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El cinematógrafo es un invento excepcionalmente maravilloso.

Combina la tecnología con el
talento de mucha gente: técnicos, ingenieros, arquitectos, escritores, escenógrafos, camarógrafos,
productores, directores y, los visibles; actores.
Todos formando equipos de pequeños y compactos, hasta enormes en recursos humanos y
financieros; según sea el tamaño de la cinematografía y/o la empresa que la construya y la lleve a
cabo.
Pero en el principio necesitó de lugares apropiados para su exhibición y explotación, muchos
teatros en todo el mundo fueron convertidos en salas de cine de manera inicial. Se proyectaron
películas en cafeterías, bares y hasta paredes blancas de casas e iglesias. Sin embargo,
posteriormente se construyeron lugares ex profeso.
El espacio no era muy complicado: un amplio galpón de uno, dos y hasta, tres niveles; una pequeña
sala de proyección, un lobby con una tienda de dulces y bebidas; también baños. Estos últimos
harían historia sexual en muchos usuarios. Todas eran en ese formato arquitectónico,
independiente del menor o mayor lujo y ornamentación, según su ubicación y el perfil del cliente al
que iba dirigido su uso. Los de mayor categoría tenían marquesina iluminada.
También se les construyó escenario, como en los teatros y servían como auditorios para
presentaciones de obras y grandes figuras del espectáculo nacional e internacional. Su parentesco
con los teatros era casi de hermanos, solo sin la campana o cúpula de los escenarios de los
verdaderos centros de montajes escénicos. En nuestros días, estos espacios han desaparecido en
las nuevas salas.
En El Salvador, las primeras proyecciones de películas extranjeras y nacionales, se llevaron a cabo
en un hotel. Posteriormente los teatros privados como el Principal, el Colón y el Variedades,
comenzaron a proyectar películas, sin dejar de lado las artes escénicas. Esto sucedía desde 1909. En
1917 también el Teatro Nacional, recién estrenado, comenzó a exhibir películas; tal como sucedió
en el anterior desde 1899 hasta su incendio en 1910. Los teatros Variedades y Principal, llegaron a
tener sus propios equipos de filmación y también sus propios técnicos.
Al aumentar el éxito del cinematógrafo, a San Salvador se le hicieron insuficientes los teatros para
la ya enorme producción de Hollywood, México, Argentina y Europa, además de la nacional; los
noticieros, documentales y anuncios diversos producidos en el país. En 1922 se construyó el Cine
Mundial, primera gran sala de cine solo para cine, pero como ya se dijo, con escenario para eventos
teatrales, sociales y culturales. En el interior de la República, una veintena de ciudades tenían ya
salas de cine en el mismo momento. Los teatros de Santa Ana y San Miguel también eran utilizados
para proyecciones fílmicas.
TEATRO Y CINE
El cine, por su expresivo lenguaje, se convirtió en el destino de la recreación, popular y no popular,
por excelencia. Era barato, podía asistirse solo o acompañado, en familia o sin ella; con amigos,
novios, etc. Los teatros tienen otra función dada su naturaleza y había que construir más cines.
Así en 1935, existían unas diez salas en la Capital y unas treinta en el interior del país. El General
Maximiliano Hernández Martínez creó el Circuito de Teatros Nacionales en1933 aduciendo que el
cine, en particular en el que él aparecía, debía ser para el pueblo ya que las salas privadas no
permitían el fácil acceso a las clases populares; además de tener una obligación en la beneficencia
pública. También era uno más de sus intereses en controlar los materiales exhibidos.
Para este circuito se tomaron nuevamente los tres teatros del país (Nacional de San Salvador, el de
San Miguel y el de Santa Ana) para ser la cabeza de dicha empresa paraestatal. El deterioro de las
históricas salas fue terrible. En el de San Salvador, algunos empleados llegaron a alquilar los palcos
y el tercer nivel como sitios de trabajo sexual. Simultáneamente los centros de artes escénicas
recibían compañías de espectáculos teatrales de buen nivel internacional y se permitía a las
compañías nacionales su uso para tal fin. Pero el deterioro fue indetenible, hubo momentos en que
ni la tramoya y la iluminación funcionaban bien.
En 1958, San Salvador solo llegó a tener seis salas estatales: El Nacional, el Apolo (antiguo Teatro
Variedades) remodelado para ser el lujo del Circuito con exclusivos estrenos; el Follies, bastante
pequeño; los cines de barrio Iberia y América y el gigantesco Popular, ubicado en el sitio de los
restos del cine Libertad, con cuatro mil butacas, que servía como auditorio para las figuras
internacionales, boxeo, lucha libre, y eventos masivos de cualquier índole. Este último desapareció
en los 1960. En el interior del país llegaron a ser diez y ocho más, con un total de 24. En los 1970 y
1980, construyeron el Presidente, el Zacamil y el Mar en Acajutla.
Mientras tanto, en 1958, las salas privadas sumaban catorce en la Capital y 29 en el interior del
país, para un total de 43. El lujoso cine Caribe encabezaba la lista de la empresa Teatros de El
Salvador; el Darío que también era teatro de los buenos, el Central, Avenida, Izalco, México, Roxi,
Fausto, Modelo, París, Capitol, Deluxe. Otros eran el Regis, el Tropicana y antes el Coliseo. En los
1980 era varios más. El Terraza, Viéytez, Cinelandia, Colonial y a finales de los años sesenta del siglo
pasado un Auto Cine. También el Majestic, los gemelos Paseo y Uraya, Beethoven 1 y 2, tres
multicines Reforma, Metro, Universal y tres salas España. Llegaron a vender en conjunto más de
tres millones y medio de entradas al año. Casi toda la población iba al cine.
Los centros de artes escénicas de principios del XX, seguían siendo maltratados. En 1962, se
entregó el Nacional capitalino a la Dirección General de Bellas Artes, con la finalidad de que fuera
únicamente utilizado para los fines originales. Poco tiempo duró y volvió a ser un cine de tercera
categoría en una Sala de primera, hasta 1976 año en que se acordó restaurarlo y convertirlo en el
palacio de las artes escénicas salvadoreñas como sucede hoy. Igual pasó con los Teatros de Santa
Ana y San Miguel.
Cuando películas triple “X” invadieron las salas de cine algunos de los cines que subsisten en el
centro exhiben películas de pornografía y picardía mexicana.
El Apolo, fundado en 1923, con los últimos avances arquitectónicos de la época por su estilo “Art-
Deco”, fue el preferido por la clase media alta de mediados de siglo, la que apreciaba su exquisita
decoración, iluminación y hasta su aire acondicionado. De su esplendor sólo sobrevive el
imponente rótulo de “Apolo” en su frontispicio.
A inmediaciones también se encontraba el cine Plaza, pero desde hace unos cinco años funciona
una iglesia cristiana, al igual que sucede con el cine Fausto, ubicado en el barrio San Miguelito.
La riqueza de la historia cinematográfica no sería la misma si no se menciona al cine Libertad, que
data de 1929 –y en sus orígenes también llamado “Popular”–. Las mil y una historias que encierra la
que un día fuera una sala majestuosa, también utilizada como teatro, no pueden contarse porque
sus puertas fueron clausuradas a principios de los 90. Hoy es guarida de delincuentes y huelepegas.
El cierre del Circuito de Teatros Nacionales en los 1990, propició, junto con el terremoto de 1986, la
debacle de las gubernamentales; pero permitió la recuperación de las tres magníficas salas
teatrales, propiedad del Estado, de principios del siglo XX y en especial el de Santa Ana que fue
construido por las cafetaleros de esta ciudad.
CONCLUSIONES
El público, en todo el mundo, en mayor o menor escala, dejó de asistir a las salas de cine
tradicionales, de un promedio de capacidad de mil espectadores para las medianas, de dos a tres
mil las grandes y de quinientas las pequeñas. La tecnología, tan aliada del cine, la dañó. En los 1980
con el VHS era fácil ver el cine en casa, posteriormente, con el DVD mucho más ya que se puede
hasta de manera portátil. En el primer mundo todavía, se puede pagar el alto precio de las entradas
por las grandes mayorías. En el tercer mundo ya no. La piratería tecnológica ayuda a verlas en casa
pero no ayuda a la taquilla y daña los grandes centros de producción. El cine de los últimos treinta
años no fue más el sitio de encuentro, tampoco el ritual socio-antropológico de antes, durante y
después de asistir.
En El Salvador únicamente hay salas en San Salvador, Santa Ana y San Miguel, en el nuevo formato
de multisalas. La cantidad es desproporcionada, solo tres en la oriental ciudad y más de cincuenta
en el Gran San Salvador, sobreviven una pocas antiguas como las Majestic, Universal e Izalco, en el
Centro Histórico. Cerraron otras multisalas las cinco de Santa Ana y las de Merliot, los España y
todos los demás. En el interior del país NO HAY SALAS DE CINE. Las que quedan en pie son ahora
supermercados, iglesias evangélicas, centros comerciales o cualquier cosa, menos cines. Con siete
millones de habitantes se tiene menos cantidad de salas y cobertura geográfica que hace más de
medio siglo con sólo dos millones y medio. Cuarenta villas y ciudades del interior del país también
contaban con al menos una sala, las poblaciones grandes de dos a seis. Los gigantescos cines
dejaron de ser negocio.
Por eso es difícil la exhibición para una supuesta “industria nacional” de cine, tomando en
consideración el colapso de la mejicana, argentina y brasileña. Con cincuenta y seis salas, todas
exhibiendo una película nacional, lo cual es imposible, no se recupera ni la décima parte del costo
elevado de las películas industriales. La ley del cine es sólo un sueño más. Pero se vale.
El tiempo es inexorable y cambiante. Lo mismo que he descrito pasa en todo el planeta. La
nostalgia invade a muchos que crecieron con los enormes cines. Pero el viejo invento se renueva
constantemente. Ha cambiado la forma de verlo, pero no deja de consumirse, es demasiado
maravilloso para que deje de existir. El placer del cine lo provoca el cine, no los lugares en donde lo
vemos. Debemos ir con los tiempos y la evolución de las sociedades y su tecnología. Así resulta
menos pesada la triste carga del recuerdo.