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El torero más clásico y profundo que conocí

Alfonso Navalón

Todavía recuerdo su presentación en Madrid. Fue un 15 de agosto de finales de los


cuarenta. Esa tarde también debutaba en Las Ventas el malogrado Manolito Santos,
muerto en Casillas de Flores cuando ya estaba derrotado, y completaba el cartel un
sudamericano apodado 'Trujillano' que tampoco llegó a nada.

Nadie podía sospechar que aquel gaditano de la Isla de San Fernando iba a ser uno de
los grandes toreros de la historia. Iba a una de esas novilladas anodinas y desesperadas
del verano, cuando todos los críticos de fuste estaban en La Semana Grande de San
Sebastián y sólo los aficionados más modestos acudían a los tendidos.

A Rafael Ortega se le estaba ya pasando la edad. Un caso muy parecido al otro Ortega
de Borox cuando se presentó en Barcelona en pleno mes de octubre a despachar un
saldo de la barrida de corrales. Los dos empezaron muy tarde, a la edad que otros
toreros llevaban ya diez años de alternativa y los dos han quedado ahí como grandes
mitos del toreo.

Domingo, con aquel poderío de lidiador al que se entregaban todos los toros, con los
andares parsimoniosos de un maestro de ceremonias. Rafael parecía más un botijo que
un junco. Y además prematuramente calvo. Había que ser un pedazo de torero como él
para despertar la admiración de los públicos, con aquellas hechuras. Y para ser
reconocido como el favorito de los aficionados puros y el más admirado por todos los
toreros de su época.

Asombró en Madrid por su clasicismo, por su entrega a las normas eternas, por la
profundidad con que ejecutaba todas las suertes. Fue el contraste inesperado con
aquellos novilleros que iban a jugarse la vida desesperadamente y salían heridos con la
taleguilla destrozada de las veces que iban por los aires.

Rafael Ortega causó respeto desde esa tarde hasta en su última reaparición, como en
aquella corrida del escándalo de Romero cuando se dejó vivo un toro de Cortijoliva y
Rafael cuajó acto seguido la mejor faena de San Isidro sin que apenas se enteraran
aquellos críticos y aquella afición 'del clavel' que ya empezaba a perderse en
frivolidades, olvidando la seriedad de la primera plaza del mundo.

Imaginaos la clase de torero que ha sido este gaditano que un día estábamos tentando en
'El Berrocal' con un cartel de lujo: Manolo Escudero, Rafael Ortega, Manolo Vázquez,
Antoñete, Curro Vázquez y Ángel Teruel. A pesar de ser ése el año glorioso de la
reaparición de Manolo Vázquez y cuando Antoñete, también reaparecido, era el ídolo de
Madrid, tuve el atrevimiento de sacarle otra vaca a Rafael Ortega cuando los demás sólo
torearon una.

Pasó que la de Rafael era de esas chatitas de Arranz, tan excesivamente brava que se
revolvía en un palmo de terreno. Rafael llevaba ya varios años retirado y le pesaban los
años. Anduvo decoroso pero a ratos le faltaba el resuello. Y yo no quería que se
marchara de esta plaza sin verlo torear como yo sabía que podía hacerlo. Así que me fui
a los chiqueros y elegí una a su medida. Rafael, que siempre fue muy tímido, no quería
aceptar aquel distingo.

La erala salió templada y con clase y, cómo estaría el de la Isla que todos los demás
toreros le tocaron las palmas emocionados. Pero todavía hay algo más grande para dar
una medida de su forma grandiosa de torear.

La vaca siguiente le tocaba a Curro Vázquez, el último torerazo de esta época. Y Curro
no quiso salir: "Después de haber visto torear a este pedazo de maestro, yo no me atrevo
a hacer el ridículo porque no he visto torear así jamás". No olvidemos que Curro
Vázquez está emparentado nada menos que con Luis Miguel (que no tiene mayor
importancia) ¡Y con Antonio Ordóñez! que es el gran mito del toreo al que siempre se
pone como ejemplo de arte y empaque.

Por eso no me voy a entretener en contar la historia de un matador sin suerte al que no
se le hizo justicia en su época. Tuvo la mala fortuna de llegar a las grandes ferias
cuando la rivalidad entre Luis Miguel y Ordóñez estaba en la cresta de la ola. Cuando
Hemingwuay escribió 'Verano sangriento' con pasión ordoñista, mientras Luis Miguel
era un play-boy internacional y se paseaba con Ava Gadner o Romy Snaider.

En medio de dos figuras con tanta personalidad a Rafael Ortega, gordo y calvo, le
pusieron el sello de estoqueador. Del mejor matador de su época. Además lo apoderaba
el viejo zorro del señor Domingo Dominguín, padre de Luis Miguel, suegro de Ordóñez
y también apoderado de los dos. El sabio Domingo no podía correr el riesgo de poner a
Rafael Ortega en un cartel de lujo junto al hijo y al yerno porque podría cuajar un toro y
ya no se hablaría de otra cosa.

A Rafael lo metía en otros carteles más modestos, muchas veces con Ángel Peralta
delante de las cuadrillas. Luego vinieron aquellas cornadas tremendas, como la de
Pamplona que le destrozó la vejiga. Le pusieron el sello de gran matador. Y los grandes
críticos de la época (Corrochano y compañía) se limitaron a cantar sus estocadas.

Cuando llegué a la crítica me dolía la injusticia que se había cometido con este hombre.
Hemos sido grandes amigos y antes de reaparecer, ya mayor, lo iba a ver a los
tentaderos y pedía a los ganaderos amigos que lo invitaran para disfrutar con aquella
pureza que tenía al ejecutar todas las suertes ¡cómo bamboleaba el capote citando en el
primer tiempo de la verónica! y cómo cargaba la suerte! y no digamos aquella forma de
citar al natural con el medio pecho, adelantando la muleta plana y llevándosela luego a
la cadera.

Un día me llamó desde Jerez Alfonso Lacave para tentar cuarenta vacas en dos días y
cuando supe que iba el 'gordito' ya ni lo pensé. Salí el jueves de Corpus de Madrid
después de hacer la crónica de la corrida. Llegué a los Montes de Jerez cuando clareaba
el día. Dormí hasta las once en 'La Alcarria' y luego, aquel tentadero durísimo con las
vacas gozalonas después de pasar la primavera y bajo un sol abrasador en aquella plaza
metida en el embudo de dos cerros.

Cómo sería aquello que el segundo día ya no me entraban los botos y tuve que torear en
zapatillas. El domingo de madrugada volví a Madrid para hacer la crónica de esa tarde.
Imaginaos la ilusión que hace falta para darse este palizón, uno que odia los viajes,
adora la siesta y le gusta la noche. Pero el lujo de ver torear dos días seguidos a un
torero así, bien valía el sacrificio. A veces, cuando llegaba mi turno de ponerla al
caballo, Rafael tenía que recordármelo "¡Pero sal ya, que te toca a ti!". Y es que me
quedaba embobado viéndolo lidiar con el capote y se me olvidaban los deberes.

Recuerdo una sobremesa con Antonio Ordóñez en 'Valcargado' cuando estuve cinco días
viviendo en su casa con Miguelín y Andrés Vázquez, que estaban preparando su
temporada. Ordóñez entonces estaba retirado, rumiando ya su reaparición del 65, donde
ya no fue ni su sombra.

Debajo del cristal de una mesa camilla había muchas fotos suyas toreando y algunas de
Pepe Luis y de Rafael Ortega. Me picó la curiosidad de saber lo que pensaba el rondeño
del torero de la Isla y le señalé una foto toreando con el capote a aquel 'miura' al que le
cortó un rabo en la feria de Sevilla. Ordóñez ni se lo pensó: "Rafael Ortega es el que
mejor ha toreado de todos nosotros".

Publicado en Tribuna (19/11/97)