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Presentación del revés de la masculinidad

Un padecer de la masculinidad está presente en la vida de mujeres y hombres.
Depresiones encubiertas, enfermedades cardiovasculares, adicción al trabajo, el
alcohol u otras drogas son algunas de sus expresiones en los varones. Realidades
sociales, familiares e institucionales, así como las que abordamos en el trabajo clínico
nos muestran malestares y consecuencias de un hacerse hombre bajo el dominio de
imperativos culturales que legitiman y naturalizan la violencia como elemento que
define la masculinidad.
Como agresores la mayoría de las veces, otras también como víctimas, los varones
son protagonistas de graves problemas sociales y de salud pública regidos por la
violencia. Tenemos así la que ejercen contra mujeres, niños y niñas, la que se
presenta en el ámbito laboral o escolar, la violencia delincuencial y carcelaria, y
aquella que se ejerce contra hombres que difieren de los estereotipos viriles. No
podemos dejar de mencionar la exposición de los hombres a situaciones de riesgo y
los suicidios como expresiones autodestructivas del ejercicio de la violencia.
Frente a tales realidades es indispensable una aproximación que ponga en evidencia
la manera en que la violencia y el ejercicio del poder se han hecho parte de la
construcción de la masculinidad dentro de un modelo cultural hegemónico. Podemos
constatar que esta dimensión suele ser soslayada en gran parte de los discursos y
acciones que se emprenden; tal soslayo responde a ideologías que impiden asociar lo
masculino con algo que no anda bien, un malestar o una queja.
Sin embargo, no es suficiente concebir las relaciones entre masculinidad y violencia
sólo como la realización de un modelo cultural, es preciso considerar las estructuras y
procesos subjetivos implicados. Proponemos problematizar lo masculino que
usualmente es tomado como lo que está a la vista, tiene un color definido, es lineal,
unívoco y simple en su esencia; no hay un universal masculino del que los varones
serían los representantes. Problematizar la construcción subjetiva de lo masculino,
tanto para los hombres como para las mujeres, desde lo que encubre, sus
discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus carencias como formulación
acerca del ser.
Desde esta perspectiva, ponemos en entredicho la pretendida naturalidad de una
supuesta esencia masculina para hacer ostensibles las brechas entre las realidades
subjetivas y los estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión,
desencuentro, conflicto, vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la
masculinidad, entendido como su reverso y también como su fracaso.
Escuchar la realidad del sujeto nos da la oportunidad de acceder al malestar acallado
para abrir vías de cambio subjetivo y social que desliguen la masculinidad del ejercicio
de la violencia y el poder, creando nuevos modos de vida y formas de relación.

Padecer en estridente silencio
¿Quién en lo profundo se vale de nosotros para romper su silencio?
Rafael Cadenas
Sucede que me canso de ser hombre

Pablo Neruda
Romper un silencio, rasgar un velo, nombrar el cansancio, preguntar por qué tanto,
por qué se soporta.
¿Por qué ir a la búsqueda de algo que no ha sido perdido? ¿Por qué proponer una
mirada que oscurece lo obvio, pone en entredicho lo evidente? ¿Cómo hacer de la
palabra un medio para atravesar la pantalla de la hegemonía, privilegios, dominio,
insignias y atributos robados que dan consistencia a la masculinidad?
Requerimos de imágenes y preguntas que nos abran camino hacia nuevos
significados, en un campo donde las relaciones de poder entre géneros se ejercen
también como dominio de las significaciones, para hacer de lo masculino el paradigma
de lo humano.
Al hablar de un padecer de la masculinidad procuramos evidenciar detrás de lo
idealizado, el sufrimiento, el dolor, incluso la enfermedad que se ligan a lo masculino
en las relaciones sociales y en la vivencia subjetiva de los varones. Podemos
encontrar ese padecer en ámbitos tales como la pareja, la salud, el trabajo, la
adolescencia, el envejecimiento, el cuerpo, la sexualidad, la familia o las emociones.
Es algo que también padecen las mujeres porque la masculinidad puede ser para ellas
fuente de identificaciones, a la vez que representa muchas veces el otro para quien
definen su feminidad.
Suponer un padecer no quiere decir de entrada que sea evidente, hace falta
nombrarlo, hacerlo visible; sobre todo porque se trata todavía más de un padecer
silente que de una crisis. Ésta implicaría una abierta manifestación de malestar, la
evidencia de un peligro insoportable y el movimiento hacia las oportunidades de
cambio. Al contrario, se viven frecuentemente realidades encubiertas en las que se
pagan caros los costos de un hacerse hombre ajustado a los más valorados ideales
de masculinidad. Por otra parte, vivimos también realidades resonantes, públicas,
legitimadas en las que, excepto por algunas voces no escuchadas, no se ha llegado
aún a decir que el rey está desnudo, esto es que la construcción de la masculinidad es
un proceso determinante de problemas sociales, políticos, culturales, educativos,
religiosos, de salud pública y de derechos humanos.

Tomemos, por ejemplo, las guerras de todo tipo, modo patriarcal y fálico de abordar y
abonar los conflictos, terreno de hombres que se ponen a prueba y se realizan
virilmente, sea que hablemos de los más poderosos que mueven los recursos para la
destrucción o de los simples soldados, milicianos, carne de cañón. Hablamos de las
guerras refiriéndonos tanto a las confrontaciones bélicas repartidas en el planeta,
como a la vida cotidiana de muchos jóvenes que habitan los barrios de Caracas
defendiendo con armas de fuego precarios territorios y prestigios en la vida
delincuencial. Hay demasiados hombres dispuestos y movilizados a la guerra,
pretendiendo realizarse en ideales que implican no temer a la muerte propia asumida
como realización triunfante del yo, a la vez que banalizan la muerte de los otros.
Pocos son los hombres que repudian la guerra y la violencia por sí mismas, y menos
son aquellos que formulan su repudio cuestionando la hegemonía masculina que en

ellas busca legitimarse y los costos que ésta tiene en términos de dolor, sufrimiento,
destrucción de vidas y discapacidades. El creciente número de jóvenes parapléjicos o
amputados de miembros inferiores por heridas de armas de fuego que mendigan en
las calles de Caracas, es una muestra de tales costos.
¿Hay deseos de hacer cambios en la manera como se vive la masculinidad?
¿Quiénes son los sujetos de esos deseos? ¿Cómo es el movimiento hacia esos
cambios?
Bienvenida al revés de la masculinidad

Recibe mi bienvenida a este sitio virtual para el diálogo y la reflexión acerca de la
fenomenología de la masculinidad en base a una aproximación psicoanalítica.
Inicialmente planteé el revés de la masculinidad como tema de un seminario iniciado
el 30 de marzo de 2011. Este seminario se desarrolla actualmente en sesiones
semanales donde se discuten lecturas y ejemplos clínicos. La idea de crear un blog
surgió inicialmente como respuesta a solicitudes de personas que desean acercarse a
los contenidos del seminario pero no pueden asistir a las reuniones. Una vez
emprendida la tarea encontré que la propuesta de abordar el revés de la masculinidad
tiene un alcance que va más allá de los contenidos del seminario. En este espacio
haré reseñas de esos contenidos, como se leerá en los próximos posteos, pero
también me gustaría tener un intercambio abierto a cualquier persona que reconozca
la relevancia de interrogar la construcción subjetiva de la masculinidad. Este
intercambio podrá continuar una vez concluido el seminario con nuevas preguntas,
aportes y lecturas. Asumo que muchas personas se han planteado una
problematización de lo masculino desde su experiencia, les invito a participar en este
sitio virtual con sus inquietudes, reflexiones y comentarios.
Nuestro diálogo estará abierto a los encuentros que surjan de los aportes recibidos.
Con el fin de poner algunas ideas en el tapete, comparto con ustedes una sinopsis de
contenidos que presenté al comienzo del seminario.
1.- La carencia de ser en la masculinidad y la impotencia que dejan los intentos de
definirla. Asumir la imposibilidad de un referente nos sirve como premisa para
cuestionar certidumbres arraigadas tanto en la cultura como en psicoanálisis. La
organización social de la masculinidad y su producción subjetiva son modos de suplir
una ausencia de ser.
2.- La masculinidad está hecha de relatos, en ellos podemos identificar pluralidad de
mitos y estructuras. La realidad masculina como producción subjetiva, lo masculino en
la producción de subjetividades. Las formaciones sintomáticas, posiciones
fantaseadas y construcciones pulsionales con las que se hacen los hombres. La fallida
aspiración de encontrar la esencia masculina en la ficción del padre y la anomalía del
falo; las implicaciones de esa falla en las relaciones con las mujeres, las familias, la
sexualidad, el trabajo o la salud.
3.- Masculinidad y poder en la realidad del sujeto. Las estructuras y procesos
subjetivos que le dan al poder consistencia de objeto y de referente en la producción
de masculinidades. Lo masculino se construye en una relación de pose y posesión

respecto al poder, pero tal relación no es unívoca, tiene inconsistencias y deja
carencias de las que puede emerger un cambio en la posición subjetiva
4.- La producción de la violencia como modo de vivir la masculinidad y pretender darle
significado. En ello entra en juego la inscripción del principio de realidad, la afirmación
narcisista, la degradación de lo femenino, la valoración fálica de la violencia, la
hipertrofia de las emociones ligadas a la agresión, las pulsiones apuntaladas en el
ejercicio de la violencia y el poder.
5.- La patología de la normalidad: obsesión, paranoia y psicopatía como modalidades
clínicas de la articulación entre masculinidad, poder y violencia. El fracaso en las
imposturas de lo masculino se traduce en conflicto y malestar que padecen el sujeto y
los otros. El malestar en la masculinidad como síntoma social.
6.- Una terapéutica psicoanalítica que atienda a los escollos que plantea la
construcción subjetiva de la masculinidad. Los principios y las vías de la praxis que
ayude al sujeto a desprenderse de una masculinidad constituida como sistema de
defensas frente a la pérdida, la fragilidad y la ambigüedad.
Presos de certidumbres
Una lectora suscrita a este blog aportó un comentario a Escenario de vidas
detenidasen el que nos invita leer el reportaje de Simón Romero En Venezuela una
prisión es un “paraíso”, con fotos de Meredith Kohut. Si tomamos una clave
humorística, el texto y las imágenes evocan la Isla de la Fantasía que se transmitía
por televisión, o la más lejana Mansión Xanadú. Pueden hacernos recordar también
las mansiones de narcotraficantes, tiranos y otros hombres poderosos. Pero si leemos
el drama del reportaje, nos golpea el funcionamiento de un sistema de reclusión regido
por el tráfico de armas y drogas, del cual afirman reclusos y funcionarios que es “un
lugar tranquilo”, en el que se hace la vida más fácil. “Easy time in the San Antonio
Penitentiary”.
Es una “cárcel modelo” en la que se evidencia la falacia en la que se legitima la
violencia patriarcal y falocrática: promete hacer las cosas simples, la vida fácil y
tranquila. Quienes ejercen la violencia pretenden siempre imponer la certeza de que
con ella se garantiza la paz y el orden. Este desvarío no es casual, forma parte del
entramado de la violencia.
En lo que se refiere al ejercicio heroico del poder con las armas, los pranes de las
cárceles venezolanas corresponden al prototipo de los caudillos de las guerras
venezolanas del siglo XIX o de los varones que lucharon en las costas de Troya según
Homero. ¡Absurdo! ¡Sinsentido! Puede alguien exclamar ante tal símil. Son
precisamente el absurdo y el sinsentido los que se ponen en evidencia en los ideales
épicos de la cárcel y, por favor, no dejemos de revisar el absurdo y el sinsentido de la
épica del siglo XIX venezolano o de la Grecia antigua.
Tales realidades pueden asustar; puede producir pesadumbre, espanto y desasosiego
develar verdades que empañan lo natural, lo normal, el deber ser de la apolínea y
luminosa masculinidad. No podemos quedarnos sólo en la sensibilización, si
problematizamos el sujeto de lo masculino es para abrir vías de cambio, poner en
movimiento las vidas detenidas. Nos apoyamos en el psicoanálisis para contribuir a

producir nuevas realidades subjetivas y sociales en las que se detenga el ejercicio del
poder y la violencia como modo de vida.
Guerreros, héroes, caudillos, pranes o semidioses, son todas metáforas que aportan
sentido al tonel sin fondo de la masculinidad. El inconsciente produce metáforas que le
sirven para las identificaciones, síntomas, fantasías en las que el sujeto encuentra
consistencia como efecto de sentido. Las metáforas hacen sentir, implican también
experiencias de satisfacción, goce que deviene fijación del sujeto al sentido.
Un aspecto de la construcción subjetiva de la masculinidad es la producción de
sentidos acerca del ser hombre. Hace dos semanas escribimos acerca de las
definiciones esencialistas, empiristas y normativas en los estudios de la masculinidad.
Queremos retomar aquí esos enfoques tomando en consideración que las definiciones
pueden ser producciones subjetivas de sentido, sustentan la sujeción a identidades y
a las formas de vida que de ellas se derivan. El inconsciente individual produce
sentido siguiendo un enfoque que puede ser esencialista al postular una naturaleza
masculina, empirista cuando procura acomodarse a “las cosas como son en realidad”
o normativo cuando se apega a un deber ser o ideal.
Analizar la manera en que el sujeto define la masculinidad trasciende al marco
epistemológico. Las definiciones de lo masculino son vividas, producidas y
transmitidas en la vida cotidiana, regulan prácticas sociales, se realizan y legitiman en
subjetividades que les dan vida. Son formulaciones de sentido que encubren una
carencia de ser; son defensas frente a la falta, la ambigüedad, la incertidumbre.
Aportan referentes y certidumbres acerca de ser varón.
Podemos así revisar en las prácticas cotidianas y las subjetividades las maneras de
definir lo masculino que intervienen, por ejemplo, en la legitimación y naturalización de
la violencia. Tenemos así visiones que pretenden explicar la violencia como parte de
la naturaleza, desde esa premisa los protagonistas de la violencia en barrios, cárceles,
hogares o escuelas la asumen como fatalidad ineludible. Una visión similar la tienen
muchas veces quienes pretenden aportar soluciones políticas, educativas o
terapéuticas. Otros ven la violencia simplemente como un dato que hay que aceptar,
una realidad a la que hay que adaptarse para sobrevivir y sacar ventaja, el fatalismo
se tiñe así de cinismo maquiavélico. En otros casos el sujeto se atiene a ideales que
ordenan modos de afirmación de la masculinidad en el ejercicio de la violencia.
El sujeto se aferra a las certidumbres acerca de la masculinidad, se hace preso de
ellas, se impone pruebas, somete a otros y no vive más que para sostener un sentido
al que ha fijado su existencia. Un padecer se deriva del desencuentro entre la vida y la
masculinidad, de la afirmación de la segunda en detrimento de la primera. El
psicoanálisis nos permite no sólo descifrar el sentido encubierto en esa vivencia de lo
masculino, sino también reconocer procesos subjetivos que intervienen en su
producción y movilizar procesos de los que surjan nuevas masculinidades.
Promovemos en nuestra praxis la creación de lugares seguros en los que se puedan
tratar las carencias, reconocerse en el sinsentido, quitarse las caretas y asumirse
como sujeto que se separa de la fatalidad.
Escenario de vidas detenidas

En la cárcel de El Rodeo se inició hace más de una semana una batalla que involucra
a reclusos y guardias nacionales, poniendo al desnudo la institucionalización de la
violencia en una población cautiva del tráfico de armas, drogas y vidas humanas. El
problema no se reduce a la acción de unos “líderes negativos”, es todo un sistema
alimentado con odio, exclusión y desprecio por la condición humana. Reclusos
provistos de armas y drogas, custodios civiles y militares que las proveen, todos
engranados en jerarquías puertas adentro y puertas afuera, que se legitiman entre sí
para el control de un territorio en el que la ley la dicta el abuso de poder. Reclusos y
guardias nacionales son dos caras de un mismo sistema de prácticas, relaciones,
discursos y subjetividades articuladas por la violencia y el poder: el sistema
penitenciario venezolano.
Quien ingresa como recluso en una cárcel venezolana pierde, junto con la libertad,
todos sus derechos humanos. La vida, la salud, la expresión del pensamiento, la
alimentación quedan sujetos a las decisiones de quienes ejercen el poder en la
institución penitenciaria, sean éstos funcionarios o reclusos. Cualquier derecho
humano es convertido en objeto por el que se paga un alto precio.
El lugar donde supuestamente se ejerce la justicia y se penaliza la transgresión de la
ley es, en realidad, el imperio de la ausencia de ley donde todo abuso es posible. El
orden lo impone, por una parte, la arbitrariedad del funcionario que saca dividendo del
miedo de reclusos y familiares, por la otra la jerarquía de las mafias que controlan el
uso del espacio, la distribución de drogas, el ingreso y manejo de armas dentro del
penal. Los individuos asumen el código que ordena la vida cotidiana, se alienan y
disciplinan alrededor de él.
Tal como lo expresan los reclusos, la cárcel es un lugar de “muertos que caminan”,
entrar es estar muerto, no hay límite para lo que ocurre adentro. Se habla de
psicopatía en los reclusos, pero se invisibiliza la psicopatía del sistema mismo.
Con acierto se ha planteado que confluyen muchos factores y responsabilidades en la
producción de esta realidad. Se ha planteado que el problema de fondo es el fracaso
de la cárcel misma y del sistema penal que en ella se basa. Nuestra propuesta es
releer la realidad carcelaria como lugar donde se ejercen y reproducen modos de vivir
la masculinidad. La construcción social y subjetiva de masculinidades ligadas a la
violencia y el ejercicio del poder interviene en la producción de la cotidianidad del
preso, legitima sus prácticas, naturaliza los abusos de los que es víctima y victimario.
Tengamos en cuenta también que la cárcel es fuente de formas de relación y
referentes simbólicos que se integran a lo masculino en diversos ámbitos de la
sociedad.
Esta perspectiva no consiste en proponer un factor más o una variable explicativa. El
género es una categoría de análisis que atraviesa todos los factores, contribuye a
identificar por qué muchas de las “soluciones” ensayadas terminan produciendo más
de lo mismo.
Si entendemos la violencia carcelaria como enfermedad que no es sólo de una
población recluida, sino de toda la sociedad y particularmente del Estado, es preciso
agregar también que es patología basada en el género.

La violencia masculina que se expresa y se cultiva en las cárceles venezolanas es
continuidad de la que se vive en otros ámbitos sociales. Entre lo que pasa en la calle,
el hogar, la escuela o el trabajo y lo que ocurre en la cárcel no hay un salto cualitativo,
sólo son resultados distintos de los mismos procesos que legitiman, naturalizan e
invisibilizan el ejercicio de la violencia en la vivencia de la masculinidad. La violencia
carcelaria es patriarcal y falocrática.
La cárcel no rehabilita, es lugar donde se hacen hombres cuya ley es el respeto al
poder del varón que ejerce la violencia, no le teme a sus consecuencias y tiene
acceso a los instrumentos para ejercerla. En ella se llevan al extremo aquellos ideales,
significados, fantasías que le dan contenido a la masculinidad en la cultura. El medio
carcelario lleva hasta la tragedia y la comedia las relaciones de hegemonía,
subordinación, complicidad y marginación entre hombres.
Además de ser venezolanos y usar las mismas armas, reclusos y guardias nacionales
comparten significados que rigen sus identidades de hombres, entre otros, aquellos
que se vinculan al prototipo del hombre de armas, el guerrero que realiza su virilidad
heroica en el campo de batalla. La cárcel aporta un escenario más para este
personaje que marca nuestra historia como país. El preso heroico es una figura que
atrapa la fantasía de muchos hombres, particularmente la de muchos jóvenes que
viven en condiciones de pobreza, exclusión y violencia en los barrios de nuestras
ciudades. Muchos políticos piensan que la violencia es un problema cíclico de las
cárceles, debido a la natural lucha por la prevalencia del más fuerte, en ello nos dan,
de paso, un ejemplo de proyección.
La cárcel es escenario de vidas detenidas en un modo de realizar la masculinidad. La
violencia carcelaria es un aspecto del fracaso de la masculinidad nacional.
Lo que significa ser hombre
¿Qué significa ser hombre? La pregunta que dejamos planteada en la publicación
anterior nos puede llevar a otras como ¿qué es lo masculino? ¿A qué nos referimos
cuando hablamos de masculinidad? Son preguntas que no se hacen, pesa sobre ellas
una censura consensuada porque provocan tropiezo, balbuceo e impotencia al
intentar responder lo que parece obvio y evidente. Podemos escuchar cosas como
“¿ser hombre? ¡Bueno! Eso mismo, ser un hombre (con voz grave), un hombre es un
hombre ante todo, eso más que nada”.
Hay algo que no termina de llegar como significado, un referente que no termina de
encontrarse. En medio de lo más evidente hay un vacío; preguntar por el significado
de la masculinidad lo hace presente. Freud señaló que el inconsciente adolece de una
imposibilidad para dar significado psicológico a la masculinidad y la feminidad. El
inconsciente recubre ese agujero con significaciones derivadas de binarios como
activo-pasivo, poseedor de pene o castrado.
Lacan retomó el asunto afirmando que no hay saber en lo real que responda por la
posición del sujeto en la diferencia de los sexos, ni por la relación entre ellos. Saber en
lo real es el instinto, un programa por el cual el individuo sabe qué debe hacer como
macho o hembra de la especie. Lo sabe, no necesita preguntarse si lo sabe. Podemos
ubicar el inconsciente como la manera en que el sujeto hablante suple la ausencia de

ese saber en lo real; la suple dándole sentido a los significantes “masculino” o
“femenino” que le son asignados a través de vínculos y prácticas sociales regidos por
la cultura. El significado no existe de antemano como referente del ser, es efecto de la
manera como un sujeto encadena significantes que toma del Otro.
Desde esta perspectiva no hay un significado inmanente de lo masculino o lo
femenino. No existe El Hombre como referente universal. La masculinidad es tonel sin
fondo, las subjetividades de hombres y mujeres son Danaides que buscan llenarla de
sentido.
En “La organización social de la masculinidad”, Robert Connel plantea que las
investigaciones sobre la masculinidad no han podido producir una ciencia coherente
acerca de la misma. Esta falla se debe a una imposibilidad de la tarea, porque “la
masculinidad no es un objeto coherente acerca del cual se pueda producir una ciencia
generalizadora”.
Connel señala que la definición de la masculinidad “nunca ha estado suficientemente
clara”, para luego pasar a una revisión epistemológica de las definiciones propuestas
en las investigaciones. Identifica cuatro enfoques que pueden distinguirse en cuanto a
su lógica. Por una parte tenemos las definicionesesencialistas, las cuales toman un
rasgo al que definen como núcleo de lo masculino, una esencia que sería la base
universal de la masculinidad.
Ubica por otra parte, las definiciones derivadas de la ciencia social positivista que se
proponen describir lo que los hombres realmente son. Este enfoque es la base de las
escalas de masculinidad y feminidad usadas en psicología, así como de los enfoques
etnográficos que aportan descripciones de patrones de vida de los hombres en una
cultura.
El siguiente enfoque es el de las definiciones normativas cuya lógica es formular
modelos que establecen lo que los hombres debieran ser. Los modelos o ideales de
masculinidad adquieren un carácter de norma a la que los hombres tratan de
adecuarse.
Finalmente, presenta los enfoques semiológicos, los cuales se basan en la lingüística
estructural para definir lo masculino y lo femenino como lugares dentro de un sistema
de diferencias simbólicas. La masculinidad no es esencia, dato fáctico o modelo
normativo, sino resultado de una oposición semiótica.
Connel destaca las debilidades de los tres primeros enfoques. Las definiciones
esencialistas son arbitrarias en cuanto a lo que postulan como esencia. Las
positivistas incurren en hacer descripciones que no son neutras, encubren asunciones
previas acerca de características de los géneros siguiendo tipologías del sentido
común. Las definiciones normativas tropiezan con el hecho de que muy pocos
hombres se acercan a los modelos ideales, rol e identidad no son equivalentes ni se
corresponden en el plano de la personalidad.
En cuanto al enfoque semiótico, señala la necesidad de incluirlo en una visión que
abarque las relaciones de género dentro de un sistema que incluye lugares y prácticas
sociales.

Hemos presentado este breve resumen de una parte del artículo de Connel que ilustra
cómo en torno a la masculinidad se tejen significados para llenar la carencia de un
referente universal. Los múltiples significados acerca de lo masculino dejan siempre
un resto, algo que escapa a la significación e introduce la falta en el sujeto
Carencia en espera de subjetivación
Fracaso, lenguaje del fondo, pista de otro espacio más
exigente, difícil de entreleer es tu letra
Rafael Cadenas
El deseo es la metonimia de la carencia de ser
Jacques Lacan
Estamos acostumbrados a no hacer cuestionamientos sobre el deseo cuando se trata
de la masculinidad. Parece que los hombres saben lo que quieren, parece obvio que
quieren mujeres, dinero, experiencias intensas, poder, éxito, por mencionar algunas
cosas. Un pensamiento darwiniano reforzaría esta obviedad señalando que los
hombres quieren cosas buenas para la sobrevivencia de la especie. ¿Para qué
fastidiar las cosas naturales? Por otra parte, muchas mujeres dedican sus esfuerzos a
dar respuesta a lo que los hombres quieren, suponen que de su satisfacción depende
el amor.
La relación de los hombres con el deseo está entorpecida por defensas y por una
dificultad para subjetivar algo en falta que deja vacío, ausencia, agujero. Querer tener
responde al ilimitado imaginario del falo, un desvarío en prácticas de dominio,
apropiación y jerarquía. Querer tener no es el deseo, incluso puede implicar su
rechazo o desconocimiento. Freud se preguntó ¿qué quiere la mujer? y la tradición
psicoanalítica continúa haciendo de ese deseo un continente oscuro. La misma
tradición ha omitido hacer la misma pregunta acerca del hombre, protege la
masculinidad como algo evidente, natural, activo, de lo que ya se sabe y donde no hay
nada que interrogar. Esa y otras tradiciones protegen a los hombres del enigma, lo
inefable y la vivencia de vacío que involucra hacerse la pregunta por el deseo.
Es indispensable dicha pregunta para concebir un movimiento hacia el cambio en la
manera como se vive la masculinidad. Mucho de lo que resuena en el contemporáneo
malestar en la masculinidad es expresión de defensas regresivas ante cambios no
aceptados ni elaborados. En el siglo pasado se produjeron profundos cambios
culturales promovidos por las mujeres en la política, el trabajo, la familia, la pareja, la
sexualidad, pero muchos de estos cambios esperan todavía por ser integrados en la
construcción de las subjetividades. El patriarcado cuestionado en las prácticas
culturales, sigue vivo y saludable en el inconsciente. En nuestro entorno cotidiano
podemos constatar la presencia de prácticas e ideologías que procuran el rescate de
la virilidad hegemónica y del respeto patriarcal. Si lo vemos a nivel mundial, podemos
constatar que así como en algunas sociedades se han dado cambios hacia la igualdad
entre hombres y mujeres, hay otras en las que se ha producido una reafirmación de la
moral patriarcal promovida como movimiento de resistencia cultural. Llamemos a eso
fundamentalismo pero con la condición de no creernos inmunes a él.

El inconsciente individual participa en la producción de ideologías que impiden asociar
lo masculino con algo que no anda bien, un malestar, una queja. Un extremo mudo y
mortífero de ese impedimento nos lo ilustra González Iñárritu en Biutiful. El fracaso en
la masculinidad no es tanto por lo insuficiente sino por lo demasiado, ese fracaso es
letra difícil que puede ayudarnos a entreleer lo acallado, a poner en entredicho lo
naturalizado, a salir del pensamiento binario que nos atrapa en simplificaciones y nos
hace creer en una esencia masculina que defendemos.
El psicoanálisis es praxis que puede ofrecernos herramientas para develar el exceso
de naturalidad y obviedad asignado a lo masculino. ¿Es realmente tan natural eso que
llamamos masculinidad? ¿Qué la inviste de tanto valor que se hace cualquier cosa
con tal de no perderla? Hablamos de un valor económico, moral y estético de la
masculinidad en el contexto de relaciones de poder, que es correlativo a la angustiosa
amenaza de perderla si no se demuestra poseerla.
La masculinidad (así como la feminidad) no es algo que viene dado por el sexo
biológico con el que se nace, se realiza en la vivencia del individuo por una
construcción subjetiva que supone una atribución simbólica inscrita en la cultura, no
existe una esencia del ser masculino que el hombre individual expresa. La carencia de
ese ser es el vacío sobre el que se construye la masculinidad, las subjetividades
masculinas expresan diversos modos de defensa frente a ese vacío, son modos de
obturar una carencia de ser. Hay mandatos culturales que dictan cómo debe ser el
hombre, pero no hay individuo masculino que se adecúe al tipo ideal que postula la
cultura. Ante esta brecha, una gran cantidad de hombres opta inconscientemente por
el afán angustioso de llenarla con insignias de poder, posesiones fálicas, excesos,
riesgos y hasta con la propia muerte.
Desde una aproximación que evidencie la carencia de ser en la construcción subjetiva
de la masculinidad, podemos redimensionar la pregunta ¿qué significa ser hombre?

Rigidez de la grave postura
La tonada llanera es canto de labor, canto de ordeño que abre el día, comunica al hombre con la
naturaleza, reduce tensiones, lo acerca al ganado con mansedumbre y ternura. Renuncia a la
coacción, pide permiso, convoca emociones que dan sosiego y levedad. La tonada nos trae
imágenes de hombres que la entonan, imágenes que usualmente son puestas a un lado por la
preponderancia cultural de aquellas que acentúan la reciedumbre, el dominio y la disposición al
combate asociados a un imaginario del llanero que impregna la masculinidad nacional. Nos hace
falta retomar ese hombre melodía y voz de la tonada, para acercarnos a una masculinidad
diferente de la “grave postura”
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del personaje que pretende imponer su hegemonía.
Si podemos concebir de forma diferente los roles, lugares y modos de vida asociados a la
masculinidad, de debe en parte a los cambios sociales y culturales que se produjeron en las
relaciones de género en el último siglo. Pero cabe preguntarnos si esos cambios han tenido la
misma profundidad en hombres y mujeres. Constatamos que a los primeros no les ha sido fácil
asumir roles distintos de lo tradicionalmente masculino, parecieran carecer de la flexibilidad que,
por su parte, las mujeres han tenido para ubicarse en nuevos y múltiples roles.
Vemos así, por ejemplo, que hay mujeres gerentes, diputadas, taxistas, técnicas de computación
o ingenieras, pero todavía se ven pocos hombres maestros de escuela, psicopedagogos,
enfermeros, trabajadores sociales o coordinadores de una guardería infantil. Hay muchas
mujeres que apoyan la vinotinto, pero no hay tantos hombres que asumen un rol como

representantes de sus hijos en la escuela. Hay muchas mujeres que se benefician de alguna
alternativa psicoterapéutica o de desarrollo personal, mientras que demasiados hombres evaden
la posibilidad de expresar su malestar y pedir ayuda a otro. Muchas mujeres han mostrado que
la fuerza no es monopolio masculino, pero todavía muchos hombres siguen viendo las emociones
como un riesgo a su virilidad. Las niñas son capaces de jugar muchos juegos de varones, los
niños en cambio siguen marcando su rechazo a jugar con muñecas o cocinitas. Muchas mujeres
cumplen diferentes roles como madres y proveedoras, como profesionales y amas de casa;
mientras que gran parte de los hombres rechaza tareas y responsabilidades dentro del hogar, o
asume algunas como “una ayuda” y se cuida de que nadie se entere de eso en la calle.
Hay rigidez en todo esto y no podemos quedarnos en afirmar con sonrisa graciosa y resignada:
“lo que pasa es que ellos son así”, o “así somos, aprendan a querernos igual”. ¿Por qué tanta
rigidez? ¿A qué se debe que tantos hombres tengan dificultad para asumir roles distintos a los
usuales y estereotipados? ¿Por qué está tan presente la angustia de perder o dañar la virilidad?
¿Qué inviste a la masculinidad de tanto valor que se hace cualquier cosa con tal de escapar a la
amenaza de perderla?
Una parte de las respuestas puede venir de un contexto cultural que pauta una menor
permisividad para que los hombres accedan a ciertos roles y sanciona a aquellos que lo hacen.
En su vida cotidiana y sus relación con los otros el individuo encuentra un sistema de
significados e imágenes, un imaginario en el que se formulan modelos a los que hay que
parecerse y se imponen como el deber ser. Lo que queda por fuera es considerado anormal y
sancionado.
Proponemos considerar, por otra parte, las estructuras y procesos subjetivos que subyacen a la
rigidez y el aferramiento ansioso a los estereotipos masculinos. Podemos comenzar por aquello
que es más inmediato y consciente en la vivencia subjetiva: el individuo toma el imaginario
cultural, le da sentido en su existencia y lo integra a eso en lo que reconoce su identidad ante el
espejo y ante los otros que la ratifican: su propio yo.
De este modo el sujeto no necesita que le recuerden el contexto cultural, lo incorpora como
parte de su yo, allí lo convencional y arbitrario se vive como naturaleza del ser. ¿Qué es ser
hombre? ¿Qué le está permitido para ser considerado como tal? El sujeto conforma su yo a la
medida de los significados con los que responde a esas preguntas, se dota de una imagen
idealizada de sí mismo, hace de la masculinidad un objeto imaginario que cultiva en su yo.
El yo no existe de antemano, se forma en la relación con los otros, desde el comienzo y durante
toda la vida. Sin estar consciente de ello, el sujeto es agente de una formación que podemos
entender como la sedimentación de sucesivas identificaciones extraídas de las experiencias,
relaciones, actividades y roles asignados de acuerdo al género. Cuando se carece de otros
puntos de referencia posibles, alejarse de esas identificaciones se vive como una amenaza de
pérdida.
Al respecto, cabe mencionar en especial los ideales de masculinidad que se transmiten a través
del habla cotidiana, las relaciones familiares, la escuela, las canciones de moda, la publicidad,
los medios masivos, las iglesias o los partidos políticos, por mencionar algunas fuentes. Podemos
enumerar una serie de imágenes idealizadas tales como la del prócer, el gobernante, el hombre
de armas, el magnate, el líder de masas, el jefe militar o el potente seductor de mujeres. Dichos
personajes existen en un imaginario que pauta el deber ser y las fantasías de logro en la carrera
por hacerse hombre; cada sujeto toma una o más de estas imágenes, les otorga un sentido
particular para integrarlas en su existencia y las convierte en referente para definir una
identidad masculina asociada a poder, superioridad, violencia y falta de límites.
Consideremos también que, de acuerdo al entorno donde se vive, las figuras idealizadas pueden
ser el traficante, el malandro, el preso que detenta el poder en la cárcel, el político o militar que
exhibe repentinamente una gran solvencia económica. Muchos jóvenes en nuestra sociedad
están viendo esas figuras como referente de lo que sería hacerse hombre, a la vez que tienen
cerrado el acceso a las oportunidades de vincularse a otros puntos de referencia para la
construcción de identidad.

El imaginario que se integra en la formación del yo masculino incide en su rigidez y su ansiedad
ante la posibilidad de abandonar roles y estereotipos. La identidad conquistada se vuelve jaula,
armadura, lecho de Procusto. Tras la pretendida hegemonía de los ideales masculinos asumidos,
hay vacío, carencias, opciones cercenadas, caminos obstruidos.
Pueden existir masculinidades capaces de cuestionar y desprenderse de ciertos mandatos, así
como de la autoafirmación omnipotente en una identidad que rechaza el vínculo, la diferencia, la
interdependencia. Para que tal posibilidad se dé no basta con esperar la venida de cambios
culturales, debemos ver en cada sujeto la posibilidad de hacer la diferencia. La subjetividad es
extensa, trasciende al yo, a la consciencia y al individuo. Desde esta perspectiva, trabajamos
levantando barreras y quitando obstáculos para abrir horizontes al movimiento de la
subjetividad.
Hacen falta lugares abiertos

Quien es recluido en una cárcel pierde mucho, pierde la libertad, su vida cotidiana con la familia,
la pareja, los hijos, los amigos. Pierde hasta la posibilidad de perder la mirada en el horizonte.
Tanta pérdida puede hacer sentir dolor y tristeza. Pero, en contraste con ese hecho, muy poco
se habla de los duelos, depresiones o angustias de lo privados de libertad. Cierto porcentaje de
la población general sufre de depresión, pero en la cárcel el porcentaje registrado es cero.
Encontramos algo bueno, ¡no hay depresiones entre los presos! ¡La cárcel es factor protector
contra la depresión! Cualquiera pudiera decirnos: lo que pasa es que en ese medio hostil no te
puedes dar el lujo de deprimirte, si te deprimes no sobrevives. ¿Será así? O será que sí hay
depresión, que es grave y generalizada, pero no se vive como tal porque la cotidianidad
carcelaria transcurre en prácticas que son la negación omnipotente de la pérdida, el dolor y la
tristeza. Es una postura maníaca que hace imposible vivir un duelo porque en su lugar se
impone la exaltación del acto destructivo y autodestructivo. El hombre que se respeta no da
cabida a los sentimientos que surgen de las pérdidas. Ser hombre de respeto o morir, parece ser
la disyuntiva que gobierna las cárceles.
Un aspecto de la construcción subjetiva de la masculinidad es la disciplinada adopción de
premisas y normas de vida basadas en disyuntivas, dualidades, polaridades, oposiciones que
postulan como elección ineludible un modo de ser que rechaza la afectividad y se aferra a la
hostilidad en la relación con los otros. Tener respeto o morir, tener poder o ser un ser inferior,
ser activo nunca pasivo, estar armado antes que ser vulnerable. La masculinidad es construida y
defendida por medio de un pensamiento binario que mutila al sujeto, lo hace rígido y le bloquea
la capacidad para relacionarse con lo complejo, lo ambiguo, lo intersubjetivo, los matices, las
alternativas de elección. Este pensamiento binario toma fuerza de su simpleza, ofrece hacer que
las cosas sean simples, que no haya que pensar mucho. Si algo se sale de lo simple, pues se
elimina, simplemente.
¿Cuáles son las fuentes de este pensamiento binario? Por una parte, responde al principio de
realidad-placer, es decir que implica una economía en la que se hace el mínimo esfuerzo
psíquico frente a asuntos existenciales que pudieran implicar tensión, incertidumbre, creación e
inversión de recursos subjetivos. Por otra parte, surge del sistema de relaciones y prácticas de
género en las que hombres y mujeres llevan sus vidas; el pensamiento binario cohabita con
ellas, les da legitimidad y las naturaliza. La implicación final es una fatalidad heroica: toma las
cosas como están a cualquier costo o estás fuera, estás castrado, estás muerto.
Pero hay que considerar la dimensión subjetiva para no reducir la cuestión a la imposición de
una disyuntiva que aliena al individuo. Para empezar, no todos se alienan de la misma manera o
en el mismo grado, hay quienes amoldan su vida a las disyuntivas en las que se prueban los
hombres, hay quienes rechazan esas pruebas, hay también el padecer del conflicto entre ambas
posturas. El sujeto se hace partícipe del sistema de relaciones y prácticas de lo masculino, sin
estar consciente de él, lo asume como realidad y como naturaleza que emerge de una recóndita
profundidad del ser. Lo construido social y culturalmente retorna en el sujeto desde lo
inconsciente, cabe preguntar ¿qué procesos intervienen para que ocurra así?

Tomemos, por ejemplo, algo cotidiano como los juguetes. Supongamos que queremos hacerle
un regalo a un varoncito, queremos regalarle un juguete ¿qué escogemos? Supongamos que
vamos a una tienda a comprarlo, la persona que nos atiende sabrá recomendarnos algo dentro
de una lista de objetos que se asocian a fuerza física, competitividad, astucia, estar en la calle,
lucha, dominio, agilidad, actividad o violencia. Nada que se asocie con cuidado, ternura, hogar,
tranquilidad, pasividad. ¡Los niños no juegan con cocinitas ni muñecas! Podemos regalar un
muñeco, pero en ese caso se tratará de la representación de un héroe poderoso o un guerrero
invencible. La tienda tiene los juguetes claramente organizados, hay pasillos para los de varón y
otros para los de hembra. Es simple, es binario, un niño de tres años puede ver claramente la
diferencia, ya sabe cuáles son de varón, cuál pasillo tomar y cuál evitar. Un juguete de varón
ofrece al niño un campo delimitado de experiencias en las que se forman comportamientos e
identidades.
¿Por qué ese juguete es de varón? Porque lo juegan los varones, porque no es de niña. ¿Cuáles
son los juguetes de niña? Los que no son de varón, los varones no juegan con cosas de niña. No
existe una naturaleza o esencia que le dé sentido a la diferencia. Lo que hay es una asignación
cultural, por tanto convencional y arbitraria. En el paquete del objeto juguete un niño recibe la
asignación simbólica de actividades, roles, goces, rasgos de identidad, lugares de vida y
cualidades que la cultura asocia a ser varón. Sin saberlo, el niño juega con significantes que
incorpora a su subjetividad, dándole sentido a lo masculino. Sin tener conciencia de ellas, las
disyuntivas se imponen temprano en la vida, “¡qué pasó, eres un hombrecito o no!” El sujeto se
hace partícipe inconsciente de la oposición arbitraria. Para hacerse hombrecito se inscribe en el
pensamiento binario, vive una subjetividad escindida en partes aisladas como los pasillos de la
juguetería.
Mirar lo masculino y sus maneras de configurarse desde un lugar que le sea exterior, un afuera
del circuito de oposiciones, puede ayudar a separarnos de la lógica del pensamiento binario. Este
punto exterior ¿es femenino? En un sentido podemos decir que sí, en muchos contextos lo
femenino, la intervención de las mujeres pone límite y cuestiona los excesos de lo masculino.
Pero nos hace falta marcar la diferencia entre feminidad y las formas de subordinación de las
mujeres a la hegemonía masculina en las relaciones de género. Allí donde lo fálico pretende
abarcar todo, la feminidad introduce que no todo es fálico, no todo lo humano se vive según el
paradigma de la masculinidad hegemónica.
En otro sentido, nos hace falta producir lugares de exterioridad a la lógica binaria, que nos
separen de su reduccionismo alienante. Introducir un lugar de la subjetividad que se desprenda
de las disyuntivas del pensamiento binario; un lugar tercero que abra paso a otros innumerables
lugares posibles. No sabemos de antemano de esos otros lugares, son conjuntos vacíos a la
espera de que nos ocupemos de ellos. La opción que nos separa de las disyuntivas fatalistas,
hay que concebirla y sostenerla como lugar vacío en el que otra realidad puede advenir, un lugar
en el que se pueda producir una nueva subjetivación. Otras realidades son posibles, son mundos
que pueden ser habitados.
Sobre este punto traemos a colación el trabajo de François Cheng
1
sobre la noción de vacío en
el lenguaje de la pintura china. El autor nos muestra desde sus raíces filosóficas el papel del
vacío como elemento tercero respecto del par ying-yang. En la pintura china el vacío no es la
distribución del blanco dentro de un cuadro, no es un elemento vago ni arbitrario, está unido a la
idea de aliento y transformación, a lo siempre abierto; hace que el cuadro respire con desahogo
y esté cargado de devenir.
En el sistema carcelario venezolano (no se trata sólo de El Rodeo) se ha llegado a un punto de
estancamiento entre los reclusos y el Estado (no basta decir la Guardia Nacional), en ninguno de
los dos lados surgen aportes para desbloquear el status quo de la violencia. Ambos lados
integran un binario detenido en la expectancia de la violencia potencial. Hay quienes fantasean
el desencadenamiento de más violencia en las cárceles, los pranes al rendirse apelan al “por
ahora”, otros se complacerían con enérgicas acciones en las que se imponga el poderío de la
fuerza armada bolivariana.

Se requiere del tercero en esto. Entre Estado y reclusos no están las soluciones, ambas partes
están alienadas a la misma lógica, son protagonistas del horror. Las salidas pueden surgir de
actores y puntos de vista externos a ese binario como pueden ser las madres, abuelas, parejas y
familiares de los presos, o las organizaciones de la sociedad civil, los artistas, las universidades,
los gremios profesionales como la Federación de Psicólogos, las iglesias, por mencionar algunas
posibilidades. Más allá de una función mediadora en negociaciones, la idea es que surjan actores
sociales que aporten perspectivas, propuestas y acciones ubicadas fuera del binario aniquilante
en el que están enfrascados el Estado y los reclusos. Actores y lugares que nos ayuden a salir de
la lógica de vencer o morir, la lógica de los héroes de lado y lado que llegan hasta las últimas
consecuencias en su posición. Abramos lugares que aporten aliento y transformación.




Costoso privilegio, falsas ganancias
Pasar del último grado de primaria al primer año de educación media es para los
varones un referente simbólico que marca el dejar de ser niños para empezar a
plantearse cómo ser hombres, al tránsito que así se inicia se le llama también
adolescencia. La LOPNA
1
refrenda ese momento marcando los doce años como el
momento a partir del cual el individuo es considerado adolescente. Las niñas también
pasan de primaria a bachillerato, pero ese no es un referente tan importante para ellas
como la menarquia, por medio de la cual se hacen “señoritas” por efecto del valor que
le otorga la cultura a dicho evento. En otras oportunidades y contextos hemos
abordado el significado de ese pasaje para las muchachas, acá queremos poner de
relieve algo que está pasando con los muchachos.
Desde hace más de quince años, en la educación media venezolana se observa que
el abandono de la escolaridad y el bajo rendimiento académico se presentan con
mayor frecuencia en los adolescentes masculinos. Es decir, muchos pasan al
siguiente nivel, pero una vez que llegan no continúan. El primer año de educación
media es para ellos un momento de bajo rendimiento, ausentismo y deserción de la
escolaridad. Podemos considerar diversos factores, comenzando por la mala calidad
de la oferta que el sistema educativo le hace a los adolescentes, pero la diferencia
entre géneros debe llamar la atención.
Se pudiera decir que los muchachos salen a trabajar, pero la realidad es que tener un
empleo estable no es lo más frecuente entre los adolescentes que abandonan la
escolaridad. Salen de la escuela a la calle, escenario que desde muy pequeños les
han hecho ver como el lugar que corresponde a los hombres. Ya no son niños y no
ven el estudio como la vía para hacerse hombres, en estos casos la búsqueda de
identidad choca con la escolaridad.
Muchos adolescentes y jóvenes se plantean así una vida en la calle que los expone a
riesgos, los coloca en desventaja y los convierte en excluidos. En una supuesta
carrera libre por hacerse hombres, quedan sometidos a ideales y pruebas de
masculinidad que llevan al consumo de alcohol y otras drogas, accidentes viales,
exposición a infecciones de transmisión sexual, diversas formas de violencia o la
pertenencia a grupos de delincuentes.

La actividad escolar implica estar más tiempo en casa u otro espacio propicio, requiere
el uso de capacidades cognitivas o lingüísticas, pone al individuo en la situación de
reconocer que otras personas saben más y pueden tener autoridad sobre él. Muchos
adolescentes han crecido apegados a una masculinidad que los hace entrar en
conflicto con los lugares de vida y los roles dentro del sistema escolar, han aprendido
a verlos como cosas de niñas de las que deben apartarse para cultivar una virilidad de
calle, de acción física, de gobernarse solos creyendo que lo saben todo. Esta
impostura encubre carencias, opciones cercenadas y limitaciones autoimpuestas;
quienes viven en ella no ven la exclusión del sistema escolar como una pérdida sino
como una ganancia en términos de libertad y prestigio viril.
Tal impostura es parte de un hacerse hombre mirándose en una imagen de privilegio,
superioridad y poder dentro de relaciones de desigualdad con las mujeres. Esa
imagen le viene al sujeto desde los otros a los que se vincula a lo largo de toda la
vida, está en el conjunto de referentes simbólicos que marcan su existencia desde
antes el nacimiento. Desde muy temprano el sujeto queda cautivado y atrapado en
esa imagen, queda detenido en ella, contemplándola y sosteniéndola ante los demás.
En la formación del yo, la identificación a una imagen va acompañada del proceso por
el cual se hace de ella un objeto con investidura afectiva y libidinal. Al identificarse a
una imagen idealizada, el sujeto la hace también objeto de un vínculo amoroso
narcisista. Se constituye así un yo ideal que cumple una función de aportar al sujeto
certidumbres en las cuales puede reconocerse, percibirse como una unidad con
continuidad en el ciclo de vida, así como también aporta la vivencia de estar integrado
y controlar los estímulos provenientes del mundo externo y del interior del cuerpo.
El yo se forma en el contexto de relaciones que involucran una identidad de género, la
identificación con imágenes tomadas de otros involucra ideales de masculinidad y
feminidad. Además de las figuras imaginarias idealizadas de las que hablamos
en“Rigidez de la grave postura”, la formación de un yo masculino tiende a incluir los
atributos y roles asignados simbólicamente a los varones. Se carga así al yo con
rasgos tales como fuerza, poder, potencia sexual, control, insensibilidad, temeridad y
rudeza. Lo que usualmente se asume como natural en el carácter de los hombres, en
realidad se adquiere durante la niñez y la adolescencia por un proceso de
identificación.
Otro aspecto específico de la masculinidad se refiere a la investidura narcisista del yo.
Cuando un individuo vive dentro de relaciones en las que ser varón otorga privilegios,
poder y superioridad, es mayor la idealización que recae sobre su yo. Hay un
excedente de narcisismo derivado de la identificación a los ideales y el ejercicio de los
roles masculinos hegemónicos, es un dividendo que el sujeto extrae de las prácticas
patriarcales. Esta plusvalía psíquica se convierte en objeto imaginario al que se aferra
el sujeto pagando un costo en términos de esfuerzo psíquico para sostenerlo y
angustia ante la amenaza de perderlo. A una mayor idealización narcisista
corresponden más mecanismos defensivos para protegerla, así como un mayor
desconocimiento de las realidades del individuo que no se corresponden con ella.

El yo ideal funciona como anclaje de los procesos represivos que operan en el sujeto.
Por medio de la represión se rechaza de la conciencia, se remueve, se desaloja todo
aquello que pueda entrar en contradicción con el ideal. Allí donde los atributos fálicos
otorgados fortalecen la idealización narcisista, la represión opera sobre aspectos de la
subjetividad que no encajan en ciertos ideales masculinos, tales como la
interdependencia, la intersubjetividad, la vivencia emocional, la fragilidad, la
sensibilidad, por mencionar sólo algunos. También son rechazadas delyo todas
aquellas identificaciones que se pueden establecer con figuras significativas como la
madre, la hermana, la maestra, la tía, la amiga o la pareja; todas son parte del sujeto
pero quedan expulsadas del yo ideal. Lo excluido por la represión no desaparece,
sigue ahí y el sujeto puede vivirlo como una oscura feminidad amenazante frente a la
que levanta sus defensas. Se establece así una escisión en el sujeto.
La superficie de este modo de subjetivar lo masculino es la adherencia al territorio
imaginario de la autosuficiencia, el desapego, la supuesta invulnerabilidad y la pose de
mando. Esta cara de la masculinidad empuja a muchos adolescentes a la exclusión
del sistema escolar, pero también se vincula a otras situaciones como, por ejemplo, la
de todos los hombres que se excluyen de la atención en salud porque evitan
reconocer un malestar y pedir ayuda a otra persona.
Sin embargo, toda esta superficie es sólo una pequeña parte de la subjetividad,
debajo de ella se vive un gran esfuerzo por sostener la escisión, un gran malestar por
el cercenamiento impuesto, una gran tensión que afecta la salud física y psicológica.
En el fondo, gran parte de los hombres siente una profunda necesidad de romper con
todo eso, cada uno sabe que una parte de sí está reprimida, no se ha podido expresar
en su existencia, está a la espera de emerger, es una voz que quiere ser escuchada.

Nota
1.- Ley Orgánica de Protección a la Niñez y la Adolescencia
Crianza y construcción de la masculinidad en programa radial Conoce mi Mundo
Audio
Apertura del diálogo sobre las dolencias
Lo que sigue es una sinopsis de contenidos y metodología que presentamos en
la primera sesión del Seminario Dolencias de la Masculinidad. Lo compartimos en este
espacio.
En el revés de la masculinidad ubicamos por una parte el reverso, donde podemos
reconocer los modos en que se usa lo masculino para recubrir y rechazar una
carencia de ser, por la otra, el reconocimiento de las formas en que eso fracasa.
Una impostura de privilegio, superioridad y poder dentro de relaciones de desigualdad
con las mujeres, hace difícil asociar lo masculino con algo que no está bien, con el
malestar, la carencia, la inconformidad o la queja.
En la superficie se encuentra la autosuficiencia, el desapego, la supuesta
invulnerabilidad y la pose de mando, por debajo, todo un campo de la subjetividad
rechazado que no desaparece a pesar de la represión, frente a él se levantan
sistemas de defensa.

Se trata de una escisión en el sujeto y queremos revisar lo que a partir de ella se
produce. Los efectos de las inhibiciones, la producción de síntomas, la dinámica de la
angustia y los procesos de defensa serán algunos de los ejes conceptuales en los que
nos apoyaremos.
Abordaremos la cuestión del cambio dentro de ese cuadro, nos preguntamos si es
posible o no, bajo qué condiciones y cuáles son los procesos que en él inciden. Si
pensamos que son posibles otras maneras de vivir la masculinidad, asumimos
también que no sabemos de ellas de antemano, no son una tierra prometida ni una
salvación a alcanzar, forman parte de lo que está a la espera por venir a la existencia.
Desde esta perspectiva le damos relevancia al papel del inconsciente en el
movimiento de la subjetividad. Usualmente se reconoce la compulsión a la repetición,
sin embargo, hay que tener en cuenta que el inconsciente es también el retorno de lo
no realizado en el sujeto
1
, es indeterminación que mueve a crear nueva subjetividad.
En cuanto a la metodología, proponemos en este seminario una aproximación a las
dolencias de la masculinidad que no se basa en respuestas ya dadas en una teoría,
por eso el trabajo va a privilegiar un diálogo que abre perspectivas, teje redes entre
experiencias, saberes y prácticas de los/as participantes. Recogiendo aportes de
diversos saberes y haceres procuraremos la apertura a significados que no están
dados de antemano. Concebimos el diálogo como travesía en la que cada interlocutor
se abre a lo que no se sabe de antemano, apuesta por la producción de nuevas
realidades.

Nota 1: en relación con este punto vinculamos el Ocho y medio de Fellini.
Comentaremos en el seminario esta película como una aproximación a la
masculinidad desde la perspectiva de lo no realizado en la subjetividad. Incluimos en
este post una imagen de la secuencia final en la que desfilan los personajes alrededor
del cohete no terminado, metáfora de lo no realizado, lo incompleto, lo que deja una
falta.
Seminario DOLENCIAS DE LA MASCULINIDAD
Un hombre puede convivir por años con algo que produce daño a sí mismo y a otras
personas en su entorno, lo toma como normal, se resigna, se enorgullece incluso de
su capacidad para sobrellevarlo, otras veces ni siquiera percibe el problema o sus
consecuencias. Muchas personas asumen que expresar malestar y pedir ayuda son
conductas reñidas con la identidad masculina. También debemos reconocer todas
aquellas vivencias en las que hacerse hombre involucra traumas, sufrimiento,
enfermedad, exclusión, discapacidad o muerte. Estos asuntos suelen estar
encubiertos y son percibidos como hechos marginales.
Proponemos abordar las maneras en que la construcción de la masculinidad sostiene
dichas realidades, para ello nos ocuparemos de aspectos de la vida cotidiana tales
como la actividad sexual, la manera de hacer pareja, la experiencia amorosa, el
cuidado de la salud física, la relación con el trabajo, el ejercicio de la paternidad o el
recorrido de las etapas del ciclo vital.

La indagación nos lleva ahora a revisar el revés de las experiencias y lugares de vida
asociados a la masculinidad, para correr la cortina de los estereotipos y hacer
ostensibles los síntomas de dolencias encubiertas tras la impostura del dominio o el
recurso a la violencia. Si procuramos hacer relevante lo que falla, deja insatisfacción y
produce malestar, no es para oponerle modelos ideales sino para abrir la posibilidad
de nuevas opciones, para vislumbrar caminos de cambio en los que la masculinidad
deje de ser una armadura que el sujeto se impone.
Este seminario promoverá el intercambio a partir de trabajos teóricos, datos clínicos,
testimonios, investigación de campo y producciones artísticas vinculadas a la
temática. Será un espacio para la lectura, el diálogo y el encuentro de nuevos
significados, un lugar donde tejer saberes, perspectivas, prácticas, vivencias,
imágenes y sensibilidades.
Cae por su propio peso
Hay creencias que atribuyen a los hombres el ficticio privilegio de ser resistentes y
hasta inmunes al sufrimiento. Las apariencias muestran que los varones no se quejan,
pocas veces expresan tristeza, dolor o miedo, rara vez dan muestras de impotencia o
indefensión. Si revisamos algunas estadísticas encontramos que, en comparación con
las mujeres, los hombres acuden mucho menos a las consultas de salud mental o
general, consumen menos psicofármacos, invierten menos tiempo y dinero en
actividades orientadas al cambio o desarrollo personal.
Si atendemos sólo a esos datos podemos creer que estamos ante la mitad de la
población humana que ha sido más exitosa en la lucha por la supervivencia, pero esa
impresión se desvanece apenas reparamos en que la población masculina tiene una
expectativa media de vida menor, que la incidencia de suicidios es mucho mayor en
los hombres, que las muertes por violencia delincuencial y accidentes viales son
predominantemente de hombres jóvenes, que el abuso de alcohol y consumo de
drogas ilícitas está mucho más difundido entre los hombres que entre las mujeres.
Los varones viven menos, viven mal, se hacen daño a sí mismos y a los otros, pero la
disciplina impone no chistar, no decir cosas que dejen entrever un malestar. La
armadura pesa, incluso duele, pero no cabe la queja, sólo seguir adelante, no vaya a
ser que se piense otra cosa.
Los hombres se hacen para ser rudos, insensibles y aguerridos. ¿Esto quiere decir
que el sufrimiento es algo que queda excluido? La escucha de las vivencias de los
hombres nos lleva a constatar que, tras la aparente invulnerabilidad, el sufrimiento
sigue ahí.
Para vivir con eso muchos hombres exacerban los rasgos de dominio y control, pero
junto con eso se produce una importante merma en los recursos subjetivos debida a la
cantidad de inhibiciones que se requieren para no sentir, no llorar, no pedir auxilio. Un
carácter fuerte, avasallante y hostil encubre una subjetividad empobrecida de recursos
para vivir, relacionarse y disfrutar.
Los varones no son ajenos a sentimientos como el desamparo, la nostalgia, el
aburrimiento o la frustración, pero frecuentemente se defienden se ellos volcándose a

la acción en el trabajo, en la calle, en actividades competitivas, en conquistas sexuales
o en experiencias intensas que involucran riesgo, violencia o ruptura de los límites.
Podemos reconocer también otra estrategia defensiva por medio de la cual la tristeza,
el dolor o la angustia se reprimen de manera tal que quedan bloqueados, detenidos en
el funcionamiento psíquico. Como resultado inmediato se produce un aparente éxito al
apartar un sentimiento penoso. Pero lo rechazado sigue ahí inconsciente y retorna, lo
que ha quedado estancado va a desbordar por otro lado, se convierte en penuria, se
transforma en algo más dañino que se va a manifestar en el cuerpo, en las relaciones
con los otros, en los hábitos del individuo, puede presentarse como enfermedad o
como violencia dirigida hacia otros o hacia sí mismo.
Los malestares resultantes se integran en la vida como síntomas, es decir, sustitutos
deformados de procesos psíquicos que han sido interrumpidos y forzados a
mantenerse inconscientes. Así, los problemas manifiestos tienen sentidos
inconscientes, son fuente de dificultades y a la vez manifestación de algo que busca
ser atendido. Con frecuencia, los síntomas se incorporan como una modo de ser
naturalizado por medio de racionalizaciones y falsas ganancias que se obtienen de
ellos.
Tomar en cuenta estas maneras de vivir el sufrimiento nos puede ayudar a revisar
muchas realidades cotidianas, pero también nos debe servir para reconsiderar las
clasificaciones de los llamados “trastornos mentales”, por ejemplo el DSM IV
1
. Los
criterios diagnósticos formulados por esos manuales estadísticos tienden a invisibilizar
el malestar y los problemas en los varones, respondiendo al imaginario que asocia lo
masculino con normalidad, éxito, control y autosuficiencia
2
. Tomemos por ejemplo el
caso de la depresión: a primera vista parece que los hombres se deprimen mucho
menos que las mujeres, en las estadísticas de salud mental los diagnósticos y
tratamientos por depresión son mucho más frecuentes en las segundas que en los
primeros. Hemos escuchado también a algún hombre decir “yo nunca me deprimo” o
“yo no ando llorando ni quejándome”.
¿Se deprimen menos los hombres? Si es así, entonces ¿por qué se suicidan más que
las mujeres? ¿Por qué hay tantos que buscan escape en las drogas? Lynch y
Kilmartin
3
han escrito sobre este asunto afirmando que el dolor se vive detrás de una
máscara, que la depresión no es menos frecuente en los hombres, sino que está
encubierta y se manifiesta con síntomas distintos a los de las mujeres. Cuando
definen la depresión los manuales diagnósticos presentan un listado de síntomas tales
como tristeza y llanto fácil, pérdida de motivación, enlentecimiento, pérdida de
energía, sentimientos de inutilidad o de culpa. Tales síntomas describen por lo general
a mujeres deprimidas, mientras que los hombres evitan tales expresiones emocionales
porque están en conflicto con los ideales que rigen la masculinidad. Según esos
patrones, llorar, quejarse, dudar de sí mismo, sentirse derrotado no son cosas de
hombres.
La depresión masculina sustituye los sentimientos penosos por rabia, se expresa a
través de acciones en lugar de emociones. A un hombre deprimido rara vez se le verá
llorando, pero se le ve irritable, por nada reacciona agresivamente, se le ve siempre

de mal humor, ensimismado, taciturno. Quienes viven en su entorno toman
precauciones, cambian su comportamiento para evitar despertar sus reacciones.
Cuando se le pregunta dice que nada le pasa o atribuye su malestar a causas
externas o a la culpa de otros.
Desde nuestra perspectiva proponemos ver no sólo la máscara de la depresión sino
también su revés, para así preguntarnos ¿qué lleva a un hombre a la depresión?
Después de reconocer los síntomas hace falta que nos ocupemos de los procesos
subjetivos que les han dado origen. Los sentimientos de desesperanza, indefensión,
minusvalía o duelo pueden estar presentes en la vida de cualquier hombre, no son
cosas de “mentes enfermas” como pudiera pensarse si nos quedamos sólo con la
categorización psiquiátrica de los trastornos depresivos. En el fondo se trata de
retomar el sufrimiento como realidad humana y los modos masculinos de soslayarlo.
Podemos así plantearnos reflexionar no sólo sobre un trastorno específico, sino sobre
cuestiones más amplias como la manera en que se viven las pérdidas desde la
masculinidad. También podemos revisar las vivencias que confrontan a los hombres
con el fracaso, con el no alcanzar ciertos estándares de prestigio o potencia. Son
todas experiencias que no encuentran voz para expresarse, carecen de palabras que
permitan encontrar alivio en el otro, porque quien las vive está sujeto al imperativo de
ser autosuficiente, activo, exitoso, dominante e invulnerable.
Dicha postura lleva a rechazar y reprimir todo lo que tenga que ver con dolor, tristeza,
angustia, desamparo, de tal modo que no sólo se ve impedida la expresión de
emociones sino también el reconocimiento de las mismas. Pero en el fondo todo eso
no protege del sufrimiento, más bien queda estancado en el inconsciente y suele
exteriorizarse a través de la violencia o la enfermedad física, también lleva a buscar
evasiones en el alcohol, las drogas, las apuestas, los encuentros sexuales o el trabajo,
las cuales se convierten en más fuentes de sufrimiento para el individuo y su entorno.
Más allá de los ideales masculinos, hay en la subjetividad inconsciente procesos y
estructuras que dificultan en los varones la posibilidad de vivir con la pérdida, la
carencia, lo incompleto, lo no logrado, el fracaso. En tal sentido podemos ubicar el
papel del narcisismo asociado a ser varón, la angustia que surge ante la posibilidad de
carecer de algún atributo fálico, la identificación con otro varón al que se le atribuyen
las insignias del poder, el apego a figuras cuidadoras prestas siempre a reparar y
rescatar. Como resultado, el varón acumula y carga con el peso de sistemas de
defensa, construidos para protegerse de aspectos de su subjetividad que son
percibidos como angustiantes peligros.
Los síntomas nos hablan del fracaso de esas defensas y de algo que quiere ser
integrado a la existencia. Reconocerlos y preguntarse por su sentido inconsciente,
abre el camino de un proceso de cura en el que se pueda prescindir de las
represiones, reintegrar lo escindido, darle lugar en la realidad psíquica a lo que había
sido rechazado, hacer surgir un sujeto partícipe comprometido con sus vivencias.
Dejar caer algo que se sostiene titánicamente, que aporta una aparente comodidad
pero llena de pesadumbre la existencia.
Eso que se ve tan natural

Cuando se habla de las dolencias en la sexualidad masculina surgen de entrada las
disfunciones en la erección, la eyaculación o el orgasmo, así como las técnicas,
fármacos o aparatos para recuperar el uso de la función sexual. Esto es parte de una
concepción que confunde la sexualidad con el funcionamiento del órgano genital y ve
a los hombres como poseedores un instinto sexual incontenible, que los lleva a estar
siempre dispuestos para el coito. Se vive lo sexual como la satisfacción de
necesidades fisiológicas supuestamente mayores en los seres masculinos, se reduce
la sexualidad a lo genital, se sobrevalora el órgano sexual como punto de partida,
medio y fin, todo comienza y todo termina en el uso del pene.
Nos adentramos en un territorio donde se asume que el varón es rey, se mueve a sus
anchas, está en lo suyo, lo que más le gusta y domina. Una cobertura de libertad,
éxito y facilidad para el placer constituye la cara pública de la sexualidad masculina.
Pero bajo esa cubierta están todas esas vivencias que no se cuentan a los amigos, las
realidades silenciadas porque “¡qué pasaría si se enteran!” Son las vivencias de los
hombres que no se sienten libres o que no sienten placer con lo que parece gustarle a
los otros, los que saben que no están siempre listos y que no siempre tienen ganas,
las vivencias de aquellos a los que no les va bien con las mujeres, los que no logran
tener una pareja estable aunque la quieren, los que han sufrido traumas, las vivencias
de los adolescentes que se lanzan a la aventura entre el temor a lo desconocido y el
mandato de demostrar virilidad.
Una realidad patente, pero de la que poco se habla es el éxito comercial que tienen
los fármacos para inducir la erección. ¿Es tan frecuente la disfunción eréctil? ¿Tantos
son los hombres que la padecen? Si respondemos afirmativamente debemos pensar
que los reyes de la fiesta no la están pasando tan bien como parece. Pero aquí hace
falta ver más allá del problema mecánico y plantear que tras este consumo se
esconden inseguridades acerca del deseo o el desempeño sexual, angustias por
probar la virilidad a través del ejercicio del coito y la potencia del órgano.
Muchos hombres se ven inmersos en una sexualidad en la cual la compulsión
sustituye al ejercicio del deseo a través del consumo de prostitución, pornografía,
drogas para estar a tono y encuentros ocasionales. La angustia por probar la potencia
viril puede llevar a una búsqueda compulsiva de encuentros sexuales que no aportan
mayor satisfacción, dejan más bien secuelas de insatisfacción y sentimientos de vacío.
Sin embargo, esto está muy difundido, se asume como normal, como algo propio y
natural de la masculinidad.
Lo que parece exitoso encubre fracasos, muchas prácticas que se asumen como lo
normal son fuente de malestar, lo que se sale de lo común y hegemónico se ve como
algo raro, desviado, que no marcha bien. Encontramos ejemplo de esto en los
prejuicios por los cuales cuando se trata de hombres homosexuales, se buscan
anomalías en su sexualidad, se pone en cuestión qué les pasó para que sean así,
pero cuando se trata de heterosexuales se ignoran los aspectos de su vida sexual que
involucran riesgo, insatisfacción, daño a sí mismo o a otros.
Hace falta reconocer las dolencias presentes en las prácticas sexuales más frecuentes
de los varones, las cuales no son conductas naturales, tampoco simple aprendizaje de

patrones, son resultado de procesos inconscientes en los que la subjetividad individual
se apropia y le da contenido a los referentes culturales, procesos que implican
rechazo y soslayo de aspectos de la sexualidad que no concuerdan con ciertos
ideales. Si vamos más allá de lo aparente y atendemos al sentido inconsciente,
veremos que muchas prácticas naturalizadas tienen el carácter de síntomas
1
, es decir
son expresión de asuntos inconscientes, sustitutos de procesos subjetivos
bloqueados, conflictos latentes y procesos de defensa.
La reducción de la sexualidad masculina a lo genital es un resultado sintomático de
conflictos y defensas ante las emociones que despiertan los vínculos, la otredad de lo
femenino, la intersubjetividad y la diversidad. Aunque se ha asumido como lo natural,
en el fondo la genitalización es un síntoma de posiciones subjetivas aferradas
ansiosamente a una reafirmación fálica que obstaculiza el acceso a la actividad sexual
como intersubjetividad, favorece el rechazo de la diversidad y el repudio de todo goce
no regido por el órgano sexual masculino. Bajo la primacía del falo la actividad sexual
se vuelve carrera por alcanzar resultados, el cuerpo instrumento, la pareja cosa, el
sexo un consumo. La supuesta sexualidad desinhibida, libre e incontenible esconde
un empobrecimiento de la capacidad para el disfrute y una restricción de la vida
emocional.
La significación otorgada al falo no está dada por la naturaleza, ni por la función del
órgano sexual masculino, es resultado de una atribución simbólica. El órgano genital
se usa como significante para representar el poder del varón en las relaciones entre
géneros y los privilegios en el acceso al goce sexual vinculados culturalmente a la
masculinidad. Adquiere ese valor simbólico de lo que se transmite en el lenguaje, así
como de experiencias y prácticas cotidianas. Por ejemplo, en los cuidados que reciben
los bebés es notorio el trato diferencial dado a los órganos sexuales, los penes y
testículos son objeto de expresiones admirativas y manipulaciones juguetonas,
mientras que las vulvas de las bebés ni se nombran y mucho menos se andan
tocando. Desde muy temprano el falo es colocado como referente privilegiado de la
sexualidad, metáfora del poder y el goce, no tenerlo sería terrible, la valoración que
recibe es proporcional a la angustia de perderlo o no poder demostrar tenerlo.
La actividad sexual sigue siendo objeto de una doble moral en nuestro contexto social.
Para los hombres tener relaciones sexuales es algo permitido, aplaudido y esperado.
Para las mujeres tener relaciones sexuales sin estar casadas bordea lo ilícito, aquellas
que acumulan experiencias sexuales o buscan el sexo por placer son objeto de juicios
negativos. En los hombres ocurre lo contrario, se espera que tengan experiencia y que
se inicien sexualmente, quienes no cumplen con esta condición son objeto de
sospecha y señalados como raros, poco hombres o afeminados. El aparente privilegio
de una sexualidad sin prohibiciones oculta el mandato de tener relaciones sexuales
para demostrar virilidad ante la familia, los amigos, las mujeres. Cuando pueden
atreverse a contar cómo fue su primera vez, la gran mayoría de los hombres narra
historias de iniciación sexual que definen como traumáticas, terribles o desagradables,
en las que se sintieron bajo presión y con temores a la reprobación en caso de no salir
airosos de la empresa.

Podemos entender ahora que el supuesto instinto sexual insaciable de los hombres no
es sólo un mito, es también un síntoma, una formación del inconsciente que resulta de
los conflictos y angustias que surgen de una práctica sexual vivida entre mandatos
sociales y amenazas de sanción humillante. Es un síntoma que dice a la vez una
verdad encubierta: algo ajeno al sujeto decide por él.
Si vamos al ámbito de las relaciones de pareja, encontramos muchos hombres que las
viven produciendo una escisión del vínculo sexual, separan el goce y el amor
convirtiéndolos en términos mutuamente excluyentes. Oscilan entonces entre dos
tipos de relación, por un lado tienen las que privilegian el goce sexual con parejas a
las que atribuyen algún rasgo que las degrada y las hace indignas de amor, por otro
lado tienen las relaciones donde declaran amor por sus parejas pero las consideran
insuficientes en cuanto al goce sexual. Con la que aman no encuentran tanto goce y
con la que gozan no logran sentir amor. Esta escisión inconsciente se repite de
manera inadvertida y se vincula con otros síntomas como la infidelidad compulsiva, en
la cual son recurrentes las relaciones paralelas que el hombre busca, justifica e
incluso ejerce el poder para imponer que la pareja las tolere. En el trasfondo de esta
escisión de la vida erótica se encuentra una posición inconsciente en la que se
dificultan los vínculos con las mujeres porque el sujeto se debate entre dos imágenes,
por un lado la madre, ser idealizado que procura cuidados y por el otro un objeto de
conquista devaluado moralmente que remite a la mujer fácil o la prostituta.
Nos hemos adentrado en un territorio protegido por tabúes, revisamos vivencias
subjetivas de la sexualidad encubiertas por un manto de silencio, negadas por el
temor al qué dirán. Cuando los hombres pueden hablar acerca de sus vivencias de la
sexualidad sienten alivio porque sueltan la tensión que produce sostener las
imposturas fálicas, dejan fluir pensamientos y emociones bloqueadas y encuentran la
posibilidad de abrirse a otras visiones, dar cabida a otras experiencias, concebir otras
maneras de vincularse, apropiarse de su deseo y decidir por sí mismos.
NOTA
1.- No hablamos aquí del síntoma en su sentido médico como fenómeno que indica la
presencia de una enfermedad, sino como un fenómeno subjetivo producto de
procesos inconscientes, que expresa un conflicto psíquico, es sustituto de procesos
psíquicos que no logran hacerse conscientes.
Cosas que imaginan los poderosos
Los celos pueden estar presentes en las relaciones humanas, quien los siente
desconfía, vigila, teme ser privado por otro de la posesión sobre un afecto o bien. En
el contexto de las relaciones de pareja pueden convertirse en algo recurrente,
obsesivo o incluso delirante. Se vuelven problema, sufrimiento y daño para la persona
que es objeto de persecución, acusaciones y agresiones por supuestas infidelidades
cometidas.
Mujeres y hombres pueden sentir celos, pero hay un trato diferencial que se le da al
asunto de acuerdo al género de la persona celosa. Cuando es una mujer que cela a
un hombre, suele desaprobarse su conducta como inadecuada y se le tilda de mala,
loca, histérica o cuaima. Pero cuando es un hombre el celoso, lo más probable es que

ocurra algo distinto, se le considera alguien de carácter fuerte que cuida lo suyo, que
se está haciendo respetar como hombre ante conductas inadecuadas de su mujer.
Ésta comienza a recriminarse, a elucubrar qué es lo que está haciendo mal, se
impone restricciones en sus relaciones sociales o familiares. Tolera la situación a
pesar del absurdo porque alberga la creencia de que tantos celos son signos de la
intensidad del amor que le profesan, si tanto la cela es porque mucho la ama.
Como resultado se aceptan una serie de prácticas dañinas hacia a la pareja, haciendo
invisible la violencia implicada en ellas. Se ve como algo muy natural que un hombre
se enfurezca acusando de infidelidad a “sumujer”, se asume que su conducta
responde al legítimo derecho de defender lo suyo y expresar una pasión respetable.
La obsesión posesiva se esconde detrás del uso de la violencia, la pareja es objeto de
amenazas, acoso, insultos, restricción de su libertad o agresiones físicas que pueden
llegar al feminicidio. Lo que constituye una perturbación del pensamiento y las
emociones, un síntoma de angustia, es asimilado al yo como una manera de ser de la
que obtiene beneficios, que define su carácter de hombre de respeto. Esto ocurre en
el marco de la desigualdad en las relaciones de poder entre hombres y mujeres.
En el artículo “Eso que se ve tan natural” hablamos de como la primacía otorgada al
falo implica una posición de poder con respecto a la actividad sexual. Consideremos
ahora la incidencia del poder en los vínculos sexuales masculinos, los significados
atribuidos a la pareja y la relación que con ella se establece. Hay formaciones
sintomáticas asumidas como comportamientos normales que encubren usos del poder
y un mal trato implícito que se le imponen a la pareja desde una posición de
hegemonía. En el caso de los celos, lo que tiene carácter de síntoma no es el
sentimiento, sino el conjunto de prácticas que a su alrededor se tejen.
Desde esa perspectiva revisemos cómo son concebidas las mujeres en las
subjetividades masculinas. Para quienes responden al mandato de demostrar potencia
sexual, las mujeres son objetos de conquista, trofeos de colección. Además de esa,
existen otras visiones que cosifican a las mujeres, las degradan y las conciben como
objetos de apropiación y dominio.
Una forma de cosificación es la que reduce las mujeres a la condición de objeto
parcial, fragmentos corporales que despiertan atracción, la mujer es vista como
portadora de atributos físicos valorados como fetiches sexuales. Una versión extrema
pero muy difundida de esta cosificación, se expresa en la denominación “culos” con la
que muchos hombres se refieren en Venezuela a las mujeres de sus aventuras
sexuales. Así se pueden escuchar cosas como “ayer salimos con unos culos”, “nos
encontramos unos culos en la rumba”, “vamos a buscar unos culos”, “ando con un
culo en la camioneta”.
Lo anterior corresponde a la imagen de una mujer fácil de baja condición, pero la
cosificación tiene otra vertiente asociada a una imagen de mujer aparentemente
idealizada: la figura materna. Muchos son los hombres que no ven en su pareja más
que una madre, la que cuida a sus hijos y los cuida a ellos. Aquí se trata de una mujer
valorada como objeto de dominio y servicio de acuerdo a los roles de género, la que
hace lo que le toca, cuida y atiende las necesidades del hombre. Podemos verla en

aquellos vínculos de pareja en los cuales el afecto está condicionado a que la mujer
se someta y subordine al hombre. Una fantasía muy popular reúne un poco de todas
las imágenes anteriores: una mujer perfecta salida de una botella sin otra voluntad que
la de complacer todos los deseos de su hombre.
Tales formas de concebir a las mujeres se convierten en barreras para llegar a
relacionarse con ellas, las mujeres reales quedan para muchos hombres como un
continente desconocido y misterioso al que no logran aproximarse. En lo inconsciente
se mantienen apegados a una visión de la feminidad como algo inferior, incompleto,
que carece de lo que tiene un hombre, y a la vez como algo oscuro, amenazante que
toca aspectos reprimidos de la propia subjetividad. El vínculo con las mujeres se ve
afectado por un rechazo inconsciente a la feminidad en el que se mezclan el desprecio
y la angustia. El ejercicio del poder se presta para encubrir esa dificultad, crea una
ilusión de dominio autosuficiente que defiende de la angustia.
El manejo del poder crea barreras para la relación de pareja en quienes asumen que
ser hombre implica ejercer dominio sobre las mujeres, ya que eso les
produce dificultades para la negociación, la solidaridad, la aceptación de diferencias
que requiere el vínculo amoroso. Les cuesta ver a la pareja como una persona que
siente, piensa y desea por sí misma. En otros casos vemos hombres cuya dificultad es
mantener un compromiso amoroso, porque en el inconsciente lo viven como amenaza
a una posición de control sobre la pareja y sobre las propias emociones. El sujeto se
encuentra atrapado en un conflicto entre el poder y el amor al que percibe como
vulnerabilidad, esto puede llevar a algunos a obsesionarse con la posesión y la
anulación de la pareja como prácticas de poder que soslayan la dimensión del deseo y
la del amor.
El uso naturalizado del poder contra las mujeres está en la base de la violencia
masculina en la pareja. En ella el rechazo a la feminidad llega al extremo de la
destrucción física y psicológica de la mujer. Es común interrogar y sospechar
patologías en las mujeres que denuncian la violencia de sus parejas, así como
también omitir las preguntas acerca de la subjetividad de los agresores, de las
posiciones subjetivas que los hace proclives a repetir compulsivamente patrones de
violencia.
Un lugar común muy difundido es el que define la violencia masculina como un
problema en el manejo de la ira. Los maltratadores son los principales partidarios de
este punto de vista ya que concuerda con excusas tales como “fue un impulso”, “lo
que pasa es que ella me hace perder el control” o “no sé cómo pudo pasar”. Si nos
quedamos sólo con ese lado del asunto caemos en el engaño simplista de “resolver”
el problema ayudando al agresor a controlar su ira con mensajes por el estilo de “toma
una pausa, deja que la ira pase, qué sencillo es no pegarle a tu mujer”.
La ira no es la causa del problema sino una expresión más del mismo, es necesario
plantearse de dónde sale, por qué se considera normal sentirla hacia la pareja, qué
tensión interna es la que emerge a través de ella pero se encubre con agresión. El
maltratador suele culpabilizar a la pareja percibiéndola como fuente de amenazas de
las que tiene que defenderse con violencia. Esto es por una parte una racionalización

sustentada en el uso del poder contra la mujer, pero en muchos casos es también
resultado de procesos defensivos: se usa el ataque a la pareja para encubrir y evadir
un asunto inconsciente del propio sujeto. Por medio del ejercicio del poder, se somete
a la mujer a la violencia para acallar un conflicto psíquico angustiante y rechazado.
La violencia de los hombres que maltratan a sus parejas no es un evento aislado, es
un síntoma en el cual se tejen referentes de la cultura con los procesos inconscientes,
en el que se encubren las contradicciones, tropiezos y malestares de quienes viven
aferrados a la hegemonía en el poder. El ejercicio naturalizado de la violencia aporta
una ficticia ganancia de seguridad, control y dominio pero bajo esa superficie están los
elevados costos que pagan los mismos que la ejercen. Van en esa cuenta la pérdida
de vínculos personales, el deterioro de la salud física, la angustia sin salida, la
sombría depresión, la soledad y el vacío existencial.
Gratitud por nuestro primer año
Se cumple hoy un año desde que comenzamos a publicar en este espacio dedicado a
la construcción subjetiva de lo masculino desde una aproximación psicoanalítica. Hace
un año apareció el artículo Padecer en estridente silencio. En estos doce meses el
Revés de la masculinidad ha tenido un crecimiento sostenido en cuanto a número de
lectores, contenidos y conexiones.
Hasta la presente fecha este blog registra más de diez mil visitas provenientes de 41
países en las Américas, Europa, África, Asia y Oceanía. Más de cien personas se han
suscrito por correo electrónico. Esto supera nuestras expectativas iniciales, pero
también nos muestra que estamos abordando temas de importancia para la vida de
muchas personas. Eso nos compromete aún más en el propósito de hacer de este un
espacio para reflexionar sobre la masculinidad de manera sistemática y sostenida en
el tiempo.
Junto con esta entrada estamos publicando la actualización de las páginas “Lo que se
trata en este sitio” y “El psicoanálisis hoy”.
Es momento de expresar nuestro agradecimiento a quienes nos acompañan con su
lectura, a las personas que han aportado sus comentarios sobre los artículos
publicados y, muy especialmente, a todas aquellas personas que han contribuido
generosamente a difundir la existencia de este espacio.
Atreverse a salir de la fila
Los héroes son todos jóvenes y bellos
1
, son siempre iguales a sí mismos, nunca
cambian. Los héroes son una imagen congelada, bien sea que hablemos de los súper
héroes de los cómics, de los guerreros homéricos o de los próceres de la
nacionalidad. Aquiles murió joven, tenía otra opción lo sabía, pero eligió alcanzar la
gloria en batalla. En la imagen de Bolívar no tiene cabida el deterioro que sufre el
cuerpo de un hombre expuesto por casi veinte años a la intemperie de la guerra. Ésta
no embellece a nadie, pero la pintan distinto en los relatos épicos, en los cuadros o en
las películas.
Los héroes no cambian y una manera de realizar ese designio es con una muerte
temprana. A ese dudoso honor de hombres armados sacrifican su vida muchos
jóvenes que culminan con la muerte una breve carrera delincuencial.

Los héroes son solteros, libres, no atienden bebés, no necesitan cuidados porque
flaquea la salud, no sufren, no tienen ninguna vivencia que los baje del pedestal en el
que han sido encumbrados. Son una imagen fija, refractaria al cambio y al devenir.
En las sociedades de hace cien años, cuando la expectativa media de vida apenas
llegaba a los 40 años, tal vez se notaban menos los cambios a lo largo del ciclo vital,
pero hoy cuando esa expectativa se ha duplicado, tenemos la vida real en la que los
hombres pasan por varios lugares de trabajo, éxitos, fracasos, uniones, separaciones,
pérdidas, diferentes relaciones, pertenencia a varios núcleos familiares, variaciones en
su respuesta sexual, emocional, en su salud o en sus motivaciones para vivir.
Pero la masculinidad construida sobre la base de la imagen de privilegio, superioridad
y omnipotencia, se impone como muralla imaginaria contra el devenir, la
transformación y el paso del tiempo. Cuando se cree haber alcanzado una manera de
ser todounhombre, cualquier cambio en el guión parece una amenaza. Así tenemos
hombres que viven la paternidad como una pérdida, otros que les espanta no estar
disponibles para cualquier mujer si le son fieles a una, aquellos que se derrumban
cuando una alteración de su situación laboral les hace sentir que no son proveedores
o los que se aferran a conductas de reafirmación viril porque no quieren reconocer que
envejecen. La vida da oportunidades para captar que las cosas no ocurren de acuerdo
al guión señalado, sin embargo muchas subjetividades masculinas alzan defensas que
impiden aprovechar esas oportunidades.
Las tribulaciones, peripecias y derrotas del caballero de la triste figura pueden
ayudarnos a ver las implicaciones de usar vestiduras anacrónicas para hacerse
hombre. Una construcción fantaseada en la cual el sujeto asume cabalgaduras, trajes
y comportamientos que remiten a un pasado idealizado. Se usa ese pasado para
legitimar la masculinidad emulando figuras de la historia familiar o social. ¿Hombres?
Los de antes, esos sí eran, toca entonces parecerse o acercarse a ellos.
Cuando la vida se encuentra regida por el imperativo de mantenerse idéntico a un
ideal de masculinidad, se experimentan grandes dificultades para emprender o
aceptar cambios. Se vive así apegado a un tiempo lineal, el futuro se ve como la
prolongación de un instante actual definido por una imagen pretérita. Ese tiempo
psíquico estático entra en conflicto con el devenir, los ciclos y el cambio incesante de
la vida real, impide encontrar formas de vivir con menos malestar y más satisfacción.
Una masculinidad basada en la potencia fálica, el ejercicio del poder y la identificación
a ideales de superioridad, supone el rechazo de aquellos aspectos de la subjetividad
que entran en contradicción con esos referentes. Pero lo que fue rechazado en el
sujeto sigue ahí, sigue siendo parte de él. Esto se puede convertir en una presencia
inquietante, una fuente de conflictos, procesos defensivos y formación de sustitutos
que hacen daño, pero se aprende a vivir con eso, a considerarlo natural e incluso a
obtener ganancias de ello. El sujeto queda detenido en un tiempo pasado, convierte
en algo fijo y naturalizado la solución fallida que se le dio a un asunto en un momento
temprano de la vida. Aunque hayan caducado las condiciones que les dieron origen,
los síntomas se mantienen en el tiempo sin modificarse.

Tal modo de vida es exitoso sólo en apariencia, en realidad pasa por crisis que
pueden presentarse como ataques de pánico, episodios de violencia, accidentes por
conductas riesgosas, consumo de drogas, ruptura de vínculos interpersonales o
deterioro de la salud física. El individuo atribuye a la fatalidad o la mala fortuna las
consecuencias de procesos que lo involucran pero desconoce, el cuerpo o los eventos
externos hacen patente un malestar psíquico no reconocido.
Adentrarse en los procesos subjetivos abre caminos para el cambio, ayuda a superar
la inmovilidad y la repetición compulsiva. Hay otras opciones, es posible el movimiento
hacia nuevas realidades subjetivas si abandonamos la creencia de que los hombres
son básicos y simples por naturaleza. También si tenemos en cuenta que lo masculino
no se hace sólo aprendiendo conductas dadas por el entorno, decir que las
subjetividades masculinas se conforman alrededor de las creencias y mandatos de un
modelo hegemónico es sólo una parte del asunto. La subjetividad individual reproduce
ese modelo, pero es mucho más que eso, abarca realidades inconscientes que
perviven en el sujeto a pesar de estar en contradicción con los mandatos asumidos.
No todos los hombres definen su subjetividad por los patrones hegemónicos de
masculinidad, no todo en las subjetividades masculinas responde a esos patrones. En
ese no todo estriba una oportunidad de hacer la diferencia. Cada hombre tiene la
opción de reconocer en su historia lo que ha marcado su masculinidad, de
reconocerse como sujeto de los procesos inconscientes que la han conformado. Esto
abre la posibilidad de concebir otras opciones válidas para cada uno y hacer
elecciones en base a las mismas. Abre la posibilidad del cambio hacia otras maneras
de vivir la masculinidad sin ataduras al ejercicio del poder, el privilegio o la violencia.
Poco hacemos con cambios culturales o políticos si todo sigue igual en la subjetividad.
Tampoco nos ayudan las visiones moralistas o voluntaristas que conciben el cambio
como la imposición de un deber ser, un ideal de ser mejores hombres que termina
siendo sólo apariencia porque soslaya lo que ocurre en la realidad del sujeto. Los
cambios impuestos sólo producen obediencia aparente y resistencia encubierta.
Postular una masculinidad que sustituya la anterior, un hombre nuevo del siglo XXI, no
sería más que actualizar el modelo hegemónico vigente y tendría implicaciones
autoritarias.
Un cambio sería lograr trascender el asunto de ser o no ser hombre como referente
central en la construcción de la subjetividad. Preguntarse por qué importa tanto ese
asunto. En lugar de seguir preguntándose acerca de cómo ser más o mejor
hombre, llegar a plantear ¿cómo lograr que hacerse hombre deje de ser obstáculo al
movimiento en la subjetividad?
Podemos también cuestionar la idea de la masculinidad como referente unitario, no
vemos el cambio como la sustitución de un patrón hegemónico por otro. Tampoco
buscamos héroes, de esos ya hemos tenido bastantes. Hace falta superar la
unidimensionalidad, el pensamiento único, la identidad disciplinada y uniformada, para
que no haya una sola forma de ser hombre, sino todas las posibles. Que tenga
legitimidad la diferencia, la particularidad de cada uno en su manera de vivir y darle
sentido a lo masculino, que todas esas posibilidades las vivan muchos individuos, pero

que también puedan ser opciones para un mismo individuo en los diferentes lugares y
momentos de su vida.
Fluir por diferentes experiencias y roles, en la calle, en el trabajo, pero también en la
crianza de los hijos o en labores domésticas. Ser atendido y cuidado, pero también ser
capaz de atender, cuidar a otros y sentir satisfacción en ello. Enterarse y experimentar
que además de la ira existe un amplio espectro de emociones que se pueden sentir,
nombrar, expresar y tomarlas como referente para la vida de todos los días. Atreverse
a usar la empatía para ver al mundo y a sí mismo también desde un punto de vista
femenino.
Habitar territorios entrañables
En el comienzo de Cien años de soledad, el coronel Aureliano Buendía evoca a su
padre José Arcadio Buendía, quien fundó Macondo y una estirpe luego de dar muerte
en duelo de honor a un hombre que cuestionó su virilidad. La imagen del coronel
recordando la tarde en que conoció el hielo, condensa al poder, las armas y la
violencia en torno a la figura paterna.
Ser padre es mucho más que aportar un espermatozoide para preñar a una mujer. La
paternidad, al igual que la maternidad, es una producción cultural, en ella confluyen
prácticas, roles, relaciones, mitos y tradiciones. El padre es también una producción
subjetiva, un complejo inconsciente que adopta características particulares en cada
individuo. Pero entre subjetividad y cultura, el calidoscopio de las imágenes paternas
hace girar algunos elementos compartidos y recurrentes.
Comencemos por recordar al hombre aquel que impone la disciplina según la
advertencia materna “cuando venga tu padre se lo diré y verás”. El hombre fuerte que
si no está presente es porque se está ocupando de proveer el sustento o está en lo
suyo fuera de casa. Un varón que se respeta, capaz de imponer el orden por medio de
la violencia, cosa que se le permite y muchas veces se le demanda. Es aquel que
definía una ya añeja expresión: “el que lleva los pantalones en la casa”. Hoy que los
pantalones no son una prenda exclusivamente masculina, muchos hombres siguen
aferrados al deber de tener el mando y muchas mujeres al ideal de que un hombre lo
tenga.
Hablamos de una figura de padre sustentada en relaciones que asignan a los varones
la preeminencia y superioridad sobre las mujeres y los hijos. Un dominio que llegamos
a naturalizar hasta creer que no podemos prescindir de él, ni en la familia ni en la
sociedad en su conjunto. Por eso son muchos los que creen, por ejemplo, que la
delincuencia se podría prevenir con más autoridad de padre dentro del hogar y con
mano dura del gobierno en la calle, o que la violencia escolar sería producto de que a
los docentes ya no se les deja ejercer dominio sobre los alumnos. Desde tiempos
bíblicos se nos viene anunciando el caos del desenfrenado libertinaje en el que nos
veríamos sumidos en ausencia del patriarca.
Hemos heredado la ficción de un padre todopoderoso, figura ligada a la autoridad y el
ejercicio del poder, que pervive en muchas de nuestras relaciones cotidianas y que
cultivamos en nuestros complejos inconscientes. Imagen del padre derivada de la
reducción de las funciones maternas y paternas a la dicotomía de dar cuidado y

ejercer autoridad, términos asignados arbitrariamente a mujeres y hombres
respectivamente.
El resultado es una paternidad entendida como ejercicio del poder, como hegemonía
dentro de la familia. Dentro de esa imagen cabe el padre proveedor, el salvador, el
arbitrario, el punitivo, el que manda incluso a distancia o en ausencia. Figura que
despierta sentimientos ambivalentes, entre un amor temeroso y un odio culpable.
Nos corresponde revisar las implicaciones que tiene hacer uso del poder para darle
significado a la paternidad, entre ellas tenemos el autoritarismo, la violencia, el
desapego y el abandono. Un padre todopoderoso es también una figura con el
permiso imaginario para el exceso, la desmesura, es uno que no tiene límite en su
voluntad, un varón que aspira a gozar de privilegios. Es aquel a quien se le otorga
autoridad aunque esté ausente del hogar. También es ese del cual algunos recuerdan
que los trató con rudeza y piensan que eso les hizo llegar a ser lo que son, con lo cual
idealizan al poder paterno y minimizan sus méritos personales.
En el inconsciente individual la figura del patriarca agrupa representaciones,
experiencias, afectos, relaciones que le dan poder en la subjetividad. El sujeto le
otorga omnipotencia imaginaria, tanto por medio de la idealización amorosa como por
el de la amenaza terrorífica. Le da vida al patriarca en el territorio de la ensoñación,
allí donde se encontraba el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de
fusilamiento.
Esa figura temida y amada vive en el inconsciente como heredera de las creencias
infantiles acerca del poder ilimitado del adulto y de la seguridad imaginaria que ellas
aportan. Se rinde culto a un padre fantaseado, un ser poderoso e idealizado en el que
no se quieren ver fallas o fisuras, no hay falta que descomplete su omnipotencia.
Oscuramente, el sujeto se complace de admirar y sentirse bajo el cobijo de ese poder,
funda en él sus ideales, sus fantasías, las normas a las que apega su vida. Su figura
se desdobla en múltiples sustitutos cuyo rasgo común es el poder: jefe, líder político o
religioso, doctor, profesor, policía o malandro.
Mujeres y hombres se subordinan a ese ídolo, entre las primeras encontramos los
casos extremos de aquellas que se encuentran atrapadas en relaciones con parejas
violentas. Entre los varones muchos son los que convierten la subordinación en
identificación al patriarca, es decir hacen uso de él como referente para dar significado
a su masculinidad, ser hombre es emular a ese padre en su poder.
Creer que para ser padre basta con tener poder y hacerlo valer, es una ficción que
lleva a muchos hombres a tener desencuentros y dificultades en la relación con sus
hijos, en la disposición para asumir lo que implica la paternidad en términos reales. La
creencia de que ser padre es como ejercer un gobierno crea barreras. Muchos padres
se apegan a este patrón aunque no crean en él, por temor a no ser respetados por sus
hijos, otros lo hacen respondiendo a una demanda implícita o explícita de su pareja.
Hay familias donde se tilda de débiles y se desvaloriza a los padres que no se
imponen autoritariamente. Hay otras en donde la madre toma ese rol autoritario
temiendo las supuestas consecuencias que dejaría su ausencia.

Muchos padres se prohíben a sí mismos un vínculo más cercano con sus hijos por
temor a perder la autoridad, también tenemos los casos en los que, con las mejores
intenciones, las madres contribuyen a que los hijos vean al padre como una figura
distante y autoritaria.
Otra fuente de barreras es la ausencia de experiencias en las que los varones puedan
jugar con roles de paternidad durante la niñez y la adolescencia, en contraste con las
niñas en las que se promueve el jugar con muñecas y se las incluye en tareas de
cuidado de otros niños. La crianza de los hijos está entre los ideales de vida que la
cultura plantea para las mujeres, no es así para los hombres. Muchas mujeres se
creen incompletas si no han sido madres, muy pocos varones se consideran menos
hombres por no ser padres, ocurre al contrario, muchos perciben la paternidad como
una pérdida porque la ven como algo que les va a impedir hacer muchas cosas de
hombres. No ven en la paternidad una oportunidad de desarrollo existencial sino una
amenaza a ideales de privilegio, autosuficiencia y desapego que han asociado a la
masculinidad.
Los hombres hablan poco de sus vivencias como padres, hablan de deportes o de
política pero casi nunca de los quehaceres con los hijos. Es un tema oculto, reprimido,
dejado a un lado como vergonzoso o poco relevante. Las mujeres valoran la
maternidad, han logrado cambios y han asumido nuevos roles, pero no dejan de
valorarla. En cambio, el ejercicio de la paternidad sigue siendo subvalorado,
invisibilizado y hasta negado por sus protagonistas.
Se ha hablado de que vivimos en nuestra época un declive de la función paterna,
pero, en realidad, de lo que se trata más bien es del declive de la manera patriarcal de
concebir al padre. En defensa de un patriarcado decadente surgen en la cultura
ideologías nostálgicas de un viejo orden, que nos advierten del apocalipsis que se
anuncia por la pérdida de autoridad paterna. La función paterna es una producción
subjetiva que no depende de una ideología, aunque se asocie a ellas, puede cumplir
un papel en la estructura del sujeto dentro de muy diversos contextos familiares.
Con el declive del patriarcado se abren oportunidades de desarrollo cultural y
elaboración subjetiva de facetas ya existentes pero poco exploradas en los roles
paternos. Es creciente la cantidad de padres que se implican emocionalmente y se
comprometen con las tareas involucradas en la gestación, nacimiento, crianza y
educación de hijos e hijas. Esto va más allá de un querer adecuarse a una moda de
papá moderno, responde a profundas necesidades de afecto y de vínculo familiar de
los propios hombres.
Si tanto hombres como mujeres superamos nuestras ficciones imaginarias acerca de
la paternidad, abrimos la posibilidad de que cualquier hombre sea capaz de asumir
funciones que implican atender, criar, orientar, apoyar, contener, nutrir, limpiar, curar o
acunar, como opciones válidas que enriquecen el rol paterno. Abrimos la puerta a una
paternidad vivida como encuentro amoroso y creador de cultura. Esa que nos ilustra
Aquiles Nazoa en su poema Pasa mi padre:
“mi dulce padre nos acogió a su pecho, un hijo a cada lado, y estábamos como debajo de un pan,
bien que me acuerdo”.

Ese oscuro objeto
Son las cinco de la tarde en un barrio de Caracas, un joven sale de su casa y se dirige
hacia esa esquina cercana en la que se reúne con sus compañeros de banda,
mientras camina le complace sentir el peso de la pistola que carga oculta. No muy
lejos de ahí, en la vía rápida, un padre de familia conduce irritado por el tráfico que no
lo deja ir a toda velocidad en su potente vehículo. Este mismo hombre al llegar a casa
ve desorden y desajuste por todos lados, se molesta, grita, le reclama a su mujer. Por
su parte, uno de sus hijos, un adolescente de dieciséis años está en el cuarto molesto
y discutiendo con la novia por teléfono, le reclama y la insulta cuando ésta le reitera
que aún no quiere tener relaciones sexuales. Al hermano menor de esta muchacha le
va mal en la escuela donde cursa quinto grado, lleva muy malas calificaciones y tiene
problemas con las normas, él siente que en la escuela todos quieren mandarle y él no
se va dejar, mucho menos de esa profesora que la tiene cogida con él. Esta profesora
tiene un hermano que atraviesa una crisis con su esposa desde hace un año, a raíz de
que ella empezó a trabajar y gana un sueldo que es casi el doble de lo que él gana,
está angustiado e irritable, pero siente alivio cuando se reúne con sus amigos y sale a
beber. En su trabajo este hombre tiene un jefe que dirige al personal dando gritos,
humilla a los subalternos e insulta a cualquiera que exprese un desacuerdo, para éste
el trabajo es su vida y también la fuente de ingresos con los que le gusta complacer a
su esposa y sus hijos.
La costura que une todas estas historias está hecha de un hilo especial para atuendo
de caballeros. Este hilo es el poder y con él se cosen experiencias de vida,
costumbres, vivencias subjetivas y conductas con las que se hacen los hombres, en el
marco de referentes culturales y relaciones sociales que instituyen posiciones de
superioridad jerárquica, dominio y control de ellos sobre las mujeres. Este orden socio
cultural basado en la hegemonía masculina atraviesa todos los aspectos de la vida
humana, sustenta creencias y prácticas cotidianas en las cuales ser hombre y ser el
que manda se presenta como un binario indisoluble. De acuerdo a esta masculinidad
patriarcal, ser hombre es mandar en la familia, la sexualidad, la pareja, la producción y
administración de bienes, el uso de la violencia. Es de hombres el dominio de las
armas, del conocimiento, de la tecnología y de la conexión con la divinidad, pero no
sólo eso, ser hombre es ser la imagen de Dios todopoderoso.
En muchos países esta hegemonía ha sido cuestionada, los imperativos patriarcales
se han puesto en entredicho y se han logrado cambios sociales, culturales y políticos
que han eliminado desigualdades. Sin embargo para muchas personas e instituciones
sigue imperando la premisa según la cual lo normal es el dominio de los hombres
sobre las mujeres, así como mucha gente siente alguna nostalgia de aquellos tiempos
en que los hombres sí llevaban los pantalones y hacían valer su autoridad.
La asociación entre masculinidad y poder se mantiene viva en las subjetividades de
hombres y mujeres, no como una ideología, sino como parte de procesos y
estructuras inconscientes que se manifiestan en la vida cotidiana de los individuos. Así
podemos empezar a comprender, por ejemplo, cómo es posible que parejas muy

jóvenes repitan modelos machistas anacrónicos, o la fascinación que sienten muchas
personas ante un-hombre-de-mando que abusa del poder sin límites ni pudor.
Donde hay hegemonía masculina podemos encontrar pactos de silencio y tabúes que
la protegen. Hace falta perder el miedo y empezar a preguntarse ¿cómo se produce
ese poder? ¿Cómo actúa? ¿Qué mecanismos usa para perpetuarse? Atreverse a
poner en entredicho la idea de que el poder es algo que tienen los hombres como
parte de su naturaleza. Sin darnos cuenta, damos por sentado que el poder es un
atributo de los hombres, como si eso se llevara en las hormonas, los testículos, la
estructura corporal, la cantidad de vello o en la nuez de Adán.
El poder no es un recurso natural acumulado en ciertas personas, grupos o
instituciones, tampoco algo que baja de los cielos para que unos elegidos lo detenten.
Es una producción social, es resultado de un tejido de relaciones en todos los ámbitos
de la vida humana. Consiste en acciones que deciden la conducta de otros, existe
siempre en el contexto de relaciones sociales e intersubjetivas y no como algo que se
tiene o se acumula. Se suele decir, por ejemplo, que el dinero o las armas dan poder,
pero el poder no está en esos objetos sino en las relaciones donde alguien hace uso
de ellos para imponer a otros sus decisiones.
Las mujeres que han salido de relaciones con parejas violentas muestran por qué es
importante dejar de creer en el poder como algo propio de la naturaleza masculina. En
estos casos la mujer está consciente de que la pareja hace uso de mecanismos para
dominarla, pero a la vez piensa que ese poder vino en el paquete de ese hombre, que
le tocó así, que es por el carácter que tiene, porque es más astuto que ella o porque la
ama intensamente. La mujer comienza a dejar de estar atrapada en el maltrato
cuando cae en cuenta de que ese poder no es tan natural ni tan normal, que es ficticio
en buena parte, que surge de una forma de relación y que ella sin saberlo ha
contribuido a crear la imagen de un ser temible y todopoderoso. Cuando esto ocurre,
la mujer se ubica de otra manera ante el maltrato y el agresor empieza a llevarse
sorpresas porque ya no encuentra a la víctima que doblegaba.
En la subjetividad de los hombres la relación con el poder no surge de manera
espontánea, es resultado de la manera como cada uno incorpora ideales, formas de
relación y rituales patriarcales. Para ser hombre hay que demostrar poder, este
mandato está presente en la vida de los varones desde la infancia, así como la
angustia asociada a lo que podría pasar si no se cumple con él. Hacerse hombre bajo
esas premisas conduce a padecer de una hipertrofia de todo lo asociado con la
búsqueda, manejo y sostenimiento del poder, que genera tensión, sufrimiento y daños
para sí mismo y para los otros. El poder se convierte así en un objeto imaginario para
ser poseído, arrebatado o cuidado como un tesoro fálico que se teme perder.
Atrapado en esa dinámica el sujeto puede llegar al punto de no ser capaz de
relacionarse con los otros sin la mediación de ese objeto.
Cuando el poder se convierte en objeto que rige el mundo psíquico se vive en una
pose narcisista, se carga el peso de una máscara que encubre la vulnerabilidad, las
carencias y la necesidad recibir ayuda de otros. Detrás de rasgos de arrogancia se
esconden seres que dependen de ilusiones ligadas al poder para sostener su

autoestima, que viven temerosos de ser menos si no aparentan tener algún poder, así
sea éste espurio, ilusorio, abusivo o delictivo. En el fondo esta es una posición de
sumisión infantil a una amenaza imaginaria de castigo para quien no cumpla el
mandato. Hay también los que se sienten poderosos porque en su realidad psíquica
se han identificado con alguna figura encumbrada. Hay otros que se satisfacen
mentalmente fantaseando situaciones de dominio sobre otros.
Un hombre que basa su existencia en dualidades como poderoso-vulnerable,
dominante-sometido o superior-inferior, se mortifica pensando que no tener poder es
estar castrado, angustiado se aferra a cuotas de poder con la pareja, los hijos, los
alumnos, en las relaciones laborales, la práctica religiosa o las funciones
gubernamentales. En ciertos casos, para tener poder el sujeto se apropia de una
persona, un grupo, una institución o una comunidad a la cual tiene sometida,
atemorizada y humillada. Dinámicas de este tipo son parte de los procesos que
producen violencia intrafamiliar, escolar, política, delincuencial o carcelaria.
En las relaciones de los varones con el poder también hay conflictos, rechazo y
sufrimiento. En todos los hombres encontramos brechas entre los ideales de dominio y
la realidad del sujeto, así como otros deseos e ideales orientados a relaciones de
equidad, solidaridad, cuidado mutuo y apoyo.
Es posible ser hombre sin estar atrapado en la moral y la estética del poder. Hace falta
concebir lo masculino desde otros lugares, se puede tener respeto, amor y honor sin
depender del ejercicio del poder. Esta apertura puede darse si se superan los tabúes y
los temores a perder privilegios sobrevalorados. Es posible si se rescatan y aceptan
aquellos aspectos de la propia existencia que fueron rechazados, si reconocemos que
al final no es tal el poder que creemos tener sobre las mujeres, sobre nuestro cuerpo o
sobre la muerte.
Desmontar las ficciones del poder nos coloca desnudos ante nuestras carencias y
necesidades insatisfechas, nos revela incompletos e inacabados, sujetos deseantes y
vulnerables. Significa renunciar al goce de la ficción de superioridad, dominio y control,
pero abre la puerta a un mundo más amplio de satisfacciones.
Sobre lugares y relatos de las paternidades
Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi
madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.
Juan Rulfo
De manera desapercibida, cada uno pasa por la vida dándole significado a la palabra
padre. Hay paternidades, hombres que ocupan para otros el papel de padres, hijos
que le dan a alguien ese lugar. Los padres pueden ser personajes amados y odiados,
esperados, anhelados, ausentes o invasivos. Un padre puede ser ese al que se culpa
de lo que no está bien, aquel a quien se le debe todo o el que se presenta como un
horizonte inalcanzable. Encontramos padres en las familias, las organizaciones, las
escuelas o los deportes, tenemos padres de la patria, padres de las iglesias y padres
de las innovaciones tecnológicas.
Arrastramos tradiciones monoteístas que nos presentan al padre como un personaje
mítico, único y verdadero, el representante de una esencia singular. Las realidades

familiares contemporáneas nos plantean la necesidad de ocuparnos de la multiplicidad
y la diversidad en lo que se refiere a las paternidades, adentrarnos en lo plural y lo
multidimensional de las funciones paternas y los individuos que las ejercen.
La maternidad y la paternidad son producciones culturales como la alfarería, el tejido o
la agricultura. Son también producciones subjetivas, así como las vasijas que salen de
las manos alfareras, son algo diferente y particular para cada sujeto. Van mucho más
allá de la función biológica que hace posible la reproducción de la especie, no son
atributos con las que nace un individuo de acuerdo al sexo que le tocó, son resultado
de relaciones y procesos simbólicos que les dan significado.
Las respuestas acerca de qué es un padre van acompañadas de otras acerca de
dónde encontrarlo y qué se cuenta acerca de él. Lugares y relatos en lo íntimo de
cada individuo, en las relaciones sociales, en las instituciones o en las formaciones
culturales. No hay nombre para el padre sin un lugar en el que habita, una palabra
materna que lo señala y una posición inconsciente que lo sostiene.
Hacerse padre es también una construcción en la realidad subjetiva de los individuos
llamados a ocupar ese rol. Las formas en que se ejerce la paternidad están
estrechamente ligadas a la construcción de la masculinidad y a la manera como un
hombre se ubica en relación a las figuras maternas. Muchas personas tienen
dificultades para integrar el ser hombre y el ser padre. El ejercicio de la paternidad es
un tema dejado a un lado como vergonzoso o poco relevante, oculto y subvalorado
para muchos de sus protagonistas.
Hemos heredado figuras del padre ligadas a la autoridad y al ejercicio del poder, las
cuales viven en las relaciones cotidianas y los complejos inconscientes, a pesar de
los cambios culturales que han producido un declive del patriarcado. Por un lado
tenemos el autoritarismo, abandono, violencia y desapego que se derivan del uso del
poder para darle significado a la paternidad. Por otra parte encontramos ideologías
nostálgicas que nos prometen salvarnos de los males sociales si volvemos al viejo
orden en el que la autoridad paterna no se cuestionaba.
La manera patriarcal de concebir al padre se encuentra cuestionada y debilitada por
los cambios culturales en los roles de género y en las configuraciones familiares, así
como por los procesos de democratización en muchas sociedades. Pero no hay que
creer que el patriarcado está acabado, impera abiertamente en muchas sociedades,
goza de buena salud incluso en el seno de muchas familias matricentradas.
El declive de la hegemonía patriarcal no debe llevarnos a omitir el papel de los
hombres en la reproducción, la crianza de los hijos y la integración de unidades
familiares. Podemos concebir roles paternos que logren prescindir de la violencia y el
uso del poder sobre mujeres e hijos, nos hace falta hablar de otras facetas existentes
pero poco exploradas de la paternidad.
Estas son cuestiones relevantes para el abordaje de problemáticas individuales,
familiares y sociales. En junio del año pasado, presentamos una primera aproximación
a las relaciones entre masculinidad y paternidad en Habitar territorios entrañables. Lo
expuesto en este artículo es una presentación de los temas que abordaremos en el
Seminario Lugares, relatos, paternidades, que tendrá inicio el 3 de abril en la Librería

Liberarte. Será un espacio de estudio y reflexión en el que nos proponemos integrar
los aportes del psicoanálisis con los de la psicología, las ciencias sociales, la
educación y las artes. Un espacio para el diálogo entre saberes y el encuentro de
nuevos significados.
Ocultos detrás de la ira
Con escepticismo y desesperanza muchas personas se preguntan si los hombres
violentos con su pareja pueden cambiar. Una variante de esta pregunta es acerca de
si son capaces de hacerlo, porque parece que quisieran ser distintos pero algo dentro
de ellos no les permite dejar de ser violentos. Del escepticismo y la desesperanza se
puede caer en la resignación y el fatalismo.
Tiene sentido hacer estas preguntas porque sabemos que en estos casos, después de
agredir a la pareja, el hombre suele expresar arrepentimiento y hacer promesas de
que no volverá a ocurrir, pero luego de un tiempo la violencia vuelve cerrando un ciclo
que se repite con frecuencia creciente y mayor gravedad.
Las investigaciones sobre el tema, las experiencias de instituciones y profesionales y
nuestro propio trabajo con estos casos nos permiten responder afirmativamente, estos
hombres pueden cambiar, las personas violentas no nacieron así. Pero no basta con
las promesas de enmienda para que el cambio se produzca.
Quienes se aferran sólo a los buenos propósitos y las promesas de no hacerlo más
nunca, se encuentran inmersos en el ciclo de la violencia, sólo están tratando de
negar el significado de sus actos y de anularlos con palabras como si nunca hubiesen
ocurrido. Ponerle límite a la violencia requiere mucho más que buena voluntad y
arrepentimiento. Hace falta que el hombre emprenda profundos cambios en su
manera de relacionarse, su modo de vida, la imagen que tiene de los otros, las
emociones, la identidad, la manera en que afronta sus angustias recónditas.
Es posible el cambio pero se deben cumplir ciertas condiciones para encaminarse en
esa dirección. La primera de ellas es aceptar sinceramente que no bastan las
promesas y la buena voluntad, hay mucho más que hacer.
La segunda condición es aceptar que la violencia contra la pareja es un problema que
tiene el hombre que la ejerce y que requiere ayuda específica para superarla. Pero no
se trata simplemente de dar una declaración y sentarse a esperar la ayuda, es
necesario ocuparse en eso y emprender acciones. Ocurre en muchos casos que el
hombre dice “sí quiero cambiar”, pero permanece en actitud pasiva dejando que sea la
pareja la que haga algo, como quien se echa en un sofá y espera ser atendido.
La tercera condición para iniciar un proceso de cambio tiene que ver con buscar la
ayuda y acudir a recibirla, pero asumiendo que esto no es llegar a un lugar y decir
“aquí estoy, qué va a hacer usted con mi caso”, hace falta hablar de cosas que
usualmente se callan, plantearse preguntas, reflexionar sobre la manera en que se
está llevando la existencia.
Una cuarta condición tiene que ver con replantearse los objetivos. Con frecuencia los
hombres violentos acuden a tratamiento ante el temor de perder a la pareja o evitar
una sanción. Si bien esos son motivos que pueden dar un primer impulso, hay que
tener en cuenta que por sí solos no responden más que a la intención de salir

fácilmente de una dificultad o de retomar el control de la situación sin que nada
cambie en el fondo. Un verdadero cambio es mucho más que salvarse de un castigo,
de lo que se trata es de rescatar la integridad emocional propia y de los otros, reparar
y establecer relaciones libres de violencia, reconstruir la capacidad para amar y para
ser amado.
En lugar de seguir escudándose en qué hace ella para provocar su ira, un hombre
puede empezar a preguntarse qué pasa en él para hacerlo proclive a la violencia. Los
procesos que llevan a un hombre a ser violento con su pareja son múltiples y
complejos, es falso que lo hace porque no sabe controlar la ira. El ejercicio de la
violencia se sustenta en una posición subjetiva constituida y fijada en una historia. La
terapéutica psicoanalítica involucra a la persona en una experiencia de
reconocimiento, comprensión y transformación de esos procesos y esa posición
subjetiva. Los caminos que se recorren son diversos y no es fácil hacer
generalizaciones, sin embargo quiero destacar dos aspectos fundamentales del
proceso terapéutico en estos casos.
Un aspecto a destacar es el de reconocer y comprender la naturaleza de la violencia y
cómo se ha hecho parte de la manera de vivir y relacionarse. No basta con declarar “sí
soy violento”, hace falta un proceso de comprensión de qué es la violencia y cómo se
ejerce en la vida diaria. Esto requiere hablar de muchas situaciones cotidianas,
anécdotas, recuerdos y experiencias para identificar en ellas la violencia, sus formas,
componentes y consecuencias. Hay los que dicen “yo no le pego” o “sólo le pegué una
vez”, otros aceptan como violencia sólo un hecho aislado por el cual fueron
denunciados, pero evaden que violencia está también en el uso de los gritos para
imponerse, en las descalificaciones e insultos consuetudinarios, en los celos
asfixiantes, en las restricciones de la vida social de la pareja o en las acciones que
destruyen opciones de bienestar y desarrollo de la mujer, como por ejemplo, provocar
la pérdida del empleo, obstaculizar tratamientos médicos o impedir la continuación de
los estudios.
Develar la propia posición inconsciente no es una confesión de pecados para pedir
perdón. Otro aspecto a destacar del proceso terapéutico es el que incide en los
mecanismos psíquicos que le sirven al agresor para sostener y naturalizar su
conducta. Uno de esos mecanismos inconscientes es el que usa para evitar el
contacto con el significado de sus actos y lo que pasa con sus víctimas. Para lograr
esto el agresor lo que hace es negar la naturaleza de sus acciones y el daño que
producen en la mujer. Con esta estrategia defensiva levanta un muro que no deja
pasar los sentimientos y crea condiciones para ejercer la violencia sin remordimientos.
Una vía de cambio se abre cada vez que un hombre maltratador llega a ser capaz
ponerse en los zapatos de la mujer y preguntarse ¿qué siente ella? La empatía que
ahí puede surgir no es algo que se decreta, sino el resultado de un trabajo e incluso
una disciplina.
Los procesos descritos pueden promover que un hombre comience a preguntarse
acerca del lugar y el valor que le da a la mujer, así como acerca de la naturaleza del

vínculo que establece con ella. Se le presenta así la oportunidad de replantearse su
posición con respecto a la feminidad.
Ganar la libertad de renunciar
Hay hombres que quieren sacar de sus vidas la violencia porque perciben sus
consecuencias en ellos mismos y en quienes les rodean. No son pocos, son muchos
más de lo que se piensa, pero esa aspiración algunos la viven como un deseo que no
se atreven a decir en voz alta, otros piensan que sería bonito pero no creen que se
pueda realizar, otros ven la violencia como algo inevitable en la lucha por la
sobrevivencia. Al final del cuento terminan asumiendo que es algo de lo que no se
puede escapar, que sería cobarde evitarla y que tarde o temprano no queda más
remedio que recurrir a la violencia en las relaciones con las mujeres, con otros
hombres, con los hijos, los compañeros de trabajo, la gente que se cruza en la calle o
la que acude a un centro de estudios. ¡Hemos escuchado tantas veces el falso
realismo de quienes se conforman con pensar que sería bonito vivir sin violencia pero
eso es imposible!
Venimos de historias sociales y subjetivas en las que ha imperado la imagen de
hombres poderosos llamados a usar la violencia contra alguna expresión del mal, para
salvarnos de enemigos temibles o para llevarnos a un porvenir de luminosa felicidad.
Esa tradición nos presenta la violencia como algo necesario, un camino inevitable, un
deber y un derecho asignados a los varones. Eso nos lleva a creer que los hombres
que rechazan la violencia están faltando a una obligación o son cobardes.
Desde la infancia mujeres y hombres nos hemos sometido al axioma de que
masculinidad y violencia son cosas indisociables. Para salir de esta trampa hace falta
emprender cambios en la manera de relacionarnos, el modo de vida, la imagen que
tenemos de los otros, la forma en que procesamos nuestras emociones y lo que
hacemos con nuestras angustias recónditas. Es decir, no se trata de parar la violencia
con más violencia, sino ocuparnos del entramado social y subjetivo que la produce.
Nos engañamos suponiendo que dentro del ser masculino la violencia es innata,
inevitable, intrínseca e indispensable. Asumimos que es innata, es decir que quien
viene al mundo con pene y testículos entre las piernas nace con inclinación a la
violencia. Esta ilusión nos coloca inermes ante una realidad que se presenta oscura y
sin escapatoria, algo que está ahí y no se puede cambiar. Muchos hombres imaginan
que dejar la violencia sería como una castración.
Cuando la suponemos inevitable entramos en el fatalismo y creemos que no ser
violento es malo y contrario a la naturaleza, de modo que el que no es violento es mal
hombre o falla en su deber de hacerse respetar. En el fondo esto es estar sometido a
un código moral que impone un “debes ser violento o de lo contrario serás castigado”.
Creer que por ser varón la violencia es intrínseca al individuo nos lleva a ignorar que
ésta se hace entre muchos, que va más allá de vivir un momento de ira. La violencia la
tejemos en muchas acciones cotidianas, roles, identidades y relaciones de poder. Por
eso no basta con decir “yo no soy violento” y desentenderse de lo que pasa alrededor.
Con mucha frecuencia promovemos la violencia porque la consideramos necesaria
para sobrevivir, esto lo podemos encontrar en ámbitos tan dispares como la actividad

política, el medio escolar, la calle o la relación de pareja. En cualquiera de esos
ámbitos encontramos justificaciones para usar armas físicas, verbales o psicológicas
para defendernos de supuestos peligros para nuestra integridad. Pero en verdad, lo
que estamos protegiendo no es más que el narcisismo de nuestro ego inflado y su
arrogancia fálica, lo que intentamos salvar no es la vida sino una pose, una cuota de
poder, una máscara de prepotencia que confundimos con respeto y seguridad, aunque
detrás de ella vivimos llenos de miedo. Nos hacemos partícipes de un malentendido
que confunde sobrevivir con dominar, imponerse y eliminar al otro.
Nos aferramos a la supuesta necesidad de la violencia frente a una realidad que
imaginamos amenazante, pero en el fondo es que hemos aprendido a vivir así para
acallar las angustias que pudiera despertar el no obedecer a ciertos mandatos
impuestos por la cultura a través de la familia, de papá o mamá, del tío, el primo, los
amigos o los líderes políticos. Para no quedar mal frente a esos mandatos, nos
comportarnos como mandan los poderosos, nos amoldamos a un falso ser.
Cuando asumimos la violencia como algo inevitable y cotidiano entramos en un campo
de batalla en el que no hay límite para las pulsiones destructivas. Sometemos nuestra
existencia a la mentalidad del guerrero que en la acción bélica sólo actúa, no piensa,
no siente, tiene permiso para cualquier cosa que sirva para destruir al enemigo. La
batalla es innecesaria y absurda pero nos aferramos a ella porque aporta oscuras
satisfacciones. Nos atrincheramos en el ego de un guerrero que defiende un territorio.
Aunque creemos estar ganando respeto sólo producimos distancia, exclusión,
abandono, rechazo, miedo y odio. El supuesto respeto que se gana siendo irascible y
explosivo es sólo una quebradiza cubierta de un ser raquítico en lo emocional, en la
valoración de sí mismo o en la capacidad para establecer vínculos humanos.
Pensamos o sentimos con el puño cerrado, los dientes apretados y el ceño fruncido,
tanta tensión del cuerpo deja pasar escasas ideas y emociones. Hemos aprendido a
ver, pensar y actuar frente a cualquier dificultad haciendo uso de la rabia. Tal vez cada
uno se ve a sí mismo como un ser deseoso de amar y dar amor, pero ante la mínima
dificultad, frustración o conflicto nos volvemos esclavos de la rabia y vemos al otro
como un enemigo, como una amenaza que tratamos de eliminar. La rabia es una
emoción más, en sí no es buena ni mala, pero se producen serias distorsiones cuando
la convertimos en el único color que aplicamos a nuestras vivencias. Si hay miedo lo
disfrazamos con rabia, si hay tristeza la convertimos en rabia, si hay soledad
manifestamos rabia hacia el mundo. Esto no es natural, pero hemos aprendido a vivir
así.
En nuestra mente estamos apegados a la fascinación y la autocomplacencia que
aportan fantasías violentas. Nos regodeamos en fantasear cómo destruir, hacer daño
o causar muerte. Esto nos hace tributarios de una cultura de la violencia que envuelve
a la guerra de una fascinante hermosura. Nuestras fantasías han sido moldeadas por
relatos épicos que nos dicen que la guerra es un evento cargado de belleza donde se
exhiben las mejores dotes viriles
1
. Una belleza que la convierte en evento sublime,
hermosa gesta en la que hombres comunes se elevan a la condición de héroes. Ese

velo, que encubre muerte y destrucción sin límites, muestra imágenes sublimes que se
yerguen sobre cadáveres y desolación
2
.
Esta fascinación con la guerra va más allá de la contemplación cinematográfica de
imágenes bélicas, la llevamos a la vida cotidiana y se convierte en un drama que
protagonizamos en la familia, la escuela, la calle o las instituciones políticas. Para vivir
tan sublime drama necesitamos inventar enemigos, éstos pueden ser hombres rivales,
mujeres o cualquier persona que tenga otra orientación sexual, creencia religiosa o
afinidad política.
Prescindir de la violencia no consiste en emprender un nuevo enfrentamiento, realizar
un esfuerzo prodigioso o una tarea hercúlea frente a fuerzas sobrehumanas o
monstruos que habitan en las profundidades. Hemos tenido ya demasiados héroes.
Oponer una fuerza a otra no es lo que ayuda a detener la violencia, sino pasar a la
práctica de soltar, desprenderse y dejar ir.
Parar la violencia no es una tarea simple pero es más sencillo de lo que se piensa. No
se trata de imponerse apretadas ataduras para contener supuestos impulsos
indomables, sino de separarse de cargas, soltar tensiones, abrir lo que está cerrado,
dejar caer certidumbres que paralizan. En lugar de constreñirse más, ganar la libertad
de renunciar a muchos supuestos, creencias y fantasías que moran en el
inconsciente. Encontrar bienestar al desprenderse de hábitos que se repiten sin
sentido y disfraces de virilidad que degradan la condición masculina.
Si soltamos el ansioso apego por la violencia nos abrimos al encuentro con los valores
éticos y estéticos de una vida más apacible, y dejamos fluir nuestras acciones en la
construcción de vínculos amorosos entre seres humanos.
Hay hombres que trabajan por la paz, son muchos, más de lo que se piensa, pero
usualmente son invisibles porque no buscan hacerse notorios ni ganar poder.
Notas:
1.- Sobre este aspecto de la guerra ha escrito Alessandro Baricco en un ensayo
titulado “Otra belleza, apostilla sobre la guerra” que es epílogo de su “Omero, Ilíada”.
2.- Al respecto invito a leer también “Un terrible amor por la guerra” de James Hillman.
La construcción subjetiva de lo masculino, tanto para los hombres como para las
mujeres,
... lo que encubre, sus discontinuidades y ambigüedades, su complejidad y sus
carencias como formulación acerca del ser. Tras la pretendida naturalidad de una
supuesta esencia masculina están las brechas entre las realidades subjetivas y los
estereotipos culturales, las cuales se traducen en tensión, desencuentro, conflicto,
vacío existencial y patología. Abordamos el revés de la masculinidad, entendido como
su reverso y también como su fracaso.
Psicoanálisis de hoy
Indagar sobre la construcción subjetiva de lo masculino nos plantea también la tarea
de retomar y resignificar los fundamentos del psicoanálisis. Cuando se develan
aspectos del revés de la masculinidad nos encontramos también con conceptos y
teorías que no podemos ya seguir viendo como antes.

El psicoanálisis no es una disciplina para administrar un saber sobre el inconsciente,
es una elaboración en la experiencia, un hacer que integra un conjunto de saberes
dentro de una acción terapéutica en la que adviene un sujeto que crea realidades, que
modifica condiciones.
Muchas producciones científicas, educativas, jurídicas se ocupan de problemas de la
subjetividad nombrándolos y definiendo variables, se detienen en explicaciones
elegantes que alimentan el fatalismo y la repetición de lo naturalizado. Muchos
saberes se convierten en barreras para la acción humana transformadora.
Se tratan problemas humanos mediante tecnologías para usar ciertos recursos dentro
de una realidad concebida como conjunto de variables objetivas. En cambio el
psicoanálisis desbroza el campo de la acción humana que crea opciones, nuevas
realidades, nuevos modos de estar en el mundo. Lo hace a partir del advenimiento de
un sujeto entendido como agente y no como objeto de intervenciones.
Trabajamos con el inconsciente porque es vía para volver a vincularnos con el
movimiento en la subjetividad, en el cual las defensas han producido bloqueos y
fijaciones. En psicoanálisis se suele reconocer el papel de la compulsión a la
repetición y de la determinación oscura en el inconsciente, pero se deja de tener en
cuenta la falta, el vacío que en él mueve al cambio. El inconsciente supone el retorno
de algo no realizado en el sujeto, es también indeterminación que abre la posibilidad
de una subjetividad inédita, que corta y pone límite a la repetición. El inconsciente no
es sólo cualidad de algunos procesos y estructuras subjetivas, hay que considerarlo
como sistema, lugar en el que se construye subjetividad, lugar donde se vive esa
construcción.
Así como los procesos psíquicos son en primer lugar y mayormente inconscientes, el
movimiento hacia un cambio en la subjetividad es siempre y en primer lugar un
proceso inconsciente, que deviene consciente eventualmente. Esto significa que el
individuo no está consciente de todo lo que mueve al cambio, éste no se produce sólo
por obra de la voluntad, es producto de procesos que la trascienden.
¿Qué debemos entender por psicoanálisis hoy? Hay, por un lado, definiciones que
buscan responder a esa pregunta con un dogma a seguir. Por otro lado, tenemos el
psicoanálisis definido como praxis, experiencia, algo que acontece, que es producido.
En el primer conjunto de definiciones se pone énfasis en delimitar un cerrado círculo
dentro del cual el psicoanálisis existiría como ortodoxia en manos de una tribu que lo
resguarda; en el segundo, encontramos siempre al psicoanálisis trascendiendo las
fronteras institucionales construidas en nombre de un padre. En la primera
aproximación los criterios establecidos delimitan produciendo segregación; la segunda
en cambio, tiende a la inclusión, a la integración, a tender puentes.
Si nos comprometemos con esa segunda aproximación puede ocurrir que se diluyan
algunas fronteras, que aceptemos cierta incertidumbre acerca de lo que es o no
psicoanálisis pero, al no quedar encerrado en fronteras formales, éste se enriquece al
igual que aquellos saberes, praxis y sujetos que pueden vincularse a él en modos que
no cesan de crearse. El psicoanálisis es extenso, diverso, con muchos vericuetos, su

profundidad deriva de la diversidad de sus inagotables conexiones, interrelaciones,
mestizajes y modalidades formales que se dan en su práctica.
Lo que trata el sitio
Este espacio surgió en conexión con la realización del Seminario El revés de la
masculinidad, iniciado el 30 de marzo de 2011 en la Librería Liberarte. Inicialmente
pensamos que sería un espacio para darle difusión a los contenidos trabajados en ese
seminario, pero al poco tiempo tomó una dinámica propia. Se convirtió en un lugar
para abordar la masculinidad, ya no como algo que se habla en eventos especiales
donde se menciona y se olvida luego para pasar a otra cosa, sino de una manera
sistemática y sostenida en el tiempo. Un lugar para contribuir a abrir vías de cambio
subjetivo y social con una aproximación psicoanalítica que procura la apertura a otras
perspectivas acerca de lo cotidiano, que teje redes entre experiencias, saberes y
prácticas.
El psicoanálisis opera por medio de la palabra, ejercerla mueve la subjetividad a
elaborar significados, establecer conexiones, retomar lo rechazado y reapropiarse de
lo reprimido. Cuando se trata de la masculinidad implica además romper el mandato
de silencio, quitar velos, nombrar el malestar, quejarse y hacerse preguntas. Hablar de
lo acallado puede ayudar a ver más allá de lo obvio, atravesar las imposturas, abrir
camino hacia nuevos significados.
Las publicaciones de este blog invitan al lector a revisar experiencias, reflexionar y
considerar opciones útiles para cualquier ámbito de su vida. Son también una
invitación a la conversación entre amigos, en la familia, la escuela, la pareja, el lugar
de trabajo. Así como requiere escucha, la palabra requiere lugares seguros donde se
puedan tratar asuntos que usualmente se evaden o no se toman en cuenta. Lugares
abiertos a la posibilidad de concebir otras opciones de vida, espacios que le den
continencia al diálogo.
Nos anima el propósito de promover el diálogo ofreciendo textos e imágenes que
ayuden a iniciarlo e involucrarnos en él. Varias personas nos han transmitido
experiencias en las que nuestros artículos les han servido como herramienta para
abrir procesos de diálogo y reflexión en el aula, en la casa o en el consultorio.
Concebimos el diálogo como una travesía que se hace con otro por medio de la
palabra, es llegar con el otro a lugares distintos a los que teníamos inicialmente. Es
acción en la que damos otro uso a la palabra, distinto al que tiene en los intercambios
comerciales, jurídicos o técnicos en los que se privilegia la univocidad y a la fijeza de
sentido, distinto también al del habla cotidiana que tiende a validar los significados
convencionales. Se trata de la palabra abierta al encuentro con la significación, ningún
interlocutor tiene de antemano el saber, todos apuestan al encuentro de nuevos
significados, a la producción de nuevas realidades. El diálogo se abre a lo que no se
sabe de antemano, al vacío que causa, que mueve a elaborar lo que no existe. La
palabra se hace medio para introducir movimiento en lo fijado y naturalizado, resulta
así creadora de realidades, creadora de subjetividades.
Nuestro trabajo con la escritura procura que haya encuentros entre texto y
subjetividad. En nuestra aproximación psicoanalítica procuramos una escritura que se

adecúe a la textura de la subjetividad a la que se refiere, por eso va más allá de sólo
formular enunciados para comunicar contenidos teóricos. Así la escritura no es sólo
comunicación de conocimientos, se convierte en un tejido hecho de imágenes,
significantes, relatos, citas y preguntas que son los hilos de una indagación en curso.
Junto con lo explícito, en el texto se tejen lo implícito, lo aludido, lo sugerido, lo
evocado. El texto invita a moverse entre el plano de la argumentación analítica y el
plano de la intuición, convoca la reflexión, abre preguntas. Hace de la lectura un
movimiento en la subjetividad, despierta emociones, asociaciones, invita a ver de
nuevo lo obvio, a resignificar realidades.
Cuidamos la estética en el bien decir, un hacer con las palabras acerca de lo que
usualmente no se habla, para tratar asuntos sobre los que pesan tabúes, resistencias,
temores y posturas rígidas. Presentamos textos que conecten al lector con sus
vivencias, para ayudarlo a plantearse nuevas perspectivas, a moverse del lugar desde
el que usualmente se ven las cosas, de los significados detenidos en las convenciones
y estereotipos.
Concebimos una escritura psicoanalítica que tiende puentes con el otro, con lo real de
la subjetividad que surge de la intersección entre individuo y cultura. Los textos tejen
redes que conectan experiencias, conceptos, aspectos de la subjetividad, relaciones,
saberes y modos de construir conocimiento. Son redes que permiten recoger cosas
sumergidas bajo la superficie de los significados que naturalizan modos de vivir la
masculinidad, redes para ir al fondo bajo esa superficie.
Esta praxis de la escritura nos permite concebir textos que involucran en su lectura a
los procesos inconscientes, resuenan y contrapuntean con ellos. Se trata de escribir
para un interlocutor que no es el yo, sino la subjetividad ubicada fuera de su círculo de
certidumbres. Esto implica también escribir para un campo más amplio de la
subjetividad que aquel circunscrito por una teoría y una tribu identificada a ella. Así los
textos se nutren de las conversaciones con amigos, las investigaciones en las que
participamos, las lecturas presentes y pasadas, los relatos que escuchamos, los
aportes de estudiantes y el disfrute de las artes. Cultivamos una intertextualidad que
trasciende los libros, se teje en la vida, las relaciones y la acción.