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“IMÁGENES DE FRONTERA Y DE MUERTE EN LA LITERATURA PLEBEYA
DE SALTA (SIGLO XXI)”
Juan Manuel Díaz Pas
UNSa, Proyecto 2076 CIUNSa
Las literaturas plebeyas
En las producciones literarias de Salta a comienzos del siglo XXI resulta posible
advertir ciertas configuraciones relevantes que constituyen, cuando menos, un proyecto
estético- político de carácter plebeyo en tanto programan relaciones conflictivas entre las
ciudades neoliberales y las ciudadanías no hegemónicas.
Por un lado, a los fines de comprender un proceso de transformación cultural, el
signo definitorio del discurso literario en Salta durante el siglo XX es la preeminencia de una
fuerte diferenciación entre cultura aristocrática y cultura popular. En este sentido, la escritura
literaria salteña se presenta como una práctica circunscripta al modelo de la ciudad letrada en
el marco de una occidentalización periférica, así pues: 1) la escritura es un camino hacia la
distinción social – el letrado; 2) la masculinidad funciona como ostensión ejemplar y
naturalización de la dominación – el patriarca; 3) la tradición figura como un archivo de
legitimidades consentidas, pero no de aquellas voces que interfieren el discurso hegemónico –
el legado; 4) la prevalencia y el acceso preferencial de las elites sociales e intelectuales a
eventos de producción y distribución de representaciones acerca del otro consolida a nivel
cultural un programa político de exclusión que no puede desligarse de las posiciones de alto
reconocimiento que ocupan – los medios masivos, las cátedras, los cargos públicos.
Por su parte, las literaturas plebeyas configuran la noción de literatura en otras
direcciones: 1) la escritura se concibe como un dispositivo de la interpretación, es un guión,
puesto que la literatura consiste en una performance colectiva, cuya finalidad es la activación
política de los cuerpos a partir de la toma de la voz – la comunidad; 2) la experiencia del otro
tiene lugar en términos de diferencias no jerárquicas, de tal modo que los pueblos originarios,
las prostitutas, las travestis, los drogadictos, los presidiarios, los ladrones, etcétera, elaboran
sus identidades subalternizadas en términos de alternativas sedicentes – la rostreidad; 3) la
refundación de los parámetros del siglo XX a partir de la parodia, la doble ficcionalización de
los referentes, la convergencia multimedial y la apropiación de la cultura de masas – la
interpretación aberrante; 4) la clausura del sentido crítico unilateral debido a la atención
prestada a los márgenes durante el siglo XX, de forma tal que no resulta pertinente distinguir
buena o mala, alta o baja, literatura o subliteratura – la cualquierización; 5) la constitución de
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imaginarios corporales transidos por la violencia generan confrontaciones por la ocupación
del espacio público sin Estado – las movilizaciones.
En este sentido, la literatura plebeya se presenta como un discurso opositivo que
varía según los tonos de cada autor y que extrema sus posibilidades según el género literario
al que recurra para representar a los otros de acuerdo a cómo es su voz, las corporalidades, los
espacios en donde se mueven, las actividades que realizan, las situaciones de viaje, violencia,
expulsión, intemperie o embriaguez (narcótica o alcohólica) en que se ven involucrados, la
interpretación de los discursos oficiales acerca de ellos y los cursos de acción que realizan.
Ahora bien, dentro de estas producciones nos enfocaremos ahora en dos aspectos
mutuamente relacionados: la experiencia del extremo – la frontera – y la experiencia extrema
–la muerte. El presente trabajo pretende explorar, entonces, los vínculos entre una escritura
literaria plebeya, las identidades imaginadas que las atraviesan y los cursos de acciones
colectivas de los sujetos plebeyos como emergencia de demandas que adquieren un particular
protagonismo en el sentido de sus vidas y de sus muertes.
Así pues, se abordarán tres textos en los que la frontera de nuestro país adquiere la
consistencia de un umbral en donde suelen ser indiferentes las variaciones entre la vida y la
muerte: Relatos en la frontera, de Gustavo Murillo; Jaguares, de David León; y Los pibes
suicidas, de Fabio Martínez.
Murillo, oriundo de Mosconi, en la presentación de su libro de relatos en la ciudad
de Salta, dijo que las personas solo pueden caer en las fronteras por dos razones: porque están
huyendo o para morir. La frontera, añadió, es siempre una catástrofe. En tanto territorio
ignorado durante muchos años, la frontera representa en el imaginario salteño (y nacional) el
lugar donde lo desconocido empieza a invadir o, mejor dicho, donde lo extraño ya ha
invadido. A pesar de todas las definiciones históricas de los grandes relatos del XIX (la
frontera como desierto) y del XX (la frontera como barrera), lo cierto es que el espacio
fronterizo resulta inestable y poroso, al mismo tiempo que desregula las leyes de la
hospitalidad. De este modo, el otro siempre es visto como un invasor, alguien que no
pertenece, cuya vida vale menos al momento de haber cruzado e incluso de habitar esa zona
de inestabilidad.
Así pues, en estos libros se destacan características claves que convierten a la
muerte en la representación de la manera en que, paradójicamente, se vive en las fronteras: la
espectralidad de una prostituta en las rutas de Mosconi (Murillo); los zombies y la
desaparición de los militantes en los alrededores del Ingenio El Tabacal (León); la vida como
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deseo de muerte de un pibe de Tartagal durante los ‘90 (Martínez). Es decir que en todos los
casos se trata de sujetos que no han podido trasponer el límite entre la vida y la muerte. Tal y
como reza el título del libro de Murillo, se encuentran en la frontera, en un estado de deuda y
repetición que desquicia el tiempo y el espacio (Derrida, 1995). Por lo tanto, construyen
representaciones de realidades asfixiantes donde el horizonte de las opciones disponibles se
ven muy reducidas y en las que los cursos de acción siempre guardan relación con situaciones
límites, altamente violentas. Más importante aún, cuestionan la muerte como el fin preciso de
la vida: no hay oposición o divisiones tajantes, hay interferencias y superposiciones.

Mapas/ Memoria/ Oídos infinitos
El libro de Murillo abre con un prólogo de Santos Vergara, un importante actor
cultural del Trópico salteño, quien a lo largo de las dos últimas décadas ha llevado adelante un
proyecto de gestión cultural y promoción de la escritura literaria entre sectores populares de la
zona. En esta presentación, Vergara sostiene la existencia de voces que hablan desde afuera
(los grandes nombres que escribieron sobre el Chaco) y otras que recién ahora, luego de
mucho tiempo, lo hacen desde adentro. Señala así una primera frontera: las voces construyen
territorios. Sin embargo, lo más interesante de este texto es la afirmación de que esta narrativa
más que un límite significa la apertura hacia Latinoamérica, algo que en la Capital de la
provincia o no sucede o sucede con un énfasis débil.
A la manera de los narradores latinoamericanos de los ’50 y ’60 del siglo pasado
(Moyano, 2012), Murillo organiza la materia narrativa siguiendo un hilo conductor
espacializado como metáfora, un pueblo llamado Bermejo cuya historia se reconstruye de
acuerdo a distintas temporalidades: el de la memoria colectiva; el de la historia más o menos
documentada en los medios de comunicación; los propios recuerdos de algunos narradores
(especialmente mujeres). Asimismo, estas temporalidades son conductoras de programas
políticos cuya finalidad es la borradura de las diferencias sociales pero sobre todo étnicas
propias de la zona.
Un claro ejemplo de esto es el cuento “Alas en la cabeza”, cuyo argumento puede
resumirse como sigue: las mujeres indígenas van al pueblo a pedir comida y llevan pájaros en
la cabeza que revolotean alrededor de ellas, provocando escándalo y violencia en los
pobladores locales, quienes las insultan y asestan pedradas a los animales. La situación
narrativa está configurada como el recuerdo del narrador de esta historia contada por su
abuela senil (“aún recuerdo lo que pude entender”), por lo tanto se trata de una memoria
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distorsionada o que, acaso porque se encuentra ‘lesionada’, dice aquello que los demás han
olvidado, una modulación en la que intervienen una política explícita de olvido mayoritario,
las brumas del propio narrador que solo conoce la situación de oídas y las condiciones
precarias de aquella que elabora el relato de base.
Lo cierto es que el “desfile bizarro” de “indias polvorientas” constituye una
intromisión al mismo tiempo que una confrontación entre dos modos de vida, en donde las
mendicantes son vistas como portadoras de un ocio sedicente que atenta contra la cultura del
trabajo de los pobladores. Debido a esto se proponen alternativas que van desde el ataque
frontal, la mirada hostil y las habladurías hasta una solución terminante que conduce a la
neutralización y posterior desaparición:

Pasado un tiempo, Bermejo respondió con inteligencia.
Había algo que podía hacerse y no creo que la gente del pueblo
actuase espontáneamente. No, yo creo que alguien un poco más
espabilado, no sé si el cura, algún gerente o alguien con cierta
autoridad, definió una estrategia sencilla y eficaz. Nadie debía hablar
de las aves, ni mirarlas ni atacarlas. Debían volverlas invisibles y
desaparecerían con el tiempo. (2011: 15)

Por lo tanto, la estrategia del poder es desafectar la percepción, modificarla para
generar una obediencia que no permita imaginar a los pájaros que las mujeres llevan en la
cabeza como una forma de ornamentación o arte (“verdadero arte”, “belleza extravagante”,
“atavío vivo y libre”), en definitiva un exceso cuya aparente inutilidad merece ser conjurada.
En consecuencia, la memoria se funda entre dos opciones: un olvido verdadero y un silencio
obediente; entre las mujeres con pájaros en la cabeza de ayer y los pobres con piojos de hoy.
Como corolario de este pasaje, la muerte se representa como una indiferencia sistemática. En
efecto, nadie sabe decir qué ha sucedido con las comunidades, si bien esto no constituye
ninguna pérdida para ellos
1
. La frontera, entonces, es la instancia en donde tiene lugar la
expulsión de la diferencia, lo cual quiere decir que no existe como demarcación o lindero sino
como estrategia de poder. Asimismo, la muerte no aparece en tanto límite preciso, antes

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“Nadie recuerda hoy nada ya sobre esas mujeres. Yo pregunté y nadie supo decirme nada […] Nunca pude
saber qué fue de ellas. Quizás su tribu desapareció por el paludismo o alguna otra enfermedad, quizás decidieron
marcharse a donde no las ignorasen deliberadamente. O tal vez algún cura o pastor las convenció de que
ganarían parcelas en el cielo o las escrituras de su tierra si rompían ellas su amistad con los colibríes. No lo sé,
per, cualquiera haya sido su elección o destino, creo que Bermejo perdió algo … que inmediatamente olvidó”
(ib.: 16)
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significa un acontecimiento ambiguo, brumoso, cuyo desenlace, en última instancia, no le
importa a nadie.
En “El destino del guardián”, la situación narrativa trama el relato en la voz del
guradián de un árbol ancestral que contiene el destino de un pueblo arrasado por la llegada de
la ‘civilización’. A medida que las luchas minan la integridad de la comunidad y la moral de
los guerreros, éstos van estableciendo componendas con el enemigo hasta terminar siendo
cooptados para sus intereses. Poco a poco, el guardián queda solo junto al árbol con el firme
objetivo de preservar el pacto entre los dioses y los hombres para “el aprovechamiento de la
naturaleza poderosa y peligrosa en sus generosos dones” (ib.: 35). No solo pasa un tiempo
desproporcionado, su cuerpo se transforma en alguna especie de alimaña del monte que tiene
visiones de fastuosas ciudades modernas. El árbol opera, según este pacto, como una entidad
que comunica con los dioses, que configura una utopía cíclica de retorno y que señala la
permanencia de una identidad acaso secreta y con seguridad silenciada. El problema aquí ya
no es la expulsión hacia la indiferencia sino el testimonio de la venida del otro que trae la
ciudad, el neón, las columnas de humo y el desmonte. De alguna manera, el guardián se erige
en un pueblo de uno cuando todos los demás han desaparecido, siendo entonces una figura de
resistencia pero también una conciencia imperceptible que aguarda el desenlace de su historia
sin testigos. Nuevamente, el olvido es la forma nebulosa que adquiere la muerte, confinando
al guardián a una espectralidad agobiante
2
.
Aun aparecererán los árboles dos veces más en sendos cuentos: “El árbol de la
memoria” y “Árbol de la vida”. En el primero, la acción de pasar por debajo de sus ramas y
escuchar el rumor de su follaje provoca el olvido selectivo del transeúnte
3
, muchas veces
aprovechado por los políticos en las procesiones electorales. El material remitido al olvido
reaparece, pues, como figura espectral
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hasta que, en medio de una tormenta, un rayo destroza
el árbol y sus poderes. Igual que la caja de Pandora, los recuerdos invaden el pueblo y
provocan una memoria catastrófica que “hiere las bases principales del sistema político de
Bermejo” (67). El resultado es la adquisición de una memoria al azar que se llena de

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“Es posible que yo haya perecido hace años, quizás el árbol sufrió igual destino. ¿Quién puede asegurar que yo
existo? ¿Y que este árbol desde el que hablo ha sobrevivido? ¿Quién? Nuestra tribu ha muerto primero que nada
para los caciques que la entregaron, pero luego para todos sus hijos que la olvidaron para sobrevivir. Entonces,
mi existencia no es más que una leyenda olvidada. ” (ib.: 38)
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“En fin, estaba claro que el árbol producía olvido. Y no cualquier olvido, sino olvido selectivo, olvido de los
temas que producen sufrimiento, olvido de las cosas y situaciones conflictivas. Olvido que permitía recordar que
la vida tenía futuro más allá de rencores y disputas.” (ib.: 64-65)
4
“… de vez en cuando percibían clandestinas figuras espectrales balanceándose en las ramas o acurrucadas
como perros sin dueño en el suelo, a la sombra del gran árbol. Eran éstos, probablemente, recuerdos tristes y
huérfanos sin más que hacer con su existencia imaginaria, residual, salvo permanecer allí.” (ib.: 66).
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recuerdos ajenos y genera que los empresarios recuerden “las consignas de los desposeídos”,
los militares “los derechos sociales” y los jóvenes desocupados anhelen “trincheras y
metrallas”. La memoria, dice el narrador, es un bien que se agota con su uso, que se puede
regalar, perder, heredar o recuperar, pero que en último término, habría que añadir, supone la
producción de una fisura en el tiempo de la vida porque advierte acerca del sentido del
presente, cómo desde el presente los sujetos se piensan a sí mismos en la duración y la
potencia de actuar sobre la historia. De pronto, la memoria se muestra como una materialidad
que instala en el presente de la vida un trastorno acerca del curso de las acciones desde el
momento en que aquello soterrado, espectral, retorna como repetición, acaso tal y como decía
Marx, como farsa.
Por su parte, en el otro cuento, “Árbol de la vida”, que cierra el libro, la
construcción de la memoria parte de una anécdota en donde la escritura tiene un papel
destacado en la dominación y desalojo de los subalternos iletrados: el narrador cuenta como
de niño sus padres perdieron sus tierras en manos de un escribano en el que confiaban. Al
mismo tiempo, profiere su deseo ferviente de ser poeta, es decir de dominar la escritura
literariamente, al modo en que lo hacen los sectores privilegiados a los que tanto anhela
pertenecer. Esta metáfora de la escritura como vehículo del poder, como marca de la irrupción
de la estafa, determina el sentido de la vida y el límite en donde terminan los derechos de los
subalternos: “Un destino, en un segundo, cambia de dueño, un escrito desata la tragedia en
unos, obsequia prosperidad a otros” (139).
Expulsado y, ya adulto, reintegrado a una pequeña parcela estéril del terreno
expropiado donde solo hay un par de quebrachos negros, el narrador se instala en un exilio
interior junto a su mujer e hijos pero luego se queda solo cuando estos huyen apremiados por
el hambre y la miseria. La falta de expectativas conduce al narrador, sin embargo, a una
epifanía gauchesca que resulta desopilante, como un idioma artificial, ventriloquía insular en
la voz del deshabitado. No es, a pesar de todo, el descubrimiento del tono gauchesco el más
importante que realiza sino el prodigio del árbol: quien se une a él no pierde la vida.
Finalmente, decide pasar a la eternidad aferrándose a él, dejándose cubrir muy lentamente
durante años por el crecimiento de su corteza. Su cuerpo pierde los sentidos (empezando por
la vista) y perdura en la inmovilidad vegetal, sin ser él mismo parte del árbol aunque con la
idea de convertirse alguna vez en un pájaro. De alguna manera, este cuento propone una cierta
frontera entre las narrativas territoriales de la cultura civilizada y las narrativas de continuidad
entre hombre y naturaleza de los pueblos originarios.
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Pero es en “Tres versiones y tres tiempos de ella” en donde la poética de Murillo
adquiere espesor y hace cumbre. Este cuento es un tríptico que narra las historias de tres
mujeres: una joven muerta incorrupta; una indígena que pacta con el diablo; una prostituta
intemporal que vaga por las rutas sin recuerdos. Como si fuera el resumen del libro, estos
textos plantean un recorrido por temporalidades superpuestas: la espectralidad y la presencia;
la vida y la muerte; el sueño y la vigilia. El signo que anuda las historias es la libertad de las
mujeres: la muerta incorrupta que se erige en mito o santa popular; la muchacha que pacta con
el diablo intercambiar su alma por la libertad y deambula por el infierno como si estuviera en
un sueño; la prostituta que se alimenta de las historias de los hombres que la abordan y los
libera. Precisamente en este último texto aparece con explicitud el núcleo de toda la propuesta
estética de Murillo: el laberinto de oídos infinitos. Las historias existen para ser contadas, para
ser escuchadas, para ser donadas, como instancias de liberación antes que como producción
de distinción social. Las historias que se cuentan deambulan por lugares inciertos, configuran
mapas donde andar con pies perseverantes, a la búsqueda de las palabras que puedan decir
algo sobre nosotros mismos, que obren el retorno de lo soterrado, de aquello que, sin estarlo,
parece muerto. Esa frontera nebulosa plagada de espectros, cadáveres incorruptos, hombres y
animales eternizados por prodigios, personas sin memoria, pueblos olvidados por completo y
nómadas sin destino configura el mapa de posibilidades de un territorio devastado que, en
última instancia, parece inaugurar un tiempo de espera: la catástrofe se avecina.

Un lugar lejos de todo/ Sobredosis/ Siempre soñé con hacerme mierda
El realismo de Martínez contrasta notoriamente con el aspecto fabuloso de los
relatos de Murillo. Su novela, Los pibes suicidas, narra las peripecias de un joven tartagalense
durante la década de los ’90 cuando el proyecto neoliberal ha logrado imponerse como
modelo hegemónico. Tanto el protagonista como los demás personajes viven la fiesta
menemista con desencanto pero sin darse cuenta. A diferencia de Murillo, que tiene
momentos ensayísticos, aquí no hay apreciaciones morales o juicios de valor ni definiciones
de lo que es la política o las drogas o los piqueteros.
Ahora solo nos ocuparemos de unos pocos momentos, puesto que la novela es más
compleja, en los que se ponen en juego imágenes de la frontera y de la muerte. El primero es
el comienzo intempestivo del libro: en efecto éste comienza sin más apenas uno da vuelta la
tapa con una escena en la que unos jóvenes asesinan a un perro dentro de una bolsa a
puntazos. La violencia extrema y la crudeza del relato configuran un discurso de ritmo
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acelerado en donde pulsa la velocidad y la dureza de la cocaína mezclada con el alcohol. Estas
mezclas narcotizantes obnubilan la percepción de los personajes a lo largo de toda la historia
y motorizan muchas de sus acciones hacia un estado de anestesia. Lo que sucede en este
comienzo es la fractura de un límite: el perro es una víctima propiciatoria de un rito de
desenfreno e irresponsabilidad que euforiza la experiencia narcótica. De esa manera, estos
jóvenes, que no tienen otros proyectos más que beber cerveza y hacerse ricos vendiendo
drogas, toman bajo su voluntad a un animal que se convierte en un objeto, revirtiendo así el
mismo salvajismo con que el poder acomete contra ellos
5
.
Otro momento en que la anestesia generalizada hace su aparición fulgurante es
cuando el padre del Porteño, uno de los amigos del narrador, muere luego de una riña con un
camionero con quien había perdido plata en apuestas.

- Que bajón lo de tu viejo – susurra el Abuelo.
El Porteño no dice nada y sigue tomando cerveza del pico. Prende un
cigarrillo, hace una seca larga y tira el humo en argollas mal armadas.
La bolsa vuelve a sus manos y extiende los brazos hacia los costados
como si estuviera crucificado. Mira al cielo y ve las nubes que tapan la
luna y asegura que siente olor a lluvia. (2013:107)

El lugar en donde se juntan se llama el Matadero. El capítulo se titula “La sangre
de las vacas”. Luego de la noticia del fallecimiento, el Porteño solo manda buscar más
cocaína en su moto: deben comprarle a los pibes del cementerio. Todas las imágenes son
fatídicas, mortuorias, y sin embargo el tono de la narración (siempre en presente, un presente
de demolición) nunca cae en el patetismo. Las acciones transcurren como si nada hubiera
sucedido, como si la orfandad fuese una situación adquirida previamente por todos, casi en el
sentido de un estigma o, más aún, de una seña de intemperie que es también la seña de sus
identidades. No hay proyectos de vida, la gente muere de cosas absurdas, el tedio copa las
mentes y el embotamiento posterior (la resaca) gana la partida al día siguiente. Los cuerpos
son, como en un poema de José González, ‘ruinas inmóviles’ que ocupan los palieres de los
monoblocks. Pero también la inmovilidad es tematizada como la desazón de no saber qué
hacer con el futuro: en las rutas los piqueteros cortan el tránsito, el flujo de los que van

5
“El Culón sale, busca un ladrillo abajo del asador y vuelve. Se para arriba del perro. Contiene la respiración y
con las dos manos lo arroja sobre la cabeza. Los huesos del cráneo se parten. El azulejo se raja. Algo explota.
Silencio. La sangre mancha el piso” (7)
9

rápido
6
. De igual forma, los afectos se resumen en lo inconmovible: nada para sentir. La vida
y la muerte adquieren una consistencia porosa, se contaminan. ¿Quién es el muerto cuando
vivir no significa literalmente sentir? Luego de efectuar la compra regresan con los demás y
siguen consumiendo, obsesivamente el consumo aparece como el horizonte en el que se
resuelven (y se disuelven) todas las expectativas y deseos. La aparente libertad no es otra cosa
que un presente continuamente arrasado por lo inconmovible de la tragedia de un país
expoliado sin ningún miramiento y por las consecuencias sociales devastadoras del modelo
neoliberal.
Pero no debemos creer que esta sea una novela de tesis, ni siquiera una experiencia
de formación (al modo de un Bildungsroman), es antes que nada la alucinación despolitizante
y la clausura de la posibilidad de encontrar en la memoria los sentidos que den espesor al
presente. Estos jóvenes despolitizados que observan a los piquetes desde afuera tienen la
certeza de que Tartagal es un agujero del que no van a salir ni siquiera si logran migrar. La
frontera es una incisión en la identidad que conduce directamente al punto de aniquilación: si
uno está allí no es porque esté de paso, es porque va a morir.

Me trepo a la moto y el Porteño grita que lo apoye más,
que le gusta y me doy cuenta de que está más duro que una piedra. Me
sujeto a su cintura y salimos. Siento el aire en la cara y por un
momento me olvido del calor. En la avenida, rumbo al boliche, el
Porteño acelera al mango. Este puto se quiere matar. Cierro los ojos y

6
Arakaki (2005) propone tres zonas con sus correspondientes ritmos para pensar el diagrama de las sociedades
post disciplinares que, según él, han configurado el capitalismo de flujos: “La zona de exclusividad es
movilizada y pautada por el ritmo de las «actividades financieras, de seguros, inmobiliarias, de consultorio, de
servicios legales, de publicidad, diseño, marketing, relaciones públicas, obtención de información y gestión de
sistemas informáticos». Es una población de cuerpos fabricados para que no pierdan el tiempo, para que vivan
on line en «tiempo real» en los flujos globales, y para que, para moverse por la ciudad, utilicen los modos más
dinámicos del entramado urbano: las autopistas, los ascensores, los automóviles. Por otro lado, la rémora de
actividades comerciales y profesionales históricamente surgidas en y por la sociedad industrial- fordista,
masificadora y desigualmente integradora como la extensión panóptica de las disciplinas, es el estrato social que
denominamos la malla, que envuelve a la zona de exclusividad, y fluye a un ritmo más lento que ésta; menos
devastador pero «desenchufado» (off-line) de la economía global. Es la población que añora los tiempos de la
movilidad social ascendente, y que se mueve bajo el paraguas ideológico del Estado nación. Una masa de
cuerpos que sólo de vez en cuando, y como una excepción, utiliza las autopistas; o utiliza la internet sólo para
mandarse correos electrónicos o chatear. Es como una «zona de permanencia», en la medida en que los cuerpos
allí alojados no yerren en algún negocio y sean violentamente expulsados hacia los nebulosos bordes. Esos
bordes, esas zonas de exclusión, están constituidas por la fuerza de trabajo que fue convertida en población
excedente relativa por el capital global; que fue «erradicada» de sus territorios; que ya no tiene «ni pa´l bondi»,
es decir, que ya no viaja, no circula, no fluye. Son los parias de la sociedad de flujos. La inmovilidad es su
esencia y su condena. Su modo de lucha visible, el piquete, no es otra cosa que eso: una inmovilidad impuesta en
medio de un espacio de flujo. Son los que, anclados a un territorio, ven pasar por sobre sus cabezas las autopistas
que llevan y traen a los cuerpos globalizados, desde sus exclusivos Barrios Cerrados hasta el Microcentro o el
Aeropuerto.[…] Los excluidos, los sujetos-off-line de la globalización, apenas si pueden agenciarse algún
servicio banal del mercado de los exclusivos: sólo antenas de Directv en las villas de Buenos Aires...” (65-66)
10

como un flash que atraviesa mi mente me acuerdo del sueño: el
Porteño, el Culón, la Gringa y yo estamos descalzos y somos niños.
Tengo el rostro manchado con tierra. corremos por un descampado
que de a poco se llena de centenos. Más allá aparece un precipicio
pero seguimos. Nadie nos detiene. (122)

Rotos los vínculos con los demás, sobre todo con los adultos, el espacio vital que
queda habilitado para la intensidad es el espectáculo de la movilización piquetera: Mosconi,
un muerto en enfrentamientos con gendarmería. Tartagal, mientras tanto, colapsa y los
saqueos se multiplican. El narrador forma parte de algunos actos vandálicos y observa los
acontecimientos como un cronista, después continúa mirándolos por televisión y finalmente
sale a deambular sin rumbo fijo. La novela concluye sin cerrar la historia, la deja en un estado
de ambigüedad característico de las narrativas de corte minimalista: mencionan algo sobre un
veneno y una reunión, pero ¿es porque se van a suicidar o porque van a seguir consumiendo
drogas? ¿Un veneno necesariamente debe matar en un instante?

Urbicidio/ Necrópolis/ Amuletos fúnebres
Por último, abordaremos el libro de poemas Jaguares de David León. En él, la
catástrofe no solo ya ha sucedido, no hay después, lo que ha quedado es una ciudad tropical
(presuntamente Orán) devastada a la que se ingresa aportando un password: sangre
7
. La
configuración del espacio remite continuamente a la imaginación técnica de los videojuegos
de guerra (altamente violentos) al estilo de Call of duty, Battlefield o Medal of honor. Así, el
territorio queda constituido según diversos escenarios de batalla dinamizados por
enfrentamientos y pautados por los ritmos del estado de excepción. Los cuerpos, acechados
por francotiradores, se convierten rápidamente en cadáveres o en zombis y la devastación
trastorna el paisaje urbano en una necrópolis laberíntica demarcada por los alambres de púas,
las murallas, las cercas electrificadas, los patíbulos, los cuerpos colgantes, los mutantes en
busca de alimento y los fantasmas.
Este libro produce y provoca un intenso pensamiento sobre 1) los mecanismos de
las sociedades de control y las subjetivaciones técnicas; 2) las formas de la memoria inscriptas
en el cuerpo y en la voz. Y lo hace según dos coordenadas, la primera, el sometimiento del
hombre a la tecnología, por ejemplo merced a las referencias a los juegos virtuales que
espectralizan las subjetividades, detonando una experiencia holográfica donde cada individuo

7
Más adelante dirá “Sangre es el esperma inseminado en la tierra”. (28)
11

representa una función de las máquinas, es reproducido por los plasmas y los sensores,
identificado por códigos de barras y reemplazado por androides
8
. La segunda corresponde a la
evocación de acciones de combate y las alusiones a grupos de tareas que remiten a los
testimonios de detenidos durante la última dictadura cívico militar en Argentina (o a las
dictaduras latinoamericanas)
9
.
En este sentido, la tecnología mejora las condiciones de la aniquilación,
especializa la matanza y la vuelve un acto deshumanizante. Los aspectos sensibles de los
ataques penetran fundamentalmente por los ojos pero se dejan sentir también en la “carne”
que “se eriza como la profunda marca/ de una cerca cuadricular” (23), en el “seco olor a
alambrados de púas”(34), en los gritos y disparos
10
, en el sabor de la osamenta y la carne
humana
11
. A su vez, la política de supervivencia propone interrumpir la permanencia dentro
de los límites de la ciudad para huir de los armamentos profusamente invocados hacia la tierra
sin mal, recuperando así el imaginario guaraní.
Fin de zona urbana
En los tres libros reseñados resulta posible advertir la presencia de fantasmagorías
que impiden establecer límites precisos entre el mundo de los vivos y de los muertos. Si bien
cada uno con modulaciones diferentes, todos coinciden en diseñar un territorio fronterizo
fuertemente signado por la violencia política, la devastación y el vaciamiento de las
expectativas. De esta manera proponen una representación crítica de las experiencias
ciudadanas en esas zonas figuradas como espacios de relegamiento y desastre. Al mismo
tiempo, a diferencia de los escritores coetáneos de la capital salteña (de entre 25 y 36 años)
12
,
estos autores abren e inscriben sus discursos en problemáticas de mayor amplitud puesto que
permiten configurar dimensiones de las experiencias sensibles interculturales (quizá Martínez
en menor medida) atravesadas por violencias comunes a ambos lados de las fronteras. Estas
escrituras proponen, en consecuencia, una apuesta y un riesgo político para pensar la alteridad
y las producciones de diferencia en nuestra sociedad todavía hegemonizada por disposiciones
excluyentes. En qué medida la crítica literaria leerá estos libros en el futuro es todavía un

8
“La vigilancia es extrema en los patíbulos./ Los verdugos poseen áreas liberadas./ Sus sensores presienten cada
sombra en movimiento. / Cíclopes de plasma se contornean/ en postes acicalados iluminando las zonas. / Somos
observados, perseguidos/ constantemente en la somnolencia cotidiana” (4)
9
“Nuestra madre/ encapuchada/ raptada en un blindado militar/ y arrojada en un pozo clandestino.” (6) “Una
ciudad perdida en el flanco/ de la noche es alumbrada de azul./ De repente, queda sitiada/ y sus luces se apagan”
(25)
10
“Disparos cruzados revelan el sonido/ de una guerra” (20)
11
“…niños zombis/ en busca del nutriente./ Amotinan un espacio/ para degollar transeúntes./ Fantasmas en
caballos escudados/ rastrillan sus osamentas” (13).
12
Con las excepciones de Rodrigo España, Salvador Marinaro y, hasta cierto punto, de Cecilio Pastrami.
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interrogante. Las lecturas realizadas hasta el momento han insistido más en vinculaciones
genealógicas e inclusiones en tradiciones narrativas o poéticas de diversa índole que en los
programas estéticos que promueven, cada uno desde su modulación particular. Lo cierto es
que, finalmente, dichos programas operan un distanciamiento del espacio urbano como tópico
relevante para empezar a discutir la ciudadanía más allá de la categorización del lugar en
donde los individuos desarrollan sus vidas y de las posiciones previsibles que le destinan los
operarios del poder en las agendas mediáticas y políticas. En síntesis, cuestionan la
conversión masiva de los ciudadanos en fantasmas y zombis como proyecto político de
dominación.

BIBLIOGRAFÍA
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