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1.

Ser «otra cosa» quiere decir ser «la misma cosa»: la cosa misma, aquello que real y
primitivamente son.
Por otra parte, la piedra de la estatua, el rojo del cuadro, la palabra del poema, no son
pura y simplemente piedra, color, palabra: encarnan algo que los trasciende y traspasa.
Sin perder sus valores primarios, su peso original, son también como puentes que nos
llevan a otra orilla, puertas que se abren a otro mundo de significados indecibles por el
mero lenguaje. Ser ambivalente, la palabra poética es plenamente lo que es — ritmo,
color, significado— y asimismo, es otra cosa: imagen. La poesía convierte la piedra, el
color, la palabra y el sonido en imágenes. Y esta segunda nota, el ser imágenes, y el
extraño poder que tienen para suscitar en el oyente o en el espectador constelaciones de
imágenes, vuelve poemas todas las obras de arte. (7)

2. Un hombre que se distrae, niega al mundo moderno. Al hacerlo, se juega el todo por
el todo. Intelectualmente, su decisión no es diversa a la del suicida por sed de saber qué
hay del otro lado de la vida. El distraído se pregunta: ¿qué hay del otro lado de la vigilia
y de la razón? La distracción quiere decir: atracción por el reverso de este mundo. La
voluntad no desaparece; simplemente, cambia de dirección; en lugar de servir a los
poderes analíticos les impide que confisquen para sus fines la energía psíquica (12-13)
3. La creación poética se inicia como violencia sobre el lenguaje. El primer acto de esta
operación consiste en el desarraigo de las palabras. El poeta las arranca de sus
conexiones y menesteres habituales: separados del mundo informe del habla, los
vocablos se vuelven únicos, como si acabasen de nacer. El segundo acto es el regreso de
la palabra: el poema se convierte en objeto de participación. Dos fuerzas antagónicas
habitan el poema: una de elevación o desarraigo, que arranca a la palabra del lenguaje;
otra de gravedad, que la hace volver. El poema es creación original y única, pero
también es lectura y recitación: participación. El poeta lo crea; el pueblo, al recitarlo, lo
recrea. Poeta y lector son dos momentos de una misma realidad. Alternándose de una
manera que no es inexacto llamar cíclica, su rotación engendra la chispa: la poesía. Las
dos operaciones —separación y regreso— exigen que el poema se sustente en un
lenguaje común. No en un habla popular o coloquial, como se pretende ahora, sino en la
lengua de una comunidad: ciudad, nación, clase, grupo o secta. Los poemas homéricos
fueron «compuestos en un dialecto literario y artificial que nunca se habló propiamente»
(Alfonso Reyes). (13).

4. Al crear el lenguaje de las naciones europeas, las leyendas y poemas épicos
contribuyeron a crear esas mismas naciones. Y en ese sentido profundo las fundaron: les
dieron conciencia de sí mismas. En efecto, por obra de la poesía, el lenguaje común se
transformo en imágenes míticas dotadas de valor arquetípico. Rolando, el Cid, Arturo,
Lanzarote, Parsifal son héroes, modelos. Lo mismo puede decirse —con ciertas y
decisivas salvedades— de las creaciones épicas que coinciden con el nacimiento de la
sociedad burguesa: las novelas. Cierto, lo distintivo de la edad moderna, desde el punto
de vista de la situación social del poeta, es su posición marginal. La poesía es un
alimento que la burguesía —como clase— ha sido incapaz de digerir. De ahí que una y
otra vez haya intentado domesticarla. Sólo que apenas un poeta o un movimiento
poético cede y acepta regresar al orden social, surge una nueva creación que constituye,
a veces sin proponérselo, una crítica y un escándalo. La poesía moderna se ha
convertido en el alimento de los disidentes y desterrados del mundo burgués. A una
sociedad escindida corresponde una poesía en rebelión. Y aun en este caso extremo no
se rompe la relación entrañable que une al lenguaje social con el poema. El lenguaje del
poeta es el de su comunidad, cualquiera que ésta sea. Entre uno y otro se establece un
juego recíproco de influencias, un sistema de vasos comunicantes. El lenguaje de
Mallarmé es un idioma de iniciados. Los lectores de los poetas modernos están unidos
por una suerte de complicidad y forman una sociedad secreta. 13.

5. La explotación del folklore, el uso del lenguaje coloquial o la inclusión de pasajes
deliberadamente antipoéticos o prosaicos en medio de un texto de alta tensión son
recursos literarios que tienen el mismo sentido que el empleo de dialectos artificiales
por los poetas del pasado. En todos los casos se trata de procedimientos característicos
de la llamada poesía minoritaria, como las imágenes geográficas de los poetas
«metafísicos» ingleses, las alusiones mitológicas de los renacentistas o las irrupciones
del humor en Lautréamont y Jarry. Piedras de toque, incrustadas en el poema para
subrayar la autenticidad del resto, su función no es distinta a la del empleo de materiales
que tradicionalmente no pertenecían al mundo de la pintura. No en balde se ha
comparado The Waste Land a un collage. Lo mismo puede decirse de ciertos poemas de
Apollinaire. Todo esto posee eficacia poética, pero no hace más comprensible la obra.
Las fuentes de la comprensión son otras: radican en la comunidad del lenguaje y de los
valores. El poeta moderno no habla el lenguaje de la sociedad ni comulga con los
valores de la actual civilización. 14

6. Todo idioma secreto —sin excluir al de conjurados y conspiradores— colinda con lo
sagrado. 15

7. Nadie puede substraerse a la creencia en el poder mágico de las palabras 18.

8. hay maldiciones que hacen temblar el orden cósmico. 18

9. En el fondo de todo fenómeno verbal hay un ritmo. Las palabras se juntan y separan
atendiendo a cienos principios rítmicos… El dinamismo del lenguaje lleva al poeta a
crear su universo verbal utilizando las mismas fuerzas de atracción y repulsión. El poeta
crea por analogía. Su modelo es el ritmo que mueve a todo idioma. El ritmo es un imán.
Al reproducirlo —por medio de metros, rimas, aliteraciones, paronomasias y otros
procedimientos— convoca las palabras. A la esterilidad sucede un estado de abundancia
verbal; abiertas las esclusas interiores, las frases brotan como chorros o surtidores... La
creación poética consiste, en buena parte, en esta voluntaria utilización del ritmo como
agente de seducción. La operación poética no es diversa del conjuro, el hechizo y otros
procedimientos de la magia. Y la actitud del poeta es muy semejante a la del mago. Los
dos utilizan el principio de analogía; los dos proceden con fines utilitarios e inmediatos:
no se preguntan qué es el idioma o la naturaleza, sino que se sirven de ellos para sus
propios fines. No es difícil añadir otra nota: magos y poetas, a diferencia de filósofos,
técnicos y sabios, extraen sus poderes de sí mismos… Toda operación mágica requiere
una fuerza interior, lograda a través de un penoso esfuerzo de purificación. Las fuentes
del poder mágico son dobles: las fórmulas y demás métodos de encantamiento, y la
fuerza psíquica del encantador, su afinación espiritual que le permite acordar su ritmo
con el del cosmos. Lo mismo ocurre con el poeta. El lenguaje del poema está en él y
sólo a él se le revela. La revelación poética implica una búsqueda interior. Búsqueda
que no se parece en nada a la introspección o al análisis; más que búsqueda, actividad
psíquica capaz de provocar la pasividad propicia a la aparición de las imágenes. 19.

10. Con frecuencia se compara al mago con el rebelde. La seducción que
todavía ejerce sobre nosotros su figura procede de haber sido el primero que
dijo No a los dioses y Sí a la voluntad humana. Todas las otras rebeliones —
esas, precisamente, por las cuales el hombre ha llegado a ser hombre— parten
de esta primer rebelión. En la figura del hechicero hay una tensión trágica,
ausente en el hombre de ciencia y en el filósofo. Éstos sirven al conocimiento y
en su mundo los dioses y las fuerzas naturales no son sino hipótesis e
incógnitas. Para el mago los dioses no son hipótesis, ni tampoco, como para el
creyente, realidades que hay que aplacar o amar, sino poderes que hay que
seducir, vencer o burlar. La magia es una empresa peligrosa y sacrílega, una
afirmación del poder humano frente a lo sobrenatural. Separado del rebaño
humano, cara a los dioses, el mago está solo. En esa soledad radica su
grandeza y, casi siempre, su final esterilidad. Por una parte, es un testimonio
de su decisión trágica. Por la otra, de su orgullo, En efecto, toda magia que no
se trasciende —esto es, que no se transforma en don, en filantropía— se
devora a sí misma y acaba por devorar a su creador. El mago ve a los hombres
como medios, fuerzas, núcleos de energía latente. Una de las formas de la
magia consiste en el dominio propio para después dominar a los demás.
Príncipes, reyes y jefes se rodean de magos y astrólogos, antecesores de los
consejeros políticos. Las recetas del poder mágico entrañan fatalmente la
tiranía y la dominación de los hombres. La rebelión del mago es solitaria,
porque la esencia de la actividad mágica es la búsqueda del poder. Con
frecuencia se han señalado las semejanzas entre magia y técnica y algunos
piensan que la primera es el origen remoto de la segunda» Cualquiera que sea
la validez de esta hipótesis, es evidente que el rasgo característico de la
técnica moderna —como el de la antigua magia— es el culto del poder. Frente
al mago se levanta Prometeo, la figura más alta que ha creado la imaginación
occidental. Ni mago, ni filósofo, ni sabio: héroe, robador del fuego, filántropo. La
rebelión prometeica encarna la de la especificación. En la soledad del héroe
encadenado late, implícito, el regreso al mundo de los hombres. La soledad del
mago es soledad sin retorno. Su rebelión es estéril porque la magia —es decir:
la búsqueda del poder por el poder— termina aniquilándose a sí misma. No es
otro el drama de la sociedad moderna. La ambivalencia de la magia puede
condensarse así: por una parte, trata de poner al hombre en relación viva con
el cosmos, y en este sentido es una suerte de comunión universal; por la otra,
su ejercicio no implica sino la búsqueda del poden El ¿para qué? es una
pregunta que la magia no se hace y que no puede contestar sin transformarse
en otra cosa: religión, filosofía, filantropía. En suma, la magia es una
concepción del mundo pero no es una idea del hombre. De ahí que el mago
sea una figura desgarrada entre su comunicación con las fuerzas cósmicas y
su imposibilidad de llegar al hombre, excepto como una de esas fuerzas. La
magia afirma la fraternidad de la vida —una misma corriente recorre el
universo— y niega la fraternidad de los hombres. Ciertas creaciones poéticas
modernas están habitadas por la misma tensión. La obra de Mallarmé es,
acaso, el ejemplo máximo. Jamás las palabras han estado más cargadas y
plenas de sí mismas; tanto, que apenas si las reconocemos, como esas flores
tropicales negras a fuerza de encarnadas. Cada palabra es vertiginosa, tal es
su claridad. Pero es una claridad mineral: nos refleja y nos abisma, sin que nos
refresque o caliente. Un lenguaje a tal punto excelso merecía la prueba de
fuego del teatro. Sólo en la escena podría haberse consumido y consumado
plenamente y, así, encarnar de veras. Mallarmé lo intentó. No sólo nos ha
dejado varios fragmentos poéticos que son tentativas teatrales, sino una
reflexión sobre ese imposible y soñado teatro. Mas no hay teatro sin palabra
poética común. La tensión del lenguaje poético de Mallarmé se consume en
ella misma. Su mito no es filantrópico; no es Prometeo, el que da fuego a los
hombres, sino Igitur: el que se contempla a sí mismo. Su claridad acaba por
incendiarlo. La flecha se vuelve contra el que la dispara, cuando el blanco es
nuestra propia imagen interrogante. La grandeza de Mallarmé no consiste nada
más en su tentativa por crear un lenguaje que fuese el doble mágico del
universo —la Obra concebida como un Cosmos— sino sobre todo en la
conciencia de la imposibilidad de transformar ese lenguaje en teatro, en diálogo
con el hombre. Si la obra no se resuelve en teatro, no le queda otra alternativa
que desembocar en la página en blanco. El acto mágico se trasmuta en
suicidio. Por el camino del lenguaje mágico el poeta francés llega al silencio.
Pero todo silencio humano contiene un habla. Callamos, decía sor Juana, no
porque no tengamos nada que decir, sino porque no sabemos cómo decir todo
lo que quisiéramos decir. El silencio humano es un callar y, por tanto, es
implícita comunicación, sentido latente. El silencio de Mallarmé nos dice nada,
que no es lo mismo que nada decir. Es el silencio anterior al silencio.
El poeta no es un mago, pero su concepción del lenguaje como una society
oflife —según define Cassirer la visión mágica del cosmos— lo acerca a la
magia. Aunque el poema no es hechizo ni conjuro, a la manera de ensalmos y
sortilegios el poeta despierta las fuerzas secretas del idioma.

11. El carácter artificial de la prosa se comprueba cada vez que el prosista se
abandona al fluir del idioma. Apenas vuelve sobre sus pasos, a la manera del
poeta o del músico, y se deja seducir por las fuerzas de atracción y repulsión
del idioma, viola las leyes del pensamiento racional y penetra en el ámbito de
ecos y correspondencias del poema. Esto es lo que ha ocurrido con buena
parte de la novela contemporánea.

12. En ellos la prosa se niega a sí misma; las frases no se suceden obedeciendo al orden
conceptual o al del relato, sino presididas por las leyes de la imagen y el ritmo. 26

13. El contagio alemán, con su énfasis en la correspondencia entre sueño y realidad y su
insistencia en ver a la naturaleza como un libro de símbolos, no podía circunscribirse a
la esfera de las ideas. Si el verbo es el doble del cosmos, el campo de la experiencia
espiritual es el lenguaje 30