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LUIS HERNANDO MUTIS IBARRA

Página Web: www.D10Z.com

IV Congreso Internacional
de la Lengua Española
Cartagena de Indias (Departamento de Bolívar, República de
Colombia)
Marzo 26 al 30 del 2007

COMPILACIÓN
Discursos (Compilación) 2 Luis Hernando Mutis Ibarra

República de Colombia
Departamento de Nariño
Municipio de pasto

DISCURSOS DEL IV CONGRESO


INTERNACIONAL DE LA LENGUA
ESPAÑOLA

Cartagena de Indias
(Departamento de Bolívar, República de Colombia)
Marzo 26 al 30 del 2007

CONTENIDO

1. Discurso de Gabriel García Márquez: En su homenaje en Cartagena durante


la jornada inaugural del IV congreso internacional de la lengua española
2. Discursos de Carlos Fuentes
2.1. Para darle nombre a América
2.2. Discurso en el III congreso internacional de lengua castellana
3. Discursos del periodista Juan Gossain, Director de RCN (Radio Cadena
Nacional)
3.1. La lengua española y el universo.
3.2. De gallinas y verbos.
Discursos (Compilación) 3 Luis Hernando Mutis Ibarra

1. DISCURSO DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ1


EN SU HOMENAJE EN CARTAGENA DURANTE LA JORNADA INAUGURAL
DEL IV CONGRESO INTERNACIONAL DE LA LENGUA ESPAÑOLA

"Ni en el más delirante de mis sueños,


en los días en que escribía Cien Años de
Soledad, llegué a imaginar que podría asistir a
este acto para sustentar la edición de un
millón de ejemplares. Pensar que un millón de
personas pudieran leer algo escrito en la
soledad de mi cuarto, con 28 letras del
alfabeto y dos dedos como todo arsenal,
parecería a todas luces una locura.
Hoy las academias de la lengua lo hacen
con un gesto hacia una novela que ha pasado
ante los ojos de cincuenta veces un millón de
lectores, y hacia un artesano, insomne como yo, que no sale de su sorpresa
por todo lo que le ha sucedido.
Pero no se trata ni puede tratarse de un reconocimiento a un escritor.
Este milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme
de personas dispuestas a leer historias en lengua castellana, y por lo tanto un
millón de ejemplares de Cien Años de Soledad no son un millón de homenajes
al escritor que hoy recibe, sonrojado, el primer libro de este tiraje descomunal.
Es la demostración de que hay millones de lectores de textos en lengua
castellana esperando, hambrientos, de este alimento. No sé a qué horas
sucedió todo. Sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy,
no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos los días, sentarme
frente a un teclado, para llenar una página en blanco o una pantalla vacía del
computador, con la única misión de escribir una historia aún no contada por
nadie, que le haga más feliz la vida a un lector inexistente.
En mi rutina de escribir, nada he cambiado desde entonces. Nunca he
visto nada distinto que mis dos dedos índices golpeando, una a una y a un
buen ritmo, las 28 letras del alfabeto inmodificado que he tenido ante mis ojos
durante estos setenta y pico de años.
Hoy me tocó levantar la cabeza para asistir a este homenaje, que
agradezco, y no puedo hacer otra cosa que detenerme a pensar qué es lo que

1
Discurso pronunciado en Cartagena de Indias (Colombia), el 26 de marzo del 2007, en el marco de la jornada
inaugural del IV Congreso Internacional de Lengua Castellana, con motivo de su homenaje por sus 80 años de vida
cumplidos el 6 de mazo del mismo año.
Discursos (Compilación) 4 Luis Hernando Mutis Ibarra

me ha sucedido. Lo que veo es que el lector inexistente de mi página en


blanco, es hoy una descomunal muchedumbre, hambrienta de lectura, de
textos en lengua castellana.
Los lectores de Cien Años de Soledad son hoy una comunidad que si
viviera en un mismo pedazo de tierra, sería uno de los veinte países más
poblados del mundo. No se trata de una afirmación jactanciosa. Al contrario,
quiero apenas mostrar que ahí está una gigantesca cantidad de personas que
han demostrado con su hábito de lectura que tienen un alma abierta para ser
llenada con mensajes en castellano.
El desafío es para todos los escritores, todos los poetas, narradores y
educadores de nuestra lengua, para alimentar esa sed y multiplicar esta
muchedumbre, verdadera razón de ser de nuestro oficio y, por supuesto, de
nosotros mismos.
A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, me
senté ante la máquina de escribir y empecé: "Muchos años después, frente al
pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar
aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo".
No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia
dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir ni un solo
día durante 18 meses, hasta que terminé el libro.
Parecerá mentira, pero uno de mis problemas más apremiantes era el
papel para la máquina de escribir. Tenía la mala educación de creer que los
errores de mecanografía, de lenguaje o de gramática, eran en realidad errores
de creación, y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al canasto
de la basura para empezar de nuevo. Con el ritmo que había adquirido en un
año de práctica, calculé que me costaría unos seis meses de mañanas diarias
para terminar.
Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, era una mecanógrafa de poetas y
cineastas que había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos,
entre ellos "La región más transparente", de Carlos Fuentes; "Pedro Páramo",
de Juan Rulfo, y varios guiones originales de don Luis Buñuel.
Cuando le propuse que me sacara en limpio la versión final, la novela era
un borrador acribillado de remiendos, primero en tinta negra y después en
tinta roja, para evitar confusiones. Pero eso no era nada para una mujer
acostumbrada a todo en una jaula de locos.
Pocos años después, Pera me confesó que cuando llevaba a su casa la
última versión corregida por mí, resbaló al bajarse del autobús, con un
aguacero diluvial, y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle.
Las recogió, empapadas y casi ilegibles, con la ayuda de otros pasajeros, y las
secó en su casa, hoja por hoja, con una plancha de ropa.
Lo que podía ser motivo de otro libro mejor, sería cómo sobrevivimos
Mercedes y yo, con nuestros dos hijos, durante ese tiempo en que no gané
ningún centavo por ninguna parte. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante
esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa.
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Habíamos resistido a la tentación de los préstamos con interés, hasta


que nos amarramos el corazón y emprendimos nuestras primeras incursiones
al Monte de Piedad.
Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que
apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de
los años. El experto las examinó con un rigor de cirujano, pasó y revisó con su
ojo mágico los diamantes de los aretes, las esmeraldas del collar, los rubíes de
las sortijas, y al final nos los devolvió con una larga verónica de novillero:
"Todo esto es puro vidrio".
En los momentos de dificultades mayores, Mercedes hizo sus cuentas
astrales y le dijo a su paciente casero, sin el mínimo temblor en la voz:
"Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses".
"Perdone señora –le contestó el
propietario, ¿se da cuenta de que entonces
será una suma enorme?".
"Me doy cuenta –dijo Mercedes,
impasible–, pero entonces lo tendremos todo
resuelto, esté tranquilo".
Al buen licenciado, que era un alto
funcionario del Estado y uno de los hombres
más elegantes y pacientes que habíamos
conocido, tampoco le tembló la voz para
contestar: "Muy bien, señora, con su palabra
me basta". Y sacó sus cuentas mortales: "La
espero el 7 de septiembre (sic)".
Por fin, a principios de agosto de 1966,
Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos
de la ciudad de México, para enviar a Buenos
Aires la versión terminada de Cien Años de Soledad, un paquete de 590
cuartillas escritas a máquina, a doble espacio y en papel ordinario y dirigidas a
Francisco Porrúa, director literario de la editorial Suramericana.
El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos
mentales y dijo: "Son 82 pesos". Mercedes contó los billetes y las monedas
sueltas que le quedaban en la cartera, y se enfrentó a la realidad: "Sólo
tenemos 53".
Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una
a Buenos Aires, sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para
mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos
mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el
dinero para mandarla, ya Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial
Suramericana, ansioso de leer la primera mitad del libro, nos anticipó dinero
para que pudiéramos enviarla.
Fue así como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy.

Muchas gracias".
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2. DISCURSOS DE CARLOS FUENTES

2.1. PARA DARLE NOMBRE A AMÉRICA2

Conocí a Gabriel García Márquez allá por el 1962, en la ciudad de México


y en la calle de Córdoba 48, una casa llamada «La Mansión de Drácula» por su
evidente aspecto transilvánico y sede de la compañía productora de cine de
Manuel Barbachano Ponce.
Barbachano Ponce era un rotundo y energético yucateco, miembro de la
llamada «casta Divina» que dominó largo tiempo a la península maya con
vastas plantaciones de henequén y trabajo feudal. Desposeídos por la
Revolución mexicana y en particular por las medidas del gobierno socialista de
Felipe Carrillo Puerto, los Barbachano debieron encontrar otras hacendosas
ocupaciones en la hotelería, el turismo y el cine.
Manolo Barbachano renovó en su momento el lánguido cine comercial de
México, cimbrado apenas por las trepidaciones bailables de «Tongolele»,
Ninón Sevilla y María Antonieta Pons, nuestras caribeñas rumberas oficiales.
Barbachano apostó a un cine documental y cuasi documental, directo, sin
adornos, en blanco y negro: Torero, una experiencia de cine-verdad en torno al
diestro Luis Procuna; Raíces, la adaptación de varios cuentos rurales del
escritor Francisco Rojas González, y, finalmente, Nazarín, la película con la que
Luis Buñuel volvió a cegar la pantalla, después de un indeseado e indeseable
asueto comercial, con las navajas de Aragón y los tambores de Calanda.
La historia de Pérez Galdós fue adaptada por otro español, el guionista
Julio Alejandro, y situada en un México agrario y agreste donde el cura Nazario
intenta hacer el bien, provoca el mal y recibe como recompensa una
inmanejable piña. Digo con esto que al llegar a México a principios de los
sesenta, Gabriel García Márquez fue recibido —en La Mansión de Drácula— por
2
Discurso pronunciado durante la jornada inaugural del IV Congreso Internacional de la Lengua Española, realizado
en Cartagena de indias el 26 de marzo de 2007.
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un equipo que incluía a los republicanos españoles Federico Américo,


productor de la vieja CIFESA, Carlos Velo, que en España realizó un memorable
documental sobre El Escorial, y Jaime Muñoz de Baena, un seductor señorito
madrileño de agudo ingenio y modas británicas. A ellos se unía muy
señaladamente Álvaro Mutis, el escritor colombiano, que fue quien me
presentó, en Córdoba 48, al recién llegado Gabriel García Márquez, al cual yo
ya conocía, desde luego, como el joven escritor de La hojarasca, un libro de
apariencia rústica y entraña nobilísima, pues de él, me parece, surge el
universo creador de García Márquez. Yo había editado en los años cincuenta
una Revista Mexicana de Literatura que se correspondía, en Bogotá, con la
mítica revista Mito, dirigida por Jorge Gaitán Durán.
Entre Mutis y Gaitán, me fue dado ir publicando los cuentos de García
Márquez, cada uno más maravilloso que el anterior, porque cada uno contenía
al anterior y anunciaba al siguiente: «Monólogo de Isabel viendo llover en
Macondo» y «Un día después del sábado» conducían a El coronel no tiene
quien le escriba y a La mala hora, pero también prolongaban, como el eco del
mar dentro de un caracol, los inquietantes pórticos de pasados relatos de
Gabo. «La tercera resignación», «Eva está dentro de su gato», «Tubal-Caín
forja una estrella», «Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles» y «Ojos de
perro azul»..., títulos que eran nombres, nombres que eran bautizos, nombres
de misterio y amor que se pronosticaban a sí mismos como arte y artificio,
naturaleza y natividad, profecía y advertencia, recuerdo y olvido, vigilia y
sueño.
Todo ello me impulsaba, con un movimiento del corazón, a conocer al
autor que nombró esos cuentos, al artífice que los soñó: aquí estaba, en
Córdoba 48, tal y como años más tarde lo describiría, en sus memorias, el
presidente François Mitterrand, como «un hombre parecido a su obra: sólido,
sonriente, silencioso..., dueño de un desierto de silencio como solo las selvas
tropicales pueden crear». «Desde que leí Cien años de soledad —añade
Mitterrand— la obra me ha embrujado». Seguramente un hombre tan
perspicaz como este francés esencial, que por serlo jamás dijo una tontería,
leyó en Cien años lo que muchos más vimos desde las páginas sin árbol de La
hojarasca: García Márquez era un nuevo descubridor, un bautizador del nuevo
mundo, hermano de Núñez de Balboa y Fernández de Oviedo, de Gil González
y Pedro Mártir, en la tarea interminable de darle nombre a América.
Lo conocí en 1962 en Córdoba 48 y nuestra amistad nació allí mismo,
con la instantaneidad de lo eterno. Gabo culminaba en México un joven periplo
que lo había llevado de Aracataca a Barranquilla, de Sucre a Zipaquirá, y luego
de Bogotá a Roma, Londres y París, en mosaicas tabletas de información
escritas en El Universal, luego en El Heraldo, finalmente en El Espectador, que
lo sorprende en el exilio europeo dejando atrás, pero teniendo presentes
siempre, las tensiones colombianas que se renuevan —porque no se inician—
el 9 de abril de 1949 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y culminan con la
clausura de El Espectador por Gustavo Rojas Pinilla en 1955, determinando
una errancia que, al cabo, nos trae al Gabo, en un autobús Greyhound, con
Mercedes y Rodrigo y Gonzalo en espera, a la ciudad de México, la más vieja
Discursos (Compilación) 8 Luis Hernando Mutis Ibarra

ciudad viva del hemisferio occidental, la urbe azteca, virreinal, barroca,


caótica, antiquísima, modernísima, la ciudad de roja piedra tezontle y
afrancesadas mansardas esperando la improbable nevada tropical y edificios
de cristal despedazado que no quieren durar más de cincuenta años. México,
D. F., donde la familia de García Márquez tendría, de allí en adelante, su
principal residencia para honor y alegría de México y los mexicanos.
Juntos entramos al Museo de Antropología. Juntos indagamos el misterio
de la Coatlicue, la diosa madre de los aztecas, representada en un masivo
monolito cuyos terribles elementos —serpientes, calaveras, manos laceradas,
sexo impenetrable— le proclaman a la ciudad y al mundo:
—Yo no soy Venus. Yo no soy una diosa humana. Yo soy diosa porque no
soy humana.
Entonces, después de diez minutos de contemplación, García Márquez
dice:
—Ya entendí a México.
Que es algo más de lo que podemos decir los mexicanos,
constantemente sorprendidos por un país que no acabamos de descubrir pero
en el cual García Márquez se acomodó con la sabiduría de hechicero que le
atribuía Mitterrand.
Se ha dicho que en México Kafka sería un escritor costumbrista y en los
años sesenta una de las leyes del Castillo determinaba que los extranjeros
debían renovar cada seis meses su residencia y hacerlo no en México, sino —
amuélense todos— en un consulado mexicano del extranjero. Esto significaba
que Gabriel debía viajar dos veces al año para renovar su permiso de
residencia —Kafka puro, les digo— y como tanto él como yo pasábamos por
una temporada de aguda aerofobia —determinada, en mi caso, por la trágica
muerte de Gaitán Durán en la Martinica—, íbamos por carretera a Acapulco,
donde Gabo tomaba un vapor inglés de la P. and O. (homenaje sin duda a su
admirado Somerset Maugham) y viajaba a Panamá, obtenía la visa y
regresaba a México.
Recuerdo estos viajes porque en uno de ellos Gabriel García Márquez se
transformó. Lo miré y me asusté. ¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos
estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-
Acapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del
Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por
qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos
de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías?
Nada de esto: sin saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien años
de soledad —ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en
que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos
ordenan: «Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme».
Porque en esa época, él y yo fabricábamos guiones de cine,
demostrando nuestra verdadera vocación cuando nos deteníamos horas en
colocar una coma o en describir el portón de una hacienda. Es decir: nos
importaba lo que se leía, no lo que se veía. Por eso, semanas más tarde,
Discursos (Compilación) 9 Luis Hernando Mutis Ibarra

echados en la eterna primavera del césped de mi casa en el barrio de San


Ángel, Gabo pudo preguntarme:
—Fontacho, ¿qué vamos a hacer? ¿Salvar al cine mexicano o escribir
nuestras novelas?
La suerte estaba echada. Yo me fui a Europa por segunda vez. Ya había
estado allí en 1950, cuando la ruina de la guerra era dolorosamente visible en
una Italia donde los niños recogían colillas de cigarrillo para sobrevivir, donde
en el invierno los museos estaban llenos porque solo allí había calefacción,
donde un pueblo empobrecido viajaba en tercera clase de los trenes con
maletas amarradas con cuerdas. En una Viena donde la fachada del Hofburg
era ocultada por grandes mantas con las efigies de Lenin y Stalin y de donde
no se podía viajar sin un pase de una de las cuatro potencias de ocupación. De
un París, en fin, donde el espíritu francés convalecía gracias a la inteligencia
de Sartre y Camus, popularizada por el existencialismo personificado, a su vez,
por la cantante Juliette Greco en el café Le Tabou: melena negra, mirada
desencantada, voz inolvidable: Je hais les dimanches. En un apartamento
vasto y congelado de la avenida de Víctor Hugo vivía la pareja literaria de
Octavio Paz y Elena Garro, siempre acompañados de otra pareja, esta
argentina, formada por Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo: fuego graneado
de citas poéticas, juegos surrealistas del cadáver exquisito y correrías
nocturnas por Saint-Germain-des-Prés.
Octavio me condujo a una galería de la Place Vendôme donde se exhibía
un solo cuadro, titulado Europa después de la lluvia, cuyo autor, Max Ernst, allí
presente como vigía de su propia obra, había pintado un paisaje lacerante,
alucinado, de excrecencias pétreas. Miré los ojos intensamente azules bajo la
corona blanca de Ernst y al ver la pintura, me pregunté si el verdadero
surrealismo europeo solo se dio en Alemania y en España, países de
imaginación mágica popular, como lo demostraba ese mismo año de 1950 Luis
Buñuel con Los olvidados, en Cannes, y no en la Francia cartesiana, donde
André Breton escribía con la corrección del duque de Saint-Simon en la Corte
de Luis XVI.
Con razón, hacia 1930, tres jóvenes escritores latinoamericanos —Miguel
Ángel Asturias, Arturo Uslar Pietro y Alejo Carpentier— se detuvieron un rato
en el Pont des Arts sobre el Sena y decidieron echar al río el surrealismo
francés, innecesario —proclamaron— en una Iberoamérica donde abundaba
«lo real maravilloso».
Digo esto porque a Francia llegó en 1957 Gabriel García Márquez,
encerrado en un hotel de la Rue Cujas cuyo único adorno era un retrato de
Mercedes y el único lujo tres paquetes azules de cigarrillos Gauloises. En el
Boulevard Saint-Germain se cruzó Gabo con Ernest Hemingway y le gritó de
acera a acera: «Adiós, maestro» —como hoy le gritan, adonde quiera que va, a
Gabriel García Márquez. Y aunque Hemingway dijo que los buenos
norteamericanos van a París a morir, García Márquez hubiese dicho que los
buenos latinoamericanos van a París a escribir.
Yo regresé a Europa en 1966 y me instalé en un palazzo veneciano para
ver qué se sentía al ser Henry James, aunque sin esperanzas de emularlo. Fue
Discursos (Compilación) 10 Luis Hernando Mutis Ibarra

una temporada de intenso intercambio epistolar con los amigos, en aquella


época anterior —muy anterior— al fax, al e-mail. Gracias a ello, conservo un
maravilloso correo con Gabo en los momentos de la redacción de Cien años de
soledad.
Yo sabía que él dejó sus empleos, le pidió a Mercedes que llenara el
refrigerador, echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto —me
dijo— que le tomó madurar diecisiete años y redactar catorce meses.
Angustias y alegrías: «jamás he trabajado en soledad comparable —me dice—,
no siento más punto de referencia que, quizás, Rabelais, sufro como un
condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los
límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae,
peleándome con las palabras. A veces —me escribe Gabriel— me asalta el
pánico de no haber dicho nada a lo largo de quinientas páginas; a veces,
quisiera seguir escribiendo el libro el resto de mi vida, en cien volúmenes, para
no tener más vida que esta...». «Para no tener más vida que esta».
Gabo me envió a Italia el manuscrito de Cien años de soledad.
Entusiasmado, lo busqué desde Venecia para felicitarlo. No lo encontré.
Entonces le escribí a nuestro grande y común amigo Julio Cortázar, quien
pasaba el verano en su ranchito de Saignon, una aldea al sur de Francia sin
teléfonos ni telégrafos, un cartero en bicicleta tan incierto como el cómico
Jacques Tati y un extraño servicio francés llamado «el pequeño azul» al cual
acudí para decirle lo siguiente al gran cronopio, al argentino que se hizo
querer de todos.

«Querido Julio:

Te escribo impulsado por la necesidad imperiosa de compartir un


entusiasmo. Acabo de leer Cien años de soledad: una crónica exaltante y
triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. Me siento nuevo
después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis
amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las
montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso
debe inventar al mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas. ¡Qué
maravillosa recreación del universo inventado y re-inventado! ¡Qué prodigiosa
imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje
continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario!». Y añado:
«Pero en algún rincón debe haber un Aureliano con su cruz de cenizas en la
frente que venga a protestar contra la crónica del biznieto del coronel
Gerineldo Márquez, corrija los inevitables errores y proponga una nueva
lectura, radical e inédita, de los pergaminos de Melquíades. Un día, querido
Julio, me hablaste de la novela como mutación. Eso es Cien años de soledad:
una generación y una regeneración infinita de las figuras que nos propone el
autor, mago iniciático de un exorcismo sin fin.
Y qué sentimiento de que cada gran novela latinoamericana nos libera
un poco, nos permite delimitar en la exaltación nuestro propio territorio,
profundizar la creación de la lengua con la conciencia fraternal de que otros
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escritores en castellano están completando tu propia visión, dialogando


contigo». Dialogando con nosotros.

2.2. DISCURSO EN EL III CONGRESO INTERNACIONAL


DE LENGUA CASTELLANA3

Majestades, Señor Presidente, Señoras y señores:

Mírenlos. Están aquí. Siempre estuvieron aquí. Llegaron antes que


nadie. Nadie les pidió pasaportes, visas, tarjetas verdes, señas de identidad.
No había guardias fronterizas en los Estrechos de Behring cuando los primeros
hombres, mujeres y niños cruzaron desde Siberia a Alaska hace quince, once y
cuatro mil años.
No había nadie aquí. Todos llegamos de otra parte. Y nadie llegó con
las manos vacías. Las primeras migraciones de Asia a América trajeron la caza,
la pesca, el fuego, la fabricación del adobe, la formación de las familias, la
semilla del maíz, la fundación de los pueblos, las canciones y los bailes al
ritmo de la luna y del sol, para que la tierra no se detuviese nunca.
Óiganlos. Los indios fueron los primeros poetas, cantaban con las
palmas de las manos para enumerar las metáforas del mundo.
Todo ello elevado al gran canto poético de la brevedad de la vida.

No hemos venido a vivir.


Hemos venido a morir
Hemos venido a soñar
Pero anclado en la eternidad de la palabra:
Pero yo soy un poeta
Y al cabo comprendí:
Escucho una canción, miro una flor,
¡Ay, que ellas jamás perezcan!

La palabra como principio del mundo. Pues como atestigua el Popol


Vuh, "La palabra dio origen al mundo".
Nos instalamos en el mundo, nos recuerda Emilio Lledó. Pero el mundo
también se instala en nosotros. La lengua es nuestra manera de modificar al
mundo a fin de ser personas, y nunca cosas, sujetos y no sólo objetos del
mundo. La lengua nos permite ocupar un lugar en la comunidad y transmitir
los resultados de nuestra experiencia.
Nadie, tampoco, les pidió visas o tarjetas verdes a los descubridores,
exploradores y conquistadores que llegaron a las Costas de Cuba y Borinquen,
Venezuela la pequeña Venecia y la Villa Rica de la Veracruz empujados por el
gran huracán de una historia indómita, en barcos cargados, a su vez, de
palabras, de pasado, de memoria.

3
Discurso inaugural pronunciado el 17 de noviembre del 2004 (4:00 p.m.) en el III Congreso Internacional de la lengua
española, realizado en Rosario (Argentina).
Discursos (Compilación) 12 Luis Hernando Mutis Ibarra

La América Indígena se contagió del inmenso legado hispánico. Las


costas del Caribe y del Golfo de México recibieron una marea que venía de
muy lejos, del Bósforo, de las hermanadas tierras semitas de Israel y Palestina,
de la palabra griega que nos enseñó a dialogar, de la letra romana que nos
enseñó a legislar y, al cabo de la más multicultural de las tierras de Europa,
España celta e ibera, fenicia, griega, romana, judía, árabe y cristiana.
Hoy que se propone la falaz teoría del choque de civilizaciones seguida
del peligro hispánico para la integridad blanca, protestante y angloparlante de
los EE.UU. de América, conviene disipar dos mitos.
El primero, que Norteamérica no es una región monolingüe o
monocultural, sino un verdadero tejido de razas y lenguas: esquimo-aleutiana
y na-dené en los orígenes, en seguida español de San Agustín en la Florida a
San Francisco en California, francesa de Nueva Orleáns en la Luisiana a De-
trúa (hoy Detroit) de los Illinois y luego, en sucesivas olas migratorias, alemán
e italiano, polaco y ruso y en irónico reverso, el español sefaradí junto con el
yiddish y, en la frontera del otro mar descubierto por Balboa, la migración de
lengua japonesa, coreana, china y vietnamita: avenidas enteras de Los
Ángeles anuncian su comercio y su trabajo en lenguas asiáticas, convirtiendo a
otra ciudad hispánica -Nuestra Señora de los Ángeles de Porciúncula- en el
Bizancio lingüístico y cultural del Océano Pacífico. Pues también los puritanos
ingleses llegaron a las costas de Massachussets en 1621 sin pasaportes o
permisos de trabajo. También ellos llegaron de otra parte.
El contagio, asimilación y consiguientes vivificación de las lenguas del
mundo es inevitable y es parte inexorable del proceso de globalización. Que la
lengua española ocupe el segundo lugar entre las del Occidente, da crédito no
de una amenaza, sino de una oportunidad. No de una maldición, sino de una
bendición: el español ofrece al mundo globalizado el espejo de hospitalidades
lingüísticas creativas, jamás excluyentes, abarcantes, nunca desdeñosas.
Lengua española igual a lengua receptiva, habla hospitalaria.
La predominancia del castellano desde Alaska -Puerto Valdés- hasta
Patagonia -Puerto Santa Cruz- no determinó el exterminio de las lenguas
amerindias. Del navajo en Arizona al guaraní en Paraguay, el lenguaje
amerindio de enigmas, figuras y alegorías -como lo llama el Libro de las
Pruebas de Yucatán- sobrevivió hablado hasta el día de hoy por más de veinte
millones de seres humanos.
Sólo que un purépecha de Michoacán no puede entenderse con un
pehuencha de Chile si ambos no hablan la lingua franca de la América
indohispana, el castellano. El castellano nos comunica, nos recuerda, nos
rememora, nos obliga a transmitir los desafíos que el aislamiento sofocaría: en
su lengua maya o quechua, el indio de hoy puede guardar la intimidad de su
ser y la colectividad de su intimidad, pero necesitará la lengua española para
combatir la injusticia, humanizar las leyes y compartir la esperanza con el
mundo mestizo y criollo.
Y todos nuestros mundos americanos -indígenas, criollos, mestizos- son
desde siempre portadores de una riqueza multicultural mediterránea que sólo
podemos desdeñar por intolerable voluntad de empobrecimiento.
Discursos (Compilación) 13 Luis Hernando Mutis Ibarra

Indoamérica también es Hispanoamérica gracias a las tradiciones


hebreas y árabes de España.
Somos lo que somos y hablamos lo que hablamos porque los sabios
judíos de la Corte de Alfonso el Sabio impusieron el castellano, lengua del
pueblo, en vez del latín, lengua de la clerecía, a la redacción de la historia y las
leyes de Castilla.
Con cuánta emoción, Majestades, señoras y señores, asistimos en
1990 a la entrega de los Premios Príncipe de Asturias en Oviedo cuando el
príncipe Felipe le abrió los brazos a las comunidades judías de la vieja España
para recibirlas, dijo don Felipe, "con una gran emoción y el espíritu de
concordia de la España de hoy".
Pero también llegó a nuestra América la España árabe. Siete siglos de
convivencia nos dieron la tercera parte de nuestro vocabulario, nos legaron el
rumor del agua, la frescura de los patios, la palabra visible y el rostro invisible
de Dios y el rescate de nuestra más vieja tradición mediterránea, la de Grecia,
conservada por Islam y transmitida a la Europa medieval a través de la
arábiga Escuela de Traductores de Toledo.
Hispano-árabes son el Don Julián de Juan Goytisolo y colombiano-
hispano-árabes son los Cien años de soledad de García Márquez: libros paridos
por la unión de Cherezada y Cervantes, libros fieles al testamento del Rey San
Fernando en su sepulcro de la catedral de Sevilla, con los costados de la
tumba escritos uno en castellano, otro en latín, el tercero en hebreo y el
cuarto en árabe: rey de las tres religiones y de las cuatro lenguas.
Seamos, en este gran Congreso, guardianes fieles de nuestras
tradiciones vivas, capaces de iluminar caminos de paz mediante el
reconocimiento de letras y espíritus compartidos.
Escuchémoslas. Melancólicas lenguas de vida pasajera y muerte
celebrada en la América indígena. Conflictivas lenguas de pasiones místicas y
carnales en la España medieval y renacentista.
¿Qué las une? ¿Qué sucede con una y otra tradición cuando la energía
sobrante de la España de la Reconquista cruza los mares y conquista, ahora,
las tierras de otra civilización, a sangre y fuego pero también a palabra y cruz?
Las une la lengua.
En muy poco tiempo, el castellano de América adquiere un tono propio,
indoespañol.
Las une la épica, pero no sólo la que Simone Weil, leyendo la Ilíada,
describe como "un poema del Poder" sino una épica dolorosa, la de Beral Díaz
del Castillo maravillado por la visión de Anáhuac y obligado, en seguida, a
destruir lo que ha aprendido a amar. O como dice el gran crítico Francisco
Rico, "singular convivencia de naturalidad y pasmo".
De este drama del deseo -anhelo pertinaz, jamás cumplido- nace una
segunda épica mestiza, la del Inca Garcilaso de la Vega, y una lírica mestiza, la
de Sor Juana Inés de la Cruz.
Ambos quieren ser indoamericanos que hablan y escriben en español.
Pero hay algo más.
Discursos (Compilación) 14 Luis Hernando Mutis Ibarra

Poseemos una tradición que le dio a la lengua castellana un relieve


distinto, nacido de la necesidad de esclavos privados de sus lenguas nativas y
obligados a aprender las lenguas coloniales para entenderse entre sí -para
amarse y procrearse, para armarse y rebelarse- adoptando y cambiando el
habla castellana con creatividad rítmica:
Casimba yeré
Casimbangó
Yo salí de mi casa
Casimbangó
Yo vengo a buscá
Dame sombra ceibita
Dame sombra palo Yabá
Dame sombra palo Wakinbagó
Dame sombra palo Tengué

Que anuncia la velocidad que corre desnuda un día, enmascarada al


siguiente, para amplificar el castellano popular de las Américas, felizmente
incorporado -honor a Víctor García de la Concha- al diccionario de la Real
Academia. Lo evoqué en su mexicanidad en Valladolid. Le hago eco en su
argentinidad en Rosario: el covoliche no es una macana ni un jabón, es un
tarro que encubre matufias, nos hace más cancheros de la lengua, más
hinchas de las letras, jamar mejor las escrituras, jotrabar chorede el alfabeto, y
viva quien me proteja, sobre todo si es un Cortázar que arma su propio
lunfardo en Rayuela.
Formamos parte de una civilización inmensamente rica, plural,
"cósmica" como diría José Vasconcelos.
Las pruebas están en todas partes y el edificio no ofrece fisura alguna.
La continuidad es asombrosa, el origen enriquece al presente, el
presente alimenta al porvenir y cada una de nuestras raíces antiguas tiene sus
manifestaciones modernas.
Pero no todo es celebración.
La continuidad cultural de Iberoamérica aún no encuentra continuidad
política y económica comparable.
Tenemos corona de laureles pero andamos con los pies descalzos. El
hambre, el desempleo, la ignorancia, la inseguridad, la corrupción, la violencia,
la discriminación, son todavía desiertos ásperos y pantanos peligrosos de la
vida iberoamericana.
La lengua y la imaginación literarias son valores individuales del
escritor pero también valores compartidos de la comunidad. No en balde, lo
primero que hace un régimen dictatorial es expulsar, encarcelar o asesinar a
sus escritores.
¿Por qué? Porque el escritor ofrece un lenguaje y una imaginación
contrarios a los del poder autoritario: un lenguaje y una imaginación
desautorizados.
La lengua nos permite pensar y actuar fuera de los espacios cerrados
de las ideologías políticas o de los gobiernos despóticos. La palabra actual del
mundo hispano es democrática o no es.
Discursos (Compilación) 15 Luis Hernando Mutis Ibarra

Sin lenguaje no hay progreso, progreso en un sentido profundo, el


progreso socializante del quehacer humano, el progreso solidario del simple
hecho de estar en el mundo y de saber que no estamos solos, sino
acompañados.
El lenguaje, nos recordó Francisco Romero, es un acervo patrimonial
donde nada se pierde: constantemente, la palabra vence la ausencia de
nuestro pasado para crear la presencia de nuestra historia.
Esa historia nuestra nacida de la ilusión de una nueva edad de oro,
subyugada por la pérdida de la utopía pero renacida -nuestra historia- como
vitalidad de la palabra que asume el pasado de nuestros pueblos, transmite
los hechos históricos horizontalmente, entre los de hoy, pero también los
transmite verticalmente entre los de ayer, entre las generaciones.
La lengua no es biología: se aprende, es educación.
Nunca olvidemos, al pensar, al hablar, al escribir nuestra lengua
maravillosa, que nada se pierde.
Pues negar la tradición no nos aseguraría una libertad mayor. Todo lo
contrario. La tradición nos obliga a enriquecerla con nueva creación.
Y la tradición nos invita a ser escépticos pero exigentes. No siempre lo
hemos sido. A veces, queremos creer en el Paraíso para no darle la cara a la
Caída. Pero la caída es la oportunidad de la siguiente creación.
Posiblemente el inglés sea más práctico que el castellano.

El alemán, más profundo.


El francés, más elegante.
El italiano, más gracioso.
Y el ruso, más angustioso.

Pero yo creo profundamente que es la lengua española la que con


mayor elocuencia y belleza nos da el repertorio más amplio del alma humana,
de la personalidad individual y de su proyección social. No hay lengua más
constante y más vocal: escribimos como decimos y decimos como escribimos.

¿Y qué decimos?
¿Qué hablamos?
¿Qué escribimos?

Nada menos que el diccionario universal de las pasiones, las dudas, las
aspiraciones que nos comunica con nosotros mismos, con los otros hombres y
mujeres, con nuestras comunidades, con el mundo.
La tierra existiría sin nosotros, porque es realidad física.
El mundo, no, porque es creación verbal.
Y el mundo no sería mundo sin palabras.
Porque cuanto veamos y toquemos objetivamente en el mundo
requiere, para seguir siendo, la correspondencia verbal de otro mundo al lado
del mundo, que lo corrija y modifique y enriquezca verbalmente.
Discursos (Compilación) 16 Luis Hernando Mutis Ibarra

Nuestra literatura, la que celebramos en este gran Congreso argentino,


proclama que la libertad no puede ser ajena a la creación de un mundo
lingüístico. Todo lenguaje ilumina otro lenguaje y le da accesibilidad,
permanencia y actualidad.
Actual es el lenguaje de Sor Juana Inés de la Cruz reclamando los
derechos de la condición femenina

"Hombres necios que acusáis


a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis."
Actual es el lenguaje de Luis Cernuda en defensa de la preferencia
sexual "porque el deseo -escribe- es una pregunta cuya respuesta nadie sabe"
y actual la generosidad amorosa espléndidamente abarcante de Garcilaso:

"Yo no nací sino para quereros.


Por vos nací, por vos tengo la vida
Por vos he de morir y por vos muero."

Voz de la personalidad propia, inalienable, maravillosamente descrita


por Jorge Guillén:

"A ciegas acumulo


Destino: quiero ser"

Palabra metafísica del mayor poema mexicano del siglo XX, la Muerte
sin fin de José Gorostiza:

"Lleno de mí, sitiado en mi epidermis,


por un Dios inasible que me ahoga"

Pero, ¿no es tan física esta palabra del alma como la del cuerpo natal
de Martín Fierro?

"Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar.
Desde el vientre de mi madre
vine a este mundo a cantar."

¿Y hay pregunta más lúcida que la Rubén Darío a la vida y a la palabra


de la vida que el saber no sabiendo de su poema Lo fatal?
Popol Vuh, Martín Fierro, Rubén Darío.
Ah, es cierto. Conocemos estos poemas de memoria. Pero no les
hacemos justicia si no los leemos o decimos siempre por primera vez, como si
los acabásemos de descubrir, convencidos de que nadie, nadie ha dicho antes,
ni siquiera Pablo Neruda: “Yo la quise y a veces ella también me quiso”.
Discursos (Compilación) 17 Luis Hernando Mutis Ibarra

Nadie antes de nosotros, hoy, en este momento, en el presente que es


el único lugar de cita del pasado -la memoria- y el porvenir -el deseo-. Yo la
quise, y a veces ella también me quiso.
¡Qué extrañamiento, qué novedad cada vez que lo digo o lo leo! ¡Qué
certeza de que el lector conoce algo que el escritor, ni siquiera Pablo Neruda,
jamás conocerá: el futuro!
El mundo, dice Mallarmé, nos da voces y el escritor las devuelve a fin
de otorgarle mayor pureza a las palabras de la tribu.
No lo creo. En español, le devolvemos las palabras a la tribu
manchadas, manchegas, mestizadas, a fin de unir dos tradiciones que se
subsumen en una sola, al filo del Cuarto Centenario del Quijote y es, una, la de
nuestra capacidad hispanoparlante para oponer al dogma la incertidumbre -
¿son molinos o son gigantes?- y la otra, el poder de llenar los vacíos de la
realidad con la realidad de la imaginación -sí, los molinos son gigantes-.

Majestades, Señor Presidente, Señoras y señores:


Estamos aquí, en Rosario, en un terreno común donde la historia que
nosotros mismos hacemos y la literatura que nosotros mismos escribimos,
pueden unirse.
Es el espacio compartido pero siempre inacotado en el que nos
ocupamos de lo interminable -la historia- a través de lo amenazado -la
palabra-.
Historia interminable, pues una sociedad está enferma o engañada
cuando cree que la historia está completa y todas las palabras dichas.
Pero la desdicha del decir es ser dicho de una vez por todas y su
posible dicha, ser siempre palabra por decir, aún no dicha, des-dichada.
Quienes proclaman el fin de la historia sólo quieren vendernos, dice
Carmen Iglesias, otra historia: la suya, no la nuestra. Esa es la otra falacia -el
fin de la historia- que quiero rechazar.
Nosotros, aquí, en este gran Congreso, sabemos que la historia no ha
terminado, ni han terminado las palabras que manifiestan felicidad e
inconformidad, escepticismo y confianza, amor y cólera benditos, dichos en
lengua española.
El hispano parlante de ayer le da el verbo al hispano parlante de hoy y
éste al de mañana.
Descendemos del gran flujo del habla castellana creada en las dos
orillas por mestizos, mulatos, indios, negros, europeos.
Estas voces se oyen en América, se oyen en España, se oyen en el
mundo y se oyen en castellano.

Gracias.
Discursos (Compilación) 18 Luis Hernando Mutis Ibarra

3. DISCURSOS DEL PERIODISTA JUAN GOSSAIN

3.1. LA LENGUA ESPAÑOLA Y EL UNIVERSO4

El siguiente es el texto de la ponencia


"La lengua española y el universo", del
periodista Juan Gossaín, miembro
correspondiente de la Academia Colombiana
de la Lengua y director de noticias de RCN
Radio, presentada en el IV Congreso
Internacional de la Lengua Española, en la
ciudad de Cartagena de Indias:
"En este preciso momento, cuarenta y
ocho millones de personas están aprendiendo
español en Europa y Asia, la Universidad Africana de Tanzania acaba de crear
4
Juan Gossaín, miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua y director de noticias de RCN
Radio, presentada en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, en la ciudad de Cartagena de Indias
(Departamento de Bolívar, República de Colombia): Marzo 26 (lunes) del 2007. Discurso Inaugural.
Discursos (Compilación) 19 Luis Hernando Mutis Ibarra

su escuela para la enseñanza de nuestra lengua, se anuncia que a finales de


año circulará en Pekín el primer periódico diario escrito en castellano y los
Estados Unidos se han convertido ya en la quinta nación de habla hispana más
grande del mundo.
Sin embargo, como este Congreso de la Lengua se celebra bajo la convicción
de que la diversidad nos une, según lo pregona la consigna de su
convocatoria, y a riesgo de hacer aquí el papel de aguafiestas, empiezo por
formularme esta pregunta: ¿la diversidad nos une o nos fragmenta?
En su diccionario de sinónimos, el gran Roque Barcia advierte, con un
énfasis casi premonitorio, que la diversidad lleva implícitos sus propios
peligros, hasta el punto de que puede convertirse, incluso, en una negación de
la identidad.
Cualquiera que tenga una computadora se siente tentado a creer que en
este mundo globalizado, sin fronteras ni distancias, el lenguaje también se ha
convertido en una mercadería de corretaje, como las camisetas de algodón
que provienen de la China o los cachivaches sonoros que fabrican en Japón.
Los antiguos linderos que fijaban límites entre diverso y disperso son cada día
más borrosos.
En la lengua castellana de estos días que corren, diversidad podría ser el
nuevo nombre de la torre de Babel. La diversidad, tan seductora como suelen
serlo las palabras femeninas, no sólo es engañosa sino paradójica: por cuenta
suya un turista madrileño entiende mejor lo que le dicen en el mostrador de
un hotel de Miami que en el aeropuerto de Caracas.
Los crucigramas que se publican en Buenos Aires son incomprensibles
en Bogotá. En Lima existe una academia musical dedicada a traducir a su
vocabulario de capital andina las letras de las rumbosas canciones bailables
que llegan del Caribe.
Lo cierto, aunque duela admitirlo, es que cada vez nos comprendemos
menos, como dice con desazón y lágrimas el célebre bolero. En la azarosa
ruleta del idioma, hay una palabra americana que viene a ser la prueba reina
como anillo al dedo: me refiero a la palabra jíbaro.
Si bien en Puerto Rico define al campesino blanco, en México -por el
contrario- es el descendiente de las primeras formas de mestizaje, en Panamá
es un sombrero de paja, en la Colombia de estos tiempos turbulentos es el
vendedor callejero de narcóticos, en Ecuador no han podido descifrar si jíbaros
son, por fin, los individuos de esa tribu indígena a la que se atribuye el
privilegio mitológico de reducir cabezas, o el idioma que hablan, o ambas
cosas.
Como si no bastara con semejante muestrario de diversidades, Alario di
Filippo agrega, en su incomparable lexicón, que estar jíbaro era la expresión
original que se empleaba en ciertas regiones colombianas para describir al que
quedaba saciado de comida. La palabra circula de ordinario en nuestros mares
y montañas, en pueblos y ciudades, en novelas y poemas, en cantares de
regocijo y en la jerigonza de antropólogos y narradores deportivos. Por eso, un
anónimo diletante americano, hijo díscolo de la lengua, resuelve darle gusto a
Discursos (Compilación) 20 Luis Hernando Mutis Ibarra

su obsesión enfermiza por rastrear la verdad del idioma, desempolvando


etimologías.
Acude, en consecuencia, a la autoridad suprema, el padre que pone
orden en su prole, el tribunal sagrado, el decálogo de la ley de Dios, la corte
celestial que dirime nuestras dudas: el Diccionario de la Real Academia
Española, el libro que lo sabe todo, según escribió García Márquez.
La calamidad sobreviene cuando uno descubre, desconsolado, que el
mamotreto divino comienza sus definiciones de jíbaro con esta frase: “Palabra
de origen incierto”. Confieso que me sentí tan desvalido como un huérfano y
que tuve ganas de sentarme a llorar.
Esta es, en síntesis apretada, mi diatriba contra la diversidad. Me
dispongo a asumir ahora su defensa, porque Platón me enseñó que el universo
no es más que una provocación permanente y un diálogo inagotable entre
pensamientos contrarios. De la vida también he aprendido, en lo atinente a la
historia de la lengua española, que la verdad completa puede armarse con
pedazos de verdades diferentes.
Yo sé que el lenguaje es vivo y palpitante, que no tolera camisas de
fuerza ni ataduras, que camina sin zapatos por la calle, que los muchachos lo
transforman diariamente en los salones de clase y en la penumbra de las
discotecas, que las vivanderas del mercado público y el campesino que viene
cada mañana a regatear con ellas el precio de los bastimentos hablan como
hablaba el Arcipreste de Hita, y que los músicos andariegos inventan palabras
a la medida de sus amoríos.
El idioma son ustedes, los académicos, pero la lengua es el pueblo. A ello
se debe, como ocurre con los motores en marcha, que al lenguaje no sea
posible darle reversa porque está en movimiento perpetuo y se corre el riesgo
de romperle la caja de velocidades.
Así se formó el temple de nuestro idioma. Rufino José Cuervo, el gran
filólogo colombiano, patrimonio de su gente y de su tierra, el hombre que
escribió su propio diccionario, sostenía que “la lengua es la patria”, aforismo
que se convirtió desde entonces en el lema de la Academia Colombiana. Don
Quijote, a su turno, tenía razón cuando le explicaba al escudero que el único
poder auténtico sobre la lengua lo tienen el vulgo y el uso.
Cometo la insolencia de juntar por un instante a Cuervo y a Cervantes
para repetir, con un pedazo de la verdad de cada uno, que la lengua es el
pueblo. No es gratuito que quienes en el siglo XI se atrevían a hablar el
romance llano de Castilla, todavía balbuciente, fueran calificados de “rústicos”
por los refinados señores de las academias latinas.
Como se me ha pedido que exponga algunas reflexiones sobre el
carácter universal de la lengua española, no tanto en sus dimensiones
geográficas como humanas, es mi obligación decir que hasta hoy no encuentro
razones válidas para pensar que la diversidad lingüística nos haya enriquecido;
pero estoy seguro, en cambio, de que acabará enriqueciéndonos, en cuanto
seamos capaces de difundirla y de comprenderla, haciéndola provechosa para
todos los hablantes del castellano.
Discursos (Compilación) 21 Luis Hernando Mutis Ibarra

Sueño despierto con la mañana de un domingo soleado en que podamos


ver a los académicos de la lengua, como si fueran la versión electrónica de la
juglaría medieval, sentados en las plazas de los pueblos y en los ventorrillos
del camino, con un computador inalámbrico en las piernas, explicando ante un
auditorio de labriegos la diferencia entre un soneto y una décima y la forma
correcta de conjugar los plurales del verbo haber. Ya sé que soy un idealista
incorregible de engañosa catadura: me parezco a Sancho Panza pero pienso
como Don Quijote.
Lo que recomiendo, en resumidas cuentas, es que asumamos la
diversidad como un desafío, preparándonos para compartirla y disfrutarla, ya
que disponemos, como nunca antes en la historia humana, de las formidables
posibilidades que abren ante nuestros ojos la tecnología moderna, el apogeo
de las nuevas disciplinas académicas y los medios masivos del periodismo.
Esa es la almendra de mi propuesta en esta ponencia. Es decir: mi
proponencia. Solicito que este Congreso Internacional sea el punto de partida
de una difusión entusiasta, pero también moderna, de las diversidades
universales del idioma.
Allí afuera, en medio de la calle, nos aguardan las maravillas
cibernéticas, los milagros cotidianos del internet, el satélite insaciable que
titila en el cielo como un lucero, los adolescentes que tienen en la mirada el
destello verde de las pantallas galvanizadas, que es el mismo color verde que
despiden las naves espaciales.
Sabemos que esta lengua bella pero dispersa, tan abundosa como
abundante, según decía Borges, es la mejor herencia que nos dejó España y
que América la ha retribuido con largueza; sabemos que ya es el segundo
idioma en Malasia y el de mayor expansión en el mundo.
Ya sabemos, en fin, que jíbaro es al mismo tiempo un indio, un mestizo,
un blanco, un idioma, un sombrero, un vendedor de marihuana y un hartazgo
de comida. Lo que necesitamos es saber su origen y en dónde estaba
acuclillado el primer nativo desnudo que musitó una palabra tan sonora entre
la espesura húmeda de la selva.
Con la intención de darles a estos comentarios un marco de referencia
que los vincule a la realidad, pido desde ahora que nos acojamos a aquellos
adagios de la picaresca según los cuales la justicia entra por casa y el
escarmiento comienza en cabeza propia: que el Instituto Caro y Cuervo de
Colombia reanude la titánica tarea de seguir publicando los vocabularios
particulares de cada nación de la América Española, emprendida por nuestro
inolvidable compañero Ignacio Chávez, a cuya memoria rindo desde aquí el
homenaje emocionado de cuantos hablan español en los confines del planeta.
Ha llegado la hora de irse de la boca, como decía Garcilaso, en la nueva
empresa de propagar por los caminos de la Tierra la singular variedad de
nuestra lengua, de vigorizar las relaciones familiares entre las academias, de
entablar acuerdos pedagógicos con escuelas y universidades, de acceder a las
páginas de internet, de volver profusa la circulación del afortunado “Boletín de
español urgente” que distribuyen entre la prensa de su país la Real Academia
Española, la agencia de noticias EFE y los patrocinadores bancarios.
Discursos (Compilación) 22 Luis Hernando Mutis Ibarra

Lo recomendable sería que cada academia americana pudiera repartir


ese mismo boletín entre la prensa de su respectivo país, anexándole unos
suplementos lingüísticos y gramaticales de índole nacional, e intercambiándolo
con las demás del continente.
Los orígenes tradicionales del español, con su sustento latino, griego,
árabe y americano, han sido rebasados en los últimos años por el lenguaje
propio de las tecnologías, por el dialecto impenetrable de las ciencias, por el
glosario refrescante de los jóvenes, que ahora llaman calceto al amigo que
incumple una cita, y hasta por la germanía de los delincuentes que en el sólo
caso de Colombia han impuesto un léxico nuevo, que ya se volvió común, con
términos tan innovadores como traqueto, lavaperros, paraco y guerrillo.
A ellos se suman el bombardeo incesante de los blancos europeos que
poblaron a Chile, Argentina o Uruguay; el resurgimiento de los aborígenes de
México, Ecuador y Bolivia, que están recuperando el pasado a través de la
posesión de la tierra pero también de sus dialectos ancestrales, y el aporte
inextinguible de los negros que se revolvieron con damas inglesas, petroleros
holandeses y cocineros chinos en este caldero de razas que es el Caribe.
Aquí mismo, en la ciudad invicta de Cartagena de Indias, la comunidad
africana de San Basilio de Palenque, un corral amurallado de estacas en el que
se refugiaron con sus hijos los esclavos insurrectos, acaba de publicar el
primer diccionario español de la lengua palenquera. Lo hicieron sin que se
percataran los académicos, recogiendo monedas en la calle para pagar la
edición.
Lo que quiero decir es que en estas costuras del mundo el idioma se
reinventa todas las mañanas. Asistimos a su refundación en un aquelarre
irrefrenable. Es el fenómeno que la escritora uruguaya Mercedes Vigil describe
con acierto como “el nuevo mestizaje de la lengua”.
Las palabras anochecen pero no amanecen y desaparecen con una
velocidad sólo comparable a la de aquellas que las desplazan. El maestro Jorge
Zalamea descubrió, hace ya muchos años, que las palabras son tan poderosas
que tienen la costumbre de devorarse a sí mismas. Son autófagas. (Autófago
no figura en el diccionario. Lo acabo de inventar yo).
En esa orgía de la palabra los americanos somos pioneros y heraldos. La
nave capitana está lista para zarpar de nuevo, pero ahora a la inversa, de aquí
para allá, de Guahnaní hacia Palos de Moguer. La prensa es nuestra mejor
compañera de viaje porque la prensa hace entre la gente pedagogía del
idioma, para bien o para mal.
El lenguaje de los medios de comunicación tiene entre la masa un valor
sacramental. Don Juan Grillín, poeta festivo de alto vuelo, sostiene que si la
Real Academia “pule, fija y da esplendor” al español, los medios de
comunicación son su verdadera caja de herramientas. La prensa es el lenguaje
activo.
María Camila Morales, una joven reportera colombiana, ha observado
que por culpa de un producto cosmético llamado “Aliser”, de aplicaciones
capilares, ya en los salones de belleza el cabello de las señoras no se alisa,
como antes, sino que se alisea.
Discursos (Compilación) 23 Luis Hernando Mutis Ibarra

En aras de la cruzada que propongo, y para usarlas a favor de la causa,


hay que establecer un vínculo estrecho y apremiante con las empresas de
información, impresas y sonoras, pero en especial con los medios electrónicos,
como la televisión y el internet, que son tan atractivos para los nuevos
ciudadanos, para resolver las dudas de periodistas y receptores, para divulgar
los nuevos léxicos, para facilitar la comprensión de reglas gramaticales, para
que las gentes sepan si en el frenesí noticioso de esta época, talibán tiene por
fin un plural o no lo tiene.
Es una operación de comandos que nos compete a todos. Porque si la
lengua es el pueblo, entonces la lengua somos nosotros. Sólo en ese
momento, cuando lo hayamos logrado, el señor Cuervo tendrá la razón por
completo: nuestra patria será el universo porque nuestra lengua será
universal.
Acudo a la benevolencia de este auditorio para que se me perdone que
concluya con unas divagaciones de la pura entraña personal. Así, en tono
menor, de una manera hogareña y coloquial, como si estuviéramos
conversando en la sobremesa del comedor, declaro a mucha honra que soy
hispanoablante de primera generación.
Mi padre era un cristiano fenicio que llegó a Colombia procedente del
otro costado del planeta. En materia de lenguaje no sabía de la misa la media
ni había visto jamás una sola letra en castellano, aunque fuera una humilde
vocal, y ni siquiera podía decir “gracias” o “adiós”.
Rompiéndose la cabeza contra los duros arcaísmos del Cid Campeador,
en la memorable edición preparada por Menéndez Pidal, se gastó setenta años
para descifrar los misterios de unas palabras que no eran suyas pero las hizo
suyas hasta la muerte.
Estoy convencido de que en este recinto son pocos los que pueden decir,
como yo, que estrenaron adverbios con su padre y que aprendieron a leer
juntos las coplas de don Jorge Manrique. Ustedes están aquí por amor al
idioma; yo estoy, además, por gratitud.
Quién iba a imaginarse que su hijo sería alguna vez académico de la
lengua y que lo invitarían a hablar ante los doctores de la santa madre iglesia
del idioma. Tengo una pecaminosa sensación de orgullo que no puedo ni
quiero disimular. Es el único título de honor que yo reclamo, aunque lamento
que él no se encuentre aquí para que podamos compartirlo.
El día en que los organizadores de este congreso me pidieron que
preparara una ponencia sobre el español como lengua de comunicación
universal, no tuve que ponerme en el trabajo de consultar estadísticas heladas
sobre sus cuatrocientos millones de hablantes. Me bastó con recordar a un
anciano libanés huesudo y calvo, de pómulos salientes y facciones angulosas,
que cojeaba a causa de una fractura, tras el mostrador de su tienda en un
pueblo sofocante del Caribe, que como si fuera poco se llama San Bernardo
del Viento.
Apoyándose en el bastón vendía telas floreadas y bolsas de café
mientras recitaba con voz casi imperceptible, para paladear el placer de oírse
a sí mismo, como quien saborea un helado, el soneto que Quevedo dedicó al
Discursos (Compilación) 24 Luis Hernando Mutis Ibarra

polvo de unos huesos que seguían enamorados más allá de la muerte. Si eso
no es el universo, entonces yo no sé qué diablos será".

3.2. DE GALLINAS Y VERBOS5

"Aunque este diálogo haya sido convocado con el título de 'Periodismo y


literatura', yo no vengo a hablar aquí de literatura ni de periodismo. Vengo con
el único propósito de defender la vida de un verbo en peligro. Habiéndome
declarado su abogado de oficio, sin que nadie me haya delegado
representación alguna, pido el amparo de este tribunal supremo del lenguaje,
el Congreso de la Lengua, para que se proteja la vida de mi cliente, el verbo
poner, uno de los más antiguos y útiles de nuestro idioma, atacado con
alevosía y a mansalva por el verbo colocar, que lo está extinguiendo sin
remedio, como ocurre con ciertas aves, el aire puro y numerosas especies
vegetales.
Las primeras noticias sobre la aparición del verbo poner en la lengua
castellana aparecen registradas en la gramática de Nebrija, en 1492, pero no
fue posible encontrar rastros suyos antes de esa fecha.
Quinientos años después, los colombianos, que se vanaglorian de hablar
el español más castizo del mundo, decretaron la ejecución sumaria del verbo
poner porque les parece vulgar, indigno de la gente decente, casi obsceno,
como si fuera una palabrota. La tragedia empezó el día en que alguna señora
remilgada, con ínfulas culteranas, se atrevió a repetir un proverbio catalán del
siglo diecinueve: sólo las gallinas ponen.
Desde entonces, y con la fuerza demoledora de una sentencia bíblica, el
desdichado aforismo inició su carrera de éxitos hasta extenderse a
velocidades supersónicas por todo el cuerpo de la sociedad, de una manera
espontánea y expansiva, con la misma resonancia de una bomba de
terroristas y con resultados similares.
La plaga está adquiriendo unas proporciones tan apocalípticas que un
amable caballero de la ciudad de Cali acaba de enviarme de regalo una
totuma de dulce de leche, que en su región bautizaron con el nombre de
“manjar blanco” --demostración de que también florece la poesía en los
diabéticos territorios de las golosinas-- pero advirtiéndome, eso sí, que lo
guarde en la nevera “para que no se coloque rancio”.
Los estragos de semejante terremoto son incontables entre la franja
lunática del lenguaje. Y, tal como suele suceder con las enfermedades
ponzoñosas, la “colocaderitis” rompió ya las fronteras colombianas y está
haciendo metástasis en la anatomía completa del idioma, desde la América
Española hasta los micrófonos de la propia España.
Un periodista de Radio Nacional, en Madrid, recordaba a sus oyentes que
los automovilistas infractores “tienen plazo hasta julio para colocarse al día
con el pago de las multas de tránsito”.
5
Discurso de clausura. Juan Gossaín, miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua y director de
noticias de RCN Radio, presentada en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, en la ciudad de Cartagena
de Indias (Departamento de Bolívar, República de Colombia): Marzo 30 (viernes) del 2007.
Discursos (Compilación) 25 Luis Hernando Mutis Ibarra

Mucho me temo que los poetas, buenos y malos, deben prepararse para
contemplar, a la hora azul del crepúsculo, una coloca de sol. Reconozco que yo
mismo, acoquinado por las presiones de tanto esnobista que anda suelto, tuve
vacilaciones para decidir si presentaba ante esta tertulia una ponencia o una
coloquencia.
Siguiendo la enseñanza aristotélica, según la cual toda acción produce
una reacción, estamos a punto de cumplir cinco años de haber creado la
Congregación de Defensa del Verbo Poner, que inventamos en un noticiero de
radio. No tiene sede ni sello, ni levanta actas de sus sesiones porque no se
reúne nunca ni sus integrantes se conocen entre sí. Pero ahí estamos,
incansables, dedicados a velar armas al pie de la cama de hospital de nuestro
amigo moribundo.
La acogida a esa imaginaria fundación ha sido estimulante y
reanimadora. Uno de sus cofrades, el profesor Álvaro Enrique Treviño, que
ejerce funciones académicas entre los estudiantes pobres de Cartagena de
Indias, ciudad avezada en el arte de rechazar a cuanto pirata asome sus naves
en el horizonte, trátese de corsarios ingleses o de vocablos intrusos, se tomó
el trabajo de rastrear el asunto en las páginas de “Cien años de soledad”, nada
menos, obra maestra a la que este Congreso rinde tributo en sus cuarenta
años.
Treviño encontró en la novela de García Márquez ciento sesenta y siete
formas diferentes del verbo poner y sólo ocho variedades de colocar,
apropiadas todas ellas, naturalmente, sin atropellarse a codazos, según el
empleo correcto en cada caso.
A su turno, el ingeniero José Enrique Rizo Pombo, que en nuestra
cofradía tiene a cargo la comisión de asuntos lexicográficos, también
hipotética, está preparando la primera edición del novedoso “Diccionario de
sustituciones del verbo poner”.
Sugiere, a guisa de ejemplo, que en lo sucesivo usemos antecolocar en
vez de anteponer; que los músicos digan comcolocar música en lugar de
componerla; que en las argucias de los dialécticos no se vuelva a hablar de
contraponer argumentos, sino de contracolocarlos, y que admitamos aunque
sea a regañadientes que ocolocar es la nueva forma de oponer ideas y
razones.
No quiero ni pensar, para mayor abundamiento, en lo que pasará el día
que una señorita pacata y distinguida exclame, con el refinamiento que exigen
materias tan delicadas, que el baño está hecho para que el organismo pueda
decolocar las escorias naturales.
La verdad desoladora es que estamos perdiendo esta nueva batalla de
Guadalete contra los impíos y los paganos. El verbo poner ha ido
desapareciendo del habla cotidiana y del lenguaje escrito, ya sea en la prensa
o en los libros, desterrado, en efecto, al territorio infame del gallinero. A este
paso, muy pronto no será más que un anacronismo reservado a gramáticos
casposos, una estantigua, una sombra del pasado, una fantasmagoría.
Sin embargo, nuestra venganza perpetua contra aquel aforismo malvado
tendrá lugar el día en que una campesina de los Andes anuncie con sonoro
Discursos (Compilación) 26 Luis Hernando Mutis Ibarra

cacareo que su gallina “acaba de colocar un huevo”. La hecatombe definitiva


sobrevendrá cuando ya ni las gallinas pongan. Entonces habremos recorrido la
parábola completa, el óvalo que se cierra, la emboscada que se atrapa a sí
misma y el alacrán que se muerde su propia cola.
Invocamos la ayuda autorizada de cada uno de ustedes a fin de
preservar la supervivencia del verbo amenazado, en sus cátedras magistrales,
en sus libros, en sus conferencias, en las columnas que escriban para la
prensa, o en la simple conversación de cada día, pregonándolo de boca en
boca, como un bostezo.
Yo sé bien que esta es una propuesta pequeña y modesta, casi
insignificante, ante un Congreso que se dispone --o se discoloca-- a estudiar
asuntos tan serios y trascendentales como la diversidad del español, o sus
relaciones con las ciencias y las tecnologías modernas. Formulo esa modesta
petición de ayuda en mi carácter de creador de la mencionada Congregación
Imaginaria de Defensa del Verbo Poner. A ella he dedicado los mejores años de
mi vida y no encuentro nada que la justifique más. Anuncio, en consecuencia,
que Don Quijote cabalga de nuevo".