Simone Borghi

Subjetividad como chez-moi*
*Conferencia dictada en el congreso First International Deleuze
Studies Conference in Asia, Taipei, mayo, 2013. El tema del con-
greso fue el concepto deleuziano-guattariano de agenciamiento.
Traducción: Fernando Venturi
Introducción
He dividido mi ponencia en dos partes, cada una de las cuales posee un
título que es al mismo tiempo una afirmación. Los dos títulos o las dos
aserciones se contradicen mutuamente y constituyen así una paradoja. Doy
por supuesto −y les pido que hagan lo mismo−, que estas dos afirmaciones
son a priori verdaderas. Es un pequeño truco, un artificio que me permitirá
subrayar, creo, un punto muy importante y fundamental sobre el concepto
de agenciamiento y, más en general, un aspecto de la filosofía de Deleuze.
Cada parte contiene también una imagen. La imagen de un objeto muy
común o de un hecho elemental. No he decidido proceder de este modo
para hacer más simple la filosofía de Deleuze sino por una razón muy senci-
lla: para drenar su pensamiento, para drenar la enorme profusión de temas,
conceptos y términos que Deleuze ha utilizado o inventado a lo largo de su
trabajo y volver atrás sobre algunas ideas muy esenciales, siempre presentes en
la pintura barroca de su pensamiento. Hablando metafóricamente, es como
tomar una radiografía de una parte de su filosofía para poder ver los huesos
que sostienen la carne de su obra.
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Todo lo que diré está estrechamente ligado a Deleuze y al concepto de
agenciamiento, aunque, primero, no usaré ningún término deleuziano y,
segundo, para mi razonamiento utilizaré solamente objetos muy simples. Sé
perfectamente, en base a la ontología contenida en Mil mesetas, que los objetos
simples no deberían considerarse como agenciamientos, pero me siento legiti-
mado a obrar de este modo puesto que el concepto de inmanencia no permite
ninguna distinción real entre artificial y natural o entre animal y humano.
Pienso que es verdaderamente bello cuando Deleuze y Guattari dicen en el
capítulo “Del ritornelo” que todas las distinciones que han hecho en muchas
páginas son solo relativas y que realmente no existen. Las distinciones entre
estrato, milieu (medio), territorio, agenciamiento, estratificación, desestratifi-
cación, codificación, descodificación, territorialización y desterritorialización.
Estas distinciones son relativas y solo se refieren a conceptos que pueden
ayudarnos a recortar el mundo. La única distinción que en verdad cuenta es
aquella entre el sistema de estratos y el plano de consistencia. Esto es abso-
lutamente obvio desde la perspectiva de la inmanencia, y muestra cómo los
dos pensadores franceses fueron capaces de afirmar el ser del devenir (¡y no
el devenir del ser!). El devenir está presente en todas partes y en cada cosa,
desde los objetos más esenciales hasta los asuntos humanos. Y cada cual, al
interior del “barro”, sostenidos esencialmente por los dos movimientos opues-
tos y simultáneos mencionados más arriba, podrá hacer todas las divisiones
y distinciones que quiera o de las que tenga necesidad.
Entonces… el primer título o la primera afirmación es…
1. Me cierro, luego existo.
La primera aserción parece afirmar que algo existe solamente si ha sido
cerrado. Puede parecer una frase extraña, pero debe ser tomada como verda-
dera. No puede ser falsa. Es muy extraña pues yo mismo pienso que no estoy
cerrado, visto que mi cuerpo posee aberturas, y sin embargo estoy convencido
de que existo. Pero procedamos con calma. Si pienso en algo cerrado lo prime-
ro que me viene en mente es una caja. Una caja con tapa. Obviamente, una
caja con tapa está cerrada. Pues si no quito la tapa no puedo meter la mano
dentro, salvo que la rompa por ejemplo con la ayuda de alguna herramienta.
La caja está cerrada, por tanto existe. Este ejemplo confirmaría mi afirmación,
pero no nos conduce muy lejos, no puedo estar satisfecho.
La cuestión se vuelve más interesante si retiro la tapa, pues la caja en este
punto ya no está cerrada pero parece existir de todos modos. Y en efecto existe,
pues la puedo tocar y también utilizar para cualquier fin que me resulte con-
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veniente. No puedo dudar de su existencia, de otro modo enloquecería, pues
en ese caso también podría pensar que en este momento no estoy en Taipei
y, directamente, que ni siquiera existo. Si bien sé que mis sentidos a veces
pueden, digamos…, engañarme, no pienso que sea una razón suficiente para
no creer en aquello que me ofrecen. Como sea, la afirmación inicial parece
ahora contradicha, en tanto que me encuentro frente a algo que está abierto
y que al mismo tiempo existe. La afirmación parece contradicha, pero, como
ya dije, no puede de ningún modo ser falsa. Y puesto que afirmación es ver-
dadera me encuentro entonces frente a un problema diferente. El verdadero
problema es que debo entender cómo una caja sin tapa puede estar cerrada.
De hecho, ¡¿cómo es posible?!
La caja debe estar cerrada de un modo particular. Quizá se trate de un cierre
no físico, no corpóreo, que no se refiere a cosas como pueden ser las tapas. Sin
embargo la caja es un objeto, y es algo bien concreto, corpóreo. Respecto de
una persona, que, suponemos, tiene una mente o un alma, puedo decir que
está cerrada si quiero afirmar que es introvertida o que es cerrada de mente.
Pero no puedo decir lo mismo de la caja. Quizá puedo considerarla cerrada
por el simple hecho de que tiene paredes, aunque la tapa esté ausente. Por
ejemplo, llamamos “cerrado” a un campo cuanto este posee un cerco. En
este caso cuenta solo la horizontalidad y para nada su verticalidad como en
el caso de la caja. Así el caso de un invernadero, en lugar de un campo, sería
diferente. De todos modos es extraño decir que una caja está cerrada cuando
no tiene una tapa, no funciona.
Intentemos ver las cosas del siguiente modo. La caja no parece estar cerrada
pero quizá encierre algo o sea en sí misma un cierre, más que poseer el atributo
de “cerrada”. Pero si así fuese, ¿qué cerraría? Esto es simple. Es verdad, por
ejemplo, que cierra un paso o si se quiere una trayectoria. Ocluye, obstruye.
En efecto, cerrar puede ser un sinónimo de ocluir u obstruir. Para sobrepasar
la caja podría usar trayectorias rectas que pasen a sus lados o, si me encontrase
frente a ella, podría simplemente girar sobre unos de sus lados. Pero, a menos
que le dé una patada, no podré pasar por el punto en el que se encuentra la
caja. La caja bloquea un paso, y quizá por esta razón puedo decir que está
cerrada. ¿Pero el paso de qué?
En este caso, el paso de mis pies o de mi cuerpo. Lo mismo sucede si
considero una puerta o una ventana, si está cerrada ella obstruye el paso
del viento. Si cierro mis ojos bloqueo el paso de la luz. Las válvulas de mi
corazón impiden casi regularmente el paso de mi sangre. Y la caja, con o sin
tapa, obstruye diferentes trayectorias. Quizá pueda decir también que la caja
se impone ella misma sobre un espacio, en una región o en un área. Hay un
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lugar que es de algún modo su propiedad. Y si yo quiero dicha área, la deberé
conquistar. Pues tengo la posibilidad de invadirla en cualquier momento. Si
debo lidiar con una caja de cartón quizá ni siquiera me preocupe: la aplasto
y paso, simplemente. De todas formas parece que la afirmación puede ser
cambiada de “algo existe si está cerrado” a “algo existe si bloquea el paso de otra
cosa”. Obstruir un paso, imponerse sobre una región… estos son entonces los
requisitos para existir. Algo que bloquea y algo que es bloqueado; o bien, en
cambio, hay algo que fuerza un paso y algo que resiste. En ambos casos, hay
algo más “general” que insiste en dos direcciones opuestas al mismo tiempo.
Si en lugar de encontrar una caja de cartón me encuentro delante de un
animal, tendré que lidiar no solo con una posible resistencia física, sino con
colores, sonidos, o mucho peor, con colmillos y garras que intentarán alejarme
o asesinarme. En determinado momento podría desencadenarse una lucha.
O quizá no. Pues muchos animales no toman siquiera nota de mi presencia y
simplemente pasarán por un costado. Pero, en todo caso, cada vez que tenga
un “encuentro”, sé que más allá de cierto umbral, podría desencadenarse
una lucha más o menos empeñosa donde se usarán armas diferentes según la
situación. Desde cosa simples como la caja hasta las plantas o los animales,
hasta las obras de arte o los humanos…
Si discuto de cuestiones morales con alguien que tiene ideas diferentes a
las mías, como por ejemplo el Papa, entro en colisión contra una línea de
pensamiento, un razonamiento, ideas, sentimientos y otras cosas abstractas…
Cosas abstractas, ciertamente, pero siento sin embargo que puedo ser corrom-
pido o atacado por ellas. No me pasan simplemente por el costado, como
si fuesen aire. Es más complicado que encontrarse con una caja. Cada cosa
que produce efectos en mí, que se me impone o que me ataca, es real para
mí, existe. Por cierto, no es que haya guerra por todas partes. Hay muchas
colisiones pero también relaciones calibradas, entre dos o más animales o entre
humanos y animales. Resumiendo: me cierro a mí mismo, obstruyo un paso,
me impongo en un espacio, lucho, resisto, rechazo, absorbo… luego existo.
2. Nada puede estar cerrado.
Nada está cerrado. Esta segunda aserción contradice la anterior, pues si
nada está cerrado nada existe. Pero también esta afirmación debe ser tomada
por justa. Las dos frases son verdaderas y deben coexistir.
Estar cerrado significa obstruir el paso de algo. No estar cerrado debe
significar entonces que siempre hay algo que pasa. Quizá un hilo de aire o
solo el paso del tiempo que deteriora las cosas. Como sea, si pongo las dos
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afirmaciones juntas obtengo la siguiente: “algo existe solo si bloquea el paso
de alguna otra cosa y siempre hay paso de alguna otra cosa”.
Hace un momento hablé “al pasar” de la ventana. La ventana que impide
el paso del viento. A su vez, el viento solo quiere seguir adelante y pasar a
través sin prestar ninguna atención a la organización humana del espacio,
sin conocer ninguna coordenada. No sabe qué es una casa o una ventana, y
no piensa que sea un gesto maleducado entrar en la casa de alguien sin estar
invitado. Se le aplican coordenadas para prever sus direcciones, pero el viento
busca moverse justamente sin conocer su destino. La cuestión de cualquier
modo es la siguiente: en base a la primera aserción la ventana bloquea el paso
del viento, en base a la segunda el viento pasa a través de la ventana. ¿Cómo
puedo hacer aceptable o comprensible esta paradoja?
Me digo que probablemente debo reflexionar sobre esa área particular
en donde las entidades se tocan unas con otras, es decir los confines. Pues
si siempre hay paso de algo, esto significa entonces que los confines o los
contornos de las cosas no son tan claros o nítidos como tengo por costumbre
pensar. Quizá mi percepción me impida ver sus cavidades o los posibles vacíos
entre las partículas de materia. Si algo pasa a través de alguna otra cosa debe
existir al menos un agujero o una fisura…
Por tanto pienso… es verdad que cuando el viento sopla mucho y cierro
la ventana, ya no siento su presencia en mi casa, pues tengo la impresión de
que su temperatura sigue siendo la misma. Quizá pueda oír el sonido del
viento y en este caso podría afirmar que una parte entra en mi casa, pues su
“voz” pasa a través de la ventana. O quizá no solo su voz sino incluso el propio
viento entre también, aunque no sea capaz de percibirlo.
Tengo confianza en mis sentidos pero sé que mi percepción no es lo suficien-
temente minuciosa como para sentir por ejemplo una variación de temperatura
de no sé… 0.01 grados. Siento su presencia solo hasta cierto umbral, según
mis capacidades perceptivas y mi cuerpo. En este punto pienso entonces en
Leibniz. Y pienso que Leibniz tiene razón cuando dice en los Nuevos ensayos
sobre el intelecto humano que la mayor parte de las cosas se nos escapan. Que
uno no puede prestar atención a cada cosa que sucede o que está en torno. La
mayor parte de las cosas que ocurren se me escapan o solo las siento confusa-
mente, inconscientemente o distraídamente. Mi área de percepción es solo una
minúscula parte de todo aquello que puede ser percibido. Si pienso incluso
únicamente en los objetos materiales presentes en esta sala, en cada singular y
minúscula parte de cada objeto en particular, me doy cuenta de que mi vida
entera no sería lo suficientemente larga para percibirla por completo. “Hay más
cosas en el cielo y en la tierra que en nuestra filosofía”, dice Hamlet.
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De todos modos la filosofía de Leibniz parece ofrecer de algún modo
una explicación de por qué nada está cerrado. Las cosas pueden parecerme
completamente cerradas solo porque mi percepción no es lo suficientemente
minuciosa. Percibo solo variaciones o compenetraciones de cuerpos cuando
tienen, por decir así, la justa medida para ser captadas por mi percepción.
Puedo mejorar mi capacidad perceptiva pero la mayor parte de las variaciones
que suceden en el mundo se me escaparán siempre.
Pues bien… espero haber logrado decir algo sobre la paradoja sobre la cual
se funda el concepto de agenciamiento.

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