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Un Dios digno de Adoración
Ezequiel 1–3

¿Cómo pudo suceder? Dentro del pueblo escogido, que decía pertenecer al Dios vivo, los líderes
religiosos introdujeron en el templo de Jehová a otros dioses paganos. ¿Cómo era posible que se
pervirtieran tanto?

Es que se les había olvidado la grandeza y gloria del Señor a quien decían servir, Jehová, el que dijo
que consumiría con su gloria al que le viera directamente. Sin embargo, a ellos se les había olvidado
precisamente eso: darle gloria.

Aunque parezca mentira, es posible que al pueblo de Dios también hoy, se le olvide su grandeza. Si
nos olvidamos de él, podemos alejarnos y a veces, aun llegar a despreciarle. Podríamos caer en la
misma trampa.

Un creyente verdadero puede sentirse muy contento cuando llega al culto del domingo con otros que
creen en el mismo Dios. Sin embargo, al salir del templo, su vida no manifiesta ningún cambio.
Vive como si Dios no existiera. Tal cristiano no se da cuenta de que el conocimiento verdadero de
Dios puede cambiar su vida.

El libro de Ezequiel fue escrito para advertirnos de este peligro. Nos llama a contemplar las
implicaciones de la gloria de Dios para nuestra vida.

EL MINISTERIO DE LOS PROFETAS

Los profetas eran hombres que andaban con Dios. No les daba miedo definirse como sus siervos.
Ellos señalaban el camino a seguir para tener la conducta adecuada del pueblo que a menudo se salía
de los límites establecidos por Dios.

El Antiguo Testamento nos enseña el trabajo de estos grandes hombres y las variadas emociones que
experimentaban. Además, nos indica las formas en que Dios los utilizó para restaurar a Israel a la
comunión con él.

La función de los profetas ha sido mal entendida en nuestros días. Se considera frecuentemente que
un “profeta” es alguien que anuncia sucesos futuros. No obstante, no es esa la única, ni la más
importante, función del profeta.

Un profeta es un vocero de Dios, porque anuncia o proclama la palabra santa. Entonces, es alguien
llamado para anunciar el mensaje que Dios quiere comunicar al hombre. Tal mensaje puede referirse
al futuro, pero no tiene que ser forzosamente así.

Cuando un profeta anunciaba algo futuro, lo hacía para motivar al oyente a cambiar su vida en ese
momento. Dios utilizó a estos voceros para animar al pueblo a confiar en él y obedecerle
¡PENSEMOS!
Los profetas predicaron para el pueblo de Israel con el fin de corregir
problemas contemporáneos. ¿Se dirigen estos mensajes a nuestras
circunstancias hoy también? ¿En qué problemas actuales nos podría ayudar
el mensaje de los profetas? Dé algún ejemplo que usted recuerde.

LOS TIEMPOS DE EZEQUIEL
Dios, en los pactos que hizo con Israel, prometió bendición a cambio de la obediencia, y maldición a
cambio de la rebeldía (Deuteronomio 28). Dios mandó prosperidad cuando el pueblo fue fiel; mas
cuando se apartó, envió maldición.

La maldición mayor, hasta esa fecha, había sido el exilio. El pueblo fue arrancado de su tierra y
esparcido por otras naciones para ser esclavo de ellas. Dios mostró su amor aun en medio de las
maldiciones enviando a sus mensajeros los profetas.

Ezequiel aparece en esa época del exilio. Tuvo que vivir, lo mismo que sus paisanos, lejos de
Jerusalén, en Babilonia. Fue llevado cautivo en la segunda deportación, cuando corría el año 598
a.C.

En los primeros 32 capítulos, explica a sus paisanos por qué estaban allí y los llama al
arrepentimiento. A la vez, predice la destrucción venidera de Jerusalén. La última parte del libro fue
escrita después de oir de la caída de la ciudad. Quería consolar a su pueblo y asegurarle su futura
restauración.

EL MENSAJE DEL LIBRO

El mensaje que Ezequiel anuncia al pueblo es que Dios va a glorificar su nombre. Israel lo había
despreciado y difamado por generaciones. Ahora, a través del juicio y la restauración, su nombre
volverá a ser magnificado y aprenderán a reverenciarlo.

El propósito de Ezequiel entonces, era enseñar la grandeza de Dios. Se repite una frase o lema en
todo el libro: “Y sabrán que yo soy Jehová”. La repetición de esta frase sirve para llamarles la
atención por no haber respondido adecuadamente a la grandeza de Dios.

El tema se repite tanto al referirse al juicio, como a la restauración. A través de todo el libro Dios
está usando el juicio y la restauración como lecciones visuales para enseñarles quién es él. Los dos
aspectos revelan que Dios es misericordioso pero también santo, y no tolera el pecado.

LA ESTRUCTURA DEL LIBRO

La estructura de Ezequiel se divide en dos partes principales. Las dos partes giran alrededor de un
eje: la caída de Jerusalén (33:21):
“Aconteció en el año duodécimo de nuestro cautiverio en el mes décimo, a los cinco días del mes, que vino a
mí un fugitivo de Jerusalén, diciendo: La ciudad ha sido conquistada”.
Los primeros 32 capítulos contienen profecías que se anunciaron antes de la caída de Jerusalén. Los
capítulos 33 al 48 las que se dieron después de su caída.

EL LLAMAMIENTO DEL PROFETA 1–3

El ambiente del profeta 1:1–3

Los únicos datos biográficos que conocemos de Ezequiel se encuentran en el libro. Pertenecía a una
familia sacerdotal y su padre se llamaba Buzi.

Ezequiel era de una clase social alta. Fue llevado a Babilonia con el rey Joaquín en la segunda
deportación. En cada batalla, se acostumbraba que el rey victorioso aprisionara a los nobles y ricos
de la ciudad conquistada. Daniel fue llevado en la primera deportación.

Por ser sacerdote, Ezequiel conocía bien la ley. Había visto personalmente las faltas que los guías
espirituales del pueblo cometían.

TODO ERROR DOCTRINAL Y TODA CAÍDA PRÁCTICA PUEDE
ATRIBUIRSE A FIN DE CUENTAS A UN CONCEPTO EQUIVOCADO DE
DIOS.

La visión de Jehová 1:4–28
La visión de Dios que Ezequiel presenció introduce el libro a los lectores originales para llamarles la
atención desde el principio acerca de la gravedad de sus faltas cometidas. El Dios glorioso que se
revela en la visión es el mismo con quien ellos habían estado jugando.

Al contemplar el propósito de enseñar quien es Dios, el ambiente del cual vino el profeta, y las
circunstancias de la vida del pueblo, podemos entender el significado de esta visión temible.

La visión ocurre juntamente con el llamamiento del profeta. Contiene muchos elementos:
Fuego (1:4),
Resplandor (1:4),
Seres vivientes con apariencia de animales (1:5, 10),
Ruedas (1:16),
Y un trono (1:26). Tantos elementos extraños nos hacen preguntarnos. ¿Qué significa tal visión? El
mismo profeta nos responde: “Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová” (1:28).

¡Qué manera de presentar la gloria de Jehová! ¿Qué razón tendría Dios para manifestarse así? La
lectura de estos versículos y el intento de contemplar el cuadro descrito producen asombro.

La visión describe la grandeza y el poder del Señor. Con este Dios majestuoso y temible estaba
jugando Israel. Ese ser tan imponente, había sido ofendido y despreciado. Al mismo tiempo, Jehová
está preparando a su siervo para anunciar la manera en que el pueblo conocerá su grandeza.
Entre los muchos detalles que contiene hay dos elementos principales: cuatro seres vivientes con
ruedas (1:5–25), y uno semejante a hombre sentado en el trono (1:26–28). Los cuatro seres vivientes
después son identificados como querubines, seres creados por Dios para su servicio (10:1–4).

Muchas personas se ponen a interpretar con tanto esmero los detalles de esta visión, que descuidan
los elementos mas importantes. Lo mejor es poner la atención en lo que es central e importante para
entender lo que el profeta quiere explicar.

Las expresiones “una gran nube con fuego” y “un resplandor”, sugieren la semejanza de la
revelación de la gloria del Señor en Sinaí (Éxodo 20:18). El mismo Dios que hizo los pactos y
prometió bendición y maldición, vuelve a presentarse para cumplir su promesa.

La reacción de Ezequiel ante esta visión es de temor y humillación. Se postra en adoración ante ese
Dios tan imponente, y oye lo que le quiere decir. La respuesta del profeta demuestra lo que Israel
debía de haber hecho frente a un Dios tan glorioso.

Ezequiel había visto la gloria de Dios. Israel había olvidado la grandeza de la gloria del Señor y, por
lo tanto, hacía falta un recordatorio. El mensaje del profeta les asegura que tal recordatorio no
tardaría en venir.
¡PENSEMOS!
Este Dios glorioso que se presentó a Ezequiel es el nuestro también. Es un Dios de amor,
pero también es santo y no puede tolerar el pecado. Además, siempre es fiel y cumple todo
lo que promete.
Entre más conozcamos de Dios, mejor sabremos cómo debe ser nuestra actitud ante él. La
postura de Israel fue de rebeldía, desprecio y desobediencia. La de Ezequiel fue de respeto,
humillación y disposición a escuchar.
¿Cuál es nuestra actitud frente a Dios? ¿Será como la de Israel, o como la del profeta?
Tome un momento para evaluarla. ¿Tiene alguna actitud negativa que afecta su respecto y
obediencia hacia el Señor? ¿Qué evidencia se ve en su vida de su actitud ante él? ¿Qué
pasos debe dar para mejorarla?
Ezequiel escucha lo que Jehová quiere decirle y se motiva para obedecer la voz del gran Dios. La
presencia del Señor no se limitaba al templo en Jerusalén. Él la vio en Babilonia, a casi 800
kilómetros de Jerusalén.

Dios se dirige a Ezequiel nombrándolo hijo de hombre. Esta frase resalta la debilidad humana del
profeta. Solamente por el Espíritu puede el vidente recuperar las fuerzas perdidas al contemplar una
visión tan majestuosa.

El profeta escucha la comisión de Dios. Le da un trabajo para que lo cumpla en aquel ambiente de
destrucción en que se encontraba.


EL MINISTERIO DEL PROFETA ANTES DEL CAUTIVERIO. TRASFONDO
HISTÓRICO: PECADO E IDOLATRÍA.
MENSAJE: EL JUICIO VENIDERO.
PROPÓSITO: MOTIVARLES A ARREPENTIRSE.

Dios manda a su profeta a los hijos de Israel. Ellos eran una casa rebelde (2:5). Les Ilama: “de duro
rostro y empedernido corazón” (2:4), “zarzas y espinos” y “escorpiones” (2:6). ¡Qué público! La
tarea de Ezequiel se tornaba difícil.

El Señor no le da ni siquiera una esperanza de que lo iban a escuchar, pero le asegura que “sabrán
que hubo profeta entre ellos”. El ministerio del vocero de Dios siempre es así. Él nos manda a
hablar, pero no nos da ninguna garantía del resultado. Este queda entre el oyente y Dios. A Ezequiel
le asegura que NO le harán caso. Sin embargo, él tiene que ir a hablarles.

No obstante, Dios no deja indefenso a su mensajero; lo prepara bien para su tarea (2:8–3:11).
Primero, hace que Ezequiel se apropie del mensaje, que lo haga parte de su propia vida (2:8–3:3).

Su identificación con el mensaje divino se ilustra al comerse el libro que lo contiene. Uno no puede
hablar bien de algo que no conoce. Dios quería que el profeta hiciera suyo el mensaje que él iba a
enseñar al pueblo rebelde.

Ezequiel describe su experiencia con el rollo que comió. El libro contenía ayes y lamentaciones en
contra de su propio pueblo. Sin embargo, cuando lo comió, no sintió su sabor amargo, sino que fue
“dulce como miel” (3:3).

¿Es así la palabra del Altísimo para nosotros? Para el profeta fue dulce. ¿Por qué? Porque no estaba
viendo sólo los juicios. El podía ver mas allá de ellos, porque conocía a su Señor. Ve la gloria de
Dios y sabe que él no comete errores. Aun aquellos ayes y lamentaciones tenían un propósito que
era para bien.

La primera forma que Dios utiliza para preparar a su siervo se presenta al decirle que coma el rollo.
La segunda forma en que lo prepara es haciéndolo fuerte, más resistente que la casa rebelde de Israel
(3:7–9). Sólo entonces, el profeta estuvo listo para trabajar.

En ese momento, el vidente reacciona, como que de pronto se desanima y no quiere llevar a cabo
una encomienda tan dura contra su propia gente (3:14). Jeremías experimentó algo similar (Jeremías
1:6–9). Se ve que en los dos casos, la mano de Dios es más fuerte que la debilidad de su siervo.

Además, Dios establece a Ezequiel como atalaya (3:17). Un atalaya era el guardia de la ciudad. Su
trabajo era mantener la vista en el horizonte y en la misma ciudad para observar cualquier peligro,
fuese de un invasor de afuera, o de fuego o desórdenes internos.

Si un atalaya no avisaba del peligro, sería responsable de la muerte de los habitantes y tendría que
morir también. Si avisaba, quedaba libre de cualquier culpa, aunque no le hicieran caso.

Tal era el trabajo de Ezequiel. Ya conocía el peligro que se cernía sobre su pueblo. Le correspondía
a él anunciarlo; ésa era su única obligación. No era responsable de convencer a nadie, sólo de
anunciar el peligro. Si uno de sus oyentes atendía el mensaje, ése se salvaría; si otro no lo obedecía,
moriría. Sin embargo, para el profeta resultaba lo mismo. Sería responsable solamente cuando no
anunciara el mensaje.
¡PENSEMOS!
¿Tenemos los evangélicos un mensaje que debemos comunicar? Aunque nuestros oyentes sean
indiferentes u hostiles muchas veces, nuestra responsabilidad es dar el mensaje. El éxito del
anuncio no está en que las personas sean convencidas, sino en que el mensaje sea trasmitido.
¿He sido y equipado como lo fue el profeta? Según Hechos 1:8, ¿en qué manera nos ha
capacitado Dios para comunicar el mensaje del evangelio?
Piense en dos personas que usted conoce que aún no han hecho una decisión por Cristo.
Empiece a orar por ellas diariamente y pedir que Dios le ayude a anunciarles su mensaje.
Algunos creen que el castigo o muerte del justo (3:20) indica que los ya salvos pueden perder la
salvación, pero debe tomarse en cuenta que el profeta se dirige al pueblo de Dios. Como hijos, ellos
tenían deberes que cumplir. El enfoque está en la manera en que el pueblo de Dios, ya justificado
por fe, debe vivir.

Si el estilo de vida del pueblo del Señor mancha el nombre de Dios, el castigo es la muerte. La
historia de Israel demuestra que esta muerte es física. Así se prueba, de una vez por todas, que con el
Omnipotente no se puede jugar.

La lección para nosotros hoy, tal como lo fue para ellos, es que el justo no se salva por hacer buenas
obras. La salvación se recibe al confiar en Cristo. Es en tal persona que Dios produce un cambio.
Así que, este pasaje no enseña que la salvación puede perderse (Vea Juan 10:10, 28–29; 17:6, 10).

Al terminar de explicar sus responsabilidades, Dios encierra a Ezequiel y lo enmudece. Así, el
profeta hablaría sólo cuando el Señor se lo mandara. En esta forma, el vidente iba a cumplir su
ministerio (3:22–27).

CONCLUSION

En medio de un pueblo que ha olvidado su gloria y grandeza, Dios se revela a un hombre que
reconoce su dignidad y está dispuesto a servirle. Ezequiel ve la gloria del Señor y adora su grandeza.
En una manera muy distinta a Israel, él reconoce que la gloria de Jehová nos obliga a someternos a
él y obedecerle. A gran precio personal, el profeta obedece la comisión del Dios Altísimo y se
compromete a proclamar el mensaje que le ha encomendado.





¡PENSEMOS!
Nosotros no debemos imitar el ejemplo de Israel. Si adoráramos a un dios de
piedra y palo, hecho a nuestra imagen, no tendríamos que preocuparnos por él, o
por nuestra actitud frente a esa clase de deidad.
Sin embargo, si adoramos al Señor omnipotente, creador y soberano del universo,
debemos tener cuidado de reconocer su grandeza y sus derechos. Dios merece
nuestra adoración y sumisión. ¿A qué clase de Dios seguimos?
¿Qué cambios ha producido el hecho de haber conocido al Padre celestial en su
vida? ¿Lo conoce de verdad? ¿Qué diferencia ha hecho en su vida esa
experiencia? ¿Qué espera él que usted haga como respuesta lógica a la revelación
de su grandeza?
DETRÁS DE CADA VIDA ALEJADA DE DIOS HAY UN CONCEPTO
INADECUADO DEL SEÑOR. LA SOLUCIÓN PARA EL HOMBRE
ALEJADO
DE DIOS ES VERLO TAL COMO ÉL ES.