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Pronunciamiento de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica San
Pablo sobre la Resolución Ministerial N° 486-2014/MINSA que aprueba la
“Guía Técnica Nacional para la estandarización del procedimiento de la
Atención Integral de la gestante en la Interrupción Voluntaria por Indicación
Terapéutica del Embarazo menor de 22 semanas con consentimiento
informado en el marco de lo dispuesto en el artículo 119° del Código Penal”

1. La Constitución Política establece como fin supremo de la sociedad y del
Estado “la defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad” (art. 1º),
asumiendo así una clara postura personalista que reconoce la sinonimia entre
“ser humano” y “persona humana”, y que orienta nuestro ordenamiento jurídico
hacia la constante protección de todo ser humano. En esta línea, reconoce
también al concebido como sujeto de derecho (art. 2º, inc. 1) en plena armonía
con “el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e
inalienables de todos los miembros de la familia humana”, principio recogido en
el Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

2. Desde estos fundamentos jurídicos, resulta de especial preocupación la
reciente aprobación de la “Guía Técnica” en la que se pretende regular la
posibilidad de “interrumpir voluntariamente el embarazo menor de 22 semanas
por indicación terapéutica”, supuestamente en el marco del artículo 119° del
Código Penal, pues la llamada “interrupción voluntaria del embarazo” no es
otra cosa que un aborto, es decir, la eliminación en forma directa de un ser
humano indefenso e inocente: el concebido.

Dejamos constancia de que no existe aborto alguno que pueda ser catalogado
en estricto como “terapéutico”, pues resulta imposible que una auténtica terapia
o tratamiento brindado a la madre gestante pueda consistir en dar muerte a su
hijo concebido. Por otro lado, los consistentes avances en la ciencia médica
nos muestran con toda evidencia que ante las complicaciones que puedan
surgir durante el embarazo, existe hoy la posibilidad de salvar ambas vidas (la
de la madre y la del hijo), dato que no puede ser indiferente al Derecho, tanto
en su reconocimiento como en su protección efectiva. Privilegiar como regla
general una vida sobre otra conlleva a la discriminación y ésta atenta contra la
igualdad inherente a todos los seres humanos.

3. La Guía parte de la idea de que la posibilidad de regular el aborto se encuentra
contenida dentro del marco de lo dispuesto por el art. 119º del Código Penal.
Sin embargo, creemos que esta interpretación resulta jurídicamente inviable,
pues la exención de la pena de una conducta prohibida como el aborto mal
llamado “terapéutico”, no niega la configuración de una acción considerada
típica y antijurídica; es decir, injusta y contraria al ordenamiento jurídico. La
despenalización de esta conducta antijurídica es un caso especial de la causal
de inexigibilidad de conducta denominada “estado de necesidad exculpante”

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(recogida en su formulación genérica por el art. 20°, inc. 5 del Código Penal).
En ese orden de ideas, debe comprenderse que: i) no se puede, en buena
técnica legislativa, derivar un reglamento de un Código Penal, pues no
corresponde reglamentar el ejercicio o comisión de las conductas típicas y
antijurídicas; ii) no toda acción despenalizada debe asumirse como
socialmente aceptada, ni mucho menos como legalmente exigida; y iii) no cabe
la generalización -como se pretende con la Guía- de una situación de
necesidad exculpante, cuya calificación debe realizarse en cada caso concreto.

4. Si consideramos además otros detalles lamentables de la Guía, como la
confusión dentro de las causales de dos prácticas médicas claramente no
abortivas que no requerían reglamentación (Guía, art. 6°, inc. 1 y 2) con otras
abiertamente abortivas y por lo tanto prohibidas; o como la creación de una
preocupante puerta abierta para el aborto indiscriminado en el país (Guía, art.
6°, inc. 11); o como la no regulación de los derechos sanitarios del concebido
cuya salud le es reconocida como derecho por la Ley general de la materia
(art. III); o como la no especificación de que los médicos pueden ejercer su
derecho a la objeción de conciencia reconocido por la Constitución Política (art.
2, inc. c); podemos concluir que estamos frente a una norma no sólo
gravemente injusta, sino que atenta directamente contra el orden constitucional
peruano, por lo que resulta imperativa su derogación inmediata en orden al
bien común de todos los peruanos.

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