras... Sigue construyendo. Haz edificios cada vez más hermosos. Yo no
los conoceré ya. Hazlos.
–Los haré, madre.
–Sé que te llaman lejos. Pero no te vayas. La tierra... Le perteneces a esta tierra.
–Aquí no me quieren.
–¡Te querrán! ¡Lucha!
–Estoy ya tan cansado.
–Júrame que seguirás aquí. Júrame que lucharás.
–Sí, madre. Te lo juro.
–Taliesin.
Frank Lloyd Wright se quedó desamparado, como un niño. En su insostenible
soledad volvió a mirarse en Miriam, y ella le consoló de nuevo. Otra vez creyeron que
todo era posible y que Taliesin les curaría.
Pocos meses después, el día dos de septiembre, la radio dio la noticia de un gran
terremoto que había sacudido Tokio el día anterior. A medio día el famoso dragón que
dormía en las entrañas de la tierra se había despertado y había puesto patas arriba la
capital del Imperio del Sol Naciente. El locutor leyó una nota en la se incluía el Hotel
Imperial entre los edificios destruidos. Frank se quedó estupefacto, incapaz de creer que
su famoso camarero no hubiera logrado sostener su bandeja sin que se le cayeran los
vasos. No podía ser cierto. Indignado, llamó a la emisora: “¡Están ustedes equivocados!
¡Mi edificio no se ha caído!” Compró todos los periódicos que pudo. Nada. No se decía
nada.
Era imposible comunicar con Tokio. Pasó tres días angustiado, hasta que
finalmente llegó un telegrama:

HOTEL INDEMNE COMO MONUMENTO A SU GENIO. CIENTOS SIN
HOGAR ATENDIDOS POR SERVICIO PERFECTAMENTE
MANTENIDO.FELICITACIONES
OKURA

Frank lanzó un grito de júbilo. Había vencido. Su hotel no sólo había resistido,
sino que había servido para paliar los efectos del desastre. En sus dependencias se
habían atendido a las víctimas, y los grandes aljibes, que él había diseñado no sólo
como adorno, habían cumplido su misión surtiendo de agua a los bomberos.
232
Era una gran noticia, que él se encargó de restregar por las narices de los
responsables de aquella emisora de radio, exigiéndoles una retractación. También
convocó a los periódicos. Mostró a los reporteros el precioso telegrama de Okura y
magnificó la hazaña tal y como él se la imaginaba, mucho más de lo que había sido en
realidad. Dio la impresión –y aún así se sigue diciendo en muchos libros– de que
prácticamente su hotel era el único edificio que había quedado en pie, cuando en
realidad, con ser muy fuerte el terremoto, sólo cayeron pequeñas casitas construidas de
forma muy precaria, mientras que la totalidad de edificios medianamente bien
construidos resistieron sin problemas.
Pero por enésima vez la opinión pública dio un giro en su apreciación por
Wright y le vitorearon como el mejor constructor del mundo. El melodrama de niños sin
hogar, incendios y miserias había tenido un final feliz gracias al genio del arquitecto.
La metáfora del camarero con la bandeja dio la vuelta al mundo, y todos
(quitando a los expertos) celebraron al menos la capacidad de Wright como ingeniero.
Los que además le admiraban como artista tuvieron con esto la culminación de su
entusiasmo. Aun los más reacios le empezaron a respetar.
Uno de sus antiguos clientes de Oak Park le mandó llamar para que le reformara
y ampliara la casa que le había construido años antes. Parecía que sus antiguos vecinos
volvían a confiar en él. Era un encargo pequeño, pero para él tuvo algo de simbólico:
volver a empezar, volver a ganarse la confianza de sus clientes, volver a Oak Park.
Mientras dirigía las obras pensaba que tenía que pasarse sin falta por su antigua
casa para saludar a Catherine, pero nunca se veía con fuerzas y lo dejaba para otro día.
Fue ella la que, sabiendo que le tenía al lado, le mandó recado.
–Hola, Catherine. ¿Cómo estás?
–Bien.
–¿Los chicos?
–¿Qué chicos? John está contigo, y de los otros sabes tanto como yo. Más: Te
ven a ti más que a mí.
–Sí. Menos Lloyd.
–No te preocupes por él. Le va bien, ya sabes.
Lloyd había aparecido un día en el estudio de su padre en Los Ángeles, cuando
éste estaba en Tokio, y se había presentado al encargado, Richard Schindler, un joven y
brillante arquitecto austriaco. Quería trabajar allí con él sin que su padre se enterase.
Schindler se sintió muy sorprendido; creía que Wright sólo tenía un hijo arquitecto.
233
John era el reconocido por el padre, pero él, el primogénito, el Caín, se había hecho
arquitecto en secreto, de la mano de Cecil Corwin, y quería ahora probar su maestría.
Trabajaría allí y no se daría a conocer hasta que de sus manos saliera un trabajo digno.
En una de sus visitas relámpago, Wright examinaba con Schindler los tableros.
–Este diseño es muy bueno. Estoy muy satisfecho de usted, Richard.
–Gracias, señor Wright, pero éste no es mío.
–¿Quién lo ha hecho?
–Un... aprendiz.
–¿Nuevo? –al maestro no le cuadraba ese trabajo en ninguno de los conocidos.
–Sí. Nuevo... en este estudio, pero no en su vida.
–¿Qué quiere decir? –a Wright le empezaba a fastidiar tanto rodeo y tanto
suspense.
–Es su hijo.
–¡Ya está bien! Mi hijo John está conmigo en Japón.
–Se trata de su hijo mayor: Lloyd.
–¿Lloyd? ¿Es eso cierto?
El júbilo de Wright fue tan intenso como su desconcierto, como su frustración de
padre.
Después de aquello decidieron una suerte de mutua ignorancia satisfecha.
Wright se dio por enterado de que su hijo, mientras hacía sus propias obras como
arquitecto independiente, trabajaba eventualmente en su estudio de Los Ángeles, pero
ambos se evitaron. El padre visitaba de incógnito las obras de su hijo, y se sentía tan
feliz por su talento como indignado por su soberbia.
Allí, de visita en casa de Catherine, en su antiguo hogar, le dijo:
–Sí. Ya sé que le va bien. Me he estado enterando. Estoy orgulloso de él.
–Es el que más te quiere.
–Lo sé. Sabes cuánto siento que nunca aceptase...
–Yo ya lo he hecho. Por eso te he hecho venir.
–¿Qué quieres decir?
–Que me lo he pensado. Llevo muchos años pensándolo, y he llegado a la
conclusión de que seguir así no tiene ningún sentido. Creo que lo mejor será que nos
divorciemos.
Frank y Miriam se casaron en noviembre. Fue una ceremonia muy cursi, como
requería la ocasión. En la medianoche alumbrada con velas, las sombras vibrátiles y
234
fantasmagóricas, a los pies de Taliesin, sobre el río Wisconsin, en el centro del puente
alfombrado de flores, las manos cogidas y la mirada lánguida, se juraron amor eterno.
Un cuarteto de cuerda contratado para la ocasión emitía una música exquisita. El ramo
de la novia fue lanzado a las aguas. Se alejó lentamente, como se alejaba la felicidad.
Sullivan no pudo asistir. Estaba muy enfermo. Les mandó una emotiva tarjeta y
unos no menos emotivos paquetes que contenían los archivos del viejo maestro y su
colección de dibujos. La tarjeta decía: “No puede haber nadie que sepa apreciar todo
este material mejor que tú. Es toda mi vida”. Frank no podía haber soñado con un regalo
de boda mejor, ni los sobrinos de Louis Henry Sullivan podían haber imaginado una
locura semejante de su tío.
A Miriam el regalo no le hizo mucha gracia.

* * * * *

Sullivan se moría como un perro. La habitación olía a pobreza, a fiebre, a vino
barato, a vómitos rancios, a derrota y a humillación. El viejo maestro miró a su querido
discípulo y, quizá a modo de disculpa por recibirlo en aquel cuartucho sórdido en vez de
hacerlo en el club como las otras veces, le dijo:
–Me muero, Frank.
–No diga eso, maestro; mi Lieber Meister.
–Sí, Frank. Me muero. Nunca me asustó la muerte, pero me da tanta pena acabar
así, fracasado.
–Es usted el mejor. Lo ha sido siempre.
–Ya nadie lo recuerda, e incluso yo mismo lo he olvidado... ¿Te acuerdas de
cuando se inauguró el Auditorium?
–Claro que sí. No lo olvidaré nunca.
–Debí de morirme entonces... ¡Habría sido tan hermoso! Un ataque al corazón o
algo así. Habrían hablado de mí los periódicos, habría tenido un gran entierro. La
gloria...
–No diga eso. Ni murió entonces ni va a morir ahora. Tiene que cuidarse para
recuperarse pronto. Le quedan aún por hacer sus mejores edificios.
–¡Vino el presidente! ¡Me saludó el Presidente de la Nación!
–Ya lo creo...
235
–Me felicitaban todos. Y el bueno de Dankmar sonreía y me decía entre dientes,
para que nadie le oyera... Me decía... ¡Ja, ja, ja! ¡Dankmar Adler; el mejor amigo; el
mejor socio! ¡Dios, qué bueno era! Murió. Está muerto. Murió hace tanto tiempo.
Mejor! ¡Así se ahorró esta humillación! Escúchame, Frank. Hazlo por mí. Construye.
Cállales la boca y haz que triunfe nuestra causa. Tienes que justificar mi vida.
–Maestro, su vida se justifica por sí misma.
–Me estoy muriendo.
–...
–Eres el arquitecto más grande del que yo jamás haya tenido noticia. Tan grande
como, aun con todo lo ambicioso y soberbio que eres, no puedes ni sospechar. Has
revolucionado la arquitectura de una forma definitiva. Pero sin mí no serías nada.
–Lo sé.
–La arquitectura orgánica te la enseñé yo.
–Sí, maestro.
–Eres un genio. Eres un millón de veces más grande que yo. Eres tan... ¡colosal!
que yo me sentiría orgulloso con ser recordado como tu maestro, y eso depende de ti.
Sullivan murió el día 14 de Abril de 1924. En el entierro Frank quedó relegado a
la última fila. Desde el fondo de la iglesia asistía a la ceremonia sumido en una
sensación irreal. Luego, en el recorrido al cementerio, nadie quería estar a su lado, y él
tampoco deseaba arrimarse a los demás. Los familiares y amigos de Sullivan nunca le
habían perdonado su traición. Wright les había suplicado que le dejaran diseñar la
tumba del maestro, pero no lo habían consentido. No encontraba la forma de rendirle
homenaje, de manifestarle su profundo agradecimiento, tan sólo lo que, como su madre,
él le había pedido: construir. Por ellos y por sí mismo. Para ellos y para la historia.
Ahora –y además sin Miriam– estaba definitivamente solo.
236


2


Miriam estaba cada vez peor. Su carácter, de por sí incoherente e histérico, se
había agravado hasta el punto de que ya no podía seguirse considerando como una mera
forma de ser, incómoda pero tolerable, sino que constituía una verdadera enfermedad.
Frank consiguió que accediera a visitar a un psiquiatra de Chicago, y el
diagnóstico fue tan incomprensible como aterrador. Venía a decir que Miriam sufría una
crisis de personalidad de raíz neurótica que le provocaba una neurastenia en la que las
alternancias de euforia y desesperación se habían ido desequilibrando hasta llegar a la
situación actual, caracterizada por una tristeza y un cansancio perennes, temores
infundados e irracionales y emotividad no controlada.
Ante esta enfermedad de nada servía la paciencia, la voluntad de comprenderla,
de razonar con ella, de intentar tranquilizarla, de dedicarle tiempo, atención y cariño. Al
revés: todo esto era contraproducente. Cuanto más caso se le hacía, más intratable se
volvía ella. La pobre Miriam no encontraba satisfacción en nada, no le veía sentido a su
vida, no vislumbraba ningún futuro. Y, claro, la culpa de todo la tenía Frank. A las
atenciones de su marido respondía con insultos, con acusaciones, y entonces él, por más
que se armara de paciencia, era incapaz de resistirlo.
Sólo habían pasado unos meses desde su boda cuando Miriam le pidió el
divorcio. La primera reacción de Frank al oír esa petición fue de alivio. Él habría sido
incapaz de plantear la cuestión, estando Miriam como estaba; habría sido una traición
horrible: escapar del naufragio dejándola desamparada. Pero ya que lo pedía ella
misma... No. No podía aceptarlo: era demasiado fácil y canallesco. Intentó hacerle ver
que la estaba ayudando, que ella le necesitaba, y le dijo que no consentiría en
abandonarla en aquel estado.
Cinco o seis veces se repitió la siguiente escena: Miriam exigiéndole el divorcio,
y él negándose. Estallando ella entonces; gritando, estrellando cuantos objetos frágiles
encontrara a su alcance, pataleando, forcejeando para zafarse de él al intentar sujetarla,
mordiéndole o arañándole mientras le insultaba, pidiendo socorro a voz en grito,
clamando porque estaba secuestrada, y finalmente deshaciéndose en lágrimas de
237
desesperación y de impotencia por no poder escapar de aquella cárcel. Frank
administrándole el sedante prescrito por el doctor y Miriam durmiéndose al fin con un
sueño inquieto, angustioso.
Así que a la quinta o sexta representación, Frank accedió a que su esposa,
siquiera temporalmente, se alejara de él. Miriam se fue a Los Ángeles a vivir su propia
vida, lejos de la opresión de su marido. Quería rehacer su siempre postergada carrera
artística. Yéndose de Taliesin, le recordó a Frank que tendría noticias de sus abogados,
y éste la despidió con dolor y con alivio.
Ahora sí que estaba solo. Afortunadamente, pudo refugiarse en un trabajo
apasionante. Un día vino a Taliesin la quintaesencia del cliente. El señor Albert Mussey
Johnson era un hombre apasionado, activo, inconformista y... rico. Se presentó como
presidente de la National Life Insurance Company, le estrechó la mano enérgicamente y
le dijo sin preámbulos que su empresa necesitaba un edificio en Chicago.
En un hermoso solar de Water Tower Square debía alzarse una torre realmente
sublime. “¡Quiero un edificio limpio, cristalino! ¡Una virgen, señor Wright! ¡Quiero una
virgen!” El arquitecto se regocijó al oír tal expresión dicha en un tono tan vehemente.
Estuvieron hablando durante unas horas, gustándose mutuamente, y antes de
levantarse para irse, el señor Johnson le extendió un cheque de veinte mil dólares para
que comenzara a estudiar el proyecto. Con un encargo tan atractivo y un pago tan
generoso, Frank olvidó sus penas y se entregó a la pasión de la arquitectura.
Wright ideó una torre cuya estructura no se manifestaba en las fachadas, sino
que se quedaba en el interior. Los pisos volaban rebasándola (las eternas ramas de árbol,
los eternos voladizos de Frank Lloyd Wright), y producían un efecto nunca antes visto.
Esto es: al ser los pisos como bandejas que no se apoyaban en sus bordes sino dentro
(más camareros), la fachada quedaba absolutamente libre y podía acristalarse
completamente. El revestimiento consistía en unos bastidores de cobre, realmente
delicados, en los que se insertaba vidrio opalino. Tal apertura de superficie en fachada
era algo verdaderamente audaz, y el resultado era un diamante de facetas iridiscentes y
rara belleza. El solar estaba muy al norte de Chicago, en una zona aún poco edificada, y
cabía esperar que al menos durante unos años esta torre magistral e insólita tuviera una
presencia destacada.
El señor Johnson estaba encantado con los dibujos, que se fueron
perfeccionando durante meses. Una vez más se estaba produciendo el milagro: La
concepción global, ciertamente fascinante y visionaria, era amarrada con soluciones
238
constructivas y estructurales perfectamente detalladas. El prodigio consistía en cómo
Wright era capaz de soñar un imposible y de hacerlo realidad; con la mirada en las
estrellas y los pies en el suelo, su arte extraordinario producía la creación arquitectónica,
la síntesis prodigiosa.
Pero, una vez más, el milagro se quedó en el papel. Digamos para honra de su
autor que eso es lo de menos, que la creación había tenido lugar y había sido sublime,
que su construcción habría sido una mera consecuencia de lo que los planos designaban.
Pero esto era un muy débil consuelo para el arquitecto, que habría asombrado al mundo
si su diamante se hubiera erguido sobre las orillas del lago Michigan.
Albert Mussey Johnson tuvo que avalar sus negocios con un cheque personal de
catorce millones de dólares para salvar la primera avalancha de la depresión. Arruinado
y exhausto, apenas pudo plegar velas y reiniciar sus actividades de una forma muy
modesta. Muchas posesiones de la firma, incluido el solar de Water Tower Square,
tuvieron que ser vendidas, y así acabó la virgen de la Life Insurance Co.
Jerome Blum acudió a Taliesin, como hacía habitualmente, para ver a su amigo
Frank. Le encontró abatido, rodeado como siempre por sus solícitos discípulos, pero
apático y distante de ellos. Como de costumbre, el arquitecto se alegró de verle, pero le
confesó que no tenía ánimos para nada, que todo iba mal y que se encontraba muy
abatido. Jerome le animó para que le acompañara al día siguiente al Auditorium de
Chicago a ver al Ballet Ruso. No podía negarse, porque ya tenía las entradas compradas
y el plan hecho. Un poco por no desairar a su amigo y otro por la nostalgia de volver a
la catedral de su maestro, terminó aceptando.
Los dos amigos ocupaban un palco con tres localidades; la tercera estaba
vacante. Faltaban unos minutos para que comenzara la representación y Frank volvía a
emocionarse por estar en aquel lugar sagrado, recordando por enésima vez sus
incipientes logros a las órdenes de Sullivan, apreciando con casi dulce amargura los
adornos dorados de los arcos, los detalles de la bóveda, los rasgos y los fragmentos a los
que se había dedicado tan amorosamente hacía ya tantísimos años. Dejando vagar su
mirada por la sala, de repente toda su percepción se vio alterada por la entrada triunfal
de la ocupante del tercer asiento del palco: una mujer elegante, alta y delgada, guapa.
Frank y Jerome cruzaron un “buenas tardes” con ella y se intercambiaron secretos
codazos de connivencia.
Comenzó la función: Karsavina, y Wright fue incapaz de seguir las evoluciones
de los bailarines. Blum, aunque más interesado por el baile, le miraba de reojo a cada
239
momento, y siempre le sorprendía observando descaradamente a la desconocida. Seguro
que ella se estaba dando perfecta cuenta. Decidió ayudarle.
En el intermedio, Jerome Blum lanzó una sonda:
–Discúlpeme, señora, pero creo que su rostro no me es del todo desconocido.
–¿Eh?
–¿Nos hemos conocido en Nueva York, en casa de Waldo Frank?
–No. No conozco a Waldo Frank.
–¿Norman Bel Geddes?
–Tampoco le conozco. Quiero decir personalmente.
–¿Carl Sandburg?
–No.
–¿Ring Lardner tal vez?
–Lo siento.
Siguieron aún cinco o seis tiros de ciego hasta que al fin hubo uno que dio en la
diana.
–¿Ve? Sabía que la conocía. Mi nombre es Jerome Blum, y tengo el gusto de
presentarle a mi amigo Frank Lloyd Wright, el famoso arquitecto.
–Encantada –dijo ella educadamente. Era evidente que su nombre no le sonaba
de nada.
–Él construyó este edificio.
–¿De verdad?
–No le haga caso –Wright intervino por fin–. Yo sólo era uno de los ayudantes
de los autores.
–Está muy bien.
–¿Aceptaría usted tomar el té con nosotros tras la representación?
–Será un placer.
En el Hotel Congress, ante la bien servida mesa, la enigmática desconocida dejó
de serlo. Se llamaba Olga Iovanovna Lazovich Milanoff Hinzenberg, pero les pidió que
la llamaran Olgivanna. Todo el mundo lo hacía así, uniendo sus dos primeros nombres.
–Olga-Ivanna ¡Olgivanna! –exclamó alegre y tontamente Jerome.
Había nacido en Montenegro. Su padre era el presidente del Tribunal Supremo,
y su abuelo, el general Marko Milanoff, había sido un héroe nacional en la lucha por la
independencia contra Rusia, valiéndole sus hazañas el título de duque. Su vida parecía
haber sido muy excitante, aunque no entraba en detalles. Contaba estas cosas con
240
naturalidad y casi con modestia, sin darles importancia, aunque cada palabra suya
encerraba un misterio y una aventura.
Estaba en Chicago por un motivo desagradable: entrevistarse con su ex esposo,
Valdimar Hinzenberg, con quien había tenido una hija (Svetlana). Tenían que terminar
de arreglar unos enojosos asuntos, y estaba deseando dejarlos zanjados para irse a
Francia con la niña a continuar sus estudios con el famoso Gurdjieff.
–¡Ah!
–¿No han oído hablar de él?
No. Lamentablemente no le conocían. Entonces Olgivanna les explicó cómo ese
gran sabio había creado un instituto para el desarrollo armónico del ser humano. La
parquedad que había mostrado en referir los avatares de su vida se transformó ahora en
entusiasmo locuaz para explicar las concepciones filosóficas de aquel prohombre, y
Frank, a quien esas ideas siempre le habían fascinado, terminó de enamorarse de la
encantadora Olgivanna.
Se despidieron citándose para una próxima ocasión, y Frank volvió a Taliesin
con una alegría que no sentía desde hacía años. Pero duró muy poco. Al llegar a su casa
se encontró con una citación judicial.
Miriam había cambiado de opinión. Ya no quería el divorcio. Había contratado a
un abogado, había convocado a la prensa, había hecho declaraciones terribles, había
denunciado a su marido.
Siguieron años de pesadilla.
El abogado de Miriam, Arthur D. Cloud, consiguió arreglar sucesivamente tres
acuerdos con Wright, que fueron sucesivamente rechazados por Miriam Noel. Tras esto
Cloud renunció, al comprobar que las contradictorias pretensiones de su cliente
imposibilitaban cualquier solución, y que ella sólo pretendía hacer daño.
–Lo que usted quiere es vengarse, y nunca suscribirá ningún acuerdo. Usted no
necesita un abogado, sino un matón.
Entonces Miriam contrató a un picapleitos caradura llamado Harold Jackson,
que disfrutó con la actitud de Miriam y le ayudó buscando mil triquiñuelas para
completar y enriquecer las que se le ocurrían a ella, que desde luego tenía dotes para
ello.
Frank y Olgivanna se fueron a vivir a Taliesin. Ella se estaba metiendo en un
avispero. Cada dos por tres se acercaba Miriam Noel por allí, encabezando un nutrido
grupo de periodistas e incluso de agentes de la ley. Según le diera, les acusaba de
241
adúlteros, de infractores del orden público, de defraudaores, de enajenadores de sus
pertenencias.
Miriam tenía información sobre los clientes de Frank, y les escribió para
boicotearle. También viajó a Washington buscando a algún político que accediera a
escucharla, y encontró al senador George William Norris, de Nebraska, que le prometió
vagamente que haría algo.
Miriam estaba autodestruyéndose de forma patética, digna de compasión.
Mientras concentraba su animosidad contra Frank, declaraba que le seguía amando
apasionadamente y que nunca le abandonaría. Era, ciertamente, el amor enfermo de un
corazón destrozado.
A pesar de la actitud de Frank, de la diligencia de sus abogados, del depósito de
un fondo para Miriam en la Fiscalía del Distrito, ésta conseguía a veces de algún juez
una orden de embargo, de registro e incluso de arresto contra su odiado amado.
Los alguaciles de Spring Green fueron más de una vez a Taliesin con la orden de
detener a Wright, pero lo cierto es que iban con escasa convicción, y que a la primera
negativa de los empleados respecto a que el jefe pudiera estar en casa se volvían tan
tranquilos.
William Weston, mostrando en la cara la feroz cicatriz dejada por el astil del
hacha de Julian Carleton, en el alma la dejada por la hoja contra su pobre hijo, y en la
boca de dientes apretados toda la rabia y la fidelidad hacia su jefe, mantenía a raya a
quien quisiera traspasar la puerta de la finca.
Cuando aparecía Miriam, como un general en campaña, dirigiendo a todo el
mundo, siempre se estrellaba contra Weston, afianzado junto al letrero de PROHIBIDO
EL PASO, los pies y la culata de su rifle clavados en el suelo.
–Tenga usted cuidado con eso –le decía un agente.
–No pienso utilizarlo si no me dan motivos.
Una vez Miriam abatió el letrero, y la culata se levantó un palmo sobre la hierba.
Lo pisoteó y se puso a lanzar piedras.
–¡Vean ustedes! ¡No me dejan entrar a mi propia casa!
Salió entonces Frances, la hija de Wright (la de las paperas) –ahora señora
Cupply–, que estaba pasando unos días con su padre, y se unió al fiel William Weston
para suplicarla que se fuera.
242
–¿Echarme a mí? ¿A mí? ¡Soy la señora Wright! ¡Este es mi hogar! Y usted,
Weston, como empleado de la casa, está a mi servicio. En cuanto a ti, deberías tratarme
con el respeto debido a una segunda madre.
–¡Una segunda madre! No me haga reír. Usted nunca ha sido nada parecido.
–Querrás decir que nunca habéis querido que lo fuera. ¡Pero lo soy! ¡Lo soy! ¡Ja,
ja, ja! ¡Lo soy! ¡Nunca os libraréis de mí! –Miriam, echando espuma por la boca;
declamaba histriónicamente su parlamento–. ¡Soy tu madre, Frances! ¡Y su jefa,
Weston!
–Está bien, señora Noel. Cálmese –dijo Weston.
–¡Cálmese usted! ¡Y vaya haciendo las maletas! Lo primero que haré cuando
tome posesión de esta finca va a ser despedirle.
–Si llegara el caso yo no esperaría a que lo hiciera. Puede estar segura.
–Le despediré. Nunca me ha querido; y ha intentado por todos los medios
malmeter a Wright contra mí, con esa cara de niño bueno, con esa cara horrible,
haciéndose el mártir.
–Señora Noel...
–¡Señora Wright! Siempre me ha querido echar de aquí. ¡Como si Taliesin fuera
suyo! ¡Hipócrita! ¡Pues es mío! ¡Yo soy el ama! Y usted ha manipulado a mi marido,
que le mantiene aquí sólo por lástima. ¡Qué bien ha sabido usted explotar lo de su hijito!
–¡Ya está bien, Miriam! –saltó Frances.
–¡Y tú! ¡Fea! ¡Más que fea! Eres fea. Siempre lo has sido. Aún más fea que el
propio Wright –Miriam metía la mano por la reja, intentando pegarla, arañarla,
arrancarle el pelo o los ojos. Frances dio un paso atrás para ponerse fuera de su alcance
y se la quedó mirando con pasmo, casi con fascinación.
–¡Me echáis de aquí! ¡Wright me echa de aquí para que le deje tranquilo con su
furcia!

con esa furcia sucia pobre Wright amado mío asqueroso Frank me dejas tirada
abandonada a mi suerte pues bien te vas a enterar te vas a enterar de lo que soy capaz te
voy a hundir te destruiré acabarás en la miseria en la cárcel nunca más volverás a
construir nada nadie te dará trabajo esa insolencia tuya esa sonrisa de superioridad
conque estoy enferma conque estoy loca ya verás tú la loca tú sí que estás enfermo loco
vicioso esta loca sacrificó su vida por ti yo era una artista llena de talento de ideas de
futuro todo lo dejé por ti por ayudarte por trabajar a tu lado nunca me quisiste nunca te
243
fiaste de mí me despreciaste estabas hundido por Mamah y yo te saqué del agujero te
tendí la mano y te salvé pues igual que te levanté te puedo volver a hundir te vas a
enterar sucio asqueroso te vas a enterar no te voy a dejar ni respirar voy a caer sobre ti
con toda mi furia yo tengo razón me habéis marginado me habéis expoliado me habéis
tirado te estorbaba ya te habías cansado de mí sucio rijoso querías un coño nuevo yo ya
no te servía tantas palabras tantas mentiras de amor tenía que haberlo adivinado me dejé
engañar por tonta por ingenua porque soy buena y te creí pero tú no engañas a nadie me
engañé yo sola y ahora mi vida no es nada está arruinada para siempre sin ti te destruiré
serás mío o de nadie mío o morirás te pudrirás en la cárcel te llenaré de deudas te conde-
narán a la silla eléctrica el gran arquitecto el gran arquitecto de mierda qué te has creído
que puedes pisotear a quien quieras que puedes pasar por encima de todos hacer lo que
te dé la gana cansarte de una mujer y liarte con otra esa golfa ese zorrón que te ha sorbi-
do el seso y yo qué es que no me decías tantas cosas es que no me prometiste todo es
que no estabas tan enamorado de mí pues entonces qué asco qué vergüenza verme echa-
da de mi propia casa verme suplantada por esa golfa toda la culpa es tuya has sido así
siempre egoísta has abandonado a todos a tu madre y a tus hermanas a tu amigo Cecil
Corwin a tu jefe Silsbee y a tu jefe Sullivan a tu esposa a tus hijos a Mamah a tus ayu-
dantes a tus admiradores a mí a todos todos te hemos querido te ha querido tanta gente y
tú nunca has querido a nadie sólo a ti mismo tú tú y sólo tú soberbio siempre igual siem-
pre pensando en ti en tu sagrada arquitectura en tus ambiciones y tus delirios de gran-
deza vete a la mierda muérete sucio asqueroso amado mío no me dejes te quiero tanto
244


3


Para terminar de arreglar la situación, en la primavera del año 1925 cayó un rayo
sobre Taliesin y lo incendió por segunda vez. Este fuego fue menos destructivo que el
primero, pero igualmente dejó a Wright al borde de su resistencia. Los daños se
valoraron en doscientos mil dólares –casi todos en bienes hipotecados–, algo que le
dejaba no ya arruinado, sino realmente aplastado. Una vez más sus amigos y familiares
se movilizaron, y consiguieron infundir la suficiente confianza a los bancos como para
que le volvieran a prestar dinero aceptando terceras, cuartas y quintas hipotecas sobre
las cenizas.
Mientras reconstruía su hogar, Frank consiguió, con un esfuerzo sobrehumano,
terminar dos grandes proyectos en los que llevaba trabajando ya algunos años, pero que
finalmente fueron abortados. Así, su último resto de resistencia y de audacia, jugándose
el todo por el todo, acabó muerto en el papel. No había más horizonte a la vista.
Los préstamos concedidos a cuenta de su inminente resurgimiento profesional se
quedaron sin posibilidad de devolución a la vista, pero le surtieron de un dinero con el
que intentó un nuevo acuerdo que acabara con la maldición de Miriam: le ofrecía una
casa digna en Los Ángeles, en París o en donde quisiera y una asignación mensual. Su
proposición fue rechazada de nuevo. Entonces Wright usó las mismas armas de Miriam
poniendo esta oferta en conocimiento de la prensa, para que quedara clara su buena
disposición y la postura obstruccionista de su enemiga.
Miriam declaró: “Jamás me divorciaré de Wright para que pueda casarse con esa
Olga Milanoff”, e inmediatamente, haciendo gala de su incoherencia habitual, solicitó el
divorcio por crueldad. Ante esto, los abogados de Wright garantizaron al juez que su
cliente podía afrontar las condiciones impuestas por su esposa para el divorcio, y que
incluso asumiría las que el tribunal le impusiera como si realmente él fuese culpable de
esa supuesta conducta. No pensaba defenderse de esa acusación, con tal de que acabara
la pesadilla. Entonces Miriam remachó el clavo exigiendo que había de garantizársele
que Olgivanna no disfrutaría de ningún lujo mientras ella “se arrastraba en la miseria”.
Esto colmó el vaso de la paciencia de Wright, que declaró que se iría a Japón o a
245
Holanda a rehacer su vida, y que así Miriam no vería un dólar. No pensaba hacerlo; la
promesa hecha a su madre en su lecho de muerte pesaba sobre él.
Miriam volvió a las puertas de Taliesin con su consabido ejército de reporteros,
y esta vez salió Wright en persona.
–Miriam...
–Frank...
–He depositado en la Fiscalía del Distrito suficiente dinero...
–¡Oh, Frank!
–Tómalo y vive tu vida. Intenta ser feliz. Siempre me tendrás para lo que
necesites.
–¡Oh, Frank! Sin ti mi vida no es nada. Si tú quisieras...
–Miriam, por favor.
–Amado mío...
–Ya basta, Miriam. Actuemos como seres civilizados.
–¿Civilizados? ¿Civilizados, Frank? –Miriam estalló– ¿Te parece esto
civilizado? ¿Acaso no soy yo civilizada por pretender que un matrimonio signifique
algo? ¿Acaso tú, el civilizado, no antepones tu lujuria a nuestro compromiso
matrimonial?
–Ya está bien, Miriam. Toma lo que te ofrezco. No puedo darte más.
–¡No quiero nada! ¡Te quiero a ti! ¡A ti!
–Si me dejas trabajar en paz podré rehacerme y podré atender tus necesidades.
–¡No me entiendes! ¡Ni me escuchas siquiera! ¿Es que no ves que no quiero tu
dinero, que no quiero nada, que sólo quiero que vuelvas conmigo?
Miriam se alejó llena de ira. Publicó su parte médico para remover las entrañas
de la gente, y Wright se ofreció a pagarle el tratamiento si ella accedía a internarse en
una clínica psiquiátrica, a lo que contestó Miriam, indignada, que qué se había creído,
que si la tomaba por loca. Era un círculo vicioso al que le estaban dando demasiadas
vueltas. En una de ellas, Miriam solicitó el arresto de Olgivanna por conducta
licenciosa, solicitud que incomprensiblemente prosperó. Pero el alguacil que se presentó
en Taliesin fue incapaz de hallarla. Olgivanna había huido.
El abogado Jackson consiguió atraerse trambién al ex marido de Olgivanna. Así
podía atacar a Wright desde dos frentes. Valdimar Hinzenberg se había divorciado
“civilizadamente” de Olgivanna, a quien el tribunal concedió la custodia de Svetlana.
Hinzenberg había visitado a su hija en Taliesin varias veces, y siempre se había
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comportado cordialmente, reconociendo que su hija estaba bien atendida y que el
ambiente que se respiraba en su nuevo hogar era muy bueno. Pero ahora, espoleado por
Jackson, denunció a Wright por enajenación de afectos, y a su ex esposa por fuga, por el
secuestro de su hija, por conducta inmoral y adulterio, y consiguió unas órdenes para
poner a Frank y a Olgivanna en prisión.
En medio del desastre, el dos de diciembre de 1925 nació una niña: Iovanna, que
trajo a sus atribulados padres un motivo de esperanza y de alegría, sin duda
contrarrestado con la amargura de verse en fuga, como criminales.
Acordaron que Olgivanna se fuera con las niñas hasta que pasara el chaparrón
mientras que Frank permanecía en Taliesin. Las tres anduvieron de pensión en pensión
por los alrededores de Chicago, escondiéndose, cambiando de alojamiento al más
mínimo gesto de extrañeza del fondista. La madre sacaba un cajón de la mesilla, lo
dejaba en el suelo y lo rellenaba con ropa, ahí depositaba a su recién nacida. La otra
compartía con ella el camastro. Esa era la vida de lujo que Miriam les achacaba.
A Taliesin acudían los amigos para exponer a Wright planes de huida definitiva.
El destino más viable era Holanda. Wright era inflexible, pero estaba obligado a
consultarlo con Olgivanna, quien estaba padeciendo tanto por su culpa sin merecerlo.
–No, Frank. Nadie te echará de aquí. Este es tu hogar.
–Y el tuyo.
–Mi hogar eres tú.
A lo más que accedieron fue a esconderse durante una temporada en un refugio
recóndito que un amigo puso a su disposición, a las afueras de Minneapolis, a orillas del
lago Minnetonka.
Mientras los cuatro estaban escondidos, Levi H. Bancroft, abogado de Wright,
consiguió que el banco aplazara por el momento la ejecución de la hipoteca sobre
Taliesin, a la que el tribunal le había autorizado, y lanzó sin éxito el globo de que su
cliente estaba en Méjico, desde donde viajaría a Europa a reunirse con Olgivanna y las
niñas, y allí permanecerían por tiempo indefinido. “Miriam Noel puede felicitarse por su
venganza retórica, pero no recibirá ni un centavo”.
Sin embargo, la venganza de Miriam no fue en absoluto “retórica”, sino muy
efectiva.
Había oscurecido hacía ya unas horas. El frío afuera era muy intenso, pero
dentro de la cabaña se estaba muy a gusto. Ante la chimenea encendida, al cambiante
juego de las luces y de las sombras, Frank miraba embelesado a su hija mamando. La
247
mirada dulce de Olgivanna, volcada en la pequeña, era adorable. En un sillón, arropada
con una manta, dormía Svetlana. Frank se iba a levantar para tomarla en sus brazos y
llevarla a la cama cuando sonaron intempestivamente unos golpes feroces en la puerta.
Frank abrió y se encontró con un grupo de policías, periodistas y fotógrafos
encabezados por Jackson. El abogado, adelantándose a los agentes, les comunicó la
orden de arresto, y entró como en su casa, husmeando. Instintivamente, Olgivanna se
cubrió el pecho. Iovanna rompió a llorar. El jaleo despertó a Svetlana, que también se
puso a llorar. La placidez de hacía un instante era ahora caos y desesperación. Jackson
iba de un lado a otro gesticulando y dando órdenes, metiendo las narices en todas partes,
amenazando y farfullando. Hizo un intento de tomar a Iovanna y Frank ya no pudo
contenerse más y se lanzó a por él. Fue reducido por los agentes mientras los flashes
deslumbraban la estancia.
Fueron encerrados en la cárcel del condado de Hennepin: Frank en la sección de
hombres y Olgivanna con las dos pequeñas –nadie había previsto qué hacer ellas– en la
de mujeres.
La cochambrosa celda estaba totalmente desnuda excepto por un asqueroso cubo
para excrementos y un jergón de paja en cuya funda de lona basta, entre los cercos de
sudores y otros efluvios de inquilinos anteriores, pululaban las chinches.

intenta conservar el sentido del humor no te derrumbes no enfundes nunca la blanca
hoja desnuda pobres niñas Olgivanna pobre ella no tiene vela en este entierro canallas la
habéis hecho pagar un precio tan alto amor mío pobrecilla todo el que se arrima a mí
acaba mal Dios mío no me abandones madre mía ten fuerza intenta conservar el sentido
del humor pese a todo la hoja desnuda la blanca hoja desnuda oh Dios a ver parece que
esta esquina está un poco más limpia qué asco me siento sí mejor así no no podré
dormir Henry Barry dieciséis de junio de 1926 todos firman qué dibujos qué bestias las
niñas pobres niñas llamar a Bancroft esto es intolerable no somos criminales Dios mío
esto es increíble está loca están todos locos yo ya dije ya hice todo lo posible entonces
qué más quieren John Barry tres de Marzo de 1925 yo he hecho lo que tenía que hacer
me he ofrecido a lo que hiciera falta entonces qué quieren qué más quieren Louis Barry
cinco de enero de 1926 joder con los Barry quién me mandaría casarme con esa mujer
todo fue por lo de Mamah aquello me mató haber acabado en esto en la cárcel quién lo
diría tantos honores tanta fama tanta y acabar así criminal cárcel pena de muerte a ver si
con la hebilla sí este yeso está blando Frank Lloyd Wright arquitecto veintidós de
248
octubre de 1926 después de aquella matanza pobre Mamah por qué no reflexioné no
hice caso todos me lo decían pero yo cabezón cabezón erre que erre nunca envainaré la
blanca hoja desnuda no nunca menos mal que ahora Olgivanna gracias Dios la luz de mi
vejez me quiere me da por fin lo que tanto tiempo yo ya ni y una hija preciosa a los
cincuenta y siete años sí una bendición y ella es tan y a ti Svetlana a ti también te quiero

Por la mañana, el asombrado alguacil le trajo el desayuno (pan y achicoria) y los
periódicos.
–¡Sale usted en la portada!
Ahí estaba, fotografiado mientras se abalanzaba contra Jackson. Bajo el
tremendo titular se glosaban los avatares del arquitecto. El carcelero lo había leído y
estaba impresionado de tener un huésped tan importante. En seguida lo supieron los dos
compañeros de galería.
–¡Eh, oiga! ¡Señor! ¡Señor Wright! –le gritó uno desde su celda.
–¿Sí?
–Si quiere salir de aquí hoy mismo, llame a Nash. A nosotros nos saca siempre.
–¿Nash?
–Es un abogado de aquí. Y se las sabe todas. ¡Jerry! ¡Jerry! –llamó al alguacil,
que vino renqueando: “¿Qué queréis? ¿Qué pasa ahora? No le dejan a uno en paz ni un
solo momento”– Este señor quiere llamar a Nash.
–Es bueno –le confesó el funcionario a Wright, resignado a que entonces la
estancia de su egregio prisionero sería muy breve–. Le llamaré.
Se fue andando perezosamente, mascullando sobre su triste suerte. Él
encarcelaba a los malos para que W. N. Nash, con ese desparpajo, como riéndose de él,
los sacara. Bruscamente se paró y dio la vuelta. Se le había cruzado una idea por la
mente. Desanduvo el camino y volvió a asomarse a la celda de Wright.
–¿De verdad es usted arquitecto? –no terminaba de creer que uno de ellos, uno
de los habitantes de aquel otro mundo, pudiera dar con su trasero en aquel agujero.
–Sí. Lo soy.
–Es que... Verá: Yo tengo una pequeña casita aquí, al lado. Y tengo unas
humedades... Yo creo que se me filtra el agua por un... Es que la pared hace así, un
recodo –se ayudaba con sus manos de uñas mugrientas para dibujar en el aire lo que no
era capaz de expresar– que dobla por aquí... Y he pensado que la solución sería hacer un
tejadillo... Mejor sería si lo viera... Si pudiera usted aconsejarme...
249
–Lo haré con mucho gusto en cuanto pueda.
–¡Por eso no se preocupe! Ese condenado Nash lo sacará de aquí antes de decir
Jesús –y se fue ya más decidido galería adelante.
–¡Que se joda Jerry! –le dijo su vecino– No le ayude usted, a ese asqueroso.
¡Bien que se reía cuando nos trincó a mi hermano y a mí! Me llamo Fred Barry, y el de
la otra celda...
–William Barry –dijo el otro.
Frank se sonrió.
–¿Son ustedes hermanos de... –miró las inscripciones de la pared– John, Henry y
Louis Barry?
–¡Sí, señor! ¿Los conoce usted?
–Claro.
Nash era un hombrecillo insignificante, astuto y marrullero. Entró en su celda
como en su propio hogar, y le explicó que había sido detenido sin cargos, sin otra base
que un telegrama que comunicaba al sheriff de Hennepin que en Wisconsin se había
emitido una orden de detención contra él y su “mujer”. Estaban detenidos bajo
sospecha, argumento muy endeble que no podía sostenerse apenas pocas horas más.
Wright le expuso su preocupación por las niñas, y él dijo, lacónicamente: “Secuestro.
Podemos demandar al condado de Hennepin por cien mil... por un millón de dólares”.
–¿Los cobraríamos? –le preguntó Wright, divertido.
–En absoluto. Pero les tendríamos entretenidos. ¡Jerry! ¡Jerry!
–Dígame, señor Nash –contestó el alguacil, que había estado escuchando
escondido y estaba muy preocupado ante la remota posibilidad de que él mismo tuviera
que pagar ese millón de dólares.
–Llame al juez ahora mismo. Este hombre está en libertad.
–¡Nash! –le llamaron los dos hermanos Barry– ¿Y a nosotros?
–Cuando me paguéis las que me debéis.
El juez le dejó en libertad sin cargos, pero hubo de atender una nueva demanda
presentada por Jackson, esta vez por violar la ley Mann –bien conocida por Miriam; la
idea había sido suya–. El juez aceptó que esta infracción había sido cometida en su
jurisdicción, y que la demanda era nítida, así que, esta vez con un cargo sólido, volvió a
decretar su encarcelamiento.
Tras una nueva noche de desesperación, Frank, Olgivanna y las niñas
recuperaron su libertad al día siguiente previo pago de una fianza de quince mil dólares,
250
depositada por varios de sus amigos más incondicionales. Se les prohibió salir del
condado de Hennepin, y el fiscal federal siguió trabajando en el caso. Mientras tanto,
Svetlana e Iovanna fueron confiadas al Instituto de Protección de la Infancia.
Nash ya no sabía qué hacer para que el juez entendiera que la ley Mann había
sido redactada pensando en traficantes de mujeres, y no en dos personas que se
enamorasen espontáneamente. Era sólo una cuestión de tecnicismo, pero ese tecnicismo
se levantaba como un muro impenetrable. Se fijó fecha para una segunda audiencia, y el
abogado, muy preocupado, advirtió a su cliente que esta vez podía ser algo mucho más
serio que una mera formalidad.
Pagaron una segunda fianza para que les dejaran salir de Minnesota, y se fueron
a Nueva York a pasar unos días en casa de Maginel, la hermana menor del arquitecto,
para descansar hasta que se celebrara la audiencia. Pero entonces aparecieron en el
apartamento unos funcionarios de Inmigración y arrestaron a Olgivanna. La repatriaban.
Las desgracias caían en cascada. El agujero que se abría a los pies de Wright
parecía definitivamente insuperable.
Entonces Jackson convocó a la prensa y declaró que tenía intención de exigir la
constitución de un Gran Jurado para investigar los asesinatos de Taliesin de hacía doce
años. “Frank Lloyd Wright se ha burlado siempre de la Ley, hasta el punto de que ha
instigado asesinatos y ha quedado impune. No tengo, naturalmente, nada personal
contra él; pero mi devoción hacia la Ley y mi convicción ética me exigen
desenmascararle”.
251


4


A petición de Nash, el lejano Herbert Fritz tuvo que reabrir sus heridas (nunca
cerradas) para hacer una declaración escrita, que fue unida a la patética de William
Weston –detallando la masacre, su pobre hijito, su fidelidad al arquitecto, su dolor sordo
y duro– y presentada ante el fiscal. El caso fue archivado sin más. Nadie castigó a
Jackson.
La movilización de todos los amigos y parientes de Wright hizo que las cosas
cambiaran. Eran evidentes la estrategia de Jackson y el desequilibrio de Miriam, y los
partidarios del arquitecto, trabajando con entusiasmo, iban siendo capaces de poner las
cosas en su sitio. John se desvivía yendo a todas partes a hablar de Miriam, a mostrar
cartas de ella y de su padre, a pedir testimonios a todo aquel que les hubiera conocido
juntos. Lo dejó todo para dedicarse sólo a ese fin. Sus antiguos clientes influyentes
–principalmente David D. Martin– hacían campaña a su favor y pagaban las fianzas.
Entre todos consiguieron que la prensa, y con ella la opinión pública, diera un giro.
El clima cambiaba poco a poco.
Se fijó una nueva fianza para el caso abierto por el Departamento de Inmigración
contra Olgivanna. Wright viajó a Washington y fue recibido por el Secretario del
Departamento, quien, sorprendentemente, se mostró perfectamente al corriente y le dijo
que todo había sido un lamentable malentendido, causado por el exceso de celo de
algunos funcionarios.
En la segunda audiencia en Hennepin el nuevo clima se manifestó cuando,
sorprendentemente, el Fiscal Federal de Minnesota, LaFayette French, anunció que el
Gobierno Federal retiraba los cargos por violación de la Ley Mann, toda vez que la
infracción era un mero tecnicismo (miraba opacamente a través de Nash, como si éste
no hubiera dicho eso mismo antes tantas veces), y que, al fin y al cabo, el Estado de
Wisconsin, donde se había producido el “supuesto acto inmoral”, no había actuado.
Wright parecía empezar a estar a bien con la justicia. Ahora ya sólo estaba
arruinado.
252
En diez años, entre 1923 y 1933, sólo construyó dos obras, dos pequeñas casitas:
una para su primo Richard y otra para su viejo cliente David D. Martin.
Totalmente derrumbado, hundido en manos de los bancos, pero lejos de rendirse,
su cabeza no paraba de dar vueltas hasta que encontró una solución audaz. Frank Lloyd
Wright sería una Corporación. Vendería acciones a sus amigos y a todo aquél que aún
confiara en él. Pasaría de ser propiedad de los bancos a serlo de sus accionistas. Con el
capital obtenido sanearía su economía, y empezaría a trabajar sin trabas. Cuando ganara
dinero lo repartiría entre sus inversores. David D. Martin, Avery Coonley (otra de sus
viejas clientes), el profesor Ferdinand Schevill y Ben E. Page suscribieron
inmediatamente setenta y cinco mil dólares, una cantidad que, aun siendo considerable,
apenas podía achicar un cubo de agua en la inundación.
Las cosas parecían arreglarse y, para colmo, Miriam despidió a Jackson.
Miriam dejaba sin pagar sus cuentas de hotel, sus vestidos, sus joyas, los
honorarios de su abogado. “Que lo pague Wright. Yo no tengo nada por su culpa”.
Jackson, cansado de no sacar nada en limpio del asunto, discutió con su cliente, y ella le
mandó a la porra. El abogado siguió, por su cuenta, intentando cobrar, y para ello atacó
indiscriminadamente a Wright y a Miriam, pero él mismo terminó por comprender que
no podía llegar a ningún sitio.
Miriam acudió a la abogada Tillie Levin, mucho más sensata que su colega,
quien inmediatamente se puso en contacto con los abogados de Wright y llegó a un
acuerdo muy satisfactorio.
Cuando Miriam Noel se sentó a firmarlo, ya con la pluma en la mano e iniciando
el primer trazo, se detuvo bruscamente y espetó:
–Estoy de acuerdo con estas condiciones, pero es necesario añadir otra cláusula.
Todos la miraron con temor.
–Hay que añadir que el señor Wright se compromete a no casarse nunca más.
–Pero, Miriam –dijo Tillie con la voz más dulce que pudo–; esto es un divorcio.
Es, precisamente, para disolver el vínculo. La consecuencia inmediata es liberar a las
dos partes.
–¡Pues entonces no firmo!
–Miriam. Querida... –suplicó la abogada.
–¡Pues que se case con cualquiera menos con esa rusa!
–Eso es imposible –volvió a decir Tillie. Todos los demás callaban, viendo lo
bien que la llevaba aquella mujer.
253
–Pues entonces que se comprometa a esperar cinco años antes de casarse con
ella.
–Pero, ¿por qué? ¿A ti qué más te da?
–¡Es que es mío! ¡Yo le quiero!
–Bueno, bueno. Tranquilízate. Seguro que el señor Wright no tiene
inconveniente en aceptar esa condición –miró al arquitecto y a sus abogados pidiendo
paciencia y comprensión, y éstos respondieron con gestos de fastidio, pero no dijeron
nada, esperando que ella supiera solucionar el escollo–. Podemos firmar hoy este
acuerdo previo y, como el tribunal tiene que resolver, presentar entonces en la vista tus
argumentos.
–Está bien.
Tras la firma, Tillie convenció a su cliente de que era mejor olvidar aquella etapa
y rehacer su vida sin más ataduras sentimentales a ese hombre. “Déjale que viva como
quiera y dedícate a tu felicidad”. Miriam Noel, llorando, reconoció que tenía razón. Se
desahogó descargando todos sus agravios y prometió que en adelante sería razonable;
adoptaría una niña, se iría a vivir a París y encontraría de nuevo la alegría de vivir.
El veinticinco de agosto de 1927 el Tribunal Superior de Wisconsin otorgó el
divorcio, con una claúsula en el convenio final que obligaba a Frank a esperar un año
para poder casarse. El arquitecto dio por terminada la pesadilla y se dispuso por fin a
olvidar sus problemas afectivos y encarar decididamente los económicos, que se
agravaban desde el día en que un apoderado del banco apareció por Taliesin, recorrió
las salas de dibujo y anunció que en aquella finca se estaban violando las condiciones de
la hipoteca, que el banco no le reconocía a la Fundación Frank Lloyd Wright el derecho
a trabajar en aquel predio y que hicieran todos el favor de desalojarlo inmediatamente.
Wright se dispuso de nuevo a conseguir más capital para liquidar la maldita
hipoteca, pero otra vez tuvo que dividir sus esfuerzos entre sus acreedores y su ex–
esposa.
Y es que, cuando ya todo parecía definitivamente arreglado, recibió una carta de
Miriam tan amenazante y tan salvaje que se asustó: eran las palabras de una demente
capaz de todo. Aquello, definitivamente, no iba a terminar nunca. Completamente fuera
de sí, la denunció, y Miriam fue arrestada ese mismo día en su habitación del hotel
Lorain de Madison por enviar amenazas y obscenidades. Al día siguiente Wright no
quiso ratificar los cargos y Miriam quedó en libertad; pero lejos de arrepentirse o, al
menos, de tranquilizarse, fue al despacho del Gobernador del Estado para que arrestase
254
a Wright por adulterio. El Gobernador no le hizo ningún caso, y ella viajó entonces a
Washington para entrevistarse con algún senador de Wisconsin. Ninguno le concedió
audiencia, y entonces les escribió a todos y cada uno de los senadores de los Estados
Unidos para que ordenaran al Departamento de Justicia una investigación acerca de por
qué el fiscal federal de Minneapolis había cerrado el caso contra Wright por violar la
Ley Mann.
Sus peticiones no fueron atendidas.
Mientras tanto, de vez en cuando brillaba una luz de esperanza para Wright con
fulgurantes encargos que, finalmente, se quedaban relegados a los archivos. Uno de
ellos fue el complejo residencial San Marcos in the Desert, un proyecto realmente
formidable que aguantó casi hasta el último momento antes de venirse abajo. Tan lejos
llegó que Frank y Olgivanna se establecieron en el desierto con toda su familia de
ayudantes para preparar la obra. El encuentro con los horizontes arrasados fue brutal.
Wright se quedó anonadado por la luz y el color, por las posibilidades espectaculares
que ese paisaje desolado podía dar a su arquitectura, y sintió por el desierto un amor que
duraría hasta su muerte. Wright y sus ayudantes construyeron con madera, lonas y
piedra el campamento de Ocotillo, en cuyos interiores la luz feroz entraba tropezando,
filtrándose por los paños translúcidos y rebotando en los opacos, tamizada y
obstaculizada por doquier y al mismo tiempo recibida con mimo, hasta que se adueñaba
del espacio irreal, fantasmagórico. En los amaneceres era físicamente apreciable este
sinuoso juego de tropiezos y cambios de color; atención: la luz llega. Era esperada y
recibida con alegría. En los atardeceres, por el contrario, los colores se iban despidiendo
cortésmente y el frío y el vacío venían a sustituirlos. La oscuridad –perforada por las
estrellas heladas– de las noches sin luna era formidable.
Salían de excursión, se perdían por las aldeas de los indios, durante semanas
erraban como animales nuevos, como los primeros pobladores del mundo, descubriendo
cada roca abrupta y cada color del horizonte.
Fracasado el proyecto de San Marcos y desmantelado el campamento, volvieron
todos a Taliesin y se lo encontraron embargado y ellos desahuciados de su casa. Frank y
Olgivanna se quedaron a vivir en La Jolla (California), en una casita que les prestó un
amigo. Sobrepuestos a su desesperada situación, invencibles, más fuertes que nunca,
durante aquellos meses de paz volvieron a saber que la vida era un regalo y que, por
más dificultades que tuvieran, eran la pareja más afortunada de la tierra. Y las niñas
reían. No tenían ya nada, pero no necesitaban nada.
255
Al volver una noche de una de sus salidas, encontraron la casita desmantelada:
los muebles volcados, los cuadros rotos, las ropas desperdigadas. Había pasado Miriam
en plena recaída. Sus propósitos de adoptar una niña y de irse a París se habían disuelto
ante el amor y el rencor que seguía sintiendo por su ex marido. Alguien la había visto en
plena faena y había llamado a la policía. La arrestaron y al día siguiente el juez le dio a
elegir entre pagar tres mil dólares de indemnización o pasar treinta días en la cárcel. Le
dio diez días para que se lo pensara, dejándola marchar con una fianza de doscientos
cincuenta dólares. Lo que hizo Miriam en ese plazo fue –naturalmente– presentar una
denuncia contra Wright por depravado y libertino, denuncia que –naturalmente–
prosperó y acabó con Frank y Olgivanna otra vez en fuga mientras Miriam se fue a
Hollywood para ver si los estudios cinematográficos sabían apreciar sus indudables
dotes.
Pero estaba por terminarse el plazo del año tras el divorcio. El veinticinco de
agosto de 1928 ya se podían casar. Frank y Olgivanna fueron el día veinticuatro a por
un pastor congregacionista y a por un juez de paz; se los llevaron al patio del hotel del
Rancho de Santa Fe y, mirando impacientemente el reloj, primero la aguja horaria,
luego la minutera y luego la segundera, se casaron en el primer segundo en que la ley
les autorizaba a no seguir siendo criminales, viciosos, lujuriosos pecadores.
El banco había sido incapaz de obtener el dinero que pretendía por Taliesin. Las
pujas habían sido muy bajas y la subasta se había suspendido. Al saber que al fin se
habían casado y que ya no tenían que afrontar más demandas por inmoralidad, y, sobre
todo, al constatar que por la finca no iban a sacar mucho, los directores del banco
autorizaron a la pareja a volver a vivir a su casa y se resignaron a esperar a que el
arquitecto les pudiera ir pagando.
Entonces estalló el crack financiero más catastrófico de la historia de los Estados
Unidos. Frank Lloyd Wright fue uno de los pocos americanos que no tuvo motivos para
sentirlo; al fin y al cabo ahora había muchos compatriotas en su misma situación y, al
fin y al cabo, aunque sus posibles clientes ya sí que no iban a existir, el fracaso
generalizado de toda la nación acabó definitivamente con su condición de apestado.
Ahora tenía paz y tiempo. Olgivanna le animó a escribir su Autobiografía, lo que
le sirvió para serenar su alma recapacitando sobre cuántos fracasos, cuántos sinsabores
y cuántos problemas había tenido que soportar y cómo siempre había logrado salir
adelante. Puestos a encontrar el placer de la escritura, y a falta de otra cosa mejor que
hacer, escribió artículos y libros emocionantes, muy mal pagados, pero pagados al fin y
256
al cabo, pronunció conferencias apasionadas, en las que exponía sus ideales
arquitectónicos con una bien timbrada voz y un dominio de la oratoria digno de su tío
Jenkin.
Wright nunca se había considerado como un orador, ni como un escritor, ni
como un divulgador. él era un arquitecto. Su vocación, su fin último, el sentido de su
vida, era proyectar espacios y construirlos. Mil ideas pululaban por su imaginación; su
mano inagotable iba al lápiz y las plasmaba. Esa era su misión. Si se dedicaba ahora a
divulgar su pensamiento era porque no podía construir, porque no tenía otro trabajo.
Nunca antes lo había hecho sino para convencer a posibles clientes, para obtener
encargos. Ahora, hablando y escribiendo para nadie en concreto –para los estudiantes,
para los jóvenes, para la humanidad– se sentía raro. Era como un arquitecto jubilado,
como un arquitecto impotente, como un héroe retirado que escribiera sus memorias.
Pero había algo que le gustaba. Aunque esta actividad era sólo sustitutiva y
circunstancial, podía apreciar las caras boquiabiertas de su auditorio, las miradas
entusiasmadas y absortas, la entrega absoluta de los jóvenes. Le entendían; le adoraban.
Y él sabía dirigir a su audiencia. Era capaz de despertar las carcajadas cuando atacaba
sarcásticamente la arquitectura académica –especialmente la sede en la que estuviera
hablando en ese momento–. Al momento, tras las bromas, hacía brillar los ojos del
público cuando les hablaba de la arquitectura orgánica, de la arquitectura de la
democracia, del hombre honrado, íntegro. Según quisiera acentuar su mensaje en un
sentido u otro, bramaba vomitando fuego o dulcificaba su voz emotivamente. Y siempre
erguido, audaz, con carácter. Todos se enamoraban de él. Cuando acababa de hablar y
los aplausos llenaban la sala se sentía feliz.
Esta actividad subsidiaria, si bien parecía relegarle a la categoría de “vieja
gloria” le dio una popularidad de la que no gozaba desde hacía muchos años. Los
periódicos se hacían eco de sus conferencias, las emisoras de radio locales anunciaban
alborozadas que en próximas fechas iba a venir a hablar, las librerías exhibían sus textos
en los escaparates.
El Instituto de Arte de Chicago le invitó a exponer sus obras –pensando en las
clásicas–, pero Wright sacó los dibujos y maquetas de los últimos proyectos que habían
quedado en los archivos de Taliesin. Escribió y habló sobre ellos –la fachada libre del
Life Insurance, las torres de San Marcos, complejos de casas baratas, la maqueta de su
Ciudad Broadacre (un proyecto teórico al que se había dedicado y se seguiría dedicando
257
durante años a falta de encargos)– con tanta elocuencia que todo el mundo sintió que a
este genio no se le diera la oportunidad de llevar a la práctica tantas brillantes ideas.
Los periódicos mostraban decididamente un nuevo enfoque del personaje. Ahora
le trataban con mimo. Pero, junto con tantas noticias buenas se hicieron también eco de
otra: su ex esposa Miriam Noel Wright acababa de morir.
Miriam había ido a Milwaukee para litigar contra Wright por un depósito que
éste había hecho a su favor. No estaba de acuerdo con la liquidación; pensaba que
estaba siendo estafada por su ex marido y comenzó a contratar abogados. Parecía que,
abandonados definitiva– mente todos sus proyectos de vida nueva, ésta iba a dedicarse
ya para siempre a la venganza.
Entonces, repentinamente, se sintió mal y hubo de ser hospitalizada. Su larga
enfermedad mental, sus repetidas crisis histéricas y su sufrimiento permanente le habían
ido minando, igual que su voluntad y su alegría de vivir, las paredes de su aparato
digestivo. Una úlcera duodenal le había causado una fuerte hemorragia. Había perdido
mucha sangre y su estado era grave. Fue operada urgentemente y con éxito, pero a los
pocos meses sufrió una recidiva y murió dulcemente, desangrándose por dentro,
imperceptiblemente, a primeros de enero de 1930. Así acabó el sufrimiento que se había
adueñado de ella y de todos los que la habían amado un día y no supieron ayudarla.

Miriam la pobre Miriam dejó un último legado a Frank una especie de regalo de
despedida pero esta vez de verdad fue el último un día le vino un tal Morris Fromkin
con una reclamación sí Morris Fromkin de Milwaukee abogado de su ex esposa sí tengo
unos honorarios impagados y a mí qué me dice usted pues que me los pague déjeme en
paz ah conque sí eh conque le deje en paz se va usted a enterar ya lo creo y un tribunal
de allí de Milwaukee le condenó a Wright a pagar a este Fromkin siete mil dieciocho
dólares con setenta centavos sí setenta centavos en un plazo de treinta días Wright fue al
tribunal y cuando iba a entrar en el edificio un alguacil le esposó está usted arrestado yo
por qué aquí está la orden el tal Fromkin había conseguido la orden de arresto porque
temía que Wright no se presentara pero están todos locos precisamente estaba entrando
en el edificio vengo desde Spring Green ex profeso estaba entrando cuando me han
detenido órdenes son órdenes la cosa comenzó con Fromkin representándose a sí mismo
y haciéndose el gracioso le van bien las cosas eh ese traje que usted lleva parece muy
bueno sí sí que es muy bueno la prueba es que lo tengo desde hace cuatro años no tengo
otro y todavía se ve bien haga el favor de explicarnos ese tejemaneje de la Fundación
258
Frank Lloyd Wright un modo de evadir impuestos y de estafar a sus acreedores no no es
así la compañía no ha ingresado un solo centavo en el último año pero afortunadamente
sus socios confían en mí y esperan a que tenga trabajo para que empiece a repartir
dividendos oh qué pena qué desgracia decía Fromkin sarcástico su gran talento su gran
genio hipotecado en esa compañía así es y a mis accionistas les interesa que trabaje no
que pierda el tiempo en estas payasadas gran indignación del tribunal va usted a hablar
aquí en Milwaukee en la Galería Layton un día de estos sí y seguramente le pagarán por
ello eso creo pues bien solicito el embargo de esos honorarios hagan lo que quieran son
treinta y cinco dólares y cuando me dejen explicarles les diré que hice un depósito de
quince mil dólares en fideicomiso para atender a estas eventualidades de mi ex esposa
quince mil dólares dice usted sí quince mil dólares ella lo sabía mis abogados tienen los
papeles y el fiscal de Wisconsin también y dónde dice usted que está ese depósito en tal
banco de Madison aquí tiene usted los datos y el certificado de la fiscalía hombre de
Dios haber empezado por ahí el comisario federal se enfadó entonces con Fromkin le
castigó a pagar las costas de aquella vista inútil le amenazó con encarcelarle por liante y
por idiota y le acabó dando la razón a Wright todo esto ha sido una payasada lo siento
259
Séptima parte

Papá Frank

1


Taliesin estaba muy abandonado: las malas hierbas lo invadían todo; los
edificios necesitaban reparaciones; la suciedad, la miseria y la vejez empezaban a
manifestarse. Frank y Olgivanna no daban abasto para mantener aquella propiedad. No
tenían dinero. Encerrados en su feudo –él escribiendo su autobiografía o el artículo que
le hubieran encargado, o tocando el piano; ella atendiendo la casa y a las niñas–,
mostraban una triste imagen de decadencia. Fue entonces cuando Olgivanna, más
animosa aún que el propio Wright, capaz de sobreponerse a lo que fuera, liberó el dulce
veneno que dormía desde hacía tantos años en la mente del arquitecto.
Había llegado el momento largamente esperado. Frank Lloyd Wright, el más
grande arquitecto de los siglos, iba a fundar su escuela de arquitectura, su escuela de
vida, la universidad–seminario que siempre había anhelado en sus más disparatados
sueños.
La idea consistía en que él era un gran maestro, universalmente reverenciado
(como vieja gloria, como fósil histórico), pero que momentáneamente (ya llevaba seis
años) se hallaba sin trabajo. “Puesto que no me dejan construir –se dijo– me dedicaré a
enseñar”. “Formaré una nueva generación que asombrará al mundo”.
Realmente siempre había tenido abierta su universidad. Siempre había enseñado.
Calculaba que eran más de cien los aprendices que habían pasado por Oak Park, por
Taliesin, por Tokio y por Los ángeles. Todos los que habían acudido a él lo habían
hecho no tanto por buscar trabajo (mal pagado cuando lo estaba) sino por aprender de
él. Y siempre había sido un buen maestro, tan sabio en arquitectura como en otras
muchas cosas, dejando que su gloria y su encanto emanaran de modo fascinante. Pero
ahora se iba a concentrar en esa labor hasta sus últimas consecuencias, no tomando
delineantes de estudio, sino personas completas que convivieran con él y participaran en
todos sus actos. Es decir: no quería alumnos, sino discípulos, y ni siquiera eso, sino
hijos adoptivos, prosélitos, cómplices, adeptos, secuaces incondicionales, adictos a su
260
droga arquitectónica y humana. En realidad siempre había sido así. Nadie podía
acercarse a su pasión como un mero alumno, sin abrasarse en ella. Ferozmente
individualista (por más que creyera en la colectividad o en la comunidad no podía verla
sino como una congregación a su alrededor, un grupo hecho a su imagen), no tenía
ningún esquema, ningún programa, ninguna estructura. Al revés que la Bauhaus
alemana, su enseñanza se basaba exclusivamente en su personalidad magnética.

No veía la enseñanza del modo tradicional, sino como una formación íntegra del
ser humano. Toda su experiencia en ese campo era su propia trayectoria vital. Lo que
había sido bueno para él tenía que serlo para sus discípulos. Con los ideales de su madre
y su aprendizaje brutal en la granja él había llegado a ser lo que era. No se necesitaba
más. Como había hecho él mismo, sus discípulos aprenderían a serrar la madera, a
aparejar ladrillos y sillares, a amasar mortero, e incluso a ordeñar vacas y a esquilar
ovejas tanto como a dibujar planos o a calcular estructuras. ¿Acaso no era todo una
misma cosa? ¿Acaso para crear una arquitectura orgánica no era necesario ser una
persona orgánica; esto es, íntegra y total? Además, esto le brindaba una compensación
añadida, una baja satisfacción: con estas prácticas, sus discípulos le ampliarían y
repararían su Taliesin no sólo sin cobrarle, sino pagándole dinero. Esto superaba todas
sus anteriores demostraciones de cara dura; pero él verdaderamente no lo veía así.
Realmente creía que formaría un buen equipo, todos alegres trabajando y aprendiendo
juntos; una secta de nuevos pioneros.

Anunció a los cuatro vientos su proyecto y empezó a recibir solicitudes de
ingreso, lo que era lógico teniendo en cuenta su proyección mundial, pero debería de
haberlo sido algo menos leyendo las condiciones leoninas del boletín de inscripción
que, en forma de cupón recortable, iba unido a los anuncios impresos en los periódicos:










261
____________________________________________________________________________
SOLICITUD DE INGRESO
NOMBRE Y DIRECCIÓN
EDAD PESO ESTATURA DIRECCIÓN DE LOS PADRES
FILIACIÓN RELIGIOSA DE LOS PADRES
EDUCACIÓN RECIBIDA
OCUPACIÓN ANTERIOR
PREDILECCIÓN POR EXPRESIÓN ARTÍSTICA ARQUITECTURA INFÓRMANOS EN
MÚSICA DETALLE, EN HOJA
PINTURA APARTE, ACERCA
ESCULTURA DE TU EXPERIENCIA
ARTESANíA
TRES REFERENCIAS


THE TALIESIN FELLOWSHIP SPRING GREEN WISCONSIN
Esta solicitud debe ir acompañada de un cheque de doscientos dólares pagadero a Frank
Lloyd Wright, en concepto de matrícula. El primer semestre, cuatrocientos cincuenta dólares, se pagará por
adelantado cuando el solicitante llegue a Taliesin. El segundo semestre, cuatrocientos cincuenta dólares,
se pagará por adelantado cuatro meses después de la fecha de llegada.
Nota: La anualidad total de $ 1100,00 incluye participación en todas las actividades de la Comunidad y
también incluye manutención. El vestuario, la lavandería y los materiales de dibujo no están incluidos.
Tanto hombres como mujeres deberán trabajar cuatro horas diarias en cualquier trabajo que les sea
asignado, como parte de su aprendizaje. No se acepta a ningún aprendiz por menos de un año, pero la
Comunidad se reserva el derecho de expulsar en cualquier momento a cualquier aprendiz sin derecho a
devolución alguna. Cada aprendiz traerá sus efectos personales.

RECIBÍ $ 200,00 SEGÚN LOS TÉRMINOS EXPUESTOS_______________________________________
_____________________________________________________________________________________

Desde luego, las condiciones de matrícula eran brutales. Es verdad que por tener
el privilegio de trabajar con un genio nada es demasiado, pero esto parecía excesivo. La
elevada cuota que los aprendices pagarían por adelantado no les daba derecho ya no a
papel higiénico o a toallas, sino ni siquiera a materiales de dibujo. La manutención
quedaba incluida, pero iban a ser ellos quienes sembrarían los campos y criarían las
gallinas y los cerdos (y los matarían); y su alojamiento, ahora inexistente, debería ser
también construido por ellos. Eso sí, como parte integrante de su formación.
Por todas partes se hablaba de la Taliesin Fellowship (Comunidad Taliesin), y
muchos distinguidos arquitectos, desinteresa– damente, escribieron que era una gran
noticia y que para cualquier joven que quisiera dedicarse a la arquitectura sería un
privilegio trabajar al lado del genio. También hubo otros que, reconociendo la gran valía
de Wright, dudaban de que el talento se pudiera transmitir osmóticamente, y se
262
decantaban por la enseñanza tradicional, que impartía ordenadamente las técnicas y
dejaba el escurridizo campo de la genialidad para los elegidos de los dioses. Finalmente,
cómo no, también los había que le negaban a Frank Lloyd Wright cualquier capacidad,
ya fuera como arquitecto, ya fuera como educador, ya fuera como hombre; recordaban
su carácter megalómano, le tildaban de payaso y auguraban toda suerte de desastres a su
descabellado proyecto.
Wright esperaba llegar a los cien aprendices (aunque el alojamiento disponible al
principio, después de inspeccionar cada rincón con ojo rácano, era sólo de veintitrés),
que con sus matrículas cubrieran las primeras urgencias y que, más tarde, cuando
hubiera trabajo, le ayudaran a sacarlo adelante sin gastos.
Pero no todo era tan egoísta. Wright quería acondicionar el teatro de la
colindante Hillside, la vieja escuela que sus tías le habían donado antes de morir, para
hacer representaciones. Ellos mismos harían los decorados, las ropas, incluso escribirían
algún drama. También se crearía una imprenta que sacaría a la luz no sólo los escritos
del maestro, sino los de cualquiera de ellos. Imprimirían los carteles y programas de la
Comunidad y, sí, claro, harían un periódico. También habría talleres de carpintería,
formarían una orquesta, harían plantaciones experimentales, escultura, pastoreo, telas,
redes de riego, cerámica... todo. El sueño de Wright era crear una comunidad
autosuficiente de artistas–monjes–soldados.
Los primeros veintitrés fueron seleccionados de entre una gran cantidad de
solicitantes. La cosa había tenido más éxito del esperado. A cada uno de ellos Wright
les comunicó su aceptación por carta, y cada uno la guardó como se guarda una reliquia.
Cuando por fin llegaron a Taliesin –boquiabiertos, maleta en mano, desorientados– lo
hicieron con más estupefacto gozo del que Neil Armstrong, treinta y siete años después,
experimentaría al pisar la luna. Wright los puso a trabajar duramente en la construcción
de sus pabellones (estaban alojados precariamente en las dependencias existentes, que
no habían sido pensadas para ese fin) y los de sus futuros compañeros. De la cantera
próxima –un limpio corte en la colina– extraían piedra caliza para los aparejos. Los
desechos y recortes que no servían para ese fin eran calcinados en un horno y luego
molidos hasta convertirse en una cal negra llena de impurezas con la que hacían los
morteros bastardos y una especie de hormigón innoble que a la larga resultó muy
resistente. De las orillas del río acarreban arena y grava, a espuertas sobre la espalda,
con un gozoso trabajo de esclavos egipcios. Serraban árboles y cortaban las tablas a veta
y a contraveta, siguiendo las indicaciones del maestro. Amasaban adobe pisándolo en
263
sesiones agotadoras mientras su maestro supervisaba su trabajo (nadie se cansaba; nadie
quería que el gran hombre adivinara su debilidad) y les daba recetas y viejas consejas de
albañil: “Ya se sabe: para hacer adobe se necesitan tres personas: un cojo, un borracho y
un loco furioso. El cojo para que traiga el barro –hay que hacerlo despacio–; el borracho
para que eche el agua –poca–, y el loco furioso para pisotear la masa”. Los aprendices
reían estas reglas de vieja y, desde luego, no las olvidarían nunca –su agotamiento
secular no se lo permitiría–. Trabajaban codo con codo los chicos y las chicas –éstas
eran menos numerosas–, sin distinción. En todos había cundido el convencimiento de
que estaban creando algo maravilloso, y todos sentían devoción por su maestro. Lo
único que no eran capaces de hacer –y eso que lo intentaron denodadamente– eran los
vidrios, así que las ventanas se quedaron sin ellos. En invierno (hasta treinta grados bajo
cero) las taparían con lonas: un fresquito muy tonificante. Por supuesto, no había
calefacción, y la luz eléctrica, suministrada por un grupo electrógeno que a menudo se
estropeaba, se apagaba a las ocho y media, apenas tres horas después de haber sido
encendida. En verano no había ningún motivo para darla.
Claro que también hubo algún aprendiz en quien no cuajó el espíritu de la
Comunidad. Un chico asiático, que había pasado sus primeras seis semanas cortando
árboles y aserrando madera con entusiasmo, paró un momento de trabajar ante la
llegada del maestro al tajo. Sonriente y expectante se fue hacia él.
–Qué. ¿Cuándo empezamos con la arquitectura orgánica?
–La has estado absorbiendo desde que llegaste.
–No. Venga. En serio.
Wright mantenía su sonrisa suficiente. El chico comprendió que lo había dicho
de verdad. Arrojó al suelo los guantes de trabajo y se fue a su cuarto. Hizo las maletas y
se marchó de Taliesin.
–¡Recuerda que no tienes derecho a devolución alguna!
–¡A la mierda!
Al año siguiente ya estaba todo dispuesto para recibir al resto del centenar.
Vinieron de todos los continentes, aunque la mayor parte, naturalmente, eran de los
Estados Unidos. A partir de entonces llegaban cada año nuevos aprendices dispuestos a
trabajar. Taliesin necesitaba constantes reformas. Día a día se veía más arreglado, más
grande y más bonito. Muy pronto (sólo dos inviernos) llegaron los cristales.
La vida en Taliesin era idílica. Los aprendices trabajaban felices hasta el
agotamiento. Compaginaban las tareas de construcción con las de la granja y las de la
264
sala de dibujo. Por fin, los sábados había representación teatral o película, y los
domingos picnic. Los compañeros convivían en el trabajo y en el ocio, todo bajo la
sombra omnipresente, omnisciente e indeclinable de papá Frank. Así le llamaba su hija
adoptiva Svetlana, que irrumpía benéficamente, irradiando alegría y vitalidad, en la sala
de dibujo y se le sentaba en las rodillas, le besaba o le revolvía el pelo, y a Wright se le
caía la baba aunque hubiera estado segundos antes despotricando contra un diseño
imperfecto. La muchacha, que tenía siete años cuando Frank y Olgivanna se casaron,
empezaba a ser una chica muy atractiva, que mezclaba aún una suerte de inocencia
infantil con una turbadora belleza incipiente. Uno de los aprendices, Wesley (Wes)
Peters, se había enamorado de ella, pero era aún muy niña –y estaba además en una
posición inalcanzable– como para plantearse siquiera otra posibilidad que no fuera la de
soñar.
A los aprendices les hacía gracia con qué desparpajo llamaba Svetlana “Papá
Frank” al gran monstruo y cómo éste se quedaba totalmente desarmado ante ese nombre
que era en realidad un nombramiento y una invocación, de modo que todos ellos
comenzaron a llamarle así en secreto, cuando hablaban entre ellos sin estar él presente.
La estancia media de un aprendiz era de dos años. Muchos estaban sólo uno, y
muchos ni eso: abandonaban en cuanto se les venía encima toda esa cantidad de trabajo
que no conseguían entender como necesaria para su formación. Por el contrario, otros
estuvieron diez, quince años a la benéfica y opresiva sombra del maestro, y otros, por
último, se quedaron con él para siempre. Abandonaron a sus padres, a sus amigos, a sus
novias y novios: “Adiós. Tal vez esté de vuelta el año que viene. O tal vez no vuelva
nunca”. Así lo dijo Edgar Tafel, un estudiante de Nueva York que tardó diez años en
volver a casa. Edgar, como los demás, había leído el anuncio en un periódico, y se había
puesto a buscar los mil cien dólares como un loco. Entre lo que tenía ahorrado, lo que
pudo conseguir de un trabajo veraniego y lo que le dieron sus padres no reunió ni la
mitad de la cantidad necesaria. De todas formas no pudo resignarse y escribió a Wright:
“Me gustaría mucho entrar en la Comunidad Taliesin, pero sólo tengo cuatrocientos
cincuenta dólares”. El maestro le contestó: “Ven con lo que tengas. Ya veremos”. Fue la
primera de una larga cadena de excepciones en lo que él se había propuesto al principio
como un cobro inexcusable de las cuotas.
Alborozado, Edgar se despidió de sus padres. Su madre, llorando, le deslizó una
botella de vino –era aún el tiempo de la Prohibición–: “Toma esto, y que no se entere tu
265
padre”. Éste, por su parte, le abrazó y le dio una de whiskey Canadian Club: “Que no se
entere tu madre. Sé digno. ¡Y no bebas nunca whiskey casero!”
Edgar tomó el autobús a Chicago (en el trayecto se liquidó las dos botellas),
luego el tren a Spring Green y desde allí –”Por favor, ¿podría usted indicarme...?” “¿Va
a Taliesin?” “Sí” “Póngase en ese cruce y espere. Todo el mundo va a Taliesin” –le
llevaron al santuario.
Entró en el edificio más a mano y allí estaba el mismísimo dios, empujando un
piano –Wright cambiaba constantemente los muebles de sitio como reformaba y
ampliaba los edificios. Era incapaz de dar algo por bueno o por terminado–. Edgar Tafel
se quedó acobardado ante su presencia imponente, pero el maestro, con toda
naturalidad, le dijo: “Joven, deje su maleta en cualquier lado y ayúdeme”. Se presentó
atropelladamente mientras empujaba el piano hasta la otra punta de la sala, para lo que
hubo que quitar de allí los sillones, que fueron colocados contra otra pared sin más que
cambiar un aparador de sitio. El aparador no quedaba bien al lado de la chimenea, por lo
que –ya que ésta no se podía mover, al menos por el momento–, hubo que llevarlo al
otro lado y poner los sillones en medio. No. Era mejor volver a mover el piano, frente a
la chimenea, y dejar el aparador donde estaba, pero entonces había que llevarse de allí la
mesa y las sillas. Claro, que entonces la mesa estorbaba el paso a no ser que se
desplazara una escultura... Tres cuartos de hora después Wright se dio por satisfecho
–por el momento– y le dijo al nuevo: “Pero no se quede usted ahí, joven. Hay mucho
trabajo por hacer”. Y le puso a encalar los cuartos de baño –todo se encalaba: la pintura
era demasiado cara–. Edgar aprendió en su primer día a mezclar cal con agua añadiendo
sal (parecía ser una buena ligante), y a lanzarse a brochazos y rodillazos contra las
paredes y los techos. Lejos de crecer su desconcierto y su sensación de extrañeza, el
trabajo físico rutinario le infundió una especie de euforia. El segundo día ayudó a los
carpinteros, y el tercero a los albañiles, haciendo mortero y enfoscando. El trabajo se
hacía por grupos bajo las órdenes de un capataz. En cada grupo había tantos novatos
como veteranos, de modo que cada uno de éstos enseñaba a uno de aquéllos. Los
novatos iban rotando de grupo en grupo hasta que tenían unas nociones básicas de cada
oficio, y una vez conocidos todos se centraban en los que mejor se les dieran, sin
abandonar nunca los demás, pero frecuentándolos menos. Así se hacían expertos en uno
o dos campos y conocedores de los otros, y pasaban entonces a tutelar a los novatos.
Esto parecía estar bien organizado, pero cuando había una emergencia todos se ponían a
ella, y la aparente estructura de aprendizaje se disolvía. O bien alguien agradaba
266
especialmente a Wright haciendo puertas o sentando ladrillos y ya no hacía otra cosa,
abandonando así su supuesta formación integral.
Había, por ejemplo, un nicaragüense llamado Manuel que había querido ser
arquitecto –como todos–, pero al que el maestro convenció de que lo suyo era la
carpintería. El pobre Manuel adoraba a Wright y, lejos de desanimarse por su vocación
frustada, se concentró en su nuevo oficio hallado por casualidad. Era realmente bueno
en eso. Al viejo no le importaba abortar una carrera con tal de tener un oficial adecuado,
y tal encanto irradiaba en sus perversos designios que a Manuel tampoco le pareció mal.
Todo lo contrario: era feliz de serle útil. Una vez el maestro le regaló un lápiz, y Manuel
lo guardó con emocionada gratitud y se hizo un estuche de madera de cedro forrado por
dentro con terciopelo para alojarlo como el tesoro que era. Nunca lo usó: habría sido
una profanación.
En Taliesin había trabajo de todas clases, excepto de arquitectura –de
arquitectura encargada por un cliente; de la autoencargada para Taliesin había la que se
quisiera–. Wright ponía a los nuevos a dibujar sus viejas casas de Oak Park, o su Hotel
Imperial, para ver qué tal mano tenían, y a los que se iban destacando los dedicaba a sus
proyectos teóricos –la Ciudad Broadacre era el más ambicioso, pero constantemente se
lo ocurrían más: casas prefabricadas, puentes desmontables, rascacielos,
cinematógrafos, teatros con escenarios giratorios...– y a los de ampliaciones y reformas
de Taliesin. La sala de dibujo hervía de actividad, pero nadie les iba a pagar un centavo
por ese trabajo. No había encargos.
Estando así las cosas, los arquitectos alemanes más avanzados desembarcaron en
América. El partido nazi había cerrado la Bauhaus de Desssau, una escuela de
arquitectura y otras (malas) artes “degeneradas”. Los artistas abstractos (rojos,
indecentes e incendiarios) vieron peligrar más que sus carreras. Walter Gropius, el
director de la Escuela, se vio abocado a la huida. Mientras tanto, los americanos
(siempre mirando a Europa con envidia, ya fuera el academicismo ya la vanguardia, sin
prestar atención a lo que tenían en su tierra) les aclamaban, les ofrecían universidades,
doctorados honoris causa, galerías de exposiciones, muestras antológicas en museos: el
paraíso. El éxodo fue masivo. Mies van der Rohe quedó como director provisional de la
nueva Bauhaus de Berlín, intentando una difícil solución de compromiso con los nazis,
pero aquello fue imposible y también se vino a los Estados Unidos.
Frank Lloyd Wright estalló de indignación. A todos aquellos malos aprendices
suyos –aprendices remotos e indirectos y, por si fuera poco, tergiversadores de su idílico
267
mensaje con aquel horrible cubismo– se les abrían todas las puertas, la nación caía
rendida a sus pies, mientras que a él, al pionero y maestro, no le hacía nadie un maldito
encargo.
Además de los sufridos alemanes, también el suizo–francés Le Corbusier –por
quien Wright sentía un asco especial– se había dejado caer por los Estados Unidos para
dar unas conferencias, explicar sus proyectos y dejarse hacer algún encargo interesante.
Wright le odiaba; odiaba con qué desparpajo decía las cosas más obvias como si las
hubiera inventado él; odiaba sus simplones cuboides; odiaba sus teorías mecanicistas e
inhumanas (“la casa es una máquina para habitar”); odiaba su desprecio por las
condiciones ambientales, por los materiales de la naturaleza, por las necesidades del
cliente; odiaba que la gente le aclamara por aquellas casas ridículas; odiaba que todo lo
suyo fuera falso, pura moda seudovanguardista engañabobos; odiaba el autobombo que
se daba. él, naturalmente, no se reconocía en ninguno de estos defectos. Cada vez que se
enteraba de que su (supuesto) colega había construido algo decía: “Bien; el franchute
ese ya ha terminado otro de sus cubos. Ahora escribirá otros cuatro libros para
explicárnoslo”.
En su gira, Le Corbusier pasó por Madison. Naturalmente, solicitó conocer al
gran arquitecto americano, y sus anfitriones telefonearon a Taliesin. Wright les contestó
que no tenía ninguna gana de verle.
–No quiero estrechar su mano. Díganselo así. Si quiere ver Taliesin, está abierto
al público. Que pague sus cincuenta centavos y vea lo que quiera. Yo no saldré a
saludarle.
Le Corbusier había venido de paso, pero los de la Bauhaus venían a quedarse. Al
ex director, Walter Gropius, le habían ofrecido la dirección de la Escuela de
Arquitectura de Harvard. Era indignante que sus estúpidos compatriotas, igual que antes
habían admirado el academicismo europeo, ahora se rindieran ante aquel vanguandismo
descarnado y que, en cualquier caso, renunciaran a su propia identidad. ¿Dónde estaba
la herencia de la Escuela de Chicago? ¿Dónde quedaba la memoria de Sullivan?
Lo curioso era que, frente al desinterés de los americanos por su propia voz, ésta
había tenido oídos receptivos en Europa. Allí había germinado la semilla de Wright y de
la Escuela de Chicago como no lo había hecho en su propia tierra.
La sorpresa de Gropius cuando se hizo cargo de Harvard fue que Frank Lloyd
Wright, a quien él, como tantos compañeros suyos, había admirado desde 1911 (cuando
conoció las láminas de Wasmuth), y cuyo ejemplo había cundido en la Bauhaus desde
268
su fundación en 1919, fuera aquí un desconocido. Gropius trajo desde Alemania las
fotografías de los edificios de Wright que le acompañaban desde hacía tantos años, y
ahora, cuando las mostraba en clase, ningún estudiante las reconocía. Y algunos de los
edificios retratados estaban a escasos kilómetros de las aulas.
También él pasó por Madison para dar una conferencia, y también solicitó a sus
anfitriones que le ayudaran a conseguir una entrevista con el maestro. Los de la
Universidad se dispusieron a sufrir la segunda afrenta.
–El señor Gropius tiene un gran interés en conocerle. Le admira mucho.
–Lo siento. Estoy muy ocupado y no tengo tiempo para recibir a Herr Gropius.
–Por favor; sería una visita muy breve. Estamos seguros de que no le...
–No. No quiero verle. Díganle que no tengo nada personal contra él, pero que en
términos profesionales me considero enemigo suyo. Le declaro la guerra a él y a todo lo
que representa.
Wright colgó y siguió dibujando. A los pocos minutos, de repente se levantó y
mandó a Edgar Tafel que preparara el Lincoln Zephir (color rojo Cherokee como todos
los coches que había usado y usaría). Cuando estaban ya cerca de Madison, Wright le
dijo a Edgar que le condujera a la casa Jacobs, que estaba entonces construyéndose.
En la casa había un grupo de personas, visitando las obras. Ni Edgar Tafel ni
Wright se apearon del coche. Gropius le reconoció por las fotos, dejó el grupo y caminó
decididamente a su encuentro.
–Señor Wright –dijo, adelantando la mano para estrechársela al genio–, es para
mí un verdadero honor...
–Herr Gropius, está usted invitado por la universidad local. Aquí todos son unos
snobs; casi tanto como los de Harvard, sólo que éstos aún no hablan con acento de
Nueva Inglaterra. ¡Vámonos, Edgar!
El coche salió disparado, dejando a Gropius y a sus anfitriones con un palmo de
narices. El alemán mantuvo durante unos segundos la mano tendida al vacío.
Walter Gropius fue uno de los más grandes caballeros que ha habido en la
vanidosa, envidiosa, intrigante y soberbia historia del arte. Siempre lo había sido y lo
seguiría siendo. Dejando de lado la humillación que había sufrido, desde su decanato en
Harvard se propuso enseñar arquitectura a sus alumnos, para lo que era primordial
empezar por hacerles apreciar la figura incomparable del gran Frank Lloyd Wright.
269


2


El señor Edgar J. Kaufmann, presidente de unos grandes almacenes de
Pittsburgh, le mostraba con orgullo su hermosa finca de dos mil acres en Bear Run,
Pennsylvania, a sesenta millas al sur de su ciudad. El río, a cuyas orillas los osos aún
retozaban, corría saltando entre las mesas de roca, formando pequeñas cascadas entre el
bosque. Era, sin duda, una réplica del paraíso terrenal, a la que sólo le faltaba una casa
digna de su esplendor.
El hijo del señor Kaufmann era uno de los aprendices del genio, y tanto le
insistió a su padre que éste no intentó siquiera buscar otro arquitecto. Un tanto escéptico
y celoso (como cualquier padre ante el sustituto al que idolatra su hijo), Kaufmann
recorría su finca con Wright y, mientras se la enseñaba, le intentó explicar lo que quería.
Naturalmente, no pudo hacerlo. El viejo fue quien le describió minuciosamente cómo
tenía que vivir en aquel paisaje y, bruscamente, al llegar a una cascada que hendía un
gran bloque granítico, enmudeció. Entonces Kaufmann intervino respetuosamente para
sugerir que la casa podía ser construida sobre aquella mesa. Wright aplaudió su buen
criterio. No había un sitio mejor, y puso palabras e imágenes en los vagos ensueños de
su cliente. El salón se prolongaría en una gran terraza que volaría sobre la cascada; el
rumor del agua arrullaría su paz; la construcción geométrica sería el fulcro de aquella
agrestre exuberancia; muros de piedra y paños de cristal; voladizos de hormigón
invadidos por la feraz anarquía de la naturaleza. él sería su sacerdote y haría la
invocación para el sacrificio.
Confiado en que, con la mediación del genio, los dioses le serían propicios, el
cliente le emplazó para que le mostrara el milagro.
Una mañana de otoño del año 1935, a primera hora, sonó el teléfono en Taliesin.
–Sí, sí. Venga usted, señor Kaufmann. Ya estamos listos.
Wright colgó y dio la llamada de emergencia. Llevaba unas semanas dando
vueltas a la idea en su cabeza, pero no había una sola línea trazada. Convocó a los
aprendices y les dijo:
–E. J. viene para acá.
270
–¿Quién?
–Kaufmann. Edgar Kaufmann padre. Ha salido de Pitssburg y ahora está en
Milwaukee. Menos mal que se le ha ocurrido llamar.
Nadie dijo nada. Pensaban que vendría a ver a su hijo. No entendían la
convocatoria urgente.
–Viene a ver los planos de su casa.
–¿Qué casa? –No tenían noticia de ella. Se miraban unos a otros, a ver quién la
estaba haciendo. Ni su hijo sabía que ya se hubiera empezado.
–Está a ciento cuarenta millas de aquí. Ciento cuarenta minutos. Tenemos que
espabilarnos –Wright se sentó ante un tablero y los aprendices le rodearon. Empezó a
dar instrucciones concisas, a trazar perentoriamente bocetos, explicando las plantas y
levantando los alzados al tiempo, apuntando una perspectiva que mostraba los
volúmenes levitando sobre la cascada y a la vez anclándola.
Era prodigioso verle sacar otra vez el conejo de la chistera. Todo encajaba. A la
vez que resolvía la distribución en planta creaba los espacios, definía los materiales,
pensaba en la estructura y todo ello se subordinaba a una expresión plástica sublime.
Sin pérdida de tiempo, todos se pusieron a trabajar. Se repartieron los bocetos y
cada uno se dispuso a pasar el suyo a limpio. Uno dibujaba una planta; otro, otra; otro
levantaba un alzado; otro encajaba una perspectiva... Tenían dos horas para terminar
cada uno su dibujo. Wright se paseaba por cada tablero, corrigiendo y coordinando el
trabajo, trazando esquemas suplementarios para que el aprendiz entendiera mejor su
propio dibujo. Los lápices se deslizaban con ritmo frenético, mientras que las agujas del
reloj corrían a no menor velocidad. Wright daba órdenes y clamaba: “Que pinchen,
Dios; que pinchen”.
Pero los Kaufmann –Edgar y Liliane– no tuvieron ningún percance. La bocina
de su automóvil sonó intempestiva y sacó a todos de su enfrascamiento. Los dibujos no
estaban preparados. Wright salió con rostro jubiloso a recibir a sus huéspedes y, lejos de
complacer su impaciente demanda, les invitó a tomar el té a la sombra acogedora de un
porche. Frank había conminado a los aprendices de la sala de dibujo a trabajar tan
deprisa como nunca lo habían hecho, y Olgivanna a los de la cocina a hacerlo tan
despacio como fueran capaces. Otros trajeron sus instrumentos e improvisaron un
concierto para amenizar la reunión.
271
Los Kaufmann estaban fascinados por Taliesin. Su propio hijo estaba ahora
invitado a la mesa, pero estaban seguros de que en otras ocasiones parecidas sería uno
de los que la sirvieran, y no les pareció mal.
Tras el té, Edgar sugirió: “Ahora podemos ver esos dibujos”, y entonces
Olgivanna le dio a Liliane, con todo lujo de detalles, la receta de la tarta de arándanos.
Cuando ya no podían entretenerles más, Edgar Junior, completamente ganado para la
causa, quiso enseñar a sus padres su habitación –compartida con otros tres compañeros–
en la que tenía una buena colección de dibujos y su violín, para que vieran sus progresos
en ambas materias. Entre unas cosas y otras, llegó la hora de comer. Los Kaufmann
estaban muy a gusto en la Comunidad. Edgar valoraba el ambiente, la música, la
decoración y, sobre todo, la personalidad magnética de Wright; Liliane miraba a su hijo:
le veía fuerte, sano y, sobre todo, feliz. Estaban muy a gusto, sí, y podían haber pasado
horas e incluso días en aquella lenitiva contemplación. Pero de repente, sin acabar el
postre, Edgar Kaufmann se puso en pie.
–Y ahora, señor Wright, veamos esos dibujos.
Wright les pasó a su despacho, sin permitirles echar una ojeada a la sala de
dibujo. Llamó a Tafel y le pidió que les fuera explicando en líneas generales el proyecto
mientras él iba a buscar los planos. Los clientes se extrañaron de que no fuera al revés,
pero no dijeron nada. Wright pasó a la sala, tomó sus lápices de colores y, unos
segundos en cada tablero, trazó líneas de acabado, sombras, esbozó árboles, retocó
detalles y trazó su firma sobre cada plano mientras le quitaban los celos.
Cuando el arquitecto mostró los dibujos a sus clientes, éstos quedaron
maravillados. Ahí estaba el germen de la casa más famosa de la historia de la
arquitectura.
Las cosas estaban cambiando. A las pocas semanas de comenzar la construcción
de la casa de la cascada, el industrial Herbert F. Johnson, presidente de la Johnson Wax
de Racine, fue a Chicago buscando un escultor. Su arquitecto le había hecho unos
dibujos para las nuevas oficinas y no le terminaban de gustar. No estaban mal, pero no
tenían fuerza. él habría deseado algo más... representativo. Su arquitecto le convenció
de que las fachadas alcanzarían toda su expresividad cuando se añadieran las esculturas.
Había dispuesto seis hornacinas en la fachada principal, tres a cada lado del pórtico de
entrada, y le había asegurado que si contrataba a un buen escultor para que hiciera
sendas esculturas alegóricas (una mujer encerando un suelo, un muchacho encerando
una mesa...) el edificio quedaría muy bien.
272
Johnson mostró los planos a su “director de arte” de la oficina de Chicago y le
pidió que le diera el nombre de un buen escultor. El otro le contestó que no necesitaba
un escultor, sino un arquitecto, y le exigió que visitara Taliesin.
–No lo dude. Frank Lloyd Wright es el más grande.
Johnson pidió una cita y en Taliesin se tocó zafarrancho. Las ventanas fueron
lavadas, los suelos encerados (con cera Johnson, por supuesto, por si el fabricante la
reconocía), los jarrones llenados de flores, el césped cortado.
Johnson acudió con su gerente. Pasaron el día en Taliesin. Comieron en el salón
principal mientras un aprendiz tocaba el piano; pasearon por el bosque, hasta el río;
charlaron despaciosamente y, al atardecer, les acompañó hasta su coche, les despidió y
les vio alejarse. Cuando doblaron el recodo y se perdieron de vista, Wright dio un salto
y un grito de alegría y, blandiendo al aire el cheque del anticipo, anunció a los
aprendices, que se amontonaban a las ventanas:
–¡Tenemos el encargo!
Tras el milagro de la casa de la cascada parecería imposible producir otro, pero
así fue. La factoría Taliesin era una máquina prodigiosa, que, después de aquel duro
período de latencia, se mostró perfectamente engrasada para escupir proyectos
memorables y controlar las obras hasta en sus más mínimos y recónditos detalles.
La Comunidad funcionaba como un ejército, como un comando tomando
posiciones. Al iniciarse las obras de la casa de la cascada, el capitán Bob Mosher
(aprendiz de la vieja guardia) tomó la posición y la defendió, supervisando las primeras
fases de la ejecución mientras sus compañeros desarrollaban en Taliesin el proyecto
Johnson. Una vez éste estuvo listo y hubo que comenzar las obras, Mosher dejó
encauzada la casa de la cascada en manos del capitán Edgar Tafel, mientras se iba a
Racine a afrontar el nuevo edificio. En Taliesin, los capitanes Wes Peters y John Howe
dirigían los proyectos, que venían otra vez en abundancia y ya no iban a parar. El
general Wright, que tras doce años de inactividad casi total entraba ahora en su enésima
y definitiva “Edad de Oro”, lo supervisaba todo, yendo irrevocablemente, de éxito en
éxito, hacia la gloria ya inmarcesible y eterna.
Un viernes por la mañana recibió una llamada de Chicago. El arquitecto alemán
Mies van der Rohe –tras un intento desesperado de mantener viva la Bauhaus con los
nazis, conminado a dejar Alemania, buscando su futuro primero brevemente en Austria
(le habían llamado de la Academia de Viena)– acabó finalmente logrando que le
llamaran al paraíso americano. Primero había intentado colocarse en Harvard, pero
273
prefirieron a Gropius. Ahora parecía que le querían en Chicago: Un grupo de arquitectos
influyentes le había propuesto para jefe del departamento de arquitectura del Armour
Institute, que estaba en vías de fundirse con el Lewis Institute para formar el Instituto
Tecnológico de Illinois.
Lo primero que hizo al llegar a Chicago fue tomar un taxi y dar la dirección de la
casa Robie –cuyos dibujos de la edición Wasmuth había copiado tantas veces que se la
sabía de memoria–. Cuando al fin la vio, después de tantos años de soñarla, la
contempló extasiado, incrédulo, con la sorpresa infantil de ver una quimera hecha
realidad, y no sólo sin la decepción de palpar la materialidad (siempre más imperfecta)
de un sueño, sino entusiasmado por lo contrario: porque cada ladrillo, cada dura arista
de piedra y, sobre todo, el inconcebible voladizo de la cubierta, no sólo eran
irreprochables, sino que hablaban de un autor, de un héroe, de alguien que no se había
conformado con imaginar y ensoñar, sino que había hecho tangibles esos sueños. Un
arquitecto; es decir: bastante más que un poeta.
A continuación mandó al taxista dar una vuelta por Oak Park, y en cada esquina
le pedía:
–¡Pare, pare! ¡Esa es la casa Gale! ¡Pare! ¡La casa Fricke! ¡Pare! ¡La casa
Martin!
–¿Es que quiere usted comprarlas?
–¡Ojalá!
–Pues un cuñado mío vende una muy bonita.
El Instituto Tecnológico de Illinois estaba por hacer. Por ahora era una mera
entelequia administrativa a la que le faltaba realidad física. Había que construir el
campus, con sus facultades, sus residencias de estudiantes y de profesores, sus edificios
de reunión y de recreo, sus bibliotecas. Los anfitriones de Mies van der Rohe le
pusieron en la mano, junto con el nombramiento de rector, el encargo de los
correspondientes proyectos de urbanización de unas cuantas hectáreas y de construcción
de veintiún grandes edificios, en una época en la que, aunque se empezaba a salir, aún
coleaba la depresión económica, y había un paro generalizado entre arquitectos y
constructores. (Por otra parte, él era una no ya tan joven promesa –estaba a punto de
cumplir la cincuentena– que sólo había terminado dieciséis edificios –y pequeños– en
toda su carrera). La nueva vida del alemán no podía empezar con mejor pie. El
arquitecto John Holabird, portavoz de los encargantes, le preguntó, obsequioso:
274
–Señor Mies, ¿podríamos hacer algo por usted? ¿Querría que le enseñáramos la
ciudad, algo en particular?
–Sí, muchas gracias. Quisiera conocer a Frank Lloyd Wright.
La cara de Holabird cambió de gesto. Con hosca expresión se dirigió a sus
compañeros.
–Llamadle vosotros. No quiero hablar con ese viejo bastardo. No quiero darle el
gustazo de que se meta con mi arquitectura.
Wright conocía el Pabellón de Barcelona de mil novecientos veintinueve y la
casa Tugendhat del treinta y uno, y las admiraba en lo que cabe que él pudiera admirar a
alguien que no fuese a sí mismo. Veía en esas obras su propia influencia, pero ni
seguida ciegamente como lo haría un mero copista sin talento ni tergiversada y
adulterada como habían hecho otros europeos.
–Señor Wright, el señor Mies van der Rohe está aquí, en Chicago. Dice que tiene
muchas ganas de conocerle a usted.
–¡Claro que las debe de tener! ¡Tráiganmele!
Wright fue en busca de su esposa.
–Olya, echa más agua a la sopa. Tenemos visita.
–¡Oh, Fr–r–r–rank! ¿No podrías avisarme con más tiempo? No tenemos nada
preparado.
–¡Bah! No te preocupes. No es más que esa patulea morbosa, esos idiotas
presumidos que quieren crear ahora una Escuela de Chicago, alemana, eso sí. Si no
fuera porque me traen a Mies no los recibiría.
–No seas así. Quisiera atenderles bien; que estuvieran a gusto. Quiero ser una
buena anfitriona, pero así no se puede.
–No te preocupes. A quienquiera que le acompañe, que le zurzan. En cuanto a
Mies, sólo con estar conmigo será feliz.
Pero nadie quiso venir con él. Sólo le acompañaba el intérprete que le habían
proporcionado los de Chicago. (él no sabía una palabra de inglés). Wright, aunque no
quería ver a ninguno de aquellos patanes, se sintió dolido de que ellos tampoco hubieran
querido verle a él. En cuanto al intérprete, le miró con malicia y le obligó a traducir:
–No necesitaba usted a nadie como a éste para venir aquí. Tenemos aprendices
alemanes. Somos internacionales.
Mies era un hombre grande y lacónico, reflexivo y poco comunicativo, pero su
coraza entre tímida y escueta era atravesada por una cálida ternura extraña y magnética.
275
–Señor Wright, es para mí un verdadero honor...
–Naturalmente, Mies. Naturalmente.
El alemán venía a América en triunfador, en maestro colonizador aclamado.
Pero ante Wright estaba acobardado.
–Señor Wright, su casa Robie nos ahorró veinte años.
–Ya lo creo, y la que estoy haciendo ahora no será superada en un siglo. Tal vez
jamás. Mañana por la mañana salimos hacia Pennsylvania.
Por la tarde recorrieron Taliesin. Mies, fascinado y silente, paraba ante cada
nueva perspectiva y miraba. A veces emitía exclamaciones ahogadas como ronquidos.
Finalmente, extasiado ante la visión del valle que se ofrecía desde la gran terraza
volada, exclamó:
–Freiheit! Es ist ein Reich! [¡Libertad! ¡Esto es un reino!] –y movía las manos
intentando describir las masas que se interpenetraban y la implantación de los edificios
en aquel terreno edénico. Lo había visto mil veces en los libros, pero ahora estaba
emocionado.
Wright le miraba complacido. Se sentía feliz por el halago, venido de alguien a
quien de verdad respetaba. Se encariñó en seguida con él, cuyo carácter reservado
albergaba una ternura muy agradable.
–Señor Mies, he visto su pabellón para Barcelona en las revistas.
–Ja.
–Es muy bueno. Pero, dígame...
–Ja?.
–¿Por qué le puso esas columnitas ridículas?
–Ja.
Estaban frente a frente dos monstruos opuestos. Para Wright, los elementos que
conformaban el espacio debían ser los mismos que constituyeran la estructura, los que
expresaran la plástica, los que proporcionaran el confort... Todo había de ser coherente
y relacionado en su arquitectura orgánica. Para Mies, por el contrario, el edificio era
una tesis, un enunciado intelectual, abstracto. Eran completamente opuestos, pero cada
uno de ellos era el mejor. El respeto mutuo encerraba un odio edípico que en su
momento estallaría.
Al día siguiente viajaron a la casa de la cascada. Mies no tuvo aliento ni para
decir su Ja habitual. La geometría abstracta de los planos entraba de lleno en su mundo
de ideas, pero se expresaba de una forma muy superior a lo que él jamás podría haber
276
imaginado. El voladizo temerario (por ahora apeado por decenas de troncos de madera)
sobre la cascada era un alarde estructural tan demencial y tan perfecto que no había
esquemas, ni prejuicios, ni experiencia alguna que pudiera servir de referencia ni de
criterio.
Wright hablaba y hablaba con su trasnochada ideología que al otro no le
interesaba en absoluto. Sus bonitas ideas seudohumanísticas y abelitas, trasnochadas en
su ingenua aristocracia populista, ya no eran nada. Wright estaba en el universo de
Whitman, de Emerson, e incluso de Mark Twain, de O'Henry, de Norman Rockwell y
de Roosevelt. Mies pertenecía al de Van Doesburg, James Joyce, Paul Klee, Spengler,
Santo Tomás de Aquino, Maiakovski o Pound. El alemán estaba más que curado de las
hermosas ingenuidades de su anfitrión.
Pero su obra, la obra infalible de aquel demiurgo era... Tomó aire, se ahogaba de
estupor. Al fin pudo decir, pasmado ante aquella revelación apoteósica:
–Ja.
Tomaron otra vez el coche y fueron a Racine. Delante iban el aprendiz Edgar
Tafel y el intérprete; detrás, los dos genios: el mudo y el charlatán. éste, feliz ante la
expresión pasmada de su invitado, parloteaba de nuevo sobre el ser humano, sobre la
democracia, sobre la relación del hombre (rico) con la naturaleza, sobre la esencia de la
obra arquitectónica, etcétera. El intérprete, girando de vez en cuando la cabeza hacia
atrás, traducía lo que podía, resumiendo más o menos las líneas generales del
empalagoso discurso. Y Mies, sordo a todo, fugitivo, apátrida curado de espanto,
evadido del horror del mundo, se preguntaba cómo se podía ser a la vez tan sublime y
tan bobo.
–Ja.
En Racine apenas podía verse nada del edificio Johnson. Wright no le había
llevado allí para que lo viera, sino para que asistiera a un episodio más de su propia
glorificación.
Mies ya se había hecho una idea de cómo era examinando los dibujos en
Taliesin, pero en la obra no había mucho más. Apenas se estaban empezando a abrir las
zanjas de los cimientos.
–Venga por aquí, señor Mies. Veamos la columna.
La gran sala hipóstila debía ser construida según la idea fundamental de la
arquitectura orgánica: La estructura era el espacio, todo era todo. Nada de las ridículas
columnitas de Mies, colocadas aparte de los muros y de la cubierta. Para Wright, si un
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edificio tenía columnas, éstas no eran sólo el esqueleto para una piel independiente. Las
que había proyectado eran enormes setas de pie larguísimo y sombrero enorme. Los
sombreros circulares entraban en contacto formando la cubierta, y los intersticios entre
ellos eran la luz cenital. De este modo, la estructura era el espacio, el techo, la
iluminación; todo era todo y formaba la unidad esencial. Eso era fascinante, y Mies van
der Rohe había esperado verlo ya hecho.
Pero el Ayuntamiento de Racine se había opuesto a que la obra continuara. Los
técnicos municipales habían ordenado la paralización de las obras nada más empezar.
No se fiaban de aquellas columnas temerarias.
Wright había conseguido que le autorizaran a construir una como prototipo, y
que admitieran que si lograba pasar la rigurosa prueba dejarían de ponerle objeciones.
Se había fijado la rotura para esa hora, y Wright había programado hábilmente su viaje
con Mies para que asistiera al evento.
Estaban todos allí: Wes Peters (siempre al lado de Svetlana), Olgivanna,
Iovanna, Bob Mosher, John Howe y los demás aprendices (tomando fotografías y
películas), Ben Wiltschek (el constructor, muy nervioso), los arquitectos del
ayuntamiento, periodistas, público curioso... y, más excitado que ninguno, el propio
Herbert F. Johnson, rodeado por el comité de publicidad de su empresa (éstos menos
entusiasmados, ponderando lo desastroso que sería no pasar la prueba). La columna de
hormigón, levantada cuatro semanas antes, estaba ya bien fraguada como para ser
cargada. Los camiones con el lastre tarado y certificado. Todo listo.
Wright se acercó solemnemente a Wiltschek.
–¿Podemos proceder?
–Sí, señor –carraspeó, e hizo algún signo imperceptible y propiciatorio, una
suerte de santiguamiento profano.
–Podemos proceder –anunció entonces Wright a los municipales, a su cliente, a
sus aprendices, a la humanidad.
Los técnicos del ayuntamiento dieron la señal y unos operarios colocaron unas
escaleras de mano y subieron con sacos de arena a la gran seta. Subían y bajaban
descargando sacos sobre el gran capitel, al parecer sin importarles que todo se cayera en
cualquier momento.
Cuando ya habían colocado la carga equivalente a la que debería soportar la
columna en el caso más desfavorable posible (nieve, viento y una multitud marcando el
paso), la columna no se resentía en absoluto. Los arquitectos del ayuntamiento se
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acercaron para felicitar a regañadientes al pomposo colega que les había dejado en
ridículo.
–Todavía no –les dijo Wright, y dirigiéndose a los obreros:– Sigan. Sigan
cargándola.
Estuvieron unas horas. Se gastaron todos los sacos que habían preparado y la
columna seguía imperturbada.
–Ya está bien; ¿no?
–No. Tengo curiosidad por saber cuánto resiste. Según mis cálculos –mentira; él
no los había hecho, sino Wesley Peters– aún falta mucho para romperla.
Mandaron los camiones a por más lastre. Mientras lo traían, el genio aceptaba
las felicitaciones de todos.
Por fin, cuando la seta llevaba más de diez veces el peso para la que estaba
prevista, en el empotramiento del capitel con el fuste, apareció una pequeña fisura, y se
oyó un crujido. El arquitecto la señaló teatralmente rodeándola con un trazo de lápiz de
cera.
–Al fin apareció. Empezaba a creer que nunca se rompería. Demuélanla.
Cuando la seta cayó con estrépito todos prorrumpieron en aplausos cuyo eco aún
no se ha apagado.
Lo que a Mies le impresionó no fue esto. Era sólo una columna bien construida
que, si no hubiera sido por la torpeza de los del ayuntamiento, no habría trascendido.
Era el prodigio espacial y luminoso que la gente no podía entender. Para la gente, como
pasó con Tokio, el mérito era solamente hacer edificios que no se cayeran.
Volvieron a Taliesin como los héroes vuelven de la batalla. Mies había venido
para pasar la tarde del viernes, pero se quedó –encantado– hasta el lunes por la mañana.
No había traído mudas. Al marcharse, su camisa blanca tenía ya grises el cuello y los
puños.
El dieciocho de octubre de 1938 el Armour Institute celebró una cena de gala y
de presentación oficial de su nueva estrella alemana. A la Red Lacquer Room de la
Palmer House asistieron unas cuatrocientas personas. Allí estaban los directores de las
más prestigiosas Escuelas de Arquitectura de la nación, los mejores arquitectos y la alta
sociedad de Chicago, incluido el alcalde.
Mies había insistido en que invitaran a Frank Lloyd Wright para que le
presentara. Igual que cuando había solicitado que le arreglaran la visita a Taliesin, sus
anfitriones se miraron con fastidio, pero accedieron. Allí estaba Wright cenando con su
279
camarilla de aprendices, dando la espalda a todos los demás. El desprecio era mutuo.
Sus colegas y demás prohombres le ignoraban tan concienzudamente como él a ellos.
Finalmente llegó la hora de los discursos. Heald, el director del Armour, elogió
el curriculum de Mies, recorriéndolo con evidente deleite. Otros altos dignatarios
académicos hicieron discursos similares, honrándose y felicitándose todos de haber
fichado a tan gran artista.
El último en levantarse fue Wright. Estaba aburrido, hastiado de aquel festival,
de tanta palabrería y estupidez. Hizo un diagnóstico mordaz –que no tuvo ninguna
gracia– sobre el preocupante estado de la profesión a juzgar por los papagayos (no usó
esa palabra) que se habían juntado allí, y luego se atribuyó en exclusiva todos los
méritos de Mies.
–Damas y caballeros: Yo les doy a Mies van der Rohe. Si no hubiera sido por mí
no habría habido nunca ningún Mies. Yo le admiro como arquitecto y le respeto y
aprecio como persona. ¡Armour Institute: Yo os doy mi Mies van der Rohe! Tratadle
bien y apreciadle como yo lo hago; y él os recompensará con su arquitectura y con su
ejemplo. ¡Dios sabe que le necesitáis!
Dicho esto, Wright salió a escape de la sala, seguido por sus acólitos, sin esperar
a que el atónito Mies le respondiera, como era de rigor. Al cabo de unas horas,
terminado ya el acto, el director Heald le encontró en el bar. Parecía bebido.
280


3


La siesta del maestro era sagrada. Nunca se la había saltado, ni en los peores
tiempos, ni preso de la mayor angustia o desesperación. Era capaz de dormirse en medio
del fragor: las deudas y las demandas nunca le habían quitado el sueño, y, ahora, el
ruido de sierras y tractores le arrullaba.
Nunca la hacía en la cama. Dormía sentado en un sillón o al piano, o sobre su
tablero de dibujo, o en el asiento de atrás del coche. Esta tarde lo hacía más
plácidamente que otras veces, tumbado en la hierba de Taliesin a la sombra de un árbol,
su sempiterno sombrero plano puesto sobre la cara. Un sexto sentido, un cambio en la
densidad del aire o el mero murmullo de una respiración ajena le despertó. Allí estaba
de pie, a contraluz, un hombre erguido que le observaba, al parecer, desde hacía un rato.
–¡Tú!
–Hola, padre.
–¿Qué haces aquí?
–Ya ves. He venido a verte. Y a mi hermano.
–¿Te quedarás? –su voz era aún pastosa.
–Tal vez pasaré la noche.
–Bien.
Frank se incorporó y echó a andar hacia el taller de dibujo. Lloyd le siguió. Los
dibujantes estaban trabajando febrilmente. De un tiempo a esta parte el estudio estaba
bien provisto de encargos. Wright les presentó a su hijo, e inmediatamente, casi con
ansia, le enseñó los proyectos. A su solicitud entre orgullosa y expectante, Lloyd
contestó con displicencia.
–¿Esto es todo lo que ésta –se señaló la frente– da de sí? ¿No eres capaz de
hacerlo mejor?
Tomó un lápiz y se dispuso a corregir uno de los dibujos. Su padre le miraba con
expectación, picado por el desplante y a la vez curioso. Lloyd dibujó encima de lo
dibujado, tejiendo un desconcertado palimpsesto mientras le hablaba a su padre como lo
hace un profesor a un alumno. Le señalaba errores, detalles mal resueltos, pero él
281
mismo se atascaba y volvía a borrar y a empezar, se trabucaba y empeoraba aún más el
dibujo inicial. Ciertamente tenía ojo para detectar las incorrecciones de los croquis aún
inmaduros, pero era incapaz de subsanarlas. Tras varias intentonas frustadas, la
paciencia del padre se agotó.
–¡Quita, quita! –le dijo, exasperado. Le quitó el lápiz y le apartó de la silla. Se
sentó y se enfrascó en el dibujo. Le decía:– Así. Así está mejor. ¿No ves? –
verdaderamente así estaba mucho mejor.
Tras la sesión de dibujo, le enseñó sus dominios. Paseaban por la idílica finca ya
casi a oscuras, viendo a lo lejos, allá abajo, los brillos plateados que la luna arrancaba a
las aguas del río. Ahora miraban los dos la lejanía.
–¿Te enteraste de que mamá...?
–¿...se casó? Sí. De casualidad. Ni siquiera me escribió. Coincidimos en el
Instituto de Arte de Chicago el año... ¿treinta?... treinta y uno. Me hicieron una
exposición. Allí estaba yo examinando una maqueta cuando oí su voz que me saludaba.
Alcé la vista y... ¡no la reconocí! Estaba guapa; mucho. Me dijo que se había vuelto a
casar. No la he vuelto a ver.
–¿Te dijo con quién?
–Sí. Qué curioso. Nada menos que con Ben.
Ben E. Page era uno de los más antiguos admiradores de Wright. Había
comprado una gran parte de las acciones de la Fundación Frank Lloyd Wright y era a la
sazón el secretario. A pesar de ello, a Frank nadie le había dicho nada de la boda.
–¿Y no te hace pensar en nada todo eso?
–No. ¿Por qué?
–Durante años mamá se enteraba de cúando venías a Chicago. Si dabas una
conferencia se colocaba en la última fila, para verte desde lejos; a cualquier acto al que
asistieras allí estaba ella, sólo para verte. Llegaba a casa llorando.
–¡Pero, qué dices!
–Lo que oyes.
–Sí; lo creo. La creo capaz de todo eso; pobre. ¿Y a Ben? ¿Ella...? Quiero decir...
–¿Si le quiere? Sí; creo que sí.
–Me alegro por ella. Ha debido de sufrir.
–No te imaginas cuánto –dijo Lloyd, casi con saña.
A partir de entonces las visitas de Lloyd a Taliesin fueron más frecuentes. Cada
vez que aparecía pretendía, medio en broma, medio en serio, con una mezcla de zumba
282
mortificante y de filial dedicación, criticar de nuevo a su padre y enmendarle la plana,
hasta que Wright ordenó a sus aprendices que escondieran los lápices cuando su hijo
llegara.
Tras las oficinas de la Johnson vino el encargo de la casa de su presidente, una
magnífica residencia también en Racine. Después la torre de los laboratorios de la
firma, la Universidad de Florida del Sur, la torre Price... Encargos y encargos, y éxito
tras éxito. Wright producía su arquitectura más imaginativa y original. A sus setenta y
tantos años de edad le llegaba su definitiva Edad de Oro, una explosión triunfal como
no había tenido desde su primera consagración.
En 1939 (cumplía setenta años), el Instituto de Arquitectos Británicos le
concedió su más alta condecoración. Viajó a Inglaterra a recibirla, y le esperaban con
los brazos abiertos. Dio un ciclo de conferencias ante auditorios abarrotados de gente
joven e ilusionada. Cuando finalmente le entregaron la medalla de oro, ante la salva de
apausos enfervorecidos, visiblemente emocionado, bromeó:
–Es la mejor distinción que he tenido en mi vida. ¡Legítimo oro de Guinea!
¿Alguien sabe cuánto me podrían dar por ella en una casa de empeños?
Desde ese momento los homenajes, premios, doctorados honoris causa y demás
distinciones se sucedieron, hasta que, por fin, en el año 1949 (cumplía ochenta), sus
colegas del Instituto Norteamericano de Arquitectos, salvando una fuerte oposición
interna, le concedieron su más elevada distinción. Wright empleó todo su sarcasmo al ir
a recogerla. Le aplaudían, pero estaba más solo que nunca: Cinco años antes se había
peleado definitivamente con Mies van der Rohe, el único ser humano en el mundo que
podía ser su colega, y con ello había perdido ya del todo la esperanza de que su obra
sirviera para algo más que para su engrandecimiento personal (lo que hasta ese
momento había sido más que suficiente).
Wright se dejaba homenajear, se daba un baño de multitudes y se volvía a su
castillo, a encerrarse en su plácido olvido del mundo, a su reconfortante olimpo en
miniatura, inútil cuartel de la arquitectura autocomplaciente, instituición sin otro objeto
que el de su glorificación permanente, solitaria y masturbatoria; ininterrumpida
contemplación de su propio ombligo.
La gran campana sonaba a las seis y media de la mañana para despertar a todos,
y a las siete volvía a sonar para llamar al desayuno. Tenías que estar en el comedor
antes de las siete y media o te lo perdías, lo que era una verdadera desgracia (fruta
fresca, jugo de tomate, cereales, bacon o jamón, huevos fritos o revueltos, salchichas,
283
pan casero, tostadas con miel, mantequilla, mermelada o melaza. El café era de puchero:
un gran pote en el que hervía con cáscaras de huevo en su seno para “asentarlo”). Los
que se quedaban sin desayunar iban a la cocina a suplicar a Mabel, la cocinera, que a
veces les daba algo de las sobras, pero casi siempre se negaba; entonces la mareaban
entre varios para darle esquinazo y asaltar la despensa.
Al principio hubo criados, pero en seguida vieron los Wright que eran muy
onerosos, y sólo quedaron Mabel y algún otro. Los aprendices se turnaban en todos los
servicios.
Los Wright no comían con los aprendices. Tenían su propio comedor privado,
pequeño, al que sólo admitían a huéspedes ilustres o íntimos. Los Wright querían
aparecer como compañeros, padres o hermanos de los aprendices, pero estaban
separados de ellos por el halo de la divinidad. Eran servidos por ellos y, aunque les
sonreían con camaradería, era la sonrisa desdeñosa del dios hacia su más insignificante
criatura. (No obstante, la separación abismal no pudo impedir que Wes Peters saltara la
barrera y se llevara a Svetlana).
Después del desayuno se asignaban las tareas, ya fueran nuevas o ya vinieran de
días antes. Siempre había más cosas que hacer que manos y dinero para hacerlas. Un
aprendiz era el “jefe” por dos semanas, y tenía bajo su mando un asistente. éstos
despachaban con Wright nada más desayunar, y salían a las ocho de la mañana con una
lista de trabajos, dispuestos a asignarlos: Dos aprendices a Hillside, tres a limpiar
ventanas, uno con el tractor, otros dos a limpiar las cunetas. Casi todos tomaban su
trabajo con entusiasmo, realizando hasta una docena de tareas distintas en una mañana,
pero algunos (pocos) estaban menos dispuestos: Desaparecían a esa hora; se encerraban
en los baños; se perdían un rato y volvían cuando calculaban que las tareas ya estaban
asignadas. Algún maestro del arte del escaqueo pasó varios meses sin dar un palo al
agua (lo que, por otra parte, podría ser entendido como otra faceta de la educación
integral del individuo).
Las mañanas de los sábados tocaba limpieza general, y por la tarde todos iban a
Hillside a cenar en el teatro –excepto uno o dos aprendices que quedaban de guardia en
Taliesin por si había alguna emergencia–. Después de cenar venían los entretenimientos:
el coro cantaba, o había concierto de piano, o de la orquesta completa. Y, finalmente, la
película.
Gene Masselink, secretario de Wright, le mostraba la lista de películas
disponibles. Wright las examinaba y casi siempre le acababa diciendo:
284
–Bien, Gene; ¿qué tal La Diligencia?
A esas alturas ya no quedaba nadie en Taliesin que la hubiera visto menos de
veinte veces. Era la favorita del maestro, junto con Bajo los Tejados de París, de René
Clair. Los sábados la veían los felices miembros de la Comunidad, los domingos por la
tarde podía verla el público en general, pagando, y, a veces, un lunes se levantaba
Wright de su tablero de dibujo y les decía a todos:
–¿Y si viéramos otra vez la película?
Lo que significaba que tenían que hacerlo. Se sumergían en la oscuridad de la
sala y, al acabar la proyección y hacerse la luz, Wright comprobaba, extrañado, que casi
todos habían desaparecido.
Terminada la sesión del sábado, todos hacían como que se iban a acostar.
Tomaban el camión y salían de Taliesin por la carretera de detrás, que no podía
dominarse desde el dormitorio del maestro. Se escapaban a los pueblos cercanos para
bailar. En algunos había buenas salas de baile, con muy aceptables bandas de jazz. A
todos les extrañó al principio que Yen Liang sacara su boquilla del bolsillo y pidiera al
trompetista de turno que le dejara tocar. Era raro ver a un chino tocar jazz, pero lo hacía
bien. Otras veces eran bailes de granero (los que se celebraban cuando se terminaba de
construir uno). Los aprendices bailaban con las hijas (o los hijos) de los granjeros; el
feliz propietario invitaba a todo el mundo; la fiesta se prolongaba hasta el amanecer, y
todos volvían borrachos a Taliesin justo para el toque de diana del domingo.
El domingo, todos los domingos, indefectiblemente, había picnic. Primero se
celebraba en la capilla un extraño oficio religioso, totalmente heterodoxo y al gusto de
Papá Frank, que invitaba a cualquier pastor, sacerdote, rabino, muecín o lama que
pudiera haber a mano, o –cuando no lo había– improvisaba él mismo los sermones, que
versaban siempre sobre la vida íntegra, el individuo y la arquitectura. Muchas veces le
encargaba la disertación a algún aprendiz, imponiéndole el tema a desarrollar, y luego
organizaba un debate.
A media mañana, por fin, se iban a comer al campo: Todos sentados o tumbados
en la hierba, a la sombra de los árboles, embelesados en torno a Papá Frank, que
contaba sus batallitas (algunas por centésima vez). Era el mejor rato de la semana: una
experiencia idílica. Las sobremesas se prolongaban hasta que el sol se ponía.
Una vez, en plena alocución de sobremesa, Wright se dirigió a Svetlana para que
le confirmase algún pequeño dato que diera la adecuada fuerza a sus palabras. No la
encontró.
285
–¿Dónde está Svet? ¿Alguien la ha visto?
Confusión. “Estaba aquí”. “No; en realidad no la hemos visto durante la
comida”. “Pero salió con nosotras”. Wes y Svet habían huido. Salieron de Taliesin con
todos, pero al poco trecho dieron la vuelta, aprovechando el gozoso descuido de la
gente, y se escaparon.
Wes, el brazo derecho de Wright, el calculista y diseñador tenaz, el concienzudo
y competente Wesley Peters no era digno de la hija de los amos. Los señores, que con
tanto esfuerzo y convicción habían defendido siempre el amor libre, se negaron
ferozmente a que Svetlana quisiera a Wesley, aprendiz de Taliesin.
William Wesley (Wes) Peters, de los del primer reemplazo, natural de Indiana,
alto y fuerte como un roble, había hecho de Taliesin la razón de su vida. Estaba en todos
los trabajos, llenándolos con su presencia gigantesca e insuflando su alma y su aliento
en todo.
Medía un metro y noventa y tres centímetros, veinte más que el maestro, cuyos
techos siempre habían sido bajos. Ya se sabe: arquitectura orgánica, escala humana (y
eso quería decir escala Frank Lloyd Wright), etc. Cada vez que Wes entraba en alguna
habitación, ya fuera de alguna casa terminada o en obra, el maestro le exigía: “¡Wes;
siéntate, por favor! ¡Me destruyes la escala!” y el bueno de Wes se sentaba
inmediatamente o salía con premura para no romper la armonía arquitectónica y para no
poner en evidencia que el colosal genio era casi bajo (o al menos no era alto, lo que para
él venía a ser lo mismo).
Ese era Wes, grande y fuerte, eficaz y terco y enamorado perdidamente de una
niña prohibida a quien no pudo seguir esperando hasta que creciera, y con quien se
escapó cuando cumplió los diecisiete.
Vivieron algún tiempo fugitivos, pero finalmente volvieron a Taliesin. Ante el
hecho consumado, los Wright no tuvieron más remedio que admitir su relación. Se
instalaron en una granja vecina, a la que llamaron Aldebarán (“la que sigue”, la estrella
que sigue a las Pléyades como él seguía a Wright). Tuvieron dos hijos y vivieron
felices, trabajando en Taliesin, hasta la trágica muerte de Svetlana. Una mañana bajaba
al pueblo con sus hijos y el coche se salió de la apacible carreterita. Ella y uno de los
niños murieron en el acto. El otro salió milagrosamente ileso.
Wes siguió trabajando en Taliesin, a la sombra de su suegro, a quien sucedió
como “Jefe de Arquitectura” tras su muerte, cuando hubo que dar vida a toda aquella
maraña sin su autor, con la viuda reina–madre presidiendo la ruina y los discípulos
286
huérfanos intentando encontrar un sentido a sus vidas. Entonces Wesley se echó a los
hombros el peso del coloso y lo mantuvo andando, trastabillante y vano y sin objeto,
mientras pudo.

qué casualidad Wesley quedó viudo de una Svetlana y se casó con otra Svetlana no me
lo puedo creer no me digas eso ni buscando con lupa dos Svetlanas qué me dices y
además ahí no acaba la cosa que ahora viene lo gordo por si el bueno larguiruzo de Wes
no había tenido bastante con un suegro de armas tomar ahí viene el otro José Stalin sólo
que éste era póstumo o retrospectivo o como se diga sí señor Svetlana Stalin tras la
muerte de su ciclópeo monstruoso tremendo padre se fue a América y mira por dónde
fue a parar aquí y a casarse con Wes eso no habría quien se lo creyera si no fuera porque
es la pura verdad te imaginas a los dos viejos en el más allá sabes Frank que somos
parientes no me digas José una especie de consuegros póstumos no me lo puedo creer el
arquitecto y el dictador emparentados por ese chico si ya lo decía yo ese chico es muy
buena persona pero para mí que era un poco no sé cómo mira que emparentarme
con este Stalin qué bochorno mamá mamá te has enterado calla hijo calla y disimula
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4


Wright se sintió muy decepcionado al ver el trabajo de Mies van der Rohe. Su
primera impresión, que no hizo más que irse afianzando con el tiempo hasta la ruptura
definitiva, fue que Mies había traicionado las promesas de libertad de sus obras
europeas. No lo entendía: Ahora que América le brindaba la oportunidad de desarrollar
aquellas ideas, el alemán derivaba hacia una profundización hermética en quién sabía
qué arduos conceptos. El caso era que sus edificios para el Instituto Tecnológico de
Illinois eran meras cajas de vidrio, mamotretos cúbicos, inhumanos. Para colmo, eran
impecables. Se mostraban como arquetipos platónicos, irreales, monstruosos en su
sublime desnudez, aterradores en su incontestable perfección.
Ni Wright sabía lo que hubiera deseado encontrar en Mies: si un seguidor, le
habría despreciado; si un oponente, le habría aplastado. Mies le había gustado porque
tenía personalidad, porque era como él mismo. Pero no era un discípulo ni un
continuador. Era un coloso casi tan grande como él. El alemán siempre había reconcido
la influencia del viejo, pero nunca le había tomado como ejemplo a seguir. Ahora,
finalmente, su propia obra en América estaba cuajando, y lo hacía por derroteros
opuestos a los que había trazado Wright.
El americano era un prestidigitador con mil recursos, listo siempre para una
nueva solución audaz (“Lo que era bueno el lunes pasado no tiene por qué serlo hoy”).
El alemán, por el contrario, era lento, concienzudo (“No vamos a inventar un estilo
nuevo cada semana”). El uno buscaba la sorpresa constante, la explosión de habilidades;
el otro la depuración exhaustiva, la perfección de un solo gesto, el silencio
estremecedor.
Para Wright, lo de Mies había sido una traición. Quien tanto le había complacido
con sus obras europeas ahora se mostraba absurdamente reduccionista. Siempre lo había
dicho: “menos es más”, y a Wright le había gustado la frase, en cierto modo acorde
consigo mismo. Menos decoración, menos formas, más intensidad... Se parecía al
remoto credo espartano de su madre, y, la verdad, en Barcelona y en Brno había dado
fantásticos resultados. Pero esto era ya demasiado. El silencio definitivo, gélido, de sus
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cajas de vidrio era una burla, un insulto a la arquitectura y a la humanidad. ¡Pobres
alumnos los de esas escuelas de hielo!; ¡pobres habitantes los de esas urnas mortuorias!
Wright había ido, ilusionado y expectante, a visitar a su “amigo” al ático del
Instituto de Arte de Chicago, sede provisional, hasta que Mies construyera la nueva, del
Departamento de Arquitectura. Tomó los planos de la Biblioteca y de la Administración
del IIT, y su gesto se torció en una mueca. No, no podía ser. Con atención reconcentrada
los examinó: dejaba uno, tomaba otro; mascullaba ante una planta, bufaba ante un
alzado, resoplaba ante un detalle constructivo.
Mies le observaba atentamente. Sabía lo que se le iba a venir encima y, no
obstante, su gesto pétreo desafiaba al maestro a que osara acusarle. Con el puro en la
boca y las cejas arqueadas esperaba la explosión.
Wright no pudo aguantar más. Dio un manotazo sobre un plano y ya no quiso
seguir examinando ningún otro. Giró la cabeza, inclinado sobre el tablero y miró al
alemán (de pie tras él, cruzado de brazos, plantados sus zapatones sobre el suelo) de
abajo a arriba. Apretó los puños, como sujetándose para no pegarle.
–¿Sabe usted lo que ha hecho?
Y sin esperar respuesta –el tono de su pregunta no la admitía– ni añadir una
palabra más, se marchó de allí.
Sí. Los dos sabían perfectamente lo que Mies había hecho, lo que iba a seguir
haciendo y lo que iba a obligar a sus colegas a hacer de entonces en adelante, imitándole
durante décadas en todo el planeta. Los rascacielos de acero y vidrio que aún hoy se
construyen en todas las ciudades de todos los continentes son nietos de aquellos dibujos
que Wright examinó con indignación aquella tarde remota de guerra mundial.
Se sintió solo. ¿No era ese su sino? Su arquitectura no tenía seguidores de talla.
Desde luego no de la talla de Mies, adepto perdido para siempre.
Pero al menos mientras él viviera la arquitectura orgánica seguiría dando frutos
espléndidos.
Los éxitos se sucedían pasmosamente en esta última edad de oro del viejo
infalible. Sorprendiendo a todos, la vieja gloria seguía produciendo maravillas
insospechadas, siempre nuevas, inesperadas, lejos de cualquier gesto ya experimentado.
Los estudiosos no sabían qué hacer con él. En cuanto conseguían ponerle una
nueva etiqueta, colocarle en un cajoncillo definitivo (en un ataúd historiográfico), él,
más vivo que un pez, se les escurría con algo inclasificable e indescriptible. Parecía un
mago sacando cada vez un nuevo conejo de la chistera. Sí; era cosa de magia.
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Y uno de los más pasmosos conejos que se sacó de la chistera –y el último de
todos ellos– fue el Museo Guggenheim de Nueva York.
Al señor Solomon R. Guggenheim, perteneciente a una de las familias más ricas
de la nación, le habían sugerido hacía tiempo que coleccionara arte no figurativo. Al
oirlo se quedó de piedra, pero siguió el consejo.
Su padre, llamado “el rey del cobre”, había decidido hacía años, podrido ya de
millones, crear una fundación para el desarrollo de la aeronáutica –su gran pasión–, con
la que becó a los más estrafalarios inventores y construyó sus más pintorescos
prototipos. Otros miembros de la familia, tíos y primos de Solomon, igualmente
forrados, fundaron instituciones parecidas, subvencionando a todo aquél que tuviera
algo interesante que hacer, decir, escribir o estudiar. Fue una constante en la familia
ayudar a quien tuviera méritos sin atender su raza, sexo o religión, algo realmente
valiente y encomiable.
Solomon, por su parte, además de mantener la tradición familiar de ser rico y la
de emplear parte de su riqueza en ayudar a los talentos prometedores, y comoquiera que,
aun después de hacer todo eso, le seguía sobrando una cantidad inconcebible de dinero
para chucherías, había iniciado una colección de arte americano en sus dos aspectos:
arte de los colonizadores y arte autóctono. Fascinado por la leyenda americana y
henchido de amor por los pioneros, estaba orgulloso de su colección, que
constantemente hacía crecer con nuevas adquisiciones.
Contrató a toda clase de expertos en la escurridiza disciplina de la autenticidad
americana (historiadores, críticos de arte, tramperos, buscadores de oro...) y entre todos
ellos se creó un clan estrafalario de asesores para una colección totalmente absurda.
Pero entonces llegó, para rescatar culturalmente al multimillonario, una
fascinante baronesa (supuesta baronesa) europea llamada Hilla Rebay, quien le tomó
bajo su tutela y mando e hizo para él –ya en exclusiva– las funciones de consejera. De
alguna manera consiguió interesar al magnate más allá de lo razonable. La señorita
Rebay fue socavando el amor propio de Solomon inoculándole la cierta pero dolorosa
idea de que su colección tenía cierto interés etnográfico, pero en ningún modo artístico.
Y le acabó convenciendo –al encendido amante de lo americano– de que el auténtico
arte del siglo se hacía en Europa. Así le instó a que iniciara una colección de “arte no
objetivo”, cosa que, hasta ese momento, al señor Solomon R. Guggenheim nunca le
había merecido la menor consideración. ¿Cómo comparar la viciosa composición de
rayas y manchas de colores diversos con la plasmación de la epopeya? Los pegotones de
290
pintura o los hierros retorcidos no le habían suscitado jamás la menor observación, ni
aun jocosa o irónica. Pero a partir de entonces, gracias a la (pretendida) baronesa Rebay,
empezó a apreciar a los Mondrian, Van Doesburg, Kandinsky, Malevitch o Klee.
En cuanto penetró en aquel mundo, descubrió en sí un entusiasmo que jamás
habría podido imaginar. ¿Cómo había podido vivir hasta entonces sin venerar el “arte no
objetivo”? Su colección fue creciendo tan rápida como sabiamente. Empezaba a
entender bastante de arte contemporáneo, pero además tenía a su servicio a los más
grandes expertos (una vez despedidos los anteriores, y ahora todos ellos bajo el mando
férreo de la –¿tal vez?– baronesa Hilla Rebay). Pronto fue un problema la ubicación de
sus obras de arte, que se amontonaban en sótanos, y además se manifestó con ímpetu el
deseo de hacer disfrutar de su fruición a la humanidad entera. Se imponía la institución
de un museo que expusiera la vasta colección y que además ayudara a jóvenes artistas.
Los constructores de nuevos motores de explosión y los estudiosos de los
microorganismos tendrían que acudir a alguno de sus primos o tíos. él ya estaba poseído
por el arte.
El museo se construiría en Nueva York, y para diseñarlo había que recurrir a un
arquitecto tan sublime como los pintores y escultores cuyas obras poseía don Solomon.
Es decir: el propio edificio debía ser una obra más (y acaso la más importante) en la
colección Guggenheim.
Los protagonistas de la colección eran los stijl, los bauhaus y los soviéticos. En
cada una de esas corrientes había más que notables arquitectos. Se pensó
inmediatamente en Gropius, el fundador de la Bauhaus, y en Mies van der Rohe, su
continuador en la escuela. Ambos eran compañeros y cómplices de Klee, Kandinsky y
los demás. Y ambos, afortunadamente, vivían y trabajaban allí mismo. De los stijl
quedaban Oud y Rietveld, que seguían construyendo; pero ahora lo hacían como
podían, sin norte y sin líder, sin criterio. No: los holandeses quedaron descartados de
entrada. Y los rusos ni se tomaron en consideración.
La elección estaba entre Gropius y Mies. Todos los expertos se pronunciaron por
el segundo. Peggy, la nieta del magnate, que también tenía su propia colección de arte,
celebró la elección. Mies la tenía sencillamente fas–ci–na–da.
El abuelo, tras escuchar por enésima vez los encendidos elogios que su nieta le
dedicaba al señor Mies, aprobados complacientemente por la (no se sabe si) baronesa
Hilla Rebay, hizo un gesto con la mano y tomó la palabra, tan decidida y secamente que
no admitía réplica.
291
–Dejaos de alemanes. Tenemos aquí, entre los nuestros, al mejor arquitecto del
siglo.
–¿Quién? ¡No estarás hablando de ese Wright!
–¿Wright? ¡No me digas!
–¿Pero qué tiene que ver el viejo carcamal?
Entonces la (tal vez) baronesa recapacitó. Evitó seguir metiendo la pata y
admitió:
–Bueno; al fin y al cabo Frank Lloyd Wright es el padre de todos ellos. O al
menos eso dicen.
–Eso dice él –puntualizó la nieta despectivamente.
¿Por qué pensó Solomon R. Guggenheim en Wright? El gran viejo le evocaba
varias imágenes simultáneas: la del pionero (otra vez, y esto enlazaba con su antigua
pasión), la del inconformista (¿qué se le podría ocurrir para la gran manzana?), la del
disoluto (al fin y al cabo, el aspecto escabroso no dejaba de tener cierta gracia, e incluso
le hacía merecedor de sus simpatías) y, no menos importante para él, la casual de su
apellido (los hermanos Wright –Wilbur y Orville–, los primeros en construir un ingenio
volador a motor, habían sido los héroes de su difunto padre, quien, tras conocerlos
personalmente, había decidido crear su fundación para el desarrollo de la aeronáutica,
iniciando con ello la labor de mecenazgo de la familia Guggenheim).
–Me parece una buena idea. Al menos no perderemos nada por ir a verle– zanjó
la (posible) baronesa.
–He oído que ahora vive en el desierto.
En los últimos años de su vida, Frank Lloyd Wright trabajaba más que nunca,
consagrado al éxito. El dinero entraba a raudales, a la misma velocidad con que salía. La
flota de coches, la avioneta particular o las colecciones de arte eran ya nada comparadas
con el último capricho de Papá Frank. La permanente dotación y ampliación de su
imperio de Taliesin había culminado ahora con la conquista de una provincia en
Arizona.
Como en Wisconsin los inviernos eran brutales, los Wright habían decidido
construirse otro Taliesin en el desierto; una alucinante sucesión de soportes inclinados
de madera, planos desequilibrados, láminas de agua y petos de piedra que se
ramificaban sobre la aridez sorprendida del terreno, produciendo de nuevo el pasmo del
espacio y el vértigo del paisaje.
292
La temporada de invierno empezaba con una gran caravana desde Taliesin Este a
Taliesin Oeste. Las huestes atravesaban la nación en coches, camiones y carretas, como
una secta de iluminados, con los rostros encendidos, el verbo fácil de prédica siempre a
punto, las manos listas y la mente entregada. La causa de la arquitectura era un circo, un
rebaño pastoreado por el nuevo Caín, una tribu, un clan cavernario. Pasaban tropas y
bagajes, caballos y pianos. Colonizaban el desierto y salían triunfadores de él. Todo el
mundo supo que el más grande arquitecto tenía su cuartel en el páramo y acudieron a
verle y a quedarse anonadados ante el espectáculo increíble.
El gurú triunfaba incontestablemente en todos los campos. Construía más que
nunca, recibía a personalidades fascinadas, escribía, exponía, hablaba. La televisión iba
a ser inventada para él, para que sacudiera a la opinión pública con su fe y su pasión, su
oratoria de predicador de voz profunda y dedos prestos.
Le llamaba gente de todas partes (del pueblo de al lado y de la otra punta del
mundo) suplicando el honor de ser su cliente, dispuestos a pagar lo que fuera, a esperar
lo que hiciera falta por tener una casa suya. Las instituciones no; Wright era el
arquitecto del hombre libre, del individualista, y los burócratas le producían tanta
repugnancia como él a ellos. Una vez, un funcionario poco avisado le llamó para
ofrecerle el proyecto de un edificio federal; se lo habían recomendado, incluso su
nombre ya le sonaba, pero no terminaba de estar seguro; así que le pidió –como era
habitual, por otra parte– un currículum, una referencia, un memorándum para saber con
quién iba a jugarse los cuartos de los contribuyentes. Wright, enormemente fastidiado,
le contestó:
–Si quiere saber de mí acuda a la biblioteca más próxima –y le colgó sin más
pérdida de tiempo.
Siempre había sido soberbio, orgulloso, incluso cuando su testarudez le podía
costar el hambre. Cuánto más ahora. Tenía partidarios en todas partes, que le recibían
con los brazos abiertos y se arracimaban en torno suyo para escucharle. Llegaba a una
nueva ciudad y el periodista local, o el catedrático anfitrión, le preguntaba: “¿qué le
parece nuestra ciudad (o nuestra universidad, o nuestro ayuntamiento, o nuestro lo que
fuera)?”, esperando un comentario amable. El gran monstruo, inasequible como el Dios
de la creación, guiñando un ojo, sonriente, amado, perdonado (y aun aplaudido)
previamente por cualquier grosería, contestaba: “Derríbenla y vuelvan a construirla. Yo
podría ayudarles... en ambas acciones”. Los londinenses, florentinos o neoyorquinos le
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reían la gracia, y soñaban fascinados con un Londres, una Florencia o una Nueva York
construidas por su mano.
“Papá Frank” era ya “el Gran Viejo”. Las expectativas de su vida se habían
cumplido con creces, y habían rebasado incluso las más descabelladas ilusiones que se
hiciera un día su madre.
Su éxito era algo sin precedentes en el dominio de la arquitectura. Si acaso,
podría compararse al de Rafael en la pintura, de quien se dice que seguidores suyos
enfervorecidos le paseaban a hombros por las calles de Florencia. Construyó una tienda
en San Francisco y el día de la inauguración la policía tuvo que cortar la calle por la
aglomeración de gente. (Desde aquella fecha todo el mundo entra en ella sólo para
mirar, y no el género precisamente, con la consiguiente consternación del propietario.
Asimismo, sus casas siguen siendo invadidas a diario –esto quiere decir, textualmente y
sin asomo de exageración, todos los días del año– por curiosos babélicos y políglotos
que sumen a sus moradores en la desesperación).
Dios ahora vivía en el desierto. Sus ángeles clavaban tablas, remachaban chapas,
enlucían y enfoscaban paredes. Y Dios tocaba el piano bajo un calor tan asfixiante que
desafinaba las cuerdas, sobre pieles tiradas al desgaire. Sus eternos Bach y Beethoven
sonaban a nuevo en aquella inconcebible sequedad mientras se iba formando aquel
extraño crustáceo de madera y lona, aquel dragón florido de piedra y hormigón que
valía más que el alma de un hombre, y más que la gloria.
Solomon Guggenheim lo vio. Vio el dragón dormitando, respirando levemente
(las lonas se hinchaban con el viento). Fue una especie de epifanía más allá de la mera
certeza de “éste es mi arquitecto”. Fue un arrebato, una entrega absoluta, un pasmo.
Hilla Rebay (¿dijimos que tal vez ni fuera baronesa ni nada?) le susurró al oído: “¿No
es, sencillamente, fas–ci–nan–te?”
Dios les estrechó la mano, les sentó en el suelo y les habló. La rancia etiqueta de
Guggenheim no se resintió; al contrario: se sentía como un niño de diez años que oyera
a un encantador de serpientes, o a un Simbad contando sus aventuras sobrehumanas.
Del mismo modo, Hilla Rebay (a lo mejor sí que era baronesa) estaba, sencillamente,
fas–ci–na–da.
De la reunión salió un encargo y un cheque de diez mil dólares como provisión
de fondos. Al fin Dios iba a tener un templo en Nueva York.
Cuando todo iba así de bien, se pronunció la Corte Suprema de Wisconsin sobre
un espinoso asunto que venía de largo. La inspección fiscal sostenía que Taliesin no era
294
una institución educativa, y por lo tanto no tenía derecho a acogerse a los beneficios
fiscales de aquéllas, como venía haciendo desde su fundación. No sólo no había examen
de ingreso, ni cursos programados, ni se extendía título alguno, sino que además los
“alumnos” trabajaban en proyectos reales que proporcionaban pingües beneficios. El
supuesto centro de enseñanza carecía, desde luego, de cualquier reconocimiento
académico. Cuando un aprendiz se marchaba, Wright le extendía un certificado personal
–una carta de recomendación más bien– que era muy apreciado por numerosos
arquitectos y clientes, pero que, desde luego, no tenía ningún valor oficial.
En cuanto se pronunció la Corte Suprema, ratificando el diagnóstico del fisco, el
Condado de Iowa le presentó una liquidación por dieciocho mil dólares, en concepto de
impuestos atrasados. Una suma que, obviamente, el genio no tenía. Él, que cobraba
hasta diez mil dólares como anticipo sólo por cerrar un trato, y ahora tenía tantos como
quería, no sólo no tenía dieciocho mil dólares, sino ni la mitad, ni la tercera parte. El
centro neurálgico de la más excelsa arquitectura del planeta volvía a estar amenazado de
embargo.
Wright dijo que arrasaría Taliesin y les dejaría a los burócratas el terreno asolado
para que se apoderaran de él. Lo decía en serio. Tenía ochenta y cinco años y ya había
soportado suficientes problemas, estrecheces, apuros de todo tipo como para resistir
ahora, cuando la gloria definitiva le inundaba, cuando la muerte se le acercaba generosa
y benéfica, que las sombras de la desolación, que él ya creía definitivamente olvidadas,
le volvieran a abrumar. ¿Tendría que soportar más embargos, más ruinas, más cárcel?
Ahora ya no se sentía capaz.
Estando así las cosas, Edgar Tafel, uno de sus discípulos más conspicuos, le
comunicó su deseo de marcharse. Era, sencillamente, que consideraba que había llegado
el momento de volar solo. Había venido a Taliesin hacía diez años con la idea de estar
uno o, a lo sumo, dos, y se había debatido una y otra vez entre el deseo de trabajar como
arquitecto independiente y la veneración hacia el maestro. Ésta última había vencido
nueve años seguidos, pero ya tenía que terminar. Tenía que volver a Nueva York y
trabajar por su cuenta: Era un arquitecto; Wright le había enseñado a serlo. El maestro
no lo quiso entender; se lo tomó muy a mal. Le apreciaba sinceramente, y lo consideró
como una especie de traición, ahora que se sentía tan desanimado. Edgar quiso aclarar
las cosas, explicarle que aquello no tenía nada que ver, que era lícito intentar buscarse la
vida, cosa de la que, por otra parte, habían hablado repetidamente. Pero la testarudez del
maestro, una vez más, supo estropear y amargar una relación amistosa con una escena
295
absurda. Al final Tafel se fue, pero no sólo sin las bendiciones de Wright, sino con
malas palabras.
Wright vivía momentos muy amargos. Lo que no habían conseguido los
asesinatos, las cuasi–excomuniones, las batallas matrimoniales ni la cárcel lo iba a
lograr ahora la reclamación del fisco. Era mucho dinero, pero nada que Wright no fuera
capaz de conseguir en un plazo mediano con sólo apartar para ese fin una pequeña parte
del dinero que entraba a espuertas en Taliesin.
No lo vio así. Lo único que le dio por pensar fue que su sueño pedagógico, su
secta de caballeros templarios de la arquitectura, su batallón espiritual, no era nada.
Nadie lo quería admitir. No se lo reconocían. E incluso le multaban por haber
pretendido enseñar. Le castigaban por haber querido rodearse de jóvenes para
transmitirles su mensaje. Su gran sueño se deshacía. Ahora se sentía viejo, moribundo, y
no le bastaba con dejar más de cuatrocientos edificios construidos, sino que necesitaba
dejar una semilla, un seminario. Y se lo destruían.
Estuvo a punto de envainar la hoja.
La solución, tanto económica como afectiva, vino de la mano de Cary Caraway,
un arquitecto de Chicago, ex miembro de Taliesin, que se despertó de madrugada.
Estaba embotado y aún no sabía si seguía soñando. La idea, pese a todo, le parecía
buena: Organizar una cena homenaje a la que acudieran tantas personas como fuera
posible para testimoniarle al genio su admiración y su apoyo, pagando de paso tan
generosamente el cubierto que la deuda con el Condado de Iowa quedara saldada.
296


5


La sala del banquete estaba llena. A pesar del intenso frío que hacía en Madison
la noche del diez de febrero de mil novecientos cincuenta y cinco, la gente había
acudido en masa. Amigos y admiradores del arquitecto, viejos y nuevos clientes,
políticos, artistas y personas anónimas se dieron cita para ayudar al gran genio a salir
del apuro. Gente que ganaba veinticinco dólares a la semana había pagado ciento
cincuenta por un cubierto, para echar una mano a quien podía ganar y gastarse diez mil
dólares con un solo gesto.
Tras los postres le llevaron una especie de cheque chabacano, un tarjetón
simbólico y enorme con la cifra (más que suficiente) de lo que se había logrado reunir.
Wright se levantó con la cartulina en las manos, exhibiéndola como corresponde en
estas ceremonias. Estaba muy emocionado. Vio a una muchedumbre que le miraba con
veneración, esperando que dijera unas palabras. Su voz recia y bien timbrada por una
vez estuvo a punto de fallarle.
–”Un amigo fiel es poderoso protector; el que lo encuentra halla un tesoro”–
citó–. Soy muy feliz por tener tantos tesoros.
No pudo seguir hablando por el momento. Siguió de pie, esperando que se le
pasara la emoción que atenazaba su garganta. Estaba a punto de llorar. Dejó pasar unos
instantes y, cuando pudo, siguió.
–Agradezco profundamente a la Corte Suprema de Wisconsin su resolución,
gracias a la cual he podido comprobar cuántos y qué buenos amigos tengo.
Recordó entonces la escena final de ¡Qué bello es vivir!, de su amigo y tocayo
Frank Capra, y descubrió –tal vez por su estado exaltado no exento de etilismo– una
relación entre la película y su propia vida en la que nunca antes, en todas las veces que
la había visto en el cine de Taliesin, había reparado.
Esa película –ahora lo veía claramente– era su otra vida. Qué habría pasado si él
no se hubiera escapado de Madison, si hubiera seguido trabajando allí, a las órdenes del
señor Conover. Qué habría sido si él hubiera renunciado, como Jimmy Stewart, a su
ambición. No hubiera sido nunca arquitecto, desde luego, pero tal vez habría sido más
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feliz. No; Jimmy Stewart no era feliz en la película. El dilema de la vida: hacer caso a
uno mismo o a los que te rodean. Negarse a sí mismo para hacer familia o no pensar en
nadie.
Había bebido más de lo aconsejable. Demasiadas emociones. Entre las brumas
buscaba a Frank Capra para preguntárselo. ¿No había venido? Tenía que estar por ahí.
En cuanto le viera se lo preguntaría, aunque cada vez le hacía menos falta: estaba ya
casi seguro de que la película había sido inspirada en él, para hacer su contrahistoria. ¿Y
qué se creía, entonces, el italiano? ¿Qué se había creído ese imbécil?

Desde hacía muchos años Wright estaba obsesionado con una estructura. La
había utilizado muchas veces en proyectos que no se habían hecho realidad, y sentía
dolorosamente que nunca iba a poder construirla. El encargo Guggenheim le animó a
volver a intentarlo. Sí; realmente parecía como si ese helicoide–zigurat que arrastraba
desde entonces hubiera sido concebido precisamente para un museo. Hizo dibujos y más
dibujos de su sacacorchos metafísico, y puso a sus aprendices a trabajar en una maqueta
desmontable para que los clientes vieran en ella su pasmosa idea espacial.
Solomon Guggenheim vino a Taliesin con su inseparable Hilla von Rebay (ahora
se había puesto el von. No sé, no sé. Para mí que eso es una prueba más de que no era
auténtica, aunque quién sabe). El multimillonario, al ver los dibujos y la maqueta, le
dijo a su arquitecto:
–Señor Wright, le confieso que he acudido aquí muy expectante. Sabía que usted
habría diseñado algo especial, y no paraba de dar vueltas a la cabeza intentando
imaginarlo, aunque estaba seguro de que nunca sería capaz de adivinarlo. Esto que usted
nos ha mostrado es más de lo que yo nunca podría haber esperado. Es... formidable.
–¡Fan–tás–ti–co! –selló la von Rebay.
Pero la cosa no iba a ser tan fácil. Con ese primer diseño comenzó una larga
cadena de problemas. Las ordenanzas de Nueva York no contemplaban nada parecido
(un edificio del que ni siquiera se podía decir exactamente el número de plantas), la
ubicación era muy delicada, los asesores de la colección Guggenheim no creían que ese
espacio fuera apto para exponer las obras... En definitiva, una larga lista de pejigueras;
más o menos como siempre. Wright estaba encantado. Esto era lo suyo. Durante diez
largos años (desde sus ochenta hasta sus noventa) libró batalla, y finalmente la ganó; la
última.
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A las primeras escaramuzas, Peggy, la nieta, se encomendó por su cuenta a su
admirado Mies van der Rohe. Le explicó cómo su abuelo se había emperrado en Wright,
y cómo el viejo chulo les estaba llenando de complicaciones. Seguramente el señor
Mies podría hacer unos diseños, que ella se encargaría de defender ante el abuelo y su
amiga la (no se sabe si) baronesa. Argumentos no le faltarían para defender al arquitecto
que, en definitiva, estaba en la órbita de Mondrian, Klee y Kandinsky, había convivido
con ellos y era, arquitectónicamente, la expresión de su pintura.
Mies van der Rohe le dijo que se lo agradecía mucho, pero que no podía aceptar
su ofrecimiento. “Nunca competiré contra el señor Wright”.
Peggy se llevó un buen disgusto, pero su admiración por Mies creció aún más
con este gesto; tanto como su antipatía hacia Wright, que cuando se enteró del detalle lo
comentó injustamente: “Ese Mies no se atreve a enfrentarse a mí. La comparación le
cubriría de ridículo”.
La fe de sus clientes fue inquebrantable, y su paciencia de diez años se vio
finalmente recompensada con la autorización municipal.
Para obtener la licencia hubo que negociar, transigir, modificar detalles, alterar
esquemas. La virtud de Wright era no desanimarse con esas cosas. Al revés: mejorar y
mejorar con cada nueva modificación. Ser fiel a su idea primigenia y ser flexible con las
imposiciones, de manera que éstas incluso mejoraban aquélla, de modo que se puede
decir que el edificio que hoy vemos en Nueva York es el mejor de entre la larga serie de
versiones recogida en los libros.
La definitiva de todas ellas viajó desde Taliesin a Nueva York en las manos de
Bob Mosher, aprendiz de los de la vieja guardia, que no pudo resistir la tentación de ir a
enseñársela a su antiguo compañero Edgar antes de depositarla en la oficina del
Comisionado de Edificación.
En el portal, la consabida placa de bronce: “Edgar Tafel. Arquitecto”, le llenó a
Bob de emoción y de nostalgia. Subió la escalera con el sagrado rollo de planos bajo el
brazo. Llamó al timbre.
Edgar se llevó la gran sorpresa. Se abrazaron, charlaron de los viejos tiempos, y
del futuro. Edgar era un arquitecto mediocre, que nunca haría como arquitecto
independiente nada ni remotamente parecido a los proyectos y obras en los que había
participado en Taliesin, pero que estaba contento en definitiva.
–Nunca seremos Wright –certificó Edgar–. Ni la centésima parte de él. Esa es la
cuestión. Entonces qué más da trabajar a su sombra que por libre.
299
–Por eso mismo. Entre la posibilidad de firmar obras rutinarias o la de participar,
aunque sea de forma anónima, en esas obras de arte... no hay color.
–Entiéndeme, Bob. Yo estoy orgulloso de haber pertenecido a Taliesin. Es la
mejor experiencia de mi vida. Es sólo que no se puede estar así para siempre. Ya está.
Se acabó. ¿Me entiendes?
–Sí. Pero no todos pensamos como tú.
–Y, dime, Bob. ¿Qué haréis cuando él...?
–Taliesin es una comunidad.
–No. Taliesin es Frank Lloyd Wright.
–Bueno; dejémoslo. Es mejor no pensar en eso.
–Ni lo queréis pensar ahora ni lo querréis saber cuando ocurra. Seguiréis
haciendo edificios wrightianos, repitiendo y repitiendo esquemas sobre los que él nunca
habría vuelto, sin querer saber que estáis solos. Yo ahora sé que estoy solo. Yo ya sé
que soy un huérfano. Pero es que no hay solución. Es lo mismo.
–Bueno, venga. A otra cosa. ¿Quieres ver una bomba? –y Bob se dispuso a
desenrollar los planos.
Edgar había oído hablar del Guggenheim, había leído algún comentario del
maestro sobre su nuevo edificio –incluso había salido por televisión explicándolo–, pero
hasta ese momento no había visto un solo dibujo, y no conseguía hacerse una idea por
más que el autor lo había contado tan elocuentemente.
Cuando estuvieron los planos extendidos sobre los tableros del estudio, Edgar se
sumergió en ellos en silencio. A la sorpresa de las plantas (de la única planta desplegada
o desenrollada, podríamos decir) se unió la de la sección, tan pasmosa. Al fin pudo
articular palabra.
–El viejo lo ha hecho. ¡Lo ha vuelto a hacer!
Efectivamente. Una vez más había salido por donde nadie le esperaba. Había
vuelto a fintar, a rizar el rizo, a retorcer el espacio. A eso se refería Tafel. Nadie podía
seguirle. Wright no podía tener seguidores. Lo suyo no se podía enseñar. La Comunidad
Taliesin seguiría tras su muerte (y aún sigue, y seguirá durante muchos años), pero,
anclada en la imitación de lo ya hecho, no volvería a producir un solo edificio
novedoso, cuando para el maestro cada nuevo encargo era una sorprendente nueva
explosión.
Estaban en ésas Tafel y Mosher cuando llamó a la puerta un cliente de aquél. Era
George Cohen, el propietario de la modesta Constructora Euclides, y venía a ver qué tal
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iban unas viviendas de hormigón –material en el que, dentro de su escasa envergadura,
su empresa era experta– que le había encargado a su arquitecto. No pudo evitar mirar
los planos extendidos, y se excitó muchísimo.
–¿Son suyos, señor Tafel?
–¿Míos? ¡No, cielos! ¡Qué más quisiera yo! Son de Frank Lloyd Wright. Es el
Museo Guggenheim. Va a construirse aquí, en Nueva York.
–¡Todo de hormigón visto! ¡Qué maravilla! ¿Y tienen ya constructor? ¿Puede
usted ayudarme? ¿Puede presentarme al señor Wright? ¿Puedo dar presupuesto?
–Me temo que debe de haber peces muy gordos en la charca.
Edgar Tafel tuvo la oportunidad de despedirse de su maestro pocas semanas
después. Para él fue una impagable sorpresa que, tras su despedida de Taliesin, tan
amarga, Wright le mandara llamar. El maestro estaba en Nueva York, alojado en el
Hotel Plaza (curiosamente, era un edificio que le gustaba), y desde su suite le llamó por
teléfono. Era sábado, y eran las siete de la mañana.
–¡Hola, señor Wright! ¿Cómo está usted?
–Tocado, pero aún en el ring. Edgar, ¿dónde está su experto en hormigón?
Así que era eso, pensó decepcionado Edgar Tafel. No le llamaba por el placer de
saludarle, sino por interés. Bob le habría contado, tal vez por burla, lo entusiasmado que
se puso ese pequeño constructor ante un edificio tan excelso, y, por las razones que
fueran, al arquitecto le apetecía conocerle. Tafel le facilitó su teléfono, y ya ensayaba la
desencantada despedida cuando su maestro le pidió:
–¿Tendría la bondad de venir a ver a este pobre anciano?
Edgar Tafel fue a visitarle con su tocayo y ex compañero de Taliesin Edgar
Kaufmann (el hijo del dueño de la casa de la cascada), que también vivía en Nueva
York. El encanto del viejo les volvió a transportar al mundo de la nostalgia y de la
alegría. Charlaron durante horas; volvieron a ser por ese rato una familia, dos hermanos
con su padre. Finalmente, Wright se sacó del bolsillo un pequeño mazo de fotografías
de estudio –como lo haría un actor o un cantante–, apartó dos y se las dedicó.
Cada uno tomó la suya y la miró con extraña sensación. Era un buen retrato, que
mostraba la elegancia y la penetrante mirada del genio, y fue la reliquia de su último
encuentro.

George N. Cohen apareció en la suite aquella misma mañana. El arquitecto le
dijo sin ambages que ya habían recurrido a constructoras más fuertes, y que la oferta
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más baja doblaba el presupuesto previsto. Entonces Wright se acordó del hombre
hormigón, como burlonamente le había llamado Bob, y le pedía que le ofreciera hacer
ese edificio por el precio señalado por él.
–¿Entonces, es usted un experto en hormigón?
–No, señor Wright. Quiero hacerlo para aprender de usted.
–Usted es mi hombre.
George hizo honor a esa afirmación, y construyó el edificio pulcra y
concienzudamente, y sin salirse del presupuesto.
Faltaba poco para terminar la obra y una mañana en la que el Gran Viejo asistió,
el constructor se le acercó, como siempre, humildemente.
–Señor Wright; eh... Quisiera pedirle... A ver a usted qué le parece...
–Diga, diga.
–Que si sería posible que, una vez acabado el edificio, junto a su nombre
apareciera, debajo, más pequeño, el de Constructora Euclides. Como una firma, ya ve.
–¡Ja, ja, ja! Este edificio es verdaderamente poco euclidiano como para que
aparezca el nombre de su empresa. No. Fírmelo usted con su nombre: George Cohen. Es
usted el que lo ha hecho, y lo ha hecho bien; ya lo creo que merece firmar su obra. Pero
es su obra, la de usted. Olvídese de nombres comerciales o corporativos. Yo creo en la
persona, en el individuo. Cuando nos hayamos ido, nadie recordará el nombre de una
compañía.
–Ni el mío, señor Wright, si vamos a eso. El de usted sí, claro, el de usted es
imborrable.
–Aún así, ponga su nombre. Es mejor que la gente recuerde a George Cohen que
a la Constructora Euclides. Al fin y al cabo, hacemos las cosas para que nos recuerden,
¿no? –dijo el moribundo–. La Constructora no es nadie; no tiene ambición, ni vanidad
ni orgullo, ni, sobre todo, ansia de inmortalidad. Usted sí. Usted es un hombre.
Frank Lloyd Wright no vivió, por semanas, para ver terminado el Museo
Guggenheim. Cuando llegó el momento, el constructor grabó en el hormigón, al lado
del acceso principal, el cuadrado rojo que era el anagrama del Gran Viejo, con su
nombre, y, debajo, con letra más pequeña, el suyo: George H. Cohen. Constructor.

–Estoy cansado. No más entrevistas.
–De acuerdo, señor Wright. Pero permítame al menos verle trabajar, mirar por
aquí. Le prometo que no le molestaré. En vez de una entrevista publicaré un reportaje.
302
–No parece usted una periodista.
–No lo soy. Soy profesora de arte, y este reportaje será para la revista de la
Universidad de Arizona.
–Profesora... Mi madre también era profesora. Pase usted.
Entraron en el despacho del arquitecto. La señorita Louise Elliot Rago, que
estaba estupefacta ante la extraordinaria maravilla de Taliesin Oeste, se quedó ya
totalmente encantada en el despacho. Era un sitio indescriptible, en el que se sentía una
profunda paz. La luz lo inundaba todo; el espacio interior fluía al exterior y viceversa,
creando una comunión de formas, colores y geometrías. La profesora conocía bien las
obras de Wright por fotografías, pero la sensación espacial, vertiginosa y embriagadora,
era imposible de transmitir.
Hablaron de la enseñanza, de la infancia, de la vejez y de la vida. Y todo eso,
con Wright, era hablar siempre de arquitectura. Porque para Frank Lloyd Wright la
arquitectura era pulsión vital solidificada, amor y libertad, ansia, alegría y paz.
Hablaron durante dos horas, y al fin el arquitecto, disculpándose, dio por
terminada la entrevista.
–Estoy muy cansado.
Por las ventanas de su despacho entraba el sol a raudales, y los pájaros parecían
querer saludarle, tan insistente y descaradamente piaban en el mismo alféizar. Cuando la
profesora Rago le dejó, le miró con envidia. Ahí estaba, ajeno a todo, dándole la
espalda, sumergido en su mundo y entregado a su pasión, escuchando a los pájaros
mientras afilaba un lápiz. Luego pareció cambiar de idea. Dejó el lápiz sobre una mesa
y abrió un cajón, del que extrajo una caja de madera de arce. La profesora cerró la
puerta sin ruido para no profanar la sagrada paz, y se fue con envidia.
La siguiente persona que abrió esa puerta le encontró en el suelo, retorciéndose
de dolor. Por todas partes había figuras de Froebel desparramadas.

Esto ocurrió el sábado cuatro de abril de mil novecientos cincuenta y nueve. El
lunes seis, los cirujanos del Hospital de San José, en Phoenix, le operaron de una
oclusión intestinal. La operación salió bastante bien, y el paciente empezó a recuperarse
satisfactoriamente. Vio en la tele (casualidad) otra vez la película ¡Qué Bello es Vivir!, y
otra vez creyó adivinar una suerte de historia contraria a la suya. Elucubró de nuevo con
la idea de haber llevado otra vida. Qué hubiera sido de él. En cualquier caso, eso le puso
de muy buen humor. Pero el jueves nueve empeoró repentinamente y murió.
303

Wright fue enterrado, en una ceremonia tan pintoresca, grandilocuente y
escenográfica como cabía esperar, el domingo día doce de abril de mil novecientos
cincuenta y nueve en el cementerio de la iglesia familiar de Spring Green. Su viuda,
Olgivanna, su hija, Iovanna, y sus aprendices, anunciaron que continuarían su labor, que
seguirían trabajando en Taliesin.

Olgivanna mandó quitar la ajada lápida de la tumba de Mamah y poner una
nueva, que decía:











En la que quedaba claro, sobre todo, el apellido Cheney que Frank siempre había
negado. “Yo me enamoré de Mamah Borthwick; no de la señora Cheney”.
Así ponía las cosas en su sitio.
Y mandó poner otra en la tumba de su marido: “FRANK LLOYD WRIGHT,
1867–1959. El amor de una idea es el amor de Dios”, con lo que perpetuaba la
falsificación de edad que Frank –siempre apoyado y guiado por ella– había cometido en
su Autobiografía, haciéndose nacer dos años antes sin otro fin que el de hacer ver que
no era un analfabeto, que no se había largado de su casa y de la universidad a los
diecisiete años, a mitad del segundo curso de ingeniería, sino dos cursos después, y que,
en definitiva, no era un pobre paleto sin estudios, ni un gañán.
Olgivanna miró su obra. Las aguas iban por su cauce, y ella se encargaría a partir
de ahora de que no se desmandaran.

MAMAH
BORTHWICK

C H E N E Y
1869 1914
304
Epílogo


En aquella soleada mañana de primavera del año 1970 Oak Park se seguía
mostrando tan hermoso como siempre. Era un barrio realmente encantador, lleno de
flores y de árboles, de casas hermosas replegadas tras un manto de hierba. El tráfico no
era muy intenso, y aún se podía seguir disfrutando del paseo tranquilo por las calles,
bajo los robles que le daban nombre.
Dos hombres, uno anciano y el otro en la edad madura, subidos a un andamio,
inspeccionaban los desperfectos que sesenta y seis años de edad habían causado en la
soberbia Iglesia Unitaria. El viejo veía más allá de la suciedad y de las fisuras del
hormigón: Veía a su padre dibujando los planos mientras él emborronaba papeles a su
lado; veía a su atormentada madre llorando, escribiéndole aquella postal a Berlín, cuyo
anverso era la foto de esta iglesia; se veía a sí mismo saliendo enfurecido del templo
aquel domingo infausto. El más joven (o, mejor, el menos viejo), fascinado por el genio
abrumador de su abuelo, cavilaba la manera de limpiar y remozar el edificio sin quitarle
un ápice de potencia.
La comunidad unitaria había encontrado al fin un benefactor: Edgar Kaufmann,
ex–aprendiz de Taliesin, hijo del dueño de la legendaria Casa de la Cascada, quien,
considerándose indigno de afrontar la obra, había gestionado el encargo en favor del
primogénito del genio.
–Papá, esto es... Esto es...
–Grandioso.
–Sí –dijo Eric Wright resoplando–. No sé por dónde empezar.
–¡Ja, ja! No te apures. Hagamos lo que hagamos no podremos con él.
–¿Con él?
–Con el abuelo. Desde ahí arriba... (O desde abajo)... nos dirigirá. No permitirá
que estropeemos su obra.
–Estará moviendo sus influencias, ¿no? –preguntó Eric, divertido.
–Eso si no se ha hecho ya el amo.


Madrid y Seseña Nuevo (Toledo), 1992–1997

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